Desde principios de febrero se suceden en España las movilizaciones de pequeños y medianos agricultores y ganaderos, con sus “tractoradas” colapsando el centro de las ciudades o las autopistas. Acciones que son reproducciones de las que hemos visto en el resto de Europa, y con reivindicaciones muy similares: aligerar la indecible carga burocrática a la que obliga Bruselas a cambio de unas migajas de la Política Agraria Común, reducción de restricciones medioambientales, quejas por los bajos precios que les pagan los distribuidores, y la eliminación de la competencia “desleal” de productos foráneos. Lo que late en estas movilizaciones es la indignación por una evidente degradación de las condiciones de vida de este sector, pero también se pone de manifiesto su naturaleza reaccionaria: es una indignación particularmente ligada a las aspiraciones sin futuro de la pequeña empresa agrícola, atrapada en los engranajes de la lógica de la sociedad capitalista, en particular en un exaltado nacionalismo cuyo extremo más caricatural son las campañas de defensa de “tomate español” o de la “fresa española”, que llegan al extremo de propagar bulos sobre la supuesta “toxicidad” de los productos provenientes de Marruecos. Lo llamativo es que esa campaña parece un calco de la desatada en Francia contra las importaciones provenientes de España o las dudas sobre la autenticidad de la etiqueta” bio” de éstas. La cuestión no es la veracidad de tales acusaciones, sino comprobar como estas movilizaciones rezuman los valores de la explotación capitalista (competencia de unos contra otros, patriotismo,…), y no parten de la perspectiva de la clase obrera, que es la única que puede luchar por sus condiciones de vida en base a una verdadera unidad internacional de intereses, lo cual no es lo mismo que la coincidencia circunstancial de los excluidos del reparto del pastel nacional. Estas campañas nacionalistas son más repugnantes, si cabe, cuando se sabe que la “competitividad” del tomate o la fresa españolas está en muchos casos basada en una sobrexplotación bestial de los asalariados y temporeros, en muchos casos mano de obra inmigrante barata, que se dejan la vida bajo los plásticos de los invernaderos del sudeste español o hacinados en infraviviendas en los campos de fresas de Huelva.
Desde principios de año, los agricultores se han movilizado contra la caída de sus ingresos. El movimiento, que se inició en Alemania tras la supresión de las subvenciones al diésel agrícola, se ha extendido a Francia, Bélgica y los Países Bajos, y empieza a extenderse por toda Europa. Los agricultores se levantan contra los impuestos y las normas medioambientales.
Los pequeños productores, estrangulados por los precios de compra de la industria agroalimentaria y la política de concentración de explotaciones, llevan mucho tiempo sumidos en una pobreza a veces extrema. Pero con la aceleración de la crisis, el aumento de los costes de producción, las consecuencias del cambio climático y el conflicto en Ucrania, la situación se ha agravado aún más, hasta el punto de que incluso los propietarios de explotaciones medianas se hunden en la pobreza. Miles de agricultores llevan una vida diaria de privaciones y ansiedad que incluso está llevando a muchos de ellos al suicidio.
Aunque nadie puede permanecer insensible a la angustia de una parte del mundo agrícola, también es responsabilidad de las organizaciones revolucionarias decirlo claramente: ¡Sí, los pequeños agricultores están sufriendo enormemente la crisis! ¡Sí, su rabia es inmensa! Pero este movimiento no está en el mismo terreno de juego que la clase obrera y no puede ofrecer perspectivas para su lucha. Peor aún, ¡la burguesía se aprovecha de la cólera de los campesinos para lanzar un ataque ideológico en toda regla contra el proletariado!
Desde que los obreros de Gran Bretaña abrieron el camino en el verano de 2022, las movilizaciones obreras no han dejado de multiplicarse ante los golpes aplastantes de la crisis: primero en Francia, luego en Estados Unidos, Canadá, Suecia y Finlandia recientemente. En Alemania, los ferroviarios han iniciado una huelga masiva, a la que han seguido los pilotos de Lufthansa; en enero estalló la mayor huelga de la historia de Irlanda del Norte; en España e Italia continúan las movilizaciones en el sector del transporte, así como en el metro de Londres y en el sector metalúrgico de Turquía. La mayoría de estas luchas son de una envergadura que no se veía desde hace tres o cuatro décadas. En todas partes estallan huelgas y manifestaciones, con un desarrollo incipiente, pero sin precedentes de la solidaridad entre sectores, e incluso a través de las fronteras...
¿Cómo reacciona la burguesía ante estos acontecimientos históricos? ¡Con un inmenso silencio mediático! ¡Un verdadero apagón! En cambio, al principio bastaron algunas movilizaciones campesinas esporádicas para que la prensa internacional y todas las camarillas políticas, desde la extrema derecha hasta la extrema izquierda, se abalanzaran sobre el acontecimiento y subieran inmediatamente la temperatura para intentar ocultar todo lo demás.
Desde los pequeños agricultores hasta los propietarios de grandes explotaciones modernas, aunque estuvieran en competencia directa, todos se unieron en torno a los mismos ídolos sagrados, con la santa unción de los medios de comunicación: ¡la defensa de su propiedad privada y de la nación!
Ni los pequeños agricultores ni los pequeños empresarios tienen futuro en la insoluble crisis del capitalismo. Todo lo contrario. Sus intereses están íntimamente ligados a los del capitalismo, aunque éste, sobre todo a causa de la crisis, tienda a acabar con las explotaciones más frágiles y a sumir en la miseria a un número cada vez mayor de ellas. A los ojos de los campesinos pobres, la salvación reside en la defensa desesperada de sus explotaciones. Y ante la feroz competencia internacional y los bajísimos costes de producción en Asia, África y Sudamérica, su supervivencia depende únicamente de la defensa de la "agricultura nacional". Todas las reivindicaciones de los agricultores -contra las "tasas", contra los "impuestos", contra las "normas de Bruselas"- tienen algo en común: quieren preservar su propiedad, ya sea grande o pequeña, y proteger sus fronteras contra las importaciones extranjeras. En Rumania y Polonia, por ejemplo, los agricultores denuncian la "competencia desleal" de Ucrania, acusada de rebajar los precios del grano. En Europa Occidental, los acuerdos de libre comercio están en la mira, junto con los camiones y las mercancías procedentes del extranjero. ¡Y todo ello con la bandera nacional ondeando orgullosa y una vil retórica sobre el "trabajo de verdad", el "egoísmo de los consumidores" y los "urbanos"! Por eso los gobiernos y los políticos de todos los bandos, tan prestos a denunciar el menor incendio de papel y a hacer llover golpes de porra cuando la clase obrera está en lucha, se han apresurado a acudir en apoyo a la "ira legítima" de los campesinos.
La situación es, sin embargo, muy preocupante para la burguesía europea. La crisis del capitalismo no va a detenerse. La pequeña burguesía y los pequeños empresarios se hundirán cada vez más en la miseria. Las revueltas de los pequeños propietarios acorralados sólo pueden multiplicarse en el futuro y contribuir a aumentar el caos en el que se está sumiendo la sociedad capitalista. Esto ya es evidente en la destrucción indiscriminada y los intentos de "matar de hambre" a las ciudades.
Sobre todo, este movimiento está alimentando claramente el discurso de los partidos de extrema derecha en toda Europa. En los próximos años, varios países podrían volcarse hacia el populismo, y la burguesía sabe perfectamente que un triunfo de la extrema derecha en las próximas elecciones europeas reforzaría aún más la pérdida de control de la burguesía sobre la sociedad, y erosionaría su capacidad para mantener el orden y garantizar la cohesión de la nación.
En Francia, donde el movimiento parece más radical, el gobierno utiliza todos los medios a su alcance para contener la cólera de los agricultores, en un momento en que el clima social es especialmente tenso. Se pide a las fuerzas del orden que eviten los enfrentamientos, y el gobierno hace una serie de "anuncios", entre ellos los más despreciables (aumento del uso de mano de obra extranjera mal pagada, paralización de la más mínima política en favor del medio ambiente, etc.). En Alemania, para no echar más leña al fuego, Scholz tuvo que dar marcha atrás en parte sobre el precio del gasóleo agrícola, al igual que la Unión Europea sobre las normas medioambientales.
Después de la revuelta de 2013 de los pequeños empresarios de Bretaña con los llamados "boinas rojas",i luego el movimiento interclasista de los "chalecos amarillos"ii en toda Francia, ahora es toda Europa la que se ve afectada por una oleada de violencia de la pequeña burguesía sin otra perspectiva que provocar el caos. Así pues, el movimiento de los agricultores representa efectivamente un paso más en la desintegración del mundo capitalista. Pero, como tantas otras expresiones de la crisis de su sistema, la burguesía instrumentaliza el movimiento campesino contra la clase obrera.
En el momento en que la clase obrera se lanza masivamente a la lucha en todo el mundo, la burguesía intenta socavar la maduración de su conciencia, pudrir su reflexión sobre su identidad, su solidaridad y sus métodos de lucha, explotando la movilización de los campesinos. Y para ello, todavía puede contar con sus sindicatos y partidos de izquierda, dirigidos por los trotskistas y estalinistas.
La CGT francesa se apresuró a llamar a los trabajadores a unirse al movimiento, mientras que los trotskistas de Révolution Permanente con el valiente encabezado: "Los campesinos aterrorizan al gobierno, el movimiento obrero debe aprovechar la brecha". ¡Venga ya! Si la burguesía teme la dinámica de caos social que encierra este movimiento, ¿quién puede creer que una pequeña minoría de la población, apegada a la propiedad privada, pueda asustar al Estado y a su enorme aparato de represión?
Sólo el movimiento de los "boinas rojas" y de los "chalecos amarillos" han ilustrado la capacidad de la burguesía de explotar y estimular un "miedo" bien calculado para dar credibilidad a una gran mentira contra la clase obrera: ¡vuestras manifestaciones masivas y la perorata de vuestras asambleas generales no sirven para nada! Nos quieren hacer creer que la burguesía no teme más que los bloqueos y las pequeñas acciones. Nada más lejos de la realidad. Y menos mal, porque esos métodos son los típicamente utilizados por los sindicatos para dividir y descargar la cólera de los trabajadores en acciones perfectamente estériles. Los actos indiscriminados de destrucción no contribuyen en nada a socavar los cimientos del capitalismo ni a preparar el terreno para su derrocamiento. Son como picaduras de insecto en la piel de un elefante, que justifican cada vez más represión.
Pero la burguesía no se contenta con sabotear la reflexión del proletariado sobre los medios de su lucha, sino que también intenta suprimir el sentimiento que empieza a desarrollarse a través de sus movilizaciones, el de pertenecer a la misma clase, víctimas de los mismos ataques y obligados a luchar unidos y solidarios. Los partidos de izquierda se apresuran a sacar a relucir su vieja basura adulterada sobre la "convergencia" de las luchas de los "pequeños" contra los "ricos".
Comentando las manifestaciones en Alemania, los trotskistas italianos de La Voce delle Lotte escribieron que "se están produciendo simultáneamente acciones campesinas masivas y huelgas ferroviarias. Una alianza entre estos dos sectores estratégicos tendría una enorme fuerza de huelga". ¡Las mismas tonterías de siempre! El único objetivo de estos tradicionales llamamientos a la "convergencia" es ahogar la lucha de la clase obrera en la revuelta "popular".
A pesar de todo, la burguesía se enfrenta a una gran desconfianza de los trabajadores hacia un movimiento poco reprimido (a diferencia de las manifestaciones obreras) y que coquetea con la extrema derecha y con una retórica muy reaccionaria. Por ello, los sindicatos y la izquierda han tenido que recurrir a todo tipo de contorsiones para distanciarse del movimiento, al tiempo que intentaban empujar a los proletarios a "saltar a la palestra" mediante huelgas dispersas, corporación por corporación.
La movilización de los campesinos no puede de ninguna manera ser un trampolín para la lucha de la clase obrera. Al contrario, los proletarios que se dejan arrastrar por las consignas y los métodos de los campesinos, diluidos en capas sociales fundamentalmente opuestas a toda perspectiva revolucionaria, sólo pueden ser impotentes bajo la presión del nacionalismo y de todas las ideologías reaccionarias portadoras de este movimiento.
La responsabilidad de los revolucionarios hacia la clase obrera se expresa incansablemente poniendo de relieve los escollos que jalonan su lucha y que, por desgracia, la jalonarán durante mucho tiempo. A medida que se agrave la crisis, muchas capas sociales, que no son explotadoras, pero tampoco revolucionarias, se verán abocadas, como hoy los campesinos, a la revuelta, sin tener la capacidad de ofrecer a la sociedad una verdadera perspectiva política. En este terreno estéril, el proletariado sólo puede perder. Sólo la defensa de su autonomía como clase explotada y revolucionaria puede permitirle ampliar aún más su lucha y, a largo plazo, incorporar a otras capas de la sociedad a su propia lucha contra el capitalismo.
EG, 31 de enero de 2024
i "Los ‘bonnets rouges’: un ataque ideológico a la consciencia obrera", [1] Révolution internationale nº 444 (2014).
ii "Balance del movimiento de los "chalecos amarillos": Un movimiento interclasista, un obstáculo para la lucha de clases", [2] Suplemento de Révolution internationale n° 478 (2019).
La primera parte de este artículo1 describía el ascenso del poderío del imperialismo estadounidense que, en la fase decadente del capitalismo, llegó a ser el imperialismo dominante, líder del bloque occidental que acabó triunfando sobre el bloque rival soviético a finales de la década de 1980. En la introducción de esa primera parte ya señalamos que "el colapso del bloque del Este marcó el inicio de una fase terminal en la evolución del capitalismo: la descomposición social", que no sólo aceleraría el enlodamiento del sistema burgués en un mayor caos y barbarie, sino que también conduciría al declive del liderazgo estadounidense. La segunda parte de este artículo se centrará precisamente en poner de relieve este proceso, que comenzó en la década de 1990: "En 30 años de putrefacción de la sociedad burguesa, los USA se han convertido en un factor de agravación del caos. Su liderazgo mundial no se recuperará por mucho que así lo proclame el equipo de Biden en sus discursos. No es una cuestión de deseos. Son las características de esta fase final del capitalismo las que determinan las tendencias que éste se ve obligado a seguir y que conducen inexorablemente al abismo si el proletariado no es capaz de ponerle fin mediante la revolución comunista mundial"2.
La implosión del bloque del Este marcó la apertura de un periodo de descomposición para el capitalismo, un periodo en el que se ha producido una aceleración dramática del deterioro de diversos componentes del cuerpo social en un ‘cada uno a la suya’ y un caos creciente. sálvese quien pueda", y una inmersión en el caos. Si hay un ámbito en el que esta tendencia se vio inmediatamente confirmada fue el de las tensiones imperialistas: "El fin de la 'Guerra Fría' y la desaparición de los bloques sólo sirvieron para exacerbar el estallido de los antagonismos imperialistas característicos de la decadencia capitalista, y para agravar, de un modo cualitativamente nuevo, el caos sangriento en que se hunde el conjunto de la sociedad (...)"3.
De hecho, la desintegración total del bloque soviético condujo también a la implosión de la propia Unión Soviética y, como corolario, a la desintegración del bloque rival estadounidense. El texto de orientación "Militarismo y descomposición" [10]4 examina la repercusión que la entrada del capitalismo decadente en su periodo de descomposición supuso para el desarrollo del imperialismo y el militarismo. Comienza señalando que la desaparición de los bloques no pone en cuestión la existencia del imperialismo y del militarismo, sino que por el contrario estos se vuelven más bárbaros y caóticos: "En efecto, no es la formación de bloques imperialistas lo que está en el origen del militarismo y del imperialismo. Todo lo contrario: la constitución de bloques no es más que la consecuencia extrema (que, hasta cierto punto, puede agravar las causas mismas), una manifestación (no es necesariamente la única) del hundimiento del capitalismo decadente en el militarismo y la guerra. (...) el fin de los bloques sólo abre la puerta a una forma de imperialismo aún más bárbara, aberrante y caótica”5
Esta exacerbación de la barbarie bélica se va a expresar más concretamente a través de dos grandes tendencias, que han marcado el desarrollo del imperialismo y del militarismo durante las tres últimas décadas.
Un primer rasgo importante es la explosión de las apetencias imperialistas en todos los frentes, que tendrá como consecuencia la multiplicación de las tensiones y de las fuentes de conflicto: "La diferencia con el período que acaba de terminar es que estas desavenencias y antagonismos, antes contenidos y utilizados por los dos grandes bloques imperialistas, aflorarán ahora (...) como consecuencia de la desaparición de la disciplina impuesta por la existencia de los bloques. Es probable que estos conflictos sean más violentos y numerosos, particularmente, por supuesto, en aquellas zonas donde el proletariado es más débil 6. Tal multiplicación de los antagonismos es también un obstáculo importante para la reconstitución de nuevos bloques en el período actual.
La segunda tendencia resultante de esta exacerbación del ‘cada uno a la suya’ es la explosión de un caos sangriento y, como corolario, las tentativas de contenerlo, factores ambos de agravamiento de la barbarie guerrera: "El caos que reina ya en gran parte del mundo, y que amenaza ahora a los principales países desarrollados y a sus relaciones mutuas, (...) se sitúa ahora en la tendencia al caos generalizado propia de la fase de descomposición, y a la que el hundimiento del bloque del Este ha dado un impulso considerable. No queda otra salida al capitalismo, en su intento de mantener en su sitio las diversas partes de un cuerpo que tiende a disgregarse, que la imposición de un corsé de hierro constituido por la fuerza de las armas. En este sentido, los mismos medios que utiliza para intentar contener un caos cada vez más sangriento representan un factor de agravamiento considerable de la barbarie bélica del capitalismo"7.
En efecto, frente al predominio de esta tendencia histórica al ‘cada uno a la suya’, los Estados Unidos, única superpotencia restante, llevó a cabo una política destinada a contrarrestar esta tendencia y a mantener su declinante estatus, sacando partido sobre todo de su abrumadora superioridad militar para imponer su liderazgo en el mundo y en particular a sus ‘aliados’: "Confirmados como única superpotencia restante, los EE.UU. harían todo lo que estuviera en su mano para asegurarse que ninguna nueva superpotencia - en realidad ningún nuevo bloque imperialista - pudiera surgir para desafiar su ‘Nuevo Orden Mundial’” 8 . Así, la historia de los últimos 35 años se ha caracterizado no sólo por la explosión del ‘sálvese quien pueda’, sino también por los continuos intentos de EEUU de mantener su posición hegemónica en el mundo y contrarrestar el inevitable declive de su liderazgo. Sin embargo, estas incesantes iniciativas por parte de EE. UU. para mantener su liderazgo frente a las amenazas venidas de todas partes no han hecho más que acentuar el caos y el hundimiento en el militarismo y la barbarie, de los que Washington es, en última instancia, el principal instigador. Además, estas iniciativas han dado lugar a disensiones internas en el seno de la burguesía norteamericana sobre la política a seguir, que se han acentuado con el paso del tiempo.
Vista la desaparición de los bloques y la intensificación del caos, el presidente estadounidense George W. Bush padre permitió la invasión de Kuwait por fuerzas iraquíes, lo que posibilitó que Washington movilizará una amplia coalición militar internacional liderada por Estados Unidos para “castigar” a Sadam Husein.
La 1ª Guerra del Golfo (1991) pretendía, en realidad, dar un “ejemplo” a un mundo cada vez más sumido en el caos y el ‘cada uno a la suya’. Lo que quería el gendarme mundial estadounidense era imponer un mínimo de orden y disciplina, principalmente en los países más importantes del antiguo bloque occidental. La única superpotencia que seguía en pie buscaba imponer a la ‘comunidad internacional’ un ‘nuevo orden mundial’ bajo su égida, pues era la única que tenía los medios para hacerlo, pero también porque era quién más tiene que perder con el desorden mundial: “En 1992 Washington adoptó una orientación muy clara y consciente para guiar su política imperialista en el período posterior a la Guerra Fría, basada en ‘un compromiso fundamental de mantener un mundo unipolar en el que Estados Unidos no tenga ningún competidor similar. No permitirá que ninguna coalición de grandes potencias de la que Estados Unidos esté ausente, pueda alcanzar la hegemonía” (Prof. G.J. Ikenberry, en ‘Foreign Affairs’, Sept/Oct. 2002, p.49). Tal política trata de impedir el auge de ninguna potencia en Europa o Asia, que pueda desafiar la supremacía estadounidense, y servir de polo de reagrupamiento para la formación de un nuevo bloque imperialista. Esto se estableció ya en la declaración política de la Guía de Planificación de la Defensa de 1992, redactada por Rumsfeld en 1992, en el último año de la primera administración Bush, que diseñaba esta nueva gran estrategia”9.
En realidad, la política de Bush padre lejos de instaurar en el planeta un ‘nuevo orden mundial’ controlado por Washington, no significaba más que una tentativa desesperada de Estados Unidos para contener la expansión vertiginosa del ‘cada uno a la suya’ y conduciría, fundamentalmente, a una acentuación del caos y las guerras. Apenas seis meses después de la Guerra del Golfo, el estallido de la guerra en Yugoslavia confirmó ya que ese ‘nuevo orden mundial’ no estaría dominado por los estadounidenses, sino por un creciente ‘cada uno a la suya’.
La sangrienta guerra civil resultante de la desintegración de la antigua Yugoslavia (1995-2001) vio como afloraban y chocaban los apetitos imperialistas de varios de los “aliados” del antiguo bloque estadounidense: Francia e Inglaterra apoyaron a Serbia, Alemania a Croacia y Turquía a Bosnia: “El conflicto de la antigua Yugoslavia confirma, por último, otro de los grandes rasgos de la situación mundial: los límites de la eficacia de la operación “Tormenta del Desierto” de 1991, destinada a afirmar el liderazgo de Estados Unidos en el mundo. Como ya afirmó la CCI en su momento, el principal destinatario de esta operación a gran escala no era el régimen de Sadam Husein, ni siquiera otros países de la periferia que podrían haber estado tentados de imitar a Iraq. Para Estados Unidos, el objetivo principal era asentar y reafirmar su papel de ‘gendarme mundial’ frente a las convulsiones derivadas del desmoronamiento del bloque ruso y, en particular, obtener la obediencia de las demás potencias occidentales que, con el fin de la amenaza del Este, pretendían ir a su aire. Pocos meses después de la guerra del Golfo, el estallido de los conflictos en Yugoslavia demostró que esas mismas potencias, y Alemania en particular, estaban decididas a hacer prevalecer sus intereses imperialistas sobre los de Estados Unidos”10. Apretando más y más al mundo con el corsé de acero del militarismo y la barbarie guerrera, desplegando tropas primero con Croacia, y luego en Bosnia contra Serbia, fue como el Presidente Clinton contrarrestó los apetitos imperialistas de los países europeos imponiendo la ‘Pax Americana’ en la región bajo su autoridad (Acuerdos de Dayton, diciembre de 1995).
En vez de atenuar los desafíos al liderazgo estadounidense y los diversos apetitos imperialistas, la Operación Tormenta del Desierto exacerbó la polarización. Así, los muyahidines que habían combatido contra los rusos en Afganistán acabaron levantándose contra los “cruzados” estadounidenses (formación de Al Qaeda bajo el liderazgo de Osama Bin Laden) e, inspirados por el fracaso de la intervención estadounidense en Somalia (operación ‘Restaurar la Esperanza’ de 1993-1994), iniciaron una campaña de atentados yihadistas antiamericanos desde finales de 1998. Tras el fracaso del ejército israelí en su invasión del sur del Líbano, la derecha israelí llegó al poder en 1996 (primer gobierno de Netanyahu) contrariando los deseos del gobierno estadounidense que había apostado más bien por Shimon Peres. Desde ese momento esa derecha de línea dura ha hecho todo lo posible por sabotear el ‘proceso de paz’(Acuerdos de Oslo entre Israel y Palestina), que había sido uno de los mayores éxitos de la diplomacia de Washington en la región. Por último, la masacre de cientos de miles de tutsis y hutus en Ruanda en l994, en la guerra de clanes en que cada uno de ellos estuvo apoyado por el imperialismo occidental, representó una manifestación dramática del resultado de la intensificación del ‘cada uno a la suya’ imperialista.
Una de las expresiones más obvias de contestación al liderazgo estadounidense fue el estrepitoso fracaso, en febrero de 1998, de la Operación Trueno del Desierto, destinada a infligir un nuevo ‘castigo’ a Iraq y, más allá de Iraq, a las potencias que lo apoyaban bajo cuerda, en particular Francia y Rusia. La obstrucción por Sadam Husein de las visitas de los inspectores internacionales a los ‘emplazamientos presidenciales’ animó a la superpotencia a un nuevo intento de afirmar su autoridad por la fuerza de las armas. Pero esta vez, y a diferencia de los ataques con misiles contra Iraq de 1996, tuvo que desistir de su empresa ante la decidida oposición de casi todos los Estados árabes, la mayoría de las grandes potencias, contando con el único (y tímido) apoyo de Gran Bretaña. El contraste entre la ‘Tormenta del Desierto’ y la operación ‘Trueno del Desierto’ puso de manifiesto la crisis cada vez más profunda del liderazgo estadounidense. Por supuesto, Washington no necesita el permiso de nadie para atacar cuando y donde quiera (como hizo a finales de 1998 con la operación “Zorro del Desierto”). Pero al actuar así, los Estados Unidos alimentaban la tendencia al ‘cada uno a la suya’ que pretendían contrarrestar, tal y como lograron momentáneamente durante la Guerra del Golfo. Peor aún: por primera vez desde el final de la guerra de Vietnam, la burguesía estadounidense (los partidos republicano y demócrata) se mostró incapaz de presentarse unida frente al exterior, pese a encontrarse en una situación de guerra.
La erosión de la capacidad de la burguesía estadounidense para gestionar adecuadamente el juego político se hizo evidente al final de la “Guerra Fría”, y cuando el capitalismo entró en un periodo de descomposición a principios de los años 90, especialmente a través de la candidatura “independiente” de Ross Perot en el 1992 y 96. “Esta tendencia general de la burguesía a perder el control de sus propias políticas fue uno de los factores primordiales del colapso del bloque del Este; y este colapso sólo puede acentuar la tendencia:
por el consiguiente agravamiento de la crisis económica;
por la desintegración del bloque occidental que implica a su vez la desaparición de su rival;
porque la desaparición temporal de la perspectiva de guerra mundial exacerbará las rivalidades entre las diferentes facciones burguesas (entre facciones nacionales especialmente, pero también entre camarillas en el seno de los estados nacionales”11
Esta tendencia a la pérdida de control del juego político saltó a la palestra en 1998, en plena Operación Zorro del Desierto. El ‘impeachment’ contra Clinton, que se intensificó durante tal operación, mostró hasta qué punto los políticos estadounidenses, inmersos en conflictos internos, dieron crédito a la propaganda de los enemigos de Estados Unidos que afirmó que Clinton había decidido intervenir militarmente en Irak por motivos personales (tapar el escándalo del “Monicagate”).
En 1998, la Resolución del congreso de nuestra sección en Francia, analizó lúcidamente el fracaso de la Operación Trueno del Desierto: “Aunque EE.UU. no ha tenido recientemente la oportunidad de utilizar su poderío militar y de implicarse directamente en este 'caos sangriento', se trata únicamente de una situación temporal, especialmente porque no puede dejar pasar el fracaso diplomático sobre Irak sin una respuesta"12.
Con la llegada al poder de George W. Bush hijo y su equipo de "neoconservadores" – neocons - (el vicepresidente D. Cheney, el secretario de Defensa D. Rumsfeld, su adjunto Paul Wolfowitz y J. Bolton), Washington centró su atención en los llamados "Estados gamberros" tales como Corea del Norte, Irán e Irak, que amenazarían el orden mundial con sus políticas agresivas y su apoyo al terrorismo. Los atentados de Al Qaeda en suelo estadounidense el 11 de septiembre de 2001 llevaron al Presidente Bush hijo a proclamar una ‘cruzada contra el terrorismo’ y a lanzar un a " y a lanzar una "Guerra contra el Terror", que desembocó en la invasión de Afganistán y, sobre todo, de Irak en 2003. Pero, a pesar de las presiones norteamericanas y la utilización de ‘fake news’ en Naciones Unidas para intentar movilizar a la ‘comunidad internacional’ en pro de una operación militar contra el “Eje del Mal”, los USA no lograron finalmente alinear a los demás imperialistas contra Sadam y tuvo que invadir Irak prácticamente en solitario, con la Inglaterra de Tony Blair como único aliado significativo: "Si bien los atentados del 11 de septiembre permitieron a Estados Unidos arrastrar a países como Francia y Alemania a su intervención en Afganistán, en cambio no consiguió arrastrarlos a su aventura iraquí en 2003; de hecho, incluso provocó el surgimiento de una alianza circunstancial entre estos dos países y Rusia contra la intervención en Iraq. Más tarde, algunos de sus principales aliados en la "coalición" que intervino en Iraq, como España e Italia, abandonaron el barco que se hundía. La burguesía estadounidense no consiguió ninguno de sus objetivos oficiales en Iraq: ni la eliminación de las "armas de destrucción masiva" y el establecimiento de una "democracia" pacífica; ni la estabilidad y el retorno a la paz en toda la región bajo la égida de Estados Unidos o la atenuación del terrorismo; ni la adhesión de la población estadounidense a las intervenciones militares de su gobierno"13 .
A pesar de un despliegue colosal de soldados, armas y recursos financieros, estas intervenciones atolondradas de los ‘neocons’ condujeron a un punto muerto y a un fiasco final refrendado con las retiradas de Irak (2011) y Afganistán (2021). Y sobre todo destacaron que la pretensión de EE.UU. de jugar a ser el "sheriff mundial" no ha hecho sino intensificar el caos bélico y bárbaro: "El ataque a las Torres Gemelas y al Pentágono por parte de Al Qaeda el 11 de septiembre de 2001, y la respuesta militar unilateral de la administración Bush, abrieron aún más la caja de Pandora de la descomposición: con el ataque y la invasión de Irak en 2003, desafiando todas las convenciones y organismos internacionales y sin contar con la opinión de sus principales ‘aliados’, la primera potencia mundial pasó de ser el gendarme del orden mundial al principal agente del ‘cada uno a la suya’ y el caos. La ocupación de Irak y la posterior guerra civil en Siria (2011) agitarían poderosamente el ‘cada uno a la suya’ imperialista, no sólo en Oriente Medio sino en todo el mundo"14. Esta apertura de la caja de Pandora de la descomposición se manifestó en particular por la multiplicación de los atentados terroristas en las metrópolis occidentales (Madrid, 2004, Londres, 2005) y por un auge incontenible de las ambiciones imperialistas de las distintas potencias - China y Rusia, por supuesto, e Irán, cada vez más osado y agresivo -, pero también Turquía, Arabia Saudita, e incluso los Emiratos del Golfo y Qatar, dando lugar a conflictos sangrientos como las guerras civiles en Libia y Siria ya en 2011, y en Yemen a partir de 2014, la aparición de organizaciones terroristas especialmente crueles tales como Estado Islámico, lo que provocó una nueva oleada de atentados, y la "crisis de los refugiados" causada por el éxodo repentino e incontrolado de millones de personas personas indocumentadas y apátridas hacia Europa desde 2015.
El evidente estancamiento de la política estadounidense y la aberrante carrera belicista desenfrenada hacia la barbarie bélica expresan el claro debilitamiento del liderazgo mundial de Estados Unidos. Pero también se evidencian más que nunca las contradicciones y divisiones entre las distintas facciones de la burguesía estadounidense. Ya G. Bush hijo había ganado la presidencia a través de unas ‘elecciones robadas’, que ilustraban la naturaleza inestable del aparato democrático estadounidense: su oponente, Al Gore, obtuvo 500.000 votos más que él, pero la decisión respecto a la distribución final de los votos no se produjo hasta 36 días después, más concretamente en Florida, donde el hermano de Bush era gobernador: "Un popular correo electrónico parodiando las elecciones comenzó a circular por Internet. Se preguntaba qué dirían los medios de comunicación si en una nación africana se celebraran unas elecciones controvertidas en las que el candidato ganador fuera el hijo de un presidente anterior, que anteriormente había sido director de las fuerzas de seguridad del Estado (CIA), y en las que la victoria se determinó por un recuento disputado de las papeletas en una provincia gobernada por un hermano del candidato presidencial"15 Los vericuetos de las elecciones de 2000 fueron un claro indicio de la dificultad de la burguesía para gestionar su sistema político frente a tendencias centrífugas cada vez más evidentes.
Y más aún cuando facciones vinculadas al fundamentalismo cristiano han empezado a hacer sentir su presencia en la escena política estadounidense. Ya presentes en el Partido Republicano durante la era Reagan, se hicieron más fuertes y radicales en los estados rurales’ a consecuencia de un caos y desesperación crecientes. Así surgió el llamado "Tea Party" que jugaría un papel importante en torpedear los planes de la administración Obama, acusando a este presidente de "marxista" y "agente musulmán". El Tea Party no estaba formado sólo por fundamentalistas cristianos, sino también por supremacistas blancos, activistas antiinmigración, miembros de milicias, etc., todo un cóctel que se infiltró en el Partido Republicano y amenazó cada vez más la estabilidad del sistema político. Federadas por una feroz oposición al “establishment de Washington", estas facciones forman la corriente de fondo de la oleada populista sobre la que más tarde surfearía Donald Trump.
Estas tensiones centrífugas en el seno de la burguesía estadounidense se pusieron netamente de manifiesto ante la huida hacia adelante que supuso la catastrófica aventura iraquí adoptada por la administración Bush hijo, para tartar de asegurar el mantenimiento de la supremacía estadounidense: "El acceso [en 2001] de los 'neocons' a la cabeza del Estado norteamericano representa una verdadera catástrofe para la burguesía de ese país. La cuestión que se plantea es la siguiente: ¿cómo fue posible que la primera burguesía del mundo llamara a esta banda de aventureros irresponsables e incompetentes para que se hicieran cargo de la defensa de sus intereses? ¿Qué hay detrás de esta ceguera de la clase dominante del primer país capitalista? De hecho, la llegada del equipo de Cheney, Rumsfeld y compañía a las riendas del Estado no ha sido el simple resultado de un monumental error de ‘casting’ de la clase dominante. Ha empeorado considerablemente la situación de los EE.UU. en el plano imperialista, pero ya era la expresión del callejón sin salida al que se enfrentaban los EE.UU. dado el creciente debilitamiento de su liderazgo y, más en general, el desarrollo del ‘cada uno a la suya’ en las relaciones internacionales que caracteriza la fase de descomposición”16
La administración Obama intentó mitigar las catastróficas consecuencias del unilateralismo aventurero promovido por Bush hijo. Al tiempo que recordaba al mundo la absoluta superioridad tecnológica y militar de Estados Unidos mediante la ejecución de Bin Laden en 2011 a través de una espectacular operación de comandos en Pakistán, trató de reavivar el multilateralismo implicando a los "aliados" de Washington en la aplicación de la política estadounidense. Sin embargo, fue incapaz de contrarrestar realmente la explosión de las respectivas ambiciones imperialistas: China llevó a cabo su expansión económica e imperialista mediante el despliegue de las "Nuevas Rutas de la Seda" a partir de 2013; en cuanto a Alemania, aunque evitó cualquier confrontación directa con Estados Unidos, dada la abrumadora superioridad militar de Washington, reforzó notablemente sus pretensiones mediante una creciente colaboración económico-energética con Rusia. Francia y Gran Bretaña, por su parte, tomaron la iniciativa de intervenir en Libia para derrocar a Gadafi; Rusia e Irán reforzaron sus posiciones en Oriente Medio aprovechando la guerra civil en Siria. Por último, en Ucrania, dad la victoria de los partidos prooccidentales en la "Revolución Naranja", Putin ocupó militarmente Crimea y apoyó a las milicias prorrusas en el Donbass en 2014. Ante el ascenso de China como principal retador amenazante de la hegemonía estadounidense, se produjo un intenso debate en el seno de la administración Obama, el aparato estatal y la burguesía estadounidense en general sobre cómo reorientar su estrategia imperialista.
En resumen: "La política de imposición puesta en práctica durante los dos mandatos de Bush hijo, ha ocasionado no sólo al caos en Irak, que no está ni mucho menos superado, sino también al creciente aislamiento de la diplomacia estadounidense... Pero la política de ‘cooperación’ impulsada por los demócratas no garantiza realmente la lealtad de las potencias que Estados Unidos está tratando de asociar a sus empresas militares, sobre todo porque da a estas potencias un margen de maniobra más amplio para anteponer sus propios intereses"17.
Cuando ya ser ‘gendarme mundial’ suponía despilfarrar ingentes presupuestos, con enormes despliegues militares en todo el mundo (con soldados sobre el terreno) y las consiguientes pérdidas; y en un momento en que las masas trabajadoras no estaban dispuestas a dejarse engañar (véanse las enormes dificultades de Bush hijo para reclutar soldados para la guerra de Irak), Donald Trump resultó elegido presidente en 2016 tras una campaña centrada en el lema ‘America First‘ (Norteamérica primero), que representaba esencialmente un reconocimiento oficial del fracaso de la política imperialista estadounidense durante los últimos 25 años, y un reenfoque de esa política hacia los intereses inmediatos de Estados Unidos: "La formalización por parte de la administración Trump del principio de defender únicamente sus intereses como Estado nacional y la imposición de relaciones de poder beneficiosas para ellos como base principal de las relaciones con los demás Estados, confirma y extrae consecuencias del fracaso de la política de los últimos 25 años de lucha contra la tendencia al ‘cada uno a la suya’ como guardián mundial defensor del orden mundial heredado de 1945." 18
El "America First" puesto en práctica por el populista Trump fue de la mano de una "vandalización" de las relaciones entre las distintas potencias. Tradicionalmente, y para garantizar un cierto orden en las relaciones internacionales, los Estados basaban su diplomacia en un principio, resumido en la fórmula latina: "pacta sunt servanda" – o sea, los tratados, los acuerdos, deben respetarse -. Cuando firmas un acuerdo global -o multilateral-, se supone que debes respetarlo, al menos en apariencia. Estados Unidos, bajo Trump, estaba aboliendo esta convención: "Firmo un tratado, pero puedo abolirlo mañana". Esto ocurrió con Pacto Transpacífico (TPP, por sus siglas en inglés), el Acuerdo de París sobre cambio climático, el tratado nuclear con Irán y el acuerdo final sobre la reunión del G7 en Quebec. En su lugar, Trump abogó por negociaciones entre Estados, lo que favorecía el chantaje económico, político y militar para imponer los intereses estadounidenses (véase la amenaza de represalias contra las empresas europeas que inviertan en Irán). "El comportamiento vandálico de Trump, capaz de desdecirse de la noche a la mañana de los compromisos internacionales estadounidenses desafiando las reglas establecidas, representa un nuevo y poderoso factor de incertidumbre, que impulsa aún más el ‘todos contra todos’. Es un indicio más de la nueva etapa en que el capitalismo se hunde aún más en la barbarie y en un abismo de militarismo sin trabas" 19.
Las imprevisibles decisiones, las amenazas y trucos de póquer de Trump tuvieron los siguientes efectos:
* minaron la fiabilidad de EE. UU. como aliado: Las fanfarronadas, los faroles y los repentinos cambios de posición de Trump ridiculizaron a EEUU y además hicieron que cada vez menos países confiaran en él. En Europa, Trump puso en entredicho a la OTAN, se opuso abiertamente a la UE y, más concretamente, a la política de Alemania;
* acentuaron el declive de la única superpotencia: el atasco de la política estadounidense se marcó más con las acciones de la administración Trump. Durante el G20 de 2019, el aislamiento de Estados Unidos fue evidente en cuestiones climáticas y en la guerra comercial. Además, la implicación de Rusia en Siria para salvar a Assad hizo retroceder a EE. UU. y reforzó la agresividad militar y la capacidad de Moscú de crear problemas en todo el mundo. Y mientras, EE. UU. se mostraba incapaz de contener la emergencia de China que ha pasado de simple "outsider" a principios de los 90 a serio aspirante, presentándose como el campeón de la globalización a través de la expansión de las "Nuevas Rutas de la Seda".
* desestabilizó la situación mundial incrementando las tensiones imperialistas. Así se pudo apreciar en Oriente Medio, donde Estados Unidos se desentendió de una implicación demasiado directa sobre el terreno, lo que exacerbó la acción centrífuga de diversas potencias, grandes y pequeñas, de Irán a Arabia Saudí, de Israel a Turquía, de Rusia a Qatar, cuyos apetitos imperialistas divergentes chocan constantemente. La política de Washington se ha convertido más que nunca en un factor directo de agravación del caos a escala mundial. En consecuencia, "La situación actual se caracteriza por tensiones imperialistas por doquier y por un caos cada vez menos controlable; pero, sobre todo, por su carácter altamente irracional e imprevisible, vinculado al impacto de las presiones populistas, en particular al hecho de que la potencia más fuerte del mundo esté dirigida hoy por un presidente populista de reacciones temperamentales"20.
Sin embargo, bajo la administración Trump, la política estadounidense estableció una polarización cada vez más clara contra China, tratando de contener y trabar el auge ascenso del aspirante chino. Ya en 2011, la administración Obama había decidido dar más importancia estratégica a la confrontación con China que a la ‘guerra contra el terror’: "Este nuevo enfoque, denominado "pivote asiático", fue anunciado por el presidente estadounidense durante un discurso ante el Parlamento australiano el 17 de noviembre de 2011"21. Si bien la emergencia de Estado Islámico durante el mandatos de Obama cuestionó la reorientación estratégica de la política imperialista estadounidense hacia Extremo Oriente, ésta se afianzó claramente bajo Trump, a pesar de un último intento de resistencia de los partidarios de la ‘cruzada contra los Estados canallas’ como Irán (casos del secretario de Estado Pompeo y J. Bolton). La "Estrategia de Defensa Nacional" (NDS, por sus siglas en inglés), publicada en febrero de 2018, afirmaba que "la guerra global contra el terrorismo se suspende" mientras que la "competencia de grandes potencias" se convierte en una orientación cardinal”22. Y esto implicó un cambio importante en la política estadounidense:
La guerra comercial con China se intensificó con objeto de frenar su expansión económica e impedirle desarrollar sectores estratégicos que amenazaran directamente la hegemonía estadounidense.
EE. UU. relanzó la carrera armamentística (desentendiéndose de los acuerdos multilaterales de control de armamento INF y START) con el fin de mantener su ventaja tecnológica y agotar a sus rivales (siguiendo la probada estrategia que llevó al colapso de la URSS). Se crea un sexto componente del ejército estadounidense, destinado al "dominio del espacio", para contrarrestar las amenazas de los satélites chinos.
Sea como fuere, "La defensa de sus intereses como Estado nacional significa ahora abrazar la tendencia al ‘cada uno a la suya’ que domina las relaciones imperialistas: Estados Unidos pasa de ser el gendarme del orden mundial a ser el principal agente del ‘cada uno a la suya’, del caos y del cuestionamiento del orden mundial establecido desde 1945 bajo sus auspicios."23 .
La llegada de Trump al poder hizo patente la enorme dificultad de la burguesía de la primera potencia mundial para "gestionar" su circo electoral y contener las tendencias centrífugas que crecen en su seno: "La crisis de la burguesía estadounidense no surge como resultado de la elección de Trump. En 2007, el Informe ya señalaba la crisis de la burguesía estadounidense explicando: ‘Es ante todo esta situación objetiva - una situación que impide cualquier estrategia a largo plazo por parte de única potencia superviviente - la que llevó a elegir y reelegir a un régimen tan corrupto, con un presidente santurrón y estúpido al frente [Bush hijo]. (...), la Administración Bush no es más que un reflejo de la situación sin salida del imperialismo estadounidense’ ("El impacto de la descomposición en la vida de la burguesía", un informe al 17º Congreso de la CCI). Sin embargo, la victoria de un presidente populista (Trump) conocido por tomar decisiones impredecibles no sólo sacó a la luz la crisis de la burguesía estadounidense, sino que también puso de relieve la creciente inestabilidad del aparato político de la burguesía estadounidense y la exacerbación de las tensiones internas" 24. Así pues, el vandalismo populista de Trump no hizo más que exacerbar las tensiones ya existentes en el seno de la burguesía estadounidense.
Una serie de factores llevaron tales tensiones al extremo: (a) La constante necesidad de tratar de embridar la imprevisibilidad de las decisiones presidenciales, pero sobre todo (b) la opción por parte de Trump de acercarse a Moscú, el viejo enemigo que no vaciló en interferir en la campaña electoral estadounidense (el llamado "Rusiagate"), una perspectiva totalmente inaceptable para una mayoría de la burguesía estadounidense, y (c) su negativa a aceptar el veredicto electoral. Estso factores se combinan y ponen de relieve una situación política explosiva en el seno de la burguesía estadounidense, así como su creciente incapacidad para controlar el circo político.
(a) la lucha incesante para tratar de "embridar" al presidente marcó toda la presidencia y se desarrolló en varios niveles: la presión ejercida por el Partido Republicano (votaciones fallidas sobre la derogación del Obamacare), la oposición a los planes de Trump por parte de sus ministros (el Fiscal General negándose a dimitir o los ministros de Asuntos Exteriores y el de Defensa "matizando" las palabras de Trump), una lucha constante por el control del personal de la Casa Blanca por parte de los "generales" (los ex generales McMaster y luego Mattis). Sin embargo, esta política de "contención" no evitó "deslices", como cuando Trump llegó a un ‘pacto’ con los demócratas para sortear la oposición republicana a elevar el techo de la deuda;
(b) Trump y una facción de la burguesía estadounidense se plantearon un acercamiento o incluso una alianza con la Rusia de Putin contra China, una política que contaba con partidarios en el seno de la administración presidencial, como el primer secretario de Estado Tillerson, el secretario de Comercio Ross o incluso el yerno del presidente, Kushner. Sin embargo, esta orientación encontró la oposición de amplios sectores de la burguesía estadounidense y la resistencia de la mayoría de las estructuras del Estado (el ejército, los servicios secretos), a los que no convencía en absoluto una política de este tipo tanto por razones históricas (peso del periodo de la "Guerra Fría") como por la injerencia rusa en las elecciones presidenciales ("Rusiagate" de nuevo). Mientras Trump jamás descartó una mejora de la cooperación con Rusia (sugiriendo, por ejemplo, reintegrar a Rusia en el foro del G7 de países industrializados), el enfoque de las facciones dominantes de la burguesía estadounidense, y encarnado hoy por la administración Biden, ha sido siempre el de ver a Rusia como una fuerza hostil al mantenimiento del liderazgo de Estados Unidos.
(c) Durante las elecciones presidenciales de noviembre de 2020, la oposición entre las facciones burguesas adquirió un tono casi insurreccional con acusaciones mutuas de fraude electoral, negándose finalmente Trump a reconocer los resultados de las elecciones. El 6 de enero de 2021, convocados por Trump, sus partidarios marcharon hacia el Parlamento, asaltándolo y ocupando el Capitolio, el "símbolo del orden democrático", para tratar de anular los resultados anunciados y declarar ganador a Trump. Las divisiones internas de la burguesía estadounidense se han agudizado hasta el punto de que, por primera vez en la historia, el presidente que se presenta a la reelección acusa al sistema del "país más democrático del mundo" de fraude electoral, al mejor estilo de una "república bananera".
A pesar del vandalismo e imprevisibilidad del populista Trump, a pesar de la creciente división en la burguesía norteamericana sobre cómo defender su liderazgo, la administración Trump adoptó una orientación imperialista en continuidad y coherencia con los intereses imperialistas fundamentales del Estado norteamericano, que están ampliamente consensuados entre los sectores mayoritarios de la burguesía norteamericana: defender la posición de líder indiscutible como primera potencia mundial de Estados Unidos y para ello desarrollar una actitud ofensiva hacia la retadora China. Esta polarización contra China, calificada de "amenaza constante" 25, se está convirtiendo sin duda en el eje central de la política exterior de J. Biden. Esta opción estratégica de Estados Unidos implica concentrar fuerzas para una confrontación militar y tecnológica con China. Si ya como ‘gendarme del mundo’, Estados Unidos exacerbó la violencia bélica, el caos y el ‘cada uno a la suya’, la polarización actual hacia China no es menos destructiva. Todo lo contrario. Esta agresión se manifiesta
- en el plano político, a través de campañas democráticas en defensa de los derechos de los uigures, de las “libertades” en Hong Kong, la defensa de la democracia en Taiwán, o a través de acusaciones sistemáticas de espionaje y piratería informática contra China, con fuertes medidas de represalia;
- en el plano económico, a través de leyes y decretos como la Inflation Reduction Act y la Chips in USA Act, que someten las exportaciones de productos de empresas tecnológicas chinas (por ejemplo, Huawei) a Estados Unidos a fuertes restricciones en términos de aranceles proteccionistas y sanciones contra la competencia desleal, pero que sobre todo imponen un bloqueo a la transferencia de tecnología e investigación a Pekín;
- en el plano militar, mediante demostraciones de fuerza bastante explícitas y espectaculares destinadas a intimidar a China: la proliferación de maniobras militares de la flota estadounidense y sus aliados en el mar de China Meridional, la promesa de Biden de apoyar militarmente a Taiwán en caso de agresión china, el establecimiento de un cordón sanitario en torno a China mediante acuerdos de apoyo militar (el AUKUS, entre Estados Unidos, Australia y Gran Bretaña), alianzas claramente dirigidas contra China (como el Quad, en el que participan Japón, Australia e India), pero también mediante la reactivación de alianzas bilaterales o la firma de otras nuevas con Corea del Sur, Filipinas o Vietnam.
Por otra parte, la considerable fragmentación del aparato político estadounidense ha ido incluso a más a pesar de la victoria presidencial demócrata y la nominación de J. Biden. Las elecciones de mitad de mandato de 2022, la candidatura de Trump a un nuevo mandato y las tensiones entre demócratas y republicanos en el Congreso han confirmado que las fracturas entre los partidos son más profundas y exacerbadas que nunca, como siempre, al igual que las desavenencias dentro de cada uno de los dos bandos. El peso del populismo y de las ideologías más retrógradas, marcadas por el rechazo del pensamiento racional y coherente, lejos de verse frenados por las campañas destinadas a marginar a Trump, han ganado peso e influencia persistente en el juego político estadounidense y tienden constantemente a obstaculizar la puesta en marcha de la ofensiva contra China.
Estas dos tendencias, por un lado, la intensificación de una ofensiva polarizada para provocar al contendiente chino, y, por otro, la acentuación del caos y el ‘cada uno a la suya’ que esto provoca, pero también las tensiones internas entre facciones de la burguesía estadounidense, marcan los dos grandes acontecimientos de las relaciones imperialistas de los últimos años: la sangrienta guerra en Ucrania y la carnicería entre Israel y Hamás.
La guerra en Ucrania pudo quizás ser iniciada por Rusia, pero ha sido la consecuencia de la estrategia de Estados Unidos de cercarla y asfixiarla. Con el estallido de esta guerra criminal, EE. UU. ha dado un golpe maestro intensificando su política agresiva contra potenciales retadores. "En Washington, muchos llevaban mucho tiempo esperando esto: una oportunidad para que Estados Unidos se acreditara como gran potencia en un duelo con un competidor importante, en lugar de operaciones inciertas contra fanáticos religiosos mal armados" 26 . De hecho, esta guerra expresa objetivos de mayor alcance que un simple freno a las ambiciones de Rusia: "La actual rivalidad ruso-estadounidense no se explica por un temor a que Moscú pueda dominar Europa, sino más bien por el comportamiento hegemónico de Washington" 27 .
Por supuesto, el objetivo inmediato de la trampa fatal tendida a Rusia es infligirle un gran debilitamiento del poderío militar que le queda y una rebaja radical de sus ambiciones imperialistas: "Queremos debilitar a Rusia de tal manera que ya no pueda hacer cosas como invadir Ucrania" (declaraciones del Secretario de Defensa estadounidense Lloyd Austin durante su visita a Kiev el 25.04.22)28 . La guerra también pretende demostrar la absoluta superioridad de la tecnología militar estadounidense sobre el rústico armamento de Moscú.
En segundo lugar, la invasión rusa sirvió para apretar las tuercas en el seno de la OTAN, controlada por Washington, obligando a los reticentes países europeos, y especialmente Alemania, a reunirse bajo la bandera de la Alianza, pues ya habían tendido a desarrollar una política propia hacia Rusia ignorando a la OTAN, de quién hace unos meses el presidente francés Macron había afirmado que estaba en "muerte cerebral".
Pero, el objetivo primordial de los estadounidenses era, sin duda, enviar una advertencia inequívoca a su principal contrincante, China ("esto es lo que os espera si os arriesgáis a intentar invadir Taiwán"). Culminaba así una década de creciente presión sobre el principal retador que amenaza el liderazgo estadounidense. La guerra debilitó al único socio de interés de China, el que en podía proporcionarle una contribución militar, y además puso en aprietos el proyecto de expansión económica e imperialista de Pekín, la Nueva Ruta de la Seda, uno de cuyos ejes principales pasaba por Ucrania.
Para Estados Unidos, los cientos de miles de víctimas civiles y militares, la extensión de la barbarie bélica a Europa Central, los riesgos de colapso nuclear y de caos económico mundial no son más que insignificantes "efectos colaterales" de su ofensiva para garantizar la preservación de su liderazgo.
Tras el ataque por sorpresa y las bárbaras masacres perpetradas por Hamás, y las sangrientas represalias de Israel, aplastando a decenas de miles de civiles bajo proyectiles y bombas, la presencia casi permanente de dirigentes estadounidenses en Tel Aviv (el presidente Biden visitó personalmente la zona, y el secretario de Estado A. Blinken y el secretario de Defensa L. Austin pasaron allí casi una semana) pone de manifiesto la perplejidad y la ansiedad de la superpotencia estadounidense por encontrar una forma de manejar la situación. Ejerciendo una presión permanente sobre el gobierno israelí y manteniendo al mismo tiempo el contacto con los gobiernos árabes, tratan de limitar la sed de venganza bárbara de Israel en Gaza y Cisjordania y evitar una conflagración generalizada en la región.
Aun cuando desde la era Obama Estados Unidos iniciara "pivote asiático", no ha renunciado a influir en Oriente Próximo y Oriente Medio. Los Acuerdos de Abraham, por ejemplo, pretendían establecer un sistema de alianzas entre Israel y varios países árabes - en particular Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos -, para contener las aspiraciones imperialistas de Irán, delegando en el Estado israelí la responsabilidad de mantener el orden en la región. Pero no tenían en cuenta las implicaciones del carácter cada vez más inestable de las alianzas y la arraigada tendencia al sálvese quien pueda. Pues la burguesía israelí ya no duda en anteponer sus propios intereses imperialistas a su tradicional lealtad a Estados Unidos. Mientras Washington favorecía una "solución" de dos Estados, Netanyahu y las facciones derechistas de la burguesía israelí, alentadas por Trump, multiplicaron las anexiones en Cisjordania, marginando completamente a los palestinos. Estaba claro que estaban jugando con fuego en la región, pero contaban con el apoyo militar y diplomático estadounidense en caso de que las tensiones se intensificaran. En consecuencia, Estados Unidos se encuentra ahora acorralado por Israel, obligado a apoyar las políticas irresponsables de Netanyahu y a alejarse de la estrategia del "pivote asiático", diseñada precisamente para desvincular a Estados Unidos de los interminables conflictos que asolan Oriente Próximo para que pudiera centrarse en contener al aspirante chino. Hoy, sin embargo, se ven obligados a enviar importantes fuerzas navales al Mediterráneo Oriental, intervenir en el Mar Rojo y reforzar sus contingentes en Irak y Siria.
La voluntariosa reacción de la administración Biden demuestra la poca confianza que tiene en la camarilla de Netanyahu y lo preocupada que está por la perspectiva de una conflagración catastrófica en Oriente Próximo. El conflicto palestino-israelí es un nuevo foco de dolor para la política imperialista estadounidense, que podría resultar calamitoso si se extiende. Washington tendría entonces que asumir una considerable presencia militar y apoyo a Israel, lo que sería sumamente gravoso para la economía estadounidense y para su apoyo a Ucrania y, más aún, sobre su estrategia para frenar la expansión de China. Además, la retórica propalestina de Turquía, miembro "díscolo” de la OTAN, también aumentará el riesgo de que se agraven los enfrentamientos, al igual que las virulentas críticas de países árabes como Egipto y Arabia Saudí. Así pues, Washington intenta evitar que la situación se le vaya de las manos... una pretensión totalmente perfectamente ilusoria a largo plazo, dada la desastrosa dinámica en la que se está hundiendo Oriente Próximo.
Y, mientras tanto, Estados Unidos se adentra en un periodo de campaña electoral y la desestabilización del aparato político estadounidense acentúa la incertidumbre sobre la orientación de sus políticas, tanto en el interior como en el exterior. Los recurrentes bloqueos en el Congreso confirman que las fracturas entre demócratas y republicanos son más profundas y agudas que nunca, al igual que las desavenencias dentro de cada uno de los dos bandos, como demuestran la complicada elección del presidente republicano de la Cámara de Representantes y el debate entre los demócratas sobre el impacto que puede tener la avanzada edad de J. Biden en su posible reelección. Al mismo tiempo, las campañas dirigidas a marginar a Trump (por ejemplo, las diversas demandas interpuestas contra él), sólo han servido para dividir a la sociedad estadounidense de forma cada vez más profunda y permanente, y hacer que "El Donald" sea más popular que nunca entre una franja considerable del electorado estadounidense.
La nueva candidatura presidencial de Trump para las elecciones de 2024 sigue contando con el apoyo de más del 30% de los estadounidenses (es decir, casi 2/3 de los votantes republicanos), y es con mucho la favorita para la nominación republicana. Esto ya está aportando una buena dosis de incertidumbre a la política de Estados Unidos y ello pesa en las políticas de Washington. En Ucrania, el apoyo militar masivo a Zelensky se ve ahora cuestionado por la negativa de la mayoría republicana a aprobar fondos para ese país, y Putin cuenta con que una reelección de Trump cambiará la situación en ese escenario, en Israel, Netanyahu y las facciones de derechas cuentan con un apoyo incondicional de la derecha religiosa republicana que contrarreste la política de la administración Biden, mientras esperan también el regreso del "mesías" Trump.
En resumen, la naturaleza impredecible de la política estadounidense desaconseja a los demás países a tomar al pie de la letra las promesas estadounidenses, y es en sí misma (junto a su política de polarización) un factor de intensificación del caos para el futuro.
Al igual que el enfrentamiento en Ucrania, la guerra de Gaza confirma la tendencia dominante en la situación imperialista mundial: una creciente irracionalidad alimentada, por un lado, por la tendencia de cada potencia imperialista a actuar por su cuenta y, por otro, por la salvaje política de la potencia dominante, Estados Unidos, que trata de contrarrestar su inevitable declive impidiendo la aparición de cualquier posible aspirante a serlo.
Sea cual sea el resultado de estos conflictos, la actual política de confrontación por parte de la administración Biden anda lejos de propiciar una atenuación de las tensiones o de imponer disciplina entre los buitres imperialistas. De hecho, esta política
- acentúa las tensiones económicas y militares con el imperialismo chino
- exacerba las contradicciones entre los imperialismos, ya sea en Europa Central o en Oriente Próximo;
- intensifica las contradicciones en el seno de las distintas burguesías, en Estados Unidos, Rusia, Ucrania e Israel, por supuesto, pero también en Alemania y China.
Contrariamente a la retórica de sus dirigentes, la política ofensiva y brutal de Estados Unidos se sitúa, pues, a la vanguardia de la barbarie militar y las tendencias destructivas de la descomposición.
Durante más de 30 años, la lucha del imperialismo estadounidense contra su inevitable decadencia se ha ido convirtiendo en el principal factor del aumento de las tensiones y el caos. El éxito inicial de la ofensiva estadounidense se basó en una característica que ya destacamos en el texto de orientación de la CCI en los años 90 sobre "Militarismo y descomposición" 29, a saber, la supremacía económica y sobre todo militar de EE. UU., que supera la suma de las potencias potencialmente competidoras. En la actualidad, EE. UU. explota al máximo esta ventaja en su política de polarización. Pero esto jamás ha conducido a un mayor orden y disciplina en las relaciones imperialistas, sino que, por el contrario, ha multiplicado los enfrentamientos militares, exacerbado el ‘cada uno a la suya’ sembrado la barbarie y el caos en muchas regiones (Oriente Medio, Afganistán, Europa Central, etc.), intensificado el terrorismo, provocando enormes oleadas de refugiados y multiplicado los apetitos de ‘tiburones’ pequeños y grandes.
Desde hace más de 30 años también, las crecientes tensiones políticas en el seno de la burguesía estadounidense han sido explotadas para mistificar la lucha del proletariado estadounidense, intentando movilizarlo en la lucha contra las "élites dominantes", intentando dividirlo en trabajadores "nativos" e "inmigrantes ilegales", o intentando movilizarlo en defensa de la democracia contra la derecha racista y fascista. En este contexto, las luchas obreras de 2022 y 2023 en EE. UU. son una clara expresión del rechazo de la clase obrera norteamericana a dejarse arrastrar al terreno burgués, y de su determinación a defenderse unida como clase explotada contra cualquier ataque a sus condiciones de vida y de trabajo.
20.12.2023 / R.H. & Marsan
1 https://es.internationalism.org/content/4688/los-estados-unidos-superpotencia-en-la-decadencia-del-capitalismo-hoy-epicentro-de-la [11]
3 Resolución sobre la Situación Internacional del 9º Congreso Internacional de la CCI. En Revista Internacional nº 67 (en francés) https://fr.internationalism.org/rinte67/congres.htm [12].
4 Revista Internacional nº 64, 1991 https://es.internationalism.org/revista-internacional/201410/4045/revista-internacional-n-64-1er-semestre-de-1991 [13],
5 Texto de orientación Militarismo y Descomposición [10]. Revista Internacional nº 64, 1991
8 Resolución sobre la Situación Internacional del 15º Congreso Internacional de la CCI [14], en francés. Revista Internacional nº113, 2003
9 Notas sobre la historia de la política imperialista de Estados Unidos desde la 2ª Guerra Mundial, (segunda parte) [15], en Revista Internacional nº114
10 Resolución sobre la situación Internacional del 10º Congreso Internacional de la CCI [16] en 1993. En Reviste Internacional nº74, 1993.
11 Tesis sobre la Descomposición, fase terminal de la decadencia capitalista, [17] punto 10, en Revista Internacional nº 107
12 Resolución sobre la situación Internacional, punto 8 del 13º Congreso de Revolution Internationale [18], en Revista Internacional nº 94
13 Resolución sobre la Situación Internacional, punto 8, del 17º Congreso Internacional de la CCI [19], en Revista Internacional nº130, 2007
14 Informe sobre la pandemia y el desarrollo de la descomposición [20] del 24º Congreso Internacional de la CCI en Revista Internacional nº167, 2022
15 La elección de George W. Bush [21], en inglés, en Internationalism nº 116, invierno 2000-2001
16 Resolución sobre la Situación Internacional, punto 9, del 17º Congreso Internacional de la CCI [22], en Revista Internacional nº130, 2007.
17 Resolución sobre la Situación Internacional [23] , punto 7, del 18º Congreso Internacional de la CCI en Revista Internacional nº138, 2009
18 Resolución sobre la Situación Internacional, punto 13 del 23º Congreso [24] de la CCI en Revista Internacional nº163-64.
20 Análisis de le evolución reciente en las tensiones imperialistas [25], en Revista Internacional nº161, 2018.
21 Del artículo La retirada americana habrá durado 6 meses, … en Le Monde Diplomatique, marzo 2022
22 Declaración del Secretario de Defensa John Mattis el 4 de junio de 2018 ante el Comité de Defensa del Senado USA.
23 Resolución sobre la Situación Internacional, punto 10, del 23º Congreso I [24]nternacional de la CCI, Revista Internacional nº163-164, 2020.
24 Informe sobre el impacto de la descomposición en la vida política de la burguesía [26] en el 23 Congreso Internacional de la CCI, 2019, Revista Internacional nº163-64. La cita en negrita corresponde a un informe no publicado del 17º Congreso Internacional
25 Lloyd Austin, Memorándum a todos los empleados de todos los departamentos de Defensa.
26 Del artículo La retirada americana habrá durado 6 meses, … en Monde Diplomatique, marzo 2022.
27 ¿Por qué las grandes potencias se hacen la guerra? Monde Diplomatique, agosto 2023.
28 También la fracción Biden quería “escarmentar” a Rusia por su interferencia en los asuntos domésticos norteamericanos, tales como sus tentativas de manipular las últimas elecciones presidenciales.
29 Texto de orientación Militarismo y Descomposición [10]. Revista Internacional nº 64, 1991
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En el artículo anterior1 argumentamos cómo el desarrollo de las sequías y la escasez en los países centrales es un producto del estadio muy concreto de descomposición social al que ha llegado el capitalismo, que no se puede sino agravar. Y que no hay ninguna perspectiva de mitigación dentro de este sistema, solo mayor destrucción ecológica, lo cual rebota sobre la humanidad en forma de catástrofes cada vez peores.
Ante este panorama desolador, existen elementos de nuestra clase que están en búsqueda de una alternativa, que sí ven la evidencia de que el capitalismo no puede hacer otra cosa que destruir la naturaleza y que a su vez el efecto rebote sobre la sociedad es cada vez más catastrófico. Para devolver a estos elementos la esperanza en el capitalismo, la burguesía cuenta con una serie de grupos de extrema izquierda encargados de pintarnos una especie de alternativa estatal de tipo “socialista” que podría poner el freno al capitalismo. De vendernos la promesa de un Estado controlado por las “políticas obreras”, que pueda gestionar la explotación de la naturaleza de forma equilibrada y responsable, cortando de raíz todos esos supuestos excesos del capitalismo.
Ante la alarmante cuestión de la sequía, nos encontramos con la publicación trotskista Izquierda Diario, en Francia Revolution Permanente, cumpliendo esta labor de suplente de los grandes partidos de izquierda burgueses para que defendamos un ‘capitalismo verde’ disfrazado de “lucha por el socialismo”2.
Para conseguirlo, su primera maniobra es engañarnos sobre la esencia misma de la relación de este sistema con el medio natural. Para ello, denuncian vehementemente el sobre-turismo y los innecesarios campos de golf, señalan la ausencia de restricciones al consumo abusivo, las decisiones administrativas para favorecer a los lobbies, los excesos de las macrogranjas, el urbanismo y la industria desatada… todo aquello que ¡sería el interés de las principales multinacionales y los “gobiernos imperialistas”! Con toda esta lista de quejas sobre los “abusos del capitalismo y sus decisiones egoístas” ocultan la verdadera naturaleza del capitalismo decadente: una sociedad cuyos procedimientos mismos de producción se dirigen directamente al caos y la autodestrucción mutua ¡ya desde principios del siglo 20!, como declaró el primer congreso de la Internacional Comunista. Un sistema mundial no solo en crisis crónica de sobreproducción, sino cuya destrucción de la naturaleza está cada vez más ligada a la propia irracionalidad destructiva del sistema en su conjunto, donde la economía de guerra y la guerra misma es el factor central de una espiral de devastación.
Los izquierdistas hacen el papel de ir corriendo a denunciar los excesos cometidos por distintas facciones capitalistas aquí y allá. Cuando se trata de las catástrofes naturales, ¡es la gestión irresponsable de los que le hacen el juego al capitalismo! Cuando se trata de la escalada armamentista, es la política expansionista de la OTAN. ¡Nada que una buena gestión estatal “obrera” no pueda solucionar!
El truco que emplean estos falsos amigos de los trabajadores es hacernos pensar que el capitalismo es otra cosa de lo que realmente es: como decían hace unos años sobre las sequías en Uruguay, sería “el modelo extractivista del agrobusiness en manos de un puñado de empresas y especuladores que saquean el país”3. Es decir, que el capitalismo serían las empresas, los especuladores y los políticos que las apoyan.
Al dibujarnos al capitalismo como un simple sistema de “saqueo y expolio cada vez mayor” en donde “siempre habrá espacio para hacer buenos negocios”, el terreno está preparado para vendernos la supuesta alternativa: “¡Es necesaria una incursión despótica en los intereses y la propiedad de los grandes capitalistas!”, nos dicen. Que “no puede haber una verdadera transición hacia una matriz energética sustentable y diversificada sin expropiar al conjunto de la industria energética bajo la gestión democrática de las y los trabajadores, junto a comités de consumidores y usuarios populares”. Que es necesaria “la expropiación de la gran propiedad terrateniente y la reforma agraria, mientras se apoya la expulsión de las empresas imperialistas en los países semicoloniales y se promueve la abolición de la deuda externa en estos países.” Que hay que avanzar hacia “la perspectiva de lograr la nacionalización y reconversión tecnológica bajo control obrero de todas las empresas de transporte y automóviles. Y que no puede desarrollarse una nueva matriz productiva industrial sin la expropiación de los grandes grupos”4.
Es con ese procedimiento distorsionador con el que intentan devolvernos la esperanza en el Estado, que supuestamente podría ser controlado democráticamente por “los obreros y el pueblo en general” a través de nacionalizaciones que expropien las empresas privadas. Este sería el camino de lo que hipócritamente llaman “control obrero” hacia el supuesto socialismo que “podría producir respetuosamente con el medio ambiente”.
Pero ¿qué imagen dan estos grupos del camino a seguir para el derrocamiento de este sistema? No entraremos aquí mucho en ello, pero remitimos a nuestros lectores a los artículos que dedicamos específicamente a desenmascarar las mentiras de los izquierdistas sobre la lucha del proletariado5. Al contrario de lo que nos engañan con su lenguaje “obrero”, el camino al comunismo es totalmente opuesto a los remedios de Estado y la defensa del Estado y la democracia. El comunismo, única perspectiva para el porvenir, pasa por la generalización y extensión de las luchas en un terreno específico de clase obrera, y por una politización de las mismas. Será solo a través de la revolución proletaria extendida a nivel mundial y la apertura de un largo periodo de transición al comunismo cuando verdaderamente se podrán ir encontrando verdaderas medidas para mitigar toda la destrucción que el capitalismo ha hecho sobre el ambiente que necesitamos para sobrevivir6.
La situación actual es muy grave y, para no ser mareados y seducidos por los distintos farsantes de la izquierda burguesa, debemos comprender el desastre ecológico en el marco de la evolución real y concreta del capitalismo decadente.
Opero, marzo de 2024
1 Sequía en España: el capitalismo no puede mitigar, ni adaptarse, solo destruir. CCI, marzo 2024
2 Catalunya entra en alerta máxima por la sequía, Izquierda Diario, enero 2024 [29]
3 Crisis hídrica. Un problema estructural sin soluciones a la vista, Izquierda Diario, julio 2023 [30]
4 Cambio climático, guerra y revolución, Izquierda Diario, octubre 2022 [31]
5 Ver, por ejemplo, El trotskismo defiende el capitalismo y la guerra con argumentos “revolucionarios”, CCI online, noviembre 2022 [32]
6 Sobre la perspectiva de algunas de estas medidas consultar nuestro artículo Bordiga y la Gran Ciudad, Revista Internacional 165 [33]
El día 27 de enero celebramos una Reunión Pública en Madrid, presencial y con asistencia por internet, sobre la contribución de BILAN a la lucha por el partido mundial del proletariado. No se trata de un llamado a la discusión en el vacío, sino que hemos visto que existe un cierto interés sobre BILAN en un entorno político que se ha expresado anteriormente en dos ocasiones en Madrid.
Las organizaciones comunistas actuales no son nada sin su plena inscripción en la continuidad histórica crítica de las organizaciones comunistas. Nos reclamamos de dos eslabones de esa continuidad: Bilan e Internationalisme [1]. Como decimos en el anuncio de la reunión pública, “el proletariado necesita su partido mundial y para formarlo, cuando sus luchas alcancen una fuerza masiva internacional, la base es la Izquierda Comunista de la cual nos reclamamos (…) La REUNION PUBLICA que proponemos trata de impulsar un debate para hacer un balance crítico del aporte de BILAN. Apreciar en qué BILAN es plenamente válido, en qué debe ser criticado, en qué debe ser llevado más lejos. Sus puntos fuertes, sus errores, su experiencia organizativa y teórica son un material imprescindible para la lucha de los revolucionarios actuales” [2]. Invitamos a los lectores a continuar el debate a través de contribuciones escritas o asistiendo a las reuniones públicas y permanencias de la CCI.
Hubo un participante que declaró que el marxismo es algo dogmático, invariable. Para él, el marxismo no debería considerar la evolución de la situación histórica sino quedarse fijo y detenido en posiciones eternas afirmadas en los orígenes del marxismo. Él mismo se autocalificó a ese respecto como “esclerótico” e incluso “¡tetrapléjico!” y llegó a decir que solo los muertos son cambiantes. Los participantes in situ y los que intervinieron a través de Internet expusieron los siguientes argumentos en contra de este punto de vista:
Que en el marxismo hay posiciones de base que no cambian ni cambiarán: la lucha de clases como motor de la historia; la lucha de clase del proletariado como la única que puede llevar al comunismo; que todo modo de producción y por tanto el capitalismo tiene una época ascendente y otra decadente; la necesidad de destruir el capitalismo para construir el comunismo; que la constitución de un partido mundial es indispensable para el proletariado; el papel motor del marxismo en el desarrollo de la consciencia de clase, etc.
Sin embargo, a partir de ese suelo de granito el marxismo se desarrolla respondiendo a nuevos problemas que plantea la evolución del capitalismo y la lucha de clases y asimismo corrigiendo posibles errores, insuficiencias o limitaciones ligadas a cada época histórica. Esta aproximación es básica en la ciencia, pero es cualitativamente más vital en el proletariado que, como clase explotada y revolucionaria a la vez, debe desarrollar su lucha por el comunismo abriéndose camino a través de innumerables errores y debilidades, aprendiendo de sus luchas y derrotas y criticando sin piedad sus errores. Más aún, debe desarrollar su lucha sobre la base de un planteamiento plenamente consciente de que no posee otra cosa que su fuerza de trabajo y de que, a diferencia de las clases históricas del pasado, no puede desarrollar su proyecto sin destruir el capitalismo de arriba abajo, así como sin erradicar las raíces de todas las sociedades explotadoras.
Esto también se aplica a sus organizaciones revolucionarias que deben ser capaces de analizar críticamente las posiciones precedentes y sus propias posiciones. Así, Marx y Engels corrigieron en 1872 a la luz de la experiencia de la Comuna de Paris la idea de que había que arrebatar el Estado a la clase dominante tal como existía, para poner de relieve la nueva lección histórica que acababa de ser tan duramente conquistada por el proletariado: la absoluta necesidad de destruir el Estado burgués anterior. Lenin, en las Tesis de Abril, planteó la necesidad de cambiar el programa del partido incorporando la posición de la naturaleza mundial y socialista de la Revolución y la toma del poder por los Soviets.
Es una grave irresponsabilidad permanecer dogmáticamente pegado a posiciones que ya no son válidas. Los partidos socialdemócratas no quisieron comprender ni la decadencia del capitalismo, ni las consecuencias que de ello se derivaron: el fin de la posibilidad de arrancar mediante la lucha mejoras y reformas duraderas a este sistema de explotación, ni la naturaleza de la guerra imperialista, ni la huelga de masas, etc. Todo ello los llevó a la traición. La Oposición de Izquierdas de Trotski permanecía dogmáticamente atada a la defensa incondicional del programa de los 4 primeros congresos de la IC, y nunca estuvo vinculada a un enfoque crítico de la oleada revolucionaria de 1917-1924. Finalmente, tras la muerte de Trotsky, el trotskismo traicionó al internacionalismo proletario apoyando a uno de los campos imperialistas presentes en el momento de la Segunda Guerra Mundial, y se unió así al campo burgués.
Una organización proletaria que no es capaz de un balance crítico implacable de su trayectoria y la de las organizaciones precedentes del movimiento obrero está condenada a perecer o traicionar. Bilan nos da el método para realizar ese balance crítico en el artículo ¿Hacia una Internacional dos y tres y cuartos? (BILAN nº 1 noviembre 1933) en respuesta a la Oposición de Izquierdas de Trotski: “En cada período histórico de formación del proletariado como clase, se hace evidente el crecimiento de los objetivos del Partido. La Liga de los Comunistas marcharía con una fracción de la burguesía. La Primera Internacional esbozaría las primeras organizaciones de clase del proletariado. La Segunda Internacional fundaría los partidos políticos y los sindicatos de masas de los trabajadores. La III Internacional lograría la victoria del proletariado en Rusia.
En cada período veremos que la posibilidad de la constitución del partido se determina sobre la base de la experiencia anterior y de los nuevos problemas que han surgido para el proletariado. La Primera Internacional nunca habría podido fundarse en colaboración con la burguesía radical. La Segunda Internacional no habría podido fundarse sin la noción de la necesidad de reagrupar las fuerzas proletarias en organizaciones de clase. La III Internacional no habría podido fundarse en colaboración con las fuerzas que actuaban en el seno del proletariado para conducirlo no a la insurrección y a la toma del poder, sino a la reforma gradual del Estado capitalista. En cada época, el proletariado puede organizarse en clase, y el partido puede basarse en los dos elementos siguientes:
1. Conciencia de la posición más avanzada que debe ocupar el proletariado, la inteligencia de los nuevos caminos que hay que emprender.
2. La delimitación creciente de las fuerzas que pueden actuar en favor de la revolución proletaria.”
Esta labor no se hace partiendo de cero, tomando como referencia de forma aislada los nuevos acontecimientos, o viendo los eventuales errores sin confrontarlos con las posiciones precedentes. Se hace a partir de un examen crítico riguroso de las posiciones anteriores, viendo qué tienen de válido, qué de insuficiente o caduco y qué es erróneo necesitando la elaboración de una nueva posición. Hubo un participante que, atraído por la imagen especular de la teorización sobre la “invarianza del programa comunista”, proponía que había que adaptar el marxismo a las teorías modernas del comportamiento humano y la psicología, compaginándolo con los nuevos hallazgos científicos en esta línea. Sin embargo, el método marxista no realiza un “cambio de posiciones”, ni se adapta a las aparentemente nuevas ideas, sino que lleva a cabo un desarrollo y contraste riguroso de su propio marco de partida que lo enriquece y lo lleva mucho más lejos.
El participante que decía ser “invariante” calificó el aplastamiento de Krondstadt como una “victoria del proletariado” y justificó la represión de Krondstadt diciendo que el partido debe imponer su dictadura a la clase. Francamente esa posición nos parece una monstruosidad y así lo expusimos, de la siguiente manera, y con el apoyo y la participación activa de varios asistentes. La clase obrera no es una masa informe que tiene que ser llevada a patadas y bastonazos para hacerla avanzar y “liberarla”. Es evidente que detrás de esta defensa ciega de la represión de Krondstadt se esconde una visión totalmente falsa del Partido del proletariado y de su relación con la clase. El partido proletario no es, como los partidos burgueses, candidato al poder del Estado, un partido estatal. Su función no puede ser administrar el Estado, lo cual no puede sino inevitablemente alterar su relación con la clase -relación que consiste en orientarla políticamente-, convirtiéndola en una relación de fuerza. Al convertirse en un administrador del Estado, el partido cambiará imperceptiblemente su papel para convertirse en un partido de funcionarios; con todo lo que eso implica como tendencia a la burocratización. El caso Bolchevique es ejemplar al respecto.
Según una visión de grosero sentido común, que pervive en ciertas partes del medio proletario: “al ser el partido la parte más consciente de la clase, ésta debe confiar en él, de manera que sea el partido quien tome con toda naturalidad y automáticamente el poder y lo ejerza”. Sin embargo, “el Partido Comunista es una parte de la clase, un organismo que, en su movimiento, esta segrega y se da para el desarrollo de su lucha histórica hasta la victoria, es decir hasta la transformación radical de la organización y las relaciones sociales para fundar una sociedad que realice la unidad de la comunidad humana mundial” [3]. Si el Partido se identifica con el Estado no solo niega el papel histórico del conjunto del proletariado en favor de una visión burguesa de cómo dirigir la sociedad, sino que además niega su imprescindible papel específico dentro del conjunto del proletariado, de empujar con método, uñas y dientes la consciencia del proletariado no de forma conservadora, sino en la extensión de la revolución y en el proceso de transición al comunismo.
Además, Bilan, si bien en otras cuestiones actuó con mayor prudencia y circunspección, tenía una posición muy clara en su defensa de los principios proletarios, al oponerse firmemente al uso de la violencia para resolver los problemas y disputas que puedan surgir en el seno de nuestra propia clase: «Se puede dar una circunstancia en la que un sector del proletariado —y concedemos incluso que haya sido prisionero inconsciente de las maniobras del enemigo— pase a luchar contra el Estado proletario. ¿Cómo hacer frente a esta situación, partiendo de la cuestión de principio por la cual el socialismo no se puede imponer por la fuerza o la violencia al proletariado? Era mejor perder Krondstadt que conservarlo desde el punto de vista geográfico ya que, sustancialmente, esa victoria podía tener más que un resultado: alterar las bases mismas, la sustancia de la acción llevada por el proletariado» [4].
La revolución mundial tendrá muchos y complicados episodios, pero para defender su orientación y desarrollo, deberá defender firmemente los principios fundamentales en la acción del proletariado. Uno de ellos es inamovible e invariante: NUNCA PUEDE NI DEBE HABER RELACIONES DE VIOLENCIA AL INTERIOR DEL PROLETARIADO, con mayor razón aún, cuando se actúa en su nombre para ejercer y justificar la represión contra una parte de ella, con mayor razón aún, cuando esta represión se justifica como un intento de defender la revolución.
La represión de Krondstadt aceleró la vía hacia la degeneración y derrota de la revolución en Rusia y hacia la destrucción de la sustancia proletaria -cada vez más deteriorada- del Partido Bolchevique.
Hubo otras discusiones muy interesantes y polémicas, no solo a raíz de las posturas supuestamente “invariantes”. Nosotros insistimos en la diferencia sustancial entre el método organizativo y teórico–histórico de Bilan frente al de la Oposición de Izquierdas de Trotski [5].
BILAN se mantuvo fiel al principio de lucha contra la deformación de los principios por la ideología burguesa. Mientras la Oposición de Izquierdas se reclamaba de aquellos Congresos de la IC que teorizaban el oportunismo y habían hecho la cama al estalinismo, las FRACCIONES de Izquierda hicieron una crítica de todas aquellas teorizaciones oportunistas que se manifestaron y desarrollaron a partir del II Congreso. Y llevaron una paciente lucha polémica por intentar convencer el máximo de fuerzas militantes encerradas en el marco oportunista de las “tácticas” de la Oposición de Izquierdas.
BILAN fue capaz de hacer una crítica profunda y rigurosa, que permitió sacar lecciones sobre las posiciones erróneas de la IC que más tarde condujeron a ésta a la traición: como la táctica del Frente Único, la defensa de las luchas de liberación nacional, la lucha democrática, las milicias partisanas… permitiéndole preservar para el futuro la defensa de las posiciones revolucionarias de clase, en línea con las posiciones defendidas por la Izquierda Comunista.
Su análisis de la relación de fuerzas entre las clases fue algo vital para determinar la función de las organizaciones revolucionarias durante aquel periodo, al contrario de la “influencia permanente en las masas” que pretendía ganar a toda costa la Oposición.
También hay diferencias sustanciales entre la concepción de Bilan y del KAPD alemán, aunque estas sí se inscriben en el marco de las posiciones defendidas por la Izquierda Comunista. El KAPD, y esa era su gran debilidad, no se basó en un análisis histórico, incluso rechazó la continuidad del vínculo revolucionario de sus posiciones con la revolución de octubre, y menospreció totalmente la cuestión organizativa. En otras palabras, fue Bilan quien nos legó su visión del trabajo político y organizativo COMO UNA FRACCIÓN: “La fracción es el órgano que permite la continuidad de la intervención comunista en la clase, incluso en los períodos más sombríos en los que esa intervención no tiene un eco inmediato. Toda la historia de las fracciones de la Izquierda Comunista lo demuestra de sobras. Junto a la revista teórica Bilan, la fracción italiana publicaba un periódico en italiano, Prometeo, que tenía en Francia una difusión superior a la de los trotskistas franceses, tan peritos éstos en el activismo” [6]. Así mismo, la fracción tiene como papel esencial poner las bases para el futuro Partido mundial del proletariado y ser capaz de analizar los pasos concretos a dar y cuándo es necesario comenzar a luchar por su formación directa.
En ese marco del trabajo concebido como el de una Fracción, tal como lo defendió Bilan, la discusión de las reuniones públicas debe tener una orientación MILITANTE y no quedarse en una tertulia donde cada cual dice su propia “opinión” sin llegar a ningún resultado. Esto le pareció al participante auto-declarado como “esclerótico” una manifestación del supuesto sectarismo de la CCI, un modo de discusión y reclutamiento sobre una base sectaria y, con ese pretexto se opuso a que se sacaran conclusiones abandonando a cajas destempladas la reunión antes de escucharlas, llevando tras él al asociado con el que llegó desde el principio [7].
Una reunión proletaria debe ser capaz de sacar conclusiones que incluyan un recordatorio de los puntos de acuerdo y los puntos de desacuerdo en la discusión, delimitando así conscientemente a dónde se ha llegado o las cuestiones abordadas sobre las que se ha avanzado en el esclarecimiento, y estableciendo un puente hacia otras discusiones venideras. Teniendo esto en cuenta, instamos a los dos fugados a que se quedaran y expusieran cualquier desacuerdo que tuvieran con las conclusiones. Por desgracia, no pudimos convencerles de que lo hicieran, ya que, al parecer, ¡su gusto por el eclecticismo informal es también un principio inamovible!
Corriente Comunista Internacional, febrero de 2024
Hemos acogido con especial satisfacción la publicación en español de once números de Bilan. Ver nuestro artículo: La continuidad histórica, una lucha indispensable y permanente para las organizaciones revolucionarias, CCI online, octubre 2023. [36]
La contribución de Bilan a la lucha por el partido mundial del proletariado, CCI online, enero 2024. [36]
Consultar nuestros artículos: El partido desfigurado: la concepción bordiguista, Revista Internacional 23 [36]; y El Partido y sus lazos con la clase, Revista Internacional 35 [36]
Octobre nº 2, 1938, La cuestión del Estado.
Ver nuestro artículo ¿Cuáles son las diferencias entre la Izquierda Comunista y la IVª Internacional?, CCI online, junio 2007 [36]
Está claro que ambos también olvidaron el principio de la Izquierda Comunista de luchar hasta el final en el seno del medio proletario para ganar la máxima claridad y lecciones posibles. Nos extraña mucho que se reclamaran de la continuidad de BILAN, cuando habría sido mucho más coherente y productivo para el combate de nuestra clase que expresaran abiertamente sus evidentes desacuerdos con BILAN. En lugar de eso prefirieron evitar a toda costa una confrontación seria de argumentos.
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El 1 de febrero se ha activado el estado de riesgo más grave (EMERGENCIA) por sequía en el área de Barcelona. Según el presidente de la Generalitat “es la peor sequía desde que existen registros (…) la crisis climática nos está poniendo a prueba como en la pandemia”.
La ronda de acusaciones y señalamiento de culpables se desata. Los “socialistas” catalanes urgen prepararse para el peor de los escenarios y recriminan a la Generalitat el “haber hecho mal las cosas hasta ahora”. Los representantes más visibles de la burguesía española parecen muy indignados por la falta de ayudas a los agricultores, la ausencia de guía para los municipios, la ausencia de regulaciones turísticas, la falta de planificación y de decisiones e inversiones a tiempo. Según el presidente de la Cámara de Comercio de Barcelona "llevamos un retraso de una década en el desarrollo de una garantía de abastecimiento de agua".
La burguesía parece cada vez menos preocupada por el cambio climático en sí mismo. Su preocupación es cada vez más la de cómo adaptarse a lo inevitable. Según el gobierno, que parece vestirse de progre al confrontar las ideologías negacionistas, “no es ya una amenaza incierta, más o menos probable, sino de adaptarnos a los efectos de algo que ya está aquí, entre todos, en las ciudades y en nuestro campo”. El 2021 fue el tercer año seguido más seco de la península, y el 2022 el año más caluroso registrado hasta el momento. Según Greenpeace, a partir de datos del IPCC1, España experimentará un incremento en las condiciones de sequía con un impacto probablemente diez veces peor que en el pasado reciente. Hay una gran probabilidad de que las condiciones de aridez sobrepasen por mucho la magnitud de cambio comprobado en el último milenio.
Entonces, para asumir lo que es más bien una “adaptación a lo peor” (porque, por supuesto, la burguesía no puede arreglar su catástrofe ambiental sino solo agravarla más aún) el Gobierno español hace una “inversión histórica” de 5000 millones de euros para la modernización de los regadíos, y para infraestructuras de desalinización de aguas similares a la de Torrevieja (Alicante). Son inversiones que también son criticadas por los representantes “verdes” de esta sociedad. Según el WWF, en 2004 ya se invirtieron casi 4000 millones en la modernización de los regadíos, pero el agua supuestamente ahorrada se destinó a la intensificación agrícola, a extender las dobles cosechas, utilizar cultivos más productivos, nuevos regadíos…, pero ¡no a ahorrar agua! sino a usar más, y siempre con un aumento del consumo energético. Además, sin ninguna preocupación por el futuro, ya que “la intensificación del regadío hace a los cultivos menos resilientes a las sequías”. ¿Podría ser que, si en menos tiempo o con menos agua se produjera la misma cantidad de producto en los campos españoles, una buena gestión Estatal podría quedarse conforme y conseguir un verdadero ahorro? Esto es imposible para el capitalismo, ¡un sistema de la competencia a muerte y enfermo crónico de crisis de sobreproducción!
Por otro lado, en la web del Foro Económico mundial podíamos leer ya en 2015 que, aunque la desalinización es una opción más costosa que otras tecnologías de reciclado de agua, a medida que se extienda la escasez de agua quienes busquen agua recurrirán cada vez más a ella. Y que la mayoría de la gran cantidad de energía para la desalinización convencional proviene del carbón y el gas natural, ya que la desalinización solar no es competitiva en el mercado2.
Ante este panorama de contradicción total entre lo que habría que hacer para mitigar y lo que se hace en la práctica, según los grupos ecologistas tendríamos que presionar a administraciones y empresas para “enderezar la política hidráulica de este país” (¡como si fuera un problema nacional!), y terminar con “los regadíos sin control, los pozos ilegales, el envenenamiento industrial y urbano del agua”. Para presionar contra “estos excesos y mala gestión” nos llaman a reunirnos en las plataformas sociales como #NoenRaja (De donde no hay, no mana). Pero ¿es que acaso el capitalismo puede tomar una dirección más responsable con el medio ambiente? ¿Puede haber una renovación ecologista del sistema, país por país, que al menos mitigue los peores desastres? ¡Al contrario! El capitalismo solo destruirá cada vez más salvajemente. Ya vimos en la COP 28 que las medidas para mitigar el cambio climático están cada vez más vacías de ningún contenido real3. Se confirman muy tangiblemente los oscuros presagios de las instituciones más perspicaces de la burguesía, como el Foro Económico Mundial que, como ya hemos dicho recientemente, ha dado a entender la incapacidad de esta sociedad de poner unas mínimas orientaciones para enfrentar una necesidad de una urgencia inmediata4. Vivimos en un sistema cuyas políticas económicas, cuya investigación e inversiones se hacen sistemáticamente en detrimento del futuro de la humanidad y, por lo tanto, en detrimento del sistema mismo. ¡Es lógico que la burguesía misma se inquiete! Sin embargo, incluso las instituciones más responsables e “internacionales” de la burguesía, a las que también preocupa el gigantesco impacto económico y también social de las catástrofes naturales (las hambrunas y oleadas de refugiados, sin ir más lejos), se ven cada vez más impotentes.
Como ya decíamos en nuestra Revista Internacional en los años 90, aunque la cuestión ecológica ya planteaba problemas serios en la ascendencia del capitalismo, es “la época que desde 1914 ha sido definida por los marxistas como la de la decadencia de este modo de producción, cuando la destrucción despiadada del medio ambiente por parte del capital adquiere una escala y una calidad diferentes, al tiempo que pierde toda justificación histórica. Es la época en que todas las naciones capitalistas se ven obligadas a competir entre sí en un mercado mundial saturado; una época, por tanto, de economía de guerra permanente, con un crecimiento desproporcionado de la industria pesada; una época caracterizada por la duplicación irracional y despilfarradora de complejos industriales en cada unidad nacional, por el saqueo desesperado de los recursos naturales por parte de cada nación en su intento de sobrevivir en la despiadada carrera de ratas del mercado mundial. Las consecuencias de todo esto para el medio ambiente son cada vez más evidentes”5. En el paso del capitalismo decadente por el desarrollo de las megaciudades, la contaminación radioactiva o aquella debida a los clorofluorocarburos, la desaparición de las selvas ecuatoriales y la desestabilización de ecosistemas enteros…, se han acumulado cada vez más focos de destrucción ambiental a un ritmo cada vez mayor. Llegados los años 1990 la cuestión del efecto invernadero y el calentamiento global pasaron a ser el centro de las preocupaciones oficiales. El capitalismo decadente ha llegado a un punto donde su impacto destructivo es cada vez más global y sistémicamente amenazante, y los países centrales son cada vez más incapaces de mitigar el “efecto rebote” hacia la sociedad, o de alejarlo de su vista hacia la periferia.
Hoy, como advierten los expertos, el medio ambiente está empezando a alcanzar diversos “puntos de inflexión” que amenazan con una cadena de catástrofes naturales. Sin embargo, la cuestión ecológica es un factor dentro de una especie de “torbellino de descomposición” en el que el capitalismo se está metiendo de lleno6. Un torbellino donde la economía de guerra y la proliferación de las guerras caóticas de tierra quemada están en el centro de una espiral que se combina y refuerza con las catástrofes naturales, las epidemias, las hambrunas y éxodos masivos y la destrucción de toda perspectiva de futuro (lo cual tiene un importante impacto ideológico). Una situación donde la sobreproducción de agua y alimentos que se pudren sin poder venderse, se mezcla con la sequía, la escasez agrícola y el ganado sacrificado…, una escasez que a su vez infla el precio de los productos lo cual los convierte en menos asequibles.
¿Qué debemos hacer entonces? Contra todas las falsas ilusiones, ¡no es la lucha ecologista ni la mejor gestión estatal lo que mitigará las sequías y, ni siquiera, a término, se adaptará a ellas! Al contrario, el capitalismo está encaminado irreversiblemente en una espiral de destrucción cada vez más estrepitosamente fuera de toda lógica. Dichas ilusiones en realidad contribuyen a la desmoralización y a la destrucción de la perspectiva del comunismo que se basa en la toma de consciencia proletaria. Porque solo la revolución proletaria podrá empezar a mitigar la destrucción de la naturaleza a partir del desastre cada vez más ruinoso que nos lega la época de la burguesía.
En un siguiente artículo, denunciaremos la vil manera con la que la mano más izquierda de la burguesía, aprovechando la cuestión de la sequía, nos devuelve las esperanzas en un capitalismo verde disfrazado de “socialismo”7.
Opero, marzo de 2024
1 El Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático. Ver el Informe: Carrera contra el reloj climático: Cambio climático y fenómenos meteorológicos extremos en España, Greenpeace, julio 2023 [40] (en inglés)
2 ¿Es la desalación la respuesta a la escasez de agua?, Foro Económico Mundial, abril 2015 [41] (artículo web en inglés) en colaboración con The Economist
3 COP 28 en Dubai: Un símbolo del cinismo de la burguesía, CCI online, febrero 2024 [42]
4 Según los dirigentes y expertos de la burguesía reunidos en este Foro “Los últimos acontecimientos han puesto de manifiesto una divergencia entre lo que es científicamente necesario y lo que es políticamente conveniente.”
5 El capitalismo está envenenando el planeta, Revista Internacional 63, 1990 [43] (en inglés)
6 Ver ¡La descomposición del capitalismo se acelera!, CCI online, septiembre 2023 [44]. Ver en mayor detalle nuestra Actualización de las Tesis de la Descomposición, Revista Internacional 170, 2023 [45]
7 Los izquierdistas sobre la sequía: Cómo devolver la esperanza en un ‘capitalismo verde’ disfrazado de socialismo. CCI, marzo 2024
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La burguesía siempre se ha esmerado en tergiversar la historia del movimiento obrero y en presentar a quienes se han distinguido en él como inofensivos o repulsivos. La burguesía lo sabe tan bien como nosotros, y por eso sigue utilizando todos los medios posibles para tergiversar u ocultar la transmisión de los combates de los grandes revolucionarios del pasado y sus aportaciones al movimiento obrero, con el fin de borrarlas de la memoria histórica del proletariado, cuando una de sus armas fundamentales en su continuo enfrentamiento con el capitalismo reside en su conciencia de clase, que se nutre inevitablemente de la teoría revolucionaria, de la teoría marxista, así como de las lecciones y experiencias de sus combates. Hoy, un siglo después de la muerte de Lenin, podemos esperar renovados ataques ideológicos contra el gran revolucionario que fue, contra todas sus contribuciones a los combates del proletariado: teóricos, organizativos, estratégicos...
Si Marx es presentado como un filósofo audaz y un poco subversivo, cuyas contribuciones supuestamente anticuadas permitieron sin embargo al capitalismo evitar sus peores fracasos, no se puede decir lo mismo de Lenin. Lenin participó y desempeñó un papel importante en la mayor experiencia revolucionaria del proletariado; participó en un acontecimiento que sacudió los cimientos del capitalismo. De esta experiencia fundamental y de una gran riqueza en términos de lecciones para las futuras luchas del proletariado, Lenin dejó grandes huellas en sus numerosos escritos. Pero mucho antes de la Revolución de Octubre, Lenin había contribuido de forma determinante a configurar la organización del proletariado, tanto sobre el plano político como estratégico. Puso en práctica un método de debate, la reflexión y la construcción teórica que son armas esenciales para los revolucionarios de hoy.
Todo esto, la burguesía también lo sabe. Lenin no era un “hombre de Estado” como los que la burguesía produce todo el tiempo, sino un militante revolucionario comprometido con su clase. Esto es lo que la burguesía trata de ocultar más, presentando a Lenin como un hombre autoritario, que tomaba decisiones solo, destituía a sus opositores, disfrutaba de la represión y el terror en beneficio exclusivo de sus intereses personales. De este modo, la clase dominante puede trazar una línea directa continua, una línea de igualdad entre Lenin y Stalin, que habría completado la obra del primero estableciendo en la URSS un sistema de terror que sería la culminación exacta de los designios personales de Lenin.
Para llegar a esta conclusión, además de un flujo constante de mentiras desvergonzadas, la burguesía se detiene en los errores de Lenin, aislándolos de todo lo demás, y sobre todo del proceso de debate y clarificación dentro del cual surgieron estos errores y pudieron ser naturalmente superados. También los aíslan del contexto internacional de la derrota del movimiento revolucionario mundial, que no permitió a la revolución rusa continuar su obra y la llevó a retroceder hacia una forma de un capitalismo de Estado singular y puesto bajo las garras de Stalin.
Los izquierdistas, encabezados por los trotskistas, no son los últimos en capitalizar sus mistificaciones ideológicas sobre los errores de Lenin, en particular cuando se equivocó y engañó gravemente sobre las luchas de liberación nacional y sobre el potencial del proletariado en los países de la periferia del capitalismo (teoría del eslabón débil). Los izquierdistas han utilizado y utilizan todavía hoy estos errores para desencadenar su propaganda belicista burguesa para empujar a los proletarios a convertirse en carne de cañón en los conflictos imperialistas a través de sus consignas nacionalistas y su apoyo a un campo imperialista contra otro, totalmente lo contrario de la perspectiva revolucionaria e internacionalista que defendió con determinación Lenin. Lo mismo ocurre con la falsa concepción de Lenin sobre los trusts y los grandes bancos, según la cual la concentración de capital facilitaría la transición al comunismo. Los izquierdistas se aprovecharon de ella para reivindicar la nacionalización de los bancos y las grandes industrias y promover así el capitalismo de Estado como trampolín hacia el comunismo, cuando no es para justificar su falso argumento de que la economía “soviética” y la brutalidad de la explotación en la URSS no eran del capitalismo.
Pero Lenin no puede reducirse en absoluto a los errores que cometió. Esto no significa ignorarlos. En primer lugar, porque proporcionan importantes lecciones para el movimiento obrero a través de un examen crítico. Pero también porque no cabe duda, frente al repulsivo retrato que la burguesía hace de él, no se puede presentar a Lenin como un líder perfecto y omnisciente.
Lenin fue, de hecho, un combatiente de la clase obrera cuya tenacidad, perspicacia organizativa, convicción y método inspiran respeto. Su influencia en el curso revolucionario de principios del siglo pasado es indiscutible. Pero todo esto tiene lugar en un contexto, un movimiento, un combate, un debate internacional, sin los cuales Lenin no habría podido hacer nada, no habría aportado nada al movimiento revolucionario de la clase obrera, del mismo modo que Marx no habría podido actuar y realizar su inmensa obra al servicio del proletariado ni aportar su compromiso y su energía militante a la construcción de una organización proletaria internacional sin un contexto histórico de emergencia política de la clase obrera.
Sólo en tales condiciones las individualidades revolucionarias pueden expresarse y dar lo mejor de sí mismas. Fue en estas condiciones históricas particulares que a lo largo de su corta vida, Lenin construyó y legó una contribución fundamental al conjunto del proletariado, en términos organizativos, políticos, teóricos y estratégicos.
Lejos de ser un intelectual académico, Lenin era ante todo un militante revolucionario. El ejemplo de la conferencia de Zimmerwald1 es sorprendente a este respecto. Aunque Lenin siempre había sido un defensor acérrimo del internacionalismo proletario, situándose a la vanguardia de la lucha contra el colapso de la II Internacional, que arrastraría al proletariado a la guerra en 1914, se encontraría al frente de la lucha por mantener viva la llama internacionalista mientras los cañones disparaban en Europa.
Pero a la conferencia de Zimmerwald no sólo asistieron internacionalistas convencidos, también hubo muchos defensores de las ilusiones pacifistas que debilitaron el proyecto de Lenin para combatir la locura nacionalista que mantenía al proletariado bajo un manto de plomo. No obstante, Lenin, como parte de la delegación bolchevique, comprendió que la única manera de dar al proletariado un faro de esperanza en ese momento era hacer grandes compromisos con las otras tendencias en la conferencia.
Pero seguiría luchando, incluso después de la Conferencia, para clarificar las cuestiones en juego, criticando resueltamente el pacifismo y las peligrosas ilusiones que transmitía. Esta constancia, esta determinación de defender sus posiciones reforzándolas al mismo tiempo mediante el estudio teórico y la confrontación de argumentos, está en el corazón de un método que debe inspirar hoy a todo militante revolucionario.
En términos organizativos, Lenin aportó una inmensa contribución militante a los debates que sacudieron el 2º Congreso del Partido Ruso en 19032. Ya había esbozado su posición en 1902 en ¿Qué hacer? un folleto publicado como contribución al debate dentro del partido en el que se opuso a las visiones economicistas que se estaban desarrollando, y en su lugar promovía una visión de un partido revolucionario, es decir, un arma para el proletariado en su asalto contra el capitalismo.
Pero fue durante este mismo segundo congreso cuando libró un combate determinante y decidido para que su visión del partido revolucionario fuera aceptada en el seno del POSDR: un partido de militantes, animados por un espíritu de combate, conscientes de su compromiso y de sus responsabilidades en la clase, frente a una concepción laxa de la organización revolucionaria vista como una suma, un agregado de “simpatizantes” y de contribuyentes ocasionales, como la defendían los mencheviques. Ese combate fue también un momento de clarificación de lo que es un militante en un partido revolucionario: no es un miembro de un grupo de amigos que da prioridad a la lealtad personal, sino un miembro de una organización cuyos intereses comunes, expresión de una clase unida y solidaria, priman sobre todo lo demás. Fue este combate el que permitió al movimiento obrero pasar del “espíritu de círculo” al “espíritu de partido”.
Estos principios permitieron al partido bolchevique jugar un rol de motor en el desarrollo de las luchas en Rusia hasta la insurrección de octubre, organizándose como partido de vanguardia, defendiendo los intereses de la clase obrera y combatiendo contra cualquier intrusión de ideologías extranjeras en su seno. Estos principios los seguimos defendiendo y reivindicando como el único medio de construir el partido del mañana.
En su libro Un paso adelante, dos pasos atrás, Lenin repasa la lucha del 2º Congreso y demuestra en cada página el método que utilizó para aclarar estas cuestiones: paciencia, tenacidad, argumentación, convicción. Y no, como quiere hacernos creer la burguesía: autoritarismo, amenazas, exclusión. La cantidad impresionante de escritos dejados por Lenin es ya suficiente para comprender hasta qué punto defendió y dio vida al principio de la argumentación paciente y decidida como único medio de hacer avanzar las ideas revolucionarias: convencer en lugar de imponer.
Catorce años después del congreso de 1903, en abril de 1917, Lenin regresó del exilio y aplicó el mismo método para conseguir que su partido aclarara las cuestiones del periodo. En pocas líneas, las famosas Tesis de Abril3 enlista los argumentos fuertes, claros y convincentes para evitar al partido bolchevique encerrarse en la defensa del gobierno provisional de naturaleza burguesa y comprometerse en el combate por una segunda fase revolucionaria.
No se trataba de un texto escrito por Lenin en nombre del partido, que lo habría aceptado tal cual, sino de una contribución a un debate que tenía lugar en el partido y a través del cual Lenin trataba de convencer a la mayoría. En este texto, Lenin define una estrategia basada en el carácter minoritario del partido en el seno de las masas, que requiere discusión y propaganda paciente: “explicar pacientemente, sistemáticamente, tenazmente”. Esto es lo que fue Lenin en realidad, a quien la burguesía sigue presentando como un “autócrata y sanguinario”.
Lenin nunca buscó imponer, sino siempre convencer. Para ello, tuvo que desarrollar argumentos sólidos y, para ello, tuvo que desarrollar su dominio de la teoría: no para su propia cultura personal, sino para transmitirla al conjunto del partido y de la clase obrera como arma para futuros combates. Era un enfoque que él mismo resumió: “no puede haber movimiento revolucionario sin teoría revolucionaria”, y del que una obra particularmente importante proporciona una comprensión concreta: El Estado y la Revolución4. Mientras que en las Tesis de abril Lenin advertía contra el Estado surgido de la insurrección de febrero y enfatizaba la necesidad de construir resueltamente una dinámica revolucionaria contra este Estado, en septiembre sintió que el tema se volvía cada vez más crucial y se comprometió en la redacción de este texto para desarrollar una argumentación basada en las adquisiciones del marxismo sobre la cuestión del Estado. Nunca terminó el trabajo, que fue interrumpido por la insurrección de octubre.
Nuevamente, se ilustra el método de Lenin. A la burguesía le gusta presentar a los hombres como líderes naturales cuya autoridad se basa únicamente en su “genio” y su “talento”. Lenin, en cambio, debía su capacidad de convencer a un profundo compromiso con la causa que defendía. En lugar de tratar de imponer su punto de vista aprovechando su autoridad dentro del partido o maquinando entre bastidores, se sumergió en el trabajo del movimiento obrero sobre la cuestión del Estado para profundizar en el tema y argumentar mejor a favor de romper con la idea socialdemócrata de limitarse a apoderarse del aparato estatal existente para poner de relieve la necesidad imperiosa de destruirlo.
Un revolucionario no puede “descubrir” la estrategia correcta sólo por su genio, sino por una comprensión profunda de lo que está en juego en la situación y de la relación de fuerzas entre las clases. Esto se ilustra de forma ejemplar en julio de 19175. En abril, el partido bolchevique lanzó la consigna “todo el poder a los soviets” para dirigir a la clase obrera contra el Estado burgués surgido de la revolución de febrero, pero en julio, en Petrogrado, el proletariado empezó a oponerse masivamente al régimen democrático. La burguesía hizo entonces lo que mejor sabe hacer: tendió una trampa al proletariado tratando de provocar una insurrección prematura que le hubiera permitido desencadenar una represión sin límites, en particular contra los bolcheviques.
Sin duda, el éxito de tal empresa habría comprometido decisivamente la dinámica revolucionaria en Rusia y la Revolución de Octubre no habría tenido lugar. En ese momento, el papel del partido bolchevique era fundamental para explicar a la clase obrera que no había llegado el momento de dirigir el asalto y que, en otros lugares distintos de Petrogrado, el proletariado no estaba preparado y sería diezmado.
Para lograr claridad sobre las consignas que había que esgrimir en cada momento, requerían ser capaces de conocer de forma profunda la relación de fuerzas entre las dos clases determinantes de la sociedad, pero también era necesario contar con la confianza del proletariado en un momento en que éste, en Petrogrado, expresaba abiertamente su intención de derrocar al gobierno. Esta confianza no se ganó por la fuerza, las amenazas o cualquier tipo de artificio “democrático”, sino por la capacidad de guiar a la clase de forma clara, profunda y bien argumentada. El rol de Lenin en estos acontecimientos fue sin duda crucial, pero fueron sus años de lucha incesante y paciente, desde la fundación del moderno partido del proletariado en 1903 hasta las jornadas de julio, pasando por Zimmerwald y las Tesis de abril de 1917, los que permitieron al partido bolchevique asumir el papel que le correspondería en cada período y ser así reconocido por el conjunto del proletariado como el verdadero faro de la revolución comunista.
La burguesía siempre podrá presentar a Lenin como un estratega ávido de poder, un hombre altanero que no toleraba ningún desafío o reconocimiento de sus errores. Siempre podrán reescribir la historia del proletariado ruso y su revolución bajo esta luz, pero la vida y la obra de Lenin son una negación constante de estas burdas maniobras ideológicas. Para todos los revolucionarios de hoy y de mañana, la profundidad de su compromiso, el rigor de su aplicación de la teoría y el método marxista, la confianza inquebrantable que extrajo de ello en la capacidad de su clase para conducir a la humanidad hacia el comunismo hace de Lenin, un siglo después de su muerte, un ejemplo infinitamente rico de lo que debe ser un militante comunista.
GD, enero-2024
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[1] https://fr.internationalism.org/revolution-internationale/201312/8832/bonnets-rouges-attaque-ideologique-contre-conscience-ouvriere
[2] https://es.internationalism.org/content/4484/balance-del-movimiento-de-los-chalecos-amarillos-un-movimiento-interclasista-un
[3] https://es.internationalism.org/en/tag/geografia/europa
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[7] https://es.internationalism.org/en/tag/2/25/la-decadencia-del-capitalismo
[8] https://es.internationalism.org/en/tag/3/45/descomposicion
[9] https://es.internationalism.org/files/es/los_estados_unidos_superpotencia_en_la_decadencia_del_capitalismo_hoy_epicentro_de_la_descomposicion_social_segunda_parte.pdf
[10] https://es.internationalism.org/revista-internacional/201410/4046/militarismo-y-descomposicion
[11] https://es.internationalism.org/content/4688/los-estados-unidos-superpotencia-en-la-decadencia-del-capitalismo-hoy-epicentro-de-la
[12] https://fr.internationalism.org/rinte67/congres.htm
[13] https://es.internationalism.org/revista-internacional/201410/4045/revista-internacional-n-64-1er-semestre-de-1991
[14] https://fr.internationalism.org/rinte113/reso.htm
[15] https://es.internationalism.org/revista-internacional/200604/847/notas-sobre-la-historia-de-la-politica-imperialista-de-estados-unid
[16] https://es.internationalism.org/revista-internacional/200707/1948/resolucion-sobre-la-situacion-internacional
[17] https://es.internationalism.org/revista-internacional/200510/223/la-descomposicion-fase-ultima-de-la-decadencia-del-capitalismo
[18] https://es.internationalism.org/revista-internacional/200612/1192/xiiio-congreso-de-revolution-internationale-resolucion-sobre-la-si
[19] https://es.internationalism.org/revista-internacional/200708/2004/xvii-congreso-internacional-resolucion-sobre-la-situacion-internac
[20] https://es.internationalism.org/content/4713/informe-sobre-la-pandemia-y-desarrollo-de-la-descomposicion-del-24o-congreso
[21] https://en.internationalism.org/inter/116_election.htm
[22] https://es.internationalism.org/node/2004
[23] https://es.internationalism.org/revista-internacional/200907/2629/xviiio-congreso-de-la-cci-resolucion-sobre-la-situacion-internacio
[24] https://es.internationalism.org/content/4447/resolucion-sobre-la-situacion-internacional-2019-los-conflictos-imperialistas-la-vida
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[29] https://www.izquierdadiario.es/Catalunya-entra-en-alerta-maxima-por-la-sequia
[30] https://www.laizquierdadiario.mx/Un-problema-estructural-sin-soluciones-a-la-vista
[31] https://www.izquierdadiario.es/Cambio-climatico-guerra-y-revolucion
[32] https://es.internationalism.org/content/4883/el-trotskismo-defiende-el-capitalismo-y-la-guerra-con-argumentos-revolucionarios
[33] https://es.internationalism.org/content/4588/bordiga-y-la-gran-ciudad
[34] https://es.internationalism.org/en/tag/3/50/medio-ambiente
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[36] https:/mail.proton.me/1c630544-db80-4f71-a1d4-d45cf341e768undefined
[37] https://es.internationalism.org/en/tag/vida-de-la-cci/reuniones-publicas
[38] https://es.internationalism.org/en/tag/corrientes-politicas-y-referencias/izquierda-comunista
[39] https://es.internationalism.org/files/es/sequia_en_espana_el_capitalismo_no_puede_mitigar_ni_adaptarse_solo_destruir.pdf
[40] https://es.greenpeace.org/es/sala-de-prensa/informes/informe-race-against-the-climate-clock-climate-change-and-extreme-weather-events-in-spain/
[41] https://www.weforum.org/agenda/2015/04/is-desalination-the-answer-to-water-scarcity/
[42] https://es.internationalism.org/content/5054/cop-28-en-dubai-un-simbolo-del-cinismo-de-la-burguesia
[43] https://en.internationalism.org/ir/63_pollution
[44] https://es.internationalism.org/content/4996/la-descomposicion-del-capitalismo-se-acelera
[45] https://es.internationalism.org/content/4982/informe-sobre-la-descomposicion-actualizacion-de-las-tesis-2023
[46] https://es.internationalism.org/files/es/un_siglo_despues_de_su_muerte._lenin_sigue_siendo_un_ejemplo_para_todos_los_militantes_comunistas.pdf
[47] https://es.internationalism.org/en/tag/historia-del-movimiento-obrero/1917-la-revolucion-rusa
[48] https://es.internationalism.org/en/tag/2/29/la-lucha-del-proletariado
[49] https://es.internationalism.org/en/tag/2/37/la-oleada-revolucionaria-de-1917-1923