En 1867, en el prefacio de la primera edición de su famosa obra, El Capital, Carlos Marx observaba que las condiciones económicas de Inglaterra, primer país industrializado, eran un modelo para el desarrollo del capitalismo en los demás países. Fue así Gran Bretaña el “país referencia” de las relaciones de producción capitalistas. A partir de entonces, el sistema capitalista ascendente iba a dominar el mundo. Cien años más tarde, en 1967, la situación en Gran Bretaña volvía a ser simbólicamente significativa y profética con la devaluación de la libra esterlina: esta vez, lo que simbolizaba era el declive del mundo capitalista y su creciente quiebra. Los acontecimientos del verano de 2005 en Londres han mostrado una vez más que Gran Bretaña ha vuelto a ser una especie de jalón indicador para el capitalismo mundial. El verano londinense ha sido precursor en dos planos: el de las tensiones imperialistas, o sea el conflicto mortífero entre los Estados nacionales en el ruedo mundial y el de la lucha de clases internacional, o sea el conflicto entre las dos clases principales de la sociedad: la burguesía y el proletariado.
Los atentados terroristas del 7 de julio en Londres fueron reivindicados por Al Qaeda, como represalias contra la participación de tropas británicas en la ocupación de Irak. Ese martes por la mañana, las explosiones ocurrieron en una hora punta de los transportes públicos, recordando brutalmente a la clase obrera que es ella la que paga por el capitalismo, no solo por el trabajo de forzado y la pobreza que éste le impone, sino también con su sangre. Las 4 bombas del metro londinense y la del autobús mataron en medio del espanto a 52 ([1]) obreros, jóvenes en su mayoría, dejando además lisiados y traumatizados a cientos. Y los atentados han tenido un impacto mucho mayor. Su siniestro mensaje para millones de obreros es que desde ahora se pregunten, al ir o al volver del trabajo, si su próximo trayecto o el de sus allegados no será el último. En palabras es difícil expresar mayor compasión que la expresada por el gobierno de Tony Blair, o el alcalde de Londres, Ken Livingstone (representante del ala izquierda del Partido laborista), la prensa o la patronal. Sin embargo, tras las consignas de “no cederemos a los terroristas” y “Londres se mantiene unida”, la burguesía hacía saber que las actividades debían seguir como si no hubiera pasado nada. Los obreros debían correr el riesgo de nuevas explosiones en la red de transportes si querían seguir “disfrutando de su tradicional modo de vida”.
Esos atentados han sido el ataque más mortífero contra civiles en Londres desde la Segunda Guerra mundial. La comparación con la carnicería imperialista de 1939-45 se justifica plenamente. Los atentados de Londres, después de los del 11 septiembre en Nueva York y los de marzo de 2004 en Madrid, muestran que el imperialismo “vuelve a casa”, a las principales metrópolis del mundo.
Tampoco hubo que esperar 60 años para que volvieran a Londres ataques militares contra sus habitantes. La ciudad fue también el blanco de las bombas de los “Provisionals” del IRA (Ejército republicano irlandés) ([2]) durante casi dos décadas desde 1972. La población ya pudo probar lo que es el terror imperialista. Pero las atrocidades del 7 de julio de 2005 no son únicamente una repetición de esas experiencias; son una amenaza creciente, representativa de la fase actual, mucho más mortífera, de la guerra imperialista.
Naturalmente, los atentados terroristas del IRA fueron un anticipación de la barbarie de los ataques de Al Qaeda. Más en general, aquellos ataques eran ya la expresión de la tendencia a que el terrorismo contra la población civil fuera cada vez más un método predilecto de la guerra imperialista en la segunda mitad del siglo xx.
Sin embargo, durante la mayor parte del período durante el que se produjeron los atentados del IRA el mundo estaba dividido en dos bloques imperialistas bajo control de Estados Unidos y de la URSS. Esos bloques regulaban más o menos los conflictos imperialistas secundarios, aislados entre Estados en su propio campo, como el de Gran Bretaña en Irlanda en el bloque de Estados Unidos, país que no podía tolerar ni permitir que tal conflicto cobrase una amplitud que pudiera debilitar el frente militar principal contra la URSS y sus satélites. De hecho, la amplitud de las campañas del IRA para desalojar a Gran Bretaña de Irlanda del Norte dependía, y sigue dependiendo todavía en gran parte, del total de la ayuda financiera de Estados Unidos al IRA. Los ataques terroristas del IRA en Londres eran algo relativamente excepcional, en aquel entonces, en las metrópolis de los países avanzados. Los escenarios principales de la guerra imperialista en donde se enfrentaban los bloques por naciones interpuestas, estaban, efectivamente, en la periferia del sistema: Vietnam, Afganistán, Oriente Medio. Aunque entre las víctimas del IRA hubo civiles indefensos, los objetivos de sus bombas (fuera de Irlanda del Norte) correspondían, en general, a una lógica imperialista más clásica. Eran áreas militares como Chelsea Barracks en 1981, o Hyde Park en 1982 ([3]) las escogidas, o, también, símbolos del poder económico como Bishopsgate en la City de Londres ([4]), o Canary Wharf en 1996 ([5]). En cambio, los atentados de Al Qaeda contra unos transportes públicos abarrotados, son síntoma de una situación imperialista más peligrosa y más típica de las nuevas tendencias internacionales resultantes de una situación en la que ya no hay bloques imperialistas que impongan una especie de pretendido orden al militarismo capitalista. “Cada cual para sí” es ahora el lema principal del imperialismo, afirmada, para empezar, de la manera más violenta y cruel por parte de Estados Unidos en su afán de mantener su hegemonía en el mundo. La estrategia unilateral de Washington, llevada a cabo en diferentes ocasiones, especialmente con la invasión y la ocupación de Irak, no hace más que exacerbar el caos. El incremento de la influencia global de Al Qaeda y demás señores imperialistas de la guerra en Oriente Medio es el producto de esta refriega imperialista general que las principales potencias imperialistas, cada una contra las demás, son incapaces de impedir.
Las grandes potencias, incluida Gran Bretaña, han contribuido activamente en la propagación de la amenaza terrorista, la han utilizado y han intentado utilizarla en provecho propio.
El imperialismo británico estaba decidido a que no se le dejara al margen de la invasión estadounidense de Irak. Estaba así dispuesto a proteger sus propios intereses en la región y conservar su grado de potencia militar de cierto prestigio. Al construir pieza a pieza un pretexto para unirse a la “coalición” estadounidense gracias al famoso dossier sobre unas imaginarias armas de destrucción masiva, el imperialismo británico ha desempeñado plenamente su papel en el naufragio de Irak en un océano caótico de sangre. El Estado británico ha contribuido en fomentar la campaña terrorista de Al Qaeda contra el imperialismo occidental. Verdad es que esta campaña terrorista empezó antes de la invasión de Irak, pero fueron las grandes potencias las que, por así decirlo, participaron en su procreación. En efecto, Gran Bretaña, al igual que Estados Unidos, participó, durante los años 1980, en el entrenamiento y armamento de la guerrilla de Bin Laden en su combate contra la ocupación de Afganistán por la URSS.
Tras el 7 de julio, los principales “aliados” de Gran Bretaña (sus rivales, en realidad) no han perdido la ocasión de hacer notar que a la capital británica se la tildaba de “Londonistán” –o sea, refugio de toda clase de grupos islamistas radicales vinculados a organizaciones terroristas de Oriente Medio. El Estado británico ha permitido la presencia en su suelo de una serie de individuos a los que incluso protegió, con la esperanza de que le sirvieran para sus propios intereses en Oriente Medio, en detrimento de las demás grandes potencias “aliadas”. Por ejemplo, Gran Bretaña se ha negado durante diez años a ceder a las demandas del Estado francés de extradición de Rachid Ramda, acusado de implicación en los atentados del metro parisino. Devolviéndole la pelota, la dirección central de los servicios secretos franceses (según el International Herald Tribune, 09/08/05) nunca comunicó a sus colegas británicos el informe de sus servicios, escrito en junio, en el que se preveía que unos simpatizantes paquistaníes de Al Qaeda estaban preparando un atentado con bombas en Gran Bretaña.
La política imperialista de Gran Bretaña –que observa los mismos “principios” que sus rivales: “hacedlo a los demás antes de que ellos os lo hagan”– ha dado su contribución para que ocurran ataques terroristas en su propio suelo.
En el período actual, el terrorismo ya no es la excepción en la guerra entre Estados o protoEstados, sino que se ha vuelto el método privilegiado. El desarrollo del terrorismo corresponde en parte a la ausencia de alianzas estables entre potencias imperialistas y es típico de un período en el que cada potencia procura socavar y sabotear el poder de sus rivales.
En ese contexto, no debemos subestimar el papel creciente de las operaciones secretas y de guerra psicológica llevadas a cabo por las principales potencias imperialistas sobre su propia población para así desprestigiar a sus rivales y encontrar un pretexto a sus iniciativas bélicas. Salvo imprevistos nunca habrá confirmación oficial, claro está, pero hay fuertes sospechas de que el atentado de las Torres Gemelas, o el del edificio de pisos de Moscú, que abrieron el camino a aventuras bélicas fundamentales a Estados Unidos y a Rusia respectivamente, hayan sido obra de los servicios secretos de esos Estados. En ese aspecto, tampoco es inocente el imperialismo británico ni mucho menos. Su incorporación abierta o camuflada en ambos bandos del conflicto terrorista en Irlanda del Norte es bien conocida, de igual modo que la presencia de varios de sus agentes en las filas del “Real IRA”, la organización terrorista responsable del atentado de Omagh ([6]). Más recientemente, en septiembre de 2005, dos miembros de SAS (Fuerzas especiales británicas) eran detenidos en Basora por la policía iraquí cuando, según algunos periodistas, estaban de misión para realizar un atentado terrorista ([7]). Esos ejecutantes subterráneos fueron después liberados mediante un asalto del ejército británico contra la cárcel en que estaban detenidos. En base a acontecimientos así, es legítimo pensar que el imperialismo británico está también él implicado en la carnicería terrorista cotidiana en Irak: probablemente para permitirle justificar su presencia “estabilizadora” como fuerza de ocupación. Fue el propio imperialismo británico, antigua potencia colonial, el primero que puso a punto el principio subyacente de “divide y reinarás” que hoy, en Irak, está detrás de las tácticas de terror.
La tendencia creciente a usar el terrorismo en los conflictos imperialistas lleva la marca del período final del declive del capitalismo, el período de descomposición social en el que la ausencia de perspectivas a largo plazo domina la sociedad en todos los planos.
Significativo de esa situación es que los atentados del 7 de julio hayan sido obra de unos kamikazes nacidos y educados Gran Bretaña. Así, los países del corazón del capitalismo son tan capaces como los de la periferia del sistema de engendrar entre los jóvenes esta especie de irracionalismo que lleva a la autodestrucción más violenta y más infame. Es demasiado pronto para saber si el Estado británico está, él también, implicado en los atentados.
El horror de la sinrazón de la guerra imperialista ha vuelto pues al corazón del capitalismo donde viven los sectores más concentrados de la clase obrera. Ya no está reservado a los países del Tercer Mundo, sino que golpea cada vez más frecuentemente las metrópolis industriales: Nueva York, Washington, Madrid, Londres. Los blancos ya no son expresamente económicos o militares: son escogidos para matar a la mayor cantidad de civiles.
La antigua Yugoslavia ya fue, en los años 90, una expresión de esa tendencia al retorno de la guerra imperialista a los países centrales del capitalismo. Hoy, después de España, le ha tocado a Gran Bretaña.
Sin embargo, los londinenses no sólo tuvieron que enfrentarse a la amenaza mortal de los atentados terroristas en julio de 2005. El 22 de julio, un joven electricista brasileño, Jean Charles de Menezes, fue ejecutado cuando acudía a su trabajo de 8 balazos disparados por la policía en la estación del metro Stockwell. La policía pretende que lo había tomado por un kamikaze. Gran Bretaña, conocida por la imagen de integridad de Scotland Yard y de su simpático “bobby” local que ayuda a las ancianitas a cruzar la calle, siempre ha querido hacer creer que su policía está al servicio de la comunidad democrática, que sus policías son los protectores de los derechos de los ciudadanos y los garantizadores de la paz. Lo que ha aparecido claramente en esta ocasión, es que la policía británica no es fundamentalmente diferente de la de cualquier dictadura tercermundista que utiliza sin tapujos sus “escuadrones de la muerte” para las necesidades del Estado. Según el discurso oficial de la policía británica, la ejecución de Jean Charles fue un trágico error. Sin embargo, a partir del 7 de julio, los destacamentos armados de la policía metropolitana recibieron la orden de “tirar a matar” a cualquier persona sospechosa de ser un kamikaze. Incluso después del asesinato de Jean Charles, se ha defendido y mantenido esa política con energía. Habida cuenta de que es casi imposible identificar o arrestar a un kamikaze antes de que dispare el detonador, esa orden daba efectivamente a la policía toda latitud para disparar contra cualquiera, sin prácticamente previo aviso. Como mínimo, la política instaurada al más alto grado, permitía semejantes “errores trágicos”, considerados inevitables efectos secundarios del reforzamiento del Estado.
Se puede suponer, pues, que ese asesinato no tiene nada de accidental, sobre todo si se considera que la función del Estado y de sus órganos de represión no es la que ellos pretenden, o sea, la de protectores al servicio de la población que a veces están obligados a escoger ante difíciles alternativas entre la defensa del ciudadano y la protección de sus derechos. En realidad, la tarea fundamental del Estado es otra: defender el orden existente en interés de la clase dominante. Eso quiere decir, ante todo, que el Estado debe preservar y hacer alarde de su monopolio de la fuerza armada. Eso es especialmente cierto en tiempos de guerra, cuando le es necesario y vital mostrar su fuerza y ejercer represalias. En respuesta a ataques terroristas como los del 7 de julio, la primera prioridad del Estado no es proteger a la población –tarea que, de todas maneras, no puede ser realizada si no es en favor de un puñado de altos funcionarios– sino hacer alarde de su poder. Reafirmar la superioridad de la fuerza del Estado es, pues, una necesidad para mantener la sumisión de su propia población e inspirar el respeto de las potencias extranjeras. En esas condiciones, la detención de los verdaderos criminales es algo secundario o no tiene nada que ver con el objetivo principal.
Es útil, aquí, otra comparación con la campaña de atentados del IRA. En reacción a los atentados contra los pubs de Birmingham y Guildford ([8]), la policía británica detuvo a 10 irlandeses sospechosos, les arrancó falsas confesiones, amañó testimonios contra ellos, condenándolos la justicia a largas penas de cárcel. Sólo sería 15 años más tarde cuando el gobierno reconoció que había habido un “trágico error judicial”. ¿No se trataba, en realidad, de represalias contra una población “extranjera” y “enemiga”?
El 22 de julio de 2005 reveló la realidad de lo que se oculta detrás de la fachada democrática y humanitaria del Estado, tan sofisticadamente construida en Gran Bretaña. El papel esencial del Estado, como aparato de coerción que es, no es el de actuar para o por la mayoría de la población, sino contra ella.
Eso se ha confirmado con toda una serie de medidas “antiterroristas” propuestas tras los atentados por el gobierno de Blair para reforzar el control del Estado sobre la población en general, medidas que no podrán, en ningún caso, hacer cesar el terrorismo islamista. Medidas como la introducción del documento de identidad, la instauración, por un tiempo indeterminado, de la política de “tirar a matar”, las órdenes de control de los desplazamientos de los ciudadanos, la política de escuchas telefónicas y de vigilancia de Internet que va ser oficialmente reconocida, la detención de sospechosos sin acusación durante tres meses, la instauración de tribunales especiales con testigos y declaraciones a puerta cerrada y sin jurado.
Y es así como, durante el verano, el Estado, como ya lo hizo en otras ocasiones, utiliza el pretexto de los ataques terroristas para reforzar su aparato represivo y prepararse así a usarlo contra un enemigo mucho más peligroso: el proletariado que está resurgiendo.
El 21 de julio, tras los atentados fallidos de Londres que marcaron esa jornada, solo las líneas “Victoria” y “Metropolitan” del metro fueron cerradas oficialmente (el 7 de julio, se había cerrado toda la red). Pero también se cerraron ese día las líneas “Bakerloo” y “Northern” a causa de unas acciones obreras. Los maquinistas del metro se negaron a conducir los trenes por falta de garantías de seguridad. Lo que expresa esta acción, incluso puntualmente, es la perspectiva de solución a largo plazo de una situación intolerable, o sea, que los obreros se ocupen ellos mismos de su propia situación. Los sindicatos reaccionaron ante esa chispa de independencia de clase con tanta rapidez como los servicios de urgencia ante los atentados. Bajo su dirección, los conductores tuvieron que volver al trabajo esperando a que concluyeran las negociaciones entre sindicatos y dirección. Los sindicatos aseguraron que apoyarían a todo conductor que se negara a conducir, lo cual significa, en su lenguaje, que lo dejarían abandonado a su suerte.
Durante las primeras semanas de agosto, la resistencia de la clase obrera iba a tener un impacto mucho mayor con la huelga salvaje ocurrida en el aeropuerto de Londres Heathrow. Esta huelga fue iniciada por los empleados de la compañía Gate Gourmet que abastece en comidas los vuelos de la British Airways. Y suscitó la inmediata solidaridad de los mozos de equipaje de British Airways, unos 1000 trabajadores en total. Los vuelos de British Airways se quedaron en tierra durante varios días y las imágenes de pasajeros dejados a su suerte y de los piquetes masivos de huelga se difundieron por el mundo.
Los medios de comunicación británicos, furibundos, denunciaron la insolencia de unos obreros que habían tenido la osadía de reanudar con la táctica “anacrónica” de las huelgas de solidaridad. Se ve que los obreros todavía no se han enterado de que hubo expertos, juristas y demás especialistas en relaciones industriales al servicio del poder que decidieron que las acciones de solidaridad pertenecían a la prehistoria y, por si no había quedado claro, las habían declarado ilegales ([9]). La prensa intentó denigrar el valor ejemplar de los obreros, hablando hasta la saciedad de las consecuencias nefastas para los pasajeros de su acción.
La prensa adoptó después un tono más conciliador, pero sin dejar de ser hostil a la causa obrera. Declararon que la huelga se debía a la táctica brutal de los propietarios norteamericanos de Gate Gourmet que habían anunciado a los obreros, por megafonía, los despidos masivos. La huelga sería pues “un error”, una consecuencia inútil de una gestión empresarial incompetente, una excepción en el manejo normal y civilizado de las relaciones industriales, entre sindicatos y dirección, método que hace inútiles las acciones de solidaridad. En realidad, la causa primera de la huelga no es la arrogancia de un pequeño patrón. La táctica brutal de Gate Gourmet no es nada excepcional. Tesco, por ejemplo, la cadena de supermercados mayor y más rentable de Gran Bretaña, anunció recientemente, sin más, que entraba en vigor la supresión del pago de los días de baja por enfermedad de sus empleados. Los despidos masivos no son tampoco el resultado de la falta de implicación de los sindicatos. Al contrario, según el International Herald Tribune (19/08/2005), la portavoz de British Airways, Sophie Greenyer, “ha dicho que la compañía logró en el pasado reducir empleos y costes gracias a la cooperación de los sindicatos. BA ha suprimido 13 000 empleos en los últimos tres años y reducido sus costes en 850 millones de libras esterlinas. “Hemos sido capaces de trabajar de manera razonable con los sindicatos “y lograr así hacer esos ahorros”, como ha dicho ella.”
Es la determinación de BA en reducir constantemente los costes operacionales lo que lleva a la empresa a reducir cada día más los salarios y empeorar las condiciones de vida de los obreros de Gate Gourmet. A su vez, Gate Gourmet se ha dedicado a lanzar provocaciones para poder sustituir la mano de obra actual por empleados de Europa del Este, en unas condiciones y con unos salarios peores todavía.
La reducción de costes que realiza BA sin cesar es de lo más corriente en los transportes aéreos y en muchos otros sectores. Muy al contrario, la intensificación de la competencia en unos mercados cada vez más saturados es la respuesta normal del capitalismo ante la agravación de la crisis económica.
La huelga de Heathrow no ha sido algo efímero, sino un ejemplo de lucha obrera, de unos trabajadores obligados a defenderse contra unos ataques feroces e incesantes de la burguesía como un todo. La voluntad de lucha de los obreros no ha sido el único aspecto significativo de la huelga. Las acciones ilegales de solidaridad de los demás trabajadores del aeropuerto son de una importancia mayor todavía. En efecto, esos empleados corrían el riesgo de perder sus propios medios de vida al ampliar así la lucha. Esa expresión de solidaridad de clase –por breve y embrionaria que haya sido– ha sido aire fresco en la atmósfera sofocante de sumisión nacional que la burguesía ha creado tras los ataques terroristas. Recuerda que lo que predomina hoy en la población londinense no es el “espíritu del Blitz” de 1940, cuando soportaba pasivamente los bombardeos nocturnos de la Luftwaffe en interés del esfuerzo de guerra imperialista.
Al contrario, la huelga de Heathrow ha sido la continuidad de toda una serie de luchas por el mundo entero desde 2003, como lo han sido también la acción de los trabajadores de Opel en Alemania y la acción solidaria de los obreros de Honda en India ([10]).
La clase obrera internacional está volviendo a surgir, lentamente, casi imperceptiblemente a veces, después de un largo período de desorientación tras el derrumbamiento del bloque del Este en 1989. Está ahora avanzando con dificultades hacia una perspectiva de clase cada vez más evidente.
Las dificultades para desarrollar esa perspectiva pudieron comprobarse con el rápido sabotaje realizado por los sindicatos contra la acción de solidaridad en Heathrow. El Transport and General Workers Union acabó rápidamente con la huelga de los mozos de equipaje; los obreros despedidos de Gate Gourmet se quedaron entonces esperando el destino que les reservaban las negociaciones prolongadas entre sindicatos y patronal.
Sin embargo, la manifestación en Gran Bretaña de ese resurgir difícil de la lucha de clases es muy significativa. La clase obrera británica, después de haber alcanzado altas cotas en sus luchas con la huelga masiva del sector público en 1979 y la huelga de la minería de 1984/85, sufrió enormemente de la derrota de esta última, derrota el gobierno de Thatcher explotó al máximo, ilegalizando, en particular, las huelgas de solidaridad. Por eso, la reaparición de esas huelgas en Gran Bretaña es del mejor augurio.
Gran Bretaña no solo fue el primer país capitalista; también el testigo del nacimiento de las primeras expresiones de la clase obrera mundial y de sus primera organizaciones políticas, los Chartistas; allí tuvo su sede el Consejo general de la Asociación internacional de trabajadores (AIT). Gran Bretaña ya no es el eje de la economía mundial, pero sigue desempeñando un papel clave en el mundo industrializado. El aeropuerto de Heathrow es el mayor del mundo. La clase obrera británica sigue teniendo un peso significativo en la lucha de la clase mundial.
Durante este último verano, fue en Gran Bretaña donde lo que está en juego en la situación mundial apareció a las claras: por un lado, la tendencia del capitalismo a hundirse en la barbarie y el caos, en un desconcierto general en el que se van destruyendo todos los valores sociales; por otro lado, la huelga del aeropuerto de Londres ha vuelto a poner a las claras, durante un breve momento, que existen principios sociales totalmente diferentes basados en la solidaridad ilimitada de los productores, los principios del comunismo.
Como
[1]) No están incluidos los 4 kamikazes que se hicieron reventar.
[2]) Los “Provisionals” del IRA se llamaban así para distinguirse de la llamada “Official IRA” de tintes “socializantes”, de la que fueron una escisión; el “Official IRA” no desempeñó un papel significativo en la guerra civil que convulsionó Irlanda del Norte a partir de los años 1970.
[3]) Chelsea Barracks es un cuartel en pleno centro de Londres, donde se alojaba entonces el regimiento de los Irish Guards. El atentado de Hyde Park iba dirigido contra una exhibición de la guardia real.
[4]) La City de Londres es, en realidad, el distrito financiero, un área de un km2 en pleno Central London, el cual es a su vez una zona del Gran Londres. Canary Wharf es un rascacielos emblemático del nuevo barrio de negocios construido en el área de los antiguos muelles (docks) londinenses.
[5]) Cabe señalar que uno de los atentados más asesinos del IRA (el del centro comercial de Arndale, en pleno centro de Manchester, en 1996) correspondía más bien a una época en la que el IRA servía de instrumento a la burguesía estadounidense en su campaña de intimidación contra las veleidades británicas de acción imperialista independiente, y forma más bien parte de la nueva época de caos que hizo surgir Al Qaeda.
[6]) El “Real IRA” era una escisión del IRA que reivindicaba la prosecución del combate contra los británicos. Fue el responsable del atentado en la ciudad de Omagh (Irlanda del Norte) que mató a 29 civiles el 15 de agosto de1998.
[7]) Ver la página web prisonplanet.com: www.prisonplanet.com/articles/september2005/270905plantingbombs.htm [1].
[8]) El IRA justificó esos atentados, en 1974, porque esos pubs estaban sobre todo frecuentados por militares.
[9]) Las huelgas de solidaridad son efectivamente ilegales en Gran Bretaña tras una ley adoptada por el gobierno de Thatcher en los años 1980 que el gobierno laborista de Blair ha mantenido.
[10]) Leer al respecto, en nuestra página web, el artículo publicado por la sección de la CCI en India: "India - World's largest democracy Shows its ugly face [2]".
La catástrofe que ha golpeado el sur de Estados Unidos y sobre todo la ciudad de Nueva Orleáns no ha sido, contrariamente a lo machacan los medios de la burguesía, consecuencia de la irresponsabilidad del presidente Bush y de su administración. Esta propaganda antiamericana, tan difundida en esta ocasión por los medios europeos para desprestigiar la potencia estadounidense oculta, en realidad, a la vista de los proletarios, al verdadero responsable de las consecuencias dramáticas del huracán Katrina a su paso por esa región del mundo. Los trastornos climáticos, provocados en parte por el efecto invernadero, son la consecuencia de una economía capitalista cuya única razón de ser es la ganancia. Esos desajustes hacen que las “catástrofes naturales” sean más numerosas y mucho más devastadoras que en el pasado. Y además, la ausencia de auxilios, de equipos especiales y médicos, son también la expresión inmediata de la quiebra del capitalismo.
Un revelador de la quiebra del capitalismo
Todo el mundo ha visto las imágenes de la catástrofe. Cuerpos hinchados flotando en las fétidas aguas de la inundación en Nueva Orleáns. Un anciano sentado en una silla de camping, acurrucado, sufriendo sed, calor, hambre, mientras otros supervivientes languidecían a su alrededor. Madres atrapadas con sus hijos pequeños sin nada que comer o beber durante tres días. Caos en los propios centros de refugiados adonde las autoridades habían dicho a las víctimas que fueran para ponerse a salvo. Esta tragedia de la que a duras penas se encuentran precedentes, no se ha producido en ningún rincón del tercer mundo azotado por la miseria, sino en el corazón de la primera potencia capitalista e imperialista mundial.
Cuando el tsunami afectó al continente asiático en diciembre, la burguesía de los países desarrollados echó la culpa de la catástrofe a la incompetencia política de los países pobres por negarse a tomar en cuenta las señales de alarma. Esta vez no sirve la misma excusa.
Hoy el contraste no es entre países ricos y pobres, sino entre gente rica y pobre. Cuando se ordenó evacuar Nueva Orleáns y el resto de la costa del Golfo, imperó el sálvese quien pueda para cada cual o cada familia. Quienes tenían coche y pudieron conseguir gasolina (su precio se elevó siguiendo también la norma moral capitalista de aprovechar las oportunidades de “negocio”), se dirigieron al norte y al oeste para resguardarse, buscando refugio en hoteles, moteles y en casa de familiares y amigos. Pero la mayoría de los pobres, los ancianos, los enfermos, quedaron a merced del huracán, incapaces de escapar. En Nueva Orleáns, las autoridades locales abrieron el Superdome y el Centro de convenciones como refugios frente a la tormenta, pero no suministraron ningún tipo de servicio, ni agua, ni alimentos, ni asistencia. Cuando miles de personas, la mayoría de raza negra, ocuparon estas instalaciones, fueron abandonados a su suerte. Para los ricos que se quedaron en Nueva Orleáns, la situación fue totalmente distinta. Los turistas y los VIP’s que se alojaban en hoteles de cinco estrellas adyacentes al Superdome, nadaban en la abundancia y estaban protegidos por agentes de policía armados, que mantenían a la “chusma” del Superdome a raya. En vez de organizar la distribución de agua y alimentos guardados en los depósitos y almacenes de la ciudad, la policía se cruzó de brazos y la gente empezó a asaltarlos para distribuir productos de primera necesidad.
Indudablemente que elementos lumpen se aprovecharon de la situación y comenzaron a robar aparatos electrónicos, dinero y armas, pero los “saqueos”, desde luego, empezaron como tentativa de sobrevivir a unas condiciones más que inhumanas. Mientras tanto, en cambio, agentes de policía con armas de fuego protegían a los empleados enviados por un hotel de lujo a una farmacia de la vecindad a buscar agua, medicamentos y alimentos para el confort de sus distinguidos huéspedes. Un oficial de policía explicaba que esto no eran saqueos, sino “incautación” de mercancías por la policía, que está autorizada para eso en caso de emergencia. La diferencia entre “saqueos” e “incautaciones” es la diferencia entre ser pobre o rico.
La culpa es del sistema. La incapacidad del capitalismo para responder a esta crisis siquiera con una mínima apariencia de solidaridad humana, demuestra que la clase capitalista no merece seguir gobernando, que su modo de producción se hunde en un proceso de descomposición social, de pudrimiento de raíz, que sólo ofrece a la humanidad un futuro de muerte y destrucción.
El caos que ha consumido países enteros uno tras otro en África y en Asia estos años atrás es una muestra del futuro que el capitalismo reserva incluso a los países industrializados, y hoy Nueva Orleáns proporciona un fugaz anticipo de ese futuro desolador. Como siempre, la burguesía se ha dado prisa en plantear todo tipo de coartadas para excusar sus crímenes y sus fracasos.
En su última serie de excusas, hemos soportado un coro de lloriqueos diciendo que han hecho todo lo que han podido; que estamos ante un desastre natural, y no provocado por el hombre, que nadie podía haberse esperado el peor desastre natural de la historia de la nación, que nadie podía prever que los diques fueran a romperse. Las críticas a la administración, tanto en EEUU como en el extranjero, culpan a la incompetencia del régimen de Bush de haber convertido un desastre natural en una calamidad social.
Ninguna de esas cacatúas burguesas da en el clavo. Lo que buscan es desviar la atención de la realidad de que el responsable es el sistema capitalista. «Hacemos todo lo que podemos» se está convirtiendo en el latiguillo más repetido de la propaganda burguesa. Hacen «todo lo que pueden» para terminar la guerra de Irak, para mejorar la economía, para mejorar la educación, para acabar con la criminalidad, para mejorar la seguridad de la lanzadera espacial, para terminar con las drogas, etc., «No se puede hacer más»; tendríamos que tener claro que el gobierno nunca puede tomar decisiones políticas, nunca tiene la posibilidad de intentar otras medidas alternativas ¡Pamplinas! En realidad siguen la política que han decidido conscientemente y que claramente tiene consecuencias desastrosas para la sociedad. Respecto a si se trata de una catástrofe natural, o producto de la intervención humana, está claro que el huracán Katrina ha sido producto de la naturaleza, pero la escala alcanzada por el desastre natural y social podía haberse evitado. Se mire como se mire, ha sido el capitalismo, y el Estado que lo representa, quien ha permitido la catástrofe.
La nocividad creciente de los desastres naturales que hoy vivimos en todo el mundo es consecuencia de políticas económicas y ambientales temerarias del capitalismo en busca de incesantes beneficios, ya sea por “ahorrarse” la tecnología disponible para alertar de la posibilidad de tsunamis y poder avisar a tiempo a la población amenazada, o por arrasar los bosques en los países del tercer mundo, lo que exacerba el potencial devastador de las inundaciones provocadas por las mareas, o por la polución irresponsable de la atmósfera, con la emisión de gases que provocan el efecto invernadero y empeoran el calentamiento global, contribuyendo al cambio climático.
En ese sentido hay probadas evidencias de que el calentamiento global produce incrementos en la temperatura de los océanos y con ello al desarrollo de depresiones tropicales, tormentas y huracanes que hemos visto los últimos años. Cuando Katrina llegó a Florida, era solo un huracán de fuerza 1, pero planeó una semana sobre las aguas del golfo de México, a casi 32 ºC y se elevó a la categoría de fuerza 5, con vientos de 280 Km/hora antes de alcanzar la costa del Golfo. Los izquierdistas ya han empezado a citar los vínculos de Bush y a la industria energética y su oposición al protocolo de Kyoto, como responsables del desastre del Katrina, pero esta crítica acepta las premisas del debate de la clase capitalista, como si llevar a la práctica los acuerdos de Kyoto pudiera realmente invertir los efectos del calentamiento global, o como si la burguesía de los países que están a favor de dichos protocolos estuviera de verdad interesadas en someter la producción capitalista a la preservación de la ecología. Peor aún, olvida que fue la administración Clinton la primera que, llenándose eso sí la boca de declaraciones en defensa del medio ambiente, rechazó los acuerdos de Kyoto. Rechazar el problema del calentamiento global es la posición de la burguesía norteamericana y no solo de la administración Bush.
Además Nueva Orleáns, que tiene casi 600 000 habitantes (muchos más contando los suburbios), es una ciudad cuya mayor parte está construida bajo el nivel del mar, lo que la hace vulnerable a las inundaciones cuando se desborda el río Mississipi, o el lago Pontchartrain, o sube la marea del golfo de México. Desde 1927, el cuerpo de ingenieros del ejército USA desarrolló y puso a punto un sistema de diques para prevenir las inundaciones anuales del río Mississipi, lo que permitió a la industria y la agricultura florecer junto al río haciendo que creciera la ciudad de Nueva Orleáns; pero con ello impedían también que las aguas fluviales llevaran el sedimento y el barro que normalmente contienen los pantanos y los marjales del delta del Mississipi río abajo, hasta el golfo de México. Debido a eso, las zonas pantanosas que proporcionaban una protección natural a Nueva Orleáns, como una esponja, frente a la crecida de la marea, quedaron peligrosamente erosionadas, y la ciudad fue más vulnerable a las inundaciones marítimas. Esto no fue algo “natural” sino producto de la acción humana.
Tampoco fue la fuerza de la naturaleza lo que mermó los efectivos de la guardia nacional de Luisiana. Un gran contingente de ésta había sido movilizado para la guerra de Irak, dejando sólo 250 Guardias nacionales disponibles para apoyar los esfuerzos de rescate de los departamentos de policía y bomberos los tres primeros días tras la rotura de los diques. Un porcentaje aún mayor de la guardia de Mississipi había sido desplegado igualmente en Irak.
El argumento de que este desastre no podía preverse es igualmente absurdo. Durante casi 100 años, los científicos, los ingenieros y los políticos, han discutido cómo abordar la vulnerabilidad de Nueva Orleáns ante los huracanes y las inundaciones. A mediados de la década de 1990, diferentes grupos de científicos e ingenieros presentaron distintos proyectos, lo que finalmente llevó en 1998 (durante la administración Clinton) a una propuesta llamada Coast 2050. Este plan proponía reforzar y rediseñar los diques construyendo un sistema de compuertas, y excavar nuevos canales que aportaran agua con sedimentos fluviales para restaurar el tampón que suponen las zonas pantanosas del delta. El coste de este proyecto era de 14 mil millones de dólares que tendrían que invertirse en un periodo de 10 años. Washington, sin embargo, no lo aprobó (bajo el mandato de Clinton, no de Bush).
El año pasado, el ejército pidió 105 millones de dólares para programas contra huracanes e inundaciones en Nueva Orleáns, pero el gobierno sólo aprobó 42 millones. Al mismo tiempo, el Congreso aprobaba 231 millones de dólares para la construcción de un puente en una pequeña isla deshabitada de Alaska. Otra refutación de la excusa de que «nadie podía haberlo previsto» es que la víspera de la llegada del huracán, el director de la FEMA (Administración Federal para las emergencias) Michel D. Brown, alardeaba en entrevistas en televisión, de que había dado órdenes para la puesta en marcha de un plan de emergencia en caso de que se produjese el peor de los escenarios en Nueva Orleáns, tomando en cuenta lo que ocurrió con el tsunami en el Sudeste Asiático, y de que la FEMA confiaba en que podría hacerse cargo de cualquier eventualidad.
Informes de Nueva Orleáns indican que este plan de la FEMA incluía la decisión… de rechazar camiones con donaciones de agua embotellada y de cerca de 3700 litros de diesel transportados en los guardacostas, así como el corte de las líneas de comunicación de emergencia que usan las autoridades de la policía local en los suburbios de Nueva Orleáns. Brown tuvo incluso la cara dura de excusar la inoperancia en el rescate de las 25 000 personas del Centro de Convenciones diciendo que las autoridades federales no fueron conscientes de que esas personas estaban allí hasta bien entrada la semana; a pesar de que los informativos habían informado de la situación por televisión desde hacía 3 ó La prensa intentó 4 días.
Y por mucho que el vociferante alcalde Ray Nagin, un demócrata, haya cubierto de vituperios la pasividad de las autoridades federales, fue su administración local la que no hizo absolutamente ningún esfuerzo por garantizar la evacuación de los pobres y los ancianos, ni tomó ninguna responsabilidad en la distribución de agua y comida, ni proporcionó suministros de primera necesidad, ni garantizó la seguridad en los centros de evacuación, abandonando la ciudad al caos y la violencia.
Sólo la clase obrera puede ofrecer una alternativa
El sufrimiento en la costa del Golfo ha conmovido a millones de trabajadores, que al mismo tiempo se sienten furiosos por la falta de sensibilidad de la respuesta oficial al desastre. Especialmente en las filas de la clase obrera hay un sentimiento de auténtica solidaridad humana hacia las víctimas de esta calamidad. Mientras que la burguesía parcela su compasión, dependiendo de criterios económicos o de raza, entre ricos y pobres, blancos o negros, para la mayoría de trabajadores americanos no existen tales distinciones. Aunque la burguesía emplea a menudo la carta del racismo para dividir y oponer a los obreros negros y blancos, y a pesar de que varios líderes del movimiento “negro” están poniéndose al servicio del capitalismo de esa forma, insistiendo en que la crisis de Nueva Orleáns es en realidad un problema de racismo, el sufrimiento de los pobres en Nueva Orleáns repugna a toda la clase obrera. La administración Bush es indudablemente un equipo de gobierno incompetente para una clase capitalista, propenso a la ineptitud, a los gestos vacuos, y con una capacidad de respuesta lenta frente a la crisis actual, que añadirá leña al fuego de su creciente impopularidad. Pero la administración de Bush no es una aberración, sino más bien un reflejo de la cruda realidad de que EEUU es una superpotencia en declive que gobierna un “orden mundial” que se hunde en el caos.
La guerra, el hambre y los desastres ecológicos son el futuro que nos reserva el capitalismo. Si hay alguna esperanza para el futuro de la humanidad, es que la clase obrera desarrolle la conciencia y la comprensión de la verdadera naturaleza de la sociedad de clases, y asuma su responsabilidad histórica de acabar con este anacronismo, de destruir el sistema capitalista y reemplazarlo por una sociedad revolucionaria, controlada por la clase obrera, en la que la auténtica solidaridad humana, y la satisfacción de las necesidades humanas sean el principio rector.
Internationalism
sección de la CCI en Estados Unidos (4 Septiembre 2005)
Con este artículo emprendemos el tercer volumen de nuestra serie sobre el comunismo iniciada hace ya casi 15 años. El segundo volumen de la serie se terminaba (en la Revista internacional nº 111) abordando el agotamiento de la oleada revolucionaria internacional que había hecho temblar al capitalismo mundial hasta sus cimientos y más particularmente, con una descripción audaz de la cultura del comunismo del futuro, bosquejada por Trotski en sus trabajos de 1924, Literatura y revolución.
La clarificación de sus metas generales constituye un elemento constante en la lucha del movimiento proletario. En el curso de esta serie hemos tratado de aportar nuestro grano de arena en esta lucha, no solamente al contar de nuevo su historia –lo cual es ya muy importante si se tiene en cuenta la terrible distorsión a la cual la ideología dominante somete la historia real del proletariado– sino también tratando de explorar nuevos dominios que desde hace mucho tiempo estaban descuidados, para desarrollar así una comprensión más profunda del conjunto del proyecto comunista. En los próximos artículos continuaremos pues, según la línea cronológica que la serie ha seguido hasta ahora, estudiando en particular las contribuciones sobre el problema del periodo de transición que hicieron las fracciones comunistas de izquierda durante el periodo de la contrarrevolución que siguió a esta derrota histórica de la clase obrera. Sin embargo, antes de arrancar y meternos en esos temas sobre las nuevas elaboraciones teóricas en el movimiento obrero (los problemas del comunismo y del periodo de transición a la luz de la primera experiencia de la toma del poder por el proletariado revolucionario), pensamos que es útil y necesario clarificar las metas y el método de la serie. Por una parte, regresando una vez más al principio: a la vez al inicio de la serie y a los inicios del marxismo mismo. Por otra parte, resumiendo los principales argumentos desarrollados en los dos primeros volúmenes de la serie que referían los aportes y la clarificación sobre el contenido del comunismo legados por la experiencia histórica del proletariado. Ello nos aportará un sólido punto de partida para examinar las cuestiones que los revolucionarios de los años 30 y 40 plantearon y proseguir así sobre el problema de la revolución proletaria en nuestra época.
En este número de la Revista examinaremos en detalle un texto fundamental del joven Marx: la carta a Arnold Ruge ([1]) en septiembre de 1843, un texto frecuentemente citado pero rara vez analizado en profundidad. Hay bastantes razones para volver a analizar la carta a Ruge. Para Marx y el marxismo no se trata simplemente de luchar por una nueva forma económica que sustituiría al capitalismo cuando éste hubiera alcanzado sus límites históricos. No se trata tampoco de militar por la simple emancipación de la clase obrera. Como lo dijo Engels más tarde, se trata, para el conjunto de la especie humana, de “pasar del reino de la necesidad al reino de la libertad”, de liberar la totalidad de las potencialidades que el hombre contiene en sí mismo y que se encuentran aún contenidas, atadas e incluso oprimidas desde la prehistoria, debido, primero, al débil desarrollo de las fuerzas productivas y de la civilización y, después, a la existencia de la sociedad de clases. La carta a Ruge nos abre una vía en esta problemática, insistiendo en el hecho de que estamos en los inicios de un despertar de la especie humana. Podemos ir aún más lejos: tal como Marx los defendió en los Manuscritos económicos y filosóficos, más conocidos como Manuscritos de 1844, la resurrección del hombre es al mismo tiempo la resurrección de la naturaleza; si el hombre se hace consciente de sí mismo a través del proletariado, entonces la naturaleza se hace consciente de sí misma a través del hombre. Es seguro que éstas son cuestiones que nos llevan a comprender cuáles son las aspiraciones más profundas del ser humano.
Las grandes líneas de sus respuestas no son la invención de un brillante pensador individual, Marx, sino la síntesis teórica de las posibilidades reales presentes en la historia. La carta a Ruge ilustra muy bien el proceso de evolución de Marx desde el medio filosófico al movimiento comunista. Ya hemos tratado esta cuestión en el segundo artículo de la serie (“Cómo el proletariado se ganó a Marx al comunismo” en la Revista internacional nº 69) en el cual mostrábamos que la trayectoria política de Marx es por sí misma una ilustración de la posición adoptada en el Manifiesto comunista: la visión de los comunistas no es la invención de ideólogos individuales sino la expresión teórica de un movimiento vivo, el movimiento proletario. Hemos mostrado en particular cómo la implicación de Marx en las asociaciones obreras de Paris en 1844 tuvo un papel decisivo para hacerle partícipe de un movimiento comunista que le había precedido y que había nacido independientemente de él. El estudio de la carta a Ruge y de otros trabajos de Marx antes de su llegada a Paris, muestra claramente que no se trata de una “conversión” repentina sino de la culminación de un proceso que ya se estaba realizando. Pero eso no cambia en nada la tesis de base. Marx no era un filósofo solitario que elaboraba recetas para el futuro en la tranquilidad de su cocina o de su biblioteca. Él evolucionó hacia el comunismo bajo la atracción de una clase revolucionaria que supo hacer suyos los indudables talentos de Marx como pensador en la lucha por un mundo nuevo. Y la carta a Ruge, como lo veremos, constituye ya el inicio de una expresión clara de esta realidad biográfica a través de una actitud teórica coherente sobre la cuestión de la conciencia.
En septiembre de 1843, Marx pasó un periodo de “vacaciones” durante varios meses en Kreuznach, en parte debido a la agobiante censura prusiana que le había privado de la responsabilidad de publicar Die Renische Zuitung (la Gaceta renana). El periódico había sido clausurado después de haberse publicado unos artículos “subversivos”, entre ellos uno de Marx sobre los sufrimientos de los viñadores de la región del Mosela. Marx utilizó la libertad que se le había concedido para reflexionar y escribir. Atravesaba un periodo crucial en su evolución, el de la transición entre un enfoque democrático radical y una posición explícitamente comunista que un año más tarde declararía en Paris.
Se ha escrito mucho sobre el “joven Marx”, en particular sobre sus trabajos de los años 1843-1844. Algunos de los documentos más importantes de ese periodo no se conocieron hasta después de su muerte: principalmente los Manuscritos de 1844, que escribió en Paris, no fueron publicados hasta 1932. Por eso, muchos de los primeros trabajos de Marx no fueron conocidos por los propios marxistas durante un largo periodo del movimiento obrero –incluido todo el periodo de la Segunda Internacional y de la formación de la Tercera. Algunas de las exploraciones más audaces contenidas en los Manuscritos de 1844 –elementos claves sobre el concepto de alienación así como el contenido de la experiencia humana en una sociedad que ha superado la alienación– no pudieron integrarse en la evolución del pensamiento marxista durante todo ese periodo.
Lo anterior ha dado lugar a una serie de interpretaciones ideológicas de diferentes niveles que se mueven generalmente entre dos polos. Un polo está personificado en el portavoz de la forma más senil del intelectualismo estalinista –Louis Althusser, para quien los primeros escritos de Marx pueden quedar relegados a la categoría de humanismo sentimental y de la inconsciencia juvenil, y habría sido por “cordura” si más tarde los dejó de lado un Marx científico que ponía el acento en la importancia central de las leyes objetivas de la economía. Lo cual, si se logra pasar de la sublime jerigonza de la teoría althusseriana a su aplicación mucho más comprensible en el mundo de la política, significa dirigirse no hacia el fin de la alineación, sino hacia el programa mucho más realizable del capitalismo de Estado de la burocracia estalinista. El otro polo es la imagen en el espejo del anterior, la imagen de un Marx estalinista pragmático: es la ideología que engloba a toda una congregación de católicos, de existencialistas y otros filósofos que, también ellos, ven una continuidad entre los últimos trabajos de Marx y los planes quinquenales de la URSS, pero que nos cuchichean que existe otro Marx, un Marx joven, romántico e idealista, un Marx que ofrece una alternativa al empobrecimiento espiritual que ha sufrido el Occidente materialista. Entre esos dos polos existen toda clase de teóricos –algunos de ellos cercanos a la Escuela de Francfort ([2]) y a los trabajos de Lucio Colleti ([3]), otros parcialmente influidos por algunos aspectos del comunismo de izquierda (por ejemplo la publicación Aufheben en Gran Bretaña), que, valiéndose de que la Segunda Internacional se apoyaba más en Engels en vez de hacerlo en los primeros escritos filosóficos de Marx, se han dedicado a cavar una fosa infranqueable, no ya entre el joven y el viejo Marx, sino entre Marx y Engels o entre Marx y la Segunda y Tercera Internacionales. En ambos casos, se traiciona malintencionadamente el pensamiento de Marx mediante una distorsión mecanicista y positivista.
Esas posturas, ciertamente, salpican sus recetas con algunas verdades. Es cierto que el periodo de la Segunda Internacional, en particular, vio al movimiento obrero hacerse cada vez más vulnerable a la penetración de la ideología dominante, tanto en el plano de la teoría en general (en filosofía, sobre el problema del progreso histórico, sobre los orígenes de la conciencia de clase) como en el de la práctica política (la cuestión parlamentaria, sobre el programa mínimo y el programa máximo, etc.). Es posible también que la ignorancia de los primeros escritos de Marx acentuara esa vulnerabilidad, en ocasiones sobre problemas de lo más básico. Engels, entre otros, jamás negó que Marx era el más profundo pensador de ambos y, en algunas partes, el trabajo teórico de Engels podría haber sido sin duda más profundo si hubiera asimilado plenamente algunas cuestiones que Marx planteó con insistencia en sus primeros trabajos. Pero de lo que carecen todas esas posturas que establecen oposiciones, es del sentido de la continuidad en el pensamiento de Marx y de la continuidad de la corriente revolucionaria que, con todas sus debilidades y deficiencias, se apropió del método marxista para hacer avanzar la causa del comunismo.
En precedentes artículos de esta serie, combatimos la idea de la existencia de una fosa infranqueable entre la Segunda Internacional y el marxismo auténtico, antes o después (ver en la Revista internacional nº 84, “La socialdemocracia hace avanzar la causa del comunismo”), también respondimos a las tentativas de oponer a Marx y a Engels en el plano filosófico (ver “La transformación de las relaciones sociales” en la Revista internacional nº 85 que rechaza la idea avanzada por Schmidt –y Colleti– según la cual el concepto de dialéctica de la naturaleza no existiría en Marx). Y al igual que Bordiga, insistimos en la continuidad que existe fundamentalmente entre el Marx de 1844 con los Manuscritos de 1844 y el Marx autor de el Capital, el cual no abandonó su punto de vista inicial sino que trató de darle un fundamento sólido y una base más científica, ante todo desarrollando la teoría del materialismo histórico y un estudio más profundo de la economía política del capitalismo (ver la Revista internacional nº 75, “El capital y los principios del comunismo”).
Una ojeada a los trabajos de Marx en su fase inmediatamente “precomunista” de 1843 confirma plenamente esa manera de abordar el problema. Durante el periodo anterior, Marx estuvo cada vez más confrontado a las ideas comunistas. Por ejemplo, cuando todavía publicaba la Gaceta Renana, había asistido, en las oficinas del periódico de Colonia, a las reuniones de un círculo de discusión animado por Moses Hess ([4]) quien se declaraba ya a favor del comunismo. Marx jamás se comprometió en una causa a la ligera. Del mismo modo que había reflexionado durante largo tiempo antes de hacerse discípulo de Hegel, también se negó a adoptar las teorías del comunismo de manera superficial y pensaba que muchas de las formas existentes de comunismo eran burdas y poco desarrolladas –presentándose como abstracciones dogmáticas, como lo escribe en su carta de septiembre de 1843 a Ruge. En una carta anterior a Ruge (noviembre de 1842), escribía que: “…consideraba inadmisible y hasta inmoral el contrabando de dogmas comunistas y socialistas, es decir, de una nueva manera de ver el mundo, en las críticas teatrales corrientes, etc., y que exigía, si se trataba el tema, un estudio totalmente distinto y más a fondo del comunismo.”
Pero un examen rápido de los textos que escribió durante este periodo muestra que ya había comenzado su evolución hacia el comunismo. Si se toma el texto principal que escribió durante su estancia en Kreuznach, la Critica de la filosofía del derecho de Hegel, un texto largo e incompleto, difícil de leer, éste muestra que Marx lucha con la crítica de Hegel que hace Feuerbach. Marx estaba particularmente influido por la crítica pertinente avanzada por Feuerbach a las especulaciones idealistas de Hegel y que ponían en evidencia que es la existencia la que produce la conciencia y no a la inversa. Este método alimenta la crítica del Estado, considerado por Hegel como la encarnación de la Idea y no como el reflejo de las realidades más terrenales de la vida humana. Las premisas de una crítica fundamental del Estado como tal, ya estaban establecidas. En la Crítica de 1843, Marx consideraba ya al Estado – e incluso al Estado moderno con sus diputados- como una expresión de la alienación de la sociedad humana. Y aunque Marx contaba en esa época con la llegada del sufragio universal y de una república democrática, ya desde el principio miraba más allá del ideal de un régimen político liberal; en efecto, en las formulaciones aun híbridas de la Crítica, Marx defiende la idea de que el sufragio universal o más bien la democracia radical anuncian la superación del Estado y de la sociedad civil (es decir, de la burguesía).
“En el Estado político abstracto, la reforma del derecho de voto es una disolución del Estado, pero también la disolución de la sociedad civil.”
De forma embrionaria se perfila ya el objetivo que ha animado al movimiento marxista en toda su historia: el decaimiento del Estado. En el texto la Cuestión judía, también redactada a fines de 1843, Marx mira más allá de la lucha por la abolición de las trabas feudales – se trata, en este caso, de restricciones de los derechos civiles de los judíos cuya abolición era considerada por Marx como un paso adelante, contrariamente a los sofismas de Bruno Bauer. Marx muestra los límites inherentes a la propia noción de derechos civiles que no significan otra cosa que los derechos del ciudadano atomizado en una sociedad de individuos en competencia. Para Marx, la emancipación política - en otras palabras los objetivos que se da la revolución burguesa que estaba todavía por realizarse en una Alemania atrasada– no debía ser confundida con una emancipación social auténtica que permitiría a la humanidad librarse de la dominación de poderes políticos ajenos así como de la tiranía del intercambio. Esto implicaba la superación de la separación entre el individuo y la comunidad. No utiliza el término comunismo, pero las implicaciones de su punto de vista ya son evidentes (ver “Marx y la cuestión judía” en Revista internacional n° 114).
Para terminar, los pasos que da Marx en la Introducción a la Crítica de la filosofía del derecho de Hegel, un texto más corto pero mucho más centrado (redactado a fines de 1843 o a principios de 1844), son enormes – y sería necesario un artículo dedicado exclusivamente a este texto para hacerle justicia. Para hacer un resumen lo más breve posible, esos escritos se componen de dos partes: al principio Marx desarrolla su famosa crítica de la religión que va más allá de las críticas racionalistas de la burguesía ilustrada y demuestra que el poder de la religión proviene de la existencia de un orden social que debe negar las necesidades humanas; además, por primera vez identifica al proletariado como el sujeto de la revolución social: “… una clase con cadenas radicales, una clase de la sociedad burguesa que no sea una clase de la sociedad burguesa, una clase que sea la disolución de todas las clases, … una esfera… que no pueda emanciparse, sin emancipar a las demás esferas de la sociedad y que, por consiguiente, no pueda emanciparse sin emanciparlas a todas, es decir, en una palabra, a la parte entera del hombre, y no pueda por tanto reconquistarse a sí misma sin el renacer completo del hombre”.
La emancipación del proletariado es indisociable de la emancipación de toda la humanidad: la clase obrera no se libera solamente de la explotación; no se establece eternamente como clase dominante; actúa como portadora y expresión de todos los oprimidos, de la misma manera, no se contenta con liberarse y liberar a la humanidad del capitalismo, sino que debe permitir a la humanidad superar la pesadilla que sobre ella hacen pesar todas las formas de explotación y de opresión que han existido anteriormente.
Es necesario señalar que esos dos últimos textos, así como la serie de Cartas a Ruge fueron publicadas en una única edición de los Deutsche-Französische Jahrbücher (los Anales franco-alemanes) en febrero de 1844. Este periódico era el fruto de la colaboración de Marx con Ruge, Engels y otros ([5]). Marx había puesto muchas esperanzas en esta empresa con la que esperaba poder sustituir los Deutsche Jahrbücher (Anales alemanes) prohibidos de Ruge y que permitiría desarrollar lazos estrechos entre los revolucionarios franceses y alemanes. A fin de cuentas, ningún colaborador francés respondió a sus esperanzas y todas las contribuciones vendrían de los alemanes. Es muy interesante notar que en agosto-septiembre de 1843, Marx había redactado un corto proyecto de programa para la orientación de esta publicación: “Los artículos de nuestros Anales serán escritos por alemanes o franceses y tratarán:
“1) De los hombres y los sistemas que han adquirido influencia, útil o peligrosa, y cuestiones políticas de actualidad sobre las constituciones, la economía política o las instituciones públicas y morales.
“2) Publicaremos una revista de prensa que, por ciertos aspectos, será una crítica feroz de la servidumbre y la bajeza que muestran ciertas publicaciones, y que llamará la atención sobre los esfuerzos válidos manifestados por otros en nombre de la humanidad y la libertad.
“3) Incluiremos una revista de literatura y de publicaciones del viejo régimen en Alemania que está en declive y se destruye a sí mismo y, para terminar, una revista de libros de dos naciones que marcan el inicio y la continuación de la nueva era en la que entramos.”
De este documento podemos señalar dos aspectos. El primero, es que ya en esta época la preocupación de Marx era militante; redactar un proyecto de programa para una publicación, aunque breve y general, es considerar esta publicación como la expresión de una acción organizada. Esta dimensión de la vida de Marx –el compromiso con una causa y la necesidad de construir una organización de revolucionarios– es una huella fundamental de la influencia del proletariado sobre Marx “el hombre y el combatiente “ – para utilizar el título de la biografía de Marx escrita por Nikolaievski en 1936.
El segundo aspecto, es que cuando Marx habla de una “nueva era”, hay que tener en cuenta que, mientras que en Alemania y en una gran parte de Europa, nueva era significaba derrumbe del feudalismo y victoria de la burguesía democrática, el compromiso de Marx y Engels hacia el comunismo implicaba, desde el principio, una fuerte tendencia a conjugar revolución burguesa y revolución proletaria y que pensaban que ésta vendría rápidamente tras aquélla. Esto queda claro porque Marx ve al proletariado como el sujeto del cambio revolucionario incluso en una Alemania atrasada y más claro todavía en el método del Manifiesto comunista y la teoría de la revolución permanente elaborada en la estela de los levantamientos de 1848. Si se aplica esta visión a los trabajos de Marx en 1843 y 1844, se debe deducir que cuando preveía una “nueva era”, Marx no se refería tanto a una lucha puramente transitoria hacia una república burguesa, sino a la lucha que debía proseguir por una sociedad realmente humana librada del egoísmo y de la explotación capitalistas. Lo que animó a Marx durante toda su vida, fue, ante todo, ese sentido de la posibilidad de tal sociedad. Él habría de reconocer más tarde, con más lucidez, que la lucha inmediata por tal mundo no estaba aún a la orden del día de la historia; que la humanidad debía aún pasar por el calvario del capitalismo para que las bases materiales de la nueva sociedad quedaran establecidas, pero él jamás se desvió de su inspiración inicial.
No tiene sentido por tanto establecer una distinción entre el joven Marx y el viejo Marx. Los textos de 1843-44 son etapas decisivas hacia una visión comunista plenamente desarrollada del mundo, incluso antes de que él mismo se hubiera definido consciente o explícitamente como comunista. Además, la rapidez de la evolución de Marx durante este periodo es sorprendente. Después de haber escrito los textos que se han mencionado, se mudó a Paris. Durante el otoño de 1844, manifiestamente influido por su implicación directa en las asociaciones obreras comunistas de esa ciudad, Marx redactó los Manuscritos económicos y filosóficos (Manuscritos de 1844) en los cuales toma partido por el comunismo; a finales de agosto, se encuentra con Engels, cuya contribución es fundamental para comprender mucho más directamente del funcionamiento del sistema capitalista. Su colaboración tuvo un efecto dinamizador sobre el trabajo de Marx y, en 1845, con las Tesis sobre Feuerbach y la ideología Alemana, era ya capaz de presentar la esencia de la teoría materialista de la historia. Y como el marxismo, contrariamente a lo que sus detractores pretenden, no es un sistema cerrado, ese proceso en evolución y autodesarrollo continuó hasta el fin de la vida de Marx. (Ver por ejemplo el artículo de esta serie sobre “el Marx de la madurez” en la Revista internacional n° 81 en el que se refiere cómo Marx se puso a aprender ruso para así poder tratar la cuestión rusa a la que él dio unas respuestas que algunos de sus “discípulos” más rígidos eran incapaces de comprender). A la luz de lo que acabamos de decir, es necesario leer la carta de septiembre de 1843 que reproducimos completamente al final de este escrito. No es casualidad si toda la serie de cartas se publicó en los Deutsche-Französische Jahrbücher; en aquel entonces ya eran consideradas como una contribución a la elaboración de un nuevo programa o, al menos, de un nuevo método político; la última carta es la más “programática” de todas. En las cartas, se pueden seguir los pasos de Marx cuando decide dejar Alemania donde sus perspectivas son cada vez más precarias a la vez por desacuerdos familiares y a causa de las presiones por parte de las autoridades. En la carta de septiembre, Marx confiesa que le es cada vez más difícil respirar en Alemania y piensa irse a Francia – el país de las revoluciones, en donde el pensamiento socialista y comunista se desarrollaba profusamente en todas direcciones. Ruge, antiguo editor de los Deutsche Jahrbücher prohibidos, era voluntario para participar en la creación de los Anales franco-alemanes – aunque sus enfoques acabarían siendo divergentes cuando Marx adoptó un punto de vista explícitamente comunista. Anteriormente Ruge había expresado a Marx sus sentimientos de desánimo tras su experiencia con la censura alemana y a causa de la atmósfera filistea que prevalecía en Alemania. También la penúltima carta de Marx a Ruge (escrita en Colonia en mayo de 1843) está dedicada en parte al estado de ánimo de Ruge y nos da una buena idea del optimismo de Marx en aquella época:
“Debemos por nuestra parte poner al viejo mundo en plena luz y trabajar positivamente en la formación del nuevo. Cuanto más tiempo nos dejen los acontecimientos propios de la humanidad pensante para reflexionar y los propios de la humanidad doliente el tiempo para reunirnos, más acabado será el producto que aparecerá en el mundo y que nuestra época lleva actualmente en su seno”.
Cuando Marx escribió la carta de septiembre, se le subió la moral a Ruge. Marx esboza con entusiasmo la actitud política que debe subtender la empresa que se proponen. Para comenzar, insiste en evitar las actitudes dogmáticas. Hay que recordar que era la época dorada del socialismo utópico cuyas diversas variantes se basaban, casi todas, en especulaciones abstractas acerca de la forma de alcanzar una nueva sociedad más igualitaria, y tenían poca, por no decir ninguna, relación con las luchas que se desarrollaban en el ancho mundo. En el mejor de los casos, los utopistas manifestaban un desdén altivo por las reivindicaciones de la oposición democrática al feudalismo, y por las reivindicaciones económicas inmediatas de la clase obrera naciente; y para alcanzar el nuevo orden social prácticamente no tenían más proyecto que el de mendigar a los ricos filántropos burgueses. Es por lo que Marx rechaza la mayor parte de esos tipos de socialismo que le son contemporáneos y los considera como formas dogmáticas que encaran el mundo con esquemas preestablecidos y que consideran indignas de su atención las luchas políticas prácticas. Al mismo tiempo, Marx muestra claramente que conoce las diferentes tendencias del movimiento comunista y que considera algunas de ellas –menciona a Proudhon y Fourier ([6])– dignas de atención. Pero la clave de su visión descansa en la convicción de que un mundo nuevo no puede venir del cielo sino que será el resultado de las luchas que se desarrollan en el mundo. De ahí el famoso pasaje: “Nada nos impide pues, enlazar nuestra crítica a la crítica de la política, a la toma de partido en política, es decir, a las luchas reales, e identificarla con ellas. No compareceremos pues ante el mundo en actitud doctrinaria, con un nuevo principio: ¡he aquí la verdad, postraos de hinojos ante ella! Desarrollaremos ante el mundo, a base de los principios del mundo, nuevos principios. No le diremos: desiste de tus luchas, que son una cosa necia; nosotros nos encargaremos de gritarte la verdadera consigna de la lucha. Nos limitaremos a mostrarle por qué lucha, en verdad, y la conciencia es algo que tendrá necesariamente que asimilarse, aunque no quiera.”
En el fondo, como señalaba Lukacs en su texto de 1920 “La conciencia de clase”, es ya un análisis materialista: no se trata de aportar la conciencia a cualquier cosa inconsciente –la esencia del idealismo- sino de hacer consciente un proceso que evoluciona ya en esa dirección, un proceso conducido por una necesidad material que contiene también la necesidad de hacerse consciente de sí mismo.
Es verdad que Marx habla en gran parte de la lucha por la emancipación política –por el remate de la revolución burguesa, ante todo en Alemania. Esto queda confirmado por su insistencia sobre la crítica de la religión, sobre la necesidad de intervenir en las cuestiones políticas del momento como, por ejemplo, la diferencia entre el sistema de los grandes propietarios y el del gobierno de representantes, como la idea según la cual es posible que estas actividades críticas “interesen prácticamente a un gran partido”– es decir influyan en la burguesía liberal. Pero no olvidemos que Marx estaba a punto de considerar al proletariado como el agente del cambio social, conclusión que debía de ser aplicada cuanto antes a la Alemania feudal y a los países más desarrollados desde un punto de vista capitalista. Por eso, el método también puede aplicarse –y de hecho con mayor razón todavía– a la lucha proletaria por sus reivindicaciones inmediatas, ya sean económicas o políticas. Esto fue de hecho una profunda anticipación de la lucha contra la visión sectaria del socialismo que Bakunin habría de encarnar más tarde; se puede también establecer una relación con la formulación de la Ideología alemana que define al comunismo como “el movimiento real que suprime el estado de cosas existentes”, que sitúa la conciencia revolucionaria en la existencia de una clase revolucionaria y que define explícitamente la conciencia revolucionaria como una emanación histórica del proletariado explotado. La continuidad con las Tesis sobre Feuerbach –donde se dice que los educadores deben también ser educados– es también evidente. El conjunto de estos trabajos es una advertencia anticipada a todos los que más tarde habían de considerarse como los “salvadores” del proletariado, a todos aquellos que ven la conciencia socialista aportada a los humildes obreros de abajo desde un ensalzado lugar en lo alto.
Los párrafos finales resumen el método de Marx sobre la intervención pública, pero también nos llevan hacia una reflexión más profunda: “Nuestro lema deberá ser, por tanto: la reforma de la conciencia, no por medio de dogmas, sino por el análisis de la conciencia mística, oscura, bajo su forma religiosa o política. Y entonces se verá que el mundo posee en sueños desde hace mucho tiempo aquello de lo que solo le falta tener conciencia para poseerlo realmente. Se verá que no se trata de una ruptura de pensamiento entre el presente y el pasado, sino de la realización del pensamiento del pasado. Se verá, en fin, que la humanidad no emprende una tarea nueva, sino que sólo realiza su tarea antigua en forma consciente. Podemos resumir en una palabra la función de la revista: toma de conciencia por parte del tiempo presente, de sus luchas y de sus anhelos. Es esta una tarea para el mundo y para nosotros, que solo puede ser realizada por fuerzas unidas. Sólo se trata de una confesión. Para hacerse perdonar los pecados, a la humanidad le basta con explicarlos tal y como son.”
En la gran novela de George Eliot, sobre la vida social inglesa de mediados del siglo xix, Middlemarch, hay un personaje que se llama Casaubon, erudito y polvoriento, hombre de iglesia independiente que dedica su vida a escribir un trabajo monumental que pretende ser definitivo titulado la Clave de todas las mitologías. Este trabajo jamás será acabado y expresa simbólicamente el divorcio entre la vida humana real y las pasiones. Pero podemos considerar también esta historia como la de la erudición burguesa en general. En su fase de ascendencia, la burguesía favoreció el interés por las cuestiones universales y la búsqueda de respuestas universales, pero en su fase de decadencia, ha ido abandonando cada vez más esas investigaciones, pues la llevarían a la insoportable conclusión de que, como clase, está destinada a desaparecer. El reto de Casaubon es una anticipación del atolladero intelectual del pensamiento burgués. Marx, al contrario, en unas cuantas afirmaciones, nos ofrece los inicios de un método que da verdaderamente la clave de todas las mitologías; pues del mismo modo que Marx escribe en su carta de septiembre que la religión es el resumen de los combates teóricos de la humanidad, nosotros podemos decir que la mitología es el resumen de la vida psíquica de la humanidad desde sus orígenes, de sus límites como de sus anhelos y el estudio de los mitos puede esclarecernos sobre las necesidades que los hicieron surgir.
David McLellan, el mejor biógrafo de Marx desde Mehring, comenta que “la noción de salvación mediante una “reforma de la conciencia” era evidentemente muy idealista. Pero era muy típico de la filosofía alemana de la época (Karl Marx, Su vida y pensamiento, 1973). Pero es esa una forma muy estática de considerar esa expresión de Marx. Si se toma en cuenta el hecho de que Marx veía ya esa “reforma de la conciencia” como producto de luchas reales, si se recuerda que Marx comenzaba ya a ver al proletariado como el portador de esta conciencia “reformada”, es evidente que Marx ya estaba evolucionando más allá de los dogmas de la filosofía alemana de la época. Como lo mostrará Lukacs más tarde en sus artículos de Historia y conciencia de clase, el proletariado, primera clase a la vez explotada y revolucionaria, no tiene necesidad de mistificaciones ideológicas. Así pues, su conciencia de clase es, por vez primera, una conciencia clara y lúcida que marca una ruptura fundamental con todas las formas de ideología ([7]). La noción de una conciencia clara, inteligible en sí misma, está íntimamente relacionada con el movimiento de Marx hacia el proletariado. Y fue ese mismo movimiento el que permitió a Marx y a Engels elaborar la teoría materialista de la historia que reconocía que el comunismo ya no era un “bello ideal”, puesto que el capitalismo había creado las premisas materiales de una sociedad de abundancia. Las bases de esta comprensión habrían de ser desarrolladas sólo dos años más tarde en la Ideología alemana.
Se podría también reprochar a las expresiones utilizadas por Marx en la carta de septiembre de seguir siendo prisioneras de un marco humanista, de una visión de la humanidad “por encima de todas las clases”. Pero como lo hemos demostrado, Marx tendía ya hacia el movimiento proletario, y parece claro que los restos de humanismo no eran un obstáculo para la adopción de un punto de vista de clase. Además, no solo es legítimo sino también necesario hablar de la humanidad, de la especie como una realidad y no como una abstracción si queremos comprender la verdadera dimensión del proyecto comunista. Pues aun siendo la clase comunista por excelencia, el proletariado no comienza, sin embargo, “una nueva tarea”. Los Manuscritos de 1844, como se ha visto, plantean claramente que el comunismo se basa en toda la riqueza del pasado de la humanidad; de igual forma, en ellos se defiende que: “el movimiento entero de la historia es pues, por un lao, el acto de procreación real de este comunismo –el acta de nacimiento de su existencia empírica- y, por otra parte, es para su conciencia pensante, el movimiento comprendido y conocido de su devenir.”
El comunismo es por tanto la obra de la historia y el comunismo del proletariado constituye la clarificación y la síntesis de todas las luchas pasadas contra la miseria y la explotación. Es por lo que Marx, entre otros, designó a Espartaco como la figura histórica que él admiraba más. Si se mira todavía más lejos, el comunismo del futuro volverá a encontrar, a un nivel infinitamente superior, la unidad en que vivió la humanidad la mayor parte de su existencia histórica, la unidad que prevalecía en las comunidades tribales primitivas, antes de la aparición de las divisiones de clase y la explotación del hombre por el hombre. El proletariado se considera como defensor de todo lo que es humano. A la vez que denuncia ferozmente la inhumanidad de la explotación, no predica una actitud de odio hacia sus explotadores individuales, ni considera con desprecio y superioridad a las demás clases y capas sociales oprimidas, del pasado y del presente. La visión según la cual el comunismo significaría supresión de toda cultura porque, hasta hoy, la cultura habría pertenecido a los explotadores, fue vigorosamente combatida como comunismo “vulgar” que es, en los Manuscritos de 1844. Esta tradición negativa siempre ha sido un azote para el movimiento obrero, por ejemplo en algunas formas de anarquismo que se deleita en saquear y destrozar los símbolos culturales del pasado; y la decadencia del capitalismo, en particular cuando se combina con la contrarrevolución estalinista, ha engendrado caricaturas más siniestras todavía como las campañas maoístas contra “la banda de los cuatro” durante la supuesta “revolución cultural”. Pero actitudes simplistas y destructivas hacia la cultura del pasado se manifestaron también durante los días heroicos de la revolución rusa, cuando órganos de represión como la Checa hicieron alarde en ocasiones de una actitud dura y vengativa hacia los “no proletarios”, casi considerados como congénitamente inferiores a los “puros” proletarios. El reconocimiento marxista del papel histórico de la clase obrera no tiene nada en común con este tipo de “obrerismo”, con la adoración del proletariado en todas las circunstancias, ni con el filisteísmo que rechaza toda la cultura del viejo mundo (ver particularmente el artículo de esta serie sobre “Trotski y la cultura proletaria” en la Revista internacional no109). El comunismo del futuro integrará todo lo mejor en las tentativas culturales y morales de la especie humana.
Amos
Me alegra que se haya decidido usted, y que, apartando la vista del pasado, dirija sus pensamientos hacia el futuro, hacia una nueva empresa. Está usted pues en París, vieja escuela superior de la filosofía y en la capital del nuevo mundo. Lo que es necesario se abre paso. No dudo, pues, que se vencerán todos los obstáculos cuya importancia no desconozco.
Llévese o no a cabo la empresa, estaré en París para fines de mes, pues el aire de aquí le hace a uno siervo y no veo en Alemania ni el menor margen para una actividad libre.
En Alemania, todo es violentamente reprimido, ha estallado una verdadera anarquía del espíritu, el régimen de la estupidez misma, y Zurich obedece las órdenes que llegan de Berlín; está, pues, cada vez más clara la necesidad de buscar un nuevo centro de reunión para las cabezas realmente pensantes e independientes. Estoy convencido de que nuestro plan vendría a resolver una necesidad real, y las necesidades reales no pueden quedar insatisfechas. No dudo pues de la empresa propuesta, siempre y cuando la cosa se tome en serio.
Aún casi mayores que los obstáculos externos parecen ser las dificultades internas. Pues si no media duda alguna en cuanto a “de dónde venimos”, reina, en cambio, gran confusión acerca de “hacia dónde vamos”. No solo se ha producido una anarquía general entre los reformadores, sino que cada cual se ve obligado a confesar que no tiene una idea exacta de lo que se trata de conseguir. Sin embargo, volvemos a encontrarnos con que la ventaja de la nueva tendencia consiste precisamente en que no tratamos de anticipar dogmáticamente el mundo, sino que queremos encontrar el mundo nuevo por medio de la crítica del viejo. Hasta ahora, los filósofos habían dejado la solución de todos los enigmas quieta en los cajones de su mesa, y el estúpido del mundo exotérico ([8]) no tenía más que abrir la boca para que le cayeran en ella los pichones asados de la Ciencia absoluta. La filosofía se ha secularizado, y la prueba más palmaria de ello la tenemos en que la misma conciencia filosófica se ha lanzado, no solo exteriormente, sino también interiormente, al tormento de la lucha. Si no es incumbencia nuestra la construcción del futuro y el dejar las cosas arregladas y dispuestas para todos los tiempos, es tanto más seguro lo que al presente tenemos que llevar a cabo; me refiero a la crítica implacable de todo lo existente; implacable tanto en el sentido de que la crítica no debe asustarse de sus resultados como en el de que no debe rehuir el conflicto con los poderes dominantes.
No soy, por tanto, partidario de que plantemos una bandera dogmática. Al contrario, debemos ayudar a los dogmáticos a ver claro en sus propias tesis. Así, por ejemplo, el comunismo es una abstracción dogmática, y, al decir esto, no me refiero a cualquier comunismo imaginario y posible, sino al comunismo realmente existente, tal como lo profesan Cabet, Dézamy, Weitlng ([9]), etc. Este comunismo no es más que una manifestación particular del principio humanista, contaminada por su antítesis, la propiedad privada. Abolición de la propiedad privada y comunismo no son, por tanto, en modo alguno, términos idénticos, y no es casual, sino que responde a una necesidad, que el comunismo haya visto surgir frente a él otras doctrinas socialistas, como las de Fourier, Proudhon, etc., ya que él mismo es solamente una realización especial y unilateral del principio socialista.
Y el principio socialista en su totalidad no es, a su vez, más que una de las caras que presenta la realidad de la verdadera esencia humana. Tenemos que preocuparnos también, en la misma medida, de la otra cara, de la existencia teórica del hombre y hacer recaer nuestra crítica, por tanto, sobre la religión, la ciencia, etc. Queremos, además, influir en las gentes de nuestro tiempo, y concretamente, en nuestros contemporáneos alemanes. Y cabe preguntarse cómo vamos a hacerlo. Dos hechos son innegables. Por un lado la religión y por otro la política son temas de interés centrales de la Alemania de hoy, hay que tomarlos como punto de partida tal y como son y no oponerles un sistema ya terminado, como, por ejemplo, el de Viaje a Icaria.
La razón siempre ha existido, aunque no siempre bajo su forma razonable. Por tanto, el crítico puede vincularse a cualquier forma de la conciencia teórica y práctica, para desarrollar, partiendo de las propias formas de la realidad existente, la realidad verdadera como lo que Deber-ser y su finalidad última. Por lo que se refiere a la vida real, vemos que precisamente el Estado político, aún cuando no se halle todavía imbuido conscientemente de los postulados socialistas, contiene en todas sus formas modernas los postulados de la razón. Y no se detiene ahí. Presupone por todas partes la razón ya realizada, pero, de igual modo, cae por todas partes en la contradicción entre su determinación ideal y sus premisas reales.
Partiendo de este conflicto del Estado político consigo mismo cabe, pues, desarrollar por todas partes la verdad social. Así como la religión es el resumen de las luchas teóricas de la humanidad, el Estado político lo es de sus luchas prácticas. El Estado político expresa, por tanto, dentro de su forma sub specie rei publicae [en forma política] todas las luchas, necesidades y verdades sociales. No es pues ofensivo ni insultante para la altura de los principios el convertir en tema de la crítica el problema político más específico –digamos, por ejemplo, la diferencia entre el sistema estamental y el sistema representativo–. En efecto, este problema expresa, aunque bajo forma política, la diferencia que existe entre el poder del Hombre y el poder de la propiedad privada. Por tanto, el crítico no sólo puede, sino que debe entrar en estas cuestiones políticas (que, en opinión de los socialistas crasos, son indignas). Al demostrar las ventajas del sistema representativo sobre el estamental, la crítica interesa prácticamente a un gran partido. Y al elevar el sistema representativo de su forma política a la forma general y hacer valer la verdadera significación sobre la cual descansa, obliga al mismo tiempo a ese partido a ir más allá de sí mismo, pues su victoria es a la vez su pérdida.
Nada nos impide, pues, enlazar nuestra crítica a la crítica de la política, a la toma de partido en política, es decir, a las luchas reales, e identificarla con ellas. No compareceremos, pues, ante el mundo en actitud doctrinaria, con un nuevo principio: ¡he aquí la verdad, postraos de hinojos ante ella! Desarrollaremos ante el mundo, a base de los principios del mundo, nuevos principios. No le diremos: desiste de tus luchas, que son una cosa necia; nosotros nos encargaremos de gritarte la verdadera consigna de la lucha. Nos limitaremos a mostrarle por qué lucha, en verdad, y la conciencia es algo que tendrá necesariamente que asimilar, aunque no lo quiera.
La reforma de la conciencia solo consiste en hacer que el mundo cobre conciencia de sí mismo, en despertarlo de la ensoñación que de sí mismo tiene, de explicarle sus propias acciones. Y la finalidad por nosotros perseguida no puede ser, lo mismo que la crítica de la religión por Feuerbach, otra que presentar las cuestiones políticas y religiosas bajo una forma humana consciente de sí misma.
Nuestro lema deberá ser, por tanto: la reforma de la conciencia, no por medio de dogmas, sino por el análisis de la conciencia mística, oscura, bajo su forma religiosa o política. Y entonces se verá que el mundo posee en sueños desde hace mucho tiempo aquello de lo que solo le falta tener conciencia para poseerlo realmente. Se verá que no se trata de una ruptura de pensamiento entre el presente y el pasado, sino de la realización del pensamiento del pasado. Se verá, en fin, que la humanidad no emprende una tarea nueva, sino que sólo realiza su tarea antigua en forma consciente. Podemos resumir en una palabra la función de la revista: toma de conciencia por parte del tiempo presente, de sus luchas y de sus anhelos. Es esta una tarea para el mundo y para nosotros, que solo puede ser realizada por fuerzas unidas. Sólo se trata de una confesión. Para hacerse perdonar los pecados, a la humanidad le basta con explicarlos tal y como son. Karl Marx
[1]) Arnold Ruge (1802-1880): joven hegeliano de izquierda, colabora con Marx en los Anales franco-alemanes, después rompe con él. Acabó siendo bismarkiano en 1866.
[2]) La Escuela de Francfort se fundó en 1923. Su primer objetivo era estudiar los fenómenos sociales. Más que instituto de investigación social, se convirtió, después de la guerra, en la expresión de una corriente de pensamiento de intelectuales (Marcuse, Adorno, Horkheimer, Pollok, Grossmann, etc.) que se reivindicaban de un pensamiento “marxiano”.
[3]) Lucio Colleti (1924-2001). Filósofo italiano que estableció una filiación de Marx con Kant (y no con Hegel). Autor de varios escritos, entre ellos el Marxismo y Hegel y una Introducción a los primeros escritos de Marx. Miembro del PC de Italia, se acercó a la socialdemocracia para terminar su carrera política como diputado del gobierno de Berlusconi.
[4]) Moses Hess (1812-1875). Joven hegeliano cofundador y colaborador de la Reinische Zeitung. Fundador del “verdadero socialismo” en los años de 1840.
[5]) En la mayoría de los textos mencionados, los Deutsche-Franzsische Jahrbücher contenían también la carta de Marx al editor de la Allgemeine Zeitung (Augsburg), dos artículos de Engels: “Esbozo de una Crítica de la economía política” y una revista de prensa de Thomas Carlyle “Pasado y Presente”. Marx había escrito en octubre de 1843 a Feuerbach con la esperanza de que él participara en la revista, pero aparentemente Feuerbach no estaba dispuesto a pasar del terreno de la teoría al de la acción política.
[6]) Pierre Joseph Proudhon (1809.1865): economista francés. Marx hace una crítica a sus doctrinas económicas en su Miseria de la filosofía. Charles Fourier (1772-1837): socialista utópico francés que ejerció una considerable influencia en el desarrollo de las ideas socialistas.
[7]) O sea de los no iniciados, en oposición al esoterismo de los filósofos.
[8]) O sea de los no iniciados, en oposición al esoterismo de los filósofos.
[9]) Wilhem Weitling (1808-1971), obrero sastre, líder en sus inicios del movimiento obrero alemán que propugnaba el comunismo igualitario. Théodore Dézamy (1803-1850) fue uno de los primeros teóricos del comunismo. Etienne Baet (1788-1856), comunista utópico francés, autor de Viaje a Icaria.
Aquí publicamos la continuación del artículo aparecido en el número anterior de nuestra Revista internacional. En la primera parte resaltamos que el cambio de periodo histórico en la vida del capitalismo, el paso de su ascendencia a su decadencia, es el escenario sobre el que se desarrollan los sucesos de 1905 en Rusia. En esa primera parte también insistimos en las condiciones favorables para la radicalización de las luchas que existían en Rusia: una clase obrera moderna y concentrada, con un alto nivel de conciencia frente a unos ataques capitalistas agravados por las consecuencias desastrosas de la guerra ruso-japonesa. La clase obrera, para defender sus condiciones de existencia, tiene que enfrentar directamente al Estado, y se organiza en soviet para asumir esta nueva fase histórica de su lucha. La segunda parte de este artículo analiza, más en detalle, cómo se formaron los soviets, su relación con el movimiento global de la clase obrera, así como su relación con los sindicatos. De hecho, los sindicatos ya no eran una forma de organización que necesitaba la clase obrera en ese nuevo periodo de la vida del capitalismo que se abría, y sólo podían jugar un papel positivo al estar empujados por la dinámica del movimiento, tras la estela de los soviets y bajo su autoridad.
Las tendencias manifestadas en Ivanovo-Vosnesensk culminaron en el Soviet de diputados obreros de San Petersburgo.
El Soviet era el resultado del desarrollo de las luchas obreras de San Petersburgo. Contrariamente a Ivanovo-Vosnesensk, no había surgido de una lucha particular sino a iniciativa de los mencheviques que convocaron su primera reunión. Está tan enraizado en las luchas obreras que es una expresión más del movimiento en su conjunto que de una parte de él. De hecho supone un avance. Es un formalismo superficial pensar que sería menos auténticamente proletario, o en cierta forma una creación de la Socialdemocracia. En realidad los revolucionarios fueron arrastrados por la oleada de acontecimientos y por el desarrollo espontáneo de la lucha a un ritmo que no habían previsto.
El Soviet desde su aparición explicita su carácter político: “Se decide llamar inmediatamente al proletariado de la capital a la huelga general política y a elegir delegados”.
El llamamiento de su primera reunión dice: “la clase obrera tiene que recurrir a la última medida de la que dispone el movimiento obrero mundial y que le da su fuerza: la huelga general” (…) “En breve se van a producir en Rusia acontecimientos decisivos que determinarán la suerte de la clase obrera durante años, debemos ir por delante de los hechos con todas nuestras fuerzas disponibles, unificados bajo la égida de nuestro Soviet” ([1]).
La segunda reunión del Soviet planteará reivindicaciones frente a la clase dominante: “Una diputación especial se encargará de formular ante la Duma municipal las siguientes reivindicaciones: 1) adoptar medidas inmediatas para garantizar el aprovisionamiento de las masas obreras; 2) disponer de locales para las reuniones; 3) suspender toda atribución de provisiones, locales, fondos, a la policía, a la gendarmería, etc; 4º) asignar las sumas necesarias para armar al proletariado de Petersburgo que lucha por la libertad” ([2]).
El Soviet, rápidamente, se convierte en el centro de coordinación de las luchas y dirige la huelga de masas, los sindicatos y los comités de huelga específicos se ponen a sus órdenes y adoptan sus decisiones. El Manifiesto constitucional que firma el Zar, y que se publica el 18 de octubre, puede parecer un documento no muy radical, pero en el contexto político de la época expresa la relación de fuerzas entre las clases durante la revolución y tiene un significado histórico. Como señala Trostski: “El 17 de octubre, el gobierno del Zar cubierto por la sangre y las maldiciones de los siglos, había capitulado ante la sublevación de las masas obreras en huelga. Ningún intento de restauración podría borrar de la historia este acontecimiento. Sobre la corona sagrada del absolutismo, la bota del proletariado había aplicado su marca imborrable” ([3]).
Los siguientes dos meses y medio fueron testigos del conflicto entre el proletariado revolucionario, dirigido por el Soviet que aquél había hecho nacer, y la burguesía. El 21 de octubre, el Soviet, ante el decaimiento de la huelga decide ponerle fin y organiza la vuelta al trabajo de todos los obreros a la misma hora, demostrando con ello su fuerza. La manifestación planificada para finales de octubre, a favor de la amnistía de los detenidos por el Estado, se desconvocó ante los preparativos de la clase dominante para provocar incidentes. Con acciones como esa se trataba de tomar la iniciativa ante los inevitables enfrentamientos de clase que se avecinaban: “Esta era, precisamente, en su dirección general, la política del Soviet: miraba bien de frente y marchaba hacia un conflicto. Sin embargo no se sentía autorizado a acelerar su llegada. Mejor sería más tarde” ([4]).
A finales de octubre la ola de pogromos en la que se movilizan las Centurias negras aliadas al lumpen y criminales, deja entre 3500 y 4000 muertos, y 10 000 heridos. En San Petersburgo mismo, la burguesía prepara la confrontación final a través de ataques puntuales y batallas aisladas. La respuesta de la clase obrera es reforzar su milicia, tomar las armas e instaurar patrullas, lo que obliga al gobierno a enviar soldados a la ciudad.
En noviembre se desarrolla una nueva huelga, en parte como respuesta a la ley marcial instaurada en Polonia y la creación de un tribunal militar para juzgar a los soldados y marinos que se habían rebelado en Cronstadt. El Soviet, de nuevo ante la realidad de que el movimiento pierde impulso tras haber obtenido algunas concesiones, decide acabar la huelga y los obreros vuelven al trabajo como un cuerpo disciplinado. El éxito de la huelga era haber movilizado a nuevos sectores de la clase obrera y haber conectado con los soldados y los marinos: “De un solo golpe, removió las masas del ejército y, en el curso de los días que siguieron, ocasionó una serie de mítines en los cuarteles de la guarnición de Petersburgo. En el comité ejecutivo, e incluso en las sesiones del Soviet, se vio aparecer no solo a soldados aislados, sino a delegados de la tropa que pronunciaron discursos y solicitaron ser apoyados; el vínculo revolucionario se afirmó entre ellos, las proclamas revolucionarias se difundieron con profusión en ese medio” ([5]).
Aunque la tentativa de consolidar lo ganado en la jornada de 8 horas no podía mantenerse y lo adquirido se perdió una vez que la campaña fue desconvocada, su impacto sobre la conciencia de la clase obrera permanece: “Al defender el Soviet la moción que debía terminar la lucha, el portavoz del comité ejecutivo resumía de la manera siguiente los resultados de la campaña: Si no hemos conquistado la jornada de 8 horas para las masas, al menos hemos conquistado a las masas para la jornada de 8 horas. En adelante, en el corazón de todo obrero petersburgués resonará el mismo grito de batalla: ¡Las ocho horas y un fusil!” ([6]).
Las huelgas continúan, surgen nuevos movimientos espontáneos, especialmente por parte de los ferroviarios y empleados de telégrafos, pero la contrarrevolución gana fuerza progresivamente. El 26 de noviembre detienen a Georgi Nosar, presidente del Soviet. El Soviet sabe que es inevitable el enfrentamiento y adopta una resolución en la que deja claro que sigue preparado la insurrección armada. Obreros, campesinos y soldados afluyen al Soviet, apoyan su llamamiento a las armas y comienzan los preparativos. Pero el 6 de diciembre sitian el Soviet y detienen a sus miembros. El Soviet de Moscú va más lejos y llama a la huelga general e intenta transformarla en insurrección armada. Pero la reacción ya ha movilizado masivamente sus fuerzas y la tentativa de insurrección se convierte en un combate de retaguardia, en una acción defensiva. A mediados de diciembre se consuma su derrota. La represión que le sigue deja 14 mil muertos en los combates, 20 mil heridos y 70 mil prisioneros o exiliados.
La propia burguesía se interroga sobre lo sucedido en 1905. Como no puede entender el carácter revolucionario de la clase obrera, la confrontación armada y la derrota del proletariado le parecen una locura: “El Soviet de Petrogrado espoleado por el éxito sucumbe a la hibris ([7]), sucumbe a un orgullo desmesurado… En vez de consolidar lo ganado se vuelve cada vez más osado y combativo. Muchos de sus dirigentes hacen el razonamiento siguiente: ¿No sería mejor hacer una autocrítica, obtener más concesiones para la clase obrera, que forzar el paso hacia una revolución socialista?. Prefieren ignorar que el éxito de la huelga general se debía a que había logrado unificar a todos los grupos sociales; no podían entender que el Soviet al concentrar su fuego contra la autocracia atraía la simpatía de las clases medias” ([8]).
La importancia de 1905 para los revolucionarios no está en las adquisiciones intermedias, fueran las que fueran, sino en sus lecciones para el desarrollo de la revolución respecto al papel del proletariado y de la organización de revolucionarios, especialmente sobre los medios que puede usar el proletariado para llevar su lucha a delante: los soviets.
Y estas lecciones se pudieron sacar gracias al “orgullo desmesurado” y a la “osadía” del proletariado, cualidades inestimables para poder acabar con el capitalismo.
Los bolcheviques dudan frente a la constitución de los soviets. En San Petersburgo la organización bolchevique de la ciudad, que participa en su formación, adopta una resolución para que el Soviet acepte el programa socialdemócrata. En Saratov se oponen hasta finales de noviembre a que se constituya un soviet; por el contrario en Moscú, tras algún retraso, participan activamente en el Soviet. Lenin viendo las potencialidades de los soviets criticó –en una carta escrita a principios de noviembre y no publicada en Pravda– a los que, en el partido, se oponían, y defendió la idea de que: “hay que llegar absolutamente a esta solución: tanto el soviet de diputados obreros como el partido”, argumentando: “me parece inútil exigir al soviet de diputados obreros que adopte el programa socialdemócrata o que se adhiera al Partido obrero socialdemócrata de Rusia” ([9]).
Después explica que el soviet ha surgido de la lucha, que es un producto del conjunto del proletariado y que su papel es agrupar al proletariado y a las fuerzas revolucionarias; y que cuando quiere agrupar a campesinos y elementos de la intelectualidad burguesa dentro de los soviets introduce una confusión significativa: “… a mi modo de ver, el soviet de diputados obreros, como centro político dirigente revolucionario, no es una organización demasiado amplia, sino, al contrario, demasiado estrecha. El soviet debe proclamarse gobierno revolucionario provisional, o bien constituirlo, incorporando para ello a nuevos diputados, no solo de los obreros, sino, primero, de los marinos y soldados, que en todas partes se sienten ya atraídos por la libertad; segundo, del campesinado revolucionario, y tercero, de la intelectualidad burguesa revolucionaria. No nos asusta esa composición tan amplia y abigarrada, sino que la deseamos, pues sin la unidad del proletariado y el campesinado, sin el acercamiento militante de los socialdemócratas y demócratas revolucionarios es imposible el éxito total de la gran Revolución rusa”.
La posición de Lenin en el momento de la revolución es justa, aunque luego no siempre fue clara debido a que, en gran medida relacionaba los soviets con la revolución burguesa, y los consideraba como base de un gobierno revolucionario provisional. Sin embargo reconocía uno de los aspectos clave de los soviets: ser una forma surgida de la propia lucha, de la huelga de masas, que agrupa a la clase, un arma de la lucha revolucionaria o insurreccional que avanza y retrocede con ella: “Los soviet de diputados son órganos de la lucha directa de las masas. Surgieron como órganos de la lucha huelguística. Por el peso de las circunstancias se convirtieron muy pronto en órganos de la lucha general revolucionaria contra el gobierno. Y, en virtud del desarrollo de los acontecimientos y del paso de la huelga a la insurrección se convirtieron inconteniblemente en órganos de la insurrección. Es un hecho absolutamente indiscutible que ese es el papel desempeñado en diciembre por toda una serie de “soviets” y “comités”. Y todos los acontecimientos han demostrado de la manera más palmaria y concluyente que la fuerza y la importancia de dichos órganos en el momento de la acción combativa depende totalmente del vigor y del éxito de la insurrección” ([10]).
En 1917 esta comprensión permitió que Lenin reconociera el papel central que desempeñaban los soviets.
Una de las principales lecciones de 1905 es sobre la función de los sindicatos. Ya hemos mencionado este punto fundamental: el nacimiento de los soviets pone en evidencia que la historia ha superado la forma sindical, pero conviene considerar esta cuestión con más detalle.
El Estado ruso prohibió durante años las asociaciones obreras, al contrario de lo que sucedía en los países capitalistas más avanzados donde los sindicatos se habían ganado el derecho a existir y reagrupaban a miles, cuando no a millones, de obreros. La situación particular que se daba en Rusia no impedía que los obreros lucharan, sino que hacía que esos movimientos tendieran a ser espontáneos y, especialmente, que las luchas generaran directamente organizaciones que tomaban la forma de comités de huelga y que desaparecían al terminar la huelga. Lo único legalmente permitido era organizar la recogida de fondos de apoyo a la huelga.
En 1905 Serguei Zubatov funda en Moscú una asociación de ayuda mutua de los trabajadores de la industria mecánica, su ejemplo cunde en otras ciudades en las que se crean organizaciones similares. El objetivo de estos sindicatos (montados y creados por la policía zarista) era separar las reivindicaciones económicas de las políticas, y permitir la satisfacción de las primeras para impedir que surgieran las segundas. Aunque tampoco se satisfacen las primeras, de un lado porque el Estado no quiere hacer la más mínima concesión (que permitiría a los sindicatos ganar un mínimo de credibilidad), y de otro porque la clase obrera y los revolucionarios los utilizan para sus propios fines: “Los zubatovistas de Moscú encontraron audiencia en los talleres ferroviarios de la línea Moscú-Kursk pero, contrariamente a los planes de esos “socialistas de la policía”, los contactos que se establecían en las cantinas y en las librerías zubatovistas también reforzaban la organización de grupos socialdemócratas” ([11]).
La amplia huelga de masas de 1902-1903, extendida por todo el sur del país con la participación de unos 225 mil trabajadores, barrió a los sindicatos zubatovistas.
Para sustituirlos, el Estado permitió la creación de starostes ([12]), o decanos de fábrica, que negocian con la dirección. Ese tipo de delegación había surgido en el pasado ante la falta de otra forma de organización, pero con la nueva ley hecha para evitar la aparición de delegados que representaran realmente los intereses de los obreros, esos individuos solo pueden elegirse con el permiso de sus patronos de los que dependen completamente. No disfrutaban de ninguna inmunidad y podían ser despedidos por sus patronos o ser directamente apartados de sus puestos por los gobernantes de la región dependientes del Estado.
Cuando estalla la revolución los sindicatos aún eran ilegales. Sin embargo se habían formado muchos sindicatos durante la primera oleada de luchas. En San Petersburgo a finales de septiembre había 16 sindicatos, en Moscú 24, así como en otras partes del país. A finales de año pasaron a 57 en San Petersburgo, 67 en Moscú. Los intelectuales y las profesiones liberales también formaban sindicatos (abogados, personal sanitario, ingenieros, técnicos…), 14 de esos sindicatos formaron la Unión de sindicatos.
¿Qué relación había entre sindicatos y soviet? Sencillamente, los soviets dirigían la lucha, y los sindicatos se radicalizaban bajo su dirección: “A medida que se desarrollaba la huelga de octubre, el soviet se convertía naturalmente en el centro que atraía la atención general de los hombres políticos. Su importancia crecía literalmente de hora en hora. El proletariado industrial había sido el primero en cerrar filas en torno a él. La unión de los sindicatos que se había adherido a la huelga a partir del 14 de octubre, tuvo casi inmediatamente que reconocer el protectorado del soviet. Numerosos comités de huelga –los de los ingenieros, abogados funcionarios del gobierno– regulaban sus actos por las decisiones del soviet. Sometiendo a las organizaciones independientes, el soviet unificó en torno suyo a toda la revolución” ([13]).
El ejemplo del sindicato de ferroviarios es instructivo ya que muestra a la vez lo máximo a lo que pueden llegar los sindicatos en ese periodo revolucionario, y sus límites.
Como ya hemos dicho, los ferroviarios antes de 1905 tenían fama de combativos y, los revolucionarios, incluidos los bolcheviques tenían gran influencia en ellos. A finales de enero se producen oleadas de huelgas ferroviarias, primero en Polonia, luego en San Petersburgo, después en Bielorrusia, Ucrania y en las líneas con destino a Moscú. Las autoridades empiezan por hacer alguna concesión e inmediatamente tratan de imponer la ley marcial, pero ninguna de esas dos tácticas hace que los obreros se dobleguen. En abril se funda el Sindicato de empleados y obreros de ferrocarril de todas las Rusias. Al principio ese sindicato parece dominado por los técnicos y oficinistas, mientras los obreros guardan distancia respecto a él; pero eso cambia a lo largo del año. En julio se produce una nueva ola de luchas que arranca de la base y que inmediatamente adopta una forma más política. Como ya hemos recordado, en septiembre la Conferencia sobre las jubilaciones se transforma en “Primer Congreso de delegados de empleados de ferrocarril de todas las Rusias”. Esta marea de combatividad en alza comienza a sobrepasar los límites del sindicato y se desencadenan huelgas espontáneas en septiembre, lo que fuerza a los sindicatos a reaccionar, como señala un delegado al Congreso sobre las jubilaciones: “Los empleados hicieron la huelga espontáneamente, ven inevitable una huelga en el ferrocarril Moscú-Kazan, el sindicato ve necesario apoyar a huelga en las demás vías que conectan Moscú” ([14]).
Esas huelgas se convierten en la chispa que enciende la huelga de masas de octubre: “El 9 de octubre igualmente, en una sesión extraordinaria del Congreso de delegados ferroviarios en Petersburgo, se formula y expide inmediatamente por telégrafo a todas las líneas el lema de la huelga de los ferrocarriles: la jornada de 8 horas, las libertades cívicas, la amnistía, la Asamblea constituyente.
“La huelga extiende ahora una mano dominadora por toda la extensión del país. Se deshace de todas sus vacilaciones. A medida que el número de huelguistas aumenta, su seguridad se hace mayor. Por encima de las necesidades económicas de las profesiones, se elevan las reivindicaciones revolucionarias de la clase. Despegándose de los marcos corporativos y locales, comienza a sentir que la revolución es ella misma, y esto le confiere una audacia inesperada.
“Corre sobre los raíles y, con un gesto autoritario, cierra el camino tras de sí. Advierte de su paso por el hilo telegráfico del ferrocarril: “¡La huelga! ¡Haced la huelga!” exclama en todas las direcciones” ([15]).
Los obreros de base pasan al primer plano, inundan los sindicatos con su pasión revolucionaria: “Entre el 9 y el 18 de octubre no emana ninguna nota del Buró central en la que se dé la más mínima instrucción a los sindicatos locales, y las memorias de sus líderes son especialmente silenciosas en lo que concierne los sucesos de aquellos días. De hecho, la aparición de una organización de obreros de base, promovida por el huelga, tendía a reforzar la influencia tanto de los grupos dirigentes locales como de los partidos revolucionarios a expensas del Buró central que sólo tenia de independiente su nombre, especialmente cuando la huelga implicaba a nuevas categorías de obreros” ([16]).
Incluso la policía zarista reconocía que… “… durante la huelga, los huelguistas formaban comités en cada una de las líneas férreas para asegurar su organización y su dirección” ([17]).
Una de las características de esta huelga fue la aparición de “delegados de tren” cuya misión era extender la huelga y mantener las comunicaciones entre los centros en lucha.
Entre octubre y diciembre se formaron gran cantidad de nuevos sindicatos, como muestra un informe del Gobierno, que se comprometen inmediatamente en la lucha política: “Al principio los sindicatos se forman para regular las relaciones económicas de los empleados pero, enseguida, influenciados por la propaganda contra el Estado, toman un giro más político y empiezan a luchar por derrocar el Estado y el orden social existentes” ([18]).
Esta es muy probablemente una descripción fiel de la actitud de los obreros ferroviarios que, participando en la huelga y en la insurrección armada de diciembre en Moscú estaban en le primer plano de la escena de la revolución.
Los sindicatos de ferroviarios declinan rápidamente tras la revolución. En su Tercer Congreso, diciembre de 1906, su actividad descendió notablemente respecto al año anterior a pesar de que el número de obreros representados se había duplicado. En febrero de 1907 los socialdemócratas se retiran del sindicato y éste se hunde en 1908.
En el siglo xix, la clase obrera en Gran Bretaña se batió para crear sindicatos. Al principio agrupaban solo a los obreros más cualificados, hubo que esperar a las grandes luchas de la segunda mitad de ese siglo para que los obreros no cualificados superaran su dispersión y su debilidad, y formaran sus propios sindicatos. En la Rusia de 1905 son también los obreros más cualificados los que crean primero los sindicatos pero, al contrario de lo ocurrido en Inglaterra, la falta de participación de los no cualificados, de los obreros de base, no expresaba una falta de combatividad y de conciencia de clase sino un nivel más alto de estas. La ausencia de sindicatos no impidió el desarrollo de la conciencia de clase y de la combatividad que continuó progresando en 1905 creando las condiciones favorables para la huelga de masas y la aparición de los soviets. Se dio la forma sindical, pero su contenido tendía a inscribirse en la nueva forma de lucha. En la ebullición revolucionaria los obreros creaban nuevas formas de lucha pero también inyectaban ese nuevo contenido a las viejas formas, arrastrándolas en el torbellino revolucionario. La actividad revolucionaria de la clase obrera clarificó en la práctica la situación mucho antes de que se comprendiese a nivel teórico: en 1917 cuando la clase obrera parte al asalto contra el capital lo hace con los soviets.
La Revolución de 1917 confirmará que el soviet es la única forma de organización que se adapta a las necesidades de la lucha de la clase obrera en “la era de las guerras y de las revoluciones” (términos con los que la Internacional comunista caracteriza el periodo que abre la Primera Guerra mundial en la vida del capitalismo).
La huelga de masas de 1905 y su tentativa de insurrección muestran que los consejos obreros eran capaces de tomar a su cargo todas las funciones esenciales asumidas hasta ese momento por los sindicatos, es decir ser un lugar donde el proletariado se unifica y desarrolla su conciencia de clase, especialmente bajo la influencia de la intervención de los revolucionarios ([19]). Pero, mientras que durante todo el periodo precedente, en que la clase obrera estaba aún constituyéndose, los sindicatos normalmente debían su existencia a la intervención de los revolucionarios que organizaban a su clase; en cambio las masas obreras toman a cargo espontáneamente la creación del soviet, lo que se corresponde con la propia evolución de la clase obrera, a su madurez, a su nivel más alto de conciencia, y a las nuevas condiciones de se lucha. En efecto, mientras que la acción sindical se hacía en estrecha colaboración con los partidos parlamentarios de masas en torno a la lucha sistemática y progresiva por reformas, el consejo obrero corresponde a una necesidad de la lucha al tiempo económica y política, frontal contra el poder del Estado que es ya incapaz de satisfacer las reivindicaciones obreras. Es decir, el sindicato ya no sirve para llevar a delante una lucha capaz de agrupar y unir en la acción a fracciones crecientes y diversas de la clase obrera y ser el crisol de un desarrollo general de la conciencia.
Los sucesos de 1905 muestras por sí mismos que la practica sindical, instrumento por cuya constitución los obreros se batieron durante décadas, estaba perdiendo toda utilidad para la clase obrera. Si las circunstancias de 1905 dieron a los sindicatos la oportunidad de hacer todavía un papel positivo a favor de los obreros, esto sólo fue posible gracias a la propia existencia de los consejos obreros de los que los sindicatos se convirtieron en meros apéndices. En los años siguientes la sanción de la historia fue mucho más cruel para esas herramientas ya inadaptadas para la lucha obrera. En efecto en la primera carnicería mundial, la burguesía de los principales países beligerantes se adueñará de los sindicatos, poniéndolos al servicio del estado burgués, para con ellos atar a la clase obrera al esfuerzo de guerra.
La Revolución de 1905 es rica en lecciones de una importancia capital hoy en día para comprender el periodo histórico, para saber cuáles son las tareas y las formas de la lucha revolucionaria. La lucha de 1905 muestra los elementos esenciales de la lucha del proletariado en el periodo de decadencia del capitalismo. El desarrollo de la crisis del capitalismo platea a la lucha el objetivo de derrocar revolucionariamente al capitalismo, al tiempo que las consecuencias de la crisis, la guerra, la pobreza y una explotación aguda, imponen a toda lucha real darse una forma política. En tal situación nacieron los soviets. No fueron una especificidad rusa, sino que con diferentes ritmos y formas se dieron en los principales países capitalistas. En próximos artículos de esta serie veremos qué lecciones ha sido capaz de sacar el movimiento obrero.
North, 14/06/05
[1]) Trotski, 1905, Resultados y perspectivas, “La formación del Soviet de diputados obreros”.
[2]) Ídem.
[3]) Ídem, Capitulo 10, “El ministerio de Witte”.
[4]) Ídem, Capitulo 11, “Los primeros días de la «libertad»”.
[5]) Ídem, Capitulo 15: “La huelga de noviembre”
[6]) Ídem, Capitulo 16: “¡Las ocho horas y un fusil!”.
[7]) Ndlr: Hibris era en la Grecia antigua la personificación de la insolencia, de la trasgresión de las normas generalmente admitidas, y al castigo que reciben los hombres por ello, de querer parecerse a los dioses o pretender igualarse a ellos.
[8]) Abraham Ascher: La Revolución de 1905, Cap. X: “Días de libertad” (en inglés, traducido por nosotros).
[9]) Lenin: Obras completas,“Nuestras tareas y el Soviet de diputados obreros”.
[10]) Ídem, “La disolución de la Duma y las tareas del proletariado”.
[11]) Henry Reichman, Railwaymen and Revolution, Russia 1905 (Ferroviarios y revolución: 1905”, traducido del inglés por nosotros).
[12]) Ese término, en su origen, se refiere a un veterano nombrado por los campesinos para hacer de policía en el pueblo, mediar en las disputas y tener en cuenta todos los intereses. Todos se sometían siempre a las decisiones del staroste.
[13]) Trotski, 1905, Resultados y perspectivas, Capitulo 8: “La formación del Soviet de diputados obreros”.
[14]) Henry Reichman: Ferroviarios y revolución: 1905, Capitulo 7 (en inglés, traducido por nosotros).
[15]) Trotski, 1905, Resultados y perspectivas, Capitulo 7: “La huelga de octubre”.
[18]) Ídem, Capitulo 8.
[19]) La actitud de los revolucionarios se distingue de la de los reformistas en que frente a cualquier lucha local siempre ponían por delante los intereses comunes a todo el proletariado como clase histórica y mundial revolucionaria y no la perspectiva de un “capitalismo social”.
En el primer artículo de esta serie publicado en el nº 118 de esta Revista, pusimos en evidencia cómo la teoría de la decadencia, en Marx y Engels, está en la médula del materialismo histórico en el análisis de la evolución de los modos de producción. De igual modo la encontramos en el centro de los textos programáticos de las organizaciones de la clase obrera. En el segundo artículo, publicado en el nº 121 de la Revista internacional, hemos visto cómo las organizaciones obreras, tanto en los tiempos de Marx como en la Segunda Internacional, en sus Izquierdas marxistas así como en la Tercera Internacional, la Internacional comunista (IC), hicieron de este análisis el eje central de su comprensión de la evolución del capitalismo para ser capaces determinar las prioridades del momento. Marx y Engels, efectivamente, siempre dijeron claramente que la perspectiva de la revolución comunista dependía de la evolución material, histórica y global del capitalismo. La Internacional comunista, en particular, hará de este análisis el eje central de comprensión del nuevo período abierto con el estallido de la Primera Guerra mundial. Todas las corrientes políticas que la constituirán reconocerán el sello de la entrada del capitalismo en su período de decadencia en el primer conflicto mundial. Seguimos aquí evocando históricamente las principales expresiones políticas particulares de la IC sobre las cuestiones sindical, parlamentaria y nacional, para las cuales la entrada del sistema en su fase de declive tuvo consecuencias muy importantes.
El Primer congreso de la IC se celebró del 2 al 6 de marzo 1919, en plena culminación de la efervescencia revolucionaria internacional que se estaba desarrollando sobre todo en las principales concentraciones obreras de Europa. El joven poder soviético en Rusia apenas existía desde hacía dos años y medio. Un amplio movimiento insurreccional había estallado en septiembre del 18 en Bulgaria. Alemania estaba en plena agitación social, se habían formado consejos obreros en todo el país y una sublevación revolucionaria acababa de ocurrir en Berlín entre noviembre del 18 y febrero del 19. Llegó incluso a formarse una República socialista de consejos obreros en Baviera, que desgraciadamente sólo viviría entre noviembre del 1918 y abril de 1919. Una revolución socialista triunfadora estalló en Hungría inmediatamente después del congreso y resistir seis meses, de marzo a agosto del 19, a los asaltos de las fuerzas contrarrevolucionarias. Importantes movimientos sociales, consecuencia de las atrocidades de la guerra y de las dificultades de la posguerra, agitaban a todos los países europeos.
Al mismo tiempo, a causa de la traición de la socialdemocracia al haber tomado abiertamente partido por la burguesía al estallar la guerra en 1914, las fuerzas revolucionarias estaban en plena reorganización. Empezaban a desprenderse nuevas formaciones mediante un difícil proceso de decantación, con el objetivo de salvar los principios proletarios y las mayores fuerzas posibles de los antiguos partidos obreros. Las Conferencias de Zimmerwald (septiembre de 1915) y de Kienthal (abril del 16), que agruparon a todos los opositores a la guerra imperialista, contribuyeron ampliamente en esa decantación, permitiendo echar los primeros cimientos para la fundación de una nueva Internacional.
En el precedente artículo vimos cómo, tras el estallido de la Primera Guerra mundial, esa nueva Internacional hizo de la entrada del capitalismo en un nuevo período histórico su marco de comprensión de las tareas del momento. Examinaremos ahora cómo aparecerá ese marco, tanto explícita como implícitamente, en la elaboración de sus posiciones programáticas; hemos de poner también en evidencia que la rapidez del movimiento, en las difíciles condiciones de aquellos tiempos, no permitió a los revolucionarios sacar todas las implicaciones políticas de la entrada del capitalismo en su fase de decadencia en lo referente al contenido y las formas de lucha de la clase obrera.
En el Primer congreso de la Tercera internacional en marzo del 19, las primeras cuestiones a las que han de confrontarse las nuevas organizaciones comunistas atañen a la forma, contenido y perspectivas del movimiento revolucionario que se está desarrollando en toda Europa. La tarea del momento ya no es la de conquistas progresivas en el marco de un sistema capitalista ascendente: es la de la conquista del poder contra un modo de producción que ha sellado su quiebra histórica con el estallido de la Primera Guerra mundial ([1]). La forma de la lucha del proletariado debe entonces evolucionar para corresponderse con ese nuevo contexto histórico y con el nuevo objetivo.
La organización en sindicatos –esencialmente órganos de defensa de los intereses económicos del proletariado, que agrupaban minorías de la clase obrera– era la apropiada para los objetivos del movimiento obrero durante la fase ascendente del capitalismo, paro ya no correspondía a la perspectiva de conquista del poder. Por ello la clase obrera, en las huelgas de masas en Rusia de 1905 ([2]), hizo surgir los soviets (consejos obreros), órganos que agrupan al conjunto de los obreros en lucha, siendo su contenido a la vez político y económico ([3]) y cuyo objetivo fundamental es la preparación de la toma de poder:
« Lo fundamental es encontrar la vía practica que brindará al proletariado el medio para tomar el poder. Esa vía es el sistema de los soviets conjugado con la dictadura del proletariado. ¡Dictadura del proletariado!. Hasta hace poco estas palabras eran para las masas una expresión rebuscada y difícil, pero hoy, por la difusión que ha alcanzado en el mundo entero el sistema de los soviets, esa formulación ha sido traducida a todos los idiomas contemporáneos. Gracias al poder soviético que hoy gobierna en Rusia, gracias a los grupos espartaquistas de Alemania y a otros organismos similares de otros países (…)” (“Discurso de apertura del Primer Congreso de la IC” pronunciado por Lenin, citado en Los cuatro primeros congresos de la IC –primera parte).
Basándose en la experiencia de la Revolución rusa y en la aparición masiva de los consejos obreros en todos los movimientos insurreccionales en Europa, la IC en su Primer congreso era muy consciente de que el marco de las luchas consecuentes de la clase obrera ya no eran las organizaciones sindicales sino estos nuevos órganos unitarios: los soviets:
“En efecto, la victoria no podrá ser considerada como segura mientras no sean organizados no solo los trabajadores de la ciudad sino también los proletarios rurales, y organizados no como antes en los sindicatos y cooperativas sino en los soviets” (“Discurso de Lenin sobre las Tesis sobre la democracia burguesa y la dictadura del proletariado en el Primer Congreso de la IC”, Idem).
Es por supuesto la principal lección que se despeja de ese Primer congreso constitutivo de la IC, que se da como “tarea más esencial” la “propagación del sistema de los soviets”, según las propias palabras de Lenin:
«Sin embargo, creo que tras casi dos años de revolución no debemos plantear el problema de ese modo sino adoptar resoluciones concretas dado que la propagación del sistema de los soviets es para nosotros, y particularmente para la mayoría de los países de Europa occidental, la más esencial de las tareas (…) Deseo hacer una propuesta concreta tendente a la adopción de una resolución en la cual deben ser señalados particularmente tres puntos: 1. Una de las tareas más importantes para los camaradas de los países de Europa occidental consiste en explicar a las masas el significado, la importancia y la necesidad del sistema de los soviets (…) 3. Debemos decir que la conquista de la mayoría comunista en los soviets es la principal tarea en todos los países donde el poder soviético aún no triunfó” (idem).
El primer congreso de la IC también pone en evidencia que la clase obrera no solo hace surgir nuevos órganos de lucha –los consejos obreros– adaptados a los nuevos objetivos y contenido de su lucha en el período de decadencia del capitalismo, sino que éstos han de enfrentarse a los sindicatos que se han pasado al campo de la burguesía. Lo atestiguan los informes presentados por los delegados de varios países. Albert, delegado por Alemania, dice en su Informe:
«Es importante constatar que esos consejos de fábricas ponen entre la espada y la pared a los viejos sindicatos, incluso tan potentes como los alemanes, que habían prohibido a los obreros hacer huelga, que estaban contra cualquier movimiento declarado por parte de los obreros, y que habían apuñalado por la espalda a la clase obrera. Esos sindicatos están totalmente fuera de juego tras el golpe del 9 de noviembre. Todas la reivindicaciones salariales se han lanzado sin los sindicatos, e incluso contra ellos, porque ellos no han defendido ninguna reivindicación salarial » (citado en el Primer Congreso de la Internacional comunista).
El informe de Platten sobre Suiza va en el mismo sentido:
« El movimiento sindical en Suiza sufre del mismo mal que en Alemania (...) Los obreros suizos comprenden muy bien que solo podrán mejorar su situación material si vulneran los estatutos de sus sindicatos y parten en lucha, no bajo la dirección de la vieja Confederación sino bajo una dirección elegida por ellos. Se organizó un Congreso obrero en el que se formó un consejo obrero... (...) Congreso obrero que se realizó pese a la resistencia de la dirección sindical » (Idem).
Esa realidad del enfrentamiento, a menudo violento, entre movimiento obrero organizado en consejos y sindicatos transformados en último baluarte para salvar al capitalismo, es una experiencia que aparece en los informes de todos los delegados, a uno u otro nivel ([4]).
Este papel contrarrevolucionario de los sindicatos es un descubrimiento para el Partido bolchevique y Zinoviev, en su Informe sobre Rusia, dice:
«El desarrollo histórico de nuestros sindicatos ha sido diferente al de Alemania. En 1904 y 1905 desempeñaron un gran papel revolucionario y, hasta ahora, han luchado a nuestro lado por el socialismo (...) La inmensa mayoría de sus miembros comparten los puntos de vista de nuestro partido y todo lo que votan es a nuestro favor» (Primer Congreso de la IC).
El propio Bujarin, como corredactor de la Plataforma que será votada, declara:
«Camaradas, mi labor consiste en analizar la plataforma que se presenta (...) Si la hubiéramos escrito para los rusos trataríamos del papel de los sindicatos en el proceso de transformación revolucionaria. Pero tras la experiencia de los comunistas alemanes, eso es imposible, ya que los camaradas nos dicen que los sindicatos en Alemania son lo opuesto a los nuestros. En nuestro caso, los sindicatos desempeñan un papel positivo dentro del proceso de trabajo. El poder soviético se apoya, precisamente, en ellos; en Alemania ocurre todo lo contrario » (Primer Congreso de la IC).
Eso no es una sorpresa cuando se sabe que los sindicatos no aparecen realmente en Rusia más que en 1905, en el período de efervescencia revolucionaria en el que son arrastrados por el movimiento, a menudo bajo la dependencia de los soviets. Cuando se hunde el movimiento tras el fracaso de la revolución, los sindicatos también tienen tendencia a desaparecer, pues, contrariamente a lo que ocurría en los países occidentales, el absolutismo del Estado ruso no les permitía integrarse en su seno. En la mayor parte de los países occidentales desarrollados, como Alemania, Gran Bretaña y Francia, los sindicatos tenían tendencia a implicarse cada día más en la gestión de la sociedad a través de su participación en organismos varios y lo que hoy se llama “comisiones paritarias”. La explosión de la guerra confiere a esa tendencia su carácter decisivo, poniendo a los sindicatos en la obligación de escoger explícitamente su campo; y todos lo harán en los países citados traicionando a la clase obrera, incluido el sindicato anarcosindicalista CGT en Francia ([5]). En Rusia, sin embargo, con el desarrollo de la lucha de clases en reacción a las privaciones y al horror de la Primera Guerra mundial, la existencia de los sindicatos se reactiva. En el mejor de los casos, su papel es el de auxiliar de los soviets, como en 1905. Es preciso señalar, sin embargo, que a pesar de las condiciones desfavorables para su integración en el Estado, ciertos sindicatos como el de los ferroviarios ya eran muy reaccionarios en el periodo revolucionario de 1917.
Con el reflujo de la oleada revolucionaria y el aislamiento de Rusia, esas diferencias en la herencia de la experiencia obrera pesarán sobre la capacidad de la Internacional para sacar y hacer homogéneas todas las lecciones de las experiencias del proletariado a escala internacional. La fuerza del movimiento revolucionario, todavía aun muy importante cuando el Primer congreso, así como la convergencia de las experiencias sobre la cuestión sindical a la que se refieren todos los delegados de los países capitalistas más desarrollados, hacen que esta cuestión siga abierta. Así es como el camarada Albert, en nombre de la Mesa y como ponente de la Plataforma de la IC, concluirá sobre la cuestión sindical:
“Ahora abordo una cuestión capital que no se trata en la Plataforma, es decir la del movimiento sindical. Esta cuestión la hemos trabajado ampliamente. Hemos escuchado a delegados de diferentes países hablar del movimiento sindical y debemos constatar que no podemos adoptar hoy una posición internacional sobre esto en la Plataforma porque la situación del proletariado varía considerablemente de un país a otro. (...) Las circunstancias son muy diferentes según los países, de forma que nos parece imposible dar unas líneas directrices internacionales claras a los obreros. Ya que ello no es posible y no podemos zanjar la cuestión, debemos dejar que sean las diversas organizaciones nacionales las que definan su posición» (Primer Congreso de la IC)”.
Así contestará Albert, delegado del Partido comunista de Alemania, a la idea emitida por Reinstein, antiguo miembro del Socialist Labor Party americano y considerado como el delegado de Estados Unidos ([6]), de “revolucionalizar” a los sindicatos:
“Estoy tentado de decir que hay que «revolucionarizar», cambiar a los dirigentes amarillos por dirigentes revolucionarios. Pero, en realidad, no es fácil pues todos las formas de organización de los sindicatos se adaptan al viejo aparato del Estado, y porque el sistema de los Consejos no se puede construir sobre la base de los sindicatos de ramo » (Idem).”
El final de la guerra, una cierta euforia de la “victoria” en los países vencedores y la capacidad de la burguesía, apoyada ahora por la ayuda indefectible de los partidos socialdemócratas y por los sindicatos, para mezclar la represión feroz de los movimientos sociales con concesiones importantes en lo económico y lo político a la clase obrera –tales como el sufragio universal y la jornada de ocho horas– le permitirán estabilizar poco a poco, según qué país, la situación socioeconómica. Esta situación favorecerá el declive progresivo de la intensidad de la oleada revolucionaria que precisamente había surgido contra las atrocidades de la guerra y de sus consecuencias. Ese agotamiento del impulso revolucionario y el frenazo a la degradación de la situación económica pesarán mucho sobre la capacidad del movimiento revolucionario para sacar todas las lecciones de las experiencias de lucha a escala internacional y unificar su comprensión de todas las implicaciones del cambio de período histórico sobre la forma y el contenido de la lucha del proletariado. El aislamiento de la Revolución rusa favorecerá que la IC esté dominada por las posiciones del Partido bolchevique, un partido al que la presión terrible de los acontecimientos obligará a hacer cada vez más concesiones para intentar ganar tiempo y romper el bloqueo que ahogaba a Rusia. Tres hechos significativos de esa involución se materializarán entre el Primer y el Segundo congreso de la IC (julio de 1920). Por un lado, la IC formará en 1920, antes de su Segundo congreso, una Internacional sindical roja que se presentará como contrincante de la Internacional de los sindicatos “amarillos” de Ámsterdam (ligados a los partidos traidores socialdemócratas). Por otro lado, la Comisión ejecutiva de la IS disolverá, en abril de 1920, su Buró para Europa occidental de Ámsterdam, que polarizaba las posiciones radicales de los partidos comunistas en Europa del Oeste, en oposición con ciertas orientaciones defendidas por dicha Comisión, en particular sobre las cuestiones sindical y parlamentaria. Y, para terminar, Lenin escribe, en abril-mayo de 1920, uno de sus peores libros, La enfermedad infantil del comunismo, en el que hace una critica errónea de los que él llamó en aquel entonces “izquierdistas”; estos agrupaban en realidad todas las expresiones de izquierda y expresaban las experiencias de los bastiones más concentrados y avanzados del proletariado europeo ([7]). En lugar de proseguir la discusión, la confrontación y la unificación de las diferentes experiencias internacionales de las luchas del proletariado, ese cambio de perspectiva y de posición abría las puertas a un temeroso repliegue hacia las viejas posiciones socialdemócratas radicales ([8]).
A pesar de los acontecimientos cada día más desfavorables, la IC muestra, en sus «Tesis sobre la cuestión sindical» adoptada en su Segundo congreso, que sigue siendo capaz de clarificaciones teóricas puesto que adquirió la convicción, gracias a la confrontación de las experiencias de lucha en el conjunto de los países y a la convergencia de las lecciones sobre el papel contrarrevolucionario de los sindicatos, y a pesar de la experiencia contraria en Rusia, que los sindicatos se habían pasado a la burguesía durante la Primera Guerra mundial:
“Las mismas razones que, con raras excepciones, habían hecho de la democracia socialista no un arma de la lucha revolucionaria del proletariado por la liquidación del capitalismo, sino una organización que encabezaba el esfuerzo del proletariado según los intereses de la burguesía, hicieron que, durante la guerra, los sindicatos se presentaran con frecuencia como elementos del aparato militar de la burguesía. Ayudaron a ésta a explotar a la clase obrera con la mayor intensidad y a llevar a cabo la guerra del modo más enérgico, en nombre de los intereses del capitalismo” (“El movimiento sindical, los comités de fábrica y de empresas”, Segundo Congreso de la IC, Idem)”.
También los bolcheviques estaban convencidos, a pesar de su experiencia en Rusia, de que los sindicatos desempeñaban ya un papel esencialmente negativo y eran un poderoso freno al desarrollo de la lucha de clases, el estar, como la socialdemocracia, contaminados por el virus del reformismo.
No obstante, debido al cambio de tendencia en la oleada revolucionaria, a la estabilización socioeconómica del capitalismo y al aislamiento de la Revolución rusa, la presión tremenda de los acontecimientos conducirá a la IC, bajo la influencia de los bolcheviques, a quedarse con las antiguas posiciones socialdemócratas radicales en vez de seguir la indispensable profundización política para así comprender los cambios habidos en la dinámica, el contenido y la forma de la lucha de clases en la fase de decadencia del capitalismo. No es extraño entonces que se produjeran unos evidentes retrocesos también en las tesis programáticas que se votaron en el Segundo congreso de la IC, a pesar de la oposición de muchas organizaciones comunistas que representaban las fracciones más avanzadas del proletariado de Europa del Oeste. Y fue así, sin la más mínima argumentación y en total contradicción con la orientación general del Primer congreso y de la realidad concreta de las luchas, cómo defenderán los bolcheviques la idea según la cual:
“… Los sindicatos, que durante la guerra se habían convertido en los órganos del sometimiento de las masas obreras a los intereses de la burguesía, representan ahora los órganos de la destrucción del capitalismo” (Ídem)”.
Esta afirmación, por supuesto, fue inmediata y enérgicamente matizada ([9]), pero abrió la puerta a todos los subterfugios tácticos de “reconquista” de los sindicatos, de “ponerlos entre la espada y la pared” o desarrollar la táctica del frente único, so pretexto de que los comunistas seguían siendo muy minoritarios, que la situación era más desfavorable cada día, que había que “ir a las masas”, etc.
La evolución rápidamente descrita aquí se refiere a la cuestión sindical pero será idéntica, salvo algunos detalles, para las demás posiciones políticas desarrolladas por la IC. Tras haber realizado importantes clarificaciones y avances teóricos, ésta irá retrocediendo a medida que iba retrocediendo la oleada revolucionaria a nivel internacional. No se trata para nosotros de erigirnos en jueces de la historia y poner buenas o malas notas a unos y a otros, lo único que queremos es entender un proceso en el que cada factor cuenta, con sus fuerzas y debilidades. Ante el aislamiento creciente y sometido a la presión del retroceso de los movimientos sociales, cada componente de la IC tendrá tendencia a adoptar una actitud y unas posiciones determinadas por la experiencia específica de la clase obrera de cada país. La influencia predominante de los bolcheviques en la IC dejará progresivamente de ser un factor dinámico en el momento de su formación para acabar siendo un freno para la clarificación, cristalizando las posiciones de la IC a partir únicamente de la experiencia de la Revolución rusa ([10]).
Así como para la cuestión sindical, la posición referente a la política parlamentaria sufrirá una evolución semejante, pasando de una tendencia a la clarificación, expresada incluso en las «Tesis sobre el parlamentarismo» adoptadas por el Segundo congreso de la IC, a una tendencia a la fijación en posiciones de repliegue a partir de esas mismas Tesis ([11]). Pero, todavía más que sobre la cuestión sindical, y eso es lo que más nos interesa en este articulo, la cuestión parlamentaria será claramente analizada como algo propio de la evolución del capitalismo de su fase ascendente a su fase decadente. Se puede leer lo siguiente en las Tesis del Segundo Congreso:
« El comunismo debe tomar como punto de partida el estudio teórico de nuestra época (apogeo del capitalismo, tendencia del imperialismo a su propia negación y a su propia destrucción, agudización continua de la guerra civil, etc.) (...) La actitud de la IIIª Internacional con respecto al parlamentarismo no está determinada por una nueva doctrina sino por la modificación del papel del propio parlamentarismo. En la época precedente, el parlamentarismo, instrumento del capitalismo en vías de desarrollo, trabajó, en cierto sentido, por el progreso histórico. En las condiciones actuales, caracterizadas por el desencadenamiento del imperialismo, el parlamento se ha convertido en un instrumento de la mentira, del fraude, de la violencia, de la destrucción, de los actos de bandolerismo. Obras del imperialismo, las reformas parlamentarias, desprovistas del espíritu de continuidad y de estabilidad y concebidas sin un plan de conjunto, perdieron toda importancia práctica para las masas trabajadoras.(…) Para los comunistas, el parlamento no puede ser actualmente, en ningún caso, el teatro de una lucha por reformas y por el mejoramiento de la situación de la clase obrera, como sucedió en ciertos momentos de la época anterior. El centro de gravedad de la vida política actual está definitivamente fuera del marco del parlamento. (…) Es indispensable considerar siempre el carácter relativamente secundario de este problema (del “parlamentarismo revolucionario”). Al estar el centro de gravedad en la lucha extraparlamentaria por el poder político, es evidente que el problema general de la dictadura del proletariado y de la lucha de las masas por esa dictadura no puede compararse con el problema particular de la utilización del parlamentarismo” (“El partido comunista y el parlamentarismo”, Segundo Congreso de la IC, Ídem, subrayado nuestro).
Desgraciadamente, esas Tesis no serán consecuentes con sus propios presupuestos teóricos puesto que, a pesar de la nitidez de esas afirmaciones, la IC no sacará de ellas todas las consecuencias, pues acaba exhortando a todos los Partidos comunistas a que hagan una labor de propaganda “revolucionaria” desde la tribuna del Parlamento y durante las elecciones.
El Manifiesto votado en el Primer congreso de la IC era muy clarividente sobre la cuestión nacional, al enunciar que en el nuevo periodo abierto por la Primera Guerra mundial:
« El Estado nacional, tras haber dado un impulso vigoroso al desarrollo capitalista, se ha vuelto demasiado estrecho para la expansión de las fuerzas productivas” (“Manifiesto de la Internacional comunista a los proletarios de todo el mundo”, Idem).
Y, por consiguiente, deduce:
“Este fenómeno ha hecho más difícil la situación de los pequeños Estados situados en medio de las grandes potencias europeas y mundiales” (Idem)…
En esto, los pequeños Estados también estaban obligados a desarrollar sus propias políticas imperialistas:
“… “Esos pequeños estados surgidos en diferentes épocas como fragmentación de los grandes, como la calderilla destinada a pagar diversos tributos, como tampones estratégicos, poseen sus dinastías, sus castas dirigentes, sus pretensiones imperialistas, sus maquinaciones diplomáticas (…) Al mismo tiempo el número de pequeños estados creció: de la monarquía austrohúngara, del imperio de los zares se desprendieron nuevos estados que apenas nacidos luchaban entre sí por problemas de fronteras” (Idem)...
Habida cuenta de estas debilidades en un contexto demasiado estrecho para la expansión de las fuerzas productivas, de la independencia nacional se dice que es “ilusoria” y no deja más posibilidades a esas pequeñas naciones que la de hacerles el juego a las grandes potencias vendiéndose a la que más paga en el concierto interimperialista mundial:
“Su independencia ilusoria estaba basada, antes de la guerra, del mismo modo como estaba basado el equilibrio europeo, en el antagonismo de los dos grandes campos imperialistas. La guerra ha destruido ese equilibrio. Al dar primeramente una inmensa ventaja a Alemania, la guerra obligó a los pequeños estados a buscar su salvación en la magnanimidad del militarismo alemán. Al ser vencida Alemania, la burguesía de los pequeños estados, de acuerdo con sus “socialistas” patriotas, se giró para saludar al imperialismo triunfante de los aliados, y en los hipócritas artículos del programa de Wilson se dedicó a buscar las garantías del mantenimiento de su independencia (…) Mientras tanto, los imperialistas aliados preparan acuerdos de pequeñas potencias, viejas y nuevas, para encadenarlas entre sí mediante un odio mutuo y un debilitamiento general” (Ídem)”.
Esa clarividencia será desgraciadamente abandonada ya en el Segundo congreso con la adopción de las «Tesis sobre la cuestión nacional y colonial» puesto que todas las naciones, por pequeñas que sean, ya no serán consideradas como coaccionadas a llevar una política imperialista e involucrase en el juego de las grandes potencias. Las naciones del planeta serán subdivididas en dos grupos,
«la neta y precisa división entre naciones oprimidas, dependientes, protectorados, y opresoras y explotadoras » (Idem).
lo cual implica que:
« Todo partido perteneciente a la IIIº Internacional tiene el deber de (...) apoyar, no con palabras sino con hechos, todo movimiento de emancipación en las colonias (...) Los adherentes al partido que rechacen las condiciones y las tesis establecidas por la Internacional comunista deben ser excluidos del partido” (“Condiciones de admisión de los partidos en la Internacional comunista”, Idem).
Además, contrariamente a lo que se enunciaba con razón en el Manifiesto del Primer congreso, al Estado nacional ya no se le considera como “demasiado estrecho para la expansión de las fuerzas productivas” puesto que:
“… la dominación extranjera traba el libre desarrollo de las fuerzas económicas. Por eso su destrucción es el primer paso de la revolución en las colonias” (ídem).
Aquí de nuevo, podemos constatar hasta qué punto el abandono de todo lo que implica en profundidad, el análisis de la entrada en decadencia del sistema capitalista, acabará llevando poco a poco a la IC hacia la pendiente resbaladiza del oportunismo.
No pretendemos que la IC tuviera una perfecta comprensión de la decadencia del modo de producción capitalista. Como veremos en un próximo articulo, de lo que la IC y sus componentes eran plenamente conscientes, a un grado más o menos elevado, es que había nacido una nueva época, que el capitalismo había pasado a la historia, que la tarea del momento ya no era la conquista de reformas sino la conquista del poder, que la clase dominante, la burguesía, se había vuelto reaccionaria, al menos en los países centrales. Fue precisamente una de las principales debilidades de la IC el no haber sacado todas las lecciones del nuevo periodo abierto por la Primera Guerra mundial sobre la forma y el contenido de la lucha proletaria. Más allá de las fuerzas e insuficiencias de la IC y de sus principales componentes, esta debilidad se debía ante todo a las dificultades generales que tenía que encarar el movimiento obrero en su conjunto:
– la profunda división de las fuerzas revolucionarias tras la traición de la socialdemocracia y la necesidad de recomponerse en las condiciones difíciles de la guerra y de la inmediata posguerra;
– la separación entre países vencedores y países vencidos no eran las condiciones propicias para la generalización del movimiento revolucionario;
– la rápida involución de los movimientos de luchas por la capacidad, de la burguesía, diferente según los países, de estabilizar la situación económica y social inmediatamente después de la guerra.
Esta debilidad iba necesariamente a incrementarse y les incumbirá a las fracciones de izquierda que saldrán de la IC seguir el trabajo que no pudo cumplir ésta.
C. Mcl
[1]) “La IIª Internacional ha hecho un trabajo útil organizando a las masas proletarias durante el « periodo pacífico » del peor esclavismo capitalista durante el último tercio del siglo xix y principios del xx. La tarea de la IIIª Internacional es la de preparar al proletariado para la lucha revolucionaria contra los gobiernos capitalistas, para la guerra civil contra la burguesía en todos los países, hacia la toma del poder público y la victoria del socialismo » (Lenin, noviembre 1914, citado por M. Rakosi en su “Introducción a los textos de los cuatro primeros congresos de la Internacional comunista”).
[2]) Léase, en esta misma Revista internacional y en los nos 120 y 122, nuestra serie sobre la Revolución de 1905 en Rusia y la aparición de los soviets.
[3]) “En la época en que el capitalismo cae en ruinas, la lucha económica del proletariado se transforma en lucha política mucho más rápidamente que en la época de desarrollo pacifico del régimen capitalista. Todo conflicto económico importante puede plantear ante los obreros el problema de la Revolución » (« El movimiento sindical, los comités de fábrica y de empresas », Segundo Congreso de la IC) “La lucha de los obreros por el aumento de los salarios, aún en el caso de tener éxito, no implica el mejoramiento esperado de las condiciones de existencia, pues el aumento de los precios de los productos invalida inevitablemente ese éxito. La enérgica lucha de los obreros por aumentos de salarios en los países cuya situación es evidentemente sin salida, imposibilita los progresos de la producción capitalista debido al carácter impetuoso y apasionado de esta lucha y su tendencia a la generalización. El mejoramiento de la condición de los obreros sólo podrá alcanzarse cuando el propio proletariado se apodere de la producción» (Plataforma de la IC adoptada en el Primer Congreso).
[4]) Así, le Informe de Feinberg por Inglaterra señala que: “Los sindicatos renuncian a las conquistas arrancadas durante largos años de lucha, y la dirección de las trade-unions hace la unión sagrada con la burguesía. Pero la vida, la agravación de la explotación, la elevación del coste de la vida fuerzan a los obreros a volverse contra los capitalistas que utilizan la unión sagrada para sus objetivos de explotación. Se ven obligados a pedir aumentos de salarios y a apoyar esas reivindicaciones mediante huelgas. La dirección de los sindicatos y los antiguos líderes del movimiento habían prometido al gobierno sujetar a los obreros. Pero esos aumentos se producirían aunque de forma “no oficial” (Idem) Igualmente, por lo que respecta a los Estados Unidos, el Informe de Reinstein señala: “Pero, hay que destacar aquí que la clase capitalista norteamericana ha sido bastante pragmática y artera al dotarse de un pararrayos práctico y eficaz gracias al desarrollo de una gran organización sindical antisocialista bajo la dirección de Gompers. (...) Gompers es, más que nada, un Zubatov americano (Zubatov fue quien organizó los “sindicatos amarillos » por cuenta de la policía zarista). Siempre ha sido, y es, un decidido adversario de la concepción y de los objetivos socialistas, pero representa a una gran organización obrera, la Federación norteamericana del trabajo, fundada sobre los sueños de armonía entre el capital y el trabajo, que vela para que la potencia de la clase obrera se paralice y se ponga en orden de combate para mayor gloria del capitalismo americano » (Idem). El delegado por Finlandia, Kuusinen, irá en el mismo sentido en la discusión sobre la Plataforma de la IC : “Hay que hacer una puntualización al párrafo « Democracia y dictadura » sobre la cuestión de los sindicatos revolucionarios y las cooperativas. En Finlandia no existen ni sindicatos revolucionarios ni cooperativas revolucionarias y dudamos que pudieran existir. La forma de esos sindicatos y de tales organizaciones es tal en nuestro caso que estamos convencidos de que el nuevo régimen social tras la revolución será más sólido sin esos sindicatos que con ellos» (Ídem).
[5]) Esa es también la razón por la que la CNT española todavía no se pasara al campo burgués en 1914. Al no haber participado España en la Primera Guerra mundial, la CNT no se vio acorralada entre la espada y la pared, obligada a escoger su campo como ocurrió con los sindicatos de otros países.
[6]) Léanse las paginas del libro Los Cuatro primeros congresos de la IC sobre el tema. Este mismo delegado propondrá una enmienda en ese sentido a la Plataforma de la IC, que rechazará el Congreso.
[7]) Así Lenin llegará a escribir: “De ahí la necesidad, la necesidad absoluta para la vanguardia del proletariado, para su parte consciente, para el Partido comunista, de andarse con rodeos, de llegar a acuerdos, compromisos con los diversos grupos proletarios, los diversos partidos obreros y pequeños empresarios (...)”.
[8]) “El segundo objetivo de actualidad y que consiste en saber llevar a las masas a esta nueva posición (la dictadura del proletariado) capaz de asegurar la victoria de la vanguardia en la revolución, ese objetivo actual no podrá ser alcanzado sin la liquidación del doctrinarismo de izquierda, sin el rechazo decisivo y la eliminación total de sus errores“ (Lenin, en La enfermedad infantil del comunismo).
[9]) Las tesis continúan: «Pero la vieja forma burocrática profesional y las antiguas formas de la organización sindical entorpecen cualquier transformación del carácter de los sindicatos».
[10]) «El Segundo Congreso de la IIIª Internacional considera no adecuadas las concepciones sobre las relaciones del partido con la clase obrera y con las masas respecto a la participación facultativa de los Partidos comunistas en la acción parlamentaria y en la acción en los sindicatos reaccionarios, que han sido ampliamente refutadas en las resoluciones especiales del presente Congreso, tras haber sido defendidas, sobre todo, por el “Partido comunista obrero alemán” (KAPD, nota del redactor), por unos cuantos del “Partido comunista suizo”, por el órgano del buró vienés de la IC para Europa Oriental, Kommunismus, por algún camarada holandés, por ciertas organizaciones comunistas de Inglaterra, por la Federación Obrera Socialista, etc, así como por las IWW de Estados Unidos y por los Shop Stewards Commitees de Inglaterra, etc.” (Los cuatro primeros congresos de la IC).
[11]) Al haberlo hecho detalladamente para la cuestión sindical, no podemos aquí, en el marco de este articulo sobre la decadencia, repetirlo sobre la cuestión parlamentaria. Remitimos el lector a nuestra selección de artículos Movilización electoral, desmovilización de la clase obrera, que recoge dos artículos sobre el tema, publicados respectivamente en Révolution internationale no 2, febrero de 1973, “Las barricadas de la burguesía” y en el nº 10, julio de 1974, “Las elecciones contra la clase obrera.
El decimosexto congreso de la CCI ha coincidido con sus treinta años de vida. Igual que cuando los diez y los veinte años de la CCI, queremos en este artículo, sacar un balance de la experiencia de nuestra organización durante ese período pasado. No es ni mucho menos una expresión de narcisismo: las organizaciones comunistas no existen por y para sí mismas; son instrumentos de la clase obrera y a ésta pertenece la experiencia de aquéllas. Y por eso, este artículo es como una entrega de mandato que la clase obrera ha confiado a nuestra organización durante los treinta años de su existencia. Y como en toda entrega de mandato, hay que evaluar si nuestra organización ha sido capaz de hacer frente a las responsabilidades que le incumbían cuando se formó. Por eso empezamos examinando cuáles eran las responsabilidades de los revolucionarios hace treinta años ante lo que estaba en juego en la situación de entonces y cómo han evolucionado desde entonces al irse modificando la situación.
La situación en la que se formó la CCI, y que determinó las responsabilidades que tuvo que asumir en sus primeros años, era la del fin de la profunda contrarrevolución que se había abatido sobre el proletariado mundial tras el fracaso de la oleada revolucionaria de 1917-23. La extraordinaria huelga de masas de mayo de 1968 en Francia, el “mayo rampante” del otoño del 69 en Italia, las huelgas del Báltico en Polonia en el invierno de 1970-71, y muchos otros movimientos, revelaron que el proletariado había levantado la pesada losa que cargaba sobre él durante cuatro décadas. Esta reanudación histórica del proletariado no solo se expresó en el resurgir de las luchas obreras, y en la capacidad de éstas para deshacerse de la argolla en que estaban encerradas por los partidos de izquierda y sobre todo por los sindicatos durante décadas (así ocurrió en particular cuando las huelgas “salvajes” del “otoño caliente” italiano de 1969). Uno de los signos más patentes de que la clase obrera se había librado por fin de la contrarrevolución fue la aparición de toda una serie de personas y de grupos en búsqueda de las verdaderas posiciones revolucionarias del proletariado, poniendo en entredicho el monopolio que los partidos estalinistas ejercían, junto con sus apéndices izquierdistas (trotskistas o maoístas), sobre la idea misma de revolución comunista. La CCI fue, también ella, el resultado de ese proceso, puesto que se formó mediante el agrupamiento de una serie de grupos surgidos en Francia, Estados Unidos, Gran Bretaña, Italia y España y que se acercaron a las posiciones defendidas desde 1964, por el grupo Internacionalismo en Venezuela, grupo impulsado por un antiguo militante de la Izquierda comunista, MC, que estaba en ese país desde 1952.
Durante todo un tiempo, la actividad y las preocupaciones esenciales de la CCI estuvieron determinadas por estas tres responsabilidades fundamentales:
– apropiarse plenamente de las posiciones, análisis y enseñanzas de las organizaciones comunistas del pasado, pues la contrarrevolución las había llevado a la esclerosis o a su desaparición;
– intervenir en la oleada internacional de luchas obreras iniciada en mayo de 1968 en Francia;
– proseguir el agrupamiento de las nuevas fuerzas comunistas, del que la formación de la CCI había sido una primera etapa.
Con el hundimiento del bloque del Este y de los regímenes estalinistas de Europa en 1989 se instauró una nueva situación para la clase obrera la cual recibió en plena cara el latigazo de todas las campañas sobre el “triunfo de la democracia”, “la muerte del comunismo”, la “desaparición de la lucha de clases”, incluso de la propia clase obrera. Esa situación provocó un profundo retroceso en la clase obrera tanto en su combatividad como en su conciencia.
Y así, los treinta años de vida de la CCI se dividen en dos períodos de una duración equivalente, cada uno de ellos de unos quince años y de perfiles muy diferentes. En el primer período había que acompañar los pasos progresivos de la clase obrera en el desarrollo de sus combates y de su conciencia, interviniendo activamente en sus luchas. En cambio, una de las preocupaciones centrales de nuestra organización durante el segundo período ha sido la de resistir a contracorriente ante el profundo desconcierto de la clase obrera mundial. Fue una prueba para la CCI como para todas las organizaciones comunistas, pues no son impermeables al ambiente general en el que se mueve el conjunto de su clase: la desmoralización y la falta de confianza en sí misma que afectaban a ésta tenían una repercusión inevitable en las propias filas de nuestra organización. Y ese peligro era tanto más importante porque la generación que fundó la CCI había llegado a la política a partir de 1968 y principios de los años 70 por los surcos de unas luchas obreras de gran amplitud que podían hacer pensar que la revolución comunista estaba ya llamando a las puertas de la historia.
Hacer pues el balance de estos treinta años de vida de la CCI es examinar cómo fue nuestra organización capaz de hacer frente a esos dos períodos de la vida de la sociedad y del combate de la clase obrera. Se trata de ver cómo, ante las pruebas que tuvo que arrostrar, superó las debilidades inherentes a las circunstancias históricas presentes en su constitución y, de ese modo, comprender los factores de fuerza que le permiten sacar un balance positivo de estos treinta años de existencia.
En efecto, antes de ir más lejos, debemos hacer constar que el balance que la CCI puede sacar de sus treinta años de vida es positivo con creces. Cierto es que el tamaño de nuestra organización y, sobre todo, su impacto es muy modestos. Así lo escribíamos en el artículo publicado con ocasión de los 20 años de la CCI :
“Cuando comparamos a la CCI con las organizaciones que han marcado la historia del movimiento obrero, especialmente las Internacionales, puede embargarnos una cierta sensación de vértigo: mientras que millones o decenas de millones de obreros pertenecían, o estaban influenciados por estas organizaciones, la CCI es conocida en el mundo por una ínfima minoría de la clase obrera”[1]
Esta situación sigue siendo básicamente la misma hoy y se explica, como lo hemos puesto de relieve en nuestros artículos, por las circunstancias inéditas en medio de las cuales la clase obrera ha reanudado su camino hacia la revolución:
– ritmo lento del hundimiento económico del capitalismo, cuyas primeras manifestaciones a finales de los años 60 sirvieron de detonador para el resurgir histórico del proletariado;
– amplitud y profundidad de la contrarrevolución que se cernió sobre la clase obrera a partir de finales de los años 1920 y que separó a las nuevas generaciones de proletarios y de revolucionarios de la experiencia de las generaciones que habían realizado los grandes combates de principios de siglo xx y, en particular, de la oleada revolucionaria de 1917-23;
– enorme desconfianza de los obreros hacia toda organización política proletaria, al rechazar la dominación de los sindicatos y de los partidos pretendidamente “obreros”, “socialistas” o “comunistas”;
– incremento del peso de la falta de confianza en sí y de la desmoralización consecuente al desmoronamiento de los pretendidos “regímenes comunistas”.
Dicho lo cual, hay que poner de relieve el camino recorrido: mientras que en 1968 nuestra tendencia política sólo contaba con un pequeño núcleo en Venezuela y se formaba en Francia, en una sola ciudad del Sur, un pequeño grupo capaz únicamente de publicar dos o tres veces por año una revista a multicopista, nuestra organización es hoy una referencia para quienes se acercan a las posiciones revolucionarias:
– con publicaciones territoriales en 12 países, redactadas en 7 lenguas (inglés, español, alemán, francés, italiano, holandés y sueco);
– más de cien folletos y otros documentos publicados en esas lenguas y, además, en ruso, portugués, bengalí, hindi, farsi y coreano;
– más de 420 números de nuestra publicación teórica, la Revista internacional, publicada regularmente cada tres meses en inglés, español y francés y, con menor regularidad, en alemán, italiano, holandés y sueco.
Desde su formación, CCI ha realizado, en término medio, una publicación cada 5 días y ese ritmo es actualmente de una publicación cada 4 días. Hay que añadir el sitio Internet, con páginas en 13 lenguas. Esas páginas recogen los artículos de la prensa territorial, de la Revista internacional, los folletos y los volantes o panfletos impresos en papel, pero se publican en internationalism.org textos específicos, ICConline, lo cual nos permite dar a conocer lo antes posible nuestros posicionamientos ante acontecimientos sobresalientes de la actualidad.
Junto a esa actividad de publicación, hay que señalar también la cantidad de reuniones públicas o permanencias realizadas en 15 países por nuestra organización desde que ésta se creó, que permiten a nuestros simpatizantes venir a discutir sobre nuestras posiciones y análisis. Sin olvidar nuestras propias intervenciones orales, las ventas de prensa y reparto de volantes, en las reuniones públicas claro está, los foros o reuniones de otras organizaciones, en las manifestaciones, a las puertas de las empresas, en mercados, estaciones y, evidentemente, en las luchas de nuestra clase.
Digámoslo una vez más, todo eso es muy poco comparado, por ejemplo, con lo que podía ser la actividad de las secciones de Internacional comunista a principios de los años 20, en una época en que las posiciones revolucionarias se expresaban en periódicos diarios. Pero, como ya dijimos, solo puede compararse lo comparable y la verdadera medida del “éxito” de la CCI puede ser la diferencia que la separa de las demás organizaciones de la Izquierda comunista, unas organizaciones ya constituidas en 1968 cuando nuestra propia corriente estaba todavía en pañales.
Había en aquellos años unas cuantas organizaciones que se reivindicaban de la Izquierda comunista. Por un lado, estaban los grupos que se reivindicaban de la tradición de la Izquierda holandesa, o sea el “consejismo”, representado sobre todo por Spartacusbond y Daad en Gedachte, en Francia por el Groupe de liaison pour l’action des travailleurs (GLAT) e Informations et correspondances ouvrières (ICO), en Gran Bretaña por Solidarity, que se reivindicaba más especialmente del francés Socialisme ou barbarie, grupo desparecido en 1964 y surgido de una escisión habida en la IVª Internacional trotskista al término de la Segunda Guerra mundial.
Fuera de la corriente consejista, había también en Francia otro grupo salido de Socialisme ou Barbarie, Pouvoir ouvrier y, también, un pequeño núcleo en torno a Grandizo Munis (antiguo dirigente de la sección española de la IVª Internacional), Fomento obrero revolucionario, en francés Ferment ouvrier revolutionnaire (FOR, que publicaba Alarma/Alarme).
La otra corriente de la Izquierda comunista presente en 1968 era la que se vinculaba a la Izquierda italiana con dos ramas debidas a la escisión de 1952 en el Partito comunista Internazionalista de Italia fundado en 1945 al final de la guerra. Estaba, por un lado, el Partido comunista internacional “bordiguista” con su publicación Programma comunista en Italia y le Prolétaire y Programme comunista en Francia y, por otro, la corriente mayoritaria en el momento de la escisión, que publicaba Battaglia comunista y Prometeo.
Durante cierto tiempo, algunos de esos grupos se granjearon un éxito incontestable en lo que a “audiencia” se refiere. Así fue con grupos “consejistas” como ICO, hacia el que convergieron toda una serie de gente incitada a la política por Mayo del 68, grupo que fue capaz, en 1969 y 1970, de organizar varios encuentros a nivel regional, nacional e incluso internacional (Bruselas 1969) con la asistencia de importantes cantidades de elementos y grupos (el nuestro entre ellos). Pero ICO desapareció a principios de los años 70. Este medio volvió a aparecer a partir de 1975 con un boletín trimestral (Échanges) en el que participaban gentes de varios países pero solo en lengua francesa. En cuanto a los demás grupos de la corriente “consejista”, o dejaron de existir, como el GLAT en los años 70, Solidarity en 1988 o Spartacusbond, el cual no sobrevivió a la muerte de su principal animador, Stan Poppe en 1991, o dejaron de publicarse como Daad en Gedachte a finales de los 90.
También desaparecieron otros grupos mencionados arriba, Pouvoir ouvrier en los años 70 y FOR en los 90.
En cuanto a los grupos que se vinculan a la Izquierda Italiana, tampoco puede afirmarse que su destino haya sido de lo más brillante.
La esfera “bordiguista” conoció, tras la muerte de Bordiga en 1970, varias escisiones, entre las cuales la que desembocó en la formación de un nuevo “Partido comunista internacional” que publica il Partito comunista. Pero sería la tendencia mayoritaria que publica il Programma comunista, la que conoció a finales de los años 70 un desarrollo importante en varios países, lo que hizo de ella, durante algún tiempo, la principal organización internacional que se reivindicaba de la Izquierda comunista. Esta progresión, sin embargo, se debió en gran parte a una deriva izquierdista y tercermundista de la organización. Al cabo, una verdadera explosión golpeó al Partido comunista internacional 1982. La organización internacional se desmoronó cual castillo de naipes, tirando cado uno por su lado en plena desbandada. La sección francesa desapareció durante algunos años, mientras que en Italia, con grandes dificultades, algunos elementos fieles al bordiguismo “ortodoxo” volvieron a empezar al cabo de algún tiempo a manifestarse con dos publicaciones, Il Programma comunista e il Comunista. Hoy, la corriente bordiguista, aunque conserva cierta capacidad editorial en Italia con tres periódicos más o menos mensuales, está poco presente en el plano internacional. A la tendencia que publica il Comunista sólo en Francia le queda un representante con el trimestral le Prolétaire. La que publica Programma comunista en italiano publica Internationalist Papers en inglés cada uno o dos años y Cahiers internationalistes en francés con menor frecuencia todavía. La tendencia que publica en italiano Il Partito comunista (un “mensual” que aparece 7 veces al año) y Comunismo (cada 6 meses) saca también una o dos veces por año la Izquierda comunista y Communist Left, en español e inglés.
En cuanto a la corriente mayoritaria salida de la escisión de 1952 y que, además de las publicaciones, ha conservado el nombre de Partito comunista internazionalista (PCInt), ya hemos relatado en nuestro artículo “Una política oportunista de agrupamiento que no lleva más que a “abortos”[2]” las desventuras en sus intentos por ampliar su audiencia internacional. En 1984, el PCInt se agrupó con la Communist Workers’ Organización (que publica Revolutionnary Perspective) para formar el Buró internacional para el Partido revolucionario (BIPR). Casi 15 años más tarde, esta organización logró por fin extenderse más allá de sus dos componentes iniciales, integrando, a finales de los años 90 y principios de los años 2000, a varios pequeños núcleos, entre los cuales, el más activo es el que publica Notes internationalistes – Internationalist Notes en Canadá con una frecuencia trimestral, mientras que Bilan et perspectives, en Francia, aparece menos de una vez por año y el Círculo de América Latina (un grupo “simpatizante” del BIPR) no tiene publicación regular, limitándose esencialmente a publicar tomas de posición y traducciones en español en la página Internet del BIPR. Aunque se formó hace más de 20 años (y que además el Partito comunista internazionalista existe desde hace más de 60), el BIPR que, de todos los grupos vinculados al PCInt de 1945, es el de mayor extensión internacional[3], es hoy una organización mucho menos desarrollada que lo estaba la CCI cuando se formó.
Más en general, la CCI sola realiza cada año más publicaciones regulares (una publicación cada 5 días) que todas las demás organizaciones juntas. Ninguna de esas organizaciones dispone hoy por hoy de una publicación regular en lengua alemana, lo cual, evidentemente, es una debilidad, debido a la importancia del proletariado de Alemania en la historia del movimiento obrero internacional y en el porvenir de éste.
No se trata de ponerse en plan de competencia comercial si hemos hecho aquí esta comparación entre la extensión de nuestra organización y la de los demás grupos que se reivindican de la Izquierda comunista. Contrariamente a los que pretenden algunos de esos grupos, la CCI nunca ha intentado desarrollarse a costa de ellos, todo lo contrario. Cuando discutimos con contactos, siempre les animamos a que conozcan a esos otros grupos y sus publicaciones[4]. Y siempre hemos invitado a las demás organizaciones de la Izquierda comunista a que intervengan en nuestras reuniones públicas y presenten en ellas su prensa (proponiéndoles incluso alojar a sus militantes en las ciudades o países en donde no están presentes)[5]; también, en caso de acuerdo, hemos depositado en librerías publicaciones de esos grupos. Nuestra política no ha sido nunca la de ir “de pesca” para enganchar a militantes de otras organizaciones que tuvieran divergencias con las posiciones o la política de ellas. Siempre les animamos a quedarse en ellas para llevar a cabo en su seno un debate de clarificación[6].
Porque, contrariamente a los demás grupos citados aquí, los cuales se consideran todos como el único en poder impulsar la formación del futuro partido de la revolución comunista, nosotros pensamos que existe un campo de la Izquierda comunista que defiende posiciones en el seno de la clase obrera y que ésta sacará tantos más beneficios cuanto más se desarrolle ese campo en su conjunto. Claro que criticamos las posiciones y análisis que nos parecen erróneos en esas organizaciones cuando nos parece útil. Pero nuestras polémicas forman parte del debate necesario en el proletariado, pues, como Marx y Engels, nosotros pensamos que, además de su experiencia, solo la discusión y la confrontación de las posiciones le permitirá avanzar en su toma de conciencia[7].
El objetivo esencial de esa comparación del balance de la CCI con el de las demás organizaciones de la Izquierda comunista es, en realidad, poner de relieve lo débil que es todavía el impacto de las posiciones revolucionarias en el seno de la clase, debido a las condiciones históricas y a los obstáculos que la clase encuentra en el camino de su toma de conciencia. Nos permite comprender que el débil impacto que tiene todavía hoy la CCI no debe ser considerado como un fracaso de su política o de sus orientaciones. Muy al contrario: teniendo en cuenta las circunstancias históricas actuales, lo que hemos logrado realizar desde hace treinta años debe considerarse como muy positivo y subraya la validez de las orientaciones que nos hemos dado a lo largo de este período. Por consiguiente debemos examinar más precisamente cómo nos han permitido esas orientaciones enfrentar positivamente las diferentes situaciones que se han ido sucediendo desde la fundación de la organización. Y en primer lugar, debemos recordar (pues ya lo dijimos en los artículos publicados con ocasión del Xº y el XXº aniversario de la CCI) cuáles han sido los principios fundamentales en los que nos hemos basado[8].
Lo primero que hay que decir con fuerza es que esos principios no son, ni mucho menos, un invento de la CCI. Ha sido la experiencia del conjunto del movimiento obrero lo que ha ido elaborando progresivamente esos principios. Por eso no es en absoluto por formalismo si en las “posiciones de base” que aparecen en la contraportada de todas nuestras publicaciones está escrito:
“Las posiciones de las organizaciones revolucionarias y su actividad son el fruto de las experiencias pasadas de la clase obrera y de las lecciones que dichas organizaciones han ido acumulando de esas experiencias a lo largo de la historia.
“La CCI se reivindica de los aportes sucesivos de la Liga de los comunistas de Marx y Engels (1847-52), de las tres Internacionales (la Asociación internacional de los trabajadores, 1864-72, la Internacional socialista, 1884-1914, la Internacional comunista, 1919-28), de las Fracciones de izquierda que se fueron separando en los años 1920-30 de la Tercera internacional (la Internacional comunista) en su proceso de degeneración, y más particularmente de las Izquierdas alemana, holandesa e italiana”.
Nos reivindicamos de los aportes sucesivos de las diferentes fracciones de izquierda de la IC, pero, en lo referente a la construcción de la organización nos vinculamos con las concepciones de la Fracción de izquierda del Partido comunista de Italia, especialmente con las expuestas en la revista Bilan en los años 30. Fue la gran clarividencia alcanzada por esta organización lo que fue decisivo en su capacidad no sólo para sobrevivir, sino también para impulsar el pensamiento comunista de manera sobresaliente.
En el marco de este artículo, no podemos desarrollar las posiciones de la Fracción italiana (FI) en toda su riqueza. Nos limitaremos a lo esencial.
Lo primero que nos vincula a la FI es la cuestión del curso histórico: ante la crisis mortal de la economía capitalista cada una de las clases fundamentales de la sociedad, burguesía y proletariado, da su propia respuesta: la guerra imperialista aquélla y la revolución el proletariado. La salida que se impondrá finalmente depende de la relación de fuerzas entre las clases. Si la burguesía pudo desencadenar la Primera Guerra mundial fue porque el proletariado había sido derrotado previamente por su enemigo, sobre todo gracias a la victoria del oportunismo en el seno de los principales partidos de la Segunda Internacional. La guerra imperialista misma, sin embargo, al barrer con toda su bestialidad todas las ilusiones sobre la capacidad del capitalismo para proporcionar la paz y la prosperidad a la sociedad y mejorar las condiciones de vida de la clase obrera, provocó el despertar de ésta. El proletariado se alzó contra la guerra a partir de 1917 en Rusia y en 1918 en Alemania para después lanzarse a los combates por el derrocamiento del capitalismo. El fracaso de la revolución en Alemania, o sea en el país más decisivo, abrió la puerta a la victoria de une contrarrevolución que extendió su dominación al mundo entero, especialmente a Europa, con la victoria del estalinismo en Rusia, del fascismo en Alemania y de la ideología “antifascista” en los países “democráticos”. Uno de los méritos de la Fracción, durante los años 30, fue haber comprendido que, a causa de la derrota profunda de la clase obrera, la crisis aguda del capitalismo que había empezado en 1929, no podía sino desembocar en una nueva guerra mundial. Con esta base de análisis del período, o sea que el curso histórico no era hacia la revolución sino hacia la guerra mundial, la Fracción pudo comprender la naturaleza de los acontecimientos en España 36 y no caer así en el error fatal de los trotskistas que veían en ellos los inicios de la revolución proletaria cuando en realidad eran la preparación de la segunda carnicería imperialista.
La capacidad de la Fracción para identificar la verdadera situación de la relación de fuerzas entre burguesía y proletariado se completaba con la claridad con la que concebía el papel de las organizaciones comunistas en cada uno de los períodos de la historia. Basándose en la experiencia de las diferentes Fracciones de izquierda habidas en la historia del movimiento obrero, en particular la Fracción bolchevique dentro del Partido obrero socialdemócrata de Rusia (POSDR), y también la actividad de Marx y Engels desde 1847, la Fracción, con su publicación Bilan, estableció la diferencia entre la forma Partido y la forma Fracción de la organización comunista. El partido es el órgano que se da la clase en períodos de lucha intensa cuando las posiciones defendidas por los revolucionarios tienen un impacto real en el discurrir de la lucha. Cuando la relación de fuerzas se hace desfavorable al proletariado, el partido o desparece como tal o tiende a degenerar en un derrotero oportunista que lo arrastra a la traición al servicio de la clase enemiga. La defensa de las posiciones revolucionarias le incumbe entonces a un organismo de dimensiones e impacto más restringidos, la Fracción. El papel de ésta es luchar para enderezar el partido y que sea capaz de desempeñar su papel cuando la clase vuelva a la lucha o, en caso de que esa tarea resulte imposible, servir de puente programático y organizativo hacia el futuro partido, el cual solo se podrá formar a condición:
– de que la Fracción haya sacado todas las lecciones de la experiencia pasada, en particular de las derrotas;
– que la relación de fuerzas entre las clases vuelva a ser otra vez favorable al proletariado.
Otra de las enseñanzas transmitidas por la Izquierda Italiana y que se deduce de lo dicho antes, es el rechazo del inmediatismo, o sea de la actitud que pierde de vista el largo plazo que es lo propio de la lucha del proletariado y de la intervención de las organizaciones revolucionarias en esa lucha. Lenin decía que la paciencia debía ser una de las cualidades principales de los bolcheviques. Reanudaba así el combate de Marx y de Engels contra la plaga del inmediatismo[9], la cual, a causa de la penetración permanente en la clase obrera de la ideología de la pequeña burguesía, o sea una capa social sin el menor porvenir, una amenaza constante para el movimiento de la clase obrera.
Una consecuencia de esa lucha contra el inmediatismo en la que se ilustró la Fracción fue el rigor en la labor de agrupamiento de las fuerzas revolucionarias. Contrariamente a la corriente trotskista, que privilegiaba los agrupamientos apresurados basados entre otras cosas en acuerdos entre “personalidades”, la Fracción anteponía la necesidad de una discusión profunda de los principios programáticos antes de unirse con otras corrientes.
Pero ese rigor en los principios no excluía ni mucho menos la voluntad de discusión con otros grupos. Cuando se es firme en las convicciones no se teme la confrontación con otras corrientes. Y, al contrario, el sectarismo, al considerarse “único en el mundo” y rechazar todo contacto con otros grupos proletarios, es, en general, la marca de una falta de convicción en la validez de sus propias posiciones. Fue precisamente porque se basaba con firmeza en lo adquirido por el movimiento obrero por lo que la Fracción dio pruebas de audacia al pasar por el tamiz de la crítica las experiencias pasadas hasta llegar si hacía falta a poner en entredicho algunas posiciones consideradas como una especie de dogma por otras corrientes[10]. Y así, mientras que la corriente de la Izquierda germano-holandesa, ante la degeneración de la revolución en Rusia y el papel contrarrevolucionario desde entonces desempeñado por el partido bolchevique, tiraba todo a la basura cuando concluía que la naturaleza de la revolución de Octubre y de ese partido era burguesa, la Fracción, en cambio, siempre dejó muy clara la naturaleza proletaria de aquélla y de éste. De este modo también combatía la postura del “consejismo” hacia la que había resbalado la Izquierda holandesa, afirmando el papel indispensable del partido para la victoria de la revolución comunista. Y contra el trotskismo, que se reivindicaba íntegramente de los cuatro primeros congresos de Internacional comunista, la Fracción, siguiendo al Partido comunista de Italia de principios de los años 20, rechazó las posiciones erróneas de esos congresos, especialmente la política de “frente único”. Pero fue todavía más lejos, poniendo en entredicho la posición de Lenin y del Segundo Congreso sobre el apoyo a las luchas de liberación nacional uniéndose en eso a la postura defendida por Rosa Luxemburg.
Sobre el conjunto de esas enseñanzas, recogidas y sistematizadas por la Izquierda comunista de Francia (1945-52), se basó la CCI cuando se formó. Y es eso lo que le ha permitido enfrentarse victoriosamente a las pruebas que iba a encarar, a causa, en particular, de las debilidades que pesaban sobre el proletariado y sus minorías revolucionarias en el momento de la reanudación histórica de 1968.
Lo primero que había que comprender ante ese resurgir de la clase era la cuestión del curso histórico. Esta cuestión no la entienden bien los demás grupos que se reivindican de la Izquierda Italiana. Al haber formado el Partido en 1945, cuando la clase estaba sumida en la contrarrevolución y sin que después hicieran la crítica de esa constitución prematura, esos grupos (que seguían llamándose “partido”) han sido incapaces de diferenciar la contrarrevolución y la salida de la contrarrevolución. En el movimiento de mayo de 1968, como en el otoño caliente italiano de 1969, no veían nada de fundamental para la clase obrera, atribuyendo esos acontecimientos a la agitación estudiantil. Al contrario, conscientes del cambio en la relación de fuerzas entre las clases, nuestros camaradas de Internacionalismo (especialmente MC, antiguo militante de la Fracción y de la ICF) comprendieron la necesidad de entablar una labor de discusión y agrupamiento con los grupos que el cambio del curso histórico estaba haciendo surgir. En varias ocasiones, esos compañeros pidieron al PCInt que hiciera un llamamiento para iniciar discusiones y convocara una conferencia Internacional en la medida en que esta organización tenía una importancia sin comparación posible con la de nuestro pequeño núcleo de Venezuela. Cada vez, el PCInt rechazaba la propuesta argumentando que no había nada nuevo bajo el sol. Finalmente pudo organizarse un primer ciclo de conferencias a partir de 1973 tras el llamamiento lanzado por Internationalism, el grupo de Estados Undios que se había acercado a las posiciones de Internacionalismo y de Revolución Internacional, fundada ésta en Francia en 1968. Fue en gran parte gracias a estas conferencias, que permitieron una seria decantación entre toda una serie de grupos y gentes llegados a la política tras mayo de 68, si se pudo constituir la Corriente comunista internacional en enero de 1975. Es evidente que la actitud de búsqueda sistemática de la discusión con elementos, quizás confusos pero con voluntad revolucionaria, como había sido la actitud de la Fracción, fue un factor determinante en la realización de esa primera etapa.
Pero junto a todo el entusiasmo que expresaban los jóvenes que formaron la CCI o que se unieron a ellos en los primeros años, había una serie de debilidades muy importantes:
– el impacto del movimiento estudiantil, impregnado de ideas pequeño burguesas, el individualismo y el inmediatismo entre otras cosas, (“¡la revolución ya!” era uno de los lemas estudiantiles de 1968);
– la desconfianza hacia toda forma de organización de los revolucionarios que intervenga en la clase a causa del papel contrarrevolucionario desempeñado por los partidos estalinistas; en resumen: el peso del consejismo.
Esas debilidades no solo afectaban a quienes se agruparon en la CCI. Eran, en realidad, mucho más importantes entre los grupos y elementos que se quedaron fuera de nuestra organización que en gran parte se había formado en el combate contra ellos. Esas debilidades explican el éxito efímero que conoció la corriente consejista después de 1968. Y solo efímero podía ser, pues cuando se teoriza su propia inutilidad para el combate de clase, difícilmente se podrá sobrevivir. Permiten también explicar el éxito y después la desbandada de Programma comunista: después de no haber entendido nada del significado y la importancia de lo ocurrido en 1968, esa corriente atrapada por un repentino vértigo ante el desarrollo internacional de las luchas obreras, abandona la prudencia y el rigor organizativo que la habían caracterizado durante largos años. Su sectarismo congénito y su “monolitismo” reivindicado se habían trastocado en “apertura” a todos los vientos (salvo, eso sí, a nuestra organización a la que seguía considerando como “pequeño burguesa”), abriéndose especialmente hacia toda una serie de elementos apenas salidos del izquierdismo, y de manera incompleta, y en especial del tercermundismo. El cataclismo que vivió Programma comunista en 1982 fue la consecuencia lógica del olvido de las enseñanzas principales de la Izquierda italiana de la que, sin embargo, no ha cesado de reivindicarse.
En la CCI, a pesar de la voluntad de no integrar precipitadamente a nuevos militantes, esas debilidades no tardaron en aparecer. Y fue así como en 1981 nuestra organización vivió una crisis muy importante que, por ejemplo, se llevó por delante a la mitad de su sección en Gran Bretaña. El carburante principal de aquella crisis fue el inmediatismo que llevó a toda una serie de militantes, especialmente en los países que en aquel entonces acababan de vivir las luchas obreras más masivas de su historia (con 29 millones de jornadas de huelga, la Gran Bretaña de 1979 se coloca en segunda posición detrás de la Francia de 1968 en lo que a estadísticas de la combatividad obrera se refiere), a sobrestimar las potencialidades de la lucha de clases y considerar como proletarios a órganos del sindicalismo de base que la burguesía hizo surgir frente al desbordamiento de las estructuras sindicales oficiales. Al mismo tiempo, el individualismo que seguía pesando fuertemente llevó a un rechazo del carácter unitario de la organización: cada sección local, incluso cada individuo, podía librarse de la disciplina de la organización cuando le parecía que las orientaciones de ésta no eran correctas. Es en particular el peligro que combate el “Informe sobre la función de la organización revolucionaria” (Revista internacional n° 29) adoptado en la Conferencia extraordinaria celebrada en enero de 1982 para volver a enderezar a la CCI.
También la tarea del “Informe sobre la estructura y el funcionamiento de la organización de los revolucionarios” (Revista internacional n° 33) fue combatir el individualismo defendiendo una organización centralizada y disciplinada (a la vez que se insistía en la necesidad de llevar a cabo los debates de la manera más abierta y profunda en la organización).
El combate victorioso contra el inmediatismo y el individualismo, aunque permitió salvar a la organización en 1981, no por ello eliminó las amenazas que sobre ella pesaban: el peso del consejismo especialmente, o sea de la subestimación del papel de la organización comunista, que se cristalizó en 1984 en la formación de una “tendencia” que alzó su estandarte contra la “caza de brujas”, cuando entablamos el combate contra los vestigios del consejismo en nuestras filas. Esta “tendencia” acabó dejando la CCI en su VIº Congreso, a finales de 1985, para formar la Fracción externa de la CCI (FECCI) que se proponía defender la “verdadera plataforma” de nuestra organización contra su pretendida “degeneración estalinista” (fue la misma acusación que la que habían hecho los elementos que habían dejado la CCI en 1981)[11].
Esos diferentes combates permitieron a nuestra organización asumir globalmente su responsabilidad ante las luchas de la clase obrera que se desarrollaron en ese período, como la huelga de los mineros de 1984 en Gran Bretaña, la huelga general de 1985 en Dinamarca, la gran huelga del sector público de 1986 en Bélgica, la huelga de los ferroviarios y de los hospitalarios en 1986 y 1988 en Francia, la huelga en la enseñanza en la Italia de 1987[12].
Esta intervención en las luchas obreras de los años 1980 no hizo olvidar a nuestra organización una de las preocupaciones centrales de la Fracción italiana: sacar las lecciones de las derrotas pasadas. Y así, tras haber seguido y analizado con la mayor atención las luchas obreras de 1980 en Polonia[13], la CCI, para comprender mejor la derrota, se dedicó a estudiar las características específicas de los regímenes estalinistas de Europa del Este[14]. Fue ese análisis en particular el que permitió a nuestra organización, unos dos meses antes de la caída del muro de Berlín, prever el desmoronamiento del bloque del Este y de la URSS, mientras que muchos otros grupos estaban todavía analizando lo que estaba ocurriendo en la URSS y su bloque (la “perestroïka” y la “glasnost”, la subida al poder de Solidarnosc en Polonia durante el verano de 1989), como una política de fortalecimiento de ese bloque[15].
De igual modo, la capacidad para encarar las derrotas de la clase, que la Fracción poseía en alto grado y que, después de ella, fue también una cualidad de la Izquierda comunista de Francia, nos permitió a nosotros, ya antes de los acontecimientos del otoño de 1989, prever que iban a provocar un profundo retroceso en la conciencia del proletariado:
Incluso en su muerte, el estalinismo está haciéndole un último servicio a la dominación capitalista: al descomponerse, su cadáver sigue emponzoñando la atmósfera que respira el proletariado... Es de suponer, pues, que asistamos a un retroceso momentáneo de la conciencia del proletariado... (...) Habida cuenta de la importancia histórica de los hechos que lo determinan, ese retroceso actual del proletariado, aunque no ponga en entredicho el curso histórico, o sea la perspectiva general hacia enfrentamientos de clase, sí aparece como mucho más profundo que el que vino tras la derrota de 1981 en Polonia” (“Tesis sobre la crisis económica y política en la URSS y en los países del bloque del Este”, Revista internacional n 60)”[16].
Sin embargo, ese análisis no era unánimemente compartido en el campo de la Izquierda comunista. Muchos pensaban que la desaparición vergonzante del estalinismo, por haber sido la punta de lanza de la contrarrevolución, iba a abrir el camino al desarrollo de la conciencia y la combatividad del proletariado. Era la época también en la que al BIPR no se le ocurrió mejor cosa que escribir lo siguiente sobre el golpe de Estado que derrocó a Ceaucescu a finales del 1989:
“Rumania es el primer país en las regiones industrializadas en el que la crisis económica mundial ha hecho surgir una real y auténtica insurrección popular cuyo resultado ha sido el derrocamiento del gobierno (…) en Rumania, todas las condiciones objetivas y casi todas las condiciones subjetivas estaban reunidas para transformar la insurrección en una real y auténtica revolución social” (Battaglia comunista de enero de 1990, “Ceaucescu ha muerto, pero el capitalismo sigue viviendo”).
En fin, si nuestra organización comprendió las dificultades que iba a acarrear en el combate de la clase obrera el desmoronamiento del bloque del Este y del estalinismo, fue porque antes había sido capaz de identificar la nueva fase en la que había entrado la decadencia del capitalismo, la fase de la descomposición:
“Hasta hoy, los combates de clase que desde hace 20 años, se han desarrollado en todos los continentes, han sido capaces de impedir que el capitalismo decadente dé su propia respuesta al callejón sin salida de su economía: el desencadenamiento de la forma terminal de su barbarie, una nueva guerra mundial. Pero no por eso la clase obrera es todavía capaz de afirmar, mediante luchas revolucionarias, su propia perspectiva, ni siquiera de presentar al resto de la sociedad ese futuro que lleva en sí. Es precisamente esa situación de momentáneo compás de espera, en el que, por ahora, ni la alternativa burguesa ni la proletaria pueden afirmarse lo que origina ese fenómeno de pudrimiento de raíz de la sociedad capitalista, que explica el grado extremo que hoy ha alcanzado la barbarie típica de la decadencia del sistema. Y ese pudrimiento se va a incrementar con la agravación inexorable de la crisis económica” (“La descomposición del capitalismo”, Revista internacional n° 57).
“En realidad, el hundimiento actual del bloque del Este es una de las expresiones de la descomposición general de la sociedad capitalista, cuyo origen se encuentra…en la incapacidad para la burguesía de dar su propia respuesta, la guerra generalizada, a la crisis abierta de la economía mundial” (“La descomposición, fase última de la decadencia del capitalismo”[17]).
Y también fue inspirándonos en el método de la Fracción italiana, para la que el «conocimiento no puede soportar ninguna prohibición ni ningún ostracismo», si la CCI pudo llevar a cabo esa reflexión. Si la CCI pudo elaborar ese análisis fue porque, a imagen de la Fracción, la preocupación de la CCI es combatir la «rutina», la pereza del pensamiento, la idea de que «no habría nada nuevo bajo el sol» o que «las posiciones del proletariado son invariables desde 1848» (come lo pretenden los bordiguistas). Nuestra organización pudo prever el desmoronamiento del bloque del Este y la consiguiente desaparición del bloque occidental, como también previó el retroceso importante que iba a sufrir la clase obrera a partir de 1989, porque hizo suya esa voluntad de estar en permanente vigilancia ante los hechos históricos, a riesgo de poner en entredicho unas cuantas certezas confortables y bien establecidas. Ese método de la Fracción del que se reivindica la CCI no nos pertenece por muy capaces que hayamos sido de ponerlo en práctica. Es, en realidad, el método de Marx y de Engels, los cuales nunca vacilaron en poner en entredicho las posiciones que antes había adoptado en cuanto la realidad lo exigía. Era el método de Rosa Luxemburg, la cual tuvo la audacia, ante el congreso de la Internacional socialista de 1896, de llamar al abandono de una de las posiciones más emblemáticas del movimiento obrero, el apoyo a la independencia de Polonia y, más en general, a las luchas de liberación nacional. Era el método del que se reivindicaba Lenin cuando, ante el estupor y la oposición de los mencheviques y de los «viejos bolcheviques», anuncia que hay que volver a escribir el programa del Partido adoptado en 1903, precisando que «gris es el árbol de la teoría, verde es el árbol de la vida».
Esta voluntad de vigilancia de la CCI ante todo nuevo acontecimiento no solo se aplica al ámbito de la situación internacional. También inspira la vida interna de nuestra organización. Tampoco en esto hemos inventado nada. Este método lo hemos aprendido de la Fracción, la cual se inspiraba a su vez del ejemplo de los bolcheviques, y, antes, del de Marx y Engels, especialmente en la AIT. El período siguiente al desmoronamiento del bloque del Este, que hasta hoy viene a ser, como ya dijimos, cerca de la mitad de la vida de la CCI, ha sido una nueva prueba para nuestra organización que tuvo, como en los años 80, que encarar nuevas crisis. A partir de 1993, hubo que entablar combate contra «el espíritu de círculo», tal como lo definió Lenin con motivo del combate llevado a cabo en y después del Congreso de 1903, un espíritu de círculo procedente de los orígenes mismos de la CCI a partir de pequeños grupos en los que las afinidades se mezclaban con la convicción política. De perpetuarse ese espíritu de círculo, y con la presión creciente de la descomposición, se aumentaba la tendencia a favorecer los comportamientos de «clan» dentro de la CCI, amenazando así su unidad, incluso su supervivencia. Y de igual modo que las personas más marcadas por ese ánimo, incluidos muchos miembros fundadores del partido como Plejánov, Axelrod, Zasulich, Potrésov y Mártov, se opusieron y alejaron de los bolcheviques para formar la Fracción menchevique tras y a causa de ese congreso, cierto número de «miembros eminentes» de la CCI (como los podría haber llamado Lenin) no soportaron ese combate y se fueron de la organización en esa época (1995-96). Sin embargo, la lucha contra el espíritu de círculo y de clan no se llevó hasta sus últimas consecuencias y de manera letal volvieron a la carga en 2000-2001. Los mismos ingredientes que los de la crisis de 1993 estuvieron presentes en la de 2001, paro hay que añadir el desgaste de la convicción comunista en algunos militantes, desgaste agravado por el retroceso prolongado de la clase obrera y el peso acentuado de la descomposición. Sólo eso puede explicar por qué hubo algunos miembros veteranos de la CCI que o abandonaron toda preocupación política o se transformaron en chantajistas, hampones y hasta soplones por libre[18]. Cuando poco antes de morir en 1990 nuestro compañero MC subrayaba la importancia del retroceso que iba a sufrir la clase obrera, decía que era entonces cuando se iba a ver a los verdaderos militantes, o sea a aquellos que no pierden sus convicciones en tiempos difíciles. Quienes, en 2001, dimitieron y formaron la FICCI, fueron una prueba de esa alteración en las convicciones. Una vez más, la CCI ha llevado a cabo un combate por la defensa de la organización con la misma determinación con la que estaba animada las veces anteriores. Esa determinación se la debemos al ejemplo de la Fracción italiana. En lo más profundo de la contrarrevolución, la Fracción se dio el lema de «no traicionar». Por su parte, las CCI, puesto que retroceso de la clase no significaba retorno de la contrarrevolución, adoptó la consigna de «resistir». Algunos fueron hasta traicionar, pero el conjunto de la organización ha resistido e incluso se ha reforzado, gracias, en particular, a la voluntad de plantear con la mayor profundidad teórica posible las cuestiones de organización, como lo hicieron en sus épocas, Marx, Lenin y la Fracción. Los dos textos ya publicados en nuestra Revista, «La cuestión del funcionamiento de la organización en la CCI» (n° 109) y «La confianza y la solidaridad en la lucha del proletariado» (nos 111 y 112), son un testimonio de esa constancia teórica ante las cuestiones de organización.
De igual modo, la CCI ha dado una respuesta firme a quienes pretendían que las numerosas crisis vividas por nuestra organización serían la prueba de su fracaso:
« Además, si parece que la CCI tiene una vida agitada, con repetidas crisis, es porque lucha contra la penetración del oportunismo. Y como ha defendido sin concesiones sus estatutos y el espíritu proletario que expresan, ha suscitado la rabia de una minoría ganada por un oportunismo desenfrenado, es decir, dispuesta a un abandono total de los principios en materia de organización. En esto la CCI continúa el combate del movimiento obrero, de Lenin y el partido bolchevique en particular, cuyos detractores estigmatizaban las crisis repetidas del partido y los múltiples combates en el plano organizativo. En esa misma época, la vida del partido socialdemócrata alemán era mucho menos agitada, pero la calma oportunista que la caracterizaba (alterada únicamente por los “aguafiestas” de izquierda, como Rosa Luxemburg) anunciaba su traición de 1914. Las crisis del partido bolchevique construían la fuerza que permitió la revolución de 1917” (“XVº Congreso de la CCI: fortalecer la organización ante los retos del período”, Revista internacional n° 114).
La capacidad de la CCI para hacer frente a sus responsabilidades a lo largo de estos treinta años de vida, se la debemos en gran parte a los aportes de la Fracción italiana de la Izquierda comunista. El secreto del balance positivo que sacamos de nuestra actividad durante todo ese período está en nuestra fidelidad a las enseñanzas de la Fracción y, más generalmente, al método y al espíritu del marxismo de los que se ha apropiado plenamente[19].
La Fracción se encontró desarmada ante el estallido de la IIª Guerra mundial. Ello se debió a que su mayoría, siguiendo a Vercesi, había abandonado los principios que habían sido su fuerza anteriormente, sobre todo ante la guerra de España. Y fue, al contrario, basándose en esos principios si el pequeño núcleo marsellés pudo reconstituir la Fracción durante la guerra, prosiguiendo un trabajo político y de reflexión ejemplar. Pero a su vez, la Fracción «mantenida» abandonó sus principios fundamentales al final de la guerra, decidiendo mayoritariamente disolverse y unirse individualmente al Partito Comunista Internazionalista que se había formado en 1945. Le incumbió entonces a la Izquierda comunista de Francia hacer suyas las adquisiciones fundamentales de Fracción, proseguir su elaboración para preparar así el marco político que iba a permitir a la CCI constituirse, existir y progresar. Por eso, para nosotros, evocar estos treinta años de nuestra organización debía entenderse como un homenaje a la extraordinaria labor llevada a cabo por un grupo de militantes exiliados que mantuvieron viva la llama del pensamiento comunista en el período más sombrío de la historia. Una labor que, aunque tan desconocida hoy y muy ignorada por quienes, sin embargo, se reivindican de la Izquierda Italiana, aparecerá cada vez más determinante para la victoria final del proletariado.
Gracias a las enseñanzas que nos legó la Fracción y la ICF, transmitidas y elaboradas sin tregua por nuestro camarada MC hasta su muerte, la CCI está hoy preparada para acoger en sus filas a una nueva generación de revolucionarios que se está acercando a nuestra organización a la que van a reforzar en número y en entusiasmo gracias a la tendencia a la reanudación de los combates de clase desde 2003. Nuestro último congreso internacional lo hacía constar: asistimos hoy a un aumento sensible de nuestros contactos y nuevas adhesiones.
“Y lo que es más destacable, es que un número significativo de estas adhesiones es de gente joven, que no ha sufrido ni ha tenido que superar las deformaciones debidas a la militancia en organizaciones izquierdistas. Elementos jóvenes cuyo dinamismo y entusiasmo sustituyen y superan con creces las cansadas y gastadas “fuerzas militantes” que nos han abandonado” (“XVIº Congreso de la CCI – Prepararse para los combates de clase y el surgimiento de nuevas fuerzas revolucionarias”, Revista internacional n° 122[20]).
Treinta años es para la especie humana el tiempo medio de una generación. Son quienes podrían ser los hijos (y a veces lo son) de los militantes que fundaron la CCI los que hoy se acercan a nosotros o ya se nos han unido.
Lo que decíamos en el Informe sobre la situación internacional presentado en el VIIIº congreso de la CCI se está concretando:
“Era necesario que las generaciones marcadas por la contrarrevolución de los años 30 a 60 fueran dejando el sitio a las que no la vivieron, para que el proletariado mundial encontrara las fuerzas para superarla. De manera similar (aunque haya que relativizar la comparación insistiendo en que entre la generación del 68 y las anteriores hubo ruptura histórica, mientras que entre las generaciones siguientes hay continuidad), la generación que hará la revolución no podrá ser la que cumplió la tarea histórica esencial de haber abierto al proletariado mundial una nueva perspectiva tras la más honda contrarrevolución de su historia.”
Y lo que es válido para la clase obrera también lo es para su minoría revolucionaria. La mayoría de los “viejos”, sin embargo, ahí siguen, por mucho que el pelo se les haya vuelto canoso (¡y eso cuando les queda!). La generación que fundó la CCI en 1975 está lista para transmitir a los “jóvenes” las enseñanzas que ella recibió de sus mayores, y, además, las que ha ido adquiriendo a lo largo de estos treinta años, de modo que la CCI sea cada día más capaz de aportar su contribución a la formación del futuro partido de la revolución comunista.
Fabiana
[1] Construcción de la organización revolucionaria - Los 20 años de la CCI | Corriente Comunista Internacional (internationalism.org) [17]
[2] Polémica con el BIPR: una política oportunista de agrupamiento que no lleva mas que a "abortos" | Corriente Comunista Internacional (internationalism.org) [18]
[3] Es, en particular, la única de esas organizaciones que publica en lengua inglesa a un nivel importante (unos diez números por año).
[4] Vale la pena señalar que los camaradas de Montreal que publican Notes internationalistes tomaron contacto primero con la CCI y nosotros les animamos a entrar en contacto con el BIPR. Y hacia esta organización acabaron yéndose esos camaradas. También, en un encuentro con nosotros, un camarada de la CWO, rama británica del BIPR, nos dijo muy claramente que los únicos contactos de esa organización en Gran Bretaña eran los que la CCI había animado a que entraran en contacto con las demás organizaciones de la Izquierda comunista
[5] Ver la carta que dirigimos a los grupos de la Izquierda comunista el 24 de marzo de 2003 publicada en el artículo “Propuestas de la CCI a los grupos revolucionarios para una intervención común frente a la guerra” en la Revista internacional n°113 ¿Es posible una acción común de la Izquierda Comunista contra la guerra? | Corriente Comunista Internacional (internationalism.org) [19]
[6] Esto escribíamos en la Revista internacional n° 33 (“Informe sobre la estructura y el funcionamiento de las organizaciones revolucionarias” Estructura y funcionamiento de la organización revolucionaria | Corriente Comunista Internacional (internationalism.org) [20]): “En el medio político proletario siempre hemos defendido esa postura [si la organización va por mal camino, la responsabilidad de los miembros que creen defender una posición correcta no es la de salvarse cada uno en su rincón, sino la de llevar a cabo una lucha en el seno de la organización para ayudar a volver a “ponerla en sus raíles”]. Así ocurrió, en particular, cuando hubo la escisión de la sección de Aberdeen de la “Communist Worker’s Organización” y cuando la escisión del Nucleo comunista internazionalista de Programme communiste. Criticamos entonces el carácter precipitado de unas escisiones basadas en divergencias aparentemente no fundamentales y para cuyo esclarecimiento no se dio ocasión mediante un profundo debate interno. En general, la CCI está en contra de “escisiones” sin principios, basadas en divergencias secundarias (incluso cuando, como así ocurrió con lo de Aberdeen, los militantes concernidos presentan después su candidatura a la CCI).”
[7] “Para la victoria definitiva de las propuestas enunciadas en el Manifiesto, Marx confiaba únicamente en el desarrollo intelectual de la clase obrera, que debía ser el resultado de la acción y de la discusión comunes” (Engels, prefacio a la edición alemana de 1890 del Manifiesto comunista que recoge casi palabra por palabra lo que se dice en el prefacio de la edición inglesa de 1888)
[8] 10 años de la CCI: Balance y perspectivas, algunas enseñanzas | Corriente Comunista Internacional (internationalism.org) [21] y Construcción de la organización revolucionaria - Los 20 años de la CCI | Corriente Comunista Internacional (internationalism.org) [17]
[9] Marx y Engels tuvieron que vérselas, en el seno de la Liga des comunistas en 1850, contra la tendencia Willich-Schapper la cual, a pesar de la derrota sufrida por la revolución de 1848, querían “la revolución ya”: «Nosotros les decimos a los obreros: “Habéis atravesado quince, veinte, cincuenta años de guerras civiles y de luchas entre los pueblos, no sólo por cambiar las condiciones existentes, sino por cambiaros a vosotros mismos y haceros aptos para la dirección política”. Vosotros, al contrario, decís: “Debemos alcanzar el poder inmediatamente o, si no, solo nos queda irnos a dormir”» (intervención de Marx en la reunión del Consejo general de la Liga del 15/09/1850).
[10] “Los dirigentes para los nuevos partidos del proletariado solo podrán surgir mediante el conocimiento profundo de la cause de las derrotas. Y ese conocimiento no podrá soportar ni prohibiciones ni ostracismos” (Bilan n° 1, noviembre de 1933).
[11] Ver ¿Para qué sirve la «fracción externa de la CCI”? - De la irresponsabilidad política al vacío teórico | Corriente Comunista Internacional (internationalism.org) [22]
[12] Nuestro artículo dedicado a los 20 años de la CCI da cuenta más en detalle de nuestra intervención en las luchas obreras de aquel período.
[13]Ver “Huelgas de masas en Polonia 1980 : se ha abierto una nueva brecha”, “La dimensión internacional de las luchas obreras en Polonia”, “A la luz de los acontecimientos en Polonia, el papel de los revolucionarios”, “Perspectivas de la lucha de clases internacional: una brecha abierta en Polonia”, “Un año de luchas obreras en Polonia”, “Notas sobre la huelga de masas”, “Tras la represión en Polonia” en las Revista internacional nos 23, 24, 26, 27 y 29: Huelga de masas en Polonia: se ha abierto una nueva brecha | Corriente Comunista Internacional (internationalism.org) [23] , Un año de luchas obreras en Polonia | Corriente Comunista Internacional (internationalism.org) [24]
[14] “Europa del Este: Crisis económica y armas de la burguesía contra el proletariado”, Revista internacional n° 34.
[15] Ver al respecto en la Revista internacional n° 60 las “Tesis sobre la crisis económica y política en la URSS y en los países del Este” Tesis sobre la crisis económica y política en los países del Este | Corriente Comunista Internacional (internationalism.org) [25] , así como lo que hemos escrito en el artículo “Los 20 años de la CCI” en la Revista internacional n° 80.
[16] “Tesis sobre la crisis económica y política en la URSS y en los países del bloque del Este”, Revista internacional n° 60.
[17]TESIS SOBRE LA DESCOMPOSICION: La descomposición, fase última de la decadencia del capitalismo | Corriente Comunista Internacional (internationalism.org) [26]
[18] Sobre la crisis de la CCI de 2001 y el comportamiento de la pretendida “Fracción interna de la CCI” (FICCI), ver, entre otros textos, “XVº Congreso de la CCI : reforzar la organización frente a los retos del período”, Revista internacional n°114. 15 Congreso CCI: reforzar la organización frente a los retos del periodo | Corriente Comunista Internacional (internationalism.org) [27]
[19] Y la causa del balance mucho menos positivo que puedan sacar de su propia actividad las demás organizaciones que se reivindican de la Izquierda Italiana se debe a que su reivindicación de esa herencia es sobre todo platónica.
Enlaces
[1] http://www.prisonplanet.com/articles/september2005/270905plantingbombs.htm
[2] https://en.internationalism.org/node/1455
[3] https://es.internationalism.org/tag/geografia/gran-bretana
[4] https://es.internationalism.org/tag/3/45/descomposicion
[5] https://es.internationalism.org/tag/cuestiones-teoricas/terrorismo
[6] https://es.internationalism.org/tag/geografia/estados-unidos
[7] https://es.internationalism.org/tag/21/481/medioambiente
[8] https://es.internationalism.org/tag/21/228/el-comunismo-entrada-de-la-humanidad-en-su-verdadera-historia
[9] https://es.internationalism.org/tag/2/24/el-marxismo-la-teoria-revolucionaria
[10] https://es.internationalism.org/tag/3/42/comunismo
[11] https://es.internationalism.org/tag/21/226/hace-100-anos-la-revolucion-de-1905-en-rusia
[12] https://es.internationalism.org/tag/historia-del-movimiento-obrero/1917-la-revolucion-rusa
[13] https://es.internationalism.org/tag/2/26/la-revolucion-proletaria
[14] https://es.internationalism.org/tag/21/535/la-teoria-de-la-decadencia-en-la-medula-del-materialismo-historico
[15] https://es.internationalism.org/tag/corrientes-politicas-y-referencias/izquierda-comunista
[16] https://es.internationalism.org/tag/2/25/la-decadencia-del-capitalismo
[17] https://es.internationalism.org/revista-internacional/199504/1831/construccion-de-la-organizacion-revolucionaria-los-20-anos-de-la-c
[18] https://es.internationalism.org/revista-internacional/200504/69/polemica-con-el-bipr-una-politica-oportunista-de-agrupamiento-que-no
[19] https://es.internationalism.org/revista-internacional/200604/838/es-posible-una-accion-comun-de-la-izquierda-comunista-contra-la-gue
[20] https://es.internationalism.org/revista-internacional/198302/2127/estructura-y-funcionamiento-de-la-organizacion-revolucionaria
[21] https://es.internationalism.org/revista-internacional/198501/2233/10-anos-de-la-cci-balance-y-perspectivas-algunas-ensenanzas
[22] https://es.internationalism.org/cci-online/201108/3183/para-que-sirve-la-fraccion-externa-de-la-cci-de-la-irresponsabilidad-politica
[23] https://es.internationalism.org/revista-internacional/198007/2307/huelga-de-masas-en-polonia-se-ha-abierto-una-nueva-brecha
[24] https://es.internationalism.org/content/2318/un-ano-de-luchas-obreras-en-polonia
[25] https://es.internationalism.org/content/3451/tesis-sobre-la-crisis-economica-y-politica-en-los-paises-del-este
[26] https://es.internationalism.org/revista-internacional/200510/223/la-descomposicion-fase-ultima-de-la-decadencia-del-capitalismo
[27] https://es.internationalism.org/revista-internacional/200604/850/15-congreso-cci-reforzar-la-organizacion-frente-a-los-retos-del-per
[28] https://es.internationalism.org/revista-internacional/200509/117/xvi-congreso-de-la-cci-preparemonos-para-los-combates-de-clase-y-el
[29] https://es.internationalism.org/tag/21/506/construccion-de-la-organizacion-revolucionaria