Editorial
Época terrible para la economía mundial desde que se inició, el año pasado en EE.UU., la crisis, todavía bien presente, de las hipotecas inmobiliarias de alto riesgo. Nunca antes la situación había sido tan peligrosa desde el retorno de la crisis abierta del capitalismo a finales de los años 60, y eso que la burguesía ha intentado por todos los medios limitar sus repercusiones:
La situación actual es, pues, no sólo la repetición, pero peor, de las manifestaciones de la crisis desde finales de los años 60, sino que es además un compendio simultáneo y explosivo de todas ellas, lo cual da a la catástrofe económica una nueva índole que favorece el cuestionamiento del sistema. Otra señal de estos tiempos que los distingue de las décadas precedentes: mientras que, hasta ahora, la economía de la primera potencia mundial, Estados Unidos, había desempeñado el papel de locomotora para evitar las recesiones o salir de ellas, al único lugar al que hoy arrastra la locomotora norteamericana al resto del mundo es hacia la recesión y el precipicio.
George Bush es sin duda el tipo más optimista de Estados Unidos, quizás, incluso, sobre la situación económica, sea el único en serlo. El 28 de febrero, aún reconociendo el posible riesgo de freno económico, el presidente de EE.UU declaraba: "No creo que vayamos hacia una recesión... Creo que los elementos fundamentales de nuestra economía gozan de buena salud... que prosigue el crecimiento de una manera incluso más sólida que la de hoy. Por eso seguimos estando a favor de un dólar fuerte" ([2]).
Dos semanas después, el 14 de marzo, en una reunión con economistas en Nueva York, el presidente reiteró su optimismo, expresando su confianza en la capacidad de "rebote" de la economía de EE.UU. Era el mismo día en que la Reserva federal y el banco JP Morgan Chase tuvieron que colaborar en un plan urgente de salvamento del Bear Stearns, gran banco de negocios de Wall Street, amenazado con una retirada masiva de fondos por parte de sus clientes, guión bastante parecido, por cierto, al de la Gran Depresión de 1929. Ese mismo día ocurrieron estos hechos: el precio del barril de petróleo alcanzó el récord de 111 $, a pesar de una oferta mayor que la demanda; el gobierno anunció el aumento de 60 % de embargos de bienes inmuebles en febrero; y el dólar llegó a su nivel más bajo respecto al euro. El señor Bush podrá ver turbia la realidad, pero lo que sí está claro es que la prosperidad aparente que acompañó el boom inmobiliario y su "burbuja" en estos últimos años ha abierto las compuertas a una catástrofe económica de gran amplitud en la economía más fuerte del mundo, poniéndose así la crisis económica en el primer plano de la situación internacional.
Desde principios de 2007, cuando aparecieron los primeros síntomas de que el boom llegaba a su término, los economistas burgueses discutían sobre la posibilidad de que la economía norteamericana entrara o no en recesión. Hace apenas tres meses, a principios de 2008, había todo un abanico de previsiones económicas, desde las "pesimistas" que decían que la recesión ya había empezado en diciembre, hasta las "optimistas" que seguían esperando el milagro que hiciera evitarla. Y entre unos y otros, estaban los peritos que no se comprometen afirmando que la economía podía evolucionar en un sentido o en el contrario. Pero las cosas se han acelerado tanto en estos meses que, menos para Bush, ya no hay lugar para optimismos o "centrismos". Hoy unos y otros son unánimes en decir que se terminaron los días de bonanza. O, dicho de otro modo, la economía estadounidense está ahora en recesión o, en el mejor de los casos, muy cerca de ella.
Sin embargo, el reconocimiento por la burguesía de que el capitalismo americano tiene dificultades sirve de poco para comprender el estado real del sistema. La definición oficial que la burguesía da a una recesión es la de un crecimiento económico negativo durante dos trimestres seguidos. El National Bureau of Economic Research (Instituto nacional de investigación económica) usa otro criterio, algo más útil, que define la recesión como un declive significativo y prolongado de la actividad que afecta a toda la economía y a indicadores como los sueldos, el empleo, la venta al por menor y la producción industrial. Con esta definición, la burguesía no puede identificar la recesión si no ha empezado desde hace algún tiempo, incluso a menudo mientras no haya pasado lo peor. O sea que según ciertos cálculos, habrá que esperar todavía algunos meses antes de saber, según esos criterios, si hay recesión y cuándo ha empezado.
Y en esto, las diferentes previsiones que llenan las páginas de los periódicos son muy engañosas. En última instancia lo único para lo que sirven es para ocultar el estado catastrófico del capitalismo norteamericano que no podrá sino empeorar en los próximos meses sea cual sea la fecha oficial de la entrada de la economía en recesión.
Lo que debe subrayarse es que la crisis actual no refleja ni mucho menos que la economía estadounidense sería una economía saludable, pero que estaría pasando un mal momento en un ciclo comercial, en fin de cuentas normal, entre expansión y recesión. Lo que estamos viviendo son las convulsiones de un sistema en estado de crisis crónica, con solo algunos momentos efímeros de remisión gracias a unas medicinas tóxicas que acaban agravando la siguiente recaída.
Esa es la historia del capitalismo norteamericano - y del capitalismo como un todo - desde finales de los años 1960 y el retorno de la crisis económica abierta. Durante cuatro décadas, entre períodos de reanudación y de recesión oficialmente reconocidos, el conjunto de la economía sólo ha funcionado gracias a las políticas capitalistas de Estado monetarias y fiscales que los gobiernos han tenido que aplicar para atajar los efectos de la crisis. La situación, sin embargo, no se ha mantenido estática. Durante todos estos largos años de crisis y de intervención del Estado para gestionarla, las economías han acumulado tantas contradicciones que hoy existe una amenaza real de catástrofe económica como nunca antes se había conocido en la historia capitalista.
Tras el estallido de la burbuja Internet y tecnológica en 2000-2001, la burguesía se salió del paso creando una nueva burbuja inflada esta vez con los bienes inmuebles. A pesar de que industrias clave del sector industrial como la automoción o la aviación, por ejemplo, siguieron sufriendo quiebras, el boom inmobiliario de los cinco últimos años produjo la ilusión de una economía en expansión. Y ahora ese boom ha acabado en un crac que recorre todo el edificio capitalista y cuyas futuras repercusiones nadie puede prever por ahora.
Según los datos más recientes, la actividad relacionada con el sector inmobiliario se halla en un desbarajuste total. La construcción de nuevas viviendas ha caído un 40 % desde la cumbre alcanzada en 2006; las ventas han caído todavía más rápidamente y con ellas los precios. El precio de la vivienda ha caído un 13 % en el conjunto de EE.UU. desde el pico alcanzado en 2006 y se prevé que siga bajando hasta 15 y 20 % antes de tocar fondo. El boom inmobiliario deja una cantidad enorme de viviendas vacías por vender - unos 2,1 millones, más o menos el 2,6 % del parque inmobiliario nacional. El año pasado los embargos se limitaron sobre todo a los créditos hipotecarios llamados subprimes, otorgados a personas que disponían de pocos medios para reembolsar. En noviembre de 2007 una cuarta parte de esos créditos dejaron de reembolsarse. Las suspensiones de pagos empiezan ahora a implicar también y de manera creciente a familias cuya situación financiera era relativamente buena. En noviembre, el 6,6 % de los reembolsos de esas hipotecas o se hicieron con retraso o ocasionaron embargos. Y signo de que lo peor está por llegar, ese punto culminante de los embargos inmobiliarios ocurrió antes incluso de que se revisaran al alza los tipos de interés de los créditos hipotecarios. Con la caída de los valores inmobiliarios, para mucha gente el valor actual de su vivienda no le permite reembolsar sus deudas inmobiliarias, de modo que la venta de sus bienes no solo no les dejará beneficio alguno sino que aumentará sus deudas. Esto crea una situación en la que es más sensato dejarlo todo y declararse en quiebra.
El estallido de la burbuja inmobiliaria está causando estragos en el sector financiero. Hasta ahora la crisis inmobiliaria ha generado más de 170 mil millones de dólares de pérdidas entre las mayores entidades financieras. Se han destruido miles de millones de dólares de valores bursátiles, haciendo que se tambalee Wall Street. Entre las grandes firmas que han perdido al menos la tercera parte de su valor en 2007, cabe citar Fannie Mae, Freddie Mac, Bear Stearns, Moody's y Citigroup ([3]). MBIA, una compañía especializada en la garantía de la salud financiera de las demás compañías, perdió casi ¡las tres cuartas partes de su valor! Han quebrado varias entidades con una actividad relacionada con créditos hipotecarios que antes estaban muy bien valoradas.
Y eso solo es el principio. Al irse acelerando los embargos, durante los meses venideros, los bancos tendrán más pérdidas y habrá una repentina penuria crediticia (el credit crunch) más grave todavía y con fuerte impacto en otros sectores de la economía.
Además, la crisis financiera relacionada con las hipotecas no es más que la punta del iceberg. Las imprudencias al otorgar créditos que han predominado en el mercado inmobiliario son también la norma en el ámbito de las tarjetas de crédito o el los préstamos para comprar automóviles y aquí también aparecen los problemas. A esa "sangre" se debe la pretendida "salud" capitalista actual. Su inconfesable secreto es la perversión del mecanismo crediticio para soslayar la ausencia de mercados solventes en los que vender las mercancías. El crédito se ha convertido en el medio básico con el que mantener la economía a flote e impedir que el sistema se desmorone bajo el peso de su crisis histórica. Pero es un medio que ya ha mostrado sus límites y los riesgos que acarrea: en los años 1980 ya, la crisis financiera de las economías de América Latina aplastadas por enormes deudas que eran incapaces de reembolsar; el desplome de los tigres y dragones asiáticos en 1997 y en 1998 fue lo mismo. En realidad, la burbuja inmobiliaria misma fue una reacción al estallido de la burbuja de Internet y tecnológica, un intento para superarla.
La crisis financiera actual tiene otra dimensión: la especulación rampante que ha acompañado a la burbuja inmobiliaria. No se trata aquí de una especulación de poca monta, de menudencias. Se trata, en realidad, de una especulación a gran escala en la que se han metido todas las entidades financieras por medio de la titularización ([4]) y la venta de hipotecas en los mercados bursátiles. Los mecanismos exactos de esos procedimientos son bastante oscuros, pero lo que sí es seguro es que se parecen mucho a los viejos procedimientos de Ponzi ([5]). Sea como sea, lo que demuestra el nivel actual de especulación, es hasta qué punto la economía se ha convertido en una "economía de casino" en la que el capital no se invierte en la economía real, sino que sirve para hacer apuestas.
A la burguesía americana le complace presentarse como la campeona ideológica del liberalismo. Eso no es más que una pose ideológica, pues la economía está dominada por la omnipresente intervención del Estado. Ese es el sentido del "debate" actual en el seno de la burguesía sobre cómo gestionar el barrizal económico de hoy. En el fondo, no hay nada nuevo: aplican las mismas viejas políticas monetarias y fiscales con la esperanza de espolear la economía.
Por ahora lo que se está haciendo para atenuar la crisis actual sigue siendo la misma política de siempre: las mismas viejas recetas del dinero fácil y el crédito barato para consolidar la economía. La respuesta norteamericana al credit crunch (restricción del crédito), es... ¡más crédito!. La Reserva federal ha bajado 5 veces sus tipos de interés desde septiembre de 2007 y por lo visto va a volver a hacerlo en la reunión prevista en marzo. Reconociendo explícitamente que ese remedio no funciona, la Reserva federal ha incrementado regularmente su intervención en los mercados financieros ofreciendo dinero barato: 200 mil millones que vienen a añadirse a los miles de millones ya ofrecidos en diciembre último, a las entidades financieras faltas de liquidez.
Por su parte, la Casa Blanca y el Congreso propusieron rápidamente un plan de relanzamiento (llamado, en ingles, economic stimulus package) que, en lo esencial, reduce impuestos a las familias y deducciones a las empresas, adopta una ley para atenuar la epidemia de impagos de hipotecas y revitalizar un mercado inmobiliario exangüe. Sin embargo, a causa de la amplitud de la crisis inmobiliaria y financiera, la solución de un reflotamiento masivo del casi hundido sector inmobiliario por parte del Estado se contempla cada vez más como una posibilidad. Lo gigantesco del coste de tal operación dejaría muy atrás las sumas invertidas en 1990 por el Estado norteamericano (casi 125 mil millones de dólares) para salvar la Saving and Loans Industry (el sistema estadounidense de Cajas de ahorro).
Queda por ver hasta dónde llegarán los esfuerzos del Estado para gestionar la crisis. Lo que sí es evidente es que como nunca antes, el margen de maniobra de las políticas económicas de la burguesía es cada vez más estrecho. Después de años y años de gestión de la crisis, la burguesía norteamericana gobierna una economía muy enferma. La deuda colosal nacional y privada, el déficit presupuestario federal, la fragilidad del sistema financiero y el enorme déficit del comercio exterior, todo ello agudiza las dificultades de la clase dominante para hacer frente al desmoronamiento de su sistema. En realidad, los remedios gubernamentales tradicionales para provocar un nuevo arranque de la economía no han producido el menor resultado positivo. Lo que parecen provocar, al contrario, es la agravación de la enfermedad que quieren curar. A pesar de los esfuerzos de la Reserva federal por liberar el crédito, estabilizar el sector financiero y revitalizar el mercado inmobiliario, los créditos son caros y difíciles de obtener. Wall Street vive en una montaña rusa permanente, oscilando de arriba abajo en una tendencia dominante a la baja.
Además, la política de la Reserva federal de dinero barato contribuye en la baja del dólar que ha alcanzado en las últimas semanas nuevos récords de bajada respecto al euro y otras monedas, haciendo subir el precio de mercancías como el petróleo. El aumento de los precios de la energía, de la alimentación y otras mercancías simultáneo con la disminución grave de la actividad económica aumenta el temor de los "peritos" de que entremos en un período de "estanflación" (o sea, a la vez estancamiento e inflación) de la economía norteamericana. La inflación actual ya está restringiendo el consumo de la población que intenta vivir con unos ingresos que, en cambio, no se incrementan, obligando a la clase obrera y a otros sectores de la población a apretarse el cinturón.
El anuncio, el 7 de marzo, por el departamento de Trabajo de EE.UU., de que se habían perdido 63 000 empleos en el país durante el mes de febrero ha alarmado a la clase dominante. No precisamente porque se preocupe por el futuro de los trabajadores despedidos, sino porque esa fuerte baja confirma las peores pesadillas de los economistas sobre la agravación de la crisis. Era la segunda baja del empleo consecutiva y la tercera en el sector privado. Sin embargo, en una especie de siniestra farsa a costa de los desempleados, la tasa de desempleo global ha pasado de 4,9 a 4,8 %. ¿Cómo será eso posible?; pues lo es gracias a un malabarismo estadístico que usa la burguesía para hacer bajar la cantidad de desempleados. Para el gobierno estadounidense a uno sólo lo consideran desempleado si no tiene trabajo y está buscando activamente un empleo durante el mes anterior y está dispuesto a trabajar en el momento del sondeo. Las cifras del desempleo subestiman así, de manera más que significativa, la crisis del empleo. No tienen en cuenta a los millones de obreros americanos "desanimados" que han perdido su trabajo y la posibilidad de encontrar otro, que no han buscado un nuevo empleo durante los 30 días precedentes al sondeo, o que quieren trabajar pero les desanima una situación del empleo abrumadora o que, sencillamente, no quieren trabajar por la mitad del sueldo precedente o también, los millones de trabajadores que quisieran trabajar a tiempo completo y sólo se les ofrecen tiempos parciales. Si se incluyeran todos esos trabajadores en las estadísticas del desempleo, la tasa sería muy superior. Para minimizar más aún las cifras del desempleo, en Estados Unidos se incluye en la fuerza de trabajo del país al personal militar, gracias a otro truco estadístico de la época de Ronald Reagan (antes, el desempleo se calculaba únicamente con la fuerza de trabajo civil). Esa maniobra hizo aumentar en unos dos millones la cantidad de personas "empleadas" por el sector militar estadounidense.
El desmoronamiento económico actual acarrea un alud de despidos en todos los sectores de la economía pero hay que decir que el período del boom inmobiliario, hoy fenecido, tampoco ha sido un paraíso para la clase obrera. Los ingresos, las pensiones, la cobertura sanitaria, todo ha seguido deteriorándose mientras el mercado inmobiliario estaba en pleno auge. Eso llevó a determinados economistas burgueses a subrayar que se trataba de una reanudación "sin empleos". La realidad es que, para la clase obrera, las condiciones de vida y de trabajo no han cesado de deteriorarse desde hace cuatro décadas de crisis económica abierta, con todos los altibajos que se quiera. Con la agravación de la crisis económica hoy, la burguesía no tiene otra cosa que ofrecer a la case obrera sino más miseria todavía.
El estado actual de la crisis de la economía norteamericana hace presagiar una situación económica catastrófica a nivel mundial. La economía más importante del mundo acabará arrastrando a sus socios en su caída. No hay otra locomotora económica que pueda compensar el desplome estadounidense y mantener la economía global a flote. Las restricciones en el crédito van a socavar el comercio mundial, el hundimiento del dólar reducirá las exportaciones hacia Estados Unidos, agravando la situación económica de un país a otro y va a duplicar la violencia de los ataques contra el nivel de vida del proletariado. Si hay un rayo de luz en este sombrío panorama, es que esta situación va a acelerar el retorno del proletariado al terreno de la lucha de clases contra el capitalismo, obligándolo a defenderse contra los estragos de la crisis capitalista.
La perspectiva de aceleración y de agravación de la crisis del capitalismo lleva en sí la promesa de un desarrollo de la lucha de clases que será un paso más de los ya realizados por el proletariado desde la reanudación histórica de sus combates de clase a finales de los años 1960.
ES/JG,
14 de marzo de 2008
[1]) Cf. Artículo de nuestra Revista internacional no 131, "De la crisis de liquidez a la liquidación del capitalismo [1]".
[2]) El optimismo a destiempo parece ser algo típico de algunos presidentes de EE.UU. Richard Nixon, por ejemplo, declaró en 1969, dos años antes de la crisis que obligó a Estados Unidos a abandonar la convertibilidad del dólar y todo el sistema de Bretton Woods, "Por fin hemos logrado gestionar una economía moderna para asegurar un crecimiento continuo". Uno de sus antecesores, Calvin Coolidge, había declarado ante el Congreso el 4 de diciembre de 1928, o sea poco antes de la crisis de 1929: "Ningún Congreso de los Estados Unidos antes reunido, al observar la situación económica, pudo contemplar una situación económica más satisfactoria que la de hoy (...) [El país] puede mirar el presente con satisfacción y anticipar el futuro con optimismo".
[3]) Este artículo se escribió justo antes de que se anunciara que Bear Stearns - quinto banco comercial de Estados Unidos - se vendiera a JP Morgan Chase por 2 $ por acción, o sea que el banco perdió 98 % de su valor.
[4]) La "titularización" permite a una sociedad, empresa o persona física, ceder a un organismo los riesgos de las deudas o de otros bienes, emitiendo valores cuya valoración o rendimiento depende de esos riesgos.
[5]) Esquema de Ponzi, cadena de Ponzi, dinámica de Ponzi, o juego de Ponzi, por esos nombres se conoce un sistema que funciona como una bola de nieve, inviable a largo plazo. Para reembolsar los préstamos se piden otros mayores, eso es en parte la dinámica de Ponzi, en la que acaba siendo imposible reembolsar todos los préstamos. Ese nombre se usa también para designar la creación de una burbuja especulativa con intención de estafar. Carlo Ponzi dio su nombre al sistema tras el montaje de una operación inmobiliaria en California a principios del siglo xx.
Cuando inició su primer mandato de Presidente de los Estados Unidos en enero de1969, Richard Nixon declaró: "Hemos aprendido por fin a administrar una economía moderna de tal modo que garantice su crecimiento continuo". Con la distancia, puede uno asombrarse de ver hasta qué punto la realidad contradijo ese discurso: apenas cuatro años más tarde, al principio de su segundo mandato, los Estados Unidos conocieron su recesión más violenta desde la Segunda Guerra mundial, una recesión seguida por otras cada vez más graves. Pero, en lo que a optimismo desplazado se refiere, a Nixon le precedió un año antes otro Jefe de Estado, con mayor experiencia: el general De Gaulle, Presidente de la República francesa desde 1958 y jefe de la "Francia libre" durante la Segunda Guerra mundial. El "Gran Hombre", en su alocución de año nuevo a la nación, declaraba: "Saludo el año 1968 con serenidad". No fue necesario esperar cuatro años para que este optimismo fuera barrido; cuatro meses bastaron para que la serenidad del General diera paso al mayor desasosiego. De Gaulle tuvo que enfrentarse no sólo a una rebelión estudiantil particularmente violenta y masiva sino también, y sobre todo, a la mayor huelga de la historia del movimiento obrero internacional. Poco es decir entonces que 1968 no fue un año "sereno" para Francia: incluso fue, y sigue siéndolo, el año más agitado desde la Segunda Guerra mundial. Pero no solo Francia conoció sobresaltos importantes durante ese año, ni mucho menos. Dos autores, a los que no se puede sospechar de "francocentrismo", el inglés David Caute y el norteamericano Marco Kurlansky, dicen claramente:
"1968 fue el año más turbulento desde finales de la Segunda Guerra mundial. Hubo levantamientos en cadena que afectaron a América y Europa del Oeste, alcanzando incluso a Checoslovaquia; pusieron en entredicho el orden mundial de la posguerra" ([1]).
"No ha habido un año parecido a 1968, y es probable que nunca haya otro. En un tiempo en que las naciones y las culturas estaban todavía separadas y eran muy distintas (...) un espíritu de rebelión prendió espontáneamente por las cuatro esquinas del globo. Hubo otros años de revolución: 1848, por ejemplo, pero contrariamente a 1968, los acontecimientos se limitaron a Europa..." ([2]).
Cuarenta años después de aquel "año caliente", ahora que en muchos países presenciamos una desenfrenada marea editorial y televisiva, es incumbencia de los revolucionarios volver sobre los principales acontecimientos de 1968, no para hacer un relato detallado o exhaustivo ([3]) sino para destacar su verdadero significado. Les corresponde en particular pronunciarse sobre una idea muy extendida hoy, mencionada en la página 4 de cubierta del libro de Kurlansky:
"Sean historiadores o politólogos, los especialistas en ciencias humanas del mundo entero están de acuerdo para afirmar que hay un antes y un después de 1968".
Digamos inmediatamente que compartimos enteramente esta opinión, aunque no sea por las mismas razones que las que se alegan generalmente: la "liberación sexual", la "liberación de la mujer", el cuestionamiento del autoritarismo en las relaciones familiares, la "democratización" de algunas instituciones (como la Universidad), las nuevas formas artísticas, etc. En este sentido, este artículo se propone poner en evidencia lo que, para la CCI, constituye el verdadero cambio ocurrido en el año 1968.
En medio de toda una serie de acontecimientos importantes ya por sí solos (como, por ejemplo, la ofensiva del Têt del Vietcong en febrero que, aunque acabaría siendo vencida por el ejército norteamericano, puso de relieve que éste nunca lograría ganar la guerra del Vietnam, o la intervención de los tanques soviéticos en Checoslovaquia en agosto), lo que marcó el año 1968, como lo destacan Caute y Kurlansky, es ese "espíritu de rebeldía que prendió espontáneamente por todos los confines del mundo". Y en este cuestionamiento del orden existente, es importante distinguir dos componentes de desigual amplitud y, por eso, de desigual importancia. Por una lado, la rebelión estudiantil que afectó a casi todos los países del bloque occidental, y que incluso se propagó, en cierto modo, por algunos países del bloque del Este. Por otro, la lucha masiva de la clase obrera, que sólo afectó, aquel año, a un país, Francia.
En este primer artículo, solamente abordaremos el primer aspecto, no porque sea el más importante, ni mucho menos, sino esencialmente porque precede al segundo y que éste (o sea la lucha obrera), tiene por sí mismo un significado histórico de la primera importancia que va mucho más allá de las revueltas estudiantiles.
Fue en la primera potencia mundial donde, a partir de 1964 van a desarrollarse los movimientos más masivos y significativos de aquel período. Más concretamente, es en la Universidad de Berkeley, en el norte de California, donde el conflicto estudiantil va a tomar, por primera vez, un carácter masivo. La primera reivindicación que moviliza a los estudiantes es la del free speech movement (movimiento por la libertad de palabra), a favor de la libertad de expresión política en el recinto de la universidad. Contra el fácil acceso que tienen los reclutadores del ejército americano, los estudiantes contestatarios quieren poder hacer propaganda contra la guerra de Vietnam y contra la segregación racial (estamos en el año siguiente a la "marcha de los Derechos cívicos" del 28 de agosto de 1963 en Washington, en la que Martin Luther King pronunció su famoso discurso I have a dream). En un primer tiempo las autoridades reaccionan de manera brutalmente represiva, mandando en particular a las fuerzas policíacas contra las "sentadas" y las ocupaciones pacíficas de los locales, deteniendo a 800 estudiantes. Finalmente, las autoridades universitarias autorizan a principios de 1965 las actividades políticas en la universidad que va a convertirse entonces en uno de los principales centros del conflicto estudiantil de Estados Unidos, mientras que el lema "limpiar el desorden de Berkeley" le sirve, contra todo pronóstico, a Ronald Reagan para salir elegido gobernador de California a finales de 1965. El movimiento va a desarrollarse masivamente y radicalizarse en los años siguientes, en torno a la protesta contra la segregación racial, a favor de la defensa de los derechos de las mujeres y sobre todo contra la guerra del Vietnam. Mientras los jóvenes norteamericanos, sobre todo estudiantes, huyen en masa al extranjero para evitar ser movilizados para Vietnam, la mayoría de las Universidades del país se ven sacudidas por fuertes movimientos contra la guerra. Estallan motines en los guetos negros de las grandes ciudades (la proporción de jóvenes negros entre los soldados enviados al Vietnam es muy superior a la media nacional). Esos movimientos de protesta son violentamente reprimidos: a finales de 1967, se condena a 952 estudiantes a largos años de cárcel por haberse negado a ir al frente y tres estudiantes de Carolina del Sur son asesinados el 8 de febrero de 1968 en una manifestación por los derechos cívicos.
En 1968 los movimientos alcanzarán su mayor amplitud. En marzo, estudiantes negros de la universidad Howard de Washington ocupan los locales durante 4 días. Del 23 al 30 de abril de 1968, la Universidad de Columbia, en Nueva York, es ocupada, en protesta contra la contribución de sus departamentos en las actividades del Pentágono y en solidaridad con los habitantes del cercano gueto negro de Harlem. Uno de los factores que radicalizó el descontento fue el asesinato el 4 de abril de Martin Luther King, que provocó numerosos y violentos motines en los guetos negros del país. La ocupación de Columbia fue una de las cumbres del conflicto estudiantil en Estados Unidos, reactivando nuevos enfrentamientos. En mayo, 12 universidades entran en huelga para protestar contra el racismo y la guerra de Vietnam. California se inflama durante el verano, provocando violentos enfrentamientos entre estudiantes y policías en la Universidad de Berkeley durante dos noches, lo que va a llevar a Ronald Reagan, gobernador de California, a proclamar el estado de sitio y el toque de queda. Esta nueva oleada de enfrentamientos tendrá sus momentos más violentos entre el 22 y el 30 de agosto en Chicago, con verdaderos motines, durante la Convención del Partido demócrata.
Las revueltas de los estudiantes norteamericanos se propagan durante el mismo período a varios países
En el mismo continente americano, será en Brasil y México donde más se movilizarán los estudiantes.
En Brasil, el año 1967 está marcado por manifestaciones antigubernamentales y antiamericanas. El 28 de marzo de 1968, la policía interviene en una reunión de estudiantes, matando a uno de ellos, Luís Edson, e hiriendo gravemente a otros, de los que muere uno algunos días más tarde. El 29 de marzo, el entierro de Luis Edson provoca una manifestación importante. La Universidad de Río de Janeiro se pone en huelga general ilimitada, y el movimiento se extiende a la universidad de Sao Paulo, donde se levantan barricadas. El 30 y 31 de marzo, nuevas manifestaciones se propagan por todo el país. El 4 de abril son detenidas 600 personas en Río. A pesar de la represión y las detenciones en serie, las manifestaciones son casi cotidianas hasta en octubre.
Unos meses más tarde le tocará el turno a México. A finales de julio, la rebelión estudiantil estalla en la capital y la policía replica sacando los tanques. El jefe de la policía del Distrito Federal justifica así la represión: se trata de atajar "un movimiento subversivo" que "tiende a crear un ambiente de hostilidad hacia nuestro Gobierno y nuestro país en vísperas de los Juegos de la XIXe Olimpiada". La represión prosigue y se intensifica. El 18 de septiembre, la policía ocupa la ciudad universitaria. El 21 de septiembre son detenidas 736 personas durante nuevos enfrentamientos en la capital. El 30 de septiembre es ocupada la Universidad de Veracruz. Y el 2 de octubre el Gobierno dispara (utilizando fuerzas paramilitares sin uniforme) contra una manifestación de 10 000 estudiantes, en la plaza de las Tres Culturas de la capital. Este drama, que permanecerá en las memorias como la "matanza o masacre de Tlatelolco", se salda con unos 200 muertos, 500 heridos graves y 2000 detenciones. Así solucionó las cosas el presidente Díaz Ordaz para que los Juegos Olímpicos pudieran desarrollarse "en calma" a partir del 12 de octubre. Sin embargo, después de la tregua de los Juegos Olímpicos, los estudiantes reanudarán el movimiento durante varios meses.
El continente americano no fue el único en haber sido perturbado por la ola de revueltas
estudiantiles, sino que ésta afectó a TODOS los continentes.
En Asia, Japón fue escenario de movimientos muy espectaculares. Hubo violentas manifestaciones contra Estados Unidos y la guerra de Vietnam, organizadas principalmente por Zengakuren (Unión nacional de los Comités autónomos de los estudiantes japoneses), desde 1963 y a lo largo de los años 60. A finales de la primavera de 1968, el conflicto estudiantil se extiende masivamente por escuelas y universidades. Se lanza una consigna: "¡Transformemos el Kanda [barrio universitario de Tokio] en Barrio Latino!". En octubre, el movimiento, reforzado por los obreros, alcanza su apogeo. El 9 de octubre, en Tokio, Osaka y Kyoto, las luchas violentas entre policías y estudiantes terminan con 80 heridos y 188 detenciones. Se decreta la ley antidisturbios y 800 000 personas se echan a la calle para protestar contra esta decisión. En reacción a la intervención de la policía en la Universidad de Tokio para acabar con la ocupación, 6000 estudiantes entran en huelga el 25 de octubre. La Universidad de Tokio, el último bastión aún en manos del movimiento, cae a mediados de enero de 1969.
En África dos países se destacan, Senegal y Túnez.
En Senegal, los estudiantes denuncian la orientación derechista del poder y la influencia neocolonialista de Francia y piden la reestructuración de la universidad. El 29 de mayo de 1968, Léopold Sédar Senghor, miembro de la "Internacional socialista", reprime brutalmente con el ejército la huelga general de estudiantes y obreros. La represión causa un muerto y veinte heridos en la Universidad de Dakar. El 12 de junio, una manifestación de universitarios y alumnos de secundaria en los suburbios de Dakar se salda con una nueva víctima.
En Túnez, el movimiento comenzó en 1967. El 5 de junio, en Túnez capital, en una manifestación contra Estados Unidos y Gran Bretaña acusados de apoyar a Israel contra los países árabes, se saquea el Centro cultural americano y es atacada la embajada de Gran Bretaña. Un estudiante, Mohamed Ben Jennet, es detenido y condenado a 20 años de prisión. El 17 de noviembre, los estudiantes manifiestan contra la guerra de Vietnam. Del 15 al 19 de marzo de 68, entran en huelga y manifiestan para obtener la liberación de Ben Jennet. El movimiento es reprimido con detenciones masivas.
Pero es en Europa donde el movimiento estudiantil tendrá su evolución más importante y más espectacular.
En Gran Bretaña, la efervescencia comienza a partir de octubre de 1966 en la muy respetable London School of Economics (LSE), una de las "Mecas" del pensamiento económico burgués. Los estudiantes protestan contra el nombramiento de Presidente a un personaje conocido por sus vínculos con los regímenes racistas de Rodesia y Sudáfrica. Y durante meses seguirá habiendo movimientos de protesta en la LSE. En marzo de 1967, una sentada de cinco días contra medidas disciplinarias desemboca en la formación de una "universidad libre" siguiendo los ejemplos norteamericanos. En diciembre de 1967 se hacen varias sentadas en la Regent Street Polytechnic y en el Holborn College of Law and Commerce, con la reivindicación, en ambos casos, de una representación estudiantil en las juntas directivas. En mayo y junio de 1968 hay ocupaciones en la Universidad de Essex, en el Hornsey College of Art, Hull, Bristol y Keele seguidas por otros movimientos de protesta en Croydon, Birmingham, Liverpool, Guildford, y al Royal College of Arts. Las manifestaciones más espectaculares (que implican a numerosas personas de distintos horizontes y diversidad de opiniones) son las protestas contra la guerra de Vietnam: en marzo y octubre de 1967, en marzo y octubre de 1968 (la más masiva), que dan lugar a violentos enfrentamientos contra la policía, con centenares de heridos y detenciones delante de la embajada americana de Grosvenor Square.
En Bélgica, a partir del mes de abril de 1968, los estudiantes salen a la calle en varias ocasiones, para proclamar su oposición a la guerra del Vietnam y pedir una transformación del sistema universitario. El 22 de mayo, ocupan a la Universidad Libre de Bruselas, declarándola "abierta a la población". Abandonan los locales a finales de junio, después de la decisión del Consejo de la Universidad de estudiar algunas de sus pretensiones.
En Italia, a partir de 1967, los estudiantes multiplican las ocupaciones de universidades y muchos son los enfrentamientos con la policía. La Universidad de Roma se ocupa en febrero de 1968. La policía evacua los locales, lo que decide a los estudiantes a instalarse en la facultad de arquitectura, en Villa Borghese. Conocidos como "batalla de Valle Giulia", hay violentos choques que enfrentan a fuerzas del orden y estudiantes. Y a la vez se asiste a movimientos espontáneos de cólera y rebelión en fábricas donde el sindicalismo es débil (fábrica Marzotto en Venecia), lo que lleva a los sindicatos a convocar un día de huelga general en la industria, consigna seguida masivamente. Las elecciones de mayo acabarán con un movimiento que había empezado a decaer desde la primavera.
La España franquista conoce una oleada de huelgas obreras y de ocupaciones de universidades a partir de 1966. El movimiento toma amplitud en 1967 y continúa a lo largo de 1968. Estudiantes y obreros muestran su solidaridad, como el 27 de enero de 1967, cuando 100 000 obreros manifiestan en reacción a la represión brutal de un día de manifestación en Madrid, que llevó a los estudiantes, refugiados en la facultad de Económicas, a luchar contra la policía durante seis horas. Las autoridades reprimen a los contestatarios por todos los medios: la prensa está controlada, se detiene a los militantes de los movimientos y sindicatos clandestinos. El 28 de enero de 1968, el Gobierno instaura una "policía universitaria" en cada facultad. Eso no impide que prosiga la agitación estudiantil contra el régimen franquista y contra la guerra de Vietnam, lo que en marzo obliga las autoridades a cerrar sine díe la Universidad de Madrid.
De todos los países de Europa, es en Alemania donde el movimiento estudiantil es más fuerte.
En este país se formó una "oposición extraparlamentaria" a finales de 1966, en reacción, entre otras cosas, contra la participación de la socialdemocracia (SPD) en el Gobierno. Esa "oposición" se basaba en asambleas de estudiantes cada vez más numerosas que se celebran en las universidades, animadas con debates sobre los objetivos y los medios de la protesta. Tomando ejemplo de Estados Unidos se forman numerosos grupos universitarios de debate; se crea una "Universidad crítica" como polo de oposición a las universidades burguesas "establecidas". Se revivifica así una vieja tradición de debate, de discusiones en asambleas generales públicas. Aunque muchos estudiantes estén atraídos por las acciones espectaculares, el interés por la teoría y la historia del movimiento obrero sale a la superficie, llegando incluso a plantearse el derrocamiento del capitalismo. Muchos elementos expresan la esperanza de una nueva sociedad. A partir de ese momento, al movimiento de protesta en Alemania se le considera el más activo a escala internacional en los debates teóricos, el más profundo en las discusiones, el más político.
Junto a esa reflexión hay muchas manifestaciones. La guerra de Vietnam es obviamente su principal motivo en un país cuyo Gobierno apoya sin reservas a la potencia militar de EE.UU pero que también ha quedado muy marcado por la Segunda Guerra mundial. Los 17 y 18 de febrero se celebra en Berlín un Congreso internacional contra la guerra del Vietnam, seguido por una manifestación que agrupa aproximadamente a 12 000 participantes. Pero las manifestaciones, que comenzaron en 1965, también denunciaban el desarrollo del carácter policiaco del Estado, en particular los proyectos de ley de excepción que daban al Estado la posibilidad tanto de imponer la ley marcial en el país como de intensificar la represión. El SPD, que se había unido a la CDU en 1966 en un Gobierno de "gran coalición", se mantenía fiel a su política de 1918-19, cuando había dirigido el aplastamiento sangriento del proletariado alemán. El 2 de junio de 1967, una manifestación contra la llegada a Berlín del Shah de Irán es reprimida con la mayor brutalidad por el Estado "democrático" alemán que mantenía las mejores relaciones del mundo con aquel dictador sanguinario. Se asesina a un estudiante, Benno Ohnesorg, de un tiro en la espalda disparado por un policía en uniforme (que sería absuelto más tarde). Tras ese asesinato, las campañas repugnantes de difamación contra los movimientos de protesta se intensifican, en particular contra sus dirigentes. El periódico de gran tirada Bild Zeitung exige que "se acabe cuanto antes con el terror de los jóvenes rojos". En una manifestación pro-americana organizada por el Senado de Berlín, el 21 de febrero de 1968, los participantes declaran a Rudi Dutschke, principal portavoz del movimiento de protesta, "enemigo público no 1". Una persona que se parecía a "Rudi el rojo" es atacada por manifestantes que amenazan con matarlo. Una semana después del asesinato de Martin Luther King, esa campaña de odio alcanza su punto álgido con la tentativa de asesinato contra Dutschke, el 11 de abril, por un joven exaltado, Josef Bachmann, obviamente influido por las campañas histéricas desencadenadas por la prensa del magnate Axel Springer, dueño de Bild Zeitung ([4]). Habrá después más manifestaciones y disturbios cuyo objetivo principal será evidentemente ese siniestro individuo y su grupo de prensa. Durante varias semanas, antes de que las miradas se vuelvan hacia Francia, el movimiento estudiantil en Alemania consolida así su papel de referencia para toda una serie de movimientos que recorre la mayoría de los países de Europa.
El principal episodio de la rebelión estudiantil en Francia comienza el 22 de marzo de 1968 en la Universidad de Nanterre, en el oeste de los alrededores de París. De por sí, los hechos que se desarrollaron ese día no fueron nada excepcionales: para protestar contra la detención de un estudiante de extrema izquierda de esa universidad, de quien se sospechaba que había participado en un ataque a American Express en París durante una violenta manifestación contra la guerra del Vietnam, 300 de sus compañeros organizan un mitin en el paraninfo y 142 entre ellos deciden ocupar durante la noche la sala del Consejo de Universidad, en el edificio administrativo. No es la primera vez que los estudiantes de Nanterre manifiestan su descontento. Ya se había asistido, exactamente un año antes en esa misma universidad, a un pulso entre estudiantes y policía sobre la libre circulación en la residencia universitaria de las chicas, en la que hasta entonces no podían entrar los chicos. El 16 de marzo de 1967, una asociación de 500 residentes, el ARCUN, había declarado abolido el reglamento interno que, entre otras cosas, consideraba como menores a las estudiantes, incluso a las mayores de edad (de más de 21 años en aquel entonces). El 21 de marzo de 1967, a instancias de la administración, la policía cercó la residencia de chicas con el proyecto de detener a los 150 muchachos que allí estaban y que se habían encerrado en el último piso del edificio. Pero por la mañana del día siguiente, los propios policías fueron cercados por varios miles de estudiantes, hasta que aquéllos recibieron finalmente la orden de dejar salir sin más a los estudiantes encerrados. Pero ni este incidente ni las manifestaciones de rabia de los estudiantes, en particular contra el "plan Fouchet" de reforma de la universidad en otoño 1967, tuvieron mayores consecuencias. La cosa no fue así tras el 22 de marzo de 1968. En pocas semanas, una sucesión de acontecimientos iba a desembocar no solo en la mayor movilización estudiantil desde la guerra, sino, y sobre todo, en la mayor huelga de la historia del movimiento obrero internacional.
Antes de salir, los 142 ocupantes de la sala del Consejo deciden, para mantener y desarrollar la agitación, formar el Movimiento del 22 de marzo (M22). Es un movimiento informal, compuesto al principio por trotskistas de la Liga comunista revolucionaria (LCR) y anarquistas (entre los cuales Daniel Cohn-Bendit), a los que se unieron a finales de abril los maoístas de la Unión de las juventudes comunistas marxistas-leninistas (UJCML), y que acabará agrupando en pocas semanas a más de 1200 participantes. Las paredes de la universidad se cubren de carteles y pintadas: "Profesores, sois viejos y vuestra cultura también", "dejadnos vivir", "tomad vuestros deseos por realidades". El M22 anuncia para el 29 de marzo una jornada de "universidad crítica", a imagen de las acciones de los estudiantes alemanes. El decano decide cerrar la universidad hasta el 1ro de abril, pero la agitación vuelve a empezar con la reapertura. Ante 1000 estudiantes, Cohn-Bendit declara: "Nos negamos a ser los futuros cuadros de la explotación capitalista". La mayoría de los profesores reacciona de manera conservadora: el 22 de abril, 18 de ellos, y entre éstos gente de "izquierdas", solicitan "medidas y medios para desenmascarar y sancionar a los agitadores". El decano hace adoptar toda una serie de medidas represivas, en particular la libre circulación de la policía por las veredas del campus mientras que la prensa se desencadena contra los "rabiosos", los "grupúsculos" y los "anarquistas". Y el Partido "comunista" francés (PCF)le sigue los pasos: el 26 de abril, Pierre Juquin, miembro del Comité central, que preside un mitin en Nanterre, dice: "Los agitadores-señoritos impiden pasar sus exámenes a los hijos de trabajadores". No puede terminar su discurso y debe huir. En l'Humanité (diario del PCF) del 3 de mayo, Georges Marchais, número 2 del PCF, se desencadena a su vez: "Estos falsos revolucionarios deben ser desenmascarados enérgicamente ya que sirven objetivamente los intereses del poder gaulista y de los grandes monopolios capitalistas".
En el campus de Nanterre son cada día más frecuentes las peleas entre estudiantes de extrema izquierda y grupos fascistas de "Occident" venidos de París "para quebrar bolcheviques". Ante esta situación, el decano decide el 2 de mayo cerrar de nuevo la universidad. Los estudiantes de Nanterre deciden celebrar al día siguiente un mitin en el patio de la Sorbona para protestar contra el cierre de su universidad y contra el consejo de disciplina que amenaza a 8 miembros del M22, entre ellos Cohn-Bendit.
El mitin sólo reúne a unos 300 participantes: la mayoría de los estudiantes preparan activamente sus exámenes de final de curso. Sin embargo, el Gobierno, que quiere acabar con la agitación, decide imponerse ocupando el Barrio Latino y cercando la Sorbona por la policía que penetra en ella, lo que no había ocurrido durante siglos. Los estudiantes que ocupan la Sorbona obtienen la seguridad de que podrán salir sin ser molestados, pero, aunque las muchachas pueden irse libremente, a los chicos se les detiene en cuanto cruzan la puerta. Rápidamente, centenas de estudiantes se reúnen en la plaza de la Sorbona e insultan a los policías. Las granadas lacrimógenas comienzan a llover: la plaza se limpia, pero los estudiantes, cada vez más numerosos, empiezan entonces a acosar a los grupos de policías y sus furgones. Los enfrentamientos prosiguen por la tarde durante 4 horas: 72 policías resultan heridos y se detiene a 400 manifestantes. Los días siguientes, la policía cierra por completo los accesos de la Sorbona mientras que cuatro estudiantes son condenados a penas de cárcel. Esta política de firmeza, lejos de acallar la agitación, va, al contrario, a darle un carácter masivo. A partir del lunes 6 de mayo, los enfrentamientos con la policía alrededor de la Sorbona alternan con manifestaciones más y más masivas, convocadas por el M22, la UNEF y el SNESup (sindicato de profesores de universidad) que agrupan hasta 45 000 participantes, al grito de "la Sorbona para los estudiantes", "fuera policía del Barrio Latino" y sobre todo "libertad para nuestros compañeros". Los estudiantes se ven reforzados por un número creciente de alumnos de secundaria, profesores, obreros y parados. El 7 de mayo, las manifestaciones cruzan el Sena por sorpresa y recorren los Campos Elíseos, a unos cuantos metros del palacio presidencial. La Internacional suena bajo el Arco de Triunfo, allí donde generalmente se oye la Marsellesa o el Himno a los caídos (cantos patrióticos, ndt). Las manifestaciones también afectan a algunas ciudades de provincia.
El Gobierno quiere dar una prueba de buena voluntad abriendo de nuevo... la Universidad de Nanterre el 10 de mayo. La misma noche, decenas de miles de manifestantes van al Barrio Latino plantándose ante la policía que rodea la Sorbona. A las nueve de la noche, algunos manifestantes empiezan a montar barricadas (habrá unas sesenta). A las doce de la noche, el rector de París recibe una delegación de tres profesores y tres estudiantes (entre los cuales Cohn-Bendit) pero, aunque sí acepta la reapertura de la Sorbona, no puede prometer nada sobre la liberación de los estudiantes detenidos el 3 de mayo. A las dos de la mañana, la policía armada (CRS) asalta las barricadas tras haberlas regado a mansalva con gases lacrimógenos. Los enfrentamientos son de una violencia brutal, causando cientos de heridos por ambas partes. Cerca de 500 manifestantes son detenidos. En el Barrio Latino, muchos vecinos dan prueba de su simpatía acogiendo a manifestantes perseguidos o echando agua a la calle para protegerlos de los gases lacrimógenos y granadas ofensivas. Todos estos acontecimientos, y en particular los testimonios sobre la brutalidad de las fuerzas represivas, pueden seguirse por la radio, minuto a minuto, escuchados por miles de personas. A las 6 de la mañana, "el orden reina" en el Barrio Latino, por el que parece haber atravesado un ciclón.
El sábado 11 de mayo, la indignación es inmensa en París y en toda Francia. Se forman manifestaciones espontáneas por todas partes que no solo reúnen a estudiantes, sino también a cientos de miles de manifestantes de todos los orígenes, en particular muchos obreros jóvenes o padres de estudiantes. En las regiones francesas, muchas universidades son ocupadas; por todos los lugares, calles, plazas, se discute y se condena la actitud de las fuerzas de represión.
Ante esta situación, el Primer ministro, Georges Pompidou, anuncia por la tarde que a partir del lunes 13 de mayo, la policía se retirará del Barrio Latino, la Sorbona se abrirá de nuevo y se liberará a los estudiantes encarcelados.
El mismo día, todas las centrales sindicales, incluida la CGT (central dirigida por el PCF que no había cesado hasta entonces de denunciar a los estudiantes "izquierdistas"), incluso los sindicatos de policías, convocan una huelga y manifestaciones para el día 13 de mayo, para protestar contra la represión y la política del Gobierno.
El 13 de mayo, todas las ciudades del país conocerán las manifestaciones más importantes desde la Segunda Guerra mundial. La clase obrera está masivamente presente junto a los estudiantes. Una de las consignas que tiene más éxito es: "Diez años ¡basta ya!", que se refiere a la fecha del 13 de mayo de 1958, la del retorno al poder de De Gaulle. Al final de las manifestaciones, prácticamente todas las universidades están ocupadas, no sólo por los estudiantes sino también por muchos jóvenes obreros. Por todas partes se libera la palabra. Los debates no se limitan a cuestiones universitarias o a la represión. Comienzan a abordarse todos los problemas sociales: las condiciones de trabajo, la explotación, el futuro de la sociedad.
El 14 de mayo, los debates siguen en muchas empresas. Después de las inmensas manifestaciones del día anterior, con todo el entusiasmo y el sentimiento de fuerza que habían permitido, era difícil reanudar el trabajo como si no hubiera pasado nada. En Nantes, los obreros de Sud-Aviation, animados por los más jóvenes, lanzan una huelga espontánea y deciden ocupar la fábrica. La clase obrera comienza a tomar el relevo...
Lo que caracteriza a esos movimientos, es obviamente y sobre todo el rechazo a la guerra del Vietnam. Pero mientras que los partidos estalinistas, aliados al régimen de Hanoi y Moscú, habrían debido lógicamente ponerse en cabeza de aquéllos, al menos en los países dónde tenían una influencia significativa como así había sido durante los movimientos contra la guerra de Corea a principios de los años cincuenta, esta vez no ocurrió lo mismo ni mucho menos. Al contrario, estos partidos apenas si influyen en el movimiento e incluso, a menudo, se oponen totalmente a él ([5]). Es ésta una de las características de los movimientos estudiantiles de finales de los años 60 que revela su significado profundo.
Este significado es lo que vamos a intentar destacar ahora. Para ello, es obviamente necesario recordar cuáles fueron los principales temas de movilización de los estudiantes en aquel entonces.
Los temas de las revueltas estudiantiles de los años 60 en Estados Unidos...
Si la oposición a la guerra de Estados Unidos en Vietnam fue el tema más generalizado y dinamizador en todos los países occidentales, no es casualidad si fue en EE.UU. donde empezaron las revueltas. La juventud norteamericana se enfrentaba de manera directa e inmediata a la cuestión de la guerra, puesto que era a ella a la que mandaban a aquel frente para defender el "mundo libre". Decenas de miles de jóvenes norteamericanos pagaron con su vida la política de su Gobierno, cientos de miles volvieron de Vietnam heridos o minusválidos, otros tantos miles quedaron marcados para siempre por lo que vivieron en ese país. Además del horror que allí conocieron y que es propio a todas las guerras, muchos de ellos se preguntaban: "¿qué hacemos en Vietnam?" El discurso oficial era que habían ido a defender la "democracia", el "mundo libre" y la "civilización". Pero la realidad que habían vivido contradecía de manera patente esos discursos: el régimen que se encargaban de proteger, el de Saigón, no tenía nada de "democrático" ni de "civilizado": era un régimen militar, dictatorial y particularmente corrupto. A los soldados estadounidenses les era difícil entender que estaban defendiendo la "civilización" cuando a ellos mismos se les exigía comportarse como bárbaros, aterrorizando y matando a pobres campesinos desarmados, a mujeres, niños y ancianos incluidos. Pero no solo los soldados acababan obsesionados por los horrores de la guerra, sino también una parte creciente de la juventud norteamericana. No sólo los muchachos temían que se les alistara para la guerra y las muchachas perder a sus compañeros, sino que todos estaban informados de la barbarie, ya fuera por los "veteranos" que de allí volvían o simplemente por los canales de televisión ([6]). La estridente contradicción entre los discursos sobre la "defensa de la civilización y la democracia" que declamaba el Gobierno norteamericano y sus maniobras en Vietnam fue uno de los primeros ingredientes de una rebelión contra las autoridades y los valores tradicionales de la burguesía norteamericana ([7]). Esta rebelión alimentó, en un primer tiempo, el movimiento hippie, un movimiento pacifista y no violento que reivindicaba el Flower Power (poder de las flores) y cuyo eslogan predilecto era Make Love, not War ("Haced el amor, no la guerra"). No es probablemente una casualidad si la primera movilización estudiantil de envergadura ocurrió en la Universidad de Berkeley, en las afueras de San Francisco, Meca del movimiento hippie. Los temas y sobre todo los medios de esa movilización seguían teniendo semejanzas con este movimiento: las sentadas no violentas para reivindicar el Free Speech... Sin embargo, como más tarde en muchos otros países y en particular en Francia en 1968, la violencia de la represión que se desató en Berkeley fue un factor importante de "radicalización" del movimiento. A partir de 1967, con la fundación del Youth Internacional Party (Partido internacional de la juventud) por Abbie Hoffman y Jerry Rubin, que habían formado parte del esfera de la no violencia, el movimiento de revuelta se dio una perspectiva "revolucionaria" contra el capitalismo. Los nuevos "héroes" del movimiento ya no eran Bob Dylan o Joan Baez, sino figuras como Che Guevara (que Rubin había conocido en 1964 en La Habana). La ideología de este movimiento era de lo más confuso. Contenía ingredientes anarquistas (como el culto a la libertad, en particular la libertad sexual o del consumo de drogas) y también ingredientes estalinistas (Cuba y Albania se consideraban como ejemplos). Los medios de acción eran, en gran parte, de estilo anarquista, como la sátira y la provocación. Uno de los primeras acciones del tándem Hoffman-Rubin fue lanzar paquetes de billetes falsos en la Bolsa de Nueva York, provocando las carreras de los allí presentes para acaparárselos. Del mismo modo, en la Convención demócrata del verano 1968, presentó la candidatura del cerdo Pigasus a la Presidencia de Estados Unidos ([8]), a la vez que preparaban un enfrentamiento violento con la policía.
Para resumir las características principales de los movimientos de revuelta que agitaron Estados Unidos durante los años sesenta, podemos decir que se presentaban como una protesta global contra la guerra del Vietnam, la discriminación racial, la desigualdad entre los sexos y la moral y valores tradicionales del país. Como lo constataba la mayoría de sus protagonistas (que se consideraban hijos rebeldes de la burguesía), ese movimiento no tenía el más mínimo carácter de clase proletario. Tampoco es una casualidad si uno de sus "teóricos", el profesor de filosofía Herbert Marcuse, consideraba que la clase obrera "se había integrado" y que las fuerzas de la revolución contra el capitalismo debían buscarse en otros sectores, como los negros víctimas de la discriminación, los campesinos del Tercer mundo o los intelectuales rebeldes.
Los movimientos que agitaron el mundo estudiantil durante los años sesenta en la mayoría de los demás países occidentales presentan grandes semejanzas con el de Estados Unidos: rechazo de la intervención americana en Vietnam, rebelión contra las autoridades, en particular universitarias, contra la autoridad en general, contra la moral tradicional, en particular sexual. Es una de las razones por las que los partidos estalinistas, símbolos de autoritarismo, no tuvieron ningún eco en las revueltas, a pesar de que éstas empezaron denunciando la intervención norteamericana en Vietnam contra unos ejércitos armados, pertrechados y plenamente apoyados por el bloque soviético y que, además, se reivindicaban del "anticapitalismo".
Cierto es que la imagen de la URSS quedó en gran parte deslucida tras la represión de la insurrección húngara de 1956, y, la verdad, el retrato del viejo apparatchik Brejnev más que encantar producía pesadillas. Los rebeldes de los años sesenta preferían pegar en su habitación carteles de Ho Chi Minh (otro viejo miembro del aparato estalinista, pero más presentable y "más heroico") y más todavía el romántico rostro de Che Guevara (otro miembro de un partido estalinista pero "exótico") o de Angela Davis (también ella miembro de un partido estalinista, el de EEUU, pero que tenía la doble ventaja de ser negra y mujer, con una imagen tan atractiva como la de Che Guevara).
Esos ingredientes, el antiguerra de Vietnam y a la vez el "libertario", pudieron observarse sobre todo en Alemania. El principal portavoz del movimiento, Rudi Dutschke, venía de la República Democrática Alemana (RDA), bajo tutela soviética, donde, ya muy joven, se había opuesto a la represión de la insurrección húngara. Condenaba el estalinismo como una deformación burocrática del marxismo y consideraba que la URSS formaba parte de la cadena de regímenes autoritarios que controlaban el mundo entero. Sus referencias ideológicas eran el "joven Marx" así como la Escuela de Frankfurt (de la que formaba parte Marcuse), y también la Internacional situacionista (de la que se reivindicaba el grupo Subversive Aktion, cuya sección berlinesa fundó Dutschke en 1962) ([9]).
En los debates que se desarrollaron a partir de 1965 en las universidades alemanas, tuvo un gran éxito la búsqueda de un "verdadero marxismo antiautoritario", lo que explica que se volvieran a publicar en aquel entonces muchos textos del movimiento consejista.
Los temas y reivindicaciones del movimiento estudiantil en Francia en 1968 son básicamente los mismos. Si embargo, las referencias a la guerra del Vietnam durante el movimiento quedaron bastante ocultadas por toda una serie de consignas de inspiración situacionista o anarquista (e incluso surrealista) que cubrieron las paredes ("Las paredes tienen la palabra").
Los temas anarquistas pueden verse en particular en:
- La pasión de la destrucción es un gozo creativo (Bakunin).
- Está prohibido prohibir.
- La libertad es el crimen que contiene todos los crímenes.
- Elecciones ¡trampa para tontos!
- La insolencia es la nueva arma revolucionaria.
Y se completaban con los que llamaban a la "revolución sexual":
- ¡Amaos los unos sobre los otros!
- Desabróchate el cerebro tan a menudo como la bragueta.
- Cuanto más hago el amor, más deseo hacer la revolución. Cuanto más hago la revolución, más deseo hacer el amor.
La referencia situacionista puede verse en:
- ¡Abajo la sociedad de consumo!
- ¡Abajo la sociedad espectacular mercantil!
- Abolición de la alienación.
- ¡No trabajes nunca!
- Tomo mis deseos por realidades pues creo en la realidad de mis deseos.
- No queremos un mundo donde la certeza de no morirse de hambre se canjee por el riesgo de morir de aburrimiento.
- El aburrimiento es contrarrevolucionario.
- Vivir sin tiempos muertos y gozar sin obstáculos.
- Seamos realistas, ¡pidamos lo imposible!
Por otra parte, el tema del conflicto de generaciones (que estaba muy de moda en Estados Unidos y Alemania) se encuentra (incluso con formas bastante odiosas) en:
- Corre compañero, ¡el viejo mundo te persigue!
- Los jóvenes hacen el amor, los viejos hacen gestos obscenos.
Del mismo modo, en la Francia de mayo del 68, cubierta regularmente de barricadas, no es de extrañar leer:
- La barricada cierra la calle pero abre el camino.
- El resultado de todo pensamiento es el adoquín en tu boca, CRS.
- Bajo los adoquines, la playa.
Y, en fin, la gran confusión del pensamiento que acompaña ese período queda bien resumida en estos dos eslóganes:
- No hay pensamiento revolucionario. No hay sino actos revolucionarios
- Tengo algo que decir, pero no sé qué.
Esos eslóganes, como casi todos los que se plasmaron en los demás países, indican claramente que el movimiento estudiantil de los años sesenta no tenía el menor carácter proletario de clase, a pesar de que en varios lugares (como en Francia, evidentemente, y también en Italia, España o Senegal) hubo la voluntad de tender puentes con las luchas de la clase trabajadora. Este planteamiento contenía, sin embargo, una "condescendencia" mezclada de fascinación hacia ese ser mítico, el obrero en mono, héroe de lecturas mal digeridas de los clásicos del marxismo.
Básicamente, el movimiento de los estudiantes de los años 60 era de carácter más bien pequeño burgués, siendo unos de los aspectos más claros, además de su tinte anarquizante, la voluntad "de cambiar la vida ¡ya!", la impaciencia y el inmediatismo, o sea los precintos de garantía de una capa social, la pequeña burguesía, sin el menor futuro a escala de la historia.
El radicalismo "revolucionario" de la vanguardia del movimiento, incluido el culto de la violencia promovido por algunos de sus sectores, es también otra ilustración de su carácter pequeñoburgués ([10]). De hecho, las preocupaciones "revolucionarias" de los estudiantes de 1968 eran indiscutiblemente sinceras, a pesar de que muchos fueran tercermundistas (guevarismo o maoísmo) o antifascistas. Tenían una visión romántica de la revolución, sin la menor idea del proceso real de desarrollo del movimiento de la clase obrera que implica. En Francia, para los estudiantes que pensaban ser "revolucionarios", el movimiento de Mayo de 68 era ya la Revolución, y las barricadas que se levantaban día tras día eran las herederas de las de 1848 y de la Comuna de París de 1871.
Uno de los factores del movimiento estudiantil de los años sesenta es el llamado "conflicto de generaciones", la importante separación entre la nueva generación y la de sus padres a la que se hacían múltiples críticas. En particular, debido a que esta generación había trabajado duro para salir de una situación de miseria, cuando no de hambre, resultante de la Segunda Guerra mundial, se la acusaba de no tener más preocupación que la del bienestar material. De ahí el éxito de las fantasías sobre la "sociedad de consumo" y de eslóganes como "¡no trabajes nunca!". Hija de una generación que había sufrido de pleno la contrarrevolución, la juventud de los años sesenta le reprochaba su conformismo y su sometimiento a las exigencias del capitalismo. Recíprocamente, muchos padres no entendían o tenían dificultades para aceptar que sus hijos trataran con desprecio los sacrificios que habían hecho para poder darles una situación económica mejor que la que ellos habían tenido.
Existía sin embargo una verdadera causa económica a la rebelión estudiantil de los años sesenta. No había en aquél entonces ninguna amenaza importante de desempleo o de precariedad al final de los estudios, como ocurre hoy. La principal inquietud que afectaba entonces a la juventud estudiantil era la de no poder acceder, a partir de aquellos años, al mismo estatuto social que había podido disfrutar la generación anterior de universitarios. La generación de 1968 fue la primera en enfrentarse con cierta brutalidad al fenómeno de "proletarización de ejecutivos" muy estudiada por los sociólogos de entonces. El fenómeno había empezado unos años antes, incluso antes de que se manifestase la crisis abierta, tras un crecimiento muy sensible de la cantidad de estudiantes en las universidades (en Alemania pasó por ejemplo de 330 000 a 1,1 millón entre 1964 y 1974). Este crecimiento respondía a las necesidades de la economía pero también era fruto de la voluntad y la posibilidad para la generación de sus padres de darles a sus hijos una situación económica y social superior a la suya. Entre otras razones, esta "masificación" de la población estudiantil había contribuido al malestar creciente debido a la permanencia en la Universidad de estructuras y prácticas heredadas de unos tiempos en los que solo una élite podía acudir a ella, especialmente el autoritarismo.
Sin embargo, aunque el movimiento estudiantil que comienza en 1964 se desarrolla durante un período de "prosperidad" del capitalismo, las cosas cambian a partir de 1967, cuando la situación económica comenzó a deteriorarse, reforzando seriamente el malestar de la juventud estudiantil. Es una de las razones que permite entender por qué ese movimiento conoció su apogeo en 1968. Es lo que permite explicar por qué, en mayo del 68, el movimiento de la clase obrera tomó el relevo.
Es lo que veremos en el próximo artículo.
Fabienne
[1]) David Caute, Sixty-Eight : The Year of the Barricades, London, Hamilton, 1988.
[2]) Mark Kurlansky : 1968, The Year That Rocked the Wolrd,, New York, y, en francés, 1968, l'année qui ébranla le monde, París
[3]) Algunas de nuestras publicaciones territoriales ya han publicado textos (o van a hacerlo) sobre los acontecimientos ocurridos en los diferentes países.
[4]) Rudi Dutschke sobrevivió al atentado pero tuvo secuelas neurológicas graves en parte responsables de su muerte prematura a los 39 años, el 24/12 de 1979, tres meses antes del nacimiento de su hijo Rudi Marek. Bachmann fue condenado a 7 años de cárcel por tentativa de asesinato. Dutschke tomó contacto con su agresor por escrito para explicarle que no albergaba resentimientos personales contra él e intentar convencerlo de la justa validez del compromiso socialista. Bachmann se suicidó en la cárcel el 24 de febrero de 1970. Dutschke lamentó no haberle escrito con más frecuencia: "la lucha por la liberación acaba justo de empezar; por desgracia, Bachmann no podrá participar en ella...".
[5]) También hubo movimientos estudiantiles que afectaron a países con régimen estalinista en 1968. En Checoslovaquia el movimiento estudiantil participó en la "Primavera de Praga" impulsada por un sector del partido estalinista, de modo que no puede considerársele como un movimiento contra el régimen. Muy diferente era la situación en Polonia: la policía reprime el 8 de marzo unas manifestaciones de estudiantes contestatarios contra la prohibición de un espectáculo considerado "antisoviético". La tensión sube durante el mes de marzo, los estudiantes ocupan las universidades y multiplican las manifestaciones. Bajo el mando del ministro del Interior, el general Moczar, cabecilla de la corriente de los "partisanos" en el partido estalinista, se reprime con brutalidad a los estudiantes y, por otra parte, se expulsa a los judíos del partido por "sionismo",.
[6]) Durante la guerra de Vietnam, los medios de EE.UU. ni dependían ni estaban sometidos a las autoridades militares. Fue éste un error que no volvió a cometer el gobierno estadounidense en las guerras de Irak en 1991 y desde 2003.
[7]) Ese fenómeno no ocurrió tras la Segunda Guerra mundial: los soldados americanos habían vivido un infierno, especialmente quienes habían desembarcado en Normandía en 1944, pero sus sacrificios fueron aceptados por la mayoría de ellos y por la población gracias a la exposición por parte de las autoridades y de los medios de la barbarie del régimen nazi.
[8]) A principios del siglo xx, hubo anarquistas franceses que presentaron un burro en la elecciones legislativas.
[9]) Para una presentación sintética de las posiciones políticas del situacionismo, ver nuestro artículo "Guy Debord: la segunda muerte de la Internacional situacionista" en la Revista internacional no 80.
[10]) Hay que señalar que en la mayoría de los casos (tanto en los países de régimen "autoritario" como los más "democráticos"), las autoridades reaccionaron con la mayor brutalidad contra las manifestaciones estudiantiles, incluso cuando éstas eran inicialmente pacíficas. Por todas partes más o menos, la represión, en lugar de intimidar a los contestatarios, fue, al contrario, un factor de movilización masiva y de radicalización del movimiento. Muchos estudiantes que al principio no se consideraban "revolucionarios" ni mucho menos no vacilaban en verse como tales al cabo de unos días o semanas como consecuencia de una represión desenfrenada que dejó al descubierto el verdadero rostro de la democracia burguesa mucho mejor que todos los discursos de Rubin, Dutschke o Cohn-Bendit.
Debate interno en la CCI
Durante la primavera de 2005, la CCI abrió un debate interno sobre el análisis económico del período de elevado crecimiento que sucedió a la Segunda Guerra mundial (llamado "los Treinta gloriosos", expresión creada por economistas franceses) y que se puede considerar como una excepción en la decadencia del capitalismo desde el punto de vista de los resultados económicos, puesto que alcanza los índices de crecimiento más elevados de toda la historia del capitalismo [[1]]. Este debate se originó a causa de la evidencia, ya antigua, de una contradicción entre diferentes textos de la CCI sobre el papel desempeñado por la guerra ante el problema crucial de la insuficiencia de mercados solventes para la economía capitalista. Una primera pregunta se le planteó entonces a nuestra organización: ¿las destrucciones causadas por la guerra permiten la creación de nuevos mercados? Pero al responder negativamente a esa pregunta, aparecía inmediatamente otra: ¿qué explicación coherente, basada en otros factores que las destrucciones de la Segunda Guerra mundial, podía darse a los Treinta gloriosos? El debate sobre esas cuestiones sigue abierto y las distintas posiciones no están acabadas. Éstas alcanzan sin embargo un nivel suficiente de elaboración que ya permite su publicación fuera de nuestra organización, para así fomentar el debate, especialmente entre elementos en búsqueda que se orientan hacia las posiciones de la Izquierda comunista.
Aunque, en la realidad, la evolución de la crisis antes y desde el final de los "Treinta gloriosos" ha puesto de sobra de manifiesto que este período sólo fue una excepción en un siglo de decadencia del capitalismo, la importancia de las cuestiones discutidas no debe, sin embargo, desdeñarse. En efecto, tienen repercusiones en el meollo mismo del análisis marxista, al permitir integrar tanto el carácter históricamente limitado del sistema de producción capitalista como la entrada en decadencia de ese sistema y el carácter insoluble de su crisis actual; o sea que se refieren a una de las principales bases objetivas materiales de la perspectiva revolucionaria del proletariado.
La relectura crítica de nuestro folleto, la Decadencia del capitalismo [[2]], suscitó una reflexión en nuestra organización y dio origen a un debate contradictorio cuyos términos ya se habían planteado en el movimiento obrero - y, en particular, en la Izquierda comunista -, y que se referían a las implicaciones económicas de la guerra en la fase de decadencia del capitalismo. En efecto, la Decadencia del capitalismo desarrolla explícitamente la idea de que las destrucciones causadas por las guerras de la fase de decadencia, y en particular las guerras mundiales, pueden crear un mercado para la producción capitalista, el mercado de la reconstrucción:
"... las salidas mercantiles se han ido estrechando de forma vertiginosa. Por todo eso, el capitalismo ha tenido que recurrir a la destrucción y a la producción de medios de destrucción para intentar compensar las perdidas aceleradas en su ‘espacio vital' (Cap. ¿Qué desarrollo de las fuerzas productivas? § "El crecimiento mundial tras la Segunda Guerra mundial).
"... en la destrucción masiva para la reconstrucción, el capitalismo descubre una peligrosísima y provisional salida para sus nuevos problemas de mercados.
"Durante la Primera Guerra mundial, las destrucciones no fueron "suficientes" (...). Ya en 1929, el capitalismo mundial se encuentra de nuevo frente a otra crisis.
"Como si hubieran aprendido la lección, las destrucciones de la Segunda Guerra mundial son muchísimo mas intensas y amplias. (...) una guerra que, por vez primera, tiene como meta consciente la destrucción sistemática del potencial industrial existente. La "prosperidad" de Europa y de Japón de después de la guerra parece ya algo sistemáticamente previsto al terminar aquella (plan Marshall, etc.)" (Idem, § "El ciclo crisis-guerra-reconstrucción).
Esa idea también está presente en algunos textos de la organización (en particular en la Revista internacional) así como en nuestros antecesores de Bilan quienes, en un artículo titulado "Crisis y ciclos en la economía del capitalismo agonizante", afirmaban:
"La matanza de la guerra va entonces a ser para la producción capitalista un inmenso mercado que abría "magníficas" perspectivas. (...) Si la guerra es la gran salida de la producción capitalista, en la "paz", el militarismo (comprendido como el conjunto de actividades para preparar la guerra) realizará la plusvalía de las producciones básicas controladas por el capital financiero" (Bilan no 11, octubre-noviembre de 1934 - vuelto a publicar en la Revista internacional no 103).
Por el contrario, otros textos de la organización, publicados antes y después del folleto sobre la Decadencia del capitalismo, desarrollan un análisis opuesto sobre el papel de la guerra en el período de decadencia, acercándose en eso al "Informe adoptado en la Conferencia de julio de 1945 de la Izquierda comunista de Francia" (ICF), para quien la guerra:
"... fue el medio indispensable para el capitalismo que le abrió posibilidades de desarrollo posterior, en la época en que existían estas posibilidades y no podían abrirse sino por la violencia. Del mismo modo, el hundimiento del mundo capitalista tras haber agotado históricamente todas las posibilidades de desarrollo, encuentra en la guerra moderna, la guerra imperialista, la expresión de este hundimiento que, sin abrir ninguna posibilidad de desarrollo posterior para la producción, no hace sino arrojar en el abismo las fuerzas productivas y acumular a un ritmo acelerado ruinas sobre ruinas" (ibídem, subrayado por nosotros).
El "Informe sobre el Curso histórico" adoptado en el Tercer congreso de la CCI [[3]], se refiere explícitamente a este pasaje del texto de la ICF, así como también el artículo "Guerra, militarismo y bloques imperialistas en la decadencia del capitalismo", publicado en 1988 [[4]], donde se subraya: "Y lo que caracteriza a todas esas guerras, como las dos guerras mundiales, es que en ningún momento permitieron el mas mínimo progreso en el desarrollo de las fuerzas productivas, al contrario de las del siglo pasado, sino que no han tenido otro resultado que la destrucción masiva, dejando totalmente exangües a los países en donde tuvieron lugar, y eso sin contar las horribles matanzas que provocaron".
Por importantes que sean estas cuestiones (y lo son, pues la respuesta que les den los revolucionarios debe estar en coherencia con su marco político general), conviene, sin embargo, precisar que no tienen el mismo carácter que otras como el papel antiobrero de los sindicatos, la participación en el juego parlamentario, etc., que delimitan directamente el campo del proletariado y el de la burguesía. O sea que aun siendo distintos, los análisis son totalmente compatibles con la plataforma del CCI.
Varias ideas de la decadencia del capitalismo fueron ya criticadas. Y la crítica actual se hace con el mismo método y el mismo marco global de análisis que la CCI ya utilizaba cuando se escribió ese folleto y que ha ido enriqueciendo desde entonces [[5]]. Recordemos los elementos constitutivos esenciales:
1. El reconocimiento de la entrada del capitalismo en su fase de decadencia con el estallido de la Primera Guerra mundial a principios del siglo xx y el carácter insuperable, desde entonces, de las contradicciones que acosan al sistema. Aquí se trata de la comprensión de las manifestaciones y consecuencias políticas del cambio de período, tal como lo caracterizó el movimiento obrero en aquel entonces, en particular cuando hablaba "de la era de las guerras y revoluciones" en la que había entrado el sistema.
2. Cuando se analiza la dinámica del modo de producción capitalista en un período entero, no se trata de estudiar separadamente los distintos protagonistas capitalistas (naciones, empresas, etc.) sino la entidad constituida por el capitalismo mundial como un todo, proporcionando éste la clave para incluir lo específico de cada una de sus partes. Era también el método de Marx cuando, al estudiar la reproducción de capital, precisa: "Para dejar de lado lo que es inútil para el análisis general, es necesario considerar el mundo comercial como una única nación" (Libro I de el Capital).
3. "Contrariamente a lo que pretenden los adoradores del capital la producción capitalista no crea automáticamente y a voluntad los mercados necesarios para su crecimiento. (...) Pero al generalizar sus relaciones al conjunto del planeta y al unificar el mercado mundial, alcanza un grado crítico de saturación de esos mismos mercados que le habían permitido la formidable expansión del siglo xix. Además, la dificultad creciente que tiene el capital para encontrar los mercados donde realizar su plusvalía, acentúa la presión a la baja que ejerce sobre la cuota de ganancia el crecimiento constante de la proporción entre el valor de los medios de producción y el de la fuerza de trabajo que los pone en funcionamiento. Esta baja de la cuota de ganancia, en un principio tendencia, se hace cada vez más efectiva, lo cual traba poderosamente el proceso de acumulación del capital y, en consecuencia, el funcionamiento de las estructuras del sistema" (Plataforma de la CCI).
4. Fue Rosa Luxemburg, basándose en los trabajos de Marx y criticando lo que consideraba insuficiencias, la que puso en evidencia de manera central que el enriquecimiento del capitalismo, como un todo, dependía de las mercancías que producía e intercambiaba con economías precapitalistas, o sea unas economías que ya practicaban el intercambio comercial pero que aún no habían adoptado el método de producción capitalista: "En realidad, las condiciones reales que imperan en la acumulación del capital total son completamente distintas de las que actúan tratándose de un capital individual y de la reproducción simple. El problema estriba en lo siguiente: ¿cómo se conforma la reproducción social, teniendo por condición que una parte creciente de la plusvalía no se consuma por los capitalistas, sino que se destine a la ampliación de la producción? Se excluye, de antemano, que la producción social, salvo el reemplazo del capital constante, vaya a parar al consumo de los trabajadores y capitalistas, y esta circunstancia es el elemento esencial del problema. Pero con esto se excluye también que los trabajadores y capitalistas mismos puedan realizar el producto total. No pueden realizar más que el capital variable, la parte gastada del capital constante y la parte consumida de la plusvalía. Pero, de este modo, sólo se pueden asegurar las condiciones necesarias para que la producción sea renovada conforme a la antigua escala. Por el contrario, la parte de la plusvalía destinada a capitalizarse no puede ser realizada por los obreros y capitalistas mismos. Por consiguiente, la realización de la plusvalía para fines de acumulación es un problema insoluble en una sociedad qué sólo conste de obreros y capitalistas" (Rosa Luxemburg, la Acumulación del capital, capítulo "La reproducción del capital y su medio ambiente").
La CCI retoma esta posición, aunque puedan existir en nuestra organización otras posiciones que critican el análisis económico de Rosa, como lo veremos en particular con una de las posiciones del debate. También ya se combatieron esos análisis en su época, no sólo por las corrientes reformistas que consideraban que el capitalismo no estaba condenado a causar catástrofes cada vez mayores, sino también por corrientes revolucionarias, y no cualquiera, en particular la de Lenin y la de Pannekoek, que también consideraban que el capitalismo se había vuelto un modo de producción históricamente caduco, aunque sus explicaciones eran diferentes de las de Rosa Luxemburg.
5. La generalización del imperialismo se debe precisamente a la importancia que para los países desarrollados tiene el acceso a los mercados extracapitalistas: "El imperialismo es la expresión política del proceso de la acumulación del capital en su lucha para conquistar los medios no capitalistas que no se hallen todavía agotados" (Rosa Luxemburg, la Acumulación del capital, capítulo "Aranceles protectores y acumulación").
6. El carácter históricamente limitado de los mercados extracapitalistas es el fundamento económico de la decadencia del capitalismo. La Primera Guerra mundial es la expresión de esa contradicción. Al acabarse el reparto del mundo por las grandes potencias, a las más desfavorecidas en lo que a colonias se refiere, no les quedó más remedio, para acceder a los mercados extracapitalistas, que intentar otro reparto del mundo por la fuerza militar. La entrada del capitalismo en su fase de decadencia significa que las contradicciones que acosan al sistema son, a partir de entonces, insuperables.
7. La instauración de medidas de capitalismo de Estado es un medio que se da la burguesía en la decadencia del capitalismo para intentar, mediante una serie de paliativos, frenar el hundimiento en la crisis y limitar sus expresiones más brutales para así evitar que vuelvan a manifestarse con la forma brutal de la crisis de 1929.
8. En el período de decadencia, el crédito es un medio esencial con el que la burguesía intenta atenuar los efectos de la insuficiencia de mercados extracapitalistas. La acumulación de una deuda mundial cada vez menos controlable, la insolvencia creciente de los distintos protagonistas capitalistas y las amenazas de desestabilización profunda de la economía mundial resultantes, ilustran el callejón sin salida de ese paliativo.
9. Una manifestación típica de la decadencia del capitalismo, a nivel económico, es la subida de los gastos improductivos. Son la manifestación de que hay cada día más obstáculos para el desarrollo de las fuerzas productivas a causa de las contradicciones insuperables del sistema: los gastos militares (armamentos, operaciones militares) para hacer frente a la agudización mundial de las tensiones imperialistas; los gastos para mantener y equipar las fuerzas de represión para hacer frente, en última instancia, a la lucha de la clase; la publicidad, arma de la guerra comercial para vender en un mercado sobresaturado, etc. Desde el punto de vista económico, esos gastos no son más que una pura pérdida para el capital.
En la CCI existe una posición que, aunque esté de acuerdo con nuestra plataforma, está en desacuerdo con varios aspectos de la contribución de Rosa Luxemburg sobre los fundamentos económicos de la crisis del capitalismo [[6]]. Esa posición considera que el origen de la crisis está en otra contradicción señalada por Marx, la baja de la cuota de ganancia [[7]]. Tras rechazar las ideas (bordiguistas y consejistas en particular) que se imaginan que el capitalismo puede generar automática y eternamente la extensión de su propio mercado a la simple condición de que la cuota de ganancia sea suficientemente elevada, esa posición subraya que la contradicción fundamental del capitalismo no está tanto dentro de los límites del mercado (o sea la forma con la que se manifiesta la crisis), sino en los límites que se imponen a la extensión de la producción.
El debate de fondo sobre esa posición es el que ya ha habido, polémicamente, con otras organizaciones (incluso si existen diferencias en las posiciones presentes) sobre la tendencia a la baja de la cuota de ganancia y la saturación de mercados [[8]]. Sin embargo, como veremos, en el debate actual existe una determinada convergencia entre esa posición y otra, llamada del "capitalismo de Estado keynesiano-fordista", que presentamos a continuación. Ambas posiciones reconocen la existencia de un mercado interno a las relaciones de producción capitalistas que fue un factor de prosperidad durante el período de los "Treinta gloriosos", y analizan el final de ese período como resultado de la contradicción que impone "la baja de la cuota de ganancia".
Las otras posiciones que se expresaron en el debate se reivindican de la coherencia desarrollada por Rosa Luxemburg, dándole un papel central en la crisis del capitalismo a la cuestión de la insuficiencia de mercados extracapitalistas.
Basándose precisamente en ese marco de análisis, parte de la organización consideró que había contradicciones en el folleto la Decadencia del capitalismo, que también se reivindica de ese marco, en la medida en que el folleto afirma que la acumulación en la que se basa la prosperidad de los "Treinta gloriosos" es la apertura de un mercado, el de la reconstrucción, que nada tiene que ver con los mercados extracapitalistas.
Frente a ese desacuerdo en nuestras filas se desarrolló una posición - presentada como "economía de guerra y capitalismo de Estado" - que, aunque siendo crítica con algunos aspectos de nuestro folleto, acusándolo en particular de falta de rigor así como de ausencia de referencia al plan Marshall para explicar la reconstrucción propiamente dicha, no es, en el fondo, sino: "una defensa de la idea de que la prosperidad del período de los años 50 y 60 estuvo determinada por la situación global de las relaciones imperialistas y la instauración de una economía de guerra permanente tras la Segunda Guerra mundial".
En esa parte de la organización que pone en entredicho el análisis de la decadencia del capitalismo del período de los "Treinta gloriosos", existen en realidad dos interpretaciones de la prosperidad de ese período.
La primera interpretación, que llamaremos "mercados extracapitalistas y endeudamiento", no hace sino retomar por cuenta propia, revalorizándolos, esos dos factores ya avanzados por la organización en diferentes etapas de su existencia [[9]]. Según esa posición, "estos dos factores bastan para explicar la prosperidad de los "Treinta gloriosos".
La segunda interpretación, que llamaremos "capitalismo de Estado keynesiano-fordista", "... procede de la misma constatación de que nuestro folleto sobre la decadencia - la de la saturación relativa de los mercados en 1914 habida cuenta de las necesidades de la acumulación alcanzadas a nivel mundial -, y desarrolla la idea de que el sistema respondió instaurando una alternativa de capitalismo de Estado basada en una triple distribución forzada (keynesianismo) de una fuerte subida de la productividad (fordismo) en beneficio de las ganancias, de las rentas del Estado y de los salarios reales".
El objetivo de este primer artículo sobre el debate acerca de los "Treinta gloriosos" es limitarse a su presentación general, como lo acabamos de hacer, y también exponer sintéticamente cada una de las tres posiciones principales que alimentan el debate, como lo hacemos a continuación [[10]]. Más tarde se publicarán algunas contribuciones contradictorias entre las distintas opiniones, las que aquí se mencionan y otras si surgieran durante el debate. Y de este modo quizás podrán también aclararse mejor las distintas posiciones.
La economía de guerra y el capitalismo de Estado
El origen de esta posición ya fue expuesto por la Izquierda comunista de Francia en 1945. Ésta consideraba que a partir de 1914, los mercados extracapitalistas que proporcionaron al capitalismo su necesario campo de expansión durante su período ascendente, habían dejado de ser capaces de cumplir ese papel: "Este período histórico es el de la decadencia del sistema capitalista. ¿Qué significa eso? La burguesía que antes de la primera guerra imperialista vivía y no podía vivir sino gracias a una expansión creciente de su producción, llegó a ese punto de su historia en el que ya no puede seguir realizando su expansión. (...) Hoy, excepto algunas regiones lejanas e inservibles, excepto algunos restos sin importancia del mundo no capitalista insuficientes para absorber la producción mundial, el capitalismo es dueño del mundo, no existen ya países extracapitalistas que podrían constituir nuevos mercados para su sistema: así su apogeo es también el punto donde comienza su decadencia" [[11]].
La historia económica desde 1914 es la de los intentos por parte de la clase burguesa, en distintos países y en distintos momentos, de superar este problema fundamental: ¿cómo seguir acumulando la plusvalía producida por la economía capitalista en un mundo ya repartido entre las grandes potencias imperialistas y cuyo mercado es incapaz de absorber el conjunto de esta plusvalía? Y debido a que las potencias imperialistas no pueden ya extenderse sino a costa de sus rivales, en cuanto se acaba una guerra es necesario preparar la siguiente. La economía de guerra se convierte en método permanente de vida de la sociedad capitalista.
"La economía de guerra no tiene como objetivo la solución de un problema económico. En su origen es el fruto de una necesidad del Estado capitalista de defenderse contra las clases desposeídas y mantener por la fuerza su explotación, por una parte, y garantizar por la fuerza sus posiciones económicas y ampliarlas a costa de los demás Estados imperialistas. (...) La producción de guerra se convierte así en eje de la producción industrial y en principal campo económico de la sociedad" (Internationalisme no 1, "Informe sobre la situación internacional", julio de 1945).
El período de la reconstrucción - los "Treinta gloriosos" - es un momento particular de esa historia. Tres características económicas del mundo en 1945 deben destacarse aquí:
• En primer lugar está la enorme preponderancia económica y militar de Estados Unidos, hecho casi sin precedentes en la historia del capitalismo. Estados Unidos por sí solo representa la mitad de la producción mundial y posee casi un 80 % de las reservas mundiales de oro. Es el único país beligerante cuyo aparato productivo salió indemne de la guerra: su PIB se duplicó entre 1940 y 1945. EEUU absorbió todo el capital acumulado del Imperio británico durante los siglos de su expansión colonial, y, además, buena parte del Imperio francés.
• En segundo lugar, hay una conciencia aguda entre las clases dominantes del mundo occidental de que es indispensable elevar el nivel de vida de la clase obrera si se quiere descartar el peligro de trastornos sociales que podrían hacer el juego de los estalinistas y, por consiguiente, del bloque imperialista ruso adverso. La economía de guerra integra, pues, un nuevo aspecto, del que nuestros antecesores de la Izquierda comunista de Francia (GCF) no tenían verdaderamente conciencia en aquel entonces: el conjunto de las prestaciones sociales (salud, desempleo, jubilaciones, etc.) que la burguesía - y sobre todo la burguesía del bloque occidental - instaura al iniciarse la reconstrucción en los años cuarenta.
• En tercer lugar, el capitalismo de Estado que había expresado, antes de la Segunda Guerra mundial, una tendencia hacia la autarquía de las distintas economías nacionales se enmarca ahora en una estructura de bloques imperialistas que determinan las relaciones económicas entre los Estados (sistema Bretton Woods para el bloque americano, COMECON para el bloque ruso).
Durante la reconstrucción, el capitalismo de Estado conoce una evolución cualitativa: la parte del Estado en la economía nacional se hace preponderante [[12]]. Incluso hoy, después de 30 años de pretendido "liberalismo", los gastos del Estado siguen representando entre un 30 y un 60 % del PIB de los países industrializados.
Esta nueva importancia del Estado representa una transformación de cantidad en calidad. El Estado no es ya solamente el "Comité ejecutivo" de la clase dominante, sino también el mayor patrón y el mercado mayor. En Estados Unidos, por ejemplo, el Pentágono se convierte en el principal patrón del país (entre tres y cuatro millones personas, incluidos civiles y militares). Como tal, desempeña un papel central en la economía y permite la explotación más a fondo de los mercados existentes.
La instauración del sistema Bretton Woods también permite la instauración de mecanismos de crédito más sofisticados y menos frágiles que en el pasado: el crédito al consumidor se desarrolla y las instituciones económicas establecidas por el bloque americano (FMI, Banco mundial, GATT) permiten evitar crisis financieras y bancarias.
La enorme preponderancia económica de Estados Unidos permitió a la burguesía norteamericana gastar sin contar para garantizar su soberanía militar contra el bloque ruso: sostuvo dos guerras sangrientas y costosas (en Corea y Vietnam); los planes de tipo Marshall y las inversiones en el extranjero financiaron la reconstrucción de las economías arruinadas en Europa y Asia (en particular, en Corea y Japón). Pero este enorme esfuerzo - determinado no por el funcionamiento "clásico" del capitalismo sino por la confrontación imperialista que caracteriza la decadencia del sistema - terminó arruinando la economía estadounidense. En 1958, su balanza de pagos es ya deficitaria y, en 1970, Estados Unidos ya sólo posee el 16 % de las reservas mundiales de oro. El sistema Bretton Woods hace aguas por todas partes, y el mundo se hunde en una crisis de la que ya no ha salido hasta ahora.
Los mercados extracapitalistas y el endeudamiento
Lejos de participar en el desarrollo de las fuerzas productivas con bases comparables a las de la ascendencia del capitalismo, el período de los "Treinta gloriosos" se caracteriza por un enorme despilfarro de plusvalía que demuestra la existencia de obstáculos para el desarrollo de las fuerzas productivas propios de la decadencia de ese sistema.
La reconstrucción consecutiva a la Primera Guerra mundial abrió una fase de prosperidad de unos pocos años durante los cuales, como antes de que estallara el conflicto, la venta a los mercados extracapitalistas siguió siendo la salida necesaria para la acumulación capitalista. En efecto, aunque el mundo estaba ya repartido entonces entre las mayores potencias industriales, aún distaba mucho, sin embargo, de estar dominado por las relaciones de producción capitalistas. Pero al ser insuficiente la capacidad de absorción de los mercados extracapitalistas para la masa de mercancías producidas por los países industrializados, la reanudación se estrelló rápidamente (la crisis de 1929) contra el escollo de la sobreproducción.
Muy diferente fue el período abierto por la reconstrucción tras la Segunda Guerra mundial, que superó los mejores indicadores económicos de la ascendencia del capitalismo. Durante más de dos décadas hubo un crecimiento constante de productividad, las subidas más importantes de la historia del capitalismo, debido en particular al perfeccionamiento del trabajo en cadena (fordismo), la automatización de la producción y su generalización por todas las partes donde era posible.
Pero no basta con producir mercancías, también es necesario venderlas en el mercado. En efecto, la venta de las mercancías producidas por el capitalismo sirve para renovar los medios de producción vetustos, así como la fuerza de trabajo (salarios de los obreros). Garantiza, pues, la reproducción simple del capital (o sea sin aumento de los medios de producción o consumo) pero también debe financiar los gastos improductivos - que van de los gastos de armamento al mantenimiento de los capitalistas, incluyendo también numerosos otros sectores sobre los que hemos de volver. A continuación, si subsiste un saldo positivo, puede destinarse a la acumulación del capital.
En las ventas efectuadas anualmente por el capitalismo, la parte que puede dedicarse a la acumulación del capital, y que así participa en su enriquecimiento real, es necesariamente limitada debido a que es el saldo que queda de todos los gastos obligatorios. Históricamente, sólo representa un porcentaje escaso de la riqueza producida anualmente [[13]] y corresponde esencialmente a las ventas realizadas en mercados extracapitalistas (interiores o externos) [[14]]. Es el único medio que permite al capitalismo desarrollarse (fuera del saqueo, legal o no, de los recursos de las economías no capitalistas), o sea de no encontrarse en la situación en que "los capitalistas se intercambian mutuamente y consumen su producción", lo que, como dice Marx, "de ningún modo permite una valoración del capital":
"Cómo explicarse que haya demanda de esas mismas mercancías de que carece la masa del pueblo, y que sea necesario buscarles salida en el extranjero, en mercados lejanos para poder pagar a los obreros del propio país el promedio de los medios de subsistencia de primera necesidad? Porque sólo dentro de esa trabazón específica, capitalista, adquiere el producto sobrante una forma en que su poseedor necesita que vuelva a convertirse para él en capital para poder ponerlo a disposición del consumo. Por último, si se afirma que los capitalistas sólo tienen que cambiar entre sí y consumir sus mercancías, se pierde de vista el carácter esencial de la producción capitalista en su conjunto y se olvida que lo fundamental para ella es la valorización del capital y no su consumo" [[15]].
Con la entrada en decadencia del capitalismo, los tendencia de los mercados extracapitalistas es a ser cada vez más insuficientes, pero no por eso desaparecen y su viabilidad también depende, como en ascendencia, de los progresos de la industria. Ahora bien, ¿qué pasa cuando los mercados extra-capitalistas son cada vez menos capaces de absorber las cantidades crecientes de mercancías producidas por el capitalismo? Aparece entonces la sobreproducción y, con ella, la destrucción de parte de la producción, salvo si el capitalismo lograra utilizar el crédito como paliativo a esa situación. Pero, cuanto más escaseen los mercados extracapitalistas menos podrá reembolsarse el crédito así utilizado como paliativo.
Así pues, el mercado solvente para el crecimiento de los "Treinta Gloriosos" se formó mediante la combinación entre la explotación de los mercados extracapitalistas aún existentes en aquel entonces y el endeudamiento a medida que aquéllos iban siendo insuficientes para absorber toda la oferta. No existe ningún otro remedio posible (excepto, repitámoslos, el saqueo de las riquezas extracapitalistas) que permita la expansión del capitalismo, en aquella época como en cualquier otra. Por lo tanto, los "Treinta gloriosos" ya han aportado su pequeña contribución a la formación de la masa actual de unas deudas que nunca serán reembolsadas y que son una verdadera espada de Damocles colgada encima de la cabeza del capitalismo.
Otra característica de los "Treinta gloriosos" es el peso de los gastos improductivos en la economía. Esos gastos son, en particular, una parte importante de los gastos del Estado que, a partir del final de los años cuarenta y en la mayoría de los países industrializados, conocen un aumento considerable. Es una consecuencia de la tendencia histórica hacia el desarrollo del capitalismo de Estado, especialmente del peso del militarismo en la economía que se mantiene a un alto nivel desde la guerra mundial, y también de las políticas keynesianas practicadas entonces y destinadas a apoyar artificialmente la demanda. Si una mercancía o un servicio son improductivos, eso significa que su valor de uso no le permite integrarse en el proceso de la producción [[16]] y participar en la reproducción simple o ampliada del capital. También es necesario considerar improductivos los gastos relativos a una demanda en el capitalismo no requerida por las necesidades de la reproducción simple o ampliada. Fue, por ejemplo, el caso durante los "Treinta gloriosos" de aumentos de salario a niveles que a veces se acercaban al crecimiento de la productividad laboral del que se "beneficiaron" algunas categorías de obreros, en algunos países, en aplicación de las mismas doctrinas keynesianas. En efecto, el pago de un salario superior al estrictamente necesario para la reproducción de la fuerza de trabajo acaba plasmándose, en el mismo sentido que los miserables subsidios pagados a los parados o que los gastos improductivos del Estado, en un despilfarro de capitales que no puede dedicarse a la valorización del capital global. Dicho de otra forma, el capital destinado a los gastos improductivos se esteriliza, sean éstos cuales sean.
La creación por el keynesianismo de un mercado interior capaz de dar una solución inmediata a la comercialización de una producción industrial masiva pudo dar la ilusión de un retorno duradero a la prosperidad de la fase de ascendencia del capitalismo. Pero al estar completamente desconectado de las necesidades de valorización del capital, ese mercado acabó en la esterilización de una porción significativa de capital. Su mantenimiento estaba condicionado por una conjunción de factores totalmente excepcional que no podía durar: el crecimiento constante de la productividad del trabajo que, aun financiando los gastos improductivos, era suficiente para lograr un excedente que permitía que continuara la acumulación; la existencia de mercados solventes - ya fueran extracapitalistas o resultantes del endeudamiento - permitían la realización de ese excedente.
No se repitió nunca desde entonces un crecimiento de la productividad laboral comparable al de los "Treinta gloriosos". Sin embargo, aunque ocurriese, el agotamiento total de los mercados extracapitalistas, los límites prácticamente alcanzados de la reactivación de la economía por medio de nuevos aumentos de la deuda mundial ya tan desproporcionada, sellan la imposibilidad de la repetición de un período de prosperidad semejante.
Entre los factores de la prosperidad de los "Treinta gloriosos" no está, contrariamente a lo que se afirma en nuestro folleto la Decadencia del capitalismo, el mercado de la reconstrucción. Tras la Segunda Guerra mundial, volver a construir el aparato productivo no fue en sí un mercado extracapitalista como tampoco fue creador de valor. Fue en buena parte el fruto de una transferencia de riqueza, ya acumulada en Estados Unidos, hacia los países que reconstruir, puesto que la financiación de la operación se hizo mediante el plan Marshall, esencialmente financiado por las subvenciones del Tesoro de EEUU. Ese mercado de la reconstrucción tampoco puede servir para explicar la corta fase de prosperidad que siguió a la Primera Guerra mundial. Por eso el esquema "guerra-reconstrucción-prosperidad" que, de forma empírica, ha correspondido efectivamente a la realidad del capitalismo en decadencia, no tiene, sin embargo, valor de ley económica según la cual existiría un mercado de la reconstrucción que permitiría un enriquecimiento del capitalismo.
El análisis que hacemos de las fuerzas motrices de los "Treinta gloriosos" parte de un conjunto de hechos objetivos de los que los principales son los siguientes.
El producto mundial per cápita se duplica durante la fase ascendente del capitalismo [[17]] y el índice de crecimiento industrial no dejará de aumentar, para culminar en vísperas de la Primera Guerra mundial [[18]]. Entonces, los mercados que le habían proporcionado su campo de expansión llegan a saturación habida cuenta de las necesidades alcanzadas por la acumulación a escala internacional. Empieza entonces la fase de decadencia marcada por dos guerras mundiales, la mayor crisis de sobreproducción de la historia (1929-33), y un frenazo brutal del crecimiento de las fuerzas productivas (tanto la producción industrial como el producto mundial per cápita serán casi divididos por la mitad entre 1913 y 1945: respectivamente 2,8 % y 0,9 % por año).
Eso no impedirá, ni mucho menos, al capitalismo registrar un formidable crecimiento durante los "Treinta Gloriosos": el producto mundial per cápita se triplica, mientras que la producción industrial hará más que duplicarse (respectivamente 2,9 % y 5,2 % por año). No sólo estos niveles son muy superiores a lo que fueron durante el período ascendente, sino que los salarios reales aumentarán también cuatro veces más rápidamente (se multiplicarán por cuatro mientras que apenas se habían duplicado durante un período dos veces más largo entre 1850 y 1913).
¿Cómo pudo producirse tal "milagro"?
- ni por una demanda extracapitalista residual puesto que ya era insuficiente en 1914, disminuyendo incluso a continuación [[19]] ;
- ni por el endeudamiento estatal o los déficits presupuestarios puesto que disminuyen mucho durante los "Treinta gloriosos" [[20]] ;
- ni por el crédito que sólo aumenta sensiblemente a raíz del retorno de la crisis [[21]] ;
- ni por la economía de guerra puesto que es improductiva: los países más militarizados son los menos eficientes e inversamente ;
- ni por el plan Marshall cuyo impacto es limitado en importancia y en tiempo [[22]] ;
- ni por las destrucciones de guerra puesto que las que fueron consecutivas a la primera apenas habían generado prosperidad [[23]] ;
- ni únicamente por el crecimiento de la importancia del Estado en la economía, puesto que su duplicación durante el período entre ambas guerras no había tenido tal efecto [[24]], porque en 1960 su nivel (19 %) es inferior al de 1937 (21 %), y que incluye cantidad de gastos improductivos.
El "milagro" y su explicación siguen pues intactos, tanto mas teniendo en cuenta que:
a) las economías están exangües inmediatamente después de la guerra,
b) el poder adquisitivo de todos los protagonistas económicos está por los suelos,
c) que éstos están endeudados excesivamente,
d) que la enorme potencia adquirida por Estados Unidos está basada en una economía de guerra improductiva con grandes dificultades de reconversión,
e) y que ese "milagro" se producirá ¡a pesar de la esterilización de masas crecientes de plusvalía en gastos improductivos!
En realidad, ese misterio no es tal si se combinan los análisis de Marx sobre las implicaciones de las ganancias de productividad [[25]] con las contribuciones de la Izquierda comunista sobre el desarrollo del capitalismo de Estado en decadencia. En efecto, este período se caracteriza por:
a) ganancias de productividad nunca antes vistas durante toda la historia del capitalismo, ganancias que se basan en la generalización del trabajo en cadena y sin interrupción (fordismo).
b) subidas muy importantes de los salarios reales, pleno empleo e instauración de un salario indirecto formado por diversos subsidios sociales. Por otra parte, los países donde esas subidas son más fuertes son los que obtienen mejores resultados y a la inversa.
c) un control por parte del Estado de partes enteras de la economía y una fuerte intervención por su parte en las relaciones capital-trabajo [[26]].
d) Todas esas políticas keynesianas, además, se encuadraron en algunos aspectos a nivel internacional a través de la OCDE, el GATT, el FMI, el Banco mundial, etc.
e) por fin, contrariamente a otros períodos, los "Treinta gloriosos" se caracterizaron por un crecimiento autocentrado (o sea con relativamente pocos intercambios entre los países de la OCDE y el resto del mundo), y sin deslocalizaciones a pesar de las importantes alzas de salarios reales y del pleno empleo. En efecto, la mundialización y las deslocalizaciones son fenómenos que no aparecerán hasta los años ochenta y sobre todo los noventa.
Así pues, al garantizar obligatoria y proporcionadamente la triple distribución del incremento de productividad entre la ganancia, los impuestos y los salarios, el capitalismo de Estado keynesiano-fordista va a garantizar el cierre del ciclo de acumulación entre una oferta incrementada de bienes y servicios a precios en baja (fordismo) y una demanda solvente creciente al estar vinculada a esas mismas ganancias de productividad (keynesianismo). Los mercados así asegurados, la crisis volverá a aparecer invirtiéndose la cuota de ganancia hacia la baja, a causa del agotamiento de las ganancias fordistas de productividad; la cuota de ganancia se reducirá hasta la mitad entre finales de los años 1960 y 1982 [[27]]. Esa reducción drástica de la rentabilidad del capital lleva al desmantelamiento de las políticas de posguerra en beneficio de un capitalismo de Estado desregulado desde principios de los años ochenta. Este cambio de dirección permitió un restablecimiento espectacular de la cuota de ganancia, gracias a la compresión de la parte salarial, pero la reducción de la demanda solvente que de ello se deriva ha mantenido la acumulación y el crecimiento a un bajo nivel [[28]]. Por lo tanto, en un contexto ahora ya estructural de escasos incrementos de productividad, el capitalismo se ve obligado a presionar los salarios y condiciones de trabajo para garantizar el alza de sus beneficios, pero al hacerlo limita sus mercados solventes. Esas son las raíces:
a) de las capacidades excesivas y de la superproducción endémica;
b) del endeudamiento cada vez más desenfrenado para paliar la demanda obligada;
c) de las deslocalizaciones en busca de mano de obra barata;
d) de la mundialización para vender lo máximo a la exportación;
e) de la inestabilidad financiera a repetición que se deriva de las inversiones especulativas de capitales que ya no tienen oportunidades de invertir en la ampliación del capital.
En la actualidad, la tasa de crecimiento ha vuelto a bajar al nivel del período entre guerras, y una nueva versión de los Treinta gloriosos es imposible. El capitalismo está condenado a hundirse en una barbarie creciente.
Al no haber tenido todavía la oportunidad de presentarse como tales, el origen y las implicaciones de este análisis se desarrollarán posteriormente, ya que exigen volver a estudiar algunos de nuestros análisis para alcanzar una comprensión más amplia y más coherente del funcionamiento y los límites del modo de producción capitalista [[29]].
A imagen de nuestros antecesores de Bilan o de la Izquierda comunista de Francia, no pretendemos ser los poseedores de la verdad "absoluta y eterna" [[30]] y somos totalmente conscientes de que los debates que surgen en nuestra organización se beneficiarán de las contribuciones y críticas constructivas que surjan fuera de ella. Es la razón por la cual todas las contribuciones que se nos dirijan serán bienvenidas y tenidas en cuenta en nuestra reflexión colectiva.
C.C.I.
[1]) Entre 1950 y 1973, el PIB mundial per cápita aumentó a un ritmo anual cercano al 3 % mientras que aumentó entre 1870 y 1913 al ritmo de un 1,3 % (Maddison Angus, la Economía mundial, OCDE, 2001: 284).
[2]) Recopilación de artículos de la prensa de CCI publicada en enero de 1981.
[3]) Tercer congreso del CCI, Revista internacional no 18, 3er trimestre de 1979.
[4]) Revista internacional no 52, 1er trimestre de 1988.
[5]) Sobre todo a través de la publicación en la Revista internacional de la serie "Comprender la decadencia del capitalismo" y en particular el artículo de la no 56, así como la "Presentación de la Resolución sobre la situación internacional del VIIIo congreso de la CCI" sobre el peso del endeudamiento, en la Revista internacional no 59, 4o trimestre de 1989.
[6]) El hecho de que esta posición minoritaria ya existiera desde hace tiempo en nuestra organización - los camaradas que la defienden actualmente ya la defendían al entrar en la CCI - a la vez que permite la participación en el conjunto de nuestras actividades, tanto de intervención como de elaboración político-teórica, ilustra lo justa que ha sido la decisión de la CCI de no haber hecho de su análisis sobre la relación entre saturación de mercados y reducción de la cuota de ganancia y del peso respectivo de estos dos factores, una condición de adhesión a la organización.
[7]) "Cuota de ganancia" (y no "tasa de beneficio") según la traducción de el Capital de la edición en tres volúmenes del Fondo de cultura económica, México, 1946.
[8]) Ver, el artículo "Respuesta a CWO sobre la guerra en la fase de decadencia del capitalismo" publicado en dos partes en los no 127 y 128 de la Revista internacional.
[9]) La mejor explotación de los mercados extracapitalistas está ya mencionada en la Decadencia del capitalismo. Volvemos a mencionarla e insistir en ella en el 6o artículo de la serie "Comprender la decadencia del capitalismo" publicado en la Revista internacional no 56, en el cual se propone también el factor del endeudamiento y además ya no se menciona el "mercado de la reconstrucción".
[10]) Hay matices en cada una de esas tres posiciones que se expresaron en el debate. No podemos, en este artículo, dar cuenta de ellos aquí. Podrán aparecer, en función de la evolución del debate, en las futuras contribuciones que publiquemos.
[11]) Internationalisme no 1, enero de 1945: "Tesis sobre la situación internacional".
[12]) Sólo para Estados Unidos, los gastos del Estado federal que sólo representaban un 3 % del PIB en 1930, alcanzan casi el 20 % del PIB durante los años 1950-60.
[13]) Un ejemplo: durante el período 1870-1913, la venta a los mercados extracapitalistas representó un porcentaje medio anual cercano al 2,3 % del PIB mundial (cifra calculada en función de la evolución del PIB mundial entre esas dos fechas; fuente: https://www.theworldeconomy.org/publications/worldeconomy/frenchpdf/Madd... [6]). Al ser un promedio, es obviamente inferior al de los años que registran el crecimiento más elevado como los anteriores a Primera Guerra mundial.
[14]) A este respecto, poco importa que sus ventas sean productivas o no, como las armas, para el destinatario final.
[15]) Libro III, sección 3ª: "Ley de la tendencia decreciente de la cuota de ganancia", XV: Desarrollo de las contradicciones internas de la ley, Exceso de capital y exceso de población"; pp. 254-255, el Capital, t. III, ed. FCE, 1946, México.
[16]) Para ilustrar este hecho, basta con considerar la diferencia de uso final entre, por un lado, un arma, una publicidad, un curso de formación sindical y, por otro, una herramienta, comida, clases escolares o universitarias, cuidados médicos, etc.
[17]) De 0,53 % por año entre 1820-70 al 1,3 % entre 1870-1913 (Angus Maddison, la Economía mundial, OCDE: 284).
[18])
Índice de crecimiento anual |
|
1786-1820 |
2,5 % |
1820-1840 |
2,9 % |
1840-1870 |
3,3 % |
1870-1894 |
3,3 % |
1894-1913 |
4,7 % |
W.W. Rostow, The world economy : 662 |
[19]) Muy importante en el nacimiento del capitalismo, ese poder adquisitivo interno de los países desarrollados ya sólo representaba entre 5 % y 20 % en 1914, y era marginal en 1945: entre 2 % y 12 % (Peter Flora, State, Economy and Society in Western Europa 1815-1975, A Data Handbook, Vol. II, Campus, 1987). En cuanto al acceso al Tercer mundo, queda amputado en dos tercios con la retirada del mercado mundial de China, del bloque del Este, de India y de otros países subdesarrollados. En cuanto al comercio con la tercera parte restante, ¡cae a la mitad entre 1952 y 1972! (P. Bairoch, le Tiers Monde dans l'impasse, pp. 391-392).
[20]) Datos publicados en el no 114.
[21]) Datos publicados en el no 121.
[22]) El plan Marshall tuvo un impacto muy débil en la economía norteamericana: "Después de la Segunda Guerra mundial... el porcentaje de las exportaciones americanas con relación al conjunto de la producción disminuyó en una medida nada desdeñable. El propio Plan Marshall no acarreó, en ese ámbito, cambios muy importantes" (Fritz Sternberg, el Conflicto del siglo, p. 577), el autor concluye que es por lo tanto el mercado interior el determinante en la reanudación económica.
[23]) Los datos y la argumentación se desarrollan en nuestro artículo de la Revista no 128. Volveremos sobre el tema, ya que, de acuerdo con Marx, la desvalorización y destrucción de capitales permiten efectivamente regenerar el ciclo de acumulación y abrir nuevos mercados. Sin embargo, un estudio meticuloso nos ha demostrado que, aunque ese factor haya podido tener algún papel, éste fue relativamente escaso, limitado en el tiempo y a Europa y Japón.
[24]) La parte de los gastos públicos totales en el PIB de países de la OCDE pasa del 9 % al 21 % de 1913 a 1937 (véase no 114).
[25]) En efecto, la productividad no es más que otra expresión de la ley del valor - puesto que representa lo inverso del tiempo de trabajo -, y es la base de la extracción de la plusvalía relativa tan característica de ese período.
[26]) La parte de los gastos públicos en los países de la OCDE hace más que duplicarse entre 1960 a 1980: del 19 % al 45 % (no 114).
[27]) Gráficos en los nos 115, 121 y 128.
[28]) Gráficos y datos en el no 121 así como en nuestro análisis del crecimiento en Asia del Este:
https://fr.internationalism.org/ICConline/2008/crise_economique_Asie_Sud_est.htm [7]
ICConline/2008/crise_economique_Asie_Sud_est.htm [7].
[29]) El lector podrá sin embargo encontrar muchos datos, así como cierta evolución teórica en varios artículos publicados en los nos 114, 115, 121, 127, 128, y en nuestro análisis del crecimiento en Asia del Este, disponibles todos en nuestra página Web.
[30]) "Ningún grupo posee la exclusiva de la ‘verdad absoluta y eterna'" como lo decía la Izquierda comunista de Francia. Ver a este respecto nuestro artículo "Hace 60 años: una conferencia de revolucionarios internacionalistas" en Revista internacional no 132.
Hace 90 años, la revolución proletaria culminaba trágicamente en las luchas de 1918 y 1919 en Alemania. Tras la toma heroica del poder por el proletariado en Rusia en Octubre de 1917, el corazón de la batalla por la revolución mundial se desplazó hacia Alemania. Allí se llevó la batalla decisiva, y se perdió. La burguesía mundial siempre ha querido que no quede ningún recuerdo de aquellos acontecimientos. Como no puede negar que se desarrollaron luchas, pretende que tenían como objetivo "la democracia" y "la paz" - o sea precisamente las "maravillosas" condiciones que hoy reinan en Alemania capitalista.
El objetivo de la serie que comenzamos con este artículo es poner de manifiesto que la burguesía en Alemania estuvo a dos dedos de perder el poder ante el movimiento revolucionario. A pesar de que fuesen derrotadas, tanto la revolución alemana como la revolución rusa han de ser un estímulo para nosotros hoy. Nos recuerdan que no solo es necesario sino que es posible derribar la dominación del capitalismo mundial.
Esta serie la constituirán cinco artículos. El primero se dedica a cómo el proletariado revolucionario se comprometió con sus principios internacionalistas ante la Primera Guerra mundial. El segundo tratará de las luchas revolucionarias de 1918. El tercero se dedicará al drama que se desarrolló cuando la fundación del Partido comunista a finales de 1918. El cuarto examinará la derrota de 1919. El último tratará sobre el significado histórico de los asesinatos de Rosa Luxemburg y de Karl Liebknecht, y de la herencia que estos revolucionarios nos han transmitido para hoy.
La ola revolucionaria internacional que comenzó contra la Primera Guerra mundial se produjo unos pocos años después de la mayor derrota política sufrida por el movimiento obrero: el hundimiento de la Internacional socialista en agosto de 1914. Examinar por qué la guerra pudo estallar y por qué falló la Internacional es pues un elemento esencial para entender el carácter y el curso de las revoluciones en Rusia y Alemania.
El camino hacia la guerra
La amenaza de guerra mundial se sentía desde principios del siglo xx. Las grandes potencias la preparaban febrilmente. El movimiento obrero la previó y puso en guardia contra ella. Su estallido, sin embargo, se vio retrasado por dos factores. Uno de ellos fue la preparación militar insuficiente de los principales protagonistas. Alemania, por ejemplo, estaba acabando la construcción de una marina de guerra capaz de rivalizar con Gran Bretaña, dueña de los océanos. Convirtió la isla de Helgoland en base naval de alta mar, acabó la construcción del canal entre el mar del Norte y el Báltico, etc. A finales de la primera década del siglo, estos preparativos habían llegado a su término. Esto le da tanta mayor importancia al segundo factor: el miedo a la clase obrera. Este miedo no era una hipótesis puramente especulativa del movimiento obrero. Importantes representantes de la burguesía lo expresaban explícitamente. Von Bulow, canciller de Alemania, declaró que era principalmente a causa del miedo a la Socialdemocracia si no había más remedio que posponer la guerra. Paul Rohrbach, infame propagandista de los círculos belicistas abiertamente imperialistas de Berlín, escribía: "a no ser que ocurra una catástrofe elemental, lo único que podría obligar a Alemania a mantener la paz es el hambre de los que no tienen pan". El general von Bernhardi, eminente teórico militar de aquellos tiempos, destacaba en su libro la Guerra de hoy (1913) que la guerra moderna implicaba importantes riesgos debido a que tenía que movilizar y disciplinar a millones de personas. Esta opinión no solo se basaba en consideraciones teóricas sino, sobre todo, en la experiencia práctica de la primera guerra imperialista del siglo xx entre potencias de primera importancia. Dicha guerra, la que había enfrentado a Rusia y Japón (1904-1905), engendró el movimiento revolucionario de 1905 en Rusia.
Estas consideraciones alimentaban en el movimiento obrero la esperanza de que la clase dominante no se atrevería a desencadenar la guerra. Esa esperanza permitía ocultar las divergencias en la Internacional socialista, precisamente cuando la clarificación en el proletariado requería un debate abierto. El que ningún componente del movimiento socialista internacional "quisiese" la guerra daba una impresión de fuerza y unidad. Sin embargo, el oportunismo y el reformismo no se oponían a la guerra por principio sino simplemente porque tenían miedo, si estallara, a perder su estatuto jurídico y financiero. Por su parte, el "centro marxista" en torno a Kautsky temía la guerra principalmente porque destruiría la ilusión de unidad del movimiento obrero que quería mantener a toda costa.
Lo que sí iba a favor de la capacidad de la clase obrera para impedir la guerra era sobre todo la intensidad de la lucha de clases en Rusia. Allí los obreros no habían tardado en recuperarse de la derrota del movimiento de 1905. En vísperas de la Primera Guerra mundial, una nueva oleada de huelgas de masas alcanzó un hito en el imperio de los Zares. En cierta medida, la situación de la clase obrera en aquel país se asemejaba a la de la China de hoy; era una minoría en el conjunto de la población, pero se concentraba masivamente en fábricas modernas financiadas por el capital internacional, ferozmente explotada en un país atrasado que no disponía de los mecanismos de control político del liberalismo parlamentario burgués. Existe sin embargo una diferencia importante: el proletariado ruso se había educado en las tradiciones socialistas del internacionalismo, mientras que los obreros chinos de hoy siguen sufriendo la pesadilla de la contrarrevolución nacionalista estalinista.
Todo eso hacía de Rusia una amenaza para la estabilidad capitalista.
Pero Rusia no era un ejemplo significativo de la relación de fuerzas internacional entre las clases. El corazón del capitalismo y de las tensiones imperialistas estaba en Europa occidental y central. La clave de la situación mundial no estaba en Rusia sino en Alemania. Alemania era el país que impugnaba el orden mundial de las antiguas potencias coloniales. Y también era el país cuyo proletariado era el más concentrado y fuerte, con la educación socialista más desarrollada. El papel político de la clase obrera alemana se ilustraba en que los principales sindicatos fueron allí fundados por el Partido socialista, mientras que en Gran Bretaña - la otra nación capitalista dominante en Europa - el socialismo no aparecía más que como un apéndice del movimiento sindical. En Alemania, las luchas cotidianas de los obreros se desarrollaban tradicionalmente con vistas al gran objetivo socialista final.
A finales del siglo xix, empezó sin embargo en Alemania un proceso de despolitización de los sindicatos socialistas, de "emancipación" con respecto al Partido socialista. Los sindicatos cuestionaban abiertamente la unidad entre el movimiento y el objetivo final. El teórico del partido, Eduard Bernstein, no hizo más que generalizar esa orientación con su famosa fórmula: "el movimiento lo es todo, el objetivo no es nada". Este cuestionamiento del papel dirigente de la Socialdemocracia en el movimiento obrero, de la primacía del objetivo sobre el movimiento, causó un conflicto entre el Partido socialista, el SPD, y sus propios sindicatos. Este conflicto se intensificó después de la huelga de masas de 1905 en Rusia. Y acabó con la victoria de los sindicatos sobre el partido. Sometido a la influencia del "centro" en torno a Kautsky - que quería mantener "la unidad" del movimiento obrero a toda costa - el partido decidió que la cuestión de la huelga de masas era asunto de los sindicatos [[1]]. Pero resulta que era en la huelga de masas donde estaba toda la cuestión de la revolución proletaria venidera... Y fue así como quedó políticamente desarmada la clase obrera alemana e internacional en vísperas de la Primera Guerra mundial.
Declarar el carácter no político de los sindicatos era una preparación a la integración del movimiento sindical en el Estado capitalista. Eso proporcionó a la clase dominante la organización de masas que necesitaba para alistar a los obreros para la guerra. A su vez, esa movilización para la guerra en el centro mismo del capitalismo provocó la desmoralización y la desorientación de los obreros en Rusia - para quienes Alemania era la principal referencia - y rompió el movimiento de huelgas de masas que allí estaba desarrollándose.
El proletariado ruso, que estaba realizando huelgas de masas desde 1911, tenía ya una experiencia reciente de crisis económicas, guerras y luchas revolucionarias. No era ése el caso en Europa occidental y central, en donde estalló la guerra al cabo de un largo período de desarrollo económico, en el que la clase obrera había conocido verdaderas mejoras de sus condiciones de existencia, aumentos de salarios y reducción del desempleo, pero también el desarrollo de las ilusiones reformistas; un período en el que las principales guerras se habían hecho en la periferia del capitalismo mundial. La primera gran crisis económica mundial no estallaría sino 15 años más tarde, en 1929. La fase de decadencia del capitalismo no comenzó por una crisis económica como lo esperaba, tradicionalmente, el movimiento obrero, sino por la crisis de la guerra mundial. Con la derrota y el aislamiento del ala izquierda del movimiento obrero sobre la cuestión de la huelga de masas, ya no había motivo para la burguesía de posponer la guerra imperialista. Al contrario, todo retraso podía serle fatal. ¡Esperar no podía sino significar esperar el desarrollo de la crisis económica, de la lucha de clases y de la conciencia revolucionaria de su sepulturero!
El hundimiento de la Internacional
Así pues se abrió el curso a la guerra mundial. Su estallido causó el hundimiento de la Internacional socialista. En vísperas de la guerra, la Socialdemocracia organizó manifestaciones de protesta por toda Europa. La dirección del SPD envió a Friedrich Ebert (futuro asesino de la revolución) a Zúrich en Suiza con los fondos del partido para impedir que fuesen confiscados, y a Bruno Haase, eterno vacilante, a Bruselas para organizar la resistencia internacional contra la guerra. Pero una cosa es oponerse a la guerra antes de que estalle, y otra levantarse contra ella cuando comienza. Y, entonces, los juramentos de solidaridad proletaria solemnemente pronunciados en los congresos internacionales de Stuttgart en 1907 y de Basilea en 1912 aparecieron, en gran parte, como puramente platónicos. Incluso algunos miembros del ala izquierda, que habían apoyado acciones inmediatas aparentemente radicales contra la guerra - Mussolini en Italia, Hervé en Francia -, se unieron entonces al campo del chauvinismo.
La dimensión del naufragio de la Internacional sorprendió a todos. Ya es sabido que Lenin, cuando se enteró, pensaba que las declaraciones en la prensa del partido alemán a favor de la guerra eran obra de la policía para desestabilizar el movimiento socialista en el extranjero. Incluso la burguesía parece haber sido sorprendida por la amplitud de la traición de sus principios por la Socialdemocracia. Había apostado sobre todo por los sindicatos para movilizar a los obreros y había firmado acuerdos secretos con su dirección en vísperas de la guerra. En algunos países, partes importantes de la Socialdemocracia se opusieron realmente a la guerra. Eso pone de manifiesto que la apertura política del curso a la guerra no significó que las organizaciones políticas traicionaran automáticamente. Pero la quiebra de la Socialdemocracia en los principales países beligerantes era tanto más sorprendente. En Alemania, en algunos casos, incluso los elementos opuestos a la guerra con más determinación se callaron durante un tiempo. En el Reichstag (Parlamento alemán), donde 14 miembros de la fracción parlamentaria de la socialdemocracia estaban en contra del voto de los créditos de guerra y 78 a favor, incluso Karl Liebknecht, al principio, se sometió a la disciplina tradicional de la fracción.
¿Cómo explicarlo?
Para eso, es obviamente necesario, en primer lugar, situar los acontecimientos en su contexto objetivo. Fue decisivo el cambio fundamental en las condiciones de la lucha de clases debido a la entrada en un nuevo período histórico de guerras y revoluciones. En aquel contexto se puede comprender perfectamente que el paso de los sindicatos al campo de la burguesía era históricamente inevitable. Al ser esas organizaciones la expresión de una etapa particular, inmadura, de la lucha de clase, en la que la revolución todavía no estaba al orden del día, nunca fueron por naturaleza órganos revolucionarios; con el nuevo período en el que la defensa de los intereses inmediatos de cualquier parte del proletariado implicaba desde entonces una dinámica hacia la revolución, ya no podían servir a su clase de origen y sólo podían perdurar incorporándose al campo enemigo.
Pero lo que se explica claramente para los sindicatos resulta insuficiente al examinar a los partidos socialdemócratas. Queda claro que con la Primera Guerra mundial, los partidos perdieron su antiguo centro de gravedad, o sea la movilización para las elecciones. Y también resulta claro que el cambio de condiciones hacía desaparecer los fundamentos mismos de la existencia de partidos políticos de masas de la clase obrera. Ante la guerra y también la revolución, un partido proletario debe ser capaz de ir contra la corriente, incluso contra el estado de ánimo dominante en la clase en su conjunto. Pero la tarea principal de una organización política de la clase obrera - la defensa del programa y, en particular, del internacionalismo proletario -, no cambia con el cambio de época. Al contrario, adquiere todavía más importancia. Por ello, aunque fuese una necesidad histórica que los partidos socialistas conocieran una crisis frente a la guerra mundial y que en su seno las corrientes infestadas por el reformismo y el oportunismo traicionaran, eso no basta, sin embargo, para explicar lo que Rosa Luxemburg designó como "crisis de la Socialdemocracia".
También es cierto que un cambio histórico fundamental causa necesariamente una crisis programática; las antiguas tácticas probadas desde hacía tiempo e incluso principios como la participación electoral, el apoyo a los movimientos nacionales o a las revoluciones burguesas se vuelven repentinamente caducos. Pero sobre este punto, debemos recordar que muchos revolucionarios de aquel entonces, aún no comprendiendo todavía las implicaciones programáticas y tácticas del nuevo período, fueron sin embargo capaces de mantenerse fieles al internacionalismo proletario.
Pretender entender lo que pasó basándose únicamente en las condiciones objetivas equivale a considerar que todo lo que ocurre en la historia es inevitable desde el comienzo. Semejante enfoque pone en entredicho la posibilidad de sacar lecciones de la historia, puesto que todos nosotros también somos producto de las "condiciones objetivas". Ningún verdadero marxista negará la importancia de estas condiciones objetivas, pero si examinamos la explicación que los revolucionarios de aquel entonces dieron ellos mismos de la catástrofe sufrida por el movimiento socialista en 1914, se puede ver que subrayaron sobre todo la importancia de los factores subjetivos.
Una de las principales razones de la quiebra del movimiento socialista está en su sentimiento ilusorio de invencibilidad, su convicción errónea de que la batalla estaba ganada. La Segunda Internacional basaba esta convicción en tres factores esenciales ya identificados por Marx: la concentración en un polo de la sociedad del capital y de los medios de producción y, en el otro, del proletariado desposeído; la eliminación de las capas sociales intermedias cuya existencia ocultaba la contradicción social principal; y la anarquía creciente del modo de producción capitalista, que se expresaba en particular por la crisis económica, obligando al sepulturero del capitalismo, el proletariado, a poner el propio sistema en cuestión. En sí misma, esta opinión era totalmente válida. Estas tres condiciones del socialismo son el producto de contradicciones objetivas que se desarrollan independientemente de la voluntad de las clases sociales y, a largo plazo, se imponen inevitablemente. Pero de ahí pueden sacarse, sin embargo, dos conclusiones muy problemáticas. Una es que la victoria es ineludible, y, la otra, que la victoria no puede ser inmovilizada salvo si la revolución estalla de forma prematura, al caer el movimiento obrero en provocaciones.
Estas conclusiones eran tanto más peligrosas porque eran muy justas pero también muy parciales. Es cierto que el capitalismo crea inevitablemente las condiciones materiales de la revolución y del socialismo. Y es muy real el peligro de las provocaciones por parte de la clase dominante para llevar a confrontaciones prematuras. Veremos toda la importancia trágica de esta última cuestión en la tercera y cuarta partes de esta serie.
El problema de ese esquema del porvenir socialista está en que no deja ningún espacio a los fenómenos nuevos como, por ejemplo, las guerras imperialistas entre potencias capitalistas modernas. La cuestión de la guerra mundial no entraba en ese esquema. Ya hemos visto que mucho antes de que estallara realmente, el movimiento obrero preveía la inevitabilidad de la guerra. Sin embargo, el hecho de reconocer lo inevitable de la guerra no hizo que la Socialdemocracia llegara a la conclusión de que la victoria del socialismo podía no llegar a ser una realidad. Ambas partes del análisis de la realidad siguieron separadas una de la otra de una forma que puede parecer casi esquizofrénica. Esta incoherencia, aun pudiendo resultar fatal, no es inusual. Muchas de las grandes crisis y desconciertos en la historia del movimiento obrero proceden del encerramiento en los esquemas del pasado, del retraso de la conciencia sobre la evolución de la realidad. Se puede citar por ejemplo el apoyo al Gobierno provisional y a la continuación de la guerra por el Partido bolchevique después de Febrero de 1917 en Rusia. El Partido seguía preso del esquema de la revolución burguesa legado por 1905 y que se reveló inadecuado en el nuevo contexto de la guerra mundial. Fueron necesarias las Tesis de abril de Lenin y meses de debates intensos para salir de la crisis.
Poco antes de su muerte en 1895, Friedrich Engels fue el primero en intentar sacar las conclusiones necesarias de la perspectiva de una guerra generalizada en Europa. Declaró que ésta abriría la alternativa histórica de socialismo o barbarie. Ponía abiertamente en cuestión la inevitabilidad de la victoria del socialismo. Pero ni siquiera Engels llegó a sacar inmediatamente todas las conclusiones de esta visión. No logró entender que el nacimiento en el partido alemán de la corriente opositora Die Jungen ("los Jóvenes"), a pesar de todas sus debilidades, era una expresión auténtica del justo descontento hacia las actividades del partido (principalmente orientadas hacia el parlamentarismo), de sobra insuficientes. Ante la última crisis del partido antes de su muerte, Engels pesó con toda su influencia a favor de la defensa del mantenimiento del statu quo en el partido, en nombre de la paciencia y de la necesidad de evitar las provocaciones.
Fue Rosa Luxemburg, en su polémica contra Bernstein a principios del siglo xx, la que sacó las conclusiones decisivas de la visión de Engels sobre la perspectiva de "socialismo o barbarie". Aunque la paciencia sea una de las principales virtudes del movimiento obrero y sea necesario evitar las confrontaciones prematuras, el principal peligro que se presentaba históricamente ya no era que la revolución estallara demasiado pronto sino que estallara demasiado tarde. Esta opinión le da toda su importancia a la preparación activa de la revolución, a la importancia central del factor subjetivo.
Esa condena de un fatalismo que empezaba a predominar en la Segunda Internacional, esa restauración del marxismo, iba a ser una de las líneas divisorias de toda la oposición de izquierdas revolucionaria, antes y durante la Primera Guerra mundial [[2]].
Como lo escribirá Rosa Luxemburg en su folleto la Crisis de la Socialdemocracia: "El socialismo científico nos enseñó a reconocer las leyes objetivas del desarrollo histórico. El hombre no hace la historia por propia voluntad, pero la hace de todos modos. El proletariado depende en su acción del grado alcanzado por la evolución social. Pero la evolución social no es algo aparte del proletariado; es a la vez su fuerza motriz y su causa, tanto como su producto y su efecto".
Precisamente porque descubrió las leyes objetivas de la historia, por primera vez una fuerza social, la clase del proletariado consciente, puede llevar su voluntad a la práctica de forma deliberada. No solo hace la historia, sino que puede influir conscientemente en su curso.
"El socialismo es el primer movimiento popular del mundo que se ha impuesto una meta y ha puesto en la vida social del hombre un pensamiento consciente, un plan elaborado, la libre voluntad de la humanidad. Por eso Friedrich Engels llama a la victoria final del proletariado socialista el salto de la humanidad del reino animal al reino de la libertad. Este paso también está ligado por leyes históricas inalterables a los miles de peldaños de la escalera del pasado, con su avance lento y tortuoso. Pero jamás se logrará si la chispa de la voluntad consciente de las masas no surge de las circunstancias materiales que son fruto del desarrollo anterior. El socialismo no caerá como maná del cielo. Sólo se ganará en una larga cadena de poderosas luchas en las que el proletariado, dirigido por la socialdemocracia, aprenderá a manejar el timón de la sociedad para convertirse de víctima impotente de la historia en su guía consciente".
Para el marxismo, reconocer la importancia de las leyes objetivas de la historia y de las contradicciones económicas - lo que niegan o ignoran los anarquistas - va acompañado por el reconocimiento de los elementos subjetivos [[3]]. Están íntimamente vinculados y se influyen recíprocamente. Se puede comprobar observando los factores más importantes que poco a poco fueron socavando la vida proletaria en la Internacional. Uno fue la erosión de la solidaridad en el movimiento obrero. Vino favorecida por la expansión económica que precedió 1914 y las ilusiones reformistas que aquella generó. Pero también fue resultado de la capacidad de la clase enemiga para aprender de su experiencia. Bismarck introdujo mutuas de seguro social (con las leyes antisocialistas...) para sustituir la solidaridad entre trabajadores por una dependencia individual de lo que más tarde se llamará "Estado del bienestar". Tras el fracaso del intento de Bismarck de destruir el movimiento obrero poniéndolo fuera de ley, el gobierno de la burguesía imperialista que le sucedió a finales del siglo xix invirtió su táctica. Al haber entendido que las condiciones de represión estimulaban la solidaridad obrera, el Gobierno retiró las leyes antisocialistas e invitó repetidamente a la Socialdemocracia a participar en "la vida política" (o sea en la dirección del Estado), acusándola de renunciar de forma "sectaria" a los "únicos medios prácticos" que permitieran una verdadera mejora de la vida de los obreros.
Lenin mostró el vínculo entre los niveles objetivo y subjetivo en lo que respecta a otro factor decisivo en la delicuescencia de los principales partidos socialistas. Fue la transformación de la lucha por la liberación de la humanidad en rutina diaria vacua. Identificaba tres corrientes en la socialdemocracia, presentando la segunda corriente "el llamado ‘centro', que está formado por los que oscilan entre los socialchauvinistas y los verdaderos internacionalistas", y caracterizándola así:
"El "centro" lo forman los elementos rutinarios, corroídos por la podrida legalidad, corrompidos por la atmósfera del parlamentarismo, etc. Son funcionarios acostumbrados a los puestos confortables y al trabajo "tranquilo". Considerados histórica y económicamente no representan a una capa social específica, no pueden valorarse más que como un fenómeno de transición del período, ya superado, del movimiento obrero de 1871-1914 (...) a un nuevo período, objetivamente necesario desde que estalló la Primera Guerra imperialista mundial que abrió la era de la revolución social" [[4]].
Para los marxistas de aquel entonces, la "crisis de la Socialdemocracia" no ocurría fuera de su campo de acción. Se sentían responsables personalmente. Para ellos, la quiebra del movimiento obrero era también su propia quiebra. Como lo dice Rosa Luxemburg, "tenemos las víctimas de la guerra sobre la conciencia".
Lo que es notable en la quiebra de la Internacional socialista, es que no fue fruto en primer lugar ni de una insuficiencia del programa, ni de un análisis erróneo de la situación mundial.
"El proletariado mundial no sufre de una debilidad de principios, programas o consignas, sino de falta de acción, de resistencia eficaz, de capacidad para atacar al imperialismo en el momento decisivo" [[5]].
Para Kautsky, la incapacidad de mantener el internacionalismo probaba de por sí la imposibilidad de realizarlo. De ello deducía que la Internacional era esencialmente un instrumento para tiempos de paz, que debía dejarse de lado en tiempos de guerra. Para Rosa Luxemburg como para Lenin, el desastre de agosto de 1914 venía principalmente de la erosión de la ética de la solidaridad proletaria internacional en la dirección de la Internacional.
"Entonces se produjo el horrible, el increíble 4 de agosto de 1914. ¿Debía tener lugar? Un acontecimiento de tal importancia no puede ser un simple accidente. Debe tener causas objetivas profundas, significativas. Pero quizás sus causas están en los errores de los dirigentes del proletariado, en la propia Socialdemocracia, en el hecho de que nuestra voluntad de luchar había vacilado, de que abandonamos nuestra valentía y nuestras convicciones" (ídem, subrayado por nosotros).
La quiebra de la Internacional socialista fue un acontecimiento de la mayor importancia histórica y una cruel derrota política. Pero no fue una derrota decisiva, o sea irreversible, para toda una generación. Una primera indicación fue que las capas más politizadas del proletariado siguieron fieles al internacionalismo proletario. Richard Müller, dirigente del grupo Revolutionäre Obleute, de los delegados de fábricas de la metalurgia, recordaba: "En la medida en que las grandes masas populares, ya antes de la guerra, se habían educado bajo la influencia de la prensa socialista y de los sindicatos, y que tenían opiniones precisas sobre el Estado y la sociedad, y a pesar de que no lo hubieran expresado abierta e inmediatamente, rechazaron sin rodeos la propaganda bélica y la guerra misma" [[6]].
Eso fue una diferencia brutal con la situación de los años 30 en los que, tras la victoria del estalinismo en Rusia y del fascismo en Alemania, se arrastró a los obreros más avanzados hacia el terreno político del nacionalismo y de la defensa de la patria (imperialista) "antifascista" o "socialista".
La movilización para la guerra no fue la prueba de una derrota profunda sino de un abatimiento momentáneo de las masas. Aquella movilización vino acompañada por escenas de histeria patriotera de la muchedumbre. Pero no se han de confundir con un alistamiento activo de la población, como se vio durante las guerras nacionales de la burguesía revolucionaria en Holanda o Francia. La intensa agitación pública de 1914 tiene esencialmente sus raíces en el carácter masivo de la sociedad burguesa moderna y en unos medios a disposición del Estado capitalista de propaganda y manipulación desconocidos hasta entonces. En ese sentido, la histeria de 1914 no fue algo totalmente nuevo. Ya se había visto en Alemania cuando la guerra franco-prusiana de 1870, pero adquirió una nueva índole con el cambio de carácter de la guerra moderna.
La locura de la guerra imperialista
El movimiento obrero subestimó la potencia del gigantesco terremoto político, económico y social provocado por la guerra mundial. Acontecimientos de tal magnitud y de violencia tan colosal, más allá de todo posible control de cualquier fuerza humana, pueden suscitar las emociones más extremas. Algunos antropólogos piensan que la guerra despierta un instinto de defensa "auto-conservadora", cosa que comparten los seres humanos con otras especies. Sea verdad o no, lo cierto es que la guerra moderna despierta temores muy antiguos que dormitan en nuestra memoria histórica colectiva, transmitidos de generación en generación por la cultura y las tradiciones, de forma consciente o no: el miedo a la muerte, al hambre, a la violación, al destierro, a la exclusión, la privación, la esclavitud. El que la guerra imperialista generalizada moderna no se limite a los militares profesionales sino que implique a toda la sociedad e introduzca armamentos de una potencia destructiva sin precedentes, no puede sino aumentar el terror pánico que genera. A eso se han de añadir las profundas implicaciones morales. En la guerra mundial, no es una casta particular de soldados sino millones de trabajadores alistados en el ejército los que se lanzan a mutuo degüello. El resto de la sociedad, en la retaguardia, obra con el mismo objetivo. En esta situación, la moral fundamental que hace posible que pueda subsistir cualquier sociedad humana deja de aplicarse. Como dice Rosa Luxemburg, "todos los pueblos que emprenden el asesinato organizado se transforman en una horda bestial " [[7]].
Todo eso provocó, cuando estalló la guerra, una verdadera psicosis de masas y una atmósfera de pogromo generalizado. Rosa Luxemburg cuenta cómo las poblaciones de ciudades enteras se transformaron en populacho soliviantado. Los gérmenes de toda la crueldad del siglo xx, incluidos Auschwitz e Hiroshima, ya estaban contenidos en aquella guerra.
¿Cómo habría debido reaccionar el partido de los obreros al estallar la guerra? ¿Decretando la huelga de masas? ¿Llamando a los soldados a desertar? Absurdo, responde Rosa Luxemburg. La primera tarea de los revolucionarios era la de resistir a lo que en el pasado Wilhelm Liebknecht había calificado de ciclón de pasiones humanas, refiriéndose a la guerra de 1870.
"Tales explosiones "del alma popular" son impresionantes, apabullantes, aplastantes por su furia elemental. Uno se siente impotente, como frente a una potencia dominante. Es como una fuerza superior. No tiene adversario tangible. Es como una epidemia, en la gente, en el aire, por todas partes. (...) Por eso no era nada fácil en aquella época nadar contra la corriente" [[8]].
En 1870, la Socialdemocracia supo nadar contra la corriente. Comentario de Rosa Luxemburg: "Permanecieron en sus puestos y durante cuarenta años, la Socialdemocracia vivió sobre la fuerza moral con la que se había opuesto a un mundo de enemigos" [[9]].
Y ahí Rosa alcanza el meollo, el punto crucial de su argumentación: "Lo mismo habría podido ocurrir hoy. Al principio, quizás lo único que habríamos podido hacer era salvar el honor del proletariado, y los miles de proletarios que mueren en las trincheras en la oscuridad mental, no se habrían muerto en una confusión espiritual sino con la convicción de que lo que había sido todo para ellos durante su vida, la Internacional, la Socialdemocracia liberadora, no había sido un sueño. La voz de nuestro partido habría sido el antídoto contra la intoxicación chauvinista de masas. Habría preservado al proletariado inteligente del delirio, habría frenado la capacidad del imperialismo para envenenar y embrutecer a las masas en un tiempo increíblemente corto. Y con el desarrollo de la guerra, (...) todos los elementos vivos, honestos, progresivos y humanos se habrían unido a los estandartes de la socialdemocracia" [[10]].
Conquistar ese "prestigio moral incomparable" fue la primera tarea de los revolucionarios frente a la guerra.
Para Kautsky y sus afines era imposible comprender que existiera esa preocupación por los últimos pensamientos que podían tener antes de morir los proletarios en uniforme. Para él, provocar la rabia patriotera de la muchedumbre y la represión del Estado una vez que había estallado la guerra, no era sino un gesto vano e inútil. El socialista francés Jaurès había declarado anteriormente que la Internacional representaba toda la fuerza moral del mundo. Ahora, muchos de sus antiguos dirigentes ya ni siquiera sabían que el internacionalismo no es un gesto inútil sino la prueba de la vida o de la muerte del socialismo internacional.
El vuelco en la situación y el papel de los revolucionarios
La quiebra del Partido socialista provocó una situación verdaderamente dramática. La primera consecuencia fue que permitió una perpetuación aparentemente indefinida de la guerra. La estrategia militar de la burguesía alemana era evitar la apertura de un segundo frente, lograr una victoria rápida sobre Francia, para poder luego mandar todas sus fuerzas al frente oriental para que Rusia capitulara. Su estrategia contra la clase obrera seguía el mismo principio: tomarla por sorpresa y sellar la victoria antes de que tuviera tiempo de recuperar una orientación proletaria.
A partir de septiembre de 1914 (batalla del Marne), la invasión de Francia y, con ella, el conjunto de la estrategia basada en una victoria rápida falló por completo. No solo la burguesía alemana, sino toda la burguesía mundial quedó atrapada en las redes de un dilema ante el cual no podía ni retroceder, ni abandonar. De ello resultaron matanzas sin precedentes completamente absurdas, incluso desde el punto de vista capitalista, de millones de soldados. El propio proletariado estaba cogido en la trampa sin que existiese la menor perspectiva inmediata que pudiera poner fin a la guerra por iniciativa propia. El peligro que surgió entonces fue el de la destrucción de la condición material y cultural más esencial para el socialismo, la del propio proletariado.
Los revolucionarios están vinculados a su clase como la parte lo está al todo. Las minorías de la clase nunca pueden ponerse en lugar de la propia actividad y creatividad de las masas. Pero hay momentos en la historia durante los cuales la intervención de los revolucionarios puede tener una influencia decisiva. Tales momentos se producen en el proceso hacia la revolución, cuando las masas luchan por la victoria. Resulta entonces decisivo ayudar a la clase a encontrar el buen camino, a franquear las trampas del enemigo, a evitar llegar demasiado pronto o demasiado tarde a la cita de la historia. Pero también tienen lugar en los momentos de derrota, cuando es vital sacar las buenas conclusiones. Sin embargo, debemos aquí establecer algunas distinciones. Ante una derrota aplastante, esta tarea es decisiva a largo plazo para la transmisión de las lecciones a las generaciones futuras. En el caso de la derrota de 1914, el impacto decisivo que los revolucionarios podían tener era tan inmediato como durante la propia revolución. No solo porque la derrota sufrida no era definitiva, sino también debido a que las mismas condiciones de la guerra mundial, al hacer literalmente de la lucha de clase una cuestión de vida o muerte, dio nacimiento a una aceleración extraordinaria en la politización.
Ante las privaciones de la guerra, era inevitable que la lucha de clases económica se desarrollara abiertamente y tomara inmediatamente un carácter político. Pero los revolucionarios no podían limitarse a esperar que eso ocurriese. La desorientación de la clase, como vimos, era sobre todo producto de una ausencia de dirección política. Era entonces responsabilidad de todos los que siguieron siendo revolucionarios en el movimiento obrero iniciar ellos mismos la inversión de la corriente. Incluso antes de las huelgas en el "frente interior", mucho antes de las rebeliones de los soldados en las trincheras, los revolucionarios debían mostrarse y afirmar el principio de la solidaridad proletaria internacional.
Comenzaron ese trabajo en el Parlamento, denunciando la guerra y votando contra los créditos de guerra. Fue la última vez que se utilizó esta tribuna con fines revolucionarios. Pero eso estuvo acompañado, desde el principio, por la propaganda y la agitación revolucionaria ilegal y por la participación en las primeras manifestaciones para reclamar pan. Una tarea de la mayor importancia para los revolucionarios también fue organizarse para clarificar su opinión y, sobre todo, para establecer contactos con los revolucionarios en el extranjero y preparar la fundación de una nueva Internacional. El Primero de mayo de 1916, Spartakusbund (la Liga Espartaco), núcleo del futuro Partido comunista (KPD), se sintió por primera vez lo suficientemente fuerte para salir a la calle abiertamente y en masa. Era el día en que, tradicionalmente, la clase obrera celebraba su solidaridad internacional. Spartakusbund llamó a manifestaciones en Dresde, Jena, Hanau, Braunschweig y sobre todo en Berlín. Diez mil personas se reunieron en la Postdamer Platz para escuchar a Karl Liebknecht denunciar la guerra imperialista. Una batalla callejera estalló en una inútil tentativa de impedir su detención.
Las protestas del Primero de Mayo privaron a la oposición internacionalista de su líder más conocido. Siguieron muchas mas detenciones. A Liebknecht se le acusó de irresponsabilidad e incluso de querer ponerse en primer plano. En realidad, la dirección de Spartakusbund había decidido colectivamente esa acción del Primero de Mayo. Cierto es que el marxismo critica los actos inútiles del terrorismo y del aventurerismo. Cuenta con la acción colectiva de las masas. Pero el gesto de Liebknecht fue mucho más que un acto de heroísmo individual. Personificaba las esperanzas y las aspiraciones de millones de proletarios ante la locura de la sociedad burguesa. Como lo escribirá más tarde Rosa Luxemburg:
"No olvidemos sin embargo esto. La historia del mundo no se hace sin nobleza de sentimientos, sin moral elevada, sin nobles gestos" [[11]].
Esa nobleza de sentimientos se extendió rápidamente de Spartakusbund a los metalúrgicos. El 27 de junio de 1916 en Berlín, en vísperas del juicio de Karl Liebknecht detenido por su agitación pública contra la guerra, una reunión de delegados de fábricas fue organizada tras la manifestación ilegal de protesta convocada por Spartakusbund. En la orden del día estaba la cuestión de la solidaridad con Liebknecht. En contra de Georg Ledebour, único representante presente del grupo opositor en el Partido socialista, se propuso la acción para el día siguiente. No hubo debate. Todos se levantaron y permanecieron silenciosos.
Al día siguiente, a las 9, los torneros pararon las máquinas de las grandes fábricas de armamento del capital alemán. 55 000 obreros de Löwe, AEG, Borsig, Schwarzkopf abandonaron sus herramientas y se reunieron a las puertas de las fábricas. A pesar de la censura militar, la noticia se extendió cual reguero de pólvora por todo el Imperio: ¡los obreros de las fábricas de armamento salen en solidaridad con Liebknecht! Y no solo en Berlín, sino en Braunschweig, en los astilleros de Bremen, etc. Hasta en Rusia hubo acciones de solidaridad.
La burguesía mandó al frente a miles de huelguistas. En las fábricas, los sindicatos abrieron la caza a los "líderes". Pero cada detención aumentaba la solidaridad de los obreros. Solidaridad proletaria internacional contra guerra imperialista: era el comienzo de la revolución mundial, la primera huelga de masas en la historia de Alemania.
La llama que se había encendido en la plaza Postdamer se extendió aún más rápidamente entre la juventud revolucionaria. Inspirados por el ejemplo de sus jefes políticos, antes incluso que los metalúrgicos experimentados, los jóvenes habían lanzado la primera huelga de importancia contra la guerra. En Magdeburgo y, sobre todo, en Braunschweig que era un bastión de Spartakus, las manifestaciones ilegales de protesta del Primero de Mayo se transformaron en un movimiento de huelga contra la decisión impuesta por el Gobierno de ingresar parte de los salarios de los aprendices y jóvenes obreros en una cuenta obligatoria para financiar el esfuerzo de guerra. Los adultos se agregaron con una huelga de apoyo. El 5 de mayo, las autoridades militares tuvieron que retirar esta medida para impedir la extensión del movimiento.
Después de la batalla de Skagerrak en 1916, única confrontación durante toda la guerra entre las marinas británica y alemana, un pequeño grupo de marineros revolucionarios proyectó apoderarse del acorazado Hyäne y desviarlo hacia Dinamarca para "manifestarse delante del mundo entero" contra la guerra [[12]]. A pesar de que el proyecto fue descubierto y fracasó, ya prefiguraba las primeras rebeliones abiertas que ocurrieron en la marina de guerra a principios de agosto 1917. Empezaron a causa del trato y las condiciones de vida de las tripulaciones. Pero muy rápidamente, los marinos lanzaron un ultimátum al Gobierno: o cesaba la guerra o estallaba la huelga. El Estado contestó con una ola de represión, ajusticiando a dos dirigentes revolucionarios, Albin Köbis y Max Reichpietsch.
Una ola de huelgas masivas se desarrolló en Berlín, Leipzig, Magdeburgo, Halle, Braunschweig, Hanover, Dresde y otras ciudades a partir de mediados de abril de 1917. Aunque los sindicatos y el SPD no se atrevieron a oponerse abiertamente, intentaron limitar el movimiento a cuestiones económicas; pero los obreros de Leipzig formularon una serie de reivindicaciones políticas - en particular la del cese de la guerra - que se retomaron en otras ciudades.
Los ingredientes de un profundo movimiento revolucionario existían pues a principios de 1918. La oleada de huelgas de abril de 1917 fue la primera intervención masiva de cientos de miles de obreros en todo el país para defender sus intereses materiales en un terreno de clase y oponerse directamente a la guerra imperialista. El movimiento también estaba animado por la revolución que había comenzado en Rusia en febrero de 1917 y se solidarizaba abiertamente con ésta. El internacionalismo proletario se había apoderado de los corazones de la clase obrera.
Por otra parte, con el movimiento contra la guerra, la clase obrera reinició el proceso de creación de su propia dirección revolucionaria. No solo se trataba de grupos políticos como Spartakusbund o la Izquierda de Bremen que iban a formar el KPD (Partido comunista de Alemania) a finales de 1918. También hablamos de la aparición de capas altamente politizadas y de centros de vida y de lucha de la clase, vinculados a los revolucionarios y que compartían sus posiciones. Actuaban en las concentraciones industriales, en particular de la metalurgia, concretándose en el fenómeno de los Obleute, delegados de fábrica.
"En la clase obrera industrial existía un núcleo de proletarios que no solamente rechazaba la guerra, sino que también quería impedir que estallara a toda costa; y cuando estalló, consideraron que era su deber hacerla acabar por cualquier medio. Eran pocos. Pero por eso era gente tanto más determinada y activa. Eran el contrapunto de quienes iban al frente a arriesgarse y morir por sus ideas. La lucha contra la guerra en las fábricas y oficinas no tuvo la misma notoriedad que la lucha en el frente, pero implicaba los mismos riesgos. Los que la condujeron estaban motivados por los ideales más elevados de la humanidad" [[13]].
Otro de esos centros fue la nueva generación de obreros, aprendices y jóvenes obreros que no tenían mas perspectiva que la de ir a morir en las trincheras. El centro de gravedad de esta fermentación fueron las organizaciones de la juventud socialista que, ya antes de la guerra, se habían hecho notar por su rebelión contra "la rutina" que había empezado a distinguir a la vieja generación.
En el ejército, dónde la rebelión contra la guerra fue más lenta en desarrollarse que en el frente "interior", también surgió una posición política avanzada. Como en Rusia, el centro de resistencia nació entre los marinos, quienes estaban en relación directa con los obreros y las organizaciones políticas en los puertos de amarre y cuyo trabajo y condiciones se asemejaban a los de los obreros de fábrica de donde procedían en general. Se reclutaba además a muchos marinos en la marina mercante "civil", eran hombres jóvenes que habían viajado por el mundo entero y para quienes la fraternidad internacional no era una fórmula sino un modo de vida.
Además, la aparición y la multiplicación de esas concentraciones de vida política acarrearon una intensa actividad teórica. Todos los testigos directos de aquel período dan cuenta del alto nivel teórico de los debates en las reuniones y conferencias ilegales. Aquella vida teórica quedó plasmada en el folleto de Rosa Luxemburg la Crisis de la socialdemocracia, en los escritos de Lenin contra la guerra, en los artículos de la revista de Bremen Arbeiterpolitik, y también en la masa de panfletos y declaraciones que circulaban en la más total ilegalidad y que forman parte de las producciones más profundas y más valientes de la cultura humana del siglo xx.
Había llegado el momento para que se desencadenara la tempestad revolucionaria contra uno de los bastiones más poderosos e importantes del capitalismo mundial.
La segunda parte de esta serie tratará de las luchas revolucionarias de 1918. Empezaron por huelgas masivas en enero con el primer intento de formar consejos obreros en Alemania, culminando en los acontecimientos revolucionarios del 9 de noviembre que pusieron fin a la Primera Guerra mundial.
Steinklopfer
[1]) Decisión tomada por el Congreso del Partido alemán en Mannheim, en 1906.
[2]) En sus memorias sobre el movimiento de la juventud proletaria, Willi Münzenberg, que estaba en Zúrich durante la guerra, recuerda la opinión de Lenin: "Lenin nos explicó el error de Kautsky y de su escuela teórica de marxismo falsificado que todo lo espera del desarrollo histórico de las relaciones económicas y casi nada de los factores subjetivos de aceleración de la revolución. Al contrario, Lenin destacaba el significado del individuo y de las masas en el proceso histórico. Destacaba sobre todo la tesis marxista según la cual son los hombres los que, en un marco de relaciones económicas determinadas, hacen la historia. Esta insistencia sobre el valor personal de los individuos y grupos en las luchas sociales nos produjo la mayor impresión y nos incitó a hacer los mayores esfuerzos concebibles" (Münzenberg, Die Dritte Front - "el tercer frente", traducido del alemán por nosotros).
[3]) A pesar de defender con razón, contra Bernstein, la existencia de una tendencia a la desaparición de las capas intermedias y de la tendencia a la crisis y al empobrecimiento del proletariado, la izquierda sin embargo no consiguió comprender hasta qué punto el capitalismo, en los años precedentes a la guerra, había logrado reducir temporalmente esas tendencias. Esta confusión se expresa, por ejemplo, en la teoría de Lenin sobre "la aristocracia obrera" según la cual solo había obtenido aumentos de salarios sustanciales una minoría privilegiada y no amplios sectores de la clase obrera. Eso llevó a subestimar la importancia de la base material en la que se desarrollaron las ilusiones reformistas que permitieron a la burguesía movilizar al proletariado hacia la guerra.
[4]) "Las tareas del proletariado en nuestra revolución", 28 de mayo de 1917.
[5]) "Rosa Luxemburg Speaks" ("Discursos de Rosa Luxemburg"), en The crisis of Social Democracy, Pathfinder Cerca 1970, traducido del inglés por nosotros.
[6]) Richard Müller, Vom Kaiserreich zur Republik, 1924-25 (del Imperio a la República), traducido del alemán por nosotros.
[7]) "Rosa Luxemburg Speaks", op. cit., nota 5.
[8]) Ibidem.
[9]) Ibidem.
[10]) Ibidem.
[11]) "Against Capital Punishment", noviembre de 1918, nota 5.
[12]) Dieter Nelles: Proletarische Demokratie und Internationale Bruderschaft - Das abenteuerliche Leben des Hermann Knüfken, https://www.anarchismus.at/ [10] (Dieter Nelles: "La democracia proletaria y la fraternidad internacional - La vida aventurera de Hermann Knüfken").
[13]) Richard Müller, Vom Kaiserreich zur Republik, op. cit., nota 6.
Este es el último artículo de una Serie de historia de la CNT dentro de una serie más amplia dedicada a el sindicalismo revolucionario.
La Serie sobre la CNT está compuesta por los siguientes artículos:
En el anterior artículo de esta serie ([1]) vimos cómo la FAI intentó impedir la integración definitiva de la CNT en las estructuras capitalistas. Este esfuerzo fracasó. La política insurreccional de la FAI (1932-33) con la que ésta había intentado corregir las graves desviaciones oportunistas en las que tanto la CNT como la propia FAI habían incurrido al apoyar activamente la instauración de la República en 1931 ([2]), condujo a una terrible sangría de las fuerzas del proletariado español, desperdiciadas en combates dispersos y desesperados.
Sin embargo, en 1934, se produce un viraje fundamental: el PSOE da una voltereta espectacular y, liderado por Largo Caballero, se erige - junto con su apéndice sindical, la UGT - en paladín de la "lucha revolucionaria" empujando a los obreros de Asturias a la terrible encerrona de la insurrección de octubre. Este movimiento es liquidado por el Estado republicano desencadenando una nueva orgía de muertes, torturas y deportaciones carcelarias que se suman a las salvajes represiones de los años anteriores.
Este viraje no se puede ver bajo el prisma de los acontecimientos españoles sino que se inscribe claramente en la evolución de la situación mundial. Tras el ascenso de Hitler en 1933, 1934 asiste a la extensión y la generalización de la matanza de obreros. En Austria, el capital, a través de su mano izquierda - la socialdemocracia - empuja a los obreros a una insurrección prematura y abocada a la derrota lo que permite a su mano derecha - los partidarios del nazismo - perpetrar una masacre inmisericorde.
Pero 1934 es también el año en que la URSS firma los acuerdos con Francia integrándose con todos los honores en la "alta sociedad" imperialista lo que se verá formalmente reconocido con su admisión en la Sociedad de naciones (precedente de la actual ONU). Los PC operan un cambio radical: la política "extremista" del "tercer periodo" caracterizada por una burda parodia del "clase contra clase" es reemplazada de la noche a la mañana por una política "moderada" de mano tendida a los socialistas, de formación de Frentes populares interclasistas en cuyo seno el proletariado debe someterse a las fracciones burguesas "democráticas" para conseguir el objetivo "supremo" de "cerrar el paso al fascismo".
Este ambiente internacional marca con fuerza la evolución tanto de la CNT como de la FAI, empujándolas hacia la integración plena en el Estado capitalista por la vía de la conjunción antifascista con las demás fuerzas "democráticas".
La ideología antifascista se había convertido en un vendaval que arrasaba los últimos restos de conciencia proletaria y absorbía implacablemente una organización proletaria tras otra dejando en un terrible aislamiento a las escasas que lograron mantener una posición de clase. Era la ideología que en las condiciones de la época - derrota del proletariado, desarrollo de regímenes de fuerza como una de las vías de instauración del capitalismo de Estado - mejor permitía a la burguesía "democrática" preparar la marcha hacia la guerra generalizada que acabó estallando en 1939 y que tuvo como preludio la contienda española de 1936.
No podemos aquí realizar un análisis de dicha ideología ([3]), lo que pretendemos únicamente es comprender cómo actuó sobre la CNT y sobre la FAI, arrastrándolas a la traición de 1936.
Las Alianzas obreras abrieron el camino. Estas Alianzas eran presentadas como un medio para alcanzar la unidad obrera mediante acuerdos o cárteles entre distintas organizaciones ([4]). Sin embargo, el anzuelo de la "unidad obrera" conducía a la trampa de la "unidad antifascista" donde el proletariado debía alinearse tras la defensa de la democracia burguesa para, supuestamente, "cerrar el paso" al fascismo rampante. La Alianza obrera de Madrid (1934) lo proclamaba sin rodeos:
"tiene por finalidad en primer término, la lucha contra el fascismo en todas sus manifestaciones y la preparación de la clase trabajadora para la implantación de la paz pública socialista federal en España (sic)" ([5]).
Si los sindicatos de oposición de la CNT ([6]), que pretendían conducirse como un sindicato puro y duro dejándose de "pamplinas anarquistas" como ellos mismo decían, participaron activamente en las Alianzas obreras, mano a mano con el PC estalinista, las organizaciones de la Oposición de izquierdas y, desde 1934, con UGT-PSOE, existían en cambio fuertes reticencias dentro de la CNT y la FAI, lo que expresaba un indudable instinto proletario.
Sin embargo, estas resistencias fueron cayendo progresivamente, vencidas tanto por la situación general emponzoñada por el antifascismo, como por la labor de zapa de amplios sectores de la propia CNT y también por las tentativas de seducción que venían desde el propio Partido socialista.
Fue la Regional asturiana de la CNT la que más se empeñó en la batalla para vencer tales resistencias. La insurrección de Asturias de octubre 1934 fue preparada mediante un pacto previo entre la CNT regional y UGT-PSOE ([7]). Aunque el PSOE apenas entregó armamento a los huelguistas y marginó a la CNT, la Regional asturiana perseveró tozudamente en la Alianza obrera. En el decisivo congreso de Zaragoza ([8]), el delegado de dicha Regional recordó que:
"... un compañero escribió en CNT ([9]) un artículo reconociendo la necesidad de la alianza con los socialistas para realizar el hecho revolucionario. Un mes más tarde se realiza otro pleno y se saca a relucir dicho artículo para pedir la aplicación de sanciones. Dijimos en aquella ocasión que estábamos a favor del criterio sostenido en aquel artículo. Y ratificamos nuestro punto de vista sobre la conveniencia de sacar a los socialistas del poder para obligarles a avanzar por la vía revolucionaria. Enviamos comunicaciones contra la posición anti-socialista fijada por el Comité nacional en un manifiesto" ([10]).
Por su parte, en un discurso pronunciado en Madrid, Largo Caballero ([11]) tendió cables a la CNT y la FAI: "[me dirijo] a esos núcleos de trabajadores que por error nos combaten. Su finalidad, como la nuestra, es un régimen de igualdad social. Hay quien nos acusa de alimentar la idea de que el Estado está por encima de la clase obrera. Quienes así discurren es que no han estudiado bien nuestras ideas. Nosotros queremos que desaparezca el Estado como elemento de opresión. Queremos convertirlo en una entidad meramente administrativa" (citado por Olaya, op. cit., página 866).
La seducción es, como puede verse, bastante burda. Parece que esté hablando de "desaparición del Estado" pero en realidad lo que está diciendo es que el Estado se reduzca a un "mero órgano administrativo", ilusión que nos venden los demócratas, que también nos predican que el Estado democrático no es un "elemento de opresión" sino que constituye una "administración", solamente - según sus fábulas - los Estados dictatoriales serían un "órgano de opresión".
Sin embargo, tales arrumacos que venían de un individuo tan poco "atractivo" como Largo Caballero ([12]) fueron haciendo mella en la CNT y la FAI que estaban cada vez más dispuestas a dejarse encandilar. En un Pleno sobre el fascismo, celebrado en agosto de 1934, en el dictamen acordado se empieza por una clara denuncia del PSOE y la UGT pero en la parte final se deja la puerta abierta para entenderse con ellos:
"Eso no quiere decir, desde luego, que si esos organismos [se refiere a la UGT y al PSOE] empujados por las circunstancias se ven obligados a lanzarse a una acción insurgente tengamos que presenciarlos pasivamente, nada de eso (...) queremos prever que en ese momento es cuando hay que procurar imprimir al movimiento antifascista el carácter libertario de nuestros principios" ([13]).
Uno de los principios que siempre ha defendido el anarquismo -y que comparte con el marxismo- es que todo Estado, sea democrático o dictatorial, es un órgano autoritario de opresión, sin embargo, este principio es echado al cubo de la basura al especular con la posibilidad de "imprimir" al movimiento antifascista semejante principio, ¡un movimiento cuya base misma es escoger la forma democrática del Estado, es decir, la variante más retorcida y cínica de ese órgano autoritario de opresión!
Este abandono progresivo de los principios realizado mediante la tentativa de combinar posiciones antagónicas, sembraba aceleradamente la confusión, debilitaba las convicciones y predisponía cada vez con más fuerzas para la famosa "unidad antifascista". Desde 1935, los sindicatos de oposición añadieron más agua a ese jarro de agua sucia, iniciando una campaña de aproximación a la CNT proponiendo una reunificación sobre la base de la unidad antifascista con la UGT.
La presión era cada vez más poderosa. Peirats señala que "... el drama asturiano ha ido alimentando el programa aliancista en el seno de la CNT. El aliancismo empieza a propagarse en Cataluña una de las regionales confederales más adictas al aislacionismo" ([14]).
El PSOE y Largo Caballero redoblaron los cantos de sirena, Peirats recuerda cómo: "... por primera vez en muchos años el socialismo español invoca públicamente el nombre de la CNT y la hermandad en la revolución proletaria" (ídem).
Si bien la reticencia ante cualquier alianza política fue mantenida, la postura de pactar con la UGT era cada vez más mayoritaria dentro de la CNT. Se veía como una manera de sortear el "principio del apoliticismo". De esta forma, la UGT se convirtió en el caballo de Troya que acabó enrolando a la CNT en la alianza antifascista de todas las fracciones "democráticas" del capital. Los dirigentes de la CNT y la FAI podían con ello salvar la cara pues mantenían el "principio" de rechazar todo pacto con los partidos políticos. El antifascismo se coló no tanto por la puerta grande de los acuerdos políticos - ruidosamente rechazados - sino por la puerta trasera de la unidad sindical.
Estas elecciones presentadas como "decisivas" en la lucha contra el fascismo acabaron por barrer todas las resistencias que todavía existían en la CNT y la FAI.
El día 9 de enero, el secretario del Comité regional de la CNT de Cataluña cursa una circular a los sindicatos por la que se les convoca a una Conferencia regional en el cine Meridiana, de Barcelona, el 25, "... para discutir sobre dos temas concretos: 1º ‘¿Cuál debe ser la posición de la CNT en el aspecto de la alianza con instituciones que, sin sernos afines, tengan un matiz obrerista?'; y 2º ‘¿Qué actitud concreta y definitiva debe adoptar la CNT ante el momento electoral?'" (Peirats, op cit., página 106).
Peirats informa que, en la mayoría de delegaciones, "... abundaba el criterio de que la posición antielectoral de la CNT era más bien una cuestión de táctica que de principios",
y que "La discusión reveló un estado de vacilación ideológica" (ídem.)
Las posiciones favorables al abandono del tradicional abstencionismo cenetista se hicieron cada vez más fuertes. Miguel Abós de la regional de Zaragoza declaró en un mitin que:
"... caer en la torpeza de hacer campaña abstencionista equivale a fomentar el triunfo de las derechas. Y todos sabemos por amarga experiencia en dos años de persecución lo que las derechas quieren hacer. Si el triunfo de las derechas se diera, yo os aseguro que aquella feroz represión a que sometieron a Asturias se extendería a toda España" (citado en el Congreso de Zaragoza, op. cit. sobre dicho Congreso, p. 171).
Con estas intervenciones se deformaba sistemáticamente la realidad. La barbarie represiva de la izquierda capitalista de 1931-33 era olvidada recordando únicamente la represión derechista del 34. La naturaleza represiva del Estado capitalista en su conjunto, cualquiera que fuera su fracción gobernante, era cuidadosamente velada, de una manera irracional, evitando un análisis mínimo, el monopolio de represión se atribuía exclusivamente a la rama fascista del capital.
Arrollada por el antifascismo que planteaba un análisis tan irracional y aberrante como el del propio fascismo, la CNT eligió claramente el campo de la defensa del Estado burgués apoyando el voto a favor del Frente popular cuyo programa la propia Solidaridad obrera había denunciado como un "documento de tipo profundamente conservador" que desentonaba con "el empuje revolucionario que transpira la epidermis española" ([15]). Un paso crucial lo constituyó el manifiesto publicado por el Comité nacional dos días antes de las elecciones donde podía leerse:
"Nosotros, que no defendemos la República, pero que combatiremos sin tregua al fascismo, pondremos a contribución todas las fuerzas de que disponemos para derrotar a los verdugos históricos del proletariado español (...) La acción insurreccional (de los militares -NdR) está supeditada al resultado de las elecciones. El plan teórico y preventivo lo pondrán en práctica si el triunfo electoral lo consiguen las izquierdas. Además, no dudamos en aconsejar que, allá donde se manifiesten los legionarios de la tiranía en insurrección armada, se llegue, sin vacilar, a una inteligencia con los sectores antifascistas, procurando enérgicamente que la prestación defensiva de las masas derive por derroteros de verdadera revolución social, bajo los auspicios del comunismo libertario" ([16]).
Esta declaración tuvo una enorme repercusión pues se hizo en el momento más oportuno, a sólo dos días de la cita electoral, teniendo una clara influencia en el voto de muchos obreros. Supuso el compromiso de la CNT con el enorme engaño electoral al que fue sometido el proletariado español y que permitió el triunfo del Frente popular y, significó al mismo tiempo, una adhesión prácticamente incondicional al movimiento antifascista.
Esta actitud de la CNT fue claramente compartida por la FAI pues, según relata Gómez Casas en su Historia de la FAI (p. 210):
"De acuerdo con las Actas del Pleno Nacional de la FAI, esta organización se ratificó en la actitud antiparlamentaria y antielectoral tradicionales. Pero la manera en que se llevó esta vez la campaña, muy diferente de 1933, hizo que en la práctica el abstencionismo fuera casi nulo. Refiriéndose a la coincidencia entre militantes de la CNT y de la FAI en cuanto a la necesidad de no hacer hincapié en la estrategia antielectoralista, nos dirá el propio Santillán que "la iniciativa de ese cambio circunstancial había partido del Comité peninsular de la FAI, la entidad que aún podía hacer frente a la situación desde la más rigurosa clandestinidad, y la que se disponía a realizar las más arriesgadas acciones ofensivas"".
Si en 1931, el sector sindicalista de la CNT había hecho malabarismos para apoyar la participación en las elecciones sorteando una dura oposición (entre otros sectores, de la propia FAI), ahora era toda la CNT - supuestamente liberada del sector sindicalista que se había marchado con los Sindicatos de oposición - y la FAI las que iban mucho más lejos al apoyar sin apenas remilgos al Frente Popular, cuyo nuevo gobierno trató de retrasar todo lo que pudo la amnistía de más de 30 000 presos políticos (muchos de ellos militantes de la CNT ([17])), continuó la represión de las huelgas obreras con la misma ferocidad que el anterior gobierno de derechas y boicoteó la reintegración de los obreros despedidos a sus trabajos ([18]). El gobierno que la CNT había apoyado como supuesto dique contra el avance del fascismo mantuvo a todos los generales con veleidades golpistas - entre ellos el astuto Franco, convertido después en "Gran Dictador".
La CNT y la FAI habían asestado una puñalada por la espalda al proletariado. Decíamos en el anterior artículo de esta serie que la CNT se había preparado para consumar la boda con el Estado burgués en el Congreso de Madrid de 1931 pero que tal boda se había retrasado. ¡Ahora empezaba a consumarse! Una prueba de que los dirigentes de la CNT y la FAI eran muy conscientes del paso que habían dado la dieron unas declaraciones, realizadas el 6 de marzo - menos de un mes tras la mascarada electoral de febrero -, de Buenaventura Durruti - reputado como uno de los más radicales de la CNT - a propósito de las huelgas del transporte y del ramo del agua en Barcelona que los nuevos gobernantes trataban de reprimir. En ellas les lanzaba el típico reproche cómplice que suelen hacer sindicalistas y partidos de oposición:
"Venimos a decir a los hombres de izquierda que fuimos nosotros quienes determinamos su triunfo y que somos nosotros los que mantenemos dos conflictos que deben ser solucionados inmediatamente".
Para dejarlo aún más claro, recordaba los servicios prestados a los nuevos gobernantes:
"La CNT, los anarquistas, reciente el triunfo electoral, estábamos en la calle - los hombres de la Esquerra lo saben - para impedir que los funcionarios que no quisieron aceptar el resultado de la voluntad popular se sublevaran. Mientras ellos ocupaban los ministerios y los puestos de mando, la CNT hacía acto de presencia en la calle para impedir el triunfo de un régimen que todos repudiamos" ([19]).
Estas declaraciones fueron citadas por la Delegación de Puerto de Sagunto que fue una de las pocas que en el Congreso de Zaragoza se atrevió a manifestar una reflexión crítica:
"Después de escuchar estas palabras, ¿habrá alguien que dude todavía de la conducta tortuosa, descabellada y colaboracionista, si no de toda, de gran parte de la Organización confederal? Las palabras de Durruti parecen indicar que la Organización de Cataluña habíase convertido en aquellos días, en escudero honorario de la Esquerra catalana" (ídem).
Celebrado en mayo de 1936, este congreso ha sido presentado como el triunfo de la posición revolucionaria más extrema ya que en él se adoptó un famoso dictamen sobre el comunismo libertario.
Valdría la pena en otro artículo analizar este dictamen pero nos interesa aquí ver el desarrollo del Congreso, analizar el ambiente que en él reinaba, considerar sus acuerdos y resultados. Desde ese punto de vista, el Congreso constituyó un triunfo inapelable del sindicalismo y selló la implicación de la CNT en la política burguesa a través del antifascismo (que ya hemos tratado anteriormente). Las tendencias y posiciones proletarias que todavía intentaron expresarse fueron acalladas y debilitadas de forma decisiva mediante la demagogia de unir la fraseología sobre la "revolución social" y la "implantación del comunismo libertario" al sindicalismo, el antifascismo y la unidad con la UGT.
Una de las pocas delegaciones que en el Congreso expresaron un mínimo de lucidez, la antes citada de Puerto de Sagunto, alertó - apenas secundada por alguna otra delegación - sobre que:
"la Organización, de octubre a esta parte, ha cambiado radicalmente: la savia anarquista que circulaba por sus arterias, si no ha desaparecido totalmente ha disminuido en gran cantidad. Si no se produce una saludable reacción, la CNT va a pasos agigantados hacia el más castrador y enervante reformismo. La CNT de hoy no es la misma que la de 1932 y 1933, ni en esencia ni en vitalidad revolucionaria. Los agentes morbosos de la política han causado profunda huella en su organismo. Se padece la obsesión de captar adeptos y más adeptos sin detenerse a examinar el mal que causan muchos individuos que están dentro de ella. Se tiene olvidada por completo la captación ideológica del individuo y sólo se atiende a nutrirla numéricamente, cuando lo primero es lo más esencial que lo segundo" ([20]).
La CNT de Zaragoza no tiene nada que ver con la CNT de 1932-33 (ya bastante debilitada como organismo proletario, como mostramos en el artículo anterior de la serie) pero, sobre todo, nada tiene que ver con la CNT de 1910-23 que era un organismo vivo, volcado en las luchas inmediatas y en la reflexión y el combate por una auténtica revolución proletaria. Ahora es simplemente un sindicato totalmente polarizado por el antifascismo.
En el Congreso, la delegación del sindicato ferroviario de la CNT puede decir tranquilamente sin encontrar la menor oposición que "los ferroviarios íbamos a solucionar nuestro problema igual que los demás obreros cuando piden mejoras, pero nunca el que nosotros tuviéramos como principio el ir a un movimiento revolucionario"(Actas, página 152).
Esta declaración, hecha a propósito del balance de los movimientos insurreccionales de diciembre 1933 que se habían visto privados de la posible fuerza que podría aportar la huelga ferroviaria anulada en el último momento por el sindicato, muestra lo que es el sindicalismo: que cada sector obrero se encierre en "su problema" lo que significa que queda atrapado en las estructuras de la producción capitalista rompiendo con ello toda solidaridad y unidad de clase. El eslogan sindical "que cada sector empiece arreglando sus propios problemas" constituye la forma "obrerista" de encadenar a los obreros en la solidaridad con el capital y, recíprocamente, la manera de romper en ellos toda solidaridad como clase.
En el Congreso, la delegación de Gijón denunció un caso flagrante de negativa a la más elemental solidaridad con compañeros cenetistas exiliados víctimas de la represión de la insurrección de Asturias de 1934 (ver página 132 Actas, op. cit.). Ninguna reflexión se suscitó sobre esta falta grave del Comité Nacional, impensable tan solo unos años antes. Con visible embarazo, la delegación de Fabril de Barcelona logró acallar el asunto con una proposición diplomática:
"Hay una base lo suficientemente firme para cortar este debate de forma totalmente satisfactoria. La Regional asturiana, por una parte, ha liquidado este incidente puesto que los ex-exiliados están en este congreso revestidos con su mandato. Por otra, si hay una carta cruda del Comité Nacional, primero donde se aconseja que no se les ayude, hay otra posterior donde vuelve sobre este acuerdo ([21]). Quieren los delegados que plantean esta cuestión que se les reconozca como camaradas y se les devuelva enteramente la confianza. El Congreso satisface esta demanda y queda solucionada la cuestión".
Este abandono de la solidaridad obrera más elemental se extendió a actitudes realmente increíbles como la que denunció la delegación de Sagunto:
"Protesta del apartado que se refiere a la gestión del Comité nacional acerca del Gobierno y que dice que no sería aplicada la Ley de vagos y maleantes ([22]) a la Confederación nacional del trabajo. Nosotros tenemos que pedir la derogación de la ley y no es admisible que lo que para nosotros mismos consideramos malo para otros lo consideremos bueno" (Actas p. 106).
En el Congreso se pudo oír una intervención preconizando que:
"En el aspecto huelguístico no se ha obrado con la prudencia debida para economizar energías que debían encauzarse para otras luchas. Este defecto puede corregirse al dirigirse los trabajadores a la burguesía en demanda de reivindicaciones se tuviera en cuenta a las Secciones y Comités de Relaciones de Industria para agotar el pre-estudio de la situación evitando la declaración desordenada de huelgas" (Actas, p. 196, delegación de Hospitalet).
Es decir, se reivindica lo que había sido el caballo de batalla del sector sindicalista en 1919-23: la regulación de las huelgas mediante "órganos paritarios". Se va al mismo terreno de los jurados mixtos con los cuales el gobierno republicano-socialista de 1931-33 había intentado encorsetar las huelgas y a la propia CNT.
Pero la delegación de Construcción de Madrid fue todavía más lejos:
"Ahora las circunstancias son otras, y hay necesidad de reprimir los movimientos huelguísticos y aprovechar las energías para dar el salto hacia las grandes realizaciones, por conducto de esa corriente subversiva que se ha creado" (p. 197).
Estas manifestaciones constituyen el producto típico de la mentalidad sindical que trata de controlar y dominar la lucha obrera para sabotearla desde el interior. Cuando los obreros intentan defender sus reivindicaciones, el sindicalismo se pone pesimista viendo por todos los lados "condiciones desfavorables" y se vuelve tacaño insistiendo en "no desperdiciar energías" Sin embargo, cuando se trata de una de sus convocatorias planificadas destinadas generalmente a enfriar la combatividad obrera o a llevarla a una derrota amarga, entonces se vuelve repentinamente optimista exagerando las posibilidades de éxito y reprocha a los obreros su "tacañería" en no comprometerse.
Una de las expresiones más flagrantes de esa mentalidad sindical fue el dictamen aprobado por el congreso sobre el desempleo. Hay en dicho dictamen reflexiones más o menos justas sobre las causas del paro y se insiste correctamente en que "el fin de los sufrimientos que afectan al proletariado lo encontrará éste en la revolución social" (p. 217). Sin embargo, esto queda como una frase hueca desmentida por el "programa mínimo" que se propone de "jornada de 36 horas", "abolición del trabajo a destajo", "retiro obligatorio a los 60 años para los hombres y a los 40 para las mujeres con 70 % del sueldo" (ídem.). Dejando aparte lo cicatero de las medidas propuestas el problema está en el mismo planteamiento de programas mínimos, lo que mantiene la ilusión de que dentro del capitalismo se podría operar una dinámica de mejoras regulares. El sindicalismo no puede escapar de esta ilusión pues esa es la esencia misma de su actividad: trabajar dentro de las relaciones de producción capitalistas para lograr una mejora de la condición obrera, cosa posible en el periodo ascendente del capitalismo pero imposible en su época de decadencia.
Pero hay en ese dictamen algo todavía más grave y que no provocó ninguna enmienda ni crítica en el Congreso. Se afirma tranquilamente en su preámbulo que:
"Inglaterra ha ensayado el recurso a los subsidios contra el paro significando este procedimiento un fracaso absoluto, ya que paralelamente a la miseria de las masas socorridas con indignantes subsidios,, se produce la ruina económica del país al tener que sostener parasitariamente a sus millones de sin trabajo con cantidades que, aunque no eran fabulosas por su importancia real significaban la inversión de reservas económicas del país en una obra filantrópica" ([23]).
¡El mismo congreso que dedica una parte de sus dictámenes a definir la "revolución social" y el "comunismo libertario" adopta al mismo tiempo otro cuya preocupación es la salvaguarda de la economía nacional, que califica de parasitario el cobro de subsidios de desempleo y que lamenta el desperdicio de los recursos de la nación en "obras filantrópicas"!
¿Cómo una organización que se dice "obrera" puede calificar el subsidio al parado de "¡parasitario!? ¿Es que no comprende el ABC que consiste en que el subsidio cobrado por un desempleado ha salido de las muchas horas que él mismo o sus hermanos de clase han trabajado y que no constituye por ningún lado una filantropía? Semejantes lamentos son más propios de un político de derechas o de un patrono que de un sindicalista o de un político de izquierdas que se distinguen de los anteriores únicamente en que guardan las formas y no suelen decir lo que piensan o lo expresan en todo caso de manera retorcida.
Pero no nos debe sorprender que todo un sindicato que se aprestaba retóricamente a "realizar la revolución social" adopte tales acuerdos. El sindicato no puede tener otro campo de juego que la economía nacional y su objetivo - más aún que el de sus socios adversarios, los patronos - es la defensa de sus intereses de conjunto. El sindicalismo únicamente se propone obtener mejoras dentro de las relaciones de producción capitalistas. En el periodo histórico de expansión del capitalismo esta realidad le permitía ser un instrumento de la lucha obrera en la medida en que globalmente y en medio de fuertes contradicciones la mejora de las condiciones obreras y la prosperidad de la economía podían ir paralelas. Pero en el periodo de decadencia esto ya no es posible: en una sociedad marcada por constantes crisis, por el esfuerzo de guerra y la guerra misma, la salvación de la economía nacional exige como condición insoslayable el sacrificio y el incremento más o menos permanente de la explotación de los trabajadores.
En 1931, la escisión de la tendencia sindicalista organizada en Sindicatos de oposición, hizo creer a los anarquistas que el peligro del sindicalismo había desaparecido. Muerto el perro se acabó la rabia, parecieron pensar. Pero la realidad fue muy otra: la sangre que corría por las venas de la CNT era sindicalista y la mentalidad sindical lejos de debilitarse se fue reforzando cada vez más. Los activismos del periodo insurreccional de 1932-33 constituyeron un peligroso espejismo. A partir de 1934 la realidad se fue imponiendo de manera inexorable: el sindicalismo y el antifascismo - reforzándose mutuamente - habían atrapado definitivamente a la CNT - y con ella a la FAI - en los engranajes del Estado burgués. La delegación de Oficios varios de Igualada lo reconocía con amargura: "muchos de los que nos creíamos acérrimos defensores de los postulados de la CNT llegamos a trocarnos insensiblemente, inadvertidamente, en meros auspiciadores de un régimen republicano acentuadamente burgués" (Actas p. 71).
El Congreso de Zaragoza dedicó buena parte de sus sesiones a la reunificación con los sindicatos de oposición. Se cruzaron numerosos reproches mutuos pese a que iban acompañados de intercambios más bien retóricos de "saludos" y "manos tendidas" pero el terreno en que se producía la reunificación era el del sindicalismo y el del antifascismo. Aparentemente - para engañarse y engañar - el sector anarquista acentuó las proclamas sobre la "revolución social" e hizo adoptar sin apenas discusión el famoso dictamen sobre el comunismo libertario. Pero con ello repetía la misma maniobra que tanto había criticado al sector sindicalista en 1919 y posteriormente en 1931: envolver la política sindicalista y de colaboración con el capital con el atractivo envoltorio del "rechazo de la política" y la "revolución".
Los dos sectores se reunificaban sobre el terreno del capitalismo. Por eso el delegado de la Oposición de Valencia pudo desafiar la ponencia sobre la reunificación sin encontrar apenas objeción: "No podemos aceptar el segundo apartado que nos somete al acatamiento de unos principios y tácticas que entendemos nunca hemos vulnerado" (página 110).
Son de sobra conocidos los acontecimientos espectaculares que se suceden a partir de julio 1936 donde la CNT es la gran protagonista: desconvocatoria y sabotaje del movimiento de lucha de los obreros en Barcelona y en otras partes de España en respuesta al alzamiento fascista; apoyo incondicional a la Generalitat catalana y participación, primero indirecta y después abierta en su gobierno; envío de ministros al gobierno republicano... ([24]).
Estos hechos manifiestan claramente la traición de la CNT. Pero no son una tempestad que aparece repentinamente en un cielo azul. A lo largo de esta serie nos hemos esforzado en comprender por qué se llegó a tan terrible y trágica situación de la pérdida para el proletariado de un organismo nacido de sus esfuerzos. No se trata de pronunciar el gran anatema sino de examinar con un método global e histórico el proceso y las causas que produjeron tal desenlace. La serie sobre el sindicalismo revolucionario y, dentro de ella, la serie sobre la CNT ([25]), pretende proporcionar materiales para abrir un debate que nos permita sacar lecciones con las que armarnos cara a las luchas que vienen. Ante la tragedia de la CNT no cabe –como decía el filósofo– ni reír ni llorar sino solamente comprender.
RR y C. Mir
12-3-08
[1]) Ver el quinto artículo de esta Serie en Revista internacional no 132: "El fracaso del anarquismo para impedir la integración de la CNT en el Estado burgués" (1931-34), /revista-internacional/200802/2189/historia-del-movimiento-obrero-el-fracaso-del-anarquismo-para-impe [20].
[2]) Ver el cuarto artículo de esta Serie en Revista internacional no 131: "La contribución de la CNT a la instauración de la República española", /revista-internacional/200711/2068/historia-del-movimiento-obrero-la-contribucion-de-la-cnt-a-la-inst [19].
[3]) Se pueden consultar entre los diferentes textos que hemos publicado, algunos que fueron escritos por los escasos grupos revolucionarios que en aquella época resistieron a la marea "antifascista": "El antifascismo fórmula de confusión", ver https://es.internationalism.org/ciento-uno_bilan [21]; "Orígenes económicos, políticos y sociales del fascismo", ver /revista-internacional/197704/111/origenes-economicos-politicos-y-sociales-del-fascismo [22]; "Nacionalismo y antifascismo", ver /revista-internacional/199304/1993/documento-nacionalismo-y-antifascismo [23].
[4]) Conviene precisar que la unidad obrera no puede realizarse a través de un acuerdo de organizaciones políticas o sindicales. La experiencia desde la Revolución rusa de 1905 muestra que la unidad obrera se realiza de manera directa, a través de la lucha masiva y tiene su cauce organizativo en las Asambleas generales y cuando se alcanza una situación revolucionaria en la formación de consejos obreros.
[5]) Del libro de Olaya Historia del movimiento obrero español, tomo II, página 877. Las referencias editoriales a dicho libro se encuentran en el 2º artículo de esta serie.
[6]) Escisión que duró entre 1931 y 1936 capitaneada por los elementos abiertamente sindicalistas de la CNT. Ver el artículo 5º de nuestra serie.
[7]) Este pacto fue ocultado al Comité nacional cenetista que se vio ante los hechos consumados.
[8]) Celebrado en mayo 1936. Ver más adelante.
[9]) Segundo órgano periodístico además del legendario Solidaridad obrera.
[10]) Página 163 del libro el Congreso confederal de Zaragoza, Editorial ZYX, 1978.
[11]) Durante aquellos años este personaje fue el máximo dirigente tanto del PSOE como de la UGT.
[12]) Había sido ministro de Trabajo en el gobierno republicano-socialista de 1931-33, responsable de innumerables muertes de obreros y anteriormente había sido consejero de Estado del dictador Primo de Rivera.
[13]) Olaya, op. cit., página 887.
[14]) Del libro la CNT en la revolución española, tomo I, página 106. Ver referencias bibliográficas en el primer artículo de nuestra serie.
[15]) Artículos aparecidos el 17-1-1936 y 2-4-1936.
[16]) Citado por Peirats, op. cit., página 113.
[17]) Hay que recordar que la amnistía de los presos sindicalistas fue uno de los motivos más reiteradamente aducidos por los líderes de la CNT y de la FAI para preconizar de manera vergonzante el apoyo al Frente popular.
[18]) Añadamos a todo lo anterior que la Reforma agraria, una ley tímida y cicatera, fue retrasada sine die pese a las promesas realizadas y entre febrero y julio el gobierno "popular" mantuvo prácticamente el estado de excepción y una brutal censura de prensa que afectó sobre todo a la CNT.
[19]) Citado en las Actas del Congreso de Zaragoza de la CNT, página 171.
[20]) Idem, página 171.
[21]) Esto, ateniéndose a las propias actas del Congreso resulta incierto y confuso. Durante el debate, el Comité nacional llega a afirmar «Todo cuanto dijimos fue que no podíamos aconsejar ninguna clase de solidaridad».
[22]) Esta odiosa y repugnante ley que otorgaba enormes poderes represivos al gobierno fue adoptada por la "muy democrática" República española "de los trabajadores" y fue retomada de manera prácticamente íntegra por la dictadura franquista.
[23]) Actas p. 215, op cit.
[24]) Los hemos analizado en nuestro libro 1936: Franco y la República masacran a los trabajadores.
[25]) La primera comienza en la Revista internacional no 118 mientras que la segunda empieza en el no 128.
Enlaces
[1] https://fr.internationalism.org/rint131/crise_financiere_de_la_crise_des_liquidites_a_la_liquidation_du_capitalisme.html
[2] https://es.internationalism.org/tag/geografia/estados-unidos
[3] https://es.internationalism.org/tag/3/46/economia
[4] https://es.internationalism.org/tag/21/380/mayo-de-1968
[5] https://es.internationalism.org/tag/historia-del-movimiento-obrero/1968-mayo-frances
[6] https://www.theworldeconomy.org/publications/worldeconomy/frenchpdf/MaddtabB18.pdf
[7] https://fr.internationalism.org/ICConline/2008/crise_economique_Asie_Sud_est.htm
[8] https://es.internationalism.org/tag/21/480/las-causas-del-periodo-de-prosperidad-consecutivo-a-la-segunda-guerra-mundial
[9] https://es.internationalism.org/tag/2/25/la-decadencia-del-capitalismo
[10] https://www.anarchismus.at/
[11] https://es.internationalism.org/tag/geografia/alemania
[12] https://es.internationalism.org/tag/21/528/hace-90-anos-la-revolucion-en-alemania
[13] https://es.internationalism.org/tag/historia-del-movimiento-obrero/1919-la-revolucion-alemana
[14] https://es.internationalism.org/tag/2/37/la-oleada-revolucionaria-de-1917-1923
[15] https://es.internationalism.org/tag/desarrollo-de-la-conciencia-y-la-organizacion-proletaria/tercera-internacional
[16] https://es.internationalism.org/revista-internacional/200703/1322/historia-del-movimiento-obrero-la-cnt-nacimiento-del-sindicalismo-
[17] https://es.internationalism.org/revista-internacional/200705/1903/historia-del-movimiento-obrero-la-cnt-ante-la-guerra-y-la-revoluci
[18] https://es.internationalism.org/revista-internacional/200708/2002/historia-del-movimiento-obrero-el-sindicalismo-frustra-la-orientac
[19] https://es.internationalism.org/revista-internacional/200711/2068/historia-del-movimiento-obrero-la-contribucion-de-la-cnt-a-la-inst
[20] https://es.internationalism.org/revista-internacional/200802/2189/historia-del-movimiento-obrero-el-fracaso-del-anarquismo-para-impe
[21] https://es.internationalism.org/revista-internacional/200603/785/documento-el-antifascismo-formula-de-confusion-bilan-mayo-del-34
[22] https://es.internationalism.org/revista-internacional/197704/111/origenes-economicos-politicos-y-sociales-del-fascismo
[23] https://es.internationalism.org/revista-internacional/199304/1993/documento-nacionalismo-y-antifascismo
[24] https://es.internationalism.org/tag/geografia/espana
[25] https://es.internationalism.org/tag/21/494/el-sindicalismo-revolucionario-en-espana
[26] https://es.internationalism.org/tag/corrientes-politicas-y-referencias/sindicalismo-revolucionario
[27] https://es.internationalism.org/tag/corrientes-politicas-y-referencias/anarquismo-oficial
[28] https://es.internationalism.org/tag/2/32/el-frente-unido
[29] https://es.internationalism.org/tag/2/30/la-cuestion-sindical