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Este informe se escribió para un congreso reciente de nuestra sección francesa, al que seguirán otros informes de la situación internacional[1].
El desastre continúa… y empeora: oficialmente, tenemos 36 millones de infectados y más de un millón de muertos en todo el mundo[2]. Las diferentes facciones de la burguesía mundial, después de haber pospuesto temerariamente las contra- medidas de prevención frente a la expansión del virus, y más tarde, habiendo impuesto un cierre brutal a amplios sectores de la economía, ahora apuestan por la recuperación económica a expensas de un número aún mayor de víctimas, reabriendo toda la economía cuando la pandemia sólo ha sido temporalmente aplacada en unos pocos países. Con el invierno acercándose, está claro que la apuesta no ha tenido éxito, con expectativas de empeoramiento al menos a medio plazo, tanto en términos de salud como económicos. La carga de este desastre cae sobre los hombros de la clase obrera mundial.
Hasta ahora, una de las dificultades para entender la entrada del capitalismo en su última fase de declive histórico – la de la descomposición social – es que esta época, definitivamente inaugurada por el colapso del Bloque del Este en 1989, había aparecido sólo superficialmente, en la forma de una proliferación de síntomas varios sin conexión aparente, al contrario que en periodos previos de decadencia capitalista que estuvieron definidos y dominados por puntos de inflexión evidentes, como la guerra mundial o la revolución proletaria[3]. Pero ahora en el año 2020, la pandemia de Covid, la crisis más significativa de la historia desde la Segunda Guerra Mundial se ha convertido en emblema indiscutible de todo este periodo de descomposición, reuniendo toda una serie de elementos de caos que representan la putrefacción generalizada del sistema capitalista. Entre estos incluimos:
Así, el Covid-19 ha reunido en todos los niveles de la sociedad capitalista, de la forma más clara, el impacto de la descomposición – a nivel económico, imperialista, político, ideológico y social.
La situación actual también ha dejado en la irrelevancia una serie de fenómenos que, supuestamente, contradecían el análisis de que el capitalismo había entrado en un periodo de caos y derrumbe social. Estos fenómenos, decían nuestros críticos, probaban que nuestro análisis debía ``ponerse en cuestión´´ o, simplemente, ignorarse. Se trata principalmente de los significativos niveles de crecimiento de la economía china hace unos años, que según nuestros críticos refutaban la noción de que estamos en un periodo de descomposición o, incluso, de decadencia histórica. Lo que les ha ocurrido a nuestros críticos, en realidad, es que se han dejado llevar por el ``perfume de la modernidad´´ emitido por el crecimiento industrial chino. Hoy día, como resultado de la pandemia, no sólo se ha estancado la economía china, sino que ha revelado un atraso crónico que despide el peor de los aromas: el del subdesarrollo y el desmoronamiento.
La perspectiva de la CCI, que afirma la entrada del capitalismo mundial en una fase final de disolución interna desde 1989, ha sido plenamente confirmada, porque está basada en el método marxista de análisis de las tendencias mundiales y a largo plazo, y no en ir corriendo detrás de las novedades circunstanciales o en aferrarse a fórmulas obsoletas.
La crisis sanitaria actual revela, sobre todo, una creciente pérdida de control de la clase capitalista sobre su propio sistema, y su cada vez menor perspectiva de una sociedad humana como tal. Se palpa cada vez más la creciente pérdida de control de los medios que la misma burguesía se había dado hasta hoy para limitar y encauzar los efectos del declive histórico de su modo de producción.
Por añadidura, esta situación deja claro hasta qué punto la clase capitalista no sólo está siendo cada día más incapaz de evitar el caos social, sino que está agravando aún más la misma descomposición que hasta hoy había mantenido bajo control.
Para entender mejor por qué la pandemia de Covid es como un Gran Símbolo del periodo de descomposición capitalista, tenemos que entender por qué no habría podido ocurrir en épocas anteriores, tal y como lo ha hecho hoy.
Las pandemias, claro está, han ocurrido en sociedades anteriores y han tenido un impacto devastador en las mismas, siendo un factor de aceleración en la caída de sociedades de clases del pasado: por ejemplo, la Plaga de Justiniano al final de la sociedad esclavista antigua o la Peste Negra en el último periodo de la servidumbre feudal. Pero la decadencia feudal no conoció un periodo de descomposición: un nuevo modo de producción, el capitalismo, tomaba forma dentro y alrededor del viejo. La devastación de la plaga consiguió incluso acelerar el desarrollo temprano de la burguesía.
La decadencia del capitalismo, el sistema de explotación del trabajo más dinámico de la historia envuelve necesariamente a toda la sociedad e impide el surgimiento de cualquier otra forma nueva de producción. Este es el motivo por el que, en ausencia de la posibilidad de una nueva guerra mundial o del resurgimiento de la alternativa proletaria, el capitalismo entra en un periodo de ``ultra- decadencia´´, como lo expresaron las Tesis sobre la Descomposición de la CCI[5]. Así, la presente pandemia no dará lugar a ninguna regeneración de las fuerzas productivas de la humanidad en el marco de la sociedad existente, sino que nos obliga a vislumbrar el colapso inevitable de la sociedad humana en su totalidad… a no ser que el capitalismo mundial sea completamente derrocado. El recurso a métodos medievales de cuarentena como respuesta al Covid, cuando el capitalismo ha desarrollado los medios científicos, tecnológicos y sociales suficientes para comprender, prevenir y contener la erupción de plagas (aunque sea incapaz de desplegarlos) es testimonio fiel del impasse de una sociedad que se está ``pudriendo sobre sus propias base´´, y que es cada día más incapaz de aprovechar las fuerzas productivas que ha puesto en pie.
La historia del impacto social de las enfermedades infecciosas en la vida del capitalismo nos da la posibilidad de estudiar más en profundidad la diferencia entre la decadencia de un sistema cualquiera y el periodo de descomposición específico dentro de su periodo de decadencia, que comenzó en 1914. El ascenso del capitalismo, e incluso la historia de la mayor parte de su decadencia, muestra ciertamente un dominio creciente de la ciencia médica y la salud pública sobre las enfermedades infecciosas, especialmente en los países más avanzados. El fomento de la higiene y saneamiento públicos, la victoria contra la viruela y la polio y el retroceso de la malaria, son ejemplos de este progreso. Finalmente, tras la Segunda Guerra Mundial, las enfermedades no-transmisibles se convirtieron en la primera causa de muerte prematura en el corazón del capitalismo. No debemos pensar que este aumento del poder de la epidemiología tuvo lugar por las preocupaciones humanitarias que la burguesía dice tener. Su objetivo primordial era crear un ambiente estable para la intensificación de la explotación que exigía la crisis permanente del capitalismo, y, sobre todo, como preparación para la eventual movilización total de la población de acuerdo a los intereses militares de los bloques imperialistas.
Desde los años 80, las tendencias positivas en materia de enfermedades infecciosas empezaron a revertirse. Patógenos nuevos o evolucionados empezaron a surgir, como el VIH, el Zika, el Ébola, el SARS, el MERS, el Nipah, el N5N1, la fiebre del Dengue, etc. Enfermedades ya superadas empiezan a mostrar resistencia a los antibióticos. Este desarrollo, en especial de virus zoonóticos, está ligado al crecimiento urbano en las regiones periféricas del capitalismo – en especial de los barrios chabolistas, que representan el 40% de este crecimiento – así como a la deforestación y el creciente cambio climático. Mientras que la epidemiología ha sido capaz de entender y rastrear el origen de estos virus, las contra- medidas estatales no han estado a la altura de la amenaza. La respuesta caótica e insuficiente de todas las burguesías al Covid-19 es una llamativa confirmación de la creciente negligencia del Estado capitalista con respecto al resurgimiento de enfermedades infecciosas y las cuestiones de salud pública, así como de su indiferencia hacia las medidas de protección social más básicas. Este aumento de la incompetencia social del Estado burgués está ligado a décadas de recortes del ``salario social´´, particularmente, en el ámbito de los servicios de salud. Pero la creciente indiferencia hacia la salud pública sólo puede entenderse verdaderamente en el marco del periodo de la descomposición, que favorece las respuestas irresponsables y a corto plazo de importantes sectores de la clase dominante.
Las conclusiones que destacar de este retroceso en el control de las enfermedades infecciosas en las últimas décadas son ineludibles: queda ilustrada la transición del capitalismo en decadencia a su periodo final de descomposición.
Por supuesto, el empeoramiento de la crisis económica permanente del capitalismo es la causa fundamental de esta transición, una crisis presente en todos los periodos de la decadencia. Pero es la gestión – o mejor dicho la cada vez peor gestión – de los efectos de esta crisis lo que ha cambiado, y lo que supone un componente clave de los desastres presentes y futuros que serán característicos del periodo específico de la descomposición.
Las explicaciones que no tienen en cuenta esta transformación, como las de la Tendencia Comunista Internacional, por ejemplo, se quedan en la perogrullada de que la búsqueda de beneficios es lo que está detrás de la pandemia. Para ellos las circunstancias específicas, la cadencia y la amplitud de la calamidad siguen siendo un misterio.
Y lo que tampoco se puede hacer es explicar la reacción de la burguesía a la pandemia volviendo al esquema de la Guerra Fría, como si las potencias imperialistas hubieran ``instrumentalizado´´ al Covid con un propósito militar, diciendo que las cuarentenas masivas son una movilización de la población en este sentido. Este punto de vista ignora que las principales potencias imperialistas no están ya organizadas en bloques rivales y que no tienen las manos libres para movilizar a la población tras sus objetivos de guerra. Esto es lo esencial del estancamiento entre las dos clases principales, lo que está en la raíz del periodo de descomposición.
En términos generales, no son los virus sino las vacunas las que juegan en favor de las ambiciones de los bloques imperialistas militares[6]. La burguesía ha aprendido las lecciones de la gripe española de 1918 a este respecto. Las infecciones descontroladas suponen una enorme desventaja para los ejércitos, como lo demuestra la desmovilización de varios portaaviones estadounidenses y un portaaviones francés por el Covid-19. En contraste, mantener ciertos patógenos letales bajo control estricto siempre ha sido una exigencia de la capacidad para la guerra biológica de cada potencia imperialista.
Esto no quiere decir que las potencias imperialistas no hayan usado las crisis sanitarias en provecho de sus intereses y en detrimento de sus rivales. Pero todos estos esfuerzos muestran, en conjunto, el vacío de poder en el liderazgo mundial imperialista que ha dejado Estados Unidos, sin ninguna otra potencia, incluida China, que haya sido capaz de asumir este papel o de crear un polo de atracción opuesto. La catástrofe del Covid ha subrayado el caos que existe a nivel de los conflictos imperialistas.
A las cuarentenas masivas impuestas por los Estados imperialistas las ha seguido, ciertamente, una mayor presencia militar en la vida cotidiana y el uso de exhortaciones llenas de lenguaje bélico por parte de los Estados. Pero esta desmovilización de la población está inspirada, principalmente, por el miedo de los Estados a la amenaza del desorden social en un periodo en el que la clase obrera, aunque silente, sigue sin haber sido derrotada.
La tendencia fundamental a la autodestrucción, característica común de todos los periodos de la decadencia capitalista, se ha visto transformada en sus expresiones más claras en el periodo de descomposición: de la guerra mundial ha pasado a un caos mundial que agrava aún más la amenaza que supone el capitalismo para la sociedad y la humanidad en su conjunto.
La pérdida de control por parte de la burguesía que ha caracterizado a la pandemia ha estado mediada por el instrumento del Estado. ¿Qué nos dice este desastre sobre el capitalismo de Estado en el periodo de descomposición?
Haremos referencia para ayudarnos a entender esta cuestión a la parte del folleto de la CCI, La Decadencia del Capitalismo, que habla del ``derrumbe superestructural´´ y de cómo una cada vez mayor presencia del Estado en la sociedad es algo característico de la decadencia de todos los modos de producción. El desarrollo del capitalismo de Estado es una expresión extrema de este fenómeno histórico general.
Como señalaba la GCF[7] en 1952, el capitalismo de Estado no es una solución a las contradicciones del capitalismo, aunque sea capaz de retrasar sus efectos, sino que es expresión de esas contradicciones. La capacidad del Estado para mantener la cohesión de una sociedad en decadencia, por invasivo que se vuelva, está destinada a debilitarse con el tiempo y convertirse, eventualmente, en un factor de agravación de las mismas contradicciones que intentaba contener. La descomposición del capitalismo es la época en la que una creciente pérdida de control por parte de la clase dominante y su Estado se convierte en la tendencia dominante de la evolución social, que el Covid ha puesto en evidencia de forma tan dramática.
Sin embargo, no sería acertado a pensar que esta pérdida de control se desarrolla uniformemente a todos los niveles de la acción del Estado, o que afecta a todos los países de la misma forma o como un fenómeno de corta duración.
Con el colapso del Bloque del Este y la consecuente inutilidad del Bloque Occidental, estructuras militares como la OTAN tendieron a perder su cohesión, como mostraron las experiencias de la guerra de los Balcanes y del Golfo. La dislocación militar y estratégica ha estado acompañada, inevitablemente, por la pérdida de influencia – a diferentes ritmos – de todas las agencias inter- estatales que se fundaron bajo la égida del imperialismo norteamericano tras la 2ª Guerra Mundial, tales como la OMS y la UNESCO, en el ámbito social, y la UE (en su anterior configuración), el Banco Mundial, el FMI y la Organización Mundial del Comercio en el ámbito económico. Estas agencias estaban diseñadas para mantener la estabilidad y la ``dictablanda´´ del bloque Occidental bajo el liderazgo de los Estados Unidos.
El proceso de disolución y el debilitamiento de estas organizaciones inter- estatales se han intensificado, visiblemente, con la victoria de Trump en las elecciones presidenciales norteamericanas de 2016.
La relativa impotencia de la OMS durante la pandemia habla por sí sola a este respecto, ligada al caótico ``cada uno para sí´´ de los Estados que ha arrojado los desastrosos resultados que ya conocemos. La ``guerra de las mascarillas´´ y la próxima guerra de las vacunas[8], la retirada de la OMS propuesta por Estados Unidos, la intentona china de manipular esta institución para beneficio propio… casi que no necesitan comentarse.
La impotencia de las agencias inter- estatales, y el cada uno para sí resultante entre los diferentes Estados nacionales competidores, ha ayudado a convertir el patógeno en un desastre global.
Sin embargo, en el plano de la economía mundial – a pesar de la aceleración de la guerra comercial y las tendencias a la regionalización – las diferentes burguesías han sido capaces de coordinarse en torno a medidas esenciales, como la de la Reserva Federal a la hora de preservar la liquidez del dólar a nivel mundial en marzo, al empezar los cierres en la economía. Alemania, tras reticencias iniciales, decidió intentar coordinarse con Francia para lanzar un paquete de ayuda económica para toda la UE en su conjunto.
No obstante, si bien la burguesía mundial es todavía capaz de impedir un desplome absoluto de las partes más vitales de la economía mundial, no ha sido capaz de evitar el enorme deterioro a largo plazo que el cierre de la economía le ha infligido al crecimiento económico y el mercado mundial, impuesto por las respuestas tardías e incoherentes al Covid-19. Comparada con la respuesta del G7 al crash financiero de 2008, la situación actual muestra el prolongado desgaste de la burguesía a la hora de orquestar medidas coordinadas de ralentización de la crisis.
Ciertamente, la tendencia al ``cada uno para sí´´ siempre ha formado parte de la naturaleza competitiva del capitalismo y su división en Estados nacionales. Pero hoy, es la ausencia de la disciplina de bloque y su perspectiva lo que ha alimentado el resurgimiento de esta tendencia, en un periodo de declive e impasse económico. Donde antes se mantenía cierto nivel de cooperación internacional, el Covid-19 ha revelado su ausencia cada vez más evidente.
En el punto 10 de las Tesis sobre la Descomposición, decíamos que la desaparición de la posibilidad de una guerra mundial tensa al máximo las rivalidades entre las camarillas internas de cada Estado nacional, así como entre los Estados mismos. La dislocación y falta de previsión con respecto al Covid-19 en el plano internacional han tenido su paralelismo, en mayor o menor medida, en cada Estado nacional, especialmente en el poder ejecutivo:
``Entre las características más importantes de la descomposición de la sociedad capitalista, hay que subrayar la creciente dificultad de la burguesía para controlar la evolución de la situación en el plano político´´ (tesis 9 Tesis sobre la Descomposición).
Este fue el factor principal a tener en cuenta en el colapso del Bloque del Este, agravado por la naturaleza aberrante del régimen estalinista (un Estado de Partido único que abarcaba a toda la clase dominante). Pero las causas subyacentes de los conflictos en el ``comité ejecutivo´´ de toda la burguesía – la crisis económica crónica, la pérdida de perspectiva estratégica, los fiascos en política exterior, la desafección de la población – están golpeando hoy día a las zonas más avanzadas del capitalismo, lo que podemos observar de la forma más clara en los principales Estados en los que hay gobiernos populistas o influenciados por el populismo, especialmente los que lideran Trump y Boris Johnson. Los conflictos que afectan a estos Estados más poderosos reverberan en otros que, por el momento, han seguido una política más racional.
En el pasado estos dos países fueron símbolos de la relativa estabilidad y fuerza del capitalismo mundial; hoy, la actuación patética de sus burguesías los convierte en faros de la irracionalidad y el desorden.
Tanto la administración estadounidense como la británica, guiadas por la fanfarronada nacionalista, ignoraron conscientemente y retrasaron su respuesta al Covid, e incluso animaron a la población a seguirles en su falta de respeto por el peligro que suponía; ambas han minusvalorado los consejos de las autoridades científicas y están reabriendo la economía mientras el virus aún campa a sus anchas. Ambas administraciones descartaron formar grupos de trabajo especiales para la pandemia en la misma víspera de la crisis del Covid.
Los dos gobiernos, a su manera, han vandalizado los procedimientos establecidos del Estado democrático y han sembrado la discordia entre los diferentes departamentos de Estado, como hizo Trump con su omisión del protocolo militar en su respuesta a las protestas de Black Lives Matter, así como su fraudulenta manipulación de la judicatura, o la presente disrupción de Johnson en la burocracia del servicio civil.
Es cierto que en un periodo de ``cada uno para sí´´, cada Estado nacional ha seguido su propio camino, inevitablemente. Sin embargo, los Estados que han actuado con más inteligencia también se enfrentan a divisiones cada vez mayores y a una pérdida de control.
El populismo confirma la idea de las Tesis sobre la Descomposición de que el capitalismo, en su senilidad, intenta volver a una ``segunda infancia´´. La ideología populista supone que el sistema puede volver a un periodo juvenil de dinamismo capitalista, con menos burocracia, simplemente por arte de frases demagógicas e iniciativas disruptivas. Pero la realidad del capitalismo en decadencia y en fase de descomposición está agotando todos los paliativos.
Mientras que el populismo atrae las ilusiones xenófobas y pequeñoburguesas de una población descontenta, desorientada temporalmente por la ausencia del resurgimiento proletario, la actual crisis sanitaria deja claro que el programa – o anti-programa – populista ha nacido de la burguesía y su Estado.
No es casualidad que los Estados Unidos y Reino Unido, dos de los países más avanzados, hayan sufrido los peores niveles de víctimas de la pandemia.
Sin embargo, debemos tener en cuenta que las agencias económicas del Estado, en la mayoría de los países desarrollados, han conservado la estabilidad y su capacidad para tomar medidas rápidas de emergencia que evitaran la entrada de la economía en caída libre, retrasando los efectos del desempleo masivo sobre la población.
Así, como resultado de la acción de los bancos centrales, hemos visto crecer significativamente la intervención estatal en la economía. Por ejemplo:
``Morgan Stanley [banco de inversión] señaló que los bancos centrales de los países del G4 – Estados Unidos, Japón, Europa y Reino Unido – expandirán colectivamente sus hojas de balances en un 28% de producción doméstica bruta en este ciclo. El equivalente de la crisis financiera de 2008 fue un 7%´´. Financial Times, 27 de junio de 2020.
Esta perspectiva de desarrollo del capitalismo de Estado, no obstante, y en esencia, es un síntoma de que la capacidad del Estado para contener la crisis y la descomposición del capitalismo está disminuyendo.
El peso creciente de la intervención del Estado en todos los aspectos de la vida social no es una solución a la creciente descomposición de ésta.
No debemos olvidar que hay una fuerte resistencia en todos los Estados al vandalismo de los populistas, por parte de los partidos liberales tradicionales o secciones considerables de los mismos. Este sector de la burguesía ha formado una oposición vocal, especialmente a través de los medios de comunicación, que aparte de ridiculizar las payasadas de los populistas pretende mantener cierta esperanza en la población de una vuelta al orden democrático racional, incluso si no existe una capacidad real a día de hoy para cerrar la caja de Pandora populista.
Podemos estar seguros de que la burguesía de estos países no ha olvidado por nada del mundo al proletariado, y será capaz de desplegar a todas sus leales agencias cuando llegue el momento.
El Informe sobre la Descomposición de 2017 destaca el hecho de que en las primeras décadas tras el surgimiento de la crisis económica de finales de los años 60, los países más ricos desplazaron los efectos de la crisis a la periferia del sistema, mientras que en el periodo de la descomposición, la tendencia parece revertirse o rebotar hacia el corazón del capitalismo – como muestran la expansión del terrorismo, el influjo masivo de refugiados y migrantes, el desempleo masivo, la destrucción medioambiental y ahora las epidemias mortales en Europa y América. La situación actual, en la que el país capitalista más poderoso del mundo se ha llevado la peor parte de la pandemia, es una confirmación de esta tendencia.
El Informe señalaba a su vez, de forma premonitoria:
``Por otro lado, consideramos que [la descomposición] no tuvo un impacto real en la evolución de la crisis del capitalismo. Si el actual ascenso del populismo llevara a la llegada al poder de esta corriente en algunos de los principales países europeos, podríamos ver cómo se desarrolla este impacto de la descomposición´´.
Uno de los aspectos más significativos de este desastre es que la descomposición ha repercutido de forma terrible en la economía. Y esta experiencia no parece aplacar el apetito del populismo por el caos económico, como muestra la persistente guerra comercial de los Estados Unidos contra China, o la voluntad del gobierno británico de ir hasta el final con el curso destructivo y suicida del Brexit.
La descomposición de la superestructura se toma su ``venganza´´ sobre los fundamentos económicos del capitalismo que le dieron vida.
``Cuando la economía tiembla, toda la superestructura que depende de ella entra en un estado de crisis y descomposición… de consecuencia del sistema pasa a ser un factor acelerador en el proceso de su declive´´. Decadencia del Capitalismo, capítulo 1.
16-7-20
[1] Ya hemos publicado La irrupción de la descomposición en el terreno económico: Informe sobre la crisis económica https://es.internationalism.org/content/4629/la-irrupcion-de-la-descomposicion-en-el-terreno-economico-informe-sobre-la-crisis [3]
[2] A 9 de octubre de 2020
[3] Este problema de percepción ya aparece referido en el Informe sobre la Descomposición del 22º Congreso de la CCI en 2017 (Revista Internacional nº163)
[4] Esta larga crisis, que ha durado más de cinco décadas, surgió a finales de los años 60 tras dos décadas de prosperidad de post- guerra en los países avanzados. El empeoramiento de esta crisis ha estado marcado por varias recesiones y recuperaciones más específicas, que no han resuelto el impasse de fondo.
[5] Revista Internacional nº107, 1990 https://es.internationalism.org/revista-internacional/200510/223/la-descomposicion-fase-ultima-de-la-decadencia-del-capitalismo [4]
[6] Las propiedades antibióticas de la penicilina fueron descubiertas en 1928. Durante la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos la fabricaron en masa y prepararon 2’3 millones de dosis para el Día D (junio 1944).
[7] Gauche Communiste de France, precursora de la CCI.
[8] Ver un dossier global de artículos sobre el COVID en https://es.internationalism.org/content/4566/dossier-especial-covid19-el-verdadero-asesino-es-el-capitalismo [5] y de forma más específica https://es.internationalism.org/content/4593/guerras-de-vacunas-el-capitalismo-es-un-obstaculo-para-encontrar-un-tratamiento [6] y https://es.internationalism.org/content/4560/guerra-de-las-mascarillas-la-burguesia-es-una-clase-de-matones [7]
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En su libro publicado en 2017, ``Pale Rider´´[1] (``La Grande Tueuse´´ en francés, La Gran Cazadora en español), Laura Spinney, periodista científica, nos muestra cómo el contexto internacional y el funcionamiento de la sociedad en 1918 contribuyeron de forma decisiva al desenlace de lo que acabó llamándose la ``Gripe española´´: ``En esencia, lo que nos enseña la gripe española es que una nueva gripe pandémica es inevitable. Pero su resultado neto – ya sean 10 o 100 millones de víctimas – sólo depende de la sociedad en la que se origina´´. El mundo lleva ya muchos meses enfrentándose al Covid-19, lo que nos lleva a cuestionarnos qué nos enseña esta pandemia sobre el mundo en el que vivimos. La relación entre el desarrollo de los contagios, por un lado, y la organización del Estado y de la sociedad por otro, no es algo que concierne exclusivamente al brote de Gripe española de 1918-20. El marxismo ya ha descubierto efectivamente que el modo de producción, en cualquier época, condiciona toda la organización social y, por extensión, todo lo que afecta a los individuos de esa sociedad.
En la época del declive del Imperio Romano Occidental, las condiciones de vida y la política expansionista imperial posibilitaron que ciertos bacilos (un tipo de bacterias), agentes de la plaga, se propagaran como un incendio, desatando una hecatombe sobre toda la población: ``… los baños públicos se convirtieron en placas de Petri: las aguas fecales se atascaban y descomponían en los pueblos y ciudades; los graneros eran auténticos criaderos de ratas; las rutas comerciales que conectaban todo el Imperio ayudaron a propagar la epidemia desde el Mar Caspio hasta el Muro de Adriano[2], con una rapidez nunca vista´´[3].
La Peste Negra, que asoló la Europa del siglo XIV, halló lo necesario para expandirse tanto en el desarrollo del comercio con Asia, Rusia y Oriente Medio como en el avance de las guerras, ligadas particularmente a la islamización de regiones asiáticas.
Estas dos pandemias representaron fielmente el declive de las sociedades esclavista y feudal, arrasando partes importantes de las mismas y desorganizándolas. No es la enfermedad en sí la que provoca la caída de un sistema de producción, sino, sobre todo, la decadencia de estos sistemas la que favorece la expansión de los microorganismos. La Plaga de Justiniano y la Peste Negra contribuyeron, e indudablemente dieron impulso, a la expansión de fuerzas destructivas que se habían puesto en marcha hacía ya mucho tiempo.
Desde los inicios del capitalismo, las enfermedades han sido un obstáculo constante para el buen funcionamiento de la producción, limitando la fuerza de trabajo indispensable para la creación del valor y maniatando las ambiciones imperialistas al debilitar a los ejércitos en campaña.
El virus de la Gripe española empezó a afectar a la especie humana cuando el capitalismo mundial necesitaba, más que nunca, una fuerza de trabajo al máximo nivel de capacidad. Sin embargo, esta necesidad dependía de las condiciones que, a su vez, fueron el semillero de la pandemia que mató a entre 50 y 100 millones de seres humanos; entre el 2’5 y el 5% de la población mundial. El mundo de la Gripe española estaba sumido en la guerra. Habiéndose iniciado cuatro años antes y a punto de acabar, la Primera Guerra Mundial ya había forjado un mundo “nuevo”: el del capitalismo en decadencia, las crisis económicas interminables y las tensiones imperialistas en alza constante.
Pero la guerra aún no había acabado. Las tropas seguían masificándose tanto en el frente como en retaguardia, creando las condiciones idóneas para los contagios. El transporte de soldados de América a Europa, en particular, se hizo por barco en condiciones lamentables: el virus se propagó enormemente y, por supuesto, con los desembarcos, los soldados llevaron el virus a la población local. Al acabar la guerra, las desmovilizaciones y la vuelta a casa de los soldados fueron un poderoso vector del desarrollo de la epidemia, y mucho más al tratarse de soldados debilitados, malnutridos y que habían recibido una atención médica bajo mínimos durante cuatro años de guerra. Al tratarse de la Gripe española se piensa necesariamente en la guerra, pero esta no fue el único factor de propagación de la enfermedad; nada más lejos de la verdad. El mundo de 1918 era un mundo en el que el capitalismo ya se había impuesto a sus anchas; en el que sus intereses lo habían hecho expandirse e imponer condiciones terribles de explotación. Era un mundo en el que los trabajadores eran hacinados en masa al pie de las fábricas, en un ambiente de miseria, desnutrición y servicios sanitarios inexistentes en su mayor parte. Si los obreros enfermaban, se les mandaba de vuelta a su pueblo, donde acababan infectando a la mayoría de los habitantes. Era un mundo donde los mineros eran confinados bajo tierra durante todo el día, picando piedras para extraer carbón, oro u otros minerales que, a menudo, expulsaban sustancias químicas que destruían sus órganos y debilitaban sus sistemas inmunológicos; por la noche, los obreros y sus familias dormían en espacios reducidos. Era también el mundo del esfuerzo bélico, para el que la enfermedad no podía ser impedimento para que los obreros siguieran yendo a trabajar y, por tanto, contagiaran a sus compañeros.
En general, el mundo de la Gripe española era a su vez un mundo en el que no había apenas conocimiento sobre el origen de las enfermedades y sus vectores de contagio. La teoría de los gérmenes, que propuso el concepto de los agentes infecciosos externos al organismo que sufre la enfermedad, apenas había terminado de nacer. Si bien se había empezado a observar a ciertos microorganismos, la existencia de los virus era aún una hipótesis marginal: 20 veces más pequeños que una bacteria, los virus no eran observables para los microscopios ópticos de la época. La medicina se había desarrollado poco aún y era inaccesible a la gran mayoría de la población. Los remedios tradicionales y todo tipo de supersticiones dominaron la lucha contra una enfermedad desconocida, a menudo vista como algo terrible y sobrecogedor.
La envergadura del desastre humano que supuso la pandemia de Gripe española debió haberla convertido en la última gran catástrofe sanitaria de la humanidad. Las lecciones que pudieron extraerse de ella, la subsiguiente investigación sobre enfermedades infecciosas, el desarrollo tecnológico sin precedentes desde los inicios del capitalismo… todo ello podría llevarnos a pensar que la humanidad tendría que ser capaz de ganarle la partida a las enfermedades.
La clase dominante comprende los riesgos que entraña la cuestión sanitaria para su sistema. Este entendimiento no implica ninguna razón humanitaria o progresista, sino la voluntad de hacer lo que esté en su mano para que la fuerza de trabajo se vea afectada lo menos posible y siga siendo lo más productiva y rentable que se pueda. Esta preocupación de la burguesía apareció ya en el ascenso histórico del capitalismo, tras las pandemias de cólera en Europa en los años 1803 y 1840. El desarrollo del capitalismo vino acompañado de una intensificación del intercambio comercial internacional y, al mismo tiempo, de la comprensión de que los patógenos no se detenían ante las fronteras impuestas por el capitalismo[4]. La burguesía empezó entonces a sostener una política sanitaria multilateral, con las primeras convenciones internacionales de 1850, y sobre todo con las creación de la Oficina Internacional de Higiene Pública (IOPH por sus siglas en inglés) en 1907. En aquel momento el objetivo de la burguesía estaba más que claro: se trataba de medidas destinadas esencialmente a salvaguardar a los países industriales y proteger su indispensable crecimiento comercial y económico. La IOPH contaba sólo con 13 países miembros. Tras la guerra, la Liga de las Naciones creó un comité de higiene de vocación más internacional (abarcando su campo de acción hasta el 70% del planeta) y con un programa que apuntaba abiertamente a asegurar que hasta el último engranaje de la máquina capitalista funcionara correctamente, mediante la promoción de medidas sanitarias. Tras la Segunda Guerra Mundial tuvo lugar un acercamiento más sistemático a la cuestión sanitaria con la creación de la Organización Mundial de la Salud (OMS), y especialmente con la creación de un programa para la mejora de los estándares sanitarios, dirigido no ya a los Estados miembros sino a toda la población mundial. Provista de los medios necesarios, la OMS organizó y financió sus operaciones en torno a un gran número de enfermedades, poniendo énfasis en la prevención e investigación.
Nuevamente, nada nos llama a ver aquí un aparente arrebato de humanitarismo por parte de la clase dominante. En el marco de la Guerra Fría, las medidas sanitarias eran vistas como una forma de asegurarse, tras la post-guerra, la posibilidad de obtener una fuerza de trabajo lo más productiva y numerosa posible, logrando conservar, durante este periodo de reconstrucción, una cierta presencia y dominación sobre los países en desarrollo y sus poblaciones: la prevención era vista como una forma de ahorrar costes frente al cuidado hospitalario.
A su vez, empezaron a desarrollarse las investigaciones y medicamentos que permitían una mejor comprensión de los agentes infecciosos, de su funcionamiento y de los medios para combatirlos, en particular los antibióticos gracias a los cuales empezaron a tener cura una cantidad cada vez mayor de enfermedades bacterianas, así como el desarrollo de vacunas. Se llegó al punto de que la burguesía, en los años 70, empezó a creer que la guerra estaba ganada y que buena parte de las enfermedades infecciosas eran cosa del pasado: el progreso de las vacunaciones, en especial de niños, y el acceso a un sistema sanitario mejor preparado, llevó a que enfermedades infantiles como el sarampión y las paperas fueran ya poco frecuentes; la viruela, junto con la poliomielitis, fueron erradicadas en casi todo el mundo[5]. El capital podía contar entonces con una fuerza de trabajo invulnerable, con total disposición para ser explotada.
El desarrollo anárquico del capitalismo en su fase de decadencia histórica, ya comenzado el siglo XX, generó una intensa transición demográfica, una aguda destrucción medioambiental (en especial por la deforestación), intensificación del desplazamiento de personas, urbanización descontrolada, inestabilidad política y cambios climáticos que son, además, factores de origen y difusión de enfermedades infecciosas[6]. Así, a finales de los años 70, apareció una nueva pandemia vírica que aún hoy afecta a toda la especie humana: el SIDA. Las esperanzas de la burguesía murieron antes de nacer, ya que al mismo tiempo el sistema capitalista entró en el último periodo de su vida: su descomposición histórica. El origen y consecuencias de la descomposición del capitalismo escapan al tema de este artículo, pero podemos subrayar que las manifestaciones más explosivas de esta descomposición afectaron muy rápidamente a la cuestión sanitaria: el ``cada uno a la suya´´, la visión a corto plazo y la pérdida de control paulatina de la burguesía sobre su propio sistema, todo ello en el contexto de una crisis económica aún más profunda, que cada vez es más difícil de contrarrestar para la clase dominante[7].
La pandemia actual de Covid-19 es una manifestación ejemplar de la descomposición histórica del capitalismo. Es resultado de la cada vez mayor incapacidad de la clase dominante para solucionar un problema que se planteó ya, en principio, con la creación de la OMS en 1947: llevar la mejor cobertura sanitaria posible a la población. Un siglo después de la Gripe española, el conocimiento científico acerca de las enfermedades, su origen, sus agentes infecciosos, los virus… se ha desarrollado a un nivel incomparable. La codificación genética permite a día de hoy identificar virus, monitorizar sus mutaciones y desarrollar vacunas más eficaces. La medicina ha hecho progresos inmensos y se ha ido imponiendo cada vez más a las tradiciones y la religión. Se ha dotado, a su vez, de una importante dimensión preventiva.
Sin embargo, es la impotencia de los Estados y el pánico ante lo desconocido lo que ha dominado las medidas tomadas ante la pandemia de Covid-19. Mientras que hace ya un siglo que la humanidad alcanzó un estado de dominio progresivo sobre las leyes naturales, actualmente nos hallamos ante una situación donde ocurre cada vez más lo contrario.
El Covid-19 está muy lejos de ser un relámpago en un cielo azul: el VIH ya nos avisó de las pandemias que podía traer el futuro. Pero es que además, desde entonces han aparecido también el SARS, el MERS (Síndrome Respiratorio de Oriente Medio), la Gripe porcina, el Zika, el Ébola, el Chikungunya (parecido al Zika y propagado por mosquitos), el BSE (enfermedad de las vacas locas)… algunas enfermedades que habían desaparecido, o casi desaparecido, como la tuberculosis, el sarampión, la rubeola, el escorbuto, la sífilis o la sarna, junto con la poliomielitis, han vuelto a aparecer. Todos estos signos deberían haber sido suficientes para que hubiera habido más investigación y acciones preventivas; lo cual no fue el caso en absoluto. Y no fue por negligencia o fallo de cálculo, sino porque el capitalismo en descomposición, necesariamente, es cada vez más y más prisionero de visiones cortoplacistas que le llevan a perder paulatinamente el control de sus propias herramientas de regulación, las mismas que hasta ahora le habían permitido limitar los daños causados por la competencia sin frenos en la que participan todos los actores del mundo capitalista.
En los años 80 empezaron a hacerse notar las primeras críticas de Estados miembros de la OMS sobre el coste excesivo de las estrategias de prevención, sobre todo por el hecho de que no suponían ningún beneficio directo para sus capitales nacionales. Empezaron a decaer las vacunaciones. Empezó a ser más difícil acceder a la sanidad como resultado de los recortes en los sistemas sanitarios públicos. Este paso atrás, colateralmente, dio origen a la ``medicina alternativa´´ que empezó a nutrirse del clima de irracionalidad favorecido por la descomposición. Así, un siglo después de la época en la que ni siquiera se sabía que estas enfermedades las provocaba un virus, el ``remedio´´ recomendado contra el Covid es el mismo que el que se prescribía para la Gripe española (descanso, alimentarse e hidratarse).
La ciencia ha perdido credibilidad a nivel global, y con ella, el crédito y los subsidios que la acompañaban. Las investigaciones sobre virus, enfermedades infecciosas y los medios para combatirlas se han parado en seco en casi todas partes por falta de fondos. Y no porque sean costosas, sino porque su falta de rentabilidad inmediata las convierte en una inversión sin interés. La OMS ha abandonado su investigación sobre la tuberculosis, siendo interpelada por el gobierno norteamericano con amenazas de cesar su contribución financiera (la más importante para la OMS, el 25% del total) si no se centra en enfermedades que EEUU considera más prioritarias.
Las necesidades de la ciencia, que sigue tendiendo a trabajar a largo plazo, no son compatibles con las restricciones que le impone un sistema en crisis, dominado por una acuciante necesidad de obtener beneficios inmediatos de todas sus inversiones. Por ejemplo, tras reconocerse a nivel global que el virus del Zika era un agente patogénico, responsable de descensos en la tasa de natalidad, no hubo investigación alguna ni se llegó a dar término al desarrollo de ninguna vacuna. Dos años y medio después, se pospusieron los ensayos clínicos. La ausencia de mercado, tras dos epidemias, hizo que ni un solo Estado o farmacéutica invirtiera en la investigación[8].
A día de hoy la OMS ha quedado reducida al silencio, y la investigación sobre enfermedades está en manos de un Banco Mundial que exige un enfoque basado en el beneficio (con la implementación de su indicador DALY, que maneja un ratio de costes/beneficios en cifras de años de vidas perdidas).
Así, cuando un especialista en el coronavirus como Bruno Canard, habla de ``un trabajo a largo plazo que debería haber comenzado en 2003 con la llegada del primer SARS´´, y cuando su compañero virólogo, Johan Neyts, habla con pesar de que ``por 150 millones de euros podríamos haber tenido, en 10 años, un antiviral de amplio espectro contra el coronavirus que se podría haber entregado a los chinos en enero. Habiendo hecho esto, no estaríamos en la situación en la que estamos hoy´´[9], se posicionan en contra de la dinámica actual del capitalismo.
Estamos ante la demostración de lo que Marx ya escribió en 1859 en la Contribución a la crítica de la economía política: ``Al alcanzar cierto nivel de desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en conflicto con las relaciones de producción existentes (…) De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en obstáculos´´.
Mientras que la humanidad posee mejores medios científicos y tecnológicos que nunca para combatir a las enfermedades, la continuación de la sociedad capitalista supone un obstáculo para la realización de estos medios.
La humanidad, en el año 2020, es capaz de entender a los organismos vivos en todas sus formas y sabe cómo describir su funcionamiento, mientras que al mismo tiempo se ve forzada a asumir los ``remedios´´ de la época en la que reinaba el oscurantismo. La burguesía cierra sus fronteras para protegerse del virus tal y como lo hizo en el siglo XVIII, cuando se levantó un muro para aislar Provenza de la plaga. Se pone en cuarentena a enfermos o casos sospechosos, se cierran los puertos a barcos extranjeros… justo como en los tiempos de la Peste Negra. Poblaciones enteras son confinadas, se cierran espacios públicos, se prohíben reuniones y actividades, se decretan toques de queda… justo como en las grandes ciudades estadounidenses en la época de la Gripe española.
No se ha pensado en nada más efectivo que esto desde entonces, y el retorno de estos métodos violentos, arcaicos y obsoletos muestra la impotencia de la clase dominante al enfrentarse a la pandemia. La competencia, pilar del capitalismo, no desaparece ante tan grave situación: cada capital nacional debe superar al otro o morir. Así, al mismo tiempo que empezaban a acumularse las muertes y los hospitales empezaban a no ser capaces de admitir a un solo paciente más, todos los Estados intentaban confinar a todo el mundo, algunos más tarde que otros. Unas semanas más tarde, nos encontramos ante la urgencia de levantar los confinamientos y poner en marcha cuanto antes la máquina de la economía para la conquista de mercados competitivos. Estas medidas no mostraron otra cosa más que desprecio por la salud humana y se tomaron a pesar de las advertencias de la comunidad científica de que el SARS-Covd 2 estaba aún más que vivo y en proceso de mutación. La clase dominante no es capaz de ir más allá de la lógica de la competencia absoluta que reina sobre todos los niveles de su sociedad. Simplemente es incapaz de configurar una estrategia común de lucha contra el virus, como también se da en el caso del cambio climático.
La Plaga de Justiniano precipitó la caída del Imperio Romano y su sistema esclavista; la Peste Negra empujó al feudalismo a su final. Estas pandemias fueron producto de sistemas en decadencia en los que ``las fuerzas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes´´, y fueron a su vez factores de aceleración de su caída. La pandemia de Covid-19 también es producto de un orden mundial en decadencia y descomposición; y también impulsará su desaparición.
¿Debería alegrarnos una caída del capitalismo acelerada por la pandemia? ¿Podría avanzar el comunismo como lo hizo el capitalismo sobre las ruinas de la sociedad feudal? La comparación con las pandemias del pasado acaba aquí. En las sociedades esclavista y feudal las bases de una organización nueva, adaptada al desarrollo alcanzado por las fuerzas productivas, ya estaban presentes en la vieja sociedad. Los métodos de producción existentes, habiendo alcanzado ya su límite, dejaron sitio a una nueva clase dominante capaz de portar relaciones de producción nuevas y más adecuadas. A finales de la Edad Media, el capitalismo ya había asumido una parte considerable de la producción social.
El capitalismo es la última sociedad de clases de la historia. Tras haber puesto bajo su control la casi-totalidad de la producción humana, no puede dejar sitio a ninguna otra forma de organización antes de desaparecer, y no hay otra sociedad de clases que pueda reemplazarlo. La clase revolucionaria, el proletariado, debe antes que nada destruir el presente sistema para poder sentar las bases de una nueva era. Si una serie de pandemias u otras catástrofes precipitaran la caída del capitalismo, y el proletariado fuera incapaz de reaccionar e imponerse con sus propias fuerzas… entonces todo el conjunto de la humanidad sería arrastrado a la destrucción.
Lo que está en juego en nuestra era reside, ciertamente, en la capacidad de la clase obrera para resistir la desorganización e ineficacia del capitalismo, y desde ahí, en si progresivamente será capaz de ir entendiendo sus fundamentos y asumiendo su responsabilidad histórica. Así es como termina la cita anteriormente mencionada de Marx:
``Al alcanzar cierto nivel de desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en conflicto con las relaciones de producción existentes (…) De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en obstáculos. Se abre así una época de revolución social´´.
GD (octubre 2020)
[2] Construido en el centro de Inglaterra por dicho emperador en el siglo II
[4] ``A new twenty-first century science for effective epidemics response´´, Nature, Colección de Aniversario nº150, vol. 575, noviembre 2019, p. 131
[5] Íbid, p. 130
[6] Íbid
[7] Ver nuestras Tesis sobre la Descomposición https://es.internationalism.org/revista-internacional/200510/223/la-descomposicion-fase-ultima-de-la-decadencia-del-capitalismo [4]
[8] Íbid, p. 134
[9] ``Covid-19 on the track of future treatments´´, Le Monde, 6 octubre 2020
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La crisis económica mundial está empeorando ahora de manera drástica. Concretamente, y sin duda alguna, la clase obrera de todo el mundo sufrirá la explosión del desempleo, la explotación, la precariedad y la pobreza.
Con este nuevo paso, el capitalismo va más allá en el camino de su decadencia, lo que obliga a las organizaciones revolucionarias a aclarar las siguientes cuestiones:
1) ¿Cuál es el significado histórico de esta crisis en ciernes, la más grave de la decadencia, incluida la que comenzó en 1929?
2) ¿Cuáles son las implicaciones del que los efectos de la descomposición de la sociedad tendrán un peso muy importante en la evolución de esta nueva fase de la crisis abierta de la economía capitalista?
Al mismo tiempo, hay que tener cuidado con una visión inmediatista y economicista de la crisis, como se argumenta en el informe que presentamos: evitar cualquier pronóstico arriesgado, teniendo en cuenta las sobreestimaciones pasadas por nuestra parte en cuanto al ritmo de la crisis y una cierta visión catastrofista con la idea de que la burguesía estaba en un punto muerto. Además de la falta de dominio de la teoría de Rosa Luxemburgo, subestimamos la capacidad del capitalismo de Estado para actuar frente a las manifestaciones de la crisis abierta, para acompañar su crisis histórica cada vez más profunda y permitir así la supervivencia de este sistema[1]. Sus armas: la intervención permanente en el campo económico, la manipulación y la trampa con la ley del valor... Al hacerlo, la burguesía ha mantenido la ilusión dentro del proletariado de que el capitalismo no es un sistema en bancarrota, siendo sus convulsiones sólo transitorias, producto de crisis cíclicas necesariamente seguidas de un período de desarrollo general intensivo.
En los siglos XVIII y XIX, las grandes naciones capitalistas se enzarzaron en una frenética carrera por conquistar nuevos mercados y territorios. Pero alrededor de 1900, se encontraron con un pequeño problema: la tierra era redonda y no tan grande. Así, incluso antes de que estallara una crisis económica mundial, las tensiones imperialistas alcanzaron su punto culminante, estalló la guerra mundial y el capitalismo entró en decadencia.
La guerra de 1914-18 fue la manifestación de la más extrema barbarie, consecuencia del hecho de que "En una cierta etapa del desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en conflicto con las relaciones de producción existentes (...) De formas de desarrollo de las fuerzas productivas estas relaciones se convierten en sus trabas". (Prefacio a la Crítica de la Economía Política, 1859[2]).
Sólo a finales de los años 20 las diferentes burguesías nacionales se enfrentarán por primera vez a la manifestación directamente "económica" de esta entrada en decadencia: la crisis de sobreproducción generalizada e histórica. Citamos de nuevo a Marx:
"Cuanto más se desarrolla la producción capitalista, más se ve obligada a producir a una escala que no tiene nada que ver con la demanda inmediata, sino que depende de una constante expansión del mercado mundial (...) [Porque] la mercancía tiene que ser convertida en dinero. La demanda de los trabajadores no es suficiente, ya que el beneficio surge precisamente del hecho de que la demanda de los trabajadores es menor que el valor de su producto. La demanda de los capitalistas entre ellos es igualmente insuficiente." (Teorías del Valor Excedente Parte 2, Capítulo 16). "Si finalmente se dice que los capitalistas sólo tienen que intercambiar y consumir sus mercancías entre ellos, entonces se pierde de vista toda la naturaleza del modo de producción capitalista; y también se olvida el hecho de que se trata de expandir el valor del capital, no de consumirlo". (Capital Volumen 3, Capítulo 15).
En otras palabras, la crisis de sobreproducción generalizada que apareció a plena luz del día en 1929 no está vinculada a un tipo de disfunción que la burguesía pueda regular o superar. Al contrario, es la consecuencia de una contradicción fundamental e insuperable inscrita en la naturaleza misma del capitalismo.
Las burguesías nacionales sacaron lecciones de la catastrófica crisis de 1929: la necesidad de desarrollar el capitalismo de Estado y de establecer organizaciones internacionales para gestionar la crisis de manera que no se reproduzca el error de las políticas proteccionistas.
Al final de la Segunda Guerra Mundial, la burguesía puso en práctica las lecciones de 1929. El boom de la posguerra sembró la ilusión de que el capitalismo había recuperado la prosperidad, borrando momentáneamente la pesadilla de la Gran Depresión de los años 30 y los horrores de la guerra. Pero, inevitablemente, las contradicciones inherentes a la naturaleza misma del capitalismo permanecieron ¡su crisis histórica no había desaparecido! Esto es lo que revela el retorno de la crisis abierta de 1967-1968.
Desde entonces, desde los planes de estímulo hasta recesiones más profundas, la burguesía se ha visto atrapada en una precipitada carrera hacia el endeudamiento, en un intento de desplazar constantemente hacia el futuro los efectos de la bancarrota histórica de su sistema. La deuda mundial se ha vuelto cada vez más masiva, no sólo de forma absoluta sino también en comparación con la evolución del PIB mundial. Al mismo tiempo que esta precipitada carrera, los países centrales cambiaron la organización de la economía mundial:
Si esta "cooperación internacional" ha sido capaz, en cierta medida y durante un tiempo, de frenar y mitigar los efectos de la economía de todos los Estados, ha sido incapaz de frenar la tendencia subyacente inherente a la entrada del capitalismo, al mismo tiempo, en su fase de descomposición.
Hoy en día, la burguesía ha acumulado una inmensa experiencia en la reducción de los efectos de su crisis histórica, prolongando así su agonía aún más. Por lo tanto, debemos ser extremadamente cuidadosos con nuestras previsiones y tener cuidado con cualquier catastrofismo. En el actual empeoramiento de la crisis económica mundial, son sobre todo las principales tendencias históricas subyacentes las que debemos destacar.
A partir de 1929, la burguesía aprendió a apoyar su economía en declive, en particular mediante la "cooperación internacional". Incluso en 2008, el famoso G20 demostró esta capacidad de las grandes burguesías para mantener una cierta cohesión a fin de gestionar la crisis con el menor daño posible. El año 2020 marca la creciente dificultad de mantener esta organización mundial, la irracionalidad ligada a la descomposición que golpea las más altas cumbres del Estado. El Cada uno a la suya, que ha salido a la luz con la calamitosa gestión de la pandemia, es su expresión más espectacular. Esta fuerza centrífuga tiene dos raíces:
"El desarrollo actual de la crisis, a través de las crecientes perturbaciones que provoca en la organización de la producción en una vasta construcción multilateral a nivel internacional, unificada por reglas comunes, muestra los límites de la 'globalización'. La necesidad cada vez mayor de unidad (que nunca ha significado otra cosa que la imposición de la ley del más fuerte sobre el más débil) debido al entrelazamiento "transnacional" de la producción altamente segmentada país por país (en unidades fundamentalmente divididas por la competencia donde cualquier producto se diseña aquí, ensamblado allí con la ayuda de elementos producidos en otro lugar) choca con la naturaleza nacional de cada capital, con los límites mismos del capitalismo, que está irremediablemente dividido en naciones competidoras y rivales. Este es el grado máximo de unidad que es imposible de superar para el mundo burgués. La profundización de la crisis (así como las exigencias de la rivalidad imperialista) está poniendo a prueba las instituciones y mecanismos multilaterales" (Punto 20)[3].
Lo que vemos es que, en respuesta a la pandemia, se ha empezado a desarrollar un avance muy significativo en las medidas de "reubicación nacional" de la producción, la preservación de sectores clave en cada capital nacional, el desarrollo de barreras a la circulación internacional de bienes y personas, etc., que sólo puede tener consecuencias muy graves para la evolución de la economía mundial y la capacidad general de la burguesía para responder a la crisis. El declive nacional sólo puede empeorar la crisis, conduciendo a una fragmentación de las cadenas de producción que anteriormente tenían una dimensión global, que a cambio sólo puede causar estragos en las políticas monetarias, financieras, comerciales... Esto podría llegar a bloquear e incluso provocar un colapso parcial de algunas economías nacionales.
Es demasiado pronto para medir las consecuencias de esta relativa parálisis del aparato económico. Sin embargo, lo más grave y significativo es que esta parálisis se está produciendo a nivel internacional.
La actual aceleración de la crisis económica mundial forma parte de la evolución general de la decadencia del capitalismo. Más allá de los fenómenos visibles vinculados a la actual "crisis abierta", lo que nos importa es comprender mejor el reforzamiento de las profundas contradicciones del capitalismo y, por tanto, el agravamiento de su crisis histórica.
1) La crisis que se avecina será, en su alcance histórico, la más grave del período de decadencia, superando en este aspecto a la que se inició en 1929.
2) Lo novedoso en la historia del capitalismo es que los efectos de la descomposición tendrán un peso muy importante en la economía y en la evolución de la nueva fase abierta de la crisis.
Sin embargo, más allá de la validez de estas previsiones generales, la situación sin precedentes que se ha abierto estará más que nunca dominada por una fuerte incertidumbre. Más precisamente, en la etapa actual alcanzada por la crisis histórica de sobreproducción, la irrupción de la descomposición en el terreno económico perturba profundamente los mecanismos del capitalismo de Estado destinados a acompañar y limitar el impacto de la crisis. Sin embargo, sería falso y peligroso llegar a la conclusión de que la burguesía no utilizará al máximo sus capacidades políticas para responder, en la medida de sus posibilidades, a la crisis económica mundial que se está desencadenando. La irrupción del peso de la descomposición significa además que existe un factor de inestabilidad y fragilidad en el funcionamiento económico que dificulta especialmente el análisis de la evolución de la situación.
En el pasado, con demasiada frecuencia hemos fijado nuestra mirada sólo en los aspectos de la situación que empujaban a la crisis económica del capital hacia su inexorable empeoramiento, olvidando tener suficientemente en cuenta todos los factores que tendían a frenar su desarrollo. Sin embargo, para ser fieles al método marxista de análisis, hay que identificar, no sólo las tendencias históricas importantes desde las perspectivas que se abren, sino también las contra -tendencias que activará la burguesía. Por lo tanto, es nuestro deber identificar, con la mayor claridad posible, las líneas generales de la evolución futura, sin caer en previsiones arriesgadas e inciertas. Debemos armarnos para hacer frente a la situación, asegurándonos de que desarrollamos y ponemos en práctica nuestra capacidad de reflexión y respuesta rápida a los acontecimientos de gran importancia que seguramente se desarrollarán. Nuestro método debe inspirarse en el enfoque ya recordado en nuestros debates:
"El marxismo sólo puede trazar con certeza las líneas y tendencias históricas generales. La tarea de las organizaciones revolucionarias debe consistir, evidentemente, en identificar perspectivas para su intervención en la clase, pero estas perspectivas no pueden ser 'predicciones' basadas en modelos matemáticos deterministas (y menos aun tomando al pie de la letra las predicciones de los 'expertos' de la burguesía, ya sea en el sentido de un falso 'optimismo' o de un 'alarmismo' igualmente desconcertante)". (citado por un documento de debate interno).
La crisis de 2008 fue un momento muy importante para el capitalismo. La recuperación (2013-2018) ha sido muy débil, la más débil desde 1967. Fue descrita por la burguesía como una recuperación "suave". En el decenio 2010-2020, antes de la crisis de Covid 19, la web Cycle Business Bourse evaluó el crecimiento mundial en un promedio anual ligeramente inferior al 3%. La crisis económica que surgió con la pandemia ya había visto sus primeras expresiones claras, especialmente a partir de 2018. Lo anticipamos en el informe y la Resolución sobre la situación internacional en el 23º Congreso de la CCI (2019):
"En el plano económico, desde principios de 2018, la situación del capitalismo se ha caracterizado por una fuerte desaceleración del crecimiento mundial (del 4% en 2017 al 3,3% en 2019), que la burguesía prevé que empeorará en 2019-20. Esta desaceleración resultó ser mayor de lo previsto en 2018, ya que el FMI tuvo que reducir sus previsiones para los próximos dos años y está afectando prácticamente a todas las partes del capitalismo de forma simultánea: China, los Estados Unidos y la Zona Euro. En 2019, el 70% de la economía mundial se ha ralentizado, sobre todo en los países "avanzados" (Alemania, Reino Unido). Algunos de los países emergentes ya están en recesión (Brasil, Argentina, Turquía), mientras que China, que se está desacelerando desde 2017 y se espera que crezca un 6,2% en 2019, está experimentando sus cifras de crecimiento más bajas en 30 años". (Punto 16 de la Resolución).
En este contexto de ralentización del crecimiento la pandemia se ha convertido en un poderoso acelerador de la crisis, poniendo en primer plano tres factores:
- El grado en que los sistemas de salud pública, uno de los elementos clave del capitalismo de Estado desde 1945, se han visto socavados. Este proceso de debilitamiento del sistema de salud está vinculado a la crisis económica y se ha acelerado considerablemente con la crisis de 2008. En la gran mayoría de los Estados los sistemas de salud no han podido hacer frente a la pandemia, lo que ha obligado a adoptar medidas de contención que han dado lugar a un brutal cierre económico nunca experimentado en tiempo de paz. Para el capitalismo, dispuesto a sacrificar la vida de millones de personas en guerras imperialistas, el dilema no era si salvar vidas o mantener la producción, sino cómo mantener simultáneamente la producción, la competitividad económica y el rango imperialista, ya que el pleno florecimiento de la pandemia sólo podía perjudicar gravemente la producción y la posición comercial e imperialista de cada potencia.
- El creciente grado de pérdida de todo sentido de responsabilidad y la negligencia de la mayoría de las fracciones burguesas en todos los países y especialmente en los países centrales, factor vinculado a la descomposición de la sociedad[4].
- La brutal irrupción de cada uno a la suya en el plano económico, factor también vinculado a la descomposición pero que tiene consecuencias muy importantes en ese terreno.
La manifestación más importante de la gravedad de la crisis es que, a diferencia de 2008, los países centrales (Alemania, China y sobre todo los Estados Unidos) son los más afectados; aunque desplieguen todos los medios para amortiguar la crisis, la onda expansiva que provocan desestabilizará fuertemente la economía mundial.
La brutal caída de los precios del petróleo ha golpeado duramente a los Estados Unidos. Antes de que estallara la crisis de la pandemia, hubo una "guerra de precios" por el petróleo. Como resultado, los precios del petróleo se volvieron negativos, quizás por primera vez en la historia:
"Incluso los más optimistas expertos en energía predicen el colapso de cientos de compañías petroleras en los Estados Unidos. Algunas han acumulado miles de millones de dólares en deuda, en gran parte de alto riesgo. El primer foco de riesgo en la deuda corporativa es la energía", dice Capital Economics, “Una cadena de impagos en el sector petrolero aumentaría el riesgo de una crisis financiera. Y si uno de los gigantes petroleros más endeudados del mundo - Shell, por ejemplo, tiene una deuda de 77.000 millones de dólares, una de las más altas del mundo - tuviera problemas, las repercusiones serían devastadoras"[5].
Estos precios negativos son una perfecta ilustración del nivel de irracionalidad del capital. La sobreproducción de petróleo y la especulación desenfrenada en este sector ha llevado a los propietarios de las compañías petroleras a pagar para deshacerse del petróleo que ya no puede ser almacenado por falta de espacio.
Mientras que en 2008 la quiebra de los bancos fue impulsada principalmente por la especulación inmobiliaria, hoy en día son las empresas directamente productivas las que los ponen en riesgo:
"Los cuatro mayores prestamistas americanos, JP Morgan, Bank of America, Citigroup y Wells Fargo, han invertido cada uno más de 10.000 millones de dólares en el sector de la fractura petrolífera sólo en 2019, según Statista. Y ahora estas compañías petroleras están en serio riesgo de ser insolventes, dejando a los bancos con fuertes negativos en sus balances (...) Según Moody's, el 91% de las quiebras corporativas estadounidenses en el último trimestre del año pasado ocurrieron en el sector del petróleo y el gas. Los datos proporcionados por Energy Economics and Financial Analysis indican que el año pasado, las empresas de fraccionamiento de petróleo no pudieron pagar 26.000 millones de dólares de deuda"[6]. Con la pandemia, la situación está empeorando seriamente: "Rystad Energy Consulting estima que incluso si se recuperan los 20 dólares por barril, 533 compañías petroleras de EE.UU. podrían llegar a ser insolventes en 2021. Pero si los precios se mantienen en 10 dólares, podría haber más de 1.100 quiebras, con prácticamente todas las empresas afectadas"(ibid.).
El capitalismo - a través del capitalismo de estado - realiza un enorme esfuerzo para proteger sus centros vitales y evitar una caída brutal, como dice el informe sobre la crisis del 23º Congreso: "Apoyándose en las palancas del capitalismo de estado y sacando las lecciones de 1929, el capitalismo es capaz de preservar sus centros vitales (especialmente los EE.UU. y Alemania), acompañar la evolución de la crisis, atenuar sus efectos pasándolos a los países más débiles, ralentizar su ritmo alargándolo en el tiempo".
El capitalismo de Estado ha pasado por diferentes fases que hemos empezado a abordar, en particular en una jornada de estudio en 2019. Desde 1945, las necesidades de los bloques han impuesto una cierta coordinación de la gestión estatal de la economía a nivel internacional, sobre todo en el bloque estadounidense, con la creación de organismos internacionales de "cooperación" (OCDE, FMI, la primera etapa de la UE) y organizaciones comerciales (GATT).
En los años 80, el capital de los países centrales, abrumado por el aumento de la crisis y sufriendo una fuerte caída de los beneficios, trató de trasladar sectores enteros de la producción a países con mano de obra barata como China. Para ello, fue necesaria una "liberalización" financiera muy fuerte a escala mundial para movilizar el capital con el que realizar las inversiones necesarias. En los años 90, tras la caída del bloque del Este, se reforzaron las organizaciones internacionales, dando lugar a una estructura de "cooperación internacional" a nivel monetario y financiero, para la coordinación de las políticas económicas, el establecimiento de cadenas de producción internacionales, la estimulación del comercio mundial mediante la eliminación de las barreras aduaneras, etc. Este marco fue diseñado para beneficiar a los países más fuertes: podían conquistar nuevos mercados, reubicar su producción y hacerse cargo de las empresas más rentables de los países más débiles. Estos últimos se vieron obligados a cambiar su propia política de Estado. De ahora en adelante, la defensa del interés nacional no se hizo a través de la protección aduanera de las industrias clave sino a través del desarrollo de la infraestructura, la formación de la mano de obra, la expansión internacional de sus empresas más potentes, la captación de inversiones internacionales, etc.
Entre 1990 y 2008 se produjo "una vasta reorganización de la producción capitalista a escala mundial (...) Siguiendo el modelo de referencia de la UE de eliminar las barreras aduaneras entre los Estados miembros, se ha reforzado la integración de muchas ramas de la producción mundial mediante el desarrollo de verdaderas cadenas de producción a escala mundial. Al combinar la logística, la informática y las telecomunicaciones, permitiendo economías de escala, la mayor explotación de la fuerza de trabajo del proletariado (mediante el aumento de la productividad, la competencia internacional, la libre circulación de la mano de obra para imponer salarios más bajos), la sumisión de la producción a la lógica financiera de la máxima rentabilidad, el comercio mundial ha seguido aumentando, aunque en menor medida, estimulando la economía mundial, proporcionando un "segundo aliento" que ha prolongado la existencia del sistema capitalista". (Punto 8 de la Resolución del 23º Congreso).
Esta "cooperación internacional" fue una política muy arriesgada y audaz para aliviar la crisis y mitigar algunos de los efectos de la decadencia en la economía, tratando de limitar el impacto de la contradicción capitalista entre la naturaleza social y global de la producción y la naturaleza privada de la apropiación de la plusvalía por parte de las naciones capitalistas competidoras. Tal evolución del capitalismo decadente se explica en nuestro folleto sobre la decadencia donde, criticando la visión según la cual la decadencia es sinónimo de bloqueo definitivo y permanente del desarrollo de las fuerzas productivas, se argumenta:
"Si defendemos la hipótesis de la detención definitiva y permanente del desarrollo de las fuerzas productivas, la profundización de esta contradicción sólo podría demostrarse si los límites exteriores de las relaciones de propiedad existentes retrocedieran 'absolutamente'. Sin embargo, sucede que el movimiento característico de los diferentes períodos de decadencia de la historia (incluido el sistema capitalista) tiende más bien hacia la expansión de estas fronteras hasta sus límites finales que hacia su restricción. Bajo la égida del Estado y bajo la presión de las necesidades económicas y sociales, el cadáver del sistema se hincha mientras se desecha todo lo que resulta superfluo para las relaciones de producción, todo lo que no es estrictamente necesario para la supervivencia del sistema. El sistema se refuerza hasta sus últimos límites". Esto es aún más cierto en el capitalismo, el modo de producción más elástico y dinámico de la historia conocida.
Como muestra el Informe del 23º Congreso sobre la crisis económica y la Resolución sobre la situación internacional, esta "organización mundial de la producción" comenzó a ser sacudida durante la década de 2010: China, después de haberse beneficiado enormemente de los mecanismos del comercio mundial (OMC), comenzó a desarrollar un mecanismo económico, comercial e imperialista paralelo (la Nueva Ruta de la Seda); Alemania ha tomado medidas proteccionistas; la guerra comercial se ha acelerado con la llegada al poder de Trump... Estos fenómenos expresan claramente el hecho de que el capitalismo ha encontrado cada vez más dificultades en su tendencia a ampliar las fronteras citadas en nuestro folleto sobre la decadencia.
"Desde los años sesenta, este indicador [que mide la proporción de exportaciones e importaciones en cada economía nacional] ha seguido una tendencia al alza que se ha ralentizado en los últimos 18 meses. Durante este período, ha pasado de alrededor del 23% a una estabilización en torno al 60%, y desde 2010 ha ido disminuyendo de forma constante"[7].
Tres factores en el origen de la crisis de la pandemia muestran la irrupción de los efectos de la descomposición en el terreno económico: (1) El Cada uno a la suya, (2) la negligencia de los gobiernos y (3) la pérdida de control del aparato político. Dos de ellos tienen su origen directamente en la descomposición capitalista: el Cada uno a la suya y la pérdida de control. Se trata de factores muy sensibles que la burguesía -al menos en los países centrales- había logrado controlar lo mejor que pudo, aunque cada vez con mayor dificultad. En la etapa actual alcanzada por el desarrollo de las contradicciones internas del capital, y dada la forma en que se manifiestan en la evolución de la crisis, la explosión de los efectos de la descomposición se convierte ahora en un factor de agravamiento de la crisis económica mundial, de la que sólo hemos visto las primeras consecuencias. Este factor influirá en la evolución de la crisis al constituir un obstáculo a la eficacia de las políticas del capitalismo de Estado en la crisis actual.
"En comparación con las respuestas a las crisis de 1975, 1992, 1998 y 2008, vemos como perspectiva una considerable reducción de la capacidad de la burguesía para limitar los efectos de la descomposición en el terreno económico. Hasta ahora, la burguesía ha logrado preservar el terreno vital de la economía y el comercio mundial de los efectos centrífugos altamente peligrosos de la descomposición. Lo ha hecho a través de la "cooperación internacional" de los mecanismos del capitalismo de estado - lo que se ha llamado "globalización". En el punto álgido de la convulsión económica de 2007-2008 y en 2009-2011, con la crisis de la 'deuda soberana', la burguesía pudo coordinar sus respuestas, lo que contribuyó a suavizar un poco el golpe de la crisis y a garantizar una 'recuperación' anémica durante la fase 2013-2018"[8].
Con la pandemia hemos visto como la burguesía trata de unir a la población detrás del estado, renovando la unidad nacional. A diferencia de 2008, cuando el tono nacionalista no era tan fuerte, ahora las burguesías de todo el mundo han cerrado sus fronteras, difundiendo el mensaje: "detrás de las fronteras nacionales se encuentra la protección, las fronteras ayudan a contener el virus". Esta es una manera de que los diferentes estados traten de reunir a la población detrás de ellos; hablan en todas partes en términos marciales: "estamos en guerra, y la guerra necesita de la unidad nacional", con el mensaje "el estado te ayudará": "os sacaremos de apuros"; "cerrando la frontera, mantendremos el virus alejado"; imponiendo planes de emergencia, organizando cierres, los estados quieren transmitir el mensaje: "un estado fuerte es tu mejor aliado".
"La OMS ha sido completamente inoperante cuando su intervención era vital para desarrollar una acción médica eficaz. Cada estado, temiendo una pérdida de posición competitiva, ha retrasado de manera suicida la respuesta a la pandemia. La obtención de equipo médico vio el asombroso espectáculo de todo tipo de robos entre estados (e incluso dentro de cada estado). En la UE, donde la 'cooperación entre Estados' ha llegado lo más lejos posible, hemos visto el desarrollo incontrolado de una oleada brutal de proteccionismo y del cada uno por su cuenta: "No es sólo que la UE no tenga ninguna posibilidad legal de imponer sus normas en el sector de la salud, sino que sobre todo cada país tomó medidas para defender sus fronteras, sus cadenas de suministro; y hemos visto, si no por primera vez, un verdadero bloqueo de mercancías, la confiscación de equipos sanitarios - y la prohibición de entregarlos a otros países europeos" (de otra contribución interna).
Tenemos aquí una ilustración, más seria, de la perspectiva establecida en la resolución sobre la situación internacional en nuestro último congreso internacional:
"La evolución actual de la crisis, a través de las crecientes perturbaciones que provoca en la organización de la producción en una vasta construcción multilateral a nivel internacional, unificada por reglas comunes, muestra los límites de la 'globalización'. La necesidad cada vez mayor de unidad (que nunca ha significado otra cosa que la imposición de la ley del más fuerte sobre el más débil) debido al entrelazamiento "transnacional" de la producción altamente segmentada país por país (en unidades fundamentalmente divididas por la competencia donde cualquier producto se diseña aquí, ensamblado allí con la ayuda de elementos producidos en otro lugar) choca con la naturaleza nacional de cada capital, con los límites mismos del capitalismo, que está irremediablemente dividido en naciones competidoras y rivales. Este es el grado máximo de unidad que es imposible de superar para el mundo burgués. La profundización de la crisis (así como las exigencias de la rivalidad imperialista) está poniendo a prueba las instituciones y mecanismos multilaterales". (Punto 20).
Lo que vemos es que en respuesta a la pandemia ha habido un retorno muy significativo a las medidas de "reubicación nacional" de la producción, preservación de sectores clave en cada capital nacional, desarrollo de barreras a la circulación internacional de bienes y personas, etc., lo que sólo puede tener consecuencias de gran alcance para la evolución de la economía mundial y la capacidad global de la burguesía para responder a la crisis. El repliegue nacional no puede sino agravar la crisis, provocando una fragmentación de las cadenas de producción que antes tenían una dimensión mundial, lo que no puede sino causar estragos en las políticas monetarias, financieras y comerciales. Esto podría conducir al bloqueo e incluso al colapso parcial de algunas economías nacionales. Es demasiado pronto para medir las consecuencias de esta relativa parálisis del sistema económico. Sin embargo, lo más grave y significativo es que esta parálisis se está produciendo a escala internacional.
La respuesta generalizada de los estados a la pandemia ilustra la validez de un análisis ya realizado en el Informe del 23º Congreso sobre la crisis económica:
"Una de las mayores contradicciones del capitalismo es la que surge del conflicto entre la naturaleza cada vez más global de la producción y la estructura necesariamente nacional del capital. Al llevar las posibilidades económicas, financieras y productivas de las 'asociaciones' de naciones a sus límites últimos, el capitalismo ha obtenido un importante 'soplo de aire fresco' en su lucha contra la crisis que lo aqueja, pero al mismo tiempo se ha puesto en una situación de riesgo. Esta precipitada carrera hacia el multilateralismo se desarrolla en un contexto de descomposición, es decir, en una situación en la que la indisciplina, las tendencias centrífugas, el arraigo en la estructura nacional, son cada vez más poderosos y afectan no sólo a fracciones de cada burguesía nacional, sino que llevan a amplios sectores de la pequeña burguesía e incluso a franjas de proletarios que creen erróneamente que su interés está ligado a la nación. Todo esto cristaliza en una especie de 'revuelta nacionalista nihilista' contra la 'globalización'".
Vamos a examinar la respuesta iniciada por la burguesía que se articulará en 3 partes: 1) continuación de los niveles astronómicos de deuda; 2) repliegue en cada nación; 3) ataque brutal a las condiciones de vida de los trabajadores.
La deuda mundial se situaba en 255.000 millones de dólares, es decir, el 322% del PIB mundial, mientras que antes de la crisis de 2008 ascendía a 60.000 millones de dólares, y el PIB mundial sólo ha progresado de manera relativamente "lenta". Tenemos aquí un panorama de la evolución de la deuda privada y pública en los últimos trece años, que ha contribuido a sostener lo que la burguesía ha llamado un crecimiento "lento". Frente a la violenta aceleración de la crisis económica inducida por la pandemia, la burguesía ha reaccionado en todo el mundo con la creación de dinero emitido por los bancos centrales de todos los países desarrollados y emergentes. A diferencia de la crisis de 2008, no se ha puesto en práctica ninguna coordinación entre los principales bancos centrales del mundo. Esta creación masiva de dinero central y de deuda ha estado a la altura de la ansiedad que se apoderó inmediatamente de la clase burguesa ante la magnitud de la recesión que parece abrirse ante ella. Tomando un promedio de las cifras dadas por la burguesía a finales de mayo, tenemos las siguientes previsiones de caídas en el crecimiento:
- El 6,8% del PIB para el conjunto de la UE y del 11 al 12% para los países del sur del Mediterráneo...
- Para los Estados Unidos las cifras dadas expresan la dificultad o perfidia ideológica de la burguesía en su evaluación, ¡dando cifras que van del 6,5% al 30%! En términos estadísticos esto nunca se ha visto antes. La FED de Filadelfia incluso presentó la cifra del 35%.
- China anunció una caída de su PIB del 3,5% y un descenso del 13% en su actividad industrial.
Si tomamos la hipótesis más baja planteada por la burguesía y en ausencia de una segunda ola de la pandemia, se espera que el crecimiento mundial en 2020 experimente una fuerte contracción de al menos un 3%, una disminución mucho más aguda que durante la crisis de 2008-2009.
A continuación, se presenta un resumen de las inciertas perspectivas expresadas por el FMI (que se ajusta al promedio de las previsiones realizadas por los organismos oficiales a nivel internacional del crecimiento en porcentaje del PIB):
País |
2019 |
2020 |
Países avanzados |
2.9 |
-3 |
Eurozona |
1.7 |
-6.1 |
Alemania |
0.6 |
-7 |
Francia |
1.3 |
-7.2 |
Italia |
0.3 |
-9.1 |
España |
2 |
-8 |
Japón |
0.7 |
-5.2 |
GB |
1.4 |
-6.5 |
China |
6.1 |
1.2 |
India |
4.2 |
1.9 |
Brasil |
1.1 |
-5.3 |
Rusia |
1.3 |
-5.5 |
Total mundial |
2.4 |
-4.2 |
A continuación, presentamos las previsiones de evolución del comercio mundial (igualmente en porcentajes):
|
2019 |
2020 |
Importaciones países avanzados |
1.5 |
-11.5 |
Importaciones de países emergentes o desarrollados |
0.8 |
-8.2 |
Exportaciones por países emergentes o desarrollados |
0.8 |
-9.6 |
En estos cuadros se ofrece un panorama general no sólo del proceso recesivo previsto, sino también del nivel de contracción previsto en el comercio mundial.
Una síntesis de nuestra discusión da las siguientes cifras, que son bastante reveladoras:
"La situación sólo es sostenible porque las deudas del Estado y su reembolso son asumidas por los bancos centrales; así pues, la FED está inyectando en la economía de los Estados Unidos 625.000 millones de dólares a la semana, mientras que el Plan Paulson, lanzado en 2009 para detener las quiebras bancarias, fue a nivel mundial de 750.000 millones de dólares (aunque es cierto que en los próximos años se lanzarán otros planes de recompra de deudas por parte de la FED)". "La respuesta más sorprendente de todas ha venido de Alemania, aunque es sólo una parte de una reacción europea más amplia a la aceleración de la crisis económica. La razón por la cual las medidas proyectadas por el gobierno alemán son de especial importancia se explica en un artículo del Financial Times del lunes 23 de marzo: "Las medidas propuestas por Olaf Scholtz, ministro de finanzas, representan una ruptura decisiva con la estricta adhesión del gobierno a la política de "schwarze Null" o "black zero" de presupuestos equilibrados y sin nuevos préstamos"[9] (...) "Desde febrero se han liberado 14.000 mil millones de dólares, para evitar el colapso. Todo esto tiene lugar en un contexto completamente diferente del pasado. ¿Cómo han podido estas políticas 'expansionistas', que han superado las diferencias entre los bancos centrales y los estados, la recuperación, los planes de rescate, cómo pueden ser eficaces?"[10].
Un ejemplo menos conocido es el de China, que es uno de los países más endeudados del mundo, aunque también tiene importantes ventajas que no deben subestimarse. La deuda mundial de China en 2019 equivale al 300% de su PIB, o sea 43 billones de dólares. Además, el 30% de las empresas de China están clasificadas como "empresas zombis". Este es el porcentaje más alto del mundo. También es en este país donde la tasa de utilización de la capacidad de producción es la más baja; de hecho, todos los países desarrollados están experimentando este fenómeno de exceso de capacidad de producción. Oficialmente, las tasas de utilización de la capacidad industrial de las dos principales potencias mundiales - y esto antes de Covid-19 - fueron del 76,4% en China y del 78,2% en Estados Unidos. El paquete de estímulo implementado en China ascendería a 64 billones de dólares, lo cual es faraónico y probablemente destinado en gran parte a la propaganda ideológica. El paquete de estímulo está previsto para un mínimo de cinco a veinte años, e independientemente de cuál sea la realidad, no puede ser ajeno a los objetivos económicos y hegemónicos imperialistas de China. El paquete de estímulo de los Estados Unidos ha alcanzado los 10 billones de dólares. En comparación, el plan de recuperación de la UE parece casi ridículo, ya que, según se informa, asciende a 1,29 billones de dólares en forma de préstamos, financiados en parte por los mercados financieros y en parte directamente por el BCE. En realidad, el dinero inyectado por el BCE en toda la economía, bancos y empresas privadas y en la sombra, asciende a varios miles de millones de euros. ¡Los Estados, especialmente Alemania, garantizarán por mutualización una parte de este plan que será en forma de subvenciones y préstamos reembolsables entre 2028 y 2058! En realidad, la clase burguesa admite que gran parte de la deuda del mundo nunca será pagada. Lo que nos lleva a los aspectos que vamos a discutir ahora.
No podemos describir en el marco de este informe todas las operaciones monetarias en curso en toda su extensión, ni detallar todos los planes de recuperación. Si todo esto parece más allá de la imaginación, el hecho es que el capitalismo está usando esta astronómica creación monetaria para invertir y hacer sus bienes. Desde este punto de vista, la creación monetaria central y privada debe crecer exponencialmente (en diferentes formas) para permitir que se mantenga la acumulación en la medida de lo posible y, en la medida en que la situación actual lo permita, frenar la caída en la depresión. Esta depresión contiene dentro de sí el peligro de la deflación, pero sobre todo de la estanflación. La devaluación de las monedas, incluso más allá de la guerra monetaria actual, se inscribe en la perspectiva de la crisis del capitalismo. La aceleración de la crisis actual es un paso muy significativo en esta dirección. El quid de la cuestión es: en cada país, cada vez más, el capital global está hipotecando el valor futuro que se producirá y realizará para permitir el crecimiento actual y continuar la acumulación. Por lo tanto, es en gran medida gracias a esta anticipación que el capitalismo logra capitalizar e invertir. Este proceso se materializa en el hecho de que, cada vez más, la colosal deuda emitida está cada vez menos cubierta por el plusvalor ya producido y realizado. Esto abre la perspectiva de cada vez más caídas financieras y destrucción de capital financiero. Lógicamente, este proceso implica que el mercado interno de capitales no puede crecer infinitamente, aunque no haya un límite fijo en la materia. En este contexto la crisis de sobreproducción en la etapa actual de su desarrollo plantea un problema de rentabilidad para el capitalismo. La burguesía estima que alrededor del 20% de las fuerzas productivas del mundo están sin utilizar. La sobreproducción de los medios de producción es particularmente visible y afecta a Europa, Estados Unidos, India, Japón, etc.
Esto es importante si queremos establecer cómo el capitalismo de estado debe fortalecerse absolutamente ante la crisis que se avecina, pero también cómo los planes de recuperación contienen límites muy fuertes y pueden provocar efectos cada vez más perversos. Y cómo el "cada uno para sí mismo", en este contexto, es el producto de la descomposición, pero también del creciente estancamiento económico, una tendencia de la que el capitalismo no puede escapar, pero que también es históricamente una dinámica mortal. Será importante en este sentido, en el período venidero, estudiar y comparar la historia de las crisis abiertas del capitalismo, en particular las de 1929, 1945, 1975, 1998, 2008.
La situación que se está abriendo con la muy profunda aceleración de la crisis actual vuelve a poner en primer plano el papel de los estados (y por lo tanto de sus bancos centrales, porque el mito de su independencia ha terminado). Sería interesante mostrar cuáles fueron las políticas económicas, el papel de los Estados y el keynesianismo en términos concretos en los períodos de 1930 y 1945, y luego mostrar la diferencia con la forma en que la burguesía enfrentó la situación en 2008. Hay durante todo este período diferencias de gran importancia: por ejemplo, está la cuestión de la existencia de mercados y zonas extra -capitalistas, pero también la amplitud de la economía mundial y las grandes potencias imperialistas y económicas, además de la cuestión de los bloques, etc. Pero en esta crisis, los planes de recuperación se han hecho en forma de déficit público y deuda estatal y no, como en los años 30 y 40, aprovechando la mayor parte de la plusvalía ya realizada y acaparada, a la que se añadió una parte de deuda que no tiene nada que ver con la de hoy. Los actuales planes de estímulo resultarán cada vez más difíciles de sostener en su financiación, ya que los niveles de deuda que requieren son inversamente proporcionales al crecimiento que generan. Sin embargo, se plantean varias cuestiones.
Las lecciones de la crisis de 1929 llevaron a la burguesía, a pesar de su propia "naturaleza" y en contra de ella, a avanzar hacia una mayor cooperación para frenar en lo posible el desarrollo de su crisis, ya sea mediante políticas keynesianas o mediante la orquestación de la globalización por parte de los Estados. Aunque en la situación actual se produzca efectivamente un retorno a las políticas de tipo keynesiano, en el marco de una tendencia creciente hacia cada uno por su cuenta, su eficacia, en lo que respecta a los medios aplicados, no será comparable con la de períodos anteriores.
Hay que ver a este respecto la tendencia a un mayor peso, en comparación con el período anterior, de las respuestas aisladas de la burguesía a nivel nacional. Por ejemplo, la nueva tendencia consistente en cerrar las fronteras para detener el transporte de pasajeros de un continente a otro, o en cerrar las fronteras nacionales, como si el virus respetara el aislamiento nacional; todo ello es mucho más un reflejo de la impotencia y del estado de ánimo que una decisión de cuarentena con base científica destinada a conjurar el virus. ¿De qué manera hay más riesgo de contraer el virus en un tren internacional entre Stuttgart y París que entre Stuttgart y Hamburgo en un tren nacional? Cerrar las fronteras nacionales no ayuda; expresa los "límites" de los medios de la burguesía.
La repatriación de la producción a los países centrales va en aumento: con la pandemia 208 empresas europeas han decidido traer de vuelta la producción de China: "Según un reciente estudio de 12 industrias mundiales, 10 de ellas -incluidas las industrias de la automoción, los semiconductores y el equipo médico- ya están trasladando sus cadenas de suministro, principalmente fuera de China. Japón ofrece 2.000 millones de dólares a las empresas para que trasladen sus fábricas fuera de China y vuelvan al archipiélago japonés"[11]. Un presidente como Macron, que parece ser un defensor del multilateralismo, ha dicho que "delegar" los suministros de alimentos y médicos es una "locura". Su ministro de finanzas, Bruno Le Maire, llama al 'patriotismo económico' para que los franceses consuman productos nacionales.
En todos los países se favorecen los planes económicos locales, consumiendo preferentemente productos locales o nacionales. Es un repliegue centrífugo que tiende a romper las cadenas de producción industrial, alimentaria y de otro tipo, diseñadas a escala mundial, y que tienen costes muy reducidos.
Puede concluirse, pues, que estas tendencias centrífugas "cada uno por sí mismo" han alcanzado un nuevo nivel, mientras que al mismo tiempo cada país, el Estado y cada banco nacional ha inyectado o prometido inyectar sumas gigantescas (ilimitadas en el caso de Alemania) en la industria. Ninguna de estas medidas ha sido adoptada y armonizada por el BCE o el FMI; hay que añadir que no sólo el populista Trump ha actuado como defensor de cada uno por sí mismo; Alemania -con el acuerdo de los principales partidos- ha actuado en la misma dirección, al igual que Macron. Así pues, populistas o no, todos los gobiernos han actuado en la misma dirección; reduciendo detrás de las fronteras nacionales, "cada uno para sí mismo" - con sólo un mínimo de coordinación internacional o europea.
Las consecuencias de estas acciones parecen ser contraproducentes para todas las capitales nacionales y aún peores para la economía mundial: "Entre 2007 y 2008, debido a una fatídica convergencia de factores desfavorables - malas cosechas, aumento de los precios del petróleo y los fertilizantes, un auge de los biocombustibles, etc. - 33 países limitaron sus exportaciones para proteger su "soberanía alimentaria". Pero el remedio fue peor que la enfermedad. Las restricciones aumentaron los precios del arroz (116%), del trigo (40%) y del maíz (25%), según las estimaciones del Banco Mundial (...). El ejemplo de China, primer país afectado por la epidemia no augura nada bueno: las amenazas a las cadenas de suministro mundiales ya han provocado un aumento del 15% y del 22% de los alimentos en este país asiático desde principios de año".
La burguesía seguro que reaccionará. En el ámbito de la UE, Alemania ha aceptado finalmente la "mutualización de deudas", lo que demuestra que las contra -tendencias funcionan ante esta oleada de descomposición. Tal vez la burguesía estadounidense saque a Trump en las próximas elecciones a favor de los demócratas que son partidarios tradicionales del "multilateralismo"[12]. Además, "el 22 de abril, los 164 países miembros de la Organización Mundial del Comercio (OMC), que representan el 63% de las exportaciones agroalimentarias mundiales, se comprometieron a no intervenir en sus mercados. Al mismo tiempo, los ministros de agricultura de 25 países de América Latina y el Caribe firmaron un acuerdo vinculante para garantizar el suministro a 620 millones de personas".
Con el plan de "transición ecológica" y la promoción de una "economía verde", se harán esfuerzos para reorganizar la economía - al menos a nivel de la UE: con el desarrollo masivo de las telecomunicaciones, la aplicación de la robótica y la informática, materiales nuevos y mucho más ligeros, la biotecnología, los aviones no tripulados, los coches eléctricos, etc., la industria pesada tradicional basada en los combustibles fósiles tiende a quedar obsoleta, incluso en el ámbito militar. La imposición de "nuevas normas" de organización económica se está convirtiendo en una ventaja para los países centrales, especialmente Alemania, Estados Unidos y China.
La burguesía luchará paso a paso contra esta marea de fragmentación nacional de la economía. Pero se enfrenta a la fuerza creciente de su contradicción histórica entre la naturaleza nacional del capital y la naturaleza global de la producción. Esta tendencia de cada burguesía a querer salvar su economía a expensas de otras es una tendencia irracional que sería desastrosa para todos los países y para toda la economía mundial, aunque haya diferencias entre los países. La tendencia de cada uno para sí mismo puede ser incluso irreversible y la irracionalidad que la acompaña pone en tela de juicio las enseñanzas extraídas de la crisis de 1929 por la burguesía.
Como el Manifiesto de 1919 de la Internacional Comunista declaró, "El resultado final del modo de producción capitalista es el caos". El capitalismo ha resistido a este caos de muchas maneras durante su decadencia y ha seguido resistiendo durante su fase de descomposición. Las tendencias contrarias seguirán surgiendo. Sin embargo, la situación que se está abriendo hoy en día es una de una importante agravación del caos, especialmente en el terreno económico, que es muy peligroso desde el punto de vista histórico.
La Resolución del 23º Congreso sobre la situación internacional dio el siguiente marco:
"En cuanto al proletariado, estas nuevas convulsiones sólo pueden dar lugar a ataques aún más graves contra sus condiciones de vida y de trabajo a todos los niveles y en todo el mundo, en particular:
- reforzando la explotación de la fuerza de trabajo mediante la continua reducción de los salarios y el aumento de las tasas de explotación y de productividad en todos los sectores;
- continuando el desmantelamiento de lo que queda del Estado de bienestar (restricciones adicionales a los diversos sistemas de prestaciones para los desempleados, la asistencia social y los sistemas de pensiones); y, más en general, abandonando "suavemente" la financiación de todas las formas de asistencia o apoyo social del sector voluntario o semipúblico;
- la reducción por parte de los estados de los costos que representan la educación y la salud en la producción y el mantenimiento de la fuerza de trabajo del proletariado (y, por lo tanto, los importantes ataques contra los proletarios en estos sectores públicos);
- el agravamiento y el desarrollo de la precariedad como medio para imponer y hacer evolucionar el desempleo masivo en todos los sectores de la clase.
- ataques camuflados detrás de las operaciones financieras, como los tipos de interés negativos que erosionan las pequeñas cuentas de ahorro y los planes de pensiones. Y aunque las tasas oficiales de inflación de los bienes de consumo son bajas en muchos países, las burbujas especulativas han contribuido a una verdadera explosión del costo de la vivienda.
- el aumento del coste de la vida, en particular de los impuestos y el precio de los bienes de primera necesidad". (Punto 23)
Este marco ha sido fuertemente confirmado pero la situación también se ha agravado seriamente con el brote de la pandemia. En el centro de la situación económica está el ataque a las condiciones del proletariado en todo el mundo.
En 2019, según la ONU, 135 millones de personas padecían hambre; en abril de 2020, con el estallido de la pandemia, la ONU proyecta que 265 millones de personas estarán en esta situación. El Banco Mundial declaró en marzo que la población pobre alcanzaría los 3.500 millones de personas con una aceleración repentina de más de 500.000 por mes. Desde entonces este ritmo parece haber continuado, particularmente en América Central y del Sur, así como en Asia, incluidas Filipinas, la India y China. El empobrecimiento de los trabajadores se acelerará. Según el informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), "la presión sobre los ingresos resultante de la disminución de la actividad económica tendrá un efecto devastador sobre los trabajadores que están cerca o por debajo del umbral de pobreza". Entre 8,8 y 35 millones de trabajadores más estarán en la pobreza en todo el mundo, en comparación con la estimación inicial para 2020 (que preveía una disminución de 14 millones en todo el mundo).
En la India y China, el número de proletarios desempleados se cuenta, según el FMI, en cientos de miles. Sitios Web como Bussiness Bourse habla de varios millones de trabajadores que han perdido su trabajo en China. Todas estas cifras deben ser tomadas con mucha precaución ya que a menudo varían de un sitio de noticias a otro. Lo que es cierto aquí es el aspecto masivo de este fenómeno y su rápida extensión debido a la contención y cierre de una gran parte de la actividad mundial. Durante el mismo período, el desempleo masivo ha alcanzado los 35 millones de personas en los Estados Unidos y, a pesar de la excepcional ayuda estatal, las colas en los puntos de distribución de alimentos son cada vez más largas, pareciéndose a las imágenes de los años 30 en los Estados Unidos. El mismo fenómeno se está produciendo en el Brasil, donde los desempleados ya ni siquiera están registrados oficialmente. En Francia el desempleo podría llegar a 7 millones en pocos meses. La explosión del desempleo masivo está tomando el mismo ritmo en Italia y España. En este momento, empiezan a llegar planes de despidos masivos, como en las líneas aéreas y la construcción de aviones, pero también en la industria del automóvil, la producción de petróleo, etc. La lista será cada vez más larga en el próximo período.
En una evaluación inicial de las consecuencias de la pandemia, la OIT estimó que la pandemia causaría la pérdida permanente de 25 millones de puestos de trabajo en todo el mundo, mientras que la precariedad aumentaría considerablemente: "También se prevé que el subempleo aumente exponencialmente, ya que las consecuencias económicas de la epidemia del virus se reflejan en la reducción de las horas de trabajo y los salarios. En los países en desarrollo, las restricciones a la circulación de personas (por ejemplo, los proveedores de servicios) y bienes pueden anular esta vez el efecto amortiguador que ha tenido el empleo por cuenta propia en esos países"[13]. Además, en la economía informal decenas de miles de trabajadores -que no encajan en ninguna estadística y que no reúnen las condiciones para recibir apoyo financiero del Estado- están sin trabajo. Por el momento es demasiado pronto para tener una idea del nivel de deterioro general de los niveles de vida.
Recortes salariales, aumento de las horas de trabajo, reducción de las pensiones y de las prestaciones sociales. También parece, como en Francia, que la burguesía está tratando de extender el tiempo de trabajo real. Pero también está bajando los salarios directos, en particular por medio de nuevos impuestos, como pretexto. La Unión Europea, por ejemplo, está considerando seriamente un impuesto Covid, ¡un programa completo!
La deuda es cada vez más colosal, y conlleva necesariamente una contrapartida: la intensificación de las medidas de austeridad contra los trabajadores. Es en este marco que debemos examinar el significado de la renta básica universal como medio para contener las tensiones sociales y dar un golpe importante a las condiciones de vida como un paso organizado por el Estado hacia el empobrecimiento universal.
En los países centrales y sobre todo en Europa occidental, la burguesía tratará de administrar los ataques de la manera más juiciosa posible y de hacerlos aplicar de manera "política", provocando las mayores divisiones en el seno del proletariado. Aunque el margen de maniobra de la burguesía en este terreno tenderá a disminuir, no debemos olvidarlo:
"Al mismo tiempo, los países más desarrollados, en el norte de Europa, los EE.UU. y Japón, están todavía muy lejos de tal situación. Por una parte, porque sus economías nacionales están más capacitadas para resistir la crisis, pero también, y, sobre todo, porque hoy en día el proletariado de estos países, y especialmente en Europa, no está dispuesto a aceptar tal nivel de ataques a sus condiciones. Así, uno de los principales componentes de la evolución de la crisis escapa de un estricto determinismo económico y pasa al nivel social, a la relación de fuerzas entre las dos grandes clases de la sociedad, la burguesía y el proletariado". (Resolución del 20º Congreso sobre la situación internacional)
[1] Ver Crisis económica (I) - Treinta años de crisis abierta del capitalismo https://es.internationalism.org/revista-internacional/199901/1175/crisis-economica-i-treinta-anos-de-crisis-abierta-del-capitalismo [15]
[3] 23º Congreso de la CCI: Resolución sobre la situación internacional (2019): los conflictos imperialistas, la vida de la burguesía, la crisis económica https://es.internationalism.org/content/4447/resolucion-sobre-la-situacion-internacional-2019-los-conflictos-imperialistas-la-vida [17]
[4] Ver nuestras Tesis sobre la Descomposición https://es.internationalism.org/revista-internacional/200510/223/la-descomposicion-fase-ultima-de-la-decadencia-del-capitalismo [4]
[5] La Vanguardia, 25 abril 2020, "Las zonas de riesgo del sistema financiero [18]".
[6]La Vanguardia, 22 abril 2020, "La quiebra de las petroleras golpeará a los mayores bancos de EE.UU [19]
[7] La Vanguardia, 23 Abril 2020, "Cómo el coronavirus está acelerando el proceso de desglobalización [20]".
[8] Tomado de una contribución a la discusión interna internacional de la CCI
[9] BBC World Service, 6 Abril 2020
[10]Presentación de una reunión de la organización sobre la crisis económica
[12] Sin embargo, dentro del Partido Demócrata se están desarrollando posiciones proteccionistas similares a las de Trump. Dos congresistas demócratas presentaron en marzo de 2020 una propuesta para retirar a los Estados Unidos de la OMC
[13] Informe de la OIT marzo 2020
Enlaces
[1] https://es.internationalism.org/files/es/pdf/rint165.pdf
[2] https://es.internationalism.org/files/es/informe_pandemia_descomposicion.pdf
[3] https://es.internationalism.org/content/4629/la-irrupcion-de-la-descomposicion-en-el-terreno-economico-informe-sobre-la-crisis
[4] https://es.internationalism.org/revista-internacional/200510/223/la-descomposicion-fase-ultima-de-la-decadencia-del-capitalismo
[5] https://es.internationalism.org/content/4566/dossier-especial-covid19-el-verdadero-asesino-es-el-capitalismo
[6] https://es.internationalism.org/content/4593/guerras-de-vacunas-el-capitalismo-es-un-obstaculo-para-encontrar-un-tratamiento
[7] https://es.internationalism.org/content/4560/guerra-de-las-mascarillas-la-burguesia-es-una-clase-de-matones
[8] https://es.internationalism.org/tag/vida-de-la-cci/resoluciones-de-congresos
[9] https://es.internationalism.org/tag/3/45/descomposicion
[10] https://es.internationalism.org/files/es/pandemias_del_pasado.pdf
[11] https://www.science.org
[12] https://www.theguardian.com/books/2019/apr/11/fate-of-rome-kyle-harper-review
[13] https://es.internationalism.org/tag/2/25/la-decadencia-del-capitalismo
[14] https://es.internationalism.org/files/es/informe_crisis_economica.pdf
[15] https://es.internationalism.org/revista-internacional/199901/1175/crisis-economica-i-treinta-anos-de-crisis-abierta-del-capitalismo
[16] https://www.marxists.org/espanol/m-e/1850s/criteconpol.htm
[17] https://es.internationalism.org/content/4447/resolucion-sobre-la-situacion-internacional-2019-los-conflictos-imperialistas-la-vida
[18] https://www.lavanguardia.com/economia/20200425/48717553726/las-zonas-de-riesgo-del-sistema-financiero.html?utm_source=newsletters&utm_medium=email&utm_campaign=economia&utm_term=20200426&utm_content=listado-de-noticias-de-la-seccion-de-economia
[19] https://www.lavanguardia.com/economia/20200422/48675143364/la-quiebra-de-las-petroleras-golpeara-a-los-mayores-bancos-de-eeuu.html?utm_source=newsletters&utm_medium=email&utm_campaign=economia&utm_term=20200422&utm_content=listado-de-noticias-de-la-seccion-de-economia
[20] https://www.lavanguardia.com/economia/20200423/48678195571/coronavirus-acelerando-proceso-desglobalizacion-brl.html?utm_source=newsletters&utm_medium=email&utm_campaign=economia&utm_term=20200423&utm_content=listado-de-noticias-de-la-seccion-de-economia
[21] https://www.politicaexterior.com/proteccionismo-la-proxima-pandemia/