La política extranjera de los Estados Unidos tras la 2ª Guerra Mundial

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Ha cambiado mucho el mundo desde que
desapareció la división en dos polos que caracterizó
la Guerra Fría durante 45 años. No ha aparecido
nunca, claro está, la pretendida era de paz, de
prosperidady de democracia que nos prometió la
burguesía tras el hundimientodel bloque del Este, en
1989. Muy al contrario, la descomposiciónde la sociedad
capitalista, consecuencia del bloqueo de la relaciónde
fuerzas entre burguesía y proletariado, tras dos decenios
de crisis económica abierta que acabó provocando el
hundimiento del estalinismo, se ha agravado implacablemente,
arrastrando a la humanidada una espiral infernal de
hundimiento en el caos, la violenciay la destrucción,
hacia un porvenir de barbarie cada vez más inminente. En el
momento de escribir este artículo, el presidente George W.
Bush acaba de anunciar que Estados Unidos estaba dispuesto a
invadir Irak, aun cuando no estén apoyados
internacionalmente, esté o node acuerdo el Consejo de
Seguridad. Es palpable la brecha abiertaentre Washington y las
capitales de los principales paises europeos, como también
con China, sobre la cuestión de la guerra en Irak.En
ese contexto, resulta necesario examinar las raices de la política
imperialista norteamericana desde finales de la Segunda Guerra
mundial para entender la situación actual.

Cuando en 1945 se acaba la Segunda Guerra
mundial, la configuración imperialista está
profundamente transformada.

“Antes de la Segunda Guerra mundial
existían seis grandes potencias: Gran Bretaña,
Francia, Alemania, Unión Soviética, Japón y
Estados Unidos. A finales de la guerra, EE.UU acabó siendo,
con mucho, la nación más poderosa del mundo; su
potencia creció enormemente gracias a su movilización
en el esfuerzo de guerra, a la derrota de sus rivales y al
agotamiento de sus aliados” (DS Painter, Encyclopedia of US
Foreign Policy).

La guerra imperialista“había
destruido el antiguo equilibrio entre potencias, dejando
destrozados a Alemania y Japón, reduciendo a Gran Bretaña
y Francia al papel de potencias de segundo o tercer orden”
(GC Herring, Idem).

La
posición dominante del imperialismo norteamericanoa
finales de la Segunda Guerra mundial

Durante la guerra, con más de 12
millones de hombres sirviendo en el ejército, EE.UU duplicó
su producto nacional bruto (PNB), y a finales de la guerra poseía
“la mitad de la capacidad manufacturera mundial, la mayor
parte de sus excedentes en abastecimiento y la casi totalidad de
sus reservas financieras. Estados Unidos era líder de una
serie de tecnologías esenciales para la guerra moderna y la
prosperidad económica. La posesión de grandes
reservas petrolíferas interiores y el control de las de
América Latina y de Oriente Medio contribuyeron a su
posición dominante global”
(DS Painter, op.
cit.
). EE.UU poseía la mayor potencia militar del
mundo. Su armada dominaba los mares, sus fuerzas aéreas los
cielos, su ejército ocupaba Japón y parte de
Alemania, y para terminar no solo poseía el monopolio del
armamento atómico sino que también había
demostrado en Hiroshima y Nagasaki que no vacilaba en utilizarlo
para defender sus intereses imperialistas. El poderío
americano se vio favorecido por las ventajas debidas a su relativo
aislamiento geográfico. Distante de los escenarios
centrales de ambas guerras mundiales, la nación
norteamericana no sufrió ninguna destrucción masiva
de sus principales centros de producción como le ocurrió
a Europa, y su población civil estuvo al margen del terror
de las incursiones aéreas, los bombardeos, las
deportaciones y los campos de concentración que provocaron
la muerte de millones de civiles en Europa (se estima que sólo
en Rusia perecieron más de 20 millones de civiles).

Destrozada por la
guerra, Rusia sufrió unos 27 millones de muertos –civiles
y militares–, la destrucción masiva de sus
capacidades industriales, de su agricultura, de sus recursos
mineros y de la infraestructura de su red de transportes. Su nivel
de desarrollo económico apenas si alcanzaba la cuarta parte
del de Estados Unidos. Pero sacó provecho de la destrucción
total de Alemania y Japón, dos países que
históricamente habían frenado su expansión
hacia el Oeste y el Este. Gran Bretaña estaba esquilmada
por los seis años de movilización bélica.
Había perdido una cuarta parte de sus riquezas del período
anterior a la guerra, estaba profundamente endeudada y “amenazada
de perder su posición de gran potencia”
(Idem).
Francia, facilmente vencida apenas empezada la guerra, debilitada
por la ocupación alemana y dividida por la colaboración
con las fuerzas alemanas de ocupación, “ya no
formaba parte de las grandes potencias”
(Idem).

Aún
antes del fin de la guerra, la burguesía americana se
preparó para la formación de un bloque militar,
anticipándose así a un futuro enfrentamiento con la
Rusia estalinista. Algunos comentaristas burgueses (Painter,
Herring), por ejemplo, han considerado que, en 1944, la guerra
civil en Grecia ya anunciaba el futuro enfrentamiento entre
Estados Unidos y Rusia. Esta preocupación de un futuro
enfrentamiento con el imperialismo ruso se puede comprobar en las
rencillas entre los aliados y los restrasos habidos sobre la
cuestión de Europa, que debía servir para aliviar le
presión sobre Rusia mediante la apertura de un segundo
frente en el Oeste. Roosevelt había prometido el desembarco
en 1942 o a principios del 43, pero no se realizó sino en
1944. Los rusos se quejaron de que los Aliados “han
detenido a propósito sus auxilios para debilitar a la Unión
Soviética, con vistas a poder así dictar los
términos de la paz”
(Herring, op. cit.).
Esta preocupación también explica el uso de las
armas nucleares contra Japón en agosto de 1945, aún
cuando éste había dado muestras de firmar una
capitulación negociada; el objetivo fue, primero, ganar la
guerra antes de que el imperialismo ruso pudiera entrar en guerra
en Oriente y exigiera territorios e influencia en la región
y, segundo, advertir al imperialismo ruso, en vísperas de
la posguerra, de cuál era la verdadera fuerza del potencial
militar norteamericano.

Sin
embargo, si Estados Unidos preveía un enfrentamiento con
Moscú en la posguerra, sería un error pensar que
tenía una comprensión completa y precisa de los
contornos exactos del conflicto, como tampoco de las intenciones
imperialistas de Moscú. Roosevelt, en particular, parecía
tener las ideas ya trasnochadas del siglo XIX en lo referente a
las esferas de influencia imperialista, contando con una
cooperación de Rusia para construir un nuevo orden mundial
en el período de posguerra, en el que Moscú hubiese
tenido un papel de subordinado (Painter, op. cit.). En este
sentido, Roosevelt pensaba, por lo visto, que otorgar a Stalin una
zona amortiguadora en Europa del Este que sirviera de protección
contra el adversario histórico de Rusia, Alemania, daría
satisfacción a los apetitos imperialistas rusos. Sin
embargo, incluso en Yalta, en donde quedó fijada la mayor
parte de ese marco, hubo conflictos sobre la participación
de británicos y norteamericanos en el futuro de las
naciones de Europa del Este, en particular de Polonia.

Durante
los 18 meses que siguieron la guerra, el presidente norteamericano
Truman tuvo que enfrentarse a una imagen mucho más
alarmante del expansionismo ruso. Estonia, Letonia y Lituania
habían sido tragadas por Rusia en cuanto acabó la
guerra, se instalaron gobiernos títere en Polonia, Rumanía,
Bulgaria y en la parte de Alemania controlada por las fuerzas
rusas. En 1946, Rusia retrasó su retirada de Irán,
apoyando las fuerzas disidentes e intentando obtener concesiones
petroleras. Presionó a Turquía para conseguir un
mayor acceso al Mar Negro y, tras su fracaso en las elecciones, el
partido estalinista griego, bajo influencia directa del Kremlin,
adoptó la estrategia de reanudar la guerra civil en Grecia.
En Naciones Unidas, Moscú rechazó el plan
norteamericano de control de las armas atómicas, que
hubiese permitido a Estados Unidos mantener su monopolio nuclear,
poniéndose así en evidencia su propio proyecto de
entrar en la carrera de armamentos nucleares.

Georges
Keenan, joven experto del departamento de Estado US destinado en
Moscú, redactó en febrero del 46 su famoso “largo
telegrama” que presentaba a Rusia como un enemigo
“irreductible”, propenso a una política
expansionista para extender su influencia y potencia, todo lo cual
iba a ser la base de la política norteamericana durante la
Guerra Fría. La alarma que hizo sonar Keenan se confirmaba
en la influencia creciente de Moscú por el mundo. Los
partidos estalinistas en Francia, Italia, Grecia y Vietnam
parecían tener pretensiones de alcanzar el poder. Las
naciones europeas sufrían una presión enorme para
descolonizar sus imperios de antes de la guerra, en particular en
Oriente Próximo y Asia. La administración Truman
adoptó una estrategia de contención destinada a
bloquear cualquier intento de avance de la potencia rusa.

La
contención del “comunismo”

En el periodo posterior a la guerra, la primera
meta estratégica global del imperialismo americano fue la
defensa de Europa, para prevenir que ninguna nación,
excepto las que ya se habían cedido al imperialismo ruso en
Yalta, cayera en manos del estalinismo. La doctrina fue llamada
“containment” (contención) y fue diseñada
para resistir el despliegue de los tentáculos del
imperialismo ruso en Europa y en Oriente Próximo. La
doctrina emergió como una medida para contrarrestar la
ofensiva del imperialismo ruso de la posguerra. En 1945-46, el
imperialismo ruso se puso a reivindicar agresivamente dos
escenarios que él consideraba de interés tradicional
en el este de Europa y en Oriente Próximo, lo cual alarmó
a Washington. En Polonia, Moscú hizo caso omiso de lo que
garantizaba Yalta sobre las elecciones “libres” e
impuso un régimen títere; la guerra civil en Grecia
fue reavivada; ejerció presión sobre Turquía
y por fin se negó a retirar sus tropas del norte de Irán.
Al mismo tiempo, Alemania y Europa occidental seguían
inmersas en una confusión económica total,
esforzándose por iniciar la reconstrucción y
negociar una liquidación formal de la guerra que quedó
en punto muerto debido a las rencillas entre potencias, mientras
los partidos estalinistas disponían de una enorme
influencia en los países devastados de Europa occidental,
especialmente Francia e Italia. La Alemania derrotada fue otro
punto primordial en la confrontación. El imperialismo ruso
demandó reparaciones y garantías para que una
Alemania reconstruida no significará nunca más una
amenaza.

Para
contener la influencia del “comunismo” ruso, la
administración Truman respondió en 1946 con el apoyo
al régimen iraní en contra de Rusia, asumiendo las
responsabilidades hasta entonces asumidas por Gran Bretaña
en el Mediterráneo oriental, proporcionando una ayuda
militar masiva a Grecia y Turquía a principios del 47 e
iniciando con el Plan Marshall, en junio de 1947, la
reconstrucción de Europa occidental. No se trata en este
artículo de entrar en detalles sobre la naturaleza y los
mecanismos de la reconstrucción de Europa occidental; pero
es, sin embargo, importante entender que la ayuda económica
fue un factor esencial para combatir el imperialismo ruso y
construir un baluarte contra él.

La
asistencia económica fue completada por una política
de ayuda en la reconstrucción de organizaciones e
instituciones prooccidentales (proWashington), de sindicatos y
organizaciones políticas “anticomunistas”, con
ejecutivos de la AFL (gran central sindical de EE.UU) trabajando
mano a mano con la CIA para que Europa occidental siguiera siendo
un lugar seguro para el capitalismo norteamericano. El sindicato
“Force ouvrière” en Francia y la revista de
izquiedas New Statesman en Gran Bretaña son dos
ejemplos famosos de la forma con la que Norteamérica
financiaba a los “anticomunistas” en la Europa de la
posguerra.

“La ayuda norteamericana permitió
a gobiernos moderados dedicar enormes recursos a la reconstrucción
y a la expansión de las exportaciones, sin tener que
imponer programas de austeridad políticamente inaceptables
y socialmente peligrosos que hubiesen sido necesarios sin la ayuda
norteamericana. Esta ayuda también contribuyó a
contrarrestar lo que los dirigentes norteamericanos consideraban
como un alejamiento peligroso de la libre empresa hacia el
colectivismo. Al favorecer ciertas políticas y oponerse a
otras, no solo Estados Unidos influenciaba la forma con la que las
élites europeas y japonesas definían sus ­intereses
propios, sino que también modificaba la relación de
fuerzas en los grupos de decisión. La política
norteamericana facilitó el auge de partidos centristas
tales como los democristianos en Italia y Alemania occidental, así
como el Partido liberal democrático conservador en Japón”
(Painter, op. cit.).

La
revitalización económica del Oeste europeo fue
seguida rápidamente por la creación de la OTAN que a
su vez llevó al imperialismo ruso a cristalizar la
dependencia de sus vasallos europeos en una alianza militar rival:
el Pacto de Varsovia. Fue así y entonces cuando quedó
establecido el enfrentamiento estratégico que dominará
Europa hasta el hundimiento del estalinismo a finales de los 80. A
pesar de que ambos pactos militares fuesen supuestamente alianzas
de seguridad mutuas, cada uno de ellos estaba en realidad
totalmente dominado por el líder del bloque.

La
creación de un orden mundial bipolar

A pesar de los enfrentamientos descritos más
arriba, la creación de un mundo imperialista bipolar como
se manifestó en la Guerra Fría, no emergió
instantáneamente al finalizar la Segunda Guerra mundial. A
pesar de que Estados Unidos fuese claramente el líder
dominante, Francia, Gran Bretaña y demás potencias
europeas aún tenían ilusiones de independencia y de
potencia. Mientras hablaban en privado de la creación de un
imperio bajo su control, los dirigentes políticos
norteamericanos mantenían en público la ficción
de una colaboración y cooperación mutuas con Europa
occidental. Por ejemplo, hubo cuatro cumbres entre los jefes de
Estado de Estados Unidos, Rusia, Gran Bretaña y Francia
durante los años 50, para finalmente caer en la nada a
medida que el imperialismo norteamericano consolidaba su
dominación. Desde finales de los 60 hasta el fin de la
Guerra Fría, esas cumbres se limitaron a Estados Unidos y
Rusia, siendo a menudo excluidos los “socios” europeos
incluso de las consultas previas a esas reuniones.

Tras
la guerra, Gran Bretaña era la tercera potencia mundial
–aunque bastante lejos de las primeras– pero había
cierta tendencia a sobreestimar las capacidades británicas
en los primeros días de la Guerra Fría. Seguían
existiendo restos de rivalidad entre Estados Unidos y Gran
Bretaña, quizás una tendencia por parte de EE.UU a
utilizar a Rusia para contrarrestar a los británicos, pero
al mismo tiempo la creencia de que se podía confiar en Gran
Bretaña para defender la linea del frente europeo contra el
expansionismo ruso. Al ser la potencia europea dominante en el
Mediterraneo oriental, le tocó entonces a Gran Bretaña
la responsabilidad de bloquear a los rusos en Grecia. Fue un
difícil despertar cuando los británicos tuvieron que
pedir auxilio a Estados Unidos. Se necesitó, pues, algún
tiempo para que EE.UU viera claramente el papel preciso que iba a
desempeñar en Europa y apareciera la división
bipolar del mundo.

A
pesar de su enorme poder militar y económico, los paises
europeos fueron arrastrados a regañadientes hasta que su
voluntad quedó sometida a su amo imperialista. Se puso en
marcha todo tipo de presiones para que las reacias potencias
europeas abandonaran sus colonias en África y Asia, en
parte para borrarles todo vestigio de sus antiguas glorias
imperialistas, en parte para cerrar el paso a Rusia en África
y Asia, y en parte para dar al imperialismo americano más
oportunidad para ejercer su influencia en esas antiguas colonias.
Esto, naturalmente, no impidió para nada a los europeos
intentar convencer a los norteamericanos de seguir unas
orientaciones políticas mutuamente aceptables, como fue el
caso por ejemplo en 1956, cuando los británicos intentaron
aliarse a Estados Unidos en su política contra Naser en
Egipto.

Los
imperialismos francés y británico, actuando
concertadamente con el israelí, intentaron la última
baza abierta de imperialismo independiente cuando la crisis del
Canal de Suez en 1956, pero Estados Unidos mostró que no se
iba a dejar intimidar. Gran Bretaña entendió que no
podía permitirse negociar ante una posición de
fuerza norteamericana, exponiéndose a una acción
disciplinaria rápida por parte de Estados Unidos. Francia,
en cambio, trató obstinadamente de mantener la ilusión
de su independencia con respecto a la dominación
norteamericana, retirando sus fuerzas del mando de la OTAN en 1966
e insistiendo en que debía ser retirada del territorio
francés cualquier representación de la OTAN a partir
de 1967.

La
unidad y la continuidad de la política
imperialistanorteamericana durante la Guerra Fría

Como corriente política seria en el seno
de la clase dominante norteamericana, el aislacionismo quedó
completamente neutralizado con los acontecimientos de Pearl Harbor
en 1941, utilizados, cuando no provocados, por Rooselvelt para
forzar a los aislacionistas, así como a los elementos
favorables a Alemania de la burguesía norteamericana, a
abandonar sus posiciones. Desde la Segunda Guerra mundial, las
ideas aislacionistas quedaron esencialmente reservadas para la
extrema derecha de la burguesía, y ya no son una fuerza
seria en la definición de la política exterior.
Resulta claro que la Guerra Fría contra el imperialismo
ruso fue una política unificada de la burguesía. Las
divergencias que aparecían formaban parte, en su mayoría,
del espectáculo democrático, con excepción de
las divergencias sobre la guerra de Vietnam después de
l968, de lo cual hablaremos en la segunda parte de este artículo.
La Guerra Fría comenzó bajo Truman, el demócrata
que llegó al poder después de la muerte de Rooselvet
en 1945. Fue Truman quien emprendió la fabricación
de la bomba atómica, los esfuerzos para bloquear el
imperialismo ruso en Europa y Oriente Medio, quien decidió
el puente aéreo de Berlín, quien creó la
Organización del Atlántico Norte (OTAN) e hizo
entrar en acción a las tropas norteamericanas en la guerra
de Corea.

En la campaña
electoral de 1952, es cierto que los conservadores republicanos
criticaron la política de “contención”
de Truman como una concesión al “comunismo”,
una forma de apaciguamiento que implícita o explícitamente,
aceptaba la continuación de la dominación rusa en
los países bajo su influencia o control y oponíéndose
unicamente a la expansión de Rusia por más paises. Y
a cambio, los conservadores propusieron el “rollback”,
o sea, una política activa para hacer retroceder al
imperialismo ruso hasta sus propias fronteras. Sin embargo, a
pesar de que el republicano Eisenhower llegó al poder en
1952 y siguió en él hasta lo más álgido
de la Guerra Fría en Europa, jamás hubo, en
realidad, el menor intento de rollback por
parte del imperialismo americano. Siempre siguió con la
política de “contención”. Así
que, en 1956, durante la sublevación en Hungría, el
imperialismo americano no intervino, reconociendo de hecho la
prerrogativa rusa de suprimir la rebelión en su propia
esfera de influencia. Bajo Eisenhower, el imperialismo americano
continuó claramente la estrategia de la contención,
insinuándose en la brecha abierta en Indochina después
de la derrota del imperialismo francés en la región,
socavando así los Acuerdos de Ginebra para prevenir una
posible unificación de Vietnam, apoyando el régimen
del Sur; manteniendo la división de Corea y transformando a
Corea del Sur en escaparate del capitalismo occidental en Extremo
Oriente; y oponiéndose, en fin, al régimen de Fidel
Castro y su inclinación hacia Moscú. La continuidad
de esa política puede verse en el hecho de que fue la
Administración conservadora republicana de Eisenhower la
que preparó la invasión de Bahía de los
Cochinos, pero fue la administración demócrata del
liberal Kennedy la que la realizó...

Fue el
demócrata liberal Johnson el primero en desarrollar la
noción de distensión en 1966 –él
lo llamaba “echar puentes” y “compromisos de
pacificación”–, pero fue el conservador Nixon,
un republicano, con Henry Kissinger a su lado, quien dirigió
la política de distensión a principios de los 70. Y
fue el demócrata Carter, y no Reagan, quien inició
el desmantelamiento de la distensión y reavivó la
Guerra Fría. Carter hizo de “los derechos humanos”
la piedra angular de su política exterior, al imponer
algunos cambios en unas dictaduras militares, inservibles
entonces, que dominaban América Latina, también
enfrió las relaciones con Moscú y reavivó la
propaganda antirrusa. En 1977, la OTAN adoptó tres
propuestas de Carter:

1)  La distensión con Moscú debía
apoyarse en una posición de fuerza (basada en el Informe
Harmel adoptado en 1967);

2)  Un compromiso para la normalización
del equipamiento militar de la OTAN y una mayor participación
de las fuerzas de la OTAN a nivel operativo;

3)  Reactivar la carrera armamentística,
llegando a lo que sería conocido como el Programa de
defensa de largo plazo (LTDP), el cual comenzaba por una llamada
al reforzamiento de las armas convencionales en los países
de la OTAN.

En
respuesta a la invasión rusa de Afganistán en 1979,
Carter adoptó una nueva orientación en la Guerra
Fría, esencialmente terminando con la distensión,
negándose a someterse al tratado SALT II y su ratificación
en el senado y organizando el boicot americano de los juegos
olímpicos de Moscú en 1980. En diciembre de 1979,
bajo el liderazgo de Cárter, la OTAN adoptó la
“doble vía” para el rearme estratégico
(negociación con Moscú para reducir o eliminar los
misiles de medio alcance, los SS 20, que apuntaban a Europa
occidental en 1983), pero al mismo tiempo preparar el despliegue
de los misiles de EE.UU (464 misiles de crucero en Gran Bretaña,
Holanda, Bélgica e Italia y 108 cohetes en Alemania
Occidental) en caso de que el acuerdo con Moscú no fuera
alcanzado.

En
este sentido, el apoyo de Reagan a los muyaidines en Afganistán,
a los cuales llamó “luchadores por la libertad”,
aceleró la carrera armamentística, desplegando
misiles de medio alcance en Europa entre 1983-84, lo cual provocó
muchas protestas en el viejo contienente, todo en completa
continuidad con la política americana asumida desde Carter.
La meta estratégica de prevenir el aumento del poder rival
en Asia o Europa capaz de desafiar a Estados Unidos, fue
desarrollada al final de la administración del primer Bush,
continuada por la administración Clinton y es ahora el
centro de la política de Bush junior. La guerra de
Bush contra Osama Bin Laden y Al Qaeda es una continuación
de la política iniciada bajo la administración
Clinton, pero ahora a unos niveles de guerra abierta cuya
prioridad es establecer y dar solidez a la presencia
norteamericana en Asia central. La necesidad para el imperialismo
americano de estar preparado para emprender acciones militares
unilaterales fue desarrollada bajo la administración
Clinton y continuada por el actual gobierno de Bush. La
continuidad en la política imperialista es un reflejo de la
característica central de la política que hace el
Estado capitalista en la decadencia, en el cual es la burocracia
permanente, y no el poder legislativo, el ámbito del poder
político. Por supuesto, no se trata de negar que algunas
veces hay divergencias significativas políticas en el seno
de la burguesía americana, en claro contraste con su unidad
global. Los dos ejemplos más evidentes fueron la guerra de
Vietnam y la política respecto a China de finales de los
90, política que desembocó en el intento de
impeachment de Clinton. Esos dos ejemplos serán
tratados en la continuación de este artículo.

La
guerra de Corea: la estrategia de contención en acciónen
Extremo Oriente

Mientras que las tensiones Este-Oeste en Europa
occidental, especialmente en Alemania y Berlín, y en
Oriente Medio preocuparon a los estrategas de la política
imperialista americana en el periodo inmediatamente posterior a la
Segunda Guerra mundial, los acontecimientos de Extremo Oriente
hicieron sonar inmediatamente la alarma. Con un gobierno militar
americano en funciones en Japón y un régimen
nacionalista chino amigo, y que era miembro permanente del Consejo
de Seguridad, EE.UU había previsto desempeñar un
papel dominante en Extremo Oriente. La caída del régimen
nacionalista en China, en 1949, hizo aparecer el espectro de un
expansionismo ruso en Extremo Oriente. Aunque Moscú lo
había hecho todo por contrarrestar el liderazgo de Mao
Zedong durante los años de guerra, manteniendo unas
relaciones activas con los nacionalistas, Washington temía
un acercamiento entre Pekín y Moscú, verdadero reto
para los intereses de EE.UU en la región. El bloqueo del
intento ruso de imponer un reconocimiento de la China roja por la
ONU, llevó a Moscú a abandonar el Consejo de
Seguridad, boicoteando ese organismo durante siete meses, hasta
agosto de 1950.

El
boicot al Consejo de Seguridad por Moscú tuvo un profundo
impacto en junio de 1950, cuando las fuerzas de Corea del Norte
invadieron Corea del Sur. Truman ordenó inmeditamente a las
fuerzas americanas que lucharan para defender el régimen
prooccidental de Corea del Sur, una semana antes de que el Consejo
votara la autorización para la acción militar bajo
el mando de Estados Unidos, lo cual muestra la predisposición
del imperialismo americano para emprender acciones unilaterales (o
sea que esto no es un invento reciente). No solamente las tropas
americanas entraron en batalla en Corea antes de la autorización
de la ONU, sino que, incluso después de que la ONU la
otorgara y eviara tropas de otras 16 naciones para participar en
la “acción de policía”, el mando
norteamericano rendía cuentas directamente a Washington, y
no a la ONU. Si Moscú hubiera estado presente en el Consejo
de seguridad, podría haber vetado la intervención
militar de la ONU bloqueándola, o sea que hubiera sido un
lejano ensayo de la obra a la que hemos asistido en estos últimos
meses, lo cual demuestra hasta dónde está dispuesta
a ir la burguesía norteamericana cuando se trata de
defender sus intereses imperialistas.

Algunos
analistas burgueses sugieren que el boicot ruso estaba en realidad
motivado por el deseo de evitar que el régimen de Mao fuera
prematuramente aceptado por Naciones Unidas mediante una nueva
votación, ganando así tiempo para cimentar las
relaciones entre Moscú y Pekín. Zbigniew Brzezinski
ha afirmado incluso que fue “un cálculo deliberado
para estimular la hostilidad entre Estados Unidos y China…la
orientación americana predominante antes de la guerra de
Corea era buscar un acuerdo con el nuevo gobierno del territorio
chino. De todas maneras, Stalin aprovechaba cualquier ocasión
para estimular un conflicto entre EE.UU y China, y con razón.
Los veinte años siguientes de hostilidad entre Estados
Unidos y China fueron totalmente beneficiosos para la Unión
Soviética
” (“How the Cold War was Played”,
Foreing Affairs, 1972).

La
crisis de los misiles cubanos : al borde de la guerra nuclear

El derrocamiento por Fidel Castro, en 1959, del
dictador apoyado por Estados Unidos plateó un serio dilema
en el enfrentamiento bipolar de la Guerra Fría, llevando a
las superpotencias al borde de la guerra nuclear durante la crisis
de los misiles cubanos, en octubre de 1962. Al principio, el
carácter de la revolución castrista no era muy
claro. Con una ideología de populismo democrático
adobada con la salsa romántica de la guerrilla, Castro no
era miembro del partido estalinista y sus lazos con éste
eran muy tenues. Sin embargo, su política de
nacionalización de los bienes estadounidenses desde su toma
del poder chocó rápidamente con Washington. La
hostilidad de Washington acabó echando a Castro, en su
búsqueda de ayuda extranjera y de asistencia militar, en
brazos de Moscú. La invasión de la Bahía de
los Cochinos en abril de 1961, apoyada por la CIA (había
sido prevista por Eisenhower y realizada por Kennedy) mostró
a las claras que Washington estaba dispuesto a echar abajo un
régimen apoyado por los rusos. Para EE.UU, la existencia de
un régimen ligado a Moscú en su propio patio trasero
era algo intolerable. Desde que se formuló la Doctrina
Monroe en 1823, Estados Unidos siempre mantuvo la postura de que
los países de América debían quedar fuera del
alcance de los imperialismos europeos. Comprobar que el
imperialismo adverso de la Guerra Fría había
establecido una cabeza de puente a 150 km. de las costas
norteamericanas de Florida, era, para Washington algo
sencillamente inaceptable.

A finales de 1962,
Castro y el imperialismo ruso consideraban inminente una invasión
de EE.UU, y, de hecho, organizada por Robert Kennedy, Washington
emprendió en noviembre de 1961 la operación
Mongoose, que preveía acciones militares contra Cuba a
mediados de octubre de 1962, inspiradas por Estados Unidos y
llevadas a cabo en nombre de la Organización de Estados
Americanos para excluir de ésta a Cuba y prohibir toda
venta de armas a Castro. “El 1º de octubre, el
secretario de Defensa, Robert McNamara, ordena los preparativos
militares para un bloqueo, ataques aéreos, una ‘invasión
con el máximo de preparación’, de modo que
estas dos acciones estén terminadas el 20 de octubre

(B.J. Berstein, Ency­clopedia of US Foreing relations).
En el mismo momento, EE.UU instala 15 misiles Júpiter
en Turquía, cerca de la frontera sur de Rusia, apuntando a
objetivos de este país, algo inaceptable para Moscú.

Moscú
intenta contrarrestar esas dos amenazas con el despliegue de
misiles nucleares en Cuba apuntando a Estados Unidos. La
administración Kennedy hizo una estimación errónea
de las intenciones de Moscú, considerando el despliegue de
misiles como una acción ofensiva y no defensiva. Exigió
el desmantelamiento inmediato y la retirada de los misiles ya
desplegados y la vuelta a Rusia de los navíos que se
dirigían con más misiles hacia Cuba. Como el bloqueo
de las aguas cubanas hubiera sido un acto de guerra según
la ley internacional, la administración Kennedy anunció
la “cuarentena” de las aguas cubanas y se preparó
para interceptar en alta mar y en aguas internacionales a los
barcos rusos sospechosos de transportar misiles. Toda la crisis se
desarrolló en plenas elecciones al Congreso de noviembre de
1962, en las que Kennedy tenía miedo de que la derecha
republicana triunfara si él aparecía débil en
su enfrentamiento con Jruschov. Pero es difícil creerse,
por mucho que lo afirmen algunos historiadores, que Kennedy
estuviera más motivado por consideraciones de política
interior que por la estrategia de defensa y la política
exterior. La proximidad de Estados Unidos hacía que la
presencia de los misiles rusos en Cuba incrementara en 50 % la
capacidad de Moscú de golpear el conteninente
norteamericano con cabezas nucleares, lo cual era un cambio de la
mayor importancia en el equilibrio del terror de la Guerra Fría.
En ese contexto, la Administración fue muy lejos llevando
al mundo al borde de un enfrentamiento nuclear directo, sobre todo
cuando los rusos derribaron un avión espía U2, en
plena crisis, lo cual hizo que los jefes de Estado Mayor exigieran
un inmediato ataque a Cuba. En ese momento, Robert Kennedy
sugirió que había que buscar un pretexto,
‘Hundir un Maine o algo así’ y entrar en guerra
contra los soviéticos
(1). Más
vale ahora que más tarde, concluyó”
(Berstein). Finalmente, los americanos llegaron a un acuerdo
secreto con Jruschov, ofreciéndole la retirada de los
misiles Júpiter de Turquía contra la retirada de los
misiles rusos de Cuba. Al mantenerse secreta la concesión
norteamericana, Kennedy pudo reivindicar una victoria total por
haber hecho retroceder a Jruschov. Es posible que el enorme golpe
propagandístico de EE.UU acabara socavando la autoridad de
Jruschov en los medios dirigentes rusos, siendo un factor
importante de su retiro algún tiempo después. Los
miembros del círculo más próximo a Kennedy
mantuvieron esa ficción durante casi dos décadas
como puede leerse en sus diferentes libros de “Memorias”.
No será sino en los años 80 cuando los hechos de la
crisis de los misiles cubanos y el acuerdo con el que se le puso
fin, aparecerán a la luz (Berstein, op. cit.). Tras
haber llegado tan cerca de una guerra nuclear, Moscú y
Washington se pusieron de acuerdo para tender una “línea
roja” de comunicación entre la Casa Blanca y el
Kremlin y firmar un tratado de prohibición de los ensayos
nucleares, concentrando sus fuerzas más en los
enfrentamientos por intermediarios durante la etapa siguiente de
la Guerra Fría.

Las
guerras por intermediarios durante la Guerra Fría

Durante toda la Guerra Fría, las
burguesías americana y rusa no se enfrentaron nunca
directamente en conflictos armados, sino a través de una
serie de guerras “por delegación”, concentradas
en los países periféricos, unos conflictos que nunca
involucraron a las metrópolis del mundo capitalista, sin
llegar a ser nunca un peligro de espiral incontrolada en una
guerra nuclear mundial, excepto, como hemos dicho, durante la
crisis de los misiles de Cuba, en 1962. La mayoría de las
veces, esos conflictos “por delegación de poder”
involucraban a dos potencias, de un lado un gobierno con el
respaldo de Washington contra un movimiento de liberación
nacional apoyado por Moscú. Era menos frecuente que esos
conflictos involucraran directamente a Rusia o a Estados Unidos
contra un país tercero apoyado por uno de los dos, como así
fue en Corea o en Vietnam para Estados Unidos, o Rusia contra los
muyaidines apoyados y armados por EE.UU en Afganistán. En
general, los insurgentes estaban apoyados por el bloque más
débil como, por ejemplo, todas las guerras de pretendida
liberación nacional apoyadas por los estalinistas durante
toda la Guerra Fría. Angola o Afganistán, donde los
rebeldes estuvieron apoyados por EE.UU fueron excepciones. En
general, los avances realizados en ese ajedrez macabro del
imperialismo por quienes estaban apoyados por Moscú
provocaban una respuesta mucho mayor y devastadora de quienes
tenían el apoyo de EEUU. Un ejemplo es la guerra en Oriente
Próximo, en donde Israel repelió las ofensivas
árabes, apoyadas por Moscú, repetida y masivamente.
A pesar de las numerosas luchas de liberación que apoyó
durante cuatro décadas, la burguesía estalinista
rusa logró muy escasas veces establecer una cabeza de
puente estable para salir de su baluarte europeo. Varios Estados
del Tercer mundo quisieron utilizar a un bloque contra el otro,
coquetearon con Moscú aceptando su apoyo militar, pero
nunca integraron por completo o definitivamente su órbita.
En ningún otro sitio como en Latinoamérica, en donde
no pudieron nunca ir más allá de Cuba, la
incapacidad de Rusia para ampliar de manera permanente su
influencia apareció de manera tan flagrante. Incapaz de
extender el estalinismo hacia Latinoamérica, la burguesía
castrista se vio obligada a devolver la ayuda prestada por Rusia
enviando tropas de choque a Angola al servicio de Moscú.

(continuará)

JG,
febrero de 2003.

 1) El
Maine era el navío US que estalló en 1898 en
el puerto de La Habana y provocó la declaración de
guerra de Estados Unidos a España, potencia colonial en
Cuba. Se sabe perfectamente que fue una provocación por
parte de EE.UU para justificar esa declaración. Una
provocación que se cobró 400 muertos entre los
marinos US. Buen ejemplo del maquiavelismo de la burguesía,
que siempre anda buscando pretextos que ella misma se fabrica para
justificar sus maniobras imperialistas. Ver el artículo
“Las Torres Gemelas y el maquivelismo de la burguesía”
en la Revista internacional nº 108.

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