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Antes de habernos adentrado en lo que fueron los intentos del anarquismo español para establecer el "comunismo libertario" durante la guerra civil española de 1936 a 1939, habíamos publicado la contribución de la Izquierda Comunista de Francia (Gauche Communiste de France, GCF) sobre "el Estado en el período transición"[1], un texto basado en los logros de las fracciones de izquierda italiana y belga durante la década de 1930, y que ya entonces fue, en muchos aspectos, un avance respecto a sus propias concepciones. La GCF fue la expresión de un cierto resurgir de las organizaciones políticas proletarias tras la Segunda Guerra Mundial, pero, a principios de 1950, el medio proletario se enfrentó a una grave crisis, que hacía cada vez más evidente que la profunda derrota de la clase obrera no se había acabado con la guerra; al contrario, la victoria de la democracia sobre el fascismo agravaba aún más la desorientación del proletariado. Quedaba pues aun un largo camino por recorrer antes de que acabase la contrarrevolución que comenzó en la década de 1920.
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En nuestro libro, La Izquierda holandesa, especialmente en el Capítulo 11: "El Communistenbond Spartacus y la corriente ‘consejista’ (1942-1950)", examinamos los importantes avances que se habían producido en una parte de la Izquierda comunista holandesa: la tentativa del Communistenbond Spartacus de entablar discusiones con otras corrientes (como la GCF) y reapropiarse de algunas de las antiguas posiciones del KAPD – lo que suponía un distanciamiento de las ideas anti-partido que se habían desarrollado en la década de 1930. No obstante, esos progresos eran frágiles y las ideas esencialmente anarquistas adoptadas por la mayoría de la izquierda germano-holandesa, en respuesta a la degeneración del bolchevismo, volvieron pronto con más vigor, lo que contribuyó a un largo proceso de dispersión en grupos locales centrados esencialmente en las luchas inmediatas de los trabajadores.
En 1952, la GCF estalla. Debido, en parte, a una predicción errónea sobre el curso histórico que le lleva a concluir que una tercera guerra mundial era inminente. Esto conduce a desplazarse a Venezuela a Marc Chirik, el miembro más influyente de la GCF; aunque también debido a una combinación de tensiones personales y divergencias políticas no expresadas. Aunque Marc luchó contra esas dificultades, en una serie de "Cartas desde lejos" en las que entre otras cuestiones trató de describir las tareas de las organizaciones revolucionarias en las condiciones históricas de la época, fue sin embargo incapaz de detener la desintegración del grupo. Algunos de sus antiguos miembros se unieron al grupo Socialismo o Barbarie en torno a Cornelius Castoriadis, del que hablaremos en un artículo posterior.
El mismo año, se produce una importante escisión entre las dos tendencias principales dentro del Partido Comunista Internacionalista de Italia - tendencias que existían casi desde su origen y pudieron mantenerse en una especie de “modus vivendi” mientras el partido permanecía en una eufórica fase de crecimiento. Mientras que la disminución de la lucha de clases se hacía cada vez más evidente y se enfrentaba a la desmoralización de muchos trabajadores que se habían unido al partido sobre una base militante superficial, la organización se vio obligada inevitablemente a reflexionar sobre cuáles deberían ser sus tareas y su orientación futura.
La década de los 50 y principios de los 60, fue otro período sombrío para un movimiento comunista que se enfrentaba a una verdadera prolongación de la profunda contrarrevolución que se abatió sobre la clase obrera en los años 1930 y 40; además, esta vez dominada por la imagen de un capitalismo triunfante que parecía haber superado, quizás de forma definitiva, la crisis catastrófica de 1930. Era el triunfo, sobre todo, del capitalismo estadounidense, de la democracia, de una economía que había pasado rápidamente de la austeridad de la postguerra al boom del consumo de finales de 1950 y principios de los 60. Sin embargo, ese período "glorioso" tenía su lado oscuro, sobre todo el de la confrontación incesante entre los dos gigantes imperialistas, con su proliferación de guerras locales y la amenaza global de un holocausto nuclear. Paralelo a esto, en el bloque "democrático", hubo un auténtico desarrollo de la paranoia frente al comunismo y la subversión, que ilustró la caza de brujas del macartismo en Estados Unidos. En este ambiente, las organizaciones revolucionarias, cuando existían, además de haberse reducido más todavía, estaban más aisladas que lo habían estado en los años treinta.
Aquel período marcó también una profunda ruptura en la continuidad del movimiento que había sacudido el mundo tras la Primera Guerra Mundial, ruptura que afectó incluso a las valerosas minorías que resistieron al avance de la contrarrevolución. A medida que el boom económico continuaba, la idea de que el capitalismo era un sistema transitorio, condenado por sus propias contradicciones internas, parecía mucho menos obvia de lo que había sido en los años 1914-1945, cuando el sistema parecía estar atrapado en una sucesión de catástrofes gigantescas a las que no era capaz de dar solución. ¿Es posible tal vez que el propio marxismo hubiese fracasado? El mensaje que incluía esta pregunta se difundió claramente en la sociedad mediante una serie de sociólogos y demás pensadores burgueses profesionales; ideas que iban a penetrar pronto en el movimiento revolucionario, como hemos visto en nuestra serie reciente sobre la decadencia [2].
Pese a todo, la generación de militantes que se forjaron en la Revolución o en la lucha contra la degeneración de las organizaciones políticas que aquella había hecho surgir, no había desaparecido totalmente; algunas de las figuras clave de la Izquierda Comunista permanecieron activas después de la guerra y en el período de reflujo de la década de 1950 y 60, y para esas figuras la perspectiva del comunismo no estaba, ni mucho menos, muerta y enterrada. Pannekoek, por ejemplo, aunque ya no estaba vinculado a ninguna organización, publicó su libro sobre los Consejos Obreros y el papel de éstos en la construcción de una nueva sociedad[3]; y hasta en su vejez se mantuvo en contacto con una serie de grupos surgidos tras la guerra, como Socialisme ou Barbarie. Otros militantes, los que habían roto con el trotskismo durante la guerra como Castoriadis y Munis, mantuvieron la actividad política y trataron de esbozar una visión de lo que había más allá del horizonte capitalista. Marc Chirik, aunque "no organizado" durante más de una década, nunca abandonó ni el pensamiento ni la reflexión revolucionaria; de manera que, cuando a mediados de los años 60, regresó a la vida militante organizada, había ya clarificado sus puntos de vista sobre una serie de cuestiones entre las cuales, una de no menor importancia, los problemas del período de transición.
Volveremos a los escritos de Castoriadis, Munis y Chirik en futuros artículos pues pensamos que es de indudable valor hablar de sus contribuciones individuales, incluso si el trabajo que realizaron lo fue casi siempre en el contexto de una organización política. Un militante revolucionario no existe como un simple individuo, sino como parte de un organismo colectivo que, en fin, de cuentas, es engendrado por la clase obrera y la lucha de ésta para tomar conciencia de su papel histórico. Un militante es por definición alguien que por propia voluntad se implica en la construcción y defensa de una organización política… Pero (y en esto, como veremos más adelante, nos separamos de las posiciones desarrolladas por Bordiga) una organización revolucionaria saludable no es aquella en la que el individuo sacrifica su personalidad y abandona sus facultades críticas; al contrario, lo que se busca es aprovechar mejor y no suprimir la individualidad de los diferentes camaradas. En una organización revolucionaria hay lugar para las contribuciones teóricas particulares de los distintos camaradas de clase y, por supuesto, para el debate en que tratar las objeciones planteadas por los compañeros individuales. Por lo tanto, como hemos constatado a lo largo de esta serie, la historia del programa comunista no es sólo la historia de las luchas de la clase obrera, de las organizaciones y de las corrientes que han sacado las lecciones de esas luchas y a partir de las cuales han elaborado un programa coherente, sino también la de los militantes individuales que han abierto el camino a ese proceso de elaboración.
Damen y Bordiga, revolucionarios
En este artículo, volvemos al trabajo de la Izquierda Comunista Italiana, que antes de la guerra, en forma de Fracción en el exilio, hizo una valiosa e irreemplazable contribución a nuestra comprensión de los problemas de la transición del capitalismo al comunismo. Esta aportación se construyó igualmente sobre los cimientos marxistas desarrollados por la corriente de izquierda en Italia durante la fase precedente, la fase de la Primera Guerra Mundial imperialista, y en la oleada revolucionaria posterior a esa guerra; y, después de la Segunda Guerra imperialista, por la herencia teórica de la Izquierda Italiana que no había desaparecido pese a los errores y cismas que afectaron al Partido Comunista Internacionalista. Si examinamos la cuestión del periodo de transición u otras cuestiones, a lo largo de este período, es imposible pasar por alto la interacción y, a menudo, la oposición entre los dos militantes principales de esa corriente: Onorato Damen y Amadeo Bordiga.
Durante los tempestuosos días de la guerra y la revolución, de 1914-1926, Damen y Bordiga demostraron muy claramente su capacidad para oponerse al orden dominante, lo cual es la marca del militante comunista. Damen fue encarcelado por agitación contra la guerra; Bordiga luchó incansablemente para desarrollar el trabajo de su fracción dentro del Partido Socialista, para presionar por una escisión con el ala derecha y los centristas y para la formación de un partido comunista basado en principios sólidos. Cuando la propia Internacional Comunista tomó una deriva oportunista durante la década de 1920, Bordiga estaba de nuevo en la línea frontal de oposición a la táctica de la "bolchevización de los PC", a la del Frente Unido; en la reunión del Comité Ejecutivo de la IC en Moscú en 1926, tuvo el gran coraje de levantarse y enfrentarse a Stalin y denunciarlo como el enterrador de la Revolución. Ese mismo año, el propio Bordiga fue detenido y desterrado a la isla de Ustica [4]. Damen, por su parte, también estuvo activo contra los intentos de la IC para imponer su política oportunista al partido italiano, en el que dominó inicialmente la izquierda. Con Forticiari, Repossi y otros, formó el Comitato di Intesa en 1926 [5]. Durante el período fascista pasó por más de un episodio de confinamiento y destierro, pero no por eso se calló, poniéndose en cabeza de una revuelta de presos en Pianosa.
En este punto, sin embargo, una diferencia en la actitud de los dos militantes tendría consecuencias a largo plazo. Bordiga, puesto bajo arresto domiciliario, obligado a renunciar a toda actividad política (los fascistas parecían ser, en aquellos primeros años, bastante “delicados”), forzado a evitar todo contacto con sus camaradas, se concentró totalmente en su trabajo de ingeniero. Reconoció que la clase obrera había sufrido una derrota histórica pero no llegó a la misma conclusión que los camaradas que formaban la Fracción en el exilio. Estos últimos comprendieron que era más necesario que nunca mantener una actividad política organizada, aunque no fuese con la forma de partido. Así, en el momento de la formación de la Fracción italiana, y a lo largo de la fértil década que le siguió, Bordiga estuvo completamente separado de los progresos teóricos de aquélla [6]. Damen, por su parte, mantuvo contactos y agrupó a algunos camaradas de la Fracción, a su regreso a Italia, con la idea de contribuir a la formación del partido. Entre estos militantes estaban Stefanini, Danielis y Lecci, que se mantuvieron fieles a las posiciones esenciales de la Fracción a lo largo de la década de 1930 y de la Guerra Mundial. En 1943, el Partito Comunista Internacionalista (PCInt) fue proclamado en el Norte de Italia[7] y seguidamente "refundado" en 1945 tras una fusión algo apresurada con los elementos entorno a Bordiga en el sur de Italia [8].
En consecuencia, el partido unificado, formado en base a una plataforma escrita por Bordiga, fue desde el principio un compromiso entre dos tendencias: la formada en torno a Damen era mucho más clara en numerosas posiciones básicas de clase debido en gran medida a los avances realizados por la Fracción - por ejemplo, la adopción explícita de la teoría de la decadencia del capitalismo y el rechazo de la posición de Lenin sobre la autodeterminación nacional.
En este sentido (y nunca hemos ocultado nuestra crítica del oportunismo profundo que subyace en la formación del Partido desde el principio) la tendencia "Damen" demostró su capacidad para asimilar algunos de los avances programáticos más importantes realizados por la Fracción Italiana en el exilio e incluso adoptar una posición más elaborada de algunas cuestiones clave planteadas en él. Así fue con la cuestión sindical: dentro de la Fracción, esto dio lugar a un debate no resuelto en el que Stefanini fue el primero en argumentar que los sindicatos estaban ya integrados en el Estado capitalista. No es que se pueda decir que la posición de la tendencia Damen era ya plenamente coherente sobre la cuestión sindical, pero sí que era más clara que lo que ya era la posición "bordiguista", dominante desde la escisión de 1952.
En este proceso de clarificación se incluyó también la cuestión de las tareas del Partido Comunista en la revolución proletaria. Como hemos visto en artículos anteriores de la serie [9], a pesar de la persistencia de algunas referencias al papel que ejerce en la dictadura del proletariado, la Fracción había superado en lo esencial esa posición al insistir en que la lección clave de la Revolución rusa era que el partido no debe identificarse con el Estado del periodo de transición. La tendencia Damen fue más allá afirmando que la tarea del partido no era la de ejercer el poder. Su plataforma de 1952, por ejemplo, dice que “Nunca y bajo ningún pretexto el proletariado debe desprenderse de su papel en la lucha. No debe delegar su papel histórico a otros o transferir su poder a otros - ni siquiera a su propio partido político”.
Como mostramos en nuestro libro La Izquierda Comunista Italiana, estas ideas estaban ligadas de manera lógica a algunos de los avances realizados sobre la cuestión del Estado: "Mucho más audaz fue la posición adoptada por el partido internacionalista sobre la cuestión del Estado en el período de transición, visiblemente influenciado por Bilan y Octubre. Damen y sus camaradas rechazan la asimilación de la dictadura del proletariado a la del partido y, frente al "Estado proletario" preconizan, en los Consejos, “la más amplia democracia”. No descartan la hipótesis, verificada en Kronstadt, de que en el caso de enfrentamientos entre el "Estado obrero" y el proletariado, el Partido Comunista se pondría del lado del proletariado: «La dictadura del proletariado no puede en ningún caso reducirse a la dictadura del partido, aunque se trate del partido del proletariado, inteligencia y guía del Estado proletario. El Estado y el partido en el poder, en tanto que órganos de tal dictadura, llevan en sí, como germen, la tendencia al compromiso con el viejo mundo, una tendencia que se desarrolla y se refuerza, como lo demostró la experiencia rusa, por la incapacidad momentánea de la revolución en un solo país para extenderse, y unificar los movimientos insurreccionales de otros países. Nuestro partido deberá: a) para evitar convertirse en el instrumento del Estado Obrero y de sus políticas, defender los intereses de la revolución misma en los enfrentamientos con el Estado Obrero; b) evitar burocratizarse; evitar que tanto su centro directivo como sus centros periféricos se conviertan en un campo de maniobras donde los arribistas hagan carrera; y, por lo tanto, c) evitar que su política de clase esté diseñada y construida con criterios formalistas y administrativos.»”[10]
Sin embargo, la visión crucial de la Fracción - la noción misma de fracción, es decir, la forma y la función de la organización revolucionaria en un periodo de derrota de la lucha de clases- se pierde por completo en la tendencia Damen. Así ocurrió también con el concepto relacionado con el curso histórico, es decir, la necesidad de comprender la relación global de fuerzas entre las clases, una relación que puede sufrir profundas modificaciones durante el período de decadencia del capitalismo. Así, incapaces de hacer una verdadera crítica del error principal de 1943 - la formación de un "partido" en un país sumido en un período de profunda contrarrevolución- los damenistas agravaron el error teorizando que el partido es una necesidad permanente y por tanto una realidad permanente. Por eso, a pesar de la rápida mengua hacia un "mini-partido", se mantuvieron en las posiciones originales del agrupamiento de 1943 a 1945 con la idea de construir una presencia dentro de la clase obrera y dar a sus luchas una dirección decisiva al precio de lo que era realmente necesario: la prioridad de la clarificación teórica sobre las necesidades y posibilidades del periodo.
La tendencia opuesta, agrupada en torno a figuras como Bordiga y Maffi, era generalmente mucho más confusa sobre las posiciones más importantes de la clase obrera. Bordiga ignoraba, más o menos, las adquisiciones de la Fracción y optó por un retorno a las posiciones de los dos primeros Congresos de la Tercera Internacional que, para él, se basaban en la “restauración” del programa comunista por Lenin. La sospecha exacerbada ante “innovaciones” oportunistas del marxismo (que efectivamente comenzaban a prosperar en el terreno de la contrarrevolución) le condujo a la noción del programa "invariante", cincelado en piedra desde 1848 y que bastaba con desenterrar lo que paulatinamente habían ido enterrando oportunistas y traidores[11]. Como a menudo hemos señalado, el concepto de “invariancia” estaba basado en una geometría muy "variable", de modo que Bordiga y sus seguidores podían afirmar que el capitalismo había entrado en su época de guerras y revoluciones (una posición fundamental de la Tercera Internacional) y a la vez argumentar contra la noción de decadencia, que consideraban fundada en una ideología gradualista y pacifista.[12]
Este cuestionamiento de la decadencia tuvo un impacto significativo a la hora de analizar la naturaleza de la Revolución rusa (definida como una doble revolución; definición no diferente a la visión consejista), especialmente cuando se trata de caracterizar las luchas de liberación nacional, que se multiplicaban en las antiguas colonias. Mao, en lugar de ser visto como lo que era, una expresión de la contrarrevolución estalinista y como un verdadero producto de la descomposición del capitalismo, fue aclamado como un gran revolucionario burgués, al estilo de Cromwell. Más tarde, los bordiguistas valorarían con la misma medida a los jemeres rojos en Camboya. Esta profunda falta de comprensión de la cuestión nacional causaría estragos en el partido bordiguista a finales de 1970, saldándose con una cantidad importante de elementos que abandonaron el internacionalismo.
En lo referente al partido y a los errores de los bolcheviques sobre la cuestión del funcionamiento del Estado soviético, analizaron las cosas como si la Fracción no hubiera existido nunca. El partido toma el poder, se apodera de la máquina del Estado, impone el terror rojo sin piedad... incluso los bordiguistas parecen haber olvidado las importantes matizaciones de Lenin sobre la necesidad de que la clase obrera esté vigilante frente al peligro de que el Estado de transición se convierta en una máquina burocrática y se autonomice. Como afirmamos en un artículo anterior de esta serie [13], la contribución más importante de Bordiga sobre las lecciones de la Revolución rusa en el período posterior a la Segunda Guerra Mundial, “Fuerza, violencia y dictadura en la lucha de clases” (1946), sin duda contiene algunas ideas sobre el problema de la degeneración, pero su antidemocratismo, más bien dogmático, no le permite reconocer el problema del partido y del Estado que suplantan al proletariado.[14]
Sin embargo, aunque la tendencia Bordiga nunca puso en entredicho abiertamente la formación del partido en 1943 fue capaz de comprender que la organización había entrado en un periodo mucho más difícil y que las tareas al orden del día eran ya diferentes. Bordiga se mantuvo inicialmente escéptico en lo que se refiere a la formación del partido. Sin mostrar ninguna comprensión del concepto de fracción (había enterrado su propia experiencia de trabajo, como fracción, antes de la Primera Guerra Mundial con sus posteriores teorizaciones sobre el partido formal y el partido histórico [15]) sí tenía cierta comprensión de que el simple mantenimiento de una intervención rutinaria en la lucha inmediata no era ni el camino a seguir ni lo esencial para recuperar los fundamentos teóricos del marxismo. Después de haber rechazado la contribución de la Fracción y otras aportaciones de la Izquierda Comunista, este trabajo no fue completado y ni siquiera entró a tratar lo referente a las posiciones programáticas claves. No obstante, con respecto a algunas cuestiones teóricas más generales, en particular las relativas a la naturaleza de la futura sociedad comunista, nos parece que, durante este período, fue Bordiga, y no los "damenistas", quien nos dejó el legado más importante.
La pasión por el comunismo: la defensa por Bordiga de los Manuscritos económicos y filosóficos de 1844
El libro Bordiga y la pasión del comunismo, una colección de escritos reunidos por Jacques Camatte en 1972, es el mejor testimonio de la profundidad de las reflexiones de Bordiga sobre el comunismo, en particular, a través de dos grandes exposiciones presentadas en las reuniones del partido en 1959-1960, que se dedican a los Manuscritos económicos y políticos de 1844 de K. Marx: "Comentarios a los Manuscritos de 1844 (1959-1960)" y "Tavole immutabili della teoria comunista del partito”[16].
Así es como Bordiga ubica los Manuscritos de 1844 en el corpus de los escritos de Marx…: “Otro lugar común muy vulgar es que Marx es hegeliano en los escritos de juventud, y sólo más tarde se hizo teórico del materialismo histórico y que, de viejo, fue un vulgar oportunista. Es tarea de la escuela marxista revolucionaria hacer manifiesto a todos los enemigos (cuya opción sería aceptarlo todo o rechazarlo todo) el monolitismo de todo el sistema de Marx, desde su nacimiento hasta su muerte e incluso después de él (concepto básico de la invariancia, rechazo fundamental de una evolución enriquecedora de la doctrina del partido).” “Comentarios...” p. 120).
Aquí tenemos reunidas en un solo párrafo las fortalezas y las debilidades del enfoque de Bordiga. En primer lugar, la defensa intransigente de la continuidad del pensamiento de Marx y el repudio de la idea de que los Manuscritos de 1844 son el producto de un Marx que todavía era esencialmente idealista y hegeliano (o al menos feuerbachiano), una idea que se ha atribuido en especial al intelectual estalinista Althusser y que ya hemos criticado en artículos precedentes de esta serie[17]
Para Bordiga, los Manuscritos de 1844, con su profunda exposición de la alienación capitalista, y su sugerente descripción de la sociedad comunista que la superará, indican que Marx había efectuado ya una ruptura cualitativa con las formas más avanzadas del pensamiento burgués. En particular los Manuscritos de 1844, que contienen una amplia sección dedicada a la crítica de la filosofía hegeliana, son la demostración de que tiene lugar, exactamente en el mismo periodo, la asimilación completa de Hegel por Marx en lo que se refiere a la dialéctica y su ruptura con Hegel (lo que significa invertir su dialéctica, "poniéndola de nuevo de pie") y la adopción de una visión comunista del mundo. Bordiga hace especial hincapié en el rechazo por Marx del punto de partida del sistema hegeliano: el individuo con “I” mayúscula. “Lo que está claro es que, para Marx, el error de Hegel está en haber sustentado todo su colosal edificio especulativo, con su formalismo riguroso, levantándolo sobre una base abstracta, la “conciencia”. Como Marx dirá tantas veces, es del ser de donde hay que partir y no la conciencia que de sí mismo tiene. Hegel se encierra desde el principio en el eterno y vago diálogo entre sujeto y objeto. Su sujeto es el "yo", entendido en un sentido absoluto... ” ("Comentarios..." p.119).
Por otra parte, es evidente que para Bordiga los Manuscritos de 1844 proporcionan pruebas para su teoría de la invariancia del marxismo, una idea que, pensamos, se contradice con el propio desarrollo del programa comunista que hemos seguido a lo largo de toda esta serie. Pero volveremos más adelante sobre esta cuestión. Lo que compartimos con la visión de Bordiga en lo referente a los Manuscritos de 1844 es, sobre todo, la centralidad de la concepción de Marx sobre la alienación, no sólo en los Manuscritos de 1844 , sino en toda su obra; también compartimos una serie de elementos fundamentales en la concepción de Bordiga sobre la dialéctica de la historia; así como una visión apasionada del comunismo que nunca fue desdeñada por Marx en su obra posterior (sino que por el contrario, en nuestra opinión, la enriqueció).
La dialéctica de la historia
Las referencias de Bordiga al concepto de alienación en los Manuscritos de 1844 revelan toda su visión de la historia, ya que insiste en que "en el momento capitalista actual se alcanza el más alto grado de alienación humana" ("comentarios...", p.124). Sin abandonar la idea de que la emergencia y el desarrollo del capitalismo y la destrucción del viejo modo de explotación feudal constituyen una condición previa a la revolución comunista, desprecia el progresismo fácil de la burguesía que se vanagloria de su superioridad sobre los modos de producción anteriores y sus maneras de entender el mundo. Sugiere incluso que el pensamiento burgués es, en cierto modo, vacuo en comparación con las visiones pre -capitalistas, a las que tanto ridiculiza el capitalismo. Para Bordiga, el marxismo ha demostrado que “... vuestras presunciones, vacías e inconsistentes mentiras, las tenéis como mucho más distinguidas y más nítidas que las más antiguas opiniones del pensamiento humano, y que, vosotros burgueses, presumís de tenerlas atrapadas para siempre, bajo la fatuidad de vuestra retórica iluminista." ("Comentarios"..., p.168).
Consecuentemente, incluso cuando burguesía y proletariado formulan su crítica de la religión, hay una ruptura entre los puntos de vista de las dos clases: “... que incluso en los casos (no en general), en que los ideólogos de la burguesía moderna osaron romper abiertamente con los principios de la iglesia cristiana, nosotros, marxistas, no definimos esta superestructura, el ateísmo, como una plataforma común a la burguesía y al proletariado." ("Comentarios... ", p. 117).
Con estas afirmaciones, Bordiga parece estar en línea con algunas de las críticas "filosóficas" del marxismo de la Segunda Internacional (y, por extensión, de la filosofía oficial de la Tercera), tales como Pannekoek, Lukács y Korsch, que igual que rechazaban la idea de que el socialismo es la siguiente etapa lógica en la evolución histórica -etapa que requeriría simplemente la gestión del Estado capitalista y de la economía- rechazan que el materialismo histórico sería sólo el siguiente paso en el progreso del materialismo burgués clásico. Estas visiones se basan en una profunda subestimación del antagonismo entre las concepciones burguesas y proletarias del mundo, la inevitable necesidad de una ruptura revolucionaria con las viejas formas. Hay una continuidad, por supuesto, pero es cualquier cosa menos progresiva y pacífica. Esta aproximación al problema es totalmente coherente con la idea de que la burguesía sólo puede ver el mundo social y natural a través del prisma deformador de la alienación que bajo su reinado ha alcanzado su estadio "supremo".
El lema "contra el inmediatismo" aparece más de una vez en el subtítulo de sus contribuciones. Para Bordiga, era esencial evitar toda aprehensión simplista del momento presente de la historia, mirando más allá del capitalismo, hacia atrás y hacia adelante. En la actualidad, el pensamiento burgués es quizás más inmediatista que nunca, está más que nunca fijado en lo particular, en el aquí y ahora, en el corto plazo porque vive en el miedo mortal de tener que mirar a la sociedad de hoy con la mirada de la historia, pues ello le haría comprender lo transitorio de su naturaleza. Pero Bordiga también desarrolla una polémica contra los “grandes escritos” clásicos de la burguesía de su período más optimista: no por su grandeza sino porque la historia que la burguesía nos cuenta distorsiona la historia verdadera. Del mismo modo que el paso de un pensamiento a otro, del burgués al proletario, no es sólo un paso hacia adelante, pues la historia en general no es una línea recta desde la oscuridad a la luz, sino que es una expresión de la dialéctica del movimiento: " el progreso de la humanidad y del conocimiento del atormentado homo sapiens no es continuo, sino que pasa por grandes impulsos aislados en los cuales se insertan caídas siniestras y sombrías en formas sociales que degeneran hasta la putrefacción "("Comentarios... ", p. 168). No es una formulación accidental: en otro lugar del mismo texto, dice:" Las concepciones banales de ideologías dominantes ven ese camino como un ascenso continuo y constante; el marxismo no comparte esta visión, y define una serie alternante de subidas y bajadas, intercaladas por crisis violentas "("Comentarios... ", p. 152). Es ésa es una respuesta muy clara, podría pensarse, a quienes rechazan el concepto de ascendencia y decadencia de los modos de producción sucesivos.
La visión dialéctica de la historia entiende el movimiento como el resultado del conflicto, a menudo violento, entre las contradicciones. Aunque también aquélla contiene la noción de espiral y de "retorno a un estadio superior". Por lo tanto, el comunismo del futuro es, en gran medida, un retorno a sí mismo del hombre, como Marx decía en los Manuscritos de 1844, ya que no es únicamente una ruptura con el pasado, sino una síntesis de todo lo que hay en él de humano: "el hombre retorna a sí mismo y no al sí mismo originario, a aquel del que partió en su larga historia, sino disponiendo finalmente de todas las perfecciones de un desarrollo inmenso, incluso las adquiridas en la forma de todas las técnicas, costumbres, religiones, filosofías sucesivas cuyas partes útiles fueron captadas -si se nos permite expresarlo así- en la zona de la alienación…" ("Comentarios...", p 125.)
Hay un ejemplo más concreto de esto en un breve artículo sobre los habitantes de la isla lacustre de Janitzio en México[18], escrito en 1961, que está incluido en la colección de Camatte. Bordiga desarrolla la idea de que en "el comunismo natural y primitivo" el individuo, siempre estuvo vinculado a sus hermanos humanos en una verdadera comunidad, sin conocer ese miedo a la muerte surgido con la atomización social engendrada por la propiedad privada y la sociedad de clases; y esto nos indica que en el comunismo del futuro, donde el destino del individuo estará vinculado al de la especie y donde el miedo a la muerte personal así como "todo el culto a la vida y a la muerte" estarán superados. Bordiga confirma así su continuidad con el hilo central de la tradición marxista que afirma que, en cierto sentido, "los miembros de las sociedades primitivas estaban más cerca de la esencia humana " ("Principios inmutables...", p. 175.) - Y que el comunismo del pasado lejano puede también entenderse como prefiguración del comunismo futuro.[19].
Lo que el comunismo no es
La defensa por Bordiga de los Manuscritos de 1844 es, en gran medida, una extensa diatriba contra la impostura del "socialismo real" de los países del bloque del Este, que había adquirido un nuevo impulso tras la "guerra antifascista" de 1939-45. Su ataque fue concebido en dos niveles: la negación y la afirmación: negar la afirmación de que lo que existía en los regímenes soviéticos y similares tuviera algo que ver con la concepción de Marx sobre el comunismo, primeramente y ante todo, en el plano económico; y afirmar las características fundamentales de las relaciones de producción comunistas.
Según una versión de un chiste popular en la antigua URSS, un instructor de la escuela del partido da una lección a los miembros de las juventudes, el Komsomol sobre una cuestión clave: ¿Se utilizará el dinero en el comunismo? " Camaradas, históricamente hay tres posiciones sobre esta cuestión. La de la desviación derechista de Proudhon-Bujarin: bajo el comunismo, todo el mundo tendrá dinero. Luego está la de la desviación infantil ultra-izquierdista: en el comunismo nadie tendrá dinero; ¿cuál es, entonces, la posición dialéctica del marxismo-leninismo? Está muy claro: bajo el comunismo, algunas personas tendrán dinero y otras no”.
Que Bordiga conociera o no este chiste, su respuesta a los estalinistas en sus "Comentarios a los Manuscritos de 1844" va en el mismo sentido. Un prólogo a una de las ediciones estalinianas de los de Manuscritos de 1844 insiste en que el texto de Marx contiene una polémica contra la teoría de Proudhon de los salarios iguales, lo que implica que, para el marxismo verdadero practicado en la URSS, en el socialismo debe haber salarios desiguales. Pero en la siguiente sección, titulada "Trabajo asalariado o Socialismo", Bordiga señala que en los Manuscritos de 1844 y en otras obras como son La miseria de la filosofía y El Capital, Marx " refuta la vacuidad proudhoniana que concebía un socialismo que mantiene los salarios como hoy los conserva Rusia. Marx no condena la teoría de la igualdad, sino la del salario. Incluso si queremos nivelarlo, el salario es la negación del socialismo. Pero si no se nivela, lo que se está negando más todavía es el socialismo. "("Comentarios...", p. 129).
Y en la siguiente sección titulada "O es el dinero o es el socialismo": de la misma manera que en la URSS persiste el trabajo asalariado, lo mismo su corolario: el mantenimiento del dominio de las relaciones humanas por el valor de cambio y, por lo tanto, por el dinero. Volviendo a la crítica profunda del dinero como una expresión de la alienación entre los seres humanos, que Marx, citando a Shakespeare y Goethe, desarrolla en los Manuscritos 1844 y, volviendo a El Capital, Bordiga insiste en el hecho de que " las sociedades donde el dinero circula son sociedades de propiedad privada; que permanecen en la prehistoria bárbara de la especie humana..."("Comentarios...", p. 137.).
Bordiga, de hecho, demuestra que los estalinistas tienen más en común con el padre del anarquismo de lo que quieren admitir. Proudhon, en la tradición de un "comunismo vulgar", que Marx ya había reconocido como reaccionario en un momento en que él mismo había adoptado el comunismo, preveía una sociedad en la que "...el ingreso anual sería dividido socialmente en partes iguales entre todos miembros de la sociedad, reconocidos todos como obreros asalariados " (p. 132). En otras palabras, ese tipo de comunismo o de socialismo sería aquél en el que la miseria de la condición proletaria se habría generalizado, pero ni mucho menos suprimido y en donde la "sociedad" acabaría siendo el capitalista. Y en respuesta a aquellos - no sólo estalinistas, sino también sus apologistas de izquierda, los trotskistas - que negaban que la URSS era una forma de capitalismo porque se habría eliminado más o menos a los propietarios individuales de capital, Bordiga responde: " la cuestión de saber dónde están los capitalistas no tiene sentido, la respuesta está escrita desde 1844: la sociedad es un capitalista abstracto " (“Comentarios...”, p. 132.).
La polémica en esos ensayos no se limita a los defensores manifiestos de la URSS. Si el comunismo suprime el valor de cambio, es porque se han abolido todas las formas de propiedad[20], no sólo la propiedad estatal como la del programa del estalinismo, sino también la versión anarcosindicalista clásica (que Bordiga atribuye igualmente al grupo contemporáneo Socialismo o Barbarie que define el socialismo como la gestión de la producción por los obreros): "la tierra para los campesinos y las fábricas para los obreros y otras parecidas deplorables parodias del magnífico programa del partido comunista revolucionario" ( "Tablas inmutables...", p. 178). En el comunismo, la empresa individual debe ser abolida como tal. Si la empresa continúa siendo propiedad de las personas que allí trabajan o incluso de la comunidad local en su entorno, no ha sido verdaderamente socializada y, las relaciones entre las diferentes empresas autogestionadas deben basarse necesariamente en el intercambio de mercancías. Volveremos a esta cuestión cuándo tratemos la visión del socialismo desarrollada por Castoriadis y el grupo Socialismo o Barbarie.
Como Trotsky (quien sin lugar a dudas desconocía los Manuscritos de 1844 cuando redactó sus pasajes visionarios de los últimos capítulos de su Literatura y Revolución a finales de 1924)[21], Bordiga continúa, a partir de la negación del capitalismo y de su alienación, insiste en lo que no es socialismo, y afirma en positivo a qué se parecerá la humanidad en los estados superiores de la sociedad comunista. Los Manuscritos de 1844 , como señalamos en un artículo anterior de esta serie [22], están repletos de pasajes que describen cómo las relaciones entre los seres humanos y entre la humanidad y la naturaleza serán transformadas bajo el comunismo, y Bordiga cita extensamente los más importantes de esos pasajes en sus dos textos, especialmente los que tratan de la transformación de las relaciones entre hombres y mujeres, y donde se insiste en el hecho de que la sociedad comunista permitirá el surgimiento de una etapa superior de la vida consciente.
La transformación de las relaciones entre los sexos
A lo largo de los Manuscritos de 1844, Marx repudia el "comunismo vulgar" que, mientras ataca a la familia burguesa, sigue considerando a la mujer como un objeto y especulando sobre una futura "comunidad de mujeres." Contra ese "comunismo vulgar", Bordiga cita a Marx poniendo de relieve que la humanización de la relación entre el hombre y la mujer es un indicativo del avance real de la especie. Al mismo tiempo, bajo el capitalismo, la mujer y la relación entre los sexos seguirán estando prisioneras de las relaciones mercantiles.
Tras haber recuperado el pensamiento de Marx sobre estas cuestiones, Bordiga inicia una momentánea digresión en torno al problema de la terminología, del lenguaje.
“Al citar estos pasajes, es necesario adoptar, según los casos, a la vez la palabra hombre y la palabra varón, en la medida en que la primera palabra se refiere a todos los miembros de la especie... Como se sabe, hace ya medio siglo a una encuesta sobre el feminismo en las sociedades de propiedad privada, el estimable marxista Filippo Turati respondió solamente estas palabras: la mujer...es hombre. Esto quiere decir que lo será en el comunismo; pero, para vuestra sociedad burguesa es un animal, un objeto”. (“Comentarios...”, p. 150)
¿Es el feminismo una desviación burguesa? Esto lo combaten fuertemente aquellos que creen que pueda existir un "feminismo socialista" o un "anarcofeminismo". Desde la perspectiva de Bordiga, en cambio, el feminismo tiene un punto de partida burgués porque apunta a la "igualdad" de los sexos dentro de las relaciones sociales existentes; y esto conduce, lógicamente, a la afirmación de que las mujeres deben ser "también" capaces de combatir como los hombres en los ejércitos imperialistas o ascender en la escala social convirtiéndose en jefes de empresa o de Estado.
El comunismo no necesita adornarse con añadidos como “feminismo”, ni siquiera “feminismo socialista” para ser, desde su origen, defensor de la solidaridad entre hombres y mujeres ya hoy, pero eso sólo puede lograrse mediante la lucha de clases, en la lucha contra la opresión y la explotación capitalistas y para la creación de una sociedad en la que la "forma originaria de la explotación" - la de las mujeres por los hombres - no sea posible. Más que eso: el marxismo reconoce también que la hembra de la especie - debido a su doble opresión y su sentido moral más avanzado (ligado concretamente a su papel histórico en la educación de los niños) – está muy a menudo en la vanguardia de la lucha; por ejemplo, en la revolución de 1917 en Rusia que comenzó con manifestaciones de mujeres contra la escasez de pan o, más recientemente, en las huelgas masivas en Egipto en 2007. De acuerdo con la escuela antropológica de Chris Knight, Camilla Power y otros que reivindica la tradición marxista en la antropología, la moral femenina y la solidaridad de las mujeres desempeñaron un papel crucial en el surgimiento de la cultura humana, en la “revolución humana” primitiva[23]. Bordiga está de acuerdo con esa manera de ver las cosas como se muestra en la sección de "Comentarios de los Manuscritos ..." titulada "El amor, necesidad de todos" donde sostiene que la función pasiva asignada a las mujeres es un claro producto de las relaciones de propiedad y que de hecho, "el amor es, según la naturaleza, el fundamento de la reproducción de la especie, la mujer el sexo activo y las formas monetarias contempladas a partir de ese criterio se revelan como hechos contra natura"("Comentarios...", p. 156). Y prosigue con un resumen de la forma en que la abolición de las relaciones mercantiles transformará esta relación: "En el comunismo no monetario, el amor tendrá, en tanto que necesidad, el mismo peso y el mismo significado para ambos sexos y el acto que lo consagra realizará la fórmula social en que la necesidad del otro hombre es mi necesidad de hombre, en la medida en que la necesidad de un sexo se realiza como la necesidad del otro sexo”.
Bordiga explica a continuación que esta transformación estará basada en los cambios materiales y sociales introducidos por la revolución comunista: " No se puede proponer esto únicamente como una relación moral basada en un modo de relación física, debido a que la transición a la forma superior se lleva a cabo en el campo económico: los hijos y su carga no conciernen a ambos padres, sino a la comunidad." Es la etapa a partir de la cual la humanidad futura será capaz de traspasar los límites impuestos por la familia burguesa.
La vida consciente a otro nivel
En un artículo anterior de esta serie[24], argumentábamos que ciertos pasajes de los Manuscritos de 1844 sólo tienen sentido si los consideramos como anticipaciones de una transformación de la conciencia, de una nueva manera de ser que las relaciones sociales comunistas hacen posible. El artículo examina ampliamente el pasaje del capítulo "Propiedad privada y comunismo" en el que Marx habla de cómo la propiedad privada (entendida en su sentido más amplio) es utilizada para restringir los sentimientos humanos, para dificultar o, -utilizando un término más preciso del psicoanálisis- para reprimir la experiencia sensorial humana; por lo tanto, el comunismo aportará con él "la emancipación de los sentidos", una nueva relación corporal y mental con el mundo, que puede compararse con el estado de inspiración experimentada por los artistas en sus momentos más creativos.
Hacia el final del texto de Bordiga "Tablas inmutables..." hay una parte titulada "Abajo la personalidad: ésa es la clave" Abordaremos más adelante la cuestión de la "personalidad" pero queremos considerar en primer lugar cómo Bordiga, en su manera de interpretar los Manuscritos de 1844, plantea la modificación de la conciencia humana en el futuro comunista.
Comienza afirmando que, en el comunismo, se “habrá salido del engaño milenario del individuo a solas frente al mundo natural, estúpidamente llamado por los filósofos ‘externo’. ¿Externo a qué? Externo al Yo, a este deficiente supremo; externo a la especie humana, no se puede decir con más rotundidad, porque el hombre especie humana es intrínseco a la naturaleza, es parte del mundo físico”; y continúa diciendo que ‘‘en este poderoso texto, el objeto y el sujeto vienen a ser, como el hombre y la naturaleza, una sola y misma cosa. Y a la vez todo es objeto: el hombre sujeto “contra natura” se desvanece en la ilusión de un yo singular”. (“Tablas...”, p. 191).
Aquí puede hacerse referencia al pasaje del capítulo "Propiedad privada y comunismo" en el que Marx dice: " ... Así, al hacerse para el hombre en sociedad la realidad objetiva realidad de las fuerzas humanas esenciales, realidad humana y, por ello, realidad de sus propias fuerzas esenciales se hacen para él todos los objetos objetivación de sí mismo, objetos que afirman y realizan su individualidad, objetos suyos, esto es, él mismo se hace objeto."[25]
Bordiga prosigue: “Además, Marx ha superado los sentidos corporales, individuales, en el sentido humano, colectivo. Hemos visto que cuando el individuo se vuelve especie, el espíritu, pobre absoluto, se disuelve en la naturaleza objetiva. A los cerebros individuales, pobres aparatos pasivos, los sustituye el cerebro social. Además, Marx fue más allá de los sentidos corporales individuales mediante el sentido humano colectivo”; ("Tablas...", p. 191). Y continúa, citando de los Manuscritos de 1844 lo referente a la emancipación de los sentidos, haciendo hincapié en que también indican la emergencia de una especie de conciencia colectiva – algo a lo que podría llamarse una transferencia desde el "sentido común" del yo aislado a la comunicación de los sentidos.
¿Qué hacemos con estos conceptos? Antes de rechazarlos como si fueran ciencia ficción, hay que recordar que, particularmente en la sociedad burguesa, a pesar de que a menudo tomamos al yo como el centro absoluto de nuestro ser (“Pienso, luego existo") también hay una larga tradición de pensamiento que insiste en que el yo es sólo una realidad relativa o, mejor dicho, una parte específica de nuestro ser. Este punto de vista está incontestablemente en el meollo de la teoría psicoanalítica, para la cual el yo adulto sólo emerge a través de un largo proceso de represión y de división entre la parte consciente y la parte inconsciente de nosotros mismos – el yo que es, por otra parte, “la única sede de la angustia”[26] porque, atrapada como está entre las exigencias de la realidad exterior y los impulsos insatisfechos escondidos en el inconsciente, el yo está constantemente preocupado por su destrucción o extinción.
Es también una perspectiva que se manifiesta en una serie de tradiciones "místicas" en Oriente y Occidente, aunque la que probablemente la ha desarrollado de manera más coherente ha sido la filosofía india, y especialmente el budismo con su doctrina del "anatta" - la caducidad del sí separado. Pero todas estas tradiciones tienden a coincidir en que es posible, penetrando directamente el inconsciente, para superar la conciencia cotidiana del yo, y así, el tormento de la angustia perpetua. Despojados de las distorsiones ideológicas que acompañan inevitablemente a estas tradiciones, sus ideas más lúcidas plantean la posibilidad de que los seres humanos sean capaces de alcanzar otro tipo diferente de conciencia en la que el mundo que nos rodea ya no es considerado como hostil, y donde lo esencial de la toma de conciencia se desplaza, no sólo intelectualmente, sino también por medio de la experiencia directa y muy corporal, desde el átomo aislado hasta el punto de vista de la especie; de hecho, incluso más que el punto de vista de la especie, o sea la naturaleza - un universo en evolución - que se hace consciente de sí misma.
Son difíciles de leer los pasajes citados de Bordiga, pero no se debe concluir que habla de algo totalmente diferente. Y es importante tener en cuenta que Freud, en la introducción a El malestar en la cultura (1930), reconoce la realidad del "sentimiento oceánico", la experiencia erótica de la unidad con el mundo, que no podía concebir sino como una regresión a la fase infantil anterior a la emergencia del yo. Sin embargo, en la misma sección del libro, acepta también la posibilidad de que las técnicas mentales del yoga puedan abrir la puerta a los "estados primordiales de la vida psíquica, profundamente soterrados." La cuestión teórica que esto nos plantea - y tal vez la de una investigación práctica que se plantea a las generaciones futuras - es conocer si las técnicas seculares de la meditación sólo pueden conducir a una regresión, a un hundimiento en el pasado, en la unidad indiferenciada del animal o del bebé; o si pueden ser parte "de un retorno dialéctico a la conciencia", de una exploración consciente de nuestra propia mente. En este sentido, los casos de "sentimiento oceánico", cuando se producen, no sólo se refieren al pasado infantil, sino también al horizonte de la conciencia humana más avanzada y más universal. Este fue el enfoque adoptado por Erich Fromm en su estudio Budismo zen y psicoanálisis, por ejemplo cuando escribe sobre lo que él llama el " El estado de no represión estado de desinhibición” que define como “un estado en el que se adquiere nuevamente la visión inmediata, no deformada de la realidad, la simpleza y la espontaneidad del niño; no obstante, después de haber atravesado el proceso de enajenación, de desarrollo del propio intelecto, la no represión es una vuelta a la inocencia en un nivel superior; esta vuelta a la inocencia es posible solo después de haber perdido la propia inocencia.”[27]
En contra de la destrucción del medio ambiente
Los escritos teóricos de Bordiga durante ese periodo no sólo plantean la cuestión de la relación del hombre con la naturaleza en un nivel tan "filosófico". Bordiga también planteó esta cuestión en sus atinadas reflexiones sobre las catástrofes que causa el capitalismo y el problema medioambiental. Al referirse a las catástrofes contemporáneas, como la inundación del valle del Po en 1957 y el naufragio del trasatlántico Andrea Doria el año anterior, Bordiga utiliza sus grandes conocimientos en ingeniería, y en especial su profundo rechazo al progreso burgués, para mostrar cómo el ansia de acumulación de la burguesía contiene en sí las semillas de tales desastres y, finalmente, de la destrucción del mundo natural[28]. Bordiga es especialmente vehemente en sus artículos sobre el frenesí urbanístico que ya pudo percibir en el período de reconstrucción tras la Segunda Guerra; denuncia el amontonamiento de personas en las cada vez más restringidas zonas urbanas, así como la filosofía de la "verticalidad" en la construcción. Sostiene que la reducción de los seres humanos al nivel de las hormigas es un producto directo de esas necesidades de acumulación que únicamente será invertido en el comunismo futuro, reafirmándose en el método de Marx y Engels para superar la separación entre ciudad y campo: " Después de haber aplastado por la fuerza esta dictadura, cada día más obscena, será posible subordinar cada solución y cada plan a la mejora de las condiciones del trabajo vivo, y eliminar de este objetivo lo que hay de trabajo muerto, el capital constante, la infraestructura que la especie-hombre ha elaborado a lo largo de los siglos y continúa haciéndolo en la corteza terrestre; así pues el repulsivo verticalismo de los monstruos de cemento será ridiculizado y suprimido; y, en las vastas extensiones de espacio horizontal, las gigantescas ciudades, una vez “desinfladas”, la fuerza y la inteligencia del animal-hombre tenderá progresivamente a hacer más uniforme la vida y el trabajo en las tierras habitables con lo que estas fuerzas podrán convivir en armonía y no serán enemigos feroces como ocurre en la civilización deforme de hoy, donde lo que les mantiene agrupados es el espectro de la esclavitud y del hambre”[29]. También es interesante resaltar que Bordiga, cuando en 1952, formula el esbozo de un “programa revolucionario inmediato”[30], incluye exigencias para poner fin a lo que ha observado como el hacinamiento inhumano y el ritmo la vida provocados por el sistema de urbanización capitalista (un proceso que después ha alcanzado progresivamente niveles mucho más elevados de irracionalidad); así, el punto séptimo de los nueve que contiene este programa llama a “el rechazo de la construcción de viviendas y lugares de trabajo en la periferia de las grandes ciudades, e incluso de las pequeñas, como una medida para encaminarse hacia una distribución uniforme de la población en todo el territorio. La reducción de la congestión, de la velocidad y del volumen de tráfico, prohibiendo lo que es inútil.”(en un futuro artículo, queremos tratar otras de las reivindicaciones de ese “programa", ya que contienen algunas formulaciones que, a nuestro aparecer, deben ser criticadas) Es interesante señalar que, cuando llega al momento de demostrar por qué todo el llamado progreso de la ciudad capitalista no tiene en realidad nada de eso, Bordiga utiliza un concepto de decadencia que él mismo tiende a tirar por la ventana en otras polémicas - como en el título "la siniestra novela negra de la decadencia social moderna"[31]. Dicho término también es totalmente coherente con la idea general de la historia que hemos planteado anteriormente, donde las sociedades pueden "degenerar hasta el punto de putrefacción" y pasar por fases de ascenso y de declive. Es como si a Bordiga, una vez retirado del mundo "estrecho" de la confrontación de posiciones políticas y obligado a regresar a los fundamentos de la teoría marxista, no le hubiera quedado más opción que reconocer que el capitalismo, como todos los modos de producción anteriores, también debía entrar en un período de decadencia y que ya estamos desde hace mucho tiempo en tal época de decadencia, sean cuales sean las maravillas del crecimiento del capitalismo en decadencia que están ahogando a la humanidad y amenazando su futuro.
El problema con la "invariancia"
Debemos ahora volver al concepto de Bordiga según el cual los Manuscritos de 1844 proporcionarían pruebas a favor de su teoría de la "invariabilidad del marxismo". Ya hemos afirmado en repetidas ocasiones que se trata de una concepción religiosa. En una polémica mordaz con el grupo bordiguista que publica Programma Comunista, Mark Chirik señala la similitud real entre el concepto bordiguista de invariancia y la actitud islámica de sumisión a una doctrina inmutable.[32]
El blanco de ese artículo era, sobre todo, es cierto, los epígonos de Bordiga, pero ¿qué dijo el propio Bordiga sobre la relación entre el marxismo y las fuentes de la doctrina de la "invariabilidad" en el pasado? En un texto básico titulado precisamente "La invariancia histórica del marxismo", escribió:
“Por consiguiente, a pesar de que la dotación ideológica de la clase obrera revolucionaria ya no es revelación, mito o idealismo como para las clases precedentes, sino «ciencia» positiva, ella tiene necesidad, sin embargo, de una formulación estable de sus principios, e incluso de sus reglas de acción, que cumpla el papel y tenga la eficacia decisiva que en el pasado han tenido dogmas, catecismos, tablas, constituciones y libros-guías como los Vedas, el Talmud, la Biblia, el Corán o las declaraciones de los Derechos. Los profundos errores sustanciales y formales contenidos en aquellas compilaciones no les han quitado su enorme fuerza organizadora y social (primero revolucionaria, después contrarrevolucionaria, en dialéctica sucesión); es más, en muchos casos, esos «descarríos» han contribuido precisamente a formar esa fuerza.”.[33]
En sus "Comentarios...", Bordiga ya era consciente de la acusación de que tales ideas lo llevaban a una visión religiosa del mundo:
" Cuando, llegado a un punto, nuestro insignificante oponente (que solo sabe repetir, sin originalidad y sin vida, las viejas naderías que hace ya mucho tiempo fueron liquidadas por nuestra doctrina, recurriendo a esa fuente de la vida en la que, en ciertos momentos, ésta lleva en su tortuoso transcurso el soplo original y nuevo; y muere en el momento en que su final irrumpe) nos dirá que así es como construimos nuestra mística: es decir, presentándose a sí mismo, pobre hombre, como el espíritu que ha superado todas las fideísmos y misticismos, hará burla de nosotros tildándonos de adoradores de las tablas de Moisés, o el Talmud, la Biblia o el Corán, los evangelios y los catecismos, nosotros le respondemos que ni siquiera eso nos induce a tomar la posición defensiva que todo inculpado requiere, dejando incluso de lado la posibilidad de meterse con esos filisteos siempre renacientes-, no, vamos a responder también lo que no tenemos motivos para considerar como una ofensa la afirmación que puede seguir atribuyéndose a nuestro movimiento –mientras no haya triunfado en la realidad (la cual precede a nuestro método de toda conquista posterior de la conciencia humana)- el de ser místico y hasta mítico.
El mito, en sus innumerables formas, no fue un delirio de espíritus con los ojos cerrados a la realidad física - natural y humana inseparablemente como decía Marx – sino que es un paso insustituible en la forma única de la conquista verdadera de la conciencia ... "("Comentarios ... "p169).
Bordiga tiene razón en considerar que el pensamiento mítico era de hecho un "paso indispensable" en la evolución de la conciencia humana, y que la Biblia, el Corán o la Declaración de los Derechos Humanos fueron en algún momento de la historia, productos verdaderamente revolucionarios. También es justo reconocer que la adhesión a esas "tablas de la ley" se convirtió en contrarrevolucionaria, en otra etapa de la historia. Pero si se hizo contrarrevolucionaria en las nuevas circunstancias históricas, fue precisamente debido a la idea de que eran inmutables e inalterables. El islam, por ejemplo, estima que su revelación es más pura que la de la Torá judía, pues argumenta que, mientras que la Torá estaba sometida a revisión y redacción posterior, ni una sola palabra del Corán se modificó desde el momento en que el ángel Gabriel lo dictó a Mahoma. La diferencia entre la visión marxista del programa comunista y el mito o dogma religioso es que el marxismo ve sus conceptos como el producto histórico de los seres humanos y por lo tanto están sujetos a confirmación o refutación mediante el desarrollo o la experiencia históricos, no como una revelación, de una vez para siempre, de una fuente sobrehumana. De hecho, la visión marxista insiste en que las revelaciones míticas o religiosas son ellas mismas productos de la historia humana, y por lo tanto limitadas en su alcance y claridad, incluso en sus creaciones más elevadas. Al aceptar la idea de que el marxismo es, también él, una especie de mito, Bordiga pierde de vista el método histórico que tan eficaz es cuando lo usa en muchos otros temas.
Por supuesto, es cierto que el programa comunista en sí no es infinitamente maleable y tiene un núcleo inmutable de principios generales, tales como la lucha de clases, la naturaleza transitoria de las sociedades de clases, la necesidad de la dictadura el proletariado y el comunismo. Además, hay un sentido en el que ese esquema general puede aparecer como un momento de inspiración. Y así Bordiga escribe:
“Una nueva doctrina no puede aparecer en cualquier momento histórico, sino que existen determinadas épocas de la historia, bien características - e incluso rarísimas -, en las que puede aparecer como un haz de luz enceguecedora; si no se ha reconocido el momento crucial y clavado la vista en la terrible luz es vano recurrir a los cabos de vela con los que se abre la vía el pedante académico o el luchador con escasa fe.”[34]
Bordiga probablemente tiene en cuenta el período increíblemente rico de la obra de Marx que dio origen a los Manuscritos de 1844 y otros textos fundamentales. Pero Marx no consideró esos textos como si no hubiera más que decir sobre el capitalismo, la lucha de clases, o el comunismo y a pesar de que, en nuestra opinión, nunca abandonó lo esencial de esos escritos, a los que consideraba "primeros borradores" que habría que ir poniendo a punto y irles dando bases sólidas para futuras investigaciones, en estrecha relación con la experiencia práctica-teórica vivida por el movimiento real del proletariado.
Bordiga, en los "Comentarios..." (pág. 161) hace también hincapié en un pasaje particular de los Manuscritos de 1844 que probarían su invariancia. En ese pasaje, Marx escribió que "Todo el movimiento entero de la historia es pues, por un lado, el acto de la procreación de ese comunismo - el nacimiento de su existencia empírica - y, por otro, es para su conciencia pensante, el movimiento comprendido y conocido de su devenir"[35]
Bordiga añade que el tema de esta conciencia no puede ser el filósofo individual; sólo puede ser el partido de clase del proletariado mundial. Pero si, como dice Marx, el comunismo es el producto de todo el movimiento de la historia, entonces debe haber comenzado a surgir mucho antes de la aparición de la clase obrera y sus organizaciones políticas, de modo que la fuente de esta conciencia debe ser más antigua que la conciencia misma - al igual que en la sociedad capitalista, el comunismo también es más amplio que las organizaciones políticas de la clase, por mucho que sean éstas su expresión más avanzada. Además, dado que el comunismo sólo puede llegar a ser claro para sí mismo, “entendido y conocido” cuando se convierte en comunismo proletario es sin duda una prueba más de que el comunismo y la conciencia comunista son algo que evoluciona, no estático, sino que es un proceso en devenir, y por lo tanto no puede ser invariante.
Individuo y especie
La crítica del individualismo tiene una larga historia en el marxismo, que se remonta a la crítica de Hegel por Marx, y, en particular, en el asalto de este contra Max Stirner; y argumentando en contra de la visión filosófica del pensador aislado, Bordiga está en tierra firme, cuando cita el tajante exabrupto de Marx en La ideología alemana sobre San Max[Stirner] cuya “filosofía equivale al estudio del mundo real lo que la masturbación al amor sexual”. Como hemos visto, la idea de que el yo es en cierto sentido una construcción ilusoria también tiene una larga historia. Pero Bordiga va más lejos que eso. Como también hemos visto, la parte de las "Tablas..." que hemos citado más arriba, donde Bordiga predijo que la humanidad comunista será capaz de acceder a un tipo de conciencia de la especie o cósmica, se titula "abajo con la personalidad esa es la clave." Es como si Bordiga quisiera que el ser humano se fundiera en la especie en lugar de realizarse mediante ella.
Experimentar un estado de conciencia que va más allá del yo tiende a ser una culminación más que un estado permanente, pero en cualquier caso no eliminará necesariamente la personalidad. Se podría decir que podría trascenderse en el futuro ese tipo de personalidad, esa especie de máscara, algo así como una propiedad privada, cara exterior de la ilusión de un yo absoluto. Pero la naturaleza misma necesita la diversidad para avanzar, y eso es tanto más cierto para la sociedad humana. Ni siquiera los budistas afirman que la iluminación haga desaparecer al individuo. Hay una historia Zen que cuenta cómo un estudiante se acercó a su maestro después de haber oído que éste había alcanzado el "satori", el destello de la iluminación, y pregunta al maestro "¿cómo siente usted estar iluminado?" A lo que el maestro contestó: "tan miserable como de costumbre".
Y en la misma parte de las "Tavole ...", Bordiga cita las "magnífica expresión" de los Manuscritos de 1844 , que dice que la humanidad es un ser que sufre, y que si no sufre, no puede conocer la alegría. Este ser carnal, mortal, ser humano individuo seguirá existiendo en el comunismo, que para Marx es “la única [sociedad] donde el desarrollo original y libre de los individuos no es una frase” (La ideología alemana, [1846] ed. Grijalbo, 1974, p. 526)
Todo eso son, evidentemente, cuestiones para un futuro lejano. Pero las sospechas de Bordiga sobre la personalidad individual tienen consecuencias mucho más inmediatas sobre la cuestión de la organización revolucionaria.
Sabemos que Bordiga hizo una crítica mordaz del fetichismo burgués de la democracia, porque ésta se basa en la noción falsa del ciudadano aislado y la verdadera de una sociedad atomizada por el intercambio de mercancías. Las ideas que desarrolló en El principio democrático y en otros lugares nos permiten poner de relieve el vacío fundamental de las estructuras más democráticas del orden capitalista. Pero llega un momento, en el pensamiento de Bordiga, en el que pierde de vista lo que fue verdaderamente "progresista" en la victoria del intercambio de bienes sobre todas las formas anteriores de la sociedad: la capacidad de crítica, el pensamiento individual sin el cual la "ciencia positiva" – a la que Bordiga reivindica también como punto de vista del proletariado - no habrían surgido. Aplicada al concepto de Bordiga del partido, esa manera de pensar conduce a la noción de organización "monolítica", "anónima" e incluso "totalitaria" - términos utilizados y aprobados por los cánones bordiguistas. Lleva a teorizar la negación del pensamiento individual y, por tanto, las diferencias internas y los debates. Y al igual que con todos los regímenes totalitarios, siempre hay al menos una persona que lo es todo menos anónima – y que se convierte en objeto de culto a la personalidad. Y eso es precisamente lo que se justificó en el Partido Comunista Internacionalista en el período posterior a la guerra por quienes vieron en Bordiga el "líder brillante", el genio que podría encontrar respuestas a todos los problemas teóricos que se planteaban a la organización (incluso cuando ni siquiera era miembro del partido). Fue esta manera absurda de pensar la que fue atacada en el artículo de la GCF "Contra el concepto del jefe genial"[36]
La contribución de Bordiga
A veces hemos criticado la idea de Bordiga de que un revolucionario es alguien para quien ya ha llegado la revolución. Al implicar que el comunismo sería inevitable, esas críticas son válidas. Pero también hay algo de cierto en la afirmación de Bordiga. Los comunistas son los que representan el futuro en el presente, como lo dice el Manifiesto Comunista, y en ese sentido miden el presente - y el pasado - a la luz de la posibilidad del comunismo. "La pasión por el comunismo" de Bordiga - su insistencia en demostrar la superioridad del comunismo sobre todo lo que la sociedad de clases y el capitalismo había creado - le permitió resistir ante las falsas visiones de progreso capitalista y "socialista" que fueron inoculadas a la clase obrera en los años 1950 y 60 y, quizás lo más importante, para demostrar en la práctica que el marxismo es, de hecho, no un dogma invariable, sino una teoría viva, porque no hay duda de que las contribuciones de Bordiga sobre el comunismo enriquecen nuestra comprensión sobre él.
Más arriba en este artículo nos referíamos a la reseña necrología que redactó Damen en 1970, cuyo objetivo era valorar la contribución política global de Bordiga. Damen comienza con una lista de todo “lo que debemos a Bordiga”, sobre todo, la enorme contribución que hizo en su período “clásico” sobre la teoría del abstencionismo y la relación entre el partido y la clase. Pero, como hemos visto, fue con razón si no Damen no evita criticar a Bordiga sobre su retirada de la actividad política entre finales de 1920 y principios de 1940, su negativa a pronunciarse sobre todos los dramas económicos y políticos que ocurrieron en aquel período. Al examinar su regreso a la vida política al final de la guerra, Damen es una vez más mordaz sobre las ambigüedades de Bordiga sobre la naturaleza capitalista de la URSS. Hubiera podido ir aún más lejos al mostrar cómo la negativa de Bordiga para reconocer los logros de la Fracción llevó a una regresión política sobre cuestiones clave como la cuestión nacional, los sindicatos y el papel del partido en la dictadura del proletariado.
Lo que en realidad falta en el texto de Damen es una evaluación de la contribución real a nuestra comprensión del comunismo que Bordiga emprendió en sus últimos años, una contribución que la Izquierda comunista todavía ha de asimilar, sobre todo porque, posteriormente, fue recuperada por otros con programas dudosos como la corriente "comunistizadora" (de la que Camatte fue uno de los fundadores), que lo utilizó para producir unos resultados que sin duda alguna el propio Bordiga habría desautorizado. Pero esto requerirá otro artículo y antes queremos tratar las demás "teorías de la revolución proletaria", que se elaboraron en los años 50, 60 y 70.
CD Ward, septiembre de 2016
[1] “Después de la Segunda Guerra Mundial, debates sobre cómo ejercen los trabajadores el poder después de la revolución”(en francés), https://fr.internationalism.org/icconline/201401/8873/apres-seconde-guerre-mondiale-debats-maniere-dont-ouvriers-exerceront-pouvoir [2].
[2] Revista internacional n° 147 (2011): “Decadencia del capitalismo (XI) - El boom de la posguerra no cambió el curso en el declive del capitalismo” https://es.internationalism.org/revista-internacional/201111/3261/decade... [3].
[3]https://www.marxists.org/espanol/pannekoek/1940s/consejosobreros/index.htm [4]. Véase también el artículo referido en la nota 1.
[4] En Ustica, se encontró con Gramsci, el cual había desempeñado un papel central para imponer la línea de la IC en el partido italiano, descartando a Bordiga de su dirección. Gramsci ya estaba entonces enfermo y, a pesar de sus diferencias considerables, Bordiga no dudó en atender a sus necesidades básicas y trabajar con él en la formación de un círculo educativo marxista.
[5] Cuya plataforma fue reeditada recientemente en inglés por la Tendencia Comunista Internacionalista: https://www.leftcom.org/en/adverts/2011-11-01/the-platform-of-the-committee-of-intesa-of-1925-is-now-available-once-again [5]
[6] Los problemas prácticos a los que se enfrentó Bordiga durante ese periodo fueron más que considerables: lo seguían dos policías adonde fuera. Sin embargo, hubo algo de voluntario en el aislamiento de Bordiga respecto a sus compañeros y a Damen. Este redactó una especie de homenaje necrológico, escrito poco después de la muerte de Bordiga en 1970 y es muy crítico sobre su comportamiento político: "Su comportamiento político, su negativa constante a adoptar una actitud políticamente responsable deben tenerse en cuenta en aquel clima particular. Así, muchos acontecimientos políticos, algunos de gran importancia histórica, como el conflicto Trotsky-Stalin y el propio estalinismo fueron desdeñosamente ignorados, quedando sin reacción de su parte. Y fue lo mismo hacia nuestra Fracción en el extranjero, en Francia y Bélgica en relación con la ideología y la política del partido de Livorno, la Segunda Guerra Mundial y, finalmente, el alineamiento de la URSS con el frente imperialista. Ni una palabra, ni una línea de Bordiga aparecieron a lo largo de aquel período histórico y eso que tenía una dimensión mayor y más compleja que la Primera Guerra Mundial ". https://www.leftcom.org/en/articles/2011-01-21/amadeo-bordiga-beyond-the-myth-and-the-rhetoric-0 [6] (Traducido por nosotros). Un estudio de los "años oscuros" de Bordiga fue publicado en italiano por Arturo Peregalli y Sandro Saggioro titulado Amadeo Bordiga. - El sconfitta e gli anni Oscuri (1926-1945) . Colibri Edizioni, Milán, noviembre de 1998.
[7] Léase al respecto dos artículos Revista Internacional en los números 36 y 90: “El Segundo Congreso del Partido Comunista Internacionalista (Internacionalismo Nº 36, julio de 1948) [7]” y la “Polémica: el origen de la CCI y el BIPR, I – La fracción italiana y la izquierda comunista de Francia [8]”
[8] Véase el artículo en la Revista Internacional n ° 36, “El Segundo Congreso del Partido Comunista Internacionalista (Internacionalismo No. 36, julio de 1948” [7].
[9] Véase, en particular, en la Revista Internacional nº 127 (2006), “Comunismo (III): “La década de 1930: el debate sobre el período de transición [9]”. https://es.internationalism.org/revista-internacional/200612/1138/iv-los-anos-30-el-debate-sobre-el-periodo-de-transicion-1 [10].
[10] La Izquierda Comunista Italiana . Capítulo "El Partito Comunista Internazionalista de Italia", p 220. Estos conocimientos sobre los peligros potenciales del Estado "proletario parecieron haberse perdido, a juzgar por la sorpresa expresada por el delegado de PCInt/Battaglia, en el Segundo Congreso de la CCI, después de enterarse de una resolución sobre el estado del período de transición, que se basa en los logros de la fracción y la GCF. Esta resolución [11] se aprobó finalmente en el Tercer Congreso. Ver también Revista Internacional N ° 47 en francés e inglés "El período de transición: controversia con PCInt Battaglia [12]".
[11] En su prefacio a Rusia y la revolución en la teoría marxista (Ediciones Spartacus, 1975), Jacques Camatte muestra que Bordiga de los años revolucionarios de después de la Primera Guerra Mundial no defendía la idea de invariancia, refiriéndose en particular al primer artículo de la colección, "las lecciones de la historia reciente", que sostiene que el movimiento real del proletariado puede enriquecer la teoría, criticando abiertamente algunas ideas de Marx sobre la democracia y algunas indicaciones prácticas del Manifiesto Comunista : " el sistema de comunismo crítico, naturalmente, debe entenderse en relación con la integración de la experiencia histórica posterior al Manifiesto y a Marx, y, si es necesario, en una dirección opuesta a algunos comportamientos tácticos de Marx y Engels que resultaron ser erróneos". (p. 71)
[12] Leer en la Revista Internacional n°147 (2011). “Decadencia del capitalismo (XI) - El boom de la posguerra no cambió el curso en el declive del capitalismo”, https://es.internationalism.org/revista-internacional/201111/3261/decadencia-del-capitalismo-xi-el-boom-de-la-posguerra-no-cambio-el [3].
[13] Ver “Después de la Segunda Guerra Mundial, debates sobre cómo ejercen los trabajadores el poder después de la revolución”(en francés) https://fr.internationalism.org/icconline/201401/8873/apres-seconde-guerre-mondiale-debats-maniere-dont-ouvriers-exerceront-pouvoir [2].
[14] Como lo subraya en un reciente artículo de C. Derrick Varn en el blog Symptomatic Commentary, "The brain of society: notes on Bordiga, organic centralism, and the limitations of the party form", Bordiga parecía reticente a abandonar la noción de partido que no sólo se mantiene durante la fase superior del comunismo sino también que actúa como la encarnación del cerebro social. https://symptomaticcommentary.wordpress.com/2014/08/19/the-brain-of-society-notes-on-bordiga-organic-centralism-and-the-limitations-of-the-party-form/ [13].
[15] Amadeo Bordiga, 1965. “Consideraciones sobre la actividad orgánica del partido cuando la situación general es históricamente desfavorable [14]”. En francés en: https://www.quinterna.org/lingue/francais/historique_fr/consid%C3%A9ratio... [14]
[16] Se podrís traducir por “Las tablas [de la ley] inmutables de la teoría comunista del partido” (Programma comunista, 1960)
[17] Véase, en particular, en la Revista Internacional n ° 70, " El comunismo no es un bello ideal, sino una necesidad material. La alienación del trabajo es una premisa de su emancipación. [15], Revista Internacional n 70.
[18] Título: "En Janitzio no le tienen miedo a la muerte."
[19] Véase también el artículo anterior, en Revista Internacional n ° 81 en la serie El comunismo no es un bello ideal, sino una necesidad material [16] “XI - El Marx de la madurez - Comunismo del pasado, comunismo del futuro.” https://es.internationalism.org/revista-internacional/199507/1824/xi-el-marx-de-la-madurez-comunismo-del-pasado-comunismo-del-futuro [17].
[20]Una exposición más clara del concepto de socialismo en Bordiga, puede encontrarse en un artículo de Adam Buick [18] del Partido Socialista de Gran Bretaña, quien, a pesar de sus muchos defectos, siempre ha entendido muy bien que el socialismo significa abolición del trabajo asalariado y del dinero.
[21] Véase, en Revista Internacional 111, de la serie El comunismo está al orden del día de la historia, el artículo “Trotsky y la ‘cultura proletaria’.”
[22] Véase en en la Revista Internacional 71, de la serie El comunismo no es un bello ideal, sino una necesidad material [16]: "El comunismo es el verdadero comienzo real de la sociedad humana"; https://es.internationalism.org/revista-internacional/199301/3151/iv-el-... [19]
[23] Leer en Revista Internacional 150 “Acerca del libro El comunismo primitivo no es lo que era; el comunismo primitivo y el papel de la mujer en la emergencia de la cultura [20]” y en la 151, el artículo “El comunismo primitivo y el papel de la mujer en la emergencia de la solidaridad” [21], https://es.internationalism.org/revista-internacional/201305/3733/el-com... [22].
[24] Cf. nota 21.
[25] Manuscritos económicos y filosóficos de 1844, "Propiedad Privada y comunismo [23]".
[26] Freud, “Nuevas lecciones introductorias al psicoanálisis” 1933.
[27] Erich Fromm y D. T. Suzuki, Budismo zen y psicoanálisis, “VI. Des-represión e iluminación”, Fondo de cultura económica, 1960, México. Fromm, perteneció a la Escuela de Fráncfort. Escribió sobre los primeros escritos de Marx. Pensaba que el verdadero objetivo del psicoanálisis (que solo podría alcanzarse a gran escala en una "sociedad sana"), no es sólo aliviar los síntomas neuróticos o subordinar los instintos al control intelectual, sino hacer consciente el inconsciente, accediendo así a la vida no reprimida. Y con este objetivo definió así el método del psicoanálisis: “Examina el desarrollo psíquico de una persona desde la infancia y trata de recuperar experiencias previas para ayudar a la persona a experimentar lo que ahora está reprimido. Va descubriendo ilusiones dentro de uno mismo acerca del mundo, paso a paso, de modo que las deformaciones paratáxicas y las intelectualizaciones enajenadas disminuyan. Al convertirse en menos extraña a sí misma, la persona que atraviesa este proceso se vuelve menos extraña al mundo; al abrir la comunicación con el universo dentro de sí misma, ha abierto la comunicación con el universo exterior. La falsa conciencia desaparece y con ella la polaridad conciencia-inconsciente. "(“VI. Des-represión e iluminación”). En otro pasaje (justo antes del citado), compara ese método con el del Zen, que utiliza diferentes medios, pero también mediante una serie de pequeñas logros o "satoris" hacia un nivel cualitativamente superior de estar en el mundo.
[28] Véase la colección Murdering the Dead: “Amadeo Bordiga sobre el capitalismo y otras catástrofes”, Antagonisme Press, 2001. Ver también nuestro artículo sobre las inundaciones en Gran Bretaña que trata de la noción de Bordiga del papel de la destrucción en la acumulación capitalista. O, también, otros artículos nuestros como “¿Catástrofes naturales o naturaleza catastrófica del capitalismo?” y otros muchos artículos al respecto [https://es.internationalism.org] [24].
[29] Especie humana y corteza terrestre, (traducido de la versión francesa publicada en la Petite Bibliothèque Payot, p.168)
[30] « Il programma revoluzionario immediato » https://www.sinistra.net/lib/bas/progra/vako/vakoabefui.html [25]
[31] Traducido por nosotros de la versión francesa : https://www.marxists.org/francais/bordiga/works/1956/08/bordiga_19560824.htm [26]
[32] Revista Internacional 14. “Una caricatura de partido: el partido bordiguista (Respuesta a Programma Comunista) [27]” (versión francesa: https://fr.internationalism.org/rinte14/pci.htm [28])
[33] La «invariancia» histórica del marxismo, https://www.sinistra.net/lib/upt/elproc/moqa/moqaajobis.html [29] (traducción de Programma)
[34] Ídem.
[35] Manuscritos económicos y políticos de 1844. “Propiedad Privada y comunismo. 1”.
[36] Revista Internacional nº 33 (1983) “Problemas actuales del movimiento obrero: Contra el concepto de jefe genial” (Internationalisme, № 25, Agosto de 1947). https://es.internationalism.org/revista-internacional/200712/2126/revista-internacional-n-33-segundo-trimestre-1983 [30].
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¿Qué puede esperar el mundo del nuevo gobierno Trump en EEUU? Mientras las élites políticas tradicionales en todo el mundo están consternadas y ansiosas, el gobierno ruso y los populistas de derechas en América y en toda Europa ven que la historia se pone de su parte. Y mientras las grandes empresas que operan a escala internacional (como la industria del automóvil) temen represalias ahora si no producen en EEUU, las bolsas y los institutos económicos mostraron inicialmente confianza, esperando un aumento del crecimiento de la economía USA e incluso mundial con Trump. En cuanto al propio Sr. Presidente, no sólo contradice regularmente a su nuevo gobierno, sino que también se contradice él mismo. La OTAN, el libre comercio o la UE pueden ser «esenciales» en una frase, y estar «obsoletos» en la siguiente.
En vez de unirnos a contemplar en la bola de cristal cual será la política del Estado americano en el futuro próximo, intentaremos aquí primero de todo analizar porqué Trump fue elegido presidente, a pesar de que la élite política establecida no lo quería. Partiendo de esta contradicción entre lo que Trump representa y los intereses del conjunto de la clase dominante en EEUU, esperamos ganar tierra firme para dar algunas indicaciones iniciales de lo que se puede esperar de su presidencia, sin caer en demasiadas especulaciones.
El dilema del partido Republicano
No es ningún secreto que a Donald Trump se le considera un cuerpo extraño en el partido Republicano que lo nominó para ser elegido para la Casa Blanca. No es lo bastante religioso ni conservador para los cristianos fundamentalistas que juegan un papel tan importante en el partido. Sus propuestas en política económica, como la de un programa de infraestructuras organizado por el Estado, el proteccionismo, o la substitución del «Obamacare» por un Seguro social para todos respaldado por el Estado, son anatema para los neo-libs que aún mantienen una influencia en los círculos Republicanos. Sus planes de un acercamiento a la Rusia de Putin lo enfrentan al lobby militar y de inteligencia que es tan fuerte, tanto en el partido Republicano como en el Demócrata.
La candidatura presidencial de Trump fue posible por una revuelta sin precedentes de los miembros y electores del partido Republicano contra sus líderes. Los otros candidatos, tanto si venían del clan Bush, de los cristianos evangelistas, los neo-libs, o el Tea Party, se habían desacreditado por su integración o apoyo al gobierno de George W Bush, que precedió al de Obama. El hecho de que, frente a la crisis económica y financiera de 2007/08, un presidente Republicano no hubiera hecho nada para ayudar a millones de pequeños propietarios y aspirantes a pequeños propietarios –que en muchos casos perdieron su empleo, su casa y sus ahorros de golpe al mismo tiempo- mientras financiaban las pérdidas de los bancos con dinero del gobierno, fue imperdonable para los votantes Republicanos. Además, ninguno de los otros candidatos tenía nada que proponer en el terreno económico, sino más de lo mismo que no había prevenido el desastre de 2008.
A decir verdad, la rebelión de los votantes tradicionales Republicanos se dirigió no solo contra sus líderes, sino también contra algunos de los “valores” tradicionales del partido. En ese sentido, no solo se hizo posible la candidatura de Trump, sino que fue virtualmente impuesta a la dirección del partido. Por supuesto que ésta última podría haberlo impedido, pero solo a riesgo de separarse de sus bases e incluso de dividir el partido. Eso explica que los intentos de frustrar los planes de Trump fueran tan poco entusiastas e inefectivos a la larga. A fin de cuentas el “Grand Old Party” se vio obligado a llegar a un acuerdo con el intruso de la costa Este.
El dilema del partido Demócrata
Una revuelta similar tuvo lugar en el partido Demócrata. Tras ocho años de Obama, la fe en el famoso «yes we can» («podemos» mejorar las vidas de la población en general) había menguado seriamente. El líder de esta rebelión era Bernie Sanders, que se autoproclamaba “socialista”. Igual que Trump en el lado Republicano, Sanders era un nuevo fenómeno en la historia reciente de los Demócratas. No porque los “socialistas” como tales sean un cuerpo extraño en ese partido. Pero son una minoría entre muchas, que subraya la reivindicación de multiculturalidad dentro del partido. Se considera un elemento extraño que planteen su candidatura al Despacho Oval. Tanto con Bill Clinton, como con Obama, los presidentes Demócratas contemporáneos combinan un toque de bienestar social con políticas económicas fundamentalmente neoliberales. Una política económica directamente intervencionista del Estado, de un fuerte carácter “Keynesiano” (como la de FD Roosevelt antes y durante la IIª Guerra mundial) es tanto un anatema para la dirección Demócrata como para la Republicana actualmente. Eso explica porqué Sanders nunca hizo un secreto del hecho de que sobre algunas cuestiones, sus propuestas políticas estaban más cerca de las de Trump que de las de Hillary Clinton. Después de la elección de Trump, Sanders inmediatamente le ofreció su apoyo para implementar su plan de «Seguro social para todos». Sin embargo, a diferencia de lo que les ocurrió a los Republicanos, la revuelta en el partido Demócrata fue aplastada con éxito y en lugar de Sanders, Clinton fue nominada con alivio. Y esto fue así, no solo porque el partido Demócrata es el mejor organizado y controlado de los dos partidos, sino porque la élite de este partido se ha visto menos desacreditada que su contrincante Republicana.
Pero paradójicamente, este éxito de la dirección del partido solo sirvió para allanar el camino de su derrota en las elecciones presidenciales. Al eliminar a Sanders, los demócratas dejaron de lado el único candidato que tenía una oportunidad de ganar a Trump. El PD se dio cuenta demasiado tarde de que Trump sería su adversario y de que estaban subestimando su potencial electoral. También subestimaron hasta qué punto la misma Hillary Clinton estaba desacreditada, debido sobre todo a su imagen de representante de “Wall Street”, de “las Oligarquías financieras de la Costa Este”, popularmente consideradas como los primeros culpables y al mismo tiempo los principales beneficiarios de la crisis financiera. De hecho a ella se le había llegado a identificar tanto con la catástrofe de 2008 como a la dirección del partido Republicano. La arrogante complacencia de la élite Demócrata y su ceguera respecto al creciente cabreo y resentimiento popular caracterizó toda la campaña electoral de la Sra. Clinton. Un ejemplo de esto fue su dependencia unilateral de los medias más tradicionales, mientras que el equipo de campaña de Trump utilizó las posibilidades de los nuevos medios a tope.
Como no quisieron a Sanders, tuvieron que comerse con patatas a Trump. Incluso para los que, de entre la burguesía de EEUU, les gusta menos la posibilidad de una fase de experimentación económica neo-Keynsiana, Sanders hubiera sido sin duda el mal menor. Sanders, igual que Trump, quería frenar el proceso de lo que se llama “globalización”; pero lo hubiera hecho más moderadamente y con mayor sentido de la responsabilidad. Con Trump, la clase dirigente de la primera potencia mundial no puede estar segura de dónde se ha metido.
El dilema de los partidos políticos establecidos
EEUU es un país fundado por colonos y poblado por oleadas de inmigración. La integración de los diferentes grupos e intereses étnicos y religiosos en una sola nación es función de la evolución del sistema político y constitucional. Un reto particular para este sistema es la implicación en el gobierno de los líderes de las diferentes comunidades de inmigrantes, puesto que cada nueva oleada de inmigrantes empieza desde debajo de la pirámide social y tiene que “forjarse su camino”. El presunto crisol (melting pot) americano es en realidad un sistema extremadamente complicado de (no siempre) coexistencia pacífica entre diferentes grupos.
Históricamente, junto a instituciones como los organismos religiosos, la formación de organizaciones criminales ha demostrado ser un medio para que los grupos excluidos ganen acceso al poder. La burguesía norteamericana tiene una larga experiencia en la integración de las mejores redes del hampa en las alturas. A menudo se trata de sagas familiares repetidas: el padre un gánster, el hijo un abogado o un político, y el nieto o nieta un filántropo o mecenas. La ventaja de este sistema era que la violencia sobre la que se basaba no era abiertamente política. Y eso lo hacía compatible con el sistema bipartidista. El lado al que fuera el voto italiano, judío o irlandés, dependía de las diferentes constelaciones dadas y de lo que Trump llamaría los “tratos” que los republicanos y los demócratas ofrecieran a las diferentes comunidades e intereses particulares. En Norteamérica, esas constelaciones entre comunidades tienen que negociarse constantemente, y no solo las que existen entre las diferentes industrias o ramas de la economía por ejemplo.
Pero este proceso de integración políticamente no partidista esencialmente, compatible con la estabilidad del aparato de partidos, empezó a fallar por primera vez frente a las demandas de los negros norteamericanos. Estos últimos habían llegado a Norteamérica originariamente no como colonos, sino como esclavos. Desde el principio tuvieron que soportar todo el embate del moderno racismo capitalista. Para ganar acceso a la igualdad burguesa ante la ley y al poder y los privilegios para una élite de raza negra tuvieron que ser creados movimientos abiertamente políticos. Sin Martin Luther King, o el Movimiento de Derechos Civiles, pero también sin la violencia de un nuevo tipo –las revueltas en los guetos negros en los 60 y los Black Panters- no hubiera sido posible la presidencia de Obama. La élite dirigente establecida consiguió gestionarlo vinculando el Movimiento Por los Derechos Civiles al partido demócrata. Pero de esa forma se puso en cuestión la división que existía entre los diferentes grupos étnicos y los partidos políticos. El voto de los negros va regularmente al partido demócrata. Al principio los Republicanos fueron capaces de desarrollar un contrapeso ganando una parte más o menos estable del voto latino (principalmente de la comunidad cubana en el exilio). Respecto al voto “blanco”, continuó yendo a uno u otro lado dependiendo de la oferta.
Hasta las elecciones de 2016. Uno de los factores que llevó a Trump a la Casa Blanca fue la alianza electoral que hizo con diferentes grupos de “blancos supremacistas”. A diferencia del racismo rancio del Klu klux klan, con su nostalgia del sistema esclavista que reinaba en los estados del sur hasta la guerra civil americana, el odio de esas nuevas corrientes se dirige contra los negros pobres de las zonas urbanas y rurales, pero también contra los latinos pobres, condenados como criminales y parásitos sociales. Aunque el propio Trump puede que no sea un racista de este tipo, esos blancos supremacistas modernos crearon una especie de bloque electoral a su favor. Por primera vez, millones de votantes blancos emitieron su voto no según las recomendaciones de “sus” diferentes comunidades, ni por uno u otro partido, sino por alguien a quien veían como el representante de una amplia comunidad “blanca”. En la base de esto hay un proceso de “comunitarización” de la política burguesa norteamericana. Un paso más en la segregación del llamado melting pot.
El dilema de la clase dirigente norteamericana y el «Make America Great Again» de Trump
El problema de todos los candidatos republicanos que intentaron oponerse a Trump y después de la misma Hillary Clinton, no era solo que no resultaban convincentes, sino que ellos mismos no estaban convencidos. Todo lo que podían proponer fueron diferentes variantes del «business as usual» (de lo de siempre). Sobre todo no tenían ninguna alternativa al «Make America Great Again» de Trump. Detrás de esta consigna no hay solo una nueva versión del viejo nacionalismo. El americanismo de Trump es de un nuevo tipo. Contiene la admisión clara de que Norteamérica ya no es tan «grande» como antes. Económicamente ha sido incapaz de prevenir el auge de China. Militarmente ha sufrido una serie de reveses más o menos humillantes: Afganistán, Irak, Siria. EEUU es una potencia en declive, aún cuando sigue siendo de lejos económica y sobre todo militar y tecnológicamente, el líder mundial. Y EEUU no es una excepción en un mundo que, al contrario, estaría prosperando. El declive norteamericano simboliza el de todo el capitalismo. El vacío creado por la ausencia de alternativas de la élite dirigente ha ayudado a dar su oportunidad a Trump.
Y no es que EEUU no haya intentado reaccionar frente a su declive histórico. Muchos de los cambios anunciados por Trump ya vienen de antes, en particular de Obama. Incluyendo dar mayor prioridad económica y sobre todo militarmente a la zona del Pacífico, de modo que a los “socios” de la OTAN se les ha pedido que carguen con una parte mayor de los costos; o una política económica más dirigida por el Estado frente a la gestión de la crisis de 2008 y sus consecuencias. Pero eso solo podría frenar el declive actual, mientras que Trump dice ser capaz de revertirlo.
Frente a este declive, y a las crecientes divisiones raciales, religiosas, étnicas y de clase, Trump quiere unir a la nación tras su clase dirigente en nombre de un nuevo americanismo. Según Trump EEUU ha sido la principal víctima del resto del mundo. Dice que, mientras EEUU se ha estado agotando y despilfarrando sus recursos para mantener el orden mundial, el resto se ha aprovechado de ese orden a expensas del «propio país de Dios» («God’s own country» ). Los “Trumpistas” no están pensando solo en Europa o Asia oriental, que han estado inundando el mercado norteamericano con sus productos. Uno de los principales explotadores de EEUU, según Trump, es México, al que acusa de exportar su superávit de población al sistema de Seguro Social norteamericano, mientras desarrolla al mismo tiempo su propia industria a tal extremo que su producción automovilística está adelantando la de su vecino del norte.
Esto equivale a una nueva y virulenta forma de nacionalismo, reminiscente del nacionalismo «underdog» alemán tras la Iª guerra mundial y el tratado de Versalles. La orientación de esta forma de nacionalismo ya no es justificar la imposición de un orden mundial dictado por EEUU. Su orientación es la de poner en cuestión el orden mundial existente.
La ruleta rusa de Trump
Pero lo que el mundo se pregunta es si Trump tiene una verdadera política que ofrecer en respuesta al declive norteamericano. Si no es el caso, si su alternativa es puramente ideológica, no es probable que dure mucho. Ciertamente Trump no tiene ningún programa coherente para su capital nacional. Nadie es tan claro sobre esto como el mismo Trump. Su política, como él declara repetidamente, es hacer “grandes negocios” para EEUU (y para él) cuando se presente la oportunidad. El nuevo programa del capital norteamericano es, aparentemente, Trump mismo: un amante del riesgo, un hombre de negocios que ha pasado por varias bancarrotas, como cabeza del Estado.
Pero esto no significa necesariamente que Trump no tenga ninguna posibilidad de al menos frenar el declive de EEUU. De hecho PODRÍA conseguirlo, al menos parcialmente –pero sólo si tiene suerte. Aquí nos aproximamos al punto crucial del Trumpismo. El nuevo presidente, que quiere dirigir la primera potencia mundial como si fuera una empresa capitalista, está dispuesto, para conseguir sus objetivos, a correr riesgos incalculables –riesgos que ningún político burgués “convencional” en su posición querría correr. Si funciona, podría volverse en beneficio del capitalismo norteamericano a expensas de sus rivales sin demasiados daños para el conjunto del sistema. Pero si sale mal, las consecuencias pueden ser catastróficas para EEUU y para el capitalismo mundial.
Podemos dar tres ejemplos de la clase de política «Va Banque» a la que quiere lanzarse Trump. Uno de ellos es su política proteccionista de chantaje. Su objetivo no es acabar con el presente orden económico mundial (“globalización”) sino conseguir un acuerdo mejor para Norteamérica en ese orden. EEUU es el único país cuyo mercado interno es tan grande para permitirse amenazar a sus rivales con medidas proteccionistas de envergadura. El súmmum de la racionalidad de la política de Trump es su cálculo de que los líderes políticos de sus principales rivales están menos locos que él, es decir, que no correrán el riesgo de una guerra comercial proteccionista. Pero si sus medidas desencadenaran una reacción en cadena fuera de control, el resultado podría ser una fragmentación del mercado mundial comparable a lo que ocurrió durante la Gran Depresión.
El segundo ejemplo es la OTAN. El gobierno Obama ya había empezado a presionar a los “socios” europeos para que asumieran una mayor parte de los costes de la Alianza en Europa y en otros sitios. La diferencia ahora es que Trump está dispuesto a amenazar con ningunear o marginar a la OTAN si no se cumplen los deseos de Washington. También aquí Trump está jugando con fuego, puesto que la OTAN es primero y principalmente un instrumento para asegurar la presencia del imperialismo USA en Europa.
El último ejemplo que daremos es el proyecto de Trump de un «Gran acuerdo» con Rusia y Putin. Uno de los principales problemas de la economía rusa actualmente es que no ha completado en realidad la transformación desde un régimen estalinista a un orden capitalista que funcione propiamente como tal. Esta transformación se vio obstaculizada durante una primera fase por la prioridad del gobierno de Putin de prevenir que la industria armamentística, o importantes materias primas fueran compradas por capital extranjero. El proceso de privatización necesario se hizo a medias, de manera que una gran parte de la industria rusa aún funciona sobre la base de una asignación de recursos administrativa. El plan de Putin era abordar en una segunda fase la privatización y la modernización de la economía en colaboración con la burguesía europea, principalmente con Alemania. Pero ese plan fue frustrado con éxito por Washington, esencialmente a través de su política de sanciones contra Rusia. Aunque tuvieran ocasión ante la política rusa de anexión de Ucrania, adicionalmente tenían el objetivo de prevenir un reforzamiento económico tanto de Rusia como de Alemania.
Pero ese éxito –quizás el principal logro frente a Europa de la presidencia de Obama- tiene consecuencias negativas para el conjunto de la economía mundial. La implantación de una verdadera propiedad privada en Rusia crearía un amasijo de nuevos actores económicos solventes que pueden responder por los préstamos que reciben con terrenos, materias primas, etc. En vistas de las dificultades de la economía mundial actualmente, cuando incluso en China el crecimiento se está enlenteciendo, ¿Puede el capitalismo permitirse renunciar a tales «negocios»?
No, según Trump. Su idea es que no sea Alemania y Europa, sino EEUU, quien se convierta en «socio» de Putin en esa transformación. Según Trump (que por supuesto también espera lucrativos negocios para sí mismo), la burguesía rusa, que es obviamente incapaz de abordar por sí misma su modernización, puede escoger entre tres posibles socios, incluyendo a China. Puesto que ésta es la mayor amenaza para EEUU, es vital que sea Washington en vez de Pekín, quien asuma ese papel.
Sin embargo ninguno de los proyectos de Trump ha provocado una resistencia tan amarga como éste en la clase dirigente en EEUU. Toda la fase entre la elección de Trump y su toma de posesión ha estado dominada por los intentos conjuntos de la «comunidad de Inteligencia», los principales medios de comunicación y el gobierno Obama, de sabotear el acercamiento previsto a Moscú. En esto todos ellos piensan que el riesgo que asume Trump es demasiado alto. Aunque es verdad que el principal contendiente actualmente es China, una Rusia modernizada constituiría un riesgo adicional considerable para EEUU. Después de todo Rusia es (también) una potencia europea, y Europa aún es el corazón de la economía mundial. Y Rusia aún tiene el segundo mayor arsenal nuclear tras EEUU. Otro posible problema es que, si las sanciones económicas contra Rusia fueran anuladas, la esfinge del Kemlin, Vladimir Putin, se considera perfectamente capaz de tomar la delantera a Trump reintroduciendo a los europeos en sus planes (para limitar así su dependencia de EEUU). La burguesía francesa, por ejemplo, ya está preparada para el caso: dos de los candidatos para las próximas elecciones presidenciales (Fillon y Le Pen) no han ocultado sus simpatías por Rusia.
Por el momento, la salida de este último conflicto entre la burguesía norteamericana sigue abierta. Mientras, la argumentación de Trump es unilateralmente económica (aunque no hay que excluir en absoluto que pueda ampliar su aventurerismo hacia una política de provocación militar hacia Pekín). Pero lo que es cierto es que una respuesta efectiva a largo plazo al desafío chino, ha de tener un fuerte componente económico y no puede ceñirse solamente al terreno militar. Hay dos áreas en particular en las que la economía norteamericana tiene que cargar con un presupuesto más pesado que China, y que Trump debería intentar “racionalizar”. Una es el enorme presupuesto militar. A este respecto, la política hacia Rusia también tiene una dimensión ideológica puesto que, en los últimos años, la idea de que Putin quería restablecer la Unión Soviética ha sido una de las principales justificaciones dadas para la persistencia de un gasto astronómico de “defensa”.
El otro presupuesto que Trump quiere reducir significativamente es el de bienestar social. Aquí sin embargo, en el ataque a la clase obrera, puede contar con el apoyo de toda la clase dominante.
La promesa de violencia de Trump
Junto a una actitud de aventurerismo irresponsable, la otra gran característica del Trumpismo es la amenaza de violencia. Una de sus especialidades es amenazar a las empresas que operan internacionalmente con represalias si no hacen lo que él quiere. Y lo que quiere, según dice, son «empleos para los trabajadores norteamericanos». Su forma de acosar a las grandes Compañías por twitter también tiene la intención de impresionar a los que viven constantemente con miedo porque su existencia depende de los antojos de esas Compañías gigantes. A esos trabajadores se les invita a identificarse con su fuerza, que supuestamente estaría a su servicio, porque son buenos y honestos obedientes estadounidenses que quieren trabajar duro por su país.
Durante su campaña electoral, Trump le dijo a su contendiente Hillary Clinton que quería “meterla a la cárcel”. Después declaró que tendría clemencia hacia ella –como si la cuestión de cuándo otros políticos aterrizan en prisión dependiera de sus caprichos personales. No hay clemencia sin embargo para los inmigrantes ilegales. Obama ya deportó más inmigrantes que cualquier otro presidente de EEUU antes de él. Trump quiere encarcelarlos dos años antes de expulsarlos. La promesa de que va a correr la sangre es el aura que atrae a una multitud creciente de los que, en esta sociedad, son incapaces de defenderse ellos mismos pero tienen sed de venganza. Gente que acude a sus mítines a protestar y que Trump ha zurrado ante los ojos de toda la nación. Mujeres, “outsiders”, los llamados inadaptados sociales, a los que se hace entender que deberían sentirse afortunados por estar expuestos solo a su violencia verbal. No solo quiere construir un muro para mantener lejos a los mexicanos, sino que promete hacérselo pagar a ellos. A la exclusión se añade la humillación.
Esas amenazas han sido obviamente una parte calculada de la demagógica campaña electoral de Trump, pero al tomar posesión de su cargo no ha perdido el tiempo impulsando una serie de “hechos consumados” destinados a probar que, a diferencia de otros políticos, va a hacer lo que dice. La expresión más espectacular de eso –que ha causado enorme consternación entre la burguesía y en el conjunto de la población- ha sido su “veto musulmán”, que niega a los viajeros de un cuidadosamente seleccionado número de países de mayoría musulmana, el derecho a entrar o volver a EEUU. Esto es sobre todo una declaración de intención, un signo de su voluntad de poner en el punto de mira a las minorías y asociar el islam en general con el terrorismo, por mucho que niegue que esta medida está destinada específicamente a los musulmanes.
Lo que EEUU necesita, dice Trump al mundo, son más armas y más tortura. La civilización burguesa moderna desde luego no anda escasa de chulos y matones y admira y aclama a los que toman por sí mismo todo lo que pueden conseguir a expensas de los otros. Lo que es una novedad es que millones de personas en uno de los países más modernos del mundo, quiera un matón semejante a la cabeza del Estado. Trump, igual que su modelo y puede que amigo Putin, son populares no a pesar de su chulería, sino debido a ella.
En el capitalismo siempre hay dos posibles alternativas, o intercambio de equivalentes, o no intercambio de equivalentes (robo). Puedes darle a alguien un equivalente por lo que consigues, o no dárselo. Para que funcione el mercado, sus sujetos tienen que renunciar a la violencia en la vida económica. Y lo hacen bajo amenaza de represalias, como la cárcel, pero también con la promesa de que su renuncia valdrá la pena para ellos a largo plazo en términos de hacer su existencia segura. Sin embargo el caso es que la base de la vida económica en el capitalismo es el robo, la plusvalía que el capitalista gana del plus de trabajo no pagado de los obreros asalariados. Este robo se ha legalizado como la propiedad privada capitalista de los medios de producción; el Estado, que es el aparato de Estado de la clase dominante, la impone por la fuerza cada día. La economía capitalista requiere un tabú respecto a la violencia para que el mercado funcione. Comprar y vender se supone que son actividades pacíficas –incluyendo la compra-venta de la fuerza de trabajo: los obreros no son esclavos. En circunstancias “normales”, la gente que trabaja están dispuestos a vivir más o menos en paz en esas condiciones, a pesar de darse cuenta de que hay una minoría que se niega a hacer lo mismo. Esa minoría se compone del medio criminal, que vive del robo, y del Estado, que es el mayor ladrón de todos, tanto en relación a “su propia” población (impuestos), como en relación a los otros Estados (guerra). Y aunque el Estado reprime a los criminales en defensa de la propiedad privada, en las altas esferas los principales gánsteres y el Estado tienden a colaborar mas que a oponerse entre sí. Pero cuando el capitalismo ya no puede hacer creíble siquiera la ilusión de una posible mejora de las condiciones de vida para el conjunto de la sociedad, el conformismo del conjunto de la sociedad empieza a resquebrajarse.
Hoy hemos entrado en un periodo (similar al de la década de 1930) en que amplios sectores de la sociedad se sienten engañados y ya no creen que renunciar a la violencia valga la pena. Pero siguen intimidados por la amenaza de represión, por el status ilegal del mundo criminal. Y ahí es cuando el anhelo de ser parte de los que roban sin miedo se hace político. La esencia de su “populismo” es la demanda de que la violencia contra ciertos grupos sea legalizada, o al menos tolerada no oficialmente. En la Alemania de Hitler, por ejemplo, el curso a la guerra era una manifestación “normal” del “Estado ladrón” que compartía con la Rusia de Stalin, EEUU de Roosevelt, etc. Lo que era nuevo en el Nacional Socialismo fue el robo sistemático, organizado por el Estado, contra parte de su propia población. Los pogromos y la búsqueda de chivos expiatorios se legalizaron. El Holocausto no fue principalmente producto de la historia del anti-semitismo o del Nazismo. Fue un producto del capitalismo moderno. El robo se convierte en la perspectiva económica alternativa de sectores de la población que se hunden en la barbarie. Pero esta barbarie es la del propio sistema capitalista. El Hampa, el mundo criminal, es tanto parte de la sociedad burguesa como la Bolsa. El robo y la compraventa son los dos polos de la avanzada sociedad moderna basada en la propiedad privada. La práctica del robo solo puede abolirse aboliendo la sociedad de clases. Cuando el robo empieza a reemplazar la compra y la venta, significa al mismo tiempo la autorrealización y la autodestrucción de la civilización burguesa. En ausencia de una alternativa, de una perspectiva revolucionaria comunista, crece el anhelo de ejercer la violencia contra otros.
«El pescado apesta desde la cabeza hacia abajo»
¿Qué pasa cuando partes de la misma clase dominante, seguidas por parte de las capas intermedias de la sociedad, empiezan a perder la confianza en la posibilidad de un crecimiento sostenido de la economía mundial? ¿O cuando empiezan a perder la esperanza de poder beneficiarse de cualquier crecimiento que se produjera? De ninguna manera querrían renunciar a sus aspiraciones de un (mayor) pedazo de riqueza y poder. Si la riqueza disponible no aumentara, lucharían por un mayor pedazo a expensas del resto. Aquí radica la conexión entre la situación económica y la creciente sed de violencia. La perspectiva de crecimiento empieza a ser reemplazada por la perspectiva de robo y pillaje. Si millones de trabajadores ilegales fueran expulsados, entonces según el cálculo, habría más empleos, viviendas y beneficios sociales, para los que se quedaran. Lo mismo vale para todos esos que viven del sistema de beneficios sociales sin contribuir. Y respecto a las minorías étnicas, algunos tienen trabajos que podrían pasar a manos de otros. Esta forma de pensar, emerge de las profundidades de la “sociedad civil” burguesa.
Sin embargo, de acuerdo con un viejo proverbio, “el pescado comienza a apestar desde la cabeza hacia abajo”. Es ante todo el Estado y el aparato económico de la clase dominante lo que produce esta putrefacción. El diagnóstico que hacen los medios de comunicación capitalistas es que la presidencia de Trump, la victoria de los que están por el Brexit en Gran Bretaña, y el auge del “populismo” de derechas en Europa, son el resultado de una protesta contra la “globalización”. Pero esto solo es cierto si se entiende la violencia como la esencia de esta protesta, y si la globalización se comprende, no solo como una opción económica entre otras, sino como una etiqueta para nombrar los medios extremadamente violentos por los que se ha mantenido vivo en las recientes décadas el capitalismo en declive. El resultado de esa gigantesca ofensiva económica y política de la burguesía (una especie de guerra de la clase capitalista contra el resto de la humanidad y contra la naturaleza) ha sido la producción de millones de víctimas, no solo entre la población trabajadora de todo el planeta, sino incluso en las filas de la propia clase dominante. Es fundamentalmente este último aspecto, por sus dimensiones, lo que no tiene precedentes en absoluto en la historia moderna. Tampoco tiene precedentes el grado en que, partes de la burguesía en EEUU y del mismo aparato de Estado, han sido víctimas de esta devastación. Y eso es así aún cuando EEUU fue el principal instigador de esa política. Es como si la clase dominante se viera obligada a amputar partes de su propio cuerpo para salvar el resto. Sectores enteros de la industria nacional se cerraron porque sus productos podían producirse más baratos en alguna otra parte. Pero no solo esas industrias tuvieron que echar la persiana –partes enteras del país se dejaron echar a perder en el proceso: regiones y administraciones, consumidores locales, minoristas y agencias de crédito, proveedores subsidiarios, industria local de la construcción, etc., fueron todos desguazados. No solo obreros, sino también grandes y pequeños propietarios, funcionarios, dignatarios locales, pueden contarse entre las víctimas. A diferencia de los trabajadores, que perdieron su sustento, estas víctimas burguesas y pequeñoburguesas perdieron su poder, sus privilegios y su status social.
Este proceso tuvo lugar, más o menos radicalmente, en todos los viejos países industriales las pasadas tres décadas. Pero en EEUU ha habido, además, una especie de terremoto en el sector militar y el así llamado, de inteligencia. Con Bush hijo y Rumsfeld, parte de las fuerzas armadas y de las fuerzas de seguridad, e incluso de los servicios de “inteligencia” fueron “privatizados” –medidas que costaron sus empleos a muchos altos mandos. Adicionalmente, la “inteligencia” tuvo que afrontar la competencia de las modernas empresas media como Google o Facebook, que en cierta forma están tan bien informadas y son tan importantes para el Estado, como la CIA o el FBI. En el curso de este proceso, el balance de fuerzas al interior de la clase dirigente ha cambiado, incluyendo al nivel económico, donde los sectores de crédito y finanzas (“Wall Street”) y las nuevas tecnologías (“Silicon Valley”) no solo están entre los principales beneficiarios de la “globalización”, sino entre sus principales protagonistas.
En oposición a estos sectores, que apoyaron la candidatura de Hillary Clinton, los partidarios de Donald Trump no tienen que ubicarse al interior de fracciones económicas específicas, aunque sus partidarios más rotundos se encuentran entre los ejecutivos de las viejas industrias que han decaído tanto en las décadas recientes. Más bien habría que buscarlos aquí y allá a través del aparato estatal y económico del poder. Ellos fueron los francotiradores que provocaron el fuego cruzado desde detrás de los escenarios contra Clinton como la supuesta candidata de “Wall Street”. E incluyen magnates de los negocios, publicistas frustrados y líderes del FBI. Para esos de entre ellos que han perdido la esperanza de hacerse a sí mismos “grandes de nuevo”, su apoyo a Trump fue sobre todo una especie de vandalismo político, de venganza ciega contra la élite dirigente.
Este vandalismo también puede verse en la voluntad de importantes fracciones de la clase dirigente –sobre todo las vinculadas a la industria del petróleo- de respaldar el rechazo indiscriminado de Trump de la explicación científica del cambio climático, que él ha desestimado “olímpicamente” como un chiste inventado por los chinos. Esto es una manifestación más del hecho de que partes significativas de la burguesía han perdido hasta tal punto la visión de cualquier futuro para la humanidad que están descaradamente dispuestas a poner sus márgenes de beneficio (“nacionales”) por encima de cualquier otra consideración por el mundo natural, y así a correr el riesgo de socavar las bases fundamentales para cualquier vida social humana. La guerra contra la naturaleza, que fue ampliamente intensificada por el orden mundial “neo-liberal”, se llevará a cabo aún más brutalmente por Trump y sus vándalos colegas.
Lo que ha ocurrido es muy grave. Mientras las fracciones dirigentes de la burguesía en EEUU todavía apoyan el orden mundial económico existente y quieren implicarse en su mantenimiento, el consenso sobre esto en el conjunto de la clase dirigente ha empezado a derrumbarse. Esto es así en primer lugar porque a una parte creciente de ella parece que ya no le preocupa este orden mundial. En segundo lugar porque las fracciones dirigentes fueron incapaces de prevenir la llegada de un candidato de esos bandidos a la Casa Blanca. La erosión, tanto de la cohesión de la clase dirigente, como de su control sobre su propio aparato político, difícilmente podría haberse manifestado más claramente. Desde que, hace tiempo, con su victoria en la IIª Guerra mundial, la burguesía norteamericana tomó de manos de su homóloga británica el papel dirigente en la gestión del conjunto de la economía mundial, ha asumido continuamente esta responsabilidad. En general, la burguesía del capital nacional dirigente a escala mundial es la mejor situada para asumir ese papel. Más aún cuando, como EEUU, dispone del poderío militar para dar a su liderazgo autoridad adicional. Es notable que actualmente ni EEUU, ni su predecesor Gran Bretaña sean capaces de asumir ese papel –y básicamente por la misma razón. Se trata del peso del populismo político, que está sacando a Londres de las instituciones económicas europeas. Fue un signo de algo próximo a la desesperación que, a principios del nuevo año, el Financial Times, que es una de las voces importantes de la City de Londres, apelara a la canciller alemana Angela Merckel a asumir el liderazgo mundial. Trump, en cualquier caso, parece reticente e incapaz de asumir ese papel, y por el momento no hay ningún otro dirigente mundial que pueda reemplazarlo. El sistema capitalista y la humanidad entera tienen por delante una peligrosa fase.
El debilitamiento de la resistencia de la clase obrera
El debilitamiento del principio de solidaridad claramente indica que la victoria de Trump no es solo resultado de una pérdida de perspectiva de la clase capitalista, sino también de la clase obrera. Como resultado, muchos más trabajadores que antes son influenciados negativamente por lo que se llama populismo. Es significativo, por ejemplo, que junto a millones de obreros blancos, muchos latinos también hayan votado por Trump, a pesar de sus diatribas contra ellos. Muchos de los últimos en ganar acceso a la «misma patria de Dios» -precisamente por el miedo a ser expulsados los primeros- fueron arrastrados a pensar que estarían más a salvo si la puerta se cerrara firmemente tras ellos.
¿Qué ha pasado con la clase obrera, con su perspectiva revolucionaria, con su identidad de clase y su tradición de solidaridad? Hace aproximadamente medio siglo se produjo una vuelta de la clase obrera a la escena de la historia, sobre todo en Europa (Mayo 1968 en Francia, Otoño 1969 en Italia, 1970 en Polonia, etc.), pero también más globalmente. En el “Nuevo Mundo” este renacimiento de la lucha de clases se manifestó en América latina (sobre todo en 1969 en Argentina) pero también en Norteamérica, en particular en EEUU. Hubo dos expresiones principales de este resurgimiento. Una fue un amplio desarrollo de huelgas a menudo salvajes a gran escala, y otras luchas muchas veces radicales en el terreno económico por reivindicaciones obreras. La otra fue la reaparición de minorías politizadas entre la nueva generación, atraída por las posiciones revolucionarias proletarias. Particularmente importante fue la tendencia a desarrollar una perspectiva proletaria revolucionaria contra el estalinismo, que se reconocía más o menos claramente, como contra-revolucionario. La vuelta al centro de la situación de luchas obreras, de la identidad de clase y la solidaridad y de una perspectiva proletaria revolucionaria, iban de la mano. Durante la década de 1960 y 1970, probablemente varios millones de jóvenes en los viejos países industriales se politizaron de esta forma –una fuerza y esperanza de la humanidad.
Aparte del sufrimiento de la clase obrera, las dos “patatas calientes” del momento en EEUU eran la guerra de Vietnam (el gobierno norteamericano además había introducido el reclutamiento general) y la violencia y exclusión racista contra los negros. Al principio esos asuntos fueron, al menos parcialmente, factores adicionales de politización y radicalización. Sin embargo, a falta de cualquier experiencia política propia, privados de la guía de una generación veterana politizada de alguna forma en la tradición proletaria, los nuevos activistas albergaban enormes ilusiones sobre las posibilidades de una rápida transformación social. En particular los movimientos de clase de la época eran aún demasiado débiles tanto para obligar al gobierno a terminar la guerra de Vietnam, como para proteger a los negros y otras minorías contra el racismo y la discriminación (a diferencia del movimiento revolucionario de 1905 en Rusia, por ejemplo, que incluyó la revuelta contra la guerra ruso-japonesa, así como la protección de los judíos en Rusia contra los pogromos). Puesto que en el seno de la burguesía norteamericana se desarrollaron fracciones que, en su propio interés de clase, quisieron acabar con la implicación en Vietnam y permitir que la burguesía americana negra compartiera el poder, muchos de esos jóvenes militantes fueron arrastrados a la política burguesa, volviendo la espalda a la clase obrera. Otros, queriendo seguir comprometidos con la causa de los trabajadores, abrumados por la impaciencia, se presentaron como candidatos de izquierdas para las elecciones, o se enrolaron en los sindicatos con la esperanza de conseguir algo inmediato y tangible para los que decían representar. Esperanzas que fueron invariablemente defraudadas. Los obreros desarrollaron una hostilidad cada vez más abierta hacia esos izquierdistas, que además a menudo se desacreditaban ellos mismos y desacreditaban la reputación de la revolución por su identificación con regímenes contra-revolucionarios esencialmente estalinistas, y por su enfoque burgués y manipulador de la política. Respecto a esos mismos militantes, a su vez desarrollaron una hostilidad hacia la clase obrera, que se negó a seguirlos; una hostilidad que a veces se convirtió en odio. Todo esto contribuyó a una destrucción a gran escala de la energía política revolucionaria de la clase. Fue una tragedia para casi una generación entera de la clase obrera que había empezado tan prometedoramente. Luego siguió el hundimiento del estalinismo en 1989 (malentendido y manipulado como el hundimiento del comunismo y el marxismo) y el cierre de sectores industriales tradicionales enteros en los viejos países capitalistas (malentendido y manipulado como la desaparición de la clase obrera en esa parte del mundo. En ese contexto (como por ejemplo ha señalado el sociólogo francés Didier Eribon) la izquierda política (que para la CCI es la izquierda del capital, parte del aparato dirigente) fue de los primeros en declarar la desaparición de la clase obrera. Es revelador que, durante la campaña electoral reciente en USA, el candidato de los Demócratas (que solía reivindicarse como el representante del sector “trabajo”) nunca se refirió a nada parecido a la clase obrera, mientras que el multimillonario Donald Trump lo hizo constantemente. De hecho una de sus principales promesas fue la de prevenir la “extinción” de la clase obrera en EEUU (entendida solo como los “blue collars”). “Su” clase obrera es una parte esencial de la nación y del sueño capitalista: patriótica, trabajadora hasta la extenuación, obediente.
La desaparición, por el momento, de la identidad de clase de la clase obrera y de su solidaridad del primer plano de la escena es una catástrofe para el proletariado y para la humanidad. Frente a la incapacidad actual de cualquiera de las dos clases principales de la sociedad moderna de plantear una perspectiva propia creíble, la esencia misma de la sociedad burguesa aparece más claramente a la luz del día: insolidaridad. El principio de solidaridad que fue la red de seguridad, más o menos, de todas las sociedades precapitalistas basadas principalmente en la economía natural sobre la economía de mercado, se reemplaza por la red de seguridad de la propiedad privada –para los que la tienen. En la sociedad burguesa has de ser capaz de ayudarte a ti mismo, y el medio para esto no es la solidaridad, sino la solvencia y la seguridad crediticia. Durante muchas décadas, en los principales países industriales, el Estado del bienestar –aunque parte integrante de la economía de crédito y de Seguro social- se usó para ocultar la eliminación de la solidaridad de la “agenda” social. Hoy en día el rechazo de la solidaridad no solo no se oculta, sino que gana cada vez más terreno.
El desafío para la clase obrera
La manifestación de millones de personas, principalmente mujeres, por todo EEUU, contra el nuevo presidente el día después de su toma de posesión, mostró claramente que gran parte de la población obrera de EEUU no apoya a Trump ni a su tendencia. Sin embargo, lejos de oponerse al nacionalismo de Trump, esas manifestaciones tendían a responder a Trump en su propio terreno reivindicando: «nosotros somos la verdadera América».
Esas manifestaciones mostraron de hecho que la política populista de exclusión y chivo expiatorio no es el único peligro para la clase obrera. Esta joven generación que expresa su protesta, si es cierto que no se deja arrastrar por Trump, corre el riesgo sin embargo de caer en la trampa de defender la sociedad burguesa “liberal” y “democrática”. Las fracciones dirigentes de la burguesía estarían encantadas de ganar el apoyo de los sectores más inteligentes y generosos de la clase obrera en defensa de la versión actual de un sistema de explotación que –incluso sin “populismo”- se ha convertido desde hace tiempo en una amenaza para la existencia de nuestra especie, y que además es él mismo el productor del “populismo” que quiere mantener a raya. Es innegable que actualmente, para muchos trabajadores, a falta de una alternativa revolucionaria en la que puedan confiar, un Obama, Sanders o Ángela Merkel, pueden aparecer como el mal menor comparado con Trump, Farage, Le Pen o ”Alternative für Deutschland”. Pero al mismo tiempo, esos trabajadores también se sienten indignados por lo que la “sociedad liberal” ha hecho a la humanidad en las décadas pasadas. El antagonismo de clase persiste.
También habría que señalar que la resistencia en la clase obrera al populismo no en sí una prueba de que esos trabajadores sigan a los liberales burgueses y estén dispuestos a sacrificar sus propios intereses de clase. Millones de obreros en el corazón del sistema de producción globalizado son sobre todo muy conscientes de que su existencia material depende de un sistema mundial de producción e intercambio y de que no puede haber ninguna reversión a una división más local del trabajo. También son conscientes de que lo que Marx llamaba la “socialización” de la producción (la substitución del individuo por el trabajo asociado ) les enseña a colaborar entre ellos a escala mundial, y que solo a esa escala pueden superarse los problemas actuales de la humanidad. En la situación histórica actual, en ausencia de identidad de clase y de una perspectiva de lucha por una sociedad sin clases, el potencial revolucionario de la sociedad contemporánea toma refugio, por el momento, en las condiciones “objetivas”: la persistencia de los antagonismos de clase; la naturaleza irreconciliable de los intereses de clase; la colaboración mundial de los proletarios en la producción y la reproducción de la vida social. Solo el proletariado tiene un interés objetivo y la capacidad para resolver la contradicción entre la producción mundial y la apropiación privada y nacional estatal de la riqueza. Puesto que la humanidad no puede volver atrás a la producción para el mercado local, solo puede ir adelante aboliendo la propiedad privada, poniendo el proceso internacional de producción a disposición del conjunto de la humanidad.
Sobre estas bases objetivas, las condiciones subjetivas para la revolución aún pueden recuperarse, en particular a través de la vuelta de la lucha económica del proletariado a escala importante, y a través del desarrollo de una nueva generación de minorías políticas revolucionarias con la intrepidez necesaria para adherir, ahora más que nunca, a la causa de la clase obrera, y de hacerlo con la profundidad necesaria para convencer al proletariado de su propia misión revolucionaria.
SteinKlopfer. 27.01.2017
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En el artículo anterior sobre el movimiento obrero en Sudáfrica (Revista Internacional n° 155), pusimos de relieve la eficacia del sistema de apartheid combinado con la acción de sindicatos y partidos, hasta finales de los años 60 cuando, ante el inédito desarrollo de la lucha de clases, la burguesía tuvo que «modernizar» su dispositivo político y dejar de lado ese sistema, pues tuvo que enfrentarse a un proletariado sudafricano que, con sus luchas masivas, se estaba inscribiendo en las oleadas de luchas que marcaron a nivel mundial el final de los años 1960 y principio de los 70.
En esta introducción queremos insistir ante el lector sobre la importancia de las cuestiones que ese artículo anterior trataba. Ante movimientos sociales nuevos, la burguesía sudafricana hubiera seguido utilizando sus armas tradicionales más brutales, o sea sus fuerzas militares y policiacas, pero la dinámica del enfrentamiento entre les clases contenía aspectos inéditos en ese país, pues la clase obrera nunca antes había demostrado tal combatividad y desarrollo de su conciencia; tampoco antes la burguesía había usado maniobras tan sofisticadas, en particular la de recurrir al arma del sindicalismo de base, animado par la extrema izquierda del capital. En ese enfrentamiento entre las dos verdaderas clases históricas, la determinación del proletariado irá hasta provocar objetivamente el desmantelamiento del sistema de apartheid lo que se plasmó en la reunificación de todas las fracciones de la burguesía para hacer frente a la marea de luchas de la clase obrera.
Antes de todo eso, tras la oleada de luchas que marcó el periodo de 1973/1974 [1] [39], se asistió en 1976 a una contundente «prorroga» de ese episodio de lucha: el levantamiento de la juventud escolarizada. En junio de aquel año, unos diez mil jóvenes se lanzaron a las calles para protestar contra la enseñanza obligatoria en afrikáans y, más en general, contra las malas condiciones de vida impuestas por el sistema de apartheid. Fue un movimiento juvenil, inmediatamente seguido por la movilización de miles de adultos, obreros activos y desempleados. Zarandeado por esa formidable sacudida proletaria, el poder replicó, como de costumbre, dando suelta a sus perros sanguinarios, las fuerzas represivas, sobre los manifestantes, asesinando a cientos de ellos, niños incluidos:
«Desde las grandes huelgas de 1973-74, se abrió otro frente de lucha en Sudáfrica: el de los escolares y estudiantes negros cuya cólera explotó en junio de 1976 en Soweto. Desde entonces, la insurrección popular apenas si ha conocido calma. La violenta represión policial (unos 500 muertos sólo en la barriada de Soweto, cientos de otros más por todo el país, y miles de heridos) solidificó al conjunto del pueblo negro en ese combate común.
Entre los jóvenes de los inicios del movimiento popular, muchos cayeron bajo los tiros de la policía en manifestaciones no violentas o en incursiones de milicias civiles en los barrios negros. Los adultos, animados por el arrojo y la determinación de la joven generación, se unieron a ella, siguiendo las consignas lanzadas por sus portavoces: se organizaron, en varias ocasiones, huelgas obreras y boicoteos a los transportes en las barriadas negras de Johannesburgo y Ciudad del Cabo. Fueron masivamente secundadas, incluso entre las poblaciones mestizas de la provincia de Ciudad del Cabo. A las destrucciones de edificios escolares, bares, administraciones, y medios de transporte que habían marcado los inicios de la revuelta popular, les siguieron campañas más dirigidas, pero tan secundadas como aquéllas. Boicot de clases y exámenes hasta la liberación de los jóvenes encarcelados, duelo general en memoria de las víctimas de la represión, boicot de los establecimientos de bebidas, grandes almacenes, fiestas navideñas». [2] [40]
Ahí estamos ante un gran movimiento insurreccional proletario contra la miseria general impuesta por una de las formas más brutales del capitalismo, o sea el apartheid. Un levantamiento de dignidad por parte de una juventud que así hacía eco a la reanudación de la lucha de clases internacional de las grandes huelgas obreras que hubo a principios de los 70 en varios países del mundo. Un movimiento que fue extendiéndose desde las zonas industriales del país atrayendo y mezclando en un mismo combate a obreros y población de toda edad. Ante una lucha de tal magnitud, evidentemente, ante una cólera proletaria desbordante y tendente a sacudir el sistema, el poder brutal no pudo ocultar su pánico, aplicando el terror más sangriento, a riesgo de suscitar la indignación general en el país e incrementar la cólera y la movilización de toda la población de Soweto y más allá. Obreros, desempleados, familias con niños se unieron al combate de los jóvenes escolarizados, sufriendo ellos también los porrazos y los disparos de las fuerzas del orden que causaron miles de víctimas.
Pero lo único que lograron las matanzas fue radicalizar el movimiento que se mantuvo hasta 1977 con huelgas y manifestaciones masivas, tendiendo a politizarse, suscitando un florecimiento de cantidad de comités de lucha, asociaciones llamadas «civics»[3] [41] formadas mayoritariamente por trabajadores (sindicalizados o no), desempleados, jóvenes y los padres de éstos.
«Las civics se desarrollaron con rapidez en Ciudad del Cabo a finales de los años 70. Prolongaban en cierto modo las formas organizativas en los townships que habían aparecido durante los movimientos de junio de 1976 en Transvaal. Hay casi tantas historias específicas como hubo organizaciones, pues solían surgir a partir de necesidades particulares de un township o de un barrio. Muchas aparecieron con la forma de comités de lucha ya fuera para organizar el boicot de los transportes públicos a causa del aumento de tarifas, ya para boicotear los alquileres por haberlos aumentado. Algunos tomaron la forma de comités políticos sobre todos los problemas de la comunidad. El movimiento era muy diverso: asociaciones de culto, religiosas, juveniles, estudiantiles, de padres de alumnos, se fueron asimilando progresivamente a la noción de «civics». No había pues un comité por barrio o township; había un complejo cruce de compromisos militantes y campos de intervención»[4] [42].
Fue aquél un poderoso movimiento social que concretó a un alto nivel algunas de las características de la oleada de luchas a escala internacional. Es impresionante ver cómo la alta combatividad de la clase obrera que se concretó en huelgas masivas se plasmó también en una fuerte voluntad de autoorganización que explica la multiplicación de las civics. Por lo que sabemos nosotros, fue la primera vez que hubo, en Sudáfrica (y en todo el continente), tales formas de auto-organización: durante varios años, la vida social de muchos barrios fue cosa de los propios habitantes, debatiéndose todos los temas, tomando a cargo todos los problemas que les concernían. Fue eso lo que más inquietó a la burguesía que veía cómo su autoridad se le iba de las manos. Hay que notar, sin embargo, que algunos comités tomaron, en ciertos lugares, un tinte interclasista o un toque religioso, sobre todo a medida que las fuerzas burguesas (sindicatos, partidos, iglesias, etc.) iban infiltrándose en ellos. Debe quedar claro, sin embargo, que las civics, a pesar de lo heterogéneo ideológicamente que las caracterizaba, fueron sobre todo el producto de una auténtica lucha de clase proletaria. La auto-organización del levantamiento de Soweto fue, además, un paso adelante en la politización que había caracterizado al proletariado sudafricano en el poderoso movimiento de luchas de 1973-1974, especialmente en lo que se refiere a solidaridad y unidad en el combate de clase. Puede así establecerse un vínculo evidente de continuidad entre ambos movimientos de lucha, retomando el segundo el relevo del primero para ir más lejos en el desarrollo de la conciencia de clase, como lo ilustra la cita siguiente sobre el balance de la oleada de luchas precedentes:
«El desarrollo de la solidaridad de los trabajadores negros durante la acción y la toma de conciencia de su unidad de clase han sido subrayadas por muchos observadores. Esa adquisición de las luchas, que no es cuantificable, aquellos la consideran como lo más positivo para la continuación de la organización del movimiento obrero negro. (…) Las huelgas eran también políticas: el que los obreros pidieran que se les duplicara el salario no era una señal de candidez o de estupidez de los africanos. Lo que eso expresa es el rechazo de su situación y su deseo de una sociedad totalmente diferente. Los obreros volvieron al trabajo con unas cuantas adquisiciones modestas, pero siguen estando tan insatisfechos ahora como lo estaban antes de las huelgas». (Brigitte Lachartre, ídem) De eso puede deducirse que un buen número de protagonistas de las huelgas de 1973-74 formaron después parte del movimiento insurreccional de Soweto en cuyo seno, gracias a su experiencia adquirida, pudieron desempeñar un papel determinante en la radicalización y la politización. Tales potencialidades en el desarrollo de la combatividad y de la conciencia acabarían metiéndole miedo a la burguesía que no tuvo más remedio que tomar plena conciencia de lo que estaba sucediendo tanto a nivel interior como en el plano interimperialista.
Las grandes potencias imperialistas entran en danza
El movimiento de Soweto se prolongó en huelgas y manifestaciones hasta 1977 y también se prolongó la represión policiaca que volvió a causar gran cantidad de víctimas, entre las cuales un muchacho, Steve Biko, militante del movimiento de la Conciencia Negra. El asesinato de este joven en las dependencias policiales hizo revivir las luchas, incrementándose las manifestaciones de indignación, convirtiéndose así la víctima en «mártir» del apartheid, especialmente para todos los defensores de la «causa negra» y más allá de las fronteras. Hubo entonces en África, en las Américas y sobre todo en Europa innumerables manifestaciones contra el régimen de apartheid dirigidas por sindicatos y partidos de izquierda, en cuyas pancartas se leía, en Francia, por ejemplo, consignas como: «Contra las relaciones amistosas (turismo, deporte, cultura) franco-sudafricanas; contra la emigración francesa a Sudáfrica; contra las ventas de armas y tecnología a Sudáfrica; contra las importaciones de productos sudafricanos, etc.». (B. Lachartre, ídem)
Consciente de la intensificación del movimiento y, en especial, la radicalización de la juventud proletaria de Soweto, el bloque imperialista de la OTAN aumentó la presión sobre su aliado sudafricano (incluida la economía con el boicot de productos sudafricanos) para evitar la desestabilización política que podía acabar siendo amenazante. Pero fue sobre todo para atajar la explotación ideológica de los acontecimientos por el bloque ruso, el cual, además de armar y financiar al ANC, se dedicó a instrumentalizar abiertamente las diferentes manifestaciones que circulaban por el mundo contra el régimen de apartheid. Fue en ese contexto en el que los dirigentes sudafricanos acabaron por aceptar los «consejos» de sus padrinos occidentales al haber tomado conciencia de los riesgos. Pudo así observarse incluso entre los dirigentes sudafricanos más extremistas un cambio de tono o de táctica hacia los huelguistas:
«Si no logramos crear una clase media fuerte entre los negros, acabaremos teniendo problemas serios.» (Botha, ministro de defensa). «Debemos dar lo suficiente a los negros para que tengan fe en el desarrollo separado (expresión suave para designar el sistema de apartheid) de modo que deseen proteger lo que poseen contra los agitadores. No nos ocurrirá nada si damos a esa gente lo suficiente para que tengan miedo a perder lo que poseen…Una persona feliz no puede hacerse comunista.» (Kruger, ministro de Policía y Justicia).
Y así el gobierno de Pretoria decidió hacer una serie de concesiones ante las reivindicaciones de los jóvenes en lucha, retirando, por ejemplo, su ley para imponer a los alumnos africanos la enseñanza en afrikáans y anulando la prohibición a los habitantes de Soweto de poseer o construir sus propias casas y reconociéndoles derechos de asociación, o sea la existencia de organizaciones sindicales y políticas.
Cierto es que el capital sudafricano (más bien su sector más «ilustrado») no había esperado el movimiento de Soweto para empezar a orientarse hacia la moderación del régimen de apartheid para así frenar mejor las luchas obreras:
«La sociedad se había movido. El sistema, una vez más, ya no estaba protegido contra una desestabilización. El gobierno y la patronal sudafricanos iban a rectificar algunas cosas, para así encuadrar lo más burocráticamente posible las evoluciones sociopolíticas. La Bantu Labour Regulation Act de 1973 vino así a completar el arsenal de las leyes laborales. Instauró dos tipos de comités de empresa: Comités (working committee) compuestos únicamente de representantes de los trabajadores; el comité de enlace (liaison committee) compuesto por representantes del empleador y de los empleados en igual cantidad (…) Y el Urban Training Project jugó bien la partida intentado utilizar esos comités de fábrica para estabilizar a los sindicatos que coordinaba». (Claude Jacquin, ídem)
La instalación de ese dispositivo bastante antes de que estallara el movimiento de revuelta de Soweto expresó claramente la voluntad de la burguesía sudafricana de tener en cuenta la evolución de una situación cuyo control tendía a írsele de las manos. Sacando así las lecciones de la primera oleada de luchas de los años 1972-74, aquélla acabó tomando unas medidas audaces, las principales de ellas para dar más poder a los sindicatos africanos aumentando su número y ampliando sus derechos con el objetivo declarado de evitar «desórdenes políticos»[5] [43]. Pero eso resultó ser muy insuficiente para impedir que las luchas se desarrollaran, como lo demostró el movimiento de Soweto.
La lucha de clases proletaria hizo tambalearse al sistema de apartheid
Con el objetivo manifiesto de frenar la lucha de clase proletaria, el poder sudafricano dio un gran vuelco decidiéndose a instaurar nuevas orientaciones políticas para desmantelar progresivamente el sistema de apartheid, o sea, concretamente, la disolución de las barreras raciales y la inserción de los movimientos nacionalistas negros en el juego político democrático. Para llegar a eso, el régimen de apartheid tuvo que ser muy seriamente sacudido desde sus cimientos.
Así pues, a mediados de los años 1970 todo cambia debido a la irrupción de la lucha de clases, pues la burguesía no había estado hasta entonces alarmada por la cuestión social:
«Los sucesos de Soweto, de junio de 1976, iban a confirmar el cambio político en curso en el país. La revuelta de los jóvenes de Transvaal se añadió al renacimiento del movimiento obrero negro desembocando en los grandes movimientos sociales y políticos de los años ochenta. Tras las huelgas de 1973, los enfrentamientos de 1976 cierran así el periodo de la derrota». (C. Jacquin, ídem)
Se trata aquí de un verdadero vuelco de situación puesto que el apartheid se había concebido ante todo contra la lucha de clases, con la clara finalidad de evitar que se manifestara concretamente una clase obrera multirracial[6] [44], mediante la segregación, atribuyendo «derechos y privilegios» a unas fracciones de la clase obrera, de tal modo que la teoría de la pretendida «supremacía» de los blancos sobre los negros se plasmaba concretamente en empleos (cualificados) y otras muchas ventajas exclusivas para los obreros de origen europeo, mientras que sus camaradas africanos, indios y mestizos tenían que contentarse con condiciones de trabajo, de salario y de existencia mucho más desfavorables[7] [45]. Y así, el régimen de apartheid logró corromper una buena parte de la clase obrera de origen europeo haciéndola adherirse voluntaria o pasivamente a su sistema segregacionista. Lo cual se saldó por todo un largo período (entre 1940 y 1980) de división del proletariado sudafricano, entorpecido de esa manera en su capacidad para desarrollar luchas que pudieran poner trabas a la buena marcha del capitalismo.
Giro histórico del sistema de apartheid
Y ese giro en la situación se concretó también en el acercamiento entre las fracciones de la burguesía procedentes de las dos antiguas potencias coloniales, o sea de Gran Bretaña y Holanda, fracciones que, ante el auge de las luchas proletarias, tendieron a la unidad de todos sus componentes étnicos, decidiendo olvidar su odio mutuo y sus viejas divergencias ideológicas y unirse tras el capital nacional sudafricano como un todo.
Fue un giro verdaderamente histórico en la vida de la burguesía sudafricana en general y, en particular, en la fracción afrikáner. En efecto, desde la terrible «guerra de los Boers»[8] [46] de 1899 a 1902, que enfrentó a afrikáners y británicos, en la que éstos aplastaron a aquellos, el odio entre descendentes de colonos llegados de aquellas dos antiguas potencias coloniales fue visible hasta la víspera del final del apartheid, aun cuando tuvieron que gobernar el país juntos en varias ocasiones. Una fracción importante de afrikáners soñaba con tomar venganza del Imperio británico, como lo ilustra el hecho de que durante la II Guerra mundial una buena parte de los dirigentes afrikáners (sobre todo los militares) expresaron abiertamente su apoyo al régimen hitleriano, su referencia ideológica, decidiendo también el abandono de la Commonwealth y el cambio de nombre del país, Unión Sudafricana por el actual de República de Sudáfrica.
Para abordar el gran giro histórico que fue el desmontaje del apartheid, el capital sudafricano encontró a un aliado estratégico de primer orden, o sea el sindicalismo, y además de nuevo cuño, el «sindicalismo radical» de «base» (como veremos luego), único capaz, según aquél, de contener las oleadas de lucha que lo amenazaban cada vez más peligrosamente. Y esta vez, debido a la importancia de lo que estaba en juego en aquel entonces, fueron todos los actores principales y decisivos de la burguesía sudafricana quienes asumieron claramente la nueva orientación, incluidos pues los dirigentes afrikáners, o sea los guardianes del apartheid más reaccionarios, por no decir fascistas, tales como Botha, Kruger, etc. Y, como veremos luego, fueron esos, en compañía de De Klerk (antiguo presidente) quienes teleguiaron directamente el proceso de negociación con el ANC de Mandela con el objeto de destruir el sistema de apartheid.
Para salvar su sistema, la burguesía hizo surgir nuevos sindicatos
Ante el desmoronamiento de todos los antiguos aparatos sindicales causado por los embates de las luchas de los años 1970, y eso a pesar del reforzamiento del Estado en sus medios de acción, la burguesía decidió entonces recurrir directamente a lo que se ha dado en llamar «sindicalismo de base» o «shop-stewards», con forma de nuevos sindicatos «combativos» que se pretendían «independientes respecto a las grandes centrales sindicales».
«(…) Durante los años setenta, se desarrollaron varias corrientes sindicales, diferenciándose con el trasfondo de la reanudación de los conflictos sociales. Sus historias se entrecruzan al ritmo de escisiones y unificaciones. Y así se desarrollaron tres proyectos sindicales basados en unos cuantos postulados políticos e ideológicos distintos.
El primero se constituyó (o reconstituyó) en torno a la tradición sindical del South African Congress of Trade Unions (SACTU) y de su vínculo con el African National Congress (ANC). El segundo se formó en los contornos del nuevo Black Consciousness (Movimiento de la Conciencia Negra). Formará, en particular, el Council of Unions of South Africa (CUSA). Y, en fin, el último en aparecer lo hizo de manera original, sin vínculo aparente con una corriente política conocida: la Federation of South African Trade Unions (FOSATU) que surgió en 1979». (C. Jacquin, ídem)
Fue una recomposición radical del dispositivo sindical para así neutralizar las luchas obreras mediante nuevos instrumentos, al no poderlas impedir. Lo que, ante todo, eso muestra es que el poder dirigente sudafricano era muy consciente del peligro que representaba el desarrollo de la lucha de clases desde 1973 hasta el movimiento de Soweto en 1976 y después. Ese poder constató que el sistema de apartheid en todas sus formas no se adaptaba a una combatividad obrera acompañada de una toma de conciencia creciente por parte del proletariado sudafricano. Más claramente, el poder burgués se hizo cargo de que el sistema de sindicalización basado en la división de los trabajadores por orígenes étnicos no era ya el idóneo y que, por lo tanto, los grandes aparatos sindicales, como el TUCSA (Trade Union Council of South Africa) no tenían ya la menor credibilidad entre los obreros combativos sobre todo de la nueva generación. De ahí la emergencia de esos nuevos sindicatos para desempeñar la función de un sindicalismo de «base», de «combate», «independiente» de los aparatos sindicales. El pasaje siguiente del libro de Jacquin sobre la FOSATU (Federation of South Africa Trade Unions) es elocuente sobre la realidad de esos nuevos sindicatos:
«(…) Nuestro estudio se dedica especialmente a esa corriente sindical (FOSATU), formada a partir de redes de intelectuales y estudiantes, productos de una fase específica de la evolución socio-económica del país.
(…) Así, en apenas diez años, un grupo de intelectuales (mayoritariamente blancos) y de obreros negros creó una forma nueva de organización sindical. Se presentará primero como una referencia independiente del ANC y radicalmente opuesta al Partido Comunista. Dirigirá una gran parte de los movimientos de huelga de los años 1980».
Ahí tenemos un agrupamiento sindical muy «radical» y «crítico» respecto a los aparatos sindicales y políticos, pero también de una gran singularidad respecto a lo que fue el sistema de apartheid al ser capaz de reunir a blancos y negros, obreros e intelectuales, opositores políticos radicales de diversa obediencia, en resumen, un nuevo aparato sindical llamado a hacer un gran papel en la vida política sudafricana. Igual que para la burguesía de los grandes países industriales europeos, frente a la radicalización de la lucha obrera, el capital sudafricano se vio obligado a recurrir al «sindicalismo de base»[9] [47]. E igual también que en Europa, en esos «sindicatos radicales» había en general cantidad de izquierdistas y así era en la FOSATU dirigida más o menos claramente por gentes próximas al Unity Movement, o sea los trotskistas. Volveremos más tarde sobre esto. ¿Cómo van a realizar los nuevos sindicatos de base, una vez formados, su sucia labor a la cabeza o desde dentro de los movimientos de lucha de Soweto?
Las luchas de Soweto emponzoñadas por los sindicatos y las confusiones ideológicas del proletariado
Como era de esperar, las concesiones del poder no pudieron calmar de verdad el movimiento de Soweto, sino, al contrario, lo que lograron fue radicalizarlo, aunque también consiguieron dividir a sus actores tanto en el ámbito escolar como entre los obreros. Algunas organizaciones, por ejemplo, querían contentarse más o menos con lo concedido por el gobierno, mientras que otras, de apariencia más radical exigían más. Se trata ahí de un reparto de tareas clásico en el trabajo de división de los sindicatos. En efecto, además de la FOSATU, entre los nuevos sindicatos radicales, el Black Allied Worker Union (B.A.W.U., Sindicato de trabajadores negros reunidos) hizo un importante papel. Creado en 1973, tras las grandes huelgas de Johannesburgo, militaba por el agrupamiento exclusivo de los trabajadores negros de todas las categorías y de todos los ramos industriales.
«(…) Sus objetivos eran principalmente: ‘‘organizar y unificar a los trabajadores negros en un movimiento obrero potente, capaz de obtener respeto y reconocimiento de hecho de los empleadores y del gobierno; mejorar los conocimientos de los trabajadores con programas educativos generales y especializados, para promover sus cualificaciones; representar a los trabajadores negros y sus intereses en el mundo laboral”». (Brigitte Lachartre, ídem)
O sea, un sindicato creado exclusivamente por y para los trabajadores negros, de ahí su oposición a todos los demás sindicatos, (incluso aquellos que estaban formados por 99 % de negros). La orientación de ese sindicato fue especialmente perniciosa, pues daba la impresión de realizar una «segregación positiva» al pretender cumplir objetivos muy legítimos, la mejora de los conocimientos de los trabajadores negros, por ejemplo, o también promocionar sus cualificaciones. Y así pudo «seducir» a un gran número de obreros con una escasa conciencia de clase. O, dicho de otra manera, era fatal que su existencia y actuación fuera un obstáculo para la unidad en la lucha entre obreros de todos los orígenes étnicos. Y por si fuera poco, el B.A.W.U. se dirigió de inmediato hacia el movimiento de la Conciencia Negra:
«Esa posición refleja la actitud general de las diferentes organizaciones que componen el movimiento de la Conciencia Negra, especialmente la de los estudiantes negros (South African Students Organisation, S.A.S.O), que se había separado de la Unión Nacional de Estudiantes sudafricanos (N.U.S.A.S.) para, según sus militantes, huir del paternalismo de que dan prueba todos los blancos, sean cuales sean, hacia los negros». (Brigitte Lachartre, ídem)
Los grupos en el medio estudiantil adoptaron así claramente y sin ambages la orientación del sindicato B.A.W.U, o sea que se volvieron abiertamente racistas y desempeñaron el mismo papel de división en las filas obreras que los sindicatos blancos más racistas. Se está ahí claramente muy lejos de la defensa de los intereses comunes du proletariado sudafricano, ni siquiera de los proletarios de la fracción negra de la clase obrera. Y, de hecho, tras ese agrupamiento o alianza entre obreros y estudiantes lo que se comprueba, sobre todo, es la nocividad de la cuestión racial, sobre todo cuando ésta se expresa en términos de una «conciencia negra» pretendidamente opuesta a una «conciencia blanca», pero sobre todo opuesta a la conciencia de clase proletaria. Y eso cuando precisamente las condiciones estaban ampliamente reunidas para la unidad en la lucha como lo demostraron los movimientos de huelga que se produjeron en el país donde muchos sectores obreros combatían por reivindicaciones de clase y no de raza, lo que, por otra parte, les ayudó en su éxito. Además, a las dificultades de la alianza entre obreros y estudiantes basada en la división racial y sindical vinieron a añadirse el corporativismo y el espíritu pequeñoburgués de los intelectuales muy presentes en ese movimiento de luchas. Por eso, y a pesar de la fuerte dinámica creada por la reanudación general de la lucha a principios de los años 1970, la combatividad de los obreros y de la juventud de Soweto se desvió hacia una vía muerta; el movimiento fue extraviado y dividido por las rivalidades entre camarillas étnicas, corporativistas y pequeñoburguesas, lo que acabó ahogando todo intento de orientación genuinamente proletaria de la lucha.
«(…) Uno de los aspectos importantes y no menos sorprendentes de la creación de los sindicatos africanos de Natal, es el papel que desempeñaron algunos grupos de universitarios, estudiantes o profesores de raza blanca. La importancia del papel del puñado de intelectuales que se comprometió a fondo con los trabajadores africanos no significa, ni mucho menos, que la Universidad sudafricana sea la vanguardia de la contestación y del combate por la liberación de las masas negras. El conservadurismo y el racismo de la juventud afrikáner, la indiferencia de los estudiantes anglófonos y el corporativismo de los intelectuales de oficio son la regla general. En cuanto a los estudiantes negros, tras haberse separado voluntariamente de las organizaciones estudiantes blancas (en 1972), parece como si su combate por su propia supervivencia como grupo y su participación al movimiento de la Conciencia Negra hayan acaparado la totalidad de su fuerza militante». (Brigitte Lachartre, ídem)
O sea, hablando claramente, en esas condiciones, la vanguardia verdaderamente proletaria apenas si podía avanzar, maniatada y encuadrada muy pronto tanto por los sindicalistas nacionalistas o racistas, como por las facciones corporativistas de la pequeña burguesía de intelectuales más o menos teledirigida bajo mano por diferentes grupos políticos como el PC, el ANC y algunos izquierdistas. A partir de ahí se aprecian mejor los límites en el desarrollo de la conciencia de clase, en particular en la juventud de Soweto cuya lucha fue la primera experiencia como miembros de la clase proletaria.
El ANC desvía la lucha de la juventud de Soweto hacia la lucha armada imperialista
Tras haberse infiltrado en los diferentes órganos de lucha de la juventud obrera de Soweto, el ANC amplió su control sobre muchos jóvenes radicales procedentes de las civics, logrando enrolarlos en la lucha armada mandándolos a campos de entrenamiento militar situados en los países vecinos. La ANC quería sobre todo acaparar a los más activos del movimiento de Soweto que intentaban huir la represión policiaca del poder sudafricano, prometiéndoles una sórdida más que sólida formación para luchar mejor contra el régimen de apartheid. Una vez allí, muchos jóvenes críticos eran a menudo encarcelados cuando no eran condenados a muerte.
«Los soldados del ANC disgustados por esa política no tenían derecho a discutirla en nombre de la disciplina. En 1983, el ANC, que participaba en la guerra civil angoleña, mandaba a ella a soldados contestatarios, sobre todo para quitárselos de encima. Y se reprimió a los cientos de supervivientes de regreso cuando se amotinaron al año siguiente. Para ello, existía en Mozambique un campo-cárcel del ANC, el de Quatro, donde se aplicaba la tortura contra los opositores internos recalcitrantes.» [10] [48]
O sea que antes incluso de que alcanzara el poder, el ANC se comportaba ya como verdugo de la clase obrera. Lo que, en cambio, no cuenta el grupo trotskista francés Lucha Ouvrière es que el partido de Mandela estaba implicado en la guerra de Angola en los años 1980 por cuenta del antiguo bloque imperialista ruso, de ahí viene el apoyo que tenía de los países vecinos (enemigos del bloque de la OTAN) o sea Mozambique, Angola, Zimbabue, etc. Era la época en que ANC y PC articulaban su lucha de «liberación nacional» con los enfrentamientos entre potencias imperialistas de los dos bloques (Este/Oeste) apoyándose sin ambages en Moscú. Y el poder gubernamental sudafricano hacía lo mismo y, a la vez que destrozaba militarmente las luchas en el interior, desempeñaba en el exterior, en el África austral, el papel de «gendarme delegado» del bloque imperialista occidental, de ahí su alistamiento militar, como el des sus rivales, en la guerra de Angola y en los países vecinos.
De la FOSATU al COSATU, el sindicalismo sudafricano al servicio del capital nacional
Desde que el capitalismo entró en decadencia (marcada por el primer conflicto imperialista mundial de 1914), el sindicalismo, por todas partes, dejó de ser un verdadero órgano de lucha para la clase obrera, más todavía, se convirtió, en realidad, en instrumento contrarrevolucionario al servicio del Estado capitalista. La historia de la lucha de clases en Sudáfrica lo ha demostrado con creces[11] [49]. Además, la historia del sindicalismo, personificada en la FOSATU (Federation of South African Trade Unions) y el COSATU (Congress of South African Trade Unions) nos muestran la potencia de un sindicalismo nuevo capaz de pesar simultáneamente sobre un proletariado de gran combatividad y sobre un régimen de apartheid trasnochado. En efecto, la FOSATU usó su «ingenio» perniciosamente eficaz hasta el punto de hacerse oír a la vez por el explotado y el explotador consiguiendo así «gestionar» arteramente los conflictos entre los dos verdaderos protagonistas, pero al servicio, en última instancia, de la burguesía. De igual modo, la confederación hizo un papel de «facilitador» en la «transición pacífica» entre el «poder blanco» y el «poder negro» concretándose todo ello en la instauración de un gobierno de «unión nacional».
Nacimiento y características de la FOSATU
Fundada en 1979, fue el fruto de una recomposición sindical, continuidad, tras su disolución o autodisolución, de los antiguos sindicatos principales, después de los vigorosos movimientos de huelga de 1973 que sacudieron fuertemente todo el país.
Esa nueva corriente sindical dio nacimiento a los sindicatos más importantes de la industria (exceptuando el de la minería), tales como la automoción, la química, la metalurgia, el textil, etc. El año mismo en que se fundó la FOSATU, el Estado sudafricano le facilitó la tarea al haber decidido acordar el título de «empleado»[12] [50] a todos los negros incluidos los de los bantustanes, y algún tiempo después, de todos los trabajadores africanos procedentes de países vecinos. Eso significó un formidable impulso para la sindicalización de los trabajadores de todos los sectores del país, de modo que la FOSATU pudo sacar amplio provecho después para construir su propio «proyecto de desarrollo».
«Esa corriente sindical ha desarrollado a principios de los años 80 un proyecto sindical original y ello sobre la base de un concepto de independencia explícita respecto a las principales fuerzas políticas; se formó a partir de redes de intelectuales y universitarios, productos también éstos de la evolución socio-económica del país; correspondía a una verdadera mutación social y económica del país y acompañó la transformación progresiva de la organización del mercado del trabajo.» (C. Jacquin, ídem)
Fue pues en ese contexto en el que esa corriente sindical se propulsó queriendo ser a la vez «izquierda sindical» e «izquierda política» y en el que muchos de sus dirigentes fueron influidos por la ideología crítica trotskista y estalinista:
«Hacia finales de los años veinte, hubo militantes convencidos por las críticas trotskistas que se separaron del Partido Comunista. Algunos de ellos fueron dirigentes de un movimiento bastante amplio en los años cuarenta llamado Unity Movement. Un conocido sindicalista de los años treinta y cuarenta, Max Gordon, era trotskista.
Esa corriente se fragmentó y se debilitó grandemente a finales de los años cincuenta. Pero sigue habiendo en Ciudad del Cabo, en los años setenta, una fuerte implantación de esos grupos, principalmente entre los profesores mestizos.
(…) Durante las entrevistas hechas en Ciudad del Cabo, en 1982 y 1983, pudimos nosotros comprobar que el dirigente del sindicato de trabajadores municipales, John Erentzen, había sido miembro del Unity Movement. Marcel Golding, antes de entrar en la dirección sindical de mineros y convertirse en uno de sus dirigentes, formó parte de un grupo de estudio de orientación trotskista».
«(…) Alec Elwin (primer secretario de la FOSATU) dice haber estado influido al principio por los franceses Althusser y Poulantzas. Menciona la importancia para personas como él del debate que había en Gran Bretaña de los años setenta sobre la cuestión de los shop-stewards (delegados de taller) y de la organización en la base. Otro factor importante para esa generación de intelectuales radicales fueron los aportes de un análisis marxista renovado sobre el apartheid (por personas como Martin Legassick) respecto a las relaciones de producción capitalista. Se iba despejando así, progresivamente, una teoría alternativa a la del Partido Comunista.» (C. Jacquin, ídem)
En esas citas se percibe claramente el papel desempeñado históricamente[13] [51] por la corriente trotskista o su «nebulosa» en los sindicatos en general y en el sindicalismo de base en particular. Como hemos visto anteriormente, la corriente trotskista participó en la formación de los nuevos sindicatos radicales tras las luchas de clase de los años 1970. En ese marco, cabe señalar una faceta específica del aporte del trotskismo a la contrarrevolución, el «entrismo»[14] [52] en los partidos socialdemócratas (y en los sindicatos). O sea, claramente, «entrar» de tapadillo, en esas organizaciones burguesas con la pretensión de, llegado el momento, apoderarse de su dirección y tomar la vía de la revolución. Esa práctica, ya de por sí antiproletaria, manifiesta el desprecio hacia la clase obrera en cuyo nombre sus practicantes, disfrazados, pretenden actuar.[15] [53] Otra consecuencia de esa practica es que es imposible identificar formalmente a los «entristas», y conocer así, incluso por aproximación, la cantidad de dirigentes de la FOSATU bajo influencia trotskista en un momento u otro de sus recorridos en el seno de los sindicatos sudafricanos.
Podemos aquí afirmar la idea de que los dirigentes de la «izquierda sindical» encarnada por FOSATU/COSATU estuvieron influidos por diferentes ideologías burguesas que iban desde el trotskismo a la socialdemocracia, pasando por el estalinismo, el sindicalismo tipo Solidarnosc (Polonia), el Partido de los Trabajadores de Lula (Brasil), según la oportunidad o los obstáculos ante la realización de su «proyecto sindical».
«En octubre de 1983 el periódico Fosatu work news publicó un artículo de doble página central sobre Solidarnosc y Polonia. El hilo conductor es bastante parecido a lo que dirigentes de FOSATU podían pensar de los procesos sudafricanos: crecimiento industrial, escasa mejora del estatuto social obrero, represión, exigencia de control, diferenciación interna en el sindicato y evolución del grupo Walesa… Y el artículo termina por: ‘‘la lucha de los trabajadores polacos es una inspiración para todos los demás trabajadores en lucha’’. (…) En 1985, los números 39 y 40 publican un largo articulo de reportaje sobre el Partido de los Trabajadores de Brasil (PT)». (C. Jacquin, ídem)
En esa cita, pueden observarse claramente algunas similitudes en las actuaciones de la FOSATU con los sindicatos respectivos de Walesa y Lula, sobre todo en el modo de prepararse para acceder a lo más alto del Estado.
Pertrechada así con su experiencia maniobrera político-sindical adquirida en las luchas de los años 1970/1980, la FOSATU podía sin mayores riesgos ponerse abiertamente al servicio del capital nacional sudafricano aprovechándose de su renombre para trabajar por la construcción de un nuevo sindicalismo librado de los antiguos aparatos sindicales arcaicos procedentes del apartheid, haciendo prevalecer su nebulosa doctrina sindical y apoyándose en los obreros industriales como lo indicaba el texto de su primer congreso:
«La federación estará sobre todo formada por sindicatos de ramos industriales, pues utilizar el marco de las estructuras industriales existentes es el mejor medio para favorecer la unidad obrera y el interés de los trabajadores y también porque es el mejor medio para centrarnos en los ámbitos de las preocupaciones obreras. Esto, sin embargo, no significa apoyo a las actuales relaciones industriales. (…) ausencia de división racial (no racialism), control obrero (workers control), sindicatos de ramo, organización en la base, solidaridad obrera internacional, unidad sindical». (C. Jacquin, ídem)
Si se sitúa ese posicionamiento político-sindical de la FOSATU en el contexto del apartheid, puede comprenderse la relativa facilidad con la que la Federación pudo atraer a muchos obreros combativos o conscientes de la necesidad de su unidad en la lucha por encima de las fronteras étnicas. La Federación usó su «imagen combativa» ante muchos obreros durante las luchas de los años 1970-1980 para granjearse su confianza; de ahí le viene su estatuto de primer sindicato en el sector industrial. Con su aparato de «sindicalismo combativo» bien organizado entró en discusiones con otros sindicatos que habían conservado cierta influencia para federarlos, eso sí con dificultades sobre todo aquellos que estaban bajo control del tándem ANC-PC. Chocó así contra la hostilidad o las reticencias de otras corrientes sindicales en su propio seno, hasta convencerlas o marginalizarlas, como ocurrió con el sindicato de mineros (NUM) o con algunos sindicatos próximos a Conciencia Negra.
La FOSATU se prepara para ingresar en los grandes aparatos políticos
En su origen (1979), la FOSATU estaba formada por tres sindicatos inscritos (legalmente) y nueve no inscritos[16] [54], lo que quiere decir que esta segunda categoría predominaba y su peso se plasmaba en las opciones ideológicas y estratégicas de la federación. Eso hasta que la FOSATU decidió dar el giro hacia su integración institucional, o sea convirtiéndose cada día más en interlocutor del poder (permaneciendo, eso sí, «radical»).
«El debate sobre la inscripción tomó la forma de una viva polémica contra los sindicatos de la FOSATU que se habían inscrito. El ataque vino de la GWU (pro Conciencia Negra) y, con mayor virulencia todavía, de la SAAWU (pro ANC). Los argumentos eran casi iguales: pérdida de independencia ante el Estado y traba a un verdadero funcionamiento democrático para los sindicatos que debían doblegarse ante los controles oficiales, etc.
(…) Hubo otros debates durante las negociaciones. Y fue la forma de la futura Confederación lo que más preocupó a la dirección de la FOSATU. Había que convencer de que el modelo de la FOSATU era el mejor adaptado con sus secciones sindicales de empresa, sus sindicatos por ramo industrial, sus estructuras regionales (interprofesionales, diríamos nosotros según la terminología del sindicalismo francés), su democracia en la base con los shop-stewards, etc.
(…) La dirección de la FOSATU acabó convenciendo a la mayoría de sus asociados sobre temas propiamente sindicales. Pero es importante señalar aquí que el proceso unitario hacia la fundación del COSATU se clarificó cuando la SAAWU cambió de posición, a nuestro parecer, después de que las direcciones en el exilio de la ANC y del Partido Comunista decidieran, también ellas, modificar su actitud. Y también cuando la NUM, sindicato minero miembro del CUSA y con mucho su principal afiliado, decidió, en diciembre de 1984, romper con su federación y participar plenamente y hasta el final en el lanzamiento del COSATU [17] [55]». (C. Jacquin, ídem)
Y así, claramente, al haber integrado en su seno al sindicato minero (NUM), la FOSATU se impuso definitivamente en los sectores decisivos de la economía del país, convirtiéndose desde entonces en socio obligado del poder. Y así reforzó su control sobre les sectores más combativos de la clase obrera, tomando, desde entonces, la iniciativa de federar a las principales centrales sindicales con éxito.
Así fue el notable itinerario de la FOSATU, la cual logró, magistralmente, federar a los principales sindicatos influyentes en una gran confederación a escala del país que se concretó en la creación del Congress of South African Trade Union (COSATU).
Una vez más la FOSATU mostró su «genio político» y su destreza en lo organizativo, pasando de una oposición radical de izquierda a una unión con los grandes aparatos burocráticos nacionalistas con el objetivo evidente de acceder al poder burgués y sin que hubiera reacciones obreras, abiertas al menos, hostiles a ese proceso. Sí que puede apreciarse de qué manera procedieron esos «sargentos alistadores» para llevar a la clase obrera hacia el redil de los aparatos burgueses de izquierda, con método y por etapas. Primer tiempo: «radicalismo» sindical y político de izquierda para seducir mejor a los obreros combativos; segundo tiempo: unificación de aparatos sindicales; y tercero: favorecer la formación de un amplio frente sindical y político para gobernar «con cordura» el post-apartheid.
Cierto es que para la unidad sindical y política, el COSATU no pudo integrar a dos corrientes próximas a «Conciencia Negra» y al PAC [18] [56]. Ambos prefirieron quedarse en la oposición con su propia federación unitaria: el National Council of Trade Unions (NACTU). Tampoco estaban otros pequeños sindicatos blancos o corporativistas. Aunque, en realidad, éstos no poseían una influencia decisiva en la organización de las luchas, comparados con el COSATU.
Sea como fuere, el COSATU se abrió su camino y gracias a él, los dirigentes de la ex-FOSATU van a poder proseguir su «misión sindical» hasta nuestros días, ejerciendo su función de gestor, muy responsable, del capital sudafricano, como ministros o grandes patronos de empresas.
El control de los comités de lucha (civics) baza de agrias batallas de aparatos sindicales-políticos
Al haberse generalizado y al haber tomado a cargo durante largo tiempo (globalmente entre 1976 y 1985) toda la vida social de los barrios principales de las ciudades industriales, las civics acabaron siendo la baza en juego de todos los órganos de poder en Sudáfrica. O, dicho de otra manera, su control acarreó agrias disputas entre rufianes sindical-políticos.
«Uno de los grandes problemas que tuvo que encarar el nuevo movimiento sindical fue, especialmente, el del desarrollo de otra forma de organización de la población negra, las civics, o “community associations”. Bajo este término se agruparon a menudo cantidad de formas asociativas, implantándose en los townships.
Queda por hacer un gran trabajo sobre esos movimientos pues no se han granjeado la misma atención que les sindicatos por parte de los investigadores.
(…) Se piensa que el desarrollo de las civics se hizo sobre todo a partir de Ciudad del Cabo bajo el impulso de dos corrientes políticas en competencia en aquel entonces en la región: la de la izquierda política independiente (la nebulosa política heredera del Unity Mouvment) y la vinculada o influida por el ANC. Las redes de asociaciones se dividieron según las simpatías políticas. Y fue así como en Ciudad del Cabo los militantes del Unity Movement formaron con las asociaciones que controlaban la “Federation of Cap Civic Associations” y los militantes del ANC y del Partido Comunista formaron por su parte el Cape Area Housing Action Committee (CAHAC). Esa cartelización se acentuó después en el ámbito nacional con, además, la actividad propia del partido Azapo (heredero del movimiento de la Conciencia Negra) y las de militantes y simpatizantes del PAC (Pan-Africanist Congress). A mediados de los años 80, la mayoría de las corrientes políticas aparecían así públicamente bajo los estandartes de agrupamientos de las civics que contralaban». (C. Jacquin, ídem)
No podemos sino compartir la opinión del autor citado de que las civics no se beneficiaron de la misma atención que los sindicatos por parte de los investigadores y que queda un importante trabajo por hacer sobre esos movimientos. Dicho lo cual, otro elemento importante que hay que subrayar es el encarnizamiento pertinaz de que dieron prueba los buitres sindicales y políticos para neutralizar las organizaciones surgidas de las luchas insurreccionales de Soweto. Para echar mano de un movimiento del que no habían sido iniciadoras, todas esas fuerzas burguesas se dedicaron, mediante infiltración y demás maniobras al uso, a desmantelar las diferentes asociaciones llamadas civics, logrando, finalmente, controlarlas y usarlas como instrumentos de lucha de influencia para conquistar el poder. En 1983, por ejemplo, hubo una serie de manifestaciones y huelgas que fueron movilizando a más y más gente, en torno a Soweto en particular, pero también en otras regiones. Fue el momento que escogió el ANC para acentuar su control sobre los movimientos sociales creando un organismo al que llamaron United Democratic Front (Frente Democrático Unido), una especie de «foro» o más bien una simple «red» en la que el partido de Mandela logró atrapar a muchas civics. Y lo mismo hicieron los rivales del ANC que no tardaron en replicar disputándole la caza a los mismos grupos autónomos y eso sin que faltara a menudo la violencia criminal por parte de unos y otros.
«(…) Se desarrollaron polémicas más y más violentas al ritmo de los grandes conflictos sociales. Una huelga general, un stay-away local o regional, cuando no un boicot de comercios regentados por blancos, se dirigen indistintamente a los empleados de fábricas y a la población de los townships. En regiones como las de Puerto Elizabeth o de East-London, en donde ya había entonces como mínimo 50 % de desempleados, no era posible organizar movimientos de tal amplitud sin apoyarse en la complementariedad de las civics y de los sindicatos. Cada parte afirmaba evidentemente esa convicción unitaria. Pero lo que estaba en juego políticamente era de tal importancia que cada una de ellas procuraba ejercer una presión hegemónica sobre la otra. Hubo todo tipo de conflictos incluso entre asociaciones controladas por la AZAPO (Organización del Pueblo de Azania) y ciertos sindicatos.
(…) Abundan ejemplos de violencias físicas. Los dirigentes de la FOSATU se quejaban de que, por falta de una centralización real, había grupos de jóvenes, vinculados a las civics, que a veces agredían a trabajadores que estaban haciendo normalmente su trabajo. Y ha habido chóferes de autobús atacados, incluso matados, por jóvenes que no entendían, o simplemente ignoraban, la oposición sindical a tal o cual llamamiento». (C. Jacquin, ídem)
Las civics fueron saboteadas por las diferentes fuerzas sindicales, nacionalistas y demócratas que se disputaban su control. El ANC y sus rivales no vacilaron en someter a jóvenes para que se mataran unos a otros o atacaran o mataran a obreros activos como los conductores de bus. Y todo eso a favor del enemigo común de unos y otros, o sea el capital nacional. Sin ninguna duda, en esto, fue el ANC a quien debe imputársele la mayor cantidad de crímenes cometidos contra la juventud de Soweto por haber alistado para un campo imperialista a un gran número de antiguos miembros de las civics y haberlos enviado a la masacre en nombre de la pretendida “liberación nacional” (ver el capítulo anterior).
Huelgas con trasfondo de recesión económica
Volvamos a las huelgas que, en 1982-83, se produjeron contra las medidas de austeridad aplicadas por el gobierno, huelgas que estallaron en muchos sectores, en las minas y en la automoción en particular, movilizando a decenas de miles de obreros, afectando fuertemente a las factorías de General Motors, Ford, Volkswagen, etc. Ocurrió en Sudáfrica como en otros países en aquel tiempo, golpeada como lo fue por la crisis económica que la hundió en una profunda recesión.
“La recesión que se abre en 1981-82 está marcada por el agotamiento de todo un sistema, incluido el plano institucional. Entre 1980 y 1985, las quiebras de empresas se incrementaron en 500%. Los tipos de descuento pasaron de 9,5% a 17% durante el año 1981, alcanzando 18% en 1982 y 25% en agosto de 1985. En 1982, el país se beneficiaba todavía de un superávit de 662 millones de rands; en 1983, al contrario, lo que hubo fue un déficit de 93 millones de rands. El rand valía 1,09 $US en 1982, y menos de 0,37 $ a finales de 1985. El total de las inversiones pasó de 2 346 millones de rands en 1981 a 1 408 millones en 1984. Ese mismo año, la deuda externa alcanzó 248 mil millones de $, de los cuales 13 mil millones a corto plazo. La producción manufacturera bajó en volumen, los costes salariales aumentaron, el desempleo creció, el volumen de exportaciones disminuyó». (C. Jacquin, ídem)
Ante la amplitud de la recesión, el gobierno sudafricano tuvo que tomar medidas draconianas contra las condiciones de vida de la clase obrera, o sea despidos masivos y bajas de salarios, etc. Por su parte, a pesar de su gran debilitamiento debido sobre todo a las peleas de camarillas en la que estaban enzarzados el ANC y sus competidores, la clase obrera no se iba a quedar de brazos cruzados, y acabó por lanzarse a la lucha, mostrando una vez más, que su combatividad permanecía intacta. Un ejemplo esclarecedor de lo anterior es que en el año 1982 la mayoría de los conflictos lo fueron por reivindicaciones salariales (170), después fueron los problemas de despidos y de reducción de plantillas (56), mientras que los conflictos para que se reconociera tal sindicato no acarrearon sino 12 huelgas. Esto es importante pues significa que para los obreros entrar en lucha no implica necesidad de sindicarse.
Importa sobre todo saber que en el bienio de 1982-1983, Sudáfrica estuvo marcada por un aumento ininterrumpido de huelgas. Y en ese contexto, hay que señalar una vez más el papel antiobrero del sindicalismo radical:
«Fueron los sindicatos de la FOSATU los que totalizaron más huelgas, especialmente en la metalurgia y la automoción. Fue pues en las regiones donde esas industrias son más numerosas donde hubo más conflictos. La región del Eastern-Cap, especialmente en las ciudades de Puerto Elisabeth y Uitenhage donde hubo las cifras más elevadas de huelgas: 55.150 huelguistas en esa región, en 1982, de entre los cuales 51.740 en el automóvil. Fue en el East Rand donde se concentró la mayoría de movimientos en la metalurgia: 40 con un total de 13.884 huelguistas. Estas cifras pueden compararse a los 30.773 huelguistas para toda la región de Johannesburgo, comprendidos todos sus sectores (…) Estas comparaciones permiten medir el peso relativo la FOSATU en aquel entonces respecto al conjunto del movimiento sindical independiente…». (C. Jacquin, ídem) Incluso cuando está muy encuadrada, la clase obrera es batalladora y lucha en un terreno de clase negándose a soportar sin reaccionar los ataques económicos de la burguesía. Es evidente que los obreros en lucha estaban bajo fuerte control del sindicalismo, especialmente el de base, poniéndose éste a la cabeza del movimiento para controlarlo y acabar saboteando las huelgas antes de que éstas acabaran afectando a los intereses del capital nacional sudafricano. En este sentido es importante hacer notar que, durante los movimientos de huelga de 1982, no se le otorgó ningún papel a las civics, al contrario, todo habría sido cosa de los sindicatos, especialmente de la FOSATU, la cual pudo apoyarse en sus organizaciones de base radicalizadas para hacer valer la supremacía de su «combatividad», disuadiendo de todo intento de organización autónoma fuera de los aparatos constituidos como interlocutores del Estado.
En 1984-85, estallaron huelgas importantes en Transvaal/Puerto-Elisabeth movilizando a decenas de miles de obreros y de habitantes en general, mezclándose reivindicaciones múltiples (salarios, educación, vivienda, derecho de voto, etc.). En efecto, paralelamente a las huelgas de los mineros y otros asalariados, fueron boicoteados activamente comercios pertenecientes a blancos, los transportes públicos fueron activamente boicoteados, y miles de jóvenes se negaron a integrar las filas del ejército.
Ante esos movimientos de contestación, el poder sudafricano replicó tendiendo una «pequeña zanahoria» con una mano y escondiendo una «gruesa estaca» en la otra. Decidió, por un lado, acordar a los ciudadanos de color (indios y mestizos) y a los negros el derecho a elegir a sus propios diputados o representantes municipales pertenecientes a sus propias comunidades. Y, del otro lado, su única respuesta a las reivindicaciones salariales y a las condiciones de vida fue la instauración del estado de sitio. Fue la ocasión de encarnizarse contra los huelguistas a los que acusó de hacer «huelgas políticas» para justificar una represión implacable, asesinando a muchos obreros, despidiendo a 20 000 mineros, encarcelando a miles más.
1986/1990, huelgas con trasfondo de grandes maniobras políticas en la burguesía
En realidad, entre 1982 y 1987 el país vivió un incremento ininterrumpido de huelgas, manifestaciones y enfrentamientos cruentos con las fuerzas del orden.
«El 9 de agosto, la NUM lanzó una huelga en las minas. 95% de los sindicados consultados, siguiendo la ley, había votado a favor de la huelga. Esta afectó a todas las minas en las que la NUM estaba implantada, o sea 28 de oro y 18 de carbón. Este conflicto fue, con mucho, la huelga más larga en las minas sudafricanas (el conflicto de 1946 había durado 5 días); duró 21 días, fueron 5,25 millones de jornadas de paro. (…) La NUM echó todas sus fuerzas en la batalla, su mayor reto desde que se creara en 1982. Revindicaba 30% de aumento de sueldos, una prima de riesgo, un capital de 5 años de salario a entregar a las familias de los mineros muertos en accidentes en lugar de los dos años precedentemente, 30 días de vacaciones pagadas y que se designara el 16 de junio, aniversario de las revueltas de Soweto, día de conmemoración pagado.
Las compañías mineras perdieron 17 millones de rands en el conflicto, pero no cedieron en casi nada. La coordinación de la patronal minera le resultó eficaz. Las direcciones se mantuvieron en una firmeza extrema, empezando por la de la AngloAmerican [19] [57]«(C. Jaquin, ídem).
Una vez más, la clase obrera dio prueba de una combatividad ejemplar, aunque no fue suficiente para hacer retroceder a la burguesía que se negó a ceder sobre las reivindicaciones principales de los huelguistas. La patronal y el Estado, además, pudieron contar con el control de los obreros por parte de unos sindicatos, ciertamente «radicales» pero sobre todo muy «responsables» en cuanto se trata de preservar los intereses del capital nacional. Y, a pesar de eso, la clase obrera no cedió y reanudó la lucha masivamente al año siguiente, en 1988, durante el que hubo hasta 3 millones de huelguistas para una huelga de tres días, entre el 6 y el 8 de junio.
En lo político, el acontecimiento más relevante de esos años 80 se produjo en 1986. En ese año empezó a concretarse el verdadero giro político que dio fin al régimen de apartheid que encarnaban sobre todo los afrikáners para quienes era el modo «natural» de gobierno. Así, tras haber regulado definitivamente la «cuestión sindical» al integrar en el ámbito del Estado a los principales sindicatos (FOSATU/COSATU), el poder de entonces decidió instaurar la vertiente política de su reforma constitucional. Se organizaron, en ese marco, encuentros secretos entre dirigentes blancos sudafricanos [20] [58] y responsables del ANC incluido Mandela, el cual, desde su celda, pudo recibir regularmente entre 1986 y 1990 a emisarios del gobierno afrikáner para la reconstrucción del país sobre nuevas bases no raciales y en acuerdo con los intereses del capital nacional. Los encuentros entre nacionalistas africanos y gobierno sudafricano prosiguieron hasta 1990, año de la liberación de Mandela y del final del apartheid, la legalización del PC sudafricano y del ANC. Ni que decir tiene que el contexto internacional tuvo una influencia fundamental en este proceso.
Por un lado, la caída del muro de Berlín significó el hundimiento repentino y brutal del aliado principal del ANC-PC, el bloque soviético, así como el propio desprestigio del «modelo soviético» que hasta entonces era el del ANC; esto obligó entonces al ANC a revisar su actitud «anti-imperialista» de antaño. La desaparición del bloque soviético, además, significó que la perspectiva del ANC en el poder ya no era un peligro, en el plano imperialista, para la burguesía sudafricana proccidental. Eso explica el anuncio de presidente sudafricano, Frederick De Klerk, en febrero de 1990, ante el parlamento, de su decisión de legalizar al ANC, al PC y todas las demás organizaciones prohibidas, con la perspectiva de una negociación global. Éstos fueron los argumentos para justificar su decisión:
«La dinámica actual en la política internacional también ha creado nuevas oportunidades para Sudáfrica. Se han realizado importantes progresos, entre ellos, en nuestros contactos exteriores, sobre todo allí donde antes había límites de tipo ideológico. (…) El desmoronamiento del sistema económico en Europa del Este ha sido también una señal (…) Quienes pretenden imponer a Sudáfrica semejante sistema en quiebra deberían comprometerse en una revisión total de su manera de ver.»
En realidad, «quienes pretenden imponer a Sudáfrica semejante sistema en quiebra» (que son la coalición que gobierna Sudáfrica hoy) decidieron entonces comprometerse efectivamente en una revisión total de sus posturas, ingresando definitivamente en las filas de los gestores del capital nacional, empezando por el COSATU.
«A principios de los 90, el debate en el COSATU sobre el estatuto obrero acaba finalmente elaborando una serie de derechos elementales (…) para añadirse a las propuestas constitucionales del ANC. Se acabó ya lo de un «programa político» sea el que sea (…);
- Conocidos representantes nacionalistas de la NUMDSA (sindicato afiliado al COSATU) se adhieren al Partido comunista durante el año 1990. Entre otros, Moses Mayekiso es elegido miembro de la dirección provisional del partido ya legalizado de nuevo;
- En julio de 1991 el cuarto congreso del COSATU confirma una alianza entre el sindicato minero (NUM) y el metalúrgico-automoción (NUMSA). Entre ellos dos poseen 1000 delegados de los 2.500 presentes;
(…) Uno de los textos votados en ese congreso sindical dice: ‘‘Somos partidarios de formar a nuestros miembros, animándolos a entrar en el ANC y el Partido comunista’’». (C. Jacquin, ídem)
A partir de entonces, toda la burguesía sudafricana unida entró en una nueva era, la llamada era «democrática» y, claro está, se invitó a toda la población, a la clase obrera en particular, a unirse tras los nuevos dirigentes para construir un Estado multirracial democrático y así la «fiesta» pudo comenzar.
«La cooptación no ha hecho sino comenzar, pero ya casi no queda ninguna gran empresa que no ande buscando unos cuantos mandos del ANC para integrarlos en su dirección. Una verdadera «generación Mandela» se ha integrado así en las estructuras públicas o privadas perdiendo rápidamente toda fidelidad a las antiguas doctrinas. Convocar a la ‘‘sociedad civil’’ ha acabado siendo la clave de todos los discursos para construir el puente entre el movimiento social todavía muy fuerte y las componendas en la cumbre. Pero para quienes recuerdan los temas políticos de los años ochenta, el deslizamiento terminológico no es puramente formal». (C. Jacquin, ídem)
En resumen, que, por su naturaleza misma de clase burguesa, la izquierda político-sindical no podía, ni mucho menos, ir en contra del sistema capitalista, por mucha palabrería ultrarradical y obrerista anticapitalista, pretendidamente por la «defensa de la clase obrera», que tuviera. Al fin y al cabo, la izquierda sindical aparece como lo que es: un temible y eficaz alistador de obreros para la izquierda del capital. Y su contribución principal fue sin duda el haber conseguido construir a sabiendas la trampa «democrática/unidad nacional» en la que la burguesía pudo hacer caer a la clase obrera. Y, aprovechándose de ese ambiente de «euforia democrática», debido, en gran parte a la liberación de Mandela y sus compañeros en 1990, el poder central tuvo que apoyarse en su «nuevo muro sindical» formado por el COSATU y su «ala izquierda» para desviar sistemáticamente los movimientos de lucha hacia reivindicaciones de tipo «democrático», de «derechos cívicos», «igualdad racial», etc., a pesar de que los obreros iban a la huelga por reivindicaciones salariales o para mejorar sus condiciones de vida. De hecho, entre 1990 y 1993 cuando se formó precisamente un gobierno de «unión nacional de transición», las huelgas y las manifestaciones eran escasas y sólo se encontraban frente a oídos sordos en el nuevo poder. Y menos caso se les hizo porque, además, al veneno de las ilusiones democráticas, vino a añadirse una terrible tragedia en el seno de la clase obrera negra cuando, en 1990, las tropas de Mandela y las del jefe zulú Buthelezi se enfrentaron militarmente por le control de las poblaciones de los townships. Este conflicto duró cuatro años e hizo más de 14 000 muertos y destrucciones masivas de viviendas obreras. Para los revolucionarios marxistas aquella lucha sangrienta entre camarillas nacionalistas negras no hizo sino confirmar, una vez más, la naturaleza burguesa (y reaccionaria) de aquellos bandidos que lo único que expresaban de esa manera era la prisa que tenían por apoderarse de los mandos del Estado para probar así su aptitud para gestionar los intereses superiores del capital sudafricano. Ese era el objetivo central del proyecto de la burguesía cuando decidió iniciar el proceso que llevó al desmantelamiento del apartheid y a la «reconciliación nacional» entre todas sus fracciones que se andaban a matar bajo el apartheid.
Ese proyecto será fielmente instaurado por Mandela y el ANC entre 1994 y 2014, incluso matando, si hacía falta, a muchos obreros que resistían a la explotación y la represión.
Lassou, septiembre de 2016
[1] [59] Hablamos a menudo de los años 73-74 y luego de 1976 sin mencionar el año 1975. Cierto es que en ese año hubo menos luchas, fue como una especie de “pausa” antes de la “tempestad de Soweto”.
[2] [60] Brigitte Lachartre, Luttes ouvrières et libération en Afrique du Sud, Ediciones Suros, 1977.
[3] [61] Civics o CBO (Community Based Organisations): “asociaciones populares, a menudo con base geográfica de barrio o calle, cuyos miembros se autoorganizan y deciden sus objetivos”. Definición sacada de La figure ouvrière en Afrique du Sud, Karthala, 2008.
[4] [62] Claude Jacquin, Une Gauche syndicale en Afrique du Sud (en 1978-1993), Ediciones l’Harmattan, 1994. Este autor es periodista e investigador especializado en los nuevos sindicatos sudafricanos. Lo volveremos a citar en este artículo cuando aporte elementos pertinentes para comprender la situación. No por eso nos asociamos a sus apreciaciones y así expresaremos, en su caso, nuestras reservas al respecto.
[5] [63] Expresión de un dirigente sudafricano citado en el artículo "Desde la Segunda Guerra mundial hasta mediados de los años 1970"en la Revista Internacional n°155.
[6] [64] Ver el artículo "Sudáfrica: del nacimiento del capitalismo a la víspera de la Segunda Guerra mundial", Revista internacional n° 154, sobre las razones del apartheid y sus consecuencias nefastas para la lucha de la clase obrera.
[7] [65] De hecho, las primeras medidas discriminatorias fueron instauradas en la Unión Sudafricana por el gobierno laborista en 1924 en el cual participaban afrikáners.
[8] [66] Ver Revista Internacional n°154, "Sudáfrica: del nacimiento del capitalismo a la víspera de la Segunda Guerra mundial", sobre ese conflicto (que causó miles de víctimas) y sus repercusiones en las relaciones entre las dos antiguas potencias coloniales.
[9] [67] Ver el folleto de la CCI Los sindicatos contra la clase obrera, que aborda ampliamente el tema del "sindicalismo de base" y su naturaleza.
[10] [68] "L’Afrique du Sud : de l’apartheid au pouvoir de l’ANC [69]" («Sudáfrica: del apartheid al poder de la ANC»), Cercle Léon Trotsky.
[11] [70] Ver el artículo de la Revista internacional n° 154 " Del nacimiento del capitalismo a la víspera de la Segunda Guerra Mundial " y en el°155 "De la IIª Guerra Mundial hasta mediados de los años 1970".
[12] [71] Bajo el apartheid, a un sudafricano negro, aunque hubiera trabajado durante años en el país, no se le consideraba como "empleado", pues este término quedaba reservado para los "derechohabientes", o sea, sobre todo, los trabajadores blancos (y en menor medida los mestizos e indios).
[13] [72] Ver al respecto en Revista Internacional, n° 154 "Del nacimiento del capitalismo a la víspera de la Segunda Guerra Mundial " y n° 155 « De la IIª Guerra Mundial hasta mediados de los años 1970".
[14] [73] El entrismo en los partidos de izquierda (PS/PC) lo teorizó León Trotski en los años 1930. Puede leerse el folleto de la CCI, en francés, Le trotskisme contre la classe ouvrière. Traducción al español en https://es.internationalism.org/cci/200605/911/el-trotskismo-contra-la-clase-obrera [74]
[15] [75] No es casualidad si muchos de esos dirigentes de base (incluido Marcel Golding) dejaron el sindicalismo cuando feneció el régimen de apartheid para hacerse acaudalados hombres de negocios o políticos influyentes (sobre esto trataremos en el próximo artículo).
[16] [76] Según el apartheid, los sindicatos inscritos son los reconocidos por el Estado, mientras que a los no inscritos se les toleraba hasta cierto punto aunque no fueran reconocidos por la ley.
[17] [77] La NUM se creó en 1982. Dijo tener 20 000 miembros en 1983, y 110.000 en 1984. Al principio era hostil a la inscripción estatal.
[18] [78] PAC : Pan-Africanist Congress, escisión del ANC en los años 1950, partido ultranacionalista (negro).
[19] [79] Esta compañía, cuyo patrón (Oppenheimer) fue uno de los mayores apoyos a la sindicalización de los africanos, fue, en cambio, especialmente implacable frente a las reivindicaciones de los asalariados (sindicados o no).
[20] [80] Una delegación de la patronal sudafricana acudió a Zambia en 1986 para entrevistarse con la dirección del ANC. Después hubo intercambio de cartas desde 1986 a 1990 entre Mandela y Botha, jefe del Estado de Sudáfrica, luego con De Klerk que le sucedió en 1989. Todo ello se concretó en la liberación del dirigente del ANC en 1990, anunciando así el fin del apartheid.
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1. La elección de Donald Trump de presidente de Estados Unidos, que siguió de cerca al resultado inesperado del referéndum sobre la Unión Europea en el Reino Unido, ha creado una ola de inquietud, miedo, pero también de cuestionamiento en todo el mundo. ¿Cómo podrían “nuestros” gobernantes, aquellos que están supuestamente a cargo del actual orden mundial, permitir que tales cosas sucedan –en unos cambios que parecen ir en contra de los intereses "racionales" de la clase capitalista? ¿Cómo ha podido ocurrir que un bravucón, un necio, un estafador narcisista esté ahora a la cabeza del Estado más poderoso del mundo? Y lo más importante: ¿qué nos indica todo eso sobre dónde se dirige el mundo? ¿Nos estaremos hundiendo en una crisis de civilización, o en una de la humanidad misma? Son preguntas a las que los revolucionarios deben dar respuestas claras y convincentes.
2. En nuestra visión, la condición real de la sociedad humana sólo puede ser comprendida desde el punto de vista de la lucha de clases, de la clase explotada de esta sociedad, el proletariado, el cual no tiene interés en esconder la verdad y cuya lucha le obliga a superar todas las mistificaciones del capitalismo para derribarlo. Del mismo modo, sólo es posible comprender los sucesos "actuales", inmediatos o localizados, situándolos en un marco histórico mundial. Es la esencia del método marxista. Por eso, y no simplemente porque 2017 marca el centenario de la revolución en Rusia, es por lo que comenzamos remontándonos un siglo o más atrás para comprender la época histórica en la que se están produciendo los acontecimientos más recientes en la situación mundial: la del declive o decadencia del modo de producción capitalista.
La revolución en Rusia fue la respuesta de la clase obrera a los horrores de la primera guerra mundial imperialista. Como lo afirmó la Internacional comunista en 1919, aquella guerra marcó el comienzo de la nueva época, y el fin del período ascendente del capitalismo, del primer gran estallido de la "globalización" capitalista cuando ese sistema chocó contra las barreras de la división del mundo en Estados nacionales rivales: era “la época de guerras y revoluciones”. La capacidad de la clase obrera para derribar el estado burgués en todo un país y dotarse de un partido político capaz de guiarla a la “dictadura del proletariado” muestra que la perspectiva de abolir la barbarie capitalista es una posibilidad y una necesidad históricas. Más aún, el partido bolchevique, que en 1917 estuvo en la vanguardia del movimiento revolucionario, reconoció que la toma del poder por los soviets obreros en Rusia sólo podría mantenerse si era el primer asalto de una incipiente revolución mundial. De igual modo, la revolucionaria alemana Rosa Luxemburgo entendió que si el proletariado mundial no respondía al desafío planteado por la insurrección de Octubre poniendo fin al sistema capitalista, la humanidad se hundiría en una época de creciente barbarie, una espiral de guerras y destrucción que pondría en peligro la civilización humana.
Con la revolución mundial en la mira y con la necesidad de crear para el proletariado un polo de referencia alternativo a la Socialdemocracia, desde entonces contrarrevolucionaria, el partido bolchevique se puso a la cabeza de la creación de la Internacional Comunista cuyo primer congreso se realizó en Moscú en 1919. Los nuevos partidos comunistas, particularmente los de Alemania e Italia, serán las puntas de lanza en la extensión de la revolución proletaria hacia Europa occidental.
3. La revolución en Rusia fue la chispa que hizo arder una cadena mundial de huelgas y levantamientos de masas que obligaron a la burguesía a poner fin a la matanza imperialista de la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, la clase obrera internacional no pudo tomar el poder en otros países, aparte de algunos pequeños intentos en Hungría y en algunas ciudades alemanas. Frente a la mayor amenaza de su potencial sepulturero, la clase dominante logró superar sus rivalidades más ásperas para unirse contra la revolución proletaria: aislar el poder soviético en Rusia por medio del bloqueo, así como mediante la invasión y el apoyo a la contrarrevolución armada; haciendo uso de los partidos socialdemócratas y de los sindicatos, que ya habían demostrado su lealtad al capital al participar en el esfuerzo de la guerra imperialista, para infiltrarse o neutralizar los consejos obreros en Alemania y desviarlos hacia una acomodación con el nuevo régimen burgués “democrático”. Pero la derrota no sólo mostró la capacidad para gobernar de una clase dominante reaccionaria que como tal logró mantenerse, sino también fue el resultado de la inmadurez de la clase obrera que se vio obligada a hacer una transición repentina de la lucha por reformas a la lucha por la revolución, y aún llevaba en sí muchas ilusiones profundas en la posibilidad de mejorar el régimen capitalista a través del voto democrático, la nacionalización de industrias clave, o los beneficios sociales para las capas más pobres de la sociedad. Además, la clase trabajadora había quedado severamente traumatizada por los horrores de la guerra -en la cual la flor y nata de su juventud quedó diezmada y marcada por profundas divisiones entre obreros de las naciones “vencedoras” y los de las “vencidas”.
En Rusia, el Partido Bolchevique, enfrentado al aislamiento, la guerra civil y el colapso económico, y cada vez más asimilado al aparato del Estado soviético, cometió errores serios y desastrosos que llevaron a conflictos violentos con la clase obrera, sobre todo mediante la política del “terror rojo” lo que significaría la supresión de las manifestaciones y organizaciones políticas obreras, culminando en el aplastamiento de la revuelta de Cronstadt en 1921, una revuelta que lo que exigía era la restauración del poder soviético genuino que había existido en 1917. En el plano internacional, la Internacional Comunista, que se vio crecientemente maniatada por las necesidades del Estado soviético en lugar de los intereses de la revolución mundial, empezó restaurando las políticas oportunistas que socavaron su claridad original, como así se plasmó en la táctica del frente unido adoptada en 1922.
Esta degeneración suscitó la emergencia de una importante oposición de izquierda, principalmente en los partidos alemán e italiano. Y a partir de dicha oposición la Fracción italiana fue capaz, a finales de los años 20, de sacar las lecciones de la derrota final de la revolución.
4. La derrota de la oleada revolucionaria mundial verificó así las advertencias de los revolucionarios en 1917-18 sobre las consecuencias de tal fracaso: un nuevo hundimiento en la barbarie. La dictadura del proletariado en Rusia no sólo degeneró, sino que se convirtió en una dictadura capitalista contra el proletariado, proceso que fue confirmado (aunque no comenzado) por la victoria del aparato estalinista con su doctrina del "socialismo en un país". La "paz" instalada para poner fin a la amenaza de la revolución pronto dio paso a nuevos conflictos imperialistas que se aceleraron e intensificaron con el estallido de la crisis mundial de sobreproducción en 1929, otra señal de que la expansión del capital se estaba enfrentando a sus propios límites de funcionamiento. La clase obrera en los países centrales del sistema, especialmente Estados Unidos y Alemania, sufrió de lleno los golpes de la depresión económica, pero, tras haber intentado y fracasado en hacer la revolución una década antes, era, sobre todo, una clase derrotada, a pesar de algunas expresiones reales de resistencia de clase, como en Estados Unidos y España. Fue así incapaz de cerrar el camino a otra nueva marcha hacia la guerra mundial.
5. El tridente de la contrarrevolución tenía tres puntas principales: el estalinismo, el fascismo, la democracia, cada una de las cuales ha dejado profundas cicatrices en la psique de la clase obrera.
La contrarrevolución alcanzó su mayor profundidad en los países donde la antorcha revolucionaria había alumbrado más: Rusia y Alemania. Pero en todas partes, frente a la necesidad de exorcizar el espectro proletario, de hacer frente a la mayor crisis económica de su historia y de prepararse para la guerra, el capitalismo adquirió una forma cada vez más totalitaria, infiltrándose por todos los poros de la vida social y económica. El régimen estalinista marcó la pauta: una economía de guerra total, el aplastamiento de toda disensión, niveles de explotación espeluznantes, un inmenso campo de concentración. Pero el peor legado del estalinismo -tanto en vida como tras su muerte, décadas después, fue el haberse disfrazado de heredero de la Revolución de Octubre. La centralización del capital en manos del Estado se vendió al mundo como socialismo, la expansión imperialista como internacionalismo proletario. Aunque en los años en que la Revolución de Octubre seguía siendo una memoria viva, muchos obreros siguieron creyendo ese mito de la madre patria socialista, muchos más se fueron alejando de todo pensamiento de revolución por las sucesivas revelaciones de la verdadera naturaleza del régimen estalinista. El daño que el estalinismo ha hecho a la perspectiva del comunismo, a la esperanza de que la revolución de la clase obrera pueda inaugurar una forma más elevada de organización social, es incalculable, sobre todo porque el estalinismo no se había descolgado de no se sabe qué nube sobre el proletariado, sino que fue la derrota internacional del movimiento de clase y sobre todo la degeneración de su partido político lo que lo hicieron posible. Después de la deserción traumática de los partidos socialdemócratas en 1914, por segunda vez en menos de dos décadas, las organizaciones por las que la clase obrera tanto se había sacrificado para crearlas y defenderlas, la habían traicionado y se habían convertido en su peor enemigo. ¿Podría haber peor golpe contra la confianza en sí del proletariado, contra su convicción en la posibilidad de llevar a la humanidad a un nivel superior de vida social?
El fascismo, inicialmente un movimiento de marginados de las clases dominantes y medias, e incluso de renegados del movimiento obrero, pudo ser absorbido por las fracciones más poderosas del capital alemán e italiano, porque coincidía con sus necesidades: completar el aplastamiento del proletariado y movilizarse para la guerra. El fascismo se especializó en el uso de técnicas “modernas” para dar rienda suelta a las fuerzas oscuras de lo irracional que se esconde bajo la superficie de la sociedad burguesa. El nazismo en particular, producto de una derrota mucho más devastadora de la clase obrera en Alemania, alcanzó niveles desconocidos en lo irracional, estatalizando e industrializando el pogromo medieval y arrastrando a unas masas desmoralizadas a una marcha desquiciada hacia la autodestrucción. La clase obrera, en general, no sucumbió a ninguna creencia positiva en el fascismo; fue, en cambio, mucho más vulnerable al atractivo del antifascismo, que fue el lema principal en el reclutamiento para la guerra que se avecinaba. Pero el horror sin precedentes de los campos de muerte nazis no por eso dejó de ser, al igual que gulag estalinista, un enorme golpe contra la confianza en el futuro de la humanidad -y por lo tanto en la perspectiva del comunismo.
La democracia, la forma dominante del poder burgués en los países industriales avanzados, se presentó como el oponente a esas formas “totalitarias” -lo que no le impidió apoyar al fascismo cuando éste estaba dando el golpe definitivo al movimiento obrero revolucionario o aliarse con el régimen estalinista en la guerra contra la Alemania hitleriana. La democracia ha demostrado ser una forma mucho más inteligente y duradera de totalitarismo capitalista que el fascismo, el cual se desmoronó en los escombros de la guerra, o el estalinismo, que (con la notable excepción de China y el atípico régimen de Corea del Norte) cayó bajo el peso de la crisis económica y de su incapacidad para competir en el mercado mundial capitalista, cuyas leyes había intentado eludir por decreto estatal.
Los gestores del capitalismo democrático también se vieron obligados, por la crisis del sistema, a utilizar el Estado y el poder del crédito para doblegar las fuerzas del mercado, pero no se vieron obligados a adoptar la forma extrema de la centralización de arriba abajo impuesta por una situación de debilidad material y estratégica de los regímenes del bloque ruso. La democracia ha sobrevivido a sus rivales y se ha convertido en la única opción en los principales países capitalistas de Occidente. Hasta hoy es tabú poner en entredicho la necesidad de haber apoyado la democracia contra el fascismo en la Segunda Guerra Mundial; y quienes sostienen que tras la fachada de la democracia está la dictadura de la clase dominante son despreciados como teóricos de la conspiración. Ya en los años 1920 y 1930, el desarrollo de los medios de comunicación masiva en las democracias proporcionó un modelo para la difusión de la propaganda oficial que Goebbels envidiaba, mientras que la penetración de las relaciones mercantiles en las esferas del ocio y la vida familiar, de lo que fue pionero el capitalismo norteamericano, proporcionaron un canal más sutil para la dominación totalitaria del capital que recurrir únicamente a soplones y al terror sin disfraz.
6. Contrariamente a las esperanzas de la muy reducida minoría revolucionaria que mantuvo posiciones internacionalistas durante los años 30 y 40, el final de la guerra no produjo un nuevo resurgir revolucionario. Al contrario, fue la burguesía, con Churchill en vanguardia, la que sí aprendió las lecciones de 1917 y abortó toda posibilidad de revuelta proletaria, bombardeando a mansalva las ciudades alemanas y con la política de “dejar a los italianos cocerse en su propia salsa” cuando surgieron huelgas masivas en el norte de Italia en 1943. El fin de la guerra, profundizó así la derrota de la clase obrera. Y de nuevo, contrariamente a las expectativas de muchos revolucionarios, la guerra no fue seguida por una nueva depresión económica y un nuevo impulso hacia la guerra mundial, aunque los antagonismos imperialistas entre los bloques "victoriosos" siguieran siendo una amenaza constante sobre la humanidad. En cambio, el período de posguerra fue testigo de una fase de expansión real de las relaciones capitalistas bajo el liderazgo estadounidense, aun si una parte del mercado mundial (el bloque ruso y China) intentara aislarse de la penetración del capital occidental. La continuación de la austeridad y la represión en el bloque del Este provocó importantes revueltas obreras (Alemania del Este 1953, Polonia y Hungría 1956), pero en Occidente, tras algunas expresiones de descontento posteriores a la guerra, como las huelgas en Francia en 1947, hubo una atenuación gradual de la lucha de clases, hasta el punto de que los sociólogos pudieron comenzar a teorizar el "aburguesamiento" de la clase obrera como resultado de la expansión del consumismo y el desarrollo del Estado del bienestar. De hecho, esos dos aspectos del capitalismo después de 1945 siguen siendo importantes lastres añadidos contra la posibilidad de que la clase obrera se reconstituya como fuerza revolucionaria. El consumismo atomiza a la clase obrera y vende la ilusión de que todos pueden alcanzar el paraíso de la propiedad individual. El providencialismo, que solía ser introducido por los partidos de izquierda presentándolo como conquista de la clase obrera, es incluso un instrumento más revelador de control capitalista; socava la autoconfianza de la clase obrera y la hace depender de la benevolencia del Estado; y más tarde, en una fase de migración masiva, su organización por el Estado-nación significaría que acceder a la salud, a la vivienda y otros beneficios ha acabado siendo un poderoso factor para transformar a los inmigrantes en chivos expiatorios y de otras divisiones en la clase obrera. Mientras tanto, junto con la aparente desaparición de la lucha de clases en los años 1950 y 60, el movimiento político revolucionario quedó reducido al estado más aislado de su historia.
7. Algunos de aquellos revolucionarios que sí mantuvieron una actividad durante aquel período sombrío empezaron a argumentar que el capitalismo había aprendido a controlar las contradicciones económicas analizadas por Marx, gracias a la administración burocrática del Estado. Pero otros, más clarividentes, como el grupo de Internacionalismo de Venezuela, reconocieron que los viejos problemas (los límites del mercado, la tendencia decreciente de la tasa de ganancia) no podían ser atajados, y que las dificultades financieras experimentadas a finales de años 60 anunciaban una nueva fase de crisis económica abierta. También reconocieron la capacidad de una nueva generación de proletarios para responder a la crisis mediante la reafirmación de la lucha de clases, una predicción ampliamente confirmada por el extraordinario movimiento en Francia de mayo de 1968 y la subsiguiente oleada internacional de luchas, que demostraron que las décadas de contrarrevolución habían llegado a su fin, y que la lucha proletaria era el obstáculo clave para impedir que la nueva crisis iniciara un curso hacia la guerra mundial.
8. El auge proletario de finales de los años sesenta y principios de los setenta estuvo precedido por una creciente agitación política entre amplios sectores de la población en los países capitalistas avanzados y, particularmente, entre los jóvenes. En Estados Unidos, protestas contra la guerra de Vietnam y la segregación racial; movimientos de los estudiantes alemanes que manifestaron un interés por un enfoque más teórico del análisis del capitalismo contemporáneo; en Francia, la agitación de los estudiantes contra la guerra en Vietnam y el régimen represivo en las universidades; en Italia, la tendencia “obrerista” o autonomista que reafirmaba la inevitabilidad de la lucha de clases al mismo tiempo que las lumbreras de la sociología proclamaban su extinción. Se expresaba, por todas partes, una creciente insatisfacción ante una vida deshumanizada presentada como la fruta sabrosa de la prosperidad económica de la posguerra. Una pequeña minoría alentada por el resurgir de las luchas combativas en Francia y otros países industrializados, participó en la formación de una vanguardia política consciente e internacionalista, especialmente porque una minoría dentro de esta minoría empezaba a redescubrir la contribución de la Izquierda Comunista.
9. Como muy bien lo sabemos nosotros, la cita entre esa minoría y un más amplio movimiento de clase sólo ocurrió escasas veces durante los movimientos de finales de los 60 y principios de los 70. Esto se debió en parte a que la minoría politizada estaba fuertemente dominada por el descontento pequeñoburgués: el movimiento estudiantil, en particular, carecía del componente proletario aparecido tras los cambios en la organización del capitalismo durante las décadas siguientes. Y a pesar de los poderosos movimientos de clase en todo el mundo, a pesar de serios enfrentamientos entre los trabajadores y las fuerzas de contención en su seno (o sea, los sindicatos y los partidos de izquierda) la mayoría de las luchas de clases fueron defensivas y pocas veces plantearon cuestiones directamente políticas. Además, la clase obrera se enfrentaba a divisiones importantes dentro de sus filas como clase mundial: el "telón de acero" entre el Este y el Oeste, y la división entre los llamados trabajadores "privilegiados" de los centros del capital y las masas empobrecidas de las antiguas zonas coloniales. Mientras tanto, la maduración de una vanguardia política se vio obstaculizada por una visión de una revolución inmediata y por prácticas activistas, típicas de la impaciencia pequeñoburguesa, que no lograba captar el carácter a largo plazo del trabajo revolucionario y la gigantesca escala de las tareas teóricas a las que se enfrentaba la minoría politizada. El predominio del activismo hizo vulnerables a la recuperación por el izquierdismo a amplias partes de la minoría o, cuando las luchas bajaban de intensidad, a la desmoralización. Mientras tanto, los que rechazaban el izquierdismo eran a menudo obstaculizados por las nociones consejistas que negaban por completo el problema de la construcción de la organización. Sin embargo, una pequeña minoría fue capaz de superar esos obstáculos y asirse a la tradición de la Izquierda Comunista iniciando una dinámica hacia el crecimiento y el agrupamiento que se mantuvo durante los años 1970, pero que también conoció su fin a principios de los años 80, fin simbolizado por la ruptura de las Conferencias Internacionales de la Izquierda Comunista. El fracaso de las luchas de aquel período para alcanzar un nivel político más avanzado e ir echando las semillas de los problemas que, en las calles y reuniones de 1968, se habían planteado sobre la sustitución del capitalismo del Este y del Oeste por una nueva sociedad, tuvo consecuencias muy significativas en la década siguiente.
Sin embargo, aquel enorme estallido de energía proletaria no sólo y simplemente se "agotó", sino que requirió un esfuerzo concertado de la clase dominante para desviarlo, descarrilarlo y reprimirlo. Eso ocurrió sobre todo en el plano político, haciendo un uso máximo de las fuerzas de la izquierda capitalista y de los sindicatos, los cuales tenían una influencia considerable en la clase obrera. Ya fuera con de la promesa de elección de gobiernos de izquierda, o mediante la estrategia de “izquierda en la oposición” completada con el desarrollo del sindicalismo radical, a lo largo de dos décadas que siguieron a 1968, la instrumentalización de órganos que los trabajadores consideraban en cierta medida como propios, fue indispensable para contener las luchas de clase.
10. A pesar de ciertas pausas, la dinámica de la lucha desencadenada en 1968 continuó a través de los años 70. La cumbre de la maduración de la capacidad de autoorganización y extensión se alcanzó en la huelga de masas en Polonia de 1980. Sin embargo, aquel cénit también marcó el comienzo de un declive. Aunque las huelgas en Polonia revelaron la interacción clásica entre demandas económicas y políticas, en ningún momento los trabajadores en Polonia plantearon el problema de una nueva sociedad. En este aspecto, las huelgas estaban "por debajo" del nivel del movimiento del 68 en el que la cuestión de la autoorganización, aunque embrionaria, sí proporcionó un contexto para un debate mucho más radical sobre la necesidad de la revolución social. El movimiento en Polonia, con algunas excepciones muy limitadas, consideraba el "occidente libre" como la sociedad alternativa que querían, el ideal de gobierno democrático, los "sindicatos libres" y todo lo demás. En Occidente mismo, hubo algunas expresiones de solidaridad con las huelgas en Polonia, y a partir de 1983, frente a una crisis económica que se agravaba rápidamente, vimos una oleada de luchas cada vez más simultáneas y globales en su alcance; en varios casos mostraron un conflicto creciente entre trabajadores y sindicatos. Pero la yuxtaposición de las luchas por el mundo entero no significó automáticamente que se comprendiera la necesidad de la internacionalización consciente de las luchas; tampoco los enfrentamientos contra los sindicatos, que, por supuesto son parte del Estado, implicaron una politización del movimiento en el sentido de una comprensión de que el Estado debe ser derrocado, o de una capacidad creciente para proponer una perspectiva para la humanidad. Más incluso que en los años 70, las luchas de los años 80 en los países avanzados permanecieron en el terreno reivindicativo sectorial y por eso también fueron vulnerables al sabotaje mediante formas radicalizadas de sindicalismo[1]. La agravación de las tensiones imperialistas entre los dos bloques en aquel periodo hizo sin duda surgir una preocupación creciente respecto a la amenaza de guerra, pero acabó siendo en gran parte desviada hacia movimientos pacifistas, los cuales por definición impedían que hubiera una conexión consciente entre resistencia económica y peligro de la guerra. Para los pequeños grupos de revolucionarios que mantuvieron una actividad organizada durante ese período, aunque pudieron intervenir más directamente en ciertas iniciativas de los trabajadores, a un nivel más profundo, chocaban con un ambiente generalizado de desconfianza de “la política”, predominante en la clase obrera, y ese abismo creciente entre la clase y su minoría política fue también un factor adicional en la incapacidad de la clase para desarrollar su propia perspectiva.
11. La lucha en Polonia, y su derrota, proporcionaría una suma de la relación global entre las clases. Las huelgas dejaron en claro que los trabajadores de Europa del Este no estaban dispuestos a luchar en una guerra en nombre del imperio ruso y, sin embargo, no fueron capaces de ofrecer una alternativa revolucionaria a la profunda crisis del sistema. Por otra parte, el aplastamiento físico de los trabajadores polacos tuvo consecuencias políticas muy negativas para la clase obrera de toda aquella región, ausente como clase en las sublevaciones que iniciaron la desaparición de los regímenes estalinistas, y que fueron posteriormente vulnerables a una siniestra oleada de propaganda nacionalista que hoy está incorporada en los regímenes autoritarios que reinan en Rusia, Hungría y Polonia. La clase dirigente estalinista, incapaz de lidiar con la crisis y la lucha de clases sin una represión despiadada, mostró que carecía de la flexibilidad política necesaria para adaptarse a las circunstancias históricas cambiantes. Así, en 1980-81 la escena estaba ya preparada para el colapso del bloque oriental en su conjunto, anunciando una nueva fase en el declive histórico del capitalismo. Pero esta nueva fase, que definimos como la de la descomposición del capitalismo, tiene sus orígenes en un bloqueo mucho más amplio entre las clases. Los movimientos de clase que estallaron en los países avanzados después de 1968 marcaron el fin de la contrarrevolución, y la continua resistencia de la clase obrera constituyó un obstáculo para la "solución" de la burguesía a la crisis económica: la guerra mundial. Era posible definir aquel período como un "curso hacia enfrentamientos masivos de clase", e insistir en que no se podía abrir un camino hacia la guerra sin una derrota frontal de una clase obrera renuente a alistarse tras las banderas nacionales. En la nueva fase, la desintegración de ambos bloques imperialistas hizo desaparecer la guerra mundial como posibilidad, independientemente del nivel de la lucha de clases. Lo cual significaba que la cuestión del curso histórico ya no podía plantearse en los mismos términos. La incapacidad del capitalismo para superar sus contradicciones sigue significando que sólo puede ofrecer a la humanidad un futuro de barbarie cuyos contornos ya pueden vislumbrarse en una combinación infernal de guerras locales y regionales, devastación ecológica, pogromos y violencia social fratricida. Pero a diferencia de la guerra mundial, que exige una derrota directa, tanto física como ideológica de la clase obrera, este "nuevo" descenso a la barbarie opera de una manera más lenta e insidiosa, lo que puede gradualmente erosionar a la clase obrera y hacerla incapaz de reconstituirse como clase. El criterio para medir la evolución de la relación de fuerzas entre las clases ya no puede ser el de impedir la guerra mundial, y en general se ha vuelto más difícil de prever.
12. En la fase inicial del resurgimiento del movimiento comunista después de 1968, la tesis de la decadencia del capitalismo ganó numerosos partidarios y proporcionó el fundamento programático de una izquierda comunista revivida. Hoy ya no es así: la mayoría de los nuevos elementos que buscan en el comunismo la respuesta a los problemas que enfrenta la humanidad encuentran todo tipo de razones para rechazar el concepto de decadencia. Y cuando se trata de la noción de descomposición, que definimos como la fase final del declive capitalista, la CCI parece estar más bien sola. Otros grupos aceptan la existencia de las principales manifestaciones del nuevo período; la inextricable maraña interimperialista, el retorno de ideologías profundamente reaccionarias como el fundamentalismo religioso y el nacionalismo galopante, la crisis de la relación del hombre con el mundo natural; pero pocos, si existen, llegan a la conclusión de que esta situación se deriva de una situación de atasco en la relación de fuerzas entre las clases; pocos están de acuerdo en que todos estos fenómenos son expresiones de un cambio cualitativo en la decadencia del capitalismo, de toda una fase o período que no podrá invertirse sino es mediante la revolución proletaria. Esta oposición al concepto de descomposición a menudo toma la forma de diatribas contra las tendencias "apocalípticas" de la CCI, ya que hablamos de ella como la fase terminal del capitalismo, o contra nuestro "idealismo", ya que, aunque vemos la larga crisis económica como factor clave de la descomposición, no sólo vemos factores puramente económicos como elementos decisivos en el inicio de la nueva fase. Detrás de esas objeciones está el fracaso en comprender que el capitalismo, como la última sociedad de clases de la historia, está condenado a ese tipo de impase histórico por el hecho de que, a diferencia las sociedades de clases anteriores cuando entraban en su declive, el capitalismo no puede desde su interior hacer surgir un modo nuevo y más dinámico de producción, mientras que el único camino hacia una forma superior de vida social debe ser construida no como resultado automático de leyes económicas, sino a partir de un movimiento consciente de la inmensa mayoría de la humanidad dirigido por el proletariado, lo cual es por definición la tarea más ardua que deba ser asumida en la historia.
13. La descomposición ha sido el producto del bloqueo en la batalla entre las dos clases principales. Pero se ha revelado también en sí misma como factor activo en las crecientes dificultades de la clase desde 1989. Las muy bien orquestadas campañas sobre la muerte del comunismo que acompañaron la caída del bloque ruso –que demostraron la capacidad de la clase dominante para utilizar contra los explotados las manifestaciones de la descomposición- fue un elemento muy importante para socavar aún más la confianza en sí misma de la clase y su capacidad para reafirmar su misión histórica. El comunismo, el marxismo, incluso la propia lucha de clases, fueron declarados trasnochados, historia muerta. Sin embargo, los efectos negativos enormes y duraderos de los acontecimientos de 1989 sobre la conciencia, la combatividad y la identidad de clase del proletariado no son solamente el resultado de la gigantesca campaña anticomunista. También hay que explicar la eficacia de tal campaña. Esta eficacia solo puede ser comprendida en el contexto del desarrollo específico de la revolución y la contrarrevolución desde 1917. Con el fracaso de la contrarrevolución militar contra la URSS (derrota de los ejércitos blancos en la guerra civil) y, al mismo tiempo la derrota de la revolución mundial emergió una constelación completamente inesperada, sin precedentes: la de una contrarrevolución que procedía del bastión proletario y la de una economía capitalista en la Unión Soviética sin una clase capitalista históricamente desarrollada. El resultado no fue ni mucho menos la expresión de una necesidad histórica más elevada, sino una aberración histórica: la dirección de una economía capitalista por una burocracia contrarrevolucionaria de Estado burgués, una burocracia ni cualificada ni adaptada a tal tarea. La economía bajo dirección estalinista pudo aparecer como eficaz para la URSS en la prueba de la Segunda Guerra Mundial, pero fracasó completamente, a largo plazo, para generar un capital nacional competitivo. Aun cuando los regímenes estalinistas fueron formas particularmente reaccionarias de la sociedad burguesa decadente, no por ello fueron un retorno a una especie de régimen feudal o despótico, como tampoco eran, ni mucho menos, economías capitalistas “normales”. Con su hundimiento, el estalinismo hizo su último servicio a la clase dominante. Lo peor de todo han sido las campañas sobre la muerte del comunismo, pues parecieron haber encontrado una confirmación en la realidad misma. Las aberraciones del estalinismo respecto a un capitalismo que funciona más o menos normalmente eran tan graves y considerables, que parecía efectivamente que no era capitalista para la población. Antes del desmoronamiento y durante mucho tiempo, fue capaz de mantenerse, lo que parecía probar que había alternativas posibles al capitalismo. Aunque tal alternativa particular al capitalismo no era para nada algo atractivo para la mayoría de los obreros, su existencia dejaba abierta, sin embargo, una posible brecha en la armadura ideológica de la clase dominante. El resurgimiento de la lucha de clases en los años 60 fue capaz de aprovechar esa brecha para desarrollar la visión de una revolución que fuera a la vez anticapitalista y antiestalinista y basada, no sobre una burocracia de Estado o un partido-Estado, sino sobre los consejos obreros. Si durante los años 60 y 70, muchos consideraban la revolución mundial como una utopía irrealizable, un sueño fútil, eso se debía al enorme poder de la clase dominante o lo que se consideraba como la marca egoísta y destructiva inherente a nuestra especie. Sin embargo, tales sentimientos de desesperanza podían encontrar, y encontraban alguna vez, un contrapeso en las luchas masivas y la solidaridad proletaria. Después de 1989, tras hundimiento de los regímenes “socialistas”, apareció un nuevo factor cualitativo: la impresión de la imposibilidad de una sociedad moderna no basada en los principios capitalistas. En esas circunstancias, es mucho más difícil para el proletariado desarrollar no solamente su conciencia y su identidad de clase, sino incluso sus luchas económicas defensivas, pues la lógica de las necesidades de la economía capitalista pesa mucho más si ésta parece no tener alternativa alguna.
Y, aun cuando no sea ni mucho menos necesario que toda la clase obrera se haga marxista o desarrolle una clara visión del comunismo para hacer una revolución proletaria, la situación inmediata de la lucha de clases se ha alterado considerablemente, pues depende de si hay o no hay amplios sectores de la clase que consideren que es posible poner en entredicho el capitalismo.
14. Y a la vez, con una labor de zapa más artera, el avance de la descomposición en general y por su propia dinámica iba socavando en la clase obrera su identidad y conciencia de clase. Esto era particularmente evidente entre los desempleados de larga duración o empleados a tiempo parcial, abandonados en las cunetas por los cambios estructurales introducidos en los años 1980: mientras que en el pasado los desempleados habían estado en la vanguardia de la lucha obrera, en ese período empezaron a ser mucho más vulnerables a la lumpenización, al gansterismo y a la difusión de ideologías nihilistas como el yihadismo o el neofascismo. Como predijo la CCI inmediatamente después de los acontecimientos del 89, la clase estaba a punto de entrar en un largo período de reflujo. Pero la longitud y la profundidad de este reflujo han resultado incluso mayores de lo que suponíamos. Importantes movimientos de una nueva generación de la clase trabajadora en 2006 (el movimiento anti-CPE en Francia) y entre 2009 y 2013 en numerosos países del mundo (Túnez, Egipto, Israel, Grecia, Estados Unidos, España...), junto con cierto resurgimiento de un medio interesado por las ideas comunistas, hacía factible pensar que la lucha de clases volvía a ocupar un lugar central y que una nueva etapa en el desarrollo del movimiento revolucionario estaba a punto de abrirse. Pero una serie de acontecimientos de la última década ha mostrado cuán profundas son las dificultades que enfrenta el proletariado mundial y su vanguardia revolucionaria.
15. Las luchas en torno a 2011 estuvieron explícitamente ligadas a los efectos de la profundización de la crisis económica, sus protagonistas se referían frecuentemente, por ejemplo, a la precariedad del empleo y a la falta de oportunidades para los jóvenes incluso después de varios años de educación universitaria. Pero no existe un vínculo automático entre el agravamiento de la crisis económica y el desarrollo cualitativo de la lucha de clases, una lección clave de la década de 1930, cuando la Gran Depresión tendió a desmoralizar aún más a una clase obrera ya derrotada. Y habida cuenta de los largos años de retroceso y desorientación que le precedieron, la convulsión financiera de 2007-2008 tendrá un impacto muy negativo sobre la conciencia del proletariado.
Un elemento importante en esto fue la proliferación del propio sistema de crédito que había sido central en la expansión económica de los años 90 y 2000, pero cuyas contradicciones intrínsecas precipitaron esta vez la quiebra. Ese proceso de ‘financiarización’ funcionaba entonces no sólo a nivel de las grandes instituciones financieras, sino que repercutió también en la vida de millones de trabajadores. En este aspecto, la situación es muy diferente a la de las décadas de 1920 y 1930, cuando en su mayor parte las llamadas clases medias (pequeños propietarios, profesiones liberales, etc.), pero no los trabajadores, tenían ahorros que perder; y cuando la protección estatal era apenas suficiente para evitar que los trabajadores se murieran de hambre. Si, por una parte, por lo tanto, la situación material inmediata de muchos trabajadores en esos países es menos dramática que hace ocho o nueve décadas, por otra parte, millones de trabajadores precisamente en esos países se encuentran en unos aprietos inexistentes en los años 30: se han convertido en deudores, a menudo a altos niveles. Durante el siglo XX, y todavía en gran medida antes de 1945, los únicos créditos que tenían los trabajadores lo eran en la taberna, la cafetería o la tienda locales. Los obreros sólo podían confiar en su propia solidaridad de clase en tiempos de dificultades. Los créditos a proletarios empezaron a ser importantes para la vivienda o la construcción, pero estalló en las últimas décadas con el desarrollo de los créditos al consumidor a escala masiva. El desarrollo cada vez más refinado, astuto y perverso de la economía crediticia para gran parte de la clase obrera ha tenido consecuencias muy negativas para la conciencia de clase proletaria. La expropiación de los ingresos de la clase obrera por parte de la burguesía se oculta y aparece incomprensible cuando toma la forma de una devaluación de los ahorros, de la quiebra de los bancos o de los seguros, o de la confiscación de la propiedad de la vivienda por el mercado. El incremento de la precariedad del “Estado de bienestar” y su financiación facilita la división de los trabajadores entre los que pagan por los sistemas públicos, y los que son mantenidos por ellos sin pagar lo equivalente. Y el hecho de que millones de trabajadores hayan caído en la deuda es un nuevo medio, adicional y poderoso de disciplinar al proletariado.
Incluso si el resultado neto del crac ha sido la austeridad para muchos y una ignominiosa transferencia de riqueza en provecho de una pequeña minoría, el resultado global del crac no ha servido para afinar o ampliar una comprensión del funcionamiento del sistema capitalista: el resentimiento en contra de la creciente desigualdad ha sido en gran medida dirigida contra la “elite urbana corrupta”, que se ha convertido en importante aliciente vendedor para el populismo de derechas. Y aun cuando la respuesta a la crisis y sus injusticias actuales hicieron surgir formas más proletarias de lucha, tales como las del movimiento Occupy en EEUU, estaban también muy lastradas por una tendencia a echar la culpa a banqueros codiciosos y hasta a sociedades secretas que habrían tramado deliberadamente el crac para fortalecer su control sobre la sociedad.
16. La oleada revolucionaria de 1917-23, como los movimientos insurreccionales anteriores de la clase (1871, 1905), se desencadenaron a causa de una guerra imperialista, llevando a los revolucionarios a considerar que la guerra proporciona las condiciones más favorables para la revolución proletaria. En realidad, la derrota de la oleada revolucionaria mostró que la guerra podía crear divisiones profundas en la clase, en particular entre los proletarios de naciones “vencedoras” y los de las “vencidas”. Y como lo demostró lo ocurrido al final de la Segunda Guerra Mundial, la burguesía había sacado las lecciones necesarias de lo ocurrido en 1917, demostrando su capacidad para limitar las posibilidades de reacciones proletarias contra la guerra imperialista, desarrollando, en particular, estrategias y formas de tecnología militar que hacen cada vez más difícil la confraternización entre ejércitos enemigos.
Contrariamente a las promesas de la clase dominante occidental, tras la caída del bloque imperialista ruso, la nueva fase histórica que se abrió no fue de paz y estabilidad, sino de extensión del caos militar, guerras cada vez más brutales que han devastado grandes territorios de África y Oriente Medio e incluso ha golpeado a las puertas de Europa. La barbarie se ha extendido por Irak, Afganistán, Ruanda y ahora Yemen, Libia y Siria, aunque igualmente el este de Ucrania. Esta evolución ha podido despertar el horror y la indignación entre sectores importantes del proletariado mundial -incluidos los de los centros capitalistas cuyas propias burguesías han estado directamente implicadas en estas guerras-, sin embargo, las guerras de la descomposición sólo muy raramente han provocado una oposición proletaria. En los países más directamente afectados, la clase obrera ha sido demasiado débil para organizarse contra los gánsteres militares locales y sus patrocinadores imperialistas.
Una demostración patente ha sido la actual guerra en Siria, que ha visto no sólo la destrucción despiadada de la población por bombardeos aéreos, operaciones militares directas y una represión inmisericorde, sobre todo por las fuerzas oficiales del Estado. El descontento social inicial ha sido totalmente desviado por la creación de frentes militares y el enrolamiento de los opositores al régimen en un sin fin de bandas armadas, cada cual más brutal que la vecina. En los centros capitalistas, esas situaciones tan espantosas han engendrado sobre sentimientos de desesperación e impotencia -porque parece como si cualquier intento de rebelarse contra el sistema actual sólo pudiera terminar en una situación peor. El triste destino de la "Primavera árabe" se ha podido usar fácilmente como nuevo argumento contra la posibilidad de la revolución. Pero el salvaje desmembramiento de países enteros en las periferias de Europa en los últimos años ha empezado a tener un efecto boomerang sobre la clase obrera en los centros del sistema. Esto puede resumirse en dos cuestiones: por un lado, el desarrollo en todo el mundo y de forma cada vez más caótica de una crisis de refugiados que es realmente planetaria en su alcance; y por el otro, el desarrollo del terrorismo.
17. Lo que inició la crisis de refugiados en Europa fue la apertura de las fronteras de Alemania (y Austria) a los que huían por la "ruta balcánica" en el verano de 2015. Los motivos de esa decisión de la canciller Merkel eran dobles. En primer lugar, la situación económica y demográfica de Alemania (una industria próspera que se confrontaba a una escasez de fuerza de trabajo calificado y "motivado"). En segundo lugar, el peligro de colapso del orden público en el sudeste de Europa a través de la concentración de cientos de miles de refugiados en países incapaces de gestionarlos.
La burguesía alemana, sin embargo, había calculado mal las consecuencias de su decisión unilateral sobre el resto del mundo, en particular sobre Europa. En Oriente Medio y en África, millones de refugiados y otras víctimas de la miseria capitalista comenzaron a hacer planes para ir a Europa, en particular a Alemania. En Europa, las normas de la UE como "Schengen" o el "Pacto de Dublín para los refugiados" han hecho del problema de Alemania el problema de Europa en su conjunto. De modo que uno de los primeros resultados de esa situación fue una crisis de la Unión Europea, tal vez la más grave de su historia hasta la fecha.
La llegada de muchos refugiados a Europa fue recibida inicialmente con una espontánea ola de simpatía en amplios sectores de la población –un impulso que todavía es fuerte en países como Italia o Alemania. Pero este impulso quedó pronto ahogado por una reacción xenófoba en Europa jaleada no sólo por los populistas, sino también por las fuerzas de seguridad y los defensores profesionales de la ley y el orden burgueses, alarmados por la afluencia repentina e incontrolada de personas a menudo no identificadas. El temor de una afluencia de agentes terroristas fue de la mano con el miedo a la llegada de tantos musulmanes que reforzaría el desarrollo de sub-comunidades de inmigrantes en Europa que no se identifican con el Estado-nación del país en que viven. Esos miedos se acrecentaron con el aumento de los ataques terroristas en Francia, Bélgica y Alemania. En la misma Alemania, hubo un fuerte aumento de ataques terroristas de extrema derecha contra los refugiados. En partes de la antigua RDA se desarrolló una auténtica atmósfera de pogromo. En Europa occidental en su conjunto, después de la crisis económica, la "crisis de los refugiados" se convirtió en el segundo factor más importante (aumentado por el terrorismo fundamentalista) para avivar las llamas del populismo de derechas.
Así como la crisis económica después de 2008 abrió divisiones serias en la burguesía acerca de la mejor manera de administrar la economía mundial, el verano de 2015 marcó el principio del fin de su consenso sobre la inmigración. La base de esa política había sido hasta ahora el principio de unas fronteras semipermeables. El muro contra México que Donald Trump quiere construir, que en realidad ya existe, es igual al que existe alrededor de Europa (también en forma de lanchas patrulleras militares o cárceles de aeropuerto). Pero el propósito de los muros actuales es enlentecer y regular la inmigración, no prevenirla. Haciendo que los inmigrantes entren ilegalmente, los criminaliza y así les obliga a trabajar por una miseria en condiciones abominables sin ningún derecho a beneficios sociales. Por otra parte, al obligar a personas a arriesgar sus vidas para entrar, el régimen de frontera se convierte en una especie de mecanismo de selección bárbara, donde sólo lo consigue el más atrevido, decidido y dinámico.
El verano de 2015 marcó una puesta en cuestión del sistema actual de inmigración. El desequilibrio entre el número creciente que busca acceso por un lado y la demanda menguante de asalariados en el país en el que entran por el otro (Alemania es una excepción) se ha hecho insostenible. Y como de costumbre, los populistas tienen una solución fácil a mano: la frontera semipermeable debe ser impermeable, sin importar los niveles de violencia que se requieran. Aquí otra vez, lo que proponen parece muy plausible desde el punto de vista burgués. Esto representa ni más ni menos que la aplicación de la lógica de "comunidades cerradas" a escala de países enteros.
Aquí otra vez, los efectos de esta situación para la conciencia de la clase obrera son, por el momento, muy negativos. El desmoronamiento del bloque del Este se presentó como prueba del triunfo final del capitalismo democrático occidental. Ante esto, hubo la esperanza, desde el punto de vista del proletariado, que el desarrollo de la crisis de la sociedad capitalista en todos los niveles podría servir para socavar la imagen del capitalismo como el mejor sistema posible. Pero hoy, y a pesar del desarrollo de la crisis, el hecho de que millones de personas (no sólo los refugiados) estén dispuestos a arriesgar sus vidas para tener acceso a los viejos centros capitalistas que son Europa y Norteamérica, sólo puede reforzar la impresión de que esas zonas (al menos en comparación) son, si no un paraíso, al menos islas de relativa prosperidad y estabilidad.
A diferencia de la Gran Depresión de la década de 1930, cuando la quiebra de la economía mundial se centró en Estados Unidos y Alemania, hoy, gracias a una gestión global capitalista de Estado, los países capitalistas centrales parecen que serán los últimos en hundirse. En este contexto, una situación que se asemeja a la de una fortaleza sitiada se ha alzado en particular, pero no solamente, en Europa y Estados Unidos. El peligro es real de que la clase obrera en esas zonas, aunque no esté activamente movilizada tras la ideología de la clase dominante, busque la protección de sus "propios" explotadores ("identificación con el agresor", para usar un término psicológico) contra lo que se percibe como un peligro común que viene de fuera.
18. El “contragolpe” de los ataques terroristas resultantes de las guerras en Oriente Medio comenzó mucho antes de la crisis actual de refugiados. Los ataques de Al Qaida contra las torres gemelas en 2001, seguido de más atrocidades en los transportes de Madrid y Londres, ya mostraron que los Estados capitalistas principales cosecharían lo que habían sembrado en Afganistán e Irak. Pero la serie más reciente de asesinatos atribuidos al Estado Islámico en Alemania, Francia, Bélgica, Turquía, Estados Unidos y en otros lugares, a pesar de tener un carácter aparentemente más aficionado e incluso fortuito, en los cuales se hace cada vez más difícil distinguir a un “soldado” terrorista entrenado de un individuo aislado y perturbado, y como sucede al mismo tiempo que la crisis de los refugiados, se han intensificado aún más los sentimientos de sospecha y paranoia entre las poblaciones, llevándolas a mirar hacia el Estado para la protección ante un magmático e impredecible "enemigo interior". Al mismo tiempo, la ideología nihilista del Estado Islámico y sus secuaces ofrece un breve momento de gloria para jóvenes inmigrantes rebeldes al no ver ningún futuro para ellos mismos en los semi-guetos de las grandes ciudades occidentales. El terrorismo, que en la fase de descomposición se ha ido convirtiendo cada día más en un medio de la guerra entre Estados y proto-Estados, hace también que la expresión del internacionalismo sea mucho más difícil.
19. El aumento significativo de la corriente populista ha sido pues alimentado por todos estos factores –la crisis económica de 2008, el impacto de la guerra, el terrorismo y la crisis de los refugiados –y aparece como una expresión concentrada de la descomposición del sistema, de la incapacidad de las dos clases principales de la sociedad para ofrecer a la humanidad una perspectiva de futuro. Desde el punto de vista de la clase dominante, significa el agotamiento del consenso "neoliberal" que ha permitido al capitalismo mantener e incluso extender la acumulación desde el inicio de la crisis económica abierta en los años 70 y en particular el agotamiento de las políticas keynesianas predominantes durante el boom de la posguerra. A raíz de la quiebra de 2008, que amplió la ya enorme brecha de riqueza entre el puñado de los muy ricos y la gran mayoría, la desregulación y la globalización, la "libre circulación" del capital y el trabajo en un marco trazado por los Estados más poderosos del mundo, todo eso ha sido cuestionado por una sector creciente de la burguesía, cuyo ejemplo típico es la derecha populista, aunque al mismo tiempo integre el neoliberalismo y el neokeynesianismo en el mismo discurso de campaña electoral. La esencia de la política populista es la formalización política, administrativa y judicial de la desigualdad de la sociedad burguesa. Lo que la crisis de 2008 en particular ayudó a aclarar, es que la igualdad formal es la base real de una desigualdad social cada vez más evidente. En una situación en la que el proletariado es incapaz de proponer su solución revolucionaria –el establecimiento de una sociedad sin clases– la reacción populista es querer sustituir la pseudo-igualdad hipócrita existente por un sistema descarado y "honesto" de discriminación legal. Ese es el meollo de la "revolución conservadora" propugnado por el asesor principal del presidente Trump, Steve Bannon.
Una primera indicación de lo que se entiende por lemas tales como "América primero" está dado por el programa electoral de "Francia ante todo" del Frente Nacional. Propone privilegiar a los ciudadanos franceses, en empleos, impuestos y ventajas sociales, en relación con personas de otros países de la Unión Europea, que a su vez tendrían prioridad sobre otros extranjeros. Hay un debate parecido en Gran Bretaña sobre si sí o no, después del Brexit, a los ciudadanos de la UE debería dárseles un estatuto intermedio entre nativos y otros extranjeros. En el Reino Unido, el principal argumento dado a favor del Brexit no eran las objeciones a las políticas comerciales de la UE o a un arrebato proteccionista británico contra la Europa continental, sino la voluntad política para "recuperar la soberanía nacional" respecto a la inmigración y el mercado de trabajo nacional. La lógica de tal argumentación es que, en ausencia de una perspectiva a más largo plazo de crecimiento para la economía nacional, las condiciones de vida de los nativos podrían estabilizarse más o menos discriminando a todos los demás.
20. En vez de ser un antídoto contra el reflujo largo y profundo de la conciencia de clase, la identidad de clase y la combatividad tras 1989, la pretendida crisis financiera y la del euro tuvieron el efecto contrario. En particular, los efectos perniciosos de la pérdida de solidaridad en las filas del proletariado se incrementaron significativamente. Vemos, en especial, el aumento del fenómeno del chivo expiatorio, esa manera de pensar con la que buscar a personas, sobre las que se proyectan todos los males del mundo, acusándolas de lo que va mal en la sociedad. Tales ideas abren la puerta al pogromo. Hoy el populismo es lo más llamativo, pero dista mucho de ser la única manifestación del problema, que tiende a impregnar todas las relaciones sociales. En el trabajo y en la vida diaria de la clase obrera, su incremento debilita la cooperación, reforzando la atomización y el desarrollo de la mutua desconfianza, la persecución personal, el acoso (el llamado mobbing)
El movimiento obrero marxista ha defendido durante mucho tiempo las ideas teóricas que ayudan a contrarrestar esa tendencia. Las dos ideas más esenciales han sido: a) que la explotación capitalista se ha convertido en algo no personal, ya que funciona según las "leyes" del mercado (ley del valor). Los capitalistas incluidos están obligados a obedecer a esas leyes; b) a pesar de esa naturaleza de máquina, el capitalismo es una relación social entre las clases, ya que tal "sistema" está basado y mantenido por un acto de voluntad del Estado burgués (la creación y fortalecimiento de la propiedad privada capitalista). La lucha de clases, por lo tanto, no es personal sino política. En el lugar combatir a personas, se dirige contra el sistema –y la clase que lo encarna- para transformar las relaciones sociales. Estas ideas nunca inmunizaron, incluso en las capas más conscientes del proletariado, contra la búsqueda de chivos expiatorios. Pero lo han hecho más resistente. Esto explica en parte por qué, aun en medio de la contrarrevolución, e incluso en Alemania, el proletariado resistió contra el recrudecimiento del antisemitismo mejor y por más tiempo que otros sectores de la sociedad. Esas tradiciones proletarias continuaron teniendo efectos positivos, aun cuando los trabajadores dejaron de identificarse de manera consciente con el socialismo. La clase obrera sigue siendo la única barrera a la propagación de ese tipo de veneno, aún si ciertas partes de la clase están seriamente afectadas por él.
21. Todo esto ha llevado a un cambio en el dispositivo político de la sociedad burguesa como un todo; un dispositivo que, por el momento, no es nada favorable al proletariado. En países como Estados Unidos o Polonia, donde los populistas están ahora en el gobierno, las protestas a gran escala en las calles han sido sobre todo en defensa de la democracia capitalista vigente y sus reglas "liberales". Otro tema movilizador de las masas es la lucha contra la corrupción en Brasil, Corea del Sur, Rumania o Rusia. El movimiento Cinco Estrellas en Italia está sobre todo estimulado por el mismo tema. La corrupción, endémica en el capitalismo, ha alcanzado proporciones epidémicas en su fase terminal. En la medida en que esto dificulta la productividad y la competitividad, quienes luchan contra ella están entre los mejores defensores de los intereses del capital nacional. Las masas con banderas nacionales en esas manifestaciones no son, por lo tanto, nada casuales. También significa renovación del interés por el proceso electoral burgués. Algunas partes de la clase trabajadora caen presas del voto por los populistas, a causa del retroceso de la solidaridad, o como una especie de protesta contra la clase política establecida. Una de las barreras para el desarrollo de la causa por la emancipación hoy es la impresión que tienen esos trabajadores de que pueden zarandear y presionar a la clase dominante más por medio de un voto populista que mediante la lucha proletaria. El peligro tal vez más grande, sin embargo, es que los sectores más modernos y globalizados de la clase, en el corazón del proceso de producción, puedan, más allá de la indignación contra la innoble exclusión populista, más allá de una comprensión más o menos clara de que esa corriente política pone en peligro la estabilidad del orden existente, acaben cayendo en la trampa de defender el régimen capitalista democrático reinante.
22. El ascenso del populismo y del anti-populismo, tiene ciertas similitudes con la década de 1930, cuando la clase obrera quedó atrapada en el círculo vicioso del fascismo y antifascismo. Pero a pesar de las similitudes, la situación histórica actual no es la misma que la de la década de 1930. En aquel momento, los proletariados en la Unión Soviética y Alemania habían sufrido un revés no solo político, sino también una derrota física. En contraposición a esto, la situación actual no es la de una contrarrevolución. Por esta razón, es remota la probabilidad de que la clase dirigente intente imponer una derrota física al proletariado; tal cosa no está al orden del día. Hay otra diferencia con 1930: la adhesión ideológica al populismo o al antipopulismo no es del todo definitiva. Muchos obreros que hoy votan por candidatos populistas pueden, del día a la mañana, encontrarse luchando junto a sus hermanos de clase, y lo mismo para los trabajadores que hoy están atrapados en las manifestaciones anti-populistas. La clase obrera, sobre todo en los antiguos centros del capitalismo, no está dispuesta a sacrificar su vida por los intereses de la nación, a pesar de la creciente influencia del nacionalismo en ciertos sectores de la clase; tampoco ha perdido la posibilidad de luchar por sus propios intereses, y este potencial sigue brotando a la superficie, aunque sea de forma mucho más dispersa y efímera que en el periodo de 1968 a 1989 y el de 2006 y 2013. Al mismo tiempo, un proceso de reflexión y maduración entre una minoría de proletarios se mantiene a pesar de las dificultades y reveses, y esto a su vez refleja un proceso más subterráneo que se está produciendo en capas más amplias del proletariado.
En estas condiciones, el intento de aterrorizar a la clase sería políticamente peligroso y contraproducente. Ello socavaría profundamente las ilusiones que puedan albergar los trabajadores sobre el capitalismo democrático, que es una de las ventajas ideológicas más importantes de los explotadores.
Por todas estas razones, es mucho más interesante para la clase capitalista utilizar contra la clase obrera los efectos negativos de la descomposición y el callejón sin salida del capitalismo.
24. Una de las principales líneas de ataque de la burguesía "liberal" contra la Revolución de octubre de 1917 ha sido y seguirá siendo, el supuesto contraste entre las esperanzas democráticas del levantamiento de febrero y el “golpe de Estado” de octubre por los bolcheviques, que habría sumido a Rusia en el desastre y la tiranía. Pero la clave para entender la Revolución de octubre es que se basó en la necesidad de romper el frente de guerra imperialista, mantenido por todas las facciones de la burguesía, especialmente su ala "democrática", y así convertirse en el primer jalón de la revolución mundial. Fue la primera respuesta clara del proletariado mundial a la entrada del capitalismo en su época de decadencia, y fue por eso sobre todo por lo que octubre de 1917, lejos de ser una ruina de una edad perdida, es una señal del futuro de la humanidad.
Hoy, tras todos los contragolpes recibidos por parte del mundo burgués, la clase obrera puede parecer estar muy lejos de reconquistar su proyecto revolucionario. Y, sin embargo, "en cierto sentido, la cuestión del comunismo está en el centro mismo de la difícil situación de la humanidad de hoy. Domina la situación mundial en la forma del vacío que ha creado por su ausencia". (Informe sobre la Situación Mundial). Las múltiples barbaridades de los siglos XX y XXI, desde Hiroshima y Auschwitz hasta Fukushima y Alepo, son el pesado precio que la humanidad ha pagado por el fracaso de la revolución comunista durante todas esas décadas pasadas; y si, a esta hora tardía de la decadencia de la civilización burguesa, las esperanzas de transformación revolucionaria quedan definitivamente frustradas, las consecuencias para la supervivencia de la sociedad humana serían aún más graves. Y sin embargo estamos convencidos de que estas esperanzas siguen vivas, todavía están fundadas en posibilidades reales.
Por un lado, se basan en la posibilidad y la necesidad objetivas del comunismo, debido al choque cada vez más violento entre las fuerzas de producción y las relaciones de producción. Tal choque se ha agudizado precisamente porque el capitalismo en decadencia, en descomposición, a diferencia de las sociedades de clase anteriores que tuvieron que soportar épocas enteras de estancamiento, no ha dejado de expandirse a nivel mundial y penetrar por todos los poros de la vida social. Esto se puede ver en varios niveles:
- En la contradicción entre el potencial contenido en la tecnología moderna y su uso real bajo el capitalismo: el desarrollo de la tecnología de la información y de la inteligencia artificial, que podría utilizarse para contribuir a liberar a la humanidad del trabajo pesado y acortar considerablemente la jornada laboral, ha llevado a la disminución del empleo, por un lado, y a la prolongación de la jornada laboral por otro.
- En la contradicción entre el carácter asociado a escala mundial de la producción capitalista, y su apropiación privada, que por un lado pone de relieve la participación de millones de proletarios en la producción de riqueza social y su apropiación por una minoría minúscula, cuya arrogancia y derroche se convierten en una afrenta a las condiciones de vida miserables o al empobrecimiento absoluto que enfrenta la vasta mayoría. El carácter objetivamente global de la asociación del trabajo ha aumentado de manera espectacular en las últimas décadas, en particular con la industrialización de China y otros países asiáticos. Estos nuevos batallones proletarios, que a menudo han demostrado ser muy combativos, constituyen potencialmente una nueva fuente de fuerza para la lucha de clases mundial, aun cuando el proletariado de Europa occidental conserva la clave de la maduración política de la clase trabajadora hacia una confrontación revolucionaria con el capital.
- En la contradicción entre el valor de uso y el valor de cambio, que se expresa sobre todo en la crisis de sobreproducción y en todos los medios que el capitalismo utiliza para superarla, en particular el recurso masivo a la deuda. La sobreproducción, ese absurdo intrínseco al capitalismo, evidencia simultáneamente la posibilidad de abundancia y la imposibilidad de lograrla bajo el capitalismo. Una vez más, un ejemplo de desarrollo tecnológico pone de manifiesto tal absurdo: Internet ha permitido distribuir gratuitamente todo tipo de mercancías (música, libros, películas, etc.) y, sin embargo, el capitalismo, debido a la necesidad de mantener la ganancia, tiene que crear una enorme burocracia para asegurarse de que cualquier distribución gratuita de este tipo se vea restringida u opere principalmente como un foro publicitario de productos. Además, la crisis de sobreproducción se concreta en continuos ataques a las condiciones de vida de la clase obrera y en el empobrecimiento de masas enteras de la humanidad.
- En la contradicción entre la extensión global del capital y la imposibilidad de ir más allá del Estado-nación. La fase particular de la globalización que se inició en los años 1980 nos ha acercado cada vez más al punto predicho por Marx en los Grundrisse: "la universalidad hacia la que [el capital] tiende sin cesar, encuentra trabas en su propia naturaleza, las que, en cierta etapa del desarrollo del capital, harán que se le reconozca a él como la barrera mayor para esa tendencia, y, por consiguiente, propenderán a la abolición del capital por medio de sí mismo"[2]. Esta contradicción, por supuesto, ya podía ser percibida por los revolucionarios en la época de la Primera Guerra Mundial, ya que la guerra misma fue la primera expresión clara de que por un lado el Estado-nación seguía perviviendo y, por otro, el capital no podía realmente superarlo. Y hoy sabemos que la desaparición -la caída, en realidad- del capital no tendrá una forma puramente económica: cuanto más cerca esté del atasco económico, mayor será su impulso hacia la "supervivencia” a expensas de los demás y con medios militares. La beligerancia abiertamente nacionalista de los Trump, Putin y demás, significa que la globalización capitalista, lejos de unificar a la humanidad, nos empuja cada vez más a la autodestrucción, incluso si este descenso al abismo ya no toma necesariamente la forma de una guerra mundial.
- En la contradicción entre producción capitalista y naturaleza, considerada como un “regalo” desde los orígenes del capitalismo (Adam Smith), una contradicción que, en la fase de descomposición, ha alcanzado niveles sin precedentes. Esto aparece de lo más evidente tanto en el vandalismo descarado de quienes niegan el cambio climático y dirigen Estados Unidos, como en el ascenso de su archienemigo, China, donde la búsqueda frenética del crecimiento a toda costa ha hecho surgir ciudades donde el aire es irrespirable, además del peligro de la aceleración del calentamiento global y -en una extraña combinación de antiguas supersticiones y capitalismo moderno y gansteril- de la destrucción de especies enteras en África y otros lugares, apreciadas por las propiedades curativas mágicas de sus cuernos o su piel. El capitalismo no puede existir sin esa obsesión del crecimiento, pero es incompatible con la salud del ambiente natural en el que la humanidad vive y respira. Así, la perpetuación misma del capitalismo amenaza la existencia de la especie humana no sólo por la vía militar, sino también por sus relaciones con la naturaleza.
La agudización insoportable de las contradicciones citadas anteriormente apunta a una única solución: la producción mundial asociada para el uso, no para la ganancia, una asociación no sólo entre los seres humanos, sino también entre los seres humanos y la naturaleza. Tal vez la expresión principal del potencial para esta transformación es que, dentro de los sectores centrales y más modernos del proletariado mundial, la generación joven, cada vez más consciente de la gravedad de la situación histórica, ya no comparte la desesperanza del no futuro de las décadas anteriores. Esta confianza se basa en la conciencia de la propia productividad asociada: sobre el potencial representado por el progreso científico y tecnológico, sobre la "acumulación" del conocimiento y de los medios de acceso a él, y sobre el crecimiento de una comprensión más profunda y crítica de la interacción entre la humanidad y el resto de la naturaleza. Al mismo tiempo, esta parte del proletariado, como vimos en los movimientos de 2011, que en su apogeo plantearon el slogan de la "revolución mundial", es mucho más consciente del carácter internacional de la asociación del trabajo hoy en día, y por lo tanto más capaces de captar las posibilidades de la unificación internacional de las luchas.
El capital impedirá a toda costa esa única solución que es la unificación global del proletariado, incluso cuando debe adoptar medios que muestren los límites inherentes de la producción para el intercambio. El desarrollo del capitalismo de Estado en la época decadente es, en cierto sentido, una especie de búsqueda desesperada de una forma de tratar de mantener una sociedad unida por medios totalitarios, un intento de la clase dominante de ejercer su control sobre la vida económica en un período en el que el despliegue de las “leyes naturales” del sistema empujan hacia su propio desmoronamiento.
24. El capitalismo no puede evitar la necesidad del comunismo, pero también sabemos que este nuevo modo de producción no puede surgir automáticamente, sino que requiere la intervención consciente de la clase revolucionaria, el proletariado. A pesar de las dificultades extremas que enfrenta hoy la clase obrera, su aparente incapacidad para renovar su "propiedad" del proyecto comunista, ya hemos subrayado nuestras razones para insistir en que esa renovación, esa reconstitución del proletariado como clase para el comunismo, todavía es posible hoy. Porque, así como no se puede evitar la necesidad objetiva del comunismo, tampoco se puede suprimir por completo el anhelo subjetivo por una nueva sociedad, o la búsqueda para entender cómo lograrlo por parte del proletariado que es la clase de la asociación.
El recuerdo de lo que realmente fue el Octubre rojo, el recuerdo de lo que fueron la Revolución alemana y la oleada revolucionaria mundial originadas por Octubre no pueden desaparecer por completo. Esos recuerdos han sido, por así decirlo, aplastados, pero todos los recuerdos reprimidos están destinados a reaparecer cuando las condiciones estén maduras. Y siempre hay, dentro de la clase obrera, una minoría que ha mantenido y elaborado la historia real y sus lecciones a un nivel consciente, lista para fertilizar la reflexión de la clase cuando ésta redescubra la necesidad de dar sentido a su propia historia.
La clase no puede alcanzar ese nivel de búsqueda a una escala masiva sin pasar por la dura escuela de las luchas prácticas. Estas luchas en respuesta a los crecientes ataques del capital son la base granítica para el desarrollo de la confianza en sí y la solidaridad sin límites generadas por la realidad del trabajo asociado.
El estancamiento alcanzado en las batallas económicas puramente defensivas del proletariado desde 1968, también requiere, por un lado, una lucha teórica, una búsqueda para comprender su pasado "profundo" y su posible futuro, una búsqueda que sólo puede llevar a la necesidad del movimiento de clase para pasar de lo local y nacional a lo universal, de lo económico a lo político, de lo defensivo a lo ofensivo. Mientras que la lucha inmediata de la clase es más o menos un hecho de la vida en el capitalismo, no hay garantía de que ese siguiente paso vital sea dado. Pero sí se expresa, por muy limitada y confusa que sea la forma, en las luchas de la generación actual de proletarios, sobre todo en movimientos como el de los Indignados en España, que de hecho fue una expresión genuina de indignación contra todo el sistema -un sistema "obsoleto" como los manifestantes proclamaban en sus banderolas-, un deseo de entender cómo funciona este sistema, y cómo sustituirlo; y, al mismo tiempo, descubrir los medios organizativos que pueden utilizarse para romper las instituciones del orden existente. Y he aquí que esos medios no son esencialmente nuevos: la generalización de las asambleas masivas, la elección de los delegados mandatados ha sido un eco muy claro de los tiempos de los soviets en 1917. Fue una clara demostración del trabajo del “viejo topo” en los subterráneos de la vida social.
Eso ya dio un primer indicio de un potencial para que se desarrolle lo que puede llamarse dimensión política y moral de la lucha proletaria: el surgimiento de un rechazo profundo, por amplios sectores de la clase, al modo de vida y al comportamiento existentes. La evolución de estos momentos es un factor importante en la preparación y maduración de luchas masivas en un terreno de clase y de la perspectiva revolucionaria.
Al mismo tiempo, el fracaso del movimiento de los Indignados para restaurar una verdadera identidad de clase subraya la necesidad de vincular esa incipiente politización en las calles y plazas, a la lucha económica, al movimiento en los lugares de trabajo donde la clase obrera todavía tiene su existencia más característica. El futuro revolucionario no radica en una "negación" de la lucha económica como proclaman los modernistas, sino en una verdadera síntesis de las dimensiones económicas y políticas del movimiento de clase, tal como se observa y se defiende en el concepto de La huelga de masas de Rosa Luxemburg0.
25. Al desarrollar esa capacidad para ver el vínculo entre las dimensiones económicas y políticas de las luchas, las organizaciones políticas comunistas tienen un papel indispensable que desempeñar, y por eso la burguesía hará todo lo posible por desprestigiar el papel del Partido Bolchevique en 1917, presentándolo como una conspiración de fanáticos e intelectuales solo interesados por echar mano del poder. La tarea de la minoría comunista no es provocar luchas, ni organizarlas de antemano, sino intervenir en ellas para esclarecer los métodos y objetivos del movimiento.
La defensa de Octubre rojo exige también, evidentemente, la demostración de que el estalinismo no representa ni mucho menos la menor continuidad con aquél, sino que fue, al contrario, la contrarrevolución burguesa contra lo que Octubre significó. Esta tarea es aún más necesaria hoy en vista del peso de la idea de que el derrumbe del estalinismo probaría que la realización económica del comunismo es imposible. Los efectos negativos de ese peso sobre las minorías políticas en búsqueda –ese medio inestable entre la izquierda comunista y la izquierda del capital- son considerables. Mientras que antes de 1989 las ideas confusas, pero claramente anticapitalistas, las variantes consejista o autonomista, por ejemplo, tenían una influencia relativa en tales círculos, hubo después un avance importante de concepciones basadas en la formación de redes de intercambio mutuo a nivel local, en la preservación y extensión de áreas de economías de subsistencia en las “comunas” todavía existentes. El avance de tales ideas indica que incluso los sectores más politizados del proletariado son incapaces de imaginarse una sociedad más allá del capitalismo. En tales circunstancias, uno de los factores necesarios para preparar la emergencia de una futura generación de revolucionarios es que las minorías revolucionarias existentes en la actualidad expongan de la manera más profunda y convincente posible (sin caer en el utopismo) por qué, hoy, el comunismo no solo es una necesidad sino una posibilidad muy objetiva y realizable.
Dada la naturaleza reducida y dispersa de la izquierda comunista de hoy, y de las enormes dificultades con que tropieza un medio más amplio de elementos en busca de claridad política, es evidente que hay que recorrer una gran distancia entre el pequeño movimiento revolucionario de hoy y la posible capacidad futura para actuar como auténtica vanguardia en masivos movimientos de clase. Los revolucionarios y las minorías politizadas no son productos puramente pasivos de la situación, ya que sus propias confusiones sirven para agravar aún más su desunión y desorientación. Pero, fundamentalmente, la debilidad de la minoría revolucionaria es una expresión de la debilidad de la clase como un todo, y ninguna receta organizativa o consignas activistas serán capaces de superarlo.
El tiempo ya no está a favor de la clase obrera, y ésta no podrá ir más deprisa que su propia sombra. Se ve obligada hoy a recuperar gran parte de lo que ha perdido no sólo desde 1917, sino también desde las luchas de 1968 a 1989. Para los revolucionarios esto exige un trabajo paciente y a largo plazo para analizar el movimiento real de la clase y las perspectivas reveladas por la crisis del modo de producción capitalista; y sobre la base de ese esfuerzo teórico, responder a lo que planteen quienes se acercan a posiciones comunistas. Lo más importante de esa labor es que debe ser vista como parte de la preparación política y organizativa del futuro partido, cuando las condiciones objetivas y subjetivas vuelvan a plantear el problema de la revolución. En otras palabras, las tareas de la organización revolucionaria hoy son similares a las de una fracción comunista, como las realizadas con tanta lucidez por la Fracción Italiana de la Izquierda Comunista en los años 1930.
[1] Lo que se llamó desde entonces el sindicalismo de base.
[2]Marx, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundisse) “Cuaderno IV”, Siglo XXI editores, volumen 1, p.362
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Cataluña, Barcelona en especial, es uno de esos lugares inscritos en la memoria del proletariado español y mundial. Las luchas, las victorias y las derrotas de la clase obrera en ese territorio han marcado la historia de nuestra clase. Por eso, en la situación actual, la CCI, mediante este artículo y otros precedentes en nuestra prensa territorial, quiere alertar a nuestra clase ante el peligro de verse arrastrada por la pelea nacionalista que allí está ocurriendo. De esto, no saldría indemne.
En un mismo lugar y con apenas años de distancia, dos escenarios sociales no solo distintos sino completamente contrapuestos.
Barcelona en los días posteriores al 15 de mayo del 2011. Durante el movimiento de los Indignados, la Plaza de Cataluña es un hervidero de reuniones y asambleas; de más de 40 comisiones que abordan desde las causas de la catástrofe medioambiental a la solidaridad con las luchas en Grecia contra los recortes sociales. No hay bandera alguna. En cambio, sí que hay bibliotecas improvisadas con libros aportados por gente, a la disposición de todos, para ampliar las miras de ese movimiento que expresa esencialmente la indignación por los estragos que causa la crisis capitalista y la inquietud por el futuro que la pervivencia de este sistema puede deparar para toda la humanidad. Esas mismas plazas, en Barcelona y por otras partes de España, tras el movimiento iniciado en la Puerta de Sol de Madrid, ven juntarse y debatir, con todo respeto y escucha, a gentes de todas las edades, de todas las lenguas, de todas las condiciones. En las asambleas desembocan, día tras día, manifestaciones de trabajadores, marchas de protesta contra los recortes en sanidad, delegaciones de vecinos que buscan la solidaridad de los presentes para intentar parar un enésimo desahucio, etc. Las asambleas actúan como un cerebro colectivo que intenta relacionar las distintas expresiones de lucha en búsqueda de una causa común unificadora. “Somos antisistema porque el sistema es inhumano” se proclama orgullosamente. El movimiento sufre una represión despiadada[1] [87] pero igualmente se denuncia que “Violencia también es cobrar 600 euros”[2] [88].
En esas mismas calles, hoy, cientos de miles de personas se manifiestan “por la independencia de Cataluña”, pero lo hacen instrumentalizados, como masa de maniobra que obedece convocatorias designadas por oscuros “cerebros en la sombra”, para acciones que tienen un significado incomprensible para quienes actúan de figurantes en un teatro que otros escriben. Así sucedió con quienes se llevaron los palos de la policía defendiendo las urnas en el referéndum del 1 de octubre, que vieron cómo en los días posteriores, los propios convocantes del referéndum relativizaban la propia efectividad de la consulta y la rebajaban a un acto meramente “simbólico”. O quienes se dejaron llevar por la euforia del “Ya somos república” tras la supuesta proclamación de ésta el 27 de octubre. Se trataba, como lo afirmaron después, de un acto “simbólico”, virtual, estéril. En el extremo opuesto del movimiento del 15 de Mayo de 2011, para unirse a tales actos nacionalistas, el espíritu crítico sobra. Basta con tener en las mentes un “discurso nacional” bien montado. Esto es lo normal de cualquier nacionalismo, pero en el caso de Cataluña y otros lugares “sin Estado”, ese discurso es un mejunje donde todo se mezcla en unas mentes condicionadas para que ninguna crítica pueda aparecer.
Se invoca la reivindicación de una arcadia mitificada, una patria catalana que nunca existió. En ese mecanismo, un enemigo es necesario, y sólo puede serlo el Estado central y sus supuestos vestigios “fascistas”. Y un chivo expiatorio: los españoles en general y todo lo que se les parezca, que serían la causa de todas los sufrimientos de esta sociedad; y así se está dispuesto a marchar, con la cabeza baja y las anteojeras puestas junto a los explotadores catalanes, los corruptos catalanes, los represores policías catalanes, los “ultras” que se dedican a señalar y a intimidar a los “otros” (en este caso quien se muestra tibio en un anti-españolismo necesariamente visceral). Y es ese mismo nefasto patrón de conducta el que siguen los manifestantes que en los días siguientes desfilan por esas mismas calles, esta vez “contra la independencia de Cataluña”. Esta vez el paraíso perdido usurpado es el de la “convivencia pacífica de todos los españoles”. Esta vez los chivos expiatorios sobre los que cargar las culpas de la miseria o la incertidumbre sobre el futuro son “los que se saltan la ley” o “los que quieren romper España”. Y también, a marchar codo con codo con una similar cohorte de explotadores, corruptos y represores y también de ultras españolistas que avanzan en esa misma dinámica de persecución y de intimidación violenta más o menos descarada contra los otros[3] [89].
Entre el movimiento de los Indignados de 2011 y las recientes orgías patrioteras catalanas o españolas hay una frontera de clase y un abismo de perspectivas. En aquél, y pese a todas las innegables dificultades, latía la expresión de una clase social – el proletariado – portadora de un proyecto de transformación social a escala planetaria, en busca de una explicación coherente de los orígenes de los problemas que afectan a todo el mundo, creadora de una base para una verdadera unificación de toda la humanidad y de superación, por tanto, de las divisiones de clase, de raza, de cultura, etc. Se asienta por tanto en la búsqueda de una salida revolucionaria para el futuro de la sociedad, liberando a la humanidad de las cadenas de la explotación. Las orgías patrioteras, en cambio, se basan en reminiscencias, en atavismos, de un pasado mitificado y mistificador. No solo eso, sino que justifican y ahondan la fragmentación social, separando a hermanos de clase como nacionalistas de una u otra bandera. Su perspectiva no es la del avance revolucionario, sino la del retroceso reaccionario hacia un pasado cerrado, cargado de desconfianza y miedos. El factor que los alimenta no es la búsqueda de una nueva organización social basada en la satisfacción de las necesidades de todos, sino el pudrimiento del viejo orden social que reina sobre la base del “sálvese quien pueda”
Unos y otros ofrecen explicaciones circunstanciales y locales. Según los nacionalistas catalanes estaríamos asistiendo a una reemergencia de los vestigios franquistas que permanecerían en el Estado español tras la transición democrática. Según los nacionalistas españoles la deriva independentista sería una especie de huida hacia delante para tapar las vergüenzas de un régimen de corrupción instalado en las administraciones catalanas desde hace décadas. El principal desmentido de tales patrañas justificativas es el comportamiento mismo de los actores del proceso. Desde hace décadas el principal partido de la Generalitat (la administración autonómica catalana) antes conocido como CiU y ahora como PDECat[4] [90], ha basado su hegemonía en un régimen clientelista y corrupto. Y eso no impidió a los sucesivos gobiernos de izquierda y derecha alquilar sus servicios (recibiendo suculentas contraprestaciones con cargo a los presupuestos generales del Estado) como muleta de apoyo para gobernar en Madrid. Tampoco los nacionalistas catalanes se amilanaron por los residuos “franquistas” en el Estado español para pactar con el PP[5] [91] y luego con Zapatero[6] [92] (los gobiernos tripartitos de ERC e Iniciativa[7] [93]). Cuando el PDCat vuelve a la Generalitat en 2010, el propio Artur Mas[8] [94] – heredero ungido por el mismísimo Pujol – no dudó en apoyarse en el PP para sacar adelante un programa de austeridad implacable contra las condiciones de vida de la población que más tarde inspirará al propio Mariano Rajoy[9] [95].
Por eso podemos decir que la explicación de la deriva separatista en Cataluña no se encuentra en factores específicos de la evolución histórica específica de Cataluña o España sino en las condiciones históricas mundiales, en el adentramiento del conjunto del capitalismo mundial en su etapa final de descomposición social.
El marxismo no ha negado nunca la existencia de esos factores particulares de la evolución del capitalismo en cada uno de los países. En particular ha reconocido, en el caso de los separatismos en España, levantándose como una barrera reaccionaria suplementaria frente a la necesidad del proletariado de verse como clase indivisible, el peso de un desarrollo desequilibrado entre unas zonas más abiertas al comercio y la industria, y el resto más encerrado en el aislamiento y el atraso[10] [96]. Pero el marxismo también explica que esos conflictos y contradicciones locales evolucionan condicionados por el curso del capitalismo a escala global. Esto es particularmente patente en el caso del nacionalismo. Si en los siglos XVIII y XIX la formación de algunas nuevas naciones pudo representar un avance para la demolición de estructural feudales y el desarrollo de fuerzas productivas, una vez que el capitalismo alcanzó el final de su etapa ascendente a principios del siglo XX, la “liberación nacional” se convierte en un mito netamente reaccionario al servicio, desde entonces, del encuadramiento de la población, y de la clase revolucionaria en particular, para y en la guerra imperialista[11] [97]. Por eso los verdaderos revolucionarios denunciaron siempre el carácter anti proletario de los separatismos en España[12] [98], defensores a ultranza de la explotación y enemigo declarado de la clase trabajadora, como ha tenido ocasión de comprobar en carne propia el proletariado de Cataluña, uno de los más veteranos del movimiento obrero mundial.
No es casualidad que Barcelona fuera el escenario de la primera huelga general en territorio español en 1855. Tampoco que fuera la sede del Congreso de los Trabajadores de la Región Española que en 1870 constituyó la base de la Primera Internacional en España[13] [99]. No es una mera coincidencia que contra las expresiones más avanzadas de la lucha de clases – como la huelga de La Canadiense en Barcelona1919 – la burguesía catalana desplegara el pistolerismo patronal en 1920-22 contra las huelgas y los militantes de las organizaciones anarcosindicalistas[14] [100]. No es por azar que, por ello, fueran el nacionalismo catalán (Cambó), junto a los sectores más retrógrados del Ejército español, los principales impulsores de la dictadura de Primo de Rivera (1923-30). Tampoco es casual si fue la Generalitat catalana (Companys con el respaldo de los estalinistas, y la complicidad de la propia CNT) la que se convirtiera en el bastión del Estado republicano para desviar a los trabajadores de su terreno de clase en la lucha contra la explotación a la lucha del frente militar de la pelea entre el bando fascista y el bando demócrata, tan burgueses aquél como éste, que prefiguraban los contendientes de la Segunda carnicería imperialista mundial. No es fortuito que correspondiera a la Generalitat catalana la criminal misión de arrasar a sangre y fuego la tentativa del proletariado de Barcelona en mayo de 1937, el último intento del proletariado de luchar en su propio terreno de clase contra los explotadores de todos los bandos y todas las patrias[15] [101], antes de verse aprisionado en la confrontación Inter imperialista.
No es una tampoco coincidencia, que fueran de nuevo los obreros de Cataluña, provenientes ahora en muchos casos de la emigración desde las regiones más atrasadas del país, quienes en los años 70 convirtieran de nuevo sus luchas (el Bajo Llobregat en 1973, la SEAT en el 75), en auténticos faros para la lucha de la clase obrera de España entera. La clase obrera en Cataluña, por su propio desarrollo y su propia experiencia acumulada, es un eslabón central de ese carácter asociado de la producción de toda la riqueza social que encarna el proletariado internacional y que choca en cambio con la apropiación privada, nacional, de esa riqueza. En el área de Barcelona se asientan trabajadores de más de sesenta nacionalidades, desde ingenieros en prácticas norteamericanos a trabajadores emigrantes subsaharianos. Todos ellos son parte integrante, y fundamental, de una misma clase obrera mundial. Por mucho que la ideología capitalista, y en particular a través de sus fuerzas de extrema izquierda, quiera fomentar la identificación “nacional” del proletariado con vistas, precisamente, a disgregar la unidad de clase[16] [102].
Hoy es todo ese potencial acumulado por décadas y décadas de lucha obrera lo que se ve amenazado por el avance de la descomposición social capitalista. No se trata, ni mucho menos, de una situación social en la que los trabajadores estén dispuestos a someterse sin más, como carne de cañón, a las peleas entre las diferentes bandas de la clase explotadora, lo que se correspondería a un triunfo completo de la alternativa burguesa a la crisis histórica del capitalismo. Eso se ejemplifica en la situación actual de Cataluña, en el hecho de que los trabajadores no siguen de forma entusiasta las convocatorias de huelgas generales “por la independencia”; pero no significa, empero, que los trabajadores se vean conscientes de representar una alternativa para el futuro de la humanidad que pueda desterrar la guerra de todos contra todos que lleva en sus entrañas el capitalismo en descomposición.
Especialmente generadoras de confusión para la toma de conciencia de la clase obrera, resultan las alternativas que postulan que habría una solución “racional” de estas tensiones en el seno de la clase explotadora, cuando el avance de la descomposición capitalista impulsa el arraigo entre la población de soluciones “populistas” cada vez más irracionales, como la salida de la Unión Europea (que propugnan por ejemplo la CUP o sectores de Podemos[17] [103]) a la aceptación, sin más, del Estado español como defienden los partidos “constitucionalistas”. Nacionalismo y violencia acaban necesariamente encontrándose. La ilusión de una “revolución de las sonrisas” que reivindica el separatismo catalán, o el sueño de esa vida “normalizada” que presenta como alternativa el bloque españolista, es una pura ficción mistificadora. Como señalamos ya en nuestro artículo “La barbarie nacionalista” de 1990[18] [104]: «Todo nacionalismo, grande o pequeño, lleva necesaria y fatalmente la marca de la agresión, de la guerra, del “todos contra todos”, del exclusivismo y de la discriminación».
La alternativa del proletariado mundial es una perspectiva completamente diferente para la humanidad. Como señalamos en dicho artículo sobre la barbarie nacionalista: «La lucha del proletariado lleva en germen la superación de las divisiones de tipo nacional, étnico, religioso, lingüístico, con el que el capitalismo -continuando la obra opresora de anteriores modos de producción- ha atormentado a la humanidad. En el cuerpo común de la lucha unida por los intereses de clase desaparecen de manera natural y lógica semejantes divisiones. La base común son unas condiciones de explotación que en todas partes tienden a empeorarse con la crisis mundial, el interés común es la afirmación de sus necesidades como seres humanos contra las necesidades inhumanas, cada vez más despóticas, de la mercancía y el interés nacional».
Lo que está hoy en juego en la situación que vive el proletariado mundial en Cataluña es que la clase revolucionaria ponga por delante esa defensa de los intereses de la humanidad en su conjunto, de su solidaridad de clase internacional frente a la disgregación y la fractura social que alienta el capitalismo en descomposición. Que frente a la búsqueda de refugio en falsas identidades locales, de cifrar el futuro en el “sálvese quién pueda” a costa de los demás, del incremento del pesimismo social; se imponga, en cambio, la confianza en los valores de la asociación obrera internacional por encima de las divisiones nacionales, la conciencia de que la barbarie que anuncia el mundo actual es el resultado del sometimiento de la humanidad y del planeta a las leyes capitalistas del valor y la concurrencia. Incumbe, sobre todo, a quienes se reivindican como formaciones de vanguardia de la clase obrera la denuncia de todas las trampas tendientes a la división de nuestra clase, y, en especial aquellas que intentan justificar su apoyo a una u otra fracción de la clase explotadora en que sería “menos represiva” o más favorable a los intereses de la lucha por la liberación del proletariado. Si finalmente fracasa la alternativa revolucionaria mundial del proletariado, la perspectiva será la de una guerra de todos contra todos en la que será difícil distinguir qué fracción será más cruel e inhumana en la imposición de su supervivencia a costa del resto del género humano.
Cuando la policía intentó arrasar la acampada del 15 M en Barcelona un clamor se extendió: “Todos somos Barcelona”. Ese clamor se oyó en todas las plazas, en todas las manifestaciones de esos días y en ningún lugar con más fuerza que en la Puerta del Sol de Madrid. El recrudecimiento del nacionalismo en Cataluña es no sólo un golpe asestado al proletariado de Barcelona, sino también al de toda España, pues en todo el país, los proletarios han sido arrastrados a movilizaciones a favor o en contra de la unidad del Estado español. Este veneno también ha afectado a numerosos inmigrantes españoles que trabajan hoy en otros países europeos, en donde ha habido manifestaciones pequeñas pero significativas en torno a este tema. Y el golpe asestado al proletariado español lo es también al mundial precisamente a causa de la profundidad de las tradiciones revolucionarias del proletariado en España. Como siempre, la solidaridad con los trabajadores de España sólo podrá basarse en el desarrollo de la lucha internacional de clase.
Valerio, 5 de Diciembre de 2017
[1] [105] El 27 de mayo una salvaje carga de esta policía, ordenada por el gobierno nacionalista catalán en connivencia con el ministerio del interior español para intentar desalojar la Plaza de Cataluña, ocasiona más de 100 heridos.
[2] [106] Para un análisis del movimiento de indignados y de forma general de las luchas de 2011 ver: 2011, de la indignación a la esperanza, /content/3349/2011-de-la-indignacion-la-esperanza [107] : Revista Internacional 147:Movimiento de indignados en España, Grecia e Israel , https://es.internationalism.org/revista-internacional/201111/3264/movimiento-de-indignados-en-espana-grecia-e-israel-de-la-indignaci [108]
[3] [109] No en vano este clima de buscar culpables de todos los males sociales en la otra mitad de la población se vio azuzada por las movilizaciones contra los atentados terroristas del 17 de Agosto. Ver en Acción Proletaria: “Atentados terroristas en Cataluña: la barbarie imperialista del capitalismo en descomposición”.
[4] [110] Convergencia i Uniò (CiU) era la coalición de la derecha catalana que gobernó la comunidad autónoma desde la "transición democrática"(1978) con algunos intervalos de izquierda. Tenía dos componentes: uno más bien nacionalista y el otro más bien autonomista, pero ambas favorables al pacto con el poder central y sobre todo sólidamente unidas en sus trapicheos clientelistas que han hecho de CiU uno de los partidos más corruptos de España. La coalición se deshizo y los más nacionalistas, hoy separatistas, fundaron el Partido Demócrata Europeo de Cataluña (PDECat), con Puigdemont como candidato.
[5] [111] Partido Popular, el de Rajoy, que gobierna hoy en España, otro campeón de la corrupción.
[6] [112] Jefe del gobierno español, socialista, (2004-2011). Tras haber minimizado la crisis económica de los años 2008, implantó unas medidas anti-obreras que abrieron la vía a su intensificación brutal por parte del gobierno de Rajoy.
[7] [113] Gobierno catalán (2003-2010) formado por la "izquierda": PS, ERC (Esquerra Republicana de Catalunya) y una coalición, Iniciativa, que incluía el partido estalinista y los Verdes.
[8] [114] A. Mas fue presidente de la Generalitat entre 2010 et 2016. Tras haber inclinado la derecha hacia el independentismo, organizó el primer referéndum por la independencia. Le sucedió Carles Puigdemont.
[9] [115] Jefe de la derecha (PP) y del gobierno español. Ha impuesto el artículo 155 de la constitución mediante el cual el Estado central administra directamente la Generalitat catalana, destituyendo a los ministros y encarcelando a algunos de ellos. El presidente Puigdemont se ha refugiado en Bélgica.
[10] [116] Ello a su vez es el resultado, como clarificó el propio Marx de la excepcionalidad de las condiciones del desarrollo del capitalismo en España que contó durante siglos dónde invertir sus capitales sin tener que proceder a una modificación generalizada de las estructuras feudales y a su sustitución por la industria en la “madre patria”. Hemos resumido ese análisis de los separatismos en España en un reciente artículo: “El embrollo catalán muestra la agravación de la descomposición capitalista”.
[11] [117] Ver nuestro folleto: “Nación o Clase” y también nuestra denuncia del carácter reaccionario de la reivindicación del “derecho de autodeterminación” en nuestros artículos: “Los revolucionarios ante la cuestión nacional” Revista Internacional nº 34 y 42
[12] [118]. En otro artículo de la mencionada publicación (Bilan) de la Izquierda Comunista de Italia se explica que: “Tales fundamentos – se refiere al desequilibrio en la industrialización antes mencionado – explican por qué las regiones industriales son escenarios de movimientos separatistas desprovistos de salida que están obligados a adquirir una significación reaccionaria por el hecho de que la clase en el poder es, con todo y con ello, la capitalista, que despliega, en todo el territorio, el dominio de los bancos en los que se concentran -alrededor de los grandes magnates – los productos de la plusvalía de los trabajadores y del plus trabajo de los campesinos” (en “El aplastamiento del proletariado español”, Octubre 1934)
[13] [119] El ámbito del Congreso (la “región” española” y en absoluto la “nación catalana”) es indicativo del clima de internacionalismo que se impulsaba en estos albores del movimiento obrero, que veía en cada territorio una región de la humanidad liberada a escala planetaria.
[14] [120] Lo que aumenta la indignación que se siente cuando se ve a quienes, proclamándose herederos de la “Rosa de Foc” (el nombre que los anarquistas le daban a la Barcelona de los años 1920-30, por la multiplicación de incendios sociales), inclinan sin embargo la frente ante los combatientes contra la opresión nacional de Cataluña.
[15] [121] Recomendamos vivamente la lectura de nuestro folleto con los textos de la Izquierda Comunista sobre la guerra en España: “1936: Franco y la República masacran al proletariado”
[16] [122] La campaña que actualmente despliegan las formaciones de extrema izquierda del capital - las CUP o Podemos- sobre la identificación del interés social con el interés nacional es la heredera, con tonos más aberrantes, si cabe, de la campaña desplegada en los años 70 y 80 por sus progenitores estalinistas fomentando la subordinación de las luchas contra la explotación a las consignas de la “Llibertat” democrática o el “Estatut d’Autonomía” para Cataluña.
[17] [123] CUP: Candidatura de Unidad Popular: agrupamiento de antiguos izquierdistas de todo pelaje y anarquistas de tendencia "municipal", que dice ser "anticapitalista". Es la extrema izquierda del nacionalismo catalán, apoyo crítico y "social" de los partidos nacionalistas. Consiguieron imponer a la derecha catalanista la humillante retirada de Artur Mas, demasiado clientelista y corrupto. Son los animadores principales de los CDR (Comités de defensa de la República), de creación reciente que, junto con otras instituciones "culturales", son convocados a golpe de redes sociales para acosar, especie de brigadas de choque del nacionalismo, a todo lo que consideren como "españolista". Sobre Podemos, puede leerse entre otros artículos ‘‘Podemos: el nuevo traje del emperador capitalista’’. Es un partido nacional español con "franquicias" regionales. La de Cataluña con sus aliados (entre ellos la alcaldesa de Barcelona) no sabe bien a qué nación encomendarse; son sin embargo favorables a un referéndum acordado con el poder central.
[18] [124] Véase https://es.internationalism.org/book/export/html/2116 [125]
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El año pasado, las "élites" dominantes del capitalismo mundial quedaron conmocionadas por el resultado del referéndum en Reino Unido sobre la pertenencia británica a la Unión Europea (Brexit), y por el resultado de las elecciones presidenciales en Estados Unidos (en las que ganó Trump). En ambos casos, los resultados obtenidos no correspondían ni a la voluntad ni a los intereses de las facciones dirigentes de la clase burguesa. Por lo tanto, estamos ante una serie de piezas interconectadas que nos impone hacer un balance inicial de la situación política de Estados Unidos y Gran Bretaña tras esos acontecimientos[1] [87]. Para ampliar el alcance de nuestro examen, también desarrollaremos un análisis de la política de la clase dominante en los dos principales países de la Europa continental, Francia y Alemania. En Francia, las elecciones presidenciales y parlamentarias tuvieron lugar a principios del verano de este año. En Alemania, las elecciones generales al Bundestag se celebraron en septiembre. La burguesía de ambos países está obligada a reaccionar ante lo que ha ocurrido en Gran Bretaña y los Estados Unidos -y han reaccionado.
Al optar por concentrarnos en estos cuatro países, estos capítulos no intentarán analizar la vida política de la burguesía en dos países -Rusia y China- que desempeñan un papel clave en la constelación actual de las potencias capitalistas e imperialistas. Queda por hacer un estudio de esa situación. Dicho esto, debemos señalar que tanto Rusia como China desempeñan un papel muy destacado en nuestro análisis de la situación política de los cuatro países capitalistas centrales "occidentales" que se examinarán en estos apartados. También nos concentraremos en la vida política de la clase dominante, sin entrar en la del proletariado. Una vez más, está claro que la situación actual plantea una serie de preguntas y retos a la clase obrera que las organizaciones revolucionarias deben abordar y ayudar a aclarar, y que intentaremos hacer en futuros artículos. Por el momento, recomendamos a los lectores que consulten la “Resolución sobre la lucha de clases internacional” de nuestro reciente Congreso Internacional, publicada en este número de la Revista Internacional.
El trasfondo histórico de estos acontecimientos políticos lo proporciona un proceso más profundo: la descomposición acelerada del orden social capitalista. Recomendamos que la lectura de éste y los siguientes artículos se complete con una lectura o relectura de nuestras “Tesis sobre la descomposición”[2] [88], disponibles en nuestro sitio web. Para nosotros, la situación actual es una fuerte confirmación de lo que esbozamos en ese texto, escrito hace más de un cuarto de siglo. En particular, el examen concreto de la situación actual confirma que es la propia clase dominante la primera y principal afectada por esta descomposición de su sistema, y que la burguesía tiene cada vez más dificultades para mantener su unidad y coherencia políticas (excepto ante una amenaza proletaria).
En reacción a la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, los medios informativos del resto del mundo, y los portavoces del "liberalismo" en los propios Estados Unidos, pintaron un cuadro sombrío de un planeta que pronto será hundido por Trump en la sima de una catástrofe proteccionista como la que ya ocurrió después de 1929. Se suponía que el proteccionismo es el programa del "populismo" político en general, y de Donald Trump en particular. Ya en ese momento, en nuestros artículos sobre el populismo y sobre la elección de Trump, argumentamos que un programa económico particular (proteccionista o de otro tipo) no es una característica importante del populismo de derechas. Al contrario, lo que caracteriza a ese tipo de populismo, en el plano económico, es la falta de un programa coherente. O bien estos partidos tienen poco o nada que decir sobre cuestiones económicas, o bien -como en el caso de Trump- quieren algo un día y lo contrario al siguiente. Eso sí, Trump en el poder ya ha demostrado su propensión hacia el "unilateralismo" al amenazar o iniciar la retirada de Estados Unidos de dos de los acuerdos comerciales más importantes: el TLCAN y el TPP[3] [89]. Es, en lo referente al TLCAN, una amenaza a la que se opondrán muchas empresas estadounidenses importantes. En cuanto al TPP, el acuerdo actual nunca se ha firmado, por lo que no es necesaria una retirada formal por parte de Estados Unidos. Al mismo tiempo, Trump ha suspendido las negociaciones del TTIP (Tratado de Libre Cambio Trasatlántico) con la Unión Europea aunque sus intenciones son confusas. Según sus propias afirmaciones, su meta es imponer un "mejor tratado" para Estados Unidos. Presionando fuertemente a los demás con toda la fuerza de su país, Trump está jugando con apuestas elevadas, como predijimos que lo haría. El resultado sigue siendo impredecible. Sin embargo, lo que está claro es que, en política económica, las clases dominantes de los demás países se han beneficiado de la retórica proteccionista de Trump para culpar unilateralmente a Estados Unidos de algo que es ante todo producto del capitalismo mundial. Lo que hemos visto recientemente es nada menos que una etapa cualitativamente nueva en la vida económica, o sea la lucha a muerte entre las principales potencias capitalistas -algo que ya había comenzado antes de que Trump se convirtiera en presidente. Y al mismo tiempo que otros gobiernos alborotan con clamorosas declaraciones en "defensa del libre comercio" contra Trump, aunque más bien todos ellos han comenzado a adoptar su retórica contra el dumping y por "el libre comercio, sí, pero también justo". Lo que fue eslogan de "comercio justo" de las ONG, es hoy el grito de guerra de la lucha económica burguesa. El proteccionismo ni es nuevo ni es exclusivo de Estados Unidos. Es parte de la competencia capitalista, practicada por todos los países.
Sin embargo, el proteccionismo formal de mercado es sólo una de las formas que adopta ese conflicto. Otra es el arma de las sanciones. Las sanciones económicas contra Moscú promovidas sobre todo por Estados Unidos apuntan contra la economía europea casi tanto como contra Rusia. En particular, la reciente renovación y agudización de las sanciones por parte de Estados Unidos (impuestas por una coalición de demócratas y republicanos contra la voluntad del presidente), han puesto abiertamente en tela de juicio nuevos acuerdos petroleros y oleoductos entre Europa occidental y Rusia, y han provocado una tormenta de protestas, sobre todo en Alemania. Ya bajo Obama, la burguesía estadounidense también había comenzado a perseguir legalmente a las empresas alemanas que operaban en Estados Unidos, como el Deutsche Bank y Volkswagen. No sería exagerado hablar de una ofensiva comercial estadounidense contra Alemania, sobre todo contra su industria automovilística. No nos cabe la menor duda de que empresas como VW o Mercedes sean culpables de todos los trucos sucios de los que se les acusa (centrados en la falsificación de los controles de contaminación). Pero esta no es la razón principal por la que se las está enjuiciando, y la prueba es que otros "culpables" difícilmente se ven afectados por procedimientos legales.
Aunque Trump, a diferencia de su predecesor, por el momento no ha tomado tales medidas, sigue amenazando masivamente, no tanto a Europa, sino sobre todo a China. Desde su punto de vista, tiene buenas razones para hacerlo. Ya en lo económico, China está aumentando actualmente dos amenazas gigantescas para los intereses de Estados Unidos. La primera es la denominada nueva Ruta de la Seda, un programa de infraestructuras masivas destinado a conectar el sur de Asia, Oriente Medio, África y Europa con China a través de un vasto sistema de ferrocarriles modernos, carreteras, puertos y aeropuertos por tierra y mar. Pekín ya ha prometido un billón de dólares para ese proyecto, el programa de infraestructuras más ambicioso de la historia hasta la fecha. La segunda amenaza es que China, pero también Japón, han comenzado a retirar capital de Estados Unidos y la zona del dólar, y a establecer acuerdos bilaterales con otros gobiernos (los llamados BRICS, pero también Japón o Corea del Sur) para aceptar el pago en las monedas de cada uno en lugar del pago con dólares[4] [90]. Aunque, por supuesto, existen límites objetivos de hasta dónde puedan llegar China y Japón sin perjudicarse a sí mismos, estos movimientos representan una seria amenaza para Estados Unidos: "Tarde o temprano, los mercados de divisas reflejarán la relación de fuerzas en el comercio internacional -lo que significa un orden multipolar con tres centros de poder. En un futuro previsible, el dólar tendrá que compartir su papel protagónico con el euro y el yuan chino" (...) Que afectará no sólo a la economía y al sector social, sino también al armamento militar de la potencia mundial"[5] [91]. De hecho, esto podría socavar, a largo plazo, la abrumadora superioridad militar de Estados Unidos, ya que actualmente financia su gigantesca maquinaria militar y su deuda pública, en gran medida gracias al papel del dólar como moneda del comercio mundial.
Aunque tanto Estados Unidos como la Unión Europea están amenazando a China con aranceles aduaneros en respuesta a lo que ellos llaman dumping chino, lo que sobre todo quieren conseguir es que Pekín sea despojado de su estatuto de "país en desarrollo" en las instituciones económicas internacionales, (lo que le da a China muchas posibilidades legales para proteger sus propios mercados). Sin embargo, el elemento del programa económico de Trump que más ha impresionado a la clase dominante, no sólo en Estados Unidos, es su plan de "reforma fiscal". El periódico Frankfurter Allgemeine Zeitung, en Alemania, declaró que, si se llevara a cabo, supondría nada menos que una "revolución fiscal"[6] [92]. Su idea principal no es nueva en sí misma, pues va en la misma dirección que las "reformas" similares de la era "neoliberal": la de gravar lo más posible el consumo y no la producción. Como todo el mundo paga impuestos por consumo, todos estos cambios son una especie de reducción de impuestos para los dueños de los medios de producción. Convencidos de que Estados Unidos es el único país importante en el que tal sistema de impuestos podría imponerse de una manera realmente radical, Trump espera, haciendo que la producción en Estados Unidos sea prácticamente libre de impuestos, hacer volver "a casa" a empresas estadounidenses con sedes ahora en lugares como Dublín o Ámsterdam, pero también a parte de su producción en el extranjero y que se hagan más atractivas para los inversores y productores extranjeros. Esto parece ser sobre todo la contraofensiva que Donald Trump tiene en mente en la etapa actual de la guerra económica.
En lo económico, Trump podrá pretender ser lo que quiera, pero en modo alguno el oponente al "neoliberalismo" que a veces dice ser. En todo caso, la meta de su gobierno de billonarios se parece más a la "culminación" de la "revolución neoliberal". Detrás de la retórica de su antiguo asesor, Steve Bannon, sobre la "destrucción del Estado" se esconde el Estado neoliberal, una forma particularmente brutal y poderosa del capitalismo de Estado. Pero el problema de la administración Trump, hoy, no es sólo que su programa económico es auto-contradictorio. También el problema es que no es muy seguro que puedan llevarse a la práctica los elementos de su programa que podrían ser muy útiles para la burguesía estadounidense. La razón de esto es el caos en el aparato político de la clase dominante líder en el mundo.
Hay hoy un presidente en el Despacho Oval que quiere gestionar el país como una empresa capitalista cualquiera, y que no parece entender gran cosa en temas como el Estado, la habilidad política o la diplomacia. Esto en sí mismo es una clara señal de la crisis política en un país como Estados Unidos. Desde 2010, la vida política de la burguesía en Estados Unidos se ha caracterizado por una tendencia de los principales protagonistas a bloquearse mutuamente. Por ejemplo, los republicanos radicales atrasaban la planificación presupuestaria de la presidencia de Obama hasta el punto de que en los momentos críticos el Estado ya casi no podía pagar los salarios de sus empleados. La obstrucción recíproca entre el Presidente y el Congreso, entre los republicanos y los demócratas, y dentro de cada uno de los dos partidos (en particular de aquéllos) ha alcanzado un nivel tal, que se ha empezado a obstaculizar seriamente la capacidad de Estados Unidos para cumplir su función de mantener un mínimo del orden capitalista mundial. Un ejemplo de ello es la reforma de las estructuras del Fondo Monetario Internacional (FMI), que llegó a ser necesaria ante el creciente peso, en particular, de los llamados “BRICS” (Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica) en la economía mundial. El presidente Obama reconoció que, aunque EEUU inspiró y ha orientado las instituciones económicas internacionales para que cumplieran su función de establecer ciertas "reglas del juego" de la economía mundial, no había forma de evitar que los "países emergentes" obtuvieran más derechos y votos dentro de ellas. Pero esta reestructuración fue bloqueada por el Congreso de EEUU durante no menos de cinco años. Resultado: China tomó la iniciativa de crear el llamado Banco Asiático de Inversión en Infraestructura (AIIB, Asian Infraestructure Investment Bank). Peor aún: Alemania, Gran Bretaña y Francia decidieron participar en el AIIB (marzo de 2015). Se había dado un gran paso en la creación de una arquitectura institucional alternativa para la economía mundial, conducida por China. Ni siquiera la oposición en EEUU ha podido impedir la "reforma" del FMI.
Donald Trump quiso poner fin a esa tendencia hacia una progresiva parálisis en el sistema del poder norteamericano, rompiendo el poder del "establishment", de las "élites" establecidas, en particular dentro de los propios partidos políticos. Desde luego, este establishment no tiene la menor intención de ceder su poder. El resultado de la presidencia de Trump, al menos hasta la fecha, es que ha transformado la tendencia al bloqueo en una crisis total del aparato político de Estados Unidos. Una lucha furiosa de poder se ha abierto entre los seguidores de Trump y sus opositores, entre el presidente y el sistema judicial, entre la Casa Blanca y los partidos políticos, dentro del propio Partido Republicano al que Trump secuestró más o menos como parte de su oferta presidencial, e incluso en el propio entorno del presidente. Una lucha de poder que también se lleva a cabo hacia los medios de información: la CNN y la prensa de la Costa Este contra Breitbart y Fox News. Tribunales y municipios están bloqueando la política de inmigración de Trump. Su "reforma de salud" para sustituir la de Obama (Obamacare) carece del apoyo de su "propio" Partido Republicano. No se han asignado fondos para construir su muro contra México. Incluso su política exterior es impugnada abiertamente, en particular su intención de hacer un "gran acuerdo" con Rusia. Así, un presidente frustrado, al que le dan venadas y actúa a golpe de twitter, ha estado despidiendo, uno tras otro, a destacados miembros de su propio equipo. Mientras tanto, paso a paso, la oposición está construyendo un cortafuego alrededor de él mediante campañas en medios de información, investigaciones y la amenaza de enjuiciamiento e incluso destitución (impeachment). Su capacidad para gobernar el país e incluso su cordura mental, se están poniendo en entredicho públicamente. Estos procesos no son específicos de Estados Unidos. Los últimos dos años, por ejemplo, han sido testigos de una serie de manifestaciones masivas contra la corrupción, ya sea en América Latina (por ejemplo Brasil), Europa (Rumania) o en Asia (Corea del Sur). Estas son protestas, no contra el Estado burgués, sino a favor de que el Estado burgués haga su trabajo correctamente (y por supuesto son protestas contra ciertas fracciones –a menudo en provecho de otra fracción). En realidad, la corrupción no es sino un síntoma de problemas más profundos. La gestión permanente no sólo de la economía, sino del conjunto de la sociedad burguesa por parte del Estado, es un producto de la decadencia del capitalismo, la época general inaugurada por la Primera Guerra Mundial. La decadencia del sistema requiere un control permanente por el Estado con una tendencia cada vez más totalitaria: el capitalismo de Estado. En su forma actual, el aparato del Estado capitalista existente, incluyendo la administración, la toma de decisiones y los partidos políticos, es un producto de la década de 1930 y/o del período tras la Segunda Guerra mundial. En otras palabras, todo eso existe desde hace décadas. A lo largo del tiempo, se ha hecho cada vez más marcada su innata tendencia a la inercia, la ineficacia, el interés propio y la auto-perpetuación. Esto también es válido para la "clase política", con una tendencia creciente entre los políticos, los partidos políticos y otras instituciones a preservar sus propios intereses en detrimento de los del capital nacional en su conjunto. "El neoliberalismo" se ha desarrollado, parcialmente, en respuesta a ese problema. Ha intentado hacer más eficiente la burocracia mediante la introducción de elementos de la competencia económica directa en su modo de funcionamiento, pero en muchos aspectos el sistema "neo-liberal" ha empeorado la enfermedad que quería curar. La voluntad de “ahorrar” en el funcionamiento del Estado ha engendrado un nuevo aparato gigantesco de lo que se conoce como lobbies o grupos de presión. Y fuera del sistema de lobbies se ha desarrollado también el patrocinio, por individuos o grupos particulares, de lo que en Estados Unidos llaman Comités de Acción Política (PAC, Political Action Commitees), los “think tanks”[7] [93], institutos políticos o pretendidamente movimientos de base. En marzo de 2010, el Tribunal de Apelaciones de EEUU otorgó derechos a fondo perdido a dichos organismos. Desde entonces, poderosos grupos privados han estado asumiendo, cada vez más, una influencia directa en la política nacional. Un ejemplo es la Grover Norquist Initiative que acabó logrando una gran mayoría de republicanos en la Cámara de Representantes que prometieron públicamente que nunca más habría votación en favor de aumentos de impuestos. Otro ejemplo es el Instituto Cato y el Movimiento Tea Party patrocinados por los hermanos Koch (magnates del petróleo). Quizás el ejemplo más relevante en el contexto actual, es el de Robert Mercer, aparentemente matemático brillante, que utilizó sus habilidades algorítmicas para convertirse en uno de los principales multimillonarios gracias a los llamados hedge founds o fondos especulativos. Mercer, que es, en la extrema derecha, algo así como el "liberal" George Soros en el ala izquierda, ha creado un poderoso instrumento para la investigación y la manipulación de opiniones políticas llamado Analytica Cambridge. Este instituto, junto con su red de noticias supremacista blanca “Breitbart”, han sido probablemente decisivos en el triunfo presidencial de Donald Trump, y también han estado implicados en la manipulación de la opinión para obtener un resultado pro-Brexit en el referéndum del Reino Unido[8] [94].
La indicación más clara de que la obstrucción mutua en el seno de la clase dominante de Estados Unidos ha alcanzado una nueva categoría, o sea la de una crisis política a gran escala, es que, mucho más que en el pasado reciente, la orientación imperialista, la propia estrategia militar de la superpotencia se ha convertido en tema de discordia y objeto de obstrucción del Estado.
Una de las peculiaridades de las elecciones presidenciales norteamericanas de 2016 fue que (como en las proverbiales "repúblicas bananeras") ninguno de los dos candidatos aceptarían su derrota. Trump ya lo había anunciado antes de las elecciones, pero sin decir lo que haría en caso de derrota. En cuanto a Hillary Clinton, en lugar de culpar a alguien por su derrota (por ejemplo a sí misma)[9] [95], decidió culpar a Vladimir Putin. Mientras tanto, una gran parte de la ‘clase política’ de Estados Unidos había retomado este tema, de tal manera que el "Rusia-Gate" se ha convertido en el principal instrumento de la oposición a la administración de Trump en la clase dominante estadounidense. Como el mundo ahora sabe, las conexiones de Trump con Rusia remontan al año 1987, cuando Moscú era todavía la capital de la URSS y para Estados Unidos la del "Imperio del Mal". Según un reciente documental en la ZDF, el segundo canal de televisión estatal de Alemania[10] [96], fue la conexión rusa de Trump, no menos que sus vínculos de negocio con el hampa rusa, la que (posiblemente varias veces) salvó a Trump de la bancarrota. En todo caso, la idea principal de las investigaciones contra Trump sobre Rusia es que la persona que se ha convertido en presidente de Estados Unidos depende del Kremlin, y quizás incluso está siendo chantajeado por éste. Lo que es sobre todo cierto, es que los seguidores de Trump quisieron y todavía quieren cambiar radicalmente la política de Estados Unidos hacia Rusia, para hacer un "gran acuerdo" con Putin.
Aquí es necesario recordar brevemente la historia de las relaciones EEUU-Rusia desde el hundimiento de la Unión Soviética.
En los días embriagadores de la “victoria” de Estados Unidos en la guerra fría (1989-90), había una sensación fuerte de la clase dominante estadounidense de que la que fuera su superpotencia rival podría convertirse en una especie de Estado subordinado y, sobre todo, una fuente de ganancias abundantes. El primer presidente ruso Boris Yeltsin se basó en asesores americanos ("neo-liberales") en el proceso de convertir el sistema estalinista existente en una "economía de mercado". Lo que resultó fue un desastre económico. En cuanto a los asesores "expertos" de Estados Unidos, su principal preocupación era poner al máximo posible bajo control estadounidense la riqueza fabulosa en materias primas de Rusia. La Presidencia de Yeltsin (1991-1999) un gobierno tipo mafia, estaba más o menos dispuesta a vender los recursos del país al mejor postor. La administración que le sucedió, la de Vladimir Putin, aunque tiene excelentes conexiones con el hampa rusa, demostró pronto ser un régimen de otro tipo, gestionado por burócratas de los servicios secretos decididos a defender la independencia de la madre-patria Rusia, y a guardarse sus riquezas para sí mismos. Fue Putin, por lo tanto, quien impidió que se llevara a cabo el control estadounidense de la economía rusa. Esta grave pérdida correspondió a un declive más global de la autoridad estadounidense, en la que la mayoría de sus antiguos aliados e incluso algunas potencias secundarias dependientes comenzaron a desafiar la hegemonía de la única superpotencia restante en el mundo.
Desde el ascenso de Putin, los llamados “neoconservadores”, las agencias y los think tanks “conservadores” y abiertamente beligerantes de Estados Unidos, han estado abogando públicamente por un "cambio de régimen" en Moscú. Una vez más, Rusia bajo Putin se ha convertido en una especie de "Imperio del mal" para la propaganda bélica del imperialismo americano. A pesar del cambio abrupto en la política de la Rusia de Putin hacia Estados Unidos, la política estadounidense siguió siendo básicamente la misma hacia aquel país hasta 2014. Su eje principal era el cerco militar de la Federación Rusa, sobre todo mediante un despliegue de la OTAN cada vez más cercano al corazón de Rusia. Mediante la integración de los antiguos Estados bálticos de la URSS a la OTAN, la máquina militar de Estados Unidos ha acabado asediando el enclave ruso de Kaliningrado (entre Polonia y Lituania), y a estar a una distancia de 140 km entre la frontera de Estonia y los suburbios de San Petersburgo, la segunda ciudad de Rusia. Sin embargo, cuando Washington ofreció el ingreso en la OTAN a otros dos ex componentes de la Unión Soviética -Ucrania y Georgia- los demás "socios" de la OTAN lo impidieron, en particular Alemania, que se dio cuenta de que provocaría algún tipo de reacción militar por parte de Moscú.
En cambio, los “socios” de occidente acordaron un procedimiento más sutil: la Unión Europea ofreció a Ucrania un acuerdo de "libre comercio". Pero puesto que Ucrania ya tenía un acuerdo similar con la Federación Rusa, la consecuencia del acuerdo entre Bruselas y Kiev sería que las mercancías europeas, a través de Ucrania, podrían obtener acceso libre a Rusia. Bruselas, sin embargo, había excluido deliberadamente a Moscú de sus negociaciones con Kiev. La reacción de Moscú ante el acuerdo entre Bruselas y Kiev no tardó en llegar: Ucrania tendría que elegir entre un mercado compartido con la UE, o con Rusia. Apareció así una situación que llevó al enfrentamiento abierto entre las fuerzas "pro-occidentales" y las “pro-rusas” de Ucrania. A raíz de la masacre en la Plaza de Maiden en Kiev (20.02.2014), el presidente Viktor Janukovich fue derrocado y huyó a Rusia. Fue entonces cuando el viejo gran mandarín de la diplomacia norteamericana, Henry Kissinger, dijo en CNN que el cambio de régimen en Kiev era una especie de ensayo general para lo que sucedería en Moscú[11] [97]. Pero entonces sucedió algo que nadie en Washington parecía haber previsto: una contraofensiva militar rusa. Sus tres componentes principales fueron el movimiento separatista respaldado por Moscú en el este de Ucrania, la anexión de la península de Crimea en la costa ucraniana del mar Negro y la intervención militar de Rusia en Siria. Había surgido una nueva situación, en la que la coherencia y la unidad de la política USA hacia Rusia, empezaba a desmoronarse.
Aun así, podría haberse llegado a un acuerdo en Washington sobre el estrangulamiento económico de Rusia, visto como una respuesta adecuada a la contraofensiva de Moscú. Los tres pilares de esta política -aún en vigor- son: sanciones económicas (daño al sector energético ruso al mantener el precio del petróleo y el gas en el mercado mundial lo más bajo posible); intensificación de la carrera armamentística con una Rusia económicamente incapaz de seguir el paso ante tal reto. Pero a partir de 2014 hubo un creciente desacuerdo sobre cómo Estados Unidos debía responder a Rusia en lo militar. Surgió una facción de línea dura, que debía dar su apoyo a Hillary Clinton en las elecciones presidenciales de 2016. Uno de sus representantes era el comandante de las fuerzas de la OTAN en Europa, Philip Breedlove. En noviembre de 2014 y de nuevo en marzo de 2015, Breedlove difundió lo que resultó ser la falsa noticia de que el ejército ruso había invadido el este de Ucrania. Parecía un intento de crear un pretexto para una intervención de la OTAN en Ucrania. El gobierno alemán estaba tan alarmado que tanto la canciller Merkel como el ministro de Relaciones Exteriores Steinmeier condenaron en público lo que llamaron la "propaganda peligrosa" del comandante de la OTAN.[12] [98] Breedlove, evidentemente, no estaba engendrando amor, sino guerra. Según la revista alemana Cicero (04.03.16), Breedlove también propuso al Congreso de Estados Unidos atacar Kaliningrado, el puerto ruso en el Mar Báltico, como una respuesta adecuada a la agresión rusa más al sur. No era aquél el único que pensaba lo mismo. Associated Press informó que el Pentágono estaba considerando el uso de armas atómicas contra Rusia. Y en una conferencia de la US Army Association (Asociación del Ejército de EEUU) en octubre de 2016, los generales norteamericanos argumentaron que una guerra con Rusia, e incluso con China, era "casi inevitable”[13] [99]. Estos pronunciamientos han sido extremos, pero sí que muestran la fuerza arraigada de la posición "anti-rusa" en los círculos militares estadounidenses. Alarmado por esta escalada, el último jefe de Estado de la URSS, Mijaíl Gorbachov, escribió una contribución para Time Magazine (27.01.17) titulada "Parece que el mundo se prepara para la guerra", en la que advertía del peligro de una catástrofe nuclear en Europa. Gorbachov reaccionaba, entre otras cosas, a una idea cada vez más extendida por los think-tanks conservadores de Estados Unidos: que los riesgos impuestos por un conflicto nuclear con Rusia se han hecho calculables y pueden ser "minimizados" - al menos para Estados Unidos. Según esa "escuela de pensamiento" (por llamarla así) no se declararía tal conflicto, sino que se desarrollaría a partir de la actual "guerra híbrida" (Breedlove) con Rusia, en la que las diferencias entre enfrentamientos armados, guerra convencional y guerra nuclear se vuelven borrosas. Fue en respuesta a tal "pensamiento en voz alta" en Washington por lo que el Kremlin "aseguró" al mundo que la capacidad rusa para un ataque nuclear era tal, que no sólo Berlín sino también Washington serían "aniquiladas" si la OTAN atacaba a Rusia[14] [100].
Frente a esa creciente consideración de la opción militar contra Rusia, se desarrolló una oposición no sólo en la OTAN, sino también en el seno de la clase dominante estadounidense. La cumbre de la OTAN de septiembre de 2014 en Gales rechazó las propuestas de intervenir militarmente en Ucrania, y abandonó, al menos por el momento, la idea de que Kiev se convirtiera en miembro de la OTAN. A partir de entonces, Barak Obama, mientras estuvo en el poder, y mientras contribuía a la modernización de las fuerzas armadas ucranianas, siempre rechazó un compromiso militar directo de Estados Unidos en ese país. Pero la reacción políticamente más importante dentro de la burguesía norteamericana a la situación con Rusia fue la de Donald Trump.
Para entender cómo, en este contexto, una nueva posición sobre la política hacia Rusia llegó a formularse en el seno de la burguesía norteamericana, es importante tener en cuenta que Rusia no tiene el mismo significado para Estados Unidos que tuvo hace un cuarto de siglo, durante la "fase de luna de miel" entre Bill Clinton y Boris Yeltsin. En aquel entonces, el principal objetivo de la política estadounidense hacia Rusia era la propia Rusia, el control de sus recursos. Hoy el control norteamericano de Rusia sería más bien un medio para un nuevo objetivo: el cerco militar del nuevo enemigo número uno, o sea, China. En este nuevo contexto, Donald Trump plantea una pregunta muy sencilla al resto de su clase: Si China es ahora nuestro enemigo principal, ¿por qué no podemos tratar de ganarnos a Moscú para una alianza contra China? Rusia no es ni el amigo natural de China, ni el enemigo natural de Estados Unidos.
Sin embargo, la pregunta que más interesa a la " corriente dominante" de la burguesía norteamericana (en particular a los partidarios de Hillary Clinton) es ahora diferente: ¿Influyó el Kremlin en el resultado de las últimas elecciones presidenciales de Estados Unidos? La respuesta a esta pregunta no es, en verdad, difícil. Putin no sólo influyó en las elecciones, sino que incluso ayudó a crear dentro de la burguesía estadounidense un grupo proclive a hacer tratos con Moscú. El principal medio que utilizó para ello fue el más legítimo posible en la sociedad burguesa: proponer negocios. Por ejemplo, se dice que el acuerdo ofrecido a Exxon Oil y su presidente Rex Tillerson -ahora secretario de Estado (ministro de Relaciones Exteriores)- se estima en 500 000 millones de dólares. Así, podemos entender cómo, después de todos los discursos burgueses de las últimas décadas de que las fuentes de energía fósiles pertenecen al pasado, existe hoy en Washington un gobierno con una fuerte sobrerrepresentación petrolera e incluso de la industria del carbón: son la parte de la economía estadounidense a la que Rusia puede ofrecer más.
Aunque aparentemente Trump ha conseguido convencer a Henry Kissinger de su propuesta (Kissinger se ha convertido en asesor de Trump y defensor de la "distensión" con Rusia), dista mucho de haber convencido a la mayoría de sus principales oponentes. Una de las razones de esto es que lo que Dwight Eisenhower, en su discurso de despedida como presidente de los Estados Unidos (17.02.1961) llamó "complejo militar-industrial", se siente amenazado en su existencia por un posible acuerdo con Rusia. Esto se debe a que Rusia, por el momento, sigue siendo la justificación principal para el mantenimiento de tal gigantesco aparato. A diferencia de Rusia, China, por lo menos por el momento, aunque es una potencia atómica, no tiene un arsenal comparable de cohetes nucleares intercontinentales apuntando directamente a las principales ciudades de los Estados Unidos.
En Gran Bretaña, la Primera Ministra Theresa May convocó elecciones anticipadas para junio de 2017, con el objetivo de ganar una mayoría más amplia para su Partido Conservador antes de entrar en negociaciones sobre las condiciones en las que el país abandonaría la Unión Europea. En vez de eso, perdió la mayoría que tenía, haciéndose dependiente del apoyo de los unionistas protestantes del Ulster (Irlanda del Norte) del DUP. El único éxito de la Primera Ministra en estas elecciones fue que el Partido por la Independencia del Reino Unido (UKIP, el partido de línea dura pro Brexit a la derecha del Partido Conservador) ya no está representado en la Cámara de los Comunes. A pesar de ello, la última debacle electoral para los conservadores dejó claro que el problema fundamental sigue sin resolverse, o sea el que, hace un año, hizo posible que el referéndum sobre la adhesión británica a la Unión Europea diera el resultado “Brexit” (salida de Gran Bretaña de la UE), algo que la mayoría de las élites políticas no deseaban. Ese problema es la profunda división entre los conservadores -uno de los dos principales partidos estatales en Gran Bretaña. Ya cuando Gran Bretaña se unió a lo que entonces era la "Comunidad Europea" a principios de la década de los 1970, los tories (conservadores) estaban divididos sobre este tema. Nunca fue superado en las filas conservadoras de los tories el fuerte resentimiento contra "Europa". En los últimos años, las tensiones internas del partido se han convertido en luchas abiertas de poder, que han obstaculizado cada vez más la capacidad del partido para gobernar. En 2014, el Primer Ministro tory, David Cameron, logró que fracasaran los nacionalistas escoceses convocando un referéndum sobre la independencia escocesa, y consiguiendo una mayoría para que Escocia siguiera formando parte del Reino Unido. Envalentonado por este éxito, Cameron intentó de manera similar silenciar a los opositores a la adhesión británica a la Unión Europea. Pero esta vez había calculado muy mal los riesgos. El referéndum resultó en una estrecha mayoría a favor de la salida de la UE, mientras que Cameron había hecho campaña para quedarse. Un año más tarde, los tories están, en esto, tan divididos como siempre. Sólo que, hoy, el conflicto ya no consiste en seguir o no en la UE, sino de si el gobierno debería adoptar una actitud "dura" o "suave" en la negociación de las condiciones en las que Gran Bretaña se irá. Por supuesto, estas divisiones dentro de los partidos políticos son emanaciones de tendencias latentes más profundas dentro de la sociedad capitalista, el debilitamiento de su unidad nacional y de su cohesión en la fase de su descomposición.
Para entender por qué la clase dominante británica está tan dividida en estos temas, es importante recordar que, no hace mucho tiempo, Londres era el orgulloso gobernante del mayor y más extendido imperio de la historia humana. Gracias a este pasado dorado, la alta sociedad británica sigue siendo hoy la clase dominante más rica de Europa occidental[15] [101].Y mientras que un burgués alemán promedio se involucra tradicionalmente en una empresa industrial, un homólogo británico promedio es probable que posea una mina en África, una granja en Nueva Zelanda, un rancho en Australia, y/o un bosque en Canadá (sin mencionar propiedades inmobiliarias y participación accionaria en los Estados Unidos) como parte de una herencia familiar. Aunque el Imperio Británico, e incluso la Commonwealth británica, son cosas del pasado, disfrutan de una "vida después de la muerte" muy tangible. Los "dominios blancos" (ya no llamados así) Canadá, Australia y Nueva Zelanda, todavía comparten con Gran Bretaña el mismo monarca como cabeza formal del Estado. También comparten, por ejemplo (junto con la antigua colonia de la corona: los Estados Unidos) una cooperación privilegiada de sus servicios secretos. Muchos entre la clase dominante de estos países sienten que siguen perteneciendo, si ya no a la misma nación, sí a la misma familia. De hecho, a menudo están interconectadas por el matrimonio, por acciones en la misma propiedad y por intereses comerciales. Cuando Gran Bretaña, en 1973, bajo el mandato del primer ministro conservador, Heath, se unió a lo que entonces era el "Mercado Común" europeo, fue una conmoción e incluso una humillación para algunas partes de la clase dominante británica que su país se viera obligado a reducir o incluso cortar sus relaciones privilegiadas con sus antiguas "colonias de la corona". Todo el resentimiento acumulado durante décadas por la pérdida del Imperio Británico comenzó, desde entonces, a desahogarse contra "Bruselas". Un resentimiento que pronto se vería acrecentado por la corriente neoliberal (muy importante en Gran Bretaña desde los días de Thatcher) para la que la monstruosa "burocracia de Bruselas" era un anatema. Un resentimiento compartido por las clases dominantes en los antiguos dominios tal como Rupert Murdoch, el australiano multimillonario de los medios de comunicación, hoy uno de los más fanáticos pro Brexit. Pero aparte del peso de estos viejos vínculos, fue bastante humillante que una Gran Bretaña que una vez "reinó sobre las olas" tuviera en Europa el mismo derecho de voto que un Luxemburgo, o que la tradición del derecho romano reine en las instituciones continentales europeas en contra del antiguo derecho anglosajón.
Todo eso no quiere decir, sin embargo, que los pro Brexit tengan, o hayan tenido alguna vez, un programa coherente para abandonar la Unión Europea. La resurrección del Imperio, o incluso de la Commonwealth en su forma original, es claramente imposible. La motivación de muchos dirigentes pro Brexit, aparte del resentimiento, cuando no es una cierta incapacidad para ver la realidad, es el arribismo. Boris Johnson, por ejemplo, el líder de la fracción “Brexit”, de los tories, el año pasado parecía aún más sorprendido y pesaroso que su oponente, el líder del partido, Cameron, cuando se enteró de los resultados del referéndum. Su objetivo, de hecho, no parecía ser el Brexit, sino sustituir a Cameron en el mando del partido.
El que sean los conservadores, más que los laboristas, los que están tan divididos sobre este asunto, es también un producto de la historia. El capitalismo en Gran Bretaña triunfó, no por la eliminación, sino por el aburguesamiento de la aristocracia: los grandes terratenientes se convirtieron a sí mismos en capitalistas. Pero sus tradiciones orientaron sus intereses en el capitalismo hacia la propiedad de tierras, bienes raíces y materias primas mucho más que hacia la industria. Como ya tenían más o menos el conjunto de su propio país, su apetito de ganancias capitalistas se convirtió en uno de los principales impulsores de la expansión británica en ultramar. Cuanto más crecía el imperio, tanto mejor podía esa capa de propietarios de la tierra y de bienes raíces ponerse por encima de la burguesía industrial (esta parte que había sido inicialmente la pionera de la primera “revolución industrial” capitalista en la historia). Y mientras que el Partido Laborista, debido a sus lazos estrechos con los sindicatos, es tradicionalmente más cercano al capital industrial, los grandes terratenientes y propietarios de bienes inmuebles tienden a congregarse en las filas de los conservadores. Por supuesto, en el capitalismo moderno, las viejas distinciones entre capital industrial, de bienes raíces, comercial y financiero, tiende a disiparse como resultado de la concentración de capital y la dominación del Estado sobre la economía. Sin embargo, las diferentes tradiciones, así como los diferentes intereses que expresan todavía parcialmente, siguen teniendo vida propia.
Hoy en día existe un riesgo de parálisis parcial del gobierno. Las dos alas del Partido Conservador (que ahora se presentan como defensores de un Brexit ‘duro’ contra un Brexit ‘suave’), están más o menos listas para hacer caer a la primera ministra May. Pero, al menos por el momento, ninguna de las dos fracciones se atreve a dar el primer golpe, de tan grande como es el miedo a ensanchar la brecha en ese partido. Si el Partido Conservador fuese incapaz de resolver rápidamente este problema, importantes fracciones de la burguesía británica podrían empezar a pensar en la alternativa de un gobierno laborista. Inmediatamente después del referéndum del Brexit, el Partido Laborista se presentó en un estado aún peor que el Partido Conservador, si ello es posible. La fracción parlamentaria "moderada" estaba descontenta con la retórica de izquierda del líder de su partido, Jeremy Corbyn, que presentían estar desalentando a los votantes, y con su negativa a comprometerse a favor de mantener a Gran Bretaña en la UE. Parecían también dispuestos a derrocar a su líder. Al mismo tiempo, Corbyn los ha impresionado por su capacidad de movilizar a los jóvenes electores en las elecciones recientes. Además, es posible pensar que si el trágico incendio de la Torre Grenfell[16] [102] (del cual la población señala al gobierno conservador como responsable) hubiera ocurrido antes, en vez de justo después de las elecciones, Corbyn ahora sería primer ministro en vez de May. En el actual estado de cosas, Corbyn ha comenzado ya a prepararse para gobernar mediante el uso de algunas de sus demandas más "extremas", como la abolición de los submarinos Trident dotados con cabezas nucleares que se están modernizando.
En Francia, Emmanuel Macron y su nuevo movimiento La República en Marcha (LREM) ganó espectacularmente las elecciones presidenciales y las elecciones legislativas (en el Parlamento) en el verano de 2017. Esta victoria del mejor candidato posible para vencer al populismo en Francia ha sido el producto de su capacidad para reunir apoyo por ese objetivo en la burguesía francesa, en la burocracia de la Unión Europea y de parte de personajes políticos influyentes como Angela Merkel. El Frente Nacional (FN), el principal partido "populista" del país, no tenía ninguna posibilidad en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales contra Macron. Lastrado por el atraso de sus orígenes, en particular por la dominación del clan Le Pen, la doble derrota electoral del FN lo ha sumergido en una crisis abierta. En un editorial de primera plana sobre la situación en ese país, bajo el título “Francia cae en pedazos”, el a menudo ingenioso periódico suizo Neue Zürcher Zeitung escribió: “El sistema de partidos francés cae en pedazos”. Este análisis fue publicado el 4 de febrero de 2017, mucho antes de que la victoria de Macron obligara a poner atención en la caída de los partidos establecidos. Si, como hemos visto, el Partido Republicano de Estados Unidos ha sido capturado de rehén por Donald Trump, y el Partido Conservador en Gran Bretaña está dividido, en Francia, dos de los principales partidos establecidos están metidos en un resbaloso barrizal. El partido conservador "Los Republicanos" (LR) sólo alcanzó el 22 % de los votos en las legislativas, mientras que al Partido Socialista (PS) salió todavía más maltrecho, consiguiendo sólo 5,6%. Un mes antes, en las presidenciales, ninguno de los candidatos de estos dos partidos logró clasificarse para la segunda vuelta de las elecciones presidenciales (en la que se oponen los dos candidatos que quedaron primeros en la primera ronda). En cambio, el candidato populista, de una incompetencia patente, Marine Le Pen, perdió contra la nueva estrella en ascenso, Macron, que ni siquiera tenía un partido tras sí.
Al principio de la campaña presidencial, la mayoría de los expertos esperaban una pelea entre el presidente en ese momento, François Hollande, del PS, y Alain Juppé de LR, un “modernizador”, muy apreciado por importantes corrientes dentro de la burguesía francesa. Hace cinco años, François Hollande se convirtió en Presidente después de ser nominado por el Partido Socialista, en una “primaria” altamente mediatizada -un procedimiento para la elección de candidato a la presidencia según el modelo americano. Los republicanos, pensando que lo que funcionó para los socialistas no podría fallar para ellos, decidieron hacer su propia "primaria". Haciendo esto, perdieron el control del proceso de nombramiento. En lugar de Juppé, u otro candidato más o menos fuerte, salió nombrado François Fillon. Aunque favorito del voto católico y de partes de la alta sociedad conservadora, estaba claro para una parte importante de la burguesía francesa, que Fillon no podía asegurar la victoria contra Marine Le Pen si aquél se clasificaba para la segunda ronda. El discernimiento político no parece haber sido una cualidad particular del candidato Fillon, pero sí lo fue su terquedad. A pesar del escándalo dirigido contra él, Fillon se negó a dimitir y los de LR se quedaron atrapados con su candidato convertido en “lastre”. Del lado de los socialistas, el presidente en ejercicio, Hollande, ya había renunciado a una segunda candidatura en vista de la ausencia de apoyo electoral, ni siquiera en su propio partido. En cuanto al primer ministro de Hollande, Manuel Valls, fracasó en la elección primaria del partido, en la cual para protestar contra la dirección, la base nombró en su lugar a un candidato apenas conocido, pero considerado como más de izquierdas, Benoit Hamon.
La pérdida de control de los partidos establecidos fue una oportunidad para Emmanuel Macron. Este ganó prestigio como reformador económico y político cuando sirvió como consejero del primer gobierno dirigido por el PS bajo la presidencia de Hollande, y luego como miembro del segundo gobierno encabezado por Valls. Su objetivo parece haber sido, entonces, el de iniciar un proceso de modernización económica en Francia, algo parecido a lo que fue "la Agenda 2010" de Gerhard Schröder en Alemania. Pero Macron no se quedó mucho tiempo en el gobierno, al darse cuenta rápidamente que, a diferencia del SPD en Alemania, el Partido Socialista no era lo suficientemente fuerte, ni disciplinado y unido para hacer pasar tal programa.
A principios de 2017, el capitalismo francés vio surgir una situación muy peligrosa para él. Ante la incompetencia de los principales partidos establecidos, el peligro de una victoria electoral del Frente Nacional ya no se podría descartar. Sus ideas de sacar a Francia de la Zona Euro y hasta de la Unión Europea estaban en contradicción flagrante con los intereses de las fracciones dominantes del capital francés. Frente a ese peligro, fue Macron quien salvó la situación. Lo hizo, en gran parte, utilizando el método del populismo contra los populistas.
En primer lugar, Macron logró robar de los populistas uno de sus temas favoritos y comunes: el de la quiebra histórica de la derecha y la izquierda tradicionales porque habían estado demasiado ocupadas en oponerse una contra otra ideológicamente y en sus luchas por el poder, para servir adecuadamente la “causa de la nación”. Y Macron no solamente adoptó ese lenguaje, lo puso en práctica reclutando deliberadamente simpatizantes y partidarios tanto de izquierda como de derecha para su nuevo movimiento “En Marcha”. Su afirmación de no servir “ni a la izquierda ni a la derecha, sino sólo a Francia”, le ayudó a desarmar políticamente a Marine Le Pen. Fue incluso capaz de presentar al mismo FN como perteneciente al "establishment", como un partido de derechas de toda la vida.
En segundo lugar, Macron respondió a la creciente indignación general hacia los partidos existentes proponiendo no un partido, sino un movimiento y sobre todo… proponiéndose a sí mismo a su cabeza. Al hacerlo así, tenía en consideración el creciente estado de ánimo en partes de la sociedad burguesa: la aspiración a la autoridad de un líder fuerte. Si un político "irresponsable" como Trump podía tener éxito con semejante táctica, ¿por qué no Macron (que se ve a sí mismo tan soberanamente responsable)? En lugar de ser rehén de uno o de los dos de los principales partidos establecidos, Macron incitó, desde fuera, a una especie de motín en los partidos y a la deserción en cada uno ellos. Como tal, contribuyó seriamente a dañarlos. Según una teoría del sociólogo alemán Max Weber (1864-1920), el "liderazgo carismático" es una de las tres formas de la dominación burguesa. En el período después de la Segunda Guerra Mundial, en Francia existía una tradición: la del General de Gaulle (1890-1970) que en 1958 "rescató" a una nación que estaba enfangada en la guerra de Argelia. De esa manera, De Gaulle cambió la estructura de los partidos políticos, y la estructura constitucional de Francia de una manera que, a largo plazo, demostró no ser ni especialmente eficaz ni estable.
Macron no sólo permanece en la tradición de Gaulle. También es la expresión de una nueva tendencia dentro de la burguesía en respuesta al ascenso del "populismo". En las elecciones en la primavera de este año en Holanda, el primer Ministro, Mark Rutte, describía la victoria electoral de los partidos "Pro Euro y pro UE" sobre el “niño bonito” del populismo de derechas, Geert Wilders, como la victoria del populismo “bueno” sobre el “malo”. En Austria, en un intento de contrarrestar al populista FPÖ, el conservador ÖVP, por primera vez, estuvo en la campaña electoral, no en su propio nombre, antes prestigioso, sino como "lista electoral de Sebastian Kurz-ÖVP". En otras palabras, el partido decidió esconderse tras el nombre del joven vicecanciller con cuyo "carisma" contaban, y de un ministro de Asuntos Exteriores que recientemente había amenazado con movilizar tanques en la frontera con Italia contra los refugiados.
En tercer lugar, Macron siguió el ejemplo de la canciller alemana Ángela Merkel, defendiendo abiertamente el "proyecto europeo". Mientras que los partidos establecidos socavaron su propia credibilidad mediante la adopción de la retórica antieuropea del FN, en realidad sin dejar de mantener la pertenencia de Francia a la Unión Europea, a la zona Euro y el espacio Schengen. Esta posición clara contribuyó a recordar a una sociedad burguesa en desorden que el capital francés es uno de los principales beneficiarios de esas instituciones europeas.
Como De Gaulle en los años 1940 y 1950, Macron ha sido un golpe de suerte para la burguesía francesa. En gran parte es gracias a él si Francia ha evitado caer en un estancamiento político similar a los de sus homólogos estadounidenses y británicos. Pero el éxito a largo plazo de esta operación de rescate no está garantizado. Si algo le sucede a Macron, o si su reputación política se ve afectada seriamente, su “República en marcha” corre el riesgo de derrumbarse. Ese es el inconveniente típico del "liderazgo carismático". Es lo mismo para la nueva estrella política de la oposición de la izquierda francesa: Jean-Luc Mélenchon, que consiguió responder a la desintegración de la izquierda burguesa tradicional (Partidos Socialista y Comunista y el trotskismo) mediante la creación de un movimiento de izquierda en torno a él, de una forma que se asemeja sorprendentemente a la del propio Macron. Mélenchon no ha perdido tiempo para desempeñar su función de cauce para canalizar el descontento proletario frente a los ataques económicos venideros. Casi de un día para otro, la división del trabajo entre Macron y Mélenchon, se ha convertido en uno de los ejes de la política del Estado francés. Pero, repitámoslo, el movimiento de Mélenchon sigue siendo por ahora inestable, con riesgo que se desmorone si se tambalea su líder.
Las elecciones generales en Alemania están previstas para mediados de septiembre [de 2017]. Alemania también vio el ascenso de un partido populista de oposición derechista, Alternative für Deutschland (AfD, "Alternativa para Alemania"). Pero aunque este partido parece que va a entrar al parlamento nacional, el Bundestag, por primera vez, es poco probable, por el momento, que malogre los planes de las principales fracciones de la burguesía alemana, las cuales, en comparación con otras, son económica y políticamente estables. La actual campaña electoral de la canciller Merkel nos dice mucho acerca de la situación del capitalismo alemán. Su lema es: estabilidad. Sin utilizar las mismas palabras, su enfoque parece estar inspirado por el de su predecesor de la época de la postguerra, el canciller democristiano, Konrad Adenauer, el cual hizo una campaña con el lema: "no a los experimentos". En las actuales circunstancias, "no a los experimentos" es la expresión de la comprensión de que Alemania es más o menos el único refugio de estabilidad política entre las principales potencias del mundo occidental en la actualidad. Pero detrás de esta fijación en la estabilidad, también hay una creciente alarma. La principal fuente de tribulación de la clase dominante alemana, es Estados Unidos. Ya hemos mencionado las amenazas proteccionistas de Trump. Está también su retirada unilateral del Acuerdo de París sobre el clima y en particular, la ofensiva americana contra la industria automovilística alemana, que comenzó bajo la administración de Obama. Pero la amenaza contra los intereses del imperialismo alemán no se limita a temas económicos o medioambientales. Se refiere ante todo a las cuestiones militares y de supuesta seguridad. Un breve resumen histórico es necesario aquí.
Bajo la coalición 'Roja-Verde', dirigida por los socialdemócratas de Gerhard Schröder (1998-2005), Alemania se acercó a la Rusia de Putin, mediante el desarrollo de proyectos conjuntos de energía, y al unirse a Moscú (y París) en la negativa a apoyar a George W. Bush en la guerra de Irak. La sucesora de Schröder, Merkel, como muchos políticos de la antigua Alemania de Este (RDA) fiel "atlantista", cambió esa orientación reafirmando la "asociación" con Estados Unidos como la piedra angular de la política exterior alemana. Bajo Obama, Washington ofreció a Berlín el papel de brazo derecho de Estados Unidos en Europa. Alemania fue llamada a asumir una mayor parte del trabajo de la OTAN en Europa, permitiendo que Estados Unidos se concentrase más en Extremo Oriente y su principal rival, China. A cambio de ese mejor estatus, Merkel tuvo que abandonar la "relación especial" con Moscú iniciada por Schröder. Y al mismo tiempo, Washington aseguraba a Berlín de que "no abandonaría a Europa a su suerte" modernizando la presencia militar estadounidense en Alemania. Pero entre bastidores, ya durante el segundo mandato de Obama, aumentaron las tensiones entre Berlín y Washington. Esto se hizo visible durante la "crisis de refugiados" del verano de 2015. Los llamados de la burguesía alemana para recibir el apoyo americano casi fueron ignorados. Lo que Berlín estaba pidiendo no era que Estados Unidos acogiera a refugiados sirios o de otra nacionalidad, sino que interviniera política e incluso militarmente para, de algún modo, estabilizar la situación en Siria, Libia y otros lugares en la cuenca del Mediterráneo. Pero Washington no hizo nada en ese sentido. Por el contrario, Obama afirmó repetidamente que la "crisis de los refugiados era sólo un problema de Europa".
Fue sobre todo en la política hacia Rusia donde las relaciones entre Berlín y Washington se volvieron cada vez más conflictivas. Alemania, bajo Merkel, apoyó y apoya la política de la OTAN de cercar a Rusia, y espera que como brazo derecho de EEUU, sea uno de sus principales beneficiarios. Pero se opuso y se opone a la estrategia estadounidense (liderada por Hillary Clinton mucho más que por Barak Obama) de sustituir el gobierno Putin en Moscú. De hecho, en esta cuestión, la oposición dentro de la burguesía europea está creciendo, aunque no siempre se exprese abiertamente[17] [103]. Después de la caída de la coalición Roja-Verde de Schröder, la fracción de la burguesía alemana con vínculos estrechos con Rusia ni ha desaparecido ni ha quedado inactiva. Con la formación del gobierno de la Gran Coalición entre democristianos y socialdemócratas hace cuatro años, los "amigos de Putin" del SPD han vuelto al poder. Se puede hablar de una cierta división de trabajo entre las fracciones de Merkel y de Schröder, y es probablemente más astuto y favorable para los intereses alemanes, si los amigos de Schröder sólo juegan el papel de socio menor en el gobierno (como sucede actualmente). Pero también ha habido actividades entre bastidores de esta fracción. Según los primeros resultados de las investigaciones públicas sobre las conexiones de Trump con Rusia en Estados Unidos, el Deutsche Bank desempeñó un papel central en la promoción de negocios y otras transacciones entre Trump y la "oligarquía rusa". Prefieren ver a Putin apoyado por “Occidente” que derribado por éste. Y también se sabe que partes de la industria alemana hicieron generosas contribuciones financieras a la campaña electoral de Trump.
Es un secreto a voces que uno de los baluartes de la fracción de Schröder-Gabriel[18] [104] en Alemania es el land de Baja Sajonia y la empresa Volkswagen, de la que esa región es en parte propietaria y administradora. En este sentido, podemos entender mejor que los juicios contra Volkswagen y el Deutsche Bank en los Estados Unidos no sólo están motivados económicamente, sino sobre todo políticamente, y por eso, siete semanas antes de las elecciones generales nacionales, se ha desencadenado una lucha de poder en Baja Sajonia (y en Volkswagen), derrocando a la coalición roja-verde en Hannover. Aunque no comparte necesariamente su orientación, la canciller Merkel ha tolerado en cierta medida las actividades de esta otra fracción y ha intentado beneficiarse de sus vínculos tanto con Putin como con Trump. Hoy, sin embargo, los halcones anti-rusos en Washington están aumentando su presión no sólo sobre Trump, sino también sobre el gobierno de Merkel. La respuesta de Merkel ha sido la típica de dos caras. Por un lado, mantiene sus contactos con los trumpistas. Por otro, guarda públicamente sus distancias hacia el nuevo liderazgo estadounidense. No hay muchos países en Europa occidental donde la crítica a la nueva administración de Washington haya sido tan abierta y severa, y tan compartida por casi toda la clase política como en Alemania. Junto con Erdogan, Trump ha eclipsado a Putin como el "malo" favorito de los medios de información alemanes. Creemos poder concluir que la burguesía alemana ha aprovechado los malos modos políticos y las bravuconadas del trumpismo para distanciarse políticamente de Estados Unidos, distanciamiento que, en otras circunstancias, habría provocado un revuelo internacional. En esas circunstancias, la presión de Washington (aumentada por Trump) para que los "socios" europeos de la OTAN -en particular Alemania- aumenten sus presupuestos militares, es en realidad más que bienvenida (aunque muchos de sus políticos afirmen lo contrario en público). Berlín ya ha comenzado ese aumento. El plan es aumentar el gasto militar del actual 1,2% del PNB alemán al 2% para 2024, casi el doble de la tasa actual. Si se ajustara a la demanda de Trump del 3% del PNB, Alemania tendría el mayor presupuesto militar de cualquier estado de Europa (al menos 70 000 millones de euros anuales). Además, Alemania recientemente ha cambiado oficialmente su "doctrina de defensa". Tras el final de la Guerra Fría, se declaró que Alemania y Europa occidental ya no se encuentran bajo ninguna amenaza militar directa. Hoy esta doctrina ha sido revisada, afirmando que la "defensa territorial" es una vez más el objetivo principal del Bundeswehr. Con esta nueva doctrina, el Estado alemán reacciona no sólo a la reciente contraofensiva militar de Rusia en Ucrania y Siria, sino también a los crecientes temores sobre la estabilidad política de Rusia, y sobre el caos que se podría desarrollar allí. Alemania también se beneficia del Brexit para aumentar la militarización de las estructuras de la Unión Europea y manifestar cierta independencia respecto a la OTAN (algo que Gran Bretaña pudo impedir mientras era miembro activo de la UE). Bajo las consignas de la "guerra contra el terrorismo" y la "guerra contra el contrabando de inmigrantes", la UE ha sido declarada ya no sólo una unión económica o política, sino también y “ante todo” (según Merkel y Macron) una "unión para la seguridad".
La burguesía alemana fue una de las primeras en reconocer el talento y el potencial político de Emmanuel Macron. Desde una etapa temprana de la campaña electoral francesa, la mayor parte de la clase política en Alemania y casi todos los medios de información apoyaron firmemente su candidatura. Por supuesto, la burguesía alemana sólo dispone de medios limitados para influir directamente en las elecciones francesas. La opinión pública en Francia no sigue ni a los medios de información alemanes ni a lo que dicen los políticos. Pero la "elite política" francesa toma necesariamente nota de lo que se dice y se hace del otro lado del Rin. A través de su clara posición a su favor, la burguesía alemana ayudó a convencer a las esferas influyentes cercanas al poder francés de que Macron es un político serio y capaz. Este apoyo alemán a Macron fue motivado no sólo por la voluntad de contener a Marine Le Pen y salvar la Unión Europea. Macron fue también el único candidato presidencial que hizo de la renovación del tándem franco-alemán uno de los puntos centrales de su programa electoral.
Macron se toma muy en serio este eje París-Berlín. Según él, Francia no puede asumir todavía plenamente su papel en esa "alianza", porque todavía no ha resuelto sus problemas económicos. Sólo una Francia económicamente revitalizada, dice, podría ser algo parecido a un socio equiparable a Alemania. Él considera que su pérdida relativa de competitividad económica es la principal amenaza para la estatura de Francia como actor a escala internacional. Por esta razón, Macron plantea la aceptación de su programa económico como condición previa para la constitución de un eje sólido con Alemania. Y así, al plantear las cosas en esos términos, ha formulado un programa de acción que puede parecer a la vez deseable y realista para la clase dominante de su propio país. Presenta sus "reformas" como la condición para el mantenimiento de la gloria imperial de Francia, y al mismo tiempo como algo alcanzable porque será apoyado por Alemania. Y al mismo tiempo, ha formulado un objetivo tan deseable como alcanzable para la clase dominante alemana. Tanto hacia Rusia como hacia Estados Unidos, Berlín necesita el apoyo de París. Para conseguirlo, Berlín tendrá que apoyar la "modernización" económica de Francia.
La insistencia de Macron en su programa económico como condición previa para todo lo demás no significa que tenga una visión económica estrecha de los problemas a los que se enfrenta Francia. Según un viejo análisis de uno de sus predecesores como presidente francés, Valery Giscard d'Estaing, el principal problema económico de Francia no es su aparato industrial y agrícola, que produce en su mayor parte de manera eficiente a un alto nivel, sino su aparato político atrasado, y el nexo rígido y burocrático que une la política con su economía (el "sistema estatal" existente en Francia, que Helmut Schmidt y otros líderes alemanes han criticado desde hace décadas). Macron quiere encarar ese problema hoy. Un poco a la manera de Trump en Estados Unidos, él quiere "zarandear" a las viejas elites. Pero también tiene que superar la posible resistencia de la clase obrera francesa. El que Macron sea capaz o no de imponer sus ataques a las condiciones de vida y de trabajo del proletariado francés, puede decidir si el experimento de En Marche y la presidencia de Macron termina en éxito o en fracaso.
Cada vez que Macron habla del tándem franco-alemán, a la vez que siempre menciona las dimensiones económicas y políticas, insiste en que debe verse ante todo como una cuestión militar (de "seguridad"). El eje Macron-Merkel, en realidad, no es una alianza imperialista estable como era posible en las condiciones de la Guerra Fría. Es más bien un acuerdo basado en una mayor determinación para defender una política común de ciertos países de la UE -expresada por la reacción al Brexit- y disminuir la dependencia de Estados Unidos en reacción a las "posiciones" de Trump. La asociación entre Alemania y Francia en el tándem dirigente de la UE es posible gracias a la complementariedad entre ambos países. Francia es la primera potencia militar de Europa, equivalente a Gran Bretaña, y mucho más fuerte que Alemania, y no sólo por su posesión del arma nuclear. El liderazgo con Francia podría beneficiar a Alemania confiriéndole una mayor credibilidad política y diplomática. Por otra parte, Francia podría esperar resultados positivos de una alianza con el líder económico de Europa, principalmente como contrapartida al declive económico y político que sufre. Y hay más. La existencia de tal liderazgo común presenta la ventaja de que suscita menos temor por parte de otros socios de la UE que si Alemania asumiera el liderazgo por sí sola.
Las primeras consultas gubernamentales franco-alemanas tras la elección de Macron decidieron, entre otras cosas: el desarrollo conjunto de un avión de combate para sustituir tanto al Eurofighter como al Rafale; la imposición de Frontex contra los refugiados, y el establecimiento de un registro común de entrada y salida de la UE; bajo el liderazgo alemán, el desarrollo, junto con Italia y España, de un dron militar europeo; nuevas inversiones en tanques modernos, tecnología de patrullaje espacial y de tierra. La “ministra” de Asuntos Exteriores" de la UE, Mogherini, se unió a Merkel y Macron para declarar una "Alianza europea para la zona del Sahel". Alemania declaró su disposición "en principio" a aumentar sus inversiones públicas y privadas en Europa, y a apoyar financieramente las actuales misiones militares francesas en África. Todo esto bajo el lema de "proteger a Europa".
El centro del ciclón del capitalismo en descomposición es hoy el país central del sistema burgués: los Estados Unidos. El triunfo electoral de un presidente que encarna la ola populista, ya ha demostrado hasta qué punto este surgimiento es antagónico a los intereses "racionales" del capital nacional y de las fracciones de la burguesía que los representan mejor (de seguridad, militares, diplomáticos y políticos), que tienen el sentido más fuerte de las "necesidades del Estado". La tendencia actual es claramente hacia una intensificación de las tensiones e incluso un verdadero impasse en la clase dominante. Pero precisamente porque Estados Unidos es un país central en el capitalismo mundial, la presión sobre la burguesía estadounidense aumenta cada día más para que intente resolver la difícil situación. ¿Pero cómo? Por ahora, no parece que la administración Trump vaya a ser capaz de imponer su política, pues la resistencia contra ella parece ser demasiado fuerte en gran parte de la clase dominante. Otra posibilidad es que los trumpistas cedan y adopten tácitamente la política de sus oponentes (o al menos se muestren mejor dispuestos para hacer compromisos). Aunque hay señales en esa dirección, también hay señales en la dirección opuesta. La opción que más se discute en público actualmente es la del impeachment o acusación para destituir al presidente. El inconveniente del método de sacar a Trump del despacho oval es que podría acabar convirtiéndose en un proceso político y legalmente complicado y duradero. Otras opciones, con quizás una resolución más rápida del problema, están sin duda también sobre la mesa, aunque no se discutan con tanta libertad: una de ellas es hacer que el presidente sea declarado loco. También es posible que Trump (u otra persona) intente salir del atolladero mediante aventuras militares en el extranjero. Una de las ventajas de la "guerra contra el terrorismo" liderada por George W. Bush fue que permitió a su gobierno, al menos temporalmente, reunir tras él a la clase dominante, e imponer grandes partes de su programa "neoconservador". Hay hoy países como Corea del Norte o Irán que ofrecen objetivos tentadores para ese tipo de operaciones, ya que están estrechamente vinculados no sólo a Rusia, sino también a China. Si hay algo en lo que la burguesía norteamericana sigue estando de acuerdo, es que hoy Pekín es su principal rival.
Steinklopfer 23.08.17
[1] [105] Estos apartados, concebidos como unidad, se redactaron por primera vez en verano de 2017, después de las elecciones generales en Gran Bretaña y las elecciones presidenciales y las de la Asamblea Nacional en Francia, pero antes de las elecciones al Bundestag en Alemania. Por varias razones este trabajo no pudo ser publicado en ese momento. Se han hecho algunas actualizaciones y correcciones, pero hemos optado por no alterar la sección sobre Alemania, donde la situación, incluso después de las elecciones, sigue siendo muy incierta. Para un análisis de las elecciones en Alemania, ver nuestro artículo en alemán en el sitio web de la CCI [https://de.internationalism.org/iksonline/wahlen-deutschland-2017-nach-d... [130]. También fue escrito antes de la última crisis en las relaciones entre Estados Unidos y Corea del Norte y entre Estados Unidos e Irán debido a los programas atómicos y de cohetes de lo que Washington llama "estados rebeldes". Para la crisis de Corea del Norte, véase nuestro artículo "Amenaza de guerra entre Corea del Norte y Estados Unidos: es el capitalismo el que es irracional [https://es.internationalism.org/accion-proletaria/201710/4236/amenaza-de... [131]".
[2] [106] “Tesis sobre la Descomposición”, Revista Internacional nº107. /revista-internacional/200510/223/la-descomposicion-fase-ultima-de-la-decadencia-del-capitalismo [132]
[3] [109] Tratado de Libre Cambio de América del Norte (Canadá, EEUU, y México), NAFTA en sus siglas en inglés. Trans-Pacific Partnership o Acuerdo Transpacífico de Cooperación económica, con países ribereños de ambas orillas (Asia, Oceanía y Latinoamérica, sin China)
[4] [110] Josef Braml, Trumps Amerika, página 211. Braml trabaja para la German Society Foreing Policy (DGAP)
[5] [111]Ídem.
[6] [112] Frankfurter Allgemeine Zeitung 02.04.2017. El periódico FAZ es uno de los principales portavoces de la burguesía alemana.
[7] [113] Según Wikipedia, “think tank” o “laboratorio de ideas” es una institución o grupo de expertos de naturaleza investigadora, cuya función es la reflexión intelectual sobre asuntos de política social, estrategia política, economía, militar, tecnología o cultura.
[8] [114] Para un análisis más detallado de las contradicciones entre las políticas de Trump y los intereses de las principales fracciones de la burguesía americana, véase nuestro artículo La elección de Trump y el derrumbe del orden mundial capitalista (Revista internacional nº 158), que también se desarrolla en el contexto de la decadencia global de los Estados Unidos y el creciente cáncer del militarismo que pesa sobre su economía.
[9] [115] Su esposo, el ex-presidente Bill Clinton, habría estado supuestamente furiosísimo por lo incompetente que había sido la organización de su campaña.
[10] [116] Zoom: Gefährliche Verbindungen – Trump und seine Geschäftspartner (“Conexiones peligrosas –Trump y sus socios en negocios”) por Johannes Hano y Alexander Sarovic.
[11] [117] Youtube 17.08.2015.
[12] [118] Der Spiegel, 07.03.2015: “NATO Oberbefehlshaber Breedlove irritiert die Allierten” (“El comandante en jefe de la OTAN, Breedlove, irrita a los aliados").
[13] [119] Wolfgang Bittner: Die Eroberung Europas durch die USA (La conquista de Europa por Estados Unidos), pág. 151.
[14] [120] YouTube 05.02.2015
[15] [121] Revistas como Fortune publican datos anuales sobre los bancos, empresas, familias y personas más ricas del mundo.
[16] [122] Ver https://es.internationalism.org/accion-proletaria/201707/4218/incendio-de-la-torre-grenfell-crimen-del-capital [133]
[17] [123] Por ejemplo, en un simposio celebrado este verano en Berlín, organizado por la Neue Zürcher Zeitung, se afirmó que el principal peligro para la estabilidad de Europa no es el régimen de Putin, sino el posible colapso del régimen de Putin.
[18] [124] Schröder está oficialmente en la nómina del proyecto alemán de gasoductos con la Gazprom rusa. Sigmar Gabriel (SPD), que recientemente se pronunció a favor de una "solución federal" al conflicto ucraniano, a diferencia del propagado por Moscú, es el ministro alemán de Asuntos Exteriores.
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Desde sus orígenes, el movimiento obrero se concibió como movimiento internacional e internacionalista. “Los proletarios no tienen patria”, “¡Proletarios de todos los países, uníos!”, son esos dos ideas clave del Manifiesto del Partido Comunista (1848) El proletariado es una clase internacional cuya histórica tarea es aniquilar el capitalismo e instaurar nuevas relaciones de producción liberadas de la explotación, lo cual no puede concebirse sino es a escala internacional. Por eso, aunque sus diferentes luchas contra la explotación capitalista no alcancen de entrada esa dimensión, deben, en cambio, concebirse como momentos de ese combate internacional e histórico. Le incumbe al proletariado de todos los países y, en especial, a su vanguardia, las organizaciones revolucionarias, sacar todas las lecciones de las diversas experiencias del pasado del movimiento obrero y de sus organizaciones. Con ese método hemos ido analizando en nuestra prensa las experiencias de los combates de clase del mundo. Y entre esos combates, es importante dar a conocer los que acaecieron en Argentina. Hicieron surgir una organización, la FORA, que es una referencia para el anarcosindicalismo. Este artículo, en varias partes, se inscribe así en una serie esta Revista Internacional dedicada al sindicalismo revolucionario[1]. Este artículo tiene además un interés muy especial porque la FORA es hoy una referencia para los anarcosindicalistas que, molestos por la participación de la CNT en el gobierno de la República burguesa durante la guerra de España, quieren mantenerse fieles al internacionalismo.
Presentamos en esta primera parte el contexto histórico en que se desarrollaron las reflexiones y movilizaciones importantes de los obreros argentinos que permitieron la formación de la FORA
El proletariado es una clase internacional
Mientras que en Europa durante el siglo XIX el capitalismo iba imponiendo su presencia y su fuerza expansiva, en la mayor parte de los países de América Latina se llevaba a cabo, en las primeras décadas, sus revoluciones de independencia. En el último tercio de ese siglo las relaciones de producción capitalistas serán dominantes en el continente. Para el caso de Argentina uno de los puntos definitorios del avance del capitalismo lo representa la consolidación de la agricultura y la ganadería capitalista en tanto la integra al mercado internacional y conecta con el proceso de industrialización. Por eso, las acciones realizadas desde la década del 80 del siglo XIX serán relevantes para la dinámica que habrá de tener esta economía sudamericana y con ella la clase trabajadora. De manera especial el período de 1880 a 1914 es para Argentina un momento de definición de la territorialidad, clarificando la línea de sus fronteras, pero también de sometimiento de las viejas formas de organización social y económica. En ese proyecto resalta la denominada “Conquista del desierto”.
La Conquista del Desierto fue una campaña militar llevada a cabo entre 1878 y 1885 por el gobierno argentino en contra de las comunidades indias sobrevivientes en el extremo sur de esa región (especialmente contra los Mapuches y Tehuelches). Esta campaña de destrucción y despojo es parte del proceso de definición del Estado-nación argentino y el camino que abre paso a la expansión capitalista. Fueron cientos los indios acribillados y más los prisioneros sometidos y recluidos en zonas aisladas e indómitas del país u obligados a la servidumbre entre las familias privilegiadas de Buenos Aires. Las notas de los diarios de esa época exponen los “logros” de ese avance civilizatorio: “Llegan los indios prisioneros con sus familias a los cuales los trajeron caminando en su mayor parte o en carros, la desesperación, el llanto no cesa, se les quita a las madres sus hijos para en su presencia regalarlos a pesar de los gritos, los alaridos y las súplicas que con los brazos al cielo dirigen las mujeres indias”[2].
Este proyecto era continuación de la política llevada por los sectores de la burguesía liberal de mediados de siglo XIX que ansiaban el arribo de la “modernidad capitalista”. El abogado Juan Bautista Alberdi, promotor de la constitución, define este propósito bajo el principio de “gobernar es poblar” y es más explicito sobre el perfil de esta política en su libro Elementos de derecho público provincial argentino (1853): “Aunque pasen cien años, los rotos, los cholos o los gauchos no se convertirán en obreros ingleses... En vez de dejar esas tierras a los indios salvajes que hoy las poseen, ¿por qué no poblarlas de alemanes, ingleses y suizos?... ¿Quién conoce caballero entre nosotros que haga alarde de ser indio neto? ¿Quién casaría a su hermana o a su hija con un infanzón de la Araucanía y no mil veces con un zapatero inglés?”
Así, la gran concentración de tierras agrícolas, el nacimiento de la agroindustria, la atracción de la inversión extranjera y la producción diversificada, caminan a la par del despojo y la tragedia de las comunidades indias, pero también de la llegada masiva de trabajadores inmigrantes, principalmente de Italia, España y en menor medida de Francia y Alemania.
Pero esos “extranjeros” que migran intentando huir de la miseria y el hambre (y en no pocos casos también de la represión), van cargando no sólo sus capacidades físicas y creativas que les ha de permitir vender su fuerza de trabajo, además llevan consigo las experiencias de su vida como explotados y por tanto las enseñanzas de sus combates pasados (aunque también cargan sus debilidades políticas), las cuales al reencontrarse en el colectivo social de esas “nuevas tierras” las integran, permitiendo así que la reflexión proletaria se convierta en un proceso internacional.
No es nada extraño que los trabajadores migrantes imprimieran en Argentina un empuje al combate proletario a partir de las tres últimas décadas del siglo XIX; por ejemplo, German Ave Lallemant[3] y Augusto Kühn, de origen alemán, forman el primer núcleo socialista Verein Vorwärts (Unidos Adelante) ligado a la socialdemocracia alemana, el cual adquiriría relevante importancia en la lucha de los asalariados, así mismo los italianos Pietro Gori y Errico Malatesta y luego el español Diego Abad de Santillán, serán animadores de la organización obrera desde el anarquismo. La tradición de lucha entre los trabajadores migrantes se refleja en su trabajo editorial. La diversidad de periódicos emitidos y distribuidos de mano en mano, en ese ambiente de crecimiento de las masas asalariadas, serán elementos importantes para la reflexión, la expansión de ideas y la politización de la joven clase obrera en ese país.
Sin embargo, hay que precisar que este reconocimiento no valida la visión mistificada de la burguesía argentina que expone a las luchas obreras como fenómenos importados por los “extranjeros”. Hay indudablemente una experiencia transmitida por los trabajadores migrantes, pero esta surge, se conjuga y acrecienta al calor de combates que no son creados a voluntad o artificialmente. Es la realidad económica y social que engendra el capitalismo (léase miseria, hambre, represión…) a la que los trabajadores responden y es en esta práctica que la nacionalidad no tiene importancia.
Diversas nacionalidades, pero una sola clase
En las últimas tres décadas del siglo XIX, Argentina era presentada como el país de las oportunidades, pero pronto esa promesa muestra su verdadero rostro. Las publicaciones obreras de ese tiempo detallan las condiciones de vida de los trabajadores, en donde es común el desempleo, las jornadas agotadoras y los míseros salarios. Por ejemplo, en las fábricas de sombreros, Franchini y Dellacha de Buenos Aires: “A los prensistas se les pagaba un peso por cada cien sombreros y se les rebajó a 40 centavos; al planchador de 4 pesos se le rebajó a 2.80 el ciento; a los rulistas de sombrero blando de 6 a 4; el rulista de sombreros de copa, de 6 pesos a 3 el ciento. Con esa tarifa el obrero hábil en doce horas de trabajo no alcanzaba a ganar dos pesos. A los niños de 8 a 12 años que trabajaban de sol a sol en el agua caliente, quemándose las manos y perdiendo su salud a los seis meses de ese trabajo agotador e insalubre, de 80 centavos que ganaban por día se les rebajó a 50…”[4]
En todas las empresas manufactureras y en las labores agrícolas estas condiciones de vida se repetían cotidianamente, pero, además, no son pocas en las que se utiliza el “Truck system” para el pago del salario y que consiste en realizar las remuneraciones en fichas o en especie, manteniendo así a los obreros en continuo endeudamiento.
En las ciudades, masas de trabajadores parlantes de diversas lenguas, se aglomeran en los barrios insalubres, ocupando viviendas precarias, conocidas como conventillos[5], donde la miseria corroe las vidas de sus habitantes sin hacer diferencia de la nacionalidad.
Por eso, suponer que la historia de los trabajadores argentinos se explica solamente como producto del accionar de la “mala migración”, es negar que el capitalismo crea a su propio enterrador y lo empuja a responder. Son las condiciones de miseria lo que anima y acelera la organización y la movilización obrera, y es en esa y ante esa realidad que los trabajadores migrantes se integran. El anarquista Abad de Santillán con justeza rechaza la explicación conspirativa expresada por la burguesa diciendo: “La defensa de las víctimas era algo tan sumamente lógico que, aun sin inspiración social de ninguna especie, se hubieran producido las asociaciones obreras como baluarte biológico contra la avaricia patronal.”[6] Hay en su análisis un seguimiento muy preciso del desarrollo de esas condiciones que empujan la combatividad obrera, no obstante pierde también de vista el trabajo de agitación y propaganda en el que participan de forma activa los trabajadores migrantes, por eso su explicación también deja de ver al proletariado como una clase internacional
Explicando la historia mediante la ubicación de un “culpable”, el gobierno argentino y los grupos patronales desatan una persecución contra los extranjeros. Un aspecto que sobresale de estos ataques, es la proclamación en 1902 de la “Ley de Residencia”. Esta ley, también conocida como “Ley Cané”, permitirá la deportación sin previo juicio de los extranjeros acusados de llevar a cabo actividades sediciosas, dando así a las campañas persecutorias un marco de legalidad y respetabilidad, en tanto quedan ceñidas a la ley y los principios democráticos. En 1910 esta medida tendrá un complemento con la “Ley de Defensa Social”, que permite restringir la admisión de extranjeros sospechosos de ser peligrosos para el orden público.
Para comprender el proceso de aceleración de las movilizaciones obreras en Argentina, es importante tener en consideración que el capitalismo es un sistema sustentado sobre agudas contradicciones que engendran sus crisis económicas. De manera que, si el siglo XIX había mostrado la capacidad de la burguesía para expandir su poder, esa situación no exentaba las dificultades, por eso mientras el siglo XIX se iba desvaneciendo, las contradicciones de la económica capitalista se iban evidenciando con mayor magnitud.
La recesión de 1890, conocida como la “crisis Baring”, aunque tiene su epicentro en Inglaterra, expande su efecto a los países de Europa central y a los EUA, pero también a Argentina, dado que es gran receptor de capitales ingleses y, en ese momento, entre ambos países hay un amplio movimiento mercantil.
Es así que esta expresión recesiva del capitalismo hace que la respuesta de la burguesía, desesperada por defender su ganancia, refuerce las medidas de explotación de aquellos que son creadores de la riqueza social: los trabajadores. Es ese el contexto que anima a las huelgas y movilizaciones al iniciar el siglo XX, así como la necesidad de los trabajadores por construir sus cuerpos unitarios de combate.
Discusiones y confusiones
Decíamos arriba que el proceso de expansión capitalista, animaba al crecimiento y el despertar de la capacidad de reflexión y combate obrero, pero esto no implica una homogeneidad entre los explotados sobre la comprensión de la realidad y por tanto en la toma de conciencia y en la capacidad de organización. El proletariado, en tanto clase, se va formando en el combate mismo y en la crítica de sus acciones. En Argentina, la clase obrera todavía a fines del siglo XIX, mantiene algunos rasgos políticos e ideológicos propios de la descomposición de la economía artesanal y campesina y aunque tiene un proceso de retroalimentación con la masa de proletarios migrantes, no siempre estos transmitían los argumentos más claros y por eso las discusiones y prácticas de los trabajadores argentinos a fines del siglo XIX e inicios del XX exponen un abanico de visiones no siempre claras, pero pese a todo, sintetizan el esfuerzo intelectual y combativo de los explotados.
De tal forma que la diversificación de la producción manufacturera en las ciudades va asociada a la creación de gremios especializados que permite a los asalariados tener un primer encuentro social en el taller y de esa convivencia se anima a la creación de Sociedades de Resistencia, es decir, agrupaciones gremiales de defensa de las condiciones de vida más inmediata. De esa forma entre 1880 y 1901 surgen las organizaciones de trabajadores por su oficio: panaderos, ferrocarrileros, cigarreros… pero también se destacan minorías que van a formar agrupaciones socialistas y anarquistas y que serán, al mismo tiempo, un factor de empuje y animación de las organizaciones unitarias de lucha.
Aunque encontramos desde 1872 la formación de la sección francesa, italiana y española de la Primera Internacional en Argentina, son las dos últimas décadas del siglo XIX cuando se acelera la creación de organizaciones y publicaciones obreras. Como expresión de esta dinámica se destaca la edición, en 1890, del periódico socialista El Obrero, animado por Germán Ave Lallemant. Siguiendo esa tendencia impulsada por la movilización obrera, en 1894 surgen otras publicaciones como La Vanguardia –encabezada por el médico Juan B. Justo– y se han de formar otros grupos que tomarán presencia importante entre los trabajadores, como el Centro Socialista Obrero, el Fascio dei Lavoratori (Bloque de Trabajadores, grupo adherido al Partido Socialista Italiano). Estas agrupaciones junto a Les Égaux (Los Iguales), grupo de corta vida formado por trabajadores de origen francés, presentaran en abril de 1894 el Programa del Partido Socialista Obrero Internacional (PSOI). De esta manera surgía una importante expresión proletaria en Argentina, la cual modificará al año siguiente su nominación por Partido Socialista Obrero Argentino (PSOA) y en 1896 vuelve a cambiarlo por Partido Socialista Argentino (PS), quedando a la cabeza de este Juan B. Justo.
El PS se va a adherir a la Segunda Internacional y reivindicará el principio internacionalista. A pesar del peso del reformismo en la Internacional, podemos asegurar que va a permitir que los trabajadores puedan ir avanzando en su proceso de reflexión y de lucha. Dado que son diversos grupos los que van a dar forma al PS, encontramos una heterogeneidad política, precisamente el grupo mayoritario al que pertenecía Juan B. Justo, era el que más confusión expresaba al dar un peso mayor a los planteamientos pragmáticos de los liberales burgueses, lo que provocará en momentos de algidez de la lucha de clases, que su intervención no sea muy clara[7]. Esta falta de claridad y deslizamiento hacia posturas ajenas al proletariado motiva respuestas desde su interior, por ejemplo con la creación (en 1918) de un “ala crítica” que formará el Partido Socialista Internacional Argentino (PSIA)[8], o con la actuación desde las federaciones sindicales.
El programa de reformas laborales y el apoyo de los proyectos liberales (por ejemplo, separación de la iglesia y Estado) que levanta el PS, para fines del siglo XIX, ya empezaba a mostrar poca cercanía a la realidad que vive el mundo, pero los llamados a la organización y la lucha por mejoras de vida, permitió a los trabajadores avanzar en su reconocimiento, en tanto los cohesiona, direcciona la lucha reivindicativa y posibilita que se establezcan reformas inmediatas, aunque no duraderas. Empero, la práctica conciliatoria entre las clases que va tomando el PS, además de su rechazo a las bases programáticas del marxismo, al acercarse a los argumentos de Berstein, van haciendo que poco a poco este partido se vaya alejando de las trincheras proletarias y vaya siendo un instrumento político manejado diestramente por el Estado argentino, por ejemplo, entrado el siglo XX el PS mantiene aún una vida proletaria, pero su entusiasmo excedido con la posibilidad de ir ocupando lugares en las cámaras parlamentarias, lo va alejando del combate obrero. Ocurre incluso que se compromete a evitar la movilización de los trabajadores a cambio de la promulgación de la Ley Nacional del Trabajo –conocida como “Proyecto [Joaquín] González” (1905).
En los últimos años del siglo XIX, el medio libertario también va a tener una amplia participación. Personajes importantes del anarquismo huyendo de la represión de los gobiernos europeos llegan a Argentina, como el caso de Malatesta (en 1885) y Pietro Gori (en 1898), animando así a la organización obrera y al trabajo editorial. Pero tampoco el campo anarquista era homogéneo. En un intento por resumir podemos ajustarlas en dos vertientes: los anarquistas pro organización por un lado y los anti organización, por otro.
Entre los grupos del primer bloque lo forman publicaciones de limitada distribución como L’Avvenire (El Porvenir), El Obrero Panadero, pero además siguiendo esta línea política se destaca un periódico de muy amplia distribución: La Protesta Humana, siendo en éste la pluma más importante la de Antonio Pellicer Paraire (Pellico). Por el lado de los anti organizadores. las publicaciones de mayor presencia fueron El Rebelde y Germinal[9]. Esta división se acentúa con la convocatoria al Congreso Anarquista Internacional, para realizarse en París en septiembre de 1900. Dicho congreso generó una amplia discusión entre las agrupaciones anarquistas y aunque terminó siendo prohibido, se llevan a cabo algunas reuniones secretas que concluyen recomendando la creación de federaciones sindicales. Las tesis “favorables para la organización” se expresará más claramente en una intervención de Malatesta en el Congreso Internacional anarquista de Ámsterdam en 1907. “los anarquistas deben entrar en los sindicatos obreros. Para hacer propaganda anarquista; enseguida porque es el único medio para que tengamos a nuestra disposición, en algún momento, los grupos capaces de hacerse cargo de la gestión de la producción”[10]. Esta orientación se apoya en la idea de que “el sindicalismo no es ni nunca será jamás más que un movimiento legalista y conservador, sin otro objetivo accesible -y otra vez- que el mejoramiento de las condiciones de trabajo” (Ídem)
Desde las discusiones de preparación del congreso mencionado se provoca en Argentina una separación clara entre los que consideran vital la realización de esa reunión y aquellos que lo consideran innecesario y pernicioso, en tanto que, como se deduce de la extracción de las ideas de El Rebelde (14 de agosto de 1899), cuando se centraliza y organiza a los individuos se pierden las iniciativas y se agotan las fuerzas revolucionarias y triunfa la reacción. El sector mayoritario del anarquismo en Argentina será el que se define por la organización, de manera que ampliaran su trabajo en los sindicatos y en el impulso a la creación de federaciones, convergiendo en cierta forma con los grupos socialistas.
El militante anarquista Diego Abad de Santillán, considera que en el debate entre organizadores y anti organizadores queda zanjado por los argumentos expuestos en los 12 artículos que bajo el título “La organización obrera” escribe “Pellico” y son publicados en La Protesta Humana en 1900. El centro de sus ideas es que hay una necesidad de la organización en dos niveles, una económica y otra revolucionaria. Es decir: “una rama de la organización obrera, que puede denominarse revolucionaria, la constituyen aquellos plenamente convencidos que trabajan rectamente por el triunfo del ideal; y otra rama, que puede llamarse económica, constituida por las masas obreras que pugnan por mejorar su condición, contrarrestando los abusos patronales…”[11] Exponiendo una copia, según Diego Abad de Santillán, de la estrategia de “la Fraternidad Internacional de Bakunin [colocándose] dentro y junto a la Asociación Internacional de los Trabajadores…”
El mismo Antonio Pellicer explica que la federación es el tipo de organización que los trabajadores requieren, otorgando a esta el papel de “germen la comuna del futuro revolucionario.” Propone, en consecuencia, “que se organice la federación local en el sentido de la comuna revolucionaria, de la acción permanente y activa del pueblo trabajador en todos los asuntos que comprometen su libertad y su existencia…”[12]
Siguiendo esta descripción se percibe que la federación sindical es entendida como el órgano encargado de la defensa de las condiciones de vida de los trabajadores y al mismo tiempo, con el impulso de ese grupo conspirativo que trabaja en “paralelo”, se orienta hacia el combate abierto contra el sistema…
De hecho, el movimiento obrero en su conjunto se enfrenta con la necesidad de una organización política distinta a los organismos de defensa de los intereses inmediatos, responsable de defender su programa y su proyecto político de emancipación del proletariado y de establecimiento de una sociedad sin clases. Para el marxismo tomó la forma de partidos políticos de masas en la IIª Internacional, después de su traición, los partidos políticos giraron hacia un programa político para la revolución. Pero este problema no era ajeno a los anarquistas como se revela en ciertos términos del debate entre los “pro” y los “anti” organización. El problema es que la necesidad perfectamente identificada de una organización revolucionaria es completamente equivocada por Diego Abad de Santillán al identificarla a la acción conspirativa de Bakunin (incluyendo la conspiración contra el Consejo General de la AIT.)
Adelantando algunos elementos de reflexión, podemos notar que aún cuando los anarquistas “organizadores” se enfrentan a la visión de los “anti-organización” no hacen una crítica profunda, dado que al pretender criticarlos, en realidad, van a recuperan el esquema bakuninista del trabajo conspiratorio con raíces anticuadas, no propias para combatir al capitalismo. Van, además, a repetir la vieja idea de separación del combate económico y político, adornándolo con un giro idealista al concebir la posibilidad de la existencia del “germen” de la nueva sociedad en las entrañas mismas del capitalismo. De la misma manera, aunque llevan la crítica a los socialistas por enfocarse tanto en las reformas como alternativa al capitalismo, ellos expondrán una ingenua confianza en que la voluntad puesta en la creación de “comunas federadas” puede anunciar la sociedad futura, ¡sin que el sistema capitalista haya sido destruido!
Las primeras federaciones sindicales
En 1890, en los momentos más álgidos de la pelea entre los grupos de la burguesía argentina (enmarcada por la crisis económica y la insolvencia que ha de provocar una rebelión golpista, que termina con la renuncia a la presidencia de Juárez Celman), el grupo Vorwärts y gremios de zapateros y carpinteros (en los que participan ampliamente grupos anarquistas) le dan forma a la Federación de Trabajadores de la Región Argentina (FTRA). A través de esta federación se impulsa la demanda de la jornada de 8 horas, aunque su capacidad de intervención es relativamente limitada y su existencia es apenas de 2 años, permite un avance en la unidad de clase y la definición de un proyecto reivindicativo. La percepción que en ese momento se tiene de la federación sindical esta polarizada, pero sobre todo es confusa. Mientras los socialistas de Vowärts ven a la FTRA como una fuerza para arrancar concesiones y reformas, los anarquistas ven en los sindicatos el instrumento por excelencia de lucha anticapitalista. Ambos planteamientos se exponen en el segundo congreso (1892) en su forma más confusa, en tanto que grupos socialistas pretenden que la federación sea punta de lanza para pugnar por la nacionalización de la industria, ante ello los anarquistas abandonan la FTRA. Aunado a esto el creciente desempleo provoca la salida del país de muchos trabajadores, hace que la federación se debilite numéricamente y termine por disolverse.
Aún cuando esta Federación tiene vida corta, permite ir adelantando una visión de las dificultades que han de expresarse en las discusiones en los siguientes años. Por una parte, los socialistas sobredimensionando los logros económicos temporales obtenidos desde la lucha sindical y otorgando un lugar preponderante a la interlocución que puedan obtener del parlamento. Por otra parte, el anarquismo asume la posibilidad de la revolución en cualquier momento de la historia y como efecto de la voluntad expresada en la “acción directa”.
Solo para dar el marco explicativo de la confusión de la que se habla arriba, vale recordar el análisis que Rosa Luxemburg hace en 1899 en el prólogo a “Reforma o Revolución”: “Entre la reforma social y la revolución existe para la socialdemocracia, un vínculo indisoluble. La lucha por reformas es el medio, mientras que la revolución social es el fin.” Desde este referente podemos notar que la confusión presente en la socialdemocracia alemana se repite en Argentina, porque los socialistas se van quedando atorados en el “medio” (del que habla Luxemburgo), subestimando e incluso olvidando el “fin”. Pero el anarquismo, en general, estará impedido de analizar la lucha de clases en forma dinámica en tanto no logra ver los diversos momentos del capitalismo y por tanto las tareas que en cada caso enfrentan los explotados y más aún, en su negación a la necesidad del Partido, sobredimensionan el rol del sindicato.
En ese estado de confusión y en un ataque creciente a las condiciones de vida de los trabajadores, va fermentando la idea de formar sindicatos federados. El año de 1899, en particular, se ve marcado por el creciente número de huelgas, por lo que el papel del sindicato y de la misma huelga serán los problemas que los trabajadores discuten.
Precisamente Juan B. Justo, plantea la discusión así: “¿Pero, cual es la finalidad de la huelga? Los socialistas la quieren como método primero –y primario– para la formulación del reclamo inmediato y su conquista posible. Los anarquistas, como el método de transformación del régimen social…”[13]. La discusión cruzara a los sindicatos y a las agrupaciones socialistas y anarquistas sin zanjarla. No obstante, permite a los anarquistas pro organización reconocer que hay una necesidad de la clase obrera de luchar por mejorar sus condiciones de vida y así acercan sus fuerzas al Partido Socialista para convocar a la creación de una federación sindical. De esta manera, en mayo de 1901, 27 sociedades gremiales, le dan forma a la Federación Obrera Argentina (FOA). La representación la componen delegados de orientación tanto de socialistas como anarquistas, aunque es pertinente decir que hay un número mayor de anarquistas, sobresaliendo la presencia de Pietro Gori, representando a los ferrocarrileros de Rosario.
El congreso fundacional se lleva a cabo en 8 sesiones, la apertura de la segunda sesión se abre con una declaración de Torrens Ros de filiación anarquista, en la que expone que dicho congreso “no tiene compromisos de ninguna clase con el Partido Socialista ni con el Anarquista…”[14] declarándose independiente y autónomo, lo cual no significaba que las opiniones defendidas por ambos campos se excluyeran del debate, incluso aún después de culminado el congreso algunos de los problemas en discusión serán replanteados. Pese a las diferencias, la discusión permite definir un esquema general de acuerdos y reivindicaciones básicas:
-desprecio general y obstaculización a los traidores, con referencia directa a los esquiroles y rompehuelgas,
-lucha contra el “truck system”,
-promoción de la reducción de las rentas de alquileres,
-reducción de la jornada de trabajo,
-incremento salarial,
-igual salario para mujeres y hombres,
-rechazo a la contratación de niños menores de 15 años,
-formación de escuelas libres…
Pero hay otros aspectos que luego del congreso alimentarán conflictos. Uno de los acuerdos del congreso fue la transformación del periódico La Organización, editado por una docena de sindicatos con marcada influencia del PS, por La Organización Obrera, el cual queda definido como el órgano de la FOA. Dos meses después de constituida la FOA, los sindicatos editores de La Organización se niegan a dejar de publicarlo y por tanto a su transformación.
Pero una de las discusiones más candentes es la que se refiere al uso del “arbitraje”, es decir al uso de un mediador que permita la conciliación para el arreglo de los conflictos laborales. La intervención de P. Gori en el congreso fundacional fue importante porque logra zanjar la polémica al definir que la FOA espera “de los obreros la conquista integral de los derechos de los trabajadores, [pero] se reserva en algunos casos resolver los conflictos económicos entre el capital y el trabajo por medio del juicio arbitral, aceptando sólo por árbitro a aquellas personas que representen serias garantías de respeto por los intereses de los trabajadores.”[15]
Como complemento de esta postura está la definición del papel de la huelga general, sobre la cual dicen, “debe ser la base suprema de la lucha económica entre el Capital y el Trabajo, afirma la necesidad de propagar entre los trabajadores la idea que la abstención general de trabajo es el desafío a la burguesía imperante…”[16]
Es sobre todo el problema del “arbitraje” que va a causar conflicto entre las filas anarquistas. El sector anarquista anti organización, de manera especial el periódico El Rebelde, hace la crítica en general a los anarquistas que se acercarán al PS para fundar la FOA, pero de manera particular acusan a Gori de legalista por “defender y apoyar el arbitraje”. Las diferencias que se abren por los problemas descritos no generan de manera inmediata la ruptura de la federación, aunque van haciendo notar dificultades que enfrenta la clase obrera en ese momento.
Sobre el significado y uso de la huelga tal como es acordado por el congreso, provocará una dura tensión entre anarquistas y socialistas justamente al calor de las huelgas que paralizarán las principales ciudades en los meses siguientes a la fundación de la FOA.
Siglo XX cambalache problemático y febril[17]
En Argentina, el primer año del siglo XX está marcado por las manifestaciones obreras. La formación de la FOA exponía la búsqueda de unidad y solidaridad entre los obreros, pero la explosión de huelgas y movilizaciones confirmaban el ambiente de combatividad y de rechazo a la vida de miseria impuesta por el capitalismo. Las largas jornadas, los bajos salarios impuestos y el trato despótico de la patronal motivan a que diversas empresas se vean paralizadas por la huelga. En agosto de ese año los ferrocarrileros del sur de Buenos Aires paralizan la empresa. Un numeroso contingente de obreros obligó a entablar la negociación, obteniendo la solución temporal de sus demandas. La interlocución con el patrón la lleva P. Gori, lo cual le permite mostrar a sus críticos que no es ningún legalista, en tanto ilustra la forma en que podía utilizarse el arbitraje.
Por similares demandas en octubre del mismo año, el descontento obrero despierta en la empresa azucarera “Refinería Argentina” en Rosario. La protesta inicial de los trabajadores pretende ser acallada por la patronal con amenazas de despido, pero lo que consigue es incrementar el coraje y la combatividad obrera, de manera que las manifestaciones callejeras crecen, destacándose en ellas la agitación política de militantes socialistas y anarquistas integrados en la FOA. La fuerza de la manifestación logra abrir la negociación con los capitalistas, presentándose como mediador el jefe de la policía. Los obreros, en asamblea eligen un comité de huelga y una delegación para la negociación, entre los que se encontraba Rómulo Ovidi, de militancia anarquista. Cuando esta delegación se presenta a la cita, la policía detiene a Ovidi, lo cual enciende más el descontento. Al pretender liberar a su compañero, la policía responde a los obreros a sablazos y disparos, asesinando al obrero (de origen austriaco) Cosme Budeslavich. Ante tales hechos los trabajadores del Rosario declaran una huelga general de un día.
El año de 1901 va a terminar con la misma imagen que tendrá 1902, la de huelgas por la demanda de reducción de la jornada, mayores salarios y mejores condiciones de trabajo. Aunque los estibadores y demás trabajadores de los puertos de Rosario y Buenos Aires son los más activos durante todo el año, trabajadores de otros sectores también se movilizaran ampliamente, ejemplo de ello es la huelga de los panaderos en el mes de julio o la de los trabajadores del Mercado central de frutos en el mes de octubre, suscitando importantes expresiones de solidaridad, que la combate con ferocidad la clase en el poder, primero usando a esquiroles y rompehuelgas, luego con las hordas policiales, de tal forma que se provocan enfrentamientos en las calles, terminando con obreros heridos y detenidos.
Dado que la explicación de la burguesía es que los conflictos sociales son creados por un grupo de migrantes, pretende que la solución está en la promulgación de la “Ley de Residencia”, con la que justifica la expulsión de migrantes considerados peligrosos[18]. Ante esa medida, la FOA convoca a la huelga general, paralizando fábricas y puertos desde el 22 de noviembre. La respuesta del gobierno de Julio Roca es la imposición del estado de sitio el 26 de noviembre de 1902 (y hasta el 1/enero/1903). Se desata así una oleada represiva, que hace que temporalmente culminen las movilizaciones.
Ese ambiente de agitación definido entre 1901 y 1902, induce a socialistas y anarquistas plantearse con mayor ánimo el problema sobre cómo debe luchar la clase trabajadora, de manera que la prensa anarquista (tanto de los que promueven la organización como los que la rechazan) ven un momento adecuado para insistir en sus llamados a la huelga general como forma privilegiada del combate. Por su parte el PS, adopta un tono crítico frente a la radicalización que van tomando las manifestaciones callejeras y las huelgas. Justo en ese tono está escrita la circular que, en enero de 1902, publica en el diario “La Prensa”. En ella se dice que el PS “lamenta los recientes sucesos de Rosario [choque entre obreros y policías en el marco de la huelga de estibadores del 13 de enero] y declina toda participación en aquel movimiento”.[19]
El 2° Congreso de la FOA (abril-1902) en cierta forma va a ser expresión de esos desacuerdos en tanto se crea una escisión, al salir de ella los sindicatos con influencia del PS. Hay que entender que la ruptura no surge por desacuerdos en la discusión sobre las diferentes concepciones, en realidad no hubo una discusión en torno a ello. Esa separación se motiva por problemas en el cumplimiento de las normas de sus estatutos para la nominación de delegados al congreso.
Desde el inicio del congreso plantean que Alfredo J. Torcell (periodista y conocido militante del PS) no podía presentarse como delegado del gremio de los panaderos de La Plata por no laborar en ese oficio y no estar adscrito en esa localidad. Eso motivó una tensión que termina con el abandono de la sala de los delegados de orientación socialista, lo que significó que de las 48 agrupaciones sindicales adscritas a la FOA se retiraban 19, quedando así en mayoría absoluta los sindicatos de orientación anarquista. No obstante, las reivindicaciones sobre las que se organiza la FOA no cambiarán sustancialmente.
El 2° congreso ratifica o da mayor especificidad a algunas de las demandas generales planteadas por el 1er congreso (por ejemplo, se hace específica la demanda de la jornada de 8 horas, de servicios médicos…). Donde se percibe el cambio es en la actitud que la FOA toma ante el PS. De manera rotunda el congreso rechaza la invitación del PS para manifestarse conjuntamente el 1° de mayo. Hay además un ajuste de ideas sobre el arbitraje. Abad de Santillán sintetiza el argumento: “El congreso declara dejar amplia autonomía a las sociedades federadas para recurrir o no al arbitraje en caso de que lo crean conveniente”. Esa fractura va a permitir que las agrupaciones anarquistas que criticaban la formación de la FOA por su acercamiento con los socialistas, como era el caso de “El Rebelde” entre otros, se integren a la federación. Pero sin duda lo que muestra más claramente el distanciamiento de la FOA (con mayoría anarquista) y el PS es la intervención que han de tener ante las huelgas del año 1902 y se profundizarán luego del levantamiento del estado de sitio.
Levantado el estado de sitio y durante todo 1903, las persecuciones y las deportaciones siguieron, pese a ello las movilizaciones se reanudan, pero hay además polémicas en torno a las formas de lucha tanto por parte de los socialistas que por los anarquistas:
El PS en su prensa y en su congreso no deja de criticar la manera en que se desarrolló la huelga, en tanto dice no contaba con una caja de resistencia, pero, sobre todo, sostiene, se presenta como un acto desmesurado que bloqueaba cualquier posible negociación.
Llevando ese análisis, el PS acompañará a la creación de la “Unión General de Trabajadores” (UGT)[20] y aunque en su congreso fundacional (marzo-1903) la UGT rechaza establecer un compromiso electoral con el PS, asumen que llevaran a cabo acciones políticas para promover la elaboración de leyes que favorezcan a los trabajadores, además de matizar la concepción de la huelga general dada por el PS, al reconocer en esta un medio eficaz cuando es organizada, resaltando su rechazo el uso de la violencia y a incluirle objetivos insurreccionales. Lo que muestra que, aunque la UGT se promueve directamente por el PS, no logra el acuerdo absoluto de los asistentes.
Los anarquistas van a reafirmar su postura en torno a la huelga general, a la vez que acusarán de claudicantes y traidores a los socialistas, incluso desde La Protesta Humana (31-enero-1903) se acusa que después de levantado el estado de sitio “…los obreros que comprueban estar afiliados a los círculos del Partido Socialista, aunque sean meneurs, [líderes] aunque hayan incitado a la huelga o aconsejado como nosotros a las organizaciones gremiales, son puestos en libertad y hasta les piden disculpas…”[21] En ese sentido la FOA, con una mayoría de anarquistas, en su 3er Congreso concluye su negativa total hacia una interlocución con el Estado y resaltan que la huelga general es el medio idóneo de concientización y lucha.
En lo que respecta a las movilizaciones obreras, no dejan de estar presentes durante todo 1903, pero se destaca el mes de diciembre por la masiva presencia de protestas de trabajadores de distintos sectores, pero en particular la huelga de los tranviarios tiene importancia. Sus demandas eran muy claras: además de exigir la jornada de 8 horas y el aumento salarial, hay una expresión solidaria hacia sus compañeros despedidos por distribuir hojas sindicales, por lo que piden su reintegración y como complemento está la petición del reconocimiento de su sindicato. La respuesta fue el uso de esquiroles y policías. En ese marco de sucesos, la FOA convoca a una asamblea masiva el 27 de diciembre que termina con una brutal represión por parte la policía.
Este escenario se repetirá en 1904 en varias ocasiones, las demandas serán muy similares y las respuestas del Estado también. La misma burguesía se da cuenta del crecimiento del descontento obrero, por lo que avanza combinando la represión abierta con la apertura del parlamento al PS. Así asume el cargo de diputado Alfredo Palacios. Como complemento a esto, se hace uso de la ideología nacionalista, promoviendo la preferencia en las contrataciones a los argentinos, alentando a la creación de un ambiente de repudio a los “migrantes nocivos”. Pero además el gobierno encomienda al médico Juan Bialet Massé, la realización de un estudio sobre la situación de los trabajadores. Es posible que el médico actuara con honradez e intentara describir la realidad, pero lo cierto es que la clase en el poder direcciona adecuadamente los resultados a sus objetivos.
El informe plantea en primer término una reivindicación del trabajador “criollo” (argentino), acentuando la campaña contra los migrantes; un ejemplo de lo que dice Bialet: “… el obrero criollo, menospreciado y tildado de incapaz, se ve como un paria en su tierra, trabajando más, haciendo trabajos en los que es irreemplazable y percibiendo un salario como para no morirse, […] a pesar de su superior inteligencia, sobriedad y adaptación al medio…”.
Enseguida va a hacer la crítica a la ideología conservadora de la patronal, a la que concibe como creadora de tensiones sociales: “La obcecación de la patronal llega a testarudez […] un fabricante de calzado que mantiene la jornada de diez y media horas, porque la vio en una gran fábrica alemana […] No ha querido, [aceptar jornada de 8 horas] y ahora tendrá que llegar a ello por la fuerza de la huelga, que se le impone, en una lucha estéril y dañosa para el obrero y para él mismo…”[22]
El cambio de FOA a FORA
El reconocimiento de la condición que viven los trabajadores, que, pese a todo, queda retratada en su informe por Bialet (presentado en abril de 1904) y pese a la decisión de hacer una ley laboral (aprobada el 31 de agosto de 1905) no elimina la práctica represiva del Estado. El accionar de la policía el 1 de mayo de 1904 en plaza Mazzini, de Buenos Aires lo evidencia: “La manifestación de la Federación Obrera, […] fue atacada salvajemente a tiros de revólver por la policía, con un pretexto cualquiera o sin pretexto alguno. Cuando los oradores designados se disponían a dirigir la palabra desde la estatua a la muchedumbre congregada y entusiasta, sonó un disparo, no se sabe de dónde ni por qué y esa fue la señal de la arremetida salvaje de la policía. Comenzó la dispersión de los manifestantes, mientras el suelo quedaba cubierto de heridos, casi un centenar. Los obreros que tenían armas repelieron el ataque y sus balas alcanzaron también a algunos agentes del escuadrón de seguridad…”[23]
Los allanamientos, las deportaciones, los arrestos, la represión en general y la terrible vida de la fábrica no rebajan la combatividad obrera, los sindicatos y federaciones no dejan de adherirse a la FOA y al crecer va radicalizando su discurso. Esa tendencia se percibe en el 4° congreso, el cual se realiza entre julio y agosto de 1904 y se destacará por convenir el cambio de la denominación de FOA, por el de Federación Obrera Regional Argentina (FORA).
El cambio de nombre responde a la estructura organizativa que toman. Por una parte, están las federaciones gremiales, por el otro la territorial, donde todas las federaciones gremiales de un mismo territorio conforman la federación local y las locales de una provincia forman una de comarca y todas ellas la regional de Argentina. Lo central de esto es la implantación de una estructura organizativa dual en la que cada parte tiene diferentes objetivos. Las federaciones gremiales asumen como tarea la obtención de mejoras económicas para su gremio, las locales en cambio al mezclar oficios y enlazar territorios, marcan objetivos que trascienden lo económico y gremial, planteándose la emancipación del proletariado. Por ello, esta estructura se levanta bajo un “Pacto de Solidaridad” con él buscan la unidad que les permita superar los intereses profesionales y gremiales, así como los límites espaciales. El proceso es entonces, fortalecer primero la organización en el plano nacional para luego pasar a crear “la gran confederación de todos los productores de la Tierra”.
Pero hay además en este congreso una parte dedicada a debatir sobre la “ley de residencia” y por supuesto sobre el proyecto de ley laboral.
El congreso se pronuncia en contra de ambas leyes, alertando a preparar la huelga general para enfrentar a la política de deportación. Sobre la ley laboral, el rechazo proviene de una desconfianza justificada, ya que el ministro del Interior, Joaquín V. González, advertía que el propósito del proyecto de ley era “evitar las agitaciones de que viene siendo teatro la República desde hace algunos años, pero muy particularmente desde 1902…”[24][i] Por eso ven en el proyecto una búsqueda por ajustar el accionar de los trabajadores a las líneas jurídicas del Estado.
Mientras que la FORA exponía su rechazo al proyecto porque “sólo favorecerá a los capitalistas, por cuanto ellos podrán eludir las responsabilidades que se les asignan y los obreros tendrán que cumplirlas fielmente.” En cambio, el PS será impulsor de la ley laboral, sobre todo a partir de que cuenta (desde marzo de 1904) con un diputado, el abogado Alfredo Lorenzo Palacios.
No obstante, hay otros sectores del propio PS que a través de La Vanguardia expondrán su coincidencia con las críticas concluidas por la FORA. La misma UGT no coincide con la postura oficial del PS y de su diputado y promueven campañas de repudio a la ley. Al final, esta ley termina por ser rechazada pero no por las críticas de los sindicatos, sino porque la agrupación patronal, Unión Industrial de Argentina (UIA), consideró un exceso la propuesta de establecer la jornada de 8 horas y el descanso dominical, por lo que manifestó su descontento y definió su olvido temporal.
Eso no evitó que los trabajadores se movilizaran ampliamente levantando la consigna de la jornada de 8 horas y el aumento salarial. Al mismo tiempo el gobierno de Manuel Quintana se preparaba para enfrentar las protestas mandatando al jefe de policía como árbitro de los conflictos laborales.
Desde septiembre de 1904 serán diversos los sectores de trabajadores que se movilizarán exigiendo la jornada de 8 horas, pero el descontento toma un mayor nivel cuando estalla la huelga de los trabajadores del comercio en Rosario, con la exigencia del descanso dominical. La respuesta inmediata de la policía fue la detención de la delegación sindical. Ante tales actitudes, la FORA y otros sindicatos no adheridos a esta federación, llevan a cabo un paro de labores los días 22 y 23 de noviembre. Se desarrolló toda una jornada de movilizaciones en las que los enfrentamientos con la policía fueron continuos, dejando heridos y varios obreros asesinados. La indignación creció y empujo a la unidad de la FORA con la UGT y el PS para la convocatoria de una huelga general solidaria en la ciudad de Rosario. El día 29 las actividades en Rosario empezaban a regularizarse, pero ya en Buenos Aires, la reunión de la FORA preparaba el paro general para el 1 y 2 de diciembre. La molestia y preocupación del Estado era de tal dimensión que se preparó de forma ostentosa, desplegando a policías y militares por toda la ciudad, e incluso instaló cañones en los suburbios y ancló en el puerto buques de guerra, pese a ello la huelga se lleva a cabo e incluso se extiende hacia Córdoba, Mendoza y Santa Fe. Las movilizaciones que seguirán a estas jornadas tendrán menor repercusión, incluso algunas de ellas, como las realizadas por los ferrocarrileros, serán aisladas. La situación se complicará y creará confusión a partir de la revuelta fallida del 4 de febrero de 1905, que buscaba derrocar al gobierno de Manuel Quintana, encabezada por el Partido Radical y comandada por Hipólito Yrigoyen.
Huelgas masivas y represión
El motín del 4 de febrero de 1905, denominado como “revolución cívico-militar” aunque es una pugna entre sectores de la burguesía por el poder, tiene una implicación hacia los trabajadores. El estado de sitio impuesto por el gobierno de Manuel Quintana impide cualquier tipo de manifestación masiva de los trabajadores, e incluso, sin que exista algún motivo real, acusa a sindicalistas anarquistas y socialistas de estar implicados en el motín. En ese marco de combate entre fracciones de la burguesía y pequeña burguesía, el gobierno desató una nueva oleada de persecución, la cual va a continuar después de levantado el estado de sitio. Prosigue la deportación de militantes sindicalistas y anarquistas de origen extranjero, pero ahora se agrega la persecución de militantes con nacionalidad argentina, de forma que se les detiene y exilia en Uruguay. La acentuada práctica represiva, sin embargo, no logra desmovilizar a los trabajadores.
En Argentina como en gran parte de Europa la primera década del siglo XX se caracteriza por la gran oleada de huelgas en las que las masas obreras participan activamente. Pero el avance combativo de los explotados en Argentina va acompañado de la respuesta represiva de la clase en el poder.
Apenas levantado el estado de sitio impuesto ante la rebelión de Yrigoyen, el 21 de mayo la FORA convoca una manifestación en el centro de Buenos Aires, la cual es atacada sin motivo aparente. Otra vez fue en mayo, pero ahora de 1909 y en Rosario cuando las masas obreras vuelven a ser reprimidas dejando varios muertos y decenas de heridos. No hubo un solo local sindical o de prensa obrera que no fuera asaltado por la policía.
Pero, pese a la amenaza constante, las demandas por mejoras en las condiciones de trabajo levantadas por los trabajadores del transporte de la ciudad iban tomando una mayor relevancia por el ambiente de combatividad en que se preparaban las manifestaciones del 1º de mayo y se anunciaba la posibilidad de extensión de la lucha.
Buscando extender el miedo y contener la expansión de las manifestaciones, el coronel Falcón ordena disparar contra los manifestantes, cayendo muertos más de una decena y muchos más heridos. Como respuesta, la huelga masiva vuelve a paralizar la ciudad durante 8 días, hasta que se aceptan las mejoras para los trabajadores del transporte, la liberación de los presos y la entrega de los locales sindicales tomados por la policía. Este acontecimiento en cierta medida anima dos acontecimientos importantes, aunque tienen diferente dimensión, a saber:
- El primer aspecto que motiva es la movilización, marcada por una amplia solidaridad y un accionar coordinado de las estructuras sindicales (FORA y UGT), animando a los trabajadores a buscar la unidad, lo cual, por cierto, es aprovechado por la UGT para replantear su propuesta unificadora. Así en el mes de septiembre de 1909, algunos de los gremios de la FORA y la UGT dan forma a la Confederación Obrera Regional Argentina (CORA).
- El segundo aspecto, que viene como secuela de la masacre de mayo, es la reaparición del anarquismo individualista. Como venganza de la masacre de mayo, el joven anarquista Radowitzky, decide ajusticiar al coronel Falcón… en años posteriores acciones similares se repetirán. Ante estos hechos, la FORA nunca expuso críticas a tales prácticas, por el contrario, las llegó a considerar como expresiones de clase.
De esta manera tenemos que los dos aspectos referidos tienen consecuencias políticas relevantes que se definen rápidamente:
1. La creación de la CORA condujo al fortalecimiento de una tendencia sindical promotora del alejamiento de las posturas socialistas y de las anarquistas, levantando el principio de apoliticismo (es decir no electoral), definiendo así una corriente con características de socialismo revolucionario, que va tomando forma muy rápidamente. Con la CORA, esta corriente va tomando un peso entre los trabajadores y se irá extendiendo de a poco, incluso promueve la integración masiva en la FORA. Ayudada por esta táctica de infiltración, logrará ganar presencia numérica que utilizará en 1915, durante el IX congreso de la Federación, para votar la eliminación de la definición anarquista, establecida en el V Congreso.
Esto va a conducir a que existan dos federaciones con el mismo nombre. Una orientada por el IX Congreso, por lo que se llamará FORA del IX Congreso, la otra federación, será formada por la minoría, que decide desconocer tal congreso y reivindicarse de los principios obtenidos por el V Congreso, es decir, recuperan su perfil de sindicato anarquista, por lo cual se llamará FORA del V Congreso.
Ambas federaciones levantan la postura reivindicativa y proclaman la emancipación de la clase obrera, lo que en un inicio las hace diferentes es la separación de los postulados anarquistas, de ahí se van derivando sus cambios en la forma de lucha. La FORA IX va dejando a la huelga masiva como arma de combate y el principio solidario se va desdibujando de su práctica, en tanto que considera que cada sindicato federado debe de actuar “como le convenga”. Y aunque siguen negando la participación parlamentaria, van buscando el acercamiento con las estructuras del Estado para la negociación de mejoras. El gobierno de Hipólito Yrigoyen ha de aprovechar esta disposición, ya que a la vez de que no duda en ordenar masacres de obreros, busca definir lazos legales a través de los “novenistas”.
La FORA del IX Congreso va a crecer numéricamente y a la par de ese ensanchamiento su acercamiento al Estado va a ser mayor; es así que en 1922 va a disolverse para formar la Unión Sindical Argentina (USA), la cual será, en 1930, la base para la fundación de la Confederación General del Trabajo (CGT), la cual estará originalmente orientada por el Partido Socialista y luego se tornará en instrumento del peronismo.
2. El acto llevado a cabo por Simón Radowitzky tiene también consecuencias políticas. El anarquista Cano Ruiz explica que el ajusticiamiento del policía Falcón, “provocó la ira de la reacción. Se decretó el estado de sitio por dos meses, se clausuraron los locales obreros (…) se detuvo a centenares de gente y se expulsó a cuantos extranjeros eran indeseables para las autoridades…” Incluso reconoce que se abre un proceso de reflujo importante, ya que analizando los hechos, dice más adelante: “Desde el acto de Radowitzky [14/09/1909] hasta 1916 la opresión fue tan cruel que el movimiento anarquista, y como consecuencia el movimiento obrero encarnado en la FORA, no pudieron dar señales de vida…”[25]. Es necesario exponer recuperando los efectos que provocó y que resume Cano Ruiz, lo alejado que estas prácticas terroristas están del combate masivo de la clase obrera. Aun cuando se le vea con simpatía (por sentirlo como un acto de justicia), exponen una debilidad en tanto expresa una filtración de la ideología pequeñoburguesa y de estamentos que no tienen perspectiva de futuro, que viven en la desesperación y la desconfianza del accionar de la masa asalariada, por lo que optan por prácticas individualistas, escondiendo tras la fachada de heroicidad, una fuerte impaciencia, escepticismo y desmoralización por lo que, como ya lo hemos dicho en otras ocasiones: “tienen más que ver con el suicidio espectacular que con un combate para alcanzar una meta.”[26].
Tenemos así un crecimiento de las dificultades para la expresión y organización de la combatividad obrera, hay, por un lado, el acercamiento de la FORA IX a la estructura del Estado y casi a la par, hay una pérdida de la vida proletaria del PS, en tanto se acrecienta su ilusión parlamentaria y su postura nacionalista (llegando a solicitar la entrada de Argentina en la Gran Guerra), pero lo que confirmará su salida del campo proletario será su condena a la revolución rusa. Por otra parte, la represión tendrá un efecto desmoralizante y de desesperanza temporal entre los trabajadores, lo cual se profundizará con la confusión provocada por la reactivación del anarquismo individualista, que se concentrará en el cumplimiento de actos terroristas.
En ese período de confusión y de continuos ataques a los trabajadores, solo acontecimientos de gran magnitud como la revolución rusa logran romper el reflujo y la desmoralización. Abad de Santillán sintetiza así: “Hubo momentos en el agitado período de 1918 a 1921 en que realmente la revolución llamaba a nuestras puertas y nos hacía sentir el júbilo de la hora suprema de todas las reivindicaciones. Una ola internacional de entusiasmo solidario conmovió a los esclavos modernos (…) Surgió una Rusia preñada de promesas de libertad de entre los escombros del zarismo…”[27] Aunque luego desde la FORA V se tendrá una crítica hacia el bolchevismo, no deja de reconocer el significado histórico para los explotados.
Solo habiendo roto ese reflujo, las masas obreras pueden volver a la defensa de sus condiciones de vida, como lo hicieron ampliamente entre 1919 y 1921. Retomaremos la experiencia de los combates encabezados por la FORA V en una segunda parte.
Rojo / marzo-2015
[1] Revista Internacional: n° 118, "Historia del movimiento obrero: lo que distingue al sindicalismo revolucionario". Esta serie incluye los artículos siguientes : sobre la CGT de Francia (Revista internacional n° 120), la CNT en España (Revista internacional n° 128, 129, 130, 131, 132), la FAU de Alemania (Revista internacional n° 137, 141, 147 y 150) y los IWW en Estados Unidos (Revista internacional n° 124 y 125)
[2] La Nación, 21-01-1879, citada por Raúl Ernesto Comba en “20/20: 4 décadas en la historia de Banderaló. 1800-1920”. Editorial Dunken, BA, 2012, p.47.
[3] Aunque G.A. Lallemant tiene una actividad relevante en el impulso de la organización y la difusión del socialismo en la última década del siglo XIX, este personaje y con él una parte de la socialdemocracia, se va acercando al partido burgués liberal denominado “Unión Cívica Radical”.
[4] “La Protesta Humana”, 3 de septiembre de 1899, citada por Diego Abad de Santillán en “La F.O.R.A: ideología y trayectoria”. Ubicado en: https://www.antorcha.net/biblioteca_virtual/historia/fora/22.html [135]
[5] Son muchos los tangos que tejen sus historias en estas precarias viviendas, las cuales llegaba el caso en que se saturaban y entonces se colocaban bancos junto a sogas fijadas en la pared y así poder dormir sentados sostenidos por la cuerda. A esa forma de descansar se le denominaba, en el lunfardo usado en los barrios, “maroma”.
[6] Abad de Santillán, Óp. Cit.
[7] Sólo para ver el proceso de degradación que va toman do el PS, recordemos que Juan B. Justo en 1919 dicta conferencias de condena a la revolución rusa y en particular contra los bolcheviques. Y en su escrito de 1925, Internacionalismo y patria, critica a los comunistas (en particular a Lenin y Luxemburgo) por no defender el libre mercado, bajo la lógica que, si afirman que la guerra es por los mercados, entonces, dice, hay que quitar esa razón “abriendo todos los mercados a la libre circulación del capital internacional…”
[8] En 1918 se forma el PSIA, declarándose partidario de los postulados de la Conferencia de Zimmerwald y en apoyo a la Revolución Rusa y al Partido Bolchevique.
[9] El historiador Zaragoza Ruvira, ubica otras publicaciones “individualistas” pero su actividad se diluye años antes de finalizar el siglo XIX. Algunas de ellas son: El Perseguido (1890-97), La Miseria (1890), La liberté (1893-94), Lavoriamo (1893)...
[10] Citado en nuestro artículo de la Revista Internacional n° 120, “Historia del Movimiento obrero: El anarcosindicalismo frente al cambio de Época; la CGT francesa hasta 1914”
[11] La Protesta Humana, 17 de noviembre de 1900, citada en https://anarquismoenlaargentina.blogspot.mx/2012/12/federacion-obrera-re... [136].
[12] Citado por Abad de Santillán.
[13] Citado por Dardo Cúneo, “Las dos corrientes del movimiento obrero en el 90”, en Claves de la historia argentina, Argentina 1968.
[14] Oved, op cit. p.165.
[15] Op. cit p.168.
[16] Bilsky, Edgardo J. La F.O.R.A. y el movimiento obrero, 1900-1910. Editor de América Latina. Argentina 1985. p. 194
[17] Como dice el famoso tango ‘‘Cambalache” (1934)
[18] Estos intentos de divisiones de trabajadores de la burguesía argentina no nos deben sorprender. “Durante mucho tiempo, el movimiento obrero en Estados Unidos estuvo muy preocupado por las divisiones entre quienes habían nacido en el país, los obreros anglófonos (aunque ya fueran éstos la segunda generación de emigrantes) y los obreros inmigrados recién llegados, los cuales no hablaban y leían poco o nada en inglés. En su correspondencia con Sorge en 1893, Engels lo ponía en guardia contra el uso cínico que hacía la burguesía de las divisiones en el seno del proletariado y que retrasaban el desarrollo del movimiento obrero en Estados Unidos. En efecto, la burguesía utiliza hábilmente todos los prejuicios raciales, étnicos, nacionales y lingüísticos para dividir a los obreros entre sí y contrarrestar así el desarrollo de una clase obrera capaz de concebirse a sí misma como una clase unida.” Ver nuestro artículo "IWW (1905-1921): el fracaso del sindicalismo revolucionario en Estados Unidos (I)" de Revista Internacional nº 124; https://es.internationalism.org/revista-internacional/200602/513/histori... [137].
Del mismo modo, en Brasil, a partir de la segunda mitad del siglo XIX, una inmigración masiva de trabajadores procedentes de Italia, España, Alemania, etc. constituía la fuerza de trabajo necesaria para la industria que estaba empezando a florecer, cambiado significativamente la composición del proletariado en aquel país. A partir de 1905 comenzaron a reunirse las minorías revolucionarias, compuestas principalmente por inmigrantes. La represión policial expulsó a los inmigrantes activos. (Ver nuestro artículo en Revista Internacional n° 151, "1914-23: 10 años que sacudieron el mundo. Los ecos de la Revolución Rusa de 1917 en América Latina: Brasil 1917-19, https://es.internationalism.org/revista-internacional/201305/3729/los-ec... [138])
[19] Op. cit p. 204
[20] La UGT en España se constituye en 1888, teniendo, como en Argentina, una cercanía con el Partido Socialista (PSOE). Ambas centrales sindicales tienen un origen similar y el mismo nombre, pero a pesar de las coincidencias no encontramos entre ellas una relación política u orgánica.
[21] Citado por Abad de Santillán.
[22] Juan Bialet Massé. Informe sobre el estado de las clases obreras argentinas, volumen I, ubicado en www.trabajo.gba.gov.ar/informacion/./Volumen1%20Bialet%20Mass [139]é.pdf
[23] Abad de Santillán, op. cit.
[24] Citado por S. Marotta en El movimiento sindical argentino. Argentina, 1960, p. 194.
[25] Cano Ruiz. ¿Qué es el anarquismo? Editorial Nuevo tiempo. México, 1985, p. 272.
[26] Para ampliar argumentos, recomendamos leer: “Terror, terrorismo y violencia de clase [140]”, en Revista Internacional, nº 14, 1978.
[27] Abad de Santillán, “Breviario de la contrarreacción”, en La Protesta 110, 1924.
Enlaces
[1] https://es.internationalism.org/files/es/158damen-bordiga-esp.pdf
[2] https://fr.internationalism.org/icconline/201401/8873/apres-seconde-guerre-mondiale-debats-maniere-dont-ouvriers-exerceront-pouvoir
[3] https://es.internationalism.org/revista-internacional/201111/3261/decadencia-del-capitalismo-xi-el-boom-de-la-posguerra-no-cambio-el
[4] https://www.marxists.org/espanol/pannekoek/1940s/consejosobreros/index.htm
[5] https://www.leftcom.org/en/adverts/2011-11-01/the-platform-of-the-committee-of-intesa-of-1925-is-now-available-once-again
[6] https://www.leftcom.org/en/articles/2011-01-21/amadeo-bordiga-beyond-the-myth-and-the-rhetoric-0
[7] https://fr.internationalism.org/node/1935
[8] https://fr.internationalism.org/node/1440
[9] https://fr.internationalism.org/node/2594
[10] https://es.internationalism.org/revista-internacional/200612/1138/iv-los-anos-30-el-debate-sobre-el-periodo-de-transicion-1
[11] https://fr.internationalism.org/rint11/periode_de_transition.htm
[12] https://fr.internationalism.org/rinte47/polem.htm
[13] https://symptomaticcommentary.wordpress.com/2014/08/19/the-brain-of-society-notes-on-bordiga-organic-centralism-and-the-limitations-of-the-party-form/
[14] https://www.quinterna.org/lingue/francais/historique_fr/consid%C3%A9ration.htm
[15] https://fr.internationalism.org/rinte70/communisme.htm
[16] https://es.internationalism.org/series/365
[17] https://es.internationalism.org/revista-internacional/199507/1824/xi-el-marx-de-la-madurez-comunismo-del-pasado-comunismo-del-futuro
[18] https://libcom.org/article/bordigism
[19] https://es.internationalism.org/revista-internacional/199301/3151/iv-el-comunismo-es-el-verdadero-comienzo
[20] https://fr.internationalism.org/node/6967
[21] https://fr.internationalism.org/node/5473
[22] https://es.internationalism.org/revista-internacional/201305/3733/el-comunismo-primitivo-y-el-papel-de-la-mujer-en-la-emergencia-de-#_ftn1
[23] https://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/manuscritos/man3.htm#3-2
[24] https://es.internationalism.org]
[25] https://www.sinistra.net/lib/bas/progra/vako/vakoabefui.html
[26] https://www.marxists.org/francais/bordiga/works/1956/08/bordiga_19560824.htm
[27] https://fr.internationalism.org/node/2639
[28] https://fr.internationalism.org/rinte14/pci.htm
[29] https://www.sinistra.net/lib/upt/elproc/moqa/moqaajobis.html
[30] https://es.internationalism.org/revista-internacional/200712/2126/revista-internacional-n-33-segundo-trimestre-1983
[31] https://es.internationalism.org/tag/21/364/el-comunismo-no-es-un-bello-ideal-sino-que-esta-al-orden-del-dia-de-la-historia
[32] https://es.internationalism.org/tag/corrientes-politicas-y-referencias/bordiguismo
[33] https://es.internationalism.org/tag/3/42/comunismo
[34] https://es.internationalism.org/files/es/la_eleccion_de_trump_y_el_derrumbe_del_orden_mundial_capitalista.pdf
[35] https://es.internationalism.org/tag/geografia/estados-unidos
[36] https://es.internationalism.org/tag/6/702/trump
[37] https://es.internationalism.org/tag/3/45/descomposicion
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[39] https://es.internationalism.org/node/add/book?parent=5754#_ftn1
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[69] https://www.lutte-ouvriere.org/clt/documents-archives-cercle-leon-trotsky-article-afrique-du-sud-de-l-apartheid-au-9666.html
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[75] https://es.internationalism.org/node/add/book?parent=5754#_ftnref15
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[81] https://es.internationalism.org/tag/geografia/sudafrica
[82] https://es.internationalism.org/tag/21/487/contribucion-a-la-historia-del-movimiento-obrero-en-africa
[83] https://es.internationalism.org/tag/2/29/la-lucha-del-proletariado
[84] https://es.internationalism.org/files/es/159_resolucion_situacion_internacional.pdf
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