Informe sobre el impacto de la descomposición en la vida política de la burguesía (2019)

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En el marco de un análisis del impacto de la descomposición en la vida de la burguesía, este informe se centra más particularmente en las dificultades a las que ha de hacer frente la burguesía con el surgimiento de las corrientes populistas, así como la forma en que ella trata de reaccionar. No se centrará, pues, en la historia del populismo ni en cuestiones más generales como la relación entre populismo y violencia.

Descomposición y populismo

Desde 2007, la CCI no ha discutido un informe sobre la vida política de la burguesía. Sin embargo, el informe sobre la descomposición que se presentó al XXII Congreso de la CCI - aunque débilmente discutido en el mismo – actualiza y completa las líneas principales de las tesis sobre la descomposición, sitúa el fenómeno del populismo en este contexto, y proporciona el marco de referencia para analizar e interpretar los altibajos que caracterizan la vida política de la burguesía actual. Las ideas principales de ese informe son las siguientes:

- El capitalismo decadente ha entrado "en una fase específica -la fase última- de su historia, en la que la descomposición se convierte en un factor, si no en el factor, decisivo para la evolución de la sociedad" (del mencionado Informe sobre la descomposición). Junto con la crisis de los refugiados y el desarrollo del terrorismo, el populismo es una de sus expresiones más llamativas. Este proceso de descomposición de la sociedad es irreversible.

- El ascenso del populismo "no es el resultado de una voluntad política deliberada por parte de los sectores dominantes de la burguesía". Por el contrario, es una confirmación de la tendencia hacia "una creciente pérdida de control de la clase dominante sobre su aparato político" (Idem).

- Su causa determinante es "la incapacidad del proletariado para plantear su propia respuesta, su propia alternativa a la crisis del capitalismo. En esta situación de vacío, y en cierto modo, de pérdida de confianza en las instituciones oficiales de la sociedad que ya no son capaces de protegerla, de pérdida de confianza en el futuro, se hace cada vez más fuerte la tendencia a mirar hacia el pasado, a buscar chivos expiatorios responsables del desastre” (Idem).

- Comporta "un elemento común que está presente en la mayoría de los países más avanzados: la profunda pérdida de confianza en las "élites" (...) debido a su incapacidad para restablecer la salud de la economía y frenar un aumento constante del desempleo o de la pobreza". Esta revuelta contra los dirigentes políticos "(...) no puede en modo alguno conducir a una perspectiva alternativa al capitalismo" (Idem.).

- “La reacción populista pretende sustituir la hipócrita pseudo- igualdad existente por un sistema ‘franco’ y descarado de discriminación legal (...) Ante la falta de perspectiva de un crecimiento a largo plazo de la economía nacional, las condiciones de vida de las poblaciones autóctonas únicamente podrían preservarse discriminando a todos los demás” (Resolución sobre la situación internacional del 22º Congreso de la CCI).

La creciente pérdida de control de la burguesía sobre su aparato político

Desde 2017 y un XXII Congreso internacional que ya se vio confrontado al voto favorable al Brexit y a la elección de Trump como presidente de Estados Unidos, hemos visto como el impacto del populismo se ha hecho cada vez más evidente en todos los aspectos de la situación internacional: se ha puesto de relieve ampliamente en el caso de las tensiones imperialistas y en la lucha del proletariado. También está adquiriendo cada vez más importancia en la economía. Y, finalmente, adquiere una gran relevancia en lo tocante al aparato político de la burguesía. Los acontecimientos de los últimos dos años confirman de manera espectacular "este aspecto que identificamos hace 25 años: la tendencia a una creciente pérdida de control de su aparato político por parte de la clase dominante" (Informe sobre la descomposición).

Esta pérdida de control se ha traducido en una expansión fulgurante del fenómeno en los últimos años, acentuando una auténtica marea populista: según un estudio del diario "The Guardian", que abarca los últimos veinte años, los partidos populistas han triplicado el número de votos a su favor en Europa (del 7% al 25%). En una decena de países, estos partidos participan en la mayoría gubernamental o parlamentaria: Polonia, Hungría, República Checa, Eslovaquia, Bulgaria, Austria, Dinamarca, Noruega, Suiza e Italia. El estudio señala dos momentos de intensificación de esta expansión: la crisis financiera de 2008 y la oleada de refugiados en 2015. La exacerbación de otros fenómenos que caracterizan la descomposición, tales como el terrorismo, o el “cada uno a la suya” atizan sus llamas y estimulan la expansión del populismo a todos los aspectos de la sociedad capitalista. Por último, la llegada al poder, en la principal potencia imperialista, de un presidente populista ha intensificado aún más la potencia de esta marejada, como puede verse en hechos recientes: la formación de un gobierno compuesto únicamente por grupos populistas en Italia, un aparato político que se hunde en la confusión en Gran Bretaña, una fuerte presión de las fuerzas populistas sobre la política de Merkel en Alemania, la victoria de Jair Bolsonaro en Brasil, el movimiento de los "Chalecos Amarillos" en Francia, el surgimiento de un partido populista nacionalista ("Vox") en España, etc...

Las expresiones del populismo están causando sobresaltos cada vez más incontrolables en los aparatos políticos de las distintas burguesías. Las siguientes secciones del informe muestran que son un factor importante en los países industrializados, y que también tienen un impacto, a través de manifestaciones similares, en una serie de países "emergentes".

La presidencia de Trump y la exacerbación de las oposiciones en el seno de la burguesía estadounidense

La crisis de la burguesía norteamericana no nació de la elección de Trump. Ya en el informe de 2007 explicábamos las razones de la crisis de esta burguesía: "Esta situación objetiva – o sea la ausencia de estrategia a largo plazo para la potencia dominante que se mantiene - es la que ha hecho posible la elección y la reelección de un régimen talmente corrupto encabezado por un presidente tan piadoso como estúpido [Bush junior]. (...), la administración Bush no es más que un reflejo del callejón sin salida del imperialismo estadounidense" (El impacto de la descomposición en la vida de la burguesía, informe no publicado del XVII Congreso de la CCI). Pero la elección de un presidente populista de decisiones impredecibles no sólo ha sacado a la luz la crisis de la burguesía norteamericana, sino que, sobre todo, ha puesto de manifiesto la creciente inestabilidad de su aparato político y la exacerbación de las tensiones internas.

Viéndose incapaces de abortar su elección, las fracciones más responsables intentaron por todos los medios limitar estos estragos a través de diferentes vías:

- maniobrando para destituirlo, pero los mecanismos del “impeachment” parecen estar agotándose;

- colocar en el equipo presidencial a hombres de confianza (de Mc Master a Kelly, pasando por Tillerson), pero han sido paulatinamente laminados (el último, "Mad Dog” – Perro Loco" -Mattis, acaba de dimitir);

- tratando de imponerle un control político por parte de los diputados republicanos, pero al final ha sido Trump quién ha vampirizado al Partido Republicano;

- buscando desarrollar en el Partido Demócrata una alternativa frente a Trump, pero esto ha fracasado hasta ahora. Al final, la reelección de Trump para un segundo mandato parece cada vez más probable.

Es más, la confusa y caprichosa política de Trump pone de relieve la perplejidad y las divisiones que existen en el seno de la burguesía estadounidense en cuanto a qué políticas económicas e imperialistas habría que poner en marcha para mantener su supremacía sobre todo el planeta. Más allá de la visión cambiante y mercantil de Trump, el paso del multilateralismo al bilateralismo revela la existencia de auténticas tensiones en el seno de esa burguesía: la dominación del imperialismo norteamericano siempre se ha presentado detrás de una pantalla moral: la defensa de la democracia y del mundo libre, la defensa de los derechos humanos (Clinton, Obama), la lucha contra el mal (Bush), y encabezando siempre una amplia coalición de Estados. Pero ante las dificultades para mantenerse como el gendarme mundial, Trump ha roto abiertamente con la hipocresía del multilateralismo, imponiendo en cambio la relación de fuerzas bilateral, aún con sus amigos (Gran Bretaña) y aliados (Alemania). Su razonamiento es que Estados Unidos sólo puede mantener su supremacía global si mejora su situación económica, y esto requiere chantajear a sus competidores mediante su abrumadora supremacía militar. Su antiguo asesor de seguridad nacional, el general Mc Master, lo explica bien en el Wall Street Journal: “tiene la visión clarividente de que el mundo no es una ‘comunidad global’, sino un campo de juego en que las naciones, los agentes no gubernamentales y los actores económicos se implican y luchan por obtener ventajas. (…). En lugar de negar esta naturaleza elemental de las relaciones internacionales, la asumimos" (30.05.2017). En este sentido, la irracionalidad de Trump no radica en la falta de orientación de su política, sino en su propia orientación, que sitúa al líder del capitalismo mundial en la vanguardia del “cada uno a la suya” y el caos.

La imprevisibilidad de Trump hacia Rusia revela hasta qué punto estas tensiones cristalizan en torno a la actitud hacia el antiguo líder del bloque opositor, que para gran parte de la burguesía norteamericana sigue siendo el enemigo del "mundo libre", pero, sin embargo, un aliado potencial contra China (y contra Alemania). Si bien la mayoría de las fracciones burguesas parecen oponerse a un acercamiento a Putin, Trump alterna constantemente calor y frío sobre estas relaciones:

- conversaciones amistosas con Putin en Helsinki durante julio 2018, con Trump, rompiendo abiertamente el bloqueo de la OTAN a Rusia tras la agresión contra Ucrania, y diciendo que harían juntos "grandes cosas en el mundo",

- y luego, en octubre, Trump decide retirarse del acuerdo sobre la no proliferación de armas nucleares pues Rusia no se atiene a él.

Resultados y consecuencias de las diversas estrategias de las burguesías europeas

Nuestra Contribución sobre el problema del populismo (Revista Internacional nº 157) planteaba como hipótesis que la burguesía podría emplear tres tipos de estrategias frente a la oleada populista: primero, la oposición frontal jugando la carta antipopulista; segundo, hacer que los partidos tradicionales asumieran elementos de la política populista y, por último, tercero, revitalizar e incluso reavivar la oposición de derecha/izquierda. ¿En qué medida se han aplicado estas estrategias y cuáles son sus consecuencias?

1.- La confrontación a través de una política antipopulista: los ejemplos de Francia y Alemania

En Francia, la política antipopulista de la burguesía logró inicialmente contrarrestar a Marine Le Pen, sacándose del sombrero un “nuevo hombre”, Macron y su movimiento "La France en Marche", que, según la campaña mediática, no estaban vinculados a los partidos tradicionales. Pero Macron se vio inmediatamente obligado a implementar una política orientada a la globalización, en un momento en que el proteccionismo de Trump estaba redistribuyendo cartas, y sobre todo, que para llevarlo a cabo tuvo que lanzar ataques masivos contra la clase obrera.

Las consecuencias no tardaron en llegar: Macron se enfrenta ahora a una caída vertiginosa de la popularidad y a la revuelta de los "chalecos amarillos"[1], que, indudablemente, beneficiarán ampliamente a las corrientes populistas, sobre todo porque Macron todavía no tiene una estructura política suficientemente sólida y fiable (un partido bien estructurado). Sin embargo, para la burguesía, que hundió en las elecciones de 2017 a sus partidos tradicionales (agonizantes y prisioneros de múltiples querellas internas), Macron sigue siendo, pese a su fragilidad, la principal fuerza política en Francia capaz de limitar el peso del RN (populista).

En Alemania, Merkel se ha perfilado desde el primer momento como la campeona del antipopulismo (recordemos el "Wir schaffen das" una especie de “Sí se puede”), pero esto ha impulsado la ola populista de modo que la burguesía alemana se enfrenta ahora al AfD, que se ha convertido en el segundo partido político del país. En consecuencia, tuvo que reconstituir tras las últimas elecciones la Gran Coalición, cuando ésta ya había quedado ampliamente desacreditada en las elecciones generales. Los resultados de los comicios en los Länder de Baviera y Sajonia confirman la derrota electoral de la CDU/ CSU y el colapso del SPD. La situación es compleja y la renuncia de Merkel a la presidencia de la CDU (y por lo tanto a un puesto futuro de canciller) anuncia una fase de incertidumbre e inestabilidad para la burguesía dominante en Europa.

El aparato político de la burguesía alemana se ve enfrentado a sobresaltos, mientras ésta se ve presionada en el seno mismo de la UE por un lado por los países centroeuropeos que rechazan su política hacia los refugiados, pero también por el papel de economías subordinadas, subcontratadas que Alemania les impone; y, por otro lado, por los países del sur de Europa (Grecia, Italia) que rechazan su política económica. Al mismo tiempo se encuentra en el punto de mira de la administración Trump, que quiere imponer impuestos de importación sobre sus coches y maquinaria.

2.- La recuperación de las ideas populistas por parte de los partidos tradicionales: el ejemplo inglés

La burguesía británica intentó canalizar las desastrosas consecuencias del referéndum sobre la salida de la UE haciendo que uno de sus principales partidos tradicionales, el Partido Conservador, asumiera la opción Brexit. Pero lejos de estabilizar la situación, las sacudidas en el sistema político británico no han cesado desde entonces, y aumentan en cambio la inestabilidad y la incertidumbre sobre las diferentes opciones:

- las continuas vacilaciones y contorsiones del gobierno May para: (a) llevar a cabo una política coherente con la implementación del Brexit y, (b) conseguir un acuerdo claro con la UE; están empujando a ésta a adoptar medidas de salvaguardia frente a lo que los funcionarios europeos llaman ya un "Estado fallido";

- el consenso en el seno del gobierno británico, lejos de tender a un apaciguamiento de las contradicciones, va más hacia su exacerbación (con dimisiones regulares de ministros que no están de acuerdo con la política seguida), pero especialmente en el seno del Partido Conservador, que corre el riesgo de un estallido, por lo que es improbable que el Parlamento británico ratifique incluso el acuerdo impreciso y general pactado por May y la UE. Del mismo modo también existen divisiones reales dentro del Partido Laborista entre un Corbyn bastante proclive al Brexit y un buen número de diputados pro europeos[2];

- la inestabilidad es profunda y más que nunca, cada vez más políticos británicos se asemejan a "talibanes políticos", según la fórmula empleada por un diplomático europeo. En los últimos meses, se ha visto un auge de las opciones populistas más radicales, que sueñan con un “renacimiento de Albion", no sólo fuera de los partidos tradicionales (Nigel Farrage), sino sobre todo en el seno mismo del Partido Conservador (y sus "pesos pesados" Boris Johnson, Michael Gove, Jacob Rees-Mog, Steven Baker).

3.- La constitución de un gobierno populista: el ejemplo italiano

Un escenario no previsto por la mencionada contribución sobre el populismo es la constitución de un gobierno compuesto exclusivamente por partidos populistas. Durante años los partidos populistas han formado parte de coaliciones de gobierno en algunos países y, en varios de los del antiguo bloque oriental, como Hungría o Polonia, han llegado a situarse en la cabeza del Estado. Hoy, sin embargo, es la cuarta economía de la UE, Italia, la que, en el contexto de una situación económica y social muy difícil (caída de un 10% del Producto Interior Bruto a precios constantes, entre 2008 y 2017), está asistiendo a la emergencia de un gobierno compuesto exclusivamente por partidos populistas (la Lega y el M5S). Este Gobierno combina una política identitaria y xenófoba con una política de defensa social para los italianos:

- subsidio de ciudadanía, con un coste de 9.000 millones de euros,

- reforma de las pensiones para adelantar la edad de jubilación de 67 a 62 años (presupuesto suplementario de 7.000 millones de euros),

- adopción del "Decreto dignidad" que reduce de 3 años a 2, la renovación de los contratos temporales,

- reducción de impuestos a trabajadores autónomos y las PYME,

- obligación para las empresas que hayan recibido ayudas públicas de reembolsarlas si, en un plazo de cinco años a partir de su obtención, transfieren sus actividades a otro país.

Los efectos de esta política populista italiana sobre la estabilidad de la UE son incalculables en el futuro: en cuanto a la política de refugiados, su línea dura (atacando a las ONG en particular) choca con otros países europeos, en particular Francia y España. Desde el punto de vista presupuestario, el Gobierno italiano rechaza los deberes impuestos por la Comisión Europea (el déficit presupuestario es del 2,4% del PIB en lugar del 0,8% previsto por el Gobierno anterior, en total contradicción con las normas presupuestarias europeas) y, en cambio, desea aplicar una política de protección social para el "pueblo italiano", que se opone frontalmente al rigor presupuestario preconizado por Alemania. Pero una nueva crisis monetaria en torno a Italia pondría en cuestión la existencia de la unión monetaria y de la eurozona. Italia lo sabe, lo que le permite chantajear. Además, el déficit presupuestario incrementa la deuda italiana, lo que reduce su calificación en las agencias, lo que llevará a los inversores institucionales a deshacerse de los fondos italianos.

El impacto social de la política de la coalición populista también debe ser seguido cuidadosamente. Las medidas sociales anunciadas están muy por debajo de las promesas de los populistas, en particular el M5S (los 9 mil millones de euros de la renta de ciudadanía son casi la mitad de los 17 mil previstos). Además, el Gobierno italiano ha acordado, por presiones de la UE, posponer algunas de estas medidas y limitar su impacto presupuestario. Por otra parte, el gobierno populista no ha derogado la "Ley de Empleo", elaborada por el gobierno de Renzi, que liberalizó el mercado laboral italiano y extendió la precariedad. En consecuencia, muchas de las medidas anunciadas tendrán un efecto contrario al anunciado. Así, el "Decreto dignidad" reduce teóricamente las posibilidades de utilizar contratos temporales repetidos, pero en virtud de la "Ley del empleo", la tendencia será hacia la no renovación de los contratos y, por tanto, hacia un aumento de la precariedad. Además, la renta de ciudadanía supone un aumento de presión sobre los desempleados (que la pierden si rechazan tres ofertas de trabajo) y el control de los gastos (los ingresos se acreditarán a una tarjeta de uso controlado). Por último, la jubilación a los 62 años sólo será accesible a quienes hayan cotizado 38 años.

4.- La refundación de la oposición derecha/izquierda

La tercera estrategia prevista, es decir la reanudación de la oposición entre derecha e izquierda para cortar la hierba bajo los pies del populismo, no parece estar siendo realmente aplicada por la burguesía. Por el contrario, los últimos años se han caracterizado por una tendencia irreversible hacia el declive de los partidos socialistas.

Esta cuestión de la crisis de los partidos socialdemócratas se refiere a la cuestión del papel de los partidos de izquierda que ya tratamos en el citado informe sobre la vida de la burguesía del XVII Congreso de la CCI (El impacto de la descomposición en la vida de la burguesía). Después de haber jugado un papel esencial para frenar la ola de luchas obreras de los años setenta y ochenta (izquierda en el gobierno, izquierda en la oposición), estos partidos han estado disponibles para otras tareas ya que, como señala el informe, desde principios de los noventa, la cuestión social no es ya el factor decisivo para la formación de los gobiernos:  "(...) hay otro factor que cada vez es más importante, que se está convirtiendo en un factor verdaderamente decisivo en la vida política de la burguesía en general y en la elección de los equipos de gobierno en particular: la descomposición de la sociedad burguesa, que en los últimos años ha avanzado indiscutiblemente" (El impacto de la descomposición en la vida de la burguesía). En efecto, en la última década del siglo XX y en la primera década del XXI, los partidos socialistas o socialdemócratas se implicaron en primera línea para contrarrestar los primeros efectos de la descomposición sobre el aparato político de la burguesía (con Blair, Schröder, Zapatero, Hollande).

En consecuencia, están sufriendo la erosión, no sólo la que afecta a los principales partidos democráticos de los "gloriosos 30" como también le sucede a la democracia cristiana (en Italia, Holanda, Bélgica e incluso Alemania), sino que resultan además especialmente identificados con el sistema político en bancarrota. La tendencia a su declive parece, por tanto, irreversible: el Partido Socialista ha desaparecido en Italia, está amenazado de extinción en Francia, Holanda o Grecia, está en profunda crisis en Alemania, España o Bélgica. Sólo el Partido Laborista en Gran Bretaña parece estar escapando momentáneamente a esta tendencia, aunque no parece que eso se deba a una revitalización por la burguesía de la oposición de derecha/izquierda. Quizás sea porque, ante la laminación del partido conservador por la marejada populista en torno a Brexit, la burguesía apueste por él en caso de una implosión de los conservadores.

 En algunos países han surgido nuevas formaciones populares radicales de izquierda de diversa índole: Syriza, Podemos, "La Francia Insumisa", el movimiento de los demócratas socialistas en el seno del Partido Demócrata de los Estados Unidos, que reúne a numerosos jóvenes en torno a la candidatura de Sanders a las elecciones primarias, etc. Las diversas alternativas a la bancarrota de la socialdemocracia, que la burguesía está poniendo en marcha, proporcionan pistas sobre el impacto de la descomposición y el populismo en la clase obrera, sobre el peso de las derrotas sufridas y el nivel de conciencia actual en los distintos países industrializados. En Italia, uno de los países donde la clase obrera estuvo a la vanguardia durante las luchas de 1968 a 1980[3], la "alternativa de izquierda" propuesta es el M5S, un movimiento populista que no se declara ni de derechas ni de izquierdas, y esto pone de manifiesto las dificultades políticas que enfrenta el proletariado italiano. En Alemania, la alternativa no son realmente los antiguos estalinistas de "Die Linke", sino más bien los Verdes, lo que también es indicativo del estado de ánimo de la clase obrera y el debilitamiento del sentido de la identidad de clase. En Francia y España, en cambio, las alternativas reclamadas se sitúan explícitamente en la “izquierda”, dicen hablar en nombre de los obreros, aun cuando no vacilan en preocuparse, si es necesario, por el buen funcionamiento del aparato político burgués (Syriza para implementar en Grecia la austeridad feroz impuesta por la UE; Podemos en España para dar el apoyo necesario para la estabilidad del gobierno central). En este sentido, no pueden ser considerados como partidos populistas de izquierda.

El surgimiento de "hombres fuertes de la política" en Europa del Este y en los países periféricos

La oleada populista no se limita a los países industrializados de Occidente, sino que también afecta a una serie de países de Europa del Este y de países "emergentes", donde se manifiesta a través de ciertos fenómenos específicos, como es la aparición de los llamados "hombres fuertes de la política”. La desestabilización económica acentuada por la crisis de 2008, por un lado, y los enormes escándalos de corrupción que afectan a los partidos políticos, por otro, están causando resentimiento y exasperación entre la población de toda una serie de países, tales como Polonia, Hungría, Turquía, etc. Estos son recuperados por las fuerzas populistas a través de movimientos reaccionarios que conducen al ascenso de "hombres fuertes", líderes carismáticos como Orban, Kaczyński, Erdogan o Bolsonaro y, desde hace tiempo ya, Putin.

Mientras que en muchos de estos países (así como en Rusia y China), los años 1990 e incluso los comienzos del siglo XXI se caracterizaron por una "apertura democrática", los “líderes fuertes" actuales manifiestan su desprecio por las élites "liberales", el juego político tradicional y una prensa "independiente", y propician en cambio un régimen autoritario nacionalista y soberano, que rechaza a los inmigrantes o a las minorías que podrían alterar la cohesión nacional. "El 26 de julio de 2014, en Rumania, Orban mostró claramente sus colores en un discurso tajante: (...) ‘Consideramos, dijo, que una democracia no tiene que ser necesariamente liberal, y que no porque un Estado deja de ser liberal deja de ser una democracia. (...) Es poco probable que las sociedades que se basan en una democracia liberal puedan mantener su competitividad en las próximas décadas. (…)’. Anunció también un proyecto económico: ‘construir una nación competitiva en la gran concurrencia mundial de las próximas décadas’". (Le Monde Diplomatique, septiembre de 2018: 23). Se trata de la idea de que existen diferentes modelos de democracia, una idea que también se encuentra de alguna manera en el modelo ruso de Putin o en la aplicación del modelo singapurense por parte de China.

La persecución de élites corruptas (desde jueces polacos hasta oligarcas rusos, pasando por los burócratas europeos, los partidarios del movimiento turco Gülen o del PT brasileño) va de la mano con un nacionalismo xenófobo que se focaliza en el rechazo de extranjeros (los refugiados de Oriente Medio o de África, los venezolanos) o de minorías (Erdogan acentúa su discurso anti kurdo, Orban ataca a los gitanos, o Putin a los chechenos).

En apariencia China vive una aparente estabilidad, pero las tensiones políticas no le perdonan, pese al deslumbrante desarrollo económico y militar. Desde finales de los años 1970, abandonó su economía esencialmente autárquica para desarrollar, aplicando los modelos japonés y singapurense, una economía gradualmente integrada en los mercados regionales y luego mundiales. Esta línea política, defendida por Deng Xiaoping, no se llevó a cabo sin fuertes sobresaltos y luchas políticas, como lo ilustran los acontecimientos de Tiananmen primero y más tarde los de 2003, pero se vio acentuada de 2003 a 2013 por la presidencia de Hu Jintao. Esta orientación requería el establecimiento de relaciones pacíficas con los Estados Unidos por lo que en 1992 se firmó un memorando de entendimiento, con concesiones a las demandas estadounidenses en cuanto a aranceles y derechos de propiedad intelectual. Esto se vio acompañado por una ola de democratización en las décadas de 1980 y 1990, con algunas limitaciones tras lo de Tiananmen.

La llegada de Xi Jinping revela una cierta reorientación de la política china que se expresa a nivel político, al igual que otros países, por concentrar el poder en manos de un líder fuerte. Xi que se presenta como un nuevo Mao.  Esta reorientación es el resultado de una serie de factores:

- El fulgurante desarrollo económico de China, que va de la mano de una nueva afirmación de su expansión internacional (la "nueva ruta de la seda");

- también supone manifestaciones más explícitas de nacionalismo y a un impresionante desarrollo de su fuerza militar, al mismo tiempo que Estados Unidos está desarrollando una actitud cada vez más agresiva hacia China;

- La transformación espectacular de la economía china que "ha provocado profundas fracturas territoriales y sociales y unos estragos medioambientales importantes. (…). El coeficiente de Gini, que mide afinadamente la dispersión de los ingresos y, por tanto, el grado de desigualdad en las sociedades, ha pasado del 0,16 al comienzo de la transición postmaoísta a un 0’4 como media a finales de los años noventa (0,27 en Suecia, 0,32 en Francia, 0,34 en el Reino Unido y 0,4 en los Estados Unidos)" (Le Monde Diplomatique, diciembre de 2017:  5); y las perspectivas de una reestructuración asociada a un cambio hacia una economía más cualificada están resultando peligrosas.

En este contexto aparecen hoy dos tendencias dentro del Partido: una tendencia económica y una tendencia nacionalista. Con Xi, ésta parece que es la dominante. En el XIX Congreso del PC de China (18.10.17) se ha afirmado que: “Nadie debería esperar que China se trague el sapo, sacrificando sus intereses". Parece, sin embargo, que en el seno del partido hay tensiones entre una fracción que tiende a propiciar concesiones a Estados Unidos (según la concepción de Deng Xiaoping, "esconder sus talentos y esperar su momento") y una fracción partidaria de la línea dura de confrontación con Estados Unidos. Xi parece estar más a favor de ésta y de “reafirmarse en el escenario mundial como el líder de un ‘gran país’ -por usar sus palabras – que trata a América de igual a igual” (Le Monde Diplomatique, octubre de 2018 :4).

El populismo, factor esencial en la vida política de la burguesía actual

Como recordaba el "Informe sobre la descomposición" del XXII Congreso de la CCI, la descomposición, de la que el populismo es una de las expresiones más llamativas, es un factor decisivo en la evolución de la sociedad. Se trata además de un proceso irreversible. Y si bien el populismo no es resultado de una voluntad política deliberada por parte de los sectores dominantes de la burguesía, estos no han sido capaces de evitar que su impacto en su aparato político alcance un nivel tal que se enfrentan a una tendencia creciente a la pérdida de control sobre dicho aparato político, y en el próximo período los sobresaltos impredecibles caracterizarán cada vez más la vida política de la burguesía.

1.  Hay que distinguir esta pérdida de control de la burguesía sobre su aparato político, de las diferentes crisis políticas que vivió la clase dominante en los años sesenta y ochenta. Su contexto es radicalmente diferente: antes de los años 90, las crisis políticas de la burguesía estaban ligadas a la incapacidad de hacer frente a la clase obrera o a las consecuencias de las confrontaciones imperialistas (la crisis del canal de Suez en Gran Bretaña y Francia, la crisis argelina en Francia, el Tratado de Maastricht en Francia y Holanda, etc.) y se manejaban dentro del aparato político. La crisis actual se refiere a la pérdida de control por parte de la burguesía de su propio aparato político. Esto ya fue destacado en el último informe sobre la vida de la burguesía (17 Congreso de la CCI en 2007): "La burguesía de los países más desarrollados de Europa, Japón y Estados Unidos, que antes dominaba el arte sutil de la manipulación electoral, se enfrenta ahora a crecientes dificultades para cuajar los resultados deseados” (El impacto de la descomposición en la vida de la burguesía). Las increíbles sacudidas políticas que afectan hoy a las burguesías inglesa, americana y alemana, las tres burguesías que en el pasado demostraron una mayor experiencia en el dominio del juego político, ilustran perfectamente la gravedad del problema.

Los movimientos populistas se forman en torno a temas recurrentes como los refugiados, la seguridad, el resentimiento de quienes han quedado más relegados por la crisis; pero se nutren también de tensiones específicas dentro de las burguesías nacionales: la consternación de la burguesía norteamericana por el declive de su liderazgo mundial, la ambigüedad de la burguesía británica hacia Europa, las divisiones entre las fracciones regionalistas y nacionalistas dentro de la burguesía española o belga, etc.

2. Pero si la acentuación de la presión del populismo está sumiendo en el caos al aparato político tradicional de la burguesía, también es verdad que estos movimientos tienden a beneficiarse hoy en día en varios países -y no sólo en los países de Europa Oriental, sino también en Estados Unidos y Gran Bretaña, por ejemplo- del apoyo de ciertas fracciones de la gran burguesía. Así, en Estados Unidos, no se trata únicamente del apoyo del sector siderúrgico o automotriz a la política proteccionista de Trump, sino también del sector “high tech” que trata de contrarrestar la pujanza de empresas chinas, como Huawei o Alibaba, que amenazan su dominio global. Otros sectores de Silicon Valley pueden estar a favor de un acercamiento a Rusia.

3. El populismo es la política de la calle. De hecho, si los partidos y movimientos populistas generan una energía militante evidente, a diferencia de los partidos tradicionales, es porque estas formaciones ya no respetan los tabúes y, por lo tanto, permiten la expresión de todos los prejuicios.

En consecuencia, las campañas populistas, marcadas por la ira y el resentimiento, denigran el mundo político tradicional y las élites, y buscan también a quien cargar con la culpa de lo que no funciona. Eso conduce, naturalmente, a la estigmatización de grupos e individuos, a una tendencia a su demonización, como puede verse ya y como sucederá con mayor frecuencia en la actualidad política: ataques a centros de acogida de refugiados en Alemania; cartas con polvo sospechoso dirigidas a Trump y a otros miembros de su administración durante la campaña para las elecciones de mitad de mandato en los Estados Unidos, mientras se enviaban paquetes trampa a parlamentarios demócratas, a medios de comunicación (CNN) o a personalidades de élite (Söros); ataque antijudío por parte de un supremacista blanco en Pittsburgh; intento de asesinato del candidato presidencial Bolsonaro en Brasil y, a su vez, amenazas del mismo Bolsonaro y sus partidarios contra el PT y otros movimientos de izquierda; polarización de los "chalecos amarillos" contra la figura de Macron, etc.

4. A diferencia de lo que sucedió en las primeras expresiones del populismo (Haider, Berlusconi, ...) que defendían una política económica ultraliberal, los actuales partidos populistas defienden una política destinada a proteger a la población autóctona ("los italianos primero", "los verdaderos finlandeses", "Eigen volk eerst" - "su propio pueblo primero" – de los populistas flamencos, ...) discriminando abiertamente a los demás. Esto puede implicar proteccionismo económico o promover una forma de política neokeynesiana chauvinista: Trump pretende proteger a los trabajadores estadounidenses y su puestos de trabajo contra la "invasión" de inmigrantes mexicanos y centroamericanos, pero también de mercancías extranjeras; los gobiernos polaco o húngaro toman medidas de protección para sus empleados y pensionistas mientras se oponen a asumir cuota alguna de refugiados en nombre de la defensa de la integridad cultural de la nación; el gobierno de la Lega - M5S en Italia está implementando una política inflexible y dura contra la acogida de refugiados, al tiempo que planifica una "renta de ciudadanía" para cada ciudadano italiano y adelanta la edad de jubilación de 67 a 62 años. Este tipo de política aparenta ser más "realista" que la de la izquierda, en la medida en que la salvaguarda de las ventajas de los oprimidos autóctonos se realiza en detrimento de los demás oprimidos.

Los recientes acontecimientos en Rusia y Hungría ponen de relieve que no debe subestimarse la importancia de esta política "social" tan chovinista para la credibilidad de los movimientos populistas y de los "líderes fuertes". Por ejemplo, en Rusia, la draconiana reforma de las pensiones, que Putin y su gobierno colaron aprovechando todo el bombo mediático en torno a la Copa del Mundo de Fútbol (la edad de jubilación aumentó de 55 a 63 años para las mujeres, de 60 a 65 para los hombres), ha provocado fuertes protestas y una disminución de la tasa de popularidad de Putin del 80 al 63%. Este último tuvo que suavizar inmediatamente las medidas y anunciar una revalorización de las pensiones, aunque esto no resultase plenamente convincente, puesto que esa popularidad se basa, precisamente, en la idea de que al restablecer el control del Estado sobre los oligarcas se garantizarían los salarios y las pensiones. En Hungría, se han producido importantes manifestaciones para protestar contra la ley de "esclavitud" del gobierno de Orban, que elimina casi por completo toda compensación salarial por las horas extraordinarias.

5. En respuesta al ascenso del populismo, la burguesía ha puesto en marcha campañas antipopulistas, particularmente en Francia durante la campaña electoral de 2017 o en Estados Unidos, donde la oposición populista/antipopulista (anti-Trump) ha estado en el centro de la vida política desde la elección de éste, como se han visto en las elecciones de mitad de mandato. Lo que sucede frecuentemente es que, aunque se oponen al populismo, se inspiran en gran medida en él y adoptan enfoques o ideas populistas:

- En Francia, la campaña en torno a Macron utilizó las mismas estrategias que el populismo: rechazo de los partidos tradicionales, aparición de un "nuevo" hombre (Macron) y "movimiento" político (LREM) presentado como ruptura con el pasado,  ...;

- Al centrar las prioridades en la necesidad de eliminar el terrorismo y sobre la seguridad pública de los ciudadanos (controles más estrictos, multiplicación de cámaras, etc.), también inculcaron la idea de que es inevitable aceptar sacrificar un poco de libertad por una mayor seguridad;

- Lafontaine en Alemania y Podemos en España luchan contra el populismo traduciendo su discurso antiinmigrante desde el punto de vista de la "izquierda": al crear una oposición entre una izquierda que aboga por las "fronteras abiertas" y otra izquierda que aboga por las "fronteras cerradas y apoyo a los trabajadores locales", integran los argumentos populistas dentro del propio discurso antipopulista.

CCI

 

[1] Ver Contra la revuelta reaccionaria de los chalecos amarillos el proletariado debe afirmar su autonomía de clase https://es.internationalism.org/content/4412/contra-la-revuelta-reaccionaria-de-los-chalecos-amarillos-el-proletariado-debe-afirmar

[2] Ver Brexit: La burguesía británica está perdiendo el control de su juego político https://es.internationalism.org/content/4450/brexit-la-burguesia-britanica-esta-perdiendo-el-control-de-su-juego-politico

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