Las Tesis de Abril, faro de la revolución proletaria

Versión para impresión

Las Tesis de Abril, breve y agudo documento, es un punto de partida para refutar todas las mentiras sobre el partido bolchevique, y para reafirmar algo esencial sobre este partido: que no fue el producto de la barbarie rusa, del anarcoterrorismo distorsionado, o del ansia inagotable de poder de sus dirigentes. El bolchevismo fue un producto, en primer lugar, del proletariado mundial. Inseparablemente ligado a toda la tradición marxista, no fue en absoluto la simiente de una nueva forma de explotación y opresión, sino la vanguardia de un movimiento para acabar con toda explotación.

De febrero a abril

Hacia finales de febrero de 1917, los obreros de Petrogrado lanzaron huelgas masivas contra las intolerables condiciones de vida impuestas por la guerra imperialista. Las consignas del movimiento se politizaron rápidamente. Los obreros reclamaban el final de la guerra y el derrocamiento de la autocracia. A los pocos días la huelga se había extendido a otras ciudades, y los obreros tomaron las armas y confraternizaron con los soldados; la huelga de masas tomó el carácter de un alzamiento.

Repitiendo la experiencia de 1905, los obreros centralizaron la lucha por medio de Soviets de diputados obreros, elegidos por las asambleas de fábrica y revocables en todo momento. A diferencia de 1905, los soldados y campesinos empezaron a seguir este ejemplo a gran escala. La clase dirigente, reconociendo que los días de la autocracia estaban contados, se deshizo del zar y llamó a los partidos del liberalismo y de «izquierda», en particular a los elementos anteriormente proletarios que recientemente se habían pasado al campo burgués al apoyar la guerra, a formar un Gobierno provisional, con la intención de conducir a Rusia hacia un sistema de democracia parlamentaria. En realidad, se suscitó una situación de doble poder, puesto que los obreros y los soldados, sólo confiaban realmente en los Soviets y el Gobierno provisional no estaba todavía en una posición suficientemente fuerte como para ignorarlos, y todavía menos para disolverlos. Pero esta profunda división de clases estaba parcialmente obscurecida por la niebla de la euforia democrática que cayó sobre el país tras la revuelta de febrero. Con el zar fuera de juego y la población disfrutando de una inaudita libertad, todos parecían estar a favor de la «revolución», incluyendo los aliados democráticos de Rusia, que esperaban que esto permitiría a Rusia participar más efectivamente en el esfuerzo de la guerra.

Así, el Gobierno Provisional se presentaba a sí mismo como el guardián de la revolución; los soviets estaban dominados políticamente por los mencheviques y los socialrevolucionarios, que hacían todo lo que podían para reducirlos a un cero a la izquierda del régimen burgués recién instalado. En resumen, todo el ímpetu de la huelga de masas y del alzamiento –que en realidad era una manifestación de un movimiento revolucionario más universal, que estaba fermentándose en los principales países capitalistas como resultado de la guerra– estaba siendo desviado hacia fines capitalistas.

¿Dónde estaban los bolcheviques en esta situación tan llena de riesgos y promesas? Estaban en una confusión casi completa:

«Para el bolchevismo, los primeros meses de la revolución habían sido un período de desconcierto y vacilación. En el «Manifiesto del Comité central bolchevique», elaborado tras la victoria de la insurrección, leemos que «los obreros de los talleres y las fábricas, y asimismo las tropas amotinadas, deben elegir inmediatamente a sus representantes para el Gobierno provisional revolucionario»... Se comportaron, no como representantes de un partido proletario que prepara una lucha independiente por el poder, sino como el ala izquierda de una democracia que, habiendo anunciado sus principios, pretendía jugar por un tiempo indefinido el papel de leal oposición» ([1]).

Cuando Stalin y Kamenev tomaron el timón del partido en marzo, lo llevaron aún más a la derecha. Stalin desarrolló una teoría sobre las funciones complementarias del Gobierno provisional y los soviets. Peor aún, el órgano oficial del partido, Pravda, adoptó abiertamente una posición «defensista» sobre la guerra:

«Nuestra consigna no es el sinsentido de «¡abajo con la guerra!». Nuestra consigna es presionar al Gobierno Provisional con el fin de impulsarle... a intentar inducir a todos los países beligerantes a abrir negociaciones inmediatas... y hasta entonces cada hombre debe permanecer en su puesto de combate» ([2]).

Trotski cuenta que muchos elementos en el partido se sintieron profundamente intranquilos, e incluso furibundos con esta deriva oportunista del partido, pero no estaban armados programáticamente para responder a la posición de la dirección, puesto que parecía estar basada en una perspectiva que había sido desarrollada por el propio Lenin, y que había sido la posición oficial del partido durante una década: la perspectiva de la «dictadura democrática de los obreros y campesinos». La esencia de esta teoría había sido que, aunque económicamente hablando, la naturaleza de la revolución que se desarrollaba en Rusia era burguesa, la burguesía rusa era demasiado débil para llevar a cabo su propia revolución, y por eso la modernización capitalista de Rusia debería asumirla el proletariado y las fracciones más pobres del campesinado. Esta posición estaba a medio camino entre la de los mencheviques –que decían ser marxistas «ortodoxos» y argumentaban que la tarea del proletariado era dar apoyo crítico a la burguesía contra el absolutismo, hasta que Rusia estuviera lista para el socialismo- y la de Trotski, cuya teoría de la «revolución permanente», que desarrolló tras los acontecimientos de 1905, insistía en que la clase obrera se vería impulsada al poder en la próxima revolución, forzada a empujar más allá de la etapa burguesa de la revolución, hacia la etapa socialista, pero sólo podría hacerlo si la revolución rusa coincidía con, o emanaba de, una revolución socialista en los países industrializados.

En realidad, la teoría de Lenin había sido como mucho un producto de un período ambiguo, en el que cada vez era más obvio que la burguesía no era una fuerza revolucionaria, pero en el que todavía no estaba claro que había llegado el período de la revolución socialista internacional. Pese a todo, la superioridad de la tesis de Trotski se basaba precisamente en el hecho de que partía de un marco internacional, más que del terreno puramente ruso; y el propio Lenin, a pesar de sus múltiples discrepancias con Trotski en esa época, se había inclinado después de 1905 en varias ocasiones hacia la noción de la revolución permanente.

En la práctica, la idea de «la dictadura democrática de los obreros y campesinos» se mostró insustancial; los «leninistas ortodoxos» que repetían esta fórmula en 1917, la usaban como una cobertura para deslizarse hacia el menchevismo puro y duro. Kamenev argumentó, forzando la barra, que puesto que la fase burguesa de la revolución todavía no se había completado, era necesario dar un apoyo crítico al Gobierno provisional; esto a duras penas cuadraba con la posición original de Lenin, que insistía en que la burguesía se comprometería inevitablemente con la autocracia. Incluso había serias presiones hacia la reunificación de los mencheviques y los bolcheviques.

Así, el Partido bolchevique, desarmado programáticamente, se encaminaba hacia el compromiso y la traición. El futuro de la revolución colgaba de un hilo cuando Lenin volvió del exilio.

En su Historia de la Revolución rusa, Trotski nos da una descripción gráfica de la llegada de Lenin a la estación de Finlandia el 3 de abril de 1917. El soviet de Petrogrado, que todavía estaba dominado por los mencheviques y los socialrevolucionarios, organizó una gran fiesta de bienvenida y agasajó a Lenin con flores. En nombre del Soviet, Chkeidze saludó a Lenin con estas palabras:

«Camarada Lenin... te damos la bienvenida a Rusia... consideramos que la tarea principal de la democracia revolucionaria en este momento es defender nuestra revolución contra todo tipo de ataque, tanto del interior como del exterior... Esperamos que te unas a nosotros en la lucha por este objetivo» ([3]).

La respuesta de Lenin no se dirigió a los líderes del Comité de bienvenida, sino a los cientos de obreros y soldados que se apiñaban en la estación:

«Queridos camaradas, soldados, marineros y obreros. Me siento feliz de saludar en vosotros a la victoriosa Revolución rusa, de saludaros como la vanguardia del ejército proletario internacional... No está lejos la hora en que, al llamamiento de nuestro camarada Karl Liebnechkt, el pueblo volverá las armas contra sus explotadores capitalistas... La revolución rusa que habéis hecho, ha abierto una nueva época. ¡Larga vida a la revolución socialista mundial!» ([4]).

Desde el mismo momento en que llegó, Lenin aguó el carnaval democrático. Esa noche, Lenin elaboró su posición en un discurso de dos horas, que más tarde dejaría casi sin sentido a todos los buenos demócratas y sentimentales socialistas, que no querían que la revolución fuera más lejos de lo que había ido en Febrero, que habían aplaudido las huelgas de masas obreras cuando derrocaron al zar y permitieron que el Gobierno provisional asumiera el poder, pero que temían una polarización de clases que fuera más allá. Al día siguiente, en una reunión conjunta de bolcheviques y mencheviques, Lenin expuso lo que iba a conocerse como sus Tesis de Abril, que son lo bastante cortas como para reproducirlas completas aquí:

“1. En nuestra actitud ante la guerra, que por parte de Rusia sigue siendo indiscutiblemente una guerra imperialista, de rapiña, también bajo el nuevo gobierno de Lvov y Cia., en virtud del carácter capitalista de este gobierno, es intolerable la más pequeña concesión al «defensismo revolucionario».

“El proletariado consciente sólo puede dar su asentimiento a una guerra revolucionaria, que justifique verdaderamente el defensismo revolucionario, bajo las siguientes condiciones: a) paso del poder a manos del proletariado y de los sectores más pobres del campesinado a él adheridos; b) renuncia de hecho, y no de palabra, a todas las anexiones; c) ruptura completa de hecho con todos los intereses del capital.

“Dada la indudable buena fe de grandes sectores de defensistas revolucionarios de filas, que admiten la guerra sólo como una necesidad y no para fines de conquista, y dado su engaño por la burguesía, es preciso aclararles su error de un modo singularmente minucioso, paciente y perseverante, explicarles la ligazón indisoluble del capital con la guerra imperialista y demostrarles que sin derrocar el capital es imposible poner fin a la guerra con una paz verdaderamente democrática y no con una paz impuesta por la violencia.

“Organizar la propaganda más amplia de este punto de vista en el ejército de operaciones.

“Confraternización en el frente.

“2. La peculiaridad del momento actual en Rusia consiste en el paso de la primera etapa de la revolución, que ha dado el poder a la burguesía por carecer el proletariado del grado necesario de conciencia y de organización, a su segunda etapa, que debe poner el poder en manos del proletariado y de las capas pobres del campesinado.

“Este tránsito se caracteriza, de una parte, por el máximo de legalidad (Rusia es hoy el más libre de todos los países beligerantes); de otra parte, por la ausencia de violencia contra las masas y, finalmente, por la confianza insconciente de éstas en el gobierno de los capitalistas, los peores enemigos de la paz y el socialismo.

“Esta peculiaridad exige de nosotros habilidad para adaptarnos a las condiciones especiales de la labor del partido entre masas inusitadamente amplias del proletariado, que acaban de despertar a la vida política.

“3. Ningún apoyo al Gobierno provisional; explicar la completa falsedad de todas sus promesas, sobre todo de la renuncia a las anexiones. Desenmascarar a este gobierno, que es un gobierno de capitalistas, en vez de propugnar la inadmisible e ilusoria «exigencia» de que deje de ser imperialista.

“4. Reconocer que, en la mayor parte de los Soviets de diputados obreros, nuestro partido está en minoría y, por el momento, en una minoría reducida, frente al bloque de todos los elementos pequeñoburgueses y oportunistas –sometidos a la influencia de la burguesía y que llevan dicha influencia al seno del proletariado–, desde los socialistas populares y los socialistas revolucionarios hasta el Comité de organización (Chjeídze, Tsereteli, etc.), Steklov, etc., etc.

“Explicar a las masas que los Soviets de diputados obreros son la única forma posible de gobierno revolucionario y que, por ello, mientras este gobierno se someta a la influencia de la burguesía, nuestra misión sólo puede consistir en explicar los errores de su táctica de un modo paciente, sistemático, tenaz y adaptado especialmente a las necesidades prácticas de las masas.

“Mientras estemos en minoría, desarrollaremos una labor de crítica y esclarecimiento de los errores, propugnando al mismo tiempo la necesidad de que todo el poder del Estado pase a los Soviets de diputados obreros, a fin de que, sobre la base de la experiencia, las masas corrijan sus errores.

“5. No una república parlamentaria –volver a ella desde los Soviets de diputados obreros sería dar un paso atrás–, sino una república de los Soviets de diputados obreros, braceros y campesinos en todo el país, de abajo arriba.

“Supresión de la policía, del ejército y de la burocracia.

“La remuneración de los funcionarios, todos ellos elegibles y revocables en cualquier momento, no deberá exceder del salario medio de un obrero cualificado.

“6. En el programa agrario, trasladar el centro de gravedad a los Soviets de diputados braceros.

“Consfiscación de todas las tierras de los latifundistas.

“Nacionalización de todas las tierras del país, de las que dispondrán los Soviets locales de diputados de braceros y campesinos. Creación de Soviets especiales de diputados campesinos pobres. Hacer de cada gran finca (con una extensión de unas 100 a 300 deciatinas, según las condiciones locales y de otro género y a juicio de las instituciones locales) una hacienda modelo bajo el control de diputados braceros y a cuenta de la administración local.

“7. Fusión inmediata de todos los bancos del país en un Banco Nacional único, sometido al control de los Soviets de diputados obreros.

“8. No «implantación» del socialismo como nuestra tarea inmediata, sino pasar únicamente a la instauración inmediata del control de la producción social y de la distribución de los productos por los Soviets de diputados obreros.

“9. Tareas del partido:

“a) celebración inmediata de un congreso del partido;

“b) modificación del programa del partido, principalmente:

“1) sobre el imperialismo y la guerra imperialista,

“2) sobre la posición ante el Estado y nuestra reivindicación de un «Estado-Comuna»

“3) reforma del programa mínimo, ya anticuado;

“c) cambio de denominación del partido.

“10. Renovación de la Internacional.

“Iniciativa de constituir una Interna­cional revolucionaria, una Internacional contra los socialchovinistas y contra el «centro»” (Lenin, Obras escogidas).

La lucha por el rearme del partido

Zalezhski, un miembro del Comité Central del partido bolchevique en esa época, resumía la reacción a las Tesis de Lenin dentro del partido y en el movimiento en general: «Las Tesis de Lenin produjeron el efecto del estallido de una bomba» ([5]). La reacción inicial fue de incredulidad, y una lluvia de anatemas cayó sobre Lenin: que si había estado demasiado tiempo en el exilio, que si había perdido el contacto con la realidad rusa; sus perspectivas sobre la naturaleza de la revolución habrían caido en el trotskismo; por lo que respecta a su idea de la toma del poder por los soviets, habría vuelto al blanquismo, al aventurerismo, al anarquismo. Un antiguo miembro del Comité central bolchevique, fuera del partido en ese momento, planteó así el problema: «Durante muchos años, el puesto de Bakunin en la Revolución rusa estaba vacante, ahora ha sido ocupado por Lenin» ([6]). Para Kamenev, la posición de Lenin impediría que los bolcheviques actuaran como un partido de masas, reduciendo su papel al de «un grupo de comunistas propagandistas».

Esta no era la primera vez que los «viejos bolcheviques» se agarraban a fórmulas anticuadas en nombre del leninismo. En 1905, la reacción inicial bolchevique a la aparición de los soviets se basó en una interpretación mecánica de las críticas de Lenin al espontaneismo en ¿Qué hacer?; la dirección llamó al Soviet de Petrogrado a subordinarse al partido o a disolverse. El propio Lenin rechazó rotundamente esta actitud, siendo uno de los primeros en comprender la significación revolucionaria de los soviets como órganos del poder político del proletariado, e insistió en que la cuestión no era «soviet o partido», sino ambos, puesto que sus funciones eran complementarias.

Ahora, una vez más, Lenin tenía que dar a esos «leninistas» una lección sobre el método marxista, para demostrar que el marxismo es todo lo contrario de un dogma muerto; es una teoría científica viva, que tiene que verificarse constantemente en el laboratorio de los movimientos sociales. Las Tesis de Abril fueron el ejemplo de la capacidad del marxismo para descartar, adaptar, modificar o enriquecer las posiciones previas a la luz de la experiencia de la lucha de clases:

“Por ahora es necesario asimilar la verdad indiscutible de que un marxista debe tener en cuenta la vida real, los hechos exactos de la realidad, y no seguir aferrándose a la teoría de ayer, que, como toda teoría, en el mejor de los casos, sólo traza lo fundamental, lo general, sólo abarca de un modo aproximado la complejidad de la vida. «La teoría, amigo mío es gris; pero el árbol de la vida es eternamente verde”» ([7]).

Y en la misma carta, Lenin reprende a «aquellos «viejos bolcheviques», que ya más de una vez desempeñaron un triste papel en la historia de nuestro Partido, repitiendo una fórmula tontamente aprendida, en vez de dedicarse al estudio de las peculiaridades de la nueva y viva realidad».

Para Lenin, la «dictadura democrática» ya se había realizado en los Soviets de diputados obreros y campesinos, y como tal ya se había convertido en una fórmula anticuada. La tarea esencial para los bolcheviques ahora era empujar adelante la dinámica proletaria en este amplio movimiento social, que estaba orientada hacia la formación de una Comuna-Estado en Rusia, que sería el primer poste indicador de la revolución socialista mundial. Se podría hacer una controversia sobre el esfuerzo de Lenin por salvar el honor de la vieja fórmula, pero el elemento esencial en su posición es que fue capaz de ver el futuro del movimiento y, así, la necesidad de romper el molde de las teorías desfasadas.

El método marxista no sólo es dialéctico y dinámico, también es global, es decir, que plantea cada cuestión particular en el marco histórico e internacional. Y esto es lo que permitió a Lenin, por encima de todo, comprender la verdadera dirección de los acontecimientos. De 1914 en adelante, los bolcheviques, con Lenin al frente, habían defendido la posición internacionalista más consistente contra la guerra imperialista, viendo que era la prueba de la decadencia del mundo capitalista, y así, de la apertura de una época de revolución proletaria mundial. Esta era la base de granito de la consigna de «transformar la guerra imperialista en guerra civil», que Lenin había defendido contra todas las variedades de chovinismo y pacifismo. Fuertemente asido a este análisis, Lenin no se dejó llevar ni por un momento por la idea de que el acceso al poder del Gobierno Provisional cambiara la naturaleza de la guerra imperialista, y no ahorró dardos para con los bolcheviques que habían caído en este error:

«Pravda pide al Gobierno que renuncie a las anexiones. Pedir al Gobierno de capitalistas que renuncie a las anexiones es un sinsentido, una flagrante burla» (8).

La reafirmación intransigente de la posición internacionalista era en primer lugar una necesidad para detener la pendiente oportunista del partido, pero también era el punto de partida para liquidar teóricamente la fórmula de la «dictadura democrática», y todas las apologías de los mencheviques para apoyar a la burguesía. Al argumento de que la atrasada Rusia no estaba aún madura para el socialismo, Lenin respondía como un verdadero internacionalista, reconociendo en la tesis 8 que «no es nuestra tarea inmediata introducir el socialismo». Rusia por sí misma no estaba madura para el socialismo, pero la guerra imperialista había demostrado que el capitalismo mundial, globalmente estaba más que maduro. De ahí el saludo de Lenin a los obreros en la estación de Finlandia; los obreros rusos, al tomar el poder, estarían actuando como la vanguardia del ejército proletario internacional. De ahí también el llamamiento a una nueva Internacional al final de las Tesis. Y para Lenin, como para todos los auténticos internacionalistas del momento, la revolución mundial no era un deseo piadoso, sino una perspectiva concreta surgida de la revuelta proletaria internacional contra la guerra -huelgas en Gran Bretaña y Alemania, manifestaciones políticas, mítines y confraternización en las fuerzas armadas de varios países, y por supuesto la marea revolucionaria creciente en la propia Rusia. Esa perspectiva, que en ese momento era embrionaria, iba a confirmarse tras la insurrección de Octubre por la extensión de la oleada revolucionaria a Italia, Hungría, Austria, y sobre todo Alemania.

El «anarquismo» de Lenin

Los defensores de la «ortodoxia» marxis­ta acusaron a Lenin de blanquismo y bakuninismo por la cuestión de la toma del poder y de la naturaleza del Estado posrevolucionario. Blanquismo, porque supuestamente estaba a favor de un golpe de Estado a cargo de una minoría –sea por los bolcheviques solos, o incluso por el conjunto de la clase obrera industrial sin contar con la mayoría campesina. Bakuninismo, porque el rechazo de las Tesis de la república parlamentaria era una concesión a los prejuicios antipolíticos de los anarquistas y sindicalistas.

En sus Cartas sobre la táctica, Lenin defendió sus Tesis de la primera acusación de esta manera:

«En mis tesis, me aseguré completamente de todo salto por encima del movimiento campesino o, en general, pequeñoburgués, aún latente, de todo juego a la «conquista del poder» por parte de un Gobierno obrero, de cualquier aventura blanquista, puesto que me refería directamente a la experiencia de la Comuna de París. Como se sabe, y como lo indicaron detalladamente Marx en 1871 y Engels en 1891, esta experiencia excluía totalmente el blanquismo, asegurando completamente el dominio directo, inmediato e incondicional de la mayoría y la actividad de las masas, sólo en la medida de la actuación consciente de la mayoría misma.

«En las tesis reduje la cuestión, con plena claridad, a la lucha por la influencia dentro de los Soviets de diputados obreros, braceros, campesinos y soldados. Para no dejar ni asomo de duda a este respecto, subrayé dos veces, en las tesis, la necesidad de un trabajo de paciente e insistente «explicación», que se adapte a las necesidades prácticas de las masas.»

Por lo que concierne a una vuelta atrás a una posición anarquista sobre el Estado, Lenin señaló en abril, como haría con mayor profundidad en El Estado y la Revolución, que los marxistas «ortodoxos», representados en figuras como Kautsky y Plejanov, habían enterrado las enseñanzas de Marx y Engels sobre el Estado bajo un montón de estiercol de parlamentarismo. La Comuna de París había mostrado que la tarea del proletariado en la revolución no era conquistar el viejo Estado, sino destruirlo de arriba abajo; que el nuevo instrumento del gobierno proletario, la Comuna-Estado, no estaría basado en el principio de la representación parlamentaria, la cual, al fin y al cabo, sólo era una fachada para ocultar la dictadura de la burguesia, sino en la delegación directa y la revocabilidad desde abajo de las masas armadas y autorganizadas. Al formar los soviets, la experiencia de 1905 y la de la revolución que emergía en 1917, no solo confirmaba esta perspectiva, sino que la llevaba más lejos. Mientras que en la Comuna, que se concebía como «popular», todas las clases oprimidas de la sociedad estaban igualmente representadas, los soviets eran una forma superior de organización, porque hacían posible que el proletariado se organizara autónomamente dentro del movimiento de las masas en general. Globalmente los soviets constituían un nuevo estado, cualitativamente diferente del viejo Estado burgués, pero un Estado al fin y al cabo –y en este punto Lenin se distinguia cuidadosamente de los anaquistas:

“... el anarquismo es la negación de la necesidad del Estado y del poder estatal en la época de transición del dominio de la burguesía al dominio del proletariado. Mientras que yo defiendo, con una claridad que excluye toda posibilidad de confusión, la necesidad del Estado en esta época, pero –de acuerdo con Marx y con la experiencia de la Comuna de París–, no de un Estado parlamentario burgués de tipo corriente, sino de un Estado sin un ejército permanente, sin una policía opuesta al pueblo, sin una burocracia situada por encima del pueblo.

“Si el Sr. Plejanov, en su Edinstvo, grita a voz en grito sobre anarquismo, con ello sólo demuestra, una vez más, que ha roto con el marxismo» ([8]).

El papel del partido en la revolución

La acusación de que Lenin estaba planeando un golpe blanquista, es inseparable de la idea de que buscaba el poder solo para su partido. Esto iba a ser un tema central de toda la propaganda burguesa subsiguiente sobre la revolución de Octubre: que no habría sido mas que un golpe de Estado llevado a cabo por los bolcheviques. No podemos entrar aquí a tratar todas las variedades y matices de esa tesis. Trotski aporta una de las mejores respuestas a esto en su Historia de la Revolución Rusa, cuando muestra que no fue el partido, sino los soviets, los que tomaron el poder en Octubre. Pero una de las grandes líneas de esta argumentación es la que plantea que la visión de Lenin sobre el partido como una organización compacta y fuertemente centralizada, llevaba inexorablemente al golpe de mano de 1917, y por extensión, al terror rojo y finalmente al estalinismo.

Toda esta historia retrotrae a la escisión original entre bolcheviques y mencheviques, y este no es el lugar para analizar en detalle esta cuestión clave. Baste decir que ya desde entonces, la concepción de Lenin sobre la organizacón revolucionaria se tachó de jacobina, elitista, militarista, e incluso terrorista. Se ha citado a autoridades marxistas tan respetadas como Luxemburg y Trotski para apoyar esta visión. Por nuestra parte, no negamos que la visión de Lenin sobre la cuestión de la organización, tanto en ese período como después, contiene errores (por ejemplo su adopción en 1902 de la tesis de Kaustky de que la conciencia viene «de fuera» de la clase obrera, aunque después Lenin repudiara esta posición; también ciertas de sus posiciones sobre el régimen interno del partido, y sobre la relación entre el partido y el Estado, etc.). Pero a diferencia de los mencheviques de esa época, y de sus numerosos sucesores anarquistas, socialdemócratas y consejistas, no tomamos esos errores como punto de partida, de la misma forma que no abordamos un análisis de la Comuna de París o de la revolución de Octubre partiendo de los errores que cometieron –incluso si fueron fatales. El verdadero punto de partida es que la lucha de Lenin a lo largo de toda su vida por construir una organización revolucionaria es una adquisición histórica del movimiento obrero, y ha dejado para los revolucionarios de hoy las bases indispensables para comprender, tanto cómo funciona internamente una organización revolucionaria, como cuál debe ser su papel en la clase.

Respecto a este último punto, y contrariamente a muchos análisis superficiales, la concepción de una organización «de minorías», que Lenin contraponía a la visión de una organización «de masas» de los mencheviques, no era simplemente el reflejo de las condiciones impuestas por la represión zarista. De la misma forma que las huelgas de masas y los alzamientos revolucionarios de 1905 no eran los últimos ecos de las revoluciones del siglo xix, sino que planteaban el futuro inmediato de la lucha de clases internacional en el amanecer de la época de la decadencia del capitalismo, así la concepción bolchevique de un partido «de minorías», de revolucionarios entregados, con un programa absolutamente claro y que funcionara centralizadamente, era un anticipo de la función y la estructura del partido que imponían las condiciones de la decadencia capitalista, la época de la revolución proletaria. Puede que, como reivindican muchos antibolcheviques, los mencheviques miraran hacia Occidente para establecer su modelo de organización, pero también miraban atrás, copiando el viejo modelo de la socialdemocracia, de partidos de masas que engloban a la clase, organizan a la clase y representan a la clase, particularmente a través del proceso electoral. Y frente a todos los que plantean que eran los bolcheviques los que estaban anclados en las condiciones arcaicas de Rusia, copiando el modelo de las sociedades conspirativas, hay que decir que en realidad los bolcheviques eran los únicos que miraban adelante, a un período de masivas turbulencias revolucionarias que ningún partido podía organizar, planificar ni encapsular, pero que al mismo tiempo hacían más vital que nunca la necesidad del partido.

«En efecto, dejemos de lado la teoría pedante de una huelga demostrativa montada artificialmente por el partido y los sindicatos y ejecutada por una minoría organizada y consideremos el cuadro vivo de un verdadero movimiento popular surgido de la exasperación de los conflictos de clase y de la situación política que explota con la violencia de una fuerza elemental... La tarea de la socialdemocracia consistirá entonces, no en la preparación o la dirección técnica de la huelga, sino en la dirección política del conjunto del movimiento» ([9]).

Esto es lo que escribió Rosa Luxemburg en su análisis magistral de la huelga de masas y las nuevas condiciones de la lucha de clases internacional. Así, Luxemburg, que había sido una de las críticas más furibundas de Lenin cuando la escisión de 1903, convergía con los elementos fundamentales de la concepción bolchevique del partido revolucionario.

Estos elementos se plantean con meridiana claridad en las Tesis de Abril, que como ya hemos visto, rechazan cualquier visión que intente imponer la revolución «desde arriba»:

«Mientras estemos en minoría, desarrollaremos una labor de crítica y esclarecimiento de los errores, propugnando al mismo tiempo la necesidad de que todo el poder del Estado pase a los Soviets de diputados obreros, a fin de que, sobre la base de la experiencia, las masas corrijan sus errores».

Este trabajo de «explicación sistemática, paciente y persistente» es precisamente lo que quiere decir la dirección política en un período revolucionario. No podía plantearse pasar a la fase de la insurrección hasta que las posiciones de los bolcheviques triunfaran en los soviets, y a decir verdad, antes de que esto pudiera plantearse, tenían que triunfar las posiciones de Lenin en el propio partido bolchevique, y esto requirió una áspera lucha sin compromisos desde el mismo momento en que Lenin llegó a Rusia.

«No somos charlatanes. Sólo hemos de basarnos en la conciencia de las masas» ([10]). En la fase inicial de la revolución, la clase obrera había entregado el poder a la burguesía, lo cual no debería sorprender a ningún marxista «puesto que siempre hemos sabido e indicado reiteradamente que la burguesía se mantiene no sólo por medio de la violencia, sino también gracias a la falta de conciencia, la rutina, la ignorancia y la falta de organización de las masas» ([11]). Por eso, la tarea principal de los bolcheviques era hacer avanzar la conciencia de clase y la organización de las masas.

Esta función no complacía a los «viejos bolcheviques», que tenían planes más «prácticos». Querían tomar parte en la revolución burguesa que se estaba produciendo, y que el partido bolchevique tuviera una influencia masiva en el movimiento tal cual era. En palabras de Kamenev, estaban horrorizados de pensar que el partido pudiera quedarse al margen, con sus posiciones «puristas», reducido a la función de «un grupo de propagandistas comunistas». Lenin no tuvo ninguna dificultad para combatir esta trampa: ¿acaso los chovinistas no habían arrojado los mismos argumentos contra los internacionalistas al principio de la guerra mundial, diciendo que ellos permanecían vinculados a la conciencia de las masas mientras que los bolcheviques y los espartaquistas se habían convertido en sectas marginales? Para un camarada bolchevique debe haber sido particularmente irritante oir los mismos argumentos; pero esto no embotó la agudeza de la respuesta de Lenin:

«El camarada Kamenev contrapone «el partido de las masas» a “un grupo de propagandistas”. Pero las “masas” se han dejado llevar precisamente ahora por la embriaguez del defensismo “revolucionario”. ¿No será más decoroso también para los internacionalistas saber oponerse en un momento como éste a la embriaguez “masiva” que “querer seguir” con las masas, es decir, contagiarse de la epidemia general? ¿Es que no hemos visto en todos los países beligerantes europeos cómo se justificaban los chovinistas con el deseo de “seguir con las masas”? ¿No es obligatorio, acaso, saber estar en minoría durante cierto tiempo frente a la embriguez “masiva”? ¿No es precisamente el trabajo de los propagandistas en el momento actual el punto central para liberar la línea proletaria de la embriaguez defensista y pequeñoburguesa “masiva”? Cabalmente la unión de las masas, proletarias y no proletarias, sin importar las diferencias de clase en el seno de las masas, ha sido una de las premisas de la epidemia defensista. No creemos que esté bien hablar con desprecio de “un grupo de propagandistas” de la línea proletaria» ([12]).

Esta postura, esta voluntad de ir contra la corriente y quedar en minoría defendiendo tajante y claramente los principios de clase, no tiene nada que ver con el purismo o el sectarismo. Al contrario, se basa en la comprensión del movimiento real de la clase, y a partir de ahí, en la capacidad para prestar una voz y una dirección a los elementos más radicales del proletariado.

Trotski muestra cómo Lenin se apoyó en esos elementos para ganar al partido a sus posiciones y para defender «la línea proletaria en el conjunto de la clase»:

“Lenin halló un punto de apoyo contra los viejos bolcheviques en otro sector del partido, ya templado, pero más fresco y más ligado con las masas. Como sabemos, en la revolución de Febrero los obreros bolcheviques desempeñaron un papel decisivo. Estos consideraban natural que tomase el poder la clase que había arrancado el triunfo.

«Estos mismos obreros protestaban vehementemente contra el rumbo Kamenev-Stalin, y el distrito de Viborg amenazó incluso con la expulsión de los “jefes” del partido. El mismo fenómeno podía observarse en provincias. Casi en todas partes había bolcheviques de izquierda acusados de maximalismo e incluso de anarquismo. Lo que les faltaba a los obreros revolucionarios para defender sus posiciones eran recursos teóricos, pero estaban dispuestos a acudir al primer llamamiento claro que se les hiciese.

«Hacia este sector de obreros, formado durante el auge del movimiento, en los años 1912 a 1914, se orientó Lenin» ([13]).

Esto también fue una expresión de la comprensión de Lenin del método marxista, que sabe ver más allá de las apariencias para discernir la verdadera dinámica del movimiento social. Y como ejemplo contrario, en cambio, cuando a comienzos de la década de 1920 Lenin se inclinó hacia el argumento de «permanecer con las masas» para justificar el Frente Unido y la fusión organizativa con los partidos centristas, fue un signo de que el partido estaba perdiendo sus amarras con el método marxista, y se deslizaba hacia el oportunismo. Pero al mismo tiempo esto fue la consecuencia del aislamiento de la revolución y de la fusión de los bolcheviques con el Estado de los soviets. En el momento cumbre de la marea revolucionaria en Rusia, el Lenin de las Tesis de Abril no fue un profeta aislado, ni un demiurgo que se elevaba por encima de las masas vulgares, sino la voz más clara de la tendencia más revolucionaria en el proletariado; una voz que indicó con precisión el camino que llevaba a la insurrección de Octubre.


[1]) Trotski, Historia de la Revolución rusa.

 

[2]) Idem.

 

[3]) Idem.

 

[4]) Idem.

 

[5]) Idem.

 

[6]) Idem.

 

[7]) Lenin, Carta sobre la tactica. La cita es de Mefistofeles en el Faust de Goethe.

 

[8]) Idem.

 

[9]) Huelga de masas, partido y sindicatos, Rosa Luxemburg.

 

[10]) «Segundo discurso de Lenin cuando llego a Petrogrado», citado por Trotski, Historia de la Revolucion rusa.

 

[11]) Lenin, Carta sobre la tactica.

 

[12]) Idem.

 

[13]) Trotski, Historia de la Revolución rusa.