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Antes de habernos adentrado en lo que fueron los intentos del anarquismo español para establecer el "comunismo libertario" durante la guerra civil española de 1936 a 1939, habíamos publicado la contribución de la Izquierda Comunista de Francia (Gauche Communiste de France, GCF) sobre "el Estado en el período transición"[1], un texto basado en los logros de las fracciones de izquierda italiana y belga durante la década de 1930, y que ya entonces fue, en muchos aspectos, un avance respecto a sus propias concepciones. La GCF fue la expresión de un cierto resurgir de las organizaciones políticas proletarias tras la Segunda Guerra Mundial, pero, a principios de 1950, el medio proletario se enfrentó a una grave crisis, que hacía cada vez más evidente que la profunda derrota de la clase obrera no se había acabado con la guerra; al contrario, la victoria de la democracia sobre el fascismo agravaba aún más la desorientación del proletariado. Quedaba pues aun un largo camino por recorrer antes de que acabase la contrarrevolución que comenzó en la década de 1920.
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En nuestro libro, La Izquierda holandesa, especialmente en el Capítulo 11: "El Communistenbond Spartacus y la corriente ‘consejista’ (1942-1950)", examinamos los importantes avances que se habían producido en una parte de la Izquierda comunista holandesa: la tentativa del Communistenbond Spartacus de entablar discusiones con otras corrientes (como la GCF) y reapropiarse de algunas de las antiguas posiciones del KAPD – lo que suponía un distanciamiento de las ideas anti-partido que se habían desarrollado en la década de 1930. No obstante, esos progresos eran frágiles y las ideas esencialmente anarquistas adoptadas por la mayoría de la izquierda germano-holandesa, en respuesta a la degeneración del bolchevismo, volvieron pronto con más vigor, lo que contribuyó a un largo proceso de dispersión en grupos locales centrados esencialmente en las luchas inmediatas de los trabajadores.
En 1952, la GCF estalla. Debido, en parte, a una predicción errónea sobre el curso histórico que le lleva a concluir que una tercera guerra mundial era inminente. Esto conduce a desplazarse a Venezuela a Marc Chirik, el miembro más influyente de la GCF; aunque también debido a una combinación de tensiones personales y divergencias políticas no expresadas. Aunque Marc luchó contra esas dificultades, en una serie de "Cartas desde lejos" en las que entre otras cuestiones trató de describir las tareas de las organizaciones revolucionarias en las condiciones históricas de la época, fue sin embargo incapaz de detener la desintegración del grupo. Algunos de sus antiguos miembros se unieron al grupo Socialismo o Barbarie en torno a Cornelius Castoriadis, del que hablaremos en un artículo posterior.
El mismo año, se produce una importante escisión entre las dos tendencias principales dentro del Partido Comunista Internacionalista de Italia - tendencias que existían casi desde su origen y pudieron mantenerse en una especie de “modus vivendi” mientras el partido permanecía en una eufórica fase de crecimiento. Mientras que la disminución de la lucha de clases se hacía cada vez más evidente y se enfrentaba a la desmoralización de muchos trabajadores que se habían unido al partido sobre una base militante superficial, la organización se vio obligada inevitablemente a reflexionar sobre cuáles deberían ser sus tareas y su orientación futura.
La década de los 50 y principios de los 60, fue otro período sombrío para un movimiento comunista que se enfrentaba a una verdadera prolongación de la profunda contrarrevolución que se abatió sobre la clase obrera en los años 1930 y 40; además, esta vez dominada por la imagen de un capitalismo triunfante que parecía haber superado, quizás de forma definitiva, la crisis catastrófica de 1930. Era el triunfo, sobre todo, del capitalismo estadounidense, de la democracia, de una economía que había pasado rápidamente de la austeridad de la postguerra al boom del consumo de finales de 1950 y principios de los 60. Sin embargo, ese período "glorioso" tenía su lado oscuro, sobre todo el de la confrontación incesante entre los dos gigantes imperialistas, con su proliferación de guerras locales y la amenaza global de un holocausto nuclear. Paralelo a esto, en el bloque "democrático", hubo un auténtico desarrollo de la paranoia frente al comunismo y la subversión, que ilustró la caza de brujas del macartismo en Estados Unidos. En este ambiente, las organizaciones revolucionarias, cuando existían, además de haberse reducido más todavía, estaban más aisladas que lo habían estado en los años treinta.
Aquel período marcó también una profunda ruptura en la continuidad del movimiento que había sacudido el mundo tras la Primera Guerra Mundial, ruptura que afectó incluso a las valerosas minorías que resistieron al avance de la contrarrevolución. A medida que el boom económico continuaba, la idea de que el capitalismo era un sistema transitorio, condenado por sus propias contradicciones internas, parecía mucho menos obvia de lo que había sido en los años 1914-1945, cuando el sistema parecía estar atrapado en una sucesión de catástrofes gigantescas a las que no era capaz de dar solución. ¿Es posible tal vez que el propio marxismo hubiese fracasado? El mensaje que incluía esta pregunta se difundió claramente en la sociedad mediante una serie de sociólogos y demás pensadores burgueses profesionales; ideas que iban a penetrar pronto en el movimiento revolucionario, como hemos visto en nuestra serie reciente sobre la decadencia [2].
Pese a todo, la generación de militantes que se forjaron en la Revolución o en la lucha contra la degeneración de las organizaciones políticas que aquella había hecho surgir, no había desaparecido totalmente; algunas de las figuras clave de la Izquierda Comunista permanecieron activas después de la guerra y en el período de reflujo de la década de 1950 y 60, y para esas figuras la perspectiva del comunismo no estaba, ni mucho menos, muerta y enterrada. Pannekoek, por ejemplo, aunque ya no estaba vinculado a ninguna organización, publicó su libro sobre los Consejos Obreros y el papel de éstos en la construcción de una nueva sociedad[3]; y hasta en su vejez se mantuvo en contacto con una serie de grupos surgidos tras la guerra, como Socialisme ou Barbarie. Otros militantes, los que habían roto con el trotskismo durante la guerra como Castoriadis y Munis, mantuvieron la actividad política y trataron de esbozar una visión de lo que había más allá del horizonte capitalista. Marc Chirik, aunque "no organizado" durante más de una década, nunca abandonó ni el pensamiento ni la reflexión revolucionaria; de manera que, cuando a mediados de los años 60, regresó a la vida militante organizada, había ya clarificado sus puntos de vista sobre una serie de cuestiones entre las cuales, una de no menor importancia, los problemas del período de transición.
Volveremos a los escritos de Castoriadis, Munis y Chirik en futuros artículos pues pensamos que es de indudable valor hablar de sus contribuciones individuales, incluso si el trabajo que realizaron lo fue casi siempre en el contexto de una organización política. Un militante revolucionario no existe como un simple individuo, sino como parte de un organismo colectivo que, en fin, de cuentas, es engendrado por la clase obrera y la lucha de ésta para tomar conciencia de su papel histórico. Un militante es por definición alguien que por propia voluntad se implica en la construcción y defensa de una organización política… Pero (y en esto, como veremos más adelante, nos separamos de las posiciones desarrolladas por Bordiga) una organización revolucionaria saludable no es aquella en la que el individuo sacrifica su personalidad y abandona sus facultades críticas; al contrario, lo que se busca es aprovechar mejor y no suprimir la individualidad de los diferentes camaradas. En una organización revolucionaria hay lugar para las contribuciones teóricas particulares de los distintos camaradas de clase y, por supuesto, para el debate en que tratar las objeciones planteadas por los compañeros individuales. Por lo tanto, como hemos constatado a lo largo de esta serie, la historia del programa comunista no es sólo la historia de las luchas de la clase obrera, de las organizaciones y de las corrientes que han sacado las lecciones de esas luchas y a partir de las cuales han elaborado un programa coherente, sino también la de los militantes individuales que han abierto el camino a ese proceso de elaboración.
Damen y Bordiga, revolucionarios
En este artículo, volvemos al trabajo de la Izquierda Comunista Italiana, que antes de la guerra, en forma de Fracción en el exilio, hizo una valiosa e irreemplazable contribución a nuestra comprensión de los problemas de la transición del capitalismo al comunismo. Esta aportación se construyó igualmente sobre los cimientos marxistas desarrollados por la corriente de izquierda en Italia durante la fase precedente, la fase de la Primera Guerra Mundial imperialista, y en la oleada revolucionaria posterior a esa guerra; y, después de la Segunda Guerra imperialista, por la herencia teórica de la Izquierda Italiana que no había desaparecido pese a los errores y cismas que afectaron al Partido Comunista Internacionalista. Si examinamos la cuestión del periodo de transición u otras cuestiones, a lo largo de este período, es imposible pasar por alto la interacción y, a menudo, la oposición entre los dos militantes principales de esa corriente: Onorato Damen y Amadeo Bordiga.
Durante los tempestuosos días de la guerra y la revolución, de 1914-1926, Damen y Bordiga demostraron muy claramente su capacidad para oponerse al orden dominante, lo cual es la marca del militante comunista. Damen fue encarcelado por agitación contra la guerra; Bordiga luchó incansablemente para desarrollar el trabajo de su fracción dentro del Partido Socialista, para presionar por una escisión con el ala derecha y los centristas y para la formación de un partido comunista basado en principios sólidos. Cuando la propia Internacional Comunista tomó una deriva oportunista durante la década de 1920, Bordiga estaba de nuevo en la línea frontal de oposición a la táctica de la "bolchevización de los PC", a la del Frente Unido; en la reunión del Comité Ejecutivo de la IC en Moscú en 1926, tuvo el gran coraje de levantarse y enfrentarse a Stalin y denunciarlo como el enterrador de la Revolución. Ese mismo año, el propio Bordiga fue detenido y desterrado a la isla de Ustica [4]. Damen, por su parte, también estuvo activo contra los intentos de la IC para imponer su política oportunista al partido italiano, en el que dominó inicialmente la izquierda. Con Forticiari, Repossi y otros, formó el Comitato di Intesa en 1926 [5]. Durante el período fascista pasó por más de un episodio de confinamiento y destierro, pero no por eso se calló, poniéndose en cabeza de una revuelta de presos en Pianosa.
En este punto, sin embargo, una diferencia en la actitud de los dos militantes tendría consecuencias a largo plazo. Bordiga, puesto bajo arresto domiciliario, obligado a renunciar a toda actividad política (los fascistas parecían ser, en aquellos primeros años, bastante “delicados”), forzado a evitar todo contacto con sus camaradas, se concentró totalmente en su trabajo de ingeniero. Reconoció que la clase obrera había sufrido una derrota histórica pero no llegó a la misma conclusión que los camaradas que formaban la Fracción en el exilio. Estos últimos comprendieron que era más necesario que nunca mantener una actividad política organizada, aunque no fuese con la forma de partido. Así, en el momento de la formación de la Fracción italiana, y a lo largo de la fértil década que le siguió, Bordiga estuvo completamente separado de los progresos teóricos de aquélla [6]. Damen, por su parte, mantuvo contactos y agrupó a algunos camaradas de la Fracción, a su regreso a Italia, con la idea de contribuir a la formación del partido. Entre estos militantes estaban Stefanini, Danielis y Lecci, que se mantuvieron fieles a las posiciones esenciales de la Fracción a lo largo de la década de 1930 y de la Guerra Mundial. En 1943, el Partito Comunista Internacionalista (PCInt) fue proclamado en el Norte de Italia[7] y seguidamente "refundado" en 1945 tras una fusión algo apresurada con los elementos entorno a Bordiga en el sur de Italia [8].
En consecuencia, el partido unificado, formado en base a una plataforma escrita por Bordiga, fue desde el principio un compromiso entre dos tendencias: la formada en torno a Damen era mucho más clara en numerosas posiciones básicas de clase debido en gran medida a los avances realizados por la Fracción - por ejemplo, la adopción explícita de la teoría de la decadencia del capitalismo y el rechazo de la posición de Lenin sobre la autodeterminación nacional.
En este sentido (y nunca hemos ocultado nuestra crítica del oportunismo profundo que subyace en la formación del Partido desde el principio) la tendencia "Damen" demostró su capacidad para asimilar algunos de los avances programáticos más importantes realizados por la Fracción Italiana en el exilio e incluso adoptar una posición más elaborada de algunas cuestiones clave planteadas en él. Así fue con la cuestión sindical: dentro de la Fracción, esto dio lugar a un debate no resuelto en el que Stefanini fue el primero en argumentar que los sindicatos estaban ya integrados en el Estado capitalista. No es que se pueda decir que la posición de la tendencia Damen era ya plenamente coherente sobre la cuestión sindical, pero sí que era más clara que lo que ya era la posición "bordiguista", dominante desde la escisión de 1952.
En este proceso de clarificación se incluyó también la cuestión de las tareas del Partido Comunista en la revolución proletaria. Como hemos visto en artículos anteriores de la serie [9], a pesar de la persistencia de algunas referencias al papel que ejerce en la dictadura del proletariado, la Fracción había superado en lo esencial esa posición al insistir en que la lección clave de la Revolución rusa era que el partido no debe identificarse con el Estado del periodo de transición. La tendencia Damen fue más allá afirmando que la tarea del partido no era la de ejercer el poder. Su plataforma de 1952, por ejemplo, dice que “Nunca y bajo ningún pretexto el proletariado debe desprenderse de su papel en la lucha. No debe delegar su papel histórico a otros o transferir su poder a otros - ni siquiera a su propio partido político”.
Como mostramos en nuestro libro La Izquierda Comunista Italiana, estas ideas estaban ligadas de manera lógica a algunos de los avances realizados sobre la cuestión del Estado: "Mucho más audaz fue la posición adoptada por el partido internacionalista sobre la cuestión del Estado en el período de transición, visiblemente influenciado por Bilan y Octubre. Damen y sus camaradas rechazan la asimilación de la dictadura del proletariado a la del partido y, frente al "Estado proletario" preconizan, en los Consejos, “la más amplia democracia”. No descartan la hipótesis, verificada en Kronstadt, de que en el caso de enfrentamientos entre el "Estado obrero" y el proletariado, el Partido Comunista se pondría del lado del proletariado: «La dictadura del proletariado no puede en ningún caso reducirse a la dictadura del partido, aunque se trate del partido del proletariado, inteligencia y guía del Estado proletario. El Estado y el partido en el poder, en tanto que órganos de tal dictadura, llevan en sí, como germen, la tendencia al compromiso con el viejo mundo, una tendencia que se desarrolla y se refuerza, como lo demostró la experiencia rusa, por la incapacidad momentánea de la revolución en un solo país para extenderse, y unificar los movimientos insurreccionales de otros países. Nuestro partido deberá: a) para evitar convertirse en el instrumento del Estado Obrero y de sus políticas, defender los intereses de la revolución misma en los enfrentamientos con el Estado Obrero; b) evitar burocratizarse; evitar que tanto su centro directivo como sus centros periféricos se conviertan en un campo de maniobras donde los arribistas hagan carrera; y, por lo tanto, c) evitar que su política de clase esté diseñada y construida con criterios formalistas y administrativos.»”[10]
Sin embargo, la visión crucial de la Fracción - la noción misma de fracción, es decir, la forma y la función de la organización revolucionaria en un periodo de derrota de la lucha de clases- se pierde por completo en la tendencia Damen. Así ocurrió también con el concepto relacionado con el curso histórico, es decir, la necesidad de comprender la relación global de fuerzas entre las clases, una relación que puede sufrir profundas modificaciones durante el período de decadencia del capitalismo. Así, incapaces de hacer una verdadera crítica del error principal de 1943 - la formación de un "partido" en un país sumido en un período de profunda contrarrevolución- los damenistas agravaron el error teorizando que el partido es una necesidad permanente y por tanto una realidad permanente. Por eso, a pesar de la rápida mengua hacia un "mini-partido", se mantuvieron en las posiciones originales del agrupamiento de 1943 a 1945 con la idea de construir una presencia dentro de la clase obrera y dar a sus luchas una dirección decisiva al precio de lo que era realmente necesario: la prioridad de la clarificación teórica sobre las necesidades y posibilidades del periodo.
La tendencia opuesta, agrupada en torno a figuras como Bordiga y Maffi, era generalmente mucho más confusa sobre las posiciones más importantes de la clase obrera. Bordiga ignoraba, más o menos, las adquisiciones de la Fracción y optó por un retorno a las posiciones de los dos primeros Congresos de la Tercera Internacional que, para él, se basaban en la “restauración” del programa comunista por Lenin. La sospecha exacerbada ante “innovaciones” oportunistas del marxismo (que efectivamente comenzaban a prosperar en el terreno de la contrarrevolución) le condujo a la noción del programa "invariante", cincelado en piedra desde 1848 y que bastaba con desenterrar lo que paulatinamente habían ido enterrando oportunistas y traidores[11]. Como a menudo hemos señalado, el concepto de “invariancia” estaba basado en una geometría muy "variable", de modo que Bordiga y sus seguidores podían afirmar que el capitalismo había entrado en su época de guerras y revoluciones (una posición fundamental de la Tercera Internacional) y a la vez argumentar contra la noción de decadencia, que consideraban fundada en una ideología gradualista y pacifista.[12]
Este cuestionamiento de la decadencia tuvo un impacto significativo a la hora de analizar la naturaleza de la Revolución rusa (definida como una doble revolución; definición no diferente a la visión consejista), especialmente cuando se trata de caracterizar las luchas de liberación nacional, que se multiplicaban en las antiguas colonias. Mao, en lugar de ser visto como lo que era, una expresión de la contrarrevolución estalinista y como un verdadero producto de la descomposición del capitalismo, fue aclamado como un gran revolucionario burgués, al estilo de Cromwell. Más tarde, los bordiguistas valorarían con la misma medida a los jemeres rojos en Camboya. Esta profunda falta de comprensión de la cuestión nacional causaría estragos en el partido bordiguista a finales de 1970, saldándose con una cantidad importante de elementos que abandonaron el internacionalismo.
En lo referente al partido y a los errores de los bolcheviques sobre la cuestión del funcionamiento del Estado soviético, analizaron las cosas como si la Fracción no hubiera existido nunca. El partido toma el poder, se apodera de la máquina del Estado, impone el terror rojo sin piedad... incluso los bordiguistas parecen haber olvidado las importantes matizaciones de Lenin sobre la necesidad de que la clase obrera esté vigilante frente al peligro de que el Estado de transición se convierta en una máquina burocrática y se autonomice. Como afirmamos en un artículo anterior de esta serie [13], la contribución más importante de Bordiga sobre las lecciones de la Revolución rusa en el período posterior a la Segunda Guerra Mundial, “Fuerza, violencia y dictadura en la lucha de clases” (1946), sin duda contiene algunas ideas sobre el problema de la degeneración, pero su antidemocratismo, más bien dogmático, no le permite reconocer el problema del partido y del Estado que suplantan al proletariado.[14]
Sin embargo, aunque la tendencia Bordiga nunca puso en entredicho abiertamente la formación del partido en 1943 fue capaz de comprender que la organización había entrado en un periodo mucho más difícil y que las tareas al orden del día eran ya diferentes. Bordiga se mantuvo inicialmente escéptico en lo que se refiere a la formación del partido. Sin mostrar ninguna comprensión del concepto de fracción (había enterrado su propia experiencia de trabajo, como fracción, antes de la Primera Guerra Mundial con sus posteriores teorizaciones sobre el partido formal y el partido histórico [15]) sí tenía cierta comprensión de que el simple mantenimiento de una intervención rutinaria en la lucha inmediata no era ni el camino a seguir ni lo esencial para recuperar los fundamentos teóricos del marxismo. Después de haber rechazado la contribución de la Fracción y otras aportaciones de la Izquierda Comunista, este trabajo no fue completado y ni siquiera entró a tratar lo referente a las posiciones programáticas claves. No obstante, con respecto a algunas cuestiones teóricas más generales, en particular las relativas a la naturaleza de la futura sociedad comunista, nos parece que, durante este período, fue Bordiga, y no los "damenistas", quien nos dejó el legado más importante.
La pasión por el comunismo: la defensa por Bordiga de los Manuscritos económicos y filosóficos de 1844
El libro Bordiga y la pasión del comunismo, una colección de escritos reunidos por Jacques Camatte en 1972, es el mejor testimonio de la profundidad de las reflexiones de Bordiga sobre el comunismo, en particular, a través de dos grandes exposiciones presentadas en las reuniones del partido en 1959-1960, que se dedican a los Manuscritos económicos y políticos de 1844 de K. Marx: "Comentarios a los Manuscritos de 1844 (1959-1960)" y "Tavole immutabili della teoria comunista del partito”[16].
Así es como Bordiga ubica los Manuscritos de 1844 en el corpus de los escritos de Marx…: “Otro lugar común muy vulgar es que Marx es hegeliano en los escritos de juventud, y sólo más tarde se hizo teórico del materialismo histórico y que, de viejo, fue un vulgar oportunista. Es tarea de la escuela marxista revolucionaria hacer manifiesto a todos los enemigos (cuya opción sería aceptarlo todo o rechazarlo todo) el monolitismo de todo el sistema de Marx, desde su nacimiento hasta su muerte e incluso después de él (concepto básico de la invariancia, rechazo fundamental de una evolución enriquecedora de la doctrina del partido).” “Comentarios...” p. 120).
Aquí tenemos reunidas en un solo párrafo las fortalezas y las debilidades del enfoque de Bordiga. En primer lugar, la defensa intransigente de la continuidad del pensamiento de Marx y el repudio de la idea de que los Manuscritos de 1844 son el producto de un Marx que todavía era esencialmente idealista y hegeliano (o al menos feuerbachiano), una idea que se ha atribuido en especial al intelectual estalinista Althusser y que ya hemos criticado en artículos precedentes de esta serie[17]
Para Bordiga, los Manuscritos de 1844, con su profunda exposición de la alienación capitalista, y su sugerente descripción de la sociedad comunista que la superará, indican que Marx había efectuado ya una ruptura cualitativa con las formas más avanzadas del pensamiento burgués. En particular los Manuscritos de 1844, que contienen una amplia sección dedicada a la crítica de la filosofía hegeliana, son la demostración de que tiene lugar, exactamente en el mismo periodo, la asimilación completa de Hegel por Marx en lo que se refiere a la dialéctica y su ruptura con Hegel (lo que significa invertir su dialéctica, "poniéndola de nuevo de pie") y la adopción de una visión comunista del mundo. Bordiga hace especial hincapié en el rechazo por Marx del punto de partida del sistema hegeliano: el individuo con “I” mayúscula. “Lo que está claro es que, para Marx, el error de Hegel está en haber sustentado todo su colosal edificio especulativo, con su formalismo riguroso, levantándolo sobre una base abstracta, la “conciencia”. Como Marx dirá tantas veces, es del ser de donde hay que partir y no la conciencia que de sí mismo tiene. Hegel se encierra desde el principio en el eterno y vago diálogo entre sujeto y objeto. Su sujeto es el "yo", entendido en un sentido absoluto... ” ("Comentarios..." p.119).
Por otra parte, es evidente que para Bordiga los Manuscritos de 1844 proporcionan pruebas para su teoría de la invariancia del marxismo, una idea que, pensamos, se contradice con el propio desarrollo del programa comunista que hemos seguido a lo largo de toda esta serie. Pero volveremos más adelante sobre esta cuestión. Lo que compartimos con la visión de Bordiga en lo referente a los Manuscritos de 1844 es, sobre todo, la centralidad de la concepción de Marx sobre la alienación, no sólo en los Manuscritos de 1844 , sino en toda su obra; también compartimos una serie de elementos fundamentales en la concepción de Bordiga sobre la dialéctica de la historia; así como una visión apasionada del comunismo que nunca fue desdeñada por Marx en su obra posterior (sino que por el contrario, en nuestra opinión, la enriqueció).
La dialéctica de la historia
Las referencias de Bordiga al concepto de alienación en los Manuscritos de 1844 revelan toda su visión de la historia, ya que insiste en que "en el momento capitalista actual se alcanza el más alto grado de alienación humana" ("comentarios...", p.124). Sin abandonar la idea de que la emergencia y el desarrollo del capitalismo y la destrucción del viejo modo de explotación feudal constituyen una condición previa a la revolución comunista, desprecia el progresismo fácil de la burguesía que se vanagloria de su superioridad sobre los modos de producción anteriores y sus maneras de entender el mundo. Sugiere incluso que el pensamiento burgués es, en cierto modo, vacuo en comparación con las visiones pre -capitalistas, a las que tanto ridiculiza el capitalismo. Para Bordiga, el marxismo ha demostrado que “... vuestras presunciones, vacías e inconsistentes mentiras, las tenéis como mucho más distinguidas y más nítidas que las más antiguas opiniones del pensamiento humano, y que, vosotros burgueses, presumís de tenerlas atrapadas para siempre, bajo la fatuidad de vuestra retórica iluminista." ("Comentarios"..., p.168).
Consecuentemente, incluso cuando burguesía y proletariado formulan su crítica de la religión, hay una ruptura entre los puntos de vista de las dos clases: “... que incluso en los casos (no en general), en que los ideólogos de la burguesía moderna osaron romper abiertamente con los principios de la iglesia cristiana, nosotros, marxistas, no definimos esta superestructura, el ateísmo, como una plataforma común a la burguesía y al proletariado." ("Comentarios... ", p. 117).
Con estas afirmaciones, Bordiga parece estar en línea con algunas de las críticas "filosóficas" del marxismo de la Segunda Internacional (y, por extensión, de la filosofía oficial de la Tercera), tales como Pannekoek, Lukács y Korsch, que igual que rechazaban la idea de que el socialismo es la siguiente etapa lógica en la evolución histórica -etapa que requeriría simplemente la gestión del Estado capitalista y de la economía- rechazan que el materialismo histórico sería sólo el siguiente paso en el progreso del materialismo burgués clásico. Estas visiones se basan en una profunda subestimación del antagonismo entre las concepciones burguesas y proletarias del mundo, la inevitable necesidad de una ruptura revolucionaria con las viejas formas. Hay una continuidad, por supuesto, pero es cualquier cosa menos progresiva y pacífica. Esta aproximación al problema es totalmente coherente con la idea de que la burguesía sólo puede ver el mundo social y natural a través del prisma deformador de la alienación que bajo su reinado ha alcanzado su estadio "supremo".
El lema "contra el inmediatismo" aparece más de una vez en el subtítulo de sus contribuciones. Para Bordiga, era esencial evitar toda aprehensión simplista del momento presente de la historia, mirando más allá del capitalismo, hacia atrás y hacia adelante. En la actualidad, el pensamiento burgués es quizás más inmediatista que nunca, está más que nunca fijado en lo particular, en el aquí y ahora, en el corto plazo porque vive en el miedo mortal de tener que mirar a la sociedad de hoy con la mirada de la historia, pues ello le haría comprender lo transitorio de su naturaleza. Pero Bordiga también desarrolla una polémica contra los “grandes escritos” clásicos de la burguesía de su período más optimista: no por su grandeza sino porque la historia que la burguesía nos cuenta distorsiona la historia verdadera. Del mismo modo que el paso de un pensamiento a otro, del burgués al proletario, no es sólo un paso hacia adelante, pues la historia en general no es una línea recta desde la oscuridad a la luz, sino que es una expresión de la dialéctica del movimiento: " el progreso de la humanidad y del conocimiento del atormentado homo sapiens no es continuo, sino que pasa por grandes impulsos aislados en los cuales se insertan caídas siniestras y sombrías en formas sociales que degeneran hasta la putrefacción "("Comentarios... ", p. 168). No es una formulación accidental: en otro lugar del mismo texto, dice:" Las concepciones banales de ideologías dominantes ven ese camino como un ascenso continuo y constante; el marxismo no comparte esta visión, y define una serie alternante de subidas y bajadas, intercaladas por crisis violentas "("Comentarios... ", p. 152). Es ésa es una respuesta muy clara, podría pensarse, a quienes rechazan el concepto de ascendencia y decadencia de los modos de producción sucesivos.
La visión dialéctica de la historia entiende el movimiento como el resultado del conflicto, a menudo violento, entre las contradicciones. Aunque también aquélla contiene la noción de espiral y de "retorno a un estadio superior". Por lo tanto, el comunismo del futuro es, en gran medida, un retorno a sí mismo del hombre, como Marx decía en los Manuscritos de 1844, ya que no es únicamente una ruptura con el pasado, sino una síntesis de todo lo que hay en él de humano: "el hombre retorna a sí mismo y no al sí mismo originario, a aquel del que partió en su larga historia, sino disponiendo finalmente de todas las perfecciones de un desarrollo inmenso, incluso las adquiridas en la forma de todas las técnicas, costumbres, religiones, filosofías sucesivas cuyas partes útiles fueron captadas -si se nos permite expresarlo así- en la zona de la alienación…" ("Comentarios...", p 125.)
Hay un ejemplo más concreto de esto en un breve artículo sobre los habitantes de la isla lacustre de Janitzio en México[18], escrito en 1961, que está incluido en la colección de Camatte. Bordiga desarrolla la idea de que en "el comunismo natural y primitivo" el individuo, siempre estuvo vinculado a sus hermanos humanos en una verdadera comunidad, sin conocer ese miedo a la muerte surgido con la atomización social engendrada por la propiedad privada y la sociedad de clases; y esto nos indica que en el comunismo del futuro, donde el destino del individuo estará vinculado al de la especie y donde el miedo a la muerte personal así como "todo el culto a la vida y a la muerte" estarán superados. Bordiga confirma así su continuidad con el hilo central de la tradición marxista que afirma que, en cierto sentido, "los miembros de las sociedades primitivas estaban más cerca de la esencia humana " ("Principios inmutables...", p. 175.) - Y que el comunismo del pasado lejano puede también entenderse como prefiguración del comunismo futuro.[19].
Lo que el comunismo no es
La defensa por Bordiga de los Manuscritos de 1844 es, en gran medida, una extensa diatriba contra la impostura del "socialismo real" de los países del bloque del Este, que había adquirido un nuevo impulso tras la "guerra antifascista" de 1939-45. Su ataque fue concebido en dos niveles: la negación y la afirmación: negar la afirmación de que lo que existía en los regímenes soviéticos y similares tuviera algo que ver con la concepción de Marx sobre el comunismo, primeramente y ante todo, en el plano económico; y afirmar las características fundamentales de las relaciones de producción comunistas.
Según una versión de un chiste popular en la antigua URSS, un instructor de la escuela del partido da una lección a los miembros de las juventudes, el Komsomol sobre una cuestión clave: ¿Se utilizará el dinero en el comunismo? " Camaradas, históricamente hay tres posiciones sobre esta cuestión. La de la desviación derechista de Proudhon-Bujarin: bajo el comunismo, todo el mundo tendrá dinero. Luego está la de la desviación infantil ultra-izquierdista: en el comunismo nadie tendrá dinero; ¿cuál es, entonces, la posición dialéctica del marxismo-leninismo? Está muy claro: bajo el comunismo, algunas personas tendrán dinero y otras no”.
Que Bordiga conociera o no este chiste, su respuesta a los estalinistas en sus "Comentarios a los Manuscritos de 1844" va en el mismo sentido. Un prólogo a una de las ediciones estalinianas de los de Manuscritos de 1844 insiste en que el texto de Marx contiene una polémica contra la teoría de Proudhon de los salarios iguales, lo que implica que, para el marxismo verdadero practicado en la URSS, en el socialismo debe haber salarios desiguales. Pero en la siguiente sección, titulada "Trabajo asalariado o Socialismo", Bordiga señala que en los Manuscritos de 1844 y en otras obras como son La miseria de la filosofía y El Capital, Marx " refuta la vacuidad proudhoniana que concebía un socialismo que mantiene los salarios como hoy los conserva Rusia. Marx no condena la teoría de la igualdad, sino la del salario. Incluso si queremos nivelarlo, el salario es la negación del socialismo. Pero si no se nivela, lo que se está negando más todavía es el socialismo. "("Comentarios...", p. 129).
Y en la siguiente sección titulada "O es el dinero o es el socialismo": de la misma manera que en la URSS persiste el trabajo asalariado, lo mismo su corolario: el mantenimiento del dominio de las relaciones humanas por el valor de cambio y, por lo tanto, por el dinero. Volviendo a la crítica profunda del dinero como una expresión de la alienación entre los seres humanos, que Marx, citando a Shakespeare y Goethe, desarrolla en los Manuscritos 1844 y, volviendo a El Capital, Bordiga insiste en el hecho de que " las sociedades donde el dinero circula son sociedades de propiedad privada; que permanecen en la prehistoria bárbara de la especie humana..."("Comentarios...", p. 137.).
Bordiga, de hecho, demuestra que los estalinistas tienen más en común con el padre del anarquismo de lo que quieren admitir. Proudhon, en la tradición de un "comunismo vulgar", que Marx ya había reconocido como reaccionario en un momento en que él mismo había adoptado el comunismo, preveía una sociedad en la que "...el ingreso anual sería dividido socialmente en partes iguales entre todos miembros de la sociedad, reconocidos todos como obreros asalariados " (p. 132). En otras palabras, ese tipo de comunismo o de socialismo sería aquél en el que la miseria de la condición proletaria se habría generalizado, pero ni mucho menos suprimido y en donde la "sociedad" acabaría siendo el capitalista. Y en respuesta a aquellos - no sólo estalinistas, sino también sus apologistas de izquierda, los trotskistas - que negaban que la URSS era una forma de capitalismo porque se habría eliminado más o menos a los propietarios individuales de capital, Bordiga responde: " la cuestión de saber dónde están los capitalistas no tiene sentido, la respuesta está escrita desde 1844: la sociedad es un capitalista abstracto " (“Comentarios...”, p. 132.).
La polémica en esos ensayos no se limita a los defensores manifiestos de la URSS. Si el comunismo suprime el valor de cambio, es porque se han abolido todas las formas de propiedad[20], no sólo la propiedad estatal como la del programa del estalinismo, sino también la versión anarcosindicalista clásica (que Bordiga atribuye igualmente al grupo contemporáneo Socialismo o Barbarie que define el socialismo como la gestión de la producción por los obreros): "la tierra para los campesinos y las fábricas para los obreros y otras parecidas deplorables parodias del magnífico programa del partido comunista revolucionario" ( "Tablas inmutables...", p. 178). En el comunismo, la empresa individual debe ser abolida como tal. Si la empresa continúa siendo propiedad de las personas que allí trabajan o incluso de la comunidad local en su entorno, no ha sido verdaderamente socializada y, las relaciones entre las diferentes empresas autogestionadas deben basarse necesariamente en el intercambio de mercancías. Volveremos a esta cuestión cuándo tratemos la visión del socialismo desarrollada por Castoriadis y el grupo Socialismo o Barbarie.
Como Trotsky (quien sin lugar a dudas desconocía los Manuscritos de 1844 cuando redactó sus pasajes visionarios de los últimos capítulos de su Literatura y Revolución a finales de 1924)[21], Bordiga continúa, a partir de la negación del capitalismo y de su alienación, insiste en lo que no es socialismo, y afirma en positivo a qué se parecerá la humanidad en los estados superiores de la sociedad comunista. Los Manuscritos de 1844 , como señalamos en un artículo anterior de esta serie [22], están repletos de pasajes que describen cómo las relaciones entre los seres humanos y entre la humanidad y la naturaleza serán transformadas bajo el comunismo, y Bordiga cita extensamente los más importantes de esos pasajes en sus dos textos, especialmente los que tratan de la transformación de las relaciones entre hombres y mujeres, y donde se insiste en el hecho de que la sociedad comunista permitirá el surgimiento de una etapa superior de la vida consciente.
La transformación de las relaciones entre los sexos
A lo largo de los Manuscritos de 1844, Marx repudia el "comunismo vulgar" que, mientras ataca a la familia burguesa, sigue considerando a la mujer como un objeto y especulando sobre una futura "comunidad de mujeres." Contra ese "comunismo vulgar", Bordiga cita a Marx poniendo de relieve que la humanización de la relación entre el hombre y la mujer es un indicativo del avance real de la especie. Al mismo tiempo, bajo el capitalismo, la mujer y la relación entre los sexos seguirán estando prisioneras de las relaciones mercantiles.
Tras haber recuperado el pensamiento de Marx sobre estas cuestiones, Bordiga inicia una momentánea digresión en torno al problema de la terminología, del lenguaje.
“Al citar estos pasajes, es necesario adoptar, según los casos, a la vez la palabra hombre y la palabra varón, en la medida en que la primera palabra se refiere a todos los miembros de la especie... Como se sabe, hace ya medio siglo a una encuesta sobre el feminismo en las sociedades de propiedad privada, el estimable marxista Filippo Turati respondió solamente estas palabras: la mujer...es hombre. Esto quiere decir que lo será en el comunismo; pero, para vuestra sociedad burguesa es un animal, un objeto”. (“Comentarios...”, p. 150)
¿Es el feminismo una desviación burguesa? Esto lo combaten fuertemente aquellos que creen que pueda existir un "feminismo socialista" o un "anarcofeminismo". Desde la perspectiva de Bordiga, en cambio, el feminismo tiene un punto de partida burgués porque apunta a la "igualdad" de los sexos dentro de las relaciones sociales existentes; y esto conduce, lógicamente, a la afirmación de que las mujeres deben ser "también" capaces de combatir como los hombres en los ejércitos imperialistas o ascender en la escala social convirtiéndose en jefes de empresa o de Estado.
El comunismo no necesita adornarse con añadidos como “feminismo”, ni siquiera “feminismo socialista” para ser, desde su origen, defensor de la solidaridad entre hombres y mujeres ya hoy, pero eso sólo puede lograrse mediante la lucha de clases, en la lucha contra la opresión y la explotación capitalistas y para la creación de una sociedad en la que la "forma originaria de la explotación" - la de las mujeres por los hombres - no sea posible. Más que eso: el marxismo reconoce también que la hembra de la especie - debido a su doble opresión y su sentido moral más avanzado (ligado concretamente a su papel histórico en la educación de los niños) – está muy a menudo en la vanguardia de la lucha; por ejemplo, en la revolución de 1917 en Rusia que comenzó con manifestaciones de mujeres contra la escasez de pan o, más recientemente, en las huelgas masivas en Egipto en 2007. De acuerdo con la escuela antropológica de Chris Knight, Camilla Power y otros que reivindica la tradición marxista en la antropología, la moral femenina y la solidaridad de las mujeres desempeñaron un papel crucial en el surgimiento de la cultura humana, en la “revolución humana” primitiva[23]. Bordiga está de acuerdo con esa manera de ver las cosas como se muestra en la sección de "Comentarios de los Manuscritos ..." titulada "El amor, necesidad de todos" donde sostiene que la función pasiva asignada a las mujeres es un claro producto de las relaciones de propiedad y que de hecho, "el amor es, según la naturaleza, el fundamento de la reproducción de la especie, la mujer el sexo activo y las formas monetarias contempladas a partir de ese criterio se revelan como hechos contra natura"("Comentarios...", p. 156). Y prosigue con un resumen de la forma en que la abolición de las relaciones mercantiles transformará esta relación: "En el comunismo no monetario, el amor tendrá, en tanto que necesidad, el mismo peso y el mismo significado para ambos sexos y el acto que lo consagra realizará la fórmula social en que la necesidad del otro hombre es mi necesidad de hombre, en la medida en que la necesidad de un sexo se realiza como la necesidad del otro sexo”.
Bordiga explica a continuación que esta transformación estará basada en los cambios materiales y sociales introducidos por la revolución comunista: " No se puede proponer esto únicamente como una relación moral basada en un modo de relación física, debido a que la transición a la forma superior se lleva a cabo en el campo económico: los hijos y su carga no conciernen a ambos padres, sino a la comunidad." Es la etapa a partir de la cual la humanidad futura será capaz de traspasar los límites impuestos por la familia burguesa.
La vida consciente a otro nivel
En un artículo anterior de esta serie[24], argumentábamos que ciertos pasajes de los Manuscritos de 1844 sólo tienen sentido si los consideramos como anticipaciones de una transformación de la conciencia, de una nueva manera de ser que las relaciones sociales comunistas hacen posible. El artículo examina ampliamente el pasaje del capítulo "Propiedad privada y comunismo" en el que Marx habla de cómo la propiedad privada (entendida en su sentido más amplio) es utilizada para restringir los sentimientos humanos, para dificultar o, -utilizando un término más preciso del psicoanálisis- para reprimir la experiencia sensorial humana; por lo tanto, el comunismo aportará con él "la emancipación de los sentidos", una nueva relación corporal y mental con el mundo, que puede compararse con el estado de inspiración experimentada por los artistas en sus momentos más creativos.
Hacia el final del texto de Bordiga "Tablas inmutables..." hay una parte titulada "Abajo la personalidad: ésa es la clave" Abordaremos más adelante la cuestión de la "personalidad" pero queremos considerar en primer lugar cómo Bordiga, en su manera de interpretar los Manuscritos de 1844, plantea la modificación de la conciencia humana en el futuro comunista.
Comienza afirmando que, en el comunismo, se “habrá salido del engaño milenario del individuo a solas frente al mundo natural, estúpidamente llamado por los filósofos ‘externo’. ¿Externo a qué? Externo al Yo, a este deficiente supremo; externo a la especie humana, no se puede decir con más rotundidad, porque el hombre especie humana es intrínseco a la naturaleza, es parte del mundo físico”; y continúa diciendo que ‘‘en este poderoso texto, el objeto y el sujeto vienen a ser, como el hombre y la naturaleza, una sola y misma cosa. Y a la vez todo es objeto: el hombre sujeto “contra natura” se desvanece en la ilusión de un yo singular”. (“Tablas...”, p. 191).
Aquí puede hacerse referencia al pasaje del capítulo "Propiedad privada y comunismo" en el que Marx dice: " ... Así, al hacerse para el hombre en sociedad la realidad objetiva realidad de las fuerzas humanas esenciales, realidad humana y, por ello, realidad de sus propias fuerzas esenciales se hacen para él todos los objetos objetivación de sí mismo, objetos que afirman y realizan su individualidad, objetos suyos, esto es, él mismo se hace objeto."[25]
Bordiga prosigue: “Además, Marx ha superado los sentidos corporales, individuales, en el sentido humano, colectivo. Hemos visto que cuando el individuo se vuelve especie, el espíritu, pobre absoluto, se disuelve en la naturaleza objetiva. A los cerebros individuales, pobres aparatos pasivos, los sustituye el cerebro social. Además, Marx fue más allá de los sentidos corporales individuales mediante el sentido humano colectivo”; ("Tablas...", p. 191). Y continúa, citando de los Manuscritos de 1844 lo referente a la emancipación de los sentidos, haciendo hincapié en que también indican la emergencia de una especie de conciencia colectiva – algo a lo que podría llamarse una transferencia desde el "sentido común" del yo aislado a la comunicación de los sentidos.
¿Qué hacemos con estos conceptos? Antes de rechazarlos como si fueran ciencia ficción, hay que recordar que, particularmente en la sociedad burguesa, a pesar de que a menudo tomamos al yo como el centro absoluto de nuestro ser (“Pienso, luego existo") también hay una larga tradición de pensamiento que insiste en que el yo es sólo una realidad relativa o, mejor dicho, una parte específica de nuestro ser. Este punto de vista está incontestablemente en el meollo de la teoría psicoanalítica, para la cual el yo adulto sólo emerge a través de un largo proceso de represión y de división entre la parte consciente y la parte inconsciente de nosotros mismos – el yo que es, por otra parte, “la única sede de la angustia”[26] porque, atrapada como está entre las exigencias de la realidad exterior y los impulsos insatisfechos escondidos en el inconsciente, el yo está constantemente preocupado por su destrucción o extinción.
Es también una perspectiva que se manifiesta en una serie de tradiciones "místicas" en Oriente y Occidente, aunque la que probablemente la ha desarrollado de manera más coherente ha sido la filosofía india, y especialmente el budismo con su doctrina del "anatta" - la caducidad del sí separado. Pero todas estas tradiciones tienden a coincidir en que es posible, penetrando directamente el inconsciente, para superar la conciencia cotidiana del yo, y así, el tormento de la angustia perpetua. Despojados de las distorsiones ideológicas que acompañan inevitablemente a estas tradiciones, sus ideas más lúcidas plantean la posibilidad de que los seres humanos sean capaces de alcanzar otro tipo diferente de conciencia en la que el mundo que nos rodea ya no es considerado como hostil, y donde lo esencial de la toma de conciencia se desplaza, no sólo intelectualmente, sino también por medio de la experiencia directa y muy corporal, desde el átomo aislado hasta el punto de vista de la especie; de hecho, incluso más que el punto de vista de la especie, o sea la naturaleza - un universo en evolución - que se hace consciente de sí misma.
Son difíciles de leer los pasajes citados de Bordiga, pero no se debe concluir que habla de algo totalmente diferente. Y es importante tener en cuenta que Freud, en la introducción a El malestar en la cultura (1930), reconoce la realidad del "sentimiento oceánico", la experiencia erótica de la unidad con el mundo, que no podía concebir sino como una regresión a la fase infantil anterior a la emergencia del yo. Sin embargo, en la misma sección del libro, acepta también la posibilidad de que las técnicas mentales del yoga puedan abrir la puerta a los "estados primordiales de la vida psíquica, profundamente soterrados." La cuestión teórica que esto nos plantea - y tal vez la de una investigación práctica que se plantea a las generaciones futuras - es conocer si las técnicas seculares de la meditación sólo pueden conducir a una regresión, a un hundimiento en el pasado, en la unidad indiferenciada del animal o del bebé; o si pueden ser parte "de un retorno dialéctico a la conciencia", de una exploración consciente de nuestra propia mente. En este sentido, los casos de "sentimiento oceánico", cuando se producen, no sólo se refieren al pasado infantil, sino también al horizonte de la conciencia humana más avanzada y más universal. Este fue el enfoque adoptado por Erich Fromm en su estudio Budismo zen y psicoanálisis, por ejemplo cuando escribe sobre lo que él llama el " El estado de no represión estado de desinhibición” que define como “un estado en el que se adquiere nuevamente la visión inmediata, no deformada de la realidad, la simpleza y la espontaneidad del niño; no obstante, después de haber atravesado el proceso de enajenación, de desarrollo del propio intelecto, la no represión es una vuelta a la inocencia en un nivel superior; esta vuelta a la inocencia es posible solo después de haber perdido la propia inocencia.”[27]
En contra de la destrucción del medio ambiente
Los escritos teóricos de Bordiga durante ese periodo no sólo plantean la cuestión de la relación del hombre con la naturaleza en un nivel tan "filosófico". Bordiga también planteó esta cuestión en sus atinadas reflexiones sobre las catástrofes que causa el capitalismo y el problema medioambiental. Al referirse a las catástrofes contemporáneas, como la inundación del valle del Po en 1957 y el naufragio del trasatlántico Andrea Doria el año anterior, Bordiga utiliza sus grandes conocimientos en ingeniería, y en especial su profundo rechazo al progreso burgués, para mostrar cómo el ansia de acumulación de la burguesía contiene en sí las semillas de tales desastres y, finalmente, de la destrucción del mundo natural[28]. Bordiga es especialmente vehemente en sus artículos sobre el frenesí urbanístico que ya pudo percibir en el período de reconstrucción tras la Segunda Guerra; denuncia el amontonamiento de personas en las cada vez más restringidas zonas urbanas, así como la filosofía de la "verticalidad" en la construcción. Sostiene que la reducción de los seres humanos al nivel de las hormigas es un producto directo de esas necesidades de acumulación que únicamente será invertido en el comunismo futuro, reafirmándose en el método de Marx y Engels para superar la separación entre ciudad y campo: " Después de haber aplastado por la fuerza esta dictadura, cada día más obscena, será posible subordinar cada solución y cada plan a la mejora de las condiciones del trabajo vivo, y eliminar de este objetivo lo que hay de trabajo muerto, el capital constante, la infraestructura que la especie-hombre ha elaborado a lo largo de los siglos y continúa haciéndolo en la corteza terrestre; así pues el repulsivo verticalismo de los monstruos de cemento será ridiculizado y suprimido; y, en las vastas extensiones de espacio horizontal, las gigantescas ciudades, una vez “desinfladas”, la fuerza y la inteligencia del animal-hombre tenderá progresivamente a hacer más uniforme la vida y el trabajo en las tierras habitables con lo que estas fuerzas podrán convivir en armonía y no serán enemigos feroces como ocurre en la civilización deforme de hoy, donde lo que les mantiene agrupados es el espectro de la esclavitud y del hambre”[29]. También es interesante resaltar que Bordiga, cuando en 1952, formula el esbozo de un “programa revolucionario inmediato”[30], incluye exigencias para poner fin a lo que ha observado como el hacinamiento inhumano y el ritmo la vida provocados por el sistema de urbanización capitalista (un proceso que después ha alcanzado progresivamente niveles mucho más elevados de irracionalidad); así, el punto séptimo de los nueve que contiene este programa llama a “el rechazo de la construcción de viviendas y lugares de trabajo en la periferia de las grandes ciudades, e incluso de las pequeñas, como una medida para encaminarse hacia una distribución uniforme de la población en todo el territorio. La reducción de la congestión, de la velocidad y del volumen de tráfico, prohibiendo lo que es inútil.”(en un futuro artículo, queremos tratar otras de las reivindicaciones de ese “programa", ya que contienen algunas formulaciones que, a nuestro aparecer, deben ser criticadas) Es interesante señalar que, cuando llega al momento de demostrar por qué todo el llamado progreso de la ciudad capitalista no tiene en realidad nada de eso, Bordiga utiliza un concepto de decadencia que él mismo tiende a tirar por la ventana en otras polémicas - como en el título "la siniestra novela negra de la decadencia social moderna"[31]. Dicho término también es totalmente coherente con la idea general de la historia que hemos planteado anteriormente, donde las sociedades pueden "degenerar hasta el punto de putrefacción" y pasar por fases de ascenso y de declive. Es como si a Bordiga, una vez retirado del mundo "estrecho" de la confrontación de posiciones políticas y obligado a regresar a los fundamentos de la teoría marxista, no le hubiera quedado más opción que reconocer que el capitalismo, como todos los modos de producción anteriores, también debía entrar en un período de decadencia y que ya estamos desde hace mucho tiempo en tal época de decadencia, sean cuales sean las maravillas del crecimiento del capitalismo en decadencia que están ahogando a la humanidad y amenazando su futuro.
El problema con la "invariancia"
Debemos ahora volver al concepto de Bordiga según el cual los Manuscritos de 1844 proporcionarían pruebas a favor de su teoría de la "invariabilidad del marxismo". Ya hemos afirmado en repetidas ocasiones que se trata de una concepción religiosa. En una polémica mordaz con el grupo bordiguista que publica Programma Comunista, Mark Chirik señala la similitud real entre el concepto bordiguista de invariancia y la actitud islámica de sumisión a una doctrina inmutable.[32]
El blanco de ese artículo era, sobre todo, es cierto, los epígonos de Bordiga, pero ¿qué dijo el propio Bordiga sobre la relación entre el marxismo y las fuentes de la doctrina de la "invariabilidad" en el pasado? En un texto básico titulado precisamente "La invariancia histórica del marxismo", escribió:
“Por consiguiente, a pesar de que la dotación ideológica de la clase obrera revolucionaria ya no es revelación, mito o idealismo como para las clases precedentes, sino «ciencia» positiva, ella tiene necesidad, sin embargo, de una formulación estable de sus principios, e incluso de sus reglas de acción, que cumpla el papel y tenga la eficacia decisiva que en el pasado han tenido dogmas, catecismos, tablas, constituciones y libros-guías como los Vedas, el Talmud, la Biblia, el Corán o las declaraciones de los Derechos. Los profundos errores sustanciales y formales contenidos en aquellas compilaciones no les han quitado su enorme fuerza organizadora y social (primero revolucionaria, después contrarrevolucionaria, en dialéctica sucesión); es más, en muchos casos, esos «descarríos» han contribuido precisamente a formar esa fuerza.”.[33]
En sus "Comentarios...", Bordiga ya era consciente de la acusación de que tales ideas lo llevaban a una visión religiosa del mundo:
" Cuando, llegado a un punto, nuestro insignificante oponente (que solo sabe repetir, sin originalidad y sin vida, las viejas naderías que hace ya mucho tiempo fueron liquidadas por nuestra doctrina, recurriendo a esa fuente de la vida en la que, en ciertos momentos, ésta lleva en su tortuoso transcurso el soplo original y nuevo; y muere en el momento en que su final irrumpe) nos dirá que así es como construimos nuestra mística: es decir, presentándose a sí mismo, pobre hombre, como el espíritu que ha superado todas las fideísmos y misticismos, hará burla de nosotros tildándonos de adoradores de las tablas de Moisés, o el Talmud, la Biblia o el Corán, los evangelios y los catecismos, nosotros le respondemos que ni siquiera eso nos induce a tomar la posición defensiva que todo inculpado requiere, dejando incluso de lado la posibilidad de meterse con esos filisteos siempre renacientes-, no, vamos a responder también lo que no tenemos motivos para considerar como una ofensa la afirmación que puede seguir atribuyéndose a nuestro movimiento –mientras no haya triunfado en la realidad (la cual precede a nuestro método de toda conquista posterior de la conciencia humana)- el de ser místico y hasta mítico.
El mito, en sus innumerables formas, no fue un delirio de espíritus con los ojos cerrados a la realidad física - natural y humana inseparablemente como decía Marx – sino que es un paso insustituible en la forma única de la conquista verdadera de la conciencia ... "("Comentarios ... "p169).
Bordiga tiene razón en considerar que el pensamiento mítico era de hecho un "paso indispensable" en la evolución de la conciencia humana, y que la Biblia, el Corán o la Declaración de los Derechos Humanos fueron en algún momento de la historia, productos verdaderamente revolucionarios. También es justo reconocer que la adhesión a esas "tablas de la ley" se convirtió en contrarrevolucionaria, en otra etapa de la historia. Pero si se hizo contrarrevolucionaria en las nuevas circunstancias históricas, fue precisamente debido a la idea de que eran inmutables e inalterables. El islam, por ejemplo, estima que su revelación es más pura que la de la Torá judía, pues argumenta que, mientras que la Torá estaba sometida a revisión y redacción posterior, ni una sola palabra del Corán se modificó desde el momento en que el ángel Gabriel lo dictó a Mahoma. La diferencia entre la visión marxista del programa comunista y el mito o dogma religioso es que el marxismo ve sus conceptos como el producto histórico de los seres humanos y por lo tanto están sujetos a confirmación o refutación mediante el desarrollo o la experiencia históricos, no como una revelación, de una vez para siempre, de una fuente sobrehumana. De hecho, la visión marxista insiste en que las revelaciones míticas o religiosas son ellas mismas productos de la historia humana, y por lo tanto limitadas en su alcance y claridad, incluso en sus creaciones más elevadas. Al aceptar la idea de que el marxismo es, también él, una especie de mito, Bordiga pierde de vista el método histórico que tan eficaz es cuando lo usa en muchos otros temas.
Por supuesto, es cierto que el programa comunista en sí no es infinitamente maleable y tiene un núcleo inmutable de principios generales, tales como la lucha de clases, la naturaleza transitoria de las sociedades de clases, la necesidad de la dictadura el proletariado y el comunismo. Además, hay un sentido en el que ese esquema general puede aparecer como un momento de inspiración. Y así Bordiga escribe:
“Una nueva doctrina no puede aparecer en cualquier momento histórico, sino que existen determinadas épocas de la historia, bien características - e incluso rarísimas -, en las que puede aparecer como un haz de luz enceguecedora; si no se ha reconocido el momento crucial y clavado la vista en la terrible luz es vano recurrir a los cabos de vela con los que se abre la vía el pedante académico o el luchador con escasa fe.”[34]
Bordiga probablemente tiene en cuenta el período increíblemente rico de la obra de Marx que dio origen a los Manuscritos de 1844 y otros textos fundamentales. Pero Marx no consideró esos textos como si no hubiera más que decir sobre el capitalismo, la lucha de clases, o el comunismo y a pesar de que, en nuestra opinión, nunca abandonó lo esencial de esos escritos, a los que consideraba "primeros borradores" que habría que ir poniendo a punto y irles dando bases sólidas para futuras investigaciones, en estrecha relación con la experiencia práctica-teórica vivida por el movimiento real del proletariado.
Bordiga, en los "Comentarios..." (pág. 161) hace también hincapié en un pasaje particular de los Manuscritos de 1844 que probarían su invariancia. En ese pasaje, Marx escribió que "Todo el movimiento entero de la historia es pues, por un lado, el acto de la procreación de ese comunismo - el nacimiento de su existencia empírica - y, por otro, es para su conciencia pensante, el movimiento comprendido y conocido de su devenir"[35]
Bordiga añade que el tema de esta conciencia no puede ser el filósofo individual; sólo puede ser el partido de clase del proletariado mundial. Pero si, como dice Marx, el comunismo es el producto de todo el movimiento de la historia, entonces debe haber comenzado a surgir mucho antes de la aparición de la clase obrera y sus organizaciones políticas, de modo que la fuente de esta conciencia debe ser más antigua que la conciencia misma - al igual que en la sociedad capitalista, el comunismo también es más amplio que las organizaciones políticas de la clase, por mucho que sean éstas su expresión más avanzada. Además, dado que el comunismo sólo puede llegar a ser claro para sí mismo, “entendido y conocido” cuando se convierte en comunismo proletario es sin duda una prueba más de que el comunismo y la conciencia comunista son algo que evoluciona, no estático, sino que es un proceso en devenir, y por lo tanto no puede ser invariante.
Individuo y especie
La crítica del individualismo tiene una larga historia en el marxismo, que se remonta a la crítica de Hegel por Marx, y, en particular, en el asalto de este contra Max Stirner; y argumentando en contra de la visión filosófica del pensador aislado, Bordiga está en tierra firme, cuando cita el tajante exabrupto de Marx en La ideología alemana sobre San Max[Stirner] cuya “filosofía equivale al estudio del mundo real lo que la masturbación al amor sexual”. Como hemos visto, la idea de que el yo es en cierto sentido una construcción ilusoria también tiene una larga historia. Pero Bordiga va más lejos que eso. Como también hemos visto, la parte de las "Tablas..." que hemos citado más arriba, donde Bordiga predijo que la humanidad comunista será capaz de acceder a un tipo de conciencia de la especie o cósmica, se titula "abajo con la personalidad esa es la clave." Es como si Bordiga quisiera que el ser humano se fundiera en la especie en lugar de realizarse mediante ella.
Experimentar un estado de conciencia que va más allá del yo tiende a ser una culminación más que un estado permanente, pero en cualquier caso no eliminará necesariamente la personalidad. Se podría decir que podría trascenderse en el futuro ese tipo de personalidad, esa especie de máscara, algo así como una propiedad privada, cara exterior de la ilusión de un yo absoluto. Pero la naturaleza misma necesita la diversidad para avanzar, y eso es tanto más cierto para la sociedad humana. Ni siquiera los budistas afirman que la iluminación haga desaparecer al individuo. Hay una historia Zen que cuenta cómo un estudiante se acercó a su maestro después de haber oído que éste había alcanzado el "satori", el destello de la iluminación, y pregunta al maestro "¿cómo siente usted estar iluminado?" A lo que el maestro contestó: "tan miserable como de costumbre".
Y en la misma parte de las "Tavole ...", Bordiga cita las "magnífica expresión" de los Manuscritos de 1844 , que dice que la humanidad es un ser que sufre, y que si no sufre, no puede conocer la alegría. Este ser carnal, mortal, ser humano individuo seguirá existiendo en el comunismo, que para Marx es “la única [sociedad] donde el desarrollo original y libre de los individuos no es una frase” (La ideología alemana, [1846] ed. Grijalbo, 1974, p. 526)
Todo eso son, evidentemente, cuestiones para un futuro lejano. Pero las sospechas de Bordiga sobre la personalidad individual tienen consecuencias mucho más inmediatas sobre la cuestión de la organización revolucionaria.
Sabemos que Bordiga hizo una crítica mordaz del fetichismo burgués de la democracia, porque ésta se basa en la noción falsa del ciudadano aislado y la verdadera de una sociedad atomizada por el intercambio de mercancías. Las ideas que desarrolló en El principio democrático y en otros lugares nos permiten poner de relieve el vacío fundamental de las estructuras más democráticas del orden capitalista. Pero llega un momento, en el pensamiento de Bordiga, en el que pierde de vista lo que fue verdaderamente "progresista" en la victoria del intercambio de bienes sobre todas las formas anteriores de la sociedad: la capacidad de crítica, el pensamiento individual sin el cual la "ciencia positiva" – a la que Bordiga reivindica también como punto de vista del proletariado - no habrían surgido. Aplicada al concepto de Bordiga del partido, esa manera de pensar conduce a la noción de organización "monolítica", "anónima" e incluso "totalitaria" - términos utilizados y aprobados por los cánones bordiguistas. Lleva a teorizar la negación del pensamiento individual y, por tanto, las diferencias internas y los debates. Y al igual que con todos los regímenes totalitarios, siempre hay al menos una persona que lo es todo menos anónima – y que se convierte en objeto de culto a la personalidad. Y eso es precisamente lo que se justificó en el Partido Comunista Internacionalista en el período posterior a la guerra por quienes vieron en Bordiga el "líder brillante", el genio que podría encontrar respuestas a todos los problemas teóricos que se planteaban a la organización (incluso cuando ni siquiera era miembro del partido). Fue esta manera absurda de pensar la que fue atacada en el artículo de la GCF "Contra el concepto del jefe genial"[36]
La contribución de Bordiga
A veces hemos criticado la idea de Bordiga de que un revolucionario es alguien para quien ya ha llegado la revolución. Al implicar que el comunismo sería inevitable, esas críticas son válidas. Pero también hay algo de cierto en la afirmación de Bordiga. Los comunistas son los que representan el futuro en el presente, como lo dice el Manifiesto Comunista, y en ese sentido miden el presente - y el pasado - a la luz de la posibilidad del comunismo. "La pasión por el comunismo" de Bordiga - su insistencia en demostrar la superioridad del comunismo sobre todo lo que la sociedad de clases y el capitalismo había creado - le permitió resistir ante las falsas visiones de progreso capitalista y "socialista" que fueron inoculadas a la clase obrera en los años 1950 y 60 y, quizás lo más importante, para demostrar en la práctica que el marxismo es, de hecho, no un dogma invariable, sino una teoría viva, porque no hay duda de que las contribuciones de Bordiga sobre el comunismo enriquecen nuestra comprensión sobre él.
Más arriba en este artículo nos referíamos a la reseña necrología que redactó Damen en 1970, cuyo objetivo era valorar la contribución política global de Bordiga. Damen comienza con una lista de todo “lo que debemos a Bordiga”, sobre todo, la enorme contribución que hizo en su período “clásico” sobre la teoría del abstencionismo y la relación entre el partido y la clase. Pero, como hemos visto, fue con razón si no Damen no evita criticar a Bordiga sobre su retirada de la actividad política entre finales de 1920 y principios de 1940, su negativa a pronunciarse sobre todos los dramas económicos y políticos que ocurrieron en aquel período. Al examinar su regreso a la vida política al final de la guerra, Damen es una vez más mordaz sobre las ambigüedades de Bordiga sobre la naturaleza capitalista de la URSS. Hubiera podido ir aún más lejos al mostrar cómo la negativa de Bordiga para reconocer los logros de la Fracción llevó a una regresión política sobre cuestiones clave como la cuestión nacional, los sindicatos y el papel del partido en la dictadura del proletariado.
Lo que en realidad falta en el texto de Damen es una evaluación de la contribución real a nuestra comprensión del comunismo que Bordiga emprendió en sus últimos años, una contribución que la Izquierda comunista todavía ha de asimilar, sobre todo porque, posteriormente, fue recuperada por otros con programas dudosos como la corriente "comunistizadora" (de la que Camatte fue uno de los fundadores), que lo utilizó para producir unos resultados que sin duda alguna el propio Bordiga habría desautorizado. Pero esto requerirá otro artículo y antes queremos tratar las demás "teorías de la revolución proletaria", que se elaboraron en los años 50, 60 y 70.
CD Ward, septiembre de 2016
[1] “Después de la Segunda Guerra Mundial, debates sobre cómo ejercen los trabajadores el poder después de la revolución”(en francés), https://fr.internationalism.org/icconline/201401/8873/apres-seconde-guerre-mondiale-debats-maniere-dont-ouvriers-exerceront-pouvoir [2].
[2] Revista internacional n° 147 (2011): “Decadencia del capitalismo (XI) - El boom de la posguerra no cambió el curso en el declive del capitalismo” https://es.internationalism.org/revista-internacional/201111/3261/decade... [3].
[3]https://www.marxists.org/espanol/pannekoek/1940s/consejosobreros/index.htm [4]. Véase también el artículo referido en la nota 1.
[4] En Ustica, se encontró con Gramsci, el cual había desempeñado un papel central para imponer la línea de la IC en el partido italiano, descartando a Bordiga de su dirección. Gramsci ya estaba entonces enfermo y, a pesar de sus diferencias considerables, Bordiga no dudó en atender a sus necesidades básicas y trabajar con él en la formación de un círculo educativo marxista.
[5] Cuya plataforma fue reeditada recientemente en inglés por la Tendencia Comunista Internacionalista: https://www.leftcom.org/en/adverts/2011-11-01/the-platform-of-the-committee-of-intesa-of-1925-is-now-available-once-again [5]
[6] Los problemas prácticos a los que se enfrentó Bordiga durante ese periodo fueron más que considerables: lo seguían dos policías adonde fuera. Sin embargo, hubo algo de voluntario en el aislamiento de Bordiga respecto a sus compañeros y a Damen. Este redactó una especie de homenaje necrológico, escrito poco después de la muerte de Bordiga en 1970 y es muy crítico sobre su comportamiento político: "Su comportamiento político, su negativa constante a adoptar una actitud políticamente responsable deben tenerse en cuenta en aquel clima particular. Así, muchos acontecimientos políticos, algunos de gran importancia histórica, como el conflicto Trotsky-Stalin y el propio estalinismo fueron desdeñosamente ignorados, quedando sin reacción de su parte. Y fue lo mismo hacia nuestra Fracción en el extranjero, en Francia y Bélgica en relación con la ideología y la política del partido de Livorno, la Segunda Guerra Mundial y, finalmente, el alineamiento de la URSS con el frente imperialista. Ni una palabra, ni una línea de Bordiga aparecieron a lo largo de aquel período histórico y eso que tenía una dimensión mayor y más compleja que la Primera Guerra Mundial ". https://www.leftcom.org/en/articles/2011-01-21/amadeo-bordiga-beyond-the-myth-and-the-rhetoric-0 [6] (Traducido por nosotros). Un estudio de los "años oscuros" de Bordiga fue publicado en italiano por Arturo Peregalli y Sandro Saggioro titulado Amadeo Bordiga. - El sconfitta e gli anni Oscuri (1926-1945) . Colibri Edizioni, Milán, noviembre de 1998.
[7] Léase al respecto dos artículos Revista Internacional en los números 36 y 90: “El Segundo Congreso del Partido Comunista Internacionalista (Internacionalismo Nº 36, julio de 1948) [7]” y la “Polémica: el origen de la CCI y el BIPR, I – La fracción italiana y la izquierda comunista de Francia [8]”
[8] Véase el artículo en la Revista Internacional n ° 36, “El Segundo Congreso del Partido Comunista Internacionalista (Internacionalismo No. 36, julio de 1948” [7].
[9] Véase, en particular, en la Revista Internacional nº 127 (2006), “Comunismo (III): “La década de 1930: el debate sobre el período de transición [9]”. https://es.internationalism.org/revista-internacional/200612/1138/iv-los-anos-30-el-debate-sobre-el-periodo-de-transicion-1 [10].
[10] La Izquierda Comunista Italiana . Capítulo "El Partito Comunista Internazionalista de Italia", p 220. Estos conocimientos sobre los peligros potenciales del Estado "proletario parecieron haberse perdido, a juzgar por la sorpresa expresada por el delegado de PCInt/Battaglia, en el Segundo Congreso de la CCI, después de enterarse de una resolución sobre el estado del período de transición, que se basa en los logros de la fracción y la GCF. Esta resolución [11] se aprobó finalmente en el Tercer Congreso. Ver también Revista Internacional N ° 47 en francés e inglés "El período de transición: controversia con PCInt Battaglia [12]".
[11] En su prefacio a Rusia y la revolución en la teoría marxista (Ediciones Spartacus, 1975), Jacques Camatte muestra que Bordiga de los años revolucionarios de después de la Primera Guerra Mundial no defendía la idea de invariancia, refiriéndose en particular al primer artículo de la colección, "las lecciones de la historia reciente", que sostiene que el movimiento real del proletariado puede enriquecer la teoría, criticando abiertamente algunas ideas de Marx sobre la democracia y algunas indicaciones prácticas del Manifiesto Comunista : " el sistema de comunismo crítico, naturalmente, debe entenderse en relación con la integración de la experiencia histórica posterior al Manifiesto y a Marx, y, si es necesario, en una dirección opuesta a algunos comportamientos tácticos de Marx y Engels que resultaron ser erróneos". (p. 71)
[12] Leer en la Revista Internacional n°147 (2011). “Decadencia del capitalismo (XI) - El boom de la posguerra no cambió el curso en el declive del capitalismo”, https://es.internationalism.org/revista-internacional/201111/3261/decadencia-del-capitalismo-xi-el-boom-de-la-posguerra-no-cambio-el [3].
[13] Ver “Después de la Segunda Guerra Mundial, debates sobre cómo ejercen los trabajadores el poder después de la revolución”(en francés) https://fr.internationalism.org/icconline/201401/8873/apres-seconde-guerre-mondiale-debats-maniere-dont-ouvriers-exerceront-pouvoir [2].
[14] Como lo subraya en un reciente artículo de C. Derrick Varn en el blog Symptomatic Commentary, "The brain of society: notes on Bordiga, organic centralism, and the limitations of the party form", Bordiga parecía reticente a abandonar la noción de partido que no sólo se mantiene durante la fase superior del comunismo sino también que actúa como la encarnación del cerebro social. https://symptomaticcommentary.wordpress.com/2014/08/19/the-brain-of-society-notes-on-bordiga-organic-centralism-and-the-limitations-of-the-party-form/ [13].
[15] Amadeo Bordiga, 1965. “Consideraciones sobre la actividad orgánica del partido cuando la situación general es históricamente desfavorable [14]”. En francés en: https://www.quinterna.org/lingue/francais/historique_fr/consid%C3%A9ratio... [14]
[16] Se podrís traducir por “Las tablas [de la ley] inmutables de la teoría comunista del partido” (Programma comunista, 1960)
[17] Véase, en particular, en la Revista Internacional n ° 70, " El comunismo no es un bello ideal, sino una necesidad material. La alienación del trabajo es una premisa de su emancipación. [15], Revista Internacional n 70.
[18] Título: "En Janitzio no le tienen miedo a la muerte."
[19] Véase también el artículo anterior, en Revista Internacional n ° 81 en la serie El comunismo no es un bello ideal, sino una necesidad material [16] “XI - El Marx de la madurez - Comunismo del pasado, comunismo del futuro.” https://es.internationalism.org/revista-internacional/199507/1824/xi-el-marx-de-la-madurez-comunismo-del-pasado-comunismo-del-futuro [17].
[20]Una exposición más clara del concepto de socialismo en Bordiga, puede encontrarse en un artículo de Adam Buick [18] del Partido Socialista de Gran Bretaña, quien, a pesar de sus muchos defectos, siempre ha entendido muy bien que el socialismo significa abolición del trabajo asalariado y del dinero.
[21] Véase, en Revista Internacional 111, de la serie El comunismo está al orden del día de la historia, el artículo “Trotsky y la ‘cultura proletaria’.”
[22] Véase en en la Revista Internacional 71, de la serie El comunismo no es un bello ideal, sino una necesidad material [16]: "El comunismo es el verdadero comienzo real de la sociedad humana"; https://es.internationalism.org/revista-internacional/199301/3151/iv-el-... [19]
[23] Leer en Revista Internacional 150 “Acerca del libro El comunismo primitivo no es lo que era; el comunismo primitivo y el papel de la mujer en la emergencia de la cultura [20]” y en la 151, el artículo “El comunismo primitivo y el papel de la mujer en la emergencia de la solidaridad” [21], https://es.internationalism.org/revista-internacional/201305/3733/el-com... [22].
[24] Cf. nota 21.
[25] Manuscritos económicos y filosóficos de 1844, "Propiedad Privada y comunismo [23]".
[26] Freud, “Nuevas lecciones introductorias al psicoanálisis” 1933.
[27] Erich Fromm y D. T. Suzuki, Budismo zen y psicoanálisis, “VI. Des-represión e iluminación”, Fondo de cultura económica, 1960, México. Fromm, perteneció a la Escuela de Fráncfort. Escribió sobre los primeros escritos de Marx. Pensaba que el verdadero objetivo del psicoanálisis (que solo podría alcanzarse a gran escala en una "sociedad sana"), no es sólo aliviar los síntomas neuróticos o subordinar los instintos al control intelectual, sino hacer consciente el inconsciente, accediendo así a la vida no reprimida. Y con este objetivo definió así el método del psicoanálisis: “Examina el desarrollo psíquico de una persona desde la infancia y trata de recuperar experiencias previas para ayudar a la persona a experimentar lo que ahora está reprimido. Va descubriendo ilusiones dentro de uno mismo acerca del mundo, paso a paso, de modo que las deformaciones paratáxicas y las intelectualizaciones enajenadas disminuyan. Al convertirse en menos extraña a sí misma, la persona que atraviesa este proceso se vuelve menos extraña al mundo; al abrir la comunicación con el universo dentro de sí misma, ha abierto la comunicación con el universo exterior. La falsa conciencia desaparece y con ella la polaridad conciencia-inconsciente. "(“VI. Des-represión e iluminación”). En otro pasaje (justo antes del citado), compara ese método con el del Zen, que utiliza diferentes medios, pero también mediante una serie de pequeñas logros o "satoris" hacia un nivel cualitativamente superior de estar en el mundo.
[28] Véase la colección Murdering the Dead: “Amadeo Bordiga sobre el capitalismo y otras catástrofes”, Antagonisme Press, 2001. Ver también nuestro artículo sobre las inundaciones en Gran Bretaña que trata de la noción de Bordiga del papel de la destrucción en la acumulación capitalista. O, también, otros artículos nuestros como “¿Catástrofes naturales o naturaleza catastrófica del capitalismo?” y otros muchos artículos al respecto [https://es.internationalism.org] [24].
[29] Especie humana y corteza terrestre, (traducido de la versión francesa publicada en la Petite Bibliothèque Payot, p.168)
[30] « Il programma revoluzionario immediato » https://www.sinistra.net/lib/bas/progra/vako/vakoabefui.html [25]
[31] Traducido por nosotros de la versión francesa : https://www.marxists.org/francais/bordiga/works/1956/08/bordiga_19560824.htm [26]
[32] Revista Internacional 14. “Una caricatura de partido: el partido bordiguista (Respuesta a Programma Comunista) [27]” (versión francesa: https://fr.internationalism.org/rinte14/pci.htm [28])
[33] La «invariancia» histórica del marxismo, https://www.sinistra.net/lib/upt/elproc/moqa/moqaajobis.html [29] (traducción de Programma)
[34] Ídem.
[35] Manuscritos económicos y políticos de 1844. “Propiedad Privada y comunismo. 1”.
[36] Revista Internacional nº 33 (1983) “Problemas actuales del movimiento obrero: Contra el concepto de jefe genial” (Internationalisme, № 25, Agosto de 1947). https://es.internationalism.org/revista-internacional/200712/2126/revista-internacional-n-33-segundo-trimestre-1983 [30].
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¿Qué puede esperar el mundo del nuevo gobierno Trump en EEUU? Mientras las élites políticas tradicionales en todo el mundo están consternadas y ansiosas, el gobierno ruso y los populistas de derechas en América y en toda Europa ven que la historia se pone de su parte. Y mientras las grandes empresas que operan a escala internacional (como la industria del automóvil) temen represalias ahora si no producen en EEUU, las bolsas y los institutos económicos mostraron inicialmente confianza, esperando un aumento del crecimiento de la economía USA e incluso mundial con Trump. En cuanto al propio Sr. Presidente, no sólo contradice regularmente a su nuevo gobierno, sino que también se contradice él mismo. La OTAN, el libre comercio o la UE pueden ser «esenciales» en una frase, y estar «obsoletos» en la siguiente.
En vez de unirnos a contemplar en la bola de cristal cual será la política del Estado americano en el futuro próximo, intentaremos aquí primero de todo analizar porqué Trump fue elegido presidente, a pesar de que la élite política establecida no lo quería. Partiendo de esta contradicción entre lo que Trump representa y los intereses del conjunto de la clase dominante en EEUU, esperamos ganar tierra firme para dar algunas indicaciones iniciales de lo que se puede esperar de su presidencia, sin caer en demasiadas especulaciones.
El dilema del partido Republicano
No es ningún secreto que a Donald Trump se le considera un cuerpo extraño en el partido Republicano que lo nominó para ser elegido para la Casa Blanca. No es lo bastante religioso ni conservador para los cristianos fundamentalistas que juegan un papel tan importante en el partido. Sus propuestas en política económica, como la de un programa de infraestructuras organizado por el Estado, el proteccionismo, o la substitución del «Obamacare» por un Seguro social para todos respaldado por el Estado, son anatema para los neo-libs que aún mantienen una influencia en los círculos Republicanos. Sus planes de un acercamiento a la Rusia de Putin lo enfrentan al lobby militar y de inteligencia que es tan fuerte, tanto en el partido Republicano como en el Demócrata.
La candidatura presidencial de Trump fue posible por una revuelta sin precedentes de los miembros y electores del partido Republicano contra sus líderes. Los otros candidatos, tanto si venían del clan Bush, de los cristianos evangelistas, los neo-libs, o el Tea Party, se habían desacreditado por su integración o apoyo al gobierno de George W Bush, que precedió al de Obama. El hecho de que, frente a la crisis económica y financiera de 2007/08, un presidente Republicano no hubiera hecho nada para ayudar a millones de pequeños propietarios y aspirantes a pequeños propietarios –que en muchos casos perdieron su empleo, su casa y sus ahorros de golpe al mismo tiempo- mientras financiaban las pérdidas de los bancos con dinero del gobierno, fue imperdonable para los votantes Republicanos. Además, ninguno de los otros candidatos tenía nada que proponer en el terreno económico, sino más de lo mismo que no había prevenido el desastre de 2008.
A decir verdad, la rebelión de los votantes tradicionales Republicanos se dirigió no solo contra sus líderes, sino también contra algunos de los “valores” tradicionales del partido. En ese sentido, no solo se hizo posible la candidatura de Trump, sino que fue virtualmente impuesta a la dirección del partido. Por supuesto que ésta última podría haberlo impedido, pero solo a riesgo de separarse de sus bases e incluso de dividir el partido. Eso explica que los intentos de frustrar los planes de Trump fueran tan poco entusiastas e inefectivos a la larga. A fin de cuentas el “Grand Old Party” se vio obligado a llegar a un acuerdo con el intruso de la costa Este.
El dilema del partido Demócrata
Una revuelta similar tuvo lugar en el partido Demócrata. Tras ocho años de Obama, la fe en el famoso «yes we can» («podemos» mejorar las vidas de la población en general) había menguado seriamente. El líder de esta rebelión era Bernie Sanders, que se autoproclamaba “socialista”. Igual que Trump en el lado Republicano, Sanders era un nuevo fenómeno en la historia reciente de los Demócratas. No porque los “socialistas” como tales sean un cuerpo extraño en ese partido. Pero son una minoría entre muchas, que subraya la reivindicación de multiculturalidad dentro del partido. Se considera un elemento extraño que planteen su candidatura al Despacho Oval. Tanto con Bill Clinton, como con Obama, los presidentes Demócratas contemporáneos combinan un toque de bienestar social con políticas económicas fundamentalmente neoliberales. Una política económica directamente intervencionista del Estado, de un fuerte carácter “Keynesiano” (como la de FD Roosevelt antes y durante la IIª Guerra mundial) es tanto un anatema para la dirección Demócrata como para la Republicana actualmente. Eso explica porqué Sanders nunca hizo un secreto del hecho de que sobre algunas cuestiones, sus propuestas políticas estaban más cerca de las de Trump que de las de Hillary Clinton. Después de la elección de Trump, Sanders inmediatamente le ofreció su apoyo para implementar su plan de «Seguro social para todos». Sin embargo, a diferencia de lo que les ocurrió a los Republicanos, la revuelta en el partido Demócrata fue aplastada con éxito y en lugar de Sanders, Clinton fue nominada con alivio. Y esto fue así, no solo porque el partido Demócrata es el mejor organizado y controlado de los dos partidos, sino porque la élite de este partido se ha visto menos desacreditada que su contrincante Republicana.
Pero paradójicamente, este éxito de la dirección del partido solo sirvió para allanar el camino de su derrota en las elecciones presidenciales. Al eliminar a Sanders, los demócratas dejaron de lado el único candidato que tenía una oportunidad de ganar a Trump. El PD se dio cuenta demasiado tarde de que Trump sería su adversario y de que estaban subestimando su potencial electoral. También subestimaron hasta qué punto la misma Hillary Clinton estaba desacreditada, debido sobre todo a su imagen de representante de “Wall Street”, de “las Oligarquías financieras de la Costa Este”, popularmente consideradas como los primeros culpables y al mismo tiempo los principales beneficiarios de la crisis financiera. De hecho a ella se le había llegado a identificar tanto con la catástrofe de 2008 como a la dirección del partido Republicano. La arrogante complacencia de la élite Demócrata y su ceguera respecto al creciente cabreo y resentimiento popular caracterizó toda la campaña electoral de la Sra. Clinton. Un ejemplo de esto fue su dependencia unilateral de los medias más tradicionales, mientras que el equipo de campaña de Trump utilizó las posibilidades de los nuevos medios a tope.
Como no quisieron a Sanders, tuvieron que comerse con patatas a Trump. Incluso para los que, de entre la burguesía de EEUU, les gusta menos la posibilidad de una fase de experimentación económica neo-Keynsiana, Sanders hubiera sido sin duda el mal menor. Sanders, igual que Trump, quería frenar el proceso de lo que se llama “globalización”; pero lo hubiera hecho más moderadamente y con mayor sentido de la responsabilidad. Con Trump, la clase dirigente de la primera potencia mundial no puede estar segura de dónde se ha metido.
El dilema de los partidos políticos establecidos
EEUU es un país fundado por colonos y poblado por oleadas de inmigración. La integración de los diferentes grupos e intereses étnicos y religiosos en una sola nación es función de la evolución del sistema político y constitucional. Un reto particular para este sistema es la implicación en el gobierno de los líderes de las diferentes comunidades de inmigrantes, puesto que cada nueva oleada de inmigrantes empieza desde debajo de la pirámide social y tiene que “forjarse su camino”. El presunto crisol (melting pot) americano es en realidad un sistema extremadamente complicado de (no siempre) coexistencia pacífica entre diferentes grupos.
Históricamente, junto a instituciones como los organismos religiosos, la formación de organizaciones criminales ha demostrado ser un medio para que los grupos excluidos ganen acceso al poder. La burguesía norteamericana tiene una larga experiencia en la integración de las mejores redes del hampa en las alturas. A menudo se trata de sagas familiares repetidas: el padre un gánster, el hijo un abogado o un político, y el nieto o nieta un filántropo o mecenas. La ventaja de este sistema era que la violencia sobre la que se basaba no era abiertamente política. Y eso lo hacía compatible con el sistema bipartidista. El lado al que fuera el voto italiano, judío o irlandés, dependía de las diferentes constelaciones dadas y de lo que Trump llamaría los “tratos” que los republicanos y los demócratas ofrecieran a las diferentes comunidades e intereses particulares. En Norteamérica, esas constelaciones entre comunidades tienen que negociarse constantemente, y no solo las que existen entre las diferentes industrias o ramas de la economía por ejemplo.
Pero este proceso de integración políticamente no partidista esencialmente, compatible con la estabilidad del aparato de partidos, empezó a fallar por primera vez frente a las demandas de los negros norteamericanos. Estos últimos habían llegado a Norteamérica originariamente no como colonos, sino como esclavos. Desde el principio tuvieron que soportar todo el embate del moderno racismo capitalista. Para ganar acceso a la igualdad burguesa ante la ley y al poder y los privilegios para una élite de raza negra tuvieron que ser creados movimientos abiertamente políticos. Sin Martin Luther King, o el Movimiento de Derechos Civiles, pero también sin la violencia de un nuevo tipo –las revueltas en los guetos negros en los 60 y los Black Panters- no hubiera sido posible la presidencia de Obama. La élite dirigente establecida consiguió gestionarlo vinculando el Movimiento Por los Derechos Civiles al partido demócrata. Pero de esa forma se puso en cuestión la división que existía entre los diferentes grupos étnicos y los partidos políticos. El voto de los negros va regularmente al partido demócrata. Al principio los Republicanos fueron capaces de desarrollar un contrapeso ganando una parte más o menos estable del voto latino (principalmente de la comunidad cubana en el exilio). Respecto al voto “blanco”, continuó yendo a uno u otro lado dependiendo de la oferta.
Hasta las elecciones de 2016. Uno de los factores que llevó a Trump a la Casa Blanca fue la alianza electoral que hizo con diferentes grupos de “blancos supremacistas”. A diferencia del racismo rancio del Klu klux klan, con su nostalgia del sistema esclavista que reinaba en los estados del sur hasta la guerra civil americana, el odio de esas nuevas corrientes se dirige contra los negros pobres de las zonas urbanas y rurales, pero también contra los latinos pobres, condenados como criminales y parásitos sociales. Aunque el propio Trump puede que no sea un racista de este tipo, esos blancos supremacistas modernos crearon una especie de bloque electoral a su favor. Por primera vez, millones de votantes blancos emitieron su voto no según las recomendaciones de “sus” diferentes comunidades, ni por uno u otro partido, sino por alguien a quien veían como el representante de una amplia comunidad “blanca”. En la base de esto hay un proceso de “comunitarización” de la política burguesa norteamericana. Un paso más en la segregación del llamado melting pot.
El dilema de la clase dirigente norteamericana y el «Make America Great Again» de Trump
El problema de todos los candidatos republicanos que intentaron oponerse a Trump y después de la misma Hillary Clinton, no era solo que no resultaban convincentes, sino que ellos mismos no estaban convencidos. Todo lo que podían proponer fueron diferentes variantes del «business as usual» (de lo de siempre). Sobre todo no tenían ninguna alternativa al «Make America Great Again» de Trump. Detrás de esta consigna no hay solo una nueva versión del viejo nacionalismo. El americanismo de Trump es de un nuevo tipo. Contiene la admisión clara de que Norteamérica ya no es tan «grande» como antes. Económicamente ha sido incapaz de prevenir el auge de China. Militarmente ha sufrido una serie de reveses más o menos humillantes: Afganistán, Irak, Siria. EEUU es una potencia en declive, aún cuando sigue siendo de lejos económica y sobre todo militar y tecnológicamente, el líder mundial. Y EEUU no es una excepción en un mundo que, al contrario, estaría prosperando. El declive norteamericano simboliza el de todo el capitalismo. El vacío creado por la ausencia de alternativas de la élite dirigente ha ayudado a dar su oportunidad a Trump.
Y no es que EEUU no haya intentado reaccionar frente a su declive histórico. Muchos de los cambios anunciados por Trump ya vienen de antes, en particular de Obama. Incluyendo dar mayor prioridad económica y sobre todo militarmente a la zona del Pacífico, de modo que a los “socios” de la OTAN se les ha pedido que carguen con una parte mayor de los costos; o una política económica más dirigida por el Estado frente a la gestión de la crisis de 2008 y sus consecuencias. Pero eso solo podría frenar el declive actual, mientras que Trump dice ser capaz de revertirlo.
Frente a este declive, y a las crecientes divisiones raciales, religiosas, étnicas y de clase, Trump quiere unir a la nación tras su clase dirigente en nombre de un nuevo americanismo. Según Trump EEUU ha sido la principal víctima del resto del mundo. Dice que, mientras EEUU se ha estado agotando y despilfarrando sus recursos para mantener el orden mundial, el resto se ha aprovechado de ese orden a expensas del «propio país de Dios» («God’s own country» ). Los “Trumpistas” no están pensando solo en Europa o Asia oriental, que han estado inundando el mercado norteamericano con sus productos. Uno de los principales explotadores de EEUU, según Trump, es México, al que acusa de exportar su superávit de población al sistema de Seguro Social norteamericano, mientras desarrolla al mismo tiempo su propia industria a tal extremo que su producción automovilística está adelantando la de su vecino del norte.
Esto equivale a una nueva y virulenta forma de nacionalismo, reminiscente del nacionalismo «underdog» alemán tras la Iª guerra mundial y el tratado de Versalles. La orientación de esta forma de nacionalismo ya no es justificar la imposición de un orden mundial dictado por EEUU. Su orientación es la de poner en cuestión el orden mundial existente.
La ruleta rusa de Trump
Pero lo que el mundo se pregunta es si Trump tiene una verdadera política que ofrecer en respuesta al declive norteamericano. Si no es el caso, si su alternativa es puramente ideológica, no es probable que dure mucho. Ciertamente Trump no tiene ningún programa coherente para su capital nacional. Nadie es tan claro sobre esto como el mismo Trump. Su política, como él declara repetidamente, es hacer “grandes negocios” para EEUU (y para él) cuando se presente la oportunidad. El nuevo programa del capital norteamericano es, aparentemente, Trump mismo: un amante del riesgo, un hombre de negocios que ha pasado por varias bancarrotas, como cabeza del Estado.
Pero esto no significa necesariamente que Trump no tenga ninguna posibilidad de al menos frenar el declive de EEUU. De hecho PODRÍA conseguirlo, al menos parcialmente –pero sólo si tiene suerte. Aquí nos aproximamos al punto crucial del Trumpismo. El nuevo presidente, que quiere dirigir la primera potencia mundial como si fuera una empresa capitalista, está dispuesto, para conseguir sus objetivos, a correr riesgos incalculables –riesgos que ningún político burgués “convencional” en su posición querría correr. Si funciona, podría volverse en beneficio del capitalismo norteamericano a expensas de sus rivales sin demasiados daños para el conjunto del sistema. Pero si sale mal, las consecuencias pueden ser catastróficas para EEUU y para el capitalismo mundial.
Podemos dar tres ejemplos de la clase de política «Va Banque» a la que quiere lanzarse Trump. Uno de ellos es su política proteccionista de chantaje. Su objetivo no es acabar con el presente orden económico mundial (“globalización”) sino conseguir un acuerdo mejor para Norteamérica en ese orden. EEUU es el único país cuyo mercado interno es tan grande para permitirse amenazar a sus rivales con medidas proteccionistas de envergadura. El súmmum de la racionalidad de la política de Trump es su cálculo de que los líderes políticos de sus principales rivales están menos locos que él, es decir, que no correrán el riesgo de una guerra comercial proteccionista. Pero si sus medidas desencadenaran una reacción en cadena fuera de control, el resultado podría ser una fragmentación del mercado mundial comparable a lo que ocurrió durante la Gran Depresión.
El segundo ejemplo es la OTAN. El gobierno Obama ya había empezado a presionar a los “socios” europeos para que asumieran una mayor parte de los costes de la Alianza en Europa y en otros sitios. La diferencia ahora es que Trump está dispuesto a amenazar con ningunear o marginar a la OTAN si no se cumplen los deseos de Washington. También aquí Trump está jugando con fuego, puesto que la OTAN es primero y principalmente un instrumento para asegurar la presencia del imperialismo USA en Europa.
El último ejemplo que daremos es el proyecto de Trump de un «Gran acuerdo» con Rusia y Putin. Uno de los principales problemas de la economía rusa actualmente es que no ha completado en realidad la transformación desde un régimen estalinista a un orden capitalista que funcione propiamente como tal. Esta transformación se vio obstaculizada durante una primera fase por la prioridad del gobierno de Putin de prevenir que la industria armamentística, o importantes materias primas fueran compradas por capital extranjero. El proceso de privatización necesario se hizo a medias, de manera que una gran parte de la industria rusa aún funciona sobre la base de una asignación de recursos administrativa. El plan de Putin era abordar en una segunda fase la privatización y la modernización de la economía en colaboración con la burguesía europea, principalmente con Alemania. Pero ese plan fue frustrado con éxito por Washington, esencialmente a través de su política de sanciones contra Rusia. Aunque tuvieran ocasión ante la política rusa de anexión de Ucrania, adicionalmente tenían el objetivo de prevenir un reforzamiento económico tanto de Rusia como de Alemania.
Pero ese éxito –quizás el principal logro frente a Europa de la presidencia de Obama- tiene consecuencias negativas para el conjunto de la economía mundial. La implantación de una verdadera propiedad privada en Rusia crearía un amasijo de nuevos actores económicos solventes que pueden responder por los préstamos que reciben con terrenos, materias primas, etc. En vistas de las dificultades de la economía mundial actualmente, cuando incluso en China el crecimiento se está enlenteciendo, ¿Puede el capitalismo permitirse renunciar a tales «negocios»?
No, según Trump. Su idea es que no sea Alemania y Europa, sino EEUU, quien se convierta en «socio» de Putin en esa transformación. Según Trump (que por supuesto también espera lucrativos negocios para sí mismo), la burguesía rusa, que es obviamente incapaz de abordar por sí misma su modernización, puede escoger entre tres posibles socios, incluyendo a China. Puesto que ésta es la mayor amenaza para EEUU, es vital que sea Washington en vez de Pekín, quien asuma ese papel.
Sin embargo ninguno de los proyectos de Trump ha provocado una resistencia tan amarga como éste en la clase dirigente en EEUU. Toda la fase entre la elección de Trump y su toma de posesión ha estado dominada por los intentos conjuntos de la «comunidad de Inteligencia», los principales medios de comunicación y el gobierno Obama, de sabotear el acercamiento previsto a Moscú. En esto todos ellos piensan que el riesgo que asume Trump es demasiado alto. Aunque es verdad que el principal contendiente actualmente es China, una Rusia modernizada constituiría un riesgo adicional considerable para EEUU. Después de todo Rusia es (también) una potencia europea, y Europa aún es el corazón de la economía mundial. Y Rusia aún tiene el segundo mayor arsenal nuclear tras EEUU. Otro posible problema es que, si las sanciones económicas contra Rusia fueran anuladas, la esfinge del Kemlin, Vladimir Putin, se considera perfectamente capaz de tomar la delantera a Trump reintroduciendo a los europeos en sus planes (para limitar así su dependencia de EEUU). La burguesía francesa, por ejemplo, ya está preparada para el caso: dos de los candidatos para las próximas elecciones presidenciales (Fillon y Le Pen) no han ocultado sus simpatías por Rusia.
Por el momento, la salida de este último conflicto entre la burguesía norteamericana sigue abierta. Mientras, la argumentación de Trump es unilateralmente económica (aunque no hay que excluir en absoluto que pueda ampliar su aventurerismo hacia una política de provocación militar hacia Pekín). Pero lo que es cierto es que una respuesta efectiva a largo plazo al desafío chino, ha de tener un fuerte componente económico y no puede ceñirse solamente al terreno militar. Hay dos áreas en particular en las que la economía norteamericana tiene que cargar con un presupuesto más pesado que China, y que Trump debería intentar “racionalizar”. Una es el enorme presupuesto militar. A este respecto, la política hacia Rusia también tiene una dimensión ideológica puesto que, en los últimos años, la idea de que Putin quería restablecer la Unión Soviética ha sido una de las principales justificaciones dadas para la persistencia de un gasto astronómico de “defensa”.
El otro presupuesto que Trump quiere reducir significativamente es el de bienestar social. Aquí sin embargo, en el ataque a la clase obrera, puede contar con el apoyo de toda la clase dominante.
La promesa de violencia de Trump
Junto a una actitud de aventurerismo irresponsable, la otra gran característica del Trumpismo es la amenaza de violencia. Una de sus especialidades es amenazar a las empresas que operan internacionalmente con represalias si no hacen lo que él quiere. Y lo que quiere, según dice, son «empleos para los trabajadores norteamericanos». Su forma de acosar a las grandes Compañías por twitter también tiene la intención de impresionar a los que viven constantemente con miedo porque su existencia depende de los antojos de esas Compañías gigantes. A esos trabajadores se les invita a identificarse con su fuerza, que supuestamente estaría a su servicio, porque son buenos y honestos obedientes estadounidenses que quieren trabajar duro por su país.
Durante su campaña electoral, Trump le dijo a su contendiente Hillary Clinton que quería “meterla a la cárcel”. Después declaró que tendría clemencia hacia ella –como si la cuestión de cuándo otros políticos aterrizan en prisión dependiera de sus caprichos personales. No hay clemencia sin embargo para los inmigrantes ilegales. Obama ya deportó más inmigrantes que cualquier otro presidente de EEUU antes de él. Trump quiere encarcelarlos dos años antes de expulsarlos. La promesa de que va a correr la sangre es el aura que atrae a una multitud creciente de los que, en esta sociedad, son incapaces de defenderse ellos mismos pero tienen sed de venganza. Gente que acude a sus mítines a protestar y que Trump ha zurrado ante los ojos de toda la nación. Mujeres, “outsiders”, los llamados inadaptados sociales, a los que se hace entender que deberían sentirse afortunados por estar expuestos solo a su violencia verbal. No solo quiere construir un muro para mantener lejos a los mexicanos, sino que promete hacérselo pagar a ellos. A la exclusión se añade la humillación.
Esas amenazas han sido obviamente una parte calculada de la demagógica campaña electoral de Trump, pero al tomar posesión de su cargo no ha perdido el tiempo impulsando una serie de “hechos consumados” destinados a probar que, a diferencia de otros políticos, va a hacer lo que dice. La expresión más espectacular de eso –que ha causado enorme consternación entre la burguesía y en el conjunto de la población- ha sido su “veto musulmán”, que niega a los viajeros de un cuidadosamente seleccionado número de países de mayoría musulmana, el derecho a entrar o volver a EEUU. Esto es sobre todo una declaración de intención, un signo de su voluntad de poner en el punto de mira a las minorías y asociar el islam en general con el terrorismo, por mucho que niegue que esta medida está destinada específicamente a los musulmanes.
Lo que EEUU necesita, dice Trump al mundo, son más armas y más tortura. La civilización burguesa moderna desde luego no anda escasa de chulos y matones y admira y aclama a los que toman por sí mismo todo lo que pueden conseguir a expensas de los otros. Lo que es una novedad es que millones de personas en uno de los países más modernos del mundo, quiera un matón semejante a la cabeza del Estado. Trump, igual que su modelo y puede que amigo Putin, son populares no a pesar de su chulería, sino debido a ella.
En el capitalismo siempre hay dos posibles alternativas, o intercambio de equivalentes, o no intercambio de equivalentes (robo). Puedes darle a alguien un equivalente por lo que consigues, o no dárselo. Para que funcione el mercado, sus sujetos tienen que renunciar a la violencia en la vida económica. Y lo hacen bajo amenaza de represalias, como la cárcel, pero también con la promesa de que su renuncia valdrá la pena para ellos a largo plazo en términos de hacer su existencia segura. Sin embargo el caso es que la base de la vida económica en el capitalismo es el robo, la plusvalía que el capitalista gana del plus de trabajo no pagado de los obreros asalariados. Este robo se ha legalizado como la propiedad privada capitalista de los medios de producción; el Estado, que es el aparato de Estado de la clase dominante, la impone por la fuerza cada día. La economía capitalista requiere un tabú respecto a la violencia para que el mercado funcione. Comprar y vender se supone que son actividades pacíficas –incluyendo la compra-venta de la fuerza de trabajo: los obreros no son esclavos. En circunstancias “normales”, la gente que trabaja están dispuestos a vivir más o menos en paz en esas condiciones, a pesar de darse cuenta de que hay una minoría que se niega a hacer lo mismo. Esa minoría se compone del medio criminal, que vive del robo, y del Estado, que es el mayor ladrón de todos, tanto en relación a “su propia” población (impuestos), como en relación a los otros Estados (guerra). Y aunque el Estado reprime a los criminales en defensa de la propiedad privada, en las altas esferas los principales gánsteres y el Estado tienden a colaborar mas que a oponerse entre sí. Pero cuando el capitalismo ya no puede hacer creíble siquiera la ilusión de una posible mejora de las condiciones de vida para el conjunto de la sociedad, el conformismo del conjunto de la sociedad empieza a resquebrajarse.
Hoy hemos entrado en un periodo (similar al de la década de 1930) en que amplios sectores de la sociedad se sienten engañados y ya no creen que renunciar a la violencia valga la pena. Pero siguen intimidados por la amenaza de represión, por el status ilegal del mundo criminal. Y ahí es cuando el anhelo de ser parte de los que roban sin miedo se hace político. La esencia de su “populismo” es la demanda de que la violencia contra ciertos grupos sea legalizada, o al menos tolerada no oficialmente. En la Alemania de Hitler, por ejemplo, el curso a la guerra era una manifestación “normal” del “Estado ladrón” que compartía con la Rusia de Stalin, EEUU de Roosevelt, etc. Lo que era nuevo en el Nacional Socialismo fue el robo sistemático, organizado por el Estado, contra parte de su propia población. Los pogromos y la búsqueda de chivos expiatorios se legalizaron. El Holocausto no fue principalmente producto de la historia del anti-semitismo o del Nazismo. Fue un producto del capitalismo moderno. El robo se convierte en la perspectiva económica alternativa de sectores de la población que se hunden en la barbarie. Pero esta barbarie es la del propio sistema capitalista. El Hampa, el mundo criminal, es tanto parte de la sociedad burguesa como la Bolsa. El robo y la compraventa son los dos polos de la avanzada sociedad moderna basada en la propiedad privada. La práctica del robo solo puede abolirse aboliendo la sociedad de clases. Cuando el robo empieza a reemplazar la compra y la venta, significa al mismo tiempo la autorrealización y la autodestrucción de la civilización burguesa. En ausencia de una alternativa, de una perspectiva revolucionaria comunista, crece el anhelo de ejercer la violencia contra otros.
«El pescado apesta desde la cabeza hacia abajo»
¿Qué pasa cuando partes de la misma clase dominante, seguidas por parte de las capas intermedias de la sociedad, empiezan a perder la confianza en la posibilidad de un crecimiento sostenido de la economía mundial? ¿O cuando empiezan a perder la esperanza de poder beneficiarse de cualquier crecimiento que se produjera? De ninguna manera querrían renunciar a sus aspiraciones de un (mayor) pedazo de riqueza y poder. Si la riqueza disponible no aumentara, lucharían por un mayor pedazo a expensas del resto. Aquí radica la conexión entre la situación económica y la creciente sed de violencia. La perspectiva de crecimiento empieza a ser reemplazada por la perspectiva de robo y pillaje. Si millones de trabajadores ilegales fueran expulsados, entonces según el cálculo, habría más empleos, viviendas y beneficios sociales, para los que se quedaran. Lo mismo vale para todos esos que viven del sistema de beneficios sociales sin contribuir. Y respecto a las minorías étnicas, algunos tienen trabajos que podrían pasar a manos de otros. Esta forma de pensar, emerge de las profundidades de la “sociedad civil” burguesa.
Sin embargo, de acuerdo con un viejo proverbio, “el pescado comienza a apestar desde la cabeza hacia abajo”. Es ante todo el Estado y el aparato económico de la clase dominante lo que produce esta putrefacción. El diagnóstico que hacen los medios de comunicación capitalistas es que la presidencia de Trump, la victoria de los que están por el Brexit en Gran Bretaña, y el auge del “populismo” de derechas en Europa, son el resultado de una protesta contra la “globalización”. Pero esto solo es cierto si se entiende la violencia como la esencia de esta protesta, y si la globalización se comprende, no solo como una opción económica entre otras, sino como una etiqueta para nombrar los medios extremadamente violentos por los que se ha mantenido vivo en las recientes décadas el capitalismo en declive. El resultado de esa gigantesca ofensiva económica y política de la burguesía (una especie de guerra de la clase capitalista contra el resto de la humanidad y contra la naturaleza) ha sido la producción de millones de víctimas, no solo entre la población trabajadora de todo el planeta, sino incluso en las filas de la propia clase dominante. Es fundamentalmente este último aspecto, por sus dimensiones, lo que no tiene precedentes en absoluto en la historia moderna. Tampoco tiene precedentes el grado en que, partes de la burguesía en EEUU y del mismo aparato de Estado, han sido víctimas de esta devastación. Y eso es así aún cuando EEUU fue el principal instigador de esa política. Es como si la clase dominante se viera obligada a amputar partes de su propio cuerpo para salvar el resto. Sectores enteros de la industria nacional se cerraron porque sus productos podían producirse más baratos en alguna otra parte. Pero no solo esas industrias tuvieron que echar la persiana –partes enteras del país se dejaron echar a perder en el proceso: regiones y administraciones, consumidores locales, minoristas y agencias de crédito, proveedores subsidiarios, industria local de la construcción, etc., fueron todos desguazados. No solo obreros, sino también grandes y pequeños propietarios, funcionarios, dignatarios locales, pueden contarse entre las víctimas. A diferencia de los trabajadores, que perdieron su sustento, estas víctimas burguesas y pequeñoburguesas perdieron su poder, sus privilegios y su status social.
Este proceso tuvo lugar, más o menos radicalmente, en todos los viejos países industriales las pasadas tres décadas. Pero en EEUU ha habido, además, una especie de terremoto en el sector militar y el así llamado, de inteligencia. Con Bush hijo y Rumsfeld, parte de las fuerzas armadas y de las fuerzas de seguridad, e incluso de los servicios de “inteligencia” fueron “privatizados” –medidas que costaron sus empleos a muchos altos mandos. Adicionalmente, la “inteligencia” tuvo que afrontar la competencia de las modernas empresas media como Google o Facebook, que en cierta forma están tan bien informadas y son tan importantes para el Estado, como la CIA o el FBI. En el curso de este proceso, el balance de fuerzas al interior de la clase dirigente ha cambiado, incluyendo al nivel económico, donde los sectores de crédito y finanzas (“Wall Street”) y las nuevas tecnologías (“Silicon Valley”) no solo están entre los principales beneficiarios de la “globalización”, sino entre sus principales protagonistas.
En oposición a estos sectores, que apoyaron la candidatura de Hillary Clinton, los partidarios de Donald Trump no tienen que ubicarse al interior de fracciones económicas específicas, aunque sus partidarios más rotundos se encuentran entre los ejecutivos de las viejas industrias que han decaído tanto en las décadas recientes. Más bien habría que buscarlos aquí y allá a través del aparato estatal y económico del poder. Ellos fueron los francotiradores que provocaron el fuego cruzado desde detrás de los escenarios contra Clinton como la supuesta candidata de “Wall Street”. E incluyen magnates de los negocios, publicistas frustrados y líderes del FBI. Para esos de entre ellos que han perdido la esperanza de hacerse a sí mismos “grandes de nuevo”, su apoyo a Trump fue sobre todo una especie de vandalismo político, de venganza ciega contra la élite dirigente.
Este vandalismo también puede verse en la voluntad de importantes fracciones de la clase dirigente –sobre todo las vinculadas a la industria del petróleo- de respaldar el rechazo indiscriminado de Trump de la explicación científica del cambio climático, que él ha desestimado “olímpicamente” como un chiste inventado por los chinos. Esto es una manifestación más del hecho de que partes significativas de la burguesía han perdido hasta tal punto la visión de cualquier futuro para la humanidad que están descaradamente dispuestas a poner sus márgenes de beneficio (“nacionales”) por encima de cualquier otra consideración por el mundo natural, y así a correr el riesgo de socavar las bases fundamentales para cualquier vida social humana. La guerra contra la naturaleza, que fue ampliamente intensificada por el orden mundial “neo-liberal”, se llevará a cabo aún más brutalmente por Trump y sus vándalos colegas.
Lo que ha ocurrido es muy grave. Mientras las fracciones dirigentes de la burguesía en EEUU todavía apoyan el orden mundial económico existente y quieren implicarse en su mantenimiento, el consenso sobre esto en el conjunto de la clase dirigente ha empezado a derrumbarse. Esto es así en primer lugar porque a una parte creciente de ella parece que ya no le preocupa este orden mundial. En segundo lugar porque las fracciones dirigentes fueron incapaces de prevenir la llegada de un candidato de esos bandidos a la Casa Blanca. La erosión, tanto de la cohesión de la clase dirigente, como de su control sobre su propio aparato político, difícilmente podría haberse manifestado más claramente. Desde que, hace tiempo, con su victoria en la IIª Guerra mundial, la burguesía norteamericana tomó de manos de su homóloga británica el papel dirigente en la gestión del conjunto de la economía mundial, ha asumido continuamente esta responsabilidad. En general, la burguesía del capital nacional dirigente a escala mundial es la mejor situada para asumir ese papel. Más aún cuando, como EEUU, dispone del poderío militar para dar a su liderazgo autoridad adicional. Es notable que actualmente ni EEUU, ni su predecesor Gran Bretaña sean capaces de asumir ese papel –y básicamente por la misma razón. Se trata del peso del populismo político, que está sacando a Londres de las instituciones económicas europeas. Fue un signo de algo próximo a la desesperación que, a principios del nuevo año, el Financial Times, que es una de las voces importantes de la City de Londres, apelara a la canciller alemana Angela Merckel a asumir el liderazgo mundial. Trump, en cualquier caso, parece reticente e incapaz de asumir ese papel, y por el momento no hay ningún otro dirigente mundial que pueda reemplazarlo. El sistema capitalista y la humanidad entera tienen por delante una peligrosa fase.
El debilitamiento de la resistencia de la clase obrera
El debilitamiento del principio de solidaridad claramente indica que la victoria de Trump no es solo resultado de una pérdida de perspectiva de la clase capitalista, sino también de la clase obrera. Como resultado, muchos más trabajadores que antes son influenciados negativamente por lo que se llama populismo. Es significativo, por ejemplo, que junto a millones de obreros blancos, muchos latinos también hayan votado por Trump, a pesar de sus diatribas contra ellos. Muchos de los últimos en ganar acceso a la «misma patria de Dios» -precisamente por el miedo a ser expulsados los primeros- fueron arrastrados a pensar que estarían más a salvo si la puerta se cerrara firmemente tras ellos.
¿Qué ha pasado con la clase obrera, con su perspectiva revolucionaria, con su identidad de clase y su tradición de solidaridad? Hace aproximadamente medio siglo se produjo una vuelta de la clase obrera a la escena de la historia, sobre todo en Europa (Mayo 1968 en Francia, Otoño 1969 en Italia, 1970 en Polonia, etc.), pero también más globalmente. En el “Nuevo Mundo” este renacimiento de la lucha de clases se manifestó en América latina (sobre todo en 1969 en Argentina) pero también en Norteamérica, en particular en EEUU. Hubo dos expresiones principales de este resurgimiento. Una fue un amplio desarrollo de huelgas a menudo salvajes a gran escala, y otras luchas muchas veces radicales en el terreno económico por reivindicaciones obreras. La otra fue la reaparición de minorías politizadas entre la nueva generación, atraída por las posiciones revolucionarias proletarias. Particularmente importante fue la tendencia a desarrollar una perspectiva proletaria revolucionaria contra el estalinismo, que se reconocía más o menos claramente, como contra-revolucionario. La vuelta al centro de la situación de luchas obreras, de la identidad de clase y la solidaridad y de una perspectiva proletaria revolucionaria, iban de la mano. Durante la década de 1960 y 1970, probablemente varios millones de jóvenes en los viejos países industriales se politizaron de esta forma –una fuerza y esperanza de la humanidad.
Aparte del sufrimiento de la clase obrera, las dos “patatas calientes” del momento en EEUU eran la guerra de Vietnam (el gobierno norteamericano además había introducido el reclutamiento general) y la violencia y exclusión racista contra los negros. Al principio esos asuntos fueron, al menos parcialmente, factores adicionales de politización y radicalización. Sin embargo, a falta de cualquier experiencia política propia, privados de la guía de una generación veterana politizada de alguna forma en la tradición proletaria, los nuevos activistas albergaban enormes ilusiones sobre las posibilidades de una rápida transformación social. En particular los movimientos de clase de la época eran aún demasiado débiles tanto para obligar al gobierno a terminar la guerra de Vietnam, como para proteger a los negros y otras minorías contra el racismo y la discriminación (a diferencia del movimiento revolucionario de 1905 en Rusia, por ejemplo, que incluyó la revuelta contra la guerra ruso-japonesa, así como la protección de los judíos en Rusia contra los pogromos). Puesto que en el seno de la burguesía norteamericana se desarrollaron fracciones que, en su propio interés de clase, quisieron acabar con la implicación en Vietnam y permitir que la burguesía americana negra compartiera el poder, muchos de esos jóvenes militantes fueron arrastrados a la política burguesa, volviendo la espalda a la clase obrera. Otros, queriendo seguir comprometidos con la causa de los trabajadores, abrumados por la impaciencia, se presentaron como candidatos de izquierdas para las elecciones, o se enrolaron en los sindicatos con la esperanza de conseguir algo inmediato y tangible para los que decían representar. Esperanzas que fueron invariablemente defraudadas. Los obreros desarrollaron una hostilidad cada vez más abierta hacia esos izquierdistas, que además a menudo se desacreditaban ellos mismos y desacreditaban la reputación de la revolución por su identificación con regímenes contra-revolucionarios esencialmente estalinistas, y por su enfoque burgués y manipulador de la política. Respecto a esos mismos militantes, a su vez desarrollaron una hostilidad hacia la clase obrera, que se negó a seguirlos; una hostilidad que a veces se convirtió en odio. Todo esto contribuyó a una destrucción a gran escala de la energía política revolucionaria de la clase. Fue una tragedia para casi una generación entera de la clase obrera que había empezado tan prometedoramente. Luego siguió el hundimiento del estalinismo en 1989 (malentendido y manipulado como el hundimiento del comunismo y el marxismo) y el cierre de sectores industriales tradicionales enteros en los viejos países capitalistas (malentendido y manipulado como la desaparición de la clase obrera en esa parte del mundo. En ese contexto (como por ejemplo ha señalado el sociólogo francés Didier Eribon) la izquierda política (que para la CCI es la izquierda del capital, parte del aparato dirigente) fue de los primeros en declarar la desaparición de la clase obrera. Es revelador que, durante la campaña electoral reciente en USA, el candidato de los Demócratas (que solía reivindicarse como el representante del sector “trabajo”) nunca se refirió a nada parecido a la clase obrera, mientras que el multimillonario Donald Trump lo hizo constantemente. De hecho una de sus principales promesas fue la de prevenir la “extinción” de la clase obrera en EEUU (entendida solo como los “blue collars”). “Su” clase obrera es una parte esencial de la nación y del sueño capitalista: patriótica, trabajadora hasta la extenuación, obediente.
La desaparición, por el momento, de la identidad de clase de la clase obrera y de su solidaridad del primer plano de la escena es una catástrofe para el proletariado y para la humanidad. Frente a la incapacidad actual de cualquiera de las dos clases principales de la sociedad moderna de plantear una perspectiva propia creíble, la esencia misma de la sociedad burguesa aparece más claramente a la luz del día: insolidaridad. El principio de solidaridad que fue la red de seguridad, más o menos, de todas las sociedades precapitalistas basadas principalmente en la economía natural sobre la economía de mercado, se reemplaza por la red de seguridad de la propiedad privada –para los que la tienen. En la sociedad burguesa has de ser capaz de ayudarte a ti mismo, y el medio para esto no es la solidaridad, sino la solvencia y la seguridad crediticia. Durante muchas décadas, en los principales países industriales, el Estado del bienestar –aunque parte integrante de la economía de crédito y de Seguro social- se usó para ocultar la eliminación de la solidaridad de la “agenda” social. Hoy en día el rechazo de la solidaridad no solo no se oculta, sino que gana cada vez más terreno.
El desafío para la clase obrera
La manifestación de millones de personas, principalmente mujeres, por todo EEUU, contra el nuevo presidente el día después de su toma de posesión, mostró claramente que gran parte de la población obrera de EEUU no apoya a Trump ni a su tendencia. Sin embargo, lejos de oponerse al nacionalismo de Trump, esas manifestaciones tendían a responder a Trump en su propio terreno reivindicando: «nosotros somos la verdadera América».
Esas manifestaciones mostraron de hecho que la política populista de exclusión y chivo expiatorio no es el único peligro para la clase obrera. Esta joven generación que expresa su protesta, si es cierto que no se deja arrastrar por Trump, corre el riesgo sin embargo de caer en la trampa de defender la sociedad burguesa “liberal” y “democrática”. Las fracciones dirigentes de la burguesía estarían encantadas de ganar el apoyo de los sectores más inteligentes y generosos de la clase obrera en defensa de la versión actual de un sistema de explotación que –incluso sin “populismo”- se ha convertido desde hace tiempo en una amenaza para la existencia de nuestra especie, y que además es él mismo el productor del “populismo” que quiere mantener a raya. Es innegable que actualmente, para muchos trabajadores, a falta de una alternativa revolucionaria en la que puedan confiar, un Obama, Sanders o Ángela Merkel, pueden aparecer como el mal menor comparado con Trump, Farage, Le Pen o ”Alternative für Deutschland”. Pero al mismo tiempo, esos trabajadores también se sienten indignados por lo que la “sociedad liberal” ha hecho a la humanidad en las décadas pasadas. El antagonismo de clase persiste.
También habría que señalar que la resistencia en la clase obrera al populismo no en sí una prueba de que esos trabajadores sigan a los liberales burgueses y estén dispuestos a sacrificar sus propios intereses de clase. Millones de obreros en el corazón del sistema de producción globalizado son sobre todo muy conscientes de que su existencia material depende de un sistema mundial de producción e intercambio y de que no puede haber ninguna reversión a una división más local del trabajo. También son conscientes de que lo que Marx llamaba la “socialización” de la producción (la substitución del individuo por el trabajo asociado ) les enseña a colaborar entre ellos a escala mundial, y que solo a esa escala pueden superarse los problemas actuales de la humanidad. En la situación histórica actual, en ausencia de identidad de clase y de una perspectiva de lucha por una sociedad sin clases, el potencial revolucionario de la sociedad contemporánea toma refugio, por el momento, en las condiciones “objetivas”: la persistencia de los antagonismos de clase; la naturaleza irreconciliable de los intereses de clase; la colaboración mundial de los proletarios en la producción y la reproducción de la vida social. Solo el proletariado tiene un interés objetivo y la capacidad para resolver la contradicción entre la producción mundial y la apropiación privada y nacional estatal de la riqueza. Puesto que la humanidad no puede volver atrás a la producción para el mercado local, solo puede ir adelante aboliendo la propiedad privada, poniendo el proceso internacional de producción a disposición del conjunto de la humanidad.
Sobre estas bases objetivas, las condiciones subjetivas para la revolución aún pueden recuperarse, en particular a través de la vuelta de la lucha económica del proletariado a escala importante, y a través del desarrollo de una nueva generación de minorías políticas revolucionarias con la intrepidez necesaria para adherir, ahora más que nunca, a la causa de la clase obrera, y de hacerlo con la profundidad necesaria para convencer al proletariado de su propia misión revolucionaria.
SteinKlopfer. 27.01.2017
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En el artículo anterior sobre el movimiento obrero en Sudáfrica (Revista Internacional n° 155), pusimos de relieve la eficacia del sistema de apartheid combinado con la acción de sindicatos y partidos, hasta finales de los años 60 cuando, ante el inédito desarrollo de la lucha de clases, la burguesía tuvo que «modernizar» su dispositivo político y dejar de lado ese sistema, pues tuvo que enfrentarse a un proletariado sudafricano que, con sus luchas masivas, se estaba inscribiendo en las oleadas de luchas que marcaron a nivel mundial el final de los años 1960 y principio de los 70.
En esta introducción queremos insistir ante el lector sobre la importancia de las cuestiones que ese artículo anterior trataba. Ante movimientos sociales nuevos, la burguesía sudafricana hubiera seguido utilizando sus armas tradicionales más brutales, o sea sus fuerzas militares y policiacas, pero la dinámica del enfrentamiento entre les clases contenía aspectos inéditos en ese país, pues la clase obrera nunca antes había demostrado tal combatividad y desarrollo de su conciencia; tampoco antes la burguesía había usado maniobras tan sofisticadas, en particular la de recurrir al arma del sindicalismo de base, animado par la extrema izquierda del capital. En ese enfrentamiento entre las dos verdaderas clases históricas, la determinación del proletariado irá hasta provocar objetivamente el desmantelamiento del sistema de apartheid lo que se plasmó en la reunificación de todas las fracciones de la burguesía para hacer frente a la marea de luchas de la clase obrera.
Antes de todo eso, tras la oleada de luchas que marcó el periodo de 1973/1974 [1] [39], se asistió en 1976 a una contundente «prorroga» de ese episodio de lucha: el levantamiento de la juventud escolarizada. En junio de aquel año, unos diez mil jóvenes se lanzaron a las calles para protestar contra la enseñanza obligatoria en afrikáans y, más en general, contra las malas condiciones de vida impuestas por el sistema de apartheid. Fue un movimiento juvenil, inmediatamente seguido por la movilización de miles de adultos, obreros activos y desempleados. Zarandeado por esa formidable sacudida proletaria, el poder replicó, como de costumbre, dando suelta a sus perros sanguinarios, las fuerzas represivas, sobre los manifestantes, asesinando a cientos de ellos, niños incluidos:
«Desde las grandes huelgas de 1973-74, se abrió otro frente de lucha en Sudáfrica: el de los escolares y estudiantes negros cuya cólera explotó en junio de 1976 en Soweto. Desde entonces, la insurrección popular apenas si ha conocido calma. La violenta represión policial (unos 500 muertos sólo en la barriada de Soweto, cientos de otros más por todo el país, y miles de heridos) solidificó al conjunto del pueblo negro en ese combate común.
Entre los jóvenes de los inicios del movimiento popular, muchos cayeron bajo los tiros de la policía en manifestaciones no violentas o en incursiones de milicias civiles en los barrios negros. Los adultos, animados por el arrojo y la determinación de la joven generación, se unieron a ella, siguiendo las consignas lanzadas por sus portavoces: se organizaron, en varias ocasiones, huelgas obreras y boicoteos a los transportes en las barriadas negras de Johannesburgo y Ciudad del Cabo. Fueron masivamente secundadas, incluso entre las poblaciones mestizas de la provincia de Ciudad del Cabo. A las destrucciones de edificios escolares, bares, administraciones, y medios de transporte que habían marcado los inicios de la revuelta popular, les siguieron campañas más dirigidas, pero tan secundadas como aquéllas. Boicot de clases y exámenes hasta la liberación de los jóvenes encarcelados, duelo general en memoria de las víctimas de la represión, boicot de los establecimientos de bebidas, grandes almacenes, fiestas navideñas». [2] [40]
Ahí estamos ante un gran movimiento insurreccional proletario contra la miseria general impuesta por una de las formas más brutales del capitalismo, o sea el apartheid. Un levantamiento de dignidad por parte de una juventud que así hacía eco a la reanudación de la lucha de clases internacional de las grandes huelgas obreras que hubo a principios de los 70 en varios países del mundo. Un movimiento que fue extendiéndose desde las zonas industriales del país atrayendo y mezclando en un mismo combate a obreros y población de toda edad. Ante una lucha de tal magnitud, evidentemente, ante una cólera proletaria desbordante y tendente a sacudir el sistema, el poder brutal no pudo ocultar su pánico, aplicando el terror más sangriento, a riesgo de suscitar la indignación general en el país e incrementar la cólera y la movilización de toda la población de Soweto y más allá. Obreros, desempleados, familias con niños se unieron al combate de los jóvenes escolarizados, sufriendo ellos también los porrazos y los disparos de las fuerzas del orden que causaron miles de víctimas.
Pero lo único que lograron las matanzas fue radicalizar el movimiento que se mantuvo hasta 1977 con huelgas y manifestaciones masivas, tendiendo a politizarse, suscitando un florecimiento de cantidad de comités de lucha, asociaciones llamadas «civics»[3] [41] formadas mayoritariamente por trabajadores (sindicalizados o no), desempleados, jóvenes y los padres de éstos.
«Las civics se desarrollaron con rapidez en Ciudad del Cabo a finales de los años 70. Prolongaban en cierto modo las formas organizativas en los townships que habían aparecido durante los movimientos de junio de 1976 en Transvaal. Hay casi tantas historias específicas como hubo organizaciones, pues solían surgir a partir de necesidades particulares de un township o de un barrio. Muchas aparecieron con la forma de comités de lucha ya fuera para organizar el boicot de los transportes públicos a causa del aumento de tarifas, ya para boicotear los alquileres por haberlos aumentado. Algunos tomaron la forma de comités políticos sobre todos los problemas de la comunidad. El movimiento era muy diverso: asociaciones de culto, religiosas, juveniles, estudiantiles, de padres de alumnos, se fueron asimilando progresivamente a la noción de «civics». No había pues un comité por barrio o township; había un complejo cruce de compromisos militantes y campos de intervención»[4] [42].
Fue aquél un poderoso movimiento social que concretó a un alto nivel algunas de las características de la oleada de luchas a escala internacional. Es impresionante ver cómo la alta combatividad de la clase obrera que se concretó en huelgas masivas se plasmó también en una fuerte voluntad de autoorganización que explica la multiplicación de las civics. Por lo que sabemos nosotros, fue la primera vez que hubo, en Sudáfrica (y en todo el continente), tales formas de auto-organización: durante varios años, la vida social de muchos barrios fue cosa de los propios habitantes, debatiéndose todos los temas, tomando a cargo todos los problemas que les concernían. Fue eso lo que más inquietó a la burguesía que veía cómo su autoridad se le iba de las manos. Hay que notar, sin embargo, que algunos comités tomaron, en ciertos lugares, un tinte interclasista o un toque religioso, sobre todo a medida que las fuerzas burguesas (sindicatos, partidos, iglesias, etc.) iban infiltrándose en ellos. Debe quedar claro, sin embargo, que las civics, a pesar de lo heterogéneo ideológicamente que las caracterizaba, fueron sobre todo el producto de una auténtica lucha de clase proletaria. La auto-organización del levantamiento de Soweto fue, además, un paso adelante en la politización que había caracterizado al proletariado sudafricano en el poderoso movimiento de luchas de 1973-1974, especialmente en lo que se refiere a solidaridad y unidad en el combate de clase. Puede así establecerse un vínculo evidente de continuidad entre ambos movimientos de lucha, retomando el segundo el relevo del primero para ir más lejos en el desarrollo de la conciencia de clase, como lo ilustra la cita siguiente sobre el balance de la oleada de luchas precedentes:
«El desarrollo de la solidaridad de los trabajadores negros durante la acción y la toma de conciencia de su unidad de clase han sido subrayadas por muchos observadores. Esa adquisición de las luchas, que no es cuantificable, aquellos la consideran como lo más positivo para la continuación de la organización del movimiento obrero negro. (…) Las huelgas eran también políticas: el que los obreros pidieran que se les duplicara el salario no era una señal de candidez o de estupidez de los africanos. Lo que eso expresa es el rechazo de su situación y su deseo de una sociedad totalmente diferente. Los obreros volvieron al trabajo con unas cuantas adquisiciones modestas, pero siguen estando tan insatisfechos ahora como lo estaban antes de las huelgas». (Brigitte Lachartre, ídem) De eso puede deducirse que un buen número de protagonistas de las huelgas de 1973-74 formaron después parte del movimiento insurreccional de Soweto en cuyo seno, gracias a su experiencia adquirida, pudieron desempeñar un papel determinante en la radicalización y la politización. Tales potencialidades en el desarrollo de la combatividad y de la conciencia acabarían metiéndole miedo a la burguesía que no tuvo más remedio que tomar plena conciencia de lo que estaba sucediendo tanto a nivel interior como en el plano interimperialista.
Las grandes potencias imperialistas entran en danza
El movimiento de Soweto se prolongó en huelgas y manifestaciones hasta 1977 y también se prolongó la represión policiaca que volvió a causar gran cantidad de víctimas, entre las cuales un muchacho, Steve Biko, militante del movimiento de la Conciencia Negra. El asesinato de este joven en las dependencias policiales hizo revivir las luchas, incrementándose las manifestaciones de indignación, convirtiéndose así la víctima en «mártir» del apartheid, especialmente para todos los defensores de la «causa negra» y más allá de las fronteras. Hubo entonces en África, en las Américas y sobre todo en Europa innumerables manifestaciones contra el régimen de apartheid dirigidas por sindicatos y partidos de izquierda, en cuyas pancartas se leía, en Francia, por ejemplo, consignas como: «Contra las relaciones amistosas (turismo, deporte, cultura) franco-sudafricanas; contra la emigración francesa a Sudáfrica; contra las ventas de armas y tecnología a Sudáfrica; contra las importaciones de productos sudafricanos, etc.». (B. Lachartre, ídem)
Consciente de la intensificación del movimiento y, en especial, la radicalización de la juventud proletaria de Soweto, el bloque imperialista de la OTAN aumentó la presión sobre su aliado sudafricano (incluida la economía con el boicot de productos sudafricanos) para evitar la desestabilización política que podía acabar siendo amenazante. Pero fue sobre todo para atajar la explotación ideológica de los acontecimientos por el bloque ruso, el cual, además de armar y financiar al ANC, se dedicó a instrumentalizar abiertamente las diferentes manifestaciones que circulaban por el mundo contra el régimen de apartheid. Fue en ese contexto en el que los dirigentes sudafricanos acabaron por aceptar los «consejos» de sus padrinos occidentales al haber tomado conciencia de los riesgos. Pudo así observarse incluso entre los dirigentes sudafricanos más extremistas un cambio de tono o de táctica hacia los huelguistas:
«Si no logramos crear una clase media fuerte entre los negros, acabaremos teniendo problemas serios.» (Botha, ministro de defensa). «Debemos dar lo suficiente a los negros para que tengan fe en el desarrollo separado (expresión suave para designar el sistema de apartheid) de modo que deseen proteger lo que poseen contra los agitadores. No nos ocurrirá nada si damos a esa gente lo suficiente para que tengan miedo a perder lo que poseen…Una persona feliz no puede hacerse comunista.» (Kruger, ministro de Policía y Justicia).
Y así el gobierno de Pretoria decidió hacer una serie de concesiones ante las reivindicaciones de los jóvenes en lucha, retirando, por ejemplo, su ley para imponer a los alumnos africanos la enseñanza en afrikáans y anulando la prohibición a los habitantes de Soweto de poseer o construir sus propias casas y reconociéndoles derechos de asociación, o sea la existencia de organizaciones sindicales y políticas.
Cierto es que el capital sudafricano (más bien su sector más «ilustrado») no había esperado el movimiento de Soweto para empezar a orientarse hacia la moderación del régimen de apartheid para así frenar mejor las luchas obreras:
«La sociedad se había movido. El sistema, una vez más, ya no estaba protegido contra una desestabilización. El gobierno y la patronal sudafricanos iban a rectificar algunas cosas, para así encuadrar lo más burocráticamente posible las evoluciones sociopolíticas. La Bantu Labour Regulation Act de 1973 vino así a completar el arsenal de las leyes laborales. Instauró dos tipos de comités de empresa: Comités (working committee) compuestos únicamente de representantes de los trabajadores; el comité de enlace (liaison committee) compuesto por representantes del empleador y de los empleados en igual cantidad (…) Y el Urban Training Project jugó bien la partida intentado utilizar esos comités de fábrica para estabilizar a los sindicatos que coordinaba». (Claude Jacquin, ídem)
La instalación de ese dispositivo bastante antes de que estallara el movimiento de revuelta de Soweto expresó claramente la voluntad de la burguesía sudafricana de tener en cuenta la evolución de una situación cuyo control tendía a írsele de las manos. Sacando así las lecciones de la primera oleada de luchas de los años 1972-74, aquélla acabó tomando unas medidas audaces, las principales de ellas para dar más poder a los sindicatos africanos aumentando su número y ampliando sus derechos con el objetivo declarado de evitar «desórdenes políticos»[5] [43]. Pero eso resultó ser muy insuficiente para impedir que las luchas se desarrollaran, como lo demostró el movimiento de Soweto.
La lucha de clases proletaria hizo tambalearse al sistema de apartheid
Con el objetivo manifiesto de frenar la lucha de clase proletaria, el poder sudafricano dio un gran vuelco decidiéndose a instaurar nuevas orientaciones políticas para desmantelar progresivamente el sistema de apartheid, o sea, concretamente, la disolución de las barreras raciales y la inserción de los movimientos nacionalistas negros en el juego político democrático. Para llegar a eso, el régimen de apartheid tuvo que ser muy seriamente sacudido desde sus cimientos.
Así pues, a mediados de los años 1970 todo cambia debido a la irrupción de la lucha de clases, pues la burguesía no había estado hasta entonces alarmada por la cuestión social:
«Los sucesos de Soweto, de junio de 1976, iban a confirmar el cambio político en curso en el país. La revuelta de los jóvenes de Transvaal se añadió al renacimiento del movimiento obrero negro desembocando en los grandes movimientos sociales y políticos de los años ochenta. Tras las huelgas de 1973, los enfrentamientos de 1976 cierran así el periodo de la derrota». (C. Jacquin, ídem)
Se trata aquí de un verdadero vuelco de situación puesto que el apartheid se había concebido ante todo contra la lucha de clases, con la clara finalidad de evitar que se manifestara concretamente una clase obrera multirracial[6] [44], mediante la segregación, atribuyendo «derechos y privilegios» a unas fracciones de la clase obrera, de tal modo que la teoría de la pretendida «supremacía» de los blancos sobre los negros se plasmaba concretamente en empleos (cualificados) y otras muchas ventajas exclusivas para los obreros de origen europeo, mientras que sus camaradas africanos, indios y mestizos tenían que contentarse con condiciones de trabajo, de salario y de existencia mucho más desfavorables[7] [45]. Y así, el régimen de apartheid logró corromper una buena parte de la clase obrera de origen europeo haciéndola adherirse voluntaria o pasivamente a su sistema segregacionista. Lo cual se saldó por todo un largo período (entre 1940 y 1980) de división del proletariado sudafricano, entorpecido de esa manera en su capacidad para desarrollar luchas que pudieran poner trabas a la buena marcha del capitalismo.
Giro histórico del sistema de apartheid
Y ese giro en la situación se concretó también en el acercamiento entre las fracciones de la burguesía procedentes de las dos antiguas potencias coloniales, o sea de Gran Bretaña y Holanda, fracciones que, ante el auge de las luchas proletarias, tendieron a la unidad de todos sus componentes étnicos, decidiendo olvidar su odio mutuo y sus viejas divergencias ideológicas y unirse tras el capital nacional sudafricano como un todo.
Fue un giro verdaderamente histórico en la vida de la burguesía sudafricana en general y, en particular, en la fracción afrikáner. En efecto, desde la terrible «guerra de los Boers»[8] [46] de 1899 a 1902, que enfrentó a afrikáners y británicos, en la que éstos aplastaron a aquellos, el odio entre descendentes de colonos llegados de aquellas dos antiguas potencias coloniales fue visible hasta la víspera del final del apartheid, aun cuando tuvieron que gobernar el país juntos en varias ocasiones. Una fracción importante de afrikáners soñaba con tomar venganza del Imperio británico, como lo ilustra el hecho de que durante la II Guerra mundial una buena parte de los dirigentes afrikáners (sobre todo los militares) expresaron abiertamente su apoyo al régimen hitleriano, su referencia ideológica, decidiendo también el abandono de la Commonwealth y el cambio de nombre del país, Unión Sudafricana por el actual de República de Sudáfrica.
Para abordar el gran giro histórico que fue el desmontaje del apartheid, el capital sudafricano encontró a un aliado estratégico de primer orden, o sea el sindicalismo, y además de nuevo cuño, el «sindicalismo radical» de «base» (como veremos luego), único capaz, según aquél, de contener las oleadas de lucha que lo amenazaban cada vez más peligrosamente. Y esta vez, debido a la importancia de lo que estaba en juego en aquel entonces, fueron todos los actores principales y decisivos de la burguesía sudafricana quienes asumieron claramente la nueva orientación, incluidos pues los dirigentes afrikáners, o sea los guardianes del apartheid más reaccionarios, por no decir fascistas, tales como Botha, Kruger, etc. Y, como veremos luego, fueron esos, en compañía de De Klerk (antiguo presidente) quienes teleguiaron directamente el proceso de negociación con el ANC de Mandela con el objeto de destruir el sistema de apartheid.
Para salvar su sistema, la burguesía hizo surgir nuevos sindicatos
Ante el desmoronamiento de todos los antiguos aparatos sindicales causado por los embates de las luchas de los años 1970, y eso a pesar del reforzamiento del Estado en sus medios de acción, la burguesía decidió entonces recurrir directamente a lo que se ha dado en llamar «sindicalismo de base» o «shop-stewards», con forma de nuevos sindicatos «combativos» que se pretendían «independientes respecto a las grandes centrales sindicales».
«(…) Durante los años setenta, se desarrollaron varias corrientes sindicales, diferenciándose con el trasfondo de la reanudación de los conflictos sociales. Sus historias se entrecruzan al ritmo de escisiones y unificaciones. Y así se desarrollaron tres proyectos sindicales basados en unos cuantos postulados políticos e ideológicos distintos.
El primero se constituyó (o reconstituyó) en torno a la tradición sindical del South African Congress of Trade Unions (SACTU) y de su vínculo con el African National Congress (ANC). El segundo se formó en los contornos del nuevo Black Consciousness (Movimiento de la Conciencia Negra). Formará, en particular, el Council of Unions of South Africa (CUSA). Y, en fin, el último en aparecer lo hizo de manera original, sin vínculo aparente con una corriente política conocida: la Federation of South African Trade Unions (FOSATU) que surgió en 1979». (C. Jacquin, ídem)
Fue una recomposición radical del dispositivo sindical para así neutralizar las luchas obreras mediante nuevos instrumentos, al no poderlas impedir. Lo que, ante todo, eso muestra es que el poder dirigente sudafricano era muy consciente del peligro que representaba el desarrollo de la lucha de clases desde 1973 hasta el movimiento de Soweto en 1976 y después. Ese poder constató que el sistema de apartheid en todas sus formas no se adaptaba a una combatividad obrera acompañada de una toma de conciencia creciente por parte del proletariado sudafricano. Más claramente, el poder burgués se hizo cargo de que el sistema de sindicalización basado en la división de los trabajadores por orígenes étnicos no era ya el idóneo y que, por lo tanto, los grandes aparatos sindicales, como el TUCSA (Trade Union Council of South Africa) no tenían ya la menor credibilidad entre los obreros combativos sobre todo de la nueva generación. De ahí la emergencia de esos nuevos sindicatos para desempeñar la función de un sindicalismo de «base», de «combate», «independiente» de los aparatos sindicales. El pasaje siguiente del libro de Jacquin sobre la FOSATU (Federation of South Africa Trade Unions) es elocuente sobre la realidad de esos nuevos sindicatos:
«(…) Nuestro estudio se dedica especialmente a esa corriente sindical (FOSATU), formada a partir de redes de intelectuales y estudiantes, productos de una fase específica de la evolución socio-económica del país.
(…) Así, en apenas diez años, un grupo de intelectuales (mayoritariamente blancos) y de obreros negros creó una forma nueva de organización sindical. Se presentará primero como una referencia independiente del ANC y radicalmente opuesta al Partido Comunista. Dirigirá una gran parte de los movimientos de huelga de los años 1980».
Ahí tenemos un agrupamiento sindical muy «radical» y «crítico» respecto a los aparatos sindicales y políticos, pero también de una gran singularidad respecto a lo que fue el sistema de apartheid al ser capaz de reunir a blancos y negros, obreros e intelectuales, opositores políticos radicales de diversa obediencia, en resumen, un nuevo aparato sindical llamado a hacer un gran papel en la vida política sudafricana. Igual que para la burguesía de los grandes países industriales europeos, frente a la radicalización de la lucha obrera, el capital sudafricano se vio obligado a recurrir al «sindicalismo de base»[9] [47]. E igual también que en Europa, en esos «sindicatos radicales» había en general cantidad de izquierdistas y así era en la FOSATU dirigida más o menos claramente por gentes próximas al Unity Movement, o sea los trotskistas. Volveremos más tarde sobre esto. ¿Cómo van a realizar los nuevos sindicatos de base, una vez formados, su sucia labor a la cabeza o desde dentro de los movimientos de lucha de Soweto?
Las luchas de Soweto emponzoñadas por los sindicatos y las confusiones ideológicas del proletariado
Como era de esperar, las concesiones del poder no pudieron calmar de verdad el movimiento de Soweto, sino, al contrario, lo que lograron fue radicalizarlo, aunque también consiguieron dividir a sus actores tanto en el ámbito escolar como entre los obreros. Algunas organizaciones, por ejemplo, querían contentarse más o menos con lo concedido por el gobierno, mientras que otras, de apariencia más radical exigían más. Se trata ahí de un reparto de tareas clásico en el trabajo de división de los sindicatos. En efecto, además de la FOSATU, entre los nuevos sindicatos radicales, el Black Allied Worker Union (B.A.W.U., Sindicato de trabajadores negros reunidos) hizo un importante papel. Creado en 1973, tras las grandes huelgas de Johannesburgo, militaba por el agrupamiento exclusivo de los trabajadores negros de todas las categorías y de todos los ramos industriales.
«(…) Sus objetivos eran principalmente: ‘‘organizar y unificar a los trabajadores negros en un movimiento obrero potente, capaz de obtener respeto y reconocimiento de hecho de los empleadores y del gobierno; mejorar los conocimientos de los trabajadores con programas educativos generales y especializados, para promover sus cualificaciones; representar a los trabajadores negros y sus intereses en el mundo laboral”». (Brigitte Lachartre, ídem)
O sea, un sindicato creado exclusivamente por y para los trabajadores negros, de ahí su oposición a todos los demás sindicatos, (incluso aquellos que estaban formados por 99 % de negros). La orientación de ese sindicato fue especialmente perniciosa, pues daba la impresión de realizar una «segregación positiva» al pretender cumplir objetivos muy legítimos, la mejora de los conocimientos de los trabajadores negros, por ejemplo, o también promocionar sus cualificaciones. Y así pudo «seducir» a un gran número de obreros con una escasa conciencia de clase. O, dicho de otra manera, era fatal que su existencia y actuación fuera un obstáculo para la unidad en la lucha entre obreros de todos los orígenes étnicos. Y por si fuera poco, el B.A.W.U. se dirigió de inmediato hacia el movimiento de la Conciencia Negra:
«Esa posición refleja la actitud general de las diferentes organizaciones que componen el movimiento de la Conciencia Negra, especialmente la de los estudiantes negros (South African Students Organisation, S.A.S.O), que se había separado de la Unión Nacional de Estudiantes sudafricanos (N.U.S.A.S.) para, según sus militantes, huir del paternalismo de que dan prueba todos los blancos, sean cuales sean, hacia los negros». (Brigitte Lachartre, ídem)
Los grupos en el medio estudiantil adoptaron así claramente y sin ambages la orientación del sindicato B.A.W.U, o sea que se volvieron abiertamente racistas y desempeñaron el mismo papel de división en las filas obreras que los sindicatos blancos más racistas. Se está ahí claramente muy lejos de la defensa de los intereses comunes du proletariado sudafricano, ni siquiera de los proletarios de la fracción negra de la clase obrera. Y, de hecho, tras ese agrupamiento o alianza entre obreros y estudiantes lo que se comprueba, sobre todo, es la nocividad de la cuestión racial, sobre todo cuando ésta se expresa en términos de una «conciencia negra» pretendidamente opuesta a una «conciencia blanca», pero sobre todo opuesta a la conciencia de clase proletaria. Y eso cuando precisamente las condiciones estaban ampliamente reunidas para la unidad en la lucha como lo demostraron los movimientos de huelga que se produjeron en el país donde muchos sectores obreros combatían por reivindicaciones de clase y no de raza, lo que, por otra parte, les ayudó en su éxito. Además, a las dificultades de la alianza entre obreros y estudiantes basada en la división racial y sindical vinieron a añadirse el corporativismo y el espíritu pequeñoburgués de los intelectuales muy presentes en ese movimiento de luchas. Por eso, y a pesar de la fuerte dinámica creada por la reanudación general de la lucha a principios de los años 1970, la combatividad de los obreros y de la juventud de Soweto se desvió hacia una vía muerta; el movimiento fue extraviado y dividido por las rivalidades entre camarillas étnicas, corporativistas y pequeñoburguesas, lo que acabó ahogando todo intento de orientación genuinamente proletaria de la lucha.
«(…) Uno de los aspectos importantes y no menos sorprendentes de la creación de los sindicatos africanos de Natal, es el papel que desempeñaron algunos grupos de universitarios, estudiantes o profesores de raza blanca. La importancia del papel del puñado de intelectuales que se comprometió a fondo con los trabajadores africanos no significa, ni mucho menos, que la Universidad sudafricana sea la vanguardia de la contestación y del combate por la liberación de las masas negras. El conservadurismo y el racismo de la juventud afrikáner, la indiferencia de los estudiantes anglófonos y el corporativismo de los intelectuales de oficio son la regla general. En cuanto a los estudiantes negros, tras haberse separado voluntariamente de las organizaciones estudiantes blancas (en 1972), parece como si su combate por su propia supervivencia como grupo y su participación al movimiento de la Conciencia Negra hayan acaparado la totalidad de su fuerza militante». (Brigitte Lachartre, ídem)
O sea, hablando claramente, en esas condiciones, la vanguardia verdaderamente proletaria apenas si podía avanzar, maniatada y encuadrada muy pronto tanto por los sindicalistas nacionalistas o racistas, como por las facciones corporativistas de la pequeña burguesía de intelectuales más o menos teledirigida bajo mano por diferentes grupos políticos como el PC, el ANC y algunos izquierdistas. A partir de ahí se aprecian mejor los límites en el desarrollo de la conciencia de clase, en particular en la juventud de Soweto cuya lucha fue la primera experiencia como miembros de la clase proletaria.
El ANC desvía la lucha de la juventud de Soweto hacia la lucha armada imperialista
Tras haberse infiltrado en los diferentes órganos de lucha de la juventud obrera de Soweto, el ANC amplió su control sobre muchos jóvenes radicales procedentes de las civics, logrando enrolarlos en la lucha armada mandándolos a campos de entrenamiento militar situados en los países vecinos. La ANC quería sobre todo acaparar a los más activos del movimiento de Soweto que intentaban huir la represión policiaca del poder sudafricano, prometiéndoles una sórdida más que sólida formación para luchar mejor contra el régimen de apartheid. Una vez allí, muchos jóvenes críticos eran a menudo encarcelados cuando no eran condenados a muerte.
«Los soldados del ANC disgustados por esa política no tenían derecho a discutirla en nombre de la disciplina. En 1983, el ANC, que participaba en la guerra civil angoleña, mandaba a ella a soldados contestatarios, sobre todo para quitárselos de encima. Y se reprimió a los cientos de supervivientes de regreso cuando se amotinaron al año siguiente. Para ello, existía en Mozambique un campo-cárcel del ANC, el de Quatro, donde se aplicaba la tortura contra los opositores internos recalcitrantes.» [10] [48]
O sea que antes incluso de que alcanzara el poder, el ANC se comportaba ya como verdugo de la clase obrera. Lo que, en cambio, no cuenta el grupo trotskista francés Lucha Ouvrière es que el partido de Mandela estaba implicado en la guerra de Angola en los años 1980 por cuenta del antiguo bloque imperialista ruso, de ahí viene el apoyo que tenía de los países vecinos (enemigos del bloque de la OTAN) o sea Mozambique, Angola, Zimbabue, etc. Era la época en que ANC y PC articulaban su lucha de «liberación nacional» con los enfrentamientos entre potencias imperialistas de los dos bloques (Este/Oeste) apoyándose sin ambages en Moscú. Y el poder gubernamental sudafricano hacía lo mismo y, a la vez que destrozaba militarmente las luchas en el interior, desempeñaba en el exterior, en el África austral, el papel de «gendarme delegado» del bloque imperialista occidental, de ahí su alistamiento militar, como el des sus rivales, en la guerra de Angola y en los países vecinos.
De la FOSATU al COSATU, el sindicalismo sudafricano al servicio del capital nacional
Desde que el capitalismo entró en decadencia (marcada por el primer conflicto imperialista mundial de 1914), el sindicalismo, por todas partes, dejó de ser un verdadero órgano de lucha para la clase obrera, más todavía, se convirtió, en realidad, en instrumento contrarrevolucionario al servicio del Estado capitalista. La historia de la lucha de clases en Sudáfrica lo ha demostrado con creces[11] [49]. Además, la historia del sindicalismo, personificada en la FOSATU (Federation of South African Trade Unions) y el COSATU (Congress of South African Trade Unions) nos muestran la potencia de un sindicalismo nuevo capaz de pesar simultáneamente sobre un proletariado de gran combatividad y sobre un régimen de apartheid trasnochado. En efecto, la FOSATU usó su «ingenio» perniciosamente eficaz hasta el punto de hacerse oír a la vez por el explotado y el explotador consiguiendo así «gestionar» arteramente los conflictos entre los dos verdaderos protagonistas, pero al servicio, en última instancia, de la burguesía. De igual modo, la confederación hizo un papel de «facilitador» en la «transición pacífica» entre el «poder blanco» y el «poder negro» concretándose todo ello en la instauración de un gobierno de «unión nacional».
Nacimiento y características de la FOSATU
Fundada en 1979, fue el fruto de una recomposición sindical, continuidad, tras su disolución o autodisolución, de los antiguos sindicatos principales, después de los vigorosos movimientos de huelga de 1973 que sacudieron fuertemente todo el país.
Esa nueva corriente sindical dio nacimiento a los sindicatos más importantes de la industria (exceptuando el de la minería), tales como la automoción, la química, la metalurgia, el textil, etc. El año mismo en que se fundó la FOSATU, el Estado sudafricano le facilitó la tarea al haber decidido acordar el título de «empleado»[12] [50] a todos los negros incluidos los de los bantustanes, y algún tiempo después, de todos los trabajadores africanos procedentes de países vecinos. Eso significó un formidable impulso para la sindicalización de los trabajadores de todos los sectores del país, de modo que la FOSATU pudo sacar amplio provecho después para construir su propio «proyecto de desarrollo».
«Esa corriente sindical ha desarrollado a principios de los años 80 un proyecto sindical original y ello sobre la base de un concepto de independencia explícita respecto a las principales fuerzas políticas; se formó a partir de redes de intelectuales y universitarios, productos también éstos de la evolución socio-económica del país; correspondía a una verdadera mutación social y económica del país y acompañó la transformación progresiva de la organización del mercado del trabajo.» (C. Jacquin, ídem)
Fue pues en ese contexto en el que esa corriente sindical se propulsó queriendo ser a la vez «izquierda sindical» e «izquierda política» y en el que muchos de sus dirigentes fueron influidos por la ideología crítica trotskista y estalinista:
«Hacia finales de los años veinte, hubo militantes convencidos por las críticas trotskistas que se separaron del Partido Comunista. Algunos de ellos fueron dirigentes de un movimiento bastante amplio en los años cuarenta llamado Unity Movement. Un conocido sindicalista de los años treinta y cuarenta, Max Gordon, era trotskista.
Esa corriente se fragmentó y se debilitó grandemente a finales de los años cincuenta. Pero sigue habiendo en Ciudad del Cabo, en los años setenta, una fuerte implantación de esos grupos, principalmente entre los profesores mestizos.
(…) Durante las entrevistas hechas en Ciudad del Cabo, en 1982 y 1983, pudimos nosotros comprobar que el dirigente del sindicato de trabajadores municipales, John Erentzen, había sido miembro del Unity Movement. Marcel Golding, antes de entrar en la dirección sindical de mineros y convertirse en uno de sus dirigentes, formó parte de un grupo de estudio de orientación trotskista».
«(…) Alec Elwin (primer secretario de la FOSATU) dice haber estado influido al principio por los franceses Althusser y Poulantzas. Menciona la importancia para personas como él del debate que había en Gran Bretaña de los años setenta sobre la cuestión de los shop-stewards (delegados de taller) y de la organización en la base. Otro factor importante para esa generación de intelectuales radicales fueron los aportes de un análisis marxista renovado sobre el apartheid (por personas como Martin Legassick) respecto a las relaciones de producción capitalista. Se iba despejando así, progresivamente, una teoría alternativa a la del Partido Comunista.» (C. Jacquin, ídem)
En esas citas se percibe claramente el papel desempeñado históricamente[13] [51] por la corriente trotskista o su «nebulosa» en los sindicatos en general y en el sindicalismo de base en particular. Como hemos visto anteriormente, la corriente trotskista participó en la formación de los nuevos sindicatos radicales tras las luchas de clase de los años 1970. En ese marco, cabe señalar una faceta específica del aporte del trotskismo a la contrarrevolución, el «entrismo»[14] [52] en los partidos socialdemócratas (y en los sindicatos). O sea, claramente, «entrar» de tapadillo, en esas organizaciones burguesas con la pretensión de, llegado el momento, apoderarse de su dirección y tomar la vía de la revolución. Esa práctica, ya de por sí antiproletaria, manifiesta el desprecio hacia la clase obrera en cuyo nombre sus practicantes, disfrazados, pretenden actuar.[15] [53] Otra consecuencia de esa practica es que es imposible identificar formalmente a los «entristas», y conocer así, incluso por aproximación, la cantidad de dirigentes de la FOSATU bajo influencia trotskista en un momento u otro de sus recorridos en el seno de los sindicatos sudafricanos.
Podemos aquí afirmar la idea de que los dirigentes de la «izquierda sindical» encarnada por FOSATU/COSATU estuvieron influidos por diferentes ideologías burguesas que iban desde el trotskismo a la socialdemocracia, pasando por el estalinismo, el sindicalismo tipo Solidarnosc (Polonia), el Partido de los Trabajadores de Lula (Brasil), según la oportunidad o los obstáculos ante la realización de su «proyecto sindical».
«En octubre de 1983 el periódico Fosatu work news publicó un artículo de doble página central sobre Solidarnosc y Polonia. El hilo conductor es bastante parecido a lo que dirigentes de FOSATU podían pensar de los procesos sudafricanos: crecimiento industrial, escasa mejora del estatuto social obrero, represión, exigencia de control, diferenciación interna en el sindicato y evolución del grupo Walesa… Y el artículo termina por: ‘‘la lucha de los trabajadores polacos es una inspiración para todos los demás trabajadores en lucha’’. (…) En 1985, los números 39 y 40 publican un largo articulo de reportaje sobre el Partido de los Trabajadores de Brasil (PT)». (C. Jacquin, ídem)
En esa cita, pueden observarse claramente algunas similitudes en las actuaciones de la FOSATU con los sindicatos respectivos de Walesa y Lula, sobre todo en el modo de prepararse para acceder a lo más alto del Estado.
Pertrechada así con su experiencia maniobrera político-sindical adquirida en las luchas de los años 1970/1980, la FOSATU podía sin mayores riesgos ponerse abiertamente al servicio del capital nacional sudafricano aprovechándose de su renombre para trabajar por la construcción de un nuevo sindicalismo librado de los antiguos aparatos sindicales arcaicos procedentes del apartheid, haciendo prevalecer su nebulosa doctrina sindical y apoyándose en los obreros industriales como lo indicaba el texto de su primer congreso:
«La federación estará sobre todo formada por sindicatos de ramos industriales, pues utilizar el marco de las estructuras industriales existentes es el mejor medio para favorecer la unidad obrera y el interés de los trabajadores y también porque es el mejor medio para centrarnos en los ámbitos de las preocupaciones obreras. Esto, sin embargo, no significa apoyo a las actuales relaciones industriales. (…) ausencia de división racial (no racialism), control obrero (workers control), sindicatos de ramo, organización en la base, solidaridad obrera internacional, unidad sindical». (C. Jacquin, ídem)
Si se sitúa ese posicionamiento político-sindical de la FOSATU en el contexto del apartheid, puede comprenderse la relativa facilidad con la que la Federación pudo atraer a muchos obreros combativos o conscientes de la necesidad de su unidad en la lucha por encima de las fronteras étnicas. La Federación usó su «imagen combativa» ante muchos obreros durante las luchas de los años 1970-1980 para granjearse su confianza; de ahí le viene su estatuto de primer sindicato en el sector industrial. Con su aparato de «sindicalismo combativo» bien organizado entró en discusiones con otros sindicatos que habían conservado cierta influencia para federarlos, eso sí con dificultades sobre todo aquellos que estaban bajo control del tándem ANC-PC. Chocó así contra la hostilidad o las reticencias de otras corrientes sindicales en su propio seno, hasta convencerlas o marginalizarlas, como ocurrió con el sindicato de mineros (NUM) o con algunos sindicatos próximos a Conciencia Negra.
La FOSATU se prepara para ingresar en los grandes aparatos políticos
En su origen (1979), la FOSATU estaba formada por tres sindicatos inscritos (legalmente) y nueve no inscritos[16] [54], lo que quiere decir que esta segunda categoría predominaba y su peso se plasmaba en las opciones ideológicas y estratégicas de la federación. Eso hasta que la FOSATU decidió dar el giro hacia su integración institucional, o sea convirtiéndose cada día más en interlocutor del poder (permaneciendo, eso sí, «radical»).
«El debate sobre la inscripción tomó la forma de una viva polémica contra los sindicatos de la FOSATU que se habían inscrito. El ataque vino de la GWU (pro Conciencia Negra) y, con mayor virulencia todavía, de la SAAWU (pro ANC). Los argumentos eran casi iguales: pérdida de independencia ante el Estado y traba a un verdadero funcionamiento democrático para los sindicatos que debían doblegarse ante los controles oficiales, etc.
(…) Hubo otros debates durante las negociaciones. Y fue la forma de la futura Confederación lo que más preocupó a la dirección de la FOSATU. Había que convencer de que el modelo de la FOSATU era el mejor adaptado con sus secciones sindicales de empresa, sus sindicatos por ramo industrial, sus estructuras regionales (interprofesionales, diríamos nosotros según la terminología del sindicalismo francés), su democracia en la base con los shop-stewards, etc.
(…) La dirección de la FOSATU acabó convenciendo a la mayoría de sus asociados sobre temas propiamente sindicales. Pero es importante señalar aquí que el proceso unitario hacia la fundación del COSATU se clarificó cuando la SAAWU cambió de posición, a nuestro parecer, después de que las direcciones en el exilio de la ANC y del Partido Comunista decidieran, también ellas, modificar su actitud. Y también cuando la NUM, sindicato minero miembro del CUSA y con mucho su principal afiliado, decidió, en diciembre de 1984, romper con su federación y participar plenamente y hasta el final en el lanzamiento del COSATU [17] [55]». (C. Jacquin, ídem)
Y así, claramente, al haber integrado en su seno al sindicato minero (NUM), la FOSATU se impuso definitivamente en los sectores decisivos de la economía del país, convirtiéndose desde entonces en socio obligado del poder. Y así reforzó su control sobre les sectores más combativos de la clase obrera, tomando, desde entonces, la iniciativa de federar a las principales centrales sindicales con éxito.
Así fue el notable itinerario de la FOSATU, la cual logró, magistralmente, federar a los principales sindicatos influyentes en una gran confederación a escala del país que se concretó en la creación del Congress of South African Trade Union (COSATU).
Una vez más la FOSATU mostró su «genio político» y su destreza en lo organizativo, pasando de una oposición radical de izquierda a una unión con los grandes aparatos burocráticos nacionalistas con el objetivo evidente de acceder al poder burgués y sin que hubiera reacciones obreras, abiertas al menos, hostiles a ese proceso. Sí que puede apreciarse de qué manera procedieron esos «sargentos alistadores» para llevar a la clase obrera hacia el redil de los aparatos burgueses de izquierda, con método y por etapas. Primer tiempo: «radicalismo» sindical y político de izquierda para seducir mejor a los obreros combativos; segundo tiempo: unificación de aparatos sindicales; y tercero: favorecer la formación de un amplio frente sindical y político para gobernar «con cordura» el post-apartheid.
Cierto es que para la unidad sindical y política, el COSATU no pudo integrar a dos corrientes próximas a «Conciencia Negra» y al PAC [18] [56]. Ambos prefirieron quedarse en la oposición con su propia federación unitaria: el National Council of Trade Unions (NACTU). Tampoco estaban otros pequeños sindicatos blancos o corporativistas. Aunque, en realidad, éstos no poseían una influencia decisiva en la organización de las luchas, comparados con el COSATU.
Sea como fuere, el COSATU se abrió su camino y gracias a él, los dirigentes de la ex-FOSATU van a poder proseguir su «misión sindical» hasta nuestros días, ejerciendo su función de gestor, muy responsable, del capital sudafricano, como ministros o grandes patronos de empresas.
El control de los comités de lucha (civics) baza de agrias batallas de aparatos sindicales-políticos
Al haberse generalizado y al haber tomado a cargo durante largo tiempo (globalmente entre 1976 y 1985) toda la vida social de los barrios principales de las ciudades industriales, las civics acabaron siendo la baza en juego de todos los órganos de poder en Sudáfrica. O, dicho de otra manera, su control acarreó agrias disputas entre rufianes sindical-políticos.
«Uno de los grandes problemas que tuvo que encarar el nuevo movimiento sindical fue, especialmente, el del desarrollo de otra forma de organización de la población negra, las civics, o “community associations”. Bajo este término se agruparon a menudo cantidad de formas asociativas, implantándose en los townships.
Queda por hacer un gran trabajo sobre esos movimientos pues no se han granjeado la misma atención que les sindicatos por parte de los investigadores.
(…) Se piensa que el desarrollo de las civics se hizo sobre todo a partir de Ciudad del Cabo bajo el impulso de dos corrientes políticas en competencia en aquel entonces en la región: la de la izquierda política independiente (la nebulosa política heredera del Unity Mouvment) y la vinculada o influida por el ANC. Las redes de asociaciones se dividieron según las simpatías políticas. Y fue así como en Ciudad del Cabo los militantes del Unity Movement formaron con las asociaciones que controlaban la “Federation of Cap Civic Associations” y los militantes del ANC y del Partido Comunista formaron por su parte el Cape Area Housing Action Committee (CAHAC). Esa cartelización se acentuó después en el ámbito nacional con, además, la actividad propia del partido Azapo (heredero del movimiento de la Conciencia Negra) y las de militantes y simpatizantes del PAC (Pan-Africanist Congress). A mediados de los años 80, la mayoría de las corrientes políticas aparecían así públicamente bajo los estandartes de agrupamientos de las civics que contralaban». (C. Jacquin, ídem)
No podemos sino compartir la opinión del autor citado de que las civics no se beneficiaron de la misma atención que los sindicatos por parte de los investigadores y que queda un importante trabajo por hacer sobre esos movimientos. Dicho lo cual, otro elemento importante que hay que subrayar es el encarnizamiento pertinaz de que dieron prueba los buitres sindicales y políticos para neutralizar las organizaciones surgidas de las luchas insurreccionales de Soweto. Para echar mano de un movimiento del que no habían sido iniciadoras, todas esas fuerzas burguesas se dedicaron, mediante infiltración y demás maniobras al uso, a desmantelar las diferentes asociaciones llamadas civics, logrando, finalmente, controlarlas y usarlas como instrumentos de lucha de influencia para conquistar el poder. En 1983, por ejemplo, hubo una serie de manifestaciones y huelgas que fueron movilizando a más y más gente, en torno a Soweto en particular, pero también en otras regiones. Fue el momento que escogió el ANC para acentuar su control sobre los movimientos sociales creando un organismo al que llamaron United Democratic Front (Frente Democrático Unido), una especie de «foro» o más bien una simple «red» en la que el partido de Mandela logró atrapar a muchas civics. Y lo mismo hicieron los rivales del ANC que no tardaron en replicar disputándole la caza a los mismos grupos autónomos y eso sin que faltara a menudo la violencia criminal por parte de unos y otros.
«(…) Se desarrollaron polémicas más y más violentas al ritmo de los grandes conflictos sociales. Una huelga general, un stay-away local o regional, cuando no un boicot de comercios regentados por blancos, se dirigen indistintamente a los empleados de fábricas y a la población de los townships. En regiones como las de Puerto Elizabeth o de East-London, en donde ya había entonces como mínimo 50 % de desempleados, no era posible organizar movimientos de tal amplitud sin apoyarse en la complementariedad de las civics y de los sindicatos. Cada parte afirmaba evidentemente esa convicción unitaria. Pero lo que estaba en juego políticamente era de tal importancia que cada una de ellas procuraba ejercer una presión hegemónica sobre la otra. Hubo todo tipo de conflictos incluso entre asociaciones controladas por la AZAPO (Organización del Pueblo de Azania) y ciertos sindicatos.
(…) Abundan ejemplos de violencias físicas. Los dirigentes de la FOSATU se quejaban de que, por falta de una centralización real, había grupos de jóvenes, vinculados a las civics, que a veces agredían a trabajadores que estaban haciendo normalmente su trabajo. Y ha habido chóferes de autobús atacados, incluso matados, por jóvenes que no entendían, o simplemente ignoraban, la oposición sindical a tal o cual llamamiento». (C. Jacquin, ídem)
Las civics fueron saboteadas por las diferentes fuerzas sindicales, nacionalistas y demócratas que se disputaban su control. El ANC y sus rivales no vacilaron en someter a jóvenes para que se mataran unos a otros o atacaran o mataran a obreros activos como los conductores de bus. Y todo eso a favor del enemigo común de unos y otros, o sea el capital nacional. Sin ninguna duda, en esto, fue el ANC a quien debe imputársele la mayor cantidad de crímenes cometidos contra la juventud de Soweto por haber alistado para un campo imperialista a un gran número de antiguos miembros de las civics y haberlos enviado a la masacre en nombre de la pretendida “liberación nacional” (ver el capítulo anterior).
Huelgas con trasfondo de recesión económica
Volvamos a las huelgas que, en 1982-83, se produjeron contra las medidas de austeridad aplicadas por el gobierno, huelgas que estallaron en muchos sectores, en las minas y en la automoción en particular, movilizando a decenas de miles de obreros, afectando fuertemente a las factorías de General Motors, Ford, Volkswagen, etc. Ocurrió en Sudáfrica como en otros países en aquel tiempo, golpeada como lo fue por la crisis económica que la hundió en una profunda recesión.
“La recesión que se abre en 1981-82 está marcada por el agotamiento de todo un sistema, incluido el plano institucional. Entre 1980 y 1985, las quiebras de empresas se incrementaron en 500%. Los tipos de descuento pasaron de 9,5% a 17% durante el año 1981, alcanzando 18% en 1982 y 25% en agosto de 1985. En 1982, el país se beneficiaba todavía de un superávit de 662 millones de rands; en 1983, al contrario, lo que hubo fue un déficit de 93 millones de rands. El rand valía 1,09 $US en 1982, y menos de 0,37 $ a finales de 1985. El total de las inversiones pasó de 2 346 millones de rands en 1981 a 1 408 millones en 1984. Ese mismo año, la deuda externa alcanzó 248 mil millones de $, de los cuales 13 mil millones a corto plazo. La producción manufacturera bajó en volumen, los costes salariales aumentaron, el desempleo creció, el volumen de exportaciones disminuyó». (C. Jacquin, ídem)
Ante la amplitud de la recesión, el gobierno sudafricano tuvo que tomar medidas draconianas contra las condiciones de vida de la clase obrera, o sea despidos masivos y bajas de salarios, etc. Por su parte, a pesar de su gran debilitamiento debido sobre todo a las peleas de camarillas en la que estaban enzarzados el ANC y sus competidores, la clase obrera no se iba a quedar de brazos cruzados, y acabó por lanzarse a la lucha, mostrando una vez más, que su combatividad permanecía intacta. Un ejemplo esclarecedor de lo anterior es que en el año 1982 la mayoría de los conflictos lo fueron por reivindicaciones salariales (170), después fueron los problemas de despidos y de reducción de plantillas (56), mientras que los conflictos para que se reconociera tal sindicato no acarrearon sino 12 huelgas. Esto es importante pues significa que para los obreros entrar en lucha no implica necesidad de sindicarse.
Importa sobre todo saber que en el bienio de 1982-1983, Sudáfrica estuvo marcada por un aumento ininterrumpido de huelgas. Y en ese contexto, hay que señalar una vez más el papel antiobrero del sindicalismo radical:
«Fueron los sindicatos de la FOSATU los que totalizaron más huelgas, especialmente en la metalurgia y la automoción. Fue pues en las regiones donde esas industrias son más numerosas donde hubo más conflictos. La región del Eastern-Cap, especialmente en las ciudades de Puerto Elisabeth y Uitenhage donde hubo las cifras más elevadas de huelgas: 55.150 huelguistas en esa región, en 1982, de entre los cuales 51.740 en el automóvil. Fue en el East Rand donde se concentró la mayoría de movimientos en la metalurgia: 40 con un total de 13.884 huelguistas. Estas cifras pueden compararse a los 30.773 huelguistas para toda la región de Johannesburgo, comprendidos todos sus sectores (…) Estas comparaciones permiten medir el peso relativo la FOSATU en aquel entonces respecto al conjunto del movimiento sindical independiente…». (C. Jacquin, ídem) Incluso cuando está muy encuadrada, la clase obrera es batalladora y lucha en un terreno de clase negándose a soportar sin reaccionar los ataques económicos de la burguesía. Es evidente que los obreros en lucha estaban bajo fuerte control del sindicalismo, especialmente el de base, poniéndose éste a la cabeza del movimiento para controlarlo y acabar saboteando las huelgas antes de que éstas acabaran afectando a los intereses del capital nacional sudafricano. En este sentido es importante hacer notar que, durante los movimientos de huelga de 1982, no se le otorgó ningún papel a las civics, al contrario, todo habría sido cosa de los sindicatos, especialmente de la FOSATU, la cual pudo apoyarse en sus organizaciones de base radicalizadas para hacer valer la supremacía de su «combatividad», disuadiendo de todo intento de organización autónoma fuera de los aparatos constituidos como interlocutores del Estado.
En 1984-85, estallaron huelgas importantes en Transvaal/Puerto-Elisabeth movilizando a decenas de miles de obreros y de habitantes en general, mezclándose reivindicaciones múltiples (salarios, educación, vivienda, derecho de voto, etc.). En efecto, paralelamente a las huelgas de los mineros y otros asalariados, fueron boicoteados activamente comercios pertenecientes a blancos, los transportes públicos fueron activamente boicoteados, y miles de jóvenes se negaron a integrar las filas del ejército.
Ante esos movimientos de contestación, el poder sudafricano replicó tendiendo una «pequeña zanahoria» con una mano y escondiendo una «gruesa estaca» en la otra. Decidió, por un lado, acordar a los ciudadanos de color (indios y mestizos) y a los negros el derecho a elegir a sus propios diputados o representantes municipales pertenecientes a sus propias comunidades. Y, del otro lado, su única respuesta a las reivindicaciones salariales y a las condiciones de vida fue la instauración del estado de sitio. Fue la ocasión de encarnizarse contra los huelguistas a los que acusó de hacer «huelgas políticas» para justificar una represión implacable, asesinando a muchos obreros, despidiendo a 20 000 mineros, encarcelando a miles más.
1986/1990, huelgas con trasfondo de grandes maniobras políticas en la burguesía
En realidad, entre 1982 y 1987 el país vivió un incremento ininterrumpido de huelgas, manifestaciones y enfrentamientos cruentos con las fuerzas del orden.
«El 9 de agosto, la NUM lanzó una huelga en las minas. 95% de los sindicados consultados, siguiendo la ley, había votado a favor de la huelga. Esta afectó a todas las minas en las que la NUM estaba implantada, o sea 28 de oro y 18 de carbón. Este conflicto fue, con mucho, la huelga más larga en las minas sudafricanas (el conflicto de 1946 había durado 5 días); duró 21 días, fueron 5,25 millones de jornadas de paro. (…) La NUM echó todas sus fuerzas en la batalla, su mayor reto desde que se creara en 1982. Revindicaba 30% de aumento de sueldos, una prima de riesgo, un capital de 5 años de salario a entregar a las familias de los mineros muertos en accidentes en lugar de los dos años precedentemente, 30 días de vacaciones pagadas y que se designara el 16 de junio, aniversario de las revueltas de Soweto, día de conmemoración pagado.
Las compañías mineras perdieron 17 millones de rands en el conflicto, pero no cedieron en casi nada. La coordinación de la patronal minera le resultó eficaz. Las direcciones se mantuvieron en una firmeza extrema, empezando por la de la AngloAmerican [19] [57]«(C. Jaquin, ídem).
Una vez más, la clase obrera dio prueba de una combatividad ejemplar, aunque no fue suficiente para hacer retroceder a la burguesía que se negó a ceder sobre las reivindicaciones principales de los huelguistas. La patronal y el Estado, además, pudieron contar con el control de los obreros por parte de unos sindicatos, ciertamente «radicales» pero sobre todo muy «responsables» en cuanto se trata de preservar los intereses del capital nacional. Y, a pesar de eso, la clase obrera no cedió y reanudó la lucha masivamente al año siguiente, en 1988, durante el que hubo hasta 3 millones de huelguistas para una huelga de tres días, entre el 6 y el 8 de junio.
En lo político, el acontecimiento más relevante de esos años 80 se produjo en 1986. En ese año empezó a concretarse el verdadero giro político que dio fin al régimen de apartheid que encarnaban sobre todo los afrikáners para quienes era el modo «natural» de gobierno. Así, tras haber regulado definitivamente la «cuestión sindical» al integrar en el ámbito del Estado a los principales sindicatos (FOSATU/COSATU), el poder de entonces decidió instaurar la vertiente política de su reforma constitucional. Se organizaron, en ese marco, encuentros secretos entre dirigentes blancos sudafricanos [20] [58] y responsables del ANC incluido Mandela, el cual, desde su celda, pudo recibir regularmente entre 1986 y 1990 a emisarios del gobierno afrikáner para la reconstrucción del país sobre nuevas bases no raciales y en acuerdo con los intereses del capital nacional. Los encuentros entre nacionalistas africanos y gobierno sudafricano prosiguieron hasta 1990, año de la liberación de Mandela y del final del apartheid, la legalización del PC sudafricano y del ANC. Ni que decir tiene que el contexto internacional tuvo una influencia fundamental en este proceso.
Por un lado, la caída del muro de Berlín significó el hundimiento repentino y brutal del aliado principal del ANC-PC, el bloque soviético, así como el propio desprestigio del «modelo soviético» que hasta entonces era el del ANC; esto obligó entonces al ANC a revisar su actitud «anti-imperialista» de antaño. La desaparición del bloque soviético, además, significó que la perspectiva del ANC en el poder ya no era un peligro, en el plano imperialista, para la burguesía sudafricana proccidental. Eso explica el anuncio de presidente sudafricano, Frederick De Klerk, en febrero de 1990, ante el parlamento, de su decisión de legalizar al ANC, al PC y todas las demás organizaciones prohibidas, con la perspectiva de una negociación global. Éstos fueron los argumentos para justificar su decisión:
«La dinámica actual en la política internacional también ha creado nuevas oportunidades para Sudáfrica. Se han realizado importantes progresos, entre ellos, en nuestros contactos exteriores, sobre todo allí donde antes había límites de tipo ideológico. (…) El desmoronamiento del sistema económico en Europa del Este ha sido también una señal (…) Quienes pretenden imponer a Sudáfrica semejante sistema en quiebra deberían comprometerse en una revisión total de su manera de ver.»
En realidad, «quienes pretenden imponer a Sudáfrica semejante sistema en quiebra» (que son la coalición que gobierna Sudáfrica hoy) decidieron entonces comprometerse efectivamente en una revisión total de sus posturas, ingresando definitivamente en las filas de los gestores del capital nacional, empezando por el COSATU.
«A principios de los 90, el debate en el COSATU sobre el estatuto obrero acaba finalmente elaborando una serie de derechos elementales (…) para añadirse a las propuestas constitucionales del ANC. Se acabó ya lo de un «programa político» sea el que sea (…);
- Conocidos representantes nacionalistas de la NUMDSA (sindicato afiliado al COSATU) se adhieren al Partido comunista durante el año 1990. Entre otros, Moses Mayekiso es elegido miembro de la dirección provisional del partido ya legalizado de nuevo;
- En julio de 1991 el cuarto congreso del COSATU confirma una alianza entre el sindicato minero (NUM) y el metalúrgico-automoción (NUMSA). Entre ellos dos poseen 1000 delegados de los 2.500 presentes;
(…) Uno de los textos votados en ese congreso sindical dice: ‘‘Somos partidarios de formar a nuestros miembros, animándolos a entrar en el ANC y el Partido comunista’’». (C. Jacquin, ídem)
A partir de entonces, toda la burguesía sudafricana unida entró en una nueva era, la llamada era «democrática» y, claro está, se invitó a toda la población, a la clase obrera en particular, a unirse tras los nuevos dirigentes para construir un Estado multirracial democrático y así la «fiesta» pudo comenzar.
«La cooptación no ha hecho sino comenzar, pero ya casi no queda ninguna gran empresa que no ande buscando unos cuantos mandos del ANC para integrarlos en su dirección. Una verdadera «generación Mandela» se ha integrado así en las estructuras públicas o privadas perdiendo rápidamente toda fidelidad a las antiguas doctrinas. Convocar a la ‘‘sociedad civil’’ ha acabado siendo la clave de todos los discursos para construir el puente entre el movimiento social todavía muy fuerte y las componendas en la cumbre. Pero para quienes recuerdan los temas políticos de los años ochenta, el deslizamiento terminológico no es puramente formal». (C. Jacquin, ídem)
En resumen, que, por su naturaleza misma de clase burguesa, la izquierda político-sindical no podía, ni mucho menos, ir en contra del sistema capitalista, por mucha palabrería ultrarradical y obrerista anticapitalista, pretendidamente por la «defensa de la clase obrera», que tuviera. Al fin y al cabo, la izquierda sindical aparece como lo que es: un temible y eficaz alistador de obreros para la izquierda del capital. Y su contribución principal fue sin duda el haber conseguido construir a sabiendas la trampa «democrática/unidad nacional» en la que la burguesía pudo hacer caer a la clase obrera. Y, aprovechándose de ese ambiente de «euforia democrática», debido, en gran parte a la liberación de Mandela y sus compañeros en 1990, el poder central tuvo que apoyarse en su «nuevo muro sindical» formado por el COSATU y su «ala izquierda» para desviar sistemáticamente los movimientos de lucha hacia reivindicaciones de tipo «democrático», de «derechos cívicos», «igualdad racial», etc., a pesar de que los obreros iban a la huelga por reivindicaciones salariales o para mejorar sus condiciones de vida. De hecho, entre 1990 y 1993 cuando se formó precisamente un gobierno de «unión nacional de transición», las huelgas y las manifestaciones eran escasas y sólo se encontraban frente a oídos sordos en el nuevo poder. Y menos caso se les hizo porque, además, al veneno de las ilusiones democráticas, vino a añadirse una terrible tragedia en el seno de la clase obrera negra cuando, en 1990, las tropas de Mandela y las del jefe zulú Buthelezi se enfrentaron militarmente por le control de las poblaciones de los townships. Este conflicto duró cuatro años e hizo más de 14 000 muertos y destrucciones masivas de viviendas obreras. Para los revolucionarios marxistas aquella lucha sangrienta entre camarillas nacionalistas negras no hizo sino confirmar, una vez más, la naturaleza burguesa (y reaccionaria) de aquellos bandidos que lo único que expresaban de esa manera era la prisa que tenían por apoderarse de los mandos del Estado para probar así su aptitud para gestionar los intereses superiores del capital sudafricano. Ese era el objetivo central del proyecto de la burguesía cuando decidió iniciar el proceso que llevó al desmantelamiento del apartheid y a la «reconciliación nacional» entre todas sus fracciones que se andaban a matar bajo el apartheid.
Ese proyecto será fielmente instaurado por Mandela y el ANC entre 1994 y 2014, incluso matando, si hacía falta, a muchos obreros que resistían a la explotación y la represión.
Lassou, septiembre de 2016
[1] [59] Hablamos a menudo de los años 73-74 y luego de 1976 sin mencionar el año 1975. Cierto es que en ese año hubo menos luchas, fue como una especie de “pausa” antes de la “tempestad de Soweto”.
[2] [60] Brigitte Lachartre, Luttes ouvrières et libération en Afrique du Sud, Ediciones Suros, 1977.
[3] [61] Civics o CBO (Community Based Organisations): “asociaciones populares, a menudo con base geográfica de barrio o calle, cuyos miembros se autoorganizan y deciden sus objetivos”. Definición sacada de La figure ouvrière en Afrique du Sud, Karthala, 2008.
[4] [62] Claude Jacquin, Une Gauche syndicale en Afrique du Sud (en 1978-1993), Ediciones l’Harmattan, 1994. Este autor es periodista e investigador especializado en los nuevos sindicatos sudafricanos. Lo volveremos a citar en este artículo cuando aporte elementos pertinentes para comprender la situación. No por eso nos asociamos a sus apreciaciones y así expresaremos, en su caso, nuestras reservas al respecto.
[5] [63] Expresión de un dirigente sudafricano citado en el artículo "Desde la Segunda Guerra mundial hasta mediados de los años 1970"en la Revista Internacional n°155.
[6] [64] Ver el artículo "Sudáfrica: del nacimiento del capitalismo a la víspera de la Segunda Guerra mundial", Revista internacional n° 154, sobre las razones del apartheid y sus consecuencias nefastas para la lucha de la clase obrera.
[7] [65] De hecho, las primeras medidas discriminatorias fueron instauradas en la Unión Sudafricana por el gobierno laborista en 1924 en el cual participaban afrikáners.
[8] [66] Ver Revista Internacional n°154, "Sudáfrica: del nacimiento del capitalismo a la víspera de la Segunda Guerra mundial", sobre ese conflicto (que causó miles de víctimas) y sus repercusiones en las relaciones entre las dos antiguas potencias coloniales.
[9] [67] Ver el folleto de la CCI Los sindicatos contra la clase obrera, que aborda ampliamente el tema del "sindicalismo de base" y su naturaleza.
[10] [68] "L’Afrique du Sud : de l’apartheid au pouvoir de l’ANC [69]" («Sudáfrica: del apartheid al poder de la ANC»), Cercle Léon Trotsky.
[11] [70] Ver el artículo de la Revista internacional n° 154 " Del nacimiento del capitalismo a la víspera de la Segunda Guerra Mundial " y en el°155 "De la IIª Guerra Mundial hasta mediados de los años 1970".
[12] [71] Bajo el apartheid, a un sudafricano negro, aunque hubiera trabajado durante años en el país, no se le consideraba como "empleado", pues este término quedaba reservado para los "derechohabientes", o sea, sobre todo, los trabajadores blancos (y en menor medida los mestizos e indios).
[13] [72] Ver al respecto en Revista Internacional, n° 154 "Del nacimiento del capitalismo a la víspera de la Segunda Guerra Mundial " y n° 155 « De la IIª Guerra Mundial hasta mediados de los años 1970".
[14] [73] El entrismo en los partidos de izquierda (PS/PC) lo teorizó León Trotski en los años 1930. Puede leerse el folleto de la CCI, en francés, Le trotskisme contre la classe ouvrière. Traducción al español en https://es.internationalism.org/cci/200605/911/el-trotskismo-contra-la-clase-obrera [74]
[15] [75] No es casualidad si muchos de esos dirigentes de base (incluido Marcel Golding) dejaron el sindicalismo cuando feneció el régimen de apartheid para hacerse acaudalados hombres de negocios o políticos influyentes (sobre esto trataremos en el próximo artículo).
[16] [76] Según el apartheid, los sindicatos inscritos son los reconocidos por el Estado, mientras que a los no inscritos se les toleraba hasta cierto punto aunque no fueran reconocidos por la ley.
[17] [77] La NUM se creó en 1982. Dijo tener 20 000 miembros en 1983, y 110.000 en 1984. Al principio era hostil a la inscripción estatal.
[18] [78] PAC : Pan-Africanist Congress, escisión del ANC en los años 1950, partido ultranacionalista (negro).
[19] [79] Esta compañía, cuyo patrón (Oppenheimer) fue uno de los mayores apoyos a la sindicalización de los africanos, fue, en cambio, especialmente implacable frente a las reivindicaciones de los asalariados (sindicados o no).
[20] [80] Una delegación de la patronal sudafricana acudió a Zambia en 1986 para entrevistarse con la dirección del ANC. Después hubo intercambio de cartas desde 1986 a 1990 entre Mandela y Botha, jefe del Estado de Sudáfrica, luego con De Klerk que le sucedió en 1989. Todo ello se concretó en la liberación del dirigente del ANC en 1990, anunciando así el fin del apartheid.
Enlaces
[1] https://es.internationalism.org/files/es/158damen-bordiga-esp.pdf
[2] https://fr.internationalism.org/icconline/201401/8873/apres-seconde-guerre-mondiale-debats-maniere-dont-ouvriers-exerceront-pouvoir
[3] https://es.internationalism.org/revista-internacional/201111/3261/decadencia-del-capitalismo-xi-el-boom-de-la-posguerra-no-cambio-el
[4] https://www.marxists.org/espanol/pannekoek/1940s/consejosobreros/index.htm
[5] https://www.leftcom.org/en/adverts/2011-11-01/the-platform-of-the-committee-of-intesa-of-1925-is-now-available-once-again
[6] https://www.leftcom.org/en/articles/2011-01-21/amadeo-bordiga-beyond-the-myth-and-the-rhetoric-0
[7] https://fr.internationalism.org/node/1935
[8] https://fr.internationalism.org/node/1440
[9] https://fr.internationalism.org/node/2594
[10] https://es.internationalism.org/revista-internacional/200612/1138/iv-los-anos-30-el-debate-sobre-el-periodo-de-transicion-1
[11] https://fr.internationalism.org/rint11/periode_de_transition.htm
[12] https://fr.internationalism.org/rinte47/polem.htm
[13] https://symptomaticcommentary.wordpress.com/2014/08/19/the-brain-of-society-notes-on-bordiga-organic-centralism-and-the-limitations-of-the-party-form/
[14] https://www.quinterna.org/lingue/francais/historique_fr/consid%C3%A9ration.htm
[15] https://fr.internationalism.org/rinte70/communisme.htm
[16] https://es.internationalism.org/series/365
[17] https://es.internationalism.org/revista-internacional/199507/1824/xi-el-marx-de-la-madurez-comunismo-del-pasado-comunismo-del-futuro
[18] https://libcom.org/article/bordigism
[19] https://es.internationalism.org/revista-internacional/199301/3151/iv-el-comunismo-es-el-verdadero-comienzo
[20] https://fr.internationalism.org/node/6967
[21] https://fr.internationalism.org/node/5473
[22] https://es.internationalism.org/revista-internacional/201305/3733/el-comunismo-primitivo-y-el-papel-de-la-mujer-en-la-emergencia-de-#_ftn1
[23] https://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/manuscritos/man3.htm#3-2
[24] https://es.internationalism.org]
[25] https://www.sinistra.net/lib/bas/progra/vako/vakoabefui.html
[26] https://www.marxists.org/francais/bordiga/works/1956/08/bordiga_19560824.htm
[27] https://fr.internationalism.org/node/2639
[28] https://fr.internationalism.org/rinte14/pci.htm
[29] https://www.sinistra.net/lib/upt/elproc/moqa/moqaajobis.html
[30] https://es.internationalism.org/revista-internacional/200712/2126/revista-internacional-n-33-segundo-trimestre-1983
[31] https://es.internationalism.org/tag/21/364/el-comunismo-no-es-un-bello-ideal-sino-que-esta-al-orden-del-dia-de-la-historia
[32] https://es.internationalism.org/tag/corrientes-politicas-y-referencias/bordiguismo
[33] https://es.internationalism.org/tag/3/42/comunismo
[34] https://es.internationalism.org/files/es/la_eleccion_de_trump_y_el_derrumbe_del_orden_mundial_capitalista.pdf
[35] https://es.internationalism.org/tag/geografia/estados-unidos
[36] https://es.internationalism.org/tag/6/702/trump
[37] https://es.internationalism.org/tag/3/45/descomposicion
[38] https://es.internationalism.org/files/es/158movimiento_obrero_en_sudafrica.pdf
[39] https://es.internationalism.org/node/add/book?parent=5754#_ftn1
[40] https://es.internationalism.org/node/add/book?parent=5754#_ftn2
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[55] https://es.internationalism.org/node/add/book?parent=5754#_ftn17
[56] https://es.internationalism.org/node/add/book?parent=5754#_ftn18
[57] https://es.internationalism.org/node/add/book?parent=5754#_ftn19
[58] https://es.internationalism.org/node/add/book?parent=5754#_ftn20
[59] https://es.internationalism.org/node/add/book?parent=5754#_ftnref1
[60] https://es.internationalism.org/node/add/book?parent=5754#_ftnref2
[61] https://es.internationalism.org/node/add/book?parent=5754#_ftnref3
[62] https://es.internationalism.org/node/add/book?parent=5754#_ftnref4
[63] https://es.internationalism.org/node/add/book?parent=5754#_ftnref5
[64] https://es.internationalism.org/node/add/book?parent=5754#_ftnref6
[65] https://es.internationalism.org/node/add/book?parent=5754#_ftnref7
[66] https://es.internationalism.org/node/add/book?parent=5754#_ftnref8
[67] https://es.internationalism.org/node/add/book?parent=5754#_ftnref9
[68] https://es.internationalism.org/node/add/book?parent=5754#_ftnref10
[69] https://www.lutte-ouvriere.org/clt/documents-archives-cercle-leon-trotsky-article-afrique-du-sud-de-l-apartheid-au-9666.html
[70] https://es.internationalism.org/node/add/book?parent=5754#_ftnref11
[71] https://es.internationalism.org/node/add/book?parent=5754#_ftnref12
[72] https://es.internationalism.org/node/add/book?parent=5754#_ftnref13
[73] https://es.internationalism.org/node/add/book?parent=5754#_ftnref14
[74] https://es.internationalism.org/cci/200605/911/el-trotskismo-contra-la-clase-obrera
[75] https://es.internationalism.org/node/add/book?parent=5754#_ftnref15
[76] https://es.internationalism.org/node/add/book?parent=5754#_ftnref16
[77] https://es.internationalism.org/node/add/book?parent=5754#_ftnref17
[78] https://es.internationalism.org/node/add/book?parent=5754#_ftnref18
[79] https://es.internationalism.org/node/add/book?parent=5754#_ftnref19
[80] https://es.internationalism.org/node/add/book?parent=5754#_ftnref20
[81] https://es.internationalism.org/tag/geografia/sudafrica
[82] https://es.internationalism.org/tag/21/487/contribucion-a-la-historia-del-movimiento-obrero-en-africa
[83] https://es.internationalism.org/tag/2/29/la-lucha-del-proletariado