Introducción de la CCI
Publicamos una contribución que hemos recibido y que demuestra que actualmente se está produciendo una profunda reflexión entre pequeñas minorías dentro del proletariado. El tema tratado es particularmente notable y significativo, ya que la reflexión no se centra en aspectos secundarios de la propaganda inmediata —en este caso, la retórica vacía de Trump y otras payasadas—, sino que aborda directamente la cuestión del verdadero significado de la perspectiva comunista. Con el colapso del bloque soviético, la mentira de que “estalinismo = comunismo” se repitió una y otra vez. Hoy, la idea de comunismo sigue siendo ampliamente distorsionada por la burguesía y, como podemos ver, continúa siendo objeto de ataques. El enfoque adoptado en esta contribución es aún más digno de elogio, ya que nos permite luchar contra el no future del capitalismo y da testimonio de la realidad de una conciencia madura que se ha ido gestando, especialmente desde las luchas del “Verano de la Ira” de 2022 en Gran Bretaña, marcando una ruptura con la apatía de décadas anteriores. Si bien coincidimos con la mayor parte del análisis teórico presentado y lo respaldamos, dada su calidad, creemos que la cuestión del “período de transición” requiere clarificación. De hecho, no creemos que, en el caso de la Comuna de París —que estuvo aislada internacionalmente y surgió de un movimiento que, si bien fue notable, resultó prematuro en términos históricos—, se pueda hablar de un “período de transición”. Para nosotros, dicho período solo puede concebirse una vez que la clase obrera haya tomado el poder a nivel internacional. Dicho esto, esta crítica no menoscaba en absoluto el serio esfuerzo que representa este trabajo, el cual contribuye indudablemente al largo proceso de politización que la clase obrera debe emprender para su larga y difícil lucha revolucionaria. Nuestro objetivo es, por lo tanto, fomentar la continuación de este proceso de reflexión.
Introducción
El comunismo está profundamente distorsionado y oscurecido por las diversas ideologías dominantes de nuestro tiempo. Recientemente, Donald Trump afirmó que el comunismo es la mayor amenaza para Estados Unidos, lo cual es significativo dado que dicho país es la mayor potencia imperial del mundo. Los comunistas coincidimos plenamente en que no existe mayor amenaza para Estados Unidos, y para la clase dirigente estadounidense que representa, que una revolución comunista. Esto aplica a todos los Estados del planeta y a sus respectivas clases dirigentes. Pero, para que quede claro, cuando los comunistas hablamos de comunismo, no nos referimos a las absurdas caricaturas que las ideologías dominantes inventan para disuadir a la clase trabajadora de su camino hacia la liberación. No nos referimos al capitalismo de Estado de China ni de la antigua URSS. No nos referimos a la socialdemocracia de los países escandinavos. No nos referimos a los movimientos que intentan insertar formas "comunitarias" en un mundo capitalista, lo cual necesariamente suprime el surgimiento de una comunidad real. Y ciertamente no lo decimos de una manera tan inconsistente como está de moda usarse como insulto, carente de toda coherencia, por aquellos sectores de la clase dominante que intentan perezosamente obtener ventajas políticas fáciles contra sus rivales debido al estigma del término. Karl Marx incluso señala esta absurda tendencia en su época, diciendo en su Dieciocho Brumario:
«Ya se trate del derecho de petición o del impuesto sobre el vino, de la libertad de prensa o de la libertad del comercio, de los clubes o del reglamento municipal, de la protección de la libertad personal o de la regulación del presupuesto del Estado, la consigna se repite siempre, el tema es siempre el mismo, el fallo está siempre preparado y reza invariablemente: “¡Socialismo!” Se presenta como socialista hasta el liberalismo burgués, como socialista la ilustración burguesa, como socialista la reforma financiera burguesa. Era socialista construir un ferrocarril donde había ya un canal y socialista defenderse con el palo cuando le atacaban a uno con la espada.»
Pero si nada de esto es comunismo, ¿qué es realmente? Antes de responder a esta pregunta, es necesario explicar la perspectiva del materialismo histórico.
Materialismo histórico
A lo largo de la historia, necesaria e inevitablemente, el carácter y la función de la sociedad humana han sido producto de la base material sobre la que se reproducen los seres humanos, de su interacción con la naturaleza y entre sí. Esto se aplica a sociedades con una amplia gama de modos de producción, desde el comunismo primitivo hasta el antiguo modo de producción, pasando por el feudal y el capitalista. Un modo de producción es un tipo de sociedad en una etapa particular de desarrollo de las fuerzas productivas, regida por un conjunto específico de leyes económicas. De estos, el modo comunista primitivo fue el que existió durante más tiempo, ya fuera nómada o sedentario, de cazadores-recolectores o agrario. Si bien los modos de producción no seguían una cadena rígida y mecánica de "menor" a "mayor", sino un patrón mucho más complejo, la disolución del modo comunista primitivo implicó necesariamente su reemplazo por alguna forma de sociedad de clases, por un modo de producción en el que existía la estratificación de sus miembros, de grupos de explotados y de explotadores. Esta estratificación, a su vez, dio origen al Estado, el aparato político de la clase dominante, responsable de garantizar la cohesión social mediante el control de los miembros y sectores de dicha clase y, especialmente, de la totalidad de la clase explotada. Cabe destacar que esta estratificación fue también resultado del desarrollo de las fuerzas productivas, capaces de generar excedentes que permitieron la elevación de ciertas clases por encima de la población general, aunque no hasta el punto de que se pudiera alcanzar una abundancia universal para toda la comunidad.
El modo capitalista se diferenció de los demás en que llegó a abarcar el mundo entero, lo que obligó a la disolución de todos los modos anteriores. Esto resulta asombroso si consideramos sus humildes orígenes, surgidos en pequeños grupos dentro de la sociedad feudal europea y personificados por primera vez en el burgués medieval. No obstante, lo que ha traído consigo es la extensión universal del mercado, una industrialización sin precedentes, la socialización del aparato productivo y un desarrollo monstruoso del Estado, tanto en tamaño como en capacidad. Al mismo tiempo, este capitalismo inmensamente poderoso presenta contradicciones internas que amenazan su propia existencia, siendo la más importante el antagonismo entre el trabajo asalariado y el capital, entre el proletariado y la burguesía. Al crear el proletariado, la clase de los trabajadores asalariados, la burguesía ha generado, por un lado, la base para una tremenda acumulación de capital y, por otro, la única clase revolucionaria capaz de derrocarla. Los intereses antagónicos del proletariado frente a los de la burguesía obligan al primero a realizar revoluciones contra la segunda por necesidad histórica, como se ha demostrado en la práctica. Asimismo, estos intereses antagónicos conducen a la creación del partido de clase del proletariado, el partido comunista, integrado por los militantes más destacados de la clase, su vanguardia, quienes poseen la perspectiva más revolucionaria y la mayor claridad histórica, lo que les permite elaborar prescripciones prácticas para la clase en su conjunto, de acuerdo con la situación actual. Tras derrocar con éxito a la burguesía, el proletariado forma su propio Estado, o más bien un semi Estado, conocido como la dictadura proletaria, como ocurrió con la Comuna de París a finales del siglo XIX y las repúblicas de consejos a principios del siglo XX. Este semi Estado, este Estado en decadencia, cuyos administradores (todo el proletariado) aspiran a su desaparición definitiva, existe únicamente como un medio para reprimir a la burguesía insurgente y gestionar las crisis; en resumen, para salvaguardar la transición del capitalismo al comunismo.
Comunismo
En términos de comunismo, es importante, ante todo, distinguirlo de otra escuela, la del socialismo utópico. El comunismo como movimiento político es un socialismo científico en el sentido de que predice el surgimiento de una sociedad comunista basada en desarrollos históricos reales y las condiciones sociales que los acompañan. Sin embargo, esto importa poco al socialista utópico. El socialista utópico elabora planes para una sociedad ideal que desea que la sociedad actual adopte basándose en justificaciones morales. Esto es, por supuesto, un error. Como sostiene Marx en La ideología alemana: «El comunismo no es para nosotros un estado de cosas que deba implantarse, un ideal al que haya de sujetarse la realidad. Llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera el estado de cosas actual. Las condiciones de este movimiento se desprenden de la premisa actualmente existente.»
Hasta este punto, el comunismo no es posible sin las condiciones sociales creadas por el capitalismo. Para empezar, la socialización de la economía en general es imposible sin que el capitalismo haya socializado previamente el aparato productivo, es decir, transformando a casi toda la sociedad en proletarios y poniendo en sus manos una enorme maquinaria productiva, la vasta red de medios de producción, a pesar de que no la posean. Con la llegada de la revolución proletaria, el proletariado se apoderará de estos medios de producción y los socializará también en el sentido de la propiedad, aboliendo así la absurda contradicción entre producción social y apropiación privada. Otro ejemplo de cómo el capitalismo sienta las bases del comunismo reside en la interconexión que ha establecido en todo el mundo. La revolución proletaria impulsará aún más esta internacionalización disolviendo las fronteras nacionales y dando paso a una comunidad mundial unificada. Finalmente, el capitalismo ha creado capacidades productivas sin precedentes que permiten, con creces, la abundancia universal de todos los miembros de la sociedad, un resultado que, irónicamente, el propio capitalismo impide que se concrete. La revolución proletaria destruirá el capitalismo para que se pueda alcanzar la abundancia universal y, por ende, la abolición de las clases y del Estado. Alguien podría objetar: “¿Pero acaso la URSS no era comunista? ¡Menuda emancipación!”. Para comprender esto, es necesario conocer la historia de la Revolución Rusa. Los comunistas defendemos sin reservas la Revolución Rusa como una revolución proletaria, al igual que la Revolución Alemana y la Comuna de París. Los ideólogos burgueses de toda índole señalan a la URSS y, por extensión, a muchos otros Estados supuestamente “comunistas” y “socialistas”, en un intento por disuadir al proletariado de la revolución. La ironía reside, sin embargo, en que la miseria de la URSS no radicaba en el comunismo, ni en la tarea histórica mundial del proletariado de emanciparse, sino en el capitalismo, en la contrarrevolución burguesa. Tras haber estado aislada debido al fracaso de otras revoluciones proletarias en todo el mundo, se desarrolló en Rusia una burocracia que disolvió la dictadura proletaria, el gobierno del proletariado como clase. Esta burocracia asumió el papel de capitalista nacional, convirtiéndose el Estado en el principal empleador de mano de obra asalariada, en contraposición al capitalista privado tradicional. Así, al igual que Estados Unidos o el Imperio Británico, era una sociedad capitalista en la que el proletariado estaba desarticulado y explotado por la clase dominante mediante el trabajo asalariado, solo que las formas de esta explotación estaban configuradas de una manera peculiar en comparación con la mayoría de las democracias liberales. Volviendo a la cuestión del internacionalismo, la Revolución Rusa es un claro ejemplo de por qué el comunismo solo puede surgir tras una revolución mundial a gran escala. El comunismo no puede existir en un solo país, ni la dictadura proletaria, ni la transición política al comunismo, pueden subsistir mucho tiempo en un país sin que surjan dictaduras proletarias en otros países con los cuales fraternizar. Por esta razón, el internacionalismo es un aspecto inseparable del comunismo, y las diversas corrientes nacionalistas que intentan socavarlo y distorsionarlo (ya sean izquierdistas, liberales, conservadores, etc.) son inequívocamente enemigas de los comunistas. En conclusión, el comunismo significa la abolición del capitalismo, la abolición de las clases, la abolición de la propiedad privada, la abolición del Estado, la abolición de las naciones, la abolición del intercambio y la abolición de la producción de mercancías. Significa la realización de una comunidad mundial de individuos libremente asociados que interactúan entre sí y con la naturaleza de manera directa y consciente, donde los medios de producción son de propiedad común, libres de la ley del valor o de cualquier otra ley impersonal que rija la interacción de los individuos a pesar de sí mismos. Significa la reconciliación del individuo con la comunidad, en efecto, donde la comunidad no es sino una colección de individuos libremente asociados. Significa la disolución de las instituciones de estatus e identidad, la diversidad impuesta, en favor de la diversidad orgánica de los individuos según sus variadas habilidades y deseos, y, junto con esto, la realización del principio “De cada uno según su capacidad, a cada uno según sus necesidades”
Synthesiz, julio de 2026