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Desde hace tres años, asistimos a una simultaneidad y a una agravación de las diferentes crisis y catástrofes que aceleran la ruina de la sociedad capitalista: guerra, crisis económica, crisis ecológica, pandemia... Esto, hasta el punto de visualizar seriamente y de manera más concreta que nunca, la amenaza de la aniquilación de la especie humana.
La pandemia de Covid-19, cuya octava oleada está actualmente en curso, constituía, ya en 2020, como lo habíamos señalado, una nueva etapa en el hundimiento de la sociedad en la fase final de su decadencia, la de su descomposición. Cristaliza, de hecho, toda una serie de factores de caos que hasta entonces parecían no tener relación entre sí [1]. La negligencia de la clase dominante se reveló en todas partes más claramente con el colapso de los sistemas sanitarios (falta de mascarillas, camas y asistentes), siendo crucialmente responsable de la cantidad de víctimas mortales a nivel mundial, cuyas cifras varían entre 15 y 20 millones de muertos hasta la fecha. La pandemia tuvo incluso un impacto duradero en las cadenas de producción mundiales, acentuando la escasez y la inflación. También reveló las crecientes dificultades de la burguesía para organizar una respuesta coordinada tanto a la pandemia como a la crisis.
La guerra en Ucrania ya está supurando como un cáncer a las puertas de Europa y constituye un paso más en el hundimiento acelerado de la sociedad capitalista en la descomposición, en particular mediante la exacerbación del militarismo a escala planetaria. El gran desorden e inestabilidad en los países de la ex-URSS, los ataques que amenazan con dañar la central nuclear de Zaporizhia, las repetidas amenazas del uso de armas nucleares [2], las catastróficas fugas de los gasoductos Nord Stream en el Báltico, como resultado de probables actos de guerra, la aventurera movilización “parcial” de Putin convertida en un fiasco, los aterradores riesgos de escalada por parte de un régimen ruso desesperado, todo ello apunta a un futuro capitalista apocalíptico en todo el planeta. Ahora, el pozo sin fondo del gasto militar que precedió y acompaña a la guerra de Ucrania y a las tensiones en el Pacífico, así como el abismal endeudamiento de los Estados que se desmoronan bajo el peso de la economía de guerra, se traduce en un acelerado hundimiento en la crisis económica.
La crisis, combinada con el catastrófico calentamiento global, ya está sumiendo a millones de personas en la desnutrición, no sólo en Ucrania sino en muchas partes del mundo; la escasez se multiplica y la inflación condena a la pobreza a gran parte de la clase trabajadora. Los "sacrificios" exigidos por la burguesía ya presagian males mucho peores. El militarismo, que crece salvajemente ante nuestros ojos, encarna, por tanto, toda la irracionalidad de un capitalismo que sólo puede conducir a la ruina y al caos sangriento. Empezando por la lógica de Estados Unidos, cuyo deseo de preservar su rango de primera potencia mundial exige el refuerzo continuo de una superpotencia militar que actúa en esta guerra, como en todas partes, a costa de un caos y una desestabilización cada vez mayores.
Miríadas de catástrofes de todo tipo, cada vez más frecuentes, interactúan y se alimentan mutuamente con mayor intensidad, formando una verdadera espiral destructiva. Los últimos meses han reforzado considerablemente esta trayectoria apocalíptica, tanto por la intensificación de la guerra y sus estragos como por la espectacular evolución de las manifestaciones del cambio climático [3]. Además de la destrucción, la política de tierra quemada y las masacres, los éxodos forzados, la producción agrícola que se restringe a escala mundial, el acceso al agua se dificulta, la escasez y las hambrunas se multiplican, y grandes partes del mundo, ensuciadas por múltiples formas de contaminación, se hacen inhabitables. Los recursos que se agotan tienden a transformarse casi exclusivamente y sin escrúpulos en armas estratégicas, como el gas o el trigo, y se entregan a un verdadero saqueo y a un regateo desenfrenado, cuyo resultado sigue siendo la confrontación militar y el sufrimiento humano.
Esta tragedia no es el fruto de la casualidad. Es el producto de la quiebra irremediable del modo de producción capitalista y de la acción ciega de una burguesía sin brújula. Un modo de producción que lleva más de cien años minado por sus contradicciones y sus límites históricos, y que se hunde desde hace más de treinta años en su última fase de descomposición. El mundo se hunde ahora aún más rápidamente en un proceso de fragmentación, de destrucción acelerada a más grande escala, en un inmenso caos. La burguesía se ve impotente para ofrecer una perspectiva viable, cada vez más dividida, incapaz de cooperar a un nivel mínimo como lo hacía incluso hace una década en sus cumbres mundiales contra la crisis. Permanece sin inspiración, atrapada en sus cegueras y su codicia, minada por las fuerzas centrífugas de un creciente ‘sálvese quien pueda’. La victoria en Italia del partido de extrema derecha "posfascista" de Giorgia Meloni es un ejemplo más de la tendencia a que la burguesía pierda el control de su aparato político. Cada vez más, la clase dirigente se encuentra guiada en su gobierno por camarillas más peligrosas e irresponsables que nunca.
La burguesía sigue empeñada en acentuar la explotación, en hacer pagar al proletariado su crisis insoluble y su guerra. Sin embargo, a partir de ahora, deberá tener más en cuenta la lucha de clases. Si bien la aceleración de la descomposición con la pandemia había sido un freno al desarrollo de la combatividad que se expresó, por ejemplo, en Francia en el invierno de 2019-2020, y aunque las luchas se redujeron bruscamente tras la invasión de Ucrania, nunca desaparecieron del todo. El pasado invierno estallaron huelgas en España y Estados Unidos. Este mismo verano, Alemania también experimentó paros. Pero sobre todo, ante la crisis, el desempleo y el retorno de la inflación, la magnitud de la movilización obrera en el Reino Unido es una verdadera ruptura con la situación social anterior en Gran Bretaña y una expresión de combatividad a nivel internacional. Este sector de la clase trabajadora inició un verdadero cambio de espíritu. Estas huelgas constituyen un nuevo acontecimiento de proporciones históricas. En efecto, tras casi cuarenta años de virtual estancamiento en Gran Bretaña, a partir de junio se multiplicaron allí huelgas altamente simbólicas, poniendo en marcha nuevas generaciones de trabajadores dispuestos a levantar la cabeza y luchar por su dignidad, sirviendo de relevo y estímulo para otros movimientos futuros. A pesar de la campaña ideológica internacional que acompañó al funeral de la reina, los estibadores de Liverpool, que habían sido derrotados en los años 90, anunciaron nuevas movilizaciones. Los sindicatos ya están tomando la delantera y se están radicalizando, desempeñando su papel de saboteadores y divisores de estas luchas. Aunque este movimiento experimente necesariamente un retroceso, ya es una victoria por su carácter ejemplar. Pero el camino de la lucha internacional del proletariado es todavía largo antes de que pueda recuperar su identidad de clase y defender su propia perspectiva revolucionaria de forma decidida. Su camino está sembrado de escollos. Los riesgos de desviarse de su propio terreno de clase diluyéndose en luchas interclasistas con una pequeña burguesía contra las cuerdas, o en movimientos pequeñoburgueses o burgueses como aquellos en torno al feminismo o el antirracismo, son riesgos que están presentes y son de gran peligro, especialmente en los países de la periferia. Así, en Irán, el inmenso estallido de ira contra el régimen de los Mulás, tras el asesinato de Mahsa Amini, fue empujado al terreno burgués de las reivindicaciones democráticas, donde la clase obrera se diluye en el "pueblo iraní" en lugar de luchar por sus propias reivindicaciones de clase. En Rusia, a pesar de la multiplicación de las manifestaciones al grito de "¡No a la guerra!", y de las expresiones de cólera de los reclutas enviados al frente sin armas ni alimentos, la situación sigue siendo confusa, y la oposición a la movilización militar toma una forma más individual que colectiva. Esto es una prueba en negativo de que sólo la clase obrera puede ofrecer una perspectiva a todos los oprimidos, y que, en ausencia de una respuesta de clase, la burguesía podrá ocupar el terreno social.
Pero de manera más global, las condiciones para un desarrollo de las luchas internacionales de clase frente a los ataques que se avecinan, especialmente por el desarrollo de la inflación, el desempleo y la extrema precariedad, abren la posibilidad de crear las condiciones necesarias para la afirmación de la perspectiva comunista, en particular en los países centrales del capitalismo, donde el proletariado es el más experimentado y se las ha visto desde hace largo tiempo con las trampas más sofisticadas de la burguesía.
La nueva década en curso deja abierta por el momento la posibilidad de esa afirmación histórica del proletariado, aunque el tiempo ya no esté de su lado en vista de la devastación generada por el capitalismo. Esta década, que comenzó tanto con las luchas obreras como con la aceleración de la barbarie y el caos crecientes, muy probablemente permitirá a la clase obrera desarrollar más profundamente la conciencia de la única alternativa histórica que queda: ¡la revolución comunista mundial o la destrucción de la humanidad!
WH, 28 de septiembre de 2022
1 "Informe sobre la pandemia de Covid-19 y el periodo de descomposición capitalista (julio de 2020)", Revista Internacional núm. 165 https://es.internationalism.org/content/4630/informe-sobre-la-pandemia-de-covid-19-y-el-periodo-de-descomposicion-capitalista [2]
2 El uso de armas nucleares no se resume a la voluntad de un "dictador loco", como afirma la burguesía para asustar mejor a la población para que haga los "sacrificios necesarios". Requiere un cierto consenso dentro de la burguesía nacional. Pero, aunque tal uso equivaldría a un suicidio voluntario de la burguesía rusa, el nivel de irracionalidad e imprevisibilidad en el que se sumerge el capitalismo no hace completamente imposible su uso. Por otra parte, las envejecidas centrales ucranianas, verdadero sumidero financiero, siguen siendo, varias décadas después de la catástrofe de Chernóbil, temibles bombas de relojería.
3 Incendios de una magnitud sin precedentes azotaron el planeta durante el verano, sequías y picos de calor récord que alcanzan los 50°C (como en la India) junto con terribles inundaciones, como la que casi ahoga las zonas cultivadas de Pakistán.
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Cuando las tropas rusas se lanzaron sobre Ucrania, el presidente Biden, en su discurso del 24 de febrero, dijo "Putin ha perpetrado un ataque contra los principios mismos que amparan la paz mundial". El mundo se enfrentaría así a una nueva e inevitable tragedia bélica causada por la locura de un hombre. Esa propaganda que presenta a Ucrania y a los "occidentales" como víctimas que no actuarían sino por la "paz" frente a la barbarie de Rusia, el ogro del cuento, es sencillamente una patraña.
En realidad, este conflicto asesino es un producto de las contradicciones de un mundo capitalista en crisis, de una sociedad que se pudre en sus raíces, sometida al imperio del militarismo. La guerra actual, como todas las guerras de la decadencia del capitalismo, es el resultado de una relación de fuerzas imperialista permanente, que afecta a todos los protagonistas, grandes y pequeños, implicados directa o indirectamente en este conflicto.[1] En la cínica pelea en ese cesto de víboras planetario, Estados Unidos, como única superpotencia que es, encabeza la barbarie, no dudando en sembrar el caos y la miseria para defender sus sórdidos intereses y frenar el inevitable declive de su liderazgo.
Después de la Guerra Fría, paralelamente a su deseo de mantener el control sobre sus antiguos aliados del bloque occidental, Estados Unidos nunca abandonó su estrategia de sujeción de lo que había sido la URSS y su antiguo bloque. Así, ya el 15 de febrero de 1991 se formó el Grupo de Visegrado, compuesto por países del este de Europa que habían pertenecido a ese bloque (Polonia, Hungría, Checoslovaquia), para promover su integración en la OTAN y en la UE. Esta presión llevó a las potencias europeas a manifestar su gran preocupación de no "humillar a Rusia". Esto ya sugería un cuestionamiento latente hacia Estados Unidos.
Poco después de la caída del Muro de Berlín, que anunció simbólicamente el fin de la Guerra Fría, una nueva guerra ya, la primera del Golfo, iniciada por Estados Unidos[2], iba a anticipar el caos del siglo siguiente. No fue una "guerra por el petróleo" ni mucho menos. Para la potencia estadounidense se trataba, tras la quiebra del enemigo común (la URSS), de presionar esta vez directamente a sus ex aliados más poderosos, para someterlos al yugo de su autoridad y arrastrarlos a aquella mortífera aventura militar.
Como el mundo ya no estaba dividido en dos campos imperialistas disciplinados, un país como Irak creyó posible apoderarse de un antiguo aliado del mismo bloque, Kuwait. Estados Unidos, al frente de una coalición de 35 países, lanzó una ofensiva a sangre y fuego para disuadir cualquier tentación futura de emular las iniciativas de Sadam Husein. La operación "Tormenta del Desierto", dirigida por una "coalición internacional" contra Irak, fue en realidad una operación del imperialismo estadounidense para "meter en cintura" a sus antiguos aliados susceptibles de impugnar su liderazgo, imponiéndose como único "gendarme del mundo ". Todo ello a costa de decenas de miles de muertos.
Por supuesto, la victoria del presidente Bush (padre) prometiendo "paz, prosperidad y democracia" no iba a dar el pego por mucho tiempo. La aparente estabilidad, ganada a base de bombas, fue momentánea, confirmó a Estados Unidos como "gendarme mundial", pero ya estaba preñada de contradicciones y tensiones mayores todavía.
La Guerra del Golfo sofocó momentáneamente los primeros intentos de oposición abierta a la política estadounidense, pero volvieron a aparecer con bastante rapidez, especialmente con el conflicto en la antigua Yugoslavia (de 1991 a 2001). A principios de los años noventa, el gobierno del canciller alemán Helmut Kohl impulsó y apoyó la independencia de Croacia y Eslovenia para obtener, Alemania, un acceso al Mediterráneo. Esto se oponía directamente al poder estadounidense, pero también a los intereses de Francia y Reino Unido. Con sus audaces iniciativas, Alemania inició el proceso que acabaría desembocando en el estallido de Yugoslavia.
Ante un reto patente a su autoridad, Estados Unidos no se quedó de brazos cruzados. Ya en verano de 1995, lanzó una amplia contraofensiva utilizando su principal activo: su poderío militar. Estados Unidos creó su propia fuerza armada, la Implementation Force (IFOR), desbancando a la ONU y a las tropas europeas, mostrando así su abrumadora superioridad y su impresionante logística. Aquella demostración de fuerza, dirigida y acompañada diplomáticamente bajo la autoridad del presidente Clinton, obligaría a los europeos a firmar el Acuerdo de Dayton en diciembre de 1995. Una vez más, el conflicto causó decenas de miles de víctimas.
Por supuesto, esos acuerdos, firmados en condiciones impuestas por Estados Unidos, mediante la presión de las armas y una diplomacia agresiva, jugando en particular con las divisiones entre los estados europeos, fueron constantemente saboteados por esos mismos estados. Alemania, por ejemplo, no dejó de poner trabas a Estados Unidos en los Balcanes, especialmente en Bosnia, y también fomentó acercamientos diplomáticos que tendían a irritar a Washington, como, por ejemplo, los vínculos forjados entre las cancillerías turca e iraní.
Incluso en Oriente Medio, a pesar de ser el coto privado del Tío Sam, los rivales europeos se mostraron poco a poco capaces de obstaculizar la política estadounidense. Ese cuestionamiento llegó incluso a los lugartenientes más fieles de Estados Unidos, empezando por Israel, especialmente tras la llegada al poder de Netanyahu en 1996, aun cuando la Casa Blanca apostaba por el laborista Shimon Peres. Del mismo modo, Arabia Saudí se mostró cada vez más reacia a aceptar los dictados estadounidenses en la región.
Los sucesivos reveses del Tío Sam llegaron sólo unos meses después de su exitosa contraofensiva en la ex Yugoslavia. En todas las zonas estratégicas del planeta, los intereses estadounidenses se vieron cada vez más frustrados.
En los albores del nuevo siglo, lo que dijimos a mediados de la década de 1990 se confirmó en gran medida. EE. UU. se vio incluso afectado en su propio territorio por los mortíferos atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York. El atroz y simbólico derrumbe de las Torres Gemelas marcó una nueva dimensión en el horror y el caos capitalista.
Pero los atentados también fueron una gran oportunidad para Estados Unidos en la defensa de sus intereses imperialistas mediante un belicismo ciego y desenfrenado. También en este caso, la política de Estados Unidos consistió en emprender amplias operaciones militares de represalia y letales en un intento por mantener su autoridad en nombre de la "lucha contra el terrorismo". El gobierno de George W. Bush junior, con sus fuerzas armadas, lanzó inmediatamente ataques aéreos y luego una operación terrestre contra Al Qaeda y los talibanes en Afganistán, una operación apoyada por antiguos aliados.
Sin embargo, la nueva cruzada de Washington contra el "eje del mal" en Irak pronto fue objeto de agrias y crecientes críticas. En 2003, el gobierno de EE. UU. se dedicó a difundir información falsa sobre las "armas de destrucción masiva" de Saddam Hussein para estimular el apoyo de su población y el de sus antiguos socios, encontrándose cada vez más aislado en su nueva aventura bélica[3]. Francia, esta vez, desafió abiertamente a EE. UU., utilizando incluso su poder de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU.
La nueva demostración de fuerza debía servir, decían, para eliminar el terrorismo y frenar el declive del liderazgo estadounidense. Pero lo único que logró fue enconar más la situación, abriendo más la caja de Pandora. Los atentados que siguieron en todo el mundo no hicieron sino subrayar la irracionalidad de semejantes aventuras militares, que en realidad alimentaron la misma espiral infernal, aumentando la discordia, el caos y la barbarie.
Estados Unidos siguió también con su empeño político hacia el Este, con los viajes de la Secretaria de Estado Condoleezza Rice para promover el "cambio" y la "democracia". Su trabajo iba a dar frutos. En 2003, el imperialismo estadounidense avanzaba claramente sus peones en el Cáucaso apoyando la "Revolución de las Rosas" en Georgia, que derrocaría al prorruso Shevardnadze, sustituyéndolo por una camarilla proamericana. La "Revolución de los Tulipanes" en Kirguistán en 2005 también formaba parte de la misma estrategia. Ucrania, pieza clave para Rusia, empezó a estar sometida a fuertes tensiones políticas. Detrás de la "Revolución Naranja" de 2004, al igual que en 2014, la cuestión principal no era una supuesta "lucha por la democracia", sino un objetivo estratégico en el juego de influencias de las grandes potencias y de la OTAN.[4]
Sin embargo, la fuerza militar colosal y el creciente uso de armas por parte del imperialismo USA no lograron atajar los retos a su liderazgo. Lejos de asegurar "la paz y la prosperidad", Estados Unidos se ha ido empantanando en todos los grandes puntos estratégicos que pretendía estabilizar y defender en beneficio propio.
La retirada de Estados Unidos de Irak en 2011 impulsó más todavía el “sálvese quien pueda”, en ese mismo año en que la guerra civil en Siria contribuyó a la explosión del caos en una región del mundo que se había vuelto totalmente incontrolable. La retirada de Afganistán en 2021 también estuvo acompañada de una situación inextricable de caos, que acabó incluso desembocando en la vuelta al poder de los talibanes. Cada una de estas operaciones, diseñadas para imponer el "orden" de la Pax Americana, no ha hecho más que reforzar el caos y la barbarie, obligando a Estados Unidos a continuar con su ciega carrera bélica.
Esos fracasos no son por sí solos los motivos de la retirada de las tropas estadounidenses de Irak y Afganistán[5]. De hecho, en 2011, la secretaria de Estado Hillary Clinton anunció la adopción de un "pivote estratégico hacia Asia".
Lejos de una supuesta "desvinculación" de los asuntos mundiales, la orientación política del mandato de Barack Obama fue retomada por Donald Trump con el lema "América primero". Mientras que en el pasado China ocupaba un lugar secundario en la escena mundial, ha ido adquiriendo gradualmente la dimensión de un verdadero contrincante, preocupando y amenazando cada vez más abiertamente a una burguesía estadounidense decidida a conservar su condición de líder. Ante el ascenso de China, se anunció claramente el objetivo: "situar a Asia en el centro de la política estadounidense", que la fracción en torno a Joe Biden iba a proseguir y reforzar. Pero ni mucho menos "ha abandonado" los demás grandes puntos calientes, ese reposicionamiento, al contrario, ha dado un nuevo impulso al imperialismo estadounidense.
La percepción de la "desvinculación" llevó a algunos rivales de Estados Unidos a emprender sus propias aventuras imperialistas en las que el Tío Sam ya no estaba abiertamente presente. Muchos, como Rusia, están pagando un alto precio por esa subestimación. Con la absurda invasión militar de Ucrania, Rusia creía poder aflojar el garrote que la asfixia. Y cayó así en una trampa tendida por la burguesía estadounidense[6].
En realidad, la “desvinculación” estadounidense corresponde a una visión planetaria, a más largo plazo, dictada por la voluntad de frenar a China, ahora ya convertida en potencia imperialista que amenaza los intereses vitales de EE.UU. Por lo tanto, la actual ofensiva de Estados Unidos, tanto mediante la presión que ejerce sobre los países europeos, como la espectacular contraofensiva en Ucrania que ha sido posible gracias al sofisticado apoyo logístico y material de USA; pero también, el mantenimiento de la presión diplomática sobre Irán (por el programa nuclear) y sobre el continente africano con los viajes de su jefe de la diplomacia Antony Blinken frente a las apetencias de Rusia y China, EE.UU. sigue decidido a luchar contra el declive histórico de su liderazgo. Está entorpeciendo las "Nuevas Rutas de la Seda" de China hacia Europa mediante la guerra en Ucrania, sigue controlando las rutas marítimas del Pacífico Sur, es así como Estados Unidos está obligando a China, por ahora, a limitar sus ambiciones dentro de un ámbito limitado. Consciente de que China dista mucho de poder igualar su poderío militar, Estados Unidos aprovecha esta debilidad para mantener la presión e incluso permitirse provocaciones como el viaje altamente político y simbólico de la demócrata Nancy Pelosi a Taiwán. Esta afrenta sin precedentes, que revela la relativa impotencia de China, puede repetirse en el futuro, empujando tal vez a Pekín a peligrosas aventuras militares, aunque la burguesía china haya evitado hasta ahora con cautela toda confrontación directa con Estados Unidos.
De toda esta evolución ligada a las operaciones del imperialismo estadounidense, podemos extraer algunas lecciones:
- La simple búsqueda del beneficio económico inmediato no es, ni mucho menos, lo que motiva la acción del imperialismo estadounidense. Lo que mueve a EE. UU., como a las demás grandes potencias, es defender su rango en un mundo cada vez más caótico, participando así en el refuerzo de la lucha, el caos y la destrucción;
- Para asegurar este objetivo cada vez más irracional, Estados Unidos no vacila en sembrar el caos en Europa, como puede verse con la trampa tendida a Rusia, con las armas sofisticadas y la ayuda militar que entrega a Ucrania para hacer perdurar la guerra agotando a su rival;
- Para defender su rango, queda confirmado que la única fuerza en la que USA puede confiar es la de las armas. Así lo demuestra toda la trayectoria del Tío Sam, que se ha convertido en la punta de lanza del militarismo, del sálvese quien pueda y del caos bélico en las últimas décadas. Ya estamos viviendo el mayor caos de la historia de las sociedades humanas.
En su fase final de descomposición, el capitalismo hunde al mundo en la barbarie y lo conduce inexorablemente hacia una destrucción gigantesca. Este espantoso panorama y el horror que se está produciendo a diario nos muestran lo crucial que es lo que está en juego y la responsabilidad de la clase obrera mundial. Hoy está en juego la supervivencia de la especie humana.
WH, 15 de septiembre de 2022
1 Ver la actualización del texto : Militarismo y descomposición (mayo de 2022) | Corriente Comunista Internacional (internationalism.org) [8]
2 Cf. GUERRA DEL GOLFO: Masacres y caos capitalistas | Corriente Comunista Internacional (internationalism.org) [9] Revista Internacional nº65 (1991).
3 A excepción de Reino Unido, ninguna otra gran potencia militar participó en ese conflicto junto a las tropas USA. Estas dos potencias decidieron organizar una especie de “declaración de guerra” a Husein para sortear la ONU. Para no aparecer tan aisladas, echaron mano de dos “extras” de tercer orden para hacer bulto: Aznar, presidente del gobierno español, añadiéndoseles el de Portugal, “potencia invitante”. Semejante esperpento se verificó en las Azores.
4 Las masas que apoyaban a Víktor Yuschenko o las que secundaron a Víktor Yanukóvich no eran sino peones manipulados y llevados de acá para allá tras una u otra de las fracciones burguesas rivales por cuenta de tal o cual orientación imperialista.
5 Que EE. UU. no ha renunciado en absoluto a influir en la situación de Afganistán, quedó demostrado con el asesinato del jefe de Al Qaeda, Ayman Al-Zawahiri, el 31 de julio de 2022.
6 Ver "Significado e impacto de la guerra en Ucrania [10]". Revista Internacional nº168 (2022).
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La sobreproducción es identificada por Marx como el origen de las crisis cíclicas del capitalismo en el siglo XIX [1]. Ya en el Manifiesto Comunista de 1848 se señala una "epidemia social que estalla, que en cualquier otro momento hubiera parecido absurda: la epidemia de sobreproducción". Pero en la fase ascendente del capitalismo, esta contradicción constituyó un factor de expansión del capitalismo a través de la búsqueda de salidas para la producción de las potencias industriales.
Por otra parte, en su fase decadente, la superproducción está en el origen del impasse económico marcado por la depresión mundial de los años 30, la sucesión de recesiones cada vez más profundas desde finales de los años 60, pero también por el desarrollo vertiginoso del militarismo, ya que "la única vía que le queda a la burguesía para intentar aflojar el cerco de este impasse es la de una huida hacia delante con otros medios [...] que sólo pueden ser militares"[2]. Ilustraciones trágicas de este estancamiento: dos guerras mundiales y, desde la Primera, una sucesión casi ininterrumpida de guerras locales entre Estados.
La causa de la sobreproducción fue destacada tempranamente por Marx en el Manifiesto. Impulsada por la competencia para expandirse cada vez más bajo pena de muerte, la producción tiende constantemente a ser demasiado grande, no en relación con las necesidades reales de los hombres, sino en relación con los salarios de los proletarios y los ingresos de los capitalistas. "Ni los trabajadores ni los capitalistas por sí solos podrán nunca absorber todos los bienes producidos. Y con razón, ya que una parte del producto del trabajo del obrero, la que no se retribuye en salarios ni es consumida por los capitalistas, sino que está destinada a ser reinvertida, es decir, transformada en nuevo capital, no puede encontrar compradores en la esfera capitalista"[3]. Por lo tanto, no hay solución a la sobreproducción dentro del capitalismo. En esencia, sólo puede ser eliminado por la abolición del trabajo asalariado, cuya condición es el establecimiento de una sociedad sin explotación.
En las reuniones públicas y en las sesiones permanentes de la CCI se expresaron preguntas y malentendidos sobre esta cuestión. Para uno de ellos, la sobreproducción podría reducirse o incluso eliminarse bajo la influencia de las contradicciones "inversas" que conducen a la escasez de ciertos bienes. En realidad, si la escasez afecta a algunos sectores de la producción mundial, por ejemplo debido a la escasez en las cadenas de suministro, otros sectores seguirán viéndose afectados por la sobreproducción.
La razón por la que los engranajes de la economía mundial no se han agarrotado definitivamente ante la tendencia permanente y creciente a la sobreproducción es que la burguesía ha recurrido masivamente a la deuda impagada para crear demanda, lo que ha llevado a la acumulación de una colosal deuda mundial, constituyendo así una espada de Damocles que pende sobre la economía mundial.
La tendencia a la caída de la tasa de ganancia, también destacada por Marx, es un obstáculo adicional para la acumulación. En efecto, ante la exacerbación de la competencia y para mantener vivas sus empresas, los capitalistas se ven obligados a producir a precios más bajos. Para ello, tienen que aumentar la productividad involucrando cada vez más máquinas en el proceso de producción (aumentando la composición orgánica del capital). Como resultado, cada mercancía producida de esta manera contiene proporcionalmente menos trabajo vivo (la parte del trabajo del trabajador no pagada por el capitalista), y por lo tanto menos plusvalía. Sin embargo, los efectos de la caída de la tasa de ganancia pueden ser compensados por varios factores, entre ellos el aumento del volumen de producción, pero esto sólo aumenta la sobreproducción[4]. Si la tendencia a la caída de la tasa de ganancia no se presentó desde el principio en la vida del capitalismo como un freno absoluto a la acumulación, es porque había salidas en la sociedad, primero reales y luego basadas en el crecimiento de la deuda mundial, que permitían compensarla. En el contexto de la sobreproducción crónica ligada a la decadencia del sistema capitalista, esta caída de la tasa de ganancia es cada vez más efectiva.
Con el estallido de la Primera Guerra Mundial, el capitalismo entró en un nuevo período de su vida, su decadencia, donde la exacerbación de sus contradicciones impuso la instauración del capitalismo de Estado encargado de mantener la cohesión de la sociedad frente a estas contradicciones, especialmente:
- la guerra o su amenaza omnipresente que implica el desarrollo del militarismo y el gasto militar;
- la lucha de clases, pero también el desarrollo de la delincuencia y el bandolerismo, que requieren la creación de diversos cuerpos represivos de policía, de justicia...
Este tipo de gasto del capitalismo de Estado es totalmente improductivo, lejos de contribuir a la acumulación, constituye por el contrario una esterilización del capital. También aquí han surgido malentendidos. Se consideraba que la producción y venta de armamento contribuía a la acumulación, lo que confería una cierta racionalidad económica a la guerra. De hecho, el argumento utilizado para apoyar esta tesis, "la venta de tales mercancías implica la realización de plusvalía", no es propio del marxismo. Para convencerse de ello, basta con volver a Marx: "Una gran parte del producto anual se consume como renta y ya no vuelve a la producción como medio de producción [...] se trata de productos (valor de uso) [...] que se destinan únicamente al consumo improductivo y que en su realidad, como artículos, no tienen valor de uso para el proceso de reproducción del capital"[5]. Esta última categoría incluye los bienes de lujo para la burguesía, así como las armas, que obviamente no vuelven a la producción como medio de producción. Desde principios del siglo XX, los gastos improductivos no han hecho más que aumentar, especialmente los gastos militares.
La inflación no debe confundirse con otro fenómeno de la vida del capitalismo, a saber, la tendencia al alza del precio de ciertos bienes debido a la insuficiencia de la oferta. Este último fenómeno ha adquirido recientemente una especial magnitud debido a la guerra en Ucrania, que ha afectado al suministro de un importante volumen de diversos productos agrícolas, cuya privación es ya un factor de agravamiento de la pobreza y el hambre en el mundo.
La inflación no es una de las contradicciones inherentes al modo de producción capitalista, como es el caso de la sobreproducción, por ejemplo. Sin embargo, es una característica permanente del período de decadencia capitalista que tiene un fuerte impacto en la economía. Al igual que la falta de oferta, se refleja en el aumento de los precios, pero es la consecuencia del peso del gasto improductivo en la sociedad, cuyo costo se traslada al costo de los bienes producidos. En efecto, "en el precio de cada mercancía, además de la ganancia, de los costos del trabajo y del capital constante consumido en su producción, figuran, de forma cada vez más masiva, todos los gastos indispensables para su venta en un mercado cada vez más saturado (desde la remuneración del personal de los servicios de comercialización hasta los impuestos destinados a pagar la policía, los funcionarios y las armas del país productor). En el valor de cada objeto, la parte del trabajo necesario para su producción se reduce cada día en comparación con la parte del trabajo humano impuesta por las necesidades de la supervivencia del sistema. La tendencia del peso de estos gastos improductivos a aniquilar las ganancias de la productividad del trabajo se refleja en el constante deslizamiento hacia arriba del precio de las mercancías"[6].
Por último, otro factor inflacionario es la consecuencia de la devaluación de las monedas resultante del uso de la impresión de dinero, que acompaña al aumento incontrolado de la deuda mundial, que actualmente se acerca al 260% del PIB mundial.
Si la burguesía se abalanza con avidez sobre los recursos naturales incorporándolos a las fuerzas productivas, es porque tienen la particularidad de ser "gratuitos" para el capitalismo. Pero por muy contaminante, asesino y explotador que fuera el capitalismo en su fase ascendente, al conquistar el mundo, no es nada comparado con la espiral infernal de destrucción de la naturaleza que se ha producido desde la Primera Guerra Mundial, como consecuencia de la feroz competencia económica y militar. La destrucción del medio ambiente ha alcanzado nuevos niveles, ya que las empresas capitalistas, tanto privadas como públicas, han aumentado la contaminación ambiental y el saqueo de los recursos del planeta como nunca antes. Además, las guerras y el militarismo han contribuido a la contaminación y destrucción del entorno natural[7]. En la segunda mitad del siglo XX se ha puesto de manifiesto una nueva dimensión del desastre que el capitalismo tiene reservado para la humanidad a través del cambio climático, amenazando la existencia misma de la humanidad. Sus causas son económicas y, a su vez, también sus consecuencias. En efecto, el calentamiento global tiene un impacto cada vez mayor en la vida humana y en la economía: incendios gigantescos, inundaciones, olas de calor, sequías, fenómenos meteorológicos violentos... afectan cada vez más no sólo a la producción agrícola, sino también a la producción industrial y a la vivienda, y de hecho penalizan cada vez más a la economía capitalista.
Este peligro sólo puede evitarse con el derrocamiento del capitalismo. Pero existe la idea de que la burguesía podría evitar el desastre climático desarrollando nuevas tecnologías "limpias". No cabe duda de que la burguesía todavía es capaz de realizar avances considerables, incluso decisivos, en este terreno. Sin embargo, lo que no es capaz de hacer es unificarse globalmente para hacer operativos y aplicar esos avances tecnológicos.
No es la primera vez en la historia que se expresa tal ilusión hacia la burguesía. En cierto modo es similar a la tesis del "super imperialismo" desarrollada por Kautsky en vísperas de la Primera Guerra Mundial y que pretendía "demostrar" que las grandes potencias podían ponerse de acuerdo para establecer un dominio común y pacífico del mundo. Tal concepción fue obviamente una de las puntas de lanza de las mentiras pacifistas, queriendo hacer creer a los trabajadores que era posible poner fin a las guerras sin necesidad de destruir el capitalismo. Este punto de vista elude la competencia a muerte que existe entre las potencias capitalistas. Parece ignorar el hecho de que el nivel más alto de unificación de las diversas fracciones de la burguesía es el de la nación, lo que las hace bastante incapaces de establecer una autoridad política y una organización de la sociedad verdaderamente supranacionales.
La realidad es exactamente lo contrario de la ilusión de una burguesía capaz de evitar el desastre climático. Lo que hace falta es la persistencia, e incluso el agravamiento, de la más absoluta irracionalidad e irresponsabilidad ante el cambio climático, que se expresa tanto en la apertura de nuevos conflictos imperialistas, como la guerra de Ucrania, (catastrófica para el ser humano pero también para el planeta), como en otras aberraciones más leves pero muy significativas, como la gestión del Bitcoin, cuyo consumo energético anual equivale al de Suiza.
La descomposición corresponde al período final de la vida del capitalismo, iniciado por un bloqueo entre las dos clases antagónicas, ninguna de las cuales es capaz de aportar su propia solución a la crisis histórica del capitalismo. La profundización de la crisis económica determina entonces un fenómeno de putrefacción de la sociedad. Esto afecta al conjunto de la vida social, especialmente a través del desarrollo de la actitud de sálvese quien pueda en todas las relaciones sociales, sobre todo en el seno de la burguesía. Esto se ilustró magistralmente durante la epidemia de Covid, especialmente a través de:
- la incapacidad de coordinar y centralizar la búsqueda de una vacuna y de poner en marcha una política de producción, distribución, vacunación planificada y bien pensada para todo el planeta;
- el comportamiento gansteril de algunos países al robar suministros médicos para otros países, a veces en las pistas de los aeropuertos.
Así, si bien el telón de fondo de la decadencia es la crisis económica, resulta que, a su vez, la crisis económica se ha visto cada vez más afectada por manifestaciones más graves de la decadencia desde principios de la década de 2020. Así, el curso de la crisis económica se ve agravado por el desarrollo de la actitud de "sálvese quien pueda" en todos los ámbitos, especialmente en las relaciones internacionales entre las grandes potencias. Esta situación va a dificultar gravemente la aplicación de políticas económicas concertadas de cara a la próxima recesión.
De hecho, la situación es mucho más alarmante que hace dos años. Por el contrario, una combinación de factores apunta a un alto riesgo de perturbación considerable en la esfera económica y, por implicación, mucho más allá:
- Todas las contradicciones del capitalismo en el plano económico mencionadas en este artículo (reducción de los mercados solventes, carrera desenfrenada por la productividad, intensificación de la guerra comercial...) se exacerban.
- El capitalismo se enfrenta a la casi certeza de tener que asumir nuevos y considerables gastos: en todo el mundo, especialmente en Europa Occidental, la aceleración del militarismo genera un fuerte aumento de los gastos improductivos. Del mismo modo, a otro nivel, el envejecimiento de las infraestructuras sufre décadas de abandono en los presupuestos del Estado, lo que a su vez perjudica a la sociedad con la amenaza de un enorme gasto no financiado en problemas previsibles.
- Hay posibles desencadenantes de un cataclismo económico, como la crisis inmobiliaria en China (que provocó un crecimiento nulo en ese país en el segundo trimestre de 2022), donde quiebras como la de Evergrande podrían no limitarse a ese país, sino tener graves repercusiones internacionales, dada la fragilidad de la economía mundial. El aumento de la inflación, además de afectar a la vida de los explotados, es un freno para el comercio internacional, ya minado por las tensiones imperialistas. Tanto es así que, ante la perspectiva aparentemente inevitable de una subida de los tipos de interés en varios países industrializados, la recesión parece inevitable. Se trata de una amenaza cuya gravedad la burguesía no parece atreverse a mencionar, dado el contexto de una situación económica gravemente deteriorada y el sálvese quien pueda e incluso, en algunos casos, la hostilidad abierta entre las principales potencias.
Hoy, después de más de un siglo de decadencia capitalista, podemos comprobar la clarividencia de las palabras de la Internacional Comunista sobre la "desintegración interna" del capitalismo mundial, que no desaparecerá por sí mismo sino que arrastrará a la humanidad a la barbarie, si el proletariado no le pone fin. Ha llegado de nuevo la hora de que el proletariado reaccione como clase ante el apocalipsis que nos depara el capitalismo. Todavía hay tiempo para ello.
Silvio, 5 de octubre de 2022
1 Cf. "https://es.internationalism.org/revista-internacional/200910/2677/la-decadencia-del-capitalismo-v-las-contradicciones-mortales-de-la [14]" Revista Internacional n° 139.
2 "Guerra, militarismo y bloques imperialistas II [15]", Revista Internacional n° 53.
3 " Crise économique : la surproduction, maladie congénitale du capitalisme [16] ", Révolution Internacional n° 331 (2003). Solo en francés. Traducido por nosotros.
4 También hay otras tendencias contrarias a la tendencia a la baja de la tasa de ganancia, como el aumento de la explotación.
5 Marx, Materiales de Economía, "Trabajo productivo e improductivo".
6 "Surproduction et inflation [17]", Révolution Internationale (nouvelle série) N°6 - novembre-décembre (1976). Solo en francés. Traducido por nosotros.
7Cf. « Écologie : c’est le capitalisme qui pollue la Terre [18]», Revue internationale n° 63 ( en francés); "El mundo en vísperas de una catástrofe medioambiental (I) [19]", Revista Internacional n° 135 (2008); "El mundo en vísperas de una catástrofe medioambiental (II): ¿quién es el responsable? [20], Revista Internacional nº 139.(2009).
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Apenas terminó el "periodo de luto" por la Reina, con sus ensordecedores cantos a la unidad nacional, más de 500 estibadores de Liverpool confirmaron que iban a entrar en huelga, seguidos inmediatamente por los estibadores de Felixstowe, que ya habían estado en huelga en las semanas anteriores a la muerte de la Reina. Las huelgas previstas en los ferrocarriles, aplazadas por los sindicatos "por respeto a la Reina", seguirán adelante, e irán acompañadas de otras huelgas en el sector de correos, los autobuses y el metro. Otros conflictos, como los de los trabajadores de la basura, los de la construcción y los de los almacenes de Amazon, continúan. Los trabajadores de la educación, entre otros, también están siendo convocados. El "verano de la ira" parece convertirse en un otoño caliente y quizás en otro "invierno del descontento", ya que los trabajadores se enfrentan a una espiral de precios y a minúsculos aumentos salariales.
Mientras tanto, la prensa liberal/de izquierdas ha denunciado el "mini-presupuesto" del gobierno de Truss, que eliminaba ostensiblemente los límites a las primas de los banqueros y ofrecía recortes fiscales que beneficiarán claramente a los más ricos, como una declaración de guerra de clases por parte del gobierno de Truss. Y eso, por supuesto, es correcto: la clase dominante está constantemente en guerra con los que explota, y en tiempos de crisis, sobre todo, se ve obligada a bajar el nivel de vida de los explotados, ya sea que lo haga de forma cruda y abierta, o de forma más sutil, paso a paso. Pero esto es porque la guerra de clases no es una deformación ideológica, una opción adoptada por nuestros gobernantes. Es la realidad fundamental de este sistema social, que solo puede vivir y "crecer" en la tierra del trabajo explotado de la mayoría.
Y lo que han demostrado las huelgas de este verano y otoño es que la clase explotada está dando los primeros pasos para combatir la guerra de clases en su propio terreno y por sus propias necesidades.
Hemos escrito en otro lugar [1] sobre la importancia internacional de las luchas actuales en Gran Bretaña, como una señal de que la clase obrera no ha desaparecido, no ha sido engullida por la desintegración acelerada del sistema capitalista - y por lo tanto, como una especie de llamamiento a la clase obrera mundial para responder a la embestida contra sus condiciones de trabajo y de vida volviendo al camino de la lucha.
El sistema capitalista echó raíces por primera vez en Gran Bretaña, y en el período de ascenso del capitalismo en el siglo XIX la clase obrera británica estuvo, en ciertos momentos, a la cabeza del movimiento obrero internacional. Fue en Gran Bretaña donde los trabajadores formaron por primera vez sindicatos para defenderse de los brutales niveles de explotación y, más tarde, un partido político, los cartistas, que pretendía defender los intereses independientes de la clase en el parlamento y en la sociedad en su conjunto.
Los sindicatos y los partidos que crearon los trabajadores hace tiempo que se convirtieron en engranajes del sistema capitalista, pero el espíritu militante de la clase obrera no murió con ellos, tanto si hablamos de Red Clydeside en 1919, de la Huelga General de 1926 o, a finales de los años 60 y 70, de las oleadas de lucha que marcaron la salida de la clase obrera de la larga contrarrevolución que se abatió sobre la clase obrera internacional a partir de finales de los años 20.
Fue para contrarrestar la militancia de la clase obrera en Gran Bretaña que la burguesía, dirigida por el gobierno de Thatcher pero con el pleno apoyo de la clase dominante mundial, lanzó una gran contraofensiva. Esto tomó su forma más evidente en la derrota de la huelga minera que duró un año, y que abrió la puerta no sólo al cierre de los pozos sino al desmantelamiento de sectores enteros de la industria británica. Pero también los estibadores sufrieron importantes derrotas en 1989 y de nuevo en 1995-98.
El proceso de "desindustrialización" tenía sus motivaciones económicas -en particular la búsqueda de mayores tasas de ganancia en las economías "emergentes"- pero no es casualidad que también dispersara a algunos de los sectores más combativos de la clase obrera, no solo a los mineros, sino también a los trabajadores de los astilleros, de las plantas siderúrgicas y automovilísticas, de los muelles, etc., mientras que las nuevas medidas de "privatización" también garantizaron que sectores importantes, como los trabajadores ferroviarios, ya no se enfrentaran a un único patrón estatal, sino a varios, pudiendo así ser divididos más fácilmente.
Todo esto fue acompañado por una nueva ofensiva ideológica, basada en el tema de que la guerra de clases había terminado, de que la lucha de clases estaba consignada a los libros de historia. Y con el colapso del bloque del este en 1989-91, esta campaña tomó alas en todo el mundo, insistiendo aún más en que la clase obrera estaba muerta y que cualquier idea de que pudiera cambiar el sistema actual sólo podía acabar en fracaso. La "muerte del comunismo"[2], se nos dijo, significaba el fin de cualquier esperanza de que pudiera haber una alternativa al capitalismo.
El colapso del bloque oriental marcó la entrada del capitalismo en una nueva y última fase de su decadencia, marcada por una creciente fragmentación y caos a todos los niveles. De nuevo, este proceso golpeó a la clase trabajadora en Gran Bretaña con especial dureza, agudizando la atomización social, alimentando el aumento de las bandas urbanas, alimentando las divisiones entre los diferentes grupos étnicos, enfatizando las nuevas "identidades" para sustituir la identidad de clase y, por tanto, la solidaridad de clase. En la última década más o menos, todas estas divisiones se han exacerbado aún más por la campaña en torno al Brexit y el avivamiento de las llamadas "Guerras Culturales" por parte tanto de las alas derecha como izquierda de la burguesía.
Así, a la clase obrera británica le ha costado especialmente recuperarse de los retrocesos de los años 80 y 90. Pero hoy, a pesar de este largo retroceso, a pesar de todas las divisiones, la clase obrera vuelve a levantar la cabeza, y en muchos casos son los sectores "tradicionalmente" combativos, los que tienen una larga historia de batallas pasadas -el ferrocarril, los muelles, los autobuses, el correo- los que están proporcionando una pista que puede ser seguida por otros sectores que pueden ser más numerosos pero que no siempre tienen la misma historia de lucha: la educación, la sanidad, la distribución, etc. La crisis económica, y sobre todo el repunte de la inflación, plantea la necesidad objetiva de que todos los trabajadores luchen juntos y, al hacerlo, recuperen el sentido de pertenencia a una clase con intereses propios e independientes y, en definitiva, con una alternativa propia para el futuro de la sociedad. Y aunque estas luchas no se enfrentan directamente al impulso capitalista hacia la guerra ni denuncian abiertamente los llamamientos al sacrificio en nombre del conflicto entre la OTAN y el imperialismo ruso, el hecho mismo de que se produzcan frente a tales llamamientos es una prueba de que la clase obrera, sobre todo en los países centrales del sistema, no está dispuesta a sacrificarse en el altar de la guerra capitalista.
La mayoría de las huelgas en los sectores clave han sido bien controladas por los sindicatos, que han desempeñado su papel para el capitalismo manteniendo las huelgas aisladas unas de otras (al igual que hicieron con los mineros y otros sectores en la década de 1980), repartiéndolas en diferentes días, incluso entre los trabajadores de diferentes partes del sistema de transporte (ferrocarril, metro, autobuses...), y a menudo restringidas a uno o dos días de huelga con un aviso dado con mucha antelación. Pero un signo de la combatividad subyacente de los trabajadores es el papel destacado que están desempeñando los líderes sindicales de izquierdas. Mick Lynch, del RMT (el principal sindicato ferroviario), ha sido el más visible, y ha sido muy elogiado por su capacidad para responder a preguntas hostiles en entrevistas con los medios de comunicación. Por ejemplo, ha respondido a la acusación de los medios de comunicación de que las huelgas ferroviarias se estaban llevando a cabo en nombre de un sector privilegiado, insistiendo en que sus miembros están luchando porque todos los trabajadores estaban siendo atacados y necesitan luchar juntos. La secretaria general del sindicato Unite, Sharon Graham, se ha distanciado de la actitud ambigua de los laboristas ante las huelgas y ha pasado por encima de sus propios burócratas para crear "Comités de Combinación" que reúnen a representantes sindicales de diferentes sectores (basura, almacenes, hostelería, etc.). No debería sorprendernos si, a medida que las luchas continúan en otoño e invierno, escuchamos más llamamientos a la unidad de la clase trabajadora y más acciones comunes, manifestaciones, etc. Para los grupos izquierdistas, como el Partido Socialista de los Trabajadores, esto se ofrece como prueba de que las bases pueden obligar a los dirigentes a luchar si ejercen suficiente presión sobre ellos, pero para los comunistas que entienden que los sindicatos se han convertido en órganos del Estado, la radicalización de los sindicatos obedece a la necesidad de adaptarse al movimiento de la clase para mantener el control sobre él.
También hay que señalar que el espíritu de lucha de los trabajadores se ha expresado también en acciones no oficiales, incluso en huelgas salvajes, en diversos sectores. En su artículo Huelgas salvajes en el Reino Unido: Preparándose para un otoño caliente, la Communist Workers Organisation hizo una lista (no exhaustiva) de los siguientes ejemplos:
"10 de mayo: unos 100 recolectores de basura en Welwyn Hatfield se declararon en huelga para protestar contra un director acusado de sexismo, racismo y acoso. 11 de mayo: unos 300 trabajadores de la construcción en una refinería de Hull se declararon en huelga porque los pagos de los salarios se retrasaban o eran incompletos. 17 de mayo: más de mil trabajadores del petróleo en el Mar del Norte se declararon en huelga en 19 plataformas para exigir que sus salarios se ajustaran a la inflación. 27 de julio: unos 100 trabajadores de una fábrica de alimentos en Bury se declararon en huelga porque no se les permitía hacer descansos adecuados en el trabajo. Agosto: cientos de trabajadores de Amazon en varios centros de Tilbury, Rugeley, Coventry, Bristol, Dartford y Coalville han organizado paros y disminución de ritmos de trabajo en respuesta a un "aumento" salarial de solo 35 peniques más por hora. 10 Agosto: cientos de trabajadores subcontratados, incluidos los de andamios y los trabajadores de mantenimiento, en refinerías, plantas químicas y otras instalaciones en Teesside, Grangemouth, Pembroke, Fife, Fawley y Drax fueron a la lucha por el salario, haciendo piquetes con los automovilistas que entraban y salían de las instalaciones" [3].
La CWO continuó este artículo publicando el llamamiento del Comité de Huelga de los Trabajadores del Petróleo y el Gas en Alta Mar, que explica por qué están lanzando un "golpe salvaje" sin esperar a una votación sindical [4]:
"Nuestros sindicatos dicen que no tienen actualmente los números para votar por la huelga. Nosotros decimos que eso es una tontería, ya que todo el Mar del Norte está absolutamente enfadado por el trato que recibimos.
Las huelgas salvajes de las que se habla y que se planifican son el resultado de años de inacción por parte de los sindicatos y de nuestros empleadores y nos han hecho sentir que solo podemos hacer las cosas por nuestra cuenta.
Hemos seguido todo el proceso necesario para plantear nuestra queja. Hemos utilizado los canales adecuados, pero sentimos que nos están engañando.
Todo el Reino Unido está en pie de guerra por el costo de la vida. Nosotros no somos diferentes"[5].
Esta huelga fue denunciada por el RMT, Unite y el GMB, que dijeron en una carta conjunta que "nuestra preocupación es que la acción no oficial lo arriesga todo. Algunos operadores de la antigua infraestructura utilizarán el malestar industrial para justificar el desmantelamiento anticipado y lo único que obtendremos serán más despidos. Otros verán una plantilla dividida y se aprovecharán de ello".
Las acciones en Amazon también son interesantes, porque la mayoría de los trabajadores hicieron huelga sin formar parte de ningún sindicato. El grupo "obrerista" Notes from Below ha publicado relatos de algunos de los trabajadores que participaron en las huelgas, éste del "Fulfilment Centre" de Amazon en Coventry:
"Hemos trabajado durante toda la pandemia de Covid, incluyendo los confinamientos. Llevamos esperando información sobre esta subida salarial desde abril y todos esperábamos al menos 2 libras más por hora. Sin embargo, la dirección anunció el miércoles que sólo íbamos a recibir un aumento de 50 peniques por hora.
Sólo planeamos ir a la huelga dos horas antes de que ocurriera. Habíamos visto las huelgas de los centros de distribución de Tilbury y Rugeley en TikTok durante nuestro descanso, y eso nos inspiró para ir a la huelga. Vimos esos vídeos a las 11 de la mañana y empezamos a difundir la idea de la huelga de boca en boca en el almacén. A la 1 de la tarde, ya teníamos más de 300 personas que se habían retirado y dejado de trabajar. Al principio, no recibimos ayuda de ningún sindicato para hacer la huelga. Lo organizamos todo nosotros mismos. Sin embargo, después de la huelga, GMB se puso en contacto con nosotros para que nos afiliáramos al sindicato y asesorarnos" [6].
Este relato arroja luz sobre una serie de cuestiones: un elemento de la actual oleada de ira de clase es el hecho de que numerosos sectores -sanidad, reciclaje, transporte, distribución, etc.- a los que se les dijo durante la pandemia que su trabajo era esencial, y que eran héroes por seguir adelante, están siendo recompensados ahora con aumentos salariales insultantes. También muestra la capacidad de los trabajadores para emprender acciones de huelga sin ninguna "ayuda" sindical, como se describe con más detalle en un relato de la primera huelga salvaje de Amazon [7].
Pero también demuestra que los sindicatos siempre están dispuestos a intervenir y "organizar a los trabajadores por su propio bien”. Si no se trata de un sindicato oficial como el GMB (que se autodenomina "un sindicato para todos los trabajadores"), como en este caso, hay una serie de organizaciones "de base", semi-sindicalistas, como la United Voices of the World y la IWGB (The Independent Workers' Union of Great Britain) que se han especializado en reclutar a los sectores más precarios hasta ahora ignorados por los principales organismos sindicales. Y no hay que olvidar que el nivel más bajo de los sindicatos oficiales, los delegados sindicales o los organizadores locales, también pueden crear comités y coordinaciones de huelga pseudo independientes que no son auténticas expresiones de las reuniones de masas de los huelguistas y que pretenden actuar como el último baluarte de los sindicatos.
Los sindicatos, y la ideología básica del sindicalismo, tienen una historia muy larga en Gran Bretaña y se necesitará mucho tiempo y muchos enfrentamientos con el sabotaje sindical antes de que los trabajadores sean capaces de desarrollar formas autónomas de organización a escala masiva, en particular, asambleas generales soberanas donde los trabajadores puedan debatir y tomar sus decisiones sobre la forma de ampliar y unir sus luchas. Y también es probable que las nuevas medidas "antisindicales" anunciadas por el gobierno de Truss contribuyan a reforzar la idea de que los sindicatos pertenecen realmente a los trabajadores y deben ser defendidos, aunque los sindicatos se hayan vuelto muy hábiles en la vigilancia y normalización de la legislación antihuelga anterior (votaciones, límites a los piquetes secundarios, etc.).
No obstante, podemos ver en algunos de estos ejemplos recientes que la auténtica tradición de clase de decidir acciones en las asambleas generales, de organizar piquetes de masas y de llamar directamente a otros lugares de trabajo para que se unan a la lucha, no ha desaparecido en absoluto de la memoria colectiva de la clase obrera en Gran Bretaña y todavía existe en forma embrionaria. La actual ola de huelgas es una preparación esencial para que las luchas del futuro alcancen los tan necesarios niveles de autoorganización que permitan a los trabajadores unificar sus luchas.
Amos
1 Ver nuestro folleto internacional A summer of anger in Britain: The ruling class demands further sacrifices, the response of the working class is to fight [24]
2 Esta campaña se basaba en una mentira fundamental: que el capitalismo de estado estalinista era realmente comunismo.
3 Traducido por nosotros de https://www.leftcom.org/en/articles/2022-08-15/wildcat-strikes-in-the-uk-getting-ready-for-a-hot-autumn [25].Ver también Wildcat action to hit refineries and power plants on August 24th [26]
4 Ver también "Los sindicatos RMT, Unite y GMB denuncian las huelgas salvajes en las plataformas petrolíferas y de gas del Mar del Norte", https://www.wsws.org/en/articles/2022/09/08/coef-s08.html [27] (Traducido por nosotros)
5 Campos de petróleo y gas del Mar del Norte: La lucha continúa (TCI): http://www.leftcom.org/en/articles/2022-08-31/north-sea-oil-and-gas-fields-the-struggle-continues [28]
6 https://notesfrombelow.org/article/how-amazon-wildcat-spread [29] (Traducido por nosotros)
Enlaces
[1] https://es.internationalism.org/files/es/ante_la_aceleracion_de_la_barbarie_capitalista_solo_hay_una_respuesta_la_lucha_de_clases.pdf
[2] https://es.internationalism.org/content/4630/informe-sobre-la-pandemia-de-covid-19-y-el-periodo-de-descomposicion-capitalista
[3] https://es.internationalism.org/tag/2/29/la-lucha-del-proletariado
[4] https://es.internationalism.org/tag/3/45/descomposicion
[5] https://es.internationalism.org/tag/3/47/guerra
[6] https://es.internationalism.org/tag/cuestiones-teoricas/salud-epidemias-pandemias
[7] https://es.internationalism.org/files/es/el_imperialismo_estadounidense_principal_protagonista_del_caos_capitalista.pdf
[8] https://es.internationalism.org/content/4867/militarismo-y-descomposicion-mayo-de-2022
[9] https://es.internationalism.org/revista-internacional/200902/2489/guerra-del-golfo-masacres-y-caos-capitalistas
[10] https://es.internationalism.org/content/4843/significado-e-impacto-de-la-guerra-en-ucrania
[11] https://es.internationalism.org/tag/geografia/estados-unidos
[12] https://es.internationalism.org/tag/3/48/imperialismo
[13] https://es.internationalism.org/files/es/la_economia_mundial_en_el_torbellino_de_la_decadencia_capitalista.pdf
[14] https://es.internationalism.org/revista-internacional/200910/2677/la-decadencia-del-capitalismo-v-las-contradicciones-mortales-de-la
[15] https://es.internationalism.org/revista-internacional/198804/1268/guerra-militarismo-y-bloques-imperialistas-ii
[16] https://fr.internationalism.org/ri331/crise.html
[17] https://fr.internationalism.org/content/10764/surproduction-et-inflation
[18] https://fr.internationalism.org/rinte63/ecologie.htm
[19] https://es.internationalism.org/revista-internacional/200804/2710/medioambiente-el-mundo-en-visperas-de-una-catastrofe-medioambienta
[20] https://es.internationalism.org/revista-internacional/200901/2679/el-mundo-en-visperas-de-una-catastrofe-medioambiental-ii-quien-es-
[21] https://es.internationalism.org/tag/2/25/la-decadencia-del-capitalismo
[22] https://es.internationalism.org/tag/3/50/medio-ambiente
[23] https://es.internationalism.org/files/es/los_trabajadores_luchan_por_sus_propios_intereses_en_la_guerra_de_clases.pdf
[24] https://en.internationalism.org/content/17247/summer-anger-britain-ruling-class-demands-further-sacrifices-response-working-class
[25] https://www.leftcom.org/en/articles/2022-08-15/wildcat-strikes-in-the-uk-getting-ready-for-a-hot-autumn
[26] https://libcom.org/article/wildcat-action-hit-refineries-and-power-plants-august-24th
[27] https://www.wsws.org/en/articles/2022/09/08/coef-s08.html
[28] http://www.leftcom.org/en/articles/2022-08-31/north-sea-oil-and-gas-fields-the-struggle-continues
[29] https://notesfrombelow.org/article/how-amazon-wildcat-spread
[30] https://notesfrombelow.org/article/wildcat-strike-amazon
[31] https://es.internationalism.org/tag/geografia/gran-bretana