Enviado por Accion Proletaria el
Una noche fue suficiente a las fuerzas especiales estadounidenses para secuestrar a Nicolás Maduro en pleno centro de Caracas y encarcelarlo en una prisión de Nueva York. Esta impresionante demostración de fuerza destinada a decapitar el poder venezolano fue motivo de nuevas fanfarronadas de Donald Trump y de una advertencia al mundo: «¡Ninguna nación del mundo puede lograr lo que nosotros hemos logrado!».
Detrás de Trump y Maduro, la misma barbarie capitalista
Los partidarios de Trump han recurrido al habitual discurso de defensores de la democracia: se ha derrocado a un dictador, Estados Unidos ha exportado «la paz, la libertad y la justicia al gran pueblo de Venezuela».
Esta vez, la bufonada no ha sentado bien. Porque Trump ya ni siquiera se molesta en respetar el derecho internacional, ese falso paraguas bajo el que las grandes potencias, con Estados Unidos a la cabeza, se han amparado hasta ahora para justificar sus acciones imperialistas e imponer su «orden» desde 1945. Así, el ejército estadounidense ha intervenido al margen de cualquier marco legal con el pretexto difuso de luchar contra el narcoterrorismo. Y Trump ni siquiera ha dudado en justificar su intervención por las jugosas ganancias que, según él, podría generar el control estadounidense sobre el petróleo venezolano. A Trump y su camarilla no les importa la democracia; solo tenían un objetivo en mente: derrocar a un régimen poco complaciente, poner a Venezuela bajo su tutela y dar una enorme bofetada a sus rivales, en particular a Rusia y, sobre todo, a China, que lleva años a la ofensiva y se está implantando en América Latina: «El dominio estadounidense en el hemisferio occidental no será nunca más puesto en cuestión» (Trump).
Por supuesto, los partidarios de Maduro, en particular las fuerzas que controlan el capital, es decir, los partidos de la izquierda «radical», denunciaron inmediatamente una violación del derecho internacional y una «agresión imperialista». El régimen bolivariano, al frente de un país «no alineado», representaría, según ellos, un foco de resistencia al «imperialismo estadounidense».
¡Este discurso es una verdadera hipocresía! Venezuela está lejos de ser la pequeña víctima inocente del ogro estadounidense. En su enfrentamiento con Estados Unidos, Maduro, y Chávez antes que él, se han aliado sin pestañear con la Rusia de Putin y la República Islámica de Irán, demostrando así que Caracas es, como todos los países del mundo, por débiles que sean, un auténtico engranaje del imperialismo, de sus guerras y de sus saqueos. Si bien es evidente que Venezuela no puede competir militarmente con el gigante estadounidense, sus dirigentes no han dudado en utilizar tanto al petróleo y a los cárteles como armas de guerra. Como auténtico corredor de la cocaína producida en Colombia, Venezuela ha contribuido en gran medida a la avalancha de drogas entre sus enemigos.
Los partidos de izquierda pueden alardear del «socialismo del siglo XXI», pero los «dirigentes bolivarianos» no son más que una camarilla burguesa odiada y corrupta hasta los huesos. Chávez y Maduro han llevado a cabo una política sistemática de precarización del trabajo y de refuerzo de la explotación, empobreciendo a la población como nunca antes y reprimiendo con sangre las numerosas manifestaciones de ira que han salpicado su mandato. El país cuenta con miles de presos políticos. Los secuestros, las torturas y las ejecuciones extrajudiciales son moneda corriente. Este «paraíso en la tierra» de 28 millones de habitantes cuenta con 8 millones de refugiados, ¡la tasa más alta del mundo! ¡El «terrorismo» de Maduro se ha ejercido principalmente contra la clase obrera!
Como en todos los conflictos, la burguesía intenta que elijamos un bando burgués frente a otro, encerrándonos en una falsa alternativa entre naciones en guerra. Pero en ningún lugar, ni en Estados Unidos, ni en Venezuela, ni en Ucrania, ni en Rusia, ni en Israel, ni en Palestina, ninguna facción burguesa ofrece la más mínima esperanza de un mundo más justo y en paz. Porque este mundo es el de un capitalismo irremediablemente en crisis, en el que todos los Estados, ya sean democráticos o autoritarios, populistas o liberales, compiten entre sí, todos son imperialistas y son agentes activos de la destrucción y el caos.
Se alcanza una nueva etapa en el caos
América Latina es un concentrado de la barbarie en la que se hunde el capitalismo. Miseria rampante, tráfico de todo tipo, corrupción a gran escala, desintegración de las estructuras sociales y estatales... el continente se parece cada vez más a un gigantesco Salvaje Oeste. Con su operación militar, Trump importa la guerra y la promesa de acelerar considerablemente este caos.
Hoy, Trump se pavonea, seguro de la omnipotencia de su ejército: «Vamos a dirigir el país hasta que podamos llevar a cabo una transición segura, adecuada y sensata». Pero los problemas no han hecho más que empezar. Lejos del escenario «ideal» del golpe de Estado de 1973 en Chile, Washington ya no está en condiciones de sustituir a un líder por otro a su antojo. Ya no estamos en la época de la guerra fría, cuando las burguesías aún se mostraban disciplinadas y preocupadas por preservar los intereses generales del capital nacional en el marco de su bloque militar.
Ahora, sin la existencia de estos bloques, es el cada uno por su cuenta y el caos lo que domina. Estados Unidos ha pasado veinte años intentando, en vano, instaurar un gobierno estable en Afganistán, Irak, Libia o Siria. Aunque Trump «no tiene miedo de enviar las tropas sobre el terreno», lo mismo ocurrirá en Venezuela. Pase lo que pase, la Administración estadounidense tendrá que lidiar con una burguesía venezolana extremadamente dividida[1], a la que Maduro había logrado poner en cintura con gran dificultad. El riesgo que corre Trump es de cosechar un Estado impotente, un país fracturado, miserable y anárquico, un centro neurálgico gangrenado por todo tipo de tráficos y la salida de nuevas oleadas de emigrantes.
Todo ello podría desestabilizar todo el continente y obligar a Estados Unidos a lanzarse a una huida hacia adelante en intervenciones y aventuras militares. La vecina Colombia ya ha desplegado sus tropas en la frontera, temiendo las consecuencias de una crisis humanitaria y los conflictos entre cárteles. Incluso el Gobierno estadounidense es consciente de la inestabilidad que se avecina: «Estamos preparados para lanzar un segundo ataque más importante si es necesario», ha declarado Trump. Y su secretario de Estado, Marco Rubio, ya ha amenazado a Cuba con palabras dignas de un mafioso de cine: «Si yo viviera en La Habana y formara parte del Gobierno, estaría al menos un poco inquieto...».
Las consecuencias de esta intervención van más allá del continente americano. Trump acaba de pisotear todas las instancias internacionales de regulación destinadas a controlar las rivalidades entre naciones y de pasar por alto el marco legal que había permitido a Estados Unidos imponerse, en el pasado, como gendarme del mundo. Trump reconoce el fin del liderazgo estadounidense y el advenimiento del cada uno por su cuenta: Estados Unidos está lejos de imponer un orden mundial; en medio del caos, solo la fuerza tiene valor de ley.
De hecho, la operación Absolute Resolve no es más que un golpe asestado al gran rival chino, pero también una advertencia a los europeos: Trump ha manifestado su intención de apoderarse de las vastas reservas de hidrocarburos de Venezuela y, Estados Unidos no dudará en apuñalar por la espalda a sus «aliados» si la defensa de los intereses estratégicos estadounidenses lo requiere. Katie Miller, esposa del director de gabinete de la Casa Blanca, publicó el día del secuestro de Maduro, una foto de Groenlandia con los colores de la bandera estadounidense, acompañada de una leyenda cuanto menos explícita: «pronto» ...
El capitalismo ya no tiene nada que ofrecer a la humanidad más que guerras y barbarie. La única fuerza que puede poner fin a la guerra capitalista es la clase obrera, porque porta consigo una perspectiva revolucionaria, la del derrocamiento del capitalismo. ¡Fueron las luchas revolucionarias del proletariado en Rusia y Alemania las que pusieron fin a la Primera Guerra Mundial! La clase obrera deberá conquistar la paz real y definitiva en todas partes derrocando el capitalismo a escala mundial. Le llevará años de lucha recuperar su identidad de clase y sus armas de combate. ¡Pero no hay otro camino para derrocar este sistema moribundo y destructivo!
EG, 4 de enero de 2026
[1] Por otra parte, Estados Unidos no ha ocultado que la operación Absolute Resolve fue posible gracias a la complicidad de las más altas esferas del Estado venezolano.






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