El pasado 30 de julio, 60 mil migrantes, en su mayoría jóvenes procedentes de Marruecos, irrumpieron de repente en el enclave de Ceuta en busca de empleo en la Unión Europea. En este sentido, su sufrimiento debe conmover a la clase obrera mundial, que también es víctima de la explotación y el desempleo. La dantesca travesía a nado de estos jóvenes desesperados provocó la muerte de 77 de ellos. Nada más llegaron, los supervivientes agotados fueron recibidos por fuerzas del orden desbordadas, que contaron inmediatamente con el apoyo de un impresionante dispositivo de seguridad: unidades del ejército español, refuerzos de las fuerzas antidisturbios y la Marina española, además de los dispositivos ya presentes en una costa totalmente militarizada y fortificada. El retorno a Marruecos fue entonces igual de rápido y cruel.
La aceleración de la descomposición
Este episodio sin precedentes es más que una enésima tragedia. Este siniestro suceso se suma, sin duda, a los numerosos intentos mortales de los migrantes que, desde hace décadas, intentan a toda costa llegar a suelo europeo mediante la peligrosa travesía de un Mediterráneo convertido en un vasto cementerio marino. Pero esta vez la movilización no tuvo nada de espontánea: los migrantes inundaron la ciudad en un tiempo récord, sin precedentes, en menos de 24 horas.
Todo esto solo puede explicarse por el papel catalizador que desempeñan las redes sociales y los algoritmos; la acción «viral» de actores que afirman falsamente que «la frontera española está abierta»; actores, muy probablemente pertenecientes al ámbito estatal y de los que, como es lógico, ha sido imposible encontrar rastro, ya que los datos desaparecieron inmediatamente en el momento del suceso.
Los migrantes, víctimas tanto ayer como hoy, huyen de una pobreza que se ha vuelto insostenible. El continente africano, devastado por la crisis económica mundial, por la extensión y la exacerbación de los conflictos bélicos, por el caos de la descomposición y la creciente barbarie, se está volviendo inhabitable. La inflación y el desempleo afectan gravemente a este continente, como es el caso de Marruecos, donde el 37 % de los jóvenes están sin empleo. La nueva tragedia de Ceuta es, en este sentido, producto del mismo fracaso del capitalismo, la tragedia de esa misma clase explotada, la de la clase obrera de todo el mundo que solo tiene su fuerza de trabajo que vender para poder subsistir, a menudo a costa de los peligros del exilio forzoso.
Quienes se han aventurado a responder a la llamada de las redes sociales se han arriesgado a ahogarse. Han sido sistemáticamente perseguidos, acorralados y expulsados. Lo mismo ocurre en todos los continentes: se levantan alambradas, muros y torres de vigilancia que ya no son suficientes. De hecho, España acaba de instalar recientemente una barrera flotante de 500 metros de longitud frente a la costa del enclave de Ceuta, lo que expone a los nuevos candidatos al exilio a un obstáculo aún más disuasorio y mortífero. Ya se habían erigido en otros lugares dispositivos flotantes similares, prácticamente infranqueables, que se cobraron más víctimas, por ejemplo, en el Río Bravo, al bloquear brutalmente la frontera de México con Estados Unidos.
Todos los Estados son responsables y/o cómplices de estos dispositivos bárbaros. Y los bonitos discursos sobre el «derecho de asilo» y la «libertad de circulación» tienen como único objetivo enmascarar la gestión contable, el lucro y el control destinados a garantizar el orden capitalista, a servir exclusivamente a los intereses del Estado burgués frente a los «indeseables» que buscan desesperadamente cruzar las fronteras cercadas para sobrevivir. En este sentido, los bonitos discursos de la izquierda y de los izquierdistas, que se indignan en nombre del «derecho», no hacen más que reforzar la mano de hierro reivindicada abiertamente por los partidos de derecha y de extrema derecha, que pregonan «reforzar las fronteras» frente al «llamado anónimo en las redes» para prevenir la «invasión». Aunque los discursos políticos de los Estados más democráticos y de la izquierda parezcan más «humanos», no por ello son menos engañosos y mortíferos. El Estado democrático francés, por ejemplo, había intentado no priorizar la cuestión de los migrantes frente a los torturadores de los abominables campos libios, mientras que la propia Unidad Europea (UE), sigue delegando en terceros países el trabajo sucio de reprimir y encerrar a cambio de cuantiosas retribuciones y a costa de numerosos chantajes a: Turquía, Túnez, Marruecos, etc. La propia Gran Bretaña había firmado un acuerdo de expulsión con Ruanda, la Italia de Meloni había externalizado su política hacia centros en Albania, etc. Lo que sí es cierto, sin embargo, es que la izquierda y las corrientes políticas denominadas fraudulentamente «progresistas» no han sido menos eficaces que las de derecha o ultraconservadoras. ¡Al contrario, han sido temibles! En Estados Unidos, por ejemplo, Obama y Biden han sido mucho más eficaces que Trump y su milicia ICE a la hora de expulsar a los inmigrantes ilegales, llegando incluso a separar a los niños hispanos de sus familias. En cuanto a brutalidad, la izquierda no tiene nada que envidiar a los peores torturadores de la derecha, como pudo atestiguar en su momento, con las felicitaciones de la UE, el socialista español Zapatero, cuyas fuerzas del orden acabaron con la vida a tiros de cinco migrantes en 2007. Ese mismo Gobierno socialista había ordenado el despliegue masivo de tropas de la Legión y de la Guardia Civil con la consigna de repeler a los migrantes de forma «humana». Esto significaba devolver a los migrantes al Estado marroquí, que tomaba el relevo abandonándolos en el desierto al sur de Oujda, organizando redadas en las ciudades del país, organizando vuelos chárter de repatriación a Malí y Senegal, y transportando a un gran número de personas en los «autobuses de la muerte» … hacia el desierto del Sáhara. Esta barbarie sigue produciéndose entre bastidores y no hace más que intensificarse y generalizarse por todas partes.
Una instrumentalización abyecta
Hoy en día, aunque el objetivo sigue siendo confinar y recluir a los migrantes intentando apoyarse en terceros países de forma hipócrita e ignominiosa, con total desprecio por la vida de las personas en situación de necesidad, la tendencia es utilizar de forma más sistemática y cínica a los migrantes como arma geopolítica. Sin ningún respeto por la dignidad humana, se «cosifica» a los migrantes, y los Estados ya no dudan en mercantilizar su sufrimiento para ejercer presiones políticas o desestabilizar a sus rivales. Parece bastante probable que Marruecos haya desempeñado así un papel importante en la situación actual, ya que los testimonios destacan la actitud de «dejar hacer» y «dejar pasar» por parte de las fuerzas del orden en la frontera. Por otra parte, no es la primera vez que Marruecos utiliza abiertamente a los migrantes como moneda de cambio contra el Gobierno español. En 2021, la acogida por parte de España del líder del Frente Polisarioi -fuente de descontento diplomático para Marruecos, dado el conflicto sobre el Sáhara Occidental- fue seguida inmediatamente de represalias: ¡10 mil migrantes cruzaron entonces la frontera hacia Ceuta y España! Ahora, el Gobierno de Sánchez está aún más en el punto de mira debido a sus posturas políticas internacionales, especialmente en lo que respecta a Palestina e Irán. Pero esta vez Marruecos está muy lejos de ser el único actor probable, teniendo en cuenta el contexto y las circunstancias del éxodo masivo y repentino del 30 de julio. De hecho, esta tragedia tiene lugar en un contexto muy particular; en un momento en el que varios países desean «sancionar» o ejercer «represalias» contra España. En primer lugar, Marruecos, una vez más, no digiere el acercamiento entre Madrid y Argel. Pero hay que añadir a ello, sobre todo, el descontento de Israel ante el reconocimiento del «Estado palestino» por parte de España y la negativa del Gobierno español a permitir que el ejército estadounidense utilice las bases aéreas situadas en su territorio, en Andalucía, con vistas a operaciones militares en Irán. Tanto Trump como Netanyahu han dejado claro que la actitud de España «no quedaría sin consecuencias» … Y lo cierto es que Tel Aviv y Washington apoyan a Marruecos frente a España, sobre todo desde la adhesión de Marruecos a los Acuerdos de Abraham de 2020,
al reconocer su soberanía sobre el Sáhara Occidental. Del mismo modo, se constata que, personas cercanas al secretario de Estado Marco Rubio tienden a cuestionar la soberanía de España sobre los enclaves de Ceuta y Melilla, permitiéndose señalar que están «geográficamente vinculados a Marruecos». ¿Acaso Trump no había querido «cortar todo comercio con España»? De una forma u otraii, todo apunta a que Estados Unidos e Israel, con la complicidad de Marruecos, han favorecido, como mínimo, las condiciones que han llevado, en cierto modo, a «castigar a España».
Pero, independientemente de si han desempeñado o no un papel directo en el desencadenamiento de la migración sorpresa hacia Ceuta, una cosa es absolutamente cierta: ellos han instrumentalizado de inmediato y de forma abyecta este sufrimiento humano con fines políticos, regocijándose ante la situación de pánico en España. Trump calificó irónicamente de «invasión» el episodio de Ceuta, alardeando de sus méritos frente al «bando malo» en caso de victoria de los demócratas en las próximas elecciones estadounidenses, dando a entender de forma grosera que él sería el «único baluarte frente a las inevitables invasiones» en Estados Unidos. Trump también constata con satisfacción que la crisis de Ceuta abre una brecha adicional entre los Estados miembros de la UE. En cuanto a Israel, podemos dar un ejemplo revelador de su mentalidad destacando las declaraciones de su embajador, Dany Danon, quien acusó a España ante la ONU, durante la crisis de Ceuta, de «mantener enclaves coloniales en África».
Los Estados miembros de la UE no se han quedado atrás y, de hecho, han puesto al descubierto sus propias rivalidades instrumentalizando, de forma igualmente abyecta e inhumana, la explotación de este trágico suceso en beneficio del populismo, alimentando los discursos de la extrema derecha y el desorden mundial. Así, Italia se desmarcó inmediatamente de España, solicitando su «suspensión del Espacio Schengen». Francia del mismo modo «reforzó de inmediato sus controles fronterizos», mientras que Dinamarca, Finlandia y Suecia proponían «restricciones». Sobre las espaldas de los migrantes, cada Estado ha aprovechado la situación al servicio de sus sórdidos intereses imperialistas, dejando al descubierto abiertamente la lucha de todos contra todos y las crecientes rivalidades que se esconden tras una tardía unidad de fachada durante la reunión de urgencia de los ministros de los 27 Estados miembros (por videoconferencia el martes 4 de agosto).
La profundización de la crisis histórica del capitalismo, el proceso de descomposición que lo socava a gran velocidad, hace que todos los Estados se muestren cada vez más tal y como son: monstruos fríos, sin fe ni ley. Al mismo tiempo, la clase dominante utiliza sus propios miasmas para volverlos contra la clase obrera. Así, instrumentaliza los miedos para corromper la toma de conciencia, convirtiendo a los migrantes en chivos expiatorios a los que hay que reprimir y expulsar. Ante estos discursos repugnantes y bárbaros, el proletariado debe hacer oídos sordos y debe reconocer que los migrantes son, ante todo, al igual que ellos mismos, víctimas de la explotación de un capitalismo en descomposición cada vez más mortífero.
WH, 7 de agosto.
i España ya no apoya oficialmente al Frente Polisario y ha aceptado el «Plan de autonomía del Sáhara Occidental» de Marruecos. Sin embargo, la recepción de su líder ha reavivado la antigua controversia.
ii Esta hipótesis puede respaldarse con el precedente de la guerra híbrida librada por el bielorruso A. Lukashenko. Este, en 2021, atrajo masivamente a ciudadanos extranjeros (procedentes de Oriente Medio y África) mediante la concesión de visados para empujarlos en masa hacia las fronteras de la UE con fines de desestabilización.