¡En todas partes se disparan los precios del combustible, de los alimentos, de la vivienda! ¡En todas partes hay despidos, desempleo masivo, precariedad! ¡En todas partes hay desastres climáticos y miles de muertos a causa de las altas temperaturas, los incendios y las inundaciones! ¡En todas partes, guerras y masacres en masa! Ante nuestros ojos, el capitalismo desata todas las calamidades en un torbellino destructor. Y la burguesía, sus Estados y sus gobiernos de izquierda, de derecha, «socialistas», liberales o populistas son incapaces de dar una respuesta.
Una crisis económica de extrema gravedad
La impotencia de la clase dominante se debe a la crisis económica sin salida que azota al capitalismo, potencialmente mucho más grave que la de la década de 1930 y que la que amenazó con derrumbar el sistema financiero en 2008. Su magnitud pone de manifiesto el fracaso total de un modo de producción en descomposición. La guerra en el Medio Oriente la agrava aún más, al desorganizar el comercio mundial y ejercer presión sobre el precio de la energía. Aventuras militares, aranceles, guerra comercial, chantajes: ahora es cada uno por su cuenta, cada burguesía nacional se juega su supervivencia frente a todas las demás en la más perfecta anarquía planetaria. La cooperación internacional se desmorona, el mercado mundial se fragmenta y la sobreproducción se agrava. Todos los Estados se ven abrumados por deudas que se han vuelto abismales, mientras que los gastos militares alcanzan los 2,887 mil millones de dólares en todo el mundoi. Esta carrera armamentista aumenta la deuda, alimenta la inflación y agota todos los presupuestos sociales.
Los trabajadores pagan la cuenta
Los ataques contra los trabajadores se multiplican y no harán más que intensificarse: ese es el único «programa» posible de todos los gobiernos, actuales y futuros. El desempleo se dispara y la precariedad se generaliza. El desempleo mundial y la precariedad alcanzan niveles sin precedentes, especialmente entre los jóvenes. Incluso Alemania, el buque insignia del capitalismo europeo, atraviesa una crisis estructural sin precedentes desde 1945 que empobrece a la clase trabajadora. Su industria automotriz se ve duramente afectada: Volkswagen planea eliminar 100,000 puestos de trabajo para 2030, Bosch 13,000, y ¡Mercedes exige aumentar la jornada laboral en un 30 %, o incluso un 40 %! Se están preparando otros ataques contra los sistemas de salud, ya de por sí agotados, y contra las pensiones: algunos ya exigen retrasar la edad de jubilación de los 67 a los 70 años.
Una combatividad que renace
Ante este futuro apocalíptico y los sacrificios exigidos para financiar el rearme, la ira es inmensa. La clase trabajadora (desocupados, activos o jubilados, obreros o empleados) comenzó a reaccionar durante el «verano de la ira» de 2022 en el Reino Unido, demostrando una enorme combatividad tras décadas de apatía y resignación.
Desde entonces, la ira y la combatividad no han cesado: mientras los trabajadores del Reino Unido aún luchaban, los de Francia salieron masivamente a las calles durante el movimiento contra la reforma de las pensiones (2023); luego les tocó el turno a Canadá y Estados Unidos (2024), después a Bélgica (2025) y a muchos otros países.
La combatividad de la clase trabajadora se manifiesta en numerosos conflictos que aún están dispersos, y sobre todo entre pequeñas minorías que se cuestionan las necesidades y los medios de la lucha, así como la perspectiva y el futuro de la sociedad.
Hoy en día, las huelgas se multiplican en Francia, Italia o Alemania. Pero esta combatividad sigue siendo dispersa y vacilante: la clase trabajadora aún se siente en gran medida impotente y le cuesta tomar iniciativas. Por el momento, los sentimientos de indignación coexisten sin reconocerse como un mismo movimiento de clase que defienda intereses comunes e internacionales. La clase trabajadora sigue, por lo tanto, vulnerable a las lógicas corporativistas, al encerramiento en la empresa, en el servicio, en el sector.
Un paso adelante
Sin embargo, la situación tiende a cambiar. En Airbus, en España, del 25 de agosto al 4 de septiembre de 2026, 14,000 empleados de varias plantas (Getafe, Sevilla, Illescas, Albacete, Cádiz) llevaron a cabo una huelga indefinida para exigir aumentos salariales. Esta lucha ha comenzado a demostrar la fuerza de la solidaridad obrera: los trabajadores han tomado las riendas de su lucha organizando asambleas generales masivas, debatiendo y decidiendo colectivamente.
La lucha en Airbus es inspiradora, pero no debemos detenernos ahí. La clase obrera debe ir aún más lejos, oponiéndose claramente a las divisiones orquestadas por las fuerzas de control de la burguesía, a empezar por los sindicatos y los partidos de izquierda que no han dejado de sabotear el movimiento, tratando de aislar a los trabajadores dentro de la empresa o de desviarlos hacia las instituciones democráticas, las elecciones y la defensa de la nación.
Tomar el control de la lucha
Luchar juntos: ese es el reto que se le plantea a toda la clase obrera. Debe afirmar su autonomía reconociéndose como una clase unida, no quedarse aislada, abrir sus asambleas generales a todos los proletarios y crear una relación de fuerzas llamando a otros sectores a sumarse al movimiento. No de manera platónica, sino extendiendo desde el principio la lucha mediante el envío de delegaciones masivas a todas partes, que deben buscar activamente la solidaridad de todos los sectores sin distinción: público, privado, pequeñas y grandes empresas…
Al rechazar los ataques y los salarios de miseria, la clase trabajadora comienza a enfrentarse a la explotación y a los estragos de una crisis que se agrava. De esta manera, abre una pequeña puerta hacia la lucha revolucionaria contra el capitalismo. El camino hacia el comunismo será largo, difícil, incierto y lleno de obstáculos. ¡Pero es el único que puede ofrecerle un futuro a la humanidad!
WH, 14-septiembre-2026
i Hay que sumar también los costos astronómicos de la destrucción ambiental.