¿Hacia dónde va el mundo? Con la guerra en el Medio Oriente, son muchos los que se hacen esta pregunta ante los discursos totalmente irracionales que surgen desde las altas esferas de los Estados involucrados, en particular en el más poderoso del mundo: EE.UU. Por supuesto, existe el oscurantismo tradicional de los fundamentalistas religiosos en Irán, el de los mulás, los Guardianes de la Revolución o Hezbolá en el Líbano, destinado a controlar, reclutar y movilizar a la población para la guerra; pero también existe en Israel la limpieza étnica promovida por el sionismo radical, que busca restaurar el «Gran Israel» bíblico, libre de su población no judía. Por último, por parte de EE.UU. la justificación estratégica del conflicto se ha mantenido muy vaga, cambiante e incluso contradictoria. Y, sobre todo, la propaganda bélica ha difundido, por parte de la administración de Trump, un discurso mesiánico delirante, como el del «Secretario de Estado para la Guerra», Pete Hegseth, quien difundió la idea de que EEUU está investido de una misión divina de defender la civilización cristiana occidental mediante la fuerza militar (la «Cruzada Estadounidense», siendo los estadounidenses los nuevos cruzados que defienden Occidente).
Sin embargo, el fenómeno no puede reducirse únicamente a la estupidez de facciones burguesas como las de Trump o Netanyahu, por ejemplo. De hecho, detrás de estas manifestaciones de irracionalidad existe una base materialista cuya dimensión social se traduce, en particular, en la putrefacción de las superestructuras ideológicas de la clase dominante, aquellas que surgen de un mundo capitalista en descomposición, un mundo sin porvenir.
El auge de las ideologías irracionales en la sociedad…
Desde hace varios años, asistimos a este auge de teorías políticas y visiones del mundo profundamente irracionales: el movimiento de los «ciudadanos soberanos», el libertarismo, los radicalismos religiosos de diversos tipos, etc. Estos fenómenos ya no son obra de internautas aislados o de grupúsculos marginales: ahora son impulsados por sectores centrales de la burguesía y se difunden ampliamente entre la población.
Entre las manifestaciones más visibles, cabe destacar en particular la pérdida de confianza en la ciencia, que se manifiesta a través de diversas corrientes:
- el escepticismo climático: desde hace décadas, los científicos habían pronosticado que el efecto invernadero, causado por el aumento exponencial de la emisión de gases de efecto invernadero (en particular el CO₂) a la atmósfera, provocaría un calentamiento del planeta, lo que tendría como consecuencia un aumento de la temperatura promedio en la Tierra, que, a su vez, provocaría un cambio climático con una multiplicación de fenómenos extremos, como ciclones, lluvias torrenciales, hambrunas y sequías. Estas predicciones se han confirmado ampliamente y de manera dolorosa a lo largo de las últimas décadas y, más recientemente, con el verano de calor extremo que se presentó antes de lo habitual en 2026. Las consecuencias económicas, pero también aquellas en términos de vida y salud humanas, especialmente para el futuro, serán incalculables. El objetivo aquí no es explicar por qué la clase dominante prácticamente no ha hecho nada para frenar estos efectos1, sino señalar cómo, a pesar de los argumentos científicos y la verificación empírica de las predicciones, existe, a pesar de todas las evidencias, una corriente negacionista que goza de gran popularidad2.
- La corriente «anti vacunas»: durante la epidemia del coronavirus se ha visto, en todo el mundo, a muchas personas que no se han limitado a dudar de la vacuna contra el COVID-193, sino que han puesto en tela de juicio, en general, la validez de las vacunas, tanto las que se utilizan desde hace décadas, como la vacuna contra la poliomielitis, como otras que, sin embargo, han salvado a millones de personas.
Esta falta de confianza en la ciencia no tiene nada de racional; no se basa en contra experimentos ni en razonamientos capaces de fundamentar esa desconfianza, sino en una convicción de naturaleza conspirativa, otra manifestación de irracionalidad que niega los resultados de la ciencia, a la que fanáticos acusan de manera totalmente irresponsable de difundir mentiras al servicio de fuerzas oscuras que tendrían intenciones aún más oscuras4.
Otra concepción vinculada a los planteamientos conspirativos es la teoría del «Gran reemplazo»: Se trata de una idea totalmente infundada e irracional que se ha desarrollado en los últimos tiempos, según la cual «la llegada masiva de refugiados» sería, una vez más, producto de un plan de fuerzas oscuras que querrían sustituir a las «poblaciones locales» de una nación (o incluso de un continente como Europa) para «someterlas». Esta teoría, cuya difusión es instrumentalizada políticamente por los Estados —en particular por la derecha populista y la extrema derecha—, se basa en el miedo (bien alimentado) a lo desconocido, al extranjero, y en la búsqueda de chivos expiatorios para una sociedad que se hunde cada vez más en la miseria y la violencia.
¿Qué es lo que une a todas estas teorías irracionales? ¿Y qué es lo que las alimenta más allá de la propaganda de la derecha populista? La incertidumbre que genera el sistema capitalista en descomposición, aquella que domina la vida social; la falta de confianza en el futuro, y también en la posibilidad misma de un futuro; y, por lo tanto, una huida de la realidad y del pensamiento racional para refugiarse en creencias místicas, esotéricas y conspirativas. Ante una realidad que no se puede aceptar ni comprender, nos negamos a darle una explicación racional.
…Y en el bullicio político burgués
Estas teorías irracionales no se limitan solo a ciertos sectores de la población, sino que se han convertido en parte integral e importante de la política de ciertos partidos políticos y gobiernos, lo que significa que sus consecuencias son graves y de alcance internacional. En la actualidad, las teorías más descabelladas y las concepciones más delirantes afectan a las altas esferas de los Estados más poderosos del mundo, como se puede ilustrar con tres ejemplos:
-El cuestionamiento, o incluso el rechazo de la ciencia: la desconfianza tiende a ganarse a líderes políticos y figuras influyentes de la clase dominante, quienes se convierten en portavoces de ataques directos contra la ciencia, llegando incluso a promover políticas nocivas y peligrosas para su propia población. Así, Trump nombró como secretario de Salud a Robert Kennedy Jr., un anti vacunas declarado, lo que perjudicó gravemente las campañas de vacunación: «Estados Unidos enfrenta una epidemia de sarampión que no deja de crecer, escapándose por las rendijas de una red de vacunación cada vez más desgastada». Al 17 de julio, los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades habían registrado 2 260 casos desde principios de año, lo que equivale al total de todo el año 2025 (2 288 casos) y es diez veces más que en el año 2024. Esta aceleración podría costarle a la primera potencia mundial, en la próxima evaluación de noviembre, su estatus de país que ha eliminado el sarampión, el cual mantenía desde el año 2000. El 10 de noviembre de 2025, Canadá ya había perdido ese estatus; le siguieron seis países europeos, entre ellos el Reino Unido y España, el 26 de enero. «Es la epidemia más grave desde la de 1989-1991, la situación está fuera de control», explica Patsy Stinchfield, directora de Measles Collaborative (el «colectivo contra el sarampión») (Le Monde, del 23 de julio). Nos imaginamos el desastre que podría ocurrir en caso de una nueva epidemia del tipo Covid (algo que los científicos consideran altamente probable).
El ataque contra la ciencia también se manifiesta de manera trágica ante el cambio climático: Trump siempre ha sostenido que «el cambio climático es un engaño, una estafa». Esto es lo que le permitió anunciar descaradamente en febrero una desregulación en materia de emisiones de gases de efecto invernadero (en consonancia con su lema «Drill, baby, drill»). En Argentina, el presidente Milei, partidario de Trump, se ha pronunciado con posturas idénticas; al igual que ciertas facciones en otros gobiernos, como por ejemplo la Lega de Salvini en Italia.
El hecho de rechazar o posponer indefinidamente las medidas para combatir el calentamiento global no se debe únicamente a este negacionismo extremo, sino que también se manifiesta en la falta de recursos y en el callejón sin salida del capitalismo, que no puede sino reducir a la clase dominante a la impotencia ante las catástrofes.
-El mesianismo está cobrando fuerza y cuenta con un fuerte respaldo por parte de los poderosos de la clase dominante: Musk, el hombre más rico del mundo, se presenta como un nuevo Mesías, afirmando querer «salvar a la humanidad de la extinción a través de la tecnología y los viajes espaciales». No se trata solo de los delirios de un superego, pues este megalómano respalda a todas las fuerzas de la extrema derecha populista en Europa que propagan todas estas ideologías delirantes. Mezclando fe evangélica y cristianismo tradicionalista, D. Trump, el presidente del Estado más poderoso del mundo, se presenta como el «salvador» de EE.UU., como el hombre «elegido por Dios para esta misión», mientras que Hegseth, su «ministro de la guerra», se tatúa símbolos de los «cruzados de occidente». Estas ideologías, ampliamente compartidas por el movimiento MAGA que hizo posible la victoria electoral de Trump, sirven para justificar la política interna y externa de la administración Trump: - en el ámbito interno, mediante el establecimiento de una lealtad ciega y absoluta hacia el «líder» (lo que lo lleva a elegir a sus colaboradores no en función de sus competencias, sino de su lealtad personal), en el plano externo, mediante la adopción de una política brutal, ciega y depredadora en el ámbito imperialista, como se ha visto en Venezuela, con la guerra en Irán o con sus ambiciones respecto a Groenlandia, pero también en el ámbito económico con la guerra de aranceles o las amenazas económicas hacia algunos países.
-El libertarismo5, esa corriente nihilista y «anti estatal», representa otra expresión de la difusión de la irracionalidad en la sociedad burguesa. Inspira en gran medida la política de la administración de Trump y llegó al poder en Argentina con Milei, «el presidente de la motosierra». El libertarismo exalta el individualismo, la propiedad privada y la desregulación, es decir, algunas de las expresiones más notables de un sistema capitalista en descomposición: la glorificación del individualismo corresponde a la explosión del «cada uno por su cuenta» en todos los niveles de la sociedad, ante la desaparición del tejido social y la exacerbación de los enfrentamientos en todos los frentes entre imperialismos grandes y pequeños. En cuanto a la desregulación, se opone a toda la política de la burguesía para hacer frente a la decadencia irremediable de su sistema: el capitalismo de Estado, porque solo el Estado tiene la fuerza política y económica para sostener una economía en crisis permanente. La actitud vandálica de un Trump, quien, en nombre de la lucha contra el «deep state» (es decir, las distintas articulaciones del poder del Estado), sabotea y ciega al Estado estadounidense al eliminar servicios competentes, pisotear la competitividad, atacar la investigación y los estudios de vanguardia, y destituir y despedir a los expertos más competentes para reemplazarlos por ignorantes o simples ideólogos, es una clara expresión de esa teorización de la putrefacción del capitalismo que representa el libertarismo.
Un producto de la descomposición y de la falta de perspectiva
Toda esta explosión de irracionalidad en el pensamiento y en la vida de la sociedad actual solo puede entenderse basándose en el análisis del materialismo histórico, el método marxista. De hecho, toda sociedad tiene su base material en las relaciones de producción dominantes. Sobre estas relaciones de producción se construye un aparato ideológico y jurídico destinado a justificar esas mismas relaciones de producción, en coherencia con ellas. Así, por ejemplo, en la fase emergente del capitalismo, cuando la burguesía comenzaba a afianzar su dominio en la esfera de la economía, el pensamiento filosófico desarrollaba las posiciones de los utópicos y los racionalistas, una visión positiva del mundo que reconocía en la razón humana la capacidad de avanzar y liberarse de los prejuicios religiosos que hasta entonces se habían dedicado a justificar la inmutabilidad de una jerarquía propia del modo de producción feudal. El pensamiento filosófico idealista que le siguió, en su primera fase, seguía siendo un pensamiento positivo, que justificaba la existencia como un puro desarrollo del espíritu6. En el siglo XIX, la corriente positivista afirmaba su confianza en la ciencia y en la capacidad humana para alcanzar un progreso y un desarrollo infinitos. Sin embargo, hacia finales del siglo XIX y sobre todo durante el siglo XX, este racionalismo que se había afianzado terminó entrando en crisis, anunciando «el fin de las certezas» y propagando el agnosticismo y el pesimismo.
Todo esto podría resumirse en la fórmula de Marx, según la cual, en condiciones determinadas, «no es la conciencia la que determina el ser, sino el ser el que determina la conciencia». (La Ideología Alemana). Al igual que en el análisis del pasado, es en la situación objetiva del capitalismo actual donde hay que buscar la raíz del desarrollo de la creciente irracionalidad del pensamiento burgués.
El estado actual del capitalismo (desde hace un siglo) es el de su declive histórico, de su crisis histórica, de su incapacidad para seguir desarrollando las fuerzas productivas, de su incapacidad para garantizar una perspectiva positiva a la humanidad. Pero si la irracionalidad se ha intensificado aún más en las últimas décadas, es porque el capitalismo decadente ha entrado en su fase final, fase que hemos denominado el período de su descomposición. Una fase en la que la burguesía no es capaz de imponer a la sociedad la única solución que conoce para su crisis histórica —la guerra mundial—, porque el proletariado, a pesar de sus debilidades y dificultades actuales, no está dispuesto a someterse a ese sacrificio extremo7 y, por lo tanto, la burguesía es incapaz de organizarse en consecuencia en un mundo que tiende a desintegrarse. Y esto, cuando el proletariado aún no ha sido capaz de politizar sus luchas, ni ha demostrado su capacidad para ofrecer otra solución a la barbarie capitalista: la revolución comunista.
Este estancamiento en las relaciones sociales, debido a la crisis histórica de un sistema en agonía, se traduce en que la sociedad se pudre en vida. En ninguna parte se vislumbra una salida; en una palabra, le falta una perspectiva a toda la sociedad. Como toda clase que se ha vuelto obsoleta, cuyos intereses chocan con el desarrollo contradictorio de la sociedad, la burguesía se hunde en lo inmediato y lo irracional. La mera existencia de una clase y de un sistema condenados por la historia solo puede justificarse de manera cada vez más irracional a medida que ese sistema se hunde en su crisis histórica, con sus delirios místicos, su decadencia moral y el individualismo desenfrenado que se despliega en él.
El fenómeno afecta también a las demás clases, igualmente privadas de perspectiva. La pequeña burguesía, clase sin perspectiva por excelencia, está particularmente expuesta a ello, sobre todo a través del libertarismo y las formas reaccionarias del anti estatismo o la rebelión fiscal. La clase obrera, aunque por naturaleza más resiliente, no escapa totalmente a ello: sus sectores más frágiles, al no poder concebir una perspectiva histórica proletaria, se refugian a su vez momentáneamente en teorías simplistas y consoladoras (negación de la crisis climática, espera mesiánica…) o en la búsqueda de chivos expiatorios que supuestamente expliquen la crisis (las «élites», los extranjeros, los judíos…).
La burguesía utiliza su propia descomposición contra el proletariado. El único futuro reside en la perspectiva revolucionaria
Por el momento, la burguesía aún logra volver los efectos putrefactos de la descomposición de su sociedad contra la clase obrera. La izquierda, en particular, explota las aberraciones ideológicas para hacer un llamado a la «defensa de la democracia» y del «Estado de derecho» burgués, o incluso a por «líderes responsables».
Lo hemos visto en Estados Unidos durante las manifestaciones «No Kings», en Alemania con las manifestaciones contra la AfD, en distintos países del mundo con las manifestaciones contra la corrupción de los gobiernos (en Nepal, Bangladesh, etc.), sobre todo en los círculos juveniles, la «generación Z». Todas estas manifestaciones, impulsadas sobre todo por los partidos de izquierda o los grupos de extrema izquierda de la burguesía, no son más que engaños que pretenden hacernos creer que se puede luchar por un capitalismo «más justo», más «democrático» y supuestamente más «verde». Sin embargo, este sistema no puede reformarse, ¡hay que destruirlo!
Frente al pensamiento decadente propio del capitalismo en declive, marcado por la imposibilidad de la clase dominante de ofrecer una perspectiva positiva a la humanidad, existe otro análisis, otra forma de ver la historia de las sociedades, una visión positiva y racional que abre una perspectiva alternativa a la barbarie del capitalismo: la del marxismo.
El marxismo expresa la perspectiva de otra clase social distinta a la que nos domina y nos destruye: el proletariado. Es la única clase explotada que puede destruir el capitalismo y llevar a la humanidad a otro período de la historia: un período que estará marcado por la cooperación y el fin de la explotación, por la abundancia y el fin de la miseria, por la solidaridad y el rechazo a la competencia y al «cada uno por su cuenta». En este sentido, el marxismo no es un sistema filosófico más entre otros (como se enseña en las escuelas), sino el arma de lucha de una clase consciente que no tiene nada que defender en esta sociedad y todo un mundo que construir.
Hoy en día, esta clase aún no tiene la capacidad de llevar a cabo una acción abiertamente revolucionaria, pero a través de sus luchas y su combate para defender sus condiciones de vida cotidianas, atacadas por la crisis del capital; a través de su experiencia en la lucha y, sobre todo, gracias a la propaganda y a la intervención de los revolucionarios, podrá politizar su lucha. Y cuando «la masa se apodera de la teoría, esta se convierte en una fuerza material» (Marx).
Helios (26 de julio)
1 Puedes consultar nuestro «Manifiesto sobre la crisis ecológica».
2 Aquí nos referimos a los sectores de la población que siguen estas teorías negacionistas, y no a los políticos burgueses que, tras estas teorías, quieren ocultar la negligencia de la clase dominante, cuya acción se guía únicamente por la búsqueda de ganancias y no por la defensa de las necesidades sociales y de la vida humana.
3 Esta vacuna se produjo rápidamente, pero sirvió para frenar la infección. No se han podido realizar estudios serios sobre las contraindicaciones y/o los posibles efectos secundarios relacionados con el uso de la vacuna, lo que podría explicar, aunque solo en parte, esta falta de confianza.
4 Es imposible no darse cuenta de cómo esta actitud conspiracionista, aunque no sea alimentada directamente por sectores importantes de la clase dominante, le hace un favor a esta, ya que desvía su responsabilidad por los sufrimientos de la humanidad hacia fuerzas oscuras que no se pueden identificar.
5 «Es una ideología y filosofía política desarrollada en Estados Unidos en torno a un “conjunto de teorías que otorgan una prioridad absoluta a la libertad y al derecho natural, haciendo hincapié en la libertad de elección, el individualismo y la asociación voluntaria por encima de otros valores como la autoridad, la tradición y la igualdad”.
Los libertarios comparten la idea de que el Estado es una institución coercitiva, ilegítima e incluso innecesaria, y valoran la libertad individual y la asociación voluntaria. Quieren basarse en un liberalismo económico, que se ejerza en el marco de un capitalismo desregulado, y en un Estado mínimo (minarquismo). (…). El objetivo es lograr una sociedad que, según ellos, respete al máximo la libertad individual y, más particularmente, la propiedad privada». (Wikipedia)
6 Marx reconocía que la dialéctica de Hegel representaba un avance en el pensamiento, pero simplemente había que invertirla, «ponerla en su lugar».
7 Las luchas de los últimos años lo demuestran: el proletariado no está dispuesto a aceptar pasivamente los sacrificios económicos que le impone la burguesía y, por supuesto, mucho menos a aceptar el sacrificio supremo de morir en los campos de batalla de la guerra burguesa.