Abril de 1939: Fin de la Guerra de España y prólogo de la Segunda Guerra Mundial.

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Hace ochenta años se ponía fin a uno de los hechos más importantes del siglo XX: la guerra de España. Este acontecimiento, de gran relevancia, estuvo en el centro de la situación mundial en la década de 1930. Y se mantuvo en el centro de la actualidad política internacional durante muchos años. Constituyó una prueba decisiva para todas las tendencias políticas que se presentaban a sí mismas como proletarias y revolucionarias. Por ejemplo, fue en España donde se pudo ver al estalinismo en acción, por primera vez fuera de la URSS, en su papel de verdugo del proletariado. Fue también en torno a la cuestión española donde se produjo una decantación entre las corrientes que habían luchado contra la degeneración y la traición de los partidos comunistas en la década de 1920: por un lado, quienes se mantendrían en una posición internacionalista durante la Segunda Guerra Mundial; por otro, los que apoyaron esta carnicería, como por ejemplo la corriente trotskista[1]. Y aún hoy, los acontecimientos de 1936-1939 en España siguen estando presentes en las tomas de posición y la propaganda de las corrientes que dicen ser parte de la revolución proletaria. Es el caso, en particular, de las diferentes tendencias del anarquismo y del trotskismo que, más allá de sus diferencias, coinciden en que hubo una "revolución" en España en 1936. Una revolución que, según los anarquistas, habría ido mucho más lejos que la de 1917 en Rusia debido a la constitución de las "colectivizaciones" promovidas por la CNT, la central sindical anarcosindicalista. Un análisis que en su momento fue rechazado por las distintas corrientes de la izquierda comunista, por la izquierda italiana y también por la izquierda germano-holandesa.

La primera pregunta a la que debemos responder pues es la siguiente: ¿hubo una revolución en España en 1936?

¿Qué es una revolución?

Antes de contestar a esta pregunta tenemos, obviamente, que ponernos de acuerdo en que entendemos por "revolución". Es éste un término del que se abusa pues es utilizado tanto por la extrema izquierda (por ejemplo, Mélenchon con su "Revolución Ciudadana"), como por la extrema derecha (la "Revolución Nacional"). Hasta el mismo Macron tituló así el libro en que dio a conocer su programa. “Revolución”.

Lo cierto es que más allá de todas sus interpretaciones fantasiosas, este término "Revolución" califica en la historia un cambio violento de régimen político que expresa un trastocamiento de la relación de fuerzas entre las clases sociales que beneficia a aquellas que representan un progreso para la sociedad. Tal fueron los casos de la Revolución Inglesa de los años 1640, y de la Revolución Francesa de 1789. Ambas significaron un ataque al poder político de la aristocracia en favor de la burguesía.

A lo largo del siglo XIX, los avances políticos de la burguesía en prejuicio de la nobleza representaban un progreso para la sociedad. Y esto se debe a que en ese momento el capitalismo era un sistema en plena prosperidad, lanzado a la conquista del mundo. Pero esta situación cambió radicalmente en el siglo XX. Las potencias burguesas acabaron de repartirse el mundo. Cualquier nueva conquista, fuera colonial o comercial, debía hacerse asaltando los dominios de una potencia rival. Vimos entonces un auge del militarismo y a un estallido de tensiones imperialistas que desembocaron en la Primera Guerra Mundial. Esto fue la señal de que el capitalismo se había convertido ya en un sistema decadente y obsoleto. Las revoluciones burguesas ya no tienen vigencia. La única revolución que está al orden del día es la que debe derrocar el sistema capitalista y establecer una nueva sociedad liberada de la explotación y la guerra, el comunismo. El sujeto histórico de esta revolución es la clase de los trabajadores asalariados que produce la mayor parte de la riqueza social, el proletariado.

Hay diferencias fundamentales entre las revoluciones burguesas y la revolución proletaria. Una revolución burguesa, es decir, la toma del poder político por parte de los representantes de la clase burguesa de un país es el resultado de todo un período histórico durante el cual la burguesía ha ido adquiriendo un peso decisivo en la esfera económica mediante el desarrollo del comercio y las técnicas productivas. La revolución política, o sea la abolición de los privilegios de la nobleza, constituye un paso importante (aunque no indispensable) en el creciente control de la burguesía sobre la sociedad que le permite facilitar y acelerar este proceso de control.

La revolución proletaria no se sitúa en absoluto al final del proceso de transformación económica de la sociedad, sino por el contrario al principio. La burguesía sí pudo constituir islotes de economía burguesa en medio de la sociedad feudal, ciudades que actuaban como mercados, redes comerciales. Tales islotes se fueron expandiendo y fortaleciendo gradualmente. Pero esto no es así para el proletariado. No pueden existir islotes de comunismo en una economía mundial dominada por el capitalismo y las relaciones mercantiles. Este fue el sueño de socialistas utópicos como Fourier, Saint-Simón u Owen. Pero, pese a su buena voluntad y sus análisis frecuentemente muy sesudos de las contradicciones del capitalismo, sus sueños chocaron y se desvanecieron ante la realidad de la sociedad capitalista. Lo cierto es que la primera etapa de la revolución comunista consiste en la toma del poder político por el proletariado a escala mundial. Gracias a este poder político es como la clase revolucionaria podrá transformar gradualmente toda la economía socializándola, aboliendo la propiedad privada de los medios de producción y el intercambio de mercancías.

Y hay otras dos diferencias fundamentales entre las revoluciones burguesas y la revolución proletaria:

- Primeramente, que mientras las revoluciones burguesas han podido darse en momentos distintos dependiendo del desarrollo económico de cada país (hay, por ejemplo, más de un siglo entre las revoluciones inglesa y francesa); la revolución proletaria debe darse en un mismo momento histórico. Si queda aislada en un solo país o en un puñado de estos, se ve condenada a la derrota. Esto es lo que vimos con el ejemplo de la revolución rusa de 1917[2].

- En segundo lugar, las revoluciones burguesas, aun cuando fueran extremadamente violentas, conservaron lo esencial del aparato de Estado de la sociedad feudal (el ejército, la policía, justicia, burocracia). De hecho, las revoluciones burguesas consistieron en modernizar, perfeccionar el aparato estatal existente. Esto fue posible y necesario porque en este tipo de revolución eran dos clases explotadoras, la nobleza y la burguesía, las que se sucedían en la dominación sobre la sociedad. Nada de eso sucede en la revolución proletaria. El proletariado, la clase explotada en la sociedad capitalista, no puede en modo alguno utilizar en su beneficio un aparato de Estado concebido y organizado para garantizar esa explotación, para reprimir las luchas contra esa explotación. La primera de las tareas del proletariado en la revolución consiste en armarse para destruir de arriba abajo el aparato estatal, y a poner en marcha sus propios órganos de poder basados en sus organizaciones unitarias de masas, con delegados elegidos y revocables por las asambleas generales: los Consejos Obreros[3].

1936: ¿Hubo una revolución en España?

El 18 de julio de 1936, ante el golpe militar perpetrado contra el gobierno del Frente Popular, el proletariado tomó las armas. Consiguió que en la mayoría de las grandes ciudades fracasara la empresa criminal dirigida por Franco y sus acólitos. Pero ¿Aprovechó el proletariado esta situación, su posición de fuerza, para atacar al Estado burgués? Un Estado burgués que, desde el establecimiento de la República en 1931, ya se había distinguido en la sangrienta represión de la clase obrera, particularmente en Asturias en 1934 con 3.000 muertos. ¡Absolutamente no!

La respuesta de los trabajadores fue, sin duda, inicialmente, una acción de clase, que impidió que triunfase el golpe de Estado. Pero, desafortunadamente, la energía de los trabajadores fue rápidamente canalizada y recuperada ideológicamente para la defensa del Estado, gracias a la fuerza mistificadora del "antifascismo" del Frente Popular. En vez de atacar y destruir el Estado burgués como ocurrió en octubre de 1917 en Rusia, los trabajadores fueron desviados y reclutados para la defensa del Estado republicano. En esta tragedia, la CNT anarquista, la central sindical más poderosa, desempeñó un papel capital, desarmando a los trabajadores, empujándolos a abandonar el terreno de la lucha de clases para, en vez de eso, capitular y engañarlos entregándoles atados de pies y manos al Estado burgués. En lugar de atacar al Estado para destruirlo, como siempre habían prometido hacer, los anarquistas ocuparon ministerios declarando, por boca de Federica Montseny, ministra anarquista del gobierno republicano: «Hoy en día, el gobierno, como instrumento de control de los órganos del Estado, ha dejado de ser una fuerza de opresión contra la clase obrera, al igual que el Estado ya no representa una organización que divide a la sociedad en clases. Ambos oprimirán aún menos al pueblo ahora que los miembros de la CNT participan en ellos». Los anarquistas, que presumían de ser los mayores "enemigos del Estado" pudieron así, empleando este tipo de retórica, arrastrar a los trabajadores españoles a la defensa pura y simple del Estado democrático. La clase obrera fue desviada de sus propios objetivos políticos para, en cambio, dedicarse a apoyar la fracción "democrática" contra la fracción "fascista" de la burguesía. Esto da la medida de la amplitud de la bancarrota política, moral, histórica, del anarquismo. Siendo la fuerza políticamente dominante en la Península Ibérica, el anarquismo mostró su total incapacidad para llevar a cabo una política de clase, de emancipación de la clase obrera. En vez de ello, empujo a ésta a la defensa de la burguesía democrática, del Estado capitalista. Pero la bancarrota del anarquismo no se detiene ahí. Cuando afirmaba que estaba llevando a cabo la revolución privilegiando las “acciones locales” como las "colectivizaciones" de 1936, en realidad estaba prestando un valioso servicio al Estado burgués:

- por un lado, permitiendo la reorganización de la economía española a favor del esfuerzo de guerra del Estado republicano, es decir, del representante de la burguesía democrática, contra la fracción "fascista" de la misma burguesía;

- por otro lado, desviando al proletariado de una acción política de conjunto, privilegiando en cambio la gestión inmediata de las unidades de producción, siempre en beneficio del Estado y, por lo tanto, de la burguesía. Obligados a ocuparse del control en el día a día de la producción, los trabajadores encuadrados en las "colectividades" se vieron obligados a abandonar cualquier actividad política global en favor de la gestión de las empresas locales, sin vínculos de unas con otras, ni con las necesidades reales de la clase obrera.

Y si el proletariado se adueñó de las calles en julio de 1936, menos de un año más tarde se encontraba ya sometido por la coalición de fuerzas políticas republicanas. El 3 de mayo de 1937 hizo un último intento de oponerse a esta sumisión. Ese día, los "guardias de Asalto", unidades policiales del Gobierno republicano del que se habían adueñado ya los estalinistas, quisieron ocupar el edificio de la Telefónica en Barcelona que se encontraba en manos de la CNT. La parte más combativa del proletariado respondió a esta provocación lanzándose a la calle, levantando barricadas y declarando una huelga que casi fue general. El proletariado estaba bien movilizado, disponía de armas, pero carecía de perspectiva. ciertamente tenía armas, pero seguía sin perspectiva. El Estado democrático había permanecido intacto. Siempre había estado presente y a la ofensiva y, contrariamente a lo que habían querido hacer creer los anarquistas, en manera alguna había renunciado a reprimir los intentos de resistencia proletaria. Y así, mientras las tropas franquistas detenían voluntariamente su ofensiva en el Frente, los estalinistas y el gobierno republicano aplastaban a esos mismos trabajadores que, en julio de 1936, habían derrotado el golpe de estado fascista. Fue en ese momento cuando Federica Montseny, la ministra anarquista más prominente, llamó a los trabajadores a detener la lucha, ¡a deponer las armas!, perpetrando una auténtica puñalada por la espalda a la clase obrera, una verdadera traición y una derrota aplastante. Esto es lo que Bilan, la publicación de la Izquierda Comunista italiana escribió en esta ocasión: «El 19 de julio de 1936 los proletarios de Barcelona, con puño desarmado, aplastaron batallones de Franco ARMADOS HASTA LOS DIENTES. El 4 de mayo de 1937, estos mismos proletarios, ARMADOS, dejan en la calle muchas más víctimas que en Julio cuando tuvieron que repeler a Franco, y es el gobierno antifascista –incluidos la CNT-FAI y del que el POUM es indirectamente solidario- quien da suelta a la gentuza de las fuerzas represivas contras los obreros».

En la represión general que siguió a la derrota del levantamiento de mayo de 1937, los estalinistas se esmeraron en proceder a la eliminación física de los "elementos perturbadores". Este fue el caso, por ejemplo, del militante anarquista italiano Camilo Berneri, que tuvo la lucidez y el coraje de hacer una crítica en toda regla de la política de la CNT y de la acción de los ministros anarquistas en una "Carta Abierta a la camarada Federica Montseny".

Decir que lo que ocurrió en España en 1936 fue una revolución de un nivel "superior" a la que tuvo lugar en Rusia en 1917 no sólo le da la espalda a la realidad, sino que constituye un importante ataque contra la conciencia del proletariado al orillar y rechazar las experiencias más preciosas de la revolución rusa: sobre todo la creación de los Consejos Obreros (Soviets); la destrucción del Estado burgués y el internacionalismo proletario, ya que esta revolución fue concebida como la primera etapa de la revolución mundial e impulsó la constitución de la Internacional Comunista. Un internacionalismo proletario que, pese a sus afirmaciones, le resulta extraño al movimiento anarquista, como veremos más adelante[4].

La Guerra de España, preparación para la Segunda Guerra Mundial

El primer elemento que nos permite afirmar que la Guerra de España fue sólo un preludio de la Segunda Guerra Mundial, y no una revolución social, es la propia naturaleza de la lucha entre las distintas fracciones burguesas del Estado - republicanos y fascistas -, y entre las naciones. El nacionalismo de la CNT la llevó a llamar explícitamente a una guerra mundial para salvar a la "nación española": «La España libre cumplirá con su deber. Y frente a esta actitud heroica, ¿qué harán las democracias? Es de esperar que lo inevitable no tardará en llegar. La actitud provocadora y grosera de Alemania ya se está volviendo insoportable. (...) Todo el mundo sabe que, en última instancia, las democracias tendrán que intervenir con sus escuadrones y ejércitos para cerrarle el paso de estas hordas de enloquecidos...». (Solidaridad obrera, periódico de la CNT, 6 de enero de 1937, citado por Revolución Proletaria No. 238, enero de 1937). Las dos facciones burguesas en lucha buscaron inmediatamente apoyo externo: no sólo hubo una intervención militar masiva por parte de los Estados fascistas que aportaron aviación y un ejército blindado moderno a los franquistas, pero también la URSS se involucró muy activamente en el conflicto mediante sus envíos de armamento y sus "asesores militares". Se produjo un apoyo político y mediático en todo el mundo a favor de uno u otro bando de la burguesía. ¡Todo lo contrario de lo que sucedió en la Revolución Rusa en 1917 cuando no sólo ninguna de las naciones capitalistas la apoyó, sino que todas ellas se aprestaron a aislarla y a combatirla militarmente, tratando de ahogarla en sangre![5]

Una de las ilustraciones más evidentes del papel jugado por la guerra de España en la preparación de la Segunda Guerra Mundial es la actitud que tuvieron muchos militantes anarquistas hacia ésta. Así, muchos de ellos se involucraron en la Resistencia, es decir, en la organización que representaba al campo imperialista angloamericano en el territorio francés ocupado por Alemania. Algunos incluso se alistaron en el ejército regular francés, en particular en la Legión Extranjera o en la 2ª División Blindada del general Leclerc, el mismo Leclerc que continuaría su carrera en la guerra colonial de Indochina. Por ello los primeros carros de combate que entraron en París el 24 de agosto de 1944 estaban dirigidos por tanquistas españoles y enarbolaban el retrato de Durruti, el líder anarquista que dirigió la famosa "columna Durruti", y que murió en las afueras de Madrid en noviembre de 1936.

Todos aquellos que, aun reivindicando la revolución proletaria, han tomado partido por la República, por el “bando democrático”, lo han hecho en general invocando el "mal menor" y contra el "peligro fascista". Los anarquistas han sido los promotores de esta ideología democrática en nombre de sus principios "antiautoritarios". Según ellos, aunque admiten que la "democracia" es una de las expresiones del capital, consideran que constituye un "mal menor" en comparación con el fascismo porque, obviamente, es menos autoritaria. ¡Pero eso es de una ceguera total! La democracia no es un "mal menor". ¡Al contrario! Precisamente porque es capaz de crear más ilusiones que los regímenes fascistas o autoritarios, constituye el arma predilecta de la burguesía contra el proletariado.

Además, la democracia no se queda atrás cuando se trata de reprimir a la clase obrera. Fueron los "demócratas", es más los "socialdemócratas", Ebert y Noske, quienes asesinaron a Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg, así como a miles de trabajadores, durante la revolución alemana de 1919, frenando así la propagación de la revolución mundial. En cuanto a la Segunda Guerra Mundial, las atrocidades cometidas por el "campo fascista" son bien conocidas y difundidas, pero las del "bando democrático” no le van a la zaga: no fue Hitler quien envió dos bombas atómicas contra la población civil, sino el "demócrata" Truman, presidente de la gran "democracia" estadounidense.

Y si echamos la vista atrás al caso de la Guerra de España, debemos recordar la acogida que dispensó la República Francesa, campeona de los "derechos humanos" y de la "Liberté-Égalité-Fraternité", a los 400 mil refugiados que huyeron de territorio español en el invierno de 1939, al final de la guerra civil. La mayor parte de ellos fueron hacinados como ganado en campo de concentración, rodeados de alambre de púas, bajo la guardia armada de los gendarmes de la democracia francesa[6].

El proletariado debe aprender las lecciones de la guerra de España:

- Contrariamente a quienes quieren enterrar al proletariado y tratan de desacreditar su lucha, a los que piensan que la tradición de la izquierda comunista es "obsoleta" o "anticuada", que sería necesario desprenderse del pasado revolucionario del proletariado, que España sería una experiencia revolucionaria "superior", que finalmente habría que ir olvidando el pasado y “experimentar otras cosas”, nosotros afirmamos que la lucha obrera sigue siendo el único camino hacia el futuro de la humanidad. Y que, por tanto, debemos defender imperativamente la memoria obrera y sus tradiciones de lucha. En particular la necesidad de su autonomía de clase, de una lucha intransigente por sus intereses propios de clase, en su terreno de clase, con su propio método de lucha, sus propios principios.

- Una revolución proletaria no tiene nada que ver con la lucha "antifascista" y los acontecimientos en España en la década de 1930. Por el contrario, debe situarse en el campo político de la lucha obrera consciente, basada en la fuerza política de los Consejos Obreros. El proletariado debe preservar su autoorganización, su independencia política de todas las fracciones de la burguesía, de todas las ideologías que le son ajenas. Esto es lo que el proletariado fue incapaz de hacer en España, ya que, por el contrario, se vio atado, y por lo tanto sometido, a las fuerzas de izquierda del capital.

- La Guerra de España también muestra que no es posible empezar a "construir una nueva sociedad" a través de iniciativas locales en el terreno de la economía, como quieren creer los anarquistas. La lucha de clases revolucionaria es, primeramente y, ante todo, un movimiento político internacional y no se limita a reformas o recetas económicas preparatorias (ni siquiera mediante "experimentos" aparentemente muy radicales). La primera tarea de la Revolución Proletaria, como nos ha mostrado la Revolución Rusa, debe ser política: la destrucción del estado burgués y la toma del poder por la clase obrera a escala internacional. Sin ello es inevitablemente el aislamiento y la derrota.

- Finalmente, la ideología democrática es la más peligrosa de todas las promovidas por el enemigo de clase. Es la más perniciosa, la que hace que el lobo capitalista parezca un cordero protector y "favorable" a los trabajadores. El antifascismo fue pues en España y en otros lugares, al arma perfecta que utilizaron los frentes populares para enviar a los trabajadores a ser masacrados en la guerra imperialista. El Estado y su "democracia", como expresión hipócrita y perniciosa del capital, sigue siendo nuestro enemigo. El mito democrático no es sólo una máscara del Estado y de la burguesía para ocultar su dictadura, su dominación social y su explotación, sino también, y ante todo, el obstáculo más poderoso y difícil de superar para el proletariado. Los acontecimientos de 1936/37 en España lo demuestran profusamente y es una de sus principales enseñanzas.

Corriente Comunista Internacional, junio de 2019

 

[1] Ver nuestro libro España 1936: Franco y la República masacran al proletariado. https://es.internationalism.org/cci/200602/539/espana-1936-franco-y-la-republica-masacran-al-proletariado

[2] Ver el Manifiesto de nuestro 22º Congreso Internacional sobre la Revolución de 1917: https://es.internationalism.org/accion-proletaria/201710/4237/manifiesto-de-la-corriente-comunista-internacional-sobre-la-revolucion

[4] Munis, un revolucionario de origen trotskista que, sin embargo, logró toda su vida permanecer fiel al proletariado, sustentaba esa “teoría”: no solo que hubo una “revolución” en España, sino que esta habría sido “más profunda” que la revolución de 1917 en Rusia. Hemos criticado este análisis en Crítica del libro JALONES DE DERROTA PROMESAS DE VICTORIA https://es.internationalism.org/cci/200602/753/1critica-del-libro-jalones-de-derrota-promesas-de-victoria y en ¿Una revolución más profunda que la revolución rusa de 1917? https://es.internationalism.org/cci/200602/754/2-una-revolucion-mas-profunda-que-la-revolucion-rusa-de-1917

[6] Ver Refugiados de la guerra de España de 1939: el hipócrita "asilo democrático" de los campos de internamiento https://es.internationalism.org/content/4404/refugiados-de-la-guerra-de-espana-de-1939-el-hipocrita-asilo-democratico-de-los-campos

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