Contribución a una historia del movimiento obrero en África (IV) - Del final de la IIa Guerra mundial a la víspera de mayo 68

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Contribución a una historia del movimiento obrero en África (IV)

Del final de la Segunda Guerra mundial a la víspera de mayo de 1968

Es bien sabido que el imperialismo francés para hacer frente a su implicación de primer plano en la Segunda Guerra mundial se sirvió ampliamente de jóvenes de sus colonias africanas como carne de cañón. Cientos de miles de “tiradores”, en su inmensa mayoría jóvenes trabajadores o parados fueron alistados para las sangrientas matanzas imperialistas. Terminado el conflicto, se abrió un período de reconstrucción de la economía francesa; sus repercusiones en la colonia se hicieron sentir a través de una explotación insoportable, contra la cual los obreros opusieron valerosas luchas.

El motín de soldados reprimido en sangre y los movimientos de huelga

Primero fue la rebelión de los soldados supervivientes de la gran carnicería mundial que se alzaron contra el impago de sus sueldos. En efecto, inmovilizados en el campamento de Thiaroye (afueras de Dakar) después de su vuelta al país, cientos de soldados reclamaron, en diciembre de 1944, su pensión al “Gobierno provisional” presidido por De Gaulle. Lo único que recibieron fue metralla. El saldo oficial de la represión: 35 muertos, 33 heridos y 50 detenidos. Ese es el agradecimiento que los trabajadores y los antiguos combatientes recibieron de aquellos a los que habían auxiliado como “liberadores” de Francia en cuyo gobierno, presidido en aquel entonces por el general De Gaulle, había “socialistas” y “comunistas”. Bonita lección de “humanismo” y “fraternidad” de la famosa “Resistencia francesa” a sus “tiradores indígenas” rebelados contra el impago de su exigua pensión.

Sin embargo, aquella respuesta sangrienta de la burguesía francesa a las pretensiones de los amotinados no pudo impedir por mucho tiempo el estallido de otras luchas. En realidad, toda una ebullición empezó a emerger:

“Primero, los profesores, del 1 al 7 de diciembre de 1945 y luego los obreros de la industria, el 3 de diciembre, lanzaron el movimiento. En enero, de nuevo los metalúrgicos pero también los empleados de comercio y el personal auxiliar del Gobernador general reanudan las huelgas. El 14 de enero de 1946, 27 sindicatos lanzan una huelga general contra las requisas del Gobernador. Hasta el 24 de enero no vuelven al trabajo los funcionarios, el 4 de febrero los empleados de comercio, y el 8 de febrero los metalúrgicos” ([1]).

A pesar de los terribles sufrimientos durante la guerra, la clase obrera volvía a levantar la cabeza, mostrando su rebelión contra la miseria y la explotación.

Pero esa reanudación de la combatividad se hacía en un nuevo ambiente nada favorable a autonomía de la clase obrera. En efecto, el proletariado de la AOF en la posguerra no pudo zafarse de la tenaza entre la ideología panafricanista (independentistas) y las fuerzas de izquierda del capital colonial (SFIO, PCF y sindicatos). Pese a todo, la clase obrera siguió luchando combativamente contra los ataques del capitalismo.

La huelga heroica y victoriosa de los ferroviarios entre octubre de 1947 y marzo de 1948

Durante este período, los ferroviarios de toda la AOF van a la huelga por múltiples reivindicaciones, entre ellas el establecimiento de una única categoría para los trabajadores africanos y europeos, y contra el despido de 3000 empleados.

“Inicialmente los trabajadores del ferrocarril estaban organizados en la CGT. Aproximadamente 17.500 fe­rroviarios la dejaron en 1948 tras una huelga muy dura. Durante ese movimiento, algunos empleados franceses se habían opuesto violentamente a la mejora de la situación del personal africano” ([2]).

Esta huelga de ferroviarios se terminó victoriosamente gracias a la solidaridad activa de otros sectores asalariados (estibadores y empleados de la industria) que se sumaron a la huelga general durante 10 días, obligando al poder colonial a satisfacer lo fundamental de las pretensiones de los huelguistas. Todo se decidió durante un gran mitin en Dakar convocado por el gobernador general. Con la esperanza de romper el movimiento, personalidades políticas y jefes religiosos tomaron la palabra para intimidar y manipular a los huelguistas.

Y por aquello de la costumbre ancestral, quienes más se afanaron fueron los religiosos.

Los “guías espirituales”, imanes y sacerdotes de las distintas sectas habían emprendido una campaña para desmoralizar a los huelguistas, sobre todo a sus mujeres. (…) Los imanes, furiosos por la resistencia de los obreros a sus prescripciones, la emprendieron contra los delegados, acusándolos de todos los pecados habidos y por haber: ateísmo, alcoho­lismo, prostitución, mortalidad infantil; predecían incluso que estos descreídos traerían el fin del mundo([3]).

Pero no lograron nada. Incluso cargados con todos esos “pecados”, los ferroviarios persistieron y su combatividad siguió intacta. Se reforzó incluso, cuando durante una asamblea general hubo obreros de otros sectores que respondieron a su llamamiento a la solidaridad:

“¡Nosotros, los albañiles, estamos a favor de la huelga! ¡… Nosotros, los obreros del puerto, estamos a favor de la huelga! … Nosotros, los del metal… nosotros los…” ([4]).

Y efectivamente, a partir del día siguiente, la huelga general afectó prácticamente a todos los sectores. Con todo, antes de llegar hasta ahí, los obreros del ferrocarril no solo habían sufrido la presión de las autoridades políticas y religiosas, sino también una terrible represión militar. Ciertas fuentes ([5]) indican que hubo muertes, y la “marcha de las mujeres” (esposas y familiares de los ferroviarios) a Dakar, en apoyo a los huelguistas, fue un baño de sangre a manos de los “tiradores” y los mandos coloniales.

La clase obrera sólo puede contar consigo misma. La CGT hizo simbólicamente algunas colectas financieras procedentes de París mientras que, in situ, acusaba “a quienes querían su autonomía” de lanzarse a una “huelga política”. En realidad, la CGT se escudaba tras “la opinión” de aquellos de sus miembros europeos en la colonia que se oponían a las reivindicaciones de los “indígenas”. Este comportamiento de la CGT impulsó a los ferroviarios indígenas a abandonar en masa la central estalinista tras ese gran combate de clase.

SFIO, PCF, sindicatos y nacionalistas africanos desvían la lucha de la clase obrera

La huelga de los ferroviarios terminada en marzo de 1948 se había desarrollado en una atmósfera de gran agitación política inmediatamente después del referéndum que da nacimiento a la “Unión francesa” ([6]). De hecho, el movimiento de los ferroviarios tuvo una dimensión eminentemente política, obligando a todas las fuerzas políticas coloniales y los elementos independentistas a situarse tácticamente a favor o en contra de las reivindicaciones de los huelguistas. Así vemos cómo el PCF ([7]) se oculta tras la CGT para sabotear el movimiento de huelga, mientras que la SFIO en el poder intentó reprimir el movimiento por todos los medios. Por su parte, Léopold Sédar Senghor y Ahmed Sékou Touré, dos rivales panafricanistas que más tarde llegarían a presidentes de Senegal y Guinea respectivamente, apoyaron abiertamente las reivindicaciones de los ferroviarios.

Pero al día siguiente de la victoria de los huelguistas, las fuerzas de izquierda y los nacionalistas africanos se enfrentaron entre sí, reivindicándose ambos de la clase obrera. Con esta utilización de la lucha de la clase obrera en favor de sus intereses de camarilla lograron desviar la lucha autónoma del proletariado de sus propios objetivos de clase.

Así los sindicatos utilizan la cuestión del Código del trabajo para envenenar las relaciones entre obreros. En efecto, a través de este “código”, la legislación social francesa había instaurado en las colonias una verdadera discriminación geográfica y étnica: por una parte, entre trabajadores de origen europeo y trabajadores de origen africano; por otra parte, entre nacionales de las diferentes colonias, incluso entre ciudadanos de un mismo país ([8]). La SFIO (antepasado del actual Partido Socialista), que había prometido en 1947 la abolición de este inicuo Código del trabajo, estuvo dando largas hasta 1952, dando así la ocasión a los sindicatos, en particular a los independentistas africanos, de defender los “derechos específicos” de los trabajadores africanos. Todo eso dio lugar a la formulación de reivindicaciones cada vez más nacionalistas e interclasistas, focalizando en eso la atención de los trabajadores por medio de consignas del tipo “igualdad de derechos entre blancos y negros”. Esta idea de igualdad de derechos y de tratamiento con los africanos suscitó la oposición abierta de los más retrógrados dentro de los sindicados de origen europeo en la CGT. Cabe señalar que la posición de la CGT era todavía más odiosa en la medida en que tendía a utilizar esa oposición para justificar sus posiciones.

Además, como en un juego de espejos, unos militantes de origen africano ([9]) deciden crear su propio sindicato para defender los “derechos específicos” de los trabajadores africanos. Todo ello dará lugar a que se formulen reivindicaciones cada vez más nacionalistas e interclasistas como se ve en este párrafo de la doctrina de dicha organización:

Las concepciones importadas [como las del sindicalismo francés metropolitano, NDR] aclaran poco la evolución y las tareas de progreso económico y social en África, sobre todo teniendo en cuenta que, a pesar de las contradicciones existentes entre las distintas capas sociales locales, la soberanía colonial convierte en inoportuna cualquier referencia a la lucha de clases, y permite evitar la dispersión de las fuerzas en competiciones doctrinales([10]).

Así, los sindicatos, pese a la persistencia de una combatividad incesante entre 1947 y 1958, lograron desviar todos los movimientos de lucha por reivindicaciones salariales o por la mejora de las condiciones de trabajo hacia protestas contra el orden colonial, y en favor de la “independencia”.

Aunque en el movimiento de los ferroviarios de 1947-48 la clase obrera de la colonia del AOF tuvo claramente la fuerza aún de dirigir su lucha con éxito en un terreno de clase, después las huelgas fueron sistemáticamente controladas y orientadas hacia los objetivos de las fuerzas de la burguesía, sindicatos y partidos políticos. Esta situación precisamente le sirvió de trampolín a Léopold Sédar Senghor y a Ahmed Sékou Touré para reclutar sectores de la población y a la clase obrera para su propia lucha por la sucesión de la autoridad colonial. Y a partir de la proclamación de la “independencia” de los países de la AOF, los dirigentes africanos decidieron inmediatamente integrar a los sindicatos en el Estado asignándoles un papel de policía de los obreros. En resumen, un papel de perro guardián de los intereses de la nueva burguesía negra. Esto quedó patente en esta observación del presidente Senghor:

“A pesar de sus servicios o debido a ellos, el sindicalismo debe hacerse hoy una idea más precisa de su papel y sus tareas. Puesto que hoy existen partidos políticos bien organizados y encargados de la política general de la Nación, el sindicalismo debe volver de nuevo a su papel natural que es, sobre todo, defender el poder adquisitivo de sus miembros (…) La conclusión de esta reflexión es que los sindicatos harán suyo el programa político general del partido mayoritario y los gobiernos” ([11]).

En una palabra, los sindicatos y los partidos políticos deben compartir el mismo programa por la defensa de los intereses de la nueva clase dominante. Un dirigente sindical, David Soumah, se hace eco de las observaciones de Senghor:

“Nuestra consigna durante esta lucha (anticolonial) era que los sindicatos no tenían responsabilidades en la producción, no tenían que preocuparse de las repercusiones de sus reivindicaciones sobre la marcha de una economía concebida en el único interés de la potencia colonial y organizada por ella para la extensión de su economía nacional. Esta posición ha perdido su objeto a medida que los países africanos están accediendo a la independencia nacional; se impone pues una reconversión sindical([12]).

Por lo tanto, durante la primera década “de la independencia”, el proletariado de la antigua AOF permaneció sin verdadera reacción de clase, completamente atado por la nueva clase dirigente asistida por los sindicatos en su política antiobrera. Habrá que esperar a 1968 para verla resurgir en su terreno de clase proletario contra su propia burguesía.

Lassou (continuará)


[1]) El hadj Ibrahima Ndao, Sénégal, histoire des conquêtes démocratiques, les Nouvelles Éditions Africaines, 2003.

[2]) Mar Fall, l’Etat et la question syndicale au Sénégal, l’Harmattan, 1989.

[3]) Ousmane Sembene, les Bouts de bois de Dieu, Pocket, 1960).

[4]) Ídem.

[5]) Ídem.

[6]) Es una “federación” entre Francia y sus colonias con el fin de encuadrar las previsibles “independencias”.

[7]) PCF: Partido Comunista Francés. CGT: Confederación General del Trabajo, sindicato mayoritario francés (sobre todo en aquella época) controlado por el PCF. SFIO: Sección Francesa de la Internacional Obrera, hoy Partido Socialista.

[8]) Por ejemplo a los senegaleses residentes en las comunidades de Gorée, Rufisque, Dakar y Saint-Louis se les consideraba “ciudadanos franceses” pero no al resto de senegaleses del país.

[9]) Lo que conducirá a la creación de la UGTAN (Unión General de Trabajadores del África Negra) sindicato dominado por la corporación de ferroviarios.

[10]) Citado por Mar Fall, op. cit.

[11]) Mar Fall, op. cit.

[12]) ídem.