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Muerte de un militante de extrema derecha en Lyon: Fascismo y antifascismo: dos enemigos de la clase obrera

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El bombardeo mediático y político masivo en torno a la muerte, el 14 de febrero en Lyon, de un joven militante de extrema derecha, Quentin Deranque, a raíz de los golpes propinados por militantes antifascistas, vuelve a poner en la agenda el uso que hacen todos los sectores políticos de la burguesía del antagonismo entre fascismo y antifascismo.

Por parte de la extrema derecha, este drama ha servido de pretexto para una campaña masiva de victimización, una especie de «prueba concreta y significativa de la nocividad» de la extrema izquierda, de la que serían víctimas los «patriotas» y los «seguidores de una verdadera fe cristiana». Este sector político se presenta hoy como «pacífico» y «no violento», al tiempo que exhibe retratos del joven Quentin a quien muestra como un «chico amable». Evidentemente, esto dista mucho de la verdad: a los 23 años, Deranque ya tenía un historial bastante cargado. Así, tras pasar por la Action Française, un grupo monárquico y antisemita, fundó un pequeño grupo con una ideología fascista bien definida, Allobroges Bourgoins. Por otra parte, era amigo íntimo de un individuo, Vincent Claudin, quien, bajo los seudónimos de JosephAntoine y PrimeDeRiviere (en referencia a José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange fascista española), publicó en X, entre 2021 y 2026, 4 400 mensajes de contenido racista, antisemita, homófobo y pro-Hitler. Además, diversos estudios académicos serios han puesto de manifiesto que la violencia física ejercida por los grupos de extrema derecha es entre diez y veinte veces más letal que la de los grupos de extrema izquierda (49 muertos frente a 5 entre 1986 y 2026 en Francia, 326 frente a 17 entre 2015 y 2024 en Estados Unidos).

Cabe señalar que este discurso victimista de la extrema derecha no solo se ha desarrollado dentro de las fronteras de Francia, sino que ha adquirido una dimensión internacional. Así, la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, escribió en las redes sociales que el asesinato de Deranque era «una herida para toda Europa». En cuanto al gobierno de EE.UU. no quiso quedarse atrás: la embajada estadounidense en Francia y la oficina de lucha contra el terrorismo del Departamento de Estado de EE. UU. anunciaron que estaban vigilando la situación, ya que «el radicalismo violento de izquierda está en aumento». Evidentemente, estas declaraciones no son ninguna sorpresa viniendo de Meloni, una política que se formó en el Movimiento Social Italiano, partido político fundado en 1946 y que se reivindica abiertamente de la tradición fascista de Mussolini. Del mismo modo, la actitud de las autoridades estadounidenses está en línea con el apoyo abierto y reivindicado de Trump y sus amigos a las fuerzas políticas populistas de extrema derecha en Europa. Ante estas declaraciones, el gobierno francés reaccionó. El presidente Macron respondió a Meloni: «Siempre me sorprende ver cómo las personas que son nacionalistas, que no quieren que se les moleste en su propio país, son siempre las primeras en comentar lo que ocurre en otros países». (Declaración realizada en inglés: "I’m always struck by how people who are nationalists, who don’t want to be bothered in their own country, are always the first ones to comment on what’s happening in other countries») En cuanto a las advertencias estadounidenses, estas provocaron que el ministro de Relaciones Exteriores francés convocara al embajador de EE.UU. en París (padre del yerno de Trump), quien le hizo un gesto de desafío al negarse a acatar la orden (contrariamente a las costumbres diplomáticas).

Dicho esto, esta reacción de las autoridades francesas, al estilo de «que cada uno se quede en su casa y las ovejas estarán bien cuidadas», no les ha impedido hacer suya la denuncia de la «violencia de la extrema izquierda». Así, Gérald Darmanin, ministro de Justicia de Macron, declaró, incluso antes de que se iniciara una investigación, que: «Es la extrema izquierda la que, evidentemente ha matado. Hoy, es la extrema izquierda la que ha matado, eso es indiscutible. (…) Los discursos políticos violentos conducen, lamentablemente, a una violencia muy desenfrenada en las redes sociales y en el mundo físico». Y acusó a La France insoumise, el partido de Mélenchon, de «complacencia con la violencia política».

De hecho, tenemos aquí un ejemplo de la política que llevan a cabo los sectores centrales de la clase burguesa: al destacar los vínculos, reales, de los agresores de Deranque —que pertenecen al grupo «Jeune Garde antifasciste»— con LFI, se trata de desacreditar al máximo a Mélenchon (cuya Jeune Garde constituye el servicio de orden). Esta política no significa en absoluto que Mélenchon sea un enemigo del sistema capitalista (de hecho, fue ministro bajo Mitterrand y, si habla de «revolución», añade «ciudadana», es decir, la concibe dentro de las instituciones burguesas). Sin embargo, en la actualidad, a la clase dominante le conviene más contar con una oposición de izquierda combativa, encargada de desviar la ira de los explotados hacia callejones sin salida, que con una izquierda encargada de gestionar los asuntos del capitalismo (como lo hizo, por ejemplo, la «Izquierda Plural» en la época del gobierno de Jospin, entre 1997 y 2002).

Dicho esto, los mensajes de la gran mayoría de los partidos burgueses contra la «violencia de la extrema izquierda» no tienen únicamente una finalidad política inmediata. Detrás de la equiparación de la violencia ejercida por la extrema derecha con la de la extrema izquierda, hay una preparación ideológica de cara a las futuras luchas proletarias. En estas luchas, la clase obrera no podrá prescindir del uso de la violencia. Desde un punto de vista histórico, el acto de derrocamiento del capitalismo, la revolución proletaria mundial, será necesariamente violento y armado frente a una clase burguesa que, como ya ocurrió en el pasado (pensemos, por ejemplo, en la represión de la Comuna de París en 1871), no dudará en desatar la violencia más feroz y las peores masacres para conservar su poder. Pero incluso en las luchas obreras defensivas dentro del capitalismo, los proletarios no podrán evitar recurrir a la violencia de clase frente a la represión policial o a los ataques de las milicias a sueldo de los explotadores. Se enfrentarán entonces a los discursos «democráticos» que se apresurarán a denunciar la «violencia de todos los bandos», preferentemente cuando esa violencia sea obra de los explotados.

Además, las organizaciones comunistas que defiendan dentro de la clase obrera la perspectiva de la revolución mundial serán calificadas de «organizaciones violentas», o incluso «terroristas», para justificar la represión, el encarcelamiento y el asesinato de sus militantes. Desde hoy, la intransigencia de las posiciones de la Izquierda Comunista, el rechazo por parte de esta corriente —de la que forma parte la CCI— a cualquier compromiso con las formaciones burguesas o a un «apoyo crítico» a estas, son denunciadas como «prueba» de que las verdaderas organizaciones revolucionarias pertenecen a esa «ultraizquierda violenta» de la que forma parte, entre otros, la Jeune Garde. Los militantes comunistas no tienen nada que ver con los gritones adeptos a la «pelea» que reclutan los grupos «antifa».

Dicho esto, la amenaza probablemente más peligrosa para la clase obrera no proviene de esos discursos, sino del discurso opuesto: el discurso antifascista. La historia ha demostrado en numerosas ocasiones que el antifascismo es un veneno mortal para el proletariado. Es totalmente normal que los proletarios se defiendan contra las hordas fascistas, hordas que se basan en las ideologías y prácticas más repugnantes, xenófobas, racistas, supremacistas y llenas de odio hacia la clase obrera. Uno de los ejemplos de tal actitud es el de los proletarios de Italia, con el apoyo del Partido Comunista, a principios de la década de 1920[1]. Pero esta defensa de los bastiones proletarios (en aquella época se trataba, en particular, de las bolsas de trabajo y los periódicos obreros) contra los ataques de las bandas de Mussolini se basaba fundamentalmente en la solidaridad y la movilización del proletariado para la defensa de sus intereses de clase, sin ningún tipo de compromiso con las fuerzas de la burguesía. De hecho, el Partido Comunista de Italia (dirigido en ese momento por la Izquierda de Bordiga) era muy consciente del peligro de que la lucha contra esa escoria de la sociedad que es el fascismo apelara a una alianza de todos los «antifascistas», de todos los sectores «democráticos», una alianza que conduce inevitablemente al proletariado a abandonar su terreno de clase para pasar al de la burguesía.

Los ejemplos de tal desastre para la clase obrera son numerosos, pero el período que precedió a la Segunda Guerra Mundial es, sin duda, el más significativo. La Guerra Civil Española de 1936 a 1939 vio cómo la organización más combativa del proletariado de ese país, la Confederación Nacional del Trabajo anarcosindicalista (CNT), se alió con las demás organizaciones antifascistas (socialistas, radicales, estalinistas, etc.), incluso participando en el Gobierno de la República burguesa, y ello en detrimento de los intereses de la clase obrera, que fue movilizada como carne de cañón en defensa de esa República la cual, en mayo de 1937, bajo la dirección de los estalinistas, se entregó a la masacre de los obreros insurgentes de Barcelona a quienes los ministros anarquistas habían llamado a deponer las armas. Y eso no fue más que un primer paso hacia una tragedia mucho más considerable, la Segunda Guerra Mundial, en la que fueron reclutados por decenas de millones los explotados de los países «democráticos» en nombre del mismo antifascismo. Y lo peor de esta tragedia es que no pudo desembocar en una nueva ola revolucionaria como ocurrió durante la Primera Guerra Mundial, y esto, en gran parte, gracias a la ideología democrática antifascista, ya que la derrota del «bando fascista» se presentó como una «victoria» para los proletarios, con la contribución destacada de los partidos estalinistas en países como Francia e Italia.

Hoy en día, Mélenchon y La France Insoumise, que se arriesgan a perder votos en las próximas elecciones al seguir apoyando a la Jeune Garde antifascista, tienen como objetivo principal presentarse como los «antifascistas» más decididos y combativos frente al auge de la extrema derecha del Rassemblement National de Le Pen y Bardella. Y, en caso de que este partido gane las próximas elecciones presidenciales, LFI pretende ocupar el lugar de principal partido de oposición. En cuanto a grupos como la Jeune Garde, que basan su ideología en el antifascismo, no pueden sino servir a los intereses de la burguesía, aunque sus miembros se imaginen a sí mismos como combatientes de la revolución. La polarización en torno al «peligro fascista», la voluntad de enfrentarse a los grupos de extrema derecha, el deseo de «aplastar a los fascistas» (que se hace eco del deseo de «aplastar a los izquierdistas» de los matones fascistoides) constituyen en realidad una desviación de la verdadera lucha del proletariado, de un proletariado que debe ser consciente de que sus enemigos principales no son los sectores de la derecha y la extrema derecha que muestran abiertamente su vocación antiobrera. El principal enemigo de la clase obrera son los sectores «democráticos», cuya misión es adormecer a los proletarios para que acepten los sacrificios exigidos por la burguesía, desarmarlos cuando emprenden la lucha contra los ataques capitalistas y, finalmente, entregarlos a la represión de las fuerzas armadas del Estado capitalista. Y en tal situación, no faltan ejemplos de una estrecha colaboración entre los partidos «democráticos», en particular los de «izquierda», y las bandas de matones de extrema derecha, como ocurrió durante la revolución en Alemania en 1919, donde el gobierno socialdemócrata recurrió a los «Cuerpos Francos», futuras tropas de choque del nazismo, para asesinar a los proletarios y a los militantes comunistas, en particular a esas dos figuras luminosas de la revolución que fueron Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht.

Hoy, la verdadera preparación del proletariado para los futuros enfrentamientos revolucionarios no pasa por la formación de grupos o partidos «antifascistas». Estos grupos, entre los que hay que incluir también a todos los de la corriente trotskista, no tienen otra utilidad que desviar las luchas del proletariado hacia callejones sin salida y, en última instancia, hacia la parálisis ante la represión. La única preparación real para las luchas revolucionarias no es de carácter militar, como imaginan muchos jóvenes seducidos por el radicalismo heroico de estos grupos, sino de carácter político. Es la preparación que la Izquierda Comunista ha promovido pacientemente: la denuncia de las trampas tendidas por todos los sectores políticos de la burguesía, la necesidad de que el proletariado de todos los países conserve en todas las circunstancias su independencia de clase, el desarrollo de su conciencia y de su solidaridad internacionalista.

FM

Para el recuerdo:

«… para los proletarios que se dejan entretener por ridículas marchas callejeras, por plantaciones de árboles de la libertad, por frases grandilocuentes de abogados, habrá primero agua bendita, luego insultos, y finalmente metralla, y siempre miseria». (Auguste Blanqui, «El brindis de Londres», 25 de febrero de 1851)


 


[1] Véase, por ejemplo, al respecto el estudio titulado «El Partido Comunista de Italia frente a la ofensiva fascista (1921–1924)», publicado por la revista Programme Communiste (órgano de la corriente «bordiguista» de la Izquierda Comunista). Este documento cita, en particular, a un dirigente bordiguista para quien «el peor producto del fascismo fue el antifascismo».

Francia
Antifascismo
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