60º aniversario de la liberación de los campos de concentración...Barbarie capitalista y manipulaciones ideológicas

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El
año 2005 es rico en aniversarios macabros. La burguesía
acaba de celebrar uno de ellos, la liberación de los campos de
concentración nazis en enero de 1945, con un fasto que ha
superado el de las ceremonias del cincuentenario. No es de extrañar,
desde luego, pues la exhibición de los crímenes
monstruosos del adversario que salió derrotado de la Segunda
Guerra mundial es el medio más seguro para absolver a los
Aliados de sus propios crímenes contra la humanidad, cometidos
durante la guerra misma y desde entonces, y presentar los valores
democráticos como garantías de la civilización
frente a la barbarie. Por razones similares, podemos suponer que el
aniversario de la capitulación de Alemania de mayo de 1945
tenga también un especial boato. La Segunda Guerra mundial, de
igual modo que la primera, fue una guerra imperialista, que enfrentó
a bandidos imperialistas y la hecatombe que provocó (50
millones de muertos) confirmó de una manera tan dramática
la quiebra del capitalismo. Y si hoy la burguesía está
obligada a dar semejante amplitud a las conmemoraciones de la Segunda
Guerra mundial, es precisamente porque las patrañas con las
que se ha envuelto aquella barbarie tienen tendencia a gastarse.
Empiezan ahora a evocarse evidencias negadas u ocultadas durante
largo tiempo, como el hecho de que los Aliados conocían a la
perfección la existencia de los campos de exterminio y que no
hicieron nada para ponerlos fuera de uso, lo cual plantea la cuestión
de la corresponsabilidad de los Aliados en el Holocausto. Les incumbe
a los revolucionarios, que fueron los primeros en erguirse para
denunciar la barbarie de ambos bandos, proseguir un combate contra
unas mentiras de la burguesía cuyo objetivo es mantener
ocultos los crímenes de los Aliados o minimizar su realidad.
Les incumbe también dejar patente la inconsistencia de todos
los intentos de la burguesía por “excusar” los actos de
barbarie del bando “democrático”

¿Por
qué tanto ruido sobre la liberación de los campos de
concentración?

La conmemoración del 60º aniversario del
desembarco aliado de junio de 1944 tuvo ya una amplitud que superó
la del cincuentenario (1).
Consciente de que el recuerdo de ese acontecimiento debe mantenerse
permanentemente fresco en el cerebro de los vivos, la burguesía
no escatimó medios para reavivar la imagen de todos aquellos
jóvenes reclutas que, imaginándose que combatían
por “la libertad de sus semejantes”, fueron aplastados por
decenas de miles en las playas del desembarco. Para la burguesía,
es de la mayor importancia que se mantenga en las conciencias de las
nuevas generaciones, la mitología que permitió alistar
a sus mayores que pensaban que combatir el fascismo en el campo
democrático (2)
era defender la dignidad humana y la civilización contra la
barbarie. Por eso no le basta a la clase dominante con haber
utilizado como carne de cañón a la clase obrera
inglesa, americana, alemana (3),
rusa o francesa, sino que es ahora a las generaciones actuales de
proletarios a las que aquélla dirige en primer lugar su
infecta propaganda. En efecto, aunque hoy no esté todavía
dispuesta a sacrificarse por los intereses de económicos e
imperialistas de la burguesía, la clase obrera sigue siendo
permeable al embuste de que no sería el capitalismo la causa
de la barbarie en el mundo, sino ciertos poderes totalitarios,
enemigos jurados de la democracia. La tesis del carácter
“único” del genocidio judío (y por lo tanto en nada
comparable a otro genocidio) desempeña un papel central en la
persistencia actual de la mistificación democrática. En
efecto, fue gracias a su victoria sobre el régimen totalitario
exterminador del pueblo judío si el campo aliado y su
ideología democrática, lograron imponer la patraña
de que ellos eran las garantías contra la suprema barbarie.

Justo después de la Segunda Guerra mundial, incluso en las dos
décadas siguientes, denunciar en el mismo plano la barbarie de
los Aliados y la de los nazis sólo lo hacían unas
pequeñas minorías, limitadas prácticamente al
medio revolucionario internacionalista (4).
Esto iba a ir cambiando paulatinamente con la puesta en entredicho,
consecuencia del resurgir internacional del proletariado en 1968, de
toda una serie de mistificaciones y mentiras forjadas y alimentadas
durante casi medio siglo de contrarrevolución (y en primer
lugar, la mentira del carácter socialista de los países
del Este). Y tanto más por cuanto la serie continua de
conflictos bélicos desde la Segunda Guerra mundial, en la que
los grandes países democráticos aparecían como
los pioneros de la barbarie (Estados Unidos en Vietnam, Francia en
Argelia…) (5),
abrieron el camino a la reflexión crítica. El
incremento de la barbarie y del caos desde los años 90
aparece, a pesar del despliegue de la mentira democrática
alimentada por el desmoronamiento del estalinismo, como el remate del
siglo más sanguinario de la historia (6).
Desde hace 15 años, grandes potencias, a menudo
“democráticas”, han acumulado unas responsabilidades
evidentes en el desencadenamiento de los conflictos: Estados Unidos y
tras ellos la coalición anti Sadam en la primera guerra en
Irak que hizo 500 000 muertos; las grandes potencias occidentales en
Yugoslavia (en dos ocasiones) con sus “limpiezas étnicas”
y entre éstas la del enclave de Srebrenica en 1993, cometido
por Serbia, sí, pero con el apadrinamiento de Francia y Gran
Bretaña; el genocidio de Ruanda coordinado por Francia y que
hizo un millón de víctimas (7);
la guerra en Chechenia con su limpieza étnica también
realizada por Rusia; y la última intervención, tan
actual y tan brutal, de Estados Unidos y Gran Bretaña en Irak.
En algunos de esos conflictos se asiste incluso a la repetición
del guión de la Segunda Guerra mundial, designando un dictador
para que cargue con todas las responsabilidades de las hostilidades y
de las matanzas: Sadam Husein en Irak, Milosevic en Yugoslavia. Poco
importa si, antes, el dictador había sido un tipo respetable
para esas democracias que mantenían con él unas
cordiales relaciones antes de darle un mejor uso como cabeza de
turco.

En esas condiciones, no es de extrañar que la
píldora del carácter “único” del genocidio
judío sea cada vez más difícil de tragar para
quienes no hayan sufrido una matraca ideológica embrutecedora
durante una vida entera. Concebir el Holocausto como una ignominia
especialmente abominable en medio de un océano de barbarie, y
no como algo particular, supone que se posee un sentido crítico
que no ha sucumbido frente a las campañas de culpabilización
y de intimidación más asquerosas de la burguesía
con las que pretende hacer pasar por “indiferentistas”, por
“negacionistas” (que ponen en entredicho la realidad del
Holocausto), por antisemitas o neonazis a quienes rechazan y condenan
tanto al campo de los Aliados como al de los fascistas. Por esta
razón las nuevas generaciones son más capaces de
librarse de las mentiras que han emponzoñado las conciencias
de sus mayores, como dan testimonio algunos comentarios de profesores
de secundaria que dan las clases sobre la Shoah :

Es
difícil hacer que admitan [los alumnos] que es un genocidio
diferente de los demás” (le Monde

del 26 de enero, “La actitud refractaria de algunos alumnos obliga
a los profesores a revisar sus clases sobre la Shoah”).

Por eso, para entorpecer el camino de una toma de
conciencia sobre la naturaleza real de la segunda carnicería
mundial y la democracia, la burguesía que hacer jugar a fondo
la emoción que inevitablemente provoca el recuerdo y la
descripción del sufrimiento de millones de desaparecidos en
los campos de concentración, desviando la responsabilidad real
de esos horrores y los de toda la guerra hacia un dictador, un
régimen, un país, para así excusar a un sistema,
el capitalismo. Y para hacer que esa puesta en escena sea lo más
eficaz posible, había que seguir ocultando y deformando la
realidad de los crímenes de las grandes democracias durante la
Segunda Guerra mundial.

Tras
el terror y la barbarie de los Aliados y del nazismo, la misma razón
de Estado

La experiencia de dos guerras mundiales muestra que
tuvieron características comunes que explican el grado
alcanzado en la barbarie y del que son responsables todos los campos
presentes:

• El armamento incorpora el grado más elevado
de la tecnología, y, como el conjunto del esfuerzo de guerra,
canaliza todos los recursos y fuerzas de la sociedad. Los progresos
de la tecnología que hubo entre la Primera y la Segunda Guerra
mundial, sobre todo en la aviación, hicieron que los
enfrentamientos bélicos no se limitaran ya, esencialmente, a
campos de batalla en los que se enfrentan los ejércitos
enemigos, sino que es toda la sociedad la que acaba siendo teatro de
operaciones;

• Un grillete de hierro comprime la sociedad entera
para que se pliegue ante todas las exigencias extremas del
militarismo y de la producción de guerra. La manera con la que
eso se llevó a cabo en Alemania es un modelo llevado al
extremo. En efecto, a medida que se incrementan las dificultades
militares, las necesidades de mano de obra se van a intensificar cada
vez más. Para satisfacerlas, a lo largo del año 1942,
los campos de concentración se convierten en un inmenso
almacén de material humano barato, renovable indefinidamente y
explotable sin límites. Así, la tercera parte como
mínimo de los obreros empleados por las grandes compañías
como Krupp, Heinkel, Messerschmitt o IG Farben eran deportados (8).

• Se usan todos los medios, hasta los más
extremos, para imponerse militarmente: gases asfixiantes durante la
Primera Guerra mundial, unos gases que hasta su primer uso se
consideraban como el arma absoluta que no se usaría nunca; la
bomba atómica, el arma absoluta, contra Japón en 1945.
Menos conocidos, pero más mortíferos todavía,
fueron los bombardeos de Segunda Guerra mundial de ciudades y
poblaciones civiles con el objetivo de aterrorizarlas y diezmarlas.
Inaugurados por Alemania sobre las ciudades de Londres, Coventry y
Rótterdam, fueron sistematizados y perfeccionados por el Reino
Unido, cuyos bombarderos desencadenarían verdaderos huracanes
de fuego en el corazón de las ciudades alcanzando unas
temperaturas de más de mil grados en medio de unas espantosas
hogueras.

Los
crímenes alemanes o soviéticos no pueden hacer olvidar
que los propios Aliados fueron habitados por el espíritu del
mal, poniéndose por delante de Alemania en ciertos dominios,
especialmente en el de los bombardeos de terror. Al decidir el 25 de
agosto de 1940 lanzar las primeras incursiones sobre Berlín,
en réplica a un ataque accidental sobre Londres, Churchill
tomó la aplastante responsabilidad de una terrible regresión
moral. Durante casi cinco años, el Premier británico,
los comandantes del Bomber Command, Harris, en particular, se ceban
en las ciudades alemanas.
(…)

El
colmo del horror se alcanzó el 11 de septiembre de 1944 en
Darmstadt. Durante un ataque magistralmente agrupado, todo el centro
histórico desapareció en medio de un océano de
llamas. En 51 minutos, la ciudad recibió un tonelaje de bombas
superior al de toda la aglomeración londinense durante toda la
guerra. Murieron 14 000 personas. En cuanto a las factorías
situadas en la periferia y que sólo representaban el 0,5% del
potencial económico del Reich, apenas si fueron tocadas”
(Una guerra total
1939-1945, estrategias, medios, controversia
,
Ph. Masson) (
9).

Los
bombardeos ingleses sobre las ciudades alemanas causarían la
muerte de cerca de 1 millón de personas.

El descalabro alemán y japonés del año
1945 no llevó, ni mucho menos, a una moderación de la
ofensiva sobre esos países que permitiera reducir costes
financieros, sino que, al contrario, tuvo el efecto de redoblar la
intensidad y la brutalidad de los ataques aéreos. La razón
estriba en que lo que desde entonces estaba en juego ya no era la
victoria sobre esos países, algo ya adquirido. Se trataba, en
realidad de evitar que, frente a los sufrimientos de la guerra,
apareciesen fracciones de la clase obrera en Alemania que se
rebelaran contra el capitalismo, como había ocurrido al final
de la Primera Guerra mundial (10).
Los ataques aéreos ingleses servían para proseguir el
aniquilamiento de los obreros que no habían perecido en el
frente militar, hundiendo al proletariado en la impotencia y el
terror.

A esa consideración se le añade otra.
Estaba claro para los anglo-norteamericanos que el futuro reparto del
mundo iba a enfrentar a los principales países vencedores de
la Segunda Guerra mundial, Estados Unidos por un lado (y junto a este
país, un Reino Unido exangüe) y, por el otro lado, la
Unión Soviética, capaz entonces de reforzarse
considerablemente merced a las conquistas y la ocupación
militar que le permitirían vencer a Alemania. Es la conciencia
de esa amenaza lo que expresa Churchill sin el menor equívoco:

la
Rusia soviética se había vuelto un enemigo mortal para
el mundo libre, [de manera] que había que crear sin tardanza
un nuevo frente para parar su marcha adelante de tal modo que ese
frente estuviera lo más al Este posible de Europa”

(
11).

Se
trata pues, para los Aliados occidentales, de marcar los límites
ante las apetencias imperialistas de Stalin en Europa y Asia mediante
demostraciones de fuerza disuasorias. Será ésta la otra
función de los bombardeos británicos de 1945 sobre
Alemania y el único objetivo del empleo del arma atómica
contra Japón (12).

El carácter cada vez más limitado de los
objetivos militares y económicos que acaban siendo totalmente
secundarios, pone claramente de relieve, como en Dresde, los nuevos
designios de los bombardeos:

Hasta
1943, a pesar de los sufrimientos infligidos a la población,
los raids podían tener todavía una justificación
militar o económica al ser bombardeados los grandes puertos
del norte de Alemania, el complejo del Ruhr, los centros industriales
de mayor importancia o incluso la capital del Reich. Pero, a partir
del otoño de 1944, ya no es lo mismo ni mucho menos. Con una
técnica perfectamente rodada, el Bomber Command, que dispone
de 1600 aviones y que se enfrenta a unas defensas alemanas cada día
más débiles, emprende el ataque y la destrucción
sistemática de ciudades medianas e incluso pequeñas
aglomeraciones sin el menor interés militar o económico.

La
historia ha retenido la atroz destrucción de Dresde en febrero
de 1945, con la excusa estratégica de neutralizar un nudo
ferroviario importante de la retaguardia de la Wehrmacht implicada
contra el Ejército rojo. En realidad, las perturbaciones
ocasionadas a la circulación no irán más allá
de las 48 horas. Ninguna justificación, sin embargo, para la
destrucción de Ulm, de Bonn, de Wurtzbourg, de Hidelsheim, de
todas esas ciudades medievales, de esas joyas artísticas
pertenecientes al patrimonio de Europa. Todas esas antiguas ciudades
desaparecerán en medio de tempestades de fuego en donde la
temperatura alcanza 1000 a 2000 grados que provocan la muerte de
decenas de miles de personas en unos sufrimientos atroces”
(Ph.
Masson).

Cuando
la barbarie misma se convierte en el móvil principal de la
barbarie

Hay otra característica común a los dos
conflictos mundiales: al igual que las fuerzas productivas que la
burguesía es incapaz de controlar bajo el capitalismo, las
fuerzas destructivas que pone en marcha en una guerra total tienden a
escapar a su control. De igual modo, los peores instintos
desencadenados por la guerra se hacen autónomos, se
autoestimulan, produciendo actos de barbarie gratuita, ya sin la
menor relación con los objetivos militares buscados, por muy
abominables que ya sean.

Los campos de concentración nazis se habían ido
convirtiendo, durante la guerra, en una monstruosa máquina de
matar a todos aquellos sospechosos de resistencia en Alemania o en
los países ocupados o sometidos a vasallaje, al constituir los
traslados de los detenidos a Alemania un medio de imponer el orden
mediante el terror en las zonas ocupadas por Alemania (13).
Pero el carácter cada día más expeditivo y
radical de los medios empleados para deshacerse de población
concentrada, de los judíos en particular, se debe menos a la
necesidad de imponer el terror o el trabajo forzado. Se trata de una
huida ciega en una barbarie cuyo único móvil es la
barbarie misma (14).
Junto a las matanzas masivas, lo torturadores y médicos nazis
se dedicaban a hacer “experimentos” con prisioneros en los que,
más que interés científico, lo que dominaba era
el puro sadismo. A esos científicos, por otra parte, se les
ofrecerá la inmunidad y una nueva identidad a cambio de su
colaboración en proyectos clasificados “secreto militar”
en Estados Unidos.

La marcha del imperialismo ruso, a través de
Europa del Este hacia Berlín, vino acompañada de
barbaridades que tienen esa misma “lógica”:

Se
aplastan columnas de refugiados bajo las cadenas de los carros de
combate o son sistemáticamente ametralladas por la aviación.
La población de aglomeraciones enteras es aplastada con cruel
ensañamiento. Se crucifica a mujeres desnudas en las puertas
de las granjas. Se decapita a niños o se les aplasta la cabeza
a culatazos o se les tira vivos en la pocilga de los cerdos. Todos
aquellos que no han podido huir o no han podido ser evacuados por la
Marina en los puertos del Báltico son sencillamente
exterminados. Se puede calcular el número de víctimas
entre 3 o 3,5 millones (…)

Sin
alcanzar ese grado, esa locura asesina se extiende a todas las
minorías alemanas de Sureste europeo, en Yugoslavia, en
Rumania y en Checoslovaquia, a miles de Sudetes. La población
alemana de Praga, instalada en la ciudad desde la Edad Media es
machacada con un sadismo inaudito. Después de haber sido
violadas, se les corta a las mujeres el tendón de Aquiles,
condenadas a morir desangradas en el suelo con unos sufrimientos
atroces. Se ametralla a los niños a la salida de las escuelas,
los tiran a la calle desde los pisos más altos de los
edificios o los ahogan en estanques y fuentes. A muchos pobres
desgraciados los emparedan vivos en los sótanos. En total, más
de 30 000 victimas..

De
la violencia tampoco se escapan las jóvenes auxiliares de
transmisiones de la Luftwaffe tiradas vivas en medas de heno a las
que se prende fuego. Durante semanas el Vltava (Moldava) arrastra
miles de cadáveres, familias enteras a veces, clavados en
almadías. Ante el estupor de algunos testigos, toda una parte
de la población checa hace alarde de una bestialidad propia de
edades remotas.

Esas
matanzas se deben, en realidad, a una voluntad política, a una
eliminación intencionada, favoreciendo el despertar de las
pulsiones más bestiales. En Yalta, ante la inquietud de
Churchill de ver surgir nuevas minorías dentro de las futuras
fronteras de la URSS o de Polonia, Stalin no se retuvo para declarar
con tono burlón que no debían de quedar muchos alemanes
en esas regiones...”

(Ph. Masson).

De la “limpieza étnica” de las provincias
alemanas del Este no solo fue responsable el ejército de
Stalin, sino que se realizó gracias a la ayuda de los
ejércitos británico y estadounidense. Aunque ya
entonces se estaban diseñando las líneas del futuro
antagonismo entre la URSS y Estados Unidos, estos dos países
junto con Gran Bretaña cooperaron sin reservas en la tarea de
eliminar todo peligro proletario, mediante la eliminación
masiva de la población (15).
Además, todos ellos tienen interés en que el yugo de la
futura ocupación de Alemania pueda ejercerse sobre una
población inerte por lo mucho que ha sufrido y que contenga la
menor cantidad posible de refugiados. Este objetivo, que ya por sí
solo encarna la barbarie, será la base de partida de una
escalada de una bestialidad incontrolada al servicio del asesinato de
masas.

Los refugiados que escapan a los tanques de Stalin, son
aplastados por unos bombardeos ingleses y americanos en los que se da
rienda suelta a medios abrumadores para realizar el exterminio puro y
simple. Los crueles bombardeos sobre Alemania, fueran éstos
ingleses, ordenados por Churchill en persona, o norteamericanos,
tienen el objetivo de matar al mayor número de personas y con
la mayor atrocidad posible:

...
esta voluntad masiva de destrucción sistemática que
acaba a veces pareciéndose a un genocidio, prosigue hasta
abril de 1945, a pesar de las objeciones en aumento del Air Marshall
Portal, comandante en jefe de la RAF, el cual desearía
orientar los bombardeos hacia la industria o los transportes. Como
buen político, el propio Churchill acaba inquietándose
tras las indignadas reacciones de la prensa de los países
neutrales e incluso de una parte de la opinión británica”
(Ph. Masson).

En el frente alemán, el objetivo del raid
norteamericano del 12 de marzo de 1945 sobre la ciudad portuaria de
Swinemünde en Pomerania que provocará más de 20
000 victimas, son los refugiados que huyen ante el avance de las
tropas de Stalin, amontonados en la ciudad o ya a bordo de navíos:

La
playa estaba bordeada de una amplia cintura de parques en los que se
había concentrado la masa de los refugiados. El 8º
ejército lo sabía perfectamente y fue por eso por lo
que había cargado sus aviones con gran cantidad de “rompedores
de árboles”, bombas con detonadores que explotaban en cuanto
entraban en contacto con las ramas.

Un
testigo cuenta haber visto a refugiados en el parque “que se
tiraban al suelo exponiendo así todo su cuerpo a la acción
de los “rompedores de árboles”. Los marcadores habían
dibujado exactamente los límites del parque con luces
trazadoras, de modo que la lluvia de bombas caía en una zona
muy estrecha de tal manera que no había ninguna posibilidad de
poder escapar
(…)

Entre
los grandes barcos mercantes que se hundieron (los Jasmund, Hilde,
Ravensburg, Heiligenhafen, Tolina, Cordillera)- fue el Andros el que
sufrió las mayores pérdidas. Había zarpado el 5
de marzo en Pillau, en la costa de Samland, con dos mil pasajeros en
dirección a Dinamarca”

(
El incendio, Alemania bajo las bombas, 1940-45
de Jörg Friedrich).

A
esos ataques masivos se añaden, durante el mismo período,
las incursiones repetidas de la aviación táctica,
bimotores y cazabombarderos. Esos
raids
[tanto de Estados Unidos como de
Gran Bretaña]
apuntan a los trenes, las carreteras,
a pueblos, alquerías aisladas, incluso a campesinos en sus
tierras. Los alemanes ya solo trabajan la tierra al alba o al
anochecer. Los ametrallamientos se producen a la salida de las
escuelas y hay que ir a recoger a los niños para protegerse
contra los combates aéreos. Durante el bombardeo de Dresde,
los cazas aliados atacan las ambulancias y los camiones de bomberos
que acudían hacia la ciudad desde las ciudades vecinas”

(Ph. Masson).

En el frente de guerra extremo oriental, el imperialismo
estadounidense actúa con la misma bestialidad:

Volvamos
al verano de 1945. Setenta de las mayores ciudades de Japón ya
han sido destruidas por el fuego como consecuencia de los bombardeos
con napalm. En Tokio, un millón de civiles está sin
techo y han muerto 100 000 personas. Han sido, retomando la expresión
del general de división Curtis Lemay, responsable de esas
operaciones de bombardeo por el fuego, “asados, hervidos y cocidos
hasta la muerte”. El hijo del presidente Franklin Roosevelt, que
era también su confidente, había declarado que los
bombardeos debían continuar “hasta que hayamos destruido más
o menos la mitad de la población civil japonesa”. El 18 de
julio, el emperador del Japón telegrafía al presidente
Harry S. Truman, que había sucedido a Roosevelt, para pedirle
la paz una vez más. Su mensaje es ignorado. (…) Unos días
después del bombardeo de Hiroshima, el vicealmirante Arthur
Radford se jacta: ‘Japón acabará siendo una nación
sin ciudades, un pueblo de nómadas’” (“De
Hiroshima a las Torres Gemelas”, le Monde diplomatique,

septiembre de 2002).

Confusión
ideológica y mentiras para tapar los cínicos crímenes
de la burguesía

Hay otra característica del comportamiento de la
burguesía, especialmente presente en las guerras, sobre todo
cuando son guerras totales: los crímenes que ella decide que
no se borren de la historia (del mismo modo que los historiadores
estalinistas empezaron a hacerlo en los años 1930), los
trastoca en lo contrario, en actos de valentía, actos
virtuosos que habrían permitido salvar más vidas
humanas que las que se suprimieron con esos actos.

Les
bombardeos británicos en Alemania

Tras la victoria de los Aliados, desaparece de la
realidad histórica toda una parte de la Segunda Guerra mundial
(16):

los
bombardeos de terror cayeron en el casi absoluto olvido, al igual que
las matanzas perpetradas por el Ejército rojo o los
repugnantes ajustes de cuentas en Europa del Este” (Ph. Masson).

Esos acontecimientos no son, claro está,
conmemorados en las ceremonias de los aniversarios “macabros”,
son totalmente desterrados de ellas. Solo quedan algunos testimonios
de la historia, demasiado arraigados para ser arrancados
abiertamente, y que son “tratados mediáticamente” para

volverlos inofensivos. Así ocurre, en particular, con el
bombardeo de Dresde :

“… la
más “admirable” incursión de terror de toda la
guerra [...] fue obra de los Aliados victoriosos. Un récord
absoluto fue alcanzado el 13 y 14 de febrero de 1945: 253 000
muertos, refugiados, civiles, prisioneros de guerra, deportados del
trabajo. Ningún objetivo ­militar” (Jacques
de Launay, “Introducción” a la edición francesa de
1987 del libro La destrucción de Dresde

(
17).

Queda bien, en los media que comentan las ceremonias del
60º aniversario del bombardeo de Dresde, considerar la cantidad
de 35 000 víctimas y cuando se evoca la de 250 000 es para
atribuir inmediatamente tal estimación, para unos a la
propaganda nazi y, para otros, a la propaganda estalinista. Esta
última “interpretación” es, por cierto, poco
coherente con la preocupación principal de las autoridades de
Alemania oriental de esos años, para las cuales

había
que evitar a toda costa que se extendiera la información
cierta de que la ciudad había sido invadida por cientos de
miles de refugiados que huían del Ejército rojo”
(Jacques de Launay).

En
efecto, en el momento de los bombardeos, la ciudad contaba alrededor
de un millón de habitantes, entre los cuales 400 000
refugiados. Habida cuenta de cómo quedó la ciudad de
aniquilada, es difícil imaginarse cómo solo pereció
¡el 3,5 % de la población (18)!

Por encima de la campaña de banalización
por la burguesía del horror de Dresde, mediante la
minimización de la cantidad de víctimas, hay otra para
hacer aparecer la indignación legítima que ese acto de
barbarie como algo típico de neonazis. Toda la publicidad que
se ha hecho en torno a las manifestaciones que en Alemania agruparon
a unos energúmenos, degenerados nostálgicos del Tercer
Reich, para conmemorar el acontecimiento sirve, claro está,
para evitar una crítica que ponga en entredicho los Aliados
por miedo a ser confundido con los nazis.

El
bombardeo atómico de Japón

Al
contrario de los bombardeos ingleses en Alemania para los que se hizo
todo por ocultar su amplitud, el empleo del arma atómica por
primera y única vez en la historia, por parte de la primera
democracia del mundo, fue un acontecimiento que nunca ha sido
ocultado o minimizado. Al contrario, se hizo todo para que todo el
mundo se enterara y que el poder destructivo de esta nueva arma
apareciera claramente. Se tomaron todas las disposiciones necesarias
para ello, incluso antes del bombardeo del 6 de agosto de 1945:

Fueron
designadas cuatro ciudades [para ser bombardeadas]: Hiroshima (gran
puerto y ciudad industrial con bases militares), Kokura (arsenal
principal), Nigata (puerto, siderurgia y refinerías), et Kyoto
(industrias) (…) A partir de ese momento, ninguna de esas ciudades
recibió bombas: había que evitar a toda costa que
fueran tocadas de tal manera que la potencia destructiva de la Bomba
atómica fuera indiscutible.”

(Artículo “Bomba lanzada sobre Hiroshima” en
http://www.momes. net/dictionnaire/h/hiroshima.html”). En cuanto
al lanzamiento de la segunda bomba sobre Nagasaki (19),
corresponde a la voluntad de Estados Unidos de dejar patente que
podía, cuantas veces quisiera, usar la explosión
nuclear (aunque no era así, pues las bombas siguientes no
estaban todavía listas).

Según la justificación ideológica
de esa masacre de japoneses, era ése el único medio que
permitiera obtener la capitulación de Japón salvando la
vida de un millón de soldados norteamericanos. Es ésa
una enorme mentira más propagada hoy: Japón estaba
desangrado y EE.UU. (gracias a haber interceptado y descifrado las
comunicaciones de la diplomacia y del estado mayor nipón)
sabía perfectamente que estaba dispuesto a capitular. Pero
también sabía que, del lado japonés, había
una restricción a la capitulación, o sea, la negativa a
destituir al emperador Hiro Hito. Con una justificación así
para evitar que Japón aceptara la capitulación total,
EE.UU. la usó redactando los ultimátum de tal modo que
indujeran la idea de que exigían la destitución del
emperador. Hay que subrayar, además, que la administración
estadounidense no amenazó nunca explícitamente a Japón
con hacerle sufrir el fuego nuclear tras el primer ensayo nuclear
acertado en Alamogordo, para así no dar la menor ocasión
de que Japón aceptara las condiciones norteamericanas. Tras
haber lanzado dos bombas atómicas con la demostración
de la superioridad de esta nueva arma sobre todas las armas
convencional, los Estados Unidos habían conseguido sus fines,
Japón capituló… y el emperador siguió en su
sitio. La inutilidad absoluta del uso de la bomba atómica
contra Japón para forzarlo a capitular se ha visto confirmada
desde entonces en declaraciones de militares, algunos de ellos de
alto rango, horrorizados, incluso ellos mismos, por un cinismo y una
barbarie semejantes (20).

La
corresponsabilidad de los Aliados en el Holocausto

Al
silencio europeo se añade el de los Aliados. Perfectamente al
corriente a partir de 1942, ni los británicos, ni los
estadounidenses se conmueven por el siniestro destino de los judíos,
negándose a integrar la lucha contra el genocidio en sus
objetivos de guerra. La prensa señala traslados y matanzas,
pero esas informaciones son relegadas a las páginas
interiores. El fenómeno es particularmente claro en Estados
Unidos en donde reina un antisemitismo virulento desde 1919” (Una
guerra total…).

Cuando la liberación de los campos, los Aliados
fingen la sorpresa ante su existencia y las exterminaciones masivas
que ellos han ayudado a cometer. Hasta ahora únicamente
denunciada por algún que otro historiador honrado y las
minorías revolucionarias, esa superchería empieza,
desde hace unos diez años, a ser puesta en tela de juicio por
parte de personalidades oficiales o en algunos medios conocidos.
Benyamin Netanyahu, Primer ministro israelí, por ejemplo,
declara el 23 de abril de 1998, en Auschwitz, con ocasión de
la “Marcha de los Vivos”:

No
era difícil pararlo todo, bastaba con bombardear los raíles.
Ellos [los Aliados] estaban al corriente. No bombardearon porque, en
aquel entones, los judíos no tenían Estado, ni fuerza
militar y política para protegerse”;

la
revista francesa Science et vie Junior escribe también:

En
la primavera de 1944, los Aliados fotografían
Auschwitz-Birkenau en detalle y bombardean en cuatro ocasiones las
fábricas cercanas. Nunca se lanzó bomba alguna contra
las cámaras de gas, las vías férreas o los
hornos crematorios del campo de exterminio. Winston Churchill y
Franklin Roosevelt estaban ya informados de lo que pasaba en los
campos desde 1942 por el representante del Congreso Judío
Mundial de Ginebra y, más tarde por resistentes polacos.
Resistentes judíos pidieron que se bombardearan las cámaras
de gas y los crematorios de Auschwitz. No lo hicieron o, en el caso
de Churchill, sus órdenes no fueron ejecutadas”
(n° 38, octubre 1999; sobre la Segunda Guerra mundial).

El
procedimiento es tan viejo como el mundo: se acusa a unos mandaos
para evitar que se acuse al mando. Las respuestas dadas a esa
situación, incluidas las más honradas, dejan intacta la
respetabilidad del campo aliado:

¿Por
qué, si la aviación aliada bombardeó una fábrica
de caucho a 4 km de allí? La respuesta es terrible: los
militares tenían otras prioridades. Para ellos lo esencial era
ganar la guerra lo antes posible y nada debía retrasar ese
objetivo prioritario” (Ibid.).

Todo
para evitar que se plantee la verdadera cuestión sobre la
corresponsabilidad de los Aliados en el Holocausto (21),
cuando, en realidad, rechazaron todas las propuestas alemanas de
cambiar a los judíos por camiones, e incluso por nada y que se
negaron en absoluto a salvar la vida a una población que
consideraban un engorro y de la que no querían saber nada.

La
burguesía: una clase de gángsteres

¿Cómo explicar que unos secretos tan bien
guardados se saquen hoy a plaza pública? En el artículo
citado antes que contiene el discurso de Netanyahu del 23 de abril de
1998 en Auschwitz, aparece un principio de respuesta:

Evidentemente,
la presión ejercida sobre Benyamin Netanyahu en vísperas
de su salida para Polonia, por los países europeos y sobre
todo por Estados Unidos, en relación con las negociaciones con
Yasir Arafat, explica que haya recurrido a la temática de las
víctimas de la Shoah” (“El debate historiográfico
en Israel en torno a la Shoah: el caso del leadership judío”
de Raya Cohen, Universidad de Tel-Aviv).

Fue
efectivamente para relajar la presión ejercida sobre Israel
por Estados Unidos en las negociaciones con los palestinos si
Netanyahu tiró una piedra en el charco para salpicar la
reputación del Tío Sam. Al mostrar explícitamente
su voluntad de una mayor independencia respecto a EE.UU. y poder así
jugar su propio juego, lo que Israel hace es meterse en la misma
dinámica que la de todos los antiguos vasallos de Estados
Unidos en el seno del bloque del Oeste desde que desapareció
éste a principios de los años 90. Otros países
como Francia o Alemania han llevado más lejos esa dinámica,
poniendo abiertamente en entredicho el liderazgo estadounidense. Esa
es la razón por la cual, para así alimentar un
antiamericanismo que no han cesado de fortalecer a medida que se
incrementaban los antagonismos con la primera potencia mundial, los
nuevos rivales (y antiguos Aliados) de EE.UU., podrían ser hoy
más favorables a que se planteara en plaza pública, la
pregunta de saber “¿por qué los Aliados, que sabían
que se estaba produciendo el Holocausto no bombardearon los campos?”
Es de suponer que Estados Unidos, junto con Gran Bretaña,
tengan que afrontar en el futuro unas críticas más
explícitas sobre su corresponsabilidad en el Holocausto (22).

Existen, en particular en Alemania, intentos de romper
el consenso ideológico favorable al vencedor que ha
prevalecido desde 1945, paralelamente a su deseo de quitarse de
encima el estatuto de enano militar resultante de la derrota. Desde
su reunificación a principios de los años 90, Alemania
se ha dado los medios de asumir, en el plano internacional,
responsabilidades militares en las operaciones de “mantenimiento de
la paz”, en la antigua Yugoslavia en especial y, más
recientemente, en Afganistán. Esta política de
Alemania, país que tiende a afirmarse como principal retador
del liderazgo de Estados Unidos (aunque esté todavía
muy lejos de poderlo asumir), corresponde a la voluntad de Alemania
de desempeñar de nuevo un papel de primer plano en el tablero
imperialista mundial. Entre las condiciones requeridas para
desempeñar ese papel, Alemania debe poner fin a la vergüenza
de su pasado nazi, algo que tiene pegado a su piel como una lapa,
“rehabilitarse” demostrando que durante la Segunda Guerra
mundial, la barbarie estaba en ambos bandos, lo cual no parece muy
difícil en vista de las pruebas que atestiguan esa realidad.
Quienes, muy a propósito, están llevando a cabo esa
ofensiva ideológica de Alemania son personalidades que afirman
que su combate está subordinado al de la defensa de la
democracia, sin, por lo tanto, olvidarse de denunciar los crímenes
nazis. Como lo relata un artículo titulado “El libro de
Jörg Friedrich
Der Brand ha reabierto la polémica
sobre los bombardeos estratégicos
” publicado en un
número especial de Der Spiegel de 2003, esta
ofensiva ideológica produjo un agrio intercambio mediático
entre Alemania y Gran Bretaña. Der Spiegel
escribía:

Nada
más publicarse en el Bild-Zeitung unos extractos de ese
estudio exhaustivo sobre la guerra de las bombas llevada a cabo por
los Aliados contra Alemania en los años 1940-45 y ya unos
periodistas británicos se echaron encima del historiador
berlinés acabando por hacerle la misma pregunta: “¿Cómo
ha llegado usted a pintar a Winston Churchill como criminal de
guerra?”. Friedrich ha explicado sin descanso que en su libro se
abstuvo de dar una opinión sobre Churchill. ‘Además
no puede considerársele como criminal de guerra en el sentido
jurídico de la palabra, dice Friedrich, porque los vencedores,
incluso cuando cometieron crímenes de guerra, no fueron
inculpados’”.

Der
Spiegel sigue:

No
es de extrañar que el Daily Telegraph conservador haya hecho
sonar las alarmas y estigmatizado el libro de Friedrich ‘como un
ataque nunca antes visto contra la manera de conducir la guerra por
parte de los Aliados’. En el Daily Mail el historiador Corelli
Barnett se enfurece de que su colega alemán se haya unido a la
‘caterva de peligrosos revisionistas’, intentando establecer ‘una
equivalencia moral entre el apoyo de Churchill a los bombardeos
“alfombra” y el crimen indecible’ de los Nazis, ‘un absurdo
infame y peligroso’” (…)

Churchill
– verdadero hombre de guerra – también era un político
ambivalente. Fue ese carismático Primer ministro quien exigió
ataques ‘de aniquilamiento’ contra las ciudades alemanas. Pero,
luego, cuando vio las películas de la ciudades en llamas,
preguntó:
‘¿Somos
animales? ¿No habremos ido demasiado lejos?’

Al
mismo tiempo, y nadie más que él (al igual que Hitler y
Stalin) tomó por su cuenta y riesgo todas las decisiones
militares importantes y como mínimo dio su aprobación a
la escalada constante en la guerra de los bombardeos.”

En el mismo sentido, Alemania está desarrollando
una ofensiva diplomática para, en un primer tiempo, obtener
reparación moral por el perjuicio que sufrió con la
pérdida de su influencia histórica en una serie de
países de Europa del Este, tras su derrota en la Segunda
Guerra mundial. En efecto,

...
unos 15 millones de alemanes tuvieron que huir del Este de Europa
tras la derrota. Nazis o no, colaboradores o resistentes, fueron
expulsados de unas regiones en las que, en bastantes casos, estaban
establecidos desde hacía siglos: les Sudetes en Bohemia y
Moravia, en Silesia, Prusia Oriental y Po­merania” (“La
‘nueva Alemania’ rompe sus viejos tabúes”, le Temps
–periódico suizo– del 14 de junio de 2002).

En
efecto, con la tapadera de laborar con fines humanitarios, Alemania
ha tomado la iniciativa de crear una

red
europea contra los desplazamientos de poblaciones” motivada por la
“la idea de que el desplazamiento de las poblaciones alemanas fue
una “injusticia” basada en razones étnicas justificada por
los Acuerdos de Potsdam” (Informationen zur Deutschen
Außenpolitik del 2 de febrero de 2005;
http://www.germanforeignpolicy.com)

(
23).

En un
discurso de apoyo a esa “red”, pronunciado en noviembre de 2004
ante una comisión del Consejo de Europa, Markus Meckel,
diputado del SPD especializado en temas internacionales, declaraba:

Claro
está, fueron dictadores como Hitler, Stalin y, recientemente,
Milosevic quienes ordenaron esos desplazamientos de población,
pero demócratas como Churchill y Roosevelt, aceptaron esa
homogeneización étnica como un medio de estabilización
política”.

La
publicación citada (Informationen zur …) resume la
continuación del discurso:

Meckel
insiste en la provocación añadiendo que hoy todo el
mundo estaría de acuerdo en calificar de vulneración
del derecho el traslado de poblaciones alemanas. ‘La comunidad
internacional condena hoy’, explica, el comportamiento de los
vencedores de la guerra de los cuales no parece pensarse que actuaran
de manera diferente a la de la dictadura racista del
nacional-socialismo.”

No cabía claro está esperar de parte de
ninguna fracción de la burguesía que, al poner en
evidencia los crímenes cometidos por otras, no sea su
motivación sino la de defender sus propios intereses
imperialistas. La propaganda burguesa que utiliza hoy la revelación
de los crímenes de los Aliados durante la Segunda Guerra
mundial debe ser combatida con la misma determinación que la
aliada y democrática que utilizó los crímenes
del nazismo para fabricarse una virginidad. Todas las lágrimas
que echan sobre las víctimas de la Segunda Guerra mundial, sea
cual sea la facción de la burguesía, no son más
que repugnante hipocresía.

La lección más importante que sacar de
esos seis años de carnicería mundial es que los dos
campos enfrentados y los países que agrupaban, sea cual sea la
ideología con la que se cubrían, estalinista, demócrata
o nazi, eran todos ellos el legítimo engendro de la bestia
inmunda que es el capitalismo decadente.

La única denuncia de la barbarie que pueda servir
los intereses de la humanidad es la que va a la raíz de esa
barbarie y la utiliza como una herramienta de denuncia del
capitalismo como un todo para acabar con él antes de que él
acabe con la humanidad entera bajo sus ruinas.

LC-S (16 de abril de2005)

1
Leer nuestro artículo “Desembarco de junio de 1944 :
Matanzas y manipulaciones capitalistas” en la Revista
internacional
n° 118.

2
Leer nuestro artículo sobre las conmemoraciones de 1944: “50
años de mentiras imperialistas” en la Revista
internacional
n° 78.

3
Se trata esencialmente de la Izquierda comunista que denunció
esa guerra como guerra imperialista igual que la primera,
defendiendo que frente a ella, la única actitud consecuente
de los revolucionarios era el internacionalismo más
intransigente, negándose a apoyar ni a uno ni al otro de los
dos campos. No fue ésa la actitud del trotskismo, el cual, al
apoyar el imperialismo ruso y el campo democrático, firmó
su paso al campo de la burguesía. Esto explica porqué
algunas sucursales del trotskismo (Ras l’front en Francia)
especializadas en el antifascismo radical, cultivan un odio cerril a
toda actividad y posición que denuncie la explotación
ideológica por parte de los Aliados de los campos de la
muerte, como, especialmente, contra la posición expresada en
el folleto publicado por el Partido comunista internacional,
Auschwitz o la gran excusa.

4
Se trata esencialmente de la Izquierda comunista que denunció
esa guerra como guerra imperialista igual que la primera,
defendiendo que frente a ella, la única actitud consecuente
de los revolucionarios era el internacionalismo más
intransigente, negándose a apoyar ni a uno ni al otro de los
dos campos. No fue ésa la actitud del trotskismo, el cual, al
apoyar el imperialismo ruso y el campo democrático, firmó
su paso al campo de la burguesía. Esto explica porqué
algunas sucursales del trotskismo (Ras l’front en Francia)
especializadas en el antifascismo radical, cultivan un odio cerril a
toda actividad y posición que denuncie la explotación
ideológica por parte de los Aliados de los campos de la
muerte, como, especialmente, contra la posición expresada en
el folleto publicado por el Partido comunista internacional,
Auschwitz o la gran excusa.

5
Léase nuestro artículo “Las matanzas y los crímenes
de las grandes democracias” en la Revista internacional
66.

6
Leer nuestro artículo “Año 2000, termina el siglo
más bárbaro de la historia” en la Revista
internacional
n° 101.

7
Léase el libro La France au Rwanda, l’inavouable
(“Francia en Ruanda, lo inconfesable”) de Patrick de
Saint-Exupéry en el que se detallan todos los elementos que
demuestran cómo la Francia de Mitterrand armó,
entrenó, apoyó y protegió a los torturadores de
los tustsis, en defensa de sus intereses imperialistas en África.

8
Esos métodos expeditivos de organizar la producción
forzosa habían sido inaugurados en parte durante el primer
conflicto mundial, en otro ámbito, el de la disciplina en los
ejércitos, cuando en Francia, las tropas eran llevadas al
combate con una hilera de metralletas detrás manejadas por
gendarmes cuyas órdenes eran disparar sobre quienes se
negaran a avanzar hacia las líneas enemigas.

9
A Philippe Masson no se le puede sospechar desde luego de simpatías
revolucionarias, pues fué el jefe de la sección
histórica del Servicio histórico de la Marina francesa
y enseñó en la Escuela superior de Guerra naval.

10
Desde finales de 1943, estallan huelgas obreras Alemania y tienden a
incrementarse las deserciones en el ejército alemán.
En Italia, a finales de 1942 y sobre todo en 1943, estallan huelgas
en muchos lugares de los principales centros industriales del Norte.

11
Memorias, Tomo 12, mayo de 1945.

12
Leer nuestro artículo “50 años después:
Hiroshima, Nagasaki o las mentiras de la burguesía” en la
Revista internacional n° 83.

13
Una instrucción del general Keitel, del 12 de diciembre de
1941, conocida por el nombre de “Noche y Niebla”, explica: “un
efecto de intimidación duradera solo podrá obtenerse
mediante condenas a muerte o con medidas tales que dejen a la
familia (del culpable) y a la población en la incertidumbre
sobre la suerte del detenido”.

14
Aunque no se basaran en una política tan sistemática
de eliminación, los malos tratos infligidos a la población
alemana deportada (desde los países del Este), y a los
prisioneros de guerra (encerrados en Estados Unidos y Canadá),
al igual que el hambre que se apoderó de la Alemania ocupada
se plasmaron en la muerte de 9 a 13 millones de personas entre 1945
y 1949. Para más informaciones, léase nuestro artículo
“En 1948, el puente aéreo de Berlín oculta los
crímenes del imperialismo aliado” en la Revista
internacional
n° 95.

15
Esa cooperación implicó también, en ciertas
circunstancias, al ejército alemán, al cual le
incumbió la tarea de aniquilar a la población de
Varsovia que, tras una promesa de ayuda de los Aliados, se había
levantado contra la ocupación alemana. Mientras los SS
masacraban la población, las tropas de Stalin estaban
estacionadas en la otra orilla del Vístula en espera de que
los alemanes remataran la labor, a la vez que, claro está, la
ayuda prometida por los ingleses no aparecía por ninguna
parte.

16
“En 1948, una encuesta aliada revelará que, desde 1944, el
mando había decidido cometer ‘una atrocidad a tal escala
que aterrorizara a los alemanes y los llevara a cesar los combates’.
El mismo argumento servirá seis meses más tarde en
Hiroshima y Nagasaki. La encuesta concluyó que la acción
era ‘política y no militar’ y no vacilará en
calificar los bombardeos de Dresde y Hamburgo ‘de actos
terroristas a gran escala’. Nunca se pedieron cuentas a ningún
responsable político o militar” (de la página Web
del 13 de febrero de 2004 de la Red Voltaire: El “terrorismo
aéreo” sobre Dresde mató a 135 000 civiles).

17
Al autor de ese libro, David Irving, se le acusa de haber adoptado
recientemente las tesis negacionistas. Aunque semejante evolución,
si es real, pone en entredicho la objetividad de su libro La
destrucción de Dresde
(edición francesa de 1987),
hay que decir que su método, que hasta ahora nunca ha sido
criticado, no está en absoluto marcado por el negacionismo.
El prefacio de esa edición escrito por el general de
aviación, Sir Robert Saundby, que, desde luego, no debe tener
nada de un furibundo pronazi ni de negacionista, dice entre otras
cosas: “Este libro narra honradamente y sin pasión la
historia de un caso especialmente trágico de la última
guerra, la historia de la crueldad de hombre hacia el hombre.
Hagamos votos para que los horrores de Dresde et de Tokio, de
Hiroshima y de Hamburgo, puedan convencer a la raza humana entera de
lo fútil, bestial e inútil que es la guerra moderna”
.
Además, hay en la edición inglesa de 1995 de ese libro
(titulado Apocalypse 1945) que es una actualización,
el pasaje siguiente: “¿hay un paralelismo entre Dresde y
Auschwitz? A mi parecer el uno y el otro nos enseñan que el
verdadero crimen de la guerra como de la paz no es el genocidio –que
supone implícitamente que la posteridad acordará sus
simpatías y condolencias a una raza particular– sino el
“inocenticidio”. No fue porque sus víctimas eran
judíos por lo que Auschwitz fue un crimen, sino porque eran
inocentes
(subrayado nuestro). Señalemos, en fin,
para disipar eventuales dudas sobre el carácter excesivo del
autor, que la edición francesa de 1963, que calcula las
víctimas en torno a 135 000, cita los cálculos hechos
por las autoridades norteamericanas, unas 200 000 victimas o más.

18
“Una primera oleada de bombarderos pasa sobre la ciudad el 13 de
febrero por la noche, a eso de las 21 h 30. Suelta 460 000 bombas de
fragmentación, que caen en espiral y explotan reventando las
paredes, los pisos y los techos de las viviendas. (…) Una segunda
oleada de bombarderos, a las tres de la madrugada, lanza durante 20
minutos 280 000 bombas incendiarias de fósforo y 11 000
bombas y minas. (…) Los incendios se propagan con tanta más
facilidad que los edificios han sido previamente reventados. La
tercera ola llaga el 14 de febrero a las 11 h 30. Durante 30
minutos, suelta a su vez bombas incendiarias y bombas explosivas. En
total, en quince horas, cayeron sobre Dresde 7000 toneladas de
bombas incendiarias que destruyeron más de la mitad de las
viviendas y la cuarta parte de las zonas industriales. La mayor
parte de la ciudad quedó hecha cenizas (…) Muchas víctimas
desaparecen en humo bajo los efectos de una temperatura a menudo
superior a los 1000 °C” (del artículo “14 de febrero
de 1945: Dresde reducida a cenizas” consultable en el sitio
Internet: http://www.herodote.net/histoire02141.htm).

A
esos datos hay que añadir el “detalle” siguiente del que
da cuenta el artículo “Los 13 y 14 de febrero, 7000
toneladas de bombas” en el diario francés le Monde
del 13/02/2005 que da una explicación a la cantidad tan
elevada de víctimas “La primera ola de bombardeos
ocurrió a eso de las 22 h. Las sirenas habían sonado
unos 20 minutos antes, de modo que los habitantes de Dresde tuvieron
tiempo de meterse en los sótanos de las casas, pues los
refugios eran insuficientes. La segunda ola llegó a la 1 h 16
de la noche. Al haber quedado destruidas en los primeros bombardeos,
las sirenas de alarma ya no funcionaban. Para huir del calor
espantoso producido por los incendios –hasta 1000 °C–, la
población se esparció por los parques y las orillas
del Elba. Y fue allí donde la alcanzaron las bombas.”

19
Si Nagasaki, ciudad no prevista en el programa, recibió la
segunda bomba atómica, fue debido a la meteorología
desfavorable en las ciudades seleccionadas. El bombardero con la
bomba embarcada no podía volver a la base pues la carga
nuclear estaba armada.

20
Almirante Leahy, jefe de Estado mayor de los presidentes Roosevelt y
Truman: “Los japoneses ya estaban vencidos y dispuestos a
rendirse. (...) El uso en Hiroshima y Nagasaki de esta arma bestial
no nos ayudó a ganar la guerra. (...) Por ser el primer país
en usar la bomba atómica, adoptamos la regla ética de
los bárbaros” (Memorias escritas en 1995). General
Eisenhower: “En aquel momento preciso [agosto de 1945], Japón
estaba buscando un medio para capitular guardando un mínimo
de apariencias. (...) No era necesario golpear con este horrible
instrumento” (Memorias).

21
Leer el artículo “La corresponsabilidad de los Aliados en
el Holocausto” de nuestro folleto Fascismo y democracia: dos
expresiones de la dictadura del capital
(en francés).

22
Ya se están preparando, por cierto, de la única manera
coherente posible, publicando los archivos que muestran que la
existencia de los campos era conocida. Así, “en enero de
2004, el departamento de archivos de reconocimiento aéreo de
la universidad de Keele (Gran Bretaña) publicaba por primera
vez fotos aéreas que mostraban el campo de Auschwitz-Birkenau
en actividad. Tomadas por los aviones de la Royal Air Force en el
verano de 1944, esas impresionantes fotografías en las que se
ve el humo de los hornos a cielo abierto y la organización de
los campos de exterminio, habrán esperado sesenta años
antes de hacerse públicas”
(le Monde 9/01/05 ;
“Auschwitz: la prueba olvidada”). Se ha entablado un debate con
falsas respuestas del estilo: “no era el campo de Auschwitz lo
que los aviones querían fotografiar entonces, sino un enorme
complejo petroquímico alemán. Por la urgencia, los
agentes encargados de analizar las fotos no se habrían dado
cuenta de que los campos de Auschwitz y de Birkenau, cercanos a la
factoría de petróleo sintético, pertenecían
al mismo conjunto”
(Ibid.)

23
Francia, inquieta por la voluntad imperialista de su socio alemán,
se ha opuesto al proyecto.

Herencia de la Izquierda Comunista: 

Acontecimientos históricos: 

Cuestiones teóricas: