«Este régimen pronto aprenderá que nadie debe desafiar el poder y las fuerzas armadas de Estados Unidos». Estas fueron las palabras de Trump pocos minutos después de los primeros bombardeos masivos de Irán por parte de la aviación israelí y estadounidense. A esto le siguió una respuesta en todos los frentes por parte de los Guardianes de la Revolución, que a su vez lanzaron salvas de misiles contra Israel y las bases estadounidenses en toda la región. Escuelas, hospitales, puertos y aeropuertos, zonas residenciales y turísticas, los misiles llueven por todas partes sobre una población aterrorizada. ¡Todo Oriente Medio está en llamas! En el momento de escribir estas líneas, aún se desconoce el número de víctimas, pero los muertos se acumulan en numerosas ciudades iraníes y hay que lamentar varias víctimas en las localidades atacadas por los Guardianes de la Revolución, entre ellas los primeros soldados estadounidenses.
Trump, para justificar esta nueva masacre, afirma que busca destruir un régimen sanguinario que «lleva a cabo una campaña ininterrumpida de derramamiento de sangre y asesinatos en masa, dirigida contra Estados Unidos, nuestros soldados e inocentes en muchos países». En cuanto a su comparsa, Netanyahu, afirma querer proteger abiertamente a «la humanidad» de «este régimen terrorista y asesino». Según el hijo del Sha, Reza Pahlavi, ¡se trata de una «intervención humanitaria»!
Por su parte, las autoridades iraníes se presentan como víctimas: «Ha llegado el momento de defender la patria y hacer frente a la agresión militar del enemigo. Del mismo modo que estábamos dispuestos a negociar, estamos más dispuestos que nunca a defender nuestro país».
A juzgar por lo que dicen estos charlatanes, ¡sus bombardeos estarían motivados por la seguridad del mundo y la defensa de los oprimidos! ¡Esta propaganda bélica no es más que un abominable entramado de mentiras! La realidad es que el Oriente Medio se hunde en un caos bélico de una magnitud sin precedentes. Y esto, apenas ocho meses después de la operación Midnight Hammer (Martillo de medianoche), que se suponía que iba a «destruir» el programa nuclear iraní e imponer por la fuerza la «paz» y la estabilidad en la región.
Pero esta nueva operación militar, bautizada con el aterrador sobrenombre de Epic Fury (Furia épica), tiene una magnitud muy diferente a la de junio de 2025. Estados Unidos ha acumulado una auténtica armada alrededor de Irán: buques de guerra, submarinos, cientos de aviones y miles de soldados. Se avecina una auténtica masacre. Trump y Netanyahu lo saben perfectamente y han dejado claro desde el principio que su operación será masiva y especialmente mortífera. Según ha dicho el presidente estadounidense, «vamos a destruir sus misiles y arrasar su industria de misiles. Quedará totalmente aniquilada. Vamos a destruir su armada. […] Y nos aseguraremos de que Irán no obtenga armas nucleares». Para a continuación llamar al «gran y orgulloso pueblo de Irán» a «tomar las riendas de [su] destino». En otras palabras: ¡a tomar las armas contra el régimen y a dejarse masacrar en las calles!
Por su parte, el Estado iraní amenaza a Estados Unidos e Israel con una «respuesta aplastante». Los misiles llueven por miles, pero la dictadura de Teherán tiene dificultades para contrarrestar el poderío estadounidense. El régimen se ha visto considerablemente debilitado por los bombardeos de junio de 2025 y la destrucción de sus aliados de Hezbolá y Hamás. La única respuesta que Teherán ha podido dar a la crisis desencadenada por la operación Midnight Hammer ha consistido en una feroz represión de la oposición. Pero tanto si el régimen se derrumba como si, a pesar de la muerte de su «guía» Alí Jamenei, consigue mantenerse, derramará sangre sin escrúpulos para sobrevivir y no dudará en exportar la guerra. Al no poder responder de forma frontal, el Estado iraní ya ha activado sus milicias y grupos armados, dispuestos a sembrar el caos donde sea posible, incluso mediante el terrorismo.
En los próximos días, Trump no dejará de fanfarronear y alabar el poderío del Ejército de los Estados Unidos. A nivel mundial, este nuevo conflicto debilitará sin duda a los principales adversarios de Estados Unidos. En primer lugar, China, que depende del petróleo iraní y del acceso a los puertos de Oriente Medio para desarrollar sus nuevas rutas de la seda, ha reabastecido ampliamente el arsenal de misiles de los Guardianes de la revolución. La magnitud de la operación Epic Fury es, en este sentido, un nuevo mensaje dirigido a sus enemigos: «¡Nadie debe desafiar el poder y las fuerzas armadas de Estados Unidos!».
Pero, al igual que tras la operación de 2025 y la de Venezuela, esta nueva demostración de fuerza no es más que un golpe de efecto, una victoria engañosa que no va a estabilizar la región ni resolver ningún conflicto. Al contrario, ¡el desorden mundial alcanzará un nuevo nivel de barbarie! Porque, contrariamente a lo que afirma Trump, el hipotético colapso del régimen, lejos de aportar estabilidad, no será más que el preludio de una nueva inmersión en el horror: un Irán inestable y fragmentado por facciones rivales y fuertemente armadas, el surgimiento de grupos terroristas incontrolables, una espiral sin fin de venganzas clánicas, religiosas o étnicas, poblaciones aterrorizadas que buscan por todos los medios huir... Pase lo que pase, ¡el caos aumentará considerablemente!
Al amenazar con el bloqueo económico y petrolero del estrecho de Ormuz, Irán también amenaza a la economía mundial con una crisis más profunda. Por eso Teherán ha puesto inmediatamente en el punto de mira a la zona. No hay duda de que sus cómplices hutíes harán todo lo posible para mantener el mar Rojo y el golfo de Adén en estado de alerta permanente.
Todos los Estados, ya sean pequeños o grandes, ya están tratando de aprovechar el caos reinante en beneficio de sus sórdidos intereses imperialistas. Arabia Saudí se declara dispuesta a intervenir, al igual que Hezbolá y las milicias proiraníes en Irak. China, cuya influencia también se ve afectada por esta operación, acabará tarde o temprano mostrando su fuerza, en Taiwán o en cualquier otro lugar, arriesgándose a un conflicto militar con Estados Unidos.
No se trata en absoluto de una visión catastrofista de la situación, sino de la conclusión lógica que nos imponen todos los conflictos bélicos de los últimos veinte años: la invasión de Afganistán en 2001, la guerra de Irak en 2003, la implosión de Siria en 2011, guerra en Yemen en 2014, Gaza en 2023... En todos los casos, estas aventuras bélicas solo han conducido a situaciones catastróficas y fiascos, incluso para Estados Unidos, a pesar del poderío de su ejército.
Detrás de estos conflictos interminables, salpicados de promesas de paz incesantes y engañosas, se esconde la misma dinámica: la de un capitalismo que sumerge inevitablemente a la humanidad en un caos bélico generalizado. Desde Mauritania hasta Birmania, se ha arraigado de forma duradera un arco planetario ininterrumpido de conflictos armados. En Europa, con el conflicto en Ucrania, en América Latina, en África, en Oceanía, la guerra se extiende de forma incontrolable y anárquica por todas partes. En todas partes reina el caos y ni Estados Unidos, ni los países europeos, ni China, ni las instituciones internacionales, ningún Estado, ni ninguna facción burguesa es capaz de ponerle fin. Los «altos el fuego» y las «negociaciones» no son más que interrupciones momentáneas y precarias, acordadas para preparar mejor los próximos enfrentamientos.
Desde su primer discurso, Trump llamó a los iraníes a «tomar el poder». En Londres, Berlín o Georgia, algunos manifestantes incluso se reunieron para apoyar la operación estadounidense y la «democracia». ¡Estos gritos belicistas son despreciables trampas! ¡Llamamientos a dejarse masacrar por el Sha o cualquier otra facción de la burguesía iraní! Con el posible fin del régimen de los mulás, no habrá un mañana feliz. ¡Seguirá siendo el mismo sistema, el mismo capitalismo, la misma barbarie!
Por otro lado, los mulás y sus partidarios, empezando por los partidos izquierdistas occidentales, llaman al «pueblo iraní» y a la clase obrera a movilizarse en todas partes contra la «agresión imperialista» de Estados Unidos. Al día siguiente del primer ataque se celebraron manifestaciones a favor de Irán en la propia Teherán, pero también en Irak y Pakistán, con varias víctimas frente a la embajada estadounidense. También en este caso se trata únicamente de llamamientos a apoyar a un bando imperialista y a dejarse masacrar en nombre de una camarilla de bárbaros sanguinarios.
¡La clase obrera no tiene que elegir bando! Los proletarios de todo el mundo no deben sucumbir a los cantos de sirena del nacionalismo ni tomar partido por ninguno de los bandos, ya sea en Oriente Medio o en cualquier otro lugar. Todas las naciones, todas las burguesías, ya sean democráticas o autoritarias, de izquierda o de derecha, populistas o «progresistas», ¡todas son belicistas!
A pesar de los discursos moralistas e hipócritas que oponen la «civilización» a la «barbarie», el «bien» al «mal», los «agresores» a los «agredidos», las guerras no son más que enfrentamientos entre burguesías rivales. En estos conflictos cada vez más numerosos, son siempre los explotados los que son tomados como rehenes y sacrificados por los intereses de quienes los oprimen y matan.
Para poner fin a las guerras, hay que derrocar al capitalismo. La historia ha demostrado que la clase obrera es la única fuerza que puede poner fin a la guerra capitalista. ¡Fue la fuerza del proletariado revolucionario la que puso fin a la Primera Guerra Mundial, en 1917 en Rusia y en 1918 en Alemania! Estos movimientos revolucionarios fueron capaces de imponer el armisticio a los gobiernos. Para poner fin definitivamente a las guerras en todas partes, la clase obrera deberá conquistar este objetivo derrocando el capitalismo a escala mundial.
Pero aún queda un largo camino lleno de obstáculos. Ante la barbarie de la guerra, muchos quieren resistir, expresar su indignación. Y, efectivamente, si no reaccionamos, el capitalismo nos llevará al caos y a la destrucción generalizada. Pero quienes hoy se manifiestan en las calles, a menudo lo hacen bajo las consignas de la izquierda del capital: «No Kings», «Stop genocidio», «Palestina Libre» ...tantas consignas que inculcan la idea de que las causas de la guerra residen en tal o cual dirigente, en la locura de un Trump, en el colonialismo de Israel, en los delirios religiosos de los judíos integristas, en el imperialismo estadounidense... Detrás de una aparente radicalidad, detrás de los discursos «por la paz», por los «derechos de los pueblos», «por la defensa de los agredidos», siempre se trata de elegir un bando burgués contra otro y de llamar a la defensa del Estado «democrático». En Estados Unidos, las manifestaciones contra Trump han denunciado la falta de consulta al Congreso y el incumplimiento del «derecho internacional», ¡como si una guerra «legal» fuera menos bárbara!
Aunque la clase obrera aún no tiene la fuerza necesaria para oponerse directamente a las guerras de la burguesía y la perspectiva revolucionaria parece aún lejana, sin embargo, avanza sobre un camino que lleva a la resistencia en contra de los ataques del capitalismo, cada vez mayores por el peso creciente de la crisis y el militarismo. Al negarnos a sacrificar nuestras vidas y nuestros salarios en aras de la «competitividad» o del «esfuerzo bélico», comenzamos a levantarnos contra el corazón mismo del capitalismo: la explotación del hombre por el hombre.
Como hemos mostrado en numerosos artículos, desde 2022 estamos asistiendo a un verdadero despertar de la combatividad obrera a escala mundial. Al negarse a aceptar los sacrificios impuestos por la economía de guerra, los trabajadores muestran una solidaridad concreta con sus compañeros de clase atrapados bajo las bombas. Y esta determinación de no dejarse pisotear va acompañada de una maduración de la conciencia política: en todas partes, pequeñas minorías se plantean preguntas sobre la organización de las luchas y el futuro del sistema, sobre la relación entre la crisis y la multiplicación de las guerras. Para las minorías revolucionarias, ha llegado el momento del debate y la acción para transformar estas reflexiones subterráneas en una fuerza organizada capaz de preparar las luchas revolucionarias del mañana.
EG, 1 de marzo de 2026
Con la espectacular operación del 3 de enero, en la que secuestraron mientras dormían en lo más profundo de una residencia ultraprotegida, al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y a su esposa, Cilia Flores, la primera potencia mundial lanzó una advertencia al mundo entero: Estados Unidos puede utilizar en cualquier momento su abrumadora fuerza militar para imponer y defender sus intereses nacionales en cualquier lugar. El chantaje, las presiones abiertas y ahora el secuestro, propios de los sistemas mafiosos, se han convertido en algo habitual en la antigua comunidad internacional. Y es con estos mismos métodos abiertos de gánsteres que la potencia estadounidense ha proferido amenazas contra otros delincuentes del mundo que, por contraste, parecen más educados, alternando buenas palabras y amenazas hacia Groenlandia o Canadá, frente a los europeos, la OTAN o la ONU durante el Foro de Davos[1].
La justificación oficial completamente falaz de la lucha contra el narcoterrorismo de Maduro es un simple pretexto que no engaña a nadie. Del mismo modo, las grandes declaraciones de Trump sobre el petróleo venezolano, ampliamente repetidas por todas las burguesías internacionales y, en particular, por sus fracciones izquierdistas, para reducir el acontecimiento a una simple guerra por los recursos, ya no tienen mucho éxito: la extracción demasiado costosa, las instalaciones obsoletas y la inestabilidad no interesan realmente a los grandes grupos petroleros, ni a los inversores, que no llegan corriendo ni mucho menos. El sentido del acontecimiento y el alcance de la ofensiva estadounidense están en realidad en otra parte, son mucho más globales, mucho más brutales y destructivos.
En realidad, las intenciones de la administración Trump y de Estados Unidos son golpear e intimidar a sus rivales, en particular a China y Rusia, para intentar disuadirlos de que no invadan agresivamente la esfera tradicional de influencia de Washington en Latinoamérica. Las intrusiones comerciales en el continente o la construcción de infraestructuras portuarias son cada vez peor vistas por el Tío Sam, como ya ha quedado patente, por ejemplo, en la reacción de Trump en Panamá con respecto al flujo de mercancías chinas y el control del canal. Detrás de la retórica de la «consolidación hemisférica» se esconde una prioridad estratégica que permanece absolutamente intacta: contener al principal rival de Estados Unidos en la arena mundial, China, e impedir su expansión. Ese es el principal motivo de esta intervención militar en Venezuela.
Esta política brutal, que no hace más que impulsar la nueva Estrategia de Defensa Nacional (SSN) anunciada y publicada apenas un mes antes, es de largo alcance. Abre aún más la caja de Pandora, acelerando el caos global y el desorden mundial a niveles sin precedentes. Y su método, que consiste en pisotear el derecho internacional, equivale ni más ni menos que a hacer añicos todo el orden internacional y las instituciones creadas para garantizarlo, que fueron instauradas desde 1945 por los propios Estados Unidos. En este sentido, la ofensiva estadounidense marca una considerable profundización del proceso de desintegración de la sociedad capitalista, una nueva cualidad en la evolución de las rivalidades imperialistas y del «sálvese quien pueda».
La política de Trump, prosaicamente desinhibida y de contornos imprevisibles, ya tiene profundas consecuencias. En solo unos días, Washington ha pasado de la escalada de su intervención en Venezuela a nuevas y muy directas amenazas contra Dinamarca en relación con Groenlandia, pasando por la incautación de un buque ruso en aguas internacionales, antes de anunciar nuevos programas de armamento masivo. Ahora es Canadá la que se ve directamente afectada por la voluntad estadounidense de desestabilizar la provincia de Alberta. Esta política, que anuncia un nuevo agravamiento del militarismo y las tensiones, se está llevando a cabo en un contexto de creciente inestabilidad y guerras totalmente destructivas, especialmente en Europa entre Ucrania y Rusia, lo que acelera aún más la desenfrenada carrera armamentística[2]. Si bien las reacciones de la Unión Europea fueron en ese momento más firmes de lo habitual ante las amenazas de Trump, ante su voluntad de convertir Groenlandia en el 51º estado de los Estados Unidos, las discrepancias no hacen más que aumentar dentro de la OTAN. A diferencia de Venezuela, Groenlandia forma parte de Dinamarca, cuya integridad se ve amenazada por primera vez por los Estados Unidos, a pesar de ser un Estado miembro de la Unión Europea desde 1973 y miembro fundador de la OTAN. Del mismo modo, Canadá, también amenazado por el clan Trump, es un país miembro de la Commonwealth británica, de la OTAN y aliado tradicional de Estados Unidos.
Tal aceleración de la situación y la naturaleza de las amenazas no hacen más que avivar las tensiones, reforzar la inquietud y la incapacidad ya existente de las grandes potencias para mantener una coherencia estratégica a largo plazo. Los acontecimientos se suceden a una velocidad vertiginosa, lo que obliga a dar respuestas inmediatas, una convulsión que los Estados no pueden asimilar, lo que conduce a tensiones en las que las alianzas del pasado, ya fragilizadas, se cuestionan rápidamente, lo que también provoca reacciones efímeras, circunstanciales, cambiantes, ahora sin una verdadera brújula. Las imprevisibles amenazas de Trump, tras el divorcio transatlántico, como la voluntad de retirar el apoyo a Ucrania y poner fin unilateralmente a este conflicto, sin contar las amenazas de aranceles delirantes a los países europeos, han provocado tímidas reprimendas por parte de estos últimos. Hoy, aunque no de forma totalmente unitaria, la mayoría de los países europeos y la Unión Europea han considerado «inaceptables» las amenazas y han hecho frente común. Por eso, esta vez se han mantenido firmes y han enviado contingentes militares simbólicos de urgencia a Groenlandia, lo que ha llevado al secretario general de la OTAN, Mark Rutte, a desempeñar un complejo papel de equilibrista, a costa de grandes esfuerzos, para intentar reducir la presión, aparentemente influir en las intenciones de Trump y aliviar momentáneamente a las burguesías europeas, siempre inquietas. Esta situación confirma plenamente el análisis de la CCI sobre la ruptura entre Estados Unidos y la Unión Europea, y pone de relieve la aceleración del caos bélico en el que cada uno vela por sus propios intereses, mientras que otros grupos del ámbito político proletario siguen hablando de un «bloque que se refuerza con vistas a la tercera guerra mundial».
Cada vez son más las voces que se alzan en Europa para afirmar que Estados Unidos ya no es un aliado fiable. Una convicción que se ha reforzado aún más para algunos miembros de la Unión Europea, especialmente ante la nueva sorpresa de Trump de eludir y abstraerse por completo del marco de la ONU, inaugurando, en el mismo momento del Foro de Davos, su propia estructura alternativa, un supuesto «Consejo de paz» totalmente sometido a su voluntad. Finalmente, las potencias europeas se ven atrapadas en una fuerte dependencia militar y energética de Washington, y su firmeza inicial parece frágil. Una situación que no puede sino agravar las crecientes tensiones entre los Estados europeos, y en su seno entre las fracciones pro y antiamericanas, generando así una mayor fragilidad e inestabilidad política.
Pero nada de esto indica un resurgimiento del control estadounidense sobre el mundo. El abandono del multilateralismo, de las normas del orden internacional y de las mistificaciones democráticas, establecidas por los propios Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial es, por el contrario, la expresión más clara de su debilitamiento histórico. Si bien la Estrategia de Seguridad Nacional (SSN) no supone en modo alguno una ruptura con las ambiciones hegemónicas del imperialismo estadounidense, sí tiene como objetivo la defensa de sus propios intereses en un contexto en el que ya no es capaz de imponer un «nuevo orden mundial» frente al «sálvese quien pueda» que domina el mundo. Así pues, si algunos se preocupan por la salud mental de Trump y se preguntan por qué hemos llegado a tal nivel de caos y peligrosidad en el mundo, en el que Estados Unidos parece estar, a largo plazo, disparándose en el pie, la respuesta no se encuentra en la personalidad o el perfil de Trump, por muy irracional que pueda parecer su comportamiento. Las razones de su comportamiento político y de todo este caos hay que buscarlas en la evolución histórica del sistema capitalista. Trump no es más que el verdadero rostro de un capitalismo en plena putrefacción.
Tras la implosión del bloque del Este y el colapso de la Unión «Soviética» en 1989, productos y reveladores de la nueva etapa de descomposición del capitalismo, el presidente George W. Bush padre anunció la llegada de un «nuevo orden mundial » bajo el liderazgo de Estados Unidos y aprovechó la invasión de Kuwait por Irak en 1990 para lanzar la primera Guerra del Golfo con el fin de garantizar, en nombre de la «comunidad internacional» y de la ONU, el respeto del derecho internacional, alinear detrás de ellos a más de una treintena de países y cerrar filas con sus antiguos aliados europeos.
Pero rápidamente, el panorama imperialista mundial se vio marcado por un cuestionamiento sistemático y generalizado del liderazgo estadounidense, incluso por parte de los aliados europeos. A partir de entonces, las reacciones del gendarme estadounidense para defender su liderazgo se volvieron cada vez más brutales. Durante la guerra de Yugoslavia, poco después, algunos miembros de la OTAN se opusieron abierta y frontalmente al Tío Sam, que acabó imponiendo su voluntad mostrando su fuerza, lo que condujo a la firma de los acuerdos de Dayton en 1995, con los que se logró poner fin, con gran dificultad, a la guerra en Bosnia. Más grave aún, durante la segunda guerra y la invasión de Irak en 2003, algunos «aliados» de la OTAN, entre ellos Francia y Alemania, llegaron incluso a negarse a apoyar la política de Estados Unidos y a participar en las operaciones militares. Sin el consentimiento de la ONU y con un apoyo reducido de los miembros de la OTAN, la administración Bush hijo invadió Irak.
En un principio, estas tensiones seguían inscribiéndose en un marco jurídico e institucional multilateral surgido tras la Segunda Guerra Mundial, y Estados Unidos tenía entonces el objetivo de mantenerlo como fuera. Además, todas estas operaciones llevaban el sello ideológico de la «lucha por la libertad y la democracia» contra los poderes autocráticos y dictatoriales. Más que un «gendarme», Estados Unidos buscaba aparecer como el «heraldo» de los valores humanistas victoriosos de Occidente, el defensor de la democracia. Las guerras se libraban sistemáticamente bajo la hipócrita máscara de la «ayuda humanitaria»[3].
Con la cruzada abierta contra el terrorismo tras el atentado contra las Torres Gemelas en 2001 y tras la guerra de Irak de 2003 y sus mentiras descaradas sobre los supuestos descubrimientos de armas de destrucción masiva, Estados Unidos tendía cada vez más a liberarse abiertamente de las decisiones de la ONU, llevando a cabo de manera unilateral su propia cruzada sangrienta. Desde entonces, ante el fracaso cada vez más evidente de un «nuevo orden mundial» patrocinado por Estados Unidos, se ha acentuado esta tendencia a liberarse cada vez más abiertamente del derecho internacional y a intervenir militarmente sembrando el caos, como en Afganistán. El «gendarme del mundo» estadounidense se está convirtiendo cada vez más en el principal gánster causante de disturbios y caos.
Si bien Trump no es más que una caricatura de esta violencia cada vez más abierta, el inicio de su segundo mandato representa, sin embargo, un verdadero cambio en este sentido, con la voluntad explícita de la nueva administración de poner fin al conflicto en Ucrania prescindiendo del multilateralismo y los mecanismos tradicionales de la diplomacia y excluyendo a los principales «aliados». europeos en las negociaciones. Las estruendosas declaraciones del presidente estadounidense contra el «derecho internacional» y las instituciones internacionales que se supone que lo garantizan torpedean los famosos valores democráticos para dar paso al pragmático «America First», lo que confirma un verdadero divorcio entre los europeos y la América de Trump. La decisión unilateral de destruir las instalaciones nucleares de Irán a principios del verano de 2025 confirma que el orden mundial surgido en 1945 se ha derrumbado, aunque persista la ilusión de una intervención para «aniquilar un peligro nuclear representado por una potencia antidemocrática». Con el golpe de fuerza de Venezuela, la primera burguesía mundial, que había convertido su democracia en un modelo para todo el mundo, muestra todo el interés que esta clase de bandidos tiene por la democracia, los «derechos humanos» y la «libertad»: no son más que mentiras destinadas a ocultar el verdadero rostro del capitalismo, un sistema fundamentalmente sin ley en el que el más fuerte se lleva el gato al agua, ¡cueste lo que cueste!
Tal vandalismo por parte de Trump solo puede fomentar el caos y el desarrollo de tensiones y manipulaciones ideológicas de todo tipo. El imperialismo ruso se sentirá envalentonado para imponer su dominio sobre su «esfera de influencia» en Ucrania, los países bálticos y Europa del Este. Las ambiciones de China con respecto a Taiwán se verán reforzadas. Europa se verá aún más debilitada y amenazada, ya que ya existe una fuerte discordia entre los Estados miembros, un proceso de fragmentación muy avanzado. Sin embargo, Estados Unidos no podrá salir ganando de una dinámica tan irracional y caótica. Se están convirtiendo en los propios agentes y aceleradores de su declive, minados también desde dentro por una especie de guerra civil latente, en la que Trump y su clan se encuentran cada vez más aislados en una sociedad fracturada por todas partes, incluso entre aquellos que apoyaron su campaña presidencial bajo la bandera MAGA. Si Trump se ha visto obligado a moderar su postura sobre Groenlandia, ha sido por la presión externa de los europeos, que han reaccionado con mayor firmeza, pero también por la caótica situación política interna y las fracturas que existen en el seno de la primera potencia mundial[4]. Una situación que refleja un proceso de descomposición del aparato político de la clase dominante, vinculado a la fase de descomposición del capitalismo.
¡Y lo peor está por venir! Así, los rivales, cada vez más numerosos, pedirán cuentas y no harán más que poner palos en las ruedas a Estados Unidos, intentando a su vez utilizar sus armas, las de jugar con la desestabilización y el caos. Este será, por ejemplo, el caso de América Latina, donde, lejos de «acabar con el narcotráfico», la patada de Trump en el hormiguero no hará más que generar una miríada de otros tráficos de todo tipo. En resumen, una espiral sin fin, un vórtice que solo puede llevar al Tío Sam a utilizar su única fuerza, la de las armas, una lógica que se generaliza y que solo puede conducir al cuestionamiento de los fundamentos mismos de toda civilización, que solo conduce a la nada y a la muerte.
Ante esta dinámica monstruosa, portadora de una posible destrucción a largo plazo para la especie humana, solo existe una alternativa: la lucha del proletariado por una sociedad comunista.
WH, 24 de enero de 2025
[1] Se trata de una «guarida de bandidos», calificativo apropiado utilizado por Lenin en su época para referirse a la Sociedad de Naciones (antecesora de la ONU).
[2] Tras haber registrado gastos colosales, todos los Estados no dejan de anunciar nuevas ampliaciones presupuestarias para nuevos gastos militares. Es evidentemente el caso de Estados Unidos, que prevé un presupuesto de defensa de 1,5 billones de dólares, es decir, un 50 % más de lo inicialmente previsto. Otro ejemplo es el de Francia, con una promesa de ampliación de 3500 millones de euros al proyecto de ley de finanzas de 2026 y una dotación adicional de 3000 millones prevista para 2027.
[3] Podemos tomar como ejemplo la primera guerra del Golfo, con la operación de lanzamiento de víveres «Provide comfort», destinada a justificar los bombardeos sobre Irak.
[4] Como el gobernador de California, Gavin Newsom, un demócrata, que anima a los europeos a hacer frente a la política de Trump y ha pedido a la comunidad internacional que «despierte».
Nuestra reunión pública de diciembre de 2025 tenía como objetivo presentar el Manifiesto publicado por la CCI con motivo del 50º aniversario de su fundación[1]. Este se centra principalmente en el análisis global de los últimos cincuenta años de convulsiones capitalistas y lucha de clases.
Dado que el Manifiesto y la introducción a la reunión subrayaban las profundas responsabilidades de la minoría revolucionaria en la situación mundial actual y futura[2], un primer punto de discusión se centró en evaluar el análisis de la CCI sobre los principales acontecimientos de la situación mundial en las últimas cinco décadas:
- El resurgimiento de la lucha proletaria tras las huelgas masivas de Mayo de 1968 en Francia, y luego a través de una oleada de luchas que afectó a la mayoría de las regiones del mundo y que fue liderada por una nueva generación de trabajadores que no había sido aplastada por la profunda contrarrevolución que se abatió sobre la clase tras la derrota de la oleada revolucionaria de 1917-1923.
- Este movimiento vio numerosos avances en la conciencia (que tomaron una forma muy concreta con el «renacimiento» de la Izquierda Comunista Internacional y la formación de la propia CCI), en la extensión y la autoorganización de las luchas, cuyo punto culminante se alcanzó durante la huelga masiva en Polonia en 1980.
- Estas luchas constituyeron un obstáculo para la «solución» de la burguesía para salir de la crisis económica mundial que se agravaba, es decir, la movilización de la sociedad para una nueva guerra mundial, pero no alcanzaron el nivel de politización necesario para que se concretara la alternativa de la revolución proletaria. A finales de la década de 1980, llegamos a una especie de impasse social que abrió el camino a una nueva fase, terminal, del declive del sistema capitalista: la fase de descomposición.
- Aunque esta nueva fase puso fin a la antigua división del mundo en bloques militares, lo que constituyó un obstáculo adicional para el estallido de una tercera guerra mundial, la descomposición en sí misma conlleva la perspectiva de la destrucción de la humanidad a través de la combinación de guerras regionales, catástrofes ecológicas, pandemias y toda una serie de otros flagelos.
- Los años 2020 están siendo testigos de una aceleración de la desintegración de la sociedad capitalista y de la combinación de sus diferentes crisis en una especie de torbellino que hace que la perspectiva de la barbarie sea más tangible que nunca. Sin embargo, si bien este es el polo más visible de la situación mundial, existe otro que le es antagónico, constituido por la existencia de un proletariado mundial, particularmente sus batallones más concentrados en Europa occidental y América del Norte, que no ha sufrido una derrota física e ideológica como en los años veinte y treinta. Es más, a partir de 2022 se ha abierto una nueva fase en la lucha de clases que supone una ruptura tras varias décadas de retroceso en la combatividad y la conciencia de la clase obrera tras la caída del bloque «soviético» y la campaña sobre la victoria definitiva del capitalismo.
La gravedad de la situación mundial pone de relieve la gran importancia de las tareas que esperan a quienes defienden la revolución comunista, así como su responsabilidad de impulsar el desarrollo de la politización del movimiento de clase y de construir un puente hacia el futuro Partido Comunista Internacional, sin el cual cualquier impulso revolucionario estará condenado al fracaso.
Lo que llamó la atención en la primera serie de intervenciones en la reunión, fue hasta qué punto los camaradas comprendieron que la alternativa entre el socialismo y la barbarie se manifestaba de manera muy concreta por la proliferación de las guerras y la gravísima crisis ecológica que amenaza al planeta. Como nos escribió un simpatizante después de la reunión, hay una «creciente conciencia dentro de la clase de que nos enfrentamos a una crisis existencial de la civilización y del orden mundial actual. Esta toma de conciencia se formula de manera difusa dentro de la clase, pero claramente está cobrando importancia y se está volviendo cada vez más evidente para muchos, aunque sea de manera semiconsciente».
Las preguntas y los desacuerdos que suscitaron más debate se referían a la cuestión de la «ruptura» en la dinámica de la lucha de clases. MH, miembro del colectivo Old Moles, expresó su desacuerdo en este punto. Está de acuerdo con la CCI en la importancia de lo que ocurrió en Mayo del 68 y después, pero sostuvo que la CCI no ha tenido en cuenta las advertencias de su propio 21º Congreso Internacional[3] contra la sobreestimación de la lucha de clases, que va acompañada de una subestimación de la capacidad de la burguesía para hacerle frente. Según MH, la lucha de clases de los años 1970 y principios de los 1980 fue derrotada por una contraofensiva de la burguesía que también le permitió a ésta «introducir cambios económicos» que dieron un respiro al sistema. Reconoce una «recuperación limitada» de la lucha de clases después de 2022, pero, en su opinión, con su concepto de «ruptura», la CCI subestima el impacto duradero de la derrota de los años 1980 y comete el mismo error de sobreestimar la lucha de clases que había dado lugar a su análisis de un «punto de inflexión» en la lucha en 2003.
De hecho, la CCI no subestima en absoluto la profundidad del retroceso de la lucha de clases en las últimas tres décadas. Este retroceso fue provocado por una serie de derrotas importantes, como la de los mineros en Gran Bretaña en 1984, y por campañas ideológicas masivas, como la organización de manifestaciones multitudinarias contra el despliegue de misiles nucleares en Europa occidental. La «globalización», en gran parte resultado del colapso del antiguo sistema de bloques y del consiguiente ascenso de China como «locomotora» de la economía mundial, también ha dado un respiro al capitalismo.
Sin embargo, la caída del bloque soviético y la posterior implosión de la URSS, que permitió a la burguesía lanzar una ofensiva ideológica masiva sobre la «muerte del comunismo» y la victoria del capitalismo y la democracia burguesa, ha sido el factor central de desorientación de la clase obrera desde principios de la década de 1990. Esto no puede disociarse del proceso de descomposición capitalista, marcado por la creciente atomización de las relaciones sociales y el auge de todo tipo de ideologías irracionales, que ha reducido aún más el nivel de conciencia de la clase, la pérdida de confianza del proletariado en sus propias fuerzas y su capacidad para considerarse una clase social distinta.
La recuperación progresiva de la identidad de clase (sin la cual no puede haber perspectiva de politización proletaria de la lucha) está ligada al agravamiento de la crisis económica, que no puede sino provocar ataques directos y masivos contra los explotados y obligarlos a reaccionar en su propio terreno de clase, a diferencia de los fenómenos específicos de la descomposición, como la crisis ecológica, que, a falta de una politización suficiente, tienden a dar lugar a reacciones parcelarias, fragmentadas, en un terreno burgués, en particular, el de las supuestas «reformas» democráticas.
Junto a este peligro, el interclasismo, que mezcla las reivindicaciones obreras con las de los pequeños empresarios u otras capas sociales intermedias, como fue el caso de los Chalecos Amarillos en Francia, presenta el peligro de diluir a un proletariado aún frágil en otras capas de la sociedad, cuando aún se encuentra en los inicios del proceso que le llevará a reconquistar su propia identidad de clase. Aunque está plagada de obstáculos, esta lucha ya ha comenzado. Según nuestros análisis, esto es precisamente lo que está ocurriendo desde 2022: en numerosos países, los trabajadores se han declarado en huelga y han salido a la calle para resistir los ataques (a los salarios, las pensiones, etc.) que se han acumulado durante un largo período, paralelamente con un sentimiento creciente en la clase de que «basta ya» y de que las promesas de un futuro mejor tras años de austeridad nunca se han materializado. Estas luchas de clase son también el producto de un largo período de maduración subterránea que les confiere una profundidad mucho mayor que el «giro» de principios de siglo al que se refiere MH. Como ya hemos señalado, este proceso subterráneo ya está dando lugar a los primeros, aunque embrionarios, desarrollos de la conciencia en la clase en diferentes niveles: en una minoría muy pequeña que busca la claridad marxista y contempla una implicación organizativa; en una minoría ligeramente más amplia que busca una respuesta internacionalista a las guerras capitalistas; y en las manifestaciones más abiertas y masivas de la lucha, por ejemplo en Francia, donde los jóvenes manifestantes reivindican su continuidad con Mayo del 68 o establecen un vínculo claro entre el desarrollo de la economía de guerra y la disminución de su nivel de vida.
La conclusión de la reunión nos permitió subrayar las responsabilidades que incumben a los revolucionarios en la situación mundial actual. Como no vivimos un período contrarrevolucionario con un proletariado derrotado, el camino hacia la formación del futuro partido sigue abierto, aunque se trate de un camino muy largo, sembrado de numerosos obstáculos que superar. Hoy en día, no se trata para la CCI de proclamar la creación del partido mundial, al estilo de los diferentes micro partidos bordiguistas, sino de construir un puente que conduzca a la constitución del futuro partido, una organización capaz de tener un impacto real en el curso de la lucha de clases. Esta labor, similar a la de una fracción, exige una organización política dotada de un programa claro, centralizada a escala internacional y capaz de transmitir una rica experiencia a nivel organizativo y político. Hoy en día, la CCI es la única organización capaz de desempeñar este papel, sobre todo debido al oportunismo y al sectarismo que prevalecen en el resto del campo político proletario existente. Por lo tanto, es crucial que la «generación de 1968» que fundó la CCI pueda transmitir las lecciones de sus 50 años de existencia a las nuevas generaciones de camaradas que se unen a sus filas.
En la tradición bolchevique sobre la cuestión de la adhesión a la organización revolucionaria, que es también nuestra tradición, la organización debe basarse en el profundo compromiso militante de todos sus miembros. Pero si la organización debe asumir el papel de vanguardia en el desarrollo del movimiento revolucionario, una de sus tareas es también estimular el desarrollo de una red de simpatizantes y compañeros de ruta dispuestos a apoyarla. Se han mencionado dos ejemplos concretos sobre la forma en que estos compañeros pueden ayudar a la CCI a corto plazo: ayudarnos a difundir el Manifiesto (y nuestra prensa en general) lo más ampliamente posible, y enviarnos sus apreciaciones sobre las reuniones públicas para continuar la reflexión.
Amos, diciembre de 2025
[1] Manifiesto de los 50 años de la Corriente Comunista Internacional: El capitalismo amenaza a la humanidad: La revolución mundial es la única solución realista (2025) [4]
[2] Las reuniones en línea tienen dos objetivos principales: presentar nuestras posiciones y análisis a un público lo más amplio posible y, al mismo tiempo, crear un espacio de intercambio público entre la CCI y otros grupos políticos proletarios y, más ampliamente, con todos aquellos que, en todo el mundo, buscan una vía para oponerse a la sociedad capitalista en descomposición. Es cierto que el desarrollo de un espacio de debate de este tipo se enfrenta a diversos obstáculos, en particular, como hemos señalado en nuestra introducción a la reunión, el hecho de que el actual medio político proletario «está dividido por el sectarismo, la negativa a participar en la polémica y el debate, las prácticas oportunistas de “reclutamiento” y las profundas concesiones a la ideología burguesa en cuestiones cruciales como la respuesta internacionalista a la guerra capitalista o el papel de los sindicatos». Sin embargo, aunque muy pocos de estos grupos respondieron positivamente a nuestras invitaciones para participar, numerosos camaradas, simpatizantes de larga data de la CCI, pero también contactos más recientes en busca de posiciones revolucionarias, participaron en estas reuniones y contribuyeron a la reflexión sobre los temas del orden del día.
[3] «Resolución sobre la relación de fuerzas entre las clases (2019) [5]», Revista Internacional n.º 164 y «Las raíces históricas de la “ruptura” en la dinámica de la lucha de clases desde 2022 (Parte II) [6]», Revista Internacional n.º 173.
Reunión pública de la CCI en lengua española
Domingo 22 de marzo de 2026
Ciudad de México 10:00 a.m., Perú 11:00 a.m., España 17:00 h (para otros países, habrá que hacer la conversión horaria)
Reunión "híbrida" en línea (internet) y presencial. De modo presencial en Ciudad de México en: Álvaro Obregón 185, 4° piso, Colonia Roma Norte, Alcaldía Cuauhtémoc, C.P. 06700, entre Tonalá y Monterrey (a cuadra y media de Metrobús Álvaro Obregón).
En respuesta a la escalada de la guerra en Oriente Medio, la CCI ha publicado un nuevo artículo en su página web (Guerra en Irán: ¡El capitalismo es guerra! ¡Hay que derrocar al capitalismo! [8]) y celebrará una reunión pública cuyo objetivo será:
Si desea asistir, escriba a alguno de estos correos: [email protected] [9], [email protected] [10], [email protected] [11]
Esta reunión se celebrará en español. La CCI celebrará reuniones separadas, presenciales y en línea, en varios otros países e idiomas. Para más detalles, consulte nuestro sitio web en otros idiomas.
En enero de 1945 apareció el primer número de la revista Internationalisme, órgano teórico de la Fracción Francesa de la Izquierda Comunista (FFGC), que había sido fundada unas semanas antes, durante su primera conferencia en diciembre de 1944.[1] Este grupo, compuesto por un puñado de militantes, tomó posteriormente el nombre de Izquierda Comunista de Francia (la nombraremos como GCF, tomando sus iniciales en francés) y llevó a cabo, hasta 1952, una intensa actividad política.[2] Inscribiéndose en la continuidad política de la Fracción de Izquierda del Partido Comunista de Italia, aportó una contribución política inestimable, en particular sobre la cuestión de la organización y la concepción del militantismo. En pleno corazón de la noche de la contrarrevolución, cuando las minorías revolucionarias estaban considerablemente reducidas y muy aisladas del resto de la clase obrera, la GCF fue la chispa que permitió mantener viva la llama de los revolucionarios. Desde su fundación en 1975, la CCI nunca ha dejado de reivindicar la herencia legada por la Fracción Italiana y la GCF. Ochenta años después de la fundación de este grupo, el presente artículo pretende trazar brevemente la trayectoria de esta organización y, sobre todo, poner de relieve sus principales aportaciones, en base a las cuales se fundó la CCI hace cincuenta años.
A partir de 1937, la Fracción de Izquierda del Partido Comunista Italiano (Fracción Italiana)[3] atravesó graves dificultades políticas relacionadas, en particular, con el análisis del curso histórico. La mayoría del grupo, así como su órgano central, comenzó a defender el análisis según el cual las guerras de ese período tenían como razón de ser el exterminio de los proletarios y ya no los antagonismos interimperialistas. Este análisis fue defendido y desarrollado especialmente por Vercesi, uno de los principales animadores de la Fracción Italiana, quien teorizó la idea de que el capitalismo podía evitar las guerras generalizadas gracias a su capacidad para superar sus contradicciones económicas mediante el desarrollo de la economía de guerra. Según él, la situación de «guerras localizadas» que prevalecía en aquella época, como en España, Etiopía, Manchuria, etc., no debía considerarse como un preludio de la guerra mundial, sino como una guerra contra la clase obrera destinada a impedir que esta tomara el camino de la revolución comunista. Estos graves errores de análisis sumieron a la Fracción en la más absoluta confusión cuando estalló la Segunda Guerra Mundial en septiembre de 1939. La mayoría de la Fracción, encabezada por Vercesi, teorizó abiertamente sobre la «desaparición social del proletariado en tiempos de guerra» y, por consiguiente, el abandono de la actividad militante organizada. Solo una pequeña minoría se opuso firmemente a esta visión. Huyendo de la zona de ocupación alemana, este puñado de militantes se refugió en Marsella, al tiempo que intentaba mantener los vínculos con los demás militantes en París. Así, incapaces de establecer una visión clara de su papel en relación con un análisis coherente de la situación mundial, la Izquierda Comunista Internacional y la Izquierda Italiana no pudieron hacer frente a la prueba que supuso el estallido de la guerra. En septiembre de 1939, el Buró Internacional de la Izquierda Comunista se disolvió, la propia Fracción Italiana se desintegró y los vínculos entre las secciones quedaron prácticamente rotos. Fue hasta junio de 1940 cuando se pudo restablecer la actividad política en el seno del grupo de Marsella y, en los meses siguientes, la Fracción comenzó a reconstituirse, reanudando los contactos con los militantes dispersos por Francia y Bélgica. En estas condiciones, el pequeño núcleo de militantes establecido en Marsella logró ganar para sus posiciones a algunos elementos procedentes del trotskismo.
Unos meses más tarde, este pequeño círculo de unos diez militantes constituyó, bajo el impulso de Marc Chirik,[4] el núcleo francés de la Izquierda Comunista sobre la base de una declaración de principios: «En 1942, en plena guerra imperialista, un grupo de camaradas, rompiendo organizativa y políticamente con la confusión y el oportunismo de las organizaciones trotskistas y la guerra imperialista, se constituyeron en núcleo de la Izquierda Comunista sobre las bases políticas de la Izquierda Comunista Internacional».[5] A partir de 1943, la Fracción Italiana y el núcleo francés emprendieron una labor conjunta de intervención para denunciar abiertamente la guerra imperialista y defender el internacionalismo proletario: «Se pegaron carteles denunciando la guerra imperialista y todos los campos militares en varias ciudades francesas. Se lanzaron volantes redactados en alemán, inglés, italiano y francés en los trenes militares que partían hacia el frente. Tras el desembarco estadounidense del 6 de junio de 1944, se lanzó un llamamiento a todos los soldados y obreros pidiéndoles que manifestaran su solidaridad de clase, más allá de las fronteras; que cesaran el fuego y depusieran las armas; que se unieran todos contra el capitalismo mundial en «el frente internacional de clase», con el fin de transformar la guerra imperialista en guerra civil, para el triunfo de la revolución mundial».[6] Este intenso trabajo, llevado a cabo esencialmente por el «núcleo francés», se concretó, en particular, en el crecimiento numérico del grupo en Marsella y París. En diciembre de 1944, durante su primera conferencia, el núcleo se transformó en la «Fracción Francesa de la Izquierda Comunista». La Izquierda Comunista Internacional contaba ahora con una nueva fracción, además de la italiana y la belga, haciendo realidad así el proyecto formulado en 1937 por el Buró Internacional de la Izquierda Comunista. «Las bases programáticas eran rigurosamente las mismas que las de las fracciones italiana y belga: la resolución del Buró Internacional de la Izquierda Comunista de 1938 y toda la tradición de Bilan».[7] La Comisión Ejecutiva (CE) elegida por la conferencia incluía a un miembro de la CE de la Fracción Italiana (Marc Chirik) para subrayar el carácter no autónomo de la nueva fracción.[8] Pero las relaciones entre los supervivientes de la Fracción Italiana y la Fracción Francesa se enfriaron muy rápidamente, debido a cierta desconfianza de la primera hacia la segunda. De hecho, como se reconoció en la tercera conferencia, celebrada en mayo de 1944, la Fracción Italiana no había logrado superar completamente la crisis que la había afectado a finales de los años treinta. La fundación del Partito Comunista Internazionalista (PCInt) en 1943 en Italia había agravado la desorientación y la dispersión que reinaban en el seno de la Fracción.[9] La conferencia de esta última, celebrada en mayo de 1945, decidió su autodisolución y la integración individual de sus miembros en el nuevo «partido» fundado en Italia. Solo Marc Chirik se opuso firmemente a esta decisión, ya que las posiciones del nuevo partido, poco conocidas, no podían verificarse. Ante la empresa suicida de la Fracción,[10] acabó dimitiendo de su CE, abandonó la conferencia en señal de protesta y decidió continuar la lucha revolucionaria en el seno de la Fracción francesa. A finales de 1945, la FFGC pasó a llamarse Izquierda Comunista de Francia (GCF). A partir de entonces, constituyó el único grupo revolucionario decidido a continuar la lucha revolucionaria, basándose firmemente en el legado y las posiciones clásicas de la Fracción Italiana y de la Izquierda Comunista Internacional. Retomando el enfoque crítico desarrollado por Bilan en su lucha contra el oportunismo de la Oposición de Izquierda animada por Trotsky, la GCF continuaría a partir de entonces esta lucha en el seno del movimiento revolucionario, especialmente contra el enfoque totalmente oportunista sobre el que se había desarrollado el Partito Comunista Internazionalista en Italia a partir de 1943.
La Izquierda Comunista de Francia celebró su segunda conferencia en julio de 1945, durante la cual aprobó un informe sobre la situación internacional. Aunque defendía las posiciones clásicas del marxismo sobre la cuestión del imperialismo y la guerra, en particular frente a las aberraciones desarrolladas por Vercesi, este documento constituía una verdadera profundización en la comprensión de los principales problemas a los que se enfrentaba la clase obrera en la decadencia del capitalismo. La GCF comprendió, en particular, que los intentos de reacción del proletariado a partir de 1943-1944, como en Italia, no habían puesto fin a la contrarrevolución. Sacando las lecciones de la ola revolucionaria que surgió al final de la Primera Guerra Mundial, la burguesía mundial había impedido cualquier forma de reacción y solidaridad proletaria a escala internacional utilizando para ello los medios más cínicos y feroces. Además, al hacer suya la posición establecida por la Fracción Italiana sobre las condiciones para el surgimiento del partido,[11] la GCF comprendió que este no estaba en absoluto en la agenda de discusión, sino que la tarea del momento consistía en continuar el trabajo emprendido por la Fracción Italiana desde finales de la década de 1920. Es en estas condiciones que la GCF se embarcó en una polémica fraternal pero intransigente contra el catastrófico enfoque del PCInt: «El curso hacia la tercera guerra imperialista mundial está abierto. Hay que dejar de esconder la cabeza como el avestruz y buscar consuelo negándose a ver la gravedad del peligro. En las condiciones actuales, no vemos ninguna fuerza capaz de detener o modificar este curso. Lo peor que pueden hacer las débiles fuerzas de los grupos revolucionarios es levantar el pie en una marcha descendente. Inevitablemente, acabarán rompiéndose el cuello. […] Al lanzarse a la aventura de la construcción prematura y artificial de partidos, no solo se comete un error de análisis de la situación, sino que se da la espalda a la tarea actual de los revolucionarios, se descuida la elaboración crítica del programa de la revolución y se abandona la labor positiva de formación de cuadros. Pero hay algo aún peor, y las primeras experiencias del partido en Italia están ahí para confirmárnoslo. Al querer a toda costa jugar el papel del partido en un período reaccionario, al querer a toda costa hacer trabajo de masas, se desciende al nivel de las masas, se sigue su ejemplo, se participa en el trabajo sindical, se participa en las elecciones parlamentarias, se practica el oportunismo. En la actualidad, la orientación de la actividad hacia la construcción del partido no puede ser más que una orientación oportunista».[12] Y la crítica de la GCF no se detuvo ahí. El oportunismo del Partito no solo se manifestaba en el carácter prematuro de su formación, sino también en el hecho de que se había constituido sin la más mínima clarificación y delimitación de las posiciones y principios proletarios. Por eso, a partir de 1945-1946, el partido aceptó integrar en sus filas, sin la más mínima discusión previa, tanto a la tendencia Vercesi, que unos meses antes se encontraba en el Comité Antifascista de Bruselas, como a la minoría de la Fracción Italiana que se había comprometido con las milicias antifascistas durante la Guerra de España, a miembros de la antigua Unión Comunista, e incluso a militantes que habían participado en la «liberación» de Turín junto a los «partisanos» en 1945. Tal era la consistencia de ese conglomerado sin principios que constituía el PCInt al término de la guerra. La búsqueda del éxito inmediato y de atraer al mayor número posible de personas le llevó a dar la espalda por completo al método heredado de la experiencia del movimiento revolucionario en materia de construcción de la organización, desde la formación de la Liga de los Comunistas en 1848 hasta la del Partido Bolchevique en 1903. Tal era el mensaje que envió la GCF en enero de 1946 al establecer el paralelismo entre la construcción oportunista de la Internacional Comunista (IC) a partir de 1919-1920 y la del Partito: «En resumen, el método que utilizará la IC para la «construcción» de los partidos comunistas será en todas partes opuesto al método que se utilizó y que dio buenos resultados en la construcción del Partido Bolchevique. Ya no es la lucha ideológica en torno al programa, la eliminación progresiva de las posiciones oportunistas, lo que, gracias al triunfo de la fracción revolucionaria consecuente, servirá de base para la construcción del Partido, sino la suma de diferentes tendencias, su amalgama en torno a un programa deliberadamente inconcluso lo que servirá de base. Se abandonará la selección en favor de la suma, se sacrificarán los principios en favor de la masa numérica».[13]
La segunda parte abordará la última fase de la vida política de la GCF y mostrará la contribución de este grupo a la comprensión de la decadencia del capitalismo y sus implicaciones para las posiciones de los revolucionarios. (Continuará)
Vincent, 19 de enero de 2026
[1] Es importante destacar que la actividad de los militantes de la Izquierda Comunista se desarrolló durante todo un período en la clandestinidad, bajo la amenaza constante de la represión no solo de las autoridades de ocupación alemanas, sino también de los «libertadores» estalinistas, debido al internacionalismo de esta corriente, su oposición intransigente a la guerra y su negativa a apoyar a algún bando imperialista.
[2] Véase el folleto de la CCI disponible en francés: La Gauche Communiste de France [12].
[3] Su lucha contra la degeneración de los partidos de la Internacional Comunista le valió a la Fracción de Izquierda del Partido Comunista de Italia (Fracción Italiana), con Bordiga a la cabeza, ser expulsada del PCI en el Congreso de Lyon en 1926.
[4] Marc Chirik era miembro en ese momento de la Fracción Italiana de la Izquierda Comunista. También será uno de los miembros fundadores de la Corriente Comunista Internacional. Para saber más sobre su trayectoria política, véase la siguiente serie de artículos:
– «Marc: De la revolución de octubre de 1917 a la Segunda Guerra Mundial» [13], Revista Internacional n.º 65 (2.º trimestre de 1991).
– «Marc: II – De la Segunda Guerra Mundial al periodo actual» [14], Revista internacional n.º 66 (3er trimestre de 1991).
[5] «Estatutos de la Fracción Francesa de la Izquierda Comunista Internacional». Este núcleo se fija como perspectiva la formación de la Fracción Francesa de la Izquierda Comunista, pero, rechazando la política de «campañas de reclutamiento» y de «infiltración» practicada por los trotskistas, se niega, bajo la influencia de Marc Chirik, a proclamar precipitadamente la constitución inmediata de tal fracción.
[6] Libro de la CCI: La Izquierda Comunista de Italia.
[7] Se trata del nombre dado a la revista teórica de la fracción de izquierda del Partido Comunista de Italia entre 1933 y 1938.
[8] Ibidem.
[9] Para un desarrollo más detallado sobre este tema, véase La Izquierda Comunista de Italia capítulo IX: «Le Partito comunista internazionalista d’Italie».
[10] Esta disolución fue un golpe de fuerza y un golpe de efecto. El mismo día de la Conferencia, los miembros de la fracción se enteraron al leer la «declaración política» redactada solo por una parte de la Comisión Ejecutiva. Esta última indicó que, si no se aprobaba el texto, dimitiría para defenderlo como minoría dentro de la fracción. La declaración fue aprobada, pero en ausencia de numerosos militantes que no pudieron desplazarse.
[11] Basándose en la experiencia del movimiento revolucionario desde la Liga de los Comunistas, la Fracción Italiana teorizó la idea de que el partido de clase no podía surgir en cualquier situación, sino solo en un curso de desarrollo real de la lucha de clases. Por eso la Fracción Italiana se opuso a la aberrante decisión de Trotsky y la Oposición de constituir la IV Internacional en plena contrarrevolución, en vísperas del estallido de la Segunda Guerra Mundial.
[12] «La tarea del momento: construcción del partido o formación de cuadros [15]», Internacionalisme nº 12 (agosto de 1946).
[13] «Sobre el I Congreso del Partido Comunista Internacionalista de Italia [16]», Internacionalisme n.º 6 (enero de 1946).
Desde Venezuela hasta Cachemira, de Groenlandia a Sudán, en Gaza, Ucrania o el Sahel, el mundo capitalista arde por todas partes. Las armas rugen en el mar de China, Oriente Medio rezuma sangre y fuego con Irán hundiéndose en un caos inmenso. Y Estados Unidos, presentado hasta ahora como el «campeón de la democracia», es el principal incendiario del planeta: con sus proyectos tenebrosos en Groenlandia, Trump clava un nuevo clavo en el ataúd de la alianza transatlántica; en su intento por expulsar a China de América Latina, desestabiliza todo un continente; aparta a los bandidos de la ONU para favorecer su esperpéntico proyecto del «Consejo de la Paz», en lo que tiene todas las características de una operación de extorsión... Asistimos a una profunda aceleración del militarismo y los conflictos. Estamos, de hecho, ante una considerable aceleración del caos y los enfrentamientos entre las camarillas burguesas.
Si bien es cierto que Estados Unidos se sitúa en el centro del caos mundial no lo es menos que el propio Trump es él mismo el producto de un capitalismo enloquecido. En todos los países, poderosos o no, democráticos o autoritarios, la burguesía busca alistar a los explotados tras sus sórdidos intereses nacionales, sea directamente detrás de un fusil o aceptando las «reformas» y los recortes presupuestarios que requieren sus inversiones en armamento.
En Ucrania, Putin envía a miles de jóvenes al matadero con el delirante pretexto de salvar a las poblaciones de habla rusa del nazismo. Al otro lado del frente, el gobierno archi-corrupto de Zelensky envía a la población al matadero en nombre de la soberanía nacional y la democracia.
En Gaza, el ejército israelí convierte a chavales de 18 a 20 años en asesinos, mientras Hamás utiliza cínicamente a la población como escudo humano.
En Irán, mientras los “mulás” aplastan a sangre y fuego la indignación de la población, facciones rivales, activamente apoyadas por Israel y Estados Unidos, avivan las revueltas a favor de la «democracia» y el regreso del Sha.
A los trabajadores europeos se nos dice, mientras tanto, que hay que empezar a aceptar la necesidad de sacrificios para asegurar la «defensa» y el rearme. Se nos prepara para la economía de guerra al mismo tiempo que quieren mentalizarnos para «aceptar perder a nuestros hijos», según las palabras del jefe del Estado Mayor del Ejército francés. Todo ello, como siempre, ¡en nombre de los valores democráticos y la paz!
Y hoy se nos pide que elijamos entre los sanguinarios “mulás” y una burguesía iraní «democrática», formada por una pandilla de mafiosos, monárquicos arcaicos y advenedizos apoyados por Trump y el asesino Netanyahu.
¡El capitalismo supura miseria y muerte por todos sus poros! El inmenso caos instalado en Oriente Medio desde el final de la Guerra Fría se está extendiendo por todo el planeta. Y, aun así, se nos pide que elijamos el «lado correcto» o el del «mal menor» ... ¡No! Ninguna facción de la burguesía, democrática o no, poderosa o débil, es capaz de crear las condiciones para un mundo en paz y estabilidad. Atrapadas en una espiral de contradicciones históricas y sin salida del capitalismo ninguna de ellas puede sembrar más que el caos y la muerte. Optar por un bando burgués frente a otro equivale a elegir a nuestros explotadores y asesinos.
Ante este inmenso caos, ante el desastroso futuro que nos augura el capitalismo, el miedo se instala en todos los continentes. ¿Cómo reaccionar? Si ningún bando burgués representa una solución, ¿qué hacemos entonces? ¿Dejamos pasivamente que las masacres continúen mientras esperamos la revolución?
La historia ha demostrado que la única clase capaz de poner fin a las guerras del capitalismo es el proletariado en lucha y nadie más. Así ocurrió cuando los trabajadores de Rusia derrocaron al Estado burgués en 1917 y los trabajadores de Alemania se rebelaron en 1918. Esta oleada revolucionaria en Europa del Este y el riesgo de que se extendiera a Occidente obligó a los gobiernos a poner fin a la Primera Guerra Mundial. Y otro tanto sucedió cuando tras décadas de contrarrevolución, la clase obrera regresó a la lucha con mayo del 68, impidiendo que los bloques ruso y estadounidense se enfrentaran en una Tercera Guerra Mundial. ¡Pero el proletariado no puede conquistar la paz real y definitiva más que derrocando el capitalismo a escala mundial!
Es cierto que el proletariado aún no tiene la fuerza para oponerse directamente a la guerra y que la perspectiva revolucionaria claramente no es para mañana. El camino hacia el derrocamiento del capitalismo será largo y estará plagado de obstáculos. Pero no hay otro. Hoy en día hay dos direcciones posibles. Una es que nos dejemos llevar por falsas alternativas entre camarillas burguesas en pro de un capitalismo o «más justo y pacífico», una ideología que siempre ha acabado desarmando a la clase obrera en nombre del «mal menor», «el derecho de los agredidos a defenderse», «el derecho de los pueblos a disponer de sí mismos» ... Otra dirección completamente contraria es que pacientemente luchemos por desarrollar nuestra solidaridad, nuestra identidad y nuestra conciencia de clase, para desarrollar un movimiento que es el único capaz de poner fin al capitalismo y sus guerras.
Desde 2022, tal y como hemos señalado en numerosos artículos, la clase obrera ha comenzado a recuperar su combatividad a escala internacional[1]. Y es ya a través de estas luchas contra los sacrificios exigidos por el militarismo que el proletariado expresa concretamente su solidaridad con sus hermanos de clase en los países en guerra.
Pero, sobre todo, esta ruptura con la pasividad de décadas anteriores se basa en un desarrollo subterráneo de la conciencia de clase, indispensable para la politización de las luchas. A diferentes niveles (muy heterogéneos), los trabajadores se hacen preguntas sobre el futuro de la sociedad, sobre la forma de organizar las luchas, sobre la identidad de clase. Esta reflexión es el caldo de cultivo del futuro revolucionario. Corresponde a las pequeñas minorías comunistas impulsar al máximo posible esta reflexión para preparar las luchas del mañana. Por eso, desde hoy, reunirnos para reflexionar juntos, convencer, militar y promover el debate siempre que sea posible no es una pérdida de tiempo, sino, por el contrario, preparar el futuro.
EG, 15 de enero de 2026
[1] Cientos de enfermeras del hospital Henry Ford Genesys de Grand Blanc, en Michigan, están en huelga en el momento de escribir estas líneas, al igual que 15 000 enfermeras de los principales hospitales de Nueva York, en particular en los centros de Mount Sinai y Montefiore en el Bronx. Todas reclaman mejores condiciones de vida, de trabajo y de cuidados para los pacientes.
| Adjunto | Tamaño |
|---|---|
| 239.49 KB |
Con el estallido de la guerra en Irán, una vez más, el Medio Oriente está sumido en el caos y la destrucción. Una vez más, la potencia estadounidense ha desplegado una gigantesca armada en la región.
Y ahora, una lluvia de bombas y misiles se abate sobre la población civil, tomada como rehén por las rivalidades imperialistas de todos los Estados beligerantes.
¡Escuelas, hospitales y barrios obreros son destruidos a diario! Mujeres, niños y ancianos intentan desesperadamente escapar de la masacre, vagando entre escombros y ruinas, sorteando los cadáveres que cubren las calles de Teherán, Beirut y muchas otras ciudades.
Para justificar esta nueva carnicería imperialista, los enemigos del Estado iraní, con Trump y Netanyahu a la cabeza, llaman a los proletarios a seguir saliendo a la calle contra el régimen sanguinario de los mulás, en nombre de una supuesta causa «humanitaria». Los llaman a dejarse masacrar, entregándolos una vez más, atados de pies y manos, a la represión sanguinaria del régimen de los mulás.
Estos belicistas pretenden así defender la causa del pueblo iraní y de todos los oprimidos.
¡Pura hipocresía y mentiras descaradas!
Con la respuesta del Estado iraní, la escalada bélica no hace más que agravar aún más la barbarie y el caos en esta región del mundo.
Trump ha puesto en primer plano la muerte de Jamenei y de algunos funcionarios de su círculo más cercano, para demostrarnos que la primera potencia «democrática» mundial, puede salvar a la humanidad de los dictadores.
Con el despliegue de la operación Epic Fury (Furia épica), Trump demuestra que Estados Unidos, que era el «gendarme del mundo», se ha convertido en el principal vector de desestabilización en todo el planeta. Podemos estar seguros de que la pax americana seguirá hundiendo a Oriente Medio en un caos cada vez más sangriento. Con la implicación de otros Estados y otras camarillas burguesas (Arabia Saudita, Hezbolá, milicias proiraníes en Irak).
¡No nos hagamos ilusiones! Ni Estados Unidos, ni ningún otro Estado burgués puede traer a la humanidad la paz, la prosperidad, ni ningún nuevo «orden mundial». Por el contrario. ¡La «paz» en el capitalismo siempre ha sido la paz de las tumbas! Ucrania, Gaza, el Líbano, Irán, Irak, Afganistán, Sudán, el Congo… todas estas zonas de conflictos bélicos muestran lo que le espera a toda la humanidad, en todo el planeta, si no se derriba al capitalismo.
Estos campos de ruinas están cubiertos de incesantes llamamientos al patriotismo, a la Unión Sagrada bajo las banderas nacionales, bajo el fanatismo de las camarillas religiosas en los países dominados por todo tipo de integrismos.
Aunque el régimen de los mulás se derrumbe, ningún nuevo régimen podrá brindar a la población iraní algún tipo de tregua o estabilidad. Mientras el capitalismo domine el planeta, las guerras y el caos no harán más que seguir intensificándose.
En esta enésima guerra imperialista, como en todas las anteriores, el proletariado no debe dejarse tomar como rehén de intereses que no son los suyos.
¡No tiene nada que ganar! ¡Porque esta guerra no es la suya! Dejarse reclutar por tal o cual camarilla burguesa, alinearse con un bando contra otro, es defender los intereses de nuestros explotadores.
Lo que sirvió de pretexto para la escalada bélica fue la sangrienta represión de las manifestaciones masivas en Irán, provocadas por el agravamiento de la crisis económica y la pauperización no solo de los pequeños comerciantes, sino sobre todo de la clase obrera.
En esta revuelta del «pueblo» iraní contra el vertiginoso deterioro de sus condiciones materiales de vida, los proletarios quedaron sumergidos entre las demás capas no explotadoras de la población. En esta revuelta de la desesperación, no pudieron afirmarse como clase autónoma.
Pero los trabajadores iraníes, que cuentan con una larga tradición de luchas militantes, no tendrán más remedio que luchar contra el aumento de los precios de los alimentos y los productos de primera necesidad. ¡Porque hoy en día ya no pueden alimentar a sus hijos! En Irán, al igual que en los países más desarrollados: «¡Ya basta!»
¡No podemos quedarnos como espectadores de las masacres en Irán! No podemos permanecer indiferentes.
Esta guerra no es un conflicto lejano y «exótico».
Nosotros, proletarios de todo el mundo, ¡todos estamos afectados por lo que está pasando allí!
Son nuestros hermanos y hermanas de clase los que caen en el Medio Oriente a diario, por decenas de miles, bajo las bombas y la metralla de nuestros explotadores y asesinos.
¡Es nuestra sangre la que todos esos carroñeros derraman en el altar del capitalismo!
Los proletarios de todos los países pueden y deben expresar su solidaridad con la clase explotada y masacrada en Irán.
Pero no dejándose adormecer por los partidos de izquierda y de extrema izquierda del capital que solo denuncian los bombardeos masivos del imperialismo yanqui al tiempo que brindan su apoyo al Estado iraní. En cuanto a la denuncia de la naturaleza ilegal de la intervención, es para promover mejor la guerra «legal» de las coaliciones internacionales. Es la misma trampa que la defensa de la guerra «humanitaria». ¡Todas las guerras son imperialistas! Como decía Lenin sobre la Sociedad de Naciones: la ONU, la OTAN… son todas guaridas de bandidos.
La única solidaridad que los proletarios de todos los países deben mostrar a sus hermanos y hermanas de clase en Irán (y en todos los Estados del Oriente Medio) es la lucha masiva contra «su» propia burguesía nacional, contra sus explotadores y asesinos, contra todos los Estados y sus gobiernos, tanto de derecha como de izquierda.
Es la misma clase dominante la que siembra el terror y la muerte en Irán y la que nos impone aquí las oleadas de despidos, la precariedad y el creciente desempleo.
¡Es el mismo sistema de explotación, el capitalismo mundial, el que nos hunde en la miseria y desata su barbarie bélica!
El baño de sangre que inunda hoy Irán y el Líbano constituye un llamado a la responsabilidad del proletariado de todos los países, particularmente a sus batallones más experimentados de Europa occidental, de las naciones más «ricas» y desarrolladas del capitalismo.
Solo desarrollando sus luchas autónomas en su propio terreno de clase, contra la explotación capitalista, podrá el proletariado de los países situados en el corazón histórico del capitalismo ofrecer un futuro a toda la humanidad, arrastrando consigo a los explotados de todo el mundo.
El capitalismo nació en Europa entre el lodo y la sangre. Es en esta parte del mundo donde la clase obrera ya ha vivido la cruel experiencia de las dos guerras mundiales.
Recordemos que fue el desarrollo de la ola revolucionaria en Rusia y Alemania lo que obligó a la burguesía de las grandes potencias «democráticas» a poner fin al primer holocausto mundial de 1914-18.
La clase obrera de los países centrales del capitalismo tiene una larga experiencia en los enfrentamientos de clase contra las cruzadas imperialistas de «su» burguesía nacional. Tiene una larga experiencia en las mistificaciones ideológicas que no eran más que pretextos para reclutarlos en los campos de batalla en nombre de la defensa de la «democracia», contra los regímenes dictatoriales, de la civilización contra la barbarie, etc.
¡Porque tiene intereses antagónicos a los de sus explotadores, la clase obrera es la única fuerza de la sociedad que puede poner fin a las guerras, a las matanzas y al caos en el que el capitalismo sumerge inexorablemente a toda la especie humana!
Para acabar con la dictadura de la burguesía mundial, para construir una nueva sociedad sin guerra y sin explotación, los proletarios de todo el mundo deben desarrollar luchas masivas, unidas y generalizadas más allá de las fronteras nacionales. ¡Porque los proletarios no tienen patria! Ya sea en Rusia o en Ucrania, en Gaza o en Israel, en todas partes y en todo momento, los trabajadores deben negarse a matar a sus hermanos y hermanas de clase, deben fraternizar y rebelarse contra sus explotadores.
Para lograr desarrollar la perspectiva revolucionaria, la clase obrera debe, ante todo, negarse a ser reclutado bajo las banderas nacionales, negarse a servir como carne de cañón, ¡rechazar todos los sacrificios impuestos por la clase dominante en nombre de la defensa del Estado y de la economía nacional!
Luchar masivamente contra los efectos devastadores de la crisis económica mundial, una crisis permanente y sin salida, es empezar a ir a la raíz del caos sangriento y de la barbarie bélica, es el inicio del camino hacia la necesaria politización de las luchas. Para avanzar hacia la revolución, los proletarios deben desarrollar su conciencia de clase.
Al desarrollar nuestros combates contra los ataques del capital, contra la barbarie guerrera, debemos afirmar nuestra unidad y nuestra solidaridad de clase internacional, una clase que no tiene ningún interés particular que defender.
De frente a la gravedad de los retos que plantea la caída del capitalismo en su descomposición, y ante esta nueva carnicería en Irán, una sola consigna:
¡Abajo la guerra! ¡Abajo el capitalismo!
¡Solidaridad internacional de toda la clase obrera!
¡Proletarios de todos los países, uníos!
Corriente Comunista Internacional, 15 de marzo 2026
Me resulta muy difícil aceptar su punto de vista sobre el establecimiento de una dictadura del proletariado.
De todas las formas de sociedad, la democracia es, en mi opinión, la mejor, porque en ella se respeta la libertad de expresión. Gracias a nuestra forma democrática de sociedad, la CCI puede expresar sus críticas al sistema capitalista. En una dictadura fascista, por ejemplo, la CCI no habría podido criticar el sistema capitalista. Si la CCI hubiera expresado su opinión contra el capitalismo, probablemente habría desaparecido en campos de concentración. Pero en una dictadura del proletariado, los liberales, por ejemplo, no pueden criticar al comunismo. Si los liberales hubieran expresado sus críticas al comunismo, probablemente habrían desaparecido en campos de reeducación. Por eso estoy a favor de una sociedad democrática y en contra de cualquier forma de dictadura. Porque en una sociedad democrática, todas las opiniones son respetadas…
En su carta, el camarada plantea una cuestión importante que está en el corazón de la mistificación en torno a la democracia que la clase dominante quiere machacar en las cabezas de los explotados: que en una verdadera democracia todos los individuos serían iguales ('un hombre, un voto') y, aunque su implementación no sea perfecta, los ciudadanos tendrían la tarea de defender el Estado democrático que es, según Churchill, "la peor forma de gobierno excepto todas esas otras formas que se han probado de tiempo en tiempo".
Saludamos el sentido de responsabilidad del camarada, quien expresa de forma muy explícita un desacuerdo fundamental, o al menos un cuestionamiento, de una postura fundamental de la CCI y del legado del marxismo en general. Sin embargo, sin ánimo de ofender al camarada, la visión que expresa en su carta ignora por completo las condiciones en las que surgió y se desarrolló la democracia burguesa, entre las que destacan las masacres perpetradas por los Estados democráticos contra el proletariado en lucha y su ferocidad contra las organizaciones revolucionarias en cuanto empiezan a representar la más mínima amenaza al orden establecido. Fue, en efecto, la democrática República Francesa la que masacró a la Comuna de París, fue la democrática República de Weimar la que aplastó en sangre la revolución alemana de 1918-1919, fueron las «grandes democracias occidentales» las que persiguieron a revolucionarios como Rosa Luxemburgo y León Trotsky, a menudo de la mano de regímenes autocráticos, fascistas o estalinistas.
¿De dónde surge entonces esta discrepancia entre la sangrienta historia de la democracia burguesa y la idea del camarada de que en una sociedad democrática se respetan todas las opiniones? A menudo, la dificultad no reside en la respuesta, sino en cómo se plantea la pregunta. En su carta, el camarada habla de la democracia como un concepto abstracto, el de la «democracia en general», que se abstrae de la historia y las relaciones de clase. Pero en la historia, nunca ha existido la «democracia en general». En la antigüedad, la democracia ateniense era la organización política de los esclavistas que ejercían despiadadamente su dominio sobre las masas explotadas. De igual manera, hoy en día no existe la «democracia en general»: solo existen las democracias burguesas, que, como intentaremos convencer a nuestro camarada y a nuestros lectores, no son más que máquinas para oprimir a la clase obrera y el arma más sofisticada de la burguesía para ejercer su dictadura sobre el resto de la sociedad.
De hecho, para los marxistas, la sociedad actual no es una colección de individuos iguales, una especie de ágora donde todas las opiniones se enfrentan libremente en el mercado de las ideas. Por el contrario, la sociedad actual está dividida en clases con intereses contrapuestos, una sociedad en la que la burguesía domina y explota al proletariado. Así, en el siglo XIX, las diversas facciones de la clase dominante pudieron compartir el poder en el Parlamento buscando excluir al proletariado (negando el derecho al voto, por ejemplo). Sin embargo, el movimiento obrero luchaba por el establecimiento de Estados democráticos. Entonces, ¿por qué? ¿Porque la «democracia en general» es el menos malo de todos los sistemas? ¿Porque el marxismo se ilusionó sobre la posibilidad de derrocar al capitalismo a través del Parlamento? ¡No! La corriente marxista vio aún más allá. La democracia era entonces el arma de la burguesía revolucionaria contra las viejas estructuras feudales que aún se aferraban al poder, y la clase obrera aún podía arrebatarle al capitalismo en su apogeo reformas genuinas (jornada laboral, salarios, abolición del trabajo infantil, etc.). En ambos casos, el objetivo era promover el desarrollo del proletariado para... derrocar mejor al capitalismo y su Estado democrático. La burguesía reprimió sistemática y violentamente, con sangre, las reivindicaciones democráticas de la clase obrera.
Sin embargo, con la entrada del capitalismo en su fase decadente tras la Primera Guerra Mundial, las condiciones para el ejercicio del poder cambiaron. La competencia imperialista entre naciones se intensificó, obligando a la burguesía a ejercer una mayor disciplina tras el Estado. El Parlamento se convirtió en mero comparsa, una cámara de resonancia para las directivas del poder ejecutivo, y el capitalismo ya no pudo otorgar reformas reales a la clase trabajadora. En todas partes, la forma democrática del Estado se convirtió en una cáscara vacía, una pura mistificación ideológica destinada a obstaculizar la perspectiva revolucionaria que ahora estaba a la orden del día.
La estructura democrática del Estado es, como todas las demás formas de Estado dentro del capitalismo (dictadura militar, fascismo, estalinismo, etc.), un instrumento diseñado para asegurar y perpetuar el dominio de la burguesía sobre la sociedad. Es incluso la forma más sofisticada de esto:
- El «sufragio universal» ha demostrado ser uno de los medios más eficaces para ocultar la dictadura del capital tras la ilusión de un pueblo soberano. Sigue siendo uno de los instrumentos predilectos tanto para canalizar el descontento de la clase obrera, como para mantener la ilusión de que es posible hacer el mundo capitalista más justo y humano mediante la democracia. Para los marxistas, por el contrario, desde que el capitalismo entró en su periodo de decadencia (durante la Primera Guerra Mundial), el proletariado ya no ha tenido ninguna reforma verdaderamente positiva que arrebatarle a la burguesía, el capitalismo se ha convertido en un sistema irremediablemente reaccionario y destructivo. No es casualidad que la burguesía comenzara a empujar al proletariado en masa hacia las urnas cuando el capitalismo entró en su periodo de declive, sobre todo en aquellos países donde la clase obrera está altamente concentrada y tiene experiencia en la lucha.
- La «libertad de prensa» es perfectamente compatible con el monopolio de la información, por parte de la burguesía y sus grandes medios de comunicación. La función de estos últimos es difundir comunicados oficiales del Estado y ahogar (con la ayuda de las redes sociales), la verdad bajo un diluvio diario de mentiras, información falsa y absurdos. El mensaje difundido hasta la saciedad por la prensa burguesa es que no hay alternativa al capitalismo. Además, se pueden imponer restricciones a la libertad de prensa en cualquier momento que el Estado democrático lo considere necesario, como hacen todos los gobiernos durante las guerras o cuando el proletariado defiende su perspectiva revolucionaria.
- La «libertad de expresión y asociación», al igual que la «libertad de palabra», también son mistificaciones «toleradas»... siempre que no amenacen el poder de la burguesía y sus intereses imperialistas. Existen numerosos ejemplos de restricciones flagrantes a estas «libertades», incluso contra facciones burguesas rivales. En Estados Unidos, «campeón mundial de la democracia» y «cuna de los derechos humanos», los ciudadanos estadounidenses fueron perseguidos por sus simpatías izquierdistas durante la era McCarthy en la década de 1950. Durante la gran huelga de mayo de 1968 en Francia, se prohibieron grupos de extrema izquierda y se arrestó a sus líderes. Durante el último año, el grupo Acción Palestina en Gran Bretaña ha sido proscrito como organización terrorista. Desde su fundación en 1975, y a pesar de su tamaño relativamente modesto, la CCI tampoco se ha librado de ello: sus militantes también han sido seguidos, intimidados y sometidos a registros.
Como escribió Lenin en El Estado y la revolución (1917), «Una república democrática es la mejor envoltura política posible para el capitalismo y, por lo tanto, una vez que el capital ha tomado posesión […], establece su poder de manera tan segura, tan firme, que ningún cambio de personas, instituciones o partidos en la república democrático-burguesa puede quebrantarlo». En resumen, la democracia burguesa es un sinónimo perfecto de la dictadura de la burguesía.
A lo largo de la historia, ninguna clase oprimida ha podido derrocar la vieja sociedad sin pasar por una revolución y una fase de dictadura, diseñada para quebrar por la fuerza la resistencia de la clase dominante existente, dispuesta a cualquier extremo para mantener su dominio. Así, como en las revoluciones estadounidense y francesa, la burguesía tuvo que arrebatar el aparato estatal de las manos de la aristocracia, aplicando una política de represión y terror contra la contrarrevolución en nombre de la democracia y los derechos humanos.
Sin embargo, como nos enseñaron la Comuna de París y la experiencia revolucionaria de 1917-1923, la clase obrera no puede usar el Estado burgués para establecer su propia dominación sobre la sociedad. De hecho, el estado no es un instrumento neutral que pueda usarse con la misma facilidad para defender los privilegios de los explotadores que para beneficiar a la clase explotada. Por el contrario, en todas sus formas, el Estado es esencialmente un instrumento de dominación de clase sobre la sociedad. Engels, en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, demuestra muy bien que el Estado es un producto específico de la sociedad de clases, diseñado para mantener, mediante la coerción (ejército, policía, justicia, vigilancia, control social, etc.), la cohesión de la sociedad en beneficio de la clase dominante, un instrumento de violencia dirigido contra las clases explotadas. La tarea de la revolución proletaria, que implica la eliminación de las clases y la explotación, es, por lo tanto, destruir el Estado burgués de arriba abajo[1], y el arma política utilizada para esta destrucción son los consejos obreros. Estos consejos no son una quimera ni una utopía, sino la «forma finalmente descubierta», como escribió Lenin, de la dictadura del proletariado. Fue la propia clase obrera la que impulsó esta forma de organización política durante la Revolución Rusa de 1905.
Por primera vez en la historia, en lugar de la policía y el ejército, los consejos obreros reivindicaron el monopolio de las armas, y en lugar de un puñado de políticos profesionales «elegidos» cada cuatro o cinco años para defender la propiedad y la explotación burguesas, el poder lo ejerció toda la clase obrera, con representantes que podían ser nombrados y destituidos en cualquier momento. En lugar de la dictadura de la minoría sobre la gran mayoría, fue la dictadura de la gran mayoría sobre la minoría. En resumen, la dictadura del proletariado es la libertad proletaria crítica que ejerce el poder contra la explotación capitalista y la resistencia armada de la burguesía.
Privar al proletariado de sus armas, es decir, de los consejos obreros, porque son instrumentos que expresan la dictadura y quieren disolver a la clase obrera en "el pueblo" en nombre de la democracia, sólo significaría exigirle que abandone su perspectiva revolucionaria, la única perspectiva alternativa al continuo, inevitable y mayor descenso del capitalismo hacia la barbarie, la guerra y la miseria generalizada.
CCI, 31 de diciembre de 2025
[1] Sin embargo, el marxismo rechaza la idea anarquista de la abolición repentina de todas las formas de Estado. Dado que el proletariado se ve obligado a tomar el poder antes de desarrollar nuevas relaciones comunistas de producción, habrá un período de transición entre la toma del poder por parte del proletariado y la desaparición de todas las clases sociales con la socialización completa de la producción. Sin embargo, como hemos visto anteriormente, cuando hablamos de «clases sociales», nos referimos al Estado. La experiencia revolucionaria de 1917 demostró que durante este «período de transición», surgiría lo que Lenin llamó un «semi-Estado» para asegurar la cohesión de la sociedad naciente. Pero este semi-Estado está a años luz del hipertrofiado Estado estalinista. Como cualquier Estado, seguirá siendo un organismo conservador sobre el cual el proletariado deberá primero ejercer su dictadura y luego, finalmente, abolirlo.
Desde el regreso de Trump a la Casa Blanca, el caos mundial, que ya era evidente, se ha acelerado aún más: por todas partes, las guerras se estancan y acumulan cadáveres, acompañadas de catástrofes climáticas, inestabilidad y la fragmentación de los sistemas políticos. La violencia y la brutalidad no hacen más que aumentar, sumiendo al planeta aún más en un torbellino mortal. La creciente negligencia de la burguesía[1], cuyo comportamiento matón y vandálico salpica nuestras pantallas, pone de relieve hasta qué punto el modo de producción capitalista está precipitando a la humanidad hacia su destrucción.
La situación interna en la primera potencia mundial, Estados Unidos, se ha convertido en un ejemplo emblemático de esta dinámica macabra que alimenta una auténtica tragedia humana. En todas las grandes ciudades estadounidenses se están llevando a cabo redadas salvajes contra los inmigrantes. Los asesinatos a sangre fría a manos de la policía se están convirtiendo en algo habitual, como lo demuestran las muertes de Renée Nicole Good, abatida a quemarropa en su coche, y de Alex Pretti, que murió de la misma manera en Minneapolis[2]. La más mínima sospecha o un color de piel considerado demasiado oscuro son motivo de arrestos brutales. Sin orden judicial, se fuerzan las puertas de las viviendas de los presuntos inmigrantes ilegales. En parques públicos, como el del centro de Los Ángeles el verano pasado, muy frecuentado por latinos, la policía de inmigración[3], vestida con equipo de combate, se abalanzó sobre las mesas de picnic y los columpios para llevar a cabo arrestos violentos. Lo mismo ocurre en las calles, los hospitales, los lugares de culto... Se detiene descaradamente a los niños de camino al colegio, como fue el caso del pequeño Liam, de solo 5 años, que fue llevado junto a su padre a un centro de detención a 1 500 kilómetros de su hogar. Esta política de terror, en la que los inmigrantes ya no se atreven a salir de sus casas, provoca inevitablemente reacciones por parte de una población indignada.
Ante esta violencia y el aumento exponencial del racismo, alimentado por actos tan repugnantes como inquietantes, una amplia mayoría de la población está expresando su indignación, especialmente contra los métodos del ICE, cuyos agentes son abucheados, interpelados y tildados de «nazis» o «agentes de la Gestapo» con frecuencia. A partir de junio, se organizaron y multiplicaron las manifestaciones por todo el país, acompañadas de algunos disturbios. En Los Ángeles, tras las provocadoras declaraciones de Trump en las que afirmaba que la ciudad estaba siendo «invadida por enemigos extranjeros», se produjeron enfrentamientos violentos durante varias noches entre los manifestantes y las fuerzas del orden. Esta situación llevó a Trump a desplegar 700 marines desde el sur de California, que se sumaron a los 2 000 miembros de la Guardia Nacional ya presentes.
Por otra parte, las protestas se multiplicaron: en Nueva York, Washington, Boston, San Francisco, Seattle, Chicago, Austin, Dallas... y, más recientemente, en Minneapolis. En esta emblemática ciudad de Minnesota, miles de manifestantes soportaron el frío para denunciar la barbarie y los asesinatos de dos manifestantes, lo que finalmente obligó a Trump a dar marcha atrás y retirar a sus secuaces del ICE de la ciudad.
Sin embargo, a pesar de la movilización masiva, todas estas manifestaciones no detuvieron a Trump, ni pusieron fin a los abusos de la policía de inmigración. ¿Por qué? Sin duda, la ira que ha movilizado a millones de personas en todo Estados Unidos es legítima, pero no es la clase trabajadora, con sus armas de lucha, la que se ha movilizado contra la barbarie de la burguesía, sino la población de ciudadanos contra una facción de la burguesía, la de Trump y su camarilla. ¡Y eso es muy diferente! De hecho, las manifestaciones fueron impulsadas de inmediato por asociaciones «ciudadanas», como la Unión Americana por las Libertades Civiles (ACLU por sus siglas en inglés), MoveOn, Greenpeace e incluso el movimiento sindical, que exigían una sociedad «más equitativa» y abogaban por la defensa de los principios de la «democracia participativa» frente al «autoritarismo» del trumpismo, sin cuestionar en modo alguno el sistema capitalista. Trump y su milicia del ICE pueden ser despreciables, ¡pero son un reflejo del capitalismo en su conjunto, de toda la burguesía! ¿Es necesario recordar las políticas del Partido Demócrata estadounidense, que hoy derrama lágrimas de cocodrilo, cuando con Biden y Obama deportó sin piedad a migrantes en masa y separó a niños hispanos de sus familias? ¿Es necesario recordar los despreciables campos de concentración en las fronteras de Europa, supuestamente un paraíso de los derechos humanos y el progreso, y las decenas de miles de cadáveres que yacen en los fondos del Mediterráneo y del Canal de la Mancha? ¡Todos ellos aplican políticas totalmente inhumanas hacia los migrantes!
De hecho, las asociaciones y los partidos de izquierda siguen intentando desviar al proletariado de su lucha de clases, haciéndole creer que debe luchar como ciudadano, que su salvación reside en la defensa de la democracia burguesa. Este movimiento multifacético representa un gran peligro para la clase obrera, ya implícito en su propio nombre: «No Kings» (No a los reyes). De hecho, su nombre, que proviene de la izquierda burguesa, tiene su origen en el lema de los insurgentes de la Revolución Americana, un lema nacionalista que rechazaba la monarquía inglesa de la época.
No hay nada proletario ni verdaderamente espontáneo en todos estos movimientos, que han sido organizados e instrumentalizados en un terreno burgués desde el principio. Por lo tanto, no es de extrañar que estos movimientos hayan sido apoyados por personalidades del mundo del espectáculo y por el Partido Demócrata, liderado por Obama.
Se trata de una auténtica trampa ideológica, como ya ocurrió en el pasado con el movimiento Black Lives Matter tras el despreciable asesinato de George Floyd a manos de la policía, que corre el riesgo de arrastrar a la clase obrera al terreno engañoso de la burguesía, lo que la lleva a apoyar a una facción burguesa supuestamente más «progresista» frente a otra, a defender la «democracia» o la «buena actuación policial», o a caer en la trampa del «antipopulismo» o el «antifascismo». En resumen, a elegir una facción burguesa frente a otra, a engañarnos con la idea de un capitalismo más justo. Tal situación representa un obstáculo más para el desarrollo de la conciencia de clase y un peligro real para la autonomía de la lucha obrera.
Este peligro es aún más real, ya que la situación cada vez más caótica en Estados Unidos se caracteriza por enfrentamientos cada vez más intensos y brutales dentro de la clase dominante, cuyas diversas facciones putrefactas no expresan más que el callejón sin salida de un sistema capitalista moribundo.
Esto se hace evidente, por un lado, en las políticas imperialistas, como las gestas de Trump hacia Rusia, que han provocado indignación entre facciones importantes, incluso dentro del Partido Republicano y las fuerzas armadas, pero también en la proliferación de intervenciones armadas en todo el mundo, que son impopulares entre ciertas facciones del movimiento «Make America Great Again» (MAGA). Lo mismo ocurre con su política económica y climática desestabilizadora, que fue cuestionada abiertamente en el foro de Davos por el discurso del gobernador demócrata de California, Gavin Newsom. Además, Trump no tiene reparos en favorecer descaradamente a su clan y a las facciones que le apoyan, mientras que descarta y persigue a sus oponentes, acentuando las divisiones entre facciones, incluso dentro de su propio bando (como las críticas de la «antigua partidaria de Trump» Marjorie Taylor Greene o del influencer pro-Trump Joe Rogan, que compara al ICE con la Gestapo), reforzando así la espiral de imprevisibilidad y caos.
Esta situación está creando un ambiente especialmente tóxico en un país fragmentado y cada vez más dividido. Todo ello solo puede tener repercusiones negativas en los propios Estados Unidos y apunta a divisiones aún mayores, con la perspectiva de enfrentamientos más abiertos, en los que el anterior asalto al Capitolio por parte de las hordas MAGA podría parecer insignificante en comparación con las amenazas latentes y las crecientes rivalidades que amenazan con incendiar las distintas facciones de la burguesía estadounidense.
¡Es hacia estos enfrentamientos mortales, interminables y cada vez más violentos, hacia los que la burguesía pretende movilizar a la población!
¿Significa esto que la clase trabajadora no puede hacer nada? ¡Por supuesto que no! Ella también se indigna ante la suerte que corren los migrantes. Y la clase trabajadora, ya sea de origen «nativo» o «inmigrante», sufre, como en todas partes, un deterioro cada vez mayor de sus condiciones de vida. En Estados Unidos se habla abiertamente de una «crisis del coste de la vida» («asequibilidad»), con un 66% de la población que lucha por llegar a fin de mes. Al igual que en otros lugares, la crisis mundial de sobreproducción, agravada por el gasto militar y la inflación, está generando una miseria que se extiende cada vez más rápidamente y afecta tanto a los nativos como a los inmigrantes. ¡Y más aún cuando, en todas partes, la burguesía exige más sacrificios para comprar sus armas y sembrar la muerte por todo el planeta!
En realidad, el proletariado aún no está en condiciones de detener las guerras ni de poner freno al caos actual. Tendrá que desarrollar su conciencia política para poder rechazar verdaderamente las trampas que le tiende la burguesía, y para dirigir su indignación por las crueldades infligidas a los migrantes contra la propia burguesía. Pero es la única fuerza capaz, a largo plazo, de dar a la sociedad una orientación alternativa, siempre y cuando resista primero la crisis mediante una lucha unida.
Por ahora, los trabajadores no deben ceder ni caer en las trampas ideológicas que les han tendido. Por el contrario, deben emprender una reflexión profunda sobre el verdadero significado de la solidaridad con los migrantes y, más ampliamente, con todos sus hermanos y hermanas de clase. Y hoy, solo una respuesta basada en la defensa común de los intereses de los trabajadores, en la defensa de las condiciones de vida y los salarios, puede proporcionar el inicio de una respuesta.
Es evidente que el germen de una respuesta se encuentra en las luchas que el proletariado ha comenzado a librar a nivel internacional desde 2022, tras las huelgas y manifestaciones masivas en Gran Bretaña, Francia e incluso Estados Unidos, cuando los trabajadores proclamaron «enough is enough!» (¡ya basta!). Pero igualmente significativas son las recientes luchas en Estados Unidos, que se están desarrollando en condiciones particularmente desfavorables y que la clase dominante intenta ocultar y socavar. Durante los mismos meses en que los medios de comunicación nos inundaban con las fanfarronadas de Trump en el Air Force One, se estaba librando de hecho una importante lucha por parte de las 15 000 enfermeras de los hospitales del estado de Nueva York. Una lucha que duró más de cuatro semanas.
Mientras que los movimientos que se mueven en terreno burgués no tienen otra perspectiva que el riesgo de enfrentamientos estériles y destructivos entre facciones burguesas, todas ellas igual de brutales, las luchas de las enfermeras representan un verdadero paso hacia el futuro. Esta lucha, al ser potencialmente una en la que todos los proletarios, tanto inmigrantes como nativos, pueden reconocerse, tiene una dimensión universal. Esta pequeña llama es de las que puede alimentar un fuego mucho mayor, el de una lucha internacional, capaz, a largo plazo, de politizarse hasta el punto de afirmar la perspectiva comunista. Una lucha que permitirá establecer las condiciones necesarias para derrocar el capitalismo y proponer otro mundo sin clases ni explotación.
WH, 16 de febrero de 2026
[1] De la cual el caso Epstein es solamente la punta del iceberg
[2] Estos no son los únicos casos: Keith Porter, por ejemplo, padre de dos hijos, fue asesinado en la víspera de año nuevo por un agente del ICE frente a su edificio en Los Ángeles.
[3] El infame Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE por sus siglas en inglés)
Enlaces
[1] https://es.internationalism.org/tag/geografia/iran
[2] https://es.internationalism.org/tag/geografia/estados-unidos
[3] https://es.internationalism.org/tag/3/45/descomposicion
[4] https://es.internationalism.org/content/5420/el-capitalismo-amenaza-la-humanidad-la-revolucion-mundial-es-la-unica-solucion-realista
[5] https://es.internationalism.org/content/4444/resolucion-sobre-la-relacion-de-fuerzas-entre-las-clases-2019
[6] https://es.internationalism.org/content/5328/las-raices-historicas-de-la-ruptura-en-la-dinamica-de-la-lucha-de-clases-partir-de-2022
[7] https://es.internationalism.org/tag/vida-de-la-cci/reuniones-publicas
[8] https://es.internationalism.org/content/5456/guerra-en-iran-el-capitalismo-es-guerra-hay-que-derrocar-al-capitalismo
[9] mailto:[email protected]
[10] mailto:[email protected]
[11] mailto:[email protected]
[12] https://fr.internationalism.org/brochure/gcf
[13] https://es.internationalism.org/revista-internacional/200608/1053/marc-de-la-revolucion-de-octubre-1917-a-la-ii-guerra-mundial
[14] https://es.internationalism.org/content/4663/marc-parte-2-de-la-segunda-guerra-mundial-la-actualidad
[15] https://es.internationalism.org/content/4722/la-tarea-del-momento-formacion-del-partido-o-formacion-de-cuadros
[16] https://es.internationalism.org/content/4431/sobre-el-primer-congreso-del-partido-comunista-internacionalista-de-italia
[17] https://es.internationalism.org/tag/corrientes-politicas-y-referencias/izquierda-comunista
[18] https://es.internationalism.org/tag/desarrollo-de-la-conciencia-y-la-organizacion-proletaria/izquierda-comunista-francesa
[19] https://es.internationalism.org/tag/3/49/internacionalismo
[20] https://es.internationalism.org/files/es/volante_guerra_iran_2026_0.pdf
[21] https://es.internationalism.org/tag/vida-de-la-cci/intervenciones
[22] https://es.internationalism.org/tag/vida-de-la-cci/cartas-de-los-lectores