El deporte en el capitalismo decadente (desde 1914 hasta hoy)

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En el primer artículo de esta serie, vimos que el deporte era un producto genuino del capitalismo y que ha sido algo clave en la lucha de clases ([1]). En este segundo artículo veremos cómo en el período de decadencia de ese sistema, el deporte es un instrumento del Estado para sojuzgar y reprimir a los explotados.

Antes de la Primera Guerra mundial el deporte ya poseía una dimensión planetaria. Y en pocos años se convertiría en fenómeno de masas.

El capitalismo de Estado genera el deporte de masas

A partir de 1914, el Estado toma a su cargo de manera totalitaria la organización de los grandes eventos deportivos en cada nación del mismo modo que organiza la movilización tras sus banderas en los conflictos mundiales: “El deporte mundial como totalidad se ha convertido en una enorme organización y una estructura administrativa, un asunto nacional del que se encargan los Estados en función de sus intereses diplomáticos” ([2]). Y así, entonces, los Estados se ponen a construir y financiar infraestructuras faraónicas: complejos deportivos, estadios de 80 a 100 mil plazas los mayores de los cuales alcanzaron incluso 200 mil (Maracaná en Brasil), gimnasios, pistas, circuitos (el Indianapolis Motor Speedway, por ejemplo en Estados Unidos con sus 400 mil plazas) etc. Se erigen auténticos parques gigantes, catedrales de acero y hormigón, llenos de hinchas o casi “fieles”, por decirlo así, en Olimpiadas, en Mundiales de fútbol, en Grandes Premios automovilísticos, etc., siempre con una organización y una logística de tipo militar y un verdadero ejército para producir espectáculo. Los medios de transporte y de comunicación bajo control del Estado, hacen posible canalizar las muchedumbres hacia esos templos modernos. Y en el siglo XX se desarrolló toda una prensa deportiva especializada con la que cubrir el menor acontecimiento. La radio, después la televisión, se convierten en herramientas privilegiadas de la propaganda de Estado para popularizar la práctica deportiva, para promover los espectáculos-mercancía y las apuestas. Uno de los síntomas de eso es también la burocratización de unas instituciones deportivas tentaculares: “hasta el punto que hoy no se puede hablar de deporte en los sitios donde no exista organización deportiva (federaciones, clubes, etc.)” ([3]). Así pues, ese cambio de escala hacia el deporte de masas, desde los años 1920, se realiza en un contexto en el que el Estado capitalista “se ha convertido en una máquina monstruosa, fría e impersonal que ha terminado por devorar la sustancia de la sociedad civil ([4]). Todos los grandes eventos deportivos son auténticas ferias comerciales de Estados y siempre con una cobertura mediática hipertrofiada. Es lo que explica que los efectivos de deportistas y de espectadores se hayan inflado hasta niveles insospechados, sobre todo en estos últimos años. En Francia, por ejemplo, sólo había un millón de inscritos en federaciones deportivas en 1914. Cuarenta años más tarde serían el doble. En el año 2000, más de 14 millones o sea ¡siete veces más que en los años 1950! ([5]) Hoy, acontecimientos como los Juegos Olímpicos pueden movilizar e hipnotizar a más de 4 mil millones de telespectadores en el monde!

Verdadero “opio del pueblo”

Los Estados capitalistas son los sumos sacerdotes de esta nueva religión universal, el deporte; un verdadero “opio del pueblo”, una droga inoculada desde hace varias décadas a elevadas dosis. En la Antigüedad, los poderes se consolidaban mediante la religión, “el pan y el circo”. En la era del capitalismo decadente y del desempleo de masas, el deporte-mercancía está ahora también dedicado a consolar, distraer y controlar a las familias obreras empobrecidas. Más circo y menos pan, ¡ésa es la realidad capitalista de hoy! Para las poblaciones y las masas obreras que tienen todavía la suerte de tener trabajo, sometidas a ritmos insostenibles de oficina o de fábrica, al infierno de la explotación y a la despersonalización de los grandes centros urbanos, el espectáculo deportivo o la práctica del deporte se han vuelto, gracias a la propaganda y al marketing, en “ocio indispensable”. El deporte es uno de los medios privilegiados para abandonarse uno mismo en brazos de las “fuerzas invisibles del capital”. Y así, las actividades deportivas, asimiladas al “tiempo libre” no se limitan finalmente a ser un simple medio de subsistencia y de conservación fisiológica: “al degradar la actividad propia, la actividad libre, a la condición de medio, hace el trabajo enajenado de la vida genérica del hombre un medio para su existencia física” ([6]). Vivida como una especie de “relajación necesaria” por los asalariados, la práctica deportiva no es sino un medio de recuperación de la fuerza de trabajo, igual que dormir, beber y comer. El deporte permite además resistir físicamente a los ritmos infernales en el trabajo. Permite así hacer frente a la brutalidad de las condiciones de explotación, de “olvidar” un rato los padecimientos de la sociedad capitalista. La verdadera paradoja es que el propio deporte se asemeja a un trabajo arduo, cronometrado, con unos sufrimientos voluntarios que encadenan más todavía a los ritmos industriales y al rendimiento. Para muchos adeptos se ha convertido en una verdadera adicción. Hay asalariados que incluso se matriculan durante sus vacaciones en actividades deportivas colectivas cuyo contenido se parece más a cursillos de comando que a otra cosa. Repitámoslo, el deporte es expresión de una de las realidades de la alienación haciéndose, por lo masivo de su presencia, casi indispensable en la vida, acarreando al fin y al cabo una mayor sumisión al capital. Se sabe que el deporte permite incrementar la productividad y alienta el espíritu de competencia. En una vida laboral cotidiana en la que el trabajo heredado del taylorismo tiende a hacer sedentarios a los asalariados y a destrozarlos debido a los gestos repetitivos y a la “comida basura”, han surgido verdaderas campañas culpabilizadoras con discursos morales sobre la “salud” y la necesidad de “luchar contra la obesidad” mediante el deporte. Hay que ser ¡“competitivo”, “dinámico” y dar “buen rendimiento». Esos discursos están en perfecta coherencia con las necesidades de competitividad de las empresas, las cuales favorecen y patrocinan a clubes deportivos, a la vez que intentan vender sus porquerías “adelgazadoras” para el “bienestar” en general y demás mercancías valorizadas por la imagen del deporte. Durante el verano de 2012, por poner un ejemplo próximo, durante los JJOO de Londres, la capital británica se transformó en una feria comercial gigantesca, una especie de supermercado que nos inundó de productos comerciales de todo tipo. Por todas partes, en los estadios y demás recintos deportivos, en cada resquicio había carteles y pantallas publicitarias. Los deportistas eran hombres-anuncio cubiertos de eslóganes publicitarios de grandes marcas que procuraban salir en las fotos y ponerse ante las cámaras para exhibirlas mejor. Tal exhibición mercantil forma además parte íntegra de la estrategia de preparación, al igual que los ejercicios físicos y los entrenamientos. El deporte es una mercancía al servicio de una economía de casino, con sus derechos TV, sus productos derivados, sus managers, sus clubes cotizados en bolsa y demás. La multiplicación inflacionista de las competiciones se debe a que son los propios Estados y grupos comerciales los que se enfrentan directamente en un mercado saturado. Los deportistas ya no son personas, son mercancías de alto rendimiento, que se intercambian entre clubes de una federación a otra, a veces por cantidades astronómicas, casi sin pedirles opinión. La extrema comercialización a que se ha llegado con unos deportistas despersonalizados, o transformados en estrellas endiosadas, que incluso refuerzan las tendencias al culto a la personalidad, no son sino otras tantas expresiones del fetichismo de la mercancía. Convertido en un dios o en simple cosa, objeto de cambio o de explotación como capital, el deportista profesional está sometido de manera drástica a la ley del mercado y a la rentabilidad, con obligación de resultados. Y está constantemente forzado a la proeza extrema, estrujado y obligado a doparse, a la autodestrucción planificada (trataremos estos temas en el próximo artículo).

Esos deportistas-máquina robotizados, en un contexto en el que el Estado planifica la despolitización y la sumisión, nutren espectáculos grandiosos y descomunales, en una especie de glorificación, de apología del orden establecido y del poder. Los hombres de Estado acuden a todas las grandes manifestaciones deportivas, colocándose en los palcos de honor para recoger los frutos políticos de esos embrutecimientos programados a gran escala. Desde los grandes espectáculos hitlerianos hasta las exhibiciones estalinianas de antaño, y ahora los mega-shows de las democracias actuales, esos ceremoniales deportivos fabrican sueños, favorecen la idolatría, promocionando, mediante el músculo, esfuerzo y sacrificio. Sirven sobre todo para aturdir las mentes, igual que la religión, desviándolas de toda reflexión sobre las condiciones de explotación del capitalismo. Procuran muchas veces ocultar la verdadera actualidad, todo lo que pueda ser crítico o se refiera a la lucha de clases, y eso cuando no sirven para alistar en las guerras, como así ocurrió en los años 1930.

El deporte es claramente un desvío para toda forma de “subversión”, destinado en prioridad a la juventud, especialmente en las escuelas, para que se realice mejor el lavado y formateado de cerebros. Esto ya era evidente en los regímenes nazi y estalinista, pero sigue estando sutilmente presente en las democracias. Tras Mayo del 68 en Francia, “el efímero ministro de deportes M. Nungesser explicaba (…) que había que hacer obligatorio el deporte en la escuela” para mantener la paz social. En ese mismo sentido se expresaba J. Cornec, presidente de la Federación de padres de alumnos en 1969: “hace justo un año, Francia se vio trastornada por la rebelión juvenil. Todos aquellos que buscan soluciones a ese problema complejo deben saber que no se encontrará equilibrio alguno sin la solución previa del deporte escolar” ([7]). Con esa misma inspiración, los periódicos explicaban que era mejor “hacer deporte” que “enfrentar físicamente a la policía y Antidisturbios”. Domesticar, meter en cintura con el deporte, con sus símbolos y su mundo de supersticiones, todo eso entra muy bien en la óptica de la ideología democrática burguesa oficial por un verdadero control social, con unos educadores que deben promocionar el mito del “self made man”, el del deportista que puede salir del paso y “arreglárselas” individualmente gracias a unas cualidades obtenidas mediante una disciplina militar. Tal perspectiva igualitarista, en la que “cada uno tendría su oportunidad”, eso sí con trabajo y ascetismo, sirve para atontar los sentidos de quienes podrían buscar una crítica radical de la sociedad, de quienes intenten desarrollar un espíritu político para luchar contra el orden establecido.

El deporte al servicio de la represión

Además de contribuir en adormecer las mentes de esa manera, el deporte también prepara al mismo tiempo para la represión más directa. Los encuentros deportivos se han vuelto pretextos para desplegar fuerzas de policía cada vez más descomunales, so pretexto de defensa del “orden público” y de la “seguridad”. En un mundo en el que las poblaciones urbanas están ya sometidas a un control policial permanente, a una vigilancia total con presencia incluso militar patrullando ahora regularmente por los lugares públicos, como las estaciones por ejemplo ([8]), el reforzamiento de efectivos en los alrededores de los estadios puede parecer “normal”. Con la presencia regular de Antidisturbios y vehículos policiales, el Estado habitúa así gradualmente las mentes a aceptar la presencia masiva de unas fuerzas represivas cuyo monopolio posee. Cabe recordar lo que ocurría en los años 1970, cuando los Estados democráticos de Europa occidental estigmatizaban los “regímenes fascistas” y las “dictaduras de América latina”, precisamente porque eran demasiado visibles las fuerzas del orden y los militares en los lugares públicos, especialmente en el entorno de los estadios como se veía en aquel entonces en Argentina, Brasil o Chile. En 1972, en las Olimpiadas de Invierno de Sapporo en Japón, había 4 mil soldados nipones controlando el lugar. Y hoy, ya no es que esas mismas prácticas estén superadas con creces desde hace tiempo en los países democráticos tan propensos a dar lecciones, sino que se han reforzado con medidas más severas todavía. Con el pretexto de luchar contra el hooliganismo ya no es posible hoy acudir a un estadio sin tener que pasar por medio de un cordón sanitario de policías, sin que le registren a uno para luego ser “acompañado” por los llamados “estadieros” o sea, vigilantes “de estadio”.

Los últimos Juegos Olímpicos de Londres del verano de 2012 han sido una ilustración impresionante de todo eso, una imagen de auténtica situación de guerra. Había 12 mil policías en servicio y 13 500 militares disponibles, o sea ¡más que las tropas inglesas desplegadas en Afganistán (9500 soldados)! ¡Más que los 20 mil soldados de la Wehrmacht en Múnich en 1936! A ello hay que añadir los 13 300 agentes de seguridad privados. Y ya para no quedar cortos, instalaron un dispositivo ultrarrápido de misil tierra-aire encima de un edificio, en una zona densamente poblada, cerca del emplazamiento olímpico principal para con él rematar, por decirlo así, un escudo antiaéreo. En las calles se acondicionaron carriles especiales para los vehículos oficiales, prohibidos para la gente “ordinaria” (135 libras esterlinas –170 euros– de multa a quien se le ocurriera meterse por ellos). En fin, les controles de seguridad eran la típica expresión de la paranoia ordinaria de todos los Estados: registros sistemáticos al entrar en los ámbitos deportivos, prohibición de llevar agua dentro de las zonas controladas, prohibición de “tweetear”, de compartir o enviar fotos de lo acontecido por el medio que fuera ([9]).

Y en ese sentido, llama la atención, si se considera la historia con perspectiva amplia, que los recintos deportivos son como lugares neurálgicos que permiten encerrar a una parte de la población con fines represivos cuando no de aniquilamiento. Uno de los episodios más conocidos es el de la “Rafle du Vel’ d'Hiv’” ([10]) en París, organizada por la policía y las milicias francesas durante el verano de 1942. Aquel famoso velódromo sirvió entonces de campo cerrado adonde llevaron a los judíos para allí recluirlos hasta su deportación en el campo de exterminio de Auschwitz donde sufrieron el súmmum del horror. Tras la Segunda Guerra mundial, fueron numerosos los ejemplos de recintos deportivos al servicio de la muerte y de la represión estatal. En Francia, después de lo del Vel’ d'Hiv’, se utilizaron otras instalaciones deportivas cuando la matanza de oponentes argelinos en octubre de 1961. Se llevaron a unos 7 mil al Palacio de Deportes de Versalles y al estadio Pierre-de-Coubertin de París, donde les golpearon y a muchos de ellos los tiraron al Sena! En junio de 1966, en África, se ejecutó a adversarios al régimen de Mobutu ante la muchedumbre en el “Estadio de los Mártires” de Kinshasa. En América Latina, los estadios no sólo han servido de desfogue para poblaciones hambrientas. El Estadio nacional de Santiago de Chile, tras el golpe de Estado del general Pinochet de septiembre de 1973 sirvió de lugar de interrogatorios y de centro de “distribución” hacia campos de concentración o hacia la muerte. En Argentina, cuando la copa del mundo de 1978 con la junta militar en el poder, los gritos ampliados por los altavoces de las gradas servían para tapar los alaridos de los torturados. Hoy todavía muchos estadios siguen teniendo una historia macabra. En 1994, el estadio Amahoro de Kigali fue uno de los escenarios del genocidio ruandés, del que Francia fue, dicho sea de paso, cómplice de primer plano. Eso queda ilustrado en el testimonio del comandante R. Dallaire: “Cuando empezó la guerra, el estadio se llenó y en llegó un momento en que hubo hasta 12 mil personas, 12 mil personas que intentaban sobrevivir allí. Lo único que se ve son gente y ropa, pareciendo la situación estar fuera totalmente de control. Acabó siendo… una especie de campo de concentración... estábamos allí para protegerlos, pero durante todo ese tiempo lo que pasaba es que se iban muriendo en aquel gran estadio de Ruanda” ([11]).

Últimamente, el campo de fútbol de Kabul ha sido escenario de cantidad de horrores: ahorcamientos en las barras transversales de las porterías, mutilaciones por robo, lapidaciones de mujeres adúlteras en el campo, etc. ([12]). En África del Sur, el nuevo estadio de Ciudad de El Cabo, inaugurado para el Mundial de fútbol de 2010, posee incluso celdas para encarcelar a los “hinchas excitados”.

Si bien es cierto que la práctica deportiva no tiene por qué estar implicada, sí que existe un fuerte vínculo entre el control de las mentes por el deporte, las infraestructuras deportivas y la barbarie del capitalismo decadente. La agudización de las contradicciones entre las clases hace que los estadios son muy a menudo lugares de enfrentamientos violentos y de tensiones, incluso durante las pruebas deportivas. Se han visto auténticas matanzas y el estallido de motines en los campos de fútbol. A veces, como en Argentina, al menos los campos de fútbol han servido para mostrar desde las tribunas los retratos de los desaparecidos durante los encuentros. Pero lo que suele ocurrir es que en ellos se expresen las tensiones más virulentas, sobre todo en las salidas. Y son numerosas las situaciones en las que las peores ideologías, entre la xenofobia más brutal y el nacionalismo más desatinado, acaban llevando a los peores actos de barbarie.

En el próximo y último artículo de esta serie, volveremos a tratar algunos de estos aspectos y profundizar el análisis.

WH, 8 noviembre de 2012


[2] J-M Brohm, Sociologie politique du sport, 1976, reedición: Nancy (Francia), P.U.N., 1992.[existe una traducción en español, en Fondo de Cultura Económica, 1982].

[3] Ídem.

[5] C. Sobry, Socioéconomie du sport, col. De Boek.

[7] Citado por J-M Brohm, Sociologie politique du sport, 1976, redición, Nancy (Francia), P.U.N., 1992

[8] Esto ocurre en Francia de manera permanente con el dispositivo llamado “Vigie pirate” para “ahuyentar terroristas”, según dicen. Puede también mencionarse, en esta vigilancia permanente, la multiplicación en los últimos diez años de cámaras exteriores por todas las ciudades en una obsesiva carrera sin fin que, desde luego, tampoco solo sirven para “ahuyentar delincuentes”.

[9] Ver nuestro artículo sobre los JJ OO de Londres en nuestra página web https://es.internationalism.org/node/3446

[10] La « redada del Velódromo de Invierno » (Vel’ d’Hiv, en lenguaje popular)

 

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El deporte en el capitalismo - II