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Nunca antes la bancarrota de un sistema había sido más patente. Y tampoco nunca antes se habían planificado tantos ataques contra la clase obrera. ¿Qué desarrollo de la lucha de clases puede esperarse en esta situación?
La crisis de los subprimes ([1]) en 2008 desembocó en una crisis abierta de dimensión mundial con una caída de la actividad económica sin precedentes desde 1929:
- en unos cuantos meses se fueron desmoronando numerosos establecimientos financieros como fichas de dominó,
- los cierres de empresas se han multiplicado con cientos de miles de despidos por el mundo entero.
Los medios empleados por la burguesía para evitar que el hundimiento fuera todavía más brutal y profundo no han sido diferentes de las políticas sucesivas que se aplicaron desde principios de los años 1970, recurriendo constantemente al crédito. Se ha franqueado así una nueva etapa en el endeudamiento mundial, lo cual ha implicado un incremento nunca antes alcanzado de la deuda mundial. Y, hoy, el monto de la deuda mundial es tal que a la fase actual de la crisis económica ya se la nombra corrientemente como "crisis de la deuda".
La burguesía ha evitado, por ahora, lo peor. Sí, pero no sólo no hay recuperación, sino que además hay países con riesgos más que serios de insolvencia y con tasas de endeudamiento superiores al 100 % del PIB. Y no solo Grecia, país del que tanto se habla, sino también Portugal, España (quinta economía de la UE), Irlanda e Italia están en primera fila. Y Gran Bretaña, aunque no haya alcanzado esos niveles de endeudamiento, presenta signos calificados de "inquietantes" por los especialistas.
Ante el nivel alcanzado por la crisis de sobreproducción, a la burguesía sólo le queda un recurso: el Estado. Pero también éste deja aparecer su fragilidad. La burguesía intenta postergar los problemas y a los agentes económicos no les queda otro remedio que una "salida" cada vez más impracticable y arriesgada: endeudarse más todavía. Los fundamentos históricos de la crisis se hacen así cada días más evidentes. Contrariamente al pasado, la burguesía ya no puede seguir ocultando la realidad de la crisis, dejando a las claras la imposible solución dentro de su sistema.
En semejante contexto, la insolvencia de un país ([2]) incapaz de reembolsar los plazos de su deuda, podría provocar reacciones en cadena que lleven a la insolvencia de cantidad de agentes económicos (bancos, empresas, otros países). La burguesía, claro está, siempre procura jugar al despiste señalando con el dedo a la especulación y los malvados especuladores. Este fenómeno es real, sí, pero es un mecanismo que afecta a todo el sistema y no solo a algunos "aprovechados" o algún que otro "empresario desalmado". Las finanzas desbocadas, o sea el endeudamiento sin límites y la especulación sin freno, las ha favorecido el capitalismo como un todo, como un medio de retrasar la recesión. Es, ni más ni menos, que el modo de vida del capitalismo de hoy. El problema está, por lo tanto, en el propio capitalismo, incapaz de sobrevivir sin la inyección de nuevos créditos, cada vez más masivos.
¿Y qué pociones está ahora preparando la burguesía contra la crisis del endeudamiento? La burguesía está intentando hacer tragar un plan de austeridad terrible en Grecia. Y otro en España. Y en Francia se preparan nuevos ataques sobre las pensiones
¿Serán esos planes de austeridad un medio para una nueva recuperación? ¿Permitirán subir el nivel de vida de los proletarios duramente atacado durante estos dos últimos años?
¡Ni mucho menos! La burguesía mundial no puede permitirse dejar que "se hunda" un país como Grecia (por muchas declaraciones, ruidosas y demagógicas, que haga Angela Merkel), sin arriesgarse a que las consecuencias sean las mismas para algunos de sus acreedores, pero la única ayuda que pueda otorgarle son más créditos con tipos de interés "aceptables" (aunque ya los préstamos al 6 % impuestos recientemente por la UE a Grecia son especialmente altos). Y, a cambio, exigen garantías de rigor presupuestario. El asistido debe dar las pruebas de que no va a tirar a un pozo sin fondo la "ayuda internacional". De modo que le piden a Grecia que "reduzca su tren de vida" y aminorar así el incremento de sus déficits y su deuda. De modo que, a condición de que se ataquen con dureza las condiciones de vida de la clase obrera, el mercado mundial de capitales volverá a otorgar su confianza a Grecia, país que podrá entonces atraer préstamos e inversiones foráneas.
Ya es paradójico que la confianza a Grecia dependa de su capacidad a "reducir el ritmo de crecimiento de su deuda" y no a frenarlo del todo, lo cual sería imposible. O sea que el criterio para medir la solvencia de ese país ante el mercado mundial de capitales es que el incremento de su deuda no sea "demasiado importante". O dicho de otra manera: un país declarado insolvente a causa de su endeudamiento puede volverse solvente por mucho que ese endeudamiento siga creciendo. La propia Grecia tiene el mayor interés en que siga planeando la amenaza de su "insolvencia" para que se reduzcan los tipos de interés de sus acreedores, pues si no les reembolsara acabarían perdiendo una buena parte de sus préstamos y serían ellos entonces los que estarían rápidamente en "números rojos". En el mundo de hoy, un mundo endeudado al extremo, la solvencia se basa sobre todo no en una realidad objetiva, sino en una confianza...sin real fundamento.
Los capitalistas están obligados a aceptar esa creencia, pues, si no, sería como dejar de creer en la perennidad de su sistema de explotación. Los capitalistas estarán obligados a creérselo, ¡pero no los obreros! Los planes de austeridad podrán dar tranquilidad a la burguesía, pero para nada resuelven las contradicciones del capitalismo y ni siquiera podrán frenar el crecimiento de la deuda.
Los planes de austeridad exigen la reducción drástica del coste de la fuerza de trabajo, y eso se va a aplicar en todos los países, pues todos están, a diferentes niveles, enfrentados a problemas enormes de deuda y déficit. Tal política, que en el marco del capitalismo no tiene otra alternativa real, podrá quizás evitar que cunda el pánico, incluso acarrear una mini recuperación construida sobre arenas movedizas, pero no desde luego sanear el sistema financiero. Y menos todavía podrá resolver las contradicciones del capitalismo que lo empujan a endeudarse cada día más so pena de verse zarandeado por depresiones cada vez brutales. Lo que sí le importa a la burguesía es que la clase obrera se trague esas medidas de austeridad. Para la burguesía es un reto de la mayor importancia y tiene puesta su vigilancia más extrema en la respuesta que los proletarios van a dar a esos ataques.
Ya desde principios de los años 2000, el discurso de la burguesía de "acepten ahora apretarse el cinturón para que las cosas vayan mejor mañana" no logra generalmente engañar a la clase obrera, aunque hay diferencias entre los países. La agravación reciente de la crisis no se ha plasmado hasta ahora en un incremento de las movilizaciones de la clase obrera en estos dos o tres últimos años. La tendencia sería más bien la contraria en lo que al año 2009 se refiere. Las características de algunos de esos ataques, especialmente los despidos masivos, han hecho más difícil la respuesta de la clase obrera, pues frente a ellos:
- la patronal y los gobiernos se repliegan tras el argumento perentorio: "No somos culpables si el desempleo aumenta o si hay que echarles a la calle: la culpa es de la crisis."
- en caso de cierre de empresa o de fábrica, el arma de la huelga se hace inoperante, lo que acentúa el sentimiento de impotencia y desconcierto de los obreros.
Pero aunque esas dificultades siguen siendo una pesada losa encima de la clase obrera, no por eso la situación está bloqueada, pues empieza a haber un cambio en el estado anímico de la clase explotada que se está plasmando en un lento renacer de la lucha de clases.
La exasperación y la rabia de los trabajadores se alimentan con el sentimiento de profunda indignación ante una situación cada día más escandalosa e insoportable: la propia pervivencia del capitalismo da como resultado el que aparezcan con mayor crudeza que nunca dos "mundos diferentes" en el seno de la misma sociedad. Uno es el de la mayoría de la población que soporta todas las injusticias y la miseria y que debe pagar por el otro, el mundo de la clase dominante, donde se hace alarde indecente y arrogante de poder y de riqueza.
En relación más directa con la crisis actual, la idea tan extendida de que "son los bancos los que nos han metido en un atascadero del que no podemos salir" (mientras que vemos que los Estados mismos están al borde de la suspensión de pagos) es cada vez menos creíble como catalizadora de la cólera contra el sistema. Ahí pueden verse los límites del discurso de la burguesía que señalaba a los bancos como responsables de la crisis actual, para así evitar que se acuse al sistema como un todo. El "escándalo de los bancos" salpica al conjunto del capitalismo.
Sí, la clase obrera sigue sonada y desamparada a nivel internacional ante el alud de golpes que le asestan todos los gobiernos, sean de izquierdas o de derechas. Pero no por eso está resignada; no por eso se ha quedado paralizada sin reaccionar durante estos últimos meses. Las características básicas de la lucha de clases que marcaron ciertas movilizaciones desde el año 2003, están volviendo a aparecer de forma más explícita. Por ejemplo, la solidaridad obrera que está volviendo a imponerse como esa necesidad básica de la lucha, tras haber sido desvalorizada y deformada en los años 1990. Se presenta ahora con iniciativas, quizás todavía minoritarias, pero con porvenir.
En Turquía, en diciembre y enero pasado, la lucha de los obreros de Tekel fue como un faro para la lucha de clases. Unió en un mismo combate a obreros turcos y kurdos (y eso cuando un conflicto nacionalista divide a esos pueblos desde hace años), también dio pruebas de una voluntad entera de extender la lucha a otros sectores y se opuso con determinación al sabotaje de los sindicatos.
En los países centrales del capitalismo, a pesar de que un encuadramiento sindical, más poderoso y sofisticado que en otros países, logra impedir todavía que estallen luchas tan importantes como la de Tekel, también estamos ante un rebrote de combatividad de la clase obrera. En Vigo, España, hemos comprobado las mismas características. En Vigo, los desempleados fueron a verse con los trabajadores activos de los astilleros, manifestaron juntos, uniéndose a otros trabajadores hasta lograr que parara toda la industria naval. Cabe resaltar en esta acción el hecho de que la iniciativa vino de trabajadores despedidos de los astilleros que habían sido sustituidos por trabajadores inmigrados "que duermen en aparcamientos dentro de coches y que comen un bocadillo diario". Esto no acarreó ninguna reacción xenófoba por parte de los obreros hacia esos trabajadores, puestos en competencia con ellos por la burguesía, sino que se solidarizaron contra las condiciones de explotación inhumanas que se les reserva a los trabajadores inmigrados. Esas manifestaciones de solidaridad obrera ya se habían producido también en Inglaterra, en la refinería de Lindsey por parte de obreros de la construcción en enero y junio de 2009 como también en España en lo astilleros de Sestao en abril de 2009 ([3]).
En esas luchas, de manera limitada y embrionaria todavía, la clase obrera ha demostrado no sólo su combatividad sino también su capacidad para hacer frente a las campañas ideológicas de la clase dominante para dividirla, expresando su solidaridad proletaria, uniéndose en un mismo combate obreros de diferentes gremios, sectores, etnias o nacionalidades. Y la revuelta de los jóvenes proletarios organizados en asambleas generales, que atrajo el apoyo de la población, en diciembre de 2008 en Grecia, hizo temer a la clase dominante, el "contagio" del ejemplo griego a otros países europeos, especialmente entre las jóvenes generaciones escolarizadas. Y hoy no es casualidad si la burguesía vigila de nuevo las reacciones de los proletarios en Grecia frente al plan de austeridad impuesto por el gobierno y los demás Estados de la Unión Europea. Esas reacciones son una especie de test para los demás Estados amenazados por la quiebra de su economía nacional. El anuncio casi simultáneo de planes similares echó igualmente a la calle a miles de proletarios que se manifestaron en España y Portugal. A pesar de las dificultades que pesan todavía en la lucha de la clase, está produciéndose, sin embargo, un cambio en el ánimo de la clase obrera. Por el mundo entero cunde la desesperación y se acumula la ira en las filas obreras.
En Grecia...
En Grecia, el gobierno anunció el 3 de marzo un nuevo plan de austeridad, el tercero en tres meses, con una subida de los impuestos al consumo, la reducción de 30% de la primera paga extra (13º mes) y de 60% de la segunda (14º mes), primas cobradas por los funcionarios (o sea entre 12% y 30% de media del sueldo), la congelación de las pensiones de jubilación de los funcionarios y de los asalariados del sector privado. Pero la población no parece dispuesta a tragarse ese plan, especialmente entre los obreros y los jubilados.
En noviembre-diciembre de 2008, el país se vio zarandeado durante más de un mes por una explosión social, asumida sobre todo por la juventud proletaria, tras el asesinato de un joven a manos de la policía. Y las medidas anunciadas este año por el gobierno socialista amenazan con desencadenar una explosión no solo ya entre los estudiantes y los desempleados sino también entre los principales batallones de la clase obrera.
El movimiento de huelga general del 24 febrero de 2010 contre el plan de austeridad fue ampliamente seguido y la movilización de los funcionarios reunió en torno a 40 000 manifestantes. Muchos jubilados y funcionarios volvieron a manifestarse el 3 de marzo en el centro de Atenas.
Los acontecimientos siguientes demostraron más claramente todavía que el proletariado estaba movilizado: "Sólo unas horas después del anuncio de nuevas medidas, trabajadores despedidos de la Olympic Airways atacaron las brigadas de policía antidisturbios, que custodiaban la sede de la compañía, ocuparon el edificio y llamaron a una ocupación de duración indeterminada. La acción llevó al cierre de la calle comercial más importante de Atenas durante horas" (blog en libcom.org).
En los días que precedieron la huelga general del 11 de marzo, hubo una serie de huelgas y ocupaciones: los trabajadores despedidos de Olympic Airways ocuparon durante ocho días la sede del Tribunal de cuentas, mientras que los asalariados de la compañía eléctrica ocupaban las agencias para el empleo en nombre del "derecho de los futuros desempleados que somos". Los obreros de la Imprenta Nacional ocuparon su lugar de trabajo, negándose a imprimir los textos legales y las medidas económicas apostando por el hecho de que mientras una ley no está impresa, no es vigente... Los agentes del fisco cesaron el trabajo durante 48 horas, los asalariados de las autoescuelas del Norte del país hicieron tres días de huelga; hasta los jueces y otros agentes de la justicia cesaron toda actividad durante 4 horas cada día. Ninguna basura se recogió durante varios días en Atenas, Patras o Salónica: los empleados bloquearon los grandes vertederos de esas ciudades. En la ciudad de Komitini, los obreros de la empresa textil ENKLO llevaron a cabo una lucha con manifestaciones y jornadas de huelga: dos bancos fueron ocupados por los trabajadores.
La clase obrera en Grecia está hoy más ampliamente movilizada que durante las luchas de noviembre-diciembre de 2008, pero los aparatos de encuadramiento de la burguesía están hoy sobre aviso y por ello mejor preparados y más eficaces contra la respuesta obrera.
En efecto, la burguesía tomó la delantera para desviar la cólera y la combatividad de los trabajadores hacia callejones sin salida políticos e ideológicos, logrando meter en el atolladero todo el potencial de voluntad de apropiación de las luchas y de solidaridad proletarias que se habían manifestado en los combates de las nuevas generaciones a finales de 2008.
La exaltación del nacionalismo se ha utilizado ampliamente para dividir a los obreros, aislarlos de sus hermanos de clase de los demás países. En Grecia, lo que más se ha usado es el hecho de que la burguesía alemana se niega a ayudar a la economía griega. El gobierno del PASOK no se ha privado de reavivar los rescoldos antialemanes todavía vivos desde la ocupación nazi.
El control por parte de los partidos y los sindicatos permitió aislar a los obreros unos de otros. Los asalariados de Olympic Airways, por ejemplo, no permitieron a ninguna persona ajena a la empresa entrar en el edificio público que ocupaban y los dirigentes sindicales mandaron evacuarlo sin que terciara la menor decisión de una Asamblea general. Cuando otros obreros quisieron acudir a los locales de la Hacienda Pública, ocupados por los de la Imprenta nacional, fueron rechazados sin más, so pretexto de que "no pertenecían al ministerio"...
La ira profunda de los obreros de Grecia se ha expresado contra el PASOK y los dirigentes sindicales vasallos de ese partido. El 5 de marzo, el líder de la GSEE, central sindical del sector privado, fue zarandeado y golpeado cuando intentaba tomar la palabra ante la muchedumbre. Acabó siendo auxiliado por la policía antidisturbios y refugiándose en el edificio del Parlamento, bajo los abucheos de la muchedumbre que le invitaba irónicamente a entrar en el lugar que le correspondía: la cueva de ladrones, de asesinos y de mentirosos.
El PC griego (KKE), por su parte, y su apéndice sindical, el PAME, se presentan como alternativas "radicales" al PASOK: lo que hacen, en realidad, es revitalizar una campaña para centrar la responsabilidad de la crisis en los banqueros o en "los desastres del liberalismo".
En noviembre-diciembre 2008, el movimiento fue básicamente espontáneo y sus asambleas generales se mantuvieron abiertas en las escuelas y universidades ocupadas. La sede del Partido comunista (KKE), al igual que la de su confederación sindical, el PAME, también fueron ocupadas, signo evidente de la desconfianza hacia los aparatos sindicales y hacia los estalinistas, los cuales habían denunciado a los jóvenes manifestantes a la vez como lumpen y niños mimados de la burguesía.
Pero esta vez, ostensiblemente, el PC griego se ha puesto en vanguardia de las huelgas, las manifestaciones y ocupaciones más radicales: "En la mañana del 5 de marzo, los trabajadores del PAME sindicato afiliado al Partido Comunista ocuparon el ministerio de Hacienda (...) así como el ayuntamiento del distrito de Trikala. Más tarde, el PAME hizo también ocupar 4 estaciones de TV en la ciudad de Patras, y la emisora de televisión del Estado en Salónica, obligando a los periodistas de los informativos a leer una declaración contra las medidas gubernamentales" ([4]).
El PC estuvo también en la iniciativa de varias huelgas, convocó para el 3 de marzo a una "huelga general", a manifestarse el 5 y ya el 4 de marzo en varias ciudades. El PAME intensificó las acciones espectaculares, ocupando el ministerio de Hacienda, o la sede de la Bolsa.
El 11 de marzo, toda Grecia se quedó paralizada durante 24 horas, con 90 % de huelguistas. Se expresaba así de nuevo la cólera popular tras un segundo llamamiento a la huelga general por los dos sindicatos principales. Más de 3 millones de personas (la población griega es de 11 millones) participaron en ella. La manifestación del 11 de marzo fue la más concurrida en Atenas desde hace 15 años y demostró la determinación de la clase obrera para replicar a la ofensiva capitalista.
... y en otros lugares
En todas las partes del mundo, en Argelia, en Rusia, la mano de obra inmigrada de los Emiratos, sobreexplotada y privada de toda protección social, entre los proletarios ingleses o los estudiantes reducidos a la precariedad en el estado más rico de Estados Unidos, California, la situación actual es testimonio de una tendencia de fondo hacia la reanudación internacional de la lucha de clases a escala internacional.
La burguesía está enfrentada a una situación en la que, además de los despidos en las empresas en situación difícil, los estados deben asumir directamente los ataques contra la clase obrera para que ésta soporte el coste de la deuda. De este modo se identifica mejor al responsable directo de los ataques: el Estado, un Estado que cuando se trata de despidos a veces se da pretensión de aparecer como "protector" de los asalariados, aunque, eso sí, "dentro de unos límites". Que el Estado aparezca por lo que es, el primer defensor de los intereses de la clase capitalista contra la clase obrera, es un factor que favorece el desarrollo de la lucha de clases, de su unidad y politización.
Todos los elementos que se desarrollan en la situación actual son los ingredientes para que estallen luchas masivas. Y su detonador será sin duda la acumulación de la exasperación, del hastío y de la indignación. La burguesía va a aplicar planes de austeridad en diferentes países. Van a ser otras tantas ocasiones de experiencias de luchas y de elecciones para la clase obrera.
El desmoronamiento del estalinismo y, sobre todo, su explotación ideológica por la burguesía, basada en la mayor mentira del siglo, la de identificar los regímenes estalinianos con el socialismo, dejaron huellas que siguen presentes en la clase obrera.
Frente a las "evidencias" aporreadas por la burguesía del estilo de: "el comunismo nunca funcionará y la prueba es que las poblaciones que los sufrieron lo han abandonado a favor del capitalismo", la tendencia inevitable de los obreros fue la de dar la espalda a todo proyecto de sociedad alternativa al capitalismo.
La situación resultante es, desde ese ángulo, muy diferente de la que se vivió a finales de los años 1960. En aquel tiempo, el carácter masivo de los combates obreros, en especial las huelgas de Mayo de 1968 en Francia o el "otoño caliente" italiano, etc., dejaron claro que la clase obrera puede ser una fuerza de primer plano en la sociedad. La idea de que podría un día echar abajo al capitalismo no era un sueño irrealizable, contrariamente a lo que parece ser hoy.
La dificultad para entrar masivamente en lucha que el proletariado manifiesta desde los años 90 viene de una falta de confianza en sí mismo que el renacer de la lucha de clases del año 2003 no ha hecho desaparecer.
Sólo el desarrollo de luchas masivas permitirá al proletariado recuperar la confianza en sus propias fuerzas y ser capaz de proponer su propia perspectiva. Es ésta una etapa fundamental en la que los revolucionarios deben favorecer la capacidad de la clase obrera para comprender lo que está en juego en la dimensión histórica de sus luchas, para que reconozca a sus enemigos y se haga cargo de sus propias luchas.
Por muy importante que sea esta etapa futura de la lucha de clases, no significa eso que se habrán acabado las vacilaciones del proletariado para emprender resueltamente el camino que lleva a la revolución.
Ya en 1852, Marx, insistió en el recorrido difícil y tortuoso de la revolución proletaria, al contrario de las revoluciones burguesas, las cuales "como las del siglo xviii va rápidamente de éxito en éxito" ([5]).
Esa diferencia entre proletariado y burguesía, cuando actúan como clases revolucionarias, viene de las diferencias existentes entre las condiciones de la revolución burguesa y las de la revolución proletaria.
La toma del poder político por la clase capitalista fue el remate de todo un proceso de transformación económica en la sociedad feudal. Durante ese proceso, las relaciones de producción capitalista fueron sustituyendo poco a poco las antiguas relaciones feudales de producción. Y sobre esas nuevas relaciones se basó la burguesía para conquistar el poder político.
El proceso de la revolución proletaria es muy diferente. Las relaciones de producción comunistas, al no ser relaciones mercantiles, no pueden desarrollarse en el seno de la sociedad capitalista. La clase obrera, al ser la clase explotada en el capitalismo, privada por definición de la propiedad de los medios de producción, ni dispone ni puede disponer de puntos de apoyo económicos para conquistar el poder político. Sus medios son su conciencia y su organización en la lucha. Contrariamente a la burguesía revolucionaria, el primer acto de la transformación comunista de las relaciones sociales debe ser un acto consciente y deliberado: la toma del poder político a escala mundial por el conjunto del proletariado organizado en consejos obreros.
Es normal que la inmensidad de esta tarea haga dudar a la clase obrera, la haga dudar de su propia fuerza. Pero el único camino para que la humanidad sobreviva es ése. El camino que lleva a la abolición del capitalismo, de la explotación, el camino que lleva a la construcción de una nueva sociedad.
FW
(31 marzo 2010)
[1]) Recordemos que se trata de créditos hipotecarios de alto riesgo, riesgos que acabaron diluyéndose en todo tipo de instituciones financieras.
[2]) Es evidente que la quiebra de un Estado no es lo mismo que la de una empresa: si acabara siendo incapaz de reembolsar sus deudas, es inimaginable que un Estado se declare en quiebra y "eche el cierre", despida a todos sus funcionarios y disuelva sus propias estructuras (policía, ejércitos, cuerpos docentes o administrativos...) aunque sí que es cierto que en algunos países (en Rusia o en países de África, por ejemplo) no se pague a los funcionarios durante meses a causa de la crisis ...
[3]) Leer los artículos siguientes: "Huelgas en Inglaterra: Lo obreros de la construcción en el centro de la lucha" [2]; Sobre Turquía: "¡Solidaridad con la resistencia de los trabajadores de Tekel contra el Gobierno y los sindicatos! [3]"; Sobre España: "Vigo: acción conjunta de desempleados y trabajadores del naval", en nuestra página web..
[4]) Según libcom.org [4].
[5]) En El 18 de Brumario de Luís Bonaparte.
Nuestro camarada Jerry Grevin, militante desde hace muchos años de la sección de EEUU de la CCI, falleció repentinamente por un infarto de miocardio el 11 de febrero de 2010. Su temprana muerte es una trágica pérdida para nuestra organización y para todos aquellos que lo conocieron: su familia ha perdido un querido y cariñoso marido, padre y abuelo; sus compañeros del centro de Secundaria donde enseñaba han perdido un apreciado compañero; sus camaradas militantes de la CCI, en su sección y en todas las demás del mundo, hemos perdido un camarada muy querido y entregado a la lucha comunista.
Jerry Grevin nació en 1946, en Brooklyn, en una familia obrera de segunda generación de inmigrantes judíos. Sus padres estaban imbuidos de un espíritu crítico que les llevó primero a entrar y después a salir del Partido comunista de EEUU. El padre de Jerry quedó profundamente impactado por la destrucción de Hiroshima y Nagasaki, de la que fue testigo como miembro de las fuerzas de ocupación USA al final de la Segunda Guerra mundial; aunque nunca habló de su experiencia y su hijo solamente supo de ella mucho después, Jerry estaba convencido de que eso había profundizado el espíritu antipatriótico y antibelicista que heredó de sus padres.
Una de las mejores cualidades de Jerry, que nunca perdió, era su ardiente y firme indignación frente a todas las formas de injusticia, opresión y explotación. Desde muy temprano participó con gran energía en las grandes causas sociales de su época. Participó en el CORE (Congress of Racial Equality) en la organización de manifestaciones contra la segregación y la desigualdad racial en el sur de EEUU. Esto implicaba un gran valor, puesto que los activistas y los manifestantes eran habitualmente insultados y golpeados, e incluso asesinados; y Jerry, puesto que era judío, no era sólo un luchador contra los prejuicios raciales, sino que él mismo era objeto de esos prejuicios ([1]).
Para su generación, especialmente en EEUU, el otro asunto vital del momento era la oposición a la guerra del Vietnam. Exiliado a Montreal en Canadá, Jerry fue impulsor de uno de los diferentes comités que se organizaron como parte del "Second Underground Railroad" ([2]) que surgió para ayudar a los desertores del ejército US a escapar de EEUU y a llevar una nueva vida en el extranjero. Emprendió esa actividad, no como un pacifista, sino con la convicción de que la resistencia al orden militar podía y debía ser parte de una lucha de clases más amplia contra el capitalismo, participando en una publicación militante que duró poco tiempo: Worker and Soldier (Obrero y soldado). Muchos años después, Jerry tuvo oportunidad de consultar una parte de su expediente del FBI (en gran parte secreto): su tamaño y detalle -el archivo fue regularmente actualizado mientras fue un militante de la CCI- le proporcionaron cierta satisfacción al saber que sus actividades inquietaban a los defensores del orden burgués, y le inspiraron algunos comentarios cáusticos a expensas de los que piensan que la policía y los servicios de inteligencia no se molestan en prestar atención a los pequeños e "insignificantes" grupos de militantes actuales.
A su regreso a EE.UU. en los años 70, Jerry encontró trabajo como técnico de telefonía en una gran compañía. Eran tiempos turbulentos de lucha de clases, ya que la crisis económica empezaba a dejarse sentir, y Jerry estuvo involucrado en grandes luchas y pequeñas escaramuzas en su centro de trabajo, al mismo tiempo que participaba en una publicación llamada Wildcat, que abogaba por la acción directa y que era la prensa de un grupo que tenía el mismo nombre. Aunque después llegaría a desencantarse del inmediatismo de Wildcat y su falta de perspectivas más amplias y a largo plazo (fue la búsqueda de esas perspectivas lo que le llevó a unirse a la CCI) la experiencia directa, a pie de taller, que tuvo, junto a sus brillantes capacidades de observación y una actitud comprensiva hacia las debilidades y prejuicios de sus compañeros, le dieron una profunda visión de cómo la conciencia se desarrolla concretamente en la clase obrera. Como militante de la CCI, a menudo ilustraba sus argumentos políticos con vívidas imágenes de su propia experiencia.
Una de ellas describía un incidente en el Sur de EEUU, donde su grupo de técnicos de teléfonos de Nueva York había sido enviado para un trabajo. Un obrero negro del grupo había sido culpado por los patronos de supuestos delitos menores; los de Nueva York salieron en su defensa para sorpresa de sus compañeros del Sur: "¿Por qué molestarse?", se preguntaban, "es sólo un negro". A esto, uno de los obreros de Nueva York replicó vigorosamente que el color no importa, que los obreros eran todos obreros juntos, y que tenían que defenderse los unos a los otros contra los patronos.
"Pero lo realmente destacable", decía Jerry, "es que aquel elemento, que fue el más decidido en la defensa del obrero negro, era conocido en el grupo de compañeros como un racista que se había trasladado a Long Island para evitar vivir en una barriada negra, lo cual demuestra que la lucha de clases y la solidaridad es el único antídoto real contra el racismo".
Otra historia que le gustaba contar era la de su primer encuentro con la CCI. Para citar las palabras de homenaje personal de un camarada: "Como le oí decir un millón de veces, era "un joven inmediatista e individualista" (como se definía a sí mismo), que escribía artículos él solo y los distribuía, cuando encontró por primera vez a un militante de la CCI, y fue cayendo en la cuenta de que la pasión revolucionaria sin organización sólo puede ser una ardiente llama efímera de juventud. Fue entonces cuando el militante de la CCI le planteó: "Bien, escribes y eres marxista; pero ¿Qué haces por la revolución?". Jerry contaba a menudo esta historia y decía que la noche siguiente no pudo dormir. Pero fue una noche en blanco que trajo un tremendo fruto".
Muchos se hubieran desalentado ante el comentario un tanto abrupto de la CCI, pero no Jerry. Al contrario, esta historia (que contaba divertido ante su propio estado mental de entonces) revela otra faceta del carácter de Jerry: su capacidad de aceptar la fuerza de los argumentos y cambiar de idea cuando se sentía convencido por posiciones diferentes, una inestimable cualidad en el debate político, que es la savia de una verdadera organización política proletaria.
Así también, la contribución de Jerry a la CCI ha sido inestimable. Su conocimiento del movimiento obrero en Estados Unidos era enciclopédico; su pluma ágil y su verbo animado hicieron viva esta historia para nuestros lectores en sus muchos artículos para nuestra prensa de los EEUU (Internationalism) y para la Revista internacional. También tenía una notable comprensión de la vida política y la lucha de clases actual en EEUU, y sus artículos de actualidad, tanto en nuestra prensa como en nuestros boletines internos, han provisto de valioso contenido nuestra comprensión de la política de la mayor potencia imperialista mundial.
Igualmente importante fue su contribución a la vida interna de la CCI y su integridad organizativa. Durante muchos años ha sido un pilar de nuestra sección norteamericana, un camarada con el que se podía contar cuando las cosas se ponían difíciles. Durante los desalentadores años 90, cuando todo el mundo -pero quizás especialmente EEUU- estaba sumido en la propaganda sobre la "victoria del capitalismo", Jerry nunca perdió su convicción en la necesidad y la posibilidad de una revolución comunista, nunca dejó de tender la mano a sus compañeros o a los escasos nuevos contactos de la sección. Su lealtad a la organización y a sus camaradas fue inquebrantable, tanto más porque, como planteaba él mismo, era la participación en la vida internacional de la CCI lo que le infundía valor y le permitía "cargar las pilas".
En un plano más íntimo, Jerry era también un hombre extraordinariamente divertido y un conversador particularmente dotado. Podía mantener -y a menudo lo hacía- una audiencia de amigos o camaradas riendo durante horas sin parar, a menudo con historias sacadas de su propia observación de la vida. Aunque sus anécdotas a veces esparcían vitriolo para los patronos o la clase dominante, nunca eran crueles o hirientes. Al contrario, revelaban su afección y simpatía por el género humano y al mismo tiempo la extraña habilidad de reírse de sus propias debilidades. Esta apertura hacia los demás era sin duda una de las cualidades que hacían de Jerry un impresionante (y apreciado) profesor -una profesión a la que llegó ya tarde en la vida, cuando tenía más de cuarenta años.
Nuestro tributo a Jerry estaría incompleto si no mencionásemos su pasión por la música Zydeco (música "cajún", género musical cuyo origen son los criollos de Luisiana, que aún lo interpretan). Lo conocían en los festivales de Luisiana y estaba orgulloso de poder ayudar a las nuevas bandas a actuar en Nueva York. Así era Jerry en todo: entusiasta y enérgico en todo lo que emprendía, abierto y cálido para con los demás.
La pérdida de Jerry se hace aún más terrible si cabe, porque sus últimos años fueron de los más felices para él. Estaba encantado de ser el abuelo de un nieto al que adoraba. Políticamente veía el desarrollo de una nueva generación de contactos alrededor de la sección en EEUU de la CCI y se había lanzado al trabajo de correspondencia y discusión con su acostumbrada energía. Esa dedicación empezó a dar sus frutos en los Days of Discussion (Jornadas de discusión) que tuvieron lugar en Nueva York sólo unas semanas antes de su muerte, y que reunieron a jóvenes camaradas de todo Estados Unidos, muchos de los cuales se encontraban por primera vez. Jerry estaba encantado y consideraba esa reunión, con todas las esperanzas para el futuro que representa, una de las cimas de su actividad militante. Es normal, pues, que dejemos la última intervención sobre Jerry a dos jóvenes camaradas que participaron en esos Days of Discussion: para JK: "Jerry era un camarada de toda confianza y un amigo entrañable... Los conocimientos de Jerry sobre la historia del movimiento obrero norteamericano; la profundidad de su experiencia personal en las luchas de los años 70 y 80 y su compromiso por mantener viva la llama de la Izquierda comunista en Estados Unidos durante los años difíciles que siguieron a la llamada "muerte del comunismo" son incomparables".
Para J, "Jerry fue una especie de mentor político para mí en el último año y medio. Y era también un amigo muy querido (...) Siempre tenía ganas de hablar y ayudar a los camaradas más jóvenes a aprender cómo intervenir y a comprender las lecciones históricas del Movimiento Obrero. Su recuerdo pervivirá en todos nosotros, en la CCI y en el resto de la clase obrera."
CCI
[1]) En un infame caso en 1964, tres jóvenes activistas por los derechos civiles (James Chaney, Andrew Goodman y Michael Schwerner) fueron asesinados por policías y miembros del Ku Klux Klan. Dos de los activistas eran judíos de Nueva York.
[2]) El nombre de "Underground Railroad" (tren clandestino) era una referencia a la red de casas de acogida y ayuda antiesclavistas que proliferaron antes de la guerra civil norteamericana para ayudar a los esclavos a huir hacia el Norte de EEUU y Canadá.
El propósito de esta Serie es responder a una pregunta que se hacen muchos compañeros, sobre todo jóvenes: ¿Qué son los consejos obreros? En el artículo anterior de esta Serie ([1]) vimos cómo nacieron por primera vez en la historia al calor de la Revolución de 1905 en Rusia y cómo la derrota de ésta llevó a su desaparición. En este segundo artículo veremos cómo reaparecieron con la Revolución de febrero de 1917, y de qué manera, pese a ser dueños de la situación cedieron el poder a la burguesía gracias a la traición de antiguos partidos revolucionarios -mencheviques y socialistas revolucionarios (SR)- que los estaban saboteando desde dentro, cómo se fueron alejando de la voluntad y la conciencia creciente de las masas obreras hasta el extremo de convertirse en julio de 1917 en punto de apoyo de la contra-revolución ([2]).
Oskar Anweiler en su obra Los Soviets en Rusia ([3]) subraya cómo entre diciembre de 1905, momento de la derrota de la revolución, hasta 1907, hubo numerosos intentos de revivir los soviets. En Petersburgo, en la primavera de 1906, se formó un Consejo de desempleados que envió delegados a las fábricas agitando por la reconstitución del Soviet de tal manera que en el verano de 1906 hubo una reunión que aglutinó a 300 delegados que sin embargo no llegó a ninguna conclusión dada la dificultad para retomar la lucha. El Consejo se fue descomponiendo al flaquear cada vez más la movilización hasta su desaparición total en el verano de 1907. En Moscú, Jarkov, Kiev, Poltava, Ekaterinoslav, Bakú, Batum, Rostov y Kronstadt surgieron igualmente consejos de desempleados que tuvieron una existencia más o menos efímera a lo largo de 1906.
En 1906-07 aparecieron esporádicamente soviets en ciudades industriales del Ural. Pero fue en Moscú donde en el verano de 1906 se realizó la tentativa más seria de constituir soviets. Una huelga surgida en julio se extendió rápidamente a numerosos centros de trabajo y pronto los obreros eligieron delegados que en número de 150 lograron reunirse constituyendo un Comité ejecutivo que hizo llamamientos a la extensión de la huelga y a la formación de soviets de barrio. Sin embargo, las condiciones no eran las de 1905, el gobierno comprobó que la movilización en Moscú no encontraba eco y descargó una dura represión que acabó con la huelga y con el recién reconstituido Soviet.
Los soviets desaparecieron del escenario social hasta 1917. Esta desaparición choca a muchos compañeros que se preguntan: ¿cómo es posible que los mismos obreros que en 1905 habían participado de forma tan entusiasta en los soviets los abandonaran en el olvido? ¿Cómo entender que la "forma" Consejo que tanta eficacia y fuerza había demostrado en 1905 desapareciera como por ensalmo durante 12 largos años?
Para responder a esta pregunta hemos de evitar plantearla a partir del punto de vista de la democracia burguesa que considera a la sociedad como una suma de individuos "libres y soberanos", tan "libres" para formar consejos como para participar en las elecciones. Entonces ¿cómo es posible que millones de ciudadanos que en 1905 "votaron" constituirse en soviets, "voten" renunciar a ellos durante largos años?
Semejante punto de vista, no puede entender que la clase obrera no es una suma de individuos "libres y autodeterminados" sino una clase que solamente logra expresarse, actuar y organizarse cuando mediante la lucha impone su acción colectiva. Esta no es el resultado de una suma de "decisiones individuales" sino de la concatenación de factores objetivos (la degradación de las condiciones de vida y la evolución general de la sociedad, la preocupación ante el futuro que depara ésta) y subjetivos (la indignación provocada por la inquietud por el porvenir, las experiencias de lucha y el desarrollo de la conciencia de clase animados por la intervención de los revolucionarios). La acción y la organización de la clase obrera constituyen un proceso social, colectivo e histórico que traduce una evolución de las relaciones de fuerza entre las clases.
Además, esta dinámica de la lucha de clases debe a su vez situarse en el contexto histórico que permitió el surgimiento de los soviets. Mientras que en el periodo histórico de apogeo del sistema -especialmente, durante esa "edad de oro" que se extiende entre 1873 y 1914- el proletariado pudo constituir grandes organizaciones de masas (los sindicatos, en particular) que tenían una existencia permanente y que constituían el requisito para llevar luchas a la victoria, en el periodo histórico que se abre con la Primera Guerra mundial, la decadencia del capitalismo, la organización general de la clase obrera se construye en la lucha y para la lucha y desaparece con ella si no es capaz de ir hasta el final: hasta el combate revolucionario por la destrucción del Estado burgués.
En tales condiciones, la "ganancia" que pueden obtener las luchas no puede reflejarse como en un libro de contabilidad, a través de resultados contantes y sonantes que se pueden consolidar año tras año, ni puede reflejarse en una organización de masas permanente. Al contrario, las "ganancias" se plasman en factores espirituales (conciencia adquirida, enriquecimiento del programa histórico proletario con las lecciones de la lucha, perspectiva para el porvenir...), que se conquistan en grandes momentos de agitación para acabar desapareciendo del conocimiento inmediato de las amplias masas hasta replegarse en el pequeño universo de minúsculas minorías, de tal manera que puede producirse la ilusión óptica de que nunca habrían existido.
Así ocurrió con los soviets: entre 1905 y 1917 quedaron reducidos a una "idea" que orientaba la reflexión y los combates políticos de un puñado de militantes. Pero en contra de lo que piensan los pragmáticos que solo valoran aquello que se puede tocar y ver, esa "idea" tenía una poderosa fuerza material. En 1907, Trotski escribía: "está fuera de duda que la nueva próxima embestida de la revolución traerá consigo en todos los lados la creación de consejos obreros" ([4]).
Efectivamente, los grandes protagonistas de la Revolución de febrero fueron los soviets.
Las minorías revolucionarias, especialmente los bolcheviques después de 1905, defendieron y propagaron la idea de constituir soviets. Estas minorías mantuvieron la llama de la memoria colectiva de la clase obrera. Por esta razón, en cuanto estallaron las huelgas de febrero que rápidamente tomaron una gran amplitud, hubo numerosas iniciativas y llamamientos para constituir soviets. Anweiler subraya que: "este pensamiento nació tanto en las fábricas en paro como también en los círculos intelectuales revolucionarios. Testigos presenciales informan que en algunas fábricas desde el 24 de febrero eran elegidos hombres de confianza para un Soviet que se estaba organizando" ([5]).
Es decir, la idea, durante largo tiempo reducida a pequeñas minorías, fue ampliamente tomada a cargo por las masas en lucha.
Por otro lado, el Partido bolchevique contribuyó significativamente al surgimiento de los soviets. Esta contribución no se basó en un esquema organizativo previo o en imponer una cadena de organizaciones intermedias que al final desembocarían en la formación de soviets, sino en algo muy diferente, como hemos de ver, vinculado a un duro combate político.
En el invierno de 1915, cuando empezaron a surgir algunas huelgas sobre todo en Petersburgo, la burguesía liberal había concebido un medio de encadenar a los obreros a la producción de guerra mediante la propuesta de elecciones en las empresas para formar un "Grupo obrero" dentro de los Comités industriales de guerra. Los mencheviques propusieron la participación y habiendo obtenido una amplia mayoría trataron de utilizar el "Grupo obrero" como un canal para presentar reivindicaciones. Es decir, planteaban una "organización obrera" totalmente supeditada al esfuerzo de guerra, como lo estaban los sindicatos en otros países europeos.
Los bolcheviques se opusieron a estas propuestas. Lenin, en octubre de 1915, dijo: "estamos en contra de la participación en los Comités industriales de guerra que exige la guerra imperialista reaccionaria" ([6]).
Los bolcheviques llamaban a la elección de comités de huelga y el comité del partido de Petersburgo proponía que: "los representantes de las fábricas, elegidos en base al sistema representativo proporcional en todas las ciudades, deben formar el Soviet de Diputados de toda Rusia" ([7]).
En un primer momento, los mencheviques con su política de elecciones al Grupo obrero controlaron férreamente la situación. Las huelgas que hubo en el invierno de 1915 y las mucho más numerosas que estallaron en la segunda mitad de 1916 permanecieron bajo la égida del Grupo Obrero menchevique pese a que aquí o allá se formaban efímeros comités de huelga. Sin embargo, la semilla acabó fructificando en febrero 1917
El primer intento de constituir un Soviet se realizó en Petersburgo en una reunión improvisada celebrada en el palacio Táuride el 27 de febrero. Los asistentes no eran representativos, había miembros del partido menchevique y del Grupo obrero junto con algunos representantes bolcheviques y elementos independientes. Allí surgió un debate muy significativo que ponía en juego dos opciones totalmente opuestas: los mencheviques pretendían que la reunión se autoproclamara "Comité provisional del Soviet", el bolchevique Chliapnikov... "... se opuso haciendo notar que eso no podía hacerse en ausencia de representantes elegidos por los obreros. Pidió que se les convocara urgentemente y la asamblea le dio la razón. Se decidió acabar la sesión y lanzar convocatorias a los principales centros obreros y a los regimientos sublevados" ([8]).
La propuesta tuvo efectos fulminantes. La misma noche del 27 empezó a circular por numerosas barriadas, fábricas y cuarteles. Obreros y soldados estaban en vela siguiendo muy de cerca el desarrollo de los acontecimientos. Al día siguiente tuvieron lugar numerosas asambleas en las fábricas y en los cuarteles, una tras otra la decisión era la misma: constituir un soviet y elegir un delegado. Por la tarde, el palacio Táuride estaba a rebosar de delegados de obreros y soldados. Sujanov en sus Memorias ([9]) describe la reunión que iba a tomar la decisión histórica de constituir el Soviet: "en el momento de abrirse la sesión había unos 250 diputados, pero nuevos grupos entraban sin cesar en el salón" ([10]),
habla de la elección de la presidencia de la reunión y de cómo al elegir el orden del día, la sesión fue interrumpida por diferentes delegados de los soldados que querían transmitir los mensajes de sus respectivas asambleas de regimiento. Resume uno de ellos: "Los oficiales han desaparecido. No queremos servir más contra el pueblo, nos asociaremos a nuestros hermanos los obreros, unidos todos para defender la causa del pueblo. Daremos nuestras vidas por ello. Nuestra asamblea general nos ha pedido que os saludemos"
a lo que añade Sujanov: "Y con una voz sofocada por la emoción, entre las ovaciones de la asamblea estremecida, el delegado añadió: ¡Viva la Revolución!" ([11]).
La reunión, constantemente interrumpida por la llegada de nuevos delegados que querían transmitir la postura de sus representados, fue abordando sucesivamente las cuestiones: la constitución de milicias en las fábricas, la protección frente a saqueos y contra acciones de las fuerzas zaristas. Un delegado propuso la creación de una "Comisión literaria" que redactara un llamamiento dirigido a todo el país, lo cual fue aprobado por unanimidad ([12]). La llegada de un delegado de regimiento Semionofski -famoso por su fidelidad al Zar y su papel represivo en 1905- provocó una nueva interrupción. El delegado proclamó: "Camaradas y hermanos, os aporto el saludo de todos los hombres del regimiento Semionofski. Todos hasta el último, hemos decidido unirnos al pueblo".
Esto creó... "... una corriente de entusiasmo romántico que recorrió toda la asamblea" ([13]).
La asamblea organizó un "estado mayor de la insurrección" ocupando todos los puntos estratégicos de Petersburgo.
La asamblea del Soviet no tuvo lugar en el vacío. Las masas estaban movilizadas. Sujanov señala el ambiente que rodeaba la sesión: "La multitud era muy compacta, decenas de millares de hombres habían acudido a saludar la revolución. Los salones del palacio no hubiesen podido contener más gente y, en las puertas, los cordones de la Comisión Militar conseguían contener a una muchedumbre más numerosa todavía" ([14]).
En 24 horas el Soviet era dueño de la situación. El triunfo de la insurrección en Petersburgo provocó la extensión de la revolución a todo el país.
"La red de Consejos obreros y de soldados en toda Rusia formaba la columna vertebral de la revolución. Con su ayuda la revolución se había extendido como una enredadera por todo el país" ([15]).
¿Cómo se formó esa enorme "enredadera" que pronto ocupó todo el territorio ruso? Existen diferencias entre la formación de los Soviets en 1905 y en 1917. En 1905, la huelga estalló en enero y las sucesivas oleadas de huelga no dieron lugar a ninguna organización masiva salvo algunas excepciones. Los soviets empezaron a constituirse tardíamente, en octubre. En cambio, en 1917, la lucha misma crea los soviets desde el mismo principio. Los llamamientos del 28 de febrero del Soviet de Petersburgo cayeron sobre tierra abonada. La pasmosa rapidez con que se formó en menos de 24 horas ya revela de por sí que la voluntad de amplias capas de obreros y soldados era la constitución del Soviet.
Las asambleas eran cotidianas. Y no se limitaban a elegir el delegado para el Soviet. A menudo lo acompañaban al local de la reunión general en comitiva masiva. Por otro lado, se formaban en paralelo soviets de barrio. El propio Soviet había lanzado un llamamiento a constituirlos pero ese mismo día los obreros del combativo barrio de Vyborg, una concentración proletaria de las afueras de Petersburgo, se le habían adelantado formando un Soviet de distrito y lanzando un combativo llamamiento a constituirlos por todo el país. Su ejemplo fue imitado en los días siguientes por otras barriadas populares.
Del mismo modo, las asambleas en las fábricas formaron pronto consejos de fábrica. Estos, aunque surgidos para necesidades reivindicativas y de organización interna del trabajo, no se restringían a ello y estaban fuertemente politizados. Anweiler reconoce que: "Los consejos de fábrica adquirieron en el transcurso del tiempo una sólida organización en Petersburgo que en cierta medida representaba una competencia respecto al Consejo de diputados obreros. Se asociaron a los consejos de rayon (barrios), cuyos representantes elegían un Consejo central con un Comité ejecutivo al frente. Dado que abarcaban a los trabajadores directamente en su lugar de trabajo, creció su papel revolucionario en la misma medida en que el Soviet se convertía en una institución duradera y comenzaba a perder su estrecho contacto con las masas" ([16]).
La formación de Soviets se extendió como un reguero de pólvora por toda Rusia. En Moscú, "el 1o de marzo tuvieron lugar las votaciones para la elección de delegados en las fábricas y el Soviet celebró su primera sesión eligiendo un Comité ejecutivo de 30 miembros. Al día siguiente se formó el Consejo definitivamente; se fijaron normas de representatividad, se votaron delegados para el Soviet de Petersburgo y se aprobó la formación del nuevo gobierno provisional (...) La marcha triunfal de la revolución que se propagó de Petersburgo a toda Rusia estaba acompañada de una ola revolucionaria de actividad organizativa en todas las capas sociales que encontró su más fuerte expresión en la formación de Soviets en todas las ciudades del Imperio, desde Finlandia hasta el océano Pacífico" ([17]).
Aunque se ocupaban de asuntos locales, su principal preocupación eran problemas generales: la guerra mundial, el caos económico, la extensión de la revolución a otros países y tomaron medidas para concretarla. Es de destacar que el esfuerzo de centralizar los soviets vino fundamentalmente "desde abajo" y no desde arriba. Antes hemos citado cómo el Soviet de Moscú decidió enviar delegados al Soviet de Petersburgo considerado de manera natural como el centro de todo el movimiento. Anweiler señala que: "los consejos de obreros y soldados de otras ciudades mandaban a sus delegados a Petersburgo o mantenían observadores constantes en el Soviet" ([18]).
Desde mediados de marzo surgieron iniciativas de congresos regionales de soviets. En Moscú tuvo lugar una conferencia de esa índole el 25-27 de marzo con participación de 70 consejos obreros y 38 de soldados. En la cuenca del Donetz en una conferencia similar se juntaron 48 soviets. Todo esto culminó con la celebración de una primera tentativa de Congreso de soviets de toda Rusia que tuvo lugar del 29 de marzo al 3 de abril y que agrupó a delegados de 480 soviets.
El "virus organizativo" se contagió a los soldados que hartos de la guerra desertaban de los campos de batalla, se amotinaban, expulsaban a los oficiales y decidían volver a casa. A diferencia de 1905 donde apenas hubo soviets de soldados, ahora estos proliferaban en regimientos, acorazados, bases navales, arsenales... Los soldados constituían un conglomerado de clases sociales siendo principalmente campesinos y en menor medida obreros. Sin embargo, pese a la heterogeneidad reinante, se unieron mayoritariamente al proletariado. Como señala un historiador y economista burgués Tugan Baranovski: "No fueron las tropas sino los obreros quienes iniciaron la insurrección; no fueron los generales sino los soldados quienes se presentaron amotinados en la Duma ([19]). Los soldados apoyaban a los obreros, no porque obedecieran dócilmente a los oficiales, sino porque sentían el lazo que los unía a los obreros" ([20]).
La organización soviética ganó lentamente al campo hasta hacerse más amplia a partir de mayo de 1917 donde la formación de Soviets Campesinos comenzó a agitar a masas habituadas a ser tratadas como bestias durante siglos. Era igualmente una diferencia fundamental respecto a 1905 donde se habían dado algunas sublevaciones campesinas totalmente desorganizadas.
Que toda Rusia se viera cubierta por una gigantesca red de Consejos es un hecho histórico de enorme trascendencia. Como señala Trotski: "en todas las revoluciones precedentes se habían batido en las barricadas los obreros, los artesanos, a veces los estudiantes y los soldados revolucionarios. Después de lo cual, se hacía cargo del poder la respetable burguesía que había estado prudentemente mirando la revolución por los cristales de su ventana" ([21]), pero esta vez no fue así, las masas dejaron de "trabajar para otros" y se dispusieron a trabajar para sí mismas a través de los consejos. Su labor ocupaba todos los asuntos de la vida económica, política, social y cultural.
Las masas obreras estaban movilizadas. La expresión de esa movilización eran los soviets, y alrededor de ellos una inmensa red de organizaciones de tipo soviético (consejos de barrio y consejos de fábrica), red que se nutría, a la vez que impulsaba, de una impresionante multiplicación de asambleas, reuniones, debates, actividades culturales... Obreros, soldados, mujeres, muchachos, se entregaban a una actividad febril. Vivían en una especie de asamblea permanente. Se detenía el trabajo para asistir a la asamblea de la fábrica, al soviet de ciudad o de barrio, a concentraciones, mítines, manifestaciones. Resulta significativo que tras la huelga de febrero apenas hubiera huelgas más que en momentos muy determinados o en situaciones puntuales o locales. Contrariamente a una visión restrictiva, la ausencia de huelgas no significaba desmovilización. Los obreros estaban en lucha permanente pero la lucha de clases, como decía Engels, constituye la unidad que forman la lucha económica, la lucha política y la lucha ideológica. Y las masas obreras estaban entregadas simultáneamente a esas tres dimensiones de su combate. Acciones masivas, manifestaciones, concentraciones, debates, circulación de libros y periódicos, las masas obreras rusas, habían tomado en sus manos su propio destino y encontraban en su seno reservas inagotables de pensamiento, iniciativas, investigación, todo era abordado sin descanso en amplios foros profundamente colectivos.
"El Soviet se apoderó de todas las oficinas de correos y telégrafos, de la radio, de todas las estaciones de ferrocarril, de todas las imprentas, de modo que sin su autorización era imposible cursar un telegrama, salir de Petersburgo o escribir un manifiesto", reconoció en sus memorias un diputado perteneciente al partido Cadete ([22]). Sin embargo, como señala Trotski, desde febrero se dio una tremenda paradoja: el poder de los soviets había sido generosamente entregado a la burguesía por la mayoría que los dominaba formada por mencheviques y social-revolucionarios que habían casi obligado a la burguesía a la formación de un Gobierno provisional ([23]), presidido por un príncipe zarista y compuesto por ricos industriales, políticos cadetes y como adorno, el "socialista" Kerenski ([24]).
El Gobierno provisional, parapetado tras los soviets, proseguía su política de guerra y daba largas a la solución de los graves problemas que aquejaban a obreros y campesinos. Esto conducía a los soviets a la inoperancia y la desaparición, como puede desprenderse de estas declaraciones de dirigentes social-revolucionarios: "Los soviets no representan ningún gobierno frente a la Asamblea constituyente ni tampoco están al mismo nivel que el Gobierno provisional. Son consejeros del pueblo en su lucha y son conscientes que representan solamente a una parte del país y solo gozan de la confianza de aquellas masas populares por cuyos intereses luchan. Por eso los soviets han evitado siempre tomar el poder en sus propias manos y formar un gobierno" ([25]).
Un sector de la clase obrera empezó a tomar conciencia de esta trampa ya desde los primeros días de marzo. Hubo acalorados debates en algunos soviets, consejos de barrio y comités de fábrica sobre la "cuestión del poder". Pero en ese momento la vanguardia bolchevique andaba rezagada pues su Comité central ([26]) había adoptado una resolución de apoyo crítico al Gobierno provisional pese a las fuertes oposiciones que provocó en diferentes secciones del partido ([27]).
El debate arreció en marzo. "El comité de Vyborg celebraba mítines de miles de obreros y soldados, en los que se votaban, casi por unanimidad, resoluciones que hacían resaltar la necesidad de que el Soviet tomara el poder. En vista del éxito que obtuvo, la resolución de los obreros de Vyborg fue impresa y fijada en las esquinas como un pasquín. Pero el Comité del partido de Petersburgo la vetó" ([28]).
La llegada de Lenin en abril transformó radicalmente la situación. Lenin, que desde su exilio suizo veía con inquietud las noticias que llegaban fragmentariamente de la vergonzosa conducta del Comité central del Partido bolchevique, había llegado a las mismas conclusiones que el Comité de Vyborg. En sus Tesis de Abril formuló claramente que: "La peculiaridad de la actual situación rusa consiste en el paso de la primera etapa de la revolución, que debido al desarrollo insuficiente de la conciencia de clase y a la organización defectuosa del proletariado dio el poder a la burguesía, a la segunda etapa, que debe poner el poder en manos del proletariado y de los campesinos desheredados" ([29]).
Muchos autores no ven esta intervención decisiva de Lenin como una manifestación clara del papel de vanguardia del partido revolucionario y de sus militantes más destacados, sino que, por el contrario, la consideran un acto de oportunismo político. Según ellos, Lenin "pilló al vuelo" la oportunidad de utilizar los soviets como plataforma para conquistar "el poder absoluto" y cambió la chaqueta de "acérrimo jacobino" por el ropaje anarquista del "poder directo de las masas". De hecho, un antiguo miembro del partido le espetó: "Durante muchos años, el puesto de Bakunin en la revolución rusa estaba vacante, ahora ha sido ocupado por Lenin".
Esta leyenda es radicalmente falsa. La confianza de Lenin en el papel de los Soviets venía de lejos, arrancaba de las lecciones que había sacado de la Revolución de 1905, en un proyecto de resolución que propuso al IVo Congreso del Partido (abril 1906) escribió que: "en tanto y en cuanto los consejos obreros representan núcleos del poder revolucionario, su fuerza y significación dependen totalmente de la fuerza y la victoria del levantamiento", para añadir a continuación que: "este tipo de organizaciones está condenada al fracaso, si no se apoyan en el ejército revolucionario y derrocan los poderes estatales (es decir, se convierten en un gobierno provisional revolucionario)" ([30]),
en 1915 volvía a insistir en la misma idea: "Consejos de delegados obreros e instituciones parecidas deben ser considerados como órganos de levantamiento, cómo órganos de poder revolucionario. Estas instituciones solamente pueden ser de interés seguro en relación al despliegue de la huelga masiva política" ([31]).
Lenin sin embargo era consciente de que el combate no había hecho más que comenzar: "solo luchando contra esa inconsciencia confiada de las masas (lucha que puede y debe librarse únicamente con las armas ideológicas, por la persuasión amistosa, invocando la experiencia de la vida) podremos de verdad desembarazarnos del desenfreno de frases revolucionarias imperantes e impulsar de verdad tanto la conciencia del proletariado como la conciencia de las masas, la iniciativa local, audaz y resuelta de las mismas" ([32]).
Eso se comprobó amargamente en el primer Congreso de los soviets de toda Rusia. Convocado para unificar y centralizar la red de los diferentes tipos de soviets esparcidos por todo el territorio, adoptó resoluciones que no solo iban en contra de la revolución sino que suponían un golpe moral a los propios soviets. En los meses de junio y julio estalla a plena luz un grave problema político: la crisis de los soviets, su alejamiento de la revolución y de las masas.
La situación general era de completo desbarajuste: cierre de industrias y aumento considerable del desempleo, parálisis de los transportes, pérdida de cosechas en el campo, racionamiento general. En el ejército se multiplicaban las deserciones y las tentativas de fraternización con los soldados del frente enemigo. El bando imperialista de la Entente (Francia, Gran Bretaña y ahora Estados Unidos) presionaba al Gobierno provisional para que emprendiera una ofensiva general contra los frentes alemanes. Complacientes con estas presiones, los delegados mencheviques y social-revolucionarios hicieron adoptar una resolución al Congreso de los soviets en apoyo de la ofensiva militar pese a que una importante minoría -no sólo bolchevique- estaba en contra. El Congreso rechazó una propuesta de aprobación de la jornada de 8 horas y echó abajo propuestas favorables a los campesinos. En lugar de ser expresión de la lucha revolucionaria se convertía en portavoz del combate de la burguesía contra el ascenso de la revolución.
El conocimiento de las sucesivas resoluciones del Congreso -especialmente la que apoyaba la ofensiva guerrera- provocó una profunda decepción en las masas. Percibían que su órgano se les escapaba de las manos, pero empezaron a reaccionar. Soviets de barrio de Petersburgo, el Soviet de la vecina ciudad marinera de Kronstadt y diversos consejos de fábricas y comités de varios regimientos propusieron una gran manifestación el 10 de junio cuyo objetivo era presionar al Congreso para que cambiara su política y se orientara hacia la toma completa del poder expulsando a los ministros capitalistas.
La respuesta del Congreso fue prohibir temporalmente las manifestaciones arguyendo el "peligro" de un "complot monárquico". Los delegados del Congreso fueron movilizados para acudir a fábricas y regimientos para "convencer" a obreros y soldados. El testimonio de un delegado menchevique publicado en Izvestia, órgano del Soviet de Moscú, es elocuente: "La mayoría del Congreso, más de quinientos miembros, se pasó la noche en blanco, dividiéndose en grupos de a diez, que recorrieron las fábricas y los cuarteles de Petersburgo exhortando a los obreros y los soldados a no concurrir a la manifestación. El congreso, en un buen número de fábricas y también en una cierta parte de la guarnición, no tenía ninguna autoridad. Los miembros del congreso fueron acogidos muy a menudo de una manera inamistosa, a veces con hostilidad y frecuentemente fueron despedidos con cólera" ([33]).
El frente burgués compendió la necesidad de salvar su baza principal -el secuestro de los soviets- contra el primer intento serio de las masas por recuperarlos. Pero lo hizo -con su maquiavelismo congénito- utilizando como cabeza de turco a los bolcheviques, contra los que lanzó una furiosa campaña. En el Congreso de cosacos que se celebraba al mismo tiempo que el Congreso de los soviets, Miliukov proclamó que: "los bolcheviques son los peores enemigos de la Revolución rusa" ([34]). Ya va siendo hora de acabar con esos señores".
El Congreso cosaco decidió: "apoyar a los soviets amenazados. Nosotros cosacos jamás nos separaremos de los soviets". ¡La principal fuerza represiva del zarismo cerraba filas con los soviets! Como dice Trotski: "los reaccionarios para dar la batalla a los bolcheviques estaban dispuestos a aliarse con el soviet, para luego poder estrangularlo del modo más seguro" ([35]).
El menchevique Liber trazó claramente el objetivo cuando dijo en el Congreso: "si queréis que os siga la masa que está con los bolcheviques, romped con el bolchevismo".
La violenta contraofensiva burguesa pillaba a las masas en posición todavía débil. Los bolcheviques lo comprendieron y propusieron la cancelación de la manifestación del 10 de junio, lo cual fue aceptado a regañadientes en algunos regimientos y en las fábricas más combativas.
Al llegar la noticia al Congreso de los soviets, un delegado propuso que se realizara una manifestación "verdaderamente soviética" para el 18 de junio. Miliukov analiza así esta convocatoria: "Después de pronunciar en el Congreso de los soviets discursos de tono liberal, después de haber impedido la manifestación armada del 10 de junio, los ministros socialistas tuvieron la sensación de que habían ido demasiado lejos en su acercamiento a nuestro campo. Se asustaron y dieron un viraje hacia los bolcheviques".
Trotski le corrige justamente: "No era precisamente un viraje hacia los bolcheviques, sino algo muy distinto: una tentativa de viraje hacia las masas contra el bolchevismo" ([36]).
Pero les salió el tiro por la culata. Los obreros y soldados participaron masivamente en la manifestación del 18 de junio, con pancartas que exigían todo el poder para los soviets, reclamando la salida de todos los ministros capitalistas, el fin de la guerra, llamando a la solidaridad internacional... Los manifestantes seguían masivamente las orientaciones bolcheviques y reclamaban todo lo contrario de lo pedido por el Congreso.
La situación siguió empeorando. La burguesía rusa, asesorada por sus aliados de la Entente, se encontraba atrapada en un callejón sin salida. La famosa ofensiva militar estaba resultando un fiasco. Los obreros y los soldados querían un cambio de radical de política en los soviets. Pero en las provincias la situación no estaba tan clara y en el campo, pese a la progresiva radicalización, la gran mayoría estaba con los socialistas revolucionarios y con el Gobierno provisional.
Era el momento para la burguesía de tender una emboscada a las masas de Petersburgo para llevarlas a una enfrentamiento prematuro que permitiera asestar un duro golpe a la vanguardia del movimiento y de esta forma abrir las puertas a la contra-revolución.
Las fuerzas burguesas se estaban reorganizando. Se había formado un "soviet de oficiales" cuya misión era organizar fuerzas de élite para aplastar militarmente la revolución. Las centurias negras zaristas volvían a levantar cabeza alentadas por las democracias occidentales. La vieja Duma funcionaba -según palabras de Lenin- como una oficina contra-revolucionaria sin que los líderes social-traidores de los soviets pusieran ningún obstáculo.
Una serie de hábiles provocaciones fue tejida para empujar a los obreros de Petersburgo a la trampa de una insurrección prematura. Por una parte, el partido cadete retiró sus ministros del Gobierno provisional de tal forma que este se quedó únicamente formado por "socialistas". Era una forma de invitar a que los obreros reclamaran la toma inmediata del poder y se lanzaran por tanto a la insurrección. La Entente planteó un claro ultimátum al Gobierno provisional en el sentido de "elegir": o los soviets o un gobierno constitucional. Pero la más violenta provocación fue la amenaza de traslado de los regimientos más combativos de la capital a las regiones fronterizas.
Masas importantes de trabajadores y soldados de Petersburgo mordieron el anzuelo. Desde numerosos soviets de barrio, de fábrica y de regimiento se convocó una manifestación armada para el 4 de julio. El eje de la manifestación era la toma del poder por los soviets. Ello mostraba cómo los obreros comprendían que no había más salida que la revolución. Pero, al mismo tiempo, pretendían que los encargados de ejercer el poder fueran los soviets tal y como estaban constituidos entonces: con la mayoría de mencheviques y socialistas revolucionarios cuya única preocupación era mantenerlos sometidos a la burguesía. Se produjo una escena muy conocida: un viejo obrero increpando a un miembro menchevique del Soviet: "¿por qué no tomáis el poder de una vez?", una escena significativa de las ilusiones persistentes en el seno de la clase obrera. Era como pedir que el zorro se ocupara del gallinero, todo lo cual mostraba la insuficiencia en la conciencia de las masas y las ilusiones que todavía las debilitaban. Los bolcheviques no mordieron el anzuelo y alertaron de la trampa en curso. Pero no lo hicieron desde una posición de suficiencia, colocados en un pedestal desde el cual decir a las masas lo equivocadas que estaban. Lo que hicieron fue ponerse a la cabeza de la manifestación, estar con obreros y soldados, contribuir con todas sus fuerzas a que la respuesta masiva fuera firme pero no se deslizara hacia un choque decisivo donde la derrota estaba más que garantizada ([37]).
La manifestación se retiró ordenadamente y no se lanzó al asalto revolucionario. La masacre fue evitada todo lo cual fue un triunfo de las masas cara al futuro. Pero a nivel inmediato, la burguesía no podía retroceder, tenía que apostar fuertemente en la vía de la contraofensiva. El Gobierno provisional, enteramente constituido por ministros "obreros", desencadenó una brutal represión cebándose especialmente con los bolcheviques. El partido fue declarado fuera de la ley, numerosos militantes encarcelados, toda su prensa clausurada, Lenin tuvo que pasar a la clandestinidad.
Gracias a un esfuerzo difícil y heroico, el Partido bolchevique contribuyó decisivamente para evitar la derrota de las masas, de su dispersión y la amenaza de desbandada a causa de su desorganización. El Soviet de Petersburgo, en cambio, apoyado por el Comité ejecutivo elegido en el reciente congreso soviético, se puso claramente de lado del Gobierno provisional. Avaló la represión y la persecución de obreros combativos. Adoptó, una tras otra, resoluciones represivas. El Soviet había llegado al máximo de su ignominia.
Las organizaciones de las masas en consejos obreros desde febrero de 1917 significó para ellas la posibilidad de desarrollar su fuerza, su organización y su conciencia para el asalto final contra el poder de la burguesía. El período siguiente, llamado período de dualidad de poder entre proletariado y burguesía, fue una fase crítica para las dos clases antagónicas que podía haber desembocado tanto para la una como para la otra, en una victoria política y militar sobre la clase enemiga.
Durante todo ese período, el nivel de conciencia de las masas, débil todavía en comparación con las necesidades de una revolución proletaria, era una brecha que la burguesía intentaría utilizar para hacer abortar el proceso revolucionario en gestación. Par ello disponía de un arma más peligrosa que dañina, la del sabotaje desde dentro realizado por fuerzas burguesas con careta "obrera" y "radical". Ese caballo de Troya de la contrarrevolución lo formaban en aquel tiempo, en Rusia, los partidos "socialistas" menchevique y SR. Al principio, muchos obreros albergaban ilusiones respecto al Gobierno provisional, viéndolo como una emanación de los soviets, cuando era, en realidad, su peor enemigo. En cuanto a los mencheviques y socialistas-revolucionarios, disponían de una confianza importante entre las grandes masas a las que lograban adormecer con sus discursos radicales, su fraseología revolucionaria. Esto les permitió dominar políticamente la gran mayoría de los soviets. Gracias a esa posición de fuerza se dedicaron a vaciarlos de su substancia revolucionaria para ponerlos al servicio de la burguesía. Y si no lo lograron fue porque las masas movilizadas permanentemente, hacían su experiencia propia que las llevó, con el apoyo del Partido bolchevique, a quitarles la careta a mencheviques y socialistas-revolucionarios conforme éstos iban asumiendo cada día más las orientaciones del Gobierno provisional sobre cuestiones tan fundamentales como la guerra y las condiciones de vida.
En un próximo artículo veremos cómo desde finales de agosto 1917, los soviets lograron renovarse y convertirse realmente en plataformas para la toma del poder lo que culminó en el triunfo de la Revolución de octubre
C.Mir 08-03-10
[1]) Ver Revista internacional no 140, https://es.internationalism.org/revista-internacional/201002/2769/que-so... [5]
[2]) Tanto para conocer en detalle cómo se desarrolló la revolución rusa como para ver el papel decisivo jugado por el partido bolchevique hay mucho material. Destacamos la Historia de la Revolución rusa de Trotski (2 tomos), Diez días que estremecieron al mundo de John Reed, nuestro folleto sobre la Revolución rusa y diferentes artículos de nuestra Revista internacional, nos 71, 72, 89, 90 y 91.
[3]) Este autor es fuertemente anti-bolchevique pero narra de manera fidedigna los hechos y reconoce con ecuanimidad los aportes bolcheviques, todo lo cual contrasta con los juicios sectarios y dogmáticos que de vez en cuando les aplica.
[4]) Citado por Oskar Anweiler, Los soviets en Rusia, p. 96.
[5]) Ídem, p. 110.
[6]) Ídem, p. 105.
[7]) Ídem., p. 106
[8]) Gerald Walter, Visión de conjunto de la Revolución rusa, p. 83, edición francesa, traducido por nuestros medios.
[9]) Publicadas en 1922 en 7 tomos, aportan el punto de vista de un socialista independiente, colaborador de Gorki y de los mencheviques internacionalistas de Martov que aún estando en discrepancia con los bolcheviques apoyó la Revolución de octubre. Esta cita y las siguientes corresponden al compendio de las Memorias realizado en español.
[10]) Según Anweiler, op. cit., había unos mil delegados al final de la sesión y en las siguientes sesiones llegó a haber 3000.
[11]) Ídem, p. 54.
[12]) Esta comisión propondría la edición permanente de un periódico del Soviet, Izvestia (Noticias) que aparecería regularmente a partir de entonces.
[13]) Citado por Anweiler, op. cit.
[14]) Ídem, p. 56.
[15]) Ídem, p. 124.
[16]) Ídem, p. 133.
[17]) Ídem, p. 121.
[18]) Ídem, p. 129.
[19]) Duma: cámara de diputados rusa.
[20]) Citado por Trotski en su Historia de la Revolución rusa, tomo I, p. 138, edición española.
[21]) Ídem, p. 160, edición española.
[22]) Partido de la gran burguesía formado apresuradamente en 1905. Su jefe fue Miliukov, eminencia gris de la burguesía rusa de entonces.
[23]) Trotski relata cómo la burguesía era presa de la parálisis y cómo los jefes mencheviques utilizaron su control sobre los soviets para entregarle el poder sin condiciones de tal manera que Miliukov "no se molestaba en disimular su satisfacción y su agradable sorpresa" (Memorias de Sujanov, un menchevique que vivió de cerca los acontecimientos en el Gobierno provisional).
[24]) Este abogado, muy popular en los círculos obreros de antes de la Revolución, acabó siendo nombrado jefe del Gobierno provisional, dirigiendo las diferentes tentativas para acabar con los obreros. Sus intenciones son reveladas por las memorias del embajador inglés de la época: "Kerenski me pidió paciencia asegurándome que los soviets acabarían muriendo de muerte natural. Poco a poco irían cediendo sus funciones a los órganos democráticos de administración autónoma".
[25]) Citado por Anweiler, op. cit., p. 151.
[26]) Lo constituían Stalin, Kamenev y Molotov. Lenin seguía exiliado en Suiza y apenas tenía medios de contactar con el partido.
[27]) En una reunión del Comité del Partido de Petersburgo celebrada el 5 de marzo el siguiente proyecto de Resolución presentado por Chliapnikov fue derrotado: "La tarea del momento es formar un Gobierno provisional revolucionario que nazca de la unión de los consejos de obreros, soldados y campesinos. Como preparación para la completa conquista del poder central es imprescindible consolidar el poder de los consejos de obreros y soldados; (citado por Anweiler, op. cit., p. 156).
[28]) Trotski, op. cit., tomo I, p. 270.
[29]) En este artículo no podemos abordar el contenido de estas Tesis que son muy interesantes. Ver Revista internacional no 89, "Las Tesis de abril, faro de la revolución proletaria" en https://es.internationalism.org/node/2787 [6]
[30]) Citado por Anweiler, op. cit., p. 88.
[31]) Ídem, p. 92.
[32]) Lenin, Obras escogidas, tomo II, p. 50, edición española.
[33]) Citado por Trotski en Historia de la Revolución rusa, tomo I, edición española, p. 407.
[34]) Es testimonio del cinismo típico de la burguesía que su jefe de entonces en Rusia ¡hable en nombre de la "Revolución rusa"!
[35]) Trotski, op. cit., p. 408.
[36]) Ambas citas están en la página 412 del tomo I de la Historia de la Revolución rusa.
[37]) Ver nuestro artículo "II - 1917: Las «Jornadas de julio»: el papel indispensable del partido [7]", Revista internacional no 90. Remitimos a los lectores a este artículo para un análisis detallado de este episodio.
Según cierta corriente intelectual, compuesta de "marxólogos", consejistas y anarquistas, la teoría marxista se habría vuelto estéril tras la muerte de Marx en 1883; según esa corriente, los partidos socialdemócratas de la Segunda Internacional habrían estado dominados por el pensamiento de Engels. Éste y sus partidarios habrían transformado el método de investigación de Marx en un sistema de pensamiento medio mecanicista que asimilaría, equivocándose, la crítica social radical al método de las ciencias de la naturaleza. Acusan también al "pensamiento de Engels" de retroceder casi con misticismo a los dogmas hegelianos, sobre todo cuando intenta elaborar una "dialéctica de la naturaleza". En la concepción de esa corriente, lo que es natural no es social y lo que es social no es natural. Si la dialéctica existe, solo puede aplicarse a la esfera social.
Esa ruptura en la continuidad entre Marx y Engels (que, en su forma más extrema rechaza prácticamente a toda la IIª Internacional considerada como instrumento de integración del movimiento obrero al servicio de las necesidades del capital) se usa a menudo para negar toda noción de continuidad en la historia política de la clase obrera. Desde Marx (a quien pocos de los "antiEngels" de marras rechazan, pues, al contrario, se han convertido en "peritos" de todos los detalles del problema de la transformación del valor en precio o de otros aspectos parciales de la crítica que Marx hizo a la economía política), se nos invita a saltar a pies juntillas por encima de Engels, Kautsky, Lenin y por encima de la IIª y IIIª Internacionales; y aún reconociendo de mala gana que algunas partes de la Izquierda comunista realizaron algunas profundizaciones teóricas a pesar de su dudoso parentesco, consideran que después de Marx sólo algún que otro intelectual diseminado por ahí ha asegurado la continuidad verdadera de su teoría. Sólo esos brillantes cerebros habrían comprendido de verdad a Marx en las últimas décadas. Y son ni más ni menos que los partidarios de la tesis "antiEngels".
No podemos contestar aquí al conjunto de esa ideología. Como todos los mitos, se basa en algunos elementos de la realidad que se distorsionan y amplían de manera desproporcionada. Durante el período de la IIª Internacional, período durante el cual el proletariado se formó como una fuerza organizada de clase en el seno de la sociedad capitalista, hubo, en efecto, una tendencia a esquematizar el marxismo y transformarlo en una especie de determinismo, al mismo tiempo en que las ideas reformistas ejercían un peso real en el movimiento obrero; y ni siquiera los mejores marxistas, incluido Engels, se sustrajeron a ello ([1]). Pero aún cuando Engels cometiera errores importantes durante ese período, quitar de en medio así como así los trabajos de Engels tras la muerte de Marx porque serían una negación y un desviamiento del pensamiento real de Marx, es absurdo, habida cuenta de la estrecha colaboración entre ambos desde el principio hasta el final de sus relaciones. Fue Engels quien se dio la ingente tarea de editar y publicar El Capital, cuyos volúmenes II y III tanto citan quienes levantan un muro entre ambos. ¿Podrá creerse que habría sido posible si Engels tuviera las incomprensiones con las que se le acusa?
Uno de los defensores principales de la línea "antiEngels" es el grupo Aufheben en Gran Bretaña, cuya serie "Decadencia: teoría del declive o declive de la teoría" ([2]), parece ser considerada por algunos como el golpe definitivo a la noción moribunda de decadencia del capitalismo, en vista de la cantidad de veces que se cita esa serie por todos aquellos que son hostiles a esa noción. Desde su punto de vista, la decadencia del capitalismo es sobre todo un invento de la IIª Internacional: "La teoría de la decadencia del capitalismo apareció por primera vez en la IIª Internacional. El programa de Erfurt respaldado por Engels establecía que la teoría del declive y del desmoronamiento del capitalismo era un punto central del programa del partido" ([3]).
Y citan los pasajes siguientes: "Así la propiedad privada de los medios de producción cambia su naturaleza original en su contrario. (...) Antaño, ese modo de propiedad aceleraba la marcha de la evolución social. La propiedad privada es hoy la causa de la corrupción, de la quiebra de la sociedad. Su desaparición es algo seguro. Lo que hoy se plantea es lo siguiente: la propiedad privada de los medios de producción ¿tendrá que arrastrar a la sociedad entera en su caída; o la sociedad deberá, al contrario, quitarse de encima el fardo nefasto que la aplasta, para, una vez libre y en posesión de nuevas fuerzas, continuar por el camino que le prescriben las leyes de la evolución? (p.110-111)
"Las fuerzas productivas que se han desarrollado en el seno de la sociedad capitalista ya no son compatibles con el modo de propiedad que forma su base. Querer mantener esa forma de propiedad, es hacer que su progreso sea imposible, es hacer que en el porvenir su progreso social sea imposible, es condenar a la sociedad al estancamiento, a la corrupción, a una corrupción que la golpeará (...) (p.112)
"La sociedad capitalista está en las últimas. Su disolución es cuestión de tiempo. La irresistible evolución económica conduce necesariamente a la bancarrota del modo de producción capitalista. La constitución de una nueva sociedad, destinada a sustituir la hoy existente ya no es solo deseable sino que se ha vuelto inevitable. (p.141)
"es imposible seguir viviendo durante más tiempo bajo civilización capitalista. O se progresa hacia el socialismo, o volvemos a la barbarie. (p.142)"
En el resumen presentado en el artículo siguiente de la serie, en Aufheben no 3, el argumento de que el concepto de decadencia tiene sus raíces en "el marxismo de la IIª Internacional" es más explícito todavía: "En la primera parte examinamos cómo esa noción de declive o de decadencia del capitalismo tiene sus raíces en el marxismo de la IIª Internacional y se ha mantenido mediante dos corrientes que reivindican ser los verdaderos continuadores de la "tradición marxista clásica" -el trotskismo-leninismo y el comunismo de izquierdas o de consejos" ([4]).
Aufheben afirma que la cita de forma parte del Programa de Erfurt, pero en realidad, parece haber sido sacada de los comentarios de Kautsky sobre ese Programa (El programa socialista, 1892 ([5])), el preámbulo al Programa hace efectivamente una referencia a la noción de declive del capitalismo, afirmando que ese período ya se ha abierto: "El abismo que separa a los poseedores de los no poseedores se ampliado más todavía a causa de unas crisis cuyas bases están en los principios mismos del modo de producción capitalista, crisis que se hacen cada día más amplias y devastadoras, que hace de la inseguridad general el estado normal de la sociedad y son la prueba de que las fuerzas productivas de la sociedad actual han crecido demasiado para esta sociedad, que la propiedad privada de los medios de producción se ha vuelto inconciliable con un sistema de empleo equilibrado y el pleno desarrollo de esos medios de producción" ([6]).
En realidad, aunque desde el punto de vista de Aufheben, el Programa de Erfurt estaría estrechamente vinculado a la teoría de la decadencia, su lectura rápida da más bien la impresión de que no hay ninguna relación entre la evolución del sistema y las reivindicaciones planteadas en el Programa, pues todas ellas parecen ser reivindicaciones mínimas por las que hay que luchar dentro de la sociedad capitalista; e incluso en las numerosas críticas detalladas hechas por Engels y otros marxistas a esas reivindicaciones casi no se hace ninguna referencia al contexto histórico en el que se plantean ([7]).
Dicho lo cual, en la obra de Engels y otros marxistas de finales del siglo xix, se pueden leer cada vez más referencias a la noción de entrada del capitalismo en una crisis de senilidad, un período de declive.
Mientras que para Aufheben, esa noción se alejaría de Marx (el cual, dicen ellos, sólo habría dicho que el capitalismo era un sistema "transitorio" y que nunca propuso la idea de un proceso objetivo de declive o de desmoronamiento del capitalismo como base para las luchas revolucionarias del proletariado contra el sistema), nosotros, por nuestra parte, hemos procurado demostrar en artículos precedentes de esta serie que el concepto de decadencia del capitalismo (como de las sociedades de clase anteriores) forma parte íntegra del pensamiento de Marx.
También es verdad que los escritos de Marx sobre economía política los redactó durante la fase todavía ascendente de un capitalismo triunfante. Sus crisis periódicas eran crisis de juventud que permitían acelerar la marcha imperial de ese modo de producción dinámico por toda la superficie del globo. Pero Marx también percibió, en esas convulsiones, el signo anunciador de la caída final del sistema y empezó a entrever en qué manifestaciones había empezado a plasmarse el final de la misión histórica del sistema con la conquista de las regiones más recónditas del planeta, a la vez que, tras la Comuna de París, afirmaba que la fase de las heroicas guerras nacionales había llegado a su fin en "la vieja Europa".
Además, durante el período posterior a la muerte de Marx, los signos anunciadores de una crisis de proporciones históricas y no sólo repetitivas de las anteriores crisis cíclicas, aparecieron cada vez más claramente.
Por ejemplo, Engels reflexionó sobre el aparente final del "ciclo decenal" de crisis y de lo que él llamó una depresión crónica que afectaba a la primera nación capitalista, Gran Bretaña. Y mientras se abrían camino en el mercado mundial otras nuevas potencias capitalistas, Alemania y Estados Unidos sobre todo, Engels observó que eso desembocaría inevitablemente en una crisis de sobreproducción más profunda todavía:
"Los Estados Unidos de América van a romper el monopolio industrial de Inglaterra - o lo que queda de él- pero Estados Unidos no podrá heredarlo. Y a menos que un país posea el monopolio de los mercados mundiales, como mínimo las ramas decisivas del comercio, las condiciones, relativamente favorables, que existían aquí en Inglaterra entre 1848 y 1870 no podrán reproducirse en ningún otro lugar, e incluso en Estados Unidos, la condición de la clase obrera se hundirá cada vez más. Pues si hay tres países (digamos: Inglaterra, Estados Unidos y Alemania) que están en competencia en pie de igualdad por la posesión del Weltmarkt (mercado mundial, en alemán en el texto), no queda otra posibilidad que una sobreproducción crónica, al ser capaz cada uno de los tres de producir la totalidad de lo necesario" ([8]).
Al mismo tiempo, Engels percibía la tendencia del capitalismo a engendrar su propia ruina con la conquista acelerada de las regiones no capitalistas que rodeaban las metrópolis capitalistas:
"Pues es uno de los corolarios necesarios de la gran industria y es que destruye su propio mercado interno con el proceso mismo con el que lo crea. Lo crea destruyendo la base de la industria interior del campesinado. Pero sin industria interior, los campesinos no pueden vivir. Y en cuanto campesinos acaban arruinados; su poder adquisitivo se reduce al mínimo y hasta que, en cuanto proletarios, se hayan instalado en unas condiciones de existencia nuevas, no proporcionarán sino un mercado muy pobre a las nuevas fábricas creadas.
"La producción capitalista es una fase económica transitoria y por eso está llena de contradicciones internas que se van desplegando y haciéndose evidentes a medida que se desarrolla esa producción. Esa tendencia a destruir su propio mercado interno al mismo tiempo que lo va creando es una de esas contradicciones. Otra es la situación insoluble a la que eso conduce y que se desarrolla más deprisa en un país que no posee mercado exterior, como Rusia, que en los países más o menos capaces de entrar en competencia en el mercado mundial abierto. Esta situación sin salida aparente encuentra una salida, para estos últimos países, en medio de convulsiones comerciales, en la apertura violenta de nuevos mercados. Pero entonces, te das de bruces con el callejón sin salida. Fíjese en Inglaterra. El último nuevo mercado que podría aportar una nueva prosperidad temporal al abrirse al comercio inglés es China. Por eso el capital inglés insiste para construir ferrocarriles chinos. Pero los ferrocarriles en China implican la destrucción de la base de toda la pequeña agricultura china y de la industria interior, y al no existir ni siquiera el contrapeso de la gran industria china, vivir será imposible para cientos de millones de personas. La consecuencia será una emigración gigantesca como nunca el mundo haya conocido antes, Norteamérica, Asia, Europa sumergidas por los chinos a los que se les odia, una competencia por el trabajo con los obreros de Norteamérica, de Australia, de Europa sobre la base del nivel de vida chino, el más bajo de todos ellos, y si el sistema de producción no ha cambiado ya en Europa, deberá cambiar entonces.
"La producción capitalista trabaja para su propia ruina y puede usted estar seguro de que lo mismo hará en Rusia" ([9]).
La intensificación del militarismo y del imperialismo, cuyo objetivo era ante todo rematar la conquista de las áreas no capitalistas del planeta, permitieron a Engels ver con gran lucidez los peligros que, de rebote, haría surgir esa evolución en el centro del sistema -Europa-, amenazando con arrastrar la civilización a la barbarie a la vez que aceleraba la maduración de la revolución.
"Ninguna guerra es posible ya para la Alemania prusiana salvo una mundial y una guerra mundial de una extensión y una violencia hasta ahora inimaginables. Entre 8 y 10 millones de soldados se exterminarán y al ir haciéndolo devorarán a Europa entera hasta dejarla más arrasada como ninguna plaga de langostas lo haya hecho nunca. La devastación de la Guerra de Treinta años condensada en tres o cuatro años y extendida por el continente entero: hambres, plagas, caída general en la barbarie, la de los ejércitos y la de las poblaciones; una confusión sin esperanza de nuestro sistema artificial de comercio, de industria y de crédito que desembocaría en quiebra general, hundimiento de los antiguos Estados y de su tradicional cordura elitista hasta el punto de que caerán las coronas por docenas y no habrá nadie para recogerlas; la imposibilidad absoluta de prever cómo terminará todo esto y quién saldrá vencedor, el único resultado cierto es el agotamiento general y la creación de las condiciones para la victoria final de la clase obrera" ([10]).
Dicho lo cual, Engels, sin embargo, no veía esa guerra como un factor de acercamiento inevitable de la perspectiva socialista: temía, con razón, que el proletariado saliera también él afectado por el agotamiento general y que eso lo hiciera incapaz para realizar su revolución (de ahí que, podría añadirse, cierta propensión hacia esquemas algo utópicos que podrían retrasar la guerra, como la sustitución de los ejércitos permanentes por milicias populares). Pero Engels tenía sobradas razones de esperar que la revolución estallara antes de que lo hiciera una guerra paneuropea. Una carta a Bebel (24-26/10/1891) expresa ese punto de vista "optimista": "... Según tengo entendido, usted ha dicho que yo habría previsto el hundimiento de la sociedad burguesa en 1898. En algún sitio ha debido haber errores. Todo lo que yo he dicho es que quizás podríamos llegar al poder entre hoy y 1898. Si eso no ocurre, la vieja sociedad burguesa podría seguir vegetando algún tiempo con tal de que un empujón no haga que se desmorone todo el viejo edificio carcomido. Un viejo envoltorio apolillado podrá sobrevivir a su muerte interna durante algunas décadas si no se altera el ambiente" ([11]).
En ese pasaje puede observarse tanto las ilusiones del movimiento de aquel entonces como su fuerza teórica subyacente. Las adquisiciones duraderas del partido socialdemócrata, sobre todo en el ámbito electoral y en Alemania, hicieron albergar esperanzas excesivas en la posibilidad de un progreso ineluctable hacia la revolución (y la propia revolución se iba incluso a considerar desde un enfoque semiparlamentario, a pesar de los advertencias repetidas contra el cretinismo parlamentario, algo central en la rápida progresión de la ideología reformista). Al mismo tiempo, las consecuencias de la incapacidad del proletariado para tomar el poder se plasman rápidamente en la supervivencia del capitalismo durante varias décadas como un "un viejo envoltorio apolillado", aunque Engels como la mayoría de los revolucionarios de entonces no se hubieran imaginado nunca que el sistema iba a sobrevivir en su fase de decadencia durante más de un siglo suplementario. Sin embargo, las bases teóricas que permitían anticipar una situación así están claramente inscritas en ese pasaje.
Y, sin embargo, precisamente porque la expansión imperialista de las décadas finales del siglo xix permitió al capitalismo conocer unas tasas de crecimiento enormes, se recuerda a ese período como el de una prosperidad y un progreso sin precedentes, un incremento constante del nivel de vida de la clase obrera, no sólo gracias a las condiciones objetivas favorables sino gracias a la influencia creciente del movimiento obrero organizado en sindicatos y en los partidos socialdemócratas. Así era, especialmente, en Alemania y fue en ese país donde el movimiento obrero se vio enfrentado a un reto de la mayor importancia: el auge del revisionismo.
Precedidos por los escritos de Eduard Bernstein a finales de los años 1890, los revisionistas defendían que la socialdemocracia debía reconocer que la evolución del capitalismo había invalidado algunos elementos fundamentales del análisis de Marx - especialmente la previsión de unas crisis cada vez más fuertes y el empobrecimiento del proletariado que debía ser su consecuencia. El capitalismo había demostrado que utilizando el mecanismo del crédito y organizándose en trusts y cárteles gigantescos, podría superar su tendencia a la anarquía y la crisis y, bajo la impulsión de un movimiento obrero bien organizado, otorgar concesiones cada vez mayores a la clase obrera. El objetivo "final", la revolución, plasmado en el programa socialdemócrata se volvía, de ese modo, superfluo y el partido debía reconocerse por lo que era de verdad: un partido socialdemócrata "reformista", que avanzaba hacia una transformación gradual y pacífica desde el capitalismo al socialismo.
Diferentes personalidades de la izquierda de la socialdemocracia replicaron a esos argumentos. En Rusia, Lenin, emprendió una polémica contra los economicistas que querían reducir el movimiento obrero a una cuestión de pan; en Holanda, Gorter y Pannekoek llevaron a cabo una polémica contra la influencia creciente del reformismo en los ámbitos sindical y parlamentario. En Estados Unidos, Louis Boudin escribió un libro importante, The Theoretical System of Karl Marx (1907), en respuesta a los argumentos de los revisionistas (volveremos sobre este tema más lejos). Pero fue sobre todo a Rosa Luxemburg a quien más se asocia a la lucha contra el revisionismo, una lucha basada en la noción central del marxismo de declive y hundimiento catastrófico del capitalismo.
Cuando se lee la polémica de Luxemburg contra Bernstein, Reforma social o Revolución, llama la atención hasta qué punto los argumentos de éste se han repetido desde entonces, cada vez que el capitalismo daba la impresión -superficial- de superar sus crisis.
"Bernstein considera que la decadencia general del capitalismo aparece como algo cada vez más improbable porque, por un lado, el capitalismo demuestra mayor capacidad de adaptación y, por el otro, la producción capitalista se vuelve cada vez más variada.
"La capacidad de adaptación del capitalismo, dice Bernstein, se manifiesta en la desaparición de las crisis generales, resultado del desarrollo del sistema de crédito, las organizaciones patronales, mejores medios de comunicación y servicios informativos. Se ve, secundariamente, en la persistencia de las clases medias, que surge de la diferenciación de las ramas de producción y la elevación de sectores enormes del proletariado al nivel de la clase media. Lo prueba además, dice Bernstein, el mejoramiento de la situación política y económica del proletariado como resultado de su movilización sindical" ([12]).
¡Cuántas veces no se nos habrá repetido que las crisis pertenecen al pasado!, y eso no sólo por parte de los ideólogos oficiales de la burguesía, sino también por quienes pretenden defender una ideología mucho más radical: que si hoy el capitalismo está organizado a escala nacional e incluso internacional, que si hay una posibilidad infinita de recurrir al crédito y demás manipulaciones financieras; ¡cuántas veces no nos habrán dicho que la clase obrera ha dejado de ser una fuerza revolucionaria puesto que ya no está inmersa en la miseria absoluta descrita por Engels en su libro sobre las condiciones de la clase obrera en Manchester, en 1844, o porque se diferenciaría cada vez menos de las clases medias! Esa era la matraca de los sociólogos de los años 1950 y 1960, a los que los adeptos de Marcuse y de Castoriadis les dieron un colorete radical; y se volvió a sacar una vez más durante los años 1990, tras el desmoronamiento del bloque del Este y el boom financiado a crédito, que no era otra cosa que un edificio destartalado cuyo enjalbegado de fachada se ha resquebrajado recientemente.
Contra esos argumentos, Luxemburg subrayó que la "organización" del capital en cárteles y mediante el crédito era una respuesta a las contradicciones del sistema que tendía a exacerbar esas contradicciones hasta niveles todavía más devastadores.
Luxemburg consideraba el crédito sobre todo como un medio de facilitar la extensión del mercado a la vez que concentraba el capital en cada vez menos manos. En aquel momento de la historia, existía la posibilidad verdadera para el capitalismo de extenderse y el crédito aceleraba esa expansión. Pero, al mismo tiempo, Rosa Luxemburg comprendió lo destructor del crédito debido a que esa expansión del mercado también era la base para el conflicto futuro entre la masa de las fuerzas productivas puestas en movimiento: "Vemos que el crédito en lugar de servir de instrumento para suprimir o paliar las crisis es, por el contrario, una herramienta singularmente potente para la formación de crisis. No puede ser de otra manera. El crédito elimina lo que quedaba de rigidez en las relaciones capitalistas. Introduce en todas partes la mayor elasticidad posible. Vuelve a todas las fuerzas capitalistas extensibles, relativas, y sensibles entre ellas al máximo. Esto facilita y agrava las crisis, que no son sino choques periódicos entre las fuerzas contradictorias de la economía capitalista" ([13]).
El crédito no era todavía lo que es en gran parte hoy, o sea, ya no tanto un medio de acelerar la expansión del mercado real, sino un mercado artificial por sí mismo, al que está cada día más enganchado el capitalismo. Su función como remedio que agrava la enfermedad es, en nuestra época, más evidente que nunca y, en especial, desde lo que se ha dado en llamar credit crunch (contracción del crédito) en 2008.
Luxemburg consideraba también que la tendencia del capitalismo y de los capitalistas a organizarse a nivel nacional e incluso internacional no era una solución, ni mucho menos, a los antagonismos del sistema, sino que contenía, al contrario, una potencialidad que los agudizaba a un nivel superior y más destructor: "(...) agravan la contradicción entre el carácter internacional de la economía capitalista mundial y el carácter nacional del estado: en la medida en que siempre las acompaña una guerra aduanera general que agudiza las diferencias entre los estados capitalistas. A ello debemos agregar la influencia decididamente revolucionaria que ejercen los cárteles sobre la concentración de la producción, el progreso de la técnica, etcétera.
"En otras palabras, cuando se los evalúa desde el punto de vista de sus últimas consecuencias sobre la economía capitalista, los cárteles y trusts son un fracaso como "medios de adaptación". No atenúan las contradicciones del capitalismo. Por el contrario, parecen instrumento de mayor anarquía. Estimulan el desarrollo de las contradicciones internas del capitalismo. Aceleran la llegada de la decadencia general del capitalismo" ([14]).
Esas previsiones (sobre todo cuando la organización del capital pasó de la fase de los cárteles a la de los "trusts de Estado nacional" que se enfrentaron por el control del mercado mundial en 1914) iban a quedar plenamente confirmadas durante el siglo xx.
Luxemburg también contestó a los argumentos de Bernstein según los cuales el proletariado no necesitaba hacer la revolución puesto que estaba disfrutando de un incremento del nivel de vida gracias a su organización eficaz en sindicatos y a la actividad de sus representantes en el parlamento. Rosa demostró que las actividades sindicales tenían unos límites internos, describiéndolos como un "trabajo de Sísifo" ([15]), necesario pero limitado constantemente en sus esfuerzos por incrementar la parte de los obreros en los productos de su trabajo a causa del crecimiento inevitable de la tasa de explotación debida al desarrollo de la productividad. Le evolución posterior en la vida del capitalismo iba a poner todavía más en evidencia sus límites históricos, pero incluso en una época en que la actividad sindical (al igual que en los ámbitos paralelos de la acción parlamentaria y cooperativista) era todavía válida para la clase obrera, los revisionistas alteraban ya la realidad cuando defendían la idea de que esas actividades podrían asegurar a la clase obrera una mejora constante e infinita de sus condiciones de vida.
Mientras que Bernstein veía una tendencia a que se atenuaran las relaciones de clase mediante la proliferación de empresas pequeñas y, por tanto, del crecimiento de la clase media, Luxemburg afirmaba la tendencia que iba a ser predominante en el siglo que iba a empezar: la evolución del capitalismo hacia formas de concentración y centralización gigantescas, tanto a nivel de las empresas "privadas" como del Estado y de las alianzas imperialistas. Otros de la izquierda revolucionaria como Boudin replicaban a la idea de que la clase obrera iba a convertirse en clase media diciendo que muchos trabajadores de "cuello blanco" y técnicos, los cuales, supuestamente, iban a "disolver" el proletariado eran, en realidad, un resultado del proceso de proletarización, una tendencia que se ha acentuado también durante las últimas décadas. Las palabras de Boudin en 1907 son hoy muy evocadoras de la actualidad al igual que los argumentos especiosos que aquéllas combatían: "Una gran proporción de lo que se llama clase media y que como tal aparece en las estadísticas sobre ingresos, es, en realidad, una parte del proletariado ordinario, y la nueva clase media, sea cual sea, es mucho menos amplia que lo que aparece en las estadísticas de ingresos. Esa confusión viene, por un lado, del viejo prejuicio profundamente arraigado de que Marx habría atribuido la propiedad de crear valor únicamente al trabajo manual y, por otra parte, a la disociación entre la función de dirección y la de la posesión de hecho de la propiedad por la compañía, como se ha dicho antes. Habida cuenta de esos elementos, una gran parte del proletariado se contabiliza como clase media, o sea como la capa más baja de la clase capitalista. Así ocurre con la mayoría de esos empleados, hoy en aumento, cuya remuneración ya no se expresa en términos de "sueldo a destajo", sino en términos de "salario". Todos esos asalariados, sea cual sea su salario, que son la mayoría, o, al menos, una elevada proporción de la "nueva" clase media, forman tan parte del proletariado como el simple obrero a jornal" ([16]).
La crisis económica patente de hoy ocurre en una fase muy avanzada de la decadencia del capitalismo. Rosa Luxemburg replicaba a Bernstein en una época que ella caracterizó, con una notable lucidez repetimos, que no era todavía la del declive, pero cuya proximidad aparecía cada vez más evidente. El pasaje citado abajo lo escribió en respuesta a la cuestión empírica (y empirista) de Bernstein: ¿por qué no se reprodujo el antiguo ciclo decenal desde principios de los años 1870? Luxemburg insiste en su respuesta en que ese ciclo es, en realidad, la expresión de la fase juvenil del capitalismo; en ese momento el mercado mundial estaba en un "período de transición" entre su época de crecimiento máximo y el inicio de una época de declive: "El mercado mundial sigue desarrollándose. Alemania y Austria sólo durante los años 1870 entraron en una fase de verdadera producción industrial a gran escala; Rusia sólo en los años 1880; Francia está todavía en gran parte en una fase de pequeña producción; los estados balcánicos, en su mayor parte, no han salido totalmente de la economía natural; y sólo fue en los años 1880 cuando las Américas, Australia y África iniciaron un comercio ampliado y regular con Europa. De modo que tenemos ahora ya rematada una apertura repentina y amplia de nuevas áreas de la economía capitalista cómo había ocurrido periódicamente hasta los años 1870; pertenecen ya pues al pasado las crisis de juventud que siguieron a esos desarrollos periódicos. Por otra parte, no hemos llegado todavía al nivel de desarrollo y de agotamiento del mercado mundial que provocará la colisión periódica, fatal, entre las fuerzas productivas y los límites del mercado, lo cual significa la verdadera vejez del capitalismo. Estamos en una fase en la que las crisis acompañan más bien el auge del capitalismo y no todavía su declive" ([17]).
Es interesante notar que en la segunda edición de su folleto, publicado en 1908, Rosa Luxemburg omitió ese pasaje y el párrafo siguiente, y menciona la crisis de 1907-1908, cuyo centro fue precisamente las naciones industriales más poderosas: evidentemente, para Luxemburg, "el período de transición" estaba llegando a su fin.
Además también alude a que la espera anterior de un nuevo período que se abriría por "una gran crisis comercial" podría ser un error; ya en Reforma social o Revolución subraya el incremento del militarismo, una evolución que iba a ser cada día más preocupante. Fue sin duda la posibilidad de que la apertura de un nuevo período estuviera marcada por la guerra, y no por una crisis económica abierta, lo que inspira la siguiente observación: "Hasta ahora la teoría socialista afirmaba que el punto de partida para la transformación hacia el socialismo sería una crisis general catastrófica. En esta concepción debemos distinguir dos aspectos: la idea fundamental y su forma exterior. La idea fundamental es la afirmación de que el capitalismo, en virtud de sus propias contradicciones internas, avanza hacia una situación de desequilibrio que le impedirá seguir existiendo. Había buenas razones para concebir que la coyuntura asumiría la forma de una catastrófica crisis comercial general. Pero su importancia es secundaria frente a la idea fundamental" ([18]).
Pero fuera cual fuera la forma que tomara "la crisis de senilidad" del capitalismo, Rosa Luxemburg insistía en que sin esa idea de la caída catastrófica del capitalismo, el socialismo acabaría siendo una simple utopía:
"Pero aquí surge el interrogante: en ese caso, ¿cómo y por qué alcanzaremos el objetivo final? Según el socialismo científico, la necesidad histórica de la revolución socialista se revela sobre todo en la anarquía creciente del capitalismo, que provoca el impasse del sistema. Pero si uno concuerda con Bernstein en que el desarrollo capitalista no se dirige hacia su propia ruina, entonces el socialismo deja de ser una necesidad objetiva. (...) La teoría revisionista llega así a un dilema. O la transformación socialista es, como se decía hasta ahora, consecuencia de las contradicciones internas del capitalismo, que se agravan con el desarrollo del capitalismo y provocan inevitablemente, en algún momento, su colapso (en cuyo caso "los medios de adaptación" son ineficaces y la teoría del colapso es correcta); o los "medios de adaptación" realmente detendrán el colapso del sistema capitalista y por lo tanto le permitirán mantenerse mediante la supresión de sus propias contracciones. En ese caso, el socialismo deja de ser una necesidad histórica. Se convierte en lo que queráis llamarlo, pero ya no es resultado del desarrollo material de la sociedad.
"Este dilema conduce a otro. O el revisionismo tiene una posición correcta sobre el curso del desarrollo capitalista y, por tanto, la transformación socialista de la sociedad es sólo una utopía, o el socialismo no es una utopía y la teoría de "los medios de adaptación" es falsa. He ahí la cuestión en pocas palabras" ([19]).
En ese pasaje, Luxemburg hace resaltar con claridad diáfana el vínculo estrecho entre el enfoque revisionista y el rechazo de la visión marxista del declive del capitalismo y, a la inversa, la necesidad de esa teoría como piedra angular de una idea coherente de la revolución. En el próximo artículo de esta serie examinaremos cómo Rosa Luxemburg y otros intentaron ubicar los orígenes de la crisis que se avecinaba en el proceso subyacente de la acumulación capitalista.
Gerrard
[1]) Ver, por ejemplo, el artículo: "1895-1905: la perspectiva revolucionaria oscurecida por las ilusiones parlamentarias", Revista internacional no 88 https://es.internationalism.org/rint88-comunismo [11].
[2]) Aufheben nos 2 et 3 https://libcom.org/aufheben [12]
[3]) Ídem, no 2, traducido por nosotros.
[4]) Traducción nuestra.
[5]) Traducido de la edición francesa (editorial "Les bons caractères", 2004).
[6]) Traducido de https://marxists.org/francais/inter_soc/spd/18910000.htm [13]
[7]) https://www.marxists.org/francais/engels/works/1891/00/18910000.htm [14]
[8]) "Carta de Engels a Florence Kelley Wischnewetsky", 3/02/1886, traducida del inglés por nosotros.
[9]) "Carta a Nikolai Danielson", 22/09/1892, traducido del inglés por nosotros.
[10]) 15/12/1887, traducido del inglés por nosotros.
[11]) Traducido del inglés por nosotros.
[12]) 1ª parte, "El método oportunista"
https://www.marxists.org/espanol/luxem/01Reformaorevolucion_0.pdf [15]
[13]) "La adaptación del capitalismo", ídem.
[14]) Ibídem.
[15]) Según la mitología griega, Sísifo fue castigado en el infierno a empujar una piedra enorme cuesta arriba por una ladera empinada, pero antes de que alcanzase la cima de la colina la piedra siempre rodaba hacia abajo, y Sísifo tenía que empezar de nuevo desde el principio.
[16]) The Theoretical System of Karl Marx, 1907, traducido del inglés por nosotros.
[17]) Cap. 2, traducido del inglés por nosotros.
[18]) Cap. 1.
[19]) ídem.
La deuda mundial está llegando a una cotas estratosféricas que ya no permitirán, como antes, "relanzar la economía" mediante el aumento del endeudamiento, si no es acabando con toda la credibilidad financiera de los Estados y del valor de las monedas. Ante esta situación, la responsabilidad de los revolucionarios es analizar en profundidad los medios con los que el capitalismo ha conseguido hasta ahora prolongar artificialmente la vida del sistema mediante toda una serie de "trampas" con sus propias leyes. Es el único método que pueda darnos la clave de una evaluación pertinente del atolladero ante el que hoy se encuentra la burguesía mundial.
El estudio del periodo que se ha dado en llamar de los "Treinta Gloriosos", unos años tan alabados y añorados por la burguesía, no debe ser una excepción en esa atención que deben mantener los revolucionarios. A ellos les incumbe rebatir las interpretaciones que de esos años dan los defensores del capitalismo, especialmente quienes quieren convencernos que puede reformarse, pero también mediante la confrontación fraterna de los puntos de vista diferentes que existen al respecto en el campo proletario. Es el objeto del debate abierto por nuestra organización hace ahora dos años en las columnas de esta Revista internacional (1).
En la CCI se criticó la idea desarrollada en nuestro folleto La decadencia del capitalismo de que las destrucciones de la Segunda Guerra mundial habrían sido, gracias a los mercados de la reconstrucción, el origen del boom de los años 1950 y 1960. Esa crítica se concretó en la tesis llamada "mercados extra-capitalistas y endeudamiento". Como este nombre lo sugiere, esta tesis considera que fue la venta en los mercados extracapitalistas y la venta a crédito lo que, durante los años 1950 y 1960, sirvió de motor a la acumulación capitalista y no las medidas keynesianas, como lo afirma la otra tesis llamada keynesiano-fordista[1]([2]). En la Revista internacional no 138 publicamos una contribución firmada por Salomé y Ferdinand que defendía ese enfoque. Esta contribución, al plantear una serie de argumentos todavía no discutidos públicamente, relanzó el debate. Este artículo, a la vez que contesta a nuestros compañeros, se propone los objetivos siguientes: recordar las bases de la tesis mercados extracapitalistas y endeudamiento; presentar estadísticas que, a nuestro parecer, ilustran su validez; y examinar lo que este análisis implica en el marco global de análisis de la CCI sobre el período de decadencia del capitalismo ([3]).
El análisis defendido en el folleto Decadencia del capitalismo otorgaba cierta racionalidad económica à la guerra (o sea con consecuencias económicas positivas). En esto dicho análisis estaba en contradicción con textos anteriores de nuestra organización, en los cuales se afirmaba: "... todas esas guerras, como las dos guerras mundiales, [...] en ningún momento permitieron el mas mínimo progreso en el desarrollo de las fuerzas productivas, al contrario de las del siglo pasado, sino que no han tenido otro resultado que la destrucción masiva, dejando totalmente exangües a los países en donde tuvieron lugar, y eso sin contar las horribles matanzas que provocaron" ([4]).
El error de nuestro folleto se debe, a nuestro parecer, a una aplicación precipitada y errónea del pasaje siguiente del Manifiesto comunista: "¿Cómo se sobrepone a las crisis la burguesía? De dos maneras: destruyendo violentamente una gran masa de fuerzas productivas y conquistándose nuevos mercados, a la par que procurando explotar más concienzudamente los mercados antiguos".
En realidad, el sentido de esas líneas no es atribuir a la destrucción de los medios de producción la virtud de abrir nuevos mercados solventes capaces de relanzar la máquina económica. Según el conjunto de los escritos económicos de Marx, los efectos de la destrucción de capital (o más bien su desvalorización) deben interpretarse como factores que desatascan el mercado y frenan la tendencia decreciente de la cuota de ganancia ([5]).
La tesis llamada del "capitalismo de Estado keynesiano-fordista" da una interpretación de la "prosperidad" de los años 1950 y 1960 diferente, tanto de la defendida en la Decadencia del capitalismo como de la que defiende la tesis de los mercados extracapitalistas y el endeudamiento:
"El incremento asegurado de las ganancias, de los gastos del Estado y de los salarios reales, pudieron garantizar la demanda final tan indispensable para que se cierre la acumulación capitalista" ([6]).
Frente a esta idea, ya se han avanzado los argumentos siguientes:
a) Subir los sueldos por encima de lo necesario para la reproducción de la fuerza de trabajo es sencillamente, desde el punto de vista capitalista, un despilfarro de plusvalía que en ningún modo podría servir en el proceso de la acumulación. Además, si bien es cierto que el aumento del consumo obrero (gracias a los aumentos de salario) y de los gastos del Estado permiten dar salida a una producción creciente, la consecuencia es que se esteriliza la riqueza producida, la cual no encuentra dónde emplearse para valorizar el capital ([7]).
b) Entre las ventas realizadas por el capitalismo, la parte que puede dedicarse a la acumulación del capital, y que sirve para su enriquecimiento real, corresponde a las ventas realizadas en las relaciones comerciales con los mercados extracapitalistas (internos o externos). Es el único medio que evita que el capitalismo se encuentre en la situación descrita por Marx en la que "los capitalistas intercambian entre sí y consumen su producción", lo cual "no permite en absoluto una valorización del capital" ([8]).
En su artículo de la Revista internacional nº 138, los compañeros Salomé y Ferdinand vuelven sobre ese tema. Precisan esta vez, con toda la razón a nuestro entender, lo que consideran ser el marco de este debate: "Se puede responder [...] que tal incremento del mercado no es suficiente para realizar toda la parte de la plusvalía necesaria para la acumulación. Eso es cierto desde un punto de vista general y a largo plazo. Nosotros, defensores de la tesis llamada "capitalismo de Estado keynesiano-fordista" no pensamos haber encontrado una solución a las contradicciones inherentes del capitalismo, una solución que pueda repetirse a voluntad".
E ilustran mediante un esquema (basado en los que usa Marx en el segundo volumen de El Capital, para presentar el problema de la reproducción ampliada) cómo la acumulación puede proseguir a pesar de que una parte de la plusvalía se reserve deliberadamente para los obreros en forma de aumentos de sueldo. Desde su punto de vista, la misma lógica subyacente explica también el carácter no indispensable de un mercado extracapitalista en el desarrollo del capitalismo: "Si las condiciones se dan tal como los esquemas presuponen y si aceptamos las consecuencias (condiciones y consecuencias que se pueden analizar separadamente), por ejemplo un gobierno que controla toda la economía, teóricamente puede organizarla de tal manera que la acumulación funcione según el esquema."
Para los compañeros, el balance para el capitalismo de esta distribución de plusvalía, aunque frene la acumulación, es, sin embargo, positivo al permitir ampliar el mercado interior: "Si esta ganancia es suficientemente elevada los capitalistas pueden aumentar al mismo tiempo los salarios sin perder todo el incremento de la plusvalía extraída" [...] "Un aumento general de los salarios significa un incremento de estos mercados igualmente." [...] "El único efecto "dañino" que tiene este "despilfarro de plusvalía" es que el aumento de la composición orgánica del capital se produce más lentamente de lo que podía (con un ritmo más frenético)".
Estamos de acuerdo con lo que los compañeros constatan en cuanto a los efectos de ese "despilfarro de plusvalía". Pero, respecto a ese despilfarro, también dicen: "pero no se puede afirmar que este "despilfarro de plusvalía" no pueda de ningún modo participar en el proceso de la acumulación. Al contrario, esta distribución de las ganancias obtenidas por el aumento de productividad participa plenamente en la acumulación".
Está claro, como así los reconocen los propios compañeros, que ese despilfarro no participa en el proceso de la acumulación mediante la inyección de capital en el proceso de producción, pues, en realidad, desvía de su finalidad capitalista, que es la acumulación, el capital que podría acumularse. Podrá tener una utilidad momentánea para la burguesía, sin la menor duda, puesto que permite mantener, artificialmente, cierto nivel de actividad económica. Y pospone así los problemas causados por la falta de salidas mercantiles a la producción capitalista. Eso es lo característico de las medidas keynesianas, pero, repitámoslo, eso no sirve en el proceso de acumulación. Es participar en el proceso productivo de la decadencia del capitalismo durante la cual, ese sistema, cada vez más entorpecido en su funcionamiento "normal", tiene que multiplicar sus gastos improductivos para mantener la actividad económica. Ese despilfarro se añade además al ya gigantesco de los gastos militares o de encuadramiento social, etc. Es, espoleado por la necesidad de crear un mercado interior artificial, un gasto tan irracional e improductivo como esos gastos mencionados.
Las medidas keynesianas favorecieron un crecimiento muy importante de los PIB (Producto Interior Bruto) de los países más industrializados en los años 1950-60, dando la ilusión de un retorno duradero a la prosperidad de la fase ascendente del capitalismo. Pero la riqueza creada realmente durante ese periodo se incrementó necesariamente a un ritmo mucho más modesto, pues una parte significativa del crecimiento del PIB se realizó gracias a los gastos improductivos ([9]).
Para terminar con esta parte, examinaremos otra implicación del razonamiento de los camaradas que significaría que: "A ese nivel, no hay necesidad alguna de mercados extracapitalistas".
Contrariamente a lo que anuncian los compañeros no hemos encontrado ningún argumento nuevo que ponga en entredicho la necesidad de un comprador exterior a las relaciones de producción capitalistas. El esquema propuesto pone efectivamente en evidencia que: "un gobierno que controla toda la economía puede teóricamente organizarla" de tal modo que se realice la ampliación de la producción (gracias al aumento tanto de los medios de producción como de los medios de consumo), sin recurrir a un comprador exterior y entregando a los obreros más de lo necesario en el coste social de la reproducción de su fuerza de trabajo. Sí, pero eso no es una acumulación ampliada tal como se practica bajo el capitalismo. Más precisamente, es imposible que en el capitalismo pueda realizarse semejante acumulación ampliada, sea cual fuere el control del Estado sobre la sociedad, se entregue o no un sobresalario a los obreros.
La explicación que da Rosa Luxemburg a esa imposibilidad cuando describe la espiral sin fin de los esquemas de la acumulación ampliada (elaborados por Marx en el libro II de El Capital) se refiere a las condiciones concretas de la producción capitalista: "Según el esquema de Marx, el movimiento [de la acumulación] parte de la sección I, de la producción de los medios de producción. ¿Quién necesita estos medios de producción aumentados? El esquema responde: los necesita la sección II para poder elaborar más medios de subsistencia. ¿Pero quién necesita los medios de subsistencia aumentados? El esquema responde: justamente la sección I, porque ahora ocupa más obreros. Nos movemos indudablemente en un círculo vicioso. Elaborar más medios de consumo simplemente para alimentar más obreros, y elaborar más medios de producción, simplemente para dar ocupación a aquel aumento de obreros, es un absurdo desde un punto de vista capitalista" ([10]).
Es oportuno, en esta etapa de la reflexión, examinar una observación de nuestros compañeros: "Si no hubiera créditos y fuera necesario concretar en dinero toda la producción anual en una sola vez en el mercado, entonces sí que debería existir un comprador externo a la producción capitalista. Pero no es ese el caso."
Estamos de acuerdo con nuestros compañeros en decir que no es necesario que en cada ciclo de la producción haya un comprador externo, y menos todavía al existir el crédito. Dicho lo cual, eso no elimina el problema sino que lo dilata y lo difiere en el tiempo, permitiendo que el problema se plantee menos a menudo pero con mayor gravedad cada vez ([11]). Si un comprador exterior aparece al final de, por ejemplo, 10 ciclos de acumulación que hayan implicado a sectores I y II, y compra tantos medios de producción o de consumo necesarios para reembolsar las deudas contraídas durante esos 10 ciclos de acumulación, entonces todo marcha bien para el capitalismo. Pero si al final del proceso no hay comprador exterior, las deudas acumuladas no serán nunca reembolsadas o solo lo serán mediante nuevos préstamos. La deuda se hincha entonces inevitable y desmesuradamente hasta que estalla una crisis cuyo efecto será impulsar un nuevo endeudamiento. Es ese exactamente el mecanismo que hemos visto repetirse con mayor o menor gravedad desde finales de los años 1960.
Redistribuir una parte de la plusvalía extraída con aumentos de sueldo significa, en fin de cuentas, aumentar el coste de la fuerza de trabajo. Y eso no elimina, ni mucho menos, "la espiral sin fin" de la que hablaba Rosa Luxemburg. En un mundo formado únicamente por capitalistas y obreros, no hay respuesta a la pregunta que Marx plantea sin cesar en El Capital (Libro II): "pero ¿de dónde viene el dinero necesario para financiar el aumento tanto de los medios de producción como los de consumo"?
En otro pasaje de La acumulación del capital, Rosa Luxemburg retoma esa problemática explicitando simplemente:
"Una parte de la plusvalía la consume la clase capitalista misma en forma de medios de subsistencia y se guarda en el bolsillo el dinero mutuamente cambiado. ¿Pero quién le toma los productos en que está incorporada la otra parte capitalista de la plusvalía? El esquema responde: en parte, los capitalistas mismos en cuanto elaboran nuevos medios de producción, para ampliar estos; en parte, nuevos obreros que son necesarios para el empleo de aquellos medios de producción. Pero en el sistema capitalista, para hacer que trabajen nuevos obreros con nuevos medios de producción, hay que tener antes un fin para la ampliación de la producción, una nueva demanda de los productos que se quiere elaborar [...]
"¿De dónde viene el dinero para la realización de la plusvalía en las condiciones de la acumulación, o sea del no consumo, de la capitalización de una parte de la plusvalía?" ([12])
En realidad el propio Marx dará una respuesta a esa pregunta: los "mercados extranjeros" ([13]).
Hacer intervenir un comprador exterior a las relaciones de producción capitalistas resuelve, según Rosa Luxemburg, el problema de la posibilidad de la acumulación. Esto resuelve igualmente esa otra contradicción de los esquemas de Marx resultante del ritmo diferente en la evolución de la composición orgánica del capital en las dos secciones (la de los medios de producción y la de los medios de consumo) ([14]). Nuestros dos compañeros vuelven a tratar en su texto esa contradicción que Rosa Luxemburg puso de relieve: "esta distribución de las ganancias obtenidas por el aumento de productividad [...] atenúa exactamente el problema detectado por R. Luxemburg en el capítulo 25 de La acumulación del capital donde argumenta contundentemente que con la tendencia hacia una composición orgánica del capital cada vez más elevada un intercambio entre los dos sectores principales de la producción capitalista (producción de medios de producción por un lado, de medios de consumo por el otro) es imposible a largo plazo".
A este respecto, los compañeros hacen el siguiente comentario: "F. Sternberg considera este punto de reflexión de R. Luxemburg como el más fuerte que ‘todos aquellos que criticaron a Rosa Luxemburg se han cuidado celosamente de abordar ([15])"
En esto tampoco compartimos nosotros la posición de los compañeros ni la de Sternberg, la cual no corresponde, en realidad, a la manera con la que Rosa Luxemburg plateó el problema.
En efecto, para la propia Rosa Luxemburg, esa "contradicción" se resuelve en la sociedad mediante la inversión de: "una porción cada vez mayor de la plusvalía acumulable en la sección de medios de producción en lugar de en los medios de consumo. Como las dos secciones de la producción no son más que dos ramas de la misma producción social total o, si se prefiere, dos sucursales que pertenecen al mismo "capitalista total", no puede objetarse nada a la hipótesis de una transferencia constante de una parte de la plusvalía acumulada de una sección a la otra, según las necesidades técnicas; esta hipótesis corresponde de hecho a la práctica corriente del capital. Sin embargo, esa suposición no es válida mientras no consideremos la plusvalía capitalizable en términos de valor" ([16]).
Esta última suposición implica que haya "compradores exteriores" que intervengan regularmente en la sucesión de los ciclos de acumulación.
De hecho esa "contradicción" no corre el riesgo de desembocar en una imposibilidad de intercambio entre las dos secciones de la producción, sino es en el mundo abstracto de los esquemas de la reproducción ampliada desde el momento en que no interviene "un comprador exterior". En efecto, "según el propio Marx, el progreso de la técnica se expresa en el crecimiento relativo del capital constante en comparación con el variable. De ahí la necesidad de una modificación constante en la distribución de la plusvalía capitalizada entre c y v".
Ahora bien, "Los capitalistas del esquema marxista no están en situación de alterar a su antojo esta distribución; pues, en la capitalización, se hallan ligados de antemano a la forma real de su plusvalía [Ndlr : medios de producción o medios de consumo]. Como, según el supuesto de Marx, toda la ampliación de la producción se verifica, exclusivamente, con los propios medios de producción y de consumo elaborados en forma capitalista" ([17]).
Podemos entender perfectamente que los compañeros no hayan estado nunca convencidos por las demostraciones de Rosa Luxemburg sobre la necesidad de un comprador exterior que permita la acumulación capitalista (o, en su defecto, mediante un recurso al crédito, el cual sería entonces "no reembolsable"). En cambio, de lo que no nos hemos enterado bien es en qué se basan las objeciones que ellos formulan para poner en entredicho las posiciones principales de esa teoría, unas objeciones que se basan sobre todo en Sternberg, del que nos parece que hay buenas razones para pensar que no asimiló bien del todo el fondo de la teoría de la acumulación de Rosa Luxemburg ([18]).
Como ya hemos señalado en contribuciones precedentes, el hecho de que los sobresalarios entregados a los obreros no sirvan para aumentar ni el capital constante ni el variable ya es suficiente para concluir que esos gastos son despilfarros totales (desde el punto de vista de la racionalidad capitalista). Desde el punto de vista estrictamente económico, el aumento de los gastos personales de los capitalistas habría producido el mismo efecto. Para llegar a esa conclusión no hacía falta recurrir a Rosa Luxemburg ([19]). Dicho lo cual, si nos ha parecido necesario responder a las objeciones que nuestros compañeros hacen a la teoría de la acumulación del capital defendida por Rosa Luxemburg, es porque el debate sobre este tema sirve para dar unas bases más amplias y profundas para comprender no sólo el fenómeno de los Treinta gloriosos, sino también el problema de la sobreproducción, problema del que difícilmente se podrá negar que está hoy en el meollo de los problemas actuales del capitalismo.
Dos factores originaron el incremento de los PIB durante esos años:
- el aumento de la riqueza real de la sociedad a través del proceso de acumulación del capital;
- toda una serie de gastos improductivos en aumento, consecuencia del desarrollo del capitalismo de Estado y, en particular, de las políticas keynesianas puestas entonces en práctica.
En esta parte vamos a interesarnos por la manera con la que se realizó la acumulación. Fue la apertura y la explotación acelerada de los mercados extracapitalistas lo que originó la fase de muy alta expansión del capitalismo que se había iniciado en la segunda mitad del siglo xix y a la que puso fin la guerra de 1914. La fase de la decadencia del capitalismo se caracteriza por la insuficiencia de esos mercados respecto a unas necesidades cada vez más importantes de dar salida a las mercancías. ¿Debe deducirse de eso que los mercados extracapitalistas sólo han tenido un papel marginal en la acumulación durante el periodo en la vida del capitalismo abierto por la guerra en 1914? Si así fuera, esos mercados no podrían explicar, ni siquiera en parte, la acumulación realizada en los años 1950 y 1960. Es la respuesta que dan nuestros camaradas en su contribución:
"Para nosotros el misterio de los "Treinta gloriosos" no puede explicarse por los restos de mercados extracapitalistas, ya que estos desde la Primera Guerra Mundial son insuficientes respecto a las necesidades de la acumulación ampliada alcanzada por el capitalismo."
Nosotros pensamos, al contrario, que los mercados extracapitalistas desempeñaron un papel importante en la acumulación, especialmente a principios de los años 1950, decayendo después progresivamente hasta finales de los 60. Conforme se iban haciendo insuficientes, fue la deuda la que tomó el relevo, haciendo la función de comprador exterior al capitalismo. Se trababa, evidentemente, de un endeudamiento de "nuevo tipo", una deuda cuya característica es la de no poder reducirse. Es a ese período al que hay que remontarse para encontrar el origen del fenómeno de explosión de la deuda mundial tal como hoy la conocemos, aunque, claro está, la contribución en valor a la deuda mundial actual de las décadas de 1950 y 1960 es más que modesta.
Los mercados extracapitalistas
Estadísticamente es en 1953 cuando culmina la parte de las exportaciones de los países desarrollados hacia los coloniales, valorada en porcentaje de los exportaciones mundiales (cuadro 1, la curva de las importaciones de los países coloniales se supone que es la misma que la de las exportaciones de los países desarrollados hacia países coloniales). La tasa de 29 % alcanzada entonces da una idea de la importancia de las exportaciones hacia los mercados extracapitalistas de los países coloniales, pues, en aquel entonces, los mercados coloniales eran todavía mayoritariamente extracapitalistas. Después disminuirá ese porcentaje para situarse en 22 % de las exportaciones en 1966. En la realidad, el decrecimiento de ese porcentaje, en relación, esta vez, con los PIB y no ya con las exportaciones, es más rápido todavía, pues durante ese período, los PIB aumentan más rápidamente que las exportaciones.
Cuadro 1. - Importaciones de los mercados coloniales en porcentaje de las importaciones mundiales
(Esquema tomado de BNP Guide statistique 1972; Fuentes: P. Bairoch op. cit. - Comunicado de la OCDE, noviembre 1970)
A las exportaciones en dirección de los mercados extracapitalistas de las colonias, hay que añadir las ventas realizadas en países capitalistas como Francia, Japón, España, etc., a sectores que, como el sector agrícola, estaban todavía poco integrados en las relaciones de producción capitalistas. Y también, en la Europa oriental seguía existiendo todavía un mercado extracapitalista, pues el resultado de la Primera Guerra mundial había condenado a esos países a un estancamiento en su desarrollo capitalista ([20]).
Así pues, si se considera la totalidad de las ventas realizadas por las regiones dominadas por relaciones de producción capitalista hacia las regiones que todavía producían según relaciones precapitalistas, se trate de mercados exteriores o interiores, se da uno cuenta de que éstas pudieron sustentar una parte importante del crecimiento real durante los Treinta Gloriosos, o, al menos, durante los años 1950. La última parte de este artículo tratará sobre cómo evaluar el nivel de la saturación de los mercados en el momento de la entrada del capitalismo en su fase de decadencia, para así definirla mejor.
El endeudamiento
Al iniciarse nuestro debate interno, los defensores de la tesis del keynesiano-fordismo contradecían nuestra hipótesis (que otorgaba un papel al endeudamiento en los años 1950 y 1960 para mantener la demanda) diciendo que: "la deuda total no aumenta prácticamente durante el periodo 1945-1980: se dispara únicamente como respuesta a la crisis. El endeudamiento no puede, por lo tanto, explicar el crecimiento vigoroso de la posguerra".
El problema está en saber qué significa ese "prácticamente" y si, a pesar de todo, no sería suficiente para permitir concluir la acumulación, como complemento de los mercados extracapitalistas.
Es bastante difícil encontrar datos estadísticos sobre la evolución de la deuda mundial durante los años 1950-60 para la mayoría de los países, excepto Estados Unidos.
Disponemos de la evolución de la deuda total y del PNB estadounidenses, año por año, entre 1950 y 1969. El estudio de esos datos (cuadro 2) debe permitirnos contestar a la pregunta siguiente: ¿Es posible que cada año, el incremento de la deuda haya sido suficiente para asumir el incremento del PIB que no corresponde a ventas realizadas en mercados extracapitalistas? Como queda dicho, en cuanto éstos empiezan a faltar le toca al endeudamiento servir de comprador exterior a las relaciones de producción capitalistas ([21]).
El incremento del valor de la deuda en relación porcentual con el valor del PIB es, para el período referido, de 185 %. O sea, el aumento en valor de la deuda es casi el doble, en 20 años, que el del PIB. Ese resultado demuestra que la evolución del endeudamiento en Estados Unidos es tal que sólo ese endeudamiento habría podido asegurar con creces y de manera general, el crecimiento del PIB de dicho país durante ese período (y hasta participar en el crecimiento de algún que otro país suplementario) sin necesidad de recurrir a la venta en mercados extracapitalistas. Se observa, además, que cada año, excepto 1951, el incremento de la deuda es superior a la del PIB (o sea que únicamente en 1951, la diferencia entre aumento de la deuda y aumento del PIB es negativa). Lo cual quiere decir que, para cada uno de esos años, excepto uno, fue la deuda la que habría asumido el aumento del PIB, lo cual era de lo más necesario a causa de la contribución de los mercados extracapitalistas en esa misma época.
¿Qué conclusión se puede sacar de esta reflexión sobre Estados Unidos?: la propia realidad de la evolución de la deuda en ese país no desmiente el análisis teórico de que el recurso al crédito tomó el relevo de la venta a los mercados extracapitalistas para permitir la acumulación. Aunque una conclusión así no pueda generalizarse automáticamente a los demás países industrializados, al tratarse de la mayor potencia económica mundial, le da cierto valor universal, confirmado, por ejemplo, por lo ocurrido en la RDA. Disponemos, sobre este país, de estadísticas relativas a la evolución de la deuda en función del PNB (cuadro 3) que ilustran la misma tendencia.[22]
¿Qué nivel de saturación de los mercados en 1914?
La Primera Guerra mundial estalla en la cúspide de prosperidad de la economía capitalista mundial. No la precedió ninguna crisis que se manifestara abiertamente en el plano económico. Sin embargo, el origen del conflicto mundial fue, sin lugar a dudas, la inadecuación creciente entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción y, a través de ese conflicto, la entrada del capitalismo en su fase de decadencia. La condición del desarrollo del sistema es la conquista de los mercados extracapitalistas, de modo que una vez terminada la conquista colonial y económica del mundo por las metrópolis capitalistas las lleva a enfrentarse entre sí por sus mercados respectivos.
Contrariamente a la interpretación de nuestros compañeros Salomé y Ferdinand, la situación no significa que: "éstos [los mercados extracapitalistas] desde la Primera Guerra mundial son insuficientes respecto a las necesidades de la acumulación ampliada alcanzada por el capitalismo". Si así fuera, la crisis se habría manifestado a nivel puramente económico antes de 1914.
La cita siguiente de Rosa Luxemburg describe precisamente esas características del período (rivalidades imperialistas en torno a los territorios no capitalistas todavía libres: "El imperialismo es la expresión política del proceso de la acumulación del capital en su lucha para conquistar los medios no capitalistas que no se hallen todavía agotados. Geográficamente, estos medios abarcan, aun hoy, los más amplios territorios de la Tierra" ([23]).
En varias ocasiones Rosa Luxemburg retomará la descripción del estado del mundo de aquella época:
"Junto a los viejos países capitalistas hay, incluso en Europa, países donde la producción campesina y artesana es, con mucho, todavía dominante en la economía, por ejemplo en Rusia, los países balcánicos, Escandinavia, España. Y, en fin, además de la Europa capitalista y Norteamérica, existen inmensos continentes en donde la producción capitalista sólo está instalada en algunos lugares poco numerosos y aislados, mientras que en el resto de los territorios existen todas las estructuras económicas posibles, desde el comunismo primitivo hasta la sociedad feudal, campesina y artesana" ([24]).
"En realidad, "la guerra mundial, aún siendo, en última instancia, un producto de las contradicciones económicas del sistema, estalló antes de que esas contradicciones pudieran expresarse a nivel "puramente" económico. La crisis de 1929 fue pues la primera crisis económica mundial del período de decadencia" ([25]).
Si 1929 fue la primera expresión significativa, durante la decadencia, de la insuficiencia de mercados extracapitalistas, ¿significa eso que, desde entonces, es imposible que éstos desempeñen un papel significativo en le prosperidad capitalista?
Las amplísimas zonas precapitalistas existentes por el mundo entero en 1914 no pudieron ser "asimiladas" durante los 10 años anteriores a 1929, período que no estuvo precisamente marcado por una intensa actividad económica mundial. Y durante los años 1930 y buena parte de los 40, la economía siguió funcionando a ritmo lento. Por eso, la crisis de 1929, aunque sí pone de relieve que se alcanzaron entonces los límites de los mercados extracapitalistas, no por eso marca el final de toda posibilidad de que dichos mercados pudieran seguir desempeñando un papel significativo en la acumulación del capital.
La explotación de un mercado extracapitalista virgen, o la mejor explotación de un antiguo mercado extracapitalista, depende en gran parte de factores como la productividad del trabajo en las metrópolis capitalistas con el resultado de una mayor competitividad de las mercancías producidas y de los medios de transporte de que dispone el capital para la circulación de las mercancías. Esos factores fueron el motor de la expansión del capitalismo por el mundo entero como así lo puso de relieve El Manifiesto comunista ([26]). La descolonización, además, favoreció la rentabilidad de algunos mercados extracapitalistas, al quitarse de encima, en los intercambios, el peso considerable del mantenimiento del aparato de dominación colonial.
La CCI ya corrigió muy pronto la interpretación errónea de que la Primera Guerra mundial habría sido la consecuencia de una crisis económica abierta. Como hemos dicho respecto a ese período, la relación causa-efecto "crisis-guerra" sólo tiene un sentido universal (excluyendo, sin embargo, el factor lucha de clases) si se trata del término crisis en un sentido amplio, o sea crisis de las relaciones de producción.
En cuanto a la secuencia "guerra-reconstrucción-nueva crisis", ya hemos visto que no permite explicar la prosperidad de los años 1950 y 60, la cual, en modo alguno, puede analizarse como consecuencia de la reconstrucción consecutiva a la IIª Guerra mundial. Y es lo mismo sobre la recuperación consecutiva a la Iª Guerra mundial, durante la cual el capitalismo reanuda con la dinámica anterior a la guerra, basada en la explotación de los mercados extracapitalistas, pero a un ritmo mucho más lento, una lentitud debida al estado de guerra y las destrucciones ocasionadas por ésta. Hubo efectivamente reconstrucción, pero no favoreció ni mucho menos la acumulación, una acumulación que va a servir para los gastos necesarios al arranque la economía.
Y desde 1967, fecha en que el capitalismo vuelve a entrar en un periodo de turbulencias económicas, las crisis se han ido sucediendo, el capitalismo ha destrozado el planeta multiplicando los conflictos imperialistas sin por ello crear las condiciones para una reconstrucción sinónimo de retorno, aunque fuera limitado y momentáneo, a la prosperidad.
Como siempre ha puesto de relieve la CCI, la entrada en decadencia no significó el fin de la acumulación como lo demuestra la continuación del crecimiento después de 1914 y hasta nuestros días, aunque globalmente a un ritmo inferior al del periodo dorado de la ascendencia del capitalismo (la mayor parte de la segunda mitad del siglo xix hasta 1914). La acumulación prosiguió basándose en la explotación de los mercados extracapitalistas hasta agotarse por completo. Entonces el relevo tuvo que asegurarlo el endeudamiento no reembolsable, acumulándose al mismo tiempo unas contradicciones cada vez más difíciles de superar.
Así pues, y contrariamente a lo que parece deducirse de la idea de "crisis-guerra-reconstrucción-nueva crisis", el mecanismo destrucción/reconstrucción no ha sido un medio que permita a la burguesía prolongar los días del capitalismo, ni tras la Iª Guerra mundial ni tras la Segunda. Los instrumentos privilegiados de semejante propósito, el keynesianismo y sobre todo la deuda, aunque hayan podido tener algunos efectos inmediatos para postergar las consecuencias finales de la sobreproducción, el abandono de las medidas keynesianas en los años 1980 y sobre todo el atolladero actual del endeudamiento masivo y abismal son la prueba patente de las dificultades insalvables del capitalismo.
Silvio
Frente a la crisis no faltan voces "de izquierdas" (e incluso hoy hasta de derechas) para preconizar el retorno a medidas keynesianas como lo ilustra el pasaje siguiente sacado de un documento de trabajo de Jacques Gouverneur, profesor en la Universidad católica de Lovaina, en Bélgica. Como podrá percatarse el lector, la solución preconizada por dicho profesor se basa en aprovechar el incremento de la productividad para instaurar medidas keynesianas y políticas alternativas, ... del tipo de las instauradas, frente a la agravación de las situación económica, por la izquierda del capital desde finales de los años 1960 para embaucar a la clase obrera con la idea de que reformar el sistema era posible: "Para salir de la crisis y resolver el problema del desempleo, ¿habrá que reducir - o, al contrario, aumentar- los salarios, los subsidios de seguridad social (subsidios de desempleo, pensiones, reembolsos por gastos de salud, subsidios familiares), los gastos públicos (enseñanza, cultura, obras públicas,...)? En otras palabras: ¿hay que seguir con las políticas restrictivas de inspiración neoliberal (como lo que se hace desde principios de los años 1980) o, al contrario, habrá que preconizar un retorno a políticas expansivas de inspiración keynesiana (aplicadas durante el período de crecimiento de 1945-1975)? (...) En otras palabras: ¿pueden las empresas aumentar simultáneamente sus ganancias y sus salidas mercantiles? La condición primera es que aumente la productividad general, en el sentido de que con la misma cantidad de trabajadores (o de habitantes), la economía produzca un volumen mayor de bienes y servicios. Diciéndolo con un símil, un incremento de la productividad en un período determinado (...) aumenta el tamaño del "pastel" producido, aumenta la cantidad de "trozos del pastel" que repartir. En un período en que aumenta la productividad, la instauración de políticas keynesianas es la segunda condición para que las empresas dispongan a la vez de ganancias más altas y de salidas mercantiles ampliadas. (...) La perpetuación de las políticas neoliberales multiplica los dramas sociales y desemboca en una contradicción económica de la mayor importancia: agudiza el divorcio entre el crecimiento de las ganancias globales y la de las salidas mercantiles globales. Y favorece a las empresas y los grupos dominantes, de modo que éstos siguen ejerciendo una presión eficaz sobre los poderes públicos (nacionales y supranacionales) para así prolongar esas políticas globalmente nefastas. El retorno a políticas keynesianas supondría un cambio en las relaciones de fuerza hoy vigentes; no bastaría, sin embargo, para resolver los problemas económicos y sociales que la crisis estructural del sistema capitalista ha puesto en evidencia. La solución a esos problemas pasa por la instauración de políticas alternativas: aumento de las contribuciones públicas (sobre todo de las ganancias) para financiar producciones socialmente útiles, reducciones del horario de trabajo para incrementar el empleo y el tiempo libre, desplazamientos en la composición de los salarios para promover la solidaridad." www.capitalisme-et-crise.info/telechargements/pdf/FR_JG_Quelles_politiques_ [18]économiques_contre_la_crise_et_le_chômage_1.pdf.
(la traducción y el subrayado es nuestro).
[1]) La presentación del debate y de las tres posiciones principales se hizo en el artículo "Las causas del período de prosperidad consecutivo a la IIª Guerra mundial" (Revista internacional no 133). Después se han publicado sucesivamente los artículos siguientes: "Origen, dinámica y límites del capitalismo de Estado keynesiano-fordista" (Revista internacional no 135); "La bases de la acumulación capitalista" y "Economía de guerra y capitalismo de Estado" (Revista internacional no 136) ; "En defensa de la tesis ‘El capitalismo de Estado keynesiano-fordista'" (Revista internacional no 138).
[2]) Esta contribución no trata sobre las respuestas de Salomé y Ferdinand a la tesis "La economía de guerra y le capitalismo de Estado" porque nos ha parecido que la discusión sobre los problemas planteados en ella, aunque necesaria, es menos prioritaria. Tendremos ocasión de volver sobre las cuestiones planteadas, pues éstas no están determinadas ante todo por una idea particular de los resortes de la acumulación, sino más bien por las condiciones geopolíticas que influyen en su realización.
[3]) "En defensa de la tesis ‘El capitalismo de Estado keynesiano-fordista' (Respuesta a Silvio y a Jens)", Revista internacional no 138.
[4]) Esta cita está sacada del primer artículo sobre este "Debate de interno en la CCI: Las causas del período de prosperidad consecutivo a la Segunda Guerra mundial" de la Revista internacional no 133 (II-2008 [19]), una cita presente ya en el "Informe sobre el Curso histórico" adoptado en el Tercer congreso de la CCI, sacada a su vez del Informe adoptado en la Conferencia de julio de 1945 de la Izquierda comunista de Francia.
[5]) Léase sobre esto el artículo de la serie "La decadencia del capitalismo, Las contradicciones mortales de la sociedad burguesa", Revista internacional no 139.
[6]) "Origen, dinámica y límites del capitalismo de Estado keynesiano-fordista", Revista internacional no 135.
[7]) Ver el articulo "Les bases de la acumulación capitalista" (Revista Internacional n° 136)
[8]) Ver la tesis Los mercados extracapitalistas y el endeudamiento en el artículo "Las causas del período de prosperidad consecutivo a la Segunda Guerra mundial" (Revista internacional nº 133, II-2008). La referencia a la obra de Marx es: El capital, Libro III, sección III: la ley de la tendencia decreciente de la cuota de ganancia, Cap. X: El desarrollo de las contradicciones inmanentes de la ley, Plétora de capital y superpoblación.
[9]) Ver al respecto la presentación de la tesis "Los mercados extracapitalistas y el endeudamiento" en el artículo "Las causas del período de prosperidad consecutivo a la Segunda Guerra mundial" (Revista internacional nº 133)
[10]) La acumulación del capital; cap. "Análisis del esquema marxista de la reproducción ampliada", p. 95, ed. Grijalbo, 1978.
[11]) Es innegable que el crédito desempeña un papel regulador y permite atenuar la exigencia de mercados extracapitalistas en cada ciclo, aunque esa exigencia sea permanente. Pero eso no cambia en nada el problema de fondo que puede explicarse mediante el estudio de un ciclo abstracto como así lo hace Rosa Luxemburg, resultado de ciclos elementales de diferentes capitales: "Un elemento de la reproducción ampliada del capital social es, al igual que para la reproducción simple que hemos supuesto antes, la reproducción del capital individual. Pues la producción, sea simple o ampliada, no prosigue de hecho sino bajo la forma de innumerables movimientos de reproducción independientes de capitales individuales" (La acumulación del capital; subrayado nuestro). Es también evidente que sólo algunos de esos ciclos acabarán haciendo intervenir al comprador exterior.
[12]) "El esquema marxista de la reproducción ampliada", ídem.
[13]) Esta respuesta se encuentra (entre otros lugares) en el libro III de El capital "¿Cómo explicarse que no haya demanda de esas mismas mercancías de que carece la masa del pueblo y que sea necesario buscarles salida en el extranjero, en mercados lejanos, para poder pagar a los obreros del propio país el promedio de los medios de subsistencia de primera necesidad? Porque sólo dentro de esta trabazón específica, capitalista, adquiere el producto sobrante una forma en que su poseedor necesita que vuelva a convertirse para él en capital para poder ponerlo a disposición del consumo. Por último, si se afirma que los capitalistas sólo tienen que cambiar entre sí y consumir mercancías, se pierde de vista el carácter de la producción capitalista en su conjunto y se olvida que lo fundamental para ella es la valorización del capital y no su consumo" (El capital, vol. III, Sec. III : "Ley de la tendencia decreciente de la cuota de ganancia", XV: "Desarrollo de las contradicciones internas de la ley" 3. "Exceso de capital y exceso de población", Ed. FCE, México, 1946.
[14]) La elevación de la composición orgánica (o sea el crecimiento más rápido del capital constante en relación con el capital variable) en la sección de los medios de producción es en término medio más rápida que en la de los medios de consumo, debido a las características técnicas propias de una y de la otra de esas dos secciones.
[15]) Fritz Sternberg, El imperialismo...; Siglo XXI editores, p 70).
[16]) La acumulación del capital, "Contradicciones del esquema de la reproducción ampliada", subrayado nuestro.
[17]) Rosa Luxemburg, La acumulación del capital, "Contradicciones del esquema de la reproducción ampliada".
[18]) Pese a las excelentes ilustraciones e interpretaciones del desarrollo del capitalismo mundial que Sternberg proporcionó, apoyándose en la teoría de Rosa Luxemburg (en El conflicto del siglo, especialmente) cabe preguntarse, sin embargo, sobre su asimilación en profundidad de esa teoría. Sternberg analiza en la obra mencionada la crisis de los años 1930 como resultante de la incapacidad del capitalismo en esa época para sincronizar el incremento de la producción con el del consumo: "El test que consistía en sincronizar, basándose en la economía de la ganancia capitalista y sin una expansión exterior importante, por un lado el incremento de la producción y de la productividad, y, por otro, el aumento del consumo, fue un fracaso. La crisis fue el resultado de ese fracaso" (p. 344). Dar a entender que tal sincronización es posible bajo el capitalismo, es el principio del abandono del rigor y la coherencia de la teoría de Rosa Luxemburg. Esto lo confirma además el estudio realizado por Sternberg sobre el período de posguerra de 1945, en el cual éste desarrolla su idea de que existe la posibilidad de transformar la sociedad especialmente gracias a las nacionalizaciones gestionadas por el Estado y la mejora de las condiciones de vida de los obreros. La cita siguiente da una idea de ello: "..., la realización íntegra del programa laborista de 1945 habría sido un gran paso hacia la socialización completa de la economía inglesa, escalón a partir del cual se habrían podido alcanzar sin duda otras etapas con más facilidad [...] durante los primeros años de la posguerra, el gobierno laborista se dedicó a cumplir el mandato que el pueblo le había confiado. Conservando estrictamente los medios y métodos de la democracia tradicional, modificó radicalmente el Estado, la sociedad y la economía capitalistas" ("El mundo de hoy"; p. 629). El objetivo no es hacer aquí la crítica radical del reformismo de Sternberg. Se trata únicamente de poner de relieve que su método reformista incluía necesariamente una subestimación considerable de las contradicciones económicas que asaltan la sociedad capitalista, subestimación poco compatible con la teoría de Rosa Luxemburg tal como está expuesta en La acumulación del capital.
[19]) Como lo ilustra esta parte de nuestra crítica hecha en "Les bases de la acumulación del capital" (Revista internacional no 136) una crítica a los escritos de Paul Mattick. En efecto, para éste, contrariamente a Rosa Luxemburg, no es necesario que intervenga un comprador exterior a las relaciones de producción capitalista para que la acumulación sea posible.
[20]) El conflicto del Siglo. III - El estancamiento del capitalismo; el cese de la expansión capitalista; el cese de la expansión exterior del capitalismo; p. 254.
[21]) No hay que olvidar, sin embargo, que la función del endeudamiento no se limita a la creación de un mercado artificial.
[22]) % anual Deuda/GDP = (Deuda/GDP)*100 ; % para el período Δ Deuda/ΔGDP = ((Deuda en 1969 - Deuda en 1949) / (GDP en 1969 - GDP en 1949))*100 ; Δ anual GDP = GDP en (n) - GDP en (n-1) ; Δ anual Deuda del año (n) = Deuda del año n - Deuda del año (n-1).
[23]) La acumulación del capital, "Aranceles protectores y acumulación", subrayado nuestro.
[24]) Una anticrítica, subrayado nuestro.
[25]) Resolución sobre la situación internacional del XVIº congreso de la CCI.
[26]) "Mediante el rápido mejoramiento de todos los instrumentos de producción y la infinita facilitación de las comunicaciones, la burguesía también arrastra hacia la civilización a las naciones más bárbaras. Los bajos precios de sus mercancías son la artillería pesada con la cual demuele todas las murallas chinas, con la cual obliga a capitular a la más obcecada xenofobia de los bárbaros" (subrayado nuestro).
En la primera parte de este artículo ([1]), relatamos la controversia habida en el movimiento sindical alemán y en el Partido socialdemócrata alemán (SPD) que desembocó en la creación de la Unión Libre de los Sindicatos Alemanes (Freien Vereinigung Deutscher Gewerkschaften, FVDG), organización precursora el sindicalismo revolucionario alemán. Ese relato correspondía a los años 1870 a 1903. La FVDG, fundada en 1897, se presentaba entonces explícitamente, y eso hasta 1903, como una parte combativa del movimiento sindical socialdemócrata. No tenía ningún vínculo con el sindicalismo revolucionario o el anarquismo, que tan presentes estaban en países como Francia o España. En el plano teórico, la FVDG defendió con mucho empeño la necesidad para los obreros de organizarse en los sindicatos no sólo para ocuparse de problemas económicos, sino también de cuestiones políticas.
La FVDG, nacida en un contexto de dispersión debido a las leyes antisocialistas y de sus controversias con la Confederación General Sindical, no logró desarrollar en su seno una coordinación suficiente para llevar a cabo la lucha colectiva. Una organización claramente sindicalista revolucionaria Industrial Workers of the World (Obreros industriales del mundo, IWW) que existía ya en Estados Unidos le llevaba mucha delantera a la FVDG en cuanto a centralización de la actividad. La propensión permanente a la dispersión federalista, aunque no estuviera todavía teorizada en el seno de la FVDG, fue siempre una debilidad constante de esta organización. Ante la huelga de masas que se anunciaba, la aversión a la centralización del combate será una traba cada vez más evidente a la actividad política de la FVDG.
La discusión sobre las nuevas formas de lucha surgidas con la huelga de masas de la clase obrera en los albores del siglo xx fue para la FVDG un gran reto cuya consecuencia fue que empezara a evolucionar hacia el sindicalismo revolucionario. Une evolución que se irá intensificando hasta la Primera guerra mundial. Esto es lo que vamos a relatar en este artículo.
El inicio del siglo xx conoce, a nivel internacional, cada día más las primicias de la huelga de masas como nueva forma de la lucha de clases. La huelga de masas, con su dinámica espontánea hacia la extensión, empuja a ir más allá del marco del ramo profesional. Al asumir reivindicaciones políticas, la huelga de masas se diferencia de los esquemas anteriores de los combates de clase sindicales del siglo xix, organizados de cabo a rabo por los aparatos sindicales, limitados al gremio y a reivindicaciones económicas. En las huelgas de masas que surgen por todas las partes del mundo se expresaba también una vitalidad de la clase obrera que tendía a hacer caducas las huelgas largamente preparadas y totalmente dependientes de la situación de las cajas sindicales de resistencia.
Ya en 1891 hubo en Bélgica una huelga de 125 000 obreros y, luego, en 1893, otra de 250 000 trabajadores. En 1896 y 1897 hubo una huelga general de los obreros del textil de San Petersburgo en Rusia. En 1900 fue el turno de los mineros del estado de Pensilvania, Estados Unidos, y en 1902 y 1903, de los de Austria y Francia. En 1902 hubo una nueva huelga de masas en Bélgica por el sufragio universal y en 1903, fue la de los ferroviarios de Holanda. En septiembre de 1904 tuvo lugar un movimiento nacional de huelga en Italia. En 1903 y 1904 fueron años de grandes huelgas que agitaron todo el sur de Rusia.
Alemania, a pesar de sus poderosos sindicatos con raigambre y una clase obrera concentrada y organizada, no era entonces el epicentro de esos nuevos episodios de la lucha de clases que se extendían como inmensas mareas. En cambio, a pesar de esa ausencia, la problemática de la huelga de masas sí que fue discutida apasionadamente en las filas obreras de Alemania. El viejo esquema sindical de la "lucha de clases controlada" que no debía perturbar el sacrosanto "orden público", chocaba con la energía del proletariado y la solidaridad que se desplegaba en las nuevas luchas de masas. Arnold Roller, durante una lucha de los mineros del Ruhr en la que participaron 200 000 obreros, escribió:
"Se limitaron [los sindicatos] a darle a la huelga el carácter de una especie de demostración apacible, como de espera, para así obtener concesiones en reconocimiento por tal "conducta razonable". Los mineros de otras cuencas organizados con características parecidas, en Sajonia, en Baviera, etc. testimoniaron su solidaridad apoyando la huelga y, paradójicamente, haciendo horas extras y producir así miles de toneladas de carbón suplementarias que serían enviadas y usadas por la industria al servicio del capital durante la huelga (...) Mientras que los trabajadores del Ruhr pasan hambre, resulta que sus representantes en el Parlamento negocian y obtienen algunas promesas de mejoras - legales -, pero sólo después de que se haya reanudado el trabajo. Ni que decir tiene que la dirección sindical alemana ha rechazado la idea de ejercer una presión verdaderamente fuerte sobre la patronal mediante la extensión de la huelga a todo el sector carbonífero" ([2]).
Uno de los hechos más importantes que desató el famoso "debate sobre la huelga de masas" en 1905-1906 en el SPD y en los sindicatos alemanes fue sin lugar a dudas la poderosa huelga de masas de 1905 en Rusia que superó por sus dimensiones y su dinámica política todo lo que hasta entonces se había visto ([3]).
Para los sindicatos, las huelgas de masas significaban una puesta en entredicho directa de su existencia y de su función histórica. ¿No estaba siendo superado su papel de organización de defensa económica permanente de la clase obrera? La huelga de masas de 1905 en Rusia, reacción directa a la miseria espantosa que la guerra ruso-japonesa había acarreado en la clase obrera y el campesinado, demostraba precisamente que los temas políticos como la guerra y, al fin y al cabo, la revolución eran ya ahora la médula del combate obrero. Esos temas rompían totalmente con el pensamiento sindical tradicional. Así lo escribía muy claramente Anton Pannekoek:
"Todo esto corresponde perfectamente al verdadero carácter del sindicalismo, cuyas reivindicaciones no van nunca más allá del capitalismo. El objetivo del sindicalismo no es sustituir el sistema capitalista por otro modo de producción, sino mejorar las condiciones de vida en el interior del propio capitalismo. La esencia del sindicalismo no es revolucionaria sino conservadora" ([4]).
No basta con reprochar a los dirigentes de unos sindicatos tan fuertemente arraigados en Alemania, su falta de flexibilidad porque no simpatizaban con la forma de lucha de la huelga de masas política. Su actitud defensiva hacia la huelga de masas se debía sencillamente a la naturaleza y el concepto mismo de las organizaciones sindicales que representaban, incapaces de asumir las nuevas exigencias de la lucha de clases.
Es evidente que las organizaciones políticas y los partidos de la clase obrera se vieron entonces obligados a comprender la naturaleza del combate entablado por los obreros mismos mediante la huelga de masas. Si embargo, "para la mayoría de los dirigentes socialdemócratas, sólo había un axioma: ¡la huelga general es la locura general!" ([5]).
No queriendo admitir la realidad, lo único que ellos veían, con su visión esquemática, en el estallido de la huelga de masas era una "huelga general" que proponían los anarquistas y los partidarios del antiguo cofundador de la socialdemocracia holandesa, Domela Nieuwenhuis. Unas décadas antes, en su texto Los bakuninistas en acción, escrito en 1873, Engels, con toda la razón, había tildado de estupidez total la idea de una huelga general preparada entre bastidores con un guión insurreccional escrito de antemano. Esa antigua visión de la "huelga general" consistía en creer que gracias a un cese del trabajo simultáneo y general realizado por los sindicatos, el poder de la clase dominante se debilitaría y acabaría desmoronándose en unas cuantas horas. De modo que las direcciones del SPD y de los sindicatos justificaban sus reticencias utilizando las palabras de Engels como una sentencia para rechazar en bloque y negarse a entablar el menor debate sobre las huelgas de masas, un debate requerido por la Izquierda del SPD en torno a Rosa Luxemburg.
El examen más preciso de la falsa oposición entre "la huelga general anarquista" y "el sólido trabajo sindical" muestra claramente que el viejo sueño anarquista de la grandiosa huelga general económica y la visión de las grandes centrales sindicales son, en realidad, muy próximas. Para esas dos concepciones, lo que contaba era la cantidad de combatientes y negaban la necesidad de ocuparse de temas políticos que ya estaban en realidad presentes, al menos implícitamente, en las luchas masivas.
La FVDG, la cual hasta entonces siempre había planteado la necesaria actividad política de los obreros, ¿sería capaz de dar una respuesta a ese problema?
El debate sobre la huelgas de masas, suscitado por las experiencias de movimientos masivos en Europa a finales del siglo xix y principios del xx, se entabló en la FVDG en 1904 con vistas al inminente Congreso socialista de Ámsterdam en el que ese tema estaba al orden del día. En las filas de la FVDG se procuró, primero, comprender el fenómeno de la huelga de masas, pero ese debate chocó contra cierta manera de concebir la labor sindical. La FVDG no se distinguía prácticamente de las grandes centrales sindicales socialdemócratas en sus ideas generales de cómo realizar una buena labor sindical. Sin embargo, la huelga de masas era una cuestión mucho más abierta en la FVDG que en las grandes organizaciones sindicales, debido, quizás, a su débil influencia para poder controlar la lucha de clases.
Gustav Kessler, cofundador de la corriente "localista" y autoridad política en el seno de la FVDG, murió en junio 1904. Era él quien representaba, en la dirección de la FVDG, la orientación más fuerte hacia la socialdemocracia. El carácter tan heterogéneo de la FVDG, unión de federaciones de oficios, había favorecido la formación de tendencias anarquistas minoritarias, como la formada en torno a Andreas Kleinlein Platz. La muerte de Kessler y la elección de Fritz Kater a la cabeza de la comisión ejecutiva de la FVDG en verano de 1904 abrieron, precisamente, un período de mayor apertura hacia las ideas sindicalistas revolucionarias.
Fue sobre todo el sindicalismo revolucionario francés de la CGT, con su concepto de "huelga general", el que parecía dar una respuesta a una buena parte de la FVDG. Bajo la influencia de Kessler, la FVDG se había negado, hasta principios de 1904, a hacer oficialmente propaganda a favor de la huelga general. La FVDG se planteó entonces la cuestión de saber si las diferentes expresiones recientes de la huelga de masas que se habían producido por muchas partes del mundo, eran o no una confirmación histórica de la visión antigua y un tanto teatral de la huelga general.
Dos documentos muestran que la FVDG empezaba a comprender lo que era la huelga de masas: Raphael Friedeberg editó un folleto en 1904, Parlamentarismo y huelga general, así como una resolución votada en agosto de ese mismo año por la FVDG. El punto de vista de Friedeberg (fue miembro del SPD hasta 1907) fue muy influyente en el sindicato y, después, sería la fuente de la reflexión de éste ([6]).
El folleto de Friedeberg se dedica sobre todo a criticar con la fórmula justa y precisa la influencia destructora y embrutecedora del parlamentarismo tal como lo practicaba la dirección socialdemócrata: "La táctica parlamentaria, la supervaloración del parlamentarismo, están demasiado arraigadas en las masas del proletariado alemán. Y son también muy confortables; todo debe ser el resultado de la legislación. Todos los cambios en las relaciones sociales, todo lo que a cada cual le queda por hacer es meter cada dos años su voto socialista en la urna. (...) ¡Vaya medio tan mediocre de educación del proletariado! (...), aunque estoy dispuesto a reconocer que el parlamentarismo ha tenido una tarea histórica que cumplir en el desarrollo histórico del proletariado, y que lo seguirá teniendo."
Este antiparlamentarismo, como se observa, no era un rechazo de principio, sino que correspondía a una fase histórica a la que se estaba llegando y en la cual ese medio de propaganda se había vuelto totalmente ineficaz para el proletariado.
Como lo hizo Rosa Luxemburg, también él insistió en el carácter emancipador del gran movimiento de huelga de masas para el proletariado: "Gracias a la huelga, los obreros se educan. Les da una fuerza moral, les aporta un sentimiento de solidaridad, una manera de pensar y una sensibilidad proletarias. La idea de la huelga general ofrece a los sindicatos un horizonte tan amplio como puede ser la idea del poder político del movimiento."
También escribió sobre el aspecto ético del combate de la clase obrera: "Si los obreros quieren echar abajo el Estado de clase, si quieren erigir un nuevo orden mundial, deben ser mejores que las capas sociales contra las que luchan. Por eso deben aprender a rechazar todo lo vil e indigno en ellas, todo lo que no es ético. Ése es el carácter principal de la idea de huelga general, el de ser un medio ético de lucha."
Lo característico del texto de Friedeberg, es el uso del término "huelga general" incluso cuando habla de la huelga de masas política que ocurrió durante el año precedente a la edición del texto.
Aunque se desprende del folleto de Friedeberg una auténtica indignación contra el espíritu conservador que impera en las grandes centrales sindicales, una indignación que comparte con Rosa Luxemburg, llega a conclusiones muy diferentes a las de ésta:
- Rechaza claramente la tendencia existente en la FVDG a interesarse por temas políticos: "no realizamos ningún combate político y, por consiguiente, no necesitamos ninguna forma de combate político. Nuestro combate es económico y psicológico." Es ésa una ruptura con la postura que antes defendía la FVDG. Al decir, superficialmente, que "parlamentarismo" y "combate político" vienen a ser lo mismo, niega toda dinámica política que sí había expresado la huelga de masas.
- Además, Friedeberg elabora una visión (muy minoritaria, eso sí, en el seno mismo de la FVDG) no materialista del combate de clase, basada en un enfoque psicológico en una estrategia de "rechazo de la personalidad" - que él llamaba "psiquismo histórico". Ahí se observa precisamente que Friedeberg seguía ciertas ideas claramente anarquistas de que el elemento motor de la lucha de clases es la mentalidad rebelde individual y no el desarrollo colectivo de la conciencia de clase.
- Friedeberg criticó con claridad y justeza la idea reformista socialdemócrata de la toma gradual del poder de Estado por el proletariado; sin embargo, tendía a adoptar una idea gradualista del mismo estilo pero con un toque sindicalista: "Sólo ya en estos últimos años, los sindicatos han incrementado 21 % sus efectivos, logrando superar el millón de afiliados. Teniendo en cuenta que estas cosas tienen en cierto modo sus leyes, podemos afirmar que dentro de tres o cuatro años tendremos dos millones de afiliados y dentro de diez, entre tres y cuatro millones. Y cuado la idea de la huelga general haya calado más profundamente en el proletariado [...] llevará a cuatro o cinco millones de obreros a cesar el trabajo y así eliminar el Estado de clase."
En realidad, el enrolamiento cada vez más importante de la clase obrera en los sindicatos no significaba, ni mucho menos, mejores condiciones para la revolución, sino todo lo contrario, era un obstáculo para ella.
Tras la propaganda sobre "un medio de lucha sin violencia pura", se aprecia también en Friedeberg un gran infravaloración de la clase dominante y de la brutal represión a la que es capaz de dar rienda suelta en una situación revolucionaria: "la característica principal de la idea de huelga general, es la de ser un medio de lucha ético. [...] Lo que ocurrirá después, cuando nuestros adversarios quieran reprimirnos, cuando nosotros estemos en legítima defensa, eso no podemos preverlo hoy."
En lo esencial, Friedeberg vio en la huelga de masas la confirmación de la vieja idea anarquista de huelga general. Su gran debilidad fue no haber sabido reconocer que la huelga de masas que se avecinaba sólo podía desarrollarse como acto político de la clase obrera. En ruptura con la tradición de la FVDG, que hasta entonces había puesto constantemente sobre aviso contra las luchas puramente económicas, lo que él hacía era reducir la perspectiva de la huelga de masas a ese único aspecto. La base de la FVDG no estaba unida tras las ideas de Friedeberg que era el representante de un ala minoritaria que evolucionaba hacia el anarquismo y arrastraba tras sí a la FVDG hacia el sindicalismo revolucionario. Las posiciones de Friedeberg fueron durante algún tiempo la bandera de la FVDG. Friedeberg, por su parte, acabó retirándose a una comunidad anarquista de Ascona, en Suiza.
La FVDG no podía comprender la huelga de masas siguiendo las teorías de Friedeberg. El espíritu revolucionario que se estaba desarrollando y se expresaba en esa forma de lucha de la clase obrera planteaba cómo unificar lo político y lo económico. El tema de la huelga general que se planteaba ahora como primordial en las discusiones de la FVDG, significaba, respecto a la huelga de masas, un paso atrás, una huida de lo político.
Pero a pesar de todas esas confusiones que salían a la superficie gracias a los escritos de Friedeberg, el debate en el seno de la FVDG permitió que el movimiento obrero alemán se removiera. Y así la FVDG se ganó el mérito de haber planteado la cuestión de la huelga de masas en el SPD mucho antes de que aparecieran los lúcidos y trascendentes escritos sobre la huelga de masas de 1905 (como los de Luxemburg o de Trotski).
No es nada extraño que, en aquel tiempo, la idea de la revolución de la FVDG (que ya era ella misma una unión de sindicatos diversos) siguiera siendo la de proponer a los sindicatos como órganos revolucionarios. Un paso adelante de la FVDG habría sido que ella misma cuestionara su propia forma de organización. Por otra parte, incluso Rosa Luxemburg seguía contando, y mucho, con los sindicatos a los que describía como producto directo de la huelga de masas en muchos países, entre ellos Rusia. Hubo que esperar casi cinco años más antes de que se publicara el libro de Trotski, 1905, que relataba la experiencia de los consejos obreros como órganos revolucionarios a la vez sustitutos y superadores de los sindicatos ([7]). Lo que permaneció en la FVDG y las organizaciones que la sucedieron fue su ceguera respecto a los consejos obreros y su apego visceral al sindicato como órgano de la revolución. Una debilidad que iba a ser nefasta cuando se produjo el levantamiento revolucionario tras la guerra en Alemania.
Se entabló un combate en regla dentro del SPD sobre si había que discutir o no acerca de la huelga de masas en el Congreso del Partido en 1906. La dirección del Partido intentó por todos los medios que se consideraran las manifestaciones más importantes de la lucha de clases como algo sin el menor interés para la discusión. El Congreso del SPD de 1905 en Jena sólo se pronunció formalmente en una resolución que declaraba que la huelga de masas podría propagarse "eventualmente". La huelga de masas quedaba reducida, en última instancia, a un medio de defensa contra una posible anulación del derecho de voto. Los lecciones sacadas de la huelga de masas en Rusia par Rosa Luxemburg fueron tildadas de "romanticismo revolucionario" por la mayoría de la dirección del SPD y declaradas totalmente inaplicables en Alemania.
No es de extrañar que justo después del Congreso de Jena, en febrero de 1906, la dirección del SPD y la comisión general de los principales sindicatos se pusieran de acuerdo en conversaciones secretas para dedicarse juntos a impedir que surgieran huelgas de masas. Esos cambalaches acabaron por ser descubiertos. La FVDG publicó en su periódico Die Einigkeit (La Unidad) partes de las actas de esas reuniones que habían caído en sus manos. En ellas podía leerse, entre otras cosas: "El comité director del Partido no tiene la menor intención de propagar la huelga general política, sino que, al contrario, intentará, en la medida de lo posible, impedirla".
Esta publicación provocó en la dirección del SPD, la indignación "de quienes habían sido atrapados con las manos en la masa" y acabó haciendo indispensable la puesta al orden del día del debate sobre la huelga de masas en el Congreso del Partido del 22 y 23 de septiembre de 1906.
Las primeras palabras de Bebel, en su discurso inaugural del Congreso de Mannheim, reflejaron la cobardía y la ignorancia de la dirección del Partido, que se sentía muy disgustado por tener que enfrentarse a una cuestión que habría querido evitar: "Cuando nos separamos el año pasado tras el Congreso de Jena, nadie hubiera pensado que íbamos a volver a discutir sobre la huelga de masas. [...] A causa de la indiscreción de Die Einigkeit en Berlín, henos aquí ante un gran debate" ([8]).
Para salir del trance de las discusiones secretas sacadas a la luz por Die Einigkeit, Bebel se puso a hacer escarnio de la FVDG y de la contribución de Friedeberg: "¿Cómo va a ser posible, ante semejante desarrollo y poderío de la clase patronal frente a la clase obrera, obtener algo con sindicatos organizados localmente?, quien lo entienda que lo diga. Sea como sea, la dirección del Partido y el propio Partido en su gran mayoría piensan que esos sindicatos locales son totalmente incapaces de asumir las obligaciones de la clase obrera" ([9]).
¿Y quién sería, ocho años más tarde, ante la votación de los créditos de guerra, "totalmente incapaz de asumir las obligaciones de la clase obrera"?. ¡Pues precisamente esa misma dirección del SPD! La FVDG ante la guerra de 1914, en cambio, fue capaz de adoptar una posición proletaria.
En unos debates insustanciales sobre la huelga de masas en el Congreso, en lugar de intercambiar argumentos políticos, fueron sobre todo recriminaciones y justificaciones burocráticas, como si lo único importante fuera que los militantes del Partido debían atenerse a la resolución sobre la huelga de masas tomada el año anterior en el Congreso de Jena, o a la del Congreso de los sindicatos de mayo de 1906, que había rechazado claramente la huelga de masas. El debate se centró sobre todo en la propuesta de Bebel y Legien de lanzar un ultimátum a los miembros del Partido organizados en la FVDG para que volvieran a la gran central sindical, si no querían ser excluidos inmediatamente del Partido.
En lugar de interesarse por las lecciones políticas que extraer de las huelgas de masas victoriosas, o abordar las conclusiones del folleto de Rosa Luxemburg publicado justo la semana anterior, el debate se limitó a una lamentable querella jurídico-política...
En un momento dado se empezó a poner en ridículo al delegado invitado de la FVDG, redactor de Die Einigkeit de Berlín. Rosa Luxemburg se alzó entonces vehementemente contra una confabulación destinada a acabar con el debate político central sobre la huelga de masas mediante argucias formales y puramente disciplinarias:
"Me parece irresponsable además que, en cierto modo, se utilice el Partido como un palo contra un grupo de sindicalistas, y que tengamos que asumir la querella y las discordia en el seno del Partido. No cabe la menor duda de que en las organizaciones locales hay muchos buenos camaradas y sería irresponsable si, para hacerles favores a los sindicatos en este tema, introdujéramos el conflicto en nuestras filas. Respetamos la opinión de que los localistas no deben llevar el litigio en los sindicatos hasta el punto de entorpecer la organización sindical; pero en nombre de la sacrosanta igualdad de derechos, debe reconocerse como mínimo lo mismo que en el Partido. Si excluimos directamente a los anarco-socialistas del Partido, tal como lo propone el comité director del Partido, estaremos dando un ejemplo muy triste: seremos capaces de enérgica determinación cuando se trata de delimitar nuestro Partido por su izquierda, mientras que dejaremos tanto antes como después, las puertas abiertas de par en par hacia la derecha.
"Von Elm nos ha referido para ilustrar lo que él llama la absurdidad anarquista, que en Die Einigkeit o en una conferencia de organizaciones locales, se habría dicho: "La huelga general es el único medio de lucha de clases realmente revolucionario que deba tenerse en cuenta". Claro que es un disparate y nada más. Sin embargo, queridos amigos, eso no está tan alejado de la táctica socialdemócrata y de nuestros principios como lo dicho por David cuando nos explica que el único medio de lucha de la socialdemocracia es la táctica legal parlamentaria. Se nos dice que los localistas, los anarcosindicalistas minan poco a poco los principios socialdemócratas con su agitación. Pero cuando un miembro de los comités centrales tal como Bringmann se pronuncia por principio contra la lucha de clases como así lo hizo durante vuestra conferencia de febrero, está haciendo una labor de zapa equivalente contra los principios de base de la socialdemocracia" ([10]).
Igual que en el Congreso del Partido de 1900, cuando el debate sobre los sindicatos en Hamburgo, R. Luxemburg se opone ahora a los intentos de usar las debilidades de la FVDG como pretexto fácil para ahogar los problemas centrales. Para ella el gran peligro no venía de una minoría sindical como la FVDG, que iba evolucionado hacia el sindicalismo revolucionario y cuyos militantes se situaban a menudo en su ala izquierda más que en el centro o la derecha del Partido.
La FVDG no representó ni mucho menos el mismo peligro para la dirección reformista del SPD que el ala revolucionaria de la socialdemocracia en torno a Liebknecht y Luxemburg. Sin embargo, el ala revolucionaria no podía dejar de lado a la FVDG sólo porque fuera una pequeña minoría o no reconociera verdaderamente las enseñanzas de las huelgas de masas. La emergencia internacional de fuertes movimientos sindicalistas revolucionarios a partir de 1905, como IWW en Estados Unidos, hacía de esas tendencias sindicalistas revolucionarias un peligro potencial para el reformismo.
La estrategia iniciada en 1906 en el Congreso del Partido en Mannheim, de presionar a los miembros de la FVDG para que entraran en los sindicatos centrales, prosiguió durante meses. Por un lado, ofrecieron a miembros conocidos y combativos de los sindicatos locales puestos remunerados en las burocracias de los sindicatos socialdemócratas. Por otro lado, para el Congreso del SPD en Nuremberg que debía celebrarse en 1908, se presentó una moción sobre incompatibilidad de la doble afiliación SPD y FVDG.
Sin embargo, el fracaso de la FVDG se debió sobre todo a sus ambigüedades y a las diferencias de orientación en sus asociaciones profesionales. En unos tiempos en que se trataba de comprender la huelga de masas política y el surgimiento de los consejos obreros, la FVDG se desgarró en un enfrentamiento interno sobre si había que integrarse en las centrales sindicales o tomar el camino del sindicalismo revolucionario, subordinando lo político a lo económico. En su Congreso extraordinario de enero de 1908, la FVDG examinó una moción de los sindicatos de albañiles en la que se proponía la disolución de la FVDG para afiliarse a los sindicatos centrales. La moción fue rechazada, pero acabó habiendo escisión en la FVDG, terminándose así la larga historia de una gran oposición sindical que se había inspirado en la tradición proletaria de la socialdemocracia. Más de una tercera parte de sus miembros abandonó inmediatamente la FVDG integrándose en los grandes sindicatos. La cantidad de afiliados cayó de 20 000 a menos de 7000 en 1910.
Le fue fácil entonces a la dirección de la socialdemocracia sellar, en septiembre de 1908, la escisión con la FVDG en el Congreso del Partido prohibiendo definitivamente la doble afiliación a la FVDG y al SPD. A partir de entonces, los restos de la FVDG dejaron de ser un peligro serio para los Legien y demás.
En la historia del origen del sindicalismo revolucionario en Alemania, el año 1908 fue el principio de una nueva etapa, la de un cambio explícito de orientación a favor del sindicalismo revolucionario, por parte de un poco menos de la mitad de los miembros de la FVDG.
En su origen, la FVDG apareció como movimiento de oposición sindical sólidamente vinculado a la socialdemocracia, o sea a una organización política del movimiento obrero. De ahí que antes de 1908, nunca se hubiera definido como sindicalista revolucionaria. Sindicalismo revolucionario no sólo significa compromiso exclusivo y pleno en las actividades sindicales, sino también que se adopta la idea de que el sindicato es la única forma de organización para superar el capitalismo, un papel que por su naturaleza de órgano de lucha por reformas nunca desempeñó ni podrá desempeñar el sindicato.
El nuevo programa de 1911, "¿Qué quieren los Localistas? Programa, objetivos y medios de la FVDG", significativo del camino que había tomado, expresaba así el nuevo enfoque: "La lucha emancipadora de los trabajadores es sobre todo una lucha económica que el sindicato, conforme a su naturaleza como organización de los productores, debe conducir en todos los planos. (...) El sindicato (y no el partido político) es el único capaz de permitir la adecuada realización del poder económico de los trabajadores..." ([11]).
En los años anteriores, las grandes huelgas de masas habían sido el testimonio de la dinámica espontánea de la lucha de clases. Por otro lado, en 1903, los bolcheviques habían abandonado el concepto de "partido de masas", haciendo así aparecer la necesidad de organizaciones de las minorías políticas revolucionarias. En cambio, el nuevo programa de la FVDG, aún con la mejor voluntad de combatir el viejo "dualismo", desembocaba en conclusiones erróneas: "Por eso rechazamos el dualismo dañino (bipartición), tal como se practica por la socialdemocracia y los sindicatos centrales a ella vinculados. Nos parece una división absurda de las organizaciones obreras entre una rama política y otra sindical. (...) Puesto que rechazamos la lucha parlamentaria y la hemos sustituido por la lucha directa con medios sindicales y no por el poder político, sino por la emancipación social, todo partido político como la socialdemocracia pierde su razón de ser" ([12]).
Ese nuevo programa expresaba una ceguera total ante la emergencia histórica y el carácter revolucionario de los consejos obreros, refugiándose en una teorización llena de ilusiones por un nuevo tipo de sindicato:
- alternativa al partido de masas, caduco de hecho,
- alternativa a los grandes sindicatos burocratizados,
- órgano de la revolución,
- y, finalmente, arquitecto de la nueva sociedad.
¡Enorme tarea!
La FVDG afirmó un claro rechazo al Estado burgués y al parlamentarismo desenfrenado, lo cual es característico del sindicalismo revolucionario y subrayaba con razón la necesidad de la lucha de la clase obrera contra la guerra y el militarismo.
En los años que precedieron la Primera Guerra mundial, la FVDG no se acercó al anarquismo. Las teorías de Friedeberg la llevaron de la socialdemocracia hacia el anarquismo en los años 1904-07, pero, aunque le sirvieron de referencia, no por ello arrastraron al conjunto de la organización hacia el anarquismo. Al contrario, las fuerzas orientadas hacia el sindicalismo revolucionario reunidas en torno a Fritz Kater temían también una "tutela" por parte de los anarquistas, del mismo tipo que la que ejercía el SPD sobre los sindicatos. En Die Einigkeit de agosto de 1912, Kater definía todavía al anarquismo como algo "tan superfluo como cualquier otro partido político" ([13]). Sería erróneo decir que habría sido la presencia de anarquistas declarados en su seno lo que habría llevado a la FVDG hacia el sindicalismo revolucionario. La hostilidad hacia los partidos políticos, resultado de las duras controversias con el SPD, se extendía también a las organizaciones anarquistas en los años de anteguerra. Tampoco fue, ni mucho menos, la influencia del carismático anarquista Rudolf Rocker a partir de 1919 la que habría inducido esa hostilidad hacia los partidos políticos en la organización que sucedió a la FVDG, la FAUD. Esa evolución ya se había producido. Lo único que hizo R. Rocker fue teorizar, en los años 1920, con mayor nitidez que antes de la guerra, esa hostilidad del sindicalismo revolucionario alemán hacia los partidos políticos.
Los años anteriores al estallido del conflicto de 1914 fueron años de repliegue para la FVDG. Ya se habían terminado los grandes debates con las organizaciones de origen. La escisión de la Confederación sindical central había ocurrido en 1897. La ruptura con el SPD diez años después, en 1908.
Se produjo entonces una curiosa situación que reveló la paradoja que aparece siempre con el sindicalismo revolucionario: se definía como sindicato cuya voluntad era arraigarse en la mayor cantidad de obreros y fue entonces cuando quedó reducida a la menor cantidad de miembros. Entre sus 7000 afiliados había muy pocos verdaderamente activos, o sea que...había dejado de ser un sindicato. Los restos de la FVDG formaban más bien círculos de propaganda a favor de las ideas sindicalistas revolucionarias, y tenían más bien todas las características de un grupo político, pero resulta que ¡no querían ser una organización política!
Los vestigios de la FVDG permanecieron -y esto es para la clase obrera una cuestión fundamental - en un terreno internacionalista y, a pesar de sus debilidades, se opusieron a la voluntad militarista de la burguesía y a la guerra. La FVDG y su prensa fueron prohibidas en agosto de 1914, justo después de la declaración de guerra, y muchos de sus miembros todavía activos fueron encarcelados.
En un próximo artículo examinaremos el papel de los sindicalistas revolucionarios en Alemania hasta 1923, el periodo que cubre la Primera Guerra mundial, la revolución alemana y la oleada revolucionaria mundial.
Mario
6.11.2009
[1]) "El nacimiento del sindicalismo revolucionario en el movimiento obrero alemán", Revista internacional no 137.
[2]) Arnold Roller (Siegfried Nacht) : Die direkte Aktion (La acción directa), 1912, (traducción nuestra del alemán). Roller representaba en la FVDG el ala anarquista hasta entonces muy minoritaria.
[3]) Ver las Revista international nos 90, 122, 123, 125 (inglés, español y francés).
[4]) Anton Pannekoek, El Sindicalismo, International Council Correspondance, no 2 - Enero 1936, Redactado en inglés bajo el seudónimo de John Harper (Trad. nuestra).
[5]) Paul Frölich, "La huelga política de masas" en Rosa Luxemburg, su vida y su obra.
[6]) Friedeberg no venía del anarquismo: era concejal y miembro de la dirección berlinesa del Partido socialdemócrata.
[7]) Trotski escribió primero, en 1907, Nuestra revolución. Algunos capítulos sirvieron de base a 1905, escrito en 1908-1909.
[8]) Protokoll über die Verhandlungen des Parteitages der Sozialdemokratischen Partei Deutschlands, Mannheim, 23-29 de septiembre de 1906 (Actas de los debates del Congreso del Partido socialdemócrata alemán, Mannheim, 1906), p. 227 (traducción nuestra).
[9]) Ídem, p. 295 (traducción nuestra).
[10]) Ídem, p. 315 (o en las Obras completas de Rosa Luxemburg).
[11]) Traducción nuestra.
[12]) Ídem.
[13]) Ver Dirk H. Müller, Gewerkschaftliche Versammlungsdemokratie und Arbeiterdelegierte vor 1918, p.191-198.
Enlaces
[1] https://es.internationalism.org/files/es/141%20con%20cubierta%20A4%20para%20sitio.pdf
[2] https://fr.internationalism.org/icconline/2009/greves_en_angleterre_les_ouvriers_du_batiment_au_centre_de_la_lutte_de_classe.html
[3] https://es.internationalism.org/cci-online/201002/2777/turquia-solidaridad-con-la-resistencia-de-los-trabajadores-de-tekel-contra-el
[4] https://libcom.org/article/mass-strikes-greece-response-new-measures
[5] https://es.internationalism.org/revista-internacional/201002/2769/que-son-los-consejos-obreros-i
[6] https://es.internationalism.org/revista-internacional/199704/2787/i-1917-las-tesis-de-abril-1917-faro-de-la-revolucion-proletaria
[7] https://es.internationalism.org/en/revista-internacional/199707/1224/ii-1917-las-jornadas-de-julio-el-papel-indispensable-del-partido
[8] https://es.internationalism.org/tag/21/486/que-son-los-consejos-obreros
[9] https://es.internationalism.org/tag/historia-del-movimiento-obrero/1917-la-revolucion-rusa
[10] https://es.internationalism.org/tag/2/37/la-oleada-revolucionaria-de-1917-1923
[11] https://es.internationalism.org/rint88-comunismo
[12] https://libcom.org/aufheben
[13] https://marxists.org/francais/inter_soc/spd/18910000.htm
[14] https://www.marxists.org/francais/engels/works/1891/00/18910000.htm
[15] https://www.marxists.org/espanol/luxem/01Reformaorevolucion_0.pdf
[16] https://es.internationalism.org/tag/21/492/decadencia-del-capitalismo
[17] https://es.internationalism.org/tag/2/25/la-decadencia-del-capitalismo
[18] http://www.capitalisme-et-crise.info/telechargements/pdf/FR_JG_Quelles_politiques_
[19] https://es.internationalism.org/revista-internacional/200806/2277/rev-internacional-n-133-2-trimestre-de-2008
[20] https://es.internationalism.org/tag/21/480/las-causas-del-periodo-de-prosperidad-consecutivo-a-la-segunda-guerra-mundial
[21] https://es.internationalism.org/tag/3/46/economia
[22] https://es.internationalism.org/tag/geografia/alemania
[23] https://es.internationalism.org/tag/21/493/el-sindicalismo-revolucionario-en-alemania
[24] https://es.internationalism.org/tag/corrientes-politicas-y-referencias/sindicalismo-revolucionario