Covid-19: Síntoma de la etapa terminal de la decadencia capitalista

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Al final de nuestro primer artículo sobre la pandemia de Covid-19 señalamos: «Pase los que pase con este nuevo virus Covid-19, que se convierta en una nueva pandemia como sucedió con el SARS, o que permanezca como un nuevo virus respiratorio estacional, esta nueva enfermedad es otra advertencia de que el capitalismo se ha convertido en un peligro para la humanidad y para la vida en este planeta. Las enormes capacidades de las fuerzas productivas, incluida la ciencia médica, para protegernos contra las enfermedades, chocan con esta criminal búsqueda de beneficios, con el hacinamiento de una gran proporción de la población humana en ciudades invivibles, y los riesgos de nuevas epidemias que eso supone».

Hoy esta pandemia se ha convertido en un problema de primera magnitud en todo el mundo y ha derivado en un auténtico “tsunami” económico de consecuencias desastrosas. Por razones de espacio no entraremos aquí en analizar esta dimensión de sus implicaciones en la economía. Lo haremos en un próximo artículo. En el que sigue nos concentraremos en analizar cómo esta epidemia revela la enfermedad del capitalismo.

¡Se confirma!: Covid-19 es una manifestación de la descomposición capitalista.

Se confirman hoy los presagios más sombríos y la OMS debe reconocer que se trata de una pandemia mundial extendida ya a 117 países en todos los continentes, que el número de afectados supera, según las estadísticas oficiales los 120 mil, que los muertos en estas primeras semanas de la pandemia son más de 4 mil, etc. Lo que se inició como “un problema” en China, se ha convertido hoy en una crisis social en las principales potencias capitalistas del planeta (Japón, USA, Europa Occidental, etc.). Sólo en Italia el número de fallecimientos supera ya los ocasionados en todo el mundo por la epidemia de SARS de 2202-2003. Y, las medidas de control draconiano de la población que tomaron hace un mes las “tiránicas” autoridades chinas, tales como el confinamiento de millones de personas[1], y las propias de un auténtico “darwinismo social”[2], consistente en la exclusión de los servicios hospitalarios de todos aquellos que no sean “prioritarios” en la lucha por contener la enfermedad, son hoy moneda corriente en muchas de las principales ciudades de todos los países afectados en todos los continentes.

Los “media” burgueses nos bombardean a todas horas con un sinfín de datos, recomendaciones y “explicaciones” sobre lo que nos quieren presentar como una especie de plaga, una nueva catástrofe “natural”. Pero esta catástrofe no tiene nada de “natural”, sino que es el resultado de la asfixiante dictadura del modo de producción capitalista, senil y caduco, contra la naturaleza y dentro de ésta la especie humana.

Los revolucionarios no poseemos competencia para hacer estudios epidemiológicos o pronósticos sobre el curso de las enfermedades. Nuestro papel es explicar, sobre una base materialista, las condiciones sociales que hacen posible e inevitable el surgimiento de estos acontecimientos catastróficos. Así hemos puesto en evidencia que la esencia del sistema capitalista es anteponer la explotación, la ganancia y la acumulación a las necesidades humanas. Que otro capitalismo no es posible. Pero también que esas mismas relaciones de producción capitalistas que, en un momento de la historia, pudieron permitir un enorme avance de las fuerzas productivas (de la ciencia, de un cierto dominio de la naturaleza para contener los sufrimientos que ésta imponía a los hombres, ...) se han convertido hoy en una traba para su desarrollo. Hemos explicado también como la prolongación durante décadas de esta etapa de decadencia capitalista ha impulsado, a falta de una solución revolucionaria, a la entrada en una nueva fase: la de la descomposición social[3], donde se concentran aún más todas esas tendencias destructivas derivando en una multiplicación del caos, de la barbarie, del progresivo desmoronamiento de las propias estructuras sociales que garantizan un mínimo de cohesión social, amenazando la supervivencia misma de la vida sobre el planeta Tierra.

¿Elucubraciones de cuatro marxistas trasnochados? Desde luego que no. Los científicos que están hablando más rigurosamente sobre la actual pandemia de Covid-19 aseveran que la proliferación de este tipo de epidemias tiene su causa, entre otras, en el acelerado deterioro del medio ambiente que redunda en mayores contagios provenientes de animales (zoonosis) que se acercan a las concentraciones humanas para poder sobrevivir, y a la vez al hacinamiento de millones de seres humanos en megápolis que provocan curvas de contagio verdaderamente vertiginosas. Cómo ya expusimos en nuestro precedente artículo sobre Covid-19[4], efectivamente algunos médicos en China habían intentado advertir sobre un nuevo riesgo de epidemia por coronavirus SRAS, desde diciembre de 2019, pero directamente fueron censurados y reprimidos por el Estado, porque eso amenazaba la imagen de potencia mundial de primera fila a la que aspira el capital chino.

Tampoco es la CCI la primera en insistir en que uno de principales factores de impulso de la propagación de esta pandemia es la creciente descoordinación de las políticas de los distintos países, que es una de las características del capitalismo, pero que se ve reforzada hasta cotas cada vez mayores por el avance del “cada uno a la suya” y al “repliegue en uno mismo” que caracteriza a los Estados y a los capitalistas en la fase de la descomposición de este sistema y que tiende a impregnar todas las relaciones sociales.

No descubrimos nada nuevo cuando señalamos que la peligrosidad de esta enfermedad no reside tanto en el virus mismo, sino en el hecho de que esta pandemia se produce en un contexto de enorme deterioro, durante décadas y a escala mundial, de las infraestructuras sanitarias. Que de hecho es la “administración” de esas estructuras cada vez más escasas e inoperantes lo que dicta las políticas de los distintos Estados para tratar de espaciar la aparición de nuevos casos, aunque eso suponga prolongar el efecto de esta pandemia en el tiempo. Y, ¿no indica esa degradación irresponsable de los recursos - de conocimientos, tecnología, etc. - acumulados por décadas de trabajo humano, una falta absoluta de perspectiva, una completa despreocupación por el porvenir que pueda tener la especie humana, característicos de una forma de organización social – la capitalista – en descomposición?

¿Cómo es posible que en pleno siglo XXI se produzca una epidemia que los Estados más poderosos del mundo no pueden contener?

Desde luego que en la historia de la humanidad ha habido otras epidemias sumamente letales. Estos días son fáciles de encontrar en los “media” burgueses reportajes y suplementos sobre como la viruela y el sarampión, el cólera o la peste causaron millones de muertos. Lo que falta en este tipo de afirmaciones es explicar que la causa de esas mortandades era esencialmente la penuria que afecta a la humanidad, tanto desde el punto de vista de las condiciones de vida como de los conocimientos sobre la naturaleza. El capitalismo plantea, precisamente, la posibilidad histórica de superar esa etapa de penurias materiales y, a través del desarrollo de las fuerzas productivas, poner las bases de una abundancia que podrá permitir una auténtica unificación y liberación de la humanidad en una sociedad comunista. Si se mira el siglo XIX, es decir de la etapa de máxima expansión capitalista, se puede ver cómo la salud, y, por tanto, la enfermedad, dejan de ser percibidos como una fatalidad, como se produce un avance no sólo de la investigación sino de la comunicación entre diferentes investigadores, como hay un auténtico cambio hacia un enfoque más “científico” de la medicina[5]. Y todo eso tiene una aplicación en la vida cotidiana de la población: desde las medidas para mejorar la higiene pública a las vacunas, desde la formación de expertos médicos a la creación de hospitales. La causa del aumento de la población (de mil a dos mil millones de personas) y sobre todo de la esperanza de vida (de 30 a 40 años a principios del siglo XIX hasta los 50-65 de 1900) es debida esencialmente a ese avance de la ciencia y la higiene. Nada de esto fue hecho por los burgueses por un espíritu altruista en pro de las necesidades de la población. El capitalismo nació «chorreando sangre y lodo», como decía Marx. Pero en medio de ese horror, su interés en obtener el máximo de rentabilidad de la fuerza de trabajo, de los conocimientos adquiridos por sus esclavos asalariados en décadas de aprendizaje de los nuevos procedimientos de producción, de asegurar la estabilidad de los transportes de suministros y mercancías, etc., hizo que la clase explotadora tuviera “interés”, - al menor coste, eso también es verdad, - en prolongar la vida activa de sus asalariados, en asegurarse la reproducción de esa mercancía que es la fuerza de trabajo, en aumentar la plusvalía relativa a través del aumento de la productividad de la clase explotada.

Esa situación fue girando en el cambio de período histórico entre el período ascendente del capitalismo y su decadencia, que los revolucionarios hemos situado, desde la Internacional Comunista, en la 1ª Guerra mundial[6]. No es ninguna casualidad que en torno a 1918-tuviera lugar una de las epidemias más mortíferas de la historia de la humanidad: la llamada “gripe española” de 1918-19. En el alcance de esta pandemia puede verse que no es tanto la virulencia del agente patógeno sino las condiciones sociales características de la guerra imperialista en la decadencia capitalista (dimensión mundial del conflicto, impacto de la guerra sobre la población civil de las principales naciones, etc.), lo que explica la magnitud de la catástrofe: 50 millones de muertes, cuando la Primera Guerra Mundial ocasionó 10 millones de muertos.

Esta guerra y este horror conocieron un segundo episodio aún más terrorífico en la 2ª Guerra Mundial. Las atrocidades de la primera carnicería imperialista tales como la utilización de gases asfixiantes se quedaron en poco ante las barbaridades de la Guerra Mundial de 1939-45 por parte de todas las potencias contendientes: utilización de seres humanos para la experimentación por alemanes y japoneses pero también por parte de las potencias democráticas (los británicos experimentaron con ántrax, los norteamericanos iniciaron las pruebas con napalm contra Japón y anfetaminas en sus propios soldados), para alcanzar el culmen con la utilización de la bomba atómica en Hiroshima y Nagasaki.

¿Y en la “paz” posterior? Es cierto que las principales potencias capitalistas pusieron en marcha sistemas sanitarios, con el modelo del NHS británico creado en 1948 – y que se considera como uno de los hitos fundacionales del llamado “estado del bienestar” -, para proporcionar una asistencia sanitaria “universal” que tenía como objetivo, entre otros, la evitación de epidemias como la de la gripe española. ¿Se había vuelto el capitalismo humanitario? ¿Fueron una conquista de los trabajadores? Ciertamente NO. Esos recursos tienen por objeto asegurarse la reparación, al menor costo posible, de una fuerza de trabajo (una mercancía escasa pues la guerra ha sepultado importantes sectores del proletariado) y asegurar todo el proceso productivo en la reconstrucción. Eso no significa que los “remedios” empleados no se conviertan en nuevas fuentes de dolencias. Puede verse por ejemplo en la antibioticoterapia recetada para frenar las infecciones pero que, bajo los parámetros de las necesidades de la productividad capitalista, se emplea abusivamente para acortar los períodos de incapacidad laboral. Y eso ha acabado produciendo un importante problema de resistencias bacterianas – las conocidas como “super bacterias” – que acaban reduciendo el arsenal terapéutico para atacar las infecciones. Se ve también en el aumento de enfermedades como la obesidad y la diabetes ocasionadas por un deterioro de la alimentación de la clase trabajadora – o sea del abaratamiento de la reproducción de la clase explotada – y de las capas más pobres de la sociedad hasta el extremo de que el uso por parte del capitalismo de la tecnología alimentaria produzca obesidad en la miseria. Y se ve igualmente cómo los fármacos dispensados para hacer algo más llevadero el creciente dolor que este sistema de explotación infringe a la población trabajadora han desembocado en fenómenos como la llamada “epidemia de opiáceos” que, hasta la llegada del coronavirus, era por ejemplo el primer problema sanitario en los Estados Unidos, habiendo ocasionado más muertes que todas las bajas de la guerra de Vietnam.

La pandemia de Covid-19 no puede separarse del resto de problemas que se abaten sobre la salud de la humanidad. Por el contrario, ponen de manifiesto que ésta solo podrá empeorar si se mantiene sometida a una sanidad deshumanizada y mercantilizada como es la sanidad capitalista del siglo XXI. El origen de las enfermedades hoy no es tanto la falta de conocimientos o de tecnología por parte de la humanidad. Igualmente, los conocimientos actuales de epidemiología deberían permitir la contención de una nueva epidemia. Por ejemplo: en apenas dos semanas desde el descubrimiento de la enfermedad, los laboratorios de investigación ya habían sido capaces de secuenciar el virus causante de la Covid-19. El obstáculo para que la población lo venza es que la sociedad está sometida a un modo de producción que beneficia a una minoría social explotadora y que se ha convertido en un freno para esa lucha. Lo que se puede ver en que la carrera por la implementación de una vacuna, en lugar de ser un trabajo colectivo y coordinado es en realidad una guerra comercial entre laboratorios. Las auténticas necesidades humanas se ven subordinadas a las leyes de la selva capitalista. De la ley de la competencia encarnizada por el mercado, por ser el primero en llegar a él y poder imponer para el capitalista que logre esa ventaja.

¿Quién pone en peligro la vida de la humanidad?, ¿la “irresponsabilidad” individual o las imposiciones de un sistema social en descomposición?

En nuestro reciente 23º Congreso Internacional hemos aprobado una Resolución sobre la situación Internacional, en la que retomamos y reivindicamos la validez de lo que escribimos en nuestras Tesis sobre la descomposición: «Las tesis de mayo de 1990 sobre la descomposición destacan toda una serie de características en la evolución de la sociedad que resultan de la entrada del capitalismo en esta última fase de su existencia. El informe aprobado por el 22º Congreso señalaba el empeoramiento de todas estas características, como, por ejemplo:

  • "la multiplicación de las hambrunas en los países del "Tercer Mundo";
  • la transformación de este mismo "Tercer Mundo" en una enorme aglomeración donde cientos de millones de seres humanos sobreviven como ratas en las alcantarillas;
  • el desarrollo del mismo fenómeno en el corazón de las grandes ciudades de los países "avanzados";
  • el aumento del número de catástrofes "accidentales" (...) los efectos humanos, sociales y económicos cada vez más devastadores de las catástrofes "naturales";
  • la degradación del medio ambiente, que está alcanzando proporciones asombrosas" (Tesis sobre la descomposición, pt. 7) ».

Lo que podemos ver hoy, es que esas manifestaciones se han convertido en el factor decisivo en la evolución de la sociedad capitalista, y que sólo a partir de ellas se puede interpretar la aparición y el desarrollo de acontecimientos sociales de primera magnitud. Si vemos lo que está sucediendo con la pandemia de Covid-19 podemos ver la importancia de la influencia de dos elementos característicos de esta etapa terminal del capitalismo.

En primer lugar, China, que no es el simple marco geográfico del origen de las epidemias más recientes, como puede verse con la de SARS en 2002-2003 o Covid-19. Más allá del elemento circunstancial es necesario comprender las características del desarrollo del capitalismo chino en la etapa de la descomposición del capitalismo mundial y su influjo en la situación presente. China ha pasado en muy pocos años a convertirse en la 2ª potencia mundial con una importancia descomunal en el comercio y la economía mundiales, aprovechando primero el apoyo de los EEUU tras su cambio de bloque imperialista (en 1972), y, tras la desaparición de estos bloques en 1989, como principal beneficiario de la llamada globalización. Pero, precisamente por eso «El poder de China soporta todos los estigmas del capitalismo terminal: se basa en la sobreexplotación de la fuerza de trabajo proletaria, el desarrollo desenfrenado de la economía de guerra del programa nacional de "fusión militar-civil" y va acompañado de la destrucción catastrófica del medio ambiente, mientras que la "cohesión nacional" se basa en el control policial de las masas sometidas a la educación política del Partido Único (…) De hecho, China es sólo una metástasis gigantesca del cáncer militarista generalizado de todo el sistema capitalista: su producción militar se está desarrollando a un ritmo frenético, su presupuesto de defensa se ha multiplicado por seis en 20 años y ocupa el segundo lugar en el mundo desde 2010.».[7]

Ese desarrollo de China, puesto tantas veces de ejemplo de la pujanza perenne del capitalismo, es, en realidad, la principal manifestación de su decrepitud. El “esplendor” de sus conquistas tecnológicas o su expansión por el orbe a través de iniciativas como la nueva Ruta de la Seda, no puede hacernos perder de vista las condiciones de tremenda sobrexplotación (en jornadas extenuantes, en salarios de miseria, etc.) en que sobreviven cientos de millones de trabajadores, en unas condiciones de vivienda, alimentación, cultura, enormemente atrasadas, y que además se ven cada vez más esquilmadas. Por ejemplo, un ya exiguo gasto sanitario per cápita había retrocedido un 2’3%. Por ejemplo, con unos alimentos que son producidos con muy pocas normas de higiene o directamente al margen de éstas, como en el consumo de carne procedente de animales salvajes. En los dos últimos años se ha expandido en China la peor epidemia de la historia de la llamada “gripe porcina africana” que ha obligado a sacrificar al 30 % de esos animales y ha llevado a un incremento del precio de la carne de cerdo en un 70%.

El segundo elemento que pone de manifiesto el creciente impacto de la descomposición capitalista es el de la erosión de un mínimo de coordinación entre los distintos capitales nacionales. Es cierto que, como analizó el marxismo, el máximo de unidad al que puede aspirar el capitalismo -y aún a regañadientes- es el Estado nacional, y que por tanto no es posible un superimperialismo. Eso no significa que en la etapa de división del mundo en bloques imperialistas se crearan toda una serie de estructuras, desde la UNESCO a la Organización Mundial de la Salud, que trataran de gestionar un mínimo de intereses comunes entre los distintos capitales nacionales. Pero esa tendencia a un mínimo de coordinación va degradándose conforme avanza la etapa de descomposición capitalista. Como analizamos también en la citada Resolución sobre la Situación Internacional de nuestro 23º Congreso: «La profundización de la crisis (así como las exigencias de la rivalidad imperialista) está poniendo a prueba las instituciones y mecanismos multilaterales.» (punto 20)

Esto se ha puesto de manifiesto por ejemplo en el papel jugado por la Organización Mundial de la Salud. La coordinación internacional frente a la epidemia del SARS en 2002-2003, junto a la rapidez de algunos hallazgos[8] en laboratorios de todo el mundo explica la baja incidencia de un virus de una familia muy similar a la del actual Covid-19. Ese papel quedó sin embargo en entredicho con la actuación desmesurada de la OMS ante la epidemia de gripe A del año 2009 donde el alarmismo de esta institución sirvió para provocar ventas masivas del antiviral “Tamiflu” fabricado por un laboratorio en el que tenía intereses directos el antiguo secretario de Defensa norteamericano Donald Rumsfeld. Desde entonces, la OMS ha quedado relegada casi al papel de una ONG que formula recomendaciones “beatíficas” pero incapaz de imponer sus dicterios sobre los capitales nacionales en concurrencia. Ni siquiera son capaces de unificar los criterios estadísticos de contabilidad de los contagiados, lo que abre la vía a que cada capital nacional trate de escamotear, mientras le sea posible, el impacto de la epidemia en sus respectivos países. Así ha sucedido no sólo en China que trató de ocultar las primeras manifestaciones de la epidemia sino también de USA que pretende meter bajo la alfombra la cantidad de sus afectados para no poner en evidencia un sistema sanitario basado en los seguros privados y al que el 30 % de los ciudadanos norteamericanos no tiene prácticamente acceso. La heterogeneidad de criterios para aplicar las pruebas diagnósticas, o las diferencias en cuanto a los protocolos de actuación en las distintas fases tiene indudablemente repercusiones negativas para la contención de la extensión de una pandemia mundial. Y peores aún que cada capital nacional adopte medidas de prohibición de exportaciones de equipos de protección de los sanitarios o de aparatos respiradores como está haciendo, por ejemplo, la Alemania de Merkel. Se trata de medidas que favorecen el interés nacional en detrimento de necesidades probablemente más urgentes en otros países.

¿Cómo acabar con los estragos sobre la salud obra de la dominación de las relaciones capitalistas?

La propaganda mediática nos bombardea continuamente con llamamientos a la responsabilidad individual de los ciudadanos con objeto de impedir el colapso de unos sistemas sanitarios que, en muchos países, dan muestra de agotamiento (extenuación de los trabajadores, escasez de recursos materiales y técnicos, etc.). Lo primero que hay que denunciar es que estamos ante la crónica de un colapso anunciado. Y no por la “Irresponsabilidad” de los ciudadanos sino por décadas de recortes de los gastos sanitarios, de las plantillas de trabajadores de la salud y de los presupuestos de mantenimiento hospitalario y de la investigación médica[9],… Así por ejemplo en España, uno de los países más cercanos a ese “colapso que nos llaman a evitar, sucesivos planes de recortes han significado la desaparición de 8000 camas hospitalarias[10], con menos camas de atención intensiva que la media europea, y con un material en un pésimo estado de conservación (un 67% de los aparatos respiradores tienen más de 10 años). Una realidad muy parecida se observa en Italia o Francia. En esa Gran Bretaña que antes veíamos que se había publicitado como el modelo de sanidad universal, ha habido en los últimos 50 años una degradación continua de la calidad asistencial con más de 100 mil puestos vacantes por cubrir en el personal sanitario. Y ¡eso antes del Bréxit!.

Y son esos mismos trabajadores de la sanidad que han visto empeorar sistemáticamente sus condiciones de vida y trabajo teniendo que hacer frente a una creciente presión asistencial (más población y con más enfermedades) con plantillas cada vez más reducidas, sufren hoy una sobrepresión añadida por el colapso de los servicios sanitarios por la pandemia. Esas mismas autoridades sanitarias que ahora, ¡qué cinismo!, pide un aplauso para estos servidores públicos, son quienes les están llevando a la extenuación dejándolos sin los descansos reglamentarios, trasladándolos forzosamente de lugar de trabajo, haciéndoles trabajar - ante una pandemia de curso desconocido - careciendo de equipos de protección individual (mascarillas, vestimentas, desechables para los aparatos), o la formación adecuada. Hacer trabajar a los sanitarios en estas condiciones les hace más vulnerables al impacto mismo de la epidemia como se ve en Italia donde como poco el 10% de los contagios tiene lugar en el personal sanitario.

Y para obligar a los trabajadores a obedecer estas imposiciones recurren al arsenal represivo de los “estados de alarma” que amenazan con todo tipo de sanciones, multas, encausamientos a quien se niegue a segundar estas órdenes de autoridades que, en muchos casos, han sido los causantes directos de semejante caos.

Ante esta situación que impone al personal sanitario los “hechos consumados” del estado calamitoso de la sanidad, los trabajadores de este sector se ven además forzados a ser ellos los que, en aplicación de métodos cercanos a la eugenesia, seleccionen destinar los escasos recursos disponibles a los pacientes con mayores posibilidades de supervivencia, como ha podido verse con las pautas recomendadas por la asociación de anestesistas e intensivistas italianos[11], que caracteriza la situación como la de una guerra. Efectivamente una guerra a las necesidades humanas por parte de la lógica del capital, en la que los propios trabajadores de ese sector están sufriendo cada vez más ansiedad al tener que trabajar bajo estas leyes inhumanas. La angustia que expresan muchos de estos trabajadores es el resultado de que ni siquiera pueden rebelarse contra tales criterios, ni negarse a trabajar en unas condiciones indignas, ni rechazar los sacrificios de sus condiciones de vida, porque de hacerlo así, por ejemplo, a través de huelgas, perjudicarían enormemente a sus hermanos de clase, al resto de los explotados. No pueden ni siquiera reunirse, juntarse con otros compañeros, sentir físicamente la solidaridad entre los trabajadores porque eso contraviene los protocolos de la “dispersión social” que exige la contención de la epidemia.

Ellos, nuestros camaradas del sector sanitario no pueden luchar abiertamente, en la actual situación, pero el resto de la clase obrera no puede dejarlos solos. De Italia empiezan a llegar noticias de fábricas y centros de trabajo en las que los obreros cesan el trabajo exigiendo salir de los centros de trabajos y volver a sus casas puesto que se ha han decretado los confinamientos. Igualmente se han producido protestas demandando que las empresas les den equipos de protección (mascarillas, guantes, etc.), para seguir trabajando[12]. Todos los obreros somos víctimas de este sistema y todos los trabajadores acabaremos pagando, antes o después, el coste de esta epidemia. Sea también por los recortes sanitarios (suspensión de intervenciones quirúrgicas, consultas, etc. “no prioritarias”) sea por las decenas de miles de supresiones de contratos temporales, sea por la reducción de salarios por las bajas médicas, etc. Y eso va a ser el signo anunciador de nuevos y más brutales ataques anti obreros. Tenemos pues que seguir afilando con rabia el arma de la solidaridad obrera como la hemos visto recientemente en las luchas en Francia contra el recorte de las pensiones[13].

Estos colapsos son síntomas inequívocos de la senilidad terminal del sistema capitalista. Al igual que los virus afectan más a los organismos más desgastados y provocan episodios más graves de la enfermedad, lo mismo sucede con el sistema de asistencia sanitario distorsionado irrevocablemente por años de austeridad y “gestión” (¿?) en función no de las necesidades de la población sino de las exigencias de un capitalismo en plena decadencia. Y lo mismo cabe decir respecto a la economía capitalista, sostenida artificialmente con las manipulaciones de las propias leyes capitalistas del valor y del endeudamiento, lo que fragiliza hasta el extremo de que una epidemia pueda precipitar la llegada de una nueva y más brutal recesión mundial.

Pero el proletariado no es únicamente la víctima de esta catástrofe para la humanidad que es el capitalismo. Es también la clase que tiene la potencialidad y la capacidad histórica de erradicarlo definitivamente con su lucha, desarrollando su reflexión consciente, su solidaridad de clase. Reemplazando con su revolución comunista las relaciones humanas basadas en la división y la competencia por las fundamentadas en la solidaridad. Organizando la producción, el trabajo, los recursos de la humanidad y la naturaleza en función de las necesidades humanas y no de las leyes del beneficio de una minoría explotadora.

Valerio 12 de marzo 2020

 

[1] Está claro que impedir los desplazamientos o quedarse cada uno en su domicilio son medidas que vienen impuestas por la necesidad de impedir la progresión de los contagios. Pero la forma en que se imponen (sin apenas apoyo para el cuidado de niños o ancianos por parte del Estado, de forma selectiva – no afectan por ejemplo al trabajo en las fábricas – y desarrollando un auténtico marcaje policial de la población) lleva la marca del modus operandi del totalitarismo estatal capitalista. En próximos artículos volveremos también sobre el impacto de estas acciones en la vida cotidiana de los explotados de todo el mundo.

[4] Corona Virus: Una evidencia más de que el capitalismo se ha convertido en un peligro para la humanidad

 

 

[5] Buscando causas objetivas de las infecciones y no religiosas o fantásticas (los 4 humores, por ejemplo), tratando de tener una imagen materialista de la anatomía y fisiología humanas, etc.

[6] Ver en los números más recientes de nuestra Revista Internacional los artículos que estamos dedicando al centenario de la Internacional Comunista.

[7] Resolución sobre la Situación Mundial del 23º Congreso de la CCI

[8] Como por ejemplo el papel de reservorio intermedio de las civetas que condujo a una eliminación fulminante de estos animales en China, lo que contuvo muy rápidamente la expansión de la epidemia.

[9] En Francia por ejemplo las investigaciones iniciadas respecto a los coronavirus a raíz de la epidemia de 2002-2003 se frenaron en seco en 2005 como consecuencia de los recortes presupuestarios.

[10] Esa tendencia es un proceso que se da en todos los países y con gobiernos de todos los colores como puede verse en este gráfico de Euroestat

[12] En próximos artículos de nuestras publicaciones desarrollaremos nuestro análisis de estos primeros movimientos de lucha contra los efectos de la pandemia.

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