Bordiga y la Gran Ciudad

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"Las luces brillantes, la gran ciudad, se han subido a la cabeza de mi bebé" –Canción de Jimmy y Mary Reed, 1961

Introducción

Este artículo se escribe en medio de la crisis mundial del Covid-19, una asombrosa confirmación de que estamos viviendo la fase terminal de la decadencia capitalista. La pandemia, que es producto de la relación profundamente distorsionada entre la humanidad y el mundo natural bajo el reinado del capital, pone de relieve el problema de la urbanización capitalista que los revolucionarios anteriores, en particular Engels y Bordiga, han analizado con cierta profundidad. Aunque hemos examinado sus contribuciones sobre esta cuestión en artículos anteriores de esta serie[[1]], parece oportuno, volver a plantear la cuestión. También nos acercamos al 50 aniversario de la muerte de Bordiga, en julio de 1970, por lo que el artículo también puede servir como parte de nuestro homenaje a un comunista cuyo trabajo valoramos mucho, a pesar de nuestros desacuerdos con muchas de sus ideas. Con este artículo, comenzamos un nuevo "volumen" de la serie sobre el comunismo, específicamente dirigido a examinar las posibilidades y problemas de la revolución proletaria en la fase de descomposición capitalista.

La revolución frente a la descomposición capitalista

En una parte anterior de esta serie, publicamos varios artículos en los cuales se analizaba la manera en que los partidos comunistas surgidos durante la gran oleada revolucionaria de 1917-23 habían tratado de llevar el programa comunista de lo abstracto a lo concreto -para formular una serie de medidas que debían tomar los consejos obreros en el proceso de toma del poder de las manos de la clase capitalista[[2]]. Y pensamos que sigue siendo perfectamente válido que los revolucionarios se planteen la pregunta: ¿Cuáles serían los fundamentos del programa que la organización comunista del futuro -el partido mundial- se vería obligada a presentar en un auténtico auge revolucionario? ¿Cuáles serían las tareas más urgentes a las que se enfrentaría la clase obrera cuando se dirige hacia la toma del poder político a escala mundial? ¿Cuáles serían las medidas clave (políticas, económicas y sociales) a ser implementadas por la dictadura del proletariado, que sigue siendo la condición política previa necesaria para la construcción de una sociedad comunista?

Los movimientos revolucionarios de 1917-23, como la guerra imperialista mundial que los impulsó, fueron una prueba clara de que el capitalismo había entrado en su "época de revolución social", de decadencia[3]. En adelante, el progreso e incluso la supervivencia de la humanidad se verían cada vez más amenazados a menos que se superara la relación social capitalista a escala mundial. En este sentido, los objetivos fundamentales de una futura revolución proletaria, están en plena continuidad con los programas que se plantearon al inicio del período de decadencia. Pero este período ha durado ya más de un siglo y, desde nuestro punto de vista, las contradicciones acumuladas durante este siglo han abierto una fase terminal de la decadencia capitalista, la fase que llamamos de descomposición, en la que la continuación del sistema capitalista contiene el creciente peligro de que se socaven las condiciones mismas para una futura sociedad comunista[4]. Esto es particularmente evidente a nivel "ecológico": en 1917-23, los problemas planteados por la contaminación y la destrucción del medio ambiente natural estaban mucho menos desarrollados que en la actualidad. El capitalismo ha distorsionado tanto el "intercambio metabólico" entre el hombre y la naturaleza, que, como mínimo, una revolución victoriosa tendría que dedicar una enorme cantidad de recursos humanos y técnicos simplemente para limpiar el desorden que el capitalismo nos habrá legado. Del mismo modo, todo el proceso de descomposición, que ha exacerbado la tendencia a la atomización social, a la actitud del "cada uno para sí" inherente a la sociedad capitalista, dejará una huella muy perjudicial en los seres humanos que tendrán que construir una nueva comunidad basada en la asociación y la solidaridad. También hay que recordar una lección de la Revolución Rusa: dada la certeza de que la burguesía resistirá con todas sus fuerzas frente a la revolución proletaria, la victoria de ésta implicará una guerra civil que podría causar daños incalculables, no sólo en términos de vidas humanas y mayor destrucción ecológica, sino también a nivel de conciencia, ya que el terreno militar no es en absoluto el más propicio para el florecimiento de la auto organización, la conciencia y la moral proletaria. En Rusia en 1920, el Estado soviético salió victorioso en la guerra civil, pero el proletariado había perdido en gran medida el control sobre él. Así pues, al tratar de comprender los problemas de la sociedad comunista "tal como surge de la sociedad capitalista; que por lo tanto, en todos los aspectos: económico, moral e intelectual, todavía está estampada con las marcas de nacimiento de la vieja sociedad de cuyo vientre surge”[[5]], debemos reconocer que estas marcas de nacimiento serán probablemente mucho más feas y potencialmente más dañinas que en los días de Marx e incluso de Lenin. Así, las primeras fases del comunismo no serán un idílico despertar en una mañana de mayo, sino un largo e intenso trabajo de reconstrucción a partir de las ruinas.  Este reconocimiento deberá pasar por nuestra comprensión de todas las tareas del período de transición, aunque sigamos basando nuestras anticipaciones del futuro en la convicción de que el proletariado puede efectivamente llevar a cabo su misión revolucionaria, a pesar de todo.

El contexto histórico del "Programa inmediato de la revolución" de Bordiga

A lo largo de esta extensa serie, hemos tratado de entender el desarrollo del proyecto comunista como el fruto de la experiencia histórica real de la lucha de clases y de la reflexión sobre esa experiencia por parte de las minorías más conscientes del proletariado. Y en este artículo queremos proceder con este método histórico, intentando elaborar una versión actualizada de los "programas inmediatos" de 1917-23, que, a su vez, se ha convertido en parte de la historia del movimiento comunista. Nos referimos al texto escrito por Amadeo Bordiga en 1953 y publicado en Sul Filo del Tempo, "El programa inmediato de la revolución", que ya hemos mencionado en un artículo anterior de esta serie[[6]] con la promesa de volver a él con más detalle. En nuestra opinión, es esencial que cualquier intento futuro de formular un "programa inmediato" de este tipo se base en los puntos fuertes de estos esfuerzos anteriores, a la vez que se critican radicalmente sus debilidades. El texto completo, que tiene el mérito de ser muy sucinto, es el que sigue.

1.         Con el resurgimiento del movimiento que se produjo a escala mundial después de la Primera Guerra Mundial y que se expresó en Italia con la fundación del PCI, quedó claro que la cuestión más apremiante era la toma del poder político, el cual el proletariado no podía lograr por medios legales, sino a través de la violencia; que la mejor oportunidad para alcanzar ese fin era la derrota militar del propio país, y que la forma política después de la victoria, debía ser la dictadura del proletariado, que, a su vez, es la primera condición previa para la siguiente tarea de derrocamiento socioeconómico.

2.         El "Manifiesto Comunista" señaló claramente que las diferentes medidas deben ser tomadas lo más gradualmente posible y "despóticamente" -porque el camino hacia el comunismo completo es muy largo- en dependencia del nivel de desarrollo de las fuerzas productivas en el país en el que el proletariado alcance primero la victoria, y de acuerdo con la rapidez con que esta victoria se extienda a otros países. Designa las medidas que en 1848 estaban a la orden del día para los países avanzados y subraya que no deben tratarse como un socialismo completo sino como pasos que deben identificarse como preliminares, inmediatos y esencialmente "contradictorios".

3.         Más tarde, en algunos países, muchas de las medidas consideradas en ese momento como las de la dictadura proletaria fueron aplicadas por la propia burguesía: por ejemplo, la educación pública gratuita, un banco nacional, etc.

Este fue uno de los aspectos que engañó a quienes no seguían una teoría fija, sino creían que se requería un desarrollo ulterior perpetuo como resultado del cambio histórico.

El hecho de que la propia burguesía haya tomado estas medidas específicas, no significa que las leyes y predicciones exactas sobre la transición del modo de producción capitalista al socialista tengan que ser cambiadas en toda su configuración económica, política y social; sólo significa que las primeras etapas postrevolucionarias, las etapas inferiores y la etapa superior final del socialismo (o comunismo total) son todavía períodos precedentes, lo que significa que la economía de transición será algo más fácil.

1.         El rasgo distintivo del oportunismo clásico era hacer creer que el Estado democrático burgués podía llevar a cabo todas estas medidas de principio a fin si sólo el proletariado ejercía suficiente presión, y que incluso era posible llevarlas a cabo de manera legal. Sin embargo, estas diversas "correcciones" -en la medida en que eran compatibles con el modo de producción capitalista- fueron en ese caso en interés de la supervivencia del capitalismo, y su aplicación sirvió para posponer su colapso, mientras que las que no eran compatibles naturalmente no se aplicaron.

2.         Con su fórmula de una democracia popular cada vez más desarrollada, en el contexto de la constitución parlamentaria, el oportunismo contemporáneo ha asumido un deber diferente y más malvado.

No sólo hace creer al proletariado que un Estado que se sitúa por encima de las clases y los partidos es capaz de llevar a cabo algunas de sus propias tareas fundamentales (es decir, difunde el derrotismo con respecto a la dictadura, como la socialdemocracia antes de esta), despliega a las masas que organiza en luchas por acuerdos sociales "democráticos y progresistas", en oposición diametral a los que el poder proletario se ha fijado como objetivo desde 1848 y en el "Manifiesto".

1.         Nada ilustra mejor la magnitud total de este retroceso que una lista de las medidas a tomar tras la toma del poder en un país del Occidente capitalista. Después de un siglo estas "correcciones" son diferentes de las enumeradas en el "Manifiesto", sin embargo sus características son las mismas.

2.         Una lista de estas demandas se ve así:

1.         "Desinversión de capital": se asigna a los medios de producción una proporción menor en relación con los bienes de consumo.

2.         "Aumento de los costos de producción" de tal manera que -mientras existan los salarios, el dinero y el mercado- se intercambie más remuneración por menos tiempo de trabajo.

3.         "Reducción drástica del tiempo de trabajo" -por lo menos a la mitad, ya que el desempleo y las actividades socialmente inútiles y perjudiciales pronto serán cosas del pasado.

4.         Una reducción de la masa de lo producido mediante un "plan de subproducción", es decir, la concentración de la producción en lo necesario, así como una "regulación autoritaria del consumo" mediante la cual se combate la promoción de bienes de consumo inútiles, perjudiciales y de lujo y se prohíben violentamente las actividades que propagan una mentalidad reaccionaria.

5.         Rápida "disolución de los límites de la empresa" por la que las decisiones sobre la producción no se asignan a la fuerza de trabajo, sino que el nuevo plan de consumo determina lo que se debe producir.

6.         "Rápida abolición de los servicios sociales", en virtud de la cual las limosnas de caridad características de la producción de mercancías se sustituyen por una provisión social (mínima inicial) para los incapacitados para trabajar.

7.         "Congelación de la construcción" en los anillos de viviendas y lugares de trabajo en torno a las ciudades grandes y pequeñas a fin de que la población se distribuya cada vez más equitativamente en toda la superficie terrestre del país. Con la prohibición del transporte innecesario, la limitación del tráfico y la velocidad del transporte.

8.         "Una lucha decisiva contra la especialización profesional" y la división social del trabajo mediante la eliminación de toda posibilidad de hacer carrera o de obtener un título.

9.         Medidas inmediatas políticamente determinadas para poner las escuelas, la prensa, todos los medios de comunicación e información, así como todo el espectro de la cultura y el entretenimiento bajo el control del Estado comunista.

2. No es de extrañar que los estalinistas y sus afines, junto con sus partidos en Occidente, exijan hoy precisamente lo contrario, no sólo en lo que respecta a los objetivos "institucionales" y también político-jurídicos, sino incluso en lo que respecta a los objetivos "estructurales", es decir, socioeconómicos.

La causa de ello es su coordinación con el partido que preside el Estado ruso y sus países hermanos, donde la tarea de la transformación social sigue siendo la de la transición de las formas pre capitalistas al capitalismo: Con todas las correspondientes demandas y pretensiones ideológicas, políticas, sociales y económicas en su equipaje, apuntando hacia un cénit burgués; se alejan con horror solamente de un nadir medieval.

Sus compinches occidentales siguen siendo nauseabundos renegados en la medida en que el peligro feudal (que sigue siendo material y real en las zonas insurgentes de Asia) es inexistente y falso en lo que respecta al hinchado supercapitalismo del otro lado del Atlántico, y para los proletarios que se estancan bajo su nervio civilizado, liberal y nacionalista es una mentira.

El texto fue publicado el año siguiente a la escisión del Partido Comunista Internacionalista que se había formado en Italia durante la guerra tras una importante oleada de luchas obreras[[7]]. Sin embargo, la escisión -como la disolución del grupo de Marc, la Gauche Communiste de France, que también tuvo lugar en 1952- fue una expresión del hecho de que, en contra de las esperanzas de muchos revolucionarios, la guerra no había dado lugar a un nuevo auge proletario sino a la profundización de la contrarrevolución. Los desacuerdos entre los "Damenistas" y los "Bordiguistas" del Partito Comunista Internazionalista de Italia se debieron en parte a las diferentes apreciaciones del período de posguerra. Bordiga y sus seguidores tendían a comprender mejor el hecho de que el período era de creciente reacción[[8]]. Y sin embargo, aquí tenemos a Bordiga formulando una lista de demandas que serían más adecuadas para un momento de lucha revolucionaria abierta. Este texto aparece así, más como una especie de experimento de pensamiento que como una plataforma para ser tomada por un movimiento de masas. Esto podría explicar, en cierta medida, algunas de las debilidades y lagunas más evidentes del documento, aunque en un sentido más profundo son el producto de contradicciones e inconsistencias que ya estaban incrustadas en la visión del mundo de los Bordiguistas.

Leyendo las observaciones que introducen y concluyen el texto, también podemos ver que fue escrito como parte de una polémica más amplia contra lo que los bordiguistas describen como las corrientes "reformistas"; en particular los estalinistas, esos falsos herederos de la tradición de Marx, Engels y Lenin. La principal razón por la que los bordiguistas calificaron a los partidos comunistas oficiales como reformistas no fue tanto que compartieran las ilusiones de los trotskistas, de que éstos seguían siendo organizaciones obreras, sino más bien porque los estalinistas se habían vuelto cada vez más partidarios de formar frentes nacionales con los partidos burgueses tradicionales y abogaban por una "transición" gradual al socialismo mediante la formación de "democracias populares" y diversas coaliciones parlamentarias. Contra estas aberraciones, Bordiga reafirma los fundamentos del Manifiesto Comunista que toma como punto de partida la necesidad de la conquista violenta del poder por el proletariado (en retrospectiva, también podemos señalar aquí el abismo que separa a Bordiga de muchos que "hablan en su nombre", en particular las corrientes de "comunización" que a menudo citan a Bordiga pero que se atragantan ante su insistencia en la necesidad de la dictadura proletaria y de un partido comunista). Al mismo tiempo, aún con la vista puesta en los estalinistas, Bordiga deja claro que aunque las medidas "transitorias" específicas defendidas al final del segundo capítulo del Manifiesto de 1848 -el creciente impuesto progresivo sobre la renta, la formación de un banco estatal, el control estatal de las comunicaciones y las industrias clave, etc.- pueden constituir la espina dorsal del programa económico de los "reformistas", no deben considerarse como verdades eternas: el propio Manifiesto subrayaba que "no deben tratarse como un socialismo completo, sino como pasos que deben identificarse como preliminares, inmediatos y esencialmente contradictorios", y que correspondían al bajo nivel de desarrollo capitalista en el momento de su elaboración; y de hecho bastantes de ellos ya han sido implementados por la propia burguesía.

Se le podría perdonar que tome esto como una refutación de la invariabilidad, la idea de que el programa comunista ha permanecido esencialmente inalterado desde al menos 1848. De hecho, Bordiga castiga a los estalinistas porque ellos "no seguían una teoría fija, sino que creían que se requería un desarrollo ulterior perpetuo como resultado del cambio histórico". Y de nuevo, argumenta que sus "correcciones" propuestas para el programa inmediato "son diferentes de las enumeradas en el 'Manifiesto'; sin embargo, sus características son las mismas". Encontramos esto contradictorio y no convincente. Si bien es cierto que ciertos elementos clave del programa comunista, como la necesidad de la dictadura proletaria, no cambian, la experiencia histórica ha aportado, en efecto, profundos desarrollos en la comprensión de cómo puede surgir esta dictadura y las formas políticas que la compondrán. Esto no tiene nada que ver con el "revisionismo" de los socialdemócratas, los estalinistas u otros que pueden haber usado la excusa de "cambiar con los tiempos" para justificar su deserción del campo proletario.

Numerosos inconvenientes pero algunas ventajas importantes

Examinando las "correcciones" de Bordiga a las medidas propuestas por el Manifiesto, también se le podría perdonar que sólo viera sus debilidades, principalmente:

  • A pesar de todas las lecciones de los movimientos revolucionarios de 1905-23, no hay ninguna indicación en absoluto de las formas del poder político proletario más adecuadas para llevar a cabo la transición al comunismo. Ninguna referencia a los soviets, ningún intento de construir sobre ejemplos como el programa del KPD de 1918 que pone especial énfasis en la necesidad de desmantelar las instituciones del estado burgués, locales y centrales, e instalar en su lugar el poder de los consejos obreros; ninguna lección extraída de la degeneración de la Revolución Rusa sobre la relación entre partido y clase, o partido y Estado. De hecho, la única mención de cualquier forma de poder político después de la revolución es el "Estado comunista", una atroz contradicción en los términos, como el artículo anterior de esta serie argumentaba a través de las contribuciones de Marc Chirik [[9]]. Una vez más, nos encontramos aquí con las debilidades subyacentes de la "doctrina" bordiguista: las formas de organización no son importantes, lo que importa es el contenido inyectado por el partido, que está destinado a ejercer la dictadura del proletariado en nombre de las masas. Además, mientras que Bordiga tiene razón al insistir en el punto 5 en que la producción y el consumo se basarán en un plan global, el hecho de que ignore la cuestión de cómo la clase obrera tomará y mantendrá el poder en sus propias manos a todos los niveles, desde el más local hasta el más global, implica una visión de centralización de arriba a abajo. Esto es más evidente con el párrafo que trata de las esferas de la educación y la cultura, donde se defiende claramente una especie de monopolio estatal. Podemos contrastar esto con el punto de vista de Trotsky de que el Estado postrevolucionario debe tener un enfoque "anarquista" en la cuestión del arte y la cultura, con lo que quiso decir que el Estado debe interferir lo menos posible en las cuestiones de estilo, gusto o creatividad artística, y no debe exigir que todo el arte sirva como propaganda para la revolución. En términos más generales, hay pocos indicios en su lista de medidas, de la necesidad de una vasta lucha política, moral y cultural para superar los hábitos y actitudes heredados no sólo del capitalismo sino de miles de años de sociedad de clases. Habla de la necesidad de luchar contra "la especialización profesional y la división social del trabajo", pero tal lucha exige algo más que la prohibición de los títulos, mientras que el llamamiento a eliminar "la posibilidad de hacer carrera" sólo tiene sentido en el contexto de una reorganización total de la producción y la eliminación del sistema salarial.
  • Bordiga era perfectamente consciente de que la abolición de "los salarios, el dinero y el mercado" es una característica central del comunismo [[10]], y sabemos que no será posible prescindir de todos ellos de la noche a la mañana. Pero aparte de abogar por "más remuneración por menos tiempo de trabajo", Bordiga no nos da ninguna indicación de las medidas que se pueden tomar -y que se han tomado desde el comienzo de la revolución- que conducirán a la eliminación de estas categorías clave del capitalismo. En este sentido, las correcciones de Bordiga no se basan en las propuestas de Marx en la Crítica del Programa Gotha, ni las critican coherentemente (el sistema de vales de tiempo de trabajo, al que tendremos que volver en otro artículo).

Sin embargo, el documento conserva un interés considerable para nosotros al tratar de comprender cuáles serían los principales problemas y prioridades de una revolución comunista que tendría lugar no en los albores de la decadencia del capitalismo, como en 1917-23, sino después de todo un siglo en el que el deslizamiento hacia la barbarie ha seguido acelerándose, y la amenaza para la supervivencia misma de la humanidad es mucho mayor que hace cien años.

Los métodos de reconstrucción comunista

El documento de Bordiga no intenta hacer un balance de los éxitos y fracasos de la Revolución Rusa a nivel político, y de hecho sólo hace una referencia superficial a la oleada revolucionaria que siguió a la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, en un aspecto, trata de aplicar una importante lección de las políticas económicas adoptadas por los bolcheviques: las propuestas de Bordiga son pertinentes porque reconocen que el camino hacia la abundancia material y una sociedad sin clases no puede basarse en un programa de "acumulación socialista", en el que el consumo sigue estando sujeto a la "producción por la producción" (que en realidad es la producción por el valor), el trabajo vivo sujeto al trabajo muerto. Sin duda, la revolución comunista se ha convertido en una necesidad histórica porque las relaciones sociales capitalistas se han convertido en un grillete para el desarrollo de las fuerzas productivas. Pero desde el punto de vista comunista, el desarrollo de las fuerzas productivas tiene un contenido muy diferente de su aplicación en la sociedad capitalista, donde está impulsado por el afán de lucro y, por tanto, la urgencia de la acumulación. El comunismo ciertamente aprovechará plenamente los avances científicos y tecnológicos logrados bajo el capitalismo, pero los volcará al uso humano, para que se conviertan en servidores del verdadero "desarrollo" que plantea el comunismo: el pleno florecimiento de las fuerzas productivas, es decir, las fuerzas creativas de los individuos asociados. Un ejemplo bastará aquí: con el desarrollo de la informática y la robotización, el capitalismo nos ha prometido el fin de la monotonía y una "sociedad del ocio". En realidad, estos potenciales beneficios han traído la miseria del desempleo o el trabajo precario a algunos, y una mayor carga de trabajo a otros, con la creciente presión sobre los empleados para seguir trabajando en sus computadoras en cualquier lugar y a cualquier hora del día.

Concretamente, los primeros cuatro puntos de su programa incluyen: la exigencia de dejar de centrarse en la producción de máquinas para producir más máquinas, y la orientación de la producción hacia el consumo directo. En el capitalismo, por supuesto, esto último ha significado la producción de cada vez más "bienes de consumo inútiles, perjudiciales y lujosos", lo que se ejemplifica hoy en día en la producción de computadoras o teléfonos móviles cada vez más sofisticados que están diseñados para fallar después de un período limitado y no pueden ser reparados, o en las industrias inmensamente contaminantes del automóvil y la moda rápida, en las que la "demanda de los consumidores" es llevada al punto de frenesí por la publicidad y los medios sociales de información. Para la clase trabajadora en el poder, la reorientación del consumo se centrará en la necesidad urgente de proporcionar a todos los seres humanos, en todo el planeta, las necesidades fundamentales de la vida. Tendremos que volver a estas cuestiones en otros artículos pero podemos mencionar algunas de las más obvias:

  • Alimentación. El capitalismo en decadencia ha presentado a la humanidad una gigantesca contradicción entre las posibilidades de producir suficientes alimentos para todos y la desnutrición real y permanente que acecha a grandes partes del planeta, incluidos sectores de la población de los países más avanzados, mientras que tanto en los países centrales como en los más periféricos millones de personas sufren de obesidad y de una dieta de mala calidad mantenida deliberadamente por las empresas productoras y comercializadoras de alimentos, que también contribuyen enormemente a las emisiones mundiales de carbono, a la deforestación y a otras amenazas para la ecología mundial, como la contaminación plástica. El suministro mundial de agua también se ha convertido en un problema fundamental exacerbado por el calentamiento global. La clase trabajadora tendrá, por tanto, que alimentar al mundo pero sin recurrir a los métodos capitalistas que nos han llevado a este callejón sin salida, entre ellos la "agricultura industrial" contemporánea con su repugnante crueldad con los animales y su probable conexión con las enfermedades pandémicas. Tendrá que resolver el antagonismo entre la comida abundante y la comida sana. Y todo ello sobre la base de una transformación socioeconómica que no puede resolverse inmediatamente: una cosa es, por ejemplo, expropiar las grandes "agroindustrias" y las fuentes de producción de alimentos de propiedad estatal, otra es integrar a los pequeños agricultores o campesinos en la producción cooperativa y luego asociada, lo que llevará tiempo y hará imposible superar inmediatamente las relaciones de intercambio entre el sector socializado y los pequeños propietarios.
  • Vivienda: La falta de vivienda se ha hecho endémica en todos los países capitalistas, sobre todo en las ciudades del centro capitalista; millones de personas están hacinadas en los vastos barrios marginales que rodean las ciudades del "sur global" (y, una vez más, también en partes del "norte global"); y en las últimas décadas, la proliferación de la guerra y la destrucción ecológica ha creado un problema de refugiados de proporciones no vistas desde el final de la Segunda Guerra Mundial, con millones de personas que viven en condiciones desesperadas en campamentos que ofrecen poca protección contra los elementos ambientales, las enfermedades y todo tipo de explotación, incluidas las formas modernas de esclavitud. Al mismo tiempo, las grandes ciudades del mundo se han sumergido en un frenesí de edificación, dedicado principalmente a la especulación, apartamentos de lujo y actividades económicas que no tendrían cabida en una sociedad comunista. La expropiación a gran escala de esos edificios mal utilizados y mal concebidos, puede ofrecer una solución temporal a las peores expresiones de la falta de vivienda, pero a largo plazo la vivienda de la humanidad comunista no puede basarse en la reparación de un lote de viviendas ya inadecuado y cada vez más deteriorado, en el que los residentes están apretujados en compartimentos tipo jaula. El realojamiento de gran parte de la población mundial plantea un desafío mucho mayor: la superación de la contradicción entre la ciudad y el campo, que no tiene nada en común con la expansión sin trabas de las ciudades que estamos presenciando en esta fase del capitalismo. Volveremos a esto más adelante.
  • La salud: la salud, como concluye todo informe sobre salud pública, es una cuestión social, de clases. Los que están mal alimentados y mal alojados, con un acceso limitado a la atención sanitaria, mueren mucho antes que los que se alimentan bien, tienen una vivienda decente y pueden recibir un tratamiento médico adecuado cuando están enfermos. Sin embargo, la actual pandemia de Covid-19 está poniendo al descubierto los límites de todos los "servicios de salud" existentes, incluso en los países capitalistas más poderosos, entre otras cosas porque no pueden escapar a la lógica de la competencia entre las unidades capitalistas nacionales, mientras que una pandemia no respeta las fronteras nacionales y subraya la necesidad de algo que sólo puede ser una pesadilla para la "Gran Farmacia" y los Trumps de este mundo, pero también para esa versión izquierdista del nacionalismo que no quiere que veamos más allá de "nuestro Servicio Nacional de Salud": la medicina, la asistencia sanitaria y la investigación que no sea estatal, sino verdaderamente socializada, y no nacional sino "sin fronteras": en resumen, un servicio de salud planetario.

No querer desperdiciar

Pero al mismo tiempo, estas tareas realmente inmensas, que no son más que el punto de partida de una nueva cultura humana, no se pueden concebir como el resultado de un aumento brutal de la jornada laboral. Por el contrario, deben ir ligadas a una drástica reducción del tiempo de trabajo, sin la cual, hay que añadir, la participación directa de los productores en la vida política de las asambleas generales y consejos no será factible. Y esta reducción se logrará en gran medida mediante la eliminación del despilfarro: el despilfarro del desempleo y de "actividades socialmente inútiles y perjudiciales".

Ya en los inicios del capitalismo, en un discurso en Elberfeld en 1845, Engels estigmatizó la forma en que el capitalismo no podía evitar un terrible mal uso de la energía humana e insistió en que sólo una transformación comunista podía resolver el problema.

 

"Desde el punto de vista económico, la actual organización de la sociedad es seguramente la más irracional y poco práctica que podemos concebir. La oposición de intereses tiene como resultado que una gran cantidad de la fuerza de trabajo sea utilizada de manera que la sociedad no gane nada, y que una cantidad sustancial de capital se pierda innecesariamente sin reproducirse. Ya lo vemos en las crisis comerciales; vemos cómo masas de mercancías, todas ellas producidas por los hombres con gran esfuerzo, se tiran a precios que causan pérdidas a los vendedores; vemos cómo masas de capital, acumuladas con gran esfuerzo, desaparecen ante los ojos de sus propietarios como resultado de las quiebras. Sin embargo, discutamos el comercio actual con un poco más de detalle. Consideren a través de cuántas manos debe pasar cada producto antes de que llegue al consumidor real. Consideren, caballeros, ¡cuántos intermediarios, especuladores superfluos y estafadores se han metido entre el productor y el consumidor! Tomemos, por ejemplo, un fardo de algodón producido en América del Norte. La bala pasa de las manos del plantador a las del agente en alguna estación del Mississippi y viaja por el río hasta Nueva Orleans. Aquí se vende -por segunda vez, porque el agente ya lo ha comprado al plantador- vendido, bien podría ser, al especulador, que lo vende una vez más, al exportador. La bala viaja ahora a Liverpool donde, una vez más, un especulador codicioso extiende sus manos hacia ella y la agarra. Este hombre la cambia entonces a un comisionista que, asumamos, es un comprador de una casa alemana. Así pues, la bala viaja a Rotterdam, a orillas del Rin, a través de otra docena de manos de transportistas, siendo descargada y cargada una docena de veces, y sólo entonces llega a las manos, no del consumidor, sino del fabricante, que primero la convierte en un artículo de consumo, y que tal vez vende su hilo a un tejedor, que dispone lo que ha tejido al impresor textil, que luego hace negocios con el mayorista, que luego trata con el minorista, que finalmente vende la mercancía al consumidor. Y todos esos millones de estafadores intermediarios, especuladores, agentes, exportadores, comisionistas, transportistas, mayoristas y minoristas, que en realidad no aportan nada al producto en sí -todos quieren vivir y obtener ganancias- y también lo hacen, en promedio, de lo contrario no podrían subsistir. Caballeros, ¿no hay otra forma más sencilla y barata de traer una bala de algodón de América a Alemania y de hacer llegar el producto fabricado con ella a las manos del verdadero consumidor, que este complicado negocio de diez veces vender y cien veces cargar, descargar y transportar de un almacén a otro? ¿No es éste un ejemplo sorprendente del múltiple desperdicio de la fuerza de trabajo provocado por la divergencia de intereses? Tal forma tan complicada de transporte está fuera de discusión en una sociedad racionalmente organizada. Siguiendo nuestro ejemplo, así como se puede saber fácilmente cuánto algodón o productos manufacturados de algodón necesita una colonia individual, será igualmente fácil para la autoridad central determinar cuánto necesitan todas las aldeas y municipios del país. Una vez elaboradas esas estadísticas -lo que puede hacerse fácilmente en uno o dos años- el consumo medio anual sólo cambiará en proporción al aumento de la población; por lo tanto, en el momento oportuno es fácil determinar de antemano la cantidad de cada artículo concreto que la gente necesitará; toda la gran cantidad se pedirá directamente a la fuente de suministro; será entonces posible adquirirlo directamente, sin intermediarios, sin más demora y descarga de lo que realmente requiere la naturaleza del viaje, es decir, con un gran ahorro de mano de obra; no será necesario pagar a los especuladores, a los comerciantes grandes y pequeños, su rastrillaje. Pero esto no es todo -de esta manera estos intermediarios no sólo se hacen inofensivos para la sociedad, sino que, de hecho, se hacen útiles para ella. Mientras que ahora realizan en perjuicio de todos los demás un tipo de trabajo que es, en el mejor de los casos, superfluo pero que, sin embargo, les permite ganarse la vida, incluso en muchos casos con grandes riquezas, y si, por lo tanto, en la actualidad perjudican directamente el bien común, quedarán entonces en libertad para realizar un trabajo útil y asumir una ocupación en la que puedan demostrar que son miembros reales, y no meramente aparentes, falsos miembros, de la sociedad humana, y participantes en su actividad como conjunto”[[11]].

Engels enumera a continuación otros ejemplos de este despilfarro: la necesidad, en una sociedad basada en la competencia y la desigualdad, de mantener instituciones sumamente costosas pero totalmente improductivas, como los ejércitos permanentes, las fuerzas de policía y las prisiones; el trabajo humano que se dedica a servir lo que William Morris denominó "el sucio lujo de los ricos"; y por último, pero no por ello menos importante, el enorme despilfarro de mano de obra que genera el desempleo, que alcanza niveles particularmente escandalosos durante las periódicas crisis "comerciales" del sistema. A continuación, contrasta el derroche del capitalismo con la simplicidad esencial de la producción y distribución comunista, que se calcula sobre la base de lo que los seres humanos necesitan y el tiempo total necesario para el trabajo que satisfará esta necesidad.

Todos estos sufrimientos capitalistas, observables durante el período de crecimiento y expansión del capitalismo, se han vuelto mucho más destructivos y peligrosos durante la época de decadencia del capitalismo: la guerra y el militarismo se han apoderado cada vez más de todo el aparato económico, y constituyen una amenaza tan grande para la humanidad que ciertamente es una de las prioridades más urgentes que enfrentará la dictadura proletaria (una que Bordiga no menciona, aunque la "era atómica" ya había aparecido claramente en el momento de escribir este texto) será librar al planeta de las armas de destrucción masiva acumuladas por el capitalismo, sobre todo porque no hay garantía de que, ante su derrocamiento definitivo por la clase obrera, la burguesía o facciones de ella prefieran destruir a la humanidad que sacrificar su dominio de clase.

Un capitalismo militarizado también sólo puede operar a través del crecimiento canceroso del Estado, con su propio ejército permanente de burócratas, policías y espías. Los servicios de seguridad, en particular, se han hinchado hasta alcanzar proporciones gigantescas, al igual que su contra imagen, las bandas mafiosas que imponen su orden brutal en muchos países de la periferia capitalista.

Del mismo modo, la decadencia capitalista, con su vasto aparato bancario, financiero y publicitario, que es más esencial que nunca para la circulación de las mercancías realmente producidas, ha inflado enormemente el número de personas que participan en formas fundamentalmente inútiles de la actividad diaria; y las sucesivas olas de "globalización" han hecho aún más evidentes los absurdos que implica la circulación planetaria de mercancías, por no hablar de su creciente coste a nivel ecológico. Y la cantidad de trabajo dedicado a las demandas de lo que hoy se llama "super ricos" no es menos chocante que en los tiempos de Engels -no sólo en su inagotable necesidad de sirvientes sino también en su sed de lujos verdaderamente inútiles como jets privados, yates y palacios. Y en el polo opuesto, en una época en la que la crisis económica del sistema ha tendido a hacerse permanente, el desempleo es menos un azote cíclico que permanente, incluso cuando se disfraza a través de la proliferación de empleos a corto plazo y del subempleo. En el llamado tercer mundo, la destrucción de las economías tradicionales ha dado lugar a algunas zonas de desarrollo capitalista intensivo, pero también ha creado un gigantesco "subproletariado" que vive la existencia más precaria como habitantes de chabolas en las poblaciones de África o las "favelas" de Brasil y toda América Latina.

Así, Bordiga -aunque no era coherente en su comprensión de la decadencia del sistema- había comprendido que la implementación del programa comunista en esta época no significa avanzar hacia la abundancia a través de un proceso muy rápido de industrialización, como los bolcheviques habían tendido a suponer, dadas las condiciones "atrasadas" que se enfrentaban en Rusia después de 1917. Ciertamente, requerirá el desarrollo y la aplicación de las tecnologías más avanzadas, pero inicialmente tomará la forma de un desmantelamiento planificado de todo lo que es dañino e inútil en el aparato de producción existente, y una reorganización mundial de los recursos humanos reales que el capitalismo continuamente despilfarra y destruye.

El movimiento comunista de hoy -aunque haya tardado en reconocer la magnitud del problema- no puede ayudar sin ser consciente del costo ecológico del desarrollo capitalista en el siglo pasado, y sobre todo desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Para nosotros es más evidente que para los bolcheviques, que no podemos llegar al comunismo a través de los métodos de la industrialización capitalista, que sacrifican tanto la fuerza de trabajo humana, como la riqueza natural a las exigencias de la ganancia, al ídolo del valor auto expandido. Ahora entendemos que una de las principales tareas que enfrenta el proletariado, es la de detener la amenaza de un calentamiento global galopante y aclarar el gigantesco desorden que el capitalismo nos habrá legado: la destrucción gratuita de los bosques y las tierras vírgenes, el envenenamiento del aire, la tierra y el agua por el sistema de producción y transporte existente. Algunas partes de esta "herencia" requerirán muchos años de paciente investigación y trabajo para superar la contaminación de los mares y la cadena alimenticia por los residuos plásticos, que es sólo un ejemplo. Y como ya hemos mencionado, la satisfacción de las necesidades más básicas de la población mundial (alimentación, vivienda, salud, etc.) tendrá que ser coherente con este proyecto global de armonización entre el hombre y la naturaleza.

El mérito de Bordiga es que ya tomó conciencia de este problema a principios de los años 50: su intuición de lo central de esta dimensión se muestra sobre todo en su posición sobre el problema de las "grandes ciudades", que está plenamente en consonancia con el pensamiento de Marx y especialmente de Engels.

Romper las megalópolis

La ciudad y la civilización derivan de las mismas raíces, histórica y etimológicamente. A veces el término "civilización" se extiende de nuevo para incluir la totalidad de la cultura y la moral humana[[12]]; en este sentido los cazadores-recolectores de Australia o África también constituyen una civilización. Pero no hay duda de que la transición a la vida en las ciudades, que es la definición de civilización más utilizada, representó un desarrollo cualitativo en la historia de la humanidad: un factor de avance de la cultura y de registro de la propia historia, pero también los comienzos definitivos de la explotación de las clases y del Estado. Incluso antes del capitalismo, como muestra Weber, la ciudad es también inseparable del comercio y la economía del dinero[[13]]. Pero la burguesía es la clase urbana por excelencia, y las ciudades medievales se convirtieron en los centros de resistencia a la hegemonía de la aristocracia feudal, cuya riqueza se basaba sobre todo en la propiedad de la tierra y la explotación de los campesinos. El proletariado moderno no es menos que una clase urbana, formada a partir de la expropiación de los campesinos y la ruina de los artesanos. Conducida a las zonas conurbanas construidas apresuradamente de Manchester, Glasgow o París; fue aquí donde la clase obrera se dio cuenta por primera vez de que era una clase distinta, opuesta a la burguesía, y comenzó a concebir un mundo más allá del capitalismo.

En el plano de la relación del hombre con la naturaleza, la ciudad presenta el mismo aspecto dual: el centro del desarrollo científico y tecnológico, abriendo el potencial de liberación de la escasez y la enfermedad. Pero este creciente "dominio de la naturaleza", que tiene lugar en condiciones de alienación del hombre de sí mismo y de la naturaleza, es también inseparable de la destrucción de la naturaleza y de una serie de catástrofes ecológicas. Así, la decadencia de las culturas de las ciudades sumerias o mayas se ha explicado como el resultado de que la ciudad se extralimitó, agotando el medio circundante de bosques y agricultura, cuyo colapso asestaba terribles golpes a la arrogancia de las civilizaciones que habían empezado a olvidar su íntima dependencia de la naturaleza. Así también las ciudades, en la medida en que presionaron a los seres humanos a juntarse como sardinas, no lograron resolver el problema básico de la eliminación de residuos, e invirtieron las relaciones seculares entre los seres humanos y los animales, se convirtieron en el caldo de cultivo de plagas como la Peste Negra en el período de decadencia feudal o el cólera y el tifus que asolaron las ciudades industriales del capitalismo temprano. Pero, de nuevo, hay que considerar el otro lado de la dialéctica: la burguesía en ascenso fue capaz de entender que las enfermedades que atacan a sus esclavos asalariados también podían llegar a las puertas de los capitalistas y socavar todo su edificio económico. De este modo, pudo comenzar y llevar a cabo asombrosas proezas de ingeniería en la construcción de sistemas de alcantarillado que siguen funcionando hoy en día, mientras que se aplicaron conocimientos médicos en rápida evolución para la eliminación de formas de enfermedad hasta ahora crónicas.

En la obra de Federico Engels en particular, podemos encontrar los elementos fundamentales para una historia de la ciudad desde un punto de vista proletario. En El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, traza la disolución de las antiguas "gens", la organización tribal basada en los lazos de parentesco, a la nueva organización territorial de la ciudad, que marca la división irreversible en clases antagónicas y con ella el surgimiento del poder estatal, cuya tarea es evitar que estas divisiones desgarren la sociedad. En La condición de la clase obrera en Inglaterra, dibuja un cuadro de las infernales condiciones de vida del joven proletariado, la suciedad y la enfermedad cotidiana de los barrios bajos de Manchester, pero también el empuje a la conciencia de clase y la organización que, al final, desempeñarán el papel decisivo de obligar a la clase dirigente a conceder reformas significativas a los trabajadores.

En dos obras posteriores, El Anti-Duhring y La Cuestión de la Vivienda, Engels se embarca en un debate sobre la ciudad capitalista en una fase en la que el capitalismo ya ha triunfado en el corazón de Europa y los EE.UU. y está a punto de conquistar el mundo entero. Y es notable que ya concluye que las grandes ciudades se han extralimitado y tendrán que desaparecer para cumplir la exigencia del Manifiesto Comunista: la abolición de la separación entre la ciudad y el campo. Cabe recordar que en la década de 1860, Marx también estaba cada vez más preocupado por el impacto destructivo de la agricultura capitalista en la fertilidad del suelo, y señaló, en la obra de Liebig, que la aniquilación de la cubierta forestal en algunas partes de Europa estaba repercutiendo en el clima, aumentando las temperaturas locales y disminuyendo las precipitaciones[[14]]. En otras palabras: así como Marx percibió los signos de la decadencia política de la clase burguesa después de su aplastamiento de la Comuna de París y, en su correspondencia con los revolucionarios rusos hacia el final de su vida, buscaba la manera de que las regiones donde el capitalismo aún no había triunfado plenamente pudieran evitar el purgatorio del desarrollo capitalista; tanto él como Engels habían empezado a preguntarse si, en lo que concernía al capitalismo, ya era suficiente[[15]]. ¿Quizás ya se habían sentado las bases materiales para una sociedad comunista mundial, y un mayor "progreso" para el capital tendría un resultado cada vez más destructivo? Sabemos que el sistema, a través de su expansión imperialista en las últimas décadas del siglo 19º, prolongaría su vida por varias décadas más y proporcionaría la base para una fase asombrosa de crecimiento y desarrollo, llevando a algunos elementos del movimiento obrero a cuestionar el análisis marxista de la inevitabilidad de la crisis y la decadencia capitalista, sólo para que las contradicciones no resueltas del capital explotaran a la vista en la guerra de 1914-18 (que Engels también había anticipado). Pero las preguntas de búsqueda sobre el futuro que habían empezado a plantearse precisamente cuando el capitalismo había llegado a su cénit eran perfectamente válidas en ese momento y son más relevantes hoy en día.

En "La transformación de las relaciones sociales", Revista Internacional 85, examinamos cómo los revolucionarios del siglo XIX -en particular Engels, pero también Bebel y William Morris- habían argumentado que el crecimiento de las grandes ciudades ya había llegado al punto en que la abolición del antagonismo entre la ciudad y el campo se había convertido en una necesidad real, por lo que la expansión de las grandes ciudades debe llegar a su fin en favor de una mayor unidad entre la industria y la agricultura y una distribución más uniforme de las viviendas humanas en toda la Tierra. Era una necesidad no sólo para resolver problemas acuciantes como la eliminación de desechos y la prevención del hacinamiento, la contaminación y las enfermedades, sino también como base para un ritmo de vida más humano en armonía con la naturaleza.

En "Damen, Bordiga y la pasión por el comunismo", Revista Internacional 158[16], mostramos que Bordiga -quizás más que cualquier otro marxista del siglo 20º- se había mantenido fiel a este aspecto esencial del programa comunista, citando por ejemplo su artículo de 1953 "Espacio contra cemento"[[17]], que es una polémica apasionante contra las tendencias contemporáneas de la arquitectura y el urbanismo (un área en la que el propio Bordiga estaba profesionalmente calificado), que fueron impulsadas por la necesidad del capital de acumular el mayor número posible de seres humanos en espacios cada vez más restringidos, una tendencia tipificada por la rápida construcción de torres de bloques supuestamente inspiradas en las teorías arquitectónicas de Le Corbusier. Bordiga es despiadado con los proveedores de la ideología moderna de planificación urbana:

"Cualquiera que aplauda tales tendencias no debe ser considerado sólo como defensor de las doctrinas, ideales e intereses capitalistas, sino como cómplice de las tendencias patológicas de la etapa suprema del capitalismo en decadencia y disolución" (¡no hay dudas sobre la decadencia aquí, entonces!). En otra parte del mismo artículo afirma:

"Verticalismo", se llama esta doctrina deformada; el capitalismo es verticalista. El comunismo será 'horizontalista". Y al final del artículo anticipa con alegría el día en que "los monstruos de cemento serán ridiculizados y suprimidos" y las "ciudades gigantes desinfladas" para "hacer la densidad de la vida y el trabajo uniformes sobre la tierra habitable".

En otro trabajo, "La especie humana y la corteza terrestre"[[18]], Bordiga cita extensamente la obra de Engels Sobre la Cuestión de la Vivienda, y no podemos evitar la tentación de hacer lo mismo. Esto es de la última sección del panfleto, donde Engels culpa al seguidor de Proudhon, Mülberger, por afirmar que es utópico por querer superar el "inevitable" antagonismo entre la ciudad y el campo:

"La abolición de la antítesis entre la ciudad y el campo no es ni más ni menos utópica que la abolición de la antítesis entre los capitalistas y los trabajadores asalariados. Día a día se está convirtiendo cada vez más en una demanda práctica de la producción industrial y agrícola. Nadie ha exigido esto con más energía que Liebig en sus escritos sobre la química de la agricultura, en los que su primera exigencia siempre ha sido que el hombre devuelva a la tierra lo que toma de ella, y en los que demuestra que sólo la existencia de las ciudades, y en particular de las grandes ciudades, lo impide. Cuando se observa cómo sólo aquí en Londres se vierte cada día al mar una cantidad de estiércol mayor que la que produce todo el reino de Sajonia, con un gasto de enormes sumas, y cuando se observa los colosales trabajos que son necesarios para evitar que este estiércol envenene a todo Londres, entonces la propuesta utópica de abolir la antítesis entre la ciudad y el campo recibe una base peculiarmente práctica. Y hasta el Berlín comparativamente insignificante se ha estado revolcando en su propia mugre por lo menos durante treinta años.

Por otra parte, es completamente utópico querer, como Proudhon, transformar la sociedad burguesa actual manteniendo al campesino como tal. Sólo una distribución lo más uniforme posible de la población en todo el país, sólo una conexión integral entre la producción industrial y la agrícola, junto con la extensión, por tanto necesaria, de los medios de comunicación -presuponiendo la abolición del modo de producción capitalista- podría salvar a la población rural del aislamiento y el estupor en el que ha vegetado casi sin cambios durante miles de años"[[19]].

Se sugieren varias líneas de pensamiento en este pasaje, y Bordiga es muy consciente de ellas. En primer lugar, Engels insiste en que la superación del antagonismo entre la ciudad y el campo está íntimamente ligada a la superación de la división general del trabajo capitalista -un tema desarrollado más adelante en el Anti-Dühring, en particular la división entre el trabajo mental y manual que parece tan insalvable en el proceso de producción capitalista. Ambas separaciones, nada menos que la división entre el capitalista y el trabajador asalariado, son indispensables para el surgimiento de un ser humano completo. Y contrariamente a los esquemas de los retrógrados proudhonistas, la abolición de la relación social capitalista no implica la preservación de la propiedad a pequeña escala de los campesinos o artesanos; trascendiendo las divisiones ciudad-campo, industria-agricultura, se rescatará al campesino del aislamiento y la vegetación intelectual tanto como liberará a los habitantes de la ciudad del hacinamiento y la contaminación.

En segundo lugar, Engels plantea aquí, como en otros lugares, el simple pero a menudo evitado problema de los excrementos humanos. En sus primeras formas "salvajes", las ciudades capitalistas casi no previeron el tratamiento de los desechos humanos, y muy rápidamente pagaron el precio en la generación de enfermedades epidémicas, en particular la disentería y el cólera, flagelos que todavía persisten en las chabolas de la periferia capitalista, donde es notoria la ausencia de medios básicos de higiene. La construcción de la red de alcantarillado representó sin duda un paso adelante en la historia de la ciudad burguesa. Pero el simple hecho de eliminar los desechos humanos es en sí mismo una forma de desecho, ya que podría ser utilizado como un fertilizante natural (como de hecho lo fue en la historia anterior de la ciudad).

Mirando hacia atrás al Londres o Manchester de la época de Engels, uno podría decir fácilmente: pensaban que estas ciudades ya habían crecido demasiado, demasiado separadas de su entorno natural. ¿Qué habrían hecho con los modernos avatares de estas ciudades? La ONU ha estimado que alrededor del 55% de la población mundial vive actualmente en grandes ciudades, pero si el crecimiento actual de las ciudades continúa, esta cifra aumentará a alrededor del 68% en 2050[[20]].

Este es un verdadero ejemplo de lo que Marx ya postuló en los Grundrisse: "el desarrollo como decadencia", y Bordiga fue previsor al ver esto en el período de reconstrucción después de la Segunda Guerra Mundial. Los antropólogos que buscan definir la apertura del período de lo que llaman la "Era Antropocena" (que básicamente significa la era en la que la actividad humana ha tenido un impacto fundamental y cualitativo en la ecología del planeta), suelen remontarse a la expansión de la industria moderna a principios del siglo XIX, en resumen, a la victoria del capitalismo. Pero algunos de ellos también hablan de una "Gran Aceleración" que tuvo lugar después de 1945, y podemos ver que el monstruo se aceleró aún más después de 1989 con el ascenso de China y otros países "en desarrollo".

Las consecuencias de este crecimiento son bien conocidas: la contribución de la megalópolis al calentamiento global mediante la construcción sin obstáculos, el consumo de energía y las emisiones de la industria y el transporte, que también hacen que el aire sea irrespirable en muchas ciudades (ya señalado por Bordiga en "La especie humana y la corteza terrestre": "En cuanto a la democracia burguesa, se ha rebajado tanto que ha renunciado a la libertad de respirar"). La propagación incontrolada de la urbanización ha sido un factor primordial en la destrucción de los hábitats naturales y en la extinción de especies; y por último, pero no menos importante, las mega ciudades han revelado su papel como incubadoras de nuevas enfermedades pandémicas, la más mortífera y contagiosa de las cuales -Covid-19- está en el momento de escribir este artículo, paralizando la economía mundial y dejando un rastro mundial de muerte y sufrimiento. De hecho, las dos últimas "contribuciones" probablemente se han unido en la epidemia de Covid-19, que es una de las numerosas en las que un virus ha saltado de una especie a otra. Esto se ha convertido en un problema importante en países como China y en muchas partes de África, donde los hábitats de los animales están siendo destruidos, lo que ha dado lugar a una considerable expansión del consumo de "carne de animales salvajes", y donde las nuevas ciudades, construidas para servir al frenesí de crecimiento económico de China, tienen mínimos controles de higiene.

Superar el antagonismo

En la lista de medidas revolucionarias que figura en el artículo de Bordiga, el punto 7 es el más relevante para el proyecto de abolir el antagonismo entre la ciudad y el campo:

"‘Congelación de la construcción’ en los anillos de viviendas y lugares de trabajo alrededor de las grandes y pequeñas ciudades con el fin de distribuir la población cada vez más equitativamente en toda la superficie terrestre del país. Con la prohibición del transporte innecesario, la limitación del tráfico y la velocidad del transporte".

Este punto parece especialmente contemporáneo hoy en día, cuando prácticamente todas las ciudades son el teatro de una implacable elevación "vertical" (la construcción de enormes rascacielos, sobre todo en los centros de las ciudades) y de una extensión "horizontal", que se come el campo circundante. La demanda es simplemente esta: detenerse. La hinchazón de las ciudades y la concentración insostenible de la población dentro de ellas es el resultado de la anarquía capitalista y, por lo tanto, esencialmente no es planificada, ni centralizada. La energía humana y las posibilidades tecnológicas que actualmente están comprometidas en este crecimiento canceroso deben, desde el principio del proceso revolucionario, ser movilizadas en una dirección diferente. Aunque la población mundial ha crecido considerablemente desde que Bordiga calculó, en Espacio contra Cemento, que "en promedio nuestra especie tiene un kilómetro cuadrado por cada veinte de sus miembros"[[21]], sigue existiendo la posibilidad de una distribución mucho más racional y armoniosa de la población en todo el planeta, incluso teniendo en cuenta la necesidad de preservar grandes zonas de tierras vírgenes, necesidad que se comprende mejor hoy en día porque se ha establecido científicamente la inmensa importancia de preservar la biodiversidad en todo el planeta, pero era algo que ya había previsto Trotsky en Literatura y Revolución[[22]].

El significado de la abolición del antagonismo ciudad-campo fue distorsionada por el estalinismo: pavimentar sobre todo, construir "cuarteles de trabajadores" y nuevas fábricas sobre cada campo y bosque. Para el comunismo auténtico significará cultivar campos y plantar bosques en medio de las ciudades, pero también que las comunidades viables pueden ubicarse en una asombrosa variedad de lugares sin destruir todo lo que les rodea, y no estarán aisladas porque tendrán a su disposición los medios de comunicación que el capitalismo ha desarrollado efectivamente, a una velocidad desconcertante. Engels ya se había referido a esta posibilidad en "La Cuestión de la Vivienda" y Bordiga la retoma en "El espacio contra el cemento":

"Las formas de producción más modernas, que utilizan redes de estaciones de todo tipo, como las centrales hidroeléctricas, las comunicaciones, la radio, la televisión, dan cada vez más una disciplina operacional única a los trabajadores dispersos en pequeños grupos a lo largo de enormes distancias. El trabajo combinado permanece, en tejidos cada vez más grandes y maravillosos, y la producción autónoma desaparece cada vez más. Pero la densidad tecnológica mencionada anteriormente está disminuyendo constantemente. La aglomeración urbana y productiva permanece, por lo tanto, no por razones dependientes de lo óptimo de la producción, sino por la durabilidad de la economía de la ganancia y la dictadura social del capital".

La tecnología digital, por supuesto, ha avanzado aún más este potencial. Pero bajo el capitalismo, el resultado general de la "revolución de Internet" ha sido acelerar la atomización del individuo, mientras que la tendencia a "trabajar desde casa" -particularmente puesta de relieve por la crisis del Covid-19 y las medidas de aislamiento social que la acompañan- no ha reducido en absoluto la tendencia a la aglomeración urbana. El conflicto entre, por un lado, el deseo de vivir y trabajar en asociación con otros y, por otro, la necesidad de encontrar un espacio en el que moverse y respirar, sólo puede resolverse en una sociedad en la que el individuo ya no esté en desacuerdo con la comunidad.

Reducir su velocidad

Al igual que con la construcción de viviendas humanas, lo mismo ocurre con la loca carrera del transporte moderno: ¡deténgase, o al menos, reduzca la velocidad!

Aquí de nuevo, Bordiga se adelanta a su tiempo. Los métodos de transporte capitalista por tierra, mar y aire, basados en su inmensa mayoría en la quema de combustibles fósiles, representan más del 20% de las emisiones mundiales de dióxido de carbono[[23]], mientras que las ciudades se han convertido en una de las principales fuentes de enfermedades cardíacas y pulmonares, que afectan especialmente a los niños. El número de muertes anuales en el mundo por accidentes de tráfico asciende a la asombrosa cifra de 1,35 millones, más de la mitad de los cuales son usuarios "vulnerables" de las carreteras: peatones, ciclistas y motociclistas[[24]]. Y estas son solo algunas de las más obvias desventajas del actual sistema de transporte. El ruido constante que genera cala los nervios de los habitantes de la ciudad, y la subordinación del urbanismo a las necesidades del automóvil (y de la industria automovilística, tan central en la economía capitalista existente) produce ciudades que están infinitamente fragmentadas, con zonas residenciales divididas entre sí por el incesante flujo de tráfico. Mientras tanto, la atomización social, una característica esencial de la sociedad burguesa y de la ciudad capitalista en particular, no sólo se ilustra sino que se refuerza por el solitario propietario y conductor de un automóvil que compite por el espacio vial con millones de almas igualmente separadas.

Por supuesto, el capitalismo ha tenido que tomar medidas para tratar de mitigar los peores efectos de todo esto: "compensación de emisiones de carbono" para balancear el exceso de vuelos, "calmar el tráfico" y los paseos sin coches en los centros de las ciudades, el paso al coche eléctrico.

Ninguna de estas "reformas" se acerca a la solución del problema porque ninguna de ellas aborda la relación social capitalista que se encuentra en su raíz. Tomemos el coche eléctrico por ejemplo: la industria automovilística “lo ha visto escrito en la pared” y tiende a cambiar cada vez más hacia esta forma de transporte. Pero incluso dejando de lado el problema de la extracción y eliminación del litio necesario para las baterías, o la necesidad de aumentar la producción de electricidad para alimentar estos vehículos -todo lo cual tiene un costo ecológico sustancial- una ciudad llena de vehículos eléctricos sería marginalmente más silenciosa y algo menos contaminada, pero aun así sería peligroso caminar por ella y con riesgo de ser atropellados en las esquinas.

Es posible que el comunismo haga un uso extensivo (aunque sin duda no exclusivo) de los vehículos eléctricos. Pero el verdadero problema está en otra parte. El capitalismo necesita operar a una velocidad vertiginosa porque el tiempo es dinero y el transporte se rige por las necesidades de la acumulación, que incluye el tiempo de "rotación" y por lo tanto el transporte en sus cálculos generales. El capitalismo está igualmente impulsado por la necesidad de vender el mayor número posible de productos, de ahí la constante presión para que cada individuo tenga su propia posesión personal -de nuevo tipificada por el coche privado que se ha convertido en un símbolo de riqueza y prestigio personal- la clave del "libre tránsito” en una era de incesantes atascos de tráfico.

El ritmo de vida en las ciudades actuales es mucho mayor (incluso con los atascos) que en la segunda parte del siglo XIX, pero en Mujer y socialismo, publicado por primera vez en 1879, August Bebel ya esperaba con impaciencia la ciudad del futuro, donde "el ruido angustioso, la aglomeración y el ajetreo de nuestras grandes ciudades con sus miles de vehículos de todo tipo cesa sustancialmente: la sociedad asume un aspecto de mayor reposo" (p. 300)[25].

Las prisas y la congestión que hacen que la vida en la ciudad sea tan estresante sólo pueden superarse cuando se ha suprimido el impulso de acumular, en favor de una producción planificada para distribuir libremente los valores de uso necesarios. En la elaboración de las redes de transporte del futuro, un factor clave será obviamente mantener al mínimo las emisiones de carbono y otras formas de contaminación, pero la necesidad de lograr un "mayor reposo", un cierto grado de paz y tranquilidad tanto para los residentes como para los viajeros, se tendrá ciertamente en cuenta en el plan general. Como hay mucha menos presión para ir de A a B a la mayor velocidad posible, los viajeros tendrán más tiempo para disfrutar del viaje en sí: tal vez, en un mundo así, el caballo volverá a algunas partes de la tierra, los veleros al mar, los dirigibles al cielo, mientras que también será posible utilizar medios de transporte mucho más rápidos cuando sea necesario[[26]]. Al mismo tiempo, el volumen de tráfico se reducirá enormemente si se puede romper la adicción a la propiedad personal de los vehículos, y los viajeros pueden tener acceso a transporte público gratuito de diversos tipos (autobuses, trenes, barcos, taxis y vehículos de autoconducción sin propietario). También debemos tener en cuenta que, a diferencia de muchas ciudades capitalistas occidentales, donde la mitad de los apartamentos están ocupados por propietarios o inquilinos solteros, el comunismo será un experimento de formas de vida más comunales; y en tal sociedad viajar en compañía de otros puede convertirse en un placer más que en una carrera desesperada entre competidores hostiles.

También hay que tener en cuenta que muchos de los viajes que obstruyen el sistema de transporte, los que implican viajar a trabajos inútiles como los relacionados con las finanzas, los seguros o la publicidad, no tendrán cabida en una sociedad sin dinero. La hora pico diaria será cosa del pasado. Al mismo tiempo, la producción de objetos útiles puede rediseñarse y reubicarse para evitar la necesidad de transportar los productos a largas distancias, lo que en el capitalismo suele estar determinado únicamente por el objetivo de encontrar mano de obra menos remunerada u otras ventajas (para el capital) como la falta de reglamentación ambiental. Toda la producción y distribución de los valores de uso que necesitamos se reorganizará y ya no serán necesarios tantos viajes entre los lugares de producción y las viviendas.

Así, las calles de una ciudad donde el furioso rugido del tráfico se ha reducido a un ronroneo, recuperarán algunas de sus antiguas ventajas y usos, como por ejemplo, los parques infantiles.

Una vez más, no subestimamos la magnitud de las tareas involucradas aquí. Aunque la posibilidad de vivir de manera más comunal o asociada está contenida en la transición a un modo de producción comunista, los prejuicios egoístas que se han exacerbado enormemente por varios cientos de años de capitalismo, no desaparecerán de manera automática y, de hecho, a menudo operarán como serios obstáculos al proceso de comunización. Como dijo Marx,

"La propiedad privada nos ha hecho tan estúpidos y unilaterales que un objeto sólo es nuestro cuando lo tenemos, cuando existe para nosotros como capital o cuando lo poseemos directamente, lo comemos, bebemos, vestimos, habitamos, etc., en definitiva cuando lo usamos. Aunque la propiedad privada concibe todas estas realizaciones inmediatas de la posesión sólo como medios de vida, y la vida a la que sirven es la vida de la propiedad privada, el trabajo y la capitalización. Por lo tanto, todos los sentidos físicos e intelectuales han sido reemplazados por el simple distanciamiento de todos estos sentidos -el sentido de tener" (Manuscritos Económicos y Filosóficos de 1844, capítulo sobre "Propiedad privada y comunismo")[27].

Rosa Luxemburgo siempre sostuvo que la lucha por el socialismo no era sólo una cuestión de "pan y mantequilla", sino que "moralmente... la lucha de la clase obrera denota la renovación cultural de la sociedad"[[28]]. Este aspecto cultural y moral de la lucha de clases, y sobre todo la lucha contra el "sentido del tener", continuará sin duda durante la transición al comunismo.

CDW

 

[2] “1918: El programa del Partido Comunista Alemán, Revista Internacional 93, https://es.internationalism.org/revista-internacional/199802/1204/iii-1918-el-programa-del-partido-comunista-de-alemania  y “1919: el programa de la dictadura del proletariado” en Revista Internacional 95, https://es.internationalism.org/revista-internacional/199810/1187/v-1919-el-programa-de-la-dictadura-del-proletariado

“El programa del KAPD”, Revista Internacional 97, https://es.internationalism.org/revista-internacional/199904/1169/vii-1920-el-programa-del-kapd

 

 

[3] Hemos escrito muchos textos desarrollando esta noción fundamental para comprender la situación histórica que se arrastra desde hace más de un siglo y, en consecuencia, cuales son las tareas del proletariado. Ver por ejemplo, La decadencia : un concepto básico del marxismo https://es.internationalism.org/revista-internacional/200604/829/la-decadencia-un-concepto-basico-del-marxismo

[5] Marx, Crítica del Programa de Gotha.

[6] “Damen, Bordiga y la pasión por el comunismo”, ver nota 1.

[7] Debemos señalar que el texto fue adoptado como un "documento del partido" de la nueva organización en lugar de ser simplemente una contribución individual.

[8] Pero los Damenistas fueron mucho más claros sobre muchas de las lecciones de la derrota de la revolución rusa y las posiciones del proletariado en la fase decadente del capitalismo. Ver "Damen, Bordiga y la pasión por el comunismo".

[10] Ver “Damen, Bordiga...”, obra citada.

 

[13] Max Weber, La Ciudad, 1921.

 

[14] Ver Kohei Saito, El Ecosocialismo de Karl Marx, Nueva York, 2017.

[15] Sobre Marx y la cuestión Rusa, ver un artículo previo en esta serie, “El Marx maduro: Comunismo pasado y futuro”, Revista Internacional 81, https://es.internationalism.org/revista-internacional/199507/1824/xi-el-marx-de-la-madurez-comunismo-del-pasado-comunismo-del-futuro

[18] Il Programma Comunista, Núm. 6, 18 de diciembre, 1952, https://libcom.org/library/human-species-earths-crust-amadeo-bordiga

[26] Por supuesto, la gente puede seguir disfrutando de la emoción de viajar a una velocidad vertiginosa, pero tal vez en una sociedad racional tales placeres se obtendrán principalmente en pistas reservadas para ese propósito.

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El programa comunista en la fase de descomposición del capitalismo