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Hubo un tiempo en el que el Frente Nacional en Francia, con Jean-Marie Le Pen a su cabeza, juntaba a un público heterogéneo, algo marginal, frecuentemente nostálgico de una época ya pasada, antiguos combatientes de la Argelia francesa, una franja de jóvenes o menos jóvenes, anti-estalinistas primarios, listos para la batalla contra cualquier izquierdista o demócrata de carnet. Los mítines del FN eran la ocasión para que Le Pen arengase a centenares de comerciantes o artesanos radicales, estudiantes pequeño burgueses dirigidos por algunos jóvenes neo-nazis, con las cabezas rapadas y rangers, que no dudaban en alzar la mano fascista, a la manera hitleriana, para saludar el discurso del “tuerto”[1].
La pequeña masa de inadaptados del FN ha dejado lugar hoy a miles de personas, todas decentes y honestas, procedentes en parte de una composición obrera, que acuden muchas veces en familia. Ya no tienen gran cosa que ver con el público extremista de antes. Mientras tanto, el FN se ha convertido en el primer partido de Francia a nivel electoral. Se ha situado a la cabeza de numerosas elecciones intermedias, el partido de Marine Le Pen preocupa mucho hoy en día a la burguesía francesa, ya que esta última da casi por seguro que la extrema derecha accederá muy probablemente a la segunda vuelta de la próxima elección presidencial con un resultado histórico.
El FN propaga una ideología irracional e inmoral
El ascenso de la fuerza del populismo, lejos de ser una excepción francesa, se alimenta de las tendencias más descompuestas de una sociedad capitalista envuelta en una crisis generalizada y frente a la cual el proletariado es incapaz por el momento de defender una perspectiva revolucionaria[2]. En esta situación, de bloqueo histórico de la sociedad, del subsuelo de la moral burguesa salen a la luz las ideologías más reaccionarias, odiosas y revanchistas. Marine Le Pen se ha liberado ciertamente de los excesos del padre (¡aunque con peros!), ha pulido su discurso haciendo un llamamiento para los excluidos por la crisis y el paro. Ha logrado hacerse una imagen más virtuosa e íntegra y tiene siempre palabras duras contra los políticos de derecha y de izquierda que se han sucedido en el poder, por como hacen pagar la crisis a los más débiles. Pero, sin embargo, la marca distintiva de este partido sigue siendo la misma: una acérrima xenofobia, el racismo como respuesta cotidiana, las respuestas simples y demagógicas. “¡Estamos en nuestra casa!”, se escucha ya sin complejos en algunas manifestaciones abiertamente xenófobas, amplificados por los recientes actos terroristas islamistas o por la delincuencia común en las ciudades gangrenadas por la droga y la desocupación.
Si el FN ha subyugado a estos ”ciudadanos íntegros”, enfadados por la incapacidad del Estado desde hace años por resolver sus problemas cotidianos, exasperados por cómo ven las promesas, de derechas o de izquierdas, “traicionadas” por una clase política cada vez más corrompida. Se extiende a partir de un discurso innoble según la cual la supervivencia de algunos tiene que hacerse a costa de los otros: ¡el interés nacional en primer lugar!, ¡los extranjeros bien se pueden morir en su casa! Esta concepción del mundo “naturalmente” dividido entre naciones concurrentes se encuentra profundamente anclada en la ideología burguesa, pero el hecho de reivindicarlo tal cual, desembarazándose sin ningún complejo de toda la hipocresía humanista que durante mucho tiempo edulcoró el nacionalismo y el militarismo, representa un paso significativo en la disolución de la sociedad:
¡Con la barbarie a cuestas, la inmoralidad se convierte en estandarte !
El FN inquieta al resto de la burguesía francesa
La posibilidad de ver que el FN llegue al poder inquieta mucho al conjunto de la burguesía, ya sea en su programa económico, social y político. Un programa inadecuado e irresponsable desde el punto de vista de los intereses del capital nacional. Pero la clase dominante se encuentra muy lejos de la homogeneidad de cara a este fenómeno:
• Una parte de la gran burguesía intenta “subirse a la ola” del populismo, en primer lugar porque cree que puede controlar su ascenso adoptando su discurso. Nicolas Sarkozy ha teorizado, en este sentido, desde 2007 la idea de “succionar los votos del FN”. Pero esta “derecha sin complejos” está también defendiendo sus intereses como camarilla, preocupándose cada vez menos por los intereses generales del Estado. Adoptando el argumentario del FN ha normalizado y convertido en “aceptable” un discurso xenófobo para los electores y éstos, que prefieren el original a la copia, han acabado por reforzar al FN.
• Otra parte de la burguesía más lúcida o consciente del peligro, como Alain Juppé o el Partido Socialista, ha preferido mantener las distancias y los principios del “ideal republicano” democrático y europeo, a sus ojos los únicos garantes de una política económica y social coherente frente a la crisis y a los riesgos sociales.
Pero esta defensa del Estado les ubica también como aquéllos a través de los que el mal llega, el “establishment” que desea continuar como antes y que desprecia “al pueblo”. En efecto, si la defensa por una parte de la clase obrera del FN es tan fuerte es porque a sus ojos la clase política, de derecha y de izquierda, que ha tenido las riendas del poder durante muchísimos años se ha desacreditado profundamente. Estos partidos han defendido la desindustrialización, el paro, los ataques durante 40 años. Es pues este “establishment” que hay que rechazar a través de las urnas y llevar al poder a las voces que quieren “dar un golpe fuerte sobre la mesa”.
Para la burguesía y el Estado, cualesquiera que sean las orientaciones adoptadas, la respuesta frente al populismo no tendrá los resultados deseados. Es una dinámica profunda que no puede sino desarrollarse en el terreno de la descomposición social. Sobre todo el populismo es un veneno que agrava las dificultades políticas de la clase obrera, pudriendo la conciencia de los sectores más frágiles a través del veneno de la xenofobia pero también reforzando la trampa del democratismo en nombre de la defensa de los “valores republicanos” contra el “fascismo”.
¿Cuáles son las causas profundas del desarrollo del populismo en el mundo? ¿A qué nos conduce? ¿Qué diferencias y semejanzas tiene con el fascismo de los años 30´ ? ¿Qué fuerza en la sociedad puede frenar este fenómeno? Es a todas estas legítimas preguntas que muchos de los artículos de este número de Révolution Internationale intentan responder[3].
Stopio, 28 de octubre de 2015
[1] Este apodo se debe a la pérdida por parte de Jean Marie Le Pen de su ojo izquierdo en los años 70´ que le ha llevado a tener un ojo de cristal (NdT).
[2] Ver https://es.internationalism.org/revista-internacional/201610/4178/contribucion-sobre-el-problema-del-populismo-junio-de-2016 [2]
[3] Este artículo pertenece a nuestra publicación en Francia Révolution Internationale. Respuestas como las que se dan en dicho número se pueden encontrar en la Web en español: además del artículo citado en la nota 2, se puede consultar https://es.internationalism.org/revolucion-mundial/201611/4183/trump-clinton-elegir-entre-lo-peor-y-lo-pesimo [3] , /content/4185/brexit-trump-contratiempos-para-la-burguesia-que-en-nada-son-un-buen-presagio-para-el [4]
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En el crepúsculo de la antigua Roma, la locura de los emperadores era más la regla que la excepción. Pocos historiadores dudan que ello era signo de decrepitud. Hoy un tenebroso payaso es nombrado rey en el estado nacional más poderoso de la tierra, sin embargo, ello no es generalmente entendido como signo de que la civilización capitalista ha alcanzado un avanzado estado de decadencia. La irrupción del populismo en los epicentros del sistema, que ha estallado en rápida sucesión con el Brexit y ahora con la victoria de Trump, expresa la realidad de que la clase dominante está perdiendo el control de la maquinaria política que durante décadas le había servido para mantener a raya las tendencias innatas del capitalismo hacia el colapso. Estamos siendo testigos de una enorme crisis política provocada por la descomposición acelerada del orden social, por la completa incapacidad de la clase dominante para ofrecer una perspectiva a la humanidad cara al futuro. Sin embargo, el populismo es igualmente el producto de la incapacidad de la clase explotada, el proletariado, para levantar una alternativa revolucionaria, con el resultado de verse arrastrado hacia una reacción basada en la rabia impotente, en el miedo, en convertir las minorías en chivos expiatorios y en una ilusoria búsqueda de un pasado que jamás existió. Este análisis del populismo como fenómeno global se desarrolla en profundidad en La contribución sobre el problema del populismo[1] [10]. Animamos a los lectores a examinar el marco general que ofrece, junto con nuestra inicial respuesta sobre el resultado del Brexit y sobre el ascenso de la candidatura Trump en Brexit, Trump: contratiempos para la burguesía que en nada son un buen presagio para el proletariado[2] [11]. Ambos textos han sido publicados en nuestra Revista Internacional nº 157.
También hemos publicado un artículo de un simpatizante de USA titulado Trump – Clinton: elegir entre lo peor y lo pésimo[3] [12]. Este artículo, escrito a principios de octubre, analiza los frenéticos esfuerzos de las fracciones más “responsables” de la burguesía, tanto republicanos como demócratas, por impedir que Trump accediera a la Casa Blanca[4] [13]. Estos esfuerzos han fracasado evidentemente. Uno de los factores inmediatos de ese fracaso lo constituyó la inesperada intervención del jefe del FBI, James Comey, que hundió la posición de Clinton en las encuestas. El FBI, que forma parte del corazón del aparato de seguridad de Estados Unidos, dañó seriamente las posibilidades de Clinton al anunciar que podría ser sometida a una imputación si tras responder a una investigación más desarrollada sobre el uso privado de servidores de correo, se demostrara que ponían en peligro las reglas básicas de la seguridad del Estado. Una semana más tarde, Comey intentó dar marcha atrás anunciando que de hecho no había nada sospechoso en todo el material que su oficina había examinado. Sin embargo, el daño ya estaba hecho y el FBI ha realizado una inestimable contribución a la campaña de Trump, en cuyos mítines se coreaba incansablemente el “Encerradla”, refiriéndose a su rival Clinton. La intervención del FBI es otra expresión de la creciente pérdida de control político en el centro mismo del aparato del Estado.
Los comunistas no luchan contra el mal menor
El artículo Trump – Clinton: elegir entre lo peor y lo pésimo comienza con una clara declaración de la posición comunista sobre la democracia burguesa y las elecciones en esta época histórica: constituyen un gigantesco fraude que no ofrece ninguna opción válida a la clase trabajadora. Esto se ha visto corroborado aún más si cabe en las recientes elecciones norteamericanas, donde han contendido el arrogante showman Trump, con su descarada agenda racista y misógina, y, en la otra cuerda, Clinton, que sostiene el orden “neo-liberal” que ha sido la forma dominante del capitalismo de Estado en las tres últimas décadas. Ante una elección consistente en escoger entre dos diablos, una parte sustancial del electorado, como casi siempre ocurre en las elecciones estadounidenses, ha decidido no votar -una estimación inicial da 57% menos votos que en 2012[5] [14]- pese a las fuertes presiones que ha habido para que fuera a las urnas. Al mismo tiempo, muchos de los que eran críticos con ambos campos, y especialmente con Trump, han decidido votar a Hillary, al considerarla el mal menor. Por nuestra parte, estimamos que abstenerse de las elecciones burguesas, más allá de expresar la desilusión ante ellas, no es, en el mejor de los casos, más que el principio de una actitud sabia: es esencial demostrar que hay otra forma de organizar la sociedad que pasa por el desmantelamiento del Estado Capitalista, por mucho que ello sea extremadamente difícil cuando la clase obrera no actúa como tal. Y, en la resaca poselectoral, este rechazo del orden social y político existente, esta insistencia en la necesidad para la clase obrera de luchar por sus propios intereses, fuera y contra la prisión del Estado burgués, es aún más necesaria porque mucho de este rechazo puede ser conducido al “anti-trumpismo”, una nueva variante del viejo anti-fascismo[6] [15] que puede alinear al proletariado tras las “más democráticas” facciones de la burguesía -muy probablemente de aquellas que hablan el lenguaje de la clase obrera y del socialismo, como Bernie Sanders durante las primarias del partido demócrata[7] [16].
La base social del trumpismo
No es aquí el lugar de analizar en detalle los motivos y la composición social de quienes han votado por Trump. No hay duda alguna que la misoginia y la retórica anti-femenina tan predominante en la campaña de Trump, ha tenido su peso y necesita ser estudiada en sí misma, especialmente como parte de un mucho más global “contragolpe masculino” contra los cambios sociales e ideológicos habidos en las relaciones entre géneros en las últimas décadas. Del mismo modo, se está dando un siniestro crecimiento del racismo y la xenofobia en todos los países centrales del capitalismo, que ha jugado un papel clave en la campaña de Trump. Hay elementos particulares de racismo en Norteamérica que necesitan ser entendidos: a corto plazo, la reacción a la presidencia de Obama y a la versión americana de la crisis de emigración; en el largo plazo, toda la herencia de esclavismo y segregación racial. Las primeras cifras muestran que la larga historia de divisiones raciales que sufre Norteamérica puede ser identificada en el que el voto pro-Trump es aplastantemente blanco (aunque ha logrado movilizar a un significativo número de hispanos) mientras que el 88% del voto negro pertenece al campo de Clinton. Volveremos sobre esta cuestión en futuros artículos.
Sin embargo, como argumentamos en la contribución sobre el populismo, pensamos que quizá el elemento más importante en la victoria de Trump reside en la rabia contra la élite neo-liberal que ha sido identificada con la globalización y la financiarización de la economía -un proceso macroeconómico que ha enriquecido a una pequeña minoría a expensas de la mayoría y, sobre todo, a expensas de la clase obrera de las viejas industrias manufactureras y extractivas. La globalización ha significado el entero desmantelamiento de las industrias manufactureras y su transferencia a países como China cuya fuerza de trabajo es mucho más barata y las ganancias mucho más altas. También significa “libre movimiento del trabajo”, lo cual proporciona al capitalismo trabajo más barato a través de la emigración desde los países “pobres” a los países “ricos”. Financiarización ha entrañado para la mayoría la dominación de la vida económica por leyes crecientemente enigmáticas rigiendo el mercado. De forma más concreta significa que el crack de 2008 ha arruinado a muchos pequeños inversores y dejado en la calle a muchos propietarios de viviendas.
De nuevo, se necesitan estudios estadísticos más detallados, sin embargo, parece claro que el núcleo de la campaña de Trump fue el apoyo que ganó en los blancos con bajo nivel de educación y especialmente en los trabajadores del “Cinturón de Chatarra”, los nuevos desiertos industriales que han votado por Trump como protesta contra el orden político establecido, personificado en las llamadas “élites liberales metropolitanas”. Muchos de esos trabajadores y de esas regiones votaron por Obama en las elecciones anteriores y algunos apoyaron a Bernie Sanders en las primarias demócratas. Su voto es un voto contra -contra la rampante desigualdad en la riqueza, contra el sistema que sienten les está privando a ellos y a sus hijos de todo futuro. Pero esta oposición se ha gestado en medio de la completa ausencia de un verdadero movimiento de la clase obrera y ha alimentado el punto de vista populista que culpa a las élites por vender el país a los inversores extranjeros y por dar especiales privilegios a los emigrantes, a los refugiados y a las minorías étnicas a expensas de los “trabajadores nativos”. Y también que favorecerían a las mujeres trabajadores en detrimento de los machos trabajadores. El racismo y la misoginia de Trump van de la mano en los retóricos ataques a “la élite”.
El gobierno de Trump no va a ser una marcha triunfal
No vamos a especular sobre cómo va a llevar Trump la presidencia o sobre las políticas que va a intentar implementar. Trump es particularmente impredecible por lo que no es fácil pronosticar sobre las consecuencias de su reinado. Está también el hecho que Trump puede decir una docena de cosas contradictorias antes de desayunar sin que ello afecte a sus apoyos en la campaña electoral, por otra parte, lo que funcionó en la campaña puede no funcionar en el gobierno. Por ejemplo, Trump se presenta a sí mismo como el arquetipo de emprendedor y habla de liberar a los hombres de negocios americanos de la burocracia, pero, al mismo tiempo, propone un programa masivo de restauración de infraestructuras en las ciudades del interior, de construir carreteras, escuelas y hospitales y de revitalizar los combustibles fósiles aboliendo los límites de protección del medio ambiente, todo lo cual implica una enorme intervención del Estado en la economía. Aboga por expulsar millones de emigrantes ilegales cuando la economía de Estados Unidos depende en gran medida de ese trabajo ultra barato. En política exterior, combina el lenguaje del aislacionismo y la retirada de los campos de batalla (y llega hasta amenazar con rebajar el compromiso de USA en la OTAN) con el lenguaje del intervencionismo, fanfarroneando con bombardear el infierno de ISIS o prometiendo incrementar el presupuesto militar.
Lo que parece cierto es que la presidencia Trump va a estar marcada por el conflicto, tanto dentro de la clase dominante como en el Estado y en la sociedad. Es verdad que el discurso de Trump para celebrar su victoria fue un modelo de reconciliación, señalando su voluntad de ser “presidente de todos los americanos”. También Obama declaró antes de recibir a Trump en la Casa Blanca que quería una transición lo más tranquila posible. Además, el que ahora exista una amplia mayoría republicana en el congreso y en el senado podría significar -si la mayoría republicana supera su antipatía por Trump- que podrá ser capaz de obtener un respaldo a muchas de sus políticas, aunque las más demagógicas seguramente serán clasificadas en la “bandeja de pendientes”. No obstante, es fácil de ver los signos de futuras tensiones y choques. Partes de la jerarquía militar, por ejemplo, son muy hostiles a algunas de sus opciones de política exterior, si persiste en su escepticismo sobre la OTAN o si traduce su admiración por Putin como líder fuerte en un debilitamiento de los intentos de USA para contrarrestar el peligroso resurgimiento del imperialismo ruso en Europa del Este y en Oriente Medio. La oposición a algunas de sus políticas domésticas puede también surgir en el aparato de seguridad, en la burocracia federal y en los grandes negocios que podrían arrogarse la tarea de no permitir que Trump lleve a cabo sus excentricidades. Por otro lado, el fracaso de la dinastía Clinton puede dar lugar a nuevas oposiciones y hasta escisiones en el Partido Demócrata, con la conformación de un ala izquierda alrededor de los partidarios de Bernie Sanders, esperando capitalizar la corriente de hostilidad hacia la casta económica y política.
A nivel social, si el post-Brexit en Gran Bretaña no puede pasarse por alto, es probable que veamos un siniestro florecimiento de la xenofobia popular con grupos abiertamente racistas sintiéndose ahora amparados para realizar sus fantasías de violencia y dominación; al mismo tiempo, la represión policial contra minorías étnicas puede alcanzar nuevas cotas. Todos esos desarrollos provocaran sin duda resistencia en las calles, en continuidad con los movimientos que hemos visto en los últimos años en respuesta a los asesinatos policiales de personas negras. En efecto, desde el momento mismo que los resultados electorales fueron anunciados, hubo una serie de violentas demostraciones en muchas ciudades norteamericanas, generalmente con la presencia de jóvenes que se sienten muy amenazados por el gobierno Trump.
El impacto internacional
En el plano internacional, la victoria de Trump ha sido vista, como él mismo dijo, como un “Brexit plus, plus, plus”. Ha dado un poderoso impulso a los partidos populistas de derechas de Europa Occidental, especialmente al Frente Nacional de Francia cuya elección presidencial se librará en 2017. Se trata de partidos que quieren retirarse de las organizaciones comerciales multi-nacionales en favor de un proteccionismo económico. Las declaraciones más agresivas de Trump dirigidas directamente contra la competencia china, pueden significar un recalentamiento de la guerra comercial como en los años 30, lo que puede debilitar aún más el ya de por si obstruido mercado mundial. El modelo neo-liberal que ha servido al capitalismo mundial en las dos últimas décadas, está alcanzado sus límites. Esto entraña el peligro de transferir el “cada cual a la suya” que hemos visto en el terreno imperialista a la esfera económica, que hasta ahora se había mantenido bajo control. Trump ha declarado también que el calentamiento global es una farsa montada por los chinos para sostener su carrera exportadora y ha afirmado su voluntad de tirar abajo los acuerdos internacionales que hay establecidos sobre el cambio climático. Sabemos lo muy limitados que son esos acuerdos, desmantelarlos significaría hundirnos aún más profundamente en el galopante desastre ecológico mundial.
Trump simboliza una burguesía que ha perdido la brújula en la gestión de la sociedad. Por muy grande que sea su vanidad y su narcisismo, no es en sí mismo un loco, sino que encarna la locura de un sistema que se está quedando sin opciones, incluso la de conducirnos a una guerra mundial generalizada. Pese a su decadencia, la clase dominante ha sido capaz, por más de una centuria, de utilizar su aparato político y militar -en otras palabras, su intervención consciente como clase- para impedir una completa pérdida de control, un estallido final de la tendencia innata que lleva el capitalismo hacia el caos. Estamos empezando a ver los límites de ese control, aunque no debamos subestimar la capacidad del enemigo para controlar temporalmente esa tendencia. El problema para nuestra clase es que la evidente bancarrota de la burguesía a todos los niveles- económico, político y moral- no ha generado, con excepción de una diminuta minoría, una crítica revolucionaria del sistema sino más bien una errática rabia y una ponzoñosa división en nuestras propias filas. Esto plantea una seria amenaza a la posibilidad futura de reemplazar el sistema capitalista por una sociedad humana.
Una de las razones de por qué la guerra mundial no está hoy en la agenda, pese a la severidad de la crisis capitalista, es que la clase obrera no ha sido derrotada en un combate abierto y sigue conteniendo grandes capacidades de resistencia, como vimos en los movimientos masivos durante la pasada década: la lucha de los estudiantes en Francia en 2006 o la revuelta de Indignados en España en 2011 y el movimiento Occupy en Estados Unidos el mismo año. En América, estos anuncios de resistencia pueden ser discernidos en las protestas contra los asesinatos policiales o en las manifestaciones poselectorales contra Trump, aunque estos movimientos no han tomado un claro carácter de clase y son vulnerables a la recuperación por los políticos profesionales de la izquierda, utilizando diferentes modalidades de la ideología nacionalista y democrática. Para la clase obrera superar tanto la amenaza populista como las falsas alternativas de la izquierda del capital, requiere algo mucho más profundo: un movimiento por la independencia proletaria que sea capaz de entenderse políticamente y reconectado con las tradiciones comunistas de nuestra clase. Esto no es inmediato, sin embargo, los revolucionarios juegan un papel hoy para preparar tal desarrollo, sobre todo luchando por la claridad política y teórica que ilumine la vía en medio de la enorme oscuridad que la ideología capitalista provoca en todas sus variantes.
Amos 13.11.16
[1] [17] https://es.internationalism.org/revista-internacional/201610/4178/contribucion-sobre-el-problema-del-populismo-junio-de-2016 [2]
[2] [18] /content/4185/brexit-trump-contratiempos-para-la-burguesia-que-en-nada-son-un-buen-presagio-para-el [4]
[3] [19] https://es.internationalism.org/revolucion-mundial/201611/4183/trump-clinton-elegir-entre-lo-peor-y-lo-pesimo [3]
[4] [20] Un indicador de la amplitud de la oposición dentro del partido republicano a Trump es que el antiguo presidente George W. Bush que está muy lejos de la izquierda del partido anunció que votaría en blanco antes que votar a Trump
[5] [21] Ver https://www.vox.com/policy-and-politics/2016/11/9/13573904/voter-turnout-2016-donald-trump [22]
[6] [23] Nuestro rechazo de la política de alianzas antifascistas con algún sector de la clase dominante para oponerlo a otro ha sido heredado de la Izquierda Comunista de Italia, quien vio correctamente el antifascismo como un medio de movilizar al a clase obrera para la guerra. Ver El antifascismo, fórmula de confusión https://es.internationalism.org/revista-internacional/200603/785/documento-el-antifascismo-formula-de-confusion-bilan-mayo-del-34 [24]
[7] [25]Para un análisis más desarrollado sobre Sanders ver el artículo antes citado Trump-Clinton: elegir entre lo peor y lo pésimo.
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Este artículo, escrito por un contacto cercano de la CCI en los Estados Unidos, analiza las actuales dificultades de la burguesía americana como se revela en la candidatura de Trump y el surgimiento del populismo. Fue escrito antes de las elecciones que han dado el triunfo a Trump, a pesar de los esfuerzos desesperados que ha hecho la clase dominante americana -con apoyo de otras burguesías- para que no accediera al despacho oval.
Se publicará una segunda parte del artículo, mirando más de cerca la situación de la clase obrera en los Estados Unidos y particularmente las profundas divisiones en sus filas, a raíz de la elección.
En tanto que la campaña presidencial de 2016 en Estados Unidos va en crescendo, los medios de comunicación nos prometieron que esta elección podría ser la más importante en la historia de Estados Unidos. Habría que elegir entre el petulante multimillonario Donald J. Trump, representando el partido republicano y la muy desprestigiada ex primera dama y senadora demócrata de Nueva York Hillary Rodham Clinton. Ambos nos han servido un dramático enfrentamiento en medio de un mediático espectáculo diseñado para convencer a la población de la importancia absoluta de participar en el proceso electoral aún cuando ninguno de los dos candidatos inspira confianza.
Para la mayoría de los expertos, comentaristas y analistas exhibidos en televisión cada noche, y cuyos artículos basura alimentan Facebook, es imperativo para el público americano derrotar la amenaza racista, xenófoba y hasta 'fascista' de Trump, incluso si esto significa votar por una candidata tan repudiada como Clinton. Mientras tanto, la minoría de voceros alineados con Trump implora el voto estadounidense para rechazar la política del statu quo, dar una oportunidad a un forastero y derrotar al criminal Clinton, quien de cualquier forma, dicen, pertenece a la prisión. Esta retórica hace parecer un alto riesgo para el país y, a todo el mundo. El principal tema que los medios de comunicación remachan un día sí y otro también es que una verdadera crisis existencial de la civilización mundial podría ocurrirnos a todos nosotros si de alguna manera Trump gana la Casa Blanca.
Contra el fraude electoral
Desde nuestra perspectiva, tenemos que afirmar una vez más categóricamente la posición bien probada de la izquierda comunista que la clase obrera no tiene nada que ganar al participar en este pantano electoral. Ya sea votar por Clinton para evitar que el país caiga en manos de un tirano peligroso, o por Trump para rechazar el status quo y “hacer nuevamente una América grande” o apoyando a un candidato de algún partido menor para mostrar una absoluta repugnancia con las otras opciones, el voto sólo sirve para atraer a la clase obrera hacia el terreno político de la burguesía y desviarla de la lucha autónoma para defender sus condiciones de vida y trabajo.
A fin de cuentas, cualquiera que gane las elecciones y se convierta en el próximo presidente de los Estados Unidos, las condiciones subyacentes fundamentales de la descomposición capitalista que impulsan los problemas cada vez más profundos de la vida política burguesa se mantendrán. Elegir a Clinton podría parar a Trump, pero no detendrá las dislocaciones económicas, sociales y culturales del que el Trumpismo y el populismo participan más ampliamente. La elección de Trump puede evitar a la sombría, corrupta, neoliberal Clinton asumir el cargo, ¿pero esta neófita estrella de reality show de TV no sólo volvería a entregar la política a la misma vieja pandilla de 'expertos' como antes? Y votar por un candidato de un partido menor Jill Stein (Partido Verde) o Gary Johnson (Libertario) puede uno sentirse bien consigo mismo por unos momentos como una protesta contra las dos principales opciones, pero luego tristemente se darían cuenta que Clinton o Trump será el Presidente. ¿Qué se gana entonces con votar?
No, la única forma genuina de luchar contra todo esto es para la clase obrera retomar la defensa de sus condiciones de vida y trabajo fuera de este circo electoral enfermo y fuera del control de todos los partidos burgueses - derecha, izquierda o centro. Si bien reconocemos que las condiciones actuales sin duda pueden obstaculizar este proceso y que como resultado muchas secciones de la clase obrera serán ahogados en esta batalla electoral en un lado o el otro, no vemos razón para que esto altere nuestra defensa del principio de rechazar las elecciones burguesas que ha sido una posición fundamental de la izquierda comunista durante el último siglo.
También hay que decir que, en un plano objetivo, la evolución de la escena política de los Estados Unidos en los últimos años ha sido una dura confirmación del análisis que venimos desarrollando desde al menos la chapuza de la elección presidencial del 2000 que condujo a George W. Bush a la presidencia sobre Al Gore - contra los deseos de las principales facciones de la burguesía de los Estados Unidos. Según este análisis, las condiciones de descomposición social capitalista ejercen un efecto recíproco en la vida de la clase dominante, haciendo más difícil a la burguesía de los Estados Unidos controlar el resultado de su aparato electoral para producir los resultados que desea. La fallida elección de 2000 llevó a los ocho años Presidencia de Bush que en gran parte desperdició la ventaja inter-imperialista que los ataques del 9/11 dieron a los Estados Unidos por invadir Irak de manera unilateral y descuidada, llevando a una estrepitosa caída en el prestigio de los Estados Unidos en el plano internacional y la creciente frustración de sus objetivos imperialistas.
Mientras que la burguesía de los Estados Unidos fue capaz de enderezar el barco con la elección del primer presidente afroamericano - Barack Obama en 2008 – revitalizando la imagen de los ESTADOS UNIDOS internacionalmente, reviviendo la ilusión electoral para millones, especialmente entre las generaciones más jóvenes y ofreciendo una respuesta al estallido de la gran recesión de 2008 – esas ganancias resultaron ser fugaces. La presidencia de Obama sirvió para encender una resistencia feroz de la derecha en el Partido Republicano, en el transcurso vio al partido republicano cada vez más caer bajo la influencia de una errática facción de derecha en la que no se puede confiar en caso de tomar las riendas del gobierno nacional.[1] [10]
Aunque muy temprano en su administración Obama fue capaz de recuperar terreno a través del plan de reforma de salud que ha sobrevivido hasta ahora a los ataques desde la derecha, como ha desarrollado su Presidencia, se ha hecho más claro cada vez más a amplios sectores del público americano que votaron por él que simplemente no sería la figura transformadora de su retórica de campaña: ha continuado los programas de vigilancia masiva de Bush, ha escalado las agresivas operaciones fuera de sus fronteras, no ha hecho mucho por aliviar la desigualdad de los salarios, las crecientes deportaciones de inmigrantes y se rodeó de expertos de Wall Street desde el inicio.
Por otra parte, aunque Obama ha evitado hasta ahora enredar al Estado americano al estilo de Bush en el extranjero, su declarada política internacional de "liderazgo desde atrás" no le llevó a tomar las armas en cualquiera de las partes, como ha llegado a suceder cada vez más con las duras críticas por no poner un alto a Putin, permitiendo a Assad en Siria cruzar la línea roja de las armas químicas sin consecuencias, viendo a deslizarse a Libia en el caos y no bombardear suficientemente el estado islámico. En el frente interno, la desigualdad de ingresos que no disminuye, el vaciamiento continuo de la "clase media" y una incapacidad de dar una respuesta a la controversia sobre la inmigración ha alimentado un furioso rechazo “populista” a la presidencia de Obama por gran parte de la llamada “clase obrera blanca”.[2] [11]
Este aumento populista, junto al descenso cada vez mayor del partido republicano en sus posiciones ideológicas, ha creado una situación peligrosa para la burguesía de los Estados Unidos en el cierre de la Presidencia de Obama. No siendo capaz de confiar en el partido republicano, las principales facciones de la burguesía de los Estados Unidos han sido forzadas a confiar casi exclusivamente en el partido Demócrata como el partido del gobierno nacional. La creciente dificultad para manipular los resultados electorales y las ahora centenarias instituciones del estado de EEUU significa que Obama ha tenido que lidiar con un congreso Republicano durante la mayor parte de su presidencia. Esto sólo ha aumentado la presión sobre el partido Demócrata para transformarse de aparente "partido de la clase obrera" a un partido neoliberal de gobierno tecnocrático y a mostrar cada vez más esta cara al público estadounidense.
Como resultado, en el transcurso de la presidencia de Obama, el partido Demócrata se ha desenmascarado cada vez más como un partido 'neoliberal' en deuda con los mismos intereses que los republicanos –desacreditándose ante los ojos de millones, sobre todo entre los trabajadores blancos y autónomos que se han enamorado del populismo del Trump, pero también las jóvenes generaciones, muchos de los cuales fueron atraídos por la candidatura del "socialista democrático" Bernie Sanders durante la campaña primaria.
Estas son las fallas principales que han definido la campaña presidencial de 2016 para la burguesía de Estados Unidos. Por un lado se encuentra una figura peligrosa que las principales fracciones de la burguesía simplemente no pueden arriesgar a que asuma el barco del Estado; por otra parte un representante desacreditado en gran parte de la vieja guardia política, que es despreciado por amplios sectores de la población tanto de derecha como de izquierda - por diversas razones. ¿Cómo puede la burguesía manejar una situación tan peligrosa? Vamos a explorar a continuación esta cuestión con cierto detalle analítico.
La candidatura de Trump: el partido republicano se suicida
Una cosa en esta campaña electoral es cierta: las principales facciones de la burguesía de los Estados Unidos no desean a Trump para ganar la Presidencia. Esto es cierto independientemente del partido político. El Partido Republicano teme tanto que llegue Trump a la Presidencia como el partido demócrata. Las principales figuras en el partido republicano como la familia Bush han señalado que no votarán por Trump. Las fuerzas de la prensa "movimiento conservador" como National Review se le opusieron activamente los candidatos Republicanos para el congreso y el Senado han tenido que mantener su distancia para conservar su escaño. Aunque Trump puede tener el apoyo declarado de algunas figuras republicanas preocupadas por su propio futuro político, no quieren correr un riesgo detrás del populismo; es claro que Trump es visto como un intruso en el Partido Republicano.[3] [12] Una vez que un demócrata que apoyó los derechos al aborto y la medicina socializada, y que incluso ha cantado alabanzas a los Clintons en el pasado, las credenciales de Trump como conservador social están en serias dudas. Además, su voluntad olvidar la guerra de Irak, descargar contra los Bush y alabar al presidente ruso Putin no están en consonancia con la doctrina de neo-conservadora del partido republicano en política exterior. Entonces, ¿Cómo ganó Trump la nominación del Partido Republicano para presidente?
La respuesta a esto radica tanto en la trayectoria del propio GOP, como en la figura de Trump. Como desarrollaba la presidencia de Obama, el Partido Republicano - ya recuperado de la desastrosa segunda presidencia de Bush - adoptó una postura de oposición cada vez más hostil hacia el Presidente. En las elecciones intermedias de 2010 un nuevo cultivo de ideólogos de núcleo duro asociados con el movimiento Tea Party fueron elegidos al Congreso, obligando a la creación del Partido Republicano para dar cabida a una cada vez más bulliciosa ala derecha alérgica a comprometerse e incluso a gobernar ella misma.
Desde oponerse violentamente a los esfuerzos de reforma de salud de Obama a cortes del gobierno amenazando incluso con faltar a los pagos de la deuda nacional de Estados Unidos, la insurgencia del Tea Party dio nueva vida electoral al Partido Republicano en la estela de Victoria entusiasta de Obama, mientras que al mismo tiempo estaba amenazando la estabilidad de las instituciones del GOP. Desde 2009, el Partido Republicano jugó un juego peligroso con el Tea Party, por el que cosechó su energía insurgente para el éxito electoral, mientras que corría el riesgo de una toma de posesión hostil por una hidra de turba virtual del núcleo de derechistas dentro de sus filas. El vocero de la Cámara de Representantes John Boehner se vio obligado a jugar un cuidadoso juego del gato y el ratón con estos insurgentes cuidado el equilibrio electoral y el éxito político con la necesidad para gobernanza del Estado real, que siempre exige compromisos con el otro lado del pasillo. Eventualmente, sin embargo, el tratar con los insurgentes del Tea Party resultó demasiado para Boehner y renunció a la representación en 2014, momento en el que sólo a regañadientes fue asumida por Paul Ryan, candidato a vicepresidente de Mitt Romney.
Mientras se desarrollaba la Presidencia de Obama, se hizo cada vez más claro a las principales facciones de la burguesía de los Estados Unidos que el Partido Republicano no podía confiar en contener a sus radicales y por lo tanto no era una opción viable para poner a un republicano a cargo de la casa blanca. Con una elección entre el bloqueo funcional y la incertidumbre de qué traería un movimiento del empoderado Tea Party al Partido Republicano, las principales fracciones de la burguesía de los Estados Unidos optaron por lo primero. Fue en este contexto que la burguesía de Estados Unidos comenzó los preparativos para que Hillary Clinton, entonces sirviendo como Secretaria de Estado de Obama, sucediera a Obama como Presidente.
Sin embargo, el que las principales fracciones de la burguesía hubieran decidido respaldar un candidato en las elecciones, no significaba que la campaña electoral sobrada. El Estado aún debía dar campo a candidatos de cada uno de los principales partidos para preservar su fachada democrática. Y aunque históricamente el Estado USA ha tenido notable éxito en manipular el proceso electoral para producir el resultado deseado - particularmente a través de la manipulación de la narrativa de los medios de comunicación - el proceso no está garantizado para que siempre funcione según lo planeado, como mostró la elección del 2000. En la política, como en la vida, los accidentes ocurren. Con cada elección existe el riesgo de que gane el candidato equivocado. Mientras que en el pasado esto no ha planteado un problema dramático ya que generalmente cada candidato podía ser dirigido por las instituciones del Estado (la burocracia permanente) hacia políticas que gozaban de un consenso general entre las principales fracciones de la clase dominante, la evolución presente del Partido Republicano ha complicado sobremanera el asunto, por lo que es mucho más esencial que el Demócrata prevalezca al final.
Históricamente, el largo proceso de primarias ha sido el instrumento principal a través del cual la burguesía de Estados Unidos aseguró que el mejor candidato posible, desde su punto de vista, se convertiría en el candidato de cada partido importante. El proceso de primarias está diseñado conscientemente para eliminar rebeldes e insurgentes puesto que favorece el establecimiento de los candidatos con el apoyo político y financiero de la jerarquía del partido. Sin embargo, mucho más que en 2012, la primaria del 2016 del Partido Republicano abrió con un ambiente de carnaval. Con 17 candidatos que representaban a diferentes fracciones del partido, incluyendo al rebelde multimillonario Donald J. Trump, la primaria del Partido Republicano era anunciada generalmente como el concurso para ver quién perdería ante Hillary Clinton en las elecciones generales.
Sin embargo, aunque las principales fracciones de la burguesía generalmente se alinearon detrás de Clinton, era todavía deseable para ellos hacer avanzar a un republicano que pudiera ser una alternativa creíble si sucediera un accidente o los propios problemas legales de Clinton fueran demasiado para ser superados. Para esta tarea aparecieron figuras como el anterior gobernador de Florida (y hermano e hijo de los ex presidentes) Jeb Bush, el senador de Florida Marco Rubio (un hispano que favoreció una reforma migratoria) y el gobernador de Wisconsin, Scott Walker (un miembro del Tea Party que, sin embargo, parece gobernar eficazmente, después de haber enfrentado protestas masivas a su ley del trabajo en el año 2011 y un intento de echarlo de su puesto). Cada uno de estos candidatos tenía su propio bagaje político, pero sin embargo habían demostrado ser maleable al consenso político de las principales fracciones de la burguesía.
Sin embargo, la primaria Republicana del 2016 no saldría igual que en 2012 cuando el establecimiento del candidato Mitt Romney (considerado como una alternativa segura para Barack Obama). El concurso de 2016 vería a Trump acabar sistemáticamente con cada uno de sus rivales lanzando insultos personales y recuerdos embarazosos de sus fracasos políticos. Bush y Rubio fueron denunciados como blandos en materia de inmigración, mientras que Scott Walker fue eliminado por convertir su Estado en un desastre fiscal.[4] [13] Ninguno de estos candidatos nunca pareció plantear un serio desafío a Trump, echando abajo los análisis políticos y poniendo en un aprieto a las instituciones. De hecho, el único reto serio, Ted Cruz, del Tea Party, era un outsider radical despreciado por una clase política que sólo tardíamente se unió a su alrededor para tratar de detener un mal aún mayor en Trump.
Cuando Trump aceptó la nominación del Partido Republicano para Presidente en la Convención del partido en julio, fue la culminación de algunos de los temores más profundos de las principales fracciones de la burguesía de los Estados Unidos (fuera de la revolución proletaria): una figura impredecible, errática y peligrosa, considerada algo como un Mesías para sus seguidores, había usurpado el manto de uno de sus dos principales partidos políticos. Ciertamente, desde el punto de vista de las principales fracciones de la burguesía, el sistema de dos partidos estaba ahora en peligro, si no el mismo aparato ideológico democrático. No había nada qué hacer, sino oponerse a Trump furiosamente en las elecciones generales - algo que, como veremos, las principales fracciones de la burguesía habían ya concluido, requería que Hillary Clinton ganara la nominación demócrata.
¿Cómo lo hizo Trump?
Pero, ¿cómo lo hizo Trump?, ¿Cómo lo logró donde tantas campañas insurgentes habían fracasado antes? Esta es una pregunta que probablemente les romperá la cabeza a académicos, politólogos, científicos y sociólogos por algún tiempo, pero lo que parece claro es que la conquista del Partido Republicano por Trump es el resultado de la intersección de dos factores: sumarse a la ola populista que recorre el mundo y utilizar su propia fortuna personal. Sin estar necesitado de donantes políticos y estructuras institucionales del partido, Trump era libre para llevar a cabo una verdadera campaña rebelde que tomó los temas principales del populismo político que está emergiendo en todo el viejo mundo industrial de hoy: se trata de una crítica de las políticas neoliberales, una promesa de defender a las industrias y los empleos nacionales del outsourcing (subcontratación) y del comercio internacional, una promesa de reforzar la red de seguridad para los trabajadores desplazados y una férrea oposición a la inmigración – considerada por muchos blancos de 'clase baja' como la fuente de salarios más bajos, disminución de los niveles de vida y desintegración de la comunidad.[5] [14]
Fundamentalmente, estas políticas tienen una apelación a muchos, aunque sólo en el sentido que parecen lo contrario del consenso de la política burguesa de ambos grandes partidos durante las últimas décadas... Al copiar parte de la guía estilística del fascismo italiano, Trump ha construido un culto virtual de la personalidad alrededor de sí mismo (algo que se remonta a sus días como un icono de la cultura pop en TV) que ha captado la atención de millones de americanos que están muy disgustados con la política del consenso neoliberal capitalista y que están dispuestos a darse una oportunidad en un hombre que cada anuncio de los medios de comunicación ‘responsables’ y de los expertos les dice que es un desastre en lo que está haciendo. Sin embargo, desde el punto de vista de la base de Trump, el desastre ya ha ocurrido, sólo continúa profundizándose y ninguno de los candidatos ‘responsables’ parece querer hacer algo al respecto. La candidatura de Trump es en gran parte una insurgencia alimentada por la desesperación de millones de personas de la clase obrera cuyos empleos en tiempos relativamente estables y las expectativas de mejora social aparecen haber sido frustrados precisamente por el tipo de políticas de consenso de la élite liberal que les dicen estar en sus mejores intereses (globalización, outsourcing (subcontratación), libre comercio, etc.).
Aún incluso si las preferencias de política declaradas por Trump no están en consonancia con los deseos de las principales fracciones de la clase dominante hoy, debemos ser claros que sin embargo no escapan del reino de la propia política burguesa. De hecho, es probablemente el caso de que las principales fracciones de la burguesía tengan razón que sus políticas enarboladas son simplemente incompatibles con la condición de político económica objetiva del mundo capitalista hoy. Si casualmente levantara las expectativas y ganara la presidencia, la clase obrera debería quedar clara que esto no daría lugar a la restauración de ninguna manera de la vida Halcyon de los buenos viejos tiempos de la expansión económica tras la Segunda Guerra Mundial. Más bien, fallará miserablemente en la aplicación de sus políticas debido a la resistencia de otras fracciones burguesas o descubriremos que sus objetivos presidenciales fueron en realidad un gigantesco engaño todo el tiempo y que se relacionan con los objetivos de los políticos profesionales de las mismas fracciones de la clase dominante que él dice odiar, en cuanto él tenga el real poder ejecutivo.[6] [15] Y por supuesto, tal vez él nunca ponga en ejecución su política declarada, que sin duda haría las cosas aún peores para la mayoría de la clase obrera – como sucedió con los trabajadores británicos que ya han visto su costo con un colapso de la libra esterlina y el correspondiente abrupto aumento en la inflación. El populismo estilo Trump no es ninguna respuesta a lo que aqueja a la clase obrera.
Clinton contra Sanders: el partido Demócrata se muestra como lo que es
Como hemos visto, el Partido Republicano se ha hecho demasiado volátil para las principales fracciones de la burguesía para confiarle la Casa Blanca en estos momentos. Sin embargo, el mismo descenso del Partido Republicano ha tenido un efecto recíproco en el Partido Demócrata, por lo corre el riesgo de desacreditarse como ‘partido de la clase obrera’, y se revelarse como la institución capitalista neoliberal que es. Este proceso se ha acelerado a lo largo de la campaña de 2016 y se manifestó particularmente en el enfrentamiento en primarias entre Hillary Clinton y el advenedizo insurgente Bernie Sanders – el senador ‘socialista democrático’ de Vermont.
Para cuando la primera estación comenzó en 2016, las principales fracciones de la burguesía ya habían colocado desde hace mucho a Hillary Clinton como su candidato preferido para suceder a Obama en la Casa Blanca. Cualquiera que fuera su rivalidad en la Primaria demócrata de 2008, que vio a Obama aplica un freno momentáneo a las ambiciones presidenciales de Hillary Clinton, las principales fracciones de la burguesía creían que una Presidencia de Clinton sería la mejor oportunidad para una transición estable hacia una nueva administración y podrían mantener la ilusión electoral democrática. Después de haber votado a Obama como el primer presidente afroamericano en 2008, el público americano ahora tendría la oportunidad en 2016 de votar a la primera Presidente mujer. Supuestamente después de haber derrotado el racismo en las elecciones de 2008, el votante estadounidense ahora, aparentemente, recibía la oportunidad de entregar una victoria gigante para la causa feminista. Como tal, esta vez la Primaria Demócrata iba a ser una coronación virtual de la reina Hillary, pues ella no esperaba enfrentar a contendientes serios. De hecho, a muchos expertos les preocupaba que la falta de un serio desafío en las primarias la pusiera fuera del juego cuando la campaña de elecciones general empezara en el verano contra un candidato republicano nominado probado en batalla.
La coronación tardó en llegar. La campaña de Clinton enfrentaría un desafío prolongado y sorprendentemente fuerte desde la izquierda en forma del senador ‘Socialista democrático’ de Vermont, Bernie Sanders. La campaña del insurgente Sanders probablemente no fue anticipada por las principales fracciones de la burguesía, que probablemente creían que equivaldría a poco más de la de un candidato de protesta ganando una cuota de votos de una cifra irrisoria. Sin embargo, en cuanto Sanders logró un empate virtual con Hillary en la designación de candidato de Iowa central y luego aumentaron los votos para apalearla en la primaria de Nueva Hampshire, las principales fracciones de la burguesía -a través de las instituciones del Partido Demócrata y los medios liberales – cayeron en pánico.
Alentado por un apoyo abrumador de la llamada generación ‘milenio’ de los votantes más jóvenes que consideran a Clinton como parte de una desacreditada vieja guardia de políticos neoliberales fuera de tono con el consenso ‘progresista’ emergente, Sanders amenazó con llegar hasta la cumbre Aunque realmente no ganaría la primaria, su prolongada presencia – llevando a cabo una verdadera campaña en la que correctamente y efectivamente mostró a Clinton como un amigo neoliberal de Wall Street – amenazó con debilitar al candidato preferido por las principales fracciones de la burguesía en las elecciones generales. Ya frente a la posible acusación sobre ella alrededor de los escándalos de sus correos electrónicos y ya detestada por muchos electores después de años de ataques de la derecha, Clinton no podía permitirse perder la generación del milenio (tan importante en las victorias electorales de Obama) que se dirigiría a los candidatos de terceros partidos o a protestar con el abstencionismo.
Lo que siguió puede describirse como nada menos que una pesadilla política para el Partido Demócrata y sus aliados en los medios de comunicación, ya que aparentemente ningún ataque plausible era inusitado en la búsqueda para asegurarse de que Clinton prevaleciera. Sanders fue atacado enérgicamente en los medios de comunicación por ser un soñador utópico fuera de contacto con la realidad objetiva, y sus partidarios fueron mostrados como blancos mocosos privilegiados que sólo querían todo gratis. La campaña de Clinton realmente empleó un pequeño ejército de agentes pagados para patrullar los medios de comunicación social para ‘corregir’ los mensajes anti-Hillary y degradar a Sanders. Los seguidores masculinos del senador de Vermont fueron etiquetados como misógino ‘Bernie Bros’, mientras que a Sanders mismo se le dijo miopemente preocupado con la desigualdad de clase y económica en detrimento de la verdadera y tradicional política de identidad del Partido Demócrata alrededor de raza, género y orientación sexual. Esto era por supuesto una forma de calumniar a Sanders y sus seguidores como chicos blancos intocables, cegados por su ‘privilegio blanco’. Esta campaña de Clinton buscaba deslegitimar la propia carrera de Sanders como activista de los derechos civiles en la década de 1960 mientras era un estudiante en la Universidad de Chicago.
En un extraño giro de los acontecimientos, antes de que terminara la primaria, la campaña de Clinton, sus sustitutos, el propio Partido Demócrata y los medios liberales, todos fueron básicamente desarrollando una campaña contra la propia New Deal de Roosevelt, sugiriendo que se basa en el ‘privilegio blanco’ y que muchas de sus estructuras eran simplemente incompatibles con la realidad social hoy.[7] [16] Clinton se fue contra la medicina socializada, yuxtaponiéndola al gran ‘logro’ de la administración de Obama – Obamacare, que deja a millones de estadounidenses sin seguro de salud – y argumentó que el objetivo de Sanders de matrícula gratuita en las universidades del Estado era prácticamente imposible. En lugar de ejecutar una ‘Esperanza y Cambio" y ‘¡Sí podemos!’ campaña que Obama tenía en 2008, ganando a millones en el proceso, Hillary se vio obligada a avanzar en un mensaje ‘Acepta y siéntete satisfecho’ y ‘No, no podemos’. Lejos de ser un candidato del cambio transformador progresivo, Clinton y el propio Partido Demócrata se revelaron como parte integrante de la infraestructura política capitalista, justo los políticos más inútiles como todos los otros políticos inútiles para decenas de miles de votantes más jóvenes, que se habían enamorado del mensaje de Sanders de una democracia social ampliada y la movilización política en el contexto de la aparición de algo parecido a una cultura de movimiento.
En cuanto progresó la primaria y después de que surgió la irregularidad del voto, muchos seguidores de Sanders se convencieron cada vez más que el Partido Demócrata de hecho estaba robando la elección de su candidato y entregándola a Clinton en algo como un golpe de Estado de empresas. Estas sospechas fueron confirmadas en el verano cuando WikiLeaks publicó una serie de correos electrónicos hackeados del Comité Nacional Democrático (DNC), que mostraba que las estructuras del partido en realidad conspiraban para derrotar a Sanders y asegurar que Clinton fuera el candidato nominado de su partido. Sin embargo, cualquiera que sea la veracidad de varias acusaciones de ‘fraude en el voto’ hechos contra el Partido Demócrata por los seguidores de Sanders, el hecho de que muchos los creen, es en sí mismo un signo ominoso. El Partido Demócrata y su candidato no sólo aparecen como cómplices corporativos para muchos en las generaciones más jóvenes, también parecen operar al nivel de una tiranía de tercer mundo. El aparato electoral democrático mismo ahora se puesto en entredicho como consecuencia de la conducta algo desesperada y torpe del Partido Demócrata en la campaña primaria para asegurar que Clinton se defendiera del reto de Sanders.
Por supuesto, la campaña de Clinton y el Partido Demócrata no se habría comprometido en este tipo de tácticas si no creyeran que fue para su ventaja electoral y, desde luego todo esto probó ser demasiado para Bernie Sanders que no pudo superarlo. Cualesquiera que hayan sido sus fortalezas entre los votantes más jóvenes desilusionados y los liberales y progresistas decepcionados con el legado de Obama, Sanders simplemente no podría hacer grandes avances con más viejos votantes de minorías, las mujeres mayores y los distintos niveles de la ‘clase profesional’ que se han convertido en la base electoral del Partido Demócrata. La campaña de Clinton desempeñó su ventaja con las minorías a la punta, a menudo comprometiéndose con el descarado consentimiento a estos grupos en algo como un complemento absurdo a la demagogia racial de Trump. En un debate, Clinton prometió no deportar a los inmigrantes ilegales no criminales –una promesa que pocos observadores serios pueden creer que ella tenga la intención de mantener si fuera elegida.[8] [29] El encontrado nuevo discurso progresista de Clinton sobre la raza estaba sostenido en escueto contraste con su conducta como primera dama cuando demonizó a jóvenes negros como ‘Súper depredadores’ o en el 2008 en la primaria democrática, cuando su campaña utilizó tonos políticos de perro racial para atacar a Obama por asistir a la iglesia del polémico Reverendo Jeremiah Wright.[9] [30]
El cambio manifiesto de Clinton sobre la política racial quedaba para muchos como otro ejemplo de la voluntad de los Clinton para ‘triangular’, lo que significa estar dispuesto a decir lo que es políticamente conveniente para ellos en el momento para una audiencia determinada. Lejos de constituir el candidato optimista de un mejor mañana, Clinton ha llegado a ser despreciada por muchos aspirantes a votantes al Partido democrático como una política operativa escurridiza, pero sin substancia que dirá lo que sea necesario en su búsqueda por el poder político. Muchos parecen odiarla aún más que odian a Trump, incluso si es sólo porque asumen que Trump es honesto acerca de su fanatismo, mientras que Clinton esconde sus políticas regresivas detrás de retórica que suena bonito, pero totalmente deshonesta.
Sanders cae en línea detrás de Clinton
Al final, todas las ventajas de Clinton mostraron ser demasiado para que la campaña de Sanders las superara y Clinton fue finalmente capaz de asegurar la nominación demócrata antes de la Convención del partido en Filadelfia en julio. Todavía, después de haber ganado 45% de los votos en las primarias, el senador Sanders había construido considerable capital político dentro del Partido democrático. Mientras que las principales fracciones de la burguesía podían odiarlo, también sabían que lo necesitaban para seguir el juego si su objetivo de asegurar que Clinton ascendiera a la casa blanca sobre Trump fuera logrado. ¿Qué haría Sanders? ¿Se portaría mal y se propondría como candidato de un tercer partido astillando el voto del Partido Demócrata y entregaría la Presidencia a Trump? ¿Respaldaría al candidato del Partido Verde Jill Stein con el mismo resultado o aceptaría su derrota ‘graciosamente’, respalda a Clinton y vuelca su atención para vencer al mal mayor de Donald J. Trump?
Cualquiera que haya seguido la carrera de Sanders con los años ya sabría la respuesta. Aunque nominalmente es un político independiente, Sanders siempre se ha reunido con los demócratas en el Congreso. Apoyó la campaña de Bill Clinton en 1996 y ha criticado públicamente a los candidatos de tercer partido en el pasado. Aunque le fue desagradable después de su aguda derrota política en un concurso que seguramente no era justo incluso para las normas burguesas, Sanders apoyó a Clinton y prometió hacer todo lo que pudiera para evitar que Trump se convirtiera en Presidente. Él dio un discurso entusiasta en la Convención Demócrata afirmando en realidad – después de meses de decir lo contrario – que Clinton sería un ‘gran Presidente’. De un insurgente peligroso que amenaza con descarrilar a las principales fracciones de los planes de la burguesía, Sanders ahora se convirtió en su ‘idiota útil’, a pesar de estar cada vez entre las figuras más importantes en las elecciones generales, con la tarea de entregar a sus seguidores milenarios a Clinton.
El problema de las principales fracciones de la burguesía era que, para muchos de los otrora partidarios de Sanders, este giro repentino no parecía en absoluto creíble. ¿Cómo podría ir el querido e incorruptible Bernie de un crítico áspero de este títere corporativo belicista a llamarla una gran candidata a la Presidencia de la noche a la mañana? Muchos se negaron a creerlo o llegaron a la conclusión que algo de coacción había resuelto a Sanders para cambiar de rumbo. ¿Con qué lo amenazaron? Se enseñaba una lección dura de las realidades de la política electoral burguesa. Otros simplemente abandonaron el carro de Bernie y concluyeron que era un político en venta que tomó millones de dólares en pequeñas donaciones, prometiendo un nuevo tipo de política, sólo para volver a la misma corporativistas que había afirmado despreciar. Muchos de estos votantes ya se habían pasado a pastos más verdes (valga la redundancia), como el candidato del Partido Verde Jill Stein. Otros, impresionados con la postura del candidato de Partido Libertario Gary Johnson en la legalización de la marihuana, ahora llevan su bandera.
En cualquier caso, las continuas dificultades de Clinton con los votantes es ahora un problema importante para las principales fracciones de la burguesía. La fascinación de los votantes más jóvenes con Barack Obama fue el principal catalizador de sus dos victorias electorales. Ahora, ocho años después de la elección histórica de Obama, muchos jóvenes del Milenio han renunciado al Partido Demócrata en conjunto – viéndolo como la corrupta institución capitalista neoliberal que es. En su búsqueda inmediata para hacer a Clinton la elegida sobre Trump, las principales fracciones de la burguesía han desatado una campaña de propaganda masiva destinada a hacer votar por Hillary de cualquier modo. Esto ha tomado la forma de una típica campaña antifascista, tratando de convencerlos de que cualquiera que sea su aversión por Clinton, Trump inevitablemente será peor. El fascista debe ser interrumpido incluso si esto significa votar por el despreciable corporativista.
Pero la campaña de propaganda no ha parado allí. Una campaña de vergüenza viciosa se ha desatado en los medios de comunicación y en las redes sociales, avergonzando a cualquiera que diga que votará por terceros partidos o se quedará en casa noviembre. Al denunciar a tales votantes como ‘estropeados’, ‘privilegiados’ o simplemente hostigarlos racialmente como hombres blancos intocables, los portavoces ideológicos de la clase dominante se dedican a una intensa campaña para disciplinar a la joven generación e instruirla en el sistema de la adecuada normativa de la democracia bipartidista americana de los Estados Unidos. La Ley de Duverger[10] [31] es operativa – sólo te dan dos opciones. Votar por un candidato del partido de menor importancia o quedarse en casa sólo ayudará al insurgente populismo neo-fascista que está en aumento hoy en día. Si Trump gana será la culpa de la generación del Milenio, o la culpa de Sanders, o la culpa de esos políticos ‘puristas’ demasiado buenos para votar por un candidato imperfecto. Según esta campaña ideológica, será de cualquiera la culpa menos del Partido Demócrata y Clinton si la nación y el mundo se ven obligados a soportar a Trump.
Si bien es razonable esperar que la campaña antifascista de vergüenza tenga éxito en gran parte y los más antiguos seguidores de Sanders voten por Clinton en noviembre, también está claro que muchos lo harán sólo a regañadientes. Para muchos de estos votantes poco entusiastas de Clinton, el Partido Demócrata se ha revelado como una despreciable institución indigna de lealtad electoral a largo plazo en ausencia de una amenaza fascista como Trump. Si se tratara de cualquier otro republicano compitiendo en contra de Hillary, ella podría muy bien perder esta vez.[11] [32] Para las principales fracciones de la burguesía, esta situación está de hecho llena de peligros. En tanto el Partido Republicano desciende más en ideología, incoherencia y un comportamiento errático, el Partido Demócrata debe ser llamado como el Partido de la gobernabilidad burguesa racional y responsable. Sin embargo, él cada vez más cumple con el papel. Sin otro partido creíble para balancearlo, su cubierta ideológica como el partido de la clase obrera y los oprimidos se revela como un engaño. La ideología burguesa electoral se encuentra hundiéndose cada vez más en una crisis.
Henk, 10.10.16
[1] [17] Ver nuestro artículo "“The Tea Party”: Capitalist Ideology in Decomposition [33]"
[2] [18] No pretenderemos que no hay una buena parte de racismo a la vieja moda en la cólera hacia Obama entre miembros blancos de la clase obrera, pero también está claro que parte del rencor viene de los trabajadores blancos que votaron por él en el desarrollo de la crisis económica de 2008, pero que fueron rápidamente decepcionado por sus fracasos para dictar cualquier tipo de mejora sustantiva en su calidad de vida, diferente a la reforma de salud a medio cocinar que hizo poco para detener el creciente costo del cuidado de la salud en el único país importante sin un programa nacional de salud.
[3] [19] Es cierto es que mientras muchos republicanos han rechazado abiertamente a Trump, los líderes de la infraestructura del partido – como el Presidente del Comité Nacional Republicano, Reince Preibus – han tenido que estar a regañadientes a su lado. El riesgo de que el Partido Republicano abiertamente se divida fue un constante temor de la burguesía durante la campaña primaria. Era necesario por el bien de la estabilidad del sistema de dos partidos que una vez que Trump ganara la nominación en el concurso de primaria, el partido no podía ser visto oponiéndose a él activamente. Por supuesto, el riesgo de una fragmentación del Partido Republicano está todavía presente, incluso si ha sido suprimido momentáneamente.
[4] [20] Pobre Paul Rand (un querido de los libertarios, pero nunca un serio candidato a la Presidencia) fue apartado cuando Trump simplemente dijo que era feo.
[5] [21] Por supuesto Trump, funcionando como un republicano, también ha tenido que alojar numerosas ideas republicanas estándar y ha dado algún servicio de dientes para afuera a posiciones sociales conservadoras sobre el aborto. Lo que realmente cree que nada de eso es incógnita, pero él ha cortejado activamente el voto de LGBTQ2 a raíz de los disparos de discoteca de Orlando, que achacó a la homofobia islámica – apenas una típica táctica de la derecha en la política estadounidense, pero típica de los distintos partidos populistas en Europa.
[6] [23] Esto parece ser exactamente lo que Trump estaba planeando cuando informes emergieron de que él estaba cortejando al antiguo rival John Kasich para contender con él como el candidato vice presidencial. Según estos informes, Trump prometió dejar a Kasich controlar la política exterior e interior, con el triunfo, asumiendo una consigna de ‘hacer al americano grande otra vez’. Si bien es más o menos un secreto durante el período temprano de la administración de G.W. Bush que VP Cheney estaba manejando las cosas, es bastante claro que dada la personalidad y temperamento de Trump, ese arreglo esta vez habría sido nada menos que un desastre para el Estado de los Estados Unidos.
[7] [25] Ver los comentarios sobre esto en Left Business Observer’s Doug Henwood’s.
[8] [34] Para ser justos, Sanders hizo la misma promesa – la diferencia es que probablemente él lo decía sinceramente.
[9] [35] Ha sido sugerido por muchos en la derecha que era realmente la campaña de Clinton de 2008 la que fue responsable de la aparición de la ‘conspiración Zombi’ racista sobre calificaciones de Obama para la Presidencia. Mientras que la campaña en sí nunca utilizó este ataque en concreto, ha surgido evidencia que de hecho fue sugerida por una estratega de la campaña como una vía potencial para deslegitimar a Obama.
[10] [36] Un concepto académico de ciencia política, Ley de Duverger afirma que la naturaleza del sistema electoral de un país determina el número de partidos nacionales viables. Un sistema first-past-the-post generalmente asegura que sólo dos partidos siempre competirán por la oficina nacional. En esta concepción, votar por un tercer partido en tal situación es irracional, porque sólo aumenta las posibilidades de que el partido con el que uno esté menos alineado, ganará.
[11] [37] Un hecho que ha alimentado las teorías de conspiración de que la candidatura de Trump es realmente un engaño basado en un pacto con los Clintons para descartar al Partido Republicano y asegurar que Hillary gane en noviembre, mientras tanto Trump tiene exposición masiva de los medios de comunicación libres para alimentar su ego narcisista y mantener la marca de su familia en el centro de atención. Aunque no existe ninguna evidencia creíble que esto sea cierto, lo sumamente extraño que Trump ha dirigido su campaña y que asegura el nombramiento republicano, ciertamente plantea dudas sobre su seriedad. De hecho, no son sólo locos de la conspiración salvaje quienes han propuesto esto. Se ha sugerido, aún si es en broma, por nada menos que por uno de los enemigos republicanos vencidos de Trump, Jeb Bush (one of Trump’s vanquished Republican foes Jeb Bush [38])
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Publicamos un artículo de nuestra sección en Francia, Révolution Internationale, que comenta un folleto que defiende aparentemente una lucha contra la explotación y la situación intolerable que sufrimos todos los trabajadores. Sin embargo, más allá de las posibles buenas intenciones de sus autores lo que defiende el folleto es una protesta como ciudadanos, un ser más solidarios en la vida cotidiana, un rechazo a “los políticos” sin precisar lo esencial: que ellos son engranajes del Estado Capitalista, defensor y legitimador de los sufrimientos de los trabajadores y de la gran mayoría. El folleto pretende que al interior de la nación se puede obtener una “nueva vida” para los de abajo.
El populismo de derecha de Trump y Le Pen defiende la nación y las relaciones capitalistas con sus argumentos abiertamente repugnantes de tipo racista, xenófobo, excluyente, de búsqueda de chivos expiatorios. Defienden al Capital con “malas intenciones”. Pero hay otros defensores del capital que se presentan con las mejores “buenas intenciones” como los del folleto. Ni buenas ni malas intenciones, lo que necesitamos es una crítica radical y a fondo del capitalismo y eso solo puede ser realizado por la lucha del proletariado y sus principios.
Recientemente salió un pequeño libro publicado por la Editorial Flammarion titulado: On Vaut Mieux Que Ca[1]. Este libro fue escrito por un colectivo del mismo nombre fundado por varios Youtubeurs[2] con ocasión de la ley El Khomri: "Debemos dar gracias al proyecto de ley El Khomri. Fue la gota de agua que hizo estallar nuestra indignación y nos reunió junto a otros alrededor de la iniciativa: On Vaut Mieux Que Ca. Antes estábamos en rebeldía, pero aislados, esta fue una oportunidad para inscribir nuestro proyecto colectivo en un movimiento más amplio, pero ello no fue ni el iniciador, ni el motor, ni el cerebro, sino, más bien, un combustible más entre otros”. El otro “carburante” de este "proyecto colectivo" fue, sin duda, la extraordinaria publicidad que hizo el conjunto de partidos de "izquierda" y la prensa burguesa mientras que el movimiento en contra de la ley El Khomri todavía no había comenzado. En la medida en que lo que está de moda es "el apoliticismo" On Vaut Mieux Que Ca, dice no tener "nexo con los políticos"[3]. Que esta declaración sea verdad o no, nos lo dice más bien el discurso del colectivo que está perfectamente politizado y se inscribe en línea recta con ¡Democracia real Ya!, con Attac y toda la feliz compañía de reformistas "radicales" del aparato político burgués[4]. Así que su libro, por desgracia, no es una excepción a la regla.
Para demostrar lo que padecen millones de personas, los autores describen las angustias de los que trabajan, los precarios, los que están desempleados, angustias que conducen a algunos al suicidio. La descripción de lo que vive la mayoría de la población, es muy reveladora. Por contra, no se encuentra, ni una sola vez, la palabra "proletarios," ni el término "clase obrera". De hecho, para el colectivo, los trabajadores, los asalariados, no pertenecen a una clase social. Ellos son tan sólo "ciudadanos", al igual que un comerciante, un patrón o un político. En el sitio web del colectivo, por lo demás, se destaca: "Invitamos a todo mundo a dar su testimonio: asalariados, trabajadores, empresarios de pequeñas y medianas empresas". La clase obrera diluida en el gran relleno nacional, no tiene más que formarse, del brazo de sus explotadores (por cierto, sólo con aquellos que respetan la ley en vigor!), después de todo, no son más que "ciudadanos" inofensivos.
¿Cuál es la causa de esta vida indigna e inhumana en la que no somos más que cosas, un número, una variable que se arroja al igual que un Kleenex, en donde se nos exige que mantengamos cadencias que rompen nuestros riñones, espaldas y nos dejan todos estresados? El libro trata de responder, pero por ningún lado encontramos alguna referencia o alguna denuncia hacia el sistema capitalista. Por contra, nos encontramos con el mismo discurso manejado por los instigadores de Nuits debout[5], de DRY, de Attac, del Frente de Izquierda, etc. Así, leemos: "Muchos creían – casi la mitad - que los políticos (con sus discursos tan bien escritos) serían nuestros defensores y que iban a guardar las promesas hechas con la mano sobre el corazón cuando nos convencieron de confiarles el poder. Que iban a salvar el clima, proteger nuestra salud, nuestra seguridad, reducir el desempleo y al mundo financiero. ¿Qué hicieron? No es que hayan perdido la batalla contra los banqueros, los lobbies y las grandes corporaciones, es que se negaron a luchar contra ellos. Lo que es peor, ni siquiera se escondieron, incluso hoy en día, para hacer estallar el champán con los que llamaron, a veces, ayer, adversarios”. Pero ¿por qué el Estado tendría que librar una "batalla" contra su razón de ser, la defensa, a toda costa, de las relaciones capitalistas de dominación? En realidad, On Vaut Mieux Que Ca, transmite la imagen de un "estado neutro", "por encima de las clases" y que podría, a fuerza de buena voluntad, dirigir la "batalla" por el bien de… la nación: "Soñamos con un país que coloque a sus ciudadanos por encima de criterios de equilibrios presupuestarios. Soñamos con un país que garantice a todos un medio ambiente saludable y sostenible. Soñamos con un país construido sobre el sentido común, en donde el valor de las personas esté primero que el de las cosas. Soñamos con un país que proteja a todos sus niños sin distinción. Soñamos con un país que dé a todos la mejor atención, la mejor alimentación y la mejor educación. Soñamos con un país que nos anime a dar lo mejor de nosotros mismos”.
On Vaut Mieux Que Ca, pregunta en seguida: "¿Qué hacer ante un sistema defectuoso, en donde no podemos confiar en los políticos para hacer más dignas y más humanas nuestras vidas? “Para el colectivo, esto pasa a través de gestos y actos de solidaridad en el lugar de trabajo y en la vida cotidiana. El libro demuestra que esta ayuda mutua está creciendo más y más y que a través de esta solidaridad "es cada vez más probable entender que el mundo se torna más habitable que lo que pretenden sus decisiones. Y aún más, se empieza a cruzar entre sí. Ciertamente, uno puede a veces sentirse solo en esta realidad, pero basta tan sólo con mirar hacia arriba para reconocer a todos aquellos que la viven también. Nuestra exasperación y aspiraciones, lejos de ser marginales, en realidad son compartidas por una gran mayoría de gentes que se reconocen a sí mismas. Empezamos a entender: no estamos solos, somos el mundo que gira, ya estamos juntos. Al tomar conciencia, al reconocernos en el otro, nos volvemos más que una suma de individuos aislados. Nos convertimos en una fuerza creativa”. Si esta ayuda mutua puede permitir no sentirse solo, reconocerse en el otro porque habita en el mismo barco, permite desarrollar iniciativas creadoras, ¿esto es suficiente para volver más digna y más humana la vida de los explotados? Como revolucionarios, nosotros creemos que no. Recobrar la dignidad, tener una vida verdaderamente humana, sólo es posible mediante la lucha con el firme propósito de destruir las relaciones sociales capitalistas, las naciones, la explotación de una clase por otra, que son la base de esta indigna e inhumana existencia. On Vaut Mieux Que Ca, nos llama a defender los valores que no son, ni más ni menos, que los de la burguesía: la democracia, la falsa solidaridad de la ciudadanía y de la nación. Una real perspectiva solo pasa a través de la lucha unida de la clase obrera a escala internacional por una sociedad sin clases: el comunismo.
Cealzo, 24 de mayo de 2016.
[1] Podríamos traducirlo por Vale la pena.
[2] Se trata de videograbadores que publican en línea (en la plataforma de YouTube) vídeos sobre temas culturales, científicos, de entretenimiento, etc.
[3] Ver el sitio del colectivo: https://www.facebook.com/OnVautMieux/ [40]
[4] Sobre ATTAC ver https://es.internationalism.org/cci-online/201110/3222/attac-y-sus-propuestas-un-analisis-critico [41] y sobre Democracia Real Ya ver https://es.internationalism.org/cci-online/201106/3118/movimiento-ciudadano-democracia-real-ya-dictadura-del-estado-contra-las-asamb [42]
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El PSOE no tiene nada de obrero ni de socialista, es un partido del ala izquierda del capital. Como se decía en el 15 M, “PSOE y PP la misma mierda es” o “Entre rosas y gaviotas nos toman por idiotas”. Nosotros compartimos ese esfuerzo de toma de conciencia que miles de obreros jóvenes expresaron en plazas y calles. El PSOE es un partido fundamental para el Capital español, en 40 años de democracia ha estado más de la mitad de ese tiempo al frente del gobierno. El PSOE fue responsable de los tremendos ataques a las condiciones de vida de los trabajadores en el largo gobierno de González (1982-1996) y que, entre otros muchos sufrimientos, acarrearon la destrucción de un millón de puestos de trabajo. Del mismo modo, el gobierno Zapatero preparó la política cruel de recortes en todos los planos que el gobierno Rajoy ha seguido con aún más saña.
En el último tiempo la crisis del PSOE está en el centro del escenario político. Pierde votos a chorros, sus dirigentes se despedazan en una guerra a muerte, el secretario general Sánchez es defenestrado llevándole hasta perder su escaño de diputado… Necesitamos explicar la naturaleza de esta crisis, creemos que detrás de ella se esconden factores importantes que se incuban en toda la sociedad capitalista mundial. Es lo que vamos a intentar hacer con esta toma de posición. No pretendemos explicarlo todo ni hacer pronósticos, simplemente exponemos una serie de análisis para estimular un debate en las filas proletarias.
Antes que nada, veamos los hechos con distancia histórica e internacional
El PSOE es un partido muy experimentado. A lo largo de su historia ha hecho frente a divisiones profundas en su seno, que no han impedido su unidad ni su capacidad para prestar grandes servicios al capital español. En tiempos recientes, pudo encajar con habilidad el choque frontal entre Guerra y González o entre Borrell y Almunia. El PSOE tiene gran capacidad para gestionar la lucha entre sus diferentes fracciones, tanto en orden a defender alternativas diferentes para el capital español o para mistificar al proletariado, como, más prosaicamente, dirimir conflictos de intereses.
Esta cualidad del PSOE no es su mérito particular, es común en los partidos socialistas. El PS francés parecía a punto de desaparecer en los años 60 pero supo con Mitterand levantar cabeza y alzarse con el poder en 1981-95. Del mismo modo, entre 2007-2011 pasó por una dura crisis que para muchos podía llevarlo a la tumba, sin embargo, en 2012 con Hollande recuperó el poder.
En muchos países, los partidos socialistas constituyen la columna vertebral del Estado. Tienen más capacidad que otros partidos para comprender los intereses de conjunto de su capital nacional y son más aptos para controlar los impulsos particulares de sus diferentes fracciones.
Todo esto no debemos olvidarlo a la hora de analizar la fractura más reciente que ha llevado a espectáculos vergonzosos como el comité federal del 1 de octubre. Estamos ante una crisis muy grave, quizá la peor de los últimos 40 años, pero, al mismo tiempo, es preciso tener en cuenta la capacidad de resistencia que el aparato socialista tiene en su seno.
La descomposición capitalista golpea de lleno al PSOE
Uno de los análisis fundamentales que defendemos y que afecta a toda la sociedad mundial, es la descomposición del capitalismo. En 1990 publicamos unas Tesis sobre la Descomposición que creemos tienen plena validez. No las vamos a explicar aquí[1] [10]. Solamente queremos insistir que la Descomposición es un proceso general que afecta al conjunto de relaciones sociales capitalistas e igualmente a su vida política.
No podemos conformarnos con hablar de descomposición en general, sino que hemos de aspirar a comprender de forma concreta qué efectos operan en la situación política del capital español y particularmente en el PSOE. Y esto nos lleva a profundizar en las tesis 9 y 10 de las Tesis sobre la Descomposición, que hablan de “la creciente dificultad de la burguesía para controlar la evolución de la situación en el plano político” y que se materializa, por un lado, en un desorden creciente en la cohesión y funcionamiento de los distintos partidos burgueses, desmembrados por tendencias centrífugas y la prevalencia de los intereses de facción; y, por otra parte, en una dificultad para manejar los mecanismos electorales y globalmente de todo el juego político, que no consigue responder a lo que necesita la burguesía en cada momento[2] [11].
El desorden en el aparato del PSOE
El espectáculo de intrigas, choques frontales, desafíos y rebeliones que el PSOE nos está ofreciendo con gran generosidad, puede explicarse en gran medida por 3 fenómenos que expresan el impacto de la descomposición capitalista en los partidos burgueses: la fragmentación de los partidos sacudidos por poderosas tendencias centrífugas; el asalto del partido por toda clase de aventureros políticos; la creación de un “poder de la base” por políticos ambiciosos que la utilizan como palanca en la lucha fraccional contra sus adversarios.
a) La balcanización del PSOE
En primer lugar, el PSOE está sufriendo un claro proceso de balcanización, cada barón regional no solamente se adueña de su feudo, escapando cada vez con más fuerza a la disciplina impuesta por la cúpula del partido, sino que se permite el lujo de ser un agente activo en la conformación de la política nacional.
Esto es algo realmente inédito. En los años 30, ante la proliferación de tendencias centrífugas, especialmente en Cataluña, el PSOE fue capaz de ofrecer una firme cohesión contra ellas. En tiempos de González, los barones regionales obedecían disciplinadamente lo que dictaba el aparato y, más allá de algunas veleidades localistas, ni se les ocurría tener una política propia. Es lo que Guerra explicaba gráficamente con aquello de “el que se mueva no sale en la foto”.
Zapatero empezó a jugar con fuego, pactando con el PSC -el partido en Cataluña- una deriva hacia el “catalanismo político” que alimentó las tendencias centrífugas regionales. Sin embargo, y a duras penas, la dirección nacional logró contenerlas relevando a jefecillos demasiado ambiciosos como Chaves o Rodríguez Ibarra o, dándoles una patada hacia arriba, como ocurrió con Bono.
Hoy, cada federación regional del PSOE es dominada por un “barón” que hace lo que le da la gana en sus dominios y condiciona con alianzas, chantajes y maniobras de todo tipo la política central. El dominio de la baronesa andaluza (Susana Díaz) y sus aliados es aplastante, pero no se ejerce en clave nacional unitaria sino como suma de alianzas regionales.
González y Rubalcaba se han deshecho de Sánchez haciendo concesiones a los diferentes barones regionales lo que sin duda va a agudizar las tendencias centrífugas. Como resultado, no han colocado al frente de la gestora a un político de autoridad nacional sino a un líder regional -Fernández. La orden de la gestora de abstenerse para dejar gobernar a Rajoy ha sido desobedecida por los parlamentarios del PSC y del partido en Baleares que no han votado “en conciencia” sino siguiendo la disciplina de su liderazgo regional. El PSOE tiende a descomponerse en una suma de facciones regionales.
b) Los políticos “aventureros”
Un segundo factor de dislocación y desorden es el peso creciente del aventurismo político en el partido. En general, los partidos socialistas son capaces de elegir para secretario general a políticos de ciega obediencia a los imperativos del aparato, aunque, por supuesto, tengan sus propias aspiraciones. Sin embargo, esto se vio alterado por los casos Blair en Gran Bretaña y Schroeder en Alemania, que eran outsiders que se hicieron con el mando imponiendo su propio carisma y desestabilizando el aparato al intentar colocar a sus afines. En el campo de la derecha, es palmario el mismo fenómeno: por ejemplo, Trump se ha hecho con el control de un partido republicano, ante la impotencia de sus dirigentes tradicionales.
Este fenómeno se manifestó en España con Zapatero, quien, auxiliado por una banda de desconocidos, ajenos al núcleo central de la vieja guardia, supieron auparlo a la cumbre desplazando a Bono, el elegido del partido que, tampoco era muy de fiar por sus propias ambiciones localistas.
Esto ha vuelto a repetirse con Sánchez. Este carecía de la más mínima reputación no solamente en el escenario político sino dentro del propio partido. Sánchez logró presentarse como un “hombre de paja” a los ojos de Susana Díaz y de la vieja guardia. En un juego de pillos, todos creyeron que iba a ser fácilmente manipulable. Sin embargo, en cuanto tomó las riendas empezó a jugar sus propias cartas, desatando las tensiones tanto con los líderes regionales como con el núcleo central.
Que, primero Zapatero y después Sánchez, logren imponerse en contra del aparato mediante hábiles golpes de mano, de manera improvisada y sin una orientación política propia, más allá de mantenerse a toda costa en el poder, es revelador del grado de quebrantamiento y desorientación que impera en los partidos socialistas. Tanto la incapacidad del aparato como el peso que toman estos arribistas lleva el sello de la descomposición.
c) La demagogia del poder de la base
Debemos a Sánchez la introducción de un tercer factor de perturbación de la política y organización del partido.
A pesar de su aparente anarquía (siempre hay “familias” y “tendencias” que andan a la greña), el PSOE -como la mayoría de partidos socialistas- ha funcionado como un engranaje bien engrasado desde la cúpula directiva hasta la más lejana agrupación local. Sánchez ha sentado un precedente muy peligroso que puede tener consecuencias de gran importancia. Durante un par de años se dedicó a una casi clandestina labor de visitas a las agrupaciones de base de todo el territorio nacional, de tal manera, que la plataforma de su poder en el partido y el medio que ha empleado reiteradamente para chantajear a sus rivales, ha sido esa “movilización de la base”. Sin embargo, esa estructura de poder es muy peligrosa porque altera profundamente el equilibrio de un aparato que establece una rigurosa subordinación del sindicato (UGT) y de las agrupaciones locales a los imperativos del centro. Con Sánchez, tres estructuras de poder están tensando desde todos los lados la frágil cohesión del partido: el grupo de la vieja guardia (González y Rubalcaba); las baronías regionales (comandadas por Díaz) y el “poder de la base”, un nuevo factor de anarquía.
¿Qué muestra todo esto? El reflejo dentro del PSOE de fenómenos que son cada vez más generalizados en la sociedad: el cada uno a la suya, el predominio del interés particular sobre el interés general, el encierro endogámico en particularismos locales, raciales, de pandilla etc. Esto se materializa en los partidos políticos burgueses a través de la ruptura de la sumisión ciega a los imperativos del centro. Semejante tendencia dificulta a los partidos ejercer su labor de gestión y defensa del interés nacional del capital, sembrando más caos y desorden en la vida política y social.
Respuestas al desgaste del PSOE que agravan los problemas
El PSOE, como el conjunto de partidos socialistas, ha sufrido un profundo desgaste. Una de las causas es su compromiso rotundo en la aplicación de brutales medidas anti-obreras del que hablamos antes. El movimiento del 15 M mostró una toma de conciencia de ello al denunciar al PSOE como partido “del régimen” complemento indispensable del PP, el PPSOE que se decía en las asambleas. El PSOE ha perdido muchos miles de votos y esta sangría es especialmente grande en las ciudades: ha perdido el 55% del voto urbano. Igualmente, entre los jóvenes, en las últimas elecciones apenas logró captar la papeleta del 4% de los nuevos votantes.
Un segundo factor causante del desgaste es que los socialistas, pese a su flexibilidad, están muy ligados a las políticas keynesianas clásicas, lo que podríamos llamar la “segunda fase histórica del capitalismo de Estado[3] [12]” (1930-80), caracterizada por el proteccionismo del mercado nacional y las políticas “sociales”. El paso, desde los años 80, a lo que podríamos llamar la “tercera fase del capitalismo de Estado”, definida, hablando esquemáticamente, por la “liberalización” y la “globalización”, les ha pillado siempre a contrapié y les ha resultado muy difícil entonar un discurso que encubriera con “políticas sociales” el correlato de ataques implacables que tales orientaciones conllevan. Ello les ha entrampado en un dilema de difícil solución que les ha hecho perder influencia. Por un lado, no pueden renunciar al control de la clase obrera (son responsables de los sindicatos más importantes), lo que les obliga a mantener un discurso de “política social” vinculada al keynesianismo. Pero, al mismo tiempo, son partidos gubernamentales, imprescindibles en el bipartidismo que sustenta los países democráticos. Corren el riesgo de carecer de un discurso coherente tanto para ser gobierno como para ser oposición.
Aparte de satisfacer sus ambiciones personales, Sánchez pretende responder al dilema eligiendo dar “voz a los de abajo” y competir con Podemos organizando también una demagogia de “democracia directa” y “combativa” (Sánchez se ha montado una troupe que ocupa la calle para “presionar” al comité federal, algo propio de “democracias bananeras”). Se trata de un juego arriesgado que disloca al partido y abre las puertas a todo tipo de influencias de corte populista, difíciles de digerir por un partido con responsabilidades gubernamentales.
Políticamente hablando, el PSOE ocupa dos espacios que son difíciles de compatibilizar. Es un partido con responsabilidades gubernamentales, pero, al mismo tiempo, tiene que dar “voz a los sin voz”. Si renuncia a lo último y se dedica exclusivamente a la gestión gubernamental y a ser cauce de intereses económicos del capital, se coloca en un terreno donde la derecha siempre le ganará. Pero, si para defender su segundo espacio, que le es vital, intenta abrir las puertas a algunos tics populistas que utiliza Podemos con cierto éxito[4] [13], va en contra del interés general de la burguesía española de cerrar lo más posible el paso a los populismos que hoy golpean países centrales como Gran Bretaña o USA[5] [14]. Iglesias y sus muchachos tienen cierta habilidad para manejar temas populistas, pero no está claro que Sánchez y su equipo las tengan, y ello les lleva a causar graves problemas al PSOE.
El fracaso de la operación de renovación del bipartidismo
Durante más de medio siglo, las democracias principales organizaban la tendencia al partido único, propia del capitalismo de Estado, mediante el bipartidismo, turnándose en la bitácora de mando, un partido escorado a la derecha y otro a la izquierda.
El mecanismo bipartidista está muy desgastado en todas partes, no podemos hacer aquí un análisis de sus causas, lo bien cierto, es que, en los últimos años, la burguesía española desarrolló una operación política para hacer frente a la crisis del bipartidismo. Un factor que sin duda influyó fue la toma de conciencia que manifestó el 15 M y que sobre todo llevó a una crítica muy dura del PSOE.
La operación política consistió en hacer emerger, prácticamente de la nada[6] [15], dos partidos, uno a la derecha -Ciudadanos- y otro a la izquierda -Podemos, llamados a renovar el aparato político, quizá sirviendo de aguijón a los dos de siempre, quizá buscando, si falta hiciera, reemplazarlos.
Sin embargo, la operación no ha salido como se esperaba y está causando estragos importantes. Esto evidencia que en los tiempos de la descomposición no son tan fáciles las maniobras de ingeniería política y electoral.
Las elecciones de diciembre 2015 no han provocado la opción deseada. Ha habido que repetirlas en junio 2016. Tampoco han dado el resultado apetecido y por ende amenazan con debilitar a todos los partidos excepto al PP, un partido que se trataba de obligarle a “reformarse” y librarse del lastre de una corrupción demasiado escandalosa y que, sin embargo, si siguen repitiéndose las elecciones podía acabar con una abrumadora mayoría absoluta.
El estrago más importante ha sido la crisis del PSOE. El resultado electoral de junio ha cargado sobre sus espaldas la responsabilidad única de “asegurar la gobernabilidad del país” dándole el poder al PP. Esto significa lanzar un misil a un PSOE ya de por sí muy debilitado por todo lo que antes hemos analizado.
El PSOE, un partido gubernamental por antonomasia, no puede aliarse con la derecha “moderna” y “renovadora” que se suponía debía ser Ciudadanos. Este partido es visceralmente españolista- más aún que el PP- y no puede ser un canal de diálogo con las derechas nacionalistas. Aparte de su demagogia anti-corrupción no ofrece ningún atractivo de “centro” que pueda seducir a un electorado más “moderno”. Empezando por su líder, la inmensa mayoría de sus cuadros huelen a un pijerío aún más apestoso que el del PP. Por mucho que gesticule el señor Rivera, Ciudadanos no puede ir más allá de una muleta coja del PP. Ciudadanos no tiene nada ver con partidos bisagra que existen en Alemania (liberales, verdes) y que pueden dar credibilidad a una posición firme de los partidos centrales (DC y SPD) frente al populismo.
Así pues, la única posibilidad que tiene el PSOE de acceder al gobierno es la de un “frente populismo” con Podemos y los partidos nacionalistas periféricos.
En apariencia este gobierno de “progreso” sería la continuidad de los que se han establecido en las autonomías. Sin embargo, es necesario distinguir entre los gobiernos de las autonomías y el gobierno central. En los primeros es perfectamente factible una cama redonda donde se revuelquen PSOE, Podemos y los partidos nacionalistas -excluyendo desde luego los dos grandes, PNV y catalanes, que no quieren nada de eso. Aunque tienen a su cargo la gestión de la partida “social” de los presupuestos, su política es meramente decorativa y clientelar.
En cambio, a nivel de gobierno central, la coalición “frente populista” es peligrosa para el interés del capital español. En primer lugar, Podemos es un conglomerado caótico de tendencias variopintas donde juega un papel nada desdeñable un grupúsculo trotskista -Izquierda Anticapitalista- que por grandes que sean las ambiciones de sus jefes y por mucho que se “moderen” son claramente inaptos para gestiones gubernamentales. En Podemos también pesan nacionalismos periféricos que le empujan a la demagogia arriesgada del “derecho a decidir”, cosa que la mayoría de barones socialistas no toleran. En fin, los partidos nacionalistas periféricos no son de fiar dada la mala soldadura nacional del capital español y suscitan mucha desconfianza en el aparato socialista. A todo ello se debe añadir el descrédito que conllevaría un “gobierno de progreso” no solamente para el propio PSOE, junto con Podemos, sino para toda la llamada “clase política”.
El problema de fondo es que la defenestración de Sánchez y el triunfo de la abstención no logra imponer una orientación que permita al PSOE restañar las heridas y superar su fragmentación. La abstención le ha colocado en tierra de nadie, pues, por un lado, lo aleja de toda perspectiva de poder -Rajoy lo ha recalcado en el debate de investidura aclarando que no va hacer más que concesiones menores al “sacrificio” socialista- y, por otra parte, entrega el frente de oposición a Podemos.
Por su parte, la orientación de Sánchez de un “gobierno progresista” es totalmente irrealista. Su estrategia de crear el “poder de la base” -lo que Fernández denunció como “podemización” del PSOE- no solamente siembra el caos en el partido, sino que en lugar de fagocitar a Podemos puede contribuir a verse fagocitado por él.
La “renovación del bipartidismo” está resultando desastrosa para el Capital español. Ha planteado un serio problema en el PSOE, no ha superado la crisis del bipartidismo, sino que la ha agravado, tampoco ha puesto un dique al populismo, sino que, probablemente, va a favorecerlo más adelante.
Resulta difícil saber cómo va a responder el capital español y el propio PSOE. Más que hacer predicciones o especulaciones, el análisis que acabamos de exponer puede ayudar a comprender la situación. Es necesario, sin embargo, recordar que la burguesía no solamente es víctima de los efectos de la descomposición, sino que, igualmente, es capaz de oponer contra-tendencias. Como decíamos al principio, la experiencia acumulada por el PSOE es una de ellas.
El proletariado y el peligro del populismo
El desgaste del bipartidismo se debe en parte al desarrollo de la lucha de clases desde 1968. Sin embargo, la incapacidad del proletariado para avanzar en la politización de su lucha ha dado lugar a uno de los temas más importantes que hoy utiliza el populismo de derecha: la idea de una casta política, que sería corrupta y jugaría para sus propios intereses.
En contra de una visión superficial esta idea no tiene nada de proletaria y es absolutamente reaccionaria.
En primer lugar, porque no analiza las cosas en términos históricos y globales sino bajo el prisma mezquino de grupos aislados, considerados en sí mismos: la “clase política”, la “oligarquía financiera”, los “emigrantes” … Esta absolutización demoniaca de categorías sociales abstractas ya se vio en el fascismo y el estalinismo, expresiones extremas de la degeneración del pensamiento capitalista.
En segundo lugar, no ve las causas en las relaciones sociales de producción sino en términos de buscar culpables, es decir, bajo forma de personalización y chivos expiatorios. Así, el desempleo o la miseria se atribuirían a la casta política y a tenebrosos financieros “por arriba” y a los emigrantes y demás minorías “indeseables” “por abajo”.
En fin, no pone en cuestión el interés de la nación y del Estado, sino que trata de defenderlos con aún más ahínco contra esas fuerzas oscuras de “arriba” y de “abajo”.
Estos planteamientos ideológicos, aunque resulten molestos para la política global de la burguesía, son muy dañinos para el proletariado. La crisis del bipartidismo tuvo una primera raíz proletaria, pero en el contexto de la descomposición tiene un elemento dominante reaccionario y muy peligroso para el proletariado. Únicamente, cuando éste comience a presentar su alternativa, podrá retomar esa raíz inicial y desarrollarla.
C.Mir 091116
[1] [17] Ver "TESIS SOBRE LA DESCOMPOSICION [46]".
[2] [18] En los países de democracia consolidada, los sectores dominantes del capital nacional logran, por regla general, hacer que el “voto ciudadano” decida lo que ellos quieren. Se trata de una manipulación muy sofisticada y perfectamente organizada de las encuestas, la configuración de los distritos electorales, las declaraciones de unos y otros políticos, las intervenciones “oportunas” de “formadores” de la llamada “opinión pública” etc. Esto, que podríamos denominar el “juego político”, últimamente resulta cada vez más difícil de manejar para la burguesía: los resultados del Brexit en Gran Bretaña constituyen un ejemplo elocuente.
[3] [19] En su decadencia, el capitalismo sobrevive mediante una intervención omnipresente del estado, tanto de forma “liberal” (que combina la burocracia estatal con la gran burguesía clásica) como de forma totalmente estatizada (lo que tienen la desfachatez de llamar “socialismo” o incluso “comunismo”). Ver el punto IV de nuestra Plataforma. Ver https://es.internationalism.org/cci/200509/145/plataforma-politica-de-la-corriente-comunista-internacional [47]
[4] [20] Es importante aclarar que Podemos no es un partido populista. Es un partido de responsabilidad capitalista neta que sabe utilizar algunos temas del populismo para su política global. Ver https://es.internationalism.org/cci-online/201406/4033/podemos-un-poder-del-estado-capitalista [48]
[5] [21] Ver sobre el populismo https://es.internationalism.org/revista-internacional/201610/4178/contribucion-sobre-el-problema-del-populismo-junio-de-2016 [2]
[6] [23] Podemos fue fundado en 2014 apoyándose en la esquelética estructura de un grupúsculo izquierdista -Izquierda Anticapitalista- y en restos podridos y dispersos del 15 M. En el lapso increíble de dos años ha pasado a tener 70 diputados. Por su parte, Ciudadanos, fue propulsado desde su estructura limitada a Cataluña a desarrollarse por toda España en apenas un año.
Enlaces
[1] https://es.internationalism.org/files/es/el_frente_nacional.pdf
[2] https://es.internationalism.org/revista-internacional/201610/4178/contribucion-sobre-el-problema-del-populismo-junio-de-2016
[3] https://es.internationalism.org/revolucion-mundial/201611/4183/trump-clinton-elegir-entre-lo-peor-y-lo-pesimo
[4] https://es.internationalism.org/content/4185/brexit-trump-contratiempos-para-la-burguesia-que-en-nada-son-un-buen-presagio-para-el
[5] https://es.internationalism.org/tag/geografia/francia
[6] https://es.internationalism.org/tag/corrientes-politicas-y-referencias/anti-fascismoracismo
[7] https://es.internationalism.org/tag/6/697/populismo
[8] https://es.internationalism.org/tag/3/45/descomposicion
[9] https://es.internationalism.org/files/es/presidencia_de_trump.pdf
[10] https://es.internationalism.org/#_ftn1
[11] https://es.internationalism.org/#_ftn2
[12] https://es.internationalism.org/#_ftn3
[13] https://es.internationalism.org/#_ftn4
[14] https://es.internationalism.org/#_ftn5
[15] https://es.internationalism.org/#_ftn6
[16] https://es.internationalism.org/#_ftn7
[17] https://es.internationalism.org/#_ftnref1
[18] https://es.internationalism.org/#_ftnref2
[19] https://es.internationalism.org/#_ftnref3
[20] https://es.internationalism.org/#_ftnref4
[21] https://es.internationalism.org/#_ftnref5
[22] https://www.vox.com/policy-and-politics/2016/11/9/13573904/voter-turnout-2016-donald-trump
[23] https://es.internationalism.org/#_ftnref6
[24] https://es.internationalism.org/revista-internacional/200603/785/documento-el-antifascismo-formula-de-confusion-bilan-mayo-del-34
[25] https://es.internationalism.org/#_ftnref7
[26] https://es.internationalism.org/tag/geografia/estados-unidos
[27] https://es.internationalism.org/tag/6/693/populismo-de-derechas
[28] https://es.internationalism.org/files/es/para_ce_161108_trump_clinton_enviar.pdf
[29] https://es.internationalism.org/#_ftn8
[30] https://es.internationalism.org/#_ftn9
[31] https://es.internationalism.org/#_ftn10
[32] https://es.internationalism.org/#_ftn11
[33] https://en.internationalism.org/internationalismusa/201004/3736/tea-party-capitalist-ideology-decomposition
[34] https://es.internationalism.org/#_ftnref8
[35] https://es.internationalism.org/#_ftnref9
[36] https://es.internationalism.org/#_ftnref10
[37] https://es.internationalism.org/#_ftnref11
[38] https://www.washingtonpost.com/news/morning-mix/wp/2015/12/09/jeb-bush-jokes-of-trump-clinton-conspiracy-theory-heres-a-look-at-the-evidence/
[39] https://es.internationalism.org/files/es/vale_la_pena.pdf
[40] https://www.facebook.com/OnVautMieux/
[41] https://es.internationalism.org/cci-online/201110/3222/attac-y-sus-propuestas-un-analisis-critico
[42] https://es.internationalism.org/cci-online/201106/3118/movimiento-ciudadano-democracia-real-ya-dictadura-del-estado-contra-las-asamb
[43] https://es.internationalism.org/cci-online/201606/4163/francia-cual-es-la-verdadera-naturaleza-del-movimiento-nuitdebout-noche-en-pi
[44] https://es.internationalism.org/tag/6/696/critica-cultural
[45] https://es.internationalism.org/files/es/que_le_pasa_al_psoe_tp.pdf
[46] https://es.internationalism.org/revista-internacional/200510/223/la-descomposicion-fase-ultima-de-la-decadencia-del-capitalismo
[47] https://es.internationalism.org/cci/200509/145/plataforma-politica-de-la-corriente-comunista-internacional
[48] https://es.internationalism.org/cci-online/201406/4033/podemos-un-poder-del-estado-capitalista
[49] https://es.internationalism.org/tag/situacion-nacional/espana
[50] https://es.internationalism.org/tag/geografia/espana
[51] https://es.internationalism.org/tag/6/695/crisis-del-psoe