Una noche fue suficiente a las fuerzas especiales estadounidenses para secuestrar a Nicolás Maduro en pleno centro de Caracas y encarcelarlo en una prisión de Nueva York. Esta impresionante demostración de fuerza destinada a decapitar el poder venezolano fue motivo de nuevas fanfarronadas de Donald Trump y de una advertencia al mundo: «¡Ninguna nación del mundo puede lograr lo que nosotros hemos logrado!».
Los partidarios de Trump han recurrido al habitual discurso de defensores de la democracia: se ha derrocado a un dictador, Estados Unidos ha exportado «la paz, la libertad y la justicia al gran pueblo de Venezuela».
Esta vez, la bufonada no ha sentado bien. Porque Trump ya ni siquiera se molesta en respetar el derecho internacional, ese falso paraguas bajo el que las grandes potencias, con Estados Unidos a la cabeza, se han amparado hasta ahora para justificar sus acciones imperialistas e imponer su «orden» desde 1945. Así, el ejército estadounidense ha intervenido al margen de cualquier marco legal con el pretexto difuso de luchar contra el narcoterrorismo. Y Trump ni siquiera ha dudado en justificar su intervención por las jugosas ganancias que, según él, podría generar el control estadounidense sobre el petróleo venezolano. A Trump y su camarilla no les importa la democracia; solo tenían un objetivo en mente: derrocar a un régimen poco complaciente, poner a Venezuela bajo su tutela y dar una enorme bofetada a sus rivales, en particular a Rusia y, sobre todo, a China, que lleva años a la ofensiva y se está implantando en América Latina: «El dominio estadounidense en el hemisferio occidental no será nunca más puesto en cuestión» (Trump).
Por supuesto, los partidarios de Maduro, en particular las fuerzas que controlan el capital, es decir, los partidos de la izquierda «radical», denunciaron inmediatamente una violación del derecho internacional y una «agresión imperialista». El régimen bolivariano, al frente de un país «no alineado», representaría, según ellos, un foco de resistencia al «imperialismo estadounidense».
¡Este discurso es una verdadera hipocresía! Venezuela está lejos de ser la pequeña víctima inocente del ogro estadounidense. En su enfrentamiento con Estados Unidos, Maduro, y Chávez antes que él, se han aliado sin pestañear con la Rusia de Putin y la República Islámica de Irán, demostrando así que Caracas es, como todos los países del mundo, por débiles que sean, un auténtico engranaje del imperialismo, de sus guerras y de sus saqueos. Si bien es evidente que Venezuela no puede competir militarmente con el gigante estadounidense, sus dirigentes no han dudado en utilizar tanto al petróleo y a los cárteles como armas de guerra. Como auténtico corredor de la cocaína producida en Colombia, Venezuela ha contribuido en gran medida a la avalancha de drogas entre sus enemigos.
Los partidos de izquierda pueden alardear del «socialismo del siglo XXI», pero los «dirigentes bolivarianos» no son más que una camarilla burguesa odiada y corrupta hasta los huesos. Chávez y Maduro han llevado a cabo una política sistemática de precarización del trabajo y de refuerzo de la explotación, empobreciendo a la población como nunca antes y reprimiendo con sangre las numerosas manifestaciones de ira que han salpicado su mandato. El país cuenta con miles de presos políticos. Los secuestros, las torturas y las ejecuciones extrajudiciales son moneda corriente. Este «paraíso en la tierra» de 28 millones de habitantes cuenta con 8 millones de refugiados, ¡la tasa más alta del mundo! ¡El «terrorismo» de Maduro se ha ejercido principalmente contra la clase obrera!
Como en todos los conflictos, la burguesía intenta que elijamos un bando burgués frente a otro, encerrándonos en una falsa alternativa entre naciones en guerra. Pero en ningún lugar, ni en Estados Unidos, ni en Venezuela, ni en Ucrania, ni en Rusia, ni en Israel, ni en Palestina, ninguna facción burguesa ofrece la más mínima esperanza de un mundo más justo y en paz. Porque este mundo es el de un capitalismo irremediablemente en crisis, en el que todos los Estados, ya sean democráticos o autoritarios, populistas o liberales, compiten entre sí, todos son imperialistas y son agentes activos de la destrucción y el caos.
América Latina es un concentrado de la barbarie en la que se hunde el capitalismo. Miseria rampante, tráfico de todo tipo, corrupción a gran escala, desintegración de las estructuras sociales y estatales... el continente se parece cada vez más a un gigantesco Salvaje Oeste. Con su operación militar, Trump importa la guerra y la promesa de acelerar considerablemente este caos.
Hoy, Trump se pavonea, seguro de la omnipotencia de su ejército: «Vamos a dirigir el país hasta que podamos llevar a cabo una transición segura, adecuada y sensata». Pero los problemas no han hecho más que empezar. Lejos del escenario «ideal» del golpe de Estado de 1973 en Chile, Washington ya no está en condiciones de sustituir a un líder por otro a su antojo. Ya no estamos en la época de la guerra fría, cuando las burguesías aún se mostraban disciplinadas y preocupadas por preservar los intereses generales del capital nacional en el marco de su bloque militar.
Ahora, sin la existencia de estos bloques, es el cada uno por su cuenta y el caos lo que domina. Estados Unidos ha pasado veinte años intentando, en vano, instaurar un gobierno estable en Afganistán, Irak, Libia o Siria. Aunque Trump «no tiene miedo de enviar las tropas sobre el terreno», lo mismo ocurrirá en Venezuela. Pase lo que pase, la Administración estadounidense tendrá que lidiar con una burguesía venezolana extremadamente dividida[1], a la que Maduro había logrado poner en cintura con gran dificultad. El riesgo que corre Trump es de cosechar un Estado impotente, un país fracturado, miserable y anárquico, un centro neurálgico gangrenado por todo tipo de tráficos y la salida de nuevas oleadas de emigrantes.
Todo ello podría desestabilizar todo el continente y obligar a Estados Unidos a lanzarse a una huida hacia adelante en intervenciones y aventuras militares. La vecina Colombia ya ha desplegado sus tropas en la frontera, temiendo las consecuencias de una crisis humanitaria y los conflictos entre cárteles. Incluso el Gobierno estadounidense es consciente de la inestabilidad que se avecina: «Estamos preparados para lanzar un segundo ataque más importante si es necesario», ha declarado Trump. Y su secretario de Estado, Marco Rubio, ya ha amenazado a Cuba con palabras dignas de un mafioso de cine: «Si yo viviera en La Habana y formara parte del Gobierno, estaría al menos un poco inquieto...».
Las consecuencias de esta intervención van más allá del continente americano. Trump acaba de pisotear todas las instancias internacionales de regulación destinadas a controlar las rivalidades entre naciones y de pasar por alto el marco legal que había permitido a Estados Unidos imponerse, en el pasado, como gendarme del mundo. Trump reconoce que Estados Unidos ya no tiene el poder de imponer un orden mundial ante el advenimiento del cada uno por su cuenta. Por ello, explota aún más brutalmente la inmensa superioridad militar estadounidense para imponer los intereses de su país. En medio del caos, solo la fuerza tiene valor de ley.
De hecho, la operación Absolute Resolve no es más que un golpe asestado al gran rival chino, pero también una advertencia a los europeos: Trump ha manifestado su intención de apoderarse de las vastas reservas de hidrocarburos de Venezuela y, Estados Unidos no dudará en apuñalar por la espalda a sus «aliados» si la defensa de los intereses estratégicos estadounidenses lo requiere. Katie Miller, esposa del director de gabinete de la Casa Blanca, publicó el día del secuestro de Maduro, una foto de Groenlandia con los colores de la bandera estadounidense, acompañada de una leyenda cuanto menos explícita: «pronto» ...
El capitalismo ya no tiene nada que ofrecer a la humanidad más que guerras y barbarie. La única fuerza que puede poner fin a la guerra capitalista es la clase obrera, porque porta consigo una perspectiva revolucionaria, la del derrocamiento del capitalismo. ¡Fueron las luchas revolucionarias del proletariado en Rusia y Alemania las que pusieron fin a la Primera Guerra Mundial! La clase obrera deberá conquistar la paz real y definitiva en todas partes derrocando el capitalismo a escala mundial. Le llevará años de lucha recuperar su identidad de clase y sus armas de combate. ¡Pero no hay otro camino para derrocar este sistema moribundo y destructivo!
EG, 4 de enero de 2026
[1] Por otra parte, Estados Unidos no ha ocultado que la operación Absolute Resolve fue posible gracias a la complicidad de las más altas esferas del Estado venezolano.
Reunión pública de la CCI en lengua española
Domingo 8 de febrero de 2026
Ciudad de México 10:00 a.m., Perú 11:00 a.m., España 17:00 h (Para otros países, habrá que hacer la conversión horaria)
Reunión "híbrida" en línea (internet) y presencial. De modo presencial en Ciudad de México en: Álvaro Obregón 4° piso, Colonia Roma Norte, entre Tonalá y Monterrey (a cuadra y media de Metrobús Álvaro Obregón).
En 1991, en respuesta al colapso del bloque oriental y a la guerra en el Golfo, la CCI escribió: "Frente a la tendencia al caos generalizado propia de la descomposición, que el hundimiento del bloque del Este aceleró considerablemente, el capitalismo no tiene otra salida, en su intento de mantener unidos sus diferentes componentes, que imponer la camisa de fuerza de la fuerza militar. En este sentido, los métodos que utiliza para intentar contener un estado de caos cada vez más sangriento son, en sí mismos, un factor que agrava la barbarie militar en la que se hunde el capitalismo". ("Texto de Orientación: Militarismo y Descomposición", Revista Internacional 64).
El ataque de Estados Unidos a Venezuela, la creciente amenaza de anexión de Groenlandia y la posibilidad de que se vuelvan a lanzar ataques aéreos contra el régimen de Teherán confirman, en particular, que es la potencia más fuerte del mundo la que se ha convertido en el principal factor en la aceleración del caos y la desintegración, un proceso que conlleva la amenaza de la destrucción de la humanidad.
La CCI convoca una reunión pública para debatir las implicaciones de estos acontecimientos. Nuestro objetivo es profundizar en la evolución de los conflictos imperialistas, pero también plantear preguntas sobre el impacto de estos hechos en la lucha de clases, y cuál debería ser la respuesta de la minoría internacionalista frente a la "agravación de la barbarie militar en la que se hunde el capitalismo".
En esta ocasión, se celebrarán tres reuniones por idiomas: en inglés, francés y español. Para participar en la reunión en español por Internet, puede escribir a cualquiera de estos correos: [email protected] [3], [email protected] [4], [email protected] [5]. Manténgase atento de nuestro sitio web para obtener más información.
En el segundo semestre de 2025, varios países de Asia, África y América Latina, donde la miseria es intensa y generalizada, se vieron sacudidos por revueltas populares. Las protestas comenzaron en Indonesia en agosto, seguidas por Nepal y Filipinas en septiembre. Luego se extendieron a países de América Latina (Perú) y África (Marruecos, Madagascar y Tanzania). En total, estallaron ocho revueltas en solo unos meses. La ira se vio avivada por problemas como la corrupción, la injusticia, las desigualdades y la falta de transparencia en países duramente afectados por la desestabilización económica del capitalismo mundial. Los medios de información dominantes han instrumentalizado estas manifestaciones, afirmando que la juventud, la generación Z[1], iba a cambiar el mundo. Pero ¿realmente necesita el mundo estas revueltas y contribuyen a poner fin a la barbarie?
Los tres países analizados en este artículo se enfrentan a una grave crisis económica. Nepal es uno de los países más pobres del mundo y se enfrenta a una elevada inflación, desempleo, bajos niveles de inversión y una economía en dificultades. Su economía se mantiene a flote principalmente gracias a las remesas de cientos de miles de jóvenes que trabajan en el extranjero. La economía indonesia está sometida a fuertes tensiones y todo indica que el país se acerca a un punto de ruptura presupuestaria, con un desempleo elevado, despidos masivos en el sector industrial y hogares que se enfrentan a una brutal crisis del coste de la vida. Filipinas lucha contra la pobreza crónica, las considerables desigualdades de ingresos, el subempleo y una crisis alimentaria incipiente.
En estos tres países, el número de jóvenes está aumentando. En Filipinas, casi el 30 % de la población tiene menos de 30 años; en Indonesia, es el caso de aproximadamente la mitad de los 270 millones de habitantes, y en Nepal, más de la mitad de los 30 millones de habitantes. En Indonesia, el desempleo juvenil supera el 15%, y en Nepal, supera el 20 %. Para gran parte de la juventud, las perspectivas son extremadamente sombrías. Esta es una de las razones de la participación masiva de los jóvenes en las revueltas populares.
Estos tres países sufren una corrupción endémica y cuentan con una legislación anticorrupción exhaustiva para combatirla. Altos funcionarios, políticos y empresarios son perseguidos regularmente por corrupción. Sin embargo, la corrupción nunca ha disminuido. En el índice de corrupción según «Transparency International's 2024 Corruption Perceptions Index», estos tres países siguen figurando entre los más corruptos: Indonesia ocupa el puesto 99, Nepal el 107 y Filipinas el 114 de un total de 180 países. Durante las manifestaciones en Nepal, Indonesia y Filipinas, la persistente corrupción de la camarilla en el poder fue uno de los temas centrales.
En Indonesia, las manifestaciones del 25 de agosto se desencadenaron por el anuncio de una asignación para vivienda de 50 millones de rupias al mes para los parlamentarios. Este anuncio se produjo en un contexto de despidos masivos (más de 80,000 trabajadores), un aumento de más del 100 % del impuesto sobre la propiedad y recortes presupuestarios drásticos por parte del Estado, especialmente en educación, obras públicas y salud. Ante este movimiento, la Coalición de Sindicatos (KSPI) intentó tomar el control de la situación con una huelga general el 28 de agosto, formulando reivindicaciones económicas como el aumento del salario mínimo nacional, el fin de la deslocalización, la congelación de los despidos, la reforma de la fiscalidad del trabajo y la revisión de las leyes anticorrupción. Sin embargo, el 29 de agosto, un incidente menor -la muerte de un repartidor atropellado por un coche de la policía- agravó la situación y se produjeron disturbios durante una semana en todo el país. Durante estos disturbios, se incendiaron decenas de edificios públicos y privados y finalmente más de 2000 personas fueron arrestadas.
En Nepal, el detonante inmediato de las manifestaciones fue la prohibición por parte del Gobierno de 26 plataformas de redes sociales el 4 de septiembre. Este bloqueo se percibió como un intento de eximir de toda responsabilidad a las élites políticas corruptas. Las pancartas y carteles que se exhibieron durante las protestas denunciaban el nepotismo, la corrupción y la impunidad. Para una generación que se enfrenta al desempleo, la inflación y la desilusión hacia los partidos tradicionales, el nepotismo y la corrupción encarnan un sistema fallido. Las manifestaciones comenzaron a intensificarse cuando la policía antidisturbios utilizó balas reales los días 8 y 9 de septiembre, matando a más de 70 manifestantes e hiriendo a más de 2000. A partir de entonces, la reacción de los jóvenes se volvió abiertamente violenta: incendios criminales y saqueos selectivos, incendio del Parlamento, agresiones y persecuciones a políticos e incendios de sus mansiones.
En Filipinas, las protestas se desencadenaron por un escándalo de corrupción relacionado con proyectos de protección contra las inundaciones. Una investigación sobre miles de proyectos reveló que muchos de ellos nunca se habían completado y que otros ni siquiera existían. A pesar del aumento anual de los presupuestos destinados a la lucha contra las inundaciones, cientos de comunidades seguían siendo vulnerables al aumento del nivel del mar. El Estado filipino inició inmediatamente una investigación para revelar el alcance de la corrupción de los funcionarios y políticos implicados en estos proyectos. Al mismo tiempo, la ira aumentó con la difusión en las redes sociales de fotos y vídeos que mostraban el lujoso estilo de vida de los hijos de políticos y familias ricas, comúnmente conocidos como «bebés nepotistas». Estos acontecimientos desencadenaron manifestaciones contra la corrupción el 21 de septiembre, en las que, sólo en Manila, 150,000 personas salieron a la calle. Esta movilización se llevó a cabo bajo el lema: «Si no hubiera corruptos, no habría pobres». El 16 de noviembre le siguió otra movilización masiva de más de medio millón de personas.
Estos tres países se ven afectados por las consecuencias de múltiples crisis. En Filipinas, por ejemplo, los fenómenos meteorológicos extremos recurrentes van acompañados de inestabilidad económica, una crisis alimentaria incipiente y los efectos persistentes de la pandemia de COVID-19. El efecto acumulativo de estas crisis las hace mucho más graves que la suma de sus componentes, siendo las poblaciones más pobres las primeras víctimas. Y cada año, los efectos de la descomposición del capitalismo tienen un impacto más importante en la vida cotidiana de estos países.
Contrariamente a lo que piensan los manifestantes, la mala gestión del Estado o la corrupción de tal o cual político o facción burguesa, que sin embargo son muy reales, no son más que un síntoma de la putrefacción de todo el sistema capitalista, que también afecta a la economía. El sufrimiento y la miseria en estos países se deben fundamentalmente a la economía capitalista, que atraviesa una crisis sin precedentes y sacrifica cada vez más sectores de la población mundial en un intento por prolongar su agonía. La crisis histórica del capitalismo se traduce en una ausencia total de perspectivas de futuro para la mayoría de la población, y en particular para los jóvenes, que sufren un desempleo masivo.
Las revueltas populares no tienen un carácter de clase específico y son, por definición, heterogéneas. Son incapaces de desarrollar una perspectiva distinta a la de un Estado-nación “liberado” de sus inevitables desviaciones. Las revueltas populares no están dirigidas contra el Estado burgués, sino sólo contra sus efectos perversos. La violencia es una característica inherente a las protestas populares cuando las reivindicaciones no se satisfacen de forma inmediata o completa. En este sentido, son ejemplos llamativos de cómo la impotencia y la desesperación pueden transformarse en una rabia ciega.
Pero los enfrentamientos con las fuerzas represivas, la ocupación de edificios gubernamentales, la persecución de miembros del gobierno e incluso la participación masiva de los trabajadores en estas acciones no confieren a estas revueltas un carácter revolucionario potencial, a pesar de los repetidos esfuerzos de la extrema izquierda capitalista por hacernos creerlo[2].
En Indonesia, el descontento se había ido acumulando durante meses y, cuando el presidente se negó a ceder a las reivindicaciones el 28 de agosto, bastó una simple chispa para desencadenar disturbios sin precedentes en décadas. La ira se volvió contra los propios símbolos del Estado burgués. Pero la destrucción de comisarías, parlamentos regionales, estaciones de autobuses y trenes, evidentemente, no acercó ni un ápice la solución a su miseria.
De ninguna manera, ya que las manifestaciones son explotadas y manipuladas regularmente por las camarillas burguesas y utilizadas en su beneficio. La lucha contra la corrupción en Filipinas, contra las desigualdades de ingresos en Indonesia o contra la prohibición de las redes sociales en Nepal, etc.; todos estos pretextos ofrecen a las organizaciones burguesas una excelente pantalla para resolver sus rivalidades, como fue el caso de la manifestación anticorrupción del 17 de noviembre en Manila, recuperada por una secta cristiana a favor del bando de Duterte[3].
Todas estas manifestaciones conducen ya sea a una victoria amarga, cuando la antigua facción burguesa es sustituida por una nueva, o a una represión estatal pura y simple, o incluso a ambas cosas. Y la respuesta del Estado a estas manifestaciones suele ser brutal: en Nepal causó más de 70 muertos y cientos de heridos, y en Indonesia, miles de detenciones. Las revueltas populares, reflejo de un mundo sin futuro, característica por excelencia de la fase de descomposición del sistema, no pueden sino propagar los males de un capitalismo en putrefacción[4].
Las reivindicaciones de las protestas siguen siendo superficiales y no abordan en absoluto las raíces de la miseria: la economía capitalista, fundamento de la vida social bajo el capitalismo. Por lo tanto, ninguna concesión hecha a las protestas populares cambia ni la situación particular de los desfavorecidos ni la situación general del país, como los manifestantes deben admitir rápidamente, ante su gran disgusto. La única solución a la creciente miseria es el derrocamiento del capitalismo por parte del proletariado mundial.
Las protestas populares no constituyen en modo alguno un trampolín hacia la lucha de clases. Representan, como mínimo, un obstáculo importante y, en el peor de los casos, una trampa peligrosa. Porque las reivindicaciones formuladas durante estos movimientos «diluye al proletariado en el conjunto de la población, difuminando la conciencia de su lucha histórica, sometiéndolo a la lógica de la dominación capitalista y reduciéndolo a la impotencia política»[5]. [6] El proletariado tiene todo que perder si se deja arrastrar por una ola de protestas populares, totalmente cegadas por las ilusiones democráticas sobre la posibilidad de un Estado capitalista «limpio».
En lugar de participar en estas revueltas, los trabajadores deben imponer sus propias consignas y organizar sus propias reuniones, en el marco de un movimiento propio. El proletariado es la única fuerza de la sociedad capaz de ofrecer una alternativa a las condiciones cada vez más insoportables de un capitalismo obsoleto. Pero esto no puede tener éxito dentro de las fronteras de un solo país, sobre todo cuando el proletariado representa solo una pequeña proporción de la población total, las concentraciones proletarias están bastante dispersas y los trabajadores tienen poca experiencia en la lucha contra la democracia burguesa y las múltiples trampas que esta clase les tiende. Sólo desarrollando una lucha común con las masas trabajadoras de los países del corazón del capitalismo, que han acumulado una larga experiencia contra la mistificación democrática, será posible el necesario derrocamiento del capitalismo y la emancipación de la humanidad.
Noviembre de 2025 / Dennis
[1] Según la burguesía, una revolución de la generación Z se está extendiendo por todo el mundo. Aplaude los movimientos de protesta que han logrado derrocar a los gobiernos en el poder, sin haber transformado fundamentalmente la sociedad capitalista. Igualar tales acontecimientos a una revolución tiene como objetivo desacreditar el punto de vista de la clase obrera.
[2] La sección inglesa de la Internacional Comunista Revolucionaria (antes IMT) titula a uno de sus artículos: «De Italia a Indonesia, de Madagascar a Marruecos: una ola de revolución, rebelión y revuelta se extiende por todo el mundo».
[3] Philippine massive anti-corruption protests hijacked by evangelical sect [7], Europe Solidaire Sans Frontières.
[4] La Tendencia Comunista Internacional (TCI) ha demostrado un oportunismo flagrante al publicar una declaración sobre las protestas en Nepal (Statement on the Protests in Nepal [8]), firmada por la sección sudasiática del NWBCW. Al apoyar el llamamiento a la generación Z nepalí para que «libre una lucha política y violenta», con esto, ¡en realidad les incita a emprender acciones aventureras que equivalen a un suicidio!
[5] Ante la agravación de la crisis económica mundial y la miseria, las « [9]revueltas populares [9]» constituyen un callejón sin salida [9], Revista Internacional 163.
¡Una masacre horrorosa! La represión desatada contra los manifestantes en Irán no conoce límites; el régimen de los mulás, la facción de la burguesía iraní en el poder, está jugándose su supervivencia. Lo sabe y responde como todas las facciones burguesas acorraladas: ¡dispara a mansalva contra la multitud! Masacra como lo hizo antes, en siniestro recuerdo, durante las protestas de 2019 contra la subida repentina del precio de la gasolina o durante las protestas desencadenadas por la muerte de Mahsa Amini en 2022. Pero hoy, esta facción particularmente reaccionaria de la burguesía iraní está acorralada por la protesta generalizada y la ira en todo el país, y responde con una crueldad sin precedentes en un intento de mantener su dominación. En el momento de escribir estas líneas, más de 16 000 muertos se amontonan en las morgues del país,[i] sin contar los heridos, especialmente aquellos con lesiones oculares, ya que las fuerzas represivas prefieren disparar a la cabeza. Más de 26 000 personas han sido arrestadas[ii] y se han dictado miles de sentencias de muerte, convirtiendo esta represión a gran escala en la mayor masacre desde las ejecuciones masivas de 1988.
Sin embargo, esta represión solo aumentará el odio hacia el régimen y no hará nada para resolver la convulsión económica que sacude al país. La economía iraní sufre cada vez más la carga de la economía de guerra, con un gasto militar considerable, y ha visto así el colapso de la moneda nacional (que perdió el 30% de su valor en 2025) y una inflación galopante (oficialmente del 52%). Nada detendrá el empobrecimiento de una parte creciente de la población y la miseria que afecta a varios estratos sociales. Pero esta vez, no fueron los sectores más desfavorecidos y oprimidos de la sociedad los que iniciaron las protestas; la explosión de ira vino de sectores de la burguesía y la pequeña burguesía que antes apoyaban al régimen. Fueron estos sectores los que impusieron inmediatamente sus reivindicaciones nacionalistas al movimiento.
Comenzando en la zona del Gran bazar de Teherán, un pilar político del régimen actual, las manifestaciones rápidamente corearon consignas a favor de un mayor apoyo a la economía nacional («Ni Gaza ni Líbano, mi vida por Irán»), que expresaban las quejas de los comerciantes y propietarios. A pesar de los intentos del régimen por frenar el descontento social cediendo un poco en las «libertades individuales», el movimiento iniciado por varias facciones de la burguesía y la pequeña burguesía cobró impulso y se sumaron a él masas de manifestantes de todos los ámbitos sociales. La ira que se expresó masivamente a finales de diciembre por la mayoría de la población ya no podía ser aplacada con unas pocas concesiones superficiales y se convirtió en enfrentamientos con las fuerzas represivas en todo el país.
La magnitud de la ira y la desesperación («ya estamos muertos» fue el clamor de los manifestantes) es una manifestación trágica de la descomposición del capitalismo, que genera indignación y revuelta contra la corrupción, la pobreza y la represión. Sin embargo, debido a sus orígenes burgueses y pequeñoburgueses y a su orientación nacionalista a favor de salvar la economía iraní, estas manifestaciones se desarrollaron en un terreno que necesariamente condujo a su instrumentalización por diferentes fracciones de la burguesía iraní en beneficio de la oposición, ella misma plagada de rivalidades y odios profundos entre diferentes facciones. Todas ellas son incapaces de presentar una alternativa para la gestión del país, con algunas camarillas pidiendo la «democratización» de Irán y otras el retorno del hijo del antiguo Sha... Detrás de estas camarillas rivales acechaban buitres imperialistas, cada uno con su propia agenda, como Trump, que prometió ayuda a los manifestantes y a quien algunos incluso instaron a intervenir militarmente con urgencia para apoyar el movimiento.
Cualquiera que sea el resultado de estos enfrentamientos internos e interferencias externas, Irán corre un grave riesgo de desintegración porque está compuesto por un mosaico de minorías, incluidos kurdos, azeríes, árabes y baluchis, que están influenciadas por facciones locales y potencias extranjeras. Las tendencias centrífugas que conducen a la desintegración del país solo pueden aumentar y amenazan con sumir no solo al país sino a toda la región de Oriente Medio en una inmensa inestabilidad y barbarie. Las protestas en Irán no están ocurriendo en un terreno proletario. Al involucrarse, los trabajadores tienen todo que perder. Y el riesgo es que toda una generación de trabajadores sea aniquilada para el único beneficio de camarillas burguesas que no tienen futuro y son tan bárbaras y explotadoras como los mulás. A medida que el capitalismo se hunde inexorablemente en el caos, ninguna facción de la burguesía tiene perspectiva alguna que ofrecer más que barbarie y miseria.
La hipocresía de la burguesía mundial no conoce límites cuando se trata de promover sus propios intereses nacionales. Así, Rusia y China, aliados del sangriento régimen de Teherán, expresan cínicamente su preocupación «por el espectro del caos en el país» y piden «paz y estabilidad» (sic). Los diversos Estados europeos, por su parte, se han limitado a convocar a los embajadores iraníes para expresar su «desaprobación» de la situación. En cuanto a Trump, hizo creer a los manifestantes en Irán que estaba de su lado, prometió acudir en su rescate y amenazó al régimen de los mulás con represalias aterradoras... solo para finalmente dar un giro y dejar el campo abierto a la represión sangrienta, mientras afirmaba cínicamente haber recibido garantías de las autoridades iraníes de que la represión cesaría. En realidad, a Trump no le importa en absoluto la población iraní: su principal preocupación es ajustar cuentas con un régimen que ha sido enemigo de Estados Unidos desde 1979, impedir que desarrolle su poder nuclear y continúe desempeñando el papel de aguafiestas en Oriente Medio, y finalmente demostrar el poderío militar inigualable de Estados Unidos. Al mismo tiempo, el régimen de Trump padece la presión de las monarquías petroleras árabes, que temen por encima de todo una implosión de Irán que provocaría el caos en toda la región del Golfo. Finalmente, Israel tampoco puede ocultar su hipocresía. ¿Hay algún régimen que haya mostrado su crueldad más abiertamente en los últimos dos años? Después de los bombardeos masivos en Palestina, Líbano, Siria e Irán, después de la masacre de palestinos inocentes en la Franja de Gaza y los implacables ataques a palestinos en Cisjordania, Netanyahu tiene la audacia de presentarse como el defensor del pueblo iraní contra el «yugo de la tiranía», llamando a la población a salir a la calle para ser masacrada. En realidad, calcula cínicamente que estos choques debilitarán aún más a su principal rival imperialista en la región.
En cuanto al régimen de los mulás, que sin pestañear invoca su superioridad moral y «revolucionaria» afirma, con el apoyo de una parte de la extrema izquierda «antiimperialista», luchar contra la dominación imperialista de Estados Unidos e Israel, claramente no tiene nada que envidiar a estos últimos en cuanto a cinismo y barbarie, ya sea a través de la gigantesca corrupción que plaga al régimen o la represión brutal que ejerce sobre su propia población, tanto durante las manifestaciones como ejecutando masivamente a miembros de la oposición política.
Todas las burguesías del mundo están cortadas por el mismo patrón que los asesinos en masa de Teherán. Todas ellas han derramado, de una u otra manera, la sangre de poblaciones y proletarios en sus guerras y otras cruzadas imperialistas, o simplemente en sus numerosas operaciones salvajes de represión. Lejos de ser un caso aislado, Irán es la expresión más grotesca de una tendencia fundamental en el período de descomposición capitalista que estamos viviendo: el colapso incontrolable de la economía mundial, el empobrecimiento absoluto de sectores cada vez más grandes de la humanidad, incluidos en los países centrales, el desarrollo desenfrenado de las tensiones imperialistas que conduce a una carrera armamentística general, y la tendencia de todos los regímenes, sean democráticos o no, hacia un modo de gobierno cada vez más abiertamente represivo y totalitario. Frente a esta situación, la clase trabajadora debe evitar ser arrastrada a la trampa burguesa de las revueltas para «cambiar el régimen» y no debe dejarse llevar al ajuste de cuentas entre las diferentes facciones de la clase dominante. Por el contrario, debe librar la lucha en su propio terreno, basándose en la defensa de sus propios intereses de clase, como el proletariado iraní ha sabido hacer en varias ocasiones desde finales de los años 70. Esta será la única manera de que finalmente politice su lucha, permitiéndole afirmar su perspectiva revolucionaria.
HG, 15 de enero de 2026
«Tenemos todo el conocimiento, toda la fuerza económica y demográfica para disuadir al régimen de Moscú. […] Lo que nos falta […] es la fortaleza de ánimo para aceptar sufrir a fin de proteger lo que somos. Si nuestro país se derrumba porque no está dispuesto a aceptar perder a sus hijos, a sufrir económicamente porque las prioridades se centrarán en la producción de defensa, entonces estaremos en peligro». El jefe del Estado Mayor del Ejército francés no se anduvo con rodeos, y el mundo político no le desautorizó: ¡el futuro que nos promete la burguesía de todo el mundo es la guerra de todos contra todos! Y para librarla, la clase dominante necesita combatientes dispuestos a morir por la nación y también aquéllos dispuestos a hacer sacrificios draconianos para producir armas. La supuesta necesidad de la «defensa nacional» contra los «malvados» extranjeros que amenazan al país que, por supuesto no desea librar una guerra, pero se siente «obligado» (sic) a desarrollar su arsenal militar para «preservar la paz», es una hipocresía que ha sido desmentida repetidamente por la historia.
En esta cuestión, el movimiento obrero ha desenmascarado desde hace tiempo la mentira de la burguesía. Rosa Luxemburgo, en su folleto Junius, ya denunció tonterías similares sobre la Primera Guerra Mundial:
«Digamos de paso que el hacer la guerra lisa y llanamente para la protección de la patria no fue invento de Bismarck. El sólo aplicó, con su inescrupulosidad característica, una vieja y probada receta internacional de los estadistas capitalistas. ¿Cuándo y dónde ha habido una guerra, desde que la llamada opinión pública ha tenido cabida en los cálculos del gobierno, en que todos y cada uno de los bandos beligerantes no haya sacado con profundo pesar el sable de la vaina, con el único propósito de defender a su patria y a su santa causa contra los vergonzosos ataques del enemigo? Esta leyenda es tan parte del juego de la guerra como la pólvora y el plomo»[1]. La Izquierda Comunista de Francia, en un informe con fecha en Julio de 1945, resalta otro aspecto igualmente importante del capitalismo decadente: «la guerra, tomando un carácter permanente, se ha convertido en la forma de vida del capitalismo decadente»[2].Los comunistas hemos sido advertidos desde hace mucho tiempo: ¡el capitalismo significa guerra! Y debido a la exacerbación de la crisis histórica de este sistema y al agravamiento de las tensiones imperialistas, cada burguesía se está preparando activamente para la guerra. Pero para ello necesita un proletariado dócil que acepte todo lo que la guerra conlleva: ¡sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor! De ahí, por supuesto, que para parecer menos belicosos que «el enemigo», se haga un llamamiento a «proteger lo que somos».
Este drástico desarrollo del militarismo en Europa, impuesto por la desaparición del paraguas estadounidense, no es un fenómeno temporal, sino más bien una tendencia general en todos los continentes. La reintroducción del servicio militar, que aún no es obligatorio en Francia, Gran Bretaña, Alemania, Bélgica y los Países Bajos, demuestra que la clase dominante ha comprendido que necesita cultivar una ideología más abiertamente militarista entre los jóvenes. Rusia lo ha comprendido desde hace varios años, al introducir al ejército y su propaganda directamente en las escuelas. La perspectiva es el desarrollo de una ideología militarista más explícita y brutal, y esto no es solo obra de gobiernos de extrema derecha abiertamente belicistas. Por el contrario, toda la burguesía, desde la extrema derecha hasta los partidos de izquierda, es unánime en esta cuestión.
En Francia, el regreso de una forma de servicio militar obligatorio es bien recibido por todos los partidos, desde RN hasta La France Insoumise, y los partidos de izquierda se muestran tan belicosos como los demás: Mélenchon, el candidato de La France Insoumise (LFI), defiende el servicio militar obligatorio desde 2020, y su colega Panot aboga hipócritamente por «el servicio militar obligatorio [para] hacer frente a los grandes retos de nuestro siglo». Para el Partido Socialista, «es un elemento importante en un momento en el que sabemos que hay que restablecer la disuasión para evitar futuros enfrentamientos»; los ecologistas se comprometen a «reforzar la reserva operativa para ser resilientes ante los ataques, pero también ante los riesgos climáticos y sanitarios». En resumen, todas las facciones políticas burguesas de Francia están de acuerdo: para salvar a la nación, necesitamos soldados dispuestos a morir, ¡necesitamos carne de cañón! En el Reino Unido y Alemania, la burguesía también ha intensificado sus campañas para reclutar jóvenes en el ejército. Como dijo el ministro de Defensa británico, John Healey: «Esta es una nueva era para la defensa, lo que significa nuevas oportunidades para que los jóvenes descubran y aprendan de nuestras fuerzas armadas»[3] (sic).
Así, el grupo Klasse gegen Klasse (KgK), un grupo trotskista de Alemania, «se opone a la guerra, la represión y los recortes presupuestarios» y proclama: «¡Ni un solo hombre, ni un solo centavo para la máquina de guerra!», pero no duda en apoyar a un bando imperialista contra otro en numerosos conflictos, como Palestina contra Israel o Venezuela contra Estados Unidos. La Internationale Sozialistische Organisation, otro grupo trotskista en Alemania, aprueba a su vez el servicio militar obligatorio con el objetivo de «crear un país que no pueda ser conquistado porque su pueblo está armado»[4]. Lo que esto significa lo demuestra el apoyo de esta organización al «pueblo armado» de Ucrania, que ha provocado una masacre que está diezmando a toda una generación de trabajadores en ese país. En Francia, el NPA, como de costumbre, pone en la agenda la división del proletariado: «El servicio nacional universal y el Día de la Defensa y la Ciudadanía son instrumentos al servicio del imperialismo y el capital. Reproducen lógicas opresivas y conservadoras que afectan especialmente a los jóvenes de color y a los que se encuentran en situaciones precarias»[5]. ¡Su retórica busca aislar a los jóvenes de origen inmigrante de otros sectores de la clase trabajadora!
Estos argumentos repugnantes, que en última instancia tienen como objetivo promover los intereses del capital nacional, no son más que una continuación de toda la propaganda belicista difundida por todas las facciones burguesas. Todas las naciones son imperialistas porque deben defender sus intereses frente a sus competidores internacionales, y todas las burguesías, sean cuales sean sus diferencias, son nacionalistas porque esa es la base de su existencia. Esta es su característica central: desde la defensa de la «Palestina libre» hasta el «America First», pasando por la «defensa de la democracia» o la de los «regímenes socialistas», la defensa de la nación es el signo inequívoco de pertenencia a la clase dominante. El nacionalismo es la bandera bajo la que se reúnen todas las facciones burguesas, desde la extrema derecha hasta la extrema izquierda. El llamamiento a «defender la patria» no es más que una forma de decir que debemos defender los intereses nacionales de la clase que nos explota, para movilizarnos para la guerra con todas las miserias que conlleva.
La reacción fue inmediata en Alemania, un país donde el militarismo de la clase dominante probablemente haya dejado los peores recuerdos: se produjeron manifestaciones de estudiantes de secundaria y universitarios a pesar de las amenazas de las autoridades, que reunieron a 35 000 participantes en toda Alemania, con consignas muy claras: «Ni un hombre, ni un céntimo para ejército», «Demasiado jóvenes para votar, pero lo suficientemente mayores para la guerra».
La explosión del cada uno por su cuenta está multiplicando las tensiones y los conflictos en todas direcciones, acentuando la desestabilización económica y aumentando el peligro de enfrentamientos militares entre Estados. El único futuro que nos ofrece el capitalismo es la guerra de todos contra todos y la miseria generalizada. Pero los sacrificios que se exigen a la clase obrera en términos de condiciones de vida para el esfuerzo militar solo pueden chocar con el actual surgimiento de la combatividad obrera: solo el proletariado ofrece una alternativa real al monstruoso futuro que el capitalismo nos depara y tiene la llave para escapar de él.
HG, 10 de febrero de 2026
[1] Rosa Luxemburg, La crisis de la socialdemocracia (1915), también conocido como el folleto de Junius
[2] “Informe de la situación internacional, julio de 1945” Conferencia de la Izquierda Comunista de Francia, citado en El curso histórico [12], adoptado en el Tercer Congreso Internacional de la CCI, Revista Internacional n°18 (1979)
[3] “Fuerzas Armadas lanzan programa 'Año Sabático' para jóvenes con el fin de reforzar habilidades y liderazgo [13]”, comunicado de prensa del ministerio de defensa del Reino Unido, 27 de diciembre de 2025."
[4] Volk in Waffen, Gegen den Militarismus [14] (Pueblo en armas contra el militarismo), sitio web de la ISO, 23 de septiembre de 2025.
[5] Ver el vídeo «Contra el capitalismo guerrero [15]» (en francés)
En el segundo semestre de 2025, varios países de Asia, África y América Latina, donde la miseria es intensa y generalizada, se vieron sacudidos por revueltas populares. Las protestas comenzaron en Indonesia en agosto, seguidas por Nepal y Filipinas en septiembre. Luego se extendieron a países de América Latina (Perú) y África (Marruecos, Madagascar y Tanzania), en solo unos meses. La ira se vio avivada por problemas como la corrupción, la injusticia, las desigualdades y la falta de transparencia en países duramente afectados por la desestabilización económica del capitalismo mundial. Los medios de información dominantes han instrumentalizado estas manifestaciones, afirmando que la juventud, la generación Z, iba a cambiar el mundo. Pero ¿realmente necesita el mundo estas revueltas y contribuyen a poner fin a la barbarie?
Nepal es uno de los países más pobres del mundo y se enfrenta a una elevada inflación, desempleo, bajos niveles de inversión y una economía en dificultades. Su economía se mantiene a flote principalmente gracias a las remesas de cientos de miles de jóvenes que trabajan en el extranjero. La economía indonesia está sometida a fuertes tensiones y todo indica que el país se acerca a un punto de ruptura presupuestaria, con un desempleo elevado, despidos masivos en el sector industrial y hogares que se enfrentan a una brutal crisis del coste de la vida. Filipinas lucha contra la pobreza crónica, las considerables desigualdades de ingresos, el subempleo y una crisis alimentaria incipiente.
El número de jóvenes está aumentando. En Filipinas, casi el 30 % de la población tiene menos de 30 años; en Indonesia, es el caso de aproximadamente la mitad de los 270 millones de habitantes, y en Nepal, más de la mitad de los 30 millones de habitantes. En Indonesia, el desempleo juvenil supera el 15%, y en Nepal, supera el 20 %. Para gran parte de la juventud, las perspectivas son extremadamente sombrías. Esta es una de las razones de la participación masiva de los jóvenes en las revueltas populares.
A eso, se le suma una corrupción endémica que exaspera a la población. En el índice de corrupción según «Transparency International's 2024 Corruption Perceptions Index», estos tres países siguen figurando entre los más corruptos: Indonesia ocupa el puesto 99, Nepal el 107 y Filipinas el 114 de un total de 180 países. Durante las manifestaciones en Nepal, Indonesia y Filipinas, la persistente corrupción de la camarilla en el poder fue uno de los temas centrales.
En Indonesia, las grandes manifestaciones del 25 de agosto se desencadenaron por el anuncio de una asignación para vivienda de 50 millones de rupias al mes para los parlamentarios. Este anuncio se produjo en un contexto de despidos masivos (más de 80,000 trabajadores), un aumento de más del 100 % del impuesto sobre la propiedad y recortes presupuestarios drásticos por parte del Estado, especialmente en educación, obras públicas y salud. Ante este movimiento, la Coalición de Sindicatos (KSPI) intentó tomar el control de la situación con una huelga general el 28 de agosto, formulando reivindicaciones económicas como el aumento del salario mínimo nacional, el fin de la deslocalización, la congelación de los despidos, la reforma de la fiscalidad del trabajo y la revisión de las leyes anticorrupción. Sin embargo, el 29 de agosto, un incidente menor -la muerte de un repartidor atropellado por un coche de la policía- agravó la situación y se produjeron disturbios durante una semana en todo el país. Durante estos disturbios, se incendiaron decenas de edificios públicos y privados y finalmente más de 2000 personas fueron arrestadas.
En Nepal, el detonante inmediato de las manifestaciones fue la prohibición por parte del Gobierno de 26 plataformas de redes sociales el 4 de septiembre. Este bloqueo se percibió como un intento de eximir de toda responsabilidad a las élites políticas corruptas. Las pancartas y carteles que se exhibieron durante las protestas denunciaban el nepotismo, la corrupción y la impunidad. Para una generación que se enfrenta al desempleo, la inflación y la desilusión hacia los partidos tradicionales, el nepotismo y la corrupción encarnan un sistema fallido. Las manifestaciones comenzaron a intensificarse cuando la policía antidisturbios utilizó balas reales los días 8 y 9 de septiembre, matando a más de 70 manifestantes e hiriendo a más de 2000. A partir de entonces, la reacción de los jóvenes se volvió abiertamente violenta: incendios criminales y saqueos selectivos, incendio del Parlamento, agresiones y persecuciones a políticos e incendios de sus mansiones.
En Filipinas, las protestas se desencadenaron por un escándalo de corrupción relacionado con proyectos de protección contra las inundaciones. Una investigación sobre miles de proyectos reveló que muchos de ellos nunca se habían completado y que otros ni siquiera existían. A pesar del aumento anual de los presupuestos destinados a la lucha contra las inundaciones, cientos de comunidades seguían siendo vulnerables al aumento del nivel del mar. El Estado filipino inició inmediatamente una investigación para revelar el alcance de la corrupción de los funcionarios y políticos implicados en estos proyectos. Al mismo tiempo, la ira aumentó con la difusión en las redes sociales de fotos y vídeos que mostraban el lujoso estilo de vida de los hijos de políticos y familias ricas, comúnmente conocidos como «bebés nepotistas». Estos acontecimientos desencadenaron manifestaciones contra la corrupción el 21 de septiembre, en las que, sólo en Manila, 150,000 personas salieron a la calle. Esta movilización se llevó a cabo bajo el lema: «Si no hubiera corruptos, no habría pobres». El 16 de noviembre le siguió otra movilización masiva de más de medio millón de personas.
Si la ira y la voluntad de luchar son reales, contrariamente a lo que piensan los manifestantes, la mala gestión del Estado o la corrupción de tal o cual político o facción burguesa no son más que un síntoma de la putrefacción de todo el sistema capitalista, que también afecta a la economía. El sufrimiento y la miseria en estos países se deben fundamentalmente a la economía capitalista, que atraviesa una crisis sin precedentes y sacrifica cada vez más sectores de la población mundial en un intento por prolongar su agonía. La crisis histórica del capitalismo se traduce en una ausencia total de perspectivas de futuro para la mayoría de la población, y en particular para los jóvenes, que sufren un desempleo masivo.
Las revueltas populares no tienen un carácter de clase específico y son, por definición, heterogéneas. Son incapaces de desarrollar una perspectiva distinta a la de un Estado-nación “liberado” de sus inevitables desviaciones. Las revueltas populares no están dirigidas contra el Estado burgués, sino sólo contra sus efectos perversos. La violencia es una característica inherente a las protestas populares cuando las reivindicaciones no se satisfacen de forma inmediata o completa. En este sentido, son ejemplos llamativos de cómo la impotencia y la desesperación pueden transformarse en una rabia ciega.
Pero los enfrentamientos con las fuerzas represivas, la ocupación de edificios gubernamentales, la persecución de miembros del gobierno e incluso la participación masiva de los trabajadores en estas acciones no confieren a estas revueltas un carácter revolucionario potencial, a pesar de los repetidos esfuerzos de la extrema izquierda capitalista por hacernos creerlo[1].
En Indonesia, el descontento se había ido acumulando durante meses y, cuando el presidente se negó a ceder a las reivindicaciones el 28 de agosto, bastó una simple chispa para desencadenar disturbios sin precedentes en décadas. La ira se volvió contra los propios símbolos del Estado burgués. Pero la destrucción de comisarías, parlamentos regionales, estaciones de autobuses y trenes, evidentemente, no acercó ni un ápice la solución a su miseria.
De ninguna manera, ya que las manifestaciones son explotadas y manipuladas regularmente por las camarillas burguesas y utilizadas en su beneficio. La lucha contra la corrupción en Filipinas, contra las desigualdades de ingresos en Indonesia o contra la prohibición de las redes sociales en Nepal, etc.; todos estos pretextos ofrecen a las organizaciones burguesas una excelente pantalla para resolver sus rivalidades, como fue el caso de la manifestación anticorrupción del 17 de noviembre en Manila, recuperada por una secta cristiana a favor del bando de Duterte.
Todas estas manifestaciones conducen ya sea a una victoria amarga, cuando la antigua facción burguesa es sustituida por una nueva, o a una represión estatal pura y simple, o incluso a ambas cosas. Y la respuesta del Estado a estas manifestaciones suele ser brutal: en Nepal causó más de 70 muertos y cientos de heridos, y en Indonesia, miles de detenciones. Las revueltas populares, reflejo de un mundo sin futuro, característica por excelencia de la fase de descomposición del sistema, no pueden sino propagar los males de un capitalismo en putrefacción[2].
Las protestas populares alimentan las mentiras y mistificaciones sobre la posibilidad de un capitalismo más justo, mejor gestionado y no constituyen, de ninguna manera, un trampolín hacia la lucha de clase. Representan, al inverso, un obstáculo importante y, son en realidad, una trampa peligrosa por el proletariado. Porque las reivindicaciones formuladas durante estos movimientos «diluye al proletariado en el conjunto de la población, difuminando la conciencia de su lucha histórica, sometiéndolo a la lógica de la dominación capitalista y reduciéndolo a la impotencia política»[3]. El proletariado tiene todo que perder si se deja arrastrar por una ola de protestas populares, totalmente cegadas por las ilusiones democráticas sobre la posibilidad de un Estado capitalista «limpio».
Los trabajadores, al contrario, deben imponer sus propias consignas, sus propias reivindicaciones y organizar sus propias marchas, en el marco de un movimiento propio. Luchando en el terreno de la defensa de sus condiciones de vida (salario, empleo, en contra de los despidos), empiezan, aunque al principio de manera muy confusa, a oponerse a las estructuras de la sociedad capitalista, en contra de su explotación como asalariados. Así ellos crean a largo plazo las condiciones para una reflexión más amplia y profunda, para tomar conciencia de su perspectiva revolucionaria. De hecho, el proletariado es la única fuerza de la sociedad capaz de ofrecer una alternativa a las condiciones cada vez más insoportables de un capitalismo obsoleto. Pero esto no puede tener éxito dentro de las fronteras de un solo país, sobre todo cuando el proletariado se queda aislado de las concentraciones proletarias del corazón del capitalismo y cuando los trabajadores tienen poca experiencia en la lucha contra la democracia burguesa y las múltiples trampas que esta clase les tiende. Sólo desarrollando una lucha común con las masas trabajadoras de los países del corazón del capitalismo, que han acumulado una larga experiencia contra la mistificación democrática, será posible el necesario derrocamiento del capitalismo y la emancipación de la humanidad.
Dennis / enero de 2026
[1] La sección inglesa de la Internacional Comunista Revolucionaria (antes IMT) titula a uno de sus artículos: «De Italia a Indonesia, de Madagascar a Marruecos: una ola de revolución, rebelión y revuelta se extiende por todo el mundo».
[2] La Tendencia Comunista Internacional (TCI) ha demostrado un oportunismo flagrante al publicar una declaración sobre las protestas en Nepal (Declaración sobre las protestas en Nepal [17]), firmada por la sección sudasiática del NWBCW. Al apoyar el llamamiento a la Generación Z nepalí para que «libre una lucha política y violenta», con esto, ¡en realidad les incita a emprender acciones aventureras que equivalen a un suicidio!
[3] Ante la agravación de la crisis económica mundial y la miseria, las “revueltas populares” representan un callejón sin salida [6], Revista Internacional n°163.
En un artículo anterior sobre las manifestaciones pro palestinas en Italia[1], denunciamos la trampa de la burguesía destinada a desviar la indignación que suscitan las masacres en Gaza hacia un apoyo nacionalista a Palestina, es decir, al Estado palestino y a la clase dominante palestina que está en guerra, con sus aliados iraníes en particular, contra una burguesía rival, la de Israel. Contra la guerra y la apisonadora del nacionalismo, la única perspectiva para el proletariado es la defensa de la unidad y la solidaridad de los trabajadores de todos los países, el rechazo al reclutamiento de los trabajadores en una guerra que no es la suya y en la que se ven obligados a asesinar a sus hermanos de clase. Esta perspectiva de solidaridad de una clase internacional, concreta y viva, aún está lejos, o al menos hoy en día solo la defienden pequeñas minorías revolucionarias. Pero es el único camino posible para impedir que la burguesía hunda al planeta entero en la barbarie del militarismo. El enemigo no es el obrero del otro país reclutado a la fuerza, «el enemigo está en nuestro propio país, es nuestra propia burguesía», proclamaban los revolucionarios durante el primer conflicto imperialista mundial, cuando el proletariado aún estaba conmocionado por la declaración de guerra. En 1912, en Estados Unidos, los Industrial Workers of the World (IWW) también recordaban que la bandera nacional es siempre una venda para cegar a los trabajadores y hacerles perder de vista sus intereses de clase[2]. Es decir, que la reivindicación de una Palestina «libre» es lo contrario del internacionalismo proletario, es un llamamiento a continuar la guerra imperialista.
Esto es lo que no logran ver quienes, en las manifestaciones en Italia, enarbolaban la bandera palestina.
A menudo hemos demostrado en nuestros artículos que la época ascendente del capitalismo ha terminado, una época en la que el surgimiento de nuevas naciones representaba un progreso en el desarrollo de las fuerzas productivas y el aumento del número de proletarios. Por muy bárbaras que fueran las guerras que permitieron unificar naciones, como fue el caso de Italia en 1860 y Alemania después de 1870, representaron un paso adelante en el desarrollo del capitalismo y, por consiguiente, de su enterrador: la clase obrera. Entonces era posible que los trabajadores, en determinadas condiciones, organizándose de forma independiente, apoyaran en ocasiones las guerras de liberación nacional y las luchas por los derechos democráticos.
Esa época ha pasado irremediablemente, el capitalismo ya no es ni volverá a ser nunca un factor de progreso. La tarea de los proletarios es ahora resistir los ataques contra los salarios y las condiciones de trabajo y, politizando sus luchas, constituirse en clase, prepararse para derrocar en todas partes al Estado de la burguesía, rechazando firmemente toda propaganda nacionalista. Es una tarea a largo plazo que implica que los trabajadores tomen conciencia de sus intereses y de su objetivo final, que los revolucionarios desempeñen su papel en esta politización y continúen, aunque sigan siendo minoritarios, denunciando sin descanso la ideología dominante, en particular la que difunden las organizaciones que se autodenominan obreras o incluso revolucionarias, todos los «partidos de izquierda» de la burguesía. Estos últimos, que defienden sistemáticamente al pequeño Estado burgués palestino con el pretexto de que es «agredido» o «más débil», no hacen más que respaldar el encierro de sus proletarios en una lógica de guerra, en nombre de una supuesta «liberación». ¡El lema «Free Gaza» es una trampa!
El genocidio en Gaza provoca ira e indignación. Este tipo de sentimientos a menudo ha radicalizado la lucha de clases, especialmente cuando los trabajadores son víctimas de la represión. La historia del movimiento obrero ofrece mil ejemplos de ello. Es normal implicarse en la lucha de clases con nuestras emociones, pero estas también pueden ser malas consejeras, ya que nos aprisionan en lo inmediato y en las apariencias. Sin embargo, la situación actual no tiene absolutamente nada que ver con la lucha de clases. En ambos bandos, los proletarios son rehenes de un conflicto imperialista y víctimas, empujadas al crimen y al odio mutuo. Por lo tanto, es necesario tomar distancia y no dejarse arrastrar por la trampa nacionalista. Evidentemente, esto es extremadamente difícil de hacer para los proletarios y los elementos politizados de Israel y Palestina, ya que están directamente inmersos en la barbarie, sin las armas políticas del proletariado, sin la solidaridad internacionalista de sus hermanos de clase de otros países, atrapados en el fuego de los acontecimientos, en medio de las provocaciones y la venganza, de la rabia de la desesperación y la impotencia, en un ambiente marcado por la muerte y la ideología de la guerra. Hemos visto que también era muy difícil para los proletarios en Italia debido al nivel actualmente muy bajo de conciencia en la clase, cuya maduración apenas está comenzando a escala internacional. Todavía tienen que dar un paso más para poder desenmascarar el discurso engañoso de la clase dominante. Tomemos algunos fragmentos de este discurso:
1.“Es justo exigir un hogar nacional para los palestinos, como lo exigió y obtuvo la población judía tras la Segunda Guerra Mundial”. La creación del Estado de Israel se produjo durante la Guerra Fría entre los dos grandes bloques imperialistas, liderados por la URSS y Estados Unidos. Es producto de la guerra imperialista, como lo demuestran las guerras regionales que han ensangrentado implacablemente Medio Oriente. Si a su vez surgiera un Estado palestino, ocurriría lo mismo. Reivindicar un Estado palestino “libre” es formalizar a otro competidor en el escenario mundial, instar a la perpetuación de la guerra imperialista en este nido de víboras que seguirá enfrentando a todos los Estados de la región, cada uno buscando apoyarse en las potencias medianas y grandes que defienden sus intereses geoestratégicos a nivel internacional. Todos los Estados, independientemente de su tamaño y poder, son Estados imperialistas. Todos se ven obligados a defender sus intereses nacionales y estratégicos, su lugar en el sangriento tablero de ajedrez del capitalismo decadente.
2. “Abandonar la lucha por una Palestina libre es aceptar implícitamente la masacre de palestinos y allanar el camino para la anexión de todos sus territorios por parte de Israel”. ¡Rechazar el terreno de la guerra imperialista y el nacionalismo no es abandonar la lucha! Para el proletariado, es recuperar los medios para librar la lucha por sus propios intereses de clase; es poder adquirir una enorme fuerza derivada del hecho de que los proletarios israelíes y palestinos comparten los mismos intereses de clase, de que pueden superar estas divisiones impuestas por la burguesía. Sí, esta perspectiva no es alcanzable de inmediato. Sí, la clase obrera aún no tiene los medios para enfrentar las masacres frontalmente. Pero la alternativa que propone la izquierda del capital es la creación de un nuevo estado imperialista ya bajo el control de Irán y Hezbolá. Es una clase obrera explotada enviada al exterminio por Hamás o alguna otra fracción igualmente bárbara y "más presentable" de la burguesía palestina. Lejos de poner fin a las masacres e impedir que el capitalismo se hunda más en la guerra, las consignas nacionalistas a favor de una "Palestina libre" solo sirven para distraer a los trabajadores de la única perspectiva capaz de acabar verdaderamente con la barbarie capitalista: la revolución mundial. Mediante estas campañas, la burguesía busca impedir que los proletarios de las principales ciudades capitalistas desarrollen su resistencia a los efectos de la crisis y el auge del militarismo, pasos esenciales hacia la politización de las luchas y las huelgas de masas, el único medio por el cual puede comenzar una respuesta a las aventuras imperialistas destructivas y asesinas de la burguesía. La solidaridad de clase internacional es una palanca poderosa; es la única que puede ofrecer un respiro a la clase trabajadora en la periferia del capitalismo, profundamente impactada por la guerra, mientras espera el surgimiento de una oleada revolucionaria internacional.
3. “Las grandes potencias o instituciones como la Corte Internacional de Justicia tienen los medios para poner fin a esta guerra e imponer la paz”. El plan de paz que Trump intenta imponer nos revela cada día su enorme engaño. Este intento está condenado al fracaso, y la hipocresía es total. Trump querría resolver los problemas causados por esta guerra en Gaza para poder desplegar sus fuerzas en el Pacífico contra el enemigo chino, es decir, para prepararse para otras guerras. La idea de “paz” en el capitalismo es siempre pura mentira e ilusiones. Los escasos momentos de respiro, cuando cada nación se preparaba para la guerra mediante una carrera armamentista, se están transformando ahora en una “guerra híbrida”, en un contexto de militarismo desatado y conflictos de alta intensidad. La guerra no es simplemente el resultado de la voluntad o la decisión de la burguesía. La guerra es un producto del sistema capitalista. Como dijo Jaurès: “El capitalismo lleva consigo la guerra como una nube lleva consigo la tormenta”.
Ceder ante el apoyo a la nación, que aún encarna este sistema, no es solo aceptar, sino fomentar la lógica de la guerra. La única manera de poner fin a la guerra, o al menos inicialmente de frustrar los planes belicistas de la burguesía, es mediante el rechazo de todo patriotismo y nacionalismo, y la defensa de la unidad proletaria, primero y ante todo en las grandes metrópolis capitalistas, donde la clase obrera posee una rica experiencia histórica, y luego en la periferia del capitalismo, donde la clase puede verse más debilitada por el peso de los desempleados y los estratos sociales intermedios. La revolución comunista pondrá fin definitivamente a la guerra imperialista al abolir las categorías económicas del capitalismo: el trabajo asalariado, la producción de valor, la competencia, las clases y las fronteras nacionales. Por eso es tan importante defender las posiciones internacionalistas y la lucha autónoma de la clase obrera en todo el mundo; una clase obrera que, en Italia como en otros lugares, ahora es capaz de desarrollar su conciencia, aunque lentamente debido a numerosos obstáculos y una intensa propaganda, a pesar del aún fuerte control ideológico de la burguesía.
Avrom E, 18 diciembre 2025.
[1] Huelgas contra la masacre en Gaza: El proletariado en Italia en las redes del pacifismo y el nacionalismo, publicado en inglés y francés en el sitio web de la CCI (2025)
[2] ¡Contra todas las banderas nacionales! [18], CCI Online octubre 2025
La incursión militar estadounidense en Venezuela el sábado 3 de enero planteó varias preguntas sobre la escala del ataque, las motivaciones del gobierno de EE. UU. y qué posición defender como revolucionarios.
Recibimos una contribución de dos diferentes contactos, que acogemos por su clara defensa de la posición internacionalista en reacción al ataque militar estadounidense. Ambos reconocen el motivo de EE. UU. para este ataque, es decir, obligar a cualquier nación recalcitrante en el continente americano a someterse a las necesidades de EE. UU. Ambos están convencidos de que esta demostración de fuerza también está dirigida contra China y pretende expulsar a este país del Hemisferio Occidental.
Una de las contribuciones menciona además otro motivo: "la burguesía estadounidense requiere una expansión de los mercados". Fue Trump quien se jactaba constantemente de los decenas de millones de barriles de petróleo que Venezuela iba a suministrar a Estados Unidos. Pero la burguesía estadounidense, y en particular las compañías petroleras, sabían muy bien que Venezuela no ofrecería una oportunidad para inversiones rentables sostenibles. Por otro lado, la población de Venezuela es demasiado pobre para comprar en masa los costosos productos estadounidenses.
En términos generales, las guerras en el período actual no conducen a un impulso económico para el capitalismo y ni siquiera a una ventaja económica para la nación victoriosa. Esta es una de las razones por las que hablamos de la irracionalidad de las guerras en el período actual. La única "victoria" para EE. UU., en línea con la reciente Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense, es haber expulsado más o menos a China y a Rusia (el aliado más cercano de Venezuela) del continente. Pero debe pagar el precio de una mayor inestabilidad en esta parte del continente, "forzando a Estados Unidos a una precipitada sucesión de intervenciones y aventuras militares"[1]. Esta es otra característica del presente período de descomposición: EE. UU., violando el derecho internacional e invitando a otros a hacer lo mismo, como principal factor del aumento del caos en el mundo.
CCI
Primera contribución
Desde hace algún tiempo, Trump y la caterva de nacionalistas que lo pusieron en el liderazgo del movimiento MAGA (sean políticos, propagandistas o activistas) han expresado abiertamente sus intenciones de imponer un control más estricto sobre la región en la que se encuentra EE. UU., por la fuerza si es necesario, con llamados a: convertir a Canadá en el estado 51, invadir México e incluso anexionar Groenlandia. Un nuevo suceso ha ocurrido ahora a este respecto. Después de meses de bombardear Venezuela y de amenazas de cambio de régimen contra su presidente "socialista", Nicolás Maduro, éste ha sido capturado por las fuerzas militares estadounidenses y la administración Trump ha reafirmado el liderazgo de EE. UU. para designar al gobierno de Venezuela de ahora en adelante, amenazando a la nueva presidenta y ex vicepresidenta, Delcy Rodríguez, para que oriente a Venezuela hacia los intereses imperiales estadounidenses, no sea que sea atacada de nuevo, y esta vez peor. Tras este acontecimiento, Trump ha hecho amenazas contra Gustavo Petro, el presidente izquierdista de Colombia que se ha empeñado en condenar el golpe contra Maduro, y también ha reiterado su deseo de anexionar Groenlandia.
Hay dos razones principales para este belicismo en toda la región. La primera es que la burguesía estadounidense requiere una expansión de los mercados, mucho mejor en el caso de una ocupación política estadounidense donde tendría una enorme ventaja en el mercado mundial. Es probable que se utilicen políticas proteccionistas para garantizar que las industrias obtenidas de estos proyectos expansionistas sean suficientemente monopolizadas por la burguesía estadounidense. La segunda razón es que el estado estadounidense, con Trump al timón, se está preparando para la guerra, particularmente contra China, y considera necesario absorber a los países dentro de su región bajo su paraguas político, o al menos hacer que sean efectivamente subordinados, incluso si se mantiene su soberanía oficial. Hablando de China, la captura de Maduro y la insistencia en que Rodríguez se alinee con EE. UU. no es sólo un asunto venezolano o latinoamericano, sino también un desarrollo en la rivalidad entre las dos mayores potencias en la arena del imperialismo mundial, EE. UU. y China. Dado que la Venezuela de Maduro estaba alineada con el imperialismo chino, la perspectiva de un realineamiento hacia EE. UU. significa para China la amenaza de perder un aliado significativo en la región de su rival imperial.
Los propagandistas de MAGA a menudo retratan la situación venezolana como la liberación del pueblo venezolano de un dictador brutal. Incluso gran parte de la oposición demócrata no está en desacuerdo con el golpe a Maduro, simplemente critica el método que se utilizó para hacerlo. Ella también siempre ha pedido que el pueblo venezolano sea liberado del régimen de Maduro de alguna manera. Todo esto, sin embargo, es simplemente un lenguaje velado para lo que realmente se pretende. Tanto la burguesía de MAGA como la demócrata entienden por libertad la libertad para que los mercados venezolanos sean penetrados por el capital estadounidense. Que esto ocurra en un entorno de democracia liberal o "dictadura" tiene poca consecuencia para ellos, a pesar de lo que su propaganda pueda sugerir. En última instancia, ya sea que uno esté en una democracia liberal o en una "dictadura", está inevitablemente en una dictadura de la burguesía, del capital.
Por otro lado, los propagandistas izquierdistas a menudo retratan la situación venezolana como otro ataque más de EE. UU. a un país socialista. Sin embargo, lejos de ser socialista, la Venezuela de Maduro, y la de Chávez antes que él, era simplemente un régimen capitalista de estado, es decir, nacionalizó partes significativas de su economía, que a su vez fueron dirigidas por la burocracia estatal. Pero la nacionalización no es socialismo, ya que perpetúa las relaciones sociales capitalistas. El hecho de que el Estado, en lugar de firmas privadas, se convierta en un empleador más prominente de trabajo asalariado no niega este hecho. Tampoco el gobierno de Maduro era un gobierno de la clase trabajadora, o dictadura del proletariado, como se vio, por ejemplo, en la Comuna de París de finales del siglo XIX o en las repúblicas de consejos de principios del siglo XX. La clase trabajadora nunca tomó el poder en Venezuela a través de una revolución. Más bien, Maduro fue el sucesor de Chávez, quien a su vez tomó el poder mediante elecciones dentro del marco de un estado burgués Maduro era más bien el sucesor de Chávez, quien había accedido al poder mediante las urnas en el marco de un Estado burgués, dirigiéndose ampliamente a las «masas» con un discurso pequeñoburgués y prometiendo reformas sociales.
Ya sea que Venezuela esté alineada con China o con EE.UU., sea "dictatorial" o liberal-democrática, capitalista de Estado o capitalista privada, el proletariado venezolano seguirá siendo explotado y oprimido. Sólo mediante la creación de sus propios órganos políticos independientes en oposición al Estado burgués existente, y la posterior destrucción de ese estado burgués, puede el proletariado venezolano comenzar a transformar sus condiciones. Y sólo a través de la fraternización, y eventual fusión, del proletariado venezolano con el proletariado de los demás países del mundo, siempre que ellos también hayan logrado conquistar el poder político, puede llevarse a cabo la revolución social hasta tal punto que el capitalismo sea superado y surja un nuevo modo de producción, el del comunismo, en el que los Estados y las clases habrán desaparecido.
Synthesiz
Segunda contribución
El segundo cuarto del siglo XXI comenzó como había terminado el anterior: con guerras, ocupaciones y aventuras militares. A sólo 3 días del Año Nuevo, el espectacular secuestro del presidente venezolano Maduro y su esposa por parte de EE. UU. – respaldado por fuerzas aéreas y navales que incluyen el portaviones más grande del mundo, un submarino de propulsión nuclear, aviones espía y 15,000 soldados – es el ejemplo más obvio. Pero la continuación de la guerra en Ucrania, la estrangulación genocida en curso en Gaza y la expansión de la ocupación israelí de Cisjordania, más la carnicería en Sudán, hablan de un sistema social presa de una espiral de autodestrucción cada vez más profunda a escala global.
Ciertamente no fue, como ha insistido Trump, por la participación de Maduro o su Estado en el narcotráfico, algo en lo que EE. UU. mismo está muy versado. De hecho, el presidente Trump ha indultado a más de 100 convictos por delitos de narcóticos desde que asumió el cargo por segunda vez – el más reciente siendo la liberación del ex presidente de Honduras Hernández, que había sido sentenciado a 45 años de cárcel por un tribunal estadounidense en marzo de 2025.
Tampoco fue principalmente para acceder a las reservas de petróleo de Venezuela, consideradas las más grandes del planeta. Si bien el Estado mafioso estadounidense ha confirmado que "administrará" el país y "mojará su pico" en las ganancias petroleras que espera extraer, la demanda global de petróleo (y los precios) están cayendo e incluso China, que había invertido miles de millones para asegurar el suministro, había dado esto prácticamente por perdido como un "mal negocio". No: la principal fuerza impulsora de esta "misión imposible" – orquestada frente a todas las reglas previamente establecidas de conducta internacional – fue demostrar una vez más el abrumador poderío militar de EE. UU. frente a sus "aliados" y sus rivales. En un mundo donde impera la ley del más fuerte, Estados Unidos una vez más ha hecho el papel de héroe de Top Gun.
Fue una advertencia a los aliados de EE. UU. de que, como se jactó Trump, era incuestionable en el hemisferio occidental. Fue claramente una señal para la camarilla religiosa gobernante en Irán de que el cambio de régimen está a la orden del día; envió un mensaje de que Putin, que se había reunido con Maduro en Moscú unos meses antes y le expresó su inquebrantable apoyo, era de hecho impotente para defender a los de su órbita, como la caída de Assad (en Siria) había indicado el año anterior. Y mientras algunos comentaristas burgueses sentían que la ilegalidad respaldada por la camarilla de Trump sólo alentaría a China a imitar tales maniobras con respecto a Taiwán, la poderosa máquina de guerra estadounidense reunida en el Caribe tiene un alcance global además de regional.
Tras el colapso del bloque del Este, Estados Unidos utilizó la primera guerra del Golfo no solo para amenazar a sus enemigos, sino sobre todo para mantener a sus aliados bajo su control. Porque la desaparición de la Unión Soviética y su esfera de influencia implicaba un colapso concomitante de la alianza occidental, un proceso reconocido y consumado desde el inicio del segundo mandato de Trump con el "divorcio atlántico".
Pero, así como las guerras del Golfo no lograron prevenir el creciente caos en los asuntos internacionales, la tendencia del "sálvese quien pueda" fue en realidad estimulada por la intervención de EE. UU., que trajo un verdadero frenesí alimenticio tras sus acciones en Irak, en Afganistán, en Libia y hoy en Siria.
La descomposición, la fase final de la decadencia del capitalismo, tiene su propia historia. Hoy, la explosión de los presupuestos militares en casi todas las naciones a medida que la guerra o los preparativos de guerra se generalizan y, en particular, el crecimiento de China como un rival económico serio, si no aún, igualmente poderoso militarmente, amenaza la hegemonía de EE. UU. Washington rescató al régimen de Milei, afín a Trump, en Argentina con un paquete de 20 mil millones de dólares para proporcionar un contrapeso contra la influencia de China en Argentina, y Venezuela era otro país sudamericano dependiente de la generosidad de Beijing. Así, la muestra de bravuconería jactanciosa de EE. UU. proviene de hecho de un debilitamiento global e histórico de su dominio, incluso en su propio "patio trasero". Sus acciones crean aún más inestabilidad regional y global, demostrando la completa irracionalidad de las guerras imperialistas en esta época.
La intervención estadounidense en Venezuela es más que un mero espectáculo. Es un aumento de las apuestas, una mayor desviación de las "normas" internacionales, un paso más hacia el caos. Reafirmará por un tiempo la voluntad de EE. UU. Pero no puede prevenir la creciente descomposición de las relaciones capitalistas con implicaciones mortales para las poblaciones del planeta. De hecho, sólo acelerará este proceso.
KT 4.1.2026
La burguesía no se contenta con intentar reclutar directamente al proletariado en sus guerras. También cuenta con sus organizaciones de izquierda para empujar a los proletarios a aceptar los sacrificios y a marchar tras tal o cual fracción burguesa, considerada más "progresista", "antiimperialista", etc.
Una parte de la izquierda está llamando a apoyar a Maduro contra las aventuras de Trump en Venezuela. Para el grupo trotskista británico el Partido Socialista de los Trabajadores (SWP), «no puede haber ambigüedad ni evasivas en la izquierda y el movimiento sindical: el derrocamiento de Maduro por parte de Estados Unidos solo retrasará la lucha por la liberación en Venezuela y en toda América Latina. […] Salgan a las calles, muestren su solidaridad con el pueblo venezolano que se resiste al imperialismo, exijan que el gobierno británico condene la invasión gansteril de Trump». En verdad, el "socialismo del siglo XXI" es una farsa, una abominable máquina explotadora de la clase trabajadora, un régimen que ha reprimido con gran ferocidad las luchas de la clase trabajadora. Este "faro para la izquierda, los movimientos progresistas y la resistencia al imperialismo" (según el SWP) ha llevado a ocho millones de migrantes (de una población de 28 millones) a huir de la miseria y la represión.
De la misma manera, luchar contra las ambiciones de Trump en Groenlandia protegería "los valores de Europa". Para uno de los jefes de La France Insoumise, Manuel Bompard, Francia debería "evidentemente" defender militarmente a Groenlandia en caso de un ataque de los Estados Unidos. Recordemos que es esta Europa democrática la que lleva a cabo las mismas políticas de saqueo y destrucción en África, Oriente Medio y otros lugares. Que sus "valores" no impidieron en el pasado al Estado danés llevar a cabo despreciables campañas eugenésicas contra una población que hoy pretenden proteger de los apetitos americanos.
A pesar de ello, el trotskismo logra vendernos su camuflaje nacionalista al defender la independencia de Groenlandia: "Como antiimperialistas e internacionalistas, nos declaramos incondicionalmente solidarios de la lucha por la autodeterminación de las comunidades de Groenlandia", según palabras del grupo Révolution Permanente en Francia. Eso es lo que es el internacionalismo según la izquierda del capital: ¡llamar a la creación de un nuevo actor imperialista que no dejaría de aliarse con los Estados Unidos, Rusia o incluso China para defender sus intereses nacionales!
¡No hay nada que esperar de la sociedad capitalista! ¡En todas partes, la burguesía explota y asesina! ¡En todas partes, las guerras son conflictos entre naciones competidoras, entre burguesías rivales, donde mueren los explotados para beneficio exclusivo de los explotadores cuyos representantes más celosos son los izquierdistas!
EG, 15 enero 2026
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