De Nepal a Marruecos, de Madagascar a Perú, la Generación Z sale a la calle. En todas partes, una generación preocupada por su futuro. En todas partes, el mismo rechazo a quedarse de brazos cruzados ante los ataques. Hoy, es en Francia donde la juventud se levanta.
Todo empezó el 17 de septiembre, en un instituto de Créteil, en el departamento de Val-de-Marne. En una semana, el movimiento se extendió a los institutos de todo el país. La indignación es enorme: «Somos 34 alumnos en clase, a veces ni siquiera tenemos una silla»; «El año pasado, un trozo del techo nos cayó encima en plena clase de inglés. A veces llueve dentro de las aulas». Faltan profesores, los edificios están hechos polvo, hay un miedo constante ante la criba de Parcoursup (el sistema para la solicitud de plaza en las universidades) y una enorme preocupación por el futuro y por la precariedad que espera a todos los jóvenes después de sus estudios: «Todos los días nos traen policías, ¡pero nunca nos traen soluciones!».
Frente a la indignación, ¡porrazos!
A estas reivindicaciones legítimas, el Estado responde desatando la represión. Gases lacrimógenos, disparos de balas de goma, placajes al suelo, estrangulamientos, detenciones… En Saint-Ouen-l’Aumône, un policía ha disparado con un lanzagranadas, a quemarropa, contra la cara de un estudiante y le ha roto todos los dientes superiores. En Tours, un joven ha resultado gravemente herido en un ojo. Algunos estudiantes pasan 24 horas detenidos, siendo maltratados y humillados, antes de ser puestos a disposición judicial. El 1 de octubre hubo ¡cerca de 2.000 detenciones en un solo día! Desde el comienzo del movimiento, 65 profesores y 170 alumnos ya han resultado heridos. El siniestro ministro del interior Núñez ni siquiera se molesta en ocultarlo: «El uso proporcionado de la fuerza nunca debe inhibir la acción para restablecer el orden». ¡Qué vergüenza! ¿Cómo no indignarse al ver a esos robocops apaleando a chavales de 14 o 15 años?
Para justificar esta represión repugnante, el Gobierno se sirve de cada contenedor ardiendo, de cada incidente, difundido hasta la saciedad con gusto e interés en las pantallas de televisión. El objetivo está claro: desacreditar el movimiento, aterrorizar a los jóvenes en lucha y a quienes querrían sumarse, asustar a los padres y aislar a los jóvenes del resto de generaciones.
Los estudiantes apaleados son hijos de empleados de oficina, enfermeros, parados, vendedores, trabajadores de fábrica, repartidores, profesores, cajeros. En definitiva, son hijos de la clase obrera. Así que, frente a la represión, ¡toda nuestra clase debe ser solidaria! No una solidaridad platónica, de palabras que no llevan a ninguna parte, o de peticiones, sino ¡una solidaridad en la lucha! Los estudiantes están dando el ejemplo: en Lyon se han unido al movimiento «en solidaridad con los estudiantes reprimidos». En el instituto Paul-Éluard de Saint-Denis, varios profesores formaron una cadena para proteger a los alumnos frente a la policía. ¡La mejor manera de proteger a los estudiantes de la policía es reforzar el movimiento y extenderlo!
¡No caigamos en la trampa de la violencia estéril! Podemos entender la rabia de quienes están hartos de ser despreciados. Pero las papeleras y contenedores ardiendo no molestan al Gobierno. ¡Le vienen bien! Le sirven de excusa para reprimir. Asustan a quienes podrían sumarse al movimiento. Hacen que se olviden nuestras reivindicaciones. La fuerza de un movimiento no está en los destrozos. Está en el número, la unidad, el debate y la solidaridad. Está en decidir y reflexionar juntos, en asamblea, sobre las acciones que se deben llevar a cabo.
La juventud en lucha es la clase trabajadora del mañana
Lo que hoy denuncian los estudiantes de instituto y universidad lo vive en realidad toda la clase trabajadora: falta de personal, un día a día que empeora año tras año, servicios públicos abandonados. Los estudiantes también denuncian los recortes de puestos en la Educación Nacional, las condiciones de trabajo de sus profesores y de los AESH (acompañantes de alumnos con necesidades educativas especiales): «También estamos aquí para apoyar a los profesores, mal pagados, con clases masificadas y sin suficientes puestos de trabajo»; «¡Pagad a quienes nos enseñan a leer!».
Estudiar cuesta cada vez más caro. Según la FAGE (asociación estudiantil), el inicio del curso 2026 cuesta de media 3.240 euros por estudiante: ¡un récord! El Gobierno incluso quiere establecer tasas de matrícula para los estudios de técnico superior (BTS) y las clases preparatorias de otros estudios superiores. Ante la movilización, ha dado marcha atrás. Es una prueba de que la lucha da resultados. Pero no es más que una migaja para calmar la indignación. Parcoursup, Mon Master y todo el sistema educativo seleccionan y clasifican a los jóvenes para convertirlos en carne de cañón para la patronal. ¿Y después? Más de uno de cada cinco jóvenes activos está en paro. Muchos otros encadenan prácticas, contratos temporales, y pequeños empleos. La precariedad se ha convertido en la norma.
El Gobierno pretende que no hay dinero. El presupuesto de 2027 eliminará 1.588 puestos de profesores. Ni un euro para renovar los centros después de un verano abominable. Cada vez más requisitos para entrar en la universidad. Este Gobierno de los recortes incluso quiere eliminar el menú subvencionado de un euro de los comedores universitarios. ¡Pero sí encuentra 6.400 millones para el ejército! «No estamos ahorrando a costa de la juventud», se atreve a decir el ministro de Educación. ¡Pero sí! ¡Se ahorra en las escuelas para pagar las armas! Como decía una pancarta en Créteil: «Dan 6.000 millones a los militares, pero ni un céntimo a los institutos».
En todas partes, estamos hartos
Estas reivindicaciones nos conciernen a todos. Por eso el movimiento es tan masivo. El 1 de octubre, 1.020 institutos y 30 universidades estaban movilizados. La indignación llega a las grandes ciudades: Marsella, Lyon, Lille, Rennes… Pero también a ciudades pequeñas, como Felletin, en Creuse, o Tulle, en Corrèze. Y, como era de esperar, este cabreo lo encontramos en todas partes, en todos los sectores. El 29 de septiembre, los funcionarios hicieron huelga por los salarios: profesores, trabajadores sanitarios, empleados de Hacienda o de France Travail. En los transportes parisinos (RATP), el 28 de septiembre comenzó una huelga indefinida por los salarios. El 15 de septiembre, cerca del 60 % de los trabajadores de la gran eléctrica francesa EDF hicieron huelga, una cifra «histórica». En TotalEnergies se ha anunciado una huelga para el 8 de octubre. En la Educación Nacional se han convocado huelgas para el 6 de octubre, junto a los estudiantes de instituto. En todas partes suben los precios, los salarios no siguen el mismo ritmo y las condiciones de trabajo se degradan.
Este hartazgo no se detiene en las fronteras. En España, 14.000 trabajadores de Airbus acaban de protagonizar tres meses de lucha por sus salarios, tomando sus decisiones en asambleas masivas. En Bélgica, el 1 de octubre, alumnos de la región de Lieja bloquearon sus centros: «Estamos aquí sobre todo por nuestros profesores, atacados por estas medidas». En Alemania, el 25 de septiembre, decenas de miles de estudiantes de instituto hicieron huelga en un centenar de ciudades contra el regreso del servicio militar obligatorio. En todas partes, la misma lógica: ¡la crisis y la guerra las tienen que pagar los trabajadores y sus hijos!
¿Qué perspectiva? Las lecciones del CPE
El Gobierno confía en el miedo y la división. ¿Cómo hacerle retroceder? Hace veinte años, otra generación mostró el camino. «Lo que está pasando hoy me recuerda al movimiento estudiantil contra el Contrato de Primer Empleo (CPE)», decía un profesor de Seine-Saint-Denis. En 2006, la lucha contra el CPE, un contrato que permitía echar a los jóvenes trabajadores como si fueran clínex de usar y tirar, hizo ceder al Gobierno. Aquel movimiento dejó muchas lecciones.
En primer lugar, los jóvenes tomaron la lucha en sus propias manos. Sus asambleas generales (AG) eran verdaderos espacios de debate y decisión. Se votaba a mano alzada. Se elegían delegados, que tenían que rendir cuentas y podían ser sustituidos en cualquier momento. Estas AG estaban abiertas a todos: trabajadores, parados, jubilados, padres y madres. No permitían que los sindicatos decidieran por ellos.
Además, entendieron que, aislados, perderían. «Si nos quedamos aislados, nos van a comer vivos», decían los estudiantes. Por eso, las AG enviaron delegaciones a las empresas. Convocaron manifestaciones los sábados para que los trabajadores pudieran acudir. Y trabajadores, parados y jubilados fueron llegando, cada vez en mayor número, hasta ser millones en las calles.
Ante las provocaciones policiales, las AG se negaron a responder con una violencia estéril que habría dividido el movimiento e impedido la solidaridad. El Gobierno no retrocedió por unos cuantos escaparates rotos. Retrocedió porque la lucha se estaba extendiendo activamente a toda la clase obrera. Y porque los debates y las decisiones tomadas en las asambleas generales eran el pulmón de esa extensión.
Ese es el camino que hay que retomar. En Val-d’Oise, estudiantes y profesores se reunieron en asamblea antes de manifestarse juntos el 29 de septiembre: «Nos hace bien saber que podemos unirnos, y más aún cuando vemos que algunos profesores están ahí para defendernos». Es un comienzo. Hay que organizar en todas partes asambleas generales abiertas a todos (estudiantes de instituto y universidad, trabajadores, parados y jubilados), donde se debata y se decida. Hay que ir masivamente a encontrarse con los trabajadores de las empresas, los hospitales, las fábricas y los institutos cercanos. Hay que rechazar las trampas de la violencia y la división. Hay que negarse a dispersar la indignación, cada uno por su lado, con su propia jornada de movilización, encerrado en su sector. Un único lema unitario: ¡no a la precariedad! En todas partes, en todos los sectores. En las escuelas y en los hospitales, en las oficinas y en las fábricas.
Después de 2006, el movimiento contra el CPE fue borrado de la memoria. Esta vez, no debemos permitirlo. Hay que debatir, sacar lecciones, mantener el contacto, incluso cuando la lucha termine. Porque los ataques no van a terminar. El capitalismo en crisis no tiene nada más que ofrecer a la juventud que precariedad, guerra y destrucción del planeta. Nuestra única fuerza es nuestra unidad, por encima de los sectores, las generaciones y las fronteras.
Estudiantes de instituto, universitarios, trabajadores, parados, jubilados: ¡el mismo combate!
Corriente Comunista Internacional
2 de octubre de 2026