Una vez más, los medios de comunicación burgueses y los partidos de izquierda y de extrema izquierda de la burguesía proclaman a los cuatro vientos «Nie wieder Faschismus-Nunca más el fascismo». Vuelven a hacer un llamamiento a la defensa de la democracia, amenazada por un nuevo y supuesto fascismo: desde el populismo de Trump hasta la AfD en Alemania, el Rassemblement National en Francia o Vox en España, etc. Una vez más, la burguesía tiende la trampa del antifascismo a la clase obrera.
En 1935, la fracción de izquierda del PC de Italia denuncia claramente en su revista «Bilan» la falsa oposición entre democracia fascismo. A partir de los acontecimientos de Alemania, muestra claramente que, lejos de ser opuestos, se complementan para desviar la lucha obrera, llevarla a la derrota y movilizarla después para la Segunda Guerra Mundial. El extracto que se publica a continuación muestra que son la socialdemocracia y las fracciones «democráticas», con el apoyo de los PC estalinistas, quienes desactivan y reprimen las movilizaciones proletarias en Alemania, las desvían de la lucha de clases internacionalista en nombre del antifascismo y preparan así el terreno para el aplastamiento final por parte de las hordas fascistas.
Aunque el contexto general actual no es el de los años treinta, y en particular aunque la clase obrera no se encuentre derrotada física e ideológicamente como lo estaba entonces tras el aplastamiento de la ola revolucionaria de 1917-1923, la burguesía recurre, no obstante, a la perniciosa mistificación del antifascismo frente a la ola populista para intentar desviar las acciones de los trabajadores hacia la defensa de la democracia, esa peligrosa trampa de la política burguesa —como demuestra claramente «Bilan»— y apartarlos de las movilizaciones en su terreno de clase frente a los ataques contra sus condiciones de trabajo y de vida.
«El aplastamiento del proletariado alemán y el advenimiento del fascismo» (Bilan n.º 16, marzo de 1935)
(Se encuentran amplios extractos del artículo publicado con este título en nuestra página web)
Un examen de la situación desde 1923 hasta marzo de 1933 permite comprender que, desde la Constitución de Weimar[1] hasta Hitler, se desarrolla un proceso de perfecta y orgánica continuidad. La derrota de los trabajadores se sitúa tras un momento de pleno esplendor de la democracia burguesa y «socializante» expresada por Weimar y permite la reconstitución de las fuerzas capitalistas. Así, poco a poco, el cerco se va cerrando. Pronto es Hindenburg[2], en 1925, quien se convierte en el defensor de esta Constitución y, mientras el capitalismo consolida cada vez más su estructura, la democracia se ve más restringida, se amplía en momentos de tensión social, e incluso llega a ver gobiernos socialistas de coalición (H. Müller[3]), pero en la medida en que socialistas y centristas[4] aumentan el desamparo de los obreros, tiende a desaparecer (gobierno de Brüning[5] y sus decretos-leyes) para dar paso, finalmente, al fascismo, que no encontrará ninguna oposición obrera. Entre la democracia, su mayor orgullo: Weimar, y el fascismo, no se manifestará ninguna oposición: uno permitirá aplastar la amenaza revolucionaria, dispersará al proletariado, confundirá su conciencia; el otro, al término de esta evolución, será el talón de hierro capitalista que consagre esta labor, realizando rígidamente la unidad de la sociedad capitalista sobre la base de la sofocación de toda amenaza proletaria. (…).
El fascismo no se explica ni como una clase distinta del capitalismo, ni como una emanación de las clases medias exasperadas. Constituye la forma de dominación del capitalismo que ya no logra, a través de la democracia, unir a todas las clases de la sociedad en torno al mantenimiento de sus privilegios. No aporta un nuevo tipo de organización social, sino una superestructura adecuada a una economía altamente desarrollada y destinada a destruir políticamente al proletariado para aniquilar todo esfuerzo de correspondencia entre los contrastes cada vez más agudos que desgarran el capitalismo y la conciencia revolucionaria de los obreros. El estadístico siempre podrá invocar la importante masa de pequeños burgueses en Alemania (5 millones, incluyendo a los intelectuales y funcionarios) para intentar presentar el fascismo como «su» movimiento. No obstante, el pequeño burgués, inmerso en un contexto histórico en el que las fuerzas productivas, al aplastarlo y hacerle comprender su impotencia, determinan una polarización de los antagonismos sociales en torno a los principales actores: la burguesía y el proletariado, ya ni siquiera tiene la posibilidad de oscilar de uno a otro, sino que instintivamente se dirige hacia quienes le garantizan el mantenimiento de su posición jerárquica en la escala social. En lugar de levantarse contra el capitalismo, el pequeño burgués, ya sea asalariado de cuello almidonado o comerciante, gravita en torno a una coraza social que desearía ver lo suficientemente sólida como para que reine «el orden, la calma» y el respeto a su dignidad, en oposición a las luchas obreras sin salida, que le irritan y enturbian la situación. Pero si el proletariado se pone en pie y pasa al ataque, el pequeño burgués no puede sino esconderse y aceptar lo inevitable. Cuando se presenta al fascismo como el movimiento de la pequeña burguesía, se distorsiona la realidad histórica al ocultar el verdadero terreno en el que se desarrolla. El fascismo canaliza todas las contradicciones que ponen en peligro al capitalismo y las orienta hacia su consolidación. Contiene el deseo de calma del pequeño burgués, la exasperación del desempleado hambriento, el odio ciego del obrero desorientado y, sobre todo, la voluntad capitalista de eliminar todo elemento perturbador de una economía militarizada, de reducir al mínimo los gastos de mantenimiento de un ejército de desempleados permanentes.
En Alemania, el fascismo se construyó, por tanto, sobre la doble base de las derrotas proletarias y las necesidades imperiosas de una economía acorralada por una profunda crisis económica. Fue bajo Brüning, en particular, cuando cobró impulso, mientras los obreros se mostraban incapaces de defender sus salarios, furiosamente atacados, y los desempleados veían reducidas sus prestaciones a golpe de decretos-leyes. En las fábricas y las obras, los nazis creaban sus células de fábrica, no dudaban en recurrir a huelgas reivindicativas, convencidos de que, gracias a los socialistas y los centristas, estas no irían más allá de los límites deseados; y fue en el momento en que el proletariado se vio medio derrotado, en noviembre de 1932, antes de las elecciones de Von Papen[6], que acababa de destituir al Gobierno socialista de Prusia, cuando estalló la huelga del transporte público en Berlín, dirigida por fascistas y comunistas. Esta huelga desintegró al proletariado berlinés porque los comunistas ya se mostraron incapaces de expulsar a los fascistas de ella, de ampliarla y de convertirla en la señal de una lucha revolucionaria. La desintegración del proletariado alemán va acompañada, por un lado, de un desarrollo del fascismo que vuelve las armas de los trabajadores contra este; por otro lado, de medidas de carácter económico, de una ayuda creciente al capitalismo. (Recordemos a este respecto que fue Von Papen quien adoptó las medidas de subvención a las industrias que empleaban a desempleados con derecho a reducir los salarios).
En resumen, la victoria de Hitler en marzo de 1933 no necesitó violencia alguna: fue el fruto madurado por socialistas y centristas, un resultado normal de una forma democrática obsoleta. La violencia solo tuvo razón de ser tras la llegada al poder de los fascistas, no como respuesta a un ataque proletario, sino para prevenirlo para siempre. El proletariado, una fuerza desorganizada y dispersa, debía convertirse en un elemento activo de la consolidación de una sociedad totalmente orientada hacia la guerra. Por eso los fascistas no podían limitarse a tolerar organizaciones de clase dirigidas, sin embargo, por traidores, sino que, por el contrario, debían extirpar el más mínimo rastro de la lucha de clases para pulverizar mejor a los obreros y convertirlos en instrumentos ciegos de los designios imperialistas del capitalismo alemán.
El año 1933 puede considerarse como la fase de realización sistemática de la obra de amordazamiento fascista. Los sindicatos son aniquilados y sustituidos por consejos de empresa controlados por el Gobierno. En enero de 1934 aparece por fin el sello jurídico de esta obra: la Carta del Trabajo, que regula el problema de los salarios, prohíbe las huelgas, instituye la omnipotencia de los patronos y de los comisarios fascistas, y lleva a cabo la vinculación total de la economía centralizada con el Estado.
(Extracto de «El aplastamiento del proletariado alemán y el advenimiento del fascismo», Bilan n.º 16, 1935)
[1] La Constitución de Weimar, aprobada el 31 de julio de 1919 y promulgada el 11 de agosto, fue votada por iniciativa de los socialistas alemanes (SPD) para contrarrestar el movimiento revolucionario en Berlín y Baviera. Estableció la primera democracia parlamentaria en Alemania tras la caída del Imperio y se presentaba como muy «progresista».
[2] Mariscal, jefe del Estado Mayor del Ejército alemán desde noviembre de 1916 hasta noviembre de 1918. Fue elegido presidente de la República de Weimar desde abril de 1925 hasta su muerte en agosto de 1934.
[3] Figura central del Partido Socialdemócrata y de la República de Weimar. Dirigió una «gran coalición» entre 1928 y 1930.
[4] Con este término, Bilan se refería al estalinismo y a los partidos comunistas degenerados que se encaminaban así hacia la traición al proletariado.
[5] Político, miembro del Partido del Centro católico, canciller desde marzo de 1930 hasta mayo de 1932. Se le conoce como el «canciller del hambre» debido a la severa política deflacionista aplicada por su Gobierno.
[6] Político conservador y monárquico, canciller entre junio y diciembre de 1932. Ayudó a Hitler a llegar al poder en 1933, creyendo que podría controlarlo al asumir el cargo de vicecanciller.