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Esta es una película que sorprende con la aparente rehabilitación del personaje. Sorprendente porque elige los cinco años de la vida de Marx, quizás los más determinantes, aquellos que se extienden desde 1843 hasta 1848, Raoul Peck desea romper con la imagen demasiado caricaturesca del genio solitario actuando fuera del mundo obrero. Pero ¿realmente tiene éxito? Sin duda, el ángulo con el que Raoul Peck se acerca a la vida de Marx corrige en cierto modo la idea de que Marx y Engels son los inventores de nociones abstractas tales como "lucha de clases", "revolución" o "comunismo" ... El filme muestra, aunque a veces demasiado caricaturizado, cómo estos dos hombres, que van a jugar un rol determinante para el movimiento revolucionario, han sido ganados por una causa nacida antes que ellos, en las entrañas del proletariado de los países más industrializados del siglo XIX. En esto, creemos que la visión de Peck es abiertamente distinguible de la de los intelectuales más desatados que intentan demostrar, no sin una gran deshonestidad, que las obras de Marx llevan dentro de sí las semillas de la tragedia estalinista. Sin embargo, esta película no rompe totalmente con la imagen del personaje providencial en tanto altera considerablemente el intento de valorar la dimensión militante y actual del personaje, así como el rol decisivo que deberá jugar el proletariado en la transformación de la sociedad.
Con mucha razón, se da un lugar importante al encuentro clave entre Karl Marx y Friedrich Engels, hijo de un industrial, que hizo comprender al joven Marx las potencialidades políticas de la clase trabajadora y la importancia de la economía política. Sin embargo, debemos deplorar la falta de sutileza de este encuentro donde la frialdad de las presentaciones en el salón de Arnold Ruge de repente da paso a declaraciones de fascinación durante una noche de libaciones y juegos de ajedrez. No se sabe cómo, logran un acuerdo los dos hombres y Marx al felicitar a Engels por abrirle los ojos, afirma, de repente, en un estado de fuerte ebriedad la famosa frase: "Los filósofos hasta ahora solamente han interpretado el mundo; de lo que se trata, sin embargo, es de transformarlo". Paradójicamente, es una escena central, ya que anuncia toda la visión que se hará del personaje a partir de entonces. Un Marx ni filósofo ni historiador ni economista, sino un militante del movimiento revolucionario que se dirige a los trabajadores en las reuniones, entablando polémicas con Proudhon y su reformismo pequeñoburgués o con Weitling y su idealismo cristiano. Además, los dolores de la vida militante no se descuidan. Aunque la represión es retratada de forma un poco ligera cuando Karl y Friedrich tuvieron que jugar al gato y al ratón con la policía en los suburbios de París, la incomodidad y el trauma del exilio, la pobreza, se muestran en su cruda realidad. Estos momentos enfatizan la expresión y el fortalecimiento de los lazos de amistad y amor, pero también los generados por la pasión militante. Raoul Peck reproduce primero el medio revolucionario en París, luego de Bruselas y Londres. Pero a pesar de todo, estas escenas ofrecen una imagen excesivamente personalizada de los debates en el medio revolucionario de la época. Por ejemplo, Raoul Peck parece querer atribuir solo a Marx el descrédito sufrido por Weitling en la Liga de los Justos, mientras que los primeros en desafiar, no sin vergüenza, los objetivos idealistas y mesiánicos de este último son Schapper[1] y una gran mayoría de trabajadores de la Asociación de Trabajadores Alemanes en Londres. Sabemos que Marx siguió esta controversia con gran atención ya que reveló una ruptura entre el comunismo sentimental y el comunismo científico que él mismo defendía. A través de la creación de comités de correspondencia, la Asociación de Londres se acercó a las concepciones de Marx sobre la dirección que debía darse a la evolución del movimiento y, en consecuencia, se alejó de las concepciones de Weitling. Así, la virulenta discusión del Comité de Correspondencia de Bruselas del 30 de marzo de 1846 relata la película relata, termina consumando una ruptura ya en marcha. De hecho, el director sigue siendo prisionero de la visión democrática del debate y de la acción política porque la atención la centra sobre la justa teórica entre líderes, jefes carismáticos, que ocultan lo esencial, a saber, la efervescencia teórica y la reflexión colectiva, complejidad que ya caracterizaba el movimiento obrero en ese momento. Esta confusión adquiere todas sus dimensiones en la forma en que se trata la relación entre Marx y la Liga de los Justos. Creemos que Raoul Peck desea evidenciar que Marx y Engels habían comprendido que la salvación de la humanidad residía en el rol histórico de la clase obrera. Comprendieron también que era necesario separarse de todo idealismo, de palabras etéreas, ilusorias y utópicas sobre los fines y los medios para alcanzar una etapa superior de la sociedad humana[2].
La clase trabajadora necesitaba una teoría práctica para comprender el mundo que la había engendrado y para convencerse de que su situación no era intangible sino transitoria. Darle al proletariado una teoría revolucionaria y convencerla de la necesidad de tal paso es lo que la película trata de destacar con cierta fidelidad, nos parece. Sin embargo, la forma en que se presenta el acercamiento entre Marx y la Liga de los Justos mantiene la visión de un Marx rápido para intrigar, un Marx ambicioso y que juega con su estatura intelectual para derrocar a la mayoría de la vanguardia revolucionaria de la época. De hecho, Marx y Engels parecen querer seducir a los líderes de la Liga, hacen todo lo posible para ponerse en contacto con ella, no dudan en exagerar su proximidad con Proudhon a fin de permitir la posibilidad de desarrollar ramificaciones de comités de correspondencia en el este de Francia... Contrariamente a la vaguedad de la película sobre este evento, es la Liga, bajo la égida de su portavoz Joseph Moll, quien invitó a Marx a adherirse. Como lo relatan Boris Nicolaïevski y Otto Maenchen-Helfen en “La vida de Karl Marx”, “él declaró que sus camaradas estaban al tanto de las justas concepciones de Marx, y que comprendían la necesidad de liberarse de las viejas tradiciones y formas de conspiración. Marx y Engels fueron invitados a colaborar en la nueva orientación teórica y en la reorganización”. Sin embargo, Marx dudó en aceptar, dudaba aún de la verdadera voluntad de la Liga para reorganizarse y tirar a la basura sus viejas concepciones conspirativas y utópicas. Pero “Moll le dijo que precisamente su adhesión y la de Engels eran indispensables, para que la liga realmente fuera liberada de todo lo anticuado. Superando sus escrúpulos, Marx se afilió en febrero de 1847”
Si, en efecto, el peso de las personalidades era bastante fuerte en el movimiento obrero del siglo XIX, la película, aísla la contribución teórica de Marx y Engels, dando finalmente la impresión de que este movimiento dependía exclusivamente de personalidades geniales. Esto se verifica en el transcurso del Congreso de la Liga de los Justos del 1° de junio de 1847, en el que además Marx no asistió oficialmente por falta de dinero, pero presumiblemente esperaba las decisiones del congreso antes de adherirse de manera definitiva a la Liga. Esta escena también está muy caricaturizada, ya que muestra el desarrollo del Congreso como un combate de personas en el que parece prevalecer una minoría de activistas “de élite” apoyadas o impugnados por los aplausos y los gritos de la gran mayoría que permanece en la pasividad. En realidad, esta es una visión distorsionada de un congreso en una organización revolucionaria.
A pesar de la dureza de sus condiciones de vida, los trabajadores politizados dieron gran importancia a la educación y la profundización de las cuestiones políticas a través de la lectura de folletos particularmente. Así, el Congreso no eran el tipo de justa verbal en el que cada campo tenía a su campeón, sino el momento fundamental de la vida de una organización revolucionaria con largos debates en lo que cada militante, sin importar la capacidad teórica de cada uno, expresa y confronta las posiciones. En su Contribución a la historia de la Liga de los comunistas, Engels transmite la realidad de los primeros congresos revolucionarios del proletariado. “En el segundo Congreso, que tuvo lugar a finales de noviembre y principios de diciembre del mismo año [1847], Marx estuvo presente, y participó en largos debates -la duración del congreso fue de al menos diez días- defendiendo la nueva teoría”[3]
En suma, no se puede negar el rol determinante de Marx y Engels en la evolución del movimiento revolucionario, pero se requiere colocar su trayectoria en el medio proletario y enfatizar que su contribución invaluable no podría haber existido sin ese gran movimiento fundamental que convierte a la clase trabajadora en el sujeto activo de la historia. La caricatura proporcionada por el director oscurece esta realidad y enfatiza el lugar preponderante de las individualidades y su papel providencial.
El arte no está destinado a servir a una causa política. Sin embargo, el contenido y la forma de un trabajo puede ser utilizados para llevar un mensaje. Si señalamos la manera en que Raoul Peck intenta exhumar a Marx del cementerio de la historia, es porque la forma en que relata ciertos momentos de su vida tiende a disfrazar y deformar las enseñanzas políticas que se pueden extraer de ella[4]. Y eso es lo que queremos corregir con este artículo.
DL, 28 de octubre de 2017
[1] En tanto que portavoz de la Asociación Alemana de Trabajadores de Londres
[2] Aportamos una lista de artículos donde hemos tratado sobre la contribución de Marx y Engels a la lucha de la clase obrera: 100 años después de la muerte de Marx el marxismo es el porvenir, https://es.internationalism.org/book/export/html/2195 [2] ; Marx: ¿demócrata o revolucionario? https://es.internationalism.org/book/export/html/791 [3] ; El Marx de la madurez, comunismo del pasado, comunismo del futuro, https://es.internationalism.org/book/export/html/1824 [4] ; Cómo el proletariado ganó a Marx para el comunismo, https://es.internationalism.org/revista-internacional/199203/3315/ii-como-el-proletariado-se-gano-a-marx-para-el-comunismo [5] ; Engels: hace 100 años desaparecía un gran forjador del socialismo, https://es.internationalism.org/revista-internacional/200703/1785/friedrich-engels-hace-cien-anos-desaparecia-un-gran-forjador-del-s [6]
[3] Friedrich Engels, Contribución a la historia de la Liga de los Comunistas. https://www.marxists.org/espanol/m-e/1880s/1885-hist.htm [7]
[4] Todas las obras artísticas están influenciadas, a menudo inconscientemente, por la ideología de la clase dominante de una época. Esto lo comprobamos claramente el final de la película donde se pone a una sucesión rápida de imágenes en la cual, por un lado, se proporciona una visión de la devastación producida por el capitalismo, pero, al mismo tiempo se sugiere una amalgama entre el estalinismo (Che Guevara, Mao, Mandela...) y el marxismo, siendo que Stalin fue el verdugo de los auténticos comunistas que habían seguido los pasos de Marx
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En una emisión de televisión en 1965, el físico Robert Oppenheimer, uno de los principales científicos que trabajaban en el desarrollo de la bomba atómica estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial, relató sus sentimientos cuando presenció la primera prueba de la bomba atómica en los desiertos de Nuevo México en julio 1945:
"Sabíamos que el mundo no sería el mismo. Algunas personas se rieron, algunas personas lloraron. La mayoría de ellas estaba en silencio. Recordé la línea de la escritura hindú, el Bhagavad Gita; Vishnu está tratando de persuadir al Príncipe de que debe cumplir con su deber y, para impresionarlo, adopta su forma de múltiples brazos y dice: 'Ahora me he convertido en la Muerte, el destructor de mundos'. Supongo que todos pensamos eso, de una manera u otra "[1] [14].
Antes del capitalismo, muchas sociedades habían desarrollado mitologías del fin del mundo. El apocalipsis anticipado por el judaísmo, el cristianismo y el islam, visto como el destino final de este mundo, se entendía como el precursor de un nuevo cielo y una nueva tierra que duraría por toda la eternidad; mientras que, en la visión hindú, los nuevos mundos e incluso los nuevos universos nacen, se disuelven y renacen interminablemente en un vasto ciclo cósmico.
Pero si bien la idea del apocalipsis no es nueva, lo nuevo en el modo de producción capitalista es, primero, que el mundo habitado por la humanidad durante cientos de miles de años puede ser destruido por las tecnologías que los seres humanos mismos han creado, en lugar de por seres sobrenaturales o un destino inexorable. Y segundo, que tal destrucción no sería el preludio de un mundo nuevo y mejor, sino la destrucción pura y simple.
La bomba atómica probada en el desierto en julio de 1945, un mes después, sería probada en decenas de miles de seres humanos en Hiroshima y Nagasaki. El mundo de hecho no sería lo mismo. La bomba atómica fue la prueba "científica" de algo que muchos ya habían comenzado a sospechar a raíz de la Primera Guerra Mundial: en palabras de Sigmund Freud en 1929, "El hombre ha ganado el control de las fuerzas de la naturaleza a tal punto que con su ayuda no tendrían dificultades en exterminarse unos a otros hasta el último hombre. Saben esto y, por lo tanto, viene una gran parte de los disturbios actuales, su infelicidad y su estado de ansiedad "[2] [15].
Los psicoanalistas del futuro -si la humanidad puede sobrevivir al capitalismo- tal vez escriban tratados sobre el enorme costo psicológico de la vida con la amenaza no solo de la muerte individual, sino también de la muerte de la humanidad y quizás de toda la vida en la tierra. Ya es posible discernir muchas de las manifestaciones externas de esta carga mental: la huida hacia el nihilismo y las numerosas formas de autodestrucción, la vana búsqueda de esperanza para regresar a las viejas historias apocalípticas, central en particular para el "fundamentalismo" cristiano y musulmán. Para el rival de Freud, Jung, la ola de avistamientos de ovnis a finales de los años 40 era una versión moderna de los viejos mitos: ante la realidad insoportable de la amenaza nuclear, había una marcada tendencia a proyectar los miedos reales en "cosas vistas en los cielos". A menudo acompañado de la esperanza de que seres más sabios vendrían y nos salvarían de nuestras propias locuras[3] [16]. No es de extrañar que, en 1952, durante la guerra de Corea, que muchos temían que degenerara en la Tercera Guerra Mundial, la Gauche Communiste de France, observara que "la alienación mental en todas sus formas es para nuestra época lo que las grandes epidemias fueron para el Edad Media" [4] [17].
La espada de Damocles nuclear, de 1945 a 2017
La clase gobernante democrática justificó las atrocidades de Hiroshima y Nagasaki con el cuento de que “salvó vidas”, sobre todo las estadounidenses, porque permitió evitar una invasión militar de Japón. En realidad, la bomba fue una advertencia dirigida menos contra el colapsado ejército japonés que contra la URSS, que recientemente había declarado la guerra a Japón y estaba afirmando su presencia en el Lejano Oriente. Así que Hiroshima fue más el primer acto de la "Tercera Guerra Mundial" que el último acto de la Segunda Guerra Mundial. Esta tercera guerra mundial, la contienda global entre los bloques imperialistas estadounidense y ruso, siguió siendo una guerra "fría" en el sentido de que nunca tomó la forma de un conflicto directo entre los dos bandos. Más bien se libró a través de una serie de guerras de “procuración” o “subcontratadas”, donde los estados locales y los "movimientos de liberación nacional" libraban la guerra sobre el terreno, mientras que las dos superpotencias suministraron armas, inteligencia, apoyo estratégico y justificación ideológica. En algunos momentos, sin embargo, estos conflictos amenazaron con intensificarse y tomar la forma de enfrentamientos nucleares abiertos, en particular, durante la Guerra de Corea a principios de los años 50 y la crisis de Cuba en 1962. Y mientras tanto, la espiral de la "carrera armamentista" significaba que los dos bloques estaban dirigiendo grandes cantidades de trabajo e investigación -que en términos capitalistas significa grandes cantidades de dinero- para perfeccionar las armas que podrían destruir a la humanidad varias veces. Los políticos trataron de tranquilizar a la población mundial con la noción de destrucción mutuamente asegurada o MAD - la idea de que la guerra mundial era impensable en la era nuclear porque nadie podría ganarla. Por lo tanto, la mejor garantía de paz era mantener y desarrollar este gigantesco arsenal de muerte. En otras palabras: se tratatía de incrementar sin descanso las armas que podían destruir la humanidad ¡para que esta no fuera destruida! ¡Una auténtica locura irracional que muestra el grado de cinismo y de barbarie que ha alcanzado el capitalismo decadente! No en balde este sistema es nombrado por las siglas en inglés MAD que significa Loco.
Después del colapso del bloque ruso a finales de los años 80[5] [18], los políticos intentaron un nuevo engaño: el final de la Guerra Fría significaría un Nuevo Orden Mundial de paz y prosperidad. Un poco más de un cuarto de siglo después, las palabras de George Bush Senior, el presidente que se puso la medalla de la victoria del bloque estadounidense en la Guerra Fría, suenan extremadamente huecas. La prosperidad sigue siendo una quimera para millones, y esto en un sistema mundial constantemente amenazado por grandes tormentas económicas, como la de 2008. En cuanto a la promesa de paz, la ruptura de la disciplina de los viejos bloques ha engendrado una serie de conflictos militares cada vez más caóticos, sobre todo en el área alrededor del Armagedón Bíblico, El Medio Oriente. Esta región, -que ya fue escenario de las guerras árabe-israelíes, la guerra en el Líbano, la guerra Irán-Iraq y la batalla por Afganistán- apenas ha conocido un día sin ser destrtozada por la guerra, desde la primera gran aventura de los Estados Unidos después del colapso del bloque del este -la guerra del Golfo de 1991- a la pesadilla militar actual que acecha a través de Siria e Iraq. Este conflicto, tal vez más que todos los demás, revela la profunda irracionalidad y la naturaleza incontrolada de las guerras en la fase actual. A diferencia de las guerras de procuracion entre los dos bloques que dominaron el período anterior, ahora tenemos una guerra con tantos protagonistas y tantas alianzas cambiantes que es cada vez más difícil explicarlas. Para mantenerse en el poder, el presidente sirio, Bashir Assad, arrasa gran parte de su propio país, mientras que la oposición a su gobierno se divide en fracciones islámicas "moderadas" y "radicales". La coalición respaldada por Estados Unidos contra el "Estado Islámico" en Siria e Irak se ve perjudicada por las rivalidades entre las milicias chiítas y los peshmerga kurdos, especialmente tras el controvertido referéndum sobre la independencia kurda que amenaza con desintegrar al frágil estado iraquí; las potencias regionales como Arabia Saudí, Qatar, Irán y Turquía juegan su propio juego e intercambian peones y alianzas para satisfacer sus intereses inmediatos. Mientras tanto, la gran mayoría de la población se ve obligada a huir hacia Turquía, Jordania o Europa, mientras que los que se quedan tratan de sobrevivir en ciudades en ruinas como Aleppo, Raqqa, Mosul ... Además, estos conflictos están vinculados a una banda más amplia de guerras igualmente caóticas, desde Libia hasta el Cuerno de África y desde Yemen hasta Afganistán y Pakistán. Y esta epidemia de guerras ya no puede aislarse de los centros de la "civilización" occidental: las repercusiones de estas guerras sobre estos pretendidos “oasis de paz” son, por un lado, una gigantesca avalancha de refugiados que se dirigen a Alemania y otros países y que son repelidos brutalmente por Turquía (subcontratada por la UE en esa sucia tarea) o por los Estados del Grupo de Visegrad (con Hungría la cabeza, igualmente feroz en la represión de los refugiados). Por tra parte, el Estado Islámico y toda una cantidad de “simpatizantes espontáneos” salpican de atentados terroristas con un importante saldo de muertos las grandes ciudades de Europa Occidental.
Estas guerras con todas sus ramificaciones en las supuestas metrópolis “civilizadas” nos dan una visión aterradora de lo que podría estar por venir para el mundo entero si se permite que las tendencias destructivas dentro del sistema capitalista lleguen a su plenitud. Pero hay otro aspecto en la evolución actual de las tensiones imperialistas: la reaparición de la amenaza nuclear bajo una nueva forma. En la época de los bloques o Guerra Fría (1945-1989), las dos superpotencias tenían un verdadero interés y capacidad para limitar la propagación de las armas nucleares hacia sí mismas o a los regímenes en los que confiaban para obedecer sus órdenes. El armamento nuclear de China en la década de 1960 fue una ruptura en esta cadena de mando porque China ya se había separado del bloque ruso; pero desde que los bloques llegaron a su fin, la "proliferación nuclear" ha ido aumentando. India y Pakistán, dos estados que ya han ido a la guerra en varias ocasiones y viven en un estado permanente de tensión, ahora tienen armas nucleares apuntando el uno al otro. Irán ha dado pasos considerables hacia su adquisición y muchos otros regímenes e incluso grupos terroristas están sin duda trabajando silenciosamente para unirse al club de propietarios de armas atómicas.
Pero los últimos años han deparado una escalada en esa tendencia: la adquisición y las pruebas piratas de armas nucleares por parte del régimen estalinista en Corea del Norte[6] [19], mientras la principal potencia militar del mundo, Estados Unidos, está en manos de un narcisista impredecible que llegó al poder aupado en la ola populista global[7] [20].
Estas dos formas de "regímenes malvados" se han enzarlado en una sobrepuja de amenazas y de actos de desafío, donde no todo es fanfarronería. Es cierto que, por una parte, existen, dentro de ambos regímenes, factores que les impiden desencadenar un holocausto nuclear. Trump, por ejemplo, no tiene las manos totalmente libres porque existe una oposición en su propio aparato de seguridad y militar. Sin embargo, no podemos dejar de lado que se está creando un engranaje de provocaciones mutuas que puede acabar fuera de control y, la ola populista de la burguesía apunta una espiral irracional que favorece decisiones impredecibles y precipitadas.
Pero necesitamos poner de relieve un factor más importante que no atenua sino que agrava los riesgos: en primera plana está la tensión jugando con armas nuclearas de Corea del Norte y USA, pero en la trastienda hay una rivalidad más global, entre China y los Estados Unidos. Mientras tanto, Rusia sigue siendo la segunda potencia nuclear más fuertemente armada del mundo, ha recuperado gran parte del estatus que perdió con el colapso de la URSS, y está persiguiendo una política exterior cada vez más agresiva, especialmente en Ucrania y Siria. El peligro de la guerra nuclear sigue siendo tan real como siempre, incluso si la forma que toma puede haber cambiado desde el período 1945-89.
"Armagedón ecológico"
Durante el período de la Guerra Fría, no se vieron las consecuencias del crecimiento económico que siguió la Segunda Guerra Mundial, un optimismo desaforado dejó en la penumbra lo que tal crecimiento podría representar para el equilibrio entre el hombre y el resto de la naturaleza. Pero las últimas décadas han demostrado cuán limitado es el “control del hombre sobre las fuerzas de la naturaleza" bajo el impulso capitalista de obtener ganancias, donde el saqueo, el despilfarro y la destrucción siempre han dominado lo que Marx llamó el "intercambio metabólico" del hombre con la naturaleza.
El 19 de octubre pasado, El Guardián informó que "La abundancia de insectos voladores se ha desplomado en tres cuartas partes en los últimos 25 años, según un nuevo estudio que ha conmocionado a los científicos. Los insectos son una parte integral de la vida en la Tierra como polinizadores y presas de otros animales salvajes y se sabía que algunas especies como las mariposas estaban disminuyendo. Pero la escala recientemente revelada de las pérdidas para todos los insectos ha provocado advertencias de que el mundo está "en camino hacia el Armagedón ecológico", con profundos impactos en la sociedad humana"[8] [21].
Ya sabíamos, por supuesto, sobre el alarmante declive de las abejas. Y esta es solo una parte de la tendencia hacia la extinción masiva de innumerables especies de seres vivos, provocada por el envenenamiento del aire y los mares por los pesticidas, las emisiones de las industrias y del transporte, y el azote de los desechos plásticos. Y esta nube tóxica también está matando a seres humanos a un ritmo cada vez mayor. El día después del artículo sobre el declive de los insectos, The Guardian publicó un nuevo informe que estima que nueve millones de personas mueren cada año como resultado directo de la contaminación[9] [22]. Si a esto se le suma el derretimiento de los casquetes polares, el desencadenamiento de las supertormentas, las sequías y los incendios forestales relacionados con el cambio climático provocado por el hombre, la amenaza de "Armagedón ecológico" se parece cada vez más a las historias tradicionales sobre el mundo pereciendo en inundaciones y fuego.
Por lo tanto, a la amenaza de la destrucción a través de la guerra imperialista, la cuestión ecológica agrega otra y no es una amenaza menos aterradora, pero estos dos jinetes del apocalipsis no cabalgarán por separado. Por el contrario, un mundo capitalista enfrentado a la disminución de los recursos vitales, ya sea que se trate de energía, alimentos o agua, es mucho más probable que afronte el problema a través de una competencia nacional exacerbada, pillaje militar y robo -en definitiva, guerra económica e imperialista- que sólo a través de la cooperación racional a nivel planetario podría encontrar una solución a este nuevo desafío a la supervivencia humana.
El otro lado de la desesperación
Visto unilateralmente, este resumen de la situación de la humanidad solo puede inducir a la desesperación. Pero hay otro lado: si los productos de las manos del hombre los hacen capaces de "exterminarse unos a otros hasta el último hombre", realizando así las pesadillas apocalípticas más oscuras, las mismas fuerzas de producción podrían ser utilizados para realizar otro muy antiguo sueño: un mundo de abundancia donde no hay necesidad de un sector de la sociedad enseñoreardo sobre otro, un mundo que haya ido más allá de las divisiones que están en el corazón del conflicto y la guerra.
Una de las contradicciones en la evolución del capitalismo es precisamente que, en él, tal mundo se ha convertido en materialmente posible, -diríamos a principios del siglo XX- mientras este orden social sumerge a la humanidad en las guerras más bárbaras de la historia. A partir de este punto, su propia supervivencia se vuelve cada vez más antagónica a la supervivencia de la humanidad. Esta es la prueba más contundente de que el capitalismo, a pesar de todas sus capacidades intactas para innovar, desarrollarse, encontrar remedios para sus crisis, se ha vuelto obsoleto, un obstáculo fundamental para el avance futuro de nuestra especie.
El reconocimiento de esta realidad es clave en el desarrollo de una conciencia revolucionaria entre las masas explotadas que siempre son las primeras víctimas de las crisis y guerras del capitalismo. La comprensión de que el capitalismo, como civilización mundial, había entrado en su época de decadencia, fue un factor crucial en los monumentales sucesos puestos en marcha por la revolución en Rusia en 1917 en la ola revolucionaria internacional que obligó a la burguesía a detener la matanza de la Primera Guerra Mundial y que, durante un período demasiado breve, trajo la promesa del derrocamiento del capitalismo y el advenimiento de una sociedad comunista mundial[10] [23].
Hoy, podría parecer que tales esperanzas revolucionarias pertenecen por completo al pasado. Pero, contrariamente a la ideología y la propaganda activa de la burguesía, la lucha de clases no ha desaparecido de la historia y, de hecho, incluso antes de que adopte un carácter revolucionario generalizado y consciente, tiene un enorme peso en la situación mundial. Durante la Guerra Fría, como hemos visto, la clase dominante intentó convencernos de que su doctrina MAD estaba preservando al planeta de una tercera guerra mundial. Lo que nunca nos dirían es que había un "elemento de disuasión" más poderoso para la guerra mundial después de que el capitalismo entrara en su actual fase de crisis económica a fines de los años 60. Este fue un factor que había faltado en la década de 1930, cuando la depresión económica condujo rápidamente a la guerra: una clase trabajadora invicta más preparada para luchar por sus propios intereses que para unirse a los planes bélicos de la burguesía.
Hoy, la ruptura de los bloques y la aceleración del cada uno para sí en la escena imperialista es otro factor que hace que una clásica tercera guerra mundial sea un escenario menos probable. Sin embargo, este no es un factor que favorezca al proletariado, porque la amenaza de la guerra mundial ha sido remplazada por un deslizamiento más insidioso hacia la barbarie en la cual, como hemos argumentado aquí, el peligro de la guerra nuclear no ha disminuido de ninguna manera. Pero la lucha de clases -y su escalada hacia la revolución- sigue siendo la única barrera para la profundización de la barbarie, la única esperanza de que la humanidad no solo evitará el apocalipsis del capital, sino que se dará cuenta de todo su potencial sin explotar.
Amós, 21.10.17
[1] [24] J. Robert Oppenheimer en la prueba de la Trinidad (1965). Archivo atómico. Obtenido el 23 de mayo de 2008
[2] [25] La civilización y sus descontentos, Londres 1973, capítulo VIII, p82
[3] [26] Carl Jung, Platillos voladores, un mito moderno de las cosas visto en los cielos, Bollingen Series: Princeton University Press, 1978
[4] [27] Internationalisme 1952, "La evolución del capitalismo y la nueva perspectiva", https://en.internationalism.org/ir/21/internationalisme-1952 [28]
[5] [29] El colapso de la Unión Soviética fue en parte el resultado de la gran carga del gasto en armas en una economía que era inherentemente mucho más débil que la de los Estados Unidos. Pero para un análisis más exhaustivo de las raíces de la crisis en el bloque oriental, consulte "Tesis sobre la crisis económica y política en los países del este", /content/3451/tesis-sobre-la-crisis-economica-y-politica-en-los-paises-del-este [30]
[6] [31] Ver /content/4236/amenaza-de-guerra-entre-corea-del-norte-y-estados-unidos-la-loca-irracionalidad-del [32]
[7] [33] Ver https://es.internationalism.org/revista-internacional/201610/4178/contribucion-sobre-el-problema-del-populismo-junio-de-2016 [34] y https://es.internationalism.org/revista-internacional/201703/4201/la-eleccion-de-trump-y-el-derrumbe-del-orden-mundial-capitalista [35]
[8] [36] http: //www.theguardian.com/environment/2017/oct/18/warning-of-ecological-armage... [37]? CMP = share_btn_link
[9] [38] http: // www.theguardian.com/environment/2017/oct/19/global-pollution-kills-millions-threatens-survival-human-societies [39]
[10] [40] Ver nuestro Manifiesto sobre el centenario de 1917, https://es.internationalism.org/accion-proletaria/201710/4237/manifiesto-de-la-corriente-comunista-internacional-sobre-la-revolucion [41]
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Una de las lacras que afectan a las organizaciones revolucionarias de la Izquierda Comunista es que muchos de sus militantes han pasado antes por partidos y grupos de Izquierda y Extrema Izquierda del Capital (PS, PC, trotskismo, maoísmo, anarquismo oficial, la supuesta “nueva izquierda” de Syriza o Podemos). Esto es inevitable pues ningún militante nace con la claridad bajo el brazo. Sin embargo, ese paso deja un lastre de difícil identificación: se logra romper con las posiciones políticas de esas organizaciones (sindicalismo, defensa de la nación y del nacionalismo, participación en las elecciones etc.), sin embargo, resulta mucho más difícil desembarazarse de las actitudes, el modo de pensamiento, la forma de debatir, los comportamientos, las concepciones, que esas organizaciones inyectan en grado sumo y que constituyen su modo de vida.
Esa herencia, lo que llamamos la herencia oculta de la Izquierda del Capital contribuye a provocar dentro de las organizaciones revolucionarias tensiones entre camaradas, desconfianza, rivalidades, comportamientos destructivos, bloqueos del debate, posturas teóricas aberrantes etc., que combinados con la presión de la ideología burguesa y pequeña burguesa les hacen mucho daño. El objetivo de la Serie que iniciamos es identificar y combatir ese pesado lastre.
Desde su primer congreso (1975) la CCI abordó el problema de esas organizaciones que dicen reclamarse del “socialismo” y practican una política capitalista. La Plataforma[1] que adoptó dicho congreso en su punto XIII señala: “El conjunto de partidos y grupos que defienden, incluso condicionalmente o de manera “crítica”, ciertos Estados o ciertas fracciones de la burguesía contra otras sea en nombre del “socialismo”, de la “democracia”, del “antifascismo”, de la “independencia nacional”, del “frente único” o del “mal menor”; que participan, de la forma que sea, en el juego burgués de las elecciones, en la actividad anti obrera de los sindicatos o en la mistificación autogestionaria son órganos del aparato político del capital. Destacan entre ellos los partidos “socialistas” y “comunistas”.
Nuestra Plataforma enfoca además el problema de los grupos y grupúsculos que se colocan “a la izquierda” de esos dos grandes partidos, que, a menudo, les hacen “críticas incendiarias”, y adoptan poses más “radicales”: “El conjunto de corrientes llamadas “revolucionarias”, tales como el maoísmo, el trotskismo o el anarquismo tradicional pertenecen al mismo campo que ellos, el campo del capital. El que tengan menos influencia o el que utilicen un lenguaje más radical no quita para nada el carácter burgués de su programa y su naturaleza que hace de ellos útiles recogedores o suplentes de los grandes partidos de izquierda”.
Para comprender qué función cumplen la izquierda y la extrema del capital, hemos de recordar que, con la decadencia del capitalismo, el Estado “ejerce un control cada vez más potente, omnipresente y sistemático, sobre todos los aspectos de la vida social. A una escala muy superior a la decadencia romana o feudal, el Estado de la decadencia capitalista se ha convertido en una máquina monstruosa, fría e impersonal que ha terminado por devorar la sustancia de la sociedad civil” (Punto IV de nuestra Plataforma). Esta naturaleza es aplicable tanto a los regímenes abiertamente dictatoriales de partido único (estalinistas, nazis, dictaduras militares) como a los democráticos.
En ese marco los partidos políticos no son los representantes de las distintas clases y capas de la sociedad, sino los instrumentos totalitarios del Estado para someter a los imperativos del Capital nacional al conjunto de la población y principalmente a la clase obrera. Igualmente se convierten en la cabeza de redes clientelares, grupos de presión y esferas de influencia, que mezclan la acción política con la económica y se transforman en el caldo de cultivo de una incontenible corrupción.
En los sistemas democráticos, el aparato político del Estado capitalista se estructura en dos alas: la derecha, enlazada con las fracciones clásicas de la burguesía y encargada del encuadramiento de los sectores más atrasados de la población[2], y la izquierda (junto con los Sindicatos y un abanico de organizaciones de extrema izquierda) consagrada esencialmente al control, la división y la destrucción de la conciencia de la clase obrera.
Las organizaciones que se da el proletariado no están libres de degeneración. La presión de la ideología burguesa las corroe desde dentro y puede llevarlas al oportunismo el cual si no se le combate a tiempo acaba en la traición y en la integración en el Estado capitalista[3]. El oportunismo da el paso decisivo ante hechos históricos determinantes de la vida social capitalista: los dos momentos clave han sido hasta la fecha la Guerra Imperialista Mundial y la Revolución Proletaria. En la plataforma tratamos de explicar el proceso que conduce a ese paso fatal: “los partidos socialistas, en un proceso de gangrena por el reformismo y el oportunismo, se vieron conducidas, con ocasión de la Primera Guerra Mundial, a comprometerse en la política de defensa nacional primero para después oponerse abiertamente a la oleada revolucionaria de posguerra hasta el extremo de jugar el papel de verdugos del proletariado como en Alemania en 1919. La integración final de cada uno de estos partidos en sus Estados nacionales respectivos tuvo lugar en diferentes momentos en el periodo que siguió al estallido de la Primera Guerra Mundial, sin embargo, este proceso se vio definitivamente terminado a comienzos de los años 20, cuando las últimas corrientes proletarias fueron eliminadas o salieron de sus filas para unirse a la Internacional Comunista.
Del mismo modo, los partidos comunistas pasaron a su vez al campo del capitalismo tras un proceso similar de degeneración oportunista. Este proceso que comenzó desde el principio de los años 20 continuó tras la muerte de la Internacional Comunista (marcada en 1928 por la adopción de la teoría del “socialismo en un solo país”) hasta desembocar, pese a la lucha encarnizada de sus fracciones de izquierda, en una completa integración en el Estado capitalista al principio de los años 30 con su participación en los esfuerzos de armamento de sus burguesías respectivas y su entrada en los “Frentes Populares”. Su participación activa en la “Resistencia” durante la Segunda Guerra Mundial y posteriormente en la “reconstrucción nacional” tras su finalización, los ha confirmado como fieles servidores del capital nacional y como la más pura encarnación de la contrarrevolución”
En el lapso de 25 años -entre 1914 y 1939 - la clase obrera perdió primero los partidos socialistas, después en los años 20 los partidos comunistas y finalmente, a partir de 1939, los grupos de la Oposición de Izquierda de Trotski que apoyaron la barbarie aún más brutal de la Segunda Guerra Mundial. “En 1938, la Oposición de Izquierdas se constituye en IVª Internacional. Es una aventura oportunista pues no se puede constituir un partido mundial en una situación de marcha hacia la guerra imperialista y, por lo tanto, de profunda derrota del proletariado. Los resultados serán desastrosos: en 1939-40, los grupos de la sedicente 4ª Internacional toman posición a favor de la guerra mundial arguyendo los más variados pretextos: la mayoría el apoyo a la “patria socialista” rusa, pero hasta hubo una minoría que apoyó a la Francia de Pétain (satélite a su vez de los nazis).
Contra esta degeneración de las organizaciones trotskistas reaccionaron los últimos núcleos internacionalistas que todavía quedaban en su seno: especialmente la compañera de Trotski y el revolucionario de origen español Munis. Desde entonces las organizaciones trotskistas se han convertido en agencias “radicales” del Capital que tratan de embaucar al proletariado con toda clase de “causas revolucionarias” que generalmente corresponden a fracciones “antiimperialistas” de la burguesía (como actualmente el famoso sargento Chavez). Del mismo modo, recuperan a los obreros asqueados del juego electoral haciéndoles votar de forma “crítica” a los “socialistas” para, de esa manera, “cerrar el paso a la derecha”. Finalmente, les ilusionan con “recuperar” los sindicatos a través de “candidaturas combativas”[4].
La clase obrera es capaz de generar fracciones de izquierda dentro de los partidos proletarios cuando estos comienzan a verse afectados por la enfermedad oportunista. Así, dentro de los partidos de la 2ª Internacional se destacaron los bolcheviques, la corriente de Rosa Luxemburgo, el tribunismo holandés, los intransigentes italianos etc. La historia del combate que libraron estas fracciones es suficientemente conocida pues sus textos y contribuciones lograrían cristalizar en la formación de la 3ª Internacional.
Por su parte, ya desde 1919, la reacción proletaria a las dificultades, errores y posterior degeneración de la 3ª Internacional se expresó en las Izquierdas Comunistas (italiana, holandesa, alemana, rusa etc.) que llevaron -con muchas dificultades y desgraciadamente muy dispersas- un combate heroico y consecuente. La Oposición de Izquierdas de Trotsky nació más tardíamente y de forma mucho más incoherente. En los años 30, la fosa entre la Izquierda Comunista -principalmente de su grupo más consecuente, Bilan, exponente de la Izquierda Comunista italiana- y la Oposición de Trotski se fue haciendo más evidente. Mientras que Bilan supo ver las guerras imperialistas localizadas como expresiones de un curso hacia la guerra imperialista mundial, la Oposición se enredó en divagaciones sobre la liberación nacional y el carácter progresista del antifascismo. Mientras Bilan supo ver el alistamiento ideológico para la guerra imperialista y el interés del Capital tras la movilización de los obreros españoles hacia la guerra entre Franco y la República, Trostky vio en las huelgas de julio 1936 en Francia y en la lucha antifascista en España el principio de la revolución… Sin embargo, lo peor fue que si bien Bilan no tenía aún claro la naturaliza exacta de la URSS sí que tuvo bien claro que no se podía apoyarla de ninguna de las maneras y que la URSS era un agente activo de la contienda bélica que se preparaba. En cambio, Trotski con sus especulaciones sobre la URSS como “estado obrero degenerado” abría las puertas al apoyo a la URSS como medio de apoyar la segunda carnicería mundial de 1939-45.
Desde 1968 la lucha proletaria renace en todo el mundo. El Mayo Francés, el Otoño Caliente italiano, el Cordobazo argentino, el octubre polaco etc. son expresiones de ese vigoroso combate. Esta lucha da lugar a una nueva generación revolucionaria. Muchas minorías obreras surgen por doquier y todo ello constituye una fuerza fundamental para el proletariado.
Sin embargo, es importante señalar el papel de destrucción de esas minorías que juegan los grupos de extrema izquierda del capital. El trotskismo del cual ya hemos hablado, el anarquismo oficial[5] y, finalmente, el maoísmo. Respecto a este último es preciso señalar que nunca ha sido una corriente proletaria. Los grupos maoístas nacen de las querellas de tinte imperialista y de guerras de influencia entre Pekín y Moscú que llevaron a la ruptura entre ambos estados y a la alineación de Pekín con imperialismo norteamericano en 1972.
Se calcula que hacia 1970 había en el mundo más de cien mil militantes que, aunque con enormes confusiones, se pronunciaban por la revolución, contra los partidos de izquierda tradicionales (PS, PC), contra la guerra imperialista y buscaban como impulsar la lucha proletaria en ciernes. Una inmensa mayoría de ese importante contingente fue recuperado por esa constelación de grupos de extrema izquierda. La Serie que estamos escribiendo irá desmenuzando concienzudamente todos los mecanismos a través de los cuales ejercieron esa recuperación. Hablaremos no solamente del programa capitalista envuelto en banderas radicales y obreristas sino de los métodos organizativos, de debate, de funcionamiento, de moralidad, que emplearon.
Lo bien cierto es que su acción fue muy importante para destruir la potencialidad de que la clase obrera construyeron una amplia vanguardia para su combate. Los militantes potenciales fueron desviados hacia el activismo y el inmediatismo, encauzados a un combate estéril dentro de los sindicatos, los municipios, las campañas electorales etc.
Los resultados fueron concluyentes:
- La mayoría abandonó la lucha profundamente decepcionado y cayendo en un escepticismo sobre la lucha obrera y la posibilidad del comunismo; una parte nada desdeñable de este sector cayó en la droga, la bebida, la desesperación más absoluta;
- Una minoría quedó como tropa de base de sindicatos y partidos de izquierda, propagando una visión escéptica y desmoralizante de la clase obrera;
- Otra minoría, más cínica, hizo carrera en sindicatos y partidos de izquierda, aunque una parte de estos “triunfadores” pasaron a formar parte de los partidos de derecha[6].
Los militantes comunistas son un activo vital para el proletariado y es tarea central de los grupos actuales de la Izquierda Comunista que hoy han heredado la trayectoria de Bilan, Internationalisme etc., el sacar todas las lecciones de lo que permitió esa enorme sangría de fuerzas militantes que sufrió el proletariado en su despertar histórico de 1968.
Para realizar su sucia labor de encuadramiento, división y confusión, los partidos de izquierda y extrema izquierda propagan una falsa visión de la clase obrera. Esta impregna a los militantes comunistas deformando su pensamiento, su conducta y sus planteamientos. Es pues vital identificarla y combatirla.
Para izquierda y extrema izquierda los obreros no forman una clase social antagónica al capitalismo sino una suma de individuos. Son la parte “de abajo” de la “ciudadanía”. Como tales, los obreros individuales tendrían que aspirar a una “situación estable”, a un “precio justo” de su trabajo, a un “respeto de sus derechos” etc.
Esto permite a la Izquierda esconder algo esencial: la clase obrera es una clase imprescindible para la sociedad capitalista pues sin su trabajo asociado esta no podría funcionar, pero al mismo tiempo es una clase excluida de la sociedad, extraña a todas sus reglas y normas vitales, y por tanto es una clase que solamente puede realizarse como tal aboliendo de arriba abajo la sociedad capitalista. En lugar de esta realidad aparece la idea de una clase “integrada”, que mediante reformas y la participación en las instituciones podría satisfacer sus intereses.
Seguidamente, esta visión disuelve la clase obrera en la masa amorfa e interclasista de “la ciudadanía”. En semejante magma el obrero aparece igualado al pequeño burgués que le tima, al policía que le reprime, al juez que lo condena al desahucio, al político que le engaña y hasta los “burgueses progresistas”. Las nociones de clase social y antagonismo de clases desaparecen para abrir paso a la noción de ciudadanos de la nación, la falsa “comunidad nacional”.
Borrada de las mentes obreras la noción de clase desaparece igualmente la noción fundamental de clase histórica. El proletariado es una clase histórica que, más allá de la situación por la que atraviesan sus diferentes generaciones o sus distintos sectores geográficos, tiene en sus manos un porvenir revolucionario, la instauración de una nueva sociedad que supere y resuelva las contradicciones que llevan al capitalismo a la destrucción de la humanidad.
Barriendo las nociones vitales y científicas de clase, antagonismo de clases y clase histórica, la Izquierda y la Extrema Izquierda del capital colocan la revolución como un buen deseo que habría que dejar en las manos “expertas” de políticos y partidos. Introducen la noción de delegación del poder, concepto perfectamente válido para la burguesía, pero absolutamente destructivo para el proletariado. En efecto, la burguesía, clase explotadora que detenta el poder económico, puede confiar la gestión de sus asuntos en un personal político especializado que forma una capa burocrática con intereses propios dentro del entramado del capital nacional.
No ocurre lo mismo para el proletariado, que es una clase explotada y revolucionaria a la vez, que no posee ningún poder económico, sino que su única fuerza son su conciencia, su unidad y su solidaridad, su confianza en sí mismo, es decir, factores que se ven radicalmente destruidos si se confían en una capa especializada de intelectuales y políticos.
Armados por esa delegación, los partidos de izquierda y extrema izquierda defienden la participación en las elecciones como medio de “cerrar el paso a la derecha”. Es decir, destruyen en las filas obreras la acción autónoma como clase para transformarse en una masa de ciudadanos votantes. Una masa individualizada, cada cual encerrado en sus “propios intereses”. La unidad y la autoorganización del proletariado son así machacadas.
Finalmente, los partidos de izquierda y extrema izquierda piden al proletariado que se ponga en manos del Estado para “conseguir una nueva sociedad”. Hacen la prestidigitación de convertir al verdugo capitalista que es el Estado en el “amigo de los obreros”.
Izquierda y sindicalistas propagan una visión materialista vulgar de los obreros. Según ellos, los obreros son unos individuos que solo piensan en su familia, en sus comodidades, en tener el mejor coche, la casa más lujosa, ahogados por ese consumismo no tienen “ningún ideal” de lucha, prefieren quedarse en casa para ver el futbol o ir al bar con los amigotes. Rizando el rizo afirman que los obreros están endeudados hasta las cejas para pagar sus caprichos consumistas y, por lo tanto, son incapaces de toda lucha[7].
Con estas moralinas convierten la lucha de los obreros en un Ideal voluntarista y no en una necesidad material. El comunismo, meta final de la clase obrera, es una necesidad material en respuesta a las contradicciones insolubles del capitalismo[8]. Separan y oponen la lucha reivindicativa con la lucha revolucionaria, cuando hay una unidad entre ambas pues la lucha de la clase obrera es, como decía Engels, unitariamente económica, política e ideológica.
Privar a nuestra clase de esa unidad lleva a la visión idealista de una lucha “sucia” y “materialista” por necesidades económicas y una lucha “gloriosa” y “moral” por la “revolución”. Esto desmoraliza profundamente a los obreros que se avergüenzan y se sienten culpables de preocuparse por las necesidades de su vida, la de sus hijos y sus prójimos, de ser individuos rastreros que solo pensarían en el euro. Con estos falsos planteamientos que siguen la línea cínica e hipócrita de la Iglesia Católica, la izquierda y la extrema izquierda minan desde dentro la confianza de los obreros en sí mismos como clase y tratan de presentarlos como la parte más “baja” de la sociedad.
Con ello convergen con la ideología dominante que presenta a la clase obrera como la clase de los fracasados. El famoso “sentido común” dice que un trabajador es un individuo que si se ha quedado en trabajador es porque no sirve para otra cosa o no ha luchado lo suficiente para avanzar en la escala social. Los trabajadores serían los holgazanes, los que no tienen aspiraciones, los torpes…
¡Es realmente el mundo al revés! La clase social que produce mediante su trabajo asociado las principales riquezas de la sociedad estaría compuesta por lo peor de ésta. Dado que el proletariado agrupa la mayoría de la sociedad, resultaría que ésta se compone fundamentalmente de vagos, fracasados, individuos sin cultura ni motivación.
La burguesía además de explotar al proletariado se burla de él. Ella que es una minoría que vive del esfuerzo de millones de seres humanos tiene la desfachatez de considerar a estos gente indolente, fracasada, inútil y sin aspiraciones.
La realidad social es radicalmente diferente: en el trabajo asociado mundial del proletariado se desarrollan elementos culturales, científicos, y, simultáneamente, lazos humanos profundos, solidaridad, confianza, espíritu crítico. Son la fuerza que, callada y silenciosamente, mueve la sociedad, la fuente del desarrollo de las fuerzas productivas.
La apariencia que presenta el proletariado es la de una masa anónima, anodina, silenciosa. Esta apariencia es fruto de una contradicción que sufre el proletariado como clase explotada y revolucionaria a la vez. Por un lado, es la clase del trabajo asociado mundial y como tal mueve los engranajes de la producción capitalista y tiene en sus manos las fuerzas y capacidades para cambiar radicalmente la sociedad. Pero de otro lado, la competencia, la mercancía, la vida normal de la sociedad donde impera la división y el todos contra todos, lo trituran como una suma de individuos, cada cual desamparado, con sentimiento de fracaso y culpa, separado de los demás, atomizado, obligado a luchar solamente por sí mismo.
La izquierda y la extrema izquierda del capital, en consonancia con la ideología burguesa, quieren que solo veamos esa masa amorfa de individuos atomizados. Con ello sirven al Capital y al Estado en su tarea de desmoralizar y excluir a la clase obrera de toda perspectiva social.
Aquí vemos lo que decíamos al principio: la concepción del proletariado como suma de individuos. Sin embargo, el proletariado es una clase y actúa como tal cada vez que con una lucha consecuente y autónoma logra desprenderse de las cadenas que lo oprimen y atomizan. Entonces no solamente vemos una clase en acción, sino igualmente vemos a cada uno de sus componentes transformados en seres que actúan, luchan, piensan, toman iniciativas, desarrollan una creatividad. Así se ha visto en los grandes momentos de lucha de clase, como, por ejemplo, los revoluciones rusas de 1905 y 1917. Como muy bien señaló Rosa Luxemburgo en Huelga de masas, partido y sindicatos, “en la tormenta del periodo revolucionario hasta el proletario se transforma; deja de ser un previsor padre de familia para convertirse en un “romántico revolucionario”, para quien, hasta el bien supremo, la misma vida, por no decir nada del bienestar material, significa muy poco en comparación con los ideales de la lucha”
Como clase la fuerza individual de cada obrero se libera y se desata, desarrolla su potencial humano. Como suma de individuos, las capacidades de cada cual son aniquiladas, diluidas, despilfarradas para la humanidad. La tarea de la izquierda y la extrema izquierda del capital es mantener a los obreros dentro de las cadenas de la ciudadanía, es decir, de la suma de individuos.
De manera general, en la ascendencia del capitalismo y más concretamente en su época de apogeo (1870-1914), la clase obrera podía luchar por mejoras y reformas dentro del marco del capitalismo, sin plantearse a nivel inmediato su destrucción revolucionaria. A ello correspondía, por un lado, la constitución de grandes organizaciones de masas (partidos socialistas, sindicatos, cooperativas, universidades obreras, asociaciones de mujeres y de jóvenes etc.) y, por otra parte, tácticas de lucha que incluían la participación en las elecciones, las acciones de presión, las huelgas planificadas por los sindicatos etc.
Esos métodos comenzaron ser cada vez más inadecuados desde principios del siglo XX. En las filas revolucionarias se produjo un amplio debate que opuso, por un lado, a Kautsky, partidario de ellos, y, por el otro, a Rosa Luxemburgo[9] que, sacando lecciones de la revolución rusa de 1905[10] mostró claramente que la clase obrera se orientaba hacia nuevos métodos de lucha que correspondían a la nueva situación que se avecinaba de guerras generalizadas, crisis capitalista etc., es decir, caída del capitalismo en su época de decadencia. Los nuevos métodos de lucha se basaban en la acción directa de masas, en la autoorganización del proletariado en Asambleas y Consejos Obreros, en la abolición de la vieja división entre el programa mínimo y el programa máximo. Esos métodos chocaban frontalmente con el sindicalismo, las reformas, la participación electoral, la vía parlamentaria.
La Izquierda y la extrema izquierda del capital centran su política en encerrar a la clase obrera en esos viejos métodos que hoy son radicalmente incompatibles con la defensa de sus intereses tanto inmediatos como históricos. Han parado el reloj de la historia de forma interesada en los años “dorados” de 1890 a 1910 con toda su rutina cada vez más desmovilizadora de participación electoral, acciones sindicales, asistencia pasiva a los actos del “Partido”, demostraciones programadas con antelación etc., una rutina que convierte a los obreros en “buenos ciudadanos trabajadores”, es decir, en seres pasivos y atomizados que se someten disciplinadamente a todo lo que necesita el capital: trabajar duro, votar cada cuatro años, romperse el calzado en las marchas sindicales, seguir sin rechistar a los líderes autoproclamados.
Esa política la defienden descaradamente los partidos socialistas y comunistas, mientras que sus apéndices “más a la izquierda” la reproducen con toques “críticos” y sobrepujas “radicales”. Unos y otros defienden una visión de la clase obrera como clase para el capital, que debería someterse a todos sus imperativos y conformarse con unas supuestas migajas que, de vez en cuando, aquel deja caer desde su mesa dorada.
C.Mir 18-12-17
[1] Ver https://es.internationalism.org/cci/201211/3550/plataforma-de-la-cci-adoptada-por-el-ier-congreso [44]
[2] Los partidos clásicos de la derecha (conservadores, liberales, centro, progresistas, demócratas, radicales) complementan su control de la sociedad con partidos de extrema derecha (fascistas, neonazis, populistas de derecha etc.). La naturaleza de estos últimos es más compleja, ver al respecto Contribución sobre el problema del populismo, https://es.internationalism.org/revista-internacional/201610/4178/contribucion-sobre-el-problema-del-populismo-junio-de-2016 [34]
[3] Para un estudio de cómo penetra el oportunismo y cómo destruye la vida proletaria de la organización, con todas sus nefastas consecuencias, ver "1914 – El camino hacia la traición de la socialdemocracia alemana [45]".
[4] https://es.internationalism.org/cci-online/200706/1935/cuales-son-las-diferencias-entre-la-izquierda-comunista-y-la-iv-internacional [46]
[5] No hablamos aquí de los grupos más minoritarios del anarquismo internacionalista, el cual, pese a sus confusiones, se reclama de muchas posiciones de la clase obrera y se ha manifestado claramente contra la guerra imperialista y por la revolución proletaria.
[6] Los ejemplos son abundantes. Durao Barroso, presidente de la Unión Europea, fue maoísta en su juventud. Cohn Bendit es diputado del parlamento europeo; Lionel Jospin, antiguo primer ministro francés, fue trotskista en su juventud…
[7] Es preciso reconocer que el consumismo -impulsado desde los años 20 del siglo XX en Estados Unidos y tras la segunda guerra mundial extendido a otros países industrializados, ha contribuido a socavar la visión reivindicativa en las filas de la clase obrera pues las necesidades que todo obrero tiene para vivir se ven deformadas por el sesgo consumista, convirtiéndolas en un asunto individual de que “todo puede conseguirse mediante el crédito”.
[8] Ver nuestra Serie El comunismo no es un bello ideal sino una necesidad material. https://es.internationalism.org/series/365 [47]
[9] Ver el libro Debate sobre la huelga de masas, 2 tomos, Editorial Pasado y Presente.
[10] Ver su libro clásico Huelga de masas, partido y sindicatos, https://www.marxists.org/espanol/luxem/06Huelgademasaspartidoysindicatos_0.pdf [48]
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Este artículo es el fruto de las discusiones llevadas a cabo por unos militantes que intervinieron en una concentración contra el racismo.
Los trabajadores emigrantes sufren el racismo y la xenofobia. Es necesario preguntarse cuál es su raíz. La respuesta es el capitalismo: las relaciones capitalistas de producción, los intereses de la explotación capitalista, la nación y el nacionalismo, las ideologías burguesas y pequeño burguesas, aportan los materiales podridos sobre los que crecen el racismo y la xenofobia.
El racismo nació con la sociedad de clases. En las guerras que dieron lugar a ésta, las tribus vencedoras consideraban a las vencidas como seres inferiores. Así, por ejemplo, en el Imperio Romano solo eran reconocidos como ciudadanos los pertenecientes a las tribus fundadoras de Roma, mientras que los hombres y mujeres de las tribus derrotadas eran convertidos en esclavos. Griegos, Romanos, Incas o Aztecas, se presentaban tras sus guerras de conquista como “el pueblo elegido” que podía someter y explotar a los demás.
Sin embargo, es con el capitalismo cuando el racismo se generaliza y adquiere la categoría de una ideología al servicio de la explotación.
El capitalismo, originario en la Europa del siglo XV-XVI, se extiende por el mundo y acaba sometiendo a todos los continentes a su colonización la cual provoca el genocidio de millones de seres humanos. España coloca bajo su yugo a los indios de América proclamando que son criaturas ajenas a la “verdadera religión”; Gran Bretaña, Holanda, Francia etc., practican igualmente teorías racistas para justificar la esclavitud de los negros, el comercio a gran escala de esclavos.
Desde mediados del siglo XVIII hay grandes desplazamientos de campesinos a las grandes urbes industriales para convertirse en trabajadores asalariados. Se practica con ellos, lo que podríamos llamar un racismo interior: así, por ejemplo, los catalanes llaman despectivamente a los obreros andaluces xarnegos y los vascos a los extremeños y andaluces maketos. En España, pero igualmente en Francia, Gran Bretaña, Alemania, Rumanía etc., hay un feroz racismo contra los gitanos. Y no olvidemos que, desde su independencia en el siglo XIX, los países latinoamericanos practican el racismo y la discriminación frente a indios, negros y minorías asiáticas.
Si desde mediados del siglo XIX se producen grandes olas de emigración de trabajadores europeos hacia América y Australia que, sin problemas, podían colocarse en la producción o, incluso hacer negocios en la agricultura, la industria y el comercio; a partir de los años 20 del siglo XX, con la decadencia del capitalismo, la tendencia se invierte: enormes masas humanas huyen de la pobreza, la guerra y otras calamidades, que golpean Asia, América del Sur y África, para concentrarse en las grandes metrópolis industriales de Europa y América.
El racismo viene muy bien al capital de estos países para realizar una serie de objetivos:
- Someter a los recién llegados a condiciones de ilegalidad y discriminación lo que permite bajar sus salarios y, por extensión, provocar una caída general de salarios y de condiciones de trabajo en toda la clase obrera del país;
- Enfrentar a los trabajadores entre emigrantes y nativos. A estos últimos se les repite que los emigrantes vienen a robarles el trabajo y aprovecharse de los “beneficios” de la sanidad, la educación y otros servicios sociales; a los primeros se les dice que sus hermanos nativos les odian y les discriminan;
- Ensalzar la Democracia, el Estado del Bienestar, el Progreso etc., que supuestamente gozarían los “privilegiados” del país
En el desarrollo del racismo interviene fuertemente el nacionalismo que es una ideología indisolublemente ligada al capitalismo. La nación es la finca privada del conjunto de capitalistas de un país que necesita del aparato burocrático, represivo y mistificador del Estado para mantenerse en pie e imponerla a todos los explotados. La nación, sin embargo, es presentada como la “comunidad de todos los nacidos en la misma tierra”, lo cual conlleva necesariamente la idea de que los emigrantes son, o bien intrusos que hay que marginar y perseguir, chivos expiatorios a los que atribuir todos los “males” (la droga, la delincuencia, la prostitución etc.), o bien, en la ideología biempensante supuestamente “integradora” constituirían “ciudadanos de segunda” a los que siempre se pregunta ¿y tú de dónde vienes? ¿tú qué haces aquí? ¿en qué casa o escalera limpias? ¿a qué viejita estás cuidando? ¿en qué campo de naranjas trabajas? Etc.
Es imposible que exista un nacionalismo “no racista”. El nacionalismo es por definición excluyente. Parte de mitos absurdos sin ninguna base histórica. La raza, la religión, la lengua, las costumbres etc., que constituirían la nación se habrían formado de repente, sin influencias exteriores, definiendo una supuesta “idiosincrasia” totalmente diferente de los “extranjeros”.
La realidad histórica está a años luz de esas leyendas. Muestra la mezcla de razas, la interdependencia de costumbres, las raíces comunes de los diferentes idiomas, las influencias de pueblos de las más alejadas regiones y, simultáneamente, las guerras de conquista, la rapiña, la imposición violenta de purezas étnicas, religiosas o lingüísticas. Más concretamente, el capitalismo se funda en una contradicción entre la naturaleza mundial que adquieren la producción y la cultura, y, en cambio, la división del mundo en naciones. “Las viejas industrias nacionales se vienen a tierra, arrolladas por otras nuevas, cuya instauración es problema vital para todas las naciones civilizadas; por industrias que ya no transforman como antes las materias primas del país, sino las traídas de los climas más lejanos y cuyos productos encuentran salida no sólo dentro de las fronteras, sino en todas las partes del mundo. Brotan necesidades nuevas que ya no bastan a satisfacer, como en otro tiempo, los frutos del país, sino que reclaman para su satisfacción los productos de tierras remotas. Ya no reina aquel mercado local y nacional que se bastaba así mismo y donde no entraba nada de fuera; ahora, la red del comercio es universal y en ella entran, unidas por vínculos de interdependencia, todas las naciones. Y lo que acontece con la producción material, acontece también con la del espíritu. Los productos espirituales de las diferentes naciones vienen a formar un acervo común. Las limitaciones y peculiaridades del carácter nacional van pasando a segundo plano, y las literaturas locales y nacionales confluyen todas en una literatura universal” (Manifiesto Comunista).
Mientras la producción, la cultura, la literatura, el arte, la ciencia etc., son universales, cada Estado nacional impone a sus súbditos un consumo de “lo nacional”, una lengua exclusiva, una literatura, un arte, supuestamente nacionales. Y todo ello significa que los venidos de otras tierras son extraños, incultos, inadaptados, ajenos… que se les tiene que despreciar, excluir y discriminar. Los trabajadores emigrantes tienen que soportar además de la carga de la explotación y de condiciones de vivienda terribles (por ejemplo, hacinarse hasta 10 personas en un piso), comentarios insolentes tales como “nos vienes a robar el empleo”, “eres el culpable de las colas en la sanidad”, “eres colombiano, eres traficante”, “eres moro, eres terrorista” y a las mujeres se les trata de prostitutas insultándolas con cualquier palabra obscena.
El nacionalismo es una de las fuentes de incubación de ideologías extremas - como el nazismo o, actualmente, del populismo de derechas (los Trump, Le Pen y compañía)- que propugnan abiertamente la discriminación y el exterminio de emigrantes. Sin embargo, no menos venenoso, por lo hipócrita y divisionista, es la ideología del “nacionalismo democrático” que se pretende de “acogida” e “integrador”, pero que practica formas más encubiertas de racismo. En Francia, hay un racismo antiárabe; en Gran Bretaña anti hindú, en USA el racismo con los negros o los hispanos, en la antigua URSS -y actualmente en la Rusia de Putin- un fuerte antisemitismo.
Así pues, el nacionalismo es un veneno que inocula otro: el racismo.
Luchar para obtener “derechos” en el capitalismo y en el llamado Estado democrático no elimina el racismo, sino que lo agudiza. Los Estados democráticos practican un racismo hipócrita. Por ejemplo, la “súper-democrática” Unión Europea ha convertido sus 27 estados en una fortaleza inexpugnable. Los controles fronterizos o los buques de guerra anti-pateras devuelven emigrantes a sus países de origen o los almacenan como ganado en campos de concentración donde son tratados como delincuentes.
Con cinismo escandaloso, los estados democráticos subcontratan la faena sucia de represión a otros países menos “exigentes” en “derechos humanos”. España, en tiempos del gobierno Zapatero, llegó a un acuerdo con Marruecos para que éste se encargara de detener a los emigrantes africanos y abandonarlos en el desierto. México, a cuenta de Estados Unidos, abandona en el desierto a emigrantes procedentes de países centroamericanos y a sus propios “ciudadanos”. Otro de los procedimientos con los que el estado mexicano presta servicios a su vecino del norte es dar barra libre al narcotráfico para que capture mujeres y niños centroamericanos y los utilice para todo tipo de tráfico (prostitución, pedofilia etc.). En Libia, con la complicidad de la Unión Europea, los emigrantes que vienen del sur (Mali, Níger, Chad, Burkina Fasso etc.) son capturados como esclavos y vendidos en subastas públicas[1].
Los emigrantes que logran asentarse en los países democráticos son sometidos a condiciones de ilegalidad y precariedad, obtener papeles resulta un trámite inacabable lleno de obstáculos sin fin. Además, las ONG, las organizaciones religiosas y los partidos practican políticas de supuesta “integración” que consisten en encapsular a los emigrantes en guetos según su nacionalidad de origen, donde se ven divididos, separados y encerrados en una dinámica de victimización y aislamiento. Estas políticas “de acogida” favorecen igualmente la división y la discriminación entre los propios emigrantes: entre los “privilegiados” con papeles y los sin papeles, entre latinos y eslavos, o entre blancos y árabes etc.
Los trabajadores emigrantes sufren pues un doble racismo: el racismo abierto y descarado que los rechaza con la intimidación, el insulto y la violencia; y el racismo enmascarado que se presenta como “tolerante” e “integrador de culturas” pero que los encierra en las cárceles de su nacionalidad de origen, su religión, su lengua, su cultura… Evidentemente, no se trata de despreciar la aportación a la cultura universal que contienen sus lenguas o culturas de origen, sin embargo, los Estados democráticos utilizan cínicamente ese pretexto para que crear, con la complicidad de ONG y otras “organizaciones de protección”, un muro invisible alrededor de los emigrantes.
La única clase social que supera y combate el racismo es el proletariado. En primer lugar, porque la inmensa mayoría de los emigrantes son trabajadores y como tales no pertenecen a “su” raza o a “su “país” sino a esa auténtica comunidad que tiene un mismo interés en todo el mundo que es el proletariado.
Como trabajador el compañero emigrante tiene como hermanos y amigos sus compañeros de trabajo y como enemigo el Capital que los explota a todos y todos los días. Evidentemente, esta convicción no nace espontáneamente, se necesita una lucha encarnizada por comprenderse como clase y para combatir el nacionalismo y el racismo. Hay que superar los prejuicios racistas y nacionalistas que la ideología dominante inyecta en los trabajadores. El trabajador no es catalán, ni español, ni colombiano, ni ecuatoriano, ni chino etc., es CLASE OBRERA INTERNACIONAL.
Trabajadores emigrantes y trabajadores nativos están unidos por una misma lucha contra la explotación. Necesitan superar las peligrosas barreras que crean en su seno los prejuicios nacionalistas, racistas, religiosos, así como el paternalismo de los “guetos integradores”. Sus amigos no son la Nación española o catalana, ni los capitalistas, nacionales o extranjeros, sino los trabajadores del mundo entero, sin distinción de raza, religión, etnia o nacionalidad.
En una manifestación en Estados Unidos contra la ley de emigración, una pancarta decía “No somos ni colombianos, ni mexicanos, ni caribeños, somos trabajadores”. En la comunidad que forma objetivamente la clase obrera no hay moros, panchitos, sudacas, nigas, negros, rumanos y demás denominaciones despectivas de clara coloración racista. HAY TRABAJADORES, HAY CLASE OBRERA, hay una clase universal cuyos sufrimientos universales le llevan a una revolución universal que eche a andar la COMUNIDAD HUMANA MUNDIAL, el comunismo.
El objetivo último de la lucha del proletariado es la COMUNIDAD HUMANA MUNDIAL, una comunidad sin fronteras, sin estados, sin clases, sin divisiones de raza o religión, donde todos luchen juntos por el desarrollo de la humanidad y la preservación de la propia naturaleza.
Es sumándose a la lucha del proletariado, asumiéndose en la condición de trabajador, que el compañero emigrante podrá obtener la solidaridad y la unidad que le harán fuerte contra la discriminación, la xenofobia y la exclusión, y por tanto contra la explotación.
Acción Proletaria 081217
Enlaces
[1] https://es.internationalism.org/files/es/eljovenmarx.pdf
[2] https://es.internationalism.org/book/export/html/2195
[3] https://es.internationalism.org/book/export/html/791
[4] https://es.internationalism.org/book/export/html/1824
[5] https://es.internationalism.org/revista-internacional/199203/3315/ii-como-el-proletariado-se-gano-a-marx-para-el-comunismo
[6] https://es.internationalism.org/revista-internacional/200703/1785/friedrich-engels-hace-cien-anos-desaparecia-un-gran-forjador-del-s
[7] https://www.marxists.org/espanol/m-e/1880s/1885-hist.htm
[8] https://es.internationalism.org/tag/20/712/marx-y-engels
[9] https://es.internationalism.org/tag/historia-del-movimiento-obrero/1848
[10] https://es.internationalism.org/tag/2/24/el-marxismo-la-teoria-revolucionaria
[11] https://es.internationalism.org/tag/desarrollo-de-la-conciencia-y-la-organizacion-proletaria/la-liga-de-los-comunistas
[12] https://es.internationalism.org/tag/3/43/cultura
[13] https://es.internationalism.org/files/es/_apocalipsis_del_capital_puede_evitarse.pdf
[14] https://es.internationalism.org/node/add/book?parent=6001#_ftn1
[15] https://es.internationalism.org/node/add/book?parent=6001#_ftn2
[16] https://es.internationalism.org/node/add/book?parent=6001#_ftn3
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[18] https://es.internationalism.org/node/add/book?parent=6001#_ftn5
[19] https://es.internationalism.org/node/add/book?parent=6001#_ftn6
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[22] https://es.internationalism.org/node/add/book?parent=6001#_ftn9
[23] https://es.internationalism.org/node/add/book?parent=6001#_ftn10
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[25] https://es.internationalism.org/node/add/book?parent=6001#_ftnref2
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[37] http://www.theguardian.com/environment/2017/oct/18/warning-of-ecological-armageddon-after-dramatic-plunge-in-insect-numbers
[38] https://es.internationalism.org/node/add/book?parent=6001#_ftnref9
[39] https://www.theguardian.com/environment/2017/oct/19/global-pollution-kills-millions-threatens-survival-human-societies
[40] https://es.internationalism.org/node/add/book?parent=6001#_ftnref10
[41] https://es.internationalism.org/accion-proletaria/201710/4237/manifiesto-de-la-corriente-comunista-internacional-sobre-la-revolucion
[42] https://es.internationalism.org/tag/3/47/guerra
[43] https://es.internationalism.org/files/es/la_herencia_oculta_de_la_izquierda_del_capital_i_0.pdf
[44] https://es.internationalism.org/cci/201211/3550/plataforma-de-la-cci-adoptada-por-el-ier-congreso
[45] https://es.internationalism.org/content/4097/1914-el-camino-hacia-la-traicion-de-la-socialdemocracia-alemana
[46] https://es.internationalism.org/cci-online/200706/1935/cuales-son-las-diferencias-entre-la-izquierda-comunista-y-la-iv-internacional
[47] https://es.internationalism.org/series/365
[48] https://www.marxists.org/espanol/luxem/06Huelgademasaspartidoysindicatos_0.pdf
[49] https://es.internationalism.org/tag/2/36/los-falsos-partidos-obreros
[50] https://es.internationalism.org/files/es/el_capitalismo_es_la_fuente_del_racismo.pdf
[51] https://www.publico.es/sociedad/subastan-inmigrantes-y-refugiados-convertidos-esclavos-libia.html
[52] https://es.internationalism.org/tag/vida-de-la-cci/intervenciones
[53] https://es.internationalism.org/tag/2/35/las-luchas-parciales