La crisis: señal de la quiebra histórica de las relaciones de producción capitalista

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Ya va a hacer dos años y medio  que la burguesía anuncia la recu- peración. Cada trimestre lo deja para más tarde. Hace también dos años y medio que los resultados económicos están por debajo de lo previsto, lo cual obliga a la clase dominante a revisarlos constantemente. La recesión actual, iniciada en el segundo semestre de 2000, es ya una de las más largas desde finales de los años 60. Aunque hay signos de recuperación en Estados Unidos, dista mucho de ser el caso en Europa y Japón. Cabe además recordar que si EE.UU. sube, ello se debe sobre todo a un intervencionismo estatal de los más intensos de estos últimos 40 años y de una huida ciega hacia un endeudamiento sin precedentes que provoca el temor a una nueva burbuja especulativa, inmobiliaria esta vez.

Sobre el intervencionismo estatal con el que sostener la actividad económica, hay que decir que el gobierno de EE.UU. ha dejado resbalar sin freno el déficit presupuestario. Fue positivo en 2001 (unos 130 mil millones de $), ahora el saldo es negativo, con una estimación de unos 300 mil millones de $ en 2003, el 3,6 del PIB. La amplitud del déficit con unas previsiones de aumento debido al conflicto iraquí y a la baja de ingresos fiscales por causa de reducción de impuestos, inquietan cada día más a la “clase” política y de los negocios de EE.UU.

En el tema de la deuda, la baja drástica de los tipos de interés por parte de la Reserva Federal no sólo tenía el objetivo de sostener la actividad sino, y sobre todo, su objetivo era mantener la demanda de las familias gracias a la renegociación de sus préstamos hipotecarios. El haber aligerado el peso de los reembolsos de préstamos inmobiliarios ha permitido un incremento del endeudamiento permitido por los bancos. La deuda hipotecaria de las familias de EE.UU. se ha incrementado así en 700 mil millones de $ (¡más del doble del déficit público!). El crecimiento de la triple deuda norteamericana, o sea, la del Estado, la de las familias y la exterior explica por qué EEUU ha podido rebotar antes que los demás países. Sin embargo, ese rebote sólo podrá mantenerse si su actividad económica se sostiene a medio plazo, si no EE.UU. va a acabar como Japón, hace unos diez años, frente al estallido de una burbuja especulativa inmobiliaria y en situación de supresión de pagos frente a montones de deudas incobrables.

Europa no puede darse ese lujo pues sus déficits eran ya enormes cuando estalló la recesión. Ésta los ha aumentado. Por ejemplo, Alemania y Francia, corazón económico de Europa, son ahora señaladas con el dedo como los peores “alumnos” de la clase, con déficits públicos de 3,8 % para aquélla y 4 % para ésta. Estos niveles superan ya el techo fijado por el tratado de Maastricht (3 %), con el riesgo de que la Comisión Europea les ponga la multa prevista para estos casos. Todo eso limita las capacidades de Europa para hacer una política consecuente de recuperación que la situación exigiría. Además, al haber organizado la baja del dólar frente al euro para reducir su déficit comercial, EE.UU. entorpecerá el relanzamiento en una Europa que lo tiene cada vez más difícil para despejar excedentes de la importación. No es de extrañar que los países del eje central de Europa, Alemania, Francia, Holanda e Italia estén en recesión y que los demás no anden lejos.

Algunos, cuando la caída del muro de Berlín, se creyeron aquellos discursos de la burguesía sobre el advenimiento de una nueva era de prosperidad y la apertura del “mercado de los países del Este”. En realidad, la reunificación de Alemania, lejos de ser un trampolín para la “dominación alemana” fue y sigue siendo un pesado fardo para ese país. Alemania, antaño locomotora de Europa, después de la reunificación ha ido para atrás hasta convertirse en farolillo rojo de un tren que va tirando a trancas y barrancas. La inflación es baja, rozando casi la deflación, los tipos de interés reales altos deprimen más todavía la actividad y la existencia del euro prohíbe ahora hacer políticas de devaluación competitiva con una moneda que ya no es nacional. El desempleo, la moderación salarial y la recesión han desembocado en un estancamiento del mercado interior que nunca había sido tan profundo en anteriores retrocesos. Y la futura integración de los países del Este en la Unión Europea va a ser un fardo suplementario en la coyuntura económica.

Todo eso tiene la consecuencia inevitable del aumento sin contemplaciones de los ataques contra las condiciones de trabajo y de vida de la clase obrera. Medidas de austeridad, despidos masivos, agravación sin precedentes de la explotación en el trabajo están inscritos en todas las agendas de la burguesía de todas partes. Según las estadísticas oficiales, muy subestimadas, el desempleo va disparado hacia los 5 millones en Alemania, ha alcanzado el 6,1 % en Estado Unidos y será el 10 % en Francia a finales de año. En Europa, el eje franco-­alemán con el plan de Raffarin y la Agenda 2010 de Schröder, da el tono de la política que se está llevando a cabo más o menos por doquier: incremento del déficit presupuestario, rebaja de impuestos para las rentas más altas, facilidades del derecho al despido, reducción de subsidios de desempleo y demás, disminución de reembolsos por gastos en salud y aumento de los años para la jubilación. Los pensionistas, en particular, están ya pagando cara una austeridad que destruye definitivamente la idea de un posible “descanso bien merecido” después de toda una vida de trabajo. En Estados Unidos, tras la quiebra o las ingentes pérdidas de muchos fondos de pensiones cuando el krach bursátil, asistimos a una vuelta masiva de jubilados al mercado del trabajo, obligados a volver al tajo para sobrevivir. La clase obrera tiene que enfrentarse a una ofensiva de austeridad con golpes que le caen de todas partes, cuya única consecuencia en el plano económico es más recesión todavía  y nuevos ataques.

La crisis es una expresión de unas relaciones de producción capitalistas caducas

El declive constante de las tasas de crecimiento desde finales de los años 60 (1) deja a las claras el gran embuste sistemáticamente propagado por la burguesía durante los años 90 sobre la pretendida prosperidad económica con la que el capitalismo habría reanudado gracias a la “nueva” economía, a la globalización y demás recetas neoliberales. La crisis no se debe en absoluto a esta o aquella política económica. Si las recetas keynesianas de los años 50 y 60 y las neokeynesianas de los 70 acabaron agotándose, si las neoliberales de los 80 y los 90 no resolvieron nada, es porque la crisis mundial no se debe básicamente a una “mala gestión de la economía”, sino que se debe a las contradicciones de fondo que atraviesan los mecanismos del capitalismo. Si la crisis no se debe a la política económica aplicada, menos todavía se debe a los equipos gobernantes. Ya sean de derechas ya sean de izquierdas, todos los gobiernos han usado una tras otra todas las recetas disponibles. Los gobiernos actuales de EE.UU. y de Gran Bretaña, identificados como los más neoliberales y pro globalización en lo económico tienen distinto color político y además, hoy, están practicando las recetas neokeynesianas más poderosas, al dar rienda suelta a los déficits públicos. Igualmente, si se observan detenidamente los programas del gobierno de Schröder (socialdemócrata-ecologista) y el de Raffarin (derecha liberal) lo único que se ve es que se parecen como dos gotas de agua al aplicar las mismas medidas.

Ante esa espiral de crisis y de austeridad constante desde hace más 35 años, una de las responsabilidades primordiales de los revolucionarios es demostrar que tiene sus raíces en el callejón sin salida en que está históricamente metido el capitalismo, en la agotamiento del motor central de la relación de producción que lo define, el salariado (2). En efecto, el salariado concentra en sí a la vez todos los límites sociales, económicos y políticos a la producción de la ganancia capitalista y, por su mecanismo mismo, plantea igualmente los obstáculos para la realización plena y completa de dicha ganancia (3). La generalización del salariado fue la base de la expansión capitalista del siglo XIX y, a partir de la Primera Guerra mundial, de la insuficiencia relativa de mercados solventes respecto a las necesidades de la acumulación.

Contra todas las falsas explicaciones embusteras de la crisis, es responsabilidad de los revolucionarios evidenciar ese atolladero, mostrar por qué el capitalismo, tras haber sido un modo de producción necesario y progresivo, está ahora históricamente superado y arrastra a la humanidad a su pérdida. Como para todas las fases de decadencia de los modos precedentes de producción (feudal, antiguo, etc.) ese atolladero se debe al hecho de que la relación básica social de producción se ha vuelto demasiado estrecha y ya no permite como antes el impulso de las fuerzas productivas (4). Para la sociedad actual, el salariado es hoy ese freno al desarrollo de las necesidades de la humanidad. Únicamente la abolición de esa relación social y la instauración del comunismo permitirán a la humanidad liberarse de las contradicciones que la asedian.

Desde la caída del muro de Berlín, la burguesía no ha cesado de montar campañas sobre la “insignificancia del comunismo”, “la utopía de la revolución” y “la disolución de la clase obrera” en una masa de ciudadanos cuya única forma de acción legítima sería la “reforma democrática” de un capitalismo presentado como único horizonte ante la humanidad. En esta grandiosa farsa ideológica, el monopolio de la contestación le ha tocado a los altermundialistas. La burguesía lo hace todo para que tengan un papel de primer plano como interlocutores privilegiados de su propia crítica: se les deja un buen sitio en los medios a los análisis y acciones de esa corriente, se invita ocasionalmente a cumbres y demás encuentros oficiales a sus representantes más significativos, etc. Y es normal, pues el almacén de los altermundialistas posee el complemento perfecto a la campaña ideológica de la burguesía sobre la “utopía del comunismo”, puesto que se basan en los mismos postulados: el capitalismo sería el único sistema posible y su reforma la única alternativa. Para ese movimiento, con la organización ATTAC a su cabeza y su consejo de “peritos en economía”, el capitalismo podría humanizarse si el “buen capitalismo” desalojara al “mal capitalismo financiero”. La crisis sería la consecuencia de la desregulación neoliberal y del acaparamiento del capitalismo financiero, el cual impone su dictadura del 15 % de rendimiento obligatorio al capitalismo industrial…todo lo cual habría sido decidido en una sombría reunión realizada en 1979, denominada “consenso de Washington”. La austeridad, la inestabilidad financiera, las recesiones, etc. no serían sino las consecuencias de esa nueva relación de fuerzas instaurada en el seno de la burguesía en beneficio del capital prestamista. De ahí las geniales ideas de “reglamentar las finanzas”, “hacerla retroceder” y “reorientar las inversiones hacia la esfera productiva”, etc.

En este ambiente de confusión general sobre los orígenes y las causas de la crisis, se trata para los revolucionarios de restablecer una comprensión clara de sus bases y, sobre todo, que es producto de la quiebra histórica del capitalismo. En otras palabras, se trata de que reafirmen la validez del marxismo. Y es una ­lástima, al respecto, que cuando se observan los análisis de la crisis que proponen grupos del medio político proletario (MPP) como el PCInt-Programa comunista o el BIPR, no hay más remedio que comprobar que andan lejos de esa voluntad y, especialmente, de la capacidad de desmarcarse de la ideología ambiente que disemina el altermundialismo. Bien es verdad que esos dos grupos pertenecen sin la menor duda al campo proletario y se distinguen radicalmente del área de influencia altermundialista por sus denuncias de las ilusiones reformistas y la defensa de la perspectiva de la revolución comunista. Sin embargo, su propio análisis de la crisis está muy impregnado de ese izquierdismo enmascarado propio del ámbito altermundialista.

He aquí una antología: “Las ganancias procedentes de la especulación son tan importantes que no sólo son atractivas para las empresas “clásicas’’, sino para muchos otros también, citemos, entre ellos, las compañías de seguros o los fondos de pensión de los que Enron es un buen ejemplo (…) La especulación es el medio complementario, por no decir principal, para la burguesía de apropiarse de la plusvalía (…) Se ha impuesto una regla que fija en 15 % el objetivo mínimo de rendimiento para los capitales invertidos en las empresas. Para alcanzar o superar esas tasas de crecimiento de las acciones, la burguesía ha tenido que incrementar la explotación de la clase obrera: los ritmos de trabajo se han intensificado, los salarios reales han bajado. Los despidos colectivos han afectado a cientos de miles de trabajadores” (BIPR, Bilan et perspectives nº 4, p.6). Podemos ya subrayar la curiosa manera de plantear el problema por parte de un grupo que se proclama “materialista” y que incluso afirma que la CCI es “idealista”. “Se ha impuesto una regla” dice el BIPR. ¿Se ha impuesto sola? No vamos a hacer agravio al BIPR atribuyéndole semejante idea. Es una clase, un gobierno o una organización humana la que ha impuesto esa nueva regla; ¿Y por qué? ¿Porque unos cuantos poderosos de este mundo se habrían vuelto de repente más avariciosos y malvados que de costumbre? ¿Porque los “malos” habrían ganado a los “buenos” (o a los “menos malos”). O, más sencillamente como dice el marxismo, porque las condiciones objetivas de la economía mundial han obligado a la clase dominante a intensificar la explotación de los proletarios. Pero no es así, por desgracia, como plantea el problema el texto citado.

Además, y eso es más grave, es ése un discurso que puede leerse en cualquier folleto altermundialista: la especulación financiera se habría convertido en la fuente principal de la ganancia capitalista, sería la responsable del incremento de la explotación, de los despidos ­masivos y de la baja de salarios e incluso sería el origen de un proceso desindustrializante y de la miseria en el planeta entero (ídem, p. 7).

El PCInt-Programme communiste, por su parte, no va mucho más lejos aunque use generalidades que recubre con la autoridad de Lenin: “El capital financiero, los bancos se están convirtiendo, merced al desarrollo capitalista, en verdaderos actores de la centralización del capital, incrementando el poder de monopolios gigantescos. En la fase imperialista del capitalismo, es el capital financiero el que domina los mercados, las empresas, toda la sociedad hasta el punto en que “El capital financiero, concentrado en muy pocas manos y que goza del monopolio efectivo, obtiene un beneficio enorme, que se acrece sin cesar, con la constitución de sociedades, la emisión de valores, los empréstitos del Estado, etc., ­consoli­dando la dominación de la oligarquía financiera e imponiendo a toda la sociedad un tributo en provecho de los monopolistas” (Lenin, en El imperialismo, fase superior del capitalismo). El capi­talismo, que nació como minúsculo capital usurero está terminando su evolución con la forma d’un gigantesco capital usurero” (Programme communiste nº 98, p.1) Uan vez más, una denuncia si contemplaciones del capital financiero parásito que podría agradar al altermundialista más radical (5).

En vano busca uno en esos extractos el menor atisbo de demostración de que lo caduco es el capitalismo como modo de producción, que es el capitalismo como un todo el responsable de las crisis, de las guerras y de la miseria en el mundo. En vano busca uno en esas citas la denuncia de la idea central de los altermundialistas de que sería el capital financiero el causante de las crisis cuando es el capitalismo como sistema el centro del problema. Al retomar segmentos enteros de la argumentación altermundialista, esos dos grupos de la Izquierda comunista abren de par en par las puertas al oportunismo teórico hacia los análisis izquierdistas. Estos presentan la crisis como consecuencia de la instauración de una nueva relación de fuerzas en el seno de la burguesía entre la oligarquía financiera y el capital industrial. Los oligopolios financieros habrían triunfado sobre el capital de las empresas en el momento de la decisión en Washington de subir bruscamente los tipos de interés.

En realidad, no ha habido ningún “triunfo de los banqueros sobre los industriales”, sino que ha sido la burguesía como un todo la que ha subido la velocidad en su ofensiva contra la clase obrera.

Las “ganancias financieras ¿bases de un capitalismo usurario?

La denuncia de la financiarización es hoy un tema común en todos los economistas dizque críticos. La explicación de moda actualmente entre esos “críticos del capitalismo” es pretender que la tasa o cuota de ganancia ha aumentado efectivamente, pero que ha sido confiscada por la oligarquía financiera, de tal modo que la tasa de ganancia industrial no se ha recuperado significativamente, lo cual explicaría la no reanudación del crecimiento (ver gráfico adjunto). Es verdad que desde los años 80, tras la decisión tomada en 1979 de hacer subir los tipos de interés, una parte importante de la plusvalía extraída ya es acumulada mediante la autofinanciación de las empresas, sino que es redistribuida en forma de rentas financieras. La respuesta dominante ante esa constatación es presentar ese aumento de la financiarización como una punción en la ganancia global con lo que se impediría la inversión productiva. La debilidad del crecimiento económico se explicaría por lo tanto por el parasitismo de la esfera financiera, por la hipertrofia del “capital usurario”. Y de ahí, las explicaciones pseudo marxistas que se apoyan en desaciertos de Lenin (“El capital financiero, concentrado en muy pocas manos y que goza del monopolio efectivo, obtiene un beneficio enorme, que se acrece sin cesar, con la constitución de sociedades, la emisión de valores, los empréstitos del Estado, etc., consolidando la dominación de la oligarquía financiera e imponiendo a toda la sociedad un tributo en provecho de los monopolistas”), según los cuales las ganancias financieras ejercerían una auténtica “punción” en las empresas (el famoso 15 %).

Ese análisis es volver a la economía vulgar según la cual el capital podría escoger entre la inversión productiva y las inversiones financieras en función de la altura relativa de la tasa de ganancia de la empresa y los tipos de interés. En un plano más teórico, esos análisis de las finanzas como elemento parásito se entroncan con dos teorías del valor y de la ganancia.

Una, marxista, dice que el valor existe previamente a su reparto y es exclusivamente producido en el proceso de producción mediante la explotación de la fuerza de trabajo. En el libro III de El Capital, Marx precisa que el tipo de interés es: “…una parte de la ganancia que el capitalista industrial debe pagar al capitalista dueño del dinero, en lugar de guardárselo en su bolsillo”. En eso, Marx se distingue radicalmente de la economía burguesa, la cual presenta la ganancia como la suma de las rentas de los factores (rentas del factor trabajo, rentas del factor capital, rentas del factor de bienes, etc.) La explotación desaparece, pues así cada uno de los factores es remunerado según su propia contribución en la producción: “para los economistas vulgares que intentan presentar el capital como fuente independiente del valor y de la creación de valor, esta forma es, evidentemente, muy interesante pues hace irreconocible el origen de la ganancia” (Marx). El fetichismo de la fianza consiste  en la ilusión de que la posesión de una parte de capital (una acción, un bono del Tesoro, una obligación, etc.) va a “producir” intereses. Poseer un título es comprar un derecho a recibir una parte del valor creado, pero eso, en sí, no crea ningún valor. Es únicamente el trabajo y sólo él lo que otorga valor a lo producido. El capital, la propiedad, una acción, una cartilla de ahorros o un depósito de máquinas nada producen por sí mismos. Son los hombres quienes producen (6). El capital “cobra” como se dice que el perro “cobra” la caza. No crea nada, pero da a su propietario el derecho a obtener una parte de lo que ha creado quien ha usado ese capital. En ese sentido, el capital designa menos un objeto que una relación social: una parte del fruto del trabajo de unos acaba entre las manos de quien posee el capital. La ideología altermundialista invierte el orden de las cosas confundiendo extracción de plusvalía con su reparto. La ganancia capitalista tiene su fuente exclusiva en la explotación del trabajo, no existen ganancias especulativas para el conjunto de la burguesía (por mucho que tal o cual sector pueda ganar especulando); la Bolsa no crea valor.

La otra teoría, que anda muy cerca de la economía vulgar, concibe la ganancia global como la suma de una ganancia industrial de un lado y la ganancia financiera de otro. La tasa de acumulación sería débil porque la ganancia financiera sería superior a la industrial. Es una teoría heredada en línea recta de los difuntos partidos estalinistas que han extendido una crítica “popular” al capitalismo visto como la confiscación de una ganancia “legítima” por parte de una oligarquía parásita (las 200 familias, en Francia, por ejemplo). La idea es aquí la misma; se basa en un verdadero fetichismo de las finanzas, según el cual la Bolsa sería un medio de crear valor del mismo modo que la explotación del trabajo. En eso se basa toda la patraña sobre la tasa Tobin, la regulación y la humanización del capitalismo que los altermundialistas difunden. Todo lo que transforma una contradicción resultante (la financiarización) en contradicción principal contiene el peligro, típicamente izquierdista, que consiste en querer separar no se sabe qué buen grano de la cizaña: de un lado, el capitalista que invierte, del otro el que especula. Eso lleva a considerar la financiarización como una especie de parásito sobre un cuerpo capitalista sano. Si embargo, la crisis no desaparecerá por mucho que se quiera abolir el “gigantesco capital usurario” tan del gusto de Programme communiste. En cierto modo, insistir en la financiarización del capitalismo lleva a infravalorar la profundidad de la crisis dando a entender que se debería a la función parásita de las finanzas la cual exigiría cuotas de ganancia demasiado altas para las empresas impidiéndoles así realizar sus inversiones productivas. Si fuera esa la raíz de la crisis, bastaría con una “eutanasia de rentistas” (Keynes) para resolverlo.

Esos deslices izquierdistas en el análisis llevan a presentar cierta cantidad de datos económicos con los que demostrar, citando cifras que producen vértigo, esa dominación absoluta de las finanzas, y la enormidad de las punciones que realiza: “…las grandes empresas vieron sus inversiones orientarse hacia los mercados financieros, supuestamente más “provechosos” (…) Ese mercado fenomenal se desarrolla a una velocidad muy superior al de la producción (…) En lo que se refiere a la especulación monetaria, del billón y 300 millones de dólares que cada día de 1996 se desplazaban de una moneda a otra, 5 a 8 % como máximo correspondían al pago de mercancías o de servicios vendidos de un país a otro (hay que añadir las operaciones de cambio no especulativas). ¡El 80 % de ese billón 300 millones correspondían pues a operaciones cotidianas puramente especulativas! Las cifras deben ser actualizadas, pero apostamos que el 85 % ha sido hoy superado” (BIPR, Bilan et perspectives nº 4, p.6). Sí, ha sido superado y las cantidades han alcanzado 1 billón 500 millones (1 500 000 000 000) de $, o sea casi la totalidad de la deuda del Tercer mundo… pero esas cifras sólo dan miedo a los ignorantes, pues ¡no tienen ningún sentido! En realidad, ese dinero no hace sino dar vueltas y las sumas anunciadas son tanto más importantes cuantas más vueltas da el tiovivo. Basta con imaginarse a una persona cambiando 100 unidades monetarias cada media hora para especular entre las monedas; al cabo de 24 horas, las transacciones totales habrán alcanzado 4800 unidades, y si especulara cada cuarto de hora las transacciones totales se habrán duplicado…pero esa cantidad es puramente virtual pues la persona sólo seguirá poseyendo 100 más 5 o menos 10 según su talento para especular. Pero esa presentación mediática de los hechos, que recoge el BIPR, da crédito a las interpretaciones de la crisis como si fueran el resultado de la acción parásita de las finanzas.

En realidad, es la cantidad de plusvalía no acumulada lo que provoca el hinchamiento de la esfera financiera. Es la crisis de sobreproducción y, por lo tanto, la escasez de espacios de acumulación rentable lo que hace que se remunere la plusvalía en forma de rentas financieras y no las finanzas las que se opondrían o se sustituirían a la inversión productiva. La financiarización corresponde al incremento de una parte de la plusvalía que no encuentra dónde reinvertirse con ganancias (7). La distribución de rentas financieras no es automáticamente incompatible con la acumulación basada en la autofinanciación de las empresas. Cuando las ganancias sacadas de la actividad económica son atractivas, las rentas financieras son reinvertidas, participando de manera externa en la acumulación de las empresas. Lo que hay que explicar no es que las ganancias salgan por la puerta repartidas en rentas financieras, sino por qué éstas no vuelvan a entrar por la ventana para rein­vertirse productivamente en el circuito económico. Si una parte significativa de estas cantidades fuera reinvertida, ello se concretaría en un alza de la tasa de acumulación. Y si esto no es así, es porque hay crisis de sobreproducción y, por lo tanto, escasez de espacios de acumulación rentables.

El parasitismo financiero es un síntoma, es una consecuencia de las dificultades del capitalismo. No es la causa, no es la raíz de esas dificultades. La esfera financiera es el escaparate de la crisis, porque es en ella donde aparecen las ­burbujas bursátiles, los desmoronamientos monetarios y las turbulencias bancarias. Pero esos trastornos son la consecuencia de contradicciones cuyo origen está en la esfera productiva.

El salariado, núcleo de la crisis de sobreproducción

¿Qué ha ocurrido desde hace 20 años? La austeridad y la baja de salarios (8) han permitido que se haya restablecido la cuota de ganancia de las empresas, pero esas ganancias acumuladas no han desem­bocado en una subida de la cuota de acumulación (la inversión) y, por lo tanto, de la productividad del trabajo. El ­crecimiento se ha mantenido depresivo (gráfico). En resumen, el freno de los gastos en salario ha restringido los mercados, ha alimentado las rentas financieras, pero no las reinversiones de las ganancias. ¿Y por qué hoy es tan débil la reinversión aun cuando las ganancias de las empresas se han restablecido? ¿Por qué no vuelve a arrancar la acumulación tras la subida de los tipos de interés desde hace más de 20 años? Marx, y Rosa Luxemburg tras él, nos enseñaron que las condiciones de la producción (la extracción de la plusvalía) son una cosa y otra cosa son las condiciones de realización de ese trabajo excedente que se cristaliza en las mercancías producidas. El trabajo excedente cristalizado en la producción no se convierte en plusvalía contante y sonante, en plusvalía acumulable más que si las mercancías producidas se venden en el mercado. Es esa diferencia fundamental entre las condiciones de producción y las de su realización los que nos permite comprender por qué no hay un vínculo automático entre la cuota de ganancia y el crecimiento.

El gráfico página 9 resume bien la evo­lu­ción del capitalismo desde la Segun­da Guerra mundial. En la fase excepcional de prosperidad tras la reconstrucción se observa que todas las variables  fundamentales (ganancia, acumulación, crecimiento y productividad del trabajo) aumentan o fluctúan en cotas altas hasta la reaparición de la crisis abierta entre los años 60 y 70. El agotamiento de los incrementos de productividad que se inicia desde los años 60 arrastra a las demás variables en su caída común hasta principios de los años 80. Luego, el capitalismo entra en una situación totalmente inédita en el plano económico: es una configuración que asocia una cuota de ganancia alta junto con una productividad del trabajo, una tasa de acumulación y, por lo tanto, una tasa de crecimiento mediocres. Esa divergencia entre la evolución de la cuota de ganancia y las demás variables desde hace más de 20 años sólo puede comprenderse desde el enfoque de la decadencia del capitalismo. No parece ser ése el enfoque del BIPR, el cual estima que hoy el concepto de decadencia del capitalismo debe tirarse a la basura de la historia. “¿Qué papel desempeña pues el concepto de decadencia en el terreno de la crítica de la economía política militante, o sea, en el del análisis profundo de los fenómenos y de las dinámicas del capitalismo en el período en que vivimos? Ninguno (…) No es con el concepto de decadencia con el que pueden explicarse los mecanismos de la crisis, ni denunciar la relación entre la crisis y la financiarización, la relación entre ésta y las políticas de las superpotencias por el control de la renta financiera y de las fuentes de ésta” (BIPR “Elementos de reflexión sobre las crisis de la CCI”). El BIPR prefiere pues abandonar el concepto de decadencia en que sus propias posiciones se basaban (9), sustituyéndolo por conceptos de moda en el medio altermundialista como el de “financiarización” y “renta financiera” “para comprender la crisis y las políticas de las superpotencias”. Llega incluso a afirmar que “…esos conceptos [el de decadencia, especialmente] son ajenos al método y al arsenal de la crítica de la economía política” (ídem)

¿Por qué es indispensable la decadencia para comprender la crisis de hoy? Porque el declive constante de las tasas de crecimiento desde finales de los años 60 en los países de la OCDE con 5,2 % (años 60), 3,5 % (70), 2,8 (80), 2,6 (90) y 2,2 para 2000-02 confirma el retorno progresivo del capitalismo a su tendencia histórica abierta por la Primera Guerra mundial. El paréntesis de la fase excepcional de crecimiento (1950-1975) se cerró definitivamente (10). Igual que un muelle roto, tras un último sobresalto, vuelve a su forma de origen, el capitalismo vuelve inexorablemente a los ritmos de crecimiento que prevalecieron entre 1914 y 1950. Contrariamente a lo que cacarean nuestros censores, la teoría de la decadencia del capitalismo no sirve únicamente para explicar el estancamiento de los años 30 (11). Es la esencia misma del materialismo histórico, el “secreto” por fin encontrado de la sucesión de los diferentes modos de producción en la historia, y, por ello mismo, proporciona el marco para analizar la evolución del capitalismo y, especialmente, del período que se abrió con la Iª Guerra mundial. Tiene un alcance general: es válida para toda una era histórica, no depende ni mucho menos de un período particular o de una coyuntura económica momentánea. Además, incluso con la fase de crecimiento excepcional entre 1950 y 1975, dos guerras mundiales, la depresión de los años 30 y más de 35 años de crisis y de austeridad son un balance patente de lo que es la decadencia del capitalismo: apenas 30 a 35 años (contando holgadamente) de “prosperidad” junto a 55 a 60 años de guerra o de crisis económica, cuando no juntas ambas. ¡Y lo peor está por llegar!. La tendencia histórica de freno del crecimiento de las fuerzas productivas por unas relaciones capitalistas de pro­ducción ya caducas, es la regla, el marco que permite entender la evolución del capitalismo, incluida la fase la excepción o sea, la fase de prosperidad tras la Segunda Guerra mundial. Lo que sí es un producto de los años de prosperidad es, precisamente, el haber abandonado la teorafaía de la decadencia. Es lo mismo que le ocurrió a la corriente reformista, la cual que se dejó deslumbrar por los resultados del capitalismo de la Belle époque.

El gráfico adjunto, por otra parte, nos muestra claramente que el mecanismo al que se debe la subida de la cuota de ganancia no es ni un incremento de la productividad del trabajo, ni una reducción del capital. Esto nos da la ocasión para acabar de una vez con las charlatanerías cobre la pretendida “nueva revolución tecnológica”. Algunos universitarios, maravillados por la informática atrapados con la boca abierta en el anzuelo de las campañas burguesas sobre la “nueva economía”…confunden la velocidad de su ordenador con la productividad del trabajo: no es porque el Pentium 4 va doscientas veces más rápido que los procesadores de la primera generación que el oficinista va a escribir doscientas veces más deprisa y podrá incrementar su productividad otro tanto. El gráfico muestra que la productividad del trabajo sigue decreciendo desde los años 60. Por razones evidentes, pues, a pesar de las ganancias restablecidas, la tasa de acumulación (las inversiones para posibles incrementos de productividad) no se ha restablecido. La “revolución tecnológica” sólo existe en los discursos de las campañas burguesas y en la imaginación de quienes se las tragan. Esa constatación empírica de la reducción de la productividad (del progreso técnico y de la organización del trabajo), sin interrupción desde los años 60, contradice la imagen mediática, aunque bien incrustada en las mentes, de un cambio tecnológico creciente, de una nueva revolución industrial de la que hoy estarían preñadas la informática, las telecomunicaciones, Internet y los multimedia. ¿Cómo explicar la fuerza de esa patraña que pone la realidad patas arriba en nuestras mentes?

Primero, hay que recordar que los progresos de productividad tras la Segunda Guerra mundial fueron mucho más espectaculares que los que nos presentan como “nueva economía”. La difusión de la organización del trabajo en tres equipos de 8 horas, la generalización de la cadena móvil en la industria, los rápidos progresos en el desarrollo y generalización de los transportes de todo tipo (camión, tren, avión, coche, barco), la sustitución del carbón por el petróleo, más barato, el invento del plástico que se puso en lugar de otros materiales muy costosos, la industrialización en la agricultura, la generalización de la conexión eléctrica, del gas natural, del agua corriente, de la radio y del teléfono, la mecanización de la vida casera mediante los electrodomésticos, etc. fueron mucho más espectaculares en cuanto al progreso de la productividad que todo lo que aporta el desarrollo de la informática y las telecomunicaciones. La productividad no ha hecho sino disminuir desde los dorados sesenta.

Además, se cultiva insistentemente una confusión entre la aparición de nuevos bienes de consumo y los progresos de productividad. El flujo de innovaciones, la multiplicación de novedades por extraordinarias que sean (DVD, GSM, Internet, etc) como bienes de consumo no recubre el fenómeno de progreso de la productividad. Este significa capacidad para ahorrar en los recursos que la producción requiere para la producción de un bien o de un servicio. La expresión progreso técnico debe siempre entenderse en el sentido de progreso de las técnicas de producción y/o de organización, desde el estricto enfoque de la capacidad para ahorrar en los recursos usados en la fabricación de un bien o la prestación de un servicio. Por impresionantes que sean, los progresos de lo digital (o numérico) no se plasman en progresos significativos de productividad en el proceso productivo. Ahí radica todo el bluff de la “nueva economía”.

En fin, contrariamente a las afirmaciones de nuestros censores que niegan la realidad de la decadencia y la validez de los aportes teóricos de Rosa Luxemburg (y que hacen de la tendencia decreciente de la cuota de ganancia el alfa y omega de la evolución del capitalismo), el recorrido de la economía desde principios de los años 80 nos muestra claramente que no es porque suba esa cuota de ganancia por lo que el crecimiento vuelve a despegar. Es verdad que hay un vínculo fuerte entre la cuota de ganancia y la tasa de acumulación, pero no es ni mecánico ni unívoco: son dos variables parcialmente independientes. Esto contradice formalmente las afirmaciones de quienes hacen depender obligatoriamente la crisis de sobreproducción de la caída de la cuota de ganancia y el retorno de su subida:

“esta contradicción, la producción de la  plusvalía y su realización, aparece como una producción de mercancías y por lo tanto como causa de la saturación de los mercados, que, a su vez, se opone al proceso de acumulación, lo cual imposibilita que el sistema en su conjunto compense la caída de la cuota de ganancia. En realidad, el proceso es inverso. (…) Es el ciclo económico y el proceso de valoración lo que hacen “solvente” o “insolvente” el mercado. Es partiendo de las leyes contradictorias que regulan el proceso de acumulación cómo se puede explicar la “crisis” del mercado” (Texto de presentación de Battaglia comunista para la Primera conferencia de los grupos de la Izquierda comunista, mayo de 1977).

Hoy podemos observar claramente que la cuota de ganancia sube desde hace casi 20 años, mientras que el crecimiento sigue deprimido y la burguesía no ha hablado tanto de deflación como ahora. No es porque el capitalismo consigue producir con suficiente ganancia por lo que crea automáticamente, por ese mismo mecanismo, el mercado solvente en el que será capaz de transformar el trabajo excedente cristalizado en sus productos en plusvalía contante y sonante que le permita reinvertir sus ganancias. La importancia del mercado no depende automáticamente de la evolución de la cuota de ganancia; al igual que otros parámetros que condicionan la evolución del capitalismo, es ésa una variable parcialmente independiente. Es la com­prensión de la diferencia fundamental entre las condiciones de la producción y las de la realización, puesta ya de relieve por Marx y profundizada con maestría por Rosa Luxemburg, lo que nos permite comprender por qué no hay automatismo entre la cuota de ganancia y el crecimiento.

Decadencia y orientaciones para las luchas de resistencia

Al negar la decadencia como marco de comprensión del período actual y de la crisis, al señalar la especulación financiera como causa de todas las desgracias del mundo, al subestimar el desarrollo del capitalismo de Estado, los dos grupos más importantes de la Izquierda comunista fuera de la CCI (Programme communiste y el BIPR) no pueden dar una orientación clara y coherente a las luchas de resistencia de la clase obrera. Basta con leer los análisis que hacen sobre la política de la burguesía en austeridad y las conclusiones que sacan de su análisis de la crisis para darse cuenta de ello:

“Durante los años 50, las economías capitalistas volvieron a arrancar y la burguesía vio por fin el nuevo florecer de sus ganancias por largo tiempo. Esta expansión que continuó en la década siguiente se basó pues en un auge del crédito y se hizo con el apoyo de los Estados. Se tradujo incuestionablemente en una mejora de las condiciones de vida de los trabajadores (seguridad social, convenios colectivos, alza de salarios…) Esas concesiones hechas por la burguesía bajo la presión de la clase obrera, se plasmaron en una baja de la cuota de ganancia, fenómeno en sí mismo inevitable, vinculado a la dinámica interna del capital (…) Si al principio de la fase del imperialismo, las ganancias acumuladas gracias a la explotación de las colonias y de sus pueblos permitieron a las burguesías dominantes garantizar cierta paz social haciendo beneficiar a la clase obrera de una parte de la extorsión de la plusvalía, ya no es lo mismo hoy, pues la lógica especulativa implica poner en entredicho todas las adquisiciones sociales arrancadas durante las décadas precedentes por los trabajadores de los “países centrales”a sus burguesías” (BIPR, en Bilan et perspectives nº 4, p. 5 a 7).

También ahí vemos cómo el abandono del marco de la decadencia abre de par en par las puertas a concesiones a los análisis izquierdistas. El BIPR prefiere copiar las fábulas izquierdistas sobre las “adquisiciones sociales (seguridad social, convenios colectivos, alza de salarios…)” que habrían sido “concesiones hechas por la burguesía bajo la presión de la clase obrera” y que “la lógica especulativa actual” pondría en entredicho, a apoyarse en las contribuciones teóricas legadas por la Izquierda comunista internacional (Bilan, Communisme, etc.), la cual analizaba esas medidas como medios instaurados por la burguesía para hacer depender y uncir la clase obrera al Estado.

En efecto, en la fase ascendente del capitalismo, el desarrollo de las fuerzas productivas y del proletariado era insuficiente para poner el peligro la dominación burguesa y permitir una revolución victoriosa a escala internacional. Por eso es por lo que, aunque la burguesía lo hizo todo por sabotear la organización del proletariado, éste pudo, a través de sus combates sin tregua, constituirse como “clase para sí” en el capitalismo con sus propias organizaciones, los partidos obreros y los sindicatos. La unificación del proletariado se realizó gracias a las luchas para arrancar al capitalismo unas reformas que se concretaban en mejoras de las condiciones de vida de la clase: reformas en lo económico y reformas en lo político. El proletariado adquirió, como clase, el derecho de ciudadanía en la vida política de la sociedad, o, con las palabras de Marx en Miseria de la filosofía: la clase obrera ha conquistado el derecho a existir y afirmarse de manera permanente en la vida social como “clase para sí”, o sea como clase organizada con sus propios lugares de encuentro cotidianos, sus ideas y su programa social, sus tradiciones y hasta sus canciones.

Cuando el capitalismo entró en sus fase de decadencia en 1914, la clase obrera demostró su capacidad para echar abajo la dominación de la burguesía, forzándola a cesar la guerra y desplegando una oleada internacional de luchas revolucionarias. Desde entonces el proletariado es un peligro potencial permanente para la burguesía. Por eso ésta no puede seguir tolerando que su clase enemiga pueda organizarse de manera permanente en su propio terreno de clase, pueda vivir y crecer en el seno de sus propias organizaciones. El Estado extendió su dominio totalitario sobre todos los aspectos de la vida de la sociedad. Todo quedó encerrado entre sus tentáculos omnipresentes. Todo lo que vive en la sociedad ha tenido que someterse incondicionalmente al Estado o enfrentarse a él en un combate a muerte. Ha caducado el tiempo en que el Estado podía tolerar la existencia de órganos proletarios permanentes. El Estado expulsó de la vida social al proletariado organizado como fuerza permanente. De igual modo: “Desde la Primera Guerra mundial, paralelamente al desarrollo del papel del Estado en la economía, se han ido multiplicando las leyes que rigen las relaciones entre capital y trabajo, creando un marco estricto de “legalidad” entre cuyos límites la lucha proletaria queda circunscrita y reducida a la impotencia” (de nuestro folleto Los sindicatos contra la clase obrera) Ese capitalismo de Estado en el plano social implicó una transformación de toda la vida de la clase en un remedo de ella, en el terreno burgués. El Estado se apoderó de ella, mediante los sindicatos en algunos países, directamente en otros, de sus cajas de resistencia u organizaciones de socorro mutuo, de sus mutuas en caso de enfermedad o despido, todo lo que la clase obrera había ido construyendo a lo largo de la segunda mitad del siglo xix. La burguesía retiró la solidaridad política de manos del proletariado para trans­ferirla como solidaridad económica en manos del Estado. Al dividir el salario en una retribución directa por parte del patrón y una indirecta por parte del Estado, ha burguesía ha consolidado la mistificación que consiste en presentar al Estado como órgano por encima de las clases, garante del interés común y de la seguridad social de la clase obrera. La burguesía había logrado vincular ma­terial e ideológicamente la clase obrera al Estado. Ése era el análisis de la Izquierda italiana y de la Fracción belga de la Izquierda comunista internacional respecto a las primeras cajas de seguros de desempleo y de socorro mutuo instauradas por el Estado durante los años 30 (12).

¿Qué dice el BIPR a la clase obrera? Primero que la “lógica especulativa” sería responsable de la “puesta en entredicho de todas las adquisiciones sociales”…y ¡otra vez de vuelta el mal absoluto de la “financiarización”! El BIPR se olvida de paso que la crisis y los ataques contra la clase obrera no han estado esperando la aparición de la “lógica especulativa” para abatirse sobre el proletariado. ¿Se cree de verdad el BIPR, como parece indicarlo su prosa, que la clase obrera verá horizontes radiantes el día en que la “lógica especulativa” sea erradicada? Son esas patrañas izquierdistas, con las que se pretende hacer creer que la lucha contra la austeridad dependería de la lucha especulativa, las que deben ser erradicadas con el mayor vigor.

Hay, sin embargo, cosas peores todavía. Es un embuste grosero hacer creer al proletariado que la seguridad social, los convenios colectivos y hasta el mecanismo de subida de salarios con los mecanismos de ajuste o de escala móvil serían “adquisiciones sociales arrancadas tras reñida lucha”. Sí, la reducción horaria de la jornada laboral, la prohibición del trabajo infantil, del trabajo nocturno de las mujeres, etc. fueron auténticas concesiones arrancadas tras reñida lucha por la clase obrera en la fase ascendente del capitalismo. En cambio, las supuestas “ventajas sociales” como la seguridad social o los convenios colectivos firmados en los Pactos sociales para la Reconstrucción no tuvieron nada que ver con la lucha de la clase obrera. Clase derrotada, agotada por la guerra, emborrachada y estafada por el nacionalismo, ebria de euforia con la Liberación, no fue ella quien, gracias a sus luchas, habría arrancado esas “ventajas”. Fue a iniciativa de la burguesía misma, en el seno de los gobiernos en el exilio donde se elaboraron los Pactos sociales para la Reconstrucción, instaurándose así todos los mecanismos del capitalismo de Estado. Fue la burguesía la que tomó la iniciativa, entre 1943 y 1945, en plena guerra, de reunir todas las “fuerzas vivas de la nación”, todos “los agentes sociales” mediante reuniones tripartitas entre representantes de la patronal, de los gobiernos y de los diferentes partidos y sindicatos, es decir en la más perfecta de las concordias nacionales de los movimientos de Resistencia, para planificar la reconstrucción de las economías destruidas y negociar socialmente la difícil etapa de reconstrucción. No hubo “concesiones de la burguesía bajo la presión de la clase obrera” en el sentido de una burguesía obligada a aceptar un compromiso frente a una clase obrera movilizada en su terreno y con una estrategia de ruptura con el capitalismo, sino de instaurar medios en concertación entre todos los componentes de la burguesía (patronal, sindicato, gobierno) para controlar socialmente a la clase obrera y así realizar la reconstrucción nacional (13). Recordemos que en la inmediata posguerra, la burguesía llegó incluso a montar de abajo arriba nuevos sindicatos como la CFTC en Francia o la CSC en Bélgica.

Es evidente que los revolucionarios denuncian toda recorte al salario, tanto el directo como el indirecto, es evidente que deben denunciar todo ataque al nivel de vida cuando la burguesía va reduciendo cada día más la seguridad social, pero nunca defenderán el principio mismo del mecanismo instaurado por la burguesía para uncir la clase obrera al Estado (14). Los revolucionarios deben, al contrario, denunciar la lógica ideológica y material en que se basan esos mecanismos como la supuesta “neutralidad del Estado”, la “solidaridad social organizada por el Estado”, etc.

Ante lo que plantea la agravación general de las contradicciones del modo capitalista de producción, ante las dificultades con que se encuentra la clase obrera para hacerles frente, les incumbe a los revolucionarios desplegar la mayor capacidad para contestar a los problemas que la historia plantea. Esa capacidad no podría basarse en los análisis fraudulentos que difunden los sectores de extrema izquierda del aparato político de la burguesía. Sólo apoyándose en el marxismo y en las adquisiciones de la Izquierda comunista, en particular el análisis de la decadencia del capitalismo, podrán los revolucionarios estar a la altura de sus responsabilidades.

C. Mlc

 

1) Ver nuestro artículo “Los disfraces de la prosperidad económica arrancados a la crisis” en la Revista internacional nº 114 y el gráfico adjunto.

 

2) Como lo escribe Marx: “Capital supone trabajo asalariado, trabajo asalariado supone capital. Son el uno condición del otro, creándose mutuamente” (Trabajo asalariado y capital).

3) No podemos, en este artículo, tratar lo que Marx y los teóricos marxistas escribieron sobre las contradicciones que engendra la generalización del trabajo asalariado, o sea la transformación de la fuerza de trabajo en mercancía. Para una mayor precisión sobre esos trabajos marxistas, invitamos a leer, en particular, nuestro folleto La decadencia del capitalismo, y muchos otros artículos de esta Revista internacional.

4) “En cierta fase de su desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes, o, y sólo es entonces su expresión jurídica, con las relaciones de producción en cuyo seno se habían movido hasta entonces. Tras haber sido formas de desarrollo de las fuerzas productivas, esas relaciones se convierten en barreras para ellas” (K. Marx “Prefacio” a la Introducción a la crítica de la economía política).

5) Por desgracia, Lenin no es en esto un recurso, pues su estudio sobre el imperialismo, por decisivo que fuera en algunos aspectos de la evo­lución del capitalismo y de la situación del imperialismo entre los siglos xix y xx, da una importancia desmesurada al papel del capital financiero, olvidándose de otros cambios más importantes entonces tales como el desarrollo del capitalismo de Estado (cf. Revista internacional nº 19 “Sobre el imperialismo” y Révolution internationale nº 3 y nº 4 “Capitalisme d’État et loi de la valeur”). Capitalismo de Estado que, contrariamente al análisis de Hilferding-Lenin, restringirá drásticamente el poder de las finanzas a partir de la experiencia de la crisis del 29 para, después, a partir d elos años 80, abrir de nuevo las puertas progresivamente a cierta libertad. Lo que importa aquí es saber que han sido los Estados nación quienes han dirigido este último proceso y no una especie de internacional fantasmagórica de la oligarquía financiera que habría impuesto sus instrucciones una noche de 1975 en Washington.

6) Basta, para convencerse, con imaginarse dos situaciones límite: en una han sido destruidas todas las máquinas y sólo perviven los humanos y en la otra toda la humanidad es destruida y sólo quedaban máquinas...

7) Por otra parte, el que las tasas de autofinanciación de las empresas sean superiores a 100 % desde hace ya bastante tiempo desmiente esa tesis, pues eso quiere decir que las empresas no necesitan las finanzas para financiar sus inversiones.

8) La parte de los salarios en el valor añadido en Europa pasó de 76 % a 68 % entre 1980 y 1998 y, como las desigualdades de salario se han incrementado notablemente durante el mismo período, eso significa que la baja del salario medio de los trabajadores es mayor de lo que expresa esa estadística.

9) Citemos, entre otros, el texto del BIPR presentado ante la Primera conferencia de los grupos de la Izquierda comunista, extraído del párrafo titulado “Crisis y decadencia”: “Cuando empezó a manifestarse, el sistema capitalista dejó de ser un sistema progresivo, es decir, necesario para el desarrollo de las fuerzas productivas, para entrar en una fase de decadencia caracterizada por los intentos por resolver sus propias contradicciones insolubles, dándose nuevas formas organizativas desde un punto de vista productivo. (…) En efecto, la intervención progresiva del Estado en la economía debe ser considerada como la señal de la imposibilidad para resolver las contradicciones que se acumulan en el interior de las relaciones de producción y es, por lo tanto, la señal de su decadencia”.

10) Invitamos a leer nuestro Informe para nuestro XVº congreso internacional sobre la crisis económica que publicamos en el número anterior de esta Revista, en donde, sin por ello negar el carácter excepcional del período 1950-1975, se desmitifica, primero, el cálculo de las tasas de crecimiento en el período de decadencia y desmitifica también los que se refieren al período de posguerra de la IIª Guerra mundial, ampliamente sobreestimados.

11) 1. “… la teoría de la decadencia, tal como procede de los conceptos de Trotski, de Bilan, de la ICF y de la CCI, ya no sirve hoy para comprender el desarrollo real del capitalismo a lo largo de todo el siglo XX, y, en particular, desde 1945 (…) En lo que a los comunistas de la primera mitad de siglo del siglo XX se refiere, eso puede explicarse fácilmente: los acontecimientos sucedidos durante tres décadas, entre 1914 y 1945, fueron tales (…) que parecían acreditar la tesis del declive histórico del capitalismo y confirmar las previsiones: era lógico no ver en el capitalismo más que un sistema en putrefacción, en las últimas y decadente” (Cercle de Paris, en Que ne pas faire ?, p.31)

2.“El concepto de decadencia del capitalismo surgió en la IIIª Internacional, desarrollado por Trotski en particular (…) Éste precisó su concepto asimilando la decadencia del capitalismo a un cese puro y simple del crecimiento de las fuerzas productivas de la sociedad (…) Esta visión parecía corresponderse con la realidad de la primera mitad del siglo XX (…) La visión de Trotski fue retoma en lo esencial por la Izquierda italiana agrupada en Bilan antes de la Segunda Guerra mundial y después por la Izquierda comunista de Francia (GCF) tras aquélla” (Perspective internationaliste, «Vers une nouvelle théorie de la décadence du capitalisme»).

3La hipótesis de un “cese irreversible” de las fuerzas productivas no es sino la deducción, en el plano teórico, de una impresión general dejada por el período de entre ambas guerras durante el cual la acumulación capitalista tuvo, coyunturalmente, dificultades para volver a arrancar” (Communisme ou Civilisation: “Dialectique des forces productives et des rapports de production en la théorie communiste”).

4 Tras la IIª Guerra mundial, tanto los trotskistas como los comunistas de izquierda volvieron con la convicción reafirmada de que el capitalismo era decadente y estaba a punto de desmoronarse. Considerando el período que acababa de terminar, la teoría no parecía tan irrealista, pues al crac de 1929 le siguió una depresión de los años 30, para terminar en otra  guerra catastrófica (…) Ahora, de igual modo que podemos decir que los comunistas de izquierda defendieron verdades importantes de la experiencia de 1917-21 contra las versión leninista de los trotskistas, su objetivismo económico y la teoría mecánica de las crisis y del desmoronamiento, que comparten con los leninistas, los hizo incapaces de responder a la nueva situación caracterizada por un “boom” de larga duración (…) Tras la IIª Guerra mundial, el capitalismo entró en uno de sus períodos de expansión más sostenidos, con tasas de crecimiento no sólo más altas que las de entre ambas guerras sino incluso que las del” boom” del capitalismo clásico” (Aufheben: “Sobre la decadencia, teoría del declive o declive de la teoría”).

12 Leer: “Otra victoria del capitalismo: el seguro de desempleo obligatorio”, en Communisme  nº 15, junio de 1938 y “Los sindicatos obreros y el Estado”, en el nº 5 de la misma revista.

13) Hubo luchas sociales durante la guerra, pero también y sobre todo en la inmediata posguerra, a causa de las condiciones de vida insoportables. En general, sin embargo, salvo excepciones notables como en el norte de Italia o en el Rhur, no fueron una amenaza real para el capitalismo. Esas luchas estaban bien encuadradas, controladas y a menudo desbaratadas por los partidos de izquierda y los sindicatos en nombre de la “necesaria concordia nacional” para la reconstrucción.

14) Lo increíble es que el BIPR integra incluso en la categoría de “conquistas sociales” a los “convenios colectivos”, que significan, claramente, paz social codificada e impuesta por la burguesía en las empresas.