En la primera parte de esta serie[1], demostramos que la Gauche Communiste de France (GCF - Izquierda Comunista de Francia)) se formó en la continuidad de la Fracción de Izquierda del Partido Comunista Italiano y de la Izquierda Comunista Internacional. En plena contrarrevolución, siguió siendo la única organización capaz de defender los principios organizativos de la Izquierda Comunista de manera coherente e intransigente. Pero este grupo no era meramente una continuación de la Fracción Italiana; no se contentaba con preservar los logros y la contribución política de Bilan. Sin descuidar sus responsabilidades en cuanto a la intervención en las luchas inmediatas de la clase obrera, la GCF dedicó gran parte de su energía al trabajo de clarificación política y teórica. Sobre numerosas cuestiones planteadas por la experiencia de la derrota de la ola revolucionaria y la degeneración de la Internacional Comunista, esta organización fue capaz de dar respuestas más claras y profundas, enriqueciendo así el marco teórico y programático sobre el que se fundó la CCI y en el que aún se apoya hoy.
I – Tras la guerra, comprender el curso histórico: la defensa del método marxista
El estallido de las luchas obreras contra la guerra en Italia en 1943, seguido un año más tarde por las huelgas en Alemania, planteó la siguiente pregunta a la vanguardia revolucionaria: ¿ofrecían las reacciones de los trabajadores en estos dos países la perspectiva de que surgiera un proceso revolucionario similar al que se había desarrollado a partir de 1917 en Rusia? Tal era, inicialmente, la hipótesis de los diversos grupos y organizaciones de la Izquierda Comunista. En agosto de 1943, en Marsella, la Fracción Italiana de la Izquierda Comunista celebró una conferencia, a la que asistió el Núcleo Francés de la Izquierda Comunista[2], durante la cual se planteó el análisis de que los acontecimientos en Italia habían abierto una fase prerrevolucionaria. Sin embargo, los acontecimientos posteriores contradirían este enfoque. Las luchas de 1943 no habían obligado a la burguesía italiana a poner fin a la guerra, como había ocurrido en Rusia en 1917 o en Alemania en 1918. Tampoco constituían las primeras ondas que iban a provocar una nueva ola revolucionaria internacional. Las terribles masacres perpetradas en los distintos bastiones obreros tanto por los ejércitos aliados como por los nazis, así como la poderosa campaña antifascista y democrática que siguió a la «liberación» de Europa, demostraron la capacidad de la burguesía mundial para aprender las lecciones de la anterior ola revolucionaria, aplastando cualquier intento de extender la lucha y la solidaridad obrera más allá de las fronteras[3]. Apoyándose firmemente en los fundamentos del método marxista y en los logros políticos de la Internacional Comunista y de la Izquierda Comunista Internacional, la Fracción Francesa fue capaz de extraer las consecuencias de la situación en evolución. El informe sobre la situación internacional aprobado en la conferencia de julio de 1945 (apenas dos meses después del fin de la guerra en Europa y cuando el conflicto aún no había concluido a escala mundial) revisó la postura inicial de la organización al demostrar claramente que la relación de fuerzas tras la Segunda Guerra Mundial no era favorable al proletariado: «A diferencia de la primera guerra imperialista, en la que el proletariado, una vez emprendido el camino hacia la revolución, conservó la iniciativa y obligó al capitalismo mundial a poner fin a la guerra, en esta guerra, desde el primer indicio de revolución en Italia en julio de 1943, fue el capitalismo el que tomó la iniciativa y llevó a cabo sin tregua una guerra civil contra el proletariado, impidiendo por la fuerza cualquier concentración de fuerzas proletarias y negándose a poner fin a la guerra, incluso tras el colapso y la desaparición del gobierno de Hitler y la insistente demanda de armisticio por parte de Alemania, con el fin de protegerse, mediante un monstruoso baño de sangre y una despiadada masacre preventiva, contra cualquier atisbo de amenaza revolucionaria por parte del proletariado alemán». Al darse cuenta de que las reacciones de la clase obrera contra la guerra no habían puesto fin al período de contrarrevolución, la GCF llegó a la conclusión de que aún no había madurado en absoluto el momento para la formación de un partido. Esto contrastaba claramente con la posición defendida por la Izquierda Italiana, agrupada en el Partito Comunista Internazionalista (PCint), que, incapaz de comprender la importancia de la situación y obsesionada con buscar influencia inmediata dentro de la clase, persistía en repetir el viejo esquema heredado del pasado para justificar mejor el camino totalmente erróneo de la formación de un partido[4].
En la serie de artículos titulada « Problemas actuales del movimiento obrero », publicada en la revista Internationalisme a lo largo del año 1947, la GCF entabló una polémica fraternal pero intransigente para criticar el enfoque estéril y perjudicial en el que se había embarcado la Izquierda italiana : «La ausencia de cualquier análisis serio de los acontecimientos de los últimos años y de las fuerzas que, por su presencia o su ausencia, han determinado la evolución de los acontecimientos en un sentido profundamente reaccionario, es actualmente el rasgo más llamativo de los militantes revolucionarios y de los grupos que se autodenominan de vanguardia. La costumbre adquirida de aplicar esquemas extraídos del pasado a las nuevas situaciones reales que se presentan ha liberado en cierto modo a los militantes de la preocupación por la necesidad de dedicarse a estudios que les parecen penosos y les cansan. ¿Para qué, se dicen, analizar y estudiar la situación actual, cuando, según su esquema, saben cómo debería ser? Solo les queda saber aplicar bien la táctica adecuada… y organizar bien la agitación»[5].
El esquematismo y la superficialidad del análisis del PCint eran, en realidad, un reflejo de la pobreza de la vida política y de la ausencia de debates y discusiones en el seno mismo del «partido»: «El PCI [de Italia] es actualmente la agrupación revolucionaria en donde la discusión teórica y política es menor, si es que existe. La guerra y la posguerra han planteado cantidad de problemas nuevos. Ninguno de ellos ha sido abordado en las filas del partido italiano. Basta con leer los escritos y periódicos del partido para darse cuenta de su gran miseria teórica. Cuando se leen las actas de la Conferencia Constituyente del Partido, uno se pregunta si tuvo lugar en 1946 o en 1926»[6].
Sin embargo, como afirmaba la GCF, «ningún período de la historia del movimiento obrero ha trastocado tanto lo establecido ni ha planteado tantos problemas nuevos como este período, relativamente breve, de veinte años, comprendido entre 1927 y 1947, ni siquiera el período, por muy agitado que fuera, de 1905 a 1925. La mayor parte de las tesis fundamentales que constituían la base de la Internacional Comunista han quedado obsoletas y han perdido vigencia»[7].
En definitiva, el enfoque político del «Partito» daba abiertamente la espalda a las responsabilidades fundamentales que debe asumir la vanguardia revolucionaria, tal y como se definen en el Manifiesto del Partido Comunista de 1848:
«En la práctica, los comunistas son, pues, la fracción más decidida de los partidos obreros de todos los países, la fracción que estimula a todas las demás ; en teoría, tienen sobre el resto del proletariado la ventaja de una comprensión clara de las condiciones, el curso y los fines generales del movimiento proletario».
Para la GCF, si bien las organizaciones revolucionarias debían defender los logros políticos aún válidos heredados de un siglo de experiencia del movimiento obrero, eso no significaba recitar de memoria lecciones aprendidas en los libros de historia, dando por sentado que esta se repite de forma inmutable. Al contrario, al hacer suyo el método de análisis crítico establecido por Marx y Engels ya a mediados del siglo XIX, la GCF tenía la firme intención de afrontar las nuevas cuestiones planteadas por la situación de la posguerra con el mismo espíritu que la Izquierda Comunista Internacional en los años treinta, «sin tabúes ni ostracismo»:
«Contrariamente a la afirmación de que los militantes solo pueden actuar desde la certeza, aunque esta se base en posiciones falsas, nosotros sostenemos que no existe la certeza, sino una superación continua de las verdades. Solo la acción basada en los datos más recientes, en continuo enriquecimiento, es revolucionaria. Por el contrario, la acción basada en una verdad de ayer, pero ya caduca hoy, es estéril, nociva y reaccionaria. Se quiere alimentar a los miembros con verdades buenas, ciertas y absolutas, cuando solo las verdades relativas que contienen en su antítesis la duda dan lugar a una síntesis revolucionaria. Si la duda y la controversia ideológica deben perturbar la acción de los militantes, no se ve por qué esto sería un fenómeno válido únicamente para hoy. En cada etapa de la lucha surge la necesidad de superar las posiciones anteriores. En cada momento, se pone en duda la verificación de las ideas adquiridas y de las posiciones adoptadas. Nos veremos, pues, en un círculo vicioso: o bien reflexionar, razonar y, en consecuencia, no poder actuar, o bien actuar sin saber si nuestra acción se basa en un razonamiento reflexivo»[8].}
II - La contribución de la GCF a la comprensión de la decadencia del capitalismo
Muchos de las cuestiones fundamentales que plantearon la derrota de la ola revolucionaria y la experiencia de la Internacional Comunista solo habían sido esbozadas por la Fracción Italiana. Esta las había dejado más bien en forma de cuestiones abiertas, en lugar de conclusiones que pudieran integrarse sin ambigüedades en los logros programáticos de los comunistas. Al embarcarse en un verdadero trabajo colectivo, a través de debates en su seno (o con otros grupos) y de contribuciones muy profundas de sus militantes, la GCF logró avances importantes, especialmente en la profundización de la comprensión de la decadencia del capitalismo.
Partiendo del marco de análisis establecido por la Internacional Comunista ya en 1919 («la era de las guerras y las revoluciones»), la GCF fue capaz de prolongar y enriquecer la reflexión desarrollada por la Fracción Italiana a lo largo de la década de 1930. El informe sobre la situación internacional de 1945 al que ya nos hemos referido ofrecía una clarificación extremadamente profunda sobre dos cuestiones fundamentales: la naturaleza de la guerra imperialista y la del capitalismo de Estado.
Ya a principios del siglo XX, el movimiento revolucionario había puesto de manifiesto que el militarismo y la guerra imperialista constituían la manifestación más significativa de la entrada del modo de producción capitalista en su fase de declive histórico. Este cambio de período histórico conllevaba una modificación fundamental en las causas de la guerra, a lo que la GCF aportó una contribución decisiva:
«En la época del capitalismo ascendente las guerras (nacionales, coloniales y las conquistas imperialistas) expresaron la marcha adelante, de ampliación y extensión del sistema económico capitalista. La producción capitalista encontró en la guerra la continuación de su política económica por otros medios. Cada guerra se justificaba y pagaba sus gastos abriendo un nuevo campo para una mayor expansión, asegurando el desarrollo de una mayor producción capitalista. En la época del capitalismo decadente, la guerra al igual que la paz expresan esa decadencia y participa poderosamente en su aceleración.
Sería erróneo considerar la guerra como algo negativo por definición, como un lastre destructivo para el desarrollo de la sociedad, en contraposición a la paz, que se presentaría entonces como el curso normal y positivo del desarrollo de la producción y la sociedad. Esto equivaldría a introducir un concepto moral en un proceso objetivo y determinado por factores económicos.
La guerra fue indispensable al capitalismo para abrir nuevas posibilidades de desarrollo posterior, en la época en que estas posibilidades existían y no podían ser abiertas más que por la violencia. Del mismo modo, el hundimiento del mundo capitalista que ha agotado históricamente toda posibilidad de desarrollo, encuentra en la guerra moderna, la guerra, imperialista, la expresión de este hundimiento, que, sin abrir ninguna posibilidad de desarrollo posterior para la producción, no hace más que precipitar en el abismo a las fuerzas productivas y acumular a un ritmo acelerado ruinas sobre ruinas a un ritmo cada vez más acelerado, sin abrir ninguna posibilidad para el desarrollo externo de la producción.
En el capitalismo no existe una oposición fundamental entre la guerra y la paz, pero sí hay una diferencia entre las fases ascendente y decadente de la sociedad capitalista (y en la relación entre la guerra y la paz) en cada una de esas fases.
Mientras que en la primera fase la guerra tenía la función de garantizar la expansión del mercado y, por ende, la producción de medios de consumo, en la segunda fase la producción se orienta esencialmente hacia los medios de destrucción, es decir, hacia la guerra. La decadencia de la sociedad capitalista se manifiesta de manera más llamativa en el hecho de que, mientras que en el período ascendente las guerras tenían la función de estimular el desarrollo económico, en el período decadente la actividad económica se limita esencialmente a la búsqueda de la guerra.
Esto no significa que la guerra se haya convertido en el objetivo de la producción capitalista; el objetivo sigue siendo para el capitalismo la producción de plusvalía, pero sí que significa que la guerra, al haber tomado un carácter permanente se ha convertido en el modo de vida del capitalismo decadente»[9].
Este análisis ha resultado ser totalmente válido, ya que desde entonces el mundo ha sido testigo de más de un centenar de conflictos bélicos que han causado al menos tantas muertes como la Segunda Guerra Mundial. Esta espiral bélica se ha intensificado considerablemente en las últimas cuatro décadas, como lo demuestra el sangriento escenario actual tanto en Ucrania como en Medio Oriente.
En marzo de 1946, la GCF aprobó las “Tesis sobre la naturaleza del Estado y la Revolución Proletaria”[10]; este documento constituyó una nueva contribución importante, en particular sobre el papel del Estado en el período de decadencia y la posición del proletariado frente a él. La Internacional Comunista ya había tomado conciencia del papel omnipresente del Estado en todos los ámbitos de la sociedad y, en particular, en el plano económico. El Manifiesto del Primer Congreso de la Internacional Comunista, celebrado en marzo de 1919, defendía claramente que «la estatización de la vida económica, contra la que tanto protestaba el liberalismo capitalista, es un hecho consumado. Volver, ya no a la libre competencia, sino simplemente al dominio de los trusts, los sindicatos y otras pulpos capitalistas, es ya ahora imposible». Esta previsión se confirmaría plenamente en las décadas siguientes y, sobre todo, tras la crisis de 1929, que recordó a la burguesía que la intervención del Estado en la gestión del capital nacional se había convertido en una necesidad ineludible y permanente. Los preparativos para la guerra durante los años treinta y, más aún, el deterioro de casi todos los grandes centros industriales del mundo en 1945, aceleraron aún más esta tendencia general hacia el capitalismo de Estado. Así pues, fue mediante un análisis riguroso de la dinámica del capitalismo desde la Primera Guerra Mundial como la GCF pudo demostrar que «el capitalismo de Estado no es un intento de resolver las contradicciones esenciales del capitalismo como sistema de explotación, sino la manifestación de dichas contradicciones. Cada grupo de intereses capitalistas intenta trasladar los efectos de la crisis del sistema a un grupo vecino y competidor, apropiándose de él como mercado y ámbito de explotación. El capitalismo de Estado nació de la necesidad de un grupo de capital dado de llevar a cabo su concentración y de someter a su control los mercados ajenos a él. La economía se transforma, por tanto, en una economía de guerra»[11].
Una vez más, el análisis y las previsiones de la GCF resultarán plenamente confirmados, ya que el papel cada vez más dominante del capitalismo de Estado a lo largo de los últimos 80 años no ha contrarrestado en absoluto la profundización de la crisis histórica del capitalismo. Más bien al contrario, ha constituido un poderoso factor de exacerbación de las contradicciones del sistema.[12]
Así, gracias a una comprensión mucho más clara y profunda de las características generales y permanentes del período de declive histórico del capitalismo, la GCF también fue capaz de zanjar cuestiones clave para la lucha revolucionaria, entre las que destacan las siguientes:
– En el período de ascenso del capitalismo, los sindicatos constituían organizaciones que permitían el desarrollo de la lucha en el plano económico. En el período de decadencia, constituyen órganos totalmente integrados en el Estado burgués contra el que hay que luchar.
– Si a lo largo del siglo XIX las luchas de liberación nacional y la independencia de las colonias podían formar parte de la táctica del proletariado, en la decadencia capitalista estas reivindicaciones no pueden sino empujar a la clase obrera a defender los intereses de la burguesía.
– Sobre la cuestión del Estado en el período de transición, la GCF prolongará la reflexión de Bilan defendiendo la idea de que la dictadura del proletariado deberá ejercerse a través de sus órganos específicos (los consejos), distintos de los del Estado. Se trata de una posición fundamental defendida y desarrollada posteriormente por la CCI.
Con el mismo rigor, la GCF siguió defendiendo hasta el final la única alternativa creíble que se le planteaba a la clase obrera tras la Segunda Guerra Mundial: «En las condiciones actuales del capitalismo, la guerra generalizada es inevitable. Pero esto no significa que la revolución sea ineludible, y menos aún su triunfo. La revolución no representa más que una de las ramas de la alternativa que su desarrollo histórico impone hoy a la humanidad. Si el proletariado no alcanza una conciencia socialista, se abrirá un camino hacia la barbarie del que, hoy, podemos apreciar algunos aspectos». Una vez más, la GCF se guardaba de todo esquematismo. A diferencia de Bordiga, quien, durante el mismo período, declaraba que «la revolución es tan cierta como si ya hubiera ocurrido», la GCF defendía, por el contrario, que el camino hacia el comunismo sería aún muy largo, plagado de obstáculos gigantescos y requeriría inmensos esfuerzos por parte de la clase obrera.
En la tercera parte, abordaremos la contribución de la GCF a la cuestión del partido y sus relaciones con la clase, así como las razones que provocaron su desaparición en 1952.
Vincent, 13 de abril de 2026
[1]Hace 80 años, la fundación de la Izquierda Comunista de Francia: mantener viva la chispa de la organización de los revolucionarios, CCI Online
[2]Como explicamos en la primera parte de esta serie, este grupo adoptó el nombre Gauche Communiste de France desde 1944 en adelante
[3]La lucha de clases contra la guerra imperialista - Las luchas obreras en Italia 1943 - Revista Internacional n°75
[4]Véase la primera parte de esta serie
[5]La Gauche communiste et le processus d’élaboration du programme (La Izquierda Comunista y el proceso de elaboración del programa) – Internationalisme n°18 (1947)
[6]Problemas actuales del movimiento obrero: Contra el concepto de jefe genial – Internationalisme n°25 (1947, republicada y traducida en nuestra Revista Internacional n°33
[7]Ídem
[8]Ídem
[9]Informe de la Situación Internacional, Izquierda Comunista de Francia, julio de 1945. Extractos publicados en Hace 50 años: Las verdaderas causas de la Segunda Guerra Mundial – Revista Internacional n°59.
[10] https://en.internationalism.org/content/1585/pamphlet-period-transition: Basic Texts 1 : THESES ON THE NATURE OF THE STATE AND THE PROLETARIAN REVOLUTION (1946). Ver también Marc Chirik and the state in the period of transition , International Review 168. En inglés
[11] La Evolución del capitalismo y la nueva perspectiva – Internationalisme n°46 (1952), republicado en nuestra Revista Internacional n°21. En inglés
[12]En el marco de este artículo, no es posible profundizar en la cuestión del capitalismo de Estado. Para ello, véanse las siguientes referencias:
- La Decadencia del Capitalismo, nuestro folleto disponible en francés e inglés
- Crise économique: l’État, dernier rempart du capitalisme, Révolution Internationale n°339 (2003). En francés
- Informe sobre la pandemia y desarrollo de la descomposición del 24º Congreso Internacional de la CCI, Revista Internacional n°167