Deporte, nacionalismo e imperialismo

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¡La “neutralidad política” del deporte es un mito! Es, gracias a los medias entre otras cosas, el caldo de cultivo de la identificación chovinista, del nacionalismo. De hecho el deporte es incluso un canal privilegiado para inocular ese veneno tan nocivo. Tras el traumatismo de la Primera Guerra mundial, “el deporte tendió un puente sobre el abismo que separaba el mundo privado del público. Entre las dos guerras mundiales el deporte como espectáculo de masas se transformó en una inacabable sucesión de encuentros de gladiadores protagonizados por personas y equipos que simbolizaban los estados-nación[1].

El deporte, un concentrado de nacionalismo

El nacionalismo se ha cultivado siempre contra los explotados mediante el ritual y los símbolos que enmarcan esos encuentros. La puesta en escena con fines propagandísticos no es, como pretende hacerlo creer la historia oficial, algo propio del nazismo o el estalinismo, sino una práctica general de todos los países. Para cerciorarse de ello, basta con recordar los protocolos y las fastuosidades en la apertura de las Olimpiadas de Pekín en 2008 o en las de Londres de 2012, o el salto al campo de los equipos nacionales de fútbol en los grandes encuentros. Los grandes espectáculos deportivos permiten hacer surgir fuertes emociones colectivas que guían fácilmente las mentes hacia un universo de códigos y símbolos nacionales :Lo que ha hecho del deporte un medio tan singularmente eficaz para inculcar sentimientos nacionales (…) es la facilidad con la que hasta los individuos (…) pueden identificarse con la nación tal como la simbolizan unas personas jóvenes… »[2] Acompañadas a menudo de músicas militares, las competiciones internacionales están siempre precedidas o clausuradas por los himnos: “Esas relaciones son las de enfrentamientos de todo tipo donde está en juego el prestigio nacional; el ritual deportivo es pues, a ese nivel, un ritual de confrontación entre naciones.»[3] En esos breves momentos de uniones sagradas, las clases sociales se “fusionan”, se niegan, con unos espectadores abiertamente convocados a ponerse en pie y cantar mirando fijamente la bandera nacional o el equipo que encarna sus colores.

En África del Sur, por ejemplo, el ANC de Mandela en nombre de la lucha contra el apartheid, utilizó los colores del equipo de rugby para encauzar la lucha de clases hacia la mistificación nacional.[4] Las grandes victorias deportivas también pueden prolongar ese principio de sumisión ciega en una especie de histeria colectiva (como ha podido observarse con la victoria de la selección española en el mundial de fútbol de 2010, o la de Italia unos años antes, o la del equipo de Francia en 1998...), con demostraciones de júbilo infestadas de banderas y mitos nacionales prefabricados[5]. Finalmente, la guerra por los títulos, las medallas, nación contra nación, intenta mantener, igual que en los frentes durante los conflictos bélicos, esa dependencia de los espíritus, cultivando siempre el terreno de la xenofobia y de las violencias nacionalistas. El deporte es siempre encarnación de los intereses de los Estados, según el mismo ritual que el del ejército: decoraciones, citaciones, desfiles. Como decía Rosa Luxemburgo durante la Primera Guerra mundial: “Los intereses nacionales no son sino una mistificación cuyo fin es poner a las masas populares laboriosas al servicio de su enemigo mortal: el imperialismo.”[6]

Un instrumento al servicio del imperialismo

El deporte siempre ha sido instrumentalizado en los enfrentamientos imperialistas. Las Olimpiadas de Berlín, en 1936, por ejemplo, sirvieron de punta de lanza de la militarización, anticipando las manifestaciones de fuerza de las potencias del “Eje”, bloque militar que iba a luchar por su “espacio vital”. Para los nazis, los campeones debían ser “guerreros por Alemania, embajadores del IIIer Reich”. Según Hitler, el joven deportista alemán debía ser “resistente como el cuero, duro como el acero de Krupp[7]. El deporte tenía que preparar la guerra imperialista y servir para evidenciar la “superioridad de la raza aria”, y eso a pesar de las victorias del velocista negro estadounidense Owens, que acabaron por sacar de quicio al Führer.[8] Todos los encuentros deportivos fueron un medio para el régimen nazi de hacer que ondeara simbólicamente su bandera sobre todos los territorios que codiciaba.

Para lo que sería el campo bélico adverso, los encuentros deportivos iban también a servir para preparar física y mentalmente para la guerra a los “resistentes”. Las organizaciones estalinistas y social-patriotas intentaron incluso organizar una “contra-olimpiada” en Barcelona en julio de 1936, para alistar a los proletarios tras los estandartes del antifascismo. Aunque tal proyecto no pudo concretarse, debido al golpe de Estado franquista, sí que sirvió para incrementar la adhesión ideológica al bloque imperialista de los futuros “aliados”. El deporte aportó su pequeña contribución, de un lado y del otro, a lo que acabaría siendo una nueva carnicería mundial en la que hubo ¡más de 50 millones de muertos!

Sobre las ruinas todavía humeantes de tan terrible conflicto, el ruedo deportivo mundial iba a estar dominado por la Guerra Fría hasta los inicios de los años 1990. Las competiciones internacionales estarán marcadas por la oposición Este-Oeste, oposición que a punto estuvo de desembocar en holocausto nuclear. Durante toda la fase de decadencia capitalista, los encuentros deportivos han estado todos marcados por rivalidades de carácter imperialista. La universalidad simbolizada por los anillos olímpicos no es más que una siniestra hipocresía; lo que sí representan son cestos de alacranes con intereses capitalistas divergentes. Ya en los años 1920, por ejemplo, los vencidos, como Alemania, quedaron fuera de las Olimpiadas por venganza y a modo de represalias. En 1948, Alemania y Japón quedaron excluidos. En los Juegos de 1956, en Melbourne, hubo un boicot de unos cuantos países (Holanda, España, Suiza...) reaccionando contra la invasión de los tanques soviéticos en Budapest y alimentando así las tensiones de la “Guerra Fría”. Digamos de paso que en México, en 1968, cuando hubo la represión y la matanza de 300 estudiantes en la plaza de las Tres Culturas, todas las grandes democracias invitadas participaron sin la menor objeción en esas Olimpiadas. En 1972, las Olimpiadas de Munich fueron escenario de acciones de guerra. Un comando palestino tomó de rehén a la delegación israelí. Resultado: un baño de sangre, la matanza de 17 personas. En 1976, una gran parte del continente africano estuvo ausente de las Olimpiadas en protesta por el apartheid. En los 80, los Juegos de Moscú, que fueron sobre todo un auténtico himno militar en honor del régimen estalinista, fueron boicoteados por cantidad de aliados occidentales del bloque rival regentado por EEUU, entre ellos China, para significar esta vez su oposición a la intervención rusa… ¡en Afganistán! Por cierto, cuando China cayó del lado del imperialismo americano, mucho se habló durante cierto tiempo refiriéndose a China, de la dimensión política del deporte, de su “diplomacia del ping-pong”. Y hoy, el incremento del poderío de China en el ruedo imperialista mundial, sobre todo esta vez frente a Estados Unidos, viene acompañado de récords deportivos muy agresivos y reveladores de unas ambiciones claramente expuestas.

En todas las ocasiones, los Estados implicados en las contiendas deportivas, han presentado siempre a sus atletas, a menudo dopados a tope, como “en guerra” para retar al “enemigo”, ya en el marco de bloques militares rivales, ya en su propio seno de éstos, o, tras la desaparición de dichos bloques, entre naciones. El fútbol ha ilustrado con creces esas tensiones, nutriendo los odios entre la muchedumbre. Hay ejemplos a montones, pero solo mencionaremos el trágico episodio del partido entre El Salvador y Honduras, en 1969, calificativo para el Mundial de 1970. El partido fue el preludio de una guerra entre esos dos países que provocó como mínimo 4000 muertos!

Un espejo de la barbarie del capitalismo en descomposición

El deporte expresa con una claridad cada día más meridiana la putrefacción de raíz de una sociedad burguesa sin porvenir La ausencia de perspectivas, el desempleo y la miseria hicieron surgir a partir de los años 1970 y sobre todo al inicio de los 80, hordas de hooligans xenófobos casi siempre empapados de alcohol, sembrando el terror y el odio, especialmente en los estadios de las grandes metrópolis siniestradas por la crisis. Han infestado con regularidad las contiendas deportivas, en Inglaterra o en otros lugares, como así ocurrió por ejemplo en mayo de 1990 durante el partido que enfrentaba el Dynamo de Zagreb y el Estrella Roja de Belgrado, que acabó en batalla campal con cientos de muertos y heridos y contribuyó en envenenar las tensiones nacionalistas ya existentes que acabarían desembocando en la guerra en la ex Yugoslavia. Entre los forofos serbios más radicales estaba el jefe de guerra Arkan, especialista de la “depuración étnica”, nacionalista que más tarde sería buscado por la ONU por “crímenes contra la humanidad”!

Además de otros episodios como ése, otros miles de ejemplos parecidos, la violencia creciente ha hecho decir al “sentido común” popular burgués que el deporte estaría cada día más “gangrenado por el dinero y las mafias”, cuando, en realidad, el deporte mismo es una mafia y un producto del capitalismo! Si ya el deporte está de por sí controlado por un sector financiero hipertrofiado, mediante sistemas ocultos que funcionan con “empresas fantasma”, a cuya cabeza están, al final de la cadena, los propios Estados, genera además, a causa de la crisis económica catastrófica, un auténtico juego de casino, expresión misma de un modo de producción en quiebra. Las grandes instancias internacionales deportivas, como el CIO (Comité Olímpico Internacional) o la FIFA (Federación Internacional de Fútbol Asociación), los grandes clubes, son un medio ambiente que favorece a pandilleros y al gangsterismo, del que algunos jugadores son eminentes representantes, a políticos y especuladores corruptos con escándalos a porrillo de los que las malversaciones de fondos sólo son la punta del iceberg.[9] Mencionemos los métodos brutales para la construcción de complejos deportivos, como en China o Sudáfrica en los últimos años, con la expropiación violenta de pobre gente a la que echan a la calle sin remisión.

Todos los Estados, las mafias, el mundillo “deportivo” podrido hasta el tuétano, especulan en el sector económico del deporte y de los Juegos. Algunos incluso se compran clubes, como Catar recientemente con el Paris-Saint-Germain y su ristra de vedettes, con unas inversiones astronómicas en ese sector improductivo. Así ocurre en Gran Bretaña con los grandes equipos. Durante el “mercato”, auténtica “feria de ganado” de futbolistas, las transacciones suelen servir para lavar dinero “sucio”. Según Noël Pons (especialista en criminalidad): “Los clubes de fútbol son empresas del tipo CAC 40 [índice bursátil de París], o sea que el fenómeno de blanqueo debe estar al mismo nivel que el de esas empresas”.[10]

El reverso de la medalla es la sobreexplotación: junto a las estrellas con sueldos estratosféricos y los agentes corruptos, miles de jóvenes jugadores se encuentran sin contrato, miserables, sobre todo africanos muy jóvenes a los que se hace venir con promesas miríficas a Europa, y que los clubes acaban echando a la calle sin el menor escrúpulo.

La otra gran especialidad es desde hace ya tiempo la de los partidos amañados para las apuestas, que afectan a cantidad de partidos en Europa y en el mundo. El fútbol italiano, el caso más conocido, muestra cómo cantidad de jugadores y directivos están claramente vinculados al mundillo político y al crimen organizado. Incluso hay deportes, que los medios han presentado como “limpios”, el balonmano en Francia por ejemplo, que se han visto involucrados en apuestas amañadas y otras corruptelas. Así ocurre también con el tenis, deporte en el que hay jugadores que se dejan “untar” entre bastidores para perder partidos y llevarse más “manteca”.

Todas esas prácticas de rufián, que son en última instancia la de los propios Estados, van más lejos. Afectan incluso a veces a la seguridad de los espectadores, como así ocurrió en 1985 cuando la tragedia en el estadio de Heysel en Bélgica, donde, bajo el peso de unos ultras sobreexcitados, se hundió las vallas de separación provocando 39 muertos y más de 600 heridos. Las instalaciones baratas, la sobrecapacidad y los movimientos de la muchedumbre acarrean catástrofes como la de Sheffield, en Inglaterra, de abril de 1989: 96 muertos, 766 heridos… En el estadio Furiani de Bastia (Córcega), el 5 de mayo de 1992, por cuestiones de rentabilidad, justo antes de empezar el partido, se derrumbó una tribuna provisional construida a toda prisa: 18 muertos y 2 300 heridos.

Dopaje: pura expresión de este mundo decadente

No podemos terminar sin evocar la explotación brutal, virulenta y escandalosa de los propios atletas, especialmente mediante el dopaje, hasta los límites fisiológicos cuando no es hasta la muerte. Ya a principios del siglo XX se habían banalizado ciertas sustancias dopantes como la estricnina. Muy pronto, para los Estados, “el deporte se convirtió en la ciencia experimental del rendimiento corporal que requirió la creación de laboratorios de medicina deportiva, la puesta a punto de material experimental y aparatos diversos, la apertura de institutos deportivos especializados[11]. En 1967, la muerte del ciclista británico Tom Simpson en las pendientes del Mont Ventoux (Sur de Francia) conmocionó a todo el mundo, pero el dopaje se había implantado desde hacía ya mucho tiempo. Como lo subraya el antiguo médico del Tour de Francia, el doctor Jean-Pierre de Mondenard: “El deporte de alto nivel es una escuela de tramposos”. Hoy, seguimiento médico y dopaje están íntimamente relacionados. Esteroides, anabolizantes, EPO, autotransfusiones se utilizan corrientemente en las competiciones, controlados por médicos en todos los grandes equipos. Ni que decir tiene que ese fenómeno afecta a todos los deportes y a fuertes dosis. En un deporte como el rugby, por ejemplo, el dopaje funciona desde la formación juvenil misma. Así lo demuestra el testimonio de un deportista de 24 años, hoy enfermo y con la carrera arruinada: “Llegas al centro de formación. Allí te hablan mucho del “verdadero” dopaje. Algunos de mis compañeros de equipo se inyectaban moléculas, productos veterinarios, abastecidos por un médico que merodeaba por el club. Te hablan de salbutamol, de anabolizantes de ternera y de toro. Ya no vas a andar comprando por Internet, sino que vas a intentar dar con la persona idónea. El médico te hace las primeras inyecciones y luego te deja hacer.” Y añade con mucha razón: “La ‘omertà’ [ley del silencio] es ya muy fuerte en el ámbito deportivo, lo es más todavía cuando se trata de adolescentes.[12] Desgastados hasta la médula, destruidos prematuramente, los deportistas sufren trastornos gravísimos: accidentes cardiacos y circulatorios, insuficiencias renales y hepáticas, cánceres, impotencia, esterilidad, trastornos en la mujer embarazada, enfermedades musculo-esqueléticas, etc. Una importante cantidad de atletas de alto nivel fallecen antes de los 40 años. El ejemplo de las nadadoras de Alemania del Este, que ya reveló toda la brutalidad y el horror capitalista de la planificación estatal, ha sido, desde entonces superado con creces. Recordemos que, como a muchos otros atletas, se dopaba sistemáticamente y por la fuerza a aquellas nadadoras, a menudo sin que ellas mismas se enteraran. Vigiladas constantemente por los servicios especiales (Stasi, KGB) en todos sus desplazamientos, a esas atletas les estaba prohibido comunicar con gentes del Oeste so pena de represalias contra su familia. Convertidas en “hombres” en lo hormonal (fuerte pilosidad, trastornos en la libido, clítoris hipertrofiado...) gracias a las píldoras e inyecciones cotidianas inoculadas por médicos especializados[13], el Estado las condenaba a toda clase de chantajes y al silencio. ¡Se han censado más de 10 000 victimas! Muchas de ellas murieron prematuramente, gravemente enfermas[14].

Hoy lo que más se conoce son los casos en el ciclismo, desde el caso Festina[15] hasta el montón de casos de corredores, tanto ejecutantes como víctimas o cabezas de turco, como el del ciclista Lance Amstrong, a quien acaban de retirarle sus 7 títulos del Tour de Francia, son testimonios de que las leyes del capital y de la ganancia no se arredran ante nada.

¡La ética del deporte es la del capitalismo! Se puede resumir en unas pocas palabras: ambición, trampas, corrupción, hipocresía, competencia a muerte, violencia y brutalidad. Ni siquiera el deporte paralímpico se salva de esa misma lógica: ha acabado siendo una sórdida competencia en una especia de “guerra de prótesis”.

Querer hoy “moralizar” el deporte ya no solo es pura ilusión. Se trata como mínimo de una utopía reaccionaria cuando no de una estafa suplementaria.

Deporte y comunismo, a modo de conclusión

Los intentos de usar el deporte en la decadencia capitalista para la lucha obrera no hicieron sino incrementar la gangrena oportunista, estimular las fuerzas conservadoras. Ni ha existido ni puede existir un “deporte proletario”. Durante la oleada revolucionaria mundial de 1917-1923, el fracaso de la Internacional Roja del Deporte (ISR, fundada en 1921) se debió a las condiciones históricas y políticas de entonces, las del capitalismo decadente y del aislamiento trágico de la revolución en Rusia. Los Juegos de Asia Central que organizaron en lo deportivo los bolcheviques en Tashkent (Uzbekistán), al estimular y reforzar los Estados locales, verdadero mosaico del ex imperio ruso, lo único para lo que sirvieron fue para incrementar la confusión política. Peor todavía, iban a endurecer el cordón sanitario de las tropas de la coalición burguesa en torno a una Rusia soviética asediada. Las “Espartaquiadas” de Moscú, en 1928, iban a rematar la defensa de la “patria socialista” en esos juegos, que ya eran la expresión de la contrarrevolución. El único verdadero “triunfo” fue entonces el del estalinismo, haciendo arrogante alarde de sus “bolcheviques de acero”… Marx decía que la sociedad comunista haría “la demostración práctica de la posibilidad de unir enseñanza y gimnasia con el trabajo y viceversa”, con la perspectiva de la realización del “ser humano completo”[16]. Al principio, Lenin y los bolcheviques defendían esa visión, pero no les quedó tiempo ni posibilidad para realizarla. El estalinismo realizó lo contrario: una caricatura ultramedicada de robots monstruosos.

Es evidentemente difícil vislumbrar la sociedad comunista del futuro. Lo que sí es seguro es que el deporte tal como existe hoy, tendrá que desaparecer en una sociedad sin clases sociales. Es tan difícil para un aficionado al deporte concebir ese futuro hoy como lo es para un drogodependiente imaginar un mundo sin adicciones. Un mundo humano, unitario, creativo y libre deberá sustituir a las separaciones artificiales entre actividades físicas e intelectuales, a las oposiciones forzadas entre deportistas y sedentarios. De ese modo, el “hombre completo” del que hablaba Marx, volverá a encontrar en el comunismo su verdadera naturaleza social: “(…) los sentidos del hombre social distintos de los del no social. Sólo a través de la riqueza objetivamente desarrollada del ser humano es, en parte cultivada, en parte creada, la riqueza de la sensibilidad humana subjetiva, un oído musical, un ojo para la belleza de la forma. En resumen, sólo así se cultivan o se crean sentidos capaces de goces humanos, sentidos que se afirman como fuerzas esenciales humanas. (…) la sociedad constituida produce, como su realidad durable, al hombre en esta plena riqueza de su ser, al hombre rica y profundamente dotado de todos los sentidos.[17]

Ese ser humano “profundamente dotado de todos sus sentidos” expresará su verdadera individualidad en una armonía superior: la de la unidad dialéctica que favorezca la belleza del cuerpo y de la mente.

WH, 20 de diciembre


[1] E. Hobsbawm, Naciones y nacionalismo desde 1780, traduc. castellana de 1990, Ed. Mondadori, Barcelona.

[2] Ídem.

[3] J-M Brohm, Sociologie politique du sport, 1976, Nancy (Francia), P.U.N., 1992.

[4] Nótese que ya se ha vuelto a ver ondear la bandera alemana entre la muchedumbre en los encuentros deportivos, en plena conformidad con las nuevas aspiraciones imperialistas alemanas; y eso tras años de cautelas impuestas por un incómodo pasado.

[5] Como, por ejemplo, la ideología “black-blanc-beur” (negro/blanco/árabe) en Francia: alusión a la bandera tricolor “bleu-blanc-rouge” (azul/blanco/rojo) y a la unidad nacional por encima del color de piel o del origen, todos juntos tras el Estado republicano, en una especie de unión sagrada.

[6] Folleto de Junius, 1915.

[8] Dicho sea de paso, tampoco a la burguesía norteamericana de entonces le entusiasmaron tales victorias, una burguesía henchida de prejuicios raciales segregacionistas y mortíferos. En las Olimpiadas de San Luis de 1904, las minorías negras fueron marginalizadas. Se organizaron incluso competiciones espéciales, llamadas “jornadas antropológicas”, reservadas para aquellos que los organizadores consideraban como “subhumanos”. Víctimas de segregación y de linchamientos, las minorías negras reaccionarían más tarde en luchas parciales, entre las cuales las de los famosos “Black Panthers”, que en el podio de las Olimpiadas de México de 1968 quedaron simbolizadas en los puños levantados con guantes negros de los velocistas Smith y Carlos.

[9] Los ejemplos de sobornos a la hora de nombrar la sede de las Olimpiadas o del país organizador de los Mundiales de Fútbol son múltiples, por ejemplo, para la candidatura de Salt Lake City a las Olimpiadas de Invierno de 2002.

[11] J-M Brohm, Sociologie politique du sport, 1976, Nancy (Francia), P.U.N., 1992.

[12] www.rue89.com, periódico francés en línea.

[13] Hubo incluso entrenadores en la antigua Alemania del Este que habrían embarazado a sus pupilas pues, al tercer mes de embarazo, al producir la mujer más testosterona, ¡sería más competitiva!

[14] Para dar una idea de la progresión del fenómeno del dopaje hoy, un ejemplo, el récord de la australiana Stéphanie Rice (400 metros 4 estilos en Pekín 2008) es inferior en 7 segundos al de la excampeona alemana del Este, Petra Schneider, (1980, Moscú), conocida, sin embargo, por haberse “cargado” en cantidades industriales de esteroides!

[15] En julio de 1998, el entrenador del equipo ciclista Festina, Willy Voet, era arrestado por la aduana francesa. Transportaba ampollas de eritropoyetina (EPO), capsulas de anfetaminas, soluciones de hormonas de crecimiento y frascos de testosterona.

[16] Marx citado por J-M Brohm, ídem.

[17] Marx, Manuscritos, “Propiedad privada y comunismo” https://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/manuscritos/man3.htm#3-2.

 

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El deporte en el capitalismo - III