Lecciones de la huelga en Cádiz: la clase obrera no tiene más que falsos amigos y enemigos declarados

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El mes pasado fuimos testigos de la combatividad de los obreros del metal gaditanos1, cuya huelga fue exitosamente abortada hace poco por los expertos en la materia de entrampar y diluir la disposición a la lucha de los trabajadores: los sindicatos, ya “oficiales” o “alternativos” o “de base”, que en todo movimiento de respuesta de los trabajadores a la degradación de sus condiciones de vida están siempre presentes como dique de contención, como órgano privilegiado del Estado burgués para despistar y dirigir a vías estériles la combatividad de los obreros. Toda una serie de organizaciones ajenas al sindicalismo, no obstante, han saltado también al ruedo con declaraciones de “solidaridad” con los trabajadores, con mayor o menor grado de puesta en escena. Aquí podremos citar incluso a organizaciones tales como Vox o la Iglesia. Con este escrito queremos contribuir a la comprensión de circunstancias como esta, e insistir en que todos los obreros, sea cual sea su procedencia, deben precaverse de los “falsos amigos” a los que intenta presentarles el Estado, y ver cómo la historia de nuestra clase está llena de ejemplos de trampas de este tipo.

No obstante, también destacaremos que esta huelga se ha dado en un contexto de aumento nada desdeñable de la combatividad a nivel internacional, con huelgas que hemos podido ver en el Estado español previas a las del metal en Cádiz, y en Estados Unidos, Francia, Italia, Corea2… y si algo pone en común la realidad universal de la clase obrera, es que no importa en qué esquina del mundo estallen estos movimientos, para todos es igualmente válido el hecho de que sólo cuando los trabajadores toman en sus propias manos las riendas de la lucha y buscan extenderla, organizando sus propias asambleas donde decidir y debatir, abiertas a todos los miembros de nuestra clase, están verdaderamente en situación de avanzar y comprender cuál es la naturaleza histórica de la clase obrera y de su lucha. La presión de la inflación, la subida de precios y el agravamiento de la crisis y la pandemia parecen estar encontrando respuesta en algunos sectores de nuestra clase, y con este escrito sobre la situación en Cádiz queremos contribuir a la reflexión y a las luchas que vendrán.

Lo haremos guiándonos por el método teórico proletario de balance de las luchas, el cual debe estar en coherencia con su propio interés de clase. La comprensión histórica que las organizaciones de la clase obrera han alcanzado duramente es que, en la fase de decadencia histórica del capitalismo, sus luchas no pueden avanzar sino a través de una serie de derrotas económicas objetivas, y que, hasta la revolución, las únicas victorias se podrán dar en el plano subjetivo del desarrollo de su consciencia y combatividad de clase, es decir, el desarrollo de su perspectiva revolucionaria.

En coherencia con lo que acabamos de decir, debemos rechazar de raíz las falsas lecciones y el falso método de los izquierdistas que consiste en desarrollar las ilusiones reformistas, por ejemplo, exaltando como “modelo a seguir” los métodos estériles de lucha y reproduciendo la ideología sindical, y así insisten en que sectores específicos de la clase sí podrían salir ganando de luchas aisladas. En el desarrollo de estas ilusiones converge toda la burguesía, en el podrido terreno democrático del mayor o menor acuerdo ciudadano, es decir, la idea de si merece más o menos la pena insistir más tiempo en la mejora de las condiciones de trabajo en un sector particular, como si fuera un cálculo mercantil de beneficios y pérdidas. No está en el interés del proletariado engañarse o hacerse ilusiones. Debe estar claro que, mientras la clase obrera no tome la lucha en sus propias manos enfrentando como clase a todos los brazos del Estado, la única ganadora será la burguesía.

La lucha ha encontrado a todo el Estado en frente común contra el proletariado

Como expresamos hace ya casi 40 años “Una de las consecuencias del capitalismo de estado es que el poder en la sociedad burguesa tiende a pasar de las manos de los órganos legislativos al aparato ejecutivo del estado. Esto tiene un profundo efecto en la vida política de la burguesía, ya que esta ocurre en el marco del estado. Como consecuencia, en la decadencia la tendencia dominante en la vida política burguesa es hacia el totalitarismo, así como en la vida económica es hacia la estatalización. Los partidos políticos de la burguesía ya no prevalecen como emanaciones de diferentes grupos de interés como lo fueron en el siglo XIX. Se convierten en expresiones del capital estatal hacia secciones específicas de la sociedad. En cierto sentido, podríamos decir que los partidos políticos de la burguesía en cualquier país son meramente facciones de un partido estatal totalitario” (Revista Internacional nº 31)3.

Los acontecimientos en torno a las luchas en Cádiz han confirmado una vez más que, ante la lucha proletaria, el Estado reacciona reforzando hasta el mayor extremo necesario su papel conservador de la sociedad de clases existente, y que las distintas facciones de ese aparato totalitario convergen en la defensa del capital nacional, la falsificación y represión de la lucha a través de una característica división de papeles de distintos brazos del Estado. ¿Es que Vox llamando a la huelga, o Kichi llamando a manifestaciones violentas mientras el PSOE condena su piromanía irresponsable, o el sindicato “de las bases” del Metal de Cádiz (CTM) con sus eslóganes radicales incluso contra la represión del “Estado”, ¿o Podemos llamando a la lucha ciudadana dialogante?… expresan divisiones de la burguesía? No. “En su enfrentamiento al proletariado, el estado puede emplear muchas ramas de su aparato en una división del trabajo coherente; una huelga aislada de los trabajadores podría tener que enfrentarse a un conjunto de sindicatos, campañas propagandísticas de prensa y televisión de diferentes matices, campañas de varios partidos políticos, la policía, los servicios de 'bienestar' y, a veces, al ejército. Pero ver la ejecución de un uso coordinado de todas estas partes del estado no implica que cada parte vea el marco general en el que cada una está llevando a cabo su función. En primer lugar, es innecesario para todo el conjunto de la burguesía entender qué está sucediendo. La burguesía es capaz de delegar esta responsabilidad a una minoría suya. Por lo tanto, el Estado no se ve obstaculizado de forma significativa por el hecho de que toda la clase dominante no vea el cuadro completo”. (Idem)

Los sindicatos no son amigos del proletariado

Tras nueve días de huelga, se firmó en Sevilla el nuevo pacto entre CCOO, UGT y la patronal para terminar de sentenciar el nuevo impasse: subida salarial del 2% revisada en 2024 y compensaciones del 80% de diferencia con el Índice de Precios de Consumo (IPC), a pagar tres años después. Un chiste de mal gusto que a los obreros no les sirve de absolutamente nada. Pero era lo que se podía esperar de las centrales sindicales, cuyo historial, aquí y en cualquier otra parte del mundo, es ya bien conocido. Su función es la defensa del interés de conjunto del capital nacional, lo que se concreta en la “negociación” para imponer lo que el capital necesita y la “movilización” para sabotear la respuesta obrera.

En esta segunda faceta de su defensa del capital nacional, su cometido no es otro que el de funcionar de termómetros de la conflictividad laboral para el Estado: cuando notan una disposición a la lucha lo suficientemente significativa por parte de los trabajadores de un entorno determinado y se ven forzados a declarar una huelga, no lo hacen porque tengan en mente los intereses de la clase obrera, ya inmediatos o históricos, sino porque su principal función es quemar esas energías de lucha que ven salir a la superficie, y contener todo conflicto entre obreros y burgueses en las vías “razonables” de la política de Estado. Sus herramientas son las marchas-procesión con las que intentan ante todo impedir la extensión de la lucha, los “comités de huelga” que forman para impedir la organización de asambleas controladas directamente por la plantilla, los “parones”- pantomima de pocas horas con servicios mínimos… todo vale para cumplir su función esencial: salvar la cara como pretendidos “representantes de los trabajadores”.

Cuando las luchas se recrudecen y hay un ambiente muy caldeado a nivel general en una región o un país entero, los llamados sindicales a la “unidad” y a la “convergencia de luchas” que les hemos oído tantas veces en otros años no han sido otra cosa que otro intento rastrero más de apropiarse de las energías y las referencias que tienen en mente los trabajadores, para así mejor dirigir el ímpetu de las huelgas y concentraciones y que acaben donde ellos quieren siempre que acabe: en la negociación pactada, en las “concesiones” de una y otra parte que siempre inclinarán la balanza en contra de los obreros, en las negociaciones por sector, por separado, en que todas las lecciones posibles que puedan sacarse de una experiencia de lucha se ignoren y se ponga el énfasis y la fuerza en arrancarle migajas de concesiones que no le duelan demasiado al bolsillo de la burguesía… y que la subida de la inflación o los cambios en la productividad se encargarán de borrar en los próximos meses. Las “concesiones” pactadas en Sevilla son la enésima muestra de que los sindicatos, ante todo, tienen la función de canalizar la disposición a la lucha de los trabajadores en un nuevo status quo para que no paren las rotativas, y se reanude la producción y la acumulación de capital lo antes posible.

Pero… ¿y los sindicatos “alternativos, de base y críticos”? ¿Cuál es su papel en todo esto?

Siempre a los márgenes de las grandes centrales sindicales, como fieles comparsas que acompañan a la cohorte imperial en todas las manifestaciones, encontramos toda una miríada de organizaciones sindicales que se suelen autodenominar con calificativos del tipo “sindicato de base”, “alternativo”, “de clase”… y cuyo único propósito parece ser el venderse como alternativa más crítica y luchadora para los trabajadores que quieren un sindicato “de verdad” y estén hartos de las traiciones de los grandes sindicatos oficiales.

Un ejemplo de esta “combatividad” lo tenemos en el artículo del Sindicato de Estudiantes (SE) con el que difunde la hoja conjunta que repartieron el mismo SE, la Coordinadora de Trabajadores del Metal (CTM) y la Confederación General del Trabajo (CGT) en la concentración del 25 de noviembre:

``Los trabajadores hemos demostrado una fuerza tremenda para conseguir un convenio digno […] ¡Mantengamos la huelga el jueves 25 y el viernes 26 y demostremos a la patronal que queremos lo que es nuestro!´´4

¡En estos párrafos se condensa la deformación y falsificación de la lucha obrera que hacen esos sindicatos “alternativos”!

1º Hablan de que “queremos lo que es nuestro”. Los proletarios no tenemos nada nuestro dentro de las condiciones de la sociedad burguesa, como no sea la energía de nuestros brazos y nuestro cerebro para vendérsela al mejor postor de la burguesía y así poder sobrevivir. Esa es otra de las realidades que los sindicatos intentan confundir defendiendo ante los obreros que, antes que pensar en nada más como clase, tenemos que defender nuestra pequeña concesión del año ante el capital y no reflexionar más que en cómo acomodar los beneficios del capital a la continuación de nuestra explotación. El intercambio legal, de igual a igual, cuando para nosotros no hay igualdad ninguna frente a la explotación capitalista

2º La lucha la encaminan al objetivo capitalista de “un convenio digno”: Los Convenios Colectivos son instrumentos legales a través de los cuales Gobierno, Patronal y Sindicatos estructuran periódicamente las condiciones laborales (salarios, jornada, ritmos, productividad etc.) para adecuarlas a las necesidades generales del capital nacional. La legislación laboral, sin importar si es escrita por un Estado abiertamente dictatorial o por uno democrático y social, no es otra cosa que el conjunto de directrices pactadas de las diferentes facciones de explotadores para mejor estabilizar la acumulación de capital en las diferentes industrias y ramas de la producción. El Convenio “digno” o “indigno” subordina los obreros a los intereses de la explotación y la acumulación capitalista. El Convenio no tiene nada que ver con las reivindicaciones obreras contra la degradación de los salarios, las jornadas agotadoras, los ritmos de explotación etc. Estas expresan las necesidades que tenemos como clase frente al capital mientras que el Convenio las desnaturaliza y adultera haciendo de ellas meros apéndices contractuales de la reproducción del capital.

3º Hablan de una “fuerza tremenda” como trabajadores. ¡Es un engaño vil! La lucha encerrada en el sector metal, limitada a la Bahía de Cádiz no supone una “fuerza tremenda”. Es verdad que la lucha ha significado un esfuerzo por extenderse, pero esencialmente ha quedado encerrada en las cárceles ciudadanas y sectoriales. Y ESO NO ES UNA FUERZA TREMENDA SINO UNA DERROTA. Lo único que nos dará fuerza es la extensión hacia toda la clase de una lucha que tomemos bajo control de nuestras propias fuerzas, y con las que nos pongamos en cuestión la situación y los intereses históricos que tenemos todos los obreros como clase, al mismo tiempo que luchamos por las subidas salariales, etc., en nuestros propios términos.

Lo único que interesa a estos sindicalistas “radicales” es recoger y devolver al redil de las consignas de siempre a los obreros más inquietos que intentan buscar algo más, abriéndoles la puerta mediante la crítica de la docilidad de los grandes sindicatos mientras les meten por la ventana, esencialmente, la misma lógica de negociación, de conciliación y de “terreno común” con los intereses de los burgueses del sector de que se trate, la misma hostilidad a la autonomía proletaria y a la extensión de la lucha, el mismo cortafuegos al desarrollo de nuestra conciencia como clase.

Exactamente igual que lo que pasó con Alcoa, Navantia, Airbus y otras tantas huelgas históricas de gran combatividad, los sindicatos de este tipo tienen hasta la poca dignidad de vender dossiers detallando lo ejemplar que han sido luchas como estas para la historia de toda la clase obrera, la ejemplar resistencia numantina que se mostró en ellas frente a los ataques de la policía, la aldea de irreductibles galos en la que convirtieron momentos de lucha que en vez de acabar en un libro de formación profesional de trampas sindicales, podrían haber enriquecido con lecciones mucho más profundas la perspectiva de los obreros implicados y de todo el proletariado, si la lucha en cuestión no hubiese sido contenida por el sindicalismo a los confines de la fábrica o la provincia.

Queremos terminar referenciando uno de los muchos ejemplos históricos significativos en esta cuestión; uno de los episodios de lucha más memorables que precedieron al “otoño caliente italiano” de 1969, y que delató claramente el lugar de las barricadas que acaban ocupando los sindicatos, y el izquierdismo en su conjunto (en este caso el estalinista PCI – Partito Comunista d’Italia) cuando los obreros no se tragan la píldora de una negociación a sus espaldas con la patronal, justo como ha sucedido en Cádiz y en otros tantos sitios:

``Dos años más tarde [1962] veremos nuevamente esa violencia policial en los enfrentamientos de la Plaza Statuto de Turín, esta vez en un terreno claramente obrero. Resultó que dos sindicatos - la UIL y el Sindicato Italiano del Auto - que ya en aquel momento habían dejado claro el lado del que estaban firmó por su cuenta y a toda prisa un convenio con la dirección de FIAT que perjudicaban gravemente a los trabajadores: «Entonces entre 6 y 7 mil personas enfadadas tras conocer esto, se congregaron por la tarde en la Piazza Statuto, frente a la sede de la UIL. Durante dos días, esa plaza se convirtió en el escenario de durísimos choques entre los manifestantes y la policía. Los primeros […] levantaron rudimentarias barricadas, y cargaron una y otra vez contra el cordón policial. Estos, por su parte, embestían a la muchedumbre con sus jeeps, y llenaban la plaza de gases lacrimógenos, y golpeaban a los manifestantes con las culatas de sus fusiles. Los choques se sucedieron hasta bien entrada la noche, así como el sábado 7 y el lunes 9 de Julio. Los dirigentes del PCI y del sindicato CGIL, Pajetta y Garavini, trataron infructuosamente de disuadir a los manifestantes de que se dispersaran. Al final mil manifestantes fueron detenidos y muchos de ellos encausados.» […] Veamos la postura del PCI, que ilustra perfectamente el punto de vista de la clase a la que llevaba perteneciendo más de cuatro décadas: «l'Unitá [órgano del PCI], del día 9 de julio, definirá la revuelta como "intentos de provocación por parte de los hooligans", y a los manifestantes como "elementos incontrolados y exasperados", "pequeños grupos de irresponsables", "jóvenes gamberros", "anarquistas", "internacionalistas",...»5.

La convergencia de todas las organizaciones de la burguesía en la defensa del capital nacional

El carácter totalitario del Estado capitalista, tanto en la práctica como en el ámbito ideológico, ha tenido una de sus muestras más ejemplares y significativas en las declaraciones de las organizaciones políticas de la burguesía con respecto a la huelga en Cádiz: con un tinte superficial determinado o una fraseología colateral más o menos variable, el mensaje ha sido el mismo, la insistencia se ha hecho recaer machaconamente sobre el mismo punto y se ha procurado martillear la cabeza de los trabajadores con un mismo mensaje fundamental: lo que importa es la supremacía del interés de conjunto del capital nacional.

Empecemos por los últimos a los que se esperaba para la “fiesta”: Abascal y la Iglesia. La implicación de organizaciones como Vox y la Pastoral Obrera, a pesar de ser testimoniales, revela hasta qué punto el Estado ha arremangado todos sus brazos para enfangar la lucha en la mayor confusión posible. El papel clásico de autodenominarse como defensores de todas las causas obreras habidas y por haber ha sido del izquierdismo (al cual pasaremos a analizar en detalle más adelante). Pero esta vez la “oveja negra” de la burguesía española, Vox, así como una organización eclesiástica también se han tomado la libertad de meter las manos en el asunto con declaraciones como estas:

``La lucha de los obreros del metal es la reivindicación legítima de una provincia condenada a la miseria. En lugar de escuchar sus demandas, Marlaska ofrece abandono y represión. La única solución posible es la reindustrialización de la Bahía y la protección de los trabajadores´´ (Abascal en Twitter)6.

``Nos sentimos en la obligación de sumar nuestra voz para denunciar la incapacidad de llegar a un acuerdo las partes negociadoras del conflicto colectivo, así como la inoperancia de las administraciones afectadas a la hora de mediar y ofrecer una solución que sea satisfactoria […] Aplaudimos las movilizaciones como único medio que han dejado a los trabajadores para defender sus derechos y reivindicaciones ante el fracaso de la negociación del convenio colectivo. Animamos a que no cejen en sus denuncias, intensifiquen su solidaridad, sigan movilizándose por el reconocimiento práctico de sus derechos laborales y de una retribución justa que no les haga perder poder adquisitivo´´ (declaraciones del Secretariado diocesano de la Pastoral Obrera de la Diócesis de Cádiz y Ceuta)7.

Ambas declaraciones confluyen en los tres puntos principales en los que se apoyan la ideología de la burguesía y su Estado, a la hora de entorpecer cualquier posibilidad de acción autónoma del proletariado:

1- La idea de que los problemas referentes al empeoramiento de las condiciones de vida de los trabajadores (por bajada de salarios, desempleo, inflación, crisis…) sólo pueden encontrar solución en el fortalecimiento de la competitividad del capital nacional en el marco del mercado mundial: en este caso, se afirma que sólo el refuerzo del músculo industrial de los capitalistas españoles puede dar salida a la miseria de los obreros gaditanos, los cuales se ven reducidos a la situación de impotencia histórica en la que sus destinos, personales y colectivos, dependen de en qué negocio decidan invertir sus explotadores.

2- La idea de que la incapacidad de llegar a un acuerdo por parte de las partes negociadoras (patronal y sindicatos) es la principal causante de la prolongación de la huelga. “¡Que acabe ya!” A los píos hermanos en Cristo parecía atormentarles la duración de los sufrimientos y tensiones, contrariamente a su costumbre de pensar en los dolores humanos como un castigo que hay que aceptar de por vida por el pecado original. Lo que les preocupaba, parece ser, es que la huelga no acabase ya lo más pronto posible, aterrados ante la mera idea, quizá, de que los obreros tuvieran tiempo de darse cuenta de más de “lo que les conviene” al continuar la lucha, con el consiguiente peligro de que empezaran a hartarse de la pantomima teatral de los sindicatos.

3- La idea de que “la cuestión laboral”, a la que tratan como un subíndice de código legislativo, debe tratarse desde el prisma de los derechos laborales y de la ideología democrática. Baste con que los explotadores y su Estado tengan miramientos para con los derechos reconocidos de los trabajadores. Por tanto, si este tipo de situaciones se repiten a lo largo de la historia, una y otra y otra vez, sería por una mala fe o una omisión por parte de los capitalistas que disfrutarían mandando a la miseria a los obreros o que se “olvidarían” de aplicar las leyes y normas contempladas en la Constitución para que todo el mundo esté satisfecho en la fábrica. Obviamente, esto es un sinsentido: los capitalistas están obligados por las circunstancias del mercado y la competencia entre capitales locales y nacionales, grandes y pequeños, a tomar las medidas que toman. La ideología democrática que arma el reconocimiento de los “derechos laborales” es un principio político de la burguesía, no del proletariado.

Para los obreros existe antes la necesidad, inmediata e histórica, de reconocerse como clase explotada y revolucionaria, antes que el reconocimiento de “derechos” por parte de sus explotadores. Que estos últimos se pongan orientaciones comunes con directrices ideológicas sobre las condiciones sociales generales más “seguras” y estables de continuar la acumulación de capital (en lo cual se resumen los tratados de “derechos” de todo tipo, y en este caso los laborales) es algo que los que pertenecemos a la clase obrera debemos criticar sin piedad como el espantajo que es.

La extrema derecha ha cumplido además otro papel, enmarcado en la respuesta del Estado totalitario. Ha actuado como un agente de deslegitimación de toda crítica al gobierno de izquierdas y a los sindicatos. La burguesía a través de las Redes Sociales ha desarrollado una campaña para identificar toda crítica a los sindicatos con Vox e instaurar el temor en los trabajadores a converger con la extrema derecha, aunque fuera “sin querer”.

No obstante, y como no suele ser de otra forma, la fracción de la burguesía más a destacar en esta situación, y la que más apuros ha pasado para ofrecer una imagen coherente frente a la tesitura de la huelga del metal, ha sido sin duda el izquierdismo: con un gobierno de coalición PSOE-Podemos ejerciendo el poder gubernamental, la izquierda del capital ha tenido que hacer malabares para equilibrar las dos funciones que demandan de ella las necesidades de Estado:

  • La primera, más circunstancial, que es la de ejercer de hecho el poder del Gobierno y tener que velar, por tanto, por la estabilidad y continuación general de la acumulación de capital, por los intereses generales de la burguesía y el capital nacional español (cosa que, de todas formas, es algo cada vez más difícil para las fracciones de la burguesía de todo el planeta). Como no puede ser de otra forma, y nunca lo será mientras exista el Estado burgués, esto la ha colocado al frente de los esfuerzos de contención de la lucha y de represión física de los obreros.

  • La segunda, más clásica dentro del izquierdismo, que es la de ejercer de oposición dentro del Estado, orientando todos sus esfuerzos a darse una fraseología obrerista e incluso “revolucionaria” para así mejor controlar, confundir, desvirtuar y desproveer de contenido real todas las luchas que puedan surgir en el seno de la clase obrera. Por ello han tenido que balancearse entre la necesidad de reprimir la huelga y la de autocontener y entrecomillar esta represión al mismo tiempo. La división de tareas entre PSOE (para la primera función) y Podemos y asociados (para la segunda) ha sido su forma de buscar este delicado equilibrio.

Es la persistencia de esta contradicción la que ha llevado a una particular falta de coherencia dentro de las filas de la coalición, y las organizaciones izquierdistas en general que les son afines en el arco parlamentario. Así, mientras el Ejecutivo mandaba la “tanqueta” y la Unidad de Intervención Policial contra los obreros en huelga, podíamos ver cómo el 23 de noviembre (a una semana de estallar la lucha) se publicaba la noticia de que el Ayuntamiento de la capital, controlado por el Adelante Cádiz de Kichi y el grupo municipal del PSOE, aprobaban bautizar una de las vías como Proletariado del Metal8. Comentar más a fondo la cuestión no le haría honor a la muy poco sutil ironía que encierra este enésimo insulto vomitivo de los izquierdistas a la clase obrera.

Pero más allá de este excelente ejemplo de lo que queremos ilustrar con la expresión “falsos amigos del proletariado”, los ataques ideológicos más sutiles a los que nos venimos refiriendo en el encabezado de esta sección del artículo (y que como veremos han sido comunes a organizaciones de la burguesía de signo político muy distinto) los han protagonizado Podemos y su viejo socio Íñigo Errejón, tal y como los expone el artículo del Diario de Cádiz9 que relata sus declaraciones oficiales y en redes sociales:

1º - como veníamos advirtiendo, hacer pasar la defensa de los intereses del capital nacional como la defensa de las condiciones de vida de los obreros. Para Errejón, la vía a seguir es que el Gobierno se implique en la defensa de los empleos del metal gaditano, cumpla los convenios y reindustrialice la bahía. Este paladín del proletariado, al igual que Kichi y todos los de su ralea, se suma a todos los ataques ideológicos lanzados contra los obreros y les dice: “vuestros intereses como clase, ya sean inmediatos por aliviar la presión material de los bajos salarios y los ataques económicos, ya sean históricos por tomar consciencia de cuál es vuestro papel como clase social, no importan. Lo que importa es que no se desestabilice el negocio, la acumulación de capital, que la burguesía disponga de una industria fuerte y se pueda continuar la explotación”. En el mismo sentido va la declaración institucional de Unidas Podemos, cuya preocupación principal parece ser “garantizar y aumentar la producción industrial en la provincia”, para lo cual sindicatos y patronal debían “seguir negociando para llegar a un acuerdo beneficioso para la provincia de Cádiz, que permita reactivar la actividad productiva del sector industrial”.

Como ya dijo el Manifiesto Comunista denunciando este punto de vista: Todo el socialismo de la burguesía se reduce, en efecto, a una tesis y es que los burgueses lo son y deben seguir siéndolo... en interés de la clase trabajadora.

2º - la batería de preguntas con las que Errejón recriminó a Marlaska los métodos empleados en la represión de la huelga, exigiéndole aclarar si creía que enviar la famosa tanqueta era una respuesta “legítima y correcta para reprimir” la lucha de los trabajadores del metal:

``El líder de Más País, Íñigo Errejón, ha advertido al Gobierno de coalición de que pueden pagar «muy caro» el «inmenso error» que supone la imagen de la tanqueta en «los barrios obreros de Cádiz», al deslizar que los acompañará durante lo que quede de legislatura.«Esta es una imagen que un gobierno del PP se podría permitir, pero ustedes no se lo pueden permitir»´´10.

Errejón parece reprocharle a Marlaska que no ha sabido reprimir a los obreros de forma más “inteligente” o sutil. Por lo que igualmente, para Errejón la represión es esencialmente legítima y correcta, solo es una cuestión de técnica.

De esta forma, Podemos, Errejón y compañía revelan y unen hábilmente, el entretejido de todos los brazos del aparato de Estado que se opondrán de forma unificada al avance de la clase obrera a cada paso:

  • El ejecutivo-represor, en el que PSOE y Podemos (este último con la asistencia ideológica de Más País, etc.) se han dividido los papeles descaradamente.

  • El político-ideológico, en el que han confluido todas las organizaciones de la burguesía en la defensa de la industria y la producción nacional (partidos y sindicatos).

  • El político-económico, “sobre el terreno”, de las organizaciones sindicales (oficiales tanto como “alternativas”) y patronales, cuya función es conducir a los obreros en lucha a callejones sin salida con todo tipo de maniobras y confusiones.

También cabría mencionar el papel de las redes sociales, mediante las cuales Abascal, Errejón y todos los demás personajes relevantes de la política burguesa han escupido su veneno ideológico a la cara de la clase obrera, reafirmando (si hacía falta) la fama sobradamente merecida que tienen en general las redes sociales como vehículo idóneo de la ideología burguesa, con su manipulación, confusión y superficialidad11.

Las verdaderas lecciones y la perspectiva de las luchas del proletariado

La combatividad que han demostrado los trabajadores en el contexto de la huelga de los obreros del metal de Cádiz es significativa. Además, no se trata de una respuesta puntual en reacción a la crisis sanitaria, sino que proviene de una tendencia a enfrentarse al empeoramiento de las condiciones de vida, más o menos interrumpida desde 2019, que se ha manifestado en numerosos países, y mantenida frágilmente durante la pandemia. Podemos comprenderla en el contexto del desarrollo de la inflación en las condiciones de la pandemia, y en el contexto de la aparición en algunas partes del proletariado internacional de un desarrollo frágil y tímido de su combatividad.

Esta combatividad no solo expresa la capacidad de luchar del proletariado, sino que también vemos algunos signos de desconfianza hacia los grandes sindicatos, como ha sido el caso de los trabajadores de la empresa Pilkington en Sagunto, que manifestaron su rechazo hacia el ERE acordado por CGT, CCOO y UGT12. Sin embargo, este enfado con los sindicatos, que también hemos visto en los EEUU13, no ha avanzado hacia una comprensión del papel anti obrero de estos, ni mucho menos un rechazo de la ideología sindical.

El sindicalismo de base ha cumplido aquí su papel, como hemos desarrollado en el artículo, y ha conseguido bloquear una respuesta autónoma de la clase. Con el final de la lucha, estos sindicatos prosiguen su papel de quemar a los trabajadores más combativos con falsos eventos de debate y de falsa toma de lecciones para reforzar las ilusiones en la democracia y el sindicalismo. No ha habido signos, por tanto, de una verdadera perspectiva de politización de la clase más allá de este enfado embrionario. Esta perspectiva se podrá solo manifestar a través del surgimiento de una cultura de debate masiva sobre la dirección de la lucha y sus métodos, y el desarrollo de Asambleas Generales abiertas a todos los trabajadores con comités de delegados elegidos y revocables en todo momento. Y para ello debemos rechazar también las falsas asambleas organizadas por los sindicatos, que llamarán “abiertas”, “obreras”, “populares”, etc. Debemos rechazar de raíz la ideología sindical. La palabra “asamblea” no asegura nuestra perspectiva de clase.

Hemos visto la persistencia de algunos elementos de la “contraofensiva a gran escala y a largo plazo para impedir que la clase obrera diera su propia respuesta”14 que desarrolló la burguesía en reacción a la tendencia a la politización de las luchas obreras tras Mayo del 68, que marcó el fin de la contrarrevolución. Por ejemplo, el uso del sindicalismo “radical”, el uso de la ideología corporativista y nacionalista, o incluso las campañas de la muerte del comunismo (la burguesía ha juzgado conveniente recordar en el periódico local de Cádiz al acabar la huelga que el marxismo está obsoleto y que la clase obrera en realidad ya no existe 15). Como el papel de oposición de la izquierda del capital tiene hoy la debilidad de encontrarse en el gobierno, además de los malabares PSOE-Podemos que hemos presentado parece desarrollarse la tendencia a revivir el fantasma del fascismo para amenazar con que “ojo, podría ser peor”, y mantener a flote el mito de la democracia como el mal menor.

La solidaridad proletaria contra la falsa solidaridad de la burguesía

Hemos visto también la maquiavélica perversión burguesa de la solidaridad y la identidad de clase. A la burguesía se le ha llenado la boca con las palabras “solidaridad” y “clase obrera”. El mayor veneno para el proletariado es la perversión de su propia teoría. Ha sido en realidad un ataque a la identidad de clase a través de la creación de falsas identidades: la de los “héroes sacrificados de la nación” (puesta de moda durante el confinamiento), la de los pobres y más vulnerables, la de los sectores de cuello azul que representan el poderío industrial de la nación, etc. La falsa solidaridad vomitada por la burguesía es reflejo de esta falsa visión y se expresa en forma de “solidaridad ciudadana”, de apoyo al sector, de un esfuerzo de unidad nacional, etc.

Hemos visto también el intento de la burguesía de presentar una especie de “solidaridad” interclasista, la de la pequeña burguesía rural con las empresas transportistas que tendrían entre sí “algunas cosas en común”. Esta es la “solidaridad” de los que tienen en común la frustración por no poder ascender en la escalera competitiva de la acumulación capitalista, y que olvidarán su aparente frente común en la primera oportunidad. Como advertimos en los documentos del último congreso “si bien la inflación puede actuar como factor de unificación de las luchas, también afecta a la pequeña burguesía”. El proletariado debe rechazar de raíz su emparejamiento con la pequeña burguesía y todas esas nociones que la incluyen como “el pueblo”, “los pobres”, etc.

Incluso se han potenciado falsas visiones a través de las redes sociales aprovechando los callejones sin salida en los que parecen entrar los propios trabajadores, como la “solidaridad económica” de Tubacex, que en realidad mandaba dos mensajes: los trabajadores de Tubacex no se iban a unir a la lucha (es más, vaciaban su caja de resistencia), y que aguantar encerrado en la empresa sería un método proletario.

En Francia en 2019 también vimos la palabra “revolución” en algunas pancartas. Pero debemos comprender su contenido real. Si bien las palabras “clase obrera” y “solidaridad” han surgido de repente como un oasis en el desierto, esta vez debemos denunciarlas como un espejismo: la perversión de estos términos por parte de la burguesía en anticipación a una verdadera recuperación de la identidad de la clase.

La verdadera solidaridad del proletariado es la extensión de la lucha, la discusión bajo un interés común como clase mundial en asambleas abiertas, la confrontación con el capitalismo en su conjunto, la generalización de los problemas concretos de una parte de la clase a las condiciones de la clase obrera mundial.

Todas estas perversiones son trampas que impiden a la clase obrera darse cuenta de que es "revolucionaria o nada". Y le llevan a la ilusión desmoralizante de que sí sería parte de la sociedad civil mientras al mismo tiempo se ve completamente excluida.

La confrontación sigue siendo frágil, aislada, y enmarcada en gran medida por los sindicatos. Pero para desarrollar su combatividad y consciencia a largo plazo, el proletariado debe evitar las trampas de la burguesía y asumir la necesidad de enfrentar a la totalidad del Estado, retomando sus propios medios y fines de lucha.

Gauta y Opero. 13.12.2021

1 Ver Huelga del metal en Cádiz: nuestra fuerza es luchar como clase obrera https://es.internationalism.org/content/4738/huelga-del-metal-en-cadiz-nuestra-fuerza-es-luchar-como-clase-obrera

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