«Antiimperialismo» y defensa de la «soberanía nacional», trampas contra el proletariado

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La aplicación de aranceles, la imposición de medidas de contención migratoria y el fortalecimiento del militarismo, son los instrumentos definidos en la «Estrategia de seguridad nacional» de Trump para contrarrestar la influencia de China, recobrar el control del hemisferio occidental e imponer relaciones políticas y económicas más favorables para Estados Unidos. Marco Rubio, en los primeros días del segundo gobierno de Trump, anunciaba que aplicarían una política de premios y castigos para lograr «convencer» a los gobiernos del continente americano a «colaborar»: «Algunos países cooperan con nosotros con entusiasmo, otros no tanto. Los primeros serán recompensados. En cuanto a los segundos, el presidente Trump ya ha demostrado que está más que dispuesto a utilizar la considerable influencia de Estados Unidos para proteger nuestros intereses…»[1]

De manera que, medidas como el ataque militar en contra de Venezuela, el cerco petrolero que ha establecido a Cuba, así como las amenazas de apropiarse de Groenlandia, de anexionar a Canadá o de lanzar tropas por territorio mexicano, aunque le ha permitido a Estados Unidos demostrar su poderío militar, no ha podido impedir que su actuación extienda el caos y se agudicen las tensiones imperialistas, pues para cumplir con su «estrategia», no solo «castiga» a sus enemigos o a los renuentes a la «colaboración», sino tiene que enfrentar también a sus socios comerciales y a sus aliados militares, reforzando el desorden y la tendencia del cada uno para sí.

Frentes antiimperialistas, respuesta de la burguesía latinoamericana

De acuerdo a la “Estrategia de seguridad” de Trump, sus acciones de presión han hecho que «Estados Unidos vuelva a ser fuerte y respetado», pero a diferencia de la «paz» que pretende va instalando, hay una acentuación de las tensiones entre la burguesía, pues su accionar, al imponerse por la fuerza en contra de otros Estados, no asegura que se cohesionen políticamente en torno a él, pero tampoco logra la unidad al interior de los países sobre los que interviene, por el contrario, profundiza las divisiones de la burguesía, al polarizar, entre los opositores y los aliados a las medidas trumpistas. Ambos bandos suelen invocar, para la justificación de su postura, la defensa de la nación y la economía, solo diferencian su argumento en que, mientras un bando llama a la defensa de la soberanía y la democracia, el otro habla de una alianza de mutuo beneficio, pero desde ambos lados buscan que los trabajadores se involucren, asuman la defensa de un bando y puedan ser utilizados en su disputa como una fuerza de choque, impidiendo así que actúen desde su terreno de clase.

En el continente americano y principalmente en América Latina, este escenario se viene definiendo así: un bando de la burguesía, desde la derecha, empuja una campaña de apoyo a Trump, mientras que otro, que se presenta desde la izquierda, complementa el ataque, avanzando su campaña anti-Trump. Por presentarse a esta última como una expresión proletaria, es más insidiosa y tramposa. Un ejemplo claro de cómo va concretándose esta campaña se ilustra en la convocatoria de la «Conferencia Internacional Antifascista y por la Soberanía de los Pueblos» (celebrada hace unos días en Porto Alegre), que justamente, concluye que: “Para combatir el autoritarismo, es necesario recuperar, ampliar y profundizar los derechos democráticos…”.

A escala regional, esta respuesta de la burguesía se replica, por ejemplo, en México diversos sindicatos en unidad con grupos tanto trotskistas como estalinistas, han convocado a la formación de «frentes antiimperialistas», presentándolos como organizaciones promotoras de la solidaridad y el internacionalismo, pero la defensa de un Estado o de una nación, es la negación misma de la solidaridad y el internacionalismo proletario. Precisamente, tanto el Frente Antiimperialista Mexicano (FAM), como el Frente Popular de Trabajadores Antiimperialista y Antifascista (FPTAA), tienen en la base de sus discursos, la «defensa de la soberanía» de los Estados latinoamericanos ante las agresiones de Estados Unidos y la defensa de sus «recursos estratégicos», de manera que, lo que pretenden es que los trabajadores defiendan a la economía del país y el derecho de la burguesía nacional a imponer el control en su territorio, sometiendo y explotando, es decir, están llamando a defender al capitalismo, solo que lo encubren reciclando la tramposa ilusión de la ideología «antiyanqui», impulsada en los años 60 y 70 del siglo pasado por los grupos trotskistas y maoístas.

De manera que el accionar de estos frentes, está orientado a animar el nacionalismo y con ello someter al proletariado, colocarlo en la defensa de un bando burgués en disputa y alejarlo de su terreno de clase. Es una actuación similar a la que se sigue en Estados Unidos por el «movimiento MAGA», cuando invoca al nacionalismo para justificar sus ataques racistas y su accionar bélico, atrapando ideológicamente a muchos trabajadores. En este sentido, se precisa alertar sobre las trampas que, desde todos los bandos de la burguesía, se lanzan en contra de los explotados.

Esta práctica la clase dominante la ha repetido en otros momentos, por eso, sacando las lecciones de estos ataques es que denunciamos que: «Todas las fracciones de la burguesía son igualmente reaccionarias. […] Todas las tácticas de “frente popular”, “frente antifascista” o “frente único”, que pretenden mezclar los intereses del proletariado a los de una fracción de la burguesía sólo sirven para frenar y desviar la lucha del proletariado.»[2]

La burguesía, mediante el uso de los frentes, buscará profundizar el control ideológico, presentando a la democracia como expresión opuesta y alternativa al fascismo, u oponer ante el trumpismo el antitrumpismo. Pero, podemos afirmar que estas manifestaciones no son opuestas, pues en ambos lados de la línea se encuentra la burguesía buscando perpetuar al capitalismo. Esa misma ilusión engañosa utilizan, cuando convocan a luchar contra el imperialismo y defender a las «naciones oprimidas». Con ello buscan que los explotados tomen partido por alguna de las fuerzas imperialistas en pugna. Rosa Luxemburgo explicó claramente que «La política imperialista no es obra de un Estado cualquiera o de varios, sino que es el producto de un determinado grado de maduración en el desarrollo mundial del capital, un fenómeno internacional por naturaleza, […] del cual ningún Estado puede sustraerse».[3] Esto significa que no solo Estados Unidos es imperialista, se trata, sin duda, de la potencia imperialista con mayor fuerza, pero todos los Estados con los que mantiene una disputa: el chino, el mexicano, el venezolano, el cubano… también son imperialistas, no importa cuál es su tamaño y capacidad militar. Por lo tanto, la competencia y los enfrentamientos que mantienen son choques imperialistas, ante los cuales los trabajadores no tienen ningún interés y, por tanto, no deben tomar partido por alguno de ellos. Por el contrario, los trabajadores, requieren desplegar su verdadero carácter internacionalista rechazando la defensa de alguna nación y unificando sus fuerzas y descontentos en la defensa de sus condiciones de vida.

RM, 2-abril-2026

 

[2] Ver “Nuestras posiciones”, expuesta en la contraportada de todas nuestras publicaciones

[3] Rosa Luxemburgo. Crisis de la socialdemocracia, 1916.

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