El Estado en el periodo de transición del capitalismo al comunismo (I)

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Debate en el medio revolucionario

El Estado en el periodo de transición del capitalismo al comunismo (I)

Publicamos aquí una contribución de un grupo político del campo proletario, OPOP ([1]), sobre el Estado en el periodo de transición y sus relaciones con la organización de la clase obrera durante ese periodo. Aunque este tema no sea de una “actualidad inmediata”, desarrollar la teoría que permitirá al proletariado llevar a cabo su revolución es una de las responsabilidades fundamentales de las organizaciones revolucionarias. Por eso saludamos el empeño de OPOP por clarificar una cuestión que será de la mayor importancia para la revolución futura, si triunfa, de modo a poder extender a escala mundial la transformación de la sociedad legada por el capitalismo hacia una sociedad sin clases y sin explotación.

La experiencia de la clase obrera ya ha aportado su contribución a la clarificación práctica y a la elaboración teórica de esta cuestión. La breve existencia de la Comuna de París, en la que el proletariado tomó el poder durante dos meses, clarificó sobre la necesidad de destruir el Estado burgués (y no de conquistarlo como lo pensaban los revolucionarios hasta entonces) y de la revocabilidad permanente de los delegados elegidos por los proletarios. La Revolución Rusa de 1905 hizo surgir los órganos específicos, los consejos obreros, órganos de poder de la clase obrera. Tras el estallido de la Revolución Rusa en 1917, Lenin condensó en su obra El Estado y la Revolución las adquisiciones del movimiento proletario sobre este tema en aquel entonces. Es de esa idea resumida por Lenin en el concepto de Estado proletario, el Estado de los Consejos, de la que se reivindica el texto de OPOP que aquí publicamos.

Según OPOP, el fracaso de la Revolución Rusa (debido a su aislamiento internacional) no permite sacar nuevas lecciones sobre la idea de Lenin. Y sobre esa base, OPOP rechaza la concepción de la CCI que cuestiona la noción de “Estado proletario”. A lo largo de su crítica, la contribución de OPOP pone cuidado en delimitar los desacuerdos entre nuestras organizaciones, lo que saludamos, poniendo en evidencia que tenemos en común la concepción según la cual “los consejos obreros han de poseer un poder ilimitado (…) y ser el alma de la dictadura revolucionaria del proletariado”.

El punto de vista de la CCI sobre la cuestión del Estado no es sino la prolongación de la reflexión teórica llevada a cabo por las fracciones de izquierda (italiana en particular) surgidas contra la degeneración de los partidos de la Internacional Comunista. Aunque es totalmente cierto afirmar que la causa fundamental de la degeneración de la Revolución Rusa fue su aislamiento internacional, esa experiencia, sin embargo, también puede aportar lecciones sobre el papel del Estado, permitiendo de ese modo enriquecer la base teórica constituida por El Estado y la Revolución. Contrariamente a la Comuna de Paris, que fue claramente vencida por la represión implacable de la burguesía, la contrarrevolución en Rusia (al no haber sido posible la extensión de la revolución) surgió, por decirlo así, “desde dentro”, desde la degeneración del propio Estado. ¿Cómo entender ese fenómeno? ¿Cómo y por qué la contrarrevolución pudo tomar esa forma? Nuestra crítica a la posición del “Estado proletario” defendida en la obra de Lenin, así como a ciertas formulaciones de Marx y Engels que van en el mismo sentido, se basa precisamente en los aportes teóricos elaborados a partir de esa experiencia.

Evidentemente, y al contrario de los aportes “positivos” de la Comuna, las lecciones que sacamos del papel del Estado son “negativas” y, en ese sentido, se trata de una cuestión abierta, que no ha sido zanjada por la historia. Pero como ya dijimos más arriba, la responsabilidad de los revolucionarios es preparar el futuro. Publicaremos, en un próximo numero de la Revista Internacional, una respuesta a las tesis desarrolladas por OPOP. Podemos evocar aquí, de forma muy resumida, las ideas esenciales que se desarrollarán en dicha respuesta ([2]):

   es impropio hablar del Estado como si fuera el producto de una clase en particular. Como Engels lo puso de relieve, el Estado es el producto del conjunto de la sociedad dividida en clases antagónicas. Y al identificarse obligatoriamente con las relaciones de producción dominantes (y por lo tanto con la clase que las encarna), su función es la de preservar el orden económico establecido;

   tras la victoria de la revolución, persisten clases sociales diferentes, aún después de la derrota de la burguesía a nivel internacional;

   si la revolución proletaria es el acto por el cual la clase obrera se constituye en clase políticamente dominante, no por ello se convierte en clase económicamente dominante. Sigue siendo, hasta la integración del conjunto de los miembros de la sociedad en el trabajo asociado, la clase explotada de la sociedad y la única en ser revolucionaria, o sea portadora del proyecto comunista. Por ello, ha de mantener en permanencia su autonomía para defender sus intereses inmediatos de clase explotada y su proyecto histórico de sociedad comunista.

CCI

Consejos obreros, Estado proletario,
dictadura del proletariado en la fase socialista de transición hacia la sociedad sin clases

1. Introducción

Las izquierdas llevan mucho retraso en la discusión tan urgente sobre cuestiones de estrategia, táctica, organización y, también, de la transición (al comunismo). Entre los diferentes temas que necesitan respuestas, uno muy evidente es la importancia de entablar un debate de forma más sistemática acerca del Estado. Sobre esto, algunas fuerzas de izquierda tienen un concepto diferente al nuestro, esencialmente en lo que se refiere a los consejos, estructuras genuinas de la clase obrera, que surgen como órganos de un pre-Estado-Comuna y, por extensión, del Estado-Comuna propiamente dicho. Para esas organizaciones, el Estado es una cosa y los consejos, otra, totalmente diferente. Para nosotros, los consejos son las formas mediante las cuales la clase obrera se constituye, en el plano organizativo, en Estado como dictadura del proletariado, puesto que Estado significa poder instituido por una clase sobre otra.

La idea marxista de Estado proletario contiene, en el corto plazo, la idea de la necesidad de un instrumento de dominación de clase, aunque, a medio plazo, expresa la necesidad del fin del propio Estado. Lo que se propone y que deberá prevalecer en el comunismo, la sociedad sin clases, es que no será necesaria la opresión de ningún hombre o mujer, no existirá ningún segmento social diferente en lucha entre polos contrarios, como es el caso hoy a causa de la apropiación privada de los medios de producción y de la separación entre los productores directos y los propios medios –y condiciones– de trabajo y, por lo tanto, de producción.

La sociedad, que será entonces altamente evolucionada, pasará a una etapa de autogobierno y administración de las cosas, donde no se necesitará de ninguna organización transitoria hasta entonces conocida desde que existe el homo sapiens, con excepción de la forma consejo, que es la forma de Estado más evolucionada (su carácter simplificado, su dinámica de autoextinción deliberada y consciente y su fuerza social, no son sino manifestaciones de su superioridad sobre todas las demás formas preexistentes de Estado) que la clase obrera utilizará para transitar de la primera fase del comunismo (el socialismo) a una fase superior de la sociedad sin clases. Pero, para alcanzar ese estadio, la clase obrera deberá, mucho antes, construir su mecanismo de transición, los consejos, a escala planetaria.

Les incumbe entonces a las organizaciones marxistas, no el control del Estado, menos todavía desde fuera hacia adentro, sino la lucha permanente, en el seno del propio Estado-Comuna, para que el Estado obrero extienda su lucha revolucionaria, construido por la clase obrera y el conjunto del proletariado por medio de los consejos. Los consejos, por su parte, sí deberán efectivamente asumir la lucha por el nuevo Estado, mediante la comprensión de que son ellos mismos quienes constituyen el propio Estado, no sin razón llamado por Lenin el Estado-Comuna.

El Estado de los Consejos es revolucionario tanto en su forma como en su contenido. Difiere, por esencia, del Estado burgués de la sociedad capitalista, así como del de las demás sociedades que lo precedieron. El Estado de los Consejos existe en función del establecimiento de la clase obrera como clase dominante, tal como lo plantea El Manifiesto del Partido Comunista de 1848, elaborado por Marx y Engels. Por eso, las funciones que le incumben difieren radicalmente de las del Estado burgués capitalista, en la medida en que se produce un cambio, una transformación cuantitativa y cualitativa, en el mismo momento de la ruptura entre el antiguo poder estatal y la nueva forma de organización social: el Estado de los Consejos.

El Estado de los Consejos es, al mismo tiempo y dialécticamente, la negación política y social del orden anteriormente establecido; por eso es, también dialécticamente, la afirmación y la negación de la forma Estado: negación en el sentido de que emprende su propia extinción y al mismo tiempo la de toda forma de Estado; afirmación de la potenciación extrema de su fuerza, condición de su propia negación –en la medida en que un Estado posrevolucionario débil sería incapaz de resolver su propia existencia ambigua: llevar a cabo la tarea de represión sobre la burguesía como premisa de su paso decisivo, el acta de su defunción. Mientras que en el Estado burgués, la relación entre dictadura y democracia se realiza a través de una relación combinada de unidad contradictoria dialéctica en la cual la gran mayoría está sometida por medio de la dominación política y militar de la burguesía, en el Estado de los Consejos, en cambio, esos polos están invertidos, y el proletariado, que tenía antes una participación política nula, debido al proceso de manipulación y exclusión de las decisiones al que está sometido, pasa a desempeñar el papel dominante en el proceso de lucha de clases. Establece entonces la más amplia democracia política conocida de la historia, la cual estará, evidentemente, asociada al establecimiento de la dictadura de la mayoría explotada sobre una minoría despojada y expropiada, la cual lo hará todo por organizar el movimiento de la contrarrevolución.

Es así como el Estado de los Consejos, la máxima expresión de la dictadura del proletariado, que utiliza este poder, no sólo para garantizar la más amplia democracia para los trabajadores en general y la clase obrera en particular, sino, ante todo, para reprimir de forma organizada, al extremo, las fuerzas de la contrarrevolución.

El Estado de los Consejos condensa en él, como queda dicho, la unidad entre el contenido y la forma. En el período de situación revolucionaria, mientras que los bolcheviques organizaban la insurrección en Rusia en octubre de 1917, esa cuestión quedó más clara. En aquel momento, era imposible hacer una distinción entre el proyecto de poder por la clase obrera, el socialismo, el contenido y la forma de organización, el nuevo tipo de Estado que se quería construir basado en los soviets. Socialismo, poder obrero y soviets eran lo mismo, de modo que no se podía hablar de uno sin comprender que se hablaba automáticamente del otro. No es pues por el hecho de haber construido posteriormente una organización estatal cada vez más alejada de la clase obrera en Rusia por lo que debemos dejar de lado la tentativa revolucionaria de establecer el Estado de los Consejos.

Los soviets (consejos) en la URSS, mediante todos los mecanismos y los elementos heredados de la burocracia, fueron privados de su contenido revolucionario para acabar siendo órganos institucionalizados en los moldes de un Estado burgués. Pero, no por eso debemos dejar de lado la tentativa de construir un Estado de un tipo nuevo, cuya estructura básica de funcionamiento se ajuste necesariamente a todo lo que la clase obrera creó en su proceso histórico de lucha. O sea una forma de organización que necesitaría solamente ser perfeccionada en ciertos aspectos para realizar una transición más eficaz. Pero, básicamente, desde la Comuna de París de 1871, se trata de ensayos generales con sus intentos y sus errores para construir el Estado-Consejo.

Hoy, la tarea de establecer los consejos como forma de organización estatal se sitúa en la perspectiva, no de un sólo país, sino a escala internacional, siendo ese el principal desafío de la clase obrera. Por consiguiente, nos proponemos a través de este breve ensayo, realizar una tentativa para comprender lo que es el Estado de los Consejos, o, dicho de otra forma, una elaboración teórica sobre una cuestión que la clase obrera ya puso en práctica, a través de su experiencia histórica en la confrontación contra las fuerzas del capital. Pasemos al análisis.

2. Preámbulo

Para evitar repeticiones y redundancias, consideramos como premisa en este texto, que asumimos al pie de la letra todas las definiciones teóricas y políticas de principio que definen el cuerpo doctrinario de El Estado y la Revolución de Lenin. Además, advertimos al lector que recordaremos las premisas leninistas sólo en la medida que sean indispensables para la fundamentación necesaria de algunos postulados que una oportuna actualización de este tema requiere con urgencia; y que, además, lo haremos sólo en la medida en que fueran necesarias para clarificar y fundamentar el intento teórico-político que nos preocupa, a saber: el de las relaciones entre el sistema de los consejos y el Estado proletario (= dictadura del proletariado) con su forma previa, el pre-Estado.

Desde otro punto de vista, la obra de Lenin mencionada anteriormente, se revela igualmente útil e irremplazable, porque incluye la visión de conjunto más completa de los escritos de Marx y Engels relativos al Estado de la fase de transición – de tal manera que disponemos de abundantes referencias a las posiciones más avanzadas y autorizadas, de toda la literatura política producida sobre El Estado y la Revolución.

3. Algunas premisas del poder obrero

Comentando a Engels, Lenin hace, en dos pasajes de su texto, las afirmaciones siguientes: El Estado es el producto y la manifestación del carácter irreconciliable de las contradicciones de clase. (...) Según Marx, el Estado no podría ni surgir ni mantenerse si fuese posible la conciliación de las clases” y (…) el Estado es un órgano de dominación de clase, un órgano de opresión de una clase por otra, el Estado es un organismo de dominación de clase, un organismo de opresión de una clase por otra” ([3]) (subrayado por el autor).

Conciliación y dominación, dos conceptos muy precisos en la doctrina del Estado de Marx, Engels y Lenin. Conciliación significa negación de toda contradicción entre los términos de una relación dada, y, en la esfera social, en ausencia de contradicciones en la constitución ontológica de las clases sociales fundamentales de un sistema social cualquiera, hablar de Estado no tiene sentido –como históricamente ha sido probado: en las sociedades primitivas no existe Estado, simplemente porque no existen clases sociales, ni explotación, opresión y dominación de una clase sobre otra. Por otra parte, cuando se habla de la misma constitución ontológica de las clases sociales, dominación es una noción que excluye esta otra, hegemonía, habida cuenta de que hegemonía supone compartir, aunque sea en desigualdad, posiciones en un mismo contexto estructural. De lo cual resulta que, en el dominio de la sociedad burguesa, que se extiende hasta la revolución, en cuyos contextos la burguesía y el proletariado están situados y se pelean a partir de posiciones diametralmente antagónicas, no tiene sentido hablar de la hegemonía de la burguesía sobre el proletariado, mientras que sí tiene sentido hablar de hegemonía entre fracciones de la burguesía que comparten el mismo poder del Estado y de hegemonía del proletariado sobre las clases con las cuales comparte el objetivo común de la toma del poder por la vía del derrocamiento del enemigo estratégico común ([4]).

En otro pasaje, citando a Engels, Lenin habla de la fuerza pública, ese pilar característico del Estado burgués (el otro es la burocracia) constituido por todo un aparato militar represivo y especializado, que está separado de la sociedad y por encima de ella y “(…) que ya no coincide directamente con la población organizada espontáneamente como fuerza armada” ([5]). Resaltar este componente básico del orden burgués tiene aquí un objetivo claro: mostrar cómo, en cambio, es también ineludible la constitución de una fuerza armada del proletariado, mucho más fuerte y consistente, para reprimir con la mayor determinación al enemigo de clase derrotado, pero no abatido, la burguesía. ¿En qué instancia de la dictadura del proletariado debe estar esa fuerza represiva? Eso se va a tratar en un capítulo específico de este texto.

El otro pilar en el cual reposa el poder burgués es la burocracia, compuesta de funcionarios del Estado que gozan de privilegios acumulativos, entre los cuales, honorarios diferenciados, cargos vitalicios, acumulando todas las ventajas debidas a una corrupción larga y recurrente. De la misma manera que las milicias populares redoblan sus fuerzas al simplificar sus estructuras, también aumenta la eficacia de las tareas ejecutivas, legislativas y judiciales al hacer lo mismo y por la misma razón: las tareas ejecutivas, las de los tribunales y las funciones legislativas ganan fuerza al ser directamente asumidas por los trabajadores en condiciones de revocabilidad de sus cargos para así atajar, desde el principio, la tendencia al resurgimiento de castas, mal que padecen todas las sociedades que fueron gestadas por las revoluciones “socialistas” durante todo el siglo xx.

Burocracia y fuerza pública profesional, las dos columnas en las que se basa el poder político de la burguesía; los dos pilares cuyas funciones deberán ser sustituidas por los propios obreros en estructuras simplificadas, a la vez que van realizando su propia extinción, y, sin embargo, mucho más eficaces y más fuertes; simplificación y fuerza que se oponen y se atraen entre sí, en un movimiento que acompaña todo el proceso de transición hasta que no quede ningún rastro de la última sociedad de clase. El problema que ahora se nos plantea es: ¿cuál es la instancia que, para Marx, Engels y Lenin, debe asumir la dictadura del proletariado?

4. La dictadura del proletariado para Marx, Engels y Lenin

Nuestro trío no deja duda alguna al respecto: “(…) El proletariado se valdrá de su dominación política para ir arrancando gradualmente a la burguesía todo el capital, para centralizar todos los instrumentos de producción en manos del Estado, es decir, del proletariado organizado como clase dominante, y para aumentar con la mayor rapidez posible las fuerzas” ([6]).

O sea, Estado proletario (sic) = “proletariado organizado en clase dominante”. El Estado, es decir, el proletariado organizado en clase dominante (sic). Hasta aquí, la trayectoria del razonamiento de Lenin, Engels y Marx es la siguiente: el proletariado derriba el poder de la burguesía por la revolución; al derribar la máquina estatal burguesa, destruirá la máquina de Estado en cuestión para, acto seguido, erigir su Estado, simplificado y en vías de extinción, el cual, más fuerte –porque está dirigido por la clase revolucionaria–, asume dos tipos generales de tareas: reprimir a la burguesía y construir el socialismo (como fase de transición al comunismo).

¿Pero de dónde saca Marx esa convicción que la dictadura del proletariado es el Estado proletario? ¡De la Comuna de París… sencillamente! En efecto, “(…) La Comuna estaba formada por los consejeros municipales elegidos por sufragio universal en los diversos distritos de París. Eran responsables y podían ser revocados en todo momento. La mayoría de sus miembros eran, naturalmente, obreros o representantes reconocidos de la clase obrera” ([7]).

La cuestión va mucho más lejos: los miembros del Estado proletario (sic), Estado-Comuna, son elegidos en los consejos de barrios, lo que no significa que no existan consejos de obreros que se pongan a la cabeza de aquéllos, como en Rusia con los soviets. La cuestión de la hegemonía de la dirección obrera está garantizada por la existencia de una mayoría de obreros en esos consejos, y, obviamente, por la acción dirigente que el partido debe ejercer en tales instancias.

Falta sólo un ingrediente para articular la posición del Estado proletario, Estado-Consejo, Estado-Comuna, Estado socialista o dictadura del proletariado: el método de toma de decisiones –y es ahí dónde se formula y se comprende este principio universal que muchos marxistas no llegan a comprender. Se trata del centralismo democrático: (…) Pero Engels no concibe en modo alguno el centralismo democrático en el sentido burocrático con que emplean este concepto los ideólogos burgueses y pequeñoburgueses, incluyendo entre éstos a los anarquistas. Para Engels, el centralismo no excluye, ni mucho menos, esa amplia autonomía local que, en la defensa voluntaria de la unidad del Estado por las “comunas” y las regiones, elimina en absoluto todo burocratismo y toda manía de “ordenar” desde arriba” ([8]).

Se observa también que el término y el concepto de centralismo democrático no es creación del estalinismo, como algunos pretenden –que intentan desnaturalizar ese método esencialmente proletario– sino del propio Engels, y por consiguiente, no puede aplicársele la connotación peyorativa propia del centralismo burocrático utilizado por la nueva burguesía de Estado en la URSS.

5. Sistema de Consejos y dictadura del proletariado

La separación antinómica entre el sistema de consejos y el Estado posrevolucionario es un error por más de un motivo. Uno de ellos reside en una posición que se aleja del pensamiento de Marx, Engels y Lenin y que refleja cierta influencia de la ideología anarquista sobre el Estado. Separar Estado proletario de sistema de consejos es lo mismo que romper la unidad que debe existir y persistir en el ámbito de la dictadura del proletariado. Tal separación pone de un lado al Estado como una estructura administrativa compleja, que debe ser gestionada por un cuerpo de funcionarios –un absurdo en la concepción de Estado simplificado de Marx, Engels y Lenin– y de otro, una estructura política, en el ámbito de los consejos, que debe ejercer presión sobre la primera (el Estado como tal). Esa concepción, que es el resultado de una adaptación a una visión influida por el anarquismo que identifica el Estado-Comuna con el Estado burocrático (burgués) que surgió de las ambigüedades de la Revolución Rusa, pone al proletariado fuera del Estado posrevolucionario, creando, ahí sí, una dicotomía que es ya por sí sola el germen de una nueva casta que se reproduce en el corpus administrativo orgánicamente separado de los Consejos.

Otra causa del mismo error, que está ligada a la precedente, reside en el establecimiento de una extraña relación que identifica de un modo acrítico el Estado surgido en la URSS posrevolucionaria –un Estado necesariamente burocrático– con la concepción del Estado-Comuna de Marx, Engels y del propio Lenin, error que consiste en una incomprensión de las ambigüedades que resultaron de las circunstancias históricas y sociales específicas que bloquearon no sólo la transición sino también el inicio de la dictadura del proletariado en la URSS. Aquí se deja de comprender que los rumbos tomados por la Revolución Rusa, a menos que optemos por la interpretación fácil pero poco consistente según la cual las desviaciones del proceso revolucionario fueron implantadas por Stalin y su camarilla, no obedecieron a la idea de la revolución, del Estado y del socialismo de Lenin, sino a las restricciones que emanaban del terreno social y político de donde emergió el poder en la URSS; entre ellas, sólo para recordar, la imposibilidad de la revolución en Europa, la guerra civil y la contrarrevolución dentro de la URSS. La dinámica resultante era ajena a la voluntad de Lenin, una dinámica sobre la que reflexionó y plasmó en formulaciones reiteradamente ambiguas presentes en sus escritos posteriores hasta su muerte; unas ambigüedades más que nada relacionadas con los avances y los retrocesos de la revolución, que se plasmaban en intentos por comprenderlos, y no tanto en una concepción teórico-política de Lenin y de los jefes bolcheviques que estaban de acuerdo con él.

Una tercera causa de ese error consiste en no considerar que las tareas organizativas y administrativas que impone la revolución son tareas políticas ineludibles, cuya ejecución debe ser directamente asumida por el proletariado victorioso. Así, cuestiones candentes, como la planificación centralizada –cuya forma burocrática en el sistema Gosplan (Comité Central de Planificación), fueron por mucho tiempo confundidas con la “centralización socialista”– por sólo hablar de ese aspecto digno de atención, no son cuestiones puramente “técnicas” sino altamente políticas, y que, como tales, no pueden ser delegadas, aunque sean “controladas” desde el exterior por los consejos, a un cuerpo de funcionarios situados fuera del sistema de consejos donde se encuentran los trabajadores más conscientes. Hoy se sabe que el sistema ultracentralizado de planificación “socialista” no era sino un aspecto de la propia centralización burocrática del capitalismo de Estado “soviético” que mantenía al proletariado alejado y ajeno a todo el sistema de definición de objetivos, de las decisiones que concernían a lo que debería ser producido y de cómo distribuirlo, asignación de recursos, etc. Si se hubiera tratado de una verdadera planificación socialista, todo esto habría debido ser objeto de una amplia discusión en el seno de los consejos, o sea, del Estado-Comuna, habida cuenta de que el Estado proletario se confundiría con el sistema-consejo, ya que el Estado socialista era “una “máquina” muy sencilla, casi sin “máquina”, sin aparato especial, por la simple organización de las masas armadas (como, diremos con anticipación, los soviets de diputados obreros y soldados)([9]).

Otra incomprensión reside en no percibir que la verdadera simplificación del Estado-Comuna implica, tal como la describe Lenin en las citas mencionadas, un mínimo de estructura administrativa y que tal estructura es tan mínima (y en vías de simplificación/extinción) que puede ser asumida directamente por el sistema de consejos; y que, por consiguiente, no tiene sentido tomar como referencia al Estado “soviético” de la URSS para poner en tela de juicio el Estado socialista que Marx y Engels vieron nacer de la Comuna de París. De hecho, al establecer una relación entre el Estado de los Consejos y el Estado burocrático surgido de la Revolución Rusa se le está dando al Estado proletario una estructura burocrática, que un verdadero Estado posrevolucionario simplificado y en vías de simplificación/extinción, no posee, sino que exactamente niega.

De hecho, el carácter y la extensión del Estado de los Consejos (Estado proletario = Estado socialista = Dictadura del Proletariado = Estado-Comuna = Estado transitorio) están magníficamente resumidos en este pasaje escrito por el propio Lenin: “Es necesario todavía (…) el “Estado”. Pero ya es un Estado de transición, no es ya un Estado en el sentido estricto de la palabra (…)” ([10]). Pero, diréis, si esa era la verdadera concepción del Estado socialista de Lenin, ¿por qué no lo “aplicó” en la URSS después de la Revolución de Octubre, visto que lo que entonces apareció fue exactamente lo opuesto a todo eso, distorsiones que van desde la extrema centralización burocratizada (desde el ejército a la burocracia estatal y a las unidades de producción) hasta la más brutal represión a los marineros de Kronstadt? Pues sí, lo que todo eso revela es que revolucionarios de la envergadura de Lenin pueden eventualmente quedar enredados en unas contradicciones y ambigüedades de tal importancia –y ese era el exacto contexto nacional e internacional de la Revolución de Octubre– que pueden conducirles, en la práctica, a acciones y decisiones muchas veces diametralmente opuestas a sus convicciones más profundas. En el caso de Lenin y del Partido Bolchevique, bastaba una sola de las imposibilidades [de la revolución, NDT] –que eran muchas– para llevar la revolución hacia una dirección no deseada. Una sola era más que suficiente: la situación de aislamiento de una revolución que no podía retroceder, pero que se encontró aislada y no le quedó otra alternativa sino la de intentar abrir la vía a la construcción del socialismo en un solo país, la Rusia Soviética, –tentativa contradictoria que ya fue iniciada en la época de Lenin y Trotski. ¿Qué fueron el Comunismo de Guerra, la NEP, entre otras iniciativas, sino eso?

¿Y en esas condiciones, qué debemos hacer nosotros? ¿Debemos hacer hincapié en las concepciones de Lenin, Marx y Engels sobre el Estado, el programa, la revolución y el partido e intentar, en el futuro, cuando los problemas concretos como el de la internacionalización de la lucha de clases, entre otros, muestren posibilidades concretas para la revolución y la construcción del socialismo en varios países, poner por delante y dar cuerpo a las concepciones de nuestro Lenin, Marx y Engels, o, al contrario, frente a las primeras dificultades, renunciar a las posiciones de principio, cambiándolas por figuraciones políticas degradadas que no podrán sino conducir al abandono de la perspectiva de la revolución y de la construcción del socialismo?

6. Para una conclusión: consejos, Estado (socialista) y pré-Estado (socialista)

a) El Estado-Consejo

Después de haber analizado las premisas económicas de la abolición de las clases sociales, es decir, las premisas “para que ‘todos’ puedan realmente participar en la gestión del Estado”, Lenin, siempre en referencia a las formulaciones de Marx y Engels, afirma que “Existiendo estas premisas económicas, es perfectamente posible pasar en seguida, de la noche a la mañana, después de derrocar a los capitalistas y a los burócratas, a sustituirlos por los obreros armados, por todo el pueblo armado, en la obra de controlar la producción y la distribución, en la obra de computar el trabajo y los productos. (…) Contabilidad y control: he aquí lo principal, lo que hace falta para “poner a punto” y para que funcione bien la primera fase de la sociedad comunista. En ella, todos los ciudadanos se convierten en empleados a sueldo del Estado, que no es otra cosa que los obreros armados” ([11]).

Y, más adelante: “Bajo el socialismo, todos intervendrán por turno y se habituarán rápidamente a que nadie dirija”. La etapa del socialismo “colocará a la mayoría de la población en condiciones que permitirán a todos, sin excepción, ejercer las “funciones del Estado’” ([12]) .

Todos los ciudadanos, recordémoslo, organizados en el sistema de consejos, o dicho de otra manera, en el Estado obrero, ya que para Marx, Engels y Lenin, la simplificación de las tareas alcanzará un punto tal que las tareas “administrativas” básicas, reducidas al extremo, no sólo podrán ser asumidas por el proletariado y el pueblo en general, sino que podrán ser asumidas por el sistema de consejos, que, al fin y al cabo, es el propio Estado.

Así, el Estado proletario, Estado socialista, dictadura del proletariado no es otra cosa que el sistema de Consejos, que garantizará la hegemonía de la clase obrera en su conjunto, asumirá directamente, sin que sea necesario ningún cuerpo administrativo específico, tanto la defensa del socialismo como las funciones de gestión del Estado y de las unidades de producción. Por fin, esa unidad de la dictadura del proletariado estará garantizada por la unidad político-administrativa simplificada, en una misma totalidad llamada el Estado-Consejo.

 

b) El pre-Estado-Consejo

El sistema de Consejos, que, en la situación posinsurreccional, deberá asumir la transición en el ámbito estructural (implantación de las nuevas relaciones de producción, eliminación de todas las jerarquías en la producción, negación de todo vestigio de cualquier forma mercantil, etc.) y superestructural (eliminación de toda jerarquía heredada del Estado burgués, de toda burocracia, negación de toda ideología heredada de la formación social anterior, etc.) es el mismo sistema de Consejos que, antes de la revolución, constituyó la organización revolucionaria que derribó la burguesía y su Estado. Se trata pues de un mismo corpus, con distinto énfasis entre las dos etapas de un mismo proceso de revolución social: cumplida la tarea insurreccional, dará inicio a la ejecución de una nueva tarea que deberá llevar a su término la verdadera revolución social –la ruptura de una formación social caducada y el inicio de una nueva formación social, el socialismo, que se pondrá inmediatamente en marcha para la transición hacia la formación social comunista, la segunda formación social sin clases sociales de la Historia (la primera es, como se sabe, la sociedad primitiva).

Pues bien, es a ese sistema de consejos al que llamamos pre-Estado (proletario). Está visto que tal denominación no tiene, por su contenido, nada de original, puesto que fue, es y será siempre una realidad común en los procesos revolucionarios inaugurados por la Comuna de París. Allí, los communards, que tomaron el poder a partir de los barrios, fueron los mismos que asumieron el poder del Estado –dictatura del proletariado– y que inauguraron, aunque con evidentes errores de juventud, la edificación de un orden socialista. Un proceso semejante volvió a producirse en Octubre de 1917. La primera experiencia no pudo, en las circunstancias en que aconteció, completarse y fue abatida por la fuerza contrarrevolucionaria burguesa pasados apenas poco más de dos meses de una memorable existencia. La segunda, como se sabe, tampoco pudo ser completada debido a la ausencia de condiciones, externas e internas, entre las cuales la imposibilidad de llevar a término la construcción del socialismo en un solo país.

En ambos casos hubo un pre-Estado, pero, también en ambos casos, un pre-Estado que, si por un lado pudo llevar a cabo la insurrección, por otro no pudo prepararse, con la antelación necesaria, para la tarea de construcción del socialismo. En el caso de 1917, sólo fue en vísperas de Octubre cuando el único partido (el Partido Bolchevique) que poseía las capacidades teóricas para preparar la vanguardia de la clase organizada en los soviets, sobre todo en San Petersburgo, no pudo enseñar a la clase sino las tareas más urgentes de la insurrección. Nos parece a nosotros que, no obstante la conciencia –principalmente en Lenin– de la importancia imprescindible de los soviets desde 1905, no será sino después de febrero de 1917 cuando, en el caso de Lenin, esa conciencia se hizo convicción. Es por eso por lo que el partido de Lenin (cuyo retorno a Rusia era fácilmente deducible, visto que ya había vuelto en 1905) no tuvo el cuidado de movilizar a fondo el militantismo de sus cuadros obreros en los soviets (los mencheviques habían llegado antes), inclusive la preparación previa de los obreros para un resurgimiento más temprano de los soviets y con una formación también previa más eficaz, incluida la vanguardia más resuelta de la clase organizada en los soviets, una formación que debería incluir, en un debate sin tregua entre dichos obreros, los problemas de la toma insurreccional del poder y las nociones de toda la teoría marxista acerca de la constitución del Estado obrero y de la construcción del socialismo. Ese debate faltó, sea por un error en la percepción de la importancia de los soviets con anterioridad, sea por falta de tiempo para llevar el debate entre los obreros de los soviets apenas dos meses antes de la insurrección. Sea como fuere, el resultado es que la falta de preparación de la vanguardia de la clase para la toma del poder y la organización inmediata, bajo su presencia, su dirección y su intervención, con miras a la construcción del socialismo, funcionó como uno de los factores adversos en la URSS para la constitución de una auténtica dictadura del proletariado, con base en la representación en los consejos. Tal laguna, en gran medida provocada por la ausencia de un pre-Estado apropiado, es decir, un pre-Estado que fuese una escuela de la revolución, acabó siendo una dificultad suplementaria en el naufragio de la Revolución Rusa de 1917.

Como el propio Lenin siempre lo señaló, los revolucionarios comunistas son hombres y mujeres que deben tener una formación marxista muy sólida. Una formación marxista sólida requiere conocimientos sobre dialéctica, economía política, materialismo histórico y dialéctico que facultarán a los militantes de un partido de cuadros no sólo analizar y comprender las coyunturas pasadas y presentes, sino igualmente captar lo esencial de los procesos previsibles por lo menos en cuanto a sus líneas más generales (tales niveles de predicción pueden observarse en muchos análisis presentes en los Cuadernos filosóficos de Lenin). De ahí que una verdadera formación marxista pueda asegurar a los cuadros militantes de un auténtico partido comunista la facultad para prever, con anticipación, los escenarios posibles del desarrollo de una crisis como la actual, y prever todo un largo proceso de situaciones revolucionarias no será, ni mucho menos, un rompecabezas insoluble.

Es más, es perfectamente posible prever la cosa mas obvia de este mundo: que empiecen a surgir, por un lado u otro, consejos en formas muy embrionarias, que deberán ser analizadas, con la mayor franqueza, sin prejuicios, para que, una vez interpretadas teóricamente, los trabajadores puedan corregir los errores y las lagunas de tales experiencias, para que las multipliquen y fortalezcan su contenido, hasta que acaben convirtiéndose, en un futuro próximo (pues el avanzado estado en que se encuentra la crisis estructural del capital no garantiza ese futuro) en un cúmulo de situaciones revolucionarias concretas, el sistema de consejos, formado en la interacción dialéctica de pequeños círculos (en los lugares de trabajo, de estudio y de vivienda), comisiones (de fábrica) y de consejos (de barrios, de regiones, de zonas industriales, nacionales, etc.) que deberán llegar a ser, al mismo tiempo, la espina dorsal de la insurrección y, en el futuro, el órgano de la dictadura revolucionaria del proletariado.

7. A manera de conclusión: la CCI y la cuestión del Estado posrevolucionario

Para nosotros, los consejos obreros deben poseer un poder ilimitado y, como tales, deben constituirse en órganos de base del poder obrero, además de que deben constituir el alma de la dictadura revolucionaria del proletariado. Pero es a partir de ahí donde nos diferenciamos de algunos intérpretes del marxismo que establecen una ruptura entre los Consejos y el Estado-Comuna, como si ese Estado-Comuna y los Consejos fuesen cosas cualitativamente distintas. Es la posición, por ejemplo, de la CCI (Corriente Comunista Internacional). Después de operar esa separación, tales intérpretes establecen un guión por medio del cual los Consejos deberían ejercer una presión y su control sobre “el semi-Estado del período de transición”, para que ese mismo Estado (= Comuna) –que, en la visión de la CCI, “no es ni portador ni agente activo del comunismo”– no cumpla su papel inmanente de conservador del statu quo (sic) y de “obstáculo” a la transición.

Para la CCI, “el Estado tiende siempre a crecer desmesuradamente”, acabando por ser “un terreno de predilección a todo el fango de arribistas y otros parásitos [que] recluta fácilmente sus cuadros entre los (…) residuos y vestigios de la antigua clase dominante en descomposición” ([13]).

Y remata su visión del Estado socialista afirmando que Lenin “pudo constatar [esa función del Estado] cuando hablaba del Estado como la reconstitución del antiguo aparato de Estado zarista” y cuando afirmaba que el Estado gestado por la Revolución de Octubre tendía “a escapar de nuestro control y girar en el sentido contrario que queremos, etc.”. Para la CCI, “el Estado proletario es un mito”

y: “Lenin lo rechazaba, recordando que era “un gobierno de los trabajadores y de los campesinos con una deformación burocrática”.

Más aún, para la CCI: “(…) la gran experiencia de la revolución rusa está ahí para demostrarlo. Cada fatiga, cada insuficiencia, cada error del proletariado tiene inmediatamente, como consecuencia, el reforzamiento del Estado, y, a la inversa, cada victoria, cada reforzamiento del Estado se hace despojando un poco más al proletariado. El Estado se alimenta del debilitamiento del proletariado y de su dictadura de clase. La victoria de uno es la derrota del otro” ([14]).

También afirma, en otros pasajes [NDLR: del mismo artículo], que: “el proletariado guarda su amplia y entera libertad con relación al Estado. Bajo ningún pretexto, el proletariado no tendría que reconocer la primacía de decisión de los órganos del Estado sobre los de su organización de clase - los consejos obreros - y debería imponer lo contrario”; que el proletariado “no tendría que tolerar la ingerencia y la presión de ningún tipo de Estado en la vida y la actividad de la clase organizada que excluye todo derecho y posibilidad de represión del Estado”; que “el proletariado conserva su armamento fuera de cualquier control del Estado”; y que, finalmente, “la primera condición es la no identificación de la clase con el Estado”.

¿Qué decir de la visión de los compañeros de la CCI sobre el Estado-Comuna? En primer lugar, que ni Marx, ni Engels, ni Lenin, como se vio en nuestros comentarios hechos anteriormente extraídos de El Estado y la Revolución, confirman la concepción del Estado desarrollada por la CCI. Como hemos visto, el Estado-Comuna era, para aquellos, el Estado de los Consejos y la expresión del poder del proletariado y de su dictadura de clase. Para Lenin, el Estado posrevolucionario no sólo no era un mito, como piensa la CCI, sino el “Estado proletario” ¿En virtud de qué ese Estado es así calificado por la CCI, mientras que por otra parte lo concibe como un Estado-Comuna?

En segundo lugar, como ya lo analizamos anteriormente, la separación antinómica entre los consejos y el Estado posrevolucionario, planteada por la CCI, se aleja de la concepción de Marx, Engels y Lenin, reflejando cierta influencia de la concepción anarquista del Estado. Debemos aquí reiterar lo que ya dijimos anteriormente, a saber, que separar el Estado proletario del sistema de los consejos es lo mismo que romper la unidad que debe existir y persistir en el ámbito de la dictadura del proletariado y que tal separación coloca de un lado al Estado como una estructura administrativa compleja, gestionada por un cuerpo de funcionarios (un absurdo en la concepción simplificada de Estado de Marx, Engels y Lenin) y del otro, una estructura política, en el seno de los consejos, que ejercería presión sobre la primera (el Estado como tal).

En tercer lugar, repetimos: esa concepción, que resulta de una acomodación a una visión influida por el anarquismo que identifica el Estado-Comuna con el Estado burocrático (burgués) surgido de las ambigüedades de la Revolución Rusa, coloca al proletariado fuera del Estado posrevolucionario, creando entonces una dicotomía que es, ella misma, el semillero de una nueva casta que se reproduce en el corpus administrativo separado orgánicamente de los Consejos. La CCI confunde la concepción del Estado de Lenin con el Estado que surgió de las ambigüedades de la Revolución de Octubre de 1917. Cuando Lenin se quejaba de las atrocidades del Estado tal como se desarrolló en la URSS, no estaba rechazando su concepción del Estado-Comuna, sino las desviaciones que el Estado ruso tomó después de Octubre.

En cuarto lugar, los compañeros de la CCI no parecen darse cuenta, como ya hemos dicho, que las tareas organizativas y administrativas que la revolución pone, desde el inicio, al orden del día son tareas políticas ineludibles cuya instauración debe ser asumida directamente por el proletariado victorioso –tal como también lo afirmamos con anterioridad.

En quinto lugar, los compañeros de la CCI parecen no darse cuenta, también como ya lo afirmamos, que la verdadera simplificación del Estado-Comuna implica, conforme está expresado por Lenin, un mínimo de estructura administrativa y que tal estructura es tan mínima (y en proceso de simplificación/extinción) que puede ser asumida directamente por el sistema de consejos.

En sexto y último lugar: sólo asumiendo directamente y desde dentro las tareas simplificadas de defensa y de la transición/construcción socialista que le incumben al Estado-Consejo, estará la clase obrera en condiciones de evitar que se produzca un cisma estatal ajeno al Estado-Consejo, y podrá ejercer su control no sólo sobre lo que pasa en el seno del Estado, sino igualmente en la sociedad en su conjunto. Para eso, vale la pena recordar, que el Estado proletario, Estado-Comuna, Estado socialista, Dictadura del Proletariado, no es otra cosa sino el sistema de consejos que ha asumido tareas elementales de organización: milicias, jornadas de trabajo, brigadas de trabajo y otros tipos de tareas también revolucionarias (revocabilidad de cargos, igualdad de los salarios, etc.), tareas también igualmente simplificadas de lucha y de organización de una sociedad en transición. Para eso no será necesario crear ningún monstruo administrativo, mucho menos burocrático, ni cualquier otra forma heredada o que recuerde al Estado burgués destruido o a un Estado burocrático de capitalismo de Estado de la ex-URSS.

Sería formidable que la CCI examine los pasajes que hemos presentado en este texto relativo a El Estado y la Revolución de Lenin, donde él, apoyándose en Engels y Marx, justifica la necesidad del Estado-Comuna como el Estado de los Consejos, Estado Proletario, dictadura del proletariado.

 

OPOP

(septiembre de 2008,
revisado en diciembre de 2010).


[1]) OPOP, OPosição OPerária (Oposición Obrera), radicada en Brasil. Véase su publicación en http://revistagerminal.com. La CCI mantiene relaciones fraternas y de cooperación que ya se han concretado en discusiones sistemáticas entre ambas organizaciones, panfletos o declaraciones firmados juntos (“Brésil : des réactions ouvrières au sabotage syndical”,

http://fr.internationalism.org/ri373/bresil.html, en francés)

o también intervenciones públicas comunes (“Dos nuevas Reuniones Públicas conjuntas en Brasil (OPOP-CCI)”,

http://es.internationalism.org/ccionline/2006_dosrpbrasil)

y la participación recíproca de delegaciones en los congresos de ambas organizaciones.

[2]) Están ya expuestas en los artículos: “Période de transition – Projet de Résolution”, Revue Internationale no 11 (http://fr.internationalism.org/rint11/periode_de_transition.htm) y “L’Etat dans la période de transition”, Revue internationale no 15 (http://fr.internationalism.org/rinte15/pdt.htm) – en francés.

[3]) Ndlr: Lenin, El Estado y la Revolución, Cap I: “La sociedad de clases y el Estado, 1. El Estado, producto del carácter irreconciliable de las contradicciones de clase”, http://marxists.org/espanol/lenin/obras/1910s/estyrev/hoja2.htm

[4]) Este es un ejemplo de las confusiones y de las ambigüedades de la acumulación de categorías teóricas y políticas, las unas al lado de las otras, introducidas por Antonio Gramsci en la doctrina marxista, llevadas a sus limites lógicos y políticos por sus epígonos. Las dificultades lógicas (aporías) de las mismas, han sido brillantemente investigadas por Perry Anderson en su clásico, Sobre Gramsci.

[5]) Lenin, op. cit., “3. El Estado, arma de explotación de la clase oprimida”.

[6]) Extracto de El Manifiesto comunista citado por Lenin, op. cit., Cap. II: “La experiencia de los años 1848-1851, 1. En vísperas de la revolución”.

[7]) Extracto de La Guerra Civil en Francia, citado por Lenin, op. cit., Cap III “La experiencia de la Comuna de París de 1871. El análisis de Marx. 2. ¿Con qué sustituir la máquina del Estado una vez destruida?”.

[8]) Ídem, Cap IV: “Continuación. Aclaraciones complementarias de Engels, 4, Crítica del proyecto del Programa de Erfurt”.

[9]) Ídem, cap. V, “Las bases económicas de la extinción del Estado. 2. La transición del capitalismo al comunismo”.

[10]) Ídem.

[11]) Ídem, Cap V: “Las bases teóricas de la extinción del Estado. 4, la fase superior de la sociedad comunista”.

[12]) Ídem, Cap. VI “El envilecimiento del marxismo por los oportunistas. 3, La polémica de Kaustky con Pannekoek”.

[13]) “El Estado en el Período de Transición”, Revista Internacional no 15.

[14]) ídem.