Nos encontramos en una encrucijada histórica que finalmente ha hecho añicos las ilusiones de un orden estable de posguerra surgido tras 1989. Lo que estamos presenciando actualmente con las guerras en curso no constituye un conflicto temporal, sino una intensificación cualitativa de las contradicciones imperialistas que han empujado al capitalismo hacia su época de decadencia y de descomposición acelerada. La ruptura de la Alianza Transatlántica, que se está produciendo durante el segundo mandato de Trump, no es el resultado de la conducta personal del presidente estadounidense, sino la expresión de una necesidad sistémica: Estados Unidos está dejando de actuar como «garante de la seguridad», retirándose en la práctica de la OTAN en un intento de hacer frente a sus propias crisis existenciales y prioridades estratégicas, obligando a sus antiguos vasallos y aliados a asumir por sí mismos los costes de un sistema en descomposición. Sin embargo, con sus políticas, Estados Unidos no hace más que avivar el fuego y agravar un conflicto tras otro.
Para Alemania, esto significa la pérdida del paraguas protector estadounidense frente a Rusia y la necesidad de redefinir su propia identidad militar. Es un retorno a la realidad que prevaleció durante el período de entreguerras: un país situado en una posición geoestratégica central que se ve obligado a recurrir a la fuerza para afirmar sus ambiciones imperialistas y mantener, así, su lugar en el despiadado escenario de la competencia mundial. Pero este camino está marcado por innumerables contradicciones. La rápida militarización emprendida ha sido descrita como un «punto de inflexión». Lo que se celebra no es únicamente el rearme más acelerado de Europa, sino también el anuncio de una profunda ofensiva social contra la clase obrera.
1. El imperialismo como expresión de la decadencia
Para comprender la dinámica actual debemos apartar la mirada de la política cotidiana y dirigirla hacia las leyes fundamentales del capitalismo. Fue el ala izquierda del Partido Socialdemócrata de la época, articulada en torno a Rosa Luxemburg, la que logró iniciar un análisis más profundo, que ella desarrollaría posteriormente en su obra La acumulación del capital (1913). Como ya había señalado Karl Radek en Nuestra lucha contra el imperialismo (1912), el imperialismo no es simplemente la «política exterior de un capitalismo colapsando», sino la consecuencia inevitable de la acumulación capitalista en su fase de decadencia. El capitalismo decadente, una vez agotada su etapa de expansión, se vio obligado a repartirse nuevamente el mundo para asegurar el mantenimiento de su hegemonía, y ello no era posible sin una política imperialista correspondiente. Como escribió Rosa Luxemburg en El folleto Junius (1915): «El imperialismo no es la creación de un estado o grupo de estados imperialistas. Es el producto de un determinado grado de madurez en el proceso de desarrollo mundial del capital, una condición congénitamente internacional, una totalidad indivisible, que sólo se puede reconocer en todas sus relaciones y del que ninguna nación se puede apartar a voluntad.»1
Radek subrayaba entonces que la burguesía alemana, debido a la tardía formación de su Estado nacional y a su industrialización igualmente tardía, desempeñaba un papel particularmente agresivo en este proceso. Hoy esta historia se repite -no como una farsa, sino como una necesidad trágica- aunque, por supuesto, en circunstancias diferentes.
Mientras Estados Unidos intenta actualmente salvar su hegemonía en declive mediante la desestabilización de Oriente Medio y la región del Pacífico, Alemania, en el corazón de Europa, impulsa una reorientación estratégica. La ruptura entre Estados Unidos y Europa constituye el primer paso de un proceso en el que Alemania se ve obligada a defender de manera independiente sus propios intereses imperialistas y, si fuera necesario, incluso en contra de los intereses de sus antiguos aliados. El impulso hacia la militarización no es hoy una elección política, sino una necesidad histórica de la que la burguesía alemana no puede escapar. En la época de decadencia del capitalismo, la guerra ha perdido su función de motor de la expansión económica para convertirse en una forma de vida permanente de la sociedad. Como país geoestratégicamente central, sin salida directa a los océanos en Europa , Alemania se encuentra sometida a una presión particular: sin la protección de un océano propio ni el respaldo de un líder de bloque estable, está obligada a redefinir su existencia militar e imperialista para no perder terreno en la competencia mundial. Toda burguesía nacional -y especialmente la alemana- debe ampliar su poder para asegurar su posición; el «punto de inflexión» no expresa, por tanto, una libre decisión política, sino una reacción inevitable ante la crisis sistémica del capitalismo.
2. De un Estado de primera línea y las restricciones militares, a la nueva aspiración de convertirse en una potencia líder
La militarización actual contrasta profundamente con el papel que Alemania desempeñó después de 1945. Durante la época de la estructura de bloques, Alemania constituía el principal escenario potencial de guerra y un baluarte de la Guerra Fría, pero era un Estado sin soberanía. La Bundeswehr (Fuerzas Armadas Alemanas) fue concebida fundamentalmente como un ejército territorial, equipado con tanques y tropas para hacer frente a la amenaza soviética, aunque completamente dependiente de la presencia de las fuerzas estadounidenses, británicas y francesas. En cierto sentido, Alemania era un enano militar en el ámbito naval y aéreo; no disponía de capacidades propias para operaciones fuera de su territorio ni de una marina o de una fuerza aérea con relevancia mundial.
La ilusión que surgió tras 1989, cuando el ejército ruso se retiró de Alemania Oriental y desaparecieron las fronteras entre los bloques, fue la de una integración pacífica y un predominio económico sin medios militares. La burguesía alemana creyó que podría consolidar su posición en Europa del Este mediante medios económicos, mientras sus capacidades militares eran progresivamente desmanteladas. Se abolió el servicio militar obligatorio, los cuarteles fueron abandonados y las tropas estadounidenses redujeron su presencia. Sin embargo, este período no fue más que un breve interludio histórico, posible únicamente gracias al derrumbe de la Unión Soviética y del Bloque Oriental.
Con el acelerado declive de Estados Unidos, la guerra que éste provocó en Ucrania y el retorno de Rusia como potencia militar, aquella ilusión se hizo añicos. El «punto de inflexión» de 2022 marcó el comienzo de una nueva etapa en la que Alemania se ve obligada a reconstruir desde sus cimientos su infraestructura militar y a rearmarse a cualquier precio. Pero a diferencia de Estados Unidos o Francia, que disponen de capacidades de proyección global y de armamento nuclear, Alemania sigue estando esencialmente confinada al teatro europeo. Su marina se limita principalmente al mar Báltico y al mar del Norte, mientras que su fuerza aérea continúa dependiendo del apoyo de la OTAN.
No obstante, la burguesía alemana aspira a convertirse en la principal potencia de Europa. En esa ambición se encuentra atrapada en una profunda contradicción: por un lado, intenta dotar a la Unión Europea de un brazo militar «por la puerta trasera»; por otro lado, actúa cada vez más bajo la lógica del «sálvese quien pueda», lo que la enfrenta incluso con su socio más cercano: Francia. Mientras Francia trata de preservar su posición dominante en proyectos conjuntos como el FCAS (Sistema Aéreo de Combate del Futuro) y KNDS (fabricación de tanques de combate), la burguesía alemana busca imponer cada vez más sus propios intereses, alimentando una contradicción que socava la cooperación europea en materia de defensa. Al mismo tiempo, se están forjando asociaciones bilaterales con India, Japón y Corea del Sur, y la lista de países considerados igualmente importantes para mantener una relación «privilegiada» -o que aspiran a establecerla, como Turquía- continúa creciendo. Sin embargo, su foco principal debe estar en Europa, y aquí el actual enfrentamiento con Rusia constituye el factor decisivo. Estados Unidos ha provocado este proceso, ha forzado la ruptura con Rusia, ha impulsado el distanciamiento respecto de China y continúa haciendo todo lo posible por debilitar a Europa. Pero esto también está generando un movimiento en sentido contrario: Alemania se rearma al mismo tiempo que la base económica sobre la que descansan esas ambiciones ya se está resquebrajando.
3. La militarización es imposible sin un ataque contra la clase obrera
Para Alemania, la militarización implica un endeudamiento masivo aún mayor (que se suma a la deuda ya acumulada) y la necesidad de imponer severos recortes sociales. El gobierno federal ya ha elevado la deuda pública hasta los 2,8 billones de euros, y los planes para incrementar sin límites el gasto en defensa harán que estas cifras vuelvan a dispararse. Esto no es una señal de fuerza sino un intento desesperado de mantener su posición -e incluso ampliarla hasta alcanzar un papel de liderazgo militar- refugiándose en una militarización sin límites en un contexto de rivalidades imperialistas que se intensifican brutalmente, y la presión cada vez mayor de la crisis económica. Las consecuencias para la clase trabajadora son catastróficas. La llamada «transición ecológica», por supuesto, también está siendo sacrificada para liberar recursos destinados a tanques y aviones de combate. La industria automovilística, que alguna vez constituyó la columna vertebral de la economía alemana, atraviesa ya una crisis existencial que, tarde o temprano, conducirá al colapso de determinadas empresas. Se están destruyendo miles de puestos de trabajo y aumenta el temor a nuevos cierres de plantas industriales. Corporaciones como Volkswagen y Daimler-Benz, tradicionalmente orientadas a la producción civil, se están incorporando a la industria armamentística. Pretenden beneficiarse del proceso de militarización, pero ello implica transformar progresivamente el conjunto de la economía en una economía de guerra.
El «punto de inflexión» ya no es únicamente militar, sino también social. La burguesía sabe que no tiene otra alternativa que lanzar nuevos ataques contra las condiciones de vida de la clase trabajadora. La exigencia de elevar la edad de jubilación hasta los 70 años constituye un ataque frontal contra las condiciones de existencia de los trabajadores. Se recortan los presupuestos destinados a la salud, la educación y los sistemas de protección social para financiar el aumento del gasto militar. Se prolonga la jornada laboral y se socava el derecho a la jubilación anticipada. Pero el tiempo se agota. Los efectos de estos recortes pronto comenzarán a sentirse. A ello se suman las consecuencias del creciente caos económico provocado por la intensificación de las tensiones imperialistas mundiales -como el bloqueo del estrecho de Ormuz-, lo que incrementará todavía más la presión sobre la clase obrera. Paralelamente, avanza la militarización de la sociedad civil. Se ha anunciado un plan de 10,000 millones de marcos alemanes destinado a reforzar la «defensa civil», que transformará profundamente las infraestructuras, la logística, la ciberseguridad y otros sectores. Todo ello anuncia una sociedad preparada para la guerra, en la que las necesidades de la población quedan subordinadas a la lógica de la economía de guerra. Al igual que ocurre a escala internacional, la burguesía atraviesa una profunda crisis de credibilidad. Los partidos tradicionales -la CDU, el SPD, los Verdes y el FDP- no ofrecen otra respuesta a la crisis que la austeridad y el rearme. El llamado «cortafuegos» contra la AfD (Alternativa para Alemania) se está desmoronando, mientras este partido populista continúa creciendo, alimentándose del descontento de la población y de la impotencia de las fuerzas políticas tradicionales. Sin embargo, la AfD no ofrece ninguna solución, únicamente representa otra forma de opresión y de mistificación. La burguesía es consciente de que sus propias «soluciones» alimentan el descontento social, pero carece de cualquier alternativa.
Un punto de inflexión para la clase trabajadora
Nos encontramos en una encrucijada. Los conflictos imperialistas se intensifican, la crisis económica se profundiza, la burguesía sigue un rumbo cada vez más cortoplacista, agresivo e irracional, y la clase trabajadora está siendo atacada como nunca. Para la clase dominante, este «punto de inflexión» es una necesidad para asegurar su poder. Para la clase trabajadora, es una declaración de guerra contra sus condiciones de vida.
La ilusión de que este rumbo puede revertirse mediante un cambio en la dirección política o una «democratización» es peligrosa. El problema no son Trump, Merz o la AfD, sino el propio sistema capitalista, que se sustenta en la explotación y la guerra. La militarización es una expresión de la decadencia del capitalismo, que avanza hacia su propia destrucción.
La tarea de la clase trabajadora es clara: debemos defender nuestros propios intereses de clase y no alinearnos tras las consignas burguesas de los «frentes populares». Debemos vincular la lucha contra los ataques sociales con la lucha contra la guerra. La solidaridad internacional de la clase trabajadora es la única arma con la que contamos para combatir a las potencias imperialistas y sus guerras.
La caja de Pandora ha sido abierta. El capitalismo nos conduce al abismo. Solo la lucha revolucionaria de la clase explotada puede salvar a la humanidad. Ha llegado un punto de inflexión, no para la burguesía, sino para la clase trabajadora que debe negarse a convertirse en víctima de la barbarie imperialista.
25 de mayo de 2026, Weltrevolution.