Adjunto | Tamaño |
---|---|
![]() | 185.59 KB |
Hace un siglo soplaban aires de esperanza sobre la humanidad. Primero en Rusia, donde la clase obrera había logrado tomar el poder. En Alemania, Hungría e Italia después, donde luchó valientemente para continuar la labor de los proletarios rusos con una sola consigna: la abolición del modo de producción capitalista cuyas contradicciones habían sumido a la civilización en cuatro años de guerra. Cuatro años de barbarie sin precedentes hasta entonces, trágico testimonio de la entrada del capitalismo en su fase de decadencia.
En esas condiciones, tras constatar la quiebra de la Segunda Internacional, apoyándose en todo el trabajo de reconstrucción de la unidad internacional iniciado en Zimmerwald en septiembre de 1915 y luego en Kiental en abril de 1916, se fundó la Tercera Internacional el 4 de marzo de 1919 en Moscú. Ya en las Tesis de abril de 1917, Lenin llamaba a la fundación de un nuevo partido mundial. La inmadurez del movimiento revolucionario obligó, sin embargo, a posponer su fundación. Para Lenin, el paso decisivo se dio durante los terribles días de enero de 1919 en Alemania, durante los cuales se fundó el Partido Comunista Alemán (KPD). En una "Carta a los Trabajadores de Europa y América" del 26 de enero, Lenin escribió: "Cuando la Liga Espartaco se dio el nombre de Partido Comunista alemán, la fundación de la Tercera Internacional se hizo entonces realidad. Formalmente esta fundación aún no ha sido confirmada, pero en realidad, ahora ya, la Tercera Internacional sí existe". Más allá del excesivo entusiasmo de tal juicio, como veremos más adelante, lo que sí entendieron los revolucionarios de entonces es que forjar el partido ya era algo esencial para la victoria de la revolución a escala mundial. Tras varias semanas de preparación, 51 delegados se reunieron del 2 al 6 de marzo de 1919 para sentar las bases organizativas y programáticas que permitieran al proletariado mundial seguir avanzando en la lucha contra todas las fuerzas burguesas.
La CCI reivindica los aportes de la Internacional Comunista (IC). Es pues este centenario una oportunidad para saludar y destacar la valiosa contribución de la IC en la historia del movimiento revolucionario, pero también para sacar lecciones de esa experiencia y poner de relieve sus debilidades para así armar al proletariado de hoy para las luchas del futuro.
Como dice la "Carta de invitación al Congreso" de Trotski: "Los partidos y organizaciones abajo firmantes consideran urgente la convocatoria del primer congreso de la nueva Internacional revolucionaria. (...) El rápido ascenso de la revolución mundial que acarrea constantemente nuevos problemas, el peligro de asfixia de la revolución por la alianza de los estados capitalistas contra la revolución bajo la hipócrita bandera de la "Sociedad de Naciones", los intentos de los partidos sociales-traidores de unirse y seguir ayudando a sus gobiernos y burguesías a traicionar a la clase obrera tras haberse concedido una mutua "amnistía", por último, la riquísima experiencia revolucionaria ya adquirida y el carácter global de todo el movimiento revolucionario… todas estas circunstancias nos exigen poner al orden del día de la discusión la cuestión de la convocatoria de un congreso internacional de partidos revolucionarios".
A imagen de ese primer llamamiento de los bolcheviques, la fundación de la IC expresó el deseo de reunir a las fuerzas revolucionarias de todo el mundo. Pero también el de la defensa del internacionalismo proletario, pisoteado como lo había sido por la gran mayoría de los partidos socialdemócratas componentes de la II Internacional. Tras cuatro largos años de una guerra atroz que dividió y diezmó a millones de proletarios en los campos de batalla, el surgimiento de un nuevo partido mundial mostró la voluntad de profundizar la labor iniciada por las organizaciones que habían permanecido fieles al internacionalismo. En este sentido, la IC es la expresión de la fuerza política del proletariado que se estaba manifestando por todas partes después del profundo retroceso causado por la guerra, así como la responsabilidad de los revolucionarios de continuar defendiendo los intereses de la clase obrera y la revolución mundial.
Durante el congreso fundador se afirmó repetidamente que la IC era el partido de la acción revolucionaria. Como se afirma en su Manifiesto, la IC nació en un momento en que el capitalismo había mostrado claramente su obsolescencia. La humanidad estaba entrando en la "era de guerras y revoluciones". En otras palabras, la abolición del capitalismo se estaba convirtiendo en una necesidad extrema para el futuro de la civilización. Con esa nueva comprensión de la evolución histórica del capitalismo, la IC defendió incansablemente los consejos obreros y la dictadura del proletariado: "el nuevo aparato de poder debe representar la dictadura de la clase obrera (...) es decir, debe ser el instrumento del derrocamiento sistemático de la clase explotadora y de su expropiación. El poder de los consejos obreros o de las organizaciones de trabajadores es su forma concreta". (Carta de invitación al congreso). Esas orientaciones fueron defendidas durante todo el congreso. Además, las "Tesis sobre la democracia burguesa", escritas por Lenin y adoptadas por el Congreso, acometían la denuncia de las mistificaciones de la democracia, pero sobre todo advertían al proletariado del peligro que representaban en su lucha contra la sociedad burguesa. Desde el principio, la IC se puso resueltamente en el campo proletario defendiendo los principios y métodos de lucha de la clase obrera y denunciando enérgicamente el llamamiento de la corriente centrista a una unidad imposible entre los social-traidores y los comunistas, "la unidad de los obreros comunistas con los asesinos de los líderes comunistas Liebknecht y Luxemburgo", según las propias palabras de la "Resolución del Primer Congreso de la IC sobre la posición respecto a las corrientes socialistas y la Conferencia de Berna"[1]. Como prueba de la defensa inflexible de los principios proletarios, esa resolución, adoptada por unanimidad por el Congreso, fue una reacción a la reciente celebración por la mayoría de los partidos socialdemócratas de la II Internacional de una reunión[2] en la que se adoptaron una serie de orientaciones claramente dirigidas contra la oleada revolucionaria. La resolución terminaba así: “El congreso invita a los obreros de todos los países a entablar la lucha más enérgica contra la internacional amarilla y a preservar a las masas más amplias del proletariado contra esa internacional de la mentira y de la traición”
La fundación de la IC fue un paso vital en la continuación de la lucha histórica del proletariado. Consiguió recoger las mejores aportaciones de la II Internacional rompiendo con ella en posiciones o análisis que ya no correspondían al período histórico que acababa de comenzar.[3] Mientras que el antiguo partido mundial había traicionado el internacionalismo proletario, en nombre de la Unión Sagrada, en vísperas de la Primera Guerra Mundial, la fundación del nuevo partido hizo posible fortalecer la unidad de la clase obrera y armarla en la feroz lucha que estaba librando en muchos países del mundo por la abolición del modo de producción capitalista. Por lo tanto, a pesar de las circunstancias desfavorables y de los errores cometidos, como veremos, nosotros saludamos y defenderemos aquel empeño. Los revolucionarios de aquella época asumieron su responsabilidad, había que hacerlo ¡y lo hicieron!
El año 1919 fue el punto culminante de la ola revolucionaria. Después de la victoria de la revolución en Rusia en octubre de 1917, la abdicación de Guillermo II y la firma apresurada del armisticio ante los motines y la revuelta de las masas trabajadoras en Alemania, aparecieron insurrecciones obreras, y, en particular, la instauración de la República de Consejos en Baviera y Hungría. También hubo motines en la flota y entre las tropas francesas o las unidades militares británicas, negándose éstas a intervenir contra la Rusia soviética, y se produjo una ola de huelgas, especialmente en los centros de mayor acción revolucionaria (Clyde, Sheffield, Gales del Sur) en el Reino Unido (1919). Pero en marzo de 1919, cuando se creó la IC en Moscú, la mayoría de tales levantamientos ya habían sido reprimidos o estaban a punto de serlo.
No hay duda de que los revolucionarios de entonces se encontraron en una situación de emergencia y se vieron obligados a actuar en pleno ardor de la lucha revolucionaria. Como lo diría más tarde la Fracción Francesa de Izquierda Comunista (FFIC) en 1946: "los revolucionarios intentan salvar la brecha entre la madurez de la situación objetiva y la inmadurez del factor subjetivo (la ausencia del Partido) mediante una amplia unión de grupos y corrientes políticamente heterogéneos, proclamando tal unión como el nuevo Partido"[4].
No se trata aquí de discutir la validez o no de la fundación del nuevo partido, la Internacional. Era una necesidad imperiosa. En cambio lo que sí queremos señalar es una serie de errores en el método con el que se fundó.
Aunque la mayoría de los informes presentados por los diferentes delegados sobre la situación de la lucha de clases en cada país alertan sobre la reacción de la burguesía al avance de la revolución (al final del congreso se vota una resolución sobre el Terror Blanco), es sorprendente notar lo mucho que se subestima ese aspecto durante aquellos cinco días de trabajo. Ya pocos días después de la noticia de la fundación del KPD, que siguió a la fundación de los Partidos Comunistas de Austria (noviembre de 1918) y Polonia (diciembre de 1918), Lenin consideraba que la suerte estaba echada: "Cuando la Liga Espartaco alemana, dirigida por tan ilustres líderes, conocidos en todo el mundo, leales partidarios de la clase obrera como lo son Liebknecht, Rosa Luxemburgo, Clara Zetkin, Franz Mehring, rompieron para siempre todos los lazos con los socialistas como Scheidemann, (...)....) cuando la Liga Espartaco se hizo llamar Partido Comunista Alemán, entonces la fundación de la Tercera Internacional, la Internacional Comunista, verdaderamente proletaria, verdaderamente internacional, verdaderamente revolucionaria, se hizo realidad. Formalmente, tal fundación no ha sido aprobada, pero en realidad la Tercera Internacional ya existe."[5] Anécdota significativa: la redacción de ese texto se completó el 21 de enero de 1919, fecha en la que Lenin fue informado del asesinato de K. Liebknecht. Esta inquebrantable certeza estaría presente durante todo el congreso. Ya en el discurso de apertura, Lenin marcó la pauta: "La burguesía podrá dar rienda suelta a sus instintos, podrá seguir matando a millones de obreros, la victoria será nuestra, la victoria de la revolución comunista mundial está asegurada". Posteriormente, todos aquellos que narraron la situación lo hicieron con el mismo optimismo desbordante; como el camarada Albert, miembro del joven KPD, que habló ante el Congreso el 2 de marzo en los siguientes términos: "No creo que sea de un optimismo exagerado decir que los partidos comunistas alemán y ruso continúan la lucha con la firme esperanza de que el proletariado alemán también dirija la revolución hacia la victoria final y que la dictadura del proletariado también pueda establecerse en Alemania, a pesar de todas las asambleas nacionales, a pesar de todos los Scheidemann y a pesar del nacionalismo burgués (...) Esto es lo que me impulsó a aceptar vuestra invitación con alegría, convencido de que en muy poco tiempo lucharemos codo con codo con el proletariado de los demás países, en particular Inglaterra y Francia, para que la revolución mundial también alcance en Alemania sus objetivos."
Pocos días después, entre el 6 y el 9 de marzo, una terrible represión se abatió sobre Berlín matando a 3000 personas el 8 de marzo, incluidos 28 marineros apresados y luego ejecutados con ametralladoras en la más pura tradición versallesca. El 10 de marzo Leo Jogiches fue asesinado; y Heinrich Dorrenbach[6] lo sería el 19 de mayo.
Y, sin embargo, las últimas palabras de Lenin en el discurso de clausura demostraron que el congreso no había cambiado en nada su análisis de la relación de fuerzas. Declaró sin vacilar que "la victoria de la revolución proletaria está asegurada en todo el mundo. La fundación de la República Internacional de Consejos está en marcha."
Amedeo Bordiga apuntó, sin embargo, un año después: "Después de que el proletariado ruso y el proletariado internacional lanzaran la consigna "régimen de sóviets" en el mundo, hemos visto cómo, al principio, se levantaba la ola revolucionaria, tras el fin de la guerra, y cómo se ponía en marcha el proletariado de todo el mundo. Hemos visto en todos los países la selección que se producía en los antiguos partidos socialistas para hacer surgir a partidos comunistas comprometidos en la lucha revolucionaria contra la burguesía. Desafortunadamente, el período siguiente fue un período de interrupción, cuando las revoluciones alemana, bávara y húngara fueron aplastadas por la burguesía".
En realidad, las debilidades significativas de la conciencia en del proletariado eran un obstáculo importante para el desarrollo revolucionario de la situación:
-Una dificultad para que esos movimientos fueran más allá de la lucha contra la guerra y alcanzaran un nivel más alto, el de la revolución proletaria. La ola revolucionaria se había construido sobre todo contra la guerra.
-El desarrollo de huelgas masivas mediante la unificación de reivindicaciones políticas y económicas siguió siendo muy frágil y, por lo tanto, poco capaz de estimular un mayor nivel de conciencia.
-La cima revolucionaria estaba a punto de alcanzarse. El movimiento ya no tenía la misma dinámica después de la derrota de las luchas en Alemania y Europa Central. La ola continuaba, sí, pero ya empezó a perder fuerza entre 1919 y 1920.
- La República de los sóviets en Rusia seguía cruelmente aislada. Seguía siendo el único bastión revolucionario con todo lo que eso podía implicar en regresión de la conciencia, tanto en su interior como en el resto del mundo.
“El movimiento obrero después de la primera guerra imperialista mundial se encuentra en un estado de división extrema. La guerra imperialista rompió la unidad formal de las organizaciones políticas que decían ser proletarias. La crisis del movimiento obrero, que ya existía antes, alcanzó su punto álgido debido a la guerra mundial y a las posiciones que había que adoptar ante ella. Todos los partidos y organizaciones anarquistas, sindicales y marxistas fueron violentamente sacudidas. Las divisiones se multiplicaron. Surgieron nuevos grupos. Se produce una delimitación política. La minoría revolucionaria de la II Internacional representada por los bolcheviques, la izquierda alemana de Luxemburg y los tribunistas holandeses, ya de por sí poco homogénea, no se encuentra ya frente a un bloque oportunista. Entre ella y los oportunistas hay todo un abanico de grupos políticos y tendencias más o menos confusas, más o menos centristas, más o menos revolucionarias, que son el resultado del movimiento general de las masas hacia la ruptura con la guerra, con la unión sagrada, con la traición de los antiguos partidos socialdemócratas. Asistimos al proceso de liquidación de los antiguos partidos cuyo colapso ha dado lugar a una multitud de grupos. Estos grupos no expresan el proceso de formación del nuevo Partido, sino, más bien, el proceso de dislocación, liquidación, muerte del viejo Partido. Esos grupos se componen sin duda de elementos para la constitución del nuevo partido, pero no son ni mucho menos la base de tal constitución. Esas corrientes expresan esencialmente la negación del pasado y no la afirmación positiva del futuro. La base del nuevo Partido de clase sólo se encuentra en la vieja izquierda, en el trabajo crítico y constructivo, en las posiciones teóricas, en los principios programáticos que la izquierda ha desarrollado durante los 20 años de su existencia y de lucha fraccional dentro del viejo Partido"[7].
Así, el medio revolucionario está muy fragmentado, compuesto por grupos que carecen de claridad, inmaduros todavía. Sólo las fracciones de izquierda de la II Internacional (los bolcheviques, los tribunistas y los espartaquistas, sólo en gran parte, pues hay mucha heterogeneidad en ellos cuando no división) son capaces de señalar el rumbo y establecer una base sólida para la fundación del nuevo partido.
Además, muchos militantes carecían de experiencia política. De los 43 delegados al congreso fundador cuyas edades se conocen, 5 tenían entre 20 y 30 años, 24 tenían más de 50 años[8] De los 42 delegados, cuya trayectoria política se puede rastrear, 17 se habían afiliado a los partidos socialdemócratas antes de la revolución rusa de 1905, mientras que 8 se habían hecho socialistas activos sólo después de 1914[9].
A pesar de su entusiasmo y pasión revolucionaria, muchos de ellos carecían de la experiencia necesaria en tales circunstancias.
Como ya decía la FFIC en 1946: "Es innegable que una de las causas históricas de la victoria de la revolución en Rusia y de su derrota en Alemania, Hungría e Italia radica en la existencia del Partido revolucionario en el momento decisivo en aquel país y su ausencia o inexistencia en éstos". La fundación de la Tercera Internacional se pospuso durante mucho tiempo debido a los diversos obstáculos que enfrentó el campo proletario durante el episodio revolucionario. En 1918-1919, consciente de que la ausencia del nuevo partido era una debilidad irreparable para la victoria de la revolución mundial, la vanguardia del proletariado fue unánime sobre la necesidad imperiosa de fundar el nuevo partido. Sin embargo, no todos se pusieron de acuerdo sobre la fecha y, sobre todo, qué método adoptar. Mientras que la gran mayoría de las organizaciones y grupos comunistas estaban a favor de fundarlo lo antes posible, el KPD, y especialmente Rosa Luxemburg y Léo Jogiches, optaron por posponer su fundación, considerando que la situación era prematura, que la conciencia comunista de las masas todavía era débil y que el medio revolucionario tampoco tenía mucha claridad[10]. El delegado del KPD en la conferencia, el camarada Albert, tenía pues el mandato de defender esa posición y no de votar a favor de la fundación inmediata de la Internacional Comunista.
“Cuando se nos dice que el proletariado necesita un centro político en su lucha, podemos decir que ese centro ya existe y que todos aquellos que se basan en el sistema de consejos ya han roto con los elementos de la clase obrera que todavía se inclinan hacia la democracia burguesa: constatamos que la ruptura se está preparando por todas partes y que se está realizando. Pero una Tercera Internacional no sólo debe ser un centro político, una institución en la que los teóricos intercambian calurosos discursos, sino que debe ser la base de un poder organizativo. Si queremos hacer de la Tercera Internacional un instrumento eficaz de lucha, si queremos convertirla en un medio de combate, entonces es necesario que también existan esas condiciones previas. Por lo tanto, en nuestra opinión, la cuestión no debería debatirse y decidirse simplemente desde un punto de vista intelectual, sino que es necesario que nos preguntemos en términos concretos si existen los fundamentos de la organización. Todavía tengo la sensación de que los camaradas que tanto presionan a favor de la fundación se dejan influir enormemente por la evolución de la Segunda Internacional, y que quieren, después de la conferencia de Berna, imponer una empresa en competencia con aquella. Esto nos parece menos importante, y cuando decimos que es necesaria una aclaración, de lo contrario los elementos indecisos se unirán a la Internacional amarilla, digo que la fundación de la Tercera Internacional no retendrá a los elementos que hoy se unen a la Segunda, y que si van allí a pesar de todo, es porque ése es su lugar"[11].
Como se puede ver, el delegado alemán advirtió contra el peligro de fundar un partido transigiendo con los principios y el esclarecimiento organizativo y programático. Aunque los bolcheviques se tomaron muy en serio las reservas de la central del KPD, no hay duda de que ellos también se vieron atrapados en esa carrera contra reloj. De Lenin a Zinóviev, de Trotski a Racovski, todos enfatizan la importancia de conseguir que se adhieran todos los partidos, organizaciones, grupos o individuos que reivindiquen, de cerca o de lejos, el comunismo y los consejos. Como se observa en una biografía de Rosa Luxemburg, "Lenin veía en la Internacional una manera de ayudar a los diversos partidos comunistas a formarse o fortalecerse"[12] por la decantación producida en la lucha contra el centrismo y el oportunismo. Para el KPD, se trataba en primer lugar de formar partidos comunistas "sólidos", con el apoyo de las masas, antes de ratificar la creación del nuevo partido.
La composición del congreso es una ilustración de la precipitación y las dificultades que se imponían a las organizaciones revolucionarias de la época. De los 51 delegados que participaron en los trabajos, habida cuenta de los retrasos, las salidas anticipadas y las ausencias temporales, unos 40 son militantes bolcheviques del partido ruso, pero también de los partidos letón, lituano, bielorruso, armenio y de la Rusia oriental. Además del partido bolchevique, sólo los partidos comunistas alemanes, polacos, austriacos y húngaros tenían existencia propia.
Las demás fuerzas invitadas al congreso eran una multitud de organizaciones, grupos o elementos no abiertamente "comunistas" sino en proceso de decantación en el seno de la socialdemocracia y el sindicalismo. La carta de invitación al Congreso convocaba a todas las fuerzas que, directa o indirectamente, apoyaban la Revolución Rusa y parecían de buena voluntad para laborar por la victoria de la revolución mundial:
“10° Es necesario aliarse con aquellos elementos del movimiento revolucionario que, aunque no hayan pertenecido a los partidos socialistas en el pasado, hoy en día se sitúan globalmente en el terreno de la dictadura del proletariado en su forma de poder de los consejos. Se trata, en primer lugar, de los elementos sindicalistas del movimiento obrero.
- 11° Es necesario, en fin, ganarse a todos los grupos u organizaciones proletarias que, sin haberse unido abiertamente a la corriente revolucionaria, manifiestan, sin embargo, en su evolución una tendencia en ese sentido"[13].
Ese método acarreó varias anomalías que atestiguan la falta de representatividad de una parte del congreso. Por ejemplo, el estadounidense Boris Reinstein no tenía mandato de su partido, el Socialist Labor Party. El holandés S.J. Rutgers representaba una liga para la propaganda socialista. Christian Racovsky[14] debía representar a la Federación Balcánica, al Tesnjaki búlgaro y al PC rumano.[15] Por lo tanto, pese a las apariencias, el congreso fundador fue sobre todo representativo de la insuficiente conciencia en la clase obrera mundial.
Todos esos elementos también muestran que gran parte de la vanguardia revolucionaria dio prioridad a la cantidad en detrimento de la clarificación previa sobre los principios organizativos. Este enfoque dio la espalda a todo el concepto que los bolcheviques habían desarrollado en los quince años anteriores. Esto ya lo puso de relieve la FFIC en 1946: "El método "estrecho" de selección sobre bases con principios más precisos, sin fijarse en los éxitos numéricos inmediatos, permitió a los bolcheviques construir el Partido que, en el momento decisivo, fue capaz de integrar en su seno y asimilar todas las energías revolucionarias y militantes de las demás corrientes y, en última instancia, conducir al proletariado a la victoria; el método "amplio", en cambio, preocupado sobre todo por reunir inmediatamente a la mayor cantidad a expensas de la precisión programática y de principios, iba a conducir a la formación de partidos de masas, verdaderos colosos con pies de barro que se derrumbarían a la primera derrota bajo la dominación del oportunismo. La formación del Partido de clase es infinitamente más difícil en los países capitalistas avanzados -donde la burguesía dispone de mil maneras de corromper la conciencia del proletariado- que en Rusia".
Cegada por la certidumbre de una victoria inminente del proletariado, la vanguardia revolucionaria subestimó en gran medida las dificultades objetivas que tenía ante sí. La euforia la llevó a dejar de lado el método "estrecho" de construcción de la organización que había sido defendida sobre todo por los bolcheviques en Rusia y en parte por los espartaquistas en Alemania. Se consideró que había que dar prioridad a una gran concentración revolucionaria que permitiera además contrarrestar a la "Internacional amarilla" que se había formado en Berna unas semanas antes. El método "amplio" dejó en segundo plano la clarificación de los principios organizativos. Parecían importar poco las confusiones que arrastraban los grupos integrados en el nuevo partido, la lucha se libraría en su seno. Por el momento, se dio prioridad a agrupamiento de la mayor cantidad posible.
Ese método "amplio" acabaría teniendo consecuencias nefastas, pues debilitaba a la IC en la futura lucha organizativa. Y así, la claridad programática del primer congreso acabó pisoteada por el empuje oportunista en un contexto de debilitamiento y degeneración de la oleada revolucionaria. Fue en el seno de la IC donde surgieron las fracciones de izquierda que criticarían la insuficiente ruptura con la II Internacional. Como veremos más adelante, las posiciones defendidas y desarrolladas por esos grupos respondieron a los problemas que se planteaban en la IC ante el nuevo período de decadencia del capitalismo
(Continuará).
Narek, 4 de marzo de 2019.
[2] La conferencia de Berna de febrero de 1919 fue un “intento de resucitar el cadáver de la Segunda Internacional" y a la cual "el Centro" envió a sus representantes.
[3] Para más amplio conocimiento, véase el artículo "Marzo de 1919: fundación de la Internacional Comunista”, Revista Internacional n°57, 2º trimestre de 1989.
[4] Internationalisme, "A propos du Premier Congrès du Parti communiste internationaliste d’Italie" (Sobre el Primer Congreso del Partido comunista internacionalista de Italia), n° 7, enero-febrero de 1946
[5] Lenin, Obras, t. XXVIII.
[6] Comandante de la división de la marina popular en Berlín en 1918. Tras la derrota de enero, se refugió en Brunswick luego en Eisenach. Lo detuvieron y ejecutaron en mayo de 1919.
[7] Internationalisme, "A propos du Premier Congrès du Parti communiste internationaliste d’Italie" (Sobre el Primer Congreso del Partido Comunista Internacionalista de Italia), n° 7, enero-febrero de 1946
[8] Founding the Communist International: The Communist International in Lenin's Time. Proceedings and Documents of the First Congress : March 1919, Editado por John Riddell, Nueva York, 1987, “Introduction”, p. 19
[9] Ibídem.
[10] Ese es el mandato que dieron (en la primera quincena de enero) al delegado del KPD para la convención de fundación. Esto no significa que Rosa Luxemburg, por ejemplo, se opusiera en principio a la fundación de una internacional. Todo lo contrario.
[11] Intervención del delegado alemán el 4 de marzo de 1919, en el Primer Congreso de la Internacional Comunista, textos completos publicados bajo la dirección de Pierre Broué, Etudes et documentation internationales, 1974.
[12] Gilbert Badia, Rosa Luxemburg. Journaliste, polémiste, révolutionnaire, Ediciones sociales, 1975.
[13] "Carta de invitación al congreso", https://www.marxists.org/espanol/comintern/eis/4-Primeros3-Inter-2-edic.pdf [3]
[14] uno de los delegados más influyentes y decididos para una fundación inmediata de la IC.
[15] Pierre Broué, Histoire de l’Internationale Communiste (1919-1943), Fayard, 1997, p 79.
Adjunto | Tamaño |
---|---|
![]() | 120.49 KB |
Hace 100 años, en marzo de 1919, se celebró el primer congreso de la Internacional Comunista (IC), el congreso para la constitución de la Tercera Internacional.
Si no fuese por el deseo de las organizaciones revolucionarias de celebrar este acontecimiento, la fundación de la Internacional quedaría relegada al olvido. La burguesía está más bien interesada en silenciar este acontecimiento, mientras que se ceba con celebraciones como la del centenario del final de la Primera Guerra Mundial. A la clase dominante no le interesa lo más mínimo que la clase obrera recuerde su primera gran experiencia revolucionaria internacional de 1917-1923. La burguesía desearía, por el contrario, poder enterrar definitivamente el espectro de esta oleada revolucionaria que dio origen a la IC y que fue, por cierto, la respuesta que dio el proletariado internacional a la Primera Guerra Mundial, a cuatro años de carnicería y enfrentamientos militares entre estados capitalistas por el reparto del mundo.
Esta ola revolucionaria había comenzado con la victoria de la Revolución Rusa en octubre de 1917. Se puso también de manifiesto en los amotinamientos de soldados en las trincheras y en el levantamiento del proletariado en Alemania en 1918.
Esta primera ola revolucionaria atravesó toda Europa y alcanzó, incluso, a países del continente asiático (especialmente China en 1927). Los países del continente americano, desde Canadá y Estados Unidos hasta América Latina, también se han visto sacudidos por esta ola revolucionaria global[1].
No debemos olvidar que fue precisamente el miedo a la extensión internacional de la revolución rusa lo que obligó a la burguesía de las grandes potencias europeas a firmar el armisticio que puso fin a la Primera Guerra Mundial.
En este contexto, la fundación de la Internacional Comunista en 1919 representó la culminación de esta primera ola revolucionaria.
La Internacional Comunista fue fundada para dar una orientación política clara a las masas trabajadoras. Se dio como objetivo mostrar al proletariado el camino hacia el derrocamiento del estado burgués y la construcción de un nuevo mundo sin guerras ni explotación. Tal y como afirmaban los Estatutos de la IC (adoptados en su II Congreso en julio de 1920): "La Tercera Internacional Comunista se formó al final de la carnicería imperialista de 1914-1918, durante la cual la burguesía de los distintos países sacrificó 20 millones de vidas.
¡Recuerden la guerra imperialista! Esta es la primera palabra que la Internacional Comunista dirige a cada trabajador, sea cual sea su origen e idioma. ¡Recuerden que, a causa de la existencia del régimen capitalista, un puñado de imperialistas tuvo, durante cuatro largos años, la posibilidad de obligar a los trabajadores de todo el mundo a degollarse unos a otros! ¡Recuerda que la guerra burguesa sumió a Europa y al mundo entero en el hambre y la miseria! Recuerda que, sin el derrocamiento del capitalismo, la repetición de estas guerras criminales no sólo es posible, sino inevitable".
La fundación de la IC expresó, ante todo, la necesidad de que los revolucionarios se unieran para defender el principio del internacionalismo proletario. ¡Un principio básico del movimiento obrero que los revolucionarios tenían que preservar y defender contra viento y marea!
Para comprender toda la importancia de la fundación de la IC, debemos en primer lugar recordar que esta Tercera Internacional se sitúa en continuidad histórica con la Primera Internacional (AIT) y la Segunda Internacional (la Internacional de los partidos socialdemócratas). Por esa razón el Manifiesto de la IC afirmaba que: "nosotros, los comunistas reunidos en la Tercera Internacional, nos consideramos los continuadores directos de los esfuerzos heroicos y el martirio de una larga serie de generaciones revolucionarias, desde Babeuf hasta Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo. Si la I Internacional fue capaz de prever el desarrollo de la historia y preparar su camino, si la II pudo reunir a millones de proletarios; la III Internacional es la Internacional de la acción directa de masas, de la realización revolucionaria, es la Internacional de la acción".
Queda claro pues que la IC no surgió de la nada. Sus principios y su programa revolucionarios eran la emanación de toda la historia del movimiento obrero, en particular desde la Liga de Comunistas y la publicación del Manifiesto escrito por K. Marx y F. Engels en 1848. En este Manifiesto Comunista figura la célebre consigna del movimiento obrero: "Los proletarios no tienen patria. ¡Trabajadores de todos los países, uníos!"
Para comprender el significado histórico de la fundación de la IC, debemos recordar que la Segunda Internacional murió en 1914. ¿Por qué? Porque los principales partidos de esta II Internacional, los partidos socialistas, habían traicionado el internacionalismo proletario. Los líderes de estos partidos traidores habían votado créditos de guerra en el Parlamento. En cada país, llamaron a la "unión sagrada" de los proletarios con sus explotadores. ¡Los llamaron a matarse unos a otros en la carnicería mundial en nombre de la defensa del país, cuando lo que proclama el Manifiesto Comunista es que “los proletarios no tienen patria!".
Frente al vergonzoso colapso de la II Internacional, sólo unos pocos partidos socialdemócratas pudieron resistir la tormenta, entre ellos los partidos italiano, serbio, búlgaro y ruso. En los otros países, apenas una pequeña minoría de militantes, muy frecuentemente aislados, siguieron fieles al internacionalismo proletario. Denunciaron la sangrienta orgía de la guerra, e intentaron reagruparse. En Europa, esta minoría de revolucionarios internacionalistas es la que representará la Izquierda, en torno a Rosa Luxemburgo en Alemania, a Pannekoek y Gorter en Holanda y, desde luego, a la fracción bolchevique del partido ruso con Lenin.
Dos años antes de la guerra, en 1912, se había celebrado el Congreso de Basilea de la Segunda Internacional. Ante el auge de la amenaza de una guerra en el corazón de Europa, este Congreso aprobó una resolución sobre la cuestión de la guerra y la revolución proletaria. Esta Resolución decía: "Que los gobiernos burgueses no se olviden de que la guerra francoalemana (de 1870) dio lugar a la insurrección revolucionaria de la Comuna de París, y que la guerra ruso-japonesa puso en marcha las fuerzas revolucionarias de Rusia. A los ojos de los proletarios, es un crimen matarse unos a otros en provecho de la ganancia capitalista, la rivalidad dinástica y la proliferación de tratados diplomáticos”.
En el seno de esa misma II Internacional, los teóricos marxistas más consecuentes, y en especial Rosa Luxemburgo y Lenin, fueron capaces de analizar el cambio en el período histórico en la vida del capitalismo. Rosa Luxemburgo y Lenin habían demostrado claramente que el modo de producción capitalista había alcanzado su apogeo a principios del siglo XX. Comprendieron que la guerra imperialista en Europa no podía tener ya más que un único objetivo: el reparto del mundo entre las principales potencias que rivalizaban en la carrera por las colonias. Lenin y Rosa Luxemburgo entendieron que el estallido de la Primera Guerra Mundial marcaba, con una hecatombe, la entrada del capitalismo en su período de declive, de decadencia histórica. Pero ya mucho antes del estallido de la guerra, el ala izquierda de la II Internacional había tenido que combatir con fiereza contra la derecha, contra los reformistas, los centristas y los oportunistas. Estos futuros renegados teorizaban que el capitalismo aún tenía un futuro brillante por delante y que, en definitiva, el proletariado no tenía ninguna necesidad de hacer la revolución y derrocar el poder de la burguesía.
En septiembre de 1915, y por iniciativa de los bolcheviques, se celebró en Suiza la Conferencia Socialista Internacional de Zimmerwald, a la que siguió una segunda conferencia en abril de 1916 en Kienthal, también en Suiza. A pesar de las difíciles condiciones de guerra y represión, participaron en ellas delegados de once países (Alemania, Italia, Rusia, Francia, etc.). Pero la mayoría de los delegados eran pacifistas que se negaban a romper con los socialistas chovinistas que se habían pasado al campo de la burguesía votando créditos de guerra en 1914.
En esa conferencia de Zimmerwald apareció también un ala izquierda en torno a los delegados de la facción bolchevique, Lenin y Zinoviev. Esta "izquierda de Zimmerwald" defendió la necesidad de romper con los partidos socialdemócratas que habían traicionado y la necesidad de construir una nueva Internacional. Contrariamente a lo que planteaban los pacifistas, expuso, en palabras de Lenin, que "la lucha por la paz sin acción revolucionaria es una frase hueca y engañosa". La izquierda de Zimmerwald reivindicó la consigna de Lenin: "transformar la guerra imperialista en guerra civil". Un lema que ya estaba contenido en las resoluciones de la II Internacional votadas en el Congreso de Stuttgart en 1907 y especialmente en el Congreso de Basilea en 1912.
La Izquierda de Zimmerwald constituiría pues el "primer núcleo de la Tercera Internacional en formación", tal y como señaló Zinoviev, el compañero de Lenin, en marzo de 1918.
Los nuevos partidos que se crearon, rompiendo con la socialdemocracia, empezaron entonces a tomar el nombre de "partido comunista". La oleada revolucionaria abierta por la Revolución Rusa de octubre de 1917 dio un poderoso impulso a los militantes revolucionarios para la fundación de la IC. Los revolucionarios comprendieron, en efecto, que era absolutamente indispensable y vital fundar un partido mundial del proletariado para la victoria de la Revolución a escala mundial.
Por ello, y por iniciativa del Partido Comunista (bolchevique) de Rusia y del Partido Comunista de Alemania (KPD, antes Liga Spartacus) se convocó el Primer Congreso de la Internacional en Moscú, el 2 de marzo de 1919.
La plataforma de la IC se basaba en el programa de los dos principales partidos comunistas, el Partido Bolchevique y el Partido Comunista de Alemania (fundado el 29 de diciembre de 1918).
Esta plataforma de la IC comienza afirmando claramente que "una nueva época ha nacido: la era de la desintegración del capitalismo, de su colapso interno. La época de la revolución comunista del proletariado". Y retomando el discurso sobre el programa fundacional del Partido Comunista Alemán, que pronunciase Rosa Luxemburgo, la Internacional declaraba sin ambigüedad que "el dilema al que se enfrenta la humanidad hoy en día es el siguiente: caer en la barbarie, o la salvación a través del socialismo". En otras palabras, que habíamos entrado en la "era de las guerras y las revoluciones". La única alternativa para la sociedad era ya: revolución proletaria mundial o destrucción de la humanidad; socialismo o barbarie. Esta posición se recogía con total rotundidad en el primer punto de la Carta de Invitación al Primer Congreso de fundación de la Internacional Comunista, que Trotsky había escrito en enero de 1919.
Para la Internacional, la entrada del capitalismo en su período de decadencia significaba que la lucha revolucionaria del proletariado tomaba una nueva forma. Este es el período en que se desarrolla la huelga de masas, el período en que los Consejos Obreros son la forma de la dictadura del proletariado anunciada por el surgimiento de los Soviets en Rusia en 1905 y 1917.
Pero una de las contribuciones fundamentales de la Internacional fue sobre todo la comprensión de que el proletariado debe destruir el Estado burgués para construir una nueva sociedad. A partir de esta cuestión, el primer congreso de la Internacional adoptó las Tesis sobre la democracia burguesa y la dictadura proletaria (escritas por Lenin). Estas tesis comienzan denunciando la falsa oposición entre democracia y dictadura "pues en ningún país capitalista civilizado, existe una ‘democracia en general’, sino sólo una democracia burguesa".
La Internacional afirmaba así que la defensa de la democracia “pura” en el capitalismo, significa defender, en la práctica, la democracia burguesa, la forma por excelencia de la dictadura del capital. Contra la dictadura del capital, la Internacional defendió que únicamente la dictadura del proletariado a escala mundial puede derrocar al capitalismo, abolir las clases sociales y ofrecer un futuro a la humanidad.
El partido mundial del proletariado debía dar pues una orientación clara a las masas proletarias para que pudieran alcanzar su objetivo final, defendiendo siempre la consigna de los bolcheviques en 1917: "Todo el poder a los Soviets". En eso consistía la “dictadura” del proletariado: en el poder de los Soviets o Consejos Obreros.
Desgraciadamente la Internacional se fundó demasiado tarde, en marzo de 1919, cuando ya la mayoría de los levantamientos revolucionarios del proletariado en Europa habían sido violentamente reprimidos. La IC se funda dos meses después de la sangrienta represión del proletariado alemán en Berlín. El Partido Comunista de Alemania acababa de perder a sus principales dirigentes, Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, brutalmente asesinados por el gobierno socialdemócrata durante la sangrienta semana de Berlín en enero de 1919. Por lo tanto, cuando se funda la Internacional ya ha sufrido su primera derrota. El aplastamiento de la revolución en Alemania significaba también y ante todo una derrota terrible para el proletariado internacional.
Hay que reconocer que los revolucionarios de ese momento se encontraban en una situación de emergencia cuando fundaron la Internacional. La Revolución Rusa se encontraba completamente aislada, asfixiada y cercada por toda la burguesía de todos los países (sin mencionar la rapiña contrarrevolucionaria de los Ejércitos Blancos dentro de Rusia). Los revolucionarios estaban con el agua al cuello y había que apresurarse en la construcción del partido mundial. A causa de esta situación de urgencia, los principales partidos que fundaron la Internacional, y, sobre todo, el Partido Bolchevique y el KPD, no pudieron clarificar sus divergencias y confusiones. Esta falta de claridad fue un factor importante en el desarrollo del oportunismo en la Internacional con el retroceso de la ola revolucionaria.
Más adelante, y por esta gangrena del oportunismo, esta nueva Internacional morirá también. Sucumbirá, igualmente, a la traición del principio del internacionalismo por parte del ala derecha de los partidos comunistas. En particular, el principal partido de la Internacional, el Partido Bolchevique, comenzó a defender, tras la muerte de Lenin, la teoría de la "construcción del socialismo en un solo país". Stalin, haciéndose con la dirección del partido bolchevique, ejecutó la represión del proletariado que había hecho la revolución en Rusia, e impuso una feroz dictadura contra los antiguos compañeros de Lenin que luchaban contra la degeneración de la Internacional, y que denunciaban lo que ellos consideraban como el retorno del capitalismo a Rusia.
Posteriormente, ya en la década de 1930, e invocando la defensa de la "patria soviética", los partidos comunistas de todos los países pisotearon la bandera de la Internacional llamando a los proletarios a matarse entre sí, una vez más, en los campos de batalla de la Segunda Guerra Mundial. Al igual que la Segunda Internacional en 1914, la IC quebró, también ella víctima de la gangrena del oportunismo y de un largo proceso de degeneración.
Pero, al igual que sucediera en la II Internacional, la IC también segregó una minoría de Izquierda compuesta de militantes que permanecieron fieles al internacionalismo y a la consigna "Los proletarios no tienen patria". Trabajadores de todos los países, uníos". Estas minorías de izquierda (en Alemania, Francia, Italia, Holanda…) llevaron a cabo un combate político en el seno de la Internacional en proceso de degeneración, para intentar salvarla. Pero Stalin acabó excluyendo a estos militantes de la izquierda de la Internacional. Los acosó, los persiguió y los liquidó físicamente (recordemos los juicios de Moscú, el asesinato de Trotsky por agentes de la GPU y también los gulags estalinistas).
Los revolucionarios excluidos de la Tercera Internacional también trataron de reagruparse, a pesar de todas las dificultades de la guerra y la represión. A pesar de su dispersión en diferentes países, estas exiguas minorías de militantes internacionalistas fueron capaces de hacer un balance de la oleada revolucionaria de 1917-1923 y sacar las principales lecciones para el futuro.
Estos revolucionarios que lucharon contra el estalinismo no pretendieron fundar una nueva internacional antes, durante o después de la Segunda Guerra Mundial. Comprendieron que era “medianoche del siglo": que el proletariado había sido aplastado físicamente, reclutado masivamente tras las banderas nacionales de antifascismo y víctima de la contrarrevolución más profunda de la historia. La situación histórica ya no era favorable al surgimiento de una nueva ola revolucionaria contra la Guerra Mundial.
Sin embargo, a lo largo de este largo período de contrarrevolución, las minorías revolucionarias continuaron llevando a cabo una actividad, a menudo en la clandestinidad, oculta, para preparar el futuro manteniendo la confianza en la capacidad del proletariado para levantar la cabeza y, un día, derrocar al capitalismo.
Queremos recordar que la CCI se reivindica de las contribuciones de la Internacional Comunista. Nuestra organización se vincula igualmente a la continuidad política con las fracciones de Izquierda excluidas de la Internacional en las décadas de 1920 y 1930, y en particular la Fracción de Izquierda Comunista Italiana. Así pues, este centenario es una oportunidad para saludar la invaluable contribución de la IC en la historia del movimiento obrero, pero también para aprender de esta experiencia a fin de armar al proletariado para sus futuras luchas revolucionarias.
Insistimos en la necesidad de comprender la importancia de la fundación de la Internacional Comunista como el primer intento de constituir el partido mundial del proletariado. Debemos, sobre todo, subrayar la importancia de la continuidad histórica, del hilo rojo que une a los revolucionarios de hoy con los del pasado, con todos aquellos militantes que, por su fidelidad a los principios del proletariado, fueron perseguidos y salvajemente asesinados por la burguesía y, sobre todo, por sus antiguos compañeros convertidos en traidores: los Kautsky, Noske, Ebert, Scheidemann, Stalin. También debemos rendir homenaje a todos aquellos activistas ejemplares (Rosa Luxemburgo, Karl Liebknecht, Léo Jogiches, Trotsky y muchos otros) que pagaron con su vida su lealtad al internacionalismo.
Para poder construir el futuro partido mundial del proletariado, sin el cual el derrocamiento del capitalismo será imposible, las minorías revolucionarias deben reagruparse, hoy como en el pasado. Deben aclarar sus diferencias a través de la confrontación de ideas y posiciones, la reflexión colectiva y la discusión más amplia posible. Deben ser capaces de aprender del pasado para comprender la situación histórica actual y permitir que las nuevas generaciones abran las puertas al futuro.
Frente a la descomposición de la sociedad capitalista, la barbarie bélica, la explotación y la creciente miseria de los proletarios, hoy la alternativa sigue siendo la que la Internacional Comunista identificó claramente hace 100 años: el socialismo o la barbarie, revolución proletaria mundial o destrucción de la humanidad en un caos cada vez más sangriento.
CCI
[1] Los lectores interesados en un conocimiento y lecciones de esta oleada revolucionaria mundial del proletariado pueden consultar en nuestra Web 1914-23: 10 años que sacudieron el mundo https://es.internationalism.org/go_deeper [8]
Adjunto | Tamaño |
---|---|
![]() | 325.79 KB |
En la primera parte de este artículo pusimos en evidencia la reacción de todas las grandes potencias imperialistas para contener la oleada revolucionaria y evitar que se extendiera a los grandes países industrializados del oeste de Europa. Y si la burguesía de los distintos países europeos se había enfrentado entre sí durante 4 años, ahora hacía causa común contra su enemigo histórico: el proletariado mundial. De las múltiples fuerzas que la clase dominante comprometió para la preservación de su sistema, la Socialdemocracia (cuya dirección unida al ala derecha votó los créditos de guerra en 1914, consagrando así un oportunismo que venía de lejos, y que le llevó finalmente a pasar definitivamente al campo de la burguesía) había de desempeñar un papel determinante en la represión y la mistificación de la revolución mundial. El partido Socialdemócrata alemán (SPD) se sitúo a la vanguardia de esta ofensiva puesto que fue el auténtico verdugo de la revolución alemana en enero de 1919. Como habían presentido Lenin y Rosa Luxemburg[1], la imposibilidad de la extensión de la revolución a los grandes centros industriales de Europa Occidental condujo al aislamiento y la degeneración de la República de los soviets y a la victoria de la contrarrevolución estalinista que aún pesa enormemente en las filas de la clase obrera mundial.
En el curso de la oleada revolucionaria, que alcanzó a Alemania a partir de noviembre de 1918, la Socialdemocracia jugó verdaderamente el papel de cabeza de puente de la burguesía con el fin de aislar a la clase obrera de Rusia.
Cuando la revolución estalló en Alemania, los diplomáticos soviéticos fueron expulsados por Scheidemann (subsecretario de Estado sin cartera en el gabinete de Max de Bade). En ese momento las masas obreras no habían percibido claramente el abandono progresivo del marxismo por parte del SPD. Cientos de miles de obreros en Alemania aún eran miembros de éste en vísperas de la Iª guerra mundial. Pero su insolidaridad con la Revolución rusa confirmó su traición y su paso al campo burgués. Tras el motín de los marinos de Kiel, Haase transmitió por teletipo un mensaje de los comisarios del pueblo al gobierno soviético agradeciéndole el envío de cereales, pero después de una pausa el mensaje continuaba: «Sabiendo que Rusia está oprimida por el hambre, os pedimos que distribuyáis al pueblo ruso hambriento el grano que pretendéis sacrificar por la revolución alemana. El presidente de la República americana, Wilson, nos garantiza el envío de harina y mantequilla que necesita la población alemana para pasar el invierno». Como dijo después Karl Radek, «la mano tendida queda suspendida en el vacío» ¡El gobierno “socialista” prefería la ayuda de una potencia capitalista antes que la de los obreros de Rusia! En efecto, en su lugar el gobierno alemán aceptó la harina y la mantequilla americanas, y enormes cantidades de artículos de lujo y otras mercancías superfluas que dejaron seco el Tesoro alemán. El 14 de noviembre el gobierno hizo llegar un telegrama al presidente americano Wilson: «El gobierno alemán pide al gobierno de Estados Unidos que haga saber por telégrafo al canciller del Reich (Ebert) si puede contar con el suministro de productos alimenticios de parte del gobierno de los Estados Unidos de manera que el gobierno alemán esté en condiciones de garantizar el orden al interior del país y de distribuir equitativamente las provisiones».
En Alemania este telegrama se difundió ampliamente para transmitir a los obreros el mensaje siguiente a los obreros: «¡renunciad a la revolución y a derrocar el capitalismo y tendréis pan y mantequilla!». Pero los americanos no habían impuesto ninguna condición de ese tipo. Así que, no solo la Socialdemocracia hacía chantaje a los obreros, sino que les mentía descaradamente haciéndoles creer que esas condiciones las había impuesto el propio Wilson[2].
En esas condiciones no cabía duda de que la Socialdemocracia alemana se situaba a la vanguardia de la contrarrevolución. El 10 de noviembre de 1918 el consejo de obreros y de soldados de Berlín, el órgano supremo de poder reconocido por el nuevo gobierno tomó la decisión de restablecer inmediatamente las relaciones diplomáticas con el gobierno ruso a la espera de la llegada de sus representantes a Berlín. Esta resolución era una orden que los comisarios del pueblo debían respetar, pero no lo hicieron. Aunque se justificasen en la prensa del USPD, lo cierto es que la traición y la venta de la revolución a las potencias imperialistas fue aceptada por los Independientes (USPD), como lo demuestra el acta de la sesión del Consejo de Comisarios del Pueblo del 19 de noviembre de 1918: «Prosecución de la discusión sobre las relaciones entre Alemania y la República de los Soviets. Haase aconseja adoptar una política dilatoria. (…) Kautsky está de acuerdo con Haase: la decisión debe diferirse. El gobierno soviético no puede sobrevivir mucho tiempo; de aquí a algunas semanas ya no existirá (…)»[3].
Sin embargo, mientras el ala derecha de este partido centrista pasaba progresivamente al bando de la contrarrevolución, el ala izquierda se orientaba más claramente hacia la defensa de los intereses proletarios.
Pero el esmero del gobierno “socialista” no se detuvo ahí. Ante la irritación de la Entente por la lentitud con la que las tropas alemanas se retiraban de los territorios orientales, el gobierno alemán respondió con un despacho diplomático que, aunque enviado después de la expulsión de los socialdemócratas independientes del gobierno, había sido elaborado con ellos. Hete aquí lo que se afirmaba: «La convicción de la Entente de que las tropas alemanas apoyarían el bolchevismo, por propia iniciativa o siguiendo órdenes superiores, directamente o poniendo obstáculos a las medidas antibolcheviques, no corresponde a la realidad. También nosotros, los alemanes, y por tanto también nuestras tropas, seguimos pensando que el bolchevismo representa una amenaza extremadamente grave que hay que alejar por todos los medios»[4]
Si el SPD ilustra de la manera más extrema el paso de la socialdemocracia al bando de la burguesía, particularmente en su lucha abierta contra la revolución rusa, la mayoría de los otros grandes partidos socialistas del mundo no le fueron a la zaga. La táctica del Partido socialista italiano consistió, durante toda la guerra, en frenar la lucha de clases con la coartada de una posición falsamente neutral en el conflicto mundial, ilustrada por la hipócrita consigna “ni sabotear ni participar”, lo que equivalía a pasarse por el forro el principio del internacionalismo proletario. En Francia, aparte de la fracción que pasó en cuerpo y alma al bando burgués cuando se votaron los créditos de guerra, el movimiento socialista quedó gangrenado por el centrismo, que animaba la hostilidad frente a la revolución de octubre y la fracción bolchevique. No obstante, a finales de 1918 y comienzos de 1919 comenzó a formarse una corriente de izquierdas. Aunque la burguesía aprovechaba la ola de la victoria para reforzar el sentimiento patriótico, el proletariado francés pagó sobre todo la ausencia de un verdadero partido marxista. Eso es, por cierto, lo que había señalado Lenin muy lúcidamente: «la transformación del viejo tipo de partido europeo parlamentario, reformista en la práctica y ligeramente coloreado de un barniz revolucionario verdaderamente comunista, es algo extraordinariamente difícil. En Francia es seguramente donde esa dificultad aparece más claramente»[5].
La Socialdemocracia sabotea y torpedea los consejos obreros[6]
En Rusia, como en todos los países donde van a eclosionar los soviets, los partidos socialistas jugaron un doble juego. De un lado hicieron creer que eran favorables al desarrollo de la lucha emancipadora de los obreros a través de los soviets. De otro, hicieron todo lo posible para esterilizar esos órganos de autoorganización de la clase. En Alemania esto fue más evidente. Aparentemente favorables a los Consejos obreros, los socialistas se mostraron en realidad ferozmente hostiles. Y esto, su acción destructiva en el seno de los soviets demuestra que se comportaron como verdaderos perros guardianes de la burguesía. La táctica era simple; se trataba de socavar el movimiento desde dentro para vaciar los consejos de su contenido revolucionario. O sea, de esterilizar los soviets sometiéndolos al Estado burgués, de suerte que se concibieran como órganos transitorios hasta la celebración de las elecciones a la Asamblea Nacional. Los Consejos tenían igualmente que estar abiertos a toda la población, a todas las capas del pueblo. En Alemania, por ejemplo, el SPD creó los “Comités de Salvación Pública”, que acogían a todas las capas sociales, todas con idénticos derechos.
Además, los dirigentes SPD/USPD sabotearon el trabajo de los soviets desde el Consejo de comisarios del pueblo[7], imponiendo instrucciones distintas de las que daba el Consejo Ejecutivo (CE), que sí era una emanación de los Consejos obreros; o arreglándoselas para que éste no tuviera su propia prensa. Cuando el SPD tuvo la mayoría del CE, éste tomó incluso posición contra las huelgas de noviembre y diciembre de 1918. Esta empresa de demolición de la autoorganización de la clase obrera tuvo lugar igualmente en Italia entre 1919 y 1920 en el momento de las grandes huelgas, puesto que el PSI hizo todo lo que pudo para transformar los Consejos en vulgares comités de empresa incorporados al Estado que llamaban a la autogestión de la producción. La izquierda del partido libró entonces un combate contra esa ilusión que solo podía encerrar la lucha de los obreros en el perímetro estrecho de la fábrica: «Querríamos evitar que penetre en las masas obreras la convicción de que basta desarrollar sin más la institución de los Consejos para apropiarse de las fábricas y eliminar a los capitalistas. Eso sería una ilusión extremadamente peligrosa (…) Si no se produce la conquista del poder político, los Guardias Reales, los carabineros se encargarán de disipar cualquier ilusión con todos los mecanismos de opresión, toda la fuerza de la que dispone la burguesía, el aparato político de su poder» (A. Bordiga)[8].
Pero la Socialdemocracia alemana mostró su verdadero nuevo rostro cuando asumió directamente la represión de las huelgas obreras. En efecto, el desarrollo de una intensa campaña ideológica a favor de la República, del sufragio universal, de la unidad del pueblo…, no bastó para destruir la combatividad y la conciencia del proletariado. Así que, ya al servicio del Estado burgués, los traidores del SPD se aliaron con el ejército para reprimir sangrientamente un movimiento de masas que continuaba el que nació en Rusia, y que ponía en peligro una de las potencias imperialistas más desarrolladas del mundo. El comandante en jefe del ejército, el general Groener, que colaboraba día tras día con el SPD y los sindicatos durante la guerra como responsable de los proyectos de armamento, explica: «Nos aliamos para combatir el bolchevismo. La restauración de la monarquía era imposible. (…) Yo había aconsejado al mariscal de campo que no combatiera la revolución por las armas, porque era de temer que, teniendo en cuenta el estado de las tropas, esa vía fracasaría. Le propuse que el Alto Mando militar se aliara con el SPD, visto que no había ningún partido que dispusiera de suficiente influencia en el pueblo y las masas para reconstruir una fuerza gubernamental con el Mando militar. Los partidos de derecha habían desaparecido completamente y estaba excluido trabajar con los extremistas radicales. Se trataba en primer lugar de arrancar el poder de las manos de los Consejos obreros y de soldados de Berlín. Una acción fue prevista con ese fin. Diez divisiones debían entrar en Berlín. Ebert estaba de acuerdo. (…) Elaboramos un programa que contemplaba, después de la entrada de las tropas, la limpieza de Berlín y el desarme de los Espartaquistas. Esto también fue convenido con Ebert, que tiene particularmente mi reconocimiento por su amor absoluto a la patria. (…) Esta alianza fue sellada contra el peligro bolchevique y el sistema de Consejos.» (Zeugenaussage, - Declaración - octubre-noviembre 1925)[9].
El gobierno socialdemócrata tampoco dudó en apelar a la burguesía de Europa Occidental para la operación de mantenimiento del orden durante las jornadas cruciales de enero de 1919. De todas formas, ésta ya había hecho de la ocupación de Berlín en caso de que la revolución triunfara, una cuestión de honor. El 26 de marzo de 1919 el Primer ministro inglés Lloyd George escribía en un memorándum dirigido a Clémenceau y Wilson; «El mayor peligro en la situación actual es, para mí, que Alemania pueda virar hacia el bolchevismo. Si somos listos, ofreceremos a Alemania una paz que, puesto que será justa, será preferible para toda la gente razonable a la alternativa del bolchevismo»[10]. Frente al peligro de “bolchevización de Alemania”, los principales líderes políticos de la burguesía no se apresuraron en desarmar a quien hasta hacía poco era el enemigo. En un debate en el senado sobre este tema en octubre de 1919, Clémenceau no ocultaba en absoluto las razones: «Para empezar, ¿por qué hemos permitido a Alemania contar con esos 288 cañones? (…) Porque Alemania necesita defenderse y por nuestra parte no tenemos ningún interés en tener una segunda Rusia bolchevique en el centro de Europa; ya es bastante con una»[11].
Con el armisticio recién firmado, el gobierno de Ebert-Noske-Scheidemann-Erzberger sellaba la paz con los de Clémenceau, Lloyd George y Wilson con un pacto militar dirigido contra el proletariado alemán. A continuación, la violencia que exhibieron el perro sangriento Noske y sus cuerpos francos durante la “semana sangrienta” del 6 al 13 de enero de 1919 solo es comparable con la que aplicaron los versalleses contra los Comuneros en otra semana sangrienta del 21 al 28 de mayo de 1871. Igual que 38 años antes, el proletariado sufría «el salvajismo sin máscara y la venganza sin ley» (Karl Marx) de la burguesía. Pero el baño de sangre de enero 1919 solo sería el prólogo de un castigo más terrible que cayó después sobre los obreros del Ruhr, de Alemania central, de Baviera…
En los principales países aliados, la victoria sobre las fuerzas de la Triple Alianza no impidió la reacción de la clase obrera frente a la barbarie que había conocido Europa de 1914 a 1918. Pese al sonado eco de Octubre 1917 en el seno del proletariado de Europa occidental, la burguesía de los diferentes países de la Entente supo instrumentalizar la salida de la guerra para encauzar el desarrollo de las luchas del proletariado entre 1917 y 1927. Aunque la guerra imperialista es la expresión de la crisis general del capitalismo, la burguesía consiguió hacer creer que solo era una anomalía de la historia, que era “la última vez” que podía pasar algo así, que la sociedad encontraría una estabilidad y la revolución no tenía sentido de ser. En los países más modernos del capitalismo la burguesía machacaba con que a partir de ahora todas las clases debían participar en la construcción de la democracia. Era la hora, según decían, de la reconciliación y no de los enfrentamientos sociales. Según esa forma de ver, en febrero de 1918 los parlamentarios ingleses adoptaron la Representation of the People Act, que ampliaba el censo electoral y concedía el derecho de voto a las mujeres de más de 30 años. En un contexto en que la mecha de las luchas sociales prendía en Gran Bretaña, la burguesía más experimentada del mundo buscaba hábilmente desviar a la clase obrera de su terreno de clase. Como afirmase entonces Sylvia Pankhurst, esta hábil maniobra venía impuesta en gran parte por la amenaza de una propagación de la revolución de Octubre a los países occidentales: «Los acontecimientos de Rusia han suscitado una respuesta en todo el mundo, no solo entre la minoría favorable a la idea del Comunismo de Consejos, sino también entre las fuerzas de la reacción. Estas últimas eran perfectamente conscientes del crecimiento del sovietismo cuando han decidido jugar la carta de la vieja maquinaria parlamentaria acordando a ciertas mujeres al mismo tiempo el derecho de voto y a ser elegidas» (La amenaza obrera, 15 de diciembre)[12].
Además, la burguesía supo instrumentalizar muy bien la salida de la guerra jugando con la división entre países vencedores y vencidos a fin de romper la dinámica de generalización de las luchas. Por ejemplo, después de la dislocación del imperio austrohúngaro, el proletariado de las diferentes entidades territoriales tuvo que sufrir la propaganda de las luchas de liberación nacional. De la misma forma, en los países vencidos se cultivó un estado de espíritu revanchista entre el proletariado. En los países vencedores, y aunque el proletariado aspirase mayoritariamente a la tranquilidad tras 4 años de guerra, las noticias que llegaban desde Rusia tendían a alentar un nuevo impulso de combatividad sobre todo en Francia o Gran Bretaña. Pero este impulso se canalizó por el dique del chovinismo y la campaña de la victoria de la civilización contra los “sales boches”[13]. Ante la degradación de las condiciones de vida a consecuencia del desarrollo de la crisis a partir de la década de 1920, estallaron sin embargo luchas obreras en Inglaterra, en Francia, en Alemania e incluso en Polonia. Pero estos movimientos, reprimidos violentamente, eran en realidad los últimos sobresaltos de una oleada revolucionaria que tendría sus últimas convulsiones con la represión brutal de los trabajadores de Shangai y Canton en 1927[14]. La burguesía había conseguido finalmente coordinar sus fuerzas para aplastar y reprimir los últimos bastiones de la oleada revolucionaria. Hay que reconocer consecuentemente, como ya hemos puesto de manifiesto, que la guerra no crea las condiciones más favorables para la generalización de la revolución. En efecto, la crisis económica mundial que viene desarrollándose desde los años 60 parece ser una base material mucho más válida para la revolución mundial, puesto que afecta a todos los países sin excepción y, contrariamente a la guerra imperialista, no puede ser detenida. Los partidos socialistas tuvieron un papel central en la promoción de la democracia y del sistema republicano y parlamentario, como si fuesen pasos hacia la revolución. En Italia, desde 1919, el PSI preconizó sin ambigüedad el reconocimiento del régimen democrático, empujando a las masas a ir a votar en las elecciones de 1919. Circunstancia agravante, el éxito electoral subsiguiente fue aprobado por la Internacional Comunista. No obstante, una vez al mando, los socialistas gestionaron el Estado como cualquier otra fracción burguesa. En los años siguientes, las tesis antifascistas propagadas por Gramsci y los Ordinovistas empujaron a la clase obrera italiana ni más ni menos que al interclasismo. Considerando que el fascismo expresaba una deriva y una particularidad de la historia italiana, Gramsci preconizaba la formación de la Asamblea constituyente, etapa intermedia entre el capitalismo italiano y la dictadura del proletariado. Según él, «una clase de naturaleza internacional debe, en cierto sentido, nacionalizarse». El proletariado tenía que aliarse pues con la burguesía en el seno de una Asamblea nacional constituyente, donde los diputados de “todas las clases democráticas del país” elegidos por sufragio universal elaborarían la futura constitución italiana. En el Vº Congreso Mundial de la Internacional Comunista, Bordiga respondió a esos errores, que llevaban al proletariado a abandonar su terreno de clase en nombre de las ilusiones democráticas: «Debemos rechazar la ilusión de que un gobierno de transición podría ser ingenuo a tal punto de permitir que con los medios legales, las maniobras parlamentarias, los apaños más o menos hábiles, asediemos las posiciones de la burguesía, es decir, que nos hagamos legalmente con todo su aparato técnico y militar para distribuir tranquilamente las armas a los proletarios. Eso es una concepción verdaderamente infantil. ¡No es tan fácil hacer una revolución!»[15]
«Paralelamente a la preparación militar de la guerra civil contra la clase obrera, se procedía a la preparación ideológica» (Paul Frölich). En efecto, muy pronto, en las semanas y meses que siguieron a la revolución rusa, la burguesía se esforzó por reducir el acontecimiento a una toma del poder por parte de una minoría que habría distorsionado la voluntad de las masas y llevaría a la sociedad al desorden y al caos. Pero esta intensa campaña de propaganda antibolchevique y antiespartaquista no fue obra de un puñado de individuos obcecados y decididos a hacer de perros guardianes de la clase dominante, sino de una política de todas las fracciones de la gran burguesía pilotada desde las más altas esferas del aparato de Estado. Como desarrollamos en un artículo de la Revista Internacional n.º 155[16], la Primera Guerra mundial fue un momento determinante del proceso por el que el Estado se adueñó por completo de la información, a través de la propaganda y la censura. El objetivo era claro: influir ideológicamente en la población para asegurar la victoria en esta guerra total. Con la apertura del periodo revolucionario el cometido de la propaganda estatal resultaba igualmente nítido: influir a las masas para hacer que se alejaran de las organizaciones del proletariado, y asegurar así la victoria de la contrarrevolución. Los grandes empresarios alemanes se mostraron como los más decididos y no dudaron en romper sus huchas en pro de la “buena causa” del orden burgués. Gracias a la donación de miles de marcos por parte del banquero Helfferich y del político Friedrich Naumann, se fundó una “Secretaría general para el estudio y la lucha contra el bolchevismo” el 1 de diciembre de 1918 en Berlín. El 10 de enero, su fundador, un tal Stadler reunió cerca de 50 empresarios alemanes para exponerles sus puntos de vista. A continuación, Hugo Stinnes, uno de los mayores magnates de la industria alemana, arengó a las tropas del sombrero de copa: «Soy de la opinión de que después de esta exposición, cualquier discusión es superflua. Comparto completamente el punto de vista del orador. Si el mundo de la industria, del comercio y de la banca no tiene la voluntad ni está en disposición de versar una póliza de seguro de 500 millones de marcos para protegernos del peligro que nos acaban de revelar, no merecemos que se nos considere representantes de la economía alemana. Pido que se declare cerrada esta sesión y les ruego señores Mankiewitz, Borsig, Siemens, Deutsch, etc., etc., (cita aproximadamente 8 nombres) que pasen conmigo a la habitación de al lado para que nos pongamos de acuerdo inmediatamente sobre el modo de repartirse esta contribución»[17]
Con esos cientos de millones de marcos de subvenciones, se abrieron varias oficinas para llevar la campaña antirrevolucionaria. La Liga antibolchevique (la antigua asociación del Reich contra la socialdemocracia) fue ciertamente la más activa para escupir su veneno sobre los revolucionarios de Rusia y de Alemania, difundiendo millones de panfletos, de carteles, de folletos, u organizando mítines. Esta primera institución formaba parte de uno de los dos centros contrarrevolucionarios, junto con el Bürgerrat y el hotel Edén donde tenía su sede el cuartel general de la división de fusileros de la caballería de la guardia.
La organización de propaganda “Construir y Devenir, sociedad para la educación del pueblo y la mejora de las fuerzas nacionales del trabajo”, fundada por Karl Erdmann, fue directamente financiada por Ernst Von Borsig y Hugo Stinnes. Este último sufragó tanto la prensa nacionalista como los partidos de extrema derecha para que hicieran propaganda en contra de espartaquistas y bolcheviques.
Pero las más de las veces fue la socialdemocracia quien actúo como maestro de ceremonias de la manipulación de la opinión en el seno de la clase obrera. Como cuenta Paul Frölich: «Comenzó con la difusión de discursos insípidos celebrando la victoria de la revolución de noviembre. Siguieron las promesas, las mentiras, las reprimendas y las amenazas. El Heimatdienst, una institución creada durante la guerra para manipular a la opinión pública difundió cientos de millones de panfletos, opúsculos y carteles, las más de las veces redactados por los socialdemócratas, apoyando la reacción. Deformando sin pudor el significado de las revoluciones precedentes y las enseñanzas de Marx, Kautsky proclamaba su indignación ante la “prolongación de la revolución”. Se hacía del bolchevismo el coco. Este concierto también fue dirigido por los socialdemócratas, esos mismos gentilhombres que durante la guerra habían aclamado en las columnas de sus periódicos a los bolcheviques (descritos como fieles discípulos del pensamiento de Marx), porque entonces pensaban que las luchas revolucionarias rusas ayudarían a Ludendorff y compañía a vencer definitivamente a las potencias occidentales. Ahora, en cambio, difunden terribles historias sobre los bolcheviques, llegando hasta hacer circular falsos “documentos oficiales” según los cuales los revolucionarios rusos habrían compartido sus mujeres»[18]
A partir de entonces, las fuerzas proletarias que defendían el internacionalismo proletario se convirtieron en objeto prioritario de los ataques, sobre todo después de la toma del poder por los obreros de Rusia en Octubre 1917. Conscientes del peligro que podía significar la extensión de la revolución para el capital mundial, los Estados más desarrollados pusieron en marcha una verdadera campaña de calumnias contra los bolcheviques para alejar cualquier sentimiento de simpatía o tentativa de fraternización. Durante las elecciones de 1919, la burguesía francesa aprovechó la ocasión para centrar la campaña sobre el “peligro rojo” alimentando la demonización de la revolución y de los bolcheviques. Georges Clémenceau, uno de los grandes actores de la contrarrevolución, fue particularmente activo, puesto que hizo campaña por el tema de la “Unión nacional” contra la “amenaza del bolchevismo”. Un folleto y un cartel célebres, titulados “¿Cómo luchar contra el bolchevismo?” trazaban un perfil del bolchevique parecido al de una bestia, los cabellos desgreñados y un cuchillo entre los dientes. Todo esto contribuía a asimilar la revolución proletaria a una empresa bárbara y sanguinaria. En el congreso de fundación de la Internacional Comunista, George Sadoul rendía cuenta del alcance de las calumnias esparcidas por la burguesía francesa: «Cuando salí de Francia en septiembre de 1917, es decir algunas semanas antes de la revolución de Octubre, la opinión pública en Francia tomaba al bolchevismo por una grosera caricatura del socialismo. Los líderes del bolchevismo eran considerados como criminales o como locos. El ejército de los bolcheviques era, a sus ojos, una horda compuesta de miles de fanáticos y criminales. (…) He de confesaros con gran vergüenza, que la 9/10 parte de los socialistas, de la mayoría y la minoría, eran de la misma opinión. Podríamos alegar, como circunstancias atenuantes, por un lado, nuestra absoluta ignorancia de los acontecimientos rusos, de otra parte, todas las calumnias y falsos documentos propagados por la prensa de todas las tendencias sobre la crueldad, la felonía y alevosía de los bolcheviques. La toma del poder por esa “banda de forajidos” produjo en Francia un efecto “shock”. La calumnia que nos impedía apreciar la verdadera imagen del comunismo se volvió aún más tupida con la firma de la paz de Brest. La propaganda antibolchevique llegó entonces a un máximo apogeo»
Aunque los gobiernos de la Triple Entente contasen con el viento a favor de la victoria para calmar el descontento en el seno de la clase obrera, trataron igualmente de desviar cualquier veleidad revolucionaria hacia la vía de las urnas. La burguesía mostró su verdadero rostro: ¡vil, manipuladora, mentirosa! El anti-bolchevismo que venían difundiendo la prensa, los medios de comunicación y el mundo universitario desde hacía varias décadas, enraizó rápidamente, durante la oleada revolucionaria, en las más altas esferas de los aparatos de Estado. En efecto, la ofensiva militar en las fronteras rusas, la represión sangrienta de la clase obrera alemana en enero de 1919, debían acompañarse inexorablemente de una intensa campaña de propaganda que intentara truncar el impulso de simpatía hacia la revolución proletaria en las clases explotadas de todo el mundo. En los múltiples carteles de propaganda contrarrevolucionaria elaborados en Francia, en Inglaterra o en Alemania, la principal diana eran las organizaciones políticas del proletariado, a las que se consideraba responsables del paro, de la guerra y del hambre, y eran regularmente acusadas de sembrar el desorden y el crimen[19]. Como lo resumió P. Frölich, «los carteles en la calle representaban el bolchevismo como una bestia con una gran boca abierta, dispuesta a morder».
Desde noviembre 1918 la burguesía alemana hizo de Spartacus el objetivo a batir. Se trataba de neutralizar la influencia de esta organización en las masas. Para hacer esto, fue acusada de todos los males, Spartacus se convirtió en un chivo expiatorio considerado como una verdadera peste para el orden social y el capital alemán. Había que hacerla desaparecer. El cuadro que pinta Paul Frölich diez años después de los acontecimientos es ilustrativo: «Todo delito que se cometiera en las grandes ciudades tenía un único culpable: ¡Spartacus! Los espartaquistas eran acusados de todos los robos. Delincuentes vestidos de uniforme, provisto de documentos oficiales, verdaderos o falsos, aparecían en las viviendas, destrozándolo y robándolo todo: ¡Spartacus los enviaba! Cualquier padecimiento o amenaza solo tenía un origen: ¡Spartacus! Spartacus es la anarquía, Spartacus es el hambre, Spartacus es el terror»[20].
La ignominia de la socialdemocracia y de toda la burguesía alemana fue incluso más lejos, puesto que el Vorwarts[21] organizó una verdadera campaña de denigración y de odio contra Karl Liebknecht, Rosa Luxemburg y otros militantes influyentes de la Liga Spartacus: «Karl Liebknecht, un tal Paul Lévi y la impetuosa Rosa Luxemburg, que no han trabajado nunca en un taller o una obra están a punto de arruinar nuestros sueños y los de nuestros padres (…) Si la banda espartaquista quiere eliminarnos a nosotros y a nuestro porvenir, entonces ¡que Karl Liebknecht y compañía sean también eliminados!».
Al discurso de odio le sucedió la organización de una verdadera cacería de los revolucionarios. La Liga por la lucha contra el bolchevismo ofrecía 10.000 marcos por la captura de Karl Radek o por informaciones que pudieran conducir a su arresto. Pero, sin duda, los objetivos principales eran Liebknecht y Luxemburg. Un manifiesto pegado en las paredes de Berlín en diciembre de 1918 llamaba nada menos que a asesinarlos. Su contenido da la medida del grado de violencia con el que la Socialdemocracia se ensañaba con Spartacus: «¡Trabajador, ciudadano! La patria está al borde de la ruina. ¡Salvadla! La amenaza no viene del exterior, sino del interior: del grupo Spartacus. ¡Atacad a su jefe!¡Matad a Liebknecht! ¡Y tendréis paz, trabajo y pan! Soldados del frente». Un mes antes, el consejo de soldados de Steglitz (una pequeña ciudad de Brandemburgo) había amenazado a Liebknecht y Luxemburg que los soldados dispararían a matar si se presentaban en un cuartel para pronunciar “discursos incendiarios”. La prensa burguesa esparcía realmente un ambiente de verdadero progromo, «loaba los muros salpicados de los sesos de los fusilados. Transformaba la burguesía en una horda sedienta de sangre, ebria de denuncias, que empujaba a los sospechosos (los revolucionarios y otros absolutamente inocentes) delante de los fusiles de los pelotones de ejecución. Y todos estos alaridos culminaban en una sola petición de asesinato: ¡Liebknecht, Luxemburg!»[22]. La palma de la ignominia podría concedérsele al Vorwärts, que el 13 de enero publicó un poema que presentaba a los miembros más destacados de Spartacus como desertores, cobardes que traicionaron al proletariado alemán, y que merecían la muerte:
«Centenas de muertos en un solo recuento-
¡Proletarios!
Karl, Radek, Rosa y compañía-
¡Ninguno de ellos está aquí!
¡Proletarios!»
Todos sabemos que esas calumnias tuvieron desgraciadamente nefastos efectos puesto que el 15 de enero de 1919, Karl y Rosa, esos dos grandes militantes de la causa revolucionaria, fueron asesinados por los cuerpos francos. El relato totalmente fraudulento que hizo el Vorwärts de tales crímenes ilustra por sí solo la mentalidad de la burguesía, esa clase “patética y cobarde” como la describiera ya Karl Marx en el 18 Brumario de Luis Bonaparte. Según los periódicos de la tarde del 16 de enero, Liebknecht habría resultado muerto durante una tentativa de evasión, y Rosa Luxemburg linchada por la multitud. Cuenta Paul Frölich, que el comandante de la división de fusileros de caballería de la guardia, de la que dependían los dos ejecutores de los dos asesinatos, difundió un comunicado que falsificaba totalmente el desarrollo de los acontecimientos y que fue retomado por toda la prensa. Todo ello «dando rienda suelta a una madeja de mentiras, de maniobras de despiste y de violaciones de la ley, que proporcionarán la trama de una vergonzosa serie de comedias interpretadas por la magistratura»[23].
Al precio de un intenso trabajo, todas esas fabulaciones fueron desmentidas por Leo Jogiches que, en colaboración con una comisión de investigación creada por el consejo central y el consejo ejecutivo de Berlín, restableció la verdad exponiendo el desarrollo de esos crímenes y publicando la fotografía del festín de los asesinos tras sus crímenes. ¡Así firmó su propia sentencia de muerte! El 10 de marzo de 1919 fue arrestado y asesinado en la prisión de la prefectura de policía de Berlín. Tuvo lugar un “simulacro de justicia” que permitía adivinar la verdad, a pesar de las intimidaciones y la corrupción. En cuanto a los culpables, apenas sufrieron multas o cortas penas de prisión.
Ayer Rosa Luxemburg era esa bruja roja devoradora de “buenos alemanitos”, hoy es la “buena demócrata”, “la anti-Lenin”, ese “peligroso revolucionario”, “inventor del totalitarismo”. Para la clase dominante esto no le supone contradicción alguna. Las dos caras de su discurso sobre Rosa Luxemburg le cuadran. Supone la enésima demostración de lo que hace la burguesía con la memoria de los grandes personajes que han osado desafiar su mundo «sin corazón y sin alma»: «En vida de los grandes revolucionarios, las clases opresoras les sometían a constantes persecuciones, acogían sus doctrinas con la rabia más salvaje, con el odio más furioso y las campañas más desenfrenadas de mentiras y calumnias. Después de su muerte se intenta convertirlos en iconos inofensivos, canonizarlos, por decirlo así, rodear sus nombres de una cierta aureola de gloria para “consolar” y engañar a las clases oprimidas, castrando el contenido de la doctrina revolucionaria, mellando el filo revolucionario de ésta y envileciéndola. En semejante apocamiento del marxismo se dan hoy la mano la burguesía y los oportunistas dentro del movimiento obrero» (Lenin, El Estado y la Revolución[24])
El aplastamiento sangriento de la revolución en Alemania fue un golpe terrible para el proletariado mundial. Como afirmaban Lenin y Rosa Luxemburg, la supervivencia de la revolución a escala mundial dependía de la capacidad de los obreros de las grandes potencias de hacerse con el poder en sus países. O, dicho de otra forma, que el porvenir de la humanidad dependía de la extensión de la oleada revolucionaria que había comenzado en Rusia. Pero esa progresión no tuvo lugar. Los fracasos del proletariado en Alemania, en Hungría, y en Italia, tocaron a muerto por la revolución en Rusia; una muerte por asfixia, puesto que no quedaba en su seno aliento suficiente para dar ímpetu a los obreros del mundo entero. En esa agonía «interviene precisamente el estalinismo, en total ruptura con la revolución cuando, tras la muerte de Lenin, Stalin se hace con las riendas del poder y desde 1925 planteó su tesis de “la construcción del socialismo en un solo país”, gracias a la cual va a instalarse en todo su horror la contrarrevolución»[25].
Hace décadas que historiadores, periodistas y otros comentaristas de todo género intentan falsificar la historia tratando de encontrar una continuidad entre Lenin y Stalin y alimentando la mentira según la cual el comunismo es igual al estalinismo. Pero en los hechos hay un abismo entre Lenin y los bolcheviques de un lado, y el estalinismo en otro.
El Estado que surgió después de la revolución se le iba cada vez más de las manos a la clase obrera y absorbía progresivamente al partido bolchevique, en el que el peso de los burócratas se hacía preponderante. Stalin era el representante de esta nueva capa de gobernantes, cuyos intereses estaban en total oposición con la salvaguardia de la revolución mundial. La tesis del “socialismo en un solo país” sirvió precisamente para justificar la política de esta nueva clase burguesa en Rusia, que consistía en replegarse en la economía nacional y el Estado, garante del statu quo y del modo de producción capitalista. Lenin no defendió jamás esas posiciones. Al contrario, siempre defendió el internacionalismo proletario, considerando este principio como una brújula que permitía al proletariado no desviarse al terreno de la burguesía. Y, aunque no pudiera anticipar lo que sería el estalinismo, en los últimos años de su vida Lenin fue consciente de ciertos peligros que acechaban a la revolución y particularmente de la dificultad para frenar la atracción conservadora del Estado sobre las fuerzas revolucionarias. Aun cuando no fuera capaz de oponérsele, sí alertó contra la gangrena burocrática, sin que encontrara una solución a un problema de todas formas ineluctable. También Lenin desconfiaba mucho de Stalin y era contrario a que éste obtuviera cargos importantes. En su “testamento” del 4 de enero de 1923, intentó incluso apartarlo del puesto de secretario general del partido, en el que Stalin «iba a concentrar un poder enorme, del que abusa de forma brutal». Una vana tentativa, puesto que Stalin ya controlaba la situación[26].
Como pusimos en evidencia en nuestro folleto El hundimiento del estalinismo: «El estalinismo asentó su dominación sobre los escombros de la revolución de 1917. Gracias a esa negación radical del comunismo que constituía la doctrina monstruosa del “socialismo en un solo país”, totalmente ajena al proletariado y a Lenin, la URSS volvió a ser, no solo un Estado capitalista de arriba abajo, sino también un Estado en que el proletariado fue sometido brutalmente y con más saña que en cualquier otra parte, a los intereses del capital nacional, rebautizados como “intereses de la patria socialista”»[27]
Instalado en el poder, Stalin se afanó en conservarlo. A finales de los años 1920 tenía en sus manos las palancas de mando del aparato de Estado soviético. Por nuestra parte ya explicamos, en uno de los primeros artículos sobre la revolución rusa, el proceso que llevó a la degeneración de la revolución y el surgimiento de una nueva clase dominante, haciendo de este país enteramente un Estado capitalista[28]
¡La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, solo tenía de soviético el nombre!
«No solamente la consigna de todo el periodo revolucionario: “Todo el poder a los soviets” se abandona y se rechaza, sino que la dictadura del proletariado por los consejos obreros, que había sido el motor y el alma de la revolución, y que tanto repugna y aflige a nuestros queridos “demócratas” de hoy (…) es totalmente destruida y se convierte en un caparazón vacío, cediendo el sitio a una implacable dictadura del partido-Estado sobre el proletariado»[29].
Producto de la degeneración de la revolución, el estalinismo no ha pertenecido nunca a otro campo que el de la contrarrevolución. Además, si logró plenamente su asiento en el gran concierto de las naciones burguesas es precisamente por eso. Era una fuerza extraordinaria para engañar a la clase obrera haciéndole creer que el comunismo existía realmente en el Este de Europa, que su progresión estaba ralentizada, y que su victoria total dependía del apoyo de los obreros de todo el mundo a la línea política decidida por Moscú. Esa gran ilusión era evidentemente sostenida por todos los partidos comunistas del mundo entero. A fin de transmitir la mentira a gran escala, Moscú y los PC’s nacionales organizaban especialmente los famosos viajes a la Unión soviética de delegaciones obreras, una estancia durante la cual se mostraban todos los “fastos” del régimen a los “turistas políticos” que después, a su vuelta, se enviaban a predicar la buena nueva en sus fábricas y células. Henri Guilbeaux[30] describía así esta mascarada: «Cuando el obrero va a Rusia es cuidadosamente seleccionado, además solo puede ir en grupo. Se le escoge de entre los miembros del Partido, pero se elige también en los sindicatos y en el partido socialista y elementos llamados “simpatizantes”, muy influenciables, a los que será fácil “comer el coco”. Los delegados “elegidos” así forman una delegación obrera. Llegados a Rusia, los delegados son recibidos oficialmente, adiestrados, mimados, agasajados. Siempre los acompañan guías y traductores. Se les hacen regalos (…) Allá donde vayan se les dice: “esto pertenece a los obreros. Aquí son los obreros los que mandan”. A su regreso, a los delegados obreros que se identifican como más capaces de ensalzar a la URSS, se les da bombo y platillo. Se les invita a contar sus impresiones en reuniones públicas»[31].
Estos viajes de “descerebramiento político” tenían el objetivo principal de mantener el mito del “socialismo en un solo país”; auténtica falsificación del programa defendido por el movimiento revolucionario; puesto que desde sus orígenes éste se presenta como un movimiento internacional en la medida en que, como escribió Engels en 1847, la ofensiva política de la clase obrera contra la clase dominante se efectúa desde el principio a escala internacional: «La revolución comunista (…) no será una revolución puramente nacional; se producirá al mismo tiempo en todos los países civilizados (…) Ejercerá el mismo tiempo una repercusión considerable sobre los otros países del globo y transformará y acelerará completamente el curso de su desarrollo; tendrá por consiguiente un terreno universal»[32].
El socialismo en un solo país significaba la defensa del capital nacional y la participación en el juego imperialista. Eso significaba igualmente la liquidación de la oleada revolucionaria. En esas condiciones, Stalin se convirtió en un hombre respetable a los ojos de las democracias occidentales, preocupadas a partir de ahora de facilitar la inserción de la URSS en el mundo capitalista; mientras que la burguesía mundial no había dudado en establecer un cordón militar alrededor de Rusia en el momento de la revolución. Es decir, cambió radicalmente de política una vez disipado el peligro. Además, después de la crisis de 1929, la URSS se convirtió en una apuesta central y toda la burguesía occidental intentó atraerse los favores de Stalin. Así, la URSS se integró en la Sociedad de Naciones en 1934 y se firmó un pacto de no agresión entre Stalin y Laval, el ministro de asuntos exteriores francés. El comunicado que se publicó a continuación ilustra la política antiobrera de la URSS: «El Sr. Stalin comprende y aprueba plenamente la política de defensa nacional de Francia para mantener sus fuerzas armadas a la altura de sus necesidades de seguridad». Como señalamos en nuestro folleto El hundimiento del estalinismo: «Esa política de alianza con la URSS permitió, en la estela del pacto Laval- Stalin, la formación del “Frente Popular” en Francia, sellando la reconciliación del PCF con la socialdemocracia por las necesidades del capital francés en la arena imperialista Stalin se había pronunciado a favor del armamento de Francia y de rebote el PCF votó por su parte los créditos militares y firmó un acuerdo con los radicales y la SFIO»[33]
Toda la burguesía comprendió que Stalin era el hombre del momento, el que iba a erradicar los últimos vestigios de la revolución de Octubre 1917. Es más, las democracias occidentales se mostraron de lo más indulgentes con él cuando comenzó a aplastar y exterminar la generación de proletarios y revolucionarios que había participado en la revolución de Octubre 1917. La liquidación de la vieja guardia del partido bolchevique dejaba clara la determinación de Stalin para impedir cualquier tipo de conjura en su entorno y consolidar su poder; pero permitió igualmente asestar un golpe a la conciencia del proletariado de todo el mundo arrastrándolo a tomar a cargo la defensa de la URSS contra los pretendidos traidores de la causa revolucionaria.
En tales condiciones, las democracias europeas no dudaron en apoyar esa empresa macabra y participar en ella. Se extasiaban proclamando bellas frases sobre los derechos humanos, pero estaban mucho menos dispuestas a acoger y proteger a los principales miembros de la Oposición obrera, empezando por Trotsky, su principal representante. Tras haber sido expulsado de Rusia en 1928, fue acogido por la Turquía hostil al bolchevismo cuyas autoridades, conchabadas con Stalin, le dejaron entrar en su territorio, pero le privaron de pasaporte y expuesto a las acciones de los residuos de los ejércitos blancos. El antiguo jefe del ejército rojo escapó varias veces de las tentativas de asesinato. Su “vía crucis” continuó después de abandonar Turquía, ya que todos los gobiernos democráticos de Europa occidental, de acuerdo con Stalin, le negaron el derecho de asilo; «perseguido por los asesinos a sueldo de Stalin o los restos de los ejércitos blancos, Trotsky será condenado a errar de un país a otro hasta mediados de la década de 1930. El mundo entero se había convertido para el antiguo jefe del Ejército Rojo en un “planeta sin visado”[34]»[35].
La socialdemocracia se mostró además como la servidora más diligente de Stalin. Entre 1928 y 1936, todos los gobiernos occidentales colaboraron con él y cerraron sus fronteras a Trotsky o, como Noruega, lo pusieron bajo vigilancia prohibiéndole cualquier actividad política y toda crítica de Stalin. Otro ejemplo: en 1927, Christian Rakovski, embajador de la URSS en París, fue llamado a Moscú a petición del gobierno francés que lo consideró como “persona non grata” después de que firmara la plataforma de la Oposición de izquierda. Francia, la “patria de los derechos del hombre y del ciudadano”, lo entregaba de manera innoble a sus verdugos, aportando su grano de arena a las grandes purgas estalinistas. ¡Y hoy esas mismas democracias occidentales y sus intelectuales de pacotilla las denuncian a voz en grito para hacer olvidar que ellos mismos participaron en esos asesinatos!
Para todos los miembros de la Oposición, las “grandes democracias” solo eran las antesalas de los pasillos de la muerte estalinistas o el campo de acción de los agentes del GPU que estaban autorizados a entrar en sus territorios para masacrar a los militantes de la Oposición. Igualmente, la prensa occidental secundaba las campañas de calumnia designando a los acusados como agentes de Hitler, de igual modo que justificó las purgas y las condenas apoyándose, sin ponerlas en duda, en las actas de las sesiones de los procesos. Por supuesto los partidos comunistas, ponían mayor ahínco, si cabe, en la calumnia y la justificación de semejantes simulacros de justicia. Después de la condena de los 16 primeros acusados en el primero de los llamados Procesos de Moscú, el comité central del PCF y las células de muchas fábricas votaron resoluciones para apoyar la ejecución de esos “terroristas trotskistas”. El periódico L’Humanité se distinguió especialmente llamando a la ejecución de los “Hitleriano-trotskistas”. Pero la celebración más inmunda del terror estalinista puede que sea “El himno a la GPU”, ese simulacro de poema escrito por Louis Aragon[36] en 1931 quien, tras haber sido poeta en su juventud, se convirtió en un predicador estalinista que no dejó de cantar alabanzas a Stalin y a la URSS hasta su último aliento.
Trotsky, Kamenev, Zinoviev, Smirnov, Evdokimov, Sokolnikov, Piatakov, Bujarin, Radek, … por no citar más que a los condenados más conocidos, aunque algunos de ellos se comprometieran más o menos con la estalinización, todos esos combatientes del proletariado encarnaban la herencia de Octubre de 1917. Liquidándolos, Stalin asesinaba un poco más la revolución; puesto que tras la farsa de estos procesos se ocultaba la tragedia de la contrarrevolución. Estas grandes purgas, lejos de expresar la depuración de la sociedad para la “construcción del socialismo”, marcaban un nuevo asalto contra la memoria y la transmisión del legado del movimiento revolucionario.
Alentado o desacreditado, el mito del comunismo en la Unión soviética ha sido instrumentalizado siempre por la burguesía contra la conciencia del proletariado. Si se hubiera podido pensar que el estallido del bloque del Este entre 1989 y 1991 iba a arrastrar en su hundimiento esa gran superchería, no fue en absoluto así. Al contrario, la asimilación del estalinismo al comunismo no ha hecho más que reforzarse estos últimos 30 años; aunque en las minorías revolucionarias el estalinismo sea reconocido como el peor producto de la contrarrevolución.
Cien años después de los acontecimientos, el espectro de la Revolución de Octubre de 1917 persigue aún a la burguesía. Y para protegerse frente a un nuevo episodio revolucionario que haría tambalearse su mundo, se afana en enterrar la memoria histórica del proletariado. Pare ello sus intelectuales se dedican incansablemente a reescribir la historia hasta que la mentira tome la apariencia de verdad.
Por eso frente a la propaganda de la clase dominante, el proletariado debe sumergirse en la historia de la clase y esforzarse por sacar las lecciones de los episodios pasados. También tiene que cuestionarse, y esperamos que este artículo proporcione material de reflexión, las razones que llevan a la burguesía a denigrar de forma cada vez más infame, uno de los acontecimientos más gloriosos de la historia de la humanidad, el momento en que la clase obrera ha demostrado que era posible plantear una sociedad que acabara con la explotación del hombre por el hombre.
Narek (27 de enero 2019)
[1] Ver particularmente el folleto de Rosa Luxemburg sobre la revolución rusa https://www.marxists.org/espanol/luxem/11Larevolucionrusa_0.pdf [11]
[2] Ver P. Frölich, R. Lindau, A. Schreiner, J. Walter, Révolution et Contre-révolution en Allemagne (1918-1920) Editions Science Marxiste, 2013
[3] Citado en P. Frölich, Op. Cit. Pag. 25
[4] Citado en P. Frölich Op cit. Pag. 26
[5] Citado en Annie Kriegel, Aux origins du Communisme français, Flammarion 1978. Existe una versión en español: Los comunistas franceses, Ed Villalar 1978
[6] Para un enfoque más completo, ver nuestro folleto sobre la revolución en Alemania (se puede pedir a nuestra dirección: [email protected] [12] ), también la Lista de artículos sobre la tentativa revolucionaria en Alemania 1918-23 https://es.internationalism.org/content/4373/lista-de-articulos-sobre-la-tentativa-revolucionaria-en-alemania-1918-23 [13]
[7] El Consejo de comisarios del pueblo no era otra cosa sino el nombre del nuevo gobierno del 10 de noviembre de 1918, compuesto por Ebert, Scheidemann y consortes. Esa denominación permitía en cierta forma crear la ilusión de que los dirigentes del SPD eran favorables a los Consejos obreros y al desarrollo de la lucha de clases en Alemania.
[8] Citado en Revolución y Contra-revolución en Italia (1919-1922), 1ª parte, Revista Internacional nº 2 https://es.internationalism.org/revista-internacional/197504/1941/revolucion-y-contrarrevolucion-en-italia-i [14]
[9] Citado en “Revolución en Alemania” (II), “Los inicios de la revolución”, Revista Internacional nº 82 https://es.internationalism.org/revista-internacional/199512/1817/ii-los-inicios-de-la-revolucion [15]
[10] Citado Por Gilbert Badía en Les Spartakistes 1918: l’Allemagne en révolution, Ed. Aden 2008, pag. 296. Existe una versión en español en dos tomos: Los Espartaquistas, Ed Mateu Barcelona
[11] Gilbert Badía Op cit. Pag. 298
[12] ver en CCI online: «Campagne idéologique autour des “suffragettes”: droit de vote ou communisme?» (no hay versión es español)
[13] Boches era el término despectivo para referirse a los alemanes. Los “sales boches” quería decir los asquerosos alemanes.
[14] Ver el artículo Lecciones de 1917-23 - La primera oleada revolucionaria del proletariado mundial [16] en Revista Internacional nº 80
[15] Revolución y contrarrevolución en Italia (II): Frente al fascismo. Revista Internacional nº3. https://es.internationalism.org/revista-internacional/197508/2009/revolucion-y-contra-revolucion-en-italia-ii-frente-al-fascismo-el- [17]
[16] La propaganda durante la primera guerra mundial, https://es.internationalism.org/revista-internacional/201509/4114/la-propaganda-durante-la-primera-guerra-mundial [18]
[17] Citado en G. Badia, Op. Cit. Pag 286
[18] Citado por P. Frölich, R. Lindau, A. Schreiner, J. Walcher, Révolution et contre-révolution en Allemagne. 1918-1920. De la fondation du Parti communiste au putsch de Kapp, Editions Science marxiste, 2013
[19] Ver nuestro artículo: “La propaganda en la Iª Guerra mundial”, en la Revista Internacional n.º 155
[20] P. Frölich, R. Lindau, A. Scheiner, J. Walcher, Op. Cit. Pag. 45
[21] El órgano de prensa principal del SPD
[22] P. Frölich, Rosa Kuxemburg, L’Harmattan, 1991, pag 364
[23] P. Frölich, R. Lindau, A. Scheiner, J. Walcher, Op. Cit. Pag. 137
[25] Folleto de la CCI (en francés) El hundimiento del estalinismo [20] (on line)
[26] Folleto de la CCI: El hundimiento del estalinismo (en francés) [20]
[28] La degeneración de la revolución rusa (respuesta a “Revolutionary workers group”) Revista Internacional nº3 https://es.internationalism.org/revista-internacional/197507/998/la-degeneracion-de-la-revolucion-rusa [21]
[30] Henri Guilbeaux fue un político socialista francés. Activo en el Movimiento contra la guerra que se reunió en Zimmerwald durante la Primera Guerra Mundial. Era una figura prominente de un grupo de intelectuales que lucharon en Ginebra contra la guerra (Wikipedia)
[31] Henri Guilbeaux, La fin des soviets, Societé française d’éditions littéraires et techniques, 1937, pag. 86
[32] F Engels: Principios de Comunismo
[33] Folleto de la CCI: El hundimiento del estalinismo (en francés) [20]
[34] En referencia a la novela de Jean Malaquais, traducida al español: “Planeta sin visado”, en la que se describe el ambiente de Marsella en la Francia ocupada de la 2ª guerra mundial, donde perseguidos de todas partes, viven un puñado de militantes de la Izquierda comunista como Marc Chirik, que trataban de escapar de ser exterminados
[35] Del folleto en francés: El hundimiento del estalinismo Op. Cit. [20]
[36] Poeta, novelista y periodista francés. Se afilió al PCF en 1927 y no lo abandonó hasta su muerte. Permaneció fiel a Stalin y al estalinismo toda su vida y aprobó los procesos de Moscú
Adjunto | Tamaño |
---|---|
![]() | 128.33 KB |
Al igual que los dos números anteriores de la Revista, seguimos recordando el centenario de los acontecimientos de importancia histórica que marcaron la ola revolucionaria mundial de 1917-23.
Así, después de la revolución en Rusia en 1917[1] (Revista No. 160), los intentos revolucionarios en Alemania en 1919[2] (Revista No. 161), recordamos en este número el centenario de la fundación de la Internacional Comunista. Todas estas experiencias son piezas esenciales de la herencia política del proletariado mundial, frente a la que la burguesía hace todo lo que está en su poder para asegurar que sean desnaturalizadas (la revolución en Rusia y Alemania) o que sean olvidadas, como es el caso de la fundación de la Internacional Comunista. El proletariado tendrá que reapropiarlas para que, mañana, salga victorioso un nuevo intento revolucionario mundial.
Esto se refiere en particular a las siguientes cuestiones, algunas de las cuales se abordan en el presente número de la Revista:
Esta fundación concreta ante todo la necesidad de revolucionarios que han permanecido fieles al internacionalismo traicionado por la Derecha de los partidos socialdemócratas (la mayoría en la mayoría de estos partidos) a trabajar por la construcción de una nueva internacional. En la vanguardia de este esfuerzo y perspectiva se encuentra en particular la Izquierda de los Partidos Socialdemócratas, agrupada en torno a Rosa Luxemburgo en Alemania, Pannekoek y Gorter en Holanda, y por supuesto la fracción bolchevique del partido ruso en torno a Lenin. Fue por iniciativa del Partido Comunista (bolchevique) de Rusia y del Partido Comunista de Alemania (KPD, antes Liga Spartacus) que el primer Congreso de la Internacional se convocó en Moscú el 2 de marzo de 1919.
La fundación del nuevo partido, el Partido Mundial de la Revolución, que llegó tarde en un momento en que la mayoría de los levantamientos revolucionarios del proletariado en Europa habían sido reprimidos violentamente, tenía como misión primordial proporcionar una dirección política clara a las masas trabajadoras: el derrocamiento de la burguesía, la destrucción de su estado y la construcción de un nuevo mundo sin guerras ni explotación.
La plataforma de la Internacional Comunista refleja el profundo cambio en el período histórico abierto por la Primera Guerra Mundial: "ha surgido una nueva era: la era de la desintegración del capitalismo, de su colapso interno. La era de la revolución comunista del proletariado", de modo que la única alternativa para la sociedad es ahora: la revolución proletaria mundial o la destrucción de la humanidad; el socialismo o la barbarie.
Todos estos aspectos de la fundación de la Internacional Comunista se desarrollan en los dos artículos de esta revista que dedicamos a esta cuestión, el primero en particular, "Centenario de la fundación de la Internacional Comunista - La Internacional de la Acción Revolucionaria de la Clase Trabajadora". El segundo artículo, "100 años de la fundación de la Internacional Comunista - ¿Qué lecciones se pueden aprender para las luchas del futuro? " desarrolla más particularmente una idea ya abordada en la primera: debido a la situación de emergencia, los principales partidos fundadores de la Internacional Comunista, en particular el Partido Bolchevique y el KPD, fueron incapaces de aclarar sus diferencias y confusión de antemano.
Además, el método utilizado por el nuevo partido para su fundación no iba a armarlo para el futuro. De hecho, gran parte de la vanguardia revolucionaria dio prioridad a la cantidad en términos de afiliados a expensas de la clarificación previa sobre los principios organizativos y programáticos. Tal enfoque le dio la espalda al enfoque desarrollado por los bolcheviques durante su existencia como una fracción dentro de la POSDR[4].
Esta falta de clarificación contribuyó como un factor importante, ante el retroceso de la ola revolucionaria, en el desarrollo del oportunismo en la Internacional. Este será el origen de un proceso de degeneración que llevará a la propia bancarrota de la IC, como fue el caso de la II Internacional. Esta nueva Internacional también sucumbió a la traición del principio del internacionalismo por parte de la derecha de los partidos comunistas. Posteriormente, en la década de 1930, en nombre de la defensa de la "patria soviética", los partidos comunistas de todos los países pisotearon la bandera de la Internacional llamando a los proletarios a matarse de nuevo en los campos de batalla de la Segunda Guerra Mundial.
Frente a su degeneración, la IC, al igual que la II Internacional, incubó en su seno minorías de izquierda entre los militantes del partido comunista que se han mantenido fieles al internacionalismo y al lema "Los proletarios no tienen patria. Trabajadores de todos los países, uníos". Una de las fracciones así constituidas, la Izquierda Comunista de Italia, y posteriormente la Fracción Francesa de la Izquierda Comunista, que más tarde se convertiría en la Izquierda Comunista de Francia (GCF), hizo un gran trabajo en la evaluación de la ola revolucionaria. Publicamos los capítulos del artículo del número 7 (enero / febrero de 1946) de la revista Internationalisme, que tratan de la cuestión del papel de las fracciones que emergen del partido degenerado ("La fracción de izquierda"), y su contribución a la formación del futuro partido, en particular el método que debe aplicarse con este fin ("Método de formación de partidos").
Estas minorías revolucionarias, cada vez más reducidas, tuvieron que trabajar en un contexto de profundización de la contrarrevolución, ilustrado en particular por la ausencia de surgimiento revolucionario al final de la Segunda Guerra Mundial, a diferencia de lo que había ocurrido después de la Primera Guerra Mundial. Por lo tanto, este nuevo conflicto mundial había sido una prueba de fuego para las débiles fuerzas que habían permanecido en el terreno de clase mientras que los PC habían traicionado la causa del internacionalismo proletario. Así, la corriente trotskista a su vez traicionó pasando al campo enemigo generando reacciones proletarias dentro de él.
El número 43 (junio / julio 1949) de Internacionalismo incluye un artículo, "Bienvenida a Socialismo o Barbarie" (reeditado en el número 161 de nuestra Revista, en la primera parte del artículo "Castoriadis, Munis y el problema de la ruptura con el trotskismo"[5]) que toma una posición clara sobre la naturaleza del movimiento trotskista, que había abandonado sus referencias proletarias al participar en la Segunda Guerra Imperialista Mundial. Este artículo de Internationalisme es un buen ejemplo del método utilizado por el GCF en sus relaciones con los supervivientes del naufragio del trotskismo tras la Segunda Guerra Mundial. En la segunda parte de "Castoriadis, Munis y el problema de la ruptura con el trotskismo", publicada en este número de la Revista, se destaca lo difícil que es para quienes han crecido en el ambiente corrupto del trotskismo romper profundamente con sus ideas y actitudes fundamentales. Esta realidad queda ilustrada por la trayectoria de dos militantes, Castoriadis y Munis, que, sin duda, hasta finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta, fueron militantes de la clase obrera. Munis permaneció así toda su vida, lo que no fue el caso de Castoriadis, que abandonó el movimiento obrero[6].
En cuanto a Munis, se destaca su dificultad para romper con el trotskismo: "Detrás de esta negativa a analizar la dimensión económica de la decadencia del capitalismo se esconde un voluntarismo que no es nuevo, cuyos fundamentos teóricos se remontan a la carta anunciando su ruptura con la organización trotskista en Francia, el Parti Communiste Internationaliste, donde mantiene la noción de Trotsky, presentada en las primeras líneas del Programa de Transición, de que la crisis de la humanidad es la crisis de la dirección revolucionaria". Sobre Castoriadis, se señala que "este "radicalismo" que hizo salivar tanto a los periodistas de alto vuelo fue una hoja de parra que cubría el hecho de que el mensaje de Castoriadis era extremadamente útil para las campañas ideológicas de la burguesía. Así, su afirmación de que el marxismo había sido pulverizado dio un apoyo "radical" a toda la campaña sobre la muerte del comunismo que se desarrolló tras el colapso de los regímenes estalinistas del bloque oriental en 1989. En cierto modo, es uno de los padres fundadores de lo que hemos llamado la corriente "modernista".
En este número de la Revista Internacional, continuamos también la denuncia, realizada en su número 160, de la unión de todas las facciones nacionales y de los partidos de la burguesía mundial contra la revolución rusa, para contener la ola revolucionaria e impedir que se extienda a los principales países industrializados de Europa Occidental. Contra los intentos revolucionarios en Alemania después, donde el SPD desempeñará un papel principal como verdugo de los levantamientos revolucionarios en ese país. Las campañas de calumnias, organizadas en la cúspide del estado para justificar la represión sangrienta, eran repugnantes. Más tarde, el estalinismo se impuso como verdugo de la revolución, asumiendo el ejercicio del terror de estado, la liquidación de la vieja guardia del partido bolchevique. Una vez que la URSS se convirtió en un estado burgués imperialista contra la clase obrera, las grandes democracias fueron cómplices para liquidar física e ideológicamente octubre de 1917. Tal alianza ideológica y política global ha sobrevivido a lo largo de los años y fue revivida, con más fuerza que nunca, en el momento del colapso del bloque oriental y del estalinismo, una forma particular de capitalismo de estado que ha sido presentada como “comunismo” lo que permitió a la campaña ideológica de la burguesía mundial repetir hasta la náusea “la bancarrota del comunismo”.
No hay artículos en esta Revista sobre temas candentes de la situación internacional. Sin embargo, nuestros lectores pueden ir a nuestro sitio donde se publican dichos artículos. Además, en el próximo número de la Revista Internacional se dará la debida importancia a estas cuestiones.
(14/05/2019)
[1] Ver LISTA DE ARTICULOS SOBRE LA REVOLUCION RUSA https://es.internationalism.org/cci-online/200805/2245/lista-de-articulos-sobre-la-revolucion-rusa [24]
[2] Ver Lista de artículos sobre la tentativa revolucionaria en Alemania 1918-23 https://es.internationalism.org/content/4373/lista-de-articulos-sobre-la-tentativa-revolucionaria-en-alemania-1918-23 [13]
[3] En la sección de Textos por Temas de nuestra Web se puede encontrar una colección de artículos sobre la oleada revolucionaria de 1917-23. Ver 1914-23, 10 años que sacudieron al mundo, https://es.internationalism.org/go_deeper [8]
[4] POSDR: Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, fundado en 1898. En 1903 durante el 2º Congreso se produjo la escisión entre mencheviques y bolcheviques.
[6] Ver En memoria de Munis, militante de la clase obrera, https://es.internationalism.org/revista-internacional/200608/1028/en-memoria-de-munis-militante-de-la-clase-obrera [26]
Adjunto | Tamaño |
---|---|
![]() | 156.33 KB |
Artículo publicado por primera vez en Internationalisme nº 7 - Año 1946 órgano de la Gauche Communiste de France
Para estimular la discusión sobre la formación del futuro partido mundial de la revolución, publicamos a continuación dos capítulos de un artículo de Internationalisme nº 7 de enero de 1946, titulado “À propos du 1er congrès du Parti communiste internationaliste d’Italie’’ (Acerca del primer congreso del Partido Comunista Internacionalista de Italia) La revista Internationalisme era el órgano teórico de la Fracción Francesa de la Izquierda Comunista (FFGC), es decir, el grupo más claro políticamente del período inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial. A finales de 1945, la Fracción se transformó en Izquierda Comunista de France (GCF) para evitar confusiones con una escisión formada por militantes franceses que la habían abandonado y que habían tomado el mismo nombre (FFGC- bis).
Este artículo (que publicaremos íntegramente en nuestra página web) desarrolla, a partir de las lecciones de la degeneración de la Tercera Internacional, los criterios que deben regir la constitución de un futuro partido mundial. Los dos capítulos publicados en esta Revista -el primero "La Fracción de Izquierda" y el sexto "Método de formación del Partido" - ofrecen una visión general de los temas políticos que surgieron desde la fundación de la III Internacional con una argumentación coherente. Son como un puente entre el período de la primera posguerra y el de la segunda, basándose en la valoración hecha por la Fracción italiana en los años treinta, mientras que los demás capítulos están más bien dedicados a la polémica con posiciones y corrientes más específicas de los años cuarenta, como el RKD (Revolutionäre Kommunisten Deutschlands, ex-trotskistas austriacos) y Vercesi (esos capítulos son también muy interesantes pero no pueden incluirse en la revista impresa).
Resumiendo, brevemente, los criterios para la fundación del partido son, por un lado, un camino abierto hacia la reanudación de la lucha ofensiva del proletariado y, por otro, la existencia de una base programática sólida para el nuevo partido.
En aquellos años, después de la reunión del primer congreso del Partido Comunista Internacionalista de Italia en Turín a finales de diciembre de 1945, la GCF consideró que se había cumplido la primera condición: un nuevo curso favorable. Por lo tanto, sobre esa base, saluda la transformación de la Fracción de Izquierda italiana "al dar nacimiento al nuevo Partido del Proletariado" (capítulo "La Fracción de Izquierda"). Pero, poco más tarde, en 1946, la GCF se dio cuenta de que el período de la contrarrevolución no había terminado y que, por lo tanto, no se daban las condiciones objetivas para la formación del Partido. Por ello dejó de publicar su revista de agitación L'Étincelle, creyendo que la perspectiva de una reanudación histórica de la lucha de clases no estaba al orden del día. La última publicación de L'Etincelle data de noviembre de 1946.
Además, la GCF critica severamente el método utilizado para formar el partido italiano, mediante la "adición de corrientes y tendencias" sobre una base programática heterogénea (capítulo "Método de formación del partido"), de la misma manera que había criticado (en el mismo capítulo) el método de formación de la IC, al hacer una "amalgama en torno a un programa deliberadamente inacabado” y oportunista[1], que daba así la espalda al método que construcción del partido bolchevique.
El mérito del artículo de Internationalisme es haber insistido en el rigor necesario en el programa, un rigor ausente en el partido recién constituido en Italia. El artículo, escrito unos 25 años después de la fundación de la Comintern, y unas semanas después del congreso de PCInt es sin lugar a duda la crítica más consistente al método del Partido Bolchevique para fundar la Internacional Comunista. Internationalisme fue también la única publicación del movimiento de la Izquierda Comunista de aquel entonces en poner de relieve el método oportunista del PCInt.
La GCF es, en este sentido, un ejemplo de continuidad con el método de Marx y Engels cuando se fundó el Partido Socialdemócrata Alemán en Gotha en 1875 (ver la Crítica al programa de Gotha), un método que rechazaba las bases confusas y oportunistas en las que se fundó el SAPD[2]. Continuidad también con la actitud de Rosa Luxemburg hacia el oportunismo del revisionista Bernstein en la Socialdemocracia alemana 25 años después, pero también continuidad con la de Lenin hacia los mencheviques en lo que a principios organizativos se refiere. Finalmente, continuidad con la actitud de Bilan frente al oportunismo de la corriente trotskista durante los años 30. Fue gracias a esa intransigencia en defensa de las posiciones programáticas y de los principios organizativos que hubo gente procedente de la corriente trotskista (como los RKD) que pudo orientarse hacia la defensa del internacionalismo durante y después de la Segunda Guerra Mundial. Por lo tanto, mantener bien alta la bandera del internacionalismo en contra de los "partisanos", defender la intransigencia contra el oportunismo fue una condición para que las fuerzas internacionalistas encontraran una brújula política.
En esta presentación debemos precisar una formulación sobre la lucha de la Spartakusbund (Liga Espartaquista) durante la Primera Guerra Mundial. El artículo dice en el capítulo 6: "La experiencia de Spartakusbund es esclarecedora al respecto. Su fusión con los Independientes no condujo, como esperaban, a la creación de un partido de clase fuerte, sino que acabó en la asfixia de Spartakusbund por los independientes y el debilitamiento del proletariado alemán. Rosa Luxemburg, antes de ser asesinada, y otros líderes de Spartakusbund parecían haberse dado cuenta de ese error de haberse fusionado con los Independientes y tendían a corregirlo. Pero ese error no sólo fue mantenido por la IC en Alemania, sino que se convirtió en el método practicado, impuesto por la IC, en todos los países para la formación de los partidos comunistas". No es cierto que se hubiera producido una fusión de la Spartakusbund con el USPD. El partido USPD fue fundado por el SAG (Sozialistische Arbeitsgemeinschaft, Grupo de Trabajo Socialista); el grupo "Die Internationale" (Spartakusbund) pasó a formar parte de él. Pero no fue una fusión como tal, pues ésta implicaría la disolución de la organización que se fusiona con la otra. De hecho, los espartaquistas mantuvieron su independencia organizativa y su capacidad de acción al tiempo que se proponían el objetivo de atraer a la izquierda de aquella formación a sus posiciones. Muy diferente fue el método de la IC a través de la fusión de diferentes grupos en un solo partido, "abandonando" la selección necesaria en aras de la "adición", "sacrificando los principios en aras de la cantidad".
Hay que rectificar también un error factual en este artículo. Se dice: "En Inglaterra, la IC obligará a los grupos comunistas a unirse al Partido Laborista Independiente para formar una oposición revolucionaria masiva dentro de ese partido reformista”. En realidad, lo que exigió la IC fue ni más ni menos que la integración pura y simple de los comunistas en el Partido Laborista. Este error de detalle no altera la sustancia del argumento de Internationalisme.
(14 de mayo de 2019)
(Internationalisme 1946)
A finales de 1945 se celebró el primer Congreso del recién formado Partido Comunista Internacionalista de Italia.
Este nuevo Partido del proletariado no surgió espontáneamente de la nada. Es el resultado de un proceso que comienza con la degeneración del antiguo Partido Comunista y de la Internacional Comunista. Esta degeneración oportunista hizo surgir dentro del propio partido la respuesta histórica de la clase: la Fracción de Izquierda.
Como todos los partidos comunistas formados después de la Primera Guerra Mundial, el Partido Comunista de Italia se componía de corrientes oportunistas y de corrientes revolucionarias en el momento de su formación.
La victoria revolucionaria del proletariado ruso y del Partido Bolchevique de Lenin en octubre de 1917, mediante su influencia decisiva en el movimiento obrero internacional, aceleró el proceso completándolo y precipitando la diferenciación y delimitación organizativa y política entre revolucionarios y oportunistas que convivían en los antiguos partidos socialistas de la II Internacional. La guerra de 1914 rompió esa unidad imposible que existía en los viejos partidos.
La Revolución de Octubre tuvo que acelerar la constitución de los nuevos partidos del proletariado. Pero esta influencia positiva de la Revolución de Octubre también contenía elementos negativos.
Al apresurar la formación de nuevos partidos, se impidió que la construcción se llevara a cabo basándose en la claridad de principios y un programa revolucionario. Estos sólo pueden ser elaborados después de una lucha política franca e inflexible para eliminar las corrientes oportunistas y los residuos de la ideología burguesa.
Al no haberse concluido el programa de la revolución, los antiguos Partidos Comunistas, construidos demasiado apresuradamente sobre la base de un apego sentimental a la Revolución de Octubre, ofrecieron demasiadas grietas a la penetración del oportunismo en los nuevos partidos del proletariado.
Además, la IC y los partidos comunistas de los distintos países verán, desde su fundación, cómo vuelve a resurgir la lucha entre revolucionarios y oportunistas. La lucha ideológica (que tenía que haberse hecho de antemano y haber sido la condición para la construcción del partido, que sólo puede protegerse de la gangrena oportunista mediante la formulación de principios y la construcción del programa) no se produjo sino después de la constitución de los partidos. De hecho, los antiguos partidos comunistas no sólo introdujeron la semilla del oportunismo en su seno a causa de su propia constitución, sino que además hicieron más difícil la lucha de las corrientes revolucionarias contra el oportunismo superviviente y camuflado dentro del propio nuevo Partido. Cada derrota del proletariado, al modificar la relación de fuerzas entre clases en contra de éste, promovió inevitablemente el fortalecimiento de las posiciones del oportunismo en el Partido, lo que a su vez se convirtió en un factor adicional de las derrotas posteriores del proletariado.
Si el desarrollo de la lucha entre las corrientes en el Partido alcanzó rápidamente un nivel tan alto de agudeza, ello se debe al período histórico en que vivimos. La Revolución proletaria salió fuera de las esferas de la especulación teórica. De haber sido ayer un ideal lejano se ha convertido hoy en un problema de actividad práctica e inmediata.
El oportunismo ya no se manifiesta en elucubraciones teóricas librescas que actúan como un veneno lento en el cerebro de los proletarios. En el momento actual de aguda lucha de clases, el oportunismo tiene una repercusión inmediata y se paga con millones de vidas de proletarios y de derrotas sangrientas de la Revolución. El oportunismo que surgió y se fortaleció en la IC y sus partidos fue la baza y el auxiliar principal del capitalismo contra la revolución al ser la extensión del enemigo de clase dentro del órgano tan decisivo del proletariado. Los revolucionarios no podían oponerse al Partido sino era consolidando su Fracción y proclamando la lucha abierta y a muerte contra él. La constitución de la Fracción significa que el Partido se convirtió en el teatro donde las expresiones de clases opuestas y antagónicas se enfrentan entre sí.
Significó el grito de guerra de los revolucionarios para salvaguardar al Partido de y para la clase, contra el capitalismo y sus agentes oportunistas y centristas, que tendían a apoderarse de él y convertirlo en un instrumento contra el proletariado.
La lucha entre la Fracción Comunista de Izquierda y las fracciones de centro y derecha por el Partido no es una lucha por la "dirección" del aparato, sino esencialmente programática; es un aspecto de la lucha general entre revolución y contrarrevolución, entre capitalismo y proletariado.
Esta lucha sigue el curso objetivo de las situaciones, los cambios en el equilibrio de poder entre las clases y está condicionada por ellas.
La única alternativa es: o triunfa el programa de la Fracción de Izquierda y queda eliminado el oportunismo, o, si no, es la traición abierta del Partido puesto al servicio del capitalismo. Pero cualquiera que sea el resultado de esa alternativa, el surgimiento de la Fracción significa que la continuidad histórica y política de la clase ha pasado definitivamente del Partido a la fracción y que ésta es la única que, desde entonces, expresa y representa a la clase.
De igual modo que el viejo Partido sólo pudo ser salvarse por el triunfo de la Fracción; de igual modo que la alternativa a la traición del viejo Partido, que remataba así su curso irremediable bajo la dirección del centrismo, el nuevo partido de clase sólo puede formarse sobre las bases programáticas de la Fracción.
La continuidad histórica de la clase se realiza mediante la sucesión Partido-fracción-Partido. Es ésa una de las nociones fundamentales de la Izquierda Comunista Internacional. Esta posición ha sido durante mucho tiempo un postulado teórico. La formación del PCInt de Italia y su Primer Congreso confirman históricamente la exactitud de este postulado.
La Fracción de Izquierda italiana, después de 20 años de lucha contra el centrismo, ha completado su función histórica transformándose y haciendo surgir el nuevo Partido del Proletariado.
Internationalisme nº 7
Si bien es cierto que la constitución del Partido está determinada por condiciones objetivas y no puede ser el resultado de la voluntad individual, el método utilizado para tal constitución ha dependido más directamente de un "subjetivismo" de los grupos y militantes que en él han participado. Son ellos los que sienten la necesidad de la constitución del Partido y la traducen en sus acciones. El elemento subjetivo también se convierte en un factor determinante en el proceso y lo sigue; e imprime una orientación para el desarrollo ulterior del Partido. Sin caer en un fatalismo impotente, sería muy peligroso ignorar las graves consecuencias que se derivan de la forma en que los hombres realizan y llevan a cabo las tareas de cuya necesidad objetiva han tomado conciencia.
La experiencia nos enseña la importancia decisiva del problema del método de constitución del Partido. Sólo los ignorantes o los descerebrados, aquellos para quienes la historia comienza sólo con su propia actividad, pueden darse el lujo de ignorar toda la rica y dolorosa experiencia de la Tercera Internacional. Y no es menos grave que ver a militantes muy jóvenes, que apenas han entrado en el movimiento obrero y en la Izquierda Comunista, no sólo contentarse con su ignorancia y acomodarse a ella, sino que la convierten en la base de su pretenciosa arrogancia.
El movimiento obrero tras la primera guerra imperialista mundial se encuentra en un estado de división extrema. La guerra imperialista rompió la unidad formal de las organizaciones políticas que reivindicaban al proletariado. La crisis del movimiento obrero, que ya existía antes, alcanzó su punto más álgido debido a la guerra mundial y a las posiciones que había que adoptar en respuesta a ella. Todos los partidos y organizaciones anarquistas, sindicales y marxistas se vieron violentamente zarandeadas. Se multiplicaron las divisiones. Surgieron nuevos grupos. Se produjo una delimitación política. La minoría revolucionaria de la II Internacional representada por los bolcheviques, la izquierda alemana de R. Luxemburg y los tribunistas holandeses, ya de por sí poco homogénea, dejó de estar frente a un bloque oportunista, pues entre ella y los oportunistas había un arco iris de grupos políticos y tendencias más o menos confusas, más o menos centristas, más o menos revolucionarias, que representaban un desplazamiento general de las masas que estaban separándose de la guerra, rompiendo con la unión sagrada, con la traición de los antiguos partidos socialdemócratas. Se asistió entonces al proceso de liquidación de los antiguos partidos cuyo desmoronamiento engendró una multitud de grupos. Estos grupos no eran tanto la expresión del proceso de formación del nuevo Partido, sino más bien el proceso de dislocación, liquidación y muerte del viejo Partido. Esos grupos contenían sin duda elementos para la formación del nuevo partido, pero no eran, en modo alguno, la base de tal formación. Aquellas corrientes expresaban esencialmente la negación del pasado y no la afirmación positiva del futuro. La base del nuevo Partido de clase no era sino la de la vieja izquierda y su labor crítica y constructiva, en las posiciones teóricas, en los principios programáticos que había elaborado durante los 20 años de su existencia y de su lucha fraccionaria dentro del antiguo Partido.
La revolución de octubre de 1917 en Rusia enardeció el entusiasmo entre las masas y aceleró el proceso de liquidación de los antiguos partidos, de la traición. Al mismo tiempo, planteó, de manera candente, el problema de la constitución del nuevo Partido y de la nueva Internacional. La antigua izquierda, los bolcheviques, los espartaquistas, se vieron abrumados por el rápido desarrollo de la situación objetiva, por el empuje revolucionario de las masas. Su precipitación en la construcción del nuevo Partido correspondía y era el resultado de la precipitación de acontecimientos revolucionarios en el mundo. Es innegable que una de las causas históricas de la victoria de la revolución en Rusia y su derrota en Alemania, Hungría e Italia radica en la existencia del Partido revolucionario en el momento decisivo en aquel país y en su ausencia o inexistencia en éstos últimos. Por eso, los revolucionarios trataron de cerrar la brecha entre la madurez de la situación objetiva y la inmadurez del factor subjetivo (la ausencia del Partido) mediante una amplia confluencia de grupos y corrientes políticamente heterogéneos, proclamando tal reunión como nuevo Partido.
El método "estrecho" (la selección basada en los principios más precisos, sin fijarse en los éxitos numéricos inmediatos) había permitido a los bolcheviques construir el Partido que, en el momento decisivo, fue capaz de integrar en su seno y asimilar todas las energías y militantes revolucionarios de las demás corrientes y, en última instancia, dirigir al proletariado hacia la victoria. El método "amplio", en cambio, preocupado sobre todo por reunir inmediatamente al mayor número de miembros a expensas de la precisión programática y de principios, debía conducir a la constitución de los Partidos de masas, colosos con pies de barro que acabarían cayendo, ante la primera derrota, en manos del oportunismo. La formación del Partido de clase es infinitamente más difícil en los países capitalistas avanzados -donde la burguesía conoce mil maneras de corromper la conciencia del proletariado- que en Rusia.
La IC creía que podía superar las dificultades utilizando métodos distintos al que había ganado en Rusia. La construcción del partido no es un problema de habilidades, sino esencialmente un problema de solidez programática.
Contra la mayor fuerza ideológica corruptora del capitalismo y sus agentes, lo único que el proletariado puede oponer es una mayor severidad e intransigencia de principios de su programa de clase. Por muy lento que parezca ese camino hacia la construcción del Partido, a los revolucionarios no les queda otro, sino es, como la experiencia ha demostrado, el que conduce a la bancarrota.
La experiencia de Spartakusbund es esclarecedora al respecto. Su fusión con los Independientes no condujo, como esperaban, a la creación de un partido de clase fuerte, sino que acabó en la asfixia de Spartakusbund por los independientes y el debilitamiento del proletariado alemán. Rosa Luxemburg, antes de ser asesinada, y otros líderes de Spartakusbund parecían haberse dado cuenta de ese error de haberse fusionado con los Independientes y tendían a corregirlo. Pero ese error no sólo fue mantenido por la IC en Alemania, sino que se convirtió en el método practicado, impuesto por la IC, en todos los países para la formación de los partidos comunistas.
En Francia, la IC "hará" un Partido Comunista mediante la fusión y unificación impuesta entre grupos de sindicalistas revolucionarios, grupos internacionalistas del Partido Socialista y la tendencia centrista, corrupta y podrida de los parlamentarios, dirigida por Frossard y Cachin.
En Italia, la IC también exigirá a la Fracción Abstencionista de Bordiga fundar una sola organización con las tendencias centristas y oportunistas de Ordine Nuovo y Serrati.
En Inglaterra, la IC obligará a los grupos comunistas a unirse al Partido Laborista Independiente para formar una oposición revolucionaria masiva dentro de ese partido reformista.
En resumen, el método que utilizará la IC para "construir" los partidos comunistas será el contrario al método utilizado y comprobado en la construcción del Partido Bolchevique.
Ya no es la lucha ideológica en torno al programa, la eliminación progresiva de las posiciones oportunistas lo que, mediante el triunfo de la Fracción Revolucionaria coherente, servirá de base para la construcción del Partido, sino la suma de diferentes tendencias, una amalgama en torno a un programa deliberadamente inacabado lo que servirá de base. Se abandonará la selección a favor de la suma, y se sacrificarán los principios en aras de la cantidad.
¿Cómo pudieron los bolcheviques y Lenin tomar el camino que ellos mismos habían condenado y combatido durante 20 años en Rusia? ¿Cómo puede explicarse el cambio en el método de formación del Partido, para los bolcheviques, entre antes y después de 1917? Lenin no se hacía ilusiones sobre los líderes oportunistas y centristas, sobre la conversión de los Frossard y otros Ledebour a la revolución, sobre la valía de los revolucionarios de última hora. Lenin no podía ignorar el peligro que representaba la admisión de toda aquella escoria en los partidos comunistas. Si decidió admitirlos, es porque estaba sometido a la precipitación de los acontecimientos, porque creía que esos elementos, en el desarrollo mismo de los acontecimientos, serían eliminados gradual y definitivamente del Partido. Lo que permitió a Lenin inaugurar el nuevo método es que se basaba en dos nuevos hechos que, en su opinión, ofrecían una garantía suficiente: la preponderancia política del Partido Bolchevique en la IC y el desarrollo objetivo del curso revolucionario. La experiencia ha demostrado desde entonces que Lenin cometió un error colosal al subestimar el peligro de una degeneración oportunista, siempre posible, de un partido revolucionario y tanto más favorecida cuando la formación del Partido no se basa en la eliminación de las tendencias oportunistas sino en camuflarlas, sumarlas, incorporarlas como elementos constitutivos del nuevo Partido.
Contra el método "amplio" de agregar que triunfó en la IC, la izquierda recordó con energía el método de seleccionar que era el de Lenin antes de la Revolución de Octubre. Y es uno de los mayores méritos de Bordiga y su fracción el haber luchado con la mayor energía contra el método de la IC y haber puesto de relieve el error del método de formación del Partido y las graves consecuencias que tuvo para el desarrollo ulterior de los partidos comunistas. Si la fracción de Bordiga finalmente aceptó formar el Partido Comunista de Italia junto con la facción "Ordine Nuovo", lo hizo sometiéndose a la decisión de la IC, después de haber formulado las críticas más severas y haber mantenido sus posiciones, unas posiciones que la fracción mantuvo en espera de hacerlas triunfar en las crisis inevitables dentro del Partido y tras la propia experiencia histórica viva y concreta.
Se puede decir hoy [1946] que de igual modo que la ausencia de partidos comunistas durante la primera ola de la revolución de 1918-20 fue una de las causas de su fracaso, el método de formación de los partidos en 1920-21, fue también una de las causas principales de la degeneración de los PC y la IC.
No es de extrañar que hoy, 23 años después de la discusión entre Bordiga y Lenin, se repita el mismo error en la propia formación del PCInt de Italia. El método de la IC, tan violentamente combatido por la Fracción de Izquierda (de Bordiga) y cuyas consecuencias fueron catastróficas para el proletariado, es hoy asumido por la propia Fracción para la construcción del PCInt de Italia.
Muchos camaradas de la Izquierda Comunista Internacional parecen estar sufriendo de amnesia política. Y, en caso de que recuerden las posiciones críticas de la izquierda sobre la constitución del Partido, quizás ahora crean que pueden saltárselas. Creen que el peligro de ese método está circunscrito y hasta totalmente anulado porque lo aplica la Fracción de Izquierda, es decir, el organismo que fue capaz de resistir a la degeneración oportunista de la IC durante 25 años. Volvemos así a caer en los argumentos de los bolcheviques. Lenin y los bolcheviques también creían que, como eran ellos los que aplicaban tal método, estaba garantizado. La historia demuestra que no hay infalibilidad. Ningún partido, sea cual sea su pasado revolucionario, está inmunizado contra la degeneración oportunista. Los bolcheviques tenían como mínimo tantos títulos revolucionarios que hacer valer como la Fracción Italiana de la Izquierda Comunista. No sólo habían resistido al oportunismo de la II Internacional, la traición ante la guerra imperialista, no sólo habían formado el Partido, sino que también habían conducido al proletariado a la victoria. Pero todo este glorioso pasado -que ninguna otra fracción tiene todavía en su haber- no inmunizó al Partido Bolchevique. Cada error es una brecha en la armadura del Partido a través del cual se infiltra la influencia del enemigo de clase. Los errores tienen sus consecuencias lógicas.
El Partido Comunista Internacional de Italia se "construye" mediante la fusión, la adhesión de grupos y tendencias tan opuestos políticamente entre sí como lo eran la Fracción Abstencionista de Bordiga y "Ordine Nuovo" cuando se fundó el PC en 1921. En el nuevo Partido ocupan sus lugares, en igualdad de condiciones, la Fracción italiana y la Fracción Vercesi, la cual había sido excluida por su participación en el Comité de Coalición Antifascista. No es ya sólo una repetición del error metodológico de hace 25 años, sino incluso una repetición agravada.
Al formular nuestra crítica al método de creación del PCInt de Italia, nos limitamos a adoptar la posición de la Fracción Italiana, que ahora abandona. Y así como Bordiga seguía a Lenin contra el propio error de Lenin, lo único que hacemos es seguir la política de Lenin y Bordiga ante el abandono de sus posiciones por parte de la Fracción Italiana.
El nuevo partido no es una unidad política, sino un conglomerado, una suma de tendencias que inevitablemente habrán de emerger y chocar entre sí. El armisticio actual será muy temporal. La eliminación de una u otra corriente es inevitable. Tarde o temprano, será necesaria una delimitación política y organizativa. De nuevo, como hace 25 años, el problema es: ¿Quién saldrá vencedor?
Enlaces
[1] https://es.internationalism.org/files/es/pdf/revista_internacional_162_3.pdf
[2] https://es.internationalism.org/files/es/162-centenario-fundacion-ic.pdf
[3] https://www.marxists.org/espanol/comintern/eis/4-Primeros3-Inter-2-edic.pdf
[4] https://es.internationalism.org/tag/2/39/la-organizacion-revolucionaria
[5] https://es.internationalism.org/tag/desarrollo-de-la-conciencia-y-la-organizacion-proletaria/tercera-internacional
[6] https://es.internationalism.org/tag/3/51/partido-y-fraccion
[7] https://es.internationalism.org/files/es/accion_revolucionaria_162.pdf
[8] https://es.internationalism.org/go_deeper
[9] https://es.internationalism.org/tag/corrientes-politicas-y-referencias/izquierda-comunista
[10] https://es.internationalism.org/files/es/traduccion_articulo_rint_162_la_burguesia_contra_la_revolucionii.pdf
[11] https://www.marxists.org/espanol/luxem/11Larevolucionrusa_0.pdf
[12] mailto:[email protected]
[13] https://es.internationalism.org/content/4373/lista-de-articulos-sobre-la-tentativa-revolucionaria-en-alemania-1918-23
[14] https://es.internationalism.org/revista-internacional/197504/1941/revolucion-y-contrarrevolucion-en-italia-i
[15] https://es.internationalism.org/revista-internacional/199512/1817/ii-los-inicios-de-la-revolucion
[16] https://es.internationalism.org/revista-internacional/200704/1829/lecciones-de-1917-23-la-primera-oleada-revolucionaria-del-proletar
[17] https://es.internationalism.org/revista-internacional/197508/2009/revolucion-y-contra-revolucion-en-italia-ii-frente-al-fascismo-el-
[18] https://es.internationalism.org/revista-internacional/201509/4114/la-propaganda-durante-la-primera-guerra-mundial
[19] https://www.marxists.org/espanol/lenin/obras/oe3/lenin-obras-2-3.pdf
[20] https://fr.internationalism.org/brochure/stalinisme
[21] https://es.internationalism.org/revista-internacional/197507/998/la-degeneracion-de-la-revolucion-rusa
[22] https://es.internationalism.org/tag/2/37/la-oleada-revolucionaria-de-1917-1923
[23] https://es.internationalism.org/files/es/presentacion_revista_internacional_no_162.pdf
[24] https://es.internationalism.org/cci-online/200805/2245/lista-de-articulos-sobre-la-revolucion-rusa
[25] https://es.internationalism.org/content/4363/castoriadis-munis-y-el-problema-de-la-ruptura-con-el-trotskismo-ii
[26] https://es.internationalism.org/revista-internacional/200608/1028/en-memoria-de-munis-militante-de-la-clase-obrera
[27] https://es.internationalism.org/files/es/162-internationalisme_no7-esp.pdf