Chalecos Amarillos: Violencia policial, disturbios, guerrilla urbana, saqueos.... ¡La verdadera causa del caos y la violencia es el capitalismo!

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El presidente de la República francesa, Emmanuel Macron, rompió su silencio dirigiéndose a los franceses el 10 de diciembre a las 20.00 horas por todos los canales de televisión: "francesas y franceses, aquí estamos para darnos cita ante nuestro país y nuestro futuro. Los acontecimientos de las últimas semanas (...) han mezclado reivindicaciones legítimas con un estallido de violencia inaceptable. (...) No habrá indulgencia para tal violencia. Ninguna cólera justifica que se ataque a un policía, a un gendarme; que se destroce un comercio o edificios públicos. (...) Cuando estalla la violencia, cesa la libertad. Por lo tanto, ha llegado el momento de que prevalezca la calma y el orden republicano. Haremos todo lo que esté en nuestro poder para hacerlo. (...) He dado al gobierno las instrucciones más rigurosas a tal efecto.

Pero, en el origen de todo esto, yo no olvido que hay cólera, indignación. Y esta indignación, muchos de nosotros, muchos franceses podemos compartirla (...) Pero esta rabia es más profunda, la considero justa en muchos aspectos, y puede ser nuestra oportunidad (...) Lo que está emergiendo son cuarenta años de malestar.

Probablemente no hemos sido capaces de dar una respuesta rápida y firme durante el último año y medio. Asumo mi parte de responsabilidad. Sé que he herido a algunos de ustedes en el pasado con mis palabras. (...) No volveremos al curso normal de nuestras vidas, como ha ocurrido con demasiada frecuencia en el pasado durante las crisis. Estamos en un momento histórico en nuestro país. También quiero que la nación se ponga de acuerdo consigo misma en lo que es su identidad profunda, que abordemos el tema de la inmigración". No hay duda, ningún “mantenimiento del orden republicano” justifica, en efecto, que los policías disparen con pistolas lanza - pelotas a escolares menores de edad (éstos sin cascos ni escudos), y cuyos traumas son mucho más profundos que los de los policías agredidos el sábado 1º de diciembre, delante de la tumba del soldado desconocido. Ningún "mantenimiento del orden republicano" justifica que la policía bombardee con granadas de gas lacrimógeno a manifestantes que marchan pacíficamente por la avenida de los Campos Elíseos, entre los que había personas mayores (muchas de ellas mujeres). Ningún "mantenimiento del orden republicano" justifica que se ampute la mano a adolescentes por la explosión de una granada ofensiva (un arma que no se usa en otros países europeos).

Cuando la violencia policial se ceba en adolescentes, sólo puede conducir a disturbios urbanos (como en 2005), sólo puede agravar el caos social. ¡La violencia sólo puede generar violencia! Disparar a adolescentes es un crimen. Si los funcionarios de la policía del "orden republicano" matan a chavales (como casi sucedió con un estudiante de instituto gravemente herido en una localidad del departamento de Loiret), significa que ese orden republicano no tiene ningún futuro que ofrecer a la humanidad. Esas violencias policiales infanticidas son despreciables, repugnantes. Ciertamente no es con la intimidación y las amenazas con lo que volverán la "calma" y la "paz social".

El discurso del Presidente de la República se dirige sólo a "las francesas y franceses", cuando en realidad muchos trabajadores que pagan sus impuestos no son ni francesas ni franceses. Nuestros antepasados no eran "galos"[1] sino africanos (¡le guste o no a la señora Le Pen!): África es la cuna de la especie humana, como tan bien lo saben los científicos, antropólogos y primatólogos. Sólo las iglesias siguen afirmando que Dios creó al hombre. Como dijo el filósofo Spinoza: "la ignorancia no es un argumento".

Macron declara el "estado de emergencia económica y social"

Todos los indicadores económicos vuelven a estar en números rojos. Diez años después de la crisis financiera de 2008, que agravó aún más la deuda soberana, planea de nuevo la amenaza de una nueva crisis financiera con el riesgo de un nuevo crac bursátil. Y ahora es cuando el "pueblo" se subleva, pues ha sido al "pueblo" al que todos los gobiernos han hecho pagar la crisis de 2008 con planes de austeridad en todos los países. Los proletarios han tenido que aceptar sacrificios adicionales para salir de la crisis "todos juntos" (desde 2008, la pérdida media de poder adquisitivo de los trabajadores es de 440 euros por familia). El Estado tenía que "protegernos" del riesgo de una cadena de quiebras de los bancos en los que el "pueblo" dejaba sus ahorrillos para poder asegurarse la vejez. Esos sacrificios, especialmente en lo que respecta al poder adquisitivo de las familias, debían permitir, dicen, restablecer el crecimiento y proteger el empleo.

Después de diez años de sacrificios para salvar a los bancos de la bancarrota y absorber el déficit presupuestario del Estado nacional, es normal que el "pueblo" ya no pueda llegar a fin de mes y se sienta indignado al ver a los "ricos" viviendo en la opulencia, mientras que los "pobres" ya no tienen suficiente dinero para llenar la nevera o comprar juguetes para sus hijos en Navidad.

De modo que sí: el Presidente tiene toda la razón al declarar un "estado de emergencia económica y social". Y le es absolutamente necesario que aparezcan nuevos "bomberos sociales" que apaguen el "fuego" de la lucha de clases, ya que las grandes centrales sindicales se han quemado bastante en su esmerado trabajo sucio de sabotaje de las luchas obreras reivindicativas, ayudando así al gobierno y a la patronal a hacer pasar sus ataques a nuestras condiciones de vida. Los "ricos" son aquellos que explotan la fuerza de trabajo de los "pobres" para sacar ganancia, plusvalía y mantener sus privilegios. Así lo explicó Karl Marx claramente en 1848 en el Manifiesto del Partido Comunista [2].

Para salir de la crisis del poder ejecutivo y abrir el "diálogo", "nuestro" Presidente anunció las siguientes medidas: aumento del salario mínimo en 100 euros al mes, anulación del aumento del CSG[3] para los pensionistas que reciben menos de 2.000 euros al mes, exención de impuestos por horas extras. También pidió a los patronos que puedan, que paguen primas de fin de año a sus empleados (también libres de impuestos). "Nuestro Presidente de la República en Marcha"[4] ha dado, por lo tanto, "un paso adelante". La lección que habría que sacar, pues, de todo esto sería que sólo los métodos "modernos" (y no los "anticuados") de lucha de los ciudadanos con "chaleco amarillo" son eficaces y pueden hacer "retroceder" al gobierno.

Por nuestra parte, seguimos siendo "anticuados", convencidos de que las bolas de petanca y otros proyectiles para contrarrestar el bombardeo intensivo de gases lacrimógenos son totalmente ineficaces y sólo pueden contribuir a la escalada de la violencia, al caos social y al fortalecimiento del Estado policial. La lucha de clases proletaria no es una “fronde”[5]. Las principales armas del proletariado siguen siendo su organización y su conciencia. Porque "cuando la teoría se apodera de las masas, se convierte en fuerza material", como también dijo Karl Marx. A diferencia del movimiento de los "chalecos amarillos", nuestra referencia "gala" no es la Revolución Francesa de 1789 (con su guillotina, su bandera tricolor y su himno nacional "anticuado"), sino la Comuna de París[6].

Caos social en Francia y crisis del poder ejecutivo

Desde el "sábado negro" del 1º de diciembre, los medios de comunicación nos han ofrecido en directo un verdadero thriller en todas las pantallas de televisión y redes sociales: ¿acabará el "Presidente de los ricos", Emmanuel Macron, "retrocediendo" bajo la presión del movimiento "chalecos amarillos"? ¿Cederá a la determinación de éstos que acampan en rotondas y peajes de autopistas siguiendo las consignas de Eric Drouet, protagonista e iniciador del movimiento?

La marcha de los "chalecos amarillos" por los Campos Elíseos el sábado 1º de diciembre se convirtió en una verdadera guerrilla urbana acabando en motín con alucinantes escenas de violencia bajo el Arco del Triunfo y en las avenidas Kleber y Foch del distrito XVI.

Dos semanas antes, el 17 de noviembre, las llamadas fuerzas del orden no habían dudado ya en lanzar gases lacrimógenos y en atacar a grupos de "ciudadanos", hombres y mujeres de chaleco amarillo, caminando tranquilamente por los Campos Elíseos cantando la Marsellesa y ondeando la bandera tricolor. Estas provocaciones policiales no hicieron más que suscitar la ira de los ciudadanos "chalecos amarillos" contra el ciudadano de traje y corbata del Elíseo. Y así el llamamiento a favor del "Tercer acto" de los "chalecos amarillos" acarreó una especie de emulación entre elementos desclasados del "pueblo" francés. Bandas organizadas de saqueadores profesionales, black-blocs, matones de extrema derecha, "anarcos" y otros misteriosos "casseurs" (“rompedores”) no identificados aprovecharon la oportunidad para sembrar destrozos a mansalva por la que llaman “avenida más hermosa del mundo”.

Pero el cebo que hizo estallar la pólvora fue un error en la "estrategia" del Ministerio del Interior para mantener el orden: el establecimiento de una "zona acotada" en parte de los Campos Elíseos para proteger los barrios ricos. Tras ese "sábado negro", el Ministro del Interior, Christophe Castaner, compungido, reconoció su error: “¡Metimos la pata!” También reconocieron otro error: la falta de movilidad de CRS[7] y gendarmes, completamente abrumados por la situación (a pesar de sus lanzas de agua y los disparos incesantes de lacrimógenas), aterrorizados por la paliza dada a uno de ellos y los proyectiles que recibían. Los medios de comunicación no cesaron de transmitir por las pantallas de televisión, durante toda la semana, esa escena improbable de unos CRS, obligados a retirarse frente a grupos de "chalecos amarillos" alrededor del Arco del Triunfo. Los comentarios grabados, que rara vez fueron difundidos por los medios de comunicación: "El próximo sábado, volveremos con armas", así como la cólera de los comerciantes y residentes de los barrios ricos contra la negligencia de las fuerzas policiales, sí que fueron claramente escuchados por el gobierno y toda la clase política. El peligro de que la República Francesa se sumergiera en el caos social se ha visto reforzado por la voluntad de una parte de la población de los distritos 16º y 8º de defenderse si la policía no fuera capaz de protegerla de la espiral de violencia durante la cuarta "manifestación" de los "chalecos amarillos" prevista para el sábado 8 de diciembre (IVº Acto tras esa consigna pueril de "¡Todos al Elíseo!”).

El acontecimiento más dramático de la crisis del poder ejecutivo es la pérdida de credibilidad del "Estado protector" y de su aparato de "mantenimiento del orden". Esa grieta en el poder macroniano (y la subestimación de la profundidad del descontento que ruge en las entrañas de la sociedad) sólo podría dar alas no sólo a "chalecos amarillos" "radicales", sino también a todos aquellos impacientes de "apalear policías", y prender fuego a todo lo que arde ante la falta de futuro, especialmente entre las generaciones más jóvenes que se enfrentan al desempleo y a la precariedad. Muchos jóvenes que abandonan las universidades con títulos universitarios no encuentran trabajo y se ven obligados a realizar "trabajillos chapuza" para sobrevivir.

Ante el riesgo de perder el control de la situación y de que el gobierno se desbarate, el presidente Macron, tras acudir a comprobar los estropicios y también para “levantar la moral de la tropa” a unos CRS conmocionados por la guerrilla urbana para la que no están muy entrenados, decidió encerrarse en su búnker elíseo para "reflexionar" “mojando”, de paso, a toda la clase política y mandando “al frente” a su primer ministro, Edouard Philippe, respaldado por el ministro del Interior, Christophe Castaner.

Además del ceño fruncido con el que se hizo ver el Presidente más joven de la República Francesa, apareció también como un pusilánime que "se escuda" tras su Primer Ministro, incapaz de salir de su escondrijo para "hablar a su pueblo". Los medios de comunicación difundieron incluso el rumor de que Emmanuel Macron iba a utilizar a Edouard Philippe, o también al Ministro del Interior, como "fusibles", es decir, dimitirlos y que cargaran ellos con los errores de él.

En toda la clase política, después del "sábado negro", fue el desfile contra su chivo expiatorio, Júpiter Macron[8], designado como el único responsable del caos social. El "presidente pirómano" habría encendido la hoguera con su "pecado original": la supresión del impuesto sobre el patrimonio y su actitud arrogante y provocadora. El anuncio de las últimas medidas de austeridad (subida de impuestos sobre el combustible, el gas y la electricidad) habría sido sólo la chispa que prendió fuego al polvorín. De la extrema derecha a la extrema izquierda, todas las camarillas burguesas echando pestes y tratando de quitarse responsabilidades. Todas esas camarillas del aparato político burgués que "han apoyado" el movimiento ciudadano "chalecos amarillos" han abandonado cobardemente al pequeño Presidente, conminándole a que por fin escuchara el grito de un "pueblo" que ya no puede llegar a fin de mes. Algunos han pedido un referéndum, otros la disolución de la Asamblea Nacional. Todos pidieron al Presidente que asumiera su responsabilidad. Los jefes de Estado de otros países (Trump, Erdogan, Putin...) también comenzaron a disparar fuego graneado contra el joven Presidente de la República Francesa colgándole el infamante sambenito ¡de haber reprimido con demasiada dureza a su pueblo!: o sea, ni más ni menos que lo de la paja en ojo ajeno y viga en el propio o viceversa, como diría el otro.

La caja de Pandora del gobierno de Macron

Ya el martes 3 de diciembre, el Primer Ministro anunció tres medidas para salir de la crisis, "apaciguar" la tensión social y evitar la escalada de la violencia: una suspensión de seis meses del impuesto sobre los carburantes, una suspensión de tres meses del aumento del gas y electricidad y una reforma de la inspección técnica de vehículos que, en nombre de la "transición ecológica", mandaba a muchos de ellos al chatarrero. Pero tal "novedad" lo único que logró fue incrementar el cabreo de los trabajadores pobres con chaleco amarillo. No engañaron a nadie: "¡Macron está tratando de jodernos!" "¡Nos toma por tontos!" No faltó ni el PCF para entonar su canción: "¡No somos palomitas a las que se les tiran migajas!" Un incendio no se puede extinguir con cuentagotas (ni con lanzas de agua).

Ante el clamor provocado por semejante "anuncio", el Primer Ministro Edouard Philippe volvió al día siguiente, con notable sangre fría, para dirigirse al "pueblo" francés y anunciar que, finalmente, las subidas de impuestos sobre los carburantes no se suspenderían, sino que simplemente se anularían. Tras el anuncio del último "paso atrás" del gobierno de la “República En Marcha” (la exención de impuestos sobre las horas extras), el, llamémosle, "chaleco verde" Benoit Hamon[9] afirmó que "¡así no salen las cuentas!” Al gobierno no le quedó otro remedio que soltar lastre para "calmar" los ánimos y evitar que la guerrilla urbana en los Campos Elíseos se intensificara aún más, sabiendo además que tal violencia no lograba desprestigiar el movimiento de los "chalecos amarillos".

Desde el "sábado negro", el gobierno ha manejado el palo y la zanahoria. Esas pequeñas concesiones “diplomáticas” han venido acompañadas de una gigantesca matraca mediática sobre el "excepcional" despliegue de la policía para encarar el "IVº Acto" de los "chalecos amarillos" el sábado 8 de diciembre. Para no deteriorar la "democracia" burguesa, el gobierno no prohibió la manifestación. Tampoco se trataba de declarar el estado de emergencia (tal como lo preveían e incluso exigían algunos sectores del sistema político).

Después de haber discutido el "problema" con todos los altos funcionarios encargados de la seguridad interior, el Ministro del Interior trató de tranquilizar a todos anunciando que se había elaborado otra estrategia de orden público en colaboración con el Ministerio de Justicia. La policía debía evitar echarse atrás tanto en la capital, como en el resto del país. No era necesario el estado de emergencia: no había "peligro inminente" para la República.

Lo que ha ocurrido en los barrios ricos de París, los saqueos en particular, se asemejan sobre todo a los disturbios por hambruna, como los de Argentina en 2001, y a los disturbios suburbanos, como los de Francia en 2005. El eslogan "¡Macron dimite!" es de la misma naturaleza que el “¡lárgate ya![10] de la primavera árabe de 2011 que circuló por todas las redes sociales. Por eso también hay pancartas con: “Macron dégage!”

El despliegue excepcional de fuerzas de policía no consiguió tranquilizar a nadie, hasta el punto de que el Ministro del Interior tuvo que explicar en televisión que los carros blindados de la gendarmería no son tanques, sino simplemente vehículos destinados a despejar barricadas y proteger a la policía en su misión. El objetivo de tal sistema es evitar que haya muertos ni entre los manifestantes ni entre las fuerzas policiales, lo que no quitó que hubiera cantidad de heridos y 1.723 detenciones (por no hablar de los daños materiales).

El Presidente, por tanto, ha reflexionado mucho con el apoyo de su hermética guardia de "especialistas" y "asesores" y, entre bastidores, con la de todos los "organismos intermedios" y bomberos sociales profesionales que son los sindicatos. La huelga ilimitada de camioneros convocada por la CGT fue cancelada 48 horas más tarde, ya que el Ministro de Transporte garantizó inmediatamente a los camioneros que se mantendría el aumento de las horas extras y eso incluso antes de que se declararan en huelga.

El Presidente de la República se enfrentó a un "rompecabezas". Al verse obligado a soltar lastre (¡demasiado tarde!) ante el "clamor del pueblo", ha acabado abriendo la caja de Pandora: todo el "pueblo" corría el riesgo de movilizarse, como hemos visto con las manifestaciones masivas de estudiantes de bachillerato (sin "chalecos amarillos" ni banderas tricolores) en contra de la reforma del examen de bachiller y el Parcours Sup[11]. Y si Emmanuel Macron seguía negándose a ceder, corría el riesgo de enfrentar una marea de "chalecos amarillos" exigiendo su dimisión.

¿Cómo cerrará el gobierno la caja de Pandora? El gobierno se ha enfrentado a otro dilema que ha tenido que resolver rápidamente para contener el peligro de una espiral de violencia, con muertes, durante la manifestación del 8 de diciembre. Después de los ataques a CRS obligados a retroceder ante el Arco del Triunfo, la prioridad era demostrar que "la fuerza pertenece a la ley" y restaurar la credibilidad del Estado "protector" y garante de la "unidad nacional". El gobierno de Macron no podía correr el riesgo de hacer aparecer al Estado democrático francés como una república bananera propia del "tercer mundo" que sólo se mantiene gracias a juntas militares u otros gobiernos duros en el poder.

Esa fijación en el "día D" y el problema de la violencia debía permitir al gobierno no "retroceder" en una de las cuestiones centrales: la de los aumentos salariales. Sobre todo, el "Presidente de los ricos" se mantuvo "firme ante la adversidad" sobre el asunto de la supresión del impuesto sobre el patrimonio, una supresión que se ha vivido como una gran injusticia. Ni hablar de ponerse a "deshilvanar lo que hemos hecho durante 18 meses", según sus propias palabras transmitidas por los medios de comunicación.

Esto permitió, en vísperas del día "D", que Marine Le Pen hiciera una nueva declaración para hablar una vez más de Macron, "ese hombre" cuya función "desencarnada" demuestra que está "desprovisto de toda empatía por el pueblo". Típica hipocresía de esa gente. Ningún jefe de Estado tiene "empatía por el pueblo". Si la Madame Le Pen (que aspira a convertirse un día en "jefa de Estado") tuviera tal "empatía por el pueblo", ¿por qué dijo urbi et orbi (es decir en la televisión) que no era favorable al aumento del salario mínimo para no penalizar a los pequeños empresarios de las PYME (que son una buena parte de su clientela electoral)? Todos esos partidos burgueses que apoyan a los "chalecos amarillos", centrando toda la atención en la detestable personalidad de Macron, quieren que nos creamos que el capitalismo está personificado por tal o cual individuo cuando se trata de un sistema económico mundial que debe ser destruido. Esto, evidentemente, no ocurrirá en dos días, dado el camino que queda por recorrer (no creemos en el mito del "gran día"). La renuncia de Macron y su sustitución por otro “tele títere” no cambiaría en nada la creciente miseria de los proletarios. La pobreza no hará sino empeorar en medio de las cada vez mayores sacudidas de una interminable crisis económica mundial sin salida.

En el movimiento interclasista "chalecos amarillos" se revela la pequeña burguesía

Lo que tenía que pasarle obligatoriamente al movimiento interclasista "chalecos amarillos" es la fractura entre "extremistas" y "moderados". Eric Drouet, el iniciador del movimiento en las redes sociales, pensó que podría montar una obra de teatro con sus sucesivos "actos". Invitado a los platós de televisión, afirmó claramente que su llamada al "IVº Acto" del sábado 8 de diciembre tenía por objeto impulsar a los "chalecos amarillos" a acudir ante el Palacio del Elíseo a verse las caras con el "Rey" Macron. Ese pequeño aventurero megalómano tal vez imaginó que los "chalecos amarillos" podrían enfrentarse a la Guardia Republicana que protege el palacio presidencial. Como si el Elíseo fuera “la casa de Tócame Roque” o un chamizo sin portero ni código digital… El “Rey” iba a darle la réplica al líder de los “sansculottes”[12]: en vísperas de la manifestación del 8 de diciembre, se informó de que este joven camionero iba a ser objeto de una investigación judicial por "inducción a cometer un delito"… que podría costarle cinco años de cárcel. Los métodos aventureros y activistas de Eric Drouet (y sus "amigos virtuales") son típicos de la pequeña burguesía. Revelan la desesperación de las capas sociales "intermedias" (situadas entre las dos clases fundamentales de la sociedad: la burguesía y el proletariado) afectadas también por el empobrecimiento.

El gobierno también ha intentado recuperar el control de la situación mediante la creación de un colectivo de "chalecos amarillos libres" que se han distinguido de los "radicales" agrupados tras el estandarte del "mal ciudadano" Eric Drouet. Los tres principales representantes del "colectivo" de chalecos amarillos "moderados" se han desolidarizado de sus "camaradas" después del "sábado negro". ¿Quiénes son las tres nuevas estrellas en "chaleco amarillo"?

-Un maestro herrero, Christophe Chalençon, quien había pedido la dimisión del Gobierno, proponiendo que se nombrara al general De Villiers[13] Primer Ministro. Eso, después de haber anunciado en Facebook, el 28 de junio de 2015, que estaba en contra de los inmigrantes y que había pensado entrar en el Frente Nacional de los Le Pen, antes de hacerse "macronista" y acabar siendo candidato sin suerte en las últimas legislativas!

- una mujer, Jacline Mouraud, hipnoterapeuta liberal y acordeonista;

- un dinámico ejecutivo próximo a la extrema derecha, Benjamin Cauchy.

Estos "chalecos amarillos libres" se han hecho más papistas que el Papa (o más realistas que el rey siguiendo el símil). Aun cuando el gobierno no había prohibido la manifestación del 8 de diciembre en París, ese autoproclamado triunvirato pidió a los "chalecos amarillos" que no participaran en ella…¡para no seguirle el juego al poder ejecutivo! Esos tres portavoces del movimiento han sido recibidos (junto con otros cuatro) por el Primer Ministro como interlocutores privilegiados de los "chalecos amarillos libres". Enseñaron pata blanca de "buenos ciudadanos", responsables, abiertos al diálogo y dispuestos a trabajar con el gobierno para "poder intercambiar pareceres". Como dijo Jacline Mouraud tras su encuentro con Edouard Philippe en Matignon: el Primer Ministro "nos ha escuchado, ha reconocido que el gobierno cometió errores y hemos podido hablar de todo".

También vimos en la televisión, después del "sábado negro", a "chalecos amarillos" que decían querer proteger a los CRS contra los "destructores". ¡Es el mundo al revés! En las pantallas de televisión también se emitió el lamentable espectáculo de un grupo de "chalecos amarillos", ofreciendo croissants a la comisaría de Fréjus y a la gendarmería en plan arrumacos con las fuerzas del orden. El gendarme que los recibió se quedó de una pieza al escuchar a los "chalecos amarillos", como chiquillos arrepentidos, disculparse por la violencia del "sábado negro": "nos habría encantado que hubieran estado ustedes con nosotros, pero como eso no es posible, queríamos decirles (con croissants) que estamos con ustedes y que también estamos luchando por ustedes". Que en un movimiento social, los manifestantes intenten desmoralizar a las fuerzas represivas, o incluso pedirles que se cambien de lado, es de lo más legítimo, como lo confirman muchos ejemplos en la historia. ¡Pero nunca hemos visto a los reprimidos pedir disculpas a los represores! ¿Se ha disculpado la policía alguna vez por las múltiples barbaridades que ha cometido, como cuando hirió de gravedad al joven de que hablamos antes, por no recordar de la muerte de dos chavales, origen de la revuelta en los suburbios en el otoño de 2005?

Es esa brutalidad policial la que alimenta el odio al policía y el ansia de los adolescentes de acudir a "machacar policías", prendiendo fuego no sólo a la basura sino también a las escuelas. Esos disturbios de la desesperanza contienen la idea de que "no tiene sentido ir a la escuela" para poder tener un trabajo, ya que papá está desempleado y mamá tiene que hacer limpiezas para meter algo en la olla y untar un poco de mantequilla. En algunos barrios populares de París sigue desarrollándose un mercado paralelo con todo tipo de tráfico a pequeña escala, robos y ahora saqueos de tiendas. Por no hablar de unos niños migrantes que viven en la calle en el gueto de la Goutte d'Or (¡que así se llama!) del distrito 18 de París, sin familia, sin poder ir a la escuela y que son verdaderos "delincuentes" (pero, por mucho que lo afirmara el ex presidente Nicolas Sarkozy eso no es "genético").

Mientras algunos sectores de la pequeña burguesía empobrecida se lanzan a actos de violencia, otros se han puesto ahora firmes con el índice en la costura del pantalón. Al final, en las circunstancias actuales, esa capa social intermedia, inestable y oportunista, no se inclinará del lado del proletariado, como ha podido ocurrir en otros momentos de la Historia, sino del lado de la gran burguesía.

Precisamente porque el movimiento "chaleco amarillo" es interclasista, ha sido infiltrado no sólo por el veneno ideológico del nacionalismo patriotero, sino también por el hedor de la ideología populista antiinmigrante. En efecto, en medio de la lista estilo “cajón de sastre” de “42 reivindicaciones” de los "chalecos amarillos" está la de ¡la deportación de los inmigrantes ilegales a las fronteras! Por eso "nuestro" Presidente se permitió en su discurso del 10 de diciembre ofrecer un regalito a los "chalecos amarillos" miembros o simpatizantes del Rassemblement National (algo así como Concentración Nacional, el ex-FN) de Marine Le Pen planteando el tema de la inmigración (ese partido, además, ha ganado un 4% en las encuestas desde el inicio del movimiento).

Esta "revuelta popular" de todos esos "pobres" de la "Francia trabajadora" a los que le es imposible "llegar a fin de mes" no es, como tal, un movimiento proletario, por mucha composición "sociológica" que se analice. La gran mayoría de "chalecos amarillos" son, en efecto, trabajadores asalariados, explotados, precarios, algunos de los cuales ni siquiera perciben el salario mínimo (por no hablar de los pensionistas que ni siquiera tienen derecho al “mínimo de vejez”). Viven en zonas periurbanas o rurales, sin transporte público para ir a trabajar o para acompañar a sus hijos a la escuela; a esos trabajadores pobres no les queda otro remedio que el coche particular. Fueron, por lo tanto, los primeros en verse afectados por el aumento de los impuestos sobre los carburantes y la reforma de la inspección técnica de vehículos.

Esos sectores minoritarios y dispersos del proletariado en las zonas rurales y periféricas no tienen experiencia de la lucha de clases. La gran mayoría de ellos son "manifestantes primerizos" que nunca han tenido la oportunidad de participar en huelgas, asambleas generales o manifestaciones callejeras. Por eso, su primera experiencia de manifestaciones en grandes concentraciones urbanas, en particular en París, consistió en un movimiento de muchedumbre desorganizada, vagando a ciegas sin brújula y descubriendo por primera vez in vivo a las fuerzas policiales con sus granadas lacrimógenas, sus lanzas de agua, sus lanzas pelotas y sus tanques de gendarmería. También deberían haber visto a un francotirador armado con un rifle de mira telescópica apostado en un tejado el "sábado negro"… (imagen emitida por la agencia Reuters)

La explosión perfectamente legítima de cólera de los "chalecos amarillos" contra la miseria de sus condiciones de vida se ha sumido en un conglomerado interclasista de individuos-ciudadanos supuestamente libres. Su rechazo a las "élites" y a la política "en general" los hace particularmente vulnerables a la infiltración de las ideologías más reaccionarias, incluida la de la extrema derecha xenófoba. La historia del siglo XX ha demostrado ampliamente que fueron las capas sociales "intermedias" (entre la burguesía y el proletariado), especialmente la pequeña burguesía, las que le hicieron la cama a los regímenes fascista y nazi (con el apoyo de bandas de lumpen, henchidas de odio y vengativas, cegadas por prejuicios y supersticiones que se remontan a la noche de los tiempos).

Sólo en situaciones de luchas masivas y pre-revolucionarias, en las que el proletariado se afirma abiertamente en la escena social como clase autónoma e independiente, con sus propios métodos de lucha y organización, su propia cultura de clase y moral, la pequeña burguesía (e incluso algunos elementos ilustrados de la burguesía) puede abandonar su culto al individualismo y al "ciudadano", perder su carácter reaccionario al unirse tras la perspectiva del proletariado, la única clase en la sociedad capaz de ofrecer un futuro a la especie humana.

El movimiento de los "chalecos amarillos", por su naturaleza interclasista, no puede desembocar en perspectiva alguna. Sólo podía tomar la forma de una revuelta desesperada por las calles de la capital antes de quebrarse en diferentes tendencias, las de los radicales, los "amigos" de Eric Drouet, y las de los moderados del "colectivo de chalecos amarillos libres". Vestidos con el chaleco amarillo, los proletarios, al ponerse tras las consignas de la pequeña burguesía, están acabando por ser los tontos útiles de la farsa (o los cornudos de la historia, cuyo color es también el amarillo). No querían representantes que negociaran a sus espaldas con el gobierno (algo que siempre han hecho los sindicatos): el gobierno rechazó cualquier grabación de conversaciones con los "portavoces" de los "chalecos amarillos".

Ahora tienen representantes (a quienes no eligieron): en particular ese "colectivo de chalecos amarillos libres". Este movimiento informal y no organizado, iniciado por las redes sociales, comenzó a estructurarse después del 1º de diciembre. Los principales representantes autoproclamados de este movimiento supuestamente apolítico han considerado la posibilidad de presentar una lista para las elecciones europeas. ¡Ahí está la pequeña burguesía en "chaleco amarillo" que sueña con jugar en el patio de los mayores!

Incluso antes del retorno del "orden público", el propio Emmanuel Macron propuso la idea de organizar conferencias "pedagógicas" en las regiones sobre la "transición ecológica". Los ciudadanos de los "territorios" podrán aportar sus ideas a semejante debate democrático, que debería contribuir a poner la República “en marcha”, tras un período de "bloqueo" del poder ejecutivo. El tal movimiento ciudadano apolítico está plagado de sindicalistas, miembros de organizaciones políticas y de todo tipo de individuos poco claros. Cualquier persona puede usar el chaleco amarillo (incluidos los “casseurs”). La mayoría de los ciudadanos con "chaleco amarillo" son clientela electoral de Jean-Luc Mélenchon y Marine Le Pen. Por no hablar de los trotskistas, especialmente el NPA de Olivier Besancenot y Lutte ouvrière. Estas organizaciones trotskistas siempre nos cuentan la misma fábula: "Hay que sacar el dinero de los bolsillos de los ricos". ¡El proletariado no es una clase de carteristas! El dinero en los "bolsillos de los ricos" es el resultado de la explotación del trabajo de los "pobres", es decir, de los proletarios. No se trata de "afanarles la cartera" a los ricos, sino de luchar hoy para limitar el verdadero robo que es la explotación capitalista y, al hacerlo, reunir las fuerzas para abolir la explotación del hombre por el hombre.

Durante la “Marcha por el clima” en París, el 8 de diciembre, muchos "chalecos amarillos" se mezclaron con "chalecos verdes" con la conciencia, sobre todo entre los jóvenes manifestantes, de que "el fin de mes y el fin del mundo, ambos, están relacionados". En la marcha de los "chalecos amarillos", algunos decidieron prender fuego a sus chalecos y a sus documentos electorales. Es cierto que los difíciles fines de mes y el fin del mundo están relacionados, son dos caras de la misma realidad, la de un sistema que se basa en las ganancias de una pequeña minoría y no en las necesidades de la especie humana.

¡Después del “sábado negro”, un sindicato de la policía nacional amenazó con una “huelga ilimitada” de agentes de policía que también quieren vestirse con el uniforme… amarillo! El sueldo no les llega a fin de mes y están hartos de los "ritmos infernales", del agotamiento por estrés y del miedo a que una bola de petanca les rompa la crisma. De modo que el gobierno ha tenido que sacar fondos para ofrecer un aguinaldo navideño a los CRS y demás categorías profesionales encargadas de mantener el orden. El gobierno tendrá que crear nuevos puestos de trabajo en ese sector totalmente improductivo y, por lo tanto, aumentar aún más los déficits, en un intento por mantener el orden en una sociedad en plena descomposición en la que las divisiones sociales no harán sino empeorar con el deterioro de las condiciones de vida y por lo tanto el aumento de la represión. Y todo el mundo sabe que los policías “galos” no se andan con finuras: primero reparten caña y luego "discuten".

¿Qué perspectiva para el proletariado?

Lo que preocupaba al gobierno y a toda la clase burguesa era el hecho de que, a pesar del estallido de violencia de los vándalos de chaleco amarillo durante el "sábado negro", el índice de popularidad del movimiento no disminuyó: tras el 1º de diciembre, las encuestas anunciaron que el 72% de la población francesa seguía apoyando a los "chalecos amarillos" (aunque el 80% condene la violencia y sólo el 34% los comprenda). Los "chalecos amarillos" se han convertido incluso en estrella mundial: en Bélgica, Alemania, Holanda, Bulgaria e incluso Irak, en Basora, algunos ya se han puesto el chaleco amarillo. El gobierno egipcio, por su parte, ha decidido restringir la venta de chalecos amarillos por miedo a la "contaminación"; para comprarse uno, hay que pedir permiso a la policía.

Esta popularidad se debe esencialmente a que toda la clase obrera, que constituye la mayoría del "pueblo", comparte la cólera, la indignación y las exigencias económicas de los "chalecos amarillos" contra el elevado coste de la vida, contra la injusticia social y fiscal. Después de haber hecho sus prácticas con el ex presidente de izquierda François Hollande, “nuestro” Presidente de la República se sacó de la manga, con esa jerga hipócrita típica de ese mundillo del poder[14], una peregrina teoría totalmente incomprensible para el "pueblo": la teoría de la “escorrentía” o de la filtración hacia abajo. Según tal "teoría", cuanto más dinero tienen los "ricos", más pueden hacer que "fluya" hacia abajo, hacia los "pobres". Parece más un argumento de dama de la caridad, esas señoronas que tienen sus pobres que acuden a beneficiarse de generosidad de ellas cuando sacan un poquitín de calderilla del bolso. Lo que se olvidan de decir los teóricos de la “escorrentía” es que la riqueza de los ricos no cae del cielo. Viene de la explotación de los proletarios.

Esa “teoría” macronista se materializó en la supresión del ISF (impuesto sobre el patrimonio): tal regalo fiscal iba a permitir a los "ricos" (de hecho, a la gran burguesía) utilizar el dinero que les devolvía para que inviertan y así, en última instancia, creen puestos de trabajo, reduzcan el desempleo y, por lo tanto, beneficien a los proletarios. Así que si se suprimió el ISF lo ha sido ¡en interés de la clase obrera! Los "pobres" en chaleco amarillo lo han entendido perfectamente, a pesar de su "analfabetismo" de "galos refractarios": lo que el macronismo pretende es "joderlos" (como dijo un jubilado “chaleco amarillo” entrevistado por televisión). En espera de que la supresión del ISF beneficie a los proletarios, hay que pedirles que se aprieten el cinturón mientras la clase capitalista sigue revolcándose en el lujo. No es de extrañar que pudiera leerse, en una pancarta, en la manifestación del 8 de diciembre: "Nosotros también queremos pagar el ISF! ¡Devuelve el dinero!"

A pesar de la cólera general de todo el "pueblo" de la "Francia trabajadora", la gran mayoría de los proletarios no quieren unirse a los "chalecos amarillos" aunque sientan simpatía por su movilización. No se reconocen en los métodos de lucha de un movimiento apoyado por Marine Le Pen y toda la derecha. No se reconocen en la violencia vandálica de los black blocks, las amenazas de muerte, la mentalidad de pogromo, los ataques verbales xenófobos y homófobos de algunos "chalecos amarillos".

La popularidad de este movimiento, incluso después de la violencia del "sábado negro", es indicativa de la inmensa cólera que está rugiendo en las entrañas de la sociedad. Pero, por el momento, la gran mayoría de los proletarios (trabajadores de la industria, del transporte o de la gran distribución, de la salud o la educación, pequeños funcionarios de las administraciones o de servicios sociales...) siguen paralizados por la dificultad de recuperar su identidad de clase, es decir, la conciencia de que pertenecen a una misma clase social que sufre la misma explotación. La gran mayoría está harta de "jornadas de acción" estériles, de manifestaciones-procesión convocadas por los sindicatos y demás huelgas “intermitentes”, como la de los ferroviarios de la primavera pasada. Mientras el proletariado no haya vuelto a encontrar el camino de su lucha y no haya afirmado su independencia como clase autónoma, mientras no haya desarrollado su conciencia, la sociedad seguirá hundiéndose en el caos. Sólo puede seguir pudriéndose en un desencadenamiento bestial de violencia.

El movimiento interclasista "chalecos amarillos" ha revelado abiertamente un peligro que también le espera al proletariado en Francia como en otros países: el ascenso del populismo de extrema derecha. Este movimiento "chalecos amarillos" no puede sino favorecer un nuevo impulso electoral, sobre todo en las próximas elecciones europeas, del partido de Marine Le Pen, principal y primer partidario del movimiento. Esa abogada defiende la causa del "proteccionismo hexagonal": las fronteras deben cerrarse a las mercancías extranjeras y especialmente a los "extranjeros" de piel oscura que huyen de la pobreza absoluta y de la barbarie bélica de sus países de origen. El partido de Marine Le Pen ya había anunciado que para aumentar el poder adquisitivo de los franceses, el gobierno debe "ahorrar" en inmigración. El partido Rassemblement national tendrá a su disposición otro “argumento” en su repulsa hacia los inmigrantes: nuestro "pueblo" que no puede llegar a fin de mes "no puede acoger a toda la miseria del mundo" (como dijo el Primer Ministro socialista Michel Rocard en 1989…)

Ataques verbales xenófobos, denuncia ante las fuerzas policiales a inmigrantes ilegales escondidos en un camión cisterna (“¡porque será una vez más con nuestros impuestos con lo que se pagará a estos cabrones!”, como finamente dijo un "chaleco amarillo"), la reivindicación de algunos "chalecos amarillos" de poner a los inmigrantes ilegales fuera de "nuestras" fronteras, ¡no debe ser minimizada! La empatía que todos sienten por este movimiento social no debe cegar al proletariado y a sus elementos más lúcidos.

Para poder recuperar su identidad de clase y el camino de su propia perspectiva revolucionaria, el proletariado en Francia, como en todas partes, no debe pisotear (o enterrar bajo la bandera tricolor) la antigua consigna “trasnochada” del movimiento obrero: "Los proletarios no tienen patria. ¡Proletarios de todos los países, uníos!".

En la atmósfera de violencia e histeria nacionalista que ha contaminado el clima social en Francia, quizás haya surgido algún destello después del "sábado negro". Ese pequeño resplandor fue el de los estudiantes pobres, obligados a realizar trabajos a salto de mata, quienes lo hicieron brillar exigiendo, en sus movilizaciones y asambleas generales, que se retire el incremento de las matrículas para sus compañeros extranjeros que no pertenecen a la Comunidad Europea. En la universidad parisina de Tolbiac, un cartel decía: "¡Solidaridad con los extranjeros!". Esta consigna, contra la marea nacionalista de los "chalecos amarillos", muestra al proletariado el camino del futuro.

Fue gracias a su "buzón de sugerencias" con lo que los estudiantes que luchaban contra el “Contrato de Primer Empleo” del gobierno de Dominique de Villepin, pudieron, en 2006, redescubrir espontáneamente los métodos del proletariado. Se organizaron para no ser atacados por los “rompedores” de los suburbios. Se negaron a dejarse atrapar en la espiral de violencia que sólo puede reforzar el orden del Terror[15].

Ante el peligro de caos social en el corazón de Europa, hoy más que nunca, el futuro pertenece a la lucha de clases de las nuevas generaciones de proletarios. Corresponde a estas nuevas generaciones recoger la antorcha de la lucha histórica de la clase explotada, la que produce toda la riqueza de la sociedad. No sólo las riquezas materiales, sino también las riquezas culturales. Como dijo Rosa Luxemburgo, la lucha del proletariado no es sólo una cuestión de "cuchillos y tenedores" para llenar los estómagos.

Los proletarios en Francia dejaron hace mucho de ser "sansculottes". Deben seguir dando ejemplo a todos sus compañeros de clase de otros países, como hicieron sus antepasados durante los días de junio de 1848, durante la Comuna de París de 1871 y en Mayo de 1968. Es la única manera de recuperar su dignidad, de seguir caminando erguidos para mirar lejos, y no a gatas como las bestias enfurecidas que nos quieren imponer la ley de la selva.

Ante el peligro de caos social causado por la "unión sagrada" de todos los explotadores y “rompedores”:

¡Proletarios de todos los países, uníos!

Marianne, 10 de diciembre de 2018

 

[1] “gaulois”: “galo” es la referencia mítica y romántica del ultranacionalismo francés (cierto es que las historietas de Asterix la han hecho más popular). Los galos, con Vercingétorix, forman parte de esos héroes anteriores a las naciones modernas o con pretensiones de serlo que sirven para justificar en las mentes de sus ciudadanos su “inmortalidad esencial” frente a toda idea de su caducidad como organización social.

 

[2] https://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/48-manif.htm Véase el capítulo: “Burgueses y proletarios».

[3] Contribución Social Generalizada, un impuesto que se añadió al de la renta en los años 90 por un gobierno socialista para, decían, financiar la seguridad social. En realidad, un impuesto más, cada vez más importante y que a Macron se le ocurrió aumentar a los “inactivos” (los jubilados).

[4] El partido creado por y para Macron en 2016 se llama “La República en Marcha”

[5] Juego de palabras entre “La Fronde”, revuelta multiforme del s. XVII a causa de la presión fiscal y las hambrunas en Francia y “fronde”, “honda” para lanzar piedras.

[6] Para comprender qué fue La Comuna de París se puede consultar La Guerra Civil en Francia, documento adoptado por la Primera Internacional en 1871, https://www.marxists.org/espanol/m-e/1870s/gcfran/index.htm  ; ver también, Lecciones de la Comuna de París, https://es.internationalism.org/cci-online/201606/4164/lecciones-de-la-comuna-de-paris

[7] Compañías Republicanas de Seguridad, especializadas en la represión de manifestaciones, conocidas por sus técnicas represivas y su brutalidad. A los individuos que las forman se les llama CRS.

[8] Fue el propio Macron quien dijo que iba a ser un presidente “jupiteriano”, mandando rayos y truenos desde las alturas de su Olimpo para acelerar las reformas del país, pasando por encima de los “cuerpos intermedios” que las frenan.

[9] Fue el candidato del Partido Socialista francés en las elecciones de 2017. El resultado que obtuvo rubricó la caída abisal de ese partido (no llegó al 5%). Se salió del PS y fundó un nuevo movimiento de izquierdas rosa-verde…Dicho sea de paso, su contrincante en las primarias del PS era Valls, el cual prometió que cumpliría el pacto de apoyo mutuo al ganador, Hamon. En realidad, se apuntó de inmediato a la sopa macroniana. Ahora se ve que se ha apuntado a candidato en Barcelona.

[10] Esa consigna surgió en Túnez “dégage!” (¡lárgate!), en francés y de ahí el neologismo en francés “dégagisme”

[11] Sistema informático de selección de acceso a la universidad, acusado de desfavorecer a los ya desfavorecidos por su origen y lugar.

[12] Durante estos episodios de los “chalecos” no han cesado las referencias a la Revolución Francesa con mesas redondas donde se mezclan políticos, “chalecos” e historiadores para hacer comparaciones de lo más superficial entre finales del s. XVIII y hoy, los “chalecos amarillos” haciendo de “pueblo sans culottes” (o sea los revolucionarios con pantalón y no con calzones como los aristócratas) y Macron haciendo de Luís XVI. Los “sansculottes” eran la punta de lanza de la revolución burguesa, mientras que las capas pequeñoburguesas actuales no tienen ningún porvenir.

[13] Para tipos como esos tres, esa ridícula propuesta no es absurda. Ese general era el más alto mando militar del ejército. En año pasado se quejó públicamente por los presupuestos militares. Macron lo aprovechó para fulminarlo públicamente y asentar así su imagen de mandamás. El tal De Villiers pertenece a una familia de extrema derecha.

[14] En Francia la llaman “langue de bois”, lengua de madera.

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