Hace veinte años, en 2006, en Francia, los anfiteatros —escenarios por excelencia del aburrimiento magistral— salieron bruscamente de su letargo con el estruendo de acalorados debates sobre el desempleo, la precariedad, la explotación y el futuro. La juventud obrera (alumnos de secundaria y universitarios) se alzó unida contra el enésimo ataque del Estado: el «Contrato de Primer Empleo», rebautizado maliciosamente como «Contrato Basura». Tras tres meses de lucha efervescente, ante la magnitud de la movilización, el Gobierno francés tuvo que ceder y retirar su injusto proyecto de ley, a pesar de que previamente había declarado: «No es la calle la que gobierna».
Sin embargo, a pesar de la fuerza de este movimiento y de esta victoria, la lucha contra el CPE cayó rápidamente en el olvido, hasta el punto de no dejar casi ningún rastro.
Tres meses que hicieron temblar a la burguesía francesa.
El 16 de enero se anunció el CPE. Se trata de un contrato de trabajo para menores de 26 años que permite al empresario despedir sin motivo. Este vergonzoso ataque, que significa que los jóvenes son como pañuelos de papel que el empresario puede usar y tirar a su antojo, desató una auténtica ola de ira e indignación.
Ya el 19 de enero se forma un colectivo de estudiantes que decide convocar una jornada de manifestaciones en la calle. Será el 7 de febrero. Ese día, no solo la movilización de la juventud es masiva, sino que también se suman, de forma inesperada, decenas de miles de trabajadores, jubilados y desempleados que acuden a expresar en la lucha su solidaridad con la nueva generación.
Animados por este éxito espontáneo, al día siguiente, el 8 de febrero, en todas las facultades de Francia, los estudiantes organizan bloqueos y asambleas generales. Los anfiteatros donde se celebran las asambleas generales están abarrotados. Los debates son acalorados. Una pequeña parte, entre la que se encuentran los afiliados a la UNEF, aboga por consignas puramente estudiantiles, mientras que la mayoría quiere poner de relieve lo que une a todos los trabajadores: la lucha contra la precariedad. Estos dos bandos también se enfrentan en torno a la cuestión de la apertura de las asambleas generales a otros participantes. Lógicamente, los primeros quieren reservar las asambleas únicamente a los titulares de credencial de estudiante, mientras que todos los demás quieren que se sumen a los debates los asalariados, los desempleados y los jubilados. Lo que va a constituir la fuerza de este movimiento es precisamente que la juventud en lucha no va a dejar la dirección de las asambleas en manos de los sindicatos estudiantiles, de aquellos que quieren aislar y dividir. Al contrario, las asambleas generales se convierten en auténticos espacios de confrontación de ideas y en verdaderos órganos de decisión. Resultado: las consignas finalmente elegidas son aquellas que conciernen a toda la clase obrera y las asambleas generales se abren a todas y todos. A los trabajadores que «pasan por allí» se les recibe con los brazos abiertos y se les invita a participar en los debates, a aportar su experiencia.
A lo largo del mes de marzo, se filtró un documento interno de la UNEF. Este documento explicaba cómo infiltrarse en las AG. En numerosas facultades, los afiliados a la UNEF fueron abucheados, e incluso expulsados en algunas ocasiones de las AG, al grito de «¡UNEF, MEDEF!» (el sindicato de los empresarios). Los estudiantes libran aquí una lucha para defender el carácter soberano de las asambleas generales, con sus delegados elegidos y revocables (sobre la base de mandatos y renuncias al mandato), mediante votación a mano alzada. Cada día, son equipos diferentes los que organizan el debate en la tribuna. Para poder repartir las tareas, centralizar, coordinar y mantener el control del movimiento, numerosas asambleas generales deciden elegir diferentes comisiones: prensa, animación y reflexión, acogida e información, etc. Todas estas asambleas generales se van conectando poco a poco entre sí a través de delegados con mandato, con el fin de poder tomar decisiones a una escala cada vez más amplia. Estas asambleas generales soberanas son el verdadero motor de la lucha. Gracias a estas asambleas generales vivas y centralizadas, los estudiantes deciden las acciones que hay que llevar a cabo, con la principal preocupación de extender el movimiento a las empresas.
Los estudiantes han comprendido perfectamente que el resultado de su lucha está en manos de los trabajadores asalariados. Como dijo un estudiante en una reunión de la coordinación de la región de Île-de-France el 8 de marzo: «Si nos quedamos aislados, nos van a devorar vivos». Así, las asambleas generales estudiantiles envían por todas partes delegaciones masivas a los trabajadores de las empresas cercanas a sus centros de estudios. Y allí, una vez más, evidentemente, se topan con el bloqueo sindical: los trabajadores permanecen encerrados en sus empresas sin posibilidad de dialogar con las delegaciones de estudiantes. Pero los «pequeños sioux» de las facultades, negándose a rendirse, idean otras formas de sortear el bloqueo sindical: abordar y charlar en la calle, invitar mediante pancartas y folletos a acudir a las asambleas generales, instalar «buzones de ideas» para que los «curiosos» participen en la elaboración colectiva.
El movimiento de 2006 va, por tanto, mucho más allá de una simple protesta contra el CPE. Como dijo un profesor de la Universidad de París-Tolbiac en la manifestación del 7 de marzo: «El CPE no es solo un ataque económico real y puntual. También es un símbolo». Efectivamente, es el símbolo del fracaso de la economía capitalista.
Dado que los sindicatos no convocan jornadas de huelga y con el fin de permitir que el mayor número posible de trabajadores pueda sumarse al movimiento a pesar de todo, las asambleas generales de estudiantes deciden organizar una jornada de manifestación cada sábado. Así, desde finales de febrero hasta principios de abril, cada semana crecen las filas de las marchas. Al principio eran unas decenas de miles, pero en la sexta manifestación ya seremos cerca de tres millones en las calles. Cuando los sindicatos quieren tomar simbólicamente la dirección del movimiento colocándose al frente de las marchas, miles de estudiantes corren, adelantan y toman las calles paralelas para volver a ponerse en cabeza. En París, el 4 de abril, los estudiantes se colocan delante de la CGT y despliegan una inmensa pancarta unitaria: «Estudiantes, alumnos de secundaria, desempleados, trabajadores precarios, del sector público y del privado, ¡la misma lucha contra el desempleo y la precariedad!». Qué contraste con las pancartas de la CGT, ahora rezagadas, en las que se lee «CGT de la metalurgia», «CGT de la RATP», «CGT del hospital de la Pitié Salpêtrière», «CGT de la ciudad de Pantin», «CGT de Seine-Saint-Denis», etc.
Y esta juventud va a sortear otras trampas más. Cuando el Gobierno envía a sus policías a provocar, a acorralar (sobre todo en las instalaciones de la Sorbona), a dar palizas… las asambleas generales estudiantiles deciden no responder para que el movimiento no se eche a perder en una violencia estéril que dividiría y ahuyentaría a muchos trabajadores. Al contrario, deciden ir a hablar con los «robocops» para intentar convencerlos de que pongan fin a su represión.
El 5 de abril, los bloqueos se extienden a las estaciones de tren, con la ayuda de los ferroviarios. Los espacios de debate se multiplican. La próxima manifestación se anuncia, por tanto, de una magnitud aún mayor. Ante esta dinámica de expansión y de toma de las riendas de las luchas por parte de los propios trabajadores, el Gobierno cede. El 10 de abril, el CPE queda oficialmente enterrado. Si la burguesía cede así es porque ve en este movimiento un peligro real: el de la generalización de la lucha a toda la clase obrera. ¡Los estudiantes han redescubierto la importancia vital de las asambleas generales soberanas y la fuerza de la extensión!
¿Por qué ha caído este movimiento en el olvido?
Hay una respuesta evidente: la actuación de la burguesía.
Durante el movimiento, la prensa internacional llevó a cabo un auténtico bloqueo informativo, sin decir casi nada sobre este movimiento social. E incluso en Francia, ni una palabra sobre las asambleas generales; los periodistas se centraron en los bloqueos y en las entrevistas a unos pocos estudiantes que se lamentaban de no poder estudiar tranquilamente. Tras el movimiento, la burguesía francesa hizo todo lo posible para que se borraran los puntos fuertes de esta lucha: las asambleas generales y la extensión. En 2007, 2008 y 2010, sus sindicatos organizaron toda una serie de «jornadas de acción» ineficaces, para que quedara bien claro en la mente de los trabajadores que, no, no es la calle la que gobierna.
Pero hay una razón mucho más profunda e histórica.
En 1991, cuando se derrumbó la URSS, una inmensa campaña mundial repitió hasta la saciedad la mayor mentira de la historia: «estalinismo = comunismo». El colapso de la URSS significaba así el fin de la historia, la victoria definitiva del capitalismo. Peor aún: cualquier lucha, cualquier esperanza revolucionaria de la clase obrera no podía sino conducir a ese desastre y a esa barbarie que había sido el estalinismo. Resultado: ser obrero era una vergüenza. Era imposible, entonces, referirse a las luchas anteriores. La memoria obrera debía borrarse.
Así, toda la década de los noventa fue, a nivel mundial, un páramo desde el punto de vista de la lucha de clases. No fue hasta 2003 cuando, tímidamente, los trabajadores —en este caso, los docentes en Francia— comenzaron a retomar el camino de la lucha y de la calle. Así pues, en 2006, la nueva generación, al no haber sido aplastada por la apisonadora ideológica de los años noventa, tuvo el valor de entrar en lucha. Pero lo hizo de forma instintiva, sintiéndose solidaria con todos los trabajadores, sin ser consciente de que retomaba los métodos de lucha desarrollados por las generaciones anteriores desde hacía un siglo y medio, sin ser consciente de que libraba una lucha propia de la clase obrera, sin ser consciente de que era un eslabón de una larga cadena, sin ser consciente de que era un momento del largo combate histórico hacia la revolución. Por eso, cuando el movimiento se apagó, no hubo grupos de debate, ni nuevas organizaciones, ni libros de testimonios. Sin raíces, esta generación no ha podido resistir los vientos contrarios.
¿Significa esto que aquel valioso movimiento de 2006 ha desaparecido definitivamente en el limbo? ¿Que esas lecciones se han olvidado para siempre? ¡En absoluto! Desde 2022 y el «verano de la ira» en el Reino Unido, la clase trabajadora de todo el mundo está levantando la cabeza y se remite cada vez más explícitamente a la idea de que «todos estamos en el mismo barco, todos somos trabajadores». No es casualidad que, durante el movimiento de 2003 contra la reforma de las pensiones en Francia, en las manifestaciones muchos manifestantes enarbolaran pancartas sobre Mayo del 68.
Hay un sentimiento que crece en el seno de nuestra clase: ya no queremos seguir aguantando, «ya basta», como demuestra en estos mismos momentos la huelga que se está desarrollando en Airbus en España. Y junto con esta combatividad que va en aumento, también crece la idea de que debemos reapropiarnos de nuestro pasado para preparar el futuro.
CCI, septiembre de 2026