La crisis: señal de la quiebra histórica de las relaciones de producción capitalista

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Ya
va a hacer dos años y medio  que la burguesía
anuncia la recu- peración. Cada trimestre lo deja para más
tarde. Hace también dos años y medio que los
resultados económicos están por debajo de lo
previsto, lo cual obliga a la clase dominante a revisarlos
constantemente. La recesión actual, iniciada en el segundo
semestre de 2000, es ya una de las más largas desde finales
de los años 60. Aunque hay signos de recuperación en
Estados Unidos, dista mucho de ser el caso en Europa y Japón.
Cabe además recordar que si EE.UU. sube, ello se debe sobre
todo a un intervencionismo estatal de los más intensos de
estos últimos 40 años y de una huida ciega hacia un
endeudamiento sin precedentes que provoca el temor a una nueva
burbuja especulativa, inmobiliaria esta vez.

Sobre
el intervencionismo estatal con el que sostener la actividad
económica, hay que decir que el gobierno de EE.UU. ha
dejado resbalar sin freno el déficit presupuestario. Fue
positivo en 2001 (unos 130 mil millones de $), ahora el saldo es
negativo, con una estimación de unos 300 mil millones de $
en 2003, el 3,6 del PIB. La amplitud del déficit con unas
previsiones de aumento debido al conflicto iraquí y a la
baja de ingresos fiscales por causa de reducción de
impuestos, inquietan cada día más a la “clase”
política y de los negocios de EE.UU.

En el
tema de la deuda, la baja drástica de los tipos de interés
por parte de la Reserva Federal no sólo tenía el
objetivo de sostener la actividad sino, y sobre todo, su objetivo
era mantener la demanda de las familias gracias a la renegociación
de sus préstamos hipotecarios. El haber aligerado el peso
de los reembolsos de préstamos inmobiliarios ha permitido
un incremento del endeudamiento permitido por los bancos. La deuda
hipotecaria de las familias de EE.UU. se ha incrementado así
en 700 mil millones de $ (¡más del doble del déficit
público!). El crecimiento de la triple deuda
norteamericana, o sea, la del Estado, la de las familias y la
exterior explica por qué EEUU ha podido rebotar
antes que los demás países. Sin embargo, ese rebote
sólo podrá mantenerse si su actividad económica
se sostiene a medio plazo, si no EE.UU. va a acabar como Japón,
hace unos diez años, frente al estallido de una burbuja
especulativa inmobiliaria y en situación de supresión
de pagos frente a montones de deudas incobrables.

Europa
no puede darse ese lujo pues sus déficits eran ya enormes
cuando estalló la recesión. Ésta los ha
aumentado. Por ejemplo, Alemania y Francia, corazón
económico de Europa, son ahora señaladas con el dedo
como los peores “alumnos” de la clase, con déficits
públicos de 3,8 % para aquélla y 4 % para ésta.
Estos niveles superan ya el techo fijado por el tratado de
Maastricht (3 %), con el riesgo de que la Comisión Europea
les ponga la multa prevista para estos casos. Todo eso limita las
capacidades de Europa para hacer una política consecuente
de recuperación que la situación exigiría.
Además, al haber organizado la baja del dólar frente
al euro para reducir su déficit comercial, EE.UU.
entorpecerá el relanzamiento en una Europa que lo tiene
cada vez más difícil para despejar excedentes de la
importación. No es de extrañar que los países
del eje central de Europa, Alemania, Francia, Holanda e Italia
estén en recesión y que los demás no anden
lejos.

Algunos,
cuando la caída del muro de Berlín, se creyeron
aquellos discursos de la burguesía sobre el advenimiento de
una nueva era de prosperidad y la apertura del “mercado de
los países del Este”. En realidad, la reunificación
de Alemania, lejos de ser un trampolín para la “dominación
alemana” fue y sigue siendo un pesado fardo para ese país.
Alemania, antaño locomotora de Europa, después de la
reunificación ha ido para atrás hasta convertirse en
farolillo rojo de un tren que va tirando a trancas y barrancas. La
inflación es baja, rozando casi la deflación, los
tipos de interés reales altos deprimen más todavía
la actividad y la existencia del euro prohíbe ahora hacer
políticas de devaluación competitiva con una moneda
que ya no es nacional. El desempleo, la moderación salarial
y la recesión han desembocado en un estancamiento del
mercado interior que nunca había sido tan profundo en
anteriores retrocesos. Y la futura integración de los
países del Este en la Unión Europea va a ser un
fardo suplementario en la coyuntura económica.

Todo
eso tiene la consecuencia inevitable del aumento sin
contemplaciones de los ataques contra las condiciones de trabajo y
de vida de la clase obrera. Medidas de austeridad, despidos
masivos, agravación sin precedentes de la explotación
en el trabajo están inscritos en todas las agendas de la
burguesía de todas partes. Según las estadísticas
oficiales, muy subestimadas, el desempleo va disparado hacia los 5
millones en Alemania, ha alcanzado el 6,1 % en Estado Unidos y
será el 10 % en Francia a finales de año. En Europa,
el eje franco-­alemán con el plan de Raffarin y la
Agenda 2010 de Schröder, da el tono de la política que
se está llevando a cabo más o menos por doquier:
incremento del déficit presupuestario, rebaja de impuestos
para las rentas más altas, facilidades del derecho al
despido, reducción de subsidios de desempleo y demás,
disminución de reembolsos por gastos en salud y aumento de
los años para la jubilación. Los pensionistas, en
particular, están ya pagando cara una austeridad que
destruye definitivamente la idea de un posible “descanso
bien merecido” después de toda una vida de trabajo.
En Estados Unidos, tras la quiebra o las ingentes pérdidas
de muchos fondos de pensiones cuando el krach bursátil,
asistimos a una vuelta masiva de jubilados al mercado del trabajo,
obligados a volver al tajo para sobrevivir. La clase obrera tiene
que enfrentarse a una ofensiva de austeridad con golpes que le
caen de todas partes, cuya única consecuencia en el plano
económico es más recesión todavía 
y nuevos ataques.

La
crisis es una expresión de unas relaciones de producción
capitalistas caducas

El declive constante de las tasas de
crecimiento desde finales de los años 60 (1)
deja a las claras el gran embuste sistemáticamente
propagado por la burguesía durante los años 90 sobre
la pretendida prosperidad económica con la que el
capitalismo habría reanudado gracias a la “nueva”
economía, a la globalización y demás recetas
neoliberales. La crisis no se debe en absoluto a esta o aquella
política económica. Si las recetas keynesianas de
los años 50 y 60 y las neokeynesianas de los 70 acabaron
agotándose, si las neoliberales de los 80 y los 90 no
resolvieron nada, es porque la crisis mundial no se debe
básicamente a una “mala gestión de la
economía”, sino que se debe a las contradicciones de
fondo que atraviesan los mecanismos del capitalismo. Si la crisis
no se debe a la política económica aplicada, menos
todavía se debe a los equipos gobernantes. Ya sean de
derechas ya sean de izquierdas, todos los gobiernos han usado una
tras otra todas las recetas disponibles. Los gobiernos actuales de
EE.UU. y de Gran Bretaña, identificados como los más
neoliberales y pro globalización en lo económico
tienen distinto color político y además, hoy, están
practicando las recetas neokeynesianas más poderosas, al
dar rienda suelta a los déficits públicos.
Igualmente, si se observan detenidamente los programas del
gobierno de Schröder (socialdemócrata-ecologista) y el
de Raffarin (derecha liberal) lo único que se ve es que se
parecen como dos gotas de agua al aplicar las mismas medidas.

Ante esa espiral de
crisis y de austeridad constante desde hace más 35 años,
una de las responsabilidades primordiales de los revolucionarios
es demostrar que tiene sus raíces en el callejón sin
salida en que está históricamente metido el
capitalismo, en la agotamiento del motor central de la relación
de producción que lo define, el salariado (2).
En efecto, el salariado concentra en sí a la vez todos los
límites sociales, económicos y políticos a la
producción de la ganancia capitalista y, por su mecanismo
mismo, plantea igualmente los obstáculos para la
realización plena y completa de dicha ganancia (3).
La generalización del salariado fue la base de la expansión
capitalista del siglo XIX y, a partir de la Primera Guerra
mundial, de la insuficiencia relativa de mercados solventes
respecto a las necesidades de la acumulación.

Contra
todas las falsas explicaciones embusteras de la crisis, es
responsabilidad de los revolucionarios evidenciar ese atolladero,
mostrar por qué el capitalismo, tras haber sido un modo de
producción necesario y progresivo, está ahora
históricamente superado y arrastra a la humanidad a su
pérdida. Como para todas las fases de decadencia de los
modos precedentes de producción (feudal, antiguo, etc.) ese
atolladero se debe al hecho de que la relación básica
social de producción se ha vuelto demasiado estrecha y ya
no permite como antes el impulso de las fuerzas productivas (4).
Para la sociedad actual, el salariado es hoy ese freno al
desarrollo de las necesidades de la humanidad. Únicamente
la abolición de esa relación social y la
instauración del comunismo permitirán a la humanidad
liberarse de las contradicciones que la asedian.

Desde
la caída del muro de Berlín, la burguesía no
ha cesado de montar campañas sobre la “insignificancia
del comunismo”, “la utopía de la revolución”
y “la disolución de la clase obrera” en una
masa de ciudadanos cuya única forma de acción
legítima sería la “reforma democrática”
de un capitalismo presentado como único horizonte ante la
humanidad. En esta grandiosa farsa ideológica, el monopolio
de la contestación le ha tocado a los altermundialistas.
La burguesía lo hace todo para que tengan un papel de
primer plano como interlocutores privilegiados de su propia
crítica: se les deja un buen sitio en los medios a los
análisis y acciones de esa corriente, se invita
ocasionalmente a cumbres y demás encuentros oficiales a sus
representantes más significativos, etc. Y es normal, pues
el almacén de los altermundialistas posee el
complemento perfecto a la campaña ideológica de la
burguesía sobre la “utopía del comunismo”,
puesto que se basan en los mismos postulados: el capitalismo sería
el único sistema posible y su reforma la única
alternativa. Para ese movimiento, con la organización ATTAC
a su cabeza y su consejo de “peritos en economía”,
el capitalismo podría humanizarse si el “buen
capitalismo” desalojara al “mal capitalismo
financiero”. La crisis sería la consecuencia de la
desregulación neoliberal y del acaparamiento del
capitalismo financiero, el cual impone su dictadura del 15 % de
rendimiento obligatorio al capitalismo industrial…todo lo
cual habría sido decidido en una sombría reunión
realizada en 1979, denominada “consenso de Washington”.
La austeridad, la inestabilidad financiera, las recesiones, etc.
no serían sino las consecuencias de esa nueva relación
de fuerzas instaurada en el seno de la burguesía en
beneficio del capital prestamista. De ahí las geniales
ideas de “reglamentar las finanzas”, “hacerla
retroceder” y “reorientar las inversiones hacia la
esfera productiva”, etc.

En
este ambiente de confusión general sobre los orígenes
y las causas de la crisis, se trata para los revolucionarios de
restablecer una comprensión clara de sus bases y, sobre
todo, que es producto de la quiebra histórica del
capitalismo. En otras palabras, se trata de que reafirmen la
validez del marxismo. Y es una ­lástima, al respecto,
que cuando se observan los análisis de la crisis que
proponen grupos del medio político proletario (MPP) como el
PCInt-Programa comunista o el BIPR, no hay más remedio que
comprobar que andan lejos de esa voluntad y, especialmente, de la
capacidad de desmarcarse de la ideología ambiente que
disemina el altermundialismo. Bien es verdad que esos dos
grupos pertenecen sin la menor duda al campo proletario y se
distinguen radicalmente del área de influencia
altermundialista por sus denuncias de las ilusiones
reformistas y la defensa de la perspectiva de la revolución
comunista. Sin embargo, su propio análisis de la crisis
está muy impregnado de ese izquierdismo enmascarado propio
del ámbito altermundialista.

He
aquí una antología: “Las ganancias
procedentes de la especulación son tan importantes que no
sólo son atractivas para las empresas “clásicas’’,
sino para muchos otros también, citemos, entre ellos, las
compañías de seguros o los fondos de pensión
de los que Enron es un buen ejemplo
(…) La
especulación es el medio complementario, por no decir
principal, para la burguesía de apropiarse de la plusvalía
(…) Se ha impuesto una regla que fija en 15 % el
objetivo mínimo de rendimiento para los capitales
invertidos en las empresas. Para alcanzar o superar esas tasas de
crecimiento de las acciones, la burguesía ha tenido que
incrementar la explotación de la clase obrera: los ritmos
de trabajo se han intensificado, los salarios reales han bajado.
Los despidos colectivos han afectado a cientos de miles de
trabajadores
” (BIPR, Bilan et perspectives
4, p.6). Podemos ya subrayar la curiosa manera de plantear el
problema por parte de un grupo que se proclama “materialista”
y que incluso afirma que la CCI es “idealista”. “Se
ha impuesto una regla” dice el BIPR. ¿Se ha impuesto
sola? No vamos a hacer agravio al BIPR atribuyéndole
semejante idea. Es una clase, un gobierno o una organización
humana la que ha impuesto esa nueva regla; ¿Y por qué?
¿Porque unos cuantos poderosos de este mundo se habrían
vuelto de repente más avariciosos y malvados que de
costumbre? ¿Porque los “malos” habrían
ganado a los “buenos” (o a los “menos malos”).
O, más sencillamente como dice el marxismo, porque las
condiciones objetivas de la economía mundial han obligado a
la clase dominante a intensificar la explotación de los
proletarios. Pero no es así, por desgracia, como plantea el
problema el texto citado.

Además,
y eso es más grave, es ése un discurso que puede
leerse en cualquier folleto altermundialista: la
especulación financiera se habría convertido en la
fuente principal de la ganancia capitalista, sería la
responsable del incremento de la explotación, de los
despidos ­masivos y de la baja de salarios e incluso sería
el origen de un proceso desindustrializante y de la miseria en el
planeta entero (ídem, p. 7).

El
PCInt-Programme communiste, por su parte, no va mucho más
lejos aunque use generalidades que recubre con la autoridad de
Lenin: “El capital financiero, los bancos se están
convirtiendo, merced al desarrollo capitalista, en verdaderos
actores de la centralización del capital, incrementando el
poder de monopolios gigantescos. En la fase imperialista del
capitalismo, es el capital financiero el que domina los mercados,
las empresas, toda la sociedad hasta el punto en que
“El
capital financiero, concentrado en muy pocas manos y que goza del
monopolio efectivo, obtiene un beneficio enorme, que se acrece sin
cesar, con la constitución de sociedades, la emisión
de valores, los empréstitos del Estado, etc.,
­consoli­dando la dominación de la oligarquía
financiera e imponiendo a toda la sociedad un tributo en provecho
de los monopolistas” (Lenin, en El imperialismo, fase
superior del capitalismo
). El capi­talismo, que nació
como minúsculo capital usurero está terminando su
evolución con la forma d’un gigantesco capital
usurero
” (Programme communiste nº 98, p.1)
Uan vez más, una denuncia si contemplaciones del capital
financiero parásito que podría agradar al
altermundialista más radical (5).

En
vano busca uno en esos extractos el menor atisbo de demostración
de que lo caduco es el capitalismo como modo de producción,
que es el capitalismo como un todo el responsable de las crisis,
de las guerras y de la miseria en el mundo. En vano busca uno en
esas citas la denuncia de la idea central de los altermundialistas
de que sería el capital financiero el causante de las
crisis cuando es el capitalismo como sistema el centro del
problema. Al retomar segmentos enteros de la argumentación
altermundialista, esos dos grupos de la Izquierda comunista
abren de par en par las puertas al oportunismo teórico
hacia los análisis izquierdistas. Estos presentan la crisis
como consecuencia de la instauración de una nueva relación
de fuerzas en el seno de la burguesía entre la oligarquía
financiera y el capital industrial. Los oligopolios financieros
habrían triunfado sobre el capital de las empresas en el
momento de la decisión en Washington de subir bruscamente
los tipos de interés.

En
realidad, no ha habido ningún “triunfo de los
banqueros sobre los industriales”, sino que ha sido la
burguesía como un todo la que ha subido la velocidad en su
ofensiva contra la clase obrera.

Las
“ganancias financieras ¿bases de un capitalismo
usurario?

La denuncia de la financiarización
es hoy un tema común en todos los economistas dizque
críticos. La explicación de moda actualmente entre
esos “críticos del capitalismo” es pretender
que la tasa o cuota de ganancia ha aumentado efectivamente, pero
que ha sido confiscada por la oligarquía financiera, de tal
modo que la tasa de ganancia industrial no se ha recuperado
significativamente, lo cual explicaría la no reanudación
del crecimiento (ver gráfico adjunto). Es verdad que desde
los años 80, tras la decisión tomada en 1979 de
hacer subir los tipos de interés, una parte importante de
la plusvalía extraída ya es acumulada mediante la
autofinanciación de las empresas, sino que es redistribuida
en forma de rentas financieras. La respuesta dominante ante esa
constatación es presentar ese aumento de la
financiarización como una punción en la
ganancia global con lo que se impediría la inversión
productiva. La debilidad del crecimiento económico se
explicaría por lo tanto por el parasitismo de la esfera
financiera, por la hipertrofia del “capital usurario”.
Y de ahí, las explicaciones pseudo marxistas que se apoyan
en desaciertos de Lenin (“El capital financiero,
concentrado en muy pocas manos y que goza del monopolio efectivo,
obtiene un beneficio enorme, que se acrece sin cesar, con la
constitución de sociedades, la emisión de valores,
los empréstitos del Estado, etc., consolidando la
dominación de la oligarquía financiera e imponiendo
a toda la sociedad un tributo en provecho de los monopolistas”
),
según los cuales las ganancias financieras ejercerían
una auténtica “punción” en las empresas
(el famoso 15 %).

Ese
análisis es volver a la economía vulgar según
la cual el capital podría escoger entre la inversión
productiva y las inversiones financieras en función de la
altura relativa de la tasa de ganancia de la empresa y los tipos
de interés. En un plano más teórico, esos
análisis de las finanzas como elemento parásito se
entroncan con dos teorías del valor y de la ganancia.

Una,
marxista, dice que el valor existe previamente a su reparto y es
exclusivamente producido en el proceso de producción
mediante la explotación de la fuerza de trabajo. En el
libro III de El Capital, Marx precisa que el tipo de
interés es: “…una parte de la ganancia que
el capitalista industrial debe pagar al capitalista dueño
del dinero, en lugar de guardárselo en su bolsillo”.

En eso, Marx se distingue radicalmente de la economía
burguesa, la cual presenta la ganancia como la suma de las rentas
de los factores (rentas del factor trabajo, rentas del factor
capital, rentas del factor de bienes, etc.) La explotación
desaparece, pues así cada uno de los factores es remunerado
según su propia contribución en la producción:
para los economistas vulgares que intentan presentar el
capital como fuente independiente del valor y de la creación
de valor, esta forma es, evidentemente, muy interesante pues hace
irreconocible el origen de la ganancia
” (Marx). El
fetichismo de la fianza consiste  en la ilusión de que
la posesión de una parte de capital (una acción, un
bono del Tesoro, una obligación, etc.) va a “producir”
intereses. Poseer un título es comprar un derecho a recibir
una parte del valor creado, pero eso, en sí, no crea ningún
valor. Es únicamente el trabajo y sólo él lo
que otorga valor a lo producido. El capital, la propiedad, una
acción, una cartilla de ahorros o un depósito de
máquinas nada producen por sí mismos. Son los
hombres quienes producen (6). El capital “cobra”
como se dice que el perro “cobra” la caza. No crea
nada, pero da a su propietario el derecho a obtener una parte de
lo que ha creado quien ha usado ese capital. En ese sentido, el
capital designa menos un objeto que una relación social:
una parte del fruto del trabajo de unos acaba entre las manos de
quien posee el capital. La ideología altermundialista
invierte el orden de las cosas confundiendo extracción de
plusvalía con su reparto. La ganancia capitalista tiene su
fuente exclusiva en la explotación del trabajo, no existen
ganancias especulativas para el conjunto de la burguesía
(por mucho que tal o cual sector pueda ganar especulando); la
Bolsa no crea valor.

La
otra teoría, que anda muy cerca de la economía
vulgar, concibe la ganancia global como la suma de una ganancia
industrial de un lado y la ganancia financiera de otro. La tasa de
acumulación sería débil porque la ganancia
financiera sería superior a la industrial. Es una teoría
heredada en línea recta de los difuntos partidos
estalinistas que han extendido una crítica “popular”
al capitalismo visto como la confiscación de una ganancia
“legítima” por parte de una oligarquía
parásita (las 200 familias, en Francia, por ejemplo). La
idea es aquí la misma; se basa en un verdadero fetichismo
de las finanzas, según el cual la Bolsa sería un
medio de crear valor del mismo modo que la explotación del
trabajo. En eso se basa toda la patraña sobre la tasa
Tobin, la regulación y la humanización del
capitalismo que los altermundialistas difunden. Todo lo que
transforma una contradicción resultante (la
financiarización
) en contradicción principal
contiene el peligro, típicamente izquierdista, que consiste
en querer separar no se sabe qué buen grano de la cizaña:
de un lado, el capitalista que invierte, del otro el que especula.
Eso lleva a considerar la financiarización como una
especie de parásito sobre un cuerpo capitalista sano. Si
embargo, la crisis no desaparecerá por mucho que se quiera
abolir el “gigantesco capital usurario” tan del gusto
de Programme communiste. En cierto modo, insistir en la
financiarización del capitalismo lleva a
infravalorar la profundidad de la crisis dando a entender que se
debería a la función parásita de las finanzas
la cual exigiría cuotas de ganancia demasiado altas para
las empresas impidiéndoles así realizar sus
inversiones productivas. Si fuera esa la raíz de la crisis,
bastaría con una “eutanasia de rentistas”
(Keynes) para resolverlo.

Esos
deslices izquierdistas en el análisis llevan a presentar
cierta cantidad de datos económicos con los que demostrar,
citando cifras que producen vértigo, esa dominación
absoluta de las finanzas, y la enormidad de las punciones que
realiza: “…las grandes empresas vieron sus
inversiones orientarse hacia los mercados financieros,
supuestamente más “provechosos”
(…)
Ese mercado fenomenal se desarrolla a una velocidad muy superior
al de la producción
(…) En lo que se refiere
a la especulación monetaria, del billón y 300
millones de dólares que cada día de 1996 se
desplazaban de una moneda a otra, 5 a 8 % como máximo
correspondían al pago de mercancías o de servicios
vendidos de un país a otro (hay que añadir las
operaciones de cambio no especulativas). ¡El 80 % de ese
billón 300 millones correspondían pues a operaciones
cotidianas puramente especulativas! Las cifras deben ser
actualizadas, pero apostamos que el 85 % ha sido hoy superado

(BIPR, Bilan et perspectives nº 4, p.6). Sí, ha
sido superado y las cantidades han alcanzado 1 billón 500
millones (1 500 000 000 000) de $, o sea casi la totalidad de la
deuda del Tercer mundo… pero esas cifras sólo dan
miedo a los ignorantes, pues ¡no tienen ningún
sentido! En realidad, ese dinero no hace sino dar vueltas y las
sumas anunciadas son tanto más importantes cuantas más
vueltas da el tiovivo. Basta con imaginarse a una persona
cambiando 100 unidades monetarias cada media hora para especular
entre las monedas; al cabo de 24 horas, las transacciones totales
habrán alcanzado 4800 unidades, y si especulara cada cuarto
de hora las transacciones totales se habrán duplicado…pero
esa cantidad es puramente virtual pues la persona sólo
seguirá poseyendo 100 más 5 o menos 10 según
su talento para especular. Pero esa presentación mediática
de los hechos, que recoge el BIPR, da crédito a las
interpretaciones de la crisis como si fueran el resultado de la
acción parásita de las finanzas.

En
realidad, es la cantidad de plusvalía no acumulada lo que
provoca el hinchamiento de la esfera financiera. Es la crisis de
sobreproducción y, por lo tanto, la escasez de espacios de
acumulación rentable lo que hace que se remunere la
plusvalía en forma de rentas financieras y no las finanzas
las que se opondrían o se sustituirían a la
inversión productiva. La financiarización
corresponde al incremento de una parte de la plusvalía que
no encuentra dónde reinvertirse con ganancias (7).
La distribución de rentas financieras no es automáticamente
incompatible con la acumulación basada en la
autofinanciación de las empresas. Cuando las ganancias
sacadas de la actividad económica son atractivas, las
rentas financieras son reinvertidas, participando de manera
externa en la acumulación de las empresas. Lo que hay que
explicar no es que las ganancias salgan por la puerta repartidas
en rentas financieras, sino por qué éstas no vuelvan
a entrar por la ventana para rein­vertirse productivamente en
el circuito económico. Si una parte significativa de estas
cantidades fuera reinvertida, ello se concretaría en un
alza de la tasa de acumulación. Y si esto no es así,
es porque hay crisis de sobreproducción y, por lo tanto,
escasez de espacios de acumulación rentables.

El
parasitismo financiero es un síntoma, es una consecuencia
de las dificultades del capitalismo. No es la causa, no es la raíz
de esas dificultades. La esfera financiera es el escaparate de la
crisis, porque es en ella donde aparecen las ­burbujas
bursátiles, los desmoronamientos monetarios y las
turbulencias bancarias. Pero esos trastornos son la consecuencia
de contradicciones cuyo origen está en la esfera
productiva.

El
salariado, núcleo de la crisis de sobreproducción

¿Qué ha ocurrido desde hace 20
años? La austeridad y la baja de salarios (8)
han permitido que se haya restablecido la cuota de ganancia de las
empresas, pero esas ganancias acumuladas no han desem­bocado
en una subida de la cuota de acumulación (la inversión)
y, por lo tanto, de la productividad del trabajo. El ­crecimiento
se ha mantenido depresivo (gráfico). En resumen, el freno
de los gastos en salario ha restringido los mercados, ha
alimentado las rentas financieras, pero no las reinversiones de
las ganancias. ¿Y por qué hoy es tan débil la
reinversión aun cuando las ganancias de las empresas se han
restablecido? ¿Por qué no vuelve a arrancar la
acumulación tras la subida de los tipos de interés
desde hace más de 20 años? Marx, y Rosa Luxemburg
tras él, nos enseñaron que las condiciones de la
producción (la extracción de la plusvalía)
son una cosa y otra cosa son las condiciones de realización
de ese trabajo excedente que se cristaliza en las mercancías
producidas. El trabajo excedente cristalizado en la producción
no se convierte en plusvalía contante y sonante, en
plusvalía acumulable más que si las mercancías
producidas se venden en el mercado. Es esa diferencia fundamental
entre las condiciones de producción y las de su realización
los que nos permite comprender por qué no hay un vínculo
automático entre la cuota de ganancia y el crecimiento.

El gráfico
página 9 resume bien la evo­lu­ción del
capitalismo desde la Segun­da Guerra mundial. En la fase
excepcional de prosperidad tras la reconstrucción se
observa que todas las variables  fundamentales (ganancia,
acumulación, crecimiento y productividad del trabajo)
aumentan o fluctúan en cotas altas hasta la reaparición
de la crisis abierta entre los años 60 y 70. El agotamiento
de los incrementos de productividad que se inicia desde los años
60 arrastra a las demás variables en su caída común
hasta principios de los años 80. Luego, el capitalismo
entra en una situación totalmente inédita en el
plano económico: es una configuración que asocia una
cuota de ganancia alta junto con una productividad del trabajo,
una tasa de acumulación y, por lo tanto, una tasa de
crecimiento mediocres. Esa divergencia entre la evolución
de la cuota de ganancia y las demás variables desde hace
más de 20 años sólo puede comprenderse desde
el enfoque de la decadencia del capitalismo. No parece ser ése
el enfoque del BIPR, el cual estima que hoy el concepto de
decadencia del capitalismo debe tirarse a la basura de la
historia. “¿Qué papel desempeña pues
el concepto de decadencia en el terreno de la crítica de la
economía política militante, o sea, en el del
análisis profundo de los fenómenos y de las
dinámicas del capitalismo en el período en que
vivimos? Ninguno (…) No es con el concepto de decadencia
con el que pueden explicarse los mecanismos de la crisis, ni
denunciar la relación entre la crisis y la
financiarización, la relación entre ésta y
las políticas de las superpotencias por el control de la
renta financiera y de las fuentes de ésta
” (BIPR
“Elementos de reflexión sobre las crisis de la CCI”).
El BIPR prefiere pues abandonar el concepto de decadencia
en que sus propias posiciones se basaban (9),
sustituyéndolo por conceptos de moda en el medio
altermundialista como el de “financiarización
y “renta financiera” “para comprender la
crisis y las políticas de las superpotencias
”.
Llega incluso a afirmar que “…esos conceptos [el
de decadencia, especialmente] son ajenos al método y al
arsenal de la crítica de la economía política

(ídem)

¿Por
qué es indispensable la decadencia para comprender la
crisis de hoy? Porque el declive constante de las tasas de
crecimiento desde finales de los años 60 en los países
de la OCDE con 5,2 % (años 60), 3,5 % (70), 2,8 (80), 2,6
(90) y 2,2 para 2000-02 confirma el retorno progresivo del
capitalismo a su tendencia histórica abierta por la Primera
Guerra mundial. El paréntesis de la fase excepcional de
crecimiento (1950-1975) se cerró definitivamente (10).
Igual que un muelle roto, tras un último sobresalto, vuelve
a su forma de origen, el capitalismo vuelve inexorablemente a los
ritmos de crecimiento que prevalecieron entre 1914 y 1950.
Contrariamente a lo que cacarean nuestros censores, la teoría
de la decadencia del capitalismo no sirve únicamente para
explicar el estancamiento de los años 30 (11).
Es la esencia misma del materialismo histórico, el
“secreto” por fin encontrado de la sucesión de
los diferentes modos de producción en la historia, y, por
ello mismo, proporciona el marco para analizar la evolución
del capitalismo y, especialmente, del período que se abrió
con la Iª Guerra mundial. Tiene un alcance general: es válida
para toda una era histórica, no depende ni mucho menos de
un período particular o de una coyuntura económica
momentánea. Además, incluso con la fase de
crecimiento excepcional entre 1950 y 1975, dos guerras mundiales,
la depresión de los años 30 y más de 35 años
de crisis y de austeridad son un balance patente de lo que es la
decadencia del capitalismo: apenas 30 a 35 años (contando
holgadamente) de “prosperidad” junto a 55 a 60 años
de guerra o de crisis económica, cuando no juntas ambas. ¡Y
lo peor está por llegar!. La tendencia histórica de
freno del crecimiento de las fuerzas productivas por unas
relaciones capitalistas de pro­ducción ya caducas, es
la regla, el marco que permite entender la evolución del
capitalismo, incluida la fase la excepción o sea, la fase
de prosperidad tras la Segunda Guerra mundial. Lo que sí es
un producto de los años de prosperidad es, precisamente, el
haber abandonado la teorafaía de la decadencia. Es lo mismo
que le ocurrió a la corriente reformista, la cual que se
dejó deslumbrar por los resultados del capitalismo de la
Belle époque.

El
gráfico adjunto, por otra parte, nos muestra claramente que
el mecanismo al que se debe la subida de la cuota de ganancia no
es ni un incremento de la productividad del trabajo, ni una
reducción del capital. Esto nos da la ocasión para
acabar de una vez con las charlatanerías cobre la
pretendida “nueva revolución tecnológica”.
Algunos universitarios, maravillados por la informática
atrapados con la boca abierta en el anzuelo de las campañas
burguesas sobre la “nueva economía”…confunden
la velocidad de su ordenador con la productividad del trabajo: no
es porque el Pentium 4 va doscientas veces más rápido
que los procesadores de la primera generación que el
oficinista va a escribir doscientas veces más deprisa y
podrá incrementar su productividad otro tanto. El gráfico
muestra que la productividad del trabajo sigue decreciendo desde
los años 60. Por razones evidentes, pues, a pesar de las
ganancias restablecidas, la tasa de acumulación (las
inversiones para posibles incrementos de productividad) no se ha
restablecido. La “revolución tecnológica”
sólo existe en los discursos de las campañas
burguesas y en la imaginación de quienes se las tragan. Esa
constatación empírica de la reducción de la
productividad (del progreso técnico y de la organización
del trabajo), sin interrupción desde los años 60,
contradice la imagen mediática, aunque bien incrustada en
las mentes, de un cambio tecnológico creciente, de una
nueva revolución industrial de la que hoy estarían
preñadas la informática, las telecomunicaciones,
Internet y los multimedia. ¿Cómo explicar la fuerza
de esa patraña que pone la realidad patas arriba en
nuestras mentes?

Primero,
hay que recordar que los progresos de productividad tras la
Segunda Guerra mundial fueron mucho más espectaculares que
los que nos presentan como “nueva economía”. La
difusión de la organización del trabajo en tres
equipos de 8 horas, la generalización de la cadena móvil
en la industria, los rápidos progresos en el desarrollo y
generalización de los transportes de todo tipo (camión,
tren, avión, coche, barco), la sustitución del
carbón por el petróleo, más barato, el
invento del plástico que se puso en lugar de otros
materiales muy costosos, la industrialización en la
agricultura, la generalización de la conexión
eléctrica, del gas natural, del agua corriente, de la radio
y del teléfono, la mecanización de la vida casera
mediante los electrodomésticos, etc. fueron mucho más
espectaculares en cuanto al progreso de la productividad que todo
lo que aporta el desarrollo de la informática y las
telecomunicaciones. La productividad no ha hecho sino disminuir
desde los dorados sesenta.

Además,
se cultiva insistentemente una confusión entre la aparición
de nuevos bienes de consumo y los progresos de productividad. El
flujo de innovaciones, la multiplicación de novedades por
extraordinarias que sean (DVD, GSM, Internet, etc) como bienes de
consumo no recubre el fenómeno de progreso de la
productividad. Este significa capacidad para ahorrar en los
recursos que la producción requiere para la producción
de un bien o de un servicio. La expresión progreso
técnico
debe siempre entenderse en el sentido de
progreso de las técnicas de producción y/o de
organización
, desde el estricto enfoque de la capacidad
para ahorrar en los recursos usados en la fabricación de un
bien o la prestación de un servicio. Por impresionantes que
sean, los progresos de lo digital (o numérico) no se
plasman en progresos significativos de productividad en el proceso
productivo. Ahí radica todo el bluff de la “nueva
economía”.

En
fin, contrariamente a las afirmaciones de nuestros censores que
niegan la realidad de la decadencia y la validez de los aportes
teóricos de Rosa Luxemburg (y que hacen de la tendencia
decreciente de la cuota de ganancia
el alfa y omega de la
evolución del capitalismo), el recorrido de la economía
desde principios de los años 80 nos muestra claramente que
no es porque suba esa cuota de ganancia por lo que el crecimiento
vuelve a despegar. Es verdad que hay un vínculo fuerte
entre la cuota de ganancia y la tasa de acumulación, pero
no es ni mecánico ni unívoco: son dos variables
parcialmente independientes. Esto contradice formalmente las
afirmaciones de quienes hacen depender obligatoriamente la crisis
de sobreproducción de la caída de la cuota de
ganancia y el retorno de su subida:

“esta contradicción, la producción
de la  plusvalía y su realización, aparece como
una producción de mercancías y por lo tanto como
causa de la saturación de los mercados, que, a su vez, se
opone al proceso de acumulación, lo cual imposibilita que
el sistema en su conjunto compense la caída de la cuota de
ganancia. En realidad, el proceso es inverso. (…) Es el
ciclo económico y el proceso de valoración lo que
hacen “solvente” o “insolvente” el
mercado. Es partiendo de las leyes contradictorias que regulan el
proceso de acumulación cómo se puede explicar la
“crisis” del mercado” (Texto de presentación
de Battaglia comunista para la Primera conferencia de los grupos
de la Izquierda comunista, mayo de 1977).

Hoy
podemos observar claramente que la cuota de ganancia sube desde
hace casi 20 años, mientras que el crecimiento sigue
deprimido y la burguesía no ha hablado tanto de deflación
como ahora. No es porque el capitalismo consigue producir con
suficiente ganancia por lo que crea automáticamente, por
ese mismo mecanismo, el mercado solvente en el que será
capaz de transformar el trabajo excedente cristalizado en sus
productos en plusvalía contante y sonante que le permita
reinvertir sus ganancias. La importancia del mercado no depende
automáticamente de la evolución de la cuota de
ganancia; al igual que otros parámetros que condicionan la
evolución del capitalismo, es ésa una variable
parcialmente independiente. Es la com­prensión de la
diferencia fundamental entre las condiciones de la producción
y las de la realización, puesta ya de relieve por Marx y
profundizada con maestría por Rosa Luxemburg, lo que nos
permite comprender por qué no hay automatismo entre la
cuota de ganancia y el crecimiento.

Decadencia
y orientaciones para las luchas de resistencia

Al negar la decadencia como marco de
comprensión del período actual y de la crisis, al
señalar la especulación financiera como causa de
todas las desgracias del mundo, al subestimar el desarrollo del
capitalismo de Estado, los dos grupos más importantes de la
Izquierda comunista fuera de la CCI (Programme communiste y el
BIPR) no pueden dar una orientación clara y coherente a las
luchas de resistencia de la clase obrera. Basta con leer los
análisis que hacen sobre la política de la burguesía
en austeridad y las conclusiones que sacan de su análisis
de la crisis para darse cuenta de ello:

“Durante los años 50, las
economías capitalistas volvieron a arrancar y la burguesía
vio por fin el nuevo florecer de sus ganancias por largo tiempo.
Esta expansión que continuó en la década
siguiente se basó pues en un auge del crédito y se
hizo con el apoyo de los Estados. Se tradujo incuestionablemente
en una mejora de las condiciones de vida de los trabajadores
(seguridad social, convenios colectivos, alza de salarios…)
Esas concesiones hechas por la burguesía bajo la presión
de la clase obrera, se plasmaron en una baja de la cuota de
ganancia, fenómeno en sí mismo inevitable, vinculado
a la dinámica interna del capital (…) Si al
principio de la fase del imperialismo, las ganancias acumuladas
gracias a la explotación de las colonias y de sus pueblos
permitieron a las burguesías dominantes garantizar cierta
paz social haciendo beneficiar a la clase obrera de una parte de
la extorsión de la plusvalía, ya no es lo mismo hoy,
pues la lógica especulativa implica poner en entredicho
todas las adquisiciones sociales arrancadas durante las décadas
precedentes por los trabajadores de los “países
centrales”a sus burguesías” (BIPR, en Bilan et
perspectives nº 4, p. 5 a 7).

También ahí
vemos cómo el abandono del marco de la decadencia abre de
par en par las puertas a concesiones a los análisis
izquierdistas. El BIPR prefiere copiar las fábulas
izquierdistas sobre las “adquisiciones sociales (seguridad
social, convenios colectivos, alza de salarios…)” que
habrían sido “concesiones hechas por la burguesía
bajo la presión de la clase obrera” y que “la
lógica especulativa actual” pondría en
entredicho, a apoyarse en las contribuciones teóricas
legadas por la Izquierda comunista internacional (Bilan,
Communisme, etc.), la cual analizaba esas medidas
como medios instaurados por la burguesía para hacer
depender y uncir la clase obrera al Estado.

En
efecto, en la fase ascendente del capitalismo, el desarrollo de
las fuerzas productivas y del proletariado era insuficiente para
poner el peligro la dominación burguesa y permitir una
revolución victoriosa a escala internacional. Por eso es
por lo que, aunque la burguesía lo hizo todo por sabotear
la organización del proletariado, éste pudo, a
través de sus combates sin tregua, constituirse como “clase
para sí” en el capitalismo con sus propias
organizaciones, los partidos obreros y los sindicatos. La
unificación del proletariado se realizó gracias a
las luchas para arrancar al capitalismo unas reformas que se
concretaban en mejoras de las condiciones de vida de la clase:
reformas en lo económico y reformas en lo político.
El proletariado adquirió, como clase, el derecho de
ciudadanía en la vida política de la sociedad, o,
con las palabras de Marx en Miseria de la filosofía:
la clase obrera ha conquistado el derecho a existir y afirmarse de
manera permanente en la vida social como “clase para sí”,
o sea como clase organizada con sus propios lugares de encuentro
cotidianos, sus ideas y su programa social, sus tradiciones y
hasta sus canciones.

Cuando
el capitalismo entró en sus fase de decadencia en 1914, la
clase obrera demostró su capacidad para echar abajo la
dominación de la burguesía, forzándola a
cesar la guerra y desplegando una oleada internacional de luchas
revolucionarias. Desde entonces el proletariado es un peligro
potencial permanente para la burguesía. Por eso ésta
no puede seguir tolerando que su clase enemiga pueda organizarse
de manera permanente en su propio terreno de clase, pueda vivir y
crecer en el seno de sus propias organizaciones. El Estado
extendió su dominio totalitario sobre todos los aspectos de
la vida de la sociedad. Todo quedó encerrado entre sus
tentáculos omnipresentes. Todo lo que vive en la sociedad
ha tenido que someterse incondicionalmente al Estado o enfrentarse
a él en un combate a muerte. Ha caducado el tiempo en que
el Estado podía tolerar la existencia de órganos
proletarios permanentes. El Estado expulsó de la vida
social al proletariado organizado como fuerza permanente. De igual
modo: “Desde la Primera Guerra mundial, paralelamente al
desarrollo del papel del Estado en la economía, se han ido
multiplicando las leyes que rigen las relaciones entre capital y
trabajo, creando un marco estricto de “legalidad”
entre cuyos límites la lucha proletaria queda circunscrita
y reducida a la impotencia
” (de nuestro folleto Los
sindicatos contra la clase obrera
) Ese capitalismo de Estado
en el plano social implicó una transformación de
toda la vida de la clase en un remedo de ella, en el terreno
burgués. El Estado se apoderó de ella, mediante los
sindicatos en algunos países, directamente en otros, de sus
cajas de resistencia u organizaciones de socorro mutuo, de sus
mutuas en caso de enfermedad o despido, todo lo que la clase
obrera había ido construyendo a lo largo de la segunda
mitad del siglo xix. La burguesía retiró la
solidaridad política de manos del proletariado para
trans­ferirla como solidaridad económica en manos del
Estado. Al dividir el salario en una retribución directa
por parte del patrón y una indirecta por parte del Estado,
ha burguesía ha consolidado la mistificación que
consiste en presentar al Estado como órgano por encima de
las clases, garante del interés común y de la
seguridad social de la clase obrera. La burguesía había
logrado vincular ma­terial e ideológicamente la clase
obrera al Estado. Ése era el análisis de la
Izquierda italiana y de la Fracción belga de la Izquierda
comunista internacional respecto a las primeras cajas de seguros
de desempleo y de socorro mutuo instauradas por el Estado durante
los años 30 (12).

¿Qué
dice el BIPR a la clase obrera? Primero que la “lógica
especulativa” sería responsable de la “puesta
en entredicho de todas las adquisiciones sociales”…y
¡otra vez de vuelta el mal absoluto de la
financiarización”! El BIPR se olvida de
paso que la crisis y los ataques contra la clase obrera no han
estado esperando la aparición de la “lógica
especulativa” para abatirse sobre el proletariado. ¿Se
cree de verdad el BIPR, como parece indicarlo su prosa, que la
clase obrera verá horizontes radiantes el día en que
la “lógica especulativa” sea erradicada? Son
esas patrañas izquierdistas, con las que se pretende hacer
creer que la lucha contra la austeridad dependería de la
lucha especulativa, las que deben ser erradicadas con el mayor
vigor.

Hay,
sin embargo, cosas peores todavía. Es un embuste grosero
hacer creer al proletariado que la seguridad social, los convenios
colectivos y hasta el mecanismo de subida de salarios con los
mecanismos de ajuste o de escala móvil serían
“adquisiciones sociales arrancadas tras reñida
lucha”. Sí, la reducción horaria de la jornada
laboral, la prohibición del trabajo infantil, del trabajo
nocturno de las mujeres, etc. fueron auténticas concesiones
arrancadas tras reñida lucha por la clase obrera en la fase
ascendente del capitalismo. En cambio, las supuestas “ventajas
sociales” como la seguridad social o los convenios
colectivos firmados en los Pactos sociales para la Reconstrucción
no tuvieron nada que ver con la lucha de la clase obrera. Clase
derrotada, agotada por la guerra, emborrachada y estafada por el
nacionalismo, ebria de euforia con la Liberación, no fue
ella quien, gracias a sus luchas, habría arrancado esas
“ventajas”. Fue a iniciativa de la burguesía
misma, en el seno de los gobiernos en el exilio donde se
elaboraron los Pactos sociales para la Reconstrucción,
instaurándose así todos los mecanismos del
capitalismo de Estado. Fue la burguesía la que tomó
la iniciativa, entre 1943 y 1945, en plena guerra, de reunir todas
las “fuerzas vivas de la nación”, todos “los
agentes sociales” mediante reuniones tripartitas entre
representantes de la patronal, de los gobiernos y de los
diferentes partidos y sindicatos, es decir en la más
perfecta de las concordias nacionales de los movimientos de
Resistencia, para planificar la reconstrucción de las
economías destruidas y negociar socialmente la difícil
etapa de reconstrucción. No hubo “concesiones de
la burguesía bajo la presión de la clase obrera

en el sentido de una burguesía obligada a aceptar un
compromiso frente a una clase obrera movilizada en su terreno y
con una estrategia de ruptura con el capitalismo, sino de
instaurar medios en concertación entre todos los
componentes de la burguesía (patronal, sindicato, gobierno)
para controlar socialmente a la clase obrera y así realizar
la reconstrucción nacional (13). Recordemos que
en la inmediata posguerra, la burguesía llegó
incluso a montar de abajo arriba nuevos sindicatos como la CFTC en
Francia o la CSC en Bélgica.

Es
evidente que los revolucionarios denuncian toda recorte al
salario, tanto el directo como el indirecto, es evidente que deben
denunciar todo ataque al nivel de vida cuando la burguesía
va reduciendo cada día más la seguridad social, pero
nunca defenderán el principio mismo del mecanismo
instaurado por la burguesía para uncir la clase obrera al
Estado (14). Los revolucionarios deben, al contrario,
denunciar la lógica ideológica y material en que se
basan esos mecanismos como la supuesta “neutralidad del
Estado”, la “solidaridad social organizada por el
Estado”, etc.

Ante
lo que plantea la agravación general de las contradicciones
del modo capitalista de producción, ante las dificultades
con que se encuentra la clase obrera para hacerles frente, les
incumbe a los revolucionarios desplegar la mayor capacidad para
contestar a los problemas que la historia plantea. Esa capacidad
no podría basarse en los análisis fraudulentos que
difunden los sectores de extrema izquierda del aparato político
de la burguesía. Sólo apoyándose en el
marxismo y en las adquisiciones de la Izquierda comunista, en
particular el análisis de la decadencia del capitalismo,
podrán los revolucionarios estar a la altura de sus
responsabilidades.

C.
Mlc

 

1) Ver
nuestro artículo “Los disfraces de la prosperidad
económica arrancados a la crisis” en la Revista
internacional
nº 114 y el gráfico adjunto.

 

2) Como lo
escribe Marx: “Capital supone trabajo asalariado, trabajo
asalariado supone capital. Son el uno condición del otro,
creándose mutuamente”
(Trabajo asalariado y
capital
).

3) No
podemos, en este artículo, tratar lo que Marx y los
teóricos marxistas escribieron sobre las contradicciones
que engendra la generalización del trabajo asalariado, o
sea la transformación de la fuerza de trabajo en mercancía.
Para una mayor precisión sobre esos trabajos marxistas,
invitamos a leer, en particular, nuestro folleto La decadencia
del capitalismo
, y muchos otros artículos de esta
Revista internacional.

4) “En
cierta fase de su desarrollo, las fuerzas productivas materiales
de la sociedad entran en contradicción con las relaciones
de producción existentes, o, y sólo es entonces su
expresión jurídica, con las relaciones de producción
en cuyo seno se habían movido hasta entonces. Tras haber
sido formas de desarrollo de las fuerzas productivas, esas
relaciones se convierten en barreras para ellas”
(K.
Marx “Prefacio” a la Introducción a la
crítica de la economía política
).

5) Por
desgracia, Lenin no es en esto un recurso, pues su estudio sobre
el imperialismo, por decisivo que fuera en algunos aspectos de la
evo­lución del capitalismo y de la situación del
imperialismo entre los siglos xix y xx, da una importancia
desmesurada al papel del capital financiero, olvidándose de
otros cambios más importantes entonces tales como el
desarrollo del capitalismo de Estado (cf. Revista internacional
nº 19 “Sobre el imperialismo” y Révolution
internationale
nº 3 y nº 4 “Capitalisme d’État
et loi de la valeur”). Capitalismo de Estado que,
contrariamente al análisis de Hilferding-Lenin, restringirá
drásticamente el poder de las finanzas a partir de la
experiencia de la crisis del 29 para, después, a partir d
elos años 80, abrir de nuevo las puertas progresivamente a
cierta libertad. Lo que importa aquí es saber que han sido
los Estados nación quienes han dirigido este último
proceso y no una especie de internacional fantasmagórica de
la oligarquía financiera que habría impuesto sus
instrucciones una noche de 1975 en Washington.

6) Basta,
para convencerse, con imaginarse dos situaciones límite: en
una han sido destruidas todas las máquinas y sólo
perviven los humanos y en la otra toda la humanidad es destruida y
sólo quedaban máquinas...

7) Por otra
parte, el que las tasas de autofinanciación de las empresas
sean superiores a 100 % desde hace ya bastante tiempo desmiente
esa tesis, pues eso quiere decir que las empresas no necesitan las
finanzas para financiar sus inversiones.

8) La parte
de los salarios en el valor añadido en Europa pasó
de 76 % a 68 % entre 1980 y 1998 y, como las desigualdades de
salario se han incrementado notablemente durante el mismo período,
eso significa que la baja del salario medio de los trabajadores es
mayor de lo que expresa esa estadística.

9) Citemos,
entre otros, el texto del BIPR presentado ante la Primera
conferencia de los grupos de la Izquierda comunista, extraído
del párrafo titulado “Crisis y decadencia”:
“Cuando empezó a manifestarse, el sistema
capitalista dejó de ser un sistema progresivo, es decir,
necesario para el desarrollo de las fuerzas productivas, para
entrar en una fase de decadencia caracterizada por los intentos
por resolver sus propias contradicciones insolubles, dándose
nuevas formas organizativas desde un punto de vista productivo.
(…) En efecto, la intervención progresiva del
Estado en la economía debe ser considerada como la señal
de la imposibilidad para resolver las contradicciones que se
acumulan en el interior de las relaciones de producción y
es, por lo tanto, la señal de su decadencia”
.

10)
Invitamos a leer nuestro Informe para nuestro XVº congreso
internacional sobre la crisis económica que publicamos en
el número anterior de esta Revista, en donde, sin
por ello negar el carácter excepcional del período
1950-1975, se desmitifica, primero, el cálculo de las tasas
de crecimiento en el período de decadencia y desmitifica
también los que se refieren al período de posguerra
de la IIª Guerra mundial, ampliamente sobreestimados.

11) 1.
… la teoría de la decadencia, tal como
procede de los conceptos de Trotski, de Bilan, de la ICF y de la
CCI, ya no sirve hoy para comprender el desarrollo real del
capitalismo a lo largo de todo el siglo XX, y, en particular,
desde 1945
(…) En lo que a los comunistas de la
primera mitad de siglo del siglo XX se refiere, eso puede
explicarse fácilmente: los acontecimientos sucedidos
durante tres décadas, entre 1914 y 1945, fueron tales
(…)
que parecían acreditar la tesis del declive histórico
del capitalismo y confirmar las previsiones: era lógico no
ver en el capitalismo más que un sistema en putrefacción,
en las últimas y decadente
” (Cercle de Paris, en
Que ne pas faire ?, p.31)

2.“El
concepto de decadencia del capitalismo surgió en la IIIª
Internacional, desarrollado por Trotski en particular
(…)
Éste precisó su concepto asimilando la decadencia
del capitalismo a un cese puro y simple del crecimiento de las
fuerzas productivas de la sociedad
(…) Esta visión
parecía corresponderse con la realidad de la primera mitad
del siglo XX
(…) La visión de Trotski fue
retoma en lo esencial por la Izquierda italiana agrupada en Bilan
antes de la Segunda Guerra mundial y después por la
Izquierda comunista de Francia (GCF) tras aquélla

(Perspective internationaliste, «Vers
une nouvelle théorie de la décadence du
capitalisme»).

3
La hipótesis de un “cese irreversible”
de las fuerzas productivas no es sino la deducción, en el
plano teórico, de una impresión general dejada por
el período de entre ambas guerras durante el cual la
acumulación capitalista tuvo, coyunturalmente, dificultades
para volver a arrancar
” (Communisme ou Civilisation:
Dialectique des forces productives et des rapports de
production en la théorie communiste
”).

4
Tras la IIª Guerra mundial, tanto los
trotskistas como los comunistas de izquierda volvieron con la
convicción reafirmada de que el capitalismo era decadente y
estaba a punto de desmoronarse. Considerando el período que
acababa de terminar, la teoría no parecía tan
irrealista, pues al
crac de 1929 le siguió una
depresión de los años 30, para terminar en otra 
guerra catastrófica
(…) Ahora, de igual modo
que podemos decir que los comunistas de izquierda defendieron
verdades importantes de la experiencia de 1917-21 contra las
versión leninista de los trotskistas, su objetivismo
económico y la teoría mecánica de las crisis
y del desmoronamiento, que comparten con los leninistas, los hizo
incapaces de responder a la nueva situación caracterizada
por un “boom” de larga duración
(…)
Tras la IIª Guerra mundial, el capitalismo entró en
uno de sus períodos de expansión más
sostenidos, con tasas de crecimiento no sólo más
altas que las de entre ambas guerras sino incluso que las del”
boom” del capitalismo clásico
” (Aufheben:
“Sobre la decadencia, teoría del declive o declive de
la teoría”).

12 Leer:
“Otra victoria del capitalismo: el seguro de desempleo
obligatorio”, en Communisme  nº 15, junio
de 1938 y “Los sindicatos obreros y el Estado”, en el
nº 5 de la misma revista.

13) Hubo
luchas sociales durante la guerra, pero también y sobre
todo en la inmediata posguerra, a causa de las condiciones de vida
insoportables. En general, sin embargo, salvo excepciones notables
como en el norte de Italia o en el Rhur, no fueron una amenaza
real para el capitalismo. Esas luchas estaban bien encuadradas,
controladas y a menudo desbaratadas por los partidos de izquierda
y los sindicatos en nombre de la “necesaria concordia
nacional” para la reconstrucción.

14) Lo
increíble es que el BIPR integra incluso en la categoría
de “conquistas sociales” a los “convenios
colectivos”, que significan, claramente, paz social
codificada e impuesta por la burguesía en las empresas.

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