Mientras las temperaturas mundiales alcanzan niveles récord y el último informe de la ONU prevé que el planeta se encamina hacia un rápido aumento de 1,8 °C por encima de los niveles preindustriales, el verano de 2026 ya pone de manifiesto el impacto devastador del calentamiento global. No es exagerado afirmar que amplias zonas de la Tierra están en llamas y que estamos atravesando un periodo de aceleración sin precedentes de la crisis medioambiental:
• Hemos sido testigos de incendios en Europa (España, Francia, Italia, Bélgica) y en todo el mundo (Argelia, Canadá, China, Hawái, India), que se producen con una frecuencia cada vez mayor y provocan una destrucción cada vez más grave de la naturaleza y de los hábitats humanos.
• El deshielo acelerado de los glaciares provoca devastadores aludes de lodo, como el que se produjo el 26 de agosto en Nepal, donde el nivel del agua subió localmente nueve metros en media hora, sepultando a miles de personas y causando al menos 1.400 muertos y 5.700 desaparecidos.
• En una amplia zona que abarca Indonesia, Filipinas y Malasia, una combinación devastadora de sequía, un «súper» El Niño y una explotación industrial despiadada de los bosques y las turberas ha dado lugar a incendios gigantescos y a un smog tóxico que, en algunas zonas, ha provocado unos niveles de contaminación más de 15 veces superiores a los recomendados por la Organización Mundial de la Salud. Según The Lancet, la contaminación atmosférica provocada por los incendios forestales causó una cifra récord de 154 000 muertes en todo el mundo en 2024.
• Las olas de calor provocan decenas de miles de muertes adicionales. Durante la ola de calor de este verano, fallecieron 35 000 personas más en Europa. Esta cifra se basa únicamente en los datos de la mitad de los países europeos.
• En julio de 2026, el departamento francés de Ardèche se vio azotado por una tormenta de granizo histórica y de una violencia inusitada, con granizos gigantes que causaron importantes daños a vehículos y viviendas.
• También se está produciendo una creciente escasez de agua dulce. Debido a una ola de calor prolongada el verano pasado, varios grandes ríos europeos se secaron, lo que imposibilitó el transporte fluvial durante un largo periodo y, a más largo plazo, alteró la flora y la fauna.
¿Y qué hace la burguesía, esa clase que se enorgullece de estar al mando del sistema capitalista mundial, ante este desastre cada vez mayor? Ahora más que nunca, sacrifica voluntariamente el medio ambiente en aras de los imperativos de la competencia económica y la expansión del militarismo. La política del «drill baby drill» («Más perforaciones, cariño») de Trump, respaldada por su estúpida afirmación de que el calentamiento global no es más que un engaño, no es más que la expresión más descarada del desprecio total de la burguesía hacia la crisis ecológica. El escepticismo climático representa una tendencia creciente dentro de la burguesía, una clase que «gestiona» un sistema en plena desintegración y que, por lo tanto, es cada vez más incapaz de elaborar una visión lúcida del futuro del planeta, refugiándose cada vez más en los mundos imaginarios de mitos manidos. El número de regímenes populistas que, en todo el mundo, niegan el calentamiento global no deja de aumentar. Estos regímenes suelen rechazar la ciencia del clima, dan prioridad a la desregulación y reorientan los recursos hacia inversiones que van en contra de cualquier política climática coherente.
Pero ni siquiera las fracciones más «sensatas» o «responsables» de la clase dominante pueden escapar a la falta de perspectivas del capitalismo, a la espiral mortífera de la competencia y el militarismo. Cada vez más, adoptan conscientemente un enfoque cínico, desde el «habrá que adaptarse» de Macron hasta la decisión de Andy Burnham de continuar con las perforaciones petrolíferas en el Mar del Norte. Otro ejemplo revelador: hasta el otoño de 2025, la Agencia Internacional de la Energía estimaba que la demanda mundial de energías fósiles alcanzaría su punto álgido hacia 2030 y afirmaba que era necesario poner fin a las nuevas inversiones en proyectos de carbón, petróleo y gas para alcanzar la neutralidad en carbono en 2050. Sin embargo, en un claro cambio de tono, la agencia ha indicado en sus últimas previsiones que la demanda de petróleo debería seguir creciendo hasta 2050 y que se necesitan nuevas inversiones en yacimientos convencionales de energías fósiles. Este cambio de postura de la AIE respecto al pico de la demanda de petróleo supone un cambio importante con respecto a la posición que había defendido durante los últimos cinco años.
Y, sobre todo, la burguesía se involucra en todas partes en guerras y en la producción militar, lo que pone de manifiesto el carácter totalmente engañoso y escandaloso de sus supuestos compromisos para hacer frente al calentamiento global.
La guerra agrava la destrucción de la Tierra
Las guerras en Medio Oriente y en Ucrania han relegado por completo la cuestión del calentamiento global a un segundo plano. Los gobiernos recortan las medidas «verdes», ya de por sí muy insuficientes, para destinar más recursos financieros al armamento. La destrucción masiva de edificios e infraestructuras provoca un aumento considerable de las emisiones de carbono, y las armas utilizadas esparcen contaminantes a gran escala en el aire, el agua y el suelo.
Así, durante los primeros 90 días de la guerra en Gaza, los ataques aéreos del ejército israelí provocaron la emisión de 281 000 toneladas de CO₂. La guerra contra Irán ha liberado una mezcla tóxica de sustancias químicas, metales pesados y otros contaminantes que amenazan todo, desde la agricultura hasta el agua potable, pasando por la salud de la población; y que dejarán tras de sí daños medioambientales y riesgos para la salud que podrían persistir durante décadas. A esto se suman los bloqueos militares sobre los cereales en el Mar Negro, así como sobre los fertilizantes en el estrecho de Ormuz, que agravan, respectivamente, el impacto de las hambrunas y las escaseces agrícolas, causadas por la sequía, los incendios y las inundaciones a escala mundial.
La interacción entre la guerra y la destrucción ecológica, intensificada por la crisis económica mundial de sobreproducción, constituye el componente central de lo que algunas fracciones de la burguesía denominan la «policrisis» y de lo que nosotros denominamos el «efecto torbellino». Tal es el panorama amenazador del capitalismo en su fase de declive terminal, de descomposición, que se acelera desde principios de la década de 2020 y que ha alcanzado un nuevo nivel con la guerra contra Irán.
El consumo de energías renovables, en un callejón sin salida
Numerosos expertos burgueses, al menos aquellos que reconocen la realidad de la crisis ecológica, afirman que la solución reside en la «transición» hacia las energías renovables. No cabe duda de que una sociedad orientada a las necesidades humanas se alimentará en gran medida de fuentes de energía renovables y no contaminantes, pero una «transición verde» bajo el capitalismo se está revelando cada vez más como una ilusión.
En la actualidad, las energías renovables representan, a escala mundial, entre el 13 % y el 18 % del consumo final total de energía, mientras que los cambios políticos en Estados Unidos (la supresión de las subvenciones a los proyectos eólicos y solares) y en China (un nuevo mecanismo de tarificación de las energías renovables en 2025, que ha eliminado la garantía de una tasa de rendimiento) han frenado el crecimiento de este sector. Es cierto que las fuentes de energía renovables están en aumento, pero el consumo mundial de energías fósiles alcanza nuevos máximos en términos absolutos. El consumo mundial de carbón en 2023 fue incluso más elevado que nunca.
China es el principal mercado en crecimiento de las energías renovables del mundo: está aumentando su capacidad eólica y solar más que cualquier otra economía. Esto ha llevado a defensores del «decrecimiento», como Jason Hickel, a alabar a China, que, según él, no se rige ni por la ley del valor ni por la necesidad de expansión imperialista. Sin embargo, al mismo tiempo, sigue siendo el mayor emisor mundial de gases de efecto invernadero, responsable de más del 30 % de las emisiones mundiales de carbono fósil. Se trata de un ejemplo típico de las contradicciones a las que se enfrenta el capitalismo: el país que está a la vanguardia de la implantación de tecnologías renovables sigue siendo el que más emisiones de CO₂ produce en el mundo. Y detrás de esta contradicción se esconde la realidad de China como competidor capitalista e imperialista en toda regla, y en absoluto, como afirma Hickel, como una «víctima» del imperialismo, cuya definición él limita exclusivamente al «Occidente». La carrera cada vez más victoriosa de China por situarse a la cabeza del desarrollo mundial de la IA y, sobre todo, su proyecto de las «Nuevas Rutas de la Seda», una iniciativa planetaria tanto económica como militar, son sin duda las demostraciones más claras de la intención (abiertamente manifestada) de la burguesía china de superar a unos Estados Unidos en declive e imponerse como la primera potencia mundial.
Las políticas capitalistas destinadas a facilitar la transición a las energías renovables se ven aún más obstaculizadas por el creciente caos del sistema, lo que significa que eventos como las guerras trastocan todos los planes previos y retrasan este proceso durante muchos años. El mundo está experimentando un proceso de fragmentación en el que impera el “cada uno para sí”, y la cooperación internacional (dentro de los límites de lo posible bajo el capitalismo) es prácticamente cosa del pasado.
El capitalismo no tiene solución a la crisis medioambiental.
El cambio climático y la destrucción de la naturaleza no son fenómenos naturales, sino el producto inevitable de la necesidad del capital de maximizar las ganancias, de transformar todo en mercancía, de invadir los últimos rincones del planeta y de explotar al máximo la mano de obra humana y los recursos naturales. No puede existir capitalismo sin esta dinámica, del mismo modo que no puede existir un capitalismo que priorice la cooperación internacional sobre la competencia económica y militar entre naciones.
La única alternativa al estancamiento del modo de producción capitalista es un modo de producción completamente diferente, determinado no por la expansión ilimitada del valor, sino exclusivamente por la satisfacción de las necesidades humanas, incluyendo la necesidad de vivir en un entorno propicio para nuestra reproducción a largo plazo. Producción para el uso, no para el lucro; para la libre distribución, no para la venta; la abolición de las fronteras y el fin de los Estados-nación. En una palabra: el comunismo.
La crisis económica del capital, sus guerras y su dinámica destructiva obligan a la clase trabajadora mundial a reconocer sus intereses comunes y a desarrollar una perspectiva revolucionaria para el futuro. Pero la propia decadencia del sistema genera poderosos obstáculos que impiden al proletariado siquiera reconocerse como clase, y mucho menos desarrollar una visión de un futuro comunista. Los crecientes desastres ecológicos, junto con la proliferación de guerras en todo el mundo, tienden actualmente a fomentar sentimientos de impotencia y desesperanza entre las masas del proletariado. Mientras tanto, la minoría que empieza a comprender el vínculo entre la crisis climática y el sistema capitalista se ve con demasiada frecuencia desviada al apoyar movimientos de protesta y partidos que afirman que la solución reside en apelar a la conciencia de los líderes mundiales o en buscar alternativas verdes dentro del orden existente, en particular quienes siguen a Greta Thunberg, a los diversos partidos verdes o a activistas con una retórica aparentemente más radical, como Extinction Rebellion.
Sin embargo, una minoría al seno de esta minoría que se hace preguntas está redescubriendo la tradición marxista, la tradición de la Izquierda Comunista, el valioso análisis de la relación entre capital, naturaleza y humanidad, y el carácter revolucionario de la clase trabajadora internacional. El surgimiento de estas minorías es producto de un proceso subterráneo de maduración de la conciencia, un hito hacia el futuro, hacia el momento en que una clase que trasciende las luchas divididas y corporativistas, y que lucha en un terreno explícitamente de clase, tendrá que integrar su respuesta a todas las dimensiones del colapso de este sistema en el proyecto histórico de derrocar el dominio del capital.
Amos, 5 de septiembre de 2026