Nuestro camarada Luciano nos ha dejado el 12 de mayo de 2026. Es una gran pérdida para nuestra organización. Es cierto que todos los militantes son valiosos, pero hay algunos cuya desaparición deja un vacío especialmente grande en nuestras filas, y ese es el caso de nuestro camarada. Fundamentalmente, es la calidad del compromiso militante de Luciano lo que nos hace sentir con intensidad la pérdida de este camarada, una calidad de compromiso de la que daremos algunos ejemplos tras repasar su trayectoria política.
Luciano procedía de una familia relativamente modesta (su padre era carpintero artesano) que, sin ser militante, tenía simpatías por la izquierda y, sobre todo, era muy abierto y acogedor. No hay determinismo: se puede llegar a ser militante comunista teniendo padres burgueses y reaccionarios. En el caso de Luciano, el rechazo a esa sociedad —y, por tanto, el inicio de su camino hacia el militantismo— se vio favorecido por sus orígenes familiares, aunque, posteriormente, la radicalidad de su compromiso pudiera escandalizar a los miembros de su familia.
Luciano cursó estudios universitarios de química, lo que le habría permitido convertirse en ingeniero, una profesión mejor remunerada que la de profesor que él eligió. Pero esa elección, al igual que la de dedicarse a la investigación, respondía a su vocación de transmitir sus conocimientos y su experiencia a las nuevas generaciones. Nuestro compañero siempre decía que su principal compromiso era el militantismo, pero eso no le impidió tomarse muy en serio su actividad profesional, lo que le valió un gran aprecio por parte de sus alumnos. En particular, lo que quería transmitirles era, sobre todo, un método de pensamiento —en el que los conocimientos constituían una herramienta— que les permitiera reflexionar por sí mismos, de una forma diferente a la de los conocimientos dominantes. Así, en una época en la que la ecología aún no estaba de moda, Luciano trabajó intensamente para implantar el plan de estudios de ciencias ambientales en la Universidad de Nápoles, y uno de sus grandes placeres era cuando, acompañado de sus estudiantes, se dirigía a una planta de tratamiento de aguas residuales, a la costa o a un sitio contaminado para tomar muestras, para luego analizar y estudiar lo qué se debería o se podría haber hecho para sanear el lugar, especialmente si la sociedad estuviera libre de la ley de la ganancia.
De hecho, sus competencias y su seriedad le habrían permitido hacer «carrera» en el ámbito universitario, pero le dio la espalda a esa perspectiva, prefiriendo dedicarse a su actividad docente y a su militantismo.
Luciano se convirtió en militante a principios de los años setenta, una época marcada en muchos países por una fuerte agitación en el ámbito estudiantil y por luchas obreras de gran importancia. El ejemplo más conocido de esta situación es, evidentemente, el movimiento de mayo de 1968 en Francia, donde la revuelta estudiantil fue seguida por la mayor huelga de la historia del movimiento obrero, en la que participaron cerca de diez millones de trabajadores durante varias semanas. Y fue precisamente en Italia donde este movimiento continuó con gran intensidad en 1969 con lo que se denominó «el otoño caliente» o también «el mayo rampante». Las luchas obreras se concentraron sobre todo en el norte industrial del país, especialmente en Turín, donde ya existía, desde 1962, toda una experiencia de huelgas que cuestionaban el yugo sindical. Durante todo un período, se vio cómo se constituían y se desarrollaban múltiples grupos, como Potere Operaio y Lotta Continua, pertenecientes a la «Izquierda extraparlamentaria», que denunciaba la política del Partido Comunista y de los sindicatos, así como la participación en el juego electoral. Estos movimientos eran muy activos entre la clase obrera y en las universidades, y todos se consideraban «revolucionarios», pero estaban atrapados en las mistificaciones «antiimperialistas» y «antifascistas». En Nápoles, el componente obrero de estos movimientos era mucho más reducido que en el norte y desarrollaban su actividad principalmente en la universidad. En este contexto, nuestro camarada Luciano, que por entonces cursaba sus estudios, se comprometió políticamente con un grupo llamado «Izquierda Universitaria», que se reivindicaba de Lenin y estaba influenciado por las ideas de la Escuela de Fráncfort. Con el declive de las luchas obreras y de la agitación en el ámbito estudiantil, el grupo desapareció, pero algunos de sus miembros y simpatizantes mantuvieron el contacto y siguieron reuniéndose en el departamento de Luciano. Estos miembros estaban insatisfechos con las respuestas ofrecidas por los distintos grupos de extrema izquierda hasta que comenzaron a conocer las posiciones y la experiencia de la Izquierda Comunista.
Crearon un círculo de debate denominado «Frazione comunista di Napoli» y se pusieron en contacto con la CCI, que ya contaba con una pequeña presencia en el norte, pero principalmente a través de las discusiones con miembros de la sección en Francia, en particular con nuestro camarada Marc Chirik, fue como adoptaron las posiciones de nuestra organización. Luciano y otros miembros del círculo se afiliaron a la CCI en 1976, poco más de un año después de su fundación.
La trayectoria de Luciano y sus compañeros es notable porque, tras el reflujo de las luchas obreras en Italia (y en el resto del mundo), la gran mayoría de quienes habían participado en las movilizaciones de la primera mitad de los años setenta cayeron en la desmoralización y la desesperación. Fue precisamente esta desesperación la que llevó a algunos de ellos a abandonar toda actividad política, a unirse a los partidos de izquierda tradicionales o a adentrarse en el trágico callejón sin salida del terrorismo con grupos como las «Brigate Rosse» («Brigadas Rojas») y «Prima Linea». Y precisamente Luciano formó parte de la minúscula minoría de participantes en las movilizaciones que sucedieron al «Otoño Caliente» que se negó a capitular ante el ambiente tóxico de los «años de plomo» para sumarse a la lucha histórica de la clase obrera.
Desde entonces, Luciano se implicó plenamente en la vida de la CCI. Esta implicación en la actividad internacional de nuestra organización se ha reforzado aún más cuando fue nombrado delegado de la sección italiana en el órgano central de la CCI. Y resulta interesante citar a este respecto las palabras del camarada B., que le había precedido en ese cargo: «Yo volvía de las reuniones plenarias del Buró Internacional y era incapaz de informar sobre los debates, mientras que Luciano, tras ser nombrado delegado de la sección en el BI, regresaba y presentaba informes detallados y muy útiles, que la sección podía aprovechar.» De hecho, esta observación del camarada B. pone de manifiesto dos grandes cualidades de Luciano. Por un lado, un sentido de la responsabilidad excepcional, la voluntad de cumplir con gran rigor las tareas que le confiaba la organización. Por otro lado, una profunda adhesión al carácter colectivo de la actividad militante. Estas cualidades las expresó aún unas horas antes de su fallecimiento, durante una conversación que mantuvo con una delegación de dos camaradas de la CCI procedentes de otros países. Aunque cada vez le costaba más hablar, y consciente de que se acercaba el final de su vida, pronunció unas palabras que resumían su compromiso. Así quiso expresar su gratitud hacia la CCI y sus militantes. De este modo, confirmaba lo que habíamos podido constatar durante medio siglo: su compromiso con la actividad colectiva de nuestra organización había constituido un pilar esencial de su existencia.
En sus últimas palabras, insistió también en la enorme importancia de nuestra organización y en la imperiosa necesidad, no solo de dotarla de principios y bases programáticas sólidas, sino también de defenderla a capa y espada. Así, evocó su participación en la lucha que la CCI libró en 2001 contra un clan que se había formado en el órgano central de la CCI y que, bajo el nombre de «Fracción interna de la CCI» y posteriormente de «Grupo Internacional de la Izquierda Comunista», se fijó finalmente como objetivo la destrucción de nuestra organización. En ese combate, Luciano desempeñó un papel destacado y, aunque en la conversación no destacó la importancia de su contribución, sí recordó la satisfacción de haber podido participar en ella1.
La CCI siempre ha afirmado que el compromiso militante implica la participación en un combate. Ha subrayado que el espíritu de lucha es una característica fundamental de ese compromiso, y nuestro camarada siempre manifestó ese espíritu en su máxima expresión, incluso hasta los últimos momentos de su vida. Se podría incluso decir que los años no han hecho más que reforzar ese espíritu de lucha, así como, en términos más generales, la calidad de su militantismo, mientras que algunos militantes de la CCI no siempre han logrado evitar —como ha ocurrido a menudo en el movimiento obrero— una pérdida de su combatividad, de su convicción o de la claridad política que habían adquirido anteriormente.
Este espíritu de lucha también se manifestó en sus contribuciones a la prensa sobre los ataques que sigue sufriendo la CCI, así como en la crítica a las derivas que afectan al ámbito político proletario, del que realizaba un seguimiento escrupuloso.
Por último, sus últimas palabras pusieron de relieve la gran importancia de transmitir a las nuevas generaciones las lecciones y la experiencia de una generación que no puede sino ir reduciéndose cada vez más hasta desaparecer. Dijo que «la desaparición de un viejo militante puede provocar angustia, pero esa desaparición no debe ser motivo de desmoralización; al contrario, debe servir de estímulo para que los jóvenes asuman su responsabilidad para con la clase obrera». Hasta el final de su vida, Luciano plasmó en su militantismo esta preocupación por las nuevas generaciones, implicándose de forma muy activa y eficaz en los debates con los contactos, los simpatizantes y los futuros militantes.
De hecho, la vida del camarada Luciano constituye en sí misma una contribución de primer orden a la formación de los nuevos militantes. Estos camaradas no pueden sino inspirarse en su ejemplo de dedicación, combatividad, reflexión y capacidad para cuestionarse a sí mismo cuando se daba cuenta de que había cometido un error (una actitud cuya necesidad reafirmó en la última conversación con la delegación).
Para concluir, queremos expresar a su pareja y a sus dos hijos toda nuestra condolencia y solidaridad.
CCI
1 Al hacerlo, por última vez, expresó lo que constituye la esencia de la actividad militante: la lucha, una actitud que ya había adoptado Marx cuando respondió que su idea de la felicidad era luchar. Véase el cuestionario que le hicieron sus hijas hacia 1865.