Crítica del libro Dynamiques, contradictions et crises du capitalisme (Dinámicas, contradic-ciones y crisis del capitalismo)

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Crítica del libro Dynamiques, contradictions et crises du capitalisme (Dinámicas, contradicciones y crisis del capitalismo)

¿Es el capitalismo un modo de producción decadente y, si lo es, por qué? (I)

Ahora que la humanidad está viviendo una aceleración dramática de la crisis económica mundial, hemos decidido volver, con este artículo, a unos temas fundamentales que se le plantean a cualquiera que se interese por comprender la dinámica de la sociedad capitalista para así luchar mejor contra un sistema condenado a perecer ya sea por sus propias contradicciones, ya sea por haber sido derribado, para que en su lugar se instaure una nueva sociedad. Todo ello ya ha sido tratado ampliamente en numerosas publicaciones de la CCI. Sin embargo, nos ha parecido ahora que era necesario volver a abordarlo para criticar la visión desarrollada en el libro Dynamiques, contradictions et crises du capitalisme ([1]) (citado a partir de aquí como DCC). Este libro reivindica, citándolo ampliamente, los análisis de Marx sobre cómo definir las contradicciones y la dinámica del capitalismo, especialmente por qué ese sistema, al igual que otras sociedades de clase anteriores, acabaría necesariamente por conocer sucesivamente una fase ascendente y una fase de declive. Pero la manera con la que se interpreta y se aplica a veces ese marco de análisis a la realidad puede hacer entrar la idea de que serían posibles unas reformas en el capitalismo que permitirían atenuar la crisis. En oposición a ese enfoque que nosotros criticamos, el artículo siguiente quiere ser una defensa argumentada del carácter insuperable de las contradicciones del capitalismo.

En la primera parte de este artículo, examinaremos si desde la Primera Guerra mundial, el capitalismo, al haber dejado de ser un sistema progresista, se convirtió, según la expresión misma de Marx, en “un obstáculo (…) para el desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo” ([2]). En otras palabras, las relaciones de producción propias de ese sistema, tras haber sido un factor extraordinario de desarrollo de las fuerzas productivas, ¿no han sido desde 1914 un freno al desarrollo de esas mismas fuerzas productivas? En una segunda parte, analizaremos el origen de las crisis de superproducción, insuperables en el seno del capitalismo, y desen­mascarar la patraña reformista de una posible atenuación de la crisis del capitalismo mediante “políticas sociales”.

¿Frena el capitalismo el crecimiento de las fuerzas productivas desde la Primera guerra mundial?

Con la Primera Guerra mundial, las fuerzas ciegas del capitalismo causaron una destrucción colosal de fuerzas productivas, sin comparación alguna con las crisis económicas que habían salpicado el crecimiento del capitalismo desde su nacimiento. Esas fuerzas destructoras sumieron al mundo, especialmente a Europa, en una barbarie que pudo haber a acabado con la civilización. Aquella situación acarreó, por contragolpe, una oleada revolucionaria mundial cuya meta fue terminar de una vez con el domino de un sistema cuyas contradicciones eran ya desde entonces una amenaza para la humanidad entera. La postura que defendió entonces la vanguardia del proletariado mundial se inscribía en la visión de Marx para quien “La inadecuación creciente del desarrollo productivo de la sociedad a sus relaciones de producción hasta hoy vigentes se expresa en agudas contradicciones, crisis, convulsiones” ([3]). La Carta de invitación (finales de enero de 1919) al Congreso de fundación de la Internacional Comunista se proclama: “El período actual es el de la descomposición y el hundimiento de todo el sistema capitalista mundial y será el del hundimiento de la civilización europea en general, si no se destruye al capitalismo con sus contradicciones insolubles. El período actual es el de la descomposición y desplome de todo el sistema capitalista mundial, y será el del desmoronamiento de la civilización europea en general, si el capitalismo, con sus insuperables contradicciones, no es derribado” ([4]).

Su plataforma subraya: “Una nueva época surge. Época de disgregación del capitalismo, de su hundimiento interior. Época de la revolución comunista del proletariado” ([5]).

El autor del libro (Marcel Roe­landts, aludido como MR a partir de ahora) está de acuerdo con esa definición de lo que significó la Primera Guerra mundial y la consecutiva oleada revolucionaria internacional, y a menudo usando las mismas palabras. Los análisis de MR coinciden en parte con los puntos siguientes sobre la evolución del capitalismo desde 1914 y que, para nosotros, confirman ese diagnóstico de decadencia del capitalismo:

• La Primera Guerra mundial (20 millones de muertos) hizo bajar en más de un tercio la producción de las potencias europeas implicadas en el conflicto, algo sin equivalente en toda la historia del capitalismo;

• Le siguió una fase de crecimiento económico débil que desembocó en la crisis de 1929 y la depresión de los años 1930. Esta depresión significó una caída de la producción superior a la de la Primera Guerra mundial;

• La Segunda Guerra mundial, más destructora y sanguinaria que la Primera (más de 50 millones de muertos), fue causante de un desastre sin comparación posible con la crisis de 1929. Confirmó de una manera trágica la alternativa planteada por los revolucionarios en la Primera Guerra mundial: socialismo o barbarie.

• Desde la Segunda Guerra mundial no sólo no ha habido un solo instante de algo que pudiera llamarse “paz” en el mundo, sino que las guerras no han hecho más que multiplicarse causando, desde entonces, millones y millones de muertos, y eso sin contar las catástrofes humanitarias (hambrunas) resultantes. La guerra, omnipresente en numerosas regiones del mundo, libró sin embargo a Europa, escenario de las dos guerras mundiales, durante medio siglo. Pero hizo un retorno brutal con el conflicto en Yugoslavia a partir de 1991;

• Durante ese período, excepto la fase de prosperidad de los años 1950 / 60, el capitalismo, aún manteniendo cierto crecimiento, no ha podido evitar recesiones que necesitan, para ser superadas, inyecciones cada vez más masivas de crédito en la economía; lo cual significa que el mantenimiento de ese crecimiento no ha podido hacerse sino es hipotecando el futuro mediante una deuda imposible de reembolsar en fin de cuentas;

• La acumulación de una deuda descomunal se ha convertido, desde los años 2007-2008 en una barrera inevitable para el mantenimiento de un crecimiento duradero, por mínimo que sea, y ha fragilizado considerablemente, cuando no ha amenazado de quiebra, no sólo a empresas o bancos, sino incluso a Estados, inscribiéndose así en la agenda de la historia la posibilidad de una recesión desde ahora sin fin.

Nos hemos limitado voluntariamente en este bosquejo, a lo más sobresaliente de la crisis y la guerra, que confieren al siglo xx su cualidad de época más sanguinaria que la humanidad haya conocido jamás. Aunque no sean su resultado mecánico, esos elementos no pueden disociarse de la propia dinámica económica del capitalismo durante este período.

¿Con qué método evaluar la producción capitalista y su crecimiento?

Para MR, ese panorama de la vida de la sociedad desde la Primera Guerra mundial no basta para confirmar el diagnóstico de decadencia. Según él “si bien pueden seguir defendiéndose algunos argumentos en los que se basa ese diagnóstico de caducidad del capitalismo, hay que reconocer que existen otros [desde finales de los años 1950] que desmienten los argumentos más esenciales”.

Y se apoya en Marx para quien solo puede haber decadencia del capitalismo cuando “el sistema capitalista se convierte en obstáculo para la expansión de las fuerzas productivas del trabajo”. Según MR, pues, el examen de los datos cuantitativos no permite, razonablemente, “mantener que el sistema capitalista frena las fuerzas productivas” ni... “que demuestre su caducidad ante los ojos de la humanidad”.

Dice también: “si se compara con el periodo de crecimiento más fuerte del capitalismo antes de la Iª Guerra mundial, el desarrollo desde entonces (1914-2008) es mucho más elevado” ([6]).

Los datos empíricos deben tenerse en cuenta. Pero no son suficientes. Se necesita un método para analizarlos, pues no podemos contentarnos con observar esos datos como un contable. Debemos ir más allá de las cifras a secas de la producción, examinando atentamente con qué se hacen la producción y el crecimiento, para así identificar si existen frenos al desarrollo de las fuerzas productivas. No es ése el enfoque de MR para quien:

aquellos que han mantenido el diagnóstico de obsolescencia no lo han hecho sino evitando encarar la realidad o usando subterfugios para intentar explicarlo: recurso al crédito, a los gastos militares o improductivos, existencia de un supuesto mercado de la descolonización, recurso al argumento de pretendidas trampas estadísticas o misteriosas manipulaciones de la ley del valor, etc. En efecto, raros son los marxistas que hayan podido aportar una explicación clara y coherente al crecimiento de los Treinta Gloriosos y hayan llegado a discutir sin a priori sobre algunas realidades en contradicción flagrante son el diagnostico de obsolescencia del capitalismo([7]).

Suponemos nosotros que MR opina que él mismo pertenece a esa categoría de los “raros marxistas que hayan logrado discutir sin a priori” y que, por ello, comprenderá la siguiente pregunta que le hacemos, pues no encontramos la menor respuesta en su libro: ¿por qué sería un “subterfugio” mencionar los “gastos improductivos” con el que intentar explicar el tipo de crecimiento en fase de decadencia?

Comprender de qué está compuesta la producción capitalista corresponde perfectamente a las necesidades del método marxista en su crítica al capitalismo. Esta crítica supo comprender por qué ese sistema, gracias a la organización social de la producción que le es propia, fue capaz de hacer dar a la humanidad un salto enorme, desarrollando sus fuerzas productivas a un grado tal que una sociedad basada en la libre satisfacción de las necesidades humanas se hace posible, una vez derribado el capitalismo. ¿Puede decirse que el desarrollo de las fuerzas productivas desde la Primera Guerra mundial, y el precio que la sociedad y el planeta entero han tenido que pagar por dicho desarrollo habrían sido una condición necesaria para la eclosión de la revolución victoriosa? O dicho en otras palabras, ¿siguió siendo el capitalismo después de 1914, un sistema progresista, que habría favorecido las condiciones materiales de la revolución y del comunismo?

Los datos cuantitativos del crecimiento

El Gráfico 1 ([8]) representa (en líneas continuas horizontales), en diferentes períodos desde 1820 hasta 1999, la tasa media anual de crecimiento. En él aparecen también las distancias significativas de las tasas de crecimiento, por encima y por debajo de esas cifras medias.

Las tasas medias anuales de crecimiento del Gráfico 1 están reproducidas en forma de Cuadro 1 para el período 1820-1999. Para completar ese cuadro, hemos estimado nosotros la tasa media anual de crecimiento para el período 1999-2009 utilizando una serie estadística relativa a este período ([9]), basándonos en un crecimiento negativo mundial de 0,5% en 2009 ([10]).

A partir de estos datos, puede hacerse y comentarse brevemente une serie de constataciones elementales:

• Los cuatro “baches” más profundos de la actividad económica se producen todos después de 1914 y corresponden a las dos guerras mundiales, a la crisis de 1929 y a la recesión de 2009.

• El período más próspero de la vida del capitalismo antes de la Primera Guerra mundial es el que va desde 1870 a 1913. Eso se debe a que ese período es el más representativo de un modo de producción totalmente liberado de las relaciones de producción heredadas del feudalismo y que disponía, tras el empuje imperialista de las conquistas coloniales ([11]), de un mercado mundial cuyos límites ni se notaban ni se concebían todavía. Consecuencia de esa situación, la venta de una cantidad importante de mercancías podía compensar la tendencia a la baja de la cuota de ganancia y permitir obtener una masa de ganancia suficiente con creces para proseguir la acumulación. Ese período es también el que cierra la fase ascendente, la entrada en decadencia que ocurre, pues, en la cúspide de la prosperidad capitalista cuando estalla la 1a Guerra mundial.

• El período que sigue a la Primera Guerra mundial y se extiende hasta finales de los años 1940 confirma plenamente ese diagnóstico de decadencia. En esto, compartimos la opinión de MR de que las características del período 1914-1945, e incluso más allá de esta fecha, hasta finales de los 40, corresponden punto por punto a la definición que el movimiento revolucionario en 1919, en continuidad con Marx, hizo de la fase de decadencia del capitalismo abierta con el estruendo de la guerra mundial.

• El período de los Treinta Gloriosos, más o menos entre 1946 y 1973, con unas tasas de crecimiento muy superiores a las de los años 1870-1913, contrasta enormemente con el del período anterior.

• El periodo siguiente, hasta 2009, presenta tasas de crecimiento ligeramente superiores a las de la fase más fausta de la ascendencia del capitalismo.

¿Ponen en entredicho los Treinta Gloriosos el diagnóstico de decadencia? ¿Confirma el período siguiente que esos años sólo habrían sido una excepción?

El nivel de actividad económica de cada uno de esos dos períodos tiene su explicación en los cambios cualitativos habidos desde 1914, especialmente mediante el hinchamiento de los gastos improductivos, en la manera con la que se ha utilizado el crédito desde los años 1950 y, también, con la creación de valor ficticio mediante lo que se ha dado en llamar financiarización de la economía.

Gastos improductivos

¿Qué se entiende por gastos improductivos?

Ponemos en la categoría de gastos improductivos la parte de la producción cuyo valor de uso no permite que pueda emplearse de manera alguna, en la reproducción simple o ampliada del capital. El ejemplo más patente de gasto improductivo es la producción de armamento. Las armas podrán servir a hacer la guerra pero no a producir nada, ni siquiera otras armas. Lo gastos improductivos de lujo destinados sobre todo a hacer placentera la vida de la burguesía pudiente también entran en esa categoría. Marx hablaba de ellos en estos términos peyorativos:

“Una gran parte del producto anual es consumido como renta y no vuelve a la producción como medio de producción; se trata de productos (valores de uso) extremadamente dañinos, que no sirven sino para saciar las pasiones, los antojos más miserables” ([12]).

El fortalecimiento del aparato estatal

Entran también en esa categoría todos los gastos realizados por el Estado para hacer frente a las contradicciones crecientes del capitalismo en lo económico, en el plano imperialista y en lo social. Así, junto a los gastos de armamento está el mantenimiento del aparato represivo y jurídico, así como el del encuadramiento de la clase obrera (sindicatos). Es difícil valorar la parte de los gastos del Estado que pertenecen a la categoría de los gastos improductivos. En efecto, una partida como la educación, necesaria, en principio, al mantenimiento y desarrollo de la productividad del trabajo que requiere una mano de obra instruida, tiene también une dimensión improductiva especialmente como medio para ocultar y hacer más soportable el desempleo a la juventud. De una manera general, como lo subraya muy bien MR, “El reforzamiento del aparato estatal, así como su intervención creciente en el seno de la sociedad han sido una de las expresiones más evidentes de una fase de obsolescencia de un modo de producción (…) Oscilando en torno a 10 % a lo largo de la fase ascendente del capitalismo, la parte del Estado, en los países de la OCDE ([13]), ha ido saltando progresivamente desde la Primera Guerra mundial para acercarse al 50 % en 1995, con márgenes más bajos de 35 % en Estados Unidos y Japón y los más altos, 60 a 70 %, en los países nórdicos” ([14]).

Entre esos gastos, el coste del militarismo supera con creces el 10 % del presupuesto militar al que llegan en ciertas circunstancias algunos de los países más industrializados, pues a la fabricación de armamento hay que añadir los costes de las múltiples guerras. El peso creciente del militarismo ([15]) desde la Primera Guerra mundial no es evidentemente un fenómeno independiente de la vida de la sociedad: al contrario, es la expresión del grado que han alcanzado las contradicciones económicas que obligan a cada potencia a lanzarse cada día más en la huida ciega de los preparativos bélicos, condición de su supervivencia en el ruedo mundial.

 

El peso de los gastos improductivos en la economía

El porcentaje de los gastos improductivos, que supera sin duda el 20 % del PIB, no corresponde, en realidad, sino a una esterilización de una parte importante de la riqueza creada, que no puede emplearse en crear una riqueza mayor, lo que es básicamente contradictorio con la esencia misma del capitalismo. Es ésa una concreción patente de un freno al desarrollo de las fuerzas productivas cuyo origen son las propias relaciones de producción.

A esos gastos improductivos, hay que añadir otros de tipo diferente, el de los tráficos de toda índole, el narcotráfico especialmente, un consumo improductivo, pero que en parte se contabiliza en el PIB, pues el blanqueo de los ingresos comerciales de esa actividad ilícita equivale a varios tantos por ciento de PIB mundial:

“Los narcotraficantes habrían blanqueado 1, 6 billones de dólares, o sea 2,7% del PIB mundial, en 2009, (…) según un nuevo informe publicado el martes por la Oficina de la ONU contra la Droga y el Delito (UNODC) (…) El informe de la UNODC indica que todas las ganancias del crimen, excepto las evasiones fiscales, alcanzarían unos 2, 1 billones de dólares, o sea el 3,6 % del PIB en 2009 ([16]).

Para restablecer la verdad sobre el crecimiento real, habría que amputar en torno al 3,5 % suplementario de la suma del PIB por blanqueo de dinero de tráficos diversos.

El papel de los gastos improductivos en el milagro de los Treinta Gloriosos

Las medidas keynesianas, para estimular la demanda final y evitar así que los problemas de superproducción se manifestaran abiertamente durante todo un tiempo del período llamado de los Treinta Gloriosos, fueron en gran parte gastos improductivos de cuyos costes se hizo cargo el Estado. Entre esas medidas están las subidas de salarios, por encima de lo que es socialmente necesario para la reproducción de la fuerza de trabajo. El secreto de la prosperidad del periodo de los Treinta Gloriosos se resume en un enorme despilfarro de plusvalía que pudieron entonces soportar las economías gracias a las ganancias de productividad habidas durante ese período.

Lo que permitió pues el milagro de los Treinta Gloriosos fue una política llevada a cabo por la burguesía en unas condiciones favorables, la cual, aleccionada por la crisis de 1929 y la depresión de los años 1930, lo hizo todo por retrasar el retorno de la crisis abierta de sobreproducción. En esto, ese episodio de la vida del capitalismo corresponde perfectamente a lo que de él dice MR:

“El periodo excepcional de prosperidad de posguerra aparece en todos los aspectos análogo a los paréntesis de recuperación ocurridos durante la obsolescencia de las sociedades antigua y feudal. Hacemos pues nuestra la hipótesis de que los Treinta Gloriosos no fueron sino un paréntesis en la trayectoria de un modo de producción qua ha agotado su misión histórica” ([17]).

¿Podría considerarse la posibilidad de volver a implantar nuevas medidas keynesianas? Nunca hay que excluir que surjan avances científicos y tecnológicos que permitan ganar productividad y reducir costes de producción de mercancías. Seguiría planteándose sin embargo el problema de los compradores de tales mercancías puesto que no quedan mercados extracapitalistas y apenas si hay posibilidades de incrementar la demanda mediante un endeudamiento suplementario. En esas condiciones la repetición del boom de los Treinta Gloriosos aparece totalmente irrealista.

La financiarización de la economía

Citamos aquí el sentido más comúnmente aceptado para ese neologismo:

“La financiarización es, en el sentido estricto el recurso a la financiación y, especialmente, a la deuda, por parte de los agentes económicos. Por otra parte se llama financiarización de la economía a la parte cada vez mayor de las actividades financieras (servicios bancarios, de seguros y de inversiones) en el PIB de los países desarrollados sobre todo. Se debe a una multiplicación exponencial de los activos financieros y del desarrollo y la práctica de las operaciones financieras, tanto por parte de las empresas y otras instituciones como por parte de personas. Puede incluso hablarse de un auge del capital financiero que debe diferenciarse de la noción más restringida de capital centrado en la producción” ([18]).

Nosotros nos diferenciamos claramente de los altermundialistas y de la izquierda del capital en general, para quienes la financiarización de la economía sería la causa de la crisis que atraviesa actualmente el capitalismo. Ya hemos expuesto ampliamente en nuestra prensa por qué es exactamente lo contrario ([19]). Si los capitales tienden a abandonar la economía “real” es porque ésta desfallece desde hace décadas, porque es cada día menos rentable. MR parece compartir este enfoque. Dicho lo cual, no parece interesarle tener en cuenta la importancia de lo que implica ese fenómeno en la composición de los PIB.

Estados Unidos es, sin duda, el país en el que la actividad financiera ha conocido el mayor desarrollo. En 2007, por ejemplo, el 40 % de las ganancias del sector privado en EEUU las realizaron los bancos, que sólo emplean el 5 % de los asalariados ([20]). El Cuadro 2 detalla, para EEUU y Europa, el peso ganado por las actividades financieras ([21]) (la evolución paralela de la producción industrial en EEUU en el mismo período sólo se da como indicación): 

Contrariamente a los gastos improductivos, no estamos aquí ante una esterilización de capital, pero sí, en el mismo sentido que esos gastos, asistimos al desarrollo de una finanza que provoca una hinchazón artificial de la estimación de la riqueza anual de algunos países que va del 2 % en la Unión Europea hasta 27 % en Estados Unidos. La creación de productos financieros no viene acompañada de la creación de una riqueza real; objetivamente hablando, su contribución a la riqueza nacional es nula.

Si se extrajera del PIB la actividad correspondiente a la financiarización de la economía, el conjunto de los principales países industrializados vería su PIB bajar en un porcentaje entre 2 % y 20 %. Una media de 10 % parece probable habida cuenta del peso respectivo de la UE y de EEUU.

Le recurso creciente al endeudamiento desde los años 1950

A nuestro parecer, no tomar en cuenta el endeudamiento creciente que ha acompañado al desarrollo del capitalismo desde los años 1950 procede del mismo prejuicio que consiste en dejar de lado el análisis cualitativo del crecimiento.

¿Podrá negarse la realidad de ese hecho? El Gráfico 2 ilustra la progresión del endeudamiento total mundial (World Ratio of Overall Debt), en relación con la del PIB mundial (Global GDP) desde los años 1960. Durante ese período, el endeudamiento aumenta más rápidamente que el crecimiento económico. 

En Estados Unidos (Gráfico 3) ([22]), el endeudamiento vuelve a subir a principios de los años 1950. Pasó de ser de un valor inferior a 1,5 veces el PIB para aquella época a estar hoy por encima de 3,5 veces el PIB. Antes de 1950, conoció, a causa del endeudamiento privado, un pico en 1933 para decrecer después. Ha de notarse que el pico de 1946 del endeudamiento público (en un momento en que el endeudamiento privado es débil) es la consecuencia de una subida relativamente débil, al principio, de los gastos públicos para financiar el New Deal, que después crecieron fuertemente a partir de 1940 para financiar el esfuerzo de guerra.

Desde los años 1950-60, el endeudamiento ha sido la “demanda solvente” que ha permitido crecer a la economía. Es un endeudamiento creciente condenado, sustancialmente, a no ser reembolsado, como lo demuestra la situación actual de híperendeudamiento de todos los agentes económicos en todos los países. Tal situación, al poner al orden del día la quiebra de los principales agentes económicos, empezando por los Estados, marca el final del crecimiento gracias al incremento de la deuda. O lo que es lo mismo, significa el final del crecimiento a secas, excepto alguna que otra fase limitada en el tiempo en medio de una trayectoria general a la depresión. Es indispensable tener en cuenta en nuestros análisis que la realidad va a infligir una corrección brutal a la baja a las tasas de crecimiento desde los años 1960. No será sino el contragolpe de un enorme trampa con la ley del valor. MR refuta la expresión “trampa con la ley del valor” para definir esa práctica en el capitalismo mundial. Y es, sin embargo, del mismo tipo que las medidas de proteccionismo que se tomaron en la URSS para mantener artificialmente en vida una economía muy poco eficiente en comparación con la de los principales países del bloque occidental. El desmoronamiento del bloque del Este vino a restablecer la verdad. ¿Tendrá que esperar MR a que se hunda la economía mundial para darse cuenta de las consecuencias de la existencia de una masa de deudas no reembolsables?

En rigor, para poder juzgar objetivamente el crecimiento real desde los años 1960, habría que deducir el incremento de la deuda al crecimiento oficial del PIB entre 1960 y 2010. De hecho, como lo muestra el Gráfico 2, el aumento del PIB mundial fue menos importante que el de la deuda mundial para ese período. Hasta el punto de que ese período importante de los Treinta Gloriosos, no solo no generó riqueza, sino que participó en la creación de un déficit mundial que reduce a la nada el milagro de los Treinta Gloriosos.

La evolución de las condiciones de vida de la clase obrera

Durante todo el periodo de ascendencia del capitalismo, la clase obrera pudo arrancar reformas duraderas en el plano económico en cuanto a reducción del tiempo de trabajo y aumento de salarios. Fueron el resultado tanto de la lucha reivindicativa como de la capacidad del sistema para acordarlas, sobre todo gracias a las importantes ganancias en productividad. Esa situación cambió con la entrada del capitalismo en decadencia, durante la cual, salvo para el período de los Treinta Gloriosos, las ganancias de productividad están sobre todo puestas al servicio de la movilización de cada burguesía nacional contra las contradicciones que aparecen en todos los planos (económico, militar y social) y que se plasman, como hemos dicho, en el reforzamiento del aparato estatal.

Los aumentos de sueldo desde la Primera Guerra mundial no suelen ser sino recuperaciones del alza constante de los precios. Los aumentos acordados en Francia en junio de 1936 (“Acuerdos de Matignon”: 12% de media) quedaron anulados en seis meses, porque ya solo en seis meses, entre septiembre de 1936 y enero del 37, los precios subieron una media de 11%. Muy bien se sabe también lo que quedó un año después de los aumentos obtenidos en mayo de 1968 con los “Acuerdos de Grenelle”.

Sobre esto, MR se expresa así:

“De igual modo, el movimiento comunista defendió la idea de que las reformas reales y duraderas en lo social eran ya imposibles de obtener tras la Primera Guerra mundial. Ahora bien, si se observa la evolución durante el siglo de los salarios reales y del tiempo de trabajo, no sólo es que nada venga a confirmar una conclusión así, sino que además los datos indican lo contrario. Así, si los salarios reales en los países desarrollados se multiplicaron como máximo por dos o por tres antes de 1914, después se multiplicaron entre seis y siete, o sea entre tres y cuatro veces más durante el período de ‘decadencia’ del capitalismo que durante su ascendencia” ([23]).

Es difícil rebatir ese análisis, pues se nos ofrecen unas cifras muy inciertas. Cierto que es difícil de dar unas mejores debido al escaso material disponible al respecto, aunque lo mínimo de rigor científico sería facilitar las fuentes a partir de las que se hayan podido efectuar posibles extrapolaciones. Además, se nos habla de aumentos de salarios en período de ascendencia y de decadencia del capitalismo sin indicar los períodos a los que se aplican. Es fácil comprender que un incremento correspondiente a 30 años no puede compararse a otro de 100 años (salvo si se dan bajo la forma de aumentos medios anuales, lo cual no parece ser el caso aquí). Pero, además, el conocimiento del período es importante para que la comparación pueda integrar otros datos de la vida de la sociedad, que son, a nuestro entender, primordiales para relativizar la realidad de las subidas de salarios. Es así sobre todo en lo que toca a la evolución del desempleo. Un aumento de salarios concomitante con el del desempleo puede significar una baja en el nivel de vida de los obreros.

En el libro, después del pasaje que acabamos de comentar, hay un Gráfico cuyo título anuncia que trata a la vez del aumento de los salarios reales en Gran Bretaña entre 1750 y 1910 y del de un obrero entre 1840 y 1974. Pero resulta que, lamentablemente, los datos relativos al obrero francés no constan para el período entre 1840 y 1900 y son ilegibles para el período 1950-1980. Las informaciones sobre Gran Bretaña son más aprovechables. Entre 1860 y 1900, el salario real parece haberse incrementado entre 60 y 100, lo que corresponde a un aumento anual de 1,29% para ese período. Guardamos esta última cifra como posible indicativo de los aumentos de salarios en el período ascendente.

Para el estudio de los salarios en decadencia, dividiremos el período en dos subperíodos:

de 1914 a 1950, periodo para el que no disponemos de series estadísticas, sino de cifras desperdigadas y heterogéneas, significativas sin embargo de un nivel de vida muy afectado por las dos guerras mundiales y la crisis del 29;

el período siguiente, hasta nuestros días, para el cual disponemos de más datos fiables y homogéneos.

1) 1914-1950 ([24])

Para los países europeos, la Primera Guerra mundial es sinónimo de inflación y penuria de mercancías. Después de la guerra, ambos campos se encuentran ante la necesidad de reembolsar una deuda colosal (tres veces más que la renta nacional de la preguerra en el caso de Alemania) que había servido para financiar el esfuerzo bélico. La burguesía lo hará pagar a la pequeña burguesía mediante la inflación que, al mismo tiempo que reduce el valor de la deuda, origina una disminución drástica de los ingresos de modo que los ahorros acaban en humo. En Alemania, especialmente, entre 1919 y 1923, el obrero comprueba cómo sus ingresos disminuyen sin cesar, con salarios muy inferiores a los de preguerra. Y lo mismo en Francia y en menor medida en Inglaterra. Pero para este país, todo el período entre ambas guerras se caracterizará por un desempleo permanente que inmoviliza a millones de de trabajadores, fenómeno desconocido hasta entonces en la historia del capitalismo tanto inglés como mundial. En Alemania, incluso cuando se termina el período de elevada inflación, hacia 1924, y hasta la crisis de 1929, la cantidad de desempleados sigue siendo ampliamente superior al millón (2 millones en 1926).

Contrariamente a Alemania, pero igual que Francia, Gran Bretaña tuvo que esperar a 1929 para encontrar su situación de 1913.

La dinámica de Estados Unidos es muy diferente. Antes de la guerra, el desarrollo de la industria norteamericana siguió un ritmo más rápido que el de Europa. Esta tendencia iba a reforzarse durante todo el período que va desde finales de la guerra hasta el inicio de la crisis económica mundial. Los Estados Unidos, pues, atraviesan prósperos la Primera Guerra mundial y el período siguiente, hasta la crisis abierta de 1929. Y el efecto de ésta es la de retrotraer el salario real del obrero estadounidense a un nivel inferior al de 1890 (87 %). La evolución en este período es la siguiente (Cuadro 3) ([25]) :

2) de 1951 a nuestros días (en comparación con 1880-1910)

Disponemos de las estadísticas del Cuadro 4 sobre la evolución de los salarios del obrero francés:

en francos para el período 1880-1910 ([26]) ;

sobre una base 100 en 1951 para el periodo 1951-2008 ([27]) .

Ese Cuadro 4 hace aparecer las siguientes realidades:

a) El periodo 1951-1970, en plenos Treinta Gloriosos, conoce las tasas de incremento de sueldos más importantes de la historia del capitalismo, lo cual es coherente con la fase de crecimiento económico correspondiente y con sus peculiaridades, o sea las medidas keynesianas de apoyo a la demanda final, mediante, entre otras cosas, el aumento de sueldos.

Esas tasas de incrementos salariales se explican también por otros factores que no son ni mucho menos secundarios:

• el nivel de vida en la Francia de 1950 era muy bajo: sólo será en 1949 cuando se abolió el sistema de cartillas de racionamiento impuestas en 1941 para hacer frente a la penuria del periodo de guerra;

• desde los años 1950, el coste de la reproducción de la fuerza de trabajo debe incluir una serie de gastos inexistentes hasta entonces en un grado tan importante: les exigencias de creciente tecnicidad de muchos empleos requieren la escolarización de los hijos de la clase obrera hasta edades más tardías, estando así más tiempo a cargo de sus padres; las condiciones “modernas” de trabajo en las grandes ciudades conllevan también un coste importante. Hay objetos domésticos a disposición del proletario moderno a diferencia del siglo xix, pero eso no es el signo de un mejor nivel de vida, es sobre todo el signo de que su explotación relativa no ha hecho sino aumentar. Muchos de esos “objetos domésticos” no existían en épocas pasadas: en casa de los burgueses, eran los sirvientes quienes lo hacían todo a mano. Y, para ganar tiempo, se han hecho indispensables en los hogares obreros, pues a menudo el hombre y la mujer deben trabajar para hacer vivir a su familia. De igual modo, cuando apareció el automóvil era un lujo reservado a los ricos. Pero ahora es un objeto imprescindible para muchos proletarios para poder acudir al trabajo y evitar pasar horas y horas en unos transportes públicos insuficientes. La mejora en la productividad del trabajo es lo que ha permitido producir todos esos objetos que dejaron de ser un lujo a unos costes compatibles con el nivel de vida de los sueldos obreros.

b) El periodo siguiente, 1970-2005, conoció un incremento de salarios más o menos equivalente a las tasas de la época de ascendencia del capitalismo (1,18 % contra 1,16 %; recuérdese que el aumento fue de 1,29 % en Gran Bretaña para el periodo 1860-1900). Sin embargo, debe tenerse en cuenta una serie de factores que hacen aparecer que en realidad las condiciones de vida de la clase obrera no mejoraron en las mismas proporciones y que incluso se degradaron comparadas con las del período anterior:

• Este período 1970-2005 corresponde a una gran alza del desempleo que afecta enormemente al nivel de vida de los hogares obreros. Para Francia, disponemos de cifras de desempleo presentadas en el Cuadro 5  ([28]):

• A partir de los años 1980, se dan directivas para que disminuyan las cifras oficiales de desempleo mediante la modificación del método de cálculo de los desempleados (por ejemplo, no contando el desempleo parcial) acabando en la exclusión de desempleados por criterios cada vez severos. Eso es lo único que explica que después no se haya disparado la cifra.

• El período posterior a 1985 ve desarrollarse la precarización del trabajo con contratos temporales, de trabajo a tiempo parcial, que no son otra cosa que desempleo disfrazado.

• Los datos oficiales sobrevaloran ampliamente el salario real, que establecen relacionándolo con la estimación oficial del coste de vida. La sobrevaluación llega hasta el punto de que al INSEE francés (Institut national de la statistique et des études économiques) no le queda otro remedio que admitir una diferencia entre la inflación oficial y la inflación “percibida”, basada ésta última en la comprobación por parte de las familias de un aumento de los productos de base indispensables (los gastos llamados incompresibles) muy superior al de la inflación oficial ([29]).

c) El período 2005-2008, aunque más corto que el anterior, con sus porcentajes oficiales de incrementos salariales en torno al 0,5 %, es, sin embargo, mucho más significativo porque anuncia lo que va a ocurrir. En efecto, ese incremento de sólo 0,5 % corresponde a un deterioro todavía más importante, o sea que todos los factores mencionados para el período anterior deben tenerse en cuenta, pero en proporciones mucho mayores. En realidad es la disponibilidad de las estadísticas sobre los salarios lo que nos hace cerrar en 2008 el período iniciado en 2005. Desde 2008, la situación de la clase obrera ha conocido un deterioro de tal importancia que no puede ser ignorado en nuestro trabajo, como atestigua la evolución de las cifras de la pobreza. En 2009, la proporción de pobres en la Francia metropolitana no sólo ha aumentado, sino también su pobreza. Ahora afecta al 13,5 % de la población o sea 8,2 millones de personas, 400 000 más que en 2008.

¿Qué retener de casi un siglo de desarrollo del capitalismo?

Hemos visto que tomar en cuenta, en los PIB, el conjunto de los gastos improductivos, de las actividades puramente financieras o mafiosas contribuye con creces a sobrestimar la riqueza creada anualmente.

También hemos visto que las contradicciones mismas del capitalismo esterilizan un porcentaje significativo de la producción capitalista (sobre todo por medio de la producción “improductiva”). En cuanto a las condiciones de vida de la clase obrera, distan mucho de ser tan halagüeñas como intentan hacérnoslo creer las estadísticas oficiales.

Además de todo eso, hay algo que no pone en evidencia el examen de la producción o de la condición obrera que hemos hecho: es el coste que ha acarreado la dominación de las relaciones capitalistas desde la Primera Guerra mundial, tanto en destrucción del medio ambiente como de agotamiento de los recursos de la Tierra en materias primas. Es algo muy difícil de calcular, pero es aún más determinante para el porvenir de la humanidad. Es ésa una razón de peso suplementaria, y de las más importantes, para negar que el capitalismo haya podido ser desde hace casi un siglo, para el porvenir de la clase obrera y para el de la humanidad entera, un sistema progresista.

MR deja constancia de que, durante todo ese período, las guerras, la barbarie y los estragos al medio ambiente, han acompañado el desarrollo capitalista. Por otra parte, y de manera sorprendente, concluye su exposición con la idea de demostrar que las relaciones de producción no han sido desde los años 1950 un freno creciente al desarrollo de las fuerzas productivas, afirmando que el sistema está sin lugar a dudas en decadencia: “Por parte nuestra, no hay pues contradicción alguna en reconocer, por un lado, la innegable prosperidad del período de posguerra con todas sus consecuencias y, por otro lado, afirmar que el diagnóstico de obsolescencia histórica del capitalismo desde principios del siglo xx. Se deduce de ello que la inmensa mayoría de la población trabajadora no concibe todavía el capitalismo como una herramienta obsoleta de la que debería deshacerse: el capitalismo siempre ha podido hacer esperar que ‘mañana será mejor que ayer’. Si bien es cierto que esa configuración tiende hay a invertirse en los viejos países industrializados, dista mucho de ser lo mismo en los países emergentes” ([30]).

O sea que si el criterio marxista del freno de las fuerzas productivas ya no puede servir para definir la decadencia de un modo de producción, ¿en qué se podrá basar tal decadencia? Respuesta de MR, la “dominación del sistema salarial a escala de un mercado mundial desde ahora unificado”,

lo que él explica en los términos siguientes:

“El fin de la conquista colonial a principios del siglo XX, y la extensión del salariado a escala de un mercado mundial desde entonces unificado van a significar un giro histórico e inaugurar una nueva fase del capitalismo” (DCC p. 41).¿Por qué razón esa nueva fase del capitalismo permite explicar la Iª Guerra mundial y la oleada revolucionaria mundial de 1917-23? ¿En qué medida permite establecer el vínculo con las luchas necesarias de resistencia del proletariado frente a las manifestaciones de las contradicciones del capitalismo? No hemos encontrado respuestas a esas preguntas en el libro.

Hemos de volver sobre esas respuestas en la segunda parte del artículo. Examinaremos en ella también por qué MR pone la teoría marxista, adaptada por cuenta propia, al servicio del reformismo.

Silvio (diciembre de 2011)


[1]) Marcel Roelandts, Dynamiques, contradictions et crises du capitalisme, ediciones Contradictions. Bruselas, 2010.

[2]) Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (borrador) 1857-1858, (Grundrisse), volumen 2, cuaderno VII, p. 287. Siglo XXI editores.

[3]) Idem.

[4]) Invitación al Primer congreso de la Internacional Comunista.

[5]) Plataforma de la Internacional Comunista.

[6]) DCC, pp. 56 et 57.

[7]) Idem., p. 63.

[8]) Este gráfico es una adaptación de otro reproducido en el enlace siguiente: http://www.regards-citoyens.com/article-quelques-nouvelles-du-pib-mondial-par-addison-wiggin-pour-la-chronique-agora-64341102.html. Hemos suprimido de éste la parte de la estimación para el período 2000 – 2030.

[10]) Según las estadísticas del FMI: Perspectivas de la economía mundial, p. 2,

http://www.imf.org/external/french/pubs/ft/weo/2011/01/pdf/textf.pdf

[11]) de 1850 a 1914, el comercio mundial se multiplicó por 7, el de Gran Bretaña por 5 en importaciones y por 8 en exportaciones. De 1875 à 1913, el comercio global de Alemania se multiplicó por 3,5, el de Gran Bretaña por 2 y el de Estados Unidos por 4,7. En fin, la renta nacional en Alemania se multiplicó por 4 entre 1871 y 1910, la de Estados Unidos por casi 5.” (http://thucydide.over-blog.net/article-6729346.html)

[12]) Traducido de la versión francesa de Matériaux pour l’Économie” – p. 394. Éd. La Pléiade Économie II.

[13]) Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico.

[14]) DCC, pp. 48 y 49.

[15]) Léanse al respecto nuestros dos artículos de las Revista Internacional nos 52 y 53, “Guerra, militarismo y bloques imperialistas”.

[17]) DCC, p. 65.

[19]) Léase en especial el artículo “Crisis económica, ¡Culpan a las finanzas para esconder al verdadero culpable: el capitalismo!” en Acción Proletaria no 222, 2012,

http://es.internationalism.org/ap/2000s/2010s/2012/222_crisis

[22]) A decade of debt, Carmen M. Reinhart and Kenneth S. Rogoff.

http://www.piie.com/publications/chapters_preview/6222/01iie6222.pdf. Leyenda: Debt / GDP : Deuda / PIB

 

[23]) DCC p. 57.

[24]) Los datos cifrados o cualitativos contenidos en el estudio de este período, cuyas fuentes no constan explícitamente, están sacados del libro El conflicto del siglo, de Fritz Sternberg. Éditions du Seuil para la edición francesa.

[25]) Stanley Lebergott, Journal of the American Statistical Association.

[28]) Para 1962 y 1973, fuente: “La rupture : les décennies 1960-1980, des Trente Glorieuses aux Trente Piteuses” (“La Ruptura: las décadas 1960-1980, de los Treinta Gloriosos a los Treinta Lamentables”), Guy Caire.

http://www.ihs.cgt.fr/IMG/pdf_Guy_Caire_-_La_rupture-_les_decennies_1960-1980_des_trente_glorieuses_aux_trente_piteuses.pdf.

Para 1975-2005, fuente: INSEE (Estadísticas francesas).

http://www.insee.fr/fr/themes/tableau.asp?reg_id=0&ref_id=NATnon03337.

Para 2010, fuente Google.

http://www.google.fr/publicdata/explore?ds=z8o7pt6rd5uqa6_&met_y=unemployment_rate&idim=country:fr&fdim_y=seasonality:sa&dl=fr&hl=fr&q=taux+de+chômage+en+france

[29]) De hecho la inflación oficial se basa igualmente en la evolución del precio de los productos que los consumidores compran raras veces o que no son indispensables.

http://www.latribune.fr/actualites/economie/france/20100813trib000538586/comment-reconcilier-les-menages-francais-avec-l-insee.html

[30]) DCC p. 67.