En un artículo anterior, mostramos que, para Jaques Camatte1, el comunismo no es producto de la lucha de clases, sino obra de individuos rebeldes que abandonan el mundo para poder romper mejor las cadenas de la esclavitud. Su rechazo a la lucha revolucionaria de la clase trabajadora solo puede conducir al rechazo de cualquier forma de organización política del proletariado, que, según él, no son más que un escenario de enfrentamientos entre pandillas rivales con métodos de gánsteres. Dado que cualquier futuro revolucionario ya no es viable, ¡lo único que le queda a Camatte es abandonar el mundo para cuidar su jardín y mantener buenas relaciones con el alcalde del pueblo! Ante una sociedad capitalista en descomposición, lo que Camatte está cultivando en realidad es la deserción irresponsable del terreno de la lucha de clases.
¿El legado de Camatte? Producir teoría por la teoría misma, denigrando a los grupos revolucionarios que luchan, en condiciones difíciles, para construir una organización capaz de cumplir su papel dentro del proletariado. Algunos, como los «comunizadores», se reivindican de este legado. Para estos modernistas, el advenimiento del estalinismo, «heredero de las concepciones de Lenin» significa el fracaso de cualquier lucha revolucionaria de la clase trabajadora y de cualquier organización que defienda el programa comunista. Al hacerlo, no hacen más que alimentar las mentiras de la burguesía, disfrazando a la contrarrevolución estalinista como la heredera del movimiento obrero y de la Revolución de Octubre. ¡Y con qué entusiasmo se sumaron a la vil campaña anticomunista que siguió al colapso de la URSS! También prestaron su respaldo «revolucionario» a los ataques de la burguesía contra las organizaciones del proletariado.
Los comunizadores contra las organizaciones revolucionarias
En su texto, Le renégate Kautsky et son disciple Lenine, escrito en 1977, el fundador de la comunización, Dauvé, presenta un panfleto anti leninista para rechazar mejor cualquier necesidad de una organización proletaria: «Cuando el proletariado se constituye como clase y, de una forma u otra, le declara la guerra al capital (y no necesita que nadie le proporcione EL CONOCIMIENTO para hacerlo, ya que él mismo, dentro de las relaciones de producción capitalistas, mero capital variable, basta con que desee cambiar su condición, aunque sea ligeramente, para situarse de inmediato en el centro del problema al que el propio intelectual tendrá cierta dificultad para llegar), el revolucionario no está ni más ni menos vinculado al proletariado de lo que ya estaba. Pero la crítica teórica se fusiona entonces con la crítica práctica, no porque haya sido introducida desde afuera, sino porque son una y la misma cosa».
La idea detrás de este párrafo es que la clase se educará a sí misma para constituirse en clase consciente y declarar la guerra al capital únicamente porque, un buen día, habrá decidido «cambiar su condición». ¡Una visión completamente idealista y voluntarista! ¿Cuáles son las condiciones subjetivas y objetivas que permiten al proletariado constituirse como clase para declarar la guerra al capital? ¡Un misterio! Ah no, perdón, sí, hay condiciones: es cuando la crítica teórica (la de los comunizadores) se fusiona con la crítica práctica (la del proletariado). En otras palabras, ¡cuando el espíritu divino de los teóricos finalmente descienda sobre las masas! ¿Y Dauvé nos dice que esto no debe aportarse desde afuera? En última instancia, sin darse cuenta, Dauvé adopta precisamente la lógica de Kautsky, mientras que Lenin -como el propio Dauvé reconoce- se autocriticó después de 1905 al rechazar esta visión de que la conciencia de clase se importa del exterior.
Para Dauvé, la revolución es, en última instancia, el producto de una clase que, como un todo y de manera espontánea, ha decidido liberarse de su condición. Dado que este deseo de cambio es compartido por toda la clase, le parece lógico que una organización revolucionaria sea superflua. ¡Será una masa compacta la que lanzará un asalto contra el capitalismo, como por arte de magia! ¡Las fuerzas armadas de la contrarrevolución, las divisiones dentro de la clase y el peso de la ideología dominante se han desvanecido milagrosamente! Nos habla de una masa de individuos, no de una clase asociada capaz de organizarse como una fuerza revolucionaria consciente de su objetivo final. Y por una buena razón: a los ojos de los «comunizadores», el proletariado debe negarse a sí mismo como clase para el capital.
Para los revolucionarios, no existe identidad entre las organizaciones unitarias de la clase y sus organizaciones políticas, dado que la conciencia dentro de la clase trabajadora varía significativamente de un período a otro, de un país a otro, de un sector a otro… Lejos de formar el bloque monolítico que sugiere Dauvé, es heterogénea. Es precisamente esto lo que establece la necesidad de que las organizaciones revolucionarias participen activamente en el proceso de desarrollo de la lucha de la clase obrera; de que se desarrollen, sobre la base de las lecciones históricas del movimiento obrero, como organizaciones militantes, defendiendo la orientación comunista en la lucha. Sin una referencia constante a la lucha histórica del proletariado y a las lecciones que sus vanguardias han extraído de ella, una organización de este tipo no podría hoy, de ninguna manera, desempeñar su papel, que consiste en contribuir al desarrollo de la conciencia proletaria. Para Dauvé, dado que la clase no es más que capital variable, la conciencia es algo totalmente secundario. Para los revolucionarios, por el contrario, la cuestión de la conciencia se encuentra en el centro del proceso revolucionario, una conciencia que, lejos de ser la visión individualista y estrecha de miras de la intelectualidad «comunizadora», es el producto histórico de la lucha de una clase revolucionaria2.
El impasse teórico de la comunización
Impulsados por un enfoque totalmente opuesto a las organizaciones políticas del proletariado, los comunizadores se consideran individuos cuya única actividad es la reflexión puramente académica. Cuando afirman hacer «avanzar» la teoría revolucionaria refiriéndose a Marx, estos filósofos solo logran despojar al marxismo de lo que realmente es: una teoría de la lucha proletaria que solo puede evolucionar dentro de un marco colectivo y organizado, con el objetivo de participar en la lucha de clases. Creyéndose representantes de la continuidad de la crítica marxista, los comunizadores, de hecho, solo confunden la conciencia de quienes buscan claridad política y una perspectiva revolucionaria. El método marxista no es un método abstracto, un diálogo socrático entre individuos «iluminados», sino un arma de lucha cuya brújula es la revolución comunista y cuyo objetivo es el fortalecimiento de la lucha proletaria.
Como escribimos en nuestra plataforma programática: «El marxismo es la adquisición teórica fundamental de la lucha proletaria. Es sobre la base del marxismo que todas las lecciones de la lucha proletaria pueden integrarse en un todo coherente. Al explicar el desarrollo de la historia a través de la evolución de la lucha de clases -es decir, la lucha basada en la defensa de los intereses económicos dentro de un marco determinado por el desarrollo de las fuerzas productivas- y al reconocer al proletariado como el sujeto de la revolución que abolirá el capitalismo, el marxismo es la única concepción del mundo que realmente expresa el punto de vista de esta clase. Así, lejos de ser una especulación abstracta sobre el mundo, es ante todo un arma de lucha para la clase obrera. Y dado que la clase trabajadora es la primera y única clase cuya emancipación implica necesariamente la emancipación de toda la humanidad, una clase cuyo dominio sobre la sociedad no conducirá a una nueva forma de explotación, sino a la abolición de toda explotación, solo el marxismo es capaz de comprender la realidad social de manera objetiva y científica, sin prejuicios ni mistificaciones de ningún tipo. En consecuencia, aunque no es un sistema ni un cuerpo de doctrina fija, sino que, por el contrario, se somete a una elaboración constante en una relación directa y viva con la lucha de clases, y aunque se benefició de los logros teóricos previos de la clase trabajadora, el marxismo ha sido, desde sus inicios, el único marco desde el cual y dentro del cual puede desarrollarse la teoría revolucionaria».
De hecho, el carácter abstracto de la teoría de los comunizadores, separado de la práctica de la lucha de clases, y la importancia que da a las individualidades es la expresión de la ideología burguesa y pequeñoburguesa que el movimiento obrero siempre ha combatido. Ellos consideran la teoría como un “objeto” reservado a “especialistas”, en consonancia, por cierto, con su concepción piramidal y pequeñoburguesa de la sociedad. En este ámbito se habla a menudo de “teoría de la teoría” o de “teoría en sí misma”. Pero rara vez se habla de un arma práctica para los proletarios en lucha, de un estímulo, de una clarificación y de una orientación para la lucha.
En este sentido, he aquí un ejemplo de lo que puede producir la teoría de la comunización: «Es a partir de la actividad concreta de los insurgentes que la teoría ha producido los conceptos de su propio lenguaje abstracto. Pero no es mediante la difusión dentro de la clase de las abstracciones que actualmente componen la teoría como se transformará la conciencia inmediata del proletariado insurgente. Sacar el vocabulario revolucionario de la abstracción no consiste en difundir entre “las masas” conceptos abstractos que ahora todos pudieran entender. Consiste en abolir en la práctica las instituciones, formas, relaciones, etc., que estas palabras abstractas designan en el pensamiento teórico, y así crear el nuevo vocabulario de las nuevas modalidades de la vida social. ¿Se negarán a sí mismos los proletarios al usar la palabra “comunismo”? En la minúscula escala de su presencia dentro del proletariado mundial, los teóricos participarán en esta transformación renunciando finalmente a su jerga. Encontrarán oportunidades para hacerlo en medio de la crisis. Su clarividencia teórica, si es que existe, tendrá necesariamente una eficacia limitada, mucho más que en revoluciones pasadas. Porque no habrá ningún movimiento de masas al que dirigir o asesorar: no habrá masas. En el giro hacia el individuo particular, los conceptos abstractos generales se volverán menos útiles»3.
Al leer este fragmento de un teórico que se autodenomina «clarividente», toda esta «jerga abstracta, que no tiene ningún impacto en la realidad de la lucha de la clase obrera…» «… desaparecerá en el movimiento de los individuos proletarios hacia la comunización». ¿Por qué, entonces, persisten en esta actividad teórica inútil? Porque les confiere el estatus de intelectuales, distinguiéndolos de las masas que carecen de acceso al conocimiento de las abstracciones de los teóricos de la comunización, de los mismos que son capaces de citar, con gran pedantería y pretensión, los textos de Marx. Todo esto se basa en su desdén pequeñoburgués y el descrédito hacia el proletariado al que rechazan y hacia sus organizaciones a las que denigran y que tienen el valor de mantener la lucha revolucionaria.
¡Lo más absurdo es que las implicaciones de su teoría son (a sus ojos) menos importantes que la afectación en la que se deleitan! Juzga por ti mismo: «La dificultad de la TC (Théorie Communiste) radica en su carácter absolutamente no normativo (la revolución o la verdadera lucha sería esto o aquello) y en su enfoque absolutamente no esencialista de la definición de las clases. Al considerar la contradicción entre el proletariado y el capital como su relación y no como el encuentro de dos entidades tal como serían en sí mismas al margen de su implicación, el paradigma teceista debe articularse sistemáticamente porque no se apoya en ningún elemento particular dentro de la contradicción que sirva como prueba o garantía (ni siquiera potencial) de su superación, más allá de las posiciones respectivas de los términos de la contradicción. Debemos articular cada momento particular, ya sea histórico o como elemento de la totalidad, precisamente como un momento de la totalidad; es decir, no podemos decir nada sin decirlo todo. Esta es la condena que la teoría de la revolución como superación de todas las clases en la abolición del modo de producción capitalista pronuncia contra sí misma4». En términos sencillos: ¡la clarificación política para las necesidades generales de la lucha es lo que menos les preocupa!
Estos modernistas verbosos, que se complacen en menospreciar la lucha histórica del proletariado y la contribución del movimiento obrero, demuestran su incapacidad para comprender en qué consiste un movimiento histórico en desarrollo. Sus teorías pretenciosas a menudo se reducen a préstamos múltiples y parciales, a pasajes mal asimilados de las obras del movimiento obrero, a los que despojan de su significado revolucionario. Reformulados en producciones de retazos, estos préstamos infunden dudas, desacreditan e incluso generan desprecio hacia la verdadera lucha proletaria.
Sobre todo, este papel no requiere ninguna ruptura con el comportamiento jerárquico impuesto por las relaciones sociales dominantes. Quienes han inventado «buenas razones» para considerar la revolución como un producto de sus propias divagaciones crean invariablemente una jerarquía en la que los partidarios que aceptan sus explicaciones se sitúan en la cima; las masas despreciadas están en la base de la escalera.
El idealismo, a su vez, es una consecuencia lógica de la separación que establecen entre ellos y el proletariado. Concebir a la clase trabajadora -la cual, como ellos insisten, debe negarse a sí misma como clase integrada al capital para formar una masa indistinta de individuos que, algún día, se verán obligados a rebelarse contra su alienación- requiere que individuos ilustrados le proporcionen una teoría externa a ella, a la que los trabajadores atomizados deben someterse, como una profesión de fe. ¡De este modo, guardan similitudes con las ideas de Bakunin y su concepción de la revolución comunista como un proceso de disolución espontánea de las clases!
En el extremo opuesto del espectro, Rosa Luxemburgo argumentó que: «El marxismo no es un grupo o capilla de una docena de personas que se atribuyen mutuamente el derecho al “conocimiento experto” y ante quienes la masa de fieles debe postrarse con confianza ciega. El marxismo es una concepción revolucionaria del mundo que debe aspirar siempre a nuevos descubrimientos, que desprecia por completo la rigidez en tesis que alguna vez fueron válidas, y cuya fuerza viva se conserva mejor en el choque intelectual de la autocrítica y en el vaivén de la historia5. Al mismo tiempo, como ya había señalado Lenin: «Vemos que las grandilocuentes frases contra la osificación del pensamiento, etc., ocultan una falta de interés y una incapacidad para hacer avanzar el pensamiento teórico. El ejemplo de los socialdemócratas rusos ilustra de manera particularmente llamativa este fenómeno común en Europa (y señalado desde hace tiempo por los marxistas alemanes): que la famosa libertad de crítica no significa el reemplazo de una teoría por otra, sino la libertad respecto a cualquier sistema coherente y reflexivo; significa eclecticismo y falta de principios6». Pero lo más absurdo de estos intelectuales modernistas es que, para impulsar la teoría revolucionaria, tendrían que relegar a todo el movimiento obrero al basurero de la historia. Sin embargo, afirman basarse en Marx, quien, junto con Engels, desarrolló un método científico y una teoría revolucionaria: el materialismo histórico. ¡Qué contradicción!, ¡A menos, claro está, que su aversión al proletariado revele, una vez más, su naturaleza pequeñoburguesa! Toda la obra de Marx y Engels está impregnada del movimiento de la historia, cuyo resultado (indispensable pero incierto) es el advenimiento del comunismo. Con todo el respeto hacia estos señores «comunizadores», Marx y Engels fueron combatientes de la clase obrera, no intelectuales de sillón en pantuflas, sino representantes de la vanguardia organizada del proletariado: «Porque Marx fue, ante todo, un revolucionario. Contribuir, de una forma u otra, al derrocamiento de la sociedad capitalista y de las instituciones estatales que esta ha creado, colaborar en la liberación del proletariado moderno al que él mismo había dado por primera vez conciencia de su propia situación y necesidades, así como de las condiciones para su emancipación: esa era su verdadera vocación. La lucha era su elemento. Y luchó con una pasión, una tenacidad y un éxito poco comunes. Colaboró con la primera Gaceta Renana en 1842, con el Vorwärts en París de 1844 a 1848, con la Deutsche Zeitung en Bruselas en 1847, con la Nueva Gaceta Renana de 1848 a 1849 y con el New York Tribune de 1852 a 1861; además, la publicación de una gran cantidad de panfletos militantes, su labor en París, Bruselas y Londres que condujo a la fundación de la gran Asociación Internacional de los Trabajadores -el logro más destacado de toda su obra- son resultados de los que el autor podría haberse enorgullecido, aunque no hubiera hecho nada más7».
Como dice Engels, la fundación de la Asociación Internacional de los Trabajadores fue la culminación de toda la obra de Marx. Y es en esta tradición donde se sitúa la CCI. Contrariamente a las divagaciones de nuestros autoproclamados teóricos revolucionarios de sillón, para nosotros: «Los revolucionarios son aquellos elementos dentro de la clase que, a través de este proceso heterogéneo, son los primeros en obtener una comprensión clara de las condiciones, la marcha, y los resultados generales finales del movimiento proletario” (Manifiesto Comunista), y dado que en la sociedad capitalista “las ideas dominantes son las ideas de la clase dominante”, los revolucionarios constituyen necesariamente una minoría de la clase trabajadora.
Como emanación de la clase, como manifestación del proceso mediante el cual esta se vuelve consciente, los revolucionarios solo pueden existir como tales al convertirse en un factor activo en este proceso. Para cumplir esta tarea de manera indisoluble, la organización revolucionaria:
• participa en todas las luchas de la clase, en las que sus miembros se distinguen por ser los luchadores más decididos y combativos;
• interviene en estas luchas haciendo siempre hincapié en los intereses generales de la clase y en los objetivos finales del movimiento;
• como parte integral de esta intervención, se dedica constantemente al trabajo de clarificación y reflexión teórica, que es lo único que permitirá que su actividad general se base en toda la experiencia pasada de la clase y en las perspectivas futuras cristalizadas a través de dicho trabajo teórico.8»
Los revolucionarios no son espectadores de la lucha de clases. Convencidos de que el proletariado es la única clase revolucionaria en la sociedad capitalista, intervienen para impulsarlo a desarrollar su lucha, para reunir las nuevas energías que surgen de ella con el fin de fortalecer su auto organización activa y decidida. Los «comunizadores» son incapaces de desempeñar este papel activo. Peor aún, ahogan a quienes buscan posiciones revolucionarias al atraparlos en un callejón sin salida.
Marx dijo en las Tesis sobre Feuerbach: «La cuestión de saber si al pensamiento humano se le puede atribuir una verdad objetiva no es una cuestión teórica, sino práctica. Es en la práctica que el hombre debe demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poder, la «diesseitigkeit» [la pertenencia a este mundo], de su pensamiento. La disputa sobre la realidad o irrealidad del pensamiento aislado de la práctica es una cuestión puramente escolástica».
Cómo el Estado capitalista puede utilizar el individualismo pequeñoburgués y su espíritu arribista
En 2013, los círculos modernistas de Gran Bretaña se vieron sacudidos por lo que se denominó el «Aufhebengate», un escándalo en el que se vio involucrado un miembro del grupo Aufheben, JD, profesor de psicología social en la Universidad de Sussex. Había escrito o coescrito varios artículos, entre los que destaca «Knowledge-Based Public Order Policing: Principles and Practice» (Vigilancia del orden público basada en el conocimiento: principios y práctica), publicado en Policing, A Journal of Policy and Practice, que analiza las tácticas policiales durante las protestas de los trabajadores y otras manifestaciones de «desorden» público. También participó en conferencias y programas de capacitación de «desarrollo profesional» que abordaban temas idénticos o similares (como la respuesta de los «servicios de emergencia» ante desastres públicos). Este conjunto de «trabajos académicos» solía ser elaborado por un equipo de universitarios como C. Stott y S. Reicher, quienes nunca ocultaron que sus trabajos tenían como objetivo ayudar a la policía a desarrollar tácticas más inteligentes para contener las protestas sociales, y que sin duda se utilizó con ese fin. Estos académicos han mencionado repetidamente a JD como parte del equipo o han reconocido la contribución que su investigación hizo a la represión policial del Estado burgués.
Otro caso afectó al ámbito comunizador: «En la segunda quincena de marzo, el círculo revolucionario griego ‘TPTG’ anunció que Woland, cuyo nombre real es Manousos Manousakis, uno de los principales redactores de la revista comunizadora ‘Sic’ y miembro, hasta hace poco, de “Blaumachen”, un grupo griego de personas con ideas afines, que formaba parte del actual gobierno de Syriza, como secretario general del Ministerio de Economía, Infraestructuras, Asuntos Marítimos y Turismo. Es posible que los lectores estén al tanto del caso gracias al texto escrito por «TPTG», “Postcript to Syriza and its victory in recent general elections in Greece”, disponible, entre otros lugares, en el sitio web «Dialectical Delinquents». Ante el escándalo, (ver minister of Sic”), la primera reacción -y la más tranquilizadora para los aficionados a la comunicación- ha sido afirmar que «el ascenso de Woland a la cúspide del Estado se debe probablemente a motivos personales más o menos dudosas, impredecibles hasta ahora»9.
Mientras que algunos se sintieron atraídos por las instituciones estatales para avanzar en sus carreras, otros fueron sorprendidos in fraganti colaborando con negacionistas del Holocausto, como lo demuestra la participación de Dauvé en la librería El Viejo topo junto a Pierre Guillaume, mezclando de manera deshonesta las divagaciones de Faurisson con el texto del Partido Comunista Internacional, Auschwitz o la gran coartada, que es una denuncia perfectamente válida del antifascismo por parte de una organización de la Izquierda Comunista. Esta burda mentira ha permitido, en el pasado, que la burguesía lanzara un ataque a gran escala contra las organizaciones proletarias10. También podemos mencionar que Camatte ha encontrado un discípulo en Francis Cousin y su grupo «Cercle Marx», que utiliza fraudulentamente a Marx para abastecer a la extrema derecha con tesis modernistas, llegando incluso a concederle a su grupo una entrevista de la que citamos varios pasajes en un artículo anterior.
A esta lista, agreguemos a Dominique Blanc, de la Organización de Jóvenes Trabajadores Revolucionarios (OJTR), autor del folleto: La militancia, etapa suprema de la alienación, y quien ahora se encuentra… ¡en un partido nacionalista bretón! Este folleto, publicado en 1972, es el texto de referencia de los modernistas contra las organizaciones revolucionarias, en el que se sostiene que toda actividad militante es alienante. El texto de Blanc es un ataque en toda regla contra todas las formas de militancia: «Hay que combatir sin tregua a las organizaciones militantes»; «La alienación no se puede eliminar con un golpe de varita mágica, y la militancia es la trampa específica que el viejo mundo tiende a los revolucionarios»; «La primera tentación que viene a la mente es atacar sus ideologías, exponer su arcaísmo o exotismo (desde Lenin hasta Mao) y resaltar el desprecio por las masas que se esconde bajo su demagogia». Pero esto se volvería rápidamente tedioso si se tiene en cuenta que existe una multitud de organizaciones y tendencias, y que todas insisten en reivindicar su pequeña originalidad ideológica. Además, esto equivale a jugar en su propio terreno. En lugar de sus ideas, habría que apuntar a la actividad que llevan a cabo «al servicio de sus ideas»: el MILITANTISMO». Como podemos ver, este texto apunta a las organizaciones izquierdistas (maoístas, trotskistas, anarquistas) sin, por supuesto, mencionar su naturaleza de clase -la de partidos de encuadramiento que pertenecen al aparato político del Estado capitalista, cuyo papel es llevar de vuelta al terreno burgués a los elementos que buscan posiciones revolucionarias. ¡Esto es una bendición para la burguesía!
La militancia revolucionaria es lo opuesto a las prácticas de las organizaciones burguesas: «La estructura de la organización de los revolucionarios debe tomar en cuenta dos necesidades fundamentales:
• debe permitir el desarrollo pleno de la conciencia revolucionaria en su seno y, por lo tanto, permitir la discusión más amplia y profunda de todas las cuestiones y desacuerdos que surgen en una organización no monolítica;
• al mismo tiempo, debe garantizar la cohesión de la organización y la unidad de acción; en particular, esto significa que todas las partes de la organización deben cumplir con las decisiones de la mayoría.
Del mismo modo, las relaciones entre las distintas partes de la organización y los vínculos entre los militantes llevan necesariamente los estigmas de la sociedad capitalista y, por lo tanto, no pueden constituir una isla de relaciones comunistas dentro del capitalismo. Sin embargo, no pueden estar en flagrante contradicción con el objetivo que persiguen los revolucionarios, y deben basarse necesariamente en esa solidaridad y confianza mutua que son unos de los rasgos distintivos de la pertenencia a una organización de la clase portadora del comunismo»11.
Los comunizadores, desde las alturas de sus pretensiones pequeñoburguesas, no pueden entender nada de esto. Los revolucionarios deben enfrentar la presión constante de la ideología burguesa, en particular el peso del individualismo, que, en la fase de descomposición del capitalismo, ocupa un lugar particular.
Esta presión del individualismo siempre ha sido una losa, una presión contra la que han luchado las organizaciones revolucionarias desde los inicios del movimiento obrero: “El individualismo también puede provenir de influencias pequeñoburguesas o directamente burguesas. De la clase dominante adopta la ideología oficial que ve a los individuos como el sujeto de la historia, que glorifica al «hombre que se hizo a sí mismo» y justifica la «lucha de todos contra todos». Sin embargo, es sobre todo a través de la pequeña burguesía que penetra en las organizaciones del proletariado, particularmente a través de elementos recién proletarizados provenientes de estratos como el campesinado y los artesanos (esto fue notablemente el caso en el siglo pasado) o del ámbito intelectual y estudiantil (esto ha sido especialmente cierto desde el resurgimiento histórico de la clase trabajadora a finales de los años 60).
El individualismo se expresa principalmente a través de la tendencia a:
• concebir a la organización no como un todo colectivo, sino como una suma de individuos en la que principalmente las relaciones entre las personas tienen prioridad sobre las relaciones políticas y estatutarias;
• anteponer los propios «deseos» e «intereses» a las necesidades de la organización;
• en consecuencia, resistirse a la disciplina necesaria dentro de la organización;
• buscar la «realización personal» a través de la actividad militante;
• adoptar una actitud contestataria hacia los órganos centrales, a los que se acusa de intentar aplastar la individualidad; con la actitud complementaria de buscar la «promoción» para su acceso a dichos órganos;
• en términos más generales, adherirse a una visión elitista de la organización en la que se aspira a ser uno de los «militantes de primera clase», al tiempo que se desarrolla una actitud despectiva hacia quienes son considerados «militantes de segunda clase».12
En respuesta a esto, los revolucionarios siempre han concebido su actividad dentro de un marco asociado donde existe:
• la acción colectiva y la solidaridad entre los miembros de la organización, donde el debate para la clarificación política es esencial, y donde cada miembro de la organización participa activamente, con entusiasmo y pasión, en dar vida al colectivo;
• la necesidad de una organización (y su centralización como expresión de su unidad) para llevar a cabo su intervención a nivel internacional;
• la confianza en el futuro y en las propias fuerzas, la confianza en el proletariado como portador del comunismo, la confianza en el papel fundamental que desempeñan las organizaciones revolucionarias dentro del proletariado;
• la necesidad de la conciencia, la lucidez, la coherencia y la unidad de pensamiento, el gusto por la teoría.
André
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Anexo: Extracto del artículo «La conciencia de clase y el papel de los revolucionarios» en Revista Internacional n° 7, 1976.
Tras definir el origen de la conciencia de clase, el artículo saca conclusiones sobre la naturaleza de la teoría revolucionaria y el papel de los revolucionarios dentro de la clase. Debido a su rechazo a la conciencia de clase y al programa comunista, la existencia y la función de las organizaciones políticas comunistas son un misterio para los «comunizadores».
«Definir la conciencia del proletariado como proceso histórico propio de una clase social y que se caracteriza por la afirmación en la escena histórica del “ser consciente” es no ir más allá de la simple confirmación pasiva.
Si nos quedamos ahí, sólo habríamos disertado teóricamente sobre las características de la toma de conciencia sin entender las razones objetivas que nos empujan a formular tales definiciones. Y es precisamente superando lo puramente teórico de su actividad como los revolucionarios toman conciencia de su papel histórico como elementos activos de un todo.
No se puede tirar un muro soplando sobre él. No se puede destruir todo un sistema de explotación únicamente con votos piadosos y algunas reflexiones filosóficas. Para acelerar el proceso de toma de conciencia de la clase obrera y que ésta se organice como clase autónoma, los revolucionarios tienen que asumir toda su responsabilidad frente a aquella; responsabilidad que exige una clara visión de su función, una puntualización de las tareas históricas para las que se han constituido.
I. La naturaleza y función de los grupos revolucionarios y del partido sólo pueden explicarse mediante la naturaleza profundamente contradictoria del proceso de la toma de conciencia del proletariado, contradicción que acompaña al movimiento mismo de la lucha de clases y que seguirá marcando el período de transición entre el capitalismo y el comunismo, hasta la desaparición de todas las clases.
Contradicción entre la situación de la clase obrera como clase explotada y sus tareas históricas que van hacia la abolición de cualquier explotación.
Contradicción entre la imposibilidad para el proletariado de forjarse una “ideología” proletaria en base a un poder económico inexistente y la necesidad adquirida con plena conciencia de su meta histórica. Por eso, el proletariado se ve obligado:
- por un lado, a asumir en la práctica, en y mediante sus luchas cotidianas, la condición fundamental para la revolución comunista: “La emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos”.
-Por otro, a preparar las armas teóricas que le son indispensables para su emancipación consciente aun siéndole imposible librarse por completo de la influencia de la ideología dominante.
Las minorías revolucionarias aparecen como producto de esta necesidad contradictoria. Surgen formando parte integrante del proletariado y, sin embargo no por ello son miembros sociológicos de él. La clase económica dominante es la que posee los medios de producción materiales e ideológicos; la clase obrera, por su parte, es incapaz de engendrar una cultura o una ideología que sería para ella “sociológicamente inmanente”, pues ello implicaría un interés económico que tendería a perpetuar su situación de clase explotada. Por eso, es un criterio político el que define a los revolucionarios como miembros efectivos del proletariado y les asigna la tarea de teorizar las experiencias adquiridas por su clase de manera que lo lleguen a ser del mayor número posible.
II. La imperiosa necesidad para el proletariado de llevar a cabo un cambio radical consciente de la antigua sociedad, una transformación la vez práctica y teórica le exige una visión clara, “una clara comprensión de las condiciones, del desarrollo y de los objetivos generales del movimiento proletario” (Manifiesto Comunista). Mientras haya antagonismos de clase y explotación capitalista, esa visión de la meta final del movimiento seguirá enfrentándose a la influencia impositiva de la ideología burguesa y por eso no será algo que tendrá inmediatamente todo el proletariado. La difusión en profundidad de la teoría revolucionaria y de la conciencia de los objetivos últimos de la revolución proletaria al conjunto de clase no es un fenómeno “natural” que sigue una progresión matemática lineal, sino, ante todo, el resultado del esfuerzo organizado de la clase. La tentativa consciente de la clase obrera por darse una teoría revolucionaria y sacar las lecciones de las luchas pasadas se materializa en la aparición de minorías revolucionarias y que éstas en los períodos de auge revolucionario, se constituyan en Partido.
Esa constante determinación en el proletariado para la constitución de un partido revolucionario no tiene nada que ver con la acción voluntarista de individuos o grupos de individuos que tienen la pretensión de construir un partido revolucionario con vistas a suplir la acción de la clase en su conjunto. El surgimiento de la teoría revolucionaria así como el de los grupos revolucionarios no es el fruto de la voluntad individual ni el producto de algún que otro principio novedoso «descubierto por tal o cual reformador del mundo» (Marx) sino la cristalización del desarrollo de una lucha de clases real y de una necesidad vital en el proletariado.
III. No es por tanto, a nivel abstracto como el proletariado se ha pensado como clase, sino a nivel de su acción concreta, por sus luchas incesantes, en las condiciones objetivas que le impone el periodo. De esta práctica histórica ha surgido no precisamente una serie de principios dogmáticos aplicados cual recetas teóricas a la lucha de clases, sino la expresión teórica de la experiencia. La teoría revolucionaria no es una suma definitiva o invariante de principios, sino el reflejo de la actividad concreta de la clase obrera explicitado y globalizado a nivel teórico por los grupos revolucionarios y reapropiado por la clase. Así a cada problema que la lucha y la organización de la clase han comprobado, corresponde un nuevo aporte teórico, que será a su vez transformado en realidad práctica por la intervención que tendrá en luchas futuras. Producto, entonces, del ser social de las luchas, la teoría toma su energía en la práctica y a su vez clarifica políticamente las luchas venideras.
La teoría revolucionaria, que se desarrolla, pues, a partir de las luchas concretas de la clase y que los grupos revolucionarios transmiten, no es, ni mucho menos, el tesoro oculto de éstos. Por el contrario, el papel mismo de los revolucionarios y del Partido cristalizan precisamente la fundamental preocupación, la de que el proletariado se reapropie de sus experiencias históricas para que lleguen a ser la realidad de la mayoría. Su función consiste en difundir esta teoría en la clase, sabiendo muy bien que esta difusión es un fenómeno que se desarrolla en el propio seno del proletariado y que no se trata de “reinyectar” una teoría en la práctica o que la teoría fuera un primer y permanente fermento químico de todo un movimiento histórico.
Teoría y práctica se completan, se interpenetran; favorecer una en detrimento de la otra, insistir en el factor causal de la teoría, o al contrario, ignorar lo activo de la teoría, corre el riesgo de llevarnos por las vías peligrosas del voluntarismo o del academismo.
IV. No es porque existen grupos revolucionarios por lo que el proletariado es una clase revolucionaria. Si la burguesía pudiera hacer que todos los revolucionarios desaparecieran de la faz de la tierra, lo único que haría es retrasar los plazos de su propia muerte sin poder parar la lucha de clase ni impedir que la clase obrera volviera a reconstruir, grupos revolucionarios. No por destruir las primeras flores del árbol se destruye para siempre la posibilidad de su reproducción.
En este orden de cosas, los revolucionarios, aun no teniendo intereses diferentes y sin estar separados del proletariado, no son, sin embargo, sinónimos de la clase. Sólo son una parte de ella, la parte más decidida, la que, sin ser el “Estado mayor” de un ejército inconsciente y encuadrado donde “el gran timonel” de la revolución, esboza los grandes ejes generales de la lucha, es la que indica la dirección final del movimiento. Su función no es la de preparar la dirección “técnica” de las luchas, no son los revolucionarios quienes “con consignas justas dan nacimiento orgánicamente a las condiciones y a las posibilidades de la organización técnica del proletariado” (Lukacs). Su papel no es el de organizar a la clase ni dirigir la organización autónoma de la clase obrera con recetas prácticas sobre tal o cual forma de organización unitaria, sino el de señalar y poner siempre por delante la dirección política general hacia donde debe ir el movimiento.
V. El que el partido no tenga que sustituir a la clase no significa en absoluto que su existencia sea un mal necesario e inevitable que habría que atenuar o evitar en la medida de lo posible. Los revolucionarios y el Partido existen como productos necesarios, elementos indispensables en el proceso de toma de conciencia de la clase proletaria. Negar su función so pretexto de errores sustitucionistas en el pasado, es dar prueba de purismo estéril y pretender quitar al proletariado una de sus armas vitales. Su tarea histórica, lejos de ser la concreción de una especie de paliativo, forma parte de la tendencia general de la clase obrera a constituirse como clase revolucionaria consciente. Por ser los elementos más combativos y más decididos de la clase obrera, los revolucionarios desarrollan en las luchas proletarias una intervención organizada con la permanente perspectiva de mostrar la meta final del movimiento. Su participación activa en las luchas ejerce una influencia decisiva en la organización general del movimiento de la clase. Influencia que puede materializarse efectivamente en la dirección política general de la lucha y en la aceleración del proceso de constitución del proletariado como clase autónoma para la toma del poder y la destrucción de la esclavitud asalariada.
Los revolucionarios y el Partido no tendrán que substituir a la clase. Eso significa que su función, aun siendo indispensable, no tiene un fin en sí, no es una obra acabada y perfecta que podría actuar en lugar de la clase obrera o capaz de hacer que penetre en el movimiento de masas espontáneo de la clase una especie de “verdad inminente” para “sacar” al proletariado de la necesidad económica de su origen y “colocarlo” en la acción consciente y revolucionaria. Así pues, por ser un elemento activo y perteneciente al proletariado, comprometido de lleno en el desarrollo de la toma de conciencia por la clase, el Partido no es ni la mediación entre teoría y práctica, ni entre experiencia y conciencia. El uno y la otra, el Partido y la clase materializan la unidad entre teoría y práctica; esta unidad es idéntica para ambos, no hay intermediarios. Sólo hay intermediarios ente cosas previamente separadas. Esa unidad es un proceso vivo que determina tanto al Partido como a la acción de la clase en su conjunto y a su organización unitaria en Consejos. Pretender que el partido es la mediación entre teoría y práctica significa considerar la teoría como algo externo al proletariado, como patrimonio exclusivo del Partido, el cual sería entonces la única fuerza capaz de “cambiar el sentido de la praxis”; esto implica la castración del proletariado de toda capacidad consciente y política en su conquista del poder. Según ese razonamiento, los Consejos obreros acabarían siendo cáscaras vacías, órganos administrativos y estatales a los que el Partido pretendería aportar el contenido revolucionario. La consecuencia lógica de esta visión es la de poner en manos del Partido la dirección real de la sociedad y la de ponerlo a la cabeza del Estado de la dictadura del proletariado.
El Partido no representa un organismo de dirección o ejecución, no es un órgano que el proletariado crea para que tome el poder. La idea según la cual la dirección de la dictadura obrera es cosa de un Partido revolucionario único, constituido en Partido de masas durante el período revolucionario, demuestra una muy grave incomprensión en lo que se refiere a la finalidad política real del Partido. El Partido no anda buscando hincharse como un globo incorporando la mayor cantidad de gente que se pueda. Su función no es la de un partido único totalitario y de Estado. Muy al contrario, el Partido seguirá siendo la expresión de una parte de la clase y su razón de ser tenderá a desaparecer conforme la conciencia socialista vaya haciéndose cosa propia del conjunto de la clase13.
1 «Crítica a los llamados “comunizadores”, parte 3.1: Jacques Camatte —del bordiguismo a la negación del proletariado», Revista Internacional n° 171.
2 Ante todas las divagaciones teóricas que sustentan la propaganda de los comunizadores a favor de abandonar la lucha de clases, reproducimos en el Anexo de este artículo la posición de la CCI sobre la responsabilidad de los revolucionarios y el propósito de su actividad.
3 «Solitude de la théorie communiste», publicado en el sitio web Hic Salta – Comunización (2016).
4 «Teoría comunista, una obra en constante construcción», Théorie communiste n.º 23.
5 Últimas frases de la Anti-crítica de Luxemburgo (1915).
6 Lenin, ¿Qué hacer? (1901).
7 Engels, «Discurso en el funeral de Marx», publicado en Der Sozialdemokrat el 22 de marzo de 1883.
8 Plataforma política de la CCI en nuestro sitio web
9 “Las vías de la comunicación no son impenetrables” Dialectical Delinquents (abril de 2015) http://dialectical-delinquents.com/communisation-does-not-move-in-mysterious-ways-june-2015.
10 «Campagnes anti-négationnistes : une attaque contre la Gauche communiste» en francés de nuestro folleto Fascismo y democracia: dos expresiones de la dictadura del capital.
12 Tesis sobre el parasitismo, Revista Internacional n° 94.