Desde hace 5 años, el desarrollo de la lucha de clases se ha venido confirmando a escala internacional. La clase obrera, frente a unos ataques simultáneos y cada día más duros por todas las partes del mundo, está reaccionando y expresando su combatividad, afirmando su solidaridad de clase tanto en los países más desarrollados como en los que lo están mucho menos.
Así, en los últimos meses del año 2007, ha habido cantidad de países que han sido escenario de luchas obreras.
Egipto
Una vez más, en medio de una fuerte oleada de huelgas, los 27 000 obreras y obreros de una fábrica de Al Mahallah, a unos 100 kilómetros de El Cairo, que ya había sido el corazón de la oleada de luchas de diciembre de 2006 y de la primavera de 2007, volvieron al combate a partir del 23 septiembre. Las promesas del gobierno de entregar a cada uno lo equivalente de 150 días de salario, que puso fin a la huelga, no se cumplieron. Un huelguista, detenido durante algún tiempo por la policía, declaraba: "Nos prometieron 150 días de prima, lo único que queremos es que se respeten nuestros derechos; estamos decididos a ir hasta el final". Los obreros de la empresa redactaron entonces una lista de reivindicaciones: 150 libras egipcias de prima (menos de 20 euros, cuando los salarios mensuales varían entre 200 y 250 libras); desconfianza hacia el comité sindical y el director de la empresa; inclusión de las primas en el sueldo base, o sea, un ingreso no vinculado a la producción; aumento de los subsidios para alimentos; subsidio suplementario de alojamiento; salario mínimo ajustado al alza de precios; medios de transporte para los obreros que viven lejos de la factoría; mejora de los servicios médicos.
Los obreros de otras fábricas textiles, los de Kafr al Dawar, por ejemplo, que ya en diciembre de 2006 habían declarado: "Estamos en el mismo barco que vosotros y nos embarcamos para el mismo viaje", volvieron a manifestar su solidaridad desde finales de septiembre, entrando ellos también en huelga. En otros sectores, como el de los harineros de El Cairo, los obreros decidieron hacer una sentada, transmitiendo un mensaje de solidaridad en apoyo a las reivindicaciones de los obreros textiles. En otros lugares, como en las fábricas de Tanta Linseed and Oil, los obreros siguieron el ejemplo de Al Mahallah exponiendo públicamente unas serie de reivindicaciones similares. Esas luchas han expresado un rechazo firme a los sindicatos oficiales, considerados como fieles perros guardianes del gobierno y la patronal: "El representante del sindicato oficial, controlado por el Estado, que fue a pedir a los obreros que cesaran la huelga, acabó en el hospital, apedreado por los obreros soliviantados. ‘El sindicato está a las órdenes del poder, queremos elegir a nuestros verdaderos representantes' explican los obreros" (citado por el diario francés Libération, 1/10/07).
El gobierno se ha visto obligado a proponer a los obreros el pago de 120 días de primas y a prometer sanciones contra la dirección. Pero los proletarios mostraron que ya no se fiaban de promesas y, cobrando poco a poco confianza en su fuerza colectiva, manifestaron una determinación intacta para luchar hasta que sus reivindicaciones fueran realmente satisfechas.
Dubai
Con mayor fuerza que en la primavera de 2006, en octubre de 2007, 4000 obreros, casi todos inmigrados de origen indio, pakistaní, bengalí o chino, trabajadores en la construcción de rascacielos gigantescos y de palacios superlujosos, tratados peor que el ganado, con sueldos de unos cien euros por mes, viviendo amontonados en chabolas, se lanzaron a la calle para expresar su revuelta contra unas condiciones de sobreexplotación inhumanas, desafiando la "legalidad", la represión, la pérdida del sueldo, del empleo y la expulsión vitalicia. Cuatrocientos mil obreros de la construcción se lanzaron durante dos días a la movilización.
Argelia
Para hacer frente al descontento creciente, los sindicatos autónomos de la función pública han convocado una huelga nacional de funcionarios, especialmente de los profesores, para el 12 y 15 enero de 2008, contra el desgaste del poder adquisitivo y el nuevo estatuto en la enseñanza que cuestiona la escala de salarios. Pero esa huelga también ha implicado y movilizado a los demás funcionarios y del sector de la salud. La ciudad de Tizi Uzu quedó totalmente paralizada y la huelga del personal docente ha sido muy seguida en Orán, Constantina, Annaba, Bechar, Adrar y Saida.
Venezuela
Los obreros petroleros, tras haberse opuesto a finales de mayo de 2007 a los despidos de una empresa estatal, se volvieron a movilizar en septiembre para exigir alzas salariales cuando se renovaron los convenios colectivos del sector. A la vez, en mayo, el movimiento de protesta de los estudiantes contra el régimen exigiendo una mejora de la situación de la población y de los trabajadores más pobres. Para ello, los estudiantes organizaron asambleas generales abiertas a todos, eligiéndose comités de huelga. Cada vez, el gobierno de Chávez, "el apóstol de la revolución bolivariana", dio la misma respuesta: la represión, que se ha saldado con muertos y cientos de heridos.
Perú
En abril, una huelga ilimitada, surgida de una empresa china, se propagó después por todo el país en las minas de carbón, por primera vez desde hace 20 años. En Chimbote, la empresa SiderPerú quedó totalmente paralizada, a pesar de las maniobras de sabotaje de la huelga y de los intentos de aislamiento por parte de los sindicatos. Las mujeres de los mineros se manifestaron con ellos, así como una gran parte de la población de la ciudad, incluidos campesinos y desempleados. Cerca de Lima, los mineros de Casapalca secuestraron a los ingenieros de la mina que los amenazaban con despedirlos si abandonaban su puesto de trabajo. Estudiantes de Lima y parte de la población acudieron a aportar alimentos y apoyo a los huelguistas. En junio, se movilizó una gran parte de los 325 000 docentes ampliamente movilizados con, también, el apoyo de una buena parte de la población, a pesar de un reparto de trabajo, también aquí, entre los sindicatos para que la lucha se apagara. El gobierno reaccionó cada vez con detenciones, amenazas de despidos, poniendo "precarios" para sustituir a los mineros huelguistas, organizando amplias campañas mediáticas de denigración contra los profesores.
Turquía
Veintiséis mil obreros de Türk Telekom se lanzaron a una huelga masiva de 44 días a finales del año pasado contra la pérdida de garantía de salario y empleo, tras la privatización y la transferencia de 10 000 de entre ellos a empresas subcontratadas. Ha sido la huelga más importante de la historia turca después de la huelga de los mineros de 1991. En plena campaña de movilización bélica antikurda, algunos "agitadores" fueron detenidos y acusados de sabotaje, y hasta de alta traición al interés nacional, amenazados con despidos y sanciones. Acabaron siendo readmitidos, negociándose aumentos de sueldo de 10 %.
Grecia
La huelga general del 12 de diciembre de 2007, contra un proyecto de reforma de los "planes especiales" de pensiones (la edad de jubilación ya se ha pospuesto a los 65 años para los hombres y 60 para las mujeres en el plan general) que conciernen a 700 000 trabajadores (32 % de la población activa) reunió a empleados del sector privado y de los funcionarios: banca, tribunales, administraciones, correos, electricidad, teléfono, hospitales así como transportes públicos (metros, tranvías, puertos, aeropuertos). Hubo más de 100 000 manifestantes en Atenas, Salónica y otras grandes ciudades del país.
Finlandia
En este país, donde la burguesía ha llevado muy lejos el desmantelamiento de la protección social, más de 70 000 asalariados de la salud (la mayoría enfermeras) se pusieron en huelga en octubre reclamando subidas de sueldos (que varían entre 400 y 600 euros mensuales) de al menos 24 %, pues el bajo nivel de salarios obliga a muchos trabajadores a irse a Suecia. Doce mil ochocientas enfermeras amenazaron con dimitir colectivamente si las negociaciones entre el gobierno, que no propone más que una revalorización del 12 % en dos años y medio, y el sindicato Tehy no concluyen. Hay servicios hospitalarios enteros amenazados de cierre.
Bulgaria
Tras una huelga simbólica el día de la vuelta a clase, los profesores se pusieron en huelga ilimitada, a finales de septiembre, exigiendo aumentos de sueldo: 100 % para los profesores de la secundaria (cobran una media de 174 euros por mes...) y un aumento del 5 % del presupuesto de la educación nacional. La promesa del gobierno de revisar los salarios en 2008 puso un fin provisional a la huelga.
Hungría
Tras una huelga en protesta contra el cierre de líneas ferroviarias declaradas no rentables y contra la reforma de las jubilaciones y del sistema de salud impuesta por el gobierno, los ferroviarios lograron arrastrar tras ellos, el 17 de diciembre, a 32 000 asalariados descontentos de diferentes sectores (profesores, personal sanitario, chóferes de autobús, empleados del aeropuerto de Budapest...). Pero en esta movilización interprofesional, los sindicatos ahogaron la lucha de los ferroviarios en cuanto el Parlamento acabó de votar la reforma, llamándolos a la vuelta al trabajo para el día siguiente.
Rusia
Plantando cara a la represión (toda huelga de más de 24 horas es ilegal), a pesar de la condena sistemática de los huelguistas por los tribunales, del recurso sistemático a la violencia policíaca y el uso de bandas de matones contra los obreros combativos, por primera vez en diez años, una oleada de huelgas inundó el país en la última primavera, desde Siberia oriental hasta el Cáucaso. La huelga afectó a muchos sectores: obras de la construcción en Chechenia, una fábrica del sector maderero en Nóvgorod, un hospital en la región de Chitá, el servicio de mantenimiento de las viviendas en Saratov, restaurantes "fast-food" en Irkutsk, la fábrica de la General Motors en Togliattigrad y una importante fábrica metalúrgica en Carelia. Y el movimiento culminó en noviembre con la huelga de tres días de los de los estibadores de Tuapse en el mar Negro, después los de 3 empresas del puerto de San Petersburgo del 13 al 17, mientras los empleados de correos cesaban el trabajo el 26 de octubre, así como los del sector de la energía. Los maquinistas de ferrocarriles amenazaron con entrar en huelga por primera vez desde 1988. Pero fue la huelga de los obreros de la factoría Ford de Vsevoloshsk, en la región de San Petersburgo, a partir del 20 noviembre lo que contribuyó a romper el silencio total sobre esta oleada de huelgas, provocada sobre todo por la subida imparable de la inflación y el alza entre 50 y 70% de los productos alimenticios de base. Ante esa situación, la Federación de Sindicatos independientes de Rusia, abiertamente sometida al gobierno y hostil a todo tipo de huelga, resulta incapaz de encuadrar las luchas obreras. En cambio, con la ayuda de la burguesía occidental, las direcciones de las grandes multinacionales procuran explotar al máximo las ilusiones sobre un sindicalismo "libre" y "de lucha" favoreciendo la emergencia y el desarrollo de nuevas estructuras sindicales como el Sindicato interregional de los Trabajadores del automóvil, fundado a instigación del Comité sindical de Ford y que agrupa a sindicatos independientes de varias grandes empresas como AvtoVAZ-General Motors en Togliattigrad y Renault-Autoframos en Moscú. Han sido esos nuevos "sindicatos independientes" los que, encerrando y aislando totalmente a los obreros en "su" fábrica, limitando las expresiones de solidaridad de otros sectores al envío de mensajes de simpatía y apoyo financiero, precipitaron a los obreros en la más amarga derrota. Al cabo de un mes de huelga, agotados, tuvieron que reanudar el trabajo sin haber obtenido nada, doblegándose a las condiciones de la dirección: una vaga promesa de negociación tras el cese de la huelga.
Italia
El 23 de noviembre, los sindicatos de base (Confederación unitaria de base-CUB, Cobas, y otros "sindicatos de lucha" intercategorías) lanzaron una jornada de huelga general seguida por 2 millones de asalariados contra el acuerdo firmado el 23 de julio último entre el gobierno de centro izquierda y las 3 grandes centrales sindicales (CGIL/CISL/UIL) que legaliza la creciente precariedad del trabajo, la reducción drástica de las pensiones y de la protección social en gastos de salud. 25 manifestaciones organizadas en todo el país ese día reunieron a 400 000 personas, en Roma y Milán sobre todo. Todos los sectores estuvieron afectados, especialmente los transportes (ferrocarriles, aeropuertos bloqueados), la metalurgia (90 % de huelguistas de Fiat en Pomigliano), y los hospitales. La huelga fue especialmente seguida por jóvenes con empleos precarios (son más de 6 millones) y por no sindicados. La cólera debida a la baja del poder adquisitivo fue también un factor importante en la amplitud de la movilización.
Gran Bretaña
En Correos, en Liverpool y en el sector sur de Londres especialmente, los empleados iniciaron espontáneamente, por vez primera desde hace más de diez años, una serie de huelgas contra la baja de los salarios reales y las nuevas amenazas de reducción de plantilla, y, a la vez, el sindicato de obreros de la comunicación (CWU) aislaba a los obreros, mediante unos piquetes de huelga que los encerraba, en realidad, en cada sector. Y, al mismo tiempo, ese sindicato firmaba un acuerdo con la dirección que establece una mayor flexibilidad en el empleo y los salarios.
Alemania
La huelga "intermitente" de ferroviarios por subidas de sueldo habrá durado 10 meses bajo la batuta del sindicato del personal móvil GDL. Los sindicatos han desempeñado un papel de primer orden para dividir a los obreros con un reparto de tareas entre sindicatos partidarios de la legalidad y los más radicales dispuestos a transgredirla. Una gran campaña fue organizada por los medios denunciando el carácter "egoísta" de la huelga, cuando en realidad, la huelga obtuvo la simpatía de otros obreros "usuarios", cada vez más numerosos en identificarse, ellos también, como víctimas de las mismas "injusticias sociales". Ahora que la cantidad de empleados de los ferrocarriles ha quedado reducida a la mitad en 20 años, que las condiciones de trabajo se han degradado y los salarios están bloqueados desde hace 15 años, el sector es uno donde peor se paga (con una media de menos de 1500 euros por mes). Bajo la presión de los ferroviarios, los tribunales legalizaron una nueva huelga de 3 días en noviembre, justo a la vez que se desarrollaba en Francia una huelga ferroviaria que, por cierto, ha sido muy popular en Alemania. La huelga acabó en enero con aumentos de sueldo de 11% (lejos del 31% reivindicados y ya en parte recortados por la inflación) y, para dejar escapar un poco de presión de la olla social, se ha reducido la duración semanal del trabajo para los 20 000 maquinistas, pasando de 41 a 40 horas, pero sólo a partir de... febrero de 2009.
Más recientemente, el constructor finlandés de teléfonos móviles Nokia anunció el cierre, a finales de 2008, de su factoría de Bochum que emplea a 2300 obreros. Esto implicará, debido a las repercusiones en las empresas subcontratadas, la pérdida de 4000 empleos en esa ciudad. Al día siguiente, 16 de enero, los obreros se negaron a acudir a sus puestos de trabajo y hubo obreros de la factoría vecina de Opel, otros de Mercedes, siderúrgicos de la empresa Hoechst de Dortmund, metalúrgicos de Herne, mineros de la región que afluyeron a las puertas de la fábrica Nokia para dar su pleno apoyo solidario a sus compañeros. El proletariado alemán, en el corazón de Europa, al sistematizar sus experiencias recientes de combatividad y solidaridad, tiende a volver a ser un faro en el desarrollo de la lucha de clases a nivel internacional. Ya en 2004, los obreros de la factoría Daimler-Benz de Bremen se pusieron espontáneamente en huelga, en solidaridad con los obreros de Stuttgart de la misma empresa amenazados por los despidos, rechazando así el chantaje de la dirección consistente en hacer competir entre sí a diferentes lugares de producción. Y a su vez, unos meses más tarde, otros obreros del automóvil, ya entonces precisamente los de Opel de Bochum, lanzaron una huelga espontánea ante una presión semejante de la dirección. Por eso, hoy, para desviar esta nueva expresión de solidaridad y esta amplia movilización intersectorial, la burguesía alemana se ha puesto inmediatamente a focalizar la atención sobre este enésimo ejemplo de deslocalizacion (la fábrica de Nokia va a ser transferida a Cluj, en Rumania), dando bombo y platillo a una gran campaña mediática (en un amplio frente común que une a gobierno, electos locales y regionales, Iglesia y sindicatos) acusando al constructor finlandés de haber traicionado al gobierno, tras haberse aprovechado de las subvenciones que debían permitir el mantenimiento de la actividad en Bochum.
Y así, a la lucha contra los despidos y las reducciones de plantilla se le van añadiendo otras reivindicaciones por subidas de salario y contra la pérdida de poder adquisitivo, además ahora que toda la clase obrera del país está cada vez más expuesta a los ataques incesantes de la burguesía (edad de jubilación pospuesta a los 67 años, planes de despidos, recortes en todas las prestaciones sociales de la Agenda 2010...). En 2007, Alemania tuvo, además, la mayor cantidad de jornadas de huelga acumuladas (el 70 % por las huelgas de primavera contra la "externalización" de 50 000 empleos en las telecomunicaciones) desde 1993, al poco de la reunificación de Alemania.
Francia
Pero fue sobre todo la huelga de ferroviarios y chóferes de transporte público de Francia, en octubre-noviembre, lo que ha revelado las nuevas potencialidades para el porvenir, un año y medio después de la lucha de la primavera de 2006, animada ésta sobre todo por la juventud estudiantil que obligó al gobierno a retirar un proyecto (el CPE) con el que iba a incrementarse la precariedad de los jóvenes trabajadores. Ya en octubre, la huelga de 5 días de azafatas y camareros de Air France contra el deterioro de sus condiciones de trabajo había demostrado la combatividad y un descontento social en ascenso.
Los ferroviarios no se quedaron agarrados a su "régimen especial de jubilación", exigiendo el retorno a los 37,5 años de cuotas para todos. Entre los jóvenes obreros de la Compañía nacional de ferrocarriles (SNCF), en especial, se fue consolidando la voluntad de extensión de la lucha en ruptura con el peso del corporativismo de los ferroviarios y de los "rodantes" que había predominado en las huelgas de 1986/87 y de 1995, mostrando así un elevado sentimiento de solidaridad en el seno del conjunto de la clase obrera.
El movimiento estudiantil, por su parte, contra la Ley de Reforma de las Universidades (o ley Pécresse), cuyo objetivo es crear universidades de élite de la burguesía, echando a la mayoría de los estudiantes hacia "facultades basurero" y el trabajo precario, ha seguido situándose en continuidad con el movimiento antiCPE de la primavera de 2006. Su plataforma reivindicativa mencionaba no sólo la retirada de la Ley Pécresse sino de todos los ataques del gobierno. Se tejieron verdaderos lazos de solidaridad entre estudiantes y ferroviarios o conductores, que se plasmaron, por mucho que quedaran limitados a ciertos lugares y a los momentos más álgidos de la lucha, en que hubo encuentros mutuos en asambleas y acciones comunes o comidas compartidas.
Por todas partes las luchas topan y se enfrentan a la labor de sabotaje y de división de los sindicatos, los cuales, obligados a ponerse en la primera fila de los ataques antiobreros, dejan cada día más al descubierto su papel y su verdadera función al servicio del Estado burgués. En la lucha de los ferroviarios y conductores de Francia en octubre-noviembre de 2007, las componendas entre sindicato y gobierno para hacer tragar los ataques ha sido algo patente. En ese reparto cada sindicato tuvo su papel en la división y el aislamiento de las luchas ([1]).
Estados Unidos
El sindicato UAW saboteó la huelga de General Motors en septiembre, después la de Chrysler en octubre, negociando con la dirección de esas empresas la transferencia de la gestión de la "protección medico-social" al sindicato a cambio del "mantenimiento" de los empleos en la empresa y de la congelación salarial durante 4 años. Ha sido una estafa total, pues el mantenimiento de la cantidad de empleos prevé la sustitución por eventuales sometidos a contratos más precarios, con salarios más bajos y obligados, además, a afiliarse al sindicato. Y así, la acción sindical ha permitido un resultado inverso al obtenido por la lucha ejemplar de los obreros de los transportes de Nueva York que, en diciembre de 2005, habían rechazado que se instaurara, para sus hijos y las generaciones futuras, un sistema diferente de contrato y de salarios.
La burguesía se ve obligada cada vez más a instalar contrafuegos ante el desgaste y el desprestigio de los aparatos sindicales. Por eso, según los países, surgen sindicatos de base, sindicatos "más radicales", otros dizque "libres e independientes" para encuadrar las luchas, para no dejar que los obreros se apoderen de ellas y, sobre todo, bloquear y dejar que se enfangue el proceso de reflexión, de discusión y de toma de conciencia en el seno de la clase obrera.
El desarrollo de las luchas se enfrenta a una amplia operación de denigración ignominiosa por parte de la burguesía para desprestigiarlas, además de acarrear un incremento de la represión. No sólo ya se organizó una gran campaña, en Francia, para hacer impopular la huelga de los transportes, para soliviantar a los "usuarios" contra los huelguistas, dividir a la clase obrera, quebrar el ímpetu de solidaridad en su seno, impedir todo intento de ampliación de la lucha y culpabilizar a los huelguistas. Además, lo hicieron todo por criminalizar a los huelguistas. Organizaron así una campaña al final de la huelga, el 21 de noviembre, en torno a un sabotaje de las vías férreas y de un incendio de cables eléctricos para hacer que los huelguistas aparecieran como "terroristas" o "asesinos irresponsables". La misma "criminalización" se hizo contra estudiantes "bloqueadores" a los que algunos rectores de universidad calificaron de "jemeres rojos" o de "delincuentes". Por otra parte, los estudiantes fueron víctimas de una represión violenta en intervenciones policiales para "desbloquear" las universidades ocupadas. Resultaron heridos decenas de estudiantes, muchos fueron detenidos con juicios inmediatos y penas de cárcel.
Las luchas recientes confirman plenamente unas características que ya afirmamos en la Resolución sobre la situación internacional que la CCI adoptó en mayo de 2007 en su XVIIº Congreso (publicada en la Revista internacional nº 130, 3er trimestre de 2007):
Hoy el principal alimento del proceso de reflexión no es tanto la posibilidad de la revolución, sino más bien, vistas las catastróficas perspectivas que nos ofrece el capitalismo, su necesidad.". La reflexión sobre el callejón sin salida que nos "ofrece" el capitalismo es más y más un factor determinante de la maduración de la conciencia de clase.
El incremento de la lucha de clases hoy está también marcado por le desarrollo de discusiones en la clase obrera, por la necesidad de reflexión colectiva, la politización de elementos en búsqueda, una búsqueda que también se realiza mediante el surgir o la reactivación de grupos proletarios, círculos de discusión, ante acontecimientos importantes (como el estallido de conflictos imperialistas) o como consecuencia de las huelgas. Hay una tendencia por el mundo entero, a acercarse a las posiciones internacionalistas. Una ilustración significativa de ese fenómeno es el ejemplo en Turquía de los compañeros de EKS, los cuales, en su posicionamiento internacionalista en un terreno de clase, han asumido su papel de militantes defensores de las posiciones de la Izquierda comunista ante la agravación de la guerra en Irak, marcada por la intervención directa de su país en el conflicto.
Aparecen minorías revolucionarias tanto en países menos desarrollados como Perú o Filipinas como en países altamente industrializados pero que carecen, en gran parte, de una tradición de lucha de clases como en Japón, o, en menor grado, en Corea. En este contexto, la CCI asume también sus responsabilidades hacia esas personas como lo demuestran sus intervenciones en diferentes países en los que la CCI ha impulsado, organizado y participado en reuniones públicas en lugares tan diversos como Perú, Brasil, Santo Domingo, Japón o Corea del Sur.
"La responsabilidad de las organizaciones revolucionarias, y de la CCI en particular, es participar plenamente en la reflexión que ya se está desarrollando en el seno de la clase obrera, no solo interviniendo activamente en las luchas que están ya desarrollándose, sino también estimulando la posición de los grupos y elementos que se plantean sumarse a su combate.".
El eco creciente en esas minorías, que recibirán la propaganda y las posiciones de la Izquierda comunista será un factor esencial en la politización de la clase obrera para echar abajo al capitalismo.
W (19 enero)
[1]) Para más detallada información sobre las maniobras del sabotaje sindical, pueden leerse nuestros artículos de la prensa territorial "Frente a los ataques múltiples, no nos dejemos dividir" y "Lucha de los ferroviarios, movimiento de los estudiantes: gobierno y sindicatos de la mano contra la clase obrera" (en francés) publicados en Révolution internationale (publicación de la CCI en Francia) de noviembre y diciembre 2008 y disponibles en nuestra página web.
[2]) Todas estas citas están sacadas de la Resolución sobre la situación internacional del XVIIº Congreso de la CCI publicada en la Revista internacional n° 130 (III/2007).
En 1915, mientras que la realidad de la guerra en Europa iba revelando siempre más su horror espantoso, Rosa Luxemburg escribía la Crisis de la socialdemocracia, texto más conocido por el nombre Folleto de Junius debido al seudónimo - Junius - utilizado. Escribió esa obra en la cárcel y el grupo Die Internationale, formado en Alemania en cuanto estalló la guerra, lo difundió clandestinamente. Es una feroz acusación contra las posiciones adoptadas por la dirección del Partido socialdemócrata alemán (SPD). El 4 de agosto de 1914, día en el que empezaron las hostilidades, el SPD abandonó sus principios internacionalistas y se unió a la defensa de "la patria en peligro", llamando a suspender la lucha de clases y a participar en la guerra. En la medida en que el SPD había sido hasta entonces el orgullo de toda la Segunda Internacional, esa posición fue un golpe terrible a todo el movimiento socialista internacional; en vez de servir de faro a la solidaridad internacional de la clase obrera, su capitulación ante la guerra sirvió de pretexto para la traición en los demás países. El resultado fue el hundimiento ignominioso de la Internacional.
El SPD se constituyó como partido marxista en los años 1870, simbolizando la creciente influencia de la corriente del "socialismo científico" en el movimiento obrero. En 1914, el SPD conservaba en apariencia sus lazos con la letra del marxismo, aunque pisoteaba su espíritu: ¿No había puesto Marx en guardia contra el peligro del absolutismo zarista en apoyo a la reacción? ¿No se había formado la Primera Internacional con ocasión de un mitin de apoyo a la independencia de Polonia del yugo zarista? ¿No expresó Engels la idea de que los socialistas alemanes tendrían que adoptar una posición "revolucionaria defensiva" en caso de una agresión franco-rusa contra Alemania, aunque advirtiendo contra los peligros de una guerra en Europa? Por eso, ahora, el SPD llamaba a la unidad nacional contra el principal peligro al que se enfrentaba Alemania, la potencia del despotismo zarista cuya victoria, decían, echaría abajo todas las adquisiciones económicas y políticas tan difícilmente ganadas por la clase obrera durante años de luchas pacientes y tenaces. Y así se presentaban como los herederos de Marx y Engels, de su defensa decidida de todo lo progresivo de la civilización europea.
Pero como decía Lenin, el revolucionario que no vaciló en denunciar la traición vergonzosa de los "social-chovinistas":
"Quienes invocan hoy la actitud de Marx ante las guerras de la época de la burguesía progresista y olvidan las palabras de Marx, de que "los obreros no tienen patria" - palabras que se refieren precisamente a la época de la burguesía reaccionaria y caduca, a la época de la revolución socialista -, tergiversan desvergonzadamente a Marx y sustituyen el punto de vista socialista por un punto de vista burgués" (el Socialismo y la guerra, Cap. I, "Los principios del socialismo y la guerra de 1914-15", 1915).
Los argumentos de Rosa Luxemburg trataban exactamente de las mismas cuestiones. La guerra actual no tenía nada que ver con las que habían sacudido Europa a mediados del siglo precedente. Éstas eran de corta duración, eran limitadas en espacio y objetivos y utilizaban esencialmente ejércitos profesionales. Ocurrieron además tras un periodo largo de paz, de una expansión económica sin precedentes y de mejora regular de las condiciones de vida de la población en el continente europeo, que empezó más o menos a partir de 1815 al término de las guerras napoleónicas. Aquellas guerras, muy lejos de arruinar a sus protagonistas, sirvieron al contrario, a menudo, para acelerar el proceso global de expansión capitalista, barriendo los obstáculos feudales que entorpecían la unificación nacional y permitiendo que nuevos Estados nacionales aparecieran como marco más adaptado al desarrollo del capitalismo (las guerras por la unidad italiana y la guerra franco-prusiana de 1870 son ejemplos típicos de ello).
Pero en adelante, esas guerras (guerras nacionales que podían todavía tener un papel progresista para el capital) pertenecían al pasado. Por su capacidad de destrucción y de muerte - diez millones de hombres murieron en los campos de batalla europeos, la mayoría agonizando en un cenagal sangriento y vano, mientras que millones de civiles también morían debido a la miseria y la hambruna impuestas por la guerra -, por la amplitud de sus consecuencias como guerra que implicó a potencias de dimensión mundial que, de hecho, se daban objetivos de conquista literalmente ilimitados y de derrota total del enemigo, por su carácter de guerra "total" que no solo alistó a millones de obreros mandándolos a la muerte en el frente, sino también a los que quedaron en la retaguardia, exigiéndoles en las industrias sudor y sacrificios infinitos, por todas esas razones fue una guerra de un tipo nuevo que desmintió rápidamente todas las previsiones de la clase dominante de que estaría terminada "para Navidad". La monstruosa matanza de la guerra fue evidentemente intensificada por los medios tecnológicos muy desarrollados de los que disponían los protagonistas y que habían sobrepasado ampliamente las tácticas y las estrategias enseñadas en las escuelas de guerra tradicionales; e incrementaron más todavía las cotas en matanzas. Pero la barbarie alcanzada por la guerra expresó algo mucho mas profundo que el nivel de desarrollo tecnológico del sistema burgués. También fue la expresión de un modo de producción que entraba en una crisis fundamental e histórica, que revelaba el carácter caduco de las relaciones sociales capitalistas y ponía a la humanidad ante la alternativa histórica: revolución socialista o hundimiento en la barbarie. De ahí ese famoso pasaje del Folleto de Junius:
"Federico Engels dijo una vez: ‘La sociedad capitalista se halla ante un dilema: avance al socialismo o regresión a la barbarie' ¿Qué significa "regresión a la barbarie" en la etapa actual de la civilización europea? Hemos leído y citado estas palabras con ligereza, sin poder concebir su terrible significado. En este momento basta mirar a nuestro alrededor para comprender qué significa la regresión a la barbarie en la sociedad capitalista. Esta guerra mundial es una regresión a la barbarie. El triunfo del imperialismo conduce a la destrucción de la cultura, esporádicamente si se trata de una guerra moderna, para siempre si el período de guerras mundiales que se acaba de iniciar puede seguir su maldito curso hasta sus últimas consecuencias. Así nos encontramos, hoy tal y como profetizó Engels hace una generación, ante la terrible opción: o triunfa el imperialismo y provoca la destrucción de toda la cultura y, como en la antigua Roma, la despoblación, desolación, degeneración, un inmenso cementerio; o triunfa el socialismo, es decir la lucha consciente del proletariado internacional contra el imperialismo, sus métodos, sus guerras. Tal es el dilema de la historia universal, su alternativa de hierro, su balanza temblando en el punto de equilibrio, aguardando la decisión del proletariado. De ella depende el futuro de la cultura y de la humanidad. En esta guerra ha triunfado el imperialismo. Su espada brutal y asesina ha precipitado la balanza, con sobrecogedora brutalidad, a las profundidades del abismo de la vergüenza y la miseria. Si el proletariado aprende a partir de esta guerra y en esta guerra a esforzarse, a sacudir el yugo de las clases dominantes, a convertirse en dueño de su destino, la vergüenza y la miseria no habrán sido en vano" (Cap. "Socialismo o barbarie").
Ese cambio de época hizo caducos los argumentos de Marx a favor del apoyo a la independencia nacional (de todos modos, el mismo Marx ya lo rechazó tras la Comuna de Paris de 1871 en lo que concernía a los países europeos). Ya no se trataba de buscar causas nacionales progresistas en el conflicto, puesto que las luchas nacionales habían perdido su papel progresista al volverse simples instrumentos de la conquista imperialista y de la marcha del capitalismo hacia la catástrofe.
"El programa nacional podía desempeñar un papel histórico siempre que representara la expresión ideológica de una burguesía en ascenso, ávida de poder, hasta que ésta afirmara su dominación de clase en las grandes naciones del centro de Europa de uno u otro modo, y creara en su seno las herramientas y condiciones necesarias para su expansión. Desde entonces, el imperialismo ha enterrado por completo el viejo programa democrático burgués reemplazando el programa original de la burguesía en todas las naciones por la actividad expansionista sin miramientos hacia las relaciones nacionales. Es cierto que se ha mantenido la fase nacional, pero su verdadero contenido, su función ha degenerado en su opuesto diametral. Hoy la nación no es sino un manto que cubre los deseos imperialistas, un grito de combate para las rivalidades imperialistas, la última medida ideológica con la que se puede convencer a las masas de que hagan de carne de cañón en las guerras imperialistas" (Cap. "Invasión y lucha de clases").
No solo cambió entonces la "táctica nacional", sino toda la situación quedó profundamente transformada por la guerra. Ya no era posible la vuelta atrás, a la época anterior en la que la socialdemocracia había luchado paciente y sistemáticamente por establecerse como fuerza organizada en la sociedad burguesa, del mismo modo que el proletariado entero:
"Una cosa es cierta, y es que la guerra mundial ha significado un giro para el mundo. Es una locura insensata imaginarse que solo nos quedaría esperar a que acabe la guerra, como la liebre que está esperando debajo de una mata a que se termine la tormenta y reanudar alegremente su quehacer diario. La guerra mundial ha cambiado las condiciones de nuestra lucha, nos ha cambiado a nosotros mismos de manera radical. No que las leyes fundamentales de la evolución del capitalismo, la lucha a muerte entre capital y trabajo, deban conocer una desviación o una mejora. Ahora ya, en plena guerra, caen las máscaras y los viejos rasgos que tan bien conocemos nos miran riendo burlonamente. Pero tras la erupción del volcán imperialista, el ritmo de la evolución recibió una tan violenta impulsión que comparados a los conflictos que van a surgir en la sociedad y a la inmensidad de las tareas que esperan al proletariado socialista de inmediato, toda la historia del movimiento obrero hasta hoy parecerá haber sido una época paradisíaca" (Cap. "Socialismo o barbarie").
Si son inmensas las tareas, es que exigen mucho más que la lucha defensiva tenaz contra la explotación; exigen una lucha revolucionaria ofensiva para acabar de una vez con la explotación, par dar "a la acción social de los hombres un sentido consciente, introducir en la historia un pensamiento metódico y, con eso, una voluntad libre" (ídem). La insistencia de Rosa Luxemburg sobre la apertura de una época radicalmente nueva de la lucha de la clase obrera iba a ser rápidamente una posición común del movimiento revolucionario internacional que se reconstituía sobre las ruinas de la socialdemocracia y que, en 1919, fundó el partido mundial de la revolución proletaria: la Internacional comunista (IC). En su Primer congreso de Moscú, la IC adoptó en su Plataforma la celebre consigna:
"Ha nacido una nueva época. Época de desmoronamiento del capitalismo, de su hundimiento interior. Época de la revolución comunista del proletariado".
La IC compartía con Rosa Luxemburg la idea de que si la revolución proletaria - que estaba en aquel entonces en su cenit tras la insurrección de Octubre 1917 en Rusia y la oleada revolucionaria que barría Alemania, Hungría y otros países - no lograba derrocar al capitalismo, la humanidad se vería hundida en otra guerra, o más bien en una época de guerras incesantes que pondría en peligro el porvenir de la humanidad.
Casi cien años han pasado, sigue estando ahí el capitalismo y según la propaganda oficial sería la única forma posible de organización social. ¿Qué es del dilema enunciado por Luxemburg, "socialismo o barbarie"? Si escuchamos los discursos de la ideología dominante, se intentó el socialismo durante el siglo xx y no funcionó. Las deslumbrantes esperanzas que hizo albergar la Revolución rusa de 1917 se estrellaron contra los arrecifes del estalinismo y yacen juntas con su cadáver desde que se hundió el bloque del Este a finales de los años 1980. El socialismo no solo habría revelado ser, en el mejor de los casos, una utopía y el en peor una pesadilla, sino que la misma noción de lucha de clases, considerada por los marxistas como su base esencial, habría desaparecido en la niebla átona de una "nueva" forma de capitalismo que presuntamente viviría no de la explotación de una clase productora, sino gracias a una masa infinita de "consumidores" y de una economía más virtual que material.
Este es el cuento que nos quieren hacer tragar. De seguro que si Rosa Luxemburg pudiera volver de entre los muertos, se quedaría sorprendida de ver la civilización capitalista seguir dominando el planeta; en otra ocasión examinaremos cómo ha hecho el sistema para sobrevivir a pesar de todas las dificultades atravesadas durante el siglo pasado. Pero si nos quitamos las lentes deformantes de la ideología dominante y examinamos seriamente el curso del siglo xx, podremos constatar que se verificaron las previsiones de Luxemburg y de la mayoría de los socialistas revolucionarios de la época. Debido a la derrota de la revolución proletaria, ese siglo ya ha sido el más bárbaro de toda la historia de la humanidad y contiene la amenaza de un descenso aun más profundo en la barbarie, cuyo punto culminante sería no ya la "aniquilación" de la civilización, sino la desaparición de la vida humana en el planeta.
En 1915 no se levantaron claramente contra la guerra más que un puñado de socialistas. Trotski bromeaba diciendo que los internacionalistas que se reunieron aquel año en Zimmerwald hubiesen podido caber en un solo taxi. Pero la Conferencia de Zimmerwald, que solo agrupó a un puñado de socialistas opuestos a la guerra, fue el signo de que algo estaba cambiando en las filas de la clase obrera internacional. En 1916, el desengaño respecto a la guerra, tanto en el frente como en la retaguardia, se fue haciendo cada vez más profundo, como lo demostraron las huelgas que estallaron en Alemania y en Gran Bretaña así como las manifestaciones que saludaron la puesta en libertad de Karl Liebknecht, camarada de Rosa Luxemburg, cuyo nombre se había vuelto sinónimo de la consigna: "nuestro principal enemigo está en nuestro propio país". La revolución estalló en Rusia en febrero del 17, acabando con el reino de los zares; pero no fue en nada un 1789 ruso, una nueva revolución burguesa atrasada, sino que Febrero abrió el camino a Octubre, a la toma del poder por la clase obrera organizada en soviets, que proclamó que esa insurrección sólo era el primer golpe de la revolución mundial que acabaría no sólo con la guerra sino con el propio capitalismo.
Como lo repetían Lenin y los bolcheviques, la Revolución rusa triunfaría o caería con la revolución mundial. Su llamamiento a la sublevación tuvo un eco rápido: motines en el ejército francés en 1917, revolución en Alemania en 1918 que obligó a los gobiernos burgueses del mundo a concluir a toda prisa una paz precipitada por miedo a que la epidemia bolchevique se extendiera, República de los soviets en Baviera y en Hungría en 1919, huelgas generales en Seattle, Estados Unidos, y en Winnipeg, Canadá, necesidad para la burguesía de mandar tanques para oponerse a la agitación obrera en el valle del Clyde en Escocia el mismo año, ocupaciones de fábricas en Italia en 1920. Fue una deslumbrante confirmación del análisis de la IC: se abría un nuevo periodo de guerras y de revoluciones. Al mismo tiempo que aplastaba a la humanidad con su apisonadora de militarismo y guerra, el capitalismo también hacía necesaria la revolución proletaria.
Pero desgraciadamente, la conciencia que tenían los elementos más dinámicos y clarividentes de la clase obrera, los comunistas, no coincidía ni mucho menos con el nivel alcanzado por el conjunto de la clase. La mayor parte de ésta no entendía todavía que era imposible volver al antiguo periodo de paz y de reformas graduales. Quería que se acabara la guerra, y a pesar de haber debido imponer la paz a la burguesía, ésta supo jugar sobre la idea de que se podía volver al status quo ante bellum, la situación de preguerra, aderezándolo con unas cuantas reformas presentadas como "ventajas obreras": en Gran Bretaña, fueron los homes fit for heroes, "hogares de los héroes" que volvían de la guerra, fue el derecho de voto para las mujeres y la cláusula 4 en el programa del partido Laborista que prometía las nacionalizaciones de las fábricas mas importantes de la economía; En Alemania, en donde la revolución ya había empezado a concretarse, las promesas fueron más radicales, usándose palabras como socialización y consejos obreros; se comprometían a que abdicara el Káiser y a instaurar una República basada en el sufragio universal.
Fueron esencialmente los socialdemócratas, esos especialistas experimentados de la lucha por reformas, quienes vendieron esas ilusiones a los obreros, ilusiones que les permitieron por un lado declararse a favor de la revolución y por otro utilizar a los grupos protofascistas para asesinar a los obreros revolucionarios en Berlín y Munich, entre ellos a Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht; también apoyaron la asfixia económica y la ofensiva militar contra el poder soviético en Rusia, con el pretexto falaz de que los bolcheviques habrían forzado la historia al llevar a cabo una revolución en un país atrasado en el que la clase obrera era minoritaria, "ofendiendo" así los sagrados principios de la democracia.
Por la mentira y la represión brutal, la oleada revolucionaria fue atajada en una serie de derrotas sucesivas. Cortada del oxígeno de la revolución mundial, la revolución en Rusia empezó a ahogarse y a devorarse a sí misma; ese proceso lo simboliza muy bien el desastre de Cronstadt, en donde obreros y marinos descontentos que exigían nuevas elecciones de los soviets fueron aplastados por el gobierno bolchevique. Fue Stalin el "vencedor" de ese proceso de degeneración, y su primera víctima fue el propio Partido bolchevique que se transformó final e irrevocablemente en instrumento de una nueva burguesía de Estado, tras haber sustituido toda apariencia de internacionalismo por la noción fraudulenta de "socialismo en un solo país".
El capitalismo sobrevivió entonces al terror que le infundió la oleada revolucionaria, a pesar de algunas "réplicas" como la huelga general en Gran Bretaña en 1926 y la insurrección obrera de Shangai en 1927. Proclamó su firme intención de volver a la normalidad. Durante la guerra, el principio de "pérdidas y ganancias" había quedado temporal y parcialmente suspendido al orientar casi toda la producción hacia el esfuerzo de guerra, dejando el aparato estatal controlar directamente el conjunto de los sectores de la economía. En un Informe al Tercer Congreso de la Internacional comunista, Trotski señaló de qué forma la guerra había favorecido una nueva forma de funcionar del capitalismo, esencialmente basada en la manipulación de la economía por el Estado y la creación de montones de deudas, de capital ficticio:
"Como saben, el capitalismo como sistema económico está lleno de contradicciones. Durante los años de guerra, éstas alcanzaron proporciones monstruosas. Para hallar los recursos necesarios a la guerra, el Estado ha aplicado principalmente dos medidas: la primera es emitir papel moneda, la segunda emitir obligaciones. Así es cómo una cantidad creciente de pretendidos "valores papel" (las obligaciones) entró en circulación, como medio por el que el Estado sonsacó valores materiales reales del país para destruirlos en la guerra. Cuanto mayores fueron las sumas gastadas por el Estado, o sea los valores reales destruidos, mayor ha sido la cantidad de seudoriqueza, de valores ficticios acumulados en el país. Los títulos de Estado se acumularon como montañas. Puede a primera vista parecer que un país se haya vuelto muy rico pero, en realidad, se ha socavado su fundamento económico, haciéndolo vacilar, conduciéndolo al límite del hundimiento. Las deudas de Estado han subido hasta casi un billón de marcos oro, que se añaden a los 62 % de recursos nacionales actuales de los países en guerra. Antes de la guerra, la cantidad total mundial de papel moneda y de crédito se acercaba a los 28 000 millones de marcos. Hoy está entre 220 y 280 mil millones, o sea que se ha multiplicado por diez. Y además esas cifras no tienen en cuenta a Rusia sino únicamente al mundo capitalista. Todo esto se aplica en particular, aunque no exclusivamente, a los países europeos principalmente a la Europa continental y, en particular, a la Europa central. A medida que Europa se empobrece -lo que está sucediendo hasta hoy- se cubre cada día más de capas cada vez más espesas de "valores papel", de lo que se llama capital ficticio. Esa moneda ficticia de capital papel, esas notas del tesoro, bonos de guerra, billetes, representan o el recuerdo de un capital difunto o la espera de un capital por llegar. Ya no tienen ninguna relación con un capital verdaderamente existente. Sin embargo siguen funcionando como capital y como moneda y eso da una imagen increíblemente desformada de la sociedad y de la economía mundial en su conjunto. Cuanto más se empobrece esa economía, más rica parece ser esa imagen reflejada por ese espejo del capital ficticio. Al mismo tiempo, la creación de ese capital ficticio significa, como lo veremos, que las clases se reparten de manera diferente la distribución de una renta nacional y de una riqueza que se contraen gradualmente. La renta nacional también se ha contraído pero no tanto como la riqueza nacional. La explicación es sencilla: la vela de la economía capitalista se ha prendido por los dos cabos" (2 de junio de 1921; traducido del inglés por nosotros).
Lo que esos métodos significaban claramente es que el sistema no podía existir sin trampear con sus propias leyes. Los nuevos métodos se describían como "socialismo de guerra", pero no eran sino un medio de preservar el sistema capitalista en un período en el que se hacía obsoleto y formaba un baluarte desesperado contra el socialismo, contra la ascensión de un modo de producción social superior. Como el "socialismo de guerra" no era esencialmente necesario sino para ganar la guerra, fue efectivamente desmantelado cuando se acabó. A principios de los años 20, en una Europa devastada por la guerra, empezó un difícil periodo de reconstrucción pero las economías del Viejo Mundo seguían estancadas: las tasas de crecimiento espectaculares que habían caracterizado a los principales países capitalistas de preguerra no volvían a producirse. El paro se instaló en permanencia en países como Gran Bretaña, mientras la economía alemana, sangrada por los costes de las indemnizaciones de guerra, batía todos los récords de inflación conocidos y estaba alimentada casi totalmente por el endeudamiento.
La excepción principal fueron los Estados Unidos que se desarrollaron durante la guerra desempeñando el papel de "intendente de Europa", como dice Trotski en ese mismo Informe. EE.UU. apareció entonces definitivamente como la economía más poderosa del mundo y floreció precisamente porque sus rivales fueron derribados por los costes enormes de la guerra, las alteraciones sociales de posguerra y la desaparición completa del mercado ruso. Fue para Norteamérica la época del jazz, los "años locos"; las imágenes del Ford "T", producido masivamente en las fábricas de Henry Ford, reflejaba la realidad de unas tasas de crecimiento vertiginosas. Tras haber llagado hasta el final de su expansión interna y aprovechándose del estancamiento de las viejas potencias europeas, el capital norteamericano empezó a invadir el globo con sus mercancías, desde Europa hasta los países subdesarrollados, alcanzando incluso regiones todavía precapitalistas. Tras haber sido deudor durante el siglo xix, Estados Unidos se convirtió en principal acreedor mundial. El boom no influyó demasiado en la agricultura estadounidense, en cambio, sí hubo un aumento perceptible de poder adquisitivo de la población urbana y proletaria. Todo ello parecía ser la prueba de que se podía volver al mundo del capitalismo liberal, al "dejar hacer" que había permitido la extraordinaria expansión del siglo xix. Era el triunfo de la filosofía tranquilizadora de un Calvin Coolidge, presidente de Estados Unidos en aquel entonces. Así habló al Congreso americano en diciembre de 1928:
"Ninguno de los Congresos de Estados Unidos hasta ahora reunidos para examinar el estado de la Unión había tenido ante sí una perspectiva tan favorable como la que se nos ofrece en los actuales momentos. En lo que respecta a los asuntos internos, hay tranquilidad y satisfacción, relaciones armoniosas entre patronos y asalariados, liberadas de los conflictos sociales, y el nivel más alto de prosperidad. La paz triunfa en el plano exterior, la buena voluntad debida de la comprensión mutua, y el reconocimiento de que los problemas que parecían tan amenazadores hace poco tiempo, están desapareciendo bajo la influencia de un comportamiento claramente amistoso. La importante riqueza creada por nuestra mentalidad empresarial y nuestro trabajo, salvada por nuestro sentido de la economía, ha conocido la distribución más amplia en nuestra población y su flujo continuo ha servido para las obras caritativas y la industria del mundo entero. Lo mínimo para vivir ya no se limita a lo estrictamente necesario y y ahora ya se extiende a lo lujoso. El incremento de la producción es consumido por la creciente demanda interior y un comercio exterior en expansión. El país puede mirar el presente con satisfacción y anticipar con optimismo el futuro."
¡Palabras pertinentes si las hay! En octubre del 29, menos de un año después, fue el "crash". El crecimiento convulsivo de la economía norteamericana chocó contra los límites inherentes al mercado. Muchos de los que habían creído que el crecimiento era ilimitado, que el capitalismo era capaz de crear sus propios mercados para siempre y habían invertido sus ahorros basándose en ese mito cayeron desde muy alto.
Además no fue una crisis como las que habían marcado el siglo xix, crisis tan regulares durante la primera mitad de ese siglo que incluso fue posible hablar de "ciclo decenal". En aquel tiempo, tras un breve período de hundimiento, se encontraban nuevos mercados en el mundo y volvía a iniciarse una nueva fase de crecimiento, todavía más vigorosa; además, en el período entre 1870 a 1914, caracterizado por un empuje imperialista acelerado por la conquista de las regiones no capitalistas restantes, las crisis que golpearon los centros del sistema fueron mucho menos violentas que durante la juventud del capitalismo, a pesar de que lo que se llamó la "larga depresión", entre 1870 y 1890, que reflejó, en cierto modo, el principio del fin de la supremacía económica mundial de Gran Bretaña. Y, de todas maneras, no hay comparación posible entre los problemas comerciales del siglo xix y el hundimiento ocurrido en los años 1930. Era una situación cualitativamente diferente: algo fundamental había cambiado en las condiciones de la acumulación capitalista. La depresión era mundial: desde su centro, Estados Unidos, pasó a golpear a Alemania, que entonces era casi totalmente dependiente de EEUU, después al resto de Europa. La crisis fue igualmente devastadora para las regiones coloniales o semidependientes, obligadas en gran parte por sus grandes "propietarios" imperialistas, a producir en primer lugar para las metrópolis. La caída repentina de los precios mundiales sumió en la ruina a la mayoría de esos países.
Puede medirse la profundidad de la crisis en que la producción mundial, que había descendido en torno al 10 % con la Primera Guerra mundial, tras el crash, se desmoronó 36,2 % (esta cifra no incluye a la URSS ; cifras sacadas del libro de Sternberg, el Conflicto del siglo, 1951). En Estados Unidos, gran beneficiario de la guerra, la caída de la producción industrial alcanzó 53,8 %. Las estimaciones de las cifras del desempleo son variables; Sternberg lo estima en 40 millones de desempleados en los principales países desarrollados. La caída del comercio mundial fue también catastrófica, reduciéndose a un tercio del nivel de antes de 1929. Pero la diferencia principal entre el desmoronamiento de los años 1930 y las crisis del siglo xix es que ya no existía, a partir de entonces, ningún mecanismo "automático" de reanudación de un nuevo ciclo de crecimiento y de expansión hacia las regiones del planeta que todavía no eran capitalistas. La burguesía se dio cuenta en seguida de que ya no seguiría habiendo una "mano invisible" del mercado para que la economía siguiera funcionando en el futuro inmediato. Debía pues abandonar el liberalismo ingenuo de Coolidge y de su sucesor, Hoover, y reconocer que, a partir de entonces, el Estado debería intervenir autoritariamente en la economía para así preservar el sistema capitalista. Fue sobre todo Keynes quien teorizó esa política; comprendió que el Estado debía sostener las industrias en declive y generar un mercado artificial para compensar la incapacidad del sistema para desarrollar otras nuevas. Ése es el sentido de las "obras públicas" a gran escala emprendidas por Roosevelt con el nombre de New Deal, del apoyo que le otorgó la nueva central sindical, la CIO, para estimular la demanda de los consumidores, etc. En Francia, la nueva política tomó la forma del Frente popular. En Alemania e Italia, la forma del fascismo y en Rusia, la del estalinismo. Todas esas políticas tenían la misma causa subyacente. El capitalismo había entrado en una nueva época, la época del capitalismo de Estado.
Pero el capitalismo de Estado no existe en cada país de un modo aislado de los demás. Al contrario, está en gran parte determinado por la necesidad de centralizar y defender la economía nacional contra la competencia de las demás naciones. En los años 30, eso comprendía un aspecto económico: se consideraba que el proteccionismo era un medio de defender sus propias industrias y sus mercados contra la intrusión de industrias de otros países; pero el capitalismo de Estado contenía un aspecto militar, mucho más significativo, pues la competencia económica aceleraba la marcha hacia una nueva guerra mundial. El capitalismo de Estado es, por esencia, una economía de guerra. El fascismo, que celebraba ruidosamente los ventajas de la guerra, era la expresión más patente de esa tendencia. Bajo el régimen de Hitler, el capital alemán respondió a su situación económica catastrófica lanzándose a una carrera desenfrenada de rearme. Eso produjo el efecto "benéfico" de absorber rápidamente el desempleo, pero no era ése el objetivo verdadero de la economía de guerra. Su objetivo era prepararse para un nuevo y violento reparto de los mercados. De igual modo, el régimen estalinista en Rusia y la subordinación despiadada del nivel de vida de los proletarios al desarrollo de la industria pesada, respondía a la necesidad de hacer de Rusia una potencia militar mundial con la que había que contar y, como en la Alemania nazi y el Japón militarista (que ya había lanzado una campaña de conquista militar invadiendo Manchuria en 1931 y el resto de China en 1937), esos regímenes resistieron al desmoronamiento con "éxito" pues habían subordinado toda la producción a las necesidades de la guerra. Pero el desarrollo de la economía de guerra fue también el secreto de los programas masivos de obras públicas en los países del "New Deal" y del Frente Popular, por mucho que éstos tardaran más tiempo en adaptar las fábricas a la producción masiva de armas y material militar.
Victor Serge calificó el período de los años 1930 de "medianoche en el siglo". Al igual que la guerra de 1914-18, la crisis económica de 1929 confirmó la senilidad del modo de producción capitalista. A una escala mucho mayor que lo que se había conocido en el siglo xix, se asistía a una "epidemia que, en otro tiempo cualquiera, hubiera parecido una paradoja, [abatirse] sobre la sociedad- la epidemia de la sobreproducción" (Manifiesto comunista). Millones de personas sufrían hambre, soportando un desempleo forzoso, en las naciones más industrializadas del globo, no porque las fábricas y los campos no pudieran producir lo suficiente, sino porque producían "demasiado" para la capacidad de absorción del mercado. Era una nueva confirmación de la necesidad de la revolución socialista.
Pero el primer intento del proletariado de realizar el veredicto de la historia había sido definitivamente vencido a finales de los años 1920 y por todas partes imperaba la contrarrevolución. Y ésta alcanzó las simas más profundas y más terroríficas precisamente allí donde la revolución había llegado más alto. En Rusia, la contrarrevolución fueron los campos de trabajo y las ejecuciones masivas; poblaciones enteras deportadas, millones de campesinos deliberadamente matados de hambre; los obreros, en las fábricas, sometidos a la sobreexplotación stajanovista. En lo cultural, todas las experiencias sociales y artísticas de los primeros años de la revolución fueron suprimidas en nombre del "realismo socialista", imponiéndose el retorno a las normas burguesas más vulgares.
En Alemania e Italia el proletariado había estado más cerca de la revolución que en cualquier otro país de Europa occidental. La consecuencia de su derrota fue la instauración de un régimen policiaco brutal. El fascismo se caracterizó por una amplia burocracia de informadores, la persecución feroz de los disidentes y de las minorías sociales y étnicas, entre ellas, el caso más conocido es la eliminación de los judíos en Alemania. El régimen nazi pisoteo cientos de años de cultura, enfangándose en teorías ocultistas seudocientíficas sobre la misión civilizadora de la raza aria, quemando libros con ideas "no alemanas", exaltando las virtudes de la sangre, de la tierra y de la conquista. Trotski consideró la destrucción de la cultura en la Alemania nazi como una prueba muy elocuente de la decadencia de la cultura burguesa:
"El fascismo ha hecho accesible la política a los bajos fondos de la sociedad. En la actualidad, no sólo en los hogares campesinos, sino también en los rascacielos urbanos, viven conjuntamente los siglos veinte y diez o trece. Cien millones de personas utilizan la electricidad y todavía creen en el poder mágico de gestos y exorcismos. El papa de Roma siembra por la radio la milagrosa transformación del agua en vino. Los astros del cine van a los mediums. Los aviadores que pilotan milagrosos mecanismos creados por el genio del hombre utilizan amuletos en sus ropas. ¡Qué reservas inagotables de oscurantismo, ignorancia y barbarie! La desesperación los ha puesto en pie, el fascismo les ha dado una bandera. Todo lo que debía haberse eliminado del organismo nacional en forma de excremento cultural en el curso del desarrollo normal de la sociedad lo arroja por la boca ahora la sociedad capitalista, que vomita la barbarie no digerida. Tal es la fisiología del nacionalsocialismo" (¿Qué es el nacional-socialismo?, 1933).
Pero, precisamente porque el fascismo era una expresión concentrada del declive del capitalismo como sistema, pensar que podía combatirse sin luchar contra el capitalismo en su conjunto, como lo afirmaban toda clase de "antifascistas", era una pura mistificación. Esto quedó patente en la España de 1936: los obreros de Barcelona replicaron al primer golpe de Estado del general Franco, con sus propios métodos de lucha de clases - la huelga general, la confraternización con las tropas, el armamento de los obreros - paralizando en unos cuantos días la ofensiva fascista. Fue cuando dejaron su lucha en manos de la burguesía democrática personificada en el Frente Popular, cuando fueron vencidos y arrastrados a una lucha interimperialista que confirmó ser un ensayo general de la matanza mucho más mortífera que sucedería después. La Izquierda italiana sacó, escuetamente, la conclusión: la guerra de España fue la confirmación terrible de que el proletariado mundial había sido derrotado; y como el proletariado era el único obstáculo en el camino del capitalismo hacia la guerra, la marcha hacia una nueva guerra mundial quedaba abierto.
El cuadro de Picasso, Guernica, es célebre, con razón, por ser una representación sin parangón de los horrores de la guerra moderna. El bombardeo ciego de la población civil de la ciudad de Guernica por la aviación alemana que apoyaba al ejército de Franco, provocó una enorme conmoción pues era un fenómeno relativamente nuevo. El bombardeo aéreo de objetivos civiles fue muy limitado durante la Iª Guerra mundial y muy ineficaz. La gran mayoría de los muertos de esa guerra eran soldados en los campos de batallas. La IIª Guerra mundial mostró hasta qué punto la barbarie del capitalismo en decadencia se había incrementado, pues esta vez la mayoría de los muertos eran civiles:
"El cálculo total de vidas humanas perdidas a causa de la Segunda Guerra mundial, dejando de lado el campo al que pertenecían, es alrededor de 72 millones. La cantidad de civiles alcanza los 47 millones, incluidos los muertos por hambre y enfermedad causadas por la guerra. Las pérdidas militares ascienden a unos 25 millones, incluidos 5 millones de prisioneros de guerra" (https://en.wikipedia.org/wiki/World_War_II_casualties [2]).
La expresión más aterradora y en la que se concentra el horror fue la matanza industrial de millones de judíos y de otras minorías por el régimen nazi, fusilados por paquetes en los guetos y los bosques de Europa del Este, hambrientos y explotados en el trabajo como esclavos, hasta la muerte, gaseados por cientos de miles en los campos de Auschwitz, Bergen-Belsen o Treblinka. Pero la cantidad de muertos civiles, víctimas de los bombardeos de ciudades por las acciones bélicas de ambos bandos es la prueba de que el holocausto, el asesinato sistemático de inocentes, fue una característica general de esa guerra. Y en este aspecto, las democracias incluso sobrepasaron sin duda a las potencias fascistas, pues el manto de bombas, especialmente las incendiarias, que cubrieron las ciudades alemanas y japonesas dan, por comparación, un aspecto un poco "aficionado" al Blitz alemán sobre el Reino Unido. El punto álgido y simbólico de ese nuevo método de matanza de masas fue el bombardeo atómico de las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki; pero en lo que a muertos civiles se refiere, el bombardeo "convencional" de ciudades como Tokio, Hamburgo y Dresde fue todavía más mortífero.
El uso de la bomba atómica por Estados Unidos abrió, de dos maneras, un nuevo período. Primero confirmó que el capitalismo se había vuelto un sistema de guerra permanente. Pues si bien la bomba atómica marcó el fin de las potencias del Eje, también abrió un nuevo frente de guerra. El objetivo verdadero detrás de Hiroshima no era Japón, que estaba ya por los suelos y pedía condiciones para rendirse, sino la URSS. Era un aviso para que este país moderara sus ambiciones imperialistas en Extremo Oriente y en Europa. En realidad "los jefes del Estado mayor estadounidense elaboraron un plan de bombardeo atómico de las veinte principales ciudades soviéticas en las diez semanas que siguieron al fin de la guerra" (Walker, The Cold War and the making of the Modern World, citado por Eric Hobsbawm, La edad de los extremos, p. 518 de la ed. francesa). En otras palabras, la bomba atómica no puso fin a la Segunda Guerra mundial más que para erigir los frentes de la tercera, aportando un significado nuevo y aterrador a las palabras de Rosa Luxemburg sobre las "últimas consecuencias" de un período de guerras sin trabas. La bomba atómica demostraba que a partir de entonces, el sistema capitalista poseía ya la capacidad de acabar con la vida humana en la Tierra.
Los años 1914-1945 - que Hobsbawm llama "la era de las catástrofes" - confirman claramente el diagnóstico según el cual el capitalismo se volvió un sistema social decadente - al igual que lo que le ocurrió a la Roma antigua o al feudalismo antes de aquél. Los revolucionarios que sobrevivieron a las persecuciones y a la desmoralización de los años 1930 y 1940 y que mantuvieron los principios internacionalistas contra los dos campos imperialistas antes y durante la guerra, eran poco numerosos, pero para la mayoría de ellos, era algo definitivo. Dos guerras mundiales, la amenaza inmediata de una tercera y la crisis económica mundial a una escala sin precedentes, parecían confirmarlo claramente.
En las décadas siguientes, sin embargo, empezaron a surgir dudas. Era algo seguro que la humanidad vivía ahora bajo la amenaza permanente de ser aniquilada. Durante los 40 años siguientes, aunque los dos nuevos bloques imperialistas no arrastraron a la humanidad a una nueva guerra mundial, permanecieron en situación de conflicto y de hostilidad permanente, llevando a cabo una serie de guerras, mediante terceros, en Extremo y Medio Oriente y en África; y, en varias ocasiones, especialmente durante la crisis de los misiles en Cuba en octubre de 1962, llevaron a la humanidad al borde del abismo. Un cálculo aproximado oficial da cuenta de 20 millones de muertos, matados durante esas guerras; otros cálculos dan cifras mucho más altas.
Esas guerras asolaron las regiones subdesarrolladas del mundo y, durante el período de posguerra, esas zonas conocieron problemas espantosos de pobreza y desnutrición. Sin embargo, en los países capitalistas principales, se produjo un boom espectacular durante algunos años que los expertos de la burguesía llamaron retrospectivamente los "Treinta Gloriosos". Las tasas de crecimiento igualaron o superaron incluso las del siglo xix, subían los salarios con regularidad, se instituyeron servicios sociales y de salud bajo la dirección "protectora" de los Estados... En 1960, en Gran Bretaña, el diputado británico Harold Macmillan dijo a la clase obrera "la vida nunca ha sido tan hermosa". Entre los sociólogos florecieron nuevas teorías sobre la transformación del capitalismo en "sociedad de consumo" en la cual la clase obrera "se había aburguesado" gracias a la incesante acumulación de televisores, lavadoras, coches y vacaciones organizadas. Para muchos, incluidos algunos en el movimiento revolucionario, ese período contradecía la idea de que el capitalismo había entrado en decadencia, demostrando su capacidad para desarrollarse de forma casi ilimitada. Los teóricos "radicales", como Marcuse, empezaron a buscar fuera de la clase obrera el sujeto del cambio revolucionario: los campesinos del Tercer mundo o los estudiantes rebeldes de los centros capitalistas.
Examinaremos en otro lugar las bases reales de ese boom de posguerra y, especialmente, qué medios adoptó el capitalismo en declive para conjurar las consecuencias inmediatas de sus contradicciones. Digamos ya que quienes declararon que el capitalismo había logrado superar sus contradicciones iban a aparecer como lo que eran, unos empiristas superficiales, cuando, a finales de los años 1960, aparecieron los primeros síntomas de una nueva crisis económica en los principales países occidentales. A partir de los 70 la enfermedad ya estaba declarada: la inflación empezó a hacer estragos en las economías principales, incitando a abandonar los métodos keynesianos de apoyo directo a la economía por parte del Estado, métodos que tan bien habían funcionado durante las décadas anteriores. Y así, los 80 fueron los años del "thatcherismo" y de la "reaganomics", o sea de las políticas propugnadas por la primera ministra británica, Margaret Thatcher, y el presidente de EEUU, Ronald Reagan, que consistían en dejar que la economía descendiera a su nivel real abandonando las industrias más débiles. Desde entonces, hemos atravesado una serie de minibooms y de recesiones, y el proyecto del thatcherismo sigue existiendo en el plano ideológico con las perspectivas del neoliberalismo y de las privatizaciones. Sin embargo, más allá de la retórica sobre el retorno a los valores económicos de la época de la reina Victoria sobre la libre empresa, el papel del Estado capitalista sigue siendo tan decisivo o más: el Estado sigue manipulando el crecimiento económico mediante toda clase de maniobras financieras, todas ellas basadas en un montón creciente de deudas, cuyo mejor ejemplo y símbolo son los Estados Unidos. El desarrollo de esta potencia se plasmó en que de deudora se transformó en acreedora y, en cambio, ahora se ahoga bajo una deuda de más de 36 billones (36+12 ceros) de dólares ([1]):
"Este amontonamiento constante de deudas, no sólo en Japón sino en todos los países desarrollados, es una auténtica bomba de relojería con un potencial de destrucción insospechado. Una estimación aproximada del endeudamiento mundial para todos los agentes económicos (Estados, empresas, familias y bancos) oscila entre 200 y 300 % del producto mundial. En concreto eso significa dos cosas: por un lado, el sistema ha adelantado el equivalente monetario del valor de entre dos y tres veces el producto mundial para paliar la crisis de sobreproducción permanente y, por otro lado, habría que trabajar dos a tres años por nada, si esa deuda tuviera que ser devuelta del día a la mañana. Si un endeudamiento masivo puede ser hoy soportado por las economías desarrolladas, está, en cambio, ahogando uno por uno a los países llamados "emergentes". Esa deuda fenomenal a nivel mundial es algo históricamente sin precedentes y es expresión a la vez de la profundidad del laberinto en que está inmerso el sistema capitalista, pero, también, de su capacidad para manipular la ley del valor para que perdure", (Revista internacional no 114, 3er trimestre de 2003).
Mientras que la burguesía nos pide que confiemos en todos esos remedios como la "economía de la información" u otras baratijas como las "revoluciones tecnológicas", la dependencia de toda la economía mundial respecto al endeudamiento implica una acumulación de fuerzas subterráneas cuya presión acabará haciendo reventar el volcán. Lo observamos regularmente: el motor del crecimiento de los "tigres" y de los "dragones" asiáticos se caló en 1997; ha sido quizás el ejemplo más significativo. Hoy, en 2007, se nos repite que las tasas de crecimiento espectaculares de India y China nos muestran el futuro. Pero, justo después, las palabras no logran ocultar el miedo a que todo esto acabe mal. El crecimiento de China, al fin y al cabo, se basa en exportaciones baratas hacia "Occidente", cuya capacidad de consumo se basa en enormes montones de deudas... ¿Y qué ocurrirá cuando haya que reembolsarlas? Tras el crecimiento sustentado por la deuda de los últimos veinte años, aparece su fragilidad en muchos de sus aspectos más claramente negativos: la desindustrialización de partes enteras de la economía occidental, la creación de una multitud de empleos improductivos y a menudo precarios, cada vez más vinculados a ámbitos parásitos de la economía; la creciente distancia entre ricos y pobres, no sólo entre los países capitalistas centrales y las regiones más pobres del mundo, sino en las economías más desarrolladas; la incapacidad evidente para absorber verdaderamente la masa de desempleados que se ha vuelto permanente y cuya amplitud se oculta con cantidad de artimañas (cursillos de formación que no van a ninguna parte, cambios constantes en los cálculos del desempleo, etc.).
En el plano económico, pues, el capitalismo no ha invertido, ni mucho menos, su curso a la catástrofe. Y lo mismo ocurre en el plano imperialista. Cuando se hundió el bloque del Este a finales de los años 1980, poniendo un fin espectacular a cuatro décadas de "Guerra fría", el presidente de EEUU, George Bush senior, pronunció su célebre frase en la que anunciaba la apertura de un nuevo orden mundial de paz y prosperidad. Pero el capitalismo decadente es guerra permanente; la forma de los conflictos imperialistas podrá cambiar, pero no desaparecer. Lo vimos en 1945, lo hemos vuelto a comprobar desde 1991. En lugar del conflicto relativamente "disciplinado" entre los dos bloques, estamos asistiendo a una guerra mucho más caótica, de todos contra todos, con una única superpotencia restante, Estados Unidos, que recurre vez más a la fuerza militar para intentar imponer su autoridad declinante. Y ha ocurrido lo contrario: cada despliegue de esa superioridad militar incontestable lo único que ha logrado es incrementar más todavía la oposición a su hegemonía. Lo vimos cuando la primera Guerra del Golfo en 1991: por mucho que entonces Estados Unidos consiguiera momentáneamente obligar a sus antiguos aliados, Alemania y Francia, a unirse a su cruzada contra Sadam Husein en Irak, los dos años siguientes demostraron claramente que la antigua disciplina del bloque occidental había desaparecido para siempre: durante las guerras que devastaron los Balcanes durante la década de los 90, Alemania primero, con su apoyo a Croacia y Eslovenia, Francia después con su apoyo a Serbia, mientras que EEUU decidía apoyar a Bosnia, se dedicaron a hacer la guerra contra esta potencia mediante terceros. Incluso el "lugarteniente" de Estados Unidos, Gran Bretaña, se situó por una vez en el campo adverso apoyando a Serbia hasta el momento en que este país ya no pudo impedir la ofensiva estadounidense y sus bombardeos. La reciente "guerra contra el terrorismo", preparada gracias a la destrucción de las Torres Gemelas, el 11 de septiembre de 2001, por un comando suicida muy probablemente manipulado por el Estado norteamericano (otra expresión de la barbarie del mundo actual) ha agudizado las divergencias: Francia, Alemania y Rusia formaron una coalición de opositores a la invasión de Irak por Estados Unidos. Las consecuencias de la invasión de Irak en 2003 han sido todavía más desastrosas. Lejos de consolidar el control de Oriente Medio por Estados Unidos y favorecer la Full spectrum dominance, el dominio tecnológico de EEUU con el que sueñan los neoconservadores de la administración Bush y sus secuaces, la invasión ha sumido toda la región en el caos con una inestabilidad creciente en Israel/Palestina, Líbano, Irán, Turquía, Afganistán y Pakistán. Durante ese tiempo, el equilibrio imperialista estaba ya más minado todavía por la emergencia de nuevas potencias nucleares, India y Pakistán; es posible que Irán sea pronto la siguiente y, de todas maneras, este país ha ampliado sus ambiciones imperialistas tras la caída de su gran rival, Irak. El equilibrio imperialista también está minado por la posición hostil que ha ido tomando cada vez más la Rusia de Putin hacia Occidente, por el peso creciente del imperialismo chino en los asuntos mundiales, por la proliferación de Estados que se desintegran y de "Estados gamberros" en Oriente Medio, Extremo Oriente y África, por la extensión del terrorismo islamista a escala mundial, que actúa a veces por cuenta de tal o cual potencia, pero, a menudo, como potencia imprevisible por cuenta propia ... Desde el final de la "guerra fría", el mundo no es, desde luego, menos peligroso sino mucho más.
Y si ya a lo largo de todo el siglo xx, no han hecho más que aumentar los peligros que amenazan a la especie humana, sobre todo la crisis y la guerra imperialista, ahora, en las últimas décadas, ha aparecido una tercera dimensión del desastre que el capitalismo reserva a la humanidad: la crisis ecológica. Este modo de producción, aguijoneado por una competencia cada vez más agitada en busca de la última oportunidad de encontrar un mercado, debe continuar extendiéndose por todos los rincones del planeta, saquear sus recursos a toda costa. Y este "crecimiento" frenético aparece cada día más como un cáncer para la Tierra entera. Durante las dos últimas décadas, la población ha ido tomando conciencia poco a poco de la amplitud de esa amenaza porque, aunque hoy seamos testigos de algo que no es sino el punto álgido de un proceso ya antiguo, el problema ya ha empezado a plantearse a unos niveles muy elevados. La contaminación del aire, de los ríos y los mares a causa de las emisiones de la industria y los transportes, la destrucción de las selvas tropicales y de cantidad de otros hábitats silvestres o la amenaza de extinción de innumerables especies animales han alcanzado cotas alarmantes, combinándose ahora con el problema del cambio climático que amenaza con devastar la civilización humana con una sucesión de inundaciones, sequías, hambrunas y plagas de todo tipo. El propio cambio climático puede acabar provocando una espiral de desastres como lo reconoce, entre otros, el célebre físico Stephen Hawking. En una entrevista a ABC News, en agosto de 2006, explicaba que:
"el peligro es que el calentamiento global puede autoalimentarse si es que no lo está haciendo ya. El deshielo de los polos del Ártico y del Antártico reduce la parte de energía solar que se refleja en el espacio, incrementando la temperatura más todavía. El cambio climático puede destruir la Amazonia y otras selvas tropicales, eliminando así uno de los medios principales con los que se absorbe el dióxido de carbono de la atmósfera. La subida de la temperatura de los océanos puede liberar grandes cantidades de metano aprisionados en forma de hidratos en el fondo de los mares. Esos dos fenómenos aumentarían el efecto invernadero, acentuando el calentamiento global. Es urgente darle la vuelta al calentamiento climático si todavía es posible".
Las amenazas económica, militar y ecológica no van separadas, sino que están íntimamente unidas. Es evidente, sobre todo, que las naciones capitalistas ante la ruina de su economía, frente a las catástrofes ecológicas no van a sufrir tranquilamente su propia desintegración sino que se verán forzadas a adoptar soluciones militares contra las demás naciones.
Como nunca antes se nos plantea la alternativa socialismo o barbarie. E igual que, como lo decía Rosa Luxemburg, la Iª Guerra mundial era ya la barbarie, el peligro que amenaza a la humanidad, y, para empezar, a la única fuerza que pueda salvarla, el proletariado, es que éste se vea arrastrado por la barbarie creciente que se expande por el planeta antes de que pueda actuar y aportar su propia solución.
La crisis ecológica plantea claramente el peligro: la lucha de clase proletaria apenas puede influir en ella antes de que el proletariado haya tomado el poder y esté en situación de reorganizar la producción y el consumo a escala mundial. Y cuanto más se retrase la revolución mayor será el peligro de que la destrucción del medio ambiente socave las bases materiales de la transformación comunista. Pero lo mismo ocurre con los efectos sociales que engendra la fase actual de la decadencia. En muchas ciudades existe una tendencia a que la clase obrera pierda su identidad de clase y que una generación de jóvenes proletarios sea víctima de la mentalidad de pandilla, de ideologías irracionales y de la desesperanza nihilista. Esto también conlleva el peligro de que sea demasiado tarde para que el proletariado se reconstituya como fuerza social revolucionaria.
Sin embargo, el proletariado no debe jamás olvidar su verdadero potencial. Por su parte, la burguesía siempre ha sido consciente de ese potencial. En el período que desembocó en la Iª Guerra mundial, la clase dominante esperaba con ansiedad la respuesta que daría la socialdemocracia, pues sabía muy bien que no podría obligar a los obreros a ir a la guerra sin el apoyo activo de ésa. La derrota ideológica denunciada por Rosa Luxemburg era la condición sine qua non para desencadenar la guerra; y fue la reanudación de los combates del proletariado, a partir de 1916, lo que iba a ponerle fin. A la inversa, la derrota y desmoralización tras el reflujo de la oleada revolucionaria abrieron el curso a la IIª Guerra mundial, aunque sí necesitara la burguesía un largo período de represión y de intoxicación ideológica antes de poder movilizar a la clase obrera para esa nueva carnicería. Y la burguesía, al final de esa guerra era muy consciente de la necesidad de llevar a cabo acciones preventivas para apagar el menor peligro de que se repitiera lo ocurrido en 1917 al final de la guerra. Esa "conciencia de clase" de la burguesía estuvo ante todo personificada por el Greatest Ever Briton ("el británico más grande de la historia"), Winston Churchill, que había aprendido mucho del papel que desempeñó para ahogar la amenaza bolchevique en 1917-20. Tras las huelgas masivas del Norte de Italia en 1943, fue Churchill quien formuló la política de "dejar (a los italianos) cocerse en su propia salsa", o sea retrasar la llegada de los Aliados que venían del Sur del país para, así, permitir a los nazis que aplastaran a los obreros italianos; fue Churchill también quien mejor comprendió el siniestro mensaje del terror de los bombardeos sobre Alemania en la última fase de la guerra; su objetivo era cortar de raíz cualquier posibilidad de revolución allí donde la burguesía tenia más miedo de ella.
La derrota mundial y la contrarrevolución duraron cuatro décadas. Pero no fue el final de la lucha de clases como algunos empezaron a creer. Con el retorno de la crisis a finales de los 60, volvió a aparecer una nueva generación de proletarios que luchaban por sus propias reivindicaciones: los "acontecimientos" de Mayo de 1968 en Francia que, oficialmente, se mencionan como una "revuelta estudiantil", si llevaron casi al Estado francés al borde del abismo fue porque la revuelta de las universidades vino acompañada por la mayor huelga general de la historia. En los años siguientes, Italia, Argentina, Polonia, España, Gran Bretaña y muchos otros países conocieron a su vez movimientos masivos de la clase obrera, dejando atrás muy a menudo, a los representantes oficiales del "Trabajo", sindicatos y partidos de izquierda. Las huelgas "salvajes" fueron la norma, en oposición a la movilización sindical "disciplinada", y los obreros empezaron a desarrollar nuevas formas de lucha para zafarse del control paralizante de los sindicatos: asambleas generales, comités de huelga elegidos, delegaciones masivas hacia otros lugares de trabajo. En las grandes huelgas de Polonia, en 1980, los obreros utilizaron esos medios para coordinar su lucha a nivel de todo el país.
Las luchas del período 1968-89 se terminaron a menudo en derrotas si nos referimos a las reivindicaciones exigidas. Pero lo que es seguro es que si no hubieran sucedido, la burguesía habría tenido las manos libres para imponer ataques mucho mayores contra las condiciones de vida de la clase obrera, en particular en los países avanzados del sistema. Y, sobre todo, la negativa del proletariado a pagar los efectos de la crisis capitalista significaba también que no iba a dejarse alistar sin resistencia en una nueva guerra, y eso cuando la reaparición de la crisis había agudizado las tensiones entre los dos grandes bloques imperialistas a partir de los años 70 y, sobre todo, en los 80. La guerra imperialista es un elemento implícito de la crisis económica del capitalismo, aunque no sea, ni mucho menos, una "solución" a dicha crisis, sino un hundimiento del sistema todavía más profundo. Para la guerra, la burguesía debe disponer de un proletariado sumiso e ideológicamente leal, y eso la burguesía no lo poseía. Y quizás era en el bloque del Este donde se eso se observaba más claramente: la burguesía rusa, que era la que estaba más obligada a ir hacia la solución militar a causa de su desmoronamiento económico y el asedio militar crecientes, acabó dándose cuenta de que le era imposible usar al proletariado como carne de cañón en una guerra contra Occidente, especialmente después de la huelga de masas de Polonia en 1980. Fue ese atolladero el que, en gran parte, llevó a la implosión al bloque del Este en 1989-91.
El proletariado, sin embargo, fue incapaz de proponer su propia y auténtica solución a las contradicciones del sistema: la perspectiva de una nueva sociedad. Mayo de 1968 planteó esa cuestión a un alto nivel, haciendo surgir una nueva generación de revolucionarios, pero éstos siguieron siendo una minoría ínfima. Ante la agravación de la crisis económica, la mayor parte de la luchas obreras de los años 70 y 80 se limitaron a un nivel económico defensivo y las décadas de desilusión hacia los partidos "tradicionales" de izquierda difundieron por la clase obrera una profunda desconfianza hacia "la política" fuera cual fuera.
Hubo así una especie de bloqueo en la lucha entre las clases: la burguesía no tenía ningún porvenir que ofrecer a la humanidad, y el proletariado no había vuelto a descubrir su propio futuro. Pero la crisis del sistema no se queda inmóvil y esa situación de bloqueo ha acarreado una descomposición creciente de la sociedad a todos los niveles. En el plano imperialista, esa situación llevó a la desintegración de los dos bloques y, por ello, la perspectiva de una guerra mundial ha desaparecido por un tiempo indeterminado. Pero, como ya hemos visto, el proletariado, y con él la humanidad entera, están expuestos a un nuevo peligro, una especie de barbarie rampante que en muchos aspectos es todavía más nefasta que la guerra.
La humanidad está pues en la encrucijada. Los años, las décadas que vienen pueden ser cruciales para toda su historia, pues determinarán si la sociedad humana se va a hundir en una regresión sin precedentes e incluso a extinguirse o si será capaz de dar el salto hacia una nueva forma de organización en la cual la humanidad será por fin capaz de controlar su propia fuerza social y crear un mundo en armonía con sus necesidades.
Como comunistas que somos, estamos convencidos de que no es demasiado tarde para esta alternativa, que la clase obrera, a pesar de todos los ataques económicos, políticos e ideológicos que ha sufrido en los últimos años, sigue siendo capaz de resistir, sigue siendo todavía la única fuerza que pueda impedir la caída al abismo. De hecho, desde 2003, hay un desarrollo perceptible de luchas obreras por el mundo entero; y, a la vez, estamos asistiendo al surgir de una nueva generación de grupos y personas que cuestionan las bases mismas del sistema social actual, que buscan seriamente cuáles son las posibilidades de un cambio fundamental. En otras palabras, estamos asistiendo a una verdadera maduración de la conciencia de clase.
Frente a un mundo sumido en el caos, no faltan las explicaciones falsas a la crisis actual. Florecen hoy el fundamentalismo religioso, en sus variantes cristiana o musulmana, así como todo un abanico de explicaciones ocultistas o conspiradoras de la historia, precisamente porque los signos de un final apocalíptico de la civilización mundial son difíciles de negar. Y estas regresiones hacia la mitología sólo sirven para reforzar la pasividad y la desesperanza, pues subordinan invariablemente la capacidad del hombre para tener una actividad que le sea propia, a unas leyes irrevocables de unos poderes celestiales que planean por encima de él. La expresión más característica de esos cultos son sin duda las bombas humanas islámicas, cuyas acciones son la quintaesencia de la desesperanza, o los evangelistas americanos que glorifican la guerra y la destrucción ecológica como otros tantos jalones que llevan hacia el éxtasis del futuro. Y mientras el "sentido común" burgués racional se ríe de los absurdos de esos fanáticos, aprovecha para meter en el mismo saco de sus burlas a todos aquellos que mediante el raciocinio y la reflexión científica, están cada vez más convencidos de que el sistema social actual no puede durar, no podrá durar siempre. Contra las invectivas de los clérigos de todo tipo y la negación vacua de los burgueses estúpidamente optimistas, es más que nunca vital desarrollar una comprensión coherente de lo que Rosa Luxemburg llamaba "el dilema de la historia". Como ella, nosotros estamos convencidos de que las únicas bases de esa comprensión son la teoría revolucionaria del proletariado, o sea, el marxismo y la concepción materialista de la historia.
Gerrard
[1]) Estimación del tercer trimestre de 2003 según las estadísticas publicadas por el consejo de gobernadores de la Reserva federal y otras agencias gubernamentales de EEUU. Según las mismas fuertes, la deuda era de 1,6 billones de $ en 1970. Fuente: https://solidariteetprogres.online.fr/News/Etats-Unis/breve_908.html [3]
La CCI celebró su XVIIo Congreso en 2007. Por primera vez desde 1979, en él participaron delegaciones de otros grupos internacionalistas venidos de varias partes del mundo, desde Corea a Brasil. Como lo pusimos en evidencia en el artículo que da cuenta de los trabajos de dicho Congreso ([1]), la CCI no inventaba nada cuando mandó esas invitaciones: ha repetido el modo de hacer con el que la propia CCI se constituyó, un método heredado, como veremos, de la Izquierda comunista, en particular de la Izquierda comunista de Francia (GCF). De ahí la importancia del artículo que aquí publicamos: se trata del Informe publicado en el no 23 de Internationalisme (publicación de la GCF) de una conferencia internacionalista que se celebró en mayo de 1947, 60 años exactamente antes de nuestro decimoséptimo Congreso.
La iniciativa de la Conferencia de 1947 fue de Communistenbond "Spartacus" de Holanda, grupo "comunista de consejos" que sobrevivió a la guerra de 1939-45 a pesar de la represión brutal que sufrió por su participación en movimientos obreros durante la Ocupación ([2]). La Conferencia se celebra en un momento particularmente difícil para los pocos revolucionarios que seguían fieles a los principios de internacionalismo proletario y se negaban a luchar por defender la democracia burguesa y la "patria socialista" de Stalin. En 1943, una oleada de huelgas en el Norte de Italia reanimó las esperanzas de ver la Segunda Guerra mundial acabarse como había acabado la Primera, por una sublevación obrera que se extendería de un país a otro y que sería capaz esta vez de barrer definitivamente el capitalismo y su séquito de bestialidad. Desgraciadamente, la burguesía había aprendido de la experiencia de 1917 y la Segunda Guerra mundial se acabó por el aplastamiento sistemático del proletariado antes de que pudiera sublevarse: el aplastamiento por el ejército alemán de la sublevación de Varsovia con la complicidad de su adversario soviético ([3]), el bombardeo masivo de los barrios obreros en Alemania por la aviación norteamericana y británica no son sino unos cuantos ejemplos. La GCF comprendió que la vía revolucionaria no estaba abierta en lo inmediato durante ese periodo. Contestó al Communistenbond, en una carta de preparación a la Conferencia:
"Resulta en cierta forma natural que la monstruosidad de la guerra abra los ojos y haga surgir nuevos militantes revolucionarios. Así es como se formaron en 1945, en varios lugares, grupos que a pesar de su inevitable confusión e inmadurez política presentan, sin embargo, en su orientación elementos sinceros hacia la reconstrucción del movimiento revolucionario del proletariado.
"La Segunda Guerra no se acabó como la Primera por una oleada de luchas revolucionarias de la clase. Al contrario. Tras unos débiles intentos, el proletariado ha sufrido una derrota desastrosa, abriendo en el mundo un curso general reaccionario. En estas condiciones, los pequeños grupos que surgieron en los últimos momentos de la guerra corren el riesgo de perderse o quedar desmembrados. Ese proceso ya se puede constatar en el debilitamiento de esos grupos y en la desaparición de otros, como los "Communistes révolutionnaires" en Francia" ([4]).
La GCF no se hacía la menor ilusión sobre las posibilidades abiertas por la Conferencia:
"En un periodo como el nuestro de reacción y de retroceso, no se puede tratar de formar partidos o una Internacional -como pretenden hacer los trotskistas y demás- puesto que el truco de semejantes construcciones artificiales nunca ha servido sino para nublar el cerebro de los obreros" (ídem).
Pero no por eso consideraba que la Conferencia fuese inútil; todo lo contrario, puesto que se trataba de la supervivencia misma de los grupos internacionalistas:
"Ningún grupo posee la exclusiva de la «verdad absoluta y eterna», y ningún grupo sabría resistir por sí solo y aisladamente a la terrible presión del curso actual. La existencia orgánica de grupos y su desarrollo ideológico están directamente condicionados por los lazos que sepan establecer, por el intercambio de puntos de vista, la confrontación de ideas, la discusión que sepan mantener y desarrollar a escala internacional.
"Esta tarea nos parece de primera importancia para los militantes hoy y por eso nos pronunciamos a favor y estamos decididos a obrar y apoyar cualquier esfuerzo que tienda a establecer contactos, multiplicar encuentros y correspondencias ampliadas" (ídem).
Fue importante esa conferencia por ser el primer encuentro internacional de revolucionarios tras los seis años terribles de guerra, de represión y de aislamiento. Pero, al cabo, el contexto histórico - el "periodo de reacción y de retroceso" - fue ganando terreno sobre la iniciativa de 1947. La Conferencia no abrió el camino a otras. En octubre del 47, la GCF escribió al Communistenbond para pedirle que se hiciera cargo de una nueva conferencia así como de los boletines preparatorios de la discusión, de los que solo se publicó uno; la segunda Conferencia nunca se celebró. Los grupos que participaron en la primera desaparecieron poco a poco, incluída la GCF que se redujo a unos pocos compañeros aislados que mantenían algún que otro contacto epistolar ([5]).
El contexto de hoy es muy diferente. Tras décadas de contrarrevolución, la oleada mundial de luchas que siguió a Mayo del 68 en Francia confirmó la vuelta de la clase revolucionaria al escenario de la historia. Las luchas no lograron sin embargo ponerse al nivel exigido por la gravedad de los ataques del capitalismo durante los años 80. Sufrieron luego un violento frenazo con el hundimiento del bloque del Este en 1989, y empezó entonces un periodo muy difícil de desorientación y de desaliento para el proletariado y sus minorías revolucionarias durante los 90. Las cosas se animan de nuevo con el nuevo milenio: los últimos años han conocido luchas obreras que plantean cada vez más la cuestión de la solidaridad. Paralelamente, la presencia de grupos invitados al Congreso de la CCI demuestra una evolución que se amplificará en el futuro, la del desarrollo de una reflexión verdaderamente mundial entre las minorías que se reivindican de una visión internacionalista y que intentan establecer contactos entre sí.
Sigue pues viva en la situación actual la experiencia de 1947. Como una semilla que hubiera quedado oculta en un suelo invernal, esa experiencia llevaba en sí el florecimiento potencial para los internacionalistas de hoy. En esta corta introducción, queremos poner en evidencia las principales lecciones que pensamos que deben sacarse de la Conferencia del 47 y de la participación de la GCF.
Desde 1914 y la traición de los partidos socialistas y de los sindicatos, más aun desde los años 30 cuando los partidos comunistas hicieron lo mismo y también los grupos trotskistas en 1939, existen montones de grupos y partidos que se reivindican de la clase obrera pero cuya función, en realidad, es la de apuntalar la dominación de la clase capitalista y de su Estado. En ese sentido, la GCF escribió, en 1947:
"No se trata de discusiones en general, sino de encuentros que permitan discusiones entre grupos proletarios revolucionarios. Eso implica obligatoriamente una diferenciación basada en criterios políticos ideológicos. Resulta entonces necesario precisar lo más posible esos criterios, para no hablar con vaguedades y evitar equívocos" (ídem).
La GCF identifica cuatro criterios esenciales:
1) Exclusión de la corriente trotskista por apoyar al Estado ruso y por haber participado de hecho en la guerra imperialista de 1939-45, del lado de las potencias imperialistas democráticas y estalinistas;
2) Exclusión de los anarquistas (en ese caso de la Federación anarquista francesa) por haber participado en el Frente popular y en el gobierno capitalista republicano español en 1936-38, así como en la Resistencia de 1939-45 bajo las banderas del antifascismo;
3) Exclusión de todos los demás grupos que, con cualquier pretexto, participaron en la Segunda Guerra mundial;
4) Reconocimiento de la necesidad de la "destrucción violenta del Estado capitalista" y, en ese sentido, del significado histórico de la Revolución de Octubre de 1917.
Los criterios propuestos en la carta de octubre del 47 por la GCF se resumen en dos:
1) la voluntad de obrar y luchar con vistas a la revolución del proletariado, mediante la destrucción violenta del Estado capitalista por la instauración del socialismo;
2) la condena de cualquier aceptación o participación en la Segunda Guerra mundial imperialista con todo lo que pudo conllevar de corrupción ideológica de la clase obrera, tal como las ideologías fascista y antifascista así como sus apéndices nacionales: los maquis, las liberaciones nacionales y coloniales, su aspecto político: la defensa de la URSS, de las democracias, del nacionalsocialismo europeo.
Como se puede ver, esos criterios se centran en las cuestiones de la guerra y la revolución y, a nuestro parecer, siguen siendo hoy perfectamente actuales ([6]). Lo que sí ha cambiado es el contexto histórico en el que se plantean. Para las generaciones que llegan hoy a la política, la Segunda Guerra mundial y la Revolución rusa son acontecimientos lejanos apenas estudiados en la escuela. Esas cuestiones siguen siendo críticas para el porvenir revolucionario de la clase obrera y determinantes para un compromiso profundo en la vía revolucionaria. Pero la problemática de la guerra hoy se plantea a las generaciones actuales a través de la necesaria denuncia de todas las guerras que proliferan en el planeta: Irak, conflicto árabe-israelí, Chechenia, pruebas nucleares en Corea del Norte, etc.; en lo inmediato, la cuestión de la revolución se plantea más en la denuncia de los simulacros de "revolución" tipo Chávez que con respecto a la Revolución rusa.
Tampoco existe hoy un peligro fascista contra el que alistar masivamente a la clase obrera para un conflicto imperialista, a pesar de que en ciertos países (y particularmente del ex bloque del Este), haya bandas fascistizantes más que menos manipuladas por servicios del Estado que siembran el terror entre la población y plantean un problema real para los revolucionarios. De ahí que en las circunstancias actuales, el antifascismo tampoco pueda ser uno de los principales medios de alistamiento ideológico del proletariado para la defensa del Estado democrático burgués, como así ocurrió con la guerra del 39-45, aunque esa ideología antifascista siga siendo utilizada contra el proletariado para intentar desviarlo de la defensa de sus intereses de clase.
Una discusión importante, tanto durante la preparación de la Conferencia como durante su celebración, se refirió a la actitud que adoptar con respecto al anarquismo. Para la GCF, quedaba claro que:
"el movimiento anarquista, así como los trotskistas u otras tendencias que participaron o participan en la guerra imperialista en nombre de la defensa de un país (de la URSS) o de una forma de dominación burguesa contra otra (defensa de la República o de la democracia contra el fascismo) no tiene sitio que ocupar en una conferencia de grupos revolucionarios".
Esa posición "fue apoyada por la mayoría de los participantes". La exclusión de los grupos anarquistas no se determina entonces por su referencia al anarquismo, sino por su actitud ante la guerra imperialista. Esa precisión, de la mayor importancia, se ilustra perfectamente por el hecho de que la Conferencia fue presidida por un anarquista (relatado en un "Rectificativo" al Informe publicado por Internationalisme no 24).
Hoy, la heterogeneidad de la corriente anarquista no permite que la cuestión se plantee tan sencillamente. En ella encontramos tanto a grupos que no se distinguen del trotskismo más que sobre la cuestión del "partido" pero que apoyan todas sus reivindicaciones (¡hasta el apoyo a un Estado palestino!) como también a grupos verdaderamente internacionalistas con los que es posible para los comunistas no solo discutir sino entablar una actividad común sobre una base internacionalista ([7]). No se trata entonces hoy de negarse a discutir con grupos o individuos por el hecho de que se reivindiquen del "anarquismo".
Para terminar, queremos poner de relieve tres elementos significativos:
- El primero, es la ausencia de declaraciones rimbombantes y vacuas por parte de la Conferencia, que supo ser modesta sobre su importancia y capacidades. Eso no significa que la GCF rechazara toda posibilidad de adoptar posiciones comunes. Pero tras seis años de guerra, la Conferencia no podía ser mas que una primera toma de contacto con la que, inevitablemente, "las discusiones no fueron lo suficientemente avanzadas para permitir y justificar el voto de resolución alguna". Los revolucionarios hoy han tener una visión clara de la inmensidad de sus responsabilidades, conservar una gran modestia sobre sus capacidades y medios y una comprensión clara del trabajo que les espera.
- El segundo, es la importancia dada a la discusión sobre la cuestión sindical. Aunque desde nuestro punto de vista, la cuestión sindical esté zanjada desde hace mucho tiempo, no lo estaba todavía para la GCF que, en 1947, apenas acababa de apropiarse las posiciones de las Izquierdas holandesa y alemana sobre el tema. Pero en 1947 como hoy, detrás de la cuestión sindical se plantea la cuestión mucho más amplia de "cómo luchar". Esta cuestión y la actitud que adoptar frente a los sindicatos es muy de actualidad para cantidad de obreros y de militantes del mundo entero ([8]).
- Y por fin, queremos repetir la cita que reproducíamos al empezar este articulo:
Ningún grupo posee la exclusiva de la «verdad absoluta y eterna», (...). La existencia orgánica de grupos y su desarrollo ideológico están directamente condicionados por los lazos que sepan establecer, por el intercambio de puntos de vista, la confrontación de ideas, la discusión que sepan mantener y desarrollar a escala internacional."
Este será nuestro lema para los años venideros y por ello la CCI ha dado tanta importancia a la cuestión de la cultura del debate, en particular en su XVIIº Congreso ([9]).
CCI, 6 de enero de 2008
Una Conferencia internacional de contacto entre agrupaciones revolucionarias se ha celebrado el 25 y 26 de mayo de 1947. No fue solo por razones de seguridad si ésta no fue anunciada con bombo y platillo, a la manera estalinista o socialista. Los participantes en la Conferencia tenían plena conciencia del terrible periodo de reacción que está atravesando el proletariado así como de su propio aislamiento, inevitable en un periodo de reacción social. Por eso no le dieron ese tono pomposo y espectacular al que son tan aficionadas las agrupaciones trotskistas.
Esa Conferencia no se fijó ningún objetivo concreto inmediato, imposible de realizar en la situación presente, del estilo de formar artificialmente una Internacional o lanzar proclamas incendiarias al proletariado. Su único objetivo era la de una primera toma de contacto entre grupos revolucionarios dispersos, de una confrontación de sus ideas respectivas sobre la situación actual y las perspectivas para la lucha emancipadora del proletariado.
Al tomar la iniciativa de esa Conferencia, el Communistenbond "Spartacus" de Holanda (más conocido por Comunistas de consejos) ([10]) ha roto el aislamiento nefasto en el que viven la mayoría de grupos revolucionarios, haciendo posible la clarificación de algunas cuestiones.
Estos grupos estaban representados en la Conferencia y participaron en el debate:
- Holanda: el Communistenbond "Spartacus";
- Bélgica: los grupos emparentados con "Spartacus", de Bruselas y de Gand;
- Francia: la Izquierda comunista de Francia y el grupo Le Prolétaire;
- Suiza: el grupo "Lutte de classe".
Participaron además en los debates de la Conferencia, directamente por su presencia o mediante posicionamientos escritos, algunos camaradas revolucionarios no organizados.
Señalemos también una larga carta del Partido socialista de Gran Bretaña dirigida a la Conferencia en la que explica ampliamente sus posiciones políticas particulares.
La FFGC también mandó una breve carta en la que desea a la Conferencia que haga un "buen trabajo", excusándose por no poder asistir por falta de tiempo y ocupaciones urgentes ([11]).
Éste fue el orden del día adoptado en la Conferencia:
1) La época actual.
2) Las nuevas formas de lucha del proletariado (de las antiguas a las nuevas).
3) Tareas y organización de la vanguardia revolucionaria
4) Estado - Dictadura del proletariado - Democracia obrera
5) Cuestiones concretas y conclusiones (acuerdo de solidaridad internacional, contactos, informaciones internacionales, etc.)
Ese orden de día se reveló demasiado importante para poder ser mantenido en una Primera conferencia insuficientemente preparada y limitada por el tiempo. No fueron abordados efectivamente más que los tres primeros puntos. Cada uno permitió un intercambio interesante de ideas.
Sería evidentemente presuntuoso pretender que ese intercambio de enfoques acabó en unanimidad. Los participantes en la Conferencia no tenían semejante pretensión. Sin embargo se puede afirmar que los debates, a menudo apasionados, revelaron una comunidad de ideas más importante que lo que se podía pensar.
Sobre el primer punto del orden del día, el análisis general de la época actual del capitalismo, la mayoría de las intervenciones rechazaba tanto las teorías de Burnham sobre la eventualidad de una revolución como la de la continuación de la sociedad capitalista por un desarrollo posible de la producción. La época actual fue definida como la del capitalismo decadente, de la crisis permanente, siendo el capitalismo de Estado su expresión estructural y política.
La cuestión de saber si los sindicatos y la participación en campañas electorales, como forma de organización y de acción, podían seguir siendo utilizados por el proletariado actualmente dio lugar a un debate muy animado e interesante. Es lamentable que las tendencias que siguen preconizando esas formas de la lucha de clases - sin darse cuenta de que esas formas superadas y caducas ya no pueden expresar hoy sino un contenido antiproletario -, y particularmente el PCI de Italia, no estuviesen presentes en la Conferencia para defender su posición. La Fracción belga y la Federación autónoma de Turín estaban presentes, pero su convicción en esa política, que todavía compartían hasta hace poco, es tan inestable e insegura que prefirieron no defenderla.
El debate no fue entonces sobre la posibilidad de defensa del sindicalismo y de la participación electoral como formas de lucha del proletariado, sino exclusivamente sobre las razones históricas y el porqué de la imposibilidad de utilizar ambas formas de lucha en el periodo actual. A partir de los sindicatos, el debate se fue ampliando hacia las formas de organización en general, que no es, en fin de cuentas, sino algo secundario, pero que hizo que se plantearan los objetivos que determinan esas formas: la lucha por reivindicaciones económicas corporativistas y parciales, en las condiciones actuales de decadencia del capitalismo, no pueden realizarse y menos aun servir de plataforma para la movilización de la clase.
La cuestión de los Comités o Consejos de fábrica como nueva forma de organización unitaria de los obreros alcanza todo su significado y se entiende si se vincula inseparablemente con los objetivos que hoy se plantea el proletariado, que ya no son de reformas económicas en el marco del sistema capitalista sino de transformación social contra el régimen capitalista.
El tercer punto, las tareas y la organización de la vanguardia revolucionaria, que plantean los problemas de la necesidad o no de la constitución de un partido político de la clase, del papel de ese partido en la lucha emancipadora de la clase y de las relaciones entre clase y partido, lamentablemente no pudo ser profundizado como era de desear.
La discusión, breve, no permitió a las diferentes tendencias más que exponer a grandes rasgos sus posiciones respectivas. Todos sabíamos que ahí se tocaba una cuestión decisiva tanto para un acercamiento eventual entre los diferentes grupos revolucionarios como para el porvenir y los éxitos del proletariado en su lucha por la destrucción de la sociedad capitalista y la instauración del socialismo. Esa cuestión, fundamental a nuestro parecer, apenas si fue tocada y exigirá todavía muchas discusiones para profundizar y precisar. Es importante señalar, sin embargo, que en la Conferencia, aunque han aparecido divergencias sobre la importancia del papel de una organización de militantes revolucionarios conscientes, nadie, ni tampoco los Comunistas de consejos, negó la necesidad de la existencia de ese tipo de organización, se llame o no partido, para el triunfo final del socialismo. Es un punto común importante que debe ponerse de relieve.
El tiempo faltó para que la Conferencia pudiera abordar los demás temas al orden del día. Una corta discusión se entabló al terminar la Conferencia sobre el carácter y la función del movimiento anarquista. Al reflexionar sobre los grupos a los que habría que invitar a las próximas Conferencias, pusimos de relieve el papel social-patriotero del movimiento anarquista que, a pesar de su fraseología revolucionaria, participó durante la guerra de 39-45 en la lucha partisana por la "liberación nacional y democrática" en Francia, en Italia y actualmente todavía en España, continuación lógica de su participación en el gobierno burgués "republicano y antifascista" y en la guerra imperialista en España de 36-39.
Nuestra posición, o sea que el movimiento anarquista, así como los trotskistas u otras tendencias que participaron o participan en la guerra imperialista en nombre de la defensa de un país (de la URSS) o de una forma de dominación burguesa contra otra (defensa de la República o de la democracia contra el fascismo) no tienen sitio en una conferencia de grupos revolucionarios, fue apoyada por la mayoría de los participantes. Solo el representante de le Prolétaire se hizo el abogado para que se invitara a ciertas tendencias no ortodoxas del anarquismo y del trotskismo.
Como dijimos, la Conferencia se acabó sin agotar el orden del día, sin tomar decisiones prácticas y sin votar ningún tipo de resolución. Así tenia que ser. No tanto, como decían algunos compañeros, para evitar reproducir el ceremonial religioso de todas las conferencias que consiste en la adopción final obligatoria de resoluciones que no significan nada, sino más bien, a nuestro parecer, porque las discusiones no avanzaron suficientemente para permitir y justificar el voto de cualquier tipo de resolución.
"Entonces, la Conferencia no fue sino una discusión más y sin mayor interés...", pensarán escépticos y astutos. Totalmente falso. Al contrario, consideramos que la Conferencia fue muy interesante y que su importancia seguirá haciéndose sentir en el porvenir en las relaciones entre los grupos revolucionarios. Hace 20 años que éstos viven aislados, compartimentados, en su mundo, lo que inevitablemente ha provocado en algunos de ellos una mentalidad de secta; tantos años de aislamiento también han determinado en cada grupo una forma de pensar, de razonar y de expresarse que los hace incomprensibles a los demás. Esa es una de las explicaciones de tantos malentendidos e incomprensiones entre ellos. La Conferencia tuvo la cualidad de poner en evidencia la necesidad de saber escuchar las ideas y argumentos de los demás y de someter sus propias ideas a la crítica. Es una condición esencial de lucha contra el embotamiento dogmático y por el desarrollo continuo del pensamiento revolucionario vivo.
Se ha dado el primer paso, el menos brillante pero el más difícil. Todos los participantes en la Conferencia, incluida la Fracción belga que acabó participando tras muchas vacilaciones y con mucho escepticismo, expresaron su satisfacción y se felicitaron de la atmósfera fraterna y de lo serio de las discusiones. Todos han expresado también su voluntad de participar en una nueva Conferencia más amplia y mejor preparada para proseguir el trabajo de clarificación y confrontación común.
Es un resultado positivo que permite esperar que perseverando por esa vía, militantes y grupos revolucionarios sabrán superar la fase actual de dispersión y lograrán trabajar así mas eficazmente por la emancipación de una clase cuya misión es salvar a la humanidad entera de la terrible y sangrienta destrucción hacia la que lleva el capitalismo decadente.
Marco
Notas de la redacción de la Revista internacional
1) Una "Rectificación" publicada en Internationalisme no 24 indica la presencia también de la Sección autónoma de Turín del PCI (o sea del Partito Comunista Internazionalista y no el PC de Italia, estalinista). Esa Sección escribe, entre otras cosas para corregir la impresión dada por el Informe, sobre algunas de sus posiciones, que "se declara autónoma precisamente por divergencias sobre la cuestión electoral et la cuestión clave de la unidad de las fuerzas revolucionarias."
2) La pretendida Fracción francesa de la Izquierda comunista rompió con la GCF con bases políticas bastantes confusas que mas parecían rencores y resentimientos personales que desacuerdos políticos de fondo. Véase el folleto la Izquierda comunista de Francia para más detalles.
[1]) Véase Revista internacional no 130.
[2]) Véase nuestro libro la Izquierda holandesa, en particular en penúltimo capitulo. El Communistenbond Spartacus tiene sus orígenes en el "Marx-Lenin-Luxemburg Front" que participó enérgicamente en la huelga de los trabajadores holandeses en 1941 contra la persecución de los judíos por el ocupante alemán y repartió hojas llamando a la confraternización lanzadas incluso dentro de los cuarteles alemanes durante la guerra.
[3]) Churchill dijo que había que "dejar a los Italianos cocer en su propia salsa". Stalin frenó durante varios meses el avance de los ejércitos soviéticos ante Varsovia, del otro lado de la Vístula, esperando a que se acabara la represión alemana.
[4]) Publicado en Internationalisme no 23. Las palabras en negrita lo están en el original. Los "Communistes révolutionnaires" eran un grupo cuyos orígenes remontan a los RKD, un grupo de trotskistas austríacos refugiados en Francia. Fueron los únicos delegados en oponerse a la fundación de la IVa Internacional en el Congreso de Périgny en 1938, considerándola como "aventurista".
[5]) No es éste el lugar para escribir la historia del Communistenbond Spartakus en la posguerra (véase el ultimo capitulo de nuestro libro la Izquierda holandesa). Nos limitaremos a señalar los hechos significativos: muy rápidamente tras la Conferencia de 1947, el Communistenbond adoptó una orientación mucho mas "consejista" en la línea del antiguo GIC (Groepen van internationale communisten) en el plano organizativo. En 1964, el grupo se dividió y se formaron el Spartacusbond y el grupo en torno a la revista Daad en Gedachte (Actos y pensamiento) inspirado particularmente por Cajo Brendel. El Spartacusbond se lanzó al activismo después de 1968 y acabó desapareciendo en 1980. Daad en Gedachte fue hasta el final de su lógica consejista y acabó desapareciendo en 1998 por falta de redactores.
[6]) Es el mismo enfoque que adoptamos en 1976 cuando el grupo Battaglia Comunista lanzó su llamamiento a conferencias de la Izquierda comunista sin plantear el más mínimo criterio selectivo. Les contestamos positivamente precisando: "Para que sea un éxito esa iniciativa, para que sea un verdadero paso hacia un acercamiento de los revolucionarios, es de primera importancia establecer claramente los criterios políticos fundamentales que han de servir de base y de marco, para que la discusión y la confrontación de ideas sean fructuosos y constructivos" (Revista internacional no 40, "Un bluff oportunista").
[7]) La CCI, por ejemplo, ha iniciado varias veces discusiones y hasta un trabajo común con el grupo anarcosindicalista KRAS (ligado a la AIT) en Moscú.
[8]) Véase el artículo en nuestro sitio Internet sobre las luchas en el MEZPA en Filipinas.
[9]) Véase en particular los artículos « XVIIo Congreso de la CCI : un reforzamiento internacional del campo proletario » y « La cultura del debate, un arma de la lucha de clases, en las Revista internacional nos 130 y 131.
[10]) Podemos leer en le Libertaire del 29 de mayo un artículo muy imaginativo sobre esta Conferencia. El autor, que firma AP y pasa por ser en la redacción el especialista en historia del movimiento obrero comunista, se permite realmente muchas libertades con la historia. Así, presenta esa Conferencia - a la que no asistió y de la que no sabe nada - como de Comunistas de consejos cuando éstos, que efectivamente la convocaron, solo participaban al igual que las demás tendencias. No solo AP se permite muchas libertades con la historia del pasado, sino que se considera autorizado para escribir en pasado la historia del futuro. Como aquellos periodistas que describieron de antemano y con muchos detalles el ahorcamiento de Goering, sin suponer que éste tendría el mal gusto de suicidarse en el último instante, el historiador del Libertaire anuncia la participación en la Conferencia de grupos anarquistas cuando ninguno estuvo presente. Le Libertaire había sido invitado, es verdad, pero con razón, a nuestro parecer, no vino. La participación de los anarquistas en el gobierno republicano y en la guerra imperialista en España en 1936-39, la continuada política de colaboración de clases con todas las formaciones políticas burguesas españolas en el exilio so pretexto de lucha contra el fascismo y contra Franco, la participación ideológica y física de los anarquistas en la Resistencia contra la ocupación "extranjera" hacen de ellos, en tanto que movimiento, una corriente totalmente ajena a la lucha revolucionaria del proletariado. El movimiento anarquista no tenía en realidad su sitio en esta Conferencia, y su invitación fue de todas formas un error.
[11]) Las "ocupaciones urgentes" de la FFGC denotan bien su estado de ánimo en lo que concierne sus relaciones con los demás grupos revolucionarios. ¿De qué sufre exactamente la FFGC? ¿De la falta de tiempo o de la falta de comprensión y de interés por los contactos y las discusiones entre grupos revolucionarios? A no ser que sea la falta de continuidad en su orientación política (a veces a favor y a veces en contra de la participación electoral, a favor y en contra del trabajo en los sindicatos, a favor y en contra de la participación en los comités antifascistas, etc.) lo que le impide venir a confrontar sus posiciones con otros grupos.
En el artículo anterior de esta serie (1) mostramos cómo la CNT contribuyó decisivamente a la instauración del engaño que constituyó la República Española y cómo con el Congreso de Madrid (junio 1931) los dirigentes sindicalistas de la CNT habían hecho todo lo posible para consumar la boda de este sindicato con el Estado burgués.
Si los esponsales no se produjeron en aquellos momentos fue por la conjunción de dos factores:
Quien se puso a la cabeza de esta resistencia fue el anarquismo que se reagrupó mayoritariamente en la FAI: Federación anarquista ibérica, fundada en 1927. El objeto de este artículo es hacer balance de esa tentativa de recuperación de la CNT para el proletariado.
La FAI surge de la lucha contra la creciente influencia del ala sindicalista en la CNT. Aunque se constituyó formalmente en Valencia en 1927, su primer antecedente es un Comité de Relaciones Anarquistas que convoca un congreso clandestino en abril de 1925 en Barcelona. Este Congreso se pronuncia sobre 3 asuntos: [1]
El Congreso anarquista se sitúa en el mismo terreno que los sindicalistas a los que pretende combatir: se da como objetivo "táctico" la sustitución de la dictadura por un régimen de libertades y para propugnar la alianza con las fuerzas republicanas de oposición. Olaya cita una intervención de García Oliver ([4]) en una reunión celebrada en la Bolsa de Trabajo de París donde "afirmó que el cambio de régimen era inminente en España y que a este fin deberían utilizarse todos los concursos sin distinción de ideología" (página 578).
Aunque formalmente estos planteamientos de García Oliver fueron rechazados en el Congreso celebrado en Marsella en mayo 1926, la conclusión que éste adoptó fue "romper toda relación con los partidos políticos y preparar el derrocamiento de la dictadura en colaboración con la CNT" (Olaya, página 579). Es decir, se sigue manteniendo el objetivo "táctico" de ceñirse a la "lucha contra la dictadura" aunque se proclame radicalmente que no habrá relación con los partidos políticos. De hecho, tras la constitución de la FAI, continuarán los contactos de sus miembros con partidos republicanos ([5]).
En un extenso editorial de Tierra y libertad ([6]) del 19 de abril de 1931 (una vez proclamada la República) cuyo título era "La posición del anarquismo ante la república" se saluda "el advenimiento de la república con un gesto de cordialidad", de forma explícita saluda a "los nuevos gobernantes" y les formula una serie de reivindicaciones que, como reconoce Olaya, eran "coincidentes con las promesas electorales hechas por muchos de ellos" (página 662, op. cit.). ¡No era para menos pues entre ellas figura la anulación de los títulos aristocráticos, limitar los dividendos de los accionistas de las grandes empresas, clausura de conventos de monjas, frailes y jesuitas! Es decir, se trata de un programa burgués al cien por cien que se tiene que aplicar mediante la denostada acción política.
Así pues, el anarquismo y la FAI no rompían con el planteamiento dominante en la CNT de luchar por el régimen burgués de la República sino que lo seguían a pies juntillas. Mantenían sin embargo la ilusión de poder desbordarlo impulsando la radicalización de las masas. Con esto reproducían la ambigüedad clásica del anarquismo frente a la República que ya se vio en 1873 ante la Primera República española (1873-74) ([7]).
Sin embargo, dos meses después, el 8 de junio de 1931, se celebró un Pleno peninsular anarquista donde se sancionaba a los compañeros del último Comité peninsular por haber tenido contactos con elementos políticos. También se afirmaba la necesidad de "enfocar las actividades en sentido revolucionario y anarquista, teniendo en cuenta que la democracia es el último refugio del capitalismo" ([8]).
¿Cómo explicar este bandazo radical? Dos meses antes se saludaba a las nuevas autoridades, ahora se pone en guardia contra la democracia. En realidad, son los propios fundamentos del anarquismo los que le impelen a hacer una cosa y su contraria. Estos proclaman que los individuos tienen una propensión natural a la libertad y a rechazar cualquier autoridad. Desde postulados tan abstractos y generales se puede tanto justificar el rechazo absoluto a todo Estado y a toda autoridad, lo que lleva a constatar que la democracia sería el último refugio del capitalismo, como a apoyar una autoridad "más respetuosa con las libertades individuales" y "menos autoritaria" que supuestamente estaría constituida por la República.
Además, estos "principios" llevan a la más completa personalización. Se hace dimitir a los componentes del último Comité peninsular por mantener contacto con elementos políticos. Pero no se reflexiona ni sobre qué causas les ha llevado a defender lo que ahora se rechaza, ni se trata de comprender cómo es posible que el máximo órgano, el Comité peninsular, lleve una política contraria a los principios de la organización. Se cambia de personas con la ilusoria pretensión de que "muerto el perro se acabó la rabia".
Esta personalización hace que la lucha contra el sector sindicalista no se libre mediante el debate y la clarificación sino a través de campañas contra militantes del sector rival, tentativas de ganar comités locales o regionales, medidas administrativas de expulsión etc. Para la mayoría de militantes de la CNT, la lucha contra el sector sindicalista no es vivida como una batalla por la claridad sino como una guerra entre grupos de presión donde lo que predomina son los insultos, las descalificaciones y las desautorizaciones. Las cosas llegaron a extremos de una gran violencia ("ambiente de guerra civil dentro de la CNT" lo califica Olaya, página 778). El 25 de octubre de 1932,
"... un grupo de escisionistas agredió en su trabajo a 2 militantes de la CNT, de los que se oponían a la escisión, contra los que disparó uno de ellos matando a uno e hiriendo gravemente al segundo" (Olaya, página 778).
"En el Pleno regional de Sindicatos celebrado en Sabadell, ya en periodo represivo, se manifiesta de modo clamoroso el enfrentamiento entre tendencias. Los llamados Trentistas, de inclinación reformista, empezaron a ser desplazados de todas sus responsabilidades orgánicas. Pestaña y Arín, firmantes del manifiesto de los 30, cesaron en sus cargos en el comité nacional. Los sindicatos afectos a la Federación local de Sabadell, pretextando una supuesta dictadura de la FAI sobre los destinos de la Confederación se retiraron del Congreso Regional. Los sindicatos en cuestión, con más de 20000 afiliados, fueron expulsados posteriormente por el Comité regional. Estos hechos condujeron a la escisión orgánica que originó los llamados Sindicatos de Oposición" ([9]).
La división fue grave en Cataluña y Valencia (aquí habían más miembros de los sindicatos de oposición que de la CNT oficial) y también repercutió en Huelva, Asturias y Galicia.
Aunque - como veremos a continuación - la CNT seguirá la orientación impuesta por el anarquismo, una parte importante funcionará de manera autónoma bajo el nombre de Sindicatos de oposición, hasta la unificación definitiva de 1936 (ver el próximo artículo). Los Sindicatos de oposición actuarán sobre una línea de colaboración más o menos abierta con la UGT preconizando la unidad sindical. En 1931-32, la FAI logra ganar a la CNT a su posición de orientarse hacia las tentativas revolucionarias. Este viraje de 180 grados responde realmente a una radicalización generalizada de obreros, jornaleros y campesinos, fuertemente desilusionados ante la agravación de la miseria y la brutalidad represiva de la República. Sin embargo, el viraje se hace en la mayor de las confusiones. Primero por la división y la escisión provocadas por los métodos empleados ([10]). Segundo porque ninguna reflexión seria lo inspira: se pasa del apoyo a la República a un vago "luchar por la revolución" sin responder colectivamente a preguntas básicas: ¿por cuál revolución luchar? ¿Hay condiciones internacionales e históricas para ella? ¿Por qué los dos sectores, sindicalistas y faístas, habían apoyado la llegada de la República? Nada de esto se hizo, simplemente se cambió de vía: antes se transitaba por el carril derecho del apoyo "crítico" a la República, ahora se pasaba al carril izquierdo de la "lucha insurreccional por la Revolución". Los principios eternos del anarquismo sirven para avalar tanto lo uno como lo otro.
Entramos en lo que Gómez Casas llama el "periodo insurreccional" que transcurrirá entre 1932 y 1934. Los episodios más destacados son las tentativas de huelga general de 1932, enero 1933 y diciembre 1933. En estos movimientos se expresa un gran combatividad, un anhelo enorme de salir de una situación intolerable de pobreza y opresión, pero al mismo existe la dispersión más completa, cada sector obrero se enfrenta sólo y aislado al Estado capitalista. El ejército es, una y otra vez, enviado para aplastar la lucha. La respuesta es siempre la misma: matanzas, detenciones en masa, torturas, deportaciones, penas de cárcel. Las principales víctimas son los militantes de la CNT.
A menudo se trata de respuestas que han surgido de la propia iniciativa de los trabajadores y que la propia burguesía atribuye a un "complot insurreccional perpetrado por elementos anarquistas" ([11]). Un ejemplo es lo que ocurrió con la huelga del Alto Llobregat ([12]) en enero de 1932. El 17 de enero los obreros de la industria textil de Berga se declaran en huelga por el incumplimiento de unas bases de trabajo acordadas 6 meses antes. Al día siguiente los trabajadores y mineros de la zona (Balsareny, Suria, Sallent, Figols...) se ponen en huelga en solidaridad con sus compañeros. Los trabajadores desarman a los Somatenes (milicias cívicas auxiliares de las fuerzas represivas estatales). La huelga es absoluta en toda la comarca el 22 de enero. En algunas localidades se iza la bandera de la CNT en el ayuntamiento. La guardia civil se encierra en los cuarteles por miedo a actuar. El gobierno envió refuerzos de la Guardia Civil, trasladados desde Lérida y Zaragoza, e incluso unidades del ejército, con lo que finalmente logró aplastar la lucha.
El Gobierno, para justificar su barbarie represiva, lanzó una abrumadora campaña presentando la huelga del Alto Llobregat como obra de la "CNT-FAI" ([13]) "tildando a los confederados como bandidos con carné, la represión se extiende a Cataluña, Levante y Andalucía. Centenares de presos ingresan en las sentinas de los barcos que deben conducirlos a la deportación" ([14]). Entre los detenidos figura Francisco Ascaso, uno de los líderes de la FAI. Para crear más confusión, Federica Montseny, una de las dirigentes de esta organización, en un famoso artículo atribuye el movimiento a la iniciativa de la FAI.
Se trataba de un movimiento reivindicativo y solidario, surgido de los propios obreros. Muy diferentes fueron los movimientos insurreccionales impulsados por los grupos anarquistas. Aunque estaban impulsados por sentimientos de solidaridad (especialmente con los numerosos presos, víctimas de la represión republicana) y por una neta voluntad revolucionaria, eran acciones minoritarias, muy localizadas, separadas de la dinámica de lucha obrera y que padecían una fuerte dispersión.
La acción insurreccional más significativa fue la emprendida en enero de 1933 que se extendió desde Cataluña a numerosas localidades de Valencia y Andalucía. Peirats señala que este movimiento tuvo como origen las provocaciones continuas del Gobierno autónomo de Cataluña presidido por los "radicales" de Esquerra Republicana. Estos señoritos que en sus orígenes habían coqueteado con la CNT (en los años 20) y que de manera más o menos secreta habían llegado a un acuerdo con los dirigentes sindicalistas de ésta para que apoyaran al Gobierno autónomo y, en palabras de Federica Montseny, "convirtieran a la CNT en un sindicato domesticado equivalente a lo que es la UGT en Madrid", vieron con evidente disgusto la expulsión de los Trentistas y con una furia aún mayor que sus cofrades españolistas trataron de "aplastar a la CNT, con la clausura sistemática de sus sindicatos, con la supresión de su prensa, con el régimen de prisiones gubernativas y la política terrorista de policías y escamots ([15]). Los Casals de Esquerra ([16]) se convierten en mazmorras clandestinas donde se secuestra y apalea a los trabajadores confederales" ([17]).
La improvisación y el desorden con el que este movimiento fue emprendido lo precipitó rápidamente en una derrota total que tanto el poder catalán como el central sellaron con una incalificable represión cuya culminación fue la matanza de Casas Viejas perpetrada bajo órdenes directas del propio primer ministro, Azaña, que dio la famosa consigna de "disparad a la barriga".
"El movimiento revolucionario del 8 de enero de 1933 fue organizado por los Cuadros de defensa, organismo de choque formado por los grupos de acción de la CNT y la FAI. Estos grupos, deficientemente armados, cifraban sus esperanzas en la acción de algunas tropas comprometidas y también en el contagio popular. La huelga general ferroviaria se hallaba encomendada a la Federación nacional de este ramo del transporte, minoritaria ante el Sindicato nacional ferroviario de la UGT y no llegó siquiera a iniciarse (...) Los cuarteles no abrieron sus puertas al ensalmo de los revolucionarios. El pueblo se mostró indiferente o más bien acogió el movimiento con grandes reservas" ([18]).
Peirats describe el mecanismo de tales acciones insurreccionales distinguiendo 5 fases:
"1ª A la hora prevista los conjurados penetran en los domicilios de ciudadanos de "orden" susceptibles de tenencia de armas. Se apoderan de ellas y se lanzan a la calle, instando al pueblo a la revuelta. No se producen víctimas. Los elementos desarmados quedan en libertad. La revolución social detesta las represalias y las cárceles. El pueblo, amedrentado, permanece neutral. El alcalde hace entrega de las llaves del ayuntamiento.
"2ª Con las escasas armas recogidas se inicia el asedio al cuartel de la guardia civil...
"3ª Los revolucionarios proclaman el comunismo libertario desde el ayuntamiento convertido en comuna libre. Se iza la bandera rojinegra. Los archivos de la propiedad son quemados en la plaza pública, ante los grupos de curiosos. Se hace público un bando o pregón declarando suprimidas la moneda, la propiedad privada y la explotación del hombre por el hombre.
"4ª Llegada de refuerzos de guardias y policías. Los sublevados resisten más o menos, según tardan en darse cuenta de que el movimiento no es general en toda España y de que se encuentran aislados en su magnífico propósito.
"5ª A la retirada en desorden hacia la montaña sigue la caza del hombre por las fuerzas represivas. Epílogo macabro de asesinatos sin distinción de sexo y edad. Detenciones en masa, seguidas de palizas y torturas en los antros policíacos".
Este testimonio es terriblemente elocuente. Las fuerzas más combativas del proletariado español fueron comprometidas en batallas absurdas condenadas al fracaso. El heroísmo y la altura moral ([19]) de los combatientes fueron malgastados por una ideología, el anarquismo, que al intentar ser aplicada conduce a lo contrario de lo que pretende: la acción consciente y colectiva de la mayoría de obreros es reemplazada por la acción irreflexiva de una minoría; la revolución social ya no es el fruto de los obreros mismos sino de una minoría que mediante un bando la decreta.
Mientras la FAI lanzaba a sus militantes a batallas descabelladas, las luchas combativas del proletariado le pasaban totalmente desapercibidas. Gerald Brenan en el Laberinto español observa que:
"Debemos notar que el motivo de casi todas las huelgas de la CNT de aquel tiempo era la solidaridad, es decir que iban a la huelga por la libertad de los presos o contra despidos injustos. Estas huelgas no estaban dirigidas por la FAI, sino que eran verdaderas manifestaciones espontáneas del sentir de los sindicatos" ([20]).
En el famoso Manifiesto de los 30, redactado por Pestaña y sus amigos, se describe esta desastrosa concepción de "la revolución" ([21]):
"la historia nos dice que las revoluciones las han hecho siempre las minorías audaces que han impulsado al pueblo contra los poderes constituidos. ¿Basta que estas minorías quieran, que se lo propongan, para que en una situación semejante la destrucción del régimen imperante y de las fuerzas defensivas que lo sostienen sea una hecho? Veamos. Estas minorías, provistas de algunos elementos agresivos en un buen día, o aprovechando una sorpresa, plantan cara a la fuerza pública, se enfrentan con ella y provocan el hecho violento que puede conducirnos a la revolución (...) Fían el triunfo de la revolución al valor de unos cuantos individuos y a la problemática intervención de las multitudes que les secundarán cuando estén en la calle. No hace falta prevenir nada, ni contar con nada, ni pensar más que en lanzarse a la calle para vencer a un mastodonte: el Estado (...) Todo se confía al azar, todo se espera de lo imprevisto, se cree en los milagros de la Santa revolución".
Miles y miles de obreros combativos se convirtieron en palabras de Peirats en "racimos de carne torturada expedida hacia los presidios de España" (página 69). Sin embargo, el salvajismo de la represión perpetrada por la conjunción republicana-socialista llevó a que las elecciones generales de noviembre 1933 fueran ganadas por las derechas.
"El movimiento obrero, que daba síntomas de reanimación, fue parado en seco y lanzado atrás por la aventura anarquista. Por el contrario, la reacción, saliendo de su prudencia medrosa, tomó decididamente la ofensiva. Los anarquistas no habían logrado arrastrar a las masas tras de sí, pero su derrota fue la derrota de las masas. El gobierno y la reacción lo comprendieron perfectamente. La reacción salió a la plaza pública y se organizó" ([22]).
Sin embargo, este cambio político estaba ligado a la evolución de la situación internacional y concretamente a la marcha hacia la Segunda Guerra mundial en la que el capital se empeñaba cada vez más inexorablemente. Para prepararla, una condición indispensable era, por un lado, el aplastamiento de los sectores del proletariado que guardaban todavía algunas reservas de combatividad y, por otra parte, el alistamiento del conjunto del proletariado mundial mediante la ideología antifascista. Ante la ofensiva fascista - en realidad del bando rival, constituido por Alemania e Italia - se proponía a los obreros cerrar filas en defensa de la Democracia - banderín de enganche del bando vertebrado por Gran Bretaña y Francia, al que se acabarían sumando tanto la URSS ([23]) como Estados Unidos.
Atar al proletariado al carro de la democracia y el antifascismo, comportaba hacerlo luchar fuera de su terreno de clase por objetivos que no eran los suyos sino que únicamente estaban al servicio de uno de los bandos imperialistas enfrentados. Con este objetivo, la socialdemocracia -secundada a partir de 1934 por el estalinismo- combinó tanto los métodos legales y pacíficos como la política "violenta" de arrastrar a los obreros a combates insurreccionales que les llevaron a sufrir derrotas amargas teniendo que soportar una bárbara represión.
Este análisis internacional explica el aparatoso viraje que realiza en España el PSOE tras su derrota en las elecciones de 1933. Largo Caballero, que había servido como consejero de Estado del dictador Primo de Rivera y que había participado como ministro de trabajo en el gobierno republicano de 1931-33 ([24]) se convertía de repente al revolucionarismo más extremo y hacía suya la política insurreccional defendida por la FAI ([25]).
Esta cínica maniobra obedecía a los mismos presupuestos que habían llevado a los socialdemócratas austriacos a embarcar a los obreros de ese país en una insurrección suicida contra el canciller profascista Dollfuss que se había saldado con una cruel derrota. Por su parte, Largo Caballero centró sus esfuerzos en conducir a la debacle a un sector particularmente combativo del proletariado español, el asturiano. El ascenso al gobierno de la parte más profascista de la derecha española de la época - comandada por Gil Robles que tenía como consigna "Todo el poder para el Jefe" - provocó la insurrección de los mineros asturianos en octubre de 1934. Los socialistas los embaucaron con la promesa de movimientos de huelga general en toda España pero se cuidaron muy mucho de paralizar cualquier respuesta en Madrid y otras zonas donde tenían influencia.
Es evidente que los obreros asturianos eran víctimas de una trampa pero la única forma de romperla era la solidaridad de sus hermanos en las demás regiones, basada en una lucha no solamente contra el nuevo gobierno fascista sino contra el Estado republicano al cual servía. Las tentativas de huelga espontáneas que surgieron en diferentes partes del país no solo fueron desconvocadas por los socialistas sino también por la FAI y la CNT:
"En realidad, la FAI y en consecuencia la CNT, han estado contra la huelga general y cuando sus militantes han participado por su propia iniciativa, ha llamado a la detención de la huelga en Barcelona y no ha hecho nada por ampliar el movimiento en aquellas regiones donde era la fuerza preponderante" ([26]).
En Cataluña, el gobierno autonómico de Esquerra republicana aprovechó la ocasión para organizar su propia "insurrección" con el objetivo de proclamar "el Estado catalán dentro de la República federal española". Para perpetrar tan exaltada "acción revolucionaria" suspendió previamente las publicaciones y sedes de la CNT e hizo detener a sus militantes más destacados, entre ellos Durruti. La "huelga" fue impuesta por la policía autonómica pistola en mano. La radio del gobierno "revolucionario" catalán no se cansó de denunciar a "los provocadores anarquistas vendidos a la reacción". En medio de esta tremenda confusión que acabará un día después con la rendición vergonzosa del Gobierno catalán ante un par de regimientos fieles a Madrid, la reacción de la CNT fue verdaderamente lamentable. En un Manifiesto dice:
"el movimiento producido esta mañana debe adquirir los caracteres de gesta popular, por la acción proletaria, sin admisión de protecciones de la fuerza pública, que debiera avergonzar a quienes la admiten y reclaman. La CNT, sometida desde hace tiempo a una represión encarnizada, no puede continuar por más tiempo en el reducido espacio que le marcan sus opresores. Reclamamos el derecho a intervenir en esta lucha y nos lo tomamos. Somos la mayor garantía de barrera al fascismo, y quienes pretenden negarnos este derecho facilitarán las maniobras fascistas y al intentar impedir nuestra actuación" ([27]).
Lo que se desprende de la cita anterior es muy claro:
Esta respuesta constituye un paso muy grave. En contra de las tradiciones de la CNT y de muchos militantes anarquistas, se deserta del terreno de la solidaridad obrera para ubicarse en el terreno del antifascismo y del apoyo "crítico" al catalanismo.
Que la CNT como sindicato aceptara ese terreno anti-obrero es perfectamente lógico. Pese a la represión y la marginación en que la sumía el Estado republicano necesitaba imperativamente un régimen de "libertades" donde poder acomodarse para jugar su papel de "interlocutor reconocido". Sin embargo, que la FAI, defensora del anarquismo que propugna la lucha "contra toda forma de Estado" y denuncia "toda alianza" con los partidos políticos, secundara e impulsara ese terreno parece ser menos explicable.
Sin embargo, si se analiza más profundamente se puede comprender esta paradoja. La FAI había hecho de la CNT, un sindicato, su terreno de "movilización de las masas" y esto le imponía servidumbres cada vez más claras. No era la lógica de los principios anarquistas la que comandaba la acción de la FAI sino que ésta se hallaba cada vez más supeditada a las "realidades" del sindicalismo presididas por la necesidad imperiosa de integrarse en el Estado.
En segundo lugar, los principios anarquistas no se conciben como expresión de las aspiraciones, las reivindicaciones generales y los intereses históricos de una clase social, el proletariado. No se ciñen pues al terreno delimitado por su lucha histórica. Al contrario, pretenden ser mucho más "libres". Su terreno es intemporal y ahistórico y se sitúa en el campo de las aspiraciones de libertad del individuo en general. La lógica que impone tal planteamiento es implacable: el interés del individuo libre puede ser tanto el rechazo de toda autoridad, de todo Estado y de toda centralización; como la aceptación táctica de un "mal menor": frente al régimen fascista de negación formal de todo derecho sería preferible un régimen democrático donde se reconocen formalmente los derechos del individuo.
En tercer lugar, Gómez Casas señala en su libro que "la mentalidad del sector radical del anarcosindicalismo entendía el proceso como gimnasia revolucionaria, mediante la cual se alcanzarían las condiciones óptimas para el logro de la revolución social" (op. cit., página 213). Esta mentalidad lleva a considerar que lo importante es tener a las masas "movilizadas" sea cual sea el objetivo. El terreno del "antifascismo" ofrece un terreno aparentemente propicio para "radicalizar a las masas" y acabar llevándolas a la "revolución social" según la propaganda que entonces hacían los socialistas "de izquierda". En realidad, los planteamientos en este terreno del "antifascismo" de Largo Caballero y la FAI eran bastante convergentes aunque las intenciones eran totalmente distintas (Largo Caballero buscaba sangrar al proletariado español con sus llamamientos "insurreccionales" mientras que la mayoría de militantes de la FAI creían sinceramente en las opciones que defendían). Largo Caballero decía en 1934 sobre la República (contradiciendo lo que afirmaba en 1931):
"La clase obrera quiere la república democrática [no] por sus virtudes intrínsecas, no como un ideal de gobierno, sino porque dentro de ese régimen la lucha de clases, sofocada bajo los regímenes despóticos, encuentra una mayor libertad de acción y movimiento para lograr sus reivindicaciones inmediatas y mediatas. Si no fuera por eso ¿para qué quieren los trabajadores la República y la democracia?" ([28]).
Por su parte, Durruti hablaba así:
"La República no nos interesa, pero la aceptamos como punto de partida de un proceso de democratización social. A condición por supuesto de que esta República garantice los principios según los cuales la libertad y la justicia social, no son palabras vacías. Si la República desdeña tomar en consideración las aspiraciones de la clase trabajadora, entonces el poco interés que despierta en los trabajadores quedará reducido a nada, porque esa institución dejará de corresponder a las esperanzas que nuestra clase puso en ella el 14 de abril" ([29]).
¿Cómo puede ser el Estado del siglo xx, con su burocracia, su ejército, su sistema de represión y manipulación totalitaria, el "punto de partida de un proceso de democratización social"? ¿Cómo puede siquiera soñarse con que sea el garante de la "libertad y la justicia social"? Es algo tan absurdo como ilusorio.
Sin embargo, tal contradicción venía de lejos. Ya cuando la sublevación del general Sanjurjo contra la República (el 10 de agosto de 1932) sofocada por la movilización de los obreros de Sevilla impulsada por la CNT, el planteamiento que ésta dio a la lucha se situó en un terreno claramente antifascista. En un manifiesto decía:
"¡Obreros! ¡campesinos! ¡soldados! Un asalto faccioso y criminal del sector más negro y reaccionario del ejército, de la casta autocrática y militar que hundiera España en el más negro de los baldones del lapso tenebroso de la dictadura (...) acaba de sorprendernos a todos, mancillando nuestra historia y nuestra conciencia, enterrando la soberanía nacional en la más aciaga de las encrucijadas" ([30]).
El proletariado tenía que parar la mano asesina del general Sanjurjo pero tal lucha solo podía ir en el sentido de sus intereses de clase y, en perspectiva, los de la humanidad entera, si se planteaba desde el combate de conjunto tanto contra el fascismo como contra su pretendido antagonista republicano. Sin embargo, en el manifiesto cenetista lo que domina es un planteamiento de ¡soberanía nacional! y de elección entre la dictadura y la república. ¡Una república que ya por aquellas fechas llevaba más de 1000 muertos en la represión de las luchas obreras y campesinas! ¡Una república que había llenado las cárceles de militantes obreros, principalmente cenetistas!
El balance es muy claro y podemos hacerlo con las palabras de nuestros antepasados de la Izquierda comunista italiana:
"Consideremos ahora la acción de la Federación anarquista ibérica (FAI) que controla hoy la CNT. Tras la caída de Azaña en 1933, la FAI reclamó una amnistía general que incluía también a los generales responsables de los pronunciamientos militares, amigos del general Sanjurjo y desautorizó a los obreros cenetistas de Sevilla que habían hecho fracasar las tentativas golpistas de este último. En octubre de 1934 tomó la misma posición frente a la insurrección obrera de Asturias so pretexto que se trataba de un enfrentamiento entre marxistas y fascistas diciendo que eso no interesaba al proletariado, el cual debería esperar para intervenir cuando unos y otros se hubieran liquidado entre ellos" ([31]).
La tentativa de la FAI de recuperar la CNT para la clase obrera fracasó rotundamente. No fue la FAI quien logró enderezar a la CNT sino que fue la CNT quien entrampó a la FAI dentro de los engranajes del Estado Capitalista como se vio finalmente en 1936 con la ocupación de poltronas ministeriales por parte de destacados faístas actuando en nombre la CNT.
"Cuando llega el momento de febrero de 1936, todas las fuerzas actuantes en el seno del proletariado se encontraban en un solo frente: la necesidad de alcanzar la victoria del Frente popular para desembarazarse del dominio de las derechas y obtener la amnistía. Desde la social-democracia al centrismo ([32]), hasta la CNT y el POUM, sin olvidar a todos los partidos de izquierda republicana, se estaba de acuerdo en orientar el estallido de las contradicciones de clase hacia la arena imperialista" ([33]).
En el próximo artículo de esta serie analizaremos la situación de 1936 y cómo se consumó definitivamente el matrimonio de la CNT con el Estado burgués.
RR, C. Mir, 10-12-07
[1]) Ver Revista internacional nº 131: "La contribución de la CNT al advenimiento de la República (1923-31)".
[2]) Autor anarquista que ha escrito el libro Historia del movimiento obrero español (en 2 tomos). Las citas que realizaremos a continuación pertenecen al segundo tomo del libro. Las referencias editoriales se encuentran en el 2º artículo de nuestra Serie.
[3]) Recordemos que Maciá era un militar nacionalista catalán.
[4]) Juan García Oliver (1901-1980). Fue uno de los fundadores de la FAI siendo uno de sus dirigentes más destacados. En 1936 (lo veremos en un próximo artículo) fue nombrado ministro de la República en el gobierno del socialista Largo Caballero.
[5]) Olaya testimonia que en 1928 "los republicanos, por su parte, entraron en relación con Arturo Parera, José Robusté, Elizalde y Hernández, de la FAI y del Comité regional catalán de la CNT" (página 599)
[6]) Periódico anarquista español aparecido en 1888 que fue suprimido en 1923 por la dictadura de Primo de Rivera. En 1930 reapareció como órgano de expresión de la FAI.
[7]) Engels, en su folleto referido a esta experiencia, los Bakuninistas en acción, señala cómo los dirigentes de la sección española de la AIT "arbitraron el lamentable expediente de hacer que la Internacional como tal se abstuviera de participar en las elecciones, mientras sus miembros votaban cada cual según su capricho. Consecuencia de esta declaración de bancarrota política fue que los obreros, como siempre ocurre en tales casos, votaran por las gentes que más consecuentemente representaron la comedia del radicalismo - los republicanos intransigentes - con lo que luego se sintieron más o menos corresponsables de los actos de sus elegidos y complicados en ellos".
[8]) Citado por Olaya, op. cit., página 668.
[9]) Gómez Casas autor anarquista de una Historia del anarcosindicalismo español, libro del cual hemos hablado en anteriores artículos de esta serie. Op. cit., página 211.
[10]) Esta tentativa de imponer una orientación "justa" mediante campañas de intimidación y maniobras burocráticas produjo situaciones tragicómicas inducidas por la necesidad de cada Comité de ser "más insurreccional" que el vecino. Olaya narra el desbarajuste que se produjo en octubre 1932 cuando el Comité Nacional "que tenía necesidad de probar que no estaba influenciado por la tendencia pestañista, cursó su circular nº 31, solicitando a los sindicatos si estaban dispuestos a ratificar o rectificar los acuerdos del pleno de agosto sobre declaración de la huelga general revolucionaria" (op. cit., página 785). A esta circular el Comité de Levante (Valencia) respondió que estaba dispuesto para la acción. Esto asustó al Comité nacional que dio marcha atrás y anuló la orden lo cual enfadó sobremanera al Comité levantino que exigió se fijara una fecha "para lanzarse a la calle". Ante ello se convocó un Pleno y finalmente, tras una serie de idas y venidas, se acordó la "huelga general" para enero 1933 (sobre la que luego hablaremos).
[11]) Las campañas machaconas de la República sobre "la amenaza de la FAI" no hacían sino alimentar el mito que algunos militantes faístas contribuían a engordar atribuyéndose el mérito de haber "organizado" tal o cual acción insurreccional. Olaya, a propósito de una descabellada convocatoria de huelga general en Sevilla (julio de 1931) que fue retirada dos días después, observa que "en realidad se trataba de una simple fanfarronada, puesto que la FAI, en ese momento, era un fantasma utilizado por la burguesía para amedrentar a las beatas de barrio" (op. cit. página 731).
[12]) Comarca industrial y minera de la provincia de Barcelona.
[13]) En realidad, si bien en la lucha los militantes cenetistas tienen un papel muy activo, la actitud orgánica de la CNT fue tibia y contradictoria: el 21 de enero "en Barcelona se reunió el Pleno de comarcales, convocado por Emilio Mira, secretario del Comité regional de la CNT, acordándose el envío de otro delegado [a la comarca] y, aunque algunos delegados eran partidarios de solidarizarse con los huelguistas, la mayoría se abstuvo por no tener mandato de sus bases orgánicas" (Olaya, op. cit., página 727). Esta decisión se reconsideró un día después pero volvió a ser anulada el 24 con la adopción de un manifiesto llamando a detener la huelga.
[14]) Peirats, página 65 de sus libro La CNT en la Revolución española, ver referencias bibliográficas en el primer artículo de nuestra serie.
[15]) Los escamots eran "grupos de acción catalanista imbuidos de bélica xenofobia hacia lo no catalán", Peirats, página 67.
[16]) Sedes de ese partido.
[17]) Peirats, op. cit. página 67.
[18]) Peirats, op. cit., página 68.
[19]) Era proverbial la honradez de muchos militantes de la FAI. Por ejemplo, Buenaventura Durruti no tenía para comer y sin embargo jamás tocó la caja de dinero que se le había encomendado.
[20]) Editorial Ruedo ibérico, 1977, Madrid, notas en pag. 444. Brenan no es un autor vinculado al movimiento obrero. Sin embargo enfoca el periodo histórico de 1931-39 con gran honradez lo que le lleva a observaciones a menudo muy acertadas.
[21]) Al denunciar, rayando la caricatura, lo absurdo del "método insurreccional" de sus antagonistas de la FAI, los redactores del Manifiesto - pertenecientes al ala sindicalista de la CNT - no pretendían aclarar las conciencias sino echar agua a su molino claudicante y reformista.
[22]) Del libro Jalones de derrota, promesas de victoria (página 120-121), escrito por Munis, revolucionario español (1911-1988) que rompió con el trotskismo en 1948 y se aproximó a las posiciones de la Izquierda comunista fundando el grupo FOR (Fomento obrero revolucionario). Ver en Revista internacional nº 58 un análisis de su contribución. En nuestra libro 1936: Franco y la República masacran al proletariado, el capítulo V está dedicado a un análisis crítico de sus posiciones sobre una pretendida "revolución española" en 1936.
[23]) Recordemos sin embargo que la URSS se alió primero en 1939-41 con Hitler mediante un pacto secreto.
[24]) Ver el artículo 4º de esta serie en Revista internacional nº 131.
[25]) Las Juventudes socialistas lo ensalzaban como el "Lenin español".
[26]) Bilan, órgano de la Fracción italiana de la Izquierda comunista, en "Cuando falta el partido de clase", publicado en nuestro libro 1936: Franco y la República masacran a los trabajadores. Este análisis es corroborado por este pasaje del libro Historia de la FAI, escrito por Juan Gómez Casas: "Afirma J.M. Molina que aunque la CNT y la FAI no tenían arte ni parte en la huelga (se refiere a Asturias 1934), los comités de ambos organismos se hallaban reunidos de modo permanente. En todas esas reuniones se convino nuestra inhibición, pero sin cometer uno de los errores más graves e incomprensibles de la historia de la CNT. Se refiere J.M. Molina a que ciertos organismos de la CNT habían acordado la vuelta al trabajo y Patricio Navarro, miembro del Comité regional dio por radio la consigna en ese sentido (en Barcelona; el Comité regional en pleno, con Ascaso a su cabeza, tuvo que dimitir)" (pag. 174)
[27]) Citado por Peirats, op. cit., página 102.
[28]) Citado por Bolloten, autor que simpatiza con el anarquismo, en su libro, muy interesante, titulado la Guerra civil española: revolución y contrarrevolución, página 84 tomo I edición española.
[29]) Citado por Juan Gómez Casas en su libro Historia de la FAI página 137.
[30]) Citado por Peirats, op. cit., página 67.
[31]) En nuestro libro antes citado 1936: Franco y la República masacran a los trabajadores.
[32]) Bilan caracterizaba al estalinismo como "centrismo".
[33]) Bilan nº 36, octubre-noviembre 1936, en nuestro libro antes citado, pag 24.
El artículo que aquí publicamos lo fue por primera vez en Bilan nº 37 (noviembre-diciembre 1936), publicación teórica de la Fracción Italiana de la Izquierda Comunista. Es el cuarto de la serie "Los problemas del período de transición" redactada por un camarada belga que firmaba sus escritos "Mitchell". Los tres anteriores se han publicado en el los tres últimos números de esta Revista internacional.
El punto de partida de este artículo es la revolución proletaria en Rusia, considerada no como esquema rígido aplicable a todas las experiencias revolucionarias futuras, sino como laboratorio vivo de la guerra de clases que exige que se haga de él la crítica y el análisis que puedan proporcionar lecciones válidas para el porvenir. Como la mayoría de los mejores escritos del marxismo, se presenta como un debate polémico con otras interpretaciones de esa experiencia, a las que considera inadecuadas, peligrosas cuando no claramente contrarrevolucionarias. En esta categoría Mitchell incluye los argumentos estalinistas ("centrista", si se emplea este término bastante confuso que utilizaba todavía la Izquierda italiana de entonces) según los cuales el socialismo estaba construyéndose dentro de los límites de la URSS. El artículo no se extiende demasiado en la refutación de semejante posición pues basta con mostrar que la teoría del "socialismo en un solo país" es incompatible con el principio más básico, el internacionalismo, y que la "construcción del socialismo" en URSS requiere en la práctica la explotación más implacable del proletariado.
Las críticas del artículo a las ideas defendidas por la Oposición trotskista son mucho más extensas. Esta Oposición comparte con el estalinismo la idea de que el Estado obrero en Rusia probaría su superioridad sobre los regímenes burgueses existentes entablando una competencia económica con ellos. Mitchell pone de relieve la evidencia: el programa de industrialización rápida establecido a partir de 1928 era un plagio de las medidas políticas de la Oposición de izquierda.
Para Mitchell y la Izquierda italiana, la revolución proletaria solo puede entablar una transformación económica en un sentido comunista una vez conquistado el poder político a escala mundial. Era pues un error juzgar el éxito de la revolución en Rusia basándose en las medidas políticas emprendidas en el plano económico. En el mejor de los casos, la victoria del proletariado en un solo país podría únicamente permitir ganar algo de tiempo en el plano económico, al tener que canalizarse todas las energías hacia la extensión política de la revolución a otros países. El artículo es muy crítico sobre toda idea de que las medidas debidas al "comunismo de guerra" serían una avance real hacia el establecimiento de relaciones sociales comunistas. Para Mitchell, la desaparición aparente del dinero y la requisición del grano por la fuerza en los años 1918-20 lo único que significaron fue la presión de las necesidades del momento sobre el poder proletario en el contexto de la dura realidad de la guerra civil, acompañadas por una distorsión burocrática peligrosa del Estado soviético. Según Mitchell, habría sido más justo considerar la NEP (Nueva Economía Política) de 1921, a pesar de sus defectos, como un modelo más "normal" de un régimen económico de transición en un solo país.
Lo polémico del texto también va dirigido contra otras corrientes del movimiento revolucionario. El artículo entabla un debate con posiciones de Rosa Luxemburg quien había criticado la política agraria de los bolcheviques en 1917 ("la tierra a los campesinos"). Según Mitchell, Rosa subestimaba la necesidad política, comprendida por los bolcheviques, de fortalecer la dictadura del proletariado gracias al apoyo del pequeño campesinado, permitiéndole apoderarse de las tierras. El artículo trata también sobre la discusión con los internacionalistas holandeses del GIK que hemos comentado nosotros en el artículo anterior de esta Revista internacional. En este texto, Mitchell defiende la idea de que focalizarse exclusivamente, como lo hacen los camaradas holandeses, en el problema de la gestión de la producción por los obreros lleva a esos compañeros a concluir erróneamente que la causa principal de la degeneración de la revolución habría sido el principio del centralismo, evacuando al mismo tiempo el problema del Estado de transición, inevitable según la visión marxista mientras no hayan desaparecido las clases.
Al concluir su artículo, cuando Mitchell trata sobre el tema del "Estado proletario", muestra a la vez lo que fueron las fuerzas y las debilidades del marco analítico de la Izquierda italiana. Mitchell reitera la conclusión principal que la Izquierda italiana sacó de la experiencia rusa, y que sigue siendo, para nosotros, una de sus contribuciones más importantes a la teoría marxista: es el haber comprendido que el Estado de transición es un mal inevitable que la clase obrera deberá utilizar. Para esta tesis, el proletariado no puede, por esa misma razón, identificarse con ese Estado de transición y deberá mantener una vigilancia permanente para así asegurarse que no se vuelva contra él como así ocurrió en Rusia.
Por un lado, el artículo revela también ciertas inconsistencias dentro de las posiciones de la Izquierda italiana de aquel entonces. Su conciencia de la necesidad del partido comunista la lleva a defender la noción de "dictadura del partido", una visión contraria a la necesidad de independencia del partido y de los órganos proletarios respecto al Estado de transición. Y Mitchell insiste también en que el Estado soviético en Rusia era de naturaleza proletaria, a pesar de su orientación contrarrevolucionaria, pues había eliminado la propiedad privada de los medios de producción. En el mismo sentido, no caracteriza la burocracia en Rusia como nueva clase burguesa. Esta posición, cercana en cierto modo al análisis desarrollado por Trotski, no llevaba, sin embargo, a las mismas conclusiones políticas: contrariamente a la corriente trotskista, la Izquierda italiana ponía los intereses internacionales de la clase obrera ante cualquier otra consideración y rechazaba toda defensa de la URSS país del que había entendido que ya se había integrado plenamente en el siniestro juego del imperialismo mundial. Además, en el artículo de Mitchell pueden ya encontrarse elementos que sin duda habrían permitido a la izquierda italiana caracterizar el régimen estalinista de una manera más consistente. Así, en una parte precedente de su artículo, Mitchell pone en guardia contra el hecho de que las "colectivizaciones" o las nacionalizaciones no son en absoluto, por sí mismas, medidas socialistas, citando incluso el pasaje de Engels tan anticipador sobre lo que es el capitalismo de Estado. Se necesitaron algunos años y unos cuantos debates en profundidad para que la Izquierda italiana resolviera esas inconsistencias, gracias, en parte, a las discusiones con otras corrientes revolucionarias como la Izquierda germano-holandesa. Este artículo es, sin embargo, la mejor prueba de la profundidad y el rigor de cómo concebía la Izquierda italiana el enriquecimiento del programa comunista.
Bilan n°37 (noviembre - diciembre 1936)
La Revolución rusa de octubre de 1917, en la Historia, debe considerarse sin la menor duda como una revolución proletaria pues destruyó un Estado capitalista de arriba abajo y porque sustituyó la dominación burguesa por la primera dictadura plena del proletariado ([1]) (la Comuna de París sólo creó las primicias de dicha dictadura). Por eso debe ser analizada por los marxistas, es decir por haber sido una experiencia progresiva (a pesar de su evolución contrarrevolucionaria), como un jalón del camino que lleva a la emancipación del proletariado y, por ende, de la humanidad entera.
De la cantidad considerable de material acumulado por este acontecimiento extraordinario no pueden sacarse - en el estado actual de las investigaciones - unos ejes definitivos para dar una orientación firme a futuras revoluciones proletarias. Pero si confrontamos ciertas nociones teóricas y reflexiones marxistas con la realidad histórica podremos llegar a una primera conclusión básica: los problemas complejos que implica la construcción de la sociedad sin clases deben estar indisolublemente relacionados con un conjunto de principios basados en la universalidad de la sociedad burguesa y de sus leyes, sobre el predominio de la lucha internacional de las clases.
Por otro lado, la primera revolución proletaria no estalló, contrariamente a las perspectivas, en los países más ricos y más evolucionados material y culturalmente, en los países "maduros" para el socialismo, sino en un territorio del capitalismo atrasado, semifeudal. De ahí la segunda conclusión - aunque no sea absoluta - de que las mejores condiciones revolucionarias se reunieron allí donde, a una deficiencia material le correspondía una menor capacidad de resistencia de la clase dominante a la presión de las contradicciones sociales. En otras palabras, fueron los factores políticos los que prevalecieron sobre los factores materiales. Esta afirmación no es, ni mucho menos, contradictoria, con la tesis de Marx que define las condiciones necesarias para el advenimiento de una nueva sociedad, sino que pone de relieve el significado profundo de esas condiciones como así lo hemos afirmado en el capítulo primero de este estudio.
La tercera conclusión, corolario de la primera, es que el problema esencialmente internacional de la edificación del socialismo - preludio del comunismo - no puede resolverse en el marco de un Estado proletario, sino mediante el aniquilamiento político de la burguesía mundial, o al menos la de los centros vitales de su dominio, la de los países más adelantados.
Es indiscutible que un proletariado nacional sólo podrá abordar ciertas tareas económicas tras haber instaurado su propia dominación. Y más todavía evidentemente, sólo podrá iniciar la construcción del socialismo tras la destrucción de los Estados capitalistas más poderosos, aunque la victoria de un proletariado "pobre" pueda tener un gran alcance con tal de que se integre en el avance y el desarrollo de la revolución mundial. En otras palabras, las tareas del proletariado victorioso respecto a su propia economía, están subordinadas a las necesidades de la lucha internacional de clases.
Es característico el hecho de que, aunque todos los marxistas de verdad hayan rechazado la teoría del, la mayoría de las críticas de la Revolución rusa se han hecho ante todo sobre las modalidades de construcción del socialismo, partiendo de criterios económicos y culturales más que políticos, sin sacar a fondo las conclusiones lógicas que se derivan de la imposibilidad del socialismo nacional.
Sin embargo, el problema es capital, pues la primera experiencia práctica de la dictadura del proletariado debe contribuir precisamente en disipar las brumas que seguían envolviendo la noción de socialismo. Y como enseñanzas fundamentales, ¿acaso no planteó la Revolución rusa - en su forma más agudizada al ser una economía atrasada - la necesidad histórica para un Estado proletario, temporalmente aislado, de limitar estrictamente su programa de construcción económica?
Si se rechaza la noción del "socialismo en un solo país" eso implica afirmar que para el Estado proletario no se trata de orientar la economía hacia un desarrollo productivo que englobaría todas las actividades de fabricación, que respondería a las necesidades más variadas, de edificar, en suma, una economía íntegra que, yuxtapuesta a otras economías semejantes constituirían el socialismo mundial.
De lo que sí se trata de desarrollar al máximo y eso sólo después del triunfo de la revolución mundial, son los sectores que tienen en cada economía nacional su terreno específico y que están llamados a integrarse en el comunismo futuro (el capitalismo ya lo ha realizado, imperfectamente claro está, mediante la división internacional del trabajo). Con la perspectiva menos favorable de un freno del movimiento revolucionario (situación de Rusia en 1920-21) se trataba de adaptar el desarrollo de la economía proletaria al ritmo de la lucha de clases mundial, pero siempre en el sentido de un fortalecimiento de la dominación de clase del proletariado, punto de apoyo para un nuevo ímpetu revolucionario del proletariado internacional.
Trotski, en particular, perdió a menudo de vista esa línea fundamental, aunque también afirmó en ocasiones la necesidades de darse objetivos proletarios, no para la realización del socialismo íntegro, sino para las necesidades de una economía socialista mundial, en función del reforzamiento político de la dictadura proletaria.
En efecto, en sus análisis sobre el desarrollo de la economía soviética y partiendo de la base correcta de la dependencia de dicha economía del mercado mundial capitalista, Trotski trata muy a menudo esa cuestión como si se tratara de un pugilato en el plano económico entre el Estado proletario y el capitalismo mundial.
Si bien es cierto que el socialismo solo podrá afirmar su superioridad como sistema de producción si produce más y mejor que el capitalismo, esto no se podrá comprobar más que al final de un proceso largo en la economía mundial, tras una lucha sin cuartel entre burguesía y proletariado y no por la confrontación entre la economía proletaria y economía capitalista, pues es evidente que si se mete en una competición económica, el Estado proletario acabará inevitablemente obligado a recurrir a los métodos capitalistas de explotación del trabajo que le impedirán transformar el contenido social de la producción. Y, fundamentalmente, la superioridad del socialismo no consiste en producir "más barato" -por mucho que sea una consecuencia cierta de la expansión ilimitada de la productividad del trabajo - sino que debe plasmarse en la desaparición de la contradicción capitalista entre la producción y el consumo.
A nosotros nos parece que, sin duda, fue Trotski quien proporcionó las armas teóricas a la política del Centrismo ([2]) a partir de ideas como: "la carrera económica con el capital mundial", "la velocidad del desarrollo como factor decisivo"; la "comparación de las velocidades del desarrollo", "el criterio del nivel de la preguerra", etc., expresiones todas ellas que se parecen mucho a las consignas centristas como la de "alcanzar a los países capitalistas". Por eso es por lo que la industrialización monstruosa que ha llevado a la miseria a los obreros rusos, aunque es el producto directo de la política centrista, es también la hija "natural" de la oposición rusa "trotskista". Esta posición de Trotski es la consecuencia de las perspectivas que él trazó para la evolución capitalista, tras el retroceso de la lucha revolucionaria internacional. Y así en su análisis cobre la economía soviética tal como evolucionó después de la NEP hizo abstracción voluntariamente, como él mismo reconoció, del factor político internacional:
"hay que encontrar soluciones políticas del momento, teniendo en cuenta siempre que sea posible, todos los factores que convergen en la situación. Pero cuando se trata de la perspectiva de desarrollo para toda una época, hay que separar totalmente los factores "agudos", o sea, ante todo, el factor político" (Hacia el capitalismo o hacia el socialismo).
Un método de análisis tan arbitrario llevaba a considerar "en sí" los problemas de gestión de la economía soviética más que en función del desarrollo de la relación de fuerzas mundial entre las clases.
La cuestión planteada por Lenin después de la NEP: "¿cuál de los dos ganará al otro?" pasaba así del plano político -en el que Lenin la planteaba- al plano estrictamente económico. Se ponía el acento en la necesidad de igualar los precios del mercado mundial gracias a la disminución de los precios de coste (o sea, en la práctica, sobre todo del trabajo asalariado). Lo cual significaba que el Estado proletario no debía limitarse a soportar como un mal inevitable cierta explotación de la fuerza de trabajo, sino que además debía, gracias a su política, favorecer una explotación mayor todavía, haciendo de esa explotación un factor determinante de un proceso económico, adquiriendo así un contenido capitalista. En fin de cuentas, ¿no se planteaba acaso la cuestión dentro de un marco de socialismo nacional cuando la perspectiva que se propone es "vencer la producción capitalista en el mercado mundial con los productos de la economía socialista" (o sea de la URSS) y cuando se considera que se trata de una "lucha del socialismo (¡!) contra el capitalismo"?. Con una perspectiva así, era evidente que la burguesía mundial podía estar segura del futuro de su sistema de producción.
Vamos ahora a hacer un paréntesis para intentar establecer el verdadero significado teórico e histórico de las dos fases capitales de la Revolución rusa; el "comunismo de guerra" y la NEP. La primera fase corresponde a la tensión social extrema de la guerra civil, correspondiendo la segunda a la sustitución de la lucha armada y a una situación internacional de reflujo de la revolución mundial.
Este examen nos parece tanto más necesario que esos dos hechos sociales, independientemente de lo contingente, podrían volver a aparecer en otras revoluciones proletarias con una intensidad y un ritmo correspondientes, sin duda en una relación inversa, al grado de desarrollo capitalista de los países de que se trate. Importa pues determinar qué lugar ocupan en el período de transición.
Es evidente que el "comunismo de guerra", en su versión rusa no surgió de una gestión proletaria "normal" que realizara un programa preestablecido, sino de una necesidad política debida a un empuje irresistible de la lucha armada de clases. La teoría tuvo que dejar temporalmente el sitio a la necesidad de aplastar políticamente a la burguesía; por eso se subordinó lo económico a lo político, pero a costa de un desmoronamiento de la producción y del intercambio. Así, en realidad, la política del "comunismo de guerra" entró poco a poco en contradicción con todos los postulados teóricos desarrollados por los bolcheviques en su programa de la revolución, no porque este programa fuera erróneo, sino porque su propia moderación, fruto de la "razón económica" (control obrero, nacionalización de la banca, capitalismo de Estado) animó a la burguesía a la resistencia armada. Los obreros replicaron con expropiaciones masivas y aceleradas cuyas nacionalizaciones no hubo más remedio que declarar por decreto. Lenin no dejó de expresar su preocupación contra tal "radicalismo" económico prediciendo que de seguir así las cosas, el proletariado acabaría vencido. Y efectivamente, en la primavera de 1921, los bolcheviques tuvieron que constatar no que habían sido vencidos, pero sí que habían fallado en su intento involuntario de "alcanzar el socialismo por asalto". El "comunismo de guerra" había sido sobre todo una movilización coercitiva del aparato económico para evitar el hambre al proletariado y asegurar el abastecimiento de los combatientes. Fue sobre todo un "comunismo" de consumo que, a pesar de su forma igualitaria, no contenía ninguna sustancia socialista. Lo único que logró el método de requisar los excedentes agrícolas fue que disminuyera considerablemente la producción: la nivelación de salarios acabó hundiendo la productividad del trabajo y el centralismo autoritario y burocrático, impuesto por las circunstancias, no fue sino una deformación del centralismo racional. En cuanto a la compresión de los intercambios (a la que correspondió un florecimiento del mercado clandestino) y la práctica desaparición de la moneda (pagos en especie y gratuidad de los servicios), eran fenómenos que acompañaban, en seno de la sociedad civil, el hundimiento de toda vida económica propiamente dicha, y ni mucho menos medidas resultantes de una gestión proletaria habida cuenta de las condiciones históricas. En resumen, el proletariado ruso pagó el aplastamiento en bloque de su enemigo de clase con el empobrecimiento económico que una revolución triunfante en países altamente desarrollados habría atenuado considerablemente, y aun sin modificar profundamente el significado del "comunismo de guerra", habría ayudado a Rusia a "saltar" fases de su desarrollo.
Los marxistas nunca han negado que la guerra civil - preceda, acompañe o siga a la toma del poder por el proletariado- contribuye en bajar temporalmente el nivel económico, pues saben muy bien hasta qué punto puede bajar ese nivel durante la guerra imperialista. Y es así cómo en los países atrasados, la rápida desposesión política de una burguesía orgánicamente débil fue y será seguida de una larga lucha desorganizadora si esa burguesía conserva la posibilidad de agotar fuerzas en amplias capas sociales (en Rusia fue el inmenso campesinado, inculto y sin experiencia política quien le procuró esas fuerzas); y en los países capitalistas avanzados, donde la burguesía es política y materialmente poderosa, la victoria proletaria vendrá después (y no antes) de una fase más o menos larga de una guerra civil, violenta, encarnizada, materialmente desastrosa, mientras que la fase de "comunismo de guerra" consecutiva a la Revolución, es posible que ni ocurra.
La NEP, vista fuera de contexto y si se limita uno a compararla sin más con el "comunismo de guerra", podría parecer como un retroceso serio hacia el capitalismo, por el retorno al mercado "libre", a la pequeña producción "libre", a la moneda.
Pero ese "retroceso" es un retorno a unas bases verdaderas si nos remitimos a lo que ya hemos dicho al tratar las categorías económicas, o sea, que tenemos que caracterizar la NEP (independientemente de sus rasgos específicamente rusos) como el restablecimiento de las condiciones "normales" de la evolución de la economía transitoria y, en Rusia, como un retorno al programa inicial de los bolcheviques, aunque la NEP fuera más allá de ese programa a causa de la "apisonadora" de la guerra civil.
La NEP, quitándole lo contingente, es la forma de gestión económica a la que deberá recurrir cualquier otra revolución proletaria.
Esa es la conclusión que se impone a quienes no subordinan las posibilidades de gestión proletaria a la desaparición previa de todas las categorías y formas capitalistas (idea que procede del idealismo y no del marxismo), sino que, al contrario, deducen esa gestión de la supervivencia inevitable, pero temporal, de ciertas servidumbres burguesas.
Es cierto que en Rusia, la adopción de una política económica adaptada a las condiciones históricas de transición del capitalismo al comunismo se realizó en medio de un clima social de lo más pesado y amenazante, provocado por una situación internacional de desmoronamiento revolucionario y de un desamparo interior provocado por una hambruna indecible y el agotamiento total de las masas obreras y campesinas. Son estos rasgos históricos y particulares lo que ocultan el significado general de la NEP rusa.
Bajo la presión misma de los acontecimientos, la NEP fue la condición sine qua non del mantenimiento de la dictadura proletaria, a la que, en efecto, salvó. Era impensable la capitulación del proletariado, ningún compromiso político con la burguesía debía realizarse, sino, únicamente, un repliegue económico que facilitara la recuperación de las posiciones de partida para una evolución progresiva de la economía. En realidad, la guerra de clases, al desplazarse del terreno de la lucha armada al de la lucha económica, al tomar otras formas, menos brutales pero más insidiosas y más temibles también, no estaba abocada a relajarse, sino todo lo contrario. Lo central, para el proletariado, era llevar esa lucha hacia su propio reforzamiento y siempre vinculada a las fluctuaciones de la lucha internacional. La NEP generó agentes del enemigo capitalista, como economía de transición que era, ni más ni menos. Pero lo que era decisivo es que se mantuviera en una línea de clase firme, pues lo que será siempre decisivo es la política proletaria. Solo sobre esta base puede analizarse la evolución del Estado soviético. Hemos de volver sobre esto.
En los límites históricos asignados al programa económico de una revolución proletaria, sus puntos fundamentales pueden resumirse así: a) la colectivización de los medios de producción e intercambio ya "socializados" por el capitalismo; b) monopolio del comercio exterior por el Estado proletario, arma económica de importancia decisiva; c) plan de producción y de reparto de las fuerzas productivas, inspirándose en las características estructurales de la economía y de la función específica que deberá ejercer en la división mundial y social del trabajo, pero que deberá dedicarse a mejorar la situación material del proletariado en lo económico y lo social; d) un plan de enlace con el mercado capitalista mundial, basado en el monopolio del comercio exterior para obtener los medios de producción y los objetos de consumo insuficientes, un plan que debe subordinarse al plan fundamental de producción. Las dos directivas esenciales deberán ser: resistir a la presión y las fluctuaciones del mercado mundial e impedir la integración de la economía proletaria en ese mercado.
La realización de ese programa depende, en gran medida, del grado de desarrollo de las fuerzas productivas y del nivel cultural de las masas obreras. Y es ahí donde se dirige esencialmente el poder político del proletariado, su solidez, la relación de fuerzas entre las clases a escala nacional e internacional sin que puedan disociarse entre sí los factores materiales, culturales y políticos, estrechamente relacionados. Repetimos, sin embargo, que en lo referente a la apropiación de las riquezas sociales, por ejemplo, aunque la colectivización es una medida jurídica tan necesaria a la instauración del socialismo como lo fue la abolición de la propiedad feudal en la instauración del capitalismo, no por eso acarrea automáticamente un cambio total en el proceso de la producción. Engels ya nos puso en guardia contra la tendencia a considerar la propiedad colectiva como la panacea social, cuando mostró que en el seno de la sociedad capitalista:
"Ni la transformación en sociedades por acciones ni la transformación en propiedad del Estado suprime la propiedad del capital sobre las fuerzas productivas. En el caso de las sociedades por acciones, la cosa es obvia. Y el Estado moderno, por su parte, no es más que la organización que se da la sociedad burguesa para sostener las condiciones generales externas del modo de producción capitalista contra ataques de los trabajadores o de los capitalistas individuales. El Estado moderno, cualquiera que sea su forma, es una máquina esencialmente capitalista, un Estado de los capitalistas: el capitalista total ideal. Cuantas más fuerzas productivas asume en propio, tanto más se hace capitalista total, y tantos más ciudadanos explota. Los obreros siguen siendo asalariados, proletarios. No se supera la relación capitalista, sino que, más bien, se exacerba. Pero en el ápice se produce la mutación. La propiedad estatal de las fuerzas productivas no es la solución del conflicto, pero lleva ya en sí el medio formal, el mecanismo de la solución" (Anti Duhring "Sección tercera: Socialismo; nociones teóricas").
Y Engels añade que la solución consiste en aprehender la naturaleza y la función de las fuerzas sociales que actúan en las fuerzas productivas, para después someterlas a la voluntad de todos y transformar los medios de producción, "amos despóticos en servidores dóciles".
Esa voluntad colectiva sólo el poder político del proletariado puede evidentemente determinarla y hacer que el carácter social de la propiedad se transforme y pierda su carácter de clase.
Los efectos jurídicos de la colectivización pueden estar sensiblemente limitados por una economía atrasada, la cual hace que sea todavía más decisivo el factor político.
En Rusia existía una masa enorme de elementos capaz de engendrar une nueva acumulación capitalista y una diferenciación peligrosa de clases, lo cual solo podía ser frenado por el proletariado mediante la política de clase más enérgica, única capaz de conservar el Estado para la lucha proletaria.
Es innegable que junto con el problema agrario, el de la pequeña industria es el escollo para toda dictadura proletaria, una pesada herencia que el capitalismo transmite al proletariado y que no desaparecerá a golpe de decretos. Puede afirmarse que el problema central que se impondrá a la revolución proletaria en todos los países capitalistas (salvo quizás en Inglaterra), es la lucha más implacable contra los pequeños productores de mercancías y los pequeños campesinos, lucha tanto más ardua porque deberá excluirse totalmente la expropiación forzosa de esas capas sociales por la violencia. La expropiación de la producción privada solo es económicamente realizable con las empresas ya centralizadas y "socializadas" y no con las empresas individuales que el proletariado es todavía incapaz de gestionar a menor coste y hacer más productivas, a las que no puede por lo tanto integrar y controlar sino es mediante el mercado; es éste el medio necesario para organizar la transición del trabajo individual al trabajo colectivo. Es además imposible considerar la estructura de la economía proletaria de una manera abstracta, como una especie de yuxtaposición de tipos de producción en estado puro, basados en relaciones sociales opuestas, "socialistas", capitalistas o precapitalistas y que solo evolucionarían sometidos a la competencia. Es ésa la tesis que el centrismo tomó de Bujarin quien consideraba que todo lo que se colectivizaba se convertía ipso facto en socialista de modo que el sector pequeño burgués y campesino se integraban así en la esfera socialista. En realidad, sin embargo, cada ámbito lleva en sí más o menos el sello de su origen capitalista y no hay yuxtaposición, sino penetración mutua de elementos contradictorios que se combaten bajo el empuje de una lucha de clases que se desarrolla con mayor encono aunque con formas menos brutales que durante el período de guerra civil abierta. En esta batalla, la directiva del proletariado, apoyándose en la industria colectivizada, deberá ser la de someter a su control, hasta la desaparición total, de todas las fuerzas económicas y sociales de un capitalismo derrotado políticamente. Pero no deberá cometer el error fatal de creer que, puesto que ha nacionalizado la tierra y los medios de producción básicos, ya ha levantado una barrera infranqueable contra la actividad de los agentes burgueses. El proceso, tanto político como económico sigue su curso dialéctico y el proletariado sólo podrá orientarlo hacia la sociedad sin clases a condición de reforzarse tanto interior como exteriormente.
La cuestión agraria es sin duda uno de los elementos esenciales del problema complejo de las relaciones entre proletariado y pequeña burguesía que se plantea después de la revolución. Rosa Luxemburg afirmaba muy justamente que incluso el proletariado occidental en el poder, aún actuando en las condiciones más favorables en ese terreno, "se rompería más de un diente con esa nuez tan dura antes de haber salido de las peores entre las mil dificultades complejas de esa labor gigantesca".
No se trata para nosotros de zanjar esa cuestión, ni siquiera en sus líneas esenciales. Nos limitaremos a situar sus elementos básicos: la nacionalización íntegra del suelo y la fusión de la industria y la agricultura.
La primera medida es un acto jurídico perfectamente realizable, inmediatamente tras la toma del poder, a la vez que la colectivización de los medios de producción, mientras que la segunda solo podrá ser el resultado de un proceso del conjunto de la economía, un resultado que se integre en la organización socialista mundial. No son pues dos actos simultáneos, sino escalonados en el tiempo, el primero condiciona el segundo y ambos reunidos condicionan la socialización agraria. En sí, la nacionalización del suelo o la abolición de la propiedad privada no es una medida específicamente socialista, sino, ante todo, burguesa, pues es la que habría permitido rematar la revolución burguesa democrática.
Conjugada con el disfrute común de la tierra, es la etapa más extrema de esa revolución, aún siendo, a la vez, según la expresión de Lenin, "el fundamento más perfecto desde el punto de vista del desarrollo del capitalismo, y, al mismo tiempo, es el régimen agrario más flexible para el paso al socialismo". La debilidad de las críticas de R. Luxemburg al programa agrario de los bolcheviques (La Revolución rusa) se expresa precisamente en los siguientes puntos: en primer lugar, Rosa no subrayó que "la apropiación directa de la tierra por los campesinos" aunque "no tiene nada en común con la economía socialista" (en esto estamos plenamente de acuerdo) era, sin embargo, una etapa inevitable y transitoria (sobre todo en Rusia) del capitalismo al socialismo, y aunque tuviera que considerar que "con toda seguridad la solución del problema a través de la expropiación y distribución directas e inmediatas de la tierra por los campesinos era la manera más breve y simple de lograr dos cosas distintas: romper con la gran propiedad terrateniente y ligar inmediatamente a los campesinos al gobierno revolucionario. Como medida política para fortalecer el gobierno proletario socialista, constituía un excelente movimiento táctico", que era lo fundamental en la situación. En segundo lugar, Rosa no puso de relieve que la consigna "la tierra a los campesinos", tomada por los bolcheviques del programa de los socialistas revolucionarios (SR) se aplicó suprimiendo íntegramente la propiedad privada de tierras y no, como lo afirma Rosa Luxemburg, pasando de la gran propiedad a una multitud de pequeñas propiedades campesinas individuales. No es justo decir (basta con leer los decretos sobre la nacionalización) que el reparto de tierras se extendió a las grandes explotaciones técnicamente desarrolladas, puesto que éstas, al contrario, formarían más tarde la estructura de los "sovjoses"; eran, es cierto, muy poco importantes respecto al total de la economía agraria.
Notemos de paso que R. Luxemburg al establecer su programa agrario, no mencionaba la expropiación íntegra del suelo que facilitaba las medidas posteriores, mientras que ella sólo se planteaba la nacionalización de las propiedades grandes y medianas.
En fin, en tercer lugar, R. Luxemburg se limitó a mostrar los aspectos negativos del reparto de tierras (mal inevitable), denunciando que ese reparto no podía suprimir "sino incrementar la desigualdad social y económica en el campesinado y los antagonismos de clase se agudizaron", cuando en realidad fue justamente el desarrollo de la lucha de clases en el campo lo que le permitió al poder proletario consolidarse ganándose a proletarios y semiproletarios del campo, formándose así una base social que con una firme dirección de la lucha, habría extendido cada día más la influencia del proletariado, asegurándole la victoria en los campos. R. Luxemburg subestimaba sin duda ese aspecto político del problema agrario y el papel fundamental que debía desempeñar el proletariado ahí, apoyándose en la dominación política y la posesión de la gran industria.
No hay que olvidar nunca que el proletariado ruso se encontraba ante situaciones muy complejas. Los efectos de la nacionalización quedaron muy limitados a causa de la enorme dispersión de los pequeños campesinos. No hay que olvidar que la colectivización del suelo no acarrea necesariamente la de los medios de producción necesarios para esa producción. Sólo el 8 % de ésos medios fueron colectivizados, mientras que el 92 % restante quedó en manos privadas de campesinos, cuando, en cambio, en la industria, la colectivización alcanzó el 89 % de las fuerzas productivas, 97 % si se añaden los ferrocarriles y 99 % de la industria pesada ([3]).
Aunque la maquinaria agrícola no representaba sino un poco más de la tercera parte del total de maquinaria, ya antes de la Revolución existía una base extensa para un desarrollo favorable de relaciones capitalistas, habida cuenta de la enorme masa de campesinos. Es evidente que desde el punto de vista económico, el objetivo central de la dictadura proletaria para contener y absorber ese desarrollo sólo podía realizarse gracias a una gran producción agrícola industrializada, de alta tecnicidad. Pero eso estaba subordinado a la industrialización general y, por consiguiente, a la ayuda proletaria de los países avanzados. Para no dejarse encerrar en el dilema: perecer o aportar herramientas y objetos de consumo a los pequeños campesinos, el proletariado - aún haciendo lo máximo por alcanzar un equilibrio entre producción agrícola y producción industrial - debía llevar su esfuerzo principal a la lucha de clases tanto en el campo como en la ciudad, con la perspectiva siempre de vincular la lucha al movimiento revolucionario mundial. Ganarse al campesino pobre para luchar contra el campesino capitalista y a la vez continuar el proceso de desaparición de los pequeños productores, condición para crear la producción colectiva, ésa era la tarea aparentemente contradictoria que se le imponía al proletariado en su política hacia los campos.
Para Lenin, esa alianza era la única capaz de salvaguardar la revolución proletaria hasta la insurrección de otros proletariados. Pero eso implicaba no, desde luego, la capitulación del proletariado ante el campesinado, sino acabar con la vacilación pequeño burguesa de los campesinos, oscilando entre burguesía y proletariado, por su situación económica y social y su incapacidad para llevar a cabo una política independiente, para acabar por integrarlos en el proceso del trabajo colectivo. "Hacer desaparecer" a los pequeños productores no significa ni mucho menos, aplastarlos por la violencia, sino, como decía Lenin (en 1918) "ayudarles a ir hasta el capitalismo ‘ideal', pues la igualdad en el disfrute de la tierra es el capitalismo llevado hasta su ideal desde el punto de vista del pequeño productor; y al mismo tiempo, hay que hacerles ver los aspectos defectuosos de ese sistema y la necesidad del paso a la agricultura colectiva." No es de extrañar que durante los tres años terribles de guerra civil, el método experimental no pudiera esclarecer la conciencia "socialista" de los campesinos rusos. Aunque para conservar las tierras frente a los ejércitos blancos apoyaron al proletariado, fue a costa de su empobrecimiento económico y de unas requisiciones que eran vitales para el Estado proletario.
Y la NEP, aunque restableció un terreno experimental más normal, también restableció la "libertad y el capitalismo", sobre todo a favor de los campesinos capitalistas, pagando un compensación enorme que hizo decir a Lenin que con el impuesto en especie, "los kulaks iban a crecer allí donde nunca antes habían crecido". Bajo la dirección del centrismo, incapaz de resistir a esa presión de la burguesía renaciente sobre el aparato económico, sobre los órganos estatales y el partido, y que incitaba, al contrario, a los campesinos medios a enriquecerse, rompiendo con los campesinos pobres y el proletariado, el resultado no podía ser otro que el que ahora estamos viendo. Coincidencia perfectamente lógica: 10 años después de la insurrección proletaria, el desplazamiento considerable de la relación de fuerzas a favor de los elementos burgueses correspondió a la introducción de los planes quinquenales sobre cuya realización iba a imponerse una explotación monstruosa del proletariado.
La Revolución rusa intentó resolver el problema complejo de las relaciones entre proletariado y campesinado. Fracasó, no porque, en su caso, una revolución proletaria no habría podido triunfar y que nos encontraríamos ante una revolución burguesa, como Otto Bauer, Kautsky y demás tanto afirmaron, sino porque los bolcheviques carecían de principios de gestión basados en la experiencia histórica, que les habrían asegurado la victoria económica y política.
Por haber expresado y haber hecho emerger la importancia política del problema agrario, la Revolución rusa significó, a pesar del fracaso, un aporte a la suma de adquisiciones históricas del proletariado mundial. Hay que añadir que las Tesis del IIo Congreso de la Internacional comunista (IC) sobre esta cuestión no podían mantenerse íntegras, especialmente la consigna "la tierra a los campesinos" que debe ser reexaminada para limitar su alcance.
Inspirándose en los trabajos de Marx sobre la Comuna París y comentados por Lenin, los marxistas han conseguido establecer una clara demarcación entre el centralismo que expresa la forma necesaria y progresiva de la evolución social y ese centralismo opresivo que se plasma en el Estado burgués. Apoyándose en el primero, lucharon por la destrucción del segundo. Fue basándose en esa posición materialista indestructible cómo vencieron científicamente a la ideología anarquista. Y, sin embargo, la Revolución rusa ha vuelto a plantear esa célebre controversia que parecía ya bien enterrada.
Muchas críticas han vuelto a sacar el tema de que la evolución contrarrevolucionaria de la URSS se debería sobre todo a que el centralismo económico y social no se hubiera abolido al mismo tiempo que la máquina estatal del capitalismo, sustituyéndolo por una especie de sistema de "autodeterminación de las masas obreras". Era, en fin de cuentas, exigir al proletariado ruso que diera un salto por encima del período transitorio, al igual que cuando algunos preconizaban que se suprimiera el valor, el marcado, las desigualdades salariales y demás restos burgueses. Es confundir dos nociones del centralismo, totalmente opuestas en el tiempo, y, al mismo tiempo, unirse, se quiera o no, a la oposición utópica de los anarquistas al "autoritarismo" que, aun retrocediendo por etapas, predomina durante el período de transición. Es abstracto oponer el principio de autonomía al principio de autoridad. Como lo hacía notar Engels, en 1873, son nociones relativas ligadas a la evolución histórica y al proceso de producción.
Sobre la base de una evolución que va desde el comunismo primitivo al capitalismo imperialista para "volver" al comunismo civilizado, las formas orgánicas centralizadas, los "carteles" y los "trusts" capitalistas, fueron creciendo sobre la autonomía social primitiva para dirigirse hacia "la administración de las cosas". "Administración de las cosas" es precisamente esa organización "anárquica"; seguirá manteniéndose, sin embargo, la autoridad en cierta medida, pero "quedará limitada a un marco dentro del cual las condiciones de la producción hagan inevitable esa autoridad" (Engels). Lo esencial es por lo tanto, no andar buscando quemar etapas, una utopía, ni creer que se va a cambiar la naturaleza del centralismo y el principio de autoridad porque se les haya cambiado el nombre. Los internacionalistas holandeses, por ejemplo, no han podido evitar hacer análisis basados en la anticipación utópica ni a la "comodidad" teórica que ese tipo de análisis proporciona (cf. la obra por ellos escrita y ya citada: Ensayo sobre el desarrollo de la sociedad comunista).
Su crítica al centralismo basándose en la experiencia rusa fue tanto más fácil porque se centró únicamente en la fase del "comunismo de guerra" engendrador de la dictadura burocrática sobre la economía, cuando, en realidad, sabemos muy bien que, después, la NEP favoreció, al contrario, una amplia "descentralización" económica. Los bolcheviques "habrían querido" suprimir el mercado (bien sabemos que no fue ni mucho menos el caso), poniendo en su lugar el Consejo económico superior, y, de ese modo, habrían tomado la responsabilidad de haber transformado la dictadura del proletariado en dictadura sobre el proletariado. Así pues, para los camaradas holandeses, ya que, a causa de las necesidades impuestas por la guerra civil, el proletariado ruso tuvo que imponerse un aparato económico y político centralizado y simplificado al extremo, perdiendo así el control de su dictadura, cuando, en realidad, al mismo tiempo estaba precisamente destruyendo políticamente a la clase enemiga. Sobre este aspecto político de la cuestión, para nosotros fundamental, los camaradas holandeses, lamentablemente, no se han detenido...
Por otra parte, al rechazar el análisis dialéctico saltándose el obstáculo del centralismo, lo único que hacen es llenarse la boca de palabras al considerar no el período transitorio, que es, desde el punto de vista de las soluciones prácticas, el que interesa a los marxistas, sino la fase evolucionada del comunismo. Entonces sí que es fácil hablar de una "contabilidad social general, centro económico al que afluyen todas las corrientes de la vida económica, pero que no posee la dirección de la administración ni el derecho a disponer de la producción y de la distribución, que solo puede disponer de sí misma" (¡!) (p. 100/101.)
Y añaden que "en la asociación de productores libres e iguales, el control de la vida económica no procede de personas o de organismos, sino que es el resultado de la información pública del discurrir verdadero de la vida económica. Esto significa que la producción está controlada por la reproducción" (p. 135) ; o dicho de otra manera,: "la vida económica se controla por sí misma mediante el tiempo de producción social medio" (¡!)
Con fórmulas así, las soluciones para una gestión proletaria no pueden dar ni un paso adelante, pues la cuestión candente que se le planea al proletariado no es intentar adivinar el mecanismo de la sociedad comunista, sino el camino que lleva a ella.
Los camaradas holandeses han propuesto una solución inmediata: nada de centralización ni económica ni política que sólo puede adoptar formas opresivas, sino transferencia de la gestión a las organizaciones de empresa que coordinarán la producción mediante una "ley económica general". Para ellos, abolir la explotación y, por lo tanto las clases, no parece que tenga que realizarse a través de un largo proceso histórico, que vaya registrando una participación cada día mayor de las masas en la administración social, sino en la colectivización de los medios de producción, con tal de que esa colectivización implique que los consejos de empresa tengan el derecho de disponer tanto de esos medios de producción como del producto social. Pero, además de que se trata aquí de una formulación que contiene su propia contradicción (puesto que significa oponer la colectivización íntegra -propiedad de todos y de nadie en particular- a una especie de "colectivización" restringida, dispersa entre los grupos sociales, la sociedad anónima también es una forma parcial de colectivización...), a lo único que tiende es a sustituir una solución jurídica (el derecho a disponer por parte de las empresas) a otra solución jurídica, que es la expropiación de la burguesía. Ahora bien, ya hemos visto anteriormente que esa expropiación de la burguesía no es más que la condición inicial de la transformación social (y además, la colectivización íntegra no es inmediatamente realizable), mientras que la lucha de clases continúa, como antes de la Revolución, pero con bases políticas que permiten al proletariado imprimirle un curso decisivo.
El análisis de los internacionalistas holandeses se aleja del marxismo, porque no pone en evidencia una verdad de base: el proletariado estará obligado a soportar la "plaga" del Estado hasta la desaparición de las clases, o sea hasta la abolición del capitalismo mundial. Pero subrayar esa necesidad histórica es admitir que las funciones estatales se confunden todavía temporalmente con la centralización, aunque ésta, gracias a la destrucción de la máquina opresiva del capitalismo, ya no se opone al desarrollo de la cultura y de la capacidad de gestión de las masas obreras. En lugar de buscar la solución de ese desarrollo en los límites históricos y políticos, los internacionalistas holandeses han creído encontrarla en una fórmula de la apropiación a la vez utópica y retrógrada que, además, tampoco se opone tanto como ellos lo creen al "derecho burgués". Además, si se admite que le proletariado, en su conjunto, no está nada preparado culturalmente para resolver "por sí mismo" los problemas complejos de gestión social (y ésta es una realidad que se aplica tanto al proletariado más avanzado como al más inculto) ¿qué vale entonces, concretamente, que se le "garantice" "el derecho a disponer" de las fábricas y de la producción?
Los obreros rusos tuvieron efectivamente en sus manos las fábricas, pero no pudieron gestionarlas. ¿Significa eso que no hubieran debido expropiar a los capitalistas ni tomar el poder? ¿Deberían "haber esperado" a entrar en la escuela del capitalismo occidental, a haber adquirido la cultura del obrero inglés o alemán?... Si bien es verdad que éstos son ya cien veces más capaces para encarar las tareas gigantescas de la gestión proletaria que lo era el obrero ruso en 1917, también es verdad que les es imposible forjar, en el ambiente pestilente del capitalismo y de la ideología burguesa, una conciencia social "total" que, para resolver todos los problemas planteados, ya debería ser la misma que solo podrán poseer en el comunismo culminado. Históricamente, es el partido el que concentra esa conciencia social, pero solo puede desarrollarse basándose en la experiencia; o sea que no aporta soluciones ya bien acabadas, sino que las elabora al calor de la lucha social, tanto después (sobre todo después) como antes de la revolución. Y en esta inmensa tarea no se opone ni mucho menos al proletariado, sino que se confunde con él, pues sin la colaboración activa y creciente de las masas, acabaría siendo presa de las fuerzas enemigas. "La administración por todos" es la clave de toda revolución proletaria. Pero la Historia plantea la única alternativa: o empezamos la revolución socialista "con los hombres tal como son hoy y que no podrán prescindir ni de subordinación ni de control ni de contramaestre ni de contables" (Lenin) o, si no, no habrá Revolución.
En el capítulo que trata sobre el Estado transitorio, ya hemos recordado que el Estado debe su existencia a la división de la sociedad en clases. En el comunismo primitivo, no había Estado. Y tampoco lo habrá en el comunismo superior. El Estado desaparecerá con lo que lo hizo nacer: la explotación de clase. Pero mientras exista el Estado, sea cual sea, conserva sus rasgos específicos, no puede cambiar de naturaleza, no puede dejar de ser lo que es, o sea un organismo opresivo, coercitivo, corruptivo. Lo que ha cambiado a lo largo de la historia es su función. En lugar de ser el instrumento de los amos de esclavos, lo será después de los señores feudales y más tarde de la burguesía. Será el instrumento de hecho de la conservación de los privilegios de la clase dominante, de modo que ésta no podrá estar nunca amenazada por su propio Estado, sino por nuevos privilegios que se desarrollan en el seno de la sociedad en favor de una clase ascendente. La revolución política que vendrá después será la consecuencia jurídica de una transformación de la estructura económica ya iniciada, el triunfo de una nueva forma de explotación sobre la antigua. Por eso es por lo que la clase revolucionaria, basándose en las condiciones materiales que habrá construido y consolidado en el seno de la antigua sociedad durante siglos, podrá sin temor ni recelo apoyarse en su Estado que no será sino el perfeccionamiento del anterior para organizar y desarrollar su sistema de producción. Eso es aún más verdad para la clase burguesa, primera clase en la historia que ejerce una dominación mundial y cuyo Estado concentra todo lo que una clase explotadora puede acumular en medios de opresión. No hay oposición, sino íntima colusión entre la burguesía y su Estado. Esta solidaridad no se para en las fronteras nacionales, sino que las desborda, porque depende de raíces profundas en el capitalismo internacional.
Y, al contrario, con la fundación del Estado proletario, la relación histórica entre la clase dominante y el Estado se modifica. El Estado proletario, construido sobre las ruinas del Estado burgués es el instrumento de la dominación del proletariado. Sin embargo, no se concibe como defensor de privilegios sociales cuyas bases materiales se habrían construido ya en el interior de la sociedad burguesa, sino en destructor de todo privilegio. Expresa una nueva relación de dominación (de la mayoría sobre la minoría), una nueva relación jurídica (la apropiación colectiva). En cambio, en permanecer bajo la influencia del ambiente capitalista (pues no puede haber simultaneidad en la revolución), sigue siendo representativo del "derecho burgués". Este permanece no sólo en la vida social y económica, sino en el cerebro de millones de proletarios. Es aquí donde aparece la dualidad del Estado transitorio: por un lado, como arma dirigida contra la clase expropiada, aparece en su aspecto "fuerte"; por otra parte, en tanto que organismo llamado no a consolidar un nuevo sistema de explotación sino a abolirlos a todos, deja al descubierto su aspecto "débil", pues, por naturaleza y definición, tiende a convertirse en polo de atracción de los privilegios capitalistas. Por eso es por lo que, si bien entre la burguesía y el Estado burgués no puede haber antagonismos, sí aparece uno entre proletariado y Estado transitorio.
Este problema histórico encuentra su expresión negativa en que el Estado transitorio puede muy bien ser llevado a desempeñar un papel contrarrevolucionario en la lucha internacional de clases, y a la vez conservar su aspecto proletario si las bases en las que se ha edificado no han sido modificadas. La única manera con la que el proletariado puede oponerse al desarrollo de esa contradicción latente es mediante la política de clase de su partido y la existencia vigilante de sus organizaciones de masas (sindicato, soviets, etc.) mediante las cuales ejercerá un control indispensable en la actividad estatal y defenderá sus intereses específicos. Estas organizaciones sólo podrán desaparecer cuando desaparezca la necesidad que las hizo surgir, o sea, cuando desaparezca la lucha de clases. Lo único que inspira esa idea son las enseñanzas marxistas, pues la noción de antídoto proletario en el Estado de transición fue defendida por Marx y Engels y también por Lenin, como así lo hemos afirmado anteriormente.
La presencia activa de órganos proletarios es la condición para que el Estado siga estando sometido al proletariado y no se vuelva contra los obreros. Negar el dualismo contradictorio del Estado proletario, es falsear el significado histórico del período de transición.
Algunos camaradas consideran, al contrario, que este período debe expresar la identificación de las organizaciones obreras con el Estado (Hennaut, "Naturaleza y evolución del Estado ruso", Bilan, n° 34). Los internacionalistas holandeses van incluso más lejos cuando dicen que, puesto que el "tiempo de trabajo" es la medida de la distribución del producto social y que la distribución entera queda fuera de toda "política", a los sindicatos ya no les queda ninguna función en el comunismo puesto que ya ha cesado la lucha por la mejora de las condiciones de vida (p. 115 de su obra)
El centrismo también parte de esa idea de que, puesto que el Estado soviético era un Estado obrero, cualquier reivindicación de los proletarios se convertía en acto hostil hacia "su" Estado, justificando así la sumisión total de los sindicatos y comités de fábrica al mecanismo estatal.
Si ahora, en base a lo dicho antes, decimos que el Estado soviético ha conservado un carácter proletario, aunque esté dirigido contra el proletariado, ¿se trata únicamente de un sutil distingo que no tiene nada que ver con la realidad y que nosotros mismos rechazaríamos puesto que nos negamos a defender a la URSS? ¡No! Y nosotros creemos que esa tesis debe mantenerse: en primer lugar porque es justa desde el punto de vista del materialismo histórico; segundo, porque las conclusiones sobre la evolución de la Revolución rusa que puedan sacarse de ella no están viciadas en sus premisas puesto que se niega la identificación entre el proletariado y el Estado y que no se crea ninguna confusión entre el carácter del Estado y su función.
Pero si el Estado soviético no fuera ya un Estado proletario, ¿qué sería pues? Los que niegan el carácter proletario no se empeñan mucho en demostrar que se trata de un Estado capitalista, pues se perderían en la demostración. ¿Pero lo demuestran mejor cuando hablan de un Estado burocrático y cuando descubren en la burocracia rusa una clase dominante totalmente nueva en la historia, y refiriéndose entonces a un nuevo modo de explotación y de producción?. En realidad, una explicación así da la espalda al materialismo marxista.
Aunque la burocracia ha sido un instrumento indispensable al funcionamiento de todo sistema social, no hay ninguna huella en la historia de una capa social que se haya transformado en una clase explotadora por cuenta propia. Y, sin embargo, abundan los ejemplos de burocracias poderosas, omnipotentes, en el seno de una sociedad; pero nunca se confundieron con la clase actuante en la producción, excepto casos individuales. En el Capital, Marx, al tratar de la colonización de India, muestra que la burocracia apareció entonces con la forma de la "Compañía de las Indias Orientales"; y que ésta tenía intereses económicos en la circulación de mercancías - no con la producción - a la vez que ejercía realmente el poder político, pero por cuenta del capitalismo metropolitano.
El marxismo ha dado una definición científica de la clase. Si nos atenemos a esa definición, hay que afirmar que la burocracia rusa no es una clase, menos todavía una clase dominante, habida cuenta de que no existen derechos particulares sobre la producción fuera de la propiedad privada de los medios de producción y de que, en Rusia, la colectivización subsiste en sus bases. Cierto es que la burocracia rusa consume una gran porción del trabajo social: pero así ha sido siempre con cualquier tipo de parasitismo al que no hay que confundir, sin embargo, con la explotación de clase.
No hay duda de que en Rusia, la relación social se concreta en una explotación descomunal de los obreros, pero no se debe al ejercicio de un derecho de propiedad individual o de grupo, sino a todo un proceso económico y político cuya causa ni siquiera es la burocracia, sino que ésta es una manifestación, incluso a nuestro parecer secundaria, cuando en realidad esta evolución es el resultado de la política del centrismo que se reveló incapaz de frenar el empuje de las fuerzas enemigas en el interior como en el ámbito internacional. Ahí reside la originalidad del contenido social en Rusia, debida a una situación histórica sin precedentes: la existencia de un Estado proletario en el seno de un mundo capitalista.
La explotación del proletariado aumenta en la medida en que la presión de las clases no proletarias se empezó a ejercer y se incrementó sobre el aparato estatal, después sobre el aparato del partido y, por consiguiente, sobre la política del partido.
No hay necesidad alguna de explicar esa explotación con la existencia de una clase burocrática que se beneficiaría del trabajo sobrante extirpado a los obreros. Hay que explicarlo por la influencia enemiga en las decisiones del partido, el cual, encima, se iba integrando en el mecanismo estatal en lugar de proseguir su misión política y educativa en las masas. Trotski (la IC después de Lenin) subrayó el carácter de clase del yugo que pesaba cada vez más sobre el partido: colusión que vincula a quienes pertenecen al aparato del partido; enlace entre muchos eslabones del partido, por un lado, y la burocracia del Estado, los intelectuales burgueses, la pequeña burguesía y los kulaks por otro; presión de la burguesía mundial sobre el mecanismo de las fuerzas actuantes. Por eso, las raíces de la burocracia y los gérmenes de la degeneración política deben buscarse en ese fenómeno social de interpenetración del partido y del Estado pero también en una situación internacional desfavorable y no en el "comunismo de guerra" que alzó el poder político del proletariado a su nivel más elevado, como tampoco debe buscarse en la NEP. Fue a la vez una expresión de las complicidades y el régimen normal de economía proletaria. Excepto Suvarin, quien en su Perspectiva histórica del bolchevismo, le dio la vuelta a la relación real entre el partido y el Estado considerando que fue el predominio mecánico del aparato del partido el que se ejerció en todos los engranajes del Estado. Caracterizó muy justamente la Revolución rusa como "una metamorfosis del régimen que se fue realizando poco a poco sin que sus beneficiarios se dieran cuenta, sin premeditación ni plan preconcebido, por el triple efecto de la incultura general, de la apatía de unas masas agotadas y el esfuerzo de los bolcheviques por dominar el caos" (p. 245).
Pero entonces, si los revolucionarios no quieren hundirse en el fatalismo, antítesis del marxismo, la "inmadurez" de las condiciones materiales y la "incapacidad" cultural de las masas, si no quieren sacar la conclusión de que la Revolución rusa no fue una revolución proletaria (aún cuando las condiciones históricas y objetivas existían y siguen existiendo mundialmente para la revolución proletaria, única base desde el punto de vista marxista), tendrán que fijarse obligatoriamente en el elemento central del problema por resolver: el factor político, o sea, el partido, instrumento indispensable para el proletariado considerado desde un punto de vista de las necesidades históricas. También deberán concluir que en la revolución, la única forma de autoridad posible para el partido es la forma dictatorial. Y que no se intente restringir el problema hablando de una oposición irreductible entre la dictadura del partido y el proletariado, pues entonces lo único que se hace es dar la espalda a la revolución proletaria misma. Repetimos, la dictadura del partido es una expresión inevitable del periodo transitorio, tanto en un país muy desarrollado por el capitalismo como en la más atrasada de las colonias. La tarea fundamental de los marxistas es precisamente examinar, basándose en la enorme experiencia rusa, cómo puede mantenerse dicha dictadura al servicio del proletariado, o sea cómo una revolución proletaria puede y debe integrarse en la revolución mundial.
Lamentablemente, los "fatalistas" en potencia ni siquiera han intentado abordarla. Por otro lado, si la solución no ha progresado mucho, las dificultades se deben tanto al penoso aislamiento de los débiles núcleos revolucionarios como a la gran complejidad de los elementos del problema. En realidad, el problema consiste esencialmente en el vínculo entre el partido y la lucha de clases, en función de la cual deben resolverse las cuestiones de organización y de vida interna del partido.
Los camaradas de Bilan tienen razón en haber centrado sus investigaciones en dos actividades del partido, consideradas como fundamentales para la preparación de la revolución (como lo demuestra la historia del partido bolchevique): la lucha interna de fracciones y la lucha en el interior de las organizaciones de masas. La cuestión es saber si esas formas de actividad deben desaparecer o transformarse radicalmente después de la revolución, en una situación en que la lucha de clases no disminuye ni mucho menos, sino que se desarrolla aunque sea con otras formas. Lo que es evidente es que ningún método, ninguna fórmula organizativa podrá impedir nunca que la lucha de clases repercuta dentro del partido, plasmándose en el aumento de tendencias y fracciones.
La unidad a toda costa de la oposición rusa trotskista, al igual que el "monolitismo" del centrismo contradicen la realidad histórica. Y, al contrario, el reconocimiento de las fracciones nos parece mucho más dialéctico. Pero la simple afirmación no resuelve el problema, no hace sino plantearlo o más bien replantearlo en toda su amplitud. Los camaradas de Bilan estarán sin duda de acuerdo para decir que unas cuantas frases lapidarias no son una solución. Queda por examinar a fondo cómo puede conciliarse la lucha de fracciones y la oposición de programas resultante con la necesidad de una dirección homogénea y una disciplina revolucionaria. Igualmente habrá que ver en qué medida la libertad de fracciones dentro de las organizaciones sindicales puede compaginarse con la existencia del partido único del proletariado. No es exagerado decir que el futuro de las revoluciones proletarias depende en gran parte de la respuesta que se dé.
(Continuará)
Mitchell
[1]) El escepticismo que hoy declaran algunos comunistas internacionalistas no puede, ni mucho menos, hacer tambalear nuestra convicción al respecto. El camarada Hennaut, en Bilan (n° 34) declara con aplomo que: "La revolución bolchevique la realizó el proletariado, pero no fue una revolución proletaria". Semejante afirmación es sencillamente absurda pues eso significaría que una revolución "no proletaria" habría engendrado el arma proletaria más temible que hasta ahora haya amenazado a la burguesía, o sea la Internacional comunista.
[2]) Como ya hemos dicho en los artículos precedentes, "centrismo" era la palabra que usaba la Izquierda italiana para nombrar al estalinismo en los años 30 (ndlr).
[3]) Situación en 1925.
Editorial
Época terrible para la economía mundial desde que se inició, el año pasado en EE.UU., la crisis, todavía bien presente, de las hipotecas inmobiliarias de alto riesgo. Nunca antes la situación había sido tan peligrosa desde el retorno de la crisis abierta del capitalismo a finales de los años 60, y eso que la burguesía ha intentado por todos los medios limitar sus repercusiones:
La situación actual es, pues, no sólo la repetición, pero peor, de las manifestaciones de la crisis desde finales de los años 60, sino que es además un compendio simultáneo y explosivo de todas ellas, lo cual da a la catástrofe económica una nueva índole que favorece el cuestionamiento del sistema. Otra señal de estos tiempos que los distingue de las décadas precedentes: mientras que, hasta ahora, la economía de la primera potencia mundial, Estados Unidos, había desempeñado el papel de locomotora para evitar las recesiones o salir de ellas, al único lugar al que hoy arrastra la locomotora norteamericana al resto del mundo es hacia la recesión y el precipicio.
George Bush es sin duda el tipo más optimista de Estados Unidos, quizás, incluso, sobre la situación económica, sea el único en serlo. El 28 de febrero, aún reconociendo el posible riesgo de freno económico, el presidente de EE.UU declaraba: "No creo que vayamos hacia una recesión... Creo que los elementos fundamentales de nuestra economía gozan de buena salud... que prosigue el crecimiento de una manera incluso más sólida que la de hoy. Por eso seguimos estando a favor de un dólar fuerte" ([2]).
Dos semanas después, el 14 de marzo, en una reunión con economistas en Nueva York, el presidente reiteró su optimismo, expresando su confianza en la capacidad de "rebote" de la economía de EE.UU. Era el mismo día en que la Reserva federal y el banco JP Morgan Chase tuvieron que colaborar en un plan urgente de salvamento del Bear Stearns, gran banco de negocios de Wall Street, amenazado con una retirada masiva de fondos por parte de sus clientes, guión bastante parecido, por cierto, al de la Gran Depresión de 1929. Ese mismo día ocurrieron estos hechos: el precio del barril de petróleo alcanzó el récord de 111 $, a pesar de una oferta mayor que la demanda; el gobierno anunció el aumento de 60 % de embargos de bienes inmuebles en febrero; y el dólar llegó a su nivel más bajo respecto al euro. El señor Bush podrá ver turbia la realidad, pero lo que sí está claro es que la prosperidad aparente que acompañó el boom inmobiliario y su "burbuja" en estos últimos años ha abierto las compuertas a una catástrofe económica de gran amplitud en la economía más fuerte del mundo, poniéndose así la crisis económica en el primer plano de la situación internacional.
Desde principios de 2007, cuando aparecieron los primeros síntomas de que el boom llegaba a su término, los economistas burgueses discutían sobre la posibilidad de que la economía norteamericana entrara o no en recesión. Hace apenas tres meses, a principios de 2008, había todo un abanico de previsiones económicas, desde las "pesimistas" que decían que la recesión ya había empezado en diciembre, hasta las "optimistas" que seguían esperando el milagro que hiciera evitarla. Y entre unos y otros, estaban los peritos que no se comprometen afirmando que la economía podía evolucionar en un sentido o en el contrario. Pero las cosas se han acelerado tanto en estos meses que, menos para Bush, ya no hay lugar para optimismos o "centrismos". Hoy unos y otros son unánimes en decir que se terminaron los días de bonanza. O, dicho de otro modo, la economía estadounidense está ahora en recesión o, en el mejor de los casos, muy cerca de ella.
Sin embargo, el reconocimiento por la burguesía de que el capitalismo americano tiene dificultades sirve de poco para comprender el estado real del sistema. La definición oficial que la burguesía da a una recesión es la de un crecimiento económico negativo durante dos trimestres seguidos. El National Bureau of Economic Research (Instituto nacional de investigación económica) usa otro criterio, algo más útil, que define la recesión como un declive significativo y prolongado de la actividad que afecta a toda la economía y a indicadores como los sueldos, el empleo, la venta al por menor y la producción industrial. Con esta definición, la burguesía no puede identificar la recesión si no ha empezado desde hace algún tiempo, incluso a menudo mientras no haya pasado lo peor. O sea que según ciertos cálculos, habrá que esperar todavía algunos meses antes de saber, según esos criterios, si hay recesión y cuándo ha empezado.
Y en esto, las diferentes previsiones que llenan las páginas de los periódicos son muy engañosas. En última instancia lo único para lo que sirven es para ocultar el estado catastrófico del capitalismo norteamericano que no podrá sino empeorar en los próximos meses sea cual sea la fecha oficial de la entrada de la economía en recesión.
Lo que debe subrayarse es que la crisis actual no refleja ni mucho menos que la economía estadounidense sería una economía saludable, pero que estaría pasando un mal momento en un ciclo comercial, en fin de cuentas normal, entre expansión y recesión. Lo que estamos viviendo son las convulsiones de un sistema en estado de crisis crónica, con solo algunos momentos efímeros de remisión gracias a unas medicinas tóxicas que acaban agravando la siguiente recaída.
Esa es la historia del capitalismo norteamericano - y del capitalismo como un todo - desde finales de los años 1960 y el retorno de la crisis económica abierta. Durante cuatro décadas, entre períodos de reanudación y de recesión oficialmente reconocidos, el conjunto de la economía sólo ha funcionado gracias a las políticas capitalistas de Estado monetarias y fiscales que los gobiernos han tenido que aplicar para atajar los efectos de la crisis. La situación, sin embargo, no se ha mantenido estática. Durante todos estos largos años de crisis y de intervención del Estado para gestionarla, las economías han acumulado tantas contradicciones que hoy existe una amenaza real de catástrofe económica como nunca antes se había conocido en la historia capitalista.
Tras el estallido de la burbuja Internet y tecnológica en 2000-2001, la burguesía se salió del paso creando una nueva burbuja inflada esta vez con los bienes inmuebles. A pesar de que industrias clave del sector industrial como la automoción o la aviación, por ejemplo, siguieron sufriendo quiebras, el boom inmobiliario de los cinco últimos años produjo la ilusión de una economía en expansión. Y ahora ese boom ha acabado en un crac que recorre todo el edificio capitalista y cuyas futuras repercusiones nadie puede prever por ahora.
Según los datos más recientes, la actividad relacionada con el sector inmobiliario se halla en un desbarajuste total. La construcción de nuevas viviendas ha caído un 40 % desde la cumbre alcanzada en 2006; las ventas han caído todavía más rápidamente y con ellas los precios. El precio de la vivienda ha caído un 13 % en el conjunto de EE.UU. desde el pico alcanzado en 2006 y se prevé que siga bajando hasta 15 y 20 % antes de tocar fondo. El boom inmobiliario deja una cantidad enorme de viviendas vacías por vender - unos 2,1 millones, más o menos el 2,6 % del parque inmobiliario nacional. El año pasado los embargos se limitaron sobre todo a los créditos hipotecarios llamados subprimes, otorgados a personas que disponían de pocos medios para reembolsar. En noviembre de 2007 una cuarta parte de esos créditos dejaron de reembolsarse. Las suspensiones de pagos empiezan ahora a implicar también y de manera creciente a familias cuya situación financiera era relativamente buena. En noviembre, el 6,6 % de los reembolsos de esas hipotecas o se hicieron con retraso o ocasionaron embargos. Y signo de que lo peor está por llegar, ese punto culminante de los embargos inmobiliarios ocurrió antes incluso de que se revisaran al alza los tipos de interés de los créditos hipotecarios. Con la caída de los valores inmobiliarios, para mucha gente el valor actual de su vivienda no le permite reembolsar sus deudas inmobiliarias, de modo que la venta de sus bienes no solo no les dejará beneficio alguno sino que aumentará sus deudas. Esto crea una situación en la que es más sensato dejarlo todo y declararse en quiebra.
El estallido de la burbuja inmobiliaria está causando estragos en el sector financiero. Hasta ahora la crisis inmobiliaria ha generado más de 170 mil millones de dólares de pérdidas entre las mayores entidades financieras. Se han destruido miles de millones de dólares de valores bursátiles, haciendo que se tambalee Wall Street. Entre las grandes firmas que han perdido al menos la tercera parte de su valor en 2007, cabe citar Fannie Mae, Freddie Mac, Bear Stearns, Moody's y Citigroup ([3]). MBIA, una compañía especializada en la garantía de la salud financiera de las demás compañías, perdió casi ¡las tres cuartas partes de su valor! Han quebrado varias entidades con una actividad relacionada con créditos hipotecarios que antes estaban muy bien valoradas.
Y eso solo es el principio. Al irse acelerando los embargos, durante los meses venideros, los bancos tendrán más pérdidas y habrá una repentina penuria crediticia (el credit crunch) más grave todavía y con fuerte impacto en otros sectores de la economía.
Además, la crisis financiera relacionada con las hipotecas no es más que la punta del iceberg. Las imprudencias al otorgar créditos que han predominado en el mercado inmobiliario son también la norma en el ámbito de las tarjetas de crédito o el los préstamos para comprar automóviles y aquí también aparecen los problemas. A esa "sangre" se debe la pretendida "salud" capitalista actual. Su inconfesable secreto es la perversión del mecanismo crediticio para soslayar la ausencia de mercados solventes en los que vender las mercancías. El crédito se ha convertido en el medio básico con el que mantener la economía a flote e impedir que el sistema se desmorone bajo el peso de su crisis histórica. Pero es un medio que ya ha mostrado sus límites y los riesgos que acarrea: en los años 1980 ya, la crisis financiera de las economías de América Latina aplastadas por enormes deudas que eran incapaces de reembolsar; el desplome de los tigres y dragones asiáticos en 1997 y en 1998 fue lo mismo. En realidad, la burbuja inmobiliaria misma fue una reacción al estallido de la burbuja de Internet y tecnológica, un intento para superarla.
La crisis financiera actual tiene otra dimensión: la especulación rampante que ha acompañado a la burbuja inmobiliaria. No se trata aquí de una especulación de poca monta, de menudencias. Se trata, en realidad, de una especulación a gran escala en la que se han metido todas las entidades financieras por medio de la titularización ([4]) y la venta de hipotecas en los mercados bursátiles. Los mecanismos exactos de esos procedimientos son bastante oscuros, pero lo que sí es seguro es que se parecen mucho a los viejos procedimientos de Ponzi ([5]). Sea como sea, lo que demuestra el nivel actual de especulación, es hasta qué punto la economía se ha convertido en una "economía de casino" en la que el capital no se invierte en la economía real, sino que sirve para hacer apuestas.
A la burguesía americana le complace presentarse como la campeona ideológica del liberalismo. Eso no es más que una pose ideológica, pues la economía está dominada por la omnipresente intervención del Estado. Ese es el sentido del "debate" actual en el seno de la burguesía sobre cómo gestionar el barrizal económico de hoy. En el fondo, no hay nada nuevo: aplican las mismas viejas políticas monetarias y fiscales con la esperanza de espolear la economía.
Por ahora lo que se está haciendo para atenuar la crisis actual sigue siendo la misma política de siempre: las mismas viejas recetas del dinero fácil y el crédito barato para consolidar la economía. La respuesta norteamericana al credit crunch (restricción del crédito), es... ¡más crédito!. La Reserva federal ha bajado 5 veces sus tipos de interés desde septiembre de 2007 y por lo visto va a volver a hacerlo en la reunión prevista en marzo. Reconociendo explícitamente que ese remedio no funciona, la Reserva federal ha incrementado regularmente su intervención en los mercados financieros ofreciendo dinero barato: 200 mil millones que vienen a añadirse a los miles de millones ya ofrecidos en diciembre último, a las entidades financieras faltas de liquidez.
Por su parte, la Casa Blanca y el Congreso propusieron rápidamente un plan de relanzamiento (llamado, en ingles, economic stimulus package) que, en lo esencial, reduce impuestos a las familias y deducciones a las empresas, adopta una ley para atenuar la epidemia de impagos de hipotecas y revitalizar un mercado inmobiliario exangüe. Sin embargo, a causa de la amplitud de la crisis inmobiliaria y financiera, la solución de un reflotamiento masivo del casi hundido sector inmobiliario por parte del Estado se contempla cada vez más como una posibilidad. Lo gigantesco del coste de tal operación dejaría muy atrás las sumas invertidas en 1990 por el Estado norteamericano (casi 125 mil millones de dólares) para salvar la Saving and Loans Industry (el sistema estadounidense de Cajas de ahorro).
Queda por ver hasta dónde llegarán los esfuerzos del Estado para gestionar la crisis. Lo que sí es evidente es que como nunca antes, el margen de maniobra de las políticas económicas de la burguesía es cada vez más estrecho. Después de años y años de gestión de la crisis, la burguesía norteamericana gobierna una economía muy enferma. La deuda colosal nacional y privada, el déficit presupuestario federal, la fragilidad del sistema financiero y el enorme déficit del comercio exterior, todo ello agudiza las dificultades de la clase dominante para hacer frente al desmoronamiento de su sistema. En realidad, los remedios gubernamentales tradicionales para provocar un nuevo arranque de la economía no han producido el menor resultado positivo. Lo que parecen provocar, al contrario, es la agravación de la enfermedad que quieren curar. A pesar de los esfuerzos de la Reserva federal por liberar el crédito, estabilizar el sector financiero y revitalizar el mercado inmobiliario, los créditos son caros y difíciles de obtener. Wall Street vive en una montaña rusa permanente, oscilando de arriba abajo en una tendencia dominante a la baja.
Además, la política de la Reserva federal de dinero barato contribuye en la baja del dólar que ha alcanzado en las últimas semanas nuevos récords de bajada respecto al euro y otras monedas, haciendo subir el precio de mercancías como el petróleo. El aumento de los precios de la energía, de la alimentación y otras mercancías simultáneo con la disminución grave de la actividad económica aumenta el temor de los "peritos" de que entremos en un período de "estanflación" (o sea, a la vez estancamiento e inflación) de la economía norteamericana. La inflación actual ya está restringiendo el consumo de la población que intenta vivir con unos ingresos que, en cambio, no se incrementan, obligando a la clase obrera y a otros sectores de la población a apretarse el cinturón.
El anuncio, el 7 de marzo, por el departamento de Trabajo de EE.UU., de que se habían perdido 63 000 empleos en el país durante el mes de febrero ha alarmado a la clase dominante. No precisamente porque se preocupe por el futuro de los trabajadores despedidos, sino porque esa fuerte baja confirma las peores pesadillas de los economistas sobre la agravación de la crisis. Era la segunda baja del empleo consecutiva y la tercera en el sector privado. Sin embargo, en una especie de siniestra farsa a costa de los desempleados, la tasa de desempleo global ha pasado de 4,9 a 4,8 %. ¿Cómo será eso posible?; pues lo es gracias a un malabarismo estadístico que usa la burguesía para hacer bajar la cantidad de desempleados. Para el gobierno estadounidense a uno sólo lo consideran desempleado si no tiene trabajo y está buscando activamente un empleo durante el mes anterior y está dispuesto a trabajar en el momento del sondeo. Las cifras del desempleo subestiman así, de manera más que significativa, la crisis del empleo. No tienen en cuenta a los millones de obreros americanos "desanimados" que han perdido su trabajo y la posibilidad de encontrar otro, que no han buscado un nuevo empleo durante los 30 días precedentes al sondeo, o que quieren trabajar pero les desanima una situación del empleo abrumadora o que, sencillamente, no quieren trabajar por la mitad del sueldo precedente o también, los millones de trabajadores que quisieran trabajar a tiempo completo y sólo se les ofrecen tiempos parciales. Si se incluyeran todos esos trabajadores en las estadísticas del desempleo, la tasa sería muy superior. Para minimizar más aún las cifras del desempleo, en Estados Unidos se incluye en la fuerza de trabajo del país al personal militar, gracias a otro truco estadístico de la época de Ronald Reagan (antes, el desempleo se calculaba únicamente con la fuerza de trabajo civil). Esa maniobra hizo aumentar en unos dos millones la cantidad de personas "empleadas" por el sector militar estadounidense.
El desmoronamiento económico actual acarrea un alud de despidos en todos los sectores de la economía pero hay que decir que el período del boom inmobiliario, hoy fenecido, tampoco ha sido un paraíso para la clase obrera. Los ingresos, las pensiones, la cobertura sanitaria, todo ha seguido deteriorándose mientras el mercado inmobiliario estaba en pleno auge. Eso llevó a determinados economistas burgueses a subrayar que se trataba de una reanudación "sin empleos". La realidad es que, para la clase obrera, las condiciones de vida y de trabajo no han cesado de deteriorarse desde hace cuatro décadas de crisis económica abierta, con todos los altibajos que se quiera. Con la agravación de la crisis económica hoy, la burguesía no tiene otra cosa que ofrecer a la case obrera sino más miseria todavía.
El estado actual de la crisis de la economía norteamericana hace presagiar una situación económica catastrófica a nivel mundial. La economía más importante del mundo acabará arrastrando a sus socios en su caída. No hay otra locomotora económica que pueda compensar el desplome estadounidense y mantener la economía global a flote. Las restricciones en el crédito van a socavar el comercio mundial, el hundimiento del dólar reducirá las exportaciones hacia Estados Unidos, agravando la situación económica de un país a otro y va a duplicar la violencia de los ataques contra el nivel de vida del proletariado. Si hay un rayo de luz en este sombrío panorama, es que esta situación va a acelerar el retorno del proletariado al terreno de la lucha de clases contra el capitalismo, obligándolo a defenderse contra los estragos de la crisis capitalista.
La perspectiva de aceleración y de agravación de la crisis del capitalismo lleva en sí la promesa de un desarrollo de la lucha de clases que será un paso más de los ya realizados por el proletariado desde la reanudación histórica de sus combates de clase a finales de los años 1960.
ES/JG,
14 de marzo de 2008
[1]) Cf. Artículo de nuestra Revista internacional no 131, "De la crisis de liquidez a la liquidación del capitalismo [14]".
[2]) El optimismo a destiempo parece ser algo típico de algunos presidentes de EE.UU. Richard Nixon, por ejemplo, declaró en 1969, dos años antes de la crisis que obligó a Estados Unidos a abandonar la convertibilidad del dólar y todo el sistema de Bretton Woods, "Por fin hemos logrado gestionar una economía moderna para asegurar un crecimiento continuo". Uno de sus antecesores, Calvin Coolidge, había declarado ante el Congreso el 4 de diciembre de 1928, o sea poco antes de la crisis de 1929: "Ningún Congreso de los Estados Unidos antes reunido, al observar la situación económica, pudo contemplar una situación económica más satisfactoria que la de hoy (...) [El país] puede mirar el presente con satisfacción y anticipar el futuro con optimismo".
[3]) Este artículo se escribió justo antes de que se anunciara que Bear Stearns - quinto banco comercial de Estados Unidos - se vendiera a JP Morgan Chase por 2 $ por acción, o sea que el banco perdió 98 % de su valor.
[4]) La "titularización" permite a una sociedad, empresa o persona física, ceder a un organismo los riesgos de las deudas o de otros bienes, emitiendo valores cuya valoración o rendimiento depende de esos riesgos.
[5]) Esquema de Ponzi, cadena de Ponzi, dinámica de Ponzi, o juego de Ponzi, por esos nombres se conoce un sistema que funciona como una bola de nieve, inviable a largo plazo. Para reembolsar los préstamos se piden otros mayores, eso es en parte la dinámica de Ponzi, en la que acaba siendo imposible reembolsar todos los préstamos. Ese nombre se usa también para designar la creación de una burbuja especulativa con intención de estafar. Carlo Ponzi dio su nombre al sistema tras el montaje de una operación inmobiliaria en California a principios del siglo xx.
Cuando inició su primer mandato de Presidente de los Estados Unidos en enero de1969, Richard Nixon declaró: "Hemos aprendido por fin a administrar una economía moderna de tal modo que garantice su crecimiento continuo". Con la distancia, puede uno asombrarse de ver hasta qué punto la realidad contradijo ese discurso: apenas cuatro años más tarde, al principio de su segundo mandato, los Estados Unidos conocieron su recesión más violenta desde la Segunda Guerra mundial, una recesión seguida por otras cada vez más graves. Pero, en lo que a optimismo desplazado se refiere, a Nixon le precedió un año antes otro Jefe de Estado, con mayor experiencia: el general De Gaulle, Presidente de la República francesa desde 1958 y jefe de la "Francia libre" durante la Segunda Guerra mundial. El "Gran Hombre", en su alocución de año nuevo a la nación, declaraba: "Saludo el año 1968 con serenidad". No fue necesario esperar cuatro años para que este optimismo fuera barrido; cuatro meses bastaron para que la serenidad del General diera paso al mayor desasosiego. De Gaulle tuvo que enfrentarse no sólo a una rebelión estudiantil particularmente violenta y masiva sino también, y sobre todo, a la mayor huelga de la historia del movimiento obrero internacional. Poco es decir entonces que 1968 no fue un año "sereno" para Francia: incluso fue, y sigue siéndolo, el año más agitado desde la Segunda Guerra mundial. Pero no solo Francia conoció sobresaltos importantes durante ese año, ni mucho menos. Dos autores, a los que no se puede sospechar de "francocentrismo", el inglés David Caute y el norteamericano Marco Kurlansky, dicen claramente:
"1968 fue el año más turbulento desde finales de la Segunda Guerra mundial. Hubo levantamientos en cadena que afectaron a América y Europa del Oeste, alcanzando incluso a Checoslovaquia; pusieron en entredicho el orden mundial de la posguerra" ([1]).
"No ha habido un año parecido a 1968, y es probable que nunca haya otro. En un tiempo en que las naciones y las culturas estaban todavía separadas y eran muy distintas (...) un espíritu de rebelión prendió espontáneamente por las cuatro esquinas del globo. Hubo otros años de revolución: 1848, por ejemplo, pero contrariamente a 1968, los acontecimientos se limitaron a Europa..." ([2]).
Cuarenta años después de aquel "año caliente", ahora que en muchos países presenciamos una desenfrenada marea editorial y televisiva, es incumbencia de los revolucionarios volver sobre los principales acontecimientos de 1968, no para hacer un relato detallado o exhaustivo ([3]) sino para destacar su verdadero significado. Les corresponde en particular pronunciarse sobre una idea muy extendida hoy, mencionada en la página 4 de cubierta del libro de Kurlansky:
"Sean historiadores o politólogos, los especialistas en ciencias humanas del mundo entero están de acuerdo para afirmar que hay un antes y un después de 1968".
Digamos inmediatamente que compartimos enteramente esta opinión, aunque no sea por las mismas razones que las que se alegan generalmente: la "liberación sexual", la "liberación de la mujer", el cuestionamiento del autoritarismo en las relaciones familiares, la "democratización" de algunas instituciones (como la Universidad), las nuevas formas artísticas, etc. En este sentido, este artículo se propone poner en evidencia lo que, para la CCI, constituye el verdadero cambio ocurrido en el año 1968.
En medio de toda una serie de acontecimientos importantes ya por sí solos (como, por ejemplo, la ofensiva del Têt del Vietcong en febrero que, aunque acabaría siendo vencida por el ejército norteamericano, puso de relieve que éste nunca lograría ganar la guerra del Vietnam, o la intervención de los tanques soviéticos en Checoslovaquia en agosto), lo que marcó el año 1968, como lo destacan Caute y Kurlansky, es ese "espíritu de rebeldía que prendió espontáneamente por todos los confines del mundo". Y en este cuestionamiento del orden existente, es importante distinguir dos componentes de desigual amplitud y, por eso, de desigual importancia. Por una lado, la rebelión estudiantil que afectó a casi todos los países del bloque occidental, y que incluso se propagó, en cierto modo, por algunos países del bloque del Este. Por otro, la lucha masiva de la clase obrera, que sólo afectó, aquel año, a un país, Francia.
En este primer artículo, solamente abordaremos el primer aspecto, no porque sea el más importante, ni mucho menos, sino esencialmente porque precede al segundo y que éste (o sea la lucha obrera), tiene por sí mismo un significado histórico de la primera importancia que va mucho más allá de las revueltas estudiantiles.
Fue en la primera potencia mundial donde, a partir de 1964 van a desarrollarse los movimientos más masivos y significativos de aquel período. Más concretamente, es en la Universidad de Berkeley, en el norte de California, donde el conflicto estudiantil va a tomar, por primera vez, un carácter masivo. La primera reivindicación que moviliza a los estudiantes es la del free speech movement (movimiento por la libertad de palabra), a favor de la libertad de expresión política en el recinto de la universidad. Contra el fácil acceso que tienen los reclutadores del ejército americano, los estudiantes contestatarios quieren poder hacer propaganda contra la guerra de Vietnam y contra la segregación racial (estamos en el año siguiente a la "marcha de los Derechos cívicos" del 28 de agosto de 1963 en Washington, en la que Martin Luther King pronunció su famoso discurso I have a dream). En un primer tiempo las autoridades reaccionan de manera brutalmente represiva, mandando en particular a las fuerzas policíacas contra las "sentadas" y las ocupaciones pacíficas de los locales, deteniendo a 800 estudiantes. Finalmente, las autoridades universitarias autorizan a principios de 1965 las actividades políticas en la universidad que va a convertirse entonces en uno de los principales centros del conflicto estudiantil de Estados Unidos, mientras que el lema "limpiar el desorden de Berkeley" le sirve, contra todo pronóstico, a Ronald Reagan para salir elegido gobernador de California a finales de 1965. El movimiento va a desarrollarse masivamente y radicalizarse en los años siguientes, en torno a la protesta contra la segregación racial, a favor de la defensa de los derechos de las mujeres y sobre todo contra la guerra del Vietnam. Mientras los jóvenes norteamericanos, sobre todo estudiantes, huyen en masa al extranjero para evitar ser movilizados para Vietnam, la mayoría de las Universidades del país se ven sacudidas por fuertes movimientos contra la guerra. Estallan motines en los guetos negros de las grandes ciudades (la proporción de jóvenes negros entre los soldados enviados al Vietnam es muy superior a la media nacional). Esos movimientos de protesta son violentamente reprimidos: a finales de 1967, se condena a 952 estudiantes a largos años de cárcel por haberse negado a ir al frente y tres estudiantes de Carolina del Sur son asesinados el 8 de febrero de 1968 en una manifestación por los derechos cívicos.
En 1968 los movimientos alcanzarán su mayor amplitud. En marzo, estudiantes negros de la universidad Howard de Washington ocupan los locales durante 4 días. Del 23 al 30 de abril de 1968, la Universidad de Columbia, en Nueva York, es ocupada, en protesta contra la contribución de sus departamentos en las actividades del Pentágono y en solidaridad con los habitantes del cercano gueto negro de Harlem. Uno de los factores que radicalizó el descontento fue el asesinato el 4 de abril de Martin Luther King, que provocó numerosos y violentos motines en los guetos negros del país. La ocupación de Columbia fue una de las cumbres del conflicto estudiantil en Estados Unidos, reactivando nuevos enfrentamientos. En mayo, 12 universidades entran en huelga para protestar contra el racismo y la guerra de Vietnam. California se inflama durante el verano, provocando violentos enfrentamientos entre estudiantes y policías en la Universidad de Berkeley durante dos noches, lo que va a llevar a Ronald Reagan, gobernador de California, a proclamar el estado de sitio y el toque de queda. Esta nueva oleada de enfrentamientos tendrá sus momentos más violentos entre el 22 y el 30 de agosto en Chicago, con verdaderos motines, durante la Convención del Partido demócrata.
Las revueltas de los estudiantes norteamericanos se propagan durante el mismo período a varios países
En el mismo continente americano, será en Brasil y México donde más se movilizarán los estudiantes.
En Brasil, el año 1967 está marcado por manifestaciones antigubernamentales y antiamericanas. El 28 de marzo de 1968, la policía interviene en una reunión de estudiantes, matando a uno de ellos, Luís Edson, e hiriendo gravemente a otros, de los que muere uno algunos días más tarde. El 29 de marzo, el entierro de Luis Edson provoca una manifestación importante. La Universidad de Río de Janeiro se pone en huelga general ilimitada, y el movimiento se extiende a la universidad de Sao Paulo, donde se levantan barricadas. El 30 y 31 de marzo, nuevas manifestaciones se propagan por todo el país. El 4 de abril son detenidas 600 personas en Río. A pesar de la represión y las detenciones en serie, las manifestaciones son casi cotidianas hasta en octubre.
Unos meses más tarde le tocará el turno a México. A finales de julio, la rebelión estudiantil estalla en la capital y la policía replica sacando los tanques. El jefe de la policía del Distrito Federal justifica así la represión: se trata de atajar "un movimiento subversivo" que "tiende a crear un ambiente de hostilidad hacia nuestro Gobierno y nuestro país en vísperas de los Juegos de la XIXe Olimpiada". La represión prosigue y se intensifica. El 18 de septiembre, la policía ocupa la ciudad universitaria. El 21 de septiembre son detenidas 736 personas durante nuevos enfrentamientos en la capital. El 30 de septiembre es ocupada la Universidad de Veracruz. Y el 2 de octubre el Gobierno dispara (utilizando fuerzas paramilitares sin uniforme) contra una manifestación de 10 000 estudiantes, en la plaza de las Tres Culturas de la capital. Este drama, que permanecerá en las memorias como la "matanza o masacre de Tlatelolco", se salda con unos 200 muertos, 500 heridos graves y 2000 detenciones. Así solucionó las cosas el presidente Díaz Ordaz para que los Juegos Olímpicos pudieran desarrollarse "en calma" a partir del 12 de octubre. Sin embargo, después de la tregua de los Juegos Olímpicos, los estudiantes reanudarán el movimiento durante varios meses.
El continente americano no fue el único en haber sido perturbado por la ola de revueltas
estudiantiles, sino que ésta afectó a TODOS los continentes.
En Asia, Japón fue escenario de movimientos muy espectaculares. Hubo violentas manifestaciones contra Estados Unidos y la guerra de Vietnam, organizadas principalmente por Zengakuren (Unión nacional de los Comités autónomos de los estudiantes japoneses), desde 1963 y a lo largo de los años 60. A finales de la primavera de 1968, el conflicto estudiantil se extiende masivamente por escuelas y universidades. Se lanza una consigna: "¡Transformemos el Kanda [barrio universitario de Tokio] en Barrio Latino!". En octubre, el movimiento, reforzado por los obreros, alcanza su apogeo. El 9 de octubre, en Tokio, Osaka y Kyoto, las luchas violentas entre policías y estudiantes terminan con 80 heridos y 188 detenciones. Se decreta la ley antidisturbios y 800 000 personas se echan a la calle para protestar contra esta decisión. En reacción a la intervención de la policía en la Universidad de Tokio para acabar con la ocupación, 6000 estudiantes entran en huelga el 25 de octubre. La Universidad de Tokio, el último bastión aún en manos del movimiento, cae a mediados de enero de 1969.
En África dos países se destacan, Senegal y Túnez.
En Senegal, los estudiantes denuncian la orientación derechista del poder y la influencia neocolonialista de Francia y piden la reestructuración de la universidad. El 29 de mayo de 1968, Léopold Sédar Senghor, miembro de la "Internacional socialista", reprime brutalmente con el ejército la huelga general de estudiantes y obreros. La represión causa un muerto y veinte heridos en la Universidad de Dakar. El 12 de junio, una manifestación de universitarios y alumnos de secundaria en los suburbios de Dakar se salda con una nueva víctima.
En Túnez, el movimiento comenzó en 1967. El 5 de junio, en Túnez capital, en una manifestación contra Estados Unidos y Gran Bretaña acusados de apoyar a Israel contra los países árabes, se saquea el Centro cultural americano y es atacada la embajada de Gran Bretaña. Un estudiante, Mohamed Ben Jennet, es detenido y condenado a 20 años de prisión. El 17 de noviembre, los estudiantes manifiestan contra la guerra de Vietnam. Del 15 al 19 de marzo de 68, entran en huelga y manifiestan para obtener la liberación de Ben Jennet. El movimiento es reprimido con detenciones masivas.
Pero es en Europa donde el movimiento estudiantil tendrá su evolución más importante y más espectacular.
En Gran Bretaña, la efervescencia comienza a partir de octubre de 1966 en la muy respetable London School of Economics (LSE), una de las "Mecas" del pensamiento económico burgués. Los estudiantes protestan contra el nombramiento de Presidente a un personaje conocido por sus vínculos con los regímenes racistas de Rodesia y Sudáfrica. Y durante meses seguirá habiendo movimientos de protesta en la LSE. En marzo de 1967, una sentada de cinco días contra medidas disciplinarias desemboca en la formación de una "universidad libre" siguiendo los ejemplos norteamericanos. En diciembre de 1967 se hacen varias sentadas en la Regent Street Polytechnic y en el Holborn College of Law and Commerce, con la reivindicación, en ambos casos, de una representación estudiantil en las juntas directivas. En mayo y junio de 1968 hay ocupaciones en la Universidad de Essex, en el Hornsey College of Art, Hull, Bristol y Keele seguidas por otros movimientos de protesta en Croydon, Birmingham, Liverpool, Guildford, y al Royal College of Arts. Las manifestaciones más espectaculares (que implican a numerosas personas de distintos horizontes y diversidad de opiniones) son las protestas contra la guerra de Vietnam: en marzo y octubre de 1967, en marzo y octubre de 1968 (la más masiva), que dan lugar a violentos enfrentamientos contra la policía, con centenares de heridos y detenciones delante de la embajada americana de Grosvenor Square.
En Bélgica, a partir del mes de abril de 1968, los estudiantes salen a la calle en varias ocasiones, para proclamar su oposición a la guerra del Vietnam y pedir una transformación del sistema universitario. El 22 de mayo, ocupan a la Universidad Libre de Bruselas, declarándola "abierta a la población". Abandonan los locales a finales de junio, después de la decisión del Consejo de la Universidad de estudiar algunas de sus pretensiones.
En Italia, a partir de 1967, los estudiantes multiplican las ocupaciones de universidades y muchos son los enfrentamientos con la policía. La Universidad de Roma se ocupa en febrero de 1968. La policía evacua los locales, lo que decide a los estudiantes a instalarse en la facultad de arquitectura, en Villa Borghese. Conocidos como "batalla de Valle Giulia", hay violentos choques que enfrentan a fuerzas del orden y estudiantes. Y a la vez se asiste a movimientos espontáneos de cólera y rebelión en fábricas donde el sindicalismo es débil (fábrica Marzotto en Venecia), lo que lleva a los sindicatos a convocar un día de huelga general en la industria, consigna seguida masivamente. Las elecciones de mayo acabarán con un movimiento que había empezado a decaer desde la primavera.
La España franquista conoce una oleada de huelgas obreras y de ocupaciones de universidades a partir de 1966. El movimiento toma amplitud en 1967 y continúa a lo largo de 1968. Estudiantes y obreros muestran su solidaridad, como el 27 de enero de 1967, cuando 100 000 obreros manifiestan en reacción a la represión brutal de un día de manifestación en Madrid, que llevó a los estudiantes, refugiados en la facultad de Económicas, a luchar contra la policía durante seis horas. Las autoridades reprimen a los contestatarios por todos los medios: la prensa está controlada, se detiene a los militantes de los movimientos y sindicatos clandestinos. El 28 de enero de 1968, el Gobierno instaura una "policía universitaria" en cada facultad. Eso no impide que prosiga la agitación estudiantil contra el régimen franquista y contra la guerra de Vietnam, lo que en marzo obliga las autoridades a cerrar sine díe la Universidad de Madrid.
De todos los países de Europa, es en Alemania donde el movimiento estudiantil es más fuerte.
En este país se formó una "oposición extraparlamentaria" a finales de 1966, en reacción, entre otras cosas, contra la participación de la socialdemocracia (SPD) en el Gobierno. Esa "oposición" se basaba en asambleas de estudiantes cada vez más numerosas que se celebran en las universidades, animadas con debates sobre los objetivos y los medios de la protesta. Tomando ejemplo de Estados Unidos se forman numerosos grupos universitarios de debate; se crea una "Universidad crítica" como polo de oposición a las universidades burguesas "establecidas". Se revivifica así una vieja tradición de debate, de discusiones en asambleas generales públicas. Aunque muchos estudiantes estén atraídos por las acciones espectaculares, el interés por la teoría y la historia del movimiento obrero sale a la superficie, llegando incluso a plantearse el derrocamiento del capitalismo. Muchos elementos expresan la esperanza de una nueva sociedad. A partir de ese momento, al movimiento de protesta en Alemania se le considera el más activo a escala internacional en los debates teóricos, el más profundo en las discusiones, el más político.
Junto a esa reflexión hay muchas manifestaciones. La guerra de Vietnam es obviamente su principal motivo en un país cuyo Gobierno apoya sin reservas a la potencia militar de EE.UU pero que también ha quedado muy marcado por la Segunda Guerra mundial. Los 17 y 18 de febrero se celebra en Berlín un Congreso internacional contra la guerra del Vietnam, seguido por una manifestación que agrupa aproximadamente a 12 000 participantes. Pero las manifestaciones, que comenzaron en 1965, también denunciaban el desarrollo del carácter policiaco del Estado, en particular los proyectos de ley de excepción que daban al Estado la posibilidad tanto de imponer la ley marcial en el país como de intensificar la represión. El SPD, que se había unido a la CDU en 1966 en un Gobierno de "gran coalición", se mantenía fiel a su política de 1918-19, cuando había dirigido el aplastamiento sangriento del proletariado alemán. El 2 de junio de 1967, una manifestación contra la llegada a Berlín del Shah de Irán es reprimida con la mayor brutalidad por el Estado "democrático" alemán que mantenía las mejores relaciones del mundo con aquel dictador sanguinario. Se asesina a un estudiante, Benno Ohnesorg, de un tiro en la espalda disparado por un policía en uniforme (que sería absuelto más tarde). Tras ese asesinato, las campañas repugnantes de difamación contra los movimientos de protesta se intensifican, en particular contra sus dirigentes. El periódico de gran tirada Bild Zeitung exige que "se acabe cuanto antes con el terror de los jóvenes rojos". En una manifestación pro-americana organizada por el Senado de Berlín, el 21 de febrero de 1968, los participantes declaran a Rudi Dutschke, principal portavoz del movimiento de protesta, "enemigo público no 1". Una persona que se parecía a "Rudi el rojo" es atacada por manifestantes que amenazan con matarlo. Una semana después del asesinato de Martin Luther King, esa campaña de odio alcanza su punto álgido con la tentativa de asesinato contra Dutschke, el 11 de abril, por un joven exaltado, Josef Bachmann, obviamente influido por las campañas histéricas desencadenadas por la prensa del magnate Axel Springer, dueño de Bild Zeitung ([4]). Habrá después más manifestaciones y disturbios cuyo objetivo principal será evidentemente ese siniestro individuo y su grupo de prensa. Durante varias semanas, antes de que las miradas se vuelvan hacia Francia, el movimiento estudiantil en Alemania consolida así su papel de referencia para toda una serie de movimientos que recorre la mayoría de los países de Europa.
El principal episodio de la rebelión estudiantil en Francia comienza el 22 de marzo de 1968 en la Universidad de Nanterre, en el oeste de los alrededores de París. De por sí, los hechos que se desarrollaron ese día no fueron nada excepcionales: para protestar contra la detención de un estudiante de extrema izquierda de esa universidad, de quien se sospechaba que había participado en un ataque a American Express en París durante una violenta manifestación contra la guerra del Vietnam, 300 de sus compañeros organizan un mitin en el paraninfo y 142 entre ellos deciden ocupar durante la noche la sala del Consejo de Universidad, en el edificio administrativo. No es la primera vez que los estudiantes de Nanterre manifiestan su descontento. Ya se había asistido, exactamente un año antes en esa misma universidad, a un pulso entre estudiantes y policía sobre la libre circulación en la residencia universitaria de las chicas, en la que hasta entonces no podían entrar los chicos. El 16 de marzo de 1967, una asociación de 500 residentes, el ARCUN, había declarado abolido el reglamento interno que, entre otras cosas, consideraba como menores a las estudiantes, incluso a las mayores de edad (de más de 21 años en aquel entonces). El 21 de marzo de 1967, a instancias de la administración, la policía cercó la residencia de chicas con el proyecto de detener a los 150 muchachos que allí estaban y que se habían encerrado en el último piso del edificio. Pero por la mañana del día siguiente, los propios policías fueron cercados por varios miles de estudiantes, hasta que aquéllos recibieron finalmente la orden de dejar salir sin más a los estudiantes encerrados. Pero ni este incidente ni las manifestaciones de rabia de los estudiantes, en particular contra el "plan Fouchet" de reforma de la universidad en otoño 1967, tuvieron mayores consecuencias. La cosa no fue así tras el 22 de marzo de 1968. En pocas semanas, una sucesión de acontecimientos iba a desembocar no solo en la mayor movilización estudiantil desde la guerra, sino, y sobre todo, en la mayor huelga de la historia del movimiento obrero internacional.
Antes de salir, los 142 ocupantes de la sala del Consejo deciden, para mantener y desarrollar la agitación, formar el Movimiento del 22 de marzo (M22). Es un movimiento informal, compuesto al principio por trotskistas de la Liga comunista revolucionaria (LCR) y anarquistas (entre los cuales Daniel Cohn-Bendit), a los que se unieron a finales de abril los maoístas de la Unión de las juventudes comunistas marxistas-leninistas (UJCML), y que acabará agrupando en pocas semanas a más de 1200 participantes. Las paredes de la universidad se cubren de carteles y pintadas: "Profesores, sois viejos y vuestra cultura también", "dejadnos vivir", "tomad vuestros deseos por realidades". El M22 anuncia para el 29 de marzo una jornada de "universidad crítica", a imagen de las acciones de los estudiantes alemanes. El decano decide cerrar la universidad hasta el 1ro de abril, pero la agitación vuelve a empezar con la reapertura. Ante 1000 estudiantes, Cohn-Bendit declara: "Nos negamos a ser los futuros cuadros de la explotación capitalista". La mayoría de los profesores reacciona de manera conservadora: el 22 de abril, 18 de ellos, y entre éstos gente de "izquierdas", solicitan "medidas y medios para desenmascarar y sancionar a los agitadores". El decano hace adoptar toda una serie de medidas represivas, en particular la libre circulación de la policía por las veredas del campus mientras que la prensa se desencadena contra los "rabiosos", los "grupúsculos" y los "anarquistas". Y el Partido "comunista" francés (PCF)le sigue los pasos: el 26 de abril, Pierre Juquin, miembro del Comité central, que preside un mitin en Nanterre, dice: "Los agitadores-señoritos impiden pasar sus exámenes a los hijos de trabajadores". No puede terminar su discurso y debe huir. En l'Humanité (diario del PCF) del 3 de mayo, Georges Marchais, número 2 del PCF, se desencadena a su vez: "Estos falsos revolucionarios deben ser desenmascarados enérgicamente ya que sirven objetivamente los intereses del poder gaulista y de los grandes monopolios capitalistas".
En el campus de Nanterre son cada día más frecuentes las peleas entre estudiantes de extrema izquierda y grupos fascistas de "Occident" venidos de París "para quebrar bolcheviques". Ante esta situación, el decano decide el 2 de mayo cerrar de nuevo la universidad. Los estudiantes de Nanterre deciden celebrar al día siguiente un mitin en el patio de la Sorbona para protestar contra el cierre de su universidad y contra el consejo de disciplina que amenaza a 8 miembros del M22, entre ellos Cohn-Bendit.
El mitin sólo reúne a unos 300 participantes: la mayoría de los estudiantes preparan activamente sus exámenes de final de curso. Sin embargo, el Gobierno, que quiere acabar con la agitación, decide imponerse ocupando el Barrio Latino y cercando la Sorbona por la policía que penetra en ella, lo que no había ocurrido durante siglos. Los estudiantes que ocupan la Sorbona obtienen la seguridad de que podrán salir sin ser molestados, pero, aunque las muchachas pueden irse libremente, a los chicos se les detiene en cuanto cruzan la puerta. Rápidamente, centenas de estudiantes se reúnen en la plaza de la Sorbona e insultan a los policías. Las granadas lacrimógenas comienzan a llover: la plaza se limpia, pero los estudiantes, cada vez más numerosos, empiezan entonces a acosar a los grupos de policías y sus furgones. Los enfrentamientos prosiguen por la tarde durante 4 horas: 72 policías resultan heridos y se detiene a 400 manifestantes. Los días siguientes, la policía cierra por completo los accesos de la Sorbona mientras que cuatro estudiantes son condenados a penas de cárcel. Esta política de firmeza, lejos de acallar la agitación, va, al contrario, a darle un carácter masivo. A partir del lunes 6 de mayo, los enfrentamientos con la policía alrededor de la Sorbona alternan con manifestaciones más y más masivas, convocadas por el M22, la UNEF y el SNESup (sindicato de profesores de universidad) que agrupan hasta 45 000 participantes, al grito de "la Sorbona para los estudiantes", "fuera policía del Barrio Latino" y sobre todo "libertad para nuestros compañeros". Los estudiantes se ven reforzados por un número creciente de alumnos de secundaria, profesores, obreros y parados. El 7 de mayo, las manifestaciones cruzan el Sena por sorpresa y recorren los Campos Elíseos, a unos cuantos metros del palacio presidencial. La Internacional suena bajo el Arco de Triunfo, allí donde generalmente se oye la Marsellesa o el Himno a los caídos (cantos patrióticos, ndt). Las manifestaciones también afectan a algunas ciudades de provincia.
El Gobierno quiere dar una prueba de buena voluntad abriendo de nuevo... la Universidad de Nanterre el 10 de mayo. La misma noche, decenas de miles de manifestantes van al Barrio Latino plantándose ante la policía que rodea la Sorbona. A las nueve de la noche, algunos manifestantes empiezan a montar barricadas (habrá unas sesenta). A las doce de la noche, el rector de París recibe una delegación de tres profesores y tres estudiantes (entre los cuales Cohn-Bendit) pero, aunque sí acepta la reapertura de la Sorbona, no puede prometer nada sobre la liberación de los estudiantes detenidos el 3 de mayo. A las dos de la mañana, la policía armada (CRS) asalta las barricadas tras haberlas regado a mansalva con gases lacrimógenos. Los enfrentamientos son de una violencia brutal, causando cientos de heridos por ambas partes. Cerca de 500 manifestantes son detenidos. En el Barrio Latino, muchos vecinos dan prueba de su simpatía acogiendo a manifestantes perseguidos o echando agua a la calle para protegerlos de los gases lacrimógenos y granadas ofensivas. Todos estos acontecimientos, y en particular los testimonios sobre la brutalidad de las fuerzas represivas, pueden seguirse por la radio, minuto a minuto, escuchados por miles de personas. A las 6 de la mañana, "el orden reina" en el Barrio Latino, por el que parece haber atravesado un ciclón.
El sábado 11 de mayo, la indignación es inmensa en París y en toda Francia. Se forman manifestaciones espontáneas por todas partes que no solo reúnen a estudiantes, sino también a cientos de miles de manifestantes de todos los orígenes, en particular muchos obreros jóvenes o padres de estudiantes. En las regiones francesas, muchas universidades son ocupadas; por todos los lugares, calles, plazas, se discute y se condena la actitud de las fuerzas de represión.
Ante esta situación, el Primer ministro, Georges Pompidou, anuncia por la tarde que a partir del lunes 13 de mayo, la policía se retirará del Barrio Latino, la Sorbona se abrirá de nuevo y se liberará a los estudiantes encarcelados.
El mismo día, todas las centrales sindicales, incluida la CGT (central dirigida por el PCF que no había cesado hasta entonces de denunciar a los estudiantes "izquierdistas"), incluso los sindicatos de policías, convocan una huelga y manifestaciones para el día 13 de mayo, para protestar contra la represión y la política del Gobierno.
El 13 de mayo, todas las ciudades del país conocerán las manifestaciones más importantes desde la Segunda Guerra mundial. La clase obrera está masivamente presente junto a los estudiantes. Una de las consignas que tiene más éxito es: "Diez años ¡basta ya!", que se refiere a la fecha del 13 de mayo de 1958, la del retorno al poder de De Gaulle. Al final de las manifestaciones, prácticamente todas las universidades están ocupadas, no sólo por los estudiantes sino también por muchos jóvenes obreros. Por todas partes se libera la palabra. Los debates no se limitan a cuestiones universitarias o a la represión. Comienzan a abordarse todos los problemas sociales: las condiciones de trabajo, la explotación, el futuro de la sociedad.
El 14 de mayo, los debates siguen en muchas empresas. Después de las inmensas manifestaciones del día anterior, con todo el entusiasmo y el sentimiento de fuerza que habían permitido, era difícil reanudar el trabajo como si no hubiera pasado nada. En Nantes, los obreros de Sud-Aviation, animados por los más jóvenes, lanzan una huelga espontánea y deciden ocupar la fábrica. La clase obrera comienza a tomar el relevo...
Lo que caracteriza a esos movimientos, es obviamente y sobre todo el rechazo a la guerra del Vietnam. Pero mientras que los partidos estalinistas, aliados al régimen de Hanoi y Moscú, habrían debido lógicamente ponerse en cabeza de aquéllos, al menos en los países dónde tenían una influencia significativa como así había sido durante los movimientos contra la guerra de Corea a principios de los años cincuenta, esta vez no ocurrió lo mismo ni mucho menos. Al contrario, estos partidos apenas si influyen en el movimiento e incluso, a menudo, se oponen totalmente a él ([5]). Es ésta una de las características de los movimientos estudiantiles de finales de los años 60 que revela su significado profundo.
Este significado es lo que vamos a intentar destacar ahora. Para ello, es obviamente necesario recordar cuáles fueron los principales temas de movilización de los estudiantes en aquel entonces.
Los temas de las revueltas estudiantiles de los años 60 en Estados Unidos...
Si la oposición a la guerra de Estados Unidos en Vietnam fue el tema más generalizado y dinamizador en todos los países occidentales, no es casualidad si fue en EE.UU. donde empezaron las revueltas. La juventud norteamericana se enfrentaba de manera directa e inmediata a la cuestión de la guerra, puesto que era a ella a la que mandaban a aquel frente para defender el "mundo libre". Decenas de miles de jóvenes norteamericanos pagaron con su vida la política de su Gobierno, cientos de miles volvieron de Vietnam heridos o minusválidos, otros tantos miles quedaron marcados para siempre por lo que vivieron en ese país. Además del horror que allí conocieron y que es propio a todas las guerras, muchos de ellos se preguntaban: "¿qué hacemos en Vietnam?" El discurso oficial era que habían ido a defender la "democracia", el "mundo libre" y la "civilización". Pero la realidad que habían vivido contradecía de manera patente esos discursos: el régimen que se encargaban de proteger, el de Saigón, no tenía nada de "democrático" ni de "civilizado": era un régimen militar, dictatorial y particularmente corrupto. A los soldados estadounidenses les era difícil entender que estaban defendiendo la "civilización" cuando a ellos mismos se les exigía comportarse como bárbaros, aterrorizando y matando a pobres campesinos desarmados, a mujeres, niños y ancianos incluidos. Pero no solo los soldados acababan obsesionados por los horrores de la guerra, sino también una parte creciente de la juventud norteamericana. No sólo los muchachos temían que se les alistara para la guerra y las muchachas perder a sus compañeros, sino que todos estaban informados de la barbarie, ya fuera por los "veteranos" que de allí volvían o simplemente por los canales de televisión ([6]). La estridente contradicción entre los discursos sobre la "defensa de la civilización y la democracia" que declamaba el Gobierno norteamericano y sus maniobras en Vietnam fue uno de los primeros ingredientes de una rebelión contra las autoridades y los valores tradicionales de la burguesía norteamericana ([7]). Esta rebelión alimentó, en un primer tiempo, el movimiento hippie, un movimiento pacifista y no violento que reivindicaba el Flower Power (poder de las flores) y cuyo eslogan predilecto era Make Love, not War ("Haced el amor, no la guerra"). No es probablemente una casualidad si la primera movilización estudiantil de envergadura ocurrió en la Universidad de Berkeley, en las afueras de San Francisco, Meca del movimiento hippie. Los temas y sobre todo los medios de esa movilización seguían teniendo semejanzas con este movimiento: las sentadas no violentas para reivindicar el Free Speech... Sin embargo, como más tarde en muchos otros países y en particular en Francia en 1968, la violencia de la represión que se desató en Berkeley fue un factor importante de "radicalización" del movimiento. A partir de 1967, con la fundación del Youth Internacional Party (Partido internacional de la juventud) por Abbie Hoffman y Jerry Rubin, que habían formado parte del esfera de la no violencia, el movimiento de revuelta se dio una perspectiva "revolucionaria" contra el capitalismo. Los nuevos "héroes" del movimiento ya no eran Bob Dylan o Joan Baez, sino figuras como Che Guevara (que Rubin había conocido en 1964 en La Habana). La ideología de este movimiento era de lo más confuso. Contenía ingredientes anarquistas (como el culto a la libertad, en particular la libertad sexual o del consumo de drogas) y también ingredientes estalinistas (Cuba y Albania se consideraban como ejemplos). Los medios de acción eran, en gran parte, de estilo anarquista, como la sátira y la provocación. Uno de los primeras acciones del tándem Hoffman-Rubin fue lanzar paquetes de billetes falsos en la Bolsa de Nueva York, provocando las carreras de los allí presentes para acaparárselos. Del mismo modo, en la Convención demócrata del verano 1968, presentó la candidatura del cerdo Pigasus a la Presidencia de Estados Unidos ([8]), a la vez que preparaban un enfrentamiento violento con la policía.
Para resumir las características principales de los movimientos de revuelta que agitaron Estados Unidos durante los años sesenta, podemos decir que se presentaban como una protesta global contra la guerra del Vietnam, la discriminación racial, la desigualdad entre los sexos y la moral y valores tradicionales del país. Como lo constataba la mayoría de sus protagonistas (que se consideraban hijos rebeldes de la burguesía), ese movimiento no tenía el más mínimo carácter de clase proletario. Tampoco es una casualidad si uno de sus "teóricos", el profesor de filosofía Herbert Marcuse, consideraba que la clase obrera "se había integrado" y que las fuerzas de la revolución contra el capitalismo debían buscarse en otros sectores, como los negros víctimas de la discriminación, los campesinos del Tercer mundo o los intelectuales rebeldes.
Los movimientos que agitaron el mundo estudiantil durante los años sesenta en la mayoría de los demás países occidentales presentan grandes semejanzas con el de Estados Unidos: rechazo de la intervención americana en Vietnam, rebelión contra las autoridades, en particular universitarias, contra la autoridad en general, contra la moral tradicional, en particular sexual. Es una de las razones por las que los partidos estalinistas, símbolos de autoritarismo, no tuvieron ningún eco en las revueltas, a pesar de que éstas empezaron denunciando la intervención norteamericana en Vietnam contra unos ejércitos armados, pertrechados y plenamente apoyados por el bloque soviético y que, además, se reivindicaban del "anticapitalismo".
Cierto es que la imagen de la URSS quedó en gran parte deslucida tras la represión de la insurrección húngara de 1956, y, la verdad, el retrato del viejo apparatchik Brejnev más que encantar producía pesadillas. Los rebeldes de los años sesenta preferían pegar en su habitación carteles de Ho Chi Minh (otro viejo miembro del aparato estalinista, pero más presentable y "más heroico") y más todavía el romántico rostro de Che Guevara (otro miembro de un partido estalinista pero "exótico") o de Angela Davis (también ella miembro de un partido estalinista, el de EEUU, pero que tenía la doble ventaja de ser negra y mujer, con una imagen tan atractiva como la de Che Guevara).
Esos ingredientes, el antiguerra de Vietnam y a la vez el "libertario", pudieron observarse sobre todo en Alemania. El principal portavoz del movimiento, Rudi Dutschke, venía de la República Democrática Alemana (RDA), bajo tutela soviética, donde, ya muy joven, se había opuesto a la represión de la insurrección húngara. Condenaba el estalinismo como una deformación burocrática del marxismo y consideraba que la URSS formaba parte de la cadena de regímenes autoritarios que controlaban el mundo entero. Sus referencias ideológicas eran el "joven Marx" así como la Escuela de Frankfurt (de la que formaba parte Marcuse), y también la Internacional situacionista (de la que se reivindicaba el grupo Subversive Aktion, cuya sección berlinesa fundó Dutschke en 1962) ([9]).
En los debates que se desarrollaron a partir de 1965 en las universidades alemanas, tuvo un gran éxito la búsqueda de un "verdadero marxismo antiautoritario", lo que explica que se volvieran a publicar en aquel entonces muchos textos del movimiento consejista.
Los temas y reivindicaciones del movimiento estudiantil en Francia en 1968 son básicamente los mismos. Si embargo, las referencias a la guerra del Vietnam durante el movimiento quedaron bastante ocultadas por toda una serie de consignas de inspiración situacionista o anarquista (e incluso surrealista) que cubrieron las paredes ("Las paredes tienen la palabra").
Los temas anarquistas pueden verse en particular en:
- La pasión de la destrucción es un gozo creativo (Bakunin).
- Está prohibido prohibir.
- La libertad es el crimen que contiene todos los crímenes.
- Elecciones ¡trampa para tontos!
- La insolencia es la nueva arma revolucionaria.
Y se completaban con los que llamaban a la "revolución sexual":
- ¡Amaos los unos sobre los otros!
- Desabróchate el cerebro tan a menudo como la bragueta.
- Cuanto más hago el amor, más deseo hacer la revolución. Cuanto más hago la revolución, más deseo hacer el amor.
La referencia situacionista puede verse en:
- ¡Abajo la sociedad de consumo!
- ¡Abajo la sociedad espectacular mercantil!
- Abolición de la alienación.
- ¡No trabajes nunca!
- Tomo mis deseos por realidades pues creo en la realidad de mis deseos.
- No queremos un mundo donde la certeza de no morirse de hambre se canjee por el riesgo de morir de aburrimiento.
- El aburrimiento es contrarrevolucionario.
- Vivir sin tiempos muertos y gozar sin obstáculos.
- Seamos realistas, ¡pidamos lo imposible!
Por otra parte, el tema del conflicto de generaciones (que estaba muy de moda en Estados Unidos y Alemania) se encuentra (incluso con formas bastante odiosas) en:
- Corre compañero, ¡el viejo mundo te persigue!
- Los jóvenes hacen el amor, los viejos hacen gestos obscenos.
Del mismo modo, en la Francia de mayo del 68, cubierta regularmente de barricadas, no es de extrañar leer:
- La barricada cierra la calle pero abre el camino.
- El resultado de todo pensamiento es el adoquín en tu boca, CRS.
- Bajo los adoquines, la playa.
Y, en fin, la gran confusión del pensamiento que acompaña ese período queda bien resumida en estos dos eslóganes:
- No hay pensamiento revolucionario. No hay sino actos revolucionarios
- Tengo algo que decir, pero no sé qué.
Esos eslóganes, como casi todos los que se plasmaron en los demás países, indican claramente que el movimiento estudiantil de los años sesenta no tenía el menor carácter proletario de clase, a pesar de que en varios lugares (como en Francia, evidentemente, y también en Italia, España o Senegal) hubo la voluntad de tender puentes con las luchas de la clase trabajadora. Este planteamiento contenía, sin embargo, una "condescendencia" mezclada de fascinación hacia ese ser mítico, el obrero en mono, héroe de lecturas mal digeridas de los clásicos del marxismo.
Básicamente, el movimiento de los estudiantes de los años 60 era de carácter más bien pequeño burgués, siendo unos de los aspectos más claros, además de su tinte anarquizante, la voluntad "de cambiar la vida ¡ya!", la impaciencia y el inmediatismo, o sea los precintos de garantía de una capa social, la pequeña burguesía, sin el menor futuro a escala de la historia.
El radicalismo "revolucionario" de la vanguardia del movimiento, incluido el culto de la violencia promovido por algunos de sus sectores, es también otra ilustración de su carácter pequeñoburgués ([10]). De hecho, las preocupaciones "revolucionarias" de los estudiantes de 1968 eran indiscutiblemente sinceras, a pesar de que muchos fueran tercermundistas (guevarismo o maoísmo) o antifascistas. Tenían una visión romántica de la revolución, sin la menor idea del proceso real de desarrollo del movimiento de la clase obrera que implica. En Francia, para los estudiantes que pensaban ser "revolucionarios", el movimiento de Mayo de 68 era ya la Revolución, y las barricadas que se levantaban día tras día eran las herederas de las de 1848 y de la Comuna de París de 1871.
Uno de los factores del movimiento estudiantil de los años sesenta es el llamado "conflicto de generaciones", la importante separación entre la nueva generación y la de sus padres a la que se hacían múltiples críticas. En particular, debido a que esta generación había trabajado duro para salir de una situación de miseria, cuando no de hambre, resultante de la Segunda Guerra mundial, se la acusaba de no tener más preocupación que la del bienestar material. De ahí el éxito de las fantasías sobre la "sociedad de consumo" y de eslóganes como "¡no trabajes nunca!". Hija de una generación que había sufrido de pleno la contrarrevolución, la juventud de los años sesenta le reprochaba su conformismo y su sometimiento a las exigencias del capitalismo. Recíprocamente, muchos padres no entendían o tenían dificultades para aceptar que sus hijos trataran con desprecio los sacrificios que habían hecho para poder darles una situación económica mejor que la que ellos habían tenido.
Existía sin embargo una verdadera causa económica a la rebelión estudiantil de los años sesenta. No había en aquél entonces ninguna amenaza importante de desempleo o de precariedad al final de los estudios, como ocurre hoy. La principal inquietud que afectaba entonces a la juventud estudiantil era la de no poder acceder, a partir de aquellos años, al mismo estatuto social que había podido disfrutar la generación anterior de universitarios. La generación de 1968 fue la primera en enfrentarse con cierta brutalidad al fenómeno de "proletarización de ejecutivos" muy estudiada por los sociólogos de entonces. El fenómeno había empezado unos años antes, incluso antes de que se manifestase la crisis abierta, tras un crecimiento muy sensible de la cantidad de estudiantes en las universidades (en Alemania pasó por ejemplo de 330 000 a 1,1 millón entre 1964 y 1974). Este crecimiento respondía a las necesidades de la economía pero también era fruto de la voluntad y la posibilidad para la generación de sus padres de darles a sus hijos una situación económica y social superior a la suya. Entre otras razones, esta "masificación" de la población estudiantil había contribuido al malestar creciente debido a la permanencia en la Universidad de estructuras y prácticas heredadas de unos tiempos en los que solo una élite podía acudir a ella, especialmente el autoritarismo.
Sin embargo, aunque el movimiento estudiantil que comienza en 1964 se desarrolla durante un período de "prosperidad" del capitalismo, las cosas cambian a partir de 1967, cuando la situación económica comenzó a deteriorarse, reforzando seriamente el malestar de la juventud estudiantil. Es una de las razones que permite entender por qué ese movimiento conoció su apogeo en 1968. Es lo que permite explicar por qué, en mayo del 68, el movimiento de la clase obrera tomó el relevo.
Es lo que veremos en el próximo artículo.
Fabienne
[1]) David Caute, Sixty-Eight : The Year of the Barricades, London, Hamilton, 1988.
[2]) Mark Kurlansky : 1968, The Year That Rocked the Wolrd,, New York, y, en francés, 1968, l'année qui ébranla le monde, París
[3]) Algunas de nuestras publicaciones territoriales ya han publicado textos (o van a hacerlo) sobre los acontecimientos ocurridos en los diferentes países.
[4]) Rudi Dutschke sobrevivió al atentado pero tuvo secuelas neurológicas graves en parte responsables de su muerte prematura a los 39 años, el 24/12 de 1979, tres meses antes del nacimiento de su hijo Rudi Marek. Bachmann fue condenado a 7 años de cárcel por tentativa de asesinato. Dutschke tomó contacto con su agresor por escrito para explicarle que no albergaba resentimientos personales contra él e intentar convencerlo de la justa validez del compromiso socialista. Bachmann se suicidó en la cárcel el 24 de febrero de 1970. Dutschke lamentó no haberle escrito con más frecuencia: "la lucha por la liberación acaba justo de empezar; por desgracia, Bachmann no podrá participar en ella...".
[5]) También hubo movimientos estudiantiles que afectaron a países con régimen estalinista en 1968. En Checoslovaquia el movimiento estudiantil participó en la "Primavera de Praga" impulsada por un sector del partido estalinista, de modo que no puede considerársele como un movimiento contra el régimen. Muy diferente era la situación en Polonia: la policía reprime el 8 de marzo unas manifestaciones de estudiantes contestatarios contra la prohibición de un espectáculo considerado "antisoviético". La tensión sube durante el mes de marzo, los estudiantes ocupan las universidades y multiplican las manifestaciones. Bajo el mando del ministro del Interior, el general Moczar, cabecilla de la corriente de los "partisanos" en el partido estalinista, se reprime con brutalidad a los estudiantes y, por otra parte, se expulsa a los judíos del partido por "sionismo",.
[6]) Durante la guerra de Vietnam, los medios de EE.UU. ni dependían ni estaban sometidos a las autoridades militares. Fue éste un error que no volvió a cometer el gobierno estadounidense en las guerras de Irak en 1991 y desde 2003.
[7]) Ese fenómeno no ocurrió tras la Segunda Guerra mundial: los soldados americanos habían vivido un infierno, especialmente quienes habían desembarcado en Normandía en 1944, pero sus sacrificios fueron aceptados por la mayoría de ellos y por la población gracias a la exposición por parte de las autoridades y de los medios de la barbarie del régimen nazi.
[8]) A principios del siglo xx, hubo anarquistas franceses que presentaron un burro en la elecciones legislativas.
[9]) Para una presentación sintética de las posiciones políticas del situacionismo, ver nuestro artículo "Guy Debord: la segunda muerte de la Internacional situacionista" en la Revista internacional no 80.
[10]) Hay que señalar que en la mayoría de los casos (tanto en los países de régimen "autoritario" como los más "democráticos"), las autoridades reaccionaron con la mayor brutalidad contra las manifestaciones estudiantiles, incluso cuando éstas eran inicialmente pacíficas. Por todas partes más o menos, la represión, en lugar de intimidar a los contestatarios, fue, al contrario, un factor de movilización masiva y de radicalización del movimiento. Muchos estudiantes que al principio no se consideraban "revolucionarios" ni mucho menos no vacilaban en verse como tales al cabo de unos días o semanas como consecuencia de una represión desenfrenada que dejó al descubierto el verdadero rostro de la democracia burguesa mucho mejor que todos los discursos de Rubin, Dutschke o Cohn-Bendit.
Debate interno en la CCI
Durante la primavera de 2005, la CCI abrió un debate interno sobre el análisis económico del período de elevado crecimiento que sucedió a la Segunda Guerra mundial (llamado "los Treinta gloriosos", expresión creada por economistas franceses) y que se puede considerar como una excepción en la decadencia del capitalismo desde el punto de vista de los resultados económicos, puesto que alcanza los índices de crecimiento más elevados de toda la historia del capitalismo [[1]]. Este debate se originó a causa de la evidencia, ya antigua, de una contradicción entre diferentes textos de la CCI sobre el papel desempeñado por la guerra ante el problema crucial de la insuficiencia de mercados solventes para la economía capitalista. Una primera pregunta se le planteó entonces a nuestra organización: ¿las destrucciones causadas por la guerra permiten la creación de nuevos mercados? Pero al responder negativamente a esa pregunta, aparecía inmediatamente otra: ¿qué explicación coherente, basada en otros factores que las destrucciones de la Segunda Guerra mundial, podía darse a los Treinta gloriosos? El debate sobre esas cuestiones sigue abierto y las distintas posiciones no están acabadas. Éstas alcanzan sin embargo un nivel suficiente de elaboración que ya permite su publicación fuera de nuestra organización, para así fomentar el debate, especialmente entre elementos en búsqueda que se orientan hacia las posiciones de la Izquierda comunista.
Aunque, en la realidad, la evolución de la crisis antes y desde el final de los "Treinta gloriosos" ha puesto de sobra de manifiesto que este período sólo fue una excepción en un siglo de decadencia del capitalismo, la importancia de las cuestiones discutidas no debe, sin embargo, desdeñarse. En efecto, tienen repercusiones en el meollo mismo del análisis marxista, al permitir integrar tanto el carácter históricamente limitado del sistema de producción capitalista como la entrada en decadencia de ese sistema y el carácter insoluble de su crisis actual; o sea que se refieren a una de las principales bases objetivas materiales de la perspectiva revolucionaria del proletariado.
La relectura crítica de nuestro folleto, la Decadencia del capitalismo [[2]], suscitó una reflexión en nuestra organización y dio origen a un debate contradictorio cuyos términos ya se habían planteado en el movimiento obrero - y, en particular, en la Izquierda comunista -, y que se referían a las implicaciones económicas de la guerra en la fase de decadencia del capitalismo. En efecto, la Decadencia del capitalismo desarrolla explícitamente la idea de que las destrucciones causadas por las guerras de la fase de decadencia, y en particular las guerras mundiales, pueden crear un mercado para la producción capitalista, el mercado de la reconstrucción:
"... las salidas mercantiles se han ido estrechando de forma vertiginosa. Por todo eso, el capitalismo ha tenido que recurrir a la destrucción y a la producción de medios de destrucción para intentar compensar las perdidas aceleradas en su ‘espacio vital' (Cap. ¿Qué desarrollo de las fuerzas productivas? § "El crecimiento mundial tras la Segunda Guerra mundial).
"... en la destrucción masiva para la reconstrucción, el capitalismo descubre una peligrosísima y provisional salida para sus nuevos problemas de mercados.
"Durante la Primera Guerra mundial, las destrucciones no fueron "suficientes" (...). Ya en 1929, el capitalismo mundial se encuentra de nuevo frente a otra crisis.
"Como si hubieran aprendido la lección, las destrucciones de la Segunda Guerra mundial son muchísimo mas intensas y amplias. (...) una guerra que, por vez primera, tiene como meta consciente la destrucción sistemática del potencial industrial existente. La "prosperidad" de Europa y de Japón de después de la guerra parece ya algo sistemáticamente previsto al terminar aquella (plan Marshall, etc.)" (Idem, § "El ciclo crisis-guerra-reconstrucción).
Esa idea también está presente en algunos textos de la organización (en particular en la Revista internacional) así como en nuestros antecesores de Bilan quienes, en un artículo titulado "Crisis y ciclos en la economía del capitalismo agonizante", afirmaban:
"La matanza de la guerra va entonces a ser para la producción capitalista un inmenso mercado que abría "magníficas" perspectivas. (...) Si la guerra es la gran salida de la producción capitalista, en la "paz", el militarismo (comprendido como el conjunto de actividades para preparar la guerra) realizará la plusvalía de las producciones básicas controladas por el capital financiero" (Bilan no 11, octubre-noviembre de 1934 - vuelto a publicar en la Revista internacional no 103).
Por el contrario, otros textos de la organización, publicados antes y después del folleto sobre la Decadencia del capitalismo, desarrollan un análisis opuesto sobre el papel de la guerra en el período de decadencia, acercándose en eso al "Informe adoptado en la Conferencia de julio de 1945 de la Izquierda comunista de Francia" (ICF), para quien la guerra:
"... fue el medio indispensable para el capitalismo que le abrió posibilidades de desarrollo posterior, en la época en que existían estas posibilidades y no podían abrirse sino por la violencia. Del mismo modo, el hundimiento del mundo capitalista tras haber agotado históricamente todas las posibilidades de desarrollo, encuentra en la guerra moderna, la guerra imperialista, la expresión de este hundimiento que, sin abrir ninguna posibilidad de desarrollo posterior para la producción, no hace sino arrojar en el abismo las fuerzas productivas y acumular a un ritmo acelerado ruinas sobre ruinas" (ibídem, subrayado por nosotros).
El "Informe sobre el Curso histórico" adoptado en el Tercer congreso de la CCI [[3]], se refiere explícitamente a este pasaje del texto de la ICF, así como también el artículo "Guerra, militarismo y bloques imperialistas en la decadencia del capitalismo", publicado en 1988 [[4]], donde se subraya: "Y lo que caracteriza a todas esas guerras, como las dos guerras mundiales, es que en ningún momento permitieron el mas mínimo progreso en el desarrollo de las fuerzas productivas, al contrario de las del siglo pasado, sino que no han tenido otro resultado que la destrucción masiva, dejando totalmente exangües a los países en donde tuvieron lugar, y eso sin contar las horribles matanzas que provocaron".
Por importantes que sean estas cuestiones (y lo son, pues la respuesta que les den los revolucionarios debe estar en coherencia con su marco político general), conviene, sin embargo, precisar que no tienen el mismo carácter que otras como el papel antiobrero de los sindicatos, la participación en el juego parlamentario, etc., que delimitan directamente el campo del proletariado y el de la burguesía. O sea que aun siendo distintos, los análisis son totalmente compatibles con la plataforma del CCI.
Varias ideas de la decadencia del capitalismo fueron ya criticadas. Y la crítica actual se hace con el mismo método y el mismo marco global de análisis que la CCI ya utilizaba cuando se escribió ese folleto y que ha ido enriqueciendo desde entonces [[5]]. Recordemos los elementos constitutivos esenciales:
1. El reconocimiento de la entrada del capitalismo en su fase de decadencia con el estallido de la Primera Guerra mundial a principios del siglo xx y el carácter insuperable, desde entonces, de las contradicciones que acosan al sistema. Aquí se trata de la comprensión de las manifestaciones y consecuencias políticas del cambio de período, tal como lo caracterizó el movimiento obrero en aquel entonces, en particular cuando hablaba "de la era de las guerras y revoluciones" en la que había entrado el sistema.
2. Cuando se analiza la dinámica del modo de producción capitalista en un período entero, no se trata de estudiar separadamente los distintos protagonistas capitalistas (naciones, empresas, etc.) sino la entidad constituida por el capitalismo mundial como un todo, proporcionando éste la clave para incluir lo específico de cada una de sus partes. Era también el método de Marx cuando, al estudiar la reproducción de capital, precisa: "Para dejar de lado lo que es inútil para el análisis general, es necesario considerar el mundo comercial como una única nación" (Libro I de el Capital).
3. "Contrariamente a lo que pretenden los adoradores del capital la producción capitalista no crea automáticamente y a voluntad los mercados necesarios para su crecimiento. (...) Pero al generalizar sus relaciones al conjunto del planeta y al unificar el mercado mundial, alcanza un grado crítico de saturación de esos mismos mercados que le habían permitido la formidable expansión del siglo xix. Además, la dificultad creciente que tiene el capital para encontrar los mercados donde realizar su plusvalía, acentúa la presión a la baja que ejerce sobre la cuota de ganancia el crecimiento constante de la proporción entre el valor de los medios de producción y el de la fuerza de trabajo que los pone en funcionamiento. Esta baja de la cuota de ganancia, en un principio tendencia, se hace cada vez más efectiva, lo cual traba poderosamente el proceso de acumulación del capital y, en consecuencia, el funcionamiento de las estructuras del sistema" (Plataforma de la CCI).
4. Fue Rosa Luxemburg, basándose en los trabajos de Marx y criticando lo que consideraba insuficiencias, la que puso en evidencia de manera central que el enriquecimiento del capitalismo, como un todo, dependía de las mercancías que producía e intercambiaba con economías precapitalistas, o sea unas economías que ya practicaban el intercambio comercial pero que aún no habían adoptado el método de producción capitalista: "En realidad, las condiciones reales que imperan en la acumulación del capital total son completamente distintas de las que actúan tratándose de un capital individual y de la reproducción simple. El problema estriba en lo siguiente: ¿cómo se conforma la reproducción social, teniendo por condición que una parte creciente de la plusvalía no se consuma por los capitalistas, sino que se destine a la ampliación de la producción? Se excluye, de antemano, que la producción social, salvo el reemplazo del capital constante, vaya a parar al consumo de los trabajadores y capitalistas, y esta circunstancia es el elemento esencial del problema. Pero con esto se excluye también que los trabajadores y capitalistas mismos puedan realizar el producto total. No pueden realizar más que el capital variable, la parte gastada del capital constante y la parte consumida de la plusvalía. Pero, de este modo, sólo se pueden asegurar las condiciones necesarias para que la producción sea renovada conforme a la antigua escala. Por el contrario, la parte de la plusvalía destinada a capitalizarse no puede ser realizada por los obreros y capitalistas mismos. Por consiguiente, la realización de la plusvalía para fines de acumulación es un problema insoluble en una sociedad qué sólo conste de obreros y capitalistas" (Rosa Luxemburg, la Acumulación del capital, capítulo "La reproducción del capital y su medio ambiente").
La CCI retoma esta posición, aunque puedan existir en nuestra organización otras posiciones que critican el análisis económico de Rosa, como lo veremos en particular con una de las posiciones del debate. También ya se combatieron esos análisis en su época, no sólo por las corrientes reformistas que consideraban que el capitalismo no estaba condenado a causar catástrofes cada vez mayores, sino también por corrientes revolucionarias, y no cualquiera, en particular la de Lenin y la de Pannekoek, que también consideraban que el capitalismo se había vuelto un modo de producción históricamente caduco, aunque sus explicaciones eran diferentes de las de Rosa Luxemburg.
5. La generalización del imperialismo se debe precisamente a la importancia que para los países desarrollados tiene el acceso a los mercados extracapitalistas: "El imperialismo es la expresión política del proceso de la acumulación del capital en su lucha para conquistar los medios no capitalistas que no se hallen todavía agotados" (Rosa Luxemburg, la Acumulación del capital, capítulo "Aranceles protectores y acumulación").
6. El carácter históricamente limitado de los mercados extracapitalistas es el fundamento económico de la decadencia del capitalismo. La Primera Guerra mundial es la expresión de esa contradicción. Al acabarse el reparto del mundo por las grandes potencias, a las más desfavorecidas en lo que a colonias se refiere, no les quedó más remedio, para acceder a los mercados extracapitalistas, que intentar otro reparto del mundo por la fuerza militar. La entrada del capitalismo en su fase de decadencia significa que las contradicciones que acosan al sistema son, a partir de entonces, insuperables.
7. La instauración de medidas de capitalismo de Estado es un medio que se da la burguesía en la decadencia del capitalismo para intentar, mediante una serie de paliativos, frenar el hundimiento en la crisis y limitar sus expresiones más brutales para así evitar que vuelvan a manifestarse con la forma brutal de la crisis de 1929.
8. En el período de decadencia, el crédito es un medio esencial con el que la burguesía intenta atenuar los efectos de la insuficiencia de mercados extracapitalistas. La acumulación de una deuda mundial cada vez menos controlable, la insolvencia creciente de los distintos protagonistas capitalistas y las amenazas de desestabilización profunda de la economía mundial resultantes, ilustran el callejón sin salida de ese paliativo.
9. Una manifestación típica de la decadencia del capitalismo, a nivel económico, es la subida de los gastos improductivos. Son la manifestación de que hay cada día más obstáculos para el desarrollo de las fuerzas productivas a causa de las contradicciones insuperables del sistema: los gastos militares (armamentos, operaciones militares) para hacer frente a la agudización mundial de las tensiones imperialistas; los gastos para mantener y equipar las fuerzas de represión para hacer frente, en última instancia, a la lucha de la clase; la publicidad, arma de la guerra comercial para vender en un mercado sobresaturado, etc. Desde el punto de vista económico, esos gastos no son más que una pura pérdida para el capital.
En la CCI existe una posición que, aunque esté de acuerdo con nuestra plataforma, está en desacuerdo con varios aspectos de la contribución de Rosa Luxemburg sobre los fundamentos económicos de la crisis del capitalismo [[6]]. Esa posición considera que el origen de la crisis está en otra contradicción señalada por Marx, la baja de la cuota de ganancia [[7]]. Tras rechazar las ideas (bordiguistas y consejistas en particular) que se imaginan que el capitalismo puede generar automática y eternamente la extensión de su propio mercado a la simple condición de que la cuota de ganancia sea suficientemente elevada, esa posición subraya que la contradicción fundamental del capitalismo no está tanto dentro de los límites del mercado (o sea la forma con la que se manifiesta la crisis), sino en los límites que se imponen a la extensión de la producción.
El debate de fondo sobre esa posición es el que ya ha habido, polémicamente, con otras organizaciones (incluso si existen diferencias en las posiciones presentes) sobre la tendencia a la baja de la cuota de ganancia y la saturación de mercados [[8]]. Sin embargo, como veremos, en el debate actual existe una determinada convergencia entre esa posición y otra, llamada del "capitalismo de Estado keynesiano-fordista", que presentamos a continuación. Ambas posiciones reconocen la existencia de un mercado interno a las relaciones de producción capitalistas que fue un factor de prosperidad durante el período de los "Treinta gloriosos", y analizan el final de ese período como resultado de la contradicción que impone "la baja de la cuota de ganancia".
Las otras posiciones que se expresaron en el debate se reivindican de la coherencia desarrollada por Rosa Luxemburg, dándole un papel central en la crisis del capitalismo a la cuestión de la insuficiencia de mercados extracapitalistas.
Basándose precisamente en ese marco de análisis, parte de la organización consideró que había contradicciones en el folleto la Decadencia del capitalismo, que también se reivindica de ese marco, en la medida en que el folleto afirma que la acumulación en la que se basa la prosperidad de los "Treinta gloriosos" es la apertura de un mercado, el de la reconstrucción, que nada tiene que ver con los mercados extracapitalistas.
Frente a ese desacuerdo en nuestras filas se desarrolló una posición - presentada como "economía de guerra y capitalismo de Estado" - que, aunque siendo crítica con algunos aspectos de nuestro folleto, acusándolo en particular de falta de rigor así como de ausencia de referencia al plan Marshall para explicar la reconstrucción propiamente dicha, no es, en el fondo, sino: "una defensa de la idea de que la prosperidad del período de los años 50 y 60 estuvo determinada por la situación global de las relaciones imperialistas y la instauración de una economía de guerra permanente tras la Segunda Guerra mundial".
En esa parte de la organización que pone en entredicho el análisis de la decadencia del capitalismo del período de los "Treinta gloriosos", existen en realidad dos interpretaciones de la prosperidad de ese período.
La primera interpretación, que llamaremos "mercados extracapitalistas y endeudamiento", no hace sino retomar por cuenta propia, revalorizándolos, esos dos factores ya avanzados por la organización en diferentes etapas de su existencia [[9]]. Según esa posición, "estos dos factores bastan para explicar la prosperidad de los "Treinta gloriosos".
La segunda interpretación, que llamaremos "capitalismo de Estado keynesiano-fordista", "... procede de la misma constatación de que nuestro folleto sobre la decadencia - la de la saturación relativa de los mercados en 1914 habida cuenta de las necesidades de la acumulación alcanzadas a nivel mundial -, y desarrolla la idea de que el sistema respondió instaurando una alternativa de capitalismo de Estado basada en una triple distribución forzada (keynesianismo) de una fuerte subida de la productividad (fordismo) en beneficio de las ganancias, de las rentas del Estado y de los salarios reales".
El objetivo de este primer artículo sobre el debate acerca de los "Treinta gloriosos" es limitarse a su presentación general, como lo acabamos de hacer, y también exponer sintéticamente cada una de las tres posiciones principales que alimentan el debate, como lo hacemos a continuación [[10]]. Más tarde se publicarán algunas contribuciones contradictorias entre las distintas opiniones, las que aquí se mencionan y otras si surgieran durante el debate. Y de este modo quizás podrán también aclararse mejor las distintas posiciones.
La economía de guerra y el capitalismo de Estado
El origen de esta posición ya fue expuesto por la Izquierda comunista de Francia en 1945. Ésta consideraba que a partir de 1914, los mercados extracapitalistas que proporcionaron al capitalismo su necesario campo de expansión durante su período ascendente, habían dejado de ser capaces de cumplir ese papel: "Este período histórico es el de la decadencia del sistema capitalista. ¿Qué significa eso? La burguesía que antes de la primera guerra imperialista vivía y no podía vivir sino gracias a una expansión creciente de su producción, llegó a ese punto de su historia en el que ya no puede seguir realizando su expansión. (...) Hoy, excepto algunas regiones lejanas e inservibles, excepto algunos restos sin importancia del mundo no capitalista insuficientes para absorber la producción mundial, el capitalismo es dueño del mundo, no existen ya países extracapitalistas que podrían constituir nuevos mercados para su sistema: así su apogeo es también el punto donde comienza su decadencia" [[11]].
La historia económica desde 1914 es la de los intentos por parte de la clase burguesa, en distintos países y en distintos momentos, de superar este problema fundamental: ¿cómo seguir acumulando la plusvalía producida por la economía capitalista en un mundo ya repartido entre las grandes potencias imperialistas y cuyo mercado es incapaz de absorber el conjunto de esta plusvalía? Y debido a que las potencias imperialistas no pueden ya extenderse sino a costa de sus rivales, en cuanto se acaba una guerra es necesario preparar la siguiente. La economía de guerra se convierte en método permanente de vida de la sociedad capitalista.
"La economía de guerra no tiene como objetivo la solución de un problema económico. En su origen es el fruto de una necesidad del Estado capitalista de defenderse contra las clases desposeídas y mantener por la fuerza su explotación, por una parte, y garantizar por la fuerza sus posiciones económicas y ampliarlas a costa de los demás Estados imperialistas. (...) La producción de guerra se convierte así en eje de la producción industrial y en principal campo económico de la sociedad" (Internationalisme no 1, "Informe sobre la situación internacional", julio de 1945).
El período de la reconstrucción - los "Treinta gloriosos" - es un momento particular de esa historia. Tres características económicas del mundo en 1945 deben destacarse aquí:
• En primer lugar está la enorme preponderancia económica y militar de Estados Unidos, hecho casi sin precedentes en la historia del capitalismo. Estados Unidos por sí solo representa la mitad de la producción mundial y posee casi un 80 % de las reservas mundiales de oro. Es el único país beligerante cuyo aparato productivo salió indemne de la guerra: su PIB se duplicó entre 1940 y 1945. EEUU absorbió todo el capital acumulado del Imperio británico durante los siglos de su expansión colonial, y, además, buena parte del Imperio francés.
• En segundo lugar, hay una conciencia aguda entre las clases dominantes del mundo occidental de que es indispensable elevar el nivel de vida de la clase obrera si se quiere descartar el peligro de trastornos sociales que podrían hacer el juego de los estalinistas y, por consiguiente, del bloque imperialista ruso adverso. La economía de guerra integra, pues, un nuevo aspecto, del que nuestros antecesores de la Izquierda comunista de Francia (GCF) no tenían verdaderamente conciencia en aquel entonces: el conjunto de las prestaciones sociales (salud, desempleo, jubilaciones, etc.) que la burguesía - y sobre todo la burguesía del bloque occidental - instaura al iniciarse la reconstrucción en los años cuarenta.
• En tercer lugar, el capitalismo de Estado que había expresado, antes de la Segunda Guerra mundial, una tendencia hacia la autarquía de las distintas economías nacionales se enmarca ahora en una estructura de bloques imperialistas que determinan las relaciones económicas entre los Estados (sistema Bretton Woods para el bloque americano, COMECON para el bloque ruso).
Durante la reconstrucción, el capitalismo de Estado conoce una evolución cualitativa: la parte del Estado en la economía nacional se hace preponderante [[12]]. Incluso hoy, después de 30 años de pretendido "liberalismo", los gastos del Estado siguen representando entre un 30 y un 60 % del PIB de los países industrializados.
Esta nueva importancia del Estado representa una transformación de cantidad en calidad. El Estado no es ya solamente el "Comité ejecutivo" de la clase dominante, sino también el mayor patrón y el mercado mayor. En Estados Unidos, por ejemplo, el Pentágono se convierte en el principal patrón del país (entre tres y cuatro millones personas, incluidos civiles y militares). Como tal, desempeña un papel central en la economía y permite la explotación más a fondo de los mercados existentes.
La instauración del sistema Bretton Woods también permite la instauración de mecanismos de crédito más sofisticados y menos frágiles que en el pasado: el crédito al consumidor se desarrolla y las instituciones económicas establecidas por el bloque americano (FMI, Banco mundial, GATT) permiten evitar crisis financieras y bancarias.
La enorme preponderancia económica de Estados Unidos permitió a la burguesía norteamericana gastar sin contar para garantizar su soberanía militar contra el bloque ruso: sostuvo dos guerras sangrientas y costosas (en Corea y Vietnam); los planes de tipo Marshall y las inversiones en el extranjero financiaron la reconstrucción de las economías arruinadas en Europa y Asia (en particular, en Corea y Japón). Pero este enorme esfuerzo - determinado no por el funcionamiento "clásico" del capitalismo sino por la confrontación imperialista que caracteriza la decadencia del sistema - terminó arruinando la economía estadounidense. En 1958, su balanza de pagos es ya deficitaria y, en 1970, Estados Unidos ya sólo posee el 16 % de las reservas mundiales de oro. El sistema Bretton Woods hace aguas por todas partes, y el mundo se hunde en una crisis de la que ya no ha salido hasta ahora.
Los mercados extracapitalistas y el endeudamiento
Lejos de participar en el desarrollo de las fuerzas productivas con bases comparables a las de la ascendencia del capitalismo, el período de los "Treinta gloriosos" se caracteriza por un enorme despilfarro de plusvalía que demuestra la existencia de obstáculos para el desarrollo de las fuerzas productivas propios de la decadencia de ese sistema.
La reconstrucción consecutiva a la Primera Guerra mundial abrió una fase de prosperidad de unos pocos años durante los cuales, como antes de que estallara el conflicto, la venta a los mercados extracapitalistas siguió siendo la salida necesaria para la acumulación capitalista. En efecto, aunque el mundo estaba ya repartido entonces entre las mayores potencias industriales, aún distaba mucho, sin embargo, de estar dominado por las relaciones de producción capitalistas. Pero al ser insuficiente la capacidad de absorción de los mercados extracapitalistas para la masa de mercancías producidas por los países industrializados, la reanudación se estrelló rápidamente (la crisis de 1929) contra el escollo de la sobreproducción.
Muy diferente fue el período abierto por la reconstrucción tras la Segunda Guerra mundial, que superó los mejores indicadores económicos de la ascendencia del capitalismo. Durante más de dos décadas hubo un crecimiento constante de productividad, las subidas más importantes de la historia del capitalismo, debido en particular al perfeccionamiento del trabajo en cadena (fordismo), la automatización de la producción y su generalización por todas las partes donde era posible.
Pero no basta con producir mercancías, también es necesario venderlas en el mercado. En efecto, la venta de las mercancías producidas por el capitalismo sirve para renovar los medios de producción vetustos, así como la fuerza de trabajo (salarios de los obreros). Garantiza, pues, la reproducción simple del capital (o sea sin aumento de los medios de producción o consumo) pero también debe financiar los gastos improductivos - que van de los gastos de armamento al mantenimiento de los capitalistas, incluyendo también numerosos otros sectores sobre los que hemos de volver. A continuación, si subsiste un saldo positivo, puede destinarse a la acumulación del capital.
En las ventas efectuadas anualmente por el capitalismo, la parte que puede dedicarse a la acumulación del capital, y que así participa en su enriquecimiento real, es necesariamente limitada debido a que es el saldo que queda de todos los gastos obligatorios. Históricamente, sólo representa un porcentaje escaso de la riqueza producida anualmente [[13]] y corresponde esencialmente a las ventas realizadas en mercados extracapitalistas (interiores o externos) [[14]]. Es el único medio que permite al capitalismo desarrollarse (fuera del saqueo, legal o no, de los recursos de las economías no capitalistas), o sea de no encontrarse en la situación en que "los capitalistas se intercambian mutuamente y consumen su producción", lo que, como dice Marx, "de ningún modo permite una valoración del capital":
"Cómo explicarse que haya demanda de esas mismas mercancías de que carece la masa del pueblo, y que sea necesario buscarles salida en el extranjero, en mercados lejanos para poder pagar a los obreros del propio país el promedio de los medios de subsistencia de primera necesidad? Porque sólo dentro de esa trabazón específica, capitalista, adquiere el producto sobrante una forma en que su poseedor necesita que vuelva a convertirse para él en capital para poder ponerlo a disposición del consumo. Por último, si se afirma que los capitalistas sólo tienen que cambiar entre sí y consumir sus mercancías, se pierde de vista el carácter esencial de la producción capitalista en su conjunto y se olvida que lo fundamental para ella es la valorización del capital y no su consumo" [[15]].
Con la entrada en decadencia del capitalismo, los tendencia de los mercados extracapitalistas es a ser cada vez más insuficientes, pero no por eso desaparecen y su viabilidad también depende, como en ascendencia, de los progresos de la industria. Ahora bien, ¿qué pasa cuando los mercados extra-capitalistas son cada vez menos capaces de absorber las cantidades crecientes de mercancías producidas por el capitalismo? Aparece entonces la sobreproducción y, con ella, la destrucción de parte de la producción, salvo si el capitalismo lograra utilizar el crédito como paliativo a esa situación. Pero, cuanto más escaseen los mercados extracapitalistas menos podrá reembolsarse el crédito así utilizado como paliativo.
Así pues, el mercado solvente para el crecimiento de los "Treinta Gloriosos" se formó mediante la combinación entre la explotación de los mercados extracapitalistas aún existentes en aquel entonces y el endeudamiento a medida que aquéllos iban siendo insuficientes para absorber toda la oferta. No existe ningún otro remedio posible (excepto, repitámoslos, el saqueo de las riquezas extracapitalistas) que permita la expansión del capitalismo, en aquella época como en cualquier otra. Por lo tanto, los "Treinta gloriosos" ya han aportado su pequeña contribución a la formación de la masa actual de unas deudas que nunca serán reembolsadas y que son una verdadera espada de Damocles colgada encima de la cabeza del capitalismo.
Otra característica de los "Treinta gloriosos" es el peso de los gastos improductivos en la economía. Esos gastos son, en particular, una parte importante de los gastos del Estado que, a partir del final de los años cuarenta y en la mayoría de los países industrializados, conocen un aumento considerable. Es una consecuencia de la tendencia histórica hacia el desarrollo del capitalismo de Estado, especialmente del peso del militarismo en la economía que se mantiene a un alto nivel desde la guerra mundial, y también de las políticas keynesianas practicadas entonces y destinadas a apoyar artificialmente la demanda. Si una mercancía o un servicio son improductivos, eso significa que su valor de uso no le permite integrarse en el proceso de la producción [[16]] y participar en la reproducción simple o ampliada del capital. También es necesario considerar improductivos los gastos relativos a una demanda en el capitalismo no requerida por las necesidades de la reproducción simple o ampliada. Fue, por ejemplo, el caso durante los "Treinta gloriosos" de aumentos de salario a niveles que a veces se acercaban al crecimiento de la productividad laboral del que se "beneficiaron" algunas categorías de obreros, en algunos países, en aplicación de las mismas doctrinas keynesianas. En efecto, el pago de un salario superior al estrictamente necesario para la reproducción de la fuerza de trabajo acaba plasmándose, en el mismo sentido que los miserables subsidios pagados a los parados o que los gastos improductivos del Estado, en un despilfarro de capitales que no puede dedicarse a la valorización del capital global. Dicho de otra forma, el capital destinado a los gastos improductivos se esteriliza, sean éstos cuales sean.
La creación por el keynesianismo de un mercado interior capaz de dar una solución inmediata a la comercialización de una producción industrial masiva pudo dar la ilusión de un retorno duradero a la prosperidad de la fase de ascendencia del capitalismo. Pero al estar completamente desconectado de las necesidades de valorización del capital, ese mercado acabó en la esterilización de una porción significativa de capital. Su mantenimiento estaba condicionado por una conjunción de factores totalmente excepcional que no podía durar: el crecimiento constante de la productividad del trabajo que, aun financiando los gastos improductivos, era suficiente para lograr un excedente que permitía que continuara la acumulación; la existencia de mercados solventes - ya fueran extracapitalistas o resultantes del endeudamiento - permitían la realización de ese excedente.
No se repitió nunca desde entonces un crecimiento de la productividad laboral comparable al de los "Treinta gloriosos". Sin embargo, aunque ocurriese, el agotamiento total de los mercados extracapitalistas, los límites prácticamente alcanzados de la reactivación de la economía por medio de nuevos aumentos de la deuda mundial ya tan desproporcionada, sellan la imposibilidad de la repetición de un período de prosperidad semejante.
Entre los factores de la prosperidad de los "Treinta gloriosos" no está, contrariamente a lo que se afirma en nuestro folleto la Decadencia del capitalismo, el mercado de la reconstrucción. Tras la Segunda Guerra mundial, volver a construir el aparato productivo no fue en sí un mercado extracapitalista como tampoco fue creador de valor. Fue en buena parte el fruto de una transferencia de riqueza, ya acumulada en Estados Unidos, hacia los países que reconstruir, puesto que la financiación de la operación se hizo mediante el plan Marshall, esencialmente financiado por las subvenciones del Tesoro de EEUU. Ese mercado de la reconstrucción tampoco puede servir para explicar la corta fase de prosperidad que siguió a la Primera Guerra mundial. Por eso el esquema "guerra-reconstrucción-prosperidad" que, de forma empírica, ha correspondido efectivamente a la realidad del capitalismo en decadencia, no tiene, sin embargo, valor de ley económica según la cual existiría un mercado de la reconstrucción que permitiría un enriquecimiento del capitalismo.
El análisis que hacemos de las fuerzas motrices de los "Treinta gloriosos" parte de un conjunto de hechos objetivos de los que los principales son los siguientes.
El producto mundial per cápita se duplica durante la fase ascendente del capitalismo [[17]] y el índice de crecimiento industrial no dejará de aumentar, para culminar en vísperas de la Primera Guerra mundial [[18]]. Entonces, los mercados que le habían proporcionado su campo de expansión llegan a saturación habida cuenta de las necesidades alcanzadas por la acumulación a escala internacional. Empieza entonces la fase de decadencia marcada por dos guerras mundiales, la mayor crisis de sobreproducción de la historia (1929-33), y un frenazo brutal del crecimiento de las fuerzas productivas (tanto la producción industrial como el producto mundial per cápita serán casi divididos por la mitad entre 1913 y 1945: respectivamente 2,8 % y 0,9 % por año).
Eso no impedirá, ni mucho menos, al capitalismo registrar un formidable crecimiento durante los "Treinta Gloriosos": el producto mundial per cápita se triplica, mientras que la producción industrial hará más que duplicarse (respectivamente 2,9 % y 5,2 % por año). No sólo estos niveles son muy superiores a lo que fueron durante el período ascendente, sino que los salarios reales aumentarán también cuatro veces más rápidamente (se multiplicarán por cuatro mientras que apenas se habían duplicado durante un período dos veces más largo entre 1850 y 1913).
¿Cómo pudo producirse tal "milagro"?
- ni por una demanda extracapitalista residual puesto que ya era insuficiente en 1914, disminuyendo incluso a continuación [[19]] ;
- ni por el endeudamiento estatal o los déficits presupuestarios puesto que disminuyen mucho durante los "Treinta gloriosos" [[20]] ;
- ni por el crédito que sólo aumenta sensiblemente a raíz del retorno de la crisis [[21]] ;
- ni por la economía de guerra puesto que es improductiva: los países más militarizados son los menos eficientes e inversamente ;
- ni por el plan Marshall cuyo impacto es limitado en importancia y en tiempo [[22]] ;
- ni por las destrucciones de guerra puesto que las que fueron consecutivas a la primera apenas habían generado prosperidad [[23]] ;
- ni únicamente por el crecimiento de la importancia del Estado en la economía, puesto que su duplicación durante el período entre ambas guerras no había tenido tal efecto [[24]], porque en 1960 su nivel (19 %) es inferior al de 1937 (21 %), y que incluye cantidad de gastos improductivos.
El "milagro" y su explicación siguen pues intactos, tanto mas teniendo en cuenta que:
a) las economías están exangües inmediatamente después de la guerra,
b) el poder adquisitivo de todos los protagonistas económicos está por los suelos,
c) que éstos están endeudados excesivamente,
d) que la enorme potencia adquirida por Estados Unidos está basada en una economía de guerra improductiva con grandes dificultades de reconversión,
e) y que ese "milagro" se producirá ¡a pesar de la esterilización de masas crecientes de plusvalía en gastos improductivos!
En realidad, ese misterio no es tal si se combinan los análisis de Marx sobre las implicaciones de las ganancias de productividad [[25]] con las contribuciones de la Izquierda comunista sobre el desarrollo del capitalismo de Estado en decadencia. En efecto, este período se caracteriza por:
a) ganancias de productividad nunca antes vistas durante toda la historia del capitalismo, ganancias que se basan en la generalización del trabajo en cadena y sin interrupción (fordismo).
b) subidas muy importantes de los salarios reales, pleno empleo e instauración de un salario indirecto formado por diversos subsidios sociales. Por otra parte, los países donde esas subidas son más fuertes son los que obtienen mejores resultados y a la inversa.
c) un control por parte del Estado de partes enteras de la economía y una fuerte intervención por su parte en las relaciones capital-trabajo [[26]].
d) Todas esas políticas keynesianas, además, se encuadraron en algunos aspectos a nivel internacional a través de la OCDE, el GATT, el FMI, el Banco mundial, etc.
e) por fin, contrariamente a otros períodos, los "Treinta gloriosos" se caracterizaron por un crecimiento autocentrado (o sea con relativamente pocos intercambios entre los países de la OCDE y el resto del mundo), y sin deslocalizaciones a pesar de las importantes alzas de salarios reales y del pleno empleo. En efecto, la mundialización y las deslocalizaciones son fenómenos que no aparecerán hasta los años ochenta y sobre todo los noventa.
Así pues, al garantizar obligatoria y proporcionadamente la triple distribución del incremento de productividad entre la ganancia, los impuestos y los salarios, el capitalismo de Estado keynesiano-fordista va a garantizar el cierre del ciclo de acumulación entre una oferta incrementada de bienes y servicios a precios en baja (fordismo) y una demanda solvente creciente al estar vinculada a esas mismas ganancias de productividad (keynesianismo). Los mercados así asegurados, la crisis volverá a aparecer invirtiéndose la cuota de ganancia hacia la baja, a causa del agotamiento de las ganancias fordistas de productividad; la cuota de ganancia se reducirá hasta la mitad entre finales de los años 1960 y 1982 [[27]]. Esa reducción drástica de la rentabilidad del capital lleva al desmantelamiento de las políticas de posguerra en beneficio de un capitalismo de Estado desregulado desde principios de los años ochenta. Este cambio de dirección permitió un restablecimiento espectacular de la cuota de ganancia, gracias a la compresión de la parte salarial, pero la reducción de la demanda solvente que de ello se deriva ha mantenido la acumulación y el crecimiento a un bajo nivel [[28]]. Por lo tanto, en un contexto ahora ya estructural de escasos incrementos de productividad, el capitalismo se ve obligado a presionar los salarios y condiciones de trabajo para garantizar el alza de sus beneficios, pero al hacerlo limita sus mercados solventes. Esas son las raíces:
a) de las capacidades excesivas y de la superproducción endémica;
b) del endeudamiento cada vez más desenfrenado para paliar la demanda obligada;
c) de las deslocalizaciones en busca de mano de obra barata;
d) de la mundialización para vender lo máximo a la exportación;
e) de la inestabilidad financiera a repetición que se deriva de las inversiones especulativas de capitales que ya no tienen oportunidades de invertir en la ampliación del capital.
En la actualidad, la tasa de crecimiento ha vuelto a bajar al nivel del período entre guerras, y una nueva versión de los Treinta gloriosos es imposible. El capitalismo está condenado a hundirse en una barbarie creciente.
Al no haber tenido todavía la oportunidad de presentarse como tales, el origen y las implicaciones de este análisis se desarrollarán posteriormente, ya que exigen volver a estudiar algunos de nuestros análisis para alcanzar una comprensión más amplia y más coherente del funcionamiento y los límites del modo de producción capitalista [[29]].
A imagen de nuestros antecesores de Bilan o de la Izquierda comunista de Francia, no pretendemos ser los poseedores de la verdad "absoluta y eterna" [[30]] y somos totalmente conscientes de que los debates que surgen en nuestra organización se beneficiarán de las contribuciones y críticas constructivas que surjan fuera de ella. Es la razón por la cual todas las contribuciones que se nos dirijan serán bienvenidas y tenidas en cuenta en nuestra reflexión colectiva.
C.C.I.
[1]) Entre 1950 y 1973, el PIB mundial per cápita aumentó a un ritmo anual cercano al 3 % mientras que aumentó entre 1870 y 1913 al ritmo de un 1,3 % (Maddison Angus, la Economía mundial, OCDE, 2001: 284).
[2]) Recopilación de artículos de la prensa de CCI publicada en enero de 1981.
[3]) Tercer congreso del CCI, Revista internacional no 18, 3er trimestre de 1979.
[4]) Revista internacional no 52, 1er trimestre de 1988.
[5]) Sobre todo a través de la publicación en la Revista internacional de la serie "Comprender la decadencia del capitalismo" y en particular el artículo de la no 56, así como la "Presentación de la Resolución sobre la situación internacional del VIIIo congreso de la CCI" sobre el peso del endeudamiento, en la Revista internacional no 59, 4o trimestre de 1989.
[6]) El hecho de que esta posición minoritaria ya existiera desde hace tiempo en nuestra organización - los camaradas que la defienden actualmente ya la defendían al entrar en la CCI - a la vez que permite la participación en el conjunto de nuestras actividades, tanto de intervención como de elaboración político-teórica, ilustra lo justa que ha sido la decisión de la CCI de no haber hecho de su análisis sobre la relación entre saturación de mercados y reducción de la cuota de ganancia y del peso respectivo de estos dos factores, una condición de adhesión a la organización.
[7]) "Cuota de ganancia" (y no "tasa de beneficio") según la traducción de el Capital de la edición en tres volúmenes del Fondo de cultura económica, México, 1946.
[8]) Ver, el artículo "Respuesta a CWO sobre la guerra en la fase de decadencia del capitalismo" publicado en dos partes en los no 127 y 128 de la Revista internacional.
[9]) La mejor explotación de los mercados extracapitalistas está ya mencionada en la Decadencia del capitalismo. Volvemos a mencionarla e insistir en ella en el 6o artículo de la serie "Comprender la decadencia del capitalismo" publicado en la Revista internacional no 56, en el cual se propone también el factor del endeudamiento y además ya no se menciona el "mercado de la reconstrucción".
[10]) Hay matices en cada una de esas tres posiciones que se expresaron en el debate. No podemos, en este artículo, dar cuenta de ellos aquí. Podrán aparecer, en función de la evolución del debate, en las futuras contribuciones que publiquemos.
[11]) Internationalisme no 1, enero de 1945: "Tesis sobre la situación internacional".
[12]) Sólo para Estados Unidos, los gastos del Estado federal que sólo representaban un 3 % del PIB en 1930, alcanzan casi el 20 % del PIB durante los años 1950-60.
[13]) Un ejemplo: durante el período 1870-1913, la venta a los mercados extracapitalistas representó un porcentaje medio anual cercano al 2,3 % del PIB mundial (cifra calculada en función de la evolución del PIB mundial entre esas dos fechas; fuente: https://www.theworldeconomy.org/publications/worldeconomy/frenchpdf/Madd... [18]). Al ser un promedio, es obviamente inferior al de los años que registran el crecimiento más elevado como los anteriores a Primera Guerra mundial.
[14]) A este respecto, poco importa que sus ventas sean productivas o no, como las armas, para el destinatario final.
[15]) Libro III, sección 3ª: "Ley de la tendencia decreciente de la cuota de ganancia", XV: Desarrollo de las contradicciones internas de la ley, Exceso de capital y exceso de población"; pp. 254-255, el Capital, t. III, ed. FCE, 1946, México.
[16]) Para ilustrar este hecho, basta con considerar la diferencia de uso final entre, por un lado, un arma, una publicidad, un curso de formación sindical y, por otro, una herramienta, comida, clases escolares o universitarias, cuidados médicos, etc.
[17]) De 0,53 % por año entre 1820-70 al 1,3 % entre 1870-1913 (Angus Maddison, la Economía mundial, OCDE: 284).
[18])
Índice de crecimiento anual |
|
1786-1820 |
2,5 % |
1820-1840 |
2,9 % |
1840-1870 |
3,3 % |
1870-1894 |
3,3 % |
1894-1913 |
4,7 % |
W.W. Rostow, The world economy : 662 |
[19]) Muy importante en el nacimiento del capitalismo, ese poder adquisitivo interno de los países desarrollados ya sólo representaba entre 5 % y 20 % en 1914, y era marginal en 1945: entre 2 % y 12 % (Peter Flora, State, Economy and Society in Western Europa 1815-1975, A Data Handbook, Vol. II, Campus, 1987). En cuanto al acceso al Tercer mundo, queda amputado en dos tercios con la retirada del mercado mundial de China, del bloque del Este, de India y de otros países subdesarrollados. En cuanto al comercio con la tercera parte restante, ¡cae a la mitad entre 1952 y 1972! (P. Bairoch, le Tiers Monde dans l'impasse, pp. 391-392).
[20]) Datos publicados en el no 114.
[21]) Datos publicados en el no 121.
[22]) El plan Marshall tuvo un impacto muy débil en la economía norteamericana: "Después de la Segunda Guerra mundial... el porcentaje de las exportaciones americanas con relación al conjunto de la producción disminuyó en una medida nada desdeñable. El propio Plan Marshall no acarreó, en ese ámbito, cambios muy importantes" (Fritz Sternberg, el Conflicto del siglo, p. 577), el autor concluye que es por lo tanto el mercado interior el determinante en la reanudación económica.
[23]) Los datos y la argumentación se desarrollan en nuestro artículo de la Revista no 128. Volveremos sobre el tema, ya que, de acuerdo con Marx, la desvalorización y destrucción de capitales permiten efectivamente regenerar el ciclo de acumulación y abrir nuevos mercados. Sin embargo, un estudio meticuloso nos ha demostrado que, aunque ese factor haya podido tener algún papel, éste fue relativamente escaso, limitado en el tiempo y a Europa y Japón.
[24]) La parte de los gastos públicos totales en el PIB de países de la OCDE pasa del 9 % al 21 % de 1913 a 1937 (véase no 114).
[25]) En efecto, la productividad no es más que otra expresión de la ley del valor - puesto que representa lo inverso del tiempo de trabajo -, y es la base de la extracción de la plusvalía relativa tan característica de ese período.
[26]) La parte de los gastos públicos en los países de la OCDE hace más que duplicarse entre 1960 a 1980: del 19 % al 45 % (no 114).
[27]) Gráficos en los nos 115, 121 y 128.
[28]) Gráficos y datos en el no 121 así como en nuestro análisis del crecimiento en Asia del Este:
https://fr.internationalism.org/ICConline/2008/crise_economique_Asie_Sud_est.htm [19]
ICConline/2008/crise_economique_Asie_Sud_est.htm [19].
[29]) El lector podrá sin embargo encontrar muchos datos, así como cierta evolución teórica en varios artículos publicados en los nos 114, 115, 121, 127, 128, y en nuestro análisis del crecimiento en Asia del Este, disponibles todos en nuestra página Web.
[30]) "Ningún grupo posee la exclusiva de la ‘verdad absoluta y eterna'" como lo decía la Izquierda comunista de Francia. Ver a este respecto nuestro artículo "Hace 60 años: una conferencia de revolucionarios internacionalistas" en Revista internacional no 132.
Hace 90 años, la revolución proletaria culminaba trágicamente en las luchas de 1918 y 1919 en Alemania. Tras la toma heroica del poder por el proletariado en Rusia en Octubre de 1917, el corazón de la batalla por la revolución mundial se desplazó hacia Alemania. Allí se llevó la batalla decisiva, y se perdió. La burguesía mundial siempre ha querido que no quede ningún recuerdo de aquellos acontecimientos. Como no puede negar que se desarrollaron luchas, pretende que tenían como objetivo "la democracia" y "la paz" - o sea precisamente las "maravillosas" condiciones que hoy reinan en Alemania capitalista.
El objetivo de la serie que comenzamos con este artículo es poner de manifiesto que la burguesía en Alemania estuvo a dos dedos de perder el poder ante el movimiento revolucionario. A pesar de que fuesen derrotadas, tanto la revolución alemana como la revolución rusa han de ser un estímulo para nosotros hoy. Nos recuerdan que no solo es necesario sino que es posible derribar la dominación del capitalismo mundial.
Esta serie la constituirán cinco artículos. El primero se dedica a cómo el proletariado revolucionario se comprometió con sus principios internacionalistas ante la Primera Guerra mundial. El segundo tratará de las luchas revolucionarias de 1918. El tercero se dedicará al drama que se desarrolló cuando la fundación del Partido comunista a finales de 1918. El cuarto examinará la derrota de 1919. El último tratará sobre el significado histórico de los asesinatos de Rosa Luxemburg y de Karl Liebknecht, y de la herencia que estos revolucionarios nos han transmitido para hoy.
La ola revolucionaria internacional que comenzó contra la Primera Guerra mundial se produjo unos pocos años después de la mayor derrota política sufrida por el movimiento obrero: el hundimiento de la Internacional socialista en agosto de 1914. Examinar por qué la guerra pudo estallar y por qué falló la Internacional es pues un elemento esencial para entender el carácter y el curso de las revoluciones en Rusia y Alemania.
El camino hacia la guerra
La amenaza de guerra mundial se sentía desde principios del siglo xx. Las grandes potencias la preparaban febrilmente. El movimiento obrero la previó y puso en guardia contra ella. Su estallido, sin embargo, se vio retrasado por dos factores. Uno de ellos fue la preparación militar insuficiente de los principales protagonistas. Alemania, por ejemplo, estaba acabando la construcción de una marina de guerra capaz de rivalizar con Gran Bretaña, dueña de los océanos. Convirtió la isla de Helgoland en base naval de alta mar, acabó la construcción del canal entre el mar del Norte y el Báltico, etc. A finales de la primera década del siglo, estos preparativos habían llegado a su término. Esto le da tanta mayor importancia al segundo factor: el miedo a la clase obrera. Este miedo no era una hipótesis puramente especulativa del movimiento obrero. Importantes representantes de la burguesía lo expresaban explícitamente. Von Bulow, canciller de Alemania, declaró que era principalmente a causa del miedo a la Socialdemocracia si no había más remedio que posponer la guerra. Paul Rohrbach, infame propagandista de los círculos belicistas abiertamente imperialistas de Berlín, escribía: "a no ser que ocurra una catástrofe elemental, lo único que podría obligar a Alemania a mantener la paz es el hambre de los que no tienen pan". El general von Bernhardi, eminente teórico militar de aquellos tiempos, destacaba en su libro la Guerra de hoy (1913) que la guerra moderna implicaba importantes riesgos debido a que tenía que movilizar y disciplinar a millones de personas. Esta opinión no solo se basaba en consideraciones teóricas sino, sobre todo, en la experiencia práctica de la primera guerra imperialista del siglo xx entre potencias de primera importancia. Dicha guerra, la que había enfrentado a Rusia y Japón (1904-1905), engendró el movimiento revolucionario de 1905 en Rusia.
Estas consideraciones alimentaban en el movimiento obrero la esperanza de que la clase dominante no se atrevería a desencadenar la guerra. Esa esperanza permitía ocultar las divergencias en la Internacional socialista, precisamente cuando la clarificación en el proletariado requería un debate abierto. El que ningún componente del movimiento socialista internacional "quisiese" la guerra daba una impresión de fuerza y unidad. Sin embargo, el oportunismo y el reformismo no se oponían a la guerra por principio sino simplemente porque tenían miedo, si estallara, a perder su estatuto jurídico y financiero. Por su parte, el "centro marxista" en torno a Kautsky temía la guerra principalmente porque destruiría la ilusión de unidad del movimiento obrero que quería mantener a toda costa.
Lo que sí iba a favor de la capacidad de la clase obrera para impedir la guerra era sobre todo la intensidad de la lucha de clases en Rusia. Allí los obreros no habían tardado en recuperarse de la derrota del movimiento de 1905. En vísperas de la Primera Guerra mundial, una nueva oleada de huelgas de masas alcanzó un hito en el imperio de los Zares. En cierta medida, la situación de la clase obrera en aquel país se asemejaba a la de la China de hoy; era una minoría en el conjunto de la población, pero se concentraba masivamente en fábricas modernas financiadas por el capital internacional, ferozmente explotada en un país atrasado que no disponía de los mecanismos de control político del liberalismo parlamentario burgués. Existe sin embargo una diferencia importante: el proletariado ruso se había educado en las tradiciones socialistas del internacionalismo, mientras que los obreros chinos de hoy siguen sufriendo la pesadilla de la contrarrevolución nacionalista estalinista.
Todo eso hacía de Rusia una amenaza para la estabilidad capitalista.
Pero Rusia no era un ejemplo significativo de la relación de fuerzas internacional entre las clases. El corazón del capitalismo y de las tensiones imperialistas estaba en Europa occidental y central. La clave de la situación mundial no estaba en Rusia sino en Alemania. Alemania era el país que impugnaba el orden mundial de las antiguas potencias coloniales. Y también era el país cuyo proletariado era el más concentrado y fuerte, con la educación socialista más desarrollada. El papel político de la clase obrera alemana se ilustraba en que los principales sindicatos fueron allí fundados por el Partido socialista, mientras que en Gran Bretaña - la otra nación capitalista dominante en Europa - el socialismo no aparecía más que como un apéndice del movimiento sindical. En Alemania, las luchas cotidianas de los obreros se desarrollaban tradicionalmente con vistas al gran objetivo socialista final.
A finales del siglo xix, empezó sin embargo en Alemania un proceso de despolitización de los sindicatos socialistas, de "emancipación" con respecto al Partido socialista. Los sindicatos cuestionaban abiertamente la unidad entre el movimiento y el objetivo final. El teórico del partido, Eduard Bernstein, no hizo más que generalizar esa orientación con su famosa fórmula: "el movimiento lo es todo, el objetivo no es nada". Este cuestionamiento del papel dirigente de la Socialdemocracia en el movimiento obrero, de la primacía del objetivo sobre el movimiento, causó un conflicto entre el Partido socialista, el SPD, y sus propios sindicatos. Este conflicto se intensificó después de la huelga de masas de 1905 en Rusia. Y acabó con la victoria de los sindicatos sobre el partido. Sometido a la influencia del "centro" en torno a Kautsky - que quería mantener "la unidad" del movimiento obrero a toda costa - el partido decidió que la cuestión de la huelga de masas era asunto de los sindicatos [[1]]. Pero resulta que era en la huelga de masas donde estaba toda la cuestión de la revolución proletaria venidera... Y fue así como quedó políticamente desarmada la clase obrera alemana e internacional en vísperas de la Primera Guerra mundial.
Declarar el carácter no político de los sindicatos era una preparación a la integración del movimiento sindical en el Estado capitalista. Eso proporcionó a la clase dominante la organización de masas que necesitaba para alistar a los obreros para la guerra. A su vez, esa movilización para la guerra en el centro mismo del capitalismo provocó la desmoralización y la desorientación de los obreros en Rusia - para quienes Alemania era la principal referencia - y rompió el movimiento de huelgas de masas que allí estaba desarrollándose.
El proletariado ruso, que estaba realizando huelgas de masas desde 1911, tenía ya una experiencia reciente de crisis económicas, guerras y luchas revolucionarias. No era ése el caso en Europa occidental y central, en donde estalló la guerra al cabo de un largo período de desarrollo económico, en el que la clase obrera había conocido verdaderas mejoras de sus condiciones de existencia, aumentos de salarios y reducción del desempleo, pero también el desarrollo de las ilusiones reformistas; un período en el que las principales guerras se habían hecho en la periferia del capitalismo mundial. La primera gran crisis económica mundial no estallaría sino 15 años más tarde, en 1929. La fase de decadencia del capitalismo no comenzó por una crisis económica como lo esperaba, tradicionalmente, el movimiento obrero, sino por la crisis de la guerra mundial. Con la derrota y el aislamiento del ala izquierda del movimiento obrero sobre la cuestión de la huelga de masas, ya no había motivo para la burguesía de posponer la guerra imperialista. Al contrario, todo retraso podía serle fatal. ¡Esperar no podía sino significar esperar el desarrollo de la crisis económica, de la lucha de clases y de la conciencia revolucionaria de su sepulturero!
El hundimiento de la Internacional
Así pues se abrió el curso a la guerra mundial. Su estallido causó el hundimiento de la Internacional socialista. En vísperas de la guerra, la Socialdemocracia organizó manifestaciones de protesta por toda Europa. La dirección del SPD envió a Friedrich Ebert (futuro asesino de la revolución) a Zúrich en Suiza con los fondos del partido para impedir que fuesen confiscados, y a Bruno Haase, eterno vacilante, a Bruselas para organizar la resistencia internacional contra la guerra. Pero una cosa es oponerse a la guerra antes de que estalle, y otra levantarse contra ella cuando comienza. Y, entonces, los juramentos de solidaridad proletaria solemnemente pronunciados en los congresos internacionales de Stuttgart en 1907 y de Basilea en 1912 aparecieron, en gran parte, como puramente platónicos. Incluso algunos miembros del ala izquierda, que habían apoyado acciones inmediatas aparentemente radicales contra la guerra - Mussolini en Italia, Hervé en Francia -, se unieron entonces al campo del chauvinismo.
La dimensión del naufragio de la Internacional sorprendió a todos. Ya es sabido que Lenin, cuando se enteró, pensaba que las declaraciones en la prensa del partido alemán a favor de la guerra eran obra de la policía para desestabilizar el movimiento socialista en el extranjero. Incluso la burguesía parece haber sido sorprendida por la amplitud de la traición de sus principios por la Socialdemocracia. Había apostado sobre todo por los sindicatos para movilizar a los obreros y había firmado acuerdos secretos con su dirección en vísperas de la guerra. En algunos países, partes importantes de la Socialdemocracia se opusieron realmente a la guerra. Eso pone de manifiesto que la apertura política del curso a la guerra no significó que las organizaciones políticas traicionaran automáticamente. Pero la quiebra de la Socialdemocracia en los principales países beligerantes era tanto más sorprendente. En Alemania, en algunos casos, incluso los elementos opuestos a la guerra con más determinación se callaron durante un tiempo. En el Reichstag (Parlamento alemán), donde 14 miembros de la fracción parlamentaria de la socialdemocracia estaban en contra del voto de los créditos de guerra y 78 a favor, incluso Karl Liebknecht, al principio, se sometió a la disciplina tradicional de la fracción.
¿Cómo explicarlo?
Para eso, es obviamente necesario, en primer lugar, situar los acontecimientos en su contexto objetivo. Fue decisivo el cambio fundamental en las condiciones de la lucha de clases debido a la entrada en un nuevo período histórico de guerras y revoluciones. En aquel contexto se puede comprender perfectamente que el paso de los sindicatos al campo de la burguesía era históricamente inevitable. Al ser esas organizaciones la expresión de una etapa particular, inmadura, de la lucha de clase, en la que la revolución todavía no estaba al orden del día, nunca fueron por naturaleza órganos revolucionarios; con el nuevo período en el que la defensa de los intereses inmediatos de cualquier parte del proletariado implicaba desde entonces una dinámica hacia la revolución, ya no podían servir a su clase de origen y sólo podían perdurar incorporándose al campo enemigo.
Pero lo que se explica claramente para los sindicatos resulta insuficiente al examinar a los partidos socialdemócratas. Queda claro que con la Primera Guerra mundial, los partidos perdieron su antiguo centro de gravedad, o sea la movilización para las elecciones. Y también resulta claro que el cambio de condiciones hacía desaparecer los fundamentos mismos de la existencia de partidos políticos de masas de la clase obrera. Ante la guerra y también la revolución, un partido proletario debe ser capaz de ir contra la corriente, incluso contra el estado de ánimo dominante en la clase en su conjunto. Pero la tarea principal de una organización política de la clase obrera - la defensa del programa y, en particular, del internacionalismo proletario -, no cambia con el cambio de época. Al contrario, adquiere todavía más importancia. Por ello, aunque fuese una necesidad histórica que los partidos socialistas conocieran una crisis frente a la guerra mundial y que en su seno las corrientes infestadas por el reformismo y el oportunismo traicionaran, eso no basta, sin embargo, para explicar lo que Rosa Luxemburg designó como "crisis de la Socialdemocracia".
También es cierto que un cambio histórico fundamental causa necesariamente una crisis programática; las antiguas tácticas probadas desde hacía tiempo e incluso principios como la participación electoral, el apoyo a los movimientos nacionales o a las revoluciones burguesas se vuelven repentinamente caducos. Pero sobre este punto, debemos recordar que muchos revolucionarios de aquel entonces, aún no comprendiendo todavía las implicaciones programáticas y tácticas del nuevo período, fueron sin embargo capaces de mantenerse fieles al internacionalismo proletario.
Pretender entender lo que pasó basándose únicamente en las condiciones objetivas equivale a considerar que todo lo que ocurre en la historia es inevitable desde el comienzo. Semejante enfoque pone en entredicho la posibilidad de sacar lecciones de la historia, puesto que todos nosotros también somos producto de las "condiciones objetivas". Ningún verdadero marxista negará la importancia de estas condiciones objetivas, pero si examinamos la explicación que los revolucionarios de aquel entonces dieron ellos mismos de la catástrofe sufrida por el movimiento socialista en 1914, se puede ver que subrayaron sobre todo la importancia de los factores subjetivos.
Una de las principales razones de la quiebra del movimiento socialista está en su sentimiento ilusorio de invencibilidad, su convicción errónea de que la batalla estaba ganada. La Segunda Internacional basaba esta convicción en tres factores esenciales ya identificados por Marx: la concentración en un polo de la sociedad del capital y de los medios de producción y, en el otro, del proletariado desposeído; la eliminación de las capas sociales intermedias cuya existencia ocultaba la contradicción social principal; y la anarquía creciente del modo de producción capitalista, que se expresaba en particular por la crisis económica, obligando al sepulturero del capitalismo, el proletariado, a poner el propio sistema en cuestión. En sí misma, esta opinión era totalmente válida. Estas tres condiciones del socialismo son el producto de contradicciones objetivas que se desarrollan independientemente de la voluntad de las clases sociales y, a largo plazo, se imponen inevitablemente. Pero de ahí pueden sacarse, sin embargo, dos conclusiones muy problemáticas. Una es que la victoria es ineludible, y, la otra, que la victoria no puede ser inmovilizada salvo si la revolución estalla de forma prematura, al caer el movimiento obrero en provocaciones.
Estas conclusiones eran tanto más peligrosas porque eran muy justas pero también muy parciales. Es cierto que el capitalismo crea inevitablemente las condiciones materiales de la revolución y del socialismo. Y es muy real el peligro de las provocaciones por parte de la clase dominante para llevar a confrontaciones prematuras. Veremos toda la importancia trágica de esta última cuestión en la tercera y cuarta partes de esta serie.
El problema de ese esquema del porvenir socialista está en que no deja ningún espacio a los fenómenos nuevos como, por ejemplo, las guerras imperialistas entre potencias capitalistas modernas. La cuestión de la guerra mundial no entraba en ese esquema. Ya hemos visto que mucho antes de que estallara realmente, el movimiento obrero preveía la inevitabilidad de la guerra. Sin embargo, el hecho de reconocer lo inevitable de la guerra no hizo que la Socialdemocracia llegara a la conclusión de que la victoria del socialismo podía no llegar a ser una realidad. Ambas partes del análisis de la realidad siguieron separadas una de la otra de una forma que puede parecer casi esquizofrénica. Esta incoherencia, aun pudiendo resultar fatal, no es inusual. Muchas de las grandes crisis y desconciertos en la historia del movimiento obrero proceden del encerramiento en los esquemas del pasado, del retraso de la conciencia sobre la evolución de la realidad. Se puede citar por ejemplo el apoyo al Gobierno provisional y a la continuación de la guerra por el Partido bolchevique después de Febrero de 1917 en Rusia. El Partido seguía preso del esquema de la revolución burguesa legado por 1905 y que se reveló inadecuado en el nuevo contexto de la guerra mundial. Fueron necesarias las Tesis de abril de Lenin y meses de debates intensos para salir de la crisis.
Poco antes de su muerte en 1895, Friedrich Engels fue el primero en intentar sacar las conclusiones necesarias de la perspectiva de una guerra generalizada en Europa. Declaró que ésta abriría la alternativa histórica de socialismo o barbarie. Ponía abiertamente en cuestión la inevitabilidad de la victoria del socialismo. Pero ni siquiera Engels llegó a sacar inmediatamente todas las conclusiones de esta visión. No logró entender que el nacimiento en el partido alemán de la corriente opositora Die Jungen ("los Jóvenes"), a pesar de todas sus debilidades, era una expresión auténtica del justo descontento hacia las actividades del partido (principalmente orientadas hacia el parlamentarismo), de sobra insuficientes. Ante la última crisis del partido antes de su muerte, Engels pesó con toda su influencia a favor de la defensa del mantenimiento del statu quo en el partido, en nombre de la paciencia y de la necesidad de evitar las provocaciones.
Fue Rosa Luxemburg, en su polémica contra Bernstein a principios del siglo xx, la que sacó las conclusiones decisivas de la visión de Engels sobre la perspectiva de "socialismo o barbarie". Aunque la paciencia sea una de las principales virtudes del movimiento obrero y sea necesario evitar las confrontaciones prematuras, el principal peligro que se presentaba históricamente ya no era que la revolución estallara demasiado pronto sino que estallara demasiado tarde. Esta opinión le da toda su importancia a la preparación activa de la revolución, a la importancia central del factor subjetivo.
Esa condena de un fatalismo que empezaba a predominar en la Segunda Internacional, esa restauración del marxismo, iba a ser una de las líneas divisorias de toda la oposición de izquierdas revolucionaria, antes y durante la Primera Guerra mundial [[2]].
Como lo escribirá Rosa Luxemburg en su folleto la Crisis de la Socialdemocracia: "El socialismo científico nos enseñó a reconocer las leyes objetivas del desarrollo histórico. El hombre no hace la historia por propia voluntad, pero la hace de todos modos. El proletariado depende en su acción del grado alcanzado por la evolución social. Pero la evolución social no es algo aparte del proletariado; es a la vez su fuerza motriz y su causa, tanto como su producto y su efecto".
Precisamente porque descubrió las leyes objetivas de la historia, por primera vez una fuerza social, la clase del proletariado consciente, puede llevar su voluntad a la práctica de forma deliberada. No solo hace la historia, sino que puede influir conscientemente en su curso.
"El socialismo es el primer movimiento popular del mundo que se ha impuesto una meta y ha puesto en la vida social del hombre un pensamiento consciente, un plan elaborado, la libre voluntad de la humanidad. Por eso Friedrich Engels llama a la victoria final del proletariado socialista el salto de la humanidad del reino animal al reino de la libertad. Este paso también está ligado por leyes históricas inalterables a los miles de peldaños de la escalera del pasado, con su avance lento y tortuoso. Pero jamás se logrará si la chispa de la voluntad consciente de las masas no surge de las circunstancias materiales que son fruto del desarrollo anterior. El socialismo no caerá como maná del cielo. Sólo se ganará en una larga cadena de poderosas luchas en las que el proletariado, dirigido por la socialdemocracia, aprenderá a manejar el timón de la sociedad para convertirse de víctima impotente de la historia en su guía consciente".
Para el marxismo, reconocer la importancia de las leyes objetivas de la historia y de las contradicciones económicas - lo que niegan o ignoran los anarquistas - va acompañado por el reconocimiento de los elementos subjetivos [[3]]. Están íntimamente vinculados y se influyen recíprocamente. Se puede comprobar observando los factores más importantes que poco a poco fueron socavando la vida proletaria en la Internacional. Uno fue la erosión de la solidaridad en el movimiento obrero. Vino favorecida por la expansión económica que precedió 1914 y las ilusiones reformistas que aquella generó. Pero también fue resultado de la capacidad de la clase enemiga para aprender de su experiencia. Bismarck introdujo mutuas de seguro social (con las leyes antisocialistas...) para sustituir la solidaridad entre trabajadores por una dependencia individual de lo que más tarde se llamará "Estado del bienestar". Tras el fracaso del intento de Bismarck de destruir el movimiento obrero poniéndolo fuera de ley, el gobierno de la burguesía imperialista que le sucedió a finales del siglo xix invirtió su táctica. Al haber entendido que las condiciones de represión estimulaban la solidaridad obrera, el Gobierno retiró las leyes antisocialistas e invitó repetidamente a la Socialdemocracia a participar en "la vida política" (o sea en la dirección del Estado), acusándola de renunciar de forma "sectaria" a los "únicos medios prácticos" que permitieran una verdadera mejora de la vida de los obreros.
Lenin mostró el vínculo entre los niveles objetivo y subjetivo en lo que respecta a otro factor decisivo en la delicuescencia de los principales partidos socialistas. Fue la transformación de la lucha por la liberación de la humanidad en rutina diaria vacua. Identificaba tres corrientes en la socialdemocracia, presentando la segunda corriente "el llamado ‘centro', que está formado por los que oscilan entre los socialchauvinistas y los verdaderos internacionalistas", y caracterizándola así:
"El "centro" lo forman los elementos rutinarios, corroídos por la podrida legalidad, corrompidos por la atmósfera del parlamentarismo, etc. Son funcionarios acostumbrados a los puestos confortables y al trabajo "tranquilo". Considerados histórica y económicamente no representan a una capa social específica, no pueden valorarse más que como un fenómeno de transición del período, ya superado, del movimiento obrero de 1871-1914 (...) a un nuevo período, objetivamente necesario desde que estalló la Primera Guerra imperialista mundial que abrió la era de la revolución social" [[4]].
Para los marxistas de aquel entonces, la "crisis de la Socialdemocracia" no ocurría fuera de su campo de acción. Se sentían responsables personalmente. Para ellos, la quiebra del movimiento obrero era también su propia quiebra. Como lo dice Rosa Luxemburg, "tenemos las víctimas de la guerra sobre la conciencia".
Lo que es notable en la quiebra de la Internacional socialista, es que no fue fruto en primer lugar ni de una insuficiencia del programa, ni de un análisis erróneo de la situación mundial.
"El proletariado mundial no sufre de una debilidad de principios, programas o consignas, sino de falta de acción, de resistencia eficaz, de capacidad para atacar al imperialismo en el momento decisivo" [[5]].
Para Kautsky, la incapacidad de mantener el internacionalismo probaba de por sí la imposibilidad de realizarlo. De ello deducía que la Internacional era esencialmente un instrumento para tiempos de paz, que debía dejarse de lado en tiempos de guerra. Para Rosa Luxemburg como para Lenin, el desastre de agosto de 1914 venía principalmente de la erosión de la ética de la solidaridad proletaria internacional en la dirección de la Internacional.
"Entonces se produjo el horrible, el increíble 4 de agosto de 1914. ¿Debía tener lugar? Un acontecimiento de tal importancia no puede ser un simple accidente. Debe tener causas objetivas profundas, significativas. Pero quizás sus causas están en los errores de los dirigentes del proletariado, en la propia Socialdemocracia, en el hecho de que nuestra voluntad de luchar había vacilado, de que abandonamos nuestra valentía y nuestras convicciones" (ídem, subrayado por nosotros).
La quiebra de la Internacional socialista fue un acontecimiento de la mayor importancia histórica y una cruel derrota política. Pero no fue una derrota decisiva, o sea irreversible, para toda una generación. Una primera indicación fue que las capas más politizadas del proletariado siguieron fieles al internacionalismo proletario. Richard Müller, dirigente del grupo Revolutionäre Obleute, de los delegados de fábricas de la metalurgia, recordaba: "En la medida en que las grandes masas populares, ya antes de la guerra, se habían educado bajo la influencia de la prensa socialista y de los sindicatos, y que tenían opiniones precisas sobre el Estado y la sociedad, y a pesar de que no lo hubieran expresado abierta e inmediatamente, rechazaron sin rodeos la propaganda bélica y la guerra misma" [[6]].
Eso fue una diferencia brutal con la situación de los años 30 en los que, tras la victoria del estalinismo en Rusia y del fascismo en Alemania, se arrastró a los obreros más avanzados hacia el terreno político del nacionalismo y de la defensa de la patria (imperialista) "antifascista" o "socialista".
La movilización para la guerra no fue la prueba de una derrota profunda sino de un abatimiento momentáneo de las masas. Aquella movilización vino acompañada por escenas de histeria patriotera de la muchedumbre. Pero no se han de confundir con un alistamiento activo de la población, como se vio durante las guerras nacionales de la burguesía revolucionaria en Holanda o Francia. La intensa agitación pública de 1914 tiene esencialmente sus raíces en el carácter masivo de la sociedad burguesa moderna y en unos medios a disposición del Estado capitalista de propaganda y manipulación desconocidos hasta entonces. En ese sentido, la histeria de 1914 no fue algo totalmente nuevo. Ya se había visto en Alemania cuando la guerra franco-prusiana de 1870, pero adquirió una nueva índole con el cambio de carácter de la guerra moderna.
La locura de la guerra imperialista
El movimiento obrero subestimó la potencia del gigantesco terremoto político, económico y social provocado por la guerra mundial. Acontecimientos de tal magnitud y de violencia tan colosal, más allá de todo posible control de cualquier fuerza humana, pueden suscitar las emociones más extremas. Algunos antropólogos piensan que la guerra despierta un instinto de defensa "auto-conservadora", cosa que comparten los seres humanos con otras especies. Sea verdad o no, lo cierto es que la guerra moderna despierta temores muy antiguos que dormitan en nuestra memoria histórica colectiva, transmitidos de generación en generación por la cultura y las tradiciones, de forma consciente o no: el miedo a la muerte, al hambre, a la violación, al destierro, a la exclusión, la privación, la esclavitud. El que la guerra imperialista generalizada moderna no se limite a los militares profesionales sino que implique a toda la sociedad e introduzca armamentos de una potencia destructiva sin precedentes, no puede sino aumentar el terror pánico que genera. A eso se han de añadir las profundas implicaciones morales. En la guerra mundial, no es una casta particular de soldados sino millones de trabajadores alistados en el ejército los que se lanzan a mutuo degüello. El resto de la sociedad, en la retaguardia, obra con el mismo objetivo. En esta situación, la moral fundamental que hace posible que pueda subsistir cualquier sociedad humana deja de aplicarse. Como dice Rosa Luxemburg, "todos los pueblos que emprenden el asesinato organizado se transforman en una horda bestial " [[7]].
Todo eso provocó, cuando estalló la guerra, una verdadera psicosis de masas y una atmósfera de pogromo generalizado. Rosa Luxemburg cuenta cómo las poblaciones de ciudades enteras se transformaron en populacho soliviantado. Los gérmenes de toda la crueldad del siglo xx, incluidos Auschwitz e Hiroshima, ya estaban contenidos en aquella guerra.
¿Cómo habría debido reaccionar el partido de los obreros al estallar la guerra? ¿Decretando la huelga de masas? ¿Llamando a los soldados a desertar? Absurdo, responde Rosa Luxemburg. La primera tarea de los revolucionarios era la de resistir a lo que en el pasado Wilhelm Liebknecht había calificado de ciclón de pasiones humanas, refiriéndose a la guerra de 1870.
"Tales explosiones "del alma popular" son impresionantes, apabullantes, aplastantes por su furia elemental. Uno se siente impotente, como frente a una potencia dominante. Es como una fuerza superior. No tiene adversario tangible. Es como una epidemia, en la gente, en el aire, por todas partes. (...) Por eso no era nada fácil en aquella época nadar contra la corriente" [[8]].
En 1870, la Socialdemocracia supo nadar contra la corriente. Comentario de Rosa Luxemburg: "Permanecieron en sus puestos y durante cuarenta años, la Socialdemocracia vivió sobre la fuerza moral con la que se había opuesto a un mundo de enemigos" [[9]].
Y ahí Rosa alcanza el meollo, el punto crucial de su argumentación: "Lo mismo habría podido ocurrir hoy. Al principio, quizás lo único que habríamos podido hacer era salvar el honor del proletariado, y los miles de proletarios que mueren en las trincheras en la oscuridad mental, no se habrían muerto en una confusión espiritual sino con la convicción de que lo que había sido todo para ellos durante su vida, la Internacional, la Socialdemocracia liberadora, no había sido un sueño. La voz de nuestro partido habría sido el antídoto contra la intoxicación chauvinista de masas. Habría preservado al proletariado inteligente del delirio, habría frenado la capacidad del imperialismo para envenenar y embrutecer a las masas en un tiempo increíblemente corto. Y con el desarrollo de la guerra, (...) todos los elementos vivos, honestos, progresivos y humanos se habrían unido a los estandartes de la socialdemocracia" [[10]].
Conquistar ese "prestigio moral incomparable" fue la primera tarea de los revolucionarios frente a la guerra.
Para Kautsky y sus afines era imposible comprender que existiera esa preocupación por los últimos pensamientos que podían tener antes de morir los proletarios en uniforme. Para él, provocar la rabia patriotera de la muchedumbre y la represión del Estado una vez que había estallado la guerra, no era sino un gesto vano e inútil. El socialista francés Jaurès había declarado anteriormente que la Internacional representaba toda la fuerza moral del mundo. Ahora, muchos de sus antiguos dirigentes ya ni siquiera sabían que el internacionalismo no es un gesto inútil sino la prueba de la vida o de la muerte del socialismo internacional.
El vuelco en la situación y el papel de los revolucionarios
La quiebra del Partido socialista provocó una situación verdaderamente dramática. La primera consecuencia fue que permitió una perpetuación aparentemente indefinida de la guerra. La estrategia militar de la burguesía alemana era evitar la apertura de un segundo frente, lograr una victoria rápida sobre Francia, para poder luego mandar todas sus fuerzas al frente oriental para que Rusia capitulara. Su estrategia contra la clase obrera seguía el mismo principio: tomarla por sorpresa y sellar la victoria antes de que tuviera tiempo de recuperar una orientación proletaria.
A partir de septiembre de 1914 (batalla del Marne), la invasión de Francia y, con ella, el conjunto de la estrategia basada en una victoria rápida falló por completo. No solo la burguesía alemana, sino toda la burguesía mundial quedó atrapada en las redes de un dilema ante el cual no podía ni retroceder, ni abandonar. De ello resultaron matanzas sin precedentes completamente absurdas, incluso desde el punto de vista capitalista, de millones de soldados. El propio proletariado estaba cogido en la trampa sin que existiese la menor perspectiva inmediata que pudiera poner fin a la guerra por iniciativa propia. El peligro que surgió entonces fue el de la destrucción de la condición material y cultural más esencial para el socialismo, la del propio proletariado.
Los revolucionarios están vinculados a su clase como la parte lo está al todo. Las minorías de la clase nunca pueden ponerse en lugar de la propia actividad y creatividad de las masas. Pero hay momentos en la historia durante los cuales la intervención de los revolucionarios puede tener una influencia decisiva. Tales momentos se producen en el proceso hacia la revolución, cuando las masas luchan por la victoria. Resulta entonces decisivo ayudar a la clase a encontrar el buen camino, a franquear las trampas del enemigo, a evitar llegar demasiado pronto o demasiado tarde a la cita de la historia. Pero también tienen lugar en los momentos de derrota, cuando es vital sacar las buenas conclusiones. Sin embargo, debemos aquí establecer algunas distinciones. Ante una derrota aplastante, esta tarea es decisiva a largo plazo para la transmisión de las lecciones a las generaciones futuras. En el caso de la derrota de 1914, el impacto decisivo que los revolucionarios podían tener era tan inmediato como durante la propia revolución. No solo porque la derrota sufrida no era definitiva, sino también debido a que las mismas condiciones de la guerra mundial, al hacer literalmente de la lucha de clase una cuestión de vida o muerte, dio nacimiento a una aceleración extraordinaria en la politización.
Ante las privaciones de la guerra, era inevitable que la lucha de clases económica se desarrollara abiertamente y tomara inmediatamente un carácter político. Pero los revolucionarios no podían limitarse a esperar que eso ocurriese. La desorientación de la clase, como vimos, era sobre todo producto de una ausencia de dirección política. Era entonces responsabilidad de todos los que siguieron siendo revolucionarios en el movimiento obrero iniciar ellos mismos la inversión de la corriente. Incluso antes de las huelgas en el "frente interior", mucho antes de las rebeliones de los soldados en las trincheras, los revolucionarios debían mostrarse y afirmar el principio de la solidaridad proletaria internacional.
Comenzaron ese trabajo en el Parlamento, denunciando la guerra y votando contra los créditos de guerra. Fue la última vez que se utilizó esta tribuna con fines revolucionarios. Pero eso estuvo acompañado, desde el principio, por la propaganda y la agitación revolucionaria ilegal y por la participación en las primeras manifestaciones para reclamar pan. Una tarea de la mayor importancia para los revolucionarios también fue organizarse para clarificar su opinión y, sobre todo, para establecer contactos con los revolucionarios en el extranjero y preparar la fundación de una nueva Internacional. El Primero de mayo de 1916, Spartakusbund (la Liga Espartaco), núcleo del futuro Partido comunista (KPD), se sintió por primera vez lo suficientemente fuerte para salir a la calle abiertamente y en masa. Era el día en que, tradicionalmente, la clase obrera celebraba su solidaridad internacional. Spartakusbund llamó a manifestaciones en Dresde, Jena, Hanau, Braunschweig y sobre todo en Berlín. Diez mil personas se reunieron en la Postdamer Platz para escuchar a Karl Liebknecht denunciar la guerra imperialista. Una batalla callejera estalló en una inútil tentativa de impedir su detención.
Las protestas del Primero de Mayo privaron a la oposición internacionalista de su líder más conocido. Siguieron muchas mas detenciones. A Liebknecht se le acusó de irresponsabilidad e incluso de querer ponerse en primer plano. En realidad, la dirección de Spartakusbund había decidido colectivamente esa acción del Primero de Mayo. Cierto es que el marxismo critica los actos inútiles del terrorismo y del aventurerismo. Cuenta con la acción colectiva de las masas. Pero el gesto de Liebknecht fue mucho más que un acto de heroísmo individual. Personificaba las esperanzas y las aspiraciones de millones de proletarios ante la locura de la sociedad burguesa. Como lo escribirá más tarde Rosa Luxemburg:
"No olvidemos sin embargo esto. La historia del mundo no se hace sin nobleza de sentimientos, sin moral elevada, sin nobles gestos" [[11]].
Esa nobleza de sentimientos se extendió rápidamente de Spartakusbund a los metalúrgicos. El 27 de junio de 1916 en Berlín, en vísperas del juicio de Karl Liebknecht detenido por su agitación pública contra la guerra, una reunión de delegados de fábricas fue organizada tras la manifestación ilegal de protesta convocada por Spartakusbund. En la orden del día estaba la cuestión de la solidaridad con Liebknecht. En contra de Georg Ledebour, único representante presente del grupo opositor en el Partido socialista, se propuso la acción para el día siguiente. No hubo debate. Todos se levantaron y permanecieron silenciosos.
Al día siguiente, a las 9, los torneros pararon las máquinas de las grandes fábricas de armamento del capital alemán. 55 000 obreros de Löwe, AEG, Borsig, Schwarzkopf abandonaron sus herramientas y se reunieron a las puertas de las fábricas. A pesar de la censura militar, la noticia se extendió cual reguero de pólvora por todo el Imperio: ¡los obreros de las fábricas de armamento salen en solidaridad con Liebknecht! Y no solo en Berlín, sino en Braunschweig, en los astilleros de Bremen, etc. Hasta en Rusia hubo acciones de solidaridad.
La burguesía mandó al frente a miles de huelguistas. En las fábricas, los sindicatos abrieron la caza a los "líderes". Pero cada detención aumentaba la solidaridad de los obreros. Solidaridad proletaria internacional contra guerra imperialista: era el comienzo de la revolución mundial, la primera huelga de masas en la historia de Alemania.
La llama que se había encendido en la plaza Postdamer se extendió aún más rápidamente entre la juventud revolucionaria. Inspirados por el ejemplo de sus jefes políticos, antes incluso que los metalúrgicos experimentados, los jóvenes habían lanzado la primera huelga de importancia contra la guerra. En Magdeburgo y, sobre todo, en Braunschweig que era un bastión de Spartakus, las manifestaciones ilegales de protesta del Primero de Mayo se transformaron en un movimiento de huelga contra la decisión impuesta por el Gobierno de ingresar parte de los salarios de los aprendices y jóvenes obreros en una cuenta obligatoria para financiar el esfuerzo de guerra. Los adultos se agregaron con una huelga de apoyo. El 5 de mayo, las autoridades militares tuvieron que retirar esta medida para impedir la extensión del movimiento.
Después de la batalla de Skagerrak en 1916, única confrontación durante toda la guerra entre las marinas británica y alemana, un pequeño grupo de marineros revolucionarios proyectó apoderarse del acorazado Hyäne y desviarlo hacia Dinamarca para "manifestarse delante del mundo entero" contra la guerra [[12]]. A pesar de que el proyecto fue descubierto y fracasó, ya prefiguraba las primeras rebeliones abiertas que ocurrieron en la marina de guerra a principios de agosto 1917. Empezaron a causa del trato y las condiciones de vida de las tripulaciones. Pero muy rápidamente, los marinos lanzaron un ultimátum al Gobierno: o cesaba la guerra o estallaba la huelga. El Estado contestó con una ola de represión, ajusticiando a dos dirigentes revolucionarios, Albin Köbis y Max Reichpietsch.
Una ola de huelgas masivas se desarrolló en Berlín, Leipzig, Magdeburgo, Halle, Braunschweig, Hanover, Dresde y otras ciudades a partir de mediados de abril de 1917. Aunque los sindicatos y el SPD no se atrevieron a oponerse abiertamente, intentaron limitar el movimiento a cuestiones económicas; pero los obreros de Leipzig formularon una serie de reivindicaciones políticas - en particular la del cese de la guerra - que se retomaron en otras ciudades.
Los ingredientes de un profundo movimiento revolucionario existían pues a principios de 1918. La oleada de huelgas de abril de 1917 fue la primera intervención masiva de cientos de miles de obreros en todo el país para defender sus intereses materiales en un terreno de clase y oponerse directamente a la guerra imperialista. El movimiento también estaba animado por la revolución que había comenzado en Rusia en febrero de 1917 y se solidarizaba abiertamente con ésta. El internacionalismo proletario se había apoderado de los corazones de la clase obrera.
Por otra parte, con el movimiento contra la guerra, la clase obrera reinició el proceso de creación de su propia dirección revolucionaria. No solo se trataba de grupos políticos como Spartakusbund o la Izquierda de Bremen que iban a formar el KPD (Partido comunista de Alemania) a finales de 1918. También hablamos de la aparición de capas altamente politizadas y de centros de vida y de lucha de la clase, vinculados a los revolucionarios y que compartían sus posiciones. Actuaban en las concentraciones industriales, en particular de la metalurgia, concretándose en el fenómeno de los Obleute, delegados de fábrica.
"En la clase obrera industrial existía un núcleo de proletarios que no solamente rechazaba la guerra, sino que también quería impedir que estallara a toda costa; y cuando estalló, consideraron que era su deber hacerla acabar por cualquier medio. Eran pocos. Pero por eso era gente tanto más determinada y activa. Eran el contrapunto de quienes iban al frente a arriesgarse y morir por sus ideas. La lucha contra la guerra en las fábricas y oficinas no tuvo la misma notoriedad que la lucha en el frente, pero implicaba los mismos riesgos. Los que la condujeron estaban motivados por los ideales más elevados de la humanidad" [[13]].
Otro de esos centros fue la nueva generación de obreros, aprendices y jóvenes obreros que no tenían mas perspectiva que la de ir a morir en las trincheras. El centro de gravedad de esta fermentación fueron las organizaciones de la juventud socialista que, ya antes de la guerra, se habían hecho notar por su rebelión contra "la rutina" que había empezado a distinguir a la vieja generación.
En el ejército, dónde la rebelión contra la guerra fue más lenta en desarrollarse que en el frente "interior", también surgió una posición política avanzada. Como en Rusia, el centro de resistencia nació entre los marinos, quienes estaban en relación directa con los obreros y las organizaciones políticas en los puertos de amarre y cuyo trabajo y condiciones se asemejaban a los de los obreros de fábrica de donde procedían en general. Se reclutaba además a muchos marinos en la marina mercante "civil", eran hombres jóvenes que habían viajado por el mundo entero y para quienes la fraternidad internacional no era una fórmula sino un modo de vida.
Además, la aparición y la multiplicación de esas concentraciones de vida política acarrearon una intensa actividad teórica. Todos los testigos directos de aquel período dan cuenta del alto nivel teórico de los debates en las reuniones y conferencias ilegales. Aquella vida teórica quedó plasmada en el folleto de Rosa Luxemburg la Crisis de la socialdemocracia, en los escritos de Lenin contra la guerra, en los artículos de la revista de Bremen Arbeiterpolitik, y también en la masa de panfletos y declaraciones que circulaban en la más total ilegalidad y que forman parte de las producciones más profundas y más valientes de la cultura humana del siglo xx.
Había llegado el momento para que se desencadenara la tempestad revolucionaria contra uno de los bastiones más poderosos e importantes del capitalismo mundial.
La segunda parte de esta serie tratará de las luchas revolucionarias de 1918. Empezaron por huelgas masivas en enero con el primer intento de formar consejos obreros en Alemania, culminando en los acontecimientos revolucionarios del 9 de noviembre que pusieron fin a la Primera Guerra mundial.
Steinklopfer
[1]) Decisión tomada por el Congreso del Partido alemán en Mannheim, en 1906.
[2]) En sus memorias sobre el movimiento de la juventud proletaria, Willi Münzenberg, que estaba en Zúrich durante la guerra, recuerda la opinión de Lenin: "Lenin nos explicó el error de Kautsky y de su escuela teórica de marxismo falsificado que todo lo espera del desarrollo histórico de las relaciones económicas y casi nada de los factores subjetivos de aceleración de la revolución. Al contrario, Lenin destacaba el significado del individuo y de las masas en el proceso histórico. Destacaba sobre todo la tesis marxista según la cual son los hombres los que, en un marco de relaciones económicas determinadas, hacen la historia. Esta insistencia sobre el valor personal de los individuos y grupos en las luchas sociales nos produjo la mayor impresión y nos incitó a hacer los mayores esfuerzos concebibles" (Münzenberg, Die Dritte Front - "el tercer frente", traducido del alemán por nosotros).
[3]) A pesar de defender con razón, contra Bernstein, la existencia de una tendencia a la desaparición de las capas intermedias y de la tendencia a la crisis y al empobrecimiento del proletariado, la izquierda sin embargo no consiguió comprender hasta qué punto el capitalismo, en los años precedentes a la guerra, había logrado reducir temporalmente esas tendencias. Esta confusión se expresa, por ejemplo, en la teoría de Lenin sobre "la aristocracia obrera" según la cual solo había obtenido aumentos de salarios sustanciales una minoría privilegiada y no amplios sectores de la clase obrera. Eso llevó a subestimar la importancia de la base material en la que se desarrollaron las ilusiones reformistas que permitieron a la burguesía movilizar al proletariado hacia la guerra.
[4]) "Las tareas del proletariado en nuestra revolución", 28 de mayo de 1917.
[5]) "Rosa Luxemburg Speaks" ("Discursos de Rosa Luxemburg"), en The crisis of Social Democracy, Pathfinder Cerca 1970, traducido del inglés por nosotros.
[6]) Richard Müller, Vom Kaiserreich zur Republik, 1924-25 (del Imperio a la República), traducido del alemán por nosotros.
[7]) "Rosa Luxemburg Speaks", op. cit., nota 5.
[8]) Ibidem.
[9]) Ibidem.
[10]) Ibidem.
[11]) "Against Capital Punishment", noviembre de 1918, nota 5.
[12]) Dieter Nelles: Proletarische Demokratie und Internationale Bruderschaft - Das abenteuerliche Leben des Hermann Knüfken, https://www.anarchismus.at/ [21] (Dieter Nelles: "La democracia proletaria y la fraternidad internacional - La vida aventurera de Hermann Knüfken").
[13]) Richard Müller, Vom Kaiserreich zur Republik, op. cit., nota 6.
Este es el último artículo de una Serie de historia de la CNT dentro de una serie más amplia dedicada a el sindicalismo revolucionario.
La Serie sobre la CNT está compuesta por los siguientes artículos:
En el anterior artículo de esta serie ([1]) vimos cómo la FAI intentó impedir la integración definitiva de la CNT en las estructuras capitalistas. Este esfuerzo fracasó. La política insurreccional de la FAI (1932-33) con la que ésta había intentado corregir las graves desviaciones oportunistas en las que tanto la CNT como la propia FAI habían incurrido al apoyar activamente la instauración de la República en 1931 ([2]), condujo a una terrible sangría de las fuerzas del proletariado español, desperdiciadas en combates dispersos y desesperados.
Sin embargo, en 1934, se produce un viraje fundamental: el PSOE da una voltereta espectacular y, liderado por Largo Caballero, se erige - junto con su apéndice sindical, la UGT - en paladín de la "lucha revolucionaria" empujando a los obreros de Asturias a la terrible encerrona de la insurrección de octubre. Este movimiento es liquidado por el Estado republicano desencadenando una nueva orgía de muertes, torturas y deportaciones carcelarias que se suman a las salvajes represiones de los años anteriores.
Este viraje no se puede ver bajo el prisma de los acontecimientos españoles sino que se inscribe claramente en la evolución de la situación mundial. Tras el ascenso de Hitler en 1933, 1934 asiste a la extensión y la generalización de la matanza de obreros. En Austria, el capital, a través de su mano izquierda - la socialdemocracia - empuja a los obreros a una insurrección prematura y abocada a la derrota lo que permite a su mano derecha - los partidarios del nazismo - perpetrar una masacre inmisericorde.
Pero 1934 es también el año en que la URSS firma los acuerdos con Francia integrándose con todos los honores en la "alta sociedad" imperialista lo que se verá formalmente reconocido con su admisión en la Sociedad de naciones (precedente de la actual ONU). Los PC operan un cambio radical: la política "extremista" del "tercer periodo" caracterizada por una burda parodia del "clase contra clase" es reemplazada de la noche a la mañana por una política "moderada" de mano tendida a los socialistas, de formación de Frentes populares interclasistas en cuyo seno el proletariado debe someterse a las fracciones burguesas "democráticas" para conseguir el objetivo "supremo" de "cerrar el paso al fascismo".
Este ambiente internacional marca con fuerza la evolución tanto de la CNT como de la FAI, empujándolas hacia la integración plena en el Estado capitalista por la vía de la conjunción antifascista con las demás fuerzas "democráticas".
La ideología antifascista se había convertido en un vendaval que arrasaba los últimos restos de conciencia proletaria y absorbía implacablemente una organización proletaria tras otra dejando en un terrible aislamiento a las escasas que lograron mantener una posición de clase. Era la ideología que en las condiciones de la época - derrota del proletariado, desarrollo de regímenes de fuerza como una de las vías de instauración del capitalismo de Estado - mejor permitía a la burguesía "democrática" preparar la marcha hacia la guerra generalizada que acabó estallando en 1939 y que tuvo como preludio la contienda española de 1936.
No podemos aquí realizar un análisis de dicha ideología ([3]), lo que pretendemos únicamente es comprender cómo actuó sobre la CNT y sobre la FAI, arrastrándolas a la traición de 1936.
Las Alianzas obreras abrieron el camino. Estas Alianzas eran presentadas como un medio para alcanzar la unidad obrera mediante acuerdos o cárteles entre distintas organizaciones ([4]). Sin embargo, el anzuelo de la "unidad obrera" conducía a la trampa de la "unidad antifascista" donde el proletariado debía alinearse tras la defensa de la democracia burguesa para, supuestamente, "cerrar el paso" al fascismo rampante. La Alianza obrera de Madrid (1934) lo proclamaba sin rodeos:
"tiene por finalidad en primer término, la lucha contra el fascismo en todas sus manifestaciones y la preparación de la clase trabajadora para la implantación de la paz pública socialista federal en España (sic)" ([5]).
Si los sindicatos de oposición de la CNT ([6]), que pretendían conducirse como un sindicato puro y duro dejándose de "pamplinas anarquistas" como ellos mismo decían, participaron activamente en las Alianzas obreras, mano a mano con el PC estalinista, las organizaciones de la Oposición de izquierdas y, desde 1934, con UGT-PSOE, existían en cambio fuertes reticencias dentro de la CNT y la FAI, lo que expresaba un indudable instinto proletario.
Sin embargo, estas resistencias fueron cayendo progresivamente, vencidas tanto por la situación general emponzoñada por el antifascismo, como por la labor de zapa de amplios sectores de la propia CNT y también por las tentativas de seducción que venían desde el propio Partido socialista.
Fue la Regional asturiana de la CNT la que más se empeñó en la batalla para vencer tales resistencias. La insurrección de Asturias de octubre 1934 fue preparada mediante un pacto previo entre la CNT regional y UGT-PSOE ([7]). Aunque el PSOE apenas entregó armamento a los huelguistas y marginó a la CNT, la Regional asturiana perseveró tozudamente en la Alianza obrera. En el decisivo congreso de Zaragoza ([8]), el delegado de dicha Regional recordó que:
"... un compañero escribió en CNT ([9]) un artículo reconociendo la necesidad de la alianza con los socialistas para realizar el hecho revolucionario. Un mes más tarde se realiza otro pleno y se saca a relucir dicho artículo para pedir la aplicación de sanciones. Dijimos en aquella ocasión que estábamos a favor del criterio sostenido en aquel artículo. Y ratificamos nuestro punto de vista sobre la conveniencia de sacar a los socialistas del poder para obligarles a avanzar por la vía revolucionaria. Enviamos comunicaciones contra la posición anti-socialista fijada por el Comité nacional en un manifiesto" ([10]).
Por su parte, en un discurso pronunciado en Madrid, Largo Caballero ([11]) tendió cables a la CNT y la FAI: "[me dirijo] a esos núcleos de trabajadores que por error nos combaten. Su finalidad, como la nuestra, es un régimen de igualdad social. Hay quien nos acusa de alimentar la idea de que el Estado está por encima de la clase obrera. Quienes así discurren es que no han estudiado bien nuestras ideas. Nosotros queremos que desaparezca el Estado como elemento de opresión. Queremos convertirlo en una entidad meramente administrativa" (citado por Olaya, op. cit., página 866).
La seducción es, como puede verse, bastante burda. Parece que esté hablando de "desaparición del Estado" pero en realidad lo que está diciendo es que el Estado se reduzca a un "mero órgano administrativo", ilusión que nos venden los demócratas, que también nos predican que el Estado democrático no es un "elemento de opresión" sino que constituye una "administración", solamente - según sus fábulas - los Estados dictatoriales serían un "órgano de opresión".
Sin embargo, tales arrumacos que venían de un individuo tan poco "atractivo" como Largo Caballero ([12]) fueron haciendo mella en la CNT y la FAI que estaban cada vez más dispuestas a dejarse encandilar. En un Pleno sobre el fascismo, celebrado en agosto de 1934, en el dictamen acordado se empieza por una clara denuncia del PSOE y la UGT pero en la parte final se deja la puerta abierta para entenderse con ellos:
"Eso no quiere decir, desde luego, que si esos organismos [se refiere a la UGT y al PSOE] empujados por las circunstancias se ven obligados a lanzarse a una acción insurgente tengamos que presenciarlos pasivamente, nada de eso (...) queremos prever que en ese momento es cuando hay que procurar imprimir al movimiento antifascista el carácter libertario de nuestros principios" ([13]).
Uno de los principios que siempre ha defendido el anarquismo -y que comparte con el marxismo- es que todo Estado, sea democrático o dictatorial, es un órgano autoritario de opresión, sin embargo, este principio es echado al cubo de la basura al especular con la posibilidad de "imprimir" al movimiento antifascista semejante principio, ¡un movimiento cuya base misma es escoger la forma democrática del Estado, es decir, la variante más retorcida y cínica de ese órgano autoritario de opresión!
Este abandono progresivo de los principios realizado mediante la tentativa de combinar posiciones antagónicas, sembraba aceleradamente la confusión, debilitaba las convicciones y predisponía cada vez con más fuerzas para la famosa "unidad antifascista". Desde 1935, los sindicatos de oposición añadieron más agua a ese jarro de agua sucia, iniciando una campaña de aproximación a la CNT proponiendo una reunificación sobre la base de la unidad antifascista con la UGT.
La presión era cada vez más poderosa. Peirats señala que "... el drama asturiano ha ido alimentando el programa aliancista en el seno de la CNT. El aliancismo empieza a propagarse en Cataluña una de las regionales confederales más adictas al aislacionismo" ([14]).
El PSOE y Largo Caballero redoblaron los cantos de sirena, Peirats recuerda cómo: "... por primera vez en muchos años el socialismo español invoca públicamente el nombre de la CNT y la hermandad en la revolución proletaria" (ídem).
Si bien la reticencia ante cualquier alianza política fue mantenida, la postura de pactar con la UGT era cada vez más mayoritaria dentro de la CNT. Se veía como una manera de sortear el "principio del apoliticismo". De esta forma, la UGT se convirtió en el caballo de Troya que acabó enrolando a la CNT en la alianza antifascista de todas las fracciones "democráticas" del capital. Los dirigentes de la CNT y la FAI podían con ello salvar la cara pues mantenían el "principio" de rechazar todo pacto con los partidos políticos. El antifascismo se coló no tanto por la puerta grande de los acuerdos políticos - ruidosamente rechazados - sino por la puerta trasera de la unidad sindical.
Estas elecciones presentadas como "decisivas" en la lucha contra el fascismo acabaron por barrer todas las resistencias que todavía existían en la CNT y la FAI.
El día 9 de enero, el secretario del Comité regional de la CNT de Cataluña cursa una circular a los sindicatos por la que se les convoca a una Conferencia regional en el cine Meridiana, de Barcelona, el 25, "... para discutir sobre dos temas concretos: 1º ‘¿Cuál debe ser la posición de la CNT en el aspecto de la alianza con instituciones que, sin sernos afines, tengan un matiz obrerista?'; y 2º ‘¿Qué actitud concreta y definitiva debe adoptar la CNT ante el momento electoral?'" (Peirats, op cit., página 106).
Peirats informa que, en la mayoría de delegaciones, "... abundaba el criterio de que la posición antielectoral de la CNT era más bien una cuestión de táctica que de principios",
y que "La discusión reveló un estado de vacilación ideológica" (ídem.)
Las posiciones favorables al abandono del tradicional abstencionismo cenetista se hicieron cada vez más fuertes. Miguel Abós de la regional de Zaragoza declaró en un mitin que:
"... caer en la torpeza de hacer campaña abstencionista equivale a fomentar el triunfo de las derechas. Y todos sabemos por amarga experiencia en dos años de persecución lo que las derechas quieren hacer. Si el triunfo de las derechas se diera, yo os aseguro que aquella feroz represión a que sometieron a Asturias se extendería a toda España" (citado en el Congreso de Zaragoza, op. cit. sobre dicho Congreso, p. 171).
Con estas intervenciones se deformaba sistemáticamente la realidad. La barbarie represiva de la izquierda capitalista de 1931-33 era olvidada recordando únicamente la represión derechista del 34. La naturaleza represiva del Estado capitalista en su conjunto, cualquiera que fuera su fracción gobernante, era cuidadosamente velada, de una manera irracional, evitando un análisis mínimo, el monopolio de represión se atribuía exclusivamente a la rama fascista del capital.
Arrollada por el antifascismo que planteaba un análisis tan irracional y aberrante como el del propio fascismo, la CNT eligió claramente el campo de la defensa del Estado burgués apoyando el voto a favor del Frente popular cuyo programa la propia Solidaridad obrera había denunciado como un "documento de tipo profundamente conservador" que desentonaba con "el empuje revolucionario que transpira la epidermis española" ([15]). Un paso crucial lo constituyó el manifiesto publicado por el Comité nacional dos días antes de las elecciones donde podía leerse:
"Nosotros, que no defendemos la República, pero que combatiremos sin tregua al fascismo, pondremos a contribución todas las fuerzas de que disponemos para derrotar a los verdugos históricos del proletariado español (...) La acción insurreccional (de los militares -NdR) está supeditada al resultado de las elecciones. El plan teórico y preventivo lo pondrán en práctica si el triunfo electoral lo consiguen las izquierdas. Además, no dudamos en aconsejar que, allá donde se manifiesten los legionarios de la tiranía en insurrección armada, se llegue, sin vacilar, a una inteligencia con los sectores antifascistas, procurando enérgicamente que la prestación defensiva de las masas derive por derroteros de verdadera revolución social, bajo los auspicios del comunismo libertario" ([16]).
Esta declaración tuvo una enorme repercusión pues se hizo en el momento más oportuno, a sólo dos días de la cita electoral, teniendo una clara influencia en el voto de muchos obreros. Supuso el compromiso de la CNT con el enorme engaño electoral al que fue sometido el proletariado español y que permitió el triunfo del Frente popular y, significó al mismo tiempo, una adhesión prácticamente incondicional al movimiento antifascista.
Esta actitud de la CNT fue claramente compartida por la FAI pues, según relata Gómez Casas en su Historia de la FAI (p. 210):
"De acuerdo con las Actas del Pleno Nacional de la FAI, esta organización se ratificó en la actitud antiparlamentaria y antielectoral tradicionales. Pero la manera en que se llevó esta vez la campaña, muy diferente de 1933, hizo que en la práctica el abstencionismo fuera casi nulo. Refiriéndose a la coincidencia entre militantes de la CNT y de la FAI en cuanto a la necesidad de no hacer hincapié en la estrategia antielectoralista, nos dirá el propio Santillán que "la iniciativa de ese cambio circunstancial había partido del Comité peninsular de la FAI, la entidad que aún podía hacer frente a la situación desde la más rigurosa clandestinidad, y la que se disponía a realizar las más arriesgadas acciones ofensivas"".
Si en 1931, el sector sindicalista de la CNT había hecho malabarismos para apoyar la participación en las elecciones sorteando una dura oposición (entre otros sectores, de la propia FAI), ahora era toda la CNT - supuestamente liberada del sector sindicalista que se había marchado con los Sindicatos de oposición - y la FAI las que iban mucho más lejos al apoyar sin apenas remilgos al Frente Popular, cuyo nuevo gobierno trató de retrasar todo lo que pudo la amnistía de más de 30 000 presos políticos (muchos de ellos militantes de la CNT ([17])), continuó la represión de las huelgas obreras con la misma ferocidad que el anterior gobierno de derechas y boicoteó la reintegración de los obreros despedidos a sus trabajos ([18]). El gobierno que la CNT había apoyado como supuesto dique contra el avance del fascismo mantuvo a todos los generales con veleidades golpistas - entre ellos el astuto Franco, convertido después en "Gran Dictador".
La CNT y la FAI habían asestado una puñalada por la espalda al proletariado. Decíamos en el anterior artículo de esta serie que la CNT se había preparado para consumar la boda con el Estado burgués en el Congreso de Madrid de 1931 pero que tal boda se había retrasado. ¡Ahora empezaba a consumarse! Una prueba de que los dirigentes de la CNT y la FAI eran muy conscientes del paso que habían dado la dieron unas declaraciones, realizadas el 6 de marzo - menos de un mes tras la mascarada electoral de febrero -, de Buenaventura Durruti - reputado como uno de los más radicales de la CNT - a propósito de las huelgas del transporte y del ramo del agua en Barcelona que los nuevos gobernantes trataban de reprimir. En ellas les lanzaba el típico reproche cómplice que suelen hacer sindicalistas y partidos de oposición:
"Venimos a decir a los hombres de izquierda que fuimos nosotros quienes determinamos su triunfo y que somos nosotros los que mantenemos dos conflictos que deben ser solucionados inmediatamente".
Para dejarlo aún más claro, recordaba los servicios prestados a los nuevos gobernantes:
"La CNT, los anarquistas, reciente el triunfo electoral, estábamos en la calle - los hombres de la Esquerra lo saben - para impedir que los funcionarios que no quisieron aceptar el resultado de la voluntad popular se sublevaran. Mientras ellos ocupaban los ministerios y los puestos de mando, la CNT hacía acto de presencia en la calle para impedir el triunfo de un régimen que todos repudiamos" ([19]).
Estas declaraciones fueron citadas por la Delegación de Puerto de Sagunto que fue una de las pocas que en el Congreso de Zaragoza se atrevió a manifestar una reflexión crítica:
"Después de escuchar estas palabras, ¿habrá alguien que dude todavía de la conducta tortuosa, descabellada y colaboracionista, si no de toda, de gran parte de la Organización confederal? Las palabras de Durruti parecen indicar que la Organización de Cataluña habíase convertido en aquellos días, en escudero honorario de la Esquerra catalana" (ídem).
Celebrado en mayo de 1936, este congreso ha sido presentado como el triunfo de la posición revolucionaria más extrema ya que en él se adoptó un famoso dictamen sobre el comunismo libertario.
Valdría la pena en otro artículo analizar este dictamen pero nos interesa aquí ver el desarrollo del Congreso, analizar el ambiente que en él reinaba, considerar sus acuerdos y resultados. Desde ese punto de vista, el Congreso constituyó un triunfo inapelable del sindicalismo y selló la implicación de la CNT en la política burguesa a través del antifascismo (que ya hemos tratado anteriormente). Las tendencias y posiciones proletarias que todavía intentaron expresarse fueron acalladas y debilitadas de forma decisiva mediante la demagogia de unir la fraseología sobre la "revolución social" y la "implantación del comunismo libertario" al sindicalismo, el antifascismo y la unidad con la UGT.
Una de las pocas delegaciones que en el Congreso expresaron un mínimo de lucidez, la antes citada de Puerto de Sagunto, alertó - apenas secundada por alguna otra delegación - sobre que:
"la Organización, de octubre a esta parte, ha cambiado radicalmente: la savia anarquista que circulaba por sus arterias, si no ha desaparecido totalmente ha disminuido en gran cantidad. Si no se produce una saludable reacción, la CNT va a pasos agigantados hacia el más castrador y enervante reformismo. La CNT de hoy no es la misma que la de 1932 y 1933, ni en esencia ni en vitalidad revolucionaria. Los agentes morbosos de la política han causado profunda huella en su organismo. Se padece la obsesión de captar adeptos y más adeptos sin detenerse a examinar el mal que causan muchos individuos que están dentro de ella. Se tiene olvidada por completo la captación ideológica del individuo y sólo se atiende a nutrirla numéricamente, cuando lo primero es lo más esencial que lo segundo" ([20]).
La CNT de Zaragoza no tiene nada que ver con la CNT de 1932-33 (ya bastante debilitada como organismo proletario, como mostramos en el artículo anterior de la serie) pero, sobre todo, nada tiene que ver con la CNT de 1910-23 que era un organismo vivo, volcado en las luchas inmediatas y en la reflexión y el combate por una auténtica revolución proletaria. Ahora es simplemente un sindicato totalmente polarizado por el antifascismo.
En el Congreso, la delegación del sindicato ferroviario de la CNT puede decir tranquilamente sin encontrar la menor oposición que "los ferroviarios íbamos a solucionar nuestro problema igual que los demás obreros cuando piden mejoras, pero nunca el que nosotros tuviéramos como principio el ir a un movimiento revolucionario"(Actas, página 152).
Esta declaración, hecha a propósito del balance de los movimientos insurreccionales de diciembre 1933 que se habían visto privados de la posible fuerza que podría aportar la huelga ferroviaria anulada en el último momento por el sindicato, muestra lo que es el sindicalismo: que cada sector obrero se encierre en "su problema" lo que significa que queda atrapado en las estructuras de la producción capitalista rompiendo con ello toda solidaridad y unidad de clase. El eslogan sindical "que cada sector empiece arreglando sus propios problemas" constituye la forma "obrerista" de encadenar a los obreros en la solidaridad con el capital y, recíprocamente, la manera de romper en ellos toda solidaridad como clase.
En el Congreso, la delegación de Gijón denunció un caso flagrante de negativa a la más elemental solidaridad con compañeros cenetistas exiliados víctimas de la represión de la insurrección de Asturias de 1934 (ver página 132 Actas, op. cit.). Ninguna reflexión se suscitó sobre esta falta grave del Comité Nacional, impensable tan solo unos años antes. Con visible embarazo, la delegación de Fabril de Barcelona logró acallar el asunto con una proposición diplomática:
"Hay una base lo suficientemente firme para cortar este debate de forma totalmente satisfactoria. La Regional asturiana, por una parte, ha liquidado este incidente puesto que los ex-exiliados están en este congreso revestidos con su mandato. Por otra, si hay una carta cruda del Comité Nacional, primero donde se aconseja que no se les ayude, hay otra posterior donde vuelve sobre este acuerdo ([21]). Quieren los delegados que plantean esta cuestión que se les reconozca como camaradas y se les devuelva enteramente la confianza. El Congreso satisface esta demanda y queda solucionada la cuestión".
Este abandono de la solidaridad obrera más elemental se extendió a actitudes realmente increíbles como la que denunció la delegación de Sagunto:
"Protesta del apartado que se refiere a la gestión del Comité nacional acerca del Gobierno y que dice que no sería aplicada la Ley de vagos y maleantes ([22]) a la Confederación nacional del trabajo. Nosotros tenemos que pedir la derogación de la ley y no es admisible que lo que para nosotros mismos consideramos malo para otros lo consideremos bueno" (Actas p. 106).
En el Congreso se pudo oír una intervención preconizando que:
"En el aspecto huelguístico no se ha obrado con la prudencia debida para economizar energías que debían encauzarse para otras luchas. Este defecto puede corregirse al dirigirse los trabajadores a la burguesía en demanda de reivindicaciones se tuviera en cuenta a las Secciones y Comités de Relaciones de Industria para agotar el pre-estudio de la situación evitando la declaración desordenada de huelgas" (Actas, p. 196, delegación de Hospitalet).
Es decir, se reivindica lo que había sido el caballo de batalla del sector sindicalista en 1919-23: la regulación de las huelgas mediante "órganos paritarios". Se va al mismo terreno de los jurados mixtos con los cuales el gobierno republicano-socialista de 1931-33 había intentado encorsetar las huelgas y a la propia CNT.
Pero la delegación de Construcción de Madrid fue todavía más lejos:
"Ahora las circunstancias son otras, y hay necesidad de reprimir los movimientos huelguísticos y aprovechar las energías para dar el salto hacia las grandes realizaciones, por conducto de esa corriente subversiva que se ha creado" (p. 197).
Estas manifestaciones constituyen el producto típico de la mentalidad sindical que trata de controlar y dominar la lucha obrera para sabotearla desde el interior. Cuando los obreros intentan defender sus reivindicaciones, el sindicalismo se pone pesimista viendo por todos los lados "condiciones desfavorables" y se vuelve tacaño insistiendo en "no desperdiciar energías" Sin embargo, cuando se trata de una de sus convocatorias planificadas destinadas generalmente a enfriar la combatividad obrera o a llevarla a una derrota amarga, entonces se vuelve repentinamente optimista exagerando las posibilidades de éxito y reprocha a los obreros su "tacañería" en no comprometerse.
Una de las expresiones más flagrantes de esa mentalidad sindical fue el dictamen aprobado por el congreso sobre el desempleo. Hay en dicho dictamen reflexiones más o menos justas sobre las causas del paro y se insiste correctamente en que "el fin de los sufrimientos que afectan al proletariado lo encontrará éste en la revolución social" (p. 217). Sin embargo, esto queda como una frase hueca desmentida por el "programa mínimo" que se propone de "jornada de 36 horas", "abolición del trabajo a destajo", "retiro obligatorio a los 60 años para los hombres y a los 40 para las mujeres con 70 % del sueldo" (ídem.). Dejando aparte lo cicatero de las medidas propuestas el problema está en el mismo planteamiento de programas mínimos, lo que mantiene la ilusión de que dentro del capitalismo se podría operar una dinámica de mejoras regulares. El sindicalismo no puede escapar de esta ilusión pues esa es la esencia misma de su actividad: trabajar dentro de las relaciones de producción capitalistas para lograr una mejora de la condición obrera, cosa posible en el periodo ascendente del capitalismo pero imposible en su época de decadencia.
Pero hay en ese dictamen algo todavía más grave y que no provocó ninguna enmienda ni crítica en el Congreso. Se afirma tranquilamente en su preámbulo que:
"Inglaterra ha ensayado el recurso a los subsidios contra el paro significando este procedimiento un fracaso absoluto, ya que paralelamente a la miseria de las masas socorridas con indignantes subsidios,, se produce la ruina económica del país al tener que sostener parasitariamente a sus millones de sin trabajo con cantidades que, aunque no eran fabulosas por su importancia real significaban la inversión de reservas económicas del país en una obra filantrópica" ([23]).
¡El mismo congreso que dedica una parte de sus dictámenes a definir la "revolución social" y el "comunismo libertario" adopta al mismo tiempo otro cuya preocupación es la salvaguarda de la economía nacional, que califica de parasitario el cobro de subsidios de desempleo y que lamenta el desperdicio de los recursos de la nación en "obras filantrópicas"!
¿Cómo una organización que se dice "obrera" puede calificar el subsidio al parado de "¡parasitario!? ¿Es que no comprende el ABC que consiste en que el subsidio cobrado por un desempleado ha salido de las muchas horas que él mismo o sus hermanos de clase han trabajado y que no constituye por ningún lado una filantropía? Semejantes lamentos son más propios de un político de derechas o de un patrono que de un sindicalista o de un político de izquierdas que se distinguen de los anteriores únicamente en que guardan las formas y no suelen decir lo que piensan o lo expresan en todo caso de manera retorcida.
Pero no nos debe sorprender que todo un sindicato que se aprestaba retóricamente a "realizar la revolución social" adopte tales acuerdos. El sindicato no puede tener otro campo de juego que la economía nacional y su objetivo - más aún que el de sus socios adversarios, los patronos - es la defensa de sus intereses de conjunto. El sindicalismo únicamente se propone obtener mejoras dentro de las relaciones de producción capitalistas. En el periodo histórico de expansión del capitalismo esta realidad le permitía ser un instrumento de la lucha obrera en la medida en que globalmente y en medio de fuertes contradicciones la mejora de las condiciones obreras y la prosperidad de la economía podían ir paralelas. Pero en el periodo de decadencia esto ya no es posible: en una sociedad marcada por constantes crisis, por el esfuerzo de guerra y la guerra misma, la salvación de la economía nacional exige como condición insoslayable el sacrificio y el incremento más o menos permanente de la explotación de los trabajadores.
En 1931, la escisión de la tendencia sindicalista organizada en Sindicatos de oposición, hizo creer a los anarquistas que el peligro del sindicalismo había desaparecido. Muerto el perro se acabó la rabia, parecieron pensar. Pero la realidad fue muy otra: la sangre que corría por las venas de la CNT era sindicalista y la mentalidad sindical lejos de debilitarse se fue reforzando cada vez más. Los activismos del periodo insurreccional de 1932-33 constituyeron un peligroso espejismo. A partir de 1934 la realidad se fue imponiendo de manera inexorable: el sindicalismo y el antifascismo - reforzándose mutuamente - habían atrapado definitivamente a la CNT - y con ella a la FAI - en los engranajes del Estado burgués. La delegación de Oficios varios de Igualada lo reconocía con amargura: "muchos de los que nos creíamos acérrimos defensores de los postulados de la CNT llegamos a trocarnos insensiblemente, inadvertidamente, en meros auspiciadores de un régimen republicano acentuadamente burgués" (Actas p. 71).
El Congreso de Zaragoza dedicó buena parte de sus sesiones a la reunificación con los sindicatos de oposición. Se cruzaron numerosos reproches mutuos pese a que iban acompañados de intercambios más bien retóricos de "saludos" y "manos tendidas" pero el terreno en que se producía la reunificación era el del sindicalismo y el del antifascismo. Aparentemente - para engañarse y engañar - el sector anarquista acentuó las proclamas sobre la "revolución social" e hizo adoptar sin apenas discusión el famoso dictamen sobre el comunismo libertario. Pero con ello repetía la misma maniobra que tanto había criticado al sector sindicalista en 1919 y posteriormente en 1931: envolver la política sindicalista y de colaboración con el capital con el atractivo envoltorio del "rechazo de la política" y la "revolución".
Los dos sectores se reunificaban sobre el terreno del capitalismo. Por eso el delegado de la Oposición de Valencia pudo desafiar la ponencia sobre la reunificación sin encontrar apenas objeción: "No podemos aceptar el segundo apartado que nos somete al acatamiento de unos principios y tácticas que entendemos nunca hemos vulnerado" (página 110).
Son de sobra conocidos los acontecimientos espectaculares que se suceden a partir de julio 1936 donde la CNT es la gran protagonista: desconvocatoria y sabotaje del movimiento de lucha de los obreros en Barcelona y en otras partes de España en respuesta al alzamiento fascista; apoyo incondicional a la Generalitat catalana y participación, primero indirecta y después abierta en su gobierno; envío de ministros al gobierno republicano... ([24]).
Estos hechos manifiestan claramente la traición de la CNT. Pero no son una tempestad que aparece repentinamente en un cielo azul. A lo largo de esta serie nos hemos esforzado en comprender por qué se llegó a tan terrible y trágica situación de la pérdida para el proletariado de un organismo nacido de sus esfuerzos. No se trata de pronunciar el gran anatema sino de examinar con un método global e histórico el proceso y las causas que produjeron tal desenlace. La serie sobre el sindicalismo revolucionario y, dentro de ella, la serie sobre la CNT ([25]), pretende proporcionar materiales para abrir un debate que nos permita sacar lecciones con las que armarnos cara a las luchas que vienen. Ante la tragedia de la CNT no cabe –como decía el filósofo– ni reír ni llorar sino solamente comprender.
RR y C. Mir
12-3-08
[1]) Ver el quinto artículo de esta Serie en Revista internacional no 132: "El fracaso del anarquismo para impedir la integración de la CNT en el Estado burgués" (1931-34), /revista-internacional/200802/2189/historia-del-movimiento-obrero-el-fracaso-del-anarquismo-para-impe [31].
[2]) Ver el cuarto artículo de esta Serie en Revista internacional no 131: "La contribución de la CNT a la instauración de la República española", /revista-internacional/200711/2068/historia-del-movimiento-obrero-la-contribucion-de-la-cnt-a-la-inst [30].
[3]) Se pueden consultar entre los diferentes textos que hemos publicado, algunos que fueron escritos por los escasos grupos revolucionarios que en aquella época resistieron a la marea "antifascista": "El antifascismo fórmula de confusión", ver https://es.internationalism.org/ciento-uno_bilan [32]; "Orígenes económicos, políticos y sociales del fascismo", ver /revista-internacional/197704/111/origenes-economicos-politicos-y-sociales-del-fascismo [33]; "Nacionalismo y antifascismo", ver /revista-internacional/199304/1993/documento-nacionalismo-y-antifascismo [34].
[4]) Conviene precisar que la unidad obrera no puede realizarse a través de un acuerdo de organizaciones políticas o sindicales. La experiencia desde la Revolución rusa de 1905 muestra que la unidad obrera se realiza de manera directa, a través de la lucha masiva y tiene su cauce organizativo en las Asambleas generales y cuando se alcanza una situación revolucionaria en la formación de consejos obreros.
[5]) Del libro de Olaya Historia del movimiento obrero español, tomo II, página 877. Las referencias editoriales a dicho libro se encuentran en el 2º artículo de esta serie.
[6]) Escisión que duró entre 1931 y 1936 capitaneada por los elementos abiertamente sindicalistas de la CNT. Ver el artículo 5º de nuestra serie.
[7]) Este pacto fue ocultado al Comité nacional cenetista que se vio ante los hechos consumados.
[8]) Celebrado en mayo 1936. Ver más adelante.
[9]) Segundo órgano periodístico además del legendario Solidaridad obrera.
[10]) Página 163 del libro el Congreso confederal de Zaragoza, Editorial ZYX, 1978.
[11]) Durante aquellos años este personaje fue el máximo dirigente tanto del PSOE como de la UGT.
[12]) Había sido ministro de Trabajo en el gobierno republicano-socialista de 1931-33, responsable de innumerables muertes de obreros y anteriormente había sido consejero de Estado del dictador Primo de Rivera.
[13]) Olaya, op. cit., página 887.
[14]) Del libro la CNT en la revolución española, tomo I, página 106. Ver referencias bibliográficas en el primer artículo de nuestra serie.
[15]) Artículos aparecidos el 17-1-1936 y 2-4-1936.
[16]) Citado por Peirats, op. cit., página 113.
[17]) Hay que recordar que la amnistía de los presos sindicalistas fue uno de los motivos más reiteradamente aducidos por los líderes de la CNT y de la FAI para preconizar de manera vergonzante el apoyo al Frente popular.
[18]) Añadamos a todo lo anterior que la Reforma agraria, una ley tímida y cicatera, fue retrasada sine die pese a las promesas realizadas y entre febrero y julio el gobierno "popular" mantuvo prácticamente el estado de excepción y una brutal censura de prensa que afectó sobre todo a la CNT.
[19]) Citado en las Actas del Congreso de Zaragoza de la CNT, página 171.
[20]) Idem, página 171.
[21]) Esto, ateniéndose a las propias actas del Congreso resulta incierto y confuso. Durante el debate, el Comité nacional llega a afirmar «Todo cuanto dijimos fue que no podíamos aconsejar ninguna clase de solidaridad».
[22]) Esta odiosa y repugnante ley que otorgaba enormes poderes represivos al gobierno fue adoptada por la "muy democrática" República española "de los trabajadores" y fue retomada de manera prácticamente íntegra por la dictadura franquista.
[23]) Actas p. 215, op cit.
[24]) Los hemos analizado en nuestro libro 1936: Franco y la República masacran a los trabajadores.
[25]) La primera comienza en la Revista internacional no 118 mientras que la segunda empieza en el no 128.
Crisis alimentaria, revueltas del hambre
En el número 132 de la Revista internacional, reseñábamos el desarrollo de las luchas obreras que estallaron simultáneamente por el mundo frente a la agravación de la crisis y de los ataques contra las condiciones de vida de los proletarios. Las nuevas sacudidas de la economía mundial, la plaga inflacionista y la crisis alimentaria van a agravar más todavía la miseria de las capas más empobrecidas en los países de la periferia. Esta situación, que pone al desnudo la sima en la que se hunde el sistema capitalista, ha provocado en muchos países revueltas de hambre al mismo tiempo que se estaban desarrollando luchas obreras por aumentos de salarios, especialmente contra el alza fulgurante de los precios de los alimentos de base. Con la agravación de la crisis, las revueltas del hambre y las luchas obreras van a continuar multiplicándose de manera cada día más general y simultánea. Esas revueltas contra la miseria se deben a las mismas causas: la crisis de la sociedad capitalista, su incapacidad para ofrecer un porvenir a la humanidad, ni siquiera asegurar la simple supervivencia de una parte de ella. Pero esos dos movimientos no contienen el mismo potencial. Sólo el combate del proletariado, en su propio terreno de clase, podrá acabar con la miseria, la hambruna generalizada si es capaz de echar abajo al capitalismo creando una nueva sociedad sin hambres y sin guerras.
Lo común a todas las revueltas del hambre que han estallado desde principios de año por el mundo es la subida como un cohete de los precios de los alimentos o su espectacular penuria que han golpeado sin miramientos a una población pobre y obrera en cantidad de países. Algunos ejemplos muy significativos: el precio del maíz se ha cuadriplicado desde el verano de 2007, el del trigo se ha duplicado desde principios de este año 2008. Los precios de los alimentos se han incrementado, globalmente, 60 % en dos años en los países pobres. Signo de los tiempos que corren, los efectos devastadores del alza de 30 a 50 % de los precios alimenticios a nivel mundial no sólo ha afectado violentamente a las poblaciones de los países pobres, sino también a las de los "ricos". Por ejemplo, en Estados Unidos, primera potencia económica del planeta, 28 millones de personas no podrían sobrevivir sin la distribución de alimentos de los ayuntamientos y los Estados.
Ya hoy están muriéndose de hambre cada día 100 000 personas en el mundo, un niño de menos de dos años se muere cada 5 segundos, 842 millones de personas sufren de malnutrición crónica agravada, reducidas a un estado de invalidez. Y ya hoy, dos de los seis mil millones de seres humanos del planeta (o sea un tercio de la humanidad) están en situación de supervivencia cotidiana a causa los precios de los alimentos.
Los expertos mismos de la burguesía (FMI, FAO, ONU, G8, etc.) anuncian que esa situación no es pasajera, sino que, al contrario, se va a volver crónica y, además, va a ser cada día peor, con aumentos vertiginosos de los víveres de primera necesidad y su escasez ante las necesidades de la población planetaria. Ahora que las capacidades productivas del planeta permitirían alimentar a 12 mil millones de seres humanos, hay millones y millones de ellos que se mueren de hambre a causa precisamente de las propias leyes del capitalismo, sistema que domina el mundo entero, un sistema de producción destinado, no a satisfacer las necesidades humanas, sino a la ganancia, un sistema totalmente incapaz de responder a las necesidades de la humanidad. Y todas las explicaciones que no les queda más remedio que darnos sobre la crisis alimentaria actual van en la misma dirección: su causa es la de una producción que obedece a las leyes ciegas e irracionales del sistema:
1. La subida vertiginosa del precio del petróleo que incrementa los costes del transporte y la producción de alimentos, etc. Ese fenómeno es una aberración propia del sistema y no un factor que le sería ajeno.
2. El crecimiento significativo de la demanda alimentaria, resultante de cierto aumento del poder adquisitivo de las clases medias y de los nuevos hábitos alimenticios en los países llamados "emergentes" como India y China. Si hubiera algo de cierto en semejante explicación, es muy significativa de la realidad del "progreso económico" que, al aumentar el poder de consumo de unos cuantos condena a morir de hambre a millones de otros a causa de la penuria actual en el mercado mundial resultante.
3. La especulación desenfrenada sobre los productos agrícolas. También es un producto del sistema y su peso económico es tanto más importante porque la economía real es cada vez menos próspera. Ejemplos: al ser las existencias de cereales las más bajas desde hace 30 años, la locura especuladora de los inversores se fija ahora en la ganga alimentaria, con la esperanza de unas buenas inversiones que ya no pueden realizarse en el sector inmobiliario desde la crisis de éste; en la Bolsa de Chicago, el volumen de cambio en los contratos sobre la soja, el trigo, la carne de cerdo e incluso de ganado vivo, según el diario francés le Figaro (15 abril) se ha incrementado un 20 % durante los tres primeros meses de este año.
4. El mercado en pleno auge de los biocarburantes, aguijoneado por las subidas de precio del crudo, es también objeto de una especulación desenfrenada. Esta nueva fuente de beneficios es la causa del incremento expansivo de ese tipo de cultivos a expensas de las plantas destinadas a la alimentación humana. Muchos países productores de alimentos de primera necesidad han transformado grandes extensiones hortícolas productoras de víveres en cultivos de biocarburantes, con el pretexto de luchas contra el efecto invernadero, reduciendo así de manera drástica los productos de primera necesidad y aumentando sus precios hasta cotas dramáticas. Así ocurre con el Congo-Brazzaville que está desarrollando extensivamente la caña de azúcar con ese fin, mientras la población revienta de hambre. En Brasil, mientras que el 30% de la población sobrevive bajo el umbral de pobreza y se alimenta como puede, la política agrícola se orienta hacia una producción extrema de biocarburantes.
5. La guerra comercial y el proteccionismo, algo que también pertenece al capitalismo, en el ámbito agrícola, han hecho que los agricultores más productivos de los países industrializados exporten, a menudo gracias a las subvenciones gubernamentales, una parte importante de su producción hacia el Tercer mundo, arruinando así al campesinado de esas regiones incapaces de ese modo de subvenir a las necesidades alimentarias de la población. En África, por ejemplo, muchos agricultores locales se han visto arruinados por las exportaciones europeas de pollos o de carne de vaca. México ya no puede producir lo suficiente para alimentar su población y, ahora, ese país debe importar por valor de 10 mil millones de dólares de productos alimenticios.
6. El uso irresponsable de los recursos del planeta, aguijoneado por la ganancia inmediata, acaba llevando a su agotamiento. El uso abusivo de abonos está causando estragos en el equilibrio del suelo, hasta el punto que el Instituto internacional de Investigación sobre el Arroz prevé que su cultivo en Asia está amenazado a relativo corto plazo. La pesca a ultranza en los océanos está llevando a la escasez de muchas especies de peces.
7. Y las consecuencias del calentamiento del planeta y, entre ellas especialmente las inundaciones o las sequías, se mencionan con razón para explicar la baja de producción de ciertas superficies cultivables. Pero también son, en última instancia, las consecuencias en el medio ambiente, de una industrialización llevada a cabo por el capitalismo a expensas de las necesidades inmediatas y a largo plazo de la especie humana. Las recientes oleadas de calor en Australia, por ejemplo, han acarreado serios estragos y descensos importantes en la producción agrícola. Y lo peor está por venir, pues, según estimaciones, una subida de un grado Celsius de temperatura haría caer 10 % la producción de arroz, de trigo y de maíz. Las primeras investigaciones demuestran que el aumento de las temperaturas amenaza la supervivencia de muchas especies animales y vegetales y reduce el valor nutritivo de las plantas.
El hambre no es la única consecuencia de las aberraciones en materia de explotación de los recursos terrestres. La producción de biocarburantes, por ejemplo, conduce al agotamiento de tierras de cultivo. Además, ese "jugoso" mercado lleva a comportamientos delirantes y antinaturales: en las montañas Rocosas de Estados Unidos, donde los cultivadores ya han reorientado el 30 % de su producción de maíz hacia la fabricación de etanol, se dedican superficies enormes al maíz "energético" en tierras inadaptadas a ese cultivo, acarreando un despilfarro increíble en abonos y agua para un resultado de lo más flojo. Jean Ziegler ([1]) explica: "Para llenar un depósito de 50 litros con bioetanol, hay que quemar 232 kilos de maíz" y para producir un kilo de maíz, hacen falta ¡1000 litros de agua! Según estudios recientes, no solo es negativo el balance de la contaminación de los biocarburantes (una investigación reciente demostraría que aumentan más la polución del aire que el carburante normal), sino que sus consecuencias globales a nivel ecológico y económico son una catástrofe para la humanidad. Por otra parte, en muchas regiones del globo, el suelo está cada vez más contaminado cuando no totalmente envenenado. Así ocurre con el suelo chino, donde mueren 120 000 campesinos cada año de cánceres relacionados con la contaminación del suelo.
Todas las explicaciones que se nos dan sobre la crisis alimentaria tienen, cada una de ellas, una parte de verdad. Pero ninguna de ellas por sí misma es la explicación. Sobre los límites de su sistema, sobre todo cuando aparecen con la forma de la crisis, a la burguesía no le queda otro remedio que mentir a los explotados que son los primeros en soportar las consecuencias, para ocultar el carácter necesariamente transitorio de ese sistema como lo fue con los precedentes sistemas de explotación. En cierto modo, está obligada a mentirse a sí misma, como clase social, para no tener que reconocer que su reino está condenado por la historia. Y lo que hoy llama la atención es el contraste entre el aplomo de que alardea la burguesía y su incapacidad para reaccionar de manera mínimamente creíble y eficaz ante la crisis alimentaria.
Las diferentes explicaciones y soluciones propuestas - independientemente de lo cínicas e hipócritas que puedan ser - corresponden todas ellas a los intereses propios e inmediatos de tal o cual fracción de la clase dirigente en detrimento de las demás. Unos cuantos ejemplos: en la reciente reunión de la cumbre del G8, los principales dirigentes del mundo han invitado a los representantes de los países pobres a reaccionar ante las revueltas del hambre preconizando que se bajaran inmediatamente los aranceles sobre las importaciones agrícolas. En otras palabras, la primera idea que se les ocurrió a esos tan finos representantes de la democracia capitalista ha sido aprovechar la crisis para incrementar sus exportaciones... El lobby industrial europeo provocó un clamor de indignación al denunciar que el proteccionismo agrícola de la Unión Europea era, entre otras cosas, acusado de ser responsable de la ruina de la agricultura de subsistencia del "Tercer Mundo" ([2]). ¿Por qué?, porque al sentirse amenazado por la competencia industrial de Asia, quiere que se reduzcan las subvenciones agrícolas pagadas por la Unión Europea, que resultan ahora demasiado caras para los medios que posee la UE. Y el lobby agrícola, por su parte, ve en las revueltas del hambre la prueba de la necesidad de aumentar esas mismas subvenciones. La Unión Europea ha aprovechado la ocasión para condenar el desarrollo de la producción agrícola al servicio de la "energía renovable"... en Brasil, que es uno de sus rivales más importantes en ese sector.
El capitalismo, como ningún otro sistema antes, ha desarrollado las fuerzas productivas a un nivel que podrían permitir instaurar una sociedad en la que se satisficieran todas las necesidades humanas. Sin embargo, esas enormes fuerzas puestas así en movimiento, mientras queden encerradas en las leyes del capitalismo, no sólo no podrán ponerse al servicio de la gran mayoría de la humanidad, sino que además se vuelven contra ella.
"En los países industriales más adelantados, hemos domeñado las fuerzas naturales para ponerlas al servicio del hombre; con ello, hemos multiplicado la producción hasta el infinito, de tal modo que un niño produce hoy más que antes cien adultos. ¿Y cuál es la consecuencia de ello? Un exceso de trabajo cada vez mayor, la miseria sin cesar creciente de las masas, [...] Sólo una organización consciente de la producción social, en la que se produzca y se distribuya con arreglo a un plan, podrá elevar a los hombres, en el campo de las relaciones sociales, sobre el resto del mundo animal en la misma medida en que la producción en general lo ha hecho con arreglo a la especie humana" (Introducción a Dialéctica de la naturaleza, F. Engels).
Desde que el capitalismo entró en su fase de declive, no sólo las riquezas producidas siguen sin servir para liberar a la especie humana del reino de la necesidad, sino que incluso amenazan su propia existencia. Y es así como un nuevo peligro amenaza hoy a la humanidad: el del hambre generalizada, de la que hace poco se decía que pronto sería una pesadilla del pasado. De hecho, como lo pone de relieve el calentamiento del planeta, el conjunto de la actividad productiva - incluidos los precios alimentarios - al estar sometida a las leyes ciegas del capitalismo, lo que está en vilo es la base misma de la vida en la Tierra, sobre todo a causa del despilfarro de los recursos del planeta.
Son las masas de los más pobres entre los países del "Tercer mundo" las hoy golpeadas por el hambre. Los saqueos de almacenes han sido una reacción perfectamente legítima ante una situación insoportable, de supervivencia, para los actores de esos actos y sus familias. En esto, las revueltas del hambre, aunque provoquen destrucciones y violencias, no deben ponerse en el mismo plano y no tienen el mismo sentido que las revueltas urbanas, como las de Brixton en Gran Bretaña en 1981 y las de las barriadas francesas de 2005, o los motines raciales como los de Los Ángeles, en 1992 ([3]).
Por mucho que perturben el llamado "orden público" y provoquen daños materiales, esas revueltas sólo sirven, en fin de cuentas, a los intereses de la burguesía, la cual es perfectamente capaz de volverlas contra los propios amotinados, pero también contra el conjunto de la clase obrera. Esas manifestaciones de violencia desesperada, en las que a menudo están implicados elementos del lumpenproletariado, ofrecen siempre una oportunidad a la clase dominante para reforzar su aparato represivo y el control policial de los barrios más pobres en los que viven las familias obreras.
Ese tipo de revueltas es un producto de la descomposición del sistema capitalista. Son una expresión de la desesperación y del "no future" que engendra y que se plasma en su carácter totalmente absurdo. Así fue con las revueltas que inflamaron las barriadas en Francia en noviembre de 2005 donde no fueron ni mucho menos los barrios ricos donde viven los explotadores los que sufrieron las acciones violentas de los jóvenes sino sus propios barrios que si hicieron todavía más siniestros e inhóspitos que antes. Y que fueran además sus propias familias, sus allegados o vecinos las víctimas principales de las depredaciones revela el carácter totalmente ciego, desesperado y suicida de ese tipo de amotinamientos. Fueron los vehículos de los obreros que moran en esos barrios los incendiados y destruidas las escuelas y gimnasios a los que iban sus hermanos, hermanas o los hijos del vecino. Y fue precisamente por lo absurdo de esas revueltas por lo que la burguesía pudo utilizarlas y volverlas contra la clase obrera.
Su mediatización a ultranza permitió a la clase dominante mentalizar a muchos obreros de los barrios populares para que consideraran a los jóvenes amotinados no como víctimas del capitalismo en crisis, sino como unos gamberros descerebrados. Más allá del hecho de que esas revueltas permitieron que la policía reforzara la "caza al moreno" entre los jóvenes de origen inmigrante, no podían sino minar cualquier acción de solidaridad de la clase obrera hacia esos jóvenes excluidos de la producción, sin la menor perspectiva de futuro y sometidos constantemente a las vejaciones de los controles policiales.
Por su parte, las revueltas del hambre son primero y ante todo una expresión de la quiebra de la economía capitalista y de la irracionalidad de su producción. Esta se plasma hoy en una crisis alimentaria que golpea no solo a las capas más desfavorecidas de los países "pobres" sino también a cada vez más obreros asalariados, incluso en los países llamados "desarrollados". No es casualidad si en la gran mayoría de las luchas que hoy se están realizando por todas las partes se reivindican esencialmente aumentos de salarios. La inflación galopante, la estampida de los precios de los productos de primera necesidad conjugada con la baja de los salarios reales y las pensiones roídos por la inflación, la precariedad del empleo y las oleadas de despidos son manifestaciones de la crisis que contienen todos los ingredientes para que el hambre, la lucha por la supervivencia, empiecen a plantearse en el seno de la clase obrera. Las encuestas muestran que ya hoy en varios países de Europa, los supermercados y grande superficies adonde acuden las familias obreras a hacer sus compras tienen más dificultades para vender sus productos y están obligados a disminuir sus abastecimientos.
Y es precisamente porque la cuestión de la crisis alimentaria golpea ya a los obreros de los países "pobres" (y afectará cada día más a los de los países centrales del capitalismo), por lo que a la burguesía le va a ser difícil explotar las revueltas del hambre contra la lucha de clase del proletariado. La escasez generalizada, las hambrunas, eso es lo que el capitalismo reserva a la humanidad entera, ése es el "porvenir" que revelan las revueltas del hambre que han estallado recientemente en varios países del mundo.
Evidentemente, esas revueltas son también reacciones de desesperación de las masas más pobres de los países "pobres" y no son portadoras por sí mismas de ninguna perspectiva de derrocamiento del capitalismo. Pero, contrariamente a las revueltas urbanas o raciales, las del hambre son un concentrado de la miseria absoluta en la que el capitalismo hunde a partes cada día más extensas de la humanidad. Muestran el porvenir que le espera a la clase obrera si ese modo de producción no acabara por ser derrocado. Por eso contribuyen en la toma de conciencia de la quiebra irremediable de la economía capitalista. Y, en fin, muestran con qué cinismo y con qué brutalidad responde la clase dominante a las explosiones de cólera de quienes atacan los almacenes para no morirse de hambre: represión, gases lacrimógenos, porrazos y metralla.
Y, contrariamente a las revueltas de las barriadas, aquéllas no son un factor de división de la clase obrera. Muy al contrario, a pesar de las violencias y destrozos que pueden acarrear, las revueltas del hambre tienden espontáneamente a suscitar un sentimiento de solidaridad por parte de los obreros pues éstos también son víctimas de la crisis alimentaria y les cuesta cada día más alimentar a sus familias. Por eso las revueltas del hambre son mucho más difíciles de utilizar por la burguesía para azuzar a unos obreros contra otros o crear divisiones en los barrios populares.
Aunque en los países "pobres" se estén hoy desarrollando, simultáneamente, luchas obreras contra la miseria capitalista y las revueltas del hambre, se trata, sin embargo, de dos movimientos paralelos y de naturaleza muy diferente.
Por mucho que haya obreros que participen en las revueltas del hambre saqueando almacenes, ése no es el terreno de la lucha de clases. En ese terreno, el proletariado está anegado en medio de otras capas "populares" entre las más pobres y marginales. En ese tipo de movimientos, el proletariado no puede sino perder su autonomía de clase y abandonar sus propios métodos de lucha: huelgas, manifestaciones, asambleas generales.
Por otra parte, las revueltas del hambre son humo de pajas, motines sin futuro que en modo alguno podrán resolver el problema del hambre. Sólo son una reacción inmediata y desesperada a la miseria más abismal. En efecto, una vez que los almacenes son vaciados por los saqueos no queda nada, en todos los sentidos, mientras que las subidas de salario resultantes de las luchas obreras pueden mantenerse durante más tiempo, por mucho que, cierto es, acaben anulándose. Es evidente que frente a la hambruna que hoy está golpeando a las poblaciones de los países de la periferia del capitalismo, la clase obrera no puede permanecer indiferente; y tanto más porque, en esos países, a los obreros también les está afectando la crisis alimentaria y encuentran cada día más dificultades para alimentarse a sí mismos y a sus familias con sus miserables sueldos.
Las expresiones actuales de la quiebra del capitalismo, especialmente la estampida de los precios y la agravación de la crisis alimentaria, tienden a nivelar cada vez más las condiciones de vida de los proletariados y las de unas masas cada vez más miserables. Por eso mismo van a multiplicarse las luchas obreras en los países "pobres" al mismo tiempo que estallarán revueltas del hambre. Y aunque las revueltas del hambre carezcan de perspectivas, las luchas obreras sí que son un terreno de clase en cuyas firmes bases los obreros podrán desarrollar su fuerza y su perspectiva. El único medio para el proletariado de resistir a los ataques cada vez más violentos del capitalismo estriba en su capacidad para preservar su autonomía de clase desarrollando sus luchas y su solidaridad en su propio terreno. Es, en especial, en las asambleas generales y las manifestaciones masivas donde deben plantearse las reivindicaciones comunes a todos, integrando la solidaridad con las masas hambrientas. En esas reivindicaciones, los proletarios en lucha no solo deben exigir aumentos de sueldo y baja de los precios de los víveres de base, deben también añadir en sus plataformas reivindicativas el reparto gratuito del mínimo vital para los más desfavorecidos, los desempleados y las masas indigentes.
Desarrollando sus propios métodos de lucha y reforzando su solidaridad de clase con las masas hambrientas y oprimidas, el proletariado podrá llevar tras sí a las demás capas no explotadoras de la sociedad.
El capitalismo no tiene la menor perspectiva que ofrecer a la humanidad, sino es la de unas guerras cada vez más bestiales, unas catástrofes cada día más trágicas, una miseria cada vez mayor para la gran mayoría de la población mundial. La única posibilidad para la sociedad de salir de la barbarie del mundo actual es el derrocamiento del sistema capitalista. Y la única fuerza capaz de echar abajo el capitalismo es la clase obrera mundial. Y como la clase obrera no ha sido hasta ahora capaz de encontrar las fuerzas suficientes para afirmar esa perspectiva, desarrollando y extendiendo masivamente sus luchas, las masas crecientes de la población mundial en los países del "Tercer mundo" se ven obligadas a lanzarse a unas revueltas del hambre desesperadas para intentar sobrevivir. La única verdadera solución a la "crisis alimentaria" es el desarrollo de las luchas del proletariado hacia la revolución comunista mundial que permitirá dar una perspectiva y una dirección a las revueltas del hambre. El proletariado solo podrá llevarse tras sí a las demás capas no explotadoras de la sociedad afirmándose como clase revolucionaria. Desarrollando y unificando sus luchas la clase obrera podrá mostrar que es ella la única fuerza social capaz de cambiar el mundo y aportar una respuesta radical a la plaga del hambre, pero también de la guerra y de todas las manifestaciones de desesperanza propias de la descomposición de la sociedad.
El capitalismo ha reunido las condiciones de la abundancia pero mientras ese sistema no haya sido derrocado, solo podrán desembocar en una situación absurda en la que la sobreproducción de mercancías se combina con la penuria de los bienes más elementales.
El que el capitalismo sea incapaz de alimentar a partes enteras de la humanidad es un llamamiento al proletariado para que asuma su responsabilidad histórica. Sólo la revolución comunista mundial podrá poner las bases de una sociedad de abundancia en la que las hambrunas sean erradicadas definitivamente del planeta.
LE (5 de julio de 2008)
[1]) Relator especial para el derecho a la alimentación (de las poblaciones) del Consejo de derechos del hombre de la Organización de naciones unidas desde el año 2000 hasta marzo del 2008.
[2]) El término "Tercer Mundo" lo inventó un economista y demógrafo francés, Alfred Sauvy en 1952, en plena Guerra fría, para, al principio, designar a los países que no estaban vinculados directamente ni al bloque occidental ni al bloque ruso, pero ese sentido quedó pronto casi en desuso, sobre todo, claro, después de la caída del muro de Berlín. Se usa sobre todo sin embargo para designar a los países que tienen los indicadores de desarrollo económico más débiles, o sea los países más pobres del planeta, especialmente en África, Asia o Latinoamérica. Y es, claro está, en este sentido, nunca antes de mayor actualidad, en el que se usa todavía.
[3]) Sobre las revueltas raciales de Los Ángeles, ver nuestro artículo "Ante el caos y las matanzas, sólo la clase obrera puede dar una respuesta" en Revista internacional n° 70. Sobre las revueltas en las barriadas francesas del otoño de 2005, léase "Revueltas sociales: Argentina 2001, Francia 2005... Sólo la lucha proletaria es portadora de futuro" (Revista internacional n° 124) y "Tesis sobre el movimiento de los estudiantes de la primavera de 2006 en Francia" (Revista internacional n° 125).
Mayo del 68 y la perspectiva revolucionaria (2a parte)
Frente a todas las mentiras que se han extendido recientemente por varios países sobre Mayo del 68, es necesario que los revolucionarios restablezcan la verdad, que den las claves para que se entienda el significado y las lecciones de aquellos acontecimientos, que impidan, en particular, su entierro de primera clase bajo una montaña de flores y coronas.
Es lo que hemos empezado a hacer en nuestra Revista al publicar un artículo que analiza el primer componente de los "acontecimientos de Mayo del 68", la revuelta estudiantil, tanto a nivel internacional como más particularmente en Francia. Aquí nos dedicaremos a analizar el componente esencial de esos acontecimientos, el movimiento de la clase obrera.
En el primer artículo, así concluíamos el relato de los acontecimientos en Francia: "El 14 de mayo, los debates siguen en muchas empresas. Después de las inmensas manifestaciones del día anterior, con todo el entusiasmo y el sentimiento de fuerza que habían permitido, era difícil reanudar el trabajo como si no hubiera pasado nada. En Nantes, los obreros de Sud-Aviation, animados por los más jóvenes, lanzan una huelga espontánea y deciden ocupar la fábrica. La clase obrera comienza a tomar el relevo..."
Ese relato es lo que vamos a proseguir aquí.
La extensión de la huelga
En Nantes, son los jóvenes obreros, de la misma edad que los estudiantes, quienes lanzan el movimiento; su razonamiento es simple: "si los estudiantes, que no pueden ejercer presión con la huelga, han tenido fuerzas para hacer retroceder al Gobierno, los obreros también podrán hacerlo retroceder". Por su parte, los estudiantes de la ciudad acuden a manifestar su solidaridad con los obreros, mezclándose a sus piquetes: es la confraternización. Ahí queda claro que las campañas del PCF ([1]) y de la CGT ([2]), que denuncian a los "izquierdistas provocadores a sueldo de la patronal y del ministerio de Interior", que habrían infiltrado el medio estudiantil, tienen un impacto muy escaso.
En total, hay 3100 huelguistas el 14 de mayo.
El 15 de mayo, el movimiento alcanza la fábrica Renault de Cléon, en Normandía, así como otras dos fábricas de la región: huelga total, ocupación ilimitada, secuestro de la Dirección, bandera roja en las verjas. Al final de la jornada, hay 11 000 huelguistas.
El 16 de mayo, las demás fábricas Renault entran en el movimiento: bandera roja en Flins, Sandouville, Le Mans y Billancourt (en las afueras de París). Esa noche, sólo hay 75 000 huelguistas en total, pero la entrada en lucha de Renault-Billancourt suena como una señal: es la mayor fábrica de Francia (35 000 trabajadores) y desde hace mucho tiempo hay un refrán que dice: "Cuando Renault estornuda, Francia se resfría".
El 17 de mayo se cuentan 215 000 huelguistas: la huelga comienza a afectar a toda Francia, sobre todo en provincias. Es un movimiento completamente espontáneo; los sindicatos no hacen más que seguir la corriente. Por todas partes, son los jóvenes obreros los que van por delante. Se asiste a numerosas confraternizaciones entre estudiantes y jóvenes obreros: éstos vienen a las universidades ocupadas e invitan a los estudiantes a venir a comer a sus comedores.
No hay reivindicaciones precisas, lo que se expresa es el "hastío": en la pared de una fábrica de Normandía está escrito "¡Tiempo para vivir y con más dignidad!". Ese día, temiendo "ser desbordados por la base" y también por la CFDT ([3]) mucho más presente en las movilizaciones de los primeros días, la CGT llama a la extensión de la huelga: "subió al tren en marcha" como entonces se decía. Su comunicado sólo se conocerá al día siguiente.
El 18 de mayo, hay 1 millón de trabajadores en huelga a mediodía, incluso antes de que se conozcan las consignas de la CGT. Por la noche ya son 2 millones.
Serán 4 millones el lunes 20 de mayo y 6 millones y medio al día siguiente.
El 22 de mayo, hay 8 millones de trabajadores en huelga ilimitada. Es la mayor huelga de la historia del movimiento obrero internacional. Es mucho más masiva que las dos referencias anteriores: la "huelga general" de mayo de 1926 en Gran Bretaña (que duró una semana) y las huelgas de mayo-junio de 1936 en Francia.
Todos los sectores están afectados: industria, transportes, energía, correos y telecomunicaciones, enseñanza, administraciones (varios ministerios están completamente paralizados), medios de comunicación (la televisión nacional está en huelga, los trabajadores denuncian en particular la censura que se les impone), laboratorios de investigación, etc. Incluso las funerarias se paralizan (muy mala idea la de morir en Mayo del 68). Hasta se puede ver a los deportistas profesionales entrar en el movimiento: la bandera roja flota en el edificio de la Federación francesa de fútbol. Incluso los artistas se ponen en movimiento, interrumpiéndose el Festival de Cannes a instigación de los realizadores de cine.
Mientras tanto, las universidades ocupadas (así como otros edificios públicos, como el Teatro del Odeón en París) se convierten en lugares de debate político permanente. Muchos obreros, en particular los jóvenes pero también mayores, participan en los debates. Algunos obreros les piden a los que defienden la idea de revolución que vengan a defender sus ideas en su fábrica ocupada. Y fue así como, en Toulouse, el pequeño núcleo que más tarde fundaría la sección de la CCI en Francia fue invitado a exponer la idea de los consejos obreros en la fábrica Job (papel y cartón) ocupada. Y lo más significativo, es que esta invitación procedía de militantes... de la CGT y del PCF. Éstos tendrán que parlamentar durante una hora con permanentes de la CGT de la gran fábrica Sud-Aviation venidos a "reforzar" el piquete de huelga de Job para obtener la autorización de dejar entrar a los "izquierdistas" en la fábrica. Durante más de seis horas, obreros y revolucionarios, sentados en rodillos de cartón, discutirán de la revolución, de la historia del movimiento obrero, de los soviets así como de las traiciones... ¡del PCF y de la CGT!
Muchos debates también se hacen en la calle, en las aceras (¡el tiempo fue benevolente en toda Francia en mayo de 68!). Surgen espontáneamente, cada uno tiene algo que decir ("Hablarse y escucharse" es el lema). Por todos los sitios reina un ambiente de fiesta, excepto en los "barrios burgueses" en los que se va acumulando el miedo y el odio.
Por todas partes en Francia, en los barrios, en algunas grandes empresas o en sus alrededores surgen "Comités de acción": se discute de cómo llevar la lucha, de la perspectiva revolucionaria. Están animados en general por grupos izquierdistas o anarquistas, pero reúnen mucha más gente que los miembros de esas organizaciones. Incluso en la ORTF, la radiotelevisión de Estado, se crea un Comité de acción animado, en particular, por Michel Drucker ([4]) y en el que participa incluso el inefable Thierry Rolland ([5]).
La reacción de la burguesía
Ante tal situación, la clase dominante tiene un período de desasosiego que se plasma en iniciativas desordenadas e ineficaces.
Así es como el 22 de mayo, la Asamblea nacional, dominada por las derechas, discute (para acabar rechazándola) una moción de censura presentada por las izquierdas... ¡dos semanas antes!: las instituciones oficiales de la República francesa parecen vivir en otro mundo. Y lo mismo ocurre con el Gobierno, el cual toma ese mismo día la decisión de prohibir la vuelta a Francia de Cohn-Bendit que había ido a Alemania. Esta decisión no hace sino aumentar el descontento: el 24 de mayo se asiste a varias manifestaciones, para denunciar en particular la prohibición de residencia a Cohn-Bendit: "¡Las fronteras nos importan un carajo!", "¡Todos somos judíos alemanes!" A pesar del cordón sanitario de la CGT contra los "aventureros" y los "provocadores" (o sea los estudiantes "radicales"), muchos jóvenes obreros se unen a esas manifestaciones.
El Presidente de la República, el general De Gaulle, pronuncia un discurso esa misma tarde: propone un referéndum para que los franceses se pronuncien sobre la "participación" (una especie de asociación capital-trabajo). Resulta imposible estar tan lejos de la realidad. Este discurso es un fracaso total que revela el desasosiego del Gobierno y de la burguesía en general ([6]).
En la calle, los manifestantes escuchan el discurso en transistores, incrementándose más todavía su rabia: "¡Nos importa un rábano su discurso!". Hay enfrentamientos y barricadas durante toda la noche en París y varias ciudades de provincias. Hay escaparates rotos y coches incendiados, lo que provoca un vuelco de parte de la opinión contra los estudiantes, en adelante considerados como "rompedores". Es por otra parte probable que se hubieran mezclado miembros de las milicias gaullistas o policías de paisano entre los manifestantes para "atizar el fuego" y dar miedo a la población. Es también evidente que muchos estudiantes se imaginan "hacer la revolución" construyendo barricadas o quemando coches, símbolos de la "sociedad de consumo". Pero esos actos expresan sobre todo la rabia de los manifestantes, estudiantes y jóvenes obreros, ante las respuestas risibles y provocantes de las autoridades a la mayor huelga de la historia. Ilustración de esta cólera contra el sistema: se prende fuego al símbolo del capitalismo, la Bolsa de París.
Por último, sólo al día siguiente la burguesía comenzará tomar iniciativas eficaces: el sábado 25 de mayo, en el ministerio de Trabajo (sito en la calle de Grenelle) se abren las negociaciones entre sindicatos, patronato y Gobierno.
Inmediatamente, los patronos están dispuestos a ceder mucho más de lo que pensaban los sindicatos: queda claro que la burguesía tiene miedo. Preside el Primer ministro, Pompidou. El domingo por la mañana, se reúne a solas durante una hora con Séguy, patrón de la CGT ([7]): los dos principales responsables del mantenimiento del orden social en Francia tienen que discutir sin testigos de los medios para restablecerlo ([8]).
En el noche del 26 al 27 de mayo se celebran los "acuerdos de Grenelle":
- aumentos de salarios para todos de 7 % el 1º de junio, más 3 % el 1º de octubre;
- aumento del salario mínimo en torno a 25 %;
- reducción del "cupo moderador" del 30 % al 25 % (montante de los gastos médicos no asumidos por la Seguridad social) ;
- reconocimiento de la sección sindical en la empresa;
- se añaden una serie de promesas vagas de apertura de negociaciones, en particular sobre el tiempo de trabajo (que es aproximadamente entonces de 47 horas por semana por término medio).
Si se considera la importancia y la fuerza del movimiento, es una verdadera provocación:
- el 10 % quedará anulado por la inflación (muy importante en aquel período) ;
- nada sobre la compensación salarial por la inflación;
- nada de concreto sobre la reducción del tiempo de trabajo; se limita a indicar el objetivo de la "vuelta progresiva a las 40 horas" (ya obtenidas oficialmente... ¡en 1936!) ; con el ritmo propuesto por el Gobierno, se llegaría a ese objetivo... ¡en 2008!;
- los únicos que ganan algo significativo son los obreros más pobres (se quiere dividir a la clase obrera impulsándoles a volver al trabajo) y los sindicatos (se les remunera por su papel de saboteadores).
El lunes 27 de mayo las asambleas de trabajadores rechazan los "acuerdos de Grenelle" de manera unánime.
En Renault-Billancourt, los sindicatos organizaron un gran "show" ampliamente cubierto por la televisión y las radios: al término de las negociaciones, Séguy había dicho a los periodistas: "La reanudación no tardará" y esperaba que los obreros de Billancourt diesen el ejemplo. Sin embargo, 10 000 de ellos, reunidos desde la mañana, decidieron proseguir el movimiento antes incluso de que llegaran los dirigentes sindicales.
Benoît Frachon, dirigente "histórico" de la CGT (ya presente en las negociaciones de 1936) declara: "Los acuerdos de Grenelle van a aportar a millones de trabajadores un bienestar que no se esperaban": ¡silencio de muerte!
André Jeanson, de la CFDT, se congratula por el voto inicial a favor de la continuación de la huelga y habla de la solidaridad de los obreros con los estudiantes y los alumnos de secundaria en lucha: aplausos ruidosos.
Séguy, por fin, presenta "una reseña objetiva" de lo que "se ha adquirido en Grenelle": silbidos seguidos de un abucheo general de varios minutos. Séguy hace entonces una pirueta: "Si juzgo por lo que oigo, no os vais a dejar engañar": aplausos pero en la muchedumbre se oye: "¡Nos está tomando el pelo!".
La mejor prueba del rechazo de los "acuerdos de Grenelle": el número de huelguistas sigue aumentando el 27 de mayo hasta alcanzar 9 millones.
Este mismo día se celebra en el estadio Charléty de París una gran reunión convocada por el sindicato estudiantil UNEF, la CFDT (que ejerce una puja con la CGT) y los grupos izquierdistas. El ambiente es muy revolucionario: se trata en realidad de proporcionar un desahogo al descontento creciente hacia la CGT y al PCF. Junto a los izquierdistas, están presentes políticos socialdemócratas como Mendès-France (antiguo jefe de Gobierno en los años 50). Cohn-Bendit, con el pelo teñido de negro, hace una aparición (ya se le había visto el día anterior en la Sorbona).
El día de 28 de mayo fue el de los chanchullos de los partidos de izquierda.
Por la mañana, François Mitterrand, presidente de la Federación de la izquierda demócrata y socialista (que reúne el Partido socialista, el Partido radical y otros pequeños grupos de izquierda) celebra una conferencia de prensa: considerando que está vacante el poder, anuncia su candidatura a la Presidencia de la República. Por la tarde, Waldeck-Rochet, patrón del PCF, propone un Gobierno "con participación comunista": se trata de evitar que los socialdemócratas exploten la situación en beneficio propio. Al día siguiente, 29 de mayo, la CGT convoca a una gran manifestación que exige un "Gobierno popular". La derecha pone el grito en el cielo denunciando la "conspiración comunista".
Este mismo día se constata la "desaparición" del general de Gaulle. Hacen correr el rumor de que se retira cuando en realidad se ha ido a Alemania para cerciorarse de la fidelidad del ejército ante el general Massu, comandante de las tropas francesas de ocupación.
El 30 de mayo es un día decisivo en el control de la situación por la burguesía. De Gaulle echa un nuevo discurso: "En las circunstancias actuales, no me retiraré. (...) Disuelvo hoy mismo la Asamblea nacional...".
Al mismo tiempo se celebra en París, en los Campos Elíseos, una enorme manifestación de apoyo a De Gaulle. Procedentes de los barrios burgueses, de los suburbios ricos y también de la "Francia profunda" gracias a los camiones del ejército, el "pueblo" del miedo y de la plata, de los burgueses y de las instituciones religiosas de sus hijos, de los ejecutivos imbuidos de su "superioridad", de los pequeños comerciantes que tiemblan por sus escaparates, de los excombatientes ultrajados por los ataques a la bandera tricolor, de los "agentes secretos" conchabados con el hampa, y también de los viejos partidarios de la Argelia francesa y del OAS ([9]), de los jóvenes miembros del grupo fascistoide Occident, de los viejos nostálgicos de Vichy (que, por cierto, todos odiaban a De Gaulle); toda esa gentuza viene a clamar su odio a la clase obrera y su "amor por el orden". En la muchedumbre, al lado de excombatientes de la "Francia libre", se puede oír el grito de "¡Cohn-Bendit a Dachau!".
Pero el "Partido del orden" no se limita a los que manifiestan por los Campos Elíseos. El mismo día, la CGT convoca a negociaciones ramo por ramo "para mejorar los acuerdos de Grenelle": no es sino el medio para dividir el movimiento con el fin de liquidarlo.
La reanudación del trabajo
Por otra parte, a partir de esta fecha (es un jueves), hay trabajadores que empiezan a volver al trabajo, pero lentamente: el 6 de junio, todavía hay 6 millones de huelguistas. La reanudación del trabajo se hace en la dispersión:
- 31 de mayo: siderurgia de Lorena, industrias textiles del Norte;
- 4 de junio: arsenales, seguros;
- 5 de junio: EDF ([10]), minas de carbón;
- 6 de junio: correos, telecomunicaciones, transportes (en París, la CGT lo hace todo para que cese la huelga: en cada depósito los dirigentes sindicales se dedican a propagar la mentira de que los demás han reanudado el trabajo, para que así cese la lucha);
- 7 de junio: enseñanza primaria;
- 10 de junio: ocupación de la fábrica Renault de Flins por la policía; un alumno de secundaria de 17 años, Gilles Tautin, que allí acudió para aportar su solidaridad a los obreros, cae en el Sena perseguido por los gendarmes y se ahoga;
- 11 de junio: intervención de los CRS ([11]) en la fábrica Peugeot de Sochaux (2ª fábrica de Francia): 2 obreros son asesinados, uno de ellos a tiros.
Se asiste entonces a nuevas manifestaciones violentas en toda Francia: "¡Han matado a nuestros camaradas!" En Sochaux, ante la resistencia determinada de los obreros, los CRS evacuan la fábrica: el trabajo no se reanudará sino 10 días más tarde.
Temiendo que la indignación reactive la huelga (sigue habiendo aún 3 millones de huelguistas), los sindicatos (CGT en cabeza) y los partidos de izquierda con el PCF en primera fila llaman con insistencia a la reanudación del trabajo "para que las elecciones puedan realizarse y se remate así la victoria de la clase obrera". El diario del PCF, l'Humanité, titula: "Fuertes de su victoria, millones de trabajadores vuelven al trabajo".
Ahora encuentra su explicación el llamamiento sistemático a la huelga por parte de los sindicatos a partir del 20 de mayo: no sólo era necesario evitar ser desbordados por la "base" sino que también era necesario controlar el movimiento con el fin de poder, en el momento oportuno, provocar la reanudación de los sectores menos combativos y desmoralizar a los demás sectores.
Waldeck-Rochet, en sus discursos de campaña electoral, declara que "El Partido comunista es un partido de orden". Y "el orden" burgués se impone de nuevo poco a poco:
- 12 de junio: vuelta al trabajo en la enseñanza secundaria;
- 14 de junio: vuelta al trabajo en Air France y Marina mercante;
- 16 de junio: la policía ocupa la Sorbona;
- 17 de junio: vuelta al trabajo caótica en Renault-Billancourt;
- 18 de junio: de Gaulle hace liberar a los dirigentes de la OAS que todavía estaban en la cárcel;
- 23 de junio: 1ª vuelta de las elecciones legislativas, con una muy fuerte progresión de las derechas;
- 24 de junio: vuelta al trabajo en la fábrica Citroën-Javel, en París (Krasucki, número 2 de la CGT, interviene con insistencia en la asamblea general para llamar a que acabe la huelga);
- 26 de junio: vuelta al trabajo en Usinor Dunkerque;
- 30 de junio: 2ª vuelta de las elecciones, con una victoria histórica de la derecha.
Una de las últimas empresas que vuelven al trabajo, el 12 de julio, es la ORTF: muchos periodistas no quieren volver a vivir el sometimiento, la tutela y la censura que sufrían antes por parte del Gobierno. Después del "restablecimiento de la situación", muchos serán despedidos. El orden se ha impuesto por todas partes, incluso en las informaciones que se considera útil difundir a la población.
Así pues, la mayor huelga de la historia se terminó en derrota, contrariamente a las afirmaciones de la CGT y del PCF. Una derrota punzante, sancionada por el poderoso retorno de partidos y "autoridades" tan denigradas durante el movimiento. Pero el movimiento obrero sabe desde hace mucho tiempo que "... el resultado verdadero de sus luchas es menos el éxito inmediato que la unión creciente de los trabajadores" (Manifiesto comunista). Por ello, a pesar de su derrota inmediata, los obreros lograron en 1968 en Francia una gran victoria, no para sí mismos sino para el conjunto del proletariado mundial. Es lo que vamos a ver ahora, intentando también de poner en evidencia las causas profundas así como lo retos a nivel histórico y mundial del "hermoso mes de Mayo" francés.
En la mayoría de los muchos libros y emisiones de televisión sobre Mayo de 1968 que han ocupado los espacios informativos de muchos países en estos últimos tiempos, se destaca el carácter internacional del movimiento estudiantil que afectó a Francia. Todos están de acuerdo para constatar, como lo destacamos también en nuestro anterior artículo, que los estudiantes franceses no fueron los primeros en movilizarse masivamente; se puede decir, hasta cierto punto, que "subieron al tren en marcha" de un movimiento que empezó en las universidades norteamericanas en el otoño de 1964. A partir de Estados Unidos, ese movimiento afectó a la mayoría de los países occidentales y a partir de 1967, conoció su evolución más espectacular en Alemania, haciendo de los estudiantes de este país la "referencia" para los de los demás países europeos. Sin embargo, los mismos periodistas o "historiadores" que se complacen en destacar la amplitud internacional del conflicto estudiantil de los años 60 no dicen en general ni una palabra de las luchas de los trabajadores que se desarrollaron en el mundo durante aquel período. Obviamente, no pueden callar totalmente la inmensa huelga que es el otro aspecto, mucho más importante, de los "acontecimientos" de 1968 en Francia: les es difícil esconder la mayor huelga de la historia del movimiento obrero. Pero, si se siguen sus análisis, ese movimiento del proletariado fue una especie "de excepción francesa", una más.
Porque la verdad, del mismo modo que el movimiento estudiantil y quizá más todavía, es que el movimiento de la clase obrera en Francia fue parte íntegra de un movimiento internacional y no se puede entender realmente sin ese contexto internacional.
El contexto de la huelga obrera en Francia...
Es verdad que existió en Francia en Mayo del 68 una situación que no se ha repetido en ningún otro país, sino de manera muy marginal: un movimiento masivo de la clase obrera que se pone en marcha partiendo de la movilización estudiantil. Queda claro que la movilización estudiantil, la represión que sufrió - y que la alimentó - así como retroceso final del Gobierno tras la "noche de las barricadas" del 10-11 de mayo, desempeñaron un papel, no sólo en el inicio, sino también en la amplitud de la huelga obrera. Dicho esto, si el proletariado de Francia se comprometió en tal movimiento, no es, claro está, solamente "para hacer como los estudiantes", sino porque había un descontento profundo, generalizado, y también la fuerza política para entablar el combate.
Este hecho no es ocultado, en general, por los libros y programas de televisión que tratan de Mayo de 68: recuerdan a menudo que, a partir de 1967, los obreros ya habían realizado luchas importantes cuyas características rompían con las del período anterior. Mientras que, por ejemplo, las "huelguitas" y jornadas de acción sindicales no suscitaban gran entusiasmo, se asistió entonces a conflictos muy duros, muy determinados ante una violenta represión patronal y policial, en los que los sindicatos fueron desbordados en varias ocasiones. Desde principios del 67, se suceden enfrentamientos importantes en Burdeos (en la fábrica de aviones Dassault), en Besançon y en la región de Lyón (huelga con ocupación en Rhodia, huelga en Berliet, que acarrea el lock-out del patrón y la ocupación de la fábrica por los CRS), en las minas de Lorena, en los astilleros de Saint-Nazaire (paralizados por una huelga general el 11 de abril)...
Es en Caen, en Normandía, donde la clase obrera antes de mayo de 68 va a librar una de sus luchas más importantes. El 20 de enero de 1968, los sindicatos de la Saviem (camiones) habían lanzado una consigna de huelga de hora y media pero la base, juzgando esa acción insuficiente, se lanzó espontáneamente a la huelga el día 23. A los dos días, a las 4 de la mañana, los CRS desmantelan el piquete de huelga, permitiendo a ejecutivos y "esquiroles" entrar en la fábrica. Los huelguistas deciden ir al centro de la ciudad en donde se unen con obreros de otras fábricas que también estaban en huelga. A las 8 de la mañana, 5000 personas convergen pacíficamente hacia la plaza central: los guardias móviles ([12]) cargan, a culatazos, contra ellos. El 26 de enero, los trabajadores de todos los sectores de la ciudad (entre ellos los maestros) así como muchos estudiantes manifiestan su solidaridad: una reunión en la plaza central reúne a 7000 personas a las 6 de la tarde. Cuando acabó el mitin, los guardias móviles cargaron para evacuar la plaza pero fueron sorprendidos por la resistencia de los trabajadores. Los enfrentamientos durarán toda la noche; habrá 200 heridos y decenas de detenciones. Se condena a seis jóvenes manifestantes, todos obreros, a penas de cárcel de 15 días a tres meses. Pero lejos de hacer retroceder a la clase obrera, lo único que provoca la represión es la extensión de la lucha: el 30 de enero, hay 15 000 huelguistas en Caen. El 2 de febrero, las autoridades y la patronal han de retroceder: abandono de las penas de cárcel contra los manifestantes, aumentos de sueldo de 3 a 4 %. El trabajo se reanuda al día siguiente, pero el impulso de los jóvenes obreros hace que se reanuden los paros durante un mes en la Saviem.
Saint-Nazaire en abril de 67 y Caen en enero de 68 no son las únicas ciudades en verse afectadas por huelgas generales de toda la población obrera. También ocurre en otras ciudades de menor importancia como Redon en marzo y Honfleur en abril. Esas huelgas masivas de todos los explotados de una ciudad prefiguran lo que pasará a partir de la mitad del mes de mayo en todo el país.
Así pues, no se puede decir que la tormenta de Mayo del 68 estallara en un cielo de azul. El movimiento de los estudiantes "encendió la mecha", pero ésta estaba lista para prenderse.
Obviamente, los "especialistas", en particular los sociólogos, han intentado poner en evidencia las causas de esa "excepción" francesa. En particular la explican por el ritmo muy elevado del desarrollo industrial de Francia durante los años sesenta, que transformó a ese viejo país agrícola en potencia industrial moderna. Este hecho explica, en particular, la presencia y el papel de un gran número de jóvenes obreros en fábricas que, a menudo, se habían construido poco antes. Éstos, recién llegados frecuentemente del medio rural, no están sindicados y aguantan muy difícilmente la disciplina de cuartel de la fábrica y cobran en su mayoría salarios ridículos, incluso cuando poseen un Certificado de aptitud profesional. Esta situación permite entender por qué son los sectores más jóvenes de la clase obrera los primeros que se lanzaron a la lucha, y también por qué la mayoría de los movimientos importantes que precedieron mayo de 68 surgieron en el Oeste de Francia, una región esencialmente rural y recientemente industrializada. Sin embargo, las explicaciones de los sociólogos fallan cuando se ha de explicar por qué no son solamente los jóvenes trabajadores quienes entraron en huelga en 1968, sino la gran mayoría de la clase obrera, sin distinción de edades.
... e internacionalmente
En realidad, detrás de un movimiento de la amplitud y profundidad como el de Mayo del 68 había necesariamente causas mucho más profundas, causas que sobrepasaban, de muy lejos, el marco francés. Si el conjunto de la clase obrera de este país se lanzó a una huelga casi general, es que todos sus sectores comenzaban a estar afectados por la crisis económica que, en 1968, sólo estaba en sus inicios, una crisis que no era "francesa" sino que afectaba al capitalismo mundial. Son los efectos en Francia de la crisis económica mundial (subida del desempleo, congelación salarial, intensificación de los ritmos de producción, ataques contra la Seguridad social) lo que explica en gran parte la subida de la combatividad obrera en ese país a partir de 1967:
"En todos los países industriales, en Europa y EE.UU., el desempleo se desarrolla y las perspectivas económicas se ensombrecen. Inglaterra, a pesar de una multiplicación de medidas para salvaguardar el equilibrio, está finalmente obligada a finales de 1967 a devaluar la Libra Esterlina, acarreando devaluaciones en toda una serie de países. El Gobierno de Wilson impone un programa excepcional de austeridad: reducción masiva de los gastos públicos..., bloqueo de los salarios, reducción del consumo interno y de las importaciones, esfuerzo para aumentar las exportaciones. El 1º de enero de 1968, es Johnson [Presidente de Estados Unidos] el que da la alarma y anuncia medidas severas indispensables para salvaguardar el equilibrio económico. En marzo estalla la crisis financiera del dólar. La prensa económica, cada día más pesimista, menciona cada vez más el espectro de la crisis de 1929 (...) Mayo de 1968 aparece con todo su significado por haber sido una de las primeras y más importantes reacciones de la masa de los trabajadores contra una situación económica mundial que va deteriorándose" (Révolution internationale (antigua serie) n° 2, primavera de 1969).
En realidad, unas circunstancias particulares permitieron que fuera en Francia donde el proletariado mundial llevara a cabo su primera lucha de amplitud contra unos ataques crecientes que el capitalismo en crisis iba necesariamente a multiplicar. Pero bastante rápidamente, otros sectores nacionales de la clase obrera iban a entrar a su vez en lucha. Las mismas causas no podían sino provocar los mismos efectos.
Al otro lado del mundo, en Argentina, mayo de 1969 iba a señalarse por lo que quedó desde entonces en las memorias como "el cordobazo". El 29 de mayo, tras toda una serie de movilizaciones en las ciudades obreras contra los violentos ataques económicos y la represión de la junta militar, los obreros de Córdoba desbordaron completamente las fuerzas de policía y el ejército (a pesar de haber sacado los tanques) y se habían hecho dueños de la ciudad (la segunda del país). El Gobierno sólo pudo "restablecer el orden" al día siguiente gracias al recurso masivo de tropas.
En Italia, al mismo tiempo, comienza el movimiento de luchas obreras más importante desde la Segunda Guerra mundial. Las huelgas empiezan a multiplicarse en la Fiat de Turín, empezando por la principal fábrica de la ciudad, Fiat Mirafiori, para extenderse a continuación a las demás fábricas del grupo en Turín y los alrededores. El 3 de julio de 1969, en una jornada de acción sindical contra la subida de los alquileres, las manifestaciones de obreros, manifestándose junto a los estudiantes, convergen hacia la fábrica de Mirafiori. Frente a ésta, estallan violentas escaramuzas con la policía. Duran prácticamente toda la noche y se extienden a otros barrios de la ciudad. A partir de finales del mes de agosto, cuando los obreros vuelven de las vacaciones de verano, se reanudan las huelgas en Fiat y también en Pirelli (neumáticos) en Milán y varias otras empresas.
Sin embargo, la burguesía italiana, instruida por la experiencia de Mayo de 68, no se deja sorprender como le ocurrió a la burguesía francesa el año anterior. Necesita absolutamente impedir que el naciente y profundo descontento social desemboque en una llamarada general. Por eso su aparato sindical se va a aprovechar de que los convenios colectivos están llegando a vencimiento, en particular en la metalurgia, la química y la construcción, para desarrollar sus maniobras de dispersión de las luchas proponiendo a los obreros el objetivo de un "buen convenio" en sus sectores respectivos. Los sindicatos dan el último toque a la táctica llamada de las huelgas "articuladas": tal día los metalúrgicos hacen huelga, al siguiente los trabajadores de la química, otro día los de la construcción. Se convocan huelgas "generales" contra el aumento del coste de la vida o la subida de los alquileres, pero por provincias o incluso por ciudad. En las fábricas, los sindicatos preconizan las huelgas por turnos, taller por taller, so pretexto de causar el mayor daño posible a los patronos a menor coste para los obreros. Al mismo tiempo, los sindicatos hacen lo necesario para recuperar el control de una base que tiende a escapárseles: en muchas empresas, mientras que los obreros, descontentos de las estructuras sindicales tradicionales, eligen delegados de taller, éstos son institucionalizados en forma de "consejos de fábrica" presentados como "órganos de base" del sindicato unitario que las tres confederaciones, CGIL, CISL y UIL afirman querer construir juntas. Tras varios meses durante los cuales la combatividad trabajadora se agota en una sucesión de "días de acción" por sector y de "huelgas generales" por provincia o ciudad, los convenios colectivos de sector se firman sucesivamente entre primeros de noviembre y finales de diciembre. Y no será sino poco antes de que se firme el último convenio, el más importante al ser el del sector de vanguardia del movimiento, la metalurgia privada, cuando estalle una bomba el 12 de diciembre en un banco de Milán, matando a 16 personas. El atentado se imputa a anarquistas (uno, Giuseppe Pinelli, fallece en manos de la policía milanesa) pero más tarde se sabrá que fue perpetrado por ciertos sectores del aparato estatal. Las estructuras secretas del Estado burgués vinieron a echarles una mano a los sindicatos para sembrar la confusión en las filas de la clase obrera reforzando de paso los medios de la represión.
El proletariado de Italia no fue el único en movilizarse durante aquel otoño de 1969. A un nivel menor pero muy significativo, el de Alemania también entró en la lucha: en septiembre estallaron huelgas "salvajes" en contra de la firma por los sindicatos de convenios de "moderación salarial". Éstos eran supuestamente "realistas" ante la degradación de la situación de la economía alemana que, a pesar del "milagro" de posguerra, no se salvaba de las dificultades del capitalismo mundial que se fueron acumulando a partir de 1967 (Alemania tuvo ese mismo año su primera recesión desde la guerra).
Ese despertar del proletariado de Alemania, aún tímido, tiene un significado muy particular. Por un lado, se trata del proletariado más importante y concentrado de Europa. Pero sobre todo, este proletariado ocupó en la historia, y ocupará en el futuro, un lugar de primer plano en la clase obrera mundial. Es en Alemania donde se dirimió el futuro de la ola revolucionaria internacional que, a partir de Octubre de 1917 en Rusia, amenazó la dominación capitalista sobre el mundo. La derrota sufrida por los obreros alemanes durante sus tentativas revolucionarias entre 1918 y 1923 abrió las puertas a la más terrible contrarrevolución que haya sufrido el proletariado mundial en toda su historia. Fue allí donde la revolución había ido más lejos, en Rusia y Alemania, donde la contrarrevolución fue más profunda, brutal y cruel, adoptando la forma del estalinismo y del nazismo. La contrarrevolución duró cerca de medio siglo, teniendo su punto álgido en la Segunda Guerra mundial que, contrariamente a la primera, no permitió al proletariado levantarse sino que lo aplastó más aún, gracias en particular a las ilusiones creadas por la victoria de los campos de la "democracia" y del "socialismo".
La inmensa huelga de mayo de 1968 en Francia seguida por "el otoño caliente" italiano, demostraron que el proletariado mundial había salido del período de contrarrevolución, que contrariamente a la crisis de 1929, la que estaba desarrollándose no iba a desembocar en guerra mundial sino en un desarrollo de los combates de clase que impedirían a la clase dominante dar su inhumana respuesta a las convulsiones de su economía. Las luchas de los obreros alemanes de septiembre de 1969 lo confirmaron, así como lo confirmaron, y a escala aún más significativa, las luchas de los obreros polacos durante el invierno de 1970-71.
En diciembre de 1970, la clase obrera de Polonia reaccionó espontánea y masivamente a un alza de los precios de más de 30 %. Los obreros destruyen las sedes del partido estalinista en Gdansk, Gdynia y Elbląg. El movimiento de huelga se extiende por la costa báltica a Poznań, Katowice, Wrocław y Cracovia. El 17 de diciembre, Gomulka, Secretario general del partido estalinista en el poder, envía sus tanques a los puertos del Báltico. Mueren varios centenares de obreros. Hay batallas callejeras en Szczecin y en Gdańsk. La represión no consigue acabar con el movimiento. El 21 de diciembre, una ola de huelgas estalla en Varsovia. Gomulka es despedido. Su sucesor, Gierek, va inmediatamente a negociar personalmente con los obreros de los astilleros de Szczecin. Gierek hace algunas concesiones pero se niega a anular el aumento de los precios. El 11 de febrero estalla una huelga de masas en Łódź, fomentada por 10 000 obreros del textil. Gierek acaba por ceder: se anulan las subidas de precios.
Los regímenes estalinistas son la más pura encarnación de la contrarrevolución: en nombre del "socialismo" y de los "intereses de la clase obrera" ésta sufría uno de los peores terrores imaginables. El invierno "caliente" de los obreros polacos, así como las huelgas que estallaron al enterarse de las luchas en Polonia del otro lado de la frontera, especialmente en las regiones de Lvov (Ucrania) y Kaliningrado (Rusia del Oeste) demostraron que incluso allí donde la contrarrevolución mantenía su pesada y más terrible losa, en los regímenes "socialistas", dicha contrarrevolución retrocedía.
No se puede enumerar aquí el conjunto de las luchas obreras que, después de 1968, confirmaron esa modificación fundamental de la relación de fuerzas entre burguesía y proletariado a escala mundial. No citaremos más que dos ejemplos, el de España y el de Inglaterra.
En España, a pesar de la feroz represión del régimen franquista, la combatividad obrera se expresa masivamente en 1974. La ciudad de Pamplona, en Navarra, conoce un número de días de huelga por obrero superior al de los obreros franceses de 1968. Todas las regiones industriales están afectadas (Madrid, Asturias, País Vasco) pero es en las inmensas concentraciones obreras de las cercanías de Barcelona donde las huelgas toman su mayor extensión, afectando a todas las empresas de la región con manifestaciones ejemplares de solidaridad obrera (a menudo, se lanzan huelgas en una fábrica únicamente en solidaridad con los obreros de otras fábricas).
El ejemplo del proletariado de Inglaterra también es muy significativo, pues se trata del más viejo del mundo. A lo largo de los años setenta, llevó a cabo combates masivos contra la explotación (con 29 millones de días de huelga en 1979, los obreros ingleses se pusieron en segunda posición de las estadísticas, detrás de los obreros franceses en 1968). Esta combatividad incluso obligó a la burguesía inglesa a cambiar dos veces de Primer ministro: en abril de 1976 (Callaghan sustituye a Wilson) y a principios de 1979 (el Parlamento derriba a Callaghan).
Así pues, el significado histórico fundamental de mayo de 68 no ha de buscarse ni en las "especificidades francesas", ni en la rebelión estudiantil, ni en la "revolución en los costumbres", de todo eso de lo que hoy tanto nos hablan. Está en la ruptura del proletariado mundial con la contrarrevolución y su entrada en un nuevo período histórico de enfrentamientos contra el orden capitalista. Período que también se ilustró por un nuevo desarrollo de las corrientes políticas proletarias, entre ellas la nuestra, que la contrarrevolución había eliminado prácticamente o reducido al silencio. Estos es lo que vamos a analizar ahora.
Los estragos de la contrarrevolución en las filas comunistas
A principios del siglo xx, durante y después de la Primera Guerra mundial, el proletariado libró batallas titánicas que casi lograron acabar con el capitalismo. En 1917, derrumbó el poder burgués en Rusia. Entre 1918 y 1923, en el principal país europeo, Alemania, llevó múltiples asaltos para intentar alcanzar el mismo objetivo. Esta ola revolucionaria se reflejó en todas las partes del mundo, por todas las partes donde existía una clase obrera desarrollada, desde Italia a Canadá, desde Hungría hasta China. Era la respuesta del proletariado mundial a la entrada del capitalismo en su período de decadencia cuya primera gran expresión fue la guerra mundial.
Pero la burguesía mundial consiguió contener aquel movimiento gigantesco de la clase obrera, y no se detuvo ahí, sino que desencadenó la más terrible contrarrevolución de toda la historia del movimiento obrero. La contrarrevolución tomó las formas de una barbarie inimaginable, de las que el estalinismo y el nazismo fueron los representantes más significativos, precisamente en los países donde la revolución había ido lo más lejos, en Rusia y Alemania.
En ese contexto, los partidos comunistas que habían sido la vanguardia de la ola revolucionaria se convirtieron en partidos de la contrarrevolución.
Obviamente, la traición de los partidos comunistas provocó la aparición en su seno de fracciones de izquierda que defendieron las verdaderas posiciones revolucionarias. Un proceso similar ya había ocurrido en los Partidos socialistas cuando éstos se pasaron al campo burgués en 1914 al haber apoyado la guerra imperialista. Sin embargo, mientras que los que lucharon en los Partidos socialistas contra su deriva oportunista y su traición ganaron fuerzas y una influencia creciente en la clase obrera hasta ser capaces, después de la Revolución rusa, de fundar una nueva Internacional, así no fue con las corrientes de izquierda surgidas en los partidos comunistas, debido al peso enorme y creciente de la contrarrevolución. Aunque en sus inicios agruparon a una mayoría de militantes en los partidos alemán e italiano, esas corrientes perdieron progresivamente influencia en la clase y la mayor parte de sus fuerzas militantes se dispersó en múltiples grupitos, como así ocurrió en Alemania incluso antes de que el régimen hitleriano exterminara u obligara al exilio a sus últimos militantes.
En realidad, durante los años 30, junto a la corriente animada por Trotski cada vez más carcomida por el oportunismo, los grupos que siguieron defendiendo firmemente las posiciones revolucionarias, como el Grupo de los comunistas internacionalistas (GIC) en Holanda (que se reivindicaba del "comunismo de consejos" y rechazaba la necesidad de un partido proletario) y la Fracción de Izquierda del Partido comunista de Italia (que publicaba la revista Bilan) sólo contaban con algunas decenas de militantes y no tenían ya la menor influencia sobre el curso de las luchas obreras.
Contrariamente a la Primera, la Segunda Guerra mundial no permitió la inversión de la relación de fuerzas entre proletariado y burguesía. Muy al contrario. Prevenida por la experiencia histórica y gracias al valiosísimo apoyo de los partidos estalinistas, la clase dominante estaba preparada para cortar de raíz cualquier nueva aparición del proletariado. En la euforia democrática de la "Liberación", los grupos de la Izquierda comunista estaban aún más aislados que en los años treinta. En Holanda, el Communistenbond Spartacus sigue la labor del GIC en la defensa de las posiciones "consejistas", posiciones que también serán defendidas, a partir de 1965, por Daad en Gedachte, una escisión del Bond. Ambos grupos hacen un trabajo importante de publicación, aunque estén dificultados por la posición consejista que niega el papel de una organización de vanguardia para el proletariado. Sin embargo, la mayor desventaja viene del peso ideológico de la contrarrevolución. Así es también en Italia, donde la constitución en 1945, en torno a Damen y Bordiga (dos antiguos fundadores de la Izquierda italiana en los años veinte) del Partito comunista internazionalista (que publica Battaglia comunista y Prometeo), no colma los sueños en los que habían creído sus militantes. Mientras que esta organización contaba con 3000 miembros en su fundación, se fue debilitando progresivamente, víctima de la desmoralización y las escisiones, en particular, la de 1952 animada por Bordiga que va a constituir el Partido comunista internacional (que publica Programma comunista). Una de las causas de esas escisiones también fue, en realidad, la confusión con la que se realizó la agrupación de 1945, basada en el abandono de toda una serie de lecciones elaboradas por Bilan en los años 1930.
En Francia, el grupo que se había constituido en 1945, la Izquierda comunista de Francia (GCF), en continuidad con las posiciones de Bilan (pero integrando una serie de posiciones programáticas de la Izquierda germano-holandesa) y que publicó 42 números de Internationalisme, desaparece en 1952.
En Francia también, además de algunos elementos ligados al Partido comunista internacional y que publicaban le Prolétaire, otro grupo defendió hasta principios de los años sesenta las posiciones de clase con la revista Socialisme ou Barbarie (SoB). Pero este grupo, nacido de una escisión del trotskismo inmediatamente después de la Segunda Guerra mundial, abandonó progresiva y explícitamente el marxismo, lo que le llevó a su desaparición en 1966. A finales de los años cincuenta y a principios de los años sesenta, varias escisiones de SoB, en particular ante su abandono del marxismo, favorecieron la formación de pequeños grupos que se habían ido incorporando a la esfera de influencia consejista, en particular ICO (Informations et correspondance ouvrières).
Podríamos también citar la existencia de otros grupos en otros países pero lo que caracteriza la situación de las corrientes que siguieron defendiendo posiciones comunistas durante los años cincuenta y a principios de los años sesenta es su extrema debilidad numérica, el carácter confidencial de sus publicaciones, su aislamiento internacional así como las regresiones, que favorecieron su desaparición pura y simple o el encerramiento sectario como así ocurrió, en particular, con el Partido comunista internacional que se consideraba la única organización comunista en el mundo.
El renacer de las posiciones revolucionarias
La huelga general de 1968 en Francia y los distintos movimientos masivos de la clase obrera que acabamos de citar más arriba volvieron a poner al orden del día la idea de la revolución comunista en varios países. La mentira del estalinismo, que se presentaba como "comunista" y "revolucionario", comenzó a agrietarse por todas las partes. Eso dio obviamente fuerza a las corrientes que denunciaban la URSS como "Patria del socialismo", tales como las organizaciones maoístas y trotskistas. El movimiento trotskista, por su historia de lucha contra el estalinismo, rejuveneció a partir de 1968 saliendo de la sombra de los partidos estalinistas. Sus filas se inflaron de forma a veces espectacular, en particular en países como Francia, Bélgica o Gran Bretaña. Pero esta corriente había dejado desde la Segunda Guerra mundial de pertenecer al campo proletario, debido en particular a su posición de "defensa de las conquistas obreras de la URSS", o sea de defensa del frente imperialista dominado por este país.
En realidad, las huelgas obreras que se desarrollaron a partir del final de los 60 pusieron en evidencia el papel antiobrero de los partidos estalinistas y de los sindicatos, de la función de la farsa electoral y democrática como instrumento del poder burgués, y llevaron a muchos elementos en el mundo a evolucionar hacia las corrientes políticas que, en el pasado, habían denunciado más claramente el papel de los sindicatos y del parlamentarismo, que mejor habían personificado la lucha contra el estalinismo, las corrientes de la Izquierda comunista.
Tras Mayo de 1968, los textos de Trotski tuvieron una difusión masiva, y también los de Pannekoek, Gorter ([13]) y de Rosa Luxemburg quien, una de las primeras, había avisado a sus compañeros bolcheviques, poco antes de su asesinato en enero de 1919, de algunos peligros que amenazaban la revolución en Rusia.
Aparecieron nuevos grupos que se pusieron a estudiar la experiencia de la Izquierda comunista. En realidad, fue mucho más hacia el consejismo que hacia la Izquierda italiana hacia donde se dirigieron los elementos que comprendían que el trotskismo se había vuelto una especie de ala izquierda del estalinismo. Había varias razones. Por un lado, el rechazo a los partidos estalinistas venía a menudo acompañado del rechazo incluso del concepto de partido comunista. En cierto modo, era el tributo que pagaban los nuevos elementos que se orientaban hacia la perspectiva de la revolución proletaria a la mentira estalinista de la continuidad entre bolchevismo y estalinismo, entre Lenin y Stalin. Esta idea falsa, por otro lado, era en parte alimentada por las posiciones de la corriente bordiguista, la única con extensión internacional nacida de la Izquierda italiana, que defendía la idea de la toma del poder por el partido comunista y se reivindicaba del "monolitismo" en sus filas. Por otra parte, era la consecuencia del hecho de que las corrientes que seguían reivindicándose de la Izquierda italiana no fueron capaces de entender Mayo de 1968 ni su significado histórico, no viendo más que su aspecto estudiantil.
A la vez que aparecían nuevos grupos inspirados por el consejismo, los ya existentes conocieron un éxito sin precedentes, viendo sus filas reforzarse de forma espectacular siendo además capaces de servir de polo de referencia. Así fue con ICO que, en 1969, organizó un encuentro internacional en Bruselas en el que participaron, entre otros, Cohn-Bendit, Mattick (antiguo militante de la Izquierda alemana que había emigrado a Estados Unidos donde publicó varios estudios consejistas) y Cajo Brendel, animador de Daad en Gedachte. Los éxitos del consejismo "organizado" fueron sin embargo de corto plazo. ICO, por ejemplo, pronunció su autodisolución en 1974. Los grupos holandeses dejaron de existir cuando fallecieron sus principales animadores.
En Gran Bretaña, después de un éxito parecido al de ICO, el grupo Solidarity, inspirado en las posiciones de Socialisme ou Barbarie, conoció escisión tras escisión hasta estallar en 1981 (aunque el grupo de Londres siguiera publicando su revista hasta 1992).
En Escandinavia, los grupos consejistas que se habían desarrollado tras 1968 fueron capaces de organizar una conferencia en Oslo en septiembre de 1977, pero dicha conferencia no tuvo continuación.
Finalmente, la corriente que más se desarrolló durante los setenta fue la que estaba vinculada a las posiciones de Bordiga (muerto en julio de 1970). Se benefició, en particular, de una "afluencia" de elementos procedentes de las crisis que habían sacudido a algunos grupos izquierdistas (en particular, los grupos maoístas) en aquel entonces. En 1980, el Partido comunista internacional era la organización que se reivindicaba de la Izquierda comunista más importante e influyente a escala internacional. Pero esa "apertura" de la corriente bordiguista a elementos muy quemados por el izquierdismo desembocó en su explosión en 1982, reduciéndola a una multitud de pequeñas sectas confidenciales.
Los inicios de la Corriente comunista internacional
En realidad, la manifestación más significativa a largo plazo del renacimiento de las posiciones de la Izquierda comunista fue el desarrollo de nuestra propia organización ([14]).
Nuestra corriente se formó inicialmente hace exactamente 40 años, en julio de 1968 en Toulouse (Francia), con la adopción de una primera Declaración de principios por un pequeño núcleo de elementos que habían formado un círculo de debate el año anterior en torno a un camarada, RV, que había dado sus primeros pasos políticos en el grupo Internacionalismo, en Venezuela. Internacionalismo fue fundado en 1964 por el camarada MC ([15]) que había sido el principal animador de la Izquierda comunista de Francia (1945-52) tras haber sido miembro de la Fracción italiana de la Izquierda comunista a partir de 1938; había entrado en la vida militante a partir de 1919 (con 12 años), primero en el Partido comunista de Palestina, luego en el PCF.
Durante la huelga general de mayo de 1968, los elementos del círculo de debate publicaron varios panfletos firmados "Mouvement pour l'instauration des conseils ouvriers" (Movimiento para la instauración de los consejos obreros - MICO) y emprendieron debates con otros elementos con quienes finalmente se formó el grupo que iba a publicar Révolution internationale a partir de diciembre de 1968. Este grupo había entrado en contacto y mantenido un debate con otros dos grupos que pertenecían al ámbito de influencia consejista, la Organisation conseilliste de Clermont-Ferrand y el que publicaba Cahiers du communisme de conseils, basado en Marsella.
Por último, en 1972, los tres grupos fusionaron para formar lo que iba a convertirse en la sección en Francia de la Corriente Comunista Internacional (CCI), iniciándose la publicación de Révolution internationale (nueva serie).
Révolution internationale, en continuidad de la política efectuada por Internacionalismo, la GCF y Bilan, entabló debates con varios grupos que también habían surgido después de 1968, en particular en Estados Unidos (Internationalism). En 1972, Internationalism manda una carta a unos veinte grupos que se reivindican de la Izquierda comunista, llamando a la constitución de una red de correspondencia y debate internacional. Révolution internationale contestó calurosamente a esa iniciativa, proponiendo también que se abriera la perspectiva para organizar una conferencia internacional. Los demás grupos que dieron una respuesta positiva pertenecían todos a la esfera de influencia consejista. Los grupos que se reivindicaban de la Izquierda italiana, por su parte, o se hicieron los sordos o juzgaron prematura tal iniciativa.
Esa iniciativa favoreció varios encuentros en 1973 y 1974 en Inglaterra y Francia, en los que participaron en particular para Gran Bretaña, World Revolution, Revolutionary Perspective (escisiones de Solidarity) y Workers'Voice (escisión del trotskismo).
Finalmente, ese ciclo de encuentros consiguió en enero del 75 desembocar en una conferencia en la que los grupos que compartían la misma orientación política - Internacionalismo, Révolution internationale, Internationalism, World Revolution, Rivoluzione internazionale (Italia) y Acción proletaria (España) - decidieron unificarse en la Corriente comunista internacional.
Ésta decidió proseguir esa política de contactos y debates con los demás grupos de la Izquierda comunista, lo que la llevó a participar en la conferencia de Oslo de 1977 (con Revolutionary Perspective) y a contestar positivamente a la iniciativa lanzada en 1976 por Battaglia comunista para la celebración de una Conferencia internacional de grupos de la Izquierda comunista.
Las tres conferencias que se celebraron en mayo de 1977 (Milán), noviembre de 1978 (París) y mayo de 1980 (París) sucitaron un interés creciente entre los elementos que se reivindicaban de la Izquierda comunista, pero la decisión de Battaglia comunista y de Communist Workers' Organisation (producto del reagrupamiento de Revolutionary Perspective y de Workers'Voice en Gran Bretaña) de excluir a partir de entonces a la CCI acabó con las esperanzas de tal esfuerzo ([16]). En cierto modo, el repliegue sectario (por lo menos hacia la CCI) de BC y el CWO (que se agruparon en 1984 en un Buró internacional para el Partido revolucionario - BIPR) era un indicio de que se había agotado el impulso inicial dado a la corriente de la Izquierda comunista por la aparición histórica del proletariado mundial en mayo de 1968.
Sin embargo, a pesar de las dificultades de la clase obrera durante las últimas décadas, en particular, las campañas ideológicas sobre el "muerte del comunismo" después del hundimiento de los regímenes estalinistas, la burguesía mundial no por eso ha logrado asestarle una derrota decisiva. Eso se ha plasmado en el hecho de que la corriente de la Izquierda comunista (representada principalmente por el BIPR ([17]) y sobre todo la CCI) ha mantenido sus posiciones, conociendo hoy un interés creciente entre los elementos que, con la lenta reanudación de los combates de clase desde 2003, se están acercando a una perspectiva revolucionaria.
El camino del proletariado hacia la revolución comunista es largo y difícil. Y así ha de ser, puesto que le incumbe a esa clase la inmensa obra de hacer pasar a la humanidad del "reino de la necesidad al reino de la libertad". La burguesía no deja pasar la menor ocasión de declarar que "¡murió el comunismo!", pero la impaciencia que tiene en enterrarlo es significativa del temor que sigue provocándole esa perspectiva. Cuarenta años después, nos invita "a liquidar" Mayo de 68 (Sarkozy) o "a olvidarlo" (Cohn-Bendit, convertido ahora en una autoridad "verde" del Parlamento europeo y que acaba de publicar un libro con título significativo: Forget 68) y es normal: Mayo del 68 abrió una brecha en su sistema de dominación, una brecha que no ha conseguido colmar y que irá ampliándose a medida que vaya resultando más y más evidente la quiebra histórica de este sistema.
Fabienne (6/07/2008)
[1]) Partido comunista francés.
[2]) Confederación general del trabajo. la central sindical más potente, en particular entre los obreros de la industria y los transportes así como entre los funcionarios. Estaba controlada por el PCF.
[3]) Confederación francesa democrática del trabajo. Esta central sindical, de inspiración cristiana en sus principios en los años sesenta, acabó rechazando las referencias al cristianismo y fue influenciada por el Partido socialista así como por un pequeño partido socialista de izquierda, el Partido socialista unificado, hoy desaparecido.
[4]) Animador estrella, de entonces y ahora, de emisiones de lo más "consensual".
[5]) Comentarista deportivo, también de entonces y de hoy, conocido por su chauvinismo desenfrenado.
[6]) Al día que sigue este discurso, los empleados municipales anuncian en muchos sitios que se negarán a organizar el referéndum. Del mismo modo, las autoridades no saben cómo imprimir las papeletas de voto: la Imprenta nacional está en huelga y las imprentas privadas que no están en huelga se niegan: sus dueños no quieren tener problemas suplementarios con sus obreros.
[7]) Georges Seguy también era miembro del Comité central del PCF.
[8]) Se sabrá más tarde que Chirac, secretario de Estado de Asuntos sociales, se encontró también (¡en un desván!) con Krasucki, número 2 de la CGT.
[9]) Organización del ejército secreto: grupo clandestino de militares y partidarios del mantenimiento de Francia en Argelia que se ilustró a principios de los años 60 por atentados terroristas, asesinatos e incluso una tentativa de asesinato de De Gaulle.
[10]) Empresa eléctrica nacional de Francia.
[11]) CRS: Compañías republicanas de seguridad: fuerzas de la policía nacional especializadas en la represión de las manifestaciones callejeras.
[12]) Fuerzas de la Gendarmería nacional (es decir el ejército) que tienen el mismo papel que los CRS.
[13]) Los dos principales teóricos de la Izquierda holandesa.
[14]) Para una historia más precisa de la CCI, leer nuestros artículos "Construcción de la organización revolucionaria: 20 años de la Corriente comunista internacional" (Revista internacional no 80) y "Los treinta años del CCI: apropiarse el pasado para construir el futuro" (Revista internacional no 123).
[15]) Sobre la contribución de MC al movimiento revolucionario, ver nuestro artículo "Marc" en los números 65 y 66 de la Revista internacional.
[16]) Sobre estas conferencias, ver nuestro artículo "Las conferencias internacionales de la Izquierda Comunista (1976-1980) - Lecciones de una experiencia para el medio proletario" en la Revista internacional n° 122.
[17]) El desarrollo menor del BIPR comparado al de la CCI se debe principalmente a su sectarismo así como a su política oportunista de agrupamiento (que le ha llevado a menudo a edificar sobre arena). Ver sobre este tema nuestro artículo "Una política oportunista de agrupamiento que sólo conduce a ‘fracasos'" (Revista internacional n° 121).
En la primera parte de esta serie de artículos, publicada con ocasión del aniversario de la tentativa revolucionaria en Alemania, examinamos el contexto histórico mundial en el que se desarrolló la revolución. Ese contexto era el de la Primera Guerra mundial y la incapacidad de la clase obrera y de su dirección política para prevenir su estallido. Aunque los primeros años del siglo xx estuvieron marcados por las primeras expresiones de una tendencia general a la huelga de masas, estos movimientos no fueron lo bastante fuertes, salvo en Rusia, para reducir el peso de las ilusiones reformistas. Y el movimiento obrero internacionalista organizado, por su parte, apareció teórica, organizativa y moralmente sin preparación ante una guerra mundial que, sin embargo, había previsto desde hacía años. Prisionero de esquemas del pasado según los cuales la revolución proletaria sería el resultado, más o menos ineluctable, del desarrollo económico del capitalismo, consideraba que la tarea primordial de los socialistas era evitar enfrentamientos prematuros y dejar pasivamente que las condiciones objetivas fueran madurando. Excepto su oposición revolucionaria de izquierdas, la Internacional socialista no logró comprender (o se negó a ello) la posibilidad de que el primer acto del período de declive del capitalismo fuera la guerra mundial y no la crisis económica mundial. Y, sobre todo, al ignorar las señales de la historia, la urgencia del acercamiento de la alternativa socialismo o barbarie, la Internacional subestimó por completo el factor subjetivo de la historia, en especial su propio papel y responsabilidad. El resultado fue la quiebra de la Internacional ante el estallido de la guerra y los arrebatos patrioteros de su dirección, y especialmente de los sindicatos. Las condiciones de la primera tentativa revolucionaria proletaria mundial estuvieron así determinadas por el paso relativamente brusco y repentino del capitalismo a su fase de decadencia a través de una guerra imperialista mundial pero también por una crisis catastrófica sin precedentes del movimiento obrero.
Pronto apareció claramente que no podía haber respuesta revolucionaria a la guerra sin que se restaurara la convicción de que el internacionalismo proletario no era una cuestión táctica, sino el principio más "sagrado" del socialismo, la sola y única "patria" de la clase obrera (como lo escribió Rosa Luxemburg). Ya vimos en el artículo precedente lo indispensable que fue para dar el giro hacia la revolución, la declaración pública de Karl Liebknecht contra la guerra, el Primero de Mayo de 1916 en Berlín - al igual que las conferencias socialistas internacionalistas que hubo en ese período, como las de Zimmerwald y Kienthal - y la solidaridad que aquélla suscitó. Frente a los horrores de la guerra en las trincheras y el empobrecimiento y la explotación forzada de la clase obrera en el "frente interior", que había barrido de golpe décadas de experiencias de lucha, se desarrolló, como ya vimos, la huelga de masas y empezó a haber una maduración en las capas politizadas y en los lugares centrales de la clase obrera capaces de llevar a cabo un asalto revolucionario.
Comprender las causas del fracaso del movimiento socialista ante la guerra era el objetivo del artículo anterior, como había sido la primera preocupación de los revolucionarios durante la primera fase de la guerra. El texto de Rosa Luxemburg, la Crisis de la Socialdemocracia - llamado "Folleto de Junius" - fue una de las expresiones más clarividentes de esa preocupación. En el meollo de los acontecimientos que vamos a tratar en este segundo artículo, se plantea una cuestión decisiva, consecuencia de la primera: ¿Qué fuerza social acabará con la guerra y cómo lo hará?
Richard Müller, uno de los líderes de los "delegados revolucionarios", los Obleute, de Berlín y, más tarde, uno de los principales historiadores de la revolución en Alemania, formuló así la responsabilidad de la revolución: impedir "el desmoronamiento de la cultura, la liquidación del proletariado y del movimiento socialista como tales" ([1]).
Como ocurría a menudo, fue Rosa Luxemburg la que planteó con mayor claridad la cuestión histórica del momento: "Lo que habrá después de la guerra, cuáles serán las condiciones y qué papel le espera a la clase obrera, todo eso depende enteramente de cómo habrá llegado la paz. Si ésta es el resultado del agotamiento mutuo de las potencias militares o incluso -y eso sería lo peor- de la victoria de uno de los beligerantes, en otras palabras, si llega la paz sin participación alguna del proletariado, con la calma social en el seno de los diferentes Estados, entonces semejante paz sellaría la derrota histórica mundial del socialismo por la guerra. (...) Tras la bancarrota del 4 de agosto de 1914, la segunda prueba decisiva para la misión histórica del proletariado es la siguiente: ¿será capaz de poner fin a una guerra que fue incapaz de impedir, no recibiendo la paz de las manos de la burguesía imperialista como resultado de la diplomacia de gabinetes, sino conquistándola, imponiéndola a la burguesía?" ([2]).
Rosa Luxemburg describe aquí tres guiones posibles sobre cómo podría terminarse la guerra. El primero: la ruina y el agotamiento de los beligerantes de ambos campos. Rosa reconoce de entrada la posibilidad de que el atolladero de la competencia capitalista, en su período de decadencia histórica, acabe en un proceso de putrefacción y desintegración - si el proletariado es incapaz de imponer su propia solución. Esa tendencia a la descomposición de la sociedad capitalista no debería hacerse manifiesta sino muchas décadas más tarde con la "implosión", en 1989, del bloque del Este y de los regímenes estalinistas y el declive resultante del liderazgo de la superpotencia restante, Estados Unidos. Rosa Luxemburg ya había comprendido que esa dinámica, por sí sola, no es favorable al desarrollo de una alternativa revolucionaria.
El segundo guión era que la guerra fuera hasta su límite y acabara en derrota de uno de los dos bloques opuestos. En ese caso, el resultado sería la inevitable separación en el seno del campo victorioso que produciría un nuevo alineamiento para una segunda guerra mundial más destructora todavía, contra la que la clase obrera sería todavía menos capaz de oponerse.
En ambos casos, el resultado no sería una derrota momentánea sino una derrota histórica mundial del socialismo durante una generación como mínimo, lo que, en última instancia podría suponer la desaparición misma de una alternativa proletaria a la barbarie capitalista. Los revolucionarios de entonces ya entendieron que la "Gran guerra" había abierto un proceso que podría minar la confianza de la clase obrera en su misión histórica. Como tal, "la crisis de la Socialdemocracia" era una crisis de la especie humana misma, pues, en el capitalismo, solo proletariado es portador de una sociedad alternativa.
¿Cómo ponerle fin a la guerra imperialista con medios revolucionarios? Los verdaderos socialistas del mundo entero contaban con Alemania para dar cumplida respuesta a esa pregunta. Alemania era la potencia continental principal de Europa, el líder - de hecho la única potencia importante - de uno de los dos bloques imperialistas enfrentados. Era además un país que contaba con la mayor cantidad de obreros educados, formados en el socialismo, con conciencia de clase y que, durante la guerra, fueron uniéndose de manera creciente a la causa de la solidaridad internacional.
Pero el movimiento proletario es internacional por naturaleza. Y la primera respuesta al problema planteado antes no se dio en Alemania sino en Rusia. La revolución rusa de 1917 significó un giro en la historia mundial. Y participó en el cambio de la situación en Alemania. Hasta febrero de 1917 y el inicio del levantamiento en Rusia, los obreros alemanes con conciencia de clase se propusieron la meta de desarrollar la lucha para obligar a los gobiernos a exigir la paz. Ni siquiera en el seno de la Liga Espartaquista (Spartakusbund), en el momento de su fundación en el Primero de año de 1916, nadie creía en la posibilidad de una revolución inminente. Con la experiencia rusa de abril de 1917, los círculos revolucionarios clandestinos de Alemania adoptaron el planteamiento de que la finalidad no era sólo acabar con la guerra, sino, al mismo tiempo, derribar el capitalismo. Muy pronto, la victoria de la revolución en Petrogrado y Moscú en octubre de 1917 esclareció, para esos círculos de Berlín y Hamburgo, no ya la meta sino los medios para alcanzarla: la insurrección armada organizada y realizada por los consejos obreros.
Paradójicamente, el efecto inmediato del Octubre rojo ruso en las grandes masas de Alemania iba en un sentido más bien contrario. Una especie de euforia inocente estalló ante la idea de que se acercaba la paz, basada en la hipótesis de que al gobierno alemán no le quedaría más remedio que aceptar la mano tendida desde el frente oriental por "una paz sin anexiones". Esta reacción muestra hasta qué punto la propaganda de lo que había sido el SPD, ahora partido "socialista" fautor de guerra, según el cual la guerra le habría sido impuesta a una Alemania que se negaba a hacerla, seguía teniendo influencia. El cambio de las masas populares en su actitud hacia la guerra influida por la Revolución rusa, se produciría tres meses más tarde con ocasión de las negociaciones de paz entre Rusia y Alemania en Brest-Litovsk ([3]). Esas negociaciones fueron intensamente seguidas por los obreros en toda Alemania y el imperio Austrohúngaro. Su resultado: el diktat imperialista de Alemania y la ocupación por este país de amplias comarcas de las regiones occidentales de lo que era ahora la República soviética, y la represión sin miramientos de los movimientos revolucionarios allí ocurridos, convenció a millones de obreros sobre lo justo que era el lema de Spartakusbund: el enemigo principal está en nuestro propio país, es el propio sistema. Brest-Litovsk dio lugar a una huelga de masas gigantesca que arrancó en Austria-Hungría, en Viena. Se extendió rápidamente a Alemania, paralizando la vida económica en más de veinte ciudades principales, con medio millón de obreros en huelga solo en Berlín. Las reivindicaciones eran las mismas que las de la delegación soviética en Brest: cese inmediato de la guerra, sin anexiones. Los obreros se organizaron mediante un sistema de delegados elegidos, siguiendo en general las propuestas muy concretas de una octavilla de Spartakusbund que sacaba las lecciones de Rusia.
Un testimonio referido en el diario del SPD, Vorwärts, en su número del 28 de enero de 1918, describe las calles de Berlín, desiertas aquella mañana, desdibujadas en medio de una niebla que deformaba los edificios y la ciudad entera. Y cuando las masas se echaron a las calles con una silenciosa determinación, salió el sol y se desvaneció la niebla, según refiere el periodista.
La huelga provocó un debate en la dirección revolucionaria sobre los fines inmediatos del movimiento; pero era un debate que se iba acercando cada vez más al meollo de la cuestión: ¿cómo podrá el proletariado acabar con la guerra? El centro de gravedad de la dirección era, entonces, el ala izquierda de la Socialdemocracia, un ala izquierda que tras haber sido excluida del SPD a causa de su oposición a la guerra, había formado un nuevo partido, el USPD (el SPD "independiente"). Ese partido, que agrupaba a la mayoría de los dirigentes más conocidos que se habían opuesto a la traición al internacionalismo por parte del SPD, incluidos muchos elementos indecisos y vacilantes, más bien pequeño burgueses que proletarios, también contenía una oposición revolucionaria radical, la Spartakusbund, fracción que disponía de una estructura y plataforma propias. Ya durante el verano y el otoño de 1917, Spartakusbund y otras corrientes en el seno del USPD habían convocado a manifestaciones de protesta y de profundo descontento, en las que se testimoniaba el creciente entusiasmo por la Revolución rusa. Los Obleute, "delegados revolucionarios" de fábrica se oponían a esa orientación; su influencia era especialmente grande en las fábricas de armas de Berlín. Poniendo de relieve las ilusiones de las masas sobre la "voluntad de paz" del gobierno alemán, esos círculos querían esperar a que el descontento fuera más intenso y general para que pudiera entonces expresarse en una acción de masas única y unificada. Cuando, en los primeros días de 1918, los llamamientos a la huelga de masas en toda Alemania alcanzaron Berlín, los Obleute decidieron no invitar a la Spartakusbund a las reuniones en las que se estaba organizando esa acción masiva central. Tenían miedo a lo que ellos llamaban el "activismo" y la "precipitación" de los espartaquistas - los cuales, según ellos, dominaban el grupo desde que su principal animadora y teórica, Rosa Luxemburg, había sido encarcelada - pusieran en peligro el lanzamiento de una acción unificada en toda Alemania. Cuando se enteraron de eso los espartaquistas, lanzaron su propio llamamiento a la lucha sin esperar la decisión de los Obleute.
Esa falta de confianza recíproca se incrementó entonces sobre la actitud que tomar hacia el SPD. Cuando los sindicatos descubrieron que un comité de huelga secreto se había formado sin ningún miembro del SPD, este partido exigió inmediatamente estar representado en él. El día antes de la huelga del 28 de enero, una reunión clandestina de delegados de fábrica en Berlín votó mayoritariamente en contra de la presencia de delegados del SPD. Sin embargo, los Obleute que dominaban el comité de huelga, decidieron admitir a delegados del SPD con el argumento de que los socialdemócratas ya no tenían la capacidad de impedir la huelga, pero, en cambio, su exclusión podría dar un tono de discordia y, por lo tanto, minar la unidad de acción en el futuro. Spartakusbund condenó enérgicamente esa decisión.
El debate alcanzó una alta tensión durante la huelga misma. Ante la fuerza elemental de esa acción, Spartakusbund empezó a defender la orientación de intensificar la agitación para entrar en guerra civil. El grupo pensaba que había llegado el momento de poner fin a la guerra por medios revolucionarios. Los Obleute se opusieron a eso de manera frontal, prefiriendo tomar la responsabilidad de poner fin, de manera organizada, al movimiento una vez que éste, al parecer de ellos, había alcanzado su punto culminante. Su argumento principal era que un movimiento insurreccional, aunque triunfara, se quedaría limitado a Berlín y que lo soldados no habían sido todavía ganados para la revolución.
Tras esa divergencia sobre la táctica había dos cuestiones más generales y profundas. Una de ellas es el criterio que permite juzgar si las condiciones están maduras para una insurrección revolucionaria. Volveremos más tarde en esta serie sobre ese tema.
La otra, es el papel del proletariado ruso en la revolución mundial. ¿Podía ser el derrocamiento de la dominación burguesa en Rusia un factor inmediato que desatara el levantamiento revolucionario en la Europa central y occidental o, al menos, obligar a los principales protagonistas del imperialismo a hacer cesar la guerra?
Esa misma discusión se produjo en el Partido bolchevique en Rusia en vísperas de la insurrección de Octubre de 1917, y luego con ocasión de las negociaciones de paz con el gobierno imperial alemán en Brest-Litovsk. En el partido bolchevique, los opuestos a la firma del tratado con Alemania, conducidos por Bujarin, defendían que la motivación principal del proletariado al tomar el poder en Octubre del 17 en Rusia, era la de desencadenar la revolución en Alemania y en Occidente y firmar una tratado con Alemania en ese momento significaba abandonar esa orientación. Trotski adoptó una posición intermedia para temporizar que no resolvía el problema. Quienes defendían la necesidad de firmar ese tratado, Lenin por ejemplo, no ponían en absoluto en entredicho la motivación internacionalista de la insurrección de Octubre. Lo que sí discutían era que la decisión de tomar el poder se habría basado en la idea de que la revolución se iba a extender inmediatamente a Alemania. Al contrario: quienes eran favorables a la insurrección ya habían planteado, en aquel entonces, que la extensión inmediata de la revolución no era algo seguro de modo que el proletariado ruso corría el riesgo de quedar aislado y vivir sufrimientos horribles al tomar la iniciativa de comenzar la revolución mundial. Ese riesgo, argumentaba Lenin entre otros, se justificaba porque lo que estaba en juego era el porvenir no solo del proletariado ruso, sino del proletariado mundial; y no solo del proletariado sino el futuro de toda la humanidad. La decisión debía pues tomarse con plena conciencia y de la manera más responsable. Lenin repetía esos argumentos respecto a Brest: la firma del tratado, incluso el más desfavorable, por el proletariado ruso con la burguesía alemana se justificaba moralmente para ganar tiempo pues no era nada seguro que la revolución en Alemania empezara inmediatamente.
Aislada del mundo en la cárcel, Rosa Luxemburg intervino en ese debate con tres artículos - "La responsabilidad histórica", "Hacia la catástrofe" y "La tragedia rusa", redactados respectivamente en enero, junio y septiembre de 1918 (tres de las más importantes entre las conocidas "Cartas de Espartaco", difundidas clandestinamente durante la guerra). En ellas pone claramente en evidencia que no se puede echar en cara ni al partido bolchevique, ni al proletariado ruso el haberse visto obligados a firmar un tratado con el imperialismo alemán. Esta situación era el resultado de la ausencia de revolución en otros lugares y, ante todo, en Alemania. Basándose en esa comprensión, Rosa puso de relieve la trágica paradoja siguiente: aunque la revolución rusa haya sido la cumbre más alta conquistada por la humanidad hasta hoy y, como tal, haya significado un verdadero giro en la historia, su primera consecuencia, en lo inmediato, no fue la de disminuir sino prolongar los horrores de guerra mundial. Y eso por la sencilla razón de que la revolución libró al imperialismo alemán de la obligación de hacer la guerra en dos frentes.
Trotski cree en la posibilidad de una paz inmediata bajo la presión de las masas en el Oeste, y Rosa Luxemburg escribe en 1918, "habrá que echar mucha agua en el vino espumoso de Trotski". Y sigue ella: "Primera consecuencia del armisticio en el Este: las tropas alemanas serán sencillamente transferidas del Este al Oeste. Diría más: ya lo han hecho" ([4]). En junio saca una segunda conclusión de esa dinámica: Alemania se ha convertido en el gendarme de la contrarrevolución en Europa oriental, aplastando a las fuerzas revolucionarias desde Finlandia hasta Ucrania. Paralizado por esta evolución, el proletariado "se hacía el muerto". En septiembre de 1918, explica ella que la guerra mundial amenaza con sepultar a la propia Rusia revolucionaria:
"El grillete de hierro de la guerra mundial que parecía haberse quebrado en el Este se está volviendo a apretar en torno a Rusia y el mundo entero sin la menor grieta: la "Entente" avanza en el Norte y en el Este con los checoslovacos y los japoneses -consecuencia natural e inevitable del avance de Alemania por el Oeste y el Sur. Las llamaradas de la guerra mundial ya están lamiendo el suelo ruso y se concentrarán pronto sobre la revolución rusa. En fin de cuentas, se ha revelado como algo imposible para Rusia aislarse de la guerra mundial, incluso a costa de los mayores sacrificios" ([5]).
Para Rosa Luxemburg, estaba claro que la ventaja militar inmediata conseguida por Alemania, a causa de la revolución en Rusia, iba a permitir durante algunos meses cambiar la relación de fuerzas en Alemania en favor de la burguesía. A pesar de los ánimos que la revolución rusa había inspirado en los obreros alemanes y aunque la "paz de bandolero" impuesta por el imperialismo alemán después de Brest les quitara muchas ilusiones, se necesitaría casi un año para que todo volviera a madurar y se transformara en rebelión abierta contra el imperialismo.
Todo ello se debe a lo peculiar de una revolución que surge en un contexto de guerra mundial. "La Gran Guerra" de 1914 no solo fue una espantosa carnicería a una escala nunca antes vista. También fue la organización de la más gigantesca operación económica, material y humana que la historia hubiera conocido hasta entonces. Literalmente, millones de seres humanos así como todos los recursos de la sociedad se habían transformado en mecanismos de una máquina infernal cuya dimensión misma desafiaba la imaginación más delirante. Eso provocó dos sentimientos de una gran intensidad en el proletariado: el odio a la guerra y un sentimiento de impotencia. En esas circunstancias, tuvieron que pasar sufrimientos y sacrificios desmesurados antes de que la clase obrera se reconociera que sólo ella podía poner fin a la guerra. Ese proceso llevó tiempo, se desarrolló con altibajos y fue muy heterogéneo. Dos de sus aspectos más importantes fue la toma de conciencia de que las verdaderas motivaciones del esfuerzo de guerra imperialista eran motivaciones de bandoleros criminales y que la burguesía misma no controlaba la máquina de guerra, la cual, producto del capitalismo, se había vuelto independiente de la voluntad humana. En Rusia en 1917, como en Alemania y Austria-Hungría en 1918, la comprensión de que la burguesía era incapaz de poner fin a la guerra, incluso yendo a la derrota, fue decisiva.
Lo que Brest-Litovsk y los límites de la huelga de masas en Alemania y en Austria-Hungría en enero de 1918 pusieron, ante todo, de relieve era que la revolución mundial podía comenzar en Rusia pero sólo una acción proletaria decisiva en uno de los principales países protagonistas - Alemania, Gran Bretaña o Francia - podía hacer cesar la guerra.
Aunque el proletariado alemán "se hubiera hecho el muerto", como decía Rosa Luxemburg, su conciencia de clase siguió madurando durante la primera mitad de 1918. Además, a partir del verano de 1918, los soldados empezaron por primera vez a verse infectados por el virus de la revolución. Dos factores contribuyeron en ello. En Rusia, los prisioneros alemanes que eran soldados rasos, fueron liberados con la opción de quedarse en Rusia y participar en la revolución, o regresar a Alemania. Quienes optaron por volver fueron obvia e inmediatamente mandados al frente como carne de cañón para los ejércitos alemanes. Pero esos soldados traían noticias de la revolución rusa. En Alemania misma, en represalias por su acción, miles de dirigentes de la huelga de masas de enero fueron enviados al frente adonde llevaron las noticias de la creciente revuelta de la clase obrera contra la guerra. Pero lo decisivo en el cambio de atmósfera en el ejército fue la creciente toma de conciencia de la inutilidad de la guerra y de lo inevitable que era la derrota de Alemania.
En otoño se inició algo inimaginable unos cuantos meses antes: una carrera contra reloj entre proletariado consciente y burguesía alemana, para determinar cuál de las dos clases fundamentales de la sociedad moderna pondría fin a la guerra.
Del lado de la clase dominante alemana, había primero que resolver dos importantes problemas en sus propias filas. Uno de ellos era la incapacidad total de muchos de sus representantes principales para encarar la posibilidad de la derrota, una derrota que, sin embargo, les saltaba a la vista. El otro era cómo hacer la paz sin desprestigiar el aparato de Estado de manera irreparable. Debemos, en esto, no olvidar que en Alemania, la burguesía llegó al poder y el país se unificó no gracias a una revolución desde abajo sino gracias a los militares, y, sobre todo, del ejército real prusiano. ¿Cómo poner fin a la guerra sin poner en entredicho a ese pilar, a ese símbolo de la fuerza y la unidad nacionales?
15 de septiembre de 1918: las potencias aliadas rompen el frente austrohúngaro en los Balcanes.
27 septiembre: Bulgaria, importante aliada de Berlín, capitula.
29 de septiembre: el comandante en jefe del ejército alemán, Erich Ludendorff, informa al alto mando que la guerra está perdida, que sólo es cosa de días, de horas incluso, antes de que se desmorone todo el frente.
En realidad, la descripción que hizo Ludendorff de la situación inmediata era más bien exagerada. No se sabe si le entró pánico y describió la realidad más negra todavía de lo que era para que los dirigentes del país aceptaran sus propuestas. Sea como sea, se adoptaron sus propuestas: capitulación e instauración de un gobierno parlamentario.
De ese modo, Ludendorff quería evitar una derrota total de Alemania y hacer que amainaran los vientos de la revolución. Pero también buscaba otro objetivo: quería que la capitulación fuera cosa de un gobierno civil, de modo que los militares pudieran seguir negando la derrota públicamente. Preparaba así el terreno para la Dolchstosslegende, "la leyenda de la puñalada por la espalda", según la cual el ejército alemán victorioso habría sido vencido por los traidores del interior. Pero este enemigo, el proletariado, no podía, evidentemente, ser llamado por su nombre, pues así se habría ensanchado el enorme y creciente abismo que separaba burguesía y clase obrera. Por esa razón, había que encontrar un chivo expiatorio al que echar todas las culpas por haber "engañado" a los obreros. La historia de la civilización occidental desde hace dos mil años había puesto en bandeja a la víctima más idónea para desempeñar el papel de chivo expiatorio: los judíos. Y así fue como el antisemitismo, cuya influencia había vuelto a aumentar, sobre todo en el imperio Ruso, durante los años anteriores a la guerra, volvió al centro de la política europea. El camino que lleva a Auschwitz se emprendió entonces.
1º de octubre de 1918: Ludendorff y Hindenburg proponen la paz inmediata a la "Entente". En ese mismo momento, una conferencia de grupos revolucionarios más intransigentes, la Spartakusbund y la Izquierda de Bremen, llaman a la agitación entre los soldados y a la formación de consejos obreros. En el mismo momento también, cientos de miles de desertores huyen del frente. Y, como lo escribiría más tarde el revolucionario Paul Frölich (en su biografía de Rosa Luxemburg), el cambio de actitud de las masas se leía en sus ojos.
En el campo de la burguesía, la voluntad de terminar la guerra se retrasaba por dos nuevos factores. Por un lado, ninguno de los despiadados dirigentes del Estado alemán que no habían tenido la menor vacilación en enviar a sus "súbditos" por millones de una muerte segura y absurda tenía ahora el valor de informar al Káiser Guillermo IIº que tenía que renunciar al trono. Por otra parte, el otro campo imperialista seguía buscando razones para retrasar el armisticio, pues no estaba convencido de que una revolución fuera probable en lo inmediato, ni de que pudiera significar un peligro para su propia dominación. La burguesía perdía tiempo.
Todo eso no le impidió, sin embargo, preparar la represión sangrienta de las fuerzas revolucionarias. Había escogido, en particular, las partes del ejército que, de vuelta del frente, deberían ocupar las ciudades principales. En el campo del proletariado, los revolucionarios preparaban con cada día mayor intensidad el levantamiento armado para acabar con la guerra. Los Obleute en Berlín fijaron para 4 de noviembre, después para el 11, el día de la insurrección.
Pero, mientras tanto, los acontecimientos dieron un giro que ni la burguesía ni el proletariado se esperaban y que iba a tener una influencia determinante en el curso de la revolución.
Para cumplir con las condiciones del armisticio impuestas por el campo militar adverso, el gobierno de Berlín puso fin, el 20 de octubre, a toda operación militar naval, especialmente a la guerra submarina. Una semana más tarde, declaraba el alto el fuego sin condiciones.
Ante ese "principio del fin", los oficiales de la flota de la costa norte de Alemania perdieron el juicio. O más bien les entró la "locura" de su rancia casta militar - y su defensa del "honor", sus tradiciones del duelo... - la locura de la guerra imperialista moderna hizo surgir la suya propia. A espaldas de su propio gobierno, decidieron lanzar la armada a la gran batalla naval contra la flota británica a la que habían estado esperando vanamente durante toda la guerra. Preferían morir con honor antes que capitular sin lucha. Y se creían que los marinos y la tripulación - 80 000 personas en total - estaban listos para seguirles bajo su mando ([6]).
Pero no fue así, ni mucho menos. Las tripulaciones se amotinaron contra el motín de sus jefes. O, al menos, bastantes de ellas. Durante unos momentos dramáticos, los navíos cuya tripulación había tomado el control y aquellos en donde eso no había ocurrido (todavía) se apuntaron mutuamente sus cañones. Las tripulaciones amotinadas capitularon entonces, sin duda para evitar disparar contra sus hermanos de clase.
Pero no fue todavía eso lo que desencadenó la revolución en Alemania. Lo decisivo fue que las tripulaciones arrestadas fueron llevadas presas a Kiel donde se les iba sin duda a condenar a muerte como traidores. Los marineros que no habían tenido valor para unirse a la primera rebelión en alta mar, ahora expresaban sin miedo su solidaridad con esas tripulaciones. Y, sobre todo, la clase obrera entera de Kiel salió de las fábricas, movilizándose en las calles en solidaridad, confraternizando con los marineros. El socialdemócrata Noske, enviado para aplastar sin piedad el levantamiento, llegó a Kiel el 4 de noviembre, encontrándose con la ciudad en manos de obreros, marineros y soldados armados. Además, ya habían salido de Kiel unas delegaciones masivas en todas direcciones para animar a la población a hacer la revolución, a sabiendas de que se había franqueado una línea sin posible retorno: o victoria o muerte segura. Noske quedó totalmente desconcertado tanto por la rapidez de los acontecimientos como por el hecho de que los rebeldes de Kiel lo acogieron como un héroe ([7]).
Bajo los golpes de ariete de esos acontecimientos, el poderoso aparato militar alemán acabó desmoronándose por completo. Las divisiones que volvían de Bélgica y que el gobierno pensaba utilizar para "restablecer el orden" en Colonia, desertaron. La noche del 8 de noviembre, todas las miradas convergían hacia Berlín, sede del gobierno, donde estaban concentradas las principales fuerzas armadas contrarrevolucionarias. Circulaba el rumor de que la batalla decisiva iba a verificarse al día siguiente en la capital.
Richard Müller, dirigente de los Obleute en Berlín, referiría más tarde:
"El 8 de noviembre, yo estaba en Hallisches Tor ([8]). En filas interminables avanzaban hacia el centro ciudad columnas de infantería fuertemente armadas, ametralladoras y artillería ligera. Los hombres parecían unos golfantes. Tipos de esta calaña ya habían servido, con "éxito", para aplastar a los obreros y campesinos en Rusia y Finlandia. No cabía la menor duda de que iban a ser utilizados en Berlín para ahogar en sangre la revolución" (obra citada).
Müller cuenta después que el Partido socialista (SPD) mandaba mensajes a todos sus funcionarios, pidiéndoles que se opusieran por todos los medios al estallido de la revolución. Y prosigue:
"Yo he estado a la cabeza del movimiento revolucionario desde que estalló la guerra. Nunca, incluso ante los peores contratiempos, he dudado de la victoria del proletariado. Pero ahora que se acerca la hora decisiva, me asalta un sentimiento de aprehensión, una gran inquietud por mis camaradas de clase, por el proletariado. Yo mismo, ante la grandeza del momento, me encontraba vergonzosamente pequeño y débil" (ídem).
Se dice a menudo que el proletariado alemán, modelado por valores culturales tradicionales de obediencia y sumisión que, por razones históricas, le habrían inculcado las clases dominantes de ese país durante varios siglos, era incapaz de hacer una revolución.
El 9 de noviembre de 1918 demostró lo contrario. Por la mañana de ese día, cientos de miles de manifestantes procedentes de los grandes arrabales obreros que rodean los barrios gubernamentales y de negocios por tres costados de la capital, caminaban hacia el centro de Berlín. Habían organizado los itinerarios para pasar delante de los cuarteles principales para ganarse a los soldados a su causa, y ante las cárceles principales para liberar a sus camaradas. Estaban equipados de fusiles y granadas. Y estaban dispuestos a morir por la revolución. La organización se había ido haciendo sobre la marcha, de manera espontánea.
Aquel día sólo murieron 15 personas. La revolución de noviembre de 1918 en Alemania fue tan poco cruenta como la de Octubre 1917 en Rusia. Pero nadie lo sabía de antemano ni podía suponerlo. El proletariado de Berlín mostró ese día una gran valentía y una determinación inquebrantable.
A mediodía, los dirigentes del SPD, Ebert y Scheidemann, estaban comiendo en el Reichstag, sede del Parlamento. Friedrich Ebert estaba de lo más orgulloso, pues acababan de llamarle representantes de los ricos y la nobleza para formar un gobierno que salvara el capitalismo. Al oír ruido fuera, Ebert, continuó solo su almuerzo sin hacer caso de la muchedumbre; Scheidemann, acompañado de funcionarios alarmados ante la posibilidad de que el edificio fuera tomado por asalto, salió al balcón para ver lo que estaba pasando. Lo que vio fue algo así como un millón de manifestantes en el césped entre el Reichstag y la Puerta de Brandeburgo. La muchedumbre se calló al ver a Scheidemann asomado al balcón, suponiendo que iba a echar un discurso. Obligado a improvisar, proclamó "la República alemana libre". Cuando volvió a contarle a Ebert lo que había hecho, este se puso furioso pues su intención era no sólo salvar el capitalismo sino incluso la monarquía ([9]).
Más o menos en el mismo momento, Karl Liebknecht, que se encontraba en el balcón de un palacio de esa misma monarquía, proclamaba la república socialista y llamaba a la clase obrera de todos los países a la revolución mundial. Unas horas más tarde, los Obleute revolucionarios ocupaban una de las principales salas de reunión del Reichstag. Allí se formuló el llamamiento a que se organizaran asambleas generales masivas al día siguiente para elegir a los delegados y formar consejos revolucionarios de obreros y de soldados.
La guerra había terminado, la monarquía derrocada, pero el imperio de la burguesía distaba mucho de haber terminado.
Al principio de este artículo, recordábamos los retos de la historia tal como los había expuesto Rosa Luxemburg, resumidos en esta pregunta: ¿qué clase podrá poner fin a la guerra? Recordemos los tres guiones posibles para que se terminara la guerra: por la acción del proletariado, por decisión de la burguesía o por el agotamiento mutuo entre los beligerantes. Los acontecimientos demostraron claramente que, en fin de cuentas, fue el proletariado el que desempeñó el papel principal para poner fin a "la Gran Guerra". Ese hecho ilustra la fuerza potencial que posee el proletariado revolucionario. Y explica por qué la burguesía, todavía hoy, lo hace todo para que quede en el olvido y el silencio la revolución de noviembre de 1918.
Pero no es esa toda la historia. En cierto modo, los acontecimientos de noviembre combinaron los tres guiones planteados por Rosa Luxemburg. Esos acontecimientos fueron también, en alguna medida, el resultado de la derrota militar de Alemania. A principios de noviembre del 18, ese país estaba sin lugar a dudas en vísperas de una derrota militar total. Irónicamente sólo el levantamiento proletario evitó a la burguesía alemana la fatalidad de una ocupación militar, al obligar a sus enemigos imperialistas a terminar la guerra e impedir así la extensión de la revolución. Noviembre de 1918 reveló también los elementos de la "ruina mutua" y el agotamiento, sobre todo en Alemania, pero también en Francia y Gran Bretaña. De hecho, fue la intervención de Estados Unidos al lado de los aliados occidentales a partir de 1917 lo que hizo inclinar la balanza a favor de éstos y permitió salir del callejón mortal en que se habían encerrado las potencias europeas.
Si mencionamos el papel de esos otros factores no es, ni mucho menos, para minimizar el del proletariado. Importa, sin embargo, tenerlos en cuenta pues ayudan a comprender la naturaleza de los acontecimientos. La revolución de noviembre obtuvo una victoria como una fuerza contra la cual ninguna verdadera resistencia es posible. Pero también se obtuvo porque el imperialismo alemán ya había perdido la guerra, porque su ejército estaba en plena descomposición y porque no sólo la clase obrera, sino amplios sectores de la pequeña burguesía e incluso de la burguesía querían ahora la paz.
Tras su gran triunfo, la población de Berlín eligió consejos obreros y de soldados. Estos, a su vez, nombraron, al mismo tiempo que su propia organización, lo que se consideraba como una especie de gobierno provisional socialista, formado por el SPD y el USPD, bajo la dirección de Friedrich Ebert. Ese mismo día, Ebert firmaba un acuerdo secreto con el nuevo mando militar para aplastar la revolución.
En el próximo artículo examinaremos las fuerzas de la vanguardia revolucionaria en el contexto del inicio de la guerra civil y en vísperas de acontecimientos decisivos para la revolución mundial.
Steinklopfer
[1]) Richard Müller, Vom Kaiserreich Zur Republik ("Del Imperio a la República"), primera parte de su trilogía sobre la revolución alemana.
[2]) Rosa Luxemburg, "Liebknecht", Spartakusbriefe n° 1, septiembre de 1916.
[3]) El tratado de de Brest-Litovsk se firmó el 3 de marzo de 1918 entre Alemania, sus aliados y la recién creada República de los Sóviets. Las negociaciones duraron 3 meses. Leer sobre este acontecimiento nuestro artículo "La Izquierda comunista en Rusia: 1918 - 1930 (1ª parte)" en Revista internacional n° 8.
[4]) Spartakusbriefe n° 8, enero de 1918, "Die geschichtliche Verantwortung" (La responsabilidad historica).
[5]) Spartakusbriefe n° 11, septiembre 1918, "Die russische Tragödie" ("La tragedia rusa").
[6]) Las acciones de kamikaze de la aviación japonesa durante la Segunda Guerra mundial y los atentados suicidas de los fundamentalistas islámicos tienen precursores europeos.
[7]) Ver el análisis de esos acontecimientos del historiador alemán Sebastian Haffner en 1918/19, Eine deutsche Revolución (1918/19, une revolución alemana).
[8]) "Puerta de Halle", estación del metro aéreo de Berlín, al sur del centro ciudad.
[9]) Hay anécdotas de ese estilo, procedentes del interior de la contrarrevolución, en las memorias de los dirigentes de la Socialdemocracia. Philipp Scheidemann: Memoiren eines Sozialdemokraten ("Memorias de un socialdemócrata"), 1928 - Gustav Noske : Von Kiel bis Kapp - Zur Geschichte der deutschen Revolution "De Kiel a Kapp - Sobre la historia de revolución alemana"), 1920.
En la primera parte de esta serie consideramos la sucesión de acontecimientos: guerras mundiales, revoluciones y crisis económicas globales, que han marcado la entrada del capitalismo en su época de declive al principio del siglo xx, y que han planteado al género humano la alternativa: o la implantación de un modo de producción superior, o la barbarie. Sólo una teoría que abarque el conjunto del movimiento de la historia puede servir para comprender los orígenes y las causas de la crisis que confronta la civilización humana. Pero las teorías generales de la historia ya no están en boga entre los historiadores oficiales que, a medida que evoluciona la decadencia del capitalismo, son cada vez más incapaces de ofrecer una visión global, una explicación convincente de los orígenes de la espiral de catástrofes que ha marcado este periodo. Las grandes visiones históricas se descartan frecuentemente como un asunto de los filósofos alemanes idealistas del siglo xix como Hegel, o de los exageradamente optimistas liberales ingleses que, en la misma época, desarrollaron la idea de la Historia como un continuo progreso desde la oscuridad y la tiranía hasta la maravillosa libertad que, según ellos, disfrutaban los ciudadanos del Estado constitucional moderno (lo que se ha dado en llamar teoría "Whig" de la historia).
Pero esta incapacidad para considerar el movimiento histórico globalmente es característica de una clase que ya no impulsa el progreso histórico y cuyo sistema social no puede ofrecer ningún futuro a la humanidad. La burguesía podía mirar atrás y también hacia delante, a gran escala, cuando estaba convencida de que su modo de producción representaba un avance fundamental para la humanidad en comparación con las formas sociales anteriores, y cuando podía mirar el futuro con la confianza creciente de una clase ascendente. Los horrores de la primera mitad del siglo xx asestaron un golpe mortal a esa confianza. Nombres de lugares simbólicos, como el Somme y Passchendale, donde más de un millón de soldados de reemplazo fueron sacrificados en la carnicería de la Primera Guerra mundial, o Auschwitz e Hiroshima, sinónimos del asesinato masivo de civiles por el Estado; o fechas igualmente simbólicas, como 1914, 1929 y 1939, no sólo pusieron en cuestión todos los anteriores supuestos sobre el progreso moral, sino que también sugerían de manera alarmante, que el orden presente entonces y aún hoy día de la sociedad, podría no ser tan eterno como había parecido durante un tiempo. En suma, confrontada a la perspectiva de la desaparición del modo social que le dio carta de nacimiento - sea a través del colapso en la anarquía o, lo que para la burguesía viene a ser lo mismo, a través de su destrucción por la clase obrera revolucionaria - la historiografía burguesa prefiere ponerse anteojeras, perdiéndose en el estrecho empirismo de los cortos plazos y los acontecimientos locales, o desarrollar teorías como el relativismo y el posmodernismo, que rechazan cualquier noción de desarrollo progresivo de una época a otra, así como cualquier tentativa de descubrir un patrón de desarrollo en la historia humana. Además, la promoción de una "cultura popular y de famosos" acompaña y acomoda a diario esa represión de la conciencia histórica, ligada a las necesidades desesperadas del mercado: cualquier cosa de valor tiene que ser actual y nueva, surgiendo de la nada y llevando a ninguna parte.
Dada la estrechez de mente de la mayor parte de los "expertos oficiales", no es de extrañar que muchos de los que aún persiguen la búsqueda de un patrón de desarrollo global de la historia sean seducidos por los charlatanes de la religión y el ocultismo. El nazismo fue una de las primeras manifestaciones de esa tendencia -formando su ideología de un revoltijo farragoso de teosofía ocultista, pseudodarwinismo y teoría racista conspirativa, que ofrecía una solución "cajón de sastre" a todos los problemas del mundo, desanimando con gran efectividad la necesidad de pensar en nada más. El fundamentalismo cristiano y el islamista, o las numerosas teorías conspirativas respecto a la manipulación de la historia por los servicios secretos juegan hoy el mismo papel. La razón oficial burguesa, no sólo fracasa cuando trata de ofrecer respuestas a los problemas de la esfera social, sino que de hecho renuncia ampliamente siquiera a plantearse preguntas, dejando el campo libre a la sinrazón para inventarse sus propias soluciones mitológicas.
La intelectualidad dominante es, hasta cierto punto, consciente de esto. Está dispuesta a reconocer que ha sufrido realmente una pérdida de su antigua confianza en sí misma. Más que pregonar en positivo las alabanzas del capitalismo liberal como el mejor logro del espíritu humano, ahora tiende a retratarlo como lo menos malo; defectuoso, cierto, pero ampliamente preferible a todas las formas de fanatismo que parecen alinearse en su contra. Y en el campo de los fanáticos, no sólo pone al fascismo o al terrorismo islámico, sino también al marxismo, refutado ahora definitivamente como una forma de mesianismo utópico. ¿Cuántas veces no nos habrán dicho, habitualmente pensadores de tercera fila que se dan aires de estar diciendo algo nuevo, que la visión marxista de la historia es meramente una inversión del mito judeocristiano de la historia como un desarrollo hacia la salvación? El comunismo primitivo sería el Jardín del Edén y el comunismo futuro el paraíso por venir; el proletariado sería el Pueblo elegido, o el Mesías sufriente y los comunistas los profetas. Pero también nos dicen que esas proyecciones religiosas no son en absoluto inocuas: la realidad de los "gobiernos marxistas" habría mostrado en qué acaban todos esos intentos de implantar el paraíso en la tierra, en la tiranía y los campos de trabajo; que sería un proyecto insensato tratar de moldear el género humano que es imperfecto, según su visión de la perfección.
Y en efecto, para apoyar este análisis, está lo que nos presentan como la trayectoria del marxismo en el siglo xx: ¿Quién puede negar que la GPU estalinista recuerda a la Santa Inquisición? ¿O que Lenin, Stalin, Mao y otros grandes líderes fueron convertidos en nuevos dioses? Pero esa representación está profundamente alterada y por eso es defectuosa. Se basa en la mayor mentira del siglo: que estalinismo es igual a comunismo; cuando de hecho es su negación total. Lo que el estalinismo es realmente, es una forma de la contrarrevolución capitalista, como sostienen todos los marxistas genuinamente revolucionarios, de modo que el argumento de que la teoría marxista de la historia tiene que llevar inevitablemente al Gulag, tiene que cuestionarse.
Y también podemos responder, como Engels en sus escritos sobre los comienzos del cristianismo, que no hay nada extraño en las similitudes entre las ideas del movimiento obrero moderno y las prédicas de los profetas bíblicos o los primeros cristianos, porque estas últimas también representaban los esfuerzos de las clases explotadas y oprimidas y sus esperanzas de un mundo basado en la solidaridad humana y no en la dominación de clase. Debido a las limitaciones impuestas por el sistema social en que surgieron, aquellos comunistas precoces no podían ir más allá de una visión mítica o religiosa de la sociedad sin clases. Ese ya no es el caso hoy día, puesto que la evolución histórica ha hecho de la sociedad comunista, tanto una posibilidad racional cuanto una necesidad urgente. Así que, más que ver el comunismo moderno a la luz de los viejos mitos, podemos entender los viejos mitos a la luz del comunismo moderno.
Para nosotros el marxismo, el materialismo histórico, no es otra cosa que la visión teórica de una clase que, por primera vez en la historia, es al mismo tiempo una clase explotada y revolucionaria, una clase portadora de un orden social nuevo y superior. Su esfuerzo, que es realmente una necesidad para ella, por examinar el modelo del pasado y las perspectivas para el futuro, puede verse así liberado de los prejuicios de una clase dominante, que en última instancia siempre se ve impulsada a negar y ocultar la realidad en interés de su sistema de explotación. La teoría marxista también está basada en el método científico, a diferencia de los esbozos poéticos de las clases explotadas anteriores. Puede que no sea una ciencia exacta clasificable en la misma categoría que muchas ciencias naturales, ya que no puede constreñir la humanidad y su infinitamente compleja historia, en una serie de experimentos de laboratorio reproducibles - pero entonces la teoría de la evolución también está sujeta a limitaciones similares. La cuestión es que sólo el marxismo es capaz de aplicar el método científico al estudio del orden social existente y los que le precedieron, empleando rigurosamente la mejor erudición que puede ofrecer la clase dominante y al mismo tiempo yendo más allá, planteando una síntesis superior.
En 1859, mientras estaba profundamente implicado en el trabajo que daría origen a el Capital, Marx escribió un breve texto que plantea un resumen magistral de todo su método histórico. Fue en el Prefacio a una obra llamada Contribución a la Crítica de la economía política, una obra que fue ampliamente sustituida, o al menos eclipsada, por la aparición de el Capital. Después de ofrecernos un informe resumido del desarrollo de su pensamiento desde sus primeros estudios de derecho hasta su preocupación en ese momento por la economía política, Marx llega al cogollo del asunto - los "principios-guía de mis estudios". Aquí se resume con magistral precisión y claridad la teoría marxista de la historia. Por eso tenemos la intención de examinar ese pasaje lo más de cerca posible, para establecer las bases de una verdadera comprensión de la época que vivimos.
Hemos incluido completo el pasaje más crucial de este texto como un apéndice a este artículo, pero a partir de ahora queremos tratar en detalle cada una de sus partes.
"Una sociedad no desaparece nunca antes de que sean desarrolladas todas las fuerzas productoras que pueda contener, y las relaciones de producción nuevas y superiores no se sustituyen jamás en ella antes de que las condiciones materiales de existencia de esas relaciones han sido incubadas en el seno mismo de la vieja sociedad. Por eso la humanidad no se propone nunca más que los problemas que puede resolver, pues, mirando más de cerca, se verá siempre que el problema mismo no se presenta más que cuando las condiciones materiales para resolverlo existen o se encuentran en estado de existir. Esbozados a grandes rasgos, los modos de producción asiáticos, antiguos, feudales y burgueses modernos, pueden ser designados como otras tantas épocas progresivas de la formación social económica. Las relaciones burguesas de producción son la última forma antagónica del proceso de producción social, no en el sentido de un antagonismo individual, sino en el de un antagonismo que nace de las condiciones sociales de existencia de los individuos; las fuerzas productoras que se desarrollan en el seno de la sociedad burguesa, crean al mismo tiempo las condiciones materiales para resolver este antagonismo. Con esta formación social termina, pues, la prehistoria de la sociedad humana" (Carlos Marx, Contribución a la Crítica de la economía política, 1978, Madrid, pag. 43-44).
"... en la producción social de su existencia, los hombres entran en relaciones determinadas, necesarias, independientes de su voluntad; estas relaciones de producción corresponden a un grado determinado de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción constituye la estructura económica de la sociedad, la base real, sobre la cual se eleva una superestructura jurídica y política y a la que corresponden formas sociales determinadas de conciencia. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de vida social, política e intelectual en general" (Idem, pag. 42-43).
Frecuentemente el marxismo es caricaturizado por sus críticos, habitualmente burgueses o seudo radicales, como una teoría mecanicista, "objetivista", que busca reducir la complejidad del proceso histórico a una serie de leyes de bronce sobre las que los sujetos humanos no tienen ningún control y que los arrastran como apisonadora a un resultado final fatídicamente determinado. Cuando no se nos dice que es otra forma de religión, o se nos cuenta que el pensamiento marxista es un producto típico de la adoración acrítica del siglo xix por la ciencia y sus ilusiones de progreso, que buscaría aplicar las leyes predecibles y verificables del mundo natural - física, química, biología - a los modelos fundamentalmente impredecibles de la vida social. Marx es entonces estigmatizado como autor de una teoría de la evolución inevitable y lineal de un modo de producción a otro, que lleva inexorablemente de la sociedad primitiva al comunismo, pasando por el esclavismo, el feudalismo, el capitalismo. Y todo el conjunto de este proceso resulta aún más predeterminado porque está supuestamente causado por un desarrollo puramente técnico de las fuerzas productivas.
Es cierto que en el seno de movimiento obrero se han producido deslices subsidiarios de esa visión. Por ejemplo, durante el periodo de la IIª Internacional, cuando había una tendencia creciente a que los partidos obreros se "institucionalizaran", había un proceso equivalente a nivel teórico, una vulnerabilidad a las concepciones dominantes del progreso y una cierta tendencia a contemplar la "ciencia" como algo en sí mismo, apartado de las relaciones de clase reales en la sociedad. La idea de Kautsky del socialismo científico como una invención de los intelectuales que después tenía que ser inyectada a la masa proletaria era una expresión de esta tendencia. Como así fue el caso también, aún más si cabe, durante el siglo xx, con gran parte de lo que había sido en algún momento marxismo y se convertía en abierta apología del orden capitalista; las visiones mecanicistas del progreso histórico eran desde ese momento oficialmente codificadas. No hay demostración más clara de esto que el manual de "marxismo-leninismo" de Stalin, Breve curso de historia del PCUS, donde la teoría de la primacía de las fuerzas productivas se plantea como la visión materialista de la historia:
"La segunda característica de la producción consiste en que sus cambios y su desarrollo arrancan siempre, como de su punto de partida, de los cambios y del desarrollo de las fuerzas productivas, y, ante todo, de los que afectan a los instrumentos de producción. Las fuerzas productivas constituyen, por tanto, el elemento más dinámico y más revolucionario de la producción. Al principio, cambian, se desarrollan las fuerzas productivas de la sociedad, y luego, con sujeción a estos cambios y congruentemente con ellos, cambian las relaciones de producción entre los hombres, sus relaciones económicas" (https://www.marxists.org/espanol/tematica/histsov/pcr-b/cap4.htm [38]).
Esta concepción de la primacía de las fuerzas productivas coincidía muy netamente con el proyecto fundamental del estalinismo: "desarrollar las fuerzas productivas" de la URSS a expensas del proletariado y con intención de convertir a Rusia en una gran potencia mundial. Era completamente conforme a los intereses del estalinismo presentar el apilamiento de grandes plantas industriales que tuvo lugar durante los años 30, como pasos hacia el comunismo, y tratar de impedir cualquier cuestionamiento relativo a las relaciones sociales subyacentes tras ete "desarrollo" -la feroz explotación de la clase de trabajadores asalariados, en otras palabras, la extracción de plusvalía con vistas a la acumulación de capital.
Para Marx, todo ese planteamiento se rechaza en las primeras líneas del Manifiesto comunista, que presenta la lucha de clases como la fuerza dinámica de la evolución histórica, en otras palabras, la lucha entre diferentes clases sociales ("Hombres libres y esclavos, patricios y plebeyos, señores y siervos, maestros y oficiales") por la apropiación del plustrabajo. También se niega igual de claramente en las primeras líneas de nuestra cita del Prefacio: "... en la producción social de su existencia, los hombres entran en relaciones determinadas, necesarias, independientes de su voluntad...". Son seres humanos de carne y hueso los que "entran en relaciones determinadas", los que hacen la historia, y no "fuerzas productivas", no máquinas, aunque haya necesariamente una estrecha conexión entre las relaciones de producción y las fuerzas productivas que les "corresponden". Como Marx plantea en otro famoso pasaje de el 18 Brumario de Luís Bonaparte:
"Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado" (https://www.marxists.org/espanol/m-e/1850s/brumaire/brum1.htm#i [39]).
Nótese atentamente: en condiciones que ellos no han elegido; los hombres entran en relaciones determinadas "independientes de su voluntad". Hasta ahora, al menos. En las condiciones que han predominado en todas las formas de sociedad existentes hasta hoy, las relaciones que los seres humanos han entablado entre sí no han estado claras para ellos, han aparecido más o menos nubladas por las representaciones mitológicas e ideológicas; por eso mismo, con la llegada de la sociedad de clases, las formas de riqueza que los hombres engendran a través de esas relaciones, tienden a írseles de las manos, a convertirse en una fuerza extraña superior. Según esta visión, los seres humanos no son productos pasivos de su entorno, o de las herramientas que producen para satisfacer sus necesidades, pero, al mismo tiempo, no dominan todavía sus propias fuerzas sociales ni son dueños de los productos de su propio trabajo.
"No es la conciencia de los hombres la que determina la realidad; por el contrario, la realidad social es la que determina su conciencia... Al considerar tales trastornos importa siempre distinguir entre el trastorno material de las condiciones económicas de producción -que se debe comprobar fielmente con ayuda de las ciencias físicas y naturales- y las formas jurídicas, políticas, religiosas, artísticas o filosóficas; en una palabra, las formas ideológicas, bajo las cuales los hombres adquieren conciencia de este conflicto y lo resuelven. Así como no se juzga a un individuo por la idea que él tenga de sí mismo, tampoco se puede juzgar tal época del trastorno por la conciencia de sí misma; es preciso, por el contrario, explicar esta conciencia por las contradicciones de la vida material, por el conflicto que existe entre las fuerzas productoras sociales y las relaciones de producción" (Prefacio a la Contribución a la crítica de la economía Política, op. cit., pág. 43).
En suma, los hombres hacen su propia historia, pero no aún en plena conciencia de lo que están haciendo. De ahí que, al estudiar un cambio histórico, no podemos contentarnos con estudiar las ideas y creencias de una época, o con examinar las modificaciones en los sistemas de gobierno o de legislación; para captar cómo evolucionan esas ideas y sistemas, es necesario ir a los conflictos sociales fundamentales que yacen tras ellos.
Una vez más hay que decir que este planteamiento de la historia no descarta el papel activo de la conciencia, de los ideales y de las formaciones políticas y legales, su impacto real en las relaciones sociales y el desarrollo de las fuerzas productivas. Por ejemplo, la ideología de las clases esclavistas de la Antigüedad consideraba completamente despreciable el trabajo, y esta actitud jugó un papel directo impidiendo que los avances científicos considerables que llevaron a cabo los filósofos griegos repercutieran en el desarrollo práctico de la ciencia, en la invención y verdadera puesta en funcionamiento de herramientas y técnicas que hubieran aumentado la productividad del trabajo. Pero la realidad subyacente tras esta barrera era el propio modo de producción esclavista: la existencia del esclavismo como base de la creación de riqueza en la sociedad clásica era la fuente del desprecio por el trabajo de los esclavistas y el hecho de que, para ellos, aumentar el plustrabajo, pasaba necesariamente por aumentar el número de esclavos.
En escritos posteriores, Marx y Engels tuvieron que defender su planteamiento teórico, tanto de los abiertamente críticos con él, como de los seguidores equivocados, que interpretaban la posición de que "el ser social determina la conciencia social", de la forma más vulgar posible, por ejemplo pretendiendo que significaba que todos los miembros de la burguesía estarían fatalmente determinados a pensar igual debido a su posición económica en la sociedad; o de forma aún más absurda, que todos los miembros del proletariado están obligados a tener una clara conciencia de sus intereses de clase porque están sometidos a la explotación. Esas actitudes reduccionistas fueron precisamente las que llevaron a Marx a decir "Yo no soy marxista". Hay numerosas razones que hacen que, de entre la clase obrera tal cual existe en la "normalidad" del capitalismo, sólo una minoría reconoce su verdadera situación de clase: no sólo diferencias en la historia individual y la psicología, sino fundamentalmente, el papel activo que juega la ideología dominante impidiendo que los dominados puedan comprender sus propios intereses de clase -una ideología dominante cuyas connotaciones y efectos van más allá de la propaganda inmediata de la clase dominante, puesto que está profundamente arraigada en las mentes de los explotados, "La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos" (https://www.marxists.org/espanol/m-e/1850s/brumaire/brum1.htm#i [39]), como escribió Marx a continuación del pasaje de el 18 Brumario que hemos citado antes sobre que los hombres hacen su propia historia en condiciones que no eligen.
De hecho, la comparación de Marx entre la ideología de una época y lo que un individuo piensa de sí mismo, lejos de expresar una visión reduccionista de Marx, muestra realmente una profundidad psicológica: sería un mal psicoanalista quien no prestara ningún interés a lo que un paciente cuenta sobre sus sentimientos y convicciones, pero sería igualmente mediocre si se detuviera en la conciencia que el paciente tiene de sí mismo, ignorando la complejidad de los elementos ocultos e inconscientes de su perfil psicológico. Lo mismo vale para la historia de las ideas o la historia "política", que puede decirnos mucho sobre lo que estaba ocurriendo en una época determinada, pero que sólo nos da un reflejo distorsionado de la realidad. De ahí el rechazo de Marx ante todos los planteamientos históricos que se quedaban en la superficie aparente de los acontecimientos:
"Toda la concepción histórica, hasta ahora, ha hecho caso omiso de esta base real de la historia, o la ha considerado simplemente como algo accesorio, que nada tiene que ver con el desarrollo histórico. Esto hace que la historia debe escribirse siempre con arreglo a una pauta situada fuera de ella; la producción real de la vida se revela como algo protohistórico, mientras que la historicidad se manifiesta como algo separado de la vida usual, como algo extra y supraterrenal. De este modo, se excluye de la historia el comportamiento de los hombres hacia la naturaleza, lo que engendra la antítesis de naturaleza e historia. Por eso, esta concepción sólo acierta a ver en la historia las acciones políticas de los caudillos y del Estado, las luchas religiosas y las luchas teóricas en general, y se ve obligada a compartir, especialmente, en cada época histórica, las ilusiones de esta época. Por ejemplo, una época se imagina que se mueve por motivos puramente "políticos" o "religiosos", a pesar de que la "religión" o la "política" son simplemente las formas de sus motivos reales: pues bien, el historiador de la época de que se trata, acepta sin más tales opiniones. Lo que estos determinados hombres se "figuraron", se "imaginaron" acerca de su práctica real se convierte en la única potencia determinante y activa que dominaba y determinaba la práctica de estos hombres. Y así, cuando la forma tosca con que se presenta la división del trabajo entre los hindúes y los egipcios provoca en estos pueblos el régimen de castas propio de su Estado y de su religión, el historiador cree que el régimen de castas fue la potencia que engendró aquella tosca forma social" (la Ideología alemana, Barcelona 1970, pag. 41-42).
Volvamos ahora al pasaje del Prefacio que más claramente contribuye a comprender la presente fase histórica en la vida del capitalismo:
"Durante el curso de su desarrollo, las fuerzas productoras de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes, o, lo cual no es mas que su expresión jurídica, con las relaciones de propiedad en cuyo interior se habían movido hasta entonces. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas que eran, estas relaciones se convierten en trabas de estas fuerzas. Entonces se abre una era de revolución social" (Prefacio a la Contribución a la crítica de la economía política, op. cit., pag. 43).
Aquí Marx muestra una vez más, que el elemento activo en el proceso histórico son las relaciones que los hombres empiezan a establecer entre sí para producir las necesidades de la vida. Revisando el movimiento de una forma social a otra, se hace evidente que hay una dialéctica constante entre los periodos en que esas relaciones dan lugar a un verdadero desarrollo de las fuerzas productivas y los periodos en que esas mismas relaciones se convierten en una traba para su desarrollo ulterior. En el Manifiesto Comunista, Marx y Engels mostraron que las relaciones capitalistas de producción, surgiendo de la sociedad feudal decadente, actuaron como una fuerza profundamente revolucionaria, barriendo todas las formas obsoletas de la vida social y económica que se levantaron en su camino. La necesidad de competir y producir lo más barato posible, obligó a la burguesía a revolucionar constantemente las fuerzas productivas; la necesidad incesante de encontrar nuevos mercados para sus mercancías la obligó a invadir todo el globo y a crear un mundo a su imagen y semejanza.
En 1848, las relaciones sociales capitalistas eran claramente una "forma de desarrollo" y sólo se habían implantado firmemente en uno o dos países. Sin embargo, la violencia de las crisis económicas del primer cuarto del siglo XIX condujeron inicialmente a los autores del Manifiesto a concluir que el capitalismo ya se había convertido en una traba al desarrollo de las fuerzas productivas, poniendo la revolución comunista (o al menos una transición rápida de la revolución burguesa a la revolución proletaria) al orden del día.
"En las crisis comerciales se destruye regularmente gran parte no sólo de los productos engendrados, sino de las fuerzas productivas ya creadas. En las crisis estalla una epidemia social que en todas las épocas anteriores hubiese parecido un contrasentido: la epidemia de la superproducción. Súbitamente, la sociedad se halla retrotraída a una situación de barbarie momentánea; una hambruna, una guerra de exterminio generalizada parecen haberle cortado todos sus medios de subsistencia; la industria, el comercio, parecen aniquilados. ¿Y ello por qué? Porque posee demasiada civilización, demasiados medios de subsistencia, demasiada industria, demasiado comercio. Las fuerzas productivas de que dispone ya no sirven al fomento de las relaciones de propiedad burguesas; por el contrario, se han tornado demasiado poderosas para estas relaciones, y éstas las inhiben; y en cuanto superan esta inhibición, ponen en desorden toda la sociedad burguesa, ponen en peligro la existencia de la propiedad burguesa. Las relaciones burguesas se han tornado demasiado estrechas como para abarcar la riqueza por ellas engendrada" (Marx/Engels, el Manifiesto comunista, cap. "Burgueses y proletarios", Barcelona, 1998, pp. 46-47).
Con la derrota de las revoluciones de 1848 y la enorme expansión del capitalismo mundial que se produjo en el periodo siguiente, tuvieron que revisar ese planteamiento, a pesar de que sea comprensible que estuvieran impacientes por la llegada de una era de revolución social, del día del juicio al arrogante orden del capital mundial. Pero lo importante de su planteamiento es el método básico: el reconocimiento de que un orden social no podía ser erradicado hasta que no hubiera entrado definitivamente en conflicto con el desarrollo de las fuerzas productivas, precipitando toda la sociedad en una crisis, no coyuntural ni de juventud, sino enteramente en una "era" de crisis, de convulsión, de revolución social; dicho de otra forma, en una crisis de decadencia.
En 1858 Marx volvía de nuevo sobre esta cuestión:
"La verdadera tarea de la sociedad burguesa es la creación del mercado mundial, al menos en esbozo, y la de la producción basada en ese mercado. Puesto que el mundo es redondo, la colonización de California y Australia y el desarrollo de China y Japón parecen haber completado ese proceso. Lo difícil para nosotros es esto: en el continente, la revolución es inminente y asumirá de inmediato un carácter socialista. ¿No estará destinada a ser aplastada en este pequeño rincón, teniendo en cuenta que en un territorio mucho mayor el movimiento de la sociedad burguesa está todavía en ascenso" (Correspondencia de Marx a Engels, Manchester, 8 de octubre de 1858).
Lo interesante de este pasaje es precisamente la cuestión que plantea: ¿Cuáles son los criterios históricos para determinar el tránsito a una época de revolución social en el capitalismo? ¿Puede haber una revolución social mientras el capitalismo es aún un sistema globalmente en expansión? Marx se precipitó al pensar que la revolución era inminente en Europa. De hecho, en una carta a Vera Zasulich sobre el problema de Rusia, escrita en 1881, parece que modificó de nuevo su posición: "El sistema capitalista ha pasado ya la flor de la vida en Occidente, aproximándose al momento en que no será mas que un sistema social regresivo" (citado en Shanin, Late Marx and the Russian Road, RKP, pag. 103, traducido por nosotros). Así, 20 años después de 1858, el sistema estaría sólo "aproximándose" a su periodo "regresivo", incluso en los países avanzados. Esto expresa las dificultades que confrontaba Marx debido a la situación histórica en la que vivía. Como se demostró después, el capitalismo aún tenía ante sí una última fase de verdadero desarrollo global, la fase del imperialismo, que abocaría en un periodo de convulsiones a escala mundial, indicando que todo el sistema, y no sólo una parte de él, se hundía en su crisis de senilidad. Sin embargo la preocupación de Marx en estas cartas muestra hasta qué punto se tomó en serio el problema de basar una perspectiva revolucionaria en la decisión de si el capitalismo había llegado o no a esa época.
"Una sociedad no desaparece nunca antes de que sean desarrolladas todas las fuerzas productoras que pueda contener, y las relaciones de producción nuevas y superiores no se sustituyen jamás en ella antes de que las condiciones materiales de existencia de esas relaciones han sido incubadas en el seno mismo de la vieja sociedad. Por eso la humanidad no se propone nunca más que los problemas que puede resolver, pues, mirando más de cerca, se verá siempre que el problema mismo no se presenta más que cuando las condiciones materiales para resolverlo existen o se encuentran en estado de existir."
En este pasaje, Marx destaca aún más la importancia de basar la perspectiva de la revolución social, no únicamente en la aversión moral que inspira un sistema de explotación, sino en su incapacidad para desarrollar la productividad del trabajo y, en general, la capacidad de los seres humanos parta satisfacer sus necesidades materiales.
El argumento de que una sociedad no desaparece nunca hasta que ha llevado a cabo toda su capacidad de desarrollo se ha empleado para argumentar contra la idea de que el capitalismo haya alcanzado su periodo de decadencia: el capitalismo ha crecido claramente después de 1914, y no podríamos decir que es decadente hasta que cese completamente de crecer. Es cierto que teorías como la de Trotski en los años 30, que afirmaba que las fuerzas productivas habían dejado de crecer, han causado una gran confusión. Teniendo en cuenta que el capitalismo estaba inmerso en ese momento en la mayor depresión que ha conocido hasta ahora, esa visión parecía plausible; aparte de eso, la idea de que la decadencia está marcada por el cese del desarrollo de las fuerzas productivas, e incluso su regresión, se puede aplicar hasta cierto punto a las sociedades de clase anteriores, en las que la crisis era siempre el resultado de la subproducción, de la incapacidad absoluta para producir lo suficiente para abastecer las necesidades básicas de la sociedad (e incluso en esos sistemas, el proceso de "decadencia" no se desarrollaba nunca sin que se produjeran fases de aparente recuperación e incluso de crecimiento vigoroso). Pero el problema fundamental de esta posición es que ignora la realidad esencial del capitalismo, la necesidad de crecimiento, de acumulación, de la reproducción ampliada de valor. Como veremos, en la decadencia del sistema, esa necesidad solo puede resolverse manipulando cada vez más las mismas leyes de la producción capitalista; pero como también veremos, probablemente no se llegará nunca al punto en que la acumulación capitalista sea imposible. Como señaló Rosa Luxemburg en la Anticrítica, ese punto es "una ficción teórica, porque la acumulación de capital no es sólo un proceso económico, sino también político". Además, Marx ya había lanzado la idea de la no identidad entre fase de declive del capitalismo y cese de las fuerzas productivas:
"El desarrollo mayor de estas mismas bases (la flor en que se transforman; pero se trata siempre de esas bases, de esa planta como flor; y por tanto marchitándose después del florecimiento) es el punto en que se ha realizado totalmente, se ha desarrollado en la forma que es compatible con el mayor desarrollo de las fuerzas productivas, y por tanto también con el desarrollo más rico de los individuos. Tan pronto como se llega a este punto, el desarrollo posterior aparece como declive, y el nuevo desarrollo empieza desde nuevas bases" (Gründisse, V:"Diferencia entre el modo de producción capitalista y todos los modos anteriores"; subrayado por nosotros).
El capitalismo ha desarrollado ciertamente suficientes fuerzas productivas para que pueda surgir un modo de producción nuevo y superior. De hecho, desde el momento en que se han desarrollado las condiciones materiales para el comunismo, el sistema ha entrado en declive. Al crear una economía mundial -fundamental para el comunismo- el capitalismo también alcanzaba los límites de su desarrollo saludable. La decadencia del capitalismo no tiene que identificarse con un cese completo de la producción, sino con una serie creciente de catástrofes y convulsiones que demuestran la absoluta necesidad de su derrocamiento.
El punto principal en que insiste Marx aquí es la necesidad de un periodo de decadencia. Los hombres no hacen la revolución por puro placer, sino porque están obligados por necesidad, por los sufrimientos intolerables que acarrea la crisis de un sistema. Por eso mismo, sus ataduras con el statu quo están profundamente arraigadas en su conciencia, y sólo el creciente conflicto entre esa ideología y la realidad material que confrontan, puede llevarlos a levantarse contra el sistema dominante. Esto es cierto sobre todo para la revolución proletaria, que por primera vez requiere una transformación consciente de todos los aspectos de la vida social.
Se acusa a veces a los revolucionarios de defender la idea de "cuanto peor, mejor"; de que cuanto más sufran las masas, más probable es que sean revolucionarias. Pero no hay ninguna relación mecánica entre sufrimiento y conciencia revolucionaria. El sufrimiento contiene una dinámica hacia la reflexión y la revuelta, pero también puede demoler y dejar exhausta la capacidad de llevar a cabo esa revuelta; o incluso conducir a la adopción de formas completamente falsas de rebelión, como muestra el desarrollo actual del fundamentalismo islámico. Un periodo de decadencia es necesario para convencer a la clase obrera de que necesita construir una nueva sociedad, pero, por otra parte, una época de decadencia que se prolongue indefinidamente puede amenazar la posibilidad misma de la revolución, arrastrando al mundo a través de una espiral de desastres que sólo sirven para destruir las fuerzas productivas acumuladas y en particular la más importante de todas ellas, el proletariado. Este es realmente el peligro que plantea la fase final de la decadencia, a la que nos referimos como la descomposición, que según nuestra posición, ya ha comenzado.
Este problema de una sociedad que se pudre sobre sus propios cimientos es particularmente agudo en el capitalismo porque, a diferencia de los modos de producción anteriores, la maduración de las condiciones materiales para una nueva sociedad -el comunismo- no coincide con el desarrollo de nuevas formas económicas dentro del viejo orden social. En la decadencia del esclavismo en Roma, el desarrollo de estados feudales era a menudo obra de miembros de la antigua clase propietaria de esclavos que se habían distanciado del Estado central para evitar la aplastante carga de sus impuestos. En el periodo de la decadencia feudal, la nueva clase burguesa surgió en las ciudades -que siempre habían sido los centros comerciales del viejo sistema- y estableció los fundamentos de una nueva economía basada en la manufactura y el comercio. La emergencia de estas nuevas formas de producción era al mismo tiempo una respuesta a la crisis del viejo orden social y un factor que empujaba cada vez más hacia su disolución.
Con el declive del capitalismo, las fuerzas productivas que ha puesto en marcha entran en un conflicto creciente con las relaciones sociales en las cuales operan. Esto se expresa sobre todo en el contraste entre la enorme capacidad productiva del capitalismo y su incapacidad para absorber todas las mercancías que produce, en suma, en la crisis de sobreproducción. Pero mientras esta crisis hace cada vez más urgente la abolición de las relaciones mercantiles al tiempo que distorsiona progresivamente las leyes de estas mismas relaciones, no conduce sin embargo al surgimiento espontáneo de formas económicas comunistas. A diferencia de las clases revolucionarias anteriores, la clase obrera es una clase desposeída y explotada, y no puede construir su nuevo orden económico en el marco del modo de producción anterior. El comunismo solo puede ser resultado de una lucha cada vez más consciente contra el viejo orden, que lleve al derrocamiento político de la burguesía como precondición para la transformación comunista de la vida económica y social. Si el proletariado es incapaz de alzar su lucha a los niveles necesarios de conciencia y autoorganización, las contradicciones del capitalismo no llevarán a un nuevo orden social superior, sino a "la ruina mutua de las clases en conflicto".
Gerrard
El pasaje completo del Prefacio dice:
"El resultado general a que llegué y que, una vez obtenido, me sirvió de guía para mis estudios, puede formularse brevemente de este modo: en la producción social de su existencia, los hombres entran en relaciones determinadas, necesarias, independientes de su voluntad; Estas relaciones de producción corresponden a un grado determinado de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción constituye la estructura económica de la sociedad, la base real, sobre la cual se eleva una superestructura jurídica y política y a la que corresponden formas sociales determinadas de conciencia. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de vida social, política e intelectual en general. No es la conciencia de los hombres la que determina la realidad; por el contrario, la realidad social es la que determina su conciencia. Durante el curso de su desarrollo, las fuerzas productoras de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes, o, lo cual no es mas que su expresión jurídica, con las relaciones de propiedad en cuyo interior se habían movido hasta entonces. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas que eran, estas relaciones se convierten en trabas de estas fuerzas. Entonces se abre una era de revolución social. El cambio que se ha producido en la base económica trastorna más o menos lenta o rápidamente toda la colosal superestructura. Al considerar tales trastornos importa siempre distinguir entre el trastorno material de las condiciones económica de la producción -que se debe comprobar fielmente con ayuda de las ciencias físicas y naturales- y las formas jurídicas, políticas, religiosas, artísticas o filosóficas; en una palabra, las formas ideológicas, bajo las cuales los hombres adquieren conciencia de este conflicto y lo resuelven. Así como no se juzga a un individuo por la idea que él tenga de sí mismo, tampoco se puede juzgar tal época de trastorno por la conciencia de sí misma; es preciso, por el contrario, explicar esta conciencia por las contradicciones de la vida material, por el conflicto que existe entre las fuerzas productoras sociales y las relaciones de producción. Una sociedad no desaparece nunca antes de que sean desarrolladas todas las fuerzas productoras que pueda contener, y las relaciones de producción nuevas y superiores no se sustituyen jamás en ella antes de que las condiciones materiales de existencia de esas relaciones han sido incubadas en el seno mismo de la vieja sociedad. Por eso la humanidad no se propone nunca más que los problemas que puede resolver, pues, mirando de más cerca, se verá siempre que el problema mismo no se presenta más que cuando las condiciones materiales para resolverlo existen o se encuentran en estado de existir. Esbozados a grandes rasgos, los modos de producción asiáticos, antiguos, feudales y burgueses modernos, pueden ser designados como otras tantas épocas progresivas de la formación social económica. Las relaciones burguesas de producción son la última forma antagónica del proceso de producción social, no en el sentido de un antagonismo individual, sino en el de un antagonismo que nace de las condiciones sociales de existencia de los individuos; las fuerzas productoras que se desarrollan en el seno de la sociedad burguesa crean al mismo tiempo las condiciones materiales para resolver este antagonismo. Con esta formación social termina pues la prehistoria de la sociedad humana."
Terminamos aquí la publicación de la serie de artículos sobre los “Problemas del período de transición”, publicados en la revista Bilan entre 1934 y 1937. Este último artículo se publicó en Bilan no 38 (diciembre de 1936/enero de 1937). En él se continua el debate teórico que la Izquierda italiana quería llevar a cabo a toda costa, pues lo consideraba como la clave para sacar las lecciones de la derrota de la Revolución rusa y preparar el terreno para el éxito de la revolución en el futuro. Como lo mencionamos en la introducción del artículo anterior de la serie, el debate fue muy amplio. El artículo que sigue se refiere a la corriente trotskista, a los internacionalistas holandeses y también a los desacuerdos entre Mitchell (miembro de la minoría de la Liga de los comunistas internacionalistas que evolucionó para formar la Fracción belga de la Izquierda comunista) y “los camaradas de Bilan” quienes, según Mitchell, no insistían lo suficiente en el problema de la transformación económica tras la toma del poder por el proletariado.
Sea cual que sea la respuesta a ese problema, el texto de Mitchell plantea una serie de cuestiones importantes sobre la política económica del proletariado; en particular, cómo superar la dominación de la producción sobre el consumo característica de las relaciones sociales capitalistas, y cómo eliminar la ley del valor tan propia de esas relaciones. No trataremos estas cuestiones aquí, pero posteriormente habrá otro artículo que intentará estudiar más profundamente las divergencias entre los Comunistas de izquierda italianos y los holandeses, puesto que este debate sigue siendo, hasta hoy, la base de partida para abordar el problema de cómo podrá la clase obrera suprimir la acumulación capitalista y crear un método de producción que responda a las verdaderas necesidades de la humanidad.
Nos quedan por examinar algunas normas de gestión económicas que condicionan, a nuestro parecer, el vínculo entre el partido y las masas, base del reforzamiento de la dictadura del proletariado.
Es una verdad para cualquier sistema de producción: no puede desarrollarse sino basándose en una reproducción ampliada, o sea en la acumulación de riquezas. Pero un tipo de sociedad se define menos por sus formas y manifestaciones exteriores que por su contenido social, por los mecanismos dominantes en la producción, o sea por las relaciones de clase. En la evolución histórica, ambos procesos, interno y externo, se mueven evidentemente en una constante contradicción. El desarrollo capitalista ha demostrado con toda evidencia que la progresión de las fuerzas productivas genera al mismo tiempo su contrario, el retroceso de las condiciones materiales del proletariado, fenómeno que se tradujo en la contradicción entre el valor de cambio y el valor de uso, entre la producción y el consumo. Ya señalamos que el sistema capitalista no fue un sistema progresista por naturaleza, sino por necesidad (aguijoneado por la acumulación y la competencia). Marx puso en evidencia ese contraste diciendo que el “aumento de la fuerza productiva sólo tiene importancia si aumenta el trabajo excedente (o sobretrabajo) de la clase obrera y no si disminuye el tiempo necesario para la producción material” (el Capital, Volumen X) .
Partiendo de la comprobación válida para todos los tipos de sociedades de que el sobretrabajo es inevitable, el problema se concentra esencialmente entonces en el método de apropiación y la destrucción del sobretrabajo, la masa de sobretrabajo y su duración, la relación de esta masa con el trabajo total, y, en fin, el ritmo de su acumulación. E inmediatamente, podemos poner de relieve otra observación de Marx, que “la verdadera riqueza de la sociedad y la posibilidad de una ampliación continua del proceso de reproducción no depende de la duración del trabajo excedente, sino de su productividad y de las condiciones más o menos ventajosas en que trabaja esa productividad” (el Capital). Añade además que la condición fundamental para la instauración del “régimen de la libertad”, es la reducción de la jornada laboral.
Estas consideraciones nos permiten percibir la tendencia que debe imprimirse a la evolución de la economía proletaria. También nos autorizan a rechazar la concepción que ve la prueba absoluta del “socialismo” en el crecimiento de las fuerzas productivas. Esa concepción no sólo fue defendida por el centrismo, sino también por Trotski: “... el liberalismo hace como si no viera los enormes progresos económicos del régimen soviético, es decir las pruebas concretas de las incalculables ventajas del socialismo. Los economistas de las clases desposeídas silencian simplemente los ritmos de desarrollo industrial sin precedentes en la historia mundial” (“Lucha de clases”, junio de 1930).
Ya lo hemos mencionado al empezar este capítulo, esa cuestión de “ritmo” siguió siendo una de las preocupaciones principales de Trotski y de su oposición por mucho que no sea, ni mucho menos, la misión del proletariado, la cual consiste en modificar el objetivo de la producción y no en acelerar su ritmo a costa de la miseria del proletariado, como ocurre bajo el capitalismo. El proletariado tiene tantas menos razones de ocuparse del “ritmo” porque, por un lado, no condiciona para nada la construcción del socialismo, puesto que éste es de carácter internacional, y porque, por otro lado, la contribución de la alta tecnología capitalista a la economía socialista mundial hará aparecer su valor nulo.
Cuando nos planteamos como tarea económica primordial la necesidad de cambiar el objetivo de la producción, es decir de orientarlo hacia las necesidades del consumo, lo decimos obviamente como un proceso y no como un resultado inmediato de la Revolución. La estructura misma de la economía transitoria, tal como la analizamos, es incapaz de generar ese automatismo económico, ya que la supervivencia del “derecho burgués” deja subsistir algunas relaciones sociales de explotación y que la fuerza de trabajo sigue conservando, en cierta medida, su carácter de mercancía. La política del partido, estimulada por la actividad reivindicativa de los obreros a través de sus organizaciones sindicales, debe precisamente tender a suprimir la contradicción entre fuerza de trabajo y trabajo, desarrollada hasta su extremo límite por el capitalismo. En otros términos, al uso capitalista de la fuerza de trabajo para la acumulación de capital debe sustituirse el uso “proletario” de esa fuerza de trabajo para necesidades puramente sociales, lo que favorecerá la consolidación política y económica del proletariado.
En la organización de la producción, el Estado proletario ha de inspirarse, ante todo, de las necesidades de las masas, desarrollar las ramas productivas que pueden satisfacerlas, en función obviamente de las condiciones específicas y materiales que prevalecen en una economía determinada.
Si el programa económico elaborado se mantiene en el marco de la construcción de la economía socialista mundial, se mantiene pues conectado a la lucha de clases internacional, el Estado proletario podrá tanto más dedicarse a su tarea de desarrollar el consumo. Por el contrario, si ese programa adquiere un carácter autónomo dedicado directa o indirectamente al “socialismo nacional”, una parte creciente del plustrabajo se dedicará a construir empresas que, en el futuro, no se justificarán en la división internacional del trabajo; por el contrario, esas empresas deberán inevitablemente producir medios defensivos para “la sociedad socialista” en construcción. Veremos que ése ha sido precisamente el destino que esperaba a la Rusia soviética.
Es cierto que cualquier mejora de la situación material de las masas proletarias depende en primer lugar de la productividad laboral, y ésta del grado técnico de las fuerzas productivas, por consiguiente de la acumulación. Esa mejora depende, en segundo lugar, del rendimiento del trabajo correspondiente a la organización y a la disciplina en el proceso del trabajo. Esos son los elementos fundamentales, tal como existen también en el sistema capitalista, pero en este sistema los resultados concretos de la acumulación se desvían de su destino humano en beneficio de la acumulación “en sí”. La productividad laboral no se plasma en objetos de consumo, sino en capital.
De nada sirve ocultar que el problema no se resuelve ni mucho menos proclamando una política tendente a ampliar el consumo. Pero es necesario comenzar por afirmarlo porque se trata de una orientación primordial, radicalmente opuesta a la que propone que la industrialización y su crecimiento acelerado deben ser primordiales, sacrificando inevitablemente una o más generaciones de proletarios (el Centrismo (<!--[if !supportFootnotes]-->[1]<!--[endif]-->) lo ha declarado abiertamente). Ahora bien, un proletariado “sacrificado”, incluso por objetivos que pueden parecer corresponder a su interés histórico (la realidad en Rusia demostró que no era sin embargo el caso) no puede constituir una fuerza real para el proletariado mundial; no puede sino desviarse de ese objetivo histórico, sometido a la hipnosis de unos objetivos nacionales.
Se objetará que no puede haber ampliación del consumo sin acumulación, y acumulación sin una extracción más o menos considerable del consumo. El dilema será tanto más agudo si corresponde a un desarrollo limitado de las fuerzas productivas y a una mediocre productividad laboral. Fue en estas pésimas condiciones en las que se planteó el problema en Rusia y que una de sus manifestaciones más dramáticas fue el fenómeno de las “tijeras”.
Basándonos también en las consideraciones internacionalistas que hemos desarrollado, se debe pues afirmar (si no se quiere caer en la abstracción) que las tareas económicas del proletariado, en su dimensión histórica, son primordiales. Los camaradas de Bilan, animados por la justa preocupación de poner en evidencia el papel del Estado proletario en el terreno mundial de la lucha de clases, han restado importancia al problema, al considerar que “los ámbitos económico y militar (<!--[if !supportFootnotes]-->[2]<!--[endif]-->) no podrán ser sino accesorios y de detalle en la actividad del Estado proletario, mientras que sí son esenciales para una clase explotadora” (Bilan, p. 612). Lo repetimos, el programa está determinado y limitado por la política mundial del Estado proletario, pero dicho eso, el proletariado no dejará de necesitar toda su vigilancia y toda su energía de clase para intentar encontrar la solución esencial al peliagudo problema del consumo que condicionará a pesar de todo su papel de “simple factor de la lucha del proletariado mundial”.
Los camaradas de Bilan cometen, a nuestro parecer, otro error (<!--[if !supportFootnotes]-->[3]<!--[endif]-->) al no hacer la distinción entre una gestión que tiende a la construcción del “socialismo” y una gestión socialista de la economía transitoria, declarando en particular que “lejos de poder prever la posibilidad de la gestión socialista de la economía en un país determinado y la lucha de la Internacional, debemos comenzar declarando la imposibilidad de esta gestión socialista”. Pero, ¿qué puede ser una política que procura mejorar las condiciones de vida de los obreros sino una política de gestión verdaderamente socialista destinada precisamente a invertir el proceso de la producción con relación al proceso capitalista? En el período de transición, es perfectamente posible hacer surgir esa nueva dirección económica de una producción que se realiza para las necesidades, por mucho que las clases sigan presentes.
Pero sin embargo, el cambio del objetivo de la producción no depende solamente de la adopción de una política justa, sino sobre todo de la presión de las organizaciones del proletariado sobre la economía y de la adaptación del aparato productivo a sus necesidades. Además, la mejora de las condiciones de vida no cae del cielo. Depende del desarrollo de la capacidad productiva, ya sea como consecuencia del aumento de la masa de trabajo social, de un rendimiento mayor del trabajo resultante de su mejor organización, o ya sea de la mayor producción del trabajo mediante medios de producción más potentes.
Por lo que se refiere a la masa de trabajo social – si suponemos invariable el número de obreros ocupados – ya dijimos que es el resultado de la duración y la intensidad con la que se emplea la fuerza de trabajo. Ahora bien, son precisamente esos dos factores unidos a la baja del valor de la fuerza de trabajo como efecto de su mayor productividad lo que determina el grado de explotación impuesto al proletariado en el régimen capitalista.
En la fase transitoria, la fuerza de trabajo aún conserva, es verdad, su carácter de mercancía en la medida en que el salario se confunde con el valor de la fuerza-trabajo: se despoja, en cambio, este carácter en la medida en que el salario se acerca al equivalente del trabajo total proporcionado por el obrero (abstracción hecha del plustrabajo imprescindible para las necesidades sociales) .
En contra de la política capitalista, una verdadera política proletaria, para aumentar las fuerzas productivas, no puede de ninguna manera basarse en el plustrabajo que procedería de una mayor duración o de una mayor intensidad del trabajo social que, bajo su forma capitalista, constituye la plusvalía absoluta. Debe, al contrario, fijar normas de ritmo y duración de trabajo compatibles con la existencia de una verdadera dictadura del proletariado y no puede sino ir hacia una organización más racional del trabajo, hacia la eliminación del despilfarro en las actividades sociales, aunque en este ámbito las posibilidades de aumentar la masa de trabajo útil se agotarán rápidamente.
En esas condiciones, la acumulación “proletaria” ha de encontrar su fuente esencial en el trabajo disponible gracias a una técnica más elevada.
Eso significa que el aumento de la productividad del trabajo plantea la siguiente alternativa: o una misma masa de productos (o valores de uso) determina una disminución del volumen total de trabajo consumido o, si éste sigue invariable (o incluso si disminuye según la importancia de los progresos técnicos realizados) la cantidad de productos que deben distribuirse aumentará. Pero en ambos casos, una disminución del plustrabajo relativo (relativo con respecto al trabajo estrictamente necesario para la reproducción de la fuerza de trabajo) puede combinarse con un mayor consumo y traducirse por lo tanto perfectamente en un aumento real de los salarios y no ficticio como en el capitalismo. Es en la utilización nueva de la productividad donde se verifica la superioridad de la gestión proletaria sobre la gestión capitalista y no en la competición entre los precios de coste, pues con esta base el proletariado acabaría inevitablemente derrotado, como ya lo hemos indicado.
En efecto, es el desarrollo de la productividad laboral lo que precipita el capitalismo en su crisis de decadencia donde, de manera permanente (y ya no solamente durante sus crisis cíclicas) la masa de los valores de uso se opone a la masa de los valores de cambio. La burguesía es desbordada por la inmensidad de su producción y no puede darle salida satisfaciendo a las inmensas necesidades existentes, pues eso significaría su suicido.
En el período de transición, es cierto que la productividad laboral dista mucho todavía de corresponder a la fórmula “a cada uno según sus necesidades”, pero sin embargo la posibilidad de poder utilizarla íntegramente, con fines humanos, invierte los factores del problema social. Ya Marx dejó claro que en la producción capitalista la productividad laboral permanece por debajo de su máximo teórico. Por el contrario, después de la revolución, resulta posible reducir, y luego suprimir, el antagonismo capitalista entre el producto y su valor si la política proletaria tiende no a equiparar el salario al valor de la fuerza de trabajo – método capitalista que desvía el progreso técnico en beneficio del capital – sino a elevarlo cada vez más por encima de ese valor, sobre la base misma de la productividad desarrollada.
Es evidente que una determinada fracción del sobretrabajo relativo no puede volver directamente al obrero, debido a las necesidades mismas de la acumulación sin la cual no hay progreso técnico posible. Y una vez más se plantea el problema del ritmo y de la tasa de acumulación. Y si parece solucionarse en una cuestión de medida, lo arbitrario deberá excluirse en todos los casos, basándose en los principios mismos que delimitan las tareas económicas del proletariado, tal como los hemos definido.
Por otra parte, es evidente que la determinación de la tasa de la acumulación depende del centralismo económico y no de decisiones de los productores en sus empresas, como así opinan los internacionalistas holandeses (p. 116 de su obra citada). Por otra parte no parecen estar muy convencidos del valor práctico de tal solución, puesto que la precisan inmediatamente con la consideración de que la “tasa de acumulación no puede dejase al libre juicio de las empresas separadas y es el Congreso general de los consejos de empresas el que determinará la norma obligatoria”, fórmula que parece ser, en fin de cuentas, centralismo disfrazado.
Si nos remitimos ahora a lo que se realizó en Rusia, salta por los aires la impostura total del Centrismo que hace derivar la supresión de la explotación del proletariado de la colectivización de los medios de producción. Y aparece ese fenómeno histórico de que el proceso de la economía soviética y el de la economía capitalista, partiendo de bases diferentes, acabaron por juntarse y dirigirse ambas hacia la misma salida: la guerra imperialista. Ambas se desarrollan gracias a una extracción creciente de plusvalía que no vuelve a la clase obrera. En la URSS, el sistema de trabajo es capitalista en su sustancia, e incluso en sus aspectos sociales y las relaciones de producción. Se incita al incremento de la masa de plusvalía absoluta, obtenida por la intensificación de trabajo mediante la forma del “stajanovismo”. Las condiciones materiales de los obreros no están en nada vinculadas a las mejoras técnicas y al desarrollo de las fuerzas productivas, y en cualquier caso la participación relativa del proletariado en el patrimonio social no aumenta, sino que disminuye; fenómeno similar al que genera constantemente el sistema capitalista, incluso en sus más importantes períodos de prosperidad. Carecemos de elementos para establecer en qué medida es real el crecimiento de la parte absoluta de los obreros.
Además se practica una política de baja de los salarios que tiende a sustituir obreros no cualificados (procedentes de la inmensa reserva del campesinado) por los proletarios cualificados, los cuales son, además, los más conscientes.
A la pregunta de adónde va a parar la enorme masa de plustrabajo, se dará la respuesta fácil de que va en su mayor parte a la “clase” burocrática. Pero tal explicación es desmentida por la existencia misma de un enorme aparato productivo que sigue siendo propiedad colectiva y en relación con ese aparato, los banquetes, los automóviles y los palacetes de los burócratas no son gran cosa. Las estadísticas oficiales y demás, así como las encuestas, confirman esta desproporción enorme – y que va creciendo – entre la producción de los medios de producción (herramientas, edificios, obras públicas, etc.) y la de los bienes de consumo destinados a la “burocracia” como también a la masa trabajadora y campesina, hasta incluyendo el consumo social. Si es verdad que es la burocracia la que, como clase, dispone de la economía y de la producción y se ha apropiado el sobretrabajo, no se explica cómo éste se transforma en su mayor parte en riqueza colectiva y no en propiedad privada. Esta paradoja sólo puede explicarse si se descubre por qué esa riqueza, aún permaneciendo en la comunidad soviética, se opone a ésta a causa del destino que tiene. Indiquemos que un fenómeno similar se desarrolla hoy en la sociedad capitalista, o sea que la mayor parte de la plusvalía no pasa a los bolsillos de los capitalistas sino que se acumula en bienes que no son propiedad privada sino es desde un punto de vista puramente jurídico. La diferencia está que en la URSS, el fenómeno no toma un carácter propiamente capitalista. Las dos evoluciones también provienen de un origen diferente: en la URSS, no surge de un antagonismo económico sino político, de una escisión entre el proletariado ruso y el proletariado internacional; se desarrolla bajo la bandera de la defensa del “socialismo nacional” y de su integración en el mecanismo del capitalismo mundial. En cambio, en los países capitalistas lo que predomina es la decadencia de la economía burguesa. Pero ambas evoluciones sociales alcanzan un objetivo común: la construcción de economías de guerra (los dirigentes soviéticos alardean de haber construido la máquina de guerra más descomunal del mundo). Esta es, a nuestro entender, la respuesta “al enigma ruso”. Eso explica por qué la derrota de la Revolución de octubre no se debe a los trastornos en las relaciones de clases dentro de Rusia, sino al escenario internacional.
Examinemos cuál es la política que orientó el curso de la lucha de clases hacia la guerra imperialista más bien que hacia la revolución mundial.
Para unos camaradas, ya lo hemos dicho, la Revolución rusa no fue proletaria y su evolución reaccionaria se podía anticipar porque fue realizada por un proletariado culturalmente atrasado (aunque estuviese por su conciencia de clase en la vanguardia del proletariado mundial) que, además, tuvo que dirigir un país atrasado. Nos limitaremos a oponer tal actitud fatalista a la de Marx ante la Comuna: aunque ésta expresara una inmadurez histórica del proletariado para tomar el poder, Marx le asignó sin embargo un alcance inmenso y sacó lecciones fértiles y progresistas que inspiraron precisamente a los bolcheviques en 1917. Al actuar del mismo modo frente a la Revolución rusa, no deducimos que las futuras revoluciones serán la reproducción fotográfica de Octubre, sino decimos que Octubre, por sus características fundamentales, se repercutirá en esas revoluciones, acordándosenos solamente de lo que Lenin entendía por “valor internacional de la Revolución rusa” (en la Enfermedad infantil del comunismo). Un marxista, obviamente, “no rehace” la historia, pero la interpreta para forjar armas teóricas para el proletariado, para evitarle la repetición de errores y facilitarle el triunfo final sobre la burguesía. Buscar las condiciones que hubiesen puesto al proletariado ruso ante la posibilidad de vencer definitivamente es dar todo su valor al método marxista de investigación, porque es añadir una piedra más al edificio del materialismo histórico.
Si es cierto que el reflujo de la primera oleada revolucionaria contribuyó “a aislar” momentáneamente al proletariado ruso, creemos que no es ahí donde se ha de buscar la causa determinante de la evolución de la URSS, sino en la interpretación que se hizo de la evolución de los acontecimientos de aquel entonces y la falsa perspectiva que se derivó de ellos sobre la evolución del capitalismo en la época de guerras y revoluciones. La concepción de la “estabilización” del capitalismo generó naturalmente más tarde la teoría del “socialismo en un solo país” y, como consecuencia de ella, la política de “defensa” de la URSS.
El proletariado internacional se convirtió en instrumento del Estado proletario para su defensa contra una agresión imperialista, mientras que la revolución mundial como objetivo concreto pasaba al segundo plano. Si Bujarin sigue hablando de ésta en 1925, es porque “la revolución mundial tiene para nosotros esa importancia, porque es la única garantía contra las intervenciones, contra otra guerra”.
Se elaboró así una teoría de la “garantía contra las intervenciones” de la que se apoderó la Internacional comunista para convertirse en expresión de los intereses particulares de la URSS y no de los de la revolución mundial. La “garantía” ya no se buscó en la conexión con el proletariado internacional sino en la modificación del carácter y del contenido de las relaciones del Estado proletario con los Estados capitalistas. El proletariado mundial era así ya solo una fuerza de apoyo para la defensa del “socialismo nacional”.
Por lo que se refiere a la NEP, basándonos sobre lo que dijimos anteriormente, no creemos que fuera un terreno específico para una inevitable degeneración, a pesar de que sí favoreció un incremento importante de las veleidades capitalistas en el campesinado en especial y que, por ejemplo, bajo la bandera del centrismo, la alianza (smytchka) con los campesinos pobres en la que Lenin veía un medio para fortalecer la dictadura proletaria acabó siendo un objetivo, así como la unión con el campesinado medio y los kulaks.
Contrariamente a la opinión de los camaradas de Bilan, tampoco creemos que se pueda deducir de ciertas declaraciones de Lenin sobre la NEP, que él sería favorable a una política que desvinculara la evolución económica de Rusia del futuro de la revolución mundial.
Al contrario, para Lenin, la NEP era una política de espera, de respiro, hasta la reanudación de la lucha internacional de las clases: “cuando adoptamos una política que debe durar muchos años, no olvidamos ni un momento que la revolución internacional, la rapidez y las condiciones de su desarrollo pueden modificarlo todo”. Para él, se trataba de restablecer un determinado equilibrio económico, aunque fuera pagando a las fuerzas capitalistas (pues sin éstas, se hundiría la dictadura), pero no de “recurrir a la colaboración de las clases enemigas para la construcción de los fundamentos de la economía socialista” (Bilan, p. 724).
Así como nos parece injusto hacer de Lenin un partidario del “socialismo en un solo país” basándose en un documento apócrifo.
La Oposición rusa “trotskista”, en cambio, sí que contribuye a acreditar la opinión de que la lucha se cristalizaba entre los Estados capitalistas y el Estado soviético. En 1927, esa oposición consideraba inevitable la guerra de los imperialistas contra URSS, precisamente cuando la IC estaba sacando a los obreros de sus posiciones de clase para lanzarlos al frente de la defensa de la URSS, en el mismo momento en que la IC estaba dirigiendo el aplastamiento de la Revolución china. Sobre esta base, la Oposición se implicó en la preparación de la URSS – “bastión del socialismo” – para la guerra. Esta posición equivalía a dar una aprobación teórica a la explotación de los obreros rusos para la construcción de una economía de guerra (planes quinquenales). La oposición llegó incluso hasta agitar el mito de la unidad a “toda costa” del partido, como condición de la victoria militar de la URSS. Al mismo tiempo manejó los equívocos sobre la lucha “por la paz” (¡!) considerando que la URSS debía intentar “retrasar la guerra”, pagando incluso un rescate mientras que se debía “preparar al máximo toda la economía, el presupuesto, etc., en caso de guerra” y considerar decisiva la cuestión de la industrialización para garantizar los recursos técnicos indispensables para la defensa (Plataforma de la Oposición).
Más tarde Trotski, en su Revolución permanente, retomó esa tesis de la industrialización sobre el ritmo “más rápido” que sería, por lo visto, una garantía contra las “amenazas del exterior”, como también habría favorecido la evolución del nivel de vida de las masas. Sabemos por una parte, que la “amenaza del exterior” se realizó no por la “cruzada” contra la URSS, sino por su integración en el frente del imperialismo mundial; por otra parte, que el industrialismo no coincidió de ninguna manera con una existencia mejor del proletariado, sino con su explotación más desenfrenada, sobre la base de la preparación a la guerra imperialista.
En la próxima revolución, el proletariado vencerá, independientemente de su inmadurez cultural y de la deficiencia económica, con tal de que apueste no sobre la “construcción del socialismo”, sino sobre la expansión de la guerra civil internacional.
Mitchell
<!--[if !supportFootnotes]-->[1]<!--[endif]-->) En la época en que Bilan publicó esta contribución, toda la Izquierda italiana definía todavía como “centrismo” las ideas estalinistas que dirigían la política de la IC. Será más tarde, con Internationalisme en la posguerra, cuando la corriente heredera de la Izquierda italiana defina claramente como contrarrevolucionario al estalinismo. Léase la presentación critica de estos textos publicada en la Revista internacional no 132 (NDLR).
<!--[if !supportFootnotes]-->[2]<!--[endif]-->) Estamos de acuerdo con los camaradas de Bilan: la defensa del Estado proletario no se plantea en terreno militar sino a nivel político, en relación con el proletariado internacional.
<!--[if !supportFootnotes]-->[3]<!--[endif]-->) Que quizás sólo sea pura formulación, pero es importante subrayarlo a pesar de todo porque corresponde a su tendencia a minimizar los problemas económicos.
La única alternativa al caos, la guerra y a la bancarrota económica
Una vez más, este verano ha estado marcado por el desencadenamiento de la barbarie bélica. Justo mientras cada nación estaba haciendo recuento de sus medallas en las Olimpiadas, los atentados terroristas no han dejado de multiplicarse en Oriente Medio, en Afganistán, en Líbano, en Argelia, en Turquía, en India. En menos de dos meses, se han encadenado 16 atentados al ritmo infernal de una danza macabra causando muertos y más muertos en poblaciones urbanas a la vez que en Afganistán e Irak, la guerra sigue recrudeciéndose.
Pero ha sido sobre todo en Georgia donde más se ha desencadenado la barbarie guerrera.
Una vez más, el Cáucaso está a sangre y fuego. Justo cuando Bush y Putin asistían a la ceremonia de apertura de las Olimpiadas de Pekín, supuestos símbolos de paz y reconciliación entre los pueblos, el Presidente georgiano Saakachvili, un protegido de la Casa Blanca, y la burguesía rusa mandaban a sus soldados a aplastar a las poblaciones.
Esa guerra entre Rusia y Georgia ha acarreado una verdadera purificación étnica en cada bando, produciendo varios miles de muertos sobre todo entre la población civil. Como ocurre cada vez que las poblaciones locales (sean rusa, oseta, abjasia o georgiana) son tomadas de rehenes por todas las fracciones nacionales de la clase dominante.
En ambos bandos se han visto las mismas escenas de horror y de matanzas. En toda Georgia, la cantidad de refugiados desprovistos de todo, alcanzó la cifra de 115 000 personas en una semana. Y como ocurre en todas las guerras, cada bando acusa al otro de ser responsable del estallido de las hostilidades.
Pero la responsabilidad de esta guerra y de esas matanzas no se limita a sus protagonistas más directos. Los demás Estados, hipócritas plañideras hoy sobre el destino de Georgia, también han estado involucradas en las peores atrocidades: Estados Unidos en Irak, Francia en el genocidio de Ruanda en 1994, Alemania también, país que al haber suscitado la secesión de Eslovenia y Croacia, fue una resuelta promotora de la terrible guerra de la antigua Yugoslavia en 1992.
Y si hoy EE.UU. manda buques de guerra a la zona del Cáucaso, so pretexto de ayuda "humanitaria", no será ni mucho menos por salvar vidas humanas, sino para defender sus intereses de buitre imperialista.
Lo que caracteriza sobre todo el conflicto del Cáucaso, es el incremento de las tensiones imperialistas entre grandes potencias. Los dos antiguos jefes de bloque, Rusia y Estados Unidos, se encuentran hoy de nuevo frente a frente: los destructores de la Marina US que atracaron en las costas georgianas para "abastecer" Georgia fondean ahora a poca distancia de la base naval rusa de Gudauta en Abjasia o del puerto de Poti ocupado par tanques rusos.
Este frente a frente es muy inquietante y cabe plantearse una serie de preguntas: ¿Qué objetivo tiene esta guerra?, ¿Va a desencadenar una tercera guerra mundial?
Desde el desmoronamiento del bloque del Este, la región del Cáucaso ha tenido siempre un gran valor geoestratégico para las grandes potencias. El conflicto estaba pues incubándose desde hace tiempo. El presidente georgiano, partidario incondicional de Washington, heredaba, por lo demás, un Estado llevado en andas desde su creación en 1991 por Estados Unidos como cabeza de puente del "nuevo orden mundial" que anunció el Bush senior.
Putin le tendió una trampa a Saakhachvili, el cual cayó en ella a pies juntillas, aprovechando aquél la oportunidad para restablecer su autoridad en el Cáucaso. Así contesta Rusia al asedio, efectivo ya desde 1991, a que la han sometido las fuerzas de la OTAN.
En efecto, desde el hundimiento del bloque del Este en 1989, Rusia se ha encontrado cada vez más aislada, sobre todo desde que los antiguos países de su bloque (Polonia, sobre todo) ingresaron en la OTAN. Y ese cerco se ha vuelto insoportable para Moscú desde que Ucrania y Georgia pidieron también su adhesión a la OTAN.
Además, y sobre todo, Rusia no podía aceptar el proyecto de despliegue de un escudo antimisiles que se instalará en Polonia y en la República Checa. La burguesía rusa sabe perfectamente que ese programa, pretendidamente dirigido contra Irán, está dirigido, en realidad, contra Rusia.
La ofensiva rusa contra Georgia es, de hecho, una réplica de Moscú para intentar aflojar ese cerco. Rusia, algún tiempo después de haber restablecido con grandes dificultades su autoridad en las atroces y mortíferas guerras de Chechenia, se ha aprovechado ahora de que Estados Unidos (cuyas fuerzas armadas están empantanadas en Irak y Afganistán) no está para lanzar una contraofensiva militar en el Cáucaso.
Sin embargo, a pesar de la agravación de las tensiones bélicas entre Rusia y Estados Unidos, la perspectiva de una tercera guerra mundial no está al orden del día. No existen hoy dos bloques imperialistas constituidos, ni alianzas militares estables como así era cuando las dos guerras mundiales del siglo xx y durante la guerra fría. El enfrentamiento entre Estados Unidos y Rusia tampoco significa que hayamos entrado en una nueva guerra fría. No hay vuelta atrás posible y la historia no se repite nunca.
Contrariamente a la dinámica de las tensiones imperialistas entre las grandes potencias durante la guerra fría, este nuevo cara a cara entre Rusia y Estados Unidos lleva la marca de la tendencia de "cada uno a la suya", a la dislocación de toda alianza, características del período de descomposición del sistema capitalista.
Así, el "alto el fuego" en Georgia sólo sirve para rubricar el triunfo de los amos del Kremlin y la superioridad de Rusia en lo militar, y una práctica capitulación humillante para Georgia en las condiciones dictadas por Moscú.
Ha sido también un nuevo y espectacular revés el sufrido por el "padrino" de Georgia, Estados Unidos. Mientras que Georgia paga un pesado tributo por su sumisión a EEUU (un contingente de 2000 hombres enviados a Irak y Afganistán), a cambio de eso, el Tío Sam sólo ha podido aportar un apoyo moral a su aliado dispensando vagas condenas puramente verbales a Rusia, sin poder mover ni un dedo.
Pero lo más significativo de este debilitamiento del liderazgo americano es que la Casa Blanca haya tenido que avalar el "plan europeo" de alto el fuego, y lo que es peor, un plan, el europeo, dictado en realidad por Moscú. Si EEUU exhibe su impotencia, Europa ilustra en este conflicto el nivel alcanzado por la tendencia de "cada cual a la suya".. Ante la parálisis estadounidense, ha entrado en acción la diplomacia europea, dirigida por el presidente francés Sarkozy, el cual, una vez más, sólo se ha representado a sí mismo son sus aires de "aquí estoy yo", sin la menor coherencia, campeón de la navegación a corta distancia.
Europa ha aparecido una vez más como una jaula de grillos con las posiciones e intereses más diametralmente opuestos. No hay la más mínima unidad en sus filas entre, por un lado, Polonia y los estados bálticos, ardientes defensores de Georgia (por haber sufrido durante medio siglo la tutela de Rusia, temerosos, por encima de todo, de que este país fortalezca sus apetitos imperialistas) y, por otro, Alemania, que es de los oponentes más hostiles a la entrada de Georgia y Ucrania en la OTAN, sobre todo para poner obstáculos a la influencia estadounidense en la región.
Pero la razón principal, fundamental, por la que las grandes potencias no pueden desencadenar una tercera guerra mundial es la relación de fuerzas entre las dos clases principales de la sociedad, la burguesía y el proletariado. Al contrario que el período precedente a las dos guerras mundiales, la clase obrera de los países principales del capitalismo, los de Europa y de América, no está dispuesta a servir de carne de cañón y sacrificar su vida por el capital.
Con el retorno de la crisis permanente del capitalismo a finales de los años 1960 y la reanudación histórica de la lucha del proletariado, se abrió un nuevo curso a los enfrentamientos de clase: en ninguno de los países determinantes del mundo capitalista, especialmente los de Europa y América del Norte, la clase dominante no puede hoy por hoy alistar masivamente a millones de proletarios tras sus banderas nacionales.
Sin embargo, aunque no estén reunidas las condiciones para que se desencadene una tercera guerra mundial, no por ello hay que subestimar la gravedad de la situación histórica actual. La guerra en Georgia incrementa los riesgos de extensión del incendio y de desestabilización a escala regional, pero además tendrá, en el futuro, consecuencias a nivel mundial en el equilibrio de las fuerzas imperialistas en el futuro. El "plan de paz" no es más que una cortina de humo. Concentra en realidad todos los ingredientes de una nueva escalada bélica, que amenaza con hacer saltar toda una cadena de focos candentes desde el Cáucaso hasta Oriente Medio.
Con el petróleo y el gas del mar Caspio o de los países de Asia Central, algunos de ellos turcóhablantes, están presentes los intereses de Turquía e Irán en esa región, pero, en realidad, es el mundo entero el interesado en el conflicto. Así, uno de los objetivos de Estados Unidos y de los países de Europa del Oeste al apoyar a una Georgia independiente de Moscú es que Rusia deje de poseer el monopolio del transporte hacia el Oeste del petróleo del Caspio, gracias al oleoducto BTC (por Bakú, en Azerbaiyán, Tiflis, capital de Georgia, y Ceyhan en Turquía). Son pues bazas estratégicas considerables las que están en juego en esa región del mundo. Y los grandes bandidos imperialistas pueden usar tanto más fácilmente carne de cañón en el Cáucaso por cuanto esta región es un ovillo multiétnico. Es fácil atizar el fuego bélico del nacionalismo en semejante entreverado territorio.
Por otro lado, el pasado dominador de Rusia sigue siendo un peso enorme y anuncia más tensiones imperialistas y más graves todavía. De ello son muestra la inquietud y la movilización de los Estados bálticos y sobre todo de Ucrania, potencia militar de otro calibre que Georgia, que dispone además de un arsenal nuclear.
O sea, aunque la perspectiva no sea la de una tercera guerra mundial, la dinámica de "cada cual a la suya" expresa la misma locura asesina del capitalismo: este sistema moribundo, podría, en su descomposición, acabar destruyendo la humanidad en medio de un caos atroz.
Ante el desencadenamiento del caos y de la barbarie militar, la alternativa histórica es hoy más que nunca: "socialismo o barbarie", "revolución comunista mundial o destrucción de la humanidad". La paz es imposible bajo el capitalismo; el capitalismo lleva en sí la guerra. Y la única perspectiva de porvenir para la humanidad es la lucha del proletariado por el derrocamiento del capitalismo.
Pero esta perspectiva sólo podrá concretarse si los proletarios se niegan a servir de carne de cañón para los intereses de sus explotadores, y si rechazan firmemente el nacionalismo.
Por todas partes la clase obrera debe hacer vivir en la práctica la vieja consigna del movimiento obrero: "Los proletarios no tienen patria. Proletarios de todos los países, ¡uníos!"
Ante las masacres de las poblaciones y el desencadenamiento de la barbarie guerrera, es evidente que el proletariado no puede quedarse indiferente. Debe expresar su solidaridad con sus hermanos de clase de los países en guerra, empezando por negarse a apoyar a un campo contra el otro. Desarrollando, después, sus luchas de manera solidaria y unida contra sus propios explotadores en todos los países. Es el único medio de luchar de verdad contra el capitalismo, de preparar el terreno para echarlo abajo y construir otra sociedad sin fronteras nacionales y sin guerras.
Esa perspectiva de derrocamiento del capitalismo no es ninguna utopía, pues por todas partes, el capitalismo ha dado la prueba de que es un sistema en quiebra.
Cuando se desmoronó el bloque del Este, el Bush padre y toda la burguesía occidental "democrática" nos prometieron que el "nuevo orden mundial" (instaurado bajo el mando de Estados Unidos) iba a abrir una era de "paz y prosperidad".
Toda la burguesía mundial desencadenó campañas sobre la pretendida" quiebra del comunismo" queriendo hacer creer a los proletarios que el único porvenir posible era el capitalismo a la manera occidental con su economía de mercado.
Hoy resulta cada día más evidente que es el capitalismo como un todo lo que está en quiebra, especialmente su primera potencia mundial que se ha convertido ahora en la locomotora, sí, pero del hundimiento de toda la economía capitalista (ver editorial en nuestra Revista internacional no 133).
Esa quiebra aparece día tras día en la degradación constante de las condiciones de vida de la clase obrera, no sólo en los países "pobres" sino también en los países más "ricos".
Poniendo ya sólo el ejemplo de Estados Unidos: el desempleo está aumentando a toda velocidad, el 6 % de la población está hoy sin empleo. Desde el inicio de la crisis de las hipotecas "basura" (las subprimes), 2 millones de trabajadores han sido expulsados de sus casas porque ya no pueden pagar sus hipotecas inmobiliarias (desde ahora, septiembre, hasta principios de 2009, habrá un millón más de familias que podrían verse en la calle).
Por no hablar de los países más pobres: el aumento de los precios de los alimentos básicos, las capas más desfavorecidas se enfrentan al espanto de la hambruna. Por eso han estallado revueltas del hambre este año en México, Bengladesh, Haití, Egipto, en Filipinas.
Ante la evidencia de los hechos, los portavoces de la burguesía no pueden ya seguir dando rodeos. En las librerías aparecen más y más libros con títulos alarmistas. Y, sobre todo, ya no pueden ocultar su inquietud en sus declaraciones los responsables de instituciones económicas o los analistas financieros:
"Estamos ante uno de los contextos económicos y de política monetaria más difíciles, nunca antes vistos" (Presidente de la Reserva federal de EEUU, o sea el Banco central US, la FED, 22 de agosto);
"Para la economía lo que se está acercando es un tsunami" (Jacques Attali, economista y político francés, en el diario le Monde del 8 de agosto);
"La coyuntura actual es la más difícil desde hace varias décadas" (HSBC, el mayor banco del mundo, citado en el diario francés Libération del 5 de agosto).
Lo que en realidad significó el desmoronamiento de los regímenes estalinistas no fue la quiebra del comunismo, sino, al contrario, su necesidad.
El hundiendo del capitalismo de Estado en la URSS fue, en realidad, la expresión más espectacular de la quiebra histórica del capitalismo mundial. Fue la primera sacudida de un sistema en su callejón sin salida. Hoy, la segunda sacudida zarandea violentamente a la primera potencia "democrática", Estados Unidos.
Estamos asistiendo, con la agravación de la crisis económica y de los conflictos bélicos, a una aceleración de la historia.
Pero esa aceleración se manifiesta también y sobre todo en el terreno de las luchas obreras, por mucho que lo que en ese terreno se desarrolla sea menos espectacular.
Con una visión fotográfica podría uno imaginarse que no pasa nada, que los obreros no se mueven. Las luchas obreras no parecen estar a la altura de la gravedad de lo que se está jugando en el mundo, y el futuro parece muy oscuro.
No hay que fiarse de las apariencias.
En la realidad, como ya hemos subrayado en diferentes ocasiones en nuestra prensa, las luchas del proletariado mundial han entrado en una nueva dinámica desde 2003 ([1]).
Ha habido luchas por todas las partes del mundo, marcadas en particular por la búsqueda de la solidaridad activa y la entrada de las generaciones jóvenes en el combate proletario (como pudo verse, en particular, en la lucha de los estudiantes de Francia contra el CPE en la primavera de 2006).
Esa dinámica muestra que la clase obrera mundial ha vuelto a encontrar el camino de su perspectiva histórica, un camino en el que las huellas quedaron momentáneamente borradas por las campañas sobre la "muerte del comunismo" tras el desmoronamiento de los regímenes estalinistas.
La agravación de la crisis y la degradación de las condiciones de vida de la clase obrera empujarán a los proletarios a desarrollar sus luchas, a buscar la solidaridad, a unificarlas por todas las partes del mundo. El espectro de la inflación que ha vuelto a aparecérsele al capitalismo, con una subida imparable de los precios unida a una baja de los salarios y las pensiones contribuirá a unificar las luchas obreras.
Pero hay sobre todo dos cuestiones que van a ayudar a que el proletariado tome conciencia de la quiebra del sistema y la necesidad del comunismo. La primera es la de la hambruna y la generalización de la penuria alimentaria que muestran de una manera más que palmaria que le capitalismo es un sistema incapaz de alimentar a la humanidad y que hay que pasar a otro modo de producción. La segunda cuestión fundamental es la de la absurdez de la guerra, de la demencia asesina del capitalismo que destruye cada vez más vidas humanas en unas matanzas sin fin.
Cierto es que, en lo inmediato, la guerra lo que da es miedo y las clases dominantes lo hacen todo por paralizar a la clase obrera, inoculándole un sentimiento de impotencia, haciéndole creer que la guerra es una fatalidad contra la cual nada se puede hacer. Pero, al mismo tiempo, la entrada de las grandes potencias en los conflictos bélicos (Irak y Afganistán, en particular) provocan cada vez más descontento.
Ante el naufragio de Estados Unidos en el barrizal iraquí, los sentimientos anteguerra se afianzan cada vez más en la población norteamericana. Ese sentir antibélico se ha podido observar también en la "opinión pública" y los sondeos tras el homenaje que la burguesía francesa ha rendido a los 10 soldados franceses muertos en una emboscada, el 18 de agosto en Afganistán.
Y más allá del descontento entre la población en general, hay hoy también una reflexión que se abre camino en profundidad en la clase obrera. Los signos más claros de esa reflexión es el surgimiento de un nuevo medio político proletario que se ha ido desarrollando en base a la defensa de las posiciones internacionalistas contra la guerra (especialmente en Corea, Filipinas, Turquía, Rusia o Latinoamérica) ([2]).
La guerra no es una fatalidad ante la cual la humanidad sería impotente. El capitalismo no es un sistema eterno. No sólo lleva la guerra en sus entrañas. También lleva las condiciones de su superación, los gérmenes de una nueva sociedad sin fronteras nacionales y, por lo tanto, sin guerras.
Al haber creado una clase obrera mundial, el capitalismo parió a su propio enterrador. Por ser una clase explotada, contrariamente a la burguesía, y no tener intereses antagónicos que defender, es la única fuerza de la sociedad que pueda unificar la humanidad edificando un mundo por la solidaridad y la satisfacción de las necesidades humanas.
Largo es el camino antes de que el proletariado mundial pueda poner sus combates a la altura de los retos que la gravedad de la situación actual está planteando. Pero en el contexto de la aceleración de la crisis económica mundial, la dinámica actual de las luchas obreras, al igual que la entrada de las nuevas generaciones en el combate de clase, muestran que el proletariado va por buen camino.
Lo revolucionarios internacionalistas son hoy una pequeña minoría. Y tienen el deber de construir el debate para superar sus divergencias y hacer oír su voz lo más clara posible por todas partes donde puedan hacerlo. Si son capaces de hacer una intervención clara contra la barbarie guerrera podrán entonces agruparse y contribuir para que el proletariado tome conciencia de la necesidad de lanzarse al asalto de la fortaleza capitalista.
SW (12-09-08)
[1]) Ver al respecto los artículos siguientes: "Por el mundo entero, frente a los ataques del capitalismo en crisis: ¡una misma clase obrera, la misma lucha de clases!" en la Revista internacional no 132 ; "XVIIo Congreso de la CCI: resolución sobre la situación internacional [42]" en la Revista internacional no 130.
[2]) Además de la "Resolución" del XVIIo Congreso de la CCI (ver nota precedente), puede también leerse en la Revista internacional no 130, el artículo, relativo a ese mismo congreso, "XVIIo Congreso de la CCI: un reforzamiento internacional del campo proletario" [43].
Cuando estalla la Primera Guerra mundial se reunieron un puñado de socialistas en Berlín, la noche del 4 de agosto de 1914, para entablar el combate internacionalista: eran siete en el domicilio de Rosa Luxemburg. De esa reunión, cuya evocación nos recuerda que una de las cualidades más importantes de los revolucionarios es saber ir contracorriente, no debe concluirse que el partido proletario habría desempeñado un papel secundario en los acontecimientos que sacudieron el mundo en aquella época. Es todo lo contrario, como hemos querido demostrarlo en los dos artículos precedentes de esta serie con la que conmemoramos el 90º aniversario de las luchas revolucionarias en Alemania. En el primer artículo defendíamos la tesis de que la crisis de la Socialdemocracia, especialmente la del SPD de Alemania - partido líder de la IIª Internacional - fue uno de los factores más importantes que permitió que el imperialismo alistara al proletariado en la guerra. En el segundo artículo, mostrábamos lo crucial que fue la intervención de los revolucionarios para que la clase obrera volviera a encontrar, en plena guerra, sus principios internacionalistas y lograra poner fin a la carnicería imperialista por medios revolucionarios (la revolución de noviembre de 1918). Y así pusieron los revolucionarios las bases para la fundación de un nuevo partido y de una nueva Internacional.
Subrayábamos que durante esas dos fases, la capacidad de los revolucionarios para comprender cuáles eran las prioridades del momento era la condición previa para poder desempeñar ese papel activo y positivo. Tras el desplome de la Internacional frente a la guerra, la tarea del momento era comprender las razones de ese desastre y sacar sus lecciones. En la lucha contra la guerra, la responsabilidad de los verdaderos socialistas era, ante todo, la de izar los estandartes del internacionalismo, alumbrar el camino hacia la revolución.
El levantamiento de los obreros del 9 de noviembre de 1918 precipita el fin de la guerra mundial a partir de la mañana del día siguiente. Cae la corona del Emperador alemán y, con ella, cantidad de pequeños "tronos" alemanes, a la vez que se iniciaba una nueva fase de la revolución. Aunque el levantamiento de noviembre fue realizado por los obreros, Rosa Luxemburg lo llamó la Revolución de los soldados, porque lo que predominaba era una profunda aspiración a la paz. Un deseo que les soldados, tras cuatro largos años en las trincheras, albergaban más que nadie. Fue lo que dio a aquella jornada inolvidable su color particular, su gloria, pero, también, lo que alimentó las ilusiones. Como a algunos sectores de la burguesía también les alivió el fin tan esperado de la guerra, el estado de ánimo del momento era de confraternización general. Incluso los dos protagonistas principales de la lucha social, la burguesía y el proletariado, se vieron arrastrados por los ilusiones del 9 de noviembre. La ilusión de la burguesía era que podría todavía utilizar a los soldados contra los obreros. Esta ilusión se desvaneció en unos cuantos días. Los soldados querían regresar a sus casas y no luchar contra los obreros. La ilusión del proletariado, era que los soldados estaban ya de su lado y que querían la revolución. Durante las primeras sesiones de los consejos obreros y de soldados elegidos en Berlín el 10 de noviembre, los delegados de los soldados estuvieron a punto de linchar a los revolucionarios que defendían la necesidad de proseguir la lucha de la clase y denunciaban al gobierno socialdemócrata como enemigo del pueblo.
En general, esos consejos de obreros y de soldados se caracterizaron por cierta inercia, una inercia que, curiosamente, marca el principio de las grandes insurrecciones sociales. En gran parte, los soldados eligieron a sus oficiales como delegados, y los obreros nombraron a los candidatos socialdemócratas por los que habían votado antes de la guerra. O sea, que los consejos no tenían otra cosa mejor que hacer que nombrar un gobierno dirigido por los belicistas del SPD y decidir ya su propio suicidio al pedir que se celebraran elecciones generales en un sistema parlamentario.
A pesar de lo totalmente inadaptado de esas primeras medidas, los consejos obreros eran el corazón de la revolución de noviembre. Como lo subrayó Rosa Luxemburg fue el propio surgimiento de esos órganos lo que expresó y encarnó el carácter fundamentalmente proletario de la insurrección. Pero, ahora, una nueva fase de la revolución se abría, y en ella, la cuestión ya no era la de los consejos, sino la del partido de clase. La fase de las ilusiones llegaba a su fin, llegaba el momento de la verdad, se acercaba el estallido de la guerra civil. Los consejos obreros, por su función y estructura mismas por ser órganos de las masas, son capaces de renovarse y revolucionarse de un día para otro. Ahora la pregunta clave es: la visión proletaria, revolucionaria ¿acabará imponiéndose en el seno de los consejos obreros, en la clase obrera?
Para ganar, la revolución proletaria necesita una vanguardia política centralizada y unida en la que tiene puesta su confianza la clase obrera en su conjunto. Esa era la lección más importante de la revolución de Octubre en Rusia del año anterior. Como lo había desarrollado Rosa Luxemburg en 1906 en su folleto sobre la huelga de masas, la tarea del partido no es organizar a las masas sino darles una dirección política y una confianza real en sus propias capacidades.
A finales de 1918, en Alemania, sin embargo, no existía un partido de esas características. Los socialistas que se habían opuesto a la política belicista del SPD, se encontraban sobre todo en el USPD, la antigua oposición que había sido excluida del SPD. El USPD era un agrupamiento heteróclito de decenas de miles de miembros, desde pacifistas y gente que querían reconciliarse con los belicistas, hasta verdaderos internacionalistas revolucionarios. La organización principal de éstos, Spartakusbund (la Liga Espartaco), era una fracción independiente en el seno del USPD. Otros grupos internacionalistas más pequeños, como los Comunistas internacionales de Alemania, los IKD (que venían de la oposición de izquierda de Bremen), estaban organizados fuera del USPD. Spartakusbund era muy conocida y respetada entre los obreros. Pero los dirigentes reconocidos de los movimientos de huelga contra la guerra no pertenecían a esos grupos políticos, sino a la estructura informal de los delegados de fábrica, los revolutionäre Obleute. En diciembre de 1918, la situación se vuelve dramática. Ya ha habido unas primeras escaramuzas hacia la guerra civil abierta. Pero los diferentes componentes del virtual partido de clase revolucionario -Espartaco, otros elementos de izquierda del USPD, los IKD, los Obleute seguían siendo entidades separadas y muy vacilantes.
Bajo la presión de los acontecimientos, la cuestión de la fundación del partido empezó a plantearse más concretamente. Al final acabó siendo tratada a toda prisa.
El Primer congreso nacional de Consejos de obreros y de soldados se reúne en Berlín el 16 de diciembre. 250 000 obreros radicales se manifiestan en el exterior para ejercer presión sobre los 489 delegados (entre los cuales solo había 10 representantes de Espartaco y 10 de los IKD); A Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht no se les permitió intervenir en la reunión, so pretexto de que no tenían mandato. Cuando el Congreso se concluye con la propuesta de entregar el poder en manos de un futuro sistema parlamentario, queda claro que los revolucionarios, ante semejante conclusión, tenían que dar una respuesta unida.
El 14 de diciembre de 1918, la Liga Espartaco publica una declaración programática de principios: ¿Qué quiere Espartaco? El 17 de diciembre, los IKD celebran una Conferencia nacional en Berlín que llama a la dictadura del proletariado y a la formación del partido mediante un proceso de agrupamiento. La Conferencia no logra alcanzar un acuerdo sobre si participar o no en las futuras elecciones a una Asamblea parlamentaria nacional.
Más o menos al mismo tiempo, dirigentes de izquierda del USPD, como Georg Ledebour, y delegados de fábrica como Richard Müller empiezan a plantearse la necesidad de un partido unido de los obreros.
Por las mismas fechas, se reúnen en Berlín los delegados del movimiento internacional de la juventud, y organizan una secretaría. El 18 de diciembre se celebra una Conferencia Internacional de la juventud, seguida de un mitin de masas en el barrio Neukölln de Berlín en el que intervienen Karl Liebknecht y Willi Münzenberg.
Fue en ese contexto cuando, el 29 de diciembre en Berlín, una reunión de delegados de Spartakusbund decide romper con el USPD y formar un partido separado. Tres delegados votaron contra esa decisión. La reunión convocó también una conferencia de Espartaco y de los IKD para el día siguiente, en la que participaron 127 delegados de 56 ciudades y secciones. La Conferencia pudo celebrarse en parte gracias a la mediación de Karl Radek, delegado de los bolcheviques. Muchos delegados no habían comprendido, antes de su llegada, que se les había convocado para formar un nuevo partido ([1]). No se invitó a los delegados de fábrica pues se tenía la impresión de que era todavía prematuro asociarlos a unas posiciones revolucionarias muy resueltas que defendía una mayoría de miembros y simpatizantes, a menudo muy jóvenes, de Espartaco y de los IKD. Lo que sí se esperaba, en cambio, es que los delegados de fábrica se unieran al partido una vez éste constituido ([2]).
Lo que iba a ser el Congreso de fundación del Partido comunista de Alemania (KPD) reunió a dirigentes de Bremen (incluido Karl Radek, aunque en esa reunión representara a los bolcheviques) que pensaban que la fundación del partido se había retrasado demasiado, y de Spartakusbund como Rosa Luxemburg y, sobre todo, Leo Jogisches, cuya mayor preocupación era que esa etapa era quizás prematura. Paradójicamente, ambas partes tenían buenos argumentos para justificar sus posiciones.
El Partido comunista de Rusia (bolchevique) mandó a seis delegados a la Conferencia; a dos de ellos la policía les impidió participar en ella ([3]).
Dos de las discusiones principales de lo que iba a acabar siendo el Congreso de fundación del KPD trataron sobre la cuestión de las elecciones parlamentarias y los sindicatos. Esas cuestiones ya habían sido importantes en los debates de antes de 1914, pero habían quedado postergadas durante la guerra. Y ahora volvían a ser centrales. Karl Liebknecht planteó de inmediato la cuestión parlamentaria en su ponencia de apertura sobre "La crisis del USPD". El primer Congreso nacional de Consejos obreros en Berlín ya había planteado la pregunta, que acabaría desembocando inevitablemente en una escisión del USPD: ¿Asamblea nacional o República de Consejos? Era responsabilidad de todos los revolucionarios denunciar las elecciones burguesas y el sistema parlamentario como contrarrevolucionarios, como fin y muerte de los consejos obreros. Pero la dirección del USPD se negó a oír los llamamientos de Spartakusbund y los Obleute para que se debatiera esa cuestión y se decidiera en un congreso extraordinario.
En su intervención en nombre de la delegación del Partido ruso, Karl Radek explicó que eran los acontecimientos históricos los que decidían no sólo si era necesario un congreso de fundación sino también su orden del día. Con el fin de la guerra, la lógica de la revolución en Alemania iba a ser necesariamente diferente a la de Rusia. La cuestión central ya no era la paz, sino el abastecimiento de alimentos, los precios y el desempleo.
Al poner la cuestión de la Asamblea nacional y de las "luchas económicas" al orden del día de los dos primeros días del Congreso, la dirección de Spartakusbund esperaba que se tomara una posición clara sobre los consejos obreros contra el sistema burgués parlamentario y contra la forma, superada ya, de la lucha sindical, como sólida base programática del nuevo partido. Pero los debates fueron más lejos. La mayoría de delegados se declaró contra todo tipo de participación en las elecciones burguesas, incluso como medio de agitación contra ellas, y contra el trabajo en los sindicatos. En esto, el Congreso fue uno de los momentos más importantes de la historia del movimiento obrero. Permitió formular, por primera vez en nombre de un partido revolucionario de clase, unas posiciones radicales correspondientes a la nueva época del capitalismo decadente. Esas ideas influirían fuertemente en el Manifiesto de la Internacional comunista, redactado unos meses más tarde por Trotski. Y habrían de ser las posiciones de base de la Izquierda comunista hasta nuestros días.
Las intervenciones de los delegados que defendían esas posiciones estaban marcadas, bastantes de ellas, por la impaciencia y cierta falta de argumentos; fueron criticadas por los militantes experimentados, incluida Rosa Luxemburg que no compartía las conclusiones más radicales. Pero las actas de la reunión ilustran de sobra que esas nuevas posiciones no eran cosa de unos individuos y sus debilidades, sino el resultado de un movimiento social profundo que implicaba a cientos de miles de obreros conscientes ([4]). Gelwitzki, delegado de Berlín, animó al Congreso a que, en lugar de participar en las elecciones, fueran a los cuarteles a convencer a los soldados de que "el gobierno del proletariado mundial" es la asamblea de los consejos, y, en cambio, la Asamblea nacional es el gobierno de la contrarrevolución. Eugen Leviné, delegado del Neukölln (Berlín), insiste en que la participación de los comunistas en las elecciones no haría más que reforzar las ilusiones de las masas ([5]). En el debate sobre las luchas económicas, Paul Frölich, delegado de Hamburgo, defendió que la antigua forma sindical de lucha estaba ya superada pues se basaba en una separación entre las dimensiones económica y política de la lucha de la clase obrera ([6]). Hammer, delegado de Essen, refirió que los mineros del Ruhr tiraban sus carnés sindicales. Y Rosa Luxemburg, que, por su parte, siempre había estado a favor de trabajar en los sindicatos por razones tácticas, declaró que la lucha del proletariado por su liberación implicaba luchar por la liquidación de los sindicatos.
Los debates programáticos del Congreso de fundación tuvieron una gran importancia histórica, más que nada por su proyección hacia el futuro.
Pero en el momento mismo en que se fundó el Partido, Rosa Luxemburg tenía profunda razón cuando decía que la cuestión de las elecciones parlamentarias o la de los sindicatos tenían una importancia secundaria. Por un lado, el problema del papel de esas instituciones en una época que se había convertido en la del imperialismo, de la guerra y de la revolución, era todavía demasiado nuevo para el movimiento obrero. Tanto el debate sobre el tema como la experiencia práctica eran todavía demasiado insuficientes para su plena clarificación. Por el momento, estar de acuerdo en que los órganos unitarios de masas de la clase obrera, los consejos obreros y no el parlamento o los sindicatos, eran los medios de la lucha obrera y de la dictadura del proletariado, era suficiente.
Por otro lado, esos debates tendían a que el Congreso se desviara de su tarea principal, o sea la de identificar las etapas siguientes de la clase en su camino hacia el poder. Por desgracia, el Congreso no logró esclarecer esto último. La discusión clave de esa cuestión la introdujo Rosa Luxemburg en una ponencia sobre "Nuestro programa" en la tarde del segundo día del Congreso (31 de diciembre de 1918). Rosa explora en esa presentación la naturaleza de lo que ella había nombrado "segunda fase de la revolución". La primera, decía, había sido política de entrada, pues estaba dirigida contra la guerra. Durante la revolución de noviembre, el problema de las reivindicaciones económicas específicas de los obreros se había dejado de lado. Esto explicaba a su vez el nivel relativamente bajo de conciencia de clase, un nivel que se había plasmado en el deseo de reconciliación y "reunificación" del "campo socialista". Para Rosa Luxemburg, la característica principal de la segunda fase de la revolución debía ser el retorno de las reivindicaciones económicas al primer plano.
No por eso se olvidaba ella de que la conquista del poder es ante todo un acto político. Pero ponía de relieve otra diferencia entre el proceso revolucionario en Rusia y en Alemania. En 1917, el proletariado ruso tomó el poder si haber desplegado demasiado el arma de la huelga. Pero, subrayaba Rosa Luxemburg, eso fue así porque la revolución rusa no empezó en 1917 sino en 1905. En otras palabras, el proletariado ruso ya había vivido la experiencia de la huelga de masas antes de 1917.
En el Congreso, no repitió las ideas principales desarrolladas por la izquierda de la socialdemocracia sobre la huelga de masas después de 1905. Suponía, con razón, que los delegados las recordaban perfectamente. Recordémoslas nosotros brevemente: la huelga de masas es la condición previa indispensable a la toma del poder, precisamente porque anula la separación entre lucha económica y lucha política. Y, mientras que los sindicatos, incluso en los momentos más intensos como instrumentos de los obreros, sólo organizaban a minorías de la clase, la huelga de masas, en cambio, moviliza a "la masa compacta de los ilotas" del proletariado, las masas no organizadas, desprovistas de educación política. La lucha obrera no combate únicamente la miseria material. Es una insurrección contra la propia división del trabajo realizada por sus víctimas principales, los esclavos asalariados. El secreto de la huelga de masas es, sencillamente, el combate de los proletarios para convertirse en seres humanos plenamente. Last but not least, la huelga de masas es llevada a cabo por unos consejos obreros revitalizados, que dan a la clase los medios para centralizar su lucha por el poder.
Por eso Rosa Luxemburg, en su discurso ante el Congreso, insistió en que la insurrección armada era el último y non el primer acto de la lucha por el poder. La tarea del momento, decía ella, no es derribar al gobierno, sino minarlo. La diferencia principal con la revolución burguesa, defendía, es el carácter masivo de la proletaria, la fuerza que viene "de abajo" ([7]).
Pero eso fue precisamente lo que el Congreso no comprendió. Para muchos delegados, la siguiente fase de la revolución no se caracterizaba por movimientos de huelga de masas, sino por la lucha inmediata por el poder. Otto Rühle ([8]) expresó muy claramente esa confusión al declarar que era posible tomar el poder en dos semanas. Pero no era el único; el propio Karl Liebknecht, aún admitiendo la posibilidad de un curso más largo de la revolución, no quería excluir la posibilidad de "una victoria muy rápida" en "las semanas próximas" ([9]).
Tenemos todos los elementos para creer lo que refirieron los testigos presentes según los cuales a Rosa Luxemburg, especialmente, la dejaron sorprendida y alarmada los resultados del Congreso. A Leo Jogisches le pasó lo mismo, y se dice que su primera reacción fue aconsejar a Luxemburg y Liebknecht que dejaran Berlín y fueran a hacerse olvidar durante algún tiempo ([10]). Temía que el partido y el proletariado no estuvieran yendo de cabeza a la catástrofe.
Lo que más alarmaba a Rosa Luxemburg, no era, ni mucho menos, las posiciones programáticas adoptadas, sino la ceguera de la mayoría de los delegados ante el peligro que representaba la contrarrevolución y la inmadurez general con la que se habían realizado los debates. En muchas intervenciones se tomaban los deseos por la realidad, dando la impresión de que una mayoría de la clase ya estaba detrás del nuevo partido. La ponencia de Rosa Luxemburg fue saludada con gran júbilo y se adoptó inmediatamente una moción presentada por dieciséis delegados; ella pidió que se publicara su ponencia lo antes posible como "folleto de agitación". Pero el Congreso no la discutió seriamente. Prácticamente ninguna intervención retomó la idea principal de la ponencia de Rosa: la conquista del poder no estaba todavía al orden del día. Una excepción digna de mención fue la contribución de Ernst Meyer quien habló de su reciente visita a las provincias al este del Elba. Refirió que amplios sectores de la pequeña burguesía hablaban de la necesidad de dar una lección a Berlín. Y proseguía:
"Y me chocó más todavía que ni siquiera los obreros de las ciudades habían comprendido las necesidades de la situación. Por eso debemos desarrollar, con toda nuestra capacidad, nuestra agitación no solo en el campo sino también en las ciudades pequeñas y medianas."
Meyer contestó también a la idea de Paul Frölich de animar a la creación de repúblicas locales de consejos:
"Es perfectamente típico de la contrarrevolución el propagar la idea de la posibilidad de repúblicas independientes, lo cual no es sino la expresión del deseo de dividir a Alemania en zonas de diferenciación social, de alejar a las zonas atrasadas de la influencia de las regiones socialmente progresistas" ([11]).
La intervención de Fränkel, delegado de Königsberg, fue especialmente significativa: propuso que la ponencia no fuera discutida en absoluto: "Creo que una discusión sobre el magnífico discurso de la camarada Luxemburg no haría sino debilitarlo", declaró ([12]).
A esa intervención le siguió la de Bäumer, el cual afirmó que la posición proletaria contra cualquier participación en las elecciones era tan evidente que él incluso "lamentaba amargamente" que se hubiera discutido el tema ([13]).
Le incumbió a Rosa Luxemburg concluir la discusión. En fin de cuentas no hubo conclusión. El presidente anunció: "la camarada Luxemburg, lamentablemente, no podrá hacer la conclusión, no se encuentra bien" ([14]).
Lo que más tarde Karl Radek describiría como la "inmadurez juvenil" del Congreso fundador ([15]) se caracterizaba por la impaciencia y la ingenuidad, pero también por una falta de cultura de debate. Rosa Luxemburg había mencionado ese problema el día anterior: "Tengo la impresión de que os tomáis vuestro radicalismo demasiado a la ligera. El llamamiento a "votar rápidamente" lo demuestra. No es la madurez ni la seriedad, lo que predomina en esta sala... Estamos llamados a cumplir las mayores tareas de la historia universal, y nunca seremos lo suficientemente maduros, lo suficientemente profundos cuando uno piensa en las etapas que nos esperan para alcanzar nuestras metas sin riesgos. Unas decisiones de tal importancia no deben tomarse a la ligera. Lo que aquí falta es una actitud reflexiva, una seriedad que en absoluto excluye el ímpetu revolucionario, sino que ambos deben ir emparejados" ([16]).
Los revolutionäre Obleute de Berlín mandaron una delegación al Congreso para negociar la posibilidad de adherirse al Partido. Una particularidad de esas negociaciones era que la mayoría de los siete delegados se consideraba representante de las fábricas en las que trabajaban y votaba sobre cuestiones específicas sobre la base de una especie de sistema proporcional, únicamente tras haber consultado a "su" fuerza de trabajo que parecía haberse reunido para ello. Liebknecht que llevaba las negociaciones en nombre de la Liga Espartaco, refirió al Congreso que, por ejemplo, sobre la cuestión de participar en las elecciones para la Asamblea nacional, había 26 votos a favor y 16 en contra. Liebknecht añadía: "pero en la minoría hay representantes de fábricas muy importantes en Spandau que tienen 60 000 obreros tras ellos." Däumig y Ledebour que representaban a la izquierda del USPD, y no a los Obleute, no participaron en la votación.
Otro litigio fue la demanda de los Obleute de una paridad en las comisiones para el programa y la organización nombradas por el Congreso. Esa demanda fue rechazada por el hecho de que si bien los delegados representaban a una gran parte de la clase obrera berlinesa, el KPD representaba a la clase en todo el país.
Pero la discrepancia principal que parece haber envenenado la atmósfera de unas negociaciones que habían empezado con ánimo muy constructivo, concernía la estrategia y la táctica en el período venidero, o sea la cuestión que debería haber sido central en las deliberaciones del Congreso. Richard Müller pidió que Spartakusbund abandonara lo que él llamaba su táctica golpista. Parece ahí referirse en particular a la táctica de las manifestaciones armadas cotidianas en Berlín, organizadas por Spartakusbund, en un momento en que, según Müller, la burguesía buscaba provocar un enfrentamiento prematuro con la vanguardia política en la capital. A lo que Liebknecht contestó: "diríase un portavoz del Vorwärts" ([17]) (diario contrarrevolucionario del SPD).
Según el relato que de esas negociaciones hizo Liebknecht ante el Congreso, fue entonces cuando parece haberse producido el giro negativo de aquéllas. Los Obleute que hasta entonces parecían estar satisfechos con cinco representantes en las comisiones mencionadas, empezaron a exigir 8, y así. Los delegados de fábrica amenazaron incluso con formar su propio partido.
El Congreso prosiguió adoptando una resolución de censura a "los elementos pseudoradicales del USPD en quiebra" por el fracaso de las negociaciones. Con diferentes "pretextos", esos elementos intentaban "capitalizar la influencia que tenían sobre los obreros revolucionarios" ([18]).
El artículo sobre el Congreso, aparecido en el Rote Fahne el 3 de enero de 1919 y escrito por Rosa Luxemburg, expresaba un estado de ánimo diferente. El artículo habla de inicio de negociaciones hacia la unificación con los Obleute y los delegados de las grandes fábricas de Berlín, comienzo de un proceso que: "con toda evidencia llevará irresistiblemente a un proceso de unificación de todos los elementos verdaderamente proletarios y revolucionarios en un marco organizativo único. El que los Obleute revolucionarios del gran Berlín, representantes morales de la vanguardia del proletariado berlinés, se aliarán con Spartakusbund es algo de lo que han dado prueba ambas partes por su cooperación en todas las acciones revolucionarias de la clase obrera en Berlín hasta hoy" ([19]).
¿Cómo explicar esas debilidades en el nacimiento del KPD?
Tras la derrota de la revolución en Alemania, se dieron toda una serie de explicaciones tanto en el KPD como en la Internacional comunista, que insistían en las debilidades específicas del movimiento en Alemania, sobre todo al compararlo con el de Rusia. A Spartakusbund se le acusaba de defender una teoría "espontaneista" y pretendidamente luxemburguista de la formación del partido. Ahí se encontraba el origen de todo, desde las pretendidas vacilaciones de los espartaquistas para romper con los belicistas del SPD hasta la pretendida indulgencia de Rosa Luxemburg hacia los jóvenes "radicales" del partido.
Esa supuesta "teoría espontaneísta" sobre el partido de parte de Rosa Luxemburg suele remontarse al folleto que ella escribió sobre la revolución de 1905 en Rusia - Huelga de masas, partido y sindicatos -, en la que habría presentado y llamado a la intervención de las masas contra el oportunismo y el reformismo de la Socialdemocracia, como una alternativa a la lucha política y organizativa en el partido mismo. En realidad, la tesis fundamental del movimiento marxista que considera que la progresión del partido de clase depende de una serie de factores "objetivos" y "subjetivos" de los cuales uno de los más importantes es la evolución de la lucha de la clase, es muy anterior a Rosa Luxemburg ([20]).
Además, Rosa Luxemburg propuso una lucha muy concreta en el seno del partido. La lucha para restablecer el control político del partido sobre los sindicatos socialdemócratas. Era una opinión común, entre los sindicalistas especialmente, que la forma organizativa del partido político estaba más predispuesta a capitular ante la lógica del capitalismo que los sindicatos que organizaban directamente a los obreros en lucha. Rosa Luxemburg había comprendido que lo cierto era lo contrario, pues los sindicatos reflejan la división del trabajo reinante, base principal de la sociedad de clases. Había comprendido que los sindicatos y no el SPD, eran los portadores principales de la ideología oportunista y reformista en la socialdemocracia de antes de la guerra y que, so pretexto de la consigna a favor de su "autonomía", los sindicatos, en realidad, estaban ocupando el lugar del partido político de los obreros. Es cierto que la estrategia propuesta por Rosa Luxemburg apareció insuficiente. Pero eso no significa que sea una teoría "espontaneista" o, incluso, anarcosindicalista como se ha llegado a pretender. Y la orientación de Espartaco durante la guerra de formar una oposición en el SPD primero y en USPD después, tampoco era la expresión de una subestimación del partido, sino, al contrario, de la determinación sin fisuras de luchar por el partido, de impedir que sus mejores elementos cayeran en manos de la burguesía.
En una intervención durante el IVo Congreso del KPD, en abril de 1920, Clara Zetkin dijo que en la última carta que recibió de Rosa Luxemburg, ésta le escribió que el Congreso no había tenido razón al no haber hecho de la aceptación de participar en las elecciones una condición de pertenencia al nuevo partido. No hay razón alguna para dudar de la sinceridad de Clara Zetkin en esa declaración. La capacidad de leer lo que los demás escriben, y no lo que uno desearía ver escrito es, sin duda, más escasa de lo que suele creerse. La carta de Luxemburg a Zetkin, fechada el 11 de enero de 1919, sería publicada más tarde. Esto es lo que Rosa Luxemburg escribió: "Pero, sobre todo, por lo que se refiere al tema de la no participación en las elecciones: tú le das demasiada importancia a esa decisión. Ningún "pro Rühle" estaba presente, Rühle no era un líder en la Conferencia. Nuestra "derrota" no fue más que el triunfo de un radicalismo indefectible un tanto inmaduro y pueril... Todos nosotros decidimos unánimemente no hacer de esa cuestión un asunto de más importancia, de no tomárnoslo en plan trágico. En realidad, la cuestión de la Asamblea nacional acabará directamente relegada a un segundo plano por la evolución tumultuosa y si las cosas siguen como ahora, parece muy dudoso que haya algún día elecciones a la Asamblea nacional" ([21]).
El hecho de que fueran los delegados que mostraban más impaciencia e inmadurez los que solían defender las posiciones radicales, dio la impresión de que esa inmadurez era el producto del rechazo a participar en las elecciones burguesas o en los sindicatos. Esa impresión tendría consecuencias trágicas un año más tarde cuando la dirección del KPD, en la Conferencia de Heidelberg, excluyó a la mayoría a causa de su posición sobre las elecciones y sobre los sindicatos ([22]). No era ésa la comprensión de Rosa Luxemburg. Ella sabía que no había otra alternativa a la necesidad de que los revolucionarios transmitieran su experiencia a la generación siguiente y que no se puede fundar un partido de clase sin la nueva generación.
Tras haber sido excluidos del KPD los radicales, tras haber sido excluido después el KAPD de la Internacional comunista, se empezó a teorizar la idea de que el papel de los "radicales" en el seno de la juventud del partido era la expresión del peso de elementos "desarraigados" y "desclasados". Sin duda será cierto que entre los partidarios de Spartakusbund durante la guerra y, sobre todo, en el seno de los grupos de los "soldados rojos", de los desertores, de los inválidos, etc., hubiera corrientes que no soñaban sino con destrucciones y "terror revolucionario total". Algunos de esos elementos eran muy dudosos y los Obleute tenían razón en desconfiar de ellos. Otros eran unos cabezas locas o, sencillamente, jóvenes obreros que se había politizado con la guerra y no conocían otra forma de expresión que la de pelearse con fusiles y cuya aspiración era lanzarse a una especie de "guerrillas" como la que pronto iba a dirigir Max Hoelz ([23]).
Esa interpretación fue retomada en los años 1970 por autores como Fähnders y Rector, en su obra Linksradikalismus und Literatur ([24]). Éstos intentaron ilustrar su tesis sobre el vínculo entre el comunismo de izquierda y la "lumpenización" con el ejemplo de biografías de artistas radicales que, como el joven Máximo Gorki o Jack London, habían rechazado la sociedad existente situándose fuera de ella. A propósito de uno de los miembros más influyentes del KAPD, aquéllos escriben: "Adam Scharrer era uno de los representantes más radicales de la revuelta internacional... lo que lo llevó a la posición extrema y rígida de la Izquierda comunista" ([25]).
En realidad, muchos jóvenes militantes del KPD y de la Izquierda comunista se habían politizado en el movimiento de las juventudes socialistas antes de 1914. Políticamente, no eran, ni mucho menos, los productos ni del "desarraigo" ni de la "lumpenización" causadas por la guerra. Lo que sí es verdad es que su politización giraba en torno al tema de la guerra. Contrariamente a la vieja generación de obreros socialistas que había vivido décadas de rutina política en una época de relativa estabilidad del capitalismo, la juventud socialista se había movilizado de entrada en contra del espectro de la guerra que se anunciaba, desarrollando una fuerte tradición "antimilitarista" ([26]). Y aún cuando la Izquierda marxista quedó reducida a una minoría aislada en la Socialdemocracia, su influencia, en cambio, en el seno de las organizaciones radicales de la juventud era mucho mayor ([27]).
La acusación, por otro lado, según la cual los "radicales" habrían sido unos vagabundos en su juventud, no tiene en cuenta que esos años de "vagabundeo" fueron, en aquella época, algo bastante normal en la vida de los proletarios. Era, en parte, un vestigio de la vieja tradición del tiempo de aprendizaje del maestro artesano que caracterizó a las primeras organizaciones políticas en Alemania coma la Liga de los comunistas, una tradición que era ante todo el fruto de la lucha de los obreros para que se prohibiera el trabajo de los niños en las fábricas. Muchos jóvenes obreros se marchaban a "ver mundo" antes de someterse al yugo del trabajo asalariado. Se iban andando a explorar los países de lengua alemana, o a Italia, los Balcanes e incluso Oriente Medio. Los que estaban relacionados con el movimiento obrero encontraban alojamiento barato o gratuito en las Casas sindicales de las grandes ciudades, establecían contactos sociales y políticos, apoyaban las organizaciones juveniles locales. Y fue así como, en el mundo obrero, se fueron desarrollando centros internacionales de intercambio sobre cuestiones políticas, culturales, artísticas, científicas ([28]). Otros se embarcaron, aprendieron idiomas y establecieron vínculos socialistas por todo el planeta. ¡No hace falta preguntarse por qué una juventud así se convirtió en la vanguardia del internacionalismo proletario a través de toda Europa! ([29]).
La contrarrevolución acusó a los Obleute de ser agentes pagados por gobiernos extranjeros, por la Entente, y después por el "bolchevismo mundial". Son, en general, conocidos en la historia como una especie de corriente sindicalista de base, localista, centrada en la fábrica, antipartido. En los círculos obreristas se les solía admirar como una especie de conspiradores revolucionarios cuya finalidad era sabotear la guerra imperialista. Es así como se explica la manera con la que "infiltraron" sectores y factorías clave de la industria armamentística alemana.
Examinemos los hechos. Al principio, los Obleute, era un pequeño círculo de funcionarios del partido y de militantes socialdemócratas que se granjearon la confianza de sus colegas por su oposición sin concesiones a la guerra. Estaban fuertemente arraigados en la capital, Berlín, y en la industria metalúrgica, sobre todo entre los torneros. Pertenecían a los obreros educados, los más capaces, con los salarios más altos. Pero eran conocidos por su comportamiento de apoyo y solidaridad hacia los demás, hacia los sectores más frágiles de la clase obrera como las mujeres movilizadas para sustituir a los hombres enviados al frente. Durante la guerra, hubo toda una red de obreros politizados que creció en torno a ellos. No eran, ni mucho menos, una corriente antipartido, sino que en su práctica totalidad eran antiguos socialdemócratas, ahora miembros o simpatizantes del ala izquierda del USPD, incluido Spartakusbund. Participaron apasionadamente en todos los debates políticos que se produjeron en la clandestinidad durante la guerra.
En gran parte, la forma particular que tuvo esa politización se debió a las condiciones del trabajo clandestino, que hacían que las asambleas de masas clandestinas fueran muy escasas y las discusiones abiertas imposibles. En las fábricas, los obreros protegían de la represión a sus dirigentes, a menudo con un éxito notable. El tupido sistema de espionaje de los sindicatos y del SPD solía fracasar cuando querían dar con los nombres de los "cabecillas". En caso de arresto, cada delegado había nombrado un sustituto que cubría inmediatamente su ausencia.
El "secreto" de su capacidad para "infiltrar" los sectores clave de la industria era, pues, muy sencillo. Formaban parte de los "mejores" obreros, de modo que los capitalistas se los disputaban. De este modo, los propios patronos, sin saberlo, pusieron a esos internacionalistas revolucionarios en puestos neurálgicos de la economía de guerra.
El que las tres fuerzas antes mencionadas desempeñaran un papel crucial en la formación del partido de clase no es algo específico de la situación alemana. Una de las características del bolchevismo durante la revolución en Rusia fue cómo unificó esas mismas tres fuerzas que existían en el seno de la clase obrera: el partido de antes de la guerra que representaba el programa y la experiencia organizativa; los obreros avanzados, con conciencia de clase, de las fábricas y demás lugares de trabajo, que arraigaban al partido en la clase y tuvieron un papel decisivo en la resolución de diferentes crisis en la organización; y la juventud revolucionaria politizada por la lucha contra la guerra.
Lo que llama, comparativamente, la atención en Alemania es la ausencia de la misma unidad y de la misma confianza mutua entre esos componentes esenciales. Es eso y no una no se sabe qué calidad inferior de esos elementos mismos, lo que era crucial. Los bolcheviques poseían los medios para esclarecer las confusiones de unos y otros a la vez que mantenían y reforzaban su unidad. Y no era lo mismo en Alemania.
A la vanguardia revolucionaria en Alemania le faltaba unidad y confianza en su misión.
Una de las explicaciones principales es que la revolución alemana se enfrentaba a un enemigo mucho más poderoso. La burguesía alemana era sin lugar a dudas mucho más despiadada, si cabe, que la burguesía rusa. Además la fase inaugurada por la Guerra mundial le había aportado armas nuevas y poderosas. En efecto, antes de 1914, Alemania era el país con las mayores organizaciones obreras de todo el movimiento obrero mundial. Y cuando en el nuevo período, los sindicatos y los partidos socialdemócratas de masas dejaron de servir la causa del proletariado, esos instrumentos se transformaron en obstáculos ingentes. Aquí nos topamos con la dialéctica de la historia. Lo que había sido una fuerza de la clase obrera alemana en una época se convertía ahora en una desventaja.
Se necesita valor para encararse a una fortaleza semejante. Es grande la tentación de ignorar la fuerza enemiga para darse seguridad. Pero el problema no era únicamente la fuerza de la burguesía alemana. Cuando el proletariado ruso acabó con el Estado burgués en 1917, el capitalismo mundial estaba todavía dividido por la guerra imperialista. Es algo bien conocido que los militares alemanes ayudaron de hecho a Lenin y otros dirigentes bolcheviques a volver a Rusia, pues esperaban que eso debilitara la resistencia militar de su adversario en el frente del Este
Pero, ahora, la guerra había terminado y la burguesía mundial se unía contra el proletariado. Uno de los momentos fuertes del Congreso del KPD fue la adopción de una resolución que identificaba y denunciaba la colaboración del ejército británico y el ejército alemán con los propietarios de tierras de los Estados bálticos para poder entrenar en sus posesiones a unidades paramilitares contrarrevolucionarias dirigidas contra "la revolución rusa hoy" y "la revolución alemana mañana".
En tal situación, sólo una nueva Internacional habría podido dar a los revolucionarios y a todo el proletariado de Alemania la confianza, la seguridad y el aplomo necesarios. La revolución podía todavía salir victoriosa en Rusia sin que existiera un partido de clase mundial, porque la burguesía rusa era relativamente débil y aislada, pero no en Alemania. La Internacional comunista no se había fundado todavía cuando el enfrentamiento decisivo de la revolución alemana ya había ocurrido en Berlín. Solo una organización así, que reuniera las adquisiciones teóricas y la experiencia del conjunto del proletariado, habría podido encarar la tarea de llevar a cabo una revolución mundial.
Fue el estallido de la Gran guerra lo que hizo tomar conciencia a los revolucionarios de la necesidad de una oposición de izquierda internacional verdaderamente unida y centralizada. Pero en las condiciones de la guerra, era muy difícil mantener vínculos organizativos como tampoco esclarecer las divergencias políticas que separaban cada día más a las dos principales corrientes de la izquierda de la preguerra: los bolcheviques en torno a Lenin, y la izquierda alemana y la polaca en torno a Luxemburg. La ausencia de unidad antes de la guerra hizo más difícil todavía el transformar las capacidades políticas de las corrientes de los diferentes países en una herencia común de todos y atenuar las debilidades de cada uno.
El choque del hundimiento de la Internacional socialista no fue en ningún otro sitio tan fuerte como en Alemania. Aquí, la confianza en cualidades como la formación teórica, la dirección política, la centralización o la disciplina de partido fue duramente zarandeada. Las condiciones de la guerra, la crisis del movimiento obrero no facilitaron la restauración de la confianza ([30]).
En este artículo nos hemos centrado en las debilidades que aparecieron en el momento de la formación del Partido. Es necesario para comprender la derrota de principios de 1919, tema del artículo siguiente. Sin embargo, a pesar de esas debilidades, quienes se agruparon cuando la fundación del KPD eran los mejores representantes de su clase, de todo lo noble y generoso de la humanidad, los verdaderos representantes de un porvenir mejor. Volveremos sobre esto al final de la serie.
La unificación de las fuerzas revolucionarias, la formación de una dirección del proletariado digna de ese nombre se había vuelto un problema central de la revolución. Nadie comprendió mejor ese problema que la clase social directamente amenazada por ese proceso. A partir de la revolución del 9 de noviembre, el principal objetivo de la vida política de la burguesía fue la "liquidación" de Espartaco. El KPD se fundó en medio de ese ambiente de pogromo en que se preparaban los golpes decisivos contra la revolución qua iba llegando.
Ese será el tema del próximo artículo.
Steinklopfer
[1]) El orden del día de la invitación era:
1. La crisis del USPD
2. El programa de Spartakusbund
3. La Asamblea nacional
4. La Conferencia internacional
[2]) Contrariamente a esa posición, parece ser que una de las preocupaciones de Leo Jogiches era asociar a los Obleute a la fundación del partido.
[3]) Seis militantes presentes en la Conferencia fueron asesinados por las autoridades alemanas en los meses siguientes.
[4]) Der Gründungsparteitag der KPD, Protokoll und Materalien (Congreso de fundación del KPD, actas y documentos). publicado por Hermann Weber.
[5]) Eugen Leviné fue ejecutado unos meses más tarde por haber sido dirigente de la República de los Consejos de Baviera.
[6]) Frölich, conocido representante de la izquierda de Bremen, escribiría más tarde una célebre biografía de Rosa Luxemburg.
[7]) Ver las actas en alemán, op. cit. (nota 4), p. 196 à 199
[8]) Aunque poco después rechazara toda noción de partido de clase como burguesa y desarrollara una visión más bien individual del desarrollo de la conciencia de clase, Otto Rühle se mantuvo fiel al marxismo y a la clase obrera. Ya durante el Congreso, era partidario de los Einheitorganisationen (grupos politico-économicos) que debían, según él, sustituir a la vez al partido y a los sindicatos. En el debate sobre "Las luchas económicas", Luxemburg contesta a su idea diciendo que la alternativa a los sindicatos son los consejos obreros y los órganos de masas, y no los Einheitorganisationen.
[9]) Actas en alemán, op.cit., p. 222.
[10]) Según Clara Zetkin, Jogisches, en reacción a las discusiones, quiso que el Congreso fracase, o sea que se aplaze la fundación del partido.
[11]) Actas en alemán, op. cit., p. 214
[12]) Según las actas, esa sugestión fue acogida con exclamaciones como "¡Muy justo!". Felizmente no se adoptó la moción de Fränkel.
[13]) Op. cit., p. 209. El día anterior, por la misma razón, Gelwitzki, había dicho que se sentía "avergonzado" de haber discutido esa cuestión. Y cuando Fritz Heckert, que no tenía la misma fama revolucionaria que Luxemburg y Liebknecht, intentó defender la posición del comité central sobre la participación en las elecciones, fue interrumpido por una exclamación de Jakob: "¡Quien habla aquí es el espíritu de Noske!" (Op.cit., p. 117). Noske, ministro del ejército socialdemócrata del gobierno burgués del momento entró en la historia con el mote de "perro sangriento de la contrarrevolución"...
[14]) Op. cit., p. 224
[15]) "El Congreso ha demostrado con fuerza la juventud e inexperiencia del Partido. El vínculo con las masas era muy tenue. El Congreso ha adoptado una actitud irónica hacia los Independientes de izquierda. No he tenido la impresión de tener un Partido ante mí" (Ídem, p. 47).
[16]) Ídem, p. 99-100.
[17]) Ídem, p. 271.
[18]) Ídem, p. 290.
[19]) Ídem, p. 302.
[20]) Ver los argumentos de Marx y Engels en el seno de la Liga de los Comunistas, tras la derrota de la Revolución de 1848-49.
[21]) Citado por Hermann Weber en los documentos sobre el Congreso de fundación, op.cit., p. 42, 43.
[22]) Una gran parte de los excluidos fundó el KAPD. Así, súbitamente, había dos Partidos comunistas en Alemania, ¡una trágica división de las fuerzas revolucionarias!
[23]) Max Hoelz era simpatizante del KPD y del KAPD; él y sus partidarios, armados, estuvieron activos en la "Alemania central" a principios de los años 20.
[24]) Walter Fähnders, Martin Rector, Linksradikalismus und Literatur, Untersuchungen zur Geschichte der sozialistischen Literatur in der Weimarer Republik ("Radicalismo de izquierda y literatura; estudios de historia de la literatura socialista en la república de Weimar").
[25]) P. 262. Adam Scharrer, gran figura del KAPD, siguió defendiendo la necesidad de un partido de clase revolucionario hasta el aplastamiento de las organizaciones comunistas de izquierda en 1933.
[26]) La primera aparición de un movimiento de jóvenes socialistas radicales ocurrió en Bélgica en los años 1860, cuando les jóvenes militantes hicieron agitación (con cierto éxito) ante los soldados en los cuarteles para impedir que fueran utilizados contra los obreros en huelga.
[27]) Ver la novela de Scharrer, Vaterlandslose Gesellen (que viene a significar algo así como "El granuja antipatriótico"), escrita en 1929, así como la biografía y el comentario de Arbeitskollektiv proletarisch-revolutionärer Romane, republicado por Oberbaumverlag, Berlin.
[28]) Uno de los testigos principales de ese capítulo de la historia es Willi Münzenberg, especialmente en su libro Die Dritte Front ("El tercer frente"): "Recuerdos de quince años en el movimiento proletario juvenil", publicado por primera vez en 1930.
[29]) El líder más conocido del movimiento de la juventud socialista antes de la guerra era, en Alemania, Karl Liebknecht y en Italia, Amadeo Bordiga.
[30]) El ejemplo de la maduración de la juventud socialista en Suiza gracias a las discusiones regulares con los bolcheviques durante la guerra mostró que eso era posible. "Con una gran capacidad psicológica, Lenin agrupó a los jóvenes en torno a él, participando en sus discusiones por la noche, animándolos, y criticándolos siempre con un espíritu de empatía. Ferdy Böhny lo recordaría más tarde: "la manera con la que discutía con nosotros se parecía a la del diálogo socrático"" (Babette Gross: Willi Münzenberg, Eine politische Biografie, p. 93).
"Las hambrunas aumentan en los países del tercer Mundo y pronto alcanzarán a los países que se pretendían "socialistas", a la vez que en Europa occidental y en América del Norte se destruyen depósitos de productos agrícolas, se paga a los campesinos para que cultiven menos tierras, se les penaliza si producen más de los cupos estipulados. En Latinoamérica, epidemias, como el cólera por ejemplo, matan a miles de personas, y eso que esa plaga había sido erradicada hace tiempo. Por todas las partes del mundo, las inundaciones o los terremotos siguen matando a decenas de miles de seres humanos en unas cuantas horas y eso que la sociedad es ahora perfectamente capaz de construir diques y viviendas que podrían evitar esas hecatombes. Tampoco se puede evocar la "fatalidad" o los "caprichos de la naturaleza", cuando, en Chernóbil, en 1986, la explosión de una central atómica mata a cientos (si no son miles) de personas y contamina varias provincias, cuando, en los países más desarrollados, se viven catástrofes asesinas en el mismo corazón de las grandes ciudades: 60 muertos en una estación parisina, más de 100 muertos en un incendio del metro de Londres, hace poco tiempo. Este sistema se revela además incapaz de hacer frente a la degradación del entorno, las lluvias ácidas, las contaminaciones de todo tipo y especialmente la nuclear, el efecto invernadero, la desertificación, que ponen en peligro la supervivencia misma de la especia humana" (1991, Revolución comunista o destrucción de la humanidad) (1).
El problema del medio ambiente siempre ha estado presente en la propaganda de los revolucionarios, desde la denuncia que hicieron Marx y Engels de las condiciones insoportables en el Londres de mediados del siglo xix, hasta la de Bordiga sobre los desastres medioambientales causados por la irresponsabilidad del capitalismo. Hoy esta cuestión es todavía más crucial y exige un esfuerzo creciente por parte de las organizaciones revolucionarias para mostrar hasta qué punto la alternativa histórica ante la que se encuentra la humanidad, socialismo o barbarie, opone la perspectiva del socialismo a la de la barbarie no sólo por las guerras locales o generales, sino que la barbarie incluye también la amenaza de una catástrofe ecológica y medioambiental que se perfila en el horizonte cada día más.
Con esta serie de artículos, la CCI quiere desarrollar el tema del medio ambiente abordando sucesivamente los aspectos siguientes:[1]
Este primer artículo [2] levanta acta de la situación actual, procurando poner en evidencia la globalidad de los riesgos que se ciernen sobre la humanidad, especialmente los fenómenos más destructores que existen a nivel planetario como:
En un segundo artículo, intentaremos demostrar por qué los problemas del medio ambiente no pueden achacarse a individuos, por mucho que también existan responsabilidades individuales, pues es el capitalismo y su lógica de máxima ganancia los responsables verdaderos. A este respecto, habremos de ver cómo la propia evolución de la ciencia y de la investigación científica no se hace al azar, sino que está sometida al imperativo capitalista de la ganancia máxima.
En el tercer artículo analizaremos las respuestas aportadas por los diferentes movimientos verdes, ecologistas, etc., para mostrar que por mucha buena fe y la mejor voluntad de muchos de quienes participan en ellos, no sólo son ineficaces sino que sirven para alimentar la ilusión de que existe una solución a esos problemas en el seno del capitalismo, cuando, en realidad, la única solución es la revolución comunista internacional.
Se habla cada día más de problemas medioambientales, aunque sólo sea porque en los últimos años, han aparecido en los diferentes países del mundo unos partidos en cuyos estandartes se ha inscrito la defensa del entorno. ¿Es esto algo tranquilizador? ¡Ni mucho menos! Todo el alboroto hecho al respecto no ha servido más que para enredar más las ideas. Por eso hemos decidido empezar describiendo unos fenómenos particulares que, combinados, arrastran cada día más a nuestra sociedad hacia la catástrofe medioambiental. Como habremos de ver, y contrariamente a lo que nos cuentan la televisión y revistas más o menos especializadas, la situación es mucho más grave y amenazadora que lo que quieren que nos creamos. Y no será tal o cual capitalista, insaciable e irresponsable, tal o cual mafioso o de la Camorra, los responsables, sino todo el sistema capitalista como tal.
Del efecto invernadero todo el mundo habla, pero no siempre con conocimiento de causa. En primer lugar, hay que dejar claro que el efecto invernadero es un fenómeno benéfico para la vida en la Tierra - al menos para el tipo de vida que conocemos - pues permite que reine en la superficie de nuestro planeta una temperatura media (media global, que tiene en cuenta las cuatro estaciones y las diferentes latitudes) de unos 15 °C, en lugar de - 17 °C, temperatura estimada sin efecto invernadero. Puede uno imaginarse lo que sería un mundo cuya temperatura estaría siempre bajo 0 °C, con los mares y los ríos helados... ¿A qué se debe esa diferencia de más de 32 °C?, se debe al efecto invernadero: la luz del sol atraviesa las capas más bajas de la atmósfera sin ser absorbida (el sol no calienta el aire), alimentando la energía de la Tierra. Al estar compuesta de infrarrojos, la radiación que emana de ésta (como de cualquier astro), es entonces interceptada y abundantemente absorbida por ciertos componentes del aire como el anhídrido carbónico, el vapor de agua, el metano y otros compuestos de síntesis como los clorofluorocarbonos (CFC). De ello resulta que el balance térmico de la Tierra aprovecha ese calor producido en las capas bajas de la atmósfera y que provoca un aumento de temperatura en la superficie de la tierra 32 °C. El problema no es, por lo tanto, el efecto invernadero en sí, sino que con el desarrollo de la sociedad industrial, se han ido introduciendo en la atmósfera muchas substancias "con efecto invernadero" cuya concentración aumenta sensiblemente y cuya consecuencia es, pues, hacer aumentar el efecto invernadero. Se ha demostrado, por ejemplo, gracias a estudios realizados sobre el aire encerrado en muestras de hielo polar de más 650 000 años, que la concentración actual en CO2, de 380 ppm (partes por millón o miligramos por decímetro cúbico) es la más alta de todo ese período, y quizás incluso de los 20 últimos años. Además, las temperaturas registradas durante el siglo xx han sido las más elevadas desde hace 20 000 años. El recurso desenfrenado a los combustibles fósiles como fuente de energía y la deforestación creciente de la superficie terrestre han comprometido a partir de la era industrial, el equilibrio natural del gas carbónico en la atmósfera. Este equilibrio es el producto de la liberación de CO2 en la atmósfera por un lado, mediante la combustión y la degradación de la materia orgánica y, por otro, de la fijación de ese gas carbónico de la atmósfera mediante la fotosíntesis, proceso que lo transforma en glúcido y por lo tanto en materia orgánica compleja. El desequilibrio entre liberación (combustión) y fijación (fotosíntesis) de CO2, en favor de la liberación, es la razón del incremento actual del efecto invernadero.
Como hemos dicho antes, no sólo entra en danza el gas carbónico sino también el vapor de agua y el metano. El vapor de agua es, a la vez, factor y producto del efecto invernadero puesto que, presente en la atmósfera, es tanto más abundante cuanto más elevada es la temperatura a causa del incremento de la evaporación de agua resultante. El aumento de metano en la atmósfera tiene su origen, por su parte, en toda una serie de fuentes naturales, pero también es el resultado del uso creciente de ese gas como combustible y de los múltiples escapes en los gasoductos diseminados por toda la superficie del globo. El metano, también llamado "gas de los pantanos", es un tipo de gas procedente de la fermentación de la materia orgánica en ausencia de oxígeno. La inundación de valles frondosos para presas de agua de centrales hidroeléctricas origina una producción de metano local en aumento. El problema del metano, que ahora contribuye en un tercio del incremento del efecto invernadero, va mucho más allá en gravedad que ese aumento local. Ante todo, el metano tiene una capacidad de absorción de los infrarrojos 23 veces mayor que el CO2, que ya es mucho. ¡Pero podría ser mucho más grave! Ninguna previsión actual, bastante catastróficas ya, tiene en cuenta lo que podría suceder si se libera metano a partir del enorme depósito natural de la tierra. Este está formado por bolsas de gas atrapado en torno a 0 °C y a una presión de unas cuantas atmósferas, en unas estructuras particulares de hielo (gas hidratado), siendo un litro de cristal capaz de contener unos 50 litros de gas metano. Esos yacimientos se encuentran sobre todo en el mar, a lo largo del talud continental y dentro del permafrost [suelo permanentemente congelado], en diversas zonas de Siberia, Alaska y norte de Europa. Este es el sentimiento de algunos peritos en estos temas: "Si el calentamiento global superara ciertos límites (3-4 °C) y si la temperatura de las aguas costeras y del permafrost se elevara, podría producirse una enorme emisión, en un tiempo corto (unas cuantas decenas de años), de metano liberado por los hidratos vueltos inestables, lo cual provocaría una aceleración catastrófica del efecto invernadero. (...) durante el último año, las emisiones de metano a partir del territorio sueco, al norte del círculo polar, han aumentado en 60 %, el aumento de temperatura en estos quince últimos años es limitado en término medio global, pero es mucho mayor (unos grados) en las zonas septentrionales de Eurasia y de Norteamérica (en verano, se ha abierto el mítico paso del noroeste que permite ir en barco desde el Atlántico al Pacifico)" ([3]).
Incluso sin esas "novedades", las previsiones elaboradas por organismos reconocidos a nivel internacional como la Agencia IPCC (Intergovernmental Panel on Climate Change) de la ONU y el MIT (Massachussets Institute of Technology) de Boston, anuncian ya para este siglo un aumento de la temperatura media entre un mínimo de 0,5 °C a un máximo de 4,5 °C, en la hipótesis de que no se haga nada significativo en contra, como está ocurriendo hasta ahora. Esas previsiones, además, ni siquiera incluyen las dos nuevas potencias industriales, insaciables en energía, China e India.
"Un calentamiento suplementario de unos cuantos grados centígrados provocaría una evaporación más intensa de las aguas oceánicas, pero los análisis más sofisticados sugieren que habría una disparidad acentuada de la pluviosidad en diferentes regiones. Se extenderían las zonas áridas y se volverían todavía más áridas. Las zonas oceánicas con temperaturas de superficie superiores a 27 °C, cota crítica para la formación de ciclones, aumentarían entre 30 y 40 %. Eso engendraría episodios meteorológicos catastróficos en continuidad con inundaciones y desastres recurrentes. El deshielo de una buena parte de los glaciares antárticos y de Groenlandia, el aumento de la temperatura de los océanos, harían subir su nivel (...) con entradas de agua salada en muchas zonas costeras fértiles y la sumersión de regiones enteras (Bengladesh en parte, muchas islas oceánicas)" ([4]).
No tenemos espacio aquí para desarrollar este tema, pero vale la pena recordar, al menos, que el cambio climático, provocado por el incremento del efecto invernadero, incluso sin llegar al efecto retroactivo producido por la liberación del metano de la tierra, podría causar tantas catástrofes pues provocaría:
Un segundo tipo de problema, típico de esta fase de la sociedad capitalista, es la producción excesiva de desperdicios y la dificultad subsiguiente para tratarlos de modo adecuado. Si, recientemente, la noticia de la presencia de montones de basura por todas las calles de Nápoles y de su región (Campania) ha llenado pantallas y periódicos del mundo, eso sólo se debe a que esa región del mundo se la considera todavía, a pesar de todo, como parte de un país industrializado y, por ende, avanzado. Porque lo que es hoy una evidencia patente es que las periferias de cantidad de grandes ciudades del Tercer Mundo se han convertido desde hace tiempo en gigantescos basureros al aire libre.
Esa acumulación enorme de desperdicios es el resultado de la lógica del capitalismo. Cierto, la humanidad ha producido siempre desperdicios, pero en tiempos pasados siempre se reintegraban, se recuperaban y volvían a utilizarse. Solo actualmente, bajo el capitalismo, los desperdicios se han convertido en un problema para los mecanismos específicos de funcionamiento de esta sociedad, unos engranajes que están todos basados en un principio fundamental: todo producto de la actividad humana es considerado como una mercancía, o sea algo que destinado a la venta para realizar el máximo beneficio posible en un mercado cuya única ley es la competencia. Esto no puede tener sino una serie de consecuencias nefastas:
Se calcula que, ya solo en Italia, durante los 25 últimos años, con una población equivalente, la cantidad de basura se ha más que duplicado a causa de los embalajes.
El problema de los desperdicios es uno de los que todos los políticos creen poder resolver, pero que, en realidad, encuentra obstáculos insuperables en el capitalismo. Esos obstáculos no se deben, ni mucho menos, a una falta de tecnología, sino que, al contrario, una vez más, se deben a la lógica con la que está gestionada esta sociedad. En realidad, la gestión de los desperdicios, para hacerlos desparecer o reducir su cantidad, también está sometida a la ley de la ganancia. Incluso cuando es posible el reciclado o la reutilización de materiales, mediante la selección, todo eso requiere medios y cierta capacidad política de coordinación, que suele estar ausente en las economías más débiles. Por eso es por lo que, en los países más pobres y allí donde las actividades de las empresas declinan a causa de la crisis galopante de las últimas décadas, gestionar los desperdicios es más que un gasto suplementario.
Algunos podrán objetar: si en los países avanzados, la gestión de los desperdicios funciona, eso significa que se trata de un problema de buena voluntad, de sentido cívico y de aptitud a la gestión de la empresa. Lo que de verdad ocurre es que, como en todos los sectores de la producción, los países más fuertes dejan a los países más débiles (o en estos a las regiones más desfavorecidas económicamente) el peso de una parte de la gestión de sus desechos.
"Dos grupos de especialistas en medio ambiente estadounidenses, Basel Action Network y Silicon Valley Toxics, han publicado un informe reciente que afirma que entre 50 y 80 % de los desechos de la electrónica de los estados del oeste de Estados Unidos se cargan con contenedores en navíos que se dirigen a Asia (sobre todo India y China) donde los costes de eliminación son muchísimo menores y las leyes del medio ambiente menos severas. No se trata de un proyecto de ayuda, sino de un comercio de residuos tóxicos que los consumidores han decidido tirar. El informe de las dos asociaciones menciona, por ejemplo, el vertedero de Guiyu, adonde van a parar sobre todo pantallas e impresoras. Los obreros de Guiyu usan herramientas rudimentarias para sacar los componentes destinados a ser vendidos. Una cantidad impresionante de desechos electrónicos no es reciclada, sino sencillamente abandonada a cielo abierto en los campos, en las orillas de los ríos, en los lagos, marismas, ríos y acequias de riego. Entre quienes trabajan sin precaución alguna hay mujeres, hombres, niños" ([5]).
"En Italia (...), se estima que las ecomafias tienen un volumen de negocios de 26 mil millones de € por año, de entre los cuales 15 por el tráfico y la eliminación ilegal de desechos" ("Informe Ecomafia 2007", de la Lega Ambiente). (...) El Servicio de Aduanas ha confiscado 286 contenedores con más de 9000 toneladas (t.) de desperdicios en 2006. El tratamiento legal de un contenedor de 15 t. de residuos peligrosos cuesta unos 60 000 euros; por la misma cantidad, el mercado ilegal en Oriente sólo pide 5000. Los destinos principales de los tráficos ilegales son muchos países de Asia en vías de desarrollo; los materiales exportados son, primero, trabajados y, luego, reintroducidos en Italia u otros países occidentales, como derivados de esos mismos residuos para ser destinados, en particular, a las fábricas de material plástico.
En junio de 1992, la FAO (Food and Agricultural Organisation) anunció que los Estados en vías de desarrollo, los africanos sobre todo, se habían convertido en un "basurero" a disposición de occidente. Somalia parece ser hoy uno de los Estados africanos con mayor "riesgo", una verdadera encrucijada de intercambios y tráfico de ese tipo: en un informe reciente, la UNEP (United Nations Environment Programme) nota el aumento constante de la cantidad de capas freáticas contaminadas en Somalia, causa de enfermedades incurables en la población. El puerto de Lagos, en Nigeria, es la escala más importante del tráfico ilegal de componentes tecnológicos vetustos enviados a África" .
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Como ya hemos dicho arriba, trasladar el problema de las basuras hacia las regiones desfavorecidas es algo que ocurre dentro de un mismo país. Eso es lo que ocurre en Campania, la región italiana de Nápoles, que ha ocupado las crónicas internacionales con sus montones de inmundicias bordeando las calles durante meses. Poca gente sabe, sin embargo, que Campania, como, en el plano internacional, China, India o los países de África del norte, es el basurero de todos los residuos tóxicos de industrias del norte que han transformado zonas agrícolas fértiles y placenteras, como la de Caserta, en una de las zonas más contaminadas del planeta. Por muchas denuncias y acciones de la justicia que se sucedan unas a otras, los estragos continúan sin freno. No es la Camorra, la mafia, el hampa, los que provocan esos estragos, sino la lógica misma del capitalismo. Mientras que el procedimiento oficial para eliminar correctamente un kilo de residuos tóxicos representa un gasto que puede superar los 60 céntimos de euro, ese mismo servicio cuesta unos diez céntimos cuando se usan medios ilegales. Y es así como cada año, cada gruta abandonada se transforma en vertedero. En un pueblecito de Campania, donde van a construir precisamente un incinerador, esos desechos tóxicos, mezclados con tierra para ocultarlos, sirvieron para construir el firme de un larga avenida "de tierra batida". Como lo cuenta Saviano en su libro, que se ha convertido en un fenómeno de librería en Italia: "si se juntaran los desperdicios ilegales gestionados por la Camorra se crearía una montaña de 14 600 metros de alto con una base de tres hectáreas: la montaña más grande que jamás haya existido en el mundo" ([6]).
Por otra parte, como lo veremos más detalladamente en el próximo artículo, el problema de los residuos está ante todo vinculado al tipo de producción que desarrolla la sociedad actual. Más allá de lo "desechable", el problema está en los materiales utilizados para fabricar las cosas. El recurrir a materiales sintéticos, el plástico sobre todo, prácticamente indestructibles, plantea enormes problemas para la humanidad del mañana. Y en este caso, ya no se trata de países ricos o pobres, pues el plástico no es biodegradable en ningún lugar del mundo, como lo pone de relieve este extracto de un artículo: "Se la llama Trash Vortex, la isla de los desperdicios del Océano Pacifico, de un diámetro de unos 25 000 km., uno profundidad de 30 metros, compuesta de 80 % de plástico, para lo restante, de otras basuras procedentes de todas partes. Es como si hubiera una isla inmensa en medio del Pacífico, formada de inmundicias en lugar de rocas. Estas últimas semanas, la densidad de ese material ha alcanzado tal nivel que el peso total de esta "isla" de residuos alcanza 3,5 millones de t., explica Chris Parry de la Comisión Costera Californiana de San Francisco (...) Este vertedero increíble y poco conocido se ha ido formando a partir de los años 50, como consecuencia de la existencia del Giro subtropical del Pacífico norte, una corriente oceánica lenta que se desplaza en el sentido de las agujas del reloj y en espiral, bajo el efecto de un sistema de corrientes de alta presión. (...). La mayor parte del plástico llega de los continentes, 80 % más o menos; sólo el resto procede de los barcos, de recreo, comerciales o pesqueros. En el mundo se producen unos 100 mil millones de kilos de plástico por año, del cual acaban en el mar en torno a un 10 %. El 70 % de este plástico acabará hundiéndose en el fondo de los mares, causando estragos entre los seres vivos de esos parajes. Y el resto seguirá flotando. La mayor parte de esos plásticos es poco biodegradable y acaba fragmentándose en trocitos que terminan en los estómagos de muchos animales marinos causándoles la muerte. Lo que queda acabaría descomponiéndose dentro de cientos de años, provocando estragos durante todo ese tiempo en la vida marina" ([7]).
¡Una masa de desechos con una extensión dos veces mayor que la de Estados Unidos!! ¿Y sólo ahora la habrían visto? ¡Ni mucho menos! En realidad fue descubierta en 1997 par un capitán de investigaciones oceanográficas y hoy nos enteramos que un informe de la ONU de 2006: "calculaba que un millón de aves marinas y más de 100 000 peces y mamíferos marinos mueren cada año a causa de los restos de plástico y que cada milla marina cuadrada del océano contiene al menos 46 000 fragmentos de plástico flotante" ([8]).
¿Y qué han hecho quienes tienen las riendas de la sociedad durante estos diez años? Nada, absolutamente nada. Situaciones parecidas, por menos dramáticas que sean, son también lamentables en el Mediterráneo, en cuyas aguas se tiran cada año 6,5 millones de t. de basuras, de las cuales 80 % son plástico, y en cuyos fondos se llegan a contar unos 2000 trozos de plástico por km2 ([9]).
Y sin embargo, ¡soluciones sí que hay! Cuando el plástico está fabricado con 85 % de almidón de maíz es totalmente biodegradable, por ejemplo. Y ya es hoy una realidad: hay bolsas, lápices y otros objetos fabricados con esa materia. El problema es que bajo el capitalismo, la industria difícilmente se mete por un camino si no es rentable, y como el plástico a base de almidón de maíz cuesta más caro, nadie quiere asumir unos precios más elevados con la materia biodegradable con el riesgo de verse expulsado del mercado ([10]). El problema es que los capitalistas se han acostumbrado a hacer balances económicos que excluyen sistemáticamente todo lo que no puede cifrarse, porque no pueden ni venderlo ni comprarlo, aunque se trate de la salud de la población y del medio ambiente. Cada vez que un industrial produce una materia que, al final de su recorrido acaba siendo basura, prácticamente jamás se prevén los gastos por la gestión de esos residuos y, sobre todo, lo que nunca se prevé son los estragos que implica la permanencia de esa materia en la tierra.
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Los contaminantes son substancias, naturales o sintéticas, que son tóxicas para el hombre y/o el mundo viviente. Junto a substancias naturales presentes desde siempre en nuestro planeta y usadas de diferentes modos por la tecnología industrial, y entre ellas, los metales pesados, el amianto, etc., la industria química ha producido miles de otros productos y en cantidades... industriales. La falta de conocimiento sobre la peligrosidad de toda una serie de substancias y, sobre todo, el cinismo del capitalismo, han provocado desastres inimaginables, creando una situación medioambiental que será difícil restaurar una vez que la clase dominante actual haya sido eliminada.
Uno de los episodios más catastróficos de la industria química fue, sin lugar a dudas, el de Bhopal, en India, que ocurrió entre el 2 y el 3 de diciembre de 1984 en la factoría de la Union Carbide, multinacional química americana. Una nube tóxica de 40 t. de pesticidas mató, inmediatamente y en los años siguientes, a 16 000 personas al menos, causando daños corporales irremediables a un millón más. Las encuestas sucesivas revelaron que, contrariamente a la fábrica del mismo tipo situada en Virginia, en la de Bhopal no se había efectuado ninguna medida de presión, ni había sistemas de refrigeración. La torre de refrigeración estaba temporalmente cerrada, los sistemas de seguridad no correspondían al tamaño de la factoría. Pero la verdad es que la fábrica india, con su mano de obra muy barata, significaba para los dueños norteamericanos una inversión neta con una rentabilidad excepcional, que no necesitaba más que una inversión reducida en capital fijo y variable...
Otro acontecimiento histórico fue, más tarde, el de la central nuclear de Chernóbil en 1986.
"Se ha calculado que las emisiones radioactivas del reactor 4 de Chernóbil fueron cerca de 200 veces mayores que las explosiones de Hiroshima y Nagasaki juntas. En total, hay zonas muy contaminadas en las que viven 9 millones de personas, entre Rusia, Ucrania y Bielorrusia, donde el 30 % del territorio está contaminado por el cesio 137. En esos tres países, fueron evacuadas unas 400 000 personas, y otras 270 000 viven en zonas en las que el consumo de alimentos producidos localmente está sometido a restricciones" ([11]).
Ha habido, ya se sabe, una multitud de desastres medioambientales causados por la mala gestión de las fábricas o por incidentes de todo tipo como las incontables mareas negras, entre las cuales la provocada por el petrolero Exxon Valdez el 24 de marzo de 1989, cuyo naufragio en la costa de Alaska provocó el escape de unas 30 000 t. de petróleo, o la primera Guerra del Golfo que terminó en incendio de los pozos de petróleo y en desastre ecológico causado por la dispersión del petróleo por el golfo Pérsico, el más grave de la historia hasta hoy. Más en general, se calcula, según la Academia nacional de ciencias de EE.UU, que la cantidad de hidrocarburos que se pierde en los mares cada año está en una media entre 3 y 4 millones de t., con una tendencia al aumento a pesar de las diferentes intervenciones preventivas, debidas al incremento continuo de las necesidades.
Además de la propia acción de los contaminantes que, cuando se encuentran a altas dosis en el entorno, provocan intoxicaciones agudas, hay otro mecanismo de intoxicación, más lento y discreto, el del envenenamiento crónico. De hecho, una sustancia tóxica absorbida lentamente y a pequeñas dosis, si es químicamente estable, puede acumularse en órganos y tejidos de los seres vivos, hasta alcanzar una concentración que acaba siendo letal. Es lo que en ecotoxicología se llama bioacumulación. Y también hay otro mecanismo en acción cuando una sustancia tóxica se transmite a lo largo de la cadena alimenticia (o cadena trófica), de unos estadios inferiores a otros estadios tróficos superiores, multiplicándose cada vez su concentración por dos o por tres. Para ser más claros, pongamos el ejemplo concreto de la que se produjo en 1953 en la bahía de Minamata en Japón, donde vivía una comunidad de pescadores pobres que se alimentaban sobre todo con lo que pescaban.
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A pesar de que a principios de los años 1960, el mundo científico se hizo consciente de que en materia de sustancias tóxicas, no basta con usar métodos de dilución en la naturaleza, porque, como se ha demostrado, los mecanismos biológicos son capaces de concentrar lo que el hombre diluye, la industria química siguió contaminando el planeta por todos los rincones y, esta vez, ya no sirve aquello de "no sabíamos lo que podría ocurrir". Y así ha habido un segundo Minamata mucho más recientemente en Priolo (Sicilia), en una franja de tierra envenenada en de un radio de varios kilómetros, por al menos 5 refinerías, en donde se ha probado que la Enichem (la gran empresa química italiana) vierte ilegalmente el mercurio de la fábrica de producción de cloro y sosa. Entre 1991 y 2001, nacieron unos 1000 niños con deficiencias mentales graves y deformaciones muy serias, en el corazón o en el aparato urogenital, familias enteras con tumores y muchas mujeres desmoralizadas y obligadas a abortar para evitar dar a luz a unos niños monstruosos. ¡Y eso que lo ocurrido en Minamata ya había mostrado los peligros del mercurio para la salud humana! Priolo no es un fenómeno inesperado, un error trágico, sino un acto criminal sencilla y llanamente, perpetrado por el capitalismo italiano y más todavía, por el "capitalismo de Estado" que algunos quisieran hacernos pasar como "más de izquierdas" que el capitalismo privado. Se ha descubierto, en realidad, que la dirección de Enichem se comporta como la peor de las ecomafias: para ahorrar costes en "descontaminación" (se habla de varios millones de euros ahorrados), los residuos con mercurio se mezclaban con otras aguas sucias y vertidas en el mar, o enterradas. Además, con falsos certificados, utilizaban cisternas de doble fondo para ocultar el tráfico de residuos peligrosos y todo tipo de trapicheos del mismo jaez. Cuando la justicia empezó por fin a moverse deteniendo a los dirigentes de esa compañía, la responsabilidad era tan evidente que Enichem decidió pagar 11 000 euros par familia, cifra equivalente a la que habría debido pagar si hubiera sido condenada por los tribunales.
Junto a las fuentes accidentales de contaminantes, es toda la sociedad la que, a causa de su modo de funcionamiento, produce contaminantes sin cesar, que se van acumulando en el aire, en las aguas y en el suelo y - como ya hemos dicho - en toda la biosfera, incluidos nosotros, los humanos. El uso masivo de detergentes y demás productos ha dado lugar a fenómenos de eutrofización (enriquecimiento excesivo) de los ríos, lagos y mares. En los años 90, el mar del Norte recibió entre 6000 y 11 000 t. de plomo, 22 000 a 28 000 de zinc, 4200 de cromo, 4000 de cobre, 1450 de níquel, 530 de cadmio, 1,5 millón de t. de nitrógeno combinado y unas 100 000 t. de fosfatos. Esos residuos, tan ricos en materia contaminante, son especialmente peligrosos en los mares con una extensa plataforma continental (o sea, poco profundos incluso lejos de la costa), como lo es precisamente el mar del Norte, pero también el Báltico, el Adriático, el mar Negro.... En efecto, la masa reducida de agua marina, combinada con la dificultad de mezcla entre las aguas dulces de los ríos y las marinas saladas y densas, no permite un dilución adecuada de los contaminantes.
Productos de síntesis como el famoso insecticida DDT, prohibido en los países industrializados desde hace treinta años, o también los PCB (policloruros de bifenilo), utilizados antes en la industria eléctrica, cuya producción también está prohibida al no estar en conformidad con las normas actuales, pero todos ellos de una solidez química increíble, diseminados hoy un poco por todas partes, inalterados, en las aguas, lo suelos y... en los tejidos de los seres vivos. Merced a la bioacumulación, esas materias se han concentrado peligrosamente en algunas especies animales a las que acaban matando o perturbándoles la reproducción, acarreando el declive de su población. En ese contexto debe, naturalmente, considerarse lo referido antes sobre el tráfico de residuos peligrosos que, depositados muy a menudo de manera abusiva en lugares sin la menor protección, causan daños incalculables al ecosistema y a toda la población de la región.
Para terminar esta parte - y es evidente que podríamos referir cientos y cientos de casos concretos a nivel mundial - cabe recordar que es esa contaminación difusa del suelo la responsable de un fenómeno nuevo y dramático: la aparición de regiones muertas, como la del triángulo entre Priolo, Mellili y Augusta en Sicilia (Italia), una zona donde el porcentaje de críos con malformaciones congénitas es 4 veces superior a la media nacional, o también el otro triángulo de la muerte cerca de Nápoles, entre Giuliano, Qualiano y Villaricca, zona donde la cantidad de tumores es irremediablemente superior a la media nacional.
El último ejemplo de fenómeno global que lleva al mundo a la catástrofe es el de los recursos naturales que, en parte, se están agotando y, por otro lado, están amenazados por la contaminación. Antes de entrar en detalle en ese tema, queremos subrayar que el género humano ya tuvo que encarar problemas de ese tipo, a una escala reducida y con consecuencias catastróficas. Si podemos todavía hablar aquí y ahora de este tema, es porque la región que se vio sometida a tal desastre sólo es una pequeña parte de la Tierra. Citemos aquí unos pasajes sacados de la obra de Jared Diamond, Colapso, sobre la historia de Rapa Nui, la isla de Pascua, famosa por sus gigantescas estatuas de piedra. Como se sabe, la isla fue descubierta por el explorador holandés Jacob Roggeveen en la Pascua de 1772 (de ahí el nombre) y hoy los científicos admiten que "estaba cubierta por un bosque tropical frondoso, rico en grandes árboles y árboles leñosos" abundante en aves y animales salvajes. Sin embargo, a la llegada de los colonizadores, la impresión fue muy diferente: "Roggeveen se devanaba los sesos intentando comprender cómo se habían levantado aquellas estatuas enormes. Citando una vez más su diario: "las figuras de piedra nos extrañan sobremanera, porque no logramos entender cómo este pueblo, desprovisto de madera abundante y sólida necesaria para construir cualquier tipo de instrumento mecánico, completamente privado de cuerdas resistentes, había sido capaz de erigir unas efigies de piedra de 9 metros de alto (...). Al principio, a cierta distancia, creímos que la isla de Pascua era un desierto, después vimos que sólo había arena y hierba amarillenta, heno y arbustos secos y quemados (...)" ¿Qué había ocurrido con los árboles que sin duda había allí antaño? Para esculpir, transportar y erigir las estatuas, se necesitaba mucha gente, una gente que vivía en un lugar lo suficientemente rico como para vivir holgadamente (...) La historia de la isla de Pascua es el ejemplo más evidente de deforestación nunca vista en el Pacifico, por no decir en el mundo entero: todos los árboles fueron talados y todas las especies arbóreas se extinguieron" ([12]).
[...]
"Debido a su aislamiento total, los habitantes de la isla de Pascua son un ejemplo patente de una sociedad que se autodestruye por haber explotado sus recursos de un modo excesivo. (...) El paralelo que puede hacerse entre Pascua y el mundo moderno es tan evidente que pone los pelos de punta. Gracias a la globalización, al comercio internacional, a los aviones a reacción y a Internet, todos los países del mundo comparten hoy sus recursos y se influyen y actúan mutuamente, como los doce clanes de la isla de Pascua, perdida en el Océano Pacifico, igual que la Tierra, perdida en el espacio. Cuando los indígenas se encontraron en dificultad, no pudieron ni huir ni buscar ayuda fuera de la isla, como tampoco nosotros, habitantes de la Tierra, podremos buscar auxilio en otro lugar si las cosas empeoraran. La quiebra de la isla de Pascua, según los más pesimistas, podría indicarnos cuál será el destino de la humanidad en el futuro cercano" ([13]).
Esos datos, sacados todos del estudio de Diamond, nos alertan sobre la capacidad del ecosistema Tierra que no es ilimitado y que, como se comprobó en un momento dado, a la escala reducida de la isla de Pascua, algo similar podría reproducirse en un futuro no tan lejano si la humanidad no sabe administrar sus recursos adecuadamente.
Podríamos ya hacer inmediatamente un paralelo en lo que a deforestación se refiere. Desde la comunidad primitiva hasta hoy, la deforestación se ha ido realizando a un nivel sostenido, pero, por desgracia, lo peor es que ahora se están destruyendo los últimos pulmones verdes del planeta, como la selva amazónica. Como se sabe, el mantenimiento de esas regiones verdes del globo es de grandísima importancia, no sólo para preservar especies animales y vegetales particulares, sino para asegurar un buen equilibrio entre el CO2 y el oxígeno (la vegetación se desarrolla consumiendo CO2 y produciendo glucosa y oxígeno).
Como ya hemos visto respecto a la contaminación por mercurio, la burguesía conoce perfectamente los riesgos que se corren, como lo demuestra la digna intervención de un científico del siglo xix, Rudolf Julius Emmanuel Clausius, que ya entonces se expresó muy claramente sobre el problema de la energía y de los recursos, con un siglo de antelación sobre los discursos actuales de la clase dominante sobre su pretendida voluntad de preservar el entorno: "En la economía de una Nación, solo hay una ley válida: no hay que consumir durante un período más que lo que se ha producido durante ese mismo período. Para ello, no debemos consumir más combustible que el pueda reproducirse gracias al crecimiento de los árboles" ([14]).
Si juzgamos por lo que hoy ocurre, puede decirse que se hace lo contrario de la preconizado por Clausius, o sea que vamos de cabeza hacia una situación fatal como la de la isla de Pascua.
Para encarar el problema de los recursos adecuadamente, hay que tener en cuenta otra variable, la de los cambios habidos en la población mundial: "Hasta 1600, el crecimiento de la población mundial era lentísimo: 2 a 3 % por siglo. Se necesitaron 16 siglos para pasar de unos 250 millones de habitantes a principios de la era cristiana a unos 500 millones. A partir de entonces el tiempo de duplicación de la población ha disminuido sin cesar hasta el punto de que en algunos países del mundo, se acerca al pretendido "límite biológico" a la velocidad del crecimiento de una población (3-4 % por año). Según la ONU, se superarán los 8000 millones de habitantes hacia 2025. (...) Hay que considerar las notables diferencias que hay hoy entre países adelantados, que han llegado casi al "punto cero" del crecimiento, y los países en vías de desarrollo, que hoy contribuyen en 90 % al crecimiento demográfico actual. (...) En 2025, según las previsiones de la ONU, Nigeria, por ejemplo, tendrá una población superior a la de Estados Unidos, y África triplicará en habitantes a Europa. La superpoblación, combinada con el atraso, el analfabetismo y la falta de estructuras higiénicas y de salud, es sin lugar a dudas un problema muy grave, y no sólo para África por las consecuencias inevitables que tendrá ese fenómeno a escala mundial. Aparece, de hecho, un desequilibrio entre demanda y oferta en recursos disponibles, que se debe también a la utilización de más o menos el 80 % de los recursos energéticos mundiales por los países industrializados.
La superpoblación acarrea una fuerte baja de las condiciones de vida, porque disminuye la productividad por trabajador y la disponibilidad, por cabeza, de alimentos, agua potable, servicios de salud y de medicamentos. La fuerte presión antrópica actual lleva a una degradación del entorno que, inevitablemente, repercute en los equilibrios del sistema-Tierra.
El desequilibrio ha ido incrementándose en los últimos años: la población sigue no solo creciendo sin homogeneidad, sino que además se hace cada día más densa en las zonas urbanas" ([15]).
Como puede comprobarse con esas informaciones, el crecimiento de la población agudiza el problema del agotamiento de los recursos, y más todavía porque, como lo dice ese documento, faltan recursos precisamente allí donde la explosión demográfica es más fuerte, lo cual hace prever, en el futuro, más calamidades todavía para muchas más personas.
Empecemos examinando el primer recurso natural por excelencia, el agua, un bien universalmente necesario y que hoy está muy amenazado por la acción irresponsable del capitalismo.
El agua es abundante en la superficie de la Tierra (por no hablar de los océanos, los casquetes polares y las aguas subterráneas) pero sólo una pequeña parte es potable, la que está en capas subterráneas y en algunos ríos no contaminados. El desarrollo de la actividad industrial, sin el menor respeto por el entorno, y la propagación de residuos urbanos ha contaminado partes importantes de las capas freáticas, reserva natural de las aguas potables de la colectividad. Eso ha conducido, por un lado, a la aparición en la población de cánceres y otras patologías y, por otro, a la desaparición creciente de fuentes de abastecimiento de tan preciado bien.
"A mediados del siglo xxi, según las previsiones más pesimistas, siete mil millones de personas en 60 países no tendrán bastante agua. En el mejor de los casos, "sólo" habrá dos mil millones de personas en 48 países que sufrirán de falta de agua. (...) Pero los datos más preocupantes de ese documento de la ONU son sin duda los que se refieren a las aguas contaminadas y a las malas condiciones de higiene: 2,2 millones por año. Además, el agua es el vector de muchas enfermedades, la malaria entre ella, que cada año mata a un millón de personas" ([16]).
[...]
Hay muchos otros recursos en vías de extinción y para terminar este primer artículo subrayaremos brevemente dos de ellos.
Ni que decir tiene que el primero es el petróleo. Ya se sabe que se habla de agotamiento de las reservas naturales de petróleo desde los años 1970, pero hoy, en 2008, parece que hemos llegado de verdad a un vértice de producción de petróleo, al llamado pico o cenit de Hubbert, o sea el momento en que ya habremos agotado y consumido la mitad de los recursos naturales de petróleo estimados por las diferentes prospecciones geológicas. El petróleo representa hoy en torno al 40 % de la energía de base y más o menos el 90 % de la energía usada en los transportes; sus aplicaciones son también importantes en la industria química, especialmente en la fabricación de fertilizantes para la agricultura, plásticos, pegamentos, barnices, lubricantes y detergentes. Todo eso es posible porque el petróleo ha sido una fuente de débil costo y, en apariencia, sin límites. El cambio de perspectiva participa ya en el aumento de su precio, obligando al mundo capitalista a contemplar soluciones sustitutorias más baratas. Pero, una vez más, la recomendación de Clausius de no consumir en una generación más de lo que la naturaleza es capaz de reproducir no tiene el menor eco: el mundo capitalista se ha precipitado en una carrera desenfrenada al consumo de energía, países como China e India en cabeza, quemando todo lo que haya que quemar, volviendo al carbono fósil tóxico para producir energía, generando en todo su entorno una contaminación sin precedentes.
Incluso el recurso "milagroso" del pretendido biodiésel se empieza a olvidar tras haber mostrado sus insuficiencias. Producir combustible a partir de la fermentación alcohólica de almidón de maíz o de productos vegetales oleaginosos, no sólo no permite cubrir las necesidades actuales del mercado en combustible, sino que, sobre todo, hace aumentar los precios de los alimentos, lo cual conduce a matar de hambre a más población pobre. Los únicos en sacar ventaja, una vez más, son las empresas capitalistas, como las alimenticias que se han convertido al negocio de los biocarburantes. Para los simples mortales, en cambio, eso significa la tala de millones y millones de hectáreas de selvas y zonas boscosas para los cultivos. La producción de biodiésel requiere efectivamente el uso de enromes extensiones de terreno. Para darse una idea del problema, basta con pensar que una hectárea de tierra cultivada de colza o girasol, u otros semioleaginosos, produce unos mil litros de biodiésel, o sea para que funcione un automóvil durante unos 10 000 km. Si en base a una hipótesis de que la media de consumo de los autos de un país hace recorrer 10 000 km por año, cada coche consumirá todo el biodiésel extraído de una hectárea de terreno. Lo que significa que para un país como Italia, donde circulan 34 millones de vehículos, si se extrajera todo el carburante a partir de la agricultura, se necesitaría una superficie cultivable de 34 millones de hectáreas. Si se añaden los 4 millones de camiones, con motores más potentes, el consumo sería el doble, o sea, en total, una superficie de unos 70 millones de hectáreas, una superficie de casi el doble de la península itálica, con sus montañas, ciudades, etc., incluidas.
Aunque no se hable tanto del tema, se plantea un problema parecido al de los combustibles fósiles respecto a otros recursos de tipo mineral, por ejemplo los minerales de los que se extraen los metales. Cierto es que, en este caso, el metal no lo destruye el uso, como así ocurre con el petróleo o el gas metano, pero la producción capitalista, en su incuria total, acaba dispersando en la superficie de la tierra y en los vertederos cantidades importantes de metales, lo que hace que el abastecimiento en metales acabará, tarde o temprano, agotándose también. El uso, entre otras cosas, de ciertas aleaciones y multicapas, hace todavía más ardua la eventual labor de recuperación de un metal "puro".
La amplitud del problema aparece en cálculos según los cuales, en unas cuantas décadas, los recursos siguientes se habrán agotado: uranio, platino, oro, plata, cobalto, plomo, manganeso, mercurio, molibdeno, níquel, estaño, tungsteno y zinc. Son metales totalmente indispensables para la industria moderna y su penuria será un enorme problema en el futuro próximo. Y hay otras materias que tampoco son inagotables: se ha calculado que siguen disponibles (en el sentido de que es posible extraerlas desde un punto de vista económico) 30 mil millones de toneladas de hierro, 220 millones de toneladas de cobre, 85 millones de zinc. Para darse una idea de lo significan esas cantidades, baste pensar que para llevar a los países pobres al nivel de los países adelantados, se necesitarían 30 mil millones de toneladas de hierro, 500 millones de cobre, 300 millones de zinc, o sea más de lo que el planeta Tierra podría ofrecernos.
Ante la catástrofe anunciada, cabe preguntarse si el progreso y el desarrollo deben conjugarse necesariamente con la contaminación y la alteración del ecosistema Tierra. Cabe preguntarse si esos desastres deben atribuirse a la mala educación de los seres humanos o a otra razón. Eso es lo que veremos en el próximo artículo.
Ezechiele (agosto de 2008)
[1]) Manifiesto adoptado por el IXº Congreso de la CCI en julio de 1991.
[2]) Tiene algunos cortes efectuados en la versión « larga » publicada en Internet.
[3]) G. Barone y otros, "Il metano e il futuro del clima",en Biologi Italiani, no 8 (2005).
[4]) ídem.
[5]) G. Pellegri, Terzo mondo, nueva pattumiera creata dal buonismo tecnologico, véase http:/www.caritas-ticino.ch/rivista/elenco%20rivista/riv_0203/08%20-%20Terzo%m... [45]
[6]) Roberto Saviano, Gomorra, Viaggio nell'impero economico e nel sogno di dominio della camorra, Arnoldo Montaldi, 2006.
[7]) La Reppublica on-line (diario italiano) 29/10/2007.
[8]) La Repubblica, 6/02/2008. Solo en Estados Unidos se usan más de 100 mil millones de bolsas de plástico, casi dos mil millones de toneladas de petróleo son necesarias para producirlas, se tira la mayoría tardando años en descomponerse. La producción estadounidense de los casi 10 mil millones de bolsas de plástico requiere la tala de unos 15 millones de árboles.
[9]) Ver el artículo "Mediterraneo, un mare di plastica", en La Repubblica del 19 de julio de 2007.
[10]) No hay que excluir naturalmente que encarecimiento vertiginoso del petróleo al que estamos asistiendo desde finales del año pasado lleve a discutir la posibilidad de usas esa materia prima para producir plástico sintético biodegradable, acarreando en el futuro próximo conversiones a la nueva fé ecológica de unos empresarios preocupados, sí, pero por sus propios intereses.
[11]) Ver el artículo en italiano: "Alcuni effetti collaterali dell'industria, La chimica, la diga e il nucleare". http//archivio.carta.org/rivista/settimanale/2001/018/18industria.htm
[12]) Traducido de la edición italiana: Jared Diamond, Collasso, edizione Einaudi. En español Colapso: por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen. Madrid, 2005.
[13]) Jared Diamond, Colasso, edizione Einaudi.
[14]) R.J.E Clausius (1885), nacido en Koslin (Prusia, hoy Polonia) en 1822 y muerto en Bonn en 1888.
[15]) Associazione Italiana Insegnanti Geografia, La crescita della popolazione. https://www.aiig.it/Un%20quaderno%20per%l [46]'ambiente/offline/crescita-pop.htm.
[16]) G. Carchella, "Acqua : l'oro blu del terzo millenario", en Lettera 22, associazione indipendente di giornalisti". https://www.lettera22.it/showart.php?id=296&rubrica=9 [47].
En la primera parte de esta serie consideramos la sucesión de acontecimientos: guerras mundiales, revoluciones y crisis económicas globales, que han marcado la entrada del capitalismo en su época de declive al principio del siglo xx, y que han planteado al género humano la alternativa: o la implantación de un modo de producción superior, o la barbarie. Sólo una teoría que abarque el conjunto del movimiento de la historia puede servir para comprender los orígenes y las causas de la crisis que confronta la civilización humana. Pero las teorías generales de la historia ya no están en boga entre los historiadores oficiales que, a medida que evoluciona la decadencia del capitalismo, son cada vez más incapaces de ofrecer una visión global, una explicación convincente de los orígenes de la espiral de catástrofes que ha marcado este periodo. Las grandes visiones históricas se descartan frecuentemente como un asunto de los filósofos alemanes idealistas del siglo xix como Hegel, o de los exageradamente optimistas liberales ingleses que, en la misma época, desarrollaron la idea de la Historia como un continuo progreso desde la oscuridad y la tiranía hasta la maravillosa libertad que, según ellos, disfrutaban los ciudadanos del Estado constitucional moderno (lo que se ha dado en llamar teoría "Whig" de la historia).
Pero esta incapacidad para considerar el movimiento histórico globalmente es característica de una clase que ya no impulsa el progreso histórico y cuyo sistema social no puede ofrecer ningún futuro a la humanidad. La burguesía podía mirar atrás y también hacia delante, a gran escala, cuando estaba convencida de que su modo de producción representaba un avance fundamental para la humanidad en comparación con las formas sociales anteriores, y cuando podía mirar el futuro con la confianza creciente de una clase ascendente. Los horrores de la primera mitad del siglo xx asestaron un golpe mortal a esa confianza. Nombres de lugares simbólicos, como el Somme y Passchendale, donde más de un millón de soldados de reemplazo fueron sacrificados en la carnicería de la Primera Guerra mundial, o Auschwitz e Hiroshima, sinónimos del asesinato masivo de civiles por el Estado; o fechas igualmente simbólicas, como 1914, 1929 y 1939, no sólo pusieron en cuestión todos los anteriores supuestos sobre el progreso moral, sino que también sugerían de manera alarmante, que el orden presente entonces y aún hoy día de la sociedad, podría no ser tan eterno como había parecido durante un tiempo. En suma, confrontada a la perspectiva de la desaparición del modo social que le dio carta de nacimiento - sea a través del colapso en la anarquía o, lo que para la burguesía viene a ser lo mismo, a través de su destrucción por la clase obrera revolucionaria - la historiografía burguesa prefiere ponerse anteojeras, perdiéndose en el estrecho empirismo de los cortos plazos y los acontecimientos locales, o desarrollar teorías como el relativismo y el posmodernismo, que rechazan cualquier noción de desarrollo progresivo de una época a otra, así como cualquier tentativa de descubrir un patrón de desarrollo en la historia humana. Además, la promoción de una "cultura popular y de famosos" acompaña y acomoda a diario esa represión de la conciencia histórica, ligada a las necesidades desesperadas del mercado: cualquier cosa de valor tiene que ser actual y nueva, surgiendo de la nada y llevando a ninguna parte.
Dada la estrechez de mente de la mayor parte de los "expertos oficiales", no es de extrañar que muchos de los que aún persiguen la búsqueda de un patrón de desarrollo global de la historia sean seducidos por los charlatanes de la religión y el ocultismo. El nazismo fue una de las primeras manifestaciones de esa tendencia -formando su ideología de un revoltijo farragoso de teosofía ocultista, pseudodarwinismo y teoría racista conspirativa, que ofrecía una solución "cajón de sastre" a todos los problemas del mundo, desanimando con gran efectividad la necesidad de pensar en nada más. El fundamentalismo cristiano y el islamista, o las numerosas teorías conspirativas respecto a la manipulación de la historia por los servicios secretos juegan hoy el mismo papel. La razón oficial burguesa, no sólo fracasa cuando trata de ofrecer respuestas a los problemas de la esfera social, sino que de hecho renuncia ampliamente siquiera a plantearse preguntas, dejando el campo libre a la sinrazón para inventarse sus propias soluciones mitológicas.
La intelectualidad dominante es, hasta cierto punto, consciente de esto. Está dispuesta a reconocer que ha sufrido realmente una pérdida de su antigua confianza en sí misma. Más que pregonar en positivo las alabanzas del capitalismo liberal como el mejor logro del espíritu humano, ahora tiende a retratarlo como lo menos malo; defectuoso, cierto, pero ampliamente preferible a todas las formas de fanatismo que parecen alinearse en su contra. Y en el campo de los fanáticos, no sólo pone al fascismo o al terrorismo islámico, sino también al marxismo, refutado ahora definitivamente como una forma de mesianismo utópico. ¿Cuántas veces no nos habrán dicho, habitualmente pensadores de tercera fila que se dan aires de estar diciendo algo nuevo, que la visión marxista de la historia es meramente una inversión del mito judeocristiano de la historia como un desarrollo hacia la salvación? El comunismo primitivo sería el Jardín del Edén y el comunismo futuro el paraíso por venir; el proletariado sería el Pueblo elegido, o el Mesías sufriente y los comunistas los profetas. Pero también nos dicen que esas proyecciones religiosas no son en absoluto inocuas: la realidad de los "gobiernos marxistas" habría mostrado en qué acaban todos esos intentos de implantar el paraíso en la tierra, en la tiranía y los campos de trabajo; que sería un proyecto insensato tratar de moldear el género humano que es imperfecto, según su visión de la perfección.
Y en efecto, para apoyar este análisis, está lo que nos presentan como la trayectoria del marxismo en el siglo xx: ¿Quién puede negar que la GPU estalinista recuerda a la Santa Inquisición? ¿O que Lenin, Stalin, Mao y otros grandes líderes fueron convertidos en nuevos dioses? Pero esa representación está profundamente alterada y por eso es defectuosa. Se basa en la mayor mentira del siglo: que estalinismo es igual a comunismo; cuando de hecho es su negación total. Lo que el estalinismo es realmente, es una forma de la contrarrevolución capitalista, como sostienen todos los marxistas genuinamente revolucionarios, de modo que el argumento de que la teoría marxista de la historia tiene que llevar inevitablemente al Gulag, tiene que cuestionarse.
Y también podemos responder, como Engels en sus escritos sobre los comienzos del cristianismo, que no hay nada extraño en las similitudes entre las ideas del movimiento obrero moderno y las prédicas de los profetas bíblicos o los primeros cristianos, porque estas últimas también representaban los esfuerzos de las clases explotadas y oprimidas y sus esperanzas de un mundo basado en la solidaridad humana y no en la dominación de clase. Debido a las limitaciones impuestas por el sistema social en que surgieron, aquellos comunistas precoces no podían ir más allá de una visión mítica o religiosa de la sociedad sin clases. Ese ya no es el caso hoy día, puesto que la evolución histórica ha hecho de la sociedad comunista, tanto una posibilidad racional cuanto una necesidad urgente. Así que, más que ver el comunismo moderno a la luz de los viejos mitos, podemos entender los viejos mitos a la luz del comunismo moderno.
Para nosotros el marxismo, el materialismo histórico, no es otra cosa que la visión teórica de una clase que, por primera vez en la historia, es al mismo tiempo una clase explotada y revolucionaria, una clase portadora de un orden social nuevo y superior. Su esfuerzo, que es realmente una necesidad para ella, por examinar el modelo del pasado y las perspectivas para el futuro, puede verse así liberado de los prejuicios de una clase dominante, que en última instancia siempre se ve impulsada a negar y ocultar la realidad en interés de su sistema de explotación. La teoría marxista también está basada en el método científico, a diferencia de los esbozos poéticos de las clases explotadas anteriores. Puede que no sea una ciencia exacta clasificable en la misma categoría que muchas ciencias naturales, ya que no puede constreñir la humanidad y su infinitamente compleja historia, en una serie de experimentos de laboratorio reproducibles - pero entonces la teoría de la evolución también está sujeta a limitaciones similares. La cuestión es que sólo el marxismo es capaz de aplicar el método científico al estudio del orden social existente y los que le precedieron, empleando rigurosamente la mejor erudición que puede ofrecer la clase dominante y al mismo tiempo yendo más allá, planteando una síntesis superior.
En 1859, mientras estaba profundamente implicado en el trabajo que daría origen a el Capital, Marx escribió un breve texto que plantea un resumen magistral de todo su método histórico. Fue en el Prefacio a una obra llamada Contribución a la Crítica de la economía política, una obra que fue ampliamente sustituida, o al menos eclipsada, por la aparición de el Capital. Después de ofrecernos un informe resumido del desarrollo de su pensamiento desde sus primeros estudios de derecho hasta su preocupación en ese momento por la economía política, Marx llega al cogollo del asunto - los "principios-guía de mis estudios". Aquí se resume con magistral precisión y claridad la teoría marxista de la historia. Por eso tenemos la intención de examinar ese pasaje lo más de cerca posible, para establecer las bases de una verdadera comprensión de la época que vivimos.
Hemos incluido completo el pasaje más crucial de este texto como un apéndice a este artículo, pero a partir de ahora queremos tratar en detalle cada una de sus partes.
"Una sociedad no desaparece nunca antes de que sean desarrolladas todas las fuerzas productoras que pueda contener, y las relaciones de producción nuevas y superiores no se sustituyen jamás en ella antes de que las condiciones materiales de existencia de esas relaciones han sido incubadas en el seno mismo de la vieja sociedad. Por eso la humanidad no se propone nunca más que los problemas que puede resolver, pues, mirando más de cerca, se verá siempre que el problema mismo no se presenta más que cuando las condiciones materiales para resolverlo existen o se encuentran en estado de existir. Esbozados a grandes rasgos, los modos de producción asiáticos, antiguos, feudales y burgueses modernos, pueden ser designados como otras tantas épocas progresivas de la formación social económica. Las relaciones burguesas de producción son la última forma antagónica del proceso de producción social, no en el sentido de un antagonismo individual, sino en el de un antagonismo que nace de las condiciones sociales de existencia de los individuos; las fuerzas productoras que se desarrollan en el seno de la sociedad burguesa, crean al mismo tiempo las condiciones materiales para resolver este antagonismo. Con esta formación social termina, pues, la prehistoria de la sociedad humana" (Carlos Marx, Contribución a la Crítica de la economía política, 1978, Madrid, pag. 43-44).
"... en la producción social de su existencia, los hombres entran en relaciones determinadas, necesarias, independientes de su voluntad; estas relaciones de producción corresponden a un grado determinado de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción constituye la estructura económica de la sociedad, la base real, sobre la cual se eleva una superestructura jurídica y política y a la que corresponden formas sociales determinadas de conciencia. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de vida social, política e intelectual en general" (Idem, pag. 42-43).
Frecuentemente el marxismo es caricaturizado por sus críticos, habitualmente burgueses o seudo radicales, como una teoría mecanicista, "objetivista", que busca reducir la complejidad del proceso histórico a una serie de leyes de bronce sobre las que los sujetos humanos no tienen ningún control y que los arrastran como apisonadora a un resultado final fatídicamente determinado. Cuando no se nos dice que es otra forma de religión, o se nos cuenta que el pensamiento marxista es un producto típico de la adoración acrítica del siglo xix por la ciencia y sus ilusiones de progreso, que buscaría aplicar las leyes predecibles y verificables del mundo natural - física, química, biología - a los modelos fundamentalmente impredecibles de la vida social. Marx es entonces estigmatizado como autor de una teoría de la evolución inevitable y lineal de un modo de producción a otro, que lleva inexorablemente de la sociedad primitiva al comunismo, pasando por el esclavismo, el feudalismo, el capitalismo. Y todo el conjunto de este proceso resulta aún más predeterminado porque está supuestamente causado por un desarrollo puramente técnico de las fuerzas productivas.
Es cierto que en el seno de movimiento obrero se han producido deslices subsidiarios de esa visión. Por ejemplo, durante el periodo de la IIª Internacional, cuando había una tendencia creciente a que los partidos obreros se "institucionalizaran", había un proceso equivalente a nivel teórico, una vulnerabilidad a las concepciones dominantes del progreso y una cierta tendencia a contemplar la "ciencia" como algo en sí mismo, apartado de las relaciones de clase reales en la sociedad. La idea de Kautsky del socialismo científico como una invención de los intelectuales que después tenía que ser inyectada a la masa proletaria era una expresión de esta tendencia. Como así fue el caso también, aún más si cabe, durante el siglo xx, con gran parte de lo que había sido en algún momento marxismo y se convertía en abierta apología del orden capitalista; las visiones mecanicistas del progreso histórico eran desde ese momento oficialmente codificadas. No hay demostración más clara de esto que el manual de "marxismo-leninismo" de Stalin, Breve curso de historia del PCUS, donde la teoría de la primacía de las fuerzas productivas se plantea como la visión materialista de la historia: "La segunda característica de la producción consiste en que sus cambios y su desarrollo arrancan siempre, como de su punto de partida, de los cambios y del desarrollo de las fuerzas productivas, y, ante todo, de los que afectan a los instrumentos de producción. Las fuerzas productivas constituyen, por tanto, el elemento más dinámico y más revolucionario de la producción. Al principio, cambian, se desarrollan las fuerzas productivas de la sociedad, y luego, con sujeción a estos cambios y congruentemente con ellos, cambian las relaciones de producción entre los hombres, sus relaciones económicas" (https://www.marxists.org/espanol/tematica/histsov/pcr-b/cap4.htm [38]).
Esta concepción de la primacía de las fuerzas productivas coincidía muy netamente con el proyecto fundamental del estalinismo: "desarrollar las fuerzas productivas" de la URSS a expensas del proletariado y con intención de convertir a Rusia en una gran potencia mundial. Era completamente conforme a los intereses del estalinismo presentar el apilamiento de grandes plantas industriales que tuvo lugar durante los años 30, como pasos hacia el comunismo, y tratar de impedir cualquier cuestionamiento relativo a las relaciones sociales subyacentes tras ete "desarrollo" -la feroz explotación de la clase de trabajadores asalariados, en otras palabras, la extracción de plusvalía con vistas a la acumulación de capital.
Para Marx, todo ese planteamiento se rechaza en las primeras líneas del Manifiesto comunista, que presenta la lucha de clases como la fuerza dinámica de la evolución histórica, en otras palabras, la lucha entre diferentes clases sociales ("Hombres libres y esclavos, patricios y plebeyos, señores y siervos, maestros y oficiales") por la apropiación del plustrabajo. También se niega igual de claramente en las primeras líneas de nuestra cita del Prefacio: "... en la producción social de su existencia, los hombres entran en relaciones determinadas, necesarias, independientes de su voluntad...". Son seres humanos de carne y hueso los que "entran en relaciones determinadas", los que hacen la historia, y no "fuerzas productivas", no máquinas, aunque haya necesariamente una estrecha conexión entre las relaciones de producción y las fuerzas productivas que les "corresponden". Como Marx plantea en otro famoso pasaje de el 18 Brumario de Luís Bonaparte: "Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado" (https://www.marxists.org/espanol/m-e/1850s/brumaire/brum1.htm#i [39]).
Nótese atentamente: en condiciones que ellos no han elegido; los hombres entran en relaciones determinadas "independientes de su voluntad". Hasta ahora, al menos. En las condiciones que han predominado en todas las formas de sociedad existentes hasta hoy, las relaciones que los seres humanos han entablado entre sí no han estado claras para ellos, han aparecido más o menos nubladas por las representaciones mitológicas e ideológicas; por eso mismo, con la llegada de la sociedad de clases, las formas de riqueza que los hombres engendran a través de esas relaciones, tienden a írseles de las manos, a convertirse en una fuerza extraña superior. Según esta visión, los seres humanos no son productos pasivos de su entorno, o de las herramientas que producen para satisfacer sus necesidades, pero, al mismo tiempo, no dominan todavía sus propias fuerzas sociales ni son dueños de los productos de su propio trabajo.
"No es la conciencia de los hombres la que determina la realidad; por el contrario, la realidad social es la que determina su conciencia... Al considerar tales trastornos importa siempre distinguir entre el trastorno material de las condiciones económicas de producción -que se debe comprobar fielmente con ayuda de las ciencias físicas y naturales- y las formas jurídicas, políticas, religiosas, artísticas o filosóficas; en una palabra, las formas ideológicas, bajo las cuales los hombres adquieren conciencia de este conflicto y lo resuelven. Así como no se juzga a un individuo por la idea que él tenga de sí mismo, tampoco se puede juzgar tal época del trastorno por la conciencia de sí misma; es preciso, por el contrario, explicar esta conciencia por las contradicciones de la vida material, por el conflicto que existe entre las fuerzas productoras sociales y las relaciones de producción" (Prefacio a la Contribución a la crítica de la economía Política, op. cit., pág. 43).
En suma, los hombres hacen su propia historia, pero no aún en plena conciencia de lo que están haciendo. De ahí que, al estudiar un cambio histórico, no podemos contentarnos con estudiar las ideas y creencias de una época, o con examinar las modificaciones en los sistemas de gobierno o de legislación; para captar cómo evolucionan esas ideas y sistemas, es necesario ir a los conflictos sociales fundamentales que yacen tras ellos.
Una vez más hay que decir que este planteamiento de la historia no descarta el papel activo de la conciencia, de los ideales y de las formaciones políticas y legales, su impacto real en las relaciones sociales y el desarrollo de las fuerzas productivas. Por ejemplo, la ideología de las clases esclavistas de la Antigüedad consideraba completamente despreciable el trabajo, y esta actitud jugó un papel directo impidiendo que los avances científicos considerables que llevaron a cabo los filósofos griegos repercutieran en el desarrollo práctico de la ciencia, en la invención y verdadera puesta en funcionamiento de herramientas y técnicas que hubieran aumentado la productividad del trabajo. Pero la realidad subyacente tras esta barrera era el propio modo de producción esclavista: la existencia del esclavismo como base de la creación de riqueza en la sociedad clásica era la fuente del desprecio por el trabajo de los esclavistas y el hecho de que, para ellos, aumentar el plustrabajo, pasaba necesariamente por aumentar el número de esclavos.
En escritos posteriores, Marx y Engels tuvieron que defender su planteamiento teórico, tanto de los abiertamente críticos con él, como de los seguidores equivocados, que interpretaban la posición de que "el ser social determina la conciencia social", de la forma más vulgar posible, por ejemplo pretendiendo que significaba que todos los miembros de la burguesía estarían fatalmente determinados a pensar igual debido a su posición económica en la sociedad; o de forma aún más absurda, que todos los miembros del proletariado están obligados a tener una clara conciencia de sus intereses de clase porque están sometidos a la explotación. Esas actitudes reduccionistas fueron precisamente las que llevaron a Marx a decir "Yo no soy marxista". Hay numerosas razones que hacen que, de entre la clase obrera tal cual existe en la "normalidad" del capitalismo, sólo una minoría reconoce su verdadera situación de clase: no sólo diferencias en la historia individual y la psicología, sino fundamentalmente, el papel activo que juega la ideología dominante impidiendo que los dominados puedan comprender sus propios intereses de clase -una ideología dominante cuyas connotaciones y efectos van más allá de la propaganda inmediata de la clase dominante, puesto que está profundamente arraigada en las mentes de los explotados, "La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos" (https://www.marxists.org/espanol/m-e/1850s/brumaire/brum1.htm#i [39]), como escribió Marx a continuación del pasaje de el 18 Brumario que hemos citado antes sobre que los hombres hacen su propia historia en condiciones que no eligen.
De hecho, la comparación de Marx entre la ideología de una época y lo que un individuo piensa de sí mismo, lejos de expresar una visión reduccionista de Marx, muestra realmente una profundidad psicológica: sería un mal psicoanalista quien no prestara ningún interés a lo que un paciente cuenta sobre sus sentimientos y convicciones, pero sería igualmente mediocre si se detuviera en la conciencia que el paciente tiene de sí mismo, ignorando la complejidad de los elementos ocultos e inconscientes de su perfil psicológico. Lo mismo vale para la historia de las ideas o la historia "política", que puede decirnos mucho sobre lo que estaba ocurriendo en una época determinada, pero que sólo nos da un reflejo distorsionado de la realidad. De ahí el rechazo de Marx ante todos los planteamientos históricos que se quedaban en la superficie aparente de los acontecimientos: "Toda la concepción histórica, hasta ahora, ha hecho caso omiso de esta base real de la historia, o la ha considerado simplemente como algo accesorio, que nada tiene que ver con el desarrollo histórico. Esto hace que la historia debe escribirse siempre con arreglo a una pauta situada fuera de ella; la producción real de la vida se revela como algo protohistórico, mientras que la historicidad se manifiesta como algo separado de la vida usual, como algo extra y supraterrenal. De este modo, se excluye de la historia el comportamiento de los hombres hacia la naturaleza, lo que engendra la antítesis de naturaleza e historia. Por eso, esta concepción sólo acierta a ver en la historia las acciones políticas de los caudillos y del Estado, las luchas religiosas y las luchas teóricas en general, y se ve obligada a compartir, especialmente, en cada época histórica, las ilusiones de esta época. Por ejemplo, una época se imagina que se mueve por motivos puramente "políticos" o "religiosos", a pesar de que la "religión" o la "política" son simplemente las formas de sus motivos reales: pues bien, el historiador de la época de que se trata, acepta sin más tales opiniones. Lo que estos determinados hombres se "figuraron", se "imaginaron" acerca de su práctica real se convierte en la única potencia determinante y activa que dominaba y determinaba la práctica de estos hombres. Y así, cuando la forma tosca con que se presenta la división del trabajo entre los hindúes y los egipcios provoca en estos pueblos el régimen de castas propio de su Estado y de su religión, el historiador cree que el régimen de castas fue la potencia que engendró aquella tosca forma social" (la Ideología alemana, Barcelona 1970, pag. 41-42).
Volvamos ahora al pasaje del Prefacio que más claramente contribuye a comprender la presente fase histórica en la vida del capitalismo: "Durante el curso de su desarrollo, las fuerzas productoras de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes, o, lo cual no es mas que su expresión jurídica, con las relaciones de propiedad en cuyo interior se habían movido hasta entonces. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas que eran, estas relaciones se convierten en trabas de estas fuerzas. Entonces se abre una era de revolución social" (Prefacio a la Contribución a la crítica de la economía política, op. cit., pag. 43).
Aquí Marx muestra una vez más, que el elemento activo en el proceso histórico son las relaciones que los hombres empiezan a establecer entre sí para producir las necesidades de la vida. Revisando el movimiento de una forma social a otra, se hace evidente que hay una dialéctica constante entre los periodos en que esas relaciones dan lugar a un verdadero desarrollo de las fuerzas productivas y los periodos en que esas mismas relaciones se convierten en una traba para su desarrollo ulterior. En el Manifiesto Comunista, Marx y Engels mostraron que las relaciones capitalistas de producción, surgiendo de la sociedad feudal decadente, actuaron como una fuerza profundamente revolucionaria, barriendo todas las formas obsoletas de la vida social y económica que se levantaron en su camino. La necesidad de competir y producir lo más barato posible, obligó a la burguesía a revolucionar constantemente las fuerzas productivas; la necesidad incesante de encontrar nuevos mercados para sus mercancías la obligó a invadir todo el globo y a crear un mundo a su imagen y semejanza.
En 1848, las relaciones sociales capitalistas eran claramente una "forma de desarrollo" y sólo se habían implantado firmemente en uno o dos países. Sin embargo, la violencia de las crisis económicas del primer cuarto del siglo XIX condujeron inicialmente a los autores del Manifiesto a concluir que el capitalismo ya se había convertido en una traba al desarrollo de las fuerzas productivas, poniendo la revolución comunista (o al menos una transición rápida de la revolución burguesa a la revolución proletaria) al orden del día.
"En las crisis comerciales se destruye regularmente gran parte no sólo de los productos engendrados, sino de las fuerzas productivas ya creadas. En las crisis estalla una epidemia social que en todas las épocas anteriores hubiese parecido un contrasentido: la epidemia de la superproducción. Súbitamente, la sociedad se halla retrotraída a una situación de barbarie momentánea; una hambruna, una guerra de exterminio generalizada parecen haberle cortado todos sus medios de subsistencia; la industria, el comercio, parecen aniquilados. ¿Y ello por qué? Porque posee demasiada civilización, demasiados medios de subsistencia, demasiada industria, demasiado comercio. Las fuerzas productivas de que dispone ya no sirven al fomento de las relaciones de propiedad burguesas; por el contrario, se han tornado demasiado poderosas para estas relaciones, y éstas las inhiben; y en cuanto superan esta inhibición, ponen en desorden toda la sociedad burguesa, ponen en peligro la existencia de la propiedad burguesa. Las relaciones burguesas se han tornado demasiado estrechas como para abarcar la riqueza por ellas engendrada" (Marx/Engels, el Manifiesto comunista, cap. "Burgueses y proletarios", Barcelona, 1998, pp. 46-47).
Con la derrota de las revoluciones de 1848 y la enorme expansión del capitalismo mundial que se produjo en el periodo siguiente, tuvieron que revisar ese planteamiento, a pesar de que sea comprensible que estuvieran impacientes por la llegada de una era de revolución social, del día del juicio al arrogante orden del capital mundial. Pero lo importante de su planteamiento es el método básico: el reconocimiento de que un orden social no podía ser erradicado hasta que no hubiera entrado definitivamente en conflicto con el desarrollo de las fuerzas productivas, precipitando toda la sociedad en una crisis, no coyuntural ni de juventud, sino enteramente en una "era" de crisis, de convulsión, de revolución social; dicho de otra forma, en una crisis de decadencia.
En 1858 Marx volvía de nuevo sobre esta cuestión: "La verdadera tarea de la sociedad burguesa es la creación del mercado mundial, al menos en esbozo, y la de la producción basada en ese mercado. Puesto que el mundo es redondo, la colonización de California y Australia y el desarrollo de China y Japón parecen haber completado ese proceso. Lo difícil para nosotros es esto: en el continente, la revolución es inminente y asumirá de inmediato un carácter socialista. ¿No estará destinada a ser aplastada en este pequeño rincón, teniendo en cuenta que en un territorio mucho mayor el movimiento de la sociedad burguesa está todavía en ascenso" (Correspondencia de Marx a Engels, Manchester, 8 de octubre de 1858).
Lo interesante de este pasaje es precisamente la cuestión que plantea: ¿Cuáles son los criterios históricos para determinar el tránsito a una época de revolución social en el capitalismo? ¿Puede haber una revolución social mientras el capitalismo es aún un sistema globalmente en expansión? Marx se precipitó al pensar que la revolución era inminente en Europa. De hecho, en una carta a Vera Zasulich sobre el problema de Rusia, escrita en 1881, parece que modificó de nuevo su posición: "El sistema capitalista ha pasado ya la flor de la vida en Occidente, aproximándose al momento en que no será mas que un sistema social regresivo" (citado en Shanin, Late Marx and the Russian Road, RKP, pag. 103, traducido por nosotros). Así, 20 años después de 1858, el sistema estaría sólo "aproximándose" a su periodo "regresivo", incluso en los países avanzados. Esto expresa las dificultades que confrontaba Marx debido a la situación histórica en la que vivía. Como se demostró después, el capitalismo aún tenía ante sí una última fase de verdadero desarrollo global, la fase del imperialismo, que abocaría en un periodo de convulsiones a escala mundial, indicando que todo el sistema, y no sólo una parte de él, se hundía en su crisis de senilidad. Sin embargo la preocupación de Marx en estas cartas muestra hasta qué punto se tomó en serio el problema de basar una perspectiva revolucionaria en la decisión de si el capitalismo había llegado o no a esa época.
"Una sociedad no desaparece nunca antes de que sean desarrolladas todas las fuerzas productoras que pueda contener, y las relaciones de producción nuevas y superiores no se sustituyen jamás en ella antes de que las condiciones materiales de existencia de esas relaciones han sido incubadas en el seno mismo de la vieja sociedad. Por eso la humanidad no se propone nunca más que los problemas que puede resolver, pues, mirando más de cerca, se verá siempre que el problema mismo no se presenta más que cuando las condiciones materiales para resolverlo existen o se encuentran en estado de existir."
En este pasaje, Marx destaca aún más la importancia de basar la perspectiva de la revolución social, no únicamente en la aversión moral que inspira un sistema de explotación, sino en su incapacidad para desarrollar la productividad del trabajo y, en general, la capacidad de los seres humanos parta satisfacer sus necesidades materiales.
El argumento de que una sociedad no desaparece nunca hasta que ha llevado a cabo toda su capacidad de desarrollo se ha empleado para argumentar contra la idea de que el capitalismo haya alcanzado su periodo de decadencia: el capitalismo ha crecido claramente después de 1914, y no podríamos decir que es decadente hasta que cese completamente de crecer. Es cierto que teorías como la de Trotski en los años 30, que afirmaba que las fuerzas productivas habían dejado de crecer, han causado una gran confusión. Teniendo en cuenta que el capitalismo estaba inmerso en ese momento en la mayor depresión que ha conocido hasta ahora, esa visión parecía plausible; aparte de eso, la idea de que la decadencia está marcada por el cese del desarrollo de las fuerzas productivas, e incluso su regresión, se puede aplicar hasta cierto punto a las sociedades de clase anteriores, en las que la crisis era siempre el resultado de la subproducción, de la incapacidad absoluta para producir lo suficiente para abastecer las necesidades básicas de la sociedad (e incluso en esos sistemas, el proceso de "decadencia" no se desarrollaba nunca sin que se produjeran fases de aparente recuperación e incluso de crecimiento vigoroso). Pero el problema fundamental de esta posición es que ignora la realidad esencial del capitalismo, la necesidad de crecimiento, de acumulación, de la reproducción ampliada de valor. Como veremos, en la decadencia del sistema, esa necesidad solo puede resolverse manipulando cada vez más las mismas leyes de la producción capitalista; pero como también veremos, probablemente no se llegará nunca al punto en que la acumulación capitalista sea imposible. Como señaló Rosa Luxemburg en la Anticrítica, ese punto es "una ficción teórica, porque la acumulación de capital no es sólo un proceso económico, sino también político". Además, Marx ya había lanzado la idea de la no identidad entre fase de declive del capitalismo y cese de las fuerzas productivas: "El desarrollo mayor de estas mismas bases (la flor en que se transforman; pero se trata siempre de esas bases, de esa planta como flor; y por tanto marchitándose después del florecimiento) es el punto en que se ha realizado totalmente, se ha desarrollado en la forma que es compatible con el mayor desarrollo de las fuerzas productivas, y por tanto también con el desarrollo más rico de los individuos. Tan pronto como se llega a este punto, el desarrollo posterior aparece como declive, y el nuevo desarrollo empieza desde nuevas bases" (Gründisse, V:"Diferencia entre el modo de producción capitalista y todos los modos anteriores"; subrayado por nosotros).
El capitalismo ha desarrollado ciertamente suficientes fuerzas productivas para que pueda surgir un modo de producción nuevo y superior. De hecho, desde el momento en que se han desarrollado las condiciones materiales para el comunismo, el sistema ha entrado en declive. Al crear una economía mundial -fundamental para el comunismo- el capitalismo también alcanzaba los límites de su desarrollo saludable. La decadencia del capitalismo no tiene que identificarse con un cese completo de la producción, sino con una serie creciente de catástrofes y convulsiones que demuestran la absoluta necesidad de su derrocamiento.
El punto principal en que insiste Marx aquí es la necesidad de un periodo de decadencia. Los hombres no hacen la revolución por puro placer, sino porque están obligados por necesidad, por los sufrimientos intolerables que acarrea la crisis de un sistema. Por eso mismo, sus ataduras con el statu quo están profundamente arraigadas en su conciencia, y sólo el creciente conflicto entre esa ideología y la realidad material que confrontan, puede llevarlos a levantarse contra el sistema dominante. Esto es cierto sobre todo para la revolución proletaria, que por primera vez requiere una transformación consciente de todos los aspectos de la vida social.
Se acusa a veces a los revolucionarios de defender la idea de "cuanto peor, mejor"; de que cuanto más sufran las masas, más probable es que sean revolucionarias. Pero no hay ninguna relación mecánica entre sufrimiento y conciencia revolucionaria. El sufrimiento contiene una dinámica hacia la reflexión y la revuelta, pero también puede demoler y dejar exhausta la capacidad de llevar a cabo esa revuelta; o incluso conducir a la adopción de formas completamente falsas de rebelión, como muestra el desarrollo actual del fundamentalismo islámico. Un periodo de decadencia es necesario para convencer a la clase obrera de que necesita construir una nueva sociedad, pero, por otra parte, una época de decadencia que se prolongue indefinidamente puede amenazar la posibilidad misma de la revolución, arrastrando al mundo a través de una espiral de desastres que sólo sirven para destruir las fuerzas productivas acumuladas y en particular la más importante de todas ellas, el proletariado. Este es realmente el peligro que plantea la fase final de la decadencia, a la que nos referimos como la descomposición, que según nuestra posición, ya ha comenzado.
Este problema de una sociedad que se pudre sobre sus propios cimientos es particularmente agudo en el capitalismo porque, a diferencia de los modos de producción anteriores, la maduración de las condiciones materiales para una nueva sociedad -el comunismo- no coincide con el desarrollo de nuevas formas económicas dentro del viejo orden social. En la decadencia del esclavismo en Roma, el desarrollo de estados feudales era a menudo obra de miembros de la antigua clase propietaria de esclavos que se habían distanciado del Estado central para evitar la aplastante carga de sus impuestos. En el periodo de la decadencia feudal, la nueva clase burguesa surgió en las ciudades -que siempre habían sido los centros comerciales del viejo sistema- y estableció los fundamentos de una nueva economía basada en la manufactura y el comercio. La emergencia de estas nuevas formas de producción era al mismo tiempo una respuesta a la crisis del viejo orden social y un factor que empujaba cada vez más hacia su disolución.
Con el declive del capitalismo, las fuerzas productivas que ha puesto en marcha entran en un conflicto creciente con las relaciones sociales en las cuales operan. Esto se expresa sobre todo en el contraste entre la enorme capacidad productiva del capitalismo y su incapacidad para absorber todas las mercancías que produce, en suma, en la crisis de sobreproducción. Pero mientras esta crisis hace cada vez más urgente la abolición de las relaciones mercantiles al tiempo que distorsiona progresivamente las leyes de estas mismas relaciones, no conduce sin embargo al surgimiento espontáneo de formas económicas comunistas. A diferencia de las clases revolucionarias anteriores, la clase obrera es una clase desposeída y explotada, y no puede construir su nuevo orden económico en el marco del modo de producción anterior. El comunismo solo puede ser resultado de una lucha cada vez más consciente contra el viejo orden, que lleve al derrocamiento político de la burguesía como precondición para la transformación comunista de la vida económica y social. Si el proletariado es incapaz de alzar su lucha a los niveles necesarios de conciencia y autoorganización, las contradicciones del capitalismo no llevarán a un nuevo orden social superior, sino a "la ruina mutua de las clases en conflicto".
Gerrard
Apéndice
El pasaje completo del Prefacio dice: "El resultado general a que llegué y que, una vez obtenido, me sirvió de guía para mis estudios, puede formularse brevemente de este modo: en la producción social de su existencia, los hombres entran en relaciones determinadas, necesarias, independientes de su voluntad; Estas relaciones de producción corresponden a un grado determinado de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción constituye la estructura económica de la sociedad, la base real, sobre la cual se eleva una superestructura jurídica y política y a la que corresponden formas sociales determinadas de conciencia. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de vida social, política e intelectual en general. No es la conciencia de los hombres la que determina la realidad; por el contrario, la realidad social es la que determina su conciencia. Durante el curso de su desarrollo, las fuerzas productoras de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes, o, lo cual no es más que su expresión jurídica, con las relaciones de propiedad en cuyo interior se habían movido hasta entonces. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas que eran, estas relaciones se convierten en trabas de estas fuerzas. Entonces se abre una era de revolución social. El cambio que se ha producido en la base económica trastorna más o menos lenta o rápidamente toda la colosal superestructura. Al considerar tales trastornos importa siempre distinguir entre el trastorno material de las condiciones económica de la producción -que se debe comprobar fielmente con ayuda de las ciencias físicas y naturales- y las formas jurídicas, políticas, religiosas, artísticas o filosóficas; en una palabra, las formas ideológicas, bajo las cuales los hombres adquieren conciencia de este conflicto y lo resuelven. Así como no se juzga a un individuo por la idea que él tenga de sí mismo, tampoco se puede juzgar tal época de trastorno por la conciencia de sí misma; es preciso, por el contrario, explicar esta conciencia por las contradicciones de la vida material, por el conflicto que existe entre las fuerzas productoras sociales y las relaciones de producción. Una sociedad no desaparece nunca antes de que sean desarrolladas todas las fuerzas productoras que pueda contener, y las relaciones de producción nuevas y superiores no se sustituyen jamás en ella antes de que las condiciones materiales de existencia de esas relaciones han sido incubadas en el seno mismo de la vieja sociedad. Por eso la humanidad no se propone nunca más que los problemas que puede resolver, pues, mirando de más cerca, se verá siempre que el problema mismo no se presenta más que cuando las condiciones materiales para resolverlo existen o se encuentran en estado de existir. Esbozados a grandes rasgos, los modos de producción asiático, antiguo, feudal y burgués moderno, pueden ser designados como otras tantas épocas progresivas de la formación social económica. Las relaciones burguesas de producción son la última forma antagónica del proceso de producción social, no en el sentido de un antagonismo individual, sino en el de un antagonismo que nace de las condiciones sociales de existencia de los individuos; las fuerzas productoras que se desarrollan en el seno de la sociedad burguesa crean al mismo tiempo las condiciones materiales para resolver este antagonismo. Con esta formación social termina pues la prehistoria de la sociedad humana."
Terminamos aquí la publicación de la serie de artículos sobre los "Problemas del período de transición", publicados en la revista Bilan entre 1934 y 1937. Este último artículo se publicó en Bilan no 38 (diciembre de 1936/enero de 1937). En él se continua el debate teórico que la Izquierda italiana quería llevar a cabo a toda costa, pues lo consideraba como la clave para sacar las lecciones de la derrota de la Revolución rusa y preparar el terreno para el éxito de la revolución en el futuro. Como lo mencionamos en la introducción del artículo anterior de la serie, el debate fue muy amplio. El artículo que sigue se refiere a la corriente trotskista, a los internacionalistas holandeses y también a los desacuerdos entre Mitchell (miembro de la minoría de la Liga de los comunistas internacionalistas que evolucionó para formar la Fracción belga de la Izquierda comunista) y "los camaradas de Bilan" quienes, según Mitchell, no insistían lo suficiente en el problema de la transformación económica tras la toma del poder por el proletariado.
Sea cual que sea la respuesta a ese problema, el texto de Mitchell plantea una serie de cuestiones importantes sobre la política económica del proletariado; en particular, cómo superar la dominación de la producción sobre el consumo característica de las relaciones sociales capitalistas, y cómo eliminar la ley del valor tan propia de esas relaciones. No trataremos estas cuestiones aquí, pero posteriormente habrá otro artículo que intentará estudiar más profundamente las divergencias entre los Comunistas de izquierda italianos y los holandeses, puesto que este debate sigue siendo, hasta hoy, la base de partida para abordar el problema de cómo podrá la clase obrera suprimir la acumulación capitalista y crear un método de producción que responda a las verdaderas necesidades de la humanidad.
Nos quedan por examinar algunas normas de gestión económicas que condicionan, a nuestro parecer, el vínculo entre el partido y las masas, base del reforzamiento de la dictadura del proletariado.
Es una verdad para cualquier sistema de producción: no puede desarrollarse sino basándose en una reproducción ampliada, o sea en la acumulación de riquezas. Pero un tipo de sociedad se define menos por sus formas y manifestaciones exteriores que por su contenido social, por los mecanismos dominantes en la producción, o sea por las relaciones de clase. En la evolución histórica, ambos procesos, interno y externo, se mueven evidentemente en una constante contradicción. El desarrollo capitalista ha demostrado con toda evidencia que la progresión de las fuerzas productivas genera al mismo tiempo su contrario, el retroceso de las condiciones materiales del proletariado, fenómeno que se tradujo en la contradicción entre el valor de cambio y el valor de uso, entre la producción y el consumo. Ya señalamos que el sistema capitalista no fue un sistema progresista por naturaleza, sino por necesidad (aguijoneado por la acumulación y la competencia). Marx puso en evidencia ese contraste diciendo que el "aumento de la fuerza productiva sólo tiene importancia si aumenta el trabajo excedente (o sobretrabajo) de la clase obrera y no si disminuye el tiempo necesario para la producción material" (el Capital, Volumen X) .
Partiendo de la comprobación válida para todos los tipos de sociedades de que el sobretrabajo es inevitable, el problema se concentra esencialmente entonces en el método de apropiación y la destrucción del sobretrabajo, la masa de sobretrabajo y su duración, la relación de esta masa con el trabajo total, y, en fin, el ritmo de su acumulación. E inmediatamente, podemos poner de relieve otra observación de Marx, que "la verdadera riqueza de la sociedad y la posibilidad de una ampliación continua del proceso de reproducción no depende de la duración del trabajo excedente, sino de su productividad y de las condiciones más o menos ventajosas en que trabaja esa productividad" (el Capital). Añade además que la condición fundamental para la instauración del "régimen de la libertad", es la reducción de la jornada laboral.
Estas consideraciones nos permiten percibir la tendencia que debe imprimirse a la evolución de la economía proletaria. También nos autorizan a rechazar la concepción que ve la prueba absoluta del "socialismo" en el crecimiento de las fuerzas productivas. Esa concepción no sólo fue defendida por el centrismo, sino también por Trotski: "... el liberalismo hace como si no viera los enormes progresos económicos del régimen soviético, es decir las pruebas concretas de las incalculables ventajas del socialismo. Los economistas de las clases desposeídas silencian simplemente los ritmos de desarrollo industrial sin precedentes en la historia mundial" ("Lucha de clases", junio de 1930).
Ya lo hemos mencionado al empezar este capítulo, esa cuestión de "ritmo" siguió siendo una de las preocupaciones principales de Trotski y de su oposición por mucho que no sea, ni mucho menos, la misión del proletariado, la cual consiste en modificar el objetivo de la producción y no en acelerar su ritmo a costa de la miseria del proletariado, como ocurre bajo el capitalismo. El proletariado tiene tantas menos razones de ocuparse del "ritmo" porque, por un lado, no condiciona para nada la construcción del socialismo, puesto que éste es de carácter internacional, y porque, por otro lado, la contribución de la alta tecnología capitalista a la economía socialista mundial hará aparecer su valor nulo.
Cuando nos planteamos como tarea económica primordial la necesidad de cambiar el objetivo de la producción, es decir de orientarlo hacia las necesidades del consumo, lo decimos obviamente como un proceso y no como un resultado inmediato de la Revolución. La estructura misma de la economía transitoria, tal como la analizamos, es incapaz de generar ese automatismo económico, ya que la supervivencia del "derecho burgués" deja subsistir algunas relaciones sociales de explotación y que la fuerza de trabajo sigue conservando, en cierta medida, su carácter de mercancía. La política del partido, estimulada por la actividad reivindicativa de los obreros a través de sus organizaciones sindicales, debe precisamente tender a suprimir la contradicción entre fuerza de trabajo y trabajo, desarrollada hasta su extremo límite por el capitalismo. En otros términos, al uso capitalista de la fuerza de trabajo para la acumulación de capital debe sustituirse el uso "proletario" de esa fuerza de trabajo para necesidades puramente sociales, lo que favorecerá la consolidación política y económica del proletariado.
En la organización de la producción, el Estado proletario ha de inspirarse, ante todo, de las necesidades de las masas, desarrollar las ramas productivas que pueden satisfacerlas, en función obviamente de las condiciones específicas y materiales que prevalecen en una economía determinada.
Si el programa económico elaborado se mantiene en el marco de la construcción de la economía socialista mundial, se mantiene pues conectado a la lucha de clases internacional, el Estado proletario podrá tanto más dedicarse a su tarea de desarrollar el consumo. Por el contrario, si ese programa adquiere un carácter autónomo dedicado directa o indirectamente al "socialismo nacional", una parte creciente del plustrabajo se dedicará a construir empresas que, en el futuro, no se justificarán en la división internacional del trabajo; por el contrario, esas empresas deberán inevitablemente producir medios defensivos para "la sociedad socialista" en construcción. Veremos que ése ha sido precisamente el destino que esperaba a la Rusia soviética.
Es cierto que cualquier mejora de la situación material de las masas proletarias depende en primer lugar de la productividad laboral, y ésta del grado técnico de las fuerzas productivas, por consiguiente de la acumulación. Esa mejora depende, en segundo lugar, del rendimiento del trabajo correspondiente a la organización y a la disciplina en el proceso del trabajo. Esos son los elementos fundamentales, tal como existen también en el sistema capitalista, pero en este sistema los resultados concretos de la acumulación se desvían de su destino humano en beneficio de la acumulación "en sí". La productividad laboral no se plasma en objetos de consumo, sino en capital.
De nada sirve ocultar que el problema no se resuelve ni mucho menos proclamando una política tendente a ampliar el consumo. Pero es necesario comenzar por afirmarlo porque se trata de una orientación primordial, radicalmente opuesta a la que propone que la industrialización y su crecimiento acelerado deben ser primordiales, sacrificando inevitablemente una o más generaciones de proletarios (el Centrismo ([1]) lo ha declarado abiertamente). Ahora bien, un proletariado "sacrificado", incluso por objetivos que pueden parecer corresponder a su interés histórico (la realidad en Rusia demostró que no era sin embargo el caso) no puede constituir una fuerza real para el proletariado mundial; no puede sino desviarse de ese objetivo histórico, sometido a la hipnosis de unos objetivos nacionales.
Se objetará que no puede haber ampliación del consumo sin acumulación, y acumulación sin una extracción más o menos considerable del consumo. El dilema será tanto más agudo si corresponde a un desarrollo limitado de las fuerzas productivas y a una mediocre productividad laboral. Fue en estas pésimas condiciones en las que se planteó el problema en Rusia y que una de sus manifestaciones más dramáticas fue el fenómeno de las "tijeras".
Basándonos también en las consideraciones internacionalistas que hemos desarrollado, se debe pues afirmar (si no se quiere caer en la abstracción) que las tareas económicas del proletariado, en su dimensión histórica, son primordiales. Los camaradas de Bilan, animados por la justa preocupación de poner en evidencia el papel del Estado proletario en el terreno mundial de la lucha de clases, han restado importancia al problema, al considerar que "los ámbitos económico y militar ([2]) no podrán ser sino accesorios y de detalle en la actividad del Estado proletario, mientras que sí son esenciales para una clase explotadora" (Bilan, p. 612). Lo repetimos, el programa está determinado y limitado por la política mundial del Estado proletario, pero dicho eso, el proletariado no dejará de necesitar toda su vigilancia y toda su energía de clase para intentar encontrar la solución esencial al peliagudo problema del consumo que condicionará a pesar de todo su papel de "simple factor de la lucha del proletariado mundial".
Los camaradas de Bilan cometen, a nuestro parecer, otro error ([3]) al no hacer la distinción entre una gestión que tiende a la construcción del "socialismo" y una gestión socialista de la economía transitoria, declarando en particular que "lejos de poder prever la posibilidad de la gestión socialista de la economía en un país determinado y la lucha de la Internacional, debemos comenzar declarando la imposibilidad de esta gestión socialista". Pero, ¿qué puede ser una política que procura mejorar las condiciones de vida de los obreros sino una política de gestión verdaderamente socialista destinada precisamente a invertir el proceso de la producción con relación al proceso capitalista? En el período de transición, es perfectamente posible hacer surgir esa nueva dirección económica de una producción que se realiza para las necesidades, por mucho que las clases sigan presentes.
Pero sin embargo, el cambio del objetivo de la producción no depende solamente de la adopción de una política justa, sino sobre todo de la presión de las organizaciones del proletariado sobre la economía y de la adaptación del aparato productivo a sus necesidades. Además, la mejora de las condiciones de vida no cae del cielo. Depende del desarrollo de la capacidad productiva, ya sea como consecuencia del aumento de la masa de trabajo social, de un rendimiento mayor del trabajo resultante de su mejor organización, o ya sea de la mayor producción del trabajo mediante medios de producción más potentes.
Por lo que se refiere a la masa de trabajo social - si suponemos invariable el número de obreros ocupados - ya dijimos que es el resultado de la duración y la intensidad con la que se emplea la fuerza de trabajo. Ahora bien, son precisamente esos dos factores unidos a la baja del valor de la fuerza de trabajo como efecto de su mayor productividad lo que determina el grado de explotación impuesto al proletariado en el régimen capitalista.
En la fase transitoria, la fuerza de trabajo aún conserva, es verdad, su carácter de mercancía en la medida en que el salario se confunde con el valor de la fuerza-trabajo: se despoja, en cambio, este carácter en la medida en que el salario se acerca al equivalente del trabajo total proporcionado por el obrero (abstracción hecha del plustrabajo imprescindible para las necesidades sociales) .
En contra de la política capitalista, una verdadera política proletaria, para aumentar las fuerzas productivas, no puede de ninguna manera basarse en el plustrabajo que procedería de una mayor duración o de una mayor intensidad del trabajo social que, bajo su forma capitalista, constituye la plusvalía absoluta. Debe, al contrario, fijar normas de ritmo y duración de trabajo compatibles con la existencia de una verdadera dictadura del proletariado y no puede sino ir hacia una organización más racional del trabajo, hacia la eliminación del despilfarro en las actividades sociales, aunque en este ámbito las posibilidades de aumentar la masa de trabajo útil se agotarán rápidamente.
En esas condiciones, la acumulación "proletaria" ha de encontrar su fuente esencial en el trabajo disponible gracias a una técnica más elevada.
Eso significa que el aumento de la productividad del trabajo plantea la siguiente alternativa: o una misma masa de productos (o valores de uso) determina una disminución del volumen total de trabajo consumido o, si éste sigue invariable (o incluso si disminuye según la importancia de los progresos técnicos realizados) la cantidad de productos que deben distribuirse aumentará. Pero en ambos casos, una disminución del plustrabajo relativo (relativo con respecto al trabajo estrictamente necesario para la reproducción de la fuerza de trabajo) puede combinarse con un mayor consumo y traducirse por lo tanto perfectamente en un aumento real de los salarios y no ficticio como en el capitalismo. Es en la utilización nueva de la productividad donde se verifica la superioridad de la gestión proletaria sobre la gestión capitalista y no en la competición entre los precios de coste, pues con esta base el proletariado acabaría inevitablemente derrotado, como ya lo hemos indicado.
En efecto, es el desarrollo de la productividad laboral lo que precipita el capitalismo en su crisis de decadencia donde, de manera permanente (y ya no solamente durante sus crisis cíclicas) la masa de los valores de uso se opone a la masa de los valores de cambio. La burguesía es desbordada por la inmensidad de su producción y no puede darle salida satisfaciendo a las inmensas necesidades existentes, pues eso significaría su suicido.
En el período de transición, es cierto que la productividad laboral dista mucho todavía de corresponder a la fórmula "a cada uno según sus necesidades", pero sin embargo la posibilidad de poder utilizarla íntegramente, con fines humanos, invierte los factores del problema social. Ya Marx dejó claro que en la producción capitalista la productividad laboral permanece por debajo de su máximo teórico. Por el contrario, después de la revolución, resulta posible reducir, y luego suprimir, el antagonismo capitalista entre el producto y su valor si la política proletaria tiende no a equiparar el salario al valor de la fuerza de trabajo - método capitalista que desvía el progreso técnico en beneficio del capital - sino a elevarlo cada vez más por encima de ese valor, sobre la base misma de la productividad desarrollada.
Es evidente que una determinada fracción del sobretrabajo relativo no puede volver directamente al obrero, debido a las necesidades mismas de la acumulación sin la cual no hay progreso técnico posible. Y una vez más se plantea el problema del ritmo y de la tasa de acumulación. Y si parece solucionarse en una cuestión de medida, lo arbitrario deberá excluirse en todos los casos, basándose en los principios mismos que delimitan las tareas económicas del proletariado, tal como los hemos definido.
Por otra parte, es evidente que la determinación de la tasa de la acumulación depende del centralismo económico y no de decisiones de los productores en sus empresas, como así opinan los internacionalistas holandeses (p. 116 de su obra citada). Por otra parte no parecen estar muy convencidos del valor práctico de tal solución, puesto que la precisan inmediatamente con la consideración de que la "tasa de acumulación no puede dejase al libre juicio de las empresas separadas y es el Congreso general de los consejos de empresas el que determinará la norma obligatoria", fórmula que parece ser, en fin de cuentas, centralismo disfrazado.
Si nos remitimos ahora a lo que se realizó en Rusia, salta por los aires la impostura total del Centrismo que hace derivar la supresión de la explotación del proletariado de la colectivización de los medios de producción. Y aparece ese fenómeno histórico de que el proceso de la economía soviética y el de la economía capitalista, partiendo de bases diferentes, acabaron por juntarse y dirigirse ambas hacia la misma salida: la guerra imperialista. Ambas se desarrollan gracias a una extracción creciente de plusvalía que no vuelve a la clase obrera. En la URSS, el sistema de trabajo es capitalista en su sustancia, e incluso en sus aspectos sociales y las relaciones de producción. Se incita al incremento de la masa de plusvalía absoluta, obtenida por la intensificación de trabajo mediante la forma del "stajanovismo". Las condiciones materiales de los obreros no están en nada vinculadas a las mejoras técnicas y al desarrollo de las fuerzas productivas, y en cualquier caso la participación relativa del proletariado en el patrimonio social no aumenta, sino que disminuye; fenómeno similar al que genera constantemente el sistema capitalista, incluso en sus más importantes períodos de prosperidad. Carecemos de elementos para establecer en qué medida es real el crecimiento de la parte absoluta de los obreros.
Además se practica una política de baja de los salarios que tiende a sustituir obreros no cualificados (procedentes de la inmensa reserva del campesinado) por los proletarios cualificados, los cuales son, además, los más conscientes.
A la pregunta de adónde va a parar la enorme masa de plustrabajo, se dará la respuesta fácil de que va en su mayor parte a la "clase" burocrática. Pero tal explicación es desmentida por la existencia misma de un enorme aparato productivo que sigue siendo propiedad colectiva y en relación con ese aparato, los banquetes, los automóviles y los palacetes de los burócratas no son gran cosa. Las estadísticas oficiales y demás, así como las encuestas, confirman esta desproporción enorme - y que va creciendo - entre la producción de los medios de producción (herramientas, edificios, obras públicas, etc.) y la de los bienes de consumo destinados a la "burocracia" como también a la masa trabajadora y campesina, hasta incluyendo el consumo social. Si es verdad que es la burocracia la que, como clase, dispone de la economía y de la producción y se ha apropiado el sobretrabajo, no se explica cómo éste se transforma en su mayor parte en riqueza colectiva y no en propiedad privada. Esta paradoja sólo puede explicarse si se descubre por qué esa riqueza, aún permaneciendo en la comunidad soviética, se opone a ésta a causa del destino que tiene. Indiquemos que un fenómeno similar se desarrolla hoy en la sociedad capitalista, o sea que la mayor parte de la plusvalía no pasa a los bolsillos de los capitalistas sino que se acumula en bienes que no son propiedad privada sino es desde un punto de vista puramente jurídico. La diferencia está que en la URSS, el fenómeno no toma un carácter propiamente capitalista. Las dos evoluciones también provienen de un origen diferente: en la URSS, no surge de un antagonismo económico sino político, de una escisión entre el proletariado ruso y el proletariado internacional; se desarrolla bajo la bandera de la defensa del "socialismo nacional" y de su integración en el mecanismo del capitalismo mundial. En cambio, en los países capitalistas lo que predomina es la decadencia de la economía burguesa. Pero ambas evoluciones sociales alcanzan un objetivo común: la construcción de economías de guerra (los dirigentes soviéticos alardean de haber construido la máquina de guerra más descomunal del mundo). Esta es, a nuestro entender, la respuesta "al enigma ruso". Eso explica por qué la derrota de la Revolución de octubre no se debe a los trastornos en las relaciones de clases dentro de Rusia, sino al escenario internacional.
Examinemos cuál es la política que orientó el curso de la lucha de clases hacia la guerra imperialista más bien que hacia la revolución mundial.
Para unos camaradas, ya lo hemos dicho, la Revolución rusa no fue proletaria y su evolución reaccionaria se podía anticipar porque fue realizada por un proletariado culturalmente atrasado (aunque estuviese por su conciencia de clase en la vanguardia del proletariado mundial) que, además, tuvo que dirigir un país atrasado. Nos limitaremos a oponer tal actitud fatalista a la de Marx ante la Comuna: aunque ésta expresara una inmadurez histórica del proletariado para tomar el poder, Marx le asignó sin embargo un alcance inmenso y sacó lecciones fértiles y progresistas que inspiraron precisamente a los bolcheviques en 1917. Al actuar del mismo modo frente a la Revolución rusa, no deducimos que las futuras revoluciones serán la reproducción fotográfica de Octubre, sino decimos que Octubre, por sus características fundamentales, se repercutirá en esas revoluciones, acordándosenos solamente de lo que Lenin entendía por "valor internacional de la Revolución rusa" (en la Enfermedad infantil del comunismo). Un marxista, obviamente, "no rehace" la historia, pero la interpreta para forjar armas teóricas para el proletariado, para evitarle la repetición de errores y facilitarle el triunfo final sobre la burguesía. Buscar las condiciones que hubiesen puesto al proletariado ruso ante la posibilidad de vencer definitivamente es dar todo su valor al método marxista de investigación, porque es añadir una piedra más al edificio del materialismo histórico.
Si es cierto que el reflujo de la primera oleada revolucionaria contribuyó "a aislar" momentáneamente al proletariado ruso, creemos que no es ahí donde se ha de buscar la causa determinante de la evolución de la URSS, sino en la interpretación que se hizo de la evolución de los acontecimientos de aquel entonces y la falsa perspectiva que se derivó de ellos sobre la evolución del capitalismo en la época de guerras y revoluciones. La concepción de la "estabilización" del capitalismo generó naturalmente más tarde la teoría del "socialismo en un solo país" y, como consecuencia de ella, la política de "defensa" de la URSS.
El proletariado internacional se convirtió en instrumento del Estado proletario para su defensa contra una agresión imperialista, mientras que la revolución mundial como objetivo concreto pasaba al segundo plano. Si Bujarin sigue hablando de ésta en 1925, es porque "la revolución mundial tiene para nosotros esa importancia, porque es la única garantía contra las intervenciones, contra otra guerra".
Se elaboró así una teoría de la "garantía contra las intervenciones" de la que se apoderó la Internacional comunista para convertirse en expresión de los intereses particulares de la URSS y no de los de la revolución mundial. La "garantía" ya no se buscó en la conexión con el proletariado internacional sino en la modificación del carácter y del contenido de las relaciones del Estado proletario con los Estados capitalistas. El proletariado mundial era así ya solo una fuerza de apoyo para la defensa del "socialismo nacional".
Por lo que se refiere a la NEP, basándonos sobre lo que dijimos anteriormente, no creemos que fuera un terreno específico para una inevitable degeneración, a pesar de que sí favoreció un incremento importante de las veleidades capitalistas en el campesinado en especial y que, por ejemplo, bajo la bandera del centrismo, la alianza (smytchka) con los campesinos pobres en la que Lenin veía un medio para fortalecer la dictadura proletaria acabó siendo un objetivo, así como la unión con el campesinado medio y los kulaks.
Contrariamente a la opinión de los camaradas de Bilan, tampoco creemos que se pueda deducir de ciertas declaraciones de Lenin sobre la NEP, que él sería favorable a una política que desvinculara la evolución económica de Rusia del futuro de la revolución mundial.
Al contrario, para Lenin, la NEP era una política de espera, de respiro, hasta la reanudación de la lucha internacional de las clases: "cuando adoptamos una política que debe durar muchos años, no olvidamos ni un momento que la revolución internacional, la rapidez y las condiciones de su desarrollo pueden modificarlo todo". Para él, se trataba de restablecer un determinado equilibrio económico, aunque fuera pagando a las fuerzas capitalistas (pues sin éstas, se hundiría la dictadura), pero no de "recurrir a la colaboración de las clases enemigas para la construcción de los fundamentos de la economía socialista" (Bilan, p. 724).
Así como nos parece injusto hacer de Lenin un partidario del "socialismo en un solo país" basándose en un documento apócrifo.
La Oposición rusa "trotskista", en cambio, sí que contribuye a acreditar la opinión de que la lucha se cristalizaba entre los Estados capitalistas y el Estado soviético. En 1927, esa oposición consideraba inevitable la guerra de los imperialistas contra URSS, precisamente cuando la IC estaba sacando a los obreros de sus posiciones de clase para lanzarlos al frente de la defensa de la URSS, en el mismo momento en que la IC estaba dirigiendo el aplastamiento de la Revolución china. Sobre esta base, la Oposición se implicó en la preparación de la URSS - "bastión del socialismo" - para la guerra. Esta posición equivalía a dar una aprobación teórica a la explotación de los obreros rusos para la construcción de una economía de guerra (planes quinquenales). La oposición llegó incluso hasta agitar el mito de la unidad a "toda costa" del partido, como condición de la victoria militar de la URSS. Al mismo tiempo manejó los equívocos sobre la lucha "por la paz" (¡!) considerando que la URSS debía intentar "retrasar la guerra", pagando incluso un rescate mientras que se debía "preparar al máximo toda la economía, el presupuesto, etc., en caso de guerra" y considerar decisiva la cuestión de la industrialización para garantizar los recursos técnicos indispensables para la defensa (Plataforma de la Oposición).
Más tarde Trotski, en su Revolución permanente, retomó esa tesis de la industrialización sobre el ritmo "más rápido" que sería, por lo visto, una garantía contra las "amenazas del exterior", como también habría favorecido la evolución del nivel de vida de las masas. Sabemos por una parte, que la "amenaza del exterior" se realizó no por la "cruzada" contra la URSS, sino por su integración en el frente del imperialismo mundial; por otra parte, que el industrialismo no coincidió de ninguna manera con una existencia mejor del proletariado, sino con su explotación más desenfrenada, sobre la base de la preparación a la guerra imperialista.
En la próxima revolución, el proletariado vencerá, independientemente de su inmadurez cultural y de la deficiencia económica, con tal de que apueste no sobre la "construcción del socialismo", sino sobre la expansión de la guerra civil internacional.
Mitchell
[1]) En la época en que Bilan publicó esta contribución, toda la Izquierda italiana definía todavía como "centrismo" las ideas estalinistas que dirigían la política de la IC. Será más tarde, con Internationalisme en la posguerra, cuando la corriente heredera de la Izquierda italiana defina claramente como contrarrevolucionario al estalinismo. Léase la presentación critica de estos textos publicada en la Revista internacional no 132 (NDLR).
[2]) Estamos de acuerdo con los camaradas de Bilan: la defensa del Estado proletario no se plantea en terreno militar sino a nivel político, en relación con el proletariado internacional.
[3]) Que quizás sólo sea pura formulación, pero es importante subrayarlo a pesar de todo porque corresponde a su tendencia a minimizar los problemas económicos.
En el número 133 de la Revista internacional, empezamos a abrir hacia el exterior de nuestra organización un debate emprendido en nuestro seno sobre la explicación del período de prosperidad de los años 1950-60, una excepción en la vida del capitalismo desde la Primera Guerra mundial. En esa Revista, planteamos los términos y el marco de ese debate, y presentamos las posiciones enfrentadas. Aquí publicamos otra contribución a esa discusión.
Esa contribución defiende la tesis que presentamos y que titulamos "El capitalismo de Estado keynesiano-fordista", que esencialmente explica la demanda solvente durante el periodo mencionado gracias a la aplicación por parte de la burguesía de mecanismos keynesianos.
En próximos números de nuestra revista publicaremos artículos con las demás tesis confrontadas así como una respuesta a esta contribución, en particular en lo que se refiere a los factores determinantes de la entrada del capitalismo en su fase de decadencia y el carácter de la acumulación capitalista.
En 1952, nuestros antepasados de la GCF (Izquierda comunista de Francia) cesaron su actividad de grupo porque "La desaparición de los mercados extracapitalistas acarrea una crisis permanente del capitalismo (...) Se verá entonces la brillante confirmación de la teoría de Rosa Luxemburg (...) En realidad, las colonias han dejado de ser un mercado extracapitalista para las metrópolis (...) Vivimos en un estado de guerra inminente...". Enunciadas en vísperas de los Treinta gloriosos, esos múltiples errores son reveladores de la necesidad de superar "la brillante "invalidación" de la teoría de Rosa Luxemburg", y de volver de nuevo a una comprensión más coherente del funcionamiento y de los límites del capitalismo. Tal es el objeto de este artículo.
1) Las dificultades de la reproducción ampliada y sus límites
La apropiación del plustrabajo se impone como una obligación para la supervivencia del capitalismo ([2]). Contrariamente a las sociedades anteriores, esta apropiación tiene una dinámica intrínseca y permanente de ampliación de la escala de producción que supera con mucho la reproducción simple. Genera una demanda social creciente por la contratación de nuevos trabajadores y la reinversión en medios de producción y de consumo suplementarios: "Los límites del consuno se amplían por la tensión del proceso de reproducción mismo; por un lado hace aumentar el gasto de la renta por los obreros y los capitalistas; por otro lado, es idéntica a la tensión del consumo productivo" (Marx, el Capital, libro III). Esta dinámica de ampliación se materializa en una sucesión de ciclos más o menos decenales en los que el aumento periódico de capital fijo acaba reduciendo regularmente la cuota de ganancia y provocando crisis ([3]). Cuando ocurren esas crisis, las quiebras y depreciaciones de capitales reconstruyen las condiciones de una reanudación, la cual amplía los mercados y el potencial productivo: "Éstas [las crisis] siempre son sólo soluciones violentas momentáneas de las contradicciones existentes, erupciones violentas que restablecen por el momento el equilibrio perturbado (...) El estancamiento verificado en la producción habría preparado una ulterior ampliación de la misma, dentro de los límites capitalistas. Y de este modo se recorrería nuevamente el círculo vicioso. Una parte del capital desvalorizada por paralización funcional, recuperaría su antiguo valor. Por lo demás se recorrería nuevamente el mismo círculo vicioso con condiciones de producción ampliadas, con un mercado expandido y con una fuerza productiva acrecentada" (Marx, el Capital, Libro III). El gráfico siguiente ilustra perfectamente todos los elementos de este marco teórico de análisis elaborado por Marx: la decena de ciclos con subidas y bajadas de la cuota de ganancia siempre está marcada por una crisis (recesión):
Más de dos siglos de acumulación capitalista han estado ritmados por unos treinta ciclos y crisis. Marx ya había definido siete durante su vida, la IIIe Internacional dieciséis ([4]) y las izquierdas de ésta completarán ese cuadro durante el período de entreguerras ([5]). Tal es la base material y recurrente de las crisis de sobreproducción cuya génesis vamos ahora a examinar ([6]).
2) El circuito de la acumulación, una obra en dos actos: producción de beneficios y realización de las mercancías
Extraer un máximo de plustrabajo, que se cristaliza en una cantidad creciente de mercancías, es lo que Marx llama "el primer acto del proceso de producción capitalista". Esas mercancías, a continuación, deben venderse con el fin de transformar este plustrabajo material en plusvalía bajo forma monetaria para la reinversión: es "el segundo acto del proceso". Cada uno de ambos actos contiene sus propias contradicciones y límites. En efecto, aunque influyéndose mutuamente, el primer acto lo aguijonea sobre todo la cuota de ganancia, y el segundo depende de las distintas tendencias que restringen los mercados ([7]).Estos dos límites generan periódicamente una demanda final que no está a la altura de la producción: "La sobreproducción tiene especialmente por condición la ley general de producción del capital: producir a medida de las fuerzas productivas (es decir, según la posibilidad que se tiene de explotar la mayor masa posible de trabajo con una masa dada de capital) sin tener en cuenta los límites existentes del mercado o las necesidades solventes..." (Marx, Teorías sobre la plusvalía, trad. del francés, Editions sociales, volumen II: 637)
¿De dónde procede esta insuficiencia de la demanda solvente?
a) De las capacidades limitadas de consumo de la sociedad, al reducirse a causa de las relaciones antagónicas de distribución del plustrabajo (lucha de clases): "La razón última de todas las crisis reales sigue siendo la pobreza y el consumo limitado de las masas, ante la tendencia de la economía capitalista a desarrollar las fuerzas productivas como si sólo tuvieran por límite el poder de consumo absoluto de la sociedad" ([8]).
b) Límites que se derivan del proceso de acumulación que reduce el consumo cuando la cuota de ganancia se inclina hacia abajo: la insuficiencia de plusvalía extraída con relación al capital invertido produce un freno en las inversiones y la contratación de nuevas fuerzas de trabajo: " El límite del modo de producción se manifiesta en los hechos siguientes: 1) el desarrollo de la productividad laboral genera, en la reducción de la cuota de ganancia, una ley que, en un determinado momento, se vuelve brutalmente contra ese desarrollo y debe ser constantemente superada mediante crisis".
c) De la realización incompleta del producto total cuando no se respetan las proporcionalidades entre las ramas de la producción ([9]).
3) Una triple conclusión sobre la dinámica y las contradicciones internas del capitalismo
En toda su obra, Marx destacó constantemente esa doble raíz de las crisis: "La sobreproducción moderna tiene como base, por un lado el desarrollo absoluto de las fuerzas productivas y por lo tanto la producción en masa por los productores encerrados en el círculo del abastecimiento necesario, y, por otro lado, la limitación por el beneficio de los capitalistas" ([10]), doble raíz cuyas determinaciones son básicamente independientes. En efecto, aunque el nivel y la reducción recurrente de la cuota de ganancia influyen sobre el reparto de la plusvalía y a la inversa, Marx insistirá, sin embargo en que estas dos raíces son básicamente "independientes", "no son idénticas", "divergen conceptualmente" ([11]). ¿Por qué? Simplemente porque la producción de ganancia y los mercados, están, en lo esencial, condicionados de manera diferente. Esta es la razón por la que Marx rechaza categóricamente toda teoría monocausal de las crisis ([12]). Es pues teóricamente erróneo hacer estrictamente derivar la evolución del cuota de ganancia de la importancia de los mercados y a la inversa. De ello se deriva que los ritmos temporales de ambas raíces son inevitablemente diferentes. La primera contradicción (la cuota de ganancia) hunde sus raíces en las necesidades de aumentar el capital constante en detrimento del capital variable, su ritmo temporal está pues esencialmente vinculado a los ciclos de movimiento del capital fijo. El ritmo temporal de la segunda contradicción, derivada de lo que está en juego en torno a la distribución del plustrabajo, está determinada por la relación de fuerzas entre las clases, cuyos períodos son más largos ([13]). Aunque ambos ritmos temporales se relacionen mutuamente (el proceso de acumulación influye sobre la relación de fuerzas entre las clases y recíprocamente), son básicamente "independientes", "no idénticos", "divergen conceptualmente", ya que la lucha de clase no está estrictamente vinculada a los ciclos decenales, ni éstos a las relaciones entre las clases.
El período que corre desde la Segunda Guerra mundial hasta hoy es un buen ejemplo que confirma el marco teórico de análisis de las crisis de sobreproducción desarrollado por Marx, así como sus tres implicaciones principales. Permite en particular invalidar todas las teorías monocausales de las crisis. Ya sea la explicación basada únicamente en la baja de la cuota de ganancia que no puede explicar por qué la acumulación y el crecimiento no logran arrancar - cuando esta cuota no hace sino subir desde hace más de un cuarto siglo -, ya sea la de la saturación de la demanda solvente, que no puede explicar ese aumento de la cuota de ganancia, puesto que los mercados están completamente agotados (lo que debería entonces lógicamente traducirse por una cuota de ganancia ¡igual a cero!). Todo esto se entiende fácilmente en los dos gráficos de evolución de la cuota o tasa de ganancia (no 1 et no 3).
El agotamiento de la prosperidad de posguerra y la degradación del clima económico durante los años 1969-82, fueron, básicamente, el resultado de un retorno bajista de la cuota de ganancia ([14]), mientras que el consumo se mantenía gracias a los mecanismos de ajuste de los salarios y de apoyo a la demanda ([15]). En efecto, las ganancias de productividad descienden desde finales de los años 60 ([16]), acarreando un descenso de la cuota de ganancia a la mitad hasta 1982 (véase gráfico n° 3). Por lo tanto, el restablecimiento de la ganancia no podía hacerse sino por un aumento de la tasa de plusvalía (compresiones salariales y aumento de la explotación). Esto implicaba una inevitable desregulación de los mecanismos-clave que había garantizado el crecimiento de la demanda final durante los Treinta gloriosos (véase infra). Este abandono empezó a principios de los 80 y se ilustra, en particular, por la disminución constante de la parte correspondiente a los salarios en el total de la riqueza producida.
Globalmente pues, durante los años 70, es la contradicción "cuota de ganancia" la que pesa sobre el funcionamiento del capitalismo, mientras que la demanda final seguía estando garantizada. Será exactamente el revés después de 1982: la cuota de ganancia se restablece espectacularmente, pero a costa de una compresión drástica de la demanda final (de los mercados): esencialmente de la masa salarial (véase gráfico n° 2), pero también de las inversiones (en menor medida) puesto que el tipo de acumulación permaneció a un nivel bajo (véase gráfico n° 3).
Por lo tanto, ahora podemos entender por qué continúa la degradación económica a pesar de una cuota de ganancia restablecida: es la compresión de la demanda final (salarios e inversiones) lo que explica que, a pesar de una espectacular rectificación de la rentabilidad de las empresas, la acumulación y el crecimiento no pudieron volver a arrancar. Esta reducción drástica de la demanda final genera una atonía de las inversiones con vistas a la ampliación, la continuación de las racionalizaciones por compras y fusiones de empresas, los capitales infructíferos que se vierten en la especulación financiera, una deslocalización en busca de mano de obra barata..., lo que deprime más todavía la demanda final.
Una demanda final cuyo restablecimiento es imposible en las condiciones actuales, ¡puesto que es de su reducción de la que depende el aumento de la cuota de ganancia! Desde 1982, en un contexto de rentabilidad reanudada de las empresas, fue, pues, el ritmo temporal de la "restricción de los mercados solventes" la que desempeña el papel principal a medio plazo para explicar el mantenimiento de una atonía de la acumulación y el crecimiento, aunque las fluctuaciones de la cuota de ganancia pueden aún desempeñar un papel importante a corto plazo en el desencadenamiento de las recesiones, como lo ilustran bien los gráficos n° 1 y n° 3:
Esta dinámica de ampliación del capitalismo implica un carácter fundamentalmente expansivo: "Por ello hay que expandir constantemente el mercado, de modo que sus vinculaciones y las condiciones que las regulan asuman cada vez más la figura de una ley natural independiente de los productores, se tornen cada vez más incontrolables. La contradicción interna trata de compensarse por expansión del campo externo de la producción. Pero cuanto más se desarrolla la fuerza productiva, tanto más entra en conflicto con la estrecha base en la cual se fundan las relaciones de consumo" (Marx, el Capital, Libro III). Ahora bien, todas las dinámicas y los límites del capitalismo puestos de relieve por Marx sólo lo fueron haciendo abstracción de sus relaciones con su esfera exterior (no capitalista). Debemos pues entender ahora cuál es el lugar y la importancia de ese entorno en el desarrollo del capitalismo. En efecto, el capitalismo nació y se desarrolló en el marco de relaciones sociales feudales, luego mercantiles, relaciones en las que tenía que establecer vínculos importantes para así obtener medios materiales para su acumulación (importación de metales preciosos, saqueos, etc.), para la comercialización de sus mercancías (ventas, comercio triangular, etc.), y como fuente de mano de obra.
Una vez garantizadas sus bases tras tres siglos de acumulación primitiva (1500-1825), ese entorno le siguió proporcionando toda una serie de oportunidades a lo largo de su fase ascendente (1825-1914) como fuente de beneficios, salida para la venta de sus mercancías en sobreproducción y masa complementaria de mano de obra. Fueron todas esas razones las que explican la carrera imperialista de 1880 a 1914 ([17]). Sin embargo, la existencia de oportunidades de regulaciones externas de una parte de sus contradicciones internas no significa ni que fuesen las más eficaces para el desarrollo del capitalismo, ¡ni que éste estuviese en la imposibilidad absoluta de poseer modos de regulación internos! En efecto, fue, en primer lugar y ante todo, la extensión y la dominación del salariado con sus propias bases lo que permitió progresivamente al capitalismo dinamizar su crecimiento y, si bien es cierto que las relaciones de diferente naturaleza entre el capitalismo y su esfera extracapitalista le ofrecieron toda una serie de oportunidades, la importancia de ese entorno, y el balance global de los intercambios con él, ¡no han dejado de ser un freno a su crecimiento! ([18])
Ese formidable dinamismo de extensión interna y externa del capitalismo, sin embargo, no es eterno. Como cualquier otro modo de producción en la historia, el capitalismo también conoce una fase de obsolescencia en la que sus relaciones sociales frenan el desarrollo de sus fuerzas productivas ([19]). Es, pues, en las transformaciones y la generalización de la relación social de producción asalariada donde se ha de buscar el carácter históricamente limitado del modo de producción capitalista. Al alcanzar determinada fase, la extensión del salariado y su dominación mediante la constitución del mercado mundial señalan el apogeo del capitalismo. En vez de seguir erradicando enérgicamente las antiguas relaciones sociales y desarrollando las fuerzas productivas, el carácter ahora ya caduco de la relación asalariada, tiene tendencia a "congelar" esas relaciones sociales y a frenar estas fuerzas productivas: ahora ya es incapaz de integrar en su seno buena parte de la humanidad, genera crisis, guerras y catástrofes de amplitud creciente, y hasta amenaza con hacer desaparecer a la humanidad.
1) La obsolescencia del capitalismo
La generalización progresiva del salariado no significa, ni mucho menos, que se haya establecido por todas partes, solo significa que su dominación sobre el mundo instaura una inestabilidad creciente donde todas las contradicciones del capitalismo se expresan con plena potencia. La Primera Guerra mundial abrió esa era de grandes crisis de características mundial y salarial: a) el marco nacional se ha vuelto demasiado estrecho para contener los asaltos de las contradicciones capitalistas ; b) el mundo ya no ofrece bastantes oportunidades o amortiguadores que permitan garantizar una regulación externa a sus contradicciones internas; c) a posteriori, el fracaso de la regulación instaurada durante los Treinta gloriosos indica la incapacidad histórica del capitalismo que debe buscarse ajustes internos a largo plazo a sus propias contradicciones que estallan entonces con una violencia cada vez más brutal.
Al haberse convertido en un conflicto planetario, ya no para la conquista, sino para el reparto de las esferas de influencia, de las zonas de inversión y de los mercados, la Primera Guerra mundial marcó definitivamente la entrada del modo de producción capitalista en su fase de obsolescencia. Los dos conflictos mundiales de creciente intensidad, la mayor crisis de sobreproducción de todas las épocas (1929-1933), el freno brutal al crecimiento de las fuerzas productivas durante los Treinta lastimosos (1914-45), la incapacidad del capitalismo para integrar buena parte de la humanidad, el desarrollo del militarismo y del capitalismo de Estado por el planeta entero, el crecimiento cada vez mayor de los gastos improductivos, así como la incapacidad histórica del capitalismo para estabilizar internamente una regulación de sus propias contradicciones, todos estos fenómenos concretan esa obsolescencia histórica de la relación social de producción asalariada que ya no tiene nada que ofrecerle a la humanidad más que una perspectiva de barbarie creciente.
2) ¿Hundimiento catastrófico, o visión materialista, histórica y dialéctica de la historia?
La obsolescencia del capitalismo no implica que esté condenado al hundimiento catastrófico. En efecto, no existen límites cuantitativos predefinidos en las fuerzas productivas del capitalismo (tanto un porcentaje de cuota de ganancia como una cantidad dada de mercados extracapitalistas) que determinarían un punto alfa, precipitando el modo de producción capitalista en la nada. Los límites de los modos de producción son ante todo sociales, determinados por sus contradicciones internas - que se han vuelto obsoletas - y de su colisión con las fuerzas productivas. Por lo tanto, es el proletariado el que abolirá el capitalismo, éste no se morirá por sí solo a causa de sus límites "objetivos". En efecto, durante su fase de obsolescencia, las mismas tendencias y dinámicas del capitalismo que aparecen en los análisis de Marx siguen actuando, pero se despliegan en un contexto general profundamente cambiado. Un contexto en el que todas sus contradicciones económicas, sociales y políticas, alcanzan inevitablemente niveles cada vez más elevados, ya sea desembocando en conflictos sociales que plantean regularmente la cuestión de la revolución, o en enfrentamientos imperialistas que plantean la del futuro mismo de la humanidad. Es decir, el mundo entero entró plenamente en esa "era de las guerras y revoluciones" como lo enunciaba la Tercera internacional.
No deberían sorprender a los marxistas los fenómenos de recuperación durante la obsolescencia de un modo de producción, puesto que eso ocurrió cuando se reconstituyó el Imperio romano bajo Carlomagno, o cuando se formaron las grandes monarquías del Antiguo Régimen. Sin embargo, si uno se encuentra en un meandro no concluye que el río ¡sube del mar hacia la montaña! Lo mismo es para los Treinta gloriosos: la burguesía pudo poner momentáneamente un paréntesis de fuerte crecimiento en el curso general de su fase de obsolescencia.
En efecto, la gran depresión económica de 1929 en Estados Unidos mostró toda la violencia con la que podían expresarse las contradicciones del capitalismo en una economía dominada por el salariado. Podía haberse esperado que a esa Depresión la siguieran crisis económicas cada vez más próximas unas de otras y más violentas, pero no fue así. Y es porque la situación había evolucionado notablemente, tanto en los procesos productivos (fordismo) como en las relaciones de fuerza entre las clases (y en su propio seno). La burguesía, además, había sacado algunas lecciones. De modo que a los Treinta lastimosos y al tormento cruel de la Segunda Guerra mundial sucedieron unos treinta años de fuerte crecimiento, una cuadruplicación de los salarios reales, el pleno empleo, la instauración de un salario social y una capacidad del sistema, sino a evitar, al menos a reaccionar a las crisis cíclicas. ¿Cómo fue posible todo eso?
1) Las bases del capitalismo de Estado keynesiano-fordista
Desde entonces, en ausencia de posibles y significativas soluciones externas a sus contradicciones, el capitalismo tendría que encontrar una solución interna a su doble dificultad en ganancias y en mercados. El alto nivel de la cuota de ganancia se hará posible mediante el desarrollo de fuertes mejoras de productividad laboral generadas por la generalización del "fordismo" en el sector industrial, o sea el trabajo en cadena con tres turnos de ocho horas. Mientras que los mercados para dar salida a la enorme masa de mercancías habrían de estar garantizados por la ampliación de la producción, la intervención estatal, así como por los distintos sistemas de vinculación de los salarios reales a la productividad. Esto iba a permitir hacer aumentar la demanda en paralelo con la producción (véase gráfico n° 4). Así pues, al estabilizar la parte salarial en la totalidad de la riqueza producida, el capitalismo pudo evitar durante un tiempo "una sobreproducción que procede precisamente de que la masa del pueblo nunca puede consumir más que la cantidad media de los bienes de primera necesidad, que su consumo no aumenta por lo tanto al ritmo del aumento de la productividad del trabajo" (Marx, Teorías sobre la plusvalía, libro IV).
Fue esa comprensión la que Paul Mattick y otros revolucionarios de aquel entonces retomarán para analizar la prosperidad de posguerra: "Es innegable que los salarios reales han aumentado en la época moderna. Pero solamente en el marco de la expansión del capital, la cual supone que la relación de los salarios con las ganancias siga siendo constante en general. La productividad laboral debía entonces elevarse con una rapidez que permitiera a la vez acumular capital y mejorar el nivel de vida de los obreros" ([20]). Tal es la mecánica económica principal del capitalismo de Estado keynesiano-fordista. Esto se verifica empíricamente en el paralelismo de la evolución de los salarios y de la productividad durante ese período.
Habida cuenta de las dinámicas espontáneas del capitalismo (competencia, compresión de los salarios, etc.), tal sistema no era viable sino en el marco de un capitalismo de Estado estricto que garantizara por mutuo acuerdo el cumplimiento de una política de distribución tripartita de los beneficios de productividad entre las ganancias, los salarios y las rentas del Estado. En efecto, una sociedad en la que ya impera el salariado exige, de hecho, una dimensión social en cualquier política propuesta por la burguesía. Esto supone la instauración de múltiples controles económicos y sociales sobre la clase obrera: salario social, creación de sindicatos y mayor encuadramiento de la clase obrera, amortiguadores sociales, etc. Este desarrollo sin precedentes del capitalismo de Estado está ahí para mantener dentro de un orden las contradicciones desde ahora explosivas del sistema: predominio del ejecutivo sobre el legislativo, crecimiento significativo de la intervención del Estado en la economía (que alcanza cerca de la mitad del PNB en los países de la OCDE), control social de la clase obrera, etc.
2) Origen, contradicciones y límites del capitalismo de Estado keynesiano-fordista
A partir de la derrota de las tropas alemanas en Stalingrado (enero de 1943), los representantes políticos patronales y sindicales exiliados en Londres discutieron intensamente sobre la reorganización de la sociedad inmediatamente después de la derrota ahora ineludible de las fuerzas del Eje. El recuerdo de las angustias de los Treinta lastimosos (1914-45), el miedo a que hubiese movimientos sociales al término de la guerra, las lecciones sacadas de la crisis del 29, la aceptación en adelante compartida de la intervención estatal, y la bipolarización de la Guerra fría, eran factores que impulsaron a todas las fracciones de la burguesía a modificar las reglas del juego y a elaborar más o menos conscientemente ese capitalismo de Estado keynesiano-fordista que se fue implantando pragmática y progresivamente en todos los países desarrollados (OCDE). El reparto de las mejoras de productividad era tanto más fácilmente aceptado por todos, a) porque se incrementaron mucho, b) porque esa redistribución garantizaba la ampliación de la demanda solvente en paralelo con la producción, c) porque aportaba la paz social, d) una paz social tanto más fácil de obtener que el proletariado salió realmente derrotado de la Segunda Guerra mundial y alistado tras los partidos y los sindicatos partidarios de la reconstrucción en el marco del sistema, e) pero que también garantizaba la rentabilidad a largo plazo de las inversiones, f) así como una cuota de ganancia estabilizada a un alto nivel.
Este sistema pudo momentáneamente garantizar la cuadratura del círculo que consiste en hacer crecer en paralelo las ganancias y los mercados, en un mundo ya plenamente dominado por la demanda salarial. El crecimiento garantizado de las ganancias, de los gastos del Estado y el aumento de los sueldos reales pudieron garantizar la demanda final tan indispensable para que quede plenamente cumplida la acumulación capitalista. El capitalismo de Estado keynesiano-fordista es la respuesta que pudo dar temporalmente el sistema a la actualidad de sus crisis de ámbito mundial y salarial tan típicas de la fase histórica de obsolescencia del capitalismo. Permitió un funcionamiento autocentrado del capitalismo, sin necesidad de deslocalizaciones a pesar de los altos salarios y del pleno empleo, deshaciéndose de colonias que ya no tenían una utilidad económica sino residual, y eliminando sus esferas extracapitalistas agrícolas internas cuya actividad deberá en adelante subvencionar más bien que sacar provecho de ella.
A partir de finales de los años 60 hasta 1982, todas las condiciones que hicieron su éxito van a deteriorarse, empezando por el declive progresivo de los incrementos de productividad que se dividirán globalmente por tres y que arrastrarán a la baja a todas las demás variables económicas. La regulación interna encontrada temporalmente por la instauración del capitalismo de Estado keynesiano-fordista no tenía ninguna base eterna.
Sin embargo, la exigencia que había requerido la instauración de ese sistema sigue existiendo: el salariado es preponderante en la población activa, el capitalismo debe pues encontrar imperativamente un medio de estabilizar la demanda final para evitar que su compresión se transforme en depresión. En efecto, dado que las inversiones de las empresas también están frenadas por la demanda, es necesario encontrar entonces otros medios de garantizar el consumo. La respuesta actual está necesariamente en la cara y cruz de la misma moneda: por un lado cada vez menos ahorro, por el otro cada vez más deudas. Estamos pues ante una formidable máquina de fabricar burbujas financieras y de abastecer la especulación. La agravación constante de los desequilibrios no es, por lo tanto, el resultado de unos errores en la dirección de la política económica, sino que forma parte íntegra del propio modelo.
3) Conclusión: ¿y mañana ?
Esta bajada a los infiernos está tanto más inscrita en la situación actual porque las condiciones para una recuperación de la productividad y el retorno a su distribución tripartita no están socialmente presentes. Nada tangible deja entrever - en las condiciones económicas, en el estado actual de la relación de fuerzas entre las clases y de la competencia interimperialista a nivel internacional -, ninguna salida posible: todo contribuye a un inexorable descenso a los infiernos. Les corresponde pues a los revolucionarios contribuir en fertilizar los combates de clase que surgirán cada vez más inevitablemente de esta profundización de las contradicciones del capitalismo.
C.Mcl
[1] El lector encontrará la versión completa de este artículo en nuestro sitio Internet.
[2] Tal es el motor de "... el impulso de acumular, de acrecentar el capital y producir plusvalor en escala ampliada. Esto es una ley para la producción capitalista, dada por las constantes revoluciones en los métodos mismos de producción, la desvalorización de capital existente, vinculada con ellas de manera constante, la lucha competitiva generalizada y la necesidad de mejorar la producción y de expandir su escala, sólo como medio de mantenerse y so pena de sucumbir" (Marx, el Capital, Libro III).
[3] "A medida que se desarrollan con el método de producción capitalista el valor y la duración del capital fijo empeñado, la vida de la industria y del capital industrial se desarrolla en cada empresa particular y se prolonga sobre un período, digamos diez años por término medio. (...) este ciclo de movimientos que se conectan y se prolongan durante una serie de años, donde está preso el capital de su elemento fijo, constituye una de las bases materiales de las crisis periódicas" (Marx, el Capital, Libro II).
[4] "La alternancia de crisis y períodos de desarrollo, con todas sus fases intermedias, forma un ciclo o un gran círculo del desarrollo industrial. Cada ciclo cubre un período de 8, 9, 10, 11 años. Si estudiamos los 138 últimos años, nos daremos cuenta que a este período le corresponden 16 ciclos. A cada ciclo le corresponden por lo tanto casi 9 años" (Trotski, "Informe sobre la crisis económica mundial y las nuevas tareas de la Internacional comunista", IIIe congreso).
[5] "... reiniciar un ciclo para producir nueva plusvalía sigue siendo el objetivo supremo del capitalista (...) esta periodicidad casi matemática de las crisis es una de las características específicas del sistema capitalista de producción" (Mitchell, Bilan n° 10 : "Crisis y ciclos en el capitalismo agonizante").
[6] Las nuevas recesiones que puntúan la decena de ciclos se identifican en el gráfico n° 1 por los grupos de características que se extienden sobre toda su altura: 1949, 1954, 1958, 1960, 1970-71, 1974, 1980-81, 1991, 2001.
[7] "Una vez objetivada en mercancías la cantidad de plustrabajo susceptible de ser expoliada, el plusvalor está producido. Pero con esta producción del plusvalor sólo queda concluido el primer acto del proceso capitalista de producción, el proceso directo de producción. El capital ha absorbido determinada cantidad de trabajo impago. Con el desarrollo del proceso que se expresa en la baja de la tasa de ganancia, la masa del plusvalor así producido aumenta hasta proporciones monstruosas. Llega entonces el segundo acto del proceso. Debe venderse toda la masa mercantil, el producto global, tanto la parte que repone el capital constante y el variable como la que representa el plusvalor. Si ello n ocurre o sólo sucede en forma parcial o a precios inferiores a los precios de producción, el obrero habrá sido explotado, ciertamente, pero su explotación no se realizará en cuanto tal para el capitalista, pudiendo estar ligada a una realización nula o sólo parcial del plusvalor expoliado o, más aun, a una pérdida parcial o total de su capital." (Marx, el Capital, Libro III).
[8] Este análisis elaborado por Marx no tiene obviamente estrictamente nada que ver con la teoría subconsumista de las crisis, que él critica por otra parte: "Pero si se quiere dar a esta tautología una apariencia de fundamentación profunda diciendo que la clase obrera recibe una parte demasiado exigua de su propio producto, y que por ende el mal se remediaría en cuanto recibiera aquélla una fracción mayor de dicho producto, o en cuanto aumentara su salario, pues, bastará con observar que invariablemente las crisis son preparadas por un período en que el salario sube de manera general y la clase obrera obtiene "realiter" [realmente] una porción mayor de la parte del producto anual destinada al consumo" (Marx, el Capital, Libro II).
[9] Cada uno de estos tres factores [a)], [b)] y [c)] se ha definido de este modo en la cita siguiente de Marx: "Las condiciones de la explotación directa y las de su realización no son idénticas. Divergen no sólo en cuanto a tiempo y lugar, sino también conceptualmente. Unas sólo están limitadas por la fuerza productiva de la sociedad, mientras que las otras sólo lo están por la proporcionalidad entre los diversos ramos de la producción y por la capacidad de consumo de la sociedad. Pero esta capacidad no está determinada por la fuerza absoluta de producción ni por la capacidad absoluta de consumo, sino por la capacidad de consumo sobre la base de relaciones antagónicas de distribución, que reduce el consumo de la gran masa de la sociedad a un mínimo solamente modificable dentro de límites más o menos estrechos. Además está limitada por el impulso de acumular, de acrecentar el capital y producir plusvalor en escala ampliada" (Marx, el Capital, Libro III).
[10] Marx, Historia de las doctrinas económicas (mas conocido bajo el título Teorías sobre la plusvalía), volumen V: 91.
[11] "En efecto, siendo factores independientes el mercado y la producción, la expansión de uno no corresponde obligatoriamente al crecimiento del otro". O también: "Las condiciones de la explotación directa y las de su realización no son idénticas. Divergen no sólo en cuanto a tiempo y lugar, sino también conceptualmente" (Marx, el Capital, Libro III).
[12] Cualquier idea de monocausalidad de las crisis de sobreproducción es tanto más importante de rechazar porque sus orígenes son mucho más complejos y múltiples en Marx y en la realidad misma: anarquía de la producción, desproporción entre los dos grandes sectores de la economía, oposición entre "capital de préstamo" y "capital productivo", disyunción entre la compra y la venta consecutiva al atesoramiento, etc. Sin embargo, las dos raíces que Marx analizó más ampliamente, y también las más efectivas en la práctica, son, sin lugar a dudas, las que hemos mencionado: la reducción de la cuota de ganancia y las leyes de distribución del plustrabajo.
[13] Como, por ejemplo, la larga fase de aumento progresivo de los salarios reales en la segunda mitad de la fase ascendente del capitalismo (1870-1914), durante los "Treinta gloriosos" (1945-82), o sus reducciones relativas - e incluso absolutas - desde entonces (1982-2008).
[14] Por supuesto que una crisis de rentabilidad acaba inevitablemente en un estado endémico de sobreproducción, tanto de capitales como de mercancías. Sin embargo, estos fenómenos de sobreproducción eran subsecuentes y eran objeto de políticas de absorción, tanto por parte de los protagonistas públicos (cuotas de producción, reestructuraciones, etc.) como de los privados (fusiones, racionalizaciones, compras, etc.).
[15] Durante los años 70, la clase obrera sufrirá esencialmente la crisis a través de una degradación de sus condiciones de trabajo, de reestructuraciones y despidos, y en consecuencia, de un crecimiento espectacular del desempleo. Contrariamente a la crisis de 1929, ese desempleo, sin embargo, no provocará una espiral recesiva gracias al uso de los amortiguadores sociales keynesianos: subsidios de desempleo, indemnizaciones de reconversión, etc.
[16] La productividad laboral constituye en Marx la variable clave de la evolución del capitalismo, puesto que no es sino el revés de la ley del valor, es decir el tiempo medio de trabajo social para producir las mercancías. Nuestro artículo sobre la crisis en la Revista no 115 contiene un gráfico sobre la evolución de la productividad laboral entre 1961 y 2003 para el G6 (Estados Unidos, Japón, Alemania, Francia, Reino Unido, Italia). Muestra muy claramente la anterioridad de su reducción sobre todas las demás variables que evolucionarán como consecuencia de esa reducción, así como su mantenimiento desde entonces a un bajo nivel.
[17] Cada régimen de acumulación que va ritmando el desarrollo histórico del capitalismo genera relaciones específicas con su esfera exterior: del mercantilismo de los países de la península Ibérica, al capitalismo autocentrado durante los Treinta gloriosos, pasando por el colonialismo de la Inglaterra victoriana, no existen relaciones uniformes entre el corazón y la periferia del capitalismo como lo postula Rosa Luxemburg, sino una mezcla sucesiva de relaciones que encuentran todas ellas sus resortes específicos en esas diferentes necesidades internas de la acumulación del capital.
[18] En el siglo xix, allí donde los mercados coloniales cuentan más, TODOS los países capitalistas no coloniales registraron crecimientos claramente más rápidos que las potencias coloniales (71 % más rápido en término medio). Esta constatación es válida para toda la historia del capitalismo. En efecto, la venta al exterior del capitalismo puro permite a los capitalistas individuales realizar sus mercancías, pero frena la acumulación global del capitalismo ya que, al igual que para el armamento, corresponde a una salida de medios materiales del circuito de la acumulación.
[19] "... el sistema capitalista se convierte en obstáculo para la expansión de las fuerzas productivas del trabajo. Llegado a este punto, el capital, o más exactamente el trabajo asalariado, entra en la misma relación con el desarrollo de la riqueza social y las fuerzas productivas que el sistema de las corporaciones, la servidumbre, la esclavitud, y necesariamente es rechazado como un obstáculo" (Marx, Grundrisse).
[20] Paul Mattick, Integración capitalista y ruptura obrera.
Enlaces
[1] https://es.internationalism.org/tag/noticias-y-actualidad/lucha-de-clases
[2] https://en.wikipedia.org/wiki/World_War_II_casualties
[3] https://solidariteetprogres.online.fr/News/Etats-Unis/breve_908.html
[4] https://es.internationalism.org/tag/21/492/decadencia-del-capitalismo
[5] https://es.internationalism.org/tag/2/25/la-decadencia-del-capitalismo
[6] https://es.internationalism.org/tag/3/46/economia
[7] https://es.internationalism.org/tag/corrientes-politicas-y-referencias/izquierda-comunista
[8] https://es.internationalism.org/tag/desarrollo-de-la-conciencia-y-la-organizacion-proletaria/izquierda-comunista-francesa
[9] https://es.internationalism.org/tag/geografia/espana
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[16] https://es.internationalism.org/tag/21/380/mayo-de-1968
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[19] https://fr.internationalism.org/ICConline/2008/crise_economique_Asie_Sud_est.htm
[20] https://es.internationalism.org/tag/21/480/las-causas-del-periodo-de-prosperidad-consecutivo-a-la-segunda-guerra-mundial
[21] https://www.anarchismus.at/
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[26] https://es.internationalism.org/tag/desarrollo-de-la-conciencia-y-la-organizacion-proletaria/tercera-internacional
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[35] https://es.internationalism.org/tag/corrientes-politicas-y-referencias/sindicalismo-revolucionario
[36] https://es.internationalism.org/tag/2/32/el-frente-unido
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[38] https://www.marxists.org/espanol/tematica/histsov/pcr-b/cap4.htm
[39] https://www.marxists.org/espanol/m-e/1850s/brumaire/brum1.htm#i
[40] https://es.internationalism.org/tag/2/24/el-marxismo-la-teoria-revolucionaria
[41] https://es.internationalism.org/tag/3/42/comunismo
[42] https://fr.internationalism.org/rint130/17_congr%C3%A8s_du_cci_resolution_sur_la_situation_internationale.html
[43] https://fr.internationalism.org/rint130/17_congres_du_cci_un_renforcement_international_du_camp_proletarien.html
[44] https://es.internationalism.org/tag/2/39/la-organizacion-revolucionaria
[45] http://www.caritas-ticino.ch/rivista/elenco%20rivista/riv_0203/08%20-%20Terzo%mondo%20nuova%20pattumiera.htm
[46] https://www.aiig.it/Un%20quaderno%20per%l
[47] https://www.lettera22.it/showart.php?id=296&rubrica=9
[48] https://es.internationalism.org/tag/21/481/medioambiente
[49] https://es.internationalism.org/tag/3/50/medio-ambiente