X - El reflujo de la oleada revolucionaria y la degeneración de la Internacional

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La conquista victoriosa del poder en Rusia por la clase obrera en octubre de 1917 encendió una antorcha que iba a iluminar el mundo entero. La clase obrera de los países vecinos recoge inmediatamente el ejemplo de los obreros en Rusia. Ya en noviembre de 1917, la clase obrera en Finlandia se une al combate. En 1918, se producen oleadas de huelga que hacen temblar a los regímenes respectivos en los territorios checos, en Polonia, en Austria, en Rumania y Bulgaria. Y cuando, a su vez, los obreros alemanes en noviembre de 1918 entran en escena, la marea revolucionaria alcanza entonces a un país clave, un país decisivo en el porvenir de las luchas, un país en donde se va a jugar la victoria o la derrota de la revolución.

La burguesía alemana logró, ante todo gracias a las fuerzas de la democracia, impedir la conquista victoriosa del poder por la clase obrera y que la revolución se generalizara. Y lo logró, tras haber puesto fin rápidamente a la guerra en noviembre de 1918, gracias, después, al sabotaje de las luchas dirigido por la socialdemocracia y los sindicatos –trabajando conjuntamente con el ejército– para vaciar de sentido al movimiento. Y, finalmente, provocando un levantamiento prematuro.

La burguesía internacional se une para poner fin a la oleada revolucionaria

La serie de levantamientos que se produjeron en 1919, tanto en Europa como en otros continentes, la fundación de la República de los soviets en Hungría en marzo, la de consejos obreros eslovacos en junio, la ola de huelgas en Francia en la primavera así como las fuertes luchas en Estados Unidos y Argentina, todos esos acontecimientos ocurrieron cuando la extensión de la revolución en Alemania acababa de sufrir un parón. Al ser el elemento clave de la extensión de la revolución y al no haber logrado la clase obrera en Alemania derrocar a la clase capitalista con un asalto repentino y rápido, la oleada de luchas empieza a perder ímpetu en 1919. Los obreros seguirán luchando heroicamente contra la ofensiva de la burguesía en una serie de enfrentamientos en Alemania misma (en el momento del golpe de Kapp en marzo de 1920) y en Italia en el otoño de 1920, pero esas luchas no van a conseguir hacer avanzar el movimiento.

Y, en fin, esas luchas no lograrán romper la ofensiva que la clase capitalista ha lanzado contra el bastión aislado de los obreros en Rusia.

En la primavera de 1918, la burguesía rusa, derrocada muy rápidamente y casi sin violencia, entabla una guerra civil con el apoyo de 14 ejércitos de Estados «democráticos». En esta guerra civil que va a durar tres años, acompañada de un bloqueo económico cuyo objetivo es hacer morir de hambre a los obreros, los ejércitos «blancos» de los Estados capitalistas agotan a la clase obrera rusa. Mediante una ofensiva militar de la que sale victorioso el «Ejército rojo», la clase obrera es llevada a una guerra en la que debe enfrentarse, aisladamente, a la furia de los ejércitos imperialistas. Tras años de bloqueo y asedio, la clase obrera en Rusia sale de la guerra civil, a finales de 1920, exangüe, agotada, con más de un millón de muertos en sus filas y, sobre todo, políticamente debilitada.

A finales de 1920, cuando la clase obrera vive un primera derrota en Alemania, cuando la de Italia está siendo llevada a una trampa a través de las ocupaciones de fábrica, cuando el Ejército rojo fracasa en su marcha sobre Varsovia, los comunistas empiezan a comprender que la esperanza de una extensión rápida, continua de la revolución no va a realizarse. Al mismo tiempo, la clase capitalista se empieza a dar cuenta de que el peligro principal, mortal, que significaba el levantamiento de los obreros en Alemania, se estaba alejando momentáneamente.

La generalización de la revolución es atajada ante todo porque la clase capitalista ha sacado rápidamente lecciones de la conquista victoriosa del poder por los obreros en Rusia.

La explicación histórica del desarrollo explosivo de la revolución y de su derrota rápida estriba en que surgió contra la guerra imperialista y no como respuesta a una crisis económica generalizada como Marx lo había esperado. Contrariamente a la situación que prevalecerá en 1939, el proletariado no había sido derrotado de modo decisivo antes de la Iª Guerra mundial: fue capaz, tras tres años de carnicería, de desplegar una réplica revolucionaria a la barbarie del imperialismo mundial. Poner fin a la guerra y acabar así con las matanzas de millones de explotados sólo puede llevarse a cabo de manera rápida y decisiva atacando directamente al poder. Por eso la revolución, una vez iniciada, se desarrolló y se extendió con gran rapidez. Y en el campo revolucionario todo el mundo preveía y esperaba una victoria rápida de la revolución, al menos en Europa.

Sin embargo, si bien la burguesía es incapaz de poner fin a la crisis económica de su sistema, sí que puede, en cambio, hacer cesar una guerra imperialista cuando tiene que hacer frente a una amenaza revolucionaria. Y es lo que hace cuando la marea revolucionaria alcanza el corazón del proletariado mundial en Alemania. Fue así cómo los explotadores pudieron empezar a darle la vuelta a la dinámica hacia la extensión internacional de la revolución.

El balance de la oleada revolucionaria de 1917-23 pone de relieve, de modo irrefutable, que la guerra mundial, ya antes de la era de las armas atómicas de destrucción masiva, proporciona un terreno poco favorable para la victoria del proletariado. Como lo subrayaba Rosa Luxemburgo en el Folleto de Junius, la guerra moderna global, al matar a millones de proletarios, incluidas sus vanguardias experimentadas y más conscientes, pone en peligro las bases mismas de la victoria del socialismo. Crea además condiciones de lucha diferentes para los obreros según sean de los países vencidos, neutrales, o vencedores. No es causalidad si la ola revolucionaria es más fuerte en el campo de los vencidos, Rusia, Alemania, Imperio austro-húngaro, pero también en Italia (la cual pertenecía, formalmente, al campo de los vencedores, pero salió «perdedora»). En cambio, la marea revolucionaria fue mucho más floja en países como Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos. Estos fueron no sólo capaces de estabilizar temporalmente la economía mediante las expoliaciones de guerra, sino de contaminar a muchos obreros con la euforia de la «victoria». La burguesía incluso, consigue hasta cierto punto, reavivar las brasas del chovinismo. Así, a pesar de la solidaridad mundial con la revolución de Octubre y la influencia creciente de los revolucionarios internacionalistas durante la guerra, la ponzoña nacionalista inoculada por la clase dominante sigue causando estragos en las filas obreras una vez comenzada la revolución. El movimiento revolucionario en Alemania da algún que otro ejemplo edificante: la influencia del nacionalismo extremista, pretendidamente «comunista de izquierda», de los nacional-bolcheviques, los cuales, durante la guerra, en Hamburgo, distribuyeron octavillas antisemitas contra la dirección de Spartakus a causa de la posición internacionalista de éste; los sentimientos patrióticos reavivados tras la firma del Tratado de Versalles; el patrioterismo antifrancés suscitado por la ocupación del Rhur en 1923, etc. Como lo veremos en la continuación de esta serie de artículos, la Internacional comunista, en su fase de degeneración oportunista, va a intentar cada vez más, subirse al carro nacionalista en lugar enfrentarse a él.

Pero la inteligencia y la perfidia de la burguesía alemana no sólo se expresan cuando pone inmediato fin a la guerra en cuanto los obreros empiezan a lanzarse al asalto del Estado burgués. Contrariamente a la clase obrera en Rusia, que hace frente a una burguesía débil e inexperimentada, la de Alemania se enfrenta al bloque unido de las fuerzas del capital, y a la cabeza de éste, a la socialdemocracia y a los sindicatos.

Sacando el máximo provecho de las ilusiones que sigue habiendo entre los obreros sobre la democracia, avivando y explotando sus divisiones nacidas de la guerra, sobre todo entre «vencedores» y «vencidos», mediante una serie de maniobras políticas y de provocaciones, la clase capitalista ha logrado coger a la clase obrera en sus redes y derrotarla.

La extensión de la revolución se para. Tras haber sobrevivido a la primera ola de las reacciones de los obreros, la burguesía puede ahora pasar a la ofensiva. Y va a hacerlo todo por dar la vuelta a la relación de fuerzas en su favor.

Vamos ahora a examinar cómo reaccionaron las organizaciones revolucionarias frente al parón de la lucha de clases y cuáles fueron las consecuencias para la clase obrera en Rusia.

La Internacional comunista del Segundo congreso al Tercero

Cuando la clase obrera empieza a moverse en Alemania, en noviembre de 1918, los bolcheviques, ya en diciembre, llaman a una conferencia internacional. En esos momentos, la mayoría de los revolucionarios piensan que la conquista del poder por la clase obrera en Alemania va a alcanzarse al menos tan rápidamente como en Rusia. En la carta de invitación a la conferencia, se propone que se organice en Alemania (legalmente) o en Holanda (ilegalmente) el 1º de febrero de 1919. Nadie prevé, en un primer tiempo, que la conferencia se verifique en Rusia. Pero el aplastamiento de los obreros en enero de 1919 en Berlín, el asesinato de los jefes revolucionarios Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht y la represión organizada por los cuerpos francos, dirigidos por el propio Partido socialdemócrata (SPD), hacen imposible la reunión en la capital alemana. Sólo entonces se decide por Moscú. Cuando la Internacional comunista se funda en marzo de 1919, Trotski escribe en Izvestia el 29 de abril de 1929: «Si el centro de la Internacional está hoy en Moscú, mañana se desplazará –de ello estamos plenamente convencidos– al Oeste, hacia París, Berlín, Londres».

Para todas las organizaciones revolucionarias, la política de la IC está determinada por los intereses de la revolución mundial. Los primeros debates del Congreso están marcados por la situación en Alemania, sobre el papel de la Socialdemocracia en el aplastamiento de la clase obrera durante las luchas de enero y sobre la necesidad de combatir contra ese partido como fuerza capitalista que es.

Trotski escribe en el artículo mencionado arriba: «La cuestión del “derecho de progenitura” revolucionario del proletariado ruso es sólo algo temporal… La dictadura del proletariado ruso no será abolida de una vez por todas y transformada en una construcción general del socialismo más que cuando la clase obrera europea nos haya liberado del yugo económico y sobre todo militar de la burguesía europea» (Trotski, Izvestia, 29/04 y 1/05 de 1919). Y también «Si el pueblo europeo no se subleva y echa abajo al imperialismo, seremos nosotros los derrotados, de eso no cabe la menor duda. O la Revolución rusa abre las compuertas a la marea de las luchas en el Oeste, o los capitalistas de todos los países aniquilarán y estrangularán nuestra lucha» (Trotski en el IIº congreso de los Soviets).

Después de que varios partidos entraran en la IC en poco tiempo, en su IIº congreso de julio de 1920 se dice: «En ciertas circunstancias, puede haber el peligro para la IC de que se diluya en medio de grupos que se balancean entre convicciones políticas a medias y que no están todavía liberados de la ideología de la IIª Internacional. Por esta razón, el IIº Congreso mundial de la IC considera que es necesario establecer condiciones muy precisas para la admisión de nuevos partidos».

Aunque la Internacional comunista se funda en lo candente de la situación, establece límites claros sobre cuestiones tan centrales como la extensión de la revolución, la conquista del poder político, la delimitación más clara posible respecto a la Socialdemocracia, la denuncia clara de la democracia burguesa; en cambio, temas como los sindicatos o la cuestión parlamentaria, la IC los deja abiertos.

La mayoría de la IC adopta la orientación de participar en las elecciones parlamentarias, pero sin que ello sea una obligación explícita, pues una fuerte minoría (especialmente el grupo formado en torno a Bordiga, llamado, entonces, «la fracción abstencionista») se opone a ello totalmente. En cambio, la IC decide que es obligatorio que todos los revolucionarios trabajen en los sindicatos. Los delegados del KAPD (Partido comunista obrero), que han abandonado el Congreso antes de su comienzo, algo totalmente irresponsable, se impiden así defender su punto de vista sobre esas cuestiones, contrariamente a los camaradas italianos. El debate entablado antes del congreso con la publicación del texto de Lenin, la Enfermedad infantil del comunismo, va a evolucionar en torno a la cuestión de los métodos de lucha en la nueva época de decadencia del capitalismo. Es en esta batalla cuando aparece la Izquierda comunista.

Sobre el desarrollo venidero de la lucha de clases, en el IIº Congreso se manifiesta todavía el optimismo. Durante el verano de 1920, todo el mundo tiene puestas sus esperanzas en que se intensifiquen las luchas revolucionarias. Pero, tras la derrota de las luchas del otoño de 1920, la tendencia va a invertirse.

El reflujo de la lucha de clases, un trampolín para el oportunismo

En las Tesis sobre la situación internacional y las tareas de la Internacional comunista, ésta, en su IIIer congreso de julio de 1921, analiza la situación del modo siguiente: «Durante el año transcurrido entre el IIo y el IIIer congresos de la Internacional comunista, una serie de sublevaciones y de batallas de la clase obrera han terminado en derrotas parciales (la ofensiva del Ejército rojo sobre Varsovia en agosto de 1920, el movimiento del proletariado italiano en septiembre de 1920, el levantamiento de los obreros alemanes en septiembre de 1921). El primer período del movimiento revolucionario de la posguerra debe ser considerado como globalmente terminado, la confianza de la clase burguesa en sí misma y la estabilidad de sus órganos de Estado se han reforzado sin lugar a dudas (…) Los dirigentes de la burguesía (…) han llevado a cabo por todas partes una ofensiva contra las masas obreras (…) Frente a esta situación, la IC se plantea y plantea al conjunto de la clase obrera las cuestiones siguientes: ¿en qué medida las nuevas relaciones políticas entre el proletariado y la burguesía corresponden más profundamente a la relación de fuerzas entre los dos campos opuestos? ¿Es cierto que la burguesía está a punto de restaurar el equilibrio social trastornado por la guerra? ¿Hay bases que hagan suponer que la época de paroxismos políticos y batallas de clase está siendo superada por una nueva época prolongada de restauración y de crecimiento capitalista? ¿Exigirá todo esto revisar el programa o la táctica de la Internacional comunista?» (Tesis sobre la situación internacional y las tareas de la IC, IIIer congreso mundial, 4 de julio de 1921).

Y en las Tesis sobre la táctica, se sugiere que: «la revolución mundial (…) necesitará un período más largo de luchas (…) La revolución mundial no es un proceso lineal». La IC va a adaptarse a la nueva situación de diferentes maneras.

La consigna «Hacia las masas»: un paso hacia la confusión oportunista

En un reciente artículo ya hemos tratado de la falsa teoría de la ofensiva. Parte de la IC y parte del campo revolucionario en Alemania animan en efecto a la «ofensiva» y a «golpear» para apoyar a Rusia. Teorizan así su aventurismo en «teoría de la ofensiva» según la cual, el partido puede lanzarse al asalto del capital sin tener en cuenta ni la relación de fuerzas ni la combatividad de la clase, basta con que el partido sea lo suficientemente valiente y decidido.

La historia ha demostrado, sin embargo, que la revolución proletaria no puede provocarse artificialmente y que el partido no puede compensar la ausencia de iniciativa y de combatividad de las masas obreras. Incluso si la IC acaba finalmente rechazando las actividades aventuristas del KPD (Partido comunista) en julio de 1921, en su IIIer congreso preconiza ella misma medios oportunistas para incrementar su influencia entre las masas indecisas: «Hacia las masas, ésa es la primera consigna que el IIIer congreso envía a los comunistas de todos los países». En otras palabras, si las masas no se mueven, serán los comunistas los que tengan que ir a las masas.

Para aumentar su influencia entre las masas, la IC, en el otoño de 1920, anima a la organización de partidos de masas en varios países. En Alemania, el ala izquierda del USPD (Partido socialdemócrata independiente) centrista se une al KPD para formar en VKPD en diciembre de 1920 (lo que hace que los efectivos asciendan a 400 000 miembros). En ese mismo período, el Partido comunista checo, con sus 350 000 miembros y el Partido comunista francés con unos 120 000 son admitidos en la Internacional.

«Desde el primer día de su formación, la IC se propuso clara e inequívocamente el objetivo de no formar pequeñas sectas comunistas (…), sino, al contrario, el de participar en las luchas de la clase obrera, orientándolas en una dirección comunista y formar, en la lucha, grandes partidos comunistas revolucionarios. Desde el principio de su existencia, la IC ha rechazado las tendencias sectarias llamando a sus partidos asociados –cualquiera que sea su tamaño– a participar en los sindicatos para, desde dentro, derrotar a su burocracia reaccionaria y transformarlos en órganos revolucionarios de masas, en órganos de lucha. (…) En su IIº Congreso, la IC rechazó claramente las tendencias sectarias en su resolución sobre la cuestión sindical y la utilización del parlamentarismo. (…) El comunismo alemán, gracias a la táctica de la IC (trabajo revolucionario en los sindicatos, cartas abiertas, etc.) (…) ha llegado a ser un gran partido revolucionario de masas. (…). En Checoslovaquia, los comunistas han conseguido atraerse a la mayoría de los obreros organizados políticamente. (…) En cambio, los grupos comunistas sectarios (como el KAPD, etc.) no han sido capaces de obtener el mínimo éxito» (Tesis sobre la táctica, IIIer congreso de la IC).

En realidad, ese debate sobre los medios de la lucha y la posibilidad de un partido de masas en la nueva época del capitalismo decadente ya se había iniciado en el congreso de fundación del KPD en diciembre 1918-enero 1919. En esta época, el debate se centra en la cuestión sindical y en saber si se puede todavía utilizar el parlamento burgués.

Incluso si Rosa Luxemburgo, en ese congreso, se pronuncia todavía por la participación en las elecciones parlamentarias y por el trabajo en los sindicatos, lo que aparece es la visión clara de las nuevas condiciones de lucha que han surgido, condiciones en las cuales los revolucionarios deben luchar por la revolución con la mayor perseverancia y sin la crédula ilusión de «soluciones rápidas». Poniendo en guardia al Congreso contra la impaciencia y la precipitación, Rosa dice con mucha insistencia: «Si describo el proceso de este modo, ese proceso puede aparecer en cierta manera más largo que nosotros lo imaginábamos al principio». Incluso en el último artículo que escribió antes de su asesinato, afirma: «De todo eso, se puede concluir que no podemos esperar una victoria final y duradera en estos momentos» (El orden reina en Berlín).

El análisis de la situación y la evaluación de la relación de fuerzas entre las clases siempre ha sido una de las tareas primordiales de los comunistas. Si no asumen correctamente esas responsabilidades, si siguen esperando un movimiento ascendente cuando está retrocediendo, existe el peligro de caer en reacciones de impaciencia, aventuristas, e intentar sustituir el movimiento de la clase por intentonas artificiales.

Es la dirección del Partido comunista alemán la que, en una conferencia de octubre de 1919, tras el primer reflujo de luchas en Alemania, se propone orientar su trabajo hacia una participación en los sindicatos y en las elecciones parlamentarias para incrementar así su influencia en las masas trabajadoras, dando así la espalda a la vía mayoritaria de su congreso de fundación. Dos años más tarde, en el IIIer congreso de la IC, este debate vuelve a surgir.

La izquierda italiana, en torno a Bordiga, ya se había opuesto a la orientación del IIo congreso sobre la participación en las elecciones parlamentarias (ver Tesis sobre el parlamentarismo), advirtiendo en contra de esa orientación, campo abonado para el oportunismo, y aunque el KAPD no pudo hacerse oír en el IIo congreso, su delegación interviene, en contra de esa dinámica oportunista, en el IIIer congreso en circunstancias más difíciles.

Mientras que el KAPD subraya que «el proletariado necesita un partido-núcleo muy formado», la IC busca una puerta de salida en la creación de partidos de masas. La posición del KAPD es rechazada.

La orientación oportunista «Hacia las masas», va a facilitar, además, la adopción de la «táctica de frente único» que será adoptada unos meses después del IIIer congreso.

Lo que debe resaltarse en esta cuestión es que la IC se mete por ese camino en un momento en que la revolución en Europa ha dejado de extenderse y la marea de luchas está en reflujo. De igual modo que la Revolución rusa de 1917 fue la apertura de una oleada internacional de luchas, el declive de la revolución y el retroceso político de la IC son el resultado y una expresión de la evolución de la relación internacional de fuerzas. Son las circunstancias históricamente poco favorables para una revolución que emerge de una guerra mundial, junto con la inteligencia de una burguesía que puso fin a esa guerra a tiempo y jugó la carta de la democracia, lo que, impidiendo que se extendiera la revolución, ha creado las condiciones del oportunismo creciente en la Internacional.

El debate sobre la evolución en Rusia

Para comprender las reacciones de los revolucionarios hacia el aislamiento de la clase obrera en Rusia y el cambio en la relación de fuerzas entre burguesía y proletariado, debemos examinar la evolución de la situación en Rusia misma.

Cuando en octubre de 1917, la clase obrera, dirigida por el partido bolchevique, toma el poder, en Rusia a nadie se le ocurre pensar que pueda existir la menor posibilidad de construir el socialismo en un solo país. La clase entera tiene sus ojos puestos en el extranjero, en espera de una ayuda del exterior. Y cuando los obreros toman las primeras medidas económicas, tales como la confiscación de las fábricas y las dirigidas hacia el control de la producción, son precisamente los bolcheviques quienes ponen sobre aviso en contra de las ilusiones que esas medidas hicieran nacer. Los bolcheviques son muy claros sobre el carácter prioritario y vital de las medias políticas, o sea, las que van hacia la generalización de la revolución. Tienen muy claro que la conquista del poder por el proletariado en un país no significa, ni mucho menos, abolición del capitalismo. Mientras la clase obrera no haya derrocado a la clase dominante a escala mundial o en regiones decisivas, las primordiales y determinantes son las medidas políticas. En las zonas conquistadas, el proletariado sólo puede administrar, en el mejor interés propio, la penuria característica de la sociedad capitalista.

Más grave todavía, en la primavera de 1918, cuando los Estados capitalistas organizan el bloqueo económico y se lanzan a la guerra civil en apoyo de la burguesía rusa, la clase obrera y los campesinos rusos están inmersos en una situación económica desastrosa. ¿Cómo resolver los graves problemas de penuria alimenticia a la vez que hay que enfrentarse al sabotaje organizado por la clase capitalista? ¿Cómo organizar y coordinar los esfuerzos militares para replicar con eficacia a los ataques de los ejércitos blancos? Únicamente el Estado es capaz de hacer frente a ese tipo de tareas. Se trata sin lugar a dudas de un nuevo Estado el surgido tras la insurrección, pero, en bastantes niveles, siguen en él las categorías anteriores de funcionarios. Y para hacer frente a la amplitud de tareas como la guerra civil y la lucha contra el sabotaje desde dentro, las milicias del primer período no son suficientes; hay que crear un ejército rojo y órganos de represión especializados.

La clase obrera tiene las riendas del poder desde la revolución de Octubre y durante el período siguiente y las principales decisiones son tomadas por los soviets. Pero con bastante rapidez se va a abrir paso un proceso en el que los soviets van a ir perdiendo cada día más poder y sus medios de coerción en beneficio del Estado surgido tras la insurrección. En lugar de que sean los soviets los que controlan el aparato de Estado, los que ejercen su dictadura sobre el Estado, los que utilizan el Estado como instrumento para la clase obrera, es ese nuevo «órgano» –que los bolcheviques nombran, erróneamente, «Estado obrero»– el que empieza a minar el poder de los soviets y a imponerle sus propias directivas. El origen de esta evolución es la persistencia del modo de producción capitalista. El Estado postinsurreccional no sólo no ha empezado a extinguirse, sino que, muy al contrario, tiende a hincharse cada vez más. Esta tendencia va a acentuarse a medida que la marea revolucionaria va a dejar de extenderse, cuando no a retroceder, dejando cada día más aislada a la clase obrera de Rusia. Cuanta menos capacidad tenga el proletariado para presionar sobre la clase capitalista a escala internacional, menos capaz será de contrarrestar sus planes y, sobre todo, impedir las operaciones militares contra Rusia; así es cómo la burguesía va a disponer de un mayor margen de maniobra para estrangular la revolución en Rusia. Es en esa dinámica de la relación de fuerzas en la que el Estado postinsurreccional en Rusia va a desarrollarse. Es la capacidad de la burguesía para impedir la extensión de la revolución lo que hace que el Estado se vuelva cada vez más hegemónico y «autónomo».

Para hacer frente a la penuria creciente de bienes impuesta por los capitalistas, a las malas cosechas, al sabotaje de los campesinos, a las destrucciones causadas por la guerra civil, a las hambrunas y las epidemias resultantes, el Estado dirigido por los bolcheviques se ve obligado a tomar cada vez más medidas coercitivas de todo tipo, tales como la confiscación de las cosechas y el racionamiento de casi todo. Se ve también obligado a buscar lazos comerciales con los países capitalistas: esto no se plantea en un plano moral, sino de simple supervivencia. Sólo el Estado puede administrar directamente la penuria y el comercio, pero ¿quién controla al Estado?

¿Quién debe ejercer el control sobre el Estado?, ¿el partido o los consejos?

En aquella época, la idea de que el partido de la clase obrera debía tomar el poder en nombre de ella, el poder y por lo tanto los puestos de mando del nuevo Estado postinsurreccional es algo ampliamente compartido por los revolucionarios. Y es así como a partir de octubre de 1917, los miembros dirigentes del Partido bolchevique ocupan las más altas funciones del nuevo Estado y empiezan a identificarse con ese Estado mismo.

Esa idea hubiera sido puesta en entredicho y rechazada si, gracias a otras insurrecciones victoriosas, especialmente en Alemania, la clase obrera hubiera ido venciendo a la burguesía a nivel internacional. Tras una victoria así, el proletariado y sus revolucionarios habrían poseído los medios para poner en evidencia las diferencias y, en definitiva, los conflictos de intereses que existen entre Estado y revolución. Habrían podido criticar mejor los errores de los bolcheviques. Pero el aislamiento de la Revolución rusa hizo que el partido, a su vez, se planteara cada vez más como defensor del Estado en lugar de defender los intereses del proletariado internacional. Poco a poco la iniciativa se va de las manos de los obreros y el Estado va a desplegar sus tentáculos, volverse autónomo. El Partido bolchevique, por su parte, va a ser el primer rehén y el principal promotor de su desarrollo.

Durante el invierno de 1920-21, al final de la guerra civil, se agravan más todavía las hambres hasta el punto que la población de Moscú, de la que una parte intenta huir de la hambruna, desciende a la mitad y la de Petrogrado a la tercera parte. Se multiplican las revueltas campesinas y las protestas obreras. Una oleada de huelgas surge sobre todo en la región de Petrogrado, siendo los marineros de Cronstadt la punta de lanza de la resistencia contra la degradación de las condiciones de vida y contra el Estado. Establecen reivindicaciones económicas y políticas: junto al rechazo de la dictadura del partido, lo que plantean ante todo es la reivindicación de la renovación de los soviets.

El Estado, y a su cabeza el partido bolchevique, decide enfrentar violentamente a los obreros, considerándolos como fuerzas contrarrevolucionarias manipuladas por el extranjero. Por primera vez, el Partido bolchevique participa de manera homogénea en el aplastamiento violento de una parte de la clase obrera. Y esto ocurre en el momento en que se celebra el 50o aniversario de la Comuna de París y tres años después de que Lenin, en el congreso de fundación de la IC, escribiera la consigna de «Todo el poder a los soviets» en los estandartes de la Internacional. Aunque es el partido bolchevique el que asume concretamente el aplastamiento de Cronstadt, es todo el movimiento revolucionario el que está en el error sobre la naturaleza de esa sublevación. La Oposición obrera rusa, al igual que los partidos miembros de la Internacional, lo condenan claramente.

En respuesta a esa situación de descontento general creciente y para incitar a los campesinos a producir y a llevar sus cosechas a los mercados, se decide, en marzo de 1921, introducir la Nueva economía política (NEP), la cual no significa, ni mucho menos, un «retorno» al capitalismo por la sencilla razón de que éste no ha desaparecido, sino que es una adaptación a la penuria y a las leyes del mercado. Se firma al mismo tiempo un acuerdo comercial entre Gran Bretaña y Rusia.

Respecto a ese problema del Estado y de la identificación del partido con el Estado, existen divergencias en el partido bolchevique. Como lo hemos escrito en la Revista internacional nº 8 y nº 9, ya hay voces de comunistas de izquierda en Rusia que dan la alarma y advierten contra el peligro de un régimen capitalista de Estado. Ya en 1918, el periódico el Comunista protesta contra los intentos de disciplinar a la clase obrera. Aunque con la guerra civil la mayoría de las críticas quedan en un segundo plano, aunque bajo la agresión de los capitalistas extranjeros se cierran filas en el partido, se sigue sin embargo desarrollando una oposición contra el peso creciente de las estructuras burocráticas en el seno del partido. El grupo Centralismo democrático en torno a Osinski, fundado en 1919, critica la pérdida de iniciativa de los obreros y llama al restablecimiento de la democracia en el seno del partido, especialmente el la 9ª conferencia del otoño de 1920 en donde aquél denuncia la burocratización en auge.

El propio Lenin, quien sin embargo está asumiendo las más altas responsabilidades estatales, es quien mejor presiente el peligro que puede representar ese nuevo Estado para la revolución. Es a menudo el que más determinación expresa en sus argumentos, llamando y animando a los obreros a defenderse contra ese Estado.

En el debate sobre la cuestión sindical, por ejemplo, mientras que Lenin insiste en que los sindicatos deben servir para defender los intereses obreros, incluso contra el «Estado obrero» que sufre deformaciones burocráticas –prueba clara de que Lenin admite la existencia de un conflicto entre el Estado y la clase obrera–, Trotski reclama la integración total de los sindicatos en el «Estado obrero». Quiere terminar la militarización del proceso de producción, incluso después de la guerra civil. El grupo Oposición obrera, que aparece por vez primera en marzo de 1921 en el Xº congreso del partido, quiere que la producción esté controlada por los sindicatos industriales y éstos bajo el control del Estado soviético.

En el seno del partido, las decisiones se transfieren cada vez más de las conferencias del partido a las reuniones del Comité central y del Buró político recientemente constituido. La militarización de la sociedad que la guerra civil ha provocado se va extendiendo en profundidad desde el Estado hasta las filas del partido. En lugar de animar a la iniciativa de sus miembros en los comités locales, el partido somete la totalidad de la actividad política en su seno al control estricto de la dirección, a través de «departamentos» políticos, lo cual acaba plasmándose en la decisión del Xº congreso de marzo de 1921, de prohibir las fracciones en el partido.

En la segunda parte de este artículo, analizaremos la resistencia de la Izquierda comunista contra esas tendencias oportunistas y cómo la Internacional acabó siendo cada vez más el instrumento del Estado ruso.

D.V.

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