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Abril 2026

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El derrumbe del basurero de Cebú (Filipinas): el culpable es el capitalismo en descomposición

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El 8 de enero de 2026, una montaña de desperdicios se derrumbó en Barangay Binaliw, en la ciudad de Cebú (Filipinas), aplastando vidas bajo toneladas de desechos capitalistas. Al menos cuatro personas perdieron la vida. Decenas más siguen desaparecidas. Pero el verdadero culpable no es ni la fuerza de gravedad ni la naturaleza, sino un sistema social que acumula basura a costa de los pobres y lo llama «desarrollo».

No fue una tragedia. Fue un crimen. Y las huellas del capitalismo están por todas partes.

La ganancia antes que la vida: la negligencia calculada de Binaliw

El basurero de Binaliw nunca fue seguro. Era un monumento purulento, que el capitalismo dejaba en total indiferencia, explotado por «Prime Integrated Waste Solutions» bajo la cubierta de una «asociación público-privada». En realidad, era una bomba de tiempo: un basurero a cielo abierto disfrazado de vertedero subterráneo, excavado en una montaña y lleno de desechos, en contra de las normas básicas de la ingeniería y la decencia humana.

Se habían emitido advertencias y los habitantes habían protestado. El propio concejero municipal Joël Garganera había condenado el lugar calificándolo de catástrofe anunciada. Pero la municipalidad y sus socios privados persistieron. ¿Por qué? Porque, en el capitalismo, los desechos no son un problema que

haya que resolver, sino una actividad que hay que explotar. Y la vida de los trabajadores y de los pobres de las ciudades puede sacrificarse en aras de los balances financieros.

Mentiras ecológicas y el teatro de la reforma

Hoy, mientras se retiran los cadáveres de entre los escombros, el Estado lleva a cabo su ritual habitual: lágrimas de cocodrilo, promesas de «investigación» y vagos discursos sobre «mejoras». Pero, como la Corriente Comunista Internacional (CCI) pone claramente en evidencia en su Manifiesto sobre la Crisis Ecológica [1], estas gesticulaciones no son más que teatro. La reforma es una mentira. La regulación no es más que una cortina de humo. El sistema no puede «repararse», pues funciona exactamente de acuerdo con sus fundamentos.

El «greenwashing (lavado verde)» del capitalismo -sus cumbres sobre el clima, sus promesas de «cero emisiones», sus chapuzas tecnocráticas- no hace más que agravar la crisis. No se trata de un mal funcionamiento. Se trata de la descomposición de un sistema. Y en su descomposición, envenena el aire, el agua, el suelo y la posibilidad misma de un futuro.

La clase trabajadora desechable: sacrificada al dios de la basura

¿Quién murió en Binaliw? No fueron los ejecutivos. Tampoco los políticos. Fueron los trabajadores. Los recicladores de basura. Las familias que viven a la sombra de una montaña de basura. Han sido sacrificados en el altar de la «eficacia» capitalista, sepultados no solo bajo los desechos, sino también bajo el desprecio de un sistema que los considera también basura.

Este fenómeno no es exclusivo de Cebú. Desde Payatas hasta Delhi, desde Lagos hasta Yakarta, los pobres se ven obligados a vivir y morir entre los desechos. El capitalismo crea zonas -geográficas y humanas sacrificadas- y lo llama progreso.

Revolución o extinción: el veredicto inapelable de la CCI

La CCI no se anda con rodeos: el capitalismo es ecocida. No puede reformarse. Debe ser derrocado. La clase obrera es la única fuerza que tiene el poder y el interés de reorganizar la sociedad sobre una base racional, ecológica y humana.

Esto significa rechazar todas las ilusiones: la política electoral, las «soluciones» nacionalistas, los parches de las ONG y el activismo climático burgués. Esto significa construir un movimiento internacional y revolucionario arraigado en la lucha de clases y basado en la memoria histórica del proletariado, en particular en las lecciones de los consejos obreros de 1917-1919.

¡No más tumbas bajo la basura!

El derrumbe de Binaliw no es un hecho aislado. Es el síntoma de un sistema moribundo que nos arrastrará a todos en su caída si no actuamos. La elección no es entre una mejor gestión de los desechos y una peor, sino entre un mundo organizado para satisfacer las necesidades humanas y un mundo sepultado bajo su propia basura.

Les debemos a los muertos algo más que llorarlos. Les debemos justicia. Y la justicia no vendrá del Estado, del mercado o de las urnas electorales.

Vendrá de la calle, de las fábricas, de las asambleas de trabajadores que se niegan a ser enterrados vivos.

Que el hedor de Binaliw sea el olor del cadáver en descomposición del capitalismo. Enterremos al sistema antes de que él nos entierre a nosotros.

Internacionalismo (Filipinas)

Cuestiones teóricas: 

  • Medio ambiente [2]

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Descomposición y medioambiente

«Antiimperialismo» y defensa de la «soberanía nacional», trampas contra el proletariado

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La aplicación de aranceles, la imposición de medidas de contención migratoria y el fortalecimiento del militarismo, son los instrumentos definidos en la «Estrategia de seguridad nacional» de Trump para contrarrestar la influencia de China, recobrar el control del hemisferio occidental e imponer relaciones políticas y económicas más favorables para Estados Unidos. Marco Rubio, en los primeros días del segundo gobierno de Trump, anunciaba que aplicarían una política de premios y castigos para lograr «convencer» a los gobiernos del continente americano a «colaborar»: «Algunos países cooperan con nosotros con entusiasmo, otros no tanto. Los primeros serán recompensados. En cuanto a los segundos, el presidente Trump ya ha demostrado que está más que dispuesto a utilizar la considerable influencia de Estados Unidos para proteger nuestros intereses…»[1]

De manera que, medidas como el ataque militar en contra de Venezuela, el cerco petrolero que ha establecido a Cuba, así como las amenazas de apropiarse de Groenlandia, de anexionar a Canadá o de lanzar tropas por territorio mexicano, aunque le ha permitido a Estados Unidos demostrar su poderío militar, no ha podido impedir que su actuación extienda el caos y se agudicen las tensiones imperialistas, pues para cumplir con su «estrategia», no solo «castiga» a sus enemigos o a los renuentes a la «colaboración», sino tiene que enfrentar también a sus socios comerciales y a sus aliados militares, reforzando el desorden y la tendencia del cada uno para sí.

Frentes antiimperialistas, respuesta de la burguesía latinoamericana

De acuerdo a la “Estrategia de seguridad” de Trump, sus acciones de presión han hecho que «Estados Unidos vuelva a ser fuerte y respetado», pero a diferencia de la «paz» que pretende va instalando, hay una acentuación de las tensiones entre la burguesía, pues su accionar, al imponerse por la fuerza en contra de otros Estados, no asegura que se cohesionen políticamente en torno a él, pero tampoco logra la unidad al interior de los países sobre los que interviene, por el contrario, profundiza las divisiones de la burguesía, al polarizar, entre los opositores y los aliados a las medidas trumpistas. Ambos bandos suelen invocar, para la justificación de su postura, la defensa de la nación y la economía, solo diferencian su argumento en que, mientras un bando llama a la defensa de la soberanía y la democracia, el otro habla de una alianza de mutuo beneficio, pero desde ambos lados buscan que los trabajadores se involucren, asuman la defensa de un bando y puedan ser utilizados en su disputa como una fuerza de choque, impidiendo así que actúen desde su terreno de clase.

En el continente americano y principalmente en América Latina, este escenario se viene definiendo así: un bando de la burguesía, desde la derecha, empuja una campaña de apoyo a Trump, mientras que otro, que se presenta desde la izquierda, complementa el ataque, avanzando su campaña anti-Trump. Por presentarse a esta última como una expresión proletaria, es más insidiosa y tramposa. Un ejemplo claro de cómo va concretándose esta campaña se ilustra en la convocatoria de la «Conferencia Internacional Antifascista y por la Soberanía de los Pueblos» (celebrada hace unos días en Porto Alegre), que justamente, concluye que: “Para combatir el autoritarismo, es necesario recuperar, ampliar y profundizar los derechos democráticos…”.

A escala regional, esta respuesta de la burguesía se replica, por ejemplo, en México diversos sindicatos en unidad con grupos tanto trotskistas como estalinistas, han convocado a la formación de «frentes antiimperialistas», presentándolos como organizaciones promotoras de la solidaridad y el internacionalismo, pero la defensa de un Estado o de una nación, es la negación misma de la solidaridad y el internacionalismo proletario. Precisamente, tanto el Frente Antiimperialista Mexicano (FAM), como el Frente Popular de Trabajadores Antiimperialista y Antifascista (FPTAA), tienen en la base de sus discursos, la «defensa de la soberanía» de los Estados latinoamericanos ante las agresiones de Estados Unidos y la defensa de sus «recursos estratégicos», de manera que, lo que pretenden es que los trabajadores defiendan a la economía del país y el derecho de la burguesía nacional a imponer el control en su territorio, sometiendo y explotando, es decir, están llamando a defender al capitalismo, solo que lo encubren reciclando la tramposa ilusión de la ideología «antiyanqui», impulsada en los años 60 y 70 del siglo pasado por los grupos trotskistas y maoístas.

De manera que el accionar de estos frentes, está orientado a animar el nacionalismo y con ello someter al proletariado, colocarlo en la defensa de un bando burgués en disputa y alejarlo de su terreno de clase. Es una actuación similar a la que se sigue en Estados Unidos por el «movimiento MAGA», cuando invoca al nacionalismo para justificar sus ataques racistas y su accionar bélico, atrapando ideológicamente a muchos trabajadores. En este sentido, se precisa alertar sobre las trampas que, desde todos los bandos de la burguesía, se lanzan en contra de los explotados.

Esta práctica la clase dominante la ha repetido en otros momentos, por eso, sacando las lecciones de estos ataques es que denunciamos que: «Todas las fracciones de la burguesía son igualmente reaccionarias. […] Todas las tácticas de “frente popular”, “frente antifascista” o “frente único”, que pretenden mezclar los intereses del proletariado a los de una fracción de la burguesía sólo sirven para frenar y desviar la lucha del proletariado.»[2]

La burguesía, mediante el uso de los frentes, buscará profundizar el control ideológico, presentando a la democracia como expresión opuesta y alternativa al fascismo, u oponer ante el trumpismo el antitrumpismo. Pero, podemos afirmar que estas manifestaciones no son opuestas, pues en ambos lados de la línea se encuentra la burguesía buscando perpetuar al capitalismo. Esa misma ilusión engañosa utilizan, cuando convocan a luchar contra el imperialismo y defender a las «naciones oprimidas». Con ello buscan que los explotados tomen partido por alguna de las fuerzas imperialistas en pugna. Rosa Luxemburgo explicó claramente que «La política imperialista no es obra de un Estado cualquiera o de varios, sino que es el producto de un determinado grado de maduración en el desarrollo mundial del capital, un fenómeno internacional por naturaleza, […] del cual ningún Estado puede sustraerse».[3] Esto significa que no solo Estados Unidos es imperialista, se trata, sin duda, de la potencia imperialista con mayor fuerza, pero todos los Estados con los que mantiene una disputa: el chino, el mexicano, el venezolano, el cubano… también son imperialistas, no importa cuál es su tamaño y capacidad militar. Por lo tanto, la competencia y los enfrentamientos que mantienen son choques imperialistas, ante los cuales los trabajadores no tienen ningún interés y, por tanto, no deben tomar partido por alguno de ellos. Por el contrario, los trabajadores, requieren desplegar su verdadero carácter internacionalista rechazando la defensa de alguna nación y unificando sus fuerzas y descontentos en la defensa de sus condiciones de vida.

RM, 2-abril-2026

 

[1] Marco Rubio: Una política exterior que pone a Estados Unidos en primer lugar [3]. https://www.state.gov/ [4]

[2] Ver “Nuestras posiciones”, expuesta en la contraportada de todas nuestras publicaciones

[3] Rosa Luxemburgo. Crisis de la socialdemocracia, 1916.

Situación nacional: 

  • Mexico [5]

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Campañas nacionalistas

La caja de Pandora de un modo de producción en putrefacción

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Las perspectivas que ofrece la situación mundial suscitan en todas partes un profundo sentimiento de angustia. La guerra se extiende por todo el planeta, desmintiendo a los dirigentes mundiales que inundan los medios de comunicación con vanas promesas de paz. La ofensiva estadounidense-israelí contra Irán y el Líbano, así como los contraataques de Irán y sus grupos armados subordinados, han sumido a sangre y fuego a todo Oriente Medio. La guerra en Ucrania lleva ya cuatro años y nada indica que se vislumbre una solución. Si miramos más al este veremos enfrentamientos entre Afganistán y Pakistán, entre Pakistán e India, entre Camboya y Tailandia. Si miramos hacia el oeste, veremos el conflicto genocida en Sudán, la guerra aparentemente interminable en el Congo, los combates entre las bandas islamistas y el Estado nigeriano… Mientras tanto, cada nuevo informe científico sobre el cambio climático confirma que el sistema capitalista es incapaz de hacer frente a la destrucción del medio ambiente. Y la barbarie militar, que se intensifica, no solo acentúa la desestabilización de la economía mundial, ya de por sí en graves dificultades, sino que también provoca catástrofes ecológicas adicionales, haciendo prácticamente imposible que los Estados de todo el mundo dediquen siquiera el mínimo de recursos a mitigar el impacto del calentamiento global.

No es de extrañar que la ansiedad, el nihilismo y los sentimientos apocalípticos estén en aumento por todas partes, generando reacciones cada vez más irracionales por parte de la clase dominante. Se ha informado, por ejemplo, de que altos mandos del ejército estadounidense han pronunciado encendidos sermones ante las tropas comprometidas en la guerra contra Irán, explicando la guerra de la siguiente manera: ¡habrían sido ungidos por Dios para inaugurar el Armagedón y traer el regreso de Jesús! Pero muchos sospechan, con razón, que la guerra en Oriente Medio es una señal tangible de que los dirigentes mundiales están perdiendo el control ante esta deriva hacia un mundo de guerras, hacia nuevos niveles de barbarie y autodestrucción, y de que el propio futuro de la humanidad está amenazado.

Ante los desastres provocados por las guerras y el caos creciente, pequeñas minorías en todo el mundo toman conciencia de que detrás de esta espiral mortal se esconde todo un sistema social, un sistema de dominación de clase que demuestra su incapacidad para responder a las necesidades de la humanidad; un sistema senil y putrefacto que «sobrevive» y se defiende infligiendo catástrofe tras catástrofe a la población mundial. Es el capitalismo en la era de su decadencia y descomposición.

Antitrumpismo y antifascismo: los mecanismos de defensa ideológicos del capitalismo

Pero la ideología de la clase capitalista plantea numerosos obstáculos a la profundización y la extensión de una verdadera comprensión de la realidad social.

Es evidente (incluso para amplios sectores de la propia clase dominante) que la guerra contra Irán se ha desencadenado sin ningún plan ni objetivo claro, y que los objetivos declarados cambian de un día para otro: ¿Esta impresionante (y extremadamente costosa) movilización del poderío militar estadounidense tiene como único objetivo impedir que Irán desarrolle el arma atómica, destruir sus capacidades militares, o pretende simplemente derrocar al régimen de los mulás? Sin un objetivo preciso, ¿cómo terminará el conflicto? ¿Se ha evaluado la capacidad de Irán para contraatacar no solo lanzando misiles y drones por todo Oriente Medio e incluso más allá, adoptando una estrategia de tierra quemada en toda la región, sino también, y probablemente de manera más significativa, asestando un duro golpe a la economía mundial al cerrar el estrecho de Ormuz, vía de comunicación esencial para el comercio mundial y el abastecimiento energético?

Esta falta de un plan coherente detrás de la guerra se suele explicar señalando a Trump y a sus secuaces, y en particular a la personalidad narcisista o egocéntrica de Trump, su incapacidad para pensar de forma coherente o sus crecientes signos de senilidad. Trump es, en efecto, todo eso.

Pero, como dice el refrán, «cada situación tiene su hombre». El hecho de que un individuo así pueda situarse al frente del país más poderoso del mundo dice mucho sobre la naturaleza y la trayectoria del sistema capitalista, que no solo es obsoleto desde hace más de un siglo, sino que, desde finales de la década de 1980, ha entrado en la fase terminal de su declive. Su incapacidad para ofrecer un futuro a la humanidad, e incluso para imaginar cualquier futuro, produce inevitablemente «dirigentes» cada vez más incapaces de anticiparse y que se encuentran ellos mismos en un estado de negación ante lo que nos espera. La insistencia de Trump en afirmar que el cambio climático es una gran «farsa», o que Estados Unidos se encuentra en los albores de una «nueva edad de oro», son algunos de los síntomas de esa miopía irracional.

La improvisación, la torpeza y el rencor de Trump y su pandilla de incompetentes contribuyen a acelerar la tendencia del poder estadounidense a actuar, ya no como el principal baluarte del orden capitalista mundial, sino como una fuerza de creciente desestabilización en todo el planeta. Esta tendencia, sin embargo, es muy anterior al reinado de Trump. A principios y mediados de la década de 2000, por ejemplo, en muchos de nuestros artículos y resoluciones internacionales, señalábamos que, ante el creciente desorden de las relaciones imperialistas surgido tras el colapso del bloque ruso, los Estados Unidos se estaban convirtiendo ellos mismos en el principal promotor del caos mundial, a pesar de (o más bien a causa de) sus esfuerzos por defender sus intereses mediante brutales demostraciones de poderío militar. Lo ocurrido en Irak es el ejemplo por excelencia: el espectacular derrocamiento del régimen de Sadam Husein no impidió que Irak se sumiera en un inmenso baño de sangre y una fragmentación sin fin. Irak se ha convertido incluso en un foco de desestabilización regional, con numerosas milicias incontrolables y grupos terroristas, como el Daesh, que se han extendido por la región y más allá.

Por sus consecuencias militares, políticas, económicas y ecológicas, la guerra contra Irán lleva este efecto a un nivel muy superior, con prácticamente todo Oriente Medio arrastrado al lodazal y daños catastróficos para la economía mundial. Este conflicto arrastra en su torbellino a cada vez más Estados y facciones. Pero esto se debe fundamentalmente a que la tendencia subyacente del capitalismo a su «desintegración interna» (por citar a la Internacional Comunista de 1919) avanza a pasos agigantados desde hace ya varias décadas.

Atribuir toda la responsabilidad de esto únicamente a Trump y a su facción tiene una función ideológica muy precisa: hacer creer que, si esta pandilla pudiera ser sustituida por políticos «serios» y «demócratas», la trayectoria profunda de un capitalismo condenado podría revertirse. De ahí la supuesta necesidad de prepararse para las próximas elecciones, de apoyar al Partido Demócrata o incluso al sector más sensato del Partido Republicano en sus campañas destinadas a deshacerse de Trump, a volver a poner a «responsables» al mando del Gobierno y a contribuir a restaurar un «orden basado en normas» a nivel internacional. En resumen, este argumento es un medio para impedir la maduración y la difusión de una conclusión muy diferente: que el verdadero problema no es tal o cual político o partido capitalista, sino el capitalismo mismo, incluida la farsa de la democracia parlamentaria y las instituciones internacionales (ONU, OTAN, etc.) que existen para perpetuar su dominio mundial.

Lo mismo ocurre con la ilusión de que el imperialismo israelí podría llevar a cabo una política de paz si Netanyahu y los fanáticos religiosos de su gobierno pudieran ser derrocados en las próximas elecciones, cuando todos los partidos políticos israelíes, tanto de derecha como de izquierda, se alían descaradamente en el ataque contra Irán. O que la tortura y la masacre de disidentes en Irán terminarían si el cruel reinado de los mulás fuera sustituido por partidos de oposición democráticos, o incluso por un regreso al poder de la dinastía Pahlavi.

Y esto se aplica también al argumento de que Trump y sus clones en otros países constituyen una amenaza para la democracia, que nos llevan «hacia el fascismo». Es cierto que, con el trumpismo, vemos cómo el Estado recurre cada vez más a métodos directamente represivos, a una violencia en sus propias ciudades que solo tiene parangón con la violencia infligida a las ciudades iraníes. El uso del ICE como una especie de guardia pretoriana del gobernante, que sirve para imponer un terror abierto a la población de Estados Unidos, sin duda recuerda a regímenes autoritarios anteriores como el fascismo de Mussolini o el nazismo de Hitler, aunque las condiciones históricas que dieron origen a esos regímenes son muy diferentes hoy en día. Pero la principal mentira que se esconde tras esta apariencia de verdad consiste en alimentar la ilusión de que, para luchar contra tales ejemplos de represión, contra las detenciones y expulsiones de proletarios inmigrantes, bastaría con seguir a las fuerzas de oposición burguesas y sus protestas en torno a la defensa de la «verdadera democracia estadounidense». En resumen, campañas que llaman al proletariado a fundirse en la masa de ciudadanos y a alinearse tras consignas políticas burguesas, en lugar de unirse y organizarse en torno a sus propios intereses de clase. Estos intereses, aunque se plantean en primer lugar sobre todo en el plano económico, incluyen sin duda la defensa de nuestros hermanos de clase frente a la represión estatal. Pero la historia ha demostrado que cuando los trabajadores abandonan su propia lucha de clases y siguen los llamamientos a unirse a un frente «popular» detrás de facciones supuestamente «progresistas» de la burguesía para «detener el fascismo», se entregan atados de pies y manos a la barbarie del enemigo de clase. Durante la supuesta revolución española de 1936-1939, por ejemplo, los trabajadores fueron combatidos así no solo por Franco y sus tropas, sino también por las milicias del Frente Popular, en particular durante las barricadas de Barcelona en mayo de 1937.

La realidad del «orden» basado en el derecho internacional burgués

La burguesía «democrática» de Estados Unidos y Europa occidental lamenta la desaparición del «orden internacional» establecido tras la Segunda Guerra Mundial. Este «orden» está hecho trizas tras las amenazas estadounidenses contra Groenlandia, un país «aliado» de la OTAN, el secuestro de Maduro, el intento de crear un «Consejo de la Paz» bajo la presidencia de Trump en sustitución de la ONU, y a la ruptura entre los antiguos aliados de Europa y Estados Unidos, puesta de manifiesto por la negativa de los socios estadounidenses de la OTAN a comprometerse en la guerra de Trump y a participar en el desbloqueo del estrecho de Ormuz.

Pero, ¿qué era, en realidad, ese «orden internacional»? Se trataba, desde el principio, de un orden estadounidense, formado ante todo para contrarrestar el auge de la URSS como potencia imperialista mundial. La formación del sistema de dos bloques impuso efectivamente cierta disciplina a los países situados bajo la «protección» de Estados Unidos o de Rusia. Pero no hay que olvidar nunca que los dirigentes de ambos bloques siempre estaban dispuestos a mantener su autoridad de «padrinos» mediante golpes de Estado, asesinatos y, sobre todo, interminables guerras por poder, como en Corea, Vietnam, África y otros lugares, guerras libradas en nombre de la «contención del comunismo» o de la «liberación nacional» y que se cobraron millones de vidas. Era un «orden» sobre el que se cernía permanentemente la amenaza de un holocausto nuclear.

Cuando el bloque ruso se derrumbó en 1989, la CCI predijo que a partir de entonces entraríamos en una fase dominada por el «sálvese quien pueda» en las relaciones internacionales, una ola creciente de caos e imprevisibilidad que no anuló la tendencia del capitalismo decadente a la guerra, sino que simplemente le dio una forma diferente. Durante los primeros años de esta nueva fase, Estados Unidos actuó como «Gendarme» mundial, intentando utilizar su superioridad militar para mantener a raya a sus antiguos aliados y contener la ola de caos y desestabilización. Pero, como ya hemos dicho, las acciones estadounidenses, como la primera Guerra del Golfo o las invasiones de Afganistán e Irak a principios de la década de 2000, tuvieron el efecto contrario: aceleraron la ruptura de las antiguas alianzas y sumieron a los países invadidos en el caos. Desde entonces, hemos visto cómo este proceso de descomposición se ha acelerado cada vez más, generando un entorno cada vez más mortífero, marcado por momentos clave como la pandemia de la COVID a principios de la década de 2020, que vio cómo naciones supuestamente comprometidas con las «normas y la comunidad internacional» llevaban a cabo auténticos actos de piratería y se arrebataban entre sí mascarillas y material médico incluso en las pistas de los aeropuertos para hacer frente al colapso del sistema sanitario. La pandemia de la COVID-19 también provocó que toda la logística de la producción y el comercio globalizados se paralizara bruscamente. A este acontecimiento le siguió una cascada de conflictos de gran envergadura, como la invasión rusa de Ucrania y la guerra entre Israel, Hamás y Hezbolá. El asalto estadounidense-israelí contra Irán, y el contraataque de Irán contra los países vecinos y el comercio mundial, significan que la deriva hacia una barbarie militar incontrolada ha adquirido una nueva dimensión, confirmando lo que la Internacional Comunista afirmaba en su primer Manifiesto de 1919, ante las ruinas dejadas por la Primera Guerra Mundial, que marcó la entrada del capitalismo en su época de declive: «el resultado último del modo de producción capitalista es el caos».

Se podría pensar que el objetivo de Trump era, como poco antes en Venezuela, someter a un régimen enemigo y asestar un golpe a China, el principal rival de Estados Unidos y cuyo socio imperialista de importancia en el plano económico y estratégico es Irán. Pero, lejos de imponer por la fuerza la hegemonía estadounidense en Oriente Medio, este conflicto ha arrastrado a Estados Unidos a un nuevo atolladero: o bien Trump se empantana en un conflicto de destrucción sin fin, o bien retira a su ejército dejando tras de sí un caos inmenso. Sea como fuere, Estados Unidos no solo se ve humillado y más aislado que nunca, sino que también ha tenido que retirar sus fuerzas del Pacífico, lo que debilita su posición frente a China. Y todo ello con el único resultado de sembrar el caos entre el enemigo y sufrir un contraataque inmediato. Por su parte, Irán también ha entrado en una lógica pura de tierra quemada: si el régimen debe perecer (lo cual es cada vez menos probable a corto plazo), lo hará sembrando el caos y la barbarie.

Esta lógica de autodestrucción, de conflictos de alcance cada vez mayor en los que nadie gana, es la imagen misma del capitalismo. Este sistema se encuentra verdaderamente en agonía y, si no es derrocado, arrastrará a toda la humanidad al abismo con él. Por eso es tan importante que la clase obrera y sus minorías revolucionarias rechacen toda ilusión de que esta trayectoria mortal pueda revertirse cambiando de dirigentes políticos, revitalizando las instituciones mundiales o «democratizando» el Estado. Nuestro enemigo no es tal o cual político o partido político, tal o cual país, sino el propio modo de producción que se alimenta de la explotación y engendra la guerra, y al que solo la lucha revolucionaria de la clase explotada en todos los países puede poner fin.

Amos

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  • Descomposición [6]

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Guerra en Irán

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[1] https://es.internationalism.org/content/5364/manifiesto-sobre-la-crisis-ecologica [2] https://es.internationalism.org/tag/3/50/medio-ambiente [3] https://www.state.gov/translations/spanish/marco-rubio-una-politica-exterior-que-pone-a-estados-unidos-en-primer-lugar [4] https://www.state.gov/ [5] https://es.internationalism.org/tag/situacion-nacional/mexico [6] https://es.internationalism.org/tag/3/45/descomposicion