Militarismo y descomposición

Versión para impresiónEnviar por email

En varias ocasiones la Corriente Comunista Internacional ha tenido que insistir en la importancia de la cuestión del militarismo y de la guerra en todo el periodo de la decadencia[1], y eso tanto desde el punto de vista del capitalismo mismo, como desde el punto de vista del proletariado. Con la rápida sucesión, durante este año, de acontecimientos de una gran importancia histórica (hundimiento del bloque del Este, guerra del Golfo) que viene a transformar el conjunto de la situación mundial, con la constatación de la entrada del capitalismo en la última fase de su decadencia, la descomposición[2], los revolucionarios deben dar prueba de la mayor claridad sobre la cuestión esencial del lugar que ocupa el militarismo en las condiciones nuevas del mundo de hoy.

El marxismo, pensamiento vivo

1. Contrariamente a la corriente bordiguista, la CCI no ha considerado nunca el marxismo como “doctrina invariante”, antes al contrario, lo ha concebido como un pensamiento vivo para el cual cada acontecimiento histórico importante es fuente de enriquecimiento. En efecto, esos acontecimientos permiten ya sea confirmar el marco de los análisis desarrollados anteriormente, dándoles más fuerza, ya sea poner en evidencia la caducidad de algunos de ellos imponiéndose entonces un esfuerzo de reflexión para así ampliar el campo de aplicación de los esquemas válidos antes, pero ya superados, o si no, claramente, elaborar otros nuevos capaces de dar cuenta de la nueva realidad. Les incumbe a las organizaciones revolucionarias la responsabilidad específica y fundamental de cumplir este esfuerzo de reflexión, teniendo buen cuidado de avanzar, a semejanza de nuestros mayores, Lenin, Rosa, Bilan o la Izquierda Comunista de Francia, a la vez con prudencia y audacia:

  • basándose firmemente en las adquisiciones del marxismo;
  • examinado la realidad sin orejeras, desarrollando el pensamiento, “sin ostracismos de ningún tipo”, como decía Bilan.

En especial, antes de tales acontecimientos históricos, importa que los revolucionarios sean capaces de distinguir bien los análisis ya caducos de los que siguen siendo válidos para evitar así el doble escollo de encerrarse en la esclerosis o “tirar al crío con el agua del baño”. O sea, más precisamente, es necesario poner bien en evidencia lo que en estos análisis es esencial y conserva toda su validez en circunstancias históricas diferentes, y lo que es secundario y circunstancial; en resumen, saber hacer la diferencia entre lo esencial de una realidad y sus diferentes manifestaciones particulares.

2. Desde hace un año, la situación mundial ha conocido cambios importantísimos que han modificado muy sensiblemente la fisonomía del mundo tal como éste había surgido de la segunda guerra imperialista; La CCI se ha aplicado en seguir de cerca esos cambios:

  • para dar cuenta de su significado histórico,
  • para examinar en qué medida desmentían o confirmaban los marcos de análisis válidos anteriormente.

Es así como acontecimientos históricos (agonía del estalinismo, desaparición del bloque del Este, disgregación del bloque del Oeste), aunque no pudieron ser previstos en su especificidad, sí se integraban plenamente en el marco de análisis y de comprensión del periodo histórico actual elaborado anteriormente por la CCI: la fase de descomposición.

Es lo mismo con la actual guerra del Golfo Pérsico. Pero la importancia misma de este acontecimiento, como también la confusión que ha hecho aparecer entre los revolucionarios, incluida la CCI, dan a nuestra organización la responsabilidad de comprender claramente el impacto y la repercusión de las características de la fase de descomposición sobre la cuestión del militarismo y de la guerra, de examinar cómo se plantea esta cuestión en este nuevo periodo histórico.

El militarismo, en el corazón de la decadencia del capitalismo

3. El militarismo y la guerra son un elemento fundamental de la vida del capitalismo desde la entrada de este sistema en su período de decadencia. En cuanto quedó formado completamente el mercado mundial, a principios de siglo, y el mundo quedó repartido en cotos de caza coloniales y comerciales entre las diferentes naciones capitalistas avanzadas, la intensificación y el desencadenamiento de la competencia comercial resultantes entre esas naciones han acabado obligatoriamente en agravación de tensiones militares, en la constitución de arsenales cada vez más imponentes y la sumisión creciente de la vida económica y social a los imperativos de la esfera militar. De hecho, militarismo y guerra imperialista son la expresión central de la entrada del capitalismo en su periodo de decadencia (fue el estallido de la 1ª Guerra mundial lo que marcó el comienzo de ese periodo), hasta tal punto que para los revolucionarios de entonces imperialismo y capitalismo decadente se hicieron sinónimos. Al no ser el imperialismo una manifestación particular del capitalismo, sino su modo de vida para todo un nuevo periodo histórico, no son imperialista este o aquel Estado, sino todos los Estados, como lo hace notar Rosa Luxemburgo[3]. En realidad si el imperialismo, el militarismo y la guerra se identifican tanto con el período de decadencia, es porque éste es el periodo en que las relaciones de producción capitalistas se han vuelto una traba al desarrollo de las fuerzas productivas: el carácter perfectamente irracional, en el plano económico global, de los gastos militares y de la guerra es expresión de la aberración que es el mantenimiento de esas relaciones de producción. La autodestrucción permanente y creciente de capital, resultante de ese modo de vida, es un símbolo de la agonía del sistema, pone claramente de relieve que está condenado por la historia.

Capitalismo de Estado y bloques imperialistas

4. Confrontado a una situación en que la guerra es omnipresente en la vida de la sociedad, el capitalismo, en su decadencia, ha desarrollado dos fenómenos que son características de primera importancia de este periodo: el capitalismo de Estado y los bloques imperialistas. El capitalismo de Estado, cuya primera manifestación significativa data de la primera guerra mundial, responde a la necesidad para cada país, con vistas a la confrontación con las demás naciones, de obtener el máximo de disciplina en su seno de parte de los diferentes sectores sociales, de reducir al máximo los enfrentamientos entre clases, pero también entre facciones rivales de la clase dominante para así movilizar y controlar el conjunto de su potencial económico. Del mismo modo, la formación de bloques imperialistas corresponde a la necesidad de imponer una disciplina similar entre diferentes burguesías nacionales para así limitar sus antagonismos recíprocos reuniéndolas para el enfrentamiento supremo entre los dos campos militares. Y a medida que el capitalismo se ha ido hundiendo en su decadencia y su crisis histórica, esas dos características no han hecho sino reforzarse. En especial, el capitalismo de Estado a escala de todo un bloque imperialista, tal como se ha desarrollado tras la Segunda Guerra mundial, no expresaba otra cosa sino la agravación de esos dos fenómenos. Y con esto, ni el capitalismo de Estado ni los bloques imperialistas, ni tampoco la conjunción de ambos, son expresión de ninguna “pacificación” de las relaciones entre diferentes sectores del capital, menos todavía un “reforzamiento” de este. Al contrario, no son más que medios segregados por la sociedad capitalista para intentar resistir a la tendencia creciente a la dislocación[4].

El imperialismo en la fase de descomposición del capitalismo

5. La descomposición general de la sociedad es la fase postrera del periodo de decadencia del capitalismo. Y, durante esta fase, las características propias del período de decadencia (la crisis histórica de la economía capitalista, el capitalismo de Estado, y también, los fenómenos fundamentales que son el militarismo y el imperialismo) no son atenuadas ni mucho menos. Muy al contrario, en la medida en que la descomposición aparece como la culminación de las contradicciones en las que se debate de manera creciente el capitalismo desde el inicio de su decadencia, las características propias de este periodo se encuentran en su fase última, todavía más agudizadas:

  • al ser resultado del hundimiento inexorable del capitalismo en la crisis, la descomposición no hace sino agravarse;
  • la tendencia al capitalismo de Estado no es en absoluto cuestionada, sino al contrario, por la desaparición de ciertas de sus formas más aberrantes y parásitas como ha ocurrido con el estalinismo hoy[5].

Lo mismo ha ocurrido con el militarismo y el imperialismo, como ha podido comprobarse durante los años 80 durante los cuales el fenómeno de la descomposición ha aparecido y se ha desarrollado. No es la desaparición del reparto del mundo en dos constelaciones imperialistas resultado del hundimiento del bloque del Este lo que va a poner en entredicho esa realidad. No es la formación de bloques imperialistas lo que está en la base del militarismo y del imperialismo. Es lo contrario: la formación de bloques no es sino la consecuencia extrema (que en cierta fase pueda agravar las causas mismas) del hundimiento del capitalismo decadente en el militarismo y la guerra. En cierto modo, ha ocurrido con la formación de bloques respecto al imperialismo como con el estalinismo respecto al capitalismo de Estado. Al igual que el fin del estalinismo no significa un freno a la tendencia histórica hacia el capitalismo de Estado, aunque fuera una manifestación de éste, la desaparición actual de los bloques imperialistas no implicará el menor cuestionamiento del dominio del imperialismo en la vida de la sociedad. La diferencia fundamental estriba en que si bien el final del estalinismo corresponde a la eliminación de una forma particularmente aberrante de capitalismo de Estado, el final de los bloques lo que hace es abrir las puertas a una forma todavía más salvaje, aberrante y caótica del imperialismo.

6. Este análisis, la CCI ya lo había elaborado desde la evidencia del hundimiento del bloque del Este:

«En el periodo de decadencia del capitalismo, todos los Estados son imperialistas y toman sus disposiciones para asumir esa realidad: economía de guerra, armamento, etc. Por eso, la agravación de las convulsiones de la economía mundial va agudizar las peleas entre los diferentes Estados, incluso, y cada vez más, militarmente hablando. La diferencia con el período que acaba de terminar, es que esas peleas, esos antagonismos, contenidos antes y utilizados por los dos grandes bloques imperialistas, van ahora a pasar a primer plano. La desaparición del gendarme imperialista ruso, y la que de ésa va a resultar para el gendarme norteamericano respecto a sus principales “socios” de ayer, abren de par en par las puertas a rivalidades más localizadas. Esas rivalidades y enfrentamientos no podrán, por ahora, degenerar en un conflicto mundial, incluso suponiendo que el proletariado no fuera capaz de oponerse a él. En cambio, con la desaparición de la disciplina impuesta por la presencia los bloques, esos conflictos podrían ser más violentos y numerosos y, en especial, claro está, en las áreas en las que el proletariado es más débil.” (Revista Internacional no 61, 10/02/1990 [6]).

«La agravación de la crisis mundial de la economía capitalista va a provocar necesariamente una nueva agudización de las contradicciones internas de la clase burguesa. Estas contradicciones, como en el pasado, van a manifestarse en el plano de los antagonismos guerreros: en el capitalismo decadente, la guerra comercial no puede desembocar más que en la salida de la guerra por las armas. En este sentido, las ilusiones pacifistas que podrían desarrollarse tras el “recalentamiento” de las relaciones entre la URSS y los Estados Unidos deben ser combatidas sin concesiones: los enfrentamientos militares entre Estados, aunque ya no estén manipulados y utilizados por las grandes potencias, no van a desaparecer, ni mucho menos. Por el contrario, como se ha visto en el pasado, el militarismo y la guerra constituyen el modo de vida mismo del capitalismo decadente que la profundización de la crisis no puede más que confirmar. Sin embargo, lo que cambia en relación al periodo anterior, es que estos antagonismos militares no toman ya en la actualidad la forma de una confrontación entre dos grandes bloques imperialistas.” (“Resolución sobre la situación internacional”, junio de 1990, Revista Internacional no 63).

Este análisis esta hoy ampliamente confirmado por la guerra del Golfo.

La guerra del Golfo: primera expresión de la nueva situación mundial

7. Esta guerra es la primera expresión de gran importancia de la situación en que se encuentra hoy el mundo tras el hundimiento del bloque del Este (en este sentido, está cobrando hoy una importancia mucho más considerable):

  • confirma, con la “aventura” incontrolada de Irak que echa mano de otros país de su bloque de tutela, la desaparición del bloque del Oeste mismo;
  • revela la acentuación de la tendencia (propia de la decadencia capitalista) de todos los países a utilizar la fuerza de las armas para intentar librarse del tornillo con que les aprieta la crisis de manera cada día más insoportable;
  • pone de evidencia, con el descomunal despliegue de medios militares por EEUU y sus “aliados”, que, de modo creciente, únicamente la fuerza militar será capaz mantener un mínimo de estabilidad en un mundo amenazado por un caos en aumento.

La guerra del Golfo no es, pues, como lo afirma la mayoría del medio político proletario, una “guerra por el precio del petróleo”. Tampoco puede reducirse a una “guerra por el control del Oriente Medio”, por muy importante que sea esta región. Tampoco es únicamente el caos que se está desarrollando en el Tercer mundo lo que intenta prevenir la operación militar desplegada en el Golfo. Todos esos elementos desempeñan su papel, claro está. Cierto es que a la mayoría de los países occidentales les interesa el petróleo a bajo costo (contrariamente a la URSS, quien, sin embargo, participa plenamente, con sus escaso medios, en la acción contra Irak), pero no será con los medios empleados (y que han hecho saltar por las nubes el precio del crudo mucho más allá de las exigencias de Irak) con lo que van obtener una baja de los precios. También es cierto que el control de los pozos petroleros por parte de EEUU tiene para este país un interés indudable, reforzando su posición respecto a sus rivales comerciales (Europa Occidental y Japón); ¿Por qué entonces esos mismos rivales apoyan a aquel en esa empresa? También está claro que la URSS está muy interesada por la estabilidad de la zona de Oriente Medio cercana a sus provincias de Asia central y caucásica, ya muy agitadas. Y el caos que se está desplegando en la URSS no sólo concierne a éste país; los países de Europa central y por lo tanto los de la occidental, están muy especialmente concernidos por lo que ocurre en la zona del antiguo bloque del Este. Más en general, si los países avanzados se preocupan por el caos que se desarrolla en ciertas partes del Tercer mundo, es porque ellos también están fragilizados ante ese caos, a causa de la nueva situación en que se encuentra el mundo hoy.

8. En realidad, es fundamentalmente el caos que ya impera en buena parte del mundo y que ahora amenaza a los grandes países desarrollados y sus relaciones reciprocas, lo que intentan contener con la operación “escudo del desierto” y sus anexos. En efecto, con la desaparición del reparto del mundo en dos grandes bloques imperialistas ha desaparecido uno de los factores esenciales que mantenía cierta cohesión entre esos Estados. La tendencia propia del nuevo período es, sin lugar a dudas, la de “cada uno para sí” y, eventualmente para los Estados más poderosos, la de presentar su candidatura para el liderazgo de un nuevo bloque. Pero al mismo tiempo, la burguesía de esos países, al medir los peligros que conlleva esta situación, intenta reaccionar contra esta tendencia. Con el nuevo grado alcanzado en el caos general que ha sido la aventura iraquí (favorecida bajo mano por la actitud “conciliadora” de EEUU antes del 2 de agosto respecto a Irak para luego “dar un ejemplo”), a lo que los periodistas llaman la “comunidad internacional”, que no cubre al antiguo bloque occidental pues, hoy la URSS forma parte de ella, no le quedaba más remedio que cerrar filas tras la autoridad de la primera potencia mundial y en especial tras su fuerza militar, única capaz de hacer de sargento en cualquier parte del globo.

Lo que hoy demuestra la guerra del Golfo es que, frente a la tendencia al caos generalizado propia de la fase de descomposición, y a la que el hundimiento del bloque del Este ha dado un considerable acelerón, no le queda otra salida al capitalismo, en su intento por mantener en su sitio a las diferentes partes de un cuerpo con tendencia a desmembrarse, que la de imponer la mano de hierro de la fuerza de las armas[7]. Y los medios mismos que está utilizando para contener un caos cada vez más sangriento son un factor de agravación considerable de la barbarie guerrera en que se ha hundido el capitalismo.

La formación de nuevos bloques no está a la orden día

9. Cuando ya la formación de los bloques aparece históricamente como consecuencia del desarrollo del militarismo y del imperialismo, la agudización de éstos en la fase actual del capitalismo es, paradójicamente, una traba de primera importancia para que se vuelva a formar un nuevo sistema de bloques que sea la continuación del que acaba de desaparecer. La historia (sobre todo de la 2ª posguerra) ha puesto en evidencia que la desaparición de un bloque imperialista (por ejemplo el del “Eje”) pone al orden del día la dislocación del otro (los “aliados”) pero también la formación de una nueva “pareja” de bloques antagónicos (Este y Oeste). De ahí que la situación actual lleva en sí, bajo la presión de la crisis y del agudizamiento de las tensiones militares, una tendencia hacia la formación de dos nuevos bloques imperialistas. Sin embargo, el hecho mismo de que la fuerza de la armas se haya convertido –como lo confirma la guerra del Golfo- en factor preponderante en los intentos de los países avanzados por limitar el caos mundial, es una traba importante contra esa tendencia. Esta misma guerra ha venido a subrayar la superioridad aplastante (por no decir más) de la potencia militar de EEUU respecto a la de los demás países desarrollados (y esa demostración era de hecho uno de los objetivos más importantes de ese país): en realidad, esta potencia militar sola es como mínimo equivalente a la de los demás países del planeta reunidos. Semejante desequilibrio no va ser compensado así como así; no existe país alguno capaz en el futuro inmediato de oponer a los EEUU una potencia militar que le permita ocupar la plaza de cabeza de bloque que pueda rivalizar con el que dirigiría EEUU. Y en un plazo más lejano, la lista de candidatos para tal plaza es limitada.

10. En efecto, está fuera de dudas que la cabeza de bloque que acaba de hundirse, la URSS, no será capaz de volver a conquistar ese puesto. En realidad, el que ese país haya desempañado ese papel en el pasado es, ya de por sí, una especie de aberración, un accidente de la historia. La URSS, por su atraso considerable en todos los planos (económico, pero también político y cultural) no disponía de los atributos que permiten crear “naturalmente”, en torno suyo, un bloque imperialista[8]. Si la URSS pudo alcanzar ese rango fue “gracias” a Hitler (quien la hizo entrar en la guerra en 1941) y a los “aliados” quienes, en Yalta, la recompensaron por haber formado un segundo frente contra Alemania, reembolsándola por el tributo de 20 millones de muertos pagado por su población, con la plena disposición de los países de Europa central que sus tropas habían ocupado durante la derrota alemana[9]. Fue precisamente porque la URSS era incapaz de hacer ese papel de cabeza de bloque por lo que se vio obligada, para conservar su imperio, a imponer a su propio aparato productivo una economía de guerra que ha arruinado a dicho imperio por completo. El hundimiento espectacular del bloque del Este, además de certificar la quiebra de una forma de capitalismo de Estado particularmente aberrante (aberrante porque no era el resultado del desarrollo “orgánico” del capital, sino de la eliminación por la revolución de 1917 de la burguesía clásica), ha traducido la revancha de la historia respecto a esa aberración de origen. Por esta razón, la URSS nunca más podrá volver a desempeñar un papel primordial en el ruedo internacional, a pesar de sus arsenales considerables. Y esto tanto más por cuanto la dinámica de desmembramiento de su imperio exterior va a continuar en el interior, despojando, al cabo, a Rusia de los territorios por ella colonizados durante los siglos pasados. Por haber intentado hacer un papel de potencia mundial muy por encima de sus fuerzas, Rusia está condenada a volver a su puesto de tercer orden que ocupaba en tiempos de Pedro el Grande.

Los dos únicos candidatos potenciales al título de cabeza de bloque, Japón y Alemania, tampoco están capacitados, a un plazo previsible, para asumir ese papel. Japón, por su parte, a pesar de su poderío industrial y su dinamismo económico, nunca podrá pretender ocupar ese rango a causa de su situación geográfica descentrada en relación con la región que concentra la mayor densidad industrial, Europa occidental. En cuanto a Alemania, único país que podría a lo mejor pretender un día desempeñar un papel que ya fue suyo en el pasado, su actual potencia militar (ni siquiera posee el arma atómica, que ya es mucho decir) le impide la menor pretensión de rivalizar con EEUU en ese terreno y esto durante mucho tiempo. Y eso tanto más por cuanto a medida que el capitalismo se hunde en su decadencia, para un jefe de bloque es todavía más indispensable el disponer de una superioridad militar aplastante sobre sus vasallos para poder mantenerse en su rango.

Estados Unidos, único gendarme del mundo

11. Así, al iniciarse el período de decadencia, y hasta los primeros años de la Segunda Guerra Mundial, podía existir cierta “paridad” entre los diferentes socios de una coalición imperialista, aunque la necesidad de un jefe se ha notado siempre. Por ejemplo, en la 1ª Guerra Mundial, no existía, en términos de potencia militar operativa, gran disparidad entre los tres “vencedores”: Gran Bretaña, Francia y EEUU. Esta situación ya evolucionó de modo muy importante en la 2ª Guerra mundial, durante la cual los “vencedores” se pusieron bajo la estrecha dependencia de unos EEUU que poseían una superioridad considerable sobre sus “aliados”. Y ésta se iba a acentuar durante todo el período de “guerra fría” que acaba de terminar, en el que cada jefe de bloque, EEUU Y URSS, sobre todo en control del armamento nuclear más destructor, han dispuesto una superioridad aplastante sobre el resto de los países del bloque.

Esa tendencia se explica porque, con el hundimiento del capitalismo en su decadencia:

  • lo que se juega en los conflictos y su escala entre los bloques tiene carácter más mundial y general, o sea, cuanto más gánsteres haya que controlar; tanto más poderoso debe ser el “capo”;
  • las armas exigen inversiones cada vez más elevadas. Sólo los países muy grandes podrán sacar los recursos necesarios para la formación de un arsenal nuclear completo y consagrar suficientes medios para la investigación sobre las armas más sofisticadas;
  • y sobre todo, las tendencias centrífugas entre todos los Estados, resultantes de la agudización de los antagonismos nacionales, no harán sino acentuarse.

Este último factor es como con el capitalismo de Estado: cuanto más se desgarran entre sí las diferentes fracciones de una burguesía nacional con la agravación de la crisis que agudiza su mutua competencia, tanto más tiene que reforzarse el Estado para poder ejercer sobre ellas su autoridad. De igual modo, cuantos más estragos produce la crisis histórica y sus formas abiertas, más fuerte debe ser la cabeza de bloque para contener y controlar las tendencias a la dislocación entre las diferentes fracciones nacionales que lo componen. Y está claro que en la última fase de la decadencia, la de la descomposición, un fenómeno así se agravará todavía más.

Por todas estas razones, y en especial la última, la formación de un nuevo par de boques imperialistas no se ve en un horizonte razonable, puede incluso que ni ocurra nunca, que la revolución o la destrucción de la humanidad hayan ocurrido antes. En el nuevo período histórico en que hemos entrado, y los acontecimientos del Golfo vienen a confirmar, el mundo aparece como una inmensa timba en la que cada quien va a jugar “por su cuenta y para sí”, en la que las alianzas entre Estados no tendrán ni mucho menos, el carácter de estabilidad de los bloques, pero que estarán dictadas por las necesidades del momento. Un mundo de desorden asesino, en el que el “gendarme” USA intentará hacer reinar un mínimo de orden con el empleo más y más masivo de su potencial militar.

¿Hacia el “superimperialismo”?

12. El que en el período venidero, el mundo ya no esté dividido en bloques imperialistas, y que le incumba a una sola potencia mundial –los EEUU– ejercer el liderazgo mundial, no significa ni mucho menos que sea correcta la tesis del “súper imperialismo” (o “ultra imperialismo”) como la que desarrolló Kautsky en la 1ª Guerra mundial. Esta tesis había sido elaborada ya antes de la guerra por la corriente oportunista que se desarrollaba en la Socialdemocracia. Tenía sus raíces en la visión gradualista y reformista que consideraba que las contradicciones (entre clase y entre naciones) en la sociedad capitalista estaban destinadas a atenuarse hasta desaparecer. La tesis de Kautsky suponía que los diferentes sectores del capital financiero internacional podían llegar a unificarse para establecer una dominación estable y pacifica sobre el conjunto del mundo. Esta tesis, que se presentaba como “marxista” era evidentemente combatida por todos los revolucionarios, y, en particular, por Lenin (sobre todo en El imperialismo, fase superior del capitalismo), los cuales ponían de relieve que si al capitalismo se le resta la explotación y la competencia entre capitales ya no es capitalismo. Está muy claro que esa posición revolucionaria sigue siendo hoy totalmente válida.

Tampoco podría confundirse nuestro análisis con el desarrollado por Chaulieu (Castoriadis), el cual tenía al menos la ventaja de que rechazaba explícitamente el marxismo. En ese análisis, el mundo se encaminaba hacia un “tercer sistema” no en la armonía tan querida por los reformistas, sino a través, de convulsiones brutales. Cada guerra mundial llevaba a la eliminación de una gran potencia (la segunda había eliminado a Alemania). La 3ª Guerra mundial iba a dejar un único bloque que haría reinar su orden en un mundo en el que las crisis económicas desaparecían y en el que la explotación capitalista de la fuerza de trabajo sería sustituida por una especie de esclavitud, de un reino de “dominantes” sobre “dominados”.

El mundo de hoy, tal como sale del hundimiento del bloque del Este, tal como aparece ante la descomposición general, no deja de ser totalmente capitalista. Crisis económica insoluble y más y más profunda, explotación más y más feroz de la fuerza de trabajo, dictadura de la ley del valor, exacerbación de la competencia entre capitales y de los antagonismos imperialistas entre naciones, reino sin freno del militarismo, destrucciones masivas, matanzas en cadena: así es la única realidad propia de ese sistema. Y como única y postrer perspectiva, la destrucción de la humanidad.

El proletariado ante la guerra imperialista

13. Más que nunca, por lo tanto, la cuestión de la guerra sigue siendo central en la vida del capitalismo. Más que nunca, por consiguiente, esa cuestión es fundamental para la clase obrera. La importancia de esa cuestión no es, desde luego, nueva. Ya era central desde antes de la 1ª Guerra mundial (como lo ponen de relieve los congresos internacionales de Stuttgart en 1907 y Basilea en 1912). Se vuelve todavía más decisiva, claro está, durante la primera carnicería imperialista (como lo evidencia el combate de Lenin, Rosa, Liebknecht, al igual que la revolución en Rusia y en Alemania). Conserva toda su algidez, entre las dos guerras mundiales, en particular en la guerra de España, por no hablar evidentemente de la importancia que cobra durante el mayor holocausto de este siglo, entre 1939-45. Y ha tenido su importancia durante las diferentes guerras de “liberación nacional” después del 45, momentos del enfrentamiento entre ambos bloques imperialistas. De hecho, desde principios de siglo, la guerra ha sido la cuestión más decisiva que el proletariado y sus minorías revolucionarias hayan tenido que afrontar, mucho más que la cuestión sindical o la parlamentaria, por ejemplo. No podía ser de otro modo, al ser la guerra la forma más concentrada de la barbarie del capitalismo decadente, la que expresa su agonía y la amenaza que sobre la supervivencia de la humanidad hace pesar.

En el período actual, en el cual, mucho más que en las décadas pasadas, la barbarie guerrera (mal que les pese a los señores Bush, Mitterrand y compañía y sus profecías sobre el “nuevo orden de paz”) será un dato permanente y omnipresente de la situación mundial, que implicará de manera creciente a los países desarrollados (con los únicos límites que podrá imponerle el proletariado de esos países), la cuestión de la guerra es algo todavía más esencial para la clase obrera. La CCI desde hace ya tiempo, ha puesto de relieve que, contrariamente al pasado, el desarrollo de una próxima oleada revolucionaria no vendrá de la guerra sino de la agravación de la crisis económica. Este análisis sigue siendo de lo más válido: las movilizaciones obreras, el punto de partida de los grandes combates de clase vendrán de los ataques económicos. Y, del mismo modo, en el plano de la toma de conciencia, la agravación de la crisis será un factor esencial al dejar al desnudo el atolladero histórico que es modo de producción capitalista. Pero, en ese mismo plano de la toma de conciencia, la cuestión de la guerra está llamada a desempeñar, una vez más, un papel de primera importancia:

  • al poner de relieve las consecuencias fundamentales de ese atolladero histórico, o sea la destrucción de la humanidad;
  • al ser la única consecuencia objetiva de la crisis, de la decadencia y de la descomposición que el proletariado puede limitar desde ahora (al contrario de las demás manifestaciones de la descomposición), en la medida en que, en los países centrales, no está hoy por hoy, alistado detrás de la banderas nacionales.

El impacto de la guerra sobre la conciencia de la clase obrera

 14. Es verdad que la guerra puede ser utilizada contra la clase obrera mucho más fácilmente que la crisis misma y los ataques económicos:

  • puede favorecer el desarrollo del pacifismo;
  • puede darle un sentimiento de impotencia, que permita a la burguesía llevar a cabo sus ataques económicos.

Eso es por cierto lo que hasta ahora está ocurriendo con la guerra del Golfo. Pero este tipo de impacto quedará limitado en el tiempo obligatoriamente. Al cabo:

  • la permanencia de la barbarie guerrera que pondrá de relieve toda la vacuidad de los discurso pacifistas;
  • la evidencia de que la clase obrera es la principal víctima de esta barbarie, que es ella quien paga como carne de cañón

o por la explotación en aumento;

  • con la reanudación de la combatividad frente a los ataques económicos más y más brutales;

la tendencia cambiará, le incumbe a los revolucionarios, claro está, estar en primera fila de esta toma de conciencia: su responsabilidad será cada día más decisiva.

15. En la situación histórica actual, nuestra intervención en el seno de nuestra clase, además, evidentemente, de la considerable agravación de la crisis económica y de los ataques resultantes contra el proletariado entero, está determinada por:

  • la importancia fundamental de la cuestión de la guerra:
  • el papel decisivo de los revolucionarios en la toma de conciencia por la clase de la gravedad de lo que hoy está en juego.

Es pues de suma importancia que esta cuestión esté en primer plano de nuestra prensa. Y en períodos, como el de hoy, en los que esa cuestión está en los primeros planos inmediatos de la actualidad internacional, es de lo más importante aprovecharse de la sensibilización particular de los obreros al respecto, con prioridad e insistencia especiales.

Las organizaciones revolucionarias deberán poner especial atención en:

  • denunciar las maniobras sindicales con sus pretendidos llamamientos a luchar por mejoras económicas para hacer tragar mejor la política de guerra (por ejemplo, en nombre del “justo reparto” de los sacrificios entre obreros y patronos);
  • denunciar con la mayor de las virulencias la repugnante hipocresía de los izquierdistas quienes, en nombre del “internacionalismo” y de la “lucha contra el imperialismo”, están de hecho llamando a apoyar a unos de los campos imperialistas;
  • denunciar las asquerosas campañas pacifistas, que son un medio privilegiado para desmovilizar a la clase obrera en su lucha contra el capitalismo, al llevar al terreno minado del interclasismo;
  • subrayar la extrema gravedad de lo que se está jugando en la actualidad, comprendiendo sobre todo y plenamente todas las implicaciones de los importantísimos cambios que acaban de ocurrir en el mundo y, en especial, el período de caos que se ha abierto.

CCI, 04/10/1990

[1] Véase “Guerra, militarismo y bloque imperialistas” en la Revista internacional nos 52 y 53. http://es.internationalism.org/rint/1988/53_guerra2

[2] Para el análisis de la CCI sobre la cuestión de la descomposición, Revista Internacional nos 57 y 62. http://es.internationalism.org/node/2123

[4] Hay que señalar sin embargo, una diferencia importante entre capitalismo de Estado y bloques imperialistas. Aquél no puede ser cuestionado por los conflictos entre diferentes fracciones de la clase capitalista (o, sino, es la guerra civil, que caracteriza algunas zonas atrasadas del capitalismo, pero no a los sectores más avanzados): por lo general, es el Estado, representante del capital nacional como un todo, quien consigue imponer su autoridad a los diferentes componentes de este último. En cambio, los bloques imperialistas no tienen ese mismo carácter de perennidad. En primer lugar, no se forman más que con vistas a la guerra mundial: en un período en que esta no está momentáneamente al orden del día (como en los años 20), pueden muy bien desaparecer. En segundo lugar, no existe para los Estados una “predestinación” definitiva en favor de tal o cual bloque: los bloques se forman circunstancialmente, en función de criterios económicos, geográficos, militares y políticos… La historia muestra numerosos ejemplos de Estados que cambiaron de bloque tras la modificación de uno de esos factores. Esta diferencia de estabilidad entre el Estado capitalista y los bloques no es en absoluto misteriosa. Corresponde al hecho de que el nivel más elevado de unidad a que haya podido llegar la burguesía es el de la nación, al ser el Estado nacional el instrumento por excelencia de la defensa de sus intereses (mantenimiento del “orden”, pedidos masivos, política monetaria, protección aduanera…). Por ello, una alianza en el seno de un bloque imperialista no puede ser más que un conglomerado de intereses nacionales fundamentalmente antagónicos, destinado a preservar esos intereses en la jungla internacional. Una burguesía, cuando decide alinearse en un bloque más que en otro, lo único que le preocupa es la garantía de sus intereses nacionales. Al final y al cabo, aunque pueda considerarse al capitalismo como una entidad global, no hay que perder de vista que, concretamente, es con la forma de capitales rivales y en competencia como existe

[5] En realidad es el modo de producción capitalista como un todo lo que, en su decadencia y más todavía en su fase de descomposición, es una aberración para los intereses de la humanidad. Pero en esta agonía bestial del capitalismo, ciertas formas de este, como el estalinismo, surgidas en circunstancias históricas específicas (como veremos más lejos), tienen características que las han hecho todavía más vulnerables condenándolas a desaparecer antes incluso de que el sistema sea destruido por una revolución proletaria o con la destrucción de la humanidad

[7] En ese sentido, la manera con que se garantiza “el orden” del mundo en el nuevo período tenderá a parecerse cada día más a la que ejercía la URSS para mantener el orden en su antiguo bloque: por el terror y la fuerza de las armas. En el período de descomposición, y con la agravación de las convulsiones económicas de un capital agónico, las formas más brutales y salvajes de relaciones entre Estados utilizadas antes tenderán a convertirse en la regla para todos los países del mundo

[8] De hecho, la razones por las que Rusia no pudo ser una “locomotora” de la revolución mundial (por eso los revolucionarios como Lenin y Trotski esperaban la revolución en Alemania para que ésta echara una mano a la revolución rusa) eran las mismas que las que hacía de ella un candidato totalmente inepto para el papel de jefe de bloque

[9] Otra razón por la que los aliados otorgaron a la URSS la plena disposición de los países de Europa central fue que contaban con ella para “hacer labor de policía” contra el proletariado de la región. La historia ha demostrado (en especial en Varsovia) lo merecida que fue esa confianza