El 28 de marzo de 2026 fue escenario de las manifestaciones más importantes y extensas de la historia de Estados Unidos. Ocho millones de personas participaron en 3 300 manifestaciones, en los cincuenta estados. También se celebraron manifestaciones en otros países, en particular en Canadá, Europa, Japón, Australia y Tailandia. En Minnesota, epicentro del terror ejercido por la policía de inmigración (el ICE), se organizaron dos manifestaciones. Se celebraron concentraciones en las grandes ciudades y en las pequeñas localidades, incluso en los bastiones electorales de Trump.
Numerosos manifestantes se unieron a las concentraciones, preocupados por las consecuencias de la guerra contra Irán y decepcionados por las promesas incumplidas de Trump sobre el fin de las «guerras interminables». Otros se sumaron a las manifestaciones por la ira que les provoca la situación económica, con los altos precios, la precariedad, los despidos, la inseguridad alimentaria; en definitiva, el empobrecimiento generalizado. Otros participaron para expresar su ira contra las acciones del ICE y la creciente represión del Estado. Por último, también están aquellos que quieren expresar su repulsa hacia la odiosa figura de Trump. El lema «No Kings, no ICE, no War» expresa así un amplio abanico de descontentos en el que cada uno tiene su propia motivación para participar.
Sin embargo, los organizadores tenían un objetivo muy concreto: «En Estados Unidos no tenemos reyes. Una policía secreta enmascarada aterroriza a nuestras comunidades. Una guerra ilegal y catastrófica nos pone en peligro y hace subir los precios. Los ataques amenazan nuestra libertad de expresión, nuestros derechos civiles, nuestra libertad de voto. Los precios empujan a las familias al abismo. Trump quiere gobernarnos como un tirano. Pero estamos en Estados Unidos, y el poder pertenece al pueblo, no a los aspirantes al trono ni a sus amigos multimillonarios». Es cierto que el llamamiento también habla de los «precios», pero para vincular inmediatamente la cuestión de la inflación con consignas sobre «nuestra libertad de expresión, nuestros derechos civiles, nuestra libertad de voto». El «pueblo» debería, por tanto, defender la democracia estadounidense frente a un «tirano».
La megalomanía de Trump y su autoritarismo desmesurado constituyen blancos fáciles para sus oponentes. Pero los demócratas, al igual que los republicanos, tienen una larga historia de justificación de la represión, las guerras, la tortura y el recurso a la policía, en nombre de la defensa de la democracia y la libertad: tuvieron lugar las interminables guerras en Afganistán, Irak y Vietnam, la guerra contra el terrorismo, con sus asesinatos, torturas y secuestros. Tanto los demócratas como los republicanos han llevado a cabo deportaciones masivas e inhumanas: todos han dado carta blanca a la policía (FBI, CIA e ICE) contra la clase trabajadora.
¿Por qué? Porque en Estados Unidos el poder no pertenece «al pueblo» y mucho menos a la clase obrera: como en todas partes, pertenece a la burguesía. «En Estados Unidos», como en todos los países del mundo, la burguesía explota y reprime al proletariado cada vez con mayor ferocidad. Y «en Estados Unidos», como en otros lugares, repite una y otra vez toda una serie de mentiras sobre la «libertad», la «democracia» y los «derechos», destinadas a encadenar al proletariado a sus explotadores, al Estado burgués y a la nación, ¡para ocultar que el Estado «democrático» es el medio más eficaz para oprimir a la clase obrera! La movilización de ocho millones de personas para defender «nuestra libertad de expresión, nuestros derechos civiles, nuestra libertad de voto» pone claramente de manifiesto este peligro insidioso. Al llamar al proletariado a defender el talón de hierro de la dictadura «democrática», «No Kings» busca desviar a los trabajadores de sus intereses de clase contra la explotación capitalista, y empujarlos a involucrarse en luchas entre facciones burguesas rivales. A pesar de toda la buena voluntad de muchos participantes, estas manifestaciones constituyeron, por lo tanto, una verdadera trampa para la clase obrera.
Sin embargo, muchos de los trabajadores que participan en las manifestaciones no se sienten inclinados a sumarse al Partido Demócrata. Para atraer a estos trabajadores que buscan respuestas a esta trampa, el ala izquierda del movimiento lo ha presentado como un movimiento contra la oligarquía y la dictadura: «La magnitud de las manifestaciones del 28 de marzo da testimonio de la profundidad de la ira popular ante el avance de la dictadura en el país y la escalada de la guerra imperialista en el extranjero. Se está produciendo un enfrentamiento entre una oligarquía capitalista que rompe con las formas democráticas de gobierno y la gran masa de la población. […] La magnitud de la oposición aterroriza a la clase dominante, y la reacción de los grandes medios de comunicación ha sido minimizarla y pasar a otra cosa lo antes posible»[1]. Bajo el barniz de un vocabulario «marxista», el mensaje sigue siendo el mismo: defender el Estado «democrático» contra la «dictadura» de Trump. Así, lejos de estar aterrorizada, la burguesía ha podido movilizar a los trabajadores en defensa de su Estado y de su poderosa arma ideológica: la democracia. Se alegra de que el descontento de los trabajadores ante la guerra quede diluido en un movimiento que pretende que el capitalismo, el sistema más mortífero de la historia, podría ser pacífico si se detuviera a los «belicistas» como Trump. De este modo, pretende impedir que los trabajadores tomen conciencia de que es precisamente el capitalismo la causa de la guerra, y no tal o cual político o partido.
Es cierto que la administración Trump es un desastre para la burguesía estadounidense. La guerra contra Irán, las amenazas contra las potencias europeas, su purga del ejército y del resto del Estado, la corrupción de la administración, todo ello es una catástrofe para el Estado estadounidense. Pero la raíz de este vandalismo político no es Trump: es el callejón sin salida histórico del capitalismo. El fracaso de la aventura militar en Irán, la imposibilidad de que Trump se presente de nuevo a las elecciones presidenciales y su creciente pérdida de popularidad no pueden sino acelerar el caos, la destrucción y la irresponsabilidad. Trump y su administración son como un animal herido que se debate, y el recurso a la represión contra sus rivales políticos y todos aquellos que se le oponen se agravará. Las tensiones y los enfrentamientos con otras facciones de la clase dominante no pueden sino volverse más hostiles, y probablemente violentos. Aumenta la amenaza de que los trabajadores se vean envueltos en estos enfrentamientos, ya sea que se les pida que defiendan el «Estado democrático» o a las facciones opuestas a Trump. El movimiento «No Kings» forma parte de esa amenaza: por eso es tan peligroso.
La clase obrera debe negarse a dejarse arrastrar a la defensa del Estado democrático. Esto significa negarse a sacrificarse para proteger los intereses de la clase dominante. Su interés es defender su propia autonomía a través de luchas por la defensa de sus empleos, sus condiciones de vida y de trabajo. En marzo, 3 800 trabajadores del matadero JBS, en Colorado, se declararon en huelga. La mayoría de ellos son inmigrantes, originarios de Haití, Somalia, Birmania y México. No se dejaron intimidar por la amenaza del ICE y lucharon junto a sus compañeros para defender sus intereses de clase: «Los huelguistas han documentado prácticas laborales desleales, casos de trata de personas y de retención de salarios, así como salarios que no se han ajustado al coste de la vida en Colorado». Desde principios de 2026 se ha producido una serie de luchas, a menudo limitadas a una sola empresa o a un solo sector, pero significativas en la medida en que tienen lugar a pesar del ambiente social putrefacto, de caos y miedo. Así, ha habido la huelga de decenas de miles de trabajadores la salud en Nueva York, California y Hawái; la de los empleados de la Universidad de California en febrero; la de los trabajadores de Freudenberg-NOK en Findlay el 24 de marzo; y la de los 620 técnicos del astillero General Dynamics Bath Iron Works por un acuerdo salarial. 900 trabajadores de la refinería de BP en Whiting, Indiana, fueron objeto de un cierre patronal en marzo tras rechazar por un 98.3% la oferta salarial de BP. A pesar de su carácter aislado, estas luchas demuestran algo muy importante: los trabajadores están dispuestos a anteponer sus intereses a los del capital nacional.
Los trabajadores de Estados Unidos no están solos. A pesar del silencio mediático (muy real, este, a diferencia de la cobertura internacional del movimiento «No Kings»), están estallando luchas, a veces masivas, por todo el mundo, en Europa, Canadá o en otros lugares. Los trabajadores rechazan los sacrificios que exige la burguesía para pagar su crisis y sus armas. «No Kings», por el contrario, y todos aquellos que promueven estas movilizaciones, por muy críticos que sean, arrastran al proletariado a la defensa del interés nacional y del Estado capitalista.
J & W, 12 de abril de 2026