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Ante la guerra, las masacres, la explotación, la miseria… ¿Cómo cambiar el mundo?

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El mundo se está convirtiendo en un gran cementerio. Desde hace varias semanas, Oriente Medio vuelve a ser escenario de una guerra devastadora. Después de Gaza, ahora son Líbano e Irán los que están sufriendo una lluvia de bombas lanzadas por los Estados de Israel y EE.UU., mientras que «los guardianes de la revolución» y Hezbolá lanzan cohetes, drones y misiles hacia los países vecinos. Bajo este diluvio, la población civil, tomada como rehén por las rivalidades imperialistas de todos los países beligerantes, intenta desesperadamente escapar de la muerte, vagando entre los escombros y ruinas, sorteando los cadáveres que salpican las calles de Teherán, Beirut y muchas otras ciudades.

Una barbarie sin límites…

Una gran parte de la humanidad está siendo hoy masacrada en todo el planeta. Según la ONU, en tres años, la guerra civil en Sudán ha causado «más de 200 000 muertos, ha desplazado a cerca de 14 millones de personas y ha provocado la peor crisis alimentaria mundial». En cuatro años, la guerra en Ucrania, con sus 500 000 a 600 000 muertos, entre militares y civiles, se erige como la peor masacre en el continente europeo desde la Segunda Guerra Mundial. Por todas partes, las guerras se generalizan, se extienden o están a punto de estallar, sin otra salida que la muerte, la destrucción y la desolación.

En cuanto a las naciones que no se ven directamente afectadas por enfrentamientos bélicos en su territorio, lo que se dispara son los gastos en armamento. En Francia, el presupuesto de las fuerzas armadas pasará de 32 000 millones en 2017 a más de 67 000 millones en 2030. ¡En Gran Bretaña, se trata del mayor aumento prolongado del gasto en defensa desde el fin de la Guerra Fría!

En un contexto de crisis económica mundial, el cáncer de la economía de guerra que lo devora todo se traduce en recortes en los presupuestos de salud, educación y cultura, en la militarización del trabajo que para los trabajadores significa ritmos infernales, plantillas reducidas y recortes salariales ante el vertiginoso aumento del precio de los alimentos, la energía… En todas partes, en todos los países, la burguesía llama a aceptar estos sacrificios en nombre del interés superior de la nación y de la paz.

… y callejones sin salida

¡No debemos aceptar esto! Nuestro mundo tiene la capacidad de alimentar, alojar, vestir y cuidar a toda la humanidad respetando al mismo tiempo el medio ambiente. Tenemos los conocimientos y la tecnología para ello. En cambio, todas las fuerzas sociales se ven arrastradas a la destrucción: la burguesía manda y la clase obrera paga las consecuencias en todo el mundo. ¡Así que hay que luchar! Pero, ¿cómo?

En marzo se celebraron inmensas manifestaciones en EE.UU. y España bajo las consignas «No Kings» y «contra la guerra». Miles de personas sinceramente indignadas se han reunido contra los horrores de este mundo. En realidad, han caído en una trampa: la burguesía sabe que una parte cada vez mayor de la clase obrera se plantea la cuestión de cómo luchar. Por eso ofrece sus falsas respuestas y empuja a muchos de los que quieren actuar hacia callejones sin salida.

La del «pacifismo», por ejemplo, que desvía la indignación de los trabajadores contra la barbarie de la guerra hacia una dulce melodía de defensa de la libertad y la paz… en el capitalismo. Como si este sistema de explotación y represión pudiera existir sin guerra. La historia demuestra, por el contrario, que la lógica del pacifismo siempre conduce a la guerra. Así fue como esta ideología sirvió de justificación a la socialdemocracia para participar en la Primera Guerra Mundial. Porque se trataba, supuestamente, de un conflicto impuesto por «los otros», los «belicistas», los «bárbaros». En resumen, había que dejarse reclutar a su vez para defender la «democracia», la «civilización» y la «paz».

Y luego está la democracia, otra baza de la burguesía, «una forma de capitalismo que traería felicidad, prosperidad y paz… pero que la dictadura querría destruir».[1] En realidad, la democracia es igual de bárbara: las bombas nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki, el napalm en Vietnam, la tortura con electricidad en Argelia… estos horrores son crímenes cometidos por las grandes democracias. De izquierda, de derecha, democráticos o autoritarios, todos los Estados capitalistas masacran, torturan, expulsan, encarcelan, matan de hambre…

Desde 1914, la guerra y su preparación ocupan el centro de la vida del capitalismo decadente. El sistema capitalista solo sobrevive a los estragos de la competencia mediante una mayor explotación de la clase obrera. No tiene otra opción que ofrecer al proletariado que la de una nación en guerra contra otra, que la de una potencia económica en competencia con las demás, que la de un lado de la frontera contra el otro. ¡El capitalismo es la guerra! ¡Y la explotación es muerte y miseria!

Un único camino: la lucha de clases

Para contrarrestar esta dinámica moribunda, debemos luchar y oponernos a todos los sacrificios que nos exige la burguesía. Es a través de nuestras luchas, como clase explotada, como podremos crear una relación de fuerzas favorable frente a la clase dominante: opongamos la solidaridad de clase a la defensa de un sector frente a otro, opongamos la solidaridad de clase a la defensa de un Estado frente a otro. Debemos derribar este sistema en descomposición: la revolución proletaria mundial es la única alternativa al capitalismo bárbaro.

En todas partes, la clase obrera está siendo atacada. En todas partes, tiene los mismos intereses. En todas partes, tiene la misma lucha que librar, la misma solidaridad que desarrollar, más allá de las fronteras.

Pero es en los países industrializados de Europa y América del Norte, allí donde estalla la dinámica militarista, allí donde la clase obrera tiene la mayor experiencia histórica, allí donde se enfrenta desde hace décadas a las trampas de la democracia, al sabotaje de los sindicatos «libres», es en estos países donde nació el capitalismo donde la clase obrera debe mostrar el camino al proletariado de todo el mundo, emprendiendo una lucha consciente, solidaria y decidida contra la burguesía y las condiciones de vida espantosas que esta impone.

El capitalismo conduce a la humanidad a la muerte; solo la revolución proletaria mundial ofrece una alternativa para salir de este sistema decadente y bárbaro. La consigna del Manifiesto del Partido Comunista es más actual que nunca: «Los proletarios no tienen patria. ¡Proletarios de todos los países, uníos!»

Julie, 13 de abril de 2026


 


[1] «El pacifismo prepara la guerra», Revolución Internacional n.º 195 (1990). En francés

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