La herencia oculta de la Izquierda del Capital: (II) Un método y un modo de pensamiento al servicio del capitalismo

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En la primera parte de esta Serie vimos que los partidos de izquierda y extrema izquierda del capital tienen un programa que defiende el capitalismo en nombre de una “nueva sociedad” que no es otra cosa que una reproducción idealizada del propio capitalismo[1]. Peor aún, inoculan una visión de la clase obrera que la niega completamente.

En este segundo artículo veremos qué modo de pensamiento y qué método de análisis se desarrolla en estos partidos, especialmente en los que se presentan como “más radicales”.

La unidad entre programa, teoría, funcionamiento y moral

En el primer artículo denunciamos que una vez superado el programa de defensa del capital que estos embaucadores presentan, se hace necesario enfrentar otro problema: la manera de pensar, la forma de relacionarse entre camaradas, los métodos de organización, la visión moral, la concepción del debate, la visión de la militancia, que se vive en estos partidos. Despojarse de estos modos de ver las cosas es aún más difícil que desenmascarar las patrañas políticas que venden, pues condicionan nuestra actuación, envenenan nuestro comportamiento y se propagan en el funcionamiento organizativo.

Las frágiles y muy minoritarias organizaciones revolucionarias de la Izquierda Comunista, han tenido que enfrentar este problema crucial. Se logra rechazar el programa reaccionario de las organizaciones de izquierda y extrema izquierda del capital, sin embargo, lo que llamamos su “cara oculta”, esto es, su modo de pensamiento, su régimen de funcionamiento, su visión moral etc., todo eso, que es tan reaccionario como el programa, es subestimado y no es sometido a una crítica implacable y radical. Por ello, NO BASTA con denunciar el programa de los grupos de izquierda y extrema izquierda del capital; tenemos que denunciar y combatir TAMBIEN esa cara oculta organizativa y moral que comparten con los partidos de derecha y extrema derecha.

Una organización revolucionaria no se reduce únicamente al programa, es la unidad de programa, teoría y modo de pensamiento, moral y funcionamiento organizativo. Hay una coherencia entre los cuatro. “La actividad de la organización revolucionaria no puede entenderse más que como conjunto unitario cuyos componentes no están separados, sino que son interdependientes: (1) actividad teórica, cuya elaboración es un esfuerzo constante, y cuyo resultado no es algo fijado y terminado de una vez para siempre; (2) actividad de intervención en las luchas económicas y políticas de la clase. Es esta la práctica por excelencia de la organización, en la cual la teoría se vuelve arma de combate por la propaganda y la agitación; (3) actividad organizativa que obra por el desarrollo, el fortalecimiento de sus órganos, la preservación de las adquisiciones organizativas, sin el cual el desarrollo cuantitativo (adhesiones) no podría transformarse en desarrollo cualitativo”[2].

Es evidente que no se puede luchar por el comunismo con mentiras, calumnias y maniobras. Hay una coherencia entre los cuatro aspectos antes mencionados. Todos ellos anuncian el modo de vida y la organización social del comunismo y jamás pueden estar en contradicción con él. Como decimos en el texto El funcionamiento organizativo de la CCIEn las cuestiones de organización se concentran toda una serie de aspectos esenciales de lo que fundamenta la perspectiva revolucionaria del proletariado: (1) características fundamentales de la sociedad comunista y de las relaciones que se establecen entre sus miembros; (2) ser del proletariado como clase portadora del comunismo; (3) naturaleza de la conciencia de clase, características de su desarrollo, profundización y extensión en el seno de la clase; (4) papel de las organizaciones comunistas en el proceso de toma de conciencia del proletariado”[3].

La Izquierda y extrema izquierda del capital herederos de la adulteración del marxismo realizada por el estalinismo

Podemos considerar a los grupos de izquierda y extrema izquierda del capital como prestidigitadores de la política.  Tienen que hacer pasar las posiciones políticas del capital a través de una envoltura “proletaria” y “marxista”. Tiene que hacer decir a Marx, a Engels, a Lenin y otros militantes proletarios, todo lo contrario de lo que querían decir. Tienen que retorcer, truncar, manipular, las posiciones que defendieron en una época determinada del movimiento obrero, para convertirlas en su contrario más absoluto: tomar citas de Marx, Engels o Lenin, para hacerles decir que la explotación capitalista es buena, que la Nación es el bien más preciado, que nos debemos enrolar en la guerra imperialista, que el Estado es un padre benefactor etc.

Marx, Engels, Lenin, que luchaban por la destrucción del Estado son transformados por la magia de esos grupos en defensores acérrimos del Estado. Marx, Engels, Lenin, que se batieron incondicionalmente por el internacionalismo son convertidos en paladines de la “liberación nacional” y de la Patria. Marx, Engels, Lenin, que animaban la lucha defensiva del proletariado pasan a ser campeones del productivismo y el sacrificio del obrero en el altar de las necesidades del capital.

El agente de vanguardia de esta empresa de adulteración fue el estalinismo[4]. Este realizó metódicamente esa transformación repugnante. Para ilustrarlo vamos a utilizar como punto de apoyo el libro de Ante Ciliga En el país de la gran mentira[5], que describe minuciosamente ese proceso que se produce desde mediados de los años 20: “El régimen social tan particular que se estaba desarrollando en la Rusia soviética tendía a crear su propia ideología en todas las ramas de la ciencia. Mejor dicho, trataba de fundir su propia concepción del mundo con la de la vieja ciencia, así como con la ideología tradicional del marxismo y los nuevos descubrimientos científicos(Página 103). Para explicarlo recuerda que “Hegel había demostrado que un fenómeno puede conservar su forma a la vez que transforma completamente su contenido. ¿Acaso Lenin no había dicho que a menudo el destino de los grandes hombres es servir de iconos tras su muerte, mientras se falsifican sus ideas liberadoras para justificar una nueva opresión y una nueva esclavitud?(Página 109).

De su paso por la “academia comunista” de Moscú constata que “Cada año se modificaban los programas, cada vez se falsificaban más insolentemente los hechos históricos y su apreciación. Esto sucedía no sólo con la historia reciente del movimiento revolucionario en Rusia, sino con acontecimientos tan lejanos como la Comuna de París, la revolución de 1848 y la primera revolución francesa. ¿Y qué decir de la historia del Komintern? Cada nueva edición daba una nueva versión, en muchos aspectos completamente contraria a las precedentes(Página 100). “Como estas falsificaciones se introducían al mismo tiempo en todas las ramas de la enseñanza, llegué a la conclusión de que no se trataba de casos aislados, sino de un sistema que se dedicaba a transformar la historia, la economía política y el resto de ciencias según los intereses y la concepción del mundo de la burocracia (…) en Rusia, se estaba formando una nueva escuela, la escuela burocrática del marxismo(página 101).

Siguiendo esos métodos los partidos de izquierda y extrema izquierda emplean 3 procedimientos:

-          Aprovecharse de los errores cometidos por los revolucionarios;

-          Defender como válidas posiciones que cuando aquellos vivieron eran justas pero que hoy se han convertido en contra-revolucionarias;

-          Quitar el filo revolucionario a sus posiciones convirtiéndolas en una abstracción inofensiva

Los errores de los revolucionarios

Marx, Engels, Lenin, Rosa Luxemburgo, no fueron infalibles. Cometieron errores.

Contrariamente a la visión mecánica del pensamiento burgués el error es en muchos casos inevitable y puede ser un paso necesario para llegar a la verdad, la cual, por otra parte, no es absoluta, sino que tiene una naturaleza histórica. Para Hegel, el error es un momento necesario y evolutivo de la verdad.

Esto es aún más claro si se considera que el proletariado es una clase explotada y revolucionaria a la vez y que, como clase explotada, sufre todo el peso de la ideología dominante. Por ello, cuando el proletariado -o, al menos partes de él- se atreven a pensar, formular hipótesis, plantearse reivindicaciones, proponerse objetivos, se están levantando contra la pasividad y el adocenamiento que impone el sentido común capitalista, pero, al mismo tiempo, pueden caer en aproximaciones equivocadas, en ideas que la propia evolución social -o, incluso, la dinámica misma de la lucha de clase- superan o dejan de lado.

Marx y Engels, creyeron que en 1848 el capitalismo estaba maduro para ser sustituido por el comunismo y propugnaron un programa “intermedio” todavía capitalista que sirviera de plataforma para el socialismo (la teoría de la “revolución permanente”).

Sin embargo, su espíritu crítico les hizo desechar esta especulación que abandonaron desde 1852. Igualmente, pensaron que había que tomar el estado capitalista y utilizarlo como palanca de la revolución, la experiencia viva de la Comuna de Paris les convenció de ese error concluyendo que el Estado capitalista debe ser destruido.

Podríamos seguir con otros muchos ejemplos, pero, lo que queremos desarrollar aquí es cómo los grupos izquierdistas utilizan esos errores para avalar su programa contra-revolucionario. Lenin era un internacionalista consecuente pero no tenía claridad suficiente sobre la liberación nacional y cometió serios errores en ese punto. Esos errores son extraídos de su contexto histórico, separados de la lucha internacionalista que libró, y, de esa forma, acaban convertidos en “leyes” válidas para siempre[6]. Sus errores son transformados en medios hipócritas de defensa del capital.

¿Cómo pueden realizar esa falsificación? Uno de los medios más importantes es destruir el espíritu crítico en los militantes. Los marxistas consecuentes comparten con lo mejor de la ciencia el espíritu crítico, es decir, la capacidad para poner en cuestión posiciones que, por diferentes causas, chocan con la realidad y las necesidades de la lucha del proletariado. El marxismo no es una colección de dogmas que habrían fabricado cerebros geniales y que no se podrían modificar, es un método combatiente, vivo, analítico, en constante desarrollo y en ello el espíritu crítico es fundamental. Liquidarlo es la principal tarea de los grupos izquierdistas siguiendo el ejemplo de sus maestros estalinistas que, como recoge Ciliga de su paso por la “Universidad Comunista” de Moscú, los alumnos, futuros cuadros del partido, “nunca se planteaban cuestiones al margen del programa oficial. Su vida espiritual estaba perfectamente mecanizada. Cuando yo me esforzaba por llevarlos más allá del estrecho horizonte del programa, de despertar su curiosidad y su sentido crítico, se quedaban mudos. Parecía que su sentido de lo social estaba embotado(página 98)

Así pues, frente al seguidismo ciego que propugnan los grupos izquierdistas -desde los estalinistas hasta los trotskistas pasando por gran parte del anarquismo- los militantes proletarios, los grupos revolucionarios, deben batirse por mantener vivo el espíritu crítico, la capacidad de ponerse en cuestión, la voluntad permanente por estar a la escucha de los hechos para saber desde un análisis histórico replantearse posiciones que ya no son válidas.

Posiciones que un día fueron correctas transformadas en mentiras descaradas

Otra de las características del método izquierdista es utilizar posiciones justas de los revolucionarios pero que la evolución histórica ha invalidado o ha hecho contraproducentes. Por ejemplo, el apoyo de Marx y Engels a los sindicatos. El izquierdismo concluye que, si los sindicatos eran organismos del proletariado en la época de Marx y Engels, deben serlo siempre, en todas las épocas. Emplean un método abstracto e intemporal. Ocultan que, con la decadencia del capitalismo, los sindicatos se han convertido en órganos del Estado burgués contra el proletariado[7].

Hay militantes revolucionarios que rompen con las posiciones izquierdistas, pero no logran romper con su método escolástico. Así, por ejemplo, se limitan a darle la vuelta a la postura izquierdista sobre los sindicatos: si aquella dice que los sindicatos siempre han estado al servicio de la clase obrera, ahora concluyen que los sindicatos siempre han estado contra ella. Hacen de la posición sobre los sindicatos una postura intemporal, válida por los siglos de los siglos, han roto con el izquierdismo, pero siguen prisioneros de él.

Sucede lo mismo con la socialdemocracia. Los partidos socialistas de hoy hacen difícil imaginar que durante la época de 1870 a 1914 fueron partidos de la clase obrera que contribuyeron a su unidad, su conciencia y la fuerza de sus luchas. Frente a esto, los izquierdistas, especialmente el trotskismo, lo tienen muy sencillo: los partidos socialdemócratas siempre han sido partidos obreros y nunca dejarán de serlo, pese a todos sus desmanes.

Sin embargo, hay revolucionarios que dicen lo mismo, pero al revés: si los trotskistas hablan de la socialdemocracia como un partido que siempre es y será “obrero”, ellos concluyen que la socialdemocracia siempre es y ha sido capitalista. Ignoran que el oportunismo es una enfermedad que afecta al movimiento obrero y que puede llevar a sus partidos a la traición y la integración en el Estado capitalista[8]

Prisioneros de la herencia izquierdista sustituyen el método histórico y dialéctico por la escolástica. No comprender que uno de los principios de la dialéctica es la transformación de contrarios: algo puede ser una cosa y acabar en su contraria. Los partidos proletarios debido a la degeneración provocada por el peso de la ideología burguesa y pequeña burguesa pueden terminar en su contrario diametral: servidores incondicionales del capitalismo[9].

Vemos aquí otra de las consecuencias del método izquierdista: se niega una visión histórica de las posiciones de clase y de su proceso de elaboración. Se amputa con ello otro de los componentes esenciales del método proletario. Cada generación obrera se levanta sobre los hombros de la anterior, las lecciones producidos por la lucha de clases y por el esfuerzo teórico en su seno dan lugar a conclusiones que sirven de punto de partida, pero que no son la estación de llegada. La evolución del capitalismo y las propias experiencias de la lucha de clases, hacen necesario nuevos desarrollos o rectificaciones críticas de las posiciones anteriores. Se trata de una continuidad histórica crítica que el izquierdismo niega propagando una visión dogmática y ahistórica.

En los siglos XVII y XVIII, los pensadores que anunciaban la revolución burguesa desarrollaron un materialismo que en su momento fue revolucionario pues sometió a una crítica implacable el idealismo feudal. Sin embargo, una vez tomado el poder en los principales países, el pensamiento burgués se hizo conservador, dogmático y ahistórico. El proletariado, en cambio, tiene en su propio gen un pensamiento crítico e histórico, una capacidad para no quedar atado a las situaciones de una época determinada, por importantes que estas sean, y de guiarse no por el pasado ni por el presente sino por la perspectiva del porvenir revolucionario del que es portador. “La historia de la filosofía y la historia de las ciencias sociales enseñan con toda claridad que no hay nada en el marxismo que se parezca al «sectarismo», en el sentido de una doctrina encerrada en sí misma, rígida, surgida al margen del camino real del desarrollo de la civilización mundial. Al contrario, el genio de Marx estriba, precisamente, en haber dado solución a los problemas planteados antes por el pensamiento avanzado de la humanidad” [10].

La trampa de la abstracción

Como el pensamiento burgués, la ideología izquierdista es, por un lado, dogmática e idealista, y por otro, relativista y pragmática. El izquierdista levanta su mano izquierda y proclama “principios” elevados a dogmas universales, válidos para todos los mundos y para todos los tiempos. Pero, con la mano derecha, invocando las “consideraciones tácticas”, se guarda esos principios sagrados en el bolsillo pues “no habría condiciones”, “los obreros no entienden”, “no es el momento” etc.

Dogmatismo y tacticismo no son opuestos sino complementarios. El dogma que obliga hoy a participar en las elecciones se complementa con la “táctica” de “utilizarlas” para “darse a conocer”, “cerrar el paso a la derecha” etc. La primera aparece como algo teórico, pero, en realidad, es una visión abstracta, colocada fuera de la evolución histórica. La segunda, parece “práctica” y “concreta”, sin embargo, es una visión rastrera y cretina que no parte de posiciones coherentes sino de la acción cotidiana, puramente adaptativa y oportunista, típica del pensamiento burgués.

Esto nos lleva a comprender el tercer rasgo del método de pensamiento izquierdista: tiene necesariamente que abstraer y descontextualizar las posiciones justas de los revolucionarios para, como decía Lenin, quitarles todo su filo revolucionario, hacerlas inofensivas para el capital convirtiéndolas en “principios” abstractos e inoperantes. Así, Comunismo, Dictadura del Proletariado, Consejos Obreros, Internacionalismo… se convierten en una gran retórica, una palabrería cínica que los dirigentes no creen en absoluto pero que emplean con desparpajo para manipular a sus seguidores. Ciliga en el libro antes citado señalaba “el talento de la burocracia comunista para hacer lo contrario de lo que proclamaba, para disfrazar los peores crímenes bajo la máscara de los eslóganes más progresistas y las frases más elocuentes(página 52).

En las organizaciones izquierdistas no hay principios. Su visión es puramente pragmática y evoluciona según las circunstancias, es decir, según las necesidades políticas, económicas e ideológicas del capital nacional a quien sirven. Los principios son de geometría variable y se guardan para momentos determinados: en fiestas del partido y grandes celebraciones; como excusa para perseguir a militantes acusándoles de haber “transgredido los principios”; también se utilizan en las querellas entre facciones enfrentadas como armas arrojadizas.

Esta visión de los “principios” se contrapone radicalmente al que tiene una organización revolucionaria. Esta se basa en “la existencia de un programa válido para toda la organización. Este programa, al ser la síntesis de la experiencia del proletariado del cual la organización revolucionaria es parte, y porque es emanación de una clase que no tiene solamente una existencia presente sino sobre todo un porvenir histórico, expresa ese porvenir plasmándolo en objetivos de clase y del camino a seguir para alcanzarlos, reúne las posiciones esenciales que la organización debe defender en la clase, sirve de base de adhesión a la organización de revolucionarios”[11]

El programa revolucionario es la fuente de la actividad de la organización, su cuerpo teórico inspirador, su guía de acción. De ahí que debe ser tomado muy en serio. El militante que viene del izquierdismo y que no sabe deslindarse de éste, cree, en muchos casos inconscientemente, que el programa es una pantomima, puras palabras que se invocan en momentos solemnes, busca pues “la práctica” y llama constantemente a dejarse de “retóricas”. En otras ocasiones, cuando está enojado con algún camarada o se cree marginado por los órganos centrales, trata de “pillarlos en falta” y utiliza el programa como piedra que arroja a su cara.

Contra estas dos visiones falsas, reivindicamos la función imprescindible del programa en una organización proletaria, como arma de análisis que es compartida por todos los militantes y en la que todos están comprometidos en su desarrollo; como medio de intervención en la lucha del proletariado; como orientación y contribución activa a su porvenir revolucionario.

La sofistica pragmática e “ingeniosa” del izquierdismo hace mucho daño porque dificulta un pensamiento global capaz de pasar de lo general a lo concreto, de lo abstracto a lo inmediato, de lo teórico a lo práctico. El método izquierdista rompe el cordón umbilical que une esas dos facetas del pensamiento proletario impidiendo vivir concretamente la unidad entre lo concreto y lo general, lo inmediato y lo histórico, lo local y lo mundial. La tendencia y la presión son hacia un pensamiento unilateral. El izquierdista es localista todos los días, pero despliega un discurso “internacionalista” los días de fiesta. El izquierdista solo ve lo inmediato y lo pragmático, pero, lo adorna con alguna referencia “histórica” y se quita el sombrero ante “los principios”. El izquierdista es rastreramente “concreto” cuando hay que desarrollar un análisis abstracto y celestialmente abstracto cuando se requiere un análisis concreto.

Los efectos destructivos del método teórico del izquierdismo

Estos son, de forma muy sintética, algunos de los rasgos del método izquierdista de pensamiento y sus consecuencias en la postura de los militantes comunistas.

Veamos algunas de estas últimas. La Tercera Internacional empleó una fórmula que solo tiene sentido en unas determinadas condiciones históricas: “detrás de cada huelga se perfila la hidra de la revolución”.

Esta fórmula no es válida si las relaciones de fuerza entre las clases son favorables a la burguesía. Así por ejemplo Trotski la utilizó de manera esquemática estimando que las huelgas de 1936 en Francia y la valiente respuesta del proletariado de Barcelona en julio 1936 contra el golpe de estado fascista, “abrían las puertas de la revolución”. No tomó en cuenta el curso irrefrenable hacia la guerra imperialista, el aplastamiento del proletariado ruso y alemán, el alistamiento de los obreros bajo la bandera del antifascismo. Dejó de lado ese análisis histórico – mundial y únicamente aplicó la receta vacía de “detrás de cada huelga se perfila la hidra de la revolución”[12].

Otra consecuencia es un materialismo vulgar impregnado de economicismo hasta la médula. Todo estaría determinado por la economía, entendida esta además de la manera más miope. Fenómenos como la guerra son negados en su raíz imperialista, estratégica, militar, para tratar de encontrar las más fantasiosas explicaciones económicas. ISIS, una banda mafiosa, subproducto bárbaro del imperialismo, sería una empresa petrolífera.

En fin, otra consecuencia de la manipulación que hace el izquierdismo de la teoría marxista es su concepción como asunto de especialistas, de expertos, de jefes geniales. Lo que vomitan esos iluminados debería seguirse al pie de la letra por los “militantes de base” que no tendrían ningún papel en la elaboración teórica pues su misión sería repartir hojas, vender la prensa, llevar las sillas para los mítines, poner carteles… Es decir, actuar de carne de cañón de los “amados líderes”.

Esta concepción es necesaria para el izquierdismo pues su tarea es deformar el pensamiento de Marx, Engels, Lenin etc., y para ello necesitan que los militantes se crean ciegamente sus cuentos para no dormir. Sin embargo, resulta nefasta y destructiva cuando se cuela dentro de las organizaciones revolucionarias. La organización revolucionaria de hoy “es más impersonal que en el siglo XIX, dejando de aparecer como organización de jefes dirigentes de la masa de militantes. Se acabó el período de jefes ilustres y de grandes teóricos. La elaboración teórica se ha vuelto tarea verdaderamente colectiva. A imagen de millones de combatientes proletarios "anónimos", la conciencia de la organización se desarrolla con la integración y la superación de las conciencias individuales en una misma conciencia colectiva”[13]

C Mir 27-12-17

 

[1] A la izquierda y extrema izquierda del capital se le podría catalogar con este pasaje que el Manifiesto Comunista dedica al socialismo burgués: “Su ideal es la sociedad existente, depurada de los elementos que la corroen y revolucionan: la burguesía sin el proletariado.  Es natural que la burguesía se represente el mundo en que gobierna como el mejor de los mundos posibles.  El socialismo burgués eleva esta idea consoladora a sistema. Y al invitar al proletariado a que lo realice, tomando posesión de la nueva Jerusalén, lo que en realidad exige de él es que se avenga para siempre al actual sistema de sociedad, pero desterrando la deplorable idea que de él se forma (…) Todo el socialismo de la burguesía se reduce, en efecto, a una tesis y es que los burgueses lo son y deben seguir siéndolo... en interés de la clase trabajadora”

”.

 

[4] Este, a su vez, se apoyó en el trabajo cínico de la socialdemocracia que en 1914 traicionó al proletariado. Rosa Luxemburgo en Nuestro programa y la situación política (discurso pronunciado en el primer congreso del KPD, diciembre 1918) denuncia “ese marxismo que mucho tiempo se atribuyó el título de marxismo oficial en la socialdemocracia alemana. Sabemos dónde está este marxismo hoy día: controlado y domesticado por los Ebert, David y consortes. Está allí donde vemos a los representantes oficiales de la doctrina que, durante decenas de años, se ha hecho pasar para el marxismo puro, verdadero. Pero este no debe estar allí pues el marxismo, no podía hacerse en compañía de Scheidemann, de la política contrarrevolucionaria. El verdadero marxismo combate también los que pretenden falsificarlo. Ver https://www.marxists.org/espanol/luxem/1918/12/31.htm

[5] Ante Ciliga (1898-1992), de origen croata, se unió al Partido Comunista de Yugoslavia y vivió en Rusia desde 1925 donde tomó conciencia de la degeneración contra-revolucionaria de la URSS y se unió a la Oposición de Izquierdas de Trotski. Arrestado por primera vez en 1930 fue enviado a Siberia y finalmente liberado en 1935. Desde entonces se instaló en Francia donde escribió un testimonio muy lúcido de todo lo que ocurría en la URSS, en la Tercera Internacional y en el PCUS en el libro citado. Este se puede encontrar en versión PDF en http://marxismo.school/files/2017/09/Ciliga.pdf. Con posterioridad se alejó cada vez más de las posiciones proletarias y evolucionó hacia la defensa de la democracia, especialmente después de la 2ª Guerra Mundial.

[7] Ver nuestro folleto Los sindicatos contra la clase obrera y el trabajo Apuntes sobre la cuestión sindical, http://es.internationalism.org/cci-online/201104/3103/apuntes-sobre-la-cuestion-sindical

[12] Este error de Trotski ha sido aprovechado hasta la sociedad por el trotskismo para llamar “revolución” a cualquier situación de revuelta o incluso golpes de estado guerrilleros como el que ocurrió en Cuba en 1959

[13] Ver nota 2

 

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